Kitabı oku: «Edgar Allan Poe y la literatura fantástica mexicana (1859-1922)»

Yazı tipi:



A través de nuestras publicaciones se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e ­instituciones de educación superior del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual se completa cuando se comparten sus resultados con la colectividad, al contribuir a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad madura, mediante una discusión informada.

Con la colección Pública ensayo presentamos una serie de estudios y reflexiones de investigadores y académicos en torno a escritores fundamentales para la cultura hispanoamericana, con los cuales se actualizan las obras de dichos autores y se ofrecen ideas inteligentes y novedosas para su interpretación y lectura.

Algunos títulos de la colección

Amigos de sor Juana. Sexteto biográfico

Guillermo Schmidhuber de la Mora

Los jeroglíficos de Fernán González Eslava

Édgar Valencia

México en la obra de Roberto Bolaño

Fernando Saucedo Lastra

Avatares editoriales de un “género”: tres décadas de la novela de la Revolución mexicana

Danaé Torres de la Rosa

Los hijos de los dioses. El Grupo filosófico Hiperión y la filosofía de lo mexicano

Ana Santos

Los dioses llegaron tarde a Filadelfia. Una dimensión mitohistórica de la soberanía

Ignacio Díaz de la Serna

Nada mexicano me es ajeno. Papeles sobre Carlos Monsiváis

Adolfo Castañón

La memoria olvidada. Estudios de poesía popular infantil

Pedro C. Cerrillo

Edenes subvertidos.La obra en prosa de Homero Aridjis

Laurence Pagacz



Este trabajo fue realizado gracias a un estímulo económico por parte del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, a través del Programa de Becas para estudios en el extranjero Fonca-Conacyt, Estudios Artísticos y Culturales 2013-2015.

Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana.

Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.

Viñeta de Portada: Julio Ruelas. Publicada en Revista Moderna, 1 de septiembre de 1904, pp. 26-28.

Primera edición en papel, febrero de 2020

Edición en ePub, mayo 2020

De la presente edición:

D.R. © 2020

Bonilla Distribución y Edición,

S.A. de C.V.,

Hermenegildo Galeana #111

Barrio del Niño Jesús, Tlalpan, 14080

Ciudad de México

procesoseditoriales@bonillaartigaseditores.com.mx

www.bonillaartigaseditores.com

ISBN: 978-607-8636-60-0 (Bonilla Distribución y Edición)

ISBN ePub: 978-607-8781-70-6

Cuidado de la edición: Bonilla Artigas Editores

Diseño editorial: Jocelyn G. Medina

Diseño de portada: Mariana Guerrero del Cueto

Realización ePub: javierelo

Hecho en México

A mis padres y hermana

A Coral

And now was acknowledged the presence of

the Red Death. He had come like a thief in the

night. And one by one dropped the revellers in the

blood-bedewed halls of their revel, and died each

in the despairing posture of his fall. And the life

of the ebony clock went out with that of the last

of the gay. And the flames of the tripods expired.

And Darkness and Decay and the Red Death

held illimitable dominion over all.

Edgar Allan Poe

The Masque of the Red Death

Contenido

Prólogo

Introducción

El cuento fantástico en México

La literatura fantástica mexicana

Sobre el género fantástico

La literatura fantástica en México antes de Poe

Traducciones de Edgar Allan Poe

La crítica a Edgar Allan Poe en México

Moral y estética en el Porfiriato

La literatura no mimética antes del Porfiriato

El concepto de realidad en el Porfiriato

Pugnas estéticas y éticas en el Porfiriato

Edgar Allan Poe ante la crítica mexicana

Crítica en contra de Poe: los síntomas de la degeneración

Crítica a favor de Poe

Influencia de Poe en México

Poe y la literatura fantástica

Poe y los escritores mexicanos

Lo fantástico legendario

El cuento gótico

Lo fantástico cotidiano

Lo fantástico esotérico

La ficción científica fantástica

En los límites de lo fantástico

Conclusiones

Apéndice I

Bibliohemerográfía de la recepción de E. A. Poe en México

Traducciones

Textos Apócrifos

Apéndice II

Listado de títulos de cuentos traducidos

Sin identificar

Apéndice III

Estudios sobre la recepción Poe

Bibliografía

Obras literarias citadas

Estudios

Sobre el autor

Prólogo

En 1927 apareció el libro The influence of Edgar Allan Poe in France, del doctor Célestin Pierre Cambiaire, notable ensayo que rastrea las correspondencias del escritor estadounidense con sus pares europeos, particularmente con Charles Baudelaire, “su traductor en más de un sentido”, según escribió Jorge Cuesta, el escritor mexicano con quien Poe guarda numerosas afinidades. La palabra inmediata que viene, al examinar el destino de ambos, es la de trágico. Sin embargo, ¿quién que es no es trágico? ¿Quién que verdaderamente es, al menos no roza la tragedia, la vive, la deshecha o monta en su vértigo? Poe nace en 1809 bajo el siglo de Carpricornio; Cuesta, el 21 de septiembre de 1903, determinado por Libra. En su primera juventud, ambos son atacados por el sol negro atraído por los que hacen del pensamiento razón principal de su vida. A los 25 años de edad, Poe expresa, en una carta de 1834: “En este momento me encuentro en un estado verdaderamente lamentable... He luchado en vano contra la melancolía”. Comienza entonces a beber. Por su parte, Cuesta comienza a tener, a la misma edad, dolores de cabeza en la hipófisis. Con su lucidez implacable, confesaba a su esposa: “Esto no tiene remedio, a los treinta y cinco años, te juro, voy a ser loco... he estudiado todos los tratados sobre las glándulas, y eso es una de las cosas que producen la locura”. A los 36 años de edad, Poe publica su poema mayor; a los 35, Cuesta escribe las últmas estrofas de “Canto a un Dios mineral” mientras espera a los enfermeros que habrán de trasladarlo al hospital psiquiátrico. Baudelaire fue biógrafo y hagiógrafo de su alma gemela. Su trabajo es notable no sólo por lo que humano tiene sino porque descubrió al mundo la modernidad y las aportaciones fundamentales de Poe. Por eso Cuesta, con sus contemporáneos, pudo concluir: “Sin tener presentes a Baudelaire y Poe, no se explican una tan transparente verdad de la ficción, una tan exacta inteligencia de lo imprevisto, un tan lúcido rigor del azar como en la poesía de Mallarmé y de Paul Valéry ocurren, y en que La ciencia poética ningún límite traza a su demoniaca pasión de conocer”.

Poe fue plenamente leído y asimilado en nuestro país con la llegada de la luz eléctrica. En 1880 se instalaron 40 focos alimentados por la nueva energía en la Plaza Mayor de la Ciudad de México y en la arteria que al desembocar en ella con distintos nombres era la más privilegiada de la urbe: Plateros, San Francisco, Corpus Christi. Ante la irrupción de la intrusa que amenazaba clausurar el imperio de las sombras, las presencias cambiaron de armas y estrategias. El estudio científico de las complejidades del alma humana y la amplitud del espectro sensorial permitió a nuestros grandes torturados comprender una afirmación de Poe: sus historias no imitaban modelos alemanes sino nacían de las profundidades de su corazón.

