Kitabı oku: «Estabulario»

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Estabulario

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Sergi Puertas

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A Hernán Migoya y Pier Brito,

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A Enrique Redel,

por el log in

Disfrutaba con aquella situación, era interesante, tenía algo de definitivo. Pero la verdad es que no creía que fuera a pasarme nada. Ser herido solo era algo que eligen determinadas personas, como la mala suerte, o envejecer.

Tobias Wolff, Ladrón de cuarteles

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Los horrores habían salido del apartamento de Horace. Ni siquiera los policías y sus damas están a salvo, pensaban los horrores. Nadie está a salvo. La seguridad no existe.

¡Ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja!

Donald Barthelme, City Life

Obesidad Mórbida Modular

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[no image in epub file]l mensaje barre las redes, dispara alertas en todos los móviles de la ciudad. Tercera campaña de dos por uno en el Budha’s Duck Paradise, las puertas girando sobre sus ejes a noventa revoluciones por minuto. Un segurata descorre el cordón durante veinte segundos, una multitud penetra el edificio como una verga inflamada y hambrienta. Los recién llegados se precipitan hacia el Mostrador de los Dioses, empujan a un Chacón que impacta contra Menéndez. El sudor lubrica el contacto entre los dos camareros, sus cuerpos titánicos pugnan por recobrar el equilibrio tras el frotamiento de pieles, los magrets de pato oscilan en sus respectivas bandejas. Las sandalias de cáñamo retoman el contacto con el embaldosado. Chacón parpadea perplejo tratando de localizar la ciento veintitrés entre la jungla de mesas. Por el rabillo del ojo ve a Torrecillas, que corre a abroncar a uno de los nuevos porque lleva tres coma dos mesas de retraso. No corrías así antes de que te nombraran encargado, Torrecillas, no corrías así cuando todavía llevabas la OMM™. Pero Chacón se apresura porque hoy Torrecillas anda cruzado y sabe que el siguiente puede ser él. Y apresurarse embutido en la OMM™ es como abrirse paso a través de un mar de grasa, como bucear en plomo gelatinoso.

Se detiene junto a la mesa de bambú, las cachas temblequeando. Apenas puede respirar. Allá abajo, una muchacha caballuna enfrascada en el móvil, un patán engominado. Los flecos del taparrabos de Chacón ondean obscenamente sobre el mantel oriental, sus manazas empujan la canastilla del pan para hacer sitio. «Sean bienvenidos a nuestra humilde morada», jadea descargando los magrets, buscando ese registro entre la solemnidad y la ternura que les inculcaron durante la formación. «Los patos surcan el cielo, Buda los pone en su plato», dice. «¿Qué coño significa eso?», pregunta la muchacha sin levantar la vista. «El rollo ese de los chinos, en plan paz y prosperidad, ¿no?», dice el engominado. Chacón carraspea, eleva al cielo dos brazos que pesan como dos personas. «¡Mientras haya paz en los corazones habrá amor en la Tierra!», exclama con una jovialidad angustiosa. «Vaya chorrada —dice la muchacha barriendo la pantalla con el dedito—, todo el mundo sabe que el pato que sirven aquí es cancerígeno.» El engominado emite una risita, enfoca a Chacón buscando complicidad: «Si fuera cancerígeno, Buda no nos lo serviría, ¿a que no?».

Chacón intenta una sonrisa que es toda mofletes y toda papada, pregunta si los señores desean más vino.

Las sandalias de cáñamo tiradas por el suelo, el taparrabos desmadejado como una serpiente de seda. Los pies le están matando, la banqueta se le clava en el culo. La interfaz gráfica de la OMM Manager™ reluce frente a Chacón en la penumbra del vestuario, el móvil emite un graznido. Le quedan dos intentos. Chacón prueba otra vez, pulsa de nuevo Aceptar. Otro graznido, otra equis destellando en rojo. Le queda un intento.

«Hostia puta», exclama dando un tremendo pisotón que pone la estancia a temblar. «¿Otra vez sin crédito?», pregunta Menéndez, que ya ha acabado de vestirse y tiene su OMM™ bien apiladita en la banqueta. Chacón se pasa una mano por la cara. «Qué va. Es que ayer cambié la contraseña de mi OMM™ y no recuerdo qué puse.» Menéndez introduce otro módulo en su taquilla, el esfuerzo le arranca un quejumbro. «Entra en Usuarios y perfiles y que te la reenvíen por email.» «Es que ya no tengo acceso al correo con el que me di de alta, me caducó.» Chacón se queda cabeceando frente a su móvil, escroleando el menú con un mosqueo creciente. «Está siendo una semana de mierda. Solo quiero quitarme esta porquería y marcharme a casa, ¿es tanto pedir?» «Si te la quitas por Bluetooth no necesitas contraseña.» «Para eso tienes que tener actualizado el firmware.» «Pues actualízalo.» «Ya lo he probado y no funciona.» «En el panel de Dispositivos ADN.» «Que sí, que lo he intentado mil veces pero siempre me da error.» Con un bufido Menéndez cierra su taquilla, se vuelve hacia Chacón. Son un palo y un flan. El palo se queda mirando al flan. El palo hace chascar la lengua, extiende la mano hacia el flan. «Venga, trae.» «No podrás.» «Que traigas, capullo.» Chacón frunce los morros, permanece cabizbajo porque cuando Menéndez se pone así dan ganas de mandarlo a la mierda, aunque hay que reconocer que Menéndez de esto controla. «Vete, ya me las apañaré», murmura Chacón. Menéndez le arrebata el móvil, extrae el OMM Communicator™ del puerto. «Ahora te esperas tres segundos, ahora lo vuelves a insertar.» Menéndez se sienta junto a Chacón, luego conmuta al Navegador, descarga la OMM Manager™, la reinstala. Nueva versión de firmware disponible, dice la pantalla en verde. La barra de progreso se pone a progresar.

«No lo pillo, se me colgaba nada más empezar», dice Chacón. «Ve anotando los pasos.» «Tranqui, que ya me fijo.» «Claro, lo fácil es dar por culo a Menéndez, ¿no? Pide un boli en la cocina, joder.» Chacón mete los pies en las sandalias, recoge su taparrabos de la banqueta. Con un gruñido remolca pasillo adentro el trasatlántico de carne que lleva puesto.

Adolescentes de cachondeíto, escaleras mecánicas fuera de servicio. El metro vomita a Chacón en el extrarradio, lo pone a arrastrar los pies por las aceras. Recuesta la espalda contra el muro, los labios plegados en una maldición. Los gotarrones ruedan por su pecho, quedan atrapados entre la seda y su barrigón. El sudor le huele como a plástico mojado, tres tramos más de escaleras y ya está. Chacón hace girar la llave en la cerradura, trastabilla por el comedor, se desparrama en un sofá que cruje a cámara lenta. Destapa el cubo de cartón, rescata un cacho de pato, se lo mete en la boca. Despliega sobre su regazo el móvil, la tableta, las instrucciones que le ha garabateado Menéndez. Su frente se llena de arrugas.

Primero: Arrancar la tableta. Descargar la aplicación desde el enlace blablablá.

Segundo: Acceder al móvil vía WiFi desde la tableta.

En el tercer paso, la aplicación se vale de técnicas de fuerza bruta para obligar a la OMM Manager™ a cantarle la contraseña, pero ahora resulta que al ejecutarla se le advierte de que antes de emprender acciones es conveniente actualizar el firmware. Chacón vuelve a fruncir el ceño, elige Ignorar. La tableta dice que el móvil no responde. Chacón elige Esperar. El móvil sigue sin responder. Chacón elige Cerrar. Ahora es la tableta la que no responde. Chacón elige levantar su cacha y descargar un soberano patadón contra el suelo.

Un chasquido proveniente del pasillo, una puerta que se abre.

«¿Qué haces?», pregunta Marina asomando al comedor con los párpados a media asta. «Intento quitarme esta mierda.» «¿En serio has venido así?» «Aún gracias que me han dejado el mantel. ¿Qué querías que hiciera, que les pidiera un frac?»

Marina suspira, da unos pasos hacia Chacón, le acaricia la calva. «¿Otra vez, cariño?» Chacón se limita a encogerse de hombros, a reiniciar la tableta. «¿Por qué no llamas a Menéndez, que te eche un cable?» «¿Ese? Ese no se entera, ha sido él quien ha terminado de cargársela.» «Estás muy mono así gordito.» «Ja ja ja, mira cómo me río.» «Que sí, que a los delgaduchos la OMM™ os favorece.» «Marina, ya vale.»

Marina traga saliva, aprieta los labios. «Escucha, cielo, esta mañana ha venido Carranza.» Carranza es el casero y su sola mención acostumbra a capturar la atención de Chacón de inmediato, pero sigue tecleando. «Dice que ya lo ha puesto a la venta, que lo siente mucho», prosigue Marina. «Qué hijo de puta, dijo que hasta final de mes.» «Dice que ya no depende de él, que mires directamente en la página de subastas.» «Fantástico ­—asiente Chacón—, de puta madre.» Ya no está viendo la tableta, solo su fetiche de color oro. Sus dedos percuten con fuerza contra la pantalla táctil. «Carranza dice que los instrumentos musicales tienen poca salida, cariño, que podrás recuperarlo por quinientos o menos.» Chacón menea la cabeza. «Joder, dijo que nos daba hasta final de mes.» «En realidad dijo que hasta el día 20.» Chacón se detiene en seco, clava su mirada en Marina, levanta las cejas. «No me apetece nada dormir con la OMM™ puesta, estoy intentando concentrarme. ¿Puedo? ¿Por favor?»

Marina bufa, se vuelve al dormitorio. Chacón rescata otro troncho de pato, pone las muelas a trabajar. Sus dedazos grasientos extraen el OMM Communicator™ del puerto, vuelven a insertarlo. Nada. Chacón abre el panel de Dispositivos ADN, pulsa el botón de refrescar. El dispositivo no pudo instalarse. Mierda. OMM Manager™ no es una aplicación de Win128 válida. Mierda, mierda y mierda.

De un manotazo Chacón aparta la tableta, echa la cabeza atrás. Diez euros por establecimiento de llamada, quince euros por minuto. Pinza el móvil entre hombro y oreja, aguarda pacientemente mientras el Imagine de John Lennon tintinea y los fantasmas de Charlie Parker y John Zorn le sobrevuelan. Chacón toca en sueños su saxo vibrante y dorado y perfecto. Si desea modificar su plan, marque uno; si quiere consultar su facturación, marque dos; para hablar con una de nuestras operadoras, marque tres. Charlie Parker empeñando su magnífico King Super-20 para chutarse caballo, Charlie Parker humillando a Dizzy Gillespie en su concierto magistral del 53 con un saxo prestado de plástico. Todas nuestras operadoras están ocupadas, ocupa usted el quinto lugar. Los perfiles de los amigos de Chacón van desfilando por las redes sociales, Chacón abre el Juicy Krush, comienza a apilar frutitas. Ocupa usted el cuarto lugar. Chacón observa el bamboleo de sus carrillos reflejado en la pantalla y de pronto cae en que lo que está viendo no es un saxofonista de élite, que lo que está viendo es otra cosa muy distinta. Ocupa usted el tercer lugar. Ocupa usted el segundo lugar.

Cuando la llamada se corta, Chacón vuelve a llamar.

Cien pulgares pulsan simultáneamente en sus respectivos móviles, inundando el panel de pedidos. «Los patos surcan el cielo, Buda los pone en su plato.» Y luego: «¿Los señores prefieren su pato a las finas hierbas o al estilo Budha’s, con crujiente de cebolla y un toquecito de azafrán?». Y luego: «Mientras haya paz en los corazones, habrá amor en la Tierra». Chacón está saltándose la mitad de las fórmulas, abreviando la otra mitad porque se ha dado cuenta de que cuando se detiene más de dos minutos junto a una mesa los clientes arrugan la nariz, miran inquietos a su alrededor. El panel certifica que lleva dos coma tres mesas de retraso, una de las piernas le falla, a punto está de impactar contra la doscientos sesenta. De pronto ya no está tan seguro de poder seguir remolcando la OMM™, de conseguir cubrir las cuatro horas que deben de faltar aún para que finalice el turno.

Torrecillas le indica que se acerque. Chacón comprende que todo ha terminado. Que los tres patos muertos que descansan en su bandeja son los últimos que va a servir.

