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El libro de las palabras robadas

Sergio Barce


ISBN: 978-84-15930-93-8

© Sergio Barce, 2016

© Punto de Vista Editores, 2016

http://puntodevistaeditores.com

info@puntodevistaeditores.com

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

ÍNDICE

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS

ARTURO KOZER

FRANCESCA

UN LIBRO MISTERIOSO

LA AMENAZA

LA FOTO DE TETUÁN

NO HAY NADA ESCRITO

LA CARTA ANÓNIMA

UN DETECTIVE JUBILADO

TODOS TENEMOS SECRETOS

LA VERDAD SEGUÍA SEPULTADA POR EL LODO

TRANSFUSIÓN DE RECUERDOS

LA HABITACIÓN 606: LA CAJA DE PANDORA

DALILA Y EL RUBIO

ATANDO CABOS

TODOS LOS LIBROS PERDIDOS

LA HERMANDAD

LA SUPLANTACIÓN

HUYENDO DEL PASADO

LA ÚLTIMA DEUDA

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Sergio Barce (1961) es licenciado en Derecho. Toda su infancia transcurrió en Larache (Marruecos), y desde 1973 vive en Málaga.

Ha publicado los libros de relatos Últimas noticias de Larache y otros cuentos (Aljaima, Málaga, 2004) y Paseando por el Zoco Chico (Ediciones del Genal, Málaga, 2015). Y ha participado en varios libros colectivos también de relatos: Sesión continua (2013), Animales en su tinta (2013), Último encuentro en BiblioCafé (2014) y Por amor al arte (2014), todos ellos publicados por Jam Ediciones/Generación BiblioCafé, de Valencia; El Protectorado español en Marruecos: la historia trascendida (Iberdrola, Bilbao, 2013) y La narrativa tenía un precio (Ed. Playa de Ákaba, Almería, 2016).

Barce es autor de varias novelas, entre ellas: Sombras en sepia (Pre-Textos, Valencia, 2006), que fue galardonada con el Primer Premio de Novela Tres Culturas de Murcia; Una sirena se ahogó en Larache (Círculo Rojo, Almería, 2011), con la que fue finalista del Premio de la Crítica de Novela de Andalucía 2012, o La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal, Málaga, 2015), novela finalista tanto del Premio Vargas Llosa 2012, como del Premio de la Crítica de Novela de Andalucía 2016.

Colabora igualmente en revistas culturales y literarias tanto de España como de Marruecos.

A Pablo Cantos Ceballos

este abrazo

para siempre

Y mi agradecimiento

a Jesús Ortega, Joana Márquez,

Juan Pablo Caja y Ana Berrocal,

por la paciencia y las sugerencias.

Esta edición de Punto de Vista Editores está dedicada a Silvia García Ábalos, que, como una brisa inesperada, vino de Larache para vivir en José Luis.

ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS

Moses Shemtov estaba de pie dándome la espalda con las manos metidas en los bolsillos y las piernas entreabiertas, su figura achaparrada silueteada contra el ventanal. Presumí que, desde la privilegiada atalaya de su consulta, sus ojos se perdían en el boulevard: el mirador con los viejos cañones vigilando el mar, la boca del puerto, su pasado glorioso. Apenas me había dirigido unas palabras pero yo sabía que mi inesperado regreso le había alegrado.

−Dime, ¿quién era ese cuarto espectro que viste tras tu madre? −preguntó quedamente al girarse.

Nos miramos. No iba a decírselo y él lo sabía. Cuando sacó el móvil, dejé de respirar unos segundos como si mi sangre se hubiera congelado, y noté que algo en mi vida llegaba a su final, que ya no habría vuelta atrás. Pero hasta ese momento las cosas no habían sido tan fáciles.

Comencé a hablarle por primera vez del asunto varias semanas después de que Sara sugiriera que lo visitase, cuando ella comprendió que, pese al códice, si no hacía algo al respecto nuestro pequeño mundo podría llegar a quebrarse en cualquier momento. En esos instantes mi relación con Sara parecía naufragar sin remedio, y yo, por supuesto, no estaba dispuesto a que las circunstancias nos vencieran, quería luchar por ella, tenía que vencer por ella. Merecía la pena, era lo único que realmente merecía la pena porque ya sabía entonces que Sara lo significaba absolutamente todo para mí.

Las sesiones anteriores habían servido para tantearnos, para que Moses Shemtov se hiciera una idea de con quién bregaba. Le costó trabajo ganarse mi confianza, pero una vez que lo hubo logrado mi incontinencia verbal fue mi válvula de descompresión. Era un hombre listo, experimentado, aunque me resultaba extraño que siguiera ejerciendo en la ciudad. No había podido librarse de su embrujo, supongo, y con setenta y tres años seguía ahí, al pie del cañón, pese a las habladurías.

Le conté a Moses que había encontrado a mi madre recostada en un diván de cuero, con un vago aire de melancolía, vestida tan solo con unas enaguas blancas de encajes bordados a mano y con una fina medalla de oro al cuello. Y que también la había visto en ropa interior, arrebatadora. Le conté que siempre llevaba el cabello suelto y lacio sobre sus hombros desnudos, como una modelo de los sesenta que posara para David Hamilton. En las ocasiones en las que ella había aparecido, lo había hecho con no más de veinticuatro años, la edad con la que me tuvo. La sensación que me producía era como la de estar observándola mientras se movía en el interior de un diminuto acuario. Si me hablaba, jugueteaba con el pelo enredando las puntas entre sus dedos, que luego se deshacían solas. También le confesé que, en todas esas veces que la había descubierto en el interior del espejo de mi dormitorio, había tenido la sensación de que mi madre tenía la piel más blanca de como la recordaba, quizá porque ahí era más joven, y que sus labios irradiaban una sensualidad excesiva. Fuera como fuese, lo cierto es que, salvo la primera vez que sucedió, cuando terminábamos de hablar no me planteaba si podía tratarse de una alucinación o no, simplemente era algo que ocurría, sin más; y esos encuentros dejaban un sabor dulce en mi boca.

Moses me miraba ahora sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus ojos caídos protegidos por la montura de las gafas, moviendo entre los dedos su bolígrafo de oro. Hasta ese día no había conseguido nada en absoluto salvo mis confusas divagaciones, pero ahora todo era diferente.

−¿No crees que sería conveniente que comenzaras por el día en el que la viste por primera vez? Quiero decir por el día en el que te reencontraste con ella… −añadió frunciendo el ceño.

−Me parece bien –dije, asintiendo con la cabeza. Y me puse a hablar…

Ágata (nunca la llamamos mamá) resurgió el mismo día en el que su marido, mi padre, amenazó a una mujer con robarle el bolso y se presentaba mi tercera novela. Fue un día de enero, desapacible, con las nubes bajas y encapotadas en un cielo gris. Había una especie de tristeza natural que deslucía el color de los edificios, y las calles aparecían inusualmente solitarias. Recuerdo que habíamos llegado a la consulta del doctor Cascales cinco minutos antes de la cita fijada, aunque no entramos hasta una hora después. El tiempo se nos echaba encima.

Mi padre no paró de protestar desde que llegamos y se mostró especialmente inquieto con algo que yo no era capaz de adivinar. Cuando le preguntaba qué le ocurría, se limitaba a refunfuñar y a mirar para otro lado.

Yo tenía que estar a las ocho y media en la Librería Proteo, no podía fallar a la presentación de mi propia obra, así que también me pasé buena parte de la espera mirando al reloj. Damián no me acompañaría, no lo había hecho con las dos primeras novelas así que tampoco podía esperar un cambio a estas alturas. Mi padre no me perdonaba que para firmar mis libros hubiese eliminado su apellido… Él se llamaba Damián Urrea… En fin, yo prefería utilizar el de Ágata: Vázquez. Cuando comencé a hacerlo pensé que era un bonito homenaje a mi madre y a su mujer, pero él nunca supo apreciarlo.

La cita con el oculista la había concertado mi hermana Silvia mucho antes de que supiéramos que ese mismo día El libro de las palabras robadas comenzaría a dar sus primeros pasos, de manera que había decidido cumplir con el trámite del especialista y luego marcharme de inmediato al acto. A eso de las siete menos veinte llegó por fin nuestro turno.

Me incorporé, dejando la gabardina junto a mi padre, para seguir a la enfermera por el corredor. Damián vio cómo me alejaba alzando apenas los ojos de la revista de decoración que ojeaba sin interés desde hacía una hora. Me di cuenta de que él clavaba sus ojos en las piernas de la mujer que estaba sentada en el otro sillón de la sala de espera, con tal fijeza que ella se removió en el sillón. También intuí que le había dedicado alguna palabra entre dientes, pero lo vi hundir de nuevo su mirada en el mobiliario de las casas americanas de la Florida.

El caso es que, cuando el doctor Cascales terminaba de comprobar mi visión, y ya me guardaba en el bolsillo de la camisa la cartulina con mis nuevas dioptrías, la puerta se abrió de golpe y la enfermera asomó la cabeza visiblemente alterada.

−Señor Urrea, venga enseguida…

La alarma en su voz hizo que yo diera un salto, convencido de que algo le había ocurrido a mi padre. Pero en cuanto llegué a la sala de espera, lo encontré cómodamente sentado con la misma revista entre las manos. La única variación que aprecié a vuelo pluma fue que ahora ocupaba el sillón en el que antes estuviera sentada la mujer que había dejado aguardando su turno.

−¿Papá?

Levantó la cabeza, soltando la revista, y se limitó a hacerme la pregunta más obvia.

−¿Ya puedo pasar?

Me giré sobre los talones, sin comprender para qué me había hecho salir la enfermera de esa manera.

−¿Cuál era la urgencia? −la reprendí, aunque inseguro.

Ella se mordió los labios, y luego se estiró la bata blanca como un acto reflejo. A continuación miró a su jefe, que se limitó a encogerse de hombros descargando la responsabilidad en su auxiliar. Nerviosa, nos dijo que mi padre había molestado a la señora que tenía cita después de nosotros, y que con su actitud había conseguido que se marchara muy alterada, casi llorando.

−¿Que mi padre la ha molestado? –miré a Damián, que me evitó refugiándose de nuevo tras el papel cuché−. ¿De qué me está hablando?

La enfermera continuó diciendo que la amenazó con robarle el bolso. Las dos creyeron que mi padre estaba de broma pero, a continuación, se incorporó y le puso una mano en la pierna y la mujer se levantó preguntando qué era lo que hacía, y mi padre, según la enfermera, le replicó que tenía labios de putona, y que si no le daba el bolso tendría que quitárselo a la fuerza. Entonces la señora no aguantó más y se marchó sollozando.

−No puede ser… −musité, sin dar crédito a lo que estaba oyendo. Mi padre se había levantado y miraba con reprobación a la enfermera; luego dio unos pasos y se detuvo en el vano de la puerta, como si no estuviese muy seguro de si debía salir o no de la consulta−. ¿Eso ha hecho mi padre?

