Kitabı oku: «Elige solo el amor: La morada santa»

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Elige Solo el Amor
Libro V
La morada santa

Sebastián Blaksley


Legales

Elige solo el amor

Libro V: La morada santa

© de los textos: Sebastián Blaksley, 2021

© de esta edición: Editorial Tequisté, 2021

Coordinación editorial: M. Fernanda Karageorgiu

Corrección: Noelia González Gerpe

Colaboración en corrección: Coralie Pearson

Diseño gráfico y editorial: Alejandro G. Arrojo

1ª edición: junio de 2021

Producción editorial: Tequisté

contacto@txtediciones.com.ar

www.tequiste.com

ISBN: 978-987-4935-18-2

ISBN: 978-987-4935-76-2

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

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Blaksley, Sebastián

Elige solo el amor : libro 5 : la morada santa / Sebastián Blaksley. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4935-76-2

1. Espiritualidad Cristiana. 2. Religiones . 3. Misticismo Cristiano. I. Título.

CDD 248.4

Un mensaje de Sebastián

El amor incluye todo lo que somos. Desde nuestra realidad humana nos puede llevar más allá de nuestras ideologías, culturas, educaciones, personalidades y creencias, hacia lo que no puede ser expresado en palabras porque está más allá de todo límite. Esta es la razón por la que, en esta oportunidad, los ángeles expresan su amor universal utilizando símbolos concretos. En mi caso, los propios de una persona laica, devota del siglo XXI, nacida en Argentina y con educación católica. Sin embargo, durante las manifestaciones, se entiende con claridad que el amor es universal y su voz va dirigida a todos y todo. El amor no hace excepción de personas. Es siempre inclusivo.

Sé, por lo que escucho, veo y experimento, que los mensajes recibidos son para todo el mundo e incluso para todos los tiempos, a pesar de la dificultad que a veces experimentamos por causa de la limitación de las palabras humanas, las cuales pueden separar, a pesar de que están ahí para explorar y unir.

Espero de todo corazón que todos se sientan incluidos dentro del abrazo del amor de Dios, expresado de un modo particular en estos mensajes del cielo, no para que se entiendan estos escritos como especiales ni como un puerto de llegada, sino como un trampolín o puerto de salida desde el cual nos animemos cada día más a expresar con nuestra voz particular el amor divino que vive en nosotros. En otras palabras, dar a conocer esa parte del amor que solo cada cual puede manifestar.

Si somos capaces de entender las palabras y símbolos de esta obra como medios y no como un fin, y recibimos estos mensajes con el corazón y no con la mente pensante, podremos ir, más allá de los símbolos, hacia el amor que los suscita y comenzaremos a recordar a nuestro primer amor, es decir a Dios.

Tal como Jesús lo ha dicho en el capítulo 1 del libro 5 titulado “La dulzura del amor”:

...Antes de seguir adelante por el camino de la dulzura del amor, es importante que recuerdes que los nombres, al igual que las palabras, no tienen un significado propio en relación con el reino de la verdad divina. Sin embargo, en el plano de las percepciones, los nombres pueden significar mucho, al igual que las palabras. No te olvides que el amor no tiene palabras.

En esta obra se han utilizado deliberadamente nombres con un alto contenido emocional y dotados de muchos significados a los largo de siglos. Nombres tales como Jesús, María, Espíritu Santo, Dios, y muchos otros pueden ser signos de contradicción.

No podemos escapar a las leyes de la percepción mientras se viva en ella. Tampoco hay por qué hacerlo. El amor de Dios no se salta nada de lo que hayas creado en tu mundo. Más bien se une a ello y, desde esa unión, lo transforma junto contigo en medios eficaces para que la verdad que está más allá de toda palabra brille libremente.

Esta obra no busca prosélitos ni seguidores. Tampoco busca evangelizar o compartir una sabiduría que otros no conocen. Si esta fuera la meta, esta obra carecería de sentido porque intentaría enseñar lo que todos saben: el amor.

Se han elegido los nombres que se eligieron y el contexto que se eligió para que esta obra salga a la luz por múltiples razones, muchas de las cuales exceden el propósito de estos escritos. Sin embargo, hay una razón que es esencial a la meta de la sanación de la memoria y el refuerzo de tu verdadera identidad...

Estos escritos son una carta de amor de Dios, el padre, para sus hijas e hijos bien amados. Va dirigida a la sanación de la memoria para que, una vez sanada resplandezca en nosotros el recuerdo de un amor que no tiene principio ni fin: el amor de Dios, en cuyo centro vive nuestro ser.

Cómo se originó

El 3 de octubre de 2018, súbitamente una presencia que era todo amor, y cuya magnificencia, belleza y benevolencia no se pueden describir, vino a mí de un modo que nunca había experimentado. Se presentó diciendo: “soy la medicina de Dios”. Se me dio a entender con perfecta claridad que era el Arcángel Rafael en toda su gloria. Me dijo que orara una oración en particular durante nueve días. También me dictó las intenciones por medio de inspiración interior. Así lo hice. La oración consistía en rezar cinco Padrenuestros, cinco avemarías y cinco glorias, tal como estas oraciones son descriptas en la Iglesia católica, a la que pertenezco.

El día 13 de octubre, al día siguiente de finalizar la novena de oración, comencé a recibir la visita gloriosa de un coro de incontables ángeles de Dios, cuyo amor y belleza son indescriptibles. En el coro viene una voz, que es la de Cristo, la cual es expresada en una forma inefable.

La voz se hace imagen y se muestra en símbolos visibles para el espíritu. Lo visto luego es puesto en palabras escritas y grabado por mi voz humana, para que también quede plasmado en la palabra dicha. Cada sesión viene a mí de esa manera. La secuencia es la siguiente: recibo las imágenes que el coro presenta, luego el coro se retira, los arcángeles Rafael y Gabriel quedan como custodios, o presencias amorosas, hasta que es transcripto el mensaje o la sesión en cuestión.

El glorioso arcángel Rafael es quien guía la transcripción, permitiendo que se reciba el mensaje y que lo mostrado se pueda pasar de imagen a palabra. El arcángel Gabriel es custodio amoroso de todo lo que atañe a la obra; no solo en referencia a la manifestación en sí y a los escritos, sino a todo lo que de ellos surge y surgirá.

Los mensajes, o sesiones, me son mostrados como en un cuadro de gran belleza en el que cada forma (que no tiene forma) es en sí una voz, un “sonido-imagen”. Es como el tañido de un arpa que se hace palabra. Este es una vibración de música celestial cuya frecuencia no es como la de los sonidos del mundo. Es una especie de “vibración- frecuencia” que el alma conoce perfectamente bien y que con perfecta certeza reconoce como la voz del cordero de Dios. Una vez que todo es transcripto, en palabras escritas y dichas, entonces el coro se presenta en toda su gloria una vez más, como si vinieran a buscar a los santísimos arcángeles Rafael y Gabriel, y todos juntos se retiran cantando un hosanna al Cristo de Dios.

Ese hosanna cantado por el coro de ángeles es un majestuoso canto de alabanza y gratitud al creador, por el misterio infinito de amor que es la segunda venida de Cristo. Es un preludio de su venida. Si los hombres fuéramos capaces de comprender, en toda su magnitud, el inefable misterio de amor que significa la segunda venida de Cristo, cantaríamos eternamente las misericordias de Dios en unión con los ángeles y toda la creación.

Durante las visiones, en ciertas oportunidades, me son mostrados textos de otros tiempos, algunos de los cuales nunca había conocido. Ellos encierran dentro de sí una sabiduría que no es del mundo. En particular me han sido mostrados los escritos de la Bhagavad Gita, Santa Teresa de Jesús, la sabiduría sufí expresada por medio de los textos de Rumi, así como pasajes específicos del Antiguo y Nuevo Testamento. Todo ello unido a su significado. Lo que me fue mostrado está reflejado en esta obra. De este modo, la revelación desea expresar que la sabiduría es una y que es la misma voz de Cristo la que se expresa en toda manifestación en la que ella es plasmada, a lo largo de los siglos, sin importar el contexto cultural, religioso o mental de quienes reciben la revelación. En otras palabras, lo que se pretende expresar es que somos una sola mente, un solo corazón, un solo ser, unidos en la verdad.

Cuando el Arcángel Rafael se hace presente en mí y comienza el proceso de traducción de las imágenes y símbolos a palabras escritas, mi voluntad es fundida en una sola voluntad con Él. Somos una misma y única voluntad. No hay un tú y un yo. Y, sin embargo, aún en esa unidad existe la consciencia de que yo soy yo, y Él es Él. Dos personas, una misma voluntad, una misma consciencia de ser, un único propósito santo. La mente pensante queda silenciada en esta absorción de mi ser en el Ser de todo ser verdadero, el cual compartimos como una unidad. Mi consciencia y la suya se hacen una. Lo que la voluntad una dice que se haga, se hace. No existe distancia entre el hágase y su efecto. El resto de mi humanidad responde con docilidad. No hay resistencia. Solo existe un fluir de palabras que vienen desde la Mente de Cristo, como si se tratara de un manantial que fluye desde la cima de un monte. Este torrente de gracia hecho palabra es el que mueve las manos con una velocidad y precisión que superan ampliamente a las que se experimentan en lo que podría denominarse como escritura ordinaria. El alma queda extasiada de amor y con un único deseo, el de permanecer por siempre fundida a su Cristo amado, ser de su ser y de todo ser verdadero.

En los casos en que la mismísima virgen María o Jesucristo se hacen presentes en su persona humana y divina, y se comunican en forma directa, el coro de ángeles del cielo y toda la creación quedan enmudecidos de amor. Un silencio que es sagrado y de pura expectación rodea sus presencias benditas, por decirlo de algún modo. Los ángeles inclinan sus cabezas, fijando sus miradas hacia abajo y quedan arrobados en un éxtasis de amor, veneración y contemplación. Nada ni nadie se atreve, ni puede, interrumpir el silencio santísimo en el que el universo queda sumergido ante la soberana presencia de María y de Jesús, cuando le hablan en forma directa a nuestras almas. Esto se debe a que ese espacio de dialogo, entre Cristo y el alma, es un espacio inviolable. Es el templo sagrado de la intimidad del alma con Dios.

Durante las manifestaciones, todo mi ser experimenta una gran paz y alegría. Es como si fuera abrazado por el amor universal. Al finalizar la misma, el cuerpo manifiesta un gran cansancio. Pareciera que le cuesta sostener la energía que recibe. La parte de la manifestación que incluye al coro de ángeles, la voz y las imágenes, es algo que ocurre en cualquier momento, lugar o circunstancia. Sin embargo, la transcripción de los símbolos recibidos en palabras escritas y luego dicha ocurre cuando puedo ponerme a disposición para hacerlo. Puede ser en forma inmediata o varios días después.

El mensaje principal de esta obra podría resumirse de la siguiente manera: ha llegado el tiempo de una nueva humanidad. Una humanidad que está lista para que manifieste en cada uno de nosotros al Cristo viviente. Somos Cristo. Esta es la verdad acerca de nosotros, aunque nos percibamos de un modo diferente. Ya estamos preparados para poder vivir la vida en la certeza que dice: ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ayudarnos a hacer real esta verdad en nuestras vidas, aquí y ahora, es de lo que se trata esta manifestación. Todo el cielo nos ayudará en este santo propósito, pues es en sí el segundo advenimiento.

Espero de todo corazón que quienes reciban esta manifestación se dejen amar cada día más por Dios, y de esa manera sean transformados por la belleza de un amor que no tiene principio ni fin.

Descripción de las manifestaciones

Cuando los arcángeles vienen, vienen sin alas. Son como personas (personas humanas) con túnicas. La túnica de San Rafael es verde y el borde de la túnica es dorado, la de San Gabriel es rosa, casi blanca, con el borde amarillo. Todas las túnicas son majestuosas, como si estuvieran hechas de una seda muy preciosa.

Las caras son alegres, radiantes, con una piel amarillenta muy clara y todos tienen el pelo largo hasta el hombro, como si fueran dorados, rubio-dorado... Sus ojos son verdes... Todos tienen características particulares, de modo tal que se identifican muy bien en su singularidad. Sus cuerpos están radiantes de luz en un brillo sereno que genera paz a la vista y un gran sentido de belleza y armonía.

En el coro de los ángeles hay muchos de ellos con túnicas de color rosa claro y azul claro, otros con dorado claro... Todos en colores pasteles, con una luminosidad serena. Algunos tienen túnicas verdes, como si fueran esmeraldas, pero un poco más tenues.

Sorprende la expresión de felicidad permanente. Todo es alegría en ellos, ángeles y arcángeles. Un día me dijeron que irradian felicidad perpetua porque siempre dan alegría.

La presencia de los ángeles está rodeada de luz blanca y majestuosa, como si vivieran en un mediodía eterno de amor y luz que nunca se apaga. Además, la visión se presenta con una canción que es un coro celestial, el cual suena en todos los rincones del universo. Es como el sonido de millones de arpas que suenan al unísono, formando una sinfonía amorosa de gran armonía.

Las vibraciones son de tal cualidad, que calman la mente y el corazón, dando paz a todo el ser. Uno sabe, sin saber cómo, este himno es una especie de himno-oración-alabanza que es canción inmemorial. Es el canto de gratitud de la creación hacia Dios, Padre y creador, por haberla llamado a la existencia. Es la música celestial que el alma ha dejado de escuchar y que cuando regrese a la casa del Padre, recuperará y volverá a oír. Es una canción olvidada y amada por siempre por el alma que ama a su Padre y creador.

