Kitabı oku: «Dios te salve, Reina y Madre»

Yazı tipi:

SCOTT HAHN

DIOS TE SALVE, REINA Y MADRE

La Madre de Dios en la Palabra de Dios

Decimocuarta edición

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Hail, Holy Queen. The Mother of God in the Word of God

© 2001 by SCOTT WALKER HAHN

Publicado por acuerdo con Doubleday, una división de The Doubleday Broadway Publishing Group, una división de Random House Inc.

© 2019 de la versión española realizada por EULALIO FIESTAS LÊ-NGOC,

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Primera edición española: noviembre de 2002

Decimocuarta edición española: junio de 2019

Con aprobación eclesiástica del Obispo de Steubenville (EE.UU.). Octubre, 1999.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN (versión impresa): 978-84-321-3423-4

ISBN (versión digital): 978-84-321-5952-7

A Hannah

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

PRÓLOGO, por el P. Kilian Healy, O. Carm.

INTRODUCCIÓN: TODO HIJO DE MADRE. Confesiones de un hijo pródigo de María

CAPÍTULO I. MI TIPO DE MADRE. Confesiones de un hijo pr digo de María

CAPÍTULO II. VÍSPERAS DE NAVIDAD. La maternidad de María es un regreso al paraíso

CAPÍTULO III. VENERADORES DEL ARCA PERDIDA. Israel y el portador de la nueva alianza

CAPÍTULO IV. EL PODER TRAS EL TRONO. La reina madre y el rey de la dinastía de David

CAPÍTULO V. DEL TIPO A LA ENSEÑANZA. La Madre es el mensaje

CAPÍTULO VI. ¿QUÉ PASA CON LOS HIJOS? La reina madre y la familia real

CAPÍTULO VII. LA IGLESIA FINAL. ¿Quién hace de la Iglesia una Madre?

CAPÍTULO VIII. PARA CONCLUIR, UN EPÍLOGO NO APOLOGÉTICO. Defender sin ofender

APÉNDICE. LAS CUENTAS VENERABLES

ANEXO. CARTA APOSTÓLICA ROSARIUM VIRGINIS MARIAE DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II SOBRE EL SANTO ROSARIO 16 DE OCTUBRE DE 2002

AUTOR

PATMOS, LIBROS DE ESPIRITUALIDAD

PRÓLOGO

Unos meses antes de morir, Santa Teresa de Lisieux realizó su sueño de expresar en forma de canción todo lo que pensaba sobre la Virgen María. Tituló aquel largo poema de veinticinco estrofas: Por qué te amo, María. Deseaba contar la verdad acerca de la Virgen, y todo su conocimiento de María, hechos y acontecimientos, lo extrae de los Evangelios. Para Santa Teresa, María, Madre de Dios, es su madre espiritual y reina celestial, pero más madre que reina. De entre sus más de 50 poemas, este canto de amor resulta ser el favorito de los lectores y discípulos de Teresa.

Scott Hahn, en Dios te salve, Reina y Madre, nos cuenta, no en poesía sino en prosa, por qué ama y honra a la Virgen María y por qué nosotros deberíamos amarla y honrarla también. Aunque (como Teresa de Lisieux) el papel de María lo encuentra revelado en los Evangelios, la investigación que realiza va más allá de ellos. Es un firme partidario del principio de San Agustín de que el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, y el Antiguo revelado en el Nuevo. Por eso, no es de extrañar que halle a María prefigurada en el Antiguo Testamento, especialmente en Eva, la madre de todos los vivientes, en el arca de la alianza, y en la reina madre de la dinastía de David.

Más aún, es la reina del cielo, vestida de sol, del libro del Apocalipsis. La encuentra también en la Tradición eclesial, de manera particular en los Padres y dogmas de la Iglesia (que son intérpretes de la Escritura).

Scott Hahn conduce su relato de forma personal y humilde, siempre consciente de las falsas interpretaciones de la doctrina y devoción marianas que abrazó en su día, durante su juvenil etapa anticatólica. Al escribir este libro, ha tenido la oportunidad de corregirlas. Sin embargo, su principal motivo ha sido escribir para todos los cristianos que quieran escuchar, sobre todo para los católicos, pues desea que valoren el lugar que ocupa María en sus vidas.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿querrán escucharle cristianos de diferentes denominaciones? Soy optimista. En el pasado, María ha sido para muchos un obstáculo para la unidad, pero en los últimos treinta años, desde el Concilio Vaticano II, se han dado grandes pasos hacia la unidad. Expertos bíblicos, tanto católicos como protestantes, se han reunido para estudiar juntos la Sagrada Escritura. En 1967 comenzó en Inglaterra la Sociedad Ecuménica de Santa María Virgen, que incluía líderes de las iglesias anglicana, católica, metodista y ortodoxa. En 1976 la sociedad quedó también establecida en Washington D.C. Miembros de ambas sociedades se reúnen regularmente y publican sus descubrimientos. Aunque aún quedan vastos problemas por resolver, se han hecho ya algunos progresos y las sociedades siguen adelante con esperanza e ilusión. Que María, madre de todos los cristianos y madre de la unidad, acoja de corazón sus esfuerzos, interceda ante el Espíritu Santo y ayude a conseguir la re-unión de todos los cristianos.

Una última cuestión: ¿cómo deberíamos acercarnos a este libro? Mi propio juicio me dice que sería un error considerarlo un manual de cabecera. Hay que ponderar y digerir su rico contenido. Podría servir como libro de texto para una clase de estudios marianos. Sería ideal para un grupo mariano de estudios. Con la Biblia en una mano y este libro en la otra, los lectores ganarían interés y entusiasmo en los debates acerca de los tipos de María en la Escritura y los dogmas de la Iglesia. Únicamente mediante el estudio, la reflexión y la oración podrán llevarnos estas verdades reveladas a apreciar y amar a María, reina y madre, y, consecuentemente, a amar al Dios de misericordia que nos la ha dado.

Cuando Santa Teresa de Lisieux escribió su canto de alabanza, se justificó de esta manera: «en ti ha hecho cosas grandes el Todopoderoso. Quiero ponderarlas y bendecirle por ellas».

Scott Hahn ha ponderado las maravillas que Dios ha obrado en María y quiere compartirlas con nosotros. Nos invita a fijar la vista amorosamente en nuestra madre y reina, modelo y ejemplo para todos sus hijos. Un día nos tomará de la mano y nos conducirá suavemente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Que este libro, fruto del amor, consiga la respuesta que se merece.

Fiesta de Santa María Reina, 22 de agosto.

P. KILIAN HEALY, O. Carm.

INTRODUCCIÓN:

TODO HIJO DE MADRE

CONFESIONES DE UN HIJO PRÓDIGO DE MARÍA

A pesar de mi piedad recién encontrada, sólo tenía quince años y estaba demasiado pendiente de quedar «guay».

Apenas unos meses antes, había dejado atrás varios años de delincuencia juvenil y había aceptado a Jesús como mi Señor y Salvador. Mis padres, que no eran unos presbiterianos particularmente devotos, se dieron cuenta del cambio que había dado y lo aprobaban de corazón. Si le había tocado a la religión mantenerme alejado de un arresto juvenil, bienvenida fuera.

El celo por mi nueva fe me consumía la mayor parte del tiempo. Un día de primavera, me di cuenta de que algo más me estaba consumiendo. Tenía una infección de estómago, con todos sus desagradables síntomas. Expliqué mi situación al profesor encargado de curso y me envió a la enfermería del colegio. Tras tomarme la temperatura, la enfermera me dijo que me echara mientras telefoneaba a mi madre.

Por lo que pude oír de la conversación, deduje que me iría a casa. Sentí un alivio inmediato y me quedé dormido.