Apenas me salían las palabras, que se quedaron en mi boca igual que trozos de pan seco. Por primera vez desde que acudía a la consulta, me fijé con atención en ella, en su rostro ovalado, en sus largas pestañas y en su mandíbula, delgada y huesuda, incluso en la manera tan delicada con la que fruncía el ceño. Trataba de descubrir un punto vulnerable, un detalle físico que delatara su baja catadura moral. Por el contrario, intuí que debía de tratarse de una persona incapaz de inventarse una cosa así.

−Lo siento, de verdad… −añadió con simpleza.

−Gracias, Merche. Espéreme en mi despacho…

La chica se alejó por el corredor, y el doctor Cascales y yo miramos a mi padre, que seguía en la puerta de entrada con una mano apoyada en el quicio. Ahora parecía abatido.

−No sé cómo disculparme… −dije en su nombre.

−Elio, le aconsejo que lleve a don Damián a un neurólogo. No estaría de más que le hiciesen un chequeo a fondo…

Creo que asentí, y luego me acerqué a mi padre y lo agarré del brazo.

Durante el trayecto hasta llegar a su casa conduje en silencio, y él no movió un músculo, la mirada perdida, las manos lacias en el regazo. El coche avanzando por las calles que iban oscureciéndose engullidas por el anochecer, y las nubes aplastando la ciudad.

−¿Quieres que suba contigo?

Levantó una mano deteniéndome para que no lo siguiera. Lo vi caminar hasta el portal, arrastrando los pies, abrir la cancela y entrar sin dedicarme un solo gesto de despedida. Era evidente que se estaba produciendo un extraño cambio en nuestras vidas sin que yo pudiera evitarlo de ninguna de las maneras. Metí primera, y salí de esa calle deseando llegar a la librería cuanto antes y olvidarme del incidente por unas horas.

−Eso ocurrió antes de que vieras a tu madre por primera vez… −me dijo Moses.

−Podría decirse que sí, aunque supongo que hubo una extraña confluencia de acontecimientos impredecibles en muy poco tiempo.

Él asintió, como si mi respuesta le hubiese aclarado algo, pero al instante me preguntó a qué me refería. Sacudí la cabeza, y le confesé que hubo momentos en los que las palabras de Ágata me desconcertaron.

−No quedará nada de nosotros cuando la arena del desierto lo cubra todo y ningún río desemboque en el mar… −me dijo mi madre en una ocasión, bajando la voz como si me hiciese una confidencia−. No saben explicármelo, Elio, pero algunos ya han estado allí, y al volver no recuerdan nada. Van como locos, sin respetar los límites de velocidad. Si cumpliesen las normas, los recuerdos no se les borrarían y podrían aclararme mis dudas. Uno de los que no para de ir y de venir del futuro es tu abuelo. Corre demasiado, y un día tendrá un accidente y no volveré a verlo…

−No supe qué responderle –le dije a Moses.

Vi que echaba el cuerpo atrás y que se arreglaba la americana, meditando quizá sobre lo que escuchaba.

−Ágata debió de ser una mujer muy interesante… Y si fuese cierto que en esa otra dimensión se puede viajar en el tiempo... −su rostro se iluminó, como si le ilusionara esa posibilidad−. Es curioso cómo nuestra mente proyecta hechos reales del pasado en un mundo imaginario, una treta del subconsciente− añadió.

A veces Moses se quedaba ahí sentado escuchando con aparente atención, pero otras parecía tan ausente… En ese momento tenía la sensación de que nunca podría resolver mi problema, y me preguntaba si merecía la pena seguir pagándole. Había quien decía que sólo era un charlatán, que sus métodos eran añejos e inútiles, y que por eso apenas le quedaban ya unos cuantos pacientes europeos.

Moses posó el bolígrafo en sus labios, y levantó los ojos.

−Volvamos a ese día en el que tu madre irrumpió por sorpresa en tu vida… ¿No sería una simple proyección en tu imaginación causada por lo ocurrido en la consulta? Una especie de defensa evasiva…

−No lo sé –respondí; pero, tras reflexionar unos segundos, añadí:– Ese día hubo un incidente más. Mi desconcierto no me lo creó mi padre… Mi desconcierto me lo causó otra persona…

Me removí intranquilo en mi sillón, y me di cuenta de que de pronto Moses me miraba con tanta atención que podría dibujar mi rostro con los ojos cerrados.

−¿De quién me estás hablando? –me preguntó intrigado. Era como si de pronto hubiese metido la conversación sobre Ágata en uno de los cajones de su escritorio. Fue la mejor manera de despejar las dudas sobre su compromiso conmigo.

−Sucedió al terminar la presentación de mi novela –respondí−. Estábamos ya en la puerta de la librería cuando un hombre se me acercó… Se me acercó muy decidido, extendiéndome la mano. Cuando estreché la suya, noté la piel fría y húmeda, los dedos huesudos, y el anillo que llevaba se hincó dolorosamente en mi mano; pero también sentí su urgencia por abordarme al dar ese férreo tirón para atraerme hacia él. Logré clavar los pies en el último momento. Enseguida el otro cedió, aunque sin soltarme. Continuamos unos segundos con ese absurdo forcejeo hasta que, al prestar atención a lo que ese tipo me decía entre dientes, dejé de resistirme.

−¿Sabe que ha puesto en peligro a este viejo, hijo de puta? –los ojos del hombre centelleaban, y su aliento, aguardentoso, me golpeó en la cara−. Dígame, ¿cómo conoce esa historia?

Miré en derredor, con la vaga esperanza de que alguien me sacara del atolladero. Sin embargo, los demás conversaban animadamente sin percatarse de la tensión que se había levantado entre ese tipo desarrapado y engreído y yo.

−¿De qué me está hablando? –logré balbucear al fin.

−¿No lo sabe? ¡Deberíamos desenmascararle! Y entonces, ¿qué es lo que haría? Nada, no podría hacer nada. Si tuviésemos las manos libres, le humillaríamos −la garganta se le desgarró cuando añadió esto último, la mirada sangrante, como si contemplara en ese mismo momento lo que anunciaba.

La boca de ese hombre desprendía un olor agrio y candente, como si hubiese estado bebiendo sin parar. La barba rala, la chaqueta deshilachada en las mangas, roída en los codos y en los bolsillos. En su mirada sólo se atisbaban ausencias y desencantos, apenas un brillo en el fondo de su desvarío. Pero la rabia se había adueñado de él, escupiéndome una diatriba que yo trataba de descifrar como podía.

−Pero no sé realmente…

−¿Qué es lo que ha hecho esta noche, señor Vázquez? ¿Qué es lo que ha estado haciendo hasta hace sólo un instante?

−Yo… −titubeé, con la sensación de que una ráfaga de hielo me atravesaba el pecho−. Sólo presentaba mi novela…

−¿Su novela? –negaba con la cabeza, sus dedos aferrados a mi mano como si pretendiera apropiársela, escapar con ella; y eso inoculaba el miedo−. ¿En serio me está diciendo que es su historia?

Me sentía tan confuso que dudaba incluso de que el acto organizado por la editorial hubiera sucedido. Lo único de lo que podía tener alguna certeza era que ese hombre, al interpelarme utilizando el apellido de Ágata, sólo me conocía por mi obra.

−Yo a usted no lo he visto en toda mi vida… −la voz comenzaba a resquebrajárseme. Quería pedir auxilio. Allí estaban mis amigos, algunos familiares, sería muy fácil que acudieran a ayudarme en cuanto levantara la voz. Pero seguía ahí paralizado frente a ese extraño que me hincaba sus pupilas glaucas como arpones llameantes. De pronto, pareció reaccionar.

−Si eso es cierto, si realmente no conoce a este hombre cansado y humillado, ¿cómo va a explicar que haya escrito sobre mí, señor Vázquez? –su mano me apretaba ahora con una fuerza inverosímil, ajena a ese cuerpo mayor y aparentemente agotado, el anillo hundiéndose en mi piel−. ¿Quién le ha hablado de este anciano y de El libro de las palabras robadas? He de saberlo, ¿me comprende? Es cuestión de vida o muerte para nosotros… ¡Dígamelo! ¿Quién?

Su voz se había hecho grave y rencorosa, pero no levantaba el tono quizá para evitar llamar la atención. Por algún extraño motivo, nadie se nos acercaba. Un misterioso cinturón invisible parecía mantenerlos a raya.

−No entiendo de qué me habla... Es una novela de intriga, de ficción, ¿comprende? Una invención mía sin base alguna en la realidad…

El hombre frunció el ceño y se mordió los labios, tal vez creyendo que trataba de engañarlo. Miró a su alrededor, nervioso, y dio un paso hasta acercarse más de lo que yo hubiera deseado. Su penetrante olor a humedad y a sudor me hizo echar la cabeza atrás.

−Yo soy ése al que usted ha llamado Jesús Ortega… Cambiar mi nombre no es suficiente para embozar la historia… –abrió los ojos, alucinado−. Aún nos queda aliento suficiente para evitar esta calamidad, y vamos a hacer algo… Oí que en su novela habla de ella sin pudor alguno, como si la hubiese conocido igual que yo… De ella… También oí que describe detalladamente El libro de las palabras robadas, como si pudiera enseñarlo igual que a un cuerpo desnudo. Y, para colmo, se permite el peligroso lujo de ponerle el mismo título –soltó una risita antipática−. El único que es uno y son millones… El libro de las palabras robadas debiera volver a estar en poder de quienes pueden protegerlo. Sólo merece ser desenmascarado, pero sabe que no podemos hacerle nada por respeto a ella –y corrigió enseguida su propia frase en un hilo de voz, exhausto:– Sólo por respeto a ellas…

−¡Déjeme en paz! –di un tirón y, al fin, logré librarme de su mano; pero, enfurecido ahora, trataba de continuar conminándome a que le respondiera a sus requerimientos.

−¡Yo soy Jesús Ortega! –añadió en tono delirante. Me sentía agarrotado, incapaz de dar un paso, como si dos deseos opuestos lucharan sin tregua. El hombre parecía absolutamente fuera de sí, como si algo lo desbordara−. Él cree que no lo sé, pero le oí hablar de usted, y por eso estoy ahora aquí. Tenía que venir a verlo. Su novela no le pertenece, señor Vázquez.

−¡Elicito! –mi cuñado se acercaba con un ejemplar en la mano−. ¡Elicito! −al escuchar mi nombre por segunda vez, el hombre pareció estremecerse.

−Elicito… −repitió él entre dientes, escudriñándome con una intensidad inesperada. De alguna manera su reacción me desconcertó, era como si no supiera qué estaba haciendo allí.

−¡Arturo! –gritó Joan Gilabert−. ¡Arturo Kozer!

Su rostro se crispó, miró en derredor, y sin mediar palabra se cerró la chaqueta, levantándose la solapa, como si de pronto hubiese notado un frío glacial, y, dándose la vuelta, se precipitó hacia la salida empujando a todo aquél que lo estorbaba en su camino.

−¡Apártense, hijos de puta! –maldecía mientras escapaba de la librería−. ¡Hijos de puta!

