Kitabı oku: «La ciudad como utopía»
La ciudad como utopía. Artículos periodísticos sobre Lima 1953-1965

Sebastián Salazar Bondy
Alejandro Susti (prólogo y selección de textos)


Colección Rescate
La ciudad como utopía. Artículos periodísticos sobre Lima 1953-1965.
Sebastián Salazar Bondy.
Primera edición digital: noviembre, 2017
© Universidad de Lima
Fondo Editorial
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Fotografía de portada: Augusto Tamayo
Versión ebook 2017
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Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-419-6
Toda ciudad es un destino porque es, en principio, una utopía, y Lima no escapa a la regla.
Sebastián Salazar Bondy
Agradecimientos
A Irma Lostaunau, por compartir la memoria de Sebastián Salazar Bondy. Al personal de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional del Perú por su invalorable y desinteresada colaboración.
Este volumen está dedicado a Ximena, de quien ya Sebastián dijo hace mucho: “Ojos eras, ávidos ojos eras / que al sol incorporaban en febrero: / mundo era el mundo ya y tú mirando / te devorabas sola el mundo entero” (“Ojos, mundo”).
Índice
PRÓLOGO
Escribir sobre la ciudad: la crónica periodística en Sebastián Salazar Bondy Alejandro Susti
I. ESTAMOS FUNDANDO LIMA
Fundación (1953)
Urbanista, un técnico necesario (1955)
Lima en un memorándum (1955)
Una cruz para el hombre común (1956)
El tránsito, forma del caos (1956)
Los servicios públicos en crisis (1956)
Para qué sirve el Plan Piloto (1956)
Conciencia urbanística y progreso (1956)
La ciudad que semeja al país (1956)
Un bosque falso y otro real (1960)
Sin parques y con 30 millones (1960)
Parque para la masa popular (1960)
Lima y su destino (1961)
Hoy 400 mil, mañana un millón (1961)
Lima: infancia y adolescencia (1963)
Municipios y democracia (1963)
¿Atomización de Lima? (1963)
Estamos fundando Lima (1964)
II. EL PATRIMONIO NACIONAL: ¿UNA MERCANCÍA?
La Virgen de las Mercedes (1953)
La Virgen y la imaginería española (1953)
Adulteración de una imagen (1953)
¿La misma imagen? (1953)
Un monumento y la originalidad (1954)
“Reforma” de plazas (1954)
Restauración de San Francisco (1954)
Por la ciudad que habitamos (1954)
El alud y el escarbadientes (1954)
La Alameda de los Descalzos (1954)
Un gesto ejemplar (1954)
Gratitud a un gesto (1954)
Un claustro para la ciudad (1954)
La Merced y los comerciantes (1954)
Azulejos y conflicto (1955)
¿“Aislar” Palacio? (1955)
Torre de Las Nazarenas (1955)
Una alameda: pasado y futuro (1956)
Una estatua, un derecho, un símbolo (1957)
¿Una ciudad de rascacielos? (1958)
Balcones apolillados y tradición (1958)
117 manzanas y la arquitectura de Lima (1958)
Un mitin por una alameda (1958)
Un oasis arbolado en el desierto urbano (1958)
Lima, ciudad que pide color (1958)
La reja, resto arqueológico (1959)
Elegía para un rincón (1961)
Demolición, desnacionalización (1964)
Réquiem para una plazuela remodelada (1964)
El patrimonio nacional ¿una mercancía? (1964)
III. EL POCO VERDE QUE NOS HAN DEJADO
El otro crimen (1953)
Verde al verde (1953)
Tala de árboles (1954)
Como quien oye llover (1954)
Sobre los parques (1954)
Música en el parque (1955)
“Ciudad-jardín”, ¿ironía o alucinación? (1957)
El verde es para todos (1957)
Un terreno central y el bienestar (1957)
Recuperar la ciudad perdida (1958)
Elegía para unos ficus asesinados (1958)
Un bosque que no existirá (1958)
Poda, tala y arboricidio (1958)
Los arboricidas son refugiados (1958)
El parque y su función social (1958)
El árbol: un ser humillado y ofendido (1958)
El poco verde que nos han dejado (1959)
El árbol caído (1960)
Otra vez los árboles (1961)
IV. LA PROSPERIDAD CON MENDIGOS
Los mendigos (1953)
Cuidadores de autos (1955)
Delincuencia y juventud (1955)
Un lustrabotas y el país futuro (1958)
Niños, trabajo y porvenir (1958)
Son, ante todo, niños (1958)
Una apuesta sobre el país (1958)
Mendigos, un síntoma visible (1959)
La autoridad contra la realidad (1959)
La verdad contra la “zona rígida” (1960)
Sociedad, delincuencia y castigo (1961)
La prosperidad con mendigos (1961)
Lectores, delincuencia, policía (1961)
Más sobre los mendigos (1961)
V. IDEAS DE PEATÓN
Ideas de peatón (1953)
Cuestión de perfil (1953)
Una avenida como problema (1953)
Criminales en auto (1955)
Crimen de irresponsable (1955)
Una nueva pista (1955)
Vehículos y cáncer (1955)
Ómnibus y horarios (1955)
Heladería, tránsito, reglamento (1955)
Bicicletas, herramientas decomisadas (1956)
Una ruta urbana y el ornato (1957)
Un mito criollo: el automóvil (1958)
Los criminales del tránsito (1959)
La mujer, los taxis y la lógica (1959)
Cirugía, pero no plástica (1964)
El automóvil en su sitio (1965)
VI. USOS Y COSTUMBRES
“Jironear” (1953)
El café (1953)
Volver al circo (1953)
La higiene urbana (1953)
Quejas injustificadas (1954)
Vivanderas (1954)
Ruidos y acción (1955)
Otra vez el ruido (1955)
Ferias y ruidos (1955)
Carnaval, fiesta de la agresión (1956)
El café: debate y libertad (1956)
Recuadro al amanecer (1956)
La guerra de las jugueterías (1957)
El sol y el mar no tienen dueño (1958)
Baja policía y progreso urbano (1958)
Carnavales, alegría y agresión (1959)
Ruidos: disciplina y solidaridad (1959)
Pinglo y nuestro pueblo (1961)
El basural en casa (1961)
Sobre la música criolla (1961)
Renacimiento del café (1961)
El coliseo, laboratorio de mestizaje (1963)
Los traficantes de un sueño (1963)
El infarto de un servicio público (1964)
Prólogo
Escribir sobre la ciudad: la crónica periodística en Sebastián Salazar Bondy
Alejandro Susti
A lo largo de su intensa y prolífica producción periodística, a través de medios tales como los diarios La Prensa, El Comercio o la revista Oiga, entre otros, Sebastián Salazar Bondy (1924-1965) encarnó en nuestro medio el papel de un promotor cultural abocado a una multiplicidad de preocupaciones y temáticas entre las que se incluyeron el teatro, las artes plásticas, el cine, la música, la literatura, el teatro, la actualidad política y, por último, la crónica urbana. En su tesis doctoral, Sebastián Salazar Bondy. Pasión por la cultura, el crítico francés Gérald Hirschhorn (2005) sostiene que nuestro autor llegó a escribir la sorprendente suma de 2231 artículos entre 1942 y 1965, entre estos, un total de 1089 “dedicados a la cultura”. Hirschhorn, sin embargo, no incluye entre estos los referidos a la problemática de la ciudad1, pero sí los incorpora en el exhaustivo inventario final del volumen. Publicados entre los años 1953 y 1965, es decir, después del regreso definitivo del autor al Perú en 1951, y después de una estadía de más de tres años en Buenos Aires2, estos artículos, salvo algunas pocas excepciones3, han permanecido inéditos y constituyen un testimonio sumamente valioso no solo en la medida en que translucen una visión y una manera de entender la ciudad, sino que, además, revelan el hecho de que mucho antes de la publicación de Lima la horrible en 1964, Salazar Bondy ya había centrado su atención en los procesos de transformación que estaba sufriendo esta –ya fuesen demográficos, urbanísticos, económicos, sociales e, incluso, políticos– y elaborado una serie de hipótesis de trabajo que encontrarían un desarrollo posterior en su trascendental ensayo.
“La ciudad como utopía” en Salazar Bondy
Un primer paso en la aproximación crítica a los artículos de nuestro autor consiste en entender cuál es la visión de la ciudad que subyace a estos. La expresión –como ya he señalado anteriormente–4 aparece empleada por primera vez en un artículo titulado “Lima y su destino”:
Una ciudad es siempre una utopía, un proyecto de dicha común, de coexistencia humana y paz social. Lima no escapa a esa norma y no podremos estar conformes, aunque la embellezcan edificios gigantescos y pulule en ella una muchedumbre ya innumerable, si todos los días sus hombres –por lo menos sus hombres conscientes– no luchan porque el arquetipo que está en el origen de la agrupación civil se cumpla en cierta medida. (“Lima y su destino” en El Comercio, 18 de enero de 1961, p. 2; subrayado del editor)
Más tarde, este mismo pasaje sufrirá algunas modificaciones para ser incluido en el prólogo de Lima la horrible:
Toda ciudad es un destino porque es, en principio, una utopía, y Lima no escapa a la regla. No estaremos conformes, aunque la ofusquen gigantescos edificios y en su seno pulule una muchedumbre ya innumerable, si todos los días la inteligencia no impugna el mentido arquetipo y trata de que al fin se realice el proyecto de paz y bienestar que desde la fundación, y antes de ella también, cuando el oráculo predestinaba en las incertidumbres, incluye la comunidad humana que a su ser pertenece. (Salazar Bondy, 2014, p. 50; subrayado de A.S.)
En ambos casos, Salazar Bondy invoca una concepción de la ciudad como espacio utópico, es decir, un espacio de realización futura de un “proyecto de paz” y bienestar común. Como bien señala Rodrigo Vidal Rojas (2011), el concepto de “utopía” reúne dos acepciones distintas:
Etimológicamente, utopía es outopia y eutopia. Outopia u outopos es lugar en ninguna parte o no lugar. Es seguramente la definición más conocida. Ella explica principalmente el carácter a-histórico y a-geográfico de un gran número de utopías. En este sentido, sería más propio hablar de a-topia. Eutopia o eu-topos es lugar de felicidad. Aunque menos conocida, en esta acepción la utopía recupera su carácter teleológico. (Vidal Rojas, 2011, p. 70; subrayados del autor)
Para ser entendido cabalmente, sin embargo, el concepto de “utopía” requiere de un segundo concepto sobre el cual se funda, el ideal-ciudad, que debe distinguirse a su vez de la ciudad ideal:
El ideal-ciudad (…) es la fuente principal de la utopía urbana, una construcción mental colectiva que recorre toda la historia urbana. El ideal-ciudad se diferencia de la ciudad-ideal por el lugar que ocupa y el rol que satisface en el proceso urbano: mientras la ciudad ideal es una finalidad, un estado último al que se aspira, revelando con ello un carácter teleológico, el ideal-ciudad es una fuente genérica, una matriz inspiradora, un concepto colectivo supuestamente universal y cuyos valores identifican a la totalidad de los individuos. Esta última revela entonces un carácter mitológico y fundador. (Ibid., p. 68; subrayados del autor)
A diferencia del concepto de ciudad ideal que implica el surgimiento de una ciudad soñada sobre un territorio específico, “para el ideal-ciudad, la ciudad existente debe desaparecer para permitir la aparición de la ciudad que subyace a lo existente, a la espera de su manifestación, y que se reproduce y subsiste en el imaginario colectivo” (Ibid., p. 68).
Ciertamente, en los artículos de Salazar Bondy se expresa esta noción del ideal-ciudad a través del ejercicio de la crítica en distintos niveles: el poder político, las relaciones económicas y sociales, los códigos que regulan la conducta de los habitantes de la urbe, la estética de determinados espacios públicos, entre muchos otros aspectos. Ya sea a través del cuestionamiento de las decisiones políticas, el examen de los mecanismos que (re)producen la desigualdad entre los limeños, la censura que merecen ciertas conductas que atentan contra la convivencia pacífica o la defensa del patrimonio histórico y cultural de Lima, resulta evidente que en todo ello el cronista aspira a la creación de una nueva ciudad expresando con ello las frustraciones y deseos de quienes la habitan5.
En tal sentido, el concepto de utopía es empleado por Salazar Bondy como instrumento de crítica al estado de cosas en que se encuentra una ciudad de la que él es también habitante. La utopía, en tanto visión del futuro, ha de contraponerse al presente; aun cuando, por una parte, revista un carácter irrealizable, es decir, evoque la dimensión de aquello que no tiene cabida en ningún lugar –outopia= lugar en ninguna parte– resulta también evidente que trasluce una orientación o, como el mismo autor señala, un destino. La utopía, por lo tanto, “no es el fruto de una imaginación delirante sino que, al contrario, es el fruto de una mente creativa que busca en la irrealidad los fermentos de transformación de una realidad concebida como decadente” (Vidal Rojas, 2011, p. 70).
Esa “mente creativa” es la que constantemente resurge en las crónicas de Salazar Bondy respondiendo a las necesidades del presente y las del futuro de la ciudad, manifestando con ello su compromiso y amor por ella. En este diálogo permanente con la realidad cotidiana se hacen necesarias propuestas, soluciones viables que contribuyan a hacer posible el destino de la ciudad; por ello, en sus crónicas todo parece tener un carácter de urgencia y nada merece ser ya por más tiempo postergado u olvidado. A través de la escritura, el autor se aboca a perfilar el boceto de un ideal-ciudad que no solo refleje su propio deseo sino el de sus conciudadanos, vocación cívica en la que también cabe el compromiso político.
Periodismo y literatura: algunos apuntes sobre la crónica
El ejercicio del periodismo como un modus vivendi –tal como ocurrió con muchos otros escritores latinoamericanos y peruanos anteriores a él–6 le permitió a nuestro autor acercarse a, e identificarse con, las necesidades y preocupaciones del ciudadano de la calle, para quien, por otra parte, la “cultura” –entendida en su sentido más tradicional– no formaba parte de sus intereses inmediatos.7 Desde esa posición Salazar Bondy se dedicará a promover la labor de las editoriales, revistas, grupos de teatro, así como exposiciones, publicaciones y muchos otros temas vinculados a la producción intelectual y artística de la época8, así como a escribir sobre la ciudad en el papel de un observador privilegiado de sus transformaciones y contrastantes realidades.
La situación de nuestro autor –tal como atestiguan las numerosas investigaciones dedicadas a los inicios de la relación entre el periodismo y la literatura en nuestro continente–9 implicó el acercamiento entre dos universos discursivos y sistemas de representación distintos, así como la inserción del escritor en el “mercado de la escritura”10. Convertido así en una suerte de trabajador asalariado, el escritor se enfrenta ante la necesidad de transferir y adaptar al ámbito de la comunicación de masas –más precisamente el de la prensa masiva– el vasto repertorio de saberes, técnicas y competencias acumulados a través del ejercicio literario para verterlos en el molde del texto periodístico. Como es sabido, esta operación dará como resultado el surgimiento de un conjunto de nuevos géneros signados por la hibridación que, en última instancia, contribuirá a reformular la naturaleza del discurso literario. Un caso paradigmático en el ámbito de la literatura latinoamericana es el de la crónica modernista, género estudiado por Susana Rotker:
El nuevo género selecciona los temas entre los hechos de la actualidad, especialmente aquellos que versan sobre la ciudad, la política internacional, la cultura, los descubrimientos recientes, los grandes acontecimientos; es decir, una suerte de arqueología del presente cosmopolita. Como texto que aparece inserto en los periódicos, debe presentar una coherencia comprensible y atractiva para el lector: ser tomado en cuenta, no cerrarse sobre sí como supuestamente ocurre con la poesía. (Rotker, 2005, p.174, subrayados de la autora)
Las observaciones de Rotker resultan pertinentes al examinar la naturaleza de los artículos periodísticos de Salazar Bondy dedicados a la problemática urbana. La primera concierne a la actualidad de los eventos que merecen la atención del articulista. Como podrá constatar el lector, los temas de los artículos forman parte de una “arqueología del presente” que abarca una serie de preocupaciones signadas por su carácter de inmediatez y temporalidad: el articulista hace siempre referencia a asuntos que son de interés para sus lectores –y, sobre todo, de actualidad– estableciendo un pacto referencial con estos últimos por el cual se compromete a proporcionar un discurso informativo, “sometido a verificación”, pero que también construye su propia verosimilitud, aspecto sobre el que incide Ariel Idez (2013)11. Como señala este autor, en la crónica la verosimilitud se funda en el uso de la primera persona y la incorporación del sujeto de la enunciación, característica que la diferencia del registro impersonal y de la pretendida objetividad de cierto tipo de discurso informativo. Por otra parte –tal como sucede en un género como la autobiografía– en la crónica, “el movimiento de la escritura sigue al movimiento de la subjetividad interior que experimentan los hechos, los actos, los sentimientos, como verdaderos, como conformes a lo que el yo quiere evocar” (Idez, 2013, p. 6).
