Kitabı oku: «Pensamientos y afectos en la obra de Elizabeth Jelin»
Edición: Buenos Aires, 1ra. edición marzo de 2022, 200 ejemplares.
ISBN: 978-84-18929-15-1
Depósito legal: M-32388-2021
Código THEMA: NHTB [Social & cultural history]; JHMC [Social & cultural anthropology]
Código BISAC: SOC002010 [Anthropology / Cultural & Social]; SOC008000 [Ethnic Studies / General]
Código WGS: 720 / Social sciences, law, economy / Sociolog; 725 / Social sciences, law, economy / Urban and regional sociology
© 2022, Miño y Dávila srl / Miño y Dávila editores sl
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Índice
1. Introducción, por Sergio Caggiano, Silvina Merenson y Sebastián Pereyra
2. Derechos humanos, memoria y género, por Catalina Smulovitz
—Parte I— Dimensiones entrelazadas de diferencia y desigualdad
3. Género, familia y políticas sociales, por Marcela Cerrutti
4. Un entendimiento de las relaciones sociales despojado de preconceptos apologéticos: CLASPO, o investigar la acción local en un cambio de época, por Carlos Acuña y Gabriel Kessler
5. Acerca de las múltiples temporalidades, del trabajo femenino y de las familias, por Orlandina de Oliveira
—Parte II—
El lugar de los actores sociales en la producción de conocimiento
6. Revisitando “El lugar de los actores sociales en la producción de conocimiento”. ¿Actores sociales o articulaciones identitarias? ¿Solamente la voz, o también los cuerpos? ¿Únicamente sus representaciones, o también sus afectos?, por Pablo Vila
7. La pasión según Elizabeth Jelin. Exploraciones entre la autobiografía, las inquietudes intelectuales y los problemas sociales, por Eleonor Faur
8. Luchas ciudadanas, voces descentradas. Los diálogos de Elizabeth Jelin con el movimiento de derechos humanos de Argentina, por Enrique Salvador Andriotti Romanin
—Parte III—
Temporalidades y escalas: la heterogeneidad de los objetos
9. Jelin y la reapropiación de los estudios sobre nuevos movimientos sociales en América Latina, por Sebastián Pereyra
10. Tiempos de memorias. Aportes, dilemas y reflexiones sobre los pasados que no pasan en la obra de Elizabeth Jelin, por Ludmila da Silva Catela
11. Diálogos compartidos sobre la construcción de memorias, por Susana G. Kaufman
12. ¿Son los historiadores emprendedores de memoria?, por Aldo Marchesi
—Parte IV—
La acción y la norma: ciudadanía y derechos
13. De nociones y paraguas. Apuntes sobre “ciudadanía” en los trabajos de Elizabeth Jelin, por Silvina Merenson
14. Diálogos con Shevy sobre derechos humanos, responsabilidades y ciudadanía, por Kathryn Sikkink
15. Lo académico es político. Un diálogo intergeneracional a partir de la obra de Elizabeth Jelin, por Guido Sciurano y Mario Pecheny
16. Subjetividad, afectos, producción de conocimientos y democracia, por Teresa Valdez
—Parte V—
El fuera de campo: experiencias más acá y más allá de los textos
17. El oficio de la socióloga. Preguntar, escuchar, hacer, por Sergio Caggiano
18. Abrir espacios, generar vínculos, investigar colaborativamente, por Laura Mombello
19. Amistad y carrera. La importancia de Elizabeth Jelin, por Bryan Roberts
20. La otra obra. Formación de nuevas generaciones, construcción de redes e instituciones, por Alejandro Grimson
21. Epílogo, por Elizabeth Jelin
Bibliografía principal de Elizabeth Jelin
1
Introducción

Sergio Caggiano, Silvina Merenson y Sebastián Pereyra
A comienzos de 2018 surgió la idea de imaginar un modo de compartir algunas de las reflexiones, lecturas y experiencias que nos vinculan con Elizabeth Jelin y su obra. Comenzamos a reunirnos e intercambiar ideas con un grupo de colegas que habían sido formadxs por Jelin, que habían compartido proyectos de investigación en distintas épocas o bien que habían sido influenciadxs de distinto modo por sus textos. Esas primeras reuniones estuvieron muy marcadas por una pregunta sobre las características, alcances y el tono que podían tener esas reflexiones compartidas, o más bien colectivas. Este libro recupera el espíritu de esas conversaciones e intercambios e intenta reflejar la manera en que esas preguntas iniciales se convirtieron en una búsqueda. En una indagación sobre el modo de evocar la influencia y la relación dialógica que establecemos con las personas y las obras que son importantes para forjar nuestros modos de pensar y de llevar adelante el trabajo de investigación en ciencias sociales.
Desde el inicio estuvo claro que no buscaríamos reeditar un formato tradicional de homenaje, queríamos evitar ese tipo de solemnidad. Más bien nos interesaba abrir un tiempo y un espacio que nos permitiera pensar junto a ella y a su trabajo. Para nosotrxs, pensar junto a Elizabeth Jelin implica debatir ideas, consideraciones teóricas y metodológicas, escuchar sus recomendaciones y tomar nota de sus señalamientos en un entorno afectuoso, hecho de paseos, caminatas, viajes y comidas compartidas, de momentos más o menos extensos que intersectan biografías y trayectorias académicas. De ese modo resultaba cada vez más claro que nos interesaba proyectar colectivamente y amplificar nuestros modos de relación con Shevy y con su obra. Generar un espacio reflexivo que pudiera reponer y cobijar esos modos de relacionamiento.
Barajamos diversos formatos: desde jornadas académicas tradicionales que nos permitirían reunirnos personalmente para hacer lo que todxs conocemos, hasta innovadoras performances y expresiones artísticas para el desarrollo de las cuales nos confrontamos con nuestras propias limitaciones. Las idas, vueltas y rodeos de este proyecto –que fue cobrando forma en la medida en que fuimos dialogando con las autoras y autores que lo integran– decantaron finalmente en este volumen colectivo. Un libro que incluye una variedad de perspectivas y experiencias como las que suponen los modos de relación con una trayectoria como la de EJ, que a lo largo de seis décadas ha conectado preocupaciones y temas de investigación, colegas e instituciones. Los textos que componen Pensamientos y afectos en la obra de Elizabeth Jelin conforman un ensamble narrativo que se mueve entre tonos más íntimos y personales y apreciaciones sobre los aportes y contribuciones de su obra. Los capítulos se desplazan en el vínculo de uno y otro registro, indicando su continuidad.
En medio de ese proceso, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) tomó la decisión de editar Las tramas del tiempo: Familia, género, memorias, derechos y movimientos sociales, una antología esencial de la obra de Jelin, que contó con la participación de algunxs de quienes formábamos parte de estas conversaciones. Así, de modo involuntario y azaroso quedó conformado un tándem entre las dos publicaciones que resulta fructíferamente complementario. Por un lado, una antología que pone a disposición y organiza los textos más importantes de la obra de Shevy a partir de tres núcleos conceptuales fundamentales y, por otro lado, este volumen colectivo en el que colegas de distintas generaciones y con distintas pertenencias y recorridos académicos e intelectuales podemos restituir nuestros diálogos con la persona y con la obra. Quienes quieran entablar o recuperar una conversación con las contribuciones de EJ a las ciencias sociales pueden visitar la antología. Quienes quieran entender cómo esos aportes se encarnan en intercambios y lecturas de distinto tipo, en condiciones de recepción y también en experiencias vitales variadas, pueden avanzar en el recorrido que las páginas de este libro proponen.
El itinerario que puede encontrarse aquí resulta de la composición de una trama colectiva hecha de ideas, imágenes, palabras y afectos. Fechas, ciudades, generaciones confluyen en referencias y citas de la producción académica de Jelin, influencias en y de sus lecturas en los más diversos campos de investigación, anécdotas y recuerdos que la tienen como protagonista, registros de su tenaz compromiso en la construcción institucional. Como muestran muchos de los textos reunidos aquí, la disección resulta una tarea bastante infructuosa. Los modos de pensar, sentir y hacer de EJ lo resisten.
El proceso de confección de este volumen fue principalmente artesanal, con movimientos un poco deductivos, un poco inductivos. Definimos primero cuatro secciones o ejes principales que, a nuestro juicio, sintetizan bien los distintos modos de hacer investigación de Shevy, de afrontar y configurar sus objetos, de desplegar sus maneras de abordarlos. Una suerte de catálogo del oficio entendido a su modo heterodoxo. Rasgos de la ontología, la epistemología y la metodología que EJ compone en sus diferentes trabajos. Una serie de entradas a los aportes de Shevy a las ciencias sociales y a nuestras lecturas sobre esos aportes. Esos cuatro ejes son, por decirlo de algún modo, transversales a los núcleos temáticos de su producción: (1) dimensiones entrelazadas de diferencia y desigualdad, (2) el lugar de los actores sociales en la producción de conocimiento, (3) temporalidades y escalas: la heterogeneidad de los objetos y (4) la acción y la norma: ciudadanía y derechos. A su vez, a medida que fuimos recibiendo las contribuciones en cada una de esas partes se fue haciendo explícita la ausencia o la omisión de un quinto eje, que finalmente se agregó al índice definitivo: (5) el fuera de campo: experiencias más acá y más allá de los textos. Y es que, efectivamente, tomamos conciencia de que habíamos pensado esos ejes originales exclusivamente en un plano de ideas, de abordajes, de recortes y conceptos. Al hacerlo pudimos identificar claramente otros elementos relacionados con los modos de hacer investigación de EJ que tenían menos que ver con ese plano y más con las interacciones y las relaciones interpersonales. Es decir, que las dimensiones más puramente intelectuales de ese modo tan particular de hacer ciencias sociales no abarcaban de modo completo esos otros aspectos que pudimos reconocer como muy significativos.
Estos ejes que dan forma a la estructura del presente volumen colectivo no son autoevidentes. Requieren alguna presentación y desarrollo para que cumplan su función, como una suerte de hoja de ruta, de mapa del recorrido que estamos proponiendo.
La primera parte del libro se titula “Dimensiones entrelazadas de diferencia y desigualdad” y se concentra en un tema recurrente a lo largo de la obra de EJ, a saber: el modo en que se vinculan e interrelacionan diferentes planos de la desigualdad o diferentes tipos de desigualdades con aspectos que tienen que ver con la diferencia. En los últimos años, la difusión de la perspectiva interseccional, como todo fenómeno de instalación de agenda, ha cobijado una tensión de mostración y veladura. Incitada por esa tensión, EJ recuperó recientemente algunos aportes clave en las ciencias sociales latinoamericanas antes del giro interseccional. Revisó trabajos del siglo XX sobre desigualdades de clase, género, raza y etnia, procurando ver cómo habían abordado los entrelazamientos entre estas dimensiones (ver Jelin, 2021).
Es posible hacer una revisión semejante en su propia trayectoria. El modo en que ha definido sus problemas de investigación empírica conduce a poner en primer plano la interrelación de múltiples dimensiones de diferencia y de desigualdad. El problema de investigación es, desde luego, puesto por delante, y es definido en relación con el modo en que lo definen los actores sociales involucrados. Con preferencias teóricas y políticas, claro está, pero sin que ellas guíen la investigación. Si los movimientos sociales y los sindicatos, las familias, los derechos humanos y ciudadanos o las memorias van siendo lo que distintos actores en pugna hacen con ellos y alrededor de ellos, ¿cómo sería posible indagar cualquiera de estos campos desde una dimensión única? La perspectiva feminista enseñó a EJ que las presuntas obviedades (sindicato = clase social, familia = género, ciudadanía = nacionalidad y otras) no solo eran improductivas, sino un refugio para las relaciones de poder. También le mostró que así como las diferencias engendran desigualdades, las desigualdades producen muchas de las que se presentan como meras diferencias.
En los aportes de Shevy al feminismo y a la consolidación de una perspectiva de género en las ciencias sociales latinoamericanas esta tensión entre desigualdad y diferencia es crucial. En sus trabajos sobre familia y sobre el empleo de las mujeres es sin duda uno de los temas principales. Pero representa también una clave de lectura de todos sus trabajos. ¿Cómo no mirar con ese prisma la decisión de consagrar un estudio específico a los movimientos de mujeres y a las mujeres en movimiento dentro del mapeo de nuevos movimientos sociales en los años ochenta? Shevy tematizó también de modo explícito las tensiones entre desigualdad y diferencia en sus textos sobre ciudadanía, en los cuales propone desandar las certezas de las definiciones generales y abstractas y reconstruir los procesos de lucha y conflicto que no siempre expresan de modo coherente la búsqueda de la igualdad y el reconocimiento de la diferencia. Como dijimos, la producción de ideas y las apuestas institucionales no son aspectos diferenciados en la biografía de Jelin; así, la consolidación de la desigualdad como tema para las ciencias sociales en América Latina se vincula también con el desarrollo de proyectos y redes –muchas de alcance internacional– que la tuvieron como protagonista.
La segunda parte, “El lugar de los actores sociales en la producción de conocimiento”, introduce su preocupación temprana y sistemática por favorecer las perspectivas contemporáneas que destacan el punto de vista de los sujetos en la producción de conocimiento. ¿Cómo pueden ser escuchados lxs subalternxs, excluidxs, oprimidxs, desfavorecidxs? Esta podría ser una pregunta válida. Sin embargo, para EJ el diálogo es más intrincado. El camino al texto sociológico se nos presenta como un firme empedrado, aunque el apisonado esté hecho de cegueras y sorderas. Se trata de producir conocimiento sociológico haciéndose cargo de ello. ¿Reflexividad? Podría ser, como una pequeña parte del trabajo. Pero sin “ombliguismo”, como dice Shevy de entrecasa.
Si bien la reflexividad suele colocar en el centro de la escena la jerarquización de saberes… suele también dejarla intacta. Por eso la tarea es otra. La pregunta, entonces, podría ser: ¿cómo dejan su trazo las palabras de los “actores sociales” en nuestros textos? En algunos pocos pero significativos textos de EJ la cantidad de citas violan las normas de publicación de cualquier revista bien indizada. En los que casi no tienen citas, hay muchas preguntas. No es que haya más inquietudes que respuestas. Hay respuestas que inquietan.
El entrenamiento y el ejercicio se despliegan en varios frentes porque el intrincado diálogo involucra a más interactuantes. ¿Quién escucha y quién es escuchadx, cómo se habla, cómo se registra, quién leerá, dónde circularán las voces que habitan nuestra palabra sociológica? En el norte EJ es una intelectual del sur (del “Sur Global”, como se dice por estos días), y en el sur sabe mostrarse recelosa de las muy pegadizas epistemologías del sur. Esgrime una suerte de “basismo” en los foros de élite y hace años que importuna a sus vecinos colocándolos delante de su propio porteñocentrismo. Y estos no son simples “efectos de campo”. Se trata de una dislocación del “sujeto de conocimiento” que impacta de lleno en cuáles serán las múltiples voces que habiten nuestros textos.
Muchos de los trabajos en este aspecto muestran lo difícil e importante que es evitar que en nuestras investigaciones se pierda la huella de la acción y la palabra de aquellos que finalmente hacen posible nuestro trabajo. Pero se trata no simplemente de incluir sus testimonios, de reemplazar nuestros puntos de vista por el de aquellos a quienes entrevistamos u observamos sino de la compleja tarea de restituir el mundo que habitan, sus contradicciones y conflictos. No transformar nuestros textos en artefactos tan abstractos que pierdan todo contacto con esa vida social que intentan interpretar y descifrar. Sabemos, y las contribuciones de este libro así lo señalan, que Podría ser yo o el texto sobre Eldorado son referencias ineludibles en este aspecto.
La tercera parte del libro, “Temporalidades y escalas: la heterogeneidad de los objetos”, aborda la recurrente preocupación de EJ por la temporalidad. Shevy ha ayudado a sus interlocutores a comprender que el desafío de las temporalidades es más arduo de lo que aparenta.
Tiene al menos dos caras y cada una tiene muchos pliegues. Una cara es la de la heterogeneidad temporal de nuestros problemas. Ante cualquier objeto que tienda a convertirse en un objeto, EJ recuerda y proyecta la cuestión de la temporalidad, porque si nuestros problemas se cristalizan dejan de construir objetos de investigación para producir objetos de confirmación. La otra cara es la de la diversidad temporal de nuestras preguntas. Preguntamos desde coordenadas particulares, y cuando volvemos a preguntar tiempo después, solemos preguntar otra cosa. Nuestras herramientas conceptuales y metodológicas tienen ritmos y plazos, transcurren y se modifican. Se trata de historizar el conocimiento, es decir, indagar las condiciones específicas de producción de nuestros problemas e hipótesis. Pero el reto es también apreciar los múltiples tiempos de que están hechos nuestros problemas, porque las personas, los grupos y las instituciones viven sus vidas a destiempo. La imposición de un único tiempo como vara de medida de los demás no puede ser un supuesto, sino uno de nuestros primeros interrogantes sociológicos.
EJ ha tematizado explícitamente algunas de estas preocupaciones en torno a la ciudadanía y los derechos, y en el campo de la memoria las temporalidades se imponen desde un inicio. Por lo demás, dichas preocupaciones han habitado o alentado muchos de sus otros temas y campos. Cabe plantearse si en este, como en los otros ejes, no hay algo que invita a pensar el anclaje situado del conocimiento. La teoría económica producida desde América Latina en los años sesenta y setenta, como la teoría política un poco más tarde, tras las dictaduras en el Cono Sur, y la teoría sociocultural de los años noventa interpretaron muchos procesos sociales en la región partiendo de la idea de la convivencia de temporalidades diversas. Cabe pensar los aportes de Shevy al respecto como parte de este amplio campo de interlocución.
La contribución de Shevy a la estructuración de un campo de estudio sobre las memorias es crucial en este caso pero allí no se agota la cuestión. Sus textos sobre movimientos sociales, por ejemplo, muestran de modo claro que ese objeto de indagación se empobrece en la medida en que no podemos dar cuenta de su dimensión temporal. Tomarse demasiado seriamente la idea de que un movimiento implica la constitución de un actor colectivo puede inducir a error, considerando que lo propio de esos fenómenos es la dinámica, la transformación y la duración a lo largo del tiempo. Los trabajos de Shevy insisten de modo recurrente también en la historización de los conceptos, en la reivindicación de un pensamiento que incluye las asincronías y la variabilidad de los procesos históricos y que, por tanto, desconfía de los modelos universalistas que tienden a registrar las especificidades locales o las trayectorias alternativas como patológicas.