Todo lo anterior es más claro y sistemático gracias al erudito trabajo de Sergio Hernández Roura que ahora el lector tiene la fortuna de tener en sus manos. Tuve el privilegio de conocer al autor cuando en la Biblioteca y la Hemeroteca nacionales llevaba a cabo su investigación doctoral sobre Edgar Allan Poe en México, defendida en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve la fortuna de ser parte del jurado.

Trabajó la que inicialmente fue una magnífica tesis para convertirla en este libro que es paradigma de actitud crítica y de espíritu creador, como hubiera querido el propio Poe. Hernández Roura lleva a cabo una investigación profunda, en la cual rastrea el ingreso de Poe la sensibilidad mexicana mediante las traducciones francesas que inicialmente llegaron hasta nosotros para después aparecer publicado en español. Con gran penetración y espíritu de investigador literario y filológico, comparó las diferentes traducciones y estableció una poética que permite detectar las diferentes formas en que la imaginación de Poe, su vida y su obra, penetraron en la literatura y el pensamiento de nuestro país.

La primera virtud de este libro es que su autor reconoce la innegable trascendencia de la obra de Edgar Allan Poe. La llamada literatura de terror estuvo durante mucho tiempo confinada en los anaqueles de librerías a un ghetto reducido y casi vergonzoso. De ser considerado extravagante y marginal, Poe ha llegado hasta nosotros como uno de los arquitectos del pensamiento artístico, la lucidez y el profesionalismo literario. En pleno siglo XXI es un autor admirado y estudiado por el joven que descubre sus propios fantasmas y por el erudito que rastrea las rutas de su pensamiento. Una de sus grandes lecciones ha sido enseñarnos la veracidad de la frase de otro poeta que supo traducir la majestuosa hermosura de la muerte: la belleza no es sino el principio del terror que todavía podemos soportar.

Edgar Allan Poe no tuvo hijos, pero su genio y su fecundidad pusieron la semilla de la que surgió una dinastía de descastados: el inmenso Charles Baudelaire, quien de no haber escrito nada, hubiera pasado a la Historia como el más generoso y eficaz agente literario, príncipe de los amigos en el más ingrato y solitario de los oficios; Horacio Quiroga, poseído por la fiebre diurna que azuzó los terrores de Arthur Gordon Pym; el visionario Howard Phillips Lovecraft, vagabundo en las calles de Providence, descubriendo en cada esquina que los monstruos viven dentro de nosotros. Jorge Luis Borges, amante de los laberintos y la limpieza matemática de la prosa, nos enseñó a entrar con más cuidado en senderos de los que Poe fue pionero.

El mal no termina, y para encontrar las fuerzas que lo mueven no bastan los tecnócratas: es necesaria la fuerza y la tenacidad de un August Dupin. El detective sigue siendo –por fortuna- un hombre común, víctima de sus iluminaciones y desastres. La literatura, tal y como Poe la concibió, sigue siendo un juego de inteligencia, de pasión domada: el azar es consuelo de los mediocres. El triángulo brevedad-intensidad-efecto que resolvió con limpidez de teorema en “La filosofía de la composición” está marcado a fuego en todo aquel que desea transladar la horrible realidad a la existencia incorruptible del texto perfecto.

A siglo y medio de su partida, Edgar Allan Poe es cada vez más joven. Si vuelve a morir, será por nuestra incapacidad para seguir mirando los fulgores de su exigente diamante. Así lo demuestra este libro ejemplar y estimulante, resumen de los trabajos y los días de Sergio Hernández Roura.

Vicente Quirarte

Introducción

Hasta hace muy poco la literatura fantástica había sido un género infravalorado en México, cuando no se dudaba de su existencia.

La aparición de antologías dedicadas a esta producción ha jugado un papel importante en el cambio de perspectiva, ya que “han sido capitales para su reconocimiento e incluso para su formulación como elemento vital en la construcción de[l] canon de distintas literaturas regionales” (Morales, 2008: XVIII). Además de la rica selección que presentan, algunas de ellas incluyen textos introductorios que permiten conocer tanto lo que sus antologadores entienden por “lo fantástico”, como sus criterios de selección.

De valor indiscutible ha sido el rescate en los últimos años de la obra de escritores como Francisco Tario o Amparo Dávila, así como la revaloración de la vena fantástica de autores como Carlos Fuentes y Elena Garro; a estos esfuerzos se suma la rica y variada producción de obras literarias que se distancian de la corriente mimética como las de Gerardo Piña, Mario González Suárez, Fabio Morábito, José Luis Zárate, Alberto Chimal, Bernardo Esquinca o Ernesto Murguía, sólo por mencionar algunos.

Como se observa, la literatura fantástica vive un momento alentador del que incluso no ha podido sustraerse el ámbito académico, que ha respondido a tal seducción con interesantes estudios. Sin embargo, es importante señalar que el empuje que encontramos en lo que respecta a los estudios sobre el siglo XX se ha visto frenado cuando se intenta vislumbrar los orígenes de este género en nuestro país, debido a que el siglo XIX es una etapa en la historia de la literatura mexicana considerablemente menos estudiada y en la que aún falta mucho por investigar tan sólo en lo que respecta a obras canónicas. A esto se suma el hecho de que la aproximación a él implica la consulta de textos de difícil acceso diseminados principalmente en la prensa periódica.

Consciente de la titánica labor que subyace a la escritura de una historia de la literatura fantástica en México y de las dificultades particulares que implica una investigación sobre ese siglo, he decidido enfocar la investigación en un periodo clave, el de la asimilación de la obra de Edgar Allan Poe; un fenómeno de recepción cuyo estudio resulta esencial para entender el rumbo que adoptó lo fantástico en la segunda mitad del siglo XIX. Las creaciones de este autor representan un hito no sólo para el desarrollo de la literatura fantástica en general, sino para la literatura mexicana; su manera de entender la poesía y el cuento cambió radicalmente las concepciones de la época y fue determinante para las manifestaciones literarias posteriores.

Al partir del hecho de que el fenómeno de traducción ha sido ajeno a los estudios sobre la literatura fantástica del siglo XIX, ya que se ha tendido a narrar la historia desde una “estética de la producción y la exposición” (Jauss, 1967: 159), decidí realizar un estudio de la recepción y la influencia de lo fantástico a partir de la figura de Poe como una alternativa viable para entender su lugar en la cultura mexicana decimonónica. Considero que esta perspectiva permite dar cuenta de la adopción de un género o modo literario considerado ajeno a la sensibilidad mexicana, dentro de un proceso dinámico que se aparta de la imagen monolítica con la que se tiende a contemplar las obras del periodo y que permite tener conciencia de la complejidad del fenómeno:

La obra literaria no es un objeto inexistente para sí que ofrezca a cada observador el mismo aspecto en cualquier momento. No es ningún monumento que revele monológicamente su esencia intemporal. Es más bien como una partitura adaptada a la resonancia siempre renovada de la lectura, que redime el texto de la materia de las palabras y lo trae a la existencia actual (Jauss, 1967: 161).