Cabe señalar que la belleza inefable de las visiones de los ángeles y los arcángeles, la cual no puede expresarse plenamente en palabras humanas, deja al alma sumergida en un éxtasis de amor y arrobamiento, del cual participa todo el ser. No hay alegría, ni felicidad en la tierra que pueda compararse con este éxtasis que genera la visión de la grandeza, magnanimidad y hermosura de los ángeles y arcángeles.

La inteligencia angélica es de tal grado que supera todo entendimiento del mundo. Sus pensamientos viajan a una velocidad que no se puede describir, incluso más rápido que el pensamiento humano. Sus pensamientos no tienen distorsión de ningún tipo, son pensamiento puro y no hay contradicción de ninguna especie. Todos son caridad perfecta y solo expresan una cualidad de santidad. Así como un relámpago atraviesa el firmamento, tanto más rápido los pensamientos angelicales atraviesan la mente.

La humildad, prudencia y simplicidad son las características centrales de los ángeles, y su mayor alegría es servir. Servir a Dios, sirviendo a toda la creación. Aman a los seres humanos, animales, plantas, piedras, elementos y todos los aspectos materiales e inmateriales de la creación, con un amor y ternura que, cuando se experimenta, es capaz de derretir incluso el corazón más duro. Estoy convencido de que la dureza del corazón procede muchas veces de una falta de experiencia de amor perfecto. Si cada uno de nosotros conociera el amor de Dios, no solamente lloraríamos de felicidad, sino que nos haríamos uno con el amor, y de nosotros brotaría solo amor.

Si bien la belleza y la magnanimidad de las visiones angélicas son inefables, estas son solo un pálido destello en comparación con la magnificencia, grandeza y cualidad inefable de Jesús y María. Nada en el universo se parece a lo que son sus corazones en términos de su realidad indescriptible.

El corazón de Jesús y María son la belleza eterna. Son la hermosura que no puede ser nombrada. Son Dios mismo hecho hombre y mujer. Son la alegría de los ángeles y la veneración de la creación. De ellos brota toda armonía, grandeza y santidad.

Las miradas de Jesús y María derriten todo el universo, por la ternura y el amor que irradian. Sus sonrisas son la pureza en sí misma y de ahí es que brota su hermosura. En su presencia, el alma queda fascinada en un éxtasis de veneración y contemplación que la deja muda. El alma se queda sin palabras y exhala un gemido de alegría que dice algo así, como un “¡ah!”.

Personalmente creo que el cielo consiste en tener la alegría de contemplar eternamente las miradas y sonrisas de Jesús y María.

Espero que se sepa entender algo de lo que intento decir al intentar describir lo indescriptible. Solo digo lo que veo, experimento y escucho. Solo digo que el cielo existe, que Dios existe y que es amor.

Esto es lo que me es dado a ver, oír y entender.

Con amor en Cristo,

Sebastián Blaksley, un alma enamorada

Buenos Aires, Argentina, enero de 2019

Unas palabras de Coralie Pearson

Entre las incontables bendiciones que vengo recibiendo en este camino de luz, se encuentra el regalo de servir de ojo corrector en la edición de los libros de esta serie de mensajes divinos que nos llaman a elegir solo el amor.

Por el lado práctico —podríamos decir mental— me encanta como lo expuesto en este Libro V enlaza con el mensaje de Jesús que recibimos en Un curso de amor, así como su clara retoma y replanteamiento de conceptos de Un curso de milagros.

Sin embargo, es en el corazón donde se siente el impacto palpable de la energía amorosa que transmiten las palabras. Empezar el día leyendo unas cuantas páginas de esta joya del amor divino es una magnífica manera de integrar, encarnar y a la vez extender la verdad de su mensaje, que es sencillo y claro: “Tu función en el mundo es mostrar que se puede ser feliz y estar en paz. Haces eso, tal como se te ha dicho, dejándote amar.”

Y si, como yo en un principio, quien se pone a leer este libro piensa “eso de dejarse amar, ¿en qué consiste?”, cuando termine de leerlo, lo sabrá, aunque a lo mejor no será capaz de explicarlo.

Nota aclaratoria

Tal como ha sido transmitido por la voz de la conciencia de Cristo, el mensaje central de la obra, es el siguiente:

«Ha llegado el tiempo de la relación directa con Dios, una relación sin intermediarios, tal como lo era en el origen del tiempo».

En la relación directa con Dios es donde se alcanza la plenitud del ser y, por ende, la plenitud del amor. Esto se debe a que es en Dios donde eres tal como él te creó para ser. Es en la relación directa entre el creado y su creador donde el ser se conoce a sí mismo en la verdad de lo que es. Conocerse a sí mismo, tal como Dios lo conoce, es un anhelo inherente del ser, porque ser y conocer son en verdad uno y lo mismo.

Dado que el amor es relación, puesto que es unión, el amor divino solo puede conocerse en la relación con lo divino, es decir, con Dios. Dicho llanamente, conocerse a uno mismo en la relación directa con Dios es conocer a Dios, fin último de todo ser. Conocer a Dios es tu meta y tu destino.

En la relación directa con Dios es donde descubres, por medio de la revelación, la verdad de lo que eres: el Cristo viviente que vive en ti. Vivir en armonía con este descubrimiento es lo que significa retornar al amor.

Preludio

Amada del alma mía, morada santa donde me regocijo en toda mi gloria. Eres la delicia de mi corazón. Tu dulzura es como un bálsamo de ensoñación en el que el universo se sumerge en un éxtasis de amor y contemplación. Eres delirio de un Dios que es infinita bondad y belleza sin comparación.

Los ángeles cantan las sinfonías del reino (donde la luz brilla eternamente), comienzan a entonar un nuevo himno de alabanza y gratitud en honor a tu hermosura.

¡Oh, éxtasis de los serafines! ¡Cántico sagrado! ¡Vaso de sabiduría donde se vierte el néctar de mi divinidad! Refugio de amor santo. En ti habito desde antes de que exista el tiempo. En ti aleteo y gimo de amor desde siempre.

Soy aquello que sostiene el universo. Lo que da luz a la luz del mundo. Lo que hace brillar el sol y nacer toda luminiscencia. Soy la pura inteligencia del amor. Soy la dulzura de Cristo que vive en ti. Soy milagro. Soy palabra. Soy todo lo santo, lo bello, lo perfecto. Soy uno contigo.

Alma enamorada y amante, permanece en mí como yo permanezco en ti. Juntos haremos que la luz que nunca se apaga brille más y más, hasta iluminar la tierra con nuestro amor. Sumérgete en los abismos del misterio de la creación. De nuestra unión surgirán nuevos universos infinitos en los que solo morará la paz que no tiene principio ni fin. Amor sin barreras. Amor divino. Amor de santidad.

Antes de que el mundo existiera, existíamos tú y yo.

Antes de que el tiempo echara a andar y a todo lo que es de la tierra le pusiera un final, existíamos tú y yo.

Antes de que cualquier pensamiento fuera pensado, existíamos tú y yo.

Unidos somos la eternidad del amor. Somos luz que brilla en todo lugar. Somos océano infinito de sabiduría y verdad. Somos la morada santa. Somos la dulzura del amor extendiéndose por siempre.

Juntos vamos por todos los universos, creando estrellas y mundos, jugando como enamorados santos el juego del amor hermoso.

¡Oh, hija de mis entrañas! ¡Amada de mi ser! Comencemos un nuevo día cada día, ambos llenos de amor y bondad. Permite que mi dulzura te abrace, que mi belleza te envuelva y que la luz de mi gloria penetre en tu ser, de tal modo que hagamos nacer un nuevo amor en cada mañana, cada atardecer y cada noche.

En razón de nuestra unión un ave que tenía el ala herida retomará la majestuosidad de su vuelo. Un corazón quebrantado comenzará a cantar de nuevo. Y de un manantial que se había secado comenzará a brotar agua de vida eterna.

Tú y yo unidos por siempre en el amor, somos una sola alma. Un solo corazón santo. Un solo ser. Unidos somos la morada santa donde nuestra belleza brilla eternamente con un resplandor más grande que la luz del sol. Somos la fuente de la luz y de la vida.

Unidos somos la dulzura del amor.

1
El nombre de Dios

Un mensaje de Jesús

I. Símbolos y expresión

Alma enamorada, aquí estamos nuevamente reunidos en la presencia de la dulzura del amor. Te damos las gracias por responder a la llamada de lo alto. Gracias por recibirnos en tu corazón.

Estas palabras están llenas de amor. Absórbelas. Hazlas tuyas y deja que te transformen en razón del poder que conllevan.

Somos la luz que procede del Padre y se manifiesta en ti. Somos uno contigo. Estamos donde desees estar.

Antes de seguir adelante por el camino de la dulzura del amor, es importante que recuerdes que los nombres, al igual que las palabras no tienen un significado propio en relación con el reino de la verdad divina. Sin embargo, en el plano de las percepciones, los nombres pueden significar mucho, al igual que las palabras. No te olvides que el amor no tiene palabras.

En esta obra se han utilizado deliberadamente nombres con un alto contenido emocional y dotados de muchos significados a lo largo de siglos. Nombres tales como Jesús, María, Espíritu Santo, Dios y muchos otros pueden ser signos de contradicción.

No podemos escapar a las leyes de la percepción mientras se viva en ella. Tampoco hay por qué hacerlo. El amor de Dios no se salta nada de lo que hayas creado en tu mundo. Más bien se une a ello y desde esa unión lo transforma junto contigo en medios eficaces para que la verdad que está más allá de toda palabra brille libremente.

Esta obra no busca prosélitos ni seguidores. Tampoco busca evangelizar o compartir una sabiduría que otros no conocen. Si esta fuera la meta, esta obra carecería de sentido porque intentaría enseñar lo que todos saben, el amor.

Se han elegido estos nombres y este contexto para que esta obra salga a la luz por múltiples razones, muchas de las cuales exceden el propósito de estos escritos.

Sin embargo, hay una razón que es esencial a la meta de la sanación de la memoria y el refuerzo de tu verdadera identidad.

Todo podría resumirse en un asunto de identidad. Lo que esto quiere decir es que existe un riesgo cuando decides, más o menos conscientemente, recorrer el camino espiritual. El riesgo del que estamos hablando es el de perder la identidad o crear una que tenga un poco de muchas corrientes espirituales. De ese modo puedes crear una especie de híbrido espiritual que no te ayuda a sostenerte dentro de tu identidad. Aun más, puede aumentar el grado de confusión y evitar que te mantengas fuera de la crisis de identidad de donde has sido sacado.

No abogamos por la confusión, sino por la certeza. No abogamos por la amorfía de una identidad que no tiene anclajes sólidos.

II. Diversidad y unicidad

Un gran desafío en la vida espiritual, al igual que en todo camino de la vida, es permanecer siendo totalmente tú, sin perder la flexibilidad que exige la universalidad del amor.

El todo no anula a la parte, ni necesita hacerlo. La parte puede ser la que quiera ser y no por ello dejará de ser verdad. Es cierto que los nombres elegidos en esta obra pueden causar controversia y hasta rechazo en algunos. Aun eso es parte del propósito de estos escritos.

En última instancia la resistencia que existe a la palabra Dios o similares, muchas veces habla de una falta de perdón, o de aceptación de las diferencias. Alcanzar una mentalidad abierta y un corazón tan amplio que seas capaz de albergar a todos por igual es parte de la meta de este regalo del cielo escrito en palabras.

Rechazar esta obra por los nombres que aquí aparecen es lo mismo que rechazarla porque su prosa no parezca ser la más encumbrada. Eso sería un modo de quedarse en la superficie del asunto. Sin embargo, es inevitable en ciertos casos que ocurra algo semejante. Eso también es necesario.

Cada cual que se acerque a estos escritos experimentará lo que el amor desea que experimente, para que todo pueda salir a la luz y embeberlo en su dulzura, a su debido tiempo.

A ti que recibes estas palabras, déjame decirte algunas cosas antes de seguir adelante. No eres tú quien ha venido a mí, sino yo a ti. No fuiste tú quien eligió que estas palabras lleguen a ti, sino que ellas te han estado buscando desde toda la eternidad.

Estas palabras fueron escritas desde el cielo de tu mente santa para ti y te han estado llamando desde siempre. No son simplemente letras escritas en un papel o palabras dichas y grabadas en un medio de grabación. Son puro amor. Son como gotas de rocío que caen sobre tu mente y tu corazón para permitir que en tu alma germine la belleza que eres y comiences a dar frutos abundantes. Frutos de luz y santidad. Frutos de verdad y amor.

III. Más allá de las palabras

No te detengas en las palabras. No te enojes con la experiencia que hayas tenido en el pasado con el nombre de Dios. Absórbelas con el corazón. Deja que él sea tu guía. Recuerda que te dije que allí donde encontraste separación ahora encontrarás unidad.

Siente cuánto amor ha expresado por ti el creador, que ha tenido la delicadeza de escribirte estas palabras. Cuánto tiempo ha estado esperando en el tiempo para que ahora le abras un poco más las puertas al amor de los amores y te animes a vivir más hondamente en la santidad que eres en verdad.

Estas palabras son un testimonio del amor de Dios para ti, que eres su delicia. Eres un alma santa, pura, perfecta. Eres tan bella como un hermoso copo de nieve, pero sin su frialdad. Eres la expresión viva del amor divino.

