Kitabı oku: «Guía para la crianza en un mundo digital»
Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
Este libro (y esta colección)
Dedicatoria
Agradecimientos
Introducción
1. El mundo virtual… no existe (y otras ideas antes de empezar)
Internet como medio, no como fin
¿Qué lugar es más seguro: un boliche o una habitación en casa?
2. Pequeños humanos, grandes decisiones
Sharenting: la muerte del “qué grande que estás”
Segunda decisión: ¿cuándo dar acceso a las tecnologías?
3. El tiempo pasa, nos vamos volviendo usuarios
Intimidad y privacidad
Internet no tiene límites
Tu hij@ va a mirar pornografía… desde muy pequeño
Control parental: ¿un analgésico moderno?
Las contraseñas ¿se comparten?
Vamping: las pantallas y el buen sueño
Un contrato real para un mundo digital
4. Mi “teléfono” celular
¿A qué edad podemos aprobar el teléfono celular?
El celular en el aula
Cibeadictos: conectados o desconectados
5. Una vida digital
Redes antisociales
Juegos en línea: una de cal y una de arena
Ciber-ansiosos y Ciber-deprimidos
Aprender a programar
6. Tiempos violentos
Fake news: la era de la posverdad
Ciberbullying: ¿el bullying en internet?
Por favor, no alimentar a los haters
Retos virales
7. Educación sexual en un mundo digital
Sexting, pornovenganza y sextorsión
Grooming
La crianza digital en la adolescencia
8. De la prevención a la contención y a la denuncia
Contener
Denunciar
Conclusión. Crianza digital es crianza
Epílogo. Ser padre
Anexo. La crianza digital etapa por etapa
Referencias
Sebastián Bortnik
GUÍA PARA LA CRIANZA EN UN MUNDO DIGITAL
Cómo educar para un uso sano y seguro de la tecnología

Bortnik, Sebastián
Guía para la crianza en un mundo digital.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2020.
Libro digital, EPUB.- (Educación que aprende / dirigida por Melina Furman)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-801-040-3
1. Educación no Formal. 2. Bullying. 3. Redes Sociales. I. Título.
CDD 649.1024
© 2020, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de colección y de cubierta: Pablo Font
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-040-3
Este libro (y esta colección)
No va el faro hacia el navío para rescatarlo, pero ofrece su luz. El navegante en la noche ve esa luz, y se sabe acompañado. Ya no tiene miedo. A partir de ese punto luminoso, con su propio velamen, timón y maquinaria, emprende el derrotero hacia su destino.
Miguel Espeche, Criar sin miedo
¿A qué edad les doy un celular a mis hijos? ¿Cómo hago para que no estén todo el día conectados? ¿Cómo promover un uso creativo de la tecnología? Si no tienen celular, ¿se van a quedar afuera de la vida social con sus amigos? ¿Aprenden algo jugando con los videojuegos en red? ¿Es cierto que son adictivos? ¿Tengo que tener su contraseña en las redes sociales? ¿Qué hago para ayudarlos a mantenerse seguros en el mundo digital?
Estas son algunas de las muchísimas preguntas que madres, padres y docentes nos hacemos en estos días y para las que no siempre tenemos respuesta. Porque como generación, nos toca el desafío de acompañar a nuestros hijos e hijas en sus primeros pasos en el mundo digital. Y aquí el reto es único, porque se trata de un mundo que también es nuevo para nosotros. Un mundo que, además, está cambiando y expandiéndose continuamente. Que nos maravilla pero también, a veces, nos asusta y nos llena de incertidumbre.
Recuerdo cuando mis padres combatían contra el exceso de televisión, ese “chupete electrónico” con el que podíamos pasar horas y horas “enchufados” frente a la pantalla. Me acuerdo de mis padres y otros adultos tratando de poner límites al “tiempo de tele” y buscando alternativas de juegos y salidas para el tiempo libre. Creo que la analogía vale para pensar algunos de nuestros dilemas hoy, aunque a la distancia luce como una preocupación inocente, especialmente porque cuando éramos chicos había pocos canales y muchas menos horas de programación para niños que ahora. Y porque el mundo digital no solo es ubicuo, sino que abre una posibilidad que la tele no tenía y hasta hace poco tiempo era impensada: la de interactuar con otros.
Fenómenos que existieron desde siempre como el bullying (acoso) o el grooming (el engaño por parte de un adulto a un menor con fines sexuales) se amplifican y cobran nuevos sentidos en el mundo digital. Pero también las tecnologías digitales nos dan nuevas herramientas para crear y estar con otros que hasta hace poco no hubiésemos imaginado. Tenemos nuevas alas poderosas, pero para usarlas hay que aprender a volar.
Por eso, nuestro desafío hoy es acompañar a los chicos para que puedan desarrollar su autonomía como ciudadanos plenos en el mundo digital. Y eso implica estar presentes en la infancia y, de otras maneras, en la adolescencia, ayudándolos a elaborar criterios propios para elegir, cuidarse, aprender a usar su tiempo y, en suma, crecer en libertad.
En ese camino, esta Guía para la crianza en un mundo digital es una maravillosa brújula que nos ayuda a orientarnos y tomar decisiones desde el conocimiento y la reflexión. A partir de su experiencia como educador y experto en seguridad informática, Sebastián Bortnik nos propone un recorrido que combina aportes de expertos, testimonios de familias, niños y jóvenes, estudios académicos y reflexiones personales. Nos presenta información rigurosa y actualizada para pensar con más claridad sobre temas en los que no somos expertos y que inciden en nuestra vida cotidiana. Nos invita a hacernos preguntas y a seguir aprendiendo de la mano de nuestros hijos.
La gran premisa de este libro es que, como en tantos otros aspectos de la crianza y la educación, la clave es generar vínculos profundos y amorosos con los chicos desde el diálogo y el encuentro. Se trata, ni más ni menos, de estar cerca, buscando alternativas, pensando soluciones y estableciendo acuerdos en un marco de confianza y cariño que los ayude a construir los cimientos para recorrer su propio camino de vida.
Este libro forma parte de la colección “Educación que aprende”, pensada para todos aquellos involucrados en la fascinante tarea de educar. Confluyen aquí reflexiones teóricas y aportes de la investigación pero también ejemplos y orientaciones para guiar la práctica. Porque la educación ha sido, desde sus inicios, un terreno de exploración y búsqueda permanente que se renueva con cada generación de educadores, niños y jóvenes. Y porque, para educar, tenemos que seguir aprendiendo siempre.
Melina Furman
A mi viejo, el Bocha, que ya se fue.
A mi hijo, Gino, que recién llegó.
Agradecimientos
He leído muchos libros a lo largo de mi vida, y todos los autores agradecen a su familia. No fue hasta que pasé por el proceso de escribir un libro que entendí lo gigante que debe ser la contención en el hogar para poder atravesar este hermoso desafío. A Belu Rey, mi compañera, mi consejera. No solo por el aguante de cada noche en que te fuiste a acostar sola mientras yo escribía, cada fin de semana que dediqué al libro, sino por tu constante escucha y valiosas opiniones. Gracias por estar siempre ahí, por acompañarme en cada locura que emprendo, y por hacerlo con tanto tanto amor. Y fundamentalmente, por ser la guerrera contra el síndrome del impostor, la que me dio la respuesta que necesitaba cuando quería escribir este libro, pero creía que “a nadie le iba a interesar”.
A mi vieja, que me contagió de muy pequeño el amor por las computadoras. Y a mi hermano, los dos me motivan a perseguir mis sueños y mi pasión.
A mi abuelo Héctor y mi abuela Norma, que me dejaron “tomar libros prestados” de su biblioteca durante mi adolescencia.
A mis amigos del alma. A Juli Kotli, una de las personas que me inspiró en la adolescencia para enamorarme de los libros, y mi lector ideal (aunque este libro habría sido mejor si hubiera aprovechado todo tu feedback). Al Cacu y a Sami, que me acompañaron en una etapa tan importante de mi vida.
A Carlos Díaz, Marisa García y todo el equipo de Siglo XXI. Me siento un privilegiado por publicar en una editorial que leí y admiré por tantos años. Y especialmente a Yamila Sevilla, que me acompañó como editora en todo el proceso. Tu escucha, guía y paciencia han sido muy importantes todos estos meses.
A Melina Furman, quien confió en la idea desde el principio, aceptó sumarme a la colección y me acompañó en todo el proceso. Es un honor ser publicado bajo tu dirección.
A Meli (otra vez) y a Gerry Garbulsky, grandes responsables de que 2015 haya sido un año bisagra en mi vida, cuando me enseñaron que podía “levantar la mano un poquito más alto”.
A todas las personas que me dieron entrevistas y compartieron testimonios y opiniones: Meki Werner, Daniel Monastersky, Diana Tori, Romina Fiadaron, María Laura Rodríguez, Nicolás Cacchiarelli, Silvia Ongini, Fátima Noriega, Marcela Czarny, Cecilia Calos, Juan Sklar, Leandro Swietarski, María Zysman, Lucrecia Morgan, Candelaria Irazusta, Horacio Azzolin, Daniela Dupuy y Axel Rivas.
A todos mis compañeros de trabajo en Onapsis, sobre todo al equipo de Investigación, que me bancan y apoyan en mi amor por la divulgación. Agradecimiento particular a Ezequiel Gutesman, que constantemente promociona un entorno de trabajo flexible y me estimula en esta pasión.
Algunas dedicatorias especiales para la gente con la que compartí el proyecto más lindo del que alguna vez fui parte: Argentina Cibersegura. Un agradecimiento general a todas las personas con las que trabajamos juntos esos años: comisiones directivas, patrocinadores, colegios, equipos, etc.
Y algunos agradecimientos específicos para terminar. A Facundo y a Ignacio, sin ellos no hubiera iniciado en 2010 esta historia que me cambió la vida. Y a Liz Fraumann, quien me inspiró para liderar el proyecto con un profundo sentido de transformación social.
A Hernán Racciatti y Ezequiel Sallis, que fueron los mejores compañeros y amigos que podría haber tenido para llevarlo a cabo; sin ellos, esto tampoco hubiera sido posible, o al menos no lo hubiera disfrutado tanto. A Claudio Caracciolo y Cristian Borghello, quienes junto con Hernán y Ezequiel fueron mi inspiración cuando empezaba el camino de la divulgación.
A cada uno de los chicos y las chicas, a cada docente, cada equipo directivo, cada papá y cada mamá, que durante o después de las charlas o a través de las redes compartieron conmigo sus historias y experiencias, fundamentales para escribir este libro. Sin lugar a dudas, sus historias han sido mi principal bibliografía.