Sigue al encargado por el pasillo. Torrecillas se encara con él, le enfoca con la barbilla. «Tengo un problema técnico —balbucea Chacón—, me lo están solucionando.» Torrecillas arruga la nariz. «Joder, Chacón.» «Le echo colonia, pero no sirve de nada.» «Haz el favor de ir al lavabo y limpiar el módulo de evacuación.» «Creo que el filtro está embozado, llevo una semana sin poder quitarme la OMM™.» «¿Cómo?» «Cambié la contraseña, no me acuerdo de qué puse.» «¿Y para qué la cambias?» «Pues porque me caducan. ¿A ti no te pasaba?» «Con las últimas versiones del firmware ya no. ¿Pero cómo se te ocurre presentarte al trabajo así?» Chacón se viene abajo, se embarca en una crónica caótica de sus conversaciones con las operadoras, de las innumerables horas frotando con el estropajo en el baño. Montañas de esponjas sucias, el engrudo amontonándose sobre periódicos mojados, peleas a grito limpio con Marina. El galimatías es demencial pero Chacón sigue adelante porque le parece que Torrecillas se está ablandando, que le vence la incomodidad. Cuando empieza a hacer muecas y a agitar la mano, a Chacón no le queda otra que callar.

«Vete a casa y que te lo solucionen», dice Torrecillas.

«¿A casa?»

«Vuelve cuando te lo hayan arreglado. Si eso te lo apunto como vacaciones, pero haz algo ya, joder.»

Chacón parpadea muy aprisa, su sonrisa suma un pliegue a su papada.

«Gracias. Les he apretado las tuercas, me han prometido que el miércoles me restauran la cuenta.» «Mejor que sea el martes. Anda, lárgate ya.» Chacón oscila sobre sus patazas, emprende el camino hacia el vestuario.

En la calle, miradas de soslayo, Buda convertido en el centro de atención. Chacón se ha quitado los collares y la bisutería, se ha envuelto en el mantel. Los flecos del taparrabos ondean enloquecidos sobre su micropene. En las profundidades del metro, un hedor amarillo, una peste insidiosa. Envuelve a Chacón haciéndose más y más patente, dejando una estela por todo el vagón. El sudor que emana de la OMM™ tiene ahora una textura espesa, lechosa. Chacón toma asiento, empuña el móvil, se pasea por los perfiles de sus amigos en las redes sociales, apila frutas en el Juicy Krush. A su alrededor todos se han levantado, se ha abierto un claro sagrado. Apartad, hijos de puta. Dejad paso al Buda fecal.

El problema es que la última versión de la OMM Manager™ viene con una protección que chequea el tamaño de los archivos y lo coteja con los de la aplicación original. Si las cifras no coinciden, el software llega a la conclusión de que ha sido hackeado y se sabotea a sí mismo. Chacón repite las hipótesis que ha leído los foros dando vueltas sobre sus patazas, cada vez más crispado, ahogándose en su papada y en su bilis. «Queremos recordarle, señor Chacón, que si ha manipulado usted el software no podemos responsabilizarnos de su mal funcionamiento.» «Los parches los descargué desde la página oficial, señorita. Son el 27C, el 29R y el 34K.» «Tomamos nota, señor Chacón, muchas gracias.» «Luego están el 56M, el 59N…» «Muchas gracias por la información, señor Chacón, uno de nuestros técnicos se pondrá en contacto con usted. ¿Le puedo ayudar en algo más?» «No me cuelgue, señorita, es muy urgente. Necesito quitarme esto pero ya.» «Queremos recordarle, señor Chacón, que recomendamos que la implantación y la desimplantación de la OMM™ se realice siempre vía Bluetooth.» «¿Me está usted escuchando? Llevo dos semanas siguiendo sus instrucciones y lo único que he conseguido es que el panel de Dispositivos ADN deje de detectar el OMM Communicator™.» «Queremos recordarle, señor Chacón, que desaconsejamos utilizar la OMM™ durante más de doce horas seguidas.» Chacón detiene en seco sus andares, traga saliva. «Oiga —dice pasándose una mano por la cara—, iré adonde ustedes me digan, presentaré la documentación que haga falta. Pero si no me quito esta cosa perderé mi trabajo y no podré pagar las mensualidades. Porque hay un problema de evacuación grave, esto no absorbe más, ¿entiende lo que le digo?» «Por supuesto, señor Chacón.» «Todo está filtrándose vía cutánea, ¿quiere que sea más explícito?» «Un técnico se pondrá en contacto con usted, atenderemos su solicitud lo antes posible, señor Chacón…» Para entonces la puerta del lavabo se ha abierto, Marina ha emergido cargando con una caja de cartón llena de cosméticos. Se dirige al dormitorio con paso firme. Chacón gesticula tras ella, la persigue jadeante por el pasillo. «Estoy solucionándolo, ¿lo estás viendo o no lo estás viendo?» «¿Oiga? ¿Le puedo ayudar en algo más, señor Chacón?» «Espérese.» Marina se ha acuclillado frente a la maleta, deposita en ella los cosméticos, la cierra con movimientos espasmódicos. «No me jodas, Marina. No puedes hacerme esto. Ahora es cuando más te necesito, en unos días estaremos riéndonos.» «¿Señor Chacón, me escucha?» Las mejillas de Marina se llenan de lágrimas, despliega el asa extensible, pone la maleta a rodar. Chacón le bloquea el paso. «Te digo que necesito que hablemos.» La voz de Marina brota desquiciada a través del pañuelo que le cubre la mitad inferior del rostro. «¿Para qué, si no me escuchas? Lo siento, no puedo más.» Chacón extiende un dedo en su dirección. «¿Te operarías tú de algo que se soluciona escribiendo una contraseña?» «Ya has visto lo que dicen en los foros, no quiero quedarme a verlo.» «Los foros están llenos de alarmistas y flipaos, lo sabes tan bien como yo.» «¡Estás haciendo lo de siempre, tú mismo te das la razón!», grita Marina, y le empuja con tanta rabia que Chacón se hace a un lado. «Si quieres suicidarte allá tú, pero tendrás que hacerlo solo.» «Marina, se te va la olla.» Chacón cojea tras su mujer, que por fin sale del piso. «¡No puedo cargarme la OMM™, ni siquiera he terminado de pagarla!» «¡Pues bien que has encontrado dinero para pujar por tu porquería!» «¡Abandoné mi carrera de músico por ti, ¿de verdad me estás dejando tirado?!» Gemidos, sollozos. Marina sigue descendiendo por la escalera. Chacón entreabre los labios, se asoma a la espiral cuadrangular del hueco, la ve avanzar por el piso inferior abrazada a su maleta. «Marina… ¿Se puede saber qué estás haciendo?» La figurita femenina desaparece tras un recodo. «¡Muchas gracias por tu apoyo! —grita Chacón— ¡ni se te ocurra volver!» Chacón se mete en el piso, pega tal portazo que la vibración se propaga por las paredes. Queda el vacío.

Chacón jadea en él como un perro encerrado, repara en el saxofón que hay tirado sobre el sofá. Lo toma entre sus manos. Se pierde en una serie de fraseos rápidos y percusivos, coquetea con una pentatónica menor. Doce minutos después vuelve a estar apilando frutitas en el Juicy Krush, pasando revista a los perfiles de sus amigos en las redes sociales.

Verde pastel en las paredes, batas blancas pulcramente plegaditas sobre el escritorio. Le han trasladado a este cuarto aduciendo motivos de higiene. Lleva semanas sin comer decentemente. Extiende el brazo, coge un caramelo del bol, lo desenvuelve, lo chupa. Tararea la tonadilla de un anuncio. Al otro lado de la cristalera, el anciano de las muletas sigue sin quitarle ojo de encima. Le mira como se mira a una cosa indómita que puede atacarte en cualquier momento. Chacón baja la mirada, se remanga el mantel, se pellizca la panza. La OMM™ se ha vuelto más dúctil, más viscosa. Chacón incrementa la presión de sus dedos, muerde con fuerza el caramelo. Gotas ocres empiezan a resbalar por sus cachas formando un charquito pastoso a sus pies.

Un crujido a su espalda, Buda hace ademán de incorporarse. «No hace falta que se mueva, el doctor Rubio le atenderá aquí.» Tras la enfermera entra un hombre de sienes plateadas que le saluda tras la mascarilla, que se instala tras el escritorio vacío. El doctor Rubio despliega el papelamen que Chacón ha rellenado a la entrada, asiente ensimismado. «Así que quiere usted que le desimplantemos la OMM™.» «De momento solo quiero saber si hay alguna manera de que puedan quitármela sin rompérmela», se apresura a corregirle Chacón. «Se puede intentar», dice el doctor Rubio. «¿Cuál es el problema exactamente?» Chacón le cuenta que anoche se publicó un nuevo parche, que Chacón lo arrastró a la carpeta de Actualizaciones, que respondió sí a todo. Desde entonces no se puede acceder al directorio de la OMM Manager™. El doctor Rubio pone cara de susto, pero es por algo que ha leído. «¿Un mes y medio? ¿Lleva usted mes y medio sin quitársela?» Chacón se encoge de hombros, hace una mueca. «La verdad es que no me encuentro demasiado bien.» «¿Cuál es su aseguradora?», pregunta la enfermera. «Ahí lo tiene. —Chacón señala el documento membretado con un pato que descansa sobre la mesa—. El servicio técnico me está solucionando el problema, pero quería informarme por si acaso.» «No está usted trabajando», dice la enfermera. «He tenido que cogerme unas vacaciones forzosas, eso es lo más gracioso. Que me hipotequé hasta las cejas para comprar la OMM™ y ahora es la OMM™ lo que me impide trabajar.» «Tenemos que quitársela ya», dice el doctor Rubio. «¿No podemos esperar un par de semanas?» «Depende de la cantidad de tejido que esté dispuesto a sacrificar. Cuanto más tardemos, más soldada estará a su organismo.» «Señor Chacón —interviene la enfermera—, la operación cuesta diez mil euros. ¿Los puede usted pagar?»

A Chacón le hace crack el cerebro. Mira alternativamente a sus interlocutores. Expele una risa nasal.

«Me lo cubre el seguro, ¿verdad?»

«Para eso tiene usted que estar trabajando.»

«¿Cómo?»

«Su OMM™… ¿está en garantía?»

La expresión de Chacón fluctúa, el desasosiego le sacude las facciones.

«Me la pillé de segunda mano.»

El doctor y la enfermera intercambian una mirada. El doctor deja escapar una larga bocanada de aire.

«¿Ha probado a quitársela por Bluetooth?», pregunta finalmente.

La multitud va cediendo bajo el empuje de su monstruosa panza, la cola se abre en canal como una bestia destripada. «¿De qué va ese?» «¡Eh, tú!», grita indignada cada una de sus cien cabezas. Chacón consigue cruzar la puerta giratoria, el segurata que le iba a la zaga ha desenfundado el walkie. Canta el código de incidencia, aguarda órdenes a través del auricular. Chacón se abre paso a empellones hasta el Mostrador de los Dioses, se acoda sin aliento sobre la superficie de sándalo. «Mientras haya paz en los corazones, habrá amor en la Tierra», saluda Menéndez distraído, arrastrando el ratón por la alfombrilla. «Llama a Torrecillas ahora mismo.» «Coño, Chacón, ¿qué haces aquí?» «Llámalo.» «Es mejor que te vayas, Chacón. —Menéndez gesticula hacia el piloto rojo que destella al fondo—. Creo que no eres bienvenido, se va a armar una buena.» «¿Quieres ver la que se ha armado? Mira. —Chacón tira del mantel a cuadros que le cubre el pecho—. ¡Mira!» El hedor invade el hall, Menéndez recula horrorizado frente a ese engrudo marrón que forma hilillos entre la ropa y la piel. «Joder —dice llevándose una servilleta a las narices—, ¿pero qué te ha pasado?» Los seguratas se abren paso a codazos, alcanzan por fin el mostrador, pero para entonces Chacón ya les ha dado la espalda, se dirige a la cocina a toda pastilla. El buda vestido avanza entre los budas desnudos capturando las miradas de los comensales, alguien bromea sobre el buda leñador. El revuelo crece cuando los de seguridad agarran a Chacón del mantel, cuando Chacón lucha por sacudírselos. «Venga, Chacón, vámonos a casa.» «¡Estoy muy enfermo, ¿me oís?! ¡Cuando enferméis dejarán que os pudráis, no moverán un dedo!» «Chacón, no fastidies», masculla Medrano por lo bajini. «Dile a Torrecillas que venga, Medrano. Dile que no pienso marcharme hasta que hable con él.» Nueva tanda de forcejeos, Chacón se libera de un tirón, echa a caminar. Uno de los seguratas ha sacado su porra, golpea a Chacón en los riñones. Suena como cuando sacudes un colchón mojado con un tablón de madera. Los comensales ya no ríen, empiezan a levantarse. «¡Dale fuerte! —grita Medrano—, ¡el cabrón no nota nada!» Pero cae la tercera hostia, cae la cuarta y el picor de Chacón se transforma en escozor, se está empezando a amedrentar. Ahora los comensales gritan y es entonces cuando Chacón repara en el manchurrón negro que se le derrama por el costado.