Esta obra es un certificado para quienes han concluido el camino de la búsqueda en la vida espiritual, ya que han llegado al punto en que pueden comenzar a vivir como el Cristo encarnado que son.

Eres Cristo. Eres lo que un día fui y demostré ser hace dos mil años. Ahora ha llegado el tiempo en que tú demuestres lo mismo que yo.

No te detengas en los símbolos. A lo largo de esta obra has experimentado muchas cosas. Has cambiado mucho, aun de maneras en que no puedes comprender ahora. Tu corazón sabe quién es el que le está hablando.

Quizá todavía alguna partecita de tu mente se resista a creer en esta llamada diciéndote que no eres tan digna como para ser Cristo. No importa. Todo eso es parte del pasado. Tú sigue adelante. Me conoces más que a ti misma, porque yo te conozco más de lo que puedes imaginarte. Sé muy bien quién eres, por qué y para qué te he elegido entre los muchos.

Eres un alma elegida para dejar brillar la luz de Cristo en el mundo en que desees estar. No importa cuáles sean tus elecciones o cuáles hayan sido, solo importa que vivas en la verdad y esta es la verdad: ya no vives tú, sino que es Cristo quien vive en ti. Hacer de esta verdad el centro de tu existencia es a lo que estás llamado.

A Cristo no le importa cómo lo llames, tampoco qué asociaciones puedas hacer en referencia a lo que es. Él no tiene un problema de identidad. Sabe quién es. Por esto, no debes detenerte en asuntos tan nimios como si el nombre de Dios es este o aquel, o si tal camino espiritual es el acertado o no. Todo eso es asunto de niños espirituales y tú ya no eres un niño. Eres el Cristo viviente que vive en ti.

Quizá pienses que reemplazar la palabra Dios por ser o por amor resolvería el asunto de su nombre y asociaciones. Pero permíteme decirte que eso no es cierto. Toda palabra está cargada de emociones y dispara algún tipo de reacción. De modo que lo que para algunos es signo de caridad, para otros puede ser signo de desunión.

No estamos hablando solo a los que sientan rechazo con los nombres que aquí puedan utilizarse. Sino también a aquellos que han hecho de esos nombres un conjunto de ídolos mentales que simplemente buscan separar en vez de unir.

Creer que Dios les dio la verdad a algunos, pidiéndoles que la monopolicen y que para ello armen estructuras o instituciones es no entender. Eso también forma parte del patrón de pensamiento del niño que antes fuiste, pero que ahora debemos dejar atrás.

Todo lo que procede del amor une. Lo que desune procede de la nada. Dios es amor, y por lo tanto es inclusión perfecta.

Lo que estamos mostrándote es que, tanto de una manera como de otra, puedes utilizar los nombres y las formas para separar o para trascenderlas llenándolas de verdadero amor y de ese modo unir.

Recuerda que esta llamada no es para hacer tal o cual cosa, vivir de tal o cual manera o cambiar el mundo. Es algo mucho más radical. Es la llamada a ser plenamente tú, tal como Dios te conoce.

Ser tal como Dios te creó para ser es de lo que hemos estado hablando a lo largo de todo el camino. Hace dos mil años que hablo de lo mismo. Lo hago de miles y miles de maneras diferentes y no descansaré hasta que mi voz sea escuchada en todos los rincones del universo.

Esta obra es el repicar de la campana del señor. Es la llamada que estabas esperando. Es la llamada a que te animes a seguir lo que la sabiduría del amor te dice, para que ella y solo ella sea la fuente de tu saber y obrar.

Esta obra es suscitada por una sabiduría que no es del mundo. Es la voz de Cristo que habla en tu interior de un modo que solo tú puedes reconocer.

Es importante que comiences a darte cuenta de que lo único relevante en ti es la relación directa con tu creador. Toma consciencia de que, al recorrer juntos esta obra, estamos creciendo en el grado de conocimiento de nuestra relación de amor. Es en este nivel en donde esta obra tiene todo el sentido. Es en nuestra relación directa, en la que tienes con estas palabras y con ello con el Cristo que vive en ti, en donde reside el poder de transformación de tu vida que esta obra te regala.

Únete en paz a tu ser todos los días de tu vida, y permanece en él a cada instante de tu existencia y estarás creando un nuevo cielo y una nueva tierra. Haz esto y habrás retornado al amor.

2
El punto de encuentro

Un mensaje de Jesús

I. Preludio

¡Hijo de la eternidad! Ciertamente es difícil para algunos reconocer cuál es el punto de encuentro. Son muchos los que han estado buscando cómo encontrarse con sus hermanos sin lograrlo verdaderamente. Pareciera que siempre surge algo que separa. Una discusión, un punto de vista, un deseo, una creencia. En fin, cualquier cosa parece desunir a las hermanas y hermanos de todo el mundo.

Pareciera que la unión es algo tan frágil que está siempre a punto de resquebrajarse o al menos tan difícil que se asemeja más a un ideal que a una realidad. Así, la realidad del amor parece ajena a tu existencia.

Si seguimos viviendo la vida como un ser que no logra vivir por siempre y conscientemente en la unidad, no se ha logrado casi nada en el camino espiritual. La verdadera espiritualidad es la que procede del amor y te lleva a más amar. Todo lo demás está de más. Ya hemos hablado de esto.

No es posible vivir en la unidad si no se ama la diversidad. Recuerda que la vida es diversidad. No existe un solo ser igual a otro. Ni siquiera tú eres igual, minuto a minuto. Todo cambia. Y, sin embargo, eres el ser inmutable que Dios creó. ¿Cómo conciliar ambas realidades? La inmutabilidad y el cambio permanente, la unidad y la diversidad parecen ser realidades antagónicas, pero no lo son.

Para vivir en la unidad es necesario que reconozcas que lo que es uno puede ser diferente a la vez. Piensa en tu ser como la tierra que pisan tus benditos pies. Tu yo como los majestuosos árboles que de ella surgen. Puede haber miles o incluso millones de árboles diferentes en la tierra, de diferentes formas, tamaños, especies, y colores. Y, sin embargo, todos comparten el mismo ser.

II. La unidad y el ser

Una de las grandes dificultades para vivir en la unidad, es decir, para encontrar el punto de encuentro, es intentar llevar a los demás a que vivan la vida que tus creencias concibe como verdad.

De alguna manera u otra, detrás de todo ataque entre hermanas y hermanos, detrás de toda desunión, hay un juicio que dice así: “tu modo de ser y consecuentemente de actuar no condice con la verdad. O te ajustas a ella o no hay posibilidad de unirnos, pues yo tengo la verdad.” Esta sentencia es propia de los patrones del ego. Puede expresarse de mil maneras diferentes. Es un patrón de pensamiento.

Intentar unir en la verdad es peligroso, puesto que no sabes qué es la verdad. Sabes que en nombre de la verdad se han cometido grandes sacrificios, como también en nombre del amor.

Entonces, ¿dónde reside ese punto de encuentro, donde sabes que eres uno con tu hermana y hermano, sin excluir de esa unidad a nadie ni a nada?

Así como no puedes unirte en el cuerpo, tampoco puedes unirte en las emociones, ni en los sentimientos, ni en los pensamientos. Esto se debe a que estos son la expresión personalísima de cada ser. El tinte y el color de cada voz son distintos. No busques igualdad en ese nivel. No es necesaria allí.

La unidad no es igualdad. La unidad es simplemente estar unidos. Lo que está unido puede ser diferente en su expresión. No hay dudas de ello. Esto lo puedes observar en la naturaleza terrenal.

Para hacer más claro este asunto, tomaremos como ejemplo esta obra de amor, recibida, escrita y dada por puro amor de Dios. Esta obra es diferente a todas las obras que han existido hasta ahora. Es la expresión personalísima del amor de Dios, manifestada por medio de un ser particular. Creado a semejanza del amor, al igual que tú que recibes estas palabras. Sin embargo, este ser no es igual a nadie y nunca lo será. De tal manera que esta obra, la cual procede de la unión de Cristo y su ser, tiene el tinte, el color y la dulzura propia de un alma.

Quizá para algunos, estas palabras no signifiquen nada. Para otros, poca cosa. Habrá quienes ni siquiera logren entender el significado de la obra en su totalidad. Otros creerán abiertamente que no es una obra inspirada. Otros dejarán de seguir estas palabras en algún punto del camino, cansados de escuchar “lo mismo” o por causa de la utilización de ciertas palabras o expresiones.

Habrá quienes salten de alegría al recibir estas palabras y sus corazones cantarán una nueva canción. Otros sentirán un alivio en sus almas al ver que finalmente su anhelo de escuchar la voz de Dios se ha hecho real en esta obra. Existirán quienes sepan reconocer en estas palabras la voz del amado eterno de sus almas. Otros sabrán ir más allá de las palabras hacia el amor con que fueron expresadas y son dadas.

Algunos receptores de esta obra harán que lo que se expresa sea una fuente de inspiración, como un detonante de la creatividad que estaba bloqueada pero a punto de salir. Otros la tomarán como una guía de estudio a la cual regresarán cada tanto cuando quieran indagar acerca de algo, o sencillamente cuando deseen experimentar nuevamente la dulzura que en ellas se encuentran. Habrá todo tipo de reacciones ante esta obra. Tal como las hay con toda expresión.

Aquí no estamos hablando de la dimensión mística de esta obra, ni de su capacidad de transformación o de hacer milagros por medio del poder de la palabra del espíritu de Dios. Recuerda que la sabiduría es Cristo y que todo lo que procede de ella es poderoso y eficaz. Recuerda también que la palabra de Dios siempre logra su cometido y que lo hace de un modo que es misterio para la humanidad.

III. Ser y diversidad

Dado que cada cual recibe lo que su ser dispone recibir, y lo que hace con ello es también asunto de cada ser, entonces no hay ninguna posibilidad de crear una obra de este tipo que pueda tocar todas las mentes y corazones del mismo modo. Si bien somos una sola mente y un solo corazón, no somos iguales en todos los niveles.

Intentar crear una obra que se ajuste a todos los hermanos y hermanas, en todo tiempo y lugar, es intentar asir el viento con las manos. El valor de estos escritos y de la obra que surge de ellos no reside en su capacidad de llegar a todos, ni siquiera a muchos. Reside en la expresión en sí.

Cada vez que vives en la verdad de lo que eres y te expresas libremente desde esa verdad, entonces estás realizando el propósito de tu existencia. Cuando haces eso, ¿qué sentido o importancia puede tener que los demás crean o no en ti, que te sigan o no, que se ajusten a tu modo de ser?

Ahora salgamos del ejemplo de esta obra y vayamos a la observación de la naturaleza física que te rodea. Observa el fluir del agua del río. Piensa en cada gota que forma parte de él. ¿Acaso una gotita está pendiente de si las demás la aceptan o no o en cómo influye en otras? ¿Acaso el alerce está pendiente de qué piensan los demás o de cómo convencer a otros de algo? ¿Has visto alguna vez a una flor diciéndole a otra lo que debe ser?

Haz que la naturaleza que te rodea sea también tu maestra. Ella tiene mucho que ofrecerte, mucho más que simplemente alimento y belleza. Ella puede mostrarte lo que hay en la mente del creador y con ello la verdad y el amor.

Las aguas, los alerces y las flores simplemente son lo que son. No se preocupan por nada más. En efecto, ni siquiera se preocupan por lo que son. Simplemente son.

Al nivel de las creencias siempre habrá espacio para el debate y la desunión. En el nivel de los sentimientos también. Esto se debe a que la mente se basa en interpretaciones acerca de lo que los pensamientos, sentimientos y emociones son. También existen riesgos de desunión en el nivel de la expresión, pues los que juzgan siempre pueden juzgar algo.

Solo puede haber unión verdadera e indisoluble en el nivel del ser. Ser lo que eres en verdad es a lo que estás llamado, y a nada más. Por lo tanto, no se trata de convencer a nadie de nada, ni de intentar que otros sean lo que tú quieres que sean. Se trata de ser auténticamente tú mismo.

Si vives la vida de tal modo de ser la expresión perfecta de tu verdadera identidad en Cristo, sin dejarte llevar por autoridades externas a ti, expresando solo el amor que eres, no necesitarás convencer a nadie de nada. Tampoco te molestarás al ver que otros expresan sus diferencias.

Las expresiones de las diferencias son necesarias porque son la realidad de la creación. Todos son uno en el ser y muchos en la expresión. En otras palabras, siendo uno en el ser, aun así, tú eres tú y tu hermano es él.

La vida está compuesta por infinitas expresiones de un solo amor santo. Ser la expresión única del amor de Dios es tu función y alegría. Si observas bien mi vida en la tierra verás que lo único que hice fue ser auténticamente el que me fue revelado que soy en verdad. Es decir, el Cristo viviente que vive en mí.

Nunca quise confrontar, o cosas semejantes, en relación a las creencias, dogmas y doctrinas. No vine a crear una religión. Vine a ser el que soy. Y eso demostré. Esa es tu misma función y la de todo ser viviente.

Cuando eres auténticamente el que eres en verdad, es decir, cuando vives desde tu ser y sigues lo que tu mente unida a tu corazón te indica desde la sabiduría de Cristo, entonces cuando surge la confrontación actúas desde la autenticidad del corazón y, por supuesto, sin miedo.

