Kitabı oku: «Lo primero es el Amor»

Yazı tipi:

SCOTT HAHN

LO PRIMERO ES EL AMOR

Descubre tu familia en la Iglesia y en la Trinidad

Novena edición

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: First Comes Love. Finding Your Family in the Church and the Trinity

© 2002 by SCOTT WALKER HAHN

Publicado por acuerdo con The Doubleday Broadway Publishing Group,

una división de Random House, Inc.

© 2020 de la versión española realizada por JOSEMARÍA NÚÑEZ MARTÍN y EULALIO FIESTAS LÊ-NGOC, by EDICIONES RIALP, S.A.,

c/ Manuel Uribe, 13-15. 28033 Madrid.

(www.rialp.com)

Primera edición española: Enero 2005

Novena edición española: Noviembre 2020

Con aprobación eclesiástica del Obispo de Steubenville (EE.UU.), 19 de diciembre de 2001.

Cubierta: Trinidad y santos (detalle), Giambettino Cignaroli. Iglesia de Santa Maria della Steccata. Parma (Italia). © Foto Scala.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopias, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ISBN (versión impresa): 978-84-321-3525-5

ISBN (versión digital): 978-84-321-5951-0

Realización ePub: produccioneditorial.com

A Michael Scott Hahn

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

PRÓLOGO, por Ronald D. Lawler, O. F. M. Cap.

I. LA HISTORIA MÁS ANTIGUA DEL MUNDO

1. EL UNO ES EL NÚMERO MÁS SOLITARIO

2. DE JARDÍN A BOSQUE

3. NO FAMILIAS NORMALES Y CORRIENTES

4. UNIÓN EN EL PARTO

II. LOS VALORES DE LA FAMILIA DE ADÁN

1. EL CINTURÓN TRIBAL

2. UNA EXPERIENCIA DE HEREDERO

3. ADOPTAR HERENCIAS

4. HOGARES MODELO

5. PLANIFICACIÓN FAMILIAR NACIONAL

III. LA PRIMERA REVOLUCIÓN CRISTIANA1

1. MÁS QUE SIMPLES AMIGOS

2. EL HIJO TAMBIÉN ASCIENDE

3. TODO EN LA FAMILIA

4. TERCERA REVOLUCIÓN

5. MÁS ALLÁ DE LA ETNICIDAD

IV. EL DIOS QUE ES FAMILIA

1. DIOS ES UNO, PERO NO ES SOLITARIO

2. LAS PROPIEDADES DE LA FAMILIA DE DIOS

3. LA TRINIDAD PROCEDENTE DEL INFINITO

4. LA TRINIDAD DE LA TIERRA

5. UNA UNIÓN MÁS PERFECTA

V. EL DIOS QUE ES ALIANZA

1. SE TRATA DE LA ECONOMÍA

2. SÉPTIMO CIELO

3. EL HIJO ESTABLECIDO

4. AMPLIAR LOS CÍRCULOS FAMILIARES

5. DÉFICIT ECONÓMICOS

VI. EL DIOS QUE ES AMOR

1. BUSCANDO SENTIDO A LA HISTORIA

2. EL CUIDADO DEL JARDÍN

3. PROBLEMAS EN EL PARAÍSO

4. UN SILENCIO QUE NO ES DE ORO

5. JUICIO POR MIEDO

6. LA HISTORIA, DESDE DENTRO

7. SERVIDORES DEL ALTAR

8. SELLADO CON UNA MALDICIÓN

9. EL PRIMER GO’EL

VII. EL DIOS QUE SE HIZO HOMBRE

1. SIMPLEMENTE AMOR

2. LA CRUZ ES UN ACONTECIMIENTO TRINITARIO

3. EL PRECIO ES UN RITO

4. MOVILIDAD ASCENDENTE

5. JURADO OTRA VEZ

6. MEMORIAL DE RE-ENCARNACIÓN

7. UNA LLAMADA CERCANA

8. BAJA SI QUIERES SUBIR

VIII. VIDA EN LA TRINIDAD

1. EL DON QUE SIGUE DANDO

2. HIJOS DE UN BIEN MENOR

3. EL AMOR ES UN CAMPO DE BATALLA

4. REALIDAD VIRTUOSA

5. POSEERNOS PARA ENTREGARNOS

6. SIMÓN DICE: VIVE COMO DIOS

IX. EN LA IGLESIA COMO EN CASA

1. HEY JUDEA

2. UNA ESPOSA, UN CUERPO

3. SIN IGLESIA, NO HAY PADRE

4. ESTA FAMILIA QUE FUNCIONA

5. NO HAY LUGAR COMO ROMA

6. LA LLAMADA A INTERPRETAR UN PAPEL

X. EL ESPÍRITU DE FAMILIA

1. EL GRAN DESCONOCIDO

2. “TOMÁNDOLO” PERSONALMENTE

3. MADRE SABIA, CONOCIDA COMO...

4. HABLANDO PALABRAS DE SABIDURÍA

5. PROVEEDOR DE ALMAS

6. EN EL ORIGEN DE LA MATERNIDAD

7. MUESTRAS SANTAS

8. EL CAMINO NUPCIAL

9. TODAVÍA NUESTRO PADRE

10. PROCEDAMOS

11. EL HOGAR ES DONDE ESTÁN EL CORAZÓN (Y LA CABEZA)

12. EMPAREJANDO

13. LA MANO QUE MECE LA CUNA

XI. EL SAGRADO HOGAR

1. TRES PARA CASARSE

2. AMOR RESISTENTE

3. 1 + 1 = 1

4. DISPUESTOS A SER SOLTEROS

5. ALTA FIDELIDAD

6. SIGUE CON LA VOCACIÓN

XII. UNA COSA SEGURA

1. PRIMOGÉNITO

2. NO HAY PALABRAS PARA DESCRIBIR

3. SIN UNA DUDA

4. SEÑALES DE LA IGLESIA

5. LA GARANTÍA DE LO QUE SE ESPERA

6. RESPIRAR TRANQUILO

PATMOS, LIBROS DE ESPIRITUALIDAD

PRÓLOGO

En este libro resuenan grandes ideas, sacadas de la Sagrada Escritura, de los Padres y de la fe viva de la Iglesia, para ayudarnos a conocer lo grande y bueno que es Dios, haciéndonos ver cómo ha creado pequeñas familias humanas y la gran familia de la fe como imágenes del misterio más profundo y entrañable: el misterio de Dios mismo.