Aturdido aún, no terminaba de asimilar sus palabras. Me temblaba el cuerpo, y me miré la mano derecha. Su anillo me había arañado levemente.

−No me la has dedicado, cuñado –me dijo Lorenzo al darme mi novela.

Me limité a firmársela, sin ánimo para pensar en algo original, justo en el instante en el que mi editor y Francesca se acercaban. Lorenzo me sonrió, y se fue en busca de Silvia.

−El tipo que antes estaba contigo, ¿era realmente él? –la pregunta le brotó a Joan Gilabert en un aliento sarcástico, como si además de impresionarle lo ocurrido de alguna forma lo alegrara.

−¿Le conoces? –arrugué la frente, buscando un cigarrillo en el bolsillo interior de mi chaqueta.

−Por supuesto –replicó con autosuficiencia. Me clavaba sus ojos vacíos, con expectación, con ese aire de inventor lunático que le conferían sus cabellos prematuramente canosos y escasos que aún mantenía en el segundo hemisferio de su cabeza−. Tú, ¿no? –su asombro se adelantó a mi respuesta.

−¿He de saber quién es? –pregunté encendiéndome un pitillo. Exhalé una calada profunda mientras Francesca me observaba en silencio, con su gesto más suave.

−¡Has tenido a tu lado a Arturo Kozer! ¡Joder, Elio! Cómo explicarlo… Arturo Kozer es una especie de leyenda, un auténtico cabrón que rompió con el mundo hace muchos años. Ya era hora de que saliese de donde quiera que haya estado escondido –dijo Joan Gilabert asintiendo pensativo−. Es un genio de la escena, o al menos lo fue en su día… Si no lo conocías, ¿de qué estabais hablando? Francesca os vio… −de pronto, terció su sonrisa más artificiosa−. Dime que tu novela le ha fascinado…

−Parece que no le ha hecho mucha gracia que lo hayas reconocido…

Después de tantos años aún no comprendía cómo era posible que un ciego pudiera conseguir que se sintiese la intensidad de su mirada. Sus ojos eran claros, de un gris celeste, y sus pupilas inmutables se clavaban igual que navajas. Francesca, su mujer, trabajaba con él en la editorial y era su lazarillo cuando no utilizaba el bastón.

−¿Qué te ha dicho?

−No hablábamos… Sólo trataba de convencerme de que él es Jesús Ortega… −al repetirlo, me daba cuenta de que ese hombre acababa de tenderme una trampa insalvable.

−¿Jesús Ortega? –meditó un instante, con gesto descreído. Luego, se mostró de nuevo entusiasta−. ¿Ahora se cree el protagonista de El libro de las palabras robadas? ¡La presentación de una novela tuya y un lunático suelto! Quizá ha perdido definitivamente la chaveta… Hace años, la mujer y el hijo de Kozer murieron en un accidente de coche… −al oírlo, apenas reparé en el hecho en sí, pero noté que Francesca le presionaba el antebrazo como si le describiera mi reacción, y tal vez por ello continuó−. Desde entonces se convirtió en un tipo mucho más excéntrico de lo que ya era… Pero de ahí a que ya comience a creer que es el personaje de una novela… Aunque mirando el lado positivo, te puedes sentir orgulloso de que haya escogido una de las tuyas, se podría decir que es un reconocimiento a tu talento. Lástima que no te haya partido la cara delante de todos… −levantó los brazos como un sumo sacerdote, riéndose−. ¡Elio Vázquez agredido por Arturo Kozer en la presentación de su nueva novela! ¡Habríamos vendido un montón de libros, joder!

−También me ha hablado de El libro de las palabras robadas, como si de veras existiese algo así…

Mi mirada no atendía a mi editor, se había quedado varada en el intento por traspasar la barrera humana que me impedía comprobar si ese tipo hosco y malcarado continuaba en la puerta de la librería o, por el contrario, había optado por marcharse y olvidarse de mí. Pero luego me di cuenta de que Francesca hacía lo mismo que yo mientras que Joan Gilabert seguía riéndose solo, tratando de embozar su gesto meditabundo y preocupado.

ARTURO KOZER

La cena en La Casa del Ángel resultó descorazonadora. Además de la preocupación por el estado de mi padre y de la ausencia de Marco, un sinsabor ya conocido pero no por ello menos amargo, se sumaba el incidente con ese viejo chiflado que me había estropeado la presentación de la novela. Apenas probé la carne, pero bebí con desmesura. Las voces me resultaban destempladas, los comentarios intrascendentes.

−Elio, ¿te encuentras bien? –Joan Gilabert posó una mano en mi hombro, e insistió hasta que creyó notar que despertaba de mi ensimismamiento−. ¿Estás borracho? Si lo estás sería una buena señal… ¡Vive Dios, que me gustaría verte bebido!

−No, no estoy ebrio –balbuceé cabeceando con aire taciturno−. Pero no logro quitármelo de la cabeza…

−Siempre Marco en tus pensamientos, Elio –terció Francesca, que era más sagaz que su marido para ciertas cuestiones−. Tienes que acostumbrarte a vivir sin su compañía.

Joan Gilabert dio un suave puñetazo en el borde de la mesa, deseando sin duda cambiar el rumbo de la nave.

−Así que es eso… Elio, lo que tú necesitas es joder y joder. No quiero ser indiscreto, pero últimamente te veo poco con Beatriz, y ya no tenemos la testosterona como esos niñatos. ¡Pero, pardiez, aún nos queda resuello suficiente para escalar algunos muros!

Francesca echó el cuerpo hacia atrás, como si escuchara la misma cantinela demasiadas veces. Sin embargo, pareció desengañada con la actitud de su marido.

Traté de imaginarlo mirando la negritud de su mundo, y levanté una mano que aleteó unos segundos en el aire. Luego, la dejé caer sobre la mesa, lentamente, cerca de mi copa de rioja. Tanteé su cristal durante un segundo antes de apurarla.

−Así es la vida, según cuentan… La verdad es que no me refería a mi hijo –apreté la mandíbula, con un cierto aire de desilusión. Saqué un pitillo, creo que un Winston, lo encendí y le di varias caladas seguidas−. Pensaba en ese tipo…

−Te equivocas si crees que es sólo un pobre diablo –como aguijoneado, se irguió en la silla y adiviné en él un súbito interés−. Ya te dije que es un toca pelotas, pero Peter Brook montó una de sus obras en Londres, ¿lo puedes creer? ¡Peter Brook! Aquí jamás se le hizo justicia, hay que decirlo, y eso no debería de sorprendernos teniendo en cuenta que estamos en el país de las envidias, rodeados de pelotas y de trepas… En su caso, parte de culpa es suya y parte del resto de la humanidad… Pero más suya, sin duda. Que yo recuerde, con su actitud, Arturo Kozer jodió a mucha gente –Joan Gilabert soltó una carcajada. Bajo esa risa cínica, noté su acritud−. ¿Qué es lo que te ha molestado tanto de él? Es como si te hubiesen aguado la fiesta de tu cumpleaños, joder.

−Su olor –mentí de alguna forma−. Era desagradable tenerlo ahí encima.− Di otra chupada profunda al Winston y las hebras enrojecieron.

Súbitamente, Moses Shemtov interrumpió mi relato y señaló con la mano su escritorio.

−Te he traído una docena de pitillos de distintas marcas. Como a ti te gusta −me dijo complaciente. Fui a incorporarme para recogerlos, pero abortó mi intento con una sonrisa irónica−. Hasta que no termine la sesión olvídate de ellos.

Entorné los párpados, me ajusté las gafas, y volví a pensar en aquella cena. Recordaba que miré mi copa vacía. Francesca, que me observaba con detenimiento, no tardó en rellenármela, e hizo lo mismo con la suya y con la de su marido.

−Te acompañaré… −dijo él de pronto−. ¡Vive Dios que no follarás esta noche! Porque, mi querido Elio, los dos sabemos que no lo harás. De modo que propongo que vayamos a emborracharnos, que tampoco es una mala opción después de la presentación de una novela. Olvídate de los demás, parecen demasiado ocupados en arreglar el mundo. Además, tengo ganas de que, para variar, sea otra persona la que me lleve de la mano… Francesca no es celosa, pues mi honra y mi hacienda velan por su virginidad… O algo así.

La miré. Estaba radiante cuando sonreía de esa manera. Llevaba una gargantilla finísima de plata, a juego con los pendientes, y el escote le dejaba sus hermosos hombros al descubierto. Desde que nos conocimos en el Instituto, siempre me habían llamado la atención sus labios, simplemente abisales. Luego me di cuenta de que, tal y como dijera mi editor, los que nos acompañaban a la mesa parecían discutir de alta política o del destino. Los del periódico se habían situado en el extremo opuesto y se enrocaban en asuntos de trabajo. En todo caso, no estaban menos bebidos que yo. Sin dejar de observarlos, saboreé otro trago antes de volver a hablar de mi inesperada obsesión de esa noche.

−No cesó de repetirme que él era Jesús Ortega. Es algo tan estúpido que no puedo dejar de pensar en ello. Pero te confieso que es como si me rondara la absurda presunción de que no me engañaba…

−¿Cómo? –Joan Gilabert dejó su copa en la mesa, precavido.

−Tú no sentiste su mano… No estaba nervioso. Más bien excitado, lleno de ira, a punto de estallar… Tampoco fingía. Estoy convencido de que no trataba de provocarme, ni siquiera de amedrentarme. Me pareció absolutamente sincero –el recuerdo de su perfil se dibujó en el humo del cigarrillo que me envolvía, igual que un busto de piedra bajo la niebla−. Ese hombre hablaba como si yo le hubiese destrozado la vida…

Joan Gilabert llevaba un chaleco abierto, camisa blanca y vaqueros Levi-Strauss. Trataba de mantener una imagen juvenil, tal vez para amortiguar la distancia con Francesca, aunque su edad era evidente. Se encendió un puro, contagiado por mi cigarrillo, y exhaló el humo con desapasionamiento.

−Estás cansado –dijo al fin−. Quizá debiésemos retirarnos sin llamar la atención. Han sido muchos días de tensión y… ¿Dónde se ha metido Beatriz? No te habrás liado con esa chica que me presentaste la otra tarde, la de las tetas grandes, ya sabes…

−Háblame de Arturo Kozer –lo fundí con la mirada, evitando la de Francesca.

Aun dudando de que pudiera servir de algo, asintió con un imperceptible gesto de la cabeza. Bajó los ojos como si estudiara su cigarro puro, la manera en que se iba consumiendo lentamente, los dibujos que el humo pausado y callado modelaba en el aire. No fue capaz de disimular un algo de fastidio.

