Kitabı oku: «¿Por qué ser feliz?»

Yazı tipi:


¿Por qué

ser feliz?

El camino japonés

de la aceptación

SCOTT HAAS

Traducción de

V. M. García de Isusi


Título original inglés: Why Be Happy?

Autor: Scott Haas.

Publicado originalmente por Hachette Go;

un sello de Hachette Books,

una división de Hachette Book Group, Inc.

© Scott Haas, 2020.

© de la traducción: Víctor Manuel García de Isusi, 2020.

© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: noviembre de 2020.

Ilustraciones de interior: GettyImages.

Diseño de interior: Grafime.

REF.: ODBO781

ISBN: 978-84-9187-762-2

COMPOSICIÓN DIGITAL • GRAFIME, S.L.

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del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

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Para el doctor Reto Dürler, mi más viejo amigo, una persona cuya pasión por la naturaleza —desde su conocimiento de los pájaros a su interés por las montañas suizas— estimula mi mente, intensifica mi consciencia e incrementa mi comprensión del mundo. Gracias por haberme hablado de Braunwald: Hoch über dem Alltag.

Puede que siga viviendo

hasta que anhele este momento,

tal y como recuerdo ahora

los momentos infelices del pasado

con cariño.1

ながらへば

またこの頃や

しのばれむ

憂しと見し世ぞ

今は恋しき

FUJIWARA NO KIYOSUKE, «Twelfth Century»

(Traducido por Yumi Obinata)

CONTENIDO

1  1. El mundo

2  2. La aceptación

3  3. Respirar en armonía

4  4. Dormir

5  5. En remojo

6  6. ¿Qué es la naturaleza?

7  7. El silencio

8  8. Disculparse

9  9. Todo es nada

10  10. En ningún sitio como en casa

11  11. Sí, lo entiendo

12  12. ¿Qué haría Dogen?

13  13. Cómo tomar una decisión

14  14. Leer el aire

15  15. Contentarse

16  16. Reconsiderar la aceptación

17  Agradecimientos

18  Bibliografía


1 EL MUNDO

¿¡Cómo dices!? ¿¡Japón!? ¿¡Qué va a enseñarnos Japón de la felicidad!?

Pues mucho, te lo aseguro, aunque fue algo sobre lo que tardé años en darme cuenta, y aún estoy confuso e intento desentrañar el sentido de todo cuanto he aprendido. Ciertos puntos clave me ayudaron a alejarme de aquello que me habían enseñado a creer que era la felicidad de pequeño.

En Japón, la felicidad no es una experiencia privada y tampoco es un objetivo. El objetivo es la aceptación.


Lo que mejor se le da a Japón —y lo que podemos aprender de su cultura— es protegerse del dolor que produce estar solo en el mundo. En Japón es fundamental aceptar la realidad, el pasado y el presente, y aprender a abrazar aquello que no es duradero. Pasar el tiempo en Japón, estudiar la cultura de los japoneses y esforzarme por determinar cómo hacen planes, organizan la vida, aman y se ven a sí mismos y a la naturaleza, ha hecho que cambie la manera en que entiendo el estrés y me enfrento a él.

No todo el mundo consigue ser parte de alguno de los muchos grupos que hay en Japón y, de hecho, el aislamiento es un problema recurrente, al igual que lo es en Occidente el de los ancianos, el de los marginados y el de aquellos que padecen enfermedades mentales crónicas.

No obstante, hay grandes diferencias entre ambos. En Japón existen opciones para la inclusión, desde los baños comunitarios hasta los seguros parques públicos, pasando por los enormes templos y capillas repartidos a lo largo del país que están abiertos a todos. Gracias, en parte, a la occidentalización, que rompió barreras y hegemonías, la gente se mezcla mucho —algo que, no obstante, solo sucede desde la Era Taisho (1912-1926), no antes—. Los grupos son primordiales en el día a día de Japón desde edades muy tempranas, puesto que los niños visten igual y comen lo mismo en los colegios. Las expectativas son tan obvias y generalizadas que es mucho lo que se da por sobreentendido: se supone que sabes cómo debes comportarte en casa, en el colegio, en las tiendas, en los restaurantes y en el trabajo, y estas expectativas no varían mucho de una persona a otra, si bien existen prejuicios de género, edad y uniformidad que están incrustados en la sociedad y resultan inhibidores.

Pero, sobre todo, en Japón, el yo, tu identidad, se forma tanto por tus pertenencias o filiaciones a grupos como por tus peculiaridades, opiniones y lo que te gusta o disgusta.

Al crecer en Estados Unidos, me adherí a nuestras amplias oportunidades culturales: a ese espíritu del «yo puedo», al mensaje de «sí, puedo», a su extraordinaria amplitud de miras y creatividad, a la voluntad de probar nuevos enfoques para hacer las cosas, a la ferocidad del individualismo.

Y aquí es donde entra Japón.

En Japón, la observación, saber escuchar, estar en silencio, asimilar lo que acontece a tu alrededor, considerar los problemas como retos, ser mucho menos contestatario y, sobre todo, practicar la aceptación, son las habilidades sociales mejor consideradas a la hora de relacionarse. Aunque estos comportamientos, unos u otros, se den en todo el mundo, qué duda cabe —puesto que se trata de rasgos característicos de nuestra especie—, en Japón representan la piedra angular del desarrollo institucional y sistémico.

Saber que quien soy tiene mucho que ver con quien soy dependiendo de con quién esté resulta liberador. El camino hacia el conocimiento de sí mismo y la satisfacción personal es interminable, restrictivo —por irónico que parezca— y especialmente aislante.

¿Quién necesita tener privilegios cuando se puede pertenecer a algo?

En ningún otro sitio he encontrado tanto equilibrio, calma, paciencia, respeto por el silencio y la observación, ni aceptación del hecho de que la comunidad y la naturaleza importen más que las necesidades de uno mismo. En Japón, el individualismo del que nos jactamos en Occidente se complementa con la conciencia de que los mayores placeres de la vida proceden de satisfacer a los demás.


Cada vez que mostramos empatía con el sufrimiento ajeno, nuestro bienestar se ve mermado. Me refiero a que, cuando ponemos en práctica nuestra solidaridad con el otro, lo que hacemos es absorber el dolor de los demás. En mi condición de médico, al oír, por ejemplo, terribles historias de pérdidas, vergüenza o aislamiento, mi bienestar se reduce. Esto explica, en buena medida, por qué evitamos, culpamos o tememos a aquellos que sufren a ojos vistas para los demás. Cuanto más nos identificamos con el dolor ajeno, más reconocemos que su condición es parte de nuestra identidad.

Piensa en ello de la manera más pragmática posible: si tu hijo, esposa, un familiar o un amigo íntimo está sufriendo, tu bienestar disminuye debido a que te sientes parte de ellos, porque los llevas en tu corazón y pensamiento. Si mi hijo, hija o esposa están sufriendo, no puedo plantearme ni siquiera ser feliz.

Si tenemos en cuenta que soy muy capaz de provocarme estrés, que se me da bastante bien hacerlo, de hecho, y que provengo de una familia en la que el estrés estaba normalizado, a lo largo de la vida he tendido a reproducir los mismos errores familiares.

Y no es solo personal. Nunca lo es. ¡Cómo iba a serlo!

Tres mañanas por semana, entrevisto a una serie de personas en el Departamento de Asistencia Transitoria de Dudley Square,2 en Roxbury, Massachusetts, para llevar a cabo evaluaciones de discapacidad de gente sin hogar o en el umbral de la pobreza, que ha sufrido abusos o estuvo encarcelada recientemente. Luego, cuando vuelvo al carísimo barrio en donde vivo, que está solo a ocho kilómetros, puedo comprobar con gran alivio cómo el logro y seguridad personal tienen mucho menos que ver con la manera de conducirse por la vida que con la raza, el género y el nivel económico.

Con el tiempo, descubrí la ayuda que necesitaba, aquello de lo que carecía, al integrar las experiencias que obtenía en Japón con mi vida en Estados Unidos.

Incorporar hábitos japoneses, de forma gradual o solo en parte, ha cambiado, fundamentalmente, cómo veo y experimento el estrés, cómo lo evito y cómo acepto el mundo sin dejar de esforzarme al máximo por cambiar mi papel en él.

Pushing the World Away es el nombre de uno de los discos del saxofonista de jazz Kenny Garrett, y dado que el músico es un gran conocedor de lo japonés y ha pasado mucho tiempo en Japón, el título es también un indicio de cómo él y muchos otros —yo incluido— vemos su cultura.

Cuando un día hablé con Garrett, me dijo: «Japón siempre ha sido mi segundo hogar». Inspirado por la cultura japonesa, añadió: «Mi música tira de ti, tira de ti, tira de ti. En realidad, la energía que empleamos para “dejar el mundo a un lado” deberíamos utilizarla de forma positiva».

Esa es, en pocas palabras, la aceptación japonesa. Dejar de lado el mundo como una manera ferviente de dar forma a experiencias significativas que nos acerquen los unos a los otros y a la sensualidad de estar vivo.

Gracias a la integración cotidiana de actividades y prácticas japonesas sencillas en el día a día siento menos estrés, tanto en lo relativo a mi propia vida como a la hora de trabajar con personas que han perdido parte de sus derechos y cuyas historias son desgarradoras. Se trata de un proceso en desarrollo constante y, de hecho, algunos días resultan mejores que otros. Y seguro que tengo más que nunca con qué trabajar, gracias al uso de la observación, del silencio y, sobre todo, de la aceptación en sus muchas facetas. Ahora dispongo de más medios para entender y disminuir el poder destructor del estrés.

No son estos secretos para ser feliz. No se trata del medio para evitar los retos a los que se enfrentan los ciudadanos responsables, sino de un modo diferente de ver las cosas, parafraseando a John Berger, que se suma a nuestras perspectivas habituales.3 Esta manera de hacerlo nos ofrece una serie de posibilidades.