Dios es grande y está lleno de amor. No es un Dios solitario. No domina sobre el cielo y la tierra como un ser en completa soledad. Es Padre, y tiene un Hijo eterno, al que está unido por el cariño más profundo mediante el amor que es el Espíritu Santo. Es una familia.

Porque es grande, Dios desea que sus hijos sean grandes y estén llenos de amor. Como el Padre eterno es eternamente miembro de la familia divina que llamamos Trinidad, no está solo y proclama desde el comienzo de la humanidad que «no es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18). Estamos hechos para vivir en amor y en familia: en nuestras modestas familias, en la familia de fe y en la familia de la Trinidad.

Las personas están llamadas a vivir en un amor grande, en familia. Hombre y mujer están llamados a descubrir el amor que supera la profunda soledad y el egoísmo, que son herencia de nuestra propia carne, mediante la entrega total del uno al otro en el amor que crea el matrimonio y los hogares, y que llama a la existencia a unos hijos que son lo más querido que hay para sus padres.

El amor humano es débil, y las familias humanas necesitan ser introducidas en la gran familia de Dios para llegar a ser lo que anhelan ser. Antes incluso de que Dios nos enseñara plenamente el misterio de la Trinidad, quiso que el primer hombre considerase a Dios como su Padre, que viviera como hijo de Dios y que hiciera por su Padre las tareas familiares de cultivar la tierra y guardarla.

El primer cabeza de la familia humana fracasó, así que Dios hizo lo que ya sabemos y nos envió a su Hijo eterno, para traernos, de un modo más sublime, los dones de amor y unidad que quería que tuviésemos. El cardenal Newman habla de cómo lo que fracasó en Adán, en absoluto fracasó en Cristo.

¡Oh, amada sabiduría de nuestro Dios!

Cuando todo era pecado y culpa,

vino un segundo Adán

para el rescate y la lucha.

¡Oh, el más sabio amor!, esa carne y sangre

que en Adán se vio fenecer

se esforzará de nuevo contra el enemigo,

se esforzará y logrará vencer.

Y un don más alto que la gracia

carne y sangre pondrá en refino:

la presencia de Dios y su mismo Ser

y Esencia totalmente divinos.

Comienza este libro con la historia de aquel primer Adán y vuelve una y otra vez a esa historia, como en espiral, examinando la narración del Génesis a la luz del segundo Adán, Jesucristo. En Cristo, nuestras pequeñas familias humanas han de ser introducidas en la sublime familia de Dios y saber, con el calor de la fe, que Dios es verdaderamente su Padre. Pero nuestras familias han de ser introducidas también en la gran familia visible que nos abarca, más bendita y salvadora que ninguna de las «familias depositarias» de la antigüedad (cf. capítulo 2). Nuestras familias han de ser introducidas en la familia de la Iglesia. Porque la Iglesia refleja esa Familia de Dios, que es la Trinidad, y al mismo tiempo es en la tierra la Familia de Dios, que da aliento constante y dones de vida a las pequeñas familias.

Son del todo sorprendentes los caminos por los que Jesús, el Hijo eterno, aúna el misterio de la familia humana y el misterio, mucho mayor, de la Familia de Dios. En este libro se habla con gran ardor del lugar que ocupa la Eucaristía (capítulo 7). Cuando Adán fue incapaz de mostrar el amor que Dios le dio para que lo compartiera, y condujo a su familia humana al pecado, el Hijo eterno se hizo nuestro propio hermano y nueva cabeza y fundador de nuestra familia humana..., y Él no fracasó. Nos dio a nosotros, y a todos en nuestras familias, un parentesco con Dios. Como escribe el profesor Hahn: «Nuestro parentesco con Dios es tan real que su misma sangre fluye por nuestro cuerpo... En la comida de la nueva Alianza, la Familia de Dios come el cuerpo de Cristo y por tanto se convierte en el cuerpo de Cristo... “Los hijos participan en la carne y en la sangre” (Heb 2,14)».

El libro incluye también un tesoro de citas y notas a pie de página, cuya riqueza te animo a consultar.

En la familia visible de la Iglesia, como en la familia trinitaria que es Dios, cada persona, por mucho que se hayan roto su hogar y sus esperanzas, puede encontrar una familia de lo más entrañable. La Iglesia ofrece fuerza y luz a toda pequeña familia, de manera que pueda ser con alegría y perfección aquello para lo que fue creada: un lugar de amor, que reluce con los dones de Dios, que es quien capacita a la familia y a cada uno de sus miembros para que puedan conseguir diversos y maravillosos modos de perfección.

Toda familia, incluso la más débil y sufrida, está llamada a ser grande. Y puede llegar a ser grande, porque esto significa ser introducida (y eso es posible) en la gran familia de Dios, que es la fuente de la alegría de la grandeza sin fin.

RONALD D. LAWLER, O. F. M. Cap.

Miembro de la Pontificia Academia Romana de Teología

I. LA HISTORIA MÁS ANTIGUA DEL MUNDO

Hay pocas cosas que puedan apartar a un universitario de la cafetería. El universitario varón tiene un enorme y primario apetito de comida... incluso de comida de menú. Y yo era, en cuanto universitario y en cuanto chico, como cualquier otro estudiante de la Universidad de Grove City.

Pero un día de otoño descubrí que había una fuerza de la naturaleza que superaba incluso a la comida. Su nombre era Kimberly Kirk.

La divisé tocando el piano en el antecomedor. La melodía era bonita, pero la música —aun la más excelente..., y sus canciones eran deslumbrantes— ocupa un puesto relativamente bajo en las prioridades de un chico universitario.

De lejos podía ver que la joven del teclado tenía un bonito y atractivo corte de pelo... y una sonrisa aún más atractiva.

Me puse en marcha y, entre canción y canción, intenté entablar una conversación intrascendente. Pude enterarme de que le apasionaba el teatro y le interesaba la literatura; estudiaba comunicación. Tocó una pieza que había compuesto ella misma y era magnífica.

Luego cantó mientras se acompañaba, y pensé: podría ganarse la vida así.

Me di cuenta de que tenía que pasar del tema, y rápido. Scott Hahn no estaba por la labor de enamorarse de otra mujer. Me explico: no muchos días antes de ese encuentro, había tomado la firme decisión de no entablar una nueva relación. Después de varias relaciones, llegué a la conclusión de que salir con una chica era una trampa sentimental, un amplio desgaste de juegos psicológicos... que hacen daño y te hacen daño. Ya había tenido suficiente. Además, estaba haciendo tres especialidades (Economía, Filosofía y Teología) y también trabajaba como ayudante. No tenía tiempo.