La presencia del sujeto de la enunciación en la crónica es un rasgo constante en los artículos de Salazar Bondy: aun cuando el yo enunciativo por momentos aparece disimulado bajo el recurso de referirse a sí mismo como “este cronista”, ya sea en tercera persona o a través del uso de la primera persona del plural, lo cierto es que en muchos casos el texto se funda sobre la base de una experiencia personal y subjetiva12. De hecho, el empleo del término “cronista” constituye de por sí una prueba de la conciencia que tiene el autor respecto a su propia función13, a la par que lo transfigura en una suerte de personaje más de sus propios artículos: identificado plenamente con su rol, se construye así una segunda identidad que interactúa a su vez –dentro del nivel de realidad del texto– con otros personajes insertos en el mundo de la ciudad: el alcalde, el transeúnte, el comerciante, el lustrabotas y muchos otros más. Entendido de este modo, el cronista construye un escenario de ficción que, por otra parte, contribuye a darle una mayor verosimilitud a su discurso sobre la base de una información siempre “veraz” a la vez que “novedosa”.
El pacto referencial al que hemos aludido líneas arriba entre el cronista y el lector se funda también en la idea de la transitoriedad de los eventos referidos, condición estrechamente vinculada con la naturaleza de la “noticia” tal como se concibe en los medios masivos y, sobre todo, dentro del marco espacio-temporal de la modernidad. En algunos casos, a través de una intensa subjetivización, el cronista tematiza, por ejemplo, el contraste entre el pasado y el presente colocándose en una posición crítica frente al pretendido avance y/o progreso de la ciudad:
Solíamos ir a la Plazuela del Cercado cuando, en esta ciudad descabellada de lujo y miseria, queríamos encontrar un recodo cuya realidad semejara la del verso, la de la ilusión, y donde persistiera, a despecho de tanta vana literatura, la menos falaz de las bellezas que tuvo, si las tuvo de veras, Lima. Era un espacio añoso, con una iglesia suave y marchita flanqueada por un atrio sin ostentaciones. Era un ámbito de árboles, fuente, faroles y estatuas, donde la noche podía detenerse vieja de siglos y, sin embargo, tan joven como nosotros (…).
Este fin de semana pasado fuimos a la Plazuela del Cercado a ver si aquella “remodelación” había respetado, en su afán urbanizante, la poesía. Contaré lo que vimos, nada más. Los antiguos árboles habían sido reemplazados por inmensos postes pintados de un torpe plateado, en cuyo extremo deslumbraban unas luces enceguecedoras; la fuente deslucía igualmente pintada, de rojo y verde pero con el añadido de que un espíritu de pueril realismo se había complacido en convertir a los pájaros decorativos que la adornan en copias de los modelos escolares, pues el cuerpo soporta el blanco, el pico y las patas el amarillo y los ojos el negro; la piedra también había padecido el colorinche, gris por fuera y azul –“como de piscina”, dijo correctamente alguien– el interior: la iglesia y la parroquia, como para que ningún despistado las confundiera, habían sido perfectamente delimitadas por el amarillo pálido y el verde caliente… En vez de lajas, cemento inciso a tiralíneas, los árboles peinados como vegetales decentes, los jardines arreglados con esa economía de imaginación que caracteriza a los funcionarios de la inspección respectiva, completaban el cuadro. La Plazuela del Cercado de nuestra periódica visita, el recoveco poético que creíamos a salvo de la invasión perfeccionista, el último jirón de la verdad limeña, había pasado a engrosar ese álbum de falsificaciones que estamos brindando a propios y extraños como testimonios de la sinrazón nostálgica que extravía a los habitantes de esta ciudad. (“Réquiem para una plazuela remodelada”)
El pasaje propone una visión de la ciudad revestida de una cierta nostalgia respecto a los violentos cambios que ha sufrido. Salazar Bondy traza una serie de dicotomías que contrastan la poética sencillez del pasado (“Era un espacio añoso, con una iglesia suave y marchita flanqueada por un atrio sin ostentaciones”) con la opacidad de una “ciudad descabellada de lujo y miseria”, así como la belleza y autenticidad de la antigua Lima (“la menos falaz de las bellezas que tuvo, si las tuvo de veras, Lima”; “último jirón de la verdad limeña”) con el “álbum de falsificaciones” que constituye la urbe del presente. Diametralmente contrapuestas en la mirada del cronista estas dos Limas parecen irreconciliables, rostros opuestos de una misma moneda entre los que no parece haber reconciliación posible. Sin embargo, lo que podría entenderse como una vocación pasatista está muy lejos de serlo: tal como sucede con las diversas imágenes de la ciudad, la del cronista es también una visión signada por la inestabilidad y la volatilidad. Como veremos más adelante, un número significativo de artículos también se ocuparán de especular con la posibilidad de una Lima simbiótica o sincrética en la que el pasado y el presente –la Lima criolla y la Lima provinciana, la Lima colonial y la moderna– coexistan armónicamente. En todo caso, lo que subyace a estas diversas facetas con las que se representa la ciudad es que muestran una visión contradictoria y en conflicto consigo misma, lo cual a su vez es un fiel reflejo de la propia condición y función del cronista: enfrentado ante una realidad cambiante y contrastante se ve en la necesidad de reconstruir constantemente su discurso e intentar amoldarlo a las condiciones del presente.
A la visión que se ofrece de estos espacios sometidos a transformaciones violentas y vertiginosas se une aquella otra vinculada a las multitudes14. En los artículos de Salazar Bondy, el personaje colectivo de la multitud representa en última instancia la masa de aquellos individuos que han sido marginados por la modernización de la ciudad. Sintomáticamente, en esa masa se vislumbra la posibilidad de la rebelión:
Cuando se comenzó a decir que Limatambo sería reemplazado, algunas gentes que piensan en el progreso, no solo en términos crematísticos, no solo en la medida de inversiones y dividendos numéricos, sino en relación con la salud y el bienestar espiritual de la multitud de seres que no tendrán ni los medios de escapar al abrumador encierro civil, supusieron que en aquellos 800 mil kilómetros cuadrados que quedarían libres, o por lo menos en parte de ellos, se podría crear un bosque artificial semejante al que en la mayoría de las ciudades modernas sustituye la falta de verdor natural que abruma al hombre de la urbe. (“Un bosque que no existirá”)
No nos llame la atención que, en cuanto el agitador acerca la llama demagógica a la multitud, el polvorín que esta tiene en su fondo (el polvorín que constituye la miseria que la existencia de esa niñez desvalida evidencia) se encienda violentamente. Ahí está, además, ese inexplicable prurito que hay en nuestro pueblo de destruir todo lo que representa, inclusive para él mismo, un servicio: los teléfonos públicos, el Estadio Nacional, los asientos de los ómnibus, etc. (“Una apuesta sobre el país”)
La multitud, sin embargo, aparece representada no solo en términos de una masa explotada e ignorada por el poder político, sino también como un cuerpo orgánico y pleno de vida: “Hoy, por el contrario, esta estrecha arteria compulsa una multitud apresurada, a la cual acechan vendedores, buhoneros, gentes imprecisas y toda ralea de seres impertinentes” (“Jironear”).
La multitud, en la que se entremezclan sin odiosas segregaciones todas las clases sociales y todas las razas; la música de la banda militar, que lanza en sus pintorescos acordes las notas de un vals o una marinera; el castillo de fuegos artificiales, en cuya cúspide la paloma de luz fatua espera ganar el espacio nocturno; el bullicio de la devoción y la fiesta, todo en esa zona dice durante estos días que se trata de una ocasión en que, por sobre las maneras importadas, los gustos recientes y las prácticas nuevas, hay algo en Lima que sobrevive como meollo singular de nuestro modo de ser. (“Vivanderas”)
Los carros de riego solían reemplazar con eficacia la ausencia en nuestro metálico clima de la lluvia, que en otras partes tan útiles servicios presta como lavadora de calles y plazas, y los cubos rodantes acarreaban para la incineración todo aquello que la multitud depone en su infatigable producción y consumo. (“La higiene urbana”)
El cronista se sumerge en la multitud con lo cual se convierte, a su vez, en una suerte de flâneur a la manera del personaje del París de mediados del siglo XIX representado en la poesía de Charles Baudelaire y estudiado posteriormente por Walter Benjamin15. Seducido por la vitalidad de la multitud, Salazar Bondy llega a vislumbrar en ella el “meollo singular de nuestro modo de ser”. Esa masa “en la que se mezclan sin odiosas segregaciones todas las clases sociales y todas las razas” aparece, ciertamente, como un proyecto, una posibilidad latente de habitar la ciudad que desdice a todas luces aquella otra representación en la que se ve sometida al designio e intereses de los grupos de poder.
Otra variación o extensión del tópico de la multitud se presenta bajo la forma del café como centro de reunión y conciliación16. Aun cuando no se trata de un espacio abierto y cuyo acceso esté a disposición de cualquier ciudadano, el café es considerado como un espacio de encuentro en el que es posible la comunicación y el intercambio de ideas y afectos:
El café no solo es tribuna para el pensamiento, sino que resulta, a veces, despacho burocrático. Hay quienes sobre una mesa concluyen sus finanzas y realizan grandes operaciones bursátiles. Y, en otros casos, en el café, meditando, se resuelven problemas personales de difícil trama. Muchos poetas han escrito en el café y muchos artistas han sido iluminados por la inspiración en la atmósfera ruidosa y humeante de esos locales. (“El café”)
No faltará, por supuesto, quien considere que hacer del café un tema de cierta trascendencia es derrochar palabras en algo insignificante. Sin embargo, resulta evidente que en la vida de relación, tan en crisis en nuestros días, todo factor de comunicación, todo elemento que suscite y estimule la sociabilidad, es importante. En las ciudades en las cuales la existencia es cada vez más multitudinaria y, paradojalmente, más egoísta y soledosa, el café tiende a desaparecer para ser reemplazado por el tipo de establecimiento denominado “bar americano”, cuyas instalaciones –asientos paralelos al mostrador, por ejemplo–, impiden toda comunicación frontal y directa entre los parroquianos y los obligan a realizar el acto de consumo en forma urgente y veloz. La conversación, el intercambio de ideas, que es a la postre intercambio de afectos, ahí desaparece. (“El café: debate y libertad”)
En pasajes como los citados, el café adquiere una dimensión casi utópica en la medida en que, en él, el habitante de la urbe recupera su humanidad en compañía de sus semejantes17; es, sin lugar a dudas, un ámbito diferente al escenario de alienación que prevalece en las calles, espacio en el que se restablece el diálogo truncado por el vértigo y la fugacidad de la vida moderna. La presencia del café como tema trasunta una cierta nostalgia por un tiempo perdido; sin embargo, también es cierto que permite el encuentro de aquellos que “tienen idénticos problemas y buscan para ellos soluciones semejantes”, es decir sujetos que –presumiblemente– pertenecen a una élite conformada por intelectuales y escritores interesados en el futuro del país:
Eso es lo que está sucediendo en el Café de los Huérfanos, donde Juan Mejía Baca, en ocasiones a propósito de la edición de un libro –como últimamente con oportunidad a la aparición de un volumen de cuentos de Zavaleta–, junta a tirios y troyanos. Cita de café de “amplia base”, como se suele decir en términos al uso, prevalece en ella la tolerancia del anfitrión por sobre los distanciamientos de los huéspedes, y en fin, restablece la buena costumbre de encontrar periódicamente a aquellos que hacen lo mismo que nosotros, tienen idénticos problemas y buscan para ellos soluciones semejantes. (“El renacimiento del café”)
Finalmente, se hace necesario plantear algunas breves observaciones acerca de la literariedad18, así como el lenguaje empleado por el cronista. Respecto a la primera, el crítico norteamericano Jonathan Culler (2000) anota19:
Se suele decir que la ≪literariedad≫ reside sobre todo en la organización del lenguaje, en una organización particular que lo distingue del lenguaje usado con otros propósitos. La literatura es un lenguaje que trae ≪a primer plano≫ el propio lenguaje; lo rarifica, nos lo lanza a la cara diciendo «¡Mírame! ¡Soy lenguaje!», para que no olvidemos que estamos ante un lenguaje conformado de forma extraña. (p. 40)
Las crónicas de Salazar Bondy presentan el uso de figuras retóricas tales como la personificación, la metáfora, el apóstrofe, así como las sugerencias semánticas que se generan a través de la adjetivación, el énfasis colocado en el ritmo de la frase y otros recursos más. Ello, por ejemplo, se manifiesta en un artículo en el que describe el aspecto que luce la ciudad a las dos de madrugada, hora en la que él se encuentra aún trabajando y, precisamente, escribiendo sobre ella:
El tiempo, sin embargo, es triste a estas horas. Gotean las nubes su cándida garúa y el piso se cubre de una mancha brillante, sobre la cual las ruedas de los automóviles hacen untuoso sonido. Hay algo raudo y felino en todo esto: sombras, bultos, ecos, resonancias. Las figuras se agrandan y los ruidos perduran más. Como en el sueño. Es cierto, el sueño sale de las casas, toma la calle, asalta a los desvelados, y da a las realidades una dimensión que solo su ámbito misterioso admite. ¿No estaremos soñando? ¿No será el insomnio una forma –la más cruel– de la pesadilla? Quizá. No es posible atreverse a declarar nada definitivo a esta altura de la jornada, cuando presencias y distancias son imponderables. (“Recuadro al amanecer”)
El pasaje ilustra una perfecta adecuación entre el referente –la noche en la ciudad– y el lenguaje empleado: aparentemente desaparecido el tráfago que gobierna las calles de Lima durante el día y sumergido en el espacio de la noche, el cronista se ve en plena facultad y dominio de su instrumento –el lenguaje– para dar forma al misterio que asoma bajo las formas y sombras de la ciudad: “Hay algo raudo y felino en todo esto: sombras, bultos, ecos, resonancias. Las figuras se agrandan y los ruidos perduran más. Como en el sueño”. Paradójicamente –y diríase, irónicamente, por unas pocas horas– la crónica se reviste de la literariedad para dar cuenta de esa nueva dimensión representada por el paisaje de las calles nocturnas y el sueño de los habitantes de la urbe.
Por otra parte, en relación con el lenguaje, destaca el uso de expresiones lingüísticas de muy diverso origen entre las cuales habría que mencionar, en primer lugar, la presencia de neologismos, rasgo constante en la prosa tanto periodística como ensayística de Salazar Bondy y que da cuenta de su creatividad y originalidad20. Vocablos y expresiones tales como “descaecido”, “confrontamiento”, “enharinamiento”, “nostrísimo”, “distritalismo”, “acuarelado”, “descorazonante”, “inconservable”, “cocacolesco”, “insensibilizante”, “martinporresco”, “chestertonianamente”, “afloración mendical”, “manía cuadriculadora”, “peña cafeteril”, “liberalismo manchesteriano”, entre muchos otros, dan cuenta de ello. Asimismo, la prosa se nutre de limeñismos tales como “chavetero”, “jironear”, “rompecolas”, “huatatiro”, “carnavalero” y otros más, así como préstamos de idiomas (del francés: clochard, camouflage, ecuyère; del inglés: weekends, blue-jean, snack bar, self service, pick-up; del italiano: suscia, razzias) y, por último, latinismos (municipium, pro vincere, contradictio in adjecto, casus belli). Este vasto repertorio de voces, obviamente, contribuye a colocar en primer plano el lenguaje, pero sin llegar a obstaculizar la comprensión del texto: con ello, además, el cronista no solo captura la atención del lector sino que articula una prosa ágil y atractiva acorde con la naturaleza de los temas tratados.
Por último, para efectos de esta edición, se ha optado por actualizar la ortografía (en particular, en lo que se refiere a la tildación de ciertas palabras y la conversión de números a letras), conforme a las reglas vigentes de la Academia de la Lengua Española. En otros casos –pocos, es cierto– se han empleado corchetes ([,]) para señalar errores de tipeo, propios del ejercicio periodístico. Todo ello ha sido realizado con el único objetivo de optimizar el texto para un lector contemporáneo y, claro está, sin modificar su original sustancia.
Criterios para la presente edición
Como podrá constatar el lector, la organización temática del volumen intenta reproducir algunos de los ejes recurrentes que se identifican en las crónicas de Salazar Bondy. Aun cuando resultan obvias las conexiones transversales entre ellas que dan cuenta, por ejemplo, del estrecho vínculo entre lo político y lo ético (véanse, por ejemplo, los textos de la sección “La prosperidad con mendigos”), o lo político y lo urbanístico (en crónicas como “Sin parques y con 30 millones” y “Parque para la masa popular”) se ha intentado establecer un orden que dé coherencia y secuencialidad a un material que originalmente no fue pensado para ser publicado en forma de libro.