Si eres el que eres en verdad, entonces si surge el debate, participas sin perderte en él. Quizá sientas que debas dar tu punto de vista, y entonces lo harás sin el deseo de convencer a nadie. Serás tú mismo expresándote en esa situación. Lo mismo aplica a toda circunstancia de la vida. Descansar en lo que eres es el único modo de encontrar reposo, seguridad y unidad.

El punto de encuentro eres tú mismo. Desde ahí te expresas y eres el que eres en verdad. De esto se desprende que existen tantas verdades como seres creados hay. Esto no quiere decir que la verdad no sea una. La verdad es una y muchas a la vez, tal como el tiempo es corto y largo a la vez. El amor es uno y muchos a la vez. La vida es una pero se expresa de infinitas maneras. Esto es lo mismo que decir que el universo es lo suficientemente vasto como para que exista espacio para todos y todo.

No en las ideas, ni en los sentimientos, ni en las creencias, ni siquiera en el amor o en la verdad es donde puedes encontrarte. Solo puedes encontrarte en tu ser, porque no hay nada más que tu ser.

3
El poder de la dulzura

Un mensaje de Jesús, identificándose a sí mismo como “el Cristo viviente que vive en ti”

I. Ternura y fortaleza

Quizá te resulte un tanto extraño ver que este diálogo se llame el poder de la dulzura y al mismo tiempo estemos hablando del poder de Dios y del de tu corazón, los cuales son uno y lo mismo. Aclarar esto es importante a estas alturas. El ego solía asociar la dulzura con debilidad y la bondad con impotencia. ¿No es cierto que muchas veces, por no decir casi siempre, el mundo trata con aspereza y a veces con violencia o desdén a los bondadosos y tiernos?

Cuando se me llamó el cordero de Dios, lo que se buscaba expresar con ese símbolo era exactamente aquello de lo que estamos hablando aquí. El cordero es el símbolo perfecto de la docilidad, la ternura, la bondad y la dulzura de Cristo. Durante el proceso de mi pasión redentora, una de las cosas que se demostró de modo claro fue que, ante cualquier circunstancia, la ternura está justificada. En otras palabras, mi mensaje fue que no existen razones para desconectarte de la dulzura de tu corazón. El mensaje es el mismo en aquel entonces y ahora.

Hermano, la ternura de Dios es el regalo del cielo que te ha sido dado desde toda la eternidad. No lo rechaces, ni desprecies. Más bien recíbelo con alegría y amor. Te lo entrego en mis sagradas manos. Acéptalo.

Si hay una razón por la que el mundo parece ser un lugar cruel, es por la falta de dulzura que hay en él. El ego no podía ser tierno, pues no sabe nada acerca del poder ni del amor. Recuerda que el ego era la idea de la impotencia. Era una identificación con un ser que estaba separado de la esencia de la vida y con ello, de la sabiduría. Ahora que el ego se ha ido y solo quedan los patrones de pensamiento y respuesta emocional que la mente y el corazón han utilizado a lo largo de siglos, podemos comenzar serenamente a re-conectarnos con la ternura de Cristo y vivir en unidad con ella.

Todo lo que te rodea está teñido de ternura, si observas con los ojos del amor. Donde existe el amor, ahí está la dulzura. Donde mora la ternura, allí mora la verdad. La tierra, a la que llamas tu hogar, no es la excepción, puesto que en ella habita el espíritu de Dios.

¿Cuántas veces al día demuestras la dulzura de tu corazón? ¿Cuántas veces la recibes de tus hermanas y hermanos? ¿No es cierto, amado de mi alma, que la ternura parece ser la gran ausente del mundo?

Escucha lo que tengo que decirte: ¿quiénes fueron los que me acompañaron a la cruz? Solo un puñadito de personas. ¿Quiénes eran? ¿Por qué ellos sí y otros no? Se necesitaba mucha entereza y fuerza interior para poder estar a mi lado en horas tan difíciles. Solo los fuertes de espíritu podían hacerlo. Solo los tiernos de corazón pudieron estar presentes. Ese fue el pequeño grupito que subió conmigo hasta el monte de la cruz. Despedazados por fuera, perfectamente unidos por dentro en la unidad del amor.

Hijo de la ternura divina, no estoy trayendo a la memoria el episodio de mi crucifixión para que te aflijas o cargues tu alma de dolor y culpabilidad. Eso es imposible, pues ya has trascendido al ego y sabes que la crucifixión no es ya motivo de sufrimiento sino de alegría en la resurrección. Traigo el ejemplo de mi vida, y muy particularmente el de la cruz, para que no quede duda alguna en cuanto a la relación directa que existe entre la dulzura y la fortaleza. La unión del poder de Dios con la dulzura del amor perfecto es lo que significa el símbolo del cordero de Dios.

El león y el corderito descansarán juntos, se ha dicho. Esto quiere decir que la bondad y la fortaleza volverán a ser una unidad. En efecto, solo cuando ambas energías del alma se unen en tu consciencia singular, puedes decir que estás integrado. La aspereza no forma parte del amor, del mismo modo en que no lo hace el miedo. Donde habita una, desaparece la otra. Son como el agua y el aceite, simplemente no se pueden unir.

II. El lenguaje amoroso

Una de las maneras más fáciles que tienes para observar si estás conectado o no con la dulzura de tu corazón es el lenguaje que usas. Los corazones duros hablan de un modo áspero. Su lenguaje desune, es poco tolerante y deja siempre un regusto a quien lo da y a quien lo recibe.

Hablamos de estas cosas porque ahora estás en perfectas condiciones de dejar ir todo lo que no procede del amor. Puedes distinguir entre los pensamientos amorosos y los que no lo son por su aspereza. Unos son burdos y carentes de sutileza. Los otros son sutiles, dan alegría y extienden gozo tanto para el que los da como para el que los recibe. Unos dan miedo, los otros dan amor.

Recuerda que estos son los tiempos de María. Los de la dulzura del amor. Estás viviendo en un tiempo en que los espíritus están en condiciones de expresar la belleza del alma como era en el principio. Comencemos ahora mismo. Aquí, desde esta llamada que el amor te hace a ti. Allí donde creas estar. Sin dilaciones. Sin detenerte en consideraciones que solo demoran la llegada de la expresión de la ternura de Dios.

Solo los limpios de corazón pueden expresar la bondad del señor. Esto se debe a que solo los que tienen una mirada limpia, es decir, los que viven en la verdad, permiten que su ser exprese lo que Dios es.

Dios es verdad. Esto quiere decir que para que todo lo que Dios es se manifieste en ti, es necesario que vivas en la verdad. Vivir en la verdad es humildad. La verdad es un camino. Un camino que comienza contigo mismo. Dicho de otro modo, ser veraz contigo mismo es la base para que el amor de Cristo que eres se exprese en razón de lo que él es. No eres otra cosa que él.

¡Amado de la verdad! Si no vives como el Cristo viviente que vive en ti, entonces el amor perfecto que eres tiene que esperar en el centro de tu ser, como si estuviera encerrado dentro de un cofre muy hermoso, esperando a que le llegue el tiempo de dar a luz todo un universo de amor y verdad.

¿Verdad que a pesar de que los cuerpos tienen la potencialidad de engendrar, no siempre lo hacen, por diversas razones? Lo mismo ocurre en tu corazón. Si no permites que el amor fecundo dé a luz, la luz de Cristo no se extiende desde ti, aunque viva en ti. Esto es lo mismo que decir que si no permites que el poder de Dios se funda con la ternura del amor, entonces el ser que eres deja de extenderse libremente y tus capacidades o talentos quedan opacados.

En última instancia, lo que estamos postulando aquí es que la verdad reside en la unidad de la fuerza y la ternura del amor. Dos aspectos de una misma dimensión divina. Recuerda que en Dios no existe separación, ni costura de ninguna especie, de modo tal que no existe tal cosa como el poder aquí y la dulzura allá. Ambas son una.

III. Unidad y dulzura

Si hay una novedad que esta obra trae es la de la unión de los tres corazones. Es decir, la unión que existe entre tu corazón, el inmaculado corazón de María y el sagrado corazón de Jesús. Se te ha regalado una perla de inestimable valor en la devoción de la unión de los tres corazones, dada la importancia que esta unión tiene. Unir todo lo que es de Dios en una unidad santa es el propósito de esta obra y debiera serlo de toda obra espiritual que proceda del amor. En efecto, así lo es.

Jesús es para muchos el símbolo del poder de Dios. Un poder demostrado con medios inconfundibles. Es el aspecto racional, conductor, milagroso, e incluso heroico de Cristo. María es, para otros, el símbolo perfecto de la dulzura de Dios. Ambos, unidos de modo inseparable, forman la unidad que Cristo es. No porque uno sea una parte y el otro, otra. En ellos no existe nada que no exista en Dios y en cada uno de ellos al unísono. Ambos son la encarnación pura de la consciencia de Cristo. Dicho llanamente, en ellos existe solo Dios y todo Dios.

En Jesús existe toda María y en ella existe todo Jesús. Son una unidad. Sin embargo, el mundo suele hacer una distinción entre lo masculino y lo femenino. Para poder unir amorosamente ambas polaridades se te ha dado el poder de unirte con Jesús y María en una unidad en la que no se distingue entre uno y otro.

Así como Jesús, María y el Espíritu Santo son una unidad inseparable y conforman una santísima trinidad, del mismo modo la formas tú, que vives en la unión de los tres corazones. De uno de ellos absorbes el poder de Dios, del otro la ternura del amor. En la unidad de ambos permites que se fundan el uno en el otro y de esa unión fecunda nace el Cristo en ti. Esto es lo mismo que decir que dentro de la unión de los tres corazones te haces nada en el amor. Así permites que lo que el amor es se extienda por sí mismo.

Hasta ahora has probado con muchas cosas, como individuo y como especie. Pero casi nunca has intentado con el amor puro. No estoy diciendo que no hayas amado. Ciertamente has compartido el amor que de Dios procede y vive en ti. La belleza de lo que eres se ha extendido más allá de la consciencia limitada o yo individual. De lo que estoy hablando es de confiar ilimitadamente en el amor. Si comienzas a pensar en la confianza y la asocias al amor y haces de ello tu único pensamiento a la hora de tomar decisiones, hasta que sea un hábito, verás que cada día irás expresando más y más ternura. Serás más sutil.

Confiar en el amor es esencial a la hora de alcanzar y conservar la paz interior. La confianza y el amor van de la mano. Esto lo sabes bien. Pero lo que pocas veces recuerdas es que confiar en el amor es confiar en ti, puesto que eres amor y nada más que amor.

Ahora estamos en condiciones de unir los puntos. La confianza total en el amor elimina el miedo. Al hacer esto, reclamas para ti el poder del cielo y de la tierra, el cual te pertenece por derecho de nacimiento. Una vez restaurada la consciencia del amor, y con ello del poder de Dios en ti, entonces la ternura pasa a ser la única expresión posible porque el amor y la dulzura son uno y lo mismo.

Comienza desde ahora mismo, olvidándote de todo lo vivido, a expresarte desde el amor puro y nada más. Hasta ahora has estado fluctuando más o menos entre el continuo del amor y del miedo. Este es el día en que te pido que dejes de fluctuar. Puedes hacerlo. Esta fluctuación entre el miedo y el amor es algo común durante una parte del camino espiritual. Vas desde un casi todo miedo a un poquito de miedo y un poquito de amor y, desde allí, hacia mucho amor y un poco de miedo. Ahora debes tomar una decisión consciente. Te será fácil tomarla en razón de tu anhelo de paz. Debes decidirte cada día a vivir única y exclusivamente en el amor puro.

Alma enamorada. Estás cansada. Has caminado mucho. Sientes que te has ensuciado en el camino. Te ves abatida y muchas veces desanimada. Has derramado muchas lágrimas. Has buscado sin hallar por mucho tiempo. A pesar de que has llegado al punto en que eres consciente del amor de Dios, y sabes a ciencia cierta que eres la santidad personificada, aún quedan recuerdos dolorosos. Cada vez son menos intensos y se van desvaneciendo más y más. Pero aún quedan en tu memoria los registros de la locura que la culpabilidad engendró.

Abre tus brazos. Abrázate al amor. Siente como el calor de nuestra unión abriga tu ser. Siente la ternura de mi corazón. Fúndete en mí. Suelta las resistencias, deja a un lado las corazas que otrora usaste para separarte de mí. Desnúdate. Entra a morar conmigo en los recintos de la luz verdadera.

Ven, alma bendita. Ven a ese lugar donde nadie puede ingresar salvo tú y el creador. Ven al amor inviolable y quédate en él bebiendo de la fuente del amor hermoso. Sumérgete en los abismos de mi corazón, allí donde mora la dulzura. Goza del deleite de escucha al amor hablarle al amor. Deja que el amor te fecunde a cada instante de tu vida. Deja que él sea el señor de tu universo. El Dios de tu existencia. El refugio de tu pasado y la certeza de tu futuro. Permite que el amor sea también la puerta de entrada al eterno presente, allí donde mora la luz del Cristo en ti.

Hijo mío, hay un lugar en el universo donde solo mora la dulzura. Hay un lugar en tu corazón donde Dios se goza eternamente en las delicias del amor hermoso. Ese lugar es tu ser. Es lo que eres. Lo conoces muy bien pues es tu hogar. Es el lugar donde fuiste creado y del que nunca te has ausentado.