Así que ese día de otoño, con un educado «encantado de conocerte», giré mi cuerpo de universitario de vuelta a la cafetería.

Mi cabeza, sin embargo, era otra cuestión. Unos días después atravesaba yo el patio y pude echar un vistazo a Kimberly Kirk, que estaba por allí. Al observar su paso, pensé: Chico, es muy guapa. Entonces me acordé de nuestro encuentro en el antecomedor: Y es realmente inteligente y con talento musical...

Con todo, mi obstinada decisión seguía en pie. No podía pedirle una cita. Salir era implanteable en aquel momento de mi vida: incluso quedar con una chica radiantemente guapa, tan ingeniosa e inteligente. No, no podía hacerlo.

Así que elegí la siguiente mejor opción. Le pregunté si le gustaría echarme una mano en Young Life, un programa de pastoral juvenil que estaba ayudando a poner en marcha en un instituto de la localidad. Con gran alegría por mi parte, ella dijo que sí, sin mencionar en ningún momento que su padre había sido uno de los fundadores de Young Life, hacía dos décadas.

En esta colaboración fue cuando realmente descubrí a Kimberly Kirk. Tenía fe, y un celo evangélico que superaba todos sus otros dones. Nunca me cansaba de su compañía. Al poco tiempo pasábamos juntos cuatro, cinco o seis horas al día, y rematábamos nuestro trabajo con guerras de bolas de nieve, largos paseos, profundas conversaciones y música, dulce música.

En menos de un mes, mi precipitada promesa se había esfumado. Estaba perdido. Kimberly Kirk y yo nos estábamos enamorando.

No quiero aburrirte con detalles personales. Sé que no hay nada excepcional en nuestra historia. Nos conocimos; nos sentimos atraídos el uno por el otro, pero decidimos aguantar el tipo sin ceder; así que nos resistimos a esa atracción hasta que no pudimos resistir más. Chico conoce a chica: ésta es, al pie de la letra, la historia más antigua del mundo.

1. EL UNO ES EL NÚMERO MÁS SOLITARIO

Cuando cristianos y judíos cuentan la historia del género humano, comienzan «en el principio», con la creación por Dios de un hombre llamado Adán. «Adán» es el nombre de un individuo, el padre del género humano, pero es mucho más. Adam es la palabra hebrea que significa «humanidad». Es algo parecido a la forma en que usan los estadounidenses el nombre «Washington» para referirse al primer presidente, a la capital y al gobierno de su país. La historia de Washington es, en cierto sentido, la historia de los Estados Unidos. Pero la historia de Adán es aún más grande. Pertenece a todas las naciones del mundo y a todas las personas. La historia de Adán es nuestra historia: la mía y la de Kimberly, y la tuya.

Recordemos esa historia del comienzo de la Biblia. El libro del Génesis empieza con el relato de la creación del universo. En seis «días» consecutivos, creó Dios todas las cosas: noche y día; el cielo y los mares; el sol, la luna y las estrellas; los pájaros y los peces; y las bestias del campo. Después de cada acto creador, miró Dios lo que había hecho y declaró que era «bueno». Para coronar su obra, creó al hombre el sexto día y le dio el dominio sobre toda la tierra. Sólo entonces miró Dios lo que había hecho y dijo que era «muy bueno» (Gn 1, 31).

En el siguiente capítulo del Génesis vemos que Dios ornamentó todo el mundo para deleite del hombre: «Hizo el Señor Dios brotar de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar» (2, 9). Dios dio a Adán este lozano y fértil jardín para que lo cultivase y lo guardase (2, 15). De esta manera, Adán vivió en un mundo hecho a medida de su disfrute, un mundo sin pecado, sin sufrimiento ni enfermedad... un mundo en el que el trabajo era siempre gratificante, un mundo que, nos dice el Génesis, era bueno a más no poder.

Pero Dios mismo contempló esta situación y, por primera vez en la Sagrada Escritura, declaró que había algo que «no era bueno». Dijo: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18)[1].

¡Qué extraordinaria afirmación! Recuerda que esto sucedió antes de la Caída de la humanidad, antes de que el pecado y el desorden pudieran entrar en la creación. Adán vivía en un paraíso terrenal como hijo de Dios, hecho a su imagen (Gn 1, 27). Sin embargo, había algo que «no era bueno». Algo estaba incompleto. El hombre estaba solo.

Dios determinó inmediatamente poner remedio a esta situación, y dijo: «Voy a hacerle una ayuda adecuada a él» (Gn 2, 18). Así que Dios trajo ante el hombre a todos los animales y le pidió que les pusiera nombre, que ejercitase su autoridad sobre ellos.

Aun así, las cosas todavía «no eran buenas»: «pues no había para el hombre una ayuda adecuada a él» (Gn 2, 20). Aunque Adán podía someter a los animales y disfrutar cultivando una tierra fértil y grata, aún estaba incompleto. Porque Dios creó al hombre el mismo día que los animales, pero le hizo diferente a ellos. Sólo el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Por tanto, incluso con todos los animales del mundo, el hombre estaba solo sobre la tierra.

Lo que sigue en el Génesis es la esencia de toda historia de amor:

«Hizo, pues, el Señor Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y, dormido, tomó una de sus costillas, cerrando su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó el Señor Dios a la mujer, y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: “Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Se llamará mujer porque del hombre ha sido tomada» (2, 21-23).

El mundo de Adán parecía que estaba completo. Tenía un buen trabajo, un hogar bonito, animales domésticos y actividades para mantenerle ocupado. Pero él estaba incompleto. Incluso como «imagen de Dios» sólo estuvo completo cuando la mujer, Eva, se unió a su vida. El hombre y su mujer se hicieron «una sola carne» (Gn 2, 24). «Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1, 27).

Adán no habría de volver a conocer la soledad, porque tenía a Eva a su lado en un mundo perfecto. Podía darse cuenta ahora de que en la vida había algo más que las labores del campo, más que una bonita casa, más que el poder. Existía el verdadero amor humano. Y la buena compañía de Adán no se limitaría a la pareja perfecta, «la ayuda adecuada a él». Porque «Dios les bendijo diciéndoles: “Procread y multiplicaos, y poblad la tierra”» (Gn 1, 28).

La imagen de Dios quedó completada con la creación de la familia. Sólo entonces el Edén fue realmente el paraíso.