Y finalmente, un agradecimiento enorme a todas las voceras y los voceros voluntarios de Argentina Cibersegura. Cuando nos dimos cuenta de que unos pocos locos no podríamos dar tantas charlas como la comunidad educativa nos solicitaba, nunca imaginé que lograríamos lo que logramos: cientos de personas capacitándose para sumarse a una causa con el mismo amor y compromiso con el que lo hicimos desde el principio. Ustedes me dieron la energía para cada uno de los ocho años en que tuve el honor y el privilegio de liderar la ONG. Desde que empecé a escribir este libro sabía que iba a cerrar esta sección agradeciéndoles todo el tiempo voluntario que, con todo el corazón, entregaron al proyecto y a la causa.
Introducción
Estas herramientas han creado cosas maravillosas en el mundo. Reunieron familiares perdidos, encontraron dadores de órganos. Hubo cambios sistémicos importantes en todo el mundo gracias a estas plataformas que fueron buenos.
La revolución de internet trajo cosas maravillosas a nuestras vidas, especialmente en los últimos veinte años, con la conectividad de banda ancha, los teléfonos celulares y las redes sociales, entre otras. Cada uno de nosotros podría enumerar experiencias hermosas vividas a través de la tecnología, como estar más cerca de familiares que viven lejos, aprender algo nuevo, conocer gente y comunicar nuestras ideas en una escala hasta ahora desconocida. Y más allá del impacto personal aparecen los cambios sistémicos que menciona la cita de apertura (cuyo autor será develado a la brevedad): las nuevas tecnologías modificaron el modo en que aprendemos, trabajamos, nos comunicamos, nos informamos, sociabilizamos, y también otros aspectos de base, como la salud, el entretenimiento, el turismo, los gobiernos.
Si me detengo a pensar en las cosas buenas que me sucedieron con la tecnología en los últimos años –ejercicio que recomiendo−, se me ocurren varias. Por ejemplo, en 2007 descubrí gracias a mi primer blog que me encantaba escribir y hacer divulgación sobre el tema (¡y que había gente dispuesta a leerme!). Unos años después, pude trabajar remotamente, desde el interior del país, para una empresa que no tenía oficina local en la ciudad. En 2014 retomé el contacto con un pariente con quien no hablaba desde hacía mucho, y ahora lo hacemos con frecuencia. Y así podría seguir. Sin duda, ustedes podrían armar sus propias listas.
Pero revelemos el misterio: la cita corresponde a una declaración de Tim Kendall, en su momento director de monetización de Facebook y presidente de Pinterest. Esta es la declaración completa en el documental El dilema de las redes sociales:[1]
Es fácil perder de vista el hecho de que estas herramientas han creado cosas maravillosas en el mundo. Reunieron familiares perdidos, encontraron dadores de órganos. Hubo cambios sistémicos importantes en todo el mundo gracias a estas plataformas que fueron buenos. Creo que fuimos ingenuos sobre el otro lado de la moneda.
De eso se trata este libro: de cómo uno y otro lado de la moneda impactan en la crianza. Las tecnologías trajeron cosas magníficas a nuestras vidas, pero también nuevos riesgos y aspectos que nos obligan a reflexionar. En el balance, estamos convencidos de que tienen muchas más ventajas que desventajas, pero eso no significa que podamos desentendernos de las consecuencias que su uso conlleva. Y eso implica también identificar ciertos peligros y encontrar estrategias para sortearlos. Si la tecnología solo fuera mala, la solución sería sencilla: elegiríamos no utilizarla. Pero no es así: podemos usarla de forma riesgosa o insegura. O de forma sana y segura. Esta es una guía para ayudarnos un poco a nosotros, y mucho a nuestros hijos e hijas, alumnos y alumnas a estar ahí: haciendo un uso enriquecedor y cuidado de la tecnología.
Podemos plantearnos otro ejercicio. Si, como ocurre muchas veces en las charlas formales o informales con adultos, aleatoriamente les preguntara a padres, madres o abuelos quién es el responsable de enseñar a sus niños sobre higiene y cuidados básicos de la salud (lavarse los dientes regularmente, abrigarse si hace frío), la respuesta sería muy clara: “Nos ocupamos de enseñarles en casa, en la familia” y quizá “también algo de eso lo enseñan en la escuela”. Si les preguntara quién es el responsable de transmitirles los cuidados básicos en la calle, la respuesta sería muy semejante. Si acaso les preguntara por la educación sexual, tampoco variaría demasiado: “Hablamos en casa y también en la escuela con la sanción de la ley de ESI”. Y de manera similar con temas como la alimentación, el consumo de alcohol o de drogas. Ahora bien, si la pregunta fuera sobre cómo usar internet de un modo sano o seguro, la cosa cambia y muy probablemente responderían: “Ah, de eso se ocupan solos, porque la tienen clara”.
¿Por qué esta cuestión no suele aparecer entre los temas de la crianza y la educación? ¿Qué deberíamos hacer para incorporarlo como hicimos con otros aspectos asociados al cuidado?
Allá por el año 2010, junto con un grupo de colegas, comenzamos un proyecto que, tiempo después, se convertiría en la ONG Argentina Cibersegura. Nuestra intención era brindar información a la sociedad sobre los cuidados que hay que tener en internet. Y si bien empezó con una mirada amplia, rápidamente la seguridad de los menores de edad se volvió su principal objetivo. En los primeros ocho años dimos más de dos mil quinientas charlas en escuelas de todo el país para estudiantes, padres, madres y docentes. Espero plasmar en estas páginas no solo lo que pudimos enseñar, sino también todo lo que aprendí en ese recorrido.
En la fase inicial del proyecto, estuvimos muy enfocados en “hablar con las chicas y los chicos”. Es decir, nos preocupamos por entender y aprender cuáles eran los peligros cuando usaban las tecnologías, para poder así ayudarlos a cuidarse. Esta etapa estuvo marcada por un aprendizaje muy particular: no se trataba de cuidar la computadora de los chicos, sino de cuidarlos a ellos y a ellas. La atención estuvo puesta, en un primer momento, en cuestiones vinculadas con prevenir virus informáticos o evitar robos de contraseñas. Sin embargo, a medida que escuchábamos sus historias, nos fuimos dando cuenta de aspectos que no estábamos considerando: cómo las y los jóvenes transmitían y compartían contenidos violentos entre sí (ciberbullying) o cómo chateaban con desconocidos que podían ser adultos y que, eventualmente, les pedían fotos de ellos desnudos (aún no conocíamos la palabra grooming). Entonces, las charlas se fueron transformando. Y nosotros también: ya no éramos técnicos compartiendo consejos concretos, sino educadores reflexionando junto con nuestros interlocutores sobre las buenas prácticas en el uso de la tecnología, esas que permiten minimizar los riesgos, estar más seguros y aprovechar los beneficios que ofrecen las redes.
En 2015 empezó a ocurrir algo muy interesante: ya no hablábamos con las chicas y los chicos de temas que desconocían, ahora las charlas servían para aclarar u ordenar lo que ya sabían. Ya no nos preguntaban qué era el ciberbullying, sino que nos contaban algo que había pasado en su grupo o nos preguntaban si nos parecía peligrosa alguna conversación con un desconocido. En esa misma etapa empezamos a recibir mensajes de adolescentes que nos consultaban sobre situaciones puntuales que estaban viviendo y nos pedían consejo, ayuda u orientación. ¿Por qué nos escribían a nosotros? ¿Dónde estaban los adultos alrededor de esos adolescentes? Papá, mamá, familia, docentes, directivos. Ayudarlos a “abrir los ojos”, “prestar atención” o “aprender a cuidarse” nunca iba a ser suficiente si su entorno adulto no estaba preparado para acompañarlos. El trabajo de divulgación estaba incompleto si solo se dirigía a los jóvenes. Y, por otra parte, sin una respuesta adecuada del mundo adulto ni un acompañamiento desde la casa o la escuela, ningún esfuerzo tendría el impacto suficiente.
Este texto está pensado para educadores en un sentido muy amplio: papás, mamás, docentes, psicopedagogos, psicólogos, pediatras y profesionales de la salud en general. Y aunque el foco está puesto en cómo acompañar a los chicos desde el nacimiento (¡o antes!) hasta su adolescencia, también espero que su propia lectura los ayude a reflexionar sobre el modo en que nosotros, los adultos, usamos las tecnologías. Al fin y al cabo, una parte importante de la educación es el ejemplo.
En las primeras páginas de Guía para criar hijos curiosos, Melina Furman incluye una pregunta que forma parte de un debate muy común entre padres y madres y que también se extendió al ámbito de la educación formal: ¿cuánto exponer a los chicos a las tecnologías? De esa pregunta me interesa una palabra: “exponer”. La idea de exponer podría suponer una connotación negativa sobre las tecnologías, o al menos la sospecha de que podrían tenerla. Este libro quiere profundizar sobre esta idea, ampliar la reflexión acerca de este campo y, dado que la tecnología es protagonista, aprovechar la oportunidad para reconvertir la pregunta: ¿cómo exponer a los chicos a la tecnología? La forma en que los adultos acompañen la relación entre crianza y tecnología impactará sobre la calidad de vida de niños y niñas, y también sobre cuánto se verán afectados por la parte “no tan buena”.
Una revolución, ¿tecnológica?
“Es un genio”, dice una mamá mientras cuenta cómo su hijo, de tan solo 2 años, agarra el celular y aprieta el botón para adelantar un video en YouTube. “Es una genia”, dice el abuelo sobre su nieta, “todavía no sabe escribir pero ya sabe pasar las fotos en la tablet”.
Me animo a decir que a esta altura (casi) todos escuchamos en boca de un adulto una historia o una anécdota en estos términos, con la tecnología, de un lado, y un niño o niña, del otro. Ahora bien, si las chicas y los chicos pueden usar la tecnología del mismo modo, ¿estaremos ante una ola de genialidad y nos esperan años increíbles para la humanidad? ¿O, como leí alguna vez, quizá los genios sean los ingenieros que diseñaron esos dispositivos para que pueda utilizarlos incluso alguien que todavía no sabe leer ni escribir? Aunque hay pocas dudas de que la realidad esté más cerca de esto último, me interesa que pensemos juntos por qué lo escuchamos con tanta frecuencia.
Voy a hacer un ejercicio tratando de imaginar qué pasó en mi casa cuando yo era niño, digamos hasta que cumplí 5 años.
¿Cuándo di mis primeros pasos? Según mi madre, poco antes de cumplir mi primer año. ¿A qué edad empezaron a caminar mi padre y mi madre? Más o menos a la misma edad. ¿A qué edad esperaban que esto ocurriera? Digamos que, más allá de la sorpresa natural ante estas situaciones, el momento en que ocurrió no era novedoso. De hecho, si se lo hubieran preguntado antes de mi nacimiento, hubieran arriesgado que iba a suceder alrededor del cumpleaños número uno.
¿Y el momento en que dije mis primeras palabras fue muy distinto? Creo que también lo esperaban. Desconozco si fue “mamá” o “papá”, pero es altamente probable que no haya sido “hipotenusa”. Ninguna gran sorpresa. Nada muy distinto de lo que ocurre en todas las familias.