Se detiene, mira al segurata a los ojos. Está tan asustado como él.

«Chacón, tranquilízate», dice una voz a su espalda.

Chacón se vuelve, se topa con Torrecillas. El encargado le mira con los brazos en jarras.

«Necesito operarme urgentemente, lo que me habéis hecho con el seguro es una cerdada», balbucea Chacón. «Trabajaré horas extra si hace falta, pero por favor, por favor, necesito que me quiten la OMM™.» «Sé razonable, Chacón, ¿cómo vas a trabajar con esas pintas?» «No pienso irme hasta que no me arregléis esto.» «Va, Chacón, salgamos fuera.» «Hostia puta, ¿ya no te acuerdas de quién te colocó? ¡Me lo debes!» «Hay una solución para todo.» «¿Me estás diciendo que me pagáis la operación?» «Te estoy diciendo que no vamos a dejarte tirado. Te estoy diciendo que podemos llegar a un acuerdo que resulte ventajoso para todos. ¿Te parece bien?»

De fondo, una flauta de bambú. Conversaciones reanudándose tras los biombos orientales. Chacón mira a su alrededor, el escozor pulsando contra su riñonada.

«Esta vez vais a apechugar con vuestras responsabilidades —dice—. No podéis amenazarme. No tengo nada que perder.»

* * *

Esta vez la pausa al otro lado de la línea es estremecedoramente larga. «En la ficha no consta que su OMM™ esté averiada, señor Chacón. Por otra parte veo aquí que arrastra usted un retraso en los pagos.» Chacón cierra los ojos, respira hondo. «Es la tercera vez que la incidencia se cierra sola, es imposible comunicar con ustedes.» «¿Puedo preguntarle cuánto hace que lleva usted la OMM™ implantada?» «Puede preguntármelo y le responderé que mañana se cumplen dos meses. ¿Sabe usted qué sucede cuando llevas puesta la OMM™ durante dos meses?» «Le recordamos, señor Chacón, que recomendamos no sobrepasar las doce horas…» «Oiga, este es un caso de vida o muerte.» «Vamos a tomar nota de la incidencia, pero nuestro departamento contable me solicita que se ponga usted al día con las mensualidades para que podamos…» «Estoy chapoteando en mi propia mierda, ¿cuánto cree que puedo aguantar así?» «Hacemos todo lo posible por mejorar nuestro servicio día a día, señor Chacón, gracias por su comprensión.»

Chacón vuelve a cerrar los ojos. Su voz se quiebra.

«¿Qué clase de comprensión me estás pidiendo si ni siquiera te comportas como una persona? Voy a morir, ¿entiendes? La infección empieza en las mucosas y luego se transmite a la sangre. ¿Lo entiendes o no lo entiendes? ¿Cómo te llamas?» «Quisiera recordarle, señor Chacón, que en caso de que se produzca una incidencia con el evacuador, se recomienda no orinar ni excretar hasta que…» «Respóndeme. ¿Cómo te llamas?»

Un titubeo, una pausa.

«Pásame con tu responsable.»

«¿Desea usted presentar una queja?»

«Escucha, tienes que pasarme con alguien que pueda resetear mi contraseña, alguien de otro departamento, alguien que tú conozcas. Si no lo haces, estoy muerto.» «Atenderemos su solicitud lo antes posible, señor Chacón.» «Por favor. Te lo suplico.» «Lo siento, no puedo.» «Claro que puedes. Tienes que poder porque me encuentro fatal, no sé cuánto más podré resistir. ¿Cómo te llamas?»

Un suspiro al otro lado de la línea. Silencio.

«Pásame con tu responsable, anda.»

«Tío tío, no me jodas, ¿vas a presentar una queja?» «Solo te pido que hagas algo, que demuestres que sigues siendo humana.» «No puedo hacer nada, no es culpa mía.» «Sí que lo es.» «¿Pero tú qué dices?» «Al menos en parte.» «No es verdad.» «Te responsabilizo de lo que me pase en adelante si no…» «Para el carro, loco, los culpables sois vosotros.» «¿Que yo soy…?» «¡Sí, tú! ¿Para qué os ponéis esa mierda si ya ni siquiera está de moda?» «¡Necesitaba el trabajo, hija de puta, necesitaba…!»

Pero la teleoperadora ya ha colgado. La línea se queda pitando a intervalos como el soporte vital de un desahuciado.

Ahora Chacón llamará de nuevo, pero antes necesita un respiro, un incentivo, algo que le haga sentir bien. Despega la espalda del sofá con un chapoteo, dejando un pegote en el respaldo. El costadillo se le resiente. Ya no duele como antes pero el flujo negro no deja de supurar. Chacón se limpia la mano restregándola contra el apoyabrazos, la mete en el cubo de cartón que le envían a domicilio a diario. «Mientras haya paz en los corazones, habrá amor en la Tierra», anuncia en grandes letras rojas. Hoy el pato viene marinado, todavía sigue tibio. La verdad es que no está nada mal.

Chacón mastica, accede a Favoritos en su tableta. El hilo que ha encontrado hoy en los foros suena muy prometedor, porque detalla paso a paso cómo hackear el OMM Communicator™ mediante una aplicación pirata que reemplaza a la OMM™ Manager y que se salta a la torera la autenticación mediante contraseña. Para empezar, hay que retirar el dispositivo del puerto. Luego, hay que eliminar del registro una serie de entradas. A continuación hay que insertar el OMM Communicator™ otra vez. Úsalo por tu cuenta y riesgo, advierte el forero. A cada paso que completa, las tripas de Chacón rugen como un reactor nuclear. Tiene tanto miedo que apenas consigue tragar el pato. Tres horas después está vomitándolo de rodillas en la bañera.

Es una cosa marrón con un bulto amarrado a la espalda. Una cosa marrón con una roncha negra en el costado y un tubo dorado que pende de una correa. La cosa marrón empieza a acostumbrarse a ser una cosa marrón, porque la cosa marrón cumple hoy cuatro meses. Desciende por la escalera dejando a su paso un reguero ocre. En la calle le espera Carranza.

«Tendrás que firmarme esto», dice el casero tendiéndole un portapapeles y un bolígrafo.

Detrás de Carranza, cobijados tras la furgona azul, dos agentes de policía observan la escena con desagrado.

Chacón agarra el bolígrafo, apoya el portapapeles contra un turismo. Firma la orden de desahucio, le entrega el papel rezumante a Carranza. Chacón echa a andar.

«No me quedaba otra —dice el casero—, lo siento mucho.»

La respuesta de Chacón suena como una ráfaga de piedras estrellándose contra un charco. Se detiene, vacía su esófago contra la pared. Carraspea, cruza la calle. Descarga su pringosa mochila y su saxofón en un banco público. Toma asiento.

Es hora punta. Todo son idas y venidas apresuradas. Los transeúntes aminoran el paso ante la anomalía, lo aceleran cuando les golpea el olor.

Chacón recuesta los codos sobre el respaldo del banco, alza la mirada al sol. Hace un día espléndido.

«No te mueres —dice—. En los foros no se enteran, ¿sabéis?»

La muchedumbre sigue desfilando impertérrita.

Chacón baja la mirada, el suelo está empezando a encharcarse. Lo cual significa que la policía no tardará en echarle, a eso también empieza a acostumbrarse. Chacón extrae el móvil de la mochila, pasa el índice por el nailon para limpiarse el engrudo, consulta la mensajería instantánea. Marina sigue sin contestar. En su foto de perfil aparece ahora de la mano de un señor elegante y esbelto, frente a un hotel que a Chacón le resulta más que familiar. ¿Dónde era aquello? ¿Mallorca?

De pronto un destello eléctrico en el cerebro, una inesperada conexión neuronal. Mallorca. Chacón queda paralizado, sus labios temblequean desbocados. Sus dedazos le propulsan a través del escritorio, de las carpetas, de las aplicaciones. Ejecutan la OMM™ Manager. «Vamos, vamos —apremia entre dientes al relojito de arena—. No puedes fallarme ahora. Tienes que arrancar.»

El relojito que gira y gira, desaparece. La interfaz gráfica de la OMM™ Manager se despliega frente a él, exhibiendo sus ribetes magentas, sus formas geométricas perfectas.

Chacón conmuta al campo de Contraseña, empieza a teclear. Un gotarrón de engrudo se escurre pantalla abajo. No ha terminado de escribir cuando la humedad establece un contacto, activa la opción de Aceptar.

Le quedan cero intentos. Terminal bloqueada.

Por favor, actualice el firmware de su Obesidad Mórbida Modular™.

A Chacón se le detiene la respiración, se le escapa una carcajada acuosa. La pantalla del móvil se llena de diminutas salpicaduras marrones.

Chacón pulsa el icono del Juicy Krush. «Mientras haya paz en los corazones, habrá amor en la Tierra», murmura mientras apila frutitas. Luego pasa revista a los perfiles de sus amigos en las redes sociales.

Manos libres

[no image in epub file]

[no image in epub file]uré de patatas en polvo, dátiles, cebollas. Que si cueces, que si fríes, que si pochas. El hielo se ha licuado en su té, el pijama se le adhiere al cuerpo como un parásito famélico. Algo explota en la calle. La vibración se propaga por las paredes del ático, las vitrinas castañean de dientes. Tatiana mira en derredor, sale a la terraza, achina los ojos. Una delgada columna de humo se alza a lo lejos, más allá de las torres. Abajo, en el mercado, la actividad prosigue. Tatiana regresa junto al aparato de aire acondicionado, se deja soplar en la cara. Un escalofrío le desciende por la espalda, David Bisbal le canta a las doradas playas de Almería desde Los 40 Latino. Tatiana recula, mueve los labios en silencio. Está visualizando cebollas, exprimiéndolas como concepto. Se fuerza a imaginarlas como protagonistas, como secundarias, como extras. Da un paso hacia el frío, retrocede hasta la canícula. La alternancia la estimula, el contraste imprime brío a su cerebro. Las cebollas se transmutan en sofrito, el sofrito chorrea sobre un plato de carne picada, la carne picada se apila sobre un lecho de ¿puré? Pero para preparar un pastel de carne se necesita carne, y eso es algo que Tatiana no tiene. Se desploma sobre el sofá de cuero, bufa. Rescata el móvil de entre los almohadones, busca a Meri en la agenda, pulsa sobre el icono de manos libres. El tono de llamada resuena por todo el salón, los dálmatas de porcelana cobran un aire irreal. El silencio se hace más patente. La mirada de Tatiana atraviesa los biombos de bambú, fuga más allá de los tapices de cachemira. Un chasquido y sus ojos recuperan foco. «Qué pasa, loca», saluda Meri. «Eso digo yo, descastada, que llevo llamándote desde ayer.» «He estado liada.» «¿Y eso?» «Bah, movidas mías.» «¿Has vuelto a pelearte con Karim?» «He estado haciendo limpieza, chica. Es como si el piso creciera, no se termina nunca.» «Haberme llamado, podríamos haber charlado mientras pasábamos el mocho.» «Paso de que me aguantes, me pongo de muy mal humor.» «¿Y esta mañana?» «¿Esta mañana qué?» «¿Por qué no me has llamado? No entiendo por qué pasas de mí de esa manera.» Meri respira hondo en su extremo de la línea. «Tatiana, estamos hablando, ¿qué te pasa?» Las comisuras de la boca de Tatiana se retraen. «Nada, que se supone que somos compañeras.» Del lado de Meri le llegan una serie de chasquidos amplificados por el altavoz del Samsung, luego una especie de bufido. «¿Has vuelto a pelearte con Karim?», insiste Tatiana. «Te he dicho que no, ¿vale?» «Vale, vale.» Los chasquidos se reanudan. «Gestiono muy mal mi tiempo, lo siento», dice Meri. «No pasa nada.» «Soy un desastre, tendría que haberte llamado, ¿vale?» «No pasa nada, Meri, ¿de acuerdo?» «¿Viste Estoicismo y estómago?» «¿Cómo?» «El concurso que te dije.» «Al final no.» «No puedes perdértelo, vuelven a echarlo hoy a las tres.» «¿Has decidido ya qué vas a hacer de comer?» «Calla, calla, que llevo desde las doce cocinando, últimamente me están viniendo más de diez.» Tatiana se encoge de hombros. «Tampoco son tantos.» «¿Que no? ¿Cuántos tienes tú ahora?» «Depende del día. Ayer conté ocho. Pero cuando Gloria, teníamos unos quince cada una.» «¿Os los mataron en el frente o los envenenasteis vosotras?» Meri emite un resoplido seguido de un sonido como de despachurrar. Tatiana se sonríe. «No fastidies que ya estás colocada, tía.» Meri aflauta la voz. «Solo un poquito, para que la comida me sepa más rica, mami», dice. «¿De qué comida hablamos?» «Pues de la misma que ayer.» Los ojos de Tatiana se agrandan. «¿Han vuelto a traerte cordero y te quejas?» «No me quejo.» «¿Sabes cuántas semanas llevo yo sin probarlo?» «No más de las que llevaba yo.» «Cordero dos días seguidos.» «Mis soldaditos me adoran.» «No puedo decir lo mismo de los míos.» «¿Por?» «¿Tú sabes qué me han traído? Prepárate a compadecerme.» Para entonces Tatiana se ha metido en la cocina, está escarbando en las bolsas de supermercado. Le va cantando a Meri lo que extrae de ellas, la hace partícipe de sus dudas. «Haz puré con ensalada y sírvelo frío», sentencia su compañera. «¿Frío?» «Con este calorazo, caliéntalo y terminarán vomitando.» «Pues también es verdad.» «Diles que es un plato típico de España, eso siempre les pone.» «¿Es lo que les dices tú?» «Claro.» «¿Pero tú hablas con ellos?» «Qué va, tía. ¿Tú?» «Anda ya.» «Pensaba.» Ambas ríen.