Ese lugar no reside en el mundo sino más allá de las estrellas y el sol. Es un lugar tan alto en el firmamento que los ruidos del ajetreado mundo no pueden llegar. Es un lugar tan sublime que no hay palabra con que describirlo. Es la morada de Cristo. En ella eres el que eres en verdad. En ella habitas en la casa del Padre. En ella es donde reposa tu corazón, y donde tu mente crea eternas creaciones de amor perfecto.

Ven a morar conmigo en las moradas del cielo de tu mente santa. Ese lugar y lo que eres siempre están unidos. Esta es la razón por la que allí donde desees estar puedes llevar el cielo contigo. Esta es la razón por la que es perfectamente posible inundar de ternura al mundo del desamor. Esta es la razón también por la que puedes crear un nuevo cielo y una nueva tierra.

Allí donde esté tu tesoro estará tu corazón. Esta verdad es motivo de alegría y libertad. Tu corazón, el centro de tu ser, es lo que eres. Eres un corazón santo, tal como yo soy la unión del sagrado corazón de Jesús y el inmaculado corazón de María. Somos un corazón. Si lo que eres y donde mora tu ser van de la mano, entonces ese lugar sagrado del que hemos estado hablando, que es la fuente del amor hermoso, la morada de la dulzura de Dios, tiene que estar donde tú estés. En otras palabras, no existe diferencia entre el ser que mora en la morada del cielo y el cielo en el que el ser mora. Tu ser es el cielo.

El cielo eres tú. Si esto no fuera verdad, proponerse la meta de traer el cielo a la tierra sería una quimera. Pero como esta verdad es la verdad acerca de lo que eres, entonces hacer de todo un cielo es una meta tan alcanzable como la de respirar. Allí donde moras, está Cristo y donde él habita residen los tesoros del cielo en su totalidad. No se puede ser un poquito cielo y un poquito infierno.

Cuando hablamos de que el mundo terrenal era un híbrido en el que parecía estar el cielo y el infierno juntos, lo que estábamos diciendo es que puedes o bien unirte al cielo de tu mente santa o al miedo. En un caso te unes al cielo anhelado y en el otro al infierno tan temido. En palabras simples, en un caso te unes a lo que eres en verdad, y por lo tanto vives en la autenticidad del corazón, y en el otro te niegas a ti mismo.

Extender la dulzura del amor es propio de los iluminados, también de los sabios y de los que han hecho la opción por el amor con mayor o menor grado de consciencia. Esto se debe a que todos esos estados, el de iluminación, sabiduría y amor son diferentes facetas de un mismo estado. El estado de la consciencia amorosa.

La falta de ternura es muestra inequívoca de que te has desconectado de tu ser. Solo los que actúan desde las heridas pueden herir. Recuerda que todo es, en última instancia, energía espiritual. La materia no es otra cosa que una manifestación moldeada por el campo de energía espiritual que le da forma. El campo energético, tal como lo llaman los científicos, no es otra cosa que el espíritu. Ese espíritu es el que les da vida a todas las cosas. El cuerpo también es manifestación de eso que unos llaman el campo de energía y otros el alma. Todo es energía.

IV. Sanación y dulzura

No existe realmente una distinción entre materia y espíritu. Ambos son una unidad. El campo que da existencia a la materia y la materia que este forma son una unidad inseparable. Todo vive en la unidad. Nada existe en la separación porque es un estado imposible. Dicho esto, las heridas crean heridas puesto que son un campo energético, y como tal moldean lo que pueden moldear, que en su caso es dolor. Es una regla simple, aunque poderosa. Todo campo de energía se manifiesta de una forma u otra. Esto puedes observarlo fácilmente en el medio físico que te rodea. ¿De dónde surgen los objetos que ves en tu habitación, en las aguas del río o en los bosques que te rodean? Del campo de energía que les da existencia.

Las palabras que salen de tu boca, o que escribes con tus dedos, el lápiz que usas para dibujar palabras, el pincel con el que pintas o el piano en el que entonas dulces melodías, todo surge desde un campo de energía que en última instancia es espiritual. Nada nace en lo material sino que la materia surge desde lo inmaterial. Lo in-manifestado se manifiesta en la forma.

Las asperezas en el uso de la palabra, los gestos o las acciones y omisiones son la expresión visible de la energía de una falta de perdón. Surgen de las heridas no sanadas. Es decir, de lo no perdonado. Es por ello que el perdón es tan importante. El ego entra al alma por las hendijas de las heridas. Por eso es que las causa. A estas alturas seguro que ya te has dado cuenta de que el ego tenía una sola meta y era causar daño, mortificar, herir. En otras palabras, infligir dolor o, si prefieres, crear sufrimiento. Herir es la facultad única del ego. Con esta capacidad ilusoria, las heridas nunca son reales aunque parezcan serlo. El ego se asegura ingresar a tu mente y de allí dominar tu voluntad y tu ser.

Las heridas, que son siempre un estado procedente de las ilusiones, causan una energía dentro de tu alma y esta crea un campo, o dicho con más precisión, son un campo de energía. ¿Qué otra cosa puede crear eso sino heridas a uno mismo y a los demás?

Un corazón lleno de heridas no sanadas, uno en el que no existe el perdón, no puede expresar la dulzura del amor a pesar de que Cristo habite en él eternamente. Esto se debe a que un corazón resquebrajado es uno que llora en silencio, sumergido en los abismos de su inmensidad.

Sanar las heridas se convierte ahora en el fundamento sobre el cual la ternura del cielo se manifestará a través de lo que eres. Para ello, no solamente debes tener en cuenta tus propias heridas y llevarlas ante la luz del perdón y del amor donde el Cristo viviente que vive en ti las transforman en mayor consciencia del amor que eres. Debes también sanar las heridas de tus hermanas y hermanos. Dicho llanamente debes ser un sanador. Solo los sanadores pueden ser tiernos. Y solo los tiernos viven en el amor.

En esta sesión estamos hablando de tu capacidad de sanación. Esto es algo que debe aclararse. Muchas veces se asocia la sanación con poderes extraordinarios o con milagros que más que amor, expresan el deseo de ser especial. Recuerda que estáis llamados a orar por los milagros y vivir en la mentalidad milagrosa de tal modo que seas literalmente un obrador de milagros. Esa es tu función. No debe quedar dudas al respecto. Sin embargo, es importante que comprendas el propósito de esta función.

Obrar milagros para ganar prosélitos o seguidores, o para reforzar un aparente respeto humano u obtener admiración es algo tan fuera de lugar en el cielo que la sola idea de algo así es digna de compasión amorosa. Nada de eso forma parte del sistema de pensamiento de la verdad.

Los milagros que obré tenían un alto contenido simbólico. Ninguno fue al azar. Fueron siempre expresiones de amor sanador. Sané heridas y cuerpos. Incluí a los que habían sido dejados al costado del camino por medio de la discriminación. Uní lo que estaba separado. Hice recobrar el movimiento a lo que estaba tullido. Enseñé sanación. Lo mismo debes hacer tú y, en efecto, ya lo estás haciendo. Con estas palabras lo único que estamos haciendo es traer lo que ya sabes a la memoria y reforzar tu nuevo sistema de pensamiento veraz en la consciencia.

Sanar corazones es tu meta para sanar plenamente el tuyo, o dicho con mayor exactitud, para hacerte consciente de que tu corazón ya ha sido sanado. Ciertamente tus heridas fueron sanadas. Yo mismo las ungí con el ungüento de mi amor.

Ser un sanador es tu destino, no solo en la tierra sino en el cielo. Esto se debe a que, si bien en el cielo no es necesaria la sanación, dado que existe solo la pureza perfecta, sanar significa que sabes que tu hermano y todo lo que te rodea tienen un corazón, el cual cuidas como el tesoro sagrado que es. En otras palabras, la sanación que en esta obra se propone es la de ser siempre ungüento de los corazones. Es decir, tratarlos con la ternura propia de los hijos de Dios y la prudencia de los ángeles.

Sanar no solo consiste, dentro del marco de esta obra, en la restauración de los corazones que te son encomendados, sino de sostenerlos dentro del abrazo del amor que Cristo es. Los verdaderos sanadores no solo sanan, sino que nunca lastiman. Son inofensivos. Pueden hacer esto porque se aman a sí mismos con amor perfecto.

Hijos de todos los rincones del mundo. Vosotros que recibís estas palabras, del modo en que hayan llegado hasta vuestros corazones y vuestras mentes. Vosotros sois llamados a ser verdaderos sanadores. Sanadores de los corazones. Para ello, debéis usar la única medicina que calma al alma: la ternura del amor. Sed dóciles a la llamada del amor, sed tiernos en vuestros tratos, pensamientos y sentimientos. Sed dulces con todos, sin importar qué cosa hagan o dejen de hacer vuestras hermanas y hermanos en Cristo.

No os preocupéis acerca de cómo se desenvolverá la historia del mundo. Eso no es asunto de vosotros. No es para cambiar al mundo para lo cual os estoy llamando. Mi llamada en esta obra es a que vayáis por el mundo desde ahora y por siempre sanando los corazones heridos, restaurando lo que está roto dentro de las almas. Uniendo lo que está separado. Levantando a los caídos. Amando a quien no es amado. Incluyendo a los excluidos, dentro del abrazo del amor. Iluminando las mentes oscurecidas para que resplandezcan en toda su gloria y esplendor. Recordad a menudo que somos una sola mente, un solo corazón, un solo ser santo. Unidos somos la concordia del mundo.

Los sanadores tiernos de corazón son los sanadores por excelencia. De nada sirve sanar un cuerpo y dejar un alma herida. De nada sirve un encuentro del cual tu hermano no sale más feliz y mejor. Hay muchos que buscan sanar y tienen el deseo sincero de hacerlo. Y, en efecto, muchos lo hacen en cierto grado. Pero solo los que sanan desde el amor de Dios que vive en ellos, es decir, los que sanan en la santidad de la verdad, pueden ser considerados verdaderos sanadores. Esto no es motivo de desunión, ni se explica para que unos se crean superiores a otros.

Los que viven en la verdad saben que no existe la separación y que nada ni nadie es superior a nadie. También saben que el universo necesita de múltiples formas de expresión del amor. La sanación también. Por lo tanto, no juzgan nada. No examinan otras formas de sanación. Simplemente se dedican a su función, que es sanar los corazones que Dios mismo envía a sus caminos en sus vidas tal y como estas son.

Los verdaderos sanadores saben que nada es casualidad y que no están donde están porque sí. Allí donde están sanan, porque son la expresión viva del amor de Dios. No hacen nada por sí mismo, simplemente se ubican en el lugar que les corresponde como canales del amor de Cristo. Dejan que el espíritu santo sane a través suyo. No hablan, más bien permiten que el amor hable a través de ellos. Son Cristo. Han venido al mundo a liberar, a sanar, a iluminar y lo hacen con su sola existencia.

En la ternura de Dios reside el poder del cielo. Por lo tanto, en ella reside toda gloria y toda potencia verdadera. No hay nada que la dulzura del amor no pueda hacer en favor de la verdad, la paz y la santidad. Solo los fuertes pueden darse el lujo de ser dulces, porque en el mundo es más fácil ser cruel que bondadoso. Por lo tanto, es necesario que estés alerta en favor de Dios para que los hábitos del mundo no te lancen nuevamente a la aspereza.

Dado que el sistema de relaciones del mundo está fuertemente basado en la relación ataque-defensa, es decir, en la lucha por la supervivencia, los patrones de ternura y amor han sido dejados a un lado. Sin embargo, esto no debe ser motivo de preocupación. Puedes abrirte a lo nuevo. Lo nuevo es la ternura de Dios extendiéndose en todo el universo, incluyendo tu mundo.

Comienza ahora mismo a extender el reino de la ternura del amor y verás grandes cambios en ti y en tu entorno. Recuerda que tal como es adentro, así es afuera. De tal manera que comencemos por el principio, es decir, por tratarte con ternura a ti mismo, a Dios, al mundo y los demás.

¡Hermano amado! El mundo está cansado de violencia y desatinos y pide a gritos que le regales la ternura de Dios. No le niegues semejante tesoro. Regálale al mundo la belleza del amor que vive en ti. Eso es verdadera sanación.

4
Alegría de ser

Un mensaje de la santísima virgen María

I. Dios es alegría

¡Hijito bien amado de mi inmaculado corazón!

Gracias por responder a mi llamada. Soy tu madre y te amo con amor perfecto. Soy la dulzura del amor de Dios hecha mujer, sin dejar de ser tal como Dios me creó para ser. Soy aquella que tu corazón busca. Soy el refugio seguro de tu alma.

Ven ahora y siempre a echar mano de los tesoros de mi corazón de madre del amor puro. Nuevamente te digo que todo lo mío te pertenece, porque en mí no existe nada que no sea de Dios. Ora, hijito. Ora por los milagros. Ora por la sanación de los corazones. Ese es el milagro más grande. Ora para que tus hermanas y hermanos en Cristo regresen al estado de alegría de ser.

Fuiste creado para ser feliz en el amor de Dios, tal como todo lo creado es. Sonríe más cada día, para que el mundo se llene de alegría. Dentro de tu corazón, en unión con mi inmaculado corazón y el sagrado corazón de mi divino hijo Jesús, existe la fuente de la alegría. Permanecer unido a ella es vivir en la verdad de tu ser.