−Acabas de traicionarme… Tus ojos te han delatado y me atrevo a afirmar que no vas a dormir solo… −soltó una carcajada. De nuevo, fijé mis pupilas en las suyas, preguntándome cómo decía lo que estaba diciendo, cómo podía ver lo que no veía, pero deseé que se centrara en lo que debía y curiosamente pareció adivinarlo−. De acuerdo… Arturo Kozer… Durante algún tiempo me interesó seguirle los pasos, no sé si con la intención de publicar algo suyo, tal vez. Parecía interesante en todo caso. Imagínate el currículum para cualquier editor: un escritor que volvía del exilio, marginal, escandaloso, admirado y odiado al mismo tiempo, muy reconocido en Europa… Había vivido en Francia, y ya se sabe que el mayo del sesenta y ocho y toda esa jodienda vende muy bien. Sin embargo, a medida que leía sus obras me iba desencantando profundamente… Francesca te lo puede confirmar. Es un autor que deslumbró durante sus primeros años, los dramaturgos alemanes se volvieron locos con él y lo pusieron en un altar, pero luego cayó en desgracia… Comenzó a escribir textos incomprensibles, sinceramente muchos de ellos son pura basura. Se decía que los componía drogado, vete a saber… Pero antes de todo eso ya había tenido problemas con la justicia. En una conferencia perdió el hilo de la exposición y terminó hablando de sexo…

−Aquello fue un escándalo para la época… −añadió Francesca, que también se había encendido un pitillo−. La época en la que la censura convertía cuanto tocaba en sucio y despreciable…

−Nos acercamos a una edad… Elio, cómo vuelan los años −dio otra calada, parecía que tratara de recordar algo que fuese realmente interesante para mí. Francesa y yo nos mirábamos−. Dicen que estuvo en la cárcel –continuó Joan Gilabert−. No sé la razón, hay demasiadas versiones. Cuando salió, regresó a París. Eso se convirtió en una historia de exilio obligado, de persecución política… que también la había, pero no era la razón más importante para que pusiera tierra de por medio… Lo cierto es que, después de eso, sorprendió a todos dando un giro radical a su vida: se casó con una chica, y se centró en sus clases, en sus compromisos profesionales, como si lo hubieran domesticado… Había vuelto al redil. Tuvieron un hijo, y justo el día de su primer cumpleaños sufrieron un fatal accidente de circulación. Él conducía. Sin embargo, salió ileso, pero su mujer y su hijo murieron en el acto. Un desastre… −arqueó las cejas, probablemente creyendo que yo pensaba que todo accidente es una catástrofe insalvable, pero lo escuchaba con el vehemente deseo de que me revelara algo trascendental de ese tipo−. Así que comenzó a beber, y volvió a las drogas. Dicen que llevaba años coqueteando con ellas. Alguien me contó que su vida se había convertido en un absoluto caos, hasta que, finalmente, lo expulsaron de su cátedra. Durante unos años nadie supo de él… Y, para sorpresa de todos, regresó en el setenta y nueve; pero ya nunca quiso acudir a las representaciones de sus obras, ni a los homenajes que trataron de hacerle. No le interesó nunca su rehabilitación social…

−A mí siempre me ha parecido un buen tipo… −la voz de Francesca era franca, seguía mirándome con una rotundidad desasosegante−. Las veces que estuve con él me pareció muy culto y muy lúcido. Un hombre íntegro –remachó.

Al escucharla hablar de Kozer con esa admiración tan evidente, sentí una especie de aversión y de envidia, como si hubiese deseado que ella hablara de mí de la misma manera. Y, a la vez, me sorprendieron sus palabras porque, después de verlo, sólo podía pensar en él como en un lunático. Hube de apartar mis ojos de los suyos, casi como si me defendiera de algo amenazador.

−Es un tipo que no sólo odia los actos sociales, odia a todo el mundo –noté que esta afirmación de su marido molestó a Francesca, que entornó los párpados mientras daba una profunda calada a su cigarrillo−. Desde que regresó, apenas salió de su casa, escribiendo como un poseso, según dicen, pero eso no impidió que las murmuraciones siguieran rondándole. Fue entonces cuando traté de rescatarlo pero, como te he dicho, su nueva producción era algo infumable. Lo intenté, juro que lo intenté… −entonces apretó los dientes, y el gesto se le endureció−. Pero un tiempo más tarde, volvió a desaparecer, como si la tierra se lo hubiera tragado, y desde entonces perdí el contacto con él... En fin, no sé muy bien qué contarte más. Quizá sería bueno que leyeras alguna de sus piezas de teatro, aunque estoy seguro de que te provocarán urticarias… Seguramente en la Feria del Libro de Segunda Mano y de Ocasión podrás encontrar alguna de sus primeras obras –en ese momento una leve sonrisa asomó ladinamente en su boca−. Hasta esta inesperada reaparición, nadie sabía nada de él.

−A Joan le encanta que los escritores tengan vidas escandalosas, llenas de episodios turbios… −Francesca volvió a hundirme las fauces de sus pupilas de una manera apremiante−. Lamentablemente algunos sois como sois: monótonos, tranquilos, aburridos, desapasionados en exceso, es como si carecieseis de la fantasía que demostráis en vuestras obras o como si no os corriera sangre por las venas…

Me lo escupió a la cara. No sabía muy bien qué decir a eso, y noté que Joan Gilabert movía la cabeza de forma nerviosa, como si su mujer le hubiera desconcertado tanto como a mí. Ella aplastó su cigarrillo en el cenicero, y miró hacia otro lado. Arturo Kozer no parecía ser precisamente el tema de conversación favorito de Francesca.

−Tengo que hablar con él –sentencié tras unos segundos de incertidumbre.

Joan Gilabert se dio cuenta de que yo había permanecido todo ese tiempo rumiando una sola idea: volver a ver a Arturo Kozer. Y mi editor frunció el ceño, como si algo le pesara en la conciencia, como si un pensamiento malsano ensombreciera su ánimo.

Llegué a mi casa a las tres y media de la mañana, con problemas para mantener una verticalidad honrosa. Llevaba viviendo en ese inmueble apenas dos meses. Había alquilado el apartamento del tercer piso, que era también el último. En la planta baja vivía una mujer, pero aún no había llegado a verla, y la primera y segunda estaban vacías. Mis pisadas retumbaban en el silencio del edificio, una de esas construcciones de la primera mitad del pasado siglo que se mantienen a duras penas en pie en el centro de Málaga. Los dueños eran Joan y Francesca, que le habían hecho algunos apaños para alquilarlo, pero con la crisis sólo habían conseguido un nuevo inquilino en los últimos diez meses, y ése era yo. Para colmo me habían regalado una renta baja que yo, sinceramente, les agradecí de corazón.

Me gustaban sus techos altos, los pasillos largos y quebrados, su solería desgastada, gris y blanca, y los azulejos desdentados de la entrada. Tenía un viejo sabor elegante. Le añadí mi toque personal, creo, y me instalé en esa casa albergando la esperanza de que mi hijo, de alguna manera, pasara largas temporadas conmigo, lo que no había conseguido en mi anterior piso, oscuro y alejado. Hasta ese momento no podía decir que hubiese tenido éxito, ni siquiera que se atisbara la posibilidad de que ocurriera el milagro.

Saqué la cartulina que me había entregado el doctor Cascales, la miré indeciso pero sólo veía garabatos borrosos. Si esas eran mis nuevas dioptrías, lo cierto es que eran difíciles de ver incluso con las gafas puestas. Lancé la cartulina a alguna parte y continué por el pasillo con cierta cautela. El suelo me parecía inestable y peligroso. Tropecé con un baúl que había instalado a la entrada de mi dormitorio, trastabillé y logré caer sobre la cama. Y entonces oí por primera vez la risa de Ágata, burlona, creyendo que era un eco en mi memoria.

−¡Cómo venimos esta noche, hijo! Pareces el capitán de un barco caminando por el castillo de proa en medio de una tempestad… Pobrecillo… −y me quedé dormido como un niño pequeño, como si su voz fuese el rumor del mar.

Sacudiendo la cabeza, Moses me lanzó una mirada furibunda y me echó en cara que no le hubiese aclarado antes que la primera vez que había escuchado a mi madre lo hiciera en tan lamentable estado de embriaguez. Además no eran más que unas sencillas frases, sin ningún diálogo entre nosotros, sin un encuentro cara a cara. Es posible que todo eso no sea más que el resultado de tus sueños etílicos o como bien has dicho un simple eco de tu memoria, añadió antes de levantarse dando por terminada abruptamente la sesión. Quizá temió que el resto de los encuentros hubiesen ocurrido de la misma manera. Opté por no responder, pero yo sabía que aquella voz era la de Ágata y que estaba en mi habitación, y que más adelante volvió a verme.

Me acerqué al escritorio de Moses bajo su atenta y malhumorada mirada, y cuando me disponía a coger los doce pitillos que había alineado en un orden perfecto y rectilíneo me conminó a que escogiese sólo seis de ellos; el resto se quedarían allí hasta el lunes. Me pregunté por qué lo hacía. Sin duda era parte de la terapia, de modo que no me quedaba otra opción que aceptar. Tardé varios minutos en decidirme, era difícil despreciar algunas de las marcas, como un L&M Extra que se ofrecía en el centro, pero tenía que hacerlo, y tras las primeras dudas finalmente introduje en mi paquete un Fortuna, un Marlboro, un Philip Morris (con veneración), un Gitanes (por supuesto), un Chesterfield y finalmente un Kent. Guardé el paquete en el bolsillo interior de mi chaqueta, estreché su mano y nos despedimos fríamente hasta la semana siguiente.

FRANCESCA

Estábamos relajados. Moses Shemtov se limitaba a escucharme, y yo hablaba con la sensación de que cuanto le contaba ahora despertaba todo su interés.

−Pasé aquella mañana dando los retoques a un relato que debía dejar en el periódico para el suplemento del fin de semana −le decía−. Si me lo quitaba de en medio sería una preocupación menos. Esta vez me había acompañado la suerte ya que había encontrado un cuento escrito años antes y sólo hube de repasarlo y rectificar pequeños detalles. Era la historia de un hombre que descubre que posee la facultad de poder cambiar cuanto tiene a su alrededor a su voluntad y capricho. Me gustaba la premisa, me gustaba sobre todo imaginar que yo pudiera ser ese hombre. Entregué mi columna, y cuando salía me topé de bruces con Almagro.

−¿Te han dicho algo? –me preguntó, acercándose con su caminar pausado y antiestético, igual que un títere al que no manejaran con habilidad. Llevaba su anticuada peluca ladeada, y se la ajusté.

−¿Sobre qué? –repliqué, estudiando el resultado de mi intervención que, en realidad, poco podía hacer para mejorar su imagen.

−Dicen que Berlusconi quiere comprar el periódico.

−Estarás de coña… −dije mientras le cogía el paquete de Fortuna que llevaba en el bolsillo de su camisa y le birlé un par de pitillos. Uno de ellos lo metí en el paquete que siempre oculto en el interior de mi chaqueta.

−Yo sólo te digo lo que se rumorea, y cuando el río suena… ¡Deja mis cigarrillos!

Mientras me ofrecía lumbre, observé de nuevo a Almagro, su cuerpo endeble, su expresión complaciente tras haber sido el primero en darme la noticia.