Tatiana alinea las judías sobre el mármol, va aplicándoles el cuchillo. Los golpes que escucha al otro lado de la línea dejan constancia de que Meri sigue cortando, machucando, picando. «Tienes que ver el concurso, tienes que ver Estoicismo y estómago», dice al cabo de un rato. «¿Cómo se llamaba el canal?», pregunta Tatiana. «Melilla Multimedia.» «Creo que aquí no se coge.» «Seguro que ni lo has buscado.» «Volveré a intentarlo.» «En serio que te va a molar.» Las cejas de Tatiana se alzan, su cuchillo deja de lonchear pepino. Pone la olla bajo el grifo, pica perejil. Es una ingeniera al frente de un proyecto que requiere multitarea, sincronización. La presencia virtual de Meri la relaja, hace que todo fluya.

Para ser francos, con Gloria fluía mejor. Con Meri siempre hay que hacer ese esfuerzo suplementario.

«¿Y de qué va ese concurso?», pregunta Tatiana. «Bueno, hay unos tipos colgados.» «¿Cómo colgados?» «Colgados de los pies.» Tatiana frunce el ceño. «¿Es violento?» «Es de preguntas y respuestas.» «No será chabacano.» «Te digo que es un concurso, un programa cultural.» «Si eso, lo miro y te digo.» «Se aprende mogollón.» «Guay.» «Prométeme que lo mirarás.» «No es culpa mía si no pillo el canal.» «Joder, Tatiana, míralo, tía. No pido tanto.» Tatiana vuelve a detenerse en seco, hace una mueca antes de reanudar su tarea. «Haré lo que pueda, ¿contenta?» Meri emite una risita. «Perdona, se me va la olla», dice. «No pasa nada.» «Estoy hecha polvo, tía.» Tatiana menea la cabeza. «Es esa porquería que fumas, que te tiene todo el día atontada.» «Te acabo de decir que estoy muy liada con el piso, Tatiana. Estoy harta de que no me creas.» «¿Quién dice que no te crea? Pero las dos necesitamos compañía y estás encerrándote más y más en ti misma. Echar unas risas de vez en cuando ayuda, ¿sabes?, y siempre hay motivos para reír.» «Cuando te escucho hablar así, a veces me das miedo, Tatiana.» «Meri, por el amor de dios, no podemos quejarnos.» «¿Por qué lo dices? ¿De qué se quejó Gloria?» «Meri, no sigas.» Se hace un silencio. «Lo siento, me duele la cabeza.» «Deja de fumar porros y tómate un ibuprofeno.» «Trajeron, pero se me ha terminado.» «Enséñale el blíster a tu hombre, a mí me funcionó.» «Eso haré, gracias.» Tatiana escucha un resoplido creciente a su espalda, se vuelve hacia la olla. El vapor está desplazando la tapa. Tatiana la retira, vacía en el agua hirviendo dos cartones de leche, diez sobres de puré. Arroja medio bloque de mantequilla. Tras una vacilación arroja el otro medio. El altavoz del Samsung sigue replicando chasquidos y golpes al otro lado de la línea. «Eso ya casi está —dice Meri deteniéndose al fin—, creo que me vuelvo a la cama.» «¿Quedamos luego para hacer bicicleta?» «Estoy agotada, no me encuentro demasiado bien.» «Meri, por lo que más quieras.» Un rumor anuncia que el puré ya hierve. Tatiana apaga el fuego, se calza las manoplas aislantes, se mordisquea el labio inferior. «¿Meri? ¿Sigues ahí?» «No pasa nada, estoy de puta madre», dice Meri. Y añade: «Estoicismo y estómago, acuérdate». A continuación un sonoro beso, a continuación el clic de colgar.

Tatiana se acuclilla junto a la nevera abierta, se alivia con el fresquito que irradia. Extrae dos estantes, logra encajar la olla. Se pone en pie, mueve el cuello en círculos para liberar tensión. El problema de Meri es que lo encara todo como una obligación, todo le da pereza. Pon lo mejor de ti en lo que haces y todo se volverá divertido. No necesitas colocarte si haces las cosas con cariño, incluso fregar los platos puede ser un acto de amor. Tatiana niega con la cabeza, mueve los labios en silencio. Consulta el reloj de pared. Las dos menos cuarto y todavía quedan verduras que trocear. Las dos menos diez y mete las ensaladeras en la nevera. Las dos menos cinco y despliega el mantel sobre la mesa del comedor. Reparte cubiertos a destajo, arroja las servilletas. Apresura el paso hasta el salón, cierra la puerta tras ella. Las 14:07. Tatiana está empapada en sudor.

Cruza la estancia hasta situarse bajo el aire acondicionado, alterna frío y calor. Luego se dirige al dormitorio, abre el armario, saca el burka. Lo alisa propinándole unas palmadas, le arranca una pelusilla. Se enfunda en él, eclipsando el colorido pijama con su negro profundo. Tatiana se vuelve hacia el espejo. «Estoicismo y estómago», dice.

Media hora más tarde la cocina sigue en silencio. Tatiana se ha arrellanado en el sofá, empieza a tener hambre. Vuelve a cambiar de canal, vuelve a cargar y a descargar las piernas en el reposapiés. En el televisor Toshiba de cincuenta y cinco pulgadas, centenares de refugiados se adocenan a las puertas de la capital, sus rostros inflamados voceando contra las verjas coronadas con alambre de espino. Alzan los brazos en dirección a la cámara, lanzan latas y piedras. Tatiana pinza el velo entre los dedos, lo levanta. Se lleva el té a los labios, escupe una brizna de menta. Una de las verjas cede, los refugiados se precipitan por el hueco, caen al suelo, son aplastados por sus propios compañeros. Los soldados irrumpen descargando culatazos contra quienes abren la marcha, la condensación del té helado gotea sobre el sofá. Tatiana hojea el manual de la tele, vuelve súbitamente la cabeza. Los ruidos que llegan desde la escalera han capturado su atención. Cataclac en la puerta de entrada, la algarabía de voces y pasos reverbera por el pasillo. Luego, sillas arrastrando por el comedor. Tatiana consulta el reloj. Las 15:05, ya les vale. Tatiana usa los cursores para avanzar por los menús, encuentra una opción que dice: Sintonización automática. Vacila unos instantes, apunta, dispara. Audio y vídeo se interrumpen, la pantalla se tinta de azul. Canales encontrados: 00. En la cocina los soldados charlan animadamente, se escuchan los cling clangs de la vajilla. Canales encontrados: 72. Tatiana se mordisquea la uña del meñique. Canales encontrados: 83. En el comedor alguien declama con solemnidad, se escucha una risotada. Tatiana se remanga de nuevo el velo, apura su té. Desde la cocina, biribips de microondas. Los minutos transcurren impenitentes, canales encontrados: 83. Al otro lado del tabique, los mangos de los cuchillos se arrancan a percutir sobre la mesa, inician un crescendo rítmico. Más biribips de microondas, los soldados se ponen a cantar. Tatiana pulsa en el mando a distancia, el 83 permanece inmortalizado en pantalla. Tatiana pulsa el botón de apagado, el azul se limita a emitir un parpadeo. Tatiana arrastra con rabia el pulgar por los botones. Nada. «Madre mía», dice.

Se inclina en el sofá, busca el cable de alimentación. El crescendo del comedor culmina en un bramido triunfal. El siguiente lo emite la tele, que se acaba de reactivar. Búsqueda completada, dice el aparato sintonizándose en el canal 1. Tatiana pulsa el 2, luego el 3, luego suspira aliviada. El orden ha cambiado pero todo parece funcionar. Hay cuatro entradas en la categoría de Nuevos, una de ellas viene etiquetada como Melilla Multimedia. Tatiana la selecciona, acepta. La pantalla se oscurece, aparece un pozo marrón. Suspendidos sobre él, tres individuos penden bocabajo como fardos, recortados contra un decorado que simula una selva, sujetos al techo mediante una decena de cuerdas. Tres arneses de cuero les inmovilizan los brazos. Un hombrecillo que luce una americana granate mira muy fijamente al fardo de la derecha, la palabra Andalusí parpadea en pantalla. Americana Granate ha desenfundado unas tijeras, un redoble de tambores alienta el suspense. «¿Cuál era el dialecto del árabe que se hablaba en Al-Ándalus?», pregunta Americana Granate abriendo y cerrando sus tijeras. El fardo que está siendo interrogado niega con la cabeza, emite una risa nerviosa, ja ja ja. Las tijeras siegan una cuerda, el fardo pega una sacudida y lo mismo hace su sonrisa. Queda pendiendo de las cuerdas restantes, solo que un poco más ladeado. «La respuesta correcta era andalusí», sentencia Americana Granate. El público estalla en un aplauso, pese a que no se ve público por ninguna parte. Americana Granate, a quien otro fardo acaba de llamar Alfredo, camina en círculos alrededor de los hombres que cuelgan, se detiene frente al que queda a su izquierda. En pantalla parpadea la palabra Granada. «¿En qué ciudad nace el río Genil?», pregunta Alfredo. El redoble de tambor ha rearrancado, Alfredo ha vuelto a sacar las tijeras. La cuerda pega un latigazo en el aire al ser cercenada.

Nuevo aplauso entusiasta por parte de un público invisible. Tatiana resopla, se remanga el burka, se come un cubito de hielo.

A lo largo de la siguiente media hora, Alfredo da más vueltas que un vinilo, el esquema se repite con variaciones mínimas. Cada vez que un concursante responde correctamente, su marcador se incrementa en cien euros. Cada vez que yerra, una cuerda menos le separa del pozo. La escenografía es chapucera y kitsch, Alfredo está tan desesperado por comunicar que resulta deprimente. En pantalla parpadea la palabra, Trípoli, y luego la palabra Alpujarras, y luego la palabra Ninguna. Alfredo sonríe como un tiburón conforme las respuestas van apareciendo sobreimpresas. Tatiana chupetea el hielo del té cada vez más irritada. No logra apartar la mirada a tiempo, siempre termina por ver las respuestas. «Madre mía», dice. En el comedor, vuelven los golpeteos de cubertería, vuelven los cánticos. La cacofonía y los patinazos de dicción certifican que los soldados han vuelto a conseguir vino. Tatiana le da más voz a la tele, cruncha un cubito entre las muelas. El jolgorio en la cocina se desmadra, se escucha un impacto muy fuerte. Tatiana mira hacia la puerta, se ha tragado el hielo sin querer. Son las 15:43, su estómago ruge como una mala bestia. A qué esperan para largarse. Alfredo vuelve a sonreír con compasión impostada, encoge los hombros, corta otra cuerda. El más torpe de los fardos se precipita al pozo con un sonoro splash. El engrudo es opaco y muy espeso, ni siquiera salpica. El concursante se deshace de su arnés, bracea desesperadamente hasta darse la vuelta. Saca un brazo del engrudo, intenta limpiarse la cara. Dos ojos muy blancos parpadean enmarcados en marrón. Los cánticos del comedor languidecen. El concursante ha hecho pie en el fondo y está dando saltitos, logra cargar una rodilla sobre el borde del pozo, emerge, patina, cae. Risas. Tatiana se levanta del sofá, apaga el televisor. En el comedor, sillas arrastrando, flecos de fin de conversación, recogida de bártulos. Pasos que se alejan, voces que se diluyen.

