Kitabı oku: «Notas sinfónicas»
NOTAS SINFÓNICAS
Este libro recopila los comentarios que Sebastiano De Filippi escribió para los programas de mano correspondientes a las temporadas 2013, 2014 y 2015 de la Orquesta Sinfónica Nacional, un período de gran efervescencia para el primer organismo sinfónico de la Argentina.
El lector encontrará en sus páginas, como es de esperar, un acercamiento a célebres obras sinfónicas y concertantes de grandes compositores como Elgar, Grieg, Haydn, Liszt, Prokofiev, Rachmaninov, Schubert, Shostakovich, Sibelius, Strauss y Weber.
Adicionalmente, tomará contacto con algo que no suele encontrarse en una guía de repertorio orquestal: el análisis de piezas que provienen de los géneros operístico, coreográfico y sinfónico-coral, pertenecientes a Bach, Beethoven, Brahms, Bruckner, Mussorgsky, Stravinsky, Verdi y Wagner.
Pero el aporte más novedoso de esta obra consiste en una serie de textos que por primera vez ilustran composiciones de autores argentinos modernos y contemporáneos como Benzecry, Casanova, Ginastera, Golijov, Mainetti, Piazzolla, Williams y Zorzi.
Se configura así un acercamiento original y ameno a un amplio abanico de obras orquestales, de grata lectura y útil consulta para melómanos, estudiantes, docentes e intérpretes musicales, y para cualquiera que desee acercarse al fascinante mundo del repertorio sinfónico.

Sebastiano de Filippi nació en 1977. Tras una intensa carrera como solista, se licenció en dirección musical con las máximas calificaciones por la Real Academia de Música de Londres. Asistió a cursos de perfeccionamiento en instituciones como la Academia Musical Chigiana de Siena y el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón en Buenos Aires. Dirigió las orquestas Sinfónica Nacional, Filarmónica de Buenos Aires, Nacional de Música Argentina y otros conjuntos instrumentales de Buenos Aires, La Plata, Mendoza, Rosario, Mar del Plata, Viedma y Avellaneda, además de trabajar con los coros Polifónico Nacional y Nacional de Jóvenes. Se presentó en los principales teatros (Colón, Argentino, Gran Rex) y salas (Centro Cultural Kirchner, Usina del Arte, Auditorio de Belgrano) del país. Dirigió conciertos, óperas y ballets en la Argentina, Paraguay, Bolivia, Chile, Ecuador, México, Brasil, Estados Unidos, España, Italia, Holanda, Hungría, Alemania, Croacia, Chequía, Egipto y Corea.
Desde septiembre de 2013 es –por concurso público, abierto y nacional de antecedentes y oposición– director musical de la Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación, cuyo ciclo anual programa y prepara, y con la que desde entonces realiza, además de conciertos en la temporada oficial, presentaciones de extensión, transmisiones, giras y grabaciones. Grabó para la Radio de Praga un programa con la Orquesta Filarmónica de Cámara Checa, que fue transmitido a toda Europa. Por su dirección de Aida de Verdi recibió el Premio Estímulo por parte de la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina, galardón que volvió a recibir en 2015 como director de la Orquesta de Cámara del Congreso, al que se suma su reconocimiento como “mejor orquesta de cámara argentina” en 2018. Gestor, docente, escritor y jurado, ejerció la investigación y la docencia en ateneos de la Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Estados Unidos, Alemania, Italia y España. Tiene en su haber decenas de artículos publicados en revistas y programas de mano.
Es autor de los libros Cristóbal Colón: los navegantes italianos de los siglos XV y XII, Alta en el cielo: vida y obra de Héctor Panizza (en coautoría con Daniel Varacalli Costas), La Ciudad de la Llama Azul: luces y sombras sobre el cerro Uritorco y Los Señores del Uritorco: la verdadera historia de los comechingones (en coautoría con Fernando Soto Roland), algunos de los cuales ya fueron traducidos al inglés y al italiano.
Fue nombrado primero caballero y luego oficial en la Orden al Mérito de la República Italiana por el presidente de ese país, además de embajador de paz por el movimiento internacional Mil Milenios de Paz.