Hace un tiempo, el ikigai se volvió de lo más popular. Se determinó que se trataba de un código o de un secreto, que, una vez descifrado, te ponía en el camino hacia la felicidad. Pero en Japón no es la felicidad lo único que importa. De hecho, la historia de Japón tiene más que ver con la fortaleza, la resiliencia y la comunidad.4

Lo que ofrece Japón son formas verdadera y fundamentalmente diferentes de hacer las cosas, de vernos a nosotros mismos como parte de la naturaleza, de crear y ser útiles para las comunidades y de aceptar lo corto que es el espacio de tiempo que pasamos por el mundo.

Para que quede claro: los japoneses no tienen el monopolio de la complicidad para con el otro. ¡Ni mucho menos! En el día a día, de hecho, la vida en Japón a menudo se caracteriza por la indiferencia, como si la gente no quisiera reaccionar ante quienes la rodean. «¿Qué pasa si digo o hago algo que esté mal? ¿Y si interrumpo cuando no debo? ¿Qué pensarán los demás de mí?».

Al mismo tiempo, lo normal —aunque no suceda siempre— es que la seguridad pública y el civismo sean extraordinarios y que estén determinados por una cohesión poderosa y predominante muy bien establecida, en varios aspectos, desde el primer momento. Hay estructuras externas que proporcionan todo lo necesario para que así sea, de modo que el individuo no tiene por qué reaccionar mucho. Siempre hay alguien que se encarga de todo.

Sin embargo, cuando ocurre alguna crisis, una en donde las estructuras externas no sean suficientes para resolver la situación, ¿qué se supone que deben hacer los individuos? Condicionados como están para mirar al grupo en busca de algunas respuestas, podría resultar difícil saber cómo actuar, qué hacer.

Mi ejemplo artístico favorito sale en El infierno del odio, la película de Akira Kurosawa de 1963 en la que un empresario rico de Tokio se ve obligado a elegir entre la ruina empresarial o salvar la vida del hijo de su chófer. El empresario, Kingo Gondo —interpretado por Toshiro Mifune—, deja a un lado su egoísmo, provocado, tal y como sugiere la película, por la americanización de Japón después de la Segunda Guerra Mundial, y demuestra que la empatía acaba imponiéndose sobre las ganancias.

La película se estrenó cuando Japón se hallaba en lo más alto, pues su industria no solo se aproximaba a la occidental, sino que estaba a punto de superarla. Kurosawa quería dejar claro que los valores clave de la cultura japonesa se encontraban amenazados por el concepto del éxito occidental —y a punto de sucumbir.

En opinión del cineasta, ¿qué se estaba perdiendo?

La película viene a decir que la empatía es esencial en la cultura japonesa y que no hay que sacrificarla para adoptar unos valores occidentales fundamentados en la avaricia. Ayudar a los demás, comprender y aceptar que somos parte de una comunidad, eso es lo que dice Kurosawa que significa ser japonés. A su entender, el egoísmo y la avaricia son tentaciones impuestas por los estadounidenses que es preciso dejar de lado.

¡Sí, ya lo sé, es una película nacionalista!

En cualquier caso, también en Estados Unidos se puede encontrar desprendimiento y empatía por todos lados. Ya sea a través de los vínculos religiosos, los valores comunitarios, las familias que se interesan por ti y te apoyan o gracias a una inclinación natural a preocuparse por los demás, los estadounidenses piensan a diario en posibles formas de ayuda mutua.

Jackie Robinson dijo: «La vida no es importante excepto por el impacto que tiene en la existencia de los demás».

La soledad, la separación que sufrimos los unos de los otros, el alejamiento de la naturaleza, el egoísmo que estropea la vida tan a menudo… En Japón, estas situaciones estresantes son reconducidas desde la infancia.

En Japón, el hecho de ser parte de la familia, del colegio, de la empresa, de la comunidad, se ve reforzado por multitud de actividades diarias, de comportamientos y maneras de relacionarse unos con otros; desde observarse hasta escucharse, pasando por disculparse —¡muchísimo!— y por aceptarse.

Los han («grupos») de la escuela primaria, los baños públicos, las relaciones tácitas y el decoro público son parte de ese esfuerzo, de ese consenso. En Japón, cuando los individuos participan en cada uno de estos marcos sociales, su individualismo es moldeado por el de quienes le rodean. En un colegio, los estudiantes han de ceñirse a los uniformes y a las comidas. En los baños públicos, desnudo entre desconocidos o entre conocidos de la comunidad, la privacidad es imposible. El silencio en las multitudes que marchan por las aceras sugiere la comunión de unos con otros —les guste o no—. Todas estas representaciones culturales y conductas aceptadas desembocan en una sensación compartida de responsabilidad que se traduce en comportamientos sanos, en comunidades muy funcionales, en grandes infraestructuras públicas y en vidas longevas.5

No hay garantías, pero lo que está claro es que pensar en los demás y mirar a tu alrededor hace que te conciencies de que no estás solo y de que no eres tan importante, lo que debería suponer un alivio. El bienestar resulta del acto de ayudar a los demás y de encajar en el grupo.

El ideal de comunidad sigue siendo un pilar y una función básica dentro de los imperativos culturales de Japón. Sus objetivos se fundamentan en la creencia de que formar parte de un grupo es más importante que certificar la propia individualidad. En Japón se ve con malos ojos la afirmación del yo —prestar atención a demandas individuales que no estén sugeridas por el grupo.

Tengo la suerte de disfrutar de amigos japoneses cuya paciencia conmigo y cuya capacidad para reírse de mis numerosos errores ha hecho que mi consciencia se haya intensificado. De todos los países en los que he estado, Japón es, con diferencia, aquel en donde más importan las relaciones, un lugar en el que tu relación con las personas con quienes trabajes va más allá de los asuntos contractuales.

Japón también es muy didáctico. Mis amigos me corrigen constantemente y se toman el tiempo necesario para mostrarme la forma correcta de hacer las cosas. Ya se trate de cómo entregarle a una persona una tarjeta de visita, de qué preguntar al inicio de una reunión con un nuevo colega o de cómo comportarse en el tren, no han dejado de enseñarme la mejor manera de encajar. ¡Las incontables experiencias vividas durante mis primeras visitas a Japón por asuntos de trabajo muestran a las claras la orientación que me proporcionaron!

La primera vez que viajé al país fui a Niigata, una prefectura situada al noroeste de Tokio, en el mar del Japón. Correría el año 2005. Le conté a Rocky Aoki —el antiguo luchador olímpico y fundador de la exitosísima franquicia Benihana— que iba a ir allí y le pregunté qué podía esperar. Entre risas, me dijo que Niigata era «el Oklahoma de Japón». Esta conversación tuvo lugar en el lujoso apartamento que Rocky tenía en la Quinta Avenida de Manhattan, desde el que pude contemplar la catedral de San Patricio. Me dijo que, en su opinión, Niigata era muy provinciano.

«No tienes de qué preocuparte —me aseguró—. Está lleno de paletos».

¡Pues ni mucho menos! Niigata era un sitio sofisticado, reconstruido de pies a cabeza desde la guerra, muy sensato, que me recordó a cualquier gran ciudad industrial de Estados Unidos.

Por suerte, mi amigo Takeshi Endo, que era quien me había invitado a aquella ciudad, se pegó a mí como una lapa para asegurarse de que me comportaba como era debido. Me había contratado la asociación de productores de sake de la prefectura —muchos de cuyos asociados eran conocidos de Takeshi gracias a su empresa de comida— para que les ayudara a introducir sus bebidas en Estados Unidos. El sake de Niigata, por si te lo estás preguntando, se considera uno de los mejores de Japón debido a la pureza del agua que se usa en su elaboración, procedente del deshielo masivo anual.6

Sigo.

Takeshi, literalmente, se mantenía pegado a mi codo y me decía cómo debía entregar mis meishi («tarjetas de visita»), cómo debía aceptar la de la persona con la que estaba hablando, cómo debía mirar la tarjeta, qué debía decir después de recibir la tarjeta y dónde tenía que dejar la tarjeta tras recibirla. «Dile que le agradeces que te haya invitado —me susurraba al oído—. Describe su hotel en términos favorables. Menciona que aprecias la confianza depositada en ti».

Algunas de las cosas que me decía no son exclusivas de Japón, pero lo que resultó diferente y esencial fue la precisión y los distintos pasos que me hizo seguir. Quedaba implícito que no había alternativas, que solo había una manera correcta de hacer las cosas. Me encantó tanta claridad. ¡Qué alivio! Era como contar con el apoyo de unos puntales.

Tenía que mirar la tarjeta y recitar el nombre de la persona y su ocupación al mismo tiempo que le miraba brevemente a los ojos. Tenía que decir algo que demostrara que me sentía impresionado por su cargo u ocupación. Luego, la persona hacía lo mismo con mi tarjeta. Después de eso, había que doblar ligeramente la parte inferior con ayuda del borde de la mesa y colocarla de cara a la persona que la había recibido, de manera que se viera el nombre y la ocupación. Takeshi y yo habíamos hablado aquel día de las pausas a hacer entre mis preguntas y respuestas: dónde tenía que sentarme en una reunión de negocios, en qué lugar colocarme en el ascensor, de si debía hacer reverencias y de cuán pronunciadas en cada caso, de si dar la mano o no.

Mis amigos sabían todo esto al igual que yo sabía atarme los zapatos, y la verdad es que le confería estructura y ritmo al día. En Tokio, Yuko me enseñó cómo pedir fideos en un restaurante, dónde permanecer de pie, dónde hacer cola, cómo meter monedas en la máquina de la entrada, que emitía para cada plato que hubiera elegido un recibo que, después, tenía que entregarle al camarero, quien a su vez se lo entregaba a los cocineros. Shinji me contó qué decirle al jefe de cocina cuando hubiera acabado de comer. Yumi me enseñó qué hacer cuando saliera del restaurante y los empleados estuvieran en la acera despidiéndose y haciendo reverencias hasta que ya no pudieran distinguirnos. Jiro me indicó dónde sentarme en el coche y qué cumplido hacerle al granjero que nos enseñaba los patos que se comían los insectos que estaban destruyendo su arroz.