Y unos años después, seguramente aprendí a leer sin sorpresas extremas. Se repiten los mismos patrones: cerca de la edad prevista, más o menos de la forma prevista y de manera muy similar a como había sido cuando papá o mamá fueron bebés.
Pero cuando un bebé agarra una tablet y hace un movimiento de dedos para pasar las fotos una a una, hay sorpresa extra y colectiva.[2] Y esto tiene una explicación que se desprende de los ejemplos anteriores, ya que ocurre todo al revés: “los sorprendidos” no tuvieron una tablet en sus manos a esa edad, y creen que no hubieran podido manejarla a pesar de que no hay mucha evidencia de ello (de hecho, todo lo contrario). O peor aún, en muchos casos su mayor evidencia es que hoy, como adultos, les cuesta manejar las nuevas tecnologías.
¿Por qué a mí me cuesta tanto y a mi hijo tan poco manejar esta tecnología? El Center on the Developing Child [Centro de Desarrollo Infantil], de la Universidad de Harvard, es muy claro al respecto:
La capacidad de cambio del cerebro disminuye con la edad. El cerebro es más flexible o “plástico” temprano en la vida y da cabida a una amplia gama de entornos e interacciones, pero a medida que el cerebro en proceso de maduración adquiere mayor especialización para asumir funciones más complejas es menos capaz de reorganizarse y adaptarse a los desafíos nuevos o inesperados. […] La plasticidad de la edad temprana hace que sea más fácil y más eficaz influir en la arquitectura del cerebro en desarrollo de un bebé, que volver a cablear partes de su circuito en la edad adulta.[3]
En otras palabras: es lógico que los chicos puedan usar la tecnología desde pequeños. No son unos genios, son chicos (o si se quiere, son unos genios porque son chicos). Todo esto se vuelve más entendible si explicitamos que quienes fabrican estos dispositivos, estas tecnologías, estas aplicaciones no están ajenos a los últimos avances en neurociencias y pedagogía. José Errasti, profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo (España), explica de una forma muy clara lo mucho de normal y lo poco de genial que hay en que los más pequeños sepan usar la tecnología. Un Homo sapiens adulto de hace cuarenta mil años pensaría que las personas de la actualidad somos superhombres y supermujeres; pero si lo hubieran traído al presente siendo un recién nacido, manejaría Instagram y Facebook de forma prodigiosa a los 5 años.[4]
A esta división entre genios y sorprendidos, algunos le pusieron otros nombres: “nativos digitales” e “inmigrantes digitales”. El término “nativo digital” fue popularizado por el escritor Marc Prensky en 2001. Se usa para referirse a aquellas personas que nacieron con las nuevas tecnologías como parte de sus vidas y no tuvieron que adaptarse a ellas en algún momento de su adultez. A los nacidos entre 1980 y 1985 se los suele considerar el umbral para ser nativos digitales, aunque en países donde la tecnología e internet llegaron más tarde podría ser algunos años después. Para ponerlo en términos más concretos, si alguna vez se fueron de viaje con un mapa de esos que se doblaban en siete u ocho partes, es altamente probable que sean inmigrantes digitales. ¿Tuvieron un celular o tablet en sus manos antes de saber hablar o escribir? O la pregunta que me parece más apropiada para definir al nativo digital: ¿fueron a la escuela con celular en el bolsillo? Tal vez sea un perfecto resumen del nativo digital. Injusto, como cualquier resumen, pero ejemplificador. Me gusta la definición que da Sree Sreenivasan en su charla en TEDxNewYork: los inmigrantes digitales son aquellos que nacieron antes que nacieran los creadores de las tecnologías… que hoy usan los nativos digitales.[5] El concepto de “nativo digital” tiene algunas críticas[6] (muchas de las cuales comparto), pero puede resultar útil para ubicarnos en el momento histórico en que estamos.
Nativos e inmigrantes digitales. Adultos analógicos y niños digitales. Genios y sorprendidos. Como sea, está claro que en la actualidad conviven personas (de bebés a adultos jóvenes) que nacieron con la tecnología bajo sus brazos, que fueron usuarias de tecnologías desde muy pequeñas y que viven y piensan de manera digital. Por otro lado, los inmigrantes digitales fueron incorporando las tecnologías (sobre todo las relacionadas con internet) como parte fundamental de sus vidas adultas y tienen una forma de pensar que nace más desde lo analógico hacia lo digital. Somos ya no generaciones distintas, sino concepciones distintas del mundo.
Se puede pensar la relación con la tecnología desde la alfabetización. Una persona que no sabe leer ni escribir es analfabeta. A quien no sabe usar las tecnologías, lo podríamos llamar “analfabeto digital”. Los nativos digitales, desde muy pequeños, se alfabetizan digitalmente, pero:
Al igual que con la lectoescritura, uno puede alfabetizarse digitalmente de adulto.
Al igual que con leer y escribir, el hecho de que alguien se haya alfabetizado en lo digital no lo convierte en un experto en tecnología, ni en un conocedor de todos sus conceptos, ni mucho menos en un letrado en su uso sano y seguro; es solo alguien que usa la tecnología con fluidez, y nada más.
Con alguna excepción, todavía los adultos somos mayormente inmigrantes y los niños, exclusivamente nativos. Esto nos pone en una situación peculiar: los inmigrantes digitales están hoy criando y educando a nativos digitales. Y este es un hecho bastante inédito. Hasta hace no tanto, adultos analógicos educaban a niños analógicos. Y en un futuro no tan lejano, los educadores serán nativos digitales, y también sus hijos e hijas.
Así, nosotros tenemos la oportunidad de ser testigos de este momento único y breve en la historia, de esta revolución en que conviven analógicos y digitales en una misma sociedad. Y esto explica gran parte de las dificultades que enfrentamos para educar para un uso sano y seguro de las tecnologías. Este entramado social de convivencia entre nativos e inmigrantes rompió algunos conceptos fundamentales sobre qué es educar. Cuando nosotros (los inmigrantes analógicos) éramos chicos, nuestros padres, maestros y profesores se paraban en ese lugar de educadores porque tenían al menos una de estas dos cosas asociadas al concepto a aprender: experiencia o conocimiento. Mi maestra de Geografía sabía cosas de la Tierra que yo desconocía, y mi profesor de Literatura había leído muchos más libros que yo. Mi familia me hablaba de los riesgos de la adolescencia ¡porque ya la había vivido! La tecnología vino a romper con todo esto. ¿Cómo hacemos para enseñar a usar mejor la tecnología cuando no tenemos ni más conocimiento ni más experiencia? La respuesta, que iremos construyendo a lo largo de los capítulos, requiere una única cuestión de base: dejar de pensar que la educación es solo compartir conocimientos y/o experiencias. Aquellos inmigrantes digitales que no pueden romper con esa idea caen en el lugar más peligroso para los fines de este libro: el de creer que al respecto no hay nada para hacer como adultos, que lo deben resolver los chicos en soledad.
Por eso no estamos viviendo una revolución tecnológica sino, como teoriza Alessandro Baricco en su ensayo The Game, una revolución mental. O si se quiere, una revolución de todo: cómo trabajamos, cómo nos hacemos amigos, cómo nos enamoramos, cómo estudiamos, cómo votamos, cómo nos informamos, cómo educamos. El escritor italiano describe así este momento: “Somos los primeros de una nueva historia, que durará doscientos años al menos. Ser los primeros es lo que provoca estas reacciones de incertidumbre, aprensión y miedo”.[7]
Este momento histórico ofrece la oportunidad de una nueva educación: de transmitir conocimientos o experiencias… de acompañar.
* * *
Terminé de escribir este libro en febrero de 2020, justo antes que se expandiera la pandemia del coronavirus que dejó el mundo patas para arriba por muchos meses (incluida la publicación de este libro), pero que trajo aparejada, entre otras cosas, una revolución digital: durante muchas semanas todos nos quedamos en casa. Trabajando, yendo a clases, al médico, hablando con amigos, todo a través de una pantalla. Si algo aprendimos este 2020 es que incorporar tecnologías a las apuradas tiene consecuencias, y seguramente no podamos sacar el máximo provecho de sus beneficios, además de quedar más expuestos a sus problemáticas. Quizá, entonces, no haya mejor momento para publicar esta obra, que se volvió un texto necesario luego de lo que nos tocó vivir en este año. Bienvenidos.
* * *
Por último, quiero decir algo sobre el lenguaje inclusivo, que respeto y creo necesario, pero al que aún no logro adaptarme ni usar fluidamente. Sí quiero dejar constancia de que, más allá del lenguaje, este libro es para todas, todos y todes.
[1] El dilema de las redes sociales (2020), dirigido por Jeff Orlowski y producido por Netflix, donde se encuentra disponible.
[2] Les recomiendo tomarse unos minutos para ver el video en YouTube titulado “A Magazine Is an iPad That Does Not Work” [Una revista es un iPad que no funciona], disponible en <www.youtube.com/watch?v=aXV-yaFmQNk>.
[3] Una versión del trabajo “La ciencia del desarrollo infantil temprano” está disponible en español en <developingchild.harvard.edu>.
[4] “¿Cómo hacen los chicos para entender todo esto?”, La Nación, 19 de mayo de 2012, disponible en <www.lanacion.com.ar>.
[5] Sree Sreenivasan, “Digital natives vs. digital immigrants”, en TEDxNewYork, disponible en <www.youtube.com/user/TEDxTalks>.
[6] Dos recomendaciones: el trabajo de Sue Bennett, Karl Maton y Lisa Kervin, “The ‘digital natives’ debate: A critical review of the evidence”, disponible en <www.academia.edu>; o, si desean algo más corto, un excelente resumen de Valentín Muro en “¿Nativos digitales o espejitos de colores?”, La Nación, 1º de agosto de 2017, disponible en <www.lanacion.com.ar>.
[7] Alessandro Baricco, “Lo nuevo provoca pereza y miedo, es comprensible”, El País, 11 de junio de 2019, disponible en <elpais.com>.