Foto: Luis Timisky
SEBASTIANO DE FILIPPI
NOTAS SINFÓNICAS
Un panorama del repertorio orquestal

Índice
Cubierta
Acerca de Notas Sinfónicas
Portada
Epígrafe
Dedicatoria
Agradecimientos
Presentación. Pedro Ignacio Calderón
Prefacio. Luis Roggero
Prólogo. Ciro Ciliberto
Introducción
Johann Sebastian Bach (1685-1750) Pasión según San Juan
Ludwig van Beethoven (1770-1827) Sinfonía Nº 1 Sinfonía Nº 2 Sinfonía Nº 3 Sinfonía Nº 4 Sinfonía Nº 5 Sinfonía Nº 6 Sinfonía Nº 7 Sinfonía Nº 8 Sinfonía Nº 9 Concierto para piano y orquesta Nº 5
Esteban Benzecry (1970) Rituales amerindios Pachamama
Johannes Brahms (1833-1897) Sinfonía Nº 3 Canto de las parcas
Anton Bruckner (1824-1896) Te deum
Fermina Casanova (1936) Capricho para violonchelo, piano y orquesta
Edward Elgar (1857-1934) Concierto para violonchelo y orquesta
Alberto Ginastera (1916-1983) Tres danzas de Estancia
Osvaldo Golijov (1960) Noche de los caballos voladores
Edvard Grieg (1843-1907) Concierto para piano y orquesta
Franz Joseph Haydn (1732-1809) Sinfonía Nº 96
Franz Liszt (1811-1886) Concierto para piano y orquesta Nº 1
Pablo Mainetti (1971) Fuga parisina
Modest Mussorgsky (1839-1881) Cuadros de una exposición Preludio de Khovanschina Prólogo de Boris Godunov
Ástor Piazzolla (1921-1992) Fuga y misterio
Sergei Prokofiev (1891-1953) Pedro y el lobo
Sergei Rachmaninov (1873-1943) Concierto para piano y orquesta Nº 2
Franz Schubert (1797-1928) Sinfonía Nº 9
Dimitri Shostakovich (1906-1975) Sinfonía Nº 5
Jean Sibelius (1865-1949) Concierto para violín y orquesta
Richard Strauss (1864-1949) Sinfonía alpina
Igor Stravinsky (1882-1971) Edipo rey Suite Nº 2 de El pájaro de fuego Suite Nº 3 de El pájaro de fuego
Giuseppe Verdi (1813-1901) Misa de réquiem
Richard Wagner (1813-1883) Obertura de Rienzi Preludio y coro de Los maestros cantores de Núremberg
Carl Maria von Weber (1786-1826) Concertino para corno y orquesta
Alberto Williams (1862-1952) Obertura de concierto Nº 2
Juan Carlos Zorzi (1935-1999) Variaciones enigmáticas Tanguango
Autores varios (Compositores desde 1792 hasta 1988)
Apéndices Libreto de Edipo rey. Ópera-oratorio en dos actos (1927) de Igor Stravinsky (1882-1971) Libreto de Pedro y el lobo. Fábula sinfónica para niños (1936) de Sergei Prokofiev (1891-1953) La Orquesta Sinfónica Nacional
Bibliografía
Índice de nombres
Índice de obras
Créditos
Sin música la vida sería un error.
Friedrich Nietzsche
A la música de Wolfgang Amadeus Mozart, que venero y que por ironía del destino no figura en este libro.
Al gran compositor y director Héctor Panizza, gloria musical de la República Argentina.
A todos los integrantes –pasados, presentes y futuros– de nuestra Orquesta Sinfónica Nacional.
Agradecimientos
Mi primer agradecimiento va a mis seres queridos –parientes, amigos y compañeros– entre los que ocupan un lugar de privilegio María Eugenia y Moreno Witaicón, sin cuyo afectuoso acompañamiento cotidiano muchas menos cosas serían posibles.
Un sentido reconocimiento es debido a mis mentores y colegas, demasiados –y a veces demasiado modestos– como para ser mencionados aquí. Algunos de los que están entre nosotros tuvieron la amabilidad de examinar el manuscrito y de acercar sugerencias para mejorarlo; entre ellos señalo solo a Julio Auster y a Daniel Varacalli Costas (sin perjuicio de que todas las limitaciones de la obra corren por cuenta de su autor).
Muchas gracias a los maestros Pedro Ignacio Calderón, Luis Roggero y Ciro Ciliberto, auténticos protagonistas de la vida artística reciente de la Orquesta Sinfónica Nacional, que me honraron releyendo los textos aquí reunidos y sumando sus valiosas palabras preliminares.
Agradezco también a mi ya legendario editor, Javier Riera, que hace algunos años viene creyendo en mis propuestas literarias y avalándolas con el tradicional prestigio del sello de Biblos; este agradecimiento abarca a todo el equipo de la editorial, sin duda uno de los mejores de América Latina.
Finalmente, gracias a todos los lectores que dedicaron tiempo a leer este trabajo; sin ellos no habría con quien compartir mis reflexiones musicales.
Presentación
Pedro Ignacio Calderón
Director emérito
Orquesta Sinfónica Nacional
Desde su creación nuestra Orquesta Sinfónica Nacional estuvo activamente dedicada a difundir la música sinfónica al más alto nivel y con un énfasis especial en la participación de músicos argentinos, tanto intérpretes como autores.
A partir de su estatus de organismo nacional, el público del interior del país –incluido en las numerosas giras realizadas por las provincias– y el público de la ciudad de Buenos Aires pudieron nutrirse del amplio repertorio que presenta en sus programaciones: tanto de las grandes obras sinfónicas que siempre se ofrecieron dentro de un abanico muy ecléctico como también de muchos estrenos.
Estuve siempre muy ligado a este conjunto: pude asistir a su concierto inaugural y con posterioridad, muy frecuentemente, presenciaba sus ensayos, para aprender observando a importantes directores que actuaban en sus primeras épocas. Además –y esto fue de vital importancia– mi primer concierto en el Teatro Colón coincidió con mi primera presentación ante este gran organismo.
Con los años la Sinfónica Nacional efectuó varias giras internacionales, tanto en las Américas como en Europa y Japón, mereciendo el elogio de la crítica musical de distintas naciones.
Importantes directores extranjeros se han presentado con ella, así como brillantes solistas instrumentales y vocales. Frecuentemente actuaron y actúan con la Sinfónica tres de los grupos corales de la Nación: el Coro Polifónico, el Coro de Jóvenes y el Coro de Niños.
Todo lo apuntado expone la importante presencia que este organismo nacional tiene en el medio cultural argentino, a lo que se suma ahora este libro, que recopila tres años de comentarios para sus programas de mano.
Prefacio
Luis Roggero
Concertino principal
Orquesta Sinfónica Nacional
La comprensión de un hecho artístico es básicamente un tema de sensibilidad y de apertura emotiva, pero deben también tenerse en cuenta otros factores, como el cultural y el intelectual.
Un auditorio habituado a un determinado tipo de música está culturalmente más preparado para dejarse impregnar por las emociones que sus sentidos percibirán durante el concierto. Se produce así un hecho emocional y cultural a la vez.