El presente estudio sobre la recepción de Poe ayudará a responder un conjunto de interrogantes que sin duda pueden brindar una mayor compresión de la historia de la literatura fantástica, tales como su significado para los autores mexicanos y los motivos que los condujeron a expresarse mediante esta modalidad textual, además de esclarecer qué dicen los textos de la sociedad de su tiempo. Asimismo, explicará, por un lado, las causas del retraso de su arribo con respecto a otros países, como España o Francia y, por el otro, “su falta de originalidad”, dos constantes que algunos críticos se han encargado de señalar, pero a las que no han dado explicación.

La acotación del periodo que abarca esta investigación (1859-1922) corresponde con la aparición de la primera mención a Poe que me ha sido posible encontrar, hasta su normalización; es decir, cuando su presencia ya forma parte del bagaje cultural del lector promedio. He decidido extender el estudio hasta este año ya que no me parecía apropiado dejar a medias el proceso de transición que ocurre a principios del siglo XX, aún conectado íntimamente con el modernismo.

La búsqueda de material bibliohemerográfico, principalmente en el Fondo Reservado de la Biblioteca y la Hemeroteca Nacional de México, así como en la Biblioteca de Catalunya y en la Benson Latin American Collection de la Universidad de Texas en Austin, ha permitido reunir tres clases de textos: 1) las traducciones que se hicieron de las obras de E. A. Poe; 2) los textos críticos que dan cuenta de la manera en la que fue recibida su obra; y 3) los textos de creación de carácter fantástico en los que es evidente su asimilación. Dicho material ha permitido realizar una interpretación que permita explicar el fenómeno de recepción. En él se hacen presentes tanto los lectores especializados, que dan sus opiniones en diarios y revistas de la época, como los lectores comunes, que se hacen visibles en el incremento de ediciones y son responsables de que Poe se haya convertido en un referente de uso común, incluso en ámbitos distintos al literario. También es posible observar el papel que jugó en este fenómeno el intermediario o mediador, ya fuera editor, traductor, crítico, reseñista, articulista, intérprete o librero. Y, por supuesto, se considera la reacción de los escritores mexicanos mediante un corpus de textos de carácter fantástico que permiten dar cuenta de la asimilación que tuvo en México este autor.

Antes de terminar esta introducción debo señalar las principales limitaciones de este trabajo. Primero es necesario aclarar que no pretendo agotar todas las posibilidades de lo fantástico que existían a finales del siglo XIX en México, ni tampoco llegar a generalizaciones esencialistas consistentes en definir el carácter mexicano en la literatura fantástica; esto último es algo que no me parece muy productivo en un trabajo que muestra la permeabilidad de las fronteras. Este libro ha sido el resultado de una investigación más amplia a la que remito al lector interesado en ahondar con respecto a los datos y la ampliación de argumentos (Hernández Roura, 2016).

Así, en las siguientes páginas mostraré que la asimilación de este autor fue un paso fundamental para el desarrollo en México de una rica producción fantástica.

No me queda sino expresar mi agradecimiento a David Roas, Ana Laura Zavala por su interés y guía en la realización de este proyecto; a Lilia Vieyra y Vicente Quirarte, quienes me brindaron la información de una investigación en proceso sobre Poe. A Eduardo Becerra y Víctor Martínez-Gil, quienes me brindaron consejos muy útiles para ampliar esta investigación.

Mi agradecimiento al personal de la Biblioteca y la Hemeroteca Nacionales de México, así como a la Hemeroteca Nacional Digital de México. A la Biblioteca de Catalunya, la Biblioteca Nacional de España y de la Universidad de Texas en Austin, en particular a Michael O. Hironymous, encargado de Rare Books and Manuscripts, Benson Latin American Collection.

A los miembros del GEF y en particular a mis compañeros del Colectivo Lofantastico.com, en especial a Ada Cruz y Consuelo Sella.

También a Juan Luis Bonilla, editor de este libro, por su interés y por el reto de poner al alcance de un público amplio una investigación bastante compleja.

El cuento fantástico en México

Antes de hablar de la recepción que la obra de Edgar Allan Poe tuvo en México, es imprescindible que señale algunos antecedentes que permitan entender las particularidades del arribo de su obra, así como su relevancia para la literatura mexicana decimonónica; para ello, haré un breve recorrido por la literatura fantástica mexicana anterior a la década de 1860, periodo en cuyos últimos años aparece la referencia más antigua que he podido encontrar al autor estadunidense.

La literatura fantástica mexicana

Sobre el género fantástico

Entenderé como fantástico el género estrechamente ligado a la Modernidad, proceso que comenzó a gestarse en el siglo XVI, tuvo su radicalización en el siglo XVIII, primero con la Ilustración y luego con la Revolución Francesa, sucesos determinantes para que el paradigma de pensamiento racionalista se erigiera como la única manera válida de conocer la realidad, quedando así desterradas la religión, la superstición y cualquier otro medio alternativo de conocimiento (Roas, 2003: 11). En este contexto, la búsqueda de la emoción que despertaba lo sobrenatural, “lo sublime”,1 se trasladó a la literatura (Roas, 2003: 12), primero a la novela gótica y, posteriormente, al cuento fantástico.

La intromisión del fenómeno “sobrenatural” como condición indispensable para lo fantástico (Roas, 2001: 7-8) debe constituir una transgresión a las leyes que organizan el mundo además de carecer de explicación y validez.2 La irreductibilidad del suceso, la incapacidad de entenderlo, tiene como efecto el miedo, más particularmente el miedo metafísico o intelectual “propio y exclusivo del género fantástico”, que “si bien suele manifestarse en los personajes, atañe directamente al lector (o al espectador), puesto que se produce cuando nuestras convicciones sobre lo real dejan de funcionar, cuando […] perdemos pie frente a un mundo que antes nos era familiar” (Roas, 2006a: 111). Por ello, este género literario3 se encuentra estrechamente ligado al concepto de realidad de cada época y se adapta a las expectativas de los lectores. Para lograr la transgresión que supone la irrupción de lo imposible es fundamental el “efecto de realidad”,4 o más bien dicho, el manejo de la verosimilitud que permita construir “un marco de referencia extratextual –compartido por el narrador y el lector– que delimite lo posible y lo imposible” (Roas, 2006a: 97). No se trata pues de un género inocuo, como muchas veces se ha supuesto, ya que el texto fantástico muestra su carácter subversivo y virulento al poner en duda la realidad, desestabilizar sus límites y “en definitiva cuestionar la validez de los sistemas de percepción de la realidad comúnmente admitidos” (Roas, 2006a: 97). Al sembrar la duda en el lector, la literatura fantástica deja ver su carácter escéptico y en algunos casos nihilista y pesimista. Es importante aclarar que desde este punto de vista el carácter fantástico de una narración no está dado por el uso de ciertos temas asociados con el género, tales como la aparición de fantasmas o vampiros, sino por la transgresión que ello supondría; es decir, la tematización del conflicto que dicha irrupción supone, como señala Roas (2011b: 36): “la problematización del fenómeno es lo que determina, en suma, su fantasticidad”.

Los cambios en el concepto de realidad son fundamentales para entender las transformaciones de la literatura fantástica. Como es posible notar en su desarrollo a lo largo del siglo XIX, poco a poco fue ganando lugar en estas narraciones el hecho carente de explicación, el vacío de significado o la ambigüedad. En la obra de E.T.A. Hoffmann, principalmente, los textos abandonaron su carácter gótico y adoptaron uno más cotidiano, cercano a los lectores, al además de que los fenómenos adoptaron un carácter psicológico. Posteriormente, con Poe los textos allanarán la mente de los lectores mediante el uso de la lógica y la ciencia.