2. DE JARDÍN A BOSQUE[2]

Chico conoce a chica. Adán conoce a Eva. Scott conoce a Kimberly. Ya sabes. Es el tema de la mayoría de nuestras películas, novelas, leyendas épicas y canciones populares. Es la esencia de nuestros mejores recuerdos, de nuestros más profundos anhelos, de nuestras necesidades más acuciantes. No es bueno estar solo.

Siempre que leo esta historia, la más antigua del mundo, no puedo sino ponerme nostálgico e identificarme con Adán. Yo tenía todo lo que pensaba que necesitaba en la vida: tres especialidades universitarias, cada una de las cuales me parecía fascinante; una labor activa y gratificante con gente joven; y, por supuesto, la cafetería. Vivía en un campus lleno de árboles, agradable a la vista, estimulante para la mente y generoso a la hora de comer. Ni siquiera sabía que estaba incompleto, no podía saberlo, hasta que vi lo que me había estado perdiendo.

Dios no me había creado precisamente para la filosofía, economía, teología, o para un ministerio, por muy buenas que pudieran ser todas esas cosas. Dios me había creado para mucho más que eso, y me había creado para Kimberly Kirk. Su imagen en mí no empezaría a estar completa hasta que dijera que sí a la clara llamada de Dios para que me casara con ella.

Dios me creó, como hizo contigo y con todas las demás personas del mundo, para la familia. Todo lo que vemos, oímos, sentimos y gustamos en la creación es bueno, pero no es bueno que estemos solos.

Lo que voy a llamar el imperativo familiar es un presupuesto básico de nuestra cultura. Las universidades lo saben, por ejemplo, y por eso tratan de presentarse como una familia adoptiva para los adolescentes que emprenden su primera aventura fuera del hogar paterno. Lo hacen bastante bien, y crean vínculos que con frecuencia duran toda la vida. La universidad a la que fui gusta de referirse a sí misma, en el correo con los antiguos alumnos, como alma mater, es decir, en latín «madre nutricia». El campus tiene fraternidades y asociaciones de estudiantes, literalmente hermandades, tanto para chicos como para chicas, y cada año se celebra la semana de vuelta a casa. Los de la asociación de antiguos alumnos saben que, en la medida en que puedan mantener vivas esas asociaciones familiares, me resulta más fácil enviar con gusto dinero «a casa», a la Universidad de Grove City.

3. NO FAMILIAS NORMALES Y CORRIENTES

Los de marketing lo saben, y nosotros también. Estamos hechos para la familia. Para mucha gente, ésta es una verdad evidente en sí misma; pero para algunos se trata de una promesa vacía o rota, una propuesta en la que es casi imposible creer. En las últimas generaciones hemos visto que la familia, como institución, ha caído en un pronunciado declive. Hace cien años, la mayoría de los matrimonios terminaba sólo con la muerte de uno de los esposos. Hoy en día muchos matrimonios terminan, amargamente, en divorcio. Muchos hijos tienen que asumir sentimientos de abandono por parte de uno o de ambos padres. Muchos adultos luchan con rabia y con un profundo sentimiento de traición. El fracaso familiar es una epidemia, si no una pandemia.

Para las víctimas de semejantes circunstancias, la palabra «familia» no evoca recuerdos felices ni está asociada a sentimientos agradables. Para ellos es como si un Dios cruel nos hubiera creado para vivir entre traiciones, desafectos o incluso abusos.

Los que han crecido en hogares desunidos o los que han sido traicionados por seres queridos saben que se les ha privado de un gran bien. Les abruma el enfado, la amargura y la tristeza precisamente porque saben que carecen de algo esencial. Han sido privados de algo que les corresponde por derecho. Guardan una profunda herida, y una herida que es la señal de que algo en la naturaleza ha sido penetrado, cortado o roto.

Esa herida es una señal de que no tuvieron algo que la familia debería haberles dado. Su familia no fue lo que tenía que haber sido, aquello para lo que Dios la creó. El fallo, por tanto, no es de la familia tal como Dios la creó, sino de familias concretas cuando se desvían del plan de Dios. El fracaso, la disfunción, familiar es, sin duda, una consecuencia del pecado original; pero no es algo con lo que Dios soñara para atormentarnos.

Más aún, nuestra única esperanza de recuperar la integridad y la felicidad es recobrar el plan familiar que Dios tiene para la creación. El Catecismo de la Iglesia Católica (CCE) nos dice que todos debemos «purificar nuestros corazones» de todas «las falsas... imágenes paternales o maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, y que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre trasciende las categorías del mundo creado. Transferirle a Él, o contra Él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado» (n. 2779).

Hemos de esforzarnos por llevar a cabo esta purificación, porque el plan familiar de Dios es más que una mera receta para mejorar nuestra vida doméstica (aunque también sea eso). Es un modo de colmar nuestros anhelos más profundos: de amor, de familia, de hogar. Se trata de recuperar el romance para cuyo disfrute... para siempre... fuimos creados. Más que eso, es el título de otorgamiento de un estado familiar que nadie, ni siquiera el inspector de Hacienda, nos puede quitar. Mucho más, es la revelación de Dios mismo, en su misterio más profundo.

En el centro de la experiencia humana está la familia, que nos resulta familiar a todos nosotros, y la mayoría de nosotros creemos que la entendemos; en cambio, en algún lugar, muy lejos de los límites de nuestra mente, se encuentra Dios, la Santísima Trinidad, que para mucha gente resulta distante, abstracta e inaccesible. Mi propuesta es que no entendemos lo que creemos entender, es decir, la familia, y que poseemos una llave para entender lo que nos parece inescrutable: la Trinidad[3].

4. UNIÓN EN EL PARTO

Creo en todo esto, porque lo he visto. Me casé con Kimberly Kirk el 18 de agosto de 1979. Creamos nuestro hogar y disfrutamos del placer y la alegría de la unión de un hombre y una mujer. Sin embargo, no fue en el éxtasis de nuestra unión corporal cuando vislumbré por vez primera que una familia manifiesta del modo más vívido la vida de Dios..., aunque esa unión tenía ciertamente algo que ver.

Empecé a comprenderlo cuando Kimberly estaba embarazada de nueve meses y medio de nuestro primer hijo. Su cuerpo había ido tomando nuevas proporciones, y me di cuenta, más que nunca, de que su carne no había sido creada exclusivamente para mi deleite. Lo que yo había disfrutado como algo hermoso se estaba convirtiendo ahora en medio para un fin más grande.