−¿Y qué dice Vilches? −le hice la pregunta aun sabiendo que el director del diario estaría echando espumarajos por la boca. Vilches era un gran profesional, y un hombre sincero y directo. Sus únicas debilidades eran el equipo de fútbol de la Balona y las mujeres pelirrojas. Y, además, era mi amigo.

−El jefe lleva todo el día encerrado. Pero desde hace unas semanas ya venía diciendo que el Grupo hacía movimientos sospechosos y que no le extrañaría nada que pronto nos convirtieran en mercancía caducada… Ya nos han bajado el sueldo, lo siguiente será recortar la plantilla… La crisis es una buena excusa para todo…

Se me ocurrió entrar en su despacho, pero pensé que no merecía la pena molestarlo por un rumor que me llegaba a través de Almagro.

−Así que estás contento –le dije camino de la salida−. Es una mala noticia para una primera página, pero pronto podrás intercambiar tu peluca con las de tu nuevo jefe Silvio…

−¡Que te den, Elio!

Ya estaba bastante jodido como para que Almagro me pusiera esta otra banderilla. Si El Periódico de Málaga y el resto de las publicaciones del Grupo se habían caracterizado por algo en sus casi treinta años de andadura era precisamente por su independencia, y si la venta se confirmaba, aunque lo que dijera Almagro siempre había que cogerlo con pinzas, el diario o pasaría a ser otro altavoz berlusconiano o bien desaparecería directamente del mapa. Cualquiera de las dos opciones era decepcionante. La maquiavélica mordaza que se le está ajustando al periodismo europeo aprieta más y más, día a día.

Junto a la puerta giratoria de salida, sobre el mostrador de la recepción, había varios ejemplares del día que, hasta ese momento, no había tenido ocasión de ojear. Irene, la conserje, me miró ajustándose sus gafas de pasta verde fluorescente. Cogí el periódico y eché un vistazo a la portada.

−¿Algo interesante que leer?

−Hasta el fin de semana nunca hay nada que merezca la pena, ya lo sabe…

Siempre utilizaba ese latiguillo para referirse a mi relato del suplemento dominical, pero, por supuesto, adulaba al resto de los articulistas con la misma treta. No tenía ganas de leer, y le pedí que me avanzara la noticia que más le hubiese llamado la atención de la jornada. Mientras, alcancé el paquete de Chesterfield que tenía junto al teléfono.

−Te cojo uno… Bueno, dime…

−Página cinco. Un anciano se ha lanzado al vacío en un momento de lucidez…

−¿En un momento de lucidez?

Busqué el artículo. Lo habían encorsetado entre la información sobre las obras del metro y los detalles del salvaje ataque de un perro pitbull a un niño, y al mismo tiempo que yo lo leía Irene me lo relataba.

−Según los vecinos, se trataba de un hombre mayor que vivía solo. En los últimos meses había sufrido un paulatino deterioro de la memoria y, a veces, lo encontraban perdido por las calles. Un familiar ha explicado que el anciano le había confesado que antes de verse sin recuerdos prefería quitarse la vida. Los miembros del 061 no pudieron hacer nada para salvarlo. Yo también preferiría morirme antes que vivir como un zombi, señor Urrea, se lo digo de verdad.

Miré a Irene pensando en mi padre, y me pregunté qué diría Damián si leyera esta noticia. Dejé el diario en la mesa, despidiéndome de ella con un leve ademán, y ya a punto de salir me encontré a Félix Quintá.

Félix era un guardia civil retirado por invalidez (le habían pegado un tiro en la pierna y ya no podía correr aunque apenas se le notaba secuela alguna al andar) que escribía novelas negras y un relato policiaco semanal en mi periódico (siempre en la página siguiente de mi cuento; dándome por el culo, como decía Almagro). Durante siete años seguidos le había estado enviando a Joan Gilabert cuatro novelas diferentes por año, lo que probablemente le convertía en el autor más prolífico con el que se había encontrado. Jamás se había interesado por sus obras, y un día resolvió llamarlo para que dejara de mandar nuevos manuscritos.

−Pero, ¿las ha leído? Me habían asegurado que ustedes leen todos los libros que reciben.

−Leemos todo, pero no estamos interesados especialmente en este género…

−Entonces no hay más que hablar –cortó Félix Quintá con suficiencia−. Yo sólo escribo para que alguien me lea, y si ustedes lo hacen, ¿qué puedo pedir más? Continuaré enviándoselas.

Así que siguió bombardeando a Joan Gilabert. El resto de la historia es bien conocido: Francesca se había convertido en una seguidora entusiasta del protagonista de esos libros, el detective privado Saverio Gris, y convenció a su marido de que una edición modesta con una de las novelas de Quintá no les iba a crear demasiados problemas. Podían probar, y ver qué ocurría. Era justicia poética con un hombre que sólo escribía por el puro placer de hacerlo para un lector. Joan Gilabert esquivó el primer envite endosándole el muerto a Vilches que, por intuición supongo, le propuso que escribiera para el periódico pequeñas crónicas de sucesos que resolviera su personaje, como los antiguos seriales, algo liviano para el fin de semana. El éxito fue espectacular.

Por supuesto, tras cuatro meses contemplando atónito lo que Francesca había predicho, Joan Gilabert no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer y hacerse con los derechos de sus novelas. De esta manera tan rocambolesca apareció Saverio Gris, detective (o El caso del trapecista manco), que para regocijo de mi editor ocupó las listas de los más vendidos durante año y medio. Luego llegarían siete títulos más y una legión de fieles seguidores que ya hubiera deseado yo para mis libros.

Quintá me asió del antebrazo y me habló con aparente inquietud del asunto Berlusconi.

−Ya me ha dicho algo Almagro –dije con ganas de seguir mi camino.

−Vilches quiere comentártelo...

−Tal vez me pase más tarde. Ahora he de verme con nuestro común proxeneta.

−¿Tan mal te trata? Yo no tengo queja…

Félix Quintá tenía la virtud de hacerme sentir observado, como si llevara una cámara oculta entre las cejas. Lo dejé ahí, con ganas de hablar, y continué bajando las escaleras mientras me preguntaba cómo un animal como ése podía escribir unas novelas tan bien estructuradas.

Ya en la calle, recordé al anciano que se había suicidado, y me pregunté cómo habrían sido los instantes en los que recuperaba su lucidez, si habría sido capaz de recordar el tiempo vacío en el que perdía sus recuerdos, y al hacerlo me estremecí al darme cuenta de que mi padre comenzaba a vivir esa misma experiencia. Traté de no pensar en ello, y decidí que iría a verlo a la mañana siguiente.

Ese día había quedado con Joan Gilabert para organizar la presentación de la novela en Madrid. Lo llamé al móvil y nos citamos en La Casa del Guardia.

Sonó el teléfono.

−Un momento −me interrumpió Moses.

Era la primera vez que deteníamos una de nuestras sesiones y deduje que debía de tratarse de un asunto importante. Se había acercado al escritorio arrastrando los pies y se sentó en el sillón de cuero marrón. Comenzó a hablar en voz baja, apenas le oía, y luego sacó el reloj que guardaba en el bolsillo de su chaleco. Estiré levemente el cuello para mirar la superficie de su mesa, y por supuesto allí estaban: otra docena de pitillos en perfecta formación de revista (los seis que dejé más otros seis nuevos). En ese sentido he de decir que siempre se ha comportado como un extraordinario anfitrión. Un hombre de la vieja escuela. Sentí un leve cosquilleo pero reprimí el primer impulso que me lanzaba a acercarme y estudiar de qué marcas se trataban en esta ocasión. Al poco, Moses colgó estrellando el manófono con cierta violencia, dio un bufido y regresó a su otro sillón. Yo me había hundido en el mío, aguardando quizá a que se pusiera a dar voces o a quejarse. Por el contrario, se limitó a hacerme una pregunta desconcertante.

−¿Qué opinas del suicidio, Elio? Quiero decir, si lo consideras algo reprobable o inmoral…

Supuse que esa mañana habría leído la noticia que me había resumido Irene y le respondí que nunca me había parado a pensarlo, pero que lo consideraba un acto que cometía un extraño contra un desconocido, porque cuando una persona llegaba al extremo de querer acabar con su propia vida era sencillamente porque había traspasado la línea que separa la cordura del delirio y en ese punto sólo queda alguien a quien ya no reconocemos. Hizo un gesto de aprobación, como si mi improvisada respuesta lo hubiese sorprendido.

−Interesante –dijo−. Pero hay capullos que se quieren quitar la vida sólo para joder a los demás, deberías considerarlo −le observé unos segundos, aturdido por su contundencia, por los términos empleados, y me aventuré a pensar que la llamada que había recibido poco antes había sido de uno de sus pacientes anunciándole que iba a saltarse la tapa de los sesos con una escopeta−. Bien, ¿dónde estábamos?

−Te contaba que había quedado con Joan Gilabert en La Casa del Guardia.

−Por supuesto −dijo lacónico−. Continúa.

−Al cruzar el umbral del bar, me sorprendió ver a Vilches agitando la mano para llamar mi atención. Creí haberlo dejado en la redacción, pero allí estaba. El local olía a vino y a serrín. Zigzagueé, y nos estrechamos la mano cuando alcancé el final de la barra. Besé a Francesca, y le di un cariñoso golpe en el brazo a Joan Gilabert, que dio un paso cortito hacia delante.

−Qué mala cara traes.

−Me he pasado la madrugada vomitando lo que no tenía en el estómago. Un asco, Vilches.

−¿Qué vas a tomar?

−No sé… Me arriesgaré con un vino dulce.

Vilches es un tipo aparentemente desaliñado, pero si uno se fija bien en su vestimenta nada queda al azar. La camisa de color caqui que llevaba aquel día podría hacer pensar que tenía más años que Matusalén, pero el tejido estaba confeccionado ex profeso para aparentarlo, de la misma manera que ocurría con sus pantalones de cazador de safaris, las botas de explorador de tierras lejanas o la bolsa que llevaba en bandolera igual que un compadre de Pancho Villa. Incluso su barba de varios días jamás sobrepasaba el aspecto de aquel encuentro. Se rasuraba la cabeza diariamente y cuidaba su forma física en el gimnasio, al que acudía con una constancia ejemplar. Vilches tenía su vida, y nadie podía penetrar en ella sin que previamente bajara el puente levadizo. Por lo demás, él, y por supuesto Joan Gilabert, eran las únicas personas en las que aún confiaba absolutamente. Vilches apuró su cerveza y pidió otra.

−Estás algo pálido…

−Será que no tomo el sol.

El vino no me estaba sentando todo lo bien que hubiera deseado, de forma que dejé el vaso en el mostrador y lo empujé suavemente para alejarlo de mí. Francesca me miraba con su habitual contundencia.

−¿Cómo anda todo?

Sabía perfectamente qué era lo que Vilches me estaba preguntando, pero lo soslayé, barriendo con la mirada a la gente que nos rodeaba. Joan Gilabert tenía su vaso en la mano y daba la sensación de que aguardara a que yo entrase al trapo. Por suerte, como en otras ocasiones, su mujer me hizo de escudero.