1. El mundo virtual… no existe
(y otras ideas antes de empezar)
Hay dos mundos: el virtual y el real. Con esta idea vivimos. Con esa idea vivía yo también. Sin duda usé la expresión “mundo virtual” muchísimas veces para referirme a lo que pasa en las tecnologías, en las redes o en internet. Y “mundo real” para lo que sucede en el “otro mundo”. Por ejemplo, algunos estarán leyendo este libro en el mundo virtual, con un ebook, y otros, en el mundo real, en papel. Es una distinción que muchas personas hacen y que yo también hacía. Pero el mundo real y el virtual tienen elementos en común. Por ejemplo, mis amigos del mundo real, en la escuela, pueden ser también mis amigos en el mundo virtual, en las redes sociales. Se graficaría de este modo:

En 2012 participé como panelista en un encuentro para docentes. En una intervención hablé de “amenaza virtual” para referirme al ciberbullying o algún otro problema de relación entre los chicos en las redes. El panel continuó, pero algo quedó dando vueltas en mi cabeza: amenaza virtual, amenaza virtual…
No suena como algo por lo que habría que preocuparse, ¿verdad? Si bien en aquel momento no tenía tan presente como hoy la definición de la palabra “virtual” (según el Diccionario de la Real Academia, una de sus acepciones es “que tiene existencia aparente y no real”), se me ocurrió lo siguiente: si invitara a los docentes que participan de este encuentro a comer un asado virtual en mi casa, ¿pensarían que realmente van a comer?, ¿les resultaría atractiva la propuesta? Recuerdo que pedí nuevamente el micrófono y dije algo así:
Hay que tener mucho cuidado con el concepto de “amenaza virtual”, porque las amenazas son reales. Si cuando era chico mis padres me hubieran dicho que no hablara con desconocidos porque podía ser víctima de un secuestro virtual, o que cruzara la calle por la senda peatonal porque un auto virtual podía atropellarme, ¿habría tomado conciencia de los riesgos? El mundo virtual tiene ese problema: puede generar la idea de que “no es tan grave”. Es importante que seamos claros respecto de la existencia concreta de riesgos y amenazas en las redes.
Finalizado el encuentro, muchos de los participantes se acercaron para decirme que les había gustado la aclaración sobre lo peligroso de hablar del mundo virtual, sin explicitar que los riesgos y las amenazas son reales. A partir de entonces trabajamos con ese concepto, que se convirtió casi en una bandera en todas nuestras charlas: el mundo virtual no existe. No solo nos dimos cuenta de que estábamos muy acostumbrados a llamar “virtual” al mundo de las tecnologías y las redes, sino también que para referirnos al “otro mundo”, el del libro impreso en papel, usábamos la expresión “mundo real”.
Pero esta formulación presenta un problema: si hay un mundo en que las cosas son reales, hay otro donde no lo son. Y nadie se cuida de algo que no es real. Los adultos sabemos que podemos tener un accidente de tránsito, por eso conducimos con prudencia. También conocemos los riesgos para la salud que implica el tabaquismo, por eso realizamos campañas de prevención. Pero no nos preocupamos por que un extraterrestre se apodere de nosotros, así que no tomamos ningún recaudo. Tal vez estén pensando que esto es delirante, y justamente esa es la idea: nadie se cuida de una amenaza que no es real. No tiene sentido. Entonces, ¿qué impacto producimos en los chicos al decirles que lo que pasa en internet no es real? El mismo.
Insisto: nadie se cuida de una amenaza virtual. Y este es un excelente punto de partida para entender nuestro rol como educadores en relación con las tecnologías.
Empezamos a pensar cómo podía denominarse ese “mundo virtual” para el que usábamos comillas, y la respuesta no resultó tan difícil: mundo digital. De hecho, en varios textos y charlas en inglés se usaba más esta expresión que mundo virtual. Desde entonces, las tecnologías son el mundo digital. Y nuestro gráfico se reconfiguró del siguiente modo:

En nuestra vida, la vida real, conviven ambos mundos: el digital y el analógico o físico. En el mundo digital hay cosas virtuales y en el mundo analógico también (¿o acaso los castillos de arena en la playa son realmente castillos?). Pero en el mundo digital hay muchas cosas reales, quizá la mayoría. Por ejemplo, si tengo una conversación de audio por WhatsApp con un amigo, el medio es digital, pero la conversación es real. Nos comunicamos, hablamos, nos escuchamos: no hay nada de virtual en esa situación.
Cuando empezamos a establecer la distinción entre “virtual” y “digital”, algunas personas nos decían que solo era una cuestión semántica. Sin embargo, varios expertos hablan acerca de la relevancia de las palabras que utilizan los educadores y cómo pueden tener un efecto muy perjudicial en el aprendizaje.[8]
Lo que estas palabras connotan es importante: la idea de que lo que pasa en internet no pasa. Decir que hay un mundo virtual en el que hay amenazas virtuales (no reales) es una manera de subestimar los riesgos. Es un buen ejercicio reflexionar sobre las palabras que usamos con los chicos, en particular las vinculadas a la tecnología. Creo que una anécdota puede mostrarlo en toda su dimensión. Después de una charla en una escuela, una madre se me acercó preocupada por el tiempo que su hijo pasaba encerrado en la habitación jugando juegos en línea. Me dijo: “Paso por la puerta y lo escucho hablando solo”. Pero su hijo no estaba hablando solo: tenía puestos auriculares y conversaba con otras personas, reales, que estaban jugando el mismo juego que él, con él. Estas son las situaciones que ponen de manifiesto que más allá de la cuestión semántica de llamar “virtual” al mundo digital, a veces nos comportamos como si realmente fuera virtual, y no lo es. Es digital.
Internet como medio, no como fin
Hace varios años participamos con la ONG dando charlas a los adultos que venían a retirar una netbook del Plan Sarmiento,[9] un programa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a través del cual se entregaban computadoras portátiles a los alumnos de las escuelas primarias. Durante varias semanas, familias y docentes podían acercarse a distintos puntos de la ciudad, registrarse y, luego de aproximadamente quince minutos, llevarse el equipo. En esa espera podían acceder a una breve charla con consejos sobre seguridad en internet. El objetivo era poner el foco en el momento en que los padres entregaran esa computadora a sus hijos (hablaremos más adelante sobre las edades y el acceso a la tecnología) y la oportunidad única de tener una conversación al respecto. En la charla, se incluía esta historia que cualquier inmigrante digital entenderá, y que refuerza el vínculo entre el mundo físico y el digital.
Hace unos años, cuando un niño llegaba a la adolescencia, su familia lo autorizaba a moverse solo, a pie o en transporte público, por la ciudad. A partir de ese momento, podía ir o venir de la escuela o del club, sin depender de un adulto. Por lo general, le hacían entrega de un componente fundamental de esta libertad: las llaves de la casa. Esto era parte de un proceso, es decir, no sucedía de un día para el otro. Desde mucho tiempo antes, la familia hacía hincapié en los cuidados que había que tener. Y ese día, el primero en que uno podía ir caminando al colegio con las llaves de casa en la mochila, era un día especial, precedido por una importante conversación con los padres, que nos recomendaban:
Estas son las llaves de casa. Tenerlas es una responsabilidad, y hay que tener cuidado. Andar solo por la calle también es una responsabilidad, y también hay que tener cuidado. Es importante que vayas y vuelvas de la escuela por el camino que acordamos. Que respetes los horarios que acordamos. Que cruces la calle en las esquinas y mires bien para los dos lados antes de cruzar. La llave de casa no se comparte con nadie, no se presta, es solo tuya. Y fundamentalmente: no hables con desconocidos, pueden ser personas con malas intenciones y, si se te acercan, pedí ayuda o entrá a algún comercio donde haya otros adultos.
Quienes transitaron su adolescencia sin celulares seguramente tuvieron conversaciones y experiencias parecidas. Ante una situación que representa nuevos riesgos, los adultos en casa se ocupaban de:
Explicar los riesgos y, por lo tanto, la responsabilidad asociada.
Definir reglas, condiciones y/o límites.
Compartir buenas prácticas y/o recursos para cuidarse.
Entender que el mundo digital requiere de tantos cuidados como el mundo físico es básico pero muy valioso para un uso sano y seguro de las tecnologías. Pero no siempre los adultos nos comportamos de ese modo; muchas veces les damos acceso a los chicos y esperamos que aprendan solos cuáles son los riesgos, que entiendan la importancia de cuidarse e incorporen buenos hábitos. Establecer similitudes entre el mundo físico y el digital nos permite reflexionar sobre lo que hacemos como educadores respecto de la tecnología.
Para reflexionar en la escuela
Una primera tarea puede ser pensar en qué contextos, incluso formales, estamos usando incorrectamente la idea de mundo virtual y mundo real. Algunas preguntas para iniciar el intercambio:
¿Es adecuado hablar de “aula virtual”? Quizá sí porque muchas escuelas tienen aulas virtuales, pero vale la pena revisar el concepto.
¿Hay alguna actividad o materia que se llame “virtual” y pueda ser reemplazada por “digital”?
¿Usan muy seguido la idea de “mundo real” para referirse a lo que pasa dentro de la institución?
¿Cuán incorporado tienen el concepto de “digital” en relación con las tecnologías e internet?
¿Qué lugar es más seguro: un boliche o una habitación en casa?
Si ya son padres o educadores, piensen en un adolescente de 13 o 14 años, un sábado cerca de medianoche. Si pudieran elegir el lugar donde estará más seguro, ¿cuál de estas opciones preferirían?
1 En la habitación de su casa, con la puerta cerrada, conectado a internet.
2 En un boliche, con los amigos, lejos de casa.
Con pocas excepciones, estos años me han mostrado que la mayoría de los adultos, al menos en una reacción rápida, asumimos que la primera situación es más segura: en casa, cerca de su familia, a salvo.
Agreguemos algunos detalles. Un joven termina de cenar, se va a la habitación, cierra la puerta y se conecta a internet, especialmente a sus redes sociales. Otro, en cambio, termina de cenar y se va con sus amigos a bailar. ¿Cuál está en un lugar con desconocidos y en un contexto de desinhibición? La respuesta: ambos. Las redes sociales (e internet) tienen estas características.
Usé esta analogía en 2016 en una charla TED,[10] con el propósito de graficar dos cosas. En primer lugar, que muchas veces los riesgos en el mundo digital son subestimados. Al fin y al cabo, por qué considerarlos si no son reales. Es más, yo también subestimé un poco la situación, aun teniendo un punto que demostrar. Meses más tarde, conversando con un periodista,[11] nos dimos cuenta de que la idea de que ambas situaciones podían ser riesgosas por igual era exagerada: probablemente era más seguro salir a bailar. En un boliche hay muchas personas, seguro el grupo de amigos, que podría advertir una situación conflictiva. Además, las probabilidades de que la familia haya conversado en el hogar sobre los cuidados en las salidas nocturnas son mayores y el adolescente estará más alerta en este contexto que en las redes. ¿Será más seguro, entonces, salir de noche que conectarse a las redes? No se trata de una cuestión cuantitativa, pero la comparación nos permite reflexionar acerca de nuestro comportamiento como educadores. Si los adultos subestimamos los riesgos del mundo digital, ¿por qué no lo harían los chicos? Al fin y al cabo lo importante es que los adolescentes sepan cómo cuidarse, en las redes y en los boliches.