Dios es alegría. Esto es lo mismo que decir que es amor, puesto que el amor y la alegría son uno y lo mismo. Los que viven en la presencia del amor son alegres, además de ser fuertes. He venido por la voluntad del creador y tu disposición a revelarte el misterio de la alegría de ser. Digo misterio y digo palabra acertada, pues para aquellos que han vivido por tanto tiempo fuera de la experiencia de la alegría de vivir, la fuerza del amor ha pasado a ser un misterio, a pesar de que es lo más conocido por el universo.

Dios no se oculta de nadie ni de nada. Esa es la razón por la que yo, como madre de los vivientes, tampoco me oculto de nada ni de nadie. No hay motivo para ocultarse. Soy la luz de la verdad. Soy la luz del mundo que brilla en ti. Soy María, Madre de Dios, de Jesús y tuya. Soy madre de la creación. Soy la alegría de Dios y de los santos, tal como lo eres tú.

Así como se ha dicho que la dulzura parece ser la gran ausente del mundo, también lo es la alegría, su eterna compañera. Esto se debe a los patrones de memorias dolorosas. Son los resabios de los tiempos de la lucha. Tiempos en que la identificación con el cuerpo-ego hizo que vivieran sumergidos en una carrera desenfrenada por la supervivencia, olvidándose del poder providencial del amor de Dios. El ego no puede digerir la alegría, porque el ego es la carencia del amor.

Vivir con el ceño fruncido es la consigna del ego. Lucir serio y preocupado, así como también lo es el hablar siempre de cosas dolorosas o “importantes”. Es cierto que la experiencia del dolor existe en la dimensión del tiempo y el espacio. Y también es cierto que muchas veces ese dolor enoja a quienes aún no han comprendido quiénes son, a la luz de la santidad. Sin embargo, también es cierto que el mundo es neutro. No tiene ningún poder real sobre mis hijos.

Los que viven en Dios no tienen nada que temer. Pueden darse el lujo de ser felices y vivir alegres en el amor porque saben que tienen una madre amorosa que vela por ellos, como ninguna otra madre puede hacerlo ni lo hará jamás. Ellos conocen el poder del amor. Lo aceptan y se regocijan en él.

II. Solo Dios es real

Soy tu María dulce. Soy la ternura de Dios hecha palabra. Los pensamientos de Dios dan alegría porque son un solo pensamiento de puro amor. Nada que no sea amor pertenece a Dios, por lo tanto, no pertenece a la realidad.

Dios es la única realidad. Esto es lo mismo que decir que solo el amor es real. Si bien esto ya lo has escuchado, no siempre has hecho de esta afirmación la verdadera regla de tu mente. Cuando digo regla no me refiero a volver a crear nuevas estructuras mentales que hagan que reemplaces el viejo contenido por uno nuevo sin cambiar de mentalidad. No. Recuerda que estás viviendo en los inicios de la mentalidad milagrosa y has abandonado la identificación que tenías con la mente condicional. Lo que estamos diciendo con esta verdad es que debes comenzar a negarte decididamente a ver cualquier cosa que sea irreal.

Yo, el corazón inmaculado de María, en perfecta unidad con el sagrado corazón de Jesús, unidos eternamente a tu corazón, somos la única realidad creada por Dios. Somos la totalidad del amor hermoso. Somos pureza y trinidad santa. Nada fuera de nuestra unidad existe realmente. Solo puede existir en fantasías pueriles o imaginaciones tan enfermizas que no pueden hacer ninguna otra cosa que causar daño, aunque sea temporario.

Es cierto que la imaginación o las fantasías, por sí mismas, no pueden causar ningún daño. Sin embargo, la identificación con ellas hace que la mente busque hacerlas reales. Al hacer eso, crea estados en los que pueda convencerse a uno mismo de que lo son y esa auto-convicción de que la irrealidad puede ser y es real, es lo que hace que exista el estado doloroso. Quien vive en una irrealidad, tarde o temprano, sufre. Esto se debe a que crear fantasías e identificarse con ellas es una actividad mental que no está en armonía con la voluntad de Dios y, por ende, con la mente de Cristo. Es algo antinatural al ser. En otras palabras, la realidad es mientras que la irrealidad no es.

Hablamos de la realidad del amor y la ilusión del miedo o fantasías de separación porque estamos hablando de la alegría de ser. Toda alegría procede de Dios, tal como toda santidad, pureza y amor también. De tal modo que para que puedas vivir en el estado de ser, y con ello goces de alegría duradera, es necesario vivir en unión con lo que eres en verdad.

Existe una relación directa entre verdad, amor y alegría. Nadie es feliz en la mentira. Nadie puede experimentar alegría de ser si no ama lo que es. En efecto, las fantasías o ilusiones de las que hemos estado hablando se han creado por la mente pensante para poder negar al ser y con ello la verdad. Dado que el ser que eres en verdad es amor y nada más que amor, entonces al negar tu ser niegas al amor y a todos sus tesoros, incluyendo la armonía, la felicidad y la dicha sin fin. Esto ya lo hemos dicho también, pero lo repetimos para que no olvides que, del hecho de hacer de esta verdad tu realidad cotidiana, depende tu salvación.

No te digo esto para crear preocupaciones. Yo sé, en la perfecta certeza de Dios, que la verdad no te provoca ninguna otra cosa que alegría. Sé bien, y tú también, que ya no le temes a la verdad. Has abandonado al miedo. Ahora vives en la presencia del amor. Si te digo todo esto es porque te amo. Lo que más desea mi corazón de madre de la creación es que seas feliz. Puedo mostrarte el camino, descorrer velos, revelar patrones de pensamientos que deben ser abandonados serenamente, y muchas otras cosas más. Todo eso es importante. Pero lo esencial no está en ello. Lo esencial es el amor.

Nuestra relación madre-hijo no es solamente la puerta de entrada al reino de los cielos, sino el cielo en sí. Esta es la razón por la que me manifiesto cada día más y seguiré haciéndolo por los siglos de los siglos. Lo hago por amor.

El Padre que te ama con amor divino ha dispuesto que nuestra relación trina sea la realidad del amor para ti. En efecto, lo es también para el mundo entero. La creación entera vive en mí tal como yo vivo en ella. Esta afirmación es tan cierta para conmigo como para contigo. La realidad divina vive por entera en tu santísimo corazón, y tú vives en toda la creación. En la unidad de todo lo que Dios creó reside la alegría de ser.

Observa, hijito, como muchas veces tus hermanas y hermanos, incluso tú mismo en el pasado, no lograban encontrar alegría sincera en la vida que vivían. Es un hecho que son pocos los que se ejercitan serenamente en dar gracias a Dios por haberles dado la vida, si bien es algo que todos debieran hacer constantemente para activar esa parte del ser donde mora la alegría de ser. Esta actitud de poca gratitud a la vida, o de desconfianza, no es otra cosa que el resultado de una confusión de niveles. Ser un ego, o lo que una determinada estructura social, familiar, cultural o de cualquier tipo determine como más apropiado, es identificarse con lo que no es real puesto que no procede de Dios. Esta identificación con un modo de ser ajeno a lo que eres en verdad es lo que hizo que tu vida sea un calvario.

III. El ser feliz

Ser plenamente tú mismo es la condición ineludible de la auténtica felicidad porque la alegría no es otra cosa que el gozo del ser siendo el que es. Cuando el ser se expresa, se conoce a sí mismo. Al hacer esto, es como si muy literalmente se contemplara a sí mismo a través de sus ojos, es decir, por medio de la visión espiritual, lo cual no es otra cosa que la visión de Cristo.

¿Qué otra cosa puede contemplar Cristo sino la realidad? Y, ¿qué otra cosa es la realidad sino la belleza que el amor creó como extensión de sí mismo? Si el amor es la fuente de la creación, y te aseguro que esto es eternamente verdad, entonces qué otra cosa puede contemplar los ojos del espíritu sino los panoramas más bellos que jamás puedan ser siquiera imaginados. Lo que Dios es está más allá de toda imaginación posible. Lo que tú eres, también.

Lo que estamos revelando aquí es la relación que existe entre alegría y ser. Es decir, entre ser y no ser. La creación fue creada sobre la base de la alegría porque es lo que Dios es. Esta es la razón por la que, a pesar de los tenaces e incansables intentos del ego de hacer que la vida parezca oscura, sufriente y defectuosa, no lo logra. El ego es incapaz de arrancar la alegría de ser porque no puede siquiera saber lo que el ser es. Recuerda que el ego era simplemente la idea de la ignorancia de tu verdadero ser.

Si el miedo no está aquí, pues ya se ha ido para nunca más volver, entonces solo queda el amor. Y allí junto a él, la alegría de vivir la verdadera vida del alma que Dios te regaló como tesoro eterno. Existen dos vidas en la mente de los que aún no han reconocido que el ego se ha ido. Una es la vida pasajera del tiempo, la otra es la vida eterna de Dios. Si bien esta separación entre la dimensión del tiempo y la de la eternidad no es real, para los que aún no han soltado la idea de dualidad, morar en una o en otra hace toda la diferencia.

Sabes que a pesar del hecho de que tu ser reposa eternamente en la dicha del cielo, pues estás siempre en nuestro sacratísimo corazón, la mente puede negar esa vedad como cualquier otra verdad. De la aceptación de lo que eres y, por ende, de dónde mora tu ser (o de su negación) depende la experiencia del alma, no del ser. Una te regala la eterna experiencia de la dicha sin fin aquí, ahora y siempre; la otra crea la experiencia del miedo. Recuerda que la experiencia no es para el ser sino para el alma. El ser es inmutable, no aprende pues no hay nada que aprender. El ser simplemente es.

La alegría del ser reside en la dicha de ser el que es. En otras palabras, la felicidad no es otra cosa que la relación que existe entre ser y el conocimiento de sí mismo. Podemos decir entonces que la alegría es el efecto de ser. Dios es feliz siendo el que es. A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que no se puede separar la felicidad de la verdad. La autenticidad del corazón es la base de la dicha porque es la manera de no negar lo que eres en ningún nivel.

El mundo no tiene el poder de hacer que dejes de ser el que eres en verdad. Esto lo he demostrado en unión con mi divino hijo, Jesús, y muchos otros lo han demostrado y siguen demostrando de muchas maneras. Esto necesita ser aclarado. Decir que el mundo ha sido vencido significa decir que se ha demostrado y aceptado que no tiene ningún poder sobre ti. En otras palabras, el mundo no tiene el poder de hacerte vivir sumergido en una nube de amnesia.

Olvidarte de la santidad que eres y de la belleza de Dios que vive en ti no es la voluntad de Dios, pero es una elección posible. No en la realidad sino en la ilusión. Esto quiere decir que en todo momento, dimensión y lugar puedes vivir en la realidad del amor o decidir crear fantasías o ilusiones o incluso otros estados foráneos a Dios. Esta creación de ilusiones, o pseudo-creaciones, no afectan a la realidad, tal como tus fantasías no hacen que el sol deje de iluminar o que las aves del cielo dejen de volar alegremente.

Vayamos más lejos aún. Si fuera posible que la mente de Dios comenzara a negar su ser y fabricara fantasías de sí mismo, no cambiaría en nada a la realidad creada. Esto se debe a que lo que Dios crea es inmutable y nada ni nadie puede cambiarla. El amor no cambia. Solo el amor es real. Dicho llanamente, hijo de la verdad: el Dios eterno solo crea amor eterno, lo hace en razón de lo que es y no se puede des-crear.

Observa, hijo, como en un asunto que pareciera ser de sentimientos, pues estamos hablando de la alegría, hemos tomado un enfoque bastante racional en vez de emocional. Esto es deliberado. Si bien los sentimientos deben ser aceptados tal como son, al igual que toda actividad interior, sea mental, imaginaria o de la memoria y la voluntad, lo cierto es que el amor no es un sentimiento. El amor es lo que eres.

Estamos tomando un enfoque muy cuidadosamente delineado en esta obra. Es un planteamiento de equilibrio entre lo racional y lo afectivo. Recuerda que eres una unidad mente-corazón-alma. Eres espíritu. Emanado de la divinidad del amor perfecto. Por lo tanto, no podemos correr el riesgo de confundir amor con sentimientos, de la misma manera que no debemos correr el riesgo de confundir verdad con intelectualidad.

Lo que estamos haciendo en esta obra es manifestar la unidad mente-corazón, de modo tal que se exprese la plenitud de lo que eres. Recuerda una vez más, hijito de la luz, que un amor sin razón es una locura, del mismo modo en que tu inteligencia sin amor te hace cruel.

La alegría y la verdad van de la mano, tal como lo hacen el amor y la razón. La felicidad no es nada de lo que el mundo ha tratado de enseñarte que es. Felicidad no es otra cosa que otra palabra para expresar al amor. La felicidad es el estado de ser del alma en estado de pureza. Es algo que no se puede definir en palabras porque es el fruto del amor. Dicho de modo sencillo, ser feliz es el estado de ser.

Tú, que nunca has alcanzado la alegría duradera, alégrate. Alégrate de no haber alcanzado esa felicidad esquiva que el mundo tan insistentemente te proponía alcanzar, a pesar de que nunca ha sido hallada por nadie, ni retenida jamás.

Hijo mío, desarticulemos juntos todas las definiciones que hemos inventado para definir aquello que está más allá de toda palabra. El amor no se puede definir, sus frutos tampoco. Esta es la razón por la que tampoco se puede definir lo que eres. Es demasiado grande para que lo encasillemos. Lo mismo ocurre con la dicha del cielo que mora en ti.