La cuarta parte se titula “La acción y la norma: ciudadanía y derechos” y atiende el modo en que EJ trabajó la clásica tensión entre el efecto generativo de la acción y su cristalización en órdenes institucionales. ¿Cuál es la relación entre las acciones humanas y las grandes estructuras?, ¿cuál la que se da entre las prácticas ciudadanas y las normativas y legislaciones que las regulan?, ¿cuál la existente entre las vivencias cotidianas y su registro o fijación en archivos, inscripciones y documentos? En las tres preguntas –que podrían extenderse– se abre una distancia común, un espacio que hace posible las preguntas sociológicas.
Shevy pareció eludir los debates teóricos en torno a este espacio y esta distancia, y sus pesados conceptos: sociedad/individuo, estructura/agencia, etc. Comprendió que tales debates teóricos solían sostener, con mayor o menor sofisticación, las dicotomías que buscaban criticar. Los trabajos empíricos que ha llevado y lleva adelante operan en dicha distancia, que es su condición de posibilidad. Por ello avanzan sin la pretensión de resolver la tensión (o sea, había que dar los debates teóricos de otra manera).
Esta posición epistemológica va de la mano de claras decisiones metodológicas: las interacciones y relaciones interpersonales son el punto de partida y no el de llegada. En todo caso, no pueden ser un simple efecto deductivo de la estructura. Las luchas sociales concretas definirán los intereses en juego y el perfil de los contrincantes mismos, no hay derechos si no se ejercen de manera concreta, las memorias no pueden encerrarse en una vitrina o en un cofre. Al mismo tiempo, la definición de aquellos intereses, la plasmación de los derechos en una ley o un protocolo, la construcción y reconocimiento de un documento o un monumento sobre algún fragmento del pasado son precisamente el objetivo de muchas de aquellas contiendas y ejercicios. Sus logros, punto crucial de los procesos hegemónicos, son apenas un momento en la historia, que abrirá paso a nuevas acciones, a ejercicios ciudadanos innovadores, a memorias retrabajadas.
Miradas en perspectiva, muchas de las investigaciones de Jelin dan vida a la tantas veces evocada articulación entre biografía e historia que, según Wright Mills, es constitutiva de la mirada sociológica. Anclar los grandes procesos de transformación social en contextos de vida cotidiana, como también poner en perspectiva los testimonios o los registros de campo son ejercicios que están siempre presentes en los modos de organizar y llevar adelante la investigación. En relación con la cuestión de la ciudadanía, o mejor dicho, de la consagración y garantía de derechos, este tema resulta ineludible. Si pensamos en derechos relacionados con las mujeres o las relaciones de género, derechos humanos, etc., la pregunta por las condiciones de posibilidad para la garantía efectiva de derechos, la pregunta incómoda por las formas de reconocimiento social o de disputa en relación con aquello que está consagrado en la ley son constantes.
Si bien este volumen no intenta realizar un análisis detallado y exhaustivo de la obra de EJ, sí busca evocarla en varias de sus facetas y eso incluye, como dijimos, elementos que tradicionalmente se ubican por fuera de la obra propiamente dicha. Apuestas de construcción institucional, formación, desarrollo de proyectos y armado de ámbitos de intercambio y cruce con pares son todas acciones que recorren la biografía intelectual de Shevy. No como obligaciones y aditamentos que complementan el trabajo intelectual sino como parte crucial del mismo. Hay una genuina concepción colectiva del oficio de investigación que vuelve a esas cuestiones un tema en sí mismo; un tema complicado. Sin instituciones y sin actividades que garanticen la reproducción de esas instituciones no son pensables nuestras trayectorias, nuestros recorridos e itinerarios como investigadorxs. Ahora bien, qué tipo de culturas de trabajo promueven esas instituciones es otra cuestión a la que suele darse menor importancia. ¿Promovemos en nuestras instituciones estilos de trabajo cooperativos o competitivos?, ¿colectivos o individuales? Recurriendo a otra referencia significativa podemos ver que Shevy apuesta por la voz, y no por la lealtad o la salida en relación con las instituciones que estructuran la vida de nuestras ciencias sociales. Reconoce su importancia y, en sus apuestas, les ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo. En ese aspecto Shevy parece apropiarse también de la preocupación de Wright Mills sobre la burocratización de la investigación social ligada a la estandarización de los métodos y a la consolidación académica y universitaria de las disciplinas. Lo hace propio cuando elige presentarse como “investigadora social” antes que como “socióloga”. Pero al mismo tiempo, parece reconocer en su trabajo institucional que ese horizonte es lejano en nuestro medio. Es el eco de una amenaza que se cierne sobre la creatividad y que tiene que ser mantenida a raya pero que, a la vez, no debe llevar a abandonar o desertar un proceso de estructuración de las ciencias sociales que es fundamental también para asegurar condiciones de producción razonables.
Por todo esto la quinta y última parte, titulada “El fuera de campo. Experiencias más acá y más allá de los textos”, hace lugar a su obra no escrita. Conscientes de la inevitable selección que supone delimitar una obra, ¿cómo no incluir, al lado de sus libros y papers, sus esfuerzos para generar condiciones de investigación, tejer vínculos y redes, abrir caminos y orientar recorridos? A propósito de la obra de Nietzsche, por ejemplo, Foucault se preguntaba –solo un poco en broma– sobre “los innumerables cuadernillos en los que se cruzan las anotaciones del lavado de ropa con los proyectos de aforismos”, sobre los esbozos abandonados, las cartas, las notas y las conversaciones. Por su parte, fue la compilación realizada por dos estudiantes de notas y apuntes de un curso dictado por Ferdinand de Saussure lo que permitió la edición de un libro que marcaría las ciencias sociales y humanas del siglo XX, como el Curso de Lingüística General. En el caso de Shevy, innumerables enseñanzas decantan de compartir con ella proyectos y emprendimientos, espacios de clase, discusiones grupales, devoluciones de avances e incluso encuentros fugaces, inspiraciones en medio de una búsqueda a tientas de esas que ella siempre ha estado dispuesta a emprender al hacer frente con otrxs a inquietudes y reflexiones.
En esta quinta sección, entonces, lxs autorxs rememoran e inscriben acciones, palabras habladas y cuerpos en el despliegue de investigaciones. Al hacerlo registran otros aspectos de su estilo de trabajo. Como otrxs autorxs en las otras partes del libro, rememoran caminatas y comidas informales compartidas, espacios donde las analogías pueden ser más osadas, las explicaciones menos acicaladas, los pensamientos abiertamente apasionados y las incertezas bienvenidas. Estas “producciones” no están en el papel. No forman parte de los objetos ni de los resultados de sus investigaciones pero son una clave fundamental de su saber hacer. Fueron y son lecciones que se entrelazan con las palabras habladas y los cuerpos en acción de colegas, estudiantes y tesistas y acaban moldeando prácticas en común.
En su obra no escrita puede apreciarse también hasta qué punto la trayectoria de Shevy es emblemática y paradigmática en relación con el proceso de institucionalización de las ciencias sociales en el país. Su orientación creciente hacia la investigación, el abandono o el distanciamiento de las figuras articuladoras de la cátedra y del intelectual (generalmente hombre), la ampliación y la diversificación de los estilos y modalidades de producción académica. También las interrupciones, los saltos, las incertidumbres. Se trata de la suma acumulativa de vaivenes que dan forma a una relación inescindible entre trabajo intelectual y compromiso político.
Estas páginas iniciales son una invitación a la lectura de los textos que conforman este volumen colectivo. Tienen la pretensión de ser indicaciones preliminares para mostrar la forma que finalmente adquirió la arquitectura de este proyecto. También pretenden hacer presente el material del que está hecho, pues en él está la gratitud. A Shevy, por supuesto, por los modos en que intervino e interviene en nuestras vidas. A las autoras y autores del libro, quienes generosamente contribuyeron con tiempo y esfuerzo a las conversaciones e intercambios que derivaron en sus textos, que han hecho de este libro una realidad más vasta y potente de lo que jamás imaginamos. En particular, queremos agradecer a Catalina Smulovitz por permitirnos publicar como puerta de entrada a esta compilación una versión editada de la maravillosa entrevista que le realizó a Shevy en 2018. También a Gerardo Munck y Martín Tanaka, originales destinatarios del material de la entrevista, quienes autorizaron su publicación. Al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) por su apoyo para la concreción de este proyecto. El CONICET ha sido y es una de las instituciones que funciona como punto de cruce entre nuestras biografías y la Shevy. El Consejo es un organismo muy vital –central– en el impulso a la producción científica en nuestro país. Resulta muy gratificante también mirarlo como un ámbito de encuentro y reconocimiento. Finalmente, un agradecimiento especial a Miño y Dávila por confiar en el proyecto y darle espacio a otro modo –bastante heterodoxo– de hacer público el trabajo de las ciencias sociales.
A lo largo del recorrido que llevó a la concreción de este libro fuimos imaginando muchos modos de lectura y muchos públicos diferentes. Quienes llegan por Jelin y por su obra, por supuesto, pero también quienes pueden tener interés en conocer de cerca, de modo menos formal, el trabajo de las ciencias sociales. Confiamos en que aquí encontrarán una parte de su historia presente, una parte de sus aportes a temas y problemas nodales que configuran nuestra realidad en común.
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Derechos humanos, memoria y género

Entrevista a Elizabeth Jelin por Catalina Smulovitz1
Introducción
Elizabeth Jelin nació en 1941 en Buenos Aires, Argentina. Recibió su título de licenciada en sociología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en 1962. Se doctoró en sociología, por la Universidad de Texas, Austin, en 1968. Fue Investigadora Titular del CEDES (Centro de Estudios de Estado y Sociedad) entre 1975 y 1993, y Directora del mismo entre 1978 y 1980. Es Investigadora Superior del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) de la Argentina y docente del Programa de Posgrado en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) desde 2003. Ha sido profesora e investigadora visitante en numerosas universidades (Princeton, Chicago, Oxford, Ámsterdam, Florida y Texas, entre otras).
Jelin trabaja sobre derechos humanos, las memorias de la represión política, la ciudadanía, el género, la familia, y los movimientos sociales. Las obras más conocidas de Jelin son: El hombre en una sociedad en desarrollo: movilidad geográfica y social en Monterrey (con Jorge Balán y Harley L. Browning, 1976); Los nuevos movimientos sociales, 2 tomos (1985, editora); Podría ser yo. Los sectores populares en imagen y palabra (con Pablo Vila y fotografías de Alicia D’Amico, 1987, reeditado con un volumen adicional en 2018); Ciudadanía e identidad: las mujeres en los movimientos sociales latinoamericanos (1987, editora); Construir la democracia: derechos humanos, ciudadanía y sociedad en América Latina (1996, co-editora); Pan y afectos: la transformación de las familias (1998, nueva edición en 2010); Los trabajos de la memoria (2002, reeditado en 2012 y en 2019); Fotografía e identidad: captura por la cámara, devolución por la memoria (con Ludmila Da Silva Catela y Mariana Giordano, 2010); Por los derechos: mujeres y hombres en la acción colectiva (con Sergio Caggiano y Laura Mombello, 2011); La lucha por el pasado. Cómo construimos la memoria social (2017); y Global entangled inequalities: Conceptual debates and evidence from Latin America (2018, co-editora). Varios de estos libros fueron publicados también en inglés.
Entre los premios que recibió Jelin se destacan el premio Konex en sociología (2006), el Premio Bernardo Houssay a la Trayectoria en investigación en ciencias sociales, otorgado por el gobierno argentino (2013), y el Doctorado Honoris Causa otorgado por la Université Paris-Ouest, Nanterre La Défense (2014).
Familia y juventud
— Empecemos por tu familia. ¿Quiénes eran tus padres?
— Mis padres eran judíos de un shtetl polaco, venidos a la Argentina. Eran de origen bastante pobre. Mi papá llegó en 1930. Es una historia que puede ser para una novela o una película. Mi papá tenía dieciocho años. Sus tres hermanas mayores habían migrado de Polonia a Estados Unidos antes de la Primera Guerra Mundial. Él era el menor de once hermanos. Después de la Primera Guerra Mundial, cuando Estados Unidos cerró la inmigración judía y puso cuotas, ya la camada siguiente de hermanos, en la década del veinte, empezó a venir a la Argentina. Mi papá fue el último, cinco vinieron antes que él: dos varones y tres mujeres. Él llegó a los dieciocho años, solo. La familia estaba instalada en Posadas, Misiones, de modo que mi papá entró por Brasil, por el puerto de Santos, pasó a Uruguay por Paso de los Libres, y entró a Posadas. En ese trayecto, por los vínculos de uno de mis tíos, que era comunista, lo recibían y guiaban familias comunistas judías del interior de Brasil.
Mi papá vino solo, sin saber la lengua. Sus hermanos mayores tenían un almacén de ramos generales y pusieron un almacén de ramos generales en Eldorado, un pueblo de la provincia de Misiones. El se fue a Eldorado y trabajó en el almacén y en el comercio de madera. Después, cuando nos mudamos a Buenos Aires (en 1946), se dedicó al comercio de la madera, en muy pequeña escala.
— ¿Y tu mamá?
— Mi mamá, que era hija de madre viuda, también la menor de como doce hermanos, se crió en el mismo pueblito de Polonia que mi papá. Ella era dos años menor que él. Se conocían desde chiquitos, cuando Polonia se convirtió en Polonia después de la Primera Guerra Mundial. Entonces todos los chicos del shtetl fueron juntos a la escuela. Mi mamá tenía seis años, y mi papá ocho. Se conocían desde siempre. Empezaron a ser amigos, medio novios, cuando tendrían doce o catorce años.
Cuando mi papá vino a Argentina en 1930, mi mamá tenía dieciséis, y hay una correspondencia entre ellos durante unos dos o tres años, que después se interrumpe. Es porque mi papá le dijo a mi mamá que se venga a la Argentina a casarse con él, y mi mamá dijo que no podía dejar a su mamá viuda. Luego la correspondencia se retoma en el 37, cuando mi mamá sí decidió venir a la Argentina. Hay cartas que incluyen la descripción de las dificultades de conseguir la visa para Argentina en el año 38. Ya estaba vigente la Circular 11 y las restricciones a la inmigración.2 Hay una carta maravillosa, que yo usé en un paper sobre Eldorado (Jelin, 2009), en que mi mamá narra el momento en el que consiguió la visa en el Consulado Argentino en Varsovia. Es conmovedora, por lo que cuenta de toda la otra gente desesperada, que no lo logró. Llegó en septiembre del 38. Mi papá fue a Montevideo a esperarla, y se casaron en el Hotel de Inmigrantes. Tengo el acta de matrimonio del Hotel de Inmigrantes, antes de que mi mamá pasara migraciones.
Esa es la historia del origen de esta llegada. Estuvieron ocho años separados. Enseguida, mi mamá quedó embarazada de mi hermano mayor, y ahí empezó otra historia.
— ¿Cuántos hermanos fueron?
— Nosotros fuimos cuatro. Un hermano mayor y tres mujeres.
— ¿Y dónde se criaron?
— La familia tenía una pata en Misiones y otra en Buenos Aires. Pero todos nacimos en Buenos Aires, por el servicio médico. Nos mudamos para Buenos Aires definitivamente en el año 46, por cuestiones de educación. Íbamos a la escuela del Estado en la mañana y a la escuela judía en la tarde. No es como ahora que hay escuelas judías que son integradas. Y la secundaría fue igual; yo iba a la escuela normal y al seminario judío. Te diría que en mis padres había una preocupación por la educación y la salud muy fuerte. Los movimientos de la familia eran por razones de educación o salud. Y eso fue un motivo central en toda la trayectoria.
Era una familia muy judía. Mi papá toda la vida fue un iconoclasta. Siempre contaba cómo, cuando tenía que ayunar en Iom Kipur, se escapaba con la bicicleta a comprar comida y comer por otro lado. Mi papá era un narrador excepcional, y le encantaba contar historias de su juventud y de cómo era Misiones en la década del treinta. Después una lo leyó y corroboró en los cuentos de Horacio Quiroga. Mi mamá era diferente. Hay que recordar que mi mamá vino en el 38 y toda su familia murió en la Shoah. Mi mamá siempre tuvo el síndrome de sobreviviente. Aunque no fue sobreviviente en un sentido estricto por no haber estado en un campo de concentración, fue la sobreviviente de su familia; salió de Polonia en el último momento. Vivió siempre con esa angustia, y con la necesidad de mantener lazos emocionales con su origen.
Estudios de pregrado, sociología en la UBA, 1958-62
— ¿Y cómo es que llegás a la sociología?
— Era muy estudiosa. Me salté unos años de la escuela primaria y secundaria. En el seminario judío, por el año 56 ó 57, tomé sociología. Se enseñaba en hebreo y lo daba una profesora que era la hija de uno de los grandes idishistas, que también era profesor nuestro. Presentaba una manera de pensar la sociedad que a mí me atrajo mucho.
Entré a la universidad en el 58, un momento en que se estaban creando carreras nuevas. Y entré sin saber qué iba a seguir. Primero pensé que iba a estudiar ciencias de la educación, por esta orientación de la época a ser maestra. En el seminario judío la parte didáctica era mucho mejor que en la escuela normal nacional. Después pensé en ciencias de la educación y sociología. Pero como el primer año era común, se podía postergar la decisión. En el primer año me hice bastante amiga de mis actuales amigas psicólogas, entonces me volqué más a la psicología. Empecé a tomar materias de psicología y de sociología, prácticamente todas las optativas. La idea de estudiar ciencias de la educación la descarté muy rápidamente, porque tuve una experiencia de ser maestra por un mes y me di cuenta de que no era lo mío. Me fui inclinando por el campo de las ciencias sociales. No estoy segura de por qué opté por la sociología sobre la psicología. Quizás fue por el entorno social de la carrera de sociología. Sociología era un mundo chiquitito, con compañeros y compañeras militantes; era un lugar donde había posibilidades de participar en trabajo de investigación.
Todo esto ocurría mientras yo tenía dieciséis años. Era la más chiquita de la facultad. Mi mundo era un mundo de gente que tenía unos años más que yo; muy pocos habían ingresado igual que yo.
— ¿En qué consistía la carrera de sociología en ese momento? ¿Qué temas se tocaban, quiénes eran los profesores?
— Gino Germani daba Introducción a la Sociología.3 Las materias de primer año (Historia, Filosofía) eran dictadas por profesores de otro lado. Tulio Halperín Donghi era adjunto de Luis Aznar, quien era el titular de Historia.4 Tulio daba las clases teóricas los sábados en la mañana, las daba a quinientos por hora y nosotros le pedíamos que baje el ritmo y no lo hacía. No podíamos tomar notas. En filosofía estaba Ángel Vassallo.