Otro elemento es el más específicamente intelectual. El espectador que tiene información acerca de lo que está escuchando –en algún caso, cuál fue la intención del compositor al escribir su obra o el contexto histórico en el que ella fue compuesta– verá cómo el intelecto ilumina sus emociones.
Como concertino de una orquesta, considero que manejar información sobre lo que se está tocando es fundamental antes que nada para el ejecutante, un factor imprescindible en pos de poder comunicarse a través de la música.
El otro aspecto de esta ecuación está a cargo del director de la orquesta, que a través de sus gestos consigue que una masa enorme de músicos exprese contemporáneamente una sola idea: el director de orquesta es quien debe tener el mayor conocimiento de lo que nos proponemos transmitir.
En esta comunicación que instauramos con nuestra audiencia la tarea de quien escribe comentarios sobre lo que será escuchado tiene un peso significativo, máxime cuando el autor de dichos textos es él mismo un director orquestal, como en el caso de Sebastiano De Filippi. El musicógrafo se transforma así, de alguna manera, en un intérprete adicional, al tener el discernimiento intelectual suficiente como para desentrañar el producto sonoro.
Para cerrar el elenco de protagonistas del fenómeno de la transmisión musical se encuentra el público, principal destinatario de todo el trabajo físico, psíquico y emocional que un artista –en este caso, una orquesta sinfónica– intenta plasmar sobre el escenario.
Leyendo este libro, con gran placer pude rememorar tantos conciertos de nuestra Orquesta Sinfónica Nacional en los que el querido maestro De Filippi colaboró con sus acertados comentarios.
Prólogo
Ciro Ciliberto
Programador general y artístico
Orquesta Sinfónica Nacional
No debería escapar a nadie que la finalidad de un organismo artístico estatal no tiene que ver solo con la realización de conciertos: ofrecer música académica de la mejor calidad no agota la misión de una orquesta oficial, que debe cumplir un rol de extensión, educativo y cultural, destinado a todos los ciudadanos.
Esa misión formativa abarca múltiples aspectos del accionar de un conjunto como la Orquesta Sinfónica Nacional. Se delinea en la programación del repertorio –que debe ofrecer un panorama lo más amplio y diverso posible de la música orquestal nacional e internacional– y se plasma en la convocatoria de intérpretes del más alto nivel, tanto argentinos como extranjeros.
Además, se enriquece con la posibilidad de tocar conciertos para diversos tipos de auditorios, en distintos lugares del país. Finalmente, se completa con un acompañamiento musicográfico idóneo, que coadyuve a facilitar el abordaje del repertorio al público masivo por medio de comentarios publicados en los programas de mano.
La ponderación simultánea de esos cuatros aspectos, con el objetivo de mantener y potenciar la actividad de la Sinfónica Nacional, determinó a fines de 2012 un proceso tendiente a reforzar el esquema de comentarios en los programas, incluyendo no solo textos de musicógrafos y críticos, sino también aportes de musicólogos e inclusive de intérpretes musicales.
Se buscaba con ello que la temporada oficial de la Orquesta, sin prescindir de comentarios más tradicionales surgidos de la consulta bibliográfica, pudiera contar para programas estratégicamente elegidos con textos analíticos de autores cuya principal referencia fuera el estudio de la propia partitura.
No abundan los casos de músicos de sólida formación profesional que sean al mismo tiempo ensayistas, pero ese es precisamente el caso de Sebastiano De Filippi, de quien por entonces circulaban trabajos publicados por la Revista Teatro Colón. La pertinencia de esos materiales llevó a proponerle su incorporación al equipo de autores que se estaba conformando.
Fue así como, dentro de las limitaciones de registro y espacio en el soporte físico de este género literario, surgieron una serie de notas en las que fue factible arrojar una mirada renovada sobre grandes obras del repertorio sinfónico.
El resultado de esta colaboración fue particularmente satisfactorio para todas las partes involucradas. Además, dio un ulterior empuje a la actividad del autor como investigador en el ámbito de la musicología, lo que derivó –entre otras cosas– en el libro sobre Héctor Panizza que escribió con Daniel Varacalli Costas, publicado inicialmente en la Argentina y ya traducido tanto en Italia como en Estados Unidos.
La posibilidad de precipitar algunas palabras dentro de este espacio liminar permite apreciar significativamente que estos textos sean reunidos en un volumen como el presente, que se vuelve así un testimonio adicional de la actividad desarrollada en los últimos años por la Orquesta Sinfónica Nacional de nuestro país.
Introducción
No es este el primer libro que se dedica a comentar obras emblemáticas del repertorio sinfónico y no será el último.
Muy por el contrario: las “guías orquestales” abundan en todos los mercados editoriales del mundo, existen en la mayoría de los idiomas de Occidente y el lector hispanohablante podrá encontrar sin mucha dificultad algunas, incluso más amplias y completas que la presente.
Hay, sin embargo, ciertas características particulares que hacen que este trabajo –que por otra parte no tiene pretensión enciclopédica alguna– se diferencie bastante de los que ya existen dentro del género.
Por empezar, lo que ahora se reúne en forma de libro es una serie de textos que no se concibieron para integrar una obra unificada, sino como comentarios para los programas de mano que la Orquesta Sinfónica Nacional argentina publicó para sus temporadas oficiales 2013, 2014 y 2015. Ese trienio fue un período de notoria efervescencia, tanto artística como institucional, para el primer organismo sinfónico de la República.
En lo musical, durante esos años se ofrecieron al público hitos de repertorio muy importantes, como el ciclo integral de las sinfonías de Beethoven, grandes obras sinfónico-corales de Bach, Verdi y Stravinsky, y la primera serie de conciertos didácticos de la Orquesta en muchos años.