Así, algunos de los textos de la sección titulada “Estamos fundando Lima” ofrecen una perspectiva histórica respecto a la configuración de la ciudad desde sus orígenes. Con motivo del aniversario de Lima (en las crónicas “Fundación” y “Lima y su destino”), Salazar Bondy propone una reescritura de la historia de la ciudad que desdice las versiones oficiales impuestas por la historiografía y reivindica el derecho de sus primeros habitantes indígenas a ser incluidos en el proyecto y destino de la misma. Hay en ello, ciertamente, no solo un intento por redefinir lo “limeño” sino, en última instancia, un modo distinto de concebir “lo peruano” y, por extensión, el concepto de “nación”, pues resulta evidente que –tal como se subraya, por ejemplo, en el artículo “La ciudad que semeja al país”– los problemas de la urbe reproducen los propios de la sociedad peruana en su conjunto. En tal sentido, contrariamente a lo que se ha subrayado en varias oportunidades sobre la visión de la ciudad que ofrece en su ensayo Lima la horrible, Salazar Bondy es plenamente consciente del proceso de mestizaje y los cambios sociales que aquella está atravesando y reconoce en ello una marca de futuro21:
En Lima, en los coliseos, se puede medir el grado de amestizamiento peruano. Los que aquí viven y bajo la carpa se divierten son de sus viejos y lejanos pueblos y son al mismo tiempo de la ciudad. Como en el Mambo de Machaguay, precisamente, en el cual se compenetran el oscuro río de la raza de bronce y el aluvión incoloro y cosmopolita que se vierte por las laderas de la vida urbana. Esa suma, mientras se haga bajo el signo indígena, será obligatoriamente peruana. Tendrá el sabor de la tierruca, de la patria varia y, sin embargo, una. (“El coliseo, laboratorio de mestizaje”)
(…) no es audaz pronosticar que en los coliseos se cumple ese proceso de interculturación que es característico del Perú contemporáneo, gracias al cual la blanca Lima se indianiza y el país rural y quechua se proyecta a la urbe hispánica. (“Los traficantes de un sueño”)
Por otra parte, en los textos sobre la fundación de Lima, Salazar Bondy introduce a través de la mirada del conquistador –en este caso, el propio Francisco Pizarro– la visión del futuro de la ciudad:
La pupila del guerrero, antes de la ceremonia misma, antes de las actas y de las firmas de notarios y testigos, fundó la ciudad. Quizá sí, al conjuro de un vertiginoso sueño, vio el trujillano el futuro de la ciudad que, al pie de la murmurante corriente, habría de surgir. Entre los nubarrones de su visión, entre la penumbra de su videncia, es probable que aquel aventurero extremeño presintiera el destino del caserío de barro. (“Fundación”)
Esta mirada coincide plenamente con las formulaciones del crítico Ángel Rama con respecto al sentido del acto fundacional de las ciudades en América:
La traslación del orden social a una realidad física, en el caso de la fundación de las ciudades, implicaba el previo diseño urbanístico mediante los lenguajes simbólicos de la cultura sujetos a concepción racional. Pero a esta se le exigía que además de componer un diseño, previera un futuro. De hecho el diseño debía ser orientado por el resultado que se habría de obtener en el futuro, según el texto real dice explícitamente22. (p. 6)
En este sentido, en la mirada del guerrero que funda la ciudad ya están asimilados los “lenguajes simbólicos de la cultura” a los que se refiere Rama, entre los cuales merecerá particular atención el de las matemáticas que, aplicado al espacio geográfico, dará como resultado el diseño del damero23.
Por otra parte, en el acto fundacional que describe el cronista –del cual también participan los “guerreros”– se inscribe un modelo de ciudad según el cual la polis se constituye en hito desde donde se inicia la propagación de la civilización europea:
Los guerreros holgaban y su jefe presidía aquella paz, vigilante, sin embargo, de cualquier peligro. El Nuevo Mundo, el paraíso perdido y recuperado, lentamente adquiría la faz del universo conocido. La cruz en el topo de las iglesias hablaba de la nueva fe y las campanas eran las voces que convocaban a los hombres en torno al altar del sacrificio. Cada ciudad que surgía era un matiz más del orbe descubierto en el camino hacia el confín de la tierra. (“Fundación”)
La primera sección del volumen incluye, además, un conjunto de crónicas (cinco en total) que recogen los resultados de una publicación de mediados de los años cincuenta realizada por la ya desaparecida Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo, titulada “Lima Metropolitana. Algunos aspectos de su expediente urbano y soluciones parciales varias”. Implícitamente, el comentario a estos textos demuestra la conciencia del cronista de la necesidad de integrar en el proyecto de modernización de la ciudad los aportes del urbanismo, esto es, la participación en su desarrollo de una clase de profesionales cuyo aporte resulta fundamental para hacer del espacio urbano un espacio viable. Agrupados junto a aquellos otros textos en los que intenta reformular los orígenes de la urbe moderna, Salazar Bondy esboza un perfil sumamente ambicioso de lo que significa la ciudad. A diferencia de la producción tanto de historiadores como literatos que se habían abocado hasta entonces a la representación de Lima –cuyo testimonio recogerá extensivamente en Lima la horrible–, inmerso en aquellos otros testimonios que brindan las cifras y estadísticas de los tecnócratas, el cronista está en condiciones de comprender de una manera más integral la complejidad del fenómeno urbano. En tal sentido, se coloca en una posición privilegiada que le permite –tal como se demuestra en las crónicas agrupadas en las demás secciones del volumen–, abordar la problemática urbana atravesando su complejo entramado social adoptando una mirada tanto ética como política, histórica como económica e, inclusive, antropológica como estética.
A lo largo de las numerosas crónicas que integran la segunda sección –“El patrimonio nacional: una mercancía?”–, Salazar Bondy asume la defensa del capital cultural que representan para la ciudad plazas, plazuelas, iglesias, monumentos, obras de arte y otros testimonios de su historia y arraigo ancestral. Enfrentado al pretendido “progresismo” de algunos de sus adversarios, el cronista se defiende en repetidas ocasiones incidiendo en la necesidad de integrar el pasado y el presente de la ciudad y, con ello, posibilitar la transmisión a las nuevas generaciones del legado de la tradición:
No es el caso, como alguien alguna vez se lo insinuó a quien esto escribe, que la oposición al apetito demoledor suponga adhesión y deseo de conservar todo lo que Lima tiene de vejez y pobreza. Hay en la ciudad, es cierto, mucho de feo y sucio, mucho de triste y miserable. Pero el problema parte precisamente del hecho indiscutible de que los “progresistas” eligen para levantar sus ostentosos edificios solo aquellos lugares que son ocupados por reliquias y monumentos representativos. (“El alud y el escarbadientes”)
No defendemos balcones apolillados. Que esos caigan en buena hora. Defendemos otra cosa: esa verdad que se expresa en trazos incaicos e hispánicos, en huacos precolombinos y lienzos coloniales, en la palabra de Garcilaso y de Vallejo. Claro que los idólatras del hormigón no podrán borrar esa herencia, por más brutales que sean en su fobia hacia los restos del pasado, pero el deber de todos aquellos que entienden que una nación es siempre la adición parsimoniosa de los borradores sucesivos de un proyecto vital es conservar un patrimonio, enriquecerlo en la medida de sus medios y brindarlo a los que vienen como algo aún imperfecto y perfectible. (“Balcones apolillados y tradición”)
Estos pasajes –y otros más pertenecientes a esta sección– son testimonio y síntoma de la importancia que representaba en la época la discusión y debate acerca del perfil urbanístico que debía adoptar una ciudad que, por su naturaleza histórica, estaba a un tiempo unida a un pasado colonial –y no olvidemos, también precolombino– y, por otro, urgida por las necesidades de un presente inmediato y tangible. La prueba de que este debate podía, en algunos casos, conducir a soluciones viables y adecuadas queda demostrada en una crónica en la que Salazar Bondy reconoce el acierto de la gestión del alcalde Luis Larco en la remodelación de la Plazuela de San Francisco:
En exceso gentil y generoso es el gesto del alcalde de Lima, Sr. Luis Larco, de invitar a este cronista a su despacho para solicitarle su opinión sobre las excelentes reformas que se están realizando en la Plazuela de San Francisco. La obra se ha concebido con un criterio tan justo y son tan apropiadas las ideas de restauración que en ese rincón limeño se han aplicado, que solo cabe al periodista estampar aquí la felicitación que personalmente expresó al jefe de la comuna. (“Gratitud a un gesto”)
La singular anécdota narrada por el cronista no solo demuestra la posibilidad de un entendimiento entre las actores involucrados e interesados en el destino de la ciudad –en este caso, un representante del poder político, el alcalde, y otro de la voz de los ciudadanos, el propio cronista–, sino, paradójicamente, el impacto que podía tener la labor de la prensa en una sociedad que atravesaba por ese entonces –el artículo está fechado en 1954, es decir, en plena dictadura del general Manuel A. Odría– un momento crítico en el que la posibilidad de respuesta de los ciudadanos al poder político era prácticamente nula. Por otra parte, la descripción de la escena simula el encuentro casi teatral entre dos actores sobre el fondo de una circunstancia y contexto –las reformas emprendidas por el alcalde y la correspondiente opinión del cronista al respecto– lo cual, a su vez, contribuye a legitimar las posiciones y roles de ambos actores: el alcalde es reconocido por el cronista en su calidad de autoridad política y este último lo es en términos de la importancia que aquel asigna a sus opiniones, es decir, a su palabra.
La tercera sección –titulada “El poco verde que nos han dejado”– agrupa textos que abordan el problema de la carencia de áreas verdes para el habitante promedio de la ciudad. Sostenidamente, Salazar Bondy emprende una obstinada defensa del árbol al punto de convertirlo en una suerte de símbolo del permanente divorcio entre la ciudad y la naturaleza. Uno de los más notables de la sección es, sin lugar a dudas, aquel en el cual el cronista sugiere cómo el maltrato que sufren los árboles en el espacio urbano da lugar a una grotesca progenie de criaturas de ficción:
Ni cuando el hombre inventó el hacha, el hacha fue más activa. La Plaza de Armas soportó el arma, el Parque de la Reserva supo de su filuda hoja, el Parque de la Exposición gimió bajo el martirio, la Avenida de la Paz agonizó con sus golpes, la Alameda Pardo sucumbió al furor de la flamante divinidad. En estos días es la Alameda Palma, la de don Ricardo, segundo fundador de Lima, como lo considera Raúl Porras, la que existe en el pánico del Azote del Árbol. Mas eso no es todo: para un Podador Técnico matar con hacha no es todo el placer. Hay que apuñalar, y surge entonces el Árbol Indicador, el Árbol de Dirección de Tránsito, el Árbol Publicitario. Hay que carbonizar, y aparece el Árbol Poste Eléctrico, el Árbol Telefónico y el Árbol Telegráfico. Hay que envenenar, y se da el Árbol Letrina, el Árbol Alcantarilla, el Árbol Tanque. Hay que ahogar, y se crea el Árbol Sediento. La muerte toma a los árboles de pie, pero un día se desploman. (“El árbol: un ser humillado y ofendido”)
El pasaje es significativo en la medida en que el Árbol –palabra escrita con mayúscula– adquiere una dimensión mitológica y religiosa (al comienzo del artículo, el cronista escribe, por ejemplo: “Plinio el Joven escribió que el árbol fue el primer templo en donde el hombre rindió su reverente tributo a los dioses”), como un ser sobrenatural y ajeno al mundo de los seres humanos que ha sido trasladado al ominoso paisaje del presente constituido por plazas, parques y avenidas. Haciendo uso de una serie de recursos estilísticos que contribuyen a exaltar el martirio que sufre el Árbol a manos de ese nefasto personaje que es el Podador Técnico (véase, por ejemplo, el encadenamiento de verbos que aluden al sufrimiento del protagonista, todo ello con una clara reminiscencia cristiana: “soportó”, “gimió”, “agonizó”, “sucumbió”), Salazar Bondy acierta a crear una imagen vívida y trágica de la existencia del árbol en una ciudad como Lima. Aparte de ello, en la extensa enumeración de los tipos de árbol que surgen a partir del maltrato (el Árbol Indicador, el Árbol de Dirección de Tránsito, y muchos otros más) diríase que hay una cierta reminiscencia vanguardista según la cual un elemento de la naturaleza asume las funciones propias de un artefacto o máquina creado por el hombre (“el Árbol Poste Eléctrico”, “el Árbol Telefónico” y el “Árbol Telegráfico”, por ejemplo).
Por otra parte, es también cierto que en esta defensa de los escasos espacios naturales de la ciudad –y en particular, del árbol– ante el avance de la destrucción emprendida principalmente por las autoridades ediles, hay un cierto tono de melancolía y tristeza que llega a translucirse en ciertos pasajes:
Hacía muchos años que estaban ahí, tantos que no hay vivo ya nadie que los conociera pequeños. Su nobleza la daban sus perfiles secos, sus fuertes ramas, sus copiosas hojas. Eran sobrevivientes majestuosos de un pasado íntimo. A su sombra transcurrieron muchos diálogos de amor, muchas amistades, muchas vidas, y ellos supieron ser discretos y amables, generosos e indulgentes, como ancianos cargados de experiencia a quienes nada sorprendía ya. Pasaron penurias y sed, y continuaron existiendo, hechos una sola unidad con la calle, con las gentes, con la ciudad. Eran como el símbolo del tiempo, pues todo podía cambiar a su alrededor sin que, gracias a su peculiaridad, el trozo de la ciudad en que estaban perdiera su carácter. Bastaba trazar sobre un papel la solidez de su tronco, la gracia de sus ramas y la densidad de su copa, para evocar de inmediato, no solo el rincón que les pertenecía, sino su atmósfera, su encanto, su historia. Toda alegoría de Miraflores los tenía que contar para ser verdaderamente significativa. (“Elegía para unos ficus asesinados”)
Significativamente, en otra de sus crónicas Salazar Bondy hará mención del cuento de Julio Ramón Ribeyro –“Páginas de un diario”– identificado con un personaje que, como él, parece desgarrarse “ante los cambios de la ciudad natal”24.
Recuerda el cronista unas páginas melancólicas –“Páginas de un diario”, se titula el cuento– de Julio Ramón Ribeyro a propósito del arrasamiento arbóreo de la “Alameda” Pardo, también en Miraflores, en donde la memoria de la infancia de un hombre se desgarra ante los cambios del barrio natal, como si dicha violenta transformación ocurriera no solo en el ámbito donde el niño iniciara su aventura vital, riesgo y desengaño, sino en su interior más profundo, en su corazón central. Ese relato es la protesta que todos quisiéramos hacer cada vez que, con argumentos prácticos tajantes, las municipalidades hurtan a nuestra ciudad lo único que ella tiene de encantador. Valga ese diario personal del personaje de Ribeyro –tal vez él mismo, quién sabe–, como el testimonio de que no todos, en este tiempo, optamos por un expediente fácil en la tarea de hacer más habitable este espacio amado en el cual nacimos25. (“Otra vez los árboles”)
La cuarta sección, “La prosperidad con mendigos”, reúne un conjunto de textos en los cuales el cronista incide en las contradicciones sociales y económicas propias de la ciudad y reflexiona acerca de los males que aquejan a la sociedad limeña, expresados principalmente en el problema de la mendicidad, pero también en la proliferación de un sinfín de “oficios” producto del desempleo generalizado (cuidadores de autos, vendedores ambulantes, niños lustrabotas, delincuentes, entre otros). Urgido por el panorama desolador del futuro que se cierne sobre las nuevas generaciones, Salazar Bondy plantea que las raíces del problema se sitúan en las deficiencias y limitaciones del sistema educativo y llega a proponer algunas alternativas de solución:
¿Con qué derecho, podemos preguntarnos, hemos de exigir a quienes nacen y crecen en los tugurios de los barrios clandestinos, que Lima ostenta como una verdadera lepra, educados, de otra parte, en escuelas donde la enseñanza adolece de formalismo y vacua grandilocuencia, un sólido fondo ético? (“Delincuencia y juventud”) Alguien ha dicho que los conceptos educativos que rigen en los países desarrollados no pueden ser aplicados sin revisión previa a nuestro medio, porque la idea de la infancia –etapa de aprendizaje y preparación para la existencia adulta– es entre nosotros, desde el punto de vista cronológico, infinitamente más reducida que la de aquellos. En efecto, para la pedagogía francesa, inglesa o norteamericana, un ser es niño hasta bastante avanzada la adolescencia. Su época de educación y juego es vasta, lo que permite que los conocimientos le sean proporcionados con método y parsimonia. En tanto, los niños del Perú –por lo menos, los niños de una buena parte de la clase popular– lo son hasta el momento en que pueden echarse a la vía pública a conseguir el sustento por el medio que el azar ponga a su alcance: la caja de lustrabotas o la astucia del “pájaro frutero”. ¿A qué edad termina, pues, la infancia? A los seis, siete u ocho años. En adelante, la vida de un chico es tan dura como la del cualquier obrero. ¿Esto no justificaría que nuestros planes educativos se redujeran, para aumentar su eficacia, mientras el país no puede ofrecer a cada ciudadano una formación completa? ¿No sería propio disponer un mecanismo de “promociones adelantadas”, mientras subsiste la emergencia del desamparo infantil? (“Un lustrabotas y el país futuro”)
A diferencia de aquellas crónicas que proponen una relectura del pasado de la ciudad, o bien las que buscan identificar “el meollo singular de nuestro modo de ser” a través de la revaloración del patrimonio histórico, o las que plantean una reconfiguración de la relación entre el hombre y la naturaleza en el espacio urbano, las que conforman “La prosperidad con mendigos” revelan el trasfondo dramático que gobierna el escenario de la urbe: en este caso, la patente incompetencia del poder político –tanto del Estado como del Municipio– no hace más que agudizar la postergación de vastos sectores de la población abocados a actividades económicas informales tales como el comercio ambulante. En estos pasajes, la figura del cronista cede su lugar a la del político que aspira a revertir la precaria condición de quienes permanecen al margen de las reformas del Estado:
Soy partidario de que se les deje trabajar libremente en tanto el Estado sea incapaz, pese a sus promesas de “estabilización”, “techo y tierra”, “saneamiento económico” y otras fórmulas al uso, de resolver el problema básico del país: el subdesarrollo. Es síntoma de ese subdesarrollo tanto la existencia de los pobres vendedores ambulantes cuanto la dación de disposiciones que intentan pintar de carmín las mejillas del país anémico y hético. (“La verdad contra la zona rígida”)
Por su parte, la sección “Ideas de peatón” agrupa un conjunto de crónicas cuyo eje gira principalmente en torno al problema del tránsito en la urbe, trátese ya sea de la circulación de automóviles, las deficiencias del transporte público, la configuración de ciertas importantes avenidas y las consecuencias funestas del desorden vial que, en general, gobiernan la ciudad. Sintomáticamente, la presencia cotidiana de la muerte en estos textos sugiere el grado de desorganización que rige la circulación vial (véanse, por ejemplo, los textos “Criminales en auto”, “Crimen de irresponsable”, “Una nueva pista”, “Vehículos y cáncer”, “Ómnibus y horarios” y “Los criminales del tránsito”). A semejanza de las crónicas incluidas en la sección “La prosperidad con mendigos”, el presente acomete violentamente al lector a través de la noticia fatídica: la muerte toma posesión del escenario de la crónica sin preámbulo alguno, acompañada, además por la presencia de la demencia de algunos conductores. Ante la carencia de normas que regulen la circulación vial por la ciudad y la ausencia de control, el automóvil se convierte en un arma letal en manos de los irresponsables:
El tránsito es una imagen de la moral colectiva, del alma nacional, y no es esta una afirmación apocalíptica, como podría parecer. Cualquier persona sensata que haya viajado a las horas de mayor congestión por el perímetro más agitado de la ciudad sabe que las pistas son escenarios de más de un caso demencial. Con licencia para conducir, circulan en Lima innumerables locos y desequilibrados, cuando no seres poseídos por un complejo de inferioridad, al que compensan o subliman haciendo privar su voluntad y su capricho. Las normas son para los tontos, los tímidos, los abúlicos, según el criterio del intolerante que tiene un timón entre las manos. (“Los criminales del tránsito”)
La rotunda afirmación de que el “tránsito es una imagen de la moral colectiva, del alma nacional” no hace más que confirmar el hecho de que el organismo social se encuentra enfermo: a través de la metáfora del cuerpo, Salazar Bondy sugiere que por las vías de la ciudad –esto es, sus avenidas, pistas, etc.– circula un cáncer encarnado en “la demencia de los conductores” cuya capacidad destructiva es apenas concebible.