Cuando sintió sus primeros dolores de parto, nos fuimos apresuradamente al hospital con la ilusión de que el bebé estaría pronto en nuestros brazos. Sin embargo, el parto de Kimberly fue difícil desde el principio. Hice la broma de que si los hombres pudieran quedarse embarazados, el género humano se habría extinguido poco después de su creación.

Las horas se prolongaron, horas de duro parto, y el dolor de Kimberly se hizo cada vez más intenso. Lo que dije de broma lo desmentía mi corazón, porque me hubiera cambiado gustosamente por ella en ese momento.

Pasamos un día de esta forma, y después una noche, y luego comenzó otro día. Tras treinta horas de parto, el médico observó poco progreso, y recomendó hacer una cesárea. No era así como nos habría gustado que fueran las cosas, pero nos dábamos cuenta de que la elección no estaba en nuestras manos.

Exhausto, vi cómo las enfermeras ponían a Kimberly en una camilla y la llevaban a otra habitación. Iba a su lado, cogiéndola de la mano, rezando con ella y contando chistes..., cualquier cosa que le levantara el ánimo.

Cuando llegamos a la sala de operaciones, las enfermeras levantaron a Kimberly de nuevo y la pusieron en una mesa; allí la sujetaron y la sedaron. Kimberly estaba congelada, tiritando y con mucho miedo.

Permanecí junto a mi esposa; su cuerpo estaba atado, puesto en forma de cruz sobre la mesa, y rajado para traer una nueva vida al mundo.

Nada de lo que me había enseñado mi padre sobre los detalles de la reproducción, nada de lo que había aprendido en las clases de biología del instituto, podría haberme preparado para ese momento. Los médicos me dejaron quedarme a ver la operación. Cuando el cirujano hizo sus incisiones, pude contemplar todos los órganos principales de Kimberly. «Realmente, pensé, ¡estamos hechos al detalle y de maravilla!». Entonces llegó el momento en que, de entre aquellos órganos, con unos pocos movimientos cuidadosos de las manos del médico, apareció el hermoso cuerpo de mi hijo, mi primer hijo, Michael.

Pero fue el cuerpo de Kimberly lo que se convirtió en algo más que hermoso para mí. Ensangrentado, con cicatrices y retorcido de dolor, se convirtió en algo sagrado, un templo vivo, un sagrario, un altar de sacrificio que daba vida.

La nueva vida que ella dio al mundo, esta vida que habíamos creado con Dios, podía ahora mirarla y tocarla con mis manos. Una tercera persona había entrado en la unidad íntima de nuestro hogar. Era el principio de algo nuevo para mí, y para Kimberly y para mí juntos. Dios había tomado las románticas miradas de dos amantes y las había reconducido, sin que dejaran de ser románticas y amorosas. Ahora había tres personas en un hogar feliz cuyo amor les dirigía a un hogar aún más dichoso.

Dios lo sabe: no es bueno que estemos solos. No quiere que estemos solos. Esta es la historia más antigua del mundo, y está escrita en lo más profundo de nuestra naturaleza humana: Él quiere que tengamos un hogar.

[1] Cf. el tratamiento de la «soledad original» en Juan Pablo II, Matrimonio, amor y fecundidad, Palabra, Madrid 1998.

[2] Scott Hanh suele dividir los capítulos con algunos ladillos en los que hace frecuentes juegos de palabras, intraducibles al español; en este caso, el original inglés es From Garden to Grove, refiréndose, con esta última palabra, a la universidad en la que estudió. En otras ocasiones la traducción puede reflejar algo de la intencionalidad del autor, como en el caso de Children of a Lesser Good (Hijos de un bien menor), en vez de Children of a Lesser God (Hijos de un dios menor, película de 1986 dirigida por Randa Haines), National Family Planning (por Natural Family Planning) o Hey Judea, que, en la pronunciación inglesa, recuerda la conocida canción de los Beatles Hey, Jude. Por lo general, hemos optado por una traducción lo más literal posible de estos subtítulos, aun a sabiendas de que, en los casos de homofonía inglesa, resultan anodinos en la versión y sin la gracia provocadora del original; a título de ejemplo, véase The Son (por Sun) also Rises, This (por Dis-) Functional Family, etc. [n. del tr.].

[3] Cf. Juan Pablo II, «La santísima Trinidad: modelo para todas las familias» en L’Osservatore Romano, 10-VI-1998: «En la Trinidad podemos discernir el modelo primordial de familia humana, que consiste en un hombre y una mujer llamados a entregarse el uno al otro en una comunión de amor que está abierta a la vida. En la Trinidad encontramos, también, el modelo de familia eclesial, en la que los cristianos son llamados a vivir en una relación de participación real y solidaridad».

II. LOS VALORES DE LA FAMILIA DE ADÁN

Puede parecer del todo evidente que la gente tiende por naturaleza a vivir en familia, y que no es bueno que el hombre esté solo. Hasta los anuncios personales del periódico dan fe de estos principios. Por tanto, ¿por qué habría alguien de escribir un libro sobre este tema? y ¿por qué ibas a leer un libro así?

Porque hay muchas cosas que debemos desaprender para poder entender lo que significaba la familia para los antiguos judíos y cristianos. ¿Cuál es, a fin de cuentas, la clase de familia para la que fuimos creados? ¿Qué tipo de amor, y qué tipo de hogar, constituyen nuestras más profundas necesidades? La respuesta a estas cuestiones puede ayudarnos a ver por qué tanta gente está insatisfecha con el amor y por qué muchos lo buscan en todo tipo de lugares equivocados.

¿Qué entiende la Biblia por familia?[1] No es lo que cabría pensar.

Para la mayoría de nosotros, familia quiere decir (al menos en cierto sentido ideal) «mamá, papá y los niños». Familia es ese grupo estrechamente unido de personas, relacionadas por matrimonio o por sangre, que comparten un hogar común. Una familia es lo que se encuadra en un chalet o en un piso. Algunos de nosotros extenderíamos los lazos un poco más, para incluir a los tíos, primos y los abuelos o bisabuelos vivos. Otros incluso extenderían el concepto de familia hasta los primos segundos. Esto es lo que los norteamericanos de hoy llaman familia extensa: toda la gente que acude a las reuniones familiares. A veces pregunto a mis alumnos de la Universidad cuántos de ellos pertenecen a una familia extensa. Por lo general, una cuarta parte de la clase levanta la mano. Entonces les pregunto qué entienden por «extensa»: ¿cuánta gente? Las respuestas suelen ser que alrededor de treinta o cuarenta, aunque algunos han señalado hasta quinientos.