Luego, en el segundo año, Germani dio Sociología Sistemática; sus ayudantes eran Miguel Murmis y Eliseo Verón. Norberto Rodríguez Bustamante dictaba Teoría Sociológica; tenías que leer mucho Weber y Durkheim. La metodología la daban Germani y Mario Bunge.5 Esa fue una materia importante. Recuerdo el curso sobre la filosofía de la ciencia, con Bunge. También tomé un curso sobre lógica con Gregorio Klimovsky.6 Psicología Social la daba Enrique Butelman; estuve muy cerca de él y de su mujer. Fui ayudante de su cátedra, y trabajé también con Ida.
Torcuato Di Tella dio Sociología Industrial.7 Estaba también Jorge Graciarena que era una persona muy importante en el departamento: era como el segundo de Germani, y Ruth Sautu, la mujer de Graciarena en ese entonces.8 Otro de los profesores que recuerdo como uno de los mejores que tuve fue José Luis Romero.9 ¡Su curso sobre Historia Social era tan vívido! Era único, absolutamente espectacular.
— En esos tiempos, ¿venían muchos visitantes del extranjero?
— Sí, muchísimos. Y visitas muy importantes. Germani traía a gente de vanguardia. Los que venían siempre eran Irving Louis Horowitz y Kalman Silvert.10 Kalman Silvert daba un seminario de Política Comparada y Frida Silvert, su esposa, dio Sociología Urbana. Uno de los que visitó en esa época fue Eisenstadt.11
Uno de los más divertidos que vino, con quién hice mucho trabajo, fue Aaron Cicourel. Cicourel venía de la etnometodología, como Harold Garfinkel. Era de esos que te cuestionan todo. Ahora sería como una deconstrucción derridiana, pero de 1960 la etnometodología era una corriente en Estados Unidos que tenía que ver con “deconstruir” los sobreentendidos del sentido común. Hacían unos experimentos loquísimos. Por ejemplo, sabemos que cada uno tiene un espacio vital, que protege. ¿Qué pasa si estás tomando café en un bar y viene alguien, agarra tu tacita y se la toma? Te rompe por completo. Ellos usaban ese tipo de metodologías disruptoras para estudiar las normas sociales. Si se quiere, los parámetros de la vida. Hacían experimentos intrusivos. Cicourel estuvo bastante en Argentina, yo hice trabajo de campo y seminarios con él. Después escribió un libro basado en sus investigaciones en la Argentina (Cicourel, 1974).
Cicourel nos marcó. En la carrera había un paradigma dominante, que era el estructural-funcionalismo. Germani tenia un texto sobre marxismo, pero no es lo que más mostraba. Él priorizaba más la otra cara, lo que es la modernización. El marxismo se veía, pero no en la carrera misma. Había un paradigma dominante que era la Teoría de la Modernización, la secularización, la asincronía del cambio, el paso de la sociedad tradicional a la moderna, y todo ese tipo de cosas.12 Cicourel venía a romper eso de una cierta manera. No rompía el paradigma en su conjunto, sino los elementos que estaban en ese paradigma.
Otro que recuerdo es Albert Meister, un suizo-francés que vino en el año 61. Meister era de los que estudiaba comunidades y resistencias al cambio, a la francesa. Y a raíz de un convenio que había armado Germani se desarrolló un proyecto de investigación con Meister en San Juan, para trabajar con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y el Consejo Federal de Inversiones en una zona de San Juan que se llama Pocitos. Querían introducir una nueva forma de podar en la producción de olivo y la gente no aceptaba el cambio, tenía resistencias. El estudio era para ver cómo promover el cambio entre los líderes locales. Yo fui parte de un grupo de seis que fuimos tres meses a San Juan. Salíamos al campo a hacer entrevistas, a hablar con los líderes de opinión locales, que podían ser los almaceneros. Fue una experiencia importante para mí, por lo que aprendí en términos de investigación y por los líos políticos que se generaron por nuestra presencia en la zona. Tuvimos amenazas, propaganda en contra orquestada por la iglesia. ¡Hasta tuvo que intervenir el gobernador para que se pudiera completar el estudio!
— Vos terminás la carrera de sociología en el año 62.
— Sí, terminé de cursar en el 61, y termino la parte formal en el 62.
— Y luego te vas a México.
— Sí, yo me voy México en el 64. A esas alturas yo ya estaba casada con Jorge Balán;13 me casé en el 61.
Teníamos nuestros proyectos, pero muy poca plata. Torcuato Di Tella estaba a cargo de la Carrera en la UBA, y apareció un pedido de Víctor Urquidi, presidente del Colegio de México,14 que había decidido, junto con la economista Consuelo Meyer, crear una carrera de economía moderna en la Universidad de Nuevo León, en Monterrey. Ahí estaba metida también la Fundación Ford, que siempre andaba por ahí en algún lado. La idea era mandar a alguna gente de Monterrey a hacer posgrados para que luego pudieran volver como profesores. Esto también ocurrió en otros lados como manera de conformar el núcleo de un nuevo programa.
Por esta razón, Urquidi le preguntó a Torcuato si había alguien de Argentina que pudiera ir un par de años a Monterrey para hacerse cargo de Sociología del Desarrollo. Y Torcuato le ofreció esta oportunidad a Jorge. Este gesto era típico de esos tiempos. Cuando yo me casé con Jorge, éramos “los Balán.” Y si bien tuvimos carreras muy paralelas en esa época, si había algo, se lo ofrecían al varón. Había masculinismo, por no llamarlo machismo.
Teníamos ganas de ir a hacer un doctorado afuera, eventualmente. La primera camada ya se había ido. De sociología, Miguel Murmis y Darío Canton se habían ido a Estados Unidos, y Eliseo Verón a Francia. Y teníamos muchas ganas de salir del país. Lo de Monterrey parecía atractivo, pero pusimos una condición: que nos den cargos a los dos y que tengamos responsabilidades equivalentes. Eso fue aceptado, y nos fuimos los dos a enseñar a Monterrey.
México, estudios de posgrado en Texas, y Nueva York, 1964-71
— La estadía en Monterrey fue breve, ya que pronto se mudarían a Texas para trabajar en un doctorado.
— Estuvimos dos años en Monterrey, aunque el contacto con Texas se dio temprano. Cuando llegamos a Monterrey, peripecias de por medio, muy en la onda de lo que era estructura social, urbanización, fuerza del trabajo, y ese tipo de cosas –“desarrollo” era eso en el fondo– preguntamos dónde podíamos tener acceso a censos para saber qué era México a través de sus censos. Y nos dijeron que para encontrar ese material el mejor lugar, el más cercano, era la Universidad de Texas, que quedaba más cerca que la Ciudad de México.
Nos fuimos a ver los censos con un colega historiador que estaba vinculado a Texas porque se había ido a estudiar ahí. Ahí conocimos a Harley Browning, que era el director del Population Research Center. A partir de ahí armamos la investigación grande de Monterrey con él, que tenía fondos de la Fundación Ford para estudiar México. Y armamos el proyecto grande que fue la base de nuestras tesis y un libro que luego escribimos con Browning (Balán, Browning y Jelin, 1976).
— ¿Es por este vínculo con Browning que eventualmente se van a Texas a hacer el doctorado?
— No fue automático. En Monterrey estábamos eligiendo un lugar para ir. En esa época, el lugar para ir a hacer un doctorado en sociología en los Estados Unidos era Berkeley. Era el súmmum. Sobre la base de que Browning había hecho su doctorado en Berkeley y que ahí estaba Kingsley Davis –el gran sociodemógrafo de la época– nosotros hicimos un viaje. Primero estuvimos con Cicourel en la Universidad de California en Riverside; él estaba ahí entonces. Y luego tuvimos una entrevista con Davis y su grupo de trabajo. No nos gustó para nada. Nos dio la impresión de que ese señor usaba la ocasión de que unos potenciales estudiantes estaban ahí para tomarle examen a toda su gente joven. Cuán inteligente era la pregunta que hacían, cuán incisivos, cuán brillantes eran. La relación de autoridad era una que no iba con nuestro modo de ser. No era nuestra manera de pensar. Como el canal para llegar a Berkeley era este buen señor, lo descartamos. Texas era otra cosa, y teníamos un buen vínculo con Harley Browning.
Doctorado en la Universidad de Texas en Austin, 1966-68
— ¿Cómo fue tu experiencia en Texas?
— Llegamos en una circunstancia muy especial. Ya habíamos hecho el trabajo de campo de una investigación conjunta en Monterrey con quien iba a ser nuestro director de tesis. Ahí estábamos juntos, los tres –Jorge, Harley y yo– en igualdad de condiciones, prácticamente. Ibamos con un aval muy fuerte y llegamos no como estudiantes comunes que entraban a la escuela de posgrado, sino que veníamos como investigadores del Population Research Center, que dirigía Browning, para hacer un doctorado. El vínculo era más con los profesores que con los alumnos. Esa era una de las cosas que nos pasaba en ese espacio.
Teníamos que hacer las materias; rendimos los exámenes comprehensivos. Había que estudiar bastante y nos pasamos esos dos años encima de los libros. Recuerdo que, en el verano texano, con el calor que hacía, la preparación para los exámenes significó vivir tres meses en los que prácticamente no levantamos la cabeza, estudiando y preparando lo que teníamos que rendir. Al mismo tiempo, el Population Research Center, donde estábamos todos los días, era un lugar que se parecía bastante a Buenos Aires, en el sentido de que no había una jerarquía como la que vimos en Berkeley. Lo primero que nos llamó la atención era cuán tempraneros eran. La gente ya estaba ahí a las ocho de la mañana, y a las cuatro de la tarde se iban. Almorzábamos juntos, cada uno traía sus cosas, a eso de las doce. Si llegabas un día a las 8:30 de la mañana, ya no había lugar para estacionar.
Texas tiene una característica muy especial. A diferencia de otras universidades en Estados Unidos, se vive y se visita mucho las casas de colegas. Los profesores invitan a sus alumnos y no existe esta distancia enorme. A lo largo del tiempo que estuve en Texas, especialmente en el mundo latinoamericano o latinoamericanista, llegué a conocer las casas de todo el mundo. Cuando vas a otro lado, no te invitan a una casa ni por broma. Había algo que sí se parecía a este estilo más porteño.
— Aquellos años eran tiempos de ebullición política y social en Estados Unidos. ¿Cómo te afectó ese contexto?
— Los años en Texas, del 66 al 68, fueron años de ojeras, de estudio y trabajo intensos. Estaba la Guerra de Vietnam presente. Pero el mundo político estaba bastante lejano. Esto cambiaría cuando me mudé a Nueva York, en el 69.
— Si tuvieras que comparar la sociología en Texas, en ese momento, con lo que había sido tu experiencia en la Universidad de Buenos Aires, ¿en qué se diferenciaban?
— En Texas descubrí institución y estructura. Quiero decir que en Texas todo estaba mucho más pautado, y en Buenos Aires todo era mucho más laxo. Estaba mucho más crudo acá.
En términos de la estructura del programa, había que tomar materias clásicas. Teoría sociológica era una repetición del curso que había tomado con Rodríguez Bustamante. Una cosa que Browning transmitió, y que fue fundante para toda mi carrera, tiene que ver con la preocupación por el tiempo y las temporalidades. Toda la problemática de los cursos sobre vida, la historicidad, todo eso lo aprendí de él en Texas. También descubrí el mundo de la estadística como algo especial.
Además, eran los primeros años del uso de computadoras y nuestro estudio fue muy pionero en el uso de computadoras. De modo que el primer artículo que escribimos con Browning se llamó “El uso de computadoras en el análisis de historias vitales” (Balán, Browning, Jelin y Litzl, 1968). La metodología computacional que desarrollamos fue muy utilizada después para codificar historias de vida. Trabajamos con un programador, y yo me metí a estudiar mucho sobre los distintos modelos estocásticos y cosas de ese estilo. Incluso llegué a aprender a programar un poco. Me metí mucho en eso y ahí me di cuenta de que, si yo no hubiera estudiado sociología, por ahí el camino que hubiera seguido es matemáticas. Lo descubrí antes, pero comprobé que la parte de matemáticas, como juego lógico, estaba muy en mi cabeza.
— ¿Y había algunos autores que tuvieron impacto en tu pensamiento?
— Si tuviera que pensar en mi lista de mentores, tendría que mencionar a C. Wright Mills, a quien ya conocía en Argentina. Él es uno de mis faros, y sigue siéndolo; lo sigo citando en mis trabajos. Especialmente la parte inicial y final de La imaginación sociológica. Creo que es tan válida ahora como lo era en 1959 (Wright Mills, 1961). Hay un punto que me gusta mucho citar y lo reitero en distintos trabajos desde entonces, que tiene que ver con ubicar la imaginación sociológica en ese punto de convergencia entre la inquietud personal y el mundo público. Para mí eso es central. Hay también algo que siempre le digo a la gente y es algo que viene de Harley Browning. Él decía que no estaba dispuesto a dirigir una tesis donde no hubiera pasión. Decía que si se encontraba con un estudiante que no podía tener un orgasmo intelectual con su tema de tesis, no le interesaba dirigirla. Yo creo que, de alguna manera, en todo lo que hacemos hay algo autobiográfico, a menos que lo hagamos como trámite burocrático. Autobiográfico en el sentido de que hay alguna pasión personal. Yo creo que eso está en Mills y yo lo aprendí de él, y luego lo retomé con Harley.
— ¿Tu tema de tesis doctoral es una continuidad de lo que habías empezado a hacer en Monterrey junto con Browning?
— Mi tesis es sobre Monterrey. Digamos que, dentro de la tradición de la época, había tres patas. Una pata tenía que ver con los procesos de urbanización y migración rural urbana, selectividad de la migración, etc. Eso lo analizaron más Browning y su esposa, Waltraut Feindt. Yo tomé carreras ocupacionales, y Jorge tomó movilidad intergeneracional. Yo trabajé con ideas sobre cohortes y curso de vida. Mi pesadilla, cuando estaba haciendo la tesis, era que de pronto un peón de construcción se volvía ingeniero al día siguiente. Yo tenía que explicar las transformaciones a lo largo del curso de vida y si un peón al día siguiente era ingeniero, me volvía loca. Además, trabajaba sobre la secuencia de ocupaciones; ese fue el foco central de la tesis.
Nueva York, 1969-71
— Terminan el doctorado y Jorge y vos se van a enseñar a Nueva York.
— Exacto. Defendimos las tesis el mismo día. Nos quedamos en Austin un semestre más –la segunda parte del 68– después de que terminamos. Nos quedamos en Texas porque queríamos avanzar en el armado de los libros vinculados al proyecto. Ahí dábamos clases en Texas como lecturers. Y ahí surgió la posibilidad para Jorge de ir a New York University (NYU), en la tradición masculinista que te contaba. Ahí quien fue fundamental fue Kalman Silvert. Ese vínculo se mantenía, y Kalman estaba en NYU. Así que surgió la posibilidad de NYU para Jorge. Yo terminé en el City College of New York (CCNY), pero creo que empezando un semestre después, en septiembre del 69. Enseñaba, como assistant professor, sociología del desarrollo y sociología urbana.
— En Nueva York te toca un momento político agitado.
— Sí, ese fue el momento de la invasión a Camboya, la guerra de Vietnam y toda la movilización neoyorkina. Inclusive un poquito antes. Cuando fue el Cordobazo, en mayo de 1969,15 estábamos en Nueva York y recuerdo que fuimos a manifestarnos frente al Consulado Argentino, a la manera norteamericana, que era dar vueltas por la vereda con una pancarta. Éramos alrededor de veinticinco y desde la ventana del consulado nos tomaban foto a cada uno. Luego nos fuimos a Europa, volvimos, y ahí es que Nueva York era un verdadero hervidero. Era una revolución.
En mayo del 70 fue la invasión norteamericana a Camboya. Yo estaba embarazada, a punto de dar a luz, y mis colegas y el director de departamento me llamaban para decirme que no fuera a la universidad, que era peligroso. Y yo iba igual a dar clases y a los sit-ins (una sentada en señal de protesta) que ocurrían en Harlem, en el campus. Ahí íbamos juntas con Frieda Silvert, que también enseñaba ahí. Vivíamos en el mismo edificio en NYU. Ese era el mundo más cercano.
— ¿Había mujeres enseñando en ese departamento?
— Había pocas. Ahí fue que yo me di cuenta más claramente de lo que te he contado ya, que las cosas eran para Jorge, y yo era secundaria. Ya había vivido toda la cosa sexista en México de una manera espectacular. Te cuento una anécdota. El director del departamento donde enseñaba lo llamaba a Jorge si me tenía que decir algo a mí sobre alguna de mis clases o algo que los alumnos pedían. Él no hablaba conmigo.
Y en Nueva York yo no estaba tan al tanto de cómo era el lugar de las mujeres en la universidad hasta cuando estuve embarazada y daba clases. Venían las alumnas en las horas de oficina a preguntarme cómo era posible ser madre y docente universitaria al mismo tiempo. Inclusive, el director del departamento dio por supuesto que yo iba a tomar una licencia después del nacimiento de Pablo, y no me anotó para cursos para el semestre siguiente. Yo le dije que “no,” que “yo iba a volver a dar clases”. Ahí no había licencias por maternidad, para nada. Yo le dije que iba a volver después de dar a luz al nene, que en septiembre estaba de vuelta en la universidad. Eso le resultó insólito. La posibilidad de combinar lo personal y lo profesional se veía como imposible.
— Ustedes no se quedan en Nueva York. Se van a Brasil. ¿Por qué se van a Brasil?
— Estuvimos en Nueva York un total de dos años y medio, hasta junio del 71, cuando nos vamos a Brasil. ¿Por qué nos vamos a Brasil? Mi versión –si le preguntas a Jorge probablemente te diga algo diferente– es la siguiente. Yo tenía una posición en City College que tenía sindicato de docentes, algo único en Estados Unidos. No había que negociar salarios de la manera como se negocia comúnmente en Estados Unidos, uno a uno. Tenía los salarios más altos que se pueda imaginar para la época, eran salarios muy buenos. Jorge estaba en NYU con el otro modelo, de negociación individual. Ambos trabajos eran tenure track.16 Pero en algún momento, no recuerdo a quién, le ofrecieron la oportunidad de pedir “early tenure” y aumentos salariales. Ahí nos miramos con dudas. Pablo era chiquitito, y dijimos: “¿Queremos criar un hijo en Estados Unidos? No. Si en este momento no nos vamos, el sistema nos atrapa.” Teníamos total conciencia de que una vez que entraste en el sistema, estás en el juego y estas, por decirlo así, atrapado.