En un momento dado, en la prefectura de Ishikawa, al salir de un salón de té irlandés en mitad de la nada, un sitio que resultaba un duplicado perfecto de un salón de té de Irlanda —debido a los profundos bolsillos del dueño y a su fanatismo (había traído muebles y carpinteros de Irlanda)—, Jiro me indicó: «Dile que lleva un traje muy bonito».

Hablaré por extenso de cada una de estas personas más adelante.

Lo que este interminable catecismo proporciona en Japón es una serie de honores agradables que aportan confianza y sentido de pertenencia. En realidad, viene a ser como una enorme colección de apretones de manos secretos. Y, cuando entras en la rueda, resulta reconfortante y una manera estupenda de superar muchos de los complejos personales.

Ahora bien, en calidad de extranjero, también soy el entretenimiento. La gente me observa. Para los lugareños, es divertido ver si me equivoco o si, por el contrario, lo hago bien. Como aquella vez en un restaurante, cuando doblé el envoltorio de los palillos con forma de diminuto acordeón en donde colocarlos.

Takeshi se rio.

—¿Qué es tan gracioso?

—Eso te lo ha enseñado una mujer.

—¡Oh!

—Un hombre nunca haría eso.

—¿Y?

—No, no pasa nada. —Volvió a reír—. Solamente era un comentario.

O cuando lo hago bien y me gano sus alabanzas, ya sea en un correo electrónico, ya tras un discurso que me piden que improvise para darle las gracias al dueño de un izakaya, y un amigo me susurra: «¡Suenas de lo más japonés!».

Bueno, supongo que debo darle las gracias.

Grupos inclusivos, grupos exclusivos, maneras de determinar quién es quién. La verdad es que me encantaría que todo ello se aplicara aquí, cuando el esfuerzo por entablar lazos de pertenencia proviene de mí y se dirige hacia otro individuo. Tratar de determinar qué tenemos en común hasta que los dos nos sintamos cómodos el uno con el otro.

Es como conversar sobre los efectos relajantes que tiene observar a los patos nadar en un estanque con una persona que estoy evaluando y que acaba de salir de la prisión estatal, después de pasar una década encerrada por intento de asesinato. O como hablar de las recetas de guisos favoritas con una mujer en la espaciosa sala de un refugio7 para víctimas de violencia doméstica porque cocinar le proporciona la sensación de hallarse en paz.

No estoy ignorando las tragedias a las que dan pie los comportamientos antisociales ni tampoco minimizando los trastornos que dejan tras de sí. Antes bien, lo que procuro es forjar una confianza para ver qué tenemos en común como seres humanos. No me gusta el abordaje patológico de las enfermedades. Es mejor empezar con aquello que compartimos como individuos sanos porque, a decir verdad, es muchísimo más que lo que nos separa.

Estos son puntos de partida —basados en pertenencias o filiaciones a grupos —, no puntos de llegada u objetos, y es la consciencia japonesa de los grupos y mi deseo de que estén en mi vida lo que me ha calmado tantísimo, lo que me ha acercado a los demás y lo que ha convertido mi vida en una serie de observaciones en vez de en una consecución de reacciones personales a cuanto me sucedía.

A veces, me figuro que estoy en una película: En el aeropuerto. En el supermercado. En medio de un atasco. Al teléfono con la empresa de electrodomésticos. Cuando me veo parte de un grupo que se encuentra en cada una de estas situaciones, en vez de tomármelo como si estuviera pasando por ello yo solo, me siento más capacitado para dar un paso atrás y verlo todo en perspectiva. Y sentirme parte de esas situaciones y observar.

Los grupos están ahí si nos molestamos en buscarlos, y si aceptamos formar parte de ellos. Tenemos más en común con esa persona de la periferia de lo que queremos creer. Y como veo aspectos en esa persona que me recuerdan tanto a mí como a mi familia —a la pasada y a la presente—, me siento más inclinado a actuar para serle de provecho a ese individuo. Es algo muy satisfactorio.

Los hábitos diarios, los asuntos muy pragmáticos, hacen de Japón un sitio en el que los individuos se ven animados —y, en ocasiones, requeridos— a dejar de lado sus necesidades egoístas y formar parte de su entorno. Cuando funciona, te das cuenta de lo insignificante que eres, experimentas las relaciones y la naturaleza más profundamente y te concentras en las necesidades de los demás. Todo esto se suma a una sensación de satisfacción y bienestar cada vez mayor.

Mi intención es compartir contigo esa parte de la forma de vida japonesa que contribuye al ukeireru, a la aceptación.

¿Qué significa aceptar un estado de abandono y anteponer las necesidades ajenas por delante de las tuyas? Japón no es el único país que prioriza el altruismo, pero sí un sitio que se vale de este concepto para estructurar y mantener las instituciones y los sistemas.


En Occidente, el distanciamiento del yo queda compendiado en la «doctrina de la capacidad negativa» del poeta John Keats: «Si un gorrión se acerca a mi ventana, yo tomo parte en su existencia y picoteo en la gravilla […] de modo que, en poco tiempo, soy aniquilado».

Pero, espera, antes de que digas: «¿¡Quién en su sano juicio iba a querer que lo aniquilaran!?», debes tener en cuenta que Keats murió de tuberculosis hace doscientos años, en 1821, a los veinticinco. Fueron las microbacterias las que lo aniquilaron, amigo mío, no un pajarillo. A lo que se refería, a lo que me refiero, que es algo en lo que los japoneses destacan, es a la aniquilación de la exploración de uno mismo, de la propia duda, del egoísmo más puro.

Resulta que no somos nuestros mejores amigos.

Al observar la naturaleza y concentrarnos en lo inmediato y transitorio, salimos de nuestra propia consciencia, de nuestra cabeza, algo que resulta tremendamente relajante.

En Japón, eso es una forma de vida.


2 LA ACEPTACIÓN

En Japón hay numerosas palabras que significan «aceptación». Dependiendo de con quién estés y de la situación en la que te encuentres, la palabra adecuada para expresar aceptación cambia, lo que supone un reto tanto para el interlocutor como para el oyente.

Es lo mismo que sucede con innumerables palabras y frases japonesas que funcionan como símbolos o representaciones de significados.8

Cuando decidí escribir este libro, me puse en contacto con mis amigos de Japón para que me ayudaran a entender la aceptación a niveles más profundos de lo que yo la concebía, pues a fin de cuentas yo era ajeno a su educación, cultura, tradiciones e historia.

¿Qué significaría «aceptación» en Japón?


Yumi Obinata, intérprete en Tokio, me envió una hoja de cálculo muy detallada en la que había cuatro palabras que significaban «aceptación». A continuación, me contó en qué tipo de frases se puede utilizar cada una de ellas y cómo hacerlo:

«Ukeireru la utilizará una madre con un hijo para aceptar algo de forma amable.

»Uketomeru la empleará una madre para aceptar “la explosión de emociones de su hijo” cuando “algo suceda con mucha fuerza”.

»Toriireru se utiliza para describir la aceptación de misioneros protestantes por parte de Japón.

»Ukenagasu significa “recibir y dejar que se vaya”».

Yumi aportaba aún más detalles: «Es como si estuvieras en mitad de un riachuelo y te pusieras de lado para que disminuyera la presión del agua en tu cuerpo. Así pues, aquí, en Japón, las personas aceptan los desastres como parte de la vida y ponen en práctica el ukenagasu para no verse muy afectados psicológicamente.

»Kikinagasu conlleva escuchar, oír y dejar que se vaya, lo que significa que hacemos ver que prestamos atención a la actitud irritante de alguien para no tomárnosla en serio.

»Juyo-Suro se utiliza para describir la aceptación de los pensamientos y sistemas modernos de Occidente».

Yumi me contó que «jyō puede suponer seis palabras diferentes y que ukeireru se utiliza mucho en el día a día».

Hace muchos años que conozco a Yumi y a su familia. He disfrutado hablando con Nozomi, su hijo, acerca de su tesis universitaria sobre los filósofos judíos europeos posteriores al Holocausto cuando estuvo viviendo con mi esposa y conmigo durante un par de semanas; hemos ido a cenar los dos matrimonios a un carísimo izakaya de Ginza; he bebido té verde con Yumi en Shimoda, el pueblo de la prefectura de Shizuoka al que llegaron los infames «barcos negros» en julio de 1853 junto con un ultimátum de Matthew Perry —el comodoro, no el actor de Friends— donde exigía el comercio con Estados Unidos y la entrada de los barcos estadounidenses en los puertos japoneses.

Cuando Yumi me contó las muchas maneras que había de expresar aceptación en Japón, mi comprensión de la palabra se vio moldeada por nuestra amistad.

La siguiente persona a la que le pregunté sobre el significado de «aceptación» fue a Yuko Enomoto, a quien conocí hace unos veinte años en Tokio.9

Yuko me respondió con tres palabras: ukeireru, jkukugo y jiko jyu yuu.

«Jiko jyu yuu significa “la aceptación de uno mismo” —me contó—. Es algo que podemos sentir. Parece probable que jkukugo sea más intelectual. Ukeireru, por su parte, es bastante fácil de entender ¡y resulta divertido imaginarse dentro de uno mismo!».

De todas las personas que conozco en Japón, Yuko es la más urbana. Nos conocimos gracias a Slow Food, la organización de comida italiana, y fue ella la que me enseñó tantísimo acerca de las muchas casas de té, salones de café, galerías de arte y pequeños restaurantes de vecindario que hay ocultos por Tokio. Hoy en día, con un marido que es uno de los chefs más reconocidos de la ciudad —dedicado a la cocina italiana y peruana— y un bebé que parece ser la personificación misma de la bondad, Yuko está encontrando el equilibrio entre sus dones profesionales y las exigencias de la maternidad, y acepta con despreocupación cuanto le llega.