Adicionalmente, tras una larga gestión al frente de la Sinfónica Nacional el maestro Pedro Ignacio Calderón pasó de la dirección titular al cargo de director emérito del organismo. Además, la Sinfónica comenzó una transición logística que involucraba a su sede principal de conciertos, que pasó así del Auditorio de Belgrano al flamante Centro Cultural Kirchner.
En lo referente a este autor, también se trató de una época particularmente intensa, pues entre otras cosas marcó mi propio debut al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional. Con ella dirigí varios programas que abarcaron obras de compositores italianos, alemanes, rusos y latinoamericanos, empezando precisamente por el ciclo didáctico mencionado, que involucró una serie de funciones de Pedro y el lobo de Prokofiev, con Luis Pescetti en calidad de narrador.
Mi vinculación como autor de comentarios para la Sinfónica surgió a fines de 2012. El coordinador general y programador artístico del organismo decidió abrir el abanico de autores para los programas de mano, comisionando textos analíticos de autores cuya principal referencia fuera el estudio directo de la partitura; y, en casos como el mío, incluso una experiencia con ella como director orquestal.
Así surgió una larga serie de comentarios sobre algunos de los programas más interesantes de la Orquesta. Cuando el programa a comentar era monográfico –como el caso de la Misa de Réquiem de Verdi o Edipo rey de Stravinsky– fue posible incluso acercar al oyente-lector algunos aportes de la musicología más reciente y también aventurar alguna clave de lectura nueva.
Adicionalmente, en casos como los de Edipo rey y Pedro y el lobo, se pidió que tradujera los textos hablados y cantados, para su reproducción en los programas de mano, su proyección en tiempo real a modo de sobretitulado o su utilización por parte del recitante en los conciertos; estas traducciones se incluyen también en el apéndice de este trabajo.
En el caso de la fábula sinfónica de Prokofiev, concebí además un artículo específicamente destinado al público infantil que venía a tomar contacto por primera vez con un concierto orquestal (como queda dicho, dirigido por mí).
Como en cualquier temporada sinfónica digna de tal denominación, no faltó la oportunidad de comentar célebres obras orquestales y concertantes de compositores de primer plano como Elgar, Grieg, Haydn, Liszt, Prokofiev, Rachmaninov, Schubert, Shostakovich, Sibelius, Strauss y Weber. En ello este libro no se aleja demasiado de lo que el lector podría encontrar en otras publicaciones similares.
Allí terminan las similitudes, sin embargo, pues contrariamente a lo que suele suceder en las guías sinfónicas, se recopilan aquí también comentarios de piezas que provienen de los géneros operístico, coreográfico y sinfónico-coral, pertenecientes a músicos como Bach, Beethoven, Brahms, Bruckner, Mussorgsky, Stravinsky, Verdi y Wagner, con explícito énfasis en los textos que dieron origen a la música.
Pero quizá el aporte más novedoso de esta propuesta consiste en una serie de notas que por primera vez ilustran composiciones de autores argentinos modernos y contemporáneos como Esteban Benzecry, Fermina Casanova, Alberto Ginastera, Osvaldo Golijov, Pablo Mainetti, Ástor Piazzolla, Alberto Williams y Juan Carlos Zorzi. En estos casos, el volumen que el lector tiene en sus manos será una de las pocas fuentes de referencia y a veces la única.
Como es natural, los textos fueron revisados en pos de corregir eventuales errores, eliminar ciertas redundancias y mejorar algunos detalles de forma; por lo demás se publican tal y como aparecieron originalmente en los programas de mano, pero sin referencias –que en esta sede parecerían innecesarias– a las fechas y locaciones de cada concierto.
Trabajar por tres años como uno de los principales musicógrafos de la Orquesta Sinfónica Nacional fue una tarea que me honró hasta el extremo de parecer un reconocimiento inmerecido; como tal lo disfruté. Con todo, los avatares típicos de la cosa pública argentina hicieron que la labor no fuera siempre sencilla y no faltó la oportunidad en la que se celebrara un concierto sin que los programas de mano se materializaran o sin que el sobretitulado funcionara, por mencionar solo dos casos.
Este tipo de dificultades se fue profundizando con la sufrida (por incompleta) mudanza de la Orquesta al Centro Cultural Kirchner. Su auditorio sinfónico había sido diseñado para el organismo pero, inexplicablemente, el uso de las salas del Kirchner le fue retaceado por años.
A ese aparente sinsentido se sumaron otros, como convertir a los otrora extensos programas de mano en un díptico tan escueto que resultaba imposible desarrollar en él un aporte musicográfico serio. Con el tiempo los comentarios desaparecieron y por algunos meses hasta fue usual que no hubiera programa de mano alguno.
Como si todo lo antedicho no fuera suficiente, crecientes desprolijidades administrativas –no atribuibles a la Sinfónica, dicho sea de paso– hicieron que los textos de colaboradores como el suscripto fueran utilizados sin acuerdo, consentimiento o tan siquiera una consulta al respecto. Llegados a ese punto, evidentemente no valía la pena continuar y pareció lógico considerar que la tarea para la que había sido convocado podía considerarse cumplida.
Paralelamente, la Orquesta Sinfónica Nacional se sumía en un creciente vórtice de dificultades de distinto tipo que hacían que el problema del acompañamiento musicográfico de sus conciertos –aun siendo de capital importancia– pasara necesariamente a segundo plano.
Al escribir estas líneas han transcurrido algunos años y se avizoran señales de que la actividad del primer organismo sinfónico argentino podría ordenarse como es debido. Desde ya hacemos votos para ello, esperando que la definitiva jerarquización del conjunto incluya todos los aspectos de su valiosa labor.