Ahí pensamos que teníamos que buscar alternativas. Una alternativa que surgió, a través de Kalman Silvert –que estaba en la Fundación Ford al mismo tiempo que en NYU– era ir a reforzar el Departamento de Ciencia Política en Belo Horizonte. Esa Universidad estaba en la onda que se iban los docentes a estudiar afuera, y ya estaban volviendo los de ciencia política; pero la parte de sociología estaba más débil. Al mismo tiempo, la oficina de Ford en Brasil necesitaba a alguien de ciencias sociales para supervisar programas. Entonces lo pensamos y al final nuevamente tuvimos que hacer una fuerte negociación, porque la gente de la Ford me decía a mí que, si mi marido iba a tener un buen salario, para qué tenía que trabajar yo; que bastante tenía con un nene chiquito. Otra vez lo mismo: la condición era que, si no teníamos trabajo los dos, no íbamos. Ahí se negoció que en la docencia de ciencia política íbamos a estar los dos. Además, yo iba a tener una inserción en CEBRAP (Centro Brasileño de Análisis y Planificación) en São Paulo,17 y Jorge en la Fundación Ford en Río.
Brasil, 1971-73
— Así que se mudan a Brasil.
— Sí, vivíamos en Belo Horizonte. Pero viajábamos mucho. Yo iba a São Paulo a cada rato; era muy fácil ir y venir. Jorge también iba a São Paulo. E íbamos a Río.
CEBRAP
— Trabajás en el CEBRAP del 71 al 73. Este centro se había creado hacía poco, en 1969, en un momento político duro del régimen militar en Brasil. ¿Nos podés contar de tu experiencia en CEBRAP?
— En CEBRAP eran todos hombres, menos Elza Berquó, una demógrafa increíble, que tenía el mismo status con autoridad en la institución que los hombres. Las reuniones que se armaban entre ellos eran potentes intelectualmente. Además, eran muy eruditas. CEBRAP tenía un rigor académico fortísimo.
Yo estaba integrada en un grupo de estudios sobre fuerza de trabajo desde una perspectiva marxista. Era un grupo en que estaban el sociólogo Fernando Henrique Cardoso, el economista Paulo Singer, la demógrafa Elza Berquó, el sociólogo Francisco de Oliveira, y alguna gente más joven. Estaba también Vilmar Faría, que le daba los toques más cuantitativos al asunto. Teníamos un proyecto de investigación sobre la estructura ocupacional de Bahía.
Al mismo tiempo, yo estaba comenzando a trabajar sobre sindicalismo, con Francisco Weffort, que también andaba por ahí. Ahí se armó el grupo de trabajo de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), que me tocó coordinar en algún momento, con Juan Carlos Torre, Weffort, y Daniel Pécaut.
Había seminarios sobre cualquier tema que uno se pueda imaginar. Era un clima intelectual muy efervescente y, al mismo tiempo, era un momento político duro en Brasil. CEBRAP era un refugio: poder hablar ahí adentro sobre muchas cosas cuando, por afuera, era más duro.
De hecho, los años que estuvimos en Brasil, en Belo Horizonte solo enseñamos posgrado, porque se sabía muy bien que en las clases de grado había infiltrados e informantes.
— ¿Cómo fue esa investigación sobre Bahía?
— La investigación sobre Salvador, Bahía, usó el modelo de investigación que habíamos usado en Monterrey. Este modelo se replicó primero en Ciudad de México. Lo hicieron Orlandina de Oliveira, Humberto Muñoz y Claudio Stern, y Harley, Jorge y yo fuimos algo así como asesores. Al mes de nacimiento de nuestro hijo Pablo, en 1970, nos fuimos a México a trabajar con ellos durante el verano del hemisferio norte. Luego, el trabajo se replicó en Bahía, a través de CEBRAP. La diferencia es que el estudio en Bahía incluía mujeres y hombres, mientras que en Monterrey era solo sobre hombres.
En el proyecto de Bahía, además de lo metodológico, el foco de mi trabajo tenía que ver con el debate sobre la incorporación de las mujeres y el trabajo doméstico, y qué pasaba con la relación entre producción y reproducción. Era un tema que en ese momento estaba empezando a trabajarse.18
Leíamos cosas de Marx. Había grandes debates. Yo no recuerdo que en aquella época tuviera una conexión con Isabel Larguía y John Dumoulin, que estaban trabajando en Cuba sobre estos temas (Larguía y Dumoulin, 1971). Heleieth Saffioti ya había defendido su tesis y su libro estaba publicado (Saffioti, 1969). Su modelo de análisis ponía el énfasis sobre la explotación capitalista. Era el capitalismo el que sometía a las mujeres. Entonces había un debate sobre qué fue el pre-capitalismo, con una cierta romantización que, sin duda, encontramos todavía en algunas académicas feministas.
En el caso de Brasil, esto se cruzaba con la relación entre razas, que había sido tan fuerte en la formación de Cardoso y Saffioti, por Florestan Fernandes (1965),19 y esa gran investigación sobre el lugar del negro en la sociedad de clases. Era algo que estaba en el aire.
De vuelta a Argentina, 1973
— Vuelven a Argentina en el 73.
— En Brasil teníamos contratos de dos años, del 71 al 73. Era la época más dura de la dictadura brasileña y, entonces, llevar extranjeros venía bien en Ciencia Política. Cuando se estaba perfilando el final de estos dos años se nos abrieron oportunidades diversas. Una era ir a FLACSO-Chile. Otra era volver a Estados Unidos. También podíamos quedarnos en Brasil. Habíamos salido de Argentina casi nueve años antes. Pablo tenía dos años y medio, hablaba perfecto portugués. Y la pregunta era qué hacer y dónde era más probable que dejáramos de ser tan nómades. Descartamos volver a Estados Unidos, y no estábamos tan convencidos de lo que podía pasar en Brasil. Ahí optamos por Argentina, no Chile. Por suerte no fuimos a Chile, porque hubiéramos llegado tres días antes del golpe.
— ¿Tenían trabajo en Argentina?
— Jorge volvió para insertarse en el Instituto Di Tella, como parte de un programa que se llamaba Programa de Investigaciones Sociales sobre Población en América Latina (PISPAL). Esto era algo bastante grande, pero no era una posición estable. Yo volví con una beca posdoctoral del SSRC (Social Science Research Council). Pero no tenía una conexión institucional. Volví a mi casa, no tenía nada de nada.
Yo estaba en mi casa, investigando sindicalismo y movimiento obrero, con conexiones internacionales. En esa época coordinaba la comisión de CLACSO sobre movimiento obrero, y teníamos reuniones con Weffort, Torre, Pécaut, Francisco Zapata, y otra gente más joven.
CEDES, 1975-93
— Luego participarías en la fundación del CEDES en 1975. ¿Cómo entrás en contacto con quienes serían luego tus colegas en CEDES?
— En el Instituto Di Tella había un Centro de Investigación en Administración Pública (CIAP). En un momento, el CIAP se va del Di Tella, y poco después se divide en dos grupos: uno iría a conformar el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y el otro, el Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la Administración (CISEA). La idea del CEDES la empiezan a conformar Guillermo O’Donnell, Marcelo Cavarozzi, Oscar Oszlak y Horacio Boneo, que habían trabajado juntos en CIAP. Pero Kalman Silvert—como gestor de las ciencias sociales latinoamericanas desde su posición en Ford20 y con quien estaban negociando un posible subsidio para el lanzamiento del Centro—les dijo que si querían apoyo de Ford necesitaban más gente, necesitaban a alguien que sea más de sociología que de política, y que no les vendría mal una mujer. Les dio mi nombre, por eso ellos se contactaron conmigo.
— ¿Los conocías ya a O’Donnell, Cavarozzi, Oszlak y Boneo?
— No. Yo creo que alguna vez lo había visto a Cavarozzi por temas de sindicalismo. Pero personalmente no los conocía. Boneo no estaba en aquel momento en Argentina, aunque era parte del grupo. De modo que las reuniones para la formación del CEDES fueron con O’Donnell, Cavarozzi y Oszlak.
— ¿Tenías referencia de quiénes eran ellos?
— No. Yo los conocí personalmente una vez que fuimos a comer, no recuerdo si con Silvert o no. Mi imagen en este momento es de haber estado con ellos en Los Inmortales, una pizzería que estaba entonces en Talcahuano y Charcas. No sé si fue la primera vez, pero todo fue a partir de la intermediación de Kalman.
— ¿Y cómo reaccionaron?
— Yo creo que ellos sabían que me tenían que aguantar. Nunca hablé con ellos sobre esto después. Pero estaba claro que estaba la figura de Kalman por detrás. No tengo la menor idea de cuánto respeto podían tener por mí, cuánto sabían de mí de antes. Me preguntas qué sabía yo de ellos, pero también habría que preguntarles qué sabían ellos de mí. Más allá de que Kalman les dijo que tenían que incluirme. No creo que se los haya impuesto, pero les debe haber dicho que, tal como estaban las cosas en la Ford, les convenía porque iba a ser más fácil si el equipo incluía una mujer.
A partir de ahí se fue formando un vínculo bastante personalizado. Conocer las familias, las casas, cenar en un lado o en otro, no era una cuestión solo laboral. Había una integración del mundo personal y profesional.
— Y los proyectos de investigación, ¿cómo se manejaban?
— No teníamos un tema o trabajo conjunto. Cada uno trabajaba su tema. Pero teníamos la posibilidad de juntarnos a discutir un texto de alguno.
Ya entrada la dictadura, después del golpe del 76, los seminarios en que se invitaba a gente de afuera se tornaron más difíciles; estaba todo el tema del cuidado y la seguridad sobre quiénes participaban. Tengo memorias sobre esos cuidados, sobre mirar quién es cada persona que venía. Al mismo tiempo, pasaban otras cosas. Una vez la secretaria llegó en la mañana y no encontró su Rolodex de tarjetas; alguien había entrado durante la noche, y fue una cosa de pánico. Cuando armamos el CEDES en el 75, armamos un comité académico internacional compuesto por gente que algunos de nosotros conocíamos. La idea era que si pasaba algo, estas personas iban a poner el grito en el cielo. Touraine, Cardoso, Hirschman y otros más. Hubo un operativo de “seguridad,” y había además una red informal de centros o de gente en los centros de investigación en Argentina para comunicarse si pasaba algo en algún lugar.
— Con el correr de los años, se incorporaron más personas al CEDES.
— Sí. Creo que el primero que entró al CEDES fue Adolfo Canitrot. Luego se juntó Oscar Landi. Jorge Balán vino un poco después. En algún momento se unió Roberto Frenkel.
— ¿Había mujeres en el CEDES?
— El CEDES, como el CISEA, era un mundo casi totalmente masculino. Yo era la única mujer al principio. Luego llegó María del Carmen Feijoó, en el 76. También Beatriz Schmukler. Más tarde llegó Silvina Ramos. Todas ellas en posiciones de ayudantes o investigadoras asistentes. Liliana de Riz se incorporó recién en 1984.
— ¿Cómo recordás el rol de O’Donnell en el CEDES?
— Internamente, la figura de O’Donnell no era tan dominante como aparecía hacia afuera. Oszlak tenía una presencia muy importante. Hacía consultorías para Naciones Unidas, estaba más vinculado a la gente de CISEA, y tenía trabajos de políticas públicas que tenían que ver con la reforma de la administración pública. En cambio, lo de O’Donnell era más estrictamente académico. No había equipos de investigación; cada uno de ellos hacía su trabajo.
— Te convertiste en directora del CEDES en el 78.
— Primero, a fines del 76, nos fuimos con Jorge por un año a Oxford. El 77 yo no estuve en Buenos Aires. En Buenos Aires seguía con mis propias investigaciones, trabajando sobre las huelgas en el período 1974-76. Tenía en mi casa toda la colección de Descamisados y todas las revistas de Peronismo de base. Con mucho miedo después del golpe terminé recortando los artículos vinculados a la huelga y quemando las revistas. Ese archivo me lo llevé a Oxford. Nunca volvió.
Luego fui directora del CEDES del 78 al 80. Pero te cuento algo. Yo entré como directora, pero con un comité de otros dos colegas “asesores,” Guillermo Flichman y Adolfo Canitrot. Yo lo acepté como algo normal en ese momento, pero luego me puse a pensar cuán machista era ese gesto.
Una de las cosas que me tocó fue negociar con la agencia de cooperación para el desarrollo de Suecia, SAREC. En el 76, una misión de SAREC vino a ver qué pasaba en el Cono Sur, y quien vino fue Ulf Himmelstrand, que también era presidente de la Asociación Internacional de Sociología. Himmelstrand estaba organizando el Congreso Mundial de Sociología en el 78 en Upsala. Recuerdo que, a pesar de que había dado a luz a Manuel en junio, me fui a Suecia por unos días en agosto, al congreso, donde había una mesa plenaria a la que me había invitado Ulf. En verdad, en ese período me dediqué bastante a la negociación con SAREC. Hacia 1978, en el CEDES ya habíamos tenido subsidio de SAREC y había que ir a negociar con SAREC. Aproveché la invitación a la mesa del Congreso, y ahí fui.
— ¿Eras consciente en ese momento de la relevancia estaba teniendo el CEDES en las ciencias sociales argentinas?
— En un sentido, sí. Yo tenía conciencia de que el CEDES era un centro de investigación de peso.
— En esos años también se acercan muchos jóvenes al CEDES.
— En un momento que no podría fechar, quizás 78 o antes, Canitrot dijo que no podíamos permitirnos que el promedio de edad de la institución aumentase un año por año. En medio de la dictadura, frente al cierre de las ciencias sociales en el ámbito de la formación universitaria, entre Ford y IDRC (la agencia de cooperación para el desarrollo de Canadá), armamos el programa de formación de investigadores jóvenes. Yo dirigí ese programa y lo coordiné durante ocho años. Mi presencia estuvo ahí, armando diez mil cosas distintas, desde cursos de escritura hasta discusión de avances de investigación; lo que se pudiera para que se formara gente joven. Trataba de mezclar disciplinas y establecer diálogos. No era que los economistas estaban con los economistas, sino que el programa fuera de intercambio. Desde entonces, la formación de nuevas generaciones es para mi una de mis tareas centrales. No solamente la formación en saberes académicos, sino un sentido más amplio de trayectorias intelectuales, de investigadoras e investigadores compenetrados y comprometidos con su realidad.
Si se mira la cantidad de gente que pasó por el programa, y dónde están ahora, podrías decir que fue un súper éxito del CEDES. Tenés a Luis Alberto Quevedo dirigiendo FLACSO en Argentina, Silvina Ramos, Mónica Gogna, Claudio Lozano en la política, Pablo Vila enseñando en Estados Unidos. La cantidad de gente que se formó en ese programa es muy grande. Es una generación de académicos, intelectuales y políticos que están muy presentes hoy. Eso, para mí, es una satisfacción institucional enorme, pero también personal. Yo puse todo mi esfuerzo y mi entusiasmo en la canasta de la formación. Y eso es algo que sigo haciendo.
— El rol del CEDES cambia con la llegada de la democracia en 1983. ¿Cómo fue ese cambio?
— Yo pienso los primeros años en CEDES como un periodo de resistencia, donde la mirada mía estaba puesta en la comparación con CEBRAP y con Chile, especialmente. FLACSO se mudó de Chile a Buenos Aires. Recuerdo una larga conversación con Enzo Faletto sobre qué quería decir quedarse en Chile durante la dictadura, cómo se manejan las cosas, qué hacer cuando sentís que un colega se tiene que ir y no hay manera de convencerlo, u otro que te dice “me muero de miedo, ayúdame a irme” y lo minimizás. Entonces, recuerdo su frase diciendo “cuando alguien se quiere ir, ayudalo a irse”.
Recuerdo también que una de las cosas que yo traía de CEBRAP era que frente a la amenaza de la censura, había maneras diferentes de decir lo mismo; que había que saber cómo usar terminologías que no despertaran tanta posibilidad de censura.
En 1978, cuando yo era directora, hubo una evaluación del CEDES pedida por la Fundación Ford. Vinieron Adam Przeworski, Dudley Sears y Richard Fagen. En medio de la dictadura, no era posible hacer trabajos de investigación de campo. De hecho, algunos investigadores del CEDES –por ejemplo, Oszlak y Balán– volvieron sus ojos a la investigación más histórica. Ahí, en conversaciones con los colegas que habían venido, se me ocurrió pensar en la posibilidad de un trabajo de campo limitado, fragmentado, pero que pudiera servir para tener alguna información sobre cómo se vivía cotidianamente la vida en dictadura. Ahí se armó la investigación longitudinal con familias populares. Eran pocas familias, en distintos barrios (para no provocar sospechas al estar siempre en el mismo barrio), a las que visitábamos frecuentemente. Para mí fue una experiencia de investigación fundamental –significó trabajar sobre la vida cotidiana, sobre las mujeres y las familias. Un trabajo difícil en su momento, lleno de temores y cuidados, que abrió una nueva perspectiva sobre género, familia, cuidado, políticas públicas y demás, sobre las que seguí trabajando hasta ahora.
Luego vino la preparación para la transición a la democracia. El grupo de los economistas del CEDES participaba en el grupo que estaba armando el programa de un posible gobierno de Raúl Alfonsín. Alfonsín mismo venía al CISEA, donde estaba todo su grupo, y era un tiempo de fermento político y económico. Todo el grupo estaba activo y pendiente de lo que iría a pasar. Estábamos también quienes participábamos en el grupo más amplio que se reunía los sábados por la mañana, con Oscar Landi tan activo.
Otra cuestión de debate colectivo fue la vuelta a la universidad. Todxs decidimos que era el momento de volver a la universidad. Luego había un debate sobre si convertir al CEDES en un centro de posgrado, lo cual no pasó. Cuando otras instituciones se fortalecieron, el protagonismo del CEDES en términos institucionales en la pos-transición disminuyó.
— Eventualmente terminás tu ciclo en CEDES y te vas del centro, ya en la etapa democrática del país, en 1993. ¿Por qué te vas del CEDES?
— En un momento yo tuve la sensación de que el CEDES cambió de perfil. También cambiaron las condiciones del entorno. Se había perdido por completo el espíritu colectivo que habíamos tenido a lo largo de los años. Pensá, por ejemplo, en el proyecto sobre la transición y los juicios, que nos involucró hacia finales de los años ochenta y comienzos de los noventa. Pero pronto sentí que no había proyecto colectivo, y me sentí mal. Me fui del CEDES por eso. Yo estuve en el CEDES dieciocho años, desde el 75 hasta el 93.
Después del CEDES
— ¿Qué hacés cuando dejás el CEDES?