Este caso tiene otro aspecto por considerar. Si conocer gente en un boliche bailable no es tan distinto de conocer gente en redes sociales, entonces los adultos sí tenemos algo de experiencia en el tema. Por eso es tan importante la analogía entre el mundo físico y el digital. Seguramente los menores usan la tecnología con mayor facilidad que los adultos, pero eso no significa que sepan cómo cuidarse. Y aunque haya adultos que no se sientan cercanos a la tecnología, tienen mucho para aportar en la educación en este mundo digital. De nuevo, pero ahora completo: los adultos a veces subestimamos los riesgos del mundo digital, pero tenemos mucho para aportar.
Hace unos años, en una charla, un padre me dijo algo que ya había escuchado en otras oportunidades, de distintas formas. Con una extraña mezcla de superación e indignación, afirmó: “A mí no me interesa la tecnología”. Hice un silencio y le pregunté si le interesaba su hijo. La tecnología es hoy una parte fundamental de la vida de todas las personas, y más aún de los menores. Nacen con la tecnología, se crían con la tecnología. Viven una vida real tanto en el mundo físico como en el digital. Enseñarles cuáles son los riesgos y cómo cuidarse y vivir de forma sana es una responsabilidad de los adultos, en ambos mundos.
La crianza en el mundo digital no es ni más ni menos que otro aspecto de la crianza y es nuestra tarea educar a los chicos para un uso sano y seguro de las tecnologías. En los capítulos que siguen recorreremos los puntos de encuentro entre tecnología y crianza para detectar situaciones de riesgo o amenaza y evaluar las prácticas que pueden controlar o atenuar ese impacto. ¿En qué momento de la crianza aparecen las tecnologías? Como ya adelanté, nuestro primer debate como educadores aparece… antes del nacimiento.
[8] Sobre este tema, me parecieron muy claros los ejemplos de Susan Mandel Glazer en su libro Words Matter: Teacher Language and Student Learning [Las palabras son importantes: lenguaje docente y aprendizaje de estudiantes], donde explica cómo expresiones sencillas (incluso en momentos más informales de la relación entre educador y educando) pueden ser muy nocivas para el aprendizaje.
[9] Pueden obtener más información en <www.buenosaires.gob.ar/sarmientoba>.
[10] En la charla utilicé muchos de los ejemplos de este capítulo, de forma resumida, pero con el mismo eje: el mundo virtual no existe, y debemos constantemente pensar el mundo digital como otra forma de vivir la vida real. La charla está disponible en <www.ted.com/talks/sebastian_bortnik_the_conversation_we_re_not_having_about_digital_child_abuse?embed=true&language=es>.
[11] “Internet: involucrarse y fortalecer el diálogo para cuidar a los chicos”, La Nueva, 11 de junio de 2017, disponible en <www.lanueva.com>.
2. Pequeños humanos, grandes decisiones
Un libro sobre crianza y educación debería comenzar con el nacimiento del bebé, pero vale la pena que nos preguntemos si la educación digital no empieza un poquito antes. En este capítulo nos ocuparemos de las charlas necesarias antes del nacimiento y luego de las cuestiones más importantes asociadas a la tecnología en los primeros años de vida. En esta etapa –aproximadamente los dos primeros años de vida– tendremos que tomar decisiones que serán fundacionales para todo el proceso de educación en el mundo digital.
Sharenting: la muerte del “qué grande que estás”
Cuatro fotos por semana. Quince por mes. Doscientas por año. Mil fotos en cinco años. Dicho de otra forma: casi mil fotos en línea antes de cumplir 5 años.
Estos datos corresponden a un estudio realizado por la organización británica Parent Zone y la compañía Nominet sobre los hábitos de padres y madres con respecto a publicar fotos de sus hijos en las redes sociales e internet.[12] Se me ocurrió revisar mis redes sociales (Facebook, Instagram y Twitter) para ver cuántas fotos había subido: menos de setecientas. Los invito a hacer este ejercicio con sus propias redes. Verán que muchos inmigrantes digitales no llegamos a tener en toda nuestra vida la misma cantidad de fotos que un nativo en sus primeros cinco años.
Sharenting es el uso de las redes sociales por padres y madres para compartir información sobre sus hijos. Este término inglés es un acrónimo de share (compartir) y parenting (crianza). Es una problemática (¿problemática?) moderna porque no hace tanto tiempo que las familias disponen de las redes sociales desde el nacimiento de sus hijos.
Hasta hace algunos años, cuando nos encontrábamos con amigos o familiares que habían tenido hijos y aún eran pequeños, había una reacción común: “¡Qué grande que estás!”. Nadie escapaba a la sorpresa de ver crecer a los chicos a la velocidad en que esto sucede en los primeros años de vida. ¿Quién no escuchó o dijo esto alguna vez? Ya no más. Ahora mientras los chicos crecen, las redes sociales muestran el minuto a minuto: el nacimiento, sus primeros días, tomando la teta, jugando, durmiendo, posando.
¿Está bien o está mal subir fotos de nuestros hijos a las redes? Extendiendo la pregunta, ¿está bien o mal subir a las redes fotos de cualquier niño o niña sin su consentimiento? ¿A partir de qué edad ellos pueden tomar decisiones y dar su consentimiento sobre este tema? ¿Cuál es el propósito de los padres al subir estas fotos? Estas son algunas de las preguntas que rodean la cuestión.
La misma encuesta citada indica que al 55% de las familias no les genera ninguna preocupación el hecho de subir fotos a las redes. Este, creo yo, es un punto de partida fundamental: no podemos hacer de cuenta que “no pasa nada”.
Algunos riesgos asociados al sharenting han sido más difundidos que otros. Las dos líneas de discusión tradicionales sobre este tema son bien concretas: el consentimiento del menor y el impacto de las fotos en línea.
El consentimiento
¿A qué nos referimos cuando hablamos de consentimiento del menor? ¿Acaso en los primeros años de vida de un niño no se hace todo sin su consentimiento: festejar el cumpleaños, elegir el jardín, decidir su alimentación? ¿Por qué, entonces, poner el foco en subir imágenes? Un argumento podría ser la condición de perpetuidad, pero la realidad es que durante la niñez, las familias toman innumerables decisiones sin el consentimiento de sus hijos, incluso algunas que podrían marcarlos de por vida. Entonces, al menos en la primera infancia,[13] no considero que la falta de consentimiento sea el principal problema asociado al sharenting. Además, no hay forma de predecir cuál será la reacción de los chicos ante esta decisión.
Veamos un ejemplo. La actriz argentina Griselda Siciliani contó en un programa de televisión que su hija Margarita le pidió que no publique más fotos de ella en las redes sociales. Todo empezó cuando la vendedora de un local de ropa le hizo un comentario a la niña sobre un video que su madre había subido a Instagram. Al salir, Margarita le preguntó a su madre por qué la vendedora sabía su nombre y sobre ella. Luego de la explicación, la nena fue muy clara: “Yo no quiero aparecer ahí”.
En contraposición, mi amigo Claudio me contó otra reacción. Como experto en seguridad informática, fue pionero en pedir a sus familiares y al colegio que no publiquen fotos de sus hijos en las redes sociales. Sin embargo, su hijo de 9 años empezó a preguntarle a su familia por qué en las redes sociales de la escuela había fotos de todos menos de él.
Si bien en ambas situaciones se puede conversar con los chicos para que cada uno explique su postura, considero que la falta de consentimiento en sí misma no es el principal problema a revisar. Por supuesto, apenas los chicos expresen su deseo de no aparecer en redes sociales, debemos respetar su voluntad. No hay motivo alguno para que un adulto suba la foto de un menor de edad que ha manifestado lo contrario. Y esto puede suceder en la niñez, pero también más adelante. Una nota periodística sobre el tema relata la experiencia de un padre que tomó una foto a su hijo de 16 años cuando este se puso un traje para ir a una fiesta de 15. Cuando el adolescente vio la intención del adulto de compartir la foto en redes, “se adelantó y le dijo de todo a su papá”. Gustavo, el padre, declaró: “No sé, estaba elegante y me pareció divertido subirla… ahora entendí que tengo que consultarle antes”.[14]
Entonces, aunque el sharenting comienza desde muy temprano en la primera infancia, la problemática puede extenderse durante todo el ciclo de la crianza digital.
El impacto de las imágenes
Como segundo riesgo asociado al sharenting, aparece frecuentemente qué puede pasar con esas imágenes en línea, quién puede verlas y dónde pueden terminar. En este sentido, se siguen dos líneas muy marcadas:
1 El potencial uso de esas imágenes en portales de pornografía infantil.
2 El potencial impacto de esas imágenes en línea (y la imposibilidad o dificultad para borrarlas) en la adultez del niño.
Muchas de las imágenes que se suben inocentemente a las redes sociales terminan un tiempo después en sitios de pornografía infantil. Alastair MacGibbon, Children’s eSafety Commissioner en Australia (algo así como responsable de la seguridad digital de los menores, interesante que tengan este rol en el Estado, ¿no?), reveló que un estudio realizado por su equipo indicó que casi la mitad de las fotos que encontraban en sitios de pedofilia habían sido subidas antes (y voluntariamente) a redes sociales.[15] Según Signy Arnason, directora ejecutiva del Centro Canadiense de Protección Infantil, “lo que uno ve como inocente, lo que una persona sana ve como inocente, alguien con intereses sexuales en menores puede convertirlo en algo terriblemente perverso”. No solo se utilizan en sitios de pedofilia imágenes que fueron subidas a las redes sociales, sino que muchas de estas pasan por un proceso de modificación para sexualizarlas (se modifican las caras, los cuerpos se ponen en otros contextos, alteraciones que pueden realizarse con relativa facilidad hoy en día). Esto último es, a veces, producto de lo que se conoce como “hipersexualización”, es decir, se publican fotos de los menores en situaciones más propias de un adulto (por su vestimenta o su pose), que generan una relación con la sexualidad a una edad más temprana de lo recomendado. No obstante, este no es el único motivo y, como ya dijimos, muchas veces fotos inocentes aparecen retocadas.
Sin duda, que las imágenes de los niños terminen en sitios de pornografía infantil es el peor escenario, pero no el único. ¿De qué modo impactarán esas fotos en su adolescencia o adultez? Un ejemplo frecuente para mostrar ese impacto es que en el futuro, cuando como adultos estén buscando trabajo, esas fotos seguirán en las redes. Aunque el ejemplo no es descabellado (es altamente probable que los empleadores busquen información en internet para evaluar a un candidato), parece poco probable que justo encuentren una foto embarazosa de la primera infancia, subida por la familia. Pero hay ejemplos mucho más cercanos en términos de probabilidades. Una foto de un niño o una niña de 4 o 5 años podría convertirse pocos años después en objeto de burla (hablaremos de ciberbullying más adelante) en la escuela primaria. O cuando empiecen a experimentar con sus primeros novios o novias, ¿no querríamos asegurarnos de que ninguna foto fuera a avergonzarlos? Ser responsables por la huella digital de nuestros hijos que vamos dejando en internet es el primer desafío en relación con las tecnologías.