La literatura fantástica en México antes de Poe

Si bien se ha destacado la importancia que ha tenido para la literatura fantástica en Hispanoamérica la impresión de asombro que supuso la realidad americana para el hombre europeo (Hahn, 1998: 7), es importante señalar que esto no quiere decir que este primer impacto sea la fuente de la literatura fantástica hispanoamericana, “pero sí el de la gestación de una idea de lo fantástico inherentemente asociada a Hispanoamérica desde el descubrimiento y que, con el tiempo, la voz y el imaginario popular irían enriqueciendo” (López Martín, 2006: XIV). Los cronistas intentaron transmitir su fascinación por medio de la escritura y “se encontraron con el desafío de readecuar el lenguaje para describir una realidad inusitada que no cabía en los modelos comunes” (López Martín, 2006: XIII). Así pues, la fabulación se entreveró en las Crónicas de Indias, “representación de un mundo nuevo, desconocido y digno de ser descrito para quienes sólo podían imaginarlo” (Oviedo, 2001: 9). Pese a este primer deslumbramiento, la producción literaria de este periodo tuvo que enfrentarse a la prohibición que la Corona había extendido con respecto a las obras de ficción y, particularmente, a la novela; circunstancia que ha sido considerada como un impedimento para su desarrollo (Mata, 2003: 23). La Real Cédula del 4 de abril de 1531 dirigida a la Casa de Contratación de Sevilla, prohibió el paso a las colonias españolas de algunas obras:

Yo he seydo ynformada que se pasan a las yndias muchos libros de Romance de ystorias vanas y de profanidad como son el amadis y otros desta calidad y por que este es mal exercicio para los yndios e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean, por ende yo vos mando que de aquí adelante no consyntays ni deys lugar a persona alguna pasar a las yndias libros ningunos de ystorias y cosas profanas salvo tocante a la Religión xpiana e de virtud en que se exerciten y ocupen los dhos yndios e los otros pobladores de las dichas yndias por que a otra cosa no se ha de dar lugar (Citado por Leonard, 1953: 92).

La censura, la dificultad de acceso a materiales bibliográficos y el analfabetismo de la mayor parte de la población fueron algunos de los factores que permiten entender la ausencia del género novelístico y también del cuento en suelo novohispano.5 En tales circunstancias no es extraño que la publicación de la primera novela mexicana, El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, apareciera estrechamente vinculada a la Independencia; aunque es preciso señalar que el género novelístico tuvo importantes antecedentes en obras como Los infortunios de Alonso Ramírez (1690) de Carlos de Sigüenza y Góngora o La portentosa vida de la muerte (1792) de Fray Joaquín Bolaños. Las dificultades mencionadas no impidieron el desarrollo de la literatura durante ese periodo, en el que aparecieron prosistas importantes como Sigüenza y Góngora, sor Juana Inés de la Cruz y Juan de Palafox y Mendoza (Leal, 2010: 38).

Aunque el cuento, “como género autónomo no se cultivó en Nueva España” formó parte de “las historias, crónicas y otros escritos de los conquistadores, religiosos y letrados” (Leal, 2010: 35). Es posible encontrar narraciones de hechos prodigiosos o sobrenaturales en los que se pueden ver “que los aparecidos, los sucesos truculentos, los choques entre la normalidad y la rareza se filtran de la mano del milagro y la maravilla y van preparando el camino para lo que será después el cuento de aparecidos y de anécdotas curiosas que surge en muchos de los primeros cuentistas de las postrimerías del Virreinato y los inicios del México independiente” (Morales, 2008: XX-XXI). Así pues, los antecedentes del género fantástico se encuentran intercalados en textos de carácter hagiográfico, misceláneas, sermones “e incluso [en] documentos que no se consideran realmente literarios (declaraciones, relaciones, cartas) […] que, si bien no caben en una definición restringida de fantástico, sí sirven para enfatizar una tradición mexicana de literatura de imaginación, misma que no es reconocida abiertamente” (Morales, 2008: XX-XXI).

En el siglo XVIII, época de cambios orientado por la historia, la crítica y la filosofía, hizo su aparición el periodismo. En ese momento aparecen textos de carácter narrativo bastante cercanos al cuento, en los que es posible encontrar sus antecedentes (Oviedo, 2001: 10).

La consumación de la Independencia de México en 1821 trajo al país retos apremiantes de carácter político y económico. Si bien ya existía una clase letrada muy pequeña, el interés por influir en el destino de la nación y la conciencia del papel fundamental de la imprenta fueron decisivos para la literatura del periodo. En los primeros años de vida independiente, los impresos mexicanos se beneficiaron de las innovaciones de carácter mecánico, técnico y material.

Sin embargo, es necesario aclarar que, sería un error suponer que se gozó de entera libertad. Como señala Staples (1997: 110), la legislación española con respecto a la circulación de libros persistió después de la Independencia. Con el objeto de cumplir las tres garantías proclamadas en Iguala, desde 1822 el Consejo de Estado solicitó a Iturbide un reglamento

que impidiera la introducción en México de libros contrarios a la religión y que detuviera la circulación y venta de los ya existentes. Ya que se abolió la Inquisición el deber de velar por las lecturas recaía en el Estado, quien consideraba como subversivo lo que atacaba a la religión oficial y trastornaba el orden y la tranquilidad públicos. Para facilitar su labor, el Consejo de Estado pedía a las autoridades eclesiásticas un informe sobre libros prohibidos para poder mandar recogerlos e impedir su paso por las aduanas. Se responsabilizaba a los jueces seculares y a los alcaldes de los pueblos el cumplimiento del reglamento, ya que el Estado seguía siendo, aún después de la Independencia, el brazo secular que apoyaba las medidas administrativas y disciplinarias de la Iglesia (Staples, 1997: 110).

Esto afectó la difusión de las nuevas tendencias literarias, ya que ante el peligro de que la sociedad fuera contaminada por la difusión de ideas perjudiciales al dogma católico, la Iglesia decidió seguir velando por la moral del pueblo mexicano (Staples, 1997: 95). Su intervención se prolongó hasta que las leyes sobre la prohibición de libros cambiaron en la década de 1830, durante la presidencia de Antonio López de Santa Anna y la vicepresidencia de Valentín Gómez Farías; decisión que marcó la primera etapa de reformas que tenían la intención de limitar la intervención de la Iglesia en asuntos públicos (Staples, 1997: 112-113).

Pese a esta injerencia, es posible notar la conformación de un mercado de novedades de carácter literario que se fue haciendo cada vez más competitivo:

La mayoría, buscaba las novedades europeas y estadunidenses para traerlas al público mexicano que ya para la década de los treinta estaba ávido de lecturas. Poco a poco la lectura se hizo indispensable en un número cada vez mayor de habitantes pues, aunque ya no solamente leían las elites adineradas, sino también aquellos sectores medios que se habían integrado al desarrollo cultural: políticos en mandos medios, empleados, operarios, comerciantes, etc. –sectores que nacen y crecen de forma paralela al desarrollo modernizador del país–, todavía la gran mayoría, constituida por sectores desprotegidos como los campesinos, labradores, tejedores, aguadores y muchos más, carecían del más elemental interés por la lectura y la cultura, porque carecían también de la más elemental educación (Solares Robles, 2003: 40-41).