Me desperté con un sonido cortante como una cuchilla. Era la voz de mi madre que rezumaba materna compasión.

«¡Ah!», dijo cuando me vio tumbado allí.

De repente, caí en la cuenta. Mi madre me va a llevar a casa. ¿Qué pasará si mis amigos la ven sacándome de la escuela?, ¿y si intenta echarme el brazo por encima? Seré el hazmerreír...

La humillación estaba a las puertas. Ya podía oír a los compañeros que se burlaban de mí. ¿Viste a su madre secándole la frente?

Si hubiese sido católico, habría descrito los siguientes quince minutos como un purgatorio. Para mi imaginación evangélica, se trataba del mismísimo infierno. Aunque miraba fijamente al techo que tenía sobre la camilla de la enfermería, todo lo que podía ver era un largo e insoportable futuro como «el niño de mamá».

Me senté para estar cara a cara ante una mujer que se me acercaba con una pena mayúscula. En realidad era su pena lo que me resultaba más repugnante. En toda compasión materna está implícito lo que necesita su «pequeño» chico; y tal pequeñez y necesidad no quedan nada «guay».

«Mamá, musité antes de que ella pudiera pronunciar palabra. ¿Qué te parece si sales por delante de mí? No quiero que mis amigos te vean llevándome a casa».

Mi madre no dijo palabra. Se dio la vuelta, dejó atrás la enfermería, salió del colegio y se fue directamente al coche. Desde ese lugar, me fue mimando hasta casa, preguntándome cómo me sentía y asegurándose de que me iría a la cama con los remedios habituales.

¡Por los pelos...!, pero estaba totalmente seguro de que había escapado con mi imagen de «tío guay» intacta. Me quedé dormido con una paz casi perfecta.

No fue hasta esa noche cuando volví a pensar en mi quedar «guay». Vino mi padre al cuarto, para ver cómo me sentía. Bien, le dije. Entonces me miró con seriedad.

«Scottie, dijo, tu religión no vale mucho si se queda en meras palabras. Tienes que pensar en cómo tratas a los demás». A continuación vino el golpe de gracia: «nunca más te avergüences de que te vean con tu madre».

No necesitaba más explicaciones. Me di cuenta de que papá tenía razón y me llené de vergüenza por haberme avergonzado de mi madre.

ADOLESCENTES ESPIRITUALES

Pero, ¿no es eso lo que pasa con muchos cristianos? Cuando Jesús estaba a punto de morir en la cruz, en su última voluntad y testamento, nos dejó una madre. «Cuando Jesús vio a su madre y al discípulo a quien amaba junto a Ella, dijo a su madre: “Mujer, ¡ahí tienes a tu hijo!” Entonces dijo al discípulo: “¡Ahí tienes a tu madre!” Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19, 26-27).

Nosotros somos sus discípulos amados, sus hermanos pequeños (cf. Hb 2, 12). Su casa del cielo es nuestra, su Padre es nuestro, y su madre es nuestra. Pero ¿cuántos cristianos la reciben en su casa?

Más aún, ¿cuántas iglesias cristianas están cumpliendo la profecía del Nuevo Testamento de que «todas las generaciones» llamarían «bienaventurada» a María (Lc 1, 48)? La mayoría de los ministros protestantes —y en esto hablo por propia experiencia— evitan hasta mencionar a la madre de Jesús, por miedo a ser acusados de criptocatolicismo. A veces los miembros más celosos de sus congregaciones han sido influenciados por exaltadas polémicas anticatólicas. Para ellos, la devoción mariana es una idolatría que coloca a la Virgen entre Dios y el hombre y enaltece a María a expensas de Jesús. Podrás encontrar iglesias protestantes dedicadas a San Pablo, San Pedro, Santiago o San Juan... pero difícilmente una dedicada a Santa María. Encontrarás con frecuencia pastores que predican sobre Abrahán o David, antepasados lejanos de Jesús, pero casi nunca escucharás un sermón sobre María, su madre. Lejos de llamarla bienaventurada, la mayoría de las generaciones protestantes se pasan la vida sin llamarla de ninguna manera.

No se trata sólo de un problema protestante. Demasiados cristianos católicos y ortodoxos han abandonado la rica herencia de devociones marianas que poseen. Están acobardados ante las polémicas de los fundamentalistas, avergonzados por las sonrisitas de teólogos del disenso, o achantados por sensibilidades ecuménicas bienintencionadas pero descaminadas. Se alegran de tener una madre que reza por ellos, les prepara la comida y cuida la casa; sólo que les gustaría que estuviera fuera de la vista cuando haya cerca otros que no van a comprender.

«MARY, MARY, QUITE CONTRARY»[1]

Yo también he sido culpable de esta negligencia filial... no sólo con mi madre de la tierra, sino también con mi madre en Jesucristo, la Bienaventurada Virgen María. La senda de mi conversión me llevó de la delincuencia juvenil a ser ministro presbiteriano. A lo largo del camino, tuve mis momentos antimarianos.

Mi primer encuentro con la devoción mariana tuvo lugar cuando murió mi abuela Hahn. Había sido la única católica por ambas partes de mi familia: un alma tranquila, humilde y santa. Como yo era el único miembro religioso de la familia, al morir ella, mi padre me dio sus objetos religiosos. Los miré con horror. Agarré su rosario y lo destrocé totalmente, diciendo: «Dios, líbrala de las cadenas del catolicismo que la han tenido atada». Lo decía tan en serio como actuaba. Veía al Rosario y a la Virgen María como obstáculos que se interponían entre la abuela y Jesucristo.

Incluso a medida que me acercaba lentamente a la fe católica —movido inexorablemente por la verdad de una doctrina tras otra— no lograba aceptar la enseñanza mariana de la Iglesia.

La prueba de su maternidad habría de llegar, para mí, únicamente cuando tomé la decisión de empezar a ser hijo suyo. A pesar de los poderosos escrúpulos de mi formación protestante —recuerda que unos años antes había roto el rosario de mi abuela—, un día tomé un rosario y empecé a rezarlo. Rezaba por una intención muy personal y aparentemente imposible. Al día siguiente, volví a cogerlo, y al día siguiente y al siguiente. Pasaron meses antes de que me diera cuenta de que aquella intención mía, aquella situación en apariencia imposible, se había resuelto desde el día en que recé el Rosario por primera vez. Mi petición había sido concedida.

DE AQUÍ A LA MATERNIDAD

Desde ese momento, conocí a mi madre; conocí verdaderamente cuál era mi hogar en la familia de la alianza de Dios: sí, Cristo era mi hermano. Sí, me había enseñado a rezar «Padre nuestro». Ahora, en mi corazón, aceptaba su mandato de mirar a mi madre.

Con este libro me gustaría compartir esa mirada —y sus inquebrantables fundamentos escriturísticos— con cuantos cristianos quieran escucharme, piadosamente, con mente abierta. Me gustaría dirigirme de modo particular a mis compañeros católicos, porque muchos de nosotros necesitamos volver a descubrir a nuestra madre, descubrirla por vez primera, o quizá verla con nuevos ojos. Hasta los que se mantienen fieles a la Madre de Dios pueden hacerlo, a veces, de forma innecesariamente defensiva: apoyan a su madre de manera desafiante, aunque apenas puedan dar un mínimo sentido bíblico a sus devociones. Se aferran a unos cuantos pasajes del Nuevo Testamento como a una especie de último recurso mariano. Estos buenos católicos —aunque ciertamente reverencian a su madre— no comprenden plenamente su significado dentro del plan divino.