Cataclac en la puerta de entrada.

Tatiana aguarda unos instantes antes de entrar en la cocina. La atmósfera está sobrecargada, el olor a sudor y a puré la golpea de lleno en la cara. Tatiana tose, se asoma al pasillo, comprueba que todos se han ido. Solo entonces se permite pasar al comedor.

Engrudo pegado a la mesa, engrudo pegado al suelo. Grumos adheridos a las sillas, grumos adheridos a las paredes. Puré por todas partes, secuelas de una batalla campal. Tatiana pone los brazos en jarras, respira hondo. Coge un cucharón, rasca con brío el fondo de la olla. Apenas logra rebañar un montoncillo. Lo colma con los restos de las ensaladeras, se arranca el burka de un tirón, lo cuelga del respaldo de la silla. Se sienta, come en silencio. El puré luce marrón allí donde se ha pegado, los dátiles están insípidos, las cebollas lacrimógenas. A Tatiana le cuesta tragar, pero vacía el plato en escasos minutos. Se llega de nuevo hasta la olla, vuelve a rascar infructuosamente. Recorre las ensaladeras vacías con la mirada, frunce los labios. Se acuclilla junto a las bolsas que acaban de dejar los soldados. Hay calabacines, pan, albóndigas en lata, fideos. Un ladrillo de membrillo envuelto en papel grasiento. Una bandeja de fresones. Incompatibilidades manifiestas, combinaciones espinosas. Aceptar el desafío, dar siempre lo mejor de ti misma, no amedrentarse frente a las dificultades. Tal vez una sopa, ¿pero qué clase de sopa? El menú de mañana es un crucigrama ininteligible. Tatiana cruza apresuradamente la cocina con la bandeja de fresones bajo el brazo. Cobijada en un ángulo muerto, lanza una mirada furtiva hacia la cámara que pende del techo. La cámara zumba, efectúa otro barrido. Tatiana desgarra el porexpán con las manos desnudas, pinza un fresón entre los dedos, se lo mete en la boca. Cierra los ojos. Se come otro, y otro. Mastica con fruición, churretones de jugo rojo escurriéndole por la barbilla. Por una vez no pasará nada, se dice lanzando otra mirada a la cámara, engullendo otro puñado de fresas. En breve recogerá la cocina, solo unos poquitos más y ya está.

* * *

Cae la noche y Tatiana hace una mueca frente al espejo del baño, corrige el ángulo de mandíbula, se afana con el colorete. El contestador automático ha sido su único interlocutor a lo largo de la tarde, Meri sigue desaparecida. Cada cual tiene sus problemas, hay que ser empático. Nunca sucumbir a la ira, porque la ira conduce al odio, y el odio conduce al sufrimiento, y el sufrimiento conduce a Algeciras, y no quieres terminar en Algeciras, ¿a que no? Tatiana sufre un acceso de calor porque esta broma tenía su gracia y ya no, porque ahora mismo daría lo que fuera por volver a Algeciras. Porque está agotada, porque la sombra de ojos no hace más que realzar sus ojeras. Un cataclac de la puerta de entrada, un «salam alaykum» mascullado. «Salam alaykum, Ahmed», responde Tatiana. Devuelve el pincel a la caja, pone morritos, se ahueca la melena.

Corretea hasta la cocina. Las apreturas del vestido rojo la obligan a desplazarse a pasitos cortos, los tacones de aguja no ayudan.

Los biribips de microondas anuncian que el agua ya hierve. Tatiana pone la tetera en la bandeja, pone la bandeja en su mano. En el salón la espera Ahmed, el macuto en el suelo, el Kalashnikov en el regazo. Su turbante, su chilaba sucia y su barba descuidada son un grito rotundo en el piso inmaculado. El sofá ha empequeñecido bajo la presencia del hombretón. Ahmed ha sacado hachís de la cajita de nácar, se está fumando un canuto. Gesticula hacia Tatiana, enseña sus dientes amarillentos. Pone énfasis en cada sílaba, parece estar pidiendo algo. La sonrisa de Tatiana fluctúa, hace una fugaz reverencia. Sin dejar de hablar en árabe, Ahmed aparta el fusil a un lado, extrae un paquetito del macuto. Se lo tiende a Tatiana. «¿Para mí?», pregunta ella señalándose, jijijeando una risita modosa. Ahmed asiente enérgicamente, con esa sonrisa tan franca y tan tierna y tan suya. Tatiana va rasgando más y más capas de servilletas, va retirando más y más ristras de celofán. De todo ello emerge un collar de perlas, un anillo áureo. Tatiana se pone el collar, se prueba el anillo en distintos dedos hasta lograr deslizarlo en el meñique. La sonrisa de Ahmed se ensancha. Tatiana se arroja sobre su cuerpo fibroso, se sofoca en la espesura de su barba. Se deja arrullar por los besos, por esas manos encallecidas que le recorren la espalda. Carga una rodilla sobre el apoyabrazos del sofá, se pone a horcajadas sobre Ahmed. Su tensión nerviosa remite, la chilaba de Ahmed se abulta. Instantes después, Tatiana es follada contra el respaldo de manera vigorosa y expeditiva.

Son las 23:02, el ventilador traquetea sobre la cama, los ronquidos de Ahmed retumban por el dormitorio. Tatiana se agita, se libera de su abrazo. Ahmed ronronea como un gato viejo. Tatiana coge el móvil de la mesita de noche, abre la aplicación de mensajería. «¿Duermes, Meri?», escribe. Enviar. La pantalla flota impertérrita en la oscuridad. «¿Te hace un Cruzapalabras?», pregunta Tatiana. Enviar. Sigue sin haber respuesta, ni siquiera el icono de leído. La pantalla se apaga. Meri pulsa sobre ella y la enciende. La pantalla se apaga. Meri pulsa sobre ella y la enciende. La pantalla se apaga.

Alejandro Sanz cantando en Los 40 Latino, Tatiana de pringue hasta los codos. Se llega hasta la pila de la cocina, respira hondo. Se lava las manos, hace sus estiramientos moviendo los hombros en círculos. Lleva desde primera hora de la mañana experimentando una especie de vértigo, una increíble pesadez. Coge el cuchillo de nuevo, el membrillo sigue despachurrándose bajo su filo. A su espalda la olla desborda, la sopa crepita sobre la vitrocerámica. El móvil se arranca a sonar. Tatiana baja el fuego, consulta el display. La palabra Meri parpadea sobre la foto de un gatito. Las personas perdonamos, lo que nos distingue de los animales es nuestra capacidad para empatizar. Tatiana descuelga, pulsa el icono de manos libres. Los chasquidos comienzan a resonar línea a través. «¿Meri?», frunce el ceño Tatiana. «Qué pasa, loca», dice Meri. «Nada, por aquí.» «¿Cocinando?» «No, de fiesta.» «Ja ja ja. ¿Qué haces?» «Yo qué sé.» «¿Tus soldados no te han traído corderito?» «¿Y a ti?» «Sí.» «¿Cordero otra vez?» «¿Viste Estoicismo y estómago?» El membrillo está poniéndose increíblemente pastoso, Tatiana vuelve a sentir el impulso de lavarse las manos. «¿Me oyes?» «Sí», responde Tatiana. El cuchillo planea erráticamente sobre el ladrillo dorado. «¿Te pasa algo?» Tatiana inspira, espira. «Pasa que sigo teniendo la impresión de que últimamente me evitas, eso es lo que pasa.» «Qué dices.» «Es la pura verdad. Nunca contestas.» «Soy yo quien te acaba de llamar, Tatiana.» Tatiana regresa a la pila, pone las manos en remojo. «Con Gloria hacíamos bicicleta todas las tardes», dice. «Creía que hablar de Gloria te deprimía.» «Gloria tenía sus cosas, pero al menos se esforzaba en ser mi amiga.» «Ya.» «Nos lo hacíamos llevadero.» «Joder, Tatiana, qué quieres que te diga si no me gusta la bicicleta.» «Es mejor pasarse el día drogada.» «No me paso el día drogada.» «No ni poco.» «Es solo un porrito de vez en cuando.» «Cada vez que me engañas, te estás engañando a ti misma.» «Tatiana, hablo muy en serio, he estado muy liada.» «Ya.» «Meter el cordero en el horno lleva tiempo. Cuando te lo traigan verás.» «A mí también me da trabajo cocinar estas porquerías, pero cuando me llamas siempre te cojo, ¿o no?» «Tatiana, tía, que lo siento de verdad, ¿vale?» «Vale.» «Bueno, ¿viste el concurso o no lo viste?» «¡Meri! ¡Hay vida más allá de la televisión! ¡Háblame de tus sentimientos!» «Sí, bueno, quería comentarte que ayer fue muy flojo. Normalmente está mucho mejor.» «Meri, no quiero herirte, pero me pareció una porquería.» «Tuviste mala suerte, eso es todo.» «¿Por qué aparecen las respuestas antes de que hagan las preguntas? Le quita toda la gracia.» «Solo te pido que le des otra oportunidad porque vas a alucinar.» «¿Pero es siempre lo mismo, con el pozo en medio y tal?» «Tienes que verlo por ti misma, tía.» «Meri.» «Qué.» «Tú no estás bien.» «Solo te estoy pidiendo que lo veas.» «¡Y yo que te des cuenta de lo que nos estás haciendo, de lo que te estás haciendo a ti misma! Todas tenemos nuestras razones para estar tristes, vale, pero mira qué les está pasando a los refugiados, piensa en cómo se sienten. ¡Por una vez piensa en alguien que no seas tú!» Tatiana agita la sartén con tanto ímpetu que el sofrito salpica, briznas de cebolla frita se estrellan contra su pijama. Tatiana la deposita en el fogón, mira de reojo. La cámara de seguridad gira sobre su eje, barriendo la cocina con su piloto verde. Tatiana fuerza una risa insincera. «¿Crees que podemos hablar de los refugiados?», pregunta. «Lo dudo», responde Meri. «Da igual, podemos hablar de muchísimas cosas.» «¿Y Gloria? ¿De qué habló Gloria?» Tatiana pugna por no dejarse llevar, cuenta en silencio hasta tres. «Meri, si puedo hacer algo por ti, dímelo. Pero si prefieres que desaparezca, necesito que me lo digas también. Tú harás tu vida, yo haré la mía y no volveré a llamarte.» Tatiana toma conciencia de su propio ultimátum, su corazón se encoge expectante. «Te prometo que en adelante te cogeré el teléfono siempre —dice Meri—, que seré una buena compañera.» Su voz ha sonado franca y compungida. «Tampoco pido eso», dice Tatiana. «Te doy mi palabra de honor, te lo juro.» «Vale, vale.» «Pero antes me gustaría que le dieras otra oportunidad a Estoicismo y estómago.» Tatiana se petrifica. Meri prosigue: «Es lo único que pido a cambio. ¿Puedes mirarlo, por favor?» A Tatiana no le resulta nada fácil hablar ahora mismo. «Vale», acierta a decir. «¿Me lo prometes?» «Te lo prometo.» «Genial.» Tatiana escucha cómo Meri le da una profunda calada a su porro. «Supongo que por la tarde estarás liada», dice Tatiana. «Si te digo que estoy liada, te enfadarás.» «No me enfadaré.» «Te enfadarás.» «Solo me sentiré un poco decepcionada.» «Estoy acabando, Tatiana, te lo juro.» «Ya.» «El cordero da guerra pero me falta poco.» «Vale.» «Cuando termine de hacer limpieza a fondo, todo será diferente. Por una vez confía en mí.» Tatiana asiente enérgicamente. «Confío en ti, cómo no voy a confiar en ti.» «Tatiana.» «Qué.» «¿Necesitas un tentempié?» Tatiana arruga la frente. «¿A qué te refieres?» «Un tentempié. Que si lo necesitas.» «¿Hablas de droga?» «Que no, tía, que es solo un tentempié y ya está, ja ja ja.» «Meri, no son solo porros, ¿verdad? ¿Qué te estás tomando?» «Te juro que nada.» «Meri, ¿Karim te ha pegado? ¿Qué te ha hecho esta vez?» «¡Te quiero, loca, hablamos luego!» Llamada finalizada. Tatiana inspira, espira. Se pregunta si ha echado sal en el sofrito, se concentra en recordar cuánto hace que ha puesto la sartén en el fuego. Hay otras cuestiones pugnando por abrirse paso en su cabeza, pero son cuestiones de otra índole.