— Desde 1984 yo era investigadora del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas). Ahí me acerqué a Enrique Oteiza, que era director del Instituto de Investigaciones Sociales Gino Germani, en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Y, para el CONICET, me pasé al Instituto Gino Germani.
Lo del CONICET no te daba ni para comer. Otros recursos se estaban agotando o cerrando. Pero yo había ganado dos becas grandes, la de MacArthur Research and Writing, y la de la Fundación Harry Frank Guggenheim. Podía irme a mi casa o a donde quisiera, porque esas eran becas personales.
Luego me acerqué al Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES). Yo era socia, había dado cursos a lo largo de los años, y sentí que ahí había apertura. Y empecé a trabajar en el IDES.
En esos años, en 1998, empiezo el proyecto de memoria con el SSRC (Social Science Research Council), que cruza mi atención y preocupación por dos cuestiones: las maneras en que las sociedades latinoamericanas reaccionan y elaboran sus memorias del pasado reciente de represión por un lado, y la formación de investigadoras e investigadores jóvenes, por el otro. Fue un programa por el que pasaron cerca de sesenta becarios y becarias de países de la región, y cuyo producto, además de los procesos de formación, fue una serie de doce libros (Memorias de la represión).
Instituciones y redes latinoamericanas
— Pensando ya en el largo plazo, ¿has mantenido relaciones con los investigadores que has conocido a través de tu carrera?
— Sí. Yo diría que en México tuve dos referentes. Está la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Nuevo León en Monterrey y, muy importante, el Colegio de México.21 Porque cuando Jorge y yo andábamos entre Monterrey y la cuidad de México se empezó a gestar el Centro de Estudios Sociológicos (CES) del Colegio de México (Colmex).22 Lo creó Rodolfo Stavenhagen con Orlandina de Oliveira y Claudio Stern, que volvían de FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) en Chile. Tuvimos bastantes vínculos con el nuevo Centro de Estudios Sociológicos del Colmex. Este continuó siendo un vínculo muy importante para mí a lo largo del tiempo, especialmente con Orlandina.
En Brasil, me quedó un vínculo estable con el CEBRAP.
— Has trabajado sobre temas relacionados con las mujeres. ¿Has sido parte de alguna red ligada a esa línea de investigación?
— Los trabajos que hice en Brasil sobre mujeres eran parte del comienzo del feminismo académico. La primera conferencia internacional que hubo en esta ola feminista se llamó “Perspectivas femeninas en investigación social en América Latina”, fue organizada por Helen Safa y June Nash, y se hizo en el Instituto Di Tella en el 74.23 Era una propuesta del SSRC (Social Science Research Council), un lugar importantísimo en esa época. En esa instancia se formó una red latinoamericana de mujeres, y algunas seguimos andando por ahí.
— ¿Podés nombrar a algunas?
— Marisa Navarro, Helen Safa y June Nash. Creo que en esa ocasión no estuvo Virginia Vargas, que es una peruana que está muy involucrada desde entonces en este mundo. Estaba una muy joven Marcia Rivera, de Puerto Rico. Estaba Magdalena León de Colombia; hay dos homónimas feministas, una colombiana y otra, más joven, ecuatoriana. Después se incorporaron Carmen Diana Deere y Marianne Schmink. Eran norteamericanas (Carmen Diana es portorriqueña, en verdad) que enseñaban en universidades de allá, pero eran como Marisa, que estaba en un ida y vuelta. Mucha otra gente que se fue juntando.
— Si tuvieras que comparar lo que eran estas instituciones de ciencias sociales latinoamericanas en ese entonces, con lo que ves ahora que son esas instituciones, ¿cómo era la institucionalidad de las ciencias sociales latinoamericanas? ¿Qué diferencias ves?
— Un colega amigo, Bryan Roberts, a quien conocí en Texas en el 65 y con quien mantuve un vínculo que tiene ahora más de cincuenta años, una vez me dijo: “Ahora entiendo. En el norte lo estable son las instituciones y cambian las personas. Aquí, lo que importan son las redes de la gente, y las instituciones van y vienen”. Eso lo habrá dicho Bryan hace veinte años y, hasta hace poco, era la sensación que yo tenía. Pero creo que en los últimos años hubo mucha más fuerza en las instituciones de la región. Más prominencia y visibilidad de las instituciones y no tanto de la gente. Yo creo que ese es un proceso más reciente. Especialmente acá en Argentina. No tanto en Brasil o en México. En México las instituciones se fortalecieron antes que acá. Estas son todas percepciones, es mi sensación de esto.
Temas de investigación
— Quisiera ahora hablar más detenidamente sobre tus investigaciones. ¿Cómo pensás en tu obra como un todo?
— Cuando me toca, por distintos motivos, reflexionar sobre mi trayectoria, veo una enorme continuidad. Un tema recurrente es la preocupación por los tiempos y las múltiples temporalidades. Me doy cuenta de que hay gente que tiene una mentalidad espacial; la mía es temporal. En todos mis trabajos, desde los más tempranos que tienen que ver con las trayectorias ocupacionales, el tiempo de la vida, la relación entre tiempo biográfico e histórico, el tiempo familiar, han sido una preocupación permanente. Incluso en mi último libro (Jelin, 2017a), todo está armado sobre la base de múltiples temporalidades. El libro, que trata sobre las luchas sobre el pasado, presenta distintas temporalidades y la interrelación entre ellas con el foco en las luchas por las memorias. Hay una continuidad total. También aparece en la obra que se publica a fines de 2018, la reedición del libro Podría ser yo, que sale con un segundo volumen historizando todo lo que pasó desde la salida del original en 1987.
Como eje temático sustantivo, y a partir de mi propia indignación, está la preocupación permanente sobre las desigualdades sociales –las de clase, las de género, las de distintas dimensiones. Esto es prácticamente una constante y se manifiesta en temas específicos y en la manera como los abordo. También en los trabajos sobre movimientos sociales, como maneras de luchar para revertir desigualdades.
— Si pasamos a los temas específicos que has trabajado a lo largo del tiempo –desde sindicalismo y mujeres, a movimientos sociales, derechos humanos, y memoria o justicia transicional–, ¿qué reflexiones harías?
— En general, aunque he tratado temas políticos, los he tratado desde la perspectiva de la sociedad. Por ejemplo, en el momento de la transición de los 80 hice varios trabajos sobre movimientos sociales y ciudadanía (Jelin, 1985; 1987a y 1987b). Esto fue una reacción a cómo los politólogos estaban pensando la transición: muy en términos institucionales, muy preocupados por los sistemas parlamentarios o presidencialistas, sobre el lugar de los partidos políticos y su articulación, sobre los sistemas electorales. Yo veía que pasaban otras cosas, que pasaban por los movimientos sociales y por una demanda muy distinta alrededor de cuestiones de ciudadanía. Yo creo que mi preocupación por este tipo de temas es un punto significativo en mi trayectoria.
— Esas investigaciones sobre movimientos sociales ocurren al inicio del proceso democrático argentino, pero también en un momento en el que estás en CEDES, donde había un conjunto de politólogos.
— Sí, pero también había dos proyectos muy grandes, latinoamericanos, en los que yo estaba involucrada. Uno era anterior a la transición, desde el año 80, patrocinado por UNRISD de las Naciones Unidas, para investigar la participación popular y formas de institucionalización en América Latina. Este proyecto estaba pensado desde Nicaragua. Yo estuve en Nicaragua en 1981, mirando qué pasaba en la participación y los movimientos de base, en el momento de auge del cambio en Nicaragua. Este fue un proyecto que incluyó gente de distintos países, con quienes tuvimos reuniones y debates. De ahí salió mi primer libro importante sobre temas de género, porque yo me hice cargo de la dimensión de género.
Ellos habían hecho, muy al estilo de la dominación masculina, investigaciones sobre una serie de temas: sindicalismo, coordinado desde Chile; movimientos urbanos, coordinado por Lucio Kowarick desde Brasil; cuestiones indígenas; participación institucional, desde Nicaragua. Y se dieron cuenta, o algún evaluador les dijo desde arriba, que faltaban las mujeres en ese proyecto. Entonces me llamaron a mí para que mirara transversalmente todos los temas en los cuales estaban trabajando, para rescatar de ahí la dimensión de género en cada uno de estos movimientos. De ahí salió el libro que en inglés se llama Women and Social Change in Latin America y tuvo bastante impacto (Jelin, 1990). Se usó mucho en las cátedras de género en Estados Unidos y seguramente algún capítulo debe seguir hasta hoy en la bibliografía de estos cursos. En castellano se llama Ciudadanía e identidad. Las mujeres en los movimientos sociales en América Latina (Jelin, 1987b), un libro compilado, con una introducción fuerte que preparé, y con capítulos sobre las mujeres en el movimiento de derechos humanos en Argentina, en los movimientos urbanos en Brasil y Perú, en el movimiento indigenista en Bolivia. Había capítulos hechos por mujeres que venían investigando este tipo de temas. Yo estaba en el tema de movimientos sociales no solamente por lo que estaba pasando en Argentina.
El segundo proyecto grande fue el de CLACSO y la Universidad de Naciones Unidas, que coordinaron Fernando Calderón y Mario dos Santos (1988-1990). Este proyecto era también comparativo, mirando varios países en función de transiciones. De ahí salieron los libritos que publicó el Centro Editor de América Latina (Jelin, 1985 y 1987a). Así que, nuevamente, el estímulo era más internacional que local. Para el CEDES, lo mío era muy marginal. Mi mundo no era el mundo del CEDES.
— Aun habiendo sido directora del CEDES en esos años.
— Mirá, como te dije, yo fui fundadora del CEDES por una especie de sutil imposición a mis colegas. Fue Kalman Silvert el que les dijo que yo debía estar y hubo aceptación. Pero, dentro de todo, había momentos en que una caminaba por el CEDES y decían “este es otro proyecto chiflado de Shevy”. Te doy un ejemplo. El libro Podría ser yo, publicado en 1987, fue denigrado en el CEDES de una manera que no se puede creer. Era un libro diferente, porque estaba anclado en imágenes fotográficas usadas en la investigación. Y el libro era de fotos y testimonios. Las fotografías son una obra maestra, de Alicia D’Amico. Podría considerarse que fue el informe final de la investigación sobre sectores populares, en el que la investigación de campo con familias fue parte. Le mandamos un ejemplar del libro a Alain Touraine,24 y él mandó una nota en la que decía que este es un libro magnífico, que dice más sobre la situación de la sociedad que otros libros. Mi colega y co-autor Pablo Vila fotocopió esa nota y la colgó en la cartelera del CEDES, para indicar que alguien con mucha autoridad decía otra cosa sobre el libro. Este libro se reedita ahora, junto a un segundo volumen de estudios sobre su impacto a lo largo de treinta años y sobre el uso de imágenes en la investigación social (Jelin y Vila, 1987c).
— Y tu trabajo con Eric Hershberg, que llevó al libro Construir la democracia (Jelin y Hershberg, 1996), ¿también lo ves como un intento de abordar temas políticos desde una perspectiva más amplia que la que suelen usar los politólogos?
— En el libro están Kathryn Sikkink, Eric Hershberg y Fábio Wanderley Reis, politólogos, analizando la ciudadanía y el activismo político. Y están junto a antropólogas y sociólogas, en un libro que no es de “sociólogos versus politólogos”. Pero sí tratan de ofrecer una visión más amplia sobre la democracia.
— Mencionaste que en los ochenta te enfocás en el tema de los movimientos sociales, y luego estudiás en tema de ciudadanía. Venías trabajando desde antes sobre el mercado de trabajo, clase obrera y huelgas. ¿Ves continuidad entre esos temas y los movimientos sociales y ciudadanía?
— Sí, durante los setenta había trabajado sobre sindicalismo, protestas de base, siempre viendo la relación entre la base y el liderazgo, las tensiones, tomando un enfoque más bien basista (Jelin, 1974c; 1978, 1979; Torre y Jelin, 1982). Y hay una cierta continuidad entre esos trabajos y mis investigaciones sobre movimientos sociales, porque también veo los movimientos sociales desde abajo, y el movimiento obrero es parte del tema. Lo que pasó es que en esa época, fueron otros movimientos los que surgieron y se tornaron más protagonistas centrales de la esfera pública: los derechos humanos, las mujeres, la juventud.
En esta línea también pondría los trabajos que hice desde principios de los ochenta sobre la familia. Al estudiar la clase obrera, quizás porque estábamos en dictadura y no se podía entrar a las fábricas, entro en la casa, lo que me abre otro camino. Entro por el lado de las familias para ver qué le pasa a la gente trabajadora. Los productos fueron varios libros (Jelin y Feijoó, 1980; Jelin, 1984, 1991 y 1998). Estos trabajos se enfocan en la vida cotidiana y el mundo de la domesticidad, y me abrieron una nueva manera de estudiar a los sectores populares, que tenía algo de conexión con el tema de mujeres que venía trabajando y con los temas de las carreras ocupacionales y el mercado de trabajo que venían desde mi tesis doctoral.
Para mis colegas académicas feministas, la familia era un tema denigrado. Me decían, “¿por qué te vas a meter a estudiar el tema familia si lo que tenemos que hacer es cambiar eso por completo?” Yo siempre seguí estudiando la familia, y fue central en mi trayectoria. Hice investigación comparativa con Suecia (Jelin, 2008) y seguí en el tema hasta la actualidad (Jelin, 2017b).
— Estos estudios sobre domesticidad, familia y las experiencias cotidianas de los individuos, son el relato de cómo la historia pasa por sobre los individuos. El movimiento inverso es cómo estos individuos, atravesados por esta historia, intervienen o modifican la historia por medio de los movimientos sociales. O sea que estos trabajos pueden ser vistos como la otra cara de tus estudios sobre movimientos sociales y ciudadanía.
— Sí, básicamente la contraparte de estos estudios sobre la familia y la situación cotidiana de los trabajadores son mis trabajos sobre participación popular, movimientos sociales y demandas de ciudadanía y derechos.
Género
— Hablemos ahora del tema de género en detalle. Este tema ha ido apareciendo en diversas oportunidades, pero sos la persona indicada para tratar cómo el tema de género ha sido incorporado en los estudios sociales latinoamericanos. ¿Cuál es tu trayectoria en estos temas? ¿Qué implicaba estudiarlos en América Latina?
— La conciencia de relaciones desiguales de género y, desde ahí, el intento de militancia intelectual, creo que se originó en mí a partir de mi experiencia en Nueva York a fines de los sesenta, después de haber pasado por México. El contraste con el mundo del departamento de sociología en Buenos Aires era grande, porque en esa temprana etapa no tuve conciencia de la discriminación hacia las mujeres, que en todo caso era sutil. Lo manejaba de una manera relativamente igualitaria en mi vida privada, y aceptaba las reglas de juego –que ya mencioné– en las relaciones con colegas. Especialmente en México, pero también en Nueva York, parecía que el mundo era completamente masculino y las mujeres no teníamos nada que ver. Al mismo tiempo y de manera incipiente, en Nueva York había gente que se preguntaba cómo se podía combinar la academia y la familia. Esa es mi experiencia personal.
Es con la llegada a Brasil a comienzos de los 70, y con el trabajo con el grupo de estudios en CEBRAP, que empieza a aparecer el tema desde una perspectiva más teórica. El trabajo de Heleieth Saffioti llamó la atención sobre la ausencia de escritos sobre reproducción social. Antes, la idea de reproducción era interpretada solamente en términos de fecundidad, reproducción biológica, y la preocupación estaba en los altos niveles de fecundidad en América Latina. En nuestra investigación sobre Salvador de Bahía, en cambio, tuvimos discusiones sobre la relación entre producción y reproducción. Y mi trabajo sobre las bahianas habla sobre la necesidad de reconocer el trabajo doméstico y reproductivo, el que no está en el mercado. Al intentar replicar la investigación que habíamos hecho en Monterrey donde no incluimos a las mujeres, me di cuenta de que incorporar a las mujeres era central.
Ahí empezó también un movimiento internacional. Esa primera conferencia que organizaron Helen Safa y June Nash en el 74, y el movimiento que se empezó a armar, fueron significativos para ir viendo la pertinencia y la importancia de la incorporación del tema. También pasó otra cosa, que fue una opción personal con implicancias. Empezaron a formarse los primeros centros de estudios de mujeres, y me invitaron a participar en uno de ellos. Yo dije que no, con la convicción de que no tenía sentido armar guetos académicos. Desde entonces, mi conducta fue siempre la de intentar integrar el estudio de las mujeres en las investigaciones sociales. Quería evitar que los estudios de mujeres los hagan solamente las mujeres feministas, cerradas en un círculo y hablando entre ellas. Esa fue mi opción, y reconozco que el resultado fue muy limitado.
— ¿Cuál era la percepción que el resto de los académicos y científicos sociales tenían sobre que aparecieran estas mujeres estudiando temas de género?
— Bueno, era un “que hagan lo que quieran”. Era visto como una demanda a la que había que dar algún espacio, que el costo no era tan alto, y que si las que molestan se iban por su lado, dejaban en camino libre para hacer lo que había que hacer en realidad, estudiar “cosas más importantes”. Cuando vinieron los de la Ford al CEDES, e hicieron notar que en el programa de becarios no había becarias mujeres en economía, mis colegas lo vivieron como una imposición. Pero aun así poco cambió. Los economistas del CEDES no adoptaron una perspectiva de género en la economía. Además, las economistas mujeres que contrataban eran las que seguían exactamente los mismos parámetros. Es decir, una cosa es ser mujer y otra es tener una perspectiva de género o feminista. En otras palabras, cumplir la cuota es una cosa, incorporar perspectivas es otra.
Ese era el entorno. Lo que me pasaba es que yo tenía suficiente red internacional como para hacer lo que quería, sin estar sometida al modelo dominante en el CEDES.
— En tu perspectiva, ¿cómo se ha ido desarrollando este tema en las preocupaciones académicas?
— La temática de género entra desde la demanda de las mujeres. No es un desarrollo planificado. Entra porque hay académicas, porque cambió la estructura educacional y hay más mujeres en la academia. Más mujeres con “buenos antecedentes” a las que no se les puede negar su lugar. A pesar de todo tipo de discriminaciones, hay una buena cantidad de mujeres que logran penetrar los circuitos; en algunos lugares más que en otros. Hay una presión internacional para tener mayor igualdad y menor discriminación. Y hay una militancia activa. Entonces, así es como entran los temas.