María llena las páginas de la Sagrada Escritura desde el principio del primer libro hasta el final del último. En el plan de Dios, estaba presente desde el comienzo de los tiempos, al igual que los apóstoles, la Iglesia y el Salvador; y lo estará también en el momento en que se cumplan todas las cosas. Mientras tanto, su maternidad es un descubrimiento que está a la espera de que se haga. Cuando aún era protestante, y aspirante a profesor de Sagrada Escritura, me propuse en cierta ocasión investigar la maternidad y la paternidad en la Biblia. Encontré cientos de páginas de estudios excelentes sobre paternidad, patriarcado, etcétera... pero tan sólo unos pocos párrafos acerca de la maternidad, matriarcado o condición de las madres.

¿Qué es lo que pasa? Quizá la maternidad nos resulte tan poco conocida y apreciada, porque nuestras madres están demasiado unidas a nosotros. Los niños, por ejemplo, no pueden comprender que «madre» es una entidad separada, hasta que tienen varios meses de edad. Algunos investigadores dicen que no llegan a darse cuenta del todo hasta que son destetados. No estoy seguro de que podamos nunca distanciarnos psíquicamente de nuestras madres... aunque de quinceañeros las hagamos caminar unos pasos por delante de nosotros.

EN MARCHA

Hagamos, pues, este descubrimiento juntos. Caminemos con el Pueblo de Dios a través de los momentos de la creación y de la caída..., y de la promesa de la redención, desde la entrega de la Ley hasta el establecimiento de un reino. A cada paso encontraremos la promesa de una patria, que incluye una deslumbrante reina que es también una madre para su pueblo. A cada paso encontraremos la promesa de un hogar, con una madre que es también poderosa intercesora para sus hijos. En la etapa más importante, encontraremos una reina madre, que llena por sí sola el reino de Cristo y su casa.

Aunque pienses que debes emprender este viaje unos cuantos pasos por detrás —a cierta distancia de la madre más bendita de la historia—, te ruego que sigas caminando conmigo, y con María, hacia nuestro común destino, nuestra casa común de la Jerusalén celestial.

[1] Hemos dejado este título sin traducir, pues corresponde al primer verso de una popular canción infantil. Es característico de Scott Hahn dividir los capítulos mediante subtítulos llamativos, que no guardan mucha relación con el contenido. Al traducirlos al español, muchos de ellos pierden la fuerza evocadora o provocadora que tienen en inglés. Así, por ejemplo, «Huellas de amor» (p. 30) está en lugar de «Traces of love, long ago», de la canción Traces de Gloria Estefan; «Seamos metafísicos» (p. 27) traduce el original «Let’s get metaphysical», conocido tema instrumental de David Gilmour; «María tuvo un hombrecillo» (p. 57) es una variante de otra canción infantil («Mary had a little lamb/man»). A veces el porqué de un subtítulo estriba en el juego de la homofonía (lógicamente en inglés): «Justin Time» con just in time («Los tiempos de Justino», p. 47), «Ark the herald angels sing», con Hark, the herald angels sing (un famoso villancico, que no hace referencia a un arca: p. 56). Aunque el efecto sorpresa de estos subtítulos está matizado por la imposibilidad de traducirlos, el lector español puede hacerse una idea con algunos que lo evocan aun traducidos, como, por ejemplo: «Cutting the Umbiblical Cord» (p. 40), «Fetal Attraction» (p. 95; que juega con el título de la película Fatal Attraction), «The Mediatrix is the Message» (p. 118; remedo de El medio es el mensaje, de Marshall Mc Luhan), etc. (n. del tr.).

CAPÍTULO I

MI TIPO DE MADRE

LA LÓGICA DE AMOR DE LA MATERNIDAD DE MARÍA

Las madres son las personas más difíciles de estudiar. Se escapan a nuestro examen. Por naturaleza y por definición, son relacionales. Se las puede considerar como madres únicamente con relación a sus hijos. Es ahí adonde dirigen su atención, y ahí es donde querrían concentrar la nuestra.

La naturaleza mantiene tan unidos a la madre y al hijo que, en los nueve primeros meses de vida, casi no se distinguen como individuos. Sus cuerpos están hechos el uno para el otro. Durante el embarazo, comparten la misma comida, sangre y oxígeno. Después del parto, la naturaleza sitúa al hijo ante el pecho de la madre para alimentarse. Los ojos del neonato apenas pueden ver más allá que para mantener contacto visual con mamá[1]. Los oídos del recién nacido pueden percibir claramente los latidos del corazón de su madre y los tonos agudos de la voz femenina. La naturaleza ha hecho que incluso la piel de la mujer sea más suave que la del marido, más adecuada para acunar la sensible piel de un bebé. La madre, en cuerpo y alma, apunta más allá de sí misma, hacia su hijo.

Pero por más unidos que nos mantenga la naturaleza a nuestras madres, siguen siendo misteriosas para sus hijos. Continúan siendo un misterio. En palabras del padre Brown de G. K. Chesterton: «a veces algo puede estar demasiado cerca para verlo».

Como Madre de Dios, María es la madre por excelencia. Por eso, si todas las madres se nos escapan, Ella más aún. Si todas las madres se dan a sí mismas, Ella todavía más. Si todas las madres apuntan más allá de sí mismas, María en mucho mayor grado.

En tanto que verdadera madre, María considera que ninguna de las glorias que posee le pertenece. A fin de cuentas, Ella señala hacia fuera de sí, tan sólo está cumpliendo órdenes de Dios: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Incluso cuando reconoce sus excelsos dones, reconoce que son dones: «todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48). Por su parte, el alma de María no se «magnifica» a sí misma, sino «al Señor» (Lc 1, 46).

¿Cómo, pues, podremos acercarnos a este escurridizo tema, si Ella ha de ser siempre relacional?, ¿cómo podemos empezar a estudiar a esta mujer que siempre desvía la atención de sí misma hacia su Hijo?

SEAMOS METAFÍSICOS

Para entender a la Madre de Dios, debemos empezar por Dios. Toda mariología, toda devoción mariana, tiene que comenzar por una sólida teología y una fe firme en el Credo. Todo lo que hace María, y todo lo que es, deriva de su relación con Dios y de su correspondencia al plan divino. Ella es su madre, su esposa, su hija, su sierva. No podemos empezar a conocerla si, primeramente, no tenemos nociones claras sobre Él: sobre Dios, su providencia y la relación con su Pueblo.

Y eso no es tan sencillo como alguna gente querría hacernos creer. A fin de cuentas, dependemos del lenguaje que engarza con nuestra imaginación y hace comprensibles cosas invisibles, bien por comparación con las cosas que vemos: Dios es ilimitado, como el cielo; ilumina, como el fuego; está en todas partes, como el viento. O bien oponiendo cualidades de Dios con nuestras propias cualidades: somos finitos, pero Él es infinito; nuestro poder es limitado, pero Él es omnipotente.

A conocerle por analogía y por oposición es a todo lo más que alcanza la mayoría de la gente en su consideración de Dios... y hasta donde llegan, expresan cualidades verdaderas. Pero no van muy allá. Dios es espíritu puro, y todas nuestras analogías terrenas se quedarán cortas al pretender describirle como realmente es.

La teología es el modo por el que nos acercamos a Dios en sus propios términos, más que en los nuestros. Por tanto, aunque no es un camino fácil de recorrer, no podemos profundizar en nuestra fe, si no estamos dispuestos a asumir en cierto grado la tarea teológica.