Incluso esta cifra tan alta es minúscula cuando la comparamos con la noción bíblica de familia.

1. EL CINTURÓN TRIBAL[2]

En el antiguo Israel, en realidad en la mayoría de las culturas antiguas, la familia extensa definía el mundo de un sujeto dado. La familia de cualquiera incluía a todos los descendientes de un determinado patriarca, normalmente un hombre que vivió siglos antes. La nación de Israel era una familia de este tipo, puesto que fue poblada en su mayoría por los que se reconocían descendientes del patriarca Jacob (también conocido como Israel). Los doce hijos de Jacob, a su vez, proporcionaron la identidad familiar a las «Doce Tribus» de Israel. Cada tribu, entonces, era una familia distinta cuyos miembros se llamaban entre sí «hermanos» y «hermanas», hijos de un padre común, el antiguo patriarca. De esta forma, incluso a los primos lejanos se les consideraba hermanos. De hecho, la mayoría de las lenguas semíticas antiguas no tienen una palabra para decir «primo», puesto que «hermano» o «hermana» servía para tal propósito. En el libro de Josué del Antiguo Testamento, vemos una expresiva descripción de este orden social, con tribus, clanes y casas que corresponden más o menos a nuestras modernas ideas de federación, estado y gobierno municipal. «Al día siguiente, de mañana, Josué hizo que se acercara Israel por tribus, y fue señalada la tribu de Judá. Hizo acercarse a las familias de Judá, y fue señalada la familia de Zare. Hizo acercarse a la familia de Zare, por casas, y fue señalada la casa de Zabdi» (7, 16-18).

A menudo la familia tribal estaba vinculada por herencia a una determinada parcela de tierra. Por consiguiente, la «tierra de Judá» (Judea) era la casa de los descendientes de Judá. La tierra era su patrimonio, recibido de los antepasados, que era conservado por la generación actual para las futuras generaciones familiares. La familia se identificaba con la tierra; vender el solar familiar era algo impensable, y a veces legalmente imposible (cf. Lv 25, 23-34).

La movilidad personal también estaba limitada. En general, uno vivía y trabajaba dentro de los confines de la tierra de su tribu y moría en la tierra donde había nacido. Si alguien se marchaba lejos de la tierra de los ancestros, seguía identificándose con su tribu y, durante toda su vida, su «hogar» seguía siendo la tierra de los antepasados, y no aquella a la que había emigrado. Es más, sus descendientes heredarían este sentimiento, considerándose a sí mismos «extranjeros en tierra extraña», incluso en la tierra en la que nacieron.

2. UNA EXPERIENCIA DE HEREDERO

Las relaciones familiares tampoco terminaban con la muerte. En las culturas antiguas, se veneraba a los antepasados[3]. La veneración se debía sobre todo, pero no de forma exclusiva, al patriarca. La tumba de los antepasados se consideraba un segundo hogar. Por medio de la tradición oral, las familias conservaban cuidadosamente sus genealogías, que enlazaban las generaciones y unían a los hijos de hoy con el patriarca.

Los miembros de la familia vivían bajo unas normas, por lo general no escritas, que establecían sus deberes dentro del clan y su comportamiento hacia los de fuera. Todos los miembros estaban obligados a defender el honor de la familia. Un hombre no elegía un oficio sobre la base de sus intereses, ni siquiera de sus habilidades; su trabajo estaba determinado por las necesidades familiares, y sus ganancias se acumulaban para provecho de la familia.

Por último, la pertenencia a una familia determinaba la religión. La familia era por encima de todo una comunidad religiosa, perpetuada para el culto de sus particulares «dioses familiares». El sacerdocio pasaba de padre a hijo (preferentemente el primogénito), quien dirigía el culto según la tradición de sus antepasados. El dios de la familia era el dios de los antepasados[4]. Los israelitas, por ejemplo, se referían al Señor Dios como «el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres» (Hch 3, 13, cf. también Mt 22, 32; Mc 12, 26, Lc 20, 37). Esto era así no sólo para los israelitas, sino también para la mayoría de los pueblos de la tierra, en todo Oriente Medio, en la antigua Grecia y Roma, en la India, Japón, China y en toda África.

En las civilizaciones antiguas, la religión era un amplio fenómeno local, una cuestión familiar. Más que los lazos de sangre, era este culto común el que unía a una familia a través de muchas generaciones y de muchos grados de parentesco. Entrar en una familia por matrimonio suponía aceptar los deberes religiosos de esa familia. Vivir fuera de la familia, alejarse de las tierras de los antepasados, negarse a vivir bajo las normas familiares, significaba cortar de raíz con el culto familiar, y por tanto con la vida familiar.

3. ADOPTAR HERENCIAS

Pero la puerta no se abría sólo hacia fuera. Una familia podía aceptar, y aceptaba de hecho, a forasteros como miembros de pleno derecho, pero sólo después de que se hubieran convertido en miembros. Y la forma ritual y legal de dar la bienvenida al nuevo miembro era mediante un «pacto». El pacto era la forma que tenían las familias de extender las obligaciones y privilegios de parentesco a otras personas o grupos[5]. Cuando una familia recibía nuevos miembros, por medio del matrimonio u otro tipo de alianzas, ambas partes, los nuevos miembros y la tribu establecida, sellaban el pacto que les vinculaba con un juramento solemne, con una comida en común y ofreciendo un sacrificio.

Algunas alianzas llegaban incluso a unir dos amplias familias tribales para darse apoyo y protección mutua. Pero una alianza era más que un mero tratado, y las partes contratantes eran más que aliados. Por la fuerza del pacto quedaban unidos como una familia. El estudioso de la Biblia Dennis McCarthy, S. J., escribió que «la alianza entre Israel y Yahvé constituyó a Israel en familia de Yahvé, en un sentido muy real... como resultado... la alianza se consideraba como un tipo de relación familiar»[6].

4. HOGARES MODELO

Los sociólogos han desarrollado muchos modelos para entender esta organización familiar. El que me ha parecido más útil es el de Carle C. Zimmerman, de la Universidad de Harvard, que se refería a las familias antiguas como «familias depositarias».

En su monumental obra Family and Civilization, explicaba Zimmerman: «la familia depositaria se llama así porque se considera a sí misma, más o menos, como inmortal: existe de forma perpetua y no se extingue jamás. Por consiguiente, los miembros que viven no son la familia en sí, sino simplemente “depositarios” de su sangre, derechos, propiedades, nombre y posición, mientras viven»[7].