Johann Sebastian Bach
(1685-1750)
PASIÓN SEGÚN SAN JUAN
De las al menos tres obras de este género oratorial que escribió Johann Sebastian Bach sobreviven solo dos –habiéndose perdido una Pasión según san Marcos escrita en Weimar en torno a 1710– y de ellas la que se comenta en esta oportunidad es la última en orden cronológico.
La Pasión según san Juan se estrenó en el contexto litúrgico de Semana Santa, en Leipzig, en 1724 y fue compuesta inmediatamente antes, cuando el músico germano contaba con treinta y nueve primaveras. Sin perjuicio de ello, el autor la revisó en profundidad no menos de tres veces, la última de ellas en 1749, un año antes de morir.
Puede plantearse (y se ha hecho) una interesante comparación entre los evangelios de Mateo y Juan, y entre las pasiones que Bach compuso inspirándose en ellos. No es arriesgado aventurar que el diferente tono de los dos textos sagrados –más narrativo y fáctico (como los evangelios sinópticos en general) el de Mateo, más ideológico y teológico el de Juan– también generó dos discursos musicales bastante disímiles entre sí.
Así pues, con relación a la Pasión según san Mateo, la Pasión según san Juan presenta una paleta musical más amplia y una intención dramática que se acerca sorprendentemente a lo operístico.
He aquí un dato no menor: la obra, en razón de sus coros plagados de turbas de judíos sanguinarios que claman salvajemente en pos de la crucifixión de Jesucristo, ha sido acusada de antisemitismo. La acusación es acaso pertinente y pueril por partes iguales, pues tal antisemitismo –si así puede calificárselo, ya que la intención evangélica era la de congraciarse con el mundo greco-romano más que la de denostar al pueblo judío– no corresponde a Bach: se encuentra en el propio texto de Juan.
Por otra parte, todos los evangelios canónicos (o, para ser más precisos, sus traducciones autorizadas a los idiomas modernos y sus interpretaciones oficiales) intentan convencer al lector de algo tan importante como históricamente improbable: que los responsables de la condena a muerte de Jesús fueron los “crueles” sacerdotes hebreos y no los “benévolos” ocupantes romanos.
En Juan, justo es decirlo, se va incluso más allá: la ignominiosa crucifixión de Cristo no es responsabilidad solo de los saduceos y recae sobre todo el pueblo judío, que no ha sabido reconocer a su propio Mesías.
En ambas pasiones bachianas un narrador, el Evangelista, se dirige a los oyentes –a la congregación, en su momento, y hoy mayormente al público espectador– expresando el relato neotestamentario; es interrumpido en forma alternada por solistas vocales de los cuatro registros –soprano, contralto, tenor, bajo– y por el coro, en una sucesión sabiamente equilibrada de recitativos, arias, coros dramáticos e himnos (corales), estos últimos a menudo ya conocidos por la feligresía alemana.
El libreto de la Pasión según san Juan, compilado por un autor cuyo nombre no ha llegado a nuestros días, contó indudablemente con la supervisión directa de Bach; incluye versos de distintos poetas, entre ellos Christian Heinrich Postel, Christian Weise, Johann Heermann, Johann Hermann Schein, Martin Schalling, Michael Weisse, Paul Gerhardt, Paul Stockmann y Valerius Herberger.
El Evangelista, por su parte, cita textualmente los capítulos 18 y 19 del Evangelio de san Juan según la traducción alemana de Martín Lutero. (Curiosamente, libretista y compositor incluyeron dos breves episodios de Mateo, no presentes en Juan: el llanto del apóstol Pedro y la rajadura del velo del templo de Jerusalén.)
La colosal obra del cantor de santo Tomás supera holgadamente las dos horas de duración, y se divide en dos partes, entre las cuales –en ocasión de la liturgia pascual– se realizaba la prédica.
La primera parte presenta dos escenas: la traición y el arresto de Jesucristo en el valle de Cedrón, y la negación de Pedro en el palacio de Caifás. La segunda incluye cuatro escenas: el interrogatorio y la flagelación de Jesús en el palacio de Pilato, la condena y crucifixión del Mesías, la muerte en la cruz sobre el Gólgota y la disposición del cuerpo del Señor en la tumba.
Con relación a su predecesora ya mencionada, esta pasión resulta más camarística y en general presenta atmósferas de mayor intimidad; los recitativos y los coros de la turba son más teatrales, mientras que los números puramente musicales generan climas de mayor recogimiento contemplativo. El coro, elemento fundamental del género, es en este caso el típico conjunto polifónico mixto a cuatro voces y no el doble coro requerido por la Pasión según san Mateo.
Los personajes presentes en la parte narrativa –es decir, en las exposiciones en forma de recitativo– son el Evangelista (tenor), Jesucristo (bajo), Poncio Pilato (bajo), Simón Pedro (bajo), una Criada (soprano) y dos Siervos (tenores).
Adicionalmente, por supuesto, están las memorables arias para soprano, contralto, tenor y bajo, que en algunos casos pueden ser asumidas por algunos de los intérpretes de los personajes principales, así como los roles menores suelen ser cantados por corifeos; estas intervenciones solísticas, más exquisitamente musicales, comentan los hechos expuestos por los personajes y reflexionan sobre sus implicancias.
La orquesta incluye, además del tradicional quinteto de cuerdas ampliado, dos flautas traversas, dos oboes, un oboe da caccia, laúd, viola da gamba, viola d’amore (en la versión inicial) y bajo continuo, para el que se suele emplear órgano y clave en alternancia, además de algún instrumento de cuerda grave.
La información que se maneja actualmente hace suponer que la orquesta utilizada por Bach en el estreno no alcanzaba los veinte integrantes, que el coro era probablemente aún más reducido y que los solistas vocales eran integrantes del propio coro. Es plausible, por ende, que la primera interpretación de la obra estuviera a cargo de una treintena de ejecutantes.