Hay una premisa fundamental que aplica a muchas problemáticas, incluido el sharenting: una vez que algo se sube a internet, se pierde el control. Aun si se comparte en un contexto cuidado, como un mensaje de WhatsApp a una única persona, conceptualmente ya no depende solo de nosotros lo que pasará con ese contenido. Volveremos sobre esta idea más adelante, pero vale la pena tenerla en cuenta desde el principio.
“Si cuando sea grande se arrepiente, borro las fotos”, lo he escuchado con relativa frecuencia dando charlas. No es tan sencillo. Por un lado, es probable que en unos cuantos años no usemos más ese servicio, esa red social, y no siempre vamos a recordar nuestros datos de acceso. Es habitual saber de personas que quieren bajar algo de internet, pero no tienen acceso a la plataforma donde lo publicaron. Por otro lado, aun si fuera posible eliminar el contenido unos años después, ese contenido ya fue visto y descargado por otras personas. Es decir que la eliminación de la publicación primaria no necesariamente evita que esta siga difundiéndose por internet ni que tengamos el control total para decidir que no esté más publicada.
Hasta aquí, hemos revisado los riesgos más comunes asociados al sharenting: la falta de consentimiento, la utilización de imágenes para pedofilia y la pérdida de control a futuro. Sin embargo, hay otras dos cuestiones vinculadas con esta problemática que no siempre se ponen sobre la mesa y que son importantes para tomar decisiones durante la crianza.
Privacidad, imagen personal y huella digital en las redes
¿Qué les transmitimos a los chicos al publicar sus fotos? Puede que no sean lo suficientemente grandes para dar consentimiento, pero sí para aprender. ¿Qué les estamos comunicando, entonces, sobre las redes sociales, la privacidad, la imagen personal y la huella digital?
Los padres y madres de adolescentes comparten mayoritariamente la preocupación por la cantidad y calidad de contenidos que sus hijos publican en las redes. Es un tema de constante reclamo: “Todo el día subiendo fotos”, “te exponen demasiado”, “esa foto es muy sexual” son algunos de los comentarios más frecuentes. Ahora bien, cuando esos adolescentes eran más chicos, ¿qué imagen les dimos desde la familia? ¿Cuál fue nuestro ejemplo?
El ejemplo que les demos a nuestros hijos pequeños sobre el lugar que otorgamos a la privacidad será fundamental para ellos cuando tengan que empezar a tomar sus propias decisiones.
Pero hay un aspecto más por considerar con respecto al sharenting. Casi todas las investigaciones sobre este tema giran sobre un eje: el impacto y las potenciales consecuencias en los menores, tanto en su niñez como cuando crezcan. Pero hay una arista que no suele considerarse y que me resulta muy interesante: el impacto en los adultos.
La cuenta de Instagram #hashtag parenting resume perfectamente este tema en la campaña: “Mostrales a tus hijos una relación sana con la tecnología, ¡ellos están mirando!”.
¿Por qué elegimos (o necesitamos) vivir nuestra paternidad y maternidad en las redes? Quizá esta no sea la manera más sana de vivir la crianza de nuestros hijos. Aunque muchas veces las publicaciones son producto de sentimientos muy positivos, como el orgullo por nuestros hijos o compartir la felicidad que sentimos, el tiempo que ocupamos en tomar una foto, compartirla en redes o pensar al respecto podría ser un tiempo valioso para conectarnos con los chicos o con nuestro rol como padres o madres. Subir cada detalle de su crecimiento genera presiones de las que no siempre somos conscientes y, mucho menos aún, sabemos cómo manejar. “Hoy Camilo no hizo nada gracioso para subir a las redes”, “hace mucho que no nos sacamos una foto toda la familia junta”, “qué van a pensar si lo ven comiendo chocolates tan chiquito”.
Una amiga me contaba que tiene un problema con su cuenta de Instagram: sus familiares se quejan cuando sube cosas del trabajo, y sus seguidores del mundo laboral se quejan porque sube muchas fotos de su hija. Por cosas como estas consideramos que es importante pensar en el sharenting antes del nacimiento. Muchas veces abordamos estos problemas con una lógica binaria (tan asociada a las tecnologías), cuando en realidad los enfoques mixtos pueden resultar más convenientes. Quizá haya redes para el área laboral y otras para temas personales. ¿Es necesario compartir fotos en redes o un grupo de WhatsApp cerrado es más seguro para mantener mi rol profesional (o cualquier otro) en mis redes sociales?
En lo personal pienso que cuanto más podamos conectarnos con nuestros hijos por fuera de las redes sociales, mejor (sobre todo cuando son bebés). No hace falta que sea extremo, pero sí tener claro que uno no es más o menos padre, peor o mejor madre por lo que digan las redes sociales.
Se está empezando a usar un término que resume de algún modo esta necesidad de salir del pensamiento binario. Oversharenting (que vendría a ser algo así como “demasiado sharenting” en inglés) se emplea para nombrar el uso excesivo de esta práctica: la sobreexposición. Entonces, si hay un uso excesivo, es que hay otro no excesivo, y ese es el equilibrio que debe encontrar cada familia. Si tus amigos dejan de seguirte en redes porque “ya no son tus redes, son las de tu bebé”, o si te llaman para preguntarte si pasó algo “porque ayer no subiste nada a las redes”, es hora de preocuparse, probablemente estés haciendo oversharenting.
Para reflexionar
¿Y qué pasa cuando los padres están divorciados o situaciones similares? Es otro tema en debate. En 2018 la Audiencia Provincial de Barcelona falló que la publicación en una red social de una fotografía de un hijo menor siempre requerirá del consentimiento de ambos progenitores. Y prohibió a los padres publicar fotos de su hijo menor en redes sociales, salvo conformidad o consentimiento de ambos al respecto (expreso o tácito).[16]
Sharenting para todos y todas: la familia y la escuela
Aunque la problemática del sharenting, desde la propia morfología de la palabra, involucra a los padres, el debate sobre cuáles son los límites al momento de publicar fotos de menores de edad los trasciende: los integrantes de la familia, los amigos y las instituciones educativas también son parte de esta cultura de exponer imágenes en internet, por lo que vale la pena analizar cómo impacta en estos grupos.
Según el citado estudio de Parent Zone, el 53% de los adultos manifestó haber subido fotos de menores que no eran sus hijos. Este grupo se reduce, mayormente, al resto de la familia y a los padres y madres de los amigos y compañeros de los menores. Abuelos y abuelas, tíos y tías, todos son hoy grandes difundidores de imágenes de los chicos en las redes, expertos en sharenting por decirlo de alguna forma.
Por eso, es recomendable que antes del nacimiento del bebé se charle en casa sobre sharenting. No es un tema para improvisar, tiene muchos matices, y es bueno tomar una decisión al respecto e informar al resto. Es importante involucrar tempranamente a los integrantes de la familia en esta decisión. Algunos evitan estas conversaciones porque pueden resultar incómodas; hoy en día quien cuida la privacidad es muchas veces tildado de raro, pero eso es algo que poco a poco irá cambiando. Además, pedirle a una persona que baje una foto una vez que la ha subido es mucho más problemático que tener una conversación previa y proactiva sobre cuáles son los deseos de los padres respecto de qué se puede y qué no se puede subir de su hijo o hija.
Además de las familias, las instituciones educativas son grandes actores involucrados en este tema. Hace unos años un amigo me mandó un mensaje por WhatsApp, que decía así: “Mirá esto. Clara empezó el jardín maternal, y en su cuaderno de comunicación esto es lo primero que nos piden. No sabemos muy bien qué decir”. La imagen que acompañaba el texto era una notita pegada en un cuaderno:
Queridas familias,
Les informamos que se subirán a nuestra página de Facebook imágenes grupales de los alumnos en diferentes actividades.
Autorizo a mi hijo/a .......................... de la sala .......................... a salir en publicaciones en la red social Facebook.
Notificación: ..........................
Aclaración: ............................
Fecha: ...................................
Mi primera respuesta fue: “Me interesaría muchísimo saber qué harán si decís que no”. Mi amigo aportó su análisis: “Decir sí es entregar mucho, al poner que sí pueden subir la foto de tu hija que se les ocurra. Si dijera para subir fotos de los actos, por ahí sí, pero autorizarlos a subir todo parece muchísimo”.
Mi amigo hace otra observación: la comunicación de la escuela presume que las familias darán su autorización, ya que no formula una pregunta ni ofrece la opción “No autorizo”. En este caso particular, la familia modificó la nota para dejar en claro que no autorizaba la publicación de fotos. El mismo padre me comentó sorprendido, unos días después, que había hablado con otras familias y ninguna había cuestionado la autorización: “La gente no cuestiona qué puede pasar con su información”. No, no lo cuestionan.
En primer lugar, vale destacar que la escuela actuó adecuadamente al pedir permiso, un punto de partida fundamental. Muchas instituciones educativas evitan el problema de que alguna familia diga que no, porque no consultan: las escuelas tienen su Facebook, su Instagram, y ahí se suben todas las fotos, sin consultar.
Para reflexionar en la escuela
Para las instituciones educativas, pedir consentimiento para subir imágenes no es solo una cuestión pedagógica y optativa, sino un tema legal y obligatorio. Muchas leyes, normativas y regulaciones confirman el derecho a la privacidad y la necesidad de pedir consentimiento a las familias para difundir imágenes de un menor.
En la Argentina estos marcos legales tratan el tema: Código Civil y Comercial de la Nación (Ley 26.994), Ley de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes (Ley 26.061) y Ley de Protección de los Datos Personales (Ley 25.326).
Si se preguntan qué pasó en el jardín maternal del que hablamos, la consecuencia inmediata de responder negativamente cuando nadie lo esperaba fue una reunión. Pongámonos ahora en el lugar de la institución educativa, ¿cómo resolver la situación con las familias que sí autorizaron? De hecho, muchas de esas familias no solo autorizaron, sino que incluso solicitan (y aplauden y aclaman) que la escuela cuente en redes qué hicieron sus hijos e hijas en el jardín. Por supuesto que durante la reunión apareció la idea de que cuando tomen fotos, “vamos a tener que pedirle a Clara que se corra”. Porque ante el desconcierto, la primera reacción suele ser un poco a la defensiva. Aunque es una opción, no parece la mejor para la experiencia de la niña en el colegio. Finalmente, la reunión llegó a lugares más productivos y pudieron encontrar soluciones alternativas. Por un lado, la familia dio su consentimiento para subir a Facebook fotos de su hija en situaciones más específicas, en particular, cuando se trate de toda la salita en una actividad especial. Por el otro, la institución decidió no subir imágenes a las redes: todos los viernes envía un correo electrónico a las familias de la sala para mostrar las actividades de la semana, que incluye fotos de los chicos mientras las realizan.