−¿Quién va a firmar la crítica de su novela? –preguntó a Vilches−. Pensé que ibas a sacarla esta mañana…

La miré con afecto y ella me correspondió con un temblor en los labios. Irradiaba esa inteligencia suya que la hacía tan sugestiva y, a la vez, tan temible. Esa expresión ya la dominaba con dieciséis años. Su seguridad era el mejor bastón con el que podía contar Joan Gilabert.

−La hará Nuria.

Suspiré aliviado. Y supongo que ellos también lo hicieron, aunque más discretamente. Todos sabíamos que Nuria Herrero haría un trabajo honesto, mientras que Héctor Moñino podría devolverme una vieja afrenta con sus temibles malas artes. Por supuesto no me habría gustado correr el riesgo de comprobarlo.

Le di una palmada de agradecimiento en el brazo, y creo que me daba cuenta una vez más de que envidiaba la vida de Vilches, su independencia, su trabajo. De pronto habría sido capaz de robarle el alma si eso me hacía recuperar ciertas cosas.

−Me he enterado del altercado que tuviste. Si hubieses sufrido una agresión nos habría venido de perlas para el periódico…

Joan Gilabert soltó una risotada y la bebida se le derramó sobre la mano.

−¡Es lo mismo que le dije a Elio! Mejor un escándalo que una aburrida presentación…

−¿Te aburriste? Joder, Joan, fuiste tú mismo el que presentó mi novela…

Francesca se divertía, pero esta vez su risa franca y elegante la dirigía directamente hacia mí. Era como si me hablara al oído, como si me susurrara algo que guardara desde hacía tiempo, y con la mirada me abrazaba acercando sus labios a mi cuello. Cuando estudiábamos juntos sentí más de una vez esa misma sensación.

−Bueno, cuéntame qué ocurrió con Arturo Kozer –insistió Vilches.

Entre los tres le pusimos al corriente. Noté que Joan Gilabert repetía de una manera pertinaz que no había que darle demasiada importancia; y curiosamente eso causaba en mi fuero interno una especie de rechazo, una defensa de mi dignidad que me obligaba a hacer algo. Vilches, por el contrario, se mostró contrariado.

−Así que se cree el protagonista de tu novela. Puede ser un buen material para otra intriga, ¿no lo has pensado?

−Propónselo a Félix. Seguro que Saverio Gris lo resolvería en la cuarta edición…

−En cualquier caso no es más que una anécdota que podrás contar cuando envejezcas. Visto desde fuera, no ha ocurrido nada importante, Elio, nada de lo que debas preocuparte. ¿No te parece?

Asentí, recordando de pronto que ambos, Vilches y yo, habíamos vivido experiencias muy similares, decepciones paralelas, promesas incumplidas por algún editor que finalmente se habían esfumado sin saber muy bien la razón. Yo había tenido algo más de suerte, él era en cualquier caso un buen cuentista en la sombra.

−Es verdad, no ha ocurrido nada, pero me carcome la curiosidad, para qué voy a negarlo, y me encantaría poder hablar con ese hombre tranquilamente, saber sus razones, descubrir su verdad.

Vilches se limpió la espuma de cerveza que se le había quedado en los labios con el dorso de la mano. Me di cuenta de que miraba con cautela a Francesca que, de pronto, había bajado los párpados, como si mi excesivo interés por ver a Kozer la turbara profundamente. Joan Gilabert parecía grabar en su memoria cuanto yo decía.

−Elio, insisto en lo que te aconsejé en la cena –dijo de pronto−. Busca cualquiera de sus libros en la Feria de Segunda Mano y probablemente dejes de pensar en él.

Lo miré con curiosidad, preguntándome por qué razón una obra teatral de Kozer iba a causar tal efecto y, por otro lado, qué se suponía que ocurriría si por el contrario me gustaba la pieza. Aunque no borró ese tono preocupado que entiznaba su semblante, Francesca intervino una vez más.

−Pobre… –se asió de mi brazo, apretándose contra mí, y sentí sus senos y el vientre, y la agitación de su respiración, como si el contacto de nuestros cuerpos la hiciese temblar−. No puede acordarse de eso, Joan, os habíais bebido dos botellas y media…

De pronto noté la mirada complaciente de Vilches, que sorbía su cerveza con parsimonia, estudiándonos, y cómo sus pensamientos asomaban de alguna manera y hacían sentirme extrañamente culpable.

−Yo insisto, pues, o vais a la feria en pos de las huellas de vuestro enemigo o simplemente por el puro placer de hallar alguna lectura digna de vuesa merced.

−¿Cuándo dejarás de hablar así? ¡Qué coñazo de tío! –dijo Vilches, mientras yo me zafaba prudentemente de Francesca.

−Tened piedad de mí, don Vilches, que enojaros no es mi intento sino compartir con vos una buena jarra de cerveza… ¡Posadero, posadero! –bramó Gilabert por encima de nuestras cabezas llamando la atención de los clientes−. ¡Más cerveza para los hombres del rey!

La verdad es que a Francesca le gustaban esos excesos de su marido, y ahora parecía que hubiese regresado a su regazo fascinada por su embrujo, dejándome a un lado como un mero atrezzo del decorado. Después de tantos años juntos probablemente él poseía la clave para complacerla.

−¡Juradlo, señor Comendador! –me increpó cuando los cuatro brindábamos con las nuevas jarras−. ¡Jurad por Dios que cumpliréis vuestra promesa e iréis a la feria a batiros en buena lid! ¡Y si dieseis de nuevo con ese hideputa, presto hacedlo saber a vuestro señor!

−Lo juro, Joan –le dije con ganas de zanjar su actuación, mientras la cerveza hizo removerse a mi estómago.

−Ese interés que Francesca mostraba por ti no era nuevo −me deslizó Moses Shemtov con su voz más neutra.

−Supongo que no –dije−. La conocí en el Instituto, coincidimos en la misma clase, y nos hicimos buenos amigos… Muy buenos amigos. Nos atraíamos, sin duda, pero por una razón u otra nuestra relación jamás cuajó, era como si la evitásemos conscientemente, como si hubiéramos decidido que nuestra amistad estaba por encima de todo, incluso de los verdaderos sentimientos. Éramos muy jóvenes, y muy idealistas. Pero nos gustábamos. Luego apareció Lola, que absorbió mis sesos, y, un día, Francesca se marchó con su familia a Barcelona. Habían trasladado a su padre. Cuando años después volví a verla ya estábamos casados; pero si he de ser sincero, enseguida comprendí que aún quedaba algo de aquella atracción adolescente… Sin embargo, algo me decía que, aunque Joan Gilabert no podía verla, su sexto sentido le hacía adivinar las intenciones de su mujer, sus apetencias, sus deseos más ocultos, hasta lo que pensaba. Y eso, aunque no había nada entre nosotros, por alguna razón me hacía actuar con una torpeza mezquina. En ocasiones resultaba muy embarazoso.

−¿Qué piensas de ella? −insistió.

−Es igual que un acantilado al que me viera obligado a acercarme inevitablemente; cuanto más me resistía a aproximarme más deseaba ceder. Pero cuando eso ocurría trataba de pensar inmediatamente en su marido y el remordimiento hacía su trabajo.

−Comprendo. He de suponer, sin embargo, que más adelante volveremos sobre Francesca −por primera vez, sus ojos ancianos e impávidos mostraron un algo de interés, tal vez malsano, pero humano al fin y al cabo. No dije nada y continué con mi historia.

Mientras Vilches se ajustaba el bolso de cuero que llevaba en bandolera, en cuyo lateral se distinguía bordado el logo de Giorgio Armani, me pregunté si el desembarco filibustero no se habría producido ya.

−He tenido que enterarme por Almagro de que vamos a ser abducidos por Berlusconi… −di un sorbo a la cerveza, observando a mi amigo que había fruncido el ceño.

Vilches pidió otra jarra, su forma de beber era insaciable pero siempre ha demostrado tener un gran aguante; luego abrió uno de los bolsillos laterales de su pantalón y sacó una caja de puritos. Me ofreció uno, pero preferí un Chester de mi paquete. El aire de La Casa del Guardia estaba cargado, el humo de los cigarrillos se entremezclaba y flotaba sobre nuestras cabezas.

−Pensaba decírtelo, créeme… Pues sí, es cierto. Il Cavaliere va a comprar el Grupo… La cosa parece que es inminente. ¿Lo puedes creer?

Joan Gilabert no disimuló una mueca de disgusto, e hizo un ademán con el brazo como si buscara su sable para desenvainarlo. Odiaba las multinacionales, el McDonald´s, los Carrefours y las malditas franquicias que ocupan todas las calles de todas las ciudades del mundo. Pero sus pantalones eran Levi-Strauss y sus gafas negras unas Ray Ban de cuatrocientos euros. A veces me pregunto qué es lo que estamos haciendo, dónde quedan los principios, incluso las utopías, y en ese momento creo que de alguna manera exploté, débilmente, pero exploté.

−Nos van a manejar a su antojo –le dije a Vilches−. Mandarán efectuar una lobotomía al personal y nos transformarán en pequeños frankensteins para informar de la basura que nos ordenen. Vamos a formar parte del imperio berlusconiano, del lado oscuro… Y dejaremos de respirar.

−¿Desde cuándo lo sabes, Vilches? –preguntó intrigada Francesca.

−Se ha confirmado hace dos horas –dijo evitando mi mirada.

Supongo que decía la verdad. Simplemente no quería aceptarlo y, en su fuero interno, aún albergaba la esperanza de que se produjera un milagro.

No recuerdo cuánto tiempo más dedicamos al asunto, supongo que no mucho, hasta que decidimos marcharnos cuando Joan Gilabert trataba de pedir la sexta jarra de cerveza. Terminamos por perfilar el viaje a Madrid en un restaurante libanés. La novela se presentaría en la Casa del Libro, en Gran Vía.

UN LIBRO MISTERIOSO

Llevaba unos minutos mirándome al espejo de mi dormitorio. El vino se había apoderado de mis reflejos, no podía cerrar la boca, que mantenía entreabierta, y los párpados me pesaban aunque me resistía a duras penas a ser derribado. Fue entonces cuando realmente la vi por vez primera.

De la impresión que me produjo, eché el cuerpo atrás empujado por un impulso de defensa, como cuando uno trata de evitar un golpe. Había aparecido desde el fondo del espejo, una especie de figura velada que se movía con lentitud, con los pies descalzos, los brazos lánguidos y frágiles a ambos lados del cuerpo. Era Ágata, sin ninguna duda, tan joven como en las fotografías que guardaba Silvia.

Moses Shemtov se arrellanó en su sillón, como si presumiera que después de varios meses de sesiones aburridas y estériles comenzaba por fin a abrirme con lo mejor de mi historia, quizá anhelante por estudiar mi actitud en el momento en el que me enfrentaba por fin con el espectro. Intuí que le decepcionaría, aunque para él su victoria era haber conseguido que hablara abiertamente.