Hubo, si se quiere, una sobreactuación, una idea de que se estaba revolucionando los saberes. Recuerdo cuando algunas que seguían a Carole Pateman decían que el feminismo proponía un nuevo concepto de poder.25 Yo decía, “muéstrenmelo”. Solo así podíamos ver si podíamos revolucionar el concepto de poder dominante. Hubo momentos en los que el activismo académico iba muy lejos. Hay cosas que sí fueron muy revolucionarias. Entre ellas mencionaría la preocupación por la relación entre la reproducción y la producción, que estaba ausente en el marxismo; la lógica del cuidado y la demanda social por políticas de cuidado; y las respuestas limitadas sobre conciliación entre trabajo y familia para las mujeres.
Esto alimenta un desarrollo en la economía propiamente feminista, que yo creo que está abriendo caminos no solo en el mundo académico sino también en el mundo político. Las demandas están y, por ejemplo, Uruguay tiene un Sistema Nacional de Cuidado. Nadie sabía de qué se hablaba cuando se usaba la palabra “cuidado” hace diez años. Recuerdo que cuando preparamos el libro sobre las lógicas del cuidado infantil con Valeria Esquivel y Eleonor Faur (Esquivel, Faur y Jelin, 2012), la gente nos decía que nadie iba a entender el concepto de cuidado. Este es un ejemplo de un campo en el cual el feminismo tuvo un impacto muy significativo. Hay otros, por supuesto, y creo que hoy en día las perspectivas feministas están penetrando en los modelos analíticos de manera más cabal. Todo llega…
He seguido el debate más político sobre las demandas de cuotas o paridad en el sistema político. Me parece que ahí hay otro campo que vale la pena mirar. Lo mismo que en otros temas relacionados a las nuevas demandas, como la violencia de género. Este es un tema que ves hoy, y nadie puede decir que no es un tema. Pero hace unos cuantos años era como abrir una punta donde poco o nada se había hecho. Me parece que hay aperturas de temas que tienen que ver con desarrollos en las disciplinas y con desarrollos en el movimiento.
— ¿Los temas que aparecen en la discusión sobre género en América Latina van en tándem con la discusión anglosajona o europea? ¿Son más independientes o idiosincráticos?
— Hay muchos puntos de contacto, pero también hay muchas cosas que van para otro lado.
Por ejemplo, hay una palabra que se usa mucho en la academia, “interseccionalidad”. Esta palabra quiere decir que no se puede analizar solo una desigualdad, sino que las desigualdades son múltiples e interrelacionadas. Entonces, si una va a mirar desigualdades de género, también hay que ver clase, raza, etnia, origen, etc. Yo lo tomo como una exhortación, no como una teoría. Además, mi trabajo, de alguna manera, fue mostrar que esto no es nuevo, que esto ya estaba presente en el pensamiento latinoamericano de los años sesenta, aunque de manera fragmentaria. Está presente en los trabajos de Florestan Fernandes sobre raza y clase, de Isabel Larguía sobre clase y género, o de Stavenhagen sobre clase y etnicidad. Ellos veían clase y raza, clase y etnia, y género separadamente.26 Pero este nuevo debate sobre la interseccionalidad que se dio en Europa, especialmente en Alemania, pareciera descubrir la rueda con una “teoría de la interseccionalidad”. Acá no hablamos de esas cosas de la misma manera.
Las iniciativas de dar vuelta las miradas es algo que forma parte de otro de mis grandes temas políticos de los últimos años. Algo que yo llamo “descentrar el centro”. Hay ahí algo que, desde los márgenes, incluyendo a las mujeres, cuestiona los paradigmas dominantes y la geopolítica de los flujos del conocimiento.
Derechos humanos y memoria
— Hablando de los temas de derechos humanos y memoria, ¿cuál ha sido tu contribución sobre esos temas?27
— Mi entrada al tema de memoria se dio, si recuerdo correctamente, en el 88, cuando pasé un semestre en la Universidad de Chicago. Yo llegué a este campo siguiendo movimientos sociales, siguiendo al movimiento de los derechos humanos de una forma muy empírica. El movimiento de derechos humanos empieza, poco antes de la transición, a decir “recordar para no repetir” y “nunca más”. Y yo me pregunto, ¿qué quiere decir eso? Entonces me pongo a estudiar qué es lo que se había hecho en Europa en relación a la Shoá,28 y qué es esto de “memoria.”
Pasé unos meses en el 91 en Holanda, y me dediqué a leer como loca. Leí cosas como Modernidad y Holocausto, de Zygmunt Bauman (1998), donde todos los principios de la racionalidad moderna están puestos en cuestión. Una cosa que me golpeó muy fuerte personalmente fue un libro de Helen Epstein, Los hijos del Holocausto (Epstein, 1979). Eran testimonios de gente nacida en la posguerra, de padres sobrevivientes. Como yo tenía esa carga familiar –como te dije al comienzo, mi mamá tenía una forma especial, quizás vicaria, de ser sobreviviente– me identifiqué totalmente. Fue un periodo en que estaba sola, durante dos meses o algo así. Había días en los que no salía de la casa, leyendo y trabajando sobre estos temas.
Desde aquel momento, de fines de los ochenta, se ha desarrollado un campo de estudios sobre memoria con una autonomía y todos los rasgos de profesionalización que uno quiera imaginar: revistas propias, organización internacional, congresos, maestrías… todos los atributos. Yo no sé si estoy tan feliz con esto, con la constitución tan fuerte de un campo. Valoro más que el campo se constituya de tal manera que no sean solo memorias de regímenes dictatoriales o sufrimientos en situaciones límites, sino sobre memorias sociales.
Mi temor es que la memoria sea vista como buena en sí misma: cuanta más memoria, mejor. Me vuelve loca escuchar cosas como “ustedes en Argentina tienen mucha memoria y eso es importante”. También me preocupa la memoria en singular, porque las memorias son plurales, porque son sujetos que actúan en función de sus experiencias pasadas, porque siempre están en conflicto y lucha. Me pone muy mal cuando hay una exhortación al “deber de memoria”. No creo que sea una cuestión moral. Creo que lo que es una cuestión ética y moral es no acallar voces, y confrontar memorias con historia. Esto de los fake news que se discute mucho hoy en día es básicamente lo mismo que cuando te quieren socavar datos históricos, algo que ocurrió con la Shoá.
En estos temas, como en muchos otros y en distintos momentos de mi trayectoria, me posiciono en el escenario del debate público, más allá del debate de ideas académicas.
— ¿Hacia dónde crees que van los trabajos de memoria? Mencionaste el tránsito de memorias en situaciones límite a memorias sociales.
— Eso estaba presente cuando Maurice Halbwachs hablaba de la memoria colectiva y del encuadre social de la memoria, en la década del veinte (Halbwachs, 2010). Él no hablaba de sufrimientos, dolores o represiones. Él estaba hablando de la memoria encuadrada por las instituciones en las cuales se transita: la familia, la escuela, la religión, el Estado. Halbwachs está hablando de las memorias “normales”. Pierre Nora, en Les Lieux de Memoires (sitios de memoria) (Nora, 1984-92), escribe sobre lugares franceses que pueden ser recuerdos de la Primera Guerra Mundial, pero muchísimos otros son figuras como el notario, que tienen que ver con la vida normal, no con aquella que está suspendida por violencias. El tema es cómo combinar las memorias de violencias políticas con las otras, que pueden tener también violencias, pero de otro tipo.
¿Hacía dónde van los trabajos de memoria? Los cambios que a mí me interesan últimamente son, en primer lugar, la ampliación temática. Diría que no es que yo abandone o esté en proceso de cerrar el tema de memoria. Estoy en proceso de cerrar mi interés en investigar memorias de violencias sociales macro. La memoria familiar y local es algo que me interesa. Segundo, algo muy importante, está relacionado a mi respuesta frente al giro lingüístico y la proliferación de los análisis de discurso. Hay una movida en los estudios de memoria hacia las materialidades más que a las palabras, que incluya no solo palabras o testimonios, sino también objetos. Me parece útil esta tendencia. Eso es algo que también se vincula con mi interés en trabajar con y a partir de imágenes. No podemos evitar las palabras, porque ellas acompañan, interpretan, explican. Pero también hay algo material que debemos observar y analizar.
El oficio de la investigación
— Ahora pasamos un poco a otras cuestiones que tienen más que ver con el oficio de la investigación. ¿Tenés algún hábito de trabajo? ¿Alguna rutina?
— No. Soy muy dispersa. Trabajo, más que nada, en mi casa. Últimamente, si necesito concentrarme más, lo hago en mi casa en Cortínez.29 Lo que mejor me viene es irme a Epuyén, un pequeño pueblo en el sur de Argentina, cerca de los Andes, en la provincia de Chubut, donde mi hijo tiene una casa. El borrador completo del libro sobre memoria lo escribí en un mes en Epuyén. Cuando tenía que revisar el borrador, me fui nuevamente por quince días. Y voy unas veces al año, para concentrarme en el trabajo mientras miro un paisaje único, y matizo con caminatas.
— ¿Entrás a la casa y no salís?
— No. Entro, salgo, miro cómo nieva o cómo sale el arco iris. Si veo que hay algo que hay que arreglar, lo hago. Si veo que la lavanda tiene una ramita que hay que podar, salgo y lo hago. Pero, como el tiempo es todo para mí, entonces rinde. Pero no, no tengo ningún orden. Puedo trabajar fines de semana y hacer otras cosas otros días. No hay lógica.
— ¿Tenés algún autor clásico o contemporáneo preferido? Mencionaste a C. Wright Mills.
— Si, ese es un mentor. En mi biblioteca, en un estante tengo a mis mentores: todo lo de Germani; todo lo de Albert Hirschman,30 que para mí es alguien muy importante personalmente. Valoro sus escritos y su persona; me ha tocado estar cerca de él y de Sarah, su mujer, muchas veces, y consultarlo en momentos importantes de mi vida intelectual. También está todo lo de Adam Przeworski, porque es un amigo querido y siempre volvemos a conversar, sobre sus libros, sus ideas y las mías. Y los libros de Touraine, no sé por qué … quizás por el papelito del cuál te hablaba. Esos autores me acompañan.
También tengo otro mundillo que me acompaña, que tiene que ver con la imagen. Soy fanática de John Berger, leo todo de él.31 Cuando falleció me propuse sentarme a releer sistemáticamente todo Berger.
Me llama la atención y me pregunto por qué no tengo a ninguna mujer en este panteón. Y, muchas veces, quiero elegir a alguien. Por ejemplo, separé también la obra de Simone de Beauvoir para releer y trabajar en el verano.32
— Y en fotografía, ¿está el libro de Susan Sontag (2006)?
— Sí.
— Pero está ella por el tema, no por ser mujer.
— Hay mucho trabajo de mujeres en mi biblioteca, pero no hay algo que pueda seleccionar, así como con Berger. No tengo una Berger.
El rol de mujeres en las ciencias sociales
— Nos has hablado cómo desde el principio de tu carrera el ser mujer tuvo sus especificidades; quizás te causó inconvenientes. ¿Qué reflexiones haces acerca del rol de las mujeres en las ciencias sociales?
— Te cuento un incidente que me pasó cuando, siendo directora del CEDES, fui a una asamblea de CLACSO en Río. Era a fines de los años 70. Era directora de uno de los centros importantes; la sensación era que CEDES era uno de los centros pesados de la región, y además valiente, por seguir adelante en Argentina en plena dictadura. Yo tenía una red de colegas, amigos y amigas, porque había estado en México, en Brasil, conocía a la gente. Pero en esa asamblea estaba sola. Entonces decidí hacer una suerte de etnografía de lo que estaba sucediendo y fui tomando notas. A partir de ahí, hice una tipología de tres maneras de ser mujer en el mundo académico latinoamericano.
Una era la mujer que, en medio de una de las reuniones o en la asamblea, levanta la voz con fuerza, ofreciendo un modelo de mujer que imita y se adapta al modelo del hombre. El otro modelo estaba encarnado en una colega amiga que, a la mañana, mientras estábamos desayunando en el hotel, salía en bikini, con una toalla diciendo “yo me voy a la playa, ¿alguien quiere venir?” Todos los hombres se iban detrás de ella. Con ella nos reíamos de todos los hombres que la invitaban a cenar o a salir. Era una avalancha de hombres atrás de la mujer.
Y el tercer modelo era el mío, que no quería ser ni una cosa ni la otra, sino una colega académica, intelectual. Entonces estaba sola. Por ejemplo, si estaba en una cola para el almuerzo, me la pasaba sola, nadie hablaba conmigo. No sabían cómo relacionarse con una mujer que no fuera ni la vociferante donde la femineidad se diluye, ni pura femineidad jugando a la seducción.
Recuerdo que hice esta tipología y, después, cuando volví a Buenos Aires, lo llamé a Francisco Delich, que era el secretario ejecutivo de CLACSO, y me fui a contarle lo que había visto. No le gustó, pero tuvo que aceptar que sí, que el mundo era así, que no había una manera de vincularte de igual a igual en esa relación.
Generaciones jóvenes
— También has tomado un interés particular en las nuevas generaciones.
— Sí, la formación de investigadoras e investigadores jóvenes ha sido una de las cosas más importantes que hice. Me sigue importando mucho, y desde hace más de una década lo hago con estudiantes de doctorado del Programa UNGS-IDES. A lo largo de los años hicimos reuniones internacionales con colegas de otros países para pensar cómo formar investigadores e investigadoras, hasta dónde sirven los cursos de metodología, dónde se acaba la idea de que la investigación es una artesanía que requiere un tipo de práctica, cómo se lleva adelante la investigación, la soledad de la investigación –especialmente el trabajo doctoral. Todo eso es algo en lo que sigo metida. Es importante. Me siento muy realizada al estimular a jóvenes. Me importa no sólo que aprendan el oficio de la investigación. Hablamos mucho sobre trayectorias, carreras, elecciones personales y políticas. O sea, sobre el proceso de crecimiento y maduración. Y me siento mejor todavía cuando esas y esos jóvenes crecen, se convierten en colegas, y podemos transformar nuestra relación en un vínculo horizontal, de igual a igual(a).
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Parte I Dimensiones entrelazadas de diferencia y desigualdad
3
Género, familia y políticas sociales

Marcela Cerrutti
La reflexión sociológica en torno a las inequidades de género tiene una larga y rica tradición en la Argentina y entre sus pioneras, sin duda, se encuentra Elizabeth Jelin. Desde hace varias décadas ha venido contribuyendo con sus estudios e interpretaciones a la discusión sobre las formas en las que se generan, expresan y reproducen las inequidades de género en distintos contextos sociales, así como el rol de las políticas públicas para mitigarlas. En este capítulo me propongo hacer un recorrido sobre una selección de estos aspectos. Como tal, es fuertemente subjetivo y parcial, pero hace foco en aquellos aspectos en los que considero abrió líneas de indagación e invitó a pensar de manera original y novedosa tanto en nuestro país como en la región latinoamericana en su conjunto.
Como puntos de partida a esta lectura comienzo identificando algunos rasgos subyacentes de su producción. El primero ha sido su constante y duradera curiosidad y pasión hacia las materias que abordó. Como ella misma reconoce,33 sus preocupaciones, sus temas de investigación, emergen en gran medida de la propia biografía vinculados a inquietudes y experiencias personales y el mundo público. Este aspecto, si bien no el único, la alejó de otros contextos de descubrimiento más signados por “modas” académicas, que no forzaron sus intereses (y a las que interpeló). Si bien la preocupación en torno a las inequidades de género y su expresión en la vida cotidiana de familias y unidades domésticas caracterizaban un clima de época de la reflexión feminista sobre los países en desarrollo a nivel global, sus aportes justamente se caracterizaron por efectuar puentes en los niveles de análisis micro, meso y macro. Asimismo, su inquietud hacia este campo de análisis fue animada por la propia experiencia personal de tener que hacerse paso en un mundo académico en el que los varones detentaban el poder en forma casi exclusiva, motivándola a definir un estilo propio para encontrar el lugar destacado que ha tenido en las ciencias sociales. En síntesis, sus propias experiencias personales se funden con un espíritu de época caracterizado por el despertar del feminismo en la región y la reflexión sobre las desigualdades de clase en sociedades periféricas.
El segundo aspecto que caracteriza la obra de Jelin ha sido su obstinado interés por comprender cómo opera el tiempo y las diversas temporalidades en los procesos de transformación social. Tiempo personal y tiempo histórico, biografías y generaciones, curso de vida y acontecimientos históricos; el tiempo afecta lo social de distintos modos y cualquier mirada que reduzca esta complejidad es como una pintura que no hizo uso de la perspectiva, incompleta y simplificadora. De este modo, el efecto del tiempo la motivó a desentrañar estos componentes de cambio social asociados a la pertenencia generacional, los momentos en los ciclos de vida individuales y la exposición a distintos contextos históricos. Para poder aprehender estas dimensiones desarrolló innovaciones metodológicas que permitieron de una manera sistemática abordar esta complejidad: el uso de historias de vida como forma de vincular cambio histórico y tiempo biográfico (Jelin, 1976; Jelin y Balán, 1979; Jelin, Llovet y Ramos, 1999).
Un tercer aspecto clave para comprender las desigualdades de género ha sido la centralidad de la familia y de la unidad doméstica. Sustantivamente el análisis sobre las actividades desarrolladas por mujeres en las unidades domésticas la condujo a problematizar y jerarquizar la mirada sobre una institución que resulta de escaso interés al feminismo: la familia. Familia y unidad doméstica, sus superposiciones y complejidades, su organización y funcionamiento, pasan a tener un lugar destacado ya no exclusivamente desde la etnografía antropológica, sino como materia de indagación sociológica que interpela la estructuración y dinámica de las sociedades capitalistas modernas altamente desiguales. Esta mirada sobre la unidad doméstica rechaza el reduccionismo inherente a la concepción que asocia ámbito doméstico con lo privado (femenino), en contraposición al ámbito público del poder y de la producción social (masculino); proponiendo otra a partir de la cual el mundo de la familia y de la unidad doméstica no puede ser entendido si no se lo pone en relación con el mundo de los servicios, de la legislación, del control social, de los marcos normativos, de las instituciones educativas y de la ideología (Jelin, 1984: 5).
En directa conexión con el anterior, el cuarto aspecto se vincula con el modo de concebir estas imbricaciones entre la familia y los ámbitos públicos de regulación y provisión de políticas de bienestar. Su mirada sobre los vínculos entre legislación, políticas de familia y prácticas rechaza toda unidireccionalidad, proponiendo un enfoque en el que las intervenciones pueden contribuir a moldear las prácticas sociales, como otras en las que, por el contrario, la realidad de las prácticas (familiares) van muy por delante de normativas y de las políticas.34 De este modo desenmascara el poder de las fuerzas conservadoras y de las elites en la concepción y diseño de marcos normativos y de políticas públicas que procuran moldear y regular formas aceptables de vida familiar y de relaciones de género (ideología familista y maternalista), como ha sido tradicionalmente el caso en América Latina. De este modo el Estado aparece como el ámbito de confrontación entre actores sociales y políticos.