Por otra parte, desde su visión de peatón26, en la sociedad limeña el automóvil representa para el cronista un objeto de adoración en la medida en que alimenta el egoísmo e individualismo de quienes lo poseen. Salazar Bondy, además, cuestiona el hecho de que, lejos de servir como un medio de transporte rápido y eficaz, el automóvil en Lima es un instrumento que propicia el divorcio con la realidad circundante. En esta suerte de alegato moral contra el automóvil se vislumbra una crítica profunda contra las bases sobre las que está constituida la sociedad burguesa:
La representación de la riqueza ha llegado a ser, antes que nada, un automóvil, un automóvil de lujo. No un aparato más o menos eficaz, con cuatro ruedas, que lo traslade a uno de un lado a otro, sino la ambición rastacuera de un gran carro, con muchos cromos y luces, con muchos detalles técnicos, con muchas llavecitas y botones, que circule ostensiblemente por las calles aunque quien lo maneje no venga de ninguna parte ni vaya a algún lugar determinado. (“Un mito criollo: el automóvil”)
Es que un enorme porcentaje de la población –precisamente quienes ejercen dirigencia en el poder, la empresa y la comunidad en general– se desplaza de un lado a otro, envuelto en la escafandra automovilística, existe en la retorta del carro como seres que solo ven la ciudad desde las ventanas de los despachos y de los vehículos como paisajes que circulan por pantallas parecidas a las de la ficción. De ahí a divorciarse de la realidad colectiva, del hervidero múltiple de la comunidad, de los problemas que en su vida pública vive el mayoritario peatón, hay un paso. (“El automóvil en su sitio”)
Finalmente, una variedad muy diversa de temas aparecen reunidos en la última sección del volumen, titulada genéricamente “Usos y costumbres”. En ella el lector podrá encontrar, por ejemplo, los textos ya referidos anteriormente a la importancia del café como espacio de humanización del hombre de la calle, o aquellos otros acerca de ciertas costumbres de los limeños –algunas perjudiciales, otras no– tales como la violencia en los carnavales, el ruido y sus efectos nocivos para la salud y la convivencia, la acumulación de desechos en las azoteas de las casas, la precariedad de la higiene urbana, el colapso de ciertos servicios públicos, el consumismo desenfrenado y otros más. Por otra parte, se han incluido crónicas en las cuales Salazar Bondy reconoce, comenta y celebra diversas manifestaciones de la cultura popular tales como el vals, el circo, la presencia de las vivanderas en las calles, el espectáculo multicultural de los coliseos, etc. Sin lugar a dudas, si en las demás secciones prevalece la mirada crítica–y, por momentos, ácida e irónica– del cronista, en esta última el lector podrá percibir en sus textos, sobre todo, la vitalidad de una ciudad y un pueblo que, a pesar de sus graves problemas y carencias, aún conserva intacta la fe en el futuro y la vocación de afirmación de la vida.
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I
Estamos fundando Lima
Fundación
Un 6 de enero, cargado con los hierros del capitán conquistador, Pizarro puso los ojos en este valle que el Rímac, rumoroso y estevado, bañaba. Esa mirada –y la decisión que significaba– fueron así historia. Por una de esas coincidencias que suele el destino deparar, allí, a la orilla del escaso río, estaba el oráculo que predijera la destrucción del imperio, precisamente en el lugar en donde había de nacer la capital de la nueva nación. La pupila del guerrero, antes de la ceremonia misma, antes de las actas y de las firmas de notarios y testigos, fundó la ciudad. Quizá sí, al conjuro de un vertiginoso sueño, vio el trujillano el futuro de la ciudad que, al pie de la murmurante corriente, habría de surgir. Entre los nubarrones de su visión, entre la penumbra de su videncia, es probable que aquel aventurero extremeño presintiera el destino del caserío de barro. Se trataba apenas de un deseo, de un acto de voluntad, de una ansiedad secreta. El hombre miraba desde una altura la tierra apenas verdecida, y distinguía a lo lejos el mar abrazado por dos salientes de la bahía. Atrás, la presencia de los Andes, la dura cordillera, las cimas que había desafiado y vencido, eran como el testimonio de un esfuerzo que aquella breve vega convertía en una página heroica. La ciudad ya estaba allí, en las imágenes que el vencedor animaba sobre la soledad de la pequeña campiña.
Era del Día de Reyes, la fecha en que se celebraba la visita de los magos al recién nacido. Posiblemente los trabajos de la organización, la complicada obra de transformar el alma del viejo pueblo nativo en otra alma, habían entrado en un reposo temporal. Los guerreros holgaban y su jefe presidía aquella paz, vigilante, sin embargo, de cualquier peligro. El Nuevo Mundo, el paraíso perdido y recuperado, lentamente adquiría la faz del universo conocido. La cruz en el topo de las iglesias hablaba de la nueva fe y las campanas eran las voces que convocaban a los hombres en torno al altar del sacrificio. Cada ciudad que surgía era un matiz más del orbe descubierto en el camino hacia el confín de la tierra. Y en ese Día de Reyes, día de adoración y regocijo, día en que los hombres de todas las razas se hincaran ante el príncipe divino, el soldado puso los ojos en el estrecho valle a que daba origen el río locuaz que predecía el futuro.
Así nació la ciudad. No importa que el acto de la fundación se realizara días después. Lo válido era ese movimiento de simpatía que fecundaba en silencio la villa que hoy vemos rebasar tempestuosa los límites del ejido primitivo. Esta nota celebra ese deseo, lo que ese deseo entrañaba, cuando un 6 de enero, hace más de cuatro siglos, cargado con los hierros del capitán conquistador, Pizarro soñó la vida en las riberas del precario Rímac.
La Prensa, 6 de enero de 1953, p. 6.
Urbanista, un técnico necesario
Es probable que el futuro llame a nuestra época la Era de la Ciudad, pues el desarrollo urbano ha alcanzado en este siglo caracteres extraordinarios. De la noche a la mañana, aparecen centros poblados que se transforman prontamente en ciudades; las urbes existentes crecen a ritmo acelerado, se producen en pocos años simbiosis de núcleos humanos, etc. Las más grandes ciudades de la Edad Media no llegaban a los cien mil habitantes, y Roma probablemente, en su etapa de mayor auge, apenas debió pasar del millón de habitantes. La aparición de la gran industria, imán de las migraciones; la multiplicación de los medios de transporte, el aumento demográfico del orbe, son algunas de las causas de este fenómeno. Y los problemas que él ha engendrado rebasan, por su dramatismo y magnitud, los límites de lo meramente municipal: son problemas nacionales. Toda política gubernamental sensible ha puesto especial atención en ellos.
Urbanismo peruano
El Perú no es una excepción a esta ley contemporánea. Históricamente, asistimos a nuestro segundo desarrollo urbano, pues la Conquista y las Reducciones de Toledo representaron la iniciación de la existencia citadina nacional. Lima se incrementa en forma desproporcionada y nuevas poblaciones, a lo largo de las carreteras, surgen con ímpetu avasallador y saludable: Santa Inés, Chaclacayo, Chosica, Tingo María, Pucallpa. Otras como Chiclayo y Huancayo, se tornan en ciudades a pasos firmes y rápidos. La habitación insalubre, la escasez de vivienda, la despoblación rural, etc., que se sufren en Lima y Arequipa, denuncian que hay interrogantes que requieren de una inmediata respuesta. La Ciudad de Dios, esa repentina flor de la miseria brotada en pleno desierto limeño, habla bien claramente de cuánto hay por hacer en este orden en el Perú.
Pero el hombre sabe contrarrestar los males que lo amenazan. Una ciencia ha nacido al conjuro de aquellas dolencias: el urbanismo. Las grandes universidades del mundo han creado cátedras e institutos con el fin de estudiar disciplinadamente las cuestiones relativas a los fenómenos que determina la ciudad moderna, buscándoles soluciones eficaces y orientando la política oficial al respecto. El Institut d´Urbanisme de La Sorbona, en París, es un ejemplo de ello y un modelo en su género. Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos mantienen en sus centros de estudios superiores estas entidades de investigación urbanística. Por razón del empeño de unos cuantos, en Lima existe un Instituto de Urbanismo destinado a postgraduados: funciona adscrito a la Escuela Nacional de Ingenieros. Similares a este solo hay en Buenos Aires, Montevideo y Bello Horizonte (Brasil), en lo que se refiere a Latinoamérica. Nuestro Instituto de Urbanismo lleva ya cuatro años de labor consecutiva y cerca de cincuenta profesionales han seguido sus cursos. En la última ceremonia de graduación obtuvo su título el primer urbanista recibido en la Escuela Nacional de Ingenieros, el señor Roberto Pérez del Pozo, y algunos otros se hallan presentando sus tesis. Huelga, por demasiado obvio, ponderar aquí la importancia de dicha cátedra, pues bien evidente es la necesidad que nuestro país tiene de esta clase de técnicos. Más propio es divulgar la clase de enseñanza y el tipo de instrucción que en ese centro se imparte.
Preparación del urbanista
La preparación del urbanista es de dos clases: teórica y de taller. Para ello se usan siempre casos de problemas nacionales con el objeto de que, en el estudio, se planteen y se tracen los lineamientos de las soluciones que ellos requieren. Así, los alumnos han realizado los expedientes urbanos de varias poblaciones urbanas: el de Pisco, por ejemplo, que ha sido tema del año que acaba de concluir. Los cursos están a cargo de conocidos urbanistas peruanos, a los cuales se han añadido algunos profesores universitarios, como el doctor Raúl Porras Barrenechea, quien ha dictado un cursillo sobre la Ciudad Colonial, que próximamente será editado. Los alumnos siguen un año de estudios y deben, como arriba se ha visto, presentar una tesis para merecer el grado correspondiente. El Instituto de Urbanismo ocupa un pabellón del Departamento de Arquitectura, cuenta con una biblioteca especializada y en la actualidad está en proceso de organización una fototeca y una mapoteca. A la cabeza de esta joven y promisora institución se halla el arquitecto Luis Ortiz de Zevallos.
No es por casualidad que todas las obras de importancia que se han hecho recientemente en el país sobre vivienda y urbanismo han sido proyectadas o ejecutadas por profesores y alumnos del organismo docente aludido. Baste citar la Corporación Nacional de la Vivienda, la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo, la Unidad Vecinal N.° 1, etc. y como la tarea que hay por delante es inmensa y pide la intervención de muchos, no hay duda de que el Instituto de Urbanismo está llamado a ser la fuente de los especialistas que se impongan en la misión de resolver los problemas que actualmente abruman al habitante de la ciudad peruana. Para todo el que sabe ver y, por eso, para el que reconoce a cada momento cuán perentoria es la urgencia que existe de que se logre el bienestar –condición fundamental para la salud de una nación- del hombre común del Perú, la profesión de urbanista es una suerte de actividad que nuestra patria pide desesperadamente.
La Prensa, 24 de enero de 1955, p. 10.
Lima en un memorándum
Un memorándum de Héctor Velarde sobre las calles y casas de Lima que deben ser defendidas del alud de demoliciones que desde hace algunos años se ha desatado sobre nuestra ciudad, publicado en un matutino local, ha vuelto a poner sobre el tapete la tan debatida cuestión en torno a la tradición o el progreso, entendido este como destrucción de lo típico de nuestra vida y nuestra historia. No es el caso, pues, de alguien que por interés personal se opone a la “renovación” arquitectónica de la capital. Su actitud, puramente profesional, está abogada por su idoneidad en el asunto. Conviene de tal modo difundir sus ideas y aplaudir su celo por el mantenimiento de un carácter que nos hace originales dentro del continente.
Las tres zonas
Distingue el conocido arquitecto y escritor tres zonas en la capital. La primera, comprendida en el perímetro que abarcan Tacna, Ucayali, Azángaro, Junín, Urubamba, Malecón Rímac y Tacna, constituye el núcleo de la tradición arquitectónica limeña. Es, apenas, el 1 % del área total de la ciudad y, por ende, una consideración la libraría de las adulteraciones y los cambios que lentamente la están destruyendo. Las otras dos zonas –Abajo del Puente y el Carmen Alto– están menos amenazadas pero requieren de una mayor atención en lo que respecta a su cuidado. Los tres sectores determinados por Velarde poseen un sello propio y, a despecho de reformas irremediables, se han salvado milagrosamente del quiste neocolonial que, en un momento dado, estuvo a punto de matar todo signo de autenticidad arquitectónica en nuestra ciudad. No ha de demandar un esfuerzo sobrehumano hacer que las tres zonas sobrevivan con su aire particular, con su silueta de peculiares trazos hispano-peruanos.
Tampoco, por cierto, ha de ser difícil que las cuatro calles que señala Velarde como características (jirones Ucayali, Huallaga, Junín y Ancash) se conserven sin variación. Nadie duda de que el tránsito automovilístico, debido al desarrollo de la capital, se hace día a día más dificultoso por los lugares que estas calles contienen, pero cabe suponer que en la solución de aquel problema no entrañará como medida resolutiva el sacrificio de los valores que ellas representan. La técnica urbanística en otros países del mundo ha sabido conciliar las exigencias del desplazamiento de personas y vehículos con la obligación de respetar los símbolos del pasado. No ha de ser imposible hallar la clave para realizar lo uno sin desmedro de lo otro. Los cuatro jirones son, sin duda alguna, restos de un gran naufragio, mas aun así constituyen muestras vivas –dignas, por ello, de aprecio– de que en el pretérito se incubó aquí una cultura sólida y con hondura.
Una lista de más de cincuenta casas antiguas, de algunas de las cuales solo queda un detalle merecedor de un verdadero interés artístico, acompaña al memorándum de Velarde. No parece cosa de titanes encontrar el modo que dichas manifestaciones del arte virreinal no sucumban al prurito demoledor de algunos “progresistas”. La fórmula que impida la destrucción puede buscarse de tal manera que no afecte los intereses y propósitos de los propietarios –que, de otra parte, están en todo su derecho cuando pretenden conseguir de sus bienes el mayor beneficio– y, al mismo tiempo, sirva para mantener esas casas como piezas de un museo público. No hay que olvidar que la arquitectura, como cualquiera de las otras artes, posee, aparte de sus valores estéticos intrínsecos, otros de índole histórica, social y hasta moral, que es indispensable rescatar como lección permanente de nacionalismo.