Durante esos primeros años persistió en la literatura la tendencia didáctica de corte neoclasicista, sin embargo, los juegos con lo sobrenatural y lo maravilloso aparecerán en algunos textos de la época que permiten ver un interés incipiente por lo macabro, como en el caso de Fernández de Lizardi, El Pensador Mexicano. El primer cuento mexicano, “Ridentem dicere verum ¿quid vetat?” (1814) es una historia en la que el narrador dentro de un sueño atestigua la comparecencia ante la Verdad de dos acusados, el Diablo y la Muerte. Se trata de un texto en el que se mezcla el tratamiento alegórico con el didactismo neoclásico, pero en el que aparecen personificados importantes iconos culturales mexicanos. Fernández de Lizardi en sus Noches tristes y día alegre imitó las Noches lúgubres de José Cadalso, obra que, si bien no responde estrictamente a los parámetros de la novela gótica, posee una concepción estética, que comparte elementos del racionalismo ilustrado al mismo tiempo que del “ámbito prerromántico de la noche y los sepulcros” (Roas, 2006: 91-92).

La recepción de libros europeos y traducciones fue un estímulo para la creación literaria y en particular para la aparición del Romanticismo en México, ocurrido en la década de 1830. En él prevaleció el impulso constructor y revolucionario de inclinación nacionalista por encima de la tendencia a representar pasiones desbordantes, fuerzas destructivas y lo irracional; es decir, fue más un Romanticismo social (Picard, 1944) , más que un enfrentamiento en contra del neoclasicismo, fue un intento de conocer otras literaturas (Huerta, 1973: X).

Los miembros de la Academia de Letrán, fundada en 1836, por los hermanos José María y Juan Lacunza, Manuel Tossiat Ferrer y Guillermo Prieto con Andrés Quintana Roo como presidente, tuvieron el propósito de “definir un carácter nacional en la literatura más allá de las diferencias ideológicas, de las distanciaciones políticas y aun de la diversidad de las clases sociales de sus integrantes” (Huerta, 1993: XI). Ante el aluvión de obras procedentes de Europa su principal cometido fue mexicanizar la literatura, como apunta Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos, “emancipándola de toda otra y dándole carácter peculiar” (Prieto, 1906: 178).

Con respecto a la literatura fantástica, la persistencia de los modelos culturales heredados de la Colonia permite explicar el recelo y la contradicción que generaron las transformaciones, como es posible ver en el siguiente ejemplo:

Algunas novedades no tuvieron tanta suerte, como el espectáculo de prestidigitación presentado por Castelli en el Coliseo Nuevo en 1824. Los espectadores se santiguaron horrorizados al ver desaparecer los objetos, convertir el agua en vino y otras suertes semejantes. Pensaron que eran cosas de brujería, y se lanzaron contra el pobre italiano, que salió huyendo del teatro y del país. Y es que lo sobrenatural estaba presente en la sobremesa rural y en la tertulia urbana. Se seguía creyendo que la Llorona atravesaba desde la calle de la Buena Muerte hasta el canal de la Viga y en los espantos del callejón del Muerto y de la casa de Aldasoro, cerca de Bucareli. Intervención de duendes, brujas, ángeles y demonios, travesuras de la virgen y de los santos eran temas socorridos de las pláticas familiares. Lo curioso fue que a las supersticiones se sobrepusieron ideas modernas, de manera que algunas mujeres demandaron la ciudadanía y los colegiales se rebelaron contra el traje talar que les parecía ridículo (Vázquez, 2000: 567).

Con la llegada del primer Romanticismo mexicano “los relatos de miedo, de aparecidos, de brujería, de pactos con el diablo”, que hasta entonces sólo podían prosperar en el ámbito de la oralidad, cobraron interés para los escritores (Corral Rodríguez, 2011: 54), como parte de una moda estética que se sumó a un conjunto de planteamientos de corte político, económico y cultural. Su rescate responde a la construcción de la identidad nacional. El interés por las narraciones de carácter legendario es fundamental porque en ellas está presente una incursión en lo maravilloso, proveniente del imaginario folclórico, territorio aledaño al fantástico (Mandujano Jacobo, 2005: 275). El nacionalismo no fue un impedimento para que los lectores lograran acercarse a lo sobrenatural, y si bien la mayoría de estos textos prevalece el carácter maravilloso, ya en algunos de ellos comienza a notarse la intención de problematizar lo insólito, como resultado de la confrontación con el racionalismo ilustrado.

Algunas leyendas, ya cercanas al género fantástico deben sus ambientes a este influjo gótico, como “Herrada, mujer” de Francisco Sedano, “La calle de don Juan Manuel” de José Justo Gómez, conde de la Cortina, y “La mulata de Córdoba” de José Bernardo Couto Pérez.

A esta misma tendencia pertenecen las narraciones que si bien no pertenecen propiamente al género gótico se alimentan de él, como “El visitador” (1838) de Ignacio Rodríguez Galván, La hija del judío (publicada como folletín entre 1846 y 1849) de Justo Sierra O’Reilly, y Monja, casada, virgen y mártir (1868) de Vicente Riva Palacio (Bobadilla Encinas, 2007), por mencionar sólo algunas de ellas. Otros textos que deben su ambiente a este género son los cuentos: “La aventura de un veterano” (1843), “El diablo y la monja” (1849) e “Historia famosa que deberá leerse a las doce de la noche” (1849) de Manuel Payno; eso sin contar algunos pasajes de su novela El fistol del diablo (1859-1860) en la que uno de los personajes es el mismísimo demonio.

Se considera que “Un estudiante” (1842) de Guillermo Prieto, texto que comparte con El estudiante de Salamanca de José de Espronceda un aire de familia, es hasta donde se ha investigado el primer cuento fantástico en México e Hispanoamérica (Corral Rodríguez: 2011: 90; Morales: 2008b: 21-22). En este texto

la presencia de un primer narrador que constata la locura del segundo es lo que permite establecer la dicotomía de discursos y la distancia entre el relato que acepta la violación del código funcional de la realidad del texto y el marco referencial desde donde se explica nada, pero se alude todo, al aparecer un primer narrador que parece juzgar el relato poco aceptable al provenir de un loco. Es decir, se trata de un muy moderno fantástico construido en el juego de perspectivas (Morales, 2008: 21-22).

Tola de Habich (2005) en su antología propone también “El bulto negro” (1841) de Casimiro del Collado como uno de los primeros cuentos fantásticos, e incluso anterior al de Prieto. De este cuento Morales (2008: XXII) señala que, “sin ser exactamente fantástico, por momentos crea una auténtica doble visión de posibilidades y soluciones y que, elemento significativo, contiene ya en su título ese calificativo que apenas empezaba a aparecer en el continente americano: ‘cuento fantástico’”.