* * *

Se ha quitado el pijama, el burka la asfixia pese a que no lleva nada debajo. El aparato de aire acondicionado vibra, emite estertores a intervalos. Los cubiertos claquetean en la cocina, los soldados dan cuenta de la comida, charlan animadamente. Alfredo camina en círculos, abre y cierra sus tijeras. Tatiana no da crédito a lo que está viendo. El escenario es el mismo de ayer, el pozo es el mismo de ayer, la americana granate es la misma de ayer. Incluso los fardos que penden del techo son los mismos de ayer. Alfredo está repitiendo las preguntas de ayer, las mismas y en el mismo orden. Solo que hoy las respuestas no aparecen sobreimpresas en pantalla. No es el único detalle que permite adivinar que no se trata de una reposición: cuando el primer concursante se precipita al pozo fecal, no se mancha la cara, no se pasa la mano por ella. Cae bocarriba, da la espalda a la cámara, logra encaramarse en el borde al primer intento. Tatiana sorbe de su vaso frente al televisor Toshiba. No puede evitar establecer paralelismos entre lo que sucede en pantalla y su actual situación. Siempre el sofá, siempre el té helado. Siempre los fogones, siempre la escoba. Los soldados armando jarana, Ahmed y sus joyas y sus regalos. En el comedor una voz grita en árabe, otra le da la réplica. Ambas estallan en una carcajada. Se escucha una fuerte palmada. Alfredo pregunta por el rey de Siria, el fardo se pone pensativo. Como concursante resultaba penoso, deprime aún más como actor. Aventura una respuesta, es silenciado por un chorro de música. Es el himno de España.

Tatiana parpadea perpleja, Alfredo le ha dado la espalda al fardo, su busto llena la pantalla por completo. Su expresión se ha vuelto severa, hay en ella una urgencia contagiosa. Tatiana siente cómo le cala los huesos incluso antes de que empiece a hablar.

«Necesito que escuchéis con atención —dice Alfredo—, apenas tenemos unos minutos: Todos los canales siguen intervenidos, y esto abarca la telefonía, la mensajería instantánea y por supuesto la televisión. Seguid usándolos con la máxima cautela porque todo cuanto digáis y hagáis está siendo grabado. Nuestros técnicos todavía no han podido habilitar una línea de voz segura, pero esperan conseguirlo antes de que termine la semana. Recordad que coordinaremos vuestra liberación desde aquí, de modo que permaneced atentas a este canal. Nuestros tanques están a las puertas de la ciudad, a unos cincuenta kilómetros de vosotras. Tenemos infiltrados en Melilla Multimedia, en Radio Yihad, en media docena de pisos harén. En dos semanas estaréis de regreso en casa, abrazando a vuestras familias, pero para cruzar las murallas y sacaros de ahí necesitamos toda la ayuda que podáis prestarnos. Necesitamos que liquidéis a vuestros anfitriones si es que no lo habéis hecho aún. Todos ellos son mandos, y un ejército sin mandos es un ejército sin vertebrar. Cada inquilina debe comunicarse con la compañera que le han asignado, funcionaréis como comandos de dos. Ponednos en contacto con la vuestra, conseguid que vea nuestro programa. Colaborad entre vosotras para gestionar las ejecuciones, nada es más importante que una comunicación sin fisuras. Hasta que dispongamos de una línea franca, seguiremos usando la siguiente nomenclatura: un cordero en el horno es un anfitrión muerto. Un tentempié es un arma de fuego. Solicitadla si no os atrevéis a usar el cuchillo, y uno de nuestros infiltrados os la hará llegar.» Tatiana rompe su parálisis, mira a la puerta de la cocina a través la rendija del burka. Baja radicalmente el volumen del televisor, se arrima a él. «Esperad a que vuestro anfitrión os dé la espalda, la nuca es el blanco recomendado. También podéis apuntar al corazón. Son armas de calibre grueso, un disparo debería bastar. Repetimos: los demás canales siguen intervenidos, de modo que os rogamos la máxima discreción o nos estaréis poniendo en peligro a todos. Ayer no conseguimos ofuscar sus mecanismos de vigilancia, pero mañana esperamos estar con vosotras de nuevo. Han sido años muy duros, somos conscientes de ello, pero sabed que no os olvidamos, que estamos aquí para ayudaros, que vuestras familias os quieren. Serán juzgados por crímenes de guerra, seréis recibidas como heroínas…» Alfredo mira fuera de plano, hace un gesto afirmativo con la cabeza. «¡Viva España!», grita. Recula hasta el decorado, da dos vueltas alrededor del pozo. Su expresión fluctúa como la de un esquizofrénico, se vuelve hacia el fardo más cercano. «¿Quién ejerce de narrador en Las mil y una noches?», pregunta Alfredo. Se ha recompuesto parcialmente, ha recuperado su simpatía antinatural. «Sherezade», dice el fardo. «¡Sherezade!», repite Alfredo asintiendo con ímpetu. Ni siquiera ha sacado las tijeras. El público invisible aplaude igualmente.

Tatiana se queda acuclillada a dos palmos de la pantalla. A esta distancia la imagen se emborrona, se pixela, parece más irreal. Tatiana se incorpora, recula, se desploma en el sofá. Subidón de griterío en el comedor, los cubiertos percuten contra la mesa. Tatiana menea la cabeza como quien espanta una alucinación, traga saliva. Su garganta rasca como una lija, la riega con té por debajo del velo. El griterío prosigue, de un momento a otro se arrancarán a cantar. Las sillas arrastran, se escucha un golpetazo tremendo, luego otro. El tercero viene seguido de un estallido de cristales, metales estrellándose contra el suelo. Tatiana aprieta los dientes, un cubito de hielo cruje. El siguiente golpe impacta contra la puerta, Tatiana pega un brinco. Cruza los brazos sobre el pecho, su desnudez bajo el burka la hace sentir vulnerable. Alfredo emite una risa que incluso a este volumen suena afectada. En la cocina retruena un arma de fuego. Tatiana gime, agacha instintivamente la cabeza. Un segundo disparo y Tatiana se arroja al suelo, la adrenalina la pone a reptar. En la cocina, interjecciones en árabe, un quejumbro desgarrador. Un tercer disparo perfora la puerta, Tatiana se guarece tras el sofá. Diálogos entrecruzándose como ráfagas, alguien emprendiendo una carrerilla, un portazo en la entrada. Tatiana hipnotizada por la puerta de la cocina. Alfredo hace una reverencia hipócrita, cierra sus tijeras sobre otra cuerda. En el comedor un grito que hiela la sangre en las venas, la puerta de la calle se abre y se cierra de nuevo. La voz de Alfredo queda horadando el silencio. Tatiana desenchufa el televisor, se incorpora, corre a la terraza con la cabeza gacha.

Al fondo, las sempiternas torres presidiendo la ciudad. Abajo, el sempiterno bullicio en el mercado. Tatiana gime al borde de la histeria bajo un sol que cae a plomo, que le abrasa la cabeza y los hombros. Tras la barandilla, la cornisa parece lo suficientemente amplia para brindarle acceso a la terraza vecina. La aferra con fuerza, preparada para saltar al otro lado, atenta a la próxima señal.

La señal no llega, el ático permanece en silencio.

Tatiana entra, da unos pasos cautelosos por el salón, se inclina frente a la puerta de la cocina. Arranca astillas en torno al agujero de bala, mira por él. El mantel encharcado, los fideos derramados, una silla caída. Tatiana pega el oído a la puerta, se concentra. Nada.

En el pasillo, franjas rojas zigzagueando, como si hubieran arrastrado un cadáver por el suelo. El rastro termina en la puerta de entrada. Tatiana las sortea de puntillas, otea en el interior del lavabo. Luego camina hasta la entrada, se detiene frente a la plancha de acero. Coge el pomo, trata de hacerlo girar. La puerta sigue cerrada a cal y canto. El otro acceso a la cocina permanece entreabierto. Tatiana se llega hasta él, empuja la puerta con suavidad. Nadie.

Una cacerola volcada, Duralex esparcido como metralla. Platos hechos pedazos, un manchurrón rojo en la pared, charcos de sopa y sangre. Sobre el mármol, un Kalashnikov. Tiene descascarillado el cañón, mira telescópica, muescas en la culata. Alguien ha tatuado un número 62 en la madera. Todavía está caliente, pesa tanto que a Tatiana casi se le cae. Lo sostiene con reverencia, la hace sentir pequeña y fuera de lugar. Tatiana deja el Kalashnikov sobre la mesa. Gira sobre sí misma, abre el armario, saca el mocho. Cristales amontonándose contra la pala, cenefas rojas a su paso. Antes esa sangre fluía por un cuerpo, era parte de alguien. Ahora no es más que porquería, algo que debe desaparecer. Tatiana sigue fregando. No es la sangre lo que la perturba, es lo rápido que están cambiando las cosas. Aquí los cambios no son ninguna tontería, aquí los cambios tienen consecuencias. Tatiana escurre el mocho, el agua se tinta de rosa. Desde la esquina opuesta de la cocina, tres bolsas de supermercado le plantean la pregunta más práctica, la más concreta. Una pregunta que vienen haciéndole a diario desde hace año y medio. ¿Mañana para comer qué? Tatiana mira a cámara, mira el Kalashnikov. Pasa revista a las bolsas. Una coliflor, puerros, tarros de garbanzos. Sangre por todas partes pero ni rastro de cordero.

A las 21:13 Enrique Iglesias está dándolo todo en Los 40 Latino. Tatiana se repasa el pintalabios con la lengua, consulta los resultados en el espejo. Se atusa la minifalda de cuero, regresa pizpireta al sofá. Enrique Iglesias ni siquiera le gusta, pero en Melilla Multimedia no paran de echar dibujos y los demás canales siguen dale que te mete con los refugiados. Tatiana los ve correr semidesnudos por la pantalla, los ve arrojar cócteles molotov contra los comercios, los ve apedrear a una anciana. Pies sucios, costillares arqueados, pieles llagadas. Manos amputadas, quemaduras de tercer grado, cicatrices de oreja a oreja. Locuciones ininteligibles en árabe como banda sonora del caos informativo. Ni una sola alusión a los tanques, a la ofensiva española. Tatiana vuelve a conmutar a Los 40, suenan Fito y Fitipaldis. Tatiana se sonríe. Cataclac en la puerta de entrada.

Tatiana se tensa en su asiento, cuenta los pies que avanzan por el pasillo. Le sale un total de dos.

Ahmed entra en el salón, descarga el Kalashnikov de su hombro. «Salam alaykum», dice el anfitrión con una sonrisa triste. «Salam alaykum», responde su inquilina. Ahmed arrastra las babuchas hasta el sofá, se desploma junto a la muchacha. Abre la cajita de nácar, saca un canuto, lo prende. Expulsa el humo contra el techo bajo la atenta mirada de Tatiana. Dice algo en árabe, ríe con desgana. A continuación inicia el monólogo más largo que Tatiana le ha escuchado nunca, no hay asomo de alegría en él. Ahmed va desquiciándose más y más, como si a fuerza de hilar su discurso perdiera sujeción de sí mismo. Imposta voces, les da la réplica, hace aspavientos. Tatiana se está asustando. Ahmed eleva un puño al cielo, grita una palabra de tres sílabas. Se lleva una mano a la cara, se derrumba.

Tatiana se echa en sus brazos, se cobija en su barba. Quedan abrazados largo rato, todo lo demás desaparece.