Ágata se acercó al diván que tenía cerca de sus piernas. Reposó una mano en el apoyabrazos, y se giró a la velocidad de una película que se proyectara a cámara lenta. Sus labios se movieron igual que pétalos y me regalaron una sonrisa esplendorosa. Noté un escalofrío en la base del estómago, pura emoción.

−¿Mamá?

Pensé que estaba más borracho de lo que creía. Ella levantó la mano que tenía aún sobre el diván y me mandó callar llevándose el dedo índice a la boca. Luego, se sentó justo frente a mí, y nuestros rostros quedaron a la misma altura.

−Me preocupa mucho Damián. ¿Cómo se encuentra tu padre?

Al oírla, una extraña presión me cortó la respiración unos segundos. Negué con un movimiento de cabeza, atenazado por el vino y por la incredulidad; no podía estar viéndola y, menos aún, oyéndola, pero así era.

−Hasta hace unos días creía que estaba bastante bien… −le respondí, reponiéndome a mi estupefacción inicial−. Pero me temo que comienza a chochear…

No me creía capaz de poder dirigirme a ella como si aún estuviese viva, y tal vez por esa razón no reconocí mi propia voz.

−No debieras hablar así de tu padre… −no percibí reproche alguno en sus palabras, sino más bien un toque de atención cariñoso.

Ágata ladeó la cabeza. Llevaba al cuello la medalla de oro que le había regalado Damián el día de su boda y con la que había sido enterrada.

−Ojalá me equivoque –seguía hablándole, aunque no era consciente de lo que le decía, como si alguien lo hiciera por mí−. ¿Sabes, madre? Mi hijo se llama Marco. Nació un año después de que fallecieras…

−Lo he visto por el parque. Es muy guapo, y más alto que tú. Pero no me gusta que fume porros, aunque los de su edad hacen tantas tonterías… Lo mejor de Marco es que no tiene maldad.

Mi boca se entreabrió, pero no articulé una palabra coherente en los siguientes minutos, y ni siquiera mi imitador fue capaz de hacerlo en mi lugar, amordazado por lo que ella me contaba de su nieto. Hablaba con un ardor vehemente, mayor al que siempre había imaginado que ella habría profesado por Marco si lo hubiese visto crecer, y tuve la sensación de que conocía mucho mejor a mi hijo que yo mismo.

−Tiene tus ojos –añadí al fin, como si le hiciera un regalo.

En esta ocasión sí había sido yo, y le había dicho exactamente lo que pensaba en ese momento.

−¿Eres feliz?

Me sorprendió la intensidad de su mirada, como una llamarada que me devorase las entrañas. Me llevé una mano a la boca, restregándola, con ganas de encender un pitillo. Seguía noqueado, un impacto así no se recibe todos los días.

−No del todo –me arrepentí de confesarlo en cuanto descubrí la alarma en los ojos de mi madre−. Pero no me quejo…

Demasiado tarde para rectificar. Sin embargo, me embargó una extraña sensación de placidez. Sabía que ella estaba ahí para protegerme, siempre lo había hecho.

−Jamás comprendí que te casaras con Lola… Sois tan diferentes…

Ágata se incorporó, y apoyó las palmas de sus manos en el espejo, aplastándolas contra la superficie transparente. Muy lentamente, me levanté y di un paso, y me di cuenta de que la piel de mi madre era perfecta. Las manos sobre el cristal la palidecían aún más, podía ver las líneas de cada una de ellas, y los diez dedos, separados, eran como dos rosas blancas.

−Nos hemos divorciado. Pero he conocido a alguien…

−Beatriz es una buena persona –me interrumpió−. Pero no es la mujer de tu vida. Ella también pasará…

Arrugó la frente, como si le embargara una pena infinita. Traté de tranquilizarla pero balbuceé torpemente alguna pavada. Entonces agachó la cabeza, ignorándome, y luego se puso de rodillas y cogió un libro del suelo. Parecía muy antiguo, con tapas de madera, pero curiosamente yo creí reconocerlo, igual que un juguete de mi infancia que no hubiese visto en muchos años. La observé ahora a ella, le temblaba levemente la barbilla. Sus ojos estaban ocultos bajo las pestañas, clavados sobre el libro que había apoyado en sus muslos. Yo también me había agachado, arrastrado por su movimiento, imitando su postura al sentarme sobre los talones. Con un cuidado extremo, abrió las tapas del libro. Las hojas, cetrinas y sucias, estaban vacías. Pero ella me lo mostraba como si pretendiera que yo viese algo en esas páginas.

−¿Qué quieres que haga? –pregunté confuso.

−Lee –me ordenó con suavidad.

Debieron de transcurrir un par de horas hasta que terminé de hacerlo, exhausto pero deslumbrado. Había sido tan intensa la lectura que me resultaba difícil sobreponerme. Pero sonreía, como si una felicidad irrenunciable hubiera explotado en mi interior. El texto que acababa de terminar seguía restallando en mi cerebro, y sabía que jamás lo olvidaría, que se había enquistado para no separarse de mí.

Ágata cerró el libro, lo dejó junto a sus pies y se levantó. Seguí de nuevo sus movimientos, hasta que volvió a apoyar sus manos en el cristal que nos separaba. De pronto, el cabello se le vino adelante y los ojos quedaron ocultos bajo su melena. Eso me puso nervioso, y extendí las manos, acercándolas temblorosamente al espejo como temiendo que pudiera resquebrajarse, deseando cubrir esas pequeñas y delicadas manos con las mías. Pero al notar la superficie gélida del cristal, Ágata apartó con brusquedad las suyas y se desvaneció rápidamente, como si hubiesen pulsado el interruptor de la luz para apagarla. De súbito, lo único que tenía enfrente era el reflejo de mi propia imagen.

Aguardé un buen rato, pero el espejo había vuelto a ser el mismo de siempre, sin rastro de ella ni del libro, y finalmente me acosté, azorado aún, con el corazón ardiendo y mareado. A oscuras, creí ver sombras que se deslizaban por la pared tejiendo rutas sinuosas por el techo. Creo que sólo entonces comencé a temblar, asaltado por una especie de inquietud. De pronto me sentía huérfano. Pero ese texto sobrecogedor seguía en mi cabeza, palabra por palabra, como si ya formara parte de mí.

−¿De qué se trataba? ¿De una novela o de una colección de poemas?

Había despertado la curiosidad de Moses Shemtov, que tenía el tronco echado adelante.

−No puedo decírtelo −le respondí.

−No lo recuerdas… −reconvino él.

Negué con la cabeza sabiendo que no podía actuar de otra manera. Y sin embargo podría repetirlo desde la primera frase hasta el punto final sin error alguno, todo el texto completo.

Dando un bufido, se echó atrás, tomó su cuaderno y garabateó unas notas.

−¿Qué grado de alcohol tendrías esa noche, Elio?

−Habría dado positivo. Pero sé lo que vi, lo que escuché y todo lo que leí.

−Permíteme que te diga que la presencia de ese libro es una figura bastante frecuente en las alucinaciones o en los sueños que ocupan nuestras fantasías, máxime en tu caso siendo escritor… Una especie de metáfora. Pero evidentemente carece de importancia para mí dado el estado de embriaguez en el que te encontrabas… Con ese antecedente he de dejar a un lado la reaparición de tu madre como algo relevante para nuestro trabajo, al igual que el resto de tu sueño. Al menos por ahora…

Asentí algo desanimado, y quizá por ello le respondí que si eso era lo que pensaba lo mejor sería que leyera mi novela, tal vez así me comprendería mejor.

Quiso entonces amortiguar mi desilusión levantándose para acercarse con la mejor de sus sonrisas, abriendo los brazos como para abrazarme.

−Elio, lo importante es que te has lanzado, que has hablado de tu madre y de Marco y que, sin importarte lo que yo pudiera pensar, me cuentas por fin tus intimidades y tus fantasías. ¡Eso es fantástico!

Sin embargo, me sentía tan ofuscado con Moses que me marché sin llevarme un solo pitillo (y había un Gauloises, Dios, un Gauloises con el que me habría rajado los pulmones con todo placer). Ni siquiera me apaciguó su insistente promesa de que compraría mi novela esa misma tarde.

LA AMENAZA

Encontré a mi padre regando las plantas en el balcón. Yo había pasado otra noche de perros, vomitando hasta la última gota de bilis que me quedaba en el estómago, y tenía resaca. Observaba a Damián, y advertí la torpeza sorprendente con la que ejecutaba cada operación, como si sus articulaciones se hubiesen oxidado. Fue en ese instante cuando me di cuenta de que el tiempo había pasado por encima de mi padre, arrollándolo.

−¿Cómo te sientes esta mañana? –le pregunté.

Se encogió de hombros. Aguardó a que se le acabara el agua de la regadera, y sólo entonces se dignó a darse la vuelta y a mirarme directamente.

−No he echado ni un polvo en todo el día, si es eso lo que te preocupa…

Avanzó hacia mí, y hube de apartarme para que no tropezásemos. Últimamente entiznaba sus respuestas con un sarcasmo excesivo. Pero esta última contestación era desconcertante. Dejé que llenara la regadera y que volviera con ella a la terraza.

−Tenemos que hablar, papá.

Sacó unas tijeras del bolsillo lateral del pantalón, cortó un par de ramas secas que tiró al suelo y luego removió la tierra de una manera metódica.

−Ya hice testamento… −masculló.

−Vaya, por fin has decidido dejarme tus deudas…

−¿Qué es lo que quieres? –me preguntó, mientras arrancaba las malas hierbas. Comprendí que sólo deseaba que lo dejara en paz.

−Tendríamos que aclarar lo ocurrido en la consulta… ¿De verdad querías quitarle el bolso a esa mujer? Si fue una broma, no tuvo ninguna gracia…

Muy lentamente se giró con las tijeras en la mano. Hallé un poso de angustia en su expresión, y pensé entonces que mi padre parecía el viejo del periódico que deambulaba perdido sin encontrar el camino de regreso.

−No sé de qué me estás hablando… −su voz se quebró, pero irguió el cuerpo con cierto orgullo−. Si me compraras la casa que quiero me harías feliz, y no estaría cuidando estas jardineras llenas de cacas de perro, pero me dirás que no tienes dinero para eso… −se volvió para asomar la cabeza por encima del antepecho de la terraza, mirando hacia el balcón del piso de arriba−. ¡Las cacas del perro de la puta de mi vecina que no deja de tirármelas todos los santos días! ¡Váyase a la mierda!

−¡Papá!

Lo así del brazo y tiré de él, hasta lograr meterlo en la casa obligándole a sentarse en la mecedora. Al cogerlo, había notado la flaccidez de su carne, que seguí sintiendo en mi mano. De pronto, Damián Urrea era un viejo que se desvanecía. Nos miramos, hasta que hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia a lo sucedido, y se apartó de mí.