La tercera persona de la que recibí ayuda fue Kiyomi Tsurusawa. A Kiyomi la conocí hace años en Kayotei, mi ryokan («balneario de aguas termales») preferido de Japón, situado en Yamanaka, en la prefectura de Ishikawa. Kiyomi fue mi intérprete a lo largo de varios días en los que trabajamos en un libro sobre los artesanos de la región. En aquel entonces, hablamos de oficios tradicionales, pero también de la pasión que ambos compartíamos por el jazz.10

«Son muchas las palabras japonesas que se pueden traducir como “aceptación” —me comentó Kiyomi—. Es complicado, pero aquí tienes seis… ¡aunque haya bastantes más!: shodaku, jyu yuu, shiji, ninjyu, gokaku y ukeireru. Shodaku puede significar aceptar una invitación. Jyu yuu, aceptar un regalo. Shiji, aceptar una idea o pensamiento. Ninjyu, aceptar las dificultades. Gokaku, aceptar a una persona. Y ukeireru, en fin, puede significar aceptar la realidad».

Al final, me enamoré de esta definición de ukeireru: «a una madre que acepta con amabilidad algo que le entrega su hijo, le resulta divertido reconocerse aceptando la realidad».

¿Cómo sería actuar a diario inspirados por el ukeireru? ¿Qué llegaríamos a hacer? ¿Qué diríamos? ¿En qué tipo de acontecimientos participaríamos para tener esa sensación de bienestar logrado gracias a la aceptación?

Ukeireru supone mucho más que la aceptación de sí mismo. Significa la aceptación de nuestras relaciones en la familia, en el colegio, en el trabajo y en nuestra comunidad. Implica aceptar a los demás. Admitir la realidad y dar forma a contextos que amplíen la perspectiva estrecha, confinadora y agotadora del yo.

Mediante el abrazo de lo efímero y lo imperfecto, el ukeireru aplica los principios del budismo zen y del sintoísmo al Japón moderno para crear bienestar y satisfacción. Esto es evidente en ese acercamiento estético compartido que empezó y se desarrolló hace siglos. El arte estableció una manera de ver. Originada desde arriba, podríamos decir, por una colaboración entre instituciones religiosas y señores feudales, la estética hizo que cambiaran las tornas sobre la pérdida que, en realidad, se debe a la ignorancia: Japón tenía pocas instituciones, poca ciencia, estructuras socioeconómicas rígidas, un entorno natural inclemente. No obstante, en vez de desesperarse por las duras condiciones del día a día, la estética estableció que el significado de la vida radicaba en aceptar, abrazar e incluso buscar la pérdida.

El objetivo consiste en crear un estado mental en el que te sientas cómodo, con suficiente consciencia y confianza. Aceptas y abrazas la pérdida. También te das cuenta de que, al margen de cómo te definas, el hecho de adquirir consciencia se basa en tu compromiso con la naturaleza y la sociedad.

En Estados Unidos tenemos una sociedad que celebra lo individual y que ha convertido la felicidad en un objetivo, y si para conseguirlo tienen que sufrir otros, pues cuánto lo siento y a otra cosa mariposa.

«Gana o vete a casa».

«A mi manera o nada».

«Pero ¿qué saco yo de todo esto?».

Lo que hace el ukeireru es magnificar las relaciones en las que nos encontramos. Proporciona la fuerza necesaria para realizar cambios no solo de carácter personal, sino también estructural.

Para poder cambiar algo —ya sea grande, como el racismo sistémico, o pequeño, como un mal servicio al cliente— necesitas contar con un estado de ánimo tranquilo y proceder de modo concentrado, con reflexión e intensidad. Necesitas un plan.

Dicho plan consiste en aceptarte a ti mismo, pero también a tu familia, a tus amigos, a tus colegas, a tu comunidad. Mientras lo procuras, es más posible que seas capaz de entender otros puntos de vista.

Si no eres consciente de ti mismo y careces de un estado de reposo, no serás capaz de cambiar nada, en especial, las condiciones que crearon o contribuyeron al estrés en primer lugar.

Crea bienestar y, después, si quieres, enfréntate a los problemas que te han llevado al aislamiento, a preocuparte y a estar triste. No se trata de una llamada a las armas. Tampoco es cuestión de tomarse un té verde calentito, darse un buen baño, echar una cabezada y volver a la calle. Pero si lo deseas, puedes valerte de la energía que te proporcione dicha paz interior e intentar hacer los cambios necesarios.

Practicar esos hábitos y adoptar comportamientos asociados a la cultura japonesa me ha ayudado a observar, leer y escribir con mayor concentración y comprensión que nunca. Es como si el paso del tiempo se ralentizara —no estoy todo el rato pensando en lo que está por venir ni en lo que ya ha pasado—. El ukeireru crea una especie de sensación de inmediatez básica, de necesidad de vivir el presente.

Ver y aceptar una situación desde el punto de vista de otra persona, de alguien con quien estoy enfadado y en desacuerdo, me ha permitido reconocer que muchas de las cosas que me molestaban antes, en realidad, no tienen importancia. En consecuencia, si estoy molesto con alguien a quien quiero o con quien trabajo, ya sea un amigo o un desconocido, estoy mejor preparado para retrasar una reacción o incluso puedo llegar a inhibirla. Al fin y al cabo, ¿por qué debería importar nada de eso? Afecta por el mero hecho de que yo concedo que lo haga. Pero es muy posible que no moleste en sí mismo y, desde luego, en unos meses, es muy probable que no lo haga en absoluto. Para entonces, tendré algo nuevo de lo que preocuparme o por lo que sentirme mal.

O bien, en caso de que importe, si de verdad se trata de un problema que provoque estrés y haya que solucionar, aceptarlo sin reaccionar enfadado o de inmediato te va a brindar el tiempo necesario para pensar en cuál podría ser la solución al margen de la reacción.

Así pues, puedo entender mejor que aquello que me molesta es muy probable que tenga más que ver con quién me molesta que no conmigo mismo. La persona que agravia suele tener que vivir con ello a diario. Yo, por el contrario, lo único que hago es echar un vistazo a qué se siente al ser como ellos.

Si te parece que una persona es una verdadera molestia, créeme, lo es mucho más para ella misma. Si alguien se comporta como un idiota en un bosque pero está solo, ¿acaso sigue siendo un idiota?


Me encanta la manera en que se puede aplicar en el día a día esa perspectiva japonesa de que las situaciones duren poco.

Reconocer el estrés y el cansancio que provoca el enfado también ayuda a mantenerlo alejado. Poca gente se siente bien después de haber estado enfadada y la principal forma de aliviar ese estrés consiste en volver a enfadarse. ¡Menuda distracción! ¡Qué pérdida de tiempo y energía!

De manera consciente, hago cuanto está en mi mano por evitar lo que me provoca dicho estrés, lo cual abarca no solo situaciones, sino también individuos tremendamente destructivos —mi ausencia debería dejaros claro quiénes sois—. En vez de fijarme en la negatividad, intento concentrarme y conectar con las personas y las situaciones que me sustentan.

Ukeireru no significa, pues, mostrar sumisión, ceder, aceptar condiciones destructivas o rendirse a relaciones abusivas o que te exploten. Más que nada, consiste en entender que cada uno de nosotros se halla definido en buena medida por quienes nos rodean, y no en pensar en nosotros como partes independientes de estas relaciones.

Y significa también que, al abandonar esos ideales egoístas, ganamos capacidad para cambiar las situaciones que provocan tanto dolor, además de participar y establecer relaciones buenas y respetuosas.

Una diferencia muy importante entre Japón y Estados Unidos en cuanto al concepto de identidad, es que en Norteamérica el individuo tiene más autoridad que el grupo. En Japón es al revés, es el grupo el que establece tu identidad preferente.

Hayao Kawai, un gran psicólogo japonés, ofrecía un ejemplo destacado de cómo funciona esta diferencia. En su libro Buddhism and the Art of Psychotherapy, el doctor Kawai dice que un orador japonés se disculpará al principio del discurso con algo como: «Quiero empezar diciendo que no estoy cualificado para dar esta charla y que no sé lo suficiente sobre psicoterapia». Eso se debe a que «cuando los japoneses se reúnen, comparten un sentimiento de unidad, independientemente de si se conocían o no de antes, porque uno nunca debería estar solo, separado de los demás». Kawai contrasta esta identidad de grupo con el típico orador estadounidense, quien a menudo empezará su discurso con un chiste, «lo que fomentará que sus oyentes, al reírse al unísono, experimenten esa unidad».

Gordon Mathews se adhiere a esta idea en su libro acerca de Japón —del que ya hemos hablado— al describir el concepto acuñado por el filósofo Asyun Hamaguchi sobre las diferencias que hay entre la mentalidad japonesa y la occidental: «Hamaguchi acuña un término nuevo para el ego japonés, kanjin, que es una persona cuya identidad se sitúa en la intersección entre el yo y los demás, a diferencia del kojin occidental, cuya identidad se localiza en el ego autónomo».

Así que ¿cuál es mejor? ¿La cohesión de grupo japonesa o la mentalidad autónoma estadounidense?

A decir verdad, ni la una ni la otra. ¿Quién quiere sufrir el confinamiento de un grupo día sí y día también? Y, a su vez, ¿hay alguien que desee padecer la soledad que produce no pertenecer a un grupo, estar solo en el mundo?

Estoy de acuerdo con el doctor Kawai, quien estudió en California y en Suiza, cuando dice que deberíamos quedarnos con lo mejor de ambas culturas. «Al buscar una consciencia posmoderna —comenta— podemos, a mi entender, llegar a conocernos unos a otros y, para nuestro provecho, encontrar algo nuevo».