La alegría es el estado natural del alma pura, tal como lo es la sabiduría, la verdad y el amor. Como tal, es inherente al ser. Por lo tanto, ir en busca de la felicidad, o intentar crear condiciones para que susciten alegría es una idea tan desencajada de la realidad divina que no tiene sentido siquiera analizarla en profundidad. El ser que eres en verdad no tiene ni idea de esas cosas. El ser, Cristo, es alegría sin fin porque es inocencia perfecta. Los inocentes son felices en razón de la naturaleza de lo que la inocencia es.

Hijo mío, no busques la felicidad. Sé feliz.

IV. La alegría de compartir

Quizá te preguntes cómo alcanzar y sostener ese estado natural del ser en el que solo experimentas alegría duradera. Es lógico que se formule esa pregunta, después de tanto tiempo yendo y viniendo en busca de la felicidad sin hallarla. La clave es la misma de la que hablamos cuando mencionamos al amor que eres. Expresándola. Es decir, dándola. Dado que dar y recibir es uno y lo mismo, entonces dando alegría, expresando la felicidad de ser quien eres en verdad, es como tomas consciencia de la alegría del ser, tal como ocurre con el amor.

Recuerda que la percepción es selectiva, por lo tanto, mientras sigas en el ámbito de la percepción, debes elegir. Hacer la elección de transmitir alegría en vez de dolor es una simple elección interior que debe hacerse.

Quizá pueda parecer un poco difícil al principio, especialmente para quienes han estado tanto tiempo sumergidos en la nube del olvido de Adán. Pero eso es solo al principio. Ser feliz es tan fácil y natural para el ser como lo es el respirar para el cuerpo, incluso mucho más fácil aún. Permitir que la alegría se expanda desde ti hacia todo lo que te rodea será algo natural, dado que te has unido a tu ser y eres el Cristo viviente en la pura expresión del amor.

Cuenta historias felices. Trae a tu memoria la alegría que has experimentado. El amor dado y recibido. Alberga sentimientos bondadosos. Extiende la dicha del cielo que mora en ti. De esta manera permitirás que tu consciencia comience a recibir la realidad del amor y sus frutos en un grado cada vez mayor. Te darás cuenta de que puedes cambiar un corazón roto por uno alegre. Contemplarás como tu hermana o hermano llega a ti con lágrimas en los ojos y sale del encuentro santo contigo con el rostro sereno, la frente lisa y una sonrisa afable en su boca.

Haz que todo el que viene a tu encuentro salga de él más feliz y mejor. Tienes el poder de hacer eso. En efecto, ya lo has hecho muchas veces. Lo que ahora te pide tu madre celestial y toda la creación es que hagas de esto un hábito tan natural, que sea tu única manera de vivir en el mundo. Te pido esto porque te aseguro que esa es la única manera de vivir en el cielo. Así es como juntos traemos el cielo a la tierra. Lo traemos con júbilo y paz. Traemos la dicha de ser al mundo.

Existen muchas maneras de ser, aunque solo una es la manera de Dios.

Ve por los caminos del mundo mostrando a tus hermanos la belleza de lo que son. Cuéntaselos una y otra vez. No pierdas ni una sola oportunidad de hacer eso. Puedes hacer esto de innumerables maneras, todas ellas son necesarias. Sé tú mismo a cada instante de tu vida. No busques otra guía que no sea la de tu corazón. Yo, el dulce corazón inmaculado de tu María, en unidad con tu Jesús seremos siempre tus compañeros amorosos y alegres. No estarás solo en esta meta de traer a la tierra la alegría del cielo. Toda ella reside en tu corazón.

¡Qué dicha es tener certeza! Ahora recordamos nuevamente cuál es nuestra meta eterna. Ser quienes hacen que nuestros hermanos y hermanas en Cristo se despierten y permanezcan despiertos en la alegría que Dios es. Vamos por el mundo, o por donde sea que decretemos ir en unión con Dios, contando historias felices. Historias verdaderas. Historias basadas en la belleza de las almas. Mostramos la nobleza del espíritu, la misericordia de un Dios de puro amor. Sonreímos a cada instante con el alma llena de amor y permitimos que la sonrisa de Cristo se dibuje en nuestros rostros.

¡Qué alegría es haber encontrado la verdad que tanto buscábamos! Ahora sabemos lo que somos. Somos alegría. Somos luz. Somos santidad perfecta. Somos uno con Dios. Ahora vamos por la vida con el corazón contento y lleno de alegría. Caminamos seguros por los caminos que el amor nos traza. Vamos rodeados de ángeles de Dios y del cielo en su totalidad.

Allí donde vamos está el cielo. Allí donde pisamos transformamos la tierra yerma en tierra santa llena de vida. El universo, en su infinita sabiduría, envía a nuestro camino a aquellos que desde hace mucho tiempo andan buscando el solaz del amor puro.

Ahora somos guiados por el espíritu, quien actúa en nuestra vida. En su viento, nos lleva a quienes tenemos que ir y nos trae lo que es conforme a la benevolencia divina. La poderosa energía del amor y su hija, la alegría, atraen a sus semejantes hacia nosotros con una fuerza mucho más grande que la de un inmenso imán atrayendo a un pequeño alfiler. Se unen a nosotros las creaciones santas. De ese modo, creamos un vórtice de amor. Un portal a la dicha celestial.

Hoy es día de júbilo. Hoy es el día en que decidimos conscientemente canalizar, ya no solo la sabiduría de Cristo, sino su júbilo perfecto, su quietud imperturbable, su fuerza vibrante y, con ello, los tesoros del reino. Reconocemos que somos la alegría de Dios extendiéndose en la creación. Permanecemos unidos a la alegría de Cristo. Recordamos a cada paso que es dando como se recibe, y con esa verdad como santa compañera de vida damos alegría a cada paso. Extendemos amor. Les recordamos a nuestros amados y olvidadizos hermanos la santidad que son en verdad. Inundamos la tierra con la alegría del espíritu santo. Dejamos que la alegría de la creación se exprese a través de lo que somos en verdad.

¡Qué felicidad es saber que ya no tenemos que ir en busca de pecados o de sombras que iluminar! Ahora la luz ha ocupado todo espacio. Recordamos que la alegría es un modo de ser, tal como lo es el amor.

Hijo que recibes estas palabras que brotan del corazón de Dios. Te pido, con todo el amor y la dulzura de mi corazón inmaculado que escuches lo que a continuación te dice la madre de los vivientes en nombre del tres veces santo.

Ya no existe sombra alguna de pecado en tu corazón, tal como nunca existió ni existirá en el mío. Todo tu ser, tanto en tu humanidad como en tu divinidad, están iluminados. No existe ya un solo rincón de tu alma que no esté embebido por el flujo de la divina santidad. Eres todo luz. Todo lo que yo soy, lo eres tú. Acepta esta verdad y de ese modo me aceptas plenamente a mí en tu corazón. En el reconocimiento de la verdad de estas palabras es como permanecemos unidos para siempre en el amor de Dios y permitimos que el mismo Cristo brille en toda su gloria y esplendor.

Hijas e hijos de María dulce, madre de Dios. Os envío al mundo una vez más para que extendáis la dicha del cielo y seáis felices en la alegría del compartir. Gritad al mundo: la alegría es la manera de Dios.

5
Palabras de vida eterna

Un mensaje de la santísima virgen María

I. Preludio

¡Hijo amado, dulzura de mi ser! Una vez más me uno contigo en el tiempo y espacio de este modo particular. Lo hago en la voluntad del Padre, quien te ama con inmenso amor divino. En nuestros diálogos el mundo se ilumina más y más. El cielo se extiende hasta la tierra por medio de nuestra relación santa. Soy tu madre y te amo con un amor sobrenatural.

Me manifiesto de este modo por razones que la mente humana no puede comprender. Existe un plan divino y yo soy parte de ese plan, como lo eres tú que recibes estos escritos. Nada ocurre por casualidad. Estas palabras están llenas de vida eterna. Proceden de la unidad de mi corazón inmaculado, el sagrado corazón de Jesús y el tuyo, en cuya realidad existen todos los corazones.

Dentro de la relación santa, que es la relación tierna que existe entre tú, Jesús y yo, existe todo lo que Dios creó como extensión perfecta de su divina unión. Me he manifestado siempre a la humanidad. Lo he hecho de incontables modos y todos ellos tienen una razón de ser dentro de la sabiduría que no es del mundo. Allí donde está el amor, siempre estoy yo.

Tú que eres receptor de estos mensajes, eres mensajero de luz, amor y verdad. Eres mensajero de la paz. Recibe este don bendito. Deja que las palabras toquen tu corazón y en él harás que sean palabras de vida eterna. Tu corazón es uno conmigo y con el corazón de Dios. En él todo se hace santo en razón de lo que eres. En el centro de tu ser existe el poder de Dios. La potencia divina es tan inmensa que todo lo que se acerca a él queda fundido tal como lo hace cualquier elemento de la tierra que se una al sol.

Nadie puede mirar cara a cara al sol, tampoco unirse a él sin quedar convertido en cenizas de luz. Lo mismo ocurre con el amor de Dios. Su fuerza es tal que, si no dosificara su extensión hacia ti, no podrías resistirlo. Ni tú, ni nadie. El poder de mi amor es literalmente infinito, tal como lo es el tuyo, puesto que existe solo un amor santo.

No os preocupéis por los efectos de esta obra, ni de sus símbolos. La potencia de mi voz, que es la voz de Cristo, está más allá de toda palabra. Estamos haciendo milagros en cada rincón de la tierra por medio de esta expresión viva del amor de Dios que vive en nuestra relación. Te aseguro que estas palabras darán vuelta al mundo y transformarán millares de almas. Tantas que no podrán ser contadas. Lo hará de modo misterioso, tal como ya se ha dicho. Recuerda que la palabra de Dios no tiene barreras, nada puede limitarla. Con esta obra atraerás más almas a la unión con Cristo que la cantidad de estrellas que existen en el cielo.

II. Permanezco en ti

¡Hijo nacido de las entrañas mismas del amor! Ya no hay vuelta atrás. Esta madre de todos no descansará hasta ver a sus hijos resplandeciendo plenamente en la gloria del Padre. Allí donde están mis hijos estoy yo. Del mismo modo en que allí donde yo estoy están los que aceptan la verdad de la filiación conmigo. Nadie está obligado a unirse a mi inmaculado corazón. Nadie está obligado a amar. En efecto, nadie está obligado a nada.

Esta es una invitación abierta para todo el universo. Es la estrella de María que está iluminando el eterno firmamento de la consciencia universal. Soy la llamada del amor hecha carne. Soy la estrella que ilumina las mentes y llena de pureza los corazones humildes con la luz que procede del sol eterno que es mi divino hijo Jesús, tu Cristo amado.

He venido para que, por causa de nuestra unión, el ser elevado de la forma, es decir, tu humanidad ascendida, se eleve a alturas inimaginables. No intentes comprender la magnitud del milagro de esta obra. Te aseguro que todo aquel que la recibe es transformado en un nuevo ser tan pronto como acoge estas palabras en su corazón amante de Cristo.

Recuerda que he dicho que estas palabras no llegan solo por medio de los símbolos de la escritura. Mi voz, nuestra voz, se une al viento del espíritu de amor y hace que vuele a todas las dimensiones de la creación. Esto se debe a que somos una sola mente, un solo corazón, un solo amor santo. Unidos somos la concordia del mundo.

Desde el instante en que aceptaste tu función como escriba del cielo, en otras palabras, cuando aceptaste escuchar mi voz y seguirla, sin importar cuánto entendiste o no, al darme tu sí, se realizó un movimiento en la esencia divina. Una pequeña onda, que luego fue transformándose en una ola, comenzó a moverse surgida del océano de amor infinito del ser que Dios es. Esa ola creció y seguirá creciendo eternamente en un movimiento sin fin que creará universos enteros de armonía perfecta. Ahora no puedes ver la totalidad, pero la verás.

Esta manifestación es única. Es en sí un medio perfecto de extensión del amor de Dios. Esta obra es Cristo hecho realidad. Es la esencia divina que ha venido a la tierra. Quien bebe de esta fuente de vida eterna, que son las palabras, espacios y tiempos de esta bendita expresión, recibe en su alma la gracia divina en su totalidad. Estos escritos no son un libro de literatura o palabras que puedan traer simplemente consuelo o iluminar. Son escritos milagrosos. Lo son porque proceden del amor de Dios, fuente de los milagros, y porque llevan dentro de sí el poder del cielo.

Tú, que has sido agraciado con recibir esta obra, déjate alcanzar por el flujo del amor que brota de cada una de estas palabras. Deja que la energía del ser divino fluya cada vez más hacia ti, al permanecer unido a Cristo recibiendo mi voz de este modo. No tengas miedo a recibir a Dios. Recuerda que nunca puedes recibir demasiado amor.

El secreto de esta manifestación no reside en la sabiduría que pueda impartir. Tampoco en el conocimiento adormecido que despierta. El poder de esta obra reside en la relación. Todo ocurre dentro de la relación santa. De modo tal que al pasar tiempo leyendo o recordando estas palabras, o escuchando lo que aquí se dice, lo que haces es unirte conscientemente a Cristo. De ese modo haces más visible la relación de unidad divina en la que existes como hijo bien amado.

Estamos hablando de una dimensión que hasta este momento en el que vive la humanidad no se ha experimentado de modo tan explícito. Estamos hablando de mantener una relación sensible con el espíritu, y por ello con la realidad del cielo de Dios, en tu dimensión humana. Y hacerlo en forma individual y colectiva como nunca antes se hizo, salvo en el origen.