Saqué un paquete de cigarrillos y lo golpeé varias veces con un dedo, hasta que cuatro de ellos asomaron lentamente. Había un Camel, un Ducados, un Soraya (exotismo sorprendente para Málaga) y un Chester. Con los labios atrapé el Ducados, y lo encendí.

−No sé por qué he de aguantar que me tire la mierda de su perrito… −se dio la vuelta para mirarme de nuevo, y me señaló con un dedo−. Si me encuentro a esa hija de puta en el Mercado, le quito el monedero. Eso es lo que voy a hacer, señor Elio Vázquez...

Sus ojos glaucos se transformaron en globos sin brillo, como si fuesen los ojos apagados de Joan Gilabert. Tenía saliva en la comisura de los labios, y miraba a un punto indeterminado del salón hasta que comenzó a estudiar sus propios zapatos.

−¿Ahora soy para ti el señor Elio Vázquez? –me había alterado de tal modo su sarcasmo que no pude evitar la pregunta.

−Cuando alguien repudia su apellido, se convierte en un apátrida. Yo tuve un hijo que se llamaba Elio Urrea, pero ya no lo veo.

−Elio Urrea Vázquez –lo corregí furioso−. Uso el apellido de mi madre, de tu mujer…

−¡Olvídelo, señor Elio Vázquez!

−Sé sincero, ¿maltrató tu padre a Ágata en alguna ocasión?

La despreciable pregunta de Moses Shemtov me abrasó el pecho, como si hubiera escupido sobre la tumba de mi madre. Me apoyé en las manos, y tal vez le di la impresión de que me levantaría para abalanzarme sobre su cuello porque lo vi tensarse. Me limité a responderle con contundencia.

−Mi padre jamás le puso la mano encima a mi madre; la amó hasta la extenuación, aunque seguramente desconozcas un sentimiento tan fuerte.

−¿Tú, sí? −me respondió de la manera más mordaz.

−No, yo tampoco −le dije devolviéndole con rapidez el golpe, aunque realmente en esta ocasión sí le habría partido la cara con gusto, por muy mayor que fuese.

Nos quedamos mirándonos un buen rato, probablemente dándonos cuenta de que no éramos más que otro par de tipos del montón, y él, además, sin tiempo ya para rectificar el rumbo. Después del silencio, volvió su voz meliflua y su mirada decaída.

−Dime, Elio, ¿crees que tu padre te guarda algún resentimiento por algo que ocurriera en el pasado?

Esta vez me quedé pensando, como si no estuviese totalmente seguro de que no hubiera algún asunto pendiente entre ambos, pero enseguida me rehíce y negué con vehemencia, tenía que hacerlo.

−No. No hay deudas que liquidar, de ninguna manera, no las hay…

Moses pareció conforme, pero escribió una jodida palabra en su libreta que hubiera deseado poder leer.

−Continúa, por favor –se limitó a decirme.

Damián siguió estudiando sus propios zapatos como si se los hubiesen puesto sin darse cuenta.

−¿Me has escuchado? –pregunté a Damián−. Dime, ¿qué es lo que te ocurre?

Mi padre levantó los ojos para clavarlos en mí, y descubrí una mirada huidiza, la de un desconocido al que muy poco tiempo antes había respetado. Había venido para aclarar el incidente de la consulta, pero ahora no sabía muy bien qué hacer ni cómo actuar. Le vi doblar entonces el cuello, inclinando el tronco hacia el mismo lado, como si tratara de sortearme y quisiera ver qué se escondía a mi espalda. Lo imité, mirando por encima de mi hombro, y allí estaban colgadas las fotografías en blanco y negro que mi padre hizo en Tetuán en el verano del setenta. Yo tenía entonces unos once años. Esbocé una sonrisa al verlas. En una de ellas estábamos Ágata, Silvia y yo, los tres en una calle de la Medina junto a un aguador que parecía centenario. Silvia apoyaba la cabeza en el costado de nuestra madre, y yo a su lado con cara de disgusto, como si me molestara estar posando para mi padre.

Damián siempre fue un gran aficionado a la fotografía, y se especializó en campos de fútbol. Los buscaba y los fotografiaba, siempre vacíos, cuando nadie jugaba y las gradas parecían diques que contuviesen lagos que se habían secado. En algunos lugares, se olvidaba la cámara en la habitación del hotel y no nos hacía ningún retrato de recuerdo, pero jamás nos marchábamos sin pasar por el estadio de fútbol de la ciudad, aunque fuese un modesto campo de tierra. De la que se sentía más orgulloso era de la fotografía que tomó desde una avioneta sobrevolando San Mamés. A Vilches le fascinó la instantánea del campo de la Balona que mi padre había realizado en mil novecientos sesenta y cuatro, tan vacío que Vilches dudó unos segundos antes de reconocer el estadio del equipo de su alma. Ese fue un buen regalo que le hice después de que me contratara para escribir semanalmente en el suplemento dominical. Y esa foto es la que preside su despacho desde entonces.

Asentí a mi padre, creyendo que también él estaría recordando alguno de aquellos viajes o tal vez el día que sobrevoló el San Mamés y captó el silencio desde el cielo. Pero me equivocaba. Mi padre tenía otra cosa metida en la cabeza.

−¿Llevas la cartera en el bolsillo trasero? En cuanto te distraigas, te la robo…

No pude evitar sonreír, aunque amargamente. Di una calada al Ducados, sopesando su ridícula amenaza, y me acordé de nuevo del artículo del periódico que el día anterior le había impresionado tanto a Irene; sin saber la razón, imaginé entonces a Damián encaramándose al pretil de la terraza y arrojándose al vacío.

−Arréglate, papá, nos vamos –le rogué desganado.

Cogí una de las revistas que tenía en la mesa, el Hola de esa misma semana. Me extrañó que ahora comprara esa clase de publicaciones, jamás lo había hecho antes. Estaba abierta en un reportaje sobre las mansiones de California.

−Si vas a comprarme la casa, búscala junto a la de Paul Anka.

Le observé de nuevo por encima de la revista, y en ese instante lo habría acogido entre los brazos para protegerlo del frío. Se giró lentamente, y pensé que por fin iba a hacerme caso y que se cambiaría para marcharnos, cuando sonó mi móvil. Miré el número de la pantalla, no lo conocía, pero pulsé el botón verde y contesté.

−¿Señor Vázquez?

−Sí –me hablaba alguien resolutivo, con acento inglés, pero con un dominio perfecto del castellano, alguien que me conocía sin duda por mis libros ya que se dirigía a mí por mi segundo apellido.

−Mi nombre es Robert O´Neal. Le llamo desde las oficinas de Brautigan House Book… −hizo una pausa, y al ver que ese nombre no me decía nada continuó hablando−. Soy director general de esta empresa editorial. Un amigo común nos ha remitido varias páginas escaneadas de su última novela, y ciertamente estaríamos interesados en verlo para tratar ciertos aspectos de la misma…

Pensé inmediatamente que trataría de proponerme la cesión de los derechos de la novela para su edición en inglés, pero eso era algo que manejaba Joan Gilabert y yo apenas sabía nada del asunto.

−Bueno, tendrá que hablarlo con mi editor español…

−Creo que no me ha entendido, señor Vázquez –me interrumpió, alzando la voz−. La razón de que pretendamos verlo es que hemos descubierto que algunos párrafos de su nueva publicación plagian un libro del que poseemos los derechos. No sabemos cómo ha llegado al original, pues aún no se ha editado, pero…

−¡Un momento! –ahora era yo el que levantaba la voz, lleno de ira, herido en mi amor propio−. ¿Cómo se atreve a decirme eso?

No podía creer que una editorial inglesa me llamara para acusarme gratuitamente. Parecía que en torno a mi nueva novela se hubiesen propuesto montar una especie de broma colosal, por un lado el presunto plagio del que me hablaba ese tipo y por otro un loco chiflado que afirmaba que mi historia era su propia vida.

−No se altere, señor Vázquez. No vamos a demandarlo. Lo que pretendemos es llegar a un acuerdo satisfactorio –su socarronería seguramente le venía de su flema británica−. Usted y yo sabemos que una parte de su novela está basada en hechos reales, y que hay muchas personas relacionadas con esa historia a las que no les interesa que se hurgue en sus vidas... No cuenta con el consentimiento de ninguno de ellos, y además…

−¿De qué me está hablando? Primero me dice que he plagiado un libro que no se ha editado y ahora que se basa en hechos reales… Aclárese. Sólo es una novela, si hay algún parecido con la realidad…

−Es pura coincidencia –terminó mi frase con ironía−. No me haga reír, señor Vázquez, por favor… Su error estriba en haber descrito tan fielmente El libro de las palabras robadas que no deja margen a la duda. Se ha delatado a sí mismo de una manera tan ingenua…

−¿Qué quiere decir con que me he delatado?

−Confíe en mí. Vamos a ayudarle… ¿Cómo ha llegado a usted?

−¿Qué es lo que debiera haberme llegado? −notaba mis labios resecos, la voz me había temblado al hacerle la pregunta, y tragué saliva. Damián comenzó a dar voces en la misma terraza, regando otra vez.

−¡Hay que mudarse este mismo año, hijo! –gritó−. He visto una casa a cien metros de la de Paul Anka. ¡En su jardín cabría un bosque entero! Esto lo podríamos trasplantar…

Le di la espalda, tratando de concentrarme en la conversación con ese tipo de Brautigan House Book. Presionaba con fuerza el móvil contra mi oído, y con la otra mano seguía sosteniendo el pitillo. Comenzaba a dolerme la cabeza, como si un taladro la atravesara de lado a lado.

−Creemos en su buena fe, señor Vázquez… Su anterior novela es muy apreciada en nuestra casa, y estamos convencidos de que todo se debe a un hecho fortuito. Nadie en su sano juicio habría cometido tamaña imprudencia.

Esta última afirmación hizo que me acordara de Arturo Kozer. También él me echó en cara mi supuesta desfachatez, pero no sabía cuál era mi pecado.

−No sé qué coño les habrán dicho, pero señor…

−O´Neal. Robert O´Neal…

−Sí… Quiero decir, señor O´Neal, que le doy mi palabra de que cuanto me dice carece para mí de significado…

Le oí suspirar al otro lado, como si se viera obligado a mantener a raya a su paciencia.

−Simplemente ha sucedido que ha cometido un desliz… Seré directo, señor Vázquez: queremos recuperar el libro…

Fue entonces cuando me di cuenta de que ese tipo estaba cometiendo un terrible error. Sin duda, mi novela les había hecho creer que yo poseía realmente esa obra que me había inventado por completo y que constituía el núcleo del misterio que hacía avanzar la trama, ni más ni menos que un libro fantástico que permitía a su dueño leer las poesías que ordenó quemar el sultán Abdelmumen. Cerré los ojos, oyendo a mi padre farfullando de nuevo sobre mi apellido mientras yo buscaba la manera de zanjar este absurdo problema con unos editores ingleses de los que no sabía ni que existiesen.

−¡Señor Elio Vázquez, saque sus cuartos del banco y cómpreme la puñetera casa!

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
271 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788415930938
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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