Hay razones para que Japón haya desarrollado una cultura de la aceptación y del silencio. En Japón, incluso hoy en día, las maneras antiguas, las formas de relacionarse, las costumbres, prácticas culturales y expectativas se traslucen en las relaciones, que son muy diferentes de la manera en que se experimenta la amistad, el trabajo, el ocio, la familia y el matrimonio en Estados Unidos.

Esos hábitos fueron forjándose debido a una serie de circunstancias que resultan exclusivas de Japón. Su situación geográfica en el mundo propiciaba que las cosas no cambiaran mucho con el paso del tiempo. Durante siglos, la cultura fue más estática y aislada que la de la mayoría de los países.

En Estados Unidos, el aislamiento geográfico respecto de los países de procedencia de la mayoría de los estadounidenses —exceptuando, claro está, a los indígenas y a los pobladores de las naciones limítrofes— implicaba que el carácter de la gente que vivía allí, aunque conformado por la historia, los recuerdos y las reglas de generaciones previas, podía ser nuevo.

Uno de los mitos estadounidenses dice que en este país es posible llegar a ser quien quieras. Puedes cambiar de nombre, de apariencia y de objetivos. No tienes por qué regirte por las normas de ningún grupo. No tienes por qué ser como tus padres. Puedes nacer pobre y morir rico.

¿Quién quiere ser millonario?

Entre las muchas razones por las que los estadounidenses padecen tanto estrés a lo largo de la vida se encuentra la sensación de haberse quedado cortos en lo tocante a esta fantasía, de creer que la imposibilidad de convertirse en protagonista del mito en cuestión es culpa del propio individuo, que no lo han intentado lo suficiente.

Sin embargo, Raj Chetty, un economista de Harvard y Stanford, demostró que no era así. Raj y su equipo crearon el Atlas de las Oportunidades. Este atlas demuestra que tu código postal determina si tendrás éxito con mucha mayor fiabilidad que los factores individuales en juego.

Si resides en Estados Unidos, visita la página electrónica www.opportunityatlas.org e introduce tu código postal. Verás cómo el nivel de ingresos del sitio en el que hayas crecido determina, inextricablemente, tu éxito financiero en la vida. Como es evidente, algunas personas alcanzan un gran éxito a pesar de haber nacido en barrios pobres y qué duda cabe de que hay niños que crecen en vecindarios ricos que se empobrecen. Pero, de acuerdo con los datos, la mayoría de las personas mantiene su estatus.

Adiós al Sueño Americano, a esa máxima según la cual el trabajo duro conduce siempre al éxito. Ahora bien, el mensaje no es ni mucho menos: «no trabajes duro». El mensaje es más bien: «si no tienes éxito a la primera, podría deberse a la falta sistemática de oportunidades económicas basadas en la raza, el género y la clase social a la que pertenezcas».

Darse cuenta de que tu estrés no es tan solo tuyo amplía el debate. Implica que formas parte de otros muchos grupos: ser rico o pobre; negro, blanco, asiático o hispano; clase media, trabajadora; heterosexual u homosexual; joven o viejo; y lo que te entristezca probablemente haga que otras personas de tu grupo, de todos los grupos a los que perteneces, también se entristezcan. No estás solo.

Ayuda saber que el estrés que experimentas no es únicamente personal. Cualquier paso que des hacia la mejora de ti mismo es bueno; pero, además de estos pasos, las fuentes de estrés de tu grupo de pertenencia no desaparecerán a menos que te enfrentes a ellas.

Aprende a vivir con las causas sistémicas del estrés o no lo hagas, eso depende de ti. En cualquier caso, es bueno conocer por qué podrías sentirte asustado y miserable.

Cualquier libro sobre felicidad gana legitimidad al destacar la baja rentabilidad de la infelicidad.

Tal y como me comentó Raj: «Tengo familia por todo el mundo y sé que alcanzar unas metas no solo depende de trabajar duro»11.

Aunque los mitos puedan resultar inspiradores y, en parte, definir un discurso para muchos ciudadanos de un mismo país, también generan lastres y estrés si se toman al pie de la letra.

No es verdad que puedas ser quien quieras en Estados Unidos, o que vayas a ganar tantísimo dinero que logres dejar atrás la clase económica en la que naciste, o que puedas ir por el mundo como si fueras un sheriff o un buscador de oro en el Salvaje Oeste. Sí, es verdad, mucha gente lo consigue, trasciende sus orígenes y amasa fortunas, pero investigaciones académicas recientes demuestran que el sitio en que nacieron y las circunstancias en que crecieron determinan, casi por completo, dónde va a seguir la mayoría.

Hay gente a la que le toca el gordo de la lotería o millones en un sorteo, pero eso no es lo mismo —ni se parece— que alcanzar el mito del Sueño Americano.

El dramaturgo David Mamet dijo en una entrevista que la intención de los estudios cinematográficos, al pagarle por sus guiones sumas astronómicas de dinero, era confundir y distraer a todo el mundo. Con unos pocos ganadores, los «perdedores» pueden seguir aferrándose a sueños irreales en vez de concentrarse en cambiar el sistema. Es como vivir en un casino.

Resulta emocionante imaginar que los mitos son inspiradores, y está muy bien hacerlo, pero eso también fomenta que las instituciones que restringen el movimiento —colegios, bancos, empresas, diferentes cuerpos de la ley, sistemas médicos, juzgados— no se perciban tan problemáticas como son en realidad.

En consecuencia, es muy posible que acabes diciéndote cosas terribles, tales como que sea culpa tuya no ser feliz o no haber alcanzado tus sueños.

Los mitos existen para distraer a las personas y conseguir que no lleven a cabo esas transformaciones que los reemplazarían. Además, los mitos son brutalmente estrictos y alimentan el odio a uno mismo.

Creer en los mitos dificulta la acción que podría combatir las fuentes del estrés de manera realista.

Si te convences de que en Estados Unidos puedes ser quien quieras pero no consigues tu objetivo, ¿a quién hay que culpar? ¡Pues a ti, cómo no!

Los mitos de Japón también fueron característicos de su desarrollo como nación. Un mito definitorio es el de la cohesión de las apariencias: las cosas deben parecer primitivas y apropiadas, y el grupo debe participar en la creación de esa apariencia.12

En Japón, el avance hacia esa cohesión de las apariencias podría haberse debido a que, en su día, fue clave para sobrevivir. Al tener que enfrentarse a los peligros de la naturaleza y del aislamiento, el individuo no tenía apenas oportunidades. Además, el cultivo de arroz, la piedra angular de la economía japonesa durante siglos, necesita un gran número de personas trabajando en grupo. La cohesión de las apariencias está pensada para ser inspiradora, además de una manera de promover la seguridad y de aumentar la productividad: trabajar junto con otros para crear la apariencia de una armoniosa norma de grupo.

En términos positivos, esto significa que, antes de actuar, has de pensar en el efecto que tu comportamiento pueda tener en los demás. No debes alterar el curso de los acontecimientos. Si no actuamos juntos, puede que no estemos dando lo mejor de nosotros.

Japón tiene una geografía dura, inclemente. Son pocos los lugares del mundo que se ven obligados a lidiar con tantos terremotos, tsunamis y erupciones volcánicas a un tiempo.

Por si las catástrofes periódicas y las crisis fueran poco, que Japón sea tan montañoso y esté tan industrializado significa que, según la CIA World Factbook, solo el 11,7 por ciento de la tierra del país es arable, lo que lo deja en el puesto quincuagésimo primero del mundo, por detrás de Camerún, Sudán, Pakistán, Italia, etc. Por lo tanto, las hambrunas, las dietas de subsistencia y la aparcería han definido la agricultura de Japón hasta hace poco menos de setenta años.

Gracias a nuevas fuentes de riqueza, Japón consigue mucha comida del extranjero: arroz del Sureste Asiático, fruta de Sudamérica y África, y soja de Estados Unidos y China. La mayor parte de la salsa de soja, del tofu y del miso utilizados en los productos japoneses se hace con soja de otros países.

La topografía y los suministros de comida constituyen una parte muy importante de lo que define a una nación. Además, hay que tener en cuenta el aislamiento geográfico de Japón, que lo aleja del continente. Las influencias extranjeras que moldean la cultura japonesa —china, coreana, portuguesa, holandesa, estadounidense y, hoy en día, de todo el mundo— llegaron, arraigaron, crecieron y, a su vez, fueron moldeadas por la sociedad aislada que las recibió.

Todo esto contribuyó a poner al grupo japonés en el centro de la consciencia y de la cohesión social. Una manera estupenda de crear grupos consiste en dar forma a experiencias compartidas —en especial, que sean visuales y repetitivas— que todos llevan a cabo de igual modo.

La tarea consiste en preservar y promover las diferencias individuales por medios que resulten respetuosos. Es comparable, pero al revés, con la tendencia estadounidense de culparse a uno mismo por no ser capaz de alcanzar el Sueño Americano. En Japón existe una tendencia a culparse a uno mismo por no encajar o ajustarse a las normas y expectativas del grupo.

Y aunque la cultura individualista estadounidense obtenga grandes beneficios, también los consigue la excelencia japonesa a la hora de formar grupos. La manera en que se espera que te comportes en un baño público. Las oraciones. Las formas diarias de comer y beber. Las muestras de respeto. Y, sobre todo: la aceptación silenciosa del otro y de su entorno.

La cultura japonesa sintetizó los comportamientos individuales con las estructuras sociales de una forma muy original. Esta síntesis, que incluyó el desarrollo de la conciencia de grupo y el sentido de pertenencia frente al individualismo, hizo que la aceptación, el ukeireru, fuera esencial para la supervivencia.