A partir de este caso, podemos preguntarnos por qué una institución educativa decide publicar fotos de sus alumnas y alumnos en Facebook. Hay dos grandes argumentos a favor, asociados sobre todo a la comodidad. El primero: todos los padres tienen Facebook, entran cuando quieren y pueden ver las fotos. El segundo: a la escuela le permite simplificar la comunicación y mostrar su trabajo de forma sencilla.
Pensemos, entonces, en la solución que encontró el jardín maternal. Reemplazó un espacio en una red social al cual muchas personas no relacionadas con los chicos más allá de coincidir en la institución educativa podían tener acceso, por un medio cerrado, que solo llega a las familias de la salita, conservando el objetivo de mantenerlas informadas (y con fotos).
Este ejemplo pone en evidencia algo que volverá varias veces a lo largo del libro y es que tendemos a resolver las problemáticas que presenta la tecnología de forma binaria: se sigue haciendo lo que se hacía o se deja de hacer. Y actuamos de ese modo porque en cuestión de tecnología con frecuencia no sabemos por qué hacemos las cosas como las hacemos. Muchos hábitos son producto de la inercia, de la pericia de quienes desarrollan las tecnologías y, fundamentalmente, de la velocidad o la ansiedad. Es decir, no hay un trabajo analítico de decisión. Tan solo hacemos lo que nos es impuesto, o nos resulta cómodo, o lo que hacen los demás.
Y la inercia tecnológica es, si se quiere, la raíz de todos los males. Porque en este, como en otros temas, veremos que entre los “inércicos tecnológicos” fanáticos del sharenting y los paranoicos informáticos que creen que cada foto es el triunfo del mal, hay muchos grises que nos permiten aprovechar las tecnologías sin poner el riesgo ni la salud ni la seguridad de los chicos (y tampoco de los adultos). Ese equilibrio solo resulta posible si nos relacionamos con la tecnología desde un lugar más reflexivo y menos apático.
Veamos cómo siguieron trabajando en el jardín. Antes de solicitar autorización escrita, en las entrevistas con las familias se conversa siempre sobre el tema de las redes, para que no sea una sorpresa cuando llegue en el cuaderno. Además la autorización tiene dos opciones: si las familias autorizan a subir imágenes a las redes o si autorizan a que se envíen por correo electrónico solo a las familias de la misma sala. Esta autorización se renueva todos los años si el alumno continúa en la institución.
Actualmente, de los casi cuatrocientos alumnos, solo catorce no cuentan con autorización para subir fotos a las redes, y una única familia tampoco autorizó la difusión por correo electrónico, lo que sugiere que quizá por ahí va la solución, un compartir más cerrado y controlado
Ahora bien, ¿qué pasa cuando no se autoriza el uso? ¿Cómo controlarlo? Las maestras de cada sala están informadas sobre las familias que no firmaron la autorización, para buscar un plano desde el cual esos chicos no salgan en la foto. Aunque esto parece una solución sana, me pregunto qué pasaría si los chicos que no pueden salir en las fotos dejaran de ser un grupo minoritario. ¿Cómo tomar una imagen si la mitad de la sala no puede aparecer? ¿Es posible? Esto me hace pensar que el tratamiento “por excepciones” quizá pueda funcionar un tiempo más, pero luego habrá que buscar soluciones “por consenso” y unificadas. Eso puede hacer que el camino a la privacidad resulte mucho más lento, pero probablemente más escalable.
En esa institución también se encontraron con padres que en principio no daban autorización, pero después de conocer las redes de la escuela, modificaron su decisión. Y algo más, que muestra claramente el estado de situación. El jardín ha recibido reclamos de algunos padres y madres porque otras familias que ingresan al jardín por una actividad de sus hijos toman fotos y las suben a sus redes personales. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de la institución en estos casos? Es otra de las preguntas que cada escuela debe responder y encontrar su equilibrio.
Investigando sobre el tema, conversé con la directora de jardín en una escuela de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cuyos aportes pueden resultar útiles para otras instituciones. Según me contaba, cuando las familias inscriben a sus hijos, les entregan el reglamento, que tiene un apartado dedicado a este tema:
| IMÁGENES DE LOS ALUMNOS EN LAS PUBLICACIONES DEL INSTITUTOLas publicaciones del Instituto (página web y otras) se constituyen en espacios de difusión y comunicación hacia las familias de las actividades que realizan los alumnos en su trayectoria educativa. Para tal fin requerimos la autorización de los padres para difundir estas imágenes con expresa consigna del contexto en el cual se desarrolla la actividad. |
La docente me confirmó que no habían tenido casos de familias que se negaran a firmar ese apartado. Sin embargo, vale destacar que las redes sociales del colegio son públicas, es decir, cualquier persona puede sumarse en Facebook o en Instagram y seguir las publicaciones. Esto significa que no hay ningún tipo de chequeo acerca de si quien accede a las imágenes es familiar de un alumno o alumna.
Al consultar por los hábitos, surgió una buena práctica: “Tratamos de que ninguna foto muestre a los nenes en situaciones que podrían ser tergiversadas o comprendidas con connotaciones sexuales. Intentamos que las imágenes siempre sean grupales, en festejos o en actividades”. También le pregunté si alguna familia se había quejado por el tipo de fotos publicadas y su respuesta me sorprendió: “No hemos tenido problemas por eso, pero sí alguna dificultad porque algunos padres se fijan cuántas veces publicamos a sus hijos, y se quejan si el suyo no aparece o aparece menos que los demás”. Y completó: “El tema es que al sacar solo fotos grupales, los nenes más participativos suelen aparecer más que los tímidos, pero intentamos que siempre estén todos”.
Para cerrar, les cuento un “caso de éxito” que conocí a través de la especialista en comunicación que maneja las redes sociales de una escuela del interior. El colegio tenía Facebook e Instagram y, con el transcurso del tiempo, el volumen de fotos subidas a las redes era cada vez mayor y también la cantidad de seguidores. Un dato relevante: como se trataba de perfiles públicos, la escuela no tenía control sobre quién veía las imágenes. En ese contexto, la responsable del manejo de redes decidió minimizar la cantidad de fotos públicas, especialmente cuando los chicos salían de campamento o viajes de estudio, ocasiones en que solía recibir por parte del cuerpo docente cientos de fotos para subir a las redes. En esos casos, decidió:
Empezar a utilizar las historias de Instagram para contar las cosas que pasaban durante el día, con una foto por actividad, aproximadamente entre cinco y diez fotos diarias. En las historias, las fotos desaparecen a las veinticuatro horas.
Al final del día, publicar diez fotos en Instagram y Facebook que resumieran lo más importante.
¿Se imaginan cuál fue la consecuencia? Efectivamente, lo padres empezaron a reclamar a los docentes por qué no subían tantas fotos como antes. Había razones de seguridad y de comunicación para esto. Desde el punto de vista de la seguridad, eran redes abiertas, no había control alguno sobre quienes tenían acceso. Además, había otros motivos para la responsable de redes: cada vez que subía imágenes, eso generaba potenciales notificaciones entre los seguidores, lo que podía ser abrumador y hacer que mucha gente dejara de seguir al colegio en redes. Asimismo, muchas personas se quejaban porque tenían que ver muchísimas fotos de los chicos que estaban de campamento ¡cuando no eran sus hijos! En otras palabras, las redes eran para comunicar cuestiones institucionales de la escuela para su comunidad, y no el día a día del campamento (excepto para los padres cuyos hijos estaban en ese campamento).
Esta situación motivó una reunión entre los directivos de la institución y la responsable de redes, donde se debatieron estas ideas y se llegó a la siguiente estrategia para cada campamento o viaje:
Se nombrará a un responsable de comunicación del campamento quien, a través de un grupo de difusión de WhatsApp, mantendrá informados a los padres con un mensaje diario y algunas fotos de la jornada.
Se creará una carpeta compartida en Google Drive donde todos los docentes podrán subir las fotos del día, sin límites.
Las redes se utilizarán solamente para comunicar una o dos veces el inicio y el fin del campamento, y alguna actividad especial, si valiera la pena destacarla.
Esta resolución es un excelente ejemplo de cómo se pueden encontrar formas de compartir imágenes de menores, sin exponerlos tanto y sin limitarnos a opciones binarias de subir todo o no subir nada.
Sin embargo, creo que hay otra variable. Cuando era chico tuve la suerte de ir a muchos campamentos. El campamento no terminaba cuando subíamos al micro de regreso: tengo el vivo recuerdo de cómo era llegar a casa y contarle a mi familia las aventuras del viaje. ¿No nos estamos perdiendo algo como familia si cuando nuestros hijos regresan del campamento ya sabemos todo lo que vivieron? ¿No sería un gran momento ver las fotos juntos? Volveré sobre estos temas en capítulos próximos, pero no quería dejar de abrir la puerta antes de continuar.
Para reflexionar en la escuela
Directivos de instituciones educativas, les proponemos algunas preguntas para revisar cómo están trabajando con la problemática del sharenting.
¿Pedimos permiso a las familias para publicar fotos de sus hijos? ¿Qué hacemos cuando alguna familia no autoriza? ¿Tenemos un procedimiento para que esto no dañe al menor?
¿Nuestros perfiles en las redes son abiertos o cerrados? ¿Cualquiera puede leer los contenidos que publicamos? ¿Cómo los tenemos segmentados?
¿Tenemos perfiles en las redes (u otras plataformas) que sean cerrados y a los que solo se pueda entrar con invitación? Pueden ser muy útiles para segmentar cursos o salas, por ejemplo.
¿Pensamos en el correo electrónico, WhatsApp, Google Drive (o herramientas similares) como posibles reemplazos de las redes sociales pero más dirigidos?
¿Qué peso les damos a las imágenes en las comunicaciones? ¿Consideramos comunicar (o comunicamos) algunos temas con texto y sin imágenes?
Sharenting, ¿sí o no?
El sharenting es la primera decisión que debemos tomar en relación con las tecnologías y la crianza.
Publicar fotos de menores en internet ¿es un problema?
Publicar fotos de menores en internet no es un problema, pero sí tiene riesgos asociados.
Publicar fotos de menores en internet no es un problema, pero sí puede serlo si se hace en exceso.
Publicar fotos de menores en internet no es un problema, pero sí puede serlo si se hace como algo naturalizado y no como una decisión producto de la reflexión.
Publicar fotos de menores en internet no es un problema, pero sí lo es si no hay autorización para eso (es decir, si no se trata de nuestros hijos).
Publicar fotos de menores no es ni bueno ni malo, pero no puede ser un acto de inercia. Y si lo hacemos, debemos analizar cómo, cuáles son las reglas y cuáles los límites. Este axioma aplica especialmente a todo lo relacionado a privacidad.