Sin embargo, como es sabido, las grandes obras pueden ser leídas de innumerables formas distintas sin perder su valor intrínseco y, en todo caso, revelando en el proceso nuevos aspectos de su entramado artístico; por ello hoy una pieza como la Pasión según san Juan puede ser escuchada tanto en interpretaciones con criterios historicistas a cargo de un puñado de ejecutantes como por un centenar o más de intérpretes que tocan y cantan según un estilo históricamente posterior.
Un análisis de lo que hoy se entiende por práctica interpretativa barroca –tema del máximo interés que apasiona a cada vez más músicos y melómanos– nos llevaría muy lejos, pero una cosa es segura: las obras corales-orquestales de la época de Bach podían ser interpretadas por conjuntos más o menos numerosos según las dimensiones del lugar en el que se ofrecía la música, y de hecho lo eran; si ello resultaba aceptable para compositores, intérpretes y oyentes en su día, lo es más aún actualmente, cuando disponemos de salas de concierto y teatros líricos capaces de albergar a miles de espectadores.
Como la mayor parte del repertorio barroco, la Pasión según san Juan de Johann Sebastian Bach fue pronto olvidada en pos de nueva música y durmió el sueño de los justos por casi un siglo. Recién en 1815 algunos músicos europeos volvieron a tomar la partitura y a ofrecerla tímidamente al público como una curiosa rareza de cuya calidad no se podía dudar.
La obra no se escuchó en América hasta 1888 y los demás continentes tuvieron que esperar aún más. Cuando llega por primera vez a una ciudad o a una sala es por supuesto motivo de alegría y celebración.
Ludwig van Beethoven
(1770-1827)
SINFONÍA Nº 1
La Primera Sinfonía, en Do mayor, opus 21, fue terminada en 1800 por un Ludwig van Beethoven treintañero. Dedicada a Gottfried van Swieten, notable mecenas musical de la corte vienesa, prevé maderas por dos, dos cornos, dos trompetas, timbales y las cuerdas usuales. Su duración no supera la media hora.
El primer movimiento se abre, como el público de su época esperaba, con una introducción lenta: un Adagio molto, en compás cuaternario y tonalidad de Do mayor.
Pese a este dato aparentemente tranquilizador, el ingreso de Beethoven al mundo sinfónico no podría haber sido más inusual: un acorde de séptima de dominante y dos falsas cadencias (algo ciertamente muy curioso a la hora de comenzar un discurso sonoro), luego de los cuales una cadencia perfecta resuelve finalmente en Sol mayor, un ámbito armónico aceptable para explayar el material melódico a cargo de los violines.
La introducción es breve y da paso al Allegro con brio, en compás binario y siempre en Do mayor, dentro del que se desarrollará la forma sonata tradicional para un movimiento sinfónico inicial.
El primer tema, quizá reminiscente de la Sinfonía Júpiter de Mozart, es presentado por los violines primeros, para luego contagiarse al resto de la orquesta. El segundo tema, en la dominante como es usual en la forma sonata clásica, alterna grandes tutti con momentos de mayor economía instrumental.
En la reducida sección dedicada al desarrollo Beethoven da muestras de lo que quizá fue su máxima virtud: una ilimitada capacidad para variar y combinar sus materiales temáticos –aun los más modestos– en forma interesante y dinámica. La reexposición o recapitulación nos trae de regreso los dos temas principales, a los que se agrega una contundente coda a toda orquesta.
Un detalle para quien guste hojear la partitura (un ejercicio entretenido y hoy, gracias a internet, al alcance de todos): el primer movimiento termina con un compás de silencio, presente por razones puramente formales.
El segundo movimiento, Andante cantabile con moto, está en compás ternario, en la tonalidad de Fa mayor y, nuevamente, en forma sonata. Si el primer tema del movimiento inicial nos recordaba a Mozart, aquí la sombra que se proyecta ya desde el fugado inicial, inaugurado por los violines segundos, es la de Haydn.
Un segundo tema, más humorístico, impone al director la toma de una serie de decisiones interpretativas con relación a cómo realizar los dispares ritmos –binarios y ternarios– presentes en la escritura beethoveniana. Tras un brevísimo desarrollo y la necesaria reexposición de los temas, una pequeña coda parece refrendar el carácter más bien jocoso de este fragmento.
Lo que sigue lleva el título de “Minué”, sin perjuicio de lo cual el carácter del scherzo que se instalará posteriormente en el género sinfónico ya se insinúa fuertemente en este minué, cuya rapidez lo aleja de cualquier posibilidad coreográfica. La sección principal está marcada Allegro molto e vivace; se encuentra en compás ternario y en Do mayor.
El “Trío” del minué parece por un momento retrotraernos a una danza cortesana, pero el regreso de la sección principal (en la época del compositor, casi seguramente con todas sus repeticiones internas) nos lleva de vuelta a la realidad con una brusquedad muy beethoveniana.
El último movimiento nos reserva todavía algunas jugosas sorpresas. Nuevamente tenemos una forma sonata con introducción lenta, en compás binario y por supuesto en Do mayor.
El público de Beethoven se esperaba, con toda seguridad, un típico movimiento rápido de cierre, chispeante o triunfal. El compositor escribió algo por el estilo, pero antes de presentarlo decidió dar por tierra con las expectativas de sus oyentes por medio de cinco compases de Adagio bastante inusuales: ante todo, un estruendoso Sol tocado fortissimo por todos los instrumentos de la orquesta sobre seis octavas; luego, un curioso pasaje de los violines primeros, escrito ingeniosamente para que su correcta ejecución transmita la sensación de algo dudoso, como una idea que avanza con dificultad.