Hacia un reglamento
A la relación de casas, Velarde añade unas bases de reglamentación que bien podrían tomarse como puntos de partida para las normas que han de regir la construcción en las zonas antiguas de la ciudad. La altura, que el autor del memorándum considera como fundamental, no debe sobrepasar cierto límite (no más del ancho de la calle-tipo), en lo que se refiere al exterior. En lo que atañe a la altura interior, ella debe ser escalonada con suficiente retiro (45°). También opina Velarde que las casas, para ser restauradas o modificadas, deben ponerse bajo el control y la vigilancia de una autoridad municipal. De este boceto se desprende la necesidad que existe de que el control sea ejercido por un solo organismo, no por cierto el que hasta ahora ha tenido a su cargo la conservación de los monumentos artísticos e históricos, ya que ha perdido su autoridad y carece de los instrumentos ejecutivos que lo hagan eficaz, sino por otro que lleve a cabo su misión con total respaldo estatal. Solo con pasión y energía (a más, por supuesto, de dinero) se logrará detener el avasallador ímpetu de despersonalización que ha prevalecido tanto tiempo en lo que respecta a la fisonomía de Lima, tan justamente antaño tenida como ciudad singular.
Ojalá el memorándum de Héctor Velarde sea tomado en cuenta. Es verdad que los que se preocupan de estas cosas están un tanto resignados a que sus palabras –consideradas como fruto de un romanticismo vano– se pierdan. Sin embargo, como testimonio de que hay todavía gentes cultas que se hallan empeñadas en una campaña desinteresada por la supervivencia de la Lima tradicional, el trabajo de Velarde quedará como un documento de la protesta contra la destrucción de los objetos en los que perdura el espíritu.
La Prensa, 5 de marzo de 1955, p. 8.
Una cruz para el hombre común
(El expediente urbano de Lima I)
Hace treinta y cinco años Lima ocupaba una superficie de 1020 hectáreas. Hoy su área sobrepasa las 8155 hectáreas. Del breve dibujo que la superficie poblada y edificada representaba en el mapa de la zona capitalina, se ha pasado, en ese breve plazo, a la enorme mancha triangular con que hoy se la señala en las cartas. Este repentino crecimiento, esta expansión violenta, cuyo proceso no ha concluido, ha determinado, como es lógico, la serie de problemas sociales, económicos y urbanísticos que actualmente se confrontan en la ciudad y del cual son víctimas todos y cada uno de sus habitantes. Para exponer dichos problemas y proponerles un correctivo adecuado la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo ha publicado un explícito y bien ilustrado folleto que conviene divulgar ampliamente. Se llama “Lima Metropolitana. Algunos aspectos de su expediente urbano y soluciones parciales varias”.
El fenómeno metropolitano, característico de nuestro tiempo y de nuestro continente, trae aparejadas cuestiones que no es posible soslayar: “aumenta incesantemente la congestión del tránsito; el número de accidentes se multiplica; crece la delincuencia; la ciudad se ahoga a sí misma en un cinturón terrible de viviendas clandestinas; hace crisis la situación alimenticia; amenaza una disminución del nivel de vida; y, en fin, se dan los problemas típicos que encara el planeamiento físico, económico y social”. No es posible conjurar los males que provienen de la multiplicación citadina sino por medio de un proyecto científico que se destine sin vacilaciones y de inmediato a resolver la crisis actual y a prever su desarrollo futuro. Se trata de la realización de un estudio y una acción técnicos que no podrán llevarse a cabo, según lo declara la ONPU, sin que participen los elementos más responsables de la ciudadanía. El folleto aludido es un llamado a iniciar esa tarea sin más dilaciones.
La tierra sobra y falta
Una estimación racional sobre la base del censo de 1940 concluye que la población de Lima pasa del millón de habitantes, y aunque la densidad promedio bruta de 120 habitantes por hectárea resulta relativamente baja, la cifra no indica las condiciones reales de la habitación. Abundan las construcciones de un solo piso y existen vastos sectores de vivienda lujosa y poca intensidad de construcciones. Mientras, de un lado, la tierra sobra, de otro es compartida por núcleos humanos hacinados en callejones y urbanizaciones clandestinas en las cuales es incesante el incremento migratorio del interior. “Aún no ha sido solucionado –dice la ONPU– un sistema de urbanización y construcción que permita evitar las condiciones de hacinamiento e insalubridad que se presentan en las ’urbanizaciones clandestinas’. Extensas zonas urbanas requieren de una remodelación substancial que modifique radicalmente las estructuras existentes”.
No obstante faltar una estadística eficaz que mida el número y la clase de habitación en las barriadas más densas, se ha establecido que el total de viviendas construidas por iniciativa oficial o privada en 1954, por ejemplo, constituye apenas un 73 % de las que se necesitan para el crecimiento de la población. Es preciso advertir que en ese año se han añadido 55 000 personas a la población limeña, las que requieren 11 000 casas nuevas. Los datos que consigna el folleto de la ONPU revelan cuán dramática es la situación y a qué penosos extremos nos puede llevar la indiferencia pública hacia tales comprobaciones.
Áreas verdes e indigestión
Tan grave como el problema de las construcciones es el de las áreas verdes. Una vez vistas y corroboradas las informaciones que esta publicación contiene, se llega a la conclusión de que la fiebre arboricida y la inexplicable eliminación de parques y jardines en beneficio de la construcción decorativa (como el caso del Ministerio de Trabajo y Asuntos Indígenas que fue levantado en una zona de aireación) son verdaderamente criminales. Para una población de un millón de habitantes solo existen 3,3 m2 libres por persona y de estos solo un poco más de 1,6 m2 se emplean para la recreación activa (deportes, juegos infantiles, etc.). El caso adquiere caracteres dantescos cuando se lee que son los distritos de población más densa los que menos zonas verdes poseen. La National Playing Fields Association de Londres aconseja disponer para el solaz 25 m2 por individuo como estándar general de cualquier ciudad. Lima no puede aspirar a holgura semejante, pero sí a la creación de áreas verdes que constituyan por lo menos 10 m2 libres por habitante, distribuidos de tal modo que sirvan con eficacia, gracias a su cercanía a los centros poblados y su localización puesta en recaudo de los peligros del tránsito que amenazan especialmente a los niños, a las exigencias de la indispensable holganza.
Lima ha crecido desde 1920 a nuestros días más de ocho veces su primitivo tamaño. En torno a las avenidas que llevan a El Callao, a la Magdalena y a los balnearios del sur, se ha asentado la nueva población, cubriendo con viviendas lugares que hace treinta y cinco años eran chacras y fundos dedicados a la agricultura. El centralismo se ha alimentado de una renovada migración y, vorazmente, ha incorporado a la capital nacional muchos de los jugos vitales del país. Pero, como sucede con los golosos, se ha comenzado a producir una indigestión que bien puede ser el comienzo de un babilónico colapso. No todos los síntomas son los arriba expuestos. En sucesivos artículos iremos mostrando las diversas faces de esta enfermedad. En general, sin embargo, se puede decir que poner fin a esta tumefacción es contribuir a que la existencia, tanto en Lima cuanto en el resto del territorio peruano, se haga llevadera y no constituya, como ahora, una dolorosa y dura cruz sobre los hombros del hombre común.
La Prensa, 30 de enero de 1956, p. 8.
El tránsito, forma del caos
(El expediente urbano de Lima II)
El crecimiento de nuestra capital a partir de 1920 –ocho veces el tamaño de aquel año– ha determinado no solo problemas de carencia de vivienda y zonas verdes, como vimos en la nota anterior, sino también los muy agudos del tránsito. El folleto de la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo en el que se exponen estas cuestiones señala el fuerte incremento de vehículos de los últimos diez años y da a conocer las nefastas consecuencias de un mal encaramiento del régimen urbano respectivo. 3900 automóviles más, como promedio anual, se añaden a los que existen regularmente en Lima, de tal manera que el volumen de circulación, en un corto periodo, se ha convertido en francamente gigantesco. En 1953 aquella cifra aumentó a 10 000. Huelga todo comentario. El efecto de la multiplicación del tránsito es el aumento paralelo de los atropellos y colisiones que en los últimos 18 años ha registrado una media anual de 2500 accidentes y, para 1953, un total de 7000 casos de choques y percances callejeros. La síntesis de ese año es de una víctima por cada 3 de tales sucesos y de 3 inmolados por cada mil habitantes del área metropolitana.
Los nueve puntos
El estudio de los lugares donde ocurren los atropellos y las colisiones revela que hay algunas avenidas que proporcionalmente ostentan el mayor número de casos desgraciados, debido al intenso tránsito que soportan y, conforme afirma la ONPU, “a que la sección o el trazo de la vía es peligroso de por sí”. No es, por cierto, esta aseveración una fatalidad ante la cual hay que cruzarse de brazos. La introducción de ciertos elementos de seguridad o la variación de los lineamientos de la circulación puede reducir aquellos índices notablemente y prestar a la comunidad, por ende, un servicio urgentísimo. La ONPU ha fijado en nueve puntos su estudio del problema.
Sintetizados, ellos pueden exponerse así: a) El sistema citadino a damero de 100 metros por lado no se adapta al tránsito fluido; b) Las calles diseñadas de antiguo para sistemas de locomoción ya superados no convienen al automovilismo; c) Los vehículos motorizados aumentan en forma creciente; d) No están bien establecidas las rutas preferenciales y hay confusión en ese sentido; e) La mala reglamentación del estacionamiento ocasiona la congestión característica de los sectores céntricos; f) El recorrido arbitrario y falto de un plan de los ómnibus y colectivos es un factor de desorden; g) No existe una clave de movimientos que permita conducir en forma correcta; h) Las normas del tránsito que actualmente rigen no se adecúan a la nueva técnica automotriz ni al volumen circulatorio, e i) Se dan demasiadas excepciones al cumplimiento reglamentario y las disposiciones generales son comúnmente burladas. Como es posible observar, para dar solución al problema hace falta el confrontamiento enérgico y ejecutivo de estas cuestiones, pues son ellas las raíces de los múltiples defectos que padece el tránsito urbano de Lima, la ciudad cuyo desarrollo, aún en desenvolvimiento y, en consecuencia, en permanente situación de crisis, está a punto de transformarse en la sede predilecta del caos.
Un juego mortal
El número de muertos por cada 100 000 de vehículos-kilómetro1 era de 5,5 en 1947 para los Estados Unidos. En ese mismo año y en la misma cifra de vehículos-kilómetro, el índice promedio para Lima era de 20, es decir, cuatro veces más que en Norteamérica. En Lima –sobre la base de las estadísticas de 1953– hay un vehículo por cada 15 personas, cifra que es semejante a la de Sao Paulo, metrópoli dos o tres veces mayor que nuestra capital, y superior a las de Buenos Aires, Santiago o Bogotá. Y si bien dicho dato nos da un testimonio saludable en relación con el progreso económico individual, es al mismo tiempo una elocuente prueba de que el hombre que camina por las estrechas calles de esta que fuera en 1920 una gran aldea, pone su vida en el tapete de un juego mortal, sin que la autoridad impida con decisión que algún raudo piloto gane la partida.
La Prensa, 1 de febrero de 1956, p. 10.
Los servicios públicos en crisis
(El expediente urbano de Lima III)
La rápida y violenta expansión de Lima, transformada durante el curso de treinta y ocho años en una abigarrada metrópoli, ha producido algunos fenómenos urbanos cuya exposición la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo ha dado a conocer en el amplio e ilustrado informe que venimos comentando. Junto al problema de la escasez de vivienda, de la falta de áreas verdes de aireación y recreo, del desorden y los peligros del tránsito, está el de la mengua sucesiva de los servicios públicos más urgentes. Dicho decaimiento conspira fuertemente contra el desenvolvimiento normal de la vida social y redunda en la vigencia de graves problemas que atañen a la salud, la seguridad, el bienestar y la existencia coherente y eficaz de la población, calculada en la fecha en el millón de habitantes. Son esos problemas los de “abastecimiento de agua potable, evacuación de aguas negras, alcantarillado, baja policía, luz y fuerza eléctrica, servicio telefónico, transporte colectivo, etc.”, según los enumera el folleto de la ONPU.
Si la fórmula de la eficiencia de tales servicios públicos es que cada uno “rinda por encima de ciertos niveles mínimos de confort” y si se estima que “la continuidad en el mantenimiento de esa eficiencia debe ser sostenida a todo costo” para fomentar el crecimiento y el progreso de la ciudad, estamos obligados a concluir, con las cifras estadísticas que revelan que Lima sufre de un mal que metafóricamente puede equipararse a la situación de un individuo adulto que emplea ropas nuevas, muebles y utensilios destinados a un niño. La deficiencia se manifiesta en incomodidad y hasta desesperación. La dotación de agua potable, por ejemplo, ha quedado desde hace mucho tiempo por debajo de las necesidades vitales de la población, a tal punto que, especialmente en las épocas del año cuando por razones de clima aumenta el consumo, su carencia se convierte en un verdadero fantasma urbano.
Tres planos de Lima (1946, 1947 y 1949), en los cuales se ha marcado con negro, rayado y puntillado las zonas de servicio deficiente, servicio hasta el segundo piso con baja presión y servicio eficiente respectivamente, demuestran en el folleto de la ONPU que, en cuatro años, el defecto se ha cuadriplicado, afectando no solo, como al principio, los sectores céntricos sino enormes zonas interurbanas. La información advierte que de conseguirse datos hasta 1954 “se vería continuar esta tendencia, a pesar de que para ciertos sectores ha mejorado la dotación de agua por la utilización de pozos tubulares que se unen a la red”. Idéntica crisis experimenta el sistema de recolección de desagüe.
Con respecto a la red telefónica –para extender la cual han sido recientemente autorizadas dos empresas–, es verdaderamente inexplicable que se la haya soportado en estado crítico en el curso de los últimos quince años. En 1932, 45 y 55 el número de líneas en funcionamiento fue de 15 000, 20 000 y 27 000, respectivamente, siendo el número de solicitudes pendientes de 530, 8100 y 31 600 en dichos años. La última cifra revela que urge casi el doble de aparatos de uso puesto que los pedidos expresan únicamente la demanda perentoria e impostergable.
El régimen de transportes colectivos ha sido también afectado por el veloz crecimiento de la ciudad, pero, además, ha sufrido los errores de una ausencia casi absoluta de planificación. Lima es una de las ciudades del mundo menos comunicada entre sí, ya que las empresas y compañías han trazado los recorridos de sus flotas a capricho, sin tener en cuenta los intereses de los pasajeros, sus desplazamientos y el entrecruzamiento de su circulación cotidiana. El plano de las líneas de ómnibus que acompaña al texto de la ONPU manifiesta que existen grandes regiones urbanas que carecen de transporte colectivo. No es este, como debiera ser, un tejido que permita, para ir de un lugar a otro, el transbordo oportuno, pues en muchos casos los vehículos transitan a distancias de 400 metros de las áreas que no han sido consideradas. La demanda, como es evidente por una sola mirada a los paraderos, es notoriamente mayor que la oferta, lo cual testimonia que se requiere un plan de servicio más intenso y regular.
La publicación que comentamos hace saber que “no se ha podido recopilar información completa en lo que respecta al estado de servicio de luz y fuerza eléctrica”, pero dice también que la dificultad para conseguir conexión trifásica en algunos puntos citadinos indica que se está a punto de entrar en un periodo de escasez. Huelga exigir que se contemple con tiempo este problema antes de que se torne en una molestia más. En cualquier caso, en lo que se refiere al agua, al desagüe, a los teléfonos, al transporte o a la electricidad un principio aleccionador se desprende de esta exposición: en núcleos humanos capitalinos, donde es posible intuir un desarrollo cada vez mayor de la población, conviene realizar las obras con sentido del futuro, puestos los ojos en las verificaciones demográficas que, aunque entre nosotros no son muchas ni muy técnicas, sirven para entrever algo de lo que va a ocurrir.
La Prensa, 3 de febrero de 1956, p. 8.
Para qué sirve el Plan Piloto
(El expediente urbano de Lima IV)
¿Pueden los males urbanos de nuestra ciudad ser conjurados y evitar, de tal manera, que la vida en ella no constituya un caótico y abrumador problema individual y colectivo? A estos fines está encaminado el Plan Piloto de Lima concebido por la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo, el cual fuera oportunamente aprobado por el Consejo Nacional de Urbanismo. Unido al expediente sobre la metrópoli, como segunda parte del estudio de las más dramáticas cuestiones que plantea el desarrollo canceroso de esta capital, la ONPU ha hecho públicos los lineamientos generales de ese plan que por “adaptarse cumplidamente a las características geográficas del valle de Lima y por incluir y hacer propias las fuerzas elementales que han venido dando forma al conglomerado de Lima” representa un cuerpo orgánico de futuras realizaciones positivas.
Los resultados de la aplicación del Plan Piloto hasta este momento han sido exitosos y, entre ellos, no es el menor el de haber contribuido a crear una conciencia urbanística tanto en las autoridades cuanto en la ciudadanía común. Un plan piloto es en sí la pauta fundamental para encauzar a la ciudad dentro de los límites de un crecimiento racional, en armonía con las bases del bienestar general, y es también el punto de partida para procurar soluciones a los diversos problemas citadinos conforme a un criterio integral. Un plan piloto, en suma, es una forma acertada de gobierno.