La verdad última acerca de Dios no puede depender de nada más que de Dios. No podemos definirle en términos de algo contingente, como sucede en las analogías con la creación. Dios no depende de la creación para su identidad. Incluso su título de creador es algo relativo y no absoluto. Aunque es eterno y es creador, no es el eterno creador. La creación es algo que tiene lugar en el tiempo y Dios transciende el tiempo. Por tanto, aunque la creación es algo que Dios hace, no define quién es. Lo mismo sucede con la redención y la santificación. Aunque Dios es redentor y santificador, estos títulos no definen su identidad eterna, sino más bien alguna de sus obras. Los términos «creador», «redentor», «legislador» y «santificador» dependen del mundo... de algo que necesita ser creado, redimido, gobernado y santificado.

CUÁL-ES-SU-NOMBRE

Entonces, ¿cómo podemos conocer a Dios tal como es? Primeramente, porque se nos ha revelado. Nos ha dicho su identidad eterna: su nombre. Al final del Evangelio de San Mateo (28, 19), Jesús manda a sus discípulos bautizar «en el nombre» de la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Date cuenta de que no habla de éstos como si fueran tres títulos, sino como de un nombre en singular. En la cultura del antiguo Israel, el nombre de uno equivalía a su identidad. Este nombre singular, por tanto, revela quién es Dios desde toda la eternidad: es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Al llegar aquí podrías objetar razonablemente que se trata de títulos que dependen de la creación. ¿Acaso «Padre» e «Hijo» no son meras analogías con las funciones familiares que encontramos en la tierra?

No. En realidad, es precisamente al revés. Más bien esas funciones terrenas de padre e hijo son metáforas vivas de algo divino y eterno. Dios mismo es, de alguna manera, una familia eterna y perfecta. Juan Pablo II lo expresó adecuadamente: «Dios en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia, que es el amor»[2].

¿Lo has captado? Dios no es como una familia: es una familia. Desde la eternidad, sólo Dios posee los atributos esenciales de una familia, y sólo la Trinidad los posee en su perfección. Los hogares de la tierra tienen estos atributos, pero imperfectamente.

LA DIVINIDAD ES, COMO LA DIVINIDAD OBRA

Pero la trascendencia de Dios no deja a la creación sin ninguna pista de Él. La creación nos dice algo acerca de su creador. Una obra de arte siempre revela un rastro del carácter del artista. Por eso, podemos aprender más acerca de quién es Dios, observando lo que hace.

El proceso funciona también a la inversa. Podemos aprender más acerca de la creación, la redención y las obras de Dios, estudiándolas a la luz de la auto-revelación divina. Puesto que la Trinidad revela la dimensión más profunda de quién es Dios, revela también el sentido más profundo de lo que hace Dios. El misterio de la Santísima Trinidad es «el misterio central de la fe y de la vida cristiana», dice el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 234). «Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina». Por tanto, nuestra comprensión de Dios como familia, afectará también profundamente a nuestra comprensión de todas sus obras. En todo lo que existe, podemos discernir —con los ojos de la fe— una intención familiar, que la tradición teológica llama «huellas de la Trinidad».

La reflexión sobre el misterio de Dios y sobre los misterios de la creación resulta, entonces, mutuamente enriquecedora. Dice el Catecismo: «las obras de Dios revelan quién es en sí mismo; e inversamente, el misterio de su Ser íntimo ilumina la inteligencia de todas sus obras. Así sucede, analógicamente, entre las personas humanas. La persona se muestra en su obrar y a medida que conocemos mejor a una persona, mejor comprendemos su obrar» (n. 236).

HUELLAS DE AMOR

Vislumbramos a Dios no sólo en el mundo, sino también —y especialmente— en las Sagradas Escrituras, que son las únicas inspiradas por Dios para expresar su verdad. El Catecismo prosigue explicando que Dios ha revelado «su ser trinitario» explícitamente en el Nuevo Testamento, pero que también ha dejado «huellas [...] en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento» (n. 237).

Así pues, el conjunto de las Escrituras puede verse como la historia de la preparación, y de la realización por parte de Dios, de su obra más grande: su definitiva auto-revelación en Jesucristo. San Agustín decía que el Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo, y que el Antiguo está revelado en el Nuevo. Toda la historia ha consistido en preparar al mundo para el momento en que la Palabra se hizo carne, en que Dios se hizo una criatura humana en el seno de una joven virgen de Nazaret.

Como Jesucristo, la Biblia es única. No hay otro libro que pueda reivindicar de verdad que tiene autores humanos y un autor divino, el Espíritu Santo. Jesucristo es la Palabra de Dios encarnada, plenamente divino y plenamente humano... como todos nosotros, excepto en que no tiene pecado. La Biblia es la Palabra de Dios inspirada, plenamente divina y plenamente humana... como cualquier otro libro, excepto en que no tiene error. Tanto Cristo como la Sagrada Escritura son dados, dijo el Concilio Vaticano II, «para nuestra salvación» (Dei Verbum, n. 1).

Por eso, cuando leemos la Biblia, tenemos que leerla en dos niveles simultáneos. Leemos la Biblia en sentido literal como leemos cualquier otra literatura humana. Pero la leemos también en un sentido espiritual, descubriendo lo que el Espíritu Santo intenta decirnos a través de las palabras (cf. Catecismo, nn. 115-119).

Lo hacemos así a imitación de Jesús, porque ésta es la manera en que leía las Escrituras. Se refirió a Jonás (Mt 12, 39), Salomón (Mt 12, 42), el templo (Jn 2, 19), y la serpiente de bronce (Jn 3, 14) como «signos» que le prefiguraban. En el Evangelio de San Lucas, cuando nuestro Señor confortaba a los discípulos camino de Emaús, vemos que, «comenzando por Moisés y todos los profetas, les interpretó lo referente a Él en todas las Escrituras» (Lc 24, 27). Tras esta lectura espiritual del Antiguo Testamento, los corazones de los discípulos ardían en su interior.

¿Qué encendió este fuego en sus corazones? A través de las Escrituras, Jesús había iniciado a sus discípulos en un mundo que iba más allá de sus sentidos. Como buen maestro, Dios presentó lo que no era familiar en términos que resultaban familiares. Más aún, había creado lo relativo a la familia con este fin en la mente: moldear las personas e instituciones que pudieran prepararnos mejor para la venida de Cristo y las glorias de su reino.

APRENDIENDO TIPOLOGÍA

Los primeros cristianos siguieron a su Maestro, leyendo la Biblia de esa manera. En la Carta a los Hebreos, se describe el tabernáculo del Antiguo Testamento y sus rituales como «tipos y sombras de las realidades del cielo» (8, 5), y la Ley como una «sombra de los bienes que han de venir» (10, 1). San Pedro, por su parte, hacía notar que Noé y su familia «fueron salvados a través del agua» y que «esto prefiguraba el Bautismo, que os salva ahora» (1 Pe 3, 20-21). La palabra de Pedro que hemos traducido por «prefiguraba» es exactamente la palabra griega que significa «tipificar» o «hacer un tipo». El apóstol San Pablo, por su parte, describía a Adán como «tipo» de Jesucristo (Rm 5, 14).

Entonces, ¿qué es un tipo? Tipo es una persona, lugar, cosa o acontecimiento real del Antiguo Testamento que prefigura algo más grande del Nuevo Testamento. De «tipo» proviene la palabra «tipología», el estudio de las prefiguraciones de Cristo en el Antiguo Testamento (cf. Catecismo, nn. 128-130)[3].

Debemos subrayar que los tipos no son símbolos de ficción. Son literalmente detalles históricos verdaderos. Cuando, por ejemplo, San Pablo interpretaba el relato del hijo de Abrahán como «una alegoría» (Gal 4, 24), no pretendía decir que nunca hubiera ocurrido en realidad; estaba afirmándolo como algo histórico, pero como una historia que ocupa un lugar en el plan de Dios, una historia cuyo significado quedó claro sólo después de su cumplimiento final.