Pese a los embates económicos y políticos internos (pugnas entre liberales y conservadores, lucha por la sucesión presidencial) y externos (el intento de reconquista [1829], la guerra de independencia de Texas [1836], la guerra con Francia [1838] y la invasión norteamericana [1846-1848]) a mediados de siglo es posible notar cambios en la sociedad, entre los que se encuentra el aumento de periódicos y de imprentas.

Como consecuencia del fracaso militar hubo reacciones de diversa índole, que incluyeron el avivamiento del interés por la historia patria, y la beligerancia contra lo extranjero por parte de diversos sectores de la sociedad entre los que destacó el clero. Pese a los estragos de la contienda, durante el periodo bélico tuvieron su auge importantes periódicos (Suárez de la Torre, 2003: 233), como El Siglo XIX, El Monitor Republicano, El Universal y El Tiempo, en cuyas páginas es posible encontrar obras literarias en forma de folletines, así como anuncios que atraían la atención del público hacia la producción de sus respectivas imprentas. En lo que concierne a la producción literaria, como anuncia El Tiempo en su ejemplar del 14 de febrero de 1846, además de “ediciones mexicanas de obras extranjeras, en la librería francesa se podrían adquirir las versiones originales, ‘libres ilustrées et richement reliés’, como Les Mysteres de Paris, Le juif errant o Notre Dame de Paris” (Suárez de la Torre, 2001: 589). En los años que van de 1840 a 1855 se percibe un incremento en las publicaciones y la diversificación en las temáticas. Al público femenino se agregó el infantil y, posteriormente, se incorporará el sector obrero.

Con respecto a la producción nacional, “durante la cuarta y la quinta décadas del siglo XIX que la novela corta se populariza con rapidez, aunque todavía no adquiere forma artística” (Mata, 2003: 29).

A esos años pertenece otra empresa, también de Ignacio Cumplido, El Álbum Mexicano (1849) y La Ilustración Mexicana (1851-1855); este último fungió como órgano publicitario del Liceo Hidalgo, asociación que continuó las labores de la ya mencionada Academia de Letrán, y cuya fundación ha sido considerada como el parámetro para delimitar el final del primer Romanticismo mexicano (Miranda Cárabes, 1998: 20).6

El triunfo de la Revolución que comenzó en Ayutla (1854) dio fin a la era de Santa Anna (Díaz, 2000: 591) al que siguió una pugna generada por las reformas de la Constitución de 1857 que suponía la vulneración de los privilegios y propiedades de la Iglesia, además de que decretaba la libertad de enseñanza y la libertad de culto (Díaz, 2000: 593). Durante ese periodo, conocido como la Guerra de Tres años, Juárez promulgó las Leyes de Reforma, basadas en la separación de la Iglesia y el Estado y la reinstalación del gobierno trajo consigo la consolidación de la Reforma.

Con el apoyo de Francia, el grupo conservador recibió el 12 de junio de 1864 en la Ciudad de México a Maximiliano de Habsburgo, proclamado Emperador de México el 10 de abril en el Castillo de Miramar, en Trieste, Italia. Para sorpresa de sus partidarios el nuevo monarca intentó gobernar de acuerdo a principios liberales. Su gobierno no duró mucho ya que las presiones de Francia sumadas a la apatía y a la oposición interior convencieron a Napoleón III de retirar a sus tropas. Maximiliano, animado por los conservadores, no abdicó y se puso al frente de sus tropas. Tanto él como sus generales fueron juzgados y ejecutados en Querétaro el 19 de junio de 1867, culminando así el triunfo liberal.

A este episodio bélico siguió el periodo conocido como la República Restaurada, casi una década de reconstrucción en la que imperó la idea de que “hacían falta la cultura, la lucidez, la experiencia política y demás virtudes de los letrados” (González, 2000: 641). En esos años aparecieron modernas vías de comunicación, la línea telegráfica; la restauración de viejos caminos, la apertura de otros, se retomaron las obras del ferrocarril México-Veracruz (González, 2000: 650). Sin embargo, “los planes de orden económico (atracción de capital extranjero, supresión del sistema de alcabalas, ensayo de nuevos cultivos y técnicas agrícolas, e industrialización) fueron ejecutadas en dosis mínimas” (González, 2000: 650). A la libertad de prensa se agregó la de enseñanza, así como su carácter gratuito, que poco a poco tomó un cariz positivista, nacionalista y homogeneizante (González, 2000: 651).

La estabilidad favoreció que los escritores abandonaran los fusiles y en su lugar tomaran las plumas. En este contexto tuvo lugar la aparición de la revista El Renacimiento (1869) y, con ella, la del segundo Romanticismo mexicano, “una época de transición, en la cual las inclinaciones realistas coexisten al lado de un persistente impulso romántico, hasta que el realismo, finalmente, se impone” (Brushwood, 1998: 183-184). En dicha publicación Ignacio Manuel Altamirano hacía un llamado a la concordia.

Esta publicación se constituyó en representante de un cambio fundamental: al carácter más espontáneo del primer Romanticismo, siguió un programa bastante claro elaborado por Altamirano, “una doctrina estética inspirada en sus ideas liberales” (Carballo, 1990: 23).

Como ha señalado Huerta (1990: 2-3), el cuento también se transformó durante la República Restaurada y en buena medida es producto de esta época. Se suscitó la emergencia de un grupo de escritores dedicados a este género, “cuentistas menos agrestes y más de invernadero, menos espontáneos y más artistas” (Carballo, 1990: 23), caracterizados por tener una mayor conciencia de la creación y comprender que “no se trata[ba] ya de contar, sino de saber contar” (Carballo, 1990: 24). En este periodo comenzaron a publicarse algunos de los textos más importantes del género fantástico en el México del siglo XIX. En estas obras se percibe el ensanchamiento de la subjetividad de los autores y la coexistencia de las conquistas del primer Romanticismo combinadas con las nuevas tendencias estéticas. Las aportaciones del costumbrismo, como una manera de representar a la sociedad, el relato de corte anecdótico y los cambios experimentados por la leyenda sirvieron a los escritores para atisbar en lo desconocido. La estabilidad posibilitó el desarrollo de un concepto hegemónico de realidad que se irá fortaleciendo con la adopción del positivismo como ideología de Estado y, además, traerá consigo el afán de, si no intentar derrumbarlo, cosa que ocurrirá materialmente con la Revolución de 1910, al menos sí ponerlo en duda.

Al respecto de esto último es importante señalar que la destrucción de las bases de la realidad no fue llevada hasta sus últimas consecuencias, ya que los paladines liberales de la República Restaurada no eran tan radicales como se cree y primó en ellos el impulso constructor. Es importante hacer notar un fenómeno interesante en el que se vincula la relación de los escritores con la literatura fantástica: la dicotomía liberal romántico y conservador neoclásico no funciona; encontramos escritores como Ignacio Manuel Altamirano, José Tomás de Cuéllar o Manuel Payno, que son políticamente liberales pero reacios a la experimentación y, en cambio, conservadores como José María Roa Bárcena o “liberales conservadores”, como se autodenominó Justo Sierra,7 que realizaron textos bastante innovadores para su época:

Con la adopción de la estética realista, la subjetividad romántica abandonó el pasado y los espacios exóticos para adoptar escenarios y ambientes cotidianos; esto permite comprender por qué los escritores de ese momento asimilaron en particular las concepciones de lo fantástico atribuidos a E.T.A. Hoffmann y a Edgar Allan Poe, y por supuesto a la recepción de obras de esta tradición.