Media hora después, Ahmed sale de la ducha, la mesa está servida. Pasan al comedor, Ahmed descorcha el vino. Durante la primera mitad de la cena juega a sorber los espaguetis por la nariz, Tatiana se ríe con ganas. De pronto Ahmed la mira con gravedad, repite la palabra de tres sílabas, niega con la cabeza. A partir de ese momento no dice nada más. Su expresión se vacía, su mirada se enturbia.

Más tarde hace pucheros en la cama, Tatiana le acaricia hasta que se duerme. Es la primera noche que no la folla desde que se lo asignaron como anfitrión.

«Ayer volví a ver el concurso», dice Tatiana. «¿Sí?» «Sí.» Los chasquidos paran en seco al otro lado de la línea. Tatiana destapa un tarro de garbanzos, se mordisquea el labio inferior. «¿Y qué tal? ¿Se aprende?», pregunta Meri. «Supongo.» «¿Verdad?» «Vaya que sí.» «Ja ja ja.» Tatiana abre la boca, la cierra sin saber cómo continuar. «¿Necesitas un tentempié?», pregunta Meri. «Tengo uno.» «Y, bueno, ¿cuándo vas a meter el cordero en el horno?» Tatiana emite una risita. «A ver, aquí puede haber un problema.» «¿Qué clase de problema, Tatiana?» «Es que no sé si meterlo.» «¿No?» «Es que puede que no quiera meterlo, ¿sabes?» «Es lo mejor que puedes hacer, Tatiana. Es lo único que puedes hacer.» «¿Tú lo has metido de verdad?» «Hace días.» «¿En serio?» «No veas cómo huele.» Tatiana siente frío en las palmas de las manos, traga saliva. Abre otro tarro de garbanzos. «¿Y los soldados qué dicen?» «Los soldados no dicen nada.» «¿No?» «Tengo un horno muy espacioso.» «¿Sí?» «Cabe un montón de cordero, ¿sabes?» Tatiana mira el Kalashnikov de reojo, se atraganta con su propia saliva. «¿Y bien?» «¿Y bien qué?» «¿Cuándo lo vas a meter?» «Te he dicho que no lo sé.» «¿Tienes miedo de que no salga bien?» «No es eso.» «El cordero nos está quedando genial a todas, Tatiana. El cordero no tiene ningún secreto.» «¿Quiénes sois todas, Meri?» «Ja ja ja, me has pillado, tía, qué exagerada soy.» «Meri, en serio.» «Tatiana, tienes que hacerlo, no me dejes colgada.» «Ahmed no es como los otros anfitriones, Meri. Ahmed me trata bien.» «Eres mi compañera, loca, solo te tengo a ti.» «Podemos hacer lo que nos salga del coño, Meri, no tenemos por qué obedecerles.» «Eres tú la que lleva demasiado tiempo obedeciendo, ¿es que no te das cuenta?» «Ahora aparecen dándonos órdenes desde la retaguardia. Así cualquiera, ¿no?» «Tatiana.» «No nos dicen la verdad, nos mienten siempre. ¿Has visto las noticias? Ni una palabra de España.» «La tele ya se sabe.» «¿Y qué pasó en marzo? Porque en marzo dijeron que venían y aquí seguimos, ¿o no?» «Tatiana, sabes lo que le pasó a tu anterior compañera, ¿verdad?» «Meri, ¿te has vuelto loca?» «¿No te han contado lo que le hicieron a Gloria?, ¿de verdad no lo sabes?» «Ja ja ja, Meri, es un chiste buenísimo.» «¡Tatiana, joder!» «¡Te voy a tener que colgar!» «No me cuelgues.» «¡Pues tranquilízate!» «No me cuelgues, por favor.» «Vale.» Los chasquidos percuten contra el altavoz del Samsung como un segundero errático. Siseos pulmonares al otro lado del cable dejan constancia del consumo de estupefacientes. «Tía, necesitas meter el cordero en el horno pero ya», dice Meri por fin. Tatiana niega con la cabeza en silencio. «No lo hagas por mí, no lo hagas por ellos —prosigue Meri—. Hazlo por ti, ¿me oyes? Por ti.» «¿Y tú qué sabrás lo que me conviene?» «Gloria lo habría hecho.» «No vuelvas a meter a Gloria en esto.» «¿Quieres acabar como ella, es eso lo que quieres? Pues quédate de brazos cruzados y tarde o temprano lo conseguirás.» Tatiana vacía otro tarro de garbanzos en la olla. Siente ganas de estrellarlo contra la pared. «Eso ha sonado como una maldición, Meri —masculla—, no es justo.» «Ríe un poco y haz el favor de no hablar de justicia, yo estoy hablando de cordero.» «Ja ja ja, lo siento.» «No es más que cordero al horno con su piel dorada y su cebollita, ¿vale?» «Vale.» «Con sus patatas crujientes en los bordes, ¿vale?» «Vale.» «Entonces ¿vas a hacerlo o no?» Tatiana respira hondo, recita su respuesta como una locutora de radio novata: «A ver, Ahmed y yo hemos nacido en países muy distintos y puede que no pensemos igual, pero Ahmed es una buena persona y siempre me ha tratado como a una reina.» «Tatiana.» «Es la pura verdad.» «No eres su novia, eres su puta, Tatiana.» «Adiós, Meri.» «Espera, espera. ¿Y tu tentempié qué?» «¿Mi…? Ah, ¿qué pasa con mi tentempié?» «Si no vas a usarlo, dáselo.» «¿A quién?» «A tu anfitrión.» «¿A Ahmed?» «¿Hay otro?» «No te entiendo.» «No te pido que me entiendas, te pido que se lo des. Si no vas a meter el cordero en el horno, dale el tentempié a Ahmed, ¿entendido?» «No tiene sentido.» «Es que Ahmed es una persona maravillosa, pero además es una persona muy especial, ¿comprendes?» «¿Le conoces?» «¿Cómo voy a conocerle, loca?» «No sé, sigo sin entenderlo.» «Solo digo que nos encantaría que probaras el cordero al horno. Pero si no estás por la labor, dale el tentempié a Ahmed.» «Meri, esto me sobrepasa.» «Espero que sepas elegir. Mil besos, guapísima.»

El potaje de garbanzos hace chup chup. Tatiana mira a cámara. Luego mira el Kalashnikov, tirado sobre el mármol.

Luego sale de la cocina.

El muelle presiona con fuerza, el cargador se resiste a entrar. Por fin encaja con un clic. El Kalashnikov gira sobre sí mismo, zoom a la empuñadura. «El selector tiene tres posiciones —dice Alfredo. Su mano entra en escena y procede a conmutar entre ellas—: Seguro, ráfaga y tiro a tiro.» Un plano general recuadra su busto, revela una mancha de grasa en su americana granate. Alfredo se vuelve de medio lado, apunta. «Seleccionad ráfaga colocándolo en la posición central y obtendréis esto.» Ristra de estallidos, la boca del cañón se llena de fuego. Tatiana pega un bote en el sofá. Alfredo desaparece un instante, reaparece en el plano sin fusil. «Con esto damos por concluido el tutorial de hoy. Mañana no habrá emisión pero tenemos buenas noticias para vosotras: a partir de las tres del mediodía, las cámaras estarán ofuscadas, lo mismo que la supervisión de la VoIP de vuestros móviles. Procurad no comunicaros hasta entonces, esperad a las cuatro para mayor seguridad. Aquellas de vosotras que hayáis recibido vuestras coordenadas e información acerca del punto de extracción que os corresponde, contactad con vuestras compañeras, ponedlas al día. Es posible que más adelante las comunicaciones sean intervenidas de nuevo, esta puede ser nuestra última oportunidad —Alfredo mira fuera de plano, asiente—. Tenemos que dejaros por hoy, pasado mañana os ofreceremos un protocolo para disponer de los cuerpos de vuestros anfitriones. Esperamos que para entonces algunas de vosotras ya estéis aquí. Buena suerte, chicas. ¡Viva España!» Alfredo hace un gesto a cámara, se pone a dar vueltas alrededor del pozo. Se detiene junto a uno de los fardos que penden del techo. «¿Cuál es la capital de Libia?», pregunta.

Tatiana cancela el audio, cierra los ojos. El aire acondicionado está perdiendo su guerra particular contra la canícula, el termómetro marca 39 grados en el exterior. Las 16:03 y su zumbido sigue siendo el único signo de actividad en la casa. Tatiana se levanta del sofá, la recorre en silencio, estudia cada estancia como si la viera por primera vez. Las 16:43 y los soldados sin llegar. Tatiana se planta frente a la mesa intacta, ocho tristes platos sin dueño. Tatiana coge uno de ellos, lo recalienta en el microondas. Prueba los garbanzos, arruga el rostro. Están saladísimos. Llena una jarra en el grifo, vierte un chorrito en el plato. Bebe vasos y más vasos hasta lograr terminárselo. Luego procede a recoger los demás y a vaciarlos en la basura.

La sábana es un burruño en el suelo, Tatiana se ha quitado el pijama. Cada vez que está a punto de dormirse, su mente entra en alerta, su espina dorsal se crispa. Se incorpora ahogando un grito, escrutando la oscuridad. El aire acondicionado ha vuelto a fenecer, el silencio es casi sobrenatural. Un resplandor blanco contra el azul de la ventana. No es un azul frío, es el azul de un horno de gas. Tatiana se siente febril, húmeda. Se levanta, abre para que corra el aire. Observa la esfera lunar pendiendo entre las dos torres. El claxon de un coche, una conversación lejana. Las tripas de Tatiana rugen.

Tatiana agarra el móvil, consulta el reloj. Las 4:32 a.m. Sus pulgares percuten contra el teclado arrancándole clics. «Meri, dime al menos si estás bien», escribe, pero Meri lleva toda la tarde sin contestar, sin abrir los mensajes. Por la cabeza de Tatiana desfilan cacahuetes rebozados en miel, patatas fritas, tabletas de chocolate. Hamburguesas, tortillas de patata, pizzas de champiñones. Al desfile se añade la cara mofletuda de Gloria. Tatiana enciende la luz para ahuyentarla.

Camina presurosa hasta el salón, vuelve a encender el aire acondicionado. Luego se precipita a la cocina, abre los armarios uno a uno. El reto de combinar ingredientes de cada santo día alcanza hoy un nivel surreal: sobrecitos de café instantáneo, guindillas deshidratadas, un tarro de tomate frito. En la nevera, una jarra de agua, mayonesa reverdecida. Una solitaria barrita de cereales. Tatiana la agarra, le arranca el envoltorio, le asesta un muerdo. Mastica con avidez, eleva una mirada a la cámara. El motor eléctrico zumba, la lente queda enfocándola. Las mandíbulas de Tatiana aflojan el ritmo. «Por una vez yo tengo preferencia, ¿vale?», dice. Y como para recalcar el desafío, le sacude a la barrita otro mordisco.

Sale de plano emitiendo un sonido que es risa y es llanto. Renquea hasta el dormitorio, donde termina de dar cuenta de la golosina sentada en el borde de la cama. Algo explota allá afuera, Tatiana se llega hasta la ventana.

Las llamaradas serpentean más allá de las dos torres. Su resplandor rebota entre las fachadas, envolviendo el horizonte en un halo naranja. De los edificios de la vecindad emergen siluetas árabes que se gritan de balcón a balcón, que se apostan a contemplar el espectáculo.

Al rato, otra explosión rompe la noche. Y otra, y otra más. Llega la cuarta y el edificio retumba. Tatiana no se vuelve a levantar. Se limita a dar vueltas y más vueltas en el colchón de látex. Lanza el brazo buscando a Ahmed, pero Ahmed no está.