La tipología nos desvela muchas más cosas aparte de la persona de Cristo; nos habla también del cielo, la Iglesia, los apóstoles, la Eucaristía, los lugares del nacimiento y muerte de Jesús, y la persona de la madre de Jesús. De los primeros cristianos aprendemos que el templo de Jerusalén prefiguraba la morada celestial de los santos en la gloria (2 Cor 5, 1-2; Ap 21, 9-22); que Israel prefiguraba la Iglesia (Gal 6, 16); que los doce patriarcas del Antiguo Testamento prefiguraban los doce apóstoles del Nuevo Testamento (Lc 22, 30); y que el arca de la alianza era tipo de la Virgen María (Ap 11, 19; 12, 1-6.13-17).

Además de los tipos del Antiguo Testamento tratados explícitamente en el Nuevo Testamento, hay muchos otros implícitos, pero obvios. Por ejemplo, el papel de San José en la infancia de Jesús tiene claramente como telón de fondo el papel del patriarca José en la temprana vida de Israel. Los dos llevan el mismo nombre; ambos son descritos como «recto», o «justo»; reciben revelaciones en sueños; ambos se ven desterrados a Egipto; y los dos entran en escena a fin de preparar el camino de un acontecimiento mayor: en el caso del patriarca José, el éxodo guiado por Moisés, el Libertador; en el caso de San José, la redención efectuada por Jesús, el Redentor[4].

Los tipos marianos abundan en el Antiguo Testamento. Encontramos a María prefigurada en Eva, la madre de todos los vivientes; en Sara, esposa de Abrahán, que concibió milagrosamente a su hijo; en la reina madre de la monarquía de Israel, que intercedía ante el rey en favor del pueblo de la tierra; y en otros muchos lugares, de otras muchas maneras (por ejemplo, Ana y Ester). El tipo más explícitamente mencionado en el Nuevo Testamento, el arca de la alianza, lo trataré con mayor detalle en un capítulo propio. En este momento quiero señalar simplemente que, al igual que el arca primitiva fue hecha para portar la antigua alianza, la Virgen María fue creada para llevar la nueva alianza.

COSAS DE FAMILIA

Esa nueva alianza, traída al mundo por la Santísima Virgen María, es la que lo cambia todo en nuestras vidas —en la mía y en la tuya— y en la historia humana. En efecto, todos los encuentros decisivos entre Dios y el hombre están marcados por alianzas. La relación de Dios con Israel quedó definida por una alianza, como lo fueron sus relaciones con Adán, Noé, Abrahán, Moisés y David. Jesús mismo habló de su sacrificio redentor como la nueva alianza en su Sangre (Lc 22, 20).

Oímos esas palabras en la Plegaria eucarística de la Misa, pero ¿nos paramos alguna vez a preguntarnos: qué es una alianza? Se trata de una pregunta absolutamente crucial, que nos lleva al corazón de la fe y de la vida cristiana. De hecho, nos lleva al corazón mismo de Dios.

¿Qué es una alianza?[5]. La cuestión nos devuelve a la realidad primordial que tratábamos al comienzo de este capítulo: la familia. En el antiguo Oriente medio, una alianza era un vínculo sagrado de parentesco, basado en un solemne juramento que introducía a alguien en una relación de familia con otra persona o tribu. Cuando Dios hizo su alianza con Adán, Noé, Abrahán, Moisés y David, fue invitando a entrar en su familia a un círculo cada vez más amplio de personas: primero una pareja, después una familia, después una nación y finalmente el mundo entero.

Sin embargo, todas aquellas alianzas se rompieron a causa de la infidelidad y del pecado del hombre. Dios permaneció constantemente fiel; no así Adán, ni Moisés, ni David. De hecho, la historia sagrada nos lleva a concluir que sólo Dios guarda las promesas de la alianza. Entonces, ¿cómo podrá la humanidad cumplir la parte que le corresponde de una alianza, de forma que dure por siempre? Sería preciso un hombre sin pecado y tan fiel como Dios. Por eso, para la nueva y eterna alianza, Dios se hizo hombre en Jesucristo y Él estableció la alianza por la cual entramos a formar parte de su familia: la familia de Dios.

Esto entraña más que un mero compañerismo con Dios. Pues «Dios en su misterio más íntimo es [...] una familia». Dios mismo es Padre, Hijo y el Espíritu de Amor... y los cristianos son elevados a la vida de esa familia. En el bautismo somos identificados con Cristo, bautizados en el nombre trinitario de Dios; asumimos su nombre de familia y así llegamos a ser hijos en el Hijo. Somos introducidos en la vida misma de la Trinidad, donde podemos vivir enamorados para siempre. Si Dios es familia, el cielo es hogar[6]; y con Jesús, el cielo ha venido a la tierra.

LA FAMILIA MÁS FUNCIONAL

La familia de la alianza divina es perfecta, no le falta nada. La Iglesia mira a Dios como Padre, a Jesús como hermano, y al cielo como su casa. ¿Qué falta entonces?

En verdad, nada. Toda familia necesita una madre; sólo Cristo podía escoger a la que sería suya, y la escogió providencialmente para toda su familia de la alianza. Ahora, todo lo que tiene lo comparte con nosotros. Su vida divina es nuestra; su casa es nuestra casa; su Padre es nuestro Padre; sus hermanos son nuestros hermanos; y, también, su madre es nuestra madre.

Una familia resulta incompleta sin una madre amorosa. Las iglesias cristianas separadas que disminuyen el papel de María inevitablemente terminan por dar la sensación de un pisito de soltero: masculino a más no poder; ordenado, pero no hogareño; funcional y productivo... pero con poco sentido de la belleza y la poesía.

Todas las Escrituras, todos los tipos, la creación entera y nuestras necesidades humanas más profundas nos dicen que ninguna familia debería ser de esa manera... y ciertamente no la familia de Dios establecida por la alianza. Los apóstoles lo sabían y esa fue la razón por la que estuvieron juntos con María en Jerusalén el día de Pentecostés. Las primeras generaciones cristianas lo sabían y por eso pintaron su imagen en las catacumbas y le dedicaron iglesias.

En los iconos más antiguos de María, casi siempre se la retrata sosteniendo a su hijo pequeño: dándole siempre al mundo, como en el capítulo 12 del Apocalipsis. Como verdadera madre, habitualmente se la retrata señalando a su hijo, pero dirigiendo la mirada hacia los espectadores, sus otros hijos. Cuida maternalmente de su hijo —puesto que un niño pequeño no puede mantenerse en pie por sí mismo—, al tiempo que cuida como madre a sus hijos que están en el mundo y nos atrae junto a Él.

[1] Cf. Herbert Ratner, M.D., «The Natural Institution of the Family», en Child and Family 20 (1988) 89-106.

[2] Juan Pablo II, Homilía 28 enero 1979, en CELAM, Puebla, Edica, Madrid 1979, pp. 46-47. Cf. también Antoine E. Nachef, The Mystery of the Trinity in the Theological Thought of Pope John Paul II, Peter Lang, Nueva York 1999, pp. 49-62; Bertrand de Margerie, S. J., The Christian Trinity in History, St. Bede’s Publications, Still River, Mass., 1982, pp. 274-324.