Aunque a Japón se la exalte por su elevada capacidad para perfeccionar, y menosprecie por su incapacidad para inventar o crear, también es una nación en donde la originalidad artística es posible. Si bien es famoso por su habilidad en mejorar cualquier cosa, Japón es también una nación profundamente original.

Aunque en Japón el grupo importe más que en ningún otro país del mundo, se valora el esfuerzo individual —siempre que beneficie al grupo por medios originales de evitar el conflicto o sirva para demostrar dimensiones que no se entendían hasta entonces—. Esforzarse por alcanzar la perfección es parte del día a día en Japón y, aunque se considere natural no conseguirlo, lo normal es tener objetivos que fortalezcan la comunidad, ya sea el tren bala, ya la aspiración de lograr ciudades más seguras y accesibles o una sanidad asequible.

Por otro lado, mediante el arte y la gastronomía japonesas se crea una serie de placeres compartidos que se suman a la cultura y al bienestar del grupo.

El abanico tradicional de lo que se ve y se come y de cómo se come no es amplio, lo que significa que la gente no difiere mucho la una de la otra. Ahora bien, la variedad limitada puede hacer que la experiencia sea más profunda. Dado que en casi todos los restaurantes se ofrece yakitori, ramen, udon, soba, gohan y tonkatsu, a menudo, los japoneses consumen los mismos alimentos. Además, muchas veces, los restaurantes solo ofrecen un ingrediente o un menú cerrado para que todo el mundo coma idéntico. Muchos restaurantes no tienen carta y es el jefe de cocina quien decide —omakase— qué se va a comer.13

Esto me recuerda el día de Acción de Gracias, cuando prácticamente en todo Estados Unidos muchos de nosotros vamos a comer pavo mientras compartimos una experiencia con el potencial de hacer que todos nos sintamos y pensemos de manera similar —aunque solo sea por un día.

A veces, eso sucede cuando, como es natural, todo el mundo come lo mismo del igual modo —desde la forma en que se colocan los palillos en la mesa hasta la manera en que se supone que ha de comerse el arroz, pasando por dónde y de qué forma debería sentarse cada comensal.

Es como esa frase de «We the People», del grupo A Tribe Called Quest, que canta Q-Tip: «Cuando tenemos hambre, comemos la misma puta comida, fideos ramen».

En Japón, esa semejanza tiene lugar a diario en toda la nación. Comer la misma comida es recibido por los demás como una señal de que tienes algo en común con ellos.

Significa formar parte del grupo cuando comes y, al mismo tiempo, supone esforzarse por ser parte de la naturaleza en función de lo que haya en el plato. La naturaleza como una faceta de la experiencia de grupo es algo actual.

Aunque empezara a gestarse hace mucho tiempo.

Durante el período Heian (794-1185), la naturaleza emergió de manera prominente como temática del arte japonés. Lo que llamaba la atención de los artistas, por aquel entonces, y que sigue afectando la consciencia, es una forma de ukeireru evidente en el interés que se le presta a cuanto no dura mucho: las flores de cerezo, las ranas, los grillos, las luciérnagas, etc.

El novelista Haruki Murakami escribe a este respecto, y también sobre la aceptación de la brevedad y sobre cuánto valora lo efímero. Si no prestamos atención, si no observamos con todas nuestras fuerzas, nos perdemos, nos separamos de la naturaleza.

Murakami escribió: «Las flores de cerezo, las luciérnagas y las hojas rojas pierden su belleza en muy poco tiempo […] y, en cierta manera, nos sentimos aliviados al confirmar no solo que son preciosas, sino también que enseguida empiezan a caer, a perder su pequeña luz, su brillante belleza. Encontramos paz, sosiego, en el hecho de que esa cima de belleza haya pasado y desaparecido».

Después de que aquello de lo que estábamos pendientes haya desaparecido, podemos abrazar su ausencia. La ausencia es tan importante como la presencia; puede que incluso más. La paz alcanzada a raíz de la pérdida es una forma de aceptación muy profunda.

El período Muromachi (1336-1573) fue posterior al Heian y, con él, llegó el yugen. Los japoneses me han descrito el yu como algo que se estima inconmensurable o misterioso. El término, el concepto, resulta fundamental para el arte y la psicología de Japón: todo está implícito y el hecho de obligarse a llevar a cabo una observación indirecta es una manera de que esa observación sea más profunda. La observación aumentada te exige, te obliga a permanecer en silencio, a escuchar, a absorber y a creer que lo que estás viendo y experimentando podría ser una representación de algo más profundo, que solo llegarás a apreciar o a entrever si dejas tu yo y tu opinión a un lado. Mediante este proceso, te unes a los demás, que también están tratando de desentrañar su entorno, y te conviertes, a su vez, en parte de aquello que estés observando en tu esfuerzo por descifrarlo. La belleza como algo implícito en vez de como algo que experimentas directamente, un acercamiento que no se entiende a menos que estés observando en calma, apreciando su temporalidad, aceptando que hay mucho más y menos de lo que acontece.

Cuando nos topamos cara a cara con algo que posee elementos del yugen, podemos llegar a formar parte de ese algo, de lo que está sucediendo, en vez de separarnos de ello. Porque para entender, apreciar y aceptar la observación, tienes que concentrarte mucho y en silencio durante largo rato. No puedes permitir que tus opiniones y perspectivas te guíen; si lo haces, te perderás el hecho en sí y no entenderás su significado como algo independiente de ti.

Cuando admiras la caligrafía japonesa, la porcelana, los objetos lacados o el washi («papel»), puedes llegar a adquirir la sensación de que formas parte del objeto, y no solo al observar el arte, sino al ser consciente de que hay otros que, probablemente, estén realizando las mismas observaciones que tú o muy similares. La uniformidad de la estética, cómo se crea para evocar respuestas compartidas por muchos, es parte de la creación de una mentalidad de grupo en Japón.

El término japonés nihon no kokoro, que podría considerarse que significa «el corazón de Japón», es una manera de expresar este fenómeno de comunión estética.14


Al aceptar nuestro lugar dentro del esquema de las cosas, estamos más capacitados para pensar y sentir con una concentración más profunda. Más observación y menos opinión implica más aceptación.

Desarrolla la comprensión, además de la habilidad de observar y, a través de ambas, intenta entender lo que la naturaleza espera de ti y cuál es la verdad más profunda sobre tu persona. Si lo haces, es posible aceptar cómo los demás pueden sentir, pensar, temer y desear, y descubrir cómo podrías serles de ayuda. Incluso podrías llegar a reunir la energía requerida para cambiar o abordar las fuentes del estrés que haya en tu vida.

(Pista: no tiene que ver contigo, tiene que ver contigo en relación con los demás y con tu entorno).

Si aprendes a observar tus imperfecciones y adquieres consciencia de la fugacidad de la vida, el ukeireru te empuja a reducir la velocidad y a absorber lo que haya a tu alrededor, tanto personas como objetos y situaciones. La vida no es perfecta, ninguna relación es perfecta y es mejor que aprecies el presente porque pasa volando. (Ningún dolor dura para siempre).

El famoso poema de Ezra Pound —poeta que estuvo influido por la tradición poética japonesa del haikú— es un buen ejemplo de lo que significa ukeireru:

Y los días no están lo bastante llenos. Y las noches no están lo bastante llenas. Y la vida se escapa como un ratón de campo que ni siquiera mueve la hierba

Vive la vida a fondo, cerca de la naturaleza, aceptando que el tiempo es breve y que no importa lo que hagamos, porque la naturaleza ni se conmueve ni se emociona con nuestra fragilidad y acciones. Somos insignificantes.

Hay vías prácticas en las que se puede aplicar el ukeireru a nuestra existencia. Consistiría en llevar a cabo actividades que nos alejen de nuestras preocupaciones. Como reconocer que la felicidad de uno mismo importa menos que cómo se sientan los demás. O comprender que nuestro bienestar depende de la satisfacción que proporcionemos al otro. O sacar tiempo cada día para participar en experiencias no productivas que nos ayuden a escapar de nosotros mismos y consigan que, después, nos sintamos renovados o rejuvenecidos.

En Japón, esta manera de pensar y de organización social cuenta con siglos de antigüedad. ¿Qué otra nación tiene en su haber un libro clásico acerca de los beneficios de no hacer nada? Se titula Pensamientos al vuelo y lo escribió entre 1330 y 1332 el monje budista Yoshida Kenkō. El libro celebra el valor de observar y de la calma que llega cuando uno se olvida de sus preocupaciones personales.

Estos esfuerzos por aceptar donde nos encontramos en relación con la naturaleza y las personas proporcionan un estado de calma que puede ser útil para cambiar la forma en que nos estresamos en primer lugar.

Cuando Jerry Seinfeld le dice a Judd Apatow en su entrevista sobre el significado de la comedia, que tiene un mapa de la galaxia en su despacho para recordarse a sí mismo lo insignificante que es y sacudirse de encima la presión, eso es ukeireru. (Seinfeld agrega: «Me siento muy atraído por el zen»). En una entrevista posterior con Howard Stern, Seinfeld añade a esta observación: «No me vuelvo loco por disfrutar. No creo que sea importante. Creo que lo importante es que sean ellos [los espectadores] los que disfruten».

Cuando Ariana Huffington ideó una empresa que proporciona un espacio para que la gente pueda echar una cabezada durante el horario laboral, eso es ukeireru. Cierra los ojos, no seas productivo.

Cuando la revista Afar informa de que en los núcleos urbanos están empezando a aparecer espacios en donde la gente se asea conjuntamente, eso es ukeireru.

Así pues, en Japón vives el ukeireru en los salones de café, en las estancias para echar una cabezadita, en las celebraciones públicas de pequeños cambios estacionales y en los baños públicos. A lo largo del día y por todo el país, tanto en el trabajo como en casa, los japoneses se esfuerzan por mantener la calma, por prestar atención a las necesidades de los demás y por aceptar su lugar en el esquema natural de las cosas.