Con relación, por ejemplo, al problema del tránsito (del cual nos ocupamos en el segundo artículo), ¿en qué ha servido y puede servir más aún el Plan Piloto? Dentro de este se halla el Plan Arterial que se sustenta en el concepto esencial de la diferenciación de vías, “de modo –como dice la publicación de la ONPU– que pueda dársele a cada una un perfil proporcionado al tránsito que ha de soportar, y que permita canalizar el movimiento rápido de vehículos por determinadas arterias, sin que sea preciso cruzar áreas residenciales o detenerse en cada intersección”. Para ello se clasifican las vías en cinco categorías, según su función urbana:
a) Calle expresa: para circulación veloz, con cruces a desnivel, destinada a soportar el tránsito más pesado.
b) Avenida: para circulación rápida con las intersecciones controladas, puesto que permite comunicar diferentes sectores dentro del área urbana.
c) Calle principal: de carácter preferencial, que circunda las unidades de vivienda.
d) Calle local: que sirve, como su nombre lo indica, para el tránsito local, necesariamente lento y adecuado a una vida residencial y tranquila.
e) Calle de acceso único: variante de la calle local, en la forma llamada “cul de sac”, para circulación lenta en las áreas residenciales.
El proyecto de circulación y estacionamiento de la zona central que incluye el Plan Piloto contempla la necesidad de una gran vía de circunvalación constituida por la prolongación del Malecón Rímac desde la avenida Tacna hasta la avenida Abancay, y la continuación de estas dos arterias hasta unirse con las avenidas Wilson y Bolivia, extendiendo la segunda para su intersección con la primera. De este modo se vincula la zona del oeste con los barrios altos, descongestionando las calles y los jirones céntricos que hoy sufren el recargo del tránsito en tal sentido. Las áreas de estacionamiento y las vías de acceso interno permitirán organizar el desplazamiento de vehículos en el sector central dentro del orden indispensable. Ese núcleo de la población, el más abigarrado y doliente de la ciudad, recibe así el alivio urbano preciso para su desarrollo cada vez, como es lógico, más denso.
El Plan de Zonificación relativo a los usos de la tierra es otro de los interesantes aspectos del Plan Piloto de Lima. La tierra urbana se ha dividido en cinco clases: de vivienda unifamiliar, de vivienda multifamiliar, de comercio, de industria y de áreas verdes. Las zonas industriales se han dispuesto en estrecha relación con las zonas de habitación y se ha provisto, en el interior y los aledaños del gran triángulo urbanizado, zonas agrícolas o de reserva que facilitan el abastecimiento de la población. El principio general que persigue el Plan de Zonificación es que solo merecen ser modificados –y, por cierto, en forma paulatina– los usos de la tierra que perjudican a la colectividad, “ya fuera por la molestia directa que ocasionara su presencia –como ser el caso de industrias dentro de los barrios residenciales o ruidosos locales comerciales al lado de áreas de habitación–, ya por el daño a los precios del terreno que acompaña la presencia de actividades inarmónicas”, a estar por las palabras de la ONPU. El Plan de Zonificación –afirma ese texto– “tiende a estabilizar los valores del terreno, a mejorar el aspecto general de los barrios y a permitir una relación más fácil entre los diferentes componentes de la ciudad”.
El mapa es elocuente con respecto a las ventajas de la zonificación. La vivienda unifamiliar se sitúa principalmente en torno a las vías que conducen al sur, en los barrios residenciales, en tanto que la vivienda multifamiliar se localiza alrededor de las rutas que van al oeste. El comercio queda ubicado en el centro de la metrópoli y en aquellos puntos en donde dicha actividad es un foco de interés parcial. La industria ocupa la otra margen de las vías que llevan al oeste, en la amplia región que alcanza la orilla izquierda del Rímac. Por último, se distribuyen convenientemente diversas áreas verdes cuya función pulmonar y recreativa concentra la atracción de los núcleos de población más intensa. En síntesis, el plan provee a la ciudad de las soluciones que sus problemas más perentorios requieren urgentemente. Y ello es francamente estimulante.
La Prensa, 4 de febrero de 1956, p. 8.
Conciencia urbanística y progreso
(El expediente urbano de Lima V)
La parte más interesante y también la más persuasiva de la publicación “Lima Metropolitana. Algunos aspectos de su expediente urbano y soluciones parciales varias”, editada por la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo, que en esta nota terminamos de comentar, es el estudio comparativo de los problemas de la zona limeña denominada Cercado (la comprendida entre el río Rímac y las avenidas Bolognesi, Alfonso Ugarte, 9 de Diciembre, Grau, Circunvalación y Comandante Espinar) y del distrito de Pueblo Libre. Ocho láminas, a través de las cuales se conoce gráficamente la estructura general de cada conglomerado urbano, especialmente en lo que atañe a los usos de la tierra, a la distribución de la densidad de la construcción, a su estado y calidad, al tipo de propietarios, a la situación económica de los habitantes, etc., permiten cotejar las distintas soluciones que se presentan en uno y otro caso.
En el Cercado se dan los valores más altos del terreno, se encuentran las joyas arquitectónicas y los edificios públicos, y el comercio se desarrolla en forma amplia y concentrada, sin que por ello falten ahí las viviendas ruinosas y la vida ofrezca cruentos índices de hacinamiento y promiscuidad. En Pueblo Libre, en tanto, las densidades son normales, hay una alta proporción de áreas libres, la construcción de tipo residencial se halla en excelente estado y, en fin, las condiciones vitales se manifiestan favorables para la consecución de un alto estándar social. Infortunadamente, la diferencia del distinto encaramiento que requieren ambos núcleos emana de la comparación de estos gráficos, por lo cual es inútil referirse a ellos en una nota periodística que no puede ser acompañada por los respectivos grabados. En síntesis, se puede decir que el análisis técnico urbanístico se impone como único método para encontrar la solución adecuada a las múltiples cuestiones que plantea la existencia citadina actual.
Sin embargo, las soluciones en detalle que en la última sección del folleto hace públicas la ONPU dan una idea cabal y completa de los beneficios que se desprenden de la investigación urbanística. Por ejemplo, la construcción de la avenida circunvalatoria de Lima, llevada a cabo solo en parte, fue una propuesta del Plan Piloto. Dicha vía debe abrazar el triángulo urbano con el fin de evitar el cruce de la ciudad por el tránsito interprovincial que, con destino a ella o a otros puntos del territorio nacional, utiliza las carreteras Panamericana Norte y Sur y la Central. Se ha realizado ya el tramo que va desde la carretera Panamericana Sur hasta la avenida Grau –del cual es afluente la vía que va al centro del país– pero falta construir el que, partiendo de la avenida Grau, llegue hasta el Terminal Marítimo, en mitad del cual se producirá la unión con la carretera Panamericana Norte.
El gráfico que revela el volumen del tránsito en la zona céntrica demuestra asimismo que al apiñamiento originado por el movimiento de vehículos de la zona residencial se añade el provocado por el desplazamiento interprovincial y el que se produce con dirección a las áreas industriales y a El Callao. Los cuadros del tránsito interprovincial y su presencia en el corazón de Lima dan cuenta de cuánto ha de ganarse para el desahogo limeño cuando se concluya la ruta de circunvalación. Esta ruta proporcionará un acceso cómodo a todos los sectores de la capital y evitará la congestión en la parte residencial y central de ella, problema que hoy se expresa no solo en la molestia que experimenta la circulación sino principalmente en el subido promedio de accidentes y choques a que ya hemos aludido en otro artículo.
Es obvio que debe suscitarse e incrementarse la cooperación de la ONPU con los municipios locales, tal cual lo determina la ley que creó esa oficina técnica. Las situaciones que en cada lugar se presentan difieren y necesitan un estudio especial para el cual está preparado ese eficiente organismo. Lo ha demostrado en diversas ocasiones, entre ellas en la solución que propuso a la municipalidad de Miraflores para la difícil intersección de las avenidas Arequipa, Palma, Larco y Pardo y para el nudo de Santa Cruz. También el proyecto de zonificación de Pueblo Libre que, al ser adoptado por el Concejo Distrital correspondiente, ha echado las bases para “crear barrios más estables que los existentes, conservar los valores del terreno, evitar la molestia que significan los usos inarmónicos de este y, por último, asegurar el beneficio de los ciudadanos”, conforme reza la argumentación de la ONPU.
Cuando el hombre de la calle sufre alguno de los típicos padecimientos a que lo somete la condición metropolitana de Lima, sobrevenida en poco tiempo y con una celeridad que fue imposible determinar con antelación, su convicción de que se trata de algo que no cabe remediar no es otra cosa que la carencia de una conciencia urbanística. Y conciencia urbanística es, en el fondo, conciencia social. Si la vida actual nos condena a existir en grandes aglomeraciones humanas y si entramos en este juego sin probabilidades de escaparnos de él, conviene saber que hay una ciencia cuyo objeto es precisamente controlar el crecimiento de la ciudad y encauzarlo dentro de normas que aseguren el bienestar general e individual. Y que esa ciencia, además, lejos de ser una lucubración pura, está encaminada a su aplicación práctica con resultados positivos visibles. La Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo debe adquirir el volumen y la importancia que las circunstancias actuales de Lima exigen y para ello estamos todos obligados a respaldar su labor y a difundir el concepto de que la única manera de impedir que el desorden impere en este orden es confiando a la técnica las agudas incógnitas que nos preocupan. Ello será librarnos de la improvisación, origen de muchas de nuestras desgracias y primera valla de nuestro progreso.
La Prensa, 7 de febrero de 1956, p. 8.
La ciudad que semeja al país
El asfixiante centralismo en que ha vivido el Perú, durante casi toda su historia, ha consolidado en la conciencia selecta del país provinciano una idea de reprobación y rechazo hacia Lima, la absorbente capital, y ha fecundado, también, un correlativo resentimiento que, por estar justificado, nadie puede considerar arbitrario. Mientras Lima ha crecido y progresado, a costa sin duda de las energías robadas al trabajo y la producción del resto de la patria, la república entera se ha sumido en el ahogo que hoy, quizá más que nunca, la abruma. Ha sido una entrega total o un vasallaje, cuyo efecto negativo no es tanto la anémica condición de la economía provinciana cuanto la opulencia parcial de esta cabeza nacional en la cual, al modo de un reducido centralismo urbano, de la periferia hacia adentro, se distinguen los mismos escalones que muestra toda la nación, los que van de la miseria sórdida e inhumana al lujo desenfrenado y banal.
Y si en la mente sencilla del pueblo provinciano la imagen de Lima se ofrece con los caracteres del mito paradisiaco al que hay que acudir para encontrar la dicha, en el pensamiento de las personas ilustradas nuestra ciudad constituye el vientre tumefacto y siempre insatisfecho que se nutre con la sangre de quienes de él dependen. Así se ha creado la leyenda negra de Lima, que proclama que nuestra ciudad no es el Perú o, peor aún, que es el anti-Perú. Sin embargo, tales definiciones solo pueden explicarse como los frutos del acerbo sentimiento que ha cuajado en el corazón de los nacidos allí donde la prosperidad capitalina ha significado, a contrapelo, desmedro y pobreza, opacidad y dolor, rutina y destrucción. Porque en el fondo, bien mirada la cuestión, Lima no solo es sección principal del Perú sino que representa su síntesis, especialmente en lo que se refiere a la estructura social. Como todas las capitales del mundo, Lima es la ciudad de los provincianos, el lugar donde se reúnen, como en una abigarrada y hormigueante ágora, gentes venidas de todos los confines del amplio territorio peruano. Si no, que se interrogue a las masas que ocupan sus calles, a la hora de la tarea o en la fiesta, por su origen: se verá que aquí está el crisol de lo que el país, en su vórtice actual, promete para mañana.
Y el provinciano, al mismo tiempo, así como recibe el impacto de la metrópoli, así como cambia sus maneras y sus características, adopta, en cambio, otras cosmopolitas o citadinas, entrega, por medio de una tácita permuta, ciertos elementos propios y los incorpora a la personalidad de la urbe, la cual en seguida los adquiere y particulariza. En su última visita a nuestra capital, el famoso antropólogo francés Paul Rivet afirmaba que veía con agrado y satisfacción que Lima se estuviera convirtiendo en una población india. Y eso es cierto. La provincia ha traído aquí esta peruanísima contribución racial y ella se ha tornado limeña.
Un recorrido por la capital nos proporciona, además, el testimonio patente de la situación de todo el Perú. Desde los barrios y urbanizaciones clandestinas –en cuyos recovecos y callejuelas es posible distinguir el remedo de la aldea andina, que el habitante naturalmente, al construir su improvisada vivienda, ha evocado– hasta el centro, y de aquí a las zonas residenciales –la Lima quizá propiamente dicha, por lo florida, por lo pacífica, por lo conventual que se nos aparece– el itinerario nos muestra la gama peruana: allá, en los cerros, el hombre del Ande, la provincia campesina que ha emigrado en busca de un premio que no halló; luego, en los barrios que ayer fueran el núcleo de la villa y que hoy, venidos a menos, subsisten como refugio de los menesterosos, las razas costeñas –mestizos, mulatos y negros–; más acá, en las urbanizaciones modestas de la clase media, el compacto conjunto de la empleocracia aspirante, en la que no hay distingos de procedencia y en la cual se juntan y entremezclan, sin discriminaciones, las familias, sean chiclayanas, cusqueñas o loretanas. El centro no es tampoco el predio de los limeños: es el meollo de esta móvil y efervescente cita nacional. Tal vez, como dijimos arriba, sean los sectores residenciales los que constituyen la parte genuina de la ciudad, el bastión representativo del centralismo que devora los productos del esfuerzo de los ciudadanos del norte, el centro, el sur y el oriente patrios.
En recientes artículos, el autor de estas líneas comentó el expediente urbano de nuestra capital, las cuestiones que su magnitud plantea a los especialistas en los problemas metropolitanos. Dicha causa urbanística, en pleno proceso, demuestra que Lima lleva un ritmo de crecimiento sin pausa, a costa, por supuesto, de las demás regiones del país. Se trata de un hecho que no puede condenarse sin acusaciones, violentas y acres, sino que merece estudio, meditación y fórmulas prácticas de solución. Ante todo, la descentralización, pero la descentralización científica, y luego la devolución a la provincia de todo aquello que le pertenece material y espiritualmente. Así se retornará a la legítima comunidad, esa que está levantada sólidamente sobre las bases de la recíproca admiración, sin rencores ni escisiones, tal como destella en el símbolo peruano: firme y feliz por la unión.
La Prensa, 16 de febrero de 1956, p. 8.
Un bosque falso y otro real
Es poco menos que absurdo que, en el colmo del apasionamiento, se atribuya a una sola persona una idea tan obvia como la de la urgente creación de un bosque urbano para nuestra ciudad. Tal arbitrariedad no puede aceptarse tanto porque la escasez de zonas verdes ha sido desde hace tiempo señalada por los urbanistas nacionales (entre ellos los que elaboraron el Expediente Urbano de Lima, publicado en parte por la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo, del Ministerio de Fomento y Obras Públicas, en diciembre de 1954) cuanto porque cualquier ciudadano medianamente culto y sensible es capaz de distinguir esa carencia sin ningún esfuerzo racional extraordinario. De otro lado, a propósito de la necesidad de airear la capital dotándola de parques y áreas libres a escala del sector, el barrio y la ciudad, existe un informe relativamente reciente del arquitecto Hans Ghunter y se puede reunir un material periodístico, firmado por columnistas de todas las publicaciones locales y registrado por los cronistas en base a declaraciones hechas a diversos órganos de prensa, verdaderamente descomunal. Con tan múltiple documentación, ¿cómo es posible afirmar que la iniciativa de dotar a Lima de una gran extensión arbolada, a semejanza de las que lucen Buenos Aires, Nueva York, París, Madrid o Londres, tuvo su “idea inicial” en el actual premier? Fea costumbre esta de tratar de ganar indulgencia con avemarías ajenas.
Pero las indulgencias, en lo que respecta al bosque urbano (que, en efecto, contribuirá enormemente a que la ciudadanía modesta, paciente pagadora de la “cuota de sacrificio”, pueda compensar, con aire fresco y solaz campestre, el ahogo de la vivienda estrecha e insalubre a que lo ha condenado el injusto orden de cosas en que existimos) no son muchas para el Ejecutivo. ¿Cuál es la gran solución que ha encontrado para tal fin? Que la Corporación Peruana de Aeropuertos y Aviación Comercial (Córpac) ceda los primeros 30 millones de soles excedentes del producto de la lotización de los terrenos del aeropuerto de Limatambo. ¡Cuán largo fía el gobierno ese verdor para la gente pobre sin jardines ni casas de campo! No se trata, pues, de una medida de acción inmediata, de efecto rápido y eficaz. Simplemente aguarda los mayores ingresos de dicha venta, sin señalar, por cierto, cuánto es lo que Córpac requiere para la construcción del nuevo terminal aéreo de El Callao. Eso, y por supuesto, se publica a todo bombo, como si por la diligencia del sistema mañana mismo se fuera a comenzar la modelación del bosque. Si esto no es demagogia, dos y dos no son cuatro.