Estamos diciendo literalmente que la relación santa con el Cristo viviente que vive en ti ha entrado en una fase de toma de consciencia que no tiene vuelta atrás. Esa relación que otrora parecía reservada a unos pocos elegidos ahora es la realidad del plano del mundo.

III. Aquí estoy

La expresión “Cristo ha llegado” quiere decir que puedes vivir en la relación que tienes con Dios todos los días de tu vida de modo consciente. Puedes hablar con Dios. Puedes sentir con él. Puedes emprender proyectos juntos. Puedes crear ideas juntos. Establecer relaciones en las que él esté presente. Puedes crear universos de belleza, santidad y perfección en unidad con la fuente creativa que Dios es.

Lo que estamos diciendo no es una herejía. Tampoco megalomanía, ni la búsqueda de grandilocuencia o aprobación. Es la simple verdad. Cada vez que te unes a esta obra te unes a mi inmaculado corazón. Sin importar si lo haces una o cientos de veces, si respetas una estructura o no. Sin siquiera tener verdadera relevancia el hecho de que entiendas o no lo que se dice.

Te aseguro que no puedes comprender en su totalidad, la profundidad del amor que suscita esta manifestación. Esto no se debe a que seas incapaz o ignorante, se debe a que existe una dimensión de Dios que es misterio, y así será por toda la eternidad. El misterio del amor sobrepasa todo entendimiento porque está por encima de la mente e incluso del corazón.

Estamos diciendo que la virtud de esta obra radica en hacerte consciente de la relación directa con Dios y en expresarla. Cuando estableces una relación estableces un diálogo. Una no existe sin el otro. Son una unidad. Podemos decir con perfecta certeza que la capacidad de recuperar tu diálogo con el amor es donde reside el verdadero despertar de la consciencia. Todo lo demás son medios para llegar a este fin, es decir a la relación directa con Dios.

¡Hijo de la luz! Puedes acumular mucha información. Puedes participar de muchos retiros, seminarios, eventos y grupos en los que recibas mucha sabiduría. Puedes realizar grandes obras de solidaridad o devoción. Puedes emprender caminos maravillosos de conductas morales muy elevadas. Todo puede ser esencialmente bueno y en su origen procede del recuerdo del amor de Dios. Pero no puede siquiera compararse con el valor y la grandeza que tiene el acceder deliberadamente a la relación unitiva con el Cristo que vive en ti.

Puedes hacer milagros maravillosos, sanar enfermos y resucitar muertos. Pero si no vives conscientemente la relación directa con Dios, nada de eso tendrá sentido alguno. En última instancia, todas esas cosas serán pasajeras y llegará un día en que se desvanezcan. Pero la relación que tu Padre celestial tiene contigo no se desvanecerá jamás. La relación santa es eterna.

Hijos de todos los mundos. Mi voz siempre está activa. Me comunico ininterrumpidamente a cada alma, a cada aspecto de la creación universal. Soy la universalidad del amor. Alguno de vosotros pensáis, desacertadamente, que me comunico más con algunos que con otros. Esta diferenciación es imposible, porque mi amor no hace acepción de personas. Soy amor y nada más que amor y, por lo tanto, comunico amor y vida eterna. Todos reciben el flujo divino de amor que fluye eternamente de mi inmaculado corazón. Amo con amor divino. Amo con amor de igualdad. Nadie queda excluido de mi mente y de mi corazón. Nadie está excluido del amor de Dios.

Mis palabras alimentan el alma y comunican vida eterna. Los corazones cantan, vibran y se alegran al oír la voz del amor. En esta alegría que se siente en las profundidades del alma, puedes reconocer la relación entre el hijo y la madre. Una relación de amor puro que crea vida constantemente. Un amor que no anula la libertad sino que la extiende. Amor perfecto. Amor de gratuidad. Amor salvífico. Amor llagado por los hijos que se van para nunca más volver, como acto de su libertad. Amor agradecido por los hijos que viven en la unión con la madre sin por ello perder su identidad, sino santificándola cada día más en la relación santa.

6
La vida es comunión

Un mensaje de la santísima virgen María

I. Preludio

Amados del cielo. Se han abierto las compuertas del corazón de Dios como nunca antes. Sois los depositarios de un amor que no tiene principio ni fin. Un amor que no puede ser enseñado ni aprendido. Un amor que es eterno, vivo y vivificante. Bebed de la fuente del amor hermoso ahora y siempre. Está aquí. Tan cerca de cada uno de vosotros como lo está el aire que respiráis, e incluso más cerca aún. Mi ser es uno con vuestro ser. Estoy en los corazones de todos. Nadie queda afuera de mí.

Os revelo una gran verdad. Os digo que esta madre no solamente ora todos los días de la vida por cada uno de vosotros, sino que os protege y llama sin cesar. Estéis durmiendo o despiertos, seáis conscientes o no, me comunico con cada uno de vosotros y con cada aspecto de la creación. La verdadera comunicación no es de cuerpo a cuerpo, sino de corazón a corazón. De eso estamos hablando.

Una comunicación puede ser unidireccional, en cierto sentido. Esto se da cuando el receptor no responde activamente. Este es el caso de aquellos que dicen no oír mi voz. Lo que estoy diciendo es que todos reciben mi voz, de un modo u otro, de lo contrario no seguirían existiendo. Mi voz comunica vida porque es palabra de vida eterna. No tiene sentido alguno considerar que la comunión tiene límites. Si somos una unidad, todos participamos de la totalidad. Esta realidad de la creación es la que hace imposible que unos reciban más que otros. Dios da a todos por igual.

El amor no separa, une. No puede crear una situación de división de ninguna especie. Por lo tanto, suponer que hace consideraciones especiales con unos y no con otros es algo ajeno a la verdad de lo que el amor es. El sol sale para todos. Ya hemos hablado acerca de la igualdad del amor. En efecto, de este asunto se ha hablado mucho, aunque parezca que se avanzó muy poco. La diferencia que existe no reside en la esencia del amor, sino en su expresión. En otras palabras, somos todos iguales en el amor y diferentes en la expresión.

No existe una relación igual a otra porque no existen dos corazones idénticos. Nadie puede amar en lugar de otro. Cada cual tiene el corazón que Dios le dio, capaz de albergar la totalidad divina en cada uno de ellos, y a la vez con la libertad de expresarse como su voluntad lo disponga. Amor y libertad son una unidad.

II. Respuesta e identidad

La diferencia que existe entre unos y otros no reside en la fuente, sino en la respuesta. La voz del amor se comunica a todos y todo, pero no todos responden de la misma manera. Existe una trampa mental que estamos trayendo a la luz. Es un patrón de pensamiento. Un programa mental. Vamos a desprogramarlo dejándolo ir para siempre. Estoy hablándote de ese pensamiento que te dice que no eres lo suficientemente digno para ser elegido por Dios. Esa falsa creencia que te convenció de que María, Jesús, Buda, Cristo, Swami, o cualquiera que sea el nombre que quieras ponerles a las diversas realidades espirituales, tales como arcángeles, ángeles o maestros ascendidos, no pueden comunicarse contigo pero sí con otros.

La clave no está en si el cielo te habla o no. La clave está en qué haces tú con el hecho de que Dios te está comunicando su amor constantemente, sin importar si le respondes o no con reciprocidad. El amor es vida y no existe duda alguna de que se te está comunicando vida de manera incesante. De lo contrario, no existirías. El amor no solo se comunica con pensamientos o sentimientos, deseos o anhelos. Se comunica de ser a ser. Es decir, que comunica ser. En otras palabras, si el amor no se comunicara contigo, no serías nada. El ser existe porque el amor lo sostiene en la existencia. Y hace eso por medio de la relación que tiene contigo.

Hermanas y hermanos de todo el mundo, tenéis una relación con el amor. Tenéis una relación con la vida. Esa relación es la relación que existe en las profundidades de vuestros corazones con Dios. Podéis anularla en gran medida de vuestras consciencias, pero no podéis eliminarla de vuestro ser. Podéis intentar ser indiferentes a la llamada del amor y a la relación santa que existe con él. Pero no podéis hacer que no exista, puesto que la relación divina es el fundamento de la creación. El amor es relación. Este es el motivo por el que no se puede anular la comunión que existe entre el alma y Dios.

El amor te está invitando ahora mismo a que te olvides de todo lo vivido. A que dejes atrás tu modo de pensar y tus creencias en relación al hecho de que la comunicación directa con Dios sea algo para pocos, y por seguro no para ti. Cristo quiere que te abras a expresar muy concretamente lo que ocurre en tu interior con él. Existe un diálogo. Lo sabes bien. Cada vez que haces silencio puedes observar y oír ese diálogo. ¿Qué tal si comienzas ahora mismo a hacerlo visible para ti y para el mundo entero?

Si sigues y expresas las inspiraciones de tu corazón, las cuales proceden del espíritu de amor, estarás haciendo observable la relación que tienes con Dios. Quizá lo hagas escribiendo un libro, o transmitiendo mensajes, o pintado libros, o curando enfermos, escuchando a los afligidos, creando organizaciones de todo tipo o yéndote a vivir a la cima de una montaña. ¿Quién sabe? Solo tú puedes saberlo.

Solo tú puedes responder en tu modo particular a todo lo que ocurre en el universo interior de tu alma. Y en efecto lo haces siempre, incluso cuando estás durmiendo. Dicho llanamente, solo tú puedes hacer observable la relación que tienes con el amor y de ese modo extender el amor que eres.

Hemos llegado al punto en donde hemos unido con perfecta claridad el amor con la relación, y la extensión de tu ser con la expresión de la relación directa que tienes con Dios. En efecto, esta expresión de la relación directa con el amor la haces siempre, de un modo u otro, porque tu vida es la manifestación externa de lo que ocurre en tu interior. Puedes bloquear la expresión, pero si somos sinceros, ese mismo bloqueo es ya una respuesta. Puedes negar el diálogo de amor que existe entre tu creador y tu ser, pero eso no hace que no respondas.

De lo que estamos hablando es de responder afirmativamente al amor que Dios es, el cual vive en ti. Este es otro modo de decir que aceptes la santidad que eres. Que aceptes deliberadamente que eres el santo hijo de Dios, creado a su perfecta semejanza con el propósito de ser feliz en el amor perfecto, extendiendo el reino de los cielos por toda la eternidad.

Dado que lo que no se manifiesta queda oculto de tu consciencia, si no manifiestas la relación directa con Dios y tu ser, entonces ese diálogo de amor, el cual ocurre incesantemente en tu alma, queda velado para gran parte de lo que eres y de lo que son tus hermanas y hermanos. Negar la relación directa con Dios, es decir, no responder con reciprocidad y expresarla del modo en que prefieras hacerlo, es como si tomaras la decisión de casarte con la persona que amas y no contárselo a nadie ni expresarla de ninguna manera.

Si ocultaras tu matrimonio a todos, incluyéndote a ti mismo y tu cónyuge, o la relación de amor puro que tienes con un amigo, un hijo o cualquier familiar amado, considerarías que estás loco en cierta medida. Y no estarías muy desacertado. Sin embargo, por alguna extraña razón, no consideras una locura el negar la relación directa que tienes con aquel cuyo amor ejerce una fuerza tan irresistible, que no puedes siquiera controlar.

El amor de Dios por ti y de tu ser por él es literalmente la fuerza que mueve al universo. Es tan grande que abarca todo lo que existe y pueda existir. Es tan incondicional que nada ni nadie puede eliminarlo jamás. Es tan sublime que no puede expresarse en palabras. Y, sin embargo, es el amor que más has ocultado de la mirada de los demás. ¿Por qué?

Muchas veces se busca ocultar lo que es valioso como mecanismo de protección. Sabes que a menudo no solo ocultas lo que no te gusta, sino que custodias en los templos sagrados, en lugares donde casi nadie puede ingresar, aquello que más amas. Aquello que consideras sagrado.

Hijo mío, eso que proteges tan celosamente, por medio de todo un sistema de protección porque sabes que es santo y no estás dispuesto a que sea pisoteado o profanado por nadie, es tu ser. Ya hemos hablado de este aspecto de tu alma, pero lo que ahora estamos revelando es que ello no solamente es tu ser, sino que es la relación santa. Es la relación unitiva con Dios. Es la relación en sí, además de tu ser y Dios.

El ser y la relación son uno. Esta simple afirmación es la esencia de la verdad acerca de lo que eres. Si el amor es unión, entonces tiene que ser relación santa. Si eres el ser que Dios creó para ser, tienes que ser también la relación que Dios creó. A esto llamamos relación santa. Es decir, la relación que tienes con todo lo creado. Relación de unidad. Relación de amor. Relación en la que existen todos los pensamientos de Dios en grado infinito. Es a esa relación trina, en la que está tu ser, Dios y el espíritu de amor que reúne dentro de sí todas las cosas, a donde te estoy llevando.

Esta obra, revestida de palabras de vida eterna te ha llevado y seguirá llevándote, cada vez más profundamente, al amor de la santísima trinidad. Un amor que no tiene principio ni fin. Amor perfecto. Amor de Dios. Hace eso por medio de la manifestación de la relación directa con Dios. Recuerda que cada vez que pasas un tiempo pensando en Dios, estás conscientemente en el cielo. Esa es la razón por la que la mente reposa en el recuerdo del creador.

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