Las 15:50. Las 15:55. El reloj lleva toda la mañana arrastrándose sobre sus agujas. A las 16:01 el Samsung se arranca a sonar. Tatiana descuelga, pulsa el icono de manos libres. «¿Te has deshecho ya de Ahmed?» La pregunta de Meri resuena por todo el salón, le siguen los sempiternos chasquidos. Los dedos de Tatiana se atropellan por la pantalla táctil, desactivan el altavoz. «¿Me oyes?» «No», dice Tatiana pinzando el móvil entre hombro y oreja. «¿No me oyes o no lo has matado?» «No.» «¿Le diste el fusil?» Tatiana se mordisquea el labio inferior. «¿Estás ahí? ¿Pasa algo?», se inquieta Meri. Tatiana baja la voz: «¿Estás segura de que esto es seguro?». «Me da lo mismo.» «¿Cómo va a darte lo mismo?» «¿Le diste el fusil a Ahmed o no?» «No vino.» «¿Tienes ahí a los soldados?» «Tampoco han venido. No viene nadie, Meri. ¿De verdad has matado a Karim?» «Si te refieres a esa rata babosa y bigotuda —masculla Meri entre dientes—, ahora no es más que un montón de carne perforada en el dormitorio.» «¿Y los soldados?» «Amontonados sobre él, haciéndole compañía.» «Madre mía, Meri.» «Tu mamá no va a sacarte de esta, loca. Eres tú la que tienes que salir.» «¿Tú has salido?» «Las llaves giran, pero la puta puerta no se abre. Creo que alguien ha echado un pestillo por fuera —los chasquidos al otro lado de la línea dejan de sonar, luego se reanudan—. Hay como un travesaño de madera. Llevo tres días rascando, las manos me duelen que lo flipas.» Los labios de Tatiana se entreabren indecisos: «¿Qué piensas hacer? ¿Vas a salir a la calle sin más?». «En eso estamos.» «¿Y si hay soldados en el portal?» «No hay nadie.» «¿Cómo lo sabes?» «Si hubieras puesto antes el puto programa, te habrías enterado, loca.» «¿Y qué piensas hacer allá afuera?» «Pillarme un kebab, tengo un hambre que te cagas.» «No, en serio.» «Matarlos a todos.» «¡Meri!» «¿Tú qué crees? Meter las coordenadas en el GPS del móvil y salir echando leches de aquí.» «¿Qué coordenadas?» «Te dejaron un arma.» «Sí.» «Y con el arma te dejaron un sobre.» «No.» «¿No te dejaron un sobre?» «No.» Silencio. «Qué raro.» «¿El qué?» «Da igual, Tatiana, tienes que salir de ahí cuanto antes. Tarde o temprano los soldados regresarán y esta vez no será para que les prepares la comida. Esta vez no estará Ahmed para pararles los pies.» «No pienso matar a nadie, Meri.» «Lo más seguro es que ya estén todos muertos, así que lárgate y llévate el móvil.» «Ni siquiera tengo la llave.» «Pues ya puedes empezar a rascar.» «¿Estás loca? ¿Adónde iba a ir?» «¿Sabes dónde estás?» Tatiana se vuelve instintivamente hacia la ventana. «Me drogaron antes de subirme al helicóptero», dice. «Como a mí. ¿Qué se ve desde ahí?» Tatiana achina los ojos. «Dos edificios muy altos, como dos torres. Blancos, con las ventanas ovaladas.» «Ni puta idea.» «Hay una especie de minarete.» «Ni zorra. Supongo que estamos en barrios distintos.» «¿Qué son esas coordenadas, Meri?» «Puntos de extracción. Nos llevan a casa, Tatiana.» «Nos llevan a una muerte segura, Meri.» «Otra vez.» «Mira lo que han hecho con el país, son idiotas de remate.» «Haz lo que te rote, Tatiana, yo me abro.» «Meri, los soldados pueden presentarse en cualquier momento.» «Me la suda.» El rascar de la madera se intensifica como una declaración de principios. Tatiana balbucea sin saber qué decir. «¿Te vas a llevar el fusil?», pregunta. «Claro, loca —ríe Meri—, aquí sin Kalashnikov no eres nadie, todo el mundo tiene uno, ¿no?» «¿Las mujeres también?» «Si no, me deshago de él y corro. Pasar desapercibida va a estar chupado, con el burka todas somos iguales.» «Nosotras olemos diferente.» «¿Qué?» «Es la pura verdad.» La carcajada de Meri suena profundamente inquietante, los chasquidos se reanudan. Tatiana tiene ganas de llorar. «Meri, no me dejes sola, ahí afuera no durarás ni un minuto.» «Veremos.» «Usarán el GPS del móvil para localizarte.» Meri deja de rascar, respira hondo. «Escucha, bonita —dice—: llevo seis meses tragando miedo cada puto día. Miedo para comer, miedo para cenar y miedo al acostarme. De miedo voy sobrada, no necesito más, ¿entiendes?» «Por lo que más quieras, ¿no lo oyes? En la calle acaba de sonar un disparo.» Los chasquidos al otro lado de la línea prosiguen tercos, maquinales. «No me lo invento —continúa Tatiana—. Si activas el GPS, cualquiera puede averiguar dónde estás.» «Eres una cobarde, Tatiana. Te deseo mucha suerte, pero no vuelvas a llamarme.» El último chasquido coincide con la interrupción de la llamada, como si un cuchillo cercenara físicamente la línea.

Tatiana experimenta un calor repentino que le trepa por el cuello, que le sobrecarga la cabeza. Que se despliega por sus mejillas y sus orejas, que le baja por la espina dorsal.

Pulsa en el mando a distancia. Un refugiado destella fugazmente en pantalla antes de ser cancelado de un botonazo. Las congas de Los 40 Latino inundan el salón, la canícula aumenta. Lentamente, Tatiana se pone en pie, arrastra los pies hasta situarse bajo el aparato de aire acondicionado, alza la mirada hacia él. Se deja soplar en la cara hasta que el frío la obliga a recular. Luego avanza de nuevo. A continuación recula. Luego avanza de nuevo.

* * *

El ejercicio no es solo salud, también combate la ansiedad. Tatiana pedalea y pedalea enfundada en una falda a cuadros, las coletas agitándose al vaivén de sus hombros. No se ha molestado en activar el modo Registro porque hoy no hay contra quien competir, nadie a quien ganar. Solo Tatiana y su rímel corrido dándole a los pedales de la bicicleta estática, decidida a intercambiar actividad física por horas de sueño. Para cuando desmonta son las 23:24 y los soldados sin venir, y Ahmed sin aparecer, y Meri sin contestar. Ha marcado números al azar, pero solo el de Meri da señal. Tatiana la llama por vigésima vez, pulsa sobre el icono de manos libres, se queda escuchando el tono de llamada.

Se deshace del móvil, se desploma en el sofá.

Una ráfaga de ametralladora en la calle eclipsa Los 40 Latino, donde Romeo Santos canta Propuesta indecente. A Tatiana no le gusta nada Romeo Santos, Tatiana tiene ganas de llorar. Juguetea con las perlas que rodean su cuello, repara en que una de ellas está manchada. La rasca con una uñita, pero la mancha no se va. Tatiana sigue viéndola en su cabeza porque es de un color que últimamente tiene muy presente, del color que brota cuando nos perforan. Tatiana se quita el collar, gime. Una nueva ráfaga en la calle termina por persuadirla de abrir la cajita de nácar. En su interior: tabaco a granel, una piedra de hachís, un encendedor de plástico. Tres canutos liados. Tatiana pinza uno de ellos entre el pulgar y el índice, lo olisquea. Se lo lleva a los labios, lo prende, sorbe con fuerza. Tatiana tose, lagrimea, retuerce el porro contra el cenicero. Se siente un poco mareada, y un poco bien, y a la vez un poco mal. En Los 40, Chino y Nacho bailan muy divertido, las guitarras ganan brillo. Tatiana se deja llevar. La siguiente canción parece no terminar nunca, en la cabeza de Tatiana va instalándose una idea. Una idea que se alimenta de hambre, que la catapulta a la cocina. Tatiana pisa con fuerza el pedal del cubo de basura, se acuclilla, aparta las servilletas de papel. Los garbanzos quedan presidiendo la pila. Descansan sobre un lecho de pelusas y colillas, Tatiana les arrima la nariz. Huelen a cebolla y a limpiacristales. Rescata un garbanzo de las profundidades, se lo mete en la boca. Mastica con cautela. Tatiana tira de la bolsa hasta sacarla del cubo.

Pasa el siguiente cuarto de hora haciendo criba con manos temblorosas, llenando un plato que termina en el microondas. Tatiana saca el plato del microondas, se lo lleva al comedor, lo deposita en la mesa, se pone la servilleta. Va dando cuenta de los garbanzos en soledad, vestida de colegiala. Están aún más salados que ayer, se ve obligada a rellenar la jarra. Cuando termina, se dirige al mármol de la cocina, anuda la parte superior de la bolsa de basura y la mete en la nevera tal cual. A continuación se va a la cama.

La noche es tórrida y pegajosa. A las 2:57 una escuadra de jets sobrevuela el ático. A las 3:36 una nueva explosión pone a retumbar los cristales. Ametralladoras en la vecindad, gritos en árabe. Tatiana se limita a apretar la almohada contra su cabeza, a respirar agitadamente.

El agua se oscurece hasta volverse marrón, el chorrito se estrecha hasta desaparecer por completo. Tatiana prueba con el grifo de agua caliente, cosechando idénticos resultados. Lo mismo en la ducha, lo mismo en la cocina. Tatiana se deshace del cepillo de dientes, saca la jarra de la nevera. Se esfuerza en verla medio llena. Se sirve medio vaso, lo paladea de pie frente al mármol. Hace sus estiramientos moviendo los hombros en círculos, después de la noche en vela está cansada y dolorida. Devuelve la jarra a la nevera, sale de la cocina. Coge el móvil, pulsa sobre Meri en la agenda, pulsa sobre el icono de manos libres.

El tono de llamada resuena en el salón vacío. Son las once de la mañana.

Tatiana se desploma en el sofá, su pie juguetea con los dálmatas de porcelana. Un clic en el altavoz del Samsung, Conexión establecida. Jarana al otro lado de la línea. «¿Meri?», dice Tatiana. «¿Me oyes, Meri?» «Alto y claro, loca.» A Tatiana se le desmadra la respiración. «¿Estás bien, Meri?» «Sí, bueno, estaré mejor cuando estos hijos de puta dejen de pegarse tiros.» «¿Quiénes?» «Estoy fuera, ¿oyes, loca? —ríe Meri—, ¡estoy fuera, Tatiana.» «¿Te han rescatado?» «Estoy llegando al punto de extracción, pero hacia el Norte no puedo seguir, han levantado barricadas.» «¿Pero estás bien?» «La cosa está un poco agitada, pero cada vez estoy más cerca, tía, voy a conseguirlo.» «Aquí no viene nadie, Meri, me han dejado tirada.» «Que salgas de ahí te digo, hostias.» «Creo que a Ahmed le ha pasado algo.» «Ni me mientes a ese cabrón, lo más seguro es que esté muerto.» «¿Cómo lo sabes?» «Los tanques, Tatiana, esto está lleno de tanques.» «¿Tanques españoles?» «Los he visto con mis propios ojos, tía, llevan nuestra bandera.» Tatiana otea por la ventana. «¿Dónde estás exactamente?» «Ni zorra. Hay una especie de mezquita con azulejos azules, con unos arcos y tal.» «Desde mi ático no se ve nada parecido.» «Si el tiroteo no para, iré dando un rodeo por el Este.» «¿Tú ves las dos torres que te dije?» «Qué va.» «Dame tus coordenadas y miro si estamos cerca.» «Hay puntos de extracción en cada barrio, Tatiana, no sé si te van a valer.» «Probemos.» «Lo más seguro es que te caigan lejos.» «Dámelas por si acaso.» Tatiana se llega hasta el escritorio, saca un folio del cajón, agarra un boli. Al otro lado de la línea se escucha un disparo. «¿Meri?» «Sí.» «Dime.» «No sé si es una buena idea.» «Al menos sabré donde estás.» «Precisamente.» Tatiana parpadea frente al Samsung, la boca entreabierta. «¿Qué quieres decir?» «Es un tema de seguridad.» «Meri, eres mi compañera.» «Sí, bueno, ya nos conocemos.» «¿Hablas en serio? ¿De verdad crees que te delataría? ¿De verdad me crees capaz?» «A ver, Tatiana, no es que hayas puesto demasiado de tu parte.» «¡¿Qué?!» «Escucha, dame tú tus coordenadas.» «¿Las mías?» «En cuanto llegue al punto de extracción, pasaré nota e irán a rescatarte.» «Meri, ¿por qué no confías en mí?» «Tranquilízate, loca.» «¿Que me tranquilice? ¡Me muero de hambre y de sed, allá afuera hay una guerra!» «No.» «¿No qué?» Árabe a gritos en la lejanía, un fusil se arranca a disparar. El Samsung vibra sobre la mesa, Tatiana lo coge, se lo acerca a los labios. «Meri —exclama—. Meri, ¿estás bien?» Se escucha otro disparo. Luego otro. «¡Meri!», grita Tatiana contra un trasfondo de tiros.

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232 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9788417115029
Telif hakkı:
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