El Estado posee innumerables terrenos, está capacitado para adquirir otros, le deberán ser devueltos, a corto plazo, como es el caso de los que ocupa el Hipódromo de San Felipe, más todavía. Sin embargo, se apela a los 30 millones del excedente como si la tierra de Lima fuera poco menos que escasa. El problema de la falta de áreas verdes, de esparcimiento popular y ventilación, es aquí patético. Para un millón de habitantes (según datos de la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo) la capital contaba, en 1954, con 3.3 m2 de zona libre por persona, cuando las normas internacionales indican 25 m2 como mínimo. Al presente la proporción es, por supuesto, menor aún. Se hace precisa, en consecuencia, una actitud que no deje las cosas para más tarde y ponga tanto énfasis en lo superfluo por estar inspirada en una vehemente sed de publicidad política. Lo cual equivale, mediante una especie de chiste cruel, a meter al pueblo en un tramposo bosque de letras de molde con el pretexto de darle el legítimo bosque de vegetación que anhela.
El Comercio, 11 de enero de 1960, p. 2.
Sin parques y con 30 millones
Hace muchos años que los urbanistas vienen batallando por que Lima, cuyo crecimiento es harto acelerado, no reduzca la indispensable proporción entre zonas construidas y zonas libres hasta el total ahogo. Ya en 1954, la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo señaló la escasez de áreas verdes en términos que revelaban la dramática inarmonía de los sectores de recreación y solaz con respecto a la edificación. En el documento correspondiente se anotaba que del estudio del plano de la capital y sus aledaños se podía deducir la magnitud de la crisis: solo 3,3 m2 de parque por persona representaban la séptima parte de lo que aconseja la National Playing Fields Association de Londres como proporción normal para una urbe moderna bien aireada. La campaña en pro de parques y jardines fue, desde el comienzo, inspirada por los técnicos, quienes afirmaron, desde diversos órganos de prensa, que las áreas libres deberían, por lo menos, ser triplicadas para servir adecuadamente a la población.
Conseguir esta triplicación no es para el Estado ningún problema. Como se sabe, se cuenta con extensos terrenos de propiedad pública que, modelados de acuerdo a un plan, pueden convertirse en esos parques de uso popular que, para los habitantes que carecen de jardín propio y medios para salir de la capital durante el fin de semana, son esenciales. El ministro Beltrán, de quien se afirma peregrinamente que fue el autor de la “idea inicial” de la creación de un parque a escala de la ciudad, no ha encontrado otra solución que obtener la promesa de que las ganancias excedentes de la lotización de Limatambo serán destinadas a la realización de un bosque urbano. ¿Y por qué no –ya que incluso editoriales de su diario lo señalaron– destinar a ese fin el área del Hipódromo de San Felipe, o la Penitenciaría Central, o la del propio aeropuerto? El ministro no logra ponerse de acuerdo consigo mismo y en ese trance encuentra que, para no afectar intereses y danzar al son de todas las conveniencias, es mejor conseguir dinero. ¿Dónde irá, con los 30 millones, a comprar el parque? ¿Habrá un feliz propietario que venderá terrenos al Estado, a quien le sobran propiedades?
Los técnicos observan que, además de los requerimientos de superficie utilizable para el recreo público, se precisa disponer de áreas libres de modo tal que sirvan eficazmente a sus usuarios y deberá cuidarse que los ciudadanos puedan concurrir a ellas sin tener que recorrer distancias excesivas y sin que se vean obligados a desafiar los peligros del tránsito automotor. No se trata, pues, de elegir cualquier sitio. Lima –véase el plano– no posee demasiados terrenos disponibles en esas condiciones y si no se elige uno de ellos, el bosque que se nos promete irá a parar a las afueras, ahí donde no será ni pulmón para el abigarramiento ni campo de recreación para la masa.
El espectáculo dominical del Campo de Marte no es edificante, pese a que ahí juegan niños y muchachos. ¿Por qué? Simplemente porque esa muchedumbre denuncia que, llegado el día adecuado al descanso, la gente no sabe dónde ir a divertirse en el paseo o el deporte. El hormigueante panorama de esa área libre (que, como otras tantas, ha sido mutilada en beneficio de la edificación oficial) es todo un documento de las protestas de los urbanistas acerca de la falta de zonas verdes en esta ciudad que ha sido llamada “ciudad jardín”, pero a la cual las cifras estadísticas disputan el título tradicional. Crear parques no es, de otra parte, soplar y hacer botellas. Cuando los famosos 30 millones estén sobre el escritorio del ministro, ¿qué se hará con ellos si no se emplean San Felipe y las otras tierras por ahora a disposición?
El Comercio, 17 de enero de 1960, p. 2.
Parque para la masa popular
De acuerdo a los principios técnicos las áreas libres, cuyo fin es la recreación popular, deben servir a la comunidad y estar, en consecuencia, en escala con las agrupaciones que la integran. De ahí que los urbanistas de la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo hayan establecido una clasificación. Según ella existe el barrio (“célula urbana delimitada por obstáculos topográficos o vías de gran circulación” que abarca una superficie de 20 a 10 hectáreas, posee dos escuelas primarias y tiene una población de 4 a 7 mil habitantes) y el sector (“conglomerado de barrios” limitado por vías de gran tránsito y velocidad, con una superficie de 90 a 300 hectáreas, dos escuelas secundarias y de 20 a 45 mil habitantes). Para el barrio y el sector es preciso, habida cuenta en cada caso de la densidad de población, un espacio de juego (campo deportivo) y un parque, que para la agrupación de varios barrios necesita como complemento de alamedas y plazas. Es notorio que Lima manifiesta un déficit al respecto: barrios y sectores muy densamente poblados (La Victoria, Lince, etc.) carecen de zonas de recreo y solaz, en tanto, distritos de pocos habitantes en proporción a su extensión (San Isidro, por ejemplo) gozan de abundancia en jardines y áreas verdes. Conviene, pues, en lo relativo al problema del ahogo urbano, seguir un plan orgánico, cuyo planteamiento ya está hecho en documentos elaborados por los urbanistas. No se trata de crear un bosque y cruzarse de manos satisfecho.
La crisis no se reduce a la evidente escasez en Lima de lo anotado. Barrios y sectores constituyen la ciudad. También hacen falta zonas libres con referencia directa y proporcional a ellas: grandes parques, parkways, paseos y plazas públicas, sistemas recreacionales (estadios, zoológicos, clubes, etc.) y zonas de expansión para el verano (playas) y el invierno (parques exteriores). Así como es fácil de verificar que en el casco antiguo de nuestra capital (donde el tránsito es más congestionado y existen, además de oficinas y tiendas de comercio, viviendas insalubres y estrechas) hay una casi absoluta ausencia de zonas de ventilación y paseo, resulta simple comprobar que más allá de ese núcleo los parques con que se cuenta no pueden contener el desborde dominical (caso del Campo de Marte) y que playas y lugares campestres son insuficientes para recibir la semanal descarga multitudinaria. Se requiere, en suma, que no por loar desmedidamente un vago proyecto de bosque (hacer un bosque exige como mínimo una veintena de años) sea descuidado el problema general en sus múltiples aspectos.
Como es lógico, el análisis de la cuestión –tal como anota el informe “Standards para recreación y áreas libres” (ONPU, 1957) redactado por el arquitecto Hans Ghunter– comprende la determinación del área requerida para espacio de juego dentro del barrio y, mediante esa base, la determinación de los demás standards. Se concluye así que se precisan 14 m2 de espacio de juego por niño. Si la población infantil es un quinto de la población total, y de ella se toma el 50 por ciento como el número que acudirá al campo recreacional, el área indispensable es de 1,4 m2 por individuo. Parece poco, y lo es, pero hay que recalcar que ahora no se tiene ni esa insignificancia. Resulta elemental deducir que nada se resuelve con fijar 30 millones de soles del excedente de una lotización para realizar un solo parque y que, por atender a esa operación, se olvide que no es cosa de prometer rondas en un bosque, sino aire sano, vegetación y espacios de expansión en el barrio y en el sector, sobre todo en aquellos donde la edificación y el tránsito roban la salud a las masas populares.
El Comercio, 18 de enero de 1960, p. 2.
Lima y su destino
El 18 de enero de 1535, Pizarro, Riquelme, García de Salcedo, Juan Tello y otros, después de dar algunas vueltas, de dudar un poco, de observar y juzgar otro tanto, eligieron el asiento del cacique del Rímac como sede de la ciudad capital de las grandes tierras conquistadas aquí para España. Ese día comenzó la historia de la ciudad como tal, pero hacía ya tiempo vivían en la zona hombres, limeños diría, que han sido desenterrados y reivindicados por Arturo Jiménez Borja y cuyas obras arquitectónicas acaba de describir, en un ilustrado manual, Herman Buse. El oráculo había ya hablado mucho cuando el gobernador y su gente escogieron los dominios del fabuloso Cuismanco como lugar, “en comedio de la tierra”, propicio para presidir la vasta y compleja inmensidad del Perú. Se iniciaba otra etapa de la vida de este trozo del orbe entre los Andes y el mar que los paroxísmicos soldados de la corona hispánica hallaron “airoso, claro y descombrado”. A la existencia eglógica de los agricultores y los pescadores sometidos al inca, adoradores de la fuerza invisible de Pachacámac, seguiría el azaroso trance de las guerras civiles, la cortesanía del fasto virreinal, la conspiración libertaria, la disputa del poder efímero, la invasión, el despertar lento del marasmo, todo en una secuencia de cuatro siglos que, en puridad, no son nada en la historia. Fábula amable y realidad cruel, Lima se hizo lo que es a costa de sueños y dolores.
Se le han prodigado los más contradictorios adjetivos. Se la ha tratado de definir con los insoportables calificativos de “voluptuosa”, “pinturera”, “coqueta”, etc. Y se le ha dicho, por su supuesta indiferencia con respecto al país integral, a su drama profundo y vital aún sin solución, antiperuana, frívola, extranjera. Se le ha inventado un pasado de solo salones y danzas, de solo duelos amorosos y perezosas indolencias, en olvido de que también sufrió, como la patria entera, las crisis y los sacrificios que la historia le impuso. En la Perricholi –cuya existencia humana, cuya auténtica versión ha desaparecido tras la balumba de excelente, buena, mala y pésima literatura– se ha querido encarnar su personalidad, prescindiendo así de la masa que, lejos de los saraos y las huertas del jolgorio, pugnó a lo largo de esos cuatrocientos y pico de años por asumir su papel protagónico en el diálogo de gobernantes y gobernados. Aquí, sin embargo, se han dicho las palabras más decisivas, en boca de limeños o de quienes se habían adaptado a Lima, acerca del destino nacional. El fermento de la independencia –ayer contra los dominadores de ultramar, más tarde contra los extraños venidos a expoliar– bulló siempre en las calles y plazas de la ciudad, como la reacción viva del centro de un ser hacia la penetración ajena, abusiva y brutal en uno de sus órganos, por más pequeño que él fuere. Aquí, en fin, procedentes de todas partes del Perú, las provincias se han unificado y con su presencia a veces desgarrada reproducen, en una patética imagen urbana, el estado doliente de toda la patria, su abisal división en unos pocos que todo lo tienen y muchísimos a los que les falta lo más elemental.
El 18 de enero de 1535 se trazó, justamente con la plaza mayor y los solares, un destino. Una ciudad es siempre una utopía, un proyecto de dicha común, de coexistencia humana y paz social. Lima no escapa a esa norma y no podremos estar conformes, aunque la embellezcan edificios gigantescos y pulule en ella una muchedumbre ya innumerable, si todos los días sus hombres –por lo menos sus hombres conscientes– no luchan por que el arquetipo que está en el origen de la agrupación civil se cumpla en cierta medida. Lima, loada hasta la adulación vacua, denigrada hasta la injuria iracunda, grande y mísera a un tiempo, decidirá, en última y definitiva instancia, lo que ha de ser todo el país a cuya cabeza hace 426 centurias que marcha.
El Comercio, 18 de enero de 1961, p. 2.
Hoy 400 mil, mañana un millón
El fenómeno de las “barriadas” no es exclusivo de Lima y esta verdad es el consuelo de muchos tontos que justifican los males sociales por su abundancia en el mundo. El hecho de que en torno a una serie de grandes ciudades se haya creado semejante cinturón de miseria constituye prueba irrebatible de que semejantes defectos de organización las aparejan y las hacen víctimas de semejantes problemas. El Fondo Nacional de Salud y Bienestar ha dado a conocer los resultados de un censo sobre el particular y ha revelado que 400 mil personas habitan en esas urbanizaciones clandestinas. La tercera parte, pues, de la capital se hacina en chozas (muy pocas barriadas exhiben construcciones de material noble) y existe en las precarias condiciones que son propias de una agrupación humana que comienza como provisional y termina siendo definitiva. En esto sí nuestra ciudad no puede apelar a ninguna identidad con otros centros urbanos del mundo. Su índice de crecimiento de diez años a esta parte muestra un ritmo acelerado que, de tener autoridades atentas, debería haberse interpretado como manifestación de una crisis digna de correctivos profundos y altamente eficaces. No es de esa índole, por cierto, la ley promulgada recientemente, que si bien procura a estas concentraciones algunas ventajas, favorables a su mejoramiento interno, no afecta a la causa fundamental que las determina.
En verdad, como lo advirtiera el abate Pierre, no son ni leyes del orden de aquella ni un plan de construcciones que reemplace el tugurio por la habitación medianamente higiénica y holgada los remedios de esta neoplasia urbana. El éxodo provinciano, especialmente campesino, a la ciudad no se produce por un mero capricho de los emigrantes. La falta de trabajo, los salarios miserables, la vida chata y sin posibilidades para el futuro, etc., que en países macrocéfalos hacen del poblado excéntrico un desierto, empujan a las gentes a buscar esas “luces de la ciudad” que, a la postre, también las defraudan. Nadie, sin embargo, emprende el retorno. Una excelente película de Visconti nos ofrece en estos días el caso de una madre y sus hijos a quienes Milán dispara hacia la tragedia. La provincia es centrípeta, reúne el hogar en torno a la tradición pacífica que le es característica. La gran ciudad, en cambio, es centrífuga: descoyunta la unidad hogareña y lanza a sus integrantes por diversos caminos, algunos terribles. Mientras no se eleve el nivel de vida provinciano, sobre todo el de la clase trabajadora, seguirán viniendo a Lima esas víctimas del espejismo urbano, con desmedro no solo del lugar natal de cada uno sino, lo que es tan grave como aquello, con el descaecimiento de la capital abrumada de parias desocupados y descontentos. El sedante que el gobierno ha decidido aplicar –la Ley de Barriadas– será un señuelo más para multiplicar la migración y, por ende, para complicar el problema.
Una vez más habrá que referirse, con disgusto de los liberales que nos abruman desde el poder, a la necesidad de un cambio de estructuras en la organización socioeconómica del país. En tanto no se transforme el fundamento de nuestra economía meramente exportadora e importadora, es decir, en tanto no se industrialice el país, se eleve la capacidad de consumo de las masas, se planifique el desarrollo nacional cabalmente, no se acabará con este problema de las barriadas, en las que se alojan hoy las 400 mil personas y en las cuales vivirán, tensas como la energía inestable de un explosivo, un millón mañana. El que no entiende esto es un incapaz y carece de lo intelectualmente esencial para dirigir la marcha del país.
El Comercio, 15 de junio de 1961, p. 2.
Lima: infancia y adolescencia
Como los seres vivos tienen las ciudades su ciclo vital. Pero el desarrollo urbano repite la ontogénesis con la parsimonia de un gigante. París es París desde hace siglos y aunque en el curso de su historia de dos mil años largos se han añadido elementos nuevos y novedosos, la personalidad de la urbe, como sucedió con la Torre Eiffel, los ha asimilado rápidamente y los ha convertido en signos clásicos de su perfil. Es una ciudad vieja que conserva su juventud –la juventud de los parisienses– y que parece que nunca ha de morir. Cuando mueren las ciudades es sin duda porque han muerto sus hombres.
Las crisis de la edad
Lima es una ciudad impúber. Todavía no actúa como adulta. Sus cuatro siglos no son nada aún. Si comparamos fotografías de hace cincuenta u ochenta años con la realidad actual descubrimos que el proceso de su desenvolvimiento vital es rápido pero no define sus rasgos a perpetuidad. Lo nuevo es demasiado nuevo en ella aunque imite lo antiguo. Las vistas de antaño semejan el rostro de un recién nacido y vacilante, absorto en la magnitud de la tarea, débil para contar su misión temporal. Ahora parece tener más confianza en sí misma, pero la afectan las crisis propias de la adolescencia.
Excesivos borradores arquitectónicos
Todos los visitantes están de acuerdo –no obstante que cada cual habla de la feria tal como le fue en ella– en que posee un espíritu singular que se atribuye a su atmósfera, a su contorno geográfico, a su situación entre la espada marítima y la pared andina, pero bastantes hablan de que esa alma no logra encarnarse en la arquitectura plenamente, como acontece en las grandes capitales del mundo: Tokio, Madrid, New York, Río. Y es que Lima busca su arquitectura probando la fórmula mediante excesivos borradores, como un alumno prolijo pero torpe. Ahí están la imagen de hace medio siglo y la imagen de hoy, ni aquella ni esta son las últimas.