La familia depositaria enfoca la familia principalmente en términos religiosos. No es sólo la familia nuclear, ni siquiera la extensa, sino todos los miembros de la familia del pasado y del futuro, así como los de la generación presente. Un lazo sagrado une a los miembros de la presente generación con los antepasados que les dieron la vida; el mismo lazo los une con sus futuros descendientes, que perpetuarán el nombre de la familia, su honor y sus ritos.

Esto se parece poco a lo que la mayoría de la gente de hoy se refiere al hablar de familia. Las familias modernas tienden a caer bajo lo que Zimmerman clasificaría como «familia doméstica» o «familia atomista». La familia doméstica describe un hogar basado en el vínculo matrimonial: marido, mujer e hijos. En esta estructura los miembros de la familia hacen hincapié en los derechos individuales junto con los deberes familiares. En las familias atomistas, sin embargo, los derechos individuales están muy por encima de los vínculos familiares, y la familia en sí misma existe para el placer del individuo.

Hay muchas diferencias destacables entre estas etapas históricas[8]. En las sociedades de familia depositaria, la familia se ve como una realidad mística; en las sociedades de familia doméstica, se trata de una tradición moral; cuando predomina la familia atomista, el hogar se ve como una especie de capullo de la crisálida, algo en lo que uno nace para escapar de él. En las sociedades depositarias, el matrimonio es un acuerdo sagrado; en las domésticas, es un contrato; en el hogar atomista, es un modo práctico de compañía. En la familia depositaria, los hijos son bendiciones divinas; en la doméstica, agentes económicos indispensables; en la familia atomista, sin embargo, se convierten en una carga económica, un «gasto» y un obstáculo para la realización personal. En la familia depositaria, el padre es el patriarca, un rey-sacerdote que debe servir a sus antepasados tanto como a su descendencia; en la doméstica, es el autoritario director jefe de la unidad económica fundamental de la sociedad; en la familia atomista, es una patética figura que hay que dejar atrás para poder crecer como individuo. Y cada tipo de familia ve la inmoralidad sexual de forma diferente. Para la familia depositaria, es un acto criminal; para la doméstica se trata de un pecado individual; para la familia atomista es un asunto privado, una elección, un estilo de vida alternativo.

Zimmerman señala que sólo las sociedades basadas en la familia depositaria han sido capaces de alcanzar el nivel de civilizaciones. Pero ninguna de esas sociedades fueron capaces de mantener para siempre el orden depositario. En algún momento de la historia de las civilizaciones, la gente empieza a vivir según el modelo de familia doméstica. El período de predominio de la familia doméstica, sin embargo, es por lo general de corta duración, una fase de transición hasta que la familia atomista ocupa su lugar. Cuando la familia atomista llega a ser el modelo dominante de la sociedad, entonces las obligaciones familiares se ven habitualmente como impedimentos para el desarrollo personal. La familia atomista, caracterizada por la generalización del divorcio, la actividad sexual desenfrenada y el descenso de la población, indica normalmente que una civilización está en su declive final.

5. PLANIFICACIÓN FAMILIAR NACIONAL

Todo esto puede ayudarnos a entender lo que la gente del antiguo Israel —y Jesucristo, y los primeros cristianos— quería decir cuando hablaba de los temas más cercanos a sus intereses y a los nuestros. Debemos tener cuidado, después de todo, para no proyectar nuestras ideas modernas sobre las palabras de los autores bíblicos. Familia, sociedad y religión eran, en gran medida, intercambiables para los israelitas. ¡Empresa familiar era sinónimo de culto religioso, y la «unidad familiar» era la sociedad misma!

Por tanto, si te contabas entre los hijos e hijas de Israel, contabas tus «hermanos y hermanas» por decenas de miles, cientos de miles o incluso millones.

Se trata ciertamente de una interpretación amplia de la observación de Dios: «no es bueno que el hombre esté solo». Pero podemos ver la lógica de la familia depositaria también en el primer mandamiento que dio a la primera familia: «Creced y multiplicaos, y poblad la tierra».

No es suficiente con que el hombre sea creado «bueno». Ni parece que sea suficiente para él con «tener una ayuda adecuada a él». Un romance, por grande que pueda ser, da la impresión de que es insuficiente para satisfacer a esas criaturas, para que cumplan sus obligaciones ante Dios o para que completen la imagen de Dios en la tierra. Un romance basta, de forma limitada, para sacar al hombre de sí mismo. Los hijos bastan para llevar a una pareja de enamorados más allá de su románticas miradas.

Pero parece que Dios nos hizo para vivir en una familia más amplia, para experimentar un amor mucho más grande... un amor que se extiende hasta el infinito.

[1] Cf. L. Perdue et al., Families in Ancient Israel, Westminster John Knox Press, Louisville, Ky. 1997; C. Osiek y D. Balch, Families in the New Testament, Westminster John Knox Press, Louisville, Ky. 1997. Para un tratamiento profundo de la visión bíblica de la familia como personalidad corporativa, cf. J. de Fraine, S.J., Adam and the Family of Man, Alba House, Staten Island, N.Y. 1965.

[2] Sobre la naturaleza religiosa de las culturas patriarcales en la antigüedad, cf. K. van der Toorn, Family Religion in Babylonia, Syria and Israel, Brill, Leiden 1995; C. Pressler, The View of Women Found in the Deuteronomic Family Laws, Walter de Gruyter, New York 1993; C. Dawson, «La familia patriarcal en la historia», en Dinámica de la historia universal, Rialp, Madrid 1961, pp. 122-139. Sobre los discutidos «orígenes tribales» del antiguo Israel en la sagrada Escritura, cf. A. Malamat, History of Biblical Israel, Brill, Leiden 2001; W.G. Dever, What Did the Biblical Writers Know and When Did They Know It?, Eerdmans, Gran Rapids, Mich. 2001; T. L. Thompson, The Mystic Past, Basic Books, New York 1998; K. L. Sparks, Ethnicity and Identity in Ancient Israel, Eisenbrauns, Winona Lake, Ind. 1998.

[3] F. de Coulanges,The Ancient City, Doubleday, Garden City, N. Y. 1956, p. 40; H. Maine, Ancient Law, Dutton, New York 1977; E. Schillebeeckx, Marriage: Human Reality and Saving Mistery, Sheed & Ward, New York 1965, p. 234: «Cada familia tenía su propia liturgia doméstica... Su sacerdote era el paterfamilias del hogar doméstico... Por tanto, la familia antigua era, por definición, una comunidad religiosa».