En la medida en que la armonía y el sentimiento de comunidad son evidentes y contribuyen al bienestar, la puesta en práctica satisfactoria del ukeireru está presente en el día a día.


Una kōan zen o parábola en la que pienso mucho ilustra el poder del ukeireru: Buda llega a un pueblo y, de inmediato, lo rodean personas que lo veneran y que le cantan alabanzas. Sin embargo, un hombre se mantiene apartado de la muchedumbre y se dirige a él enfadado. Se tira un buen rato despotricando, afirmando que Buda es un ladrón, que solo quiere riquezas y fama. Por fin, Buda le pregunta si ha acabado de gritar y, cuando el hombre dice que, en efecto, así es, le pregunta: «Si le haces un regalo a una persona y esa persona se niega a aceptarlo, ¿a quién pertenece el regalo?». El hombre mira con desdén a Buda y se ríe de él diciendo que esa es la típica estupidez budista. «Pues le pertenece a la persona que ha hecho el regalo —dice—. ¡Eso lo sabe cualquiera!», a lo que Buda responde: «Exacto y tu ira es tu regalo. Me niego a aceptarlo, así que te pertenece a ti. Nadie quiere tu ira».

Así es como funciona el ukeireru. Imagina que se te ocurren otras maneras de enfrentarte a la ira, al miedo y a las discusiones que no se parecen en nada a lo que habías probado hasta ahora. No reaccionando, sino afrontando la situación, entendiendo y aceptando lo que siente la otra persona, y, a continuación, decidiendo cómo actuar —o no actuar— para volver a formular la situación dentro del contexto de la relación.

Cada vez que recibo un correo electrónico de alguien enfadado, que conozco a una persona maleducada o que me hablan sin respeto, traigo a la memoria la kōan de la que acabo de hablar y pienso que esa ira pertenece a la otra persona.15

Gracias al hecho de ser consciente de la importancia de los grupos, Japón tiene una sociedad cohesionada y pragmática: carece de tiroteos en masa o de epidemias de opiáceos, la seguridad ciudadana del país es increíble, sigue existiendo el decoro público y la proporción de mujeres trabajadoras en Japón es mayor que en Estados Unidos.16

Por otro lado, los japoneses viven más de media, en comparación con los estadounidenses, y gastan menos en salud pública. Japón destina el 10,2 por ciento de su presupuesto a la salud pública, mientras que en Estados Unidos destinamos el 17 por ciento; además, los resultados son mejores en Japón.

Parte del éxito del bienestar japonés se debe a la voluntad de beneficiar a los grupos —por encima de los deseos individuales— adoptando medidas de salud pública.

ACEPTACIÓN, LONGEVIDAD Y COMUNIDAD

Estados Unidos ocupa el puesto trigésimo quinto del mundo en lo que a esperanza de vida se refiere; Japón va el segundo.17 O, tal y como David Pilling escribe en su libro El delirio del crecimiento: «Los japoneses gastan la mitad y viven cuatro años más que los estadounidenses»18.

En Estados Unidos, la esperanza de vida ha caído durante tres años seguidos según los datos del Centro de Control de Enfermedades (CDC, siglas de «Centers for Disease Control and Prevention»), que añade en su informe: «Esta preocupante tendencia se ha producido, en especial, debido a las muertes por sobredosis y a los suicidios. La esperanza de vida nos proporciona una instantánea de la salud general de la nación, y estadísticas como estas son una llamada de atención para decirnos que estamos perdiendo a demasiados estadounidenses, sumamente pronto y a menudo, a causa de situaciones que se pueden prevenir».

La aceptación también incide en la manera en que las sociedades enfrentan las desigualdades, los privilegios y el apoyo básico de los más vulnerables, quienes no tienen un papel en una economía basada en el aprendizaje por competencias, poseen discapacidades físicas o psíquicas, carecen de la educación adecuada o, sencillamente, no encajan. En vez de marginar a estos individuos, segregarlos, estigmatizarlos o intentar deportarlos, sería mejor introducir reglas y estándares que aceptasen su valor como seres humanos. Japón se queda corto, pero no tanto como el resto del mundo en lo que se refiere a estas medidas integradoras para japoneses.19

El ukeireru contribuye, pues, a que los japoneses vivan más años y en mejores condiciones que en ningún otro lugar de la Tierra. No es que sea la causa, pero sí representa un factor muy importante. La riqueza, la comunidad y la tradición japonesas se benefician del ukeireru.

Al combinar nuestra franqueza, la diversidad y la flexibilidad emocional estadounidenses con el ukeireru contamos, tal y como dice el doctor Kawai, con la destacada oportunidad de crear un nuevo modelo para una vida larga, satisfactoria y plena.

Lo importante no es, por tanto, la ganancia individual o la mejora del yo. La cuestión es que, mediante la aceptación, la escucha, el trato con los otros y la valoración de la comunidad y de las relaciones, se entienda mejor el sentido de la vida y se obtenga una mayor sensación de bienestar.

Lo más importante de todo: «ser de utilidad a los demás».

Las dos culturas de Japón y de Estados Unidos juntas tienen el potencial de ser más grandes que cada una de ellas por separado. Este libro trata de los hábitos y actividades modernos de los japoneses que crean una poderosa y reconfortante sensación de ukeireru y que cabría sumar a cuanto tenemos en Estados Unidos.

Y, ahora, unas cuantas palabras sobre la selección, la renuncia y la apropiación cultural.

SELECCIÓN, RENUNCIA Y APROPIACIÓN CULTURAL

En 1871, tres años antes del establecimiento formal de la Restauración Meiji —que puso punto final al feudalismo y restableció la figura del emperador—, los japoneses se dieron cuenta de que tenían que ponerse al día con respecto a Occidente si querían competir en el mundo moderno y evitar que los colonizaran. En pos de ese fin, una delegación denominada Embajada Iwakura viajó a Estados Unidos y a Europa para seleccionar qué debía aprender Japón de cada país y descubrir qué puntos tenía que desarrollar para convertirse en una nación fuerte.

En pocas palabras, la infraestructura pública del transporte de Estados Unidos, la monarquía parlamentaria de Gran Bretaña, y la metodología de investigación científica junto con las universidades de Prusia llamaron poderosamente su atención.

Adaptar esos modos de organizar la sociedad a la forma de hacer tradicional japonesa supuso nuevas maneras híbridas de llevar a cabo las cosas y sirvió para modernizar Japón y convertirlo en una gran potencia mundial.

Por lo tanto, es justo decir que este libro, inspirado por la Embajada Iwakura, es selectivo. La delegación japonesa eligió aquello que creía que era lo mejor de Occidente. Nosotros también podemos seleccionar lo que creamos que es mejor de Japón.

Al igual que en Occidente celebramos el individualismo, en Japón la armonía que se desprende de pertenecer al grupo resulta esencial para el bienestar personal. Podemos aprender los unos de los otros con solo aceptar qué es mejor de cada una de nuestras sociedades.

No repitamos los errores.

Lo que me lleva a la renuncia. Entre la aceptación y la resignación, puede haber una gran diferencia o una línea divisoria muy fina. Depende de lo que quieras decir y de quién seas.

Yo creo que hay una gran diferencia por lo siguiente: si una situación o una relación requiere paciencia y observación, acéptalo por el momento. Sé estratégico en vez de táctico. La situación quizá cambie. Y que varíe o se perpetúe en el tiempo acaso no guarde ninguna relación con lo que tú puedas hacer o decir en ese momento. Si reaccionas ante ella desde una perspectiva personal, a lo mejor descubres que has empeorado la situación y, así, podría suceder que acabara superándote en potencia de fuego.

Tal vez no sea justo, es cierto, pero ¿qué está en tu mano hacer para cambiar la situación, de manera que no vuelva a darse en esos términos? Piensa a largo plazo, traza un plan, organiza y contribuye a recabar un acuerdo de grupo. Seguro que no te está pasando solo a ti. Podría tratarse de algo sistémico o institucional, o darse debido a una relación caótica. Y como tal vez no tenga que ver solo contigo, cuentas con grandes posibilidades de que otros trabajen a tu lado para cambiar esa injusticia. No estás solo.

La renuncia, por el contrario, supone una pasividad insistente, una inseguridad que se te presenta a la hora de determinar quién eres y qué puedes hacer. Es un robo de autoridad. Te provoca incertidumbre. Te niega derechos que te pertenecen por el mero hecho de existir. Y el robo de identidad conduce a la ira, que es una emoción de lo más pobre.

Los japoneses expresan semejante resignación con la frase shikata ga nai, que viene a ser algo así como concluir que «no se puede hacer nada». Si bien una situación puede cambiar gracias a la actuación de aquellos implicados en ella, la posición alternativa será recurrir al shikata ga nai.

La frase shikata ga nai reflejaba un fatalismo y una pasividad peligrosos para muchos japoneses a los que habían educado en la senda de aceptar lo inevitable y no discutir con la autoridad ni enfrentarse a las leyes arbitrarias y burócratas. Esta declaración de renuncia la hacían los japoneses que vivían bajo un yugo militar.

O, como John Hersey escribió en su ya clásico Hiroshima, para contar por qué las víctimas de la bomba atómica dejaron de recibir atención sanitaria: «No se puede hacer nada, no va a servir de nada, shikata ga nai».

La resignación es peligrosa. Es posible que pueda hacerse algo, es posible que deba hacerse algo, quizá sea necesario tomar cartas en el asunto. La renuncia puede acabar siendo característica de una persona, quien, a partir de entonces, se mostrará pasiva en otras muchas situaciones.

Este libro no tiene nada que ver con el shikata ga nai, no trata de rendirse ni de darse por vencido.

Al contrario, si eres capaz de aceptarte a ti mismo y, después, a los demás, junto con tu lugar en el orden natural del mundo, estás preparado también para reconocer tu responsabilidad y pensar en los demás antes de actuar. Así, es más probable que reacciones de una manera que beneficie al mundo en el que vives. ¿Por qué elegir empeorar el asunto cuando te sientes unido a tu comunidad?