En el caso de E.T.A. Hoffmann, es importante tomar en cuenta que en Europa su gran éxito llegó póstumamente. Aunque su obra había sido publicada entre 1815 y 1821, fue en aquel momento que alcanzó una rápida difusión, comenzando por Francia, donde influyó en autores como Charles Nodier, Honoré de Balzac, Theophile Gautier o Prosper Mérimée.8 Y posteriormente en España, en donde a partir de 1831 circularon traducciones de su obra que provenían del francés y que dejaron su impronta en autores como Pedro de Madrazo, José Zorrilla, Antonio Ros de Olano, Gustavo Adolfo Bécquer, Rosalía de Castro y Benito Pérez Galdós (Roas, 2002).

Al respecto de su arribo a tierras mexicanas, al que he dedicado otro estudio, es posible destacar dos casos interesantes de recepción selectiva que tuvo Ignacio Manuel Altamirano y José María Roa Bárcena.

En lo que concierne al primero, quien conocía a Hoffmann y bordeó su concepción de lo fantástico, es destacado el papel que tienen como desencadenante de la acción de Clemencia (1869), una de las novelas de corte nacionalista más importantes del siglo XIX (Gutiérrez de Velasco, 2006: 369), “El corazón de ágata” y “La cadena de los destinados”, dos de los cuentos de Hoffmann. Si bien no responden al género fantástico, permiten observar la concepción que Altamirano tenía de este autor.

Sobre el segundo es notable su labor como traductor de algunos de sus cuentos. Aunque “La dicha en el juego”, “Maese Martín y sus obreros” y “Haimatocara”9 no son de carácter fantástico sino más bien moral, el texto del escritor veracruzano que los precede en el periódico católico La Cruz constituye un testimonio esclarecedor del proceso de recepción del género:

La literatura alemana, cuando no se extravía en las altas regiones de la metafísica, tiene un sello de ternura y belleza que parece peculiar de los climas septentrionales. Prueba de ello son la mayor parte de los cuentos fantásticos de Hoffmann, que, si bien publicados con anterioridad, no vinieron a crearle una reputación europea sino por el año de 1814. Tenemos de ellos una excelente traducción hecha al idioma francés por Marmier, el mismo literato que tradujo y recopiló en cuatro volúmenes de “Cantos populares del Norte”. Como el conocimiento de las obras de Hoffmann se halla en nuestro país circunscrito a los literatos, vamos a traducir al castellano y a insertar en la sección de variedades de este semanario dos de los más hermosos cuentos, siendo uno de ellos “La dicha en el juego” y el otro “Maese Martín y sus obreros”.10

Varias causas nos inducen a escoger estos dos cuentos: en ellos nada hay de sobrenatural, y esto ya es una garantía de que agradarán a nuestros lectores más bien que aquellos en que domina lo fantástico, muy poco admitido en la literatura moderna de los pueblos meridionales.11

A la muerte de Juárez, en 1872, Sebastián Lerdo de Tejada le sucedió en el poder. Su intento de reelección en 1876 desató la revolución de Tuxtepec, con Porfirio Díaz a la cabeza, quien triunfó y se proclamó jefe del Poder Ejecutivo de la República (González, 2000: 655).

Al contrario de lo que ocurrió durante la República Restaurada, durante el mandato de Díaz, un periodo de 34 años (1877-1911) sólo interrumpido en una ocasión (1880-1884), “contaron más los hombres de la espada que los de la pluma” (González, 2000: 656). A su lado comenzó a gobernar el ala más moderada de los liberales. Los planes de orden económico que durante la República Restaurada fueron ejecutadas “en dosis mínimas” (González, 2000: 650), dieron paso a una dictadura de carácter positivista y maneras afrancesadas dominada por el lema de “poca política y mucha administración”. En líneas generales, el Porfiriato se caracterizó por la estabilidad política (denominada Pax porfiriana) y económica (de la mano de la industrialización) (Katz, 2001: 132).

Francia se convirtió en el modelo de nación civilizada y moderna en lo cultural, cuyos pasos México debía seguir si quería obtener los mismos beneficios. Su influencia se vio reflejada en el afrancesamiento de la élite, beneficiaria exclusiva de la modernización. La élite, compuesta en su mayoría por terratenientes, militares y algunos letrados, soñaba con formar parte de una metrópoli a la altura de las ciudades europeas, rehusando, ver la situación general del país; “el cacareado progreso material únicamente fue visible en las ciudades” (González, 2000: 704) y la modernidad capitalista convivió con los modos feudales de existencia y de represión.

La Constitución de 1857 se convirtió en letra muerta; se reconocía que su radicalismo la hacía impracticable, “un noble ideal, difícilmente realizable” (Zea, 1968: 253). Esta concepción supuso la adhesión al nuevo Régimen tanto de la Iglesia como del ejército (Zea, 1968: 280).

Para la legitimación del régimen en el plano internacional fue clave el papel desempeñado por los inversionistas extranjeros. El gobierno otorgó facilidades y concesiones.

Esta situación contradictoria queda de manifiesto tanto en el porcentaje de población alfabetizada, como en el tiraje de los diarios. Aunque la censura existía, no fue un impedimento para que los contenidos de las publicaciones se diversificaran. Se tiene documentada la presencia en 1892 de 665 periódicos de carácter variado: “protestantes, infantiles, científicos, socialistas, comerciales, literarios e internacionales” (Bazant, 1997: 212).

Si bien la dictadura amordazó a la prensa, y consideró “fuera de la ley a todos los periódicos de la oposición” (Katz, 2001: 112), en esa época conviven algunos importantes periódicos, entre los que se encuentran El Universal, El Monitor Republicano, El Siglo XIX, con el surgimiento de otros como El Tiempo, La Voz de México, El Diario del Hogar, El Mundo Ilustrado y El Imparcial, por mencionar algunos. Uno de los hechos más importantes es el advenimiento del periodismo moderno, representado por este último, fundado por Rafael Reyes Spíndola en 1896.

Un cambio notable fue la evolución de los suplementos dominicales y literarios que se caracterizaron por tener un formato distinto al de la publicación de origen. Una consecuencia directa fueron las revistas literarias, entre ellas la Revista Azul (1894-1896), que apareció el 4 de mayo de 1894, como suplemento literario de El Partido Liberal, fundada y codirigida por Carlos Díaz Dufoo y Manuel Gutiérrez Nájera, miembros de la primera generación modernista. Con la aparición de otras revistas literarias autónomas se inauguró una nueva etapa en las publicaciones de este género, el paradigma es representado por la Revista Moderna (1898-1903), cuyo papel fue central para la segunda generación modernista. Ciertamente, estos impresos iban dirigidos a un público restringido, “selecto, culto, a una élite intelectual y profesional que forma un porcentaje mínimo de la población” (Bazant, 1997: 221).

En cuanto a las publicaciones literarias predominaron las obras en francés o traducidas de esa lengua, lo cual no fue impedimento para la aparición de importantes obras mexicanas. Gracias a la proliferación de suplementos y revistas, los géneros breves tuvieron un auge y las nuevas corrientes estéticas y artísticas se abrirán paso.