[4] H. C. Brichto, «Kin, Cult, Land and Afterlife: A Biblical Complex», Hebrew Union College Annual 44 (1979) 1-54: «Hay pruebas abundantes de que el papel de sacerdote en la familia israelita fue cumplido en la antigüedad por el primogénito» (p. 46). Cf. G. N. Knoppers, «The Preferential Status of the Eldest Son Revoked?» en S. L. McKenzie y T. Romer (eds.), Rethinking the Foundations, Walter de Gruyter, Berlin 2000, pp. 115-126; B. J. Beitzel, «The Right of the Firstborn in the Old Testament», en W. C. Kaiser y R. F. Youngblood (eds.), Essays on the Old Testament, Moody, Chicago 1986, pp. 179-195; I. Mendelsohn, «On the Preferential Status of the Eldest Son», Bulletin of the American Society of Oriental Research 156 (1959) 38-40. Para una perspectiva similar en las fuentes patrísticas y medievales, Cf. San Jerónimo, MPL 23, 980, y Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 87, art. 1.

[5] Cf. F. M. Cross, «Kinship and Covenant in Ancient Israel», en From Epic to Canon, Johns Hopkins University Press, Baltimore 1998, pp. 3-21: «El lenguaje de la alianza, parentesco legal, es tomado del lenguaje del parentesco, parentesco carnal» (p. 11). Habría que hacer notar que las alianzas podían darse también entre los que ya estaban relacionados por parentesco (por ejemplo, David y Jonathan en 1 Sam 20, 12-17; los ancianos de Israel y David en 2 Sam 5, 1-3). Las alianzas, por tanto, no servían solamente para iniciar y extender las relaciones y obligaciones familiares, sino para renovar o fortalecer los lazos de parentesco natural; cf. G. P. Hugenberger, Marriage as a Covenant, Brill, Leiden 1994, pp. 177-215. También cf. C. Baker, Covenant and Liberation, Peter Lang, New York 1991, p. 38: «Podemos tomar como descripción de trabajo de la alianza... un compromiso solemne y externamente manifestado que fortalece el parentesco y el interés familiar entre ambas partes».

[6] D. J. McCarthy, S. J., «Israel My Firstborn Son», Way 5 (1965) 186; cf. Id., Treaty and Covenant, 2.ª ed, Pontificio Instituto Bíblico, Roma 1981; P. Kalluveetitil, Declaration and Covenant, Pontificio Instituto Bíblico, Roma 1982, p. 212; Cross, «Kinship and Covenant», pp. 12-13: «La liga era también una organización de parentesco, un pacto de familias y tribus... Idealmente, la liga estaba concebida como doce tribus, relacionadas por alianza y por parentesco... Israel es la parentela (‘am) de Yahvé... Esta fórmula debe ser entendida como un lenguaje legal, el lenguaje de parentesco de afinidad, o en otras palabras, el lenguaje de la alianza».

[7] C. C. Zimmerman, Family and Civilization, Harper & Brothers, New York 1947, pp. 128-29.

[8] Cf. Zimmerman, Family and Civilization, pp. 120-210. Zimmerman introduce su «nueva clasificación» en relación con las siguientes preguntas: «Del poder total de la sociedad, ¿cuánto pertenece a la familia? De la cantidad total de control de las actuaciones en la sociedad, ¿cuánto se le deja a la familia? ¿Qué papel juega la familia en los asuntos totales de la sociedad? Estos son los problemas reales. Si queremos casarnos o romper una familia, ¿a quién consultamos: a la familia, a la Iglesia o al Estado?» (p. 125). Describe Zimmerman la naturaleza esencialmente religiosa de la familia depositaria: «Entre los primeros romanos, las concepciones religiosas eran hogareñas y familiares. La gente estaba unida entre sí por sentimientos sagrados» (p. 146). «Había restricciones sociales: las convicciones religiosas de la familia y la gente y el consejo familiar... La misma domesticación de la religión era predominante entre los antiguos griegos. De hecho, esto parece cierto en todos los grupos antiguos civilizados... es la tesis de los himnos védicos y otros antiguos documentos hindúes. El confucionismo está fundado sobre el desarrollo de la religión doméstica de los antiguos chinos... Esto era también verdad para los primitivos romanos... Sin embargo, la raza no parece ser el factor, puesto que todos los grandes pueblos civilizados tienen su correspondiente religión. Esta domesticación de la religión fue el hecho que origina la concepción ordinaria del marido como dueño de la esposa y los hijos, con poder de adquirirlos y venderlos, concepción totalmente errónea. La religión crea una unidad, algo que no tiene valor de mercado. Marido y mujer (como padres e hijos) estaban unidos por lazos mil veces más significativos que el precio de mercado» (pp. 147-148). Zimmerman ilustra esto trazando la evolución del matrimonio desde el depositario (como sacramento), pasando por el doméstico... hasta el atomista (como mera «cópula carnal por placer») (pp. 148-153). «Por tanto, en el periodo depositario, el adulterio, junto con uno u otros dos crímenes, es el acto infamante contra la sociedad entera (el grupo de parentesco que conecta la persona con la vida)» (p. 153). Esto recuerda las antiguas leyes israelitas contra el adulterio (Ex 20,14), para el cual se prescribía la pena capital (Lv 20,10; Dt 22, 22).

Además de Zimmerman, me he aprovechado enormemente de otros estudios más recientes sobre la familia, como J. D. Schloen, The House of the Father as Fact and Symbol: Patrimonialism in Ugarit and the Ancient Near East, Harvard University Press, Cambridge, Mass. 2001;P. Riley, Civilizing Sex: On Chastity and the Common Good, T&T Clark, Edimburgh 2000; C.R. Jones, Kinship Diplomacy in the Ancient World, Harvard University Press, Cambridge, Mass. 1999; A. Burguiere et al. (eds.), A History of Family, 2 vols, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1996; B. Gottlieb, The Family in the Western World, Oxford University Press, New York 1993; A. D. Smith, The Ethnic Origins of Nations, Basil Blackwell, New York 1986; P. Abbott, The Family on Trial: Special Relationships in Modern Political Thought, Pennsylvania State University Press, University Park, Pa. 1981; J.-L. Flandrin, Families in Former Times, Cambridge University Press, New York 1979; A. Moret y G. Davy, From Tribe to Empire: Social Organization Among Primitives and in the Ancient East, Routledge & Kegan Paul, London; Cooper Square, New York 1970; W. J. Goode, World Revolution and Family Patterns, Free Press, New York 1963.

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