Con estos puntos de partida seleccioné algunas de las múltiples contribuciones del pensamiento de Shevy que dan cuenta de nudos críticos presentes en los debates actuales en el campo del género, la familia y las políticas sociales, que son las que se presentan a continuación.
Familias, unidades domésticas y género
La familia ha sido sin duda un tema de reflexión muy relevante a lo largo de la trayectoria académica de Jelin. A través de su estudio, y entendida como locus intermedio de análisis entre los individuos y la estructura social, cuestionó cualquier visión que naturalizara sus funciones, organización y dinámica. En este sentido advirtió que el concepto de familia al que usualmente nos referimos y evocamos es una construcción social y cultural, anclada en procesos históricos y sociales, y por lo tanto heterogénea y cambiante. Cada sociedad elabora formas aceptables e inaceptables a través de las cuales resuelve la reproducción en un sentido más amplio y por ende existe una enorme diversidad en las formas de hacerlo tanto entre sociedades como dentro de una misma sociedad entre grupos y/o clases sociales. La familia se encuentra inmersa en una red de relaciones y sujeta a un conjunto de condicionantes. En sus propias palabras:
Proponemos una aproximación multidimensional a la familia que reclama por una consideración explícita de las condiciones materiales de la reproducción cotidiana y generacional, del sistema social de interacción, de las dimensiones simbólicas y culturales de la familia y el parentesco y de la dimensión política que está involucrada en las relaciones entre la familia y el sistema institucional más vasto. (Jelin, 1991: 10)35
De este modo, la familia conformada por lazos de parentesco es concebida como una institución social que regula, canaliza y confiere significados sociales y culturales a la sexualidad y la procreación. Constituye la base de reclutamiento de la unidad doméstica, en donde se desarrollan las actividades ligadas al mantenimiento cotidiano. Sus relaciones se guían por reglas y pautas sociales preestablecidas y sus comportamientos pueden orientarse por sentimientos de solidaridad, afecto y cuidado mutuo, pero también por cuestiones instrumentales e intereses que pueden derivar en conflictos y violencia.
La articulación entre individuos emparentados al interior de unidades domésticas propuesta por Jelin es compleja y resiste toda consideración esquemática o naturalizada sobre su funcionamiento, rechazando de plano la perspectiva funcionalista. Por otra parte, rompe con una mirada de la época que imprime a las estrategias de sobrevivencia familiares un enfoque unificado de intereses de los miembros, proponiendo otra que indaga sobre las prácticas diferenciadas y contradictorias, tanto dentro como fuera de las unidades domésticas. Por ello, las formas concretas a través de las cuales las unidades domésticas resuelven la reproducción –entendida tanto como reproducción biológica como cotidiana y social– constituyen la materia prima para examinar transformaciones sociales, ideacionales e institucionales.
Apelando a la historia, Jelin abordará las transformaciones en la división sexual del trabajo al interior de las unidades domésticas y los procesos que dan cuenta de la desvalorización de las actividades no remuneradas del hogar, aquellas tradicionalmente a cargo de las mujeres.36 En este recorrido, con su punto de inflexión en la separación física entre la casa y el trabajo, señalará las texturas del proceso que dio lugar al modelo de familia ideal o idealizado, como ella misma reconoce, de la familia nuclear y neolocal, que se impuso por mucho tiempo como el modelo a emular y como la norma de vida familiar: el modelo de familia patriarcal. Este modelo que comienza a resquebrajarse en la segunda mitad del siglo XX pudo sostenerse a fuerza del accionar de instituciones de diversa naturaleza, desde la iglesia hasta los sistemas de bienestar y los marcos regulatorios del mercado de trabajo, basados en arquetipos de trabajadores típicos y de sus familias.
Desde hace varias décadas, un conjunto de fuerzas sociales va a desatarse para poner en cuestión dicho modelo. Con avances y retrocesos, con estancamientos y sorpresas, este proceso de reconocimiento de intereses y derechos propios de las mujeres será producto para Jelin de transformaciones sociales notables. Inicialmente vinculado a la posibilidad del acceso a ingresos y a la expansión de la educación, se abren nuevos horizontes de expectativas personales y de deseos individuales para grupos subordinados a la autoridad patriarcal, hijos, hijas y, más tardíamente, esposas. De este modo se pone en marcha un proceso de afianzamiento de la individuación, clave para entender los notables cambios que comenzarán a ocurrir en los patrones de formación, dinámica y disolución familiares. Su mirada otorgará un rol muy relevante a los movimientos de mujeres y del feminismo, que impulsaron la lucha por el reconocimiento de derechos frente al varón.
La división sexual del trabajo: trabajo remunerado, trabajo doméstico
Las relaciones existentes entre la división sexual del trabajo a nivel intrafamiliar, la reproducción social y la subordinación femenina llamaron la atención de Jelin desde muy temprano. Adelantándose a la actual discusión sobre organización social de los cuidados, indagó sobre la relevancia del trabajo doméstico desde un punto de vista más estructural. Desde la tradición feminista marxista ya se había destacado décadas atrás la funcionalidad y el valor no reconocido de las labores del cuidado para los sistemas capitalistas. Ella formará parte de las pensadoras latinoamericanas que con un registro regional analizarán estos vínculos en un contexto de desarrollo desigual, vinculado al capitalismo periférico. De este modo, sus análisis sobre la división sexual del trabajo dentro de las unidades domésticas estarán situados en sociedades en las que una significativa porción de la fuerza de trabajo no está integrada al mercado laboral urbano formal, lo cual imprime rasgos específicos a la discusión sobre la participación económica de las mujeres (Jelin, 1982). En efecto, ya al promediar la década de los setenta, con base en un estudio sobre Salvador en Brasil va a ofrecer una mirada que integra unidad doméstica, estructura productiva y reproducción social de un modo integral y complejo. Con el espíritu de una época, examina las relaciones funcionales entre producción y reproducción en un contexto de desarrollo desigual en el que vastos sectores de la población acceden solo marginalmente a un sector productivo dinámico. Señala las diversas formas en las que los sectores de bajos ingresos subsidian a la economía, tanto a través de las actividades domésticas para el sostenimiento de la fuerza de trabajo, como también a través de otros mecanismos como el servicio doméstico en hogares más adinerados, y la venta del excedente de producciones domésticas a otras familias de ingresos muy bajos (Jelin, 1974a).
Al finalizar los años setenta y durante los ochenta, emergió con fuerza en la investigación internacional la preocupación sobre los determinantes de la participación de las mujeres en el mercado de trabajo.37 Los estudios se interesaban por determinar qué factores propiciaban que la mujer trabajara en actividades económicas para el mercado y cuáles restringían esa posibilidad en contextos de economías subdesarrolladas.38 Con información secundaria y sin ambigüedades las investigaciones enfatizaban en la importancia del lugar de la mujer en la estructura familiar, su etapa del ciclo de vida y la clase social como condicionantes del trabajo para el mercado. Agregaba también a esta lista de rasgos individuales y familiares aquellos relativos a los déficits de los servicios sociales de cuidado (tanto para el cuidado infantil como para el cuidado de enfermos y personas mayores) (Jelin, 1982).
En este caso Jelin enfatizó la importancia de aspectos subjetivos, que le permitió develar las vivencias y experiencias de las mujeres de sectores populares. Para ellas las responsabilidades domésticas aparecían como tareas naturales de las mujeres (por ese entonces) sin imposiciones, pero también sin opciones, lo cual denotaba un muy acotado margen de alternativas.39
La mayor propensión de las mujeres a participar en la fuerza de trabajo, particularmente aquellas con responsabilidades familiares, fue interpretada a la luz de varios factores coadyuvantes. El acceso a mayores niveles de educación formal jugó un rol significativo, contribuyendo a moldear inquietudes, aspiraciones y expectativas más allá de las vinculadas al hogar y la familia. También otros aspectos cumplieron un rol relevante; por un lado, un creciente número de mujeres trabajadoras dejan de interrumpir su actividad laboral con la llegada de los hijos (ya habían dejado de hacerlo con el matrimonio), se empiezan a exhibir trayectorias laborales de mayor estabilidad. Por el otro lado, las fluctuaciones económicas, las crisis recurrentes y un mercado laboral poco dinámico genera una situación de riesgo constante a la cual las unidades domésticas responden movilizando fuerza de trabajo adicional. El modelo de varón único proveedor se fue resquebrajando tanto por factores socioculturales como por su creciente incapacidad de cumplir las funciones socialmente esperadas. De hecho, como tal, para sectores de la clase trabajadora este modelo fue más bien una quimera, dado que los ingresos del jefe de familia eran tradicionalmente suplementados con los del trabajo de otros miembros del hogar.
A partir de estas transformaciones, la indagación se expandió más allá de los confines de la unidad doméstica, comenzando a examinar las formas en que los condicionantes de la participación laboral afectaban a la inserción laboral, es decir, relegaban a muchas mujeres a una inserción segmentada y desigual en el mercado de trabajo. Junto con Ana María García de Fanelli y Mónica Gogna desarrollaron un programa de investigación sobre las mujeres en el empleo público que fue una maravillosa excusa para desenmascarar el acceso más restringido de las mujeres a puestos de mayor jerarquía y la penalización subsecuente en los niveles de ingresos (García de Fanelli, Gogna y Jelin, 1989; y García de Fanelli, Gogna y Jelin, 1990).
A lo largo de las tres décadas subsiguientes la participación económica de las mujeres continuó ascendiendo y hoy en día algunos subgrupos exhiben niveles casi tan elevados como sus pares varones. Muy lentamente y a fuerza de una incansable lucha y un continuo avance en sus perfiles formativos (que superan con creces a los de los varones) su presencia en puestos de responsabilidad y dirección fue mejorando. Sin embargo, las diferencias de clase a las que aludió Jelin en sus estudios solo se profundizaron con el tiempo, de este modo, para las mujeres de sectores populares las estructuras de oportunidades40 no variaron de manera muy significativa: su entrada a la maternidad continúa siendo más temprana y su fecundidad más elevada; sus patrones de participación inestables; y su inserción ocupacional es en circuitos informales muy acotados.41
Desarmando modelos: las transformaciones de la(s) familia(s)
Las expectativas sociales en torno a las relaciones de parejas, así como a la formación de las familias y sus dinámicas han experimentado notables modificaciones a lo largo de las últimas décadas. Los mandatos sociales en cuanto a cómo formar una pareja, con quién, en qué momento de la vida y hasta cuándo mantener una unión se han visto fuertemente interpelados dando lugar a que la libertad y los deseos personales sean el norte de estas decisiones.42 Los individuos, menos dispuestos a ajustar sus conductas a mandatos familiares y sociales obran más en función de sus aspiraciones y deseos. Jelin observa estos procesos señalando que la familia va abandonando el lugar de institución total que desempeñó por mucho tiempo. El mundo familiar se ha tornado más inestable y heterogéneo: “En la medida en que se incorpora y se acepta la diversidad de formas de familia, pasamos del singular a la voz plural de múltiples formas de familia” (Jelin, 2017a). Se desmonta de este modo el apego a una forma, un modelo (el “normal”), que ve a todos los demás como desviaciones, inmoralidades o pecados. Este desapego al modelo tradicional de familia ha venido acompañado por una variedad de formas de vivir en familia (aumento de hogares unipersonales, de hogares con jefatura femenina, de familias ensambladas).
Las transformaciones tienen por cierto una fuerte impronta de clase social tanto en el timing y secuencia de los eventos en el curso de vida (relacionados con la sexualidad y cuidados anticonceptivos, la maternidad, los procesos educativos y la entrada al mundo del trabajo, la formación de uniones y su disolución, etc.) y también en lo que respecta al ejercicio de la autonomía personal. Los márgenes de elección, tanto relativos a la maternidad como a la posibilidad de terminar con una relación de pareja insatisfactoria, dependen no solo de voluntades personales sino también de la posibilidad de ejercerlas.
La entrada creciente de las mujeres al mundo laboral no se ha dado sin tensiones ni conflictos, particularmente en hogares con parejas heteronormativas convivientes, en los que la actividad económica de las mujeres no parece haber trastocado de modo significativo la distribución de responsabilidades y tareas domésticas, es decir, ellas continúan siendo las principales proveedoras de cuidado.43 Las formas de resolver estas tensiones dependen fuertemente del nivel de recursos, y en la Argentina de hoy básicamente de la capacidad que tienen las unidades domésticas de adquirir servicios domésticos y de cuidado en el mercado. En los hogares que no cuentan con esa posibilidad la carga doméstica caerá en forma desproporcionada sobre las mujeres, condicionando o cercenando la posibilidad de una incorporación al mercado de trabajo.
La situación es más acuciante en el caso de mujeres pobres jefas de hogar (grupo social que ha venido aumentando a lo largo del tiempo). Jelin repara específicamente en estas mujeres y su doble o triple responsabilidad –a cargo de la economía familiar, de las actividades domésticas y del cuidado de sus hijos– indicando que su situación implica una carga excesiva y que a menudo las expone, a ellas y a sus hijos, a grandes riesgos. Asimismo, señala que su situación no solo es inviable, sino moralmente incorrecta, destacando el rol del poder público, a través de las políticas sociales.
El rol de las políticas públicas
Entender las dinámicas y la organización de las unidades domésticas, sus cambios en el tiempo y los embates externos llevará a Jelin a incorporar en sus análisis tanto los marcos normativos que confieren derechos, como las políticas públicas y los sistemas de bienestar que favorecen su acceso. Si bien, como se argumentará, en los tiempos que corren se han ampliado las opciones y la capacidad de elección de los individuos, los vínculos familiares y las necesidades de cuidado persisten. La gran mayoría de las actividades de cuidado cotidiano continúan desarrollándose dentro del mundo doméstico, estando a cargo centralmente de las mujeres. Tanto por situación de clase como por su configuración, son las mujeres de sectores populares las que se encuentran más restringidas por su rol de cuidadoras y por ende tienen las menores opciones y posibilidades de decisión. Frente a esta situación, Jelin insiste sobre la relevancia de las regulaciones estatales y de la política pública en la gestión del bienestar, en la promoción de condiciones de posibilidad para la democratización de las relaciones familiares y el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Estas demandas de acción pública compensatoria requieren de un reconocimiento y actualización de la diversidad de formas de vida familiar y de los derechos de las mujeres en sus considerandos y definiciones. En efecto, en función de la experiencia, las relaciones entre políticas públicas y familia han exhibido incongruencias e inadecuaciones que conducen a reforzar roles de domesticidad asociados al género femenino. En palabras de Jelin, “tanto los modelos como las prácticas de políticas sociales están anclados en un modelo de familia, generalmente implícito y a menudo bastante alejado de la realidad cotidiana de los y las destinatarias de esas políticas” (Jelin, 2017b). Es por ello que reclama la necesidad de incorporar la igualdad de género como uno de los ejes rectores de las políticas públicas.
Otro aspecto clave a considerar es el reconocimiento de la capacidad de la familia para reproducir desigualdades sociales y su rol intermediario con la estructura social (a través de un conjunto de mecanismos como la herencia, la socialización de hijas e hijos y la transferencia de capital social, entre otras). Por ende, las propuestas de intervención tendrían que poder compensar las inequidades que la propia familia genera en su reproducción cotidiana y generacional, con base en derechos integrales de ciudadanía.
La política pública orientada hacia mejorar la provisión de bienestar tiene un reto importante, el de mejorar las condiciones de posibilidad para una mayor igualdad social entre los géneros siendo respetuosa de las actuales circunstancias. Si bien son numerosas las potenciales áreas de intervención estatal, los nudos centrales de estas políticas para aliviar las responsabilidades que hoy en día recaen de manera unilateral en el “pilar familiar” –y dentro de este, sobre todo en las mujeres– son para Jelin la ampliación de la oferta de servicios de cuidado de niños, niñas y enfermos, así como la mejora en la provisión de servicios públicos (incluidos el transporte y la vivienda social).
Palabras finales
La fuerza irrefutable del actual movimiento por los derechos de las mujeres y de las diversidades de géneros es el producto de un muy largo proceso de lucha. Shevy Jelin constituye sin duda una de las precursoras comprometida con esta lucha. Como la magnífica armadora que es, ha contribuido a la promoción de la equidad de géneros no solo con sus elaborados conocimientos sino también a través de sus acciones personales como docente, colega y amiga. Su obra constituye una pieza clave de la sociología sobre familia y género en el país, con contribuciones originales, profundas y de una enorme vigencia. Espero, para quienes no han tenido la buena fortuna de recorrer su obra en esta materia, haber generado con estas páginas el interés de hacerlo.
Referencias bibliográficas
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Un entendimiento de las relaciones sociales despojado de preconceptos apologéticos:
CLASPO, o investigar la acción local en un cambio de época

Carlos H. Acuña y Gabriel Kessler
Estamos muy felices de poder colaborar en este libro que recorre la inmensa trayectoria de Shevy. Los autores de este capítulo, Carlos Acuña y Gabriel Kessler, hemos compartido distintos tramos de nuestras trayectorias con ella, pero en este trabajo abordaremos una experiencia que nos reunió a los tres y que tuvo un valor en la tormentosa Argentina posterior a la crisis de 2001 que quisiéramos recuperar. En efecto, cuando las consecuencias de la crisis de 2001 imponían serias restricciones a la investigación social, se conformaba el Grupo Interinstitucional CLASPO-Argentina entre el Programa de Investigaciones Socioculturales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) donde estaba Shevy, la Maestría en Administración y Políticas Públicas de la Universidad de San Andrés (UdeSA) representada por Carlos Acuña y el Área de Sociología del Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) por intermedio de Gabriel Kessler. Se realiza entonces un Convenio con el Center for Latin American Social Policy (CLASPO) del Teresa Lozano Long Institute of Latin American Studies (LLILAS) en la Universidad de Texas en Austin, entonces bajo la dirección del profesor Bryan Roberts –gran compañero de ruta de Shevy desde siempre– y que tenía como coordinadora de Programa a Paloma Díaz.