[3] Sobre la tipología y los sentidos literal y espiritual de la Sagrada Escritura, cf. Mark Shea, Making Senses Out of Scripture: Reading the Bible as the First Christians Did, Basilica Press, San Diego 1999; Ignace de la Potterie, S. J., «The Spiritual Sense of Scripture», Communio 23 (1996), 738-756; William Kurz, S. J. y Kevin Miller, «The Use of Scripture in the Catechism of the Catholic Church», Communio 23 (1996), 480-507; Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, L.E.V., Città del Vaticano 1993, pp. 71-78; Leonhard Goppelt, Typos: The Typological Interpretation of the Old Testament in the New, Eerdmans, Grand Rapids, Mich., 1982; R.M. Davidson, Typology in Scripture, Andrews University Press, Berrien Springs, Mich., 1982; G.W.H. Lampe y K.J. Woollcombe, Essays on Typology, S.C.M. Press, London 1957; Jean Daniélou, The Bible and the Liturgy, University of Notre Dame Press, Notre Dame, Ind., 1956.

[4] Raymond Brown, S.S., El nacimiento del Mesías, Cristiandad, Madrid 1982, p. 23.

[5] Sobre la naturaleza familiar de las relaciones y obligaciones de la alianza en el antiguo Israel, cf. Frank Moore Cross, «God as Divine Kinsman: What Covenant meant in Ancient Israel», en Biblical Archaeology Review jul/ag (1999), 32-33, 60; idem, «Kinship and Covenant in Ancient Israel», en From Epic to Canon: History and Literature in Ancient Israel, Johns Hopkins University Press, Baltimore 1998, pp. 3-21; Scott Hahn, A Father Who Keeps His Promises: God’s Covenant Love in Scripture, Servant, Ann Arbor 1998; idem, Kinship by Covenant: A Biblical-Theological Study of Covenant Types and Texts in the Old and New Testaments, Tesis doctoral, Marquette University 1995; Paul Kalluveettil, Declaration and Covenant, Pontifical Biblical Institute Press, Roma 1982, p. 212; D. J. McCarthy, S. J., Old Testament Covenant: A Survey of Current Opinions, John Knox Press, Richmond, Va., 1972, p. 33.

[6] Sobre el punto de vista católico de la justificación como nuestra participación sobrenatural en la filiación divina de Cristo, cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1996-1997, y Sesión VI, cap. 4 del Concilio de Trento, en Heinrich Denzinger y Peter Hünermann, El magisterio de la Iglesia. Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Herder, Barcelona 1999, n. 1524. Véase también Richard A. White, «Justification as Divine Sonship» en Catholic for a Reason: Scripture and the Mystery of the Family of God, Emmaus Road, Steubenville, Ohio, 1998, pp. 88-105; M. J. Scheeben, Los misterios del cristianismo, Herder, Barcelona 1953, pp. 659-662.

CAPÍTULO II

VÍSPERAS DE NAVIDAD

LA MATERNIDAD DE MARÍA ES UN REGRESO AL PARAÍSO

Los primeros cristianos tenían una devoción viva a la Virgen María. Encontramos pruebas de esta devoción en la literatura y en las obras de arte que nos han llegado y, por supuesto, en el Nuevo Testamento, que era su documento fundamental. Aunque la mariología de los tres primeros siglos se encontraba en un estadio primitivo de desarrollo (en comparación con el de tiempos posteriores, y con el nuestro), quizá era más explícitamente escriturística que muchas expresiones posteriores y estaba más sólidamente presentada en el contexto teológico de la creación, caída, encarnación y redención. Por eso, a veces puede hablarnos con mayor claridad, inmediatez y fuerza. Ciertamente el papel de María no tiene sentido fuera de su contexto en la historia de la salvación; pero tampoco es incidental en el plan de Dios. Dios quiso que su acto redentor fuese inconcebible sin Ella.

María estuvo en el plan divino desde el comienzo mismo, elegida y anunciada desde el momento en que Dios creó al hombre y a la mujer. De hecho, los primeros cristianos entendían que María y Jesús eran como una repetición de la primera creación de Dios. San Pablo hablaba de Adán como tipo de Jesús (Rm 5, 14) y de Jesús como el nuevo Adán, o el «último Adán» (1 Cor 15, 21-22. 45-49).

Los primeros cristianos consideraron que el comienzo del Génesis —con su relato de la creación y la caída, y con su promesa de redención— tenía unas implicaciones tan cristológicas que lo llamaron Protoevangelium, o Primer Evangelio. Mientras que este tema es explícito en San Pablo y en los Padres de la Iglesia, está implícito a lo largo del Nuevo Testamento. Por ejemplo, como Adán, Jesús fue probado en un jardín... el de Getsemaní (Mt 26, 36-46; Jn 18, 1). Como Adán, Jesús fue llevado a un «árbol» donde fue desnudado completamente (Mt 27, 31). Como Adán, cayó en el profundo sueño de la muerte, para que del costado surgiera la nueva Eva (Jn 19, 26-35; 1 Jn 5, 6-8), su esposa, la Iglesia.

CORTAR EL CORDÓN «UMBIBLICAL»

En ningún otro lugar está desarrollado el motivo del nuevo Adán con tanto arte como en el Evangelio según San Juan[1]. Juan no elabora las ideas como lo haría un comentador. En vez de eso, cuenta la historia de Jesucristo. Pero comienza la historia haciéndose eco de la historia más primigenia de todas: el relato de la creación del Génesis.

El eco más obvio lo tenemos «en el principio». Ambos libros, Génesis y Evangelio de San Juan, comienzan con esas palabras. El libro del Génesis arranca con las palabras «en el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1, 1). Juan lo sigue de cerca, diciéndonos: «en el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios» (Jn 1, 1). En ambos casos, estamos hablando de un comienzo absoluto, una nueva creación.

La siguiente resonancia viene en seguida. En Génesis 1, 3-5, vemos que Dios creó la luz para que brillara en la oscuridad. En Juan 1, 4-5, vemos que la vida de la Palabra «era la luz de los hombres» que «brilla en las tinieblas».

El Génesis nos muestra, en el principio, «al Espíritu de Dios [...] que se movía sobre la faz de las aguas» (Gn 1, 2). A su vez, Juan nos muestra al Espíritu suspendido sobre las aguas del bautismo (Jn 1, 32-33). Al llegar a este punto, empezamos a ver cuál es la fuente en la que se inspira San Juan para volver a contar la nueva creación. La creación material ocurrió cuando Dios exhaló su Espíritu sobre las aguas. La renovación de la creación vendría con la vida divina dada en las aguas del bautismo.

CONTAR LOS DÍAS

A lo largo de su narración inicial, el evangelista Juan sigue dejando alusiones indirectas al Génesis. Tras la primera escena, el relato de San Juan continúa «al día siguiente» (1, 29), con el encuentro de Jesús y Juan Bautista. «Al día siguiente» (1, 35), otra vez, viene el relato de la vocación de los primeros discípulos. Y una vez más «al día siguiente» (1, 43), encontramos la llamada de Jesús a otros dos discípulos. Por lo tanto, si tomamos como primer día el primer testimonio de Juan Bautista acerca del Mesías, nos encontramos ahora en el cuarto día.

Entonces Juan hace algo extraordinario. Introduce el siguiente episodio, el relato del banquete de bodas en Caná, con las palabras «al tercer día». Ahora bien, no puede referirse al tercer día desde el comienzo, pues ya ha dejado atrás ese punto en su narración. Tiene que referirse al tercer día desde el cuarto día, lo que nos sitúa en el séptimo día... y a partir de ahí San Juan deja de contar los días.

¿Hay algo que te resulte familiar? El relato joánico de la nueva creación tiene lugar en siete días, precisamente igual que el relato de la creación en el Génesis se completa al sexto día y es santificado —perfeccionado— el séptimo, en que Dios descansó de su trabajo. El séptimo día de la semana de la creación, como el de todas las semanas desde entonces, sería conocido como el Sabbath, sábado, el día de descanso, signo de la alianza (cf. Ex 31, 16-17). Así que podemos estar seguros de que lo que suceda en el séptimo día de la narración de San Juan será significativo.