Son en total cinco los gestos musicales expuestos por los violines y el último es coronado por la prolongación de un calderón. Solo tras indicar el corte de ese último sonido el director puede finalmente acometer el Allegro molto e vivace, inaugurado por un primer tema, a cargo de los mismos violines primeros con acompañamiento de las restantes cuerdas, que es prácticamente una cita de Haydn.
El segundo tema es aún más risueño que el primero y conduce a un desarrollo tan breve como intenso. A continuación Beethoven escribe una amplia coda conclusiva, que incluye –otro rasgo inusual– un fugaz pasaje que se imprime en la memoria con la dignidad de un motivo temático: una especie de inicio de marcha, presentado por oboes y cornos, sospechosamente cercano a “Non più andrai, farfallone amoroso”, el aria marcial de Fígaro en las operísticas Bodas mozartianas.
Una serie de afirmativos acordes en fortissimo cierra la obra, aunque Ludwig nos reserva otro sutil guiño irónico: un último compás que nadie dirigirá, tocará ni escuchará, ya que contiene únicamente un silencio.
Con relación a este primer gran experimento sinfónico del maestro de Bonn se ha hablado de “sinfonía haydniana” y de “sinfonía mozartiana”. El influjo de los dos grandes genios es indudable; sin embargo, los signos del explosivo temperamento de Beethoven ya están presentes y por momentos, como se ha dicho ingeniosamente, “asoma la garra del león”.
Ludwig van Beethoven
(1770-1827)
SINFONÍA Nº 2
La Segunda Sinfonía, en Re mayor, opus 36, de Ludwig van Beethoven fue completada en 1802, dos años después de la Primera, cuando el compositor tenía treinta y dos años.
Dedicada al príncipe Karl von Lichnowsky (mecenas de Beethoven y anteriormente de Mozart), prevé un orgánico de maderas por dos, dos cornos, dos trompetas, timbales y las cuerdas usuales. Su duración supera escasamente la media hora.
El primer movimiento, en forma sonata como es habitual, se abre con una importante introducción lenta: un Adagio molto en Re mayor y compás ternario.
En particular, la obra comienza con un doble acorde a toda orquesta, seguido por una frase de oboes y fagotes que conduce a su vez a otro par de acordes en tutti; tras ellos, la cuerda lidera un dramático discurso modulante que culminará finalmente en la sección principal del movimiento: un Allegro con brio en compás cuaternario, receptor de claras influencias de Cherubini, el compositor italiano tan admirado por Beethoven.
Los dos temas –el primero en Re, el segundo en La– presentan abundante uso del sforzato, ese pronunciado acento típico tanto de la escritura beethoveniana como del carácter sanguíneo del compositor, y resultan bastante marciales.
Tras la habitual sección de desarrollo, en la que Beethoven elabora con ingenio los materiales previamente presentados (particularmente el primer tema) a través de distintas tonalidades, la recapitulación nos devuelve ambos temas, seguidos de una larga coda de carácter decididamente triunfal.
El movimiento lento es un Larghetto bitemático casi mozartiano, en La mayor y compás ternario, inusualmente extenso y más bien pastoral; por momentos risueño, por momentos sereno y por otros más bien apesadumbrado.
En su extrema variedad emotiva, el fragmento presenta sin embargo un admirable equilibrio; no en vano alguien como Schubert lo tomó como un modelo a seguir.
En lugar del tradicional minué sigue el Scherzo, un Allegro en Re mayor y naturalmente en compás ternario. Fuertes contrastes de matiz y rápidas alternancias entre distintos instrumentos instalan de inmediato el carácter inquieto y juguetón del movimiento.
El “Trío” del minué presenta un agreste aire de danza austríaca a cargo de oboes y fagotes. Abundan guiños humorísticos, por momentos brutales, de esos que escandalizaban al público de su época y que Beethoven amaba quizá precisamente por ello.
El final, un Allegro molto en compás binario y en Re mayor, es un rondó-sonata de escritura virtuosística para la cuerda.
Aquí también las pinceladas del más crudo humor parecen casi perturbar la perfección de la estructura clásica de la composición: el inusual motivo que abre el movimiento ha sido explicado como un retrato musical de los problemas gástricos de Beethoven, interpretación quizá algo apresurada pero que circuló ampliamente en su tiempo sin que el compositor la desmintiera.
Es interesante recordar que la Sinfonía fue escrita durante la estadía de Beethoven en Heiligenstadt, cuando el músico se sumió en una profunda depresión al comprobar el avance de su sordera y cómo el impedimento auditivo parecía cortar algunos de sus lazos con el mundo.
En cualquier caso, si la obra tiene realmente correspondencia directa con el sentir espiritual de su autor durante el período de su composición, el conflicto beethoveniano parece resolverse aquí en optimismo y fuerza vital.
Como solía decir el maestro Hans Swarowsky a sus estudiantes de dirección en Viena, con Beethoven la música aprendió a pensar por sí misma y se volvió cada vez más “incómoda”, perdiendo la alegría serena y la elegancia galante que hasta entonces era característica de los grandes clásicos. Así, la “vida en tensión” del compositor generó un “arte en tensión”: tensión moral en el primer caso, tensión estética en el segundo y, como hemos visto, no falta de ironía.
Sin ser –ni mucho menos– poco frecuentada, la Segunda es una de las sinfonías menos populares de Beethoven; pero al entrar en contacto con su impactante belleza es difícil entender por qué.
Ludwig van Beethoven
(1770-1827)
SINFONÍA Nº 3
Nos enfrentamos aquí con el primer gran monumento del sinfonismo beethoveniano: la Tercera Sinfonía, en Mi bemol mayor, opus 55, estrenada en 1804 por un Ludwig van Beethoven de escasos treinta y cinco años.