El Grupo CLASPO-Argentina se enmarcó dentro del Programa “Desarrollo comunitario auto-sustentable en perspectiva comparada”, que contaba con el auspicio de la Fundación Ford y se realizaba simultáneamente en Chile, Perú y Colombia. En un contexto de tantas dificultades para las y los cientistas sociales nóveles, CLASPO-Argentina se planteó tres objetivos. El primero fue crear un programa de subsidios para que investigadores jóvenes vinculados a las instituciones organizadoras emprendan estudios con un eje en común: la relación entre actores públicos y diversas manifestaciones de la sociedad civil para la realización de acciones sociales de índole diversa. El programa se implementó en dos cohortes 2002/3 y 2003/4 a partir de sendos grupos en el marco de los cuales se produjeron veintidós estudios de caso, muchos de los cuales permitieron a sus autores finalizar sus tesis de maestría y/o avanzar en sus doctorados. CLASPO-Argentina se propuso una dinámica de trabajo donde cada investigación, si bien llevada a cabo por un becarie, fuera objeto de discusión y revisión periódica por parte del grupo. Amén de ello, antes del término de cada cohorte, se realizaron jornadas de discusión de los informes finales, en las que cada trabajo contó con el análisis y enriquecedores comentarios de un/a investigador/a de amplia trayectoria. Luego se dispuso la publicación electrónica de los estudios en el sitio de la Universidad de Texas,44 de manera que quedaran en el acervo digital y que desde entonces puedan descargarse en forma libre. El programa financió asimismo la estadía de un trimestre en el Instituto Teresa Lozano de la Universidad de Texas de tres investigadoras/es nóveles en ese momento, hoy de amplia trayectoria así como de dos investigadores entonces ya formados, que trabajaron en conjunto con becaria/os e investigadora/es de los proyectos de CLASPO en Chile, Perú y Colombia.
El segundo objetivo del programa era cubrir áreas de vacancia en la actualización de bibliografía y sistematización de la información sobre políticas sociales. Para ello se realizó una periódica selección y compra de libros y revistas extranjeras de primer nivel que no se encontraban en nuestro país. Dicho material se organizó y sistematizó en la biblioteca de la Universidad de San Andrés. En cuanto a la sistematización de la información, se propuso crear un portal organizador de los datos producidos en la Argentina sobre temas sociales nodales como trabajo, pobreza, salud y educación. El objetivo era facilitar el acceso a la información a investigadores, organizaciones sociales, decisores públicos y usuarios en general. Conformamos entonces el portal www.datosociales-argentina.net (hoy fuera de uso), que sistematizaba, explicaba y direccionaba al usuario hacia las distintas fuentes de información entonces existentes. Así, en el comienzo de la expansión informativa digital, CLASPO se proponía orientar a investigadores y organizaciones en la búsqueda y acceso a la información y los datos.
Por último, hacia el final de los casi tres años de funcionamiento, el programa se planteó la realización de un libro, resultado de una selección de artículos realizados por diez becarias/os de ambas cohortes del programa, basados en sus respectivas investigaciones. El libro se llamó Políticas sociales y acción local. 10 estudios de caso (bajo la dirección de Shevy y los autores de este capítulo). El libro fue una co-edición entre las tres instituciones argentinas participantes del proyecto y, por supuesto, la institución norteamericana. Lucila Schonfeld realizó un cuidadoso trabajo de edición y los ejemplares del libro se distribuyeron en forma gratuita entre académica/os, universidades y bibliotecas de todo el país y del exterior, así como entre organizaciones sociales, en particular aquellas que habían de un modo u otro participado en algunas de las investigaciones del proyecto. Les autores de los artículos eran en ese momento investigadora/es en sus comienzos y mucha/os de ella/os hoy son reconocidos académicos. La/os autores del libro son, en orden de los capítulos, Alicia Gónzalez Andrada, Sebastián Essayag, Nina Zamberlín, Mabel López Oliva, Sergio Caggiano, Carla del Cueto, Mariana Luzzi, Gabriela Wyczykier, Laura Mombello y Pablo Bonaldi. El libro tiene una introducción de los tres coordinadores del proyecto, cuyas ideas principales se retoman en las páginas que vienen.
Los artículos del libro abordaban diversas aristas de la compleja relación entre sociedad y Estado en la gestión y resolución de diferentes problemáticas sociales, en su mayoría en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Estudiaban en contextos locales acciones que podrían ubicarse en distintas posiciones dentro del continuo que va desde aquellas iniciativas creadas enteramente “desde arriba” hasta aquellas surgidas en forma clara “desde abajo”. Los artículos atravesaban una variedad de temáticas: formas de implementación local de planes sociales, algunos ya entonces de larga data como programas de Atención Primaria para la Salud y otros entonces más recientes como el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados –una de las primeras experiencias de transferencias condicionadas en el país– o el Plan Remediar de distribución de medicamentos genéricos, ambos creados en 2002, en un período de crisis social sin igual. Otros trabajos se focalizaban en los claroscuros de la inclusión y la exclusión de actores para la promulgación del Plan Estratégico de la ciudad de Buenos Aires; los intersticios donde pueden posicionarse iniciativas pioneras en salud reproductiva; las redefiniciones de “cultura popular” que se planteaban organizaciones barriales cuando el mundo obrero-industrial se eclipsaba; las dificultades de coordinación para la implementación efectiva de nuevos temas de agenda, como las leyes contra lo que hasta ese momento se denominaba violencia “doméstica”; las razones del tan raudo auge como veloz decadencia de los Clubes del Trueque; la vuelta a la “normalidad” de uno de los municipios de Neuquén emblemáticos en el período de surgimiento del movimiento piquetero y los dilemas que enfrentan las organizaciones surgidas en torno a identidades nacionales.45
¿Qué preguntas nos hacíamos?
En la introducción del libro, los coordinadores reflexionaban sobre los puntos en común entre los trabajos y, en particular, sobre las relaciones entre política social y acción local. Aquí queremos hacer una mención a la presencia de este tipo de reflexiones en la trayectoria intelectual de Shevy. Más allá de una mirada y un compromiso que privilegió a lo largo de su carrera un involucramiento fundamental con las organizaciones de las manifestaciones y necesidades de la sociedad civil, Shevy siempre estuvo muy atenta y marcó desde un comienzo de su obra la necesidad de estudiar y trabajar las articulaciones entre la sociedad y las distintas agencias y niveles del Estado. Los aportes de este libro se ubican en el punto de inflexión entre las políticas sociales de los años noventa y la nueva generación de los años 2000, en particular por la centralidad de las transferencias condicionadas y planes de amplio alcance como el Remediar, y son testimonio de la diversidad de formas de articulación entre estados y sociedad, algunas propias del momento, otras más persistentes. Es así que más allá de la diversidad temática, los trabajos de todo CLASPO y del libro en particular comparten la focalización en las relaciones entre actores a partir del concepto de “interfaz” que había sido desarrollado en el proyecto por el sociólogo británico del desarrollo Norman Long, también un compañero intelectual de muchos años de Bryan Roberts.
Para este autor (Long, 2004), interfaz hace referencia a la conformación de espacios de creación de identidades organizacionales, negociación, cooperación y conflicto entre actores individuales y colectivos, provenientes de diversos niveles del Estado y de las multifacéticas expresiones de lo que se ha dado en llamar “sociedad civil”. Asimismo, dos grupos de interrogantes habían orientado a los trabajos. El primero se centraba en los recursos para la acción colectiva con los que las organizaciones sociales habían contado a lo largo de su historia. La definición de recursos adoptada era amplia, incluyendo capital financiero, físico, humano, social, acceso a planes sociales, entre otros. Una mirada atenta se dirigía a los vínculos sociales y a la inserción o creación de redes que posibilitaron el acceso a estos recursos. Trascendiendo la aparente omnipresencia de clientelismo y su inherente connotación moral negativa, allí donde el carácter local conllevaba necesariamente relaciones personalizadas, los trabajos detectaban y explicaban la multiplicidad de figuras de los intermediarios que debían mediar y negociar entre las necesidades del barrio y los agentes externos proveedores potenciales de recursos.
Un segundo eje de preguntas giraba en torno a la participación social. La postura que sosteníamos era la de deconstruir y complejizar la noción estudiando sus manifestaciones empíricas y tomando distancia de apologías apriorísticas, demasiado presentes en los trabajos existentes sobre la sociedad civil y su relación con el Estado. Antes bien, los artículos se preguntaban quién, cómo y para qué se participaba, atentos a la tensión entre las formas de participación predefinidas por programas públicos y aquellas generadas por la propia sociedad local; relación no planteada, claro está, como mutuamente excluyente sino más bien complementaria. Por lo demás, la pregunta sobre quiénes participaban nos resultaba incompleta sin su contracara: ¿quién queda afuera de la participación y, más genéricamente, de las acciones locales y sus beneficios? Al fin y al cabo, la mirada sobre los excluidos de las organizaciones, ya sea como efectores o como beneficiaria/os, era una forma de adentrarse en las reglas formales e informales que franqueaban el acceso real a determinados bienes colectivos.
Visto en forma retrospectiva, en una coyuntura de extrema necesidad y al mismo tiempo de transformación en las políticas sociales, desde los planes focalizados e hiperfragmentados de la década de 1990 a una concentración en menos programas con mayor alcance poblacional, la pregunta sobre la exclusión de las políticas era central. Así, tres eran los niveles de inclusión y exclusión que preocupaban a estos trabajos. Uno, de carácter territorial: las lógicas de la acción local podían llevar a la concentración relativa de recursos en una zona del barrio, por lo cual otras áreas, a menudo aquellas percibidas como bajo la influencia de organizaciones en competencia, quedaban excluidas de los bienes colectivos. Los trabajos se interrogaban sobre la identidad de los sujetos: ¿Qué perfil de individuos quedaba fuera de esa acción? ¿Existían dispositivos institucionales que producían –más o menos reflexivamente– la exclusión de determinados grupos de individuos, definidos según criterios diversos que podían incluir el género, la edad y la etnicidad? En esa misma dirección, el tercer interrogante convergía sobre las familias. Muy en línea con los estudios sobre familia liderados por Shevy en forma pionera, las y los becaria/os ponían especial atención a qué miembros de las familias participaban y quiénes no, y cómo se legitimaba dicha participación desde la diferenciación de los roles familiares de género y de generación (que definen quiénes son “merecedores” y quiénes no lo son). De este modo, se podía rastrear las creencias e ideologías sobre la familia, subyacentes pero omnipresentes en las acciones locales y en todo dispositivo, tanto del Estado como de la sociedad civil, de participación y distribución de bienes y servicios. En particular se ponía en evidencia cómo las políticas sociales “descansaban” sobre el trabajo femenino de cuidado sin ningún tipo de reconocimiento del mismo, una agenda que años después cobrará centralidad pero que entonces estaba todavía en sus inicios.
¿Qué aprendimos de la relación entre política social y acciones locales?
El volumen, entonces, marca la complejidad de las relaciones entre sociedad civil y Estado(s). En la introducción del libro intentamos estilizar las principales claves de bóveda de esta relación entre Estado y sociedad civil, que de un modo u otro recorren los trabajos. A continuación retomamos los ejes centrales porque es una manera de recuperar el trabajo en común con Shevy en esta experiencia que si bien no ha tenido la trascendencia de otras acciones de las que participó, ha sido de importancia en una coyuntura de extrema desazón para la Argentina en general y para las y los entonces investigadores en formación, así como da cuenta de las interfaces entre sociedad y Estado.
¿Qué reflexiones realizábamos en ese momento que, leídas con los años de distancia, guardan una gran actualidad? En primer lugar, los trabajos comparten una visión matizada sobre las virtudes de la sociedad civil, en cuanto nada indicaba que a nivel local y con menor injerencia del Estado, se dieran mejores condiciones de participación y relaciones más horizontales. Para CLASPO, el Estado era una condición necesaria para pensar la sociedad civil, lejos de estar en una relación de suma-cero. Más concretamente, muchas de las organizaciones de la sociedad civil estudiadas fueron creadas o financiadas con fondos estatales, a pesar de que su presencia como prestadoras sociales locales contribuyó sobre todo durante los años noventa a la poca visibilidad local del Estado.
Por otro lado, los trabajos confirmaban la relevancia de la tensión entre intereses individuales y colectivos. No fue una novedad que los individuos mantienen la defensa de sus intereses individuales al comportarse en el plano de la acción colectiva; la tensión entre intereses individuales y objetivos organizacionales era omnipresente e influía en la morfología y destino del esfuerzo colectivo. Dicho de otro modo, en una armoniosa combinación y balance de incentivos individuales y organizacionales se hallaban algunas de las claves de bóveda de las experiencias más exitosas.
Continuando con nuestra reflexión sobre el Estado, éste no era pensado ni como mera arena-objeto ni como punto de “llegada” del accionar de la sociedad civil, una vez que esta hubiera alcanzado el grado de organización suficiente. Y esto en gran medida porque, como se dijo, el Estado había sido a menudo el originador de las organizaciones como actor que resolvía problemas de acción colectiva cuando había conflictos entre grupos de la sociedad civil. El Estado aparecía, entonces, como un actor insoslayable en el proceso de construcción política de la propia sociedad civil, pudiendo ser su mismo punto de “partida”.
El Estado presente en los artículos era, en rigor, una multiplicidad de “estados” que no se conformaban ni comportaban de forma coherente. Además, una misma agencia pública podía cambiar radicalmente su política al cambiar sus representantes. De ahí la importancia de “quién” está en el gobierno (su ideología, valores, juego político en el que está inserto, entre otros), por lo que era muy difícil hablar de la relación “Estado/sociedad civil” sin sostener el análisis con nombres propios, identidades partidarias y temporalidades. De este modo, lejos de la despolitización de las relaciones entre actores de ambas esferas, la política en sus distintas manifestaciones tenía una enorme relevancia para entender lo que sucedía en la sociedad civil, la forma en que se expresaba y cómo se resolvían sus intereses.
Los estudios de caso destacaban también las tensiones y contradicciones de intereses y la distribución de poder dentro de la sociedad civil; tema en el que el Estado muchas veces “media” y otras “resuelve”, actuando a veces en favor de los más débiles frente a la exclusión a la que los someten los actores más fuertes de la propia sociedad civil. En otros casos, por el contrario, la necesidad de disminuir los “costos de transacción” en la terciarización de las prestaciones a nivel local llevaba a que una vez que el Estado encontraba o creaba intermediarios confiables, tendía a reforzar su poder interno, sin regular el factor de desigualdad local que generaba.
En otras palabras, la problemática del poder estaba en la relación Estado/Sociedad tanto como en las relaciones establecidas dentro de la sociedad civil, cuestión que no se resuelve de antemano o en forma independiente del accionar estatal. Los distintos trabajos sugerían la necesidad de crear marcos de comprensión “sistémicos”, esto es, que no pensaran al Estado o a la Sociedad como términos divorciados o al menos discretos temporalmente uno en relación con el otro. La interfaz, en este sentido, no articulaba piezas forjadas independientemente; no era una bisagra sino un conjunto de relaciones de mutua determinación e influencia. Y esto era significativo no sólo en cuanto al margen y al contenido del accionar de la Sociedad y el Estado como “polos” de la relación, sino en la mutua determinación e influencia sobre la propia naturaleza de cada polo.
Más allá del innegable proceso de descentralización y el “corrimiento” de la política y la relación Estado/Sociedad hacia lo local que había tenido lugar en la década previa a estos estudios, en los años noventa, gran parte de los trabajos mostraban como ejes importantes de la definición de la dinámica local a luchas, decisiones, políticas y programas que se forjaban desde el plano nacional. El juego de escalas era central en CLASPO: insistíamos en que no era posible comprender lo observado localmente si no era a partir de procesos y dinámicas nacionales, que incluían desde políticas macroeconómicas hasta políticas sociales diseñadas a escala nacional –más allá de que su implementación terminara desarrollándose en niveles provinciales y locales–. La matriz nacional que se observaba en muchos de los casos no actuaba como “contexto” que fijaba límites a los procesos analizados, sino como constitutiva de su propia naturaleza y, en ocasiones, de los propios actores de la “sociedad civil local”. De ese modo, la polisemia de sus manifestaciones concretas imponía una mirada cauta sobre las bondades de la participación: si en ciertos casos implicaba un aprendizaje democrático, en otros designaba la realización de actividades de baja calificación sin salario –realizadas en general por mujeres–, que sobre todo benefician la continuidad organizacional. Asimismo, la eficacia de la participación era cuestionable en áreas donde el saber especializado es imprescindible para la correcta realización de prestaciones.
Así las cosas, muchas veces la participación no era un “trampolín” hacia niveles superiores de decisión y autonomía: algunas estrategias participativas apuntaban a abrir una puerta causando que otras se mantengan cerradas. Esta dinámica de participación en una cuestión que genera exclusión en otra tenía raíces tanto estructurales como ligadas a las contingencias políticas. Las primeras mostraban canales institucionales con claros techos en sus objetivos, límites usualmente ligados a la ejecución de programas sociales predefinidos y acotados temporalmente. Con respecto a las segundas, en un contexto donde primaban las rivalidades entre facciones partidarias alternantes, participar en algunas instancias y en un determinado momento podía constituir una barrera para la continuidad de la participación en la ocasión en que otra facción controlara el gobierno local.
Finalmente, los casos analizados nos permitieron también desembarazarse de máximas tan extendidas como la que ve en el Ejecutivo un actor siempre peligroso para la participación de la sociedad civil y, en contraposición, al Legislativo y a las organizaciones sociales como los canales sociopolíticos “naturales”. Los estudios mostraban situaciones en las que el poder combinado del Legislativo y de organizaciones de la sociedad civil (autónomas tanto del Ejecutivo como de sus propias bases) colocaba al Ejecutivo en una posición de debilidad, resultando esta alianza en una lógica de distribución de recursos clientelista, ineficiente e ineficaz para la comunidad local. En alguno de los casos estudiados, el fortalecimiento de la participación de la comunidad y el mejoramiento de la distribución de recursos demandaban el debilitamiento tanto del peso del Legislativo como de la autonomía de organizaciones sociales “oligarquizadas”, y la transferencia de su poder a manos del Ejecutivo y sus técnicos. Tales casos desafiaban la intuición casi definicional que predominaba en el estado del arte para pensar la relación Estado-sociedad civil.
Hasta aquí hemos restituido algunas coordenadas que estructuraban los estudios de CLASPO que contribuían a explicar las relaciones sociales a nivel local con un ánimo de fidelidad a su lógica y determinantes, despojado de preconceptos apologéticos, tal como escribimos los tres en la introducción del libro en 2006. A la distancia de los quince años de este libro y otros más de cuando tuvo lugar toda la experiencia de CLASPO, aparece como un jalón importante y no tan conocido de la acción de Shevy en la formación de jóvenes investigadora/es, en la articulación internacional y en el intento para dar cuenta en cada época de las particularidades de la relación entre Estado y sociedad, en particular en el tan difícil contexto de la Argentina post 2001. Ojalá este capítulo sirva también como invitación para leer los tan interesantes estudios de caso que se produjeron y que siguen disponibles como parte del conocimiento al que Shevy contribuyó a crear.
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