SE RUEGA RESPETO

Jesús llega al banquete nupcial con su madre y sus discípulos. En la cultura judía de entonces, la celebración de una boda duraba normalmente una semana. Pero sucede que, en esta boda, el vino se agotó muy pronto. En ese momento, la madre de Jesús señaló algo que era una obviedad: «no tienen vino» (Jn 2, 3). Es una simple constatación de hecho. Pero parece que Jesús responde de una forma que no guarda proporción con la simple observación de su madre. «Mujer», dice, «¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora».

Para que podamos entender la reacción de Jesús, aparentemente desmesurada, tenemos que comprender la frase «¿qué nos va a ti y a mí?»[2]. Algunos comentaristas sostienen que expresa un brusco reproche de Jesús a su madre. Sin embargo, esa interpretación no resiste un atento estudio.

En primer lugar, deberíamos fijarnos en que al final Jesús cumple la petición que infiere de la observación de María. Si lo que pretendía era reprenderla, seguramente no habría accedido a su ruego después de haberle dirigido el reproche.

Con todo, la prueba decisiva contra la lectura que lo interpreta como una reprensión, viene del mismo presunto reproche. En tiempos de Jesús, «¿Qué nos va a ti y a mí?» era un modismo común, una expresión corriente, en hebreo y griego. Se encuentra en otros lugares del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como en fuentes extrabíblicas. En todos los demás lugares en que aparece, no indica, de ninguna manera, reproche o falta de respeto. Todo lo contrario: expresa respeto e incluso deferencia. Fíjate en Lucas 8, 28, en que la frase es usada al pie de la letra por un hombre poseído por un demonio. Es el demonio quien pone esas palabras en boca del poseso, y su intención es reconocer la autoridad de Jesús sobre el hombre y sobre el demonio. «Te lo suplico, no me atormentes», continúa, afirmando así que debe cumplir lo que Jesús le mande.

En Caná, Jesús se somete respetuoso a su Madre, aunque Ella nunca le manda nada. Tan sólo les dice a los criados: «haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5).

HIJA-MADRE-ESPOSA: MUJER

Pero volvamos por un momento a la respuesta inicial. ¿Te has dado cuenta de cómo se ha dirigido a Ella? No la ha llamado «madre», ni siquiera «María», sino «mujer». De nuevo, los comentaristas no católicos sostendrán de vez en cuando que Jesús empleó el epíteto «mujer» para expresar falta de respeto o recriminación. A fin de cuentas, ¿no debería dirigirse a Ella como «madre»?

En primer lugar, hemos de señalar que Jesús fue obediente a la Ley toda su vida, por lo que no es probable que mostrase alguna vez desdoro hacia su madre, violando así el cuarto mandamiento.

Segundo, Jesús volverá a dirigirse a María como «mujer», pero en circunstancias muy diferentes. A punto de morir en la cruz, la llamará «mujer», cuando se la dé como madre al discípulo amado, Juan (Jn 19, 26). Seguramente en esa ocasión no pretendía manifestar reproche o deshonor.

Pero si reducimos la palabra «mujer» a un insulto, se nos escapa algo más que el hecho de que Jesús no tenga pecado. Pues el uso que hace de esa palabra, conlleva otra resonancia del Génesis. «Mujer» es el nombre que Adán da a Eva (Gn 2, 23). Jesús, pues, se está dirigiendo a María como la Eva del nuevo Adán... lo que hace que el banquete de bodas al que asisten tenga una significación más elevada.

De todos modos, podemos anticipar alguna indignada objeción: ¿cómo puede María ser su esposa, si es su madre? Para responder a eso, tenemos que tener en cuenta la profecía de Isaías acerca de la futura salvación de Israel: «Ya no serás llamada más “abandonada” [...] sino que serás llamada “mi complacencia”, y tu tierra “desposada”. Pues como un joven se casa con una virgen, se casarán contigo tus hijos, y como el esposo se alegra por su novia, así tu Dios se regocijará por ti» (Is 62, 4-5; la cursiva es añadida). Muchas cosas se encuentran sugeridas en esos dos densos versículos: la maternidad virginal de María, su concepción milagrosa y su matrimonio místico con Dios, que es a la vez Padre, Esposo e Hijo. El misterio de la maternidad divina está presente, porque el misterio de la Trinidad está aún más presente.

MATERNIDAD ATACADA

«Mujer» redefine la relación de María no sólo con Jesús, sino también con todos los creyentes. Cuando Jesús se la entregó al discípulo amado, se la dio en efecto a sus discípulos amados de todos los tiempos. Como Eva, a quien Génesis 3, 20 llama «madre de todos los vivientes», María es madre de todos los que tienen nueva vida por el bautismo.

En Caná, pues, la nueva Eva cambia radicalmente la fatal decisión de la primera Eva. Mujer fue quien condujo al viejo Adán a su primer acto malo en el jardín. Mujer fue quien condujo al nuevo Adán a la primera obra en que manifestó su gloria.

La figura de Eva vuelve a aparecer más adelante en el Nuevo Testamento, en el libro del Apocalipsis, atribuido también al evangelista Juan. En el capítulo 12, encontramos a «una mujer vestida de sol» (v. 1), que se enfrenta a «la antigua serpiente, que es llamada diablo» (v. 9). Estas imágenes remiten al Génesis, donde Eva se encuentra cara a cara con la serpiente diabólica en el jardín del Edén y Dios maldice a la serpiente, prometiendo «poner enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya» (Gn 3, 15). Pero las imágenes del Apocalipsis apuntan también hacia una nueva Eva, una que dio a luz a un «niño varón», que «gobernará todas las naciones» (12, 5). Ese niño sólo podía ser Jesús; y por tanto la mujer no podía ser otra que su madre, María. En el Apocalipsis, la antigua serpiente ataca a la nueva Eva porque la profecía de Génesis 3, 15 está fresca en su memoria. Sin embargo, la nueva Eva aparece prevaleciendo sobre el mal, a diferencia de su antiguo tipo del jardín del Edén.

LOS TIEMPOS DE JUSTINO

Los paralelismos entre el Evangelio de San Juan y el Génesis son sorprendentes. Aun así, sé que algunos escépticos los despreciarán como producto de una imaginación desbordada. ¿No habremos leído demasiado los católicos en el texto de Juan? ¿No estaremos imponiendo a un autor doctrinas medievales o modernas que ni siquiera se le habrían pasado por la imaginación?

Se trata de preguntas razonables. Comenzamos por investigar los testimonios desde los primeros cristianos, empezando por los círculos más cercanos al apóstol Juan. A medida que vamos estudiando estos padres más antiguos de la Iglesia, nos encontramos con que sí que hablaron de una nueva Eva. ¿Quién dijeron que era? Abrumadoramente, la identificaron con María.

El testimonio más antiguo que nos ha llegado se encuentra en el Diálogo con Trifón del mártir San Justino. Escrito hacia el año 160, el Diálogo describe las conversaciones que Justino había tenido con un rabino en torno al año 135 en Éfeso, ciudad en la que Justino había sido instruido en la fe cristiana. Según la tradición, Éfeso era también la ciudad en la que vivió el apóstol San Juan con la Virgen María.

La doctrina de San Justino acerca de la nueva Eva está en consonancia con la del mismo Juan, y puede ser la prueba de una mariología desarrollada por San Juan como obispo de Éfeso y continuada por sus discípulos en tiempos de Justino... que vivió poco más de una generación después de la muerte del apóstol.