No se trata de subir o no una foto a Facebook, sino de saber adónde lo hacemos: a un perfil abierto, a un perfil en el que aceptamos a cualquier persona, a un perfil en que solo tenemos a nuestros familiares. Por ejemplo, si subimos una foto a Instagram, ¿lo hacemos filtrando mejores amigos o a todos los contactos?
Publicar y compartir no es lo mismo. No todo debe terminar en redes, hay cosas que pueden ir por mensajes privados de WhatsApp, correo electrónico, un recurso compartido en la nube o algún otro medio menos expuesto que las redes.
No se trata de una decisión binaria, sino de una postura con matices ante una problemática más grande que el sharenting: la privacidad. Y son decisiones que se toman cuando los hijos nacen, pero que se puede seguir revisando y ajustando a lo largo de los años.
Para reflexionar
Más allá de las opciones y soluciones que fuimos presentando a lo largo de este capítulo, hay otro tema de fondo relacionado con el modo en que la tecnología impacta en la infancia: el rol de la imagen.
¿Qué pasaría si las familias o las instituciones educativas subieran textos o historias en lugar de imágenes o videos? ¿No se podría mantener el deseo de compartir sin exponer tanto la imagen?
Testimonio Luego de leer la nota periodística “Stop al sharenting…” (citada antes) en la que expresaba su opinión, decidí consultar a Fátima Noriega, a quien sigo en redes y que sube casi a diario fotos de su hija. Como no podía ser de otro modo, me sorprendí con sus respuestas y aprendí mucho, por eso quiero compartir otra perspectiva.
“A nosotros nos funciona. No me gusta recomendar nada en relación con la paternidad y la maternidad porque es muy personal y a mí no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Hacemos lo mejor que podemos”.
Lo más interesante, creo yo, es que ella siempre destaca que publicar fotos de Emilia es una decisión consciente, que viene potenciada por una vivencia que ella y su esposo tenían en las redes antes del nacimiento de su hija: “Ya nos había pasado antes con el casamiento. Por ejemplo, mi marido terminó poniendo fotos de las corbatas para que la gente elija cuál usar. Es decir, nosotros ya veníamos compartiendo momentos de nuestra vida y nos divertíamos mucho con eso. Y así se fue dando. Cuando anunciamos el embarazo tuvimos una linda repercusión, y entonces empezamos a contar cada paso de esos nueve meses. Cuando nació Emilia, mi marido publicó la primera foto en la sala de partos. Aunque todavía no habíamos hablado al respecto, enseguida fue un tema que charlamos muchísimo desde el día que nació hasta hoy”.
Este me parece un excelente punto de partida: es una decisión dialogada.
“Me parece un poco ingenuo pensar que, con lo que yo uso las redes, no ponga nada de lo más importante de mi vida, que es mi hija. Por lo tanto, lo mejor, para mí, es tomar precauciones. Lo que más miedo nos daba a nosotros era el tema de la seguridad, que le pasara algo a ella por mostrar dónde está o algo así. Por eso nunca publicamos fotos mientras estamos en un lugar si se puede identificar fácilmente. Por otra parte, como conozco el tema de la pornografía infantil,[17] no subimos ninguna foto que pueda tener alguna connotación para ese tipo de gente. No expongo ninguna parte íntima de su cuerpo ni ninguna situación que se acerque a algo íntimo”.
Le consulté entonces por el tema de la intimidad, si no creía que era un derecho de los menores decidir sobre sus fotos en las redes. “No es el tema que más me preocupa, honestamente. Yo tomo decisiones por ella todos los días. Podrán gustarle o no en un futuro y seguramente tendrá que soportar algunas. Este caso es uno más. En cuanto entienda y quiera que yo no publique, por supuesto será su decisión y la respetaremos. Mientras tanto tomo los recaudos de no publicar nada que crea que pueda avergonzarla en un futuro: no pongo fotos de ella llorando, no escribo nada escatológico, no comparto una foto en la que salió fea. Siempre comparto momentos lindos, momentos en los que se la ve feliz, jugando, radiante, graciosa”.
Y por último, hizo hincapié en la importancia de entender el sharenting como una decisión, no solo propia, también hay que respetar las decisiones de otros: “Mi familia respeta mi decisión y yo la de ellos. No publico fotos de mis sobrinas, por ejemplo, ya que sus padres no lo hacen y no usan Twitter, así que yo no las expongo. Tampoco lo hago con ningún otro niño, obviamente. Ni siquiera con la hermana de Emilia, que no es hija mía. Exponerla o no es decisión de sus padres”.
Fátima también destacó que tiene una cuenta cerrada, es decir, solo pueden leerla quienes ella autoriza, y agregó una última variable: “Pero la otra parte, la más fuerte y la que más me impresiona, tiene que ver con la cantidad de gente que nos escribe con problemas tremendos y nos dice que Emilia les saca una sonrisa, les hace pasar un momento lindo”.
¡Gracias, Fátima, por sumar tu testimonio!
Segunda decisión: ¿cuándo dar acceso a las tecnologías?
Una vez analizada la cuestión de la imagen de los niños en las redes sociales, aparece claramente una segunda decisión a tomar: ¿cuándo es el momento apropiado para que los chicos entren en contacto con la tecnología? Como ya dijimos, no es extraño hoy en día ver a bebés con una tablet o un celular en sus manos, accediendo a un jueguito o a un video. Cuándo es el momento apropiado para dar acceso a estas tecnologías es una duda lógica que, sin embargo, no todas las familias tienen.
A veces por la bendita inercia de la que hemos hablado, suele omitirse este paso y, por falta de tiempo, conciencia o dedicación, no es tema de reflexión en familia. Una gran parte de los problemas de salud y seguridad con las tecnologías que tienen los menores no son producto de malas decisiones, sino de ausencia de decisiones.
De más está decir que en los primeros años de vida (hasta los 5 años, pero especialmente de 0 a 2) no es apropiado tener un dispositivo propio. Sin embargo, a medida que crecen aparece el dilema de cuándo es el momento de que entren en contacto con tecnología a través de dispositivos familiares compartidos: mirar televisión o un video en el celular o tablet, jugar algún juego en una pantalla, estas suelen ser las primeras actividades que relacionan a los nativos digitales con la tecnología.
Durante muchos años, especialmente en la era de la televisión, se utilizó la regla del 2 × 2 recomendada por la American Academy of Pediatrics [AAP, Academia Estadounidense de Pediatría]:
Sin pantallas hasta los 2 años.
Dos horas de pantalla por día desde los 2 años (y durante toda la infancia).
Sin embargo, esta regla tiene más de veinte años, fue diseñada en la época de la televisión, sin celulares, tablets, computadoras, smart TV ni consolas de videojuegos alrededor. Aunque no hay motivos para creer que una pantalla sea menos nociva que otra, sí es lógico pensar que con el exceso de pantallas en el hogar, cumplir con esta regla es una tarea cada vez más compleja y titánica para las familias a medida que los hijos crecen, y al mismo tiempo, a diferencia de la TV, las computadoras, tablets, sitios web, etc., hoy dan acceso a muchísimos recursos que pueden ser muy valiosos en la infancia. Es por ello que la regla del 2 × 2 ha ido mutando, pero lejos de irse al otro extremo, solo se están planteando algunas adaptaciones para buscar un equilibrio. En 2016, la AAP publicó una revisión[18] de esta regla con algunas adaptaciones que incluyen:
Bajar la edad “sin pantallas” de 2 años a 18 meses.
Permitir en esa primera etapa (hasta el año y medio) el uso de videollamadas para comunicarse con familiares e incluso espacios aislados de “televisión de calidad”, pero siempre acompañados de un adulto.
Entre los 2 y los 5 años, limitar el tiempo de pantallas a una hora por día, siempre acompañados de un adulto.
A partir de los 6 años, los niños necesitan un plan de uso, con límites para asegurar que la pantalla no afecte espacios de sueño, juego, conversaciones y actividades físicas. En esta etapa, se elimina la restricción de las dos horas diarias como límite, lo cual es totalmente razonable dado el contexto.
Como podrán ver, a pesar que las nuevas recomendaciones son un poco más laxas que la vieja regla del 2 × 2, los cambios no son radicales, y sigue vigente controlar y limitar el tiempo que pasan los chicos ante las pantallas. En resumidas cuentas, aunque la regla relaja y amplía el espectro a medida que los chicos crecen, las recomendaciones para los primeros años no son tan distintas, e incluso, en algunos aspectos, más limitadas (hasta una hora de pantallas hasta los 5 años). Estas recomendaciones no son exclusivas de los Estados Unidos, y se condicen con publicaciones de otros países, como la Sociedad Argentina de Pediatría[19] o el Ministerio de Salud australiano.[20]
Ahora bien, ¿cuáles son los riesgos de exponer a bebés y niños a las pantallas? Porque convengamos que todo esto lleva trabajo, y es importante saber cuáles son los beneficios para la salud y la seguridad de hacer este esfuerzo. Aunque no hay una visión unificada o consenso científico sobre cuáles son los problemas de las pantallas en la primera infancia, sí hay numerosos estudios que analizan daños específicos, y gran cantidad de correlaciones (es decir que se observó determinada tendencia entre el tiempo en pantalla y algo perjudicial, aunque no se pudo probar causalidad aún). Además, cuando uno va a “la calle” y consulta a maestras jardineras o pediatras, todos parecen coincidir. Veamos algunos datos.
Como gran categoría aparece, en primer lugar, el desarrollo cognitivo. En los primeros años de vida se dan oportunidades únicas de aprendizaje que pueden verse limitadas si se extiende el tiempo en pantalla. Los celulares, las tablets o los televisores no pueden reemplazar la interacción que se produce al jugar con otros, el contacto físico (con personas u objetos). Estas actividades son necesarias y, aunque algunos estudios muestran que los niños podrían aprender a través de aplicaciones interactivas (en breve hablaremos de calidad versus cantidad), no hay evidencia alguna de que ese aprendizaje arroje un beneficio respecto del aprendizaje por medios no digitales y, a la vez, hay riesgos asociados que no vale la pena correr.
Las maestras jardineras con las que conversé coinciden en señalar dos aspectos vinculados con el tiempo en pantallas: la falta de contacto y los problemas de lenguaje. Cuando los niños están con las pantallas, están solos, no hay contacto con otros adultos ni con hermanos, y quedan muy retraídos. Si bien hay aplicaciones interactivas, en la primera infancia son mucho más frecuentes las aplicaciones para mirar. Y la soledad que implica mirar por mirar contrasta con las necesidades de interacción con otros. El tiempo ante las pantallas debe ser siempre con un adulto al lado. En cuanto a los problemas de lenguaje, una maestra me dijo: “Creo que las fonoaudiólogas se están agarrando la cabeza. Antes los nenes iban a consulta porque les costaba pronunciar una palabra o una letra, y ahora reciben consultas de chicos de sala de 2 porque directamente no hablan. Esto es algo nuevo”.
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