Hacer una común habitación
Claro que Lima se hace menos limeña y más nacional, según verifica la antropología social, y eso también tiene que estar en su cara. Ayer era el refugio de unas cuantas familias emparentadas; hoy los dos millones que la pueblan están unidos por el sentimiento de hacer una común habitación para el presente y el inacabable futuro.
Otras características, en cambio, deben pervivir. Habrá que defenderlas del impulso transformador que no obedece a la necesidad sino al esnobismo, el mal gusto, el tráfico irrespetuoso y la modernidad a ultranza y sin razón. Todo lo que nos hable de la auténtica índole de su pasado porque está libre de artificio y es sincero tendrá que ser amparado por todos y por los organismos que nos representan a todos. Es fácil, en la información fotográfica que acompaña estas líneas, advertir dónde está lo duradero de esta Lima que está por dejar la infancia como lo que la infancia es, un bello recuerdo de lo que ya no será más.
Oiga, n.° 3, 2 de enero de 1963, pp. 8-9.
Municipios y democracia
En la crisis de las instituciones peruanas hay un síntoma que evidencia el profundo arraigo del mal: la eliminación del gobierno municipal. Nos hemos acostumbrado a pensar los términos municipales como simplemente administrativos y a causa de esa falsa conceptuación atribuir a la función legislativa la promoción de la obra edil. Se nos ha habituado a pensar en el alcalde como en el señor (o la señora) que se ocupa de que la ciudad esté limpia, la fuente tenga agua o el jardín florezca, lo cual no es menos falaz que la absurda creencia de que el diputado debe interesarse exclusivamente por la construcción del monumento al prócer o por el reemplazo de la campana parroquial.
Y ni lo primero es la principal tarea municipal ni lo segundo es asunto parlamentario. Los romanos llamaban municipium a la ciudad que no obstante estar sometida al imperio gozaba de los mismos derechos que la capital y se regía por sus propias leyes. La etimología ilustra la semántica castellana del vocablo: la ciudad regida por sus propios pobladores, gobernada por la voluntad de quienes la conforman. Si los gobernantes municipales surgen por mandato de los ciudadanos, dichas propias leyes, dicha autonomía, se cumple a la posible perfección. Se trata, en último término, de la democracia desde abajo. Escribo este “desde abajo” a propósito de la democracia y sé que incurro en la repetición ociosa. Toda democracia viene del fondo de la masa, del pueblo. Toda democracia, en verdad, comienza por el municipio. Es lo que la ciencia política contemporánea denomina “gobierno local”.
¿Qué otro sentido, a fin de cuentas, tiene la palabra “provincia” que el de la libre asociación de las ciudades, de los municipios? Pro vincere, para vencer, decían los romanos, se unifican los gobiernos locales, los pobladores de una zona y otra. Y en esa unión, el consentimiento lo da la asamblea de los habitantes de una localidad pequeña o vasta, rica o pobre, semejante o diferente a las demás. Desde el villorrio y la aldea hasta la urbe, el régimen municipal establece la trama vital de una nación, como imagen social del vegetal que absorbe por sus raíces el aliento de su vida. Matar esa nutrición es matar el organismo, ahogarlo. El que segó el régimen municipal en el Perú, segó en su fuente misma la democracia y la consecuente institucionalización.
Es un deber inmediato subsanar este disturbio fundamental y restablecer la verdadera municipalidad. Con el respaldo popular, dueño de un mando, el concejo más insignificante podrá emprender, mancomunadamente con el gobierno político central, la misión de desarrollo que nadie duda es la primera que corresponde al régimen que se inicia el próximo 28 de julio. En cada vocero municipal se oirá, ya no la voz del funcionario obsecuente, temeroso de la subrogación ministerial y obligado por ello a danzar al son que le tocan, sino la de sus electores de la base auténticamente popular. Y en cada acto y cada actitud, el burgomaestre o el concejal comprometerá la reafirmación o el repudio periódicos de los suyos. La dignidad que da de una parte, la condición representativa, y la directa responsabilidad, de otra, del representante ante su comunidad, son los factores que garantizan la eficacia del edil de origen democrático.
Ya no más, pues, la alcaldía-adorno, la alcaldía-condecoración, la alcaldía-lujo. Y no más, por supuesto, la alcaldía ocupada únicamente en labores burocráticas y administrativas, estática o decorativa y tampoco, por lógica consecuencia, el escamoteo legislativo en la obra de ornato pueblerino en que tantos parlamentarios distrajeron hasta hoy sus afanes y sus celos. Municipio, Parlamento, Poder Ejecutivo, entonces, estarán relacionados por la autoridad que en los tres proviene del mismo manantial y, por tanto, se complementa en una suerte de tejido, al que sí se puede llamar cosa pública, república.
Oiga, n.° 29, 27 de junio de 1963, p. 5.
¿Atomización de Lima?
El área que, en términos urbanísticos, se denomina Gran Lima es evidentemente la unidad política de la capital. Los distritos convienen para regular la administración, pero tienen que estar integrados a la metrópoli, a un gobierno comunal central. Cuando vemos, por ejemplo, que una avenida es reparada hasta cierto límite, desde el cual en adelante sus defectos persisten, es que ha operado la deformación que consiste en parcelar la ciudad y considerar cada parcela distrital como independiente al resto, ajena a todo lo que no atañe a su jurisdicción, de espaldas a la totalidad. Una gran ciudad es un complejo unitario, un cuerpo cuya mutilación lo daña en su integridad.
Este principio debe ser tenido en cuenta por nuestros legisladores ahora que se halla en estudio la Ley de Municipalidades, pues al parecer prevalece el concepto de que la capital metropolitana será concebida como la vecindad de los distritos y no como su relación íntima, de panal cuyos alveolos conforman una realidad tramada, imbricada, enteriza. Y ello tiene graves inconvenientes, cuyos nefastos resultados pueden comenzarse a advertir desde la elección misma de alcaldes y concejos.
Porque, ¿a qué queda reducida Lima si no se elige, al mismo tiempo que los municipios distritales, el que abarque a la Gran Lima? Simplemente al casco denominado el Cercado, donde la densidad de población es baja y en el cual, si bien está ubicada cierta parte tradicional de la capital, sus medios y alcances autoritativos son escasos. ¿Qué podrá hacer el alcalde limeño entonces? Prácticamente nada. Su representatividad será más bien honorífica, pero no se trata de otorgar honores sino de dinamizar, mediante la democracia, la dormida vida comunal, convirtiéndola de meramente administrativa en gubernativa, es decir, en creativa.
Esto quiere decir que Lima Metropolitana absorba a los distritos. La autoridad que en esta columna se reclama para la ciudad total no está concebida como imperiosa. Hemos hablado de integración, y como tal se entiende la relación en los problemas que son comunes tanto a Miraflores o San Isidro cuanto al Rímac o La Victoria, porque de uno a otro extremo hay una sangre que fluye incesante, que asciende y desciende, que da vida tanto a los miembros más alejados cuanto a ese corazón central del centro cívico. El alcalde de la Gran Lima será el motor de la vasta y todavía creciente extensión de la metrópoli y el distribuidor de las tareas mancomunadas que a todos interesan y, en consecuencia, a todos corresponden.
El “modus operandi” electoral no resultará complicado debido a este sistema, como objetan los partidarios de la “balkanización” de Lima. En la cédula, cada ciudadano votará por la autoridad edilicia metropolitana y por la autoridad edilicia de su distrito, de tal modo que señale su voluntad de gobierno local y también su voluntad de gobierno general. Así actuará en los dos niveles en los que transcurre su existencia. Obvio es que nadie circunscribe su actividad a su barrio ni alienta un distritalismo sino en términos muy superficiales e intrascendentes. Porque la idea de la atomización limeña sienta un erróneo principio que, como supuesto, permite el delirio de elaborar aun la locura del pasaporte interdistrital por la frontera legislativa que se establece con la parcelación.
Lima no es ni siquiera de los limeños: es el Perú. Cada día es más el Perú, afortunadamente. Y la tendencia de nuestro tiempo es unificadora. Solo se explica el prurito divisor pensando en fines ocultos o interesados, no en el verdadero anhelo de constituir con la variedad un único proyecto y una sola obra colectiva.
Oiga, n.° 39, 5 de septiembre de 1963, p. 5.
Estamos fundando Lima
Sin duda aquella Lima que los viajeros del siglo XIX abrumaron de ponderaciones y a la cual más de uno de aquellos visitantes calificaron de ciudad disoluta –sin dejar de advertir, al mismo tiempo, la prevalencia de cierta gazmoñería por encima de la sustancial relajación de las costumbres– está en vías de ser reemplazada por otra ciudad. Y eso no porque cambie el medio, que es fatal, ni los usos proverbiales, que son, en esencia, los mismos, sino porque toda la ciudad es los hombres que la colman, la dirigen, y sobre todo la extracción social de su composición humana.
La Lima que algunos gustan calificar de “virreinal” –la aristocrática y exquisita– y la sólidamente burguesa del siglo pasado, muy satisfecha con aquello que Manuel Atanasio Fuentes denominara sus “barbaridades de obra”, ambas enervadas, sin embargo, indiferentes y hasta mediocres, estaban instaladas en su condición de castillo del gran feudo peruano, en sede de los señores que, en el ocio, no eligieron la especulación filosófica o la creación artística sino el placer como medio de matar el tiempo, que es, en suma, vivir. Subsisten todavía esos rasgos, pero día a día es dable ver algo más que síntomas del cambio de personalidad, de la transformación que ocurre en la ciudad de Pizarro.
En 1878, Charles Wiener, un arqueólogo francés, subrayaba la ausencia de una clase media en Lima y, por cierto, en todo el Perú. Tras la guerra, en el umbral, luego del nuevo siglo, y aun hasta la tercera década de este, la lucha se entabló entre el señorío limeño, dispuesto a mantener sus privilegios de baronía feudal, y el señorío provinciano, rudamente maltratado por los atributos de aquel. Muchos entonces dijeron, clara o encubiertamente, cómo era esta tensión. “Mi odio a Lima –escribía en 1919, Federico More, venido del altiplano a romper lanzas con la capital costeña– ha sido el crisol donde se ha purificado mi amor al Perú…”.
¿Podría ahora alguien, como aquel arqueólogo o como el escritor de Puno, desconocer que una ola de gente intermedia de profesionales, comerciantes, expertos, intelectuales, comienza a dar su sello social a Lima y lentamente la convierte no en la antítesis del país sino en su síntesis más cabal aunque, a la vez, más dialéctica, más dinámica? Difícilmente. Lo cual, no obstante, no significa que el bastión del antiguo propietario de vidas y haciendas haya sido derribado y menos, por supuesto, que este se resigne a ceder su plaza a los advenedizos del fondo popular y de la vasta provincia. Por ahora, Lima es la lisa de un combate, y si bien los que sitian el poder son muchísimos más que los que defienden sus Tullerías coloniales, quienes tras los muros de su alcázar secular se oponen al advenimiento de la historia –que es eso, al fin y cabo, la nueva clase– disponen de un parque poderoso (los títulos, las tradiciones, las habilidades, etc.) contra el cual el número tiene solo una ventaja: su infinitud. La victoria puede ser pronosticada, mas no es posible adelantar la fecha en que sobrevendrá la capitulación del adversario cercado.
La Lima de la clase media –Lima popular y Lima moderna– no será perricholesca, vale decir, cortesana. Sus mitos tampoco serán los del fuero nobiliario. Aceptará su barro, su “quincha” no por la forma que adopte en la portada, el campanario o, en general, el ornamento, sino por la legitimidad de la materia, greda, tierra, polvo original. Será, aunque le falte el sol, solar y, asimismo, marina, y también nativa y universal. No querrá simular la beatitud porque tampoco vivirá en la concupiscencia. De cara al presente y al futuro, no se satisfará con los pergaminos, los escudos y las hidalguías de casta, sino consigo misma y como proyecto de dicha simplemente humano. Y su literatura, su arte, no inventará una naturaleza ficticia (como Peralta Barnuevo lo hizo hace tres siglos cuando mintió: “En su horizonte el Sol todo es aurora / eterna, el tiempo todo primavera…”) sino transfigurará esa realidad, aun cuando sea descaecida o inestable, en reto al que habrá que responder siempre con la acción. En el 429 aniversario de la fundación de la ciudad bien puede uno de los suyos formular este deseo como una profecía.
Oiga, n.° 57, 16 de enero de 1964, p. 11.
II
El patrimonio nacional: ¿una mercancía?
La Virgen de las Mercedes
Gravísima denuncia es la que dos devotas de la Virgen de las Mercedes han hecho pública en torno a la sustitución de la antigua imagen de dicha virgen por una de fabricación moderna, no solo por el delito que tal hecho, de ser cierto, implica, sino también por el atentado que representa contra el patrimonio artístico e histórico del pueblo peruano. Muchas veces, desde las columnas de La Prensa, se han elevado voces de advertencia o protesta en torno a la incuria que reina entre nuestras autoridades con respecto a la riqueza colonial que los conventos guardan, las cuales nos son prácticamente desconocidas. Dicha incuria es un fenómeno paralelo a la destrucción parsimoniosa de que son objeto edificios y monumentos del pasado virreinal, a la modificación del trazado primitivo de la ciudad y a la adulteración culposa de los más representativos testimonios del pretérito nacional.
La imagen de la Virgen de las Mercedes, obsequio de Carlos V a Lima, obra de los imagineros españoles del siglo XVI, cuyo arte consistía precisamente en imprimir al rudo bulto un hálito místico de entrañable emoción, probablemente una talla en madera, luego policromada, ha sido –según la declaración de aquellas dos damas– reemplazada por otra actual a la que se le han colocado joyas ilegítimas. La responsabilidad de este atropello se atribuye a un sacerdote que ha viajado a Colombia “para vender la imagen a un millonario”. Efectivamente, basta comparar las dos fotografías aparecidas ayer en nuestro diario para darse cuenta de que entre una escultura y la otra existe una diferencia radical. La primera, la auténtica, posee los rasgos de amargura y melancólica belleza que caracterizan el arte sagrado español del 1500, en tanto que la segunda tiene los caracteres de las imágenes “estándar” producidas en serie por fábricas europeas. La una lleva la impronta del artista, el sello personal de alguien que, sumido en un sentimiento de devoción, ha revelado su inspiración en su obra; la otra es convencional, carente de belleza, adocenada en sus formas. A estar por los grabados insertos ayer en la primera plana de La Prensa, la sustitución es evidente.
No cabe, por ingenuo y deleznable, el argumento que, a propósito de la denuncia, esgrime el R.P. Daniel Vázquez, Provincial de la Orden Mercedaria, quien afirma que “él mismo ha modernizado las líneas artísticas del rostro de la verdadera imagen, porque antes el rostro era de apariencia varonil y no estaba de acuerdo con la pureza que tiene ahora”. “Es una expresión más tierna –añade el P. Vázquez candorosamente–, y yo mismo he realizado el trabajo durante cinco meses”. Nadie tiene derecho a adulterar una obra de arte que, además, pertenece a la colectividad. Es de imaginar lo que pasaría con el que pretendiera realizar la tal transformación de una imagen de La Macarena, por ejemplo, o de otra escultura sagrada semejante. Quien haya realizado tal acto ha cometido una tropelía incalificable, merecedora de una sanción ejemplar. Lo que este sacerdote ha declarado, en descargo de la Orden y como respuesta a la construcción planteada, es un abuso de confianza y un atentado sin perdón.
El año de 1939 se promulgó la Ley 8853 creando el Consejo Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos Históricos, cuya finalidad es “no solo conservar y restaurar lugares históricos, edificios y monumentos, sino también muebles, joyas, pinturas, esculturas y en general todo objeto que tenga valor histórico o artístico de la época colonial”, así como, según reza el artículo 3° del texto de esa ley, “Impedir la salida del territorio nacional de los objetos de carácter histórico o artístico”. Contra viento y marea, aunque sus atribuciones teóricas no han podido ser ejercidas plenamente en la práctica debido a los obstáculos interpuestos por los intereses creados, esta institución ha venido trabajando por el mantenimiento del arte peruano del pasado y por el respeto que le deben sus poseedores y guardadores. A dicho consejo atañe el caso que ahora comentamos. Sin embargo, si los poderes de esta entidad son precarios para combatir la sustracción, el negociado, la alteración, el ocultamiento y la destrucción de las piezas notables del arte y la artesanía coloniales, es imperioso y urgente dar vida y facultades ejecutivas a un patronato que vigile el patrimonio artístico e histórico que está en manos de los particulares, civiles o religiosos. Grande ha sido el despojo efectuado, especialmente en el interior del país, contra iglesias y conventos, mas estamos a tiempo aún de detener ese crimen.
Si lo que las damas denunciantes han dicho a nuestro diario es verdad –y es fácil encomendar a un experto un peritaje concienzudo en la imagen de la Virgen de las Mercedes que se halla en la iglesia respectiva y, sobre la base de su informe, deslindar luego responsabilidades y sancionar enérgicamente a los culpables–, se habrá cometido un delito de simonía. El Dante en su Divina comedia confina estos pecadores al penúltimo círculo de su cruento infierno. Allí padece Bonifacio VIII, llamado simoníaco por el gran poeta medieval.
La Prensa, 4 de octubre de 1953, p. 8.
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