El texto de San Justino es denso, pero rico:

«Cristo [...] nació de la Virgen como hombre, a fin de que por el mismo camino que tuvo principio la desobediencia de la serpiente, por ése también fuera destruida. Porque Eva, cuando aún era virgen e incorrupta, habiendo concebido la palabra que le dijo la serpiente, dio a luz la desobediencia y la muerte; pero María, la virgen, concibió fe y gozo cuando el ángel Gabriel le dio la buena noticia de que el Espíritu del Señor vendría sobre Ella y que la virtud del Altísimo la cobijaría con su sombra, por lo cual lo nacido de Ella, santo, sería Hijo de Dios; a lo que respondió Ella: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Y de la virgen nació Jesús, al que hemos demostrado que se refieren tantas Escrituras, por quien Dios destruye a la serpiente y a los ángeles y hombres que a ella se asemejan»[3].

Al comparar y contrastar a Eva con María, Justino sigue las reflexiones de Pablo acerca de Cristo y Adán. San Pablo señala que «en Adán todos mueren», mientras que «en Cristo serán todos vivificados» (1 Cor 15, 22). «Adán fue hecho un ser viviente», mientras que «el último Adán fue hecho espíritu que da vida» (1 Cor 15, 45). Adán nos traspasó el parecido de familia mortal y terrena; Cristo nos hizo parte de una familia inmortal y celestial (1 Cor 15, 49).

San Justino, por su lado, hace notar que Eva y María eran vírgenes; Eva concibió la «palabra de la serpiente», en tanto que María concibió la Palabra de Dios. Por providencia divina, concluye San Justino, la obediencia de María se convirtió en medio de deshacer la desobediencia de Eva y sus devastadores efectos.

LA GUARIDA DEL LYON

El rastro documental de María pasa de Justino a San Ireneo de Lyon, que afinó más la comprensión de María como nueva Eva. Ireneo podía hacer remontar también su «pedigrí» de discípulo hasta el apóstol San Juan: aprendió la fe de San Policarpo de Esmirna, quien a su vez fue instruido por San Juan. Una vez más, quizá, fue la influencia de Juan la que llevó a San Ireneo a hablar de Cristo como el nuevo Adán y de María como la nueva Eva, como hizo en varios lugares[4].

Esa doctrina, de hecho, era esencial para una de las ideas centrales de Ireneo: lo que llamaba recapitulación de la creación en Cristo. Apoyándose en San Pablo, escribió que cuando Cristo «se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga historia del hombre, resumiendo y dándonos la salvación de forma que pudiéramos recibir de nuevo en Cristo lo que habíamos perdido en Adán... esto es, la imagen y semejanza de Dios»[5].

Como San Juan, Ireneo vio el importante lugar que ocupa la nueva Eva en esta recapitulación. «El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Porque lo que la virgen Eva había fuertemente ligado con su incredulidad, la Virgen María lo desligó con su fe»[6]. Seguidamente, San Ireneo contrapone la obediencia de María con la desobediencia de Eva, analizando los textos de la Sagrada Escritura.

En un libro posterior, desarrolló aún más esa idea: «si aquella [Eva] había desobedecido a Dios, ésta [María] se inclinó a obedecerle, y así la Virgen María vino a ser la abogada de la virgen Eva. Y tal como el género humano fue llevado a la muerte por una virgen, así fue desligado por una virgen»[7]. En este punto, la reflexión de Ireneo acerca de María como abogada (que vuelve a tomar en su Demostración de la enseñanza apostólica) sugiere, al menos a este lector, su poder intercesor en Caná[8].

Finalmente, San Ireneo extiende la maternidad de María desde Cristo a todos los cristianos, cuando habla de Ella como tipo de la Iglesia. Describe el nacimiento de Jesús como «el ser puro que abriría con toda pureza el puro seno que regenera a los hombres en Dios»[9].

MEMORIAS DE ÁFRICA

San Justino en Éfeso y San Ireneo en Francia podrían reivindicar que eran descendientes espirituales del apóstol San Juan. Por su parte, San Juan enseñaba desde una experiencia privilegiada, pues había vivido tres años junto a Jesús, y después, en los años siguientes, en la misma casa que la Virgen María. El cardenal John Henry Newman reflexionaba:

«Si hay un apóstol en quien deberíamos tener fijos los ojos a la hora de que nos instruya sobre la Santísima Virgen, ése es San Juan, a quien la confió nuestro Señor en la cruz... con quien, como dice la tradición, vivió en Éfeso hasta que murió. Este presentimiento tiene su confirmación; pues, como he dicho antes, uno de nuestros informadores más antiguos y completos en lo relativo a su dignidad, como segunda Eva, es Ireneo, que vino a Lyon desde Asia menor y había sido formado por los discípulos inmediatos de San Juan»[10].

Pero hubo otros, posiblemente al margen del ámbito de influencia directa de San Juan, que también vieron a María como la nueva Eva. Tertuliano —en el norte de África a principios del siglo III— habló de esta realidad con precisión:

«En efecto, así como la palabra [del demonio] productora de muerte había entrado en Eva, que aún era virgen; de un modo semejante el Verbo de Dios, autor de la vida, debía entrar en la Virgen, a fin de que lo que había perecido fuese reconducido a la salvación a través de idéntico sexo. Eva había dado fe a la serpiente, María dio fe a Gabriel: el pecado que cometió Eva prestando ese asentimiento, fue eliminado por María, prestando también Ella su asentimiento»[11].

Esta precisión es aún más notable si tenemos en cuenta que su mariología, en otras áreas, es bastante confusa, errónea, y discrepa de las demás fuentes.

La nueva Eva, por tanto, no es precisamente una lectura del Evangelio con innovaciones medievales o modernas. Más bien es una antigua y venerable tradición, transmitida —probablemente desde el mismo apóstol Juan— a través de los tiempos, que sería enseñada por San Justino, San Ireneo, Tertuliano, San Agustín, San Juan Damasceno, Santo Tomás de Aquino y muchos otros miles.

Todos esos maestros percibieron claramente el mensaje de la nueva Eva. Es éste: obedeced a Dios, que es su Hijo, su Esposo, su Padre. «Haced lo que Él os diga». Los poetas medievales lo resumieron netamente señalando que el Ave del ángel Gabriel (el saludo latino) era el nombre de Eva al revés. Así también, se dio la vuelta a la inclinación a la rebeldía que Eva nos legó a sus hijos —a ti y a mí— y fue reemplazada con la disposición a la obediencia, que María quiere enseñarnos.

[1] Sobre el tiempo de la narración en el Evangelio de Juan, cf. R. A. Culpepper, Anatomy of the Fourth Gospel: A Study in Literary Design, Fortress Press, Philadelphia 1983, pp. 53-75.

[2] Para otros ejemplos, cf. 1 Re 19, 20; Gn 23, 15; Lc 8, 26-39; Mt 8, 28-34; Mc 1, 23-28; Lc 4, 31-37; Mc 5. Cf. también M. Miguens, Mary, «The Servant of the Lord»: An Ecumenical Proposal, Daughters of St. Paul, Boston 1978, pp. 109-129; Thor Strandenaes, «John 2:4 in a Chinese Cultural Context: Unnecessary Stumbling Block for Filial Piety?», en T. Fornberg y D. Hellholm, eds., Texts and Contexts: Biblical Texts in Their Textual and Situational Contexts, Scandinavian University Press, Oslo 1995, pp. 956-978.

[3] Justino, Diálogo con Trifón, n. 100. Cf. exposición en Johannes Quasten, Patrología, vol. I, Edica, Madrid 1961, pp. 195-197; Luigi Gambero, Mary and the Fathers of the Church, Ignatius Press, San Francisco 1999, pp. 44-48 [traducción en G. Pons, Textos marianos de los primeros siglos. Antología patrística, Ciudad Nueva, Madrid 1994, p. 24].

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