Por último, hay que hablar de la apropiación cultural. No soy japonés y no pretendo serlo, y tú tampoco deberías intentarlo —¡a menos, claro está, que seas japonés!—. Al igual que los japoneses se modernizaron seleccionando aquello que creían que era mejor de Occidente, adaptándolo a su cultura, también tú puedes elegir lo que más te guste de Japón.

No estoy sugiriendo que te vistas con un kimono o que empieces a practicar ikebana («arreglos florales») —aunque si es lo que te gusta, hazlo con respeto y reconociendo que, con ello, honras otra cultura de la que estás, lo quieras o no, irrevocablemente separado—. No seas un impostor. No intentes ser quien no eres. No te hagas con algo que no es tuyo y le robes su verdadero significado.

Con independencia de la apropiación cultural, acéptate tal y como eres antes de intentar convertirte en quien quieres ser y en quien podrías ser.

Ya lo escribió Michelle Obama en Mi historia, sus memorias: «Era posible, lo sabía, vivir en dos planos al mismo tiempo para tener los pies bien plantados en la realidad, pero señalando en la dirección del progreso. […] Siempre llegas a algún lado cuando mejoras esa realidad, aunque solo sea en tu interior. […] Puedes vivir en el mundo tal y como está, pero también puedes trabajar para hacer que el mundo sea como debería ser».


3 RESPIRAR EN ARMONÍA

Determinar quiénes somos y en quiénes podríamos convertirnos es algo que queda definido por nuestras relaciones con los demás. En Japón, esas relaciones empiezan y se desarrollan gracias a una gran cantidad de actividades compartidas en las que el individualismo de los participantes es definido y entendido en función de su participación. La actividad del grupo se convierte en el punto clave.

Estas actividades unen a las personas, a sus familias y a sus comunidades. Por medio de la participación, también aumenta el bienestar; irónicamente, gracias a la oportunidad de olvidarte de ti mismo por un momento, puedes llegar a sentirte mejor contigo mismo. Preocuparte menos por ti implica una preocupación por los demás y un mayor interés y capacidad de observación y aceptación.

La ceremonia del té es una actividad agotadora, larga y con un elevado contenido ritual en la que merece la pena participar. Un conocidísimo antropólogo cultural estadounidense de raza blanca, que también está versado en Japón, puso los ojos en blanco, se mesó la barba y se palmeó la tripa cuando le aseguré que yo disfrutaba de la ceremonia.

«¡Una solo!», me dijo.

Lo que quería decir, dado que acabé compartiendo su risotada, es que la naturaleza detallada, repetitiva y l-e-n-t-a de la ceremonia del té es, para la mayoría de las personas, tanto de Estados Unidos como de Japón, algo que se sale de lo acostumbrado. Dónde has de sentarte, la manera en que debes hacerlo, las frases que hay que decir y cuándo, el tono, la gravedad de cuanto sucede en ella… bueno, todo eso requiere un tipo de paciencia que, por lo común, se asocia más con el cumplimiento de una fantasía que con el deseo de tomar una taza de té caliente.

Lo importante, sin embargo, la moraleja, es la conexión que adquieres con el país a través de una bebida. Alemania tiene el Oktoberfest y Japón, la ceremonia del té.

Igual de importante es reconocer que la fragilidad de la ceremonia del té, en contraste con la disciplina que exige, se puede trasladar a muchas otras experiencias. Cuando participo en ella doy un paso atrás y dejo el resto del mundo a un lado. De este modo, si me encuentro en la cola del supermercado con una persona maniática delante, o parado en medio de un atasco, o tengo que tratar en el parque con alguien irrespetuoso que no me conoce, puedo valerme de la meditación y del silencio que me ha inculcado el período en que se bate el té, y esperar. Pocas cosas son tan importantes como parecen. Es tal y como canta Drake: «Tenía un momento, pero se ha ido como ha llegado».

La ceremonia del té es el paradigma de la experiencia cultural, su culminación, y es también lo que le da forma: su estructura y cómo te sientes cuando la llevas a cabo puede ser muy útil a la hora de vivir situaciones y relaciones menos estructuradas: permanecer sentado y en calma, prestar atención, seguir las reglas, ir despacio y disfrutar de una experiencia sencilla.

El silencio y la observación del día a día, algo tan sencillo como tomar un café o un té, o incluso un cóctel, son buena parte de lo que los japoneses llaman aun no kokyu. El escritor y editor Yoji Yamakuse lo cuenta de manera maravillosa en su libro Japaneseness («Japonismo»), donde comenta que aun no kokyu significa «respirar en armonía». Dice: «Si entiendes la posición que ocupa la persona con la que estás tratando y eres capaz de desempeñar tu papel de la manera adecuada, serás capaz de controlar el fluir de la conversación durante esa situación en concreto y no será necesario que utilices muchas palabras para ello».

La ceremonia del té japonesa es muy conocida. La mayoría de los japoneses no la practican a diario en casa, es decir, no utilizan varios trapos ni un cucharón, ni tampoco baten el té o lo sirven extremadamente despacio, o llevan a cabo las repetidas reverencias, ni lo sirven con esa manera tan puntillosa de sujetar la taza, dándole la vuelta para aquí y para allá con laboriosidad, todas ellas partes esenciales del ritual. Sin embargo, sí se dejan llevar por esa lentitud y meditación tan propias de la ceremonia a la hora de disfrutar de una taza de té verde normal y corriente.

En los ryokan japoneses, cada estancia, por lo común, tiene unos termos altos enchufados y llenos de agua caliente. Al lado, en una bandejita redonda y lacada, hay un botecito, un colador y una cajita con té verde fresco y aromático.

Antes o después de echar una cabezada, antes o después de bañarse en aguas termales, vestido con tu yukata («una prenda fina de algodón»), preparas una tetera y esperas un rato mientras se hace la infusión.

En Japón, las tazas de té son lo bastante pequeñas como para que quepan en la palma de la mano —de un adulto de tamaño normal—. En los ryokan te sientas en la estera del tatami de la habitación, te relajas y sorbes el té mientras disfrutas del momento como en un sueño e intentas mantenerte despierto, pensando, quizá, en Bashō, el gran poeta que escribió lo siguiente allá por el siglo XVII:

Un monje sorbe el té por la mañana, no se oye nada, los crisantemos florecen.

Puedes hacerlo en casa y en el trabajo. No el ritual, pero sí tomar un té. Necesitas: buenas hojas de té verde, una tetera, un colador y agua a punto de hervir.

A lo largo del día, los empleados beben varias tazas de té verde. Esto cuestiona un poco el rígido esquema de productividad implacable, pero da forma a una actividad compartida con los compañeros de trabajo y hace que salgan a colación recuerdos de los momentos en que se bebió té en sitios bucólicos. Entonces, el té puede conjurar también imágenes de maravillosas terrazas de plantas de té.

La experiencia es más importante que el té propiamente dicho, pero también hay que concentrarse en la bebida misma. El té tiene un aroma fresco que puede llevar a tu sentido del olfato a un estado de euforia mientras imaginas o incluso sientes la naturaleza en la taza. Y más que el té en sí, son la naturaleza, el pasado y el presente, disfrutados tanto individualmente como con otra persona que esté tomando té contigo, los que pueden contribuir a esa sensación de bienestar y ayudarte a olvidar quién eres y dónde estás, mientras, al mismo tiempo, refuerzas tu comprensión del placer que supone sentirse a salvo y estar vivo.

Me imagino al monje Bashō sorbiendo té y aceptando la silenciosa mañana que lo ha llevado a un punto en el que la observación de una planta en flor es lo prioritario para su consciencia. No, no todas las tazas de té te van a llevar de vuelta al pasado o a sumirte en la paz interior. Hay que tener en cuenta que Bashō era un monje. ¿Acaso tú también lo eres? Ya me lo parecía. Ahora bien, si añades el té verde a tus actividades diarias, en especial si estás compartiendo una taza con una persona querida, con un amigo o un colega, puede que te des cuenta de que el tiempo se ha ralentizado. Puede que observes más, que aceptes mejor a las personas con las que estás y que disfrutes del ligero entusiasmo que produce la cafeína.20

Algunos de los mejores tés verdes provienen de la prefectura de Shizuoka, una región de Japón con cultivos en terraza de plantas de té bajas que son preciosos durante la lluvia y en la temporada de recogida. Cuando estuve allí de visita, y mientras conducíamos por las empinadas colinas, las filas perfectas de plantas de té, todas ellas idénticas en altura y color, me sugirieron que el orden y la plenitud son posibles; como el trabajo duro y la dedicación frente al azar.

La producción de té en Shizuoka está amenazada por varios factores, incluida la competencia de China, donde los salarios son mucho menores; por las nuevas generaciones, como pasa en todo el mundo, que están abandonando el campo en busca de mejores oportunidades económicas y sociales; y por los costes de la producción en masa del cultivo de té.21

Así que, bebiendo este té verde, puedes disfrutar de un producto que es una sinécdoque de Japón al mismo tiempo que apoyas a las comunidades agrícolas, que necesitan tu ayuda.

En Estados Unidos puedes encontrar té verde en todas partes: en las pequeñas tiendas de alimentación, en los supermercados, en las gasolineras. Ahora bien, si quieres probar alguno de los mejores, decántate por Ippodo. Esta tienda de té centenaria, situada en Kioto, abrió una tienda satélite en la sección de Murray Hill de Manhattan; y, si no vives en Nueva York —como es mi caso—, siempre puedes pedir el té por Internet y que te lo envíen desde Japón. La tienda electrónica posee una gran selección de tés, incluidos orgánicos y sin cafeína, además de sugerencias para emparejar el té con platos dulces o salados.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
234 s. 7 illüstrasyon
ISBN:
9788491877622
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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