Dedicada originalmente a Napoleón –de hecho su título original era Bonaparte– se la conoció finalmente como Heroica y de la dedicatoria inicial quedó solo la frase “Compuesta para celebrar el recuerdo de un gran hombre”.
La pieza requiere maderas por dos, tres cornos (número inusual, ya que estos instrumentos suelen tocarse en pares), dos trompetas, timbales y cuerdas. La duración de la obra, sorprendente para su época, es cercana a los cincuenta minutos.
Resulta útil una comparación entre el comienzo de la Primera Sinfonía y el de la Tercera. En 1800 un acorde de séptima y dos cadencias engañosas sorprendían al oyente, confundiéndolo. En 1804 la sorpresa es de otra índole: dos poderosos acordes de Mi bemol mayor –que han sido comparados a colosales pilares– afirman la tonalidad de la obra sin dejar la menor duda, casi como quien gritara a los cuatro vientos su verdad, y sin necesidad de introducción lenta.
Lo que sigue no es menos original o menos típico de Beethoven: el primer tema, expuesto por los violonchelos, se basa en un arpegio del mismo acorde; su cercanía a una idea musical de la obertura de la ópera mozartiana Bastián y Bastiana es quizá pura coincidencia. Este primer tema de forma sonata puede parecer modesto, pero es suficiente escuchar la versión marcial, en tutti, del mismo material para tener una idea concreta de su poder expresivo.
Luego, una parte del segundo tema nos presenta con crudeza un rasgo muy característico del compositor: su profusa utilización del sforzato, un súbito y explosivo acento (cuán explosivo, por supuesto, depende del contexto musical y de la visión del director).
La sección del desarrollo es mucho más larga, abigarrada y dramática que cualquier cosa que hayamos escuchado en la Primera Sinfonía, con momentos de tensión armónica y rítmica realmente apabullantes.
La recapitulación –curiosamente anticipada por un solitario corno y de ninguna manera textual– nos permite pasar revista nuevamente a los dos grandes temas, antes de que este Allegro con brio en compás ternario se cierre con una amplia coda que concluye en fortissimo.
El segundo movimiento se titula “Marcha fúnebre”, pero lo que se escucha en este Adagio assai en compás binario y Do menor, a lo largo de cinco secciones y una coda, es mucho más que eso. La marcha es iniciada por los violines primeros tocando sotto voce (más una indicación de carácter que de matiz).
El clima es francamente dramático y opresivo; acaso lo que Beethoven estuviera llorando con tanta sinceridad fuera la muerte del espíritu libertario que creía haber visto encarnarse en Napoleón.
Una segunda sección en Do mayor –abierta por intervenciones solísticas del oboe, la flauta y el fagot– parece aportar algo de serenidad, sin perjuicio de que a renglón seguido regresa la tonalidad menor y la música fúnebre. Un notable fugado y una sección ulterior conducen a la coda, que concluye el movimiento en piano, con un acorde de Do menor que suena más desesperanzador que nunca.
Donde antes Beethoven titulaba “Minué”, tenemos ahora la palabra Scherzo, y se trata de un auténtico scherzo (“broma”) en Mi bemol mayor y compás ternario, de inusual levedad para una sinfonía tan seria.
Tras la sección principal (Allegro vivace), el “Trío” aporta la frescura de los tres cornos tocando un motivo “de caza” que se remonta así al origen primero del instrumento. El regreso de la sección principal trae consigo una sorpresa: un pasaje de cuatro compases alla breve, es decir, en compás binario. La coda subsiguiente se cierra con tres acordes y –caso no inusual en el Beethoven sinfónico– un compás de silencio.
El “Final” es un Allegro molto en Mi bemol mayor y compás binario. Como ya en la Primera Sinfonía, Beethoven nos reserva para la conclusión algunas de sus bromas musicales, aún más chocantes en el contexto de una sinfonía tan reconcentrada como la Heroica.
Tras una rápida figuración de semicorcheas a cargo de la cuerda y una serie de dramáticos acordes, el oyente se esperaría –como dijimos para la Primera– un típico movimiento conclusivo, de carácter agitado o triunfal, pero una vez más el compositor parece divertirse confundiendo al público antes de darle lo que espera.
Es difícil no calificar de irónico a lo que se escucha a continuación: una serie de notas pizzicato, imitadas por algunas maderas, y luego unos acordes en fortissimo… y de nuevo el pizzicato, más acordes y la imitación de las maderas.
Los primeros oyentes seguramente tuvieron dificultad en identificar en ello los procedimientos iniciales de una passacaglia, la forma derivada de un antiguo esquema ternario español; aquí, en versión sinfónica y binaria, permite al compositor desplegar su ingenio para las variaciones, ocho en total. (El tema es una cita de otra obra del propio Beethoven.)
Detallar las estrategias compositivas en este movimiento excedería el contexto de un comentario, por lo que señalaremos solo un par de pasajes a los que vale la pena esperar. Uno es el Poco andante en el que el oboe solista, los clarinetes y los fagotes presentan un nuevo tema, de carácter popular. Otro es el Presto que marca el comienzo de la coda, con el que regresa el carácter marcial.
La Sinfonía se cierra con dos acordes de Mi bemol mayor, en todo similares a aquellos que habían dado comienzo a la pieza.
Aunque siempre es útil considerar la música en términos de puro arte sonoro, el notable influjo de la figura de Napoleón sobre la Heroica no puede ser ignorado. Después de todo en 1821, cuando Bonaparte murió, el mismo Beethoven dijo a su secretario Anton Schindler: “Escribí la música para este triste acontecimiento hace diecisiete años”.
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