La caída del “espejismo” en el que vivía el país ocurrió en 1910, cuando al desgaste del Régimen se sumaron la lucha en contra de la reelección y el descontento social. Esto dio lugar a la Revolución Mexicana.

Notas

1] La categoría fue reinterpretada por el filósofo Edmund Burke en A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful (1757). Para él, el concepto definido por Longino en el siglo III a.C. en su tratado De lo sublime, pasó de ser una teoría retórica a “un nuevo campo de especulación intelectual”. De acuerdo con Molina Foix (1995: 15-16): “Determinados fenómenos físicos (acantilados muy altos, simas espantosas, vastos océanos) o ciertas proezas humanas, y en general todo aquello que ‘suscite las ideas de dolor y peligro, es decir, todo lo que de alguna manera es terrible’, producen en nosotros efectos sublimes, ‘la emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir’”.

2] Si bien la crítica sobre literatura fantástica ha sido casi simultánea a la aparición de textos de creación, fue hasta mediados del siglo XX que los estudios teóricos sobre lo fantástico cobraron relevancia en el ámbito académico, remito al lector interesado a los trabajos de Castex (1951), Louis Vax (1960), Roger Caillois (1966), Todorov (1970) y a la antología de Roas (2001), en la que además de encontrar algunos artículos fundamentales, tiene una amplia bibliografía al respecto; en el caso del trabajo teórico latinoamericano, véase Sardiñas (2007) .

3] Aunque estoy consciente de que el trabajo de escritores, editores y lectores, a los que se han sumado directores de cine, guionistas, espectadores, dibujantes de cómic, pintores, músicos entre un largo etcétera, ha contribuido a considerarlo como un modo literario, más una categoría estética, y ya no sólo como género literario. Al respecto, véase Ceserani (2004: 288). Me referiré a género puesto que en el caso que estudio, el cuento, cumple con una función estructuradora que en este caso se construye sobre la base de la irrupción transgresora.

4] Sobre el “efecto de realidad”, Barthes (1968). Al respecto de este concepto: “El productor de un texto construido con leyes propias al modelo de mundo de lo fantástico verosímil tiene como objetivo principal la creación de ese efecto de realidad, efecto que ha de percibir el lector para que se dé la perfecta comunicación literaria” (Rodríguez Pequeño, 1991: 156).

5] Pese a ello, no será de menor importancia la circulación clandestina de textos prohibidos en la Nueva España, como demuestra Leonard (1953).

6] Sobre el tema de estas agrupaciones, fundamentales para entender el desarrollo literario de la época, véase Perales Ojeda (2000).

7] Sierra empleo la autodenominación “liberal conservador” para distinguirse de los adeptos de los principios liberales clásicos, metafísicos, radicales, que se oponían a los defensores de los postulados positivistas (Hale, 2002: 42).

8] Sobre la recepción de Hoffmann en Francia, véase Castex (1951), Teichmann (1961), Schneider (1964).

9] “La dicha en el juego, en La Cruz, 1, 15 y 29 de noviembre de1855, pp. 23-27, 86-92, 148-154. “Maese Martín y sus obreros”, en La Cruz, 20 y 27 de diciembre de 1855, 3, 10 y 24 de enero, 7, 21, 28 de febrero, 6 de marzo de 1856, pp. 256-258, 286-291, 320-323, 348-351, 408-413, 480-484, 548-552, 579-581, 604-609. “Haimatocare”, en Museo Mexicano, Segunda época, 1845, pp. 268-273. Los tres fueron reunidos en Obras de D.J. Roa Bárcena, tomo I, Cuentos originales y traducidos, publicado por Victoriano Agüeros en la Biblioteca de Escritores Mexicanos (1897). Estas traducciones fueron recopiladas en Hoffmann (2006).

10] Ambos cuentos ya habían sido traducidos al español como “Maese Martín el tonelero y sus oficiales” en una edición realizada por Cayetano Cortés de Cuentos fantásticos de Hoffmann (1839), realizado en Madrid por la Imprenta Yenes; y como “Fortuna en el juego” en el segundo tomo de las Obras completas de E.T.A. Hoffmann (1847) (que en realidad era una selección de 24 cuentos), impreso por Llorens hermanos en la ciudad de Barcelona (Hoffmann, 2006: 129). La edición a la que se refiere Roa Bárcena es la de Xavier Marmier, Contes fantastiques publicado en 1843 y reeditado en 1866 (Roas, 2002: 46); de ella, Martínez afirma que “existe una versión española publicada en 1850 que probablemente también circularía en América” (Martínez, 2011: 60)

11] “Hoffmann y sus cuentos”, en La Cruz, 1 de noviembre de 1855, pp. 21-22.

Traducciones de Edgar Allan Poe

La primera observación y, sin duda, la más evidente al estudiar las traducciones de obras de Poe aparecidas en México es que son pocos los libros de obras de este autor impresos en el país; una situación que responde a la oferta variada de ediciones francesas y españolas (Englekirk, 1934: 20) que, junto con las hispanoamericanas, circularon en el país. Esto permite explicar que el mayor número de traducciones localizadas pertenece a la prensa periódica, en la que a sus obras en prosa y su poesía se sumaron numerosas menciones o alusiones a él como autor, personaje, o a alguna de sus obras; este último aspecto permite determinar la circulación de textos mucho antes de que aparecieran en forma de libro.

La abundancia de traducciones originarias de la península ibérica en buena medida responde a que la recepción de este autor ahí fue anterior (comenzó en 1857, casi al mismo tiempo que Baudelaire publicara Histoires extraordinaires [1856] y Nouvelles histoires extraordinaires [1857]) y la difusión de la obra del estadunidense en Latinoamérica aprovechó estos textos. Se trata de una las posibilidades de difusión de este autor en México, aunque no la única.

La explicación a la preeminencia de traducciones procedentes de Europa está vinculada a las preguntas de ¿por qué el interés en México por este autor no fue temprano? y, a su vez, ¿por qué son contadas las traducciones directas del inglés pese a la cercanía con EE.UU.? Las relaciones entre México y EE.UU. no eran las óptimas para ello. Durante la etapa más productiva del autor, sus últimos diez años de vida (1840-1849) tenía lugar la guerra entre ambos países (1846-1848). Una vez resuelto el conflicto bélico, con el bloqueo que supuso, las relaciones tardaron en reestablecerse. Durante el Imperio de Maximiliano, no hubo gran contacto entre las dos naciones dado que el país del Norte se encontraba en plena Guerra de Secesión (1861-1865). De hecho, ésta es también una de las razones por las que la nación vecina no aprovechó la Intervención Francesa para hacerse de más territorio, aunque fue llamada junto con Inglaterra y España a participar (Díaz, 2000: 609). Estas circunstancias dificultaron el contacto entre los dos países y son decisivos para entender la recepción de la obra de Poe. Si bien, durante la República Restaurada EE.UU. fue visto como un prototipo de nación, a la que era mejor tener de aliada que de enemiga, en ningún momento desplazó a Francia, que representó el modelo de civilización y cultura de la élite.

El segundo aspecto a considerar, consecuencia de lo anterior, es la deuda que las traducciones aparecidas en México tienen con las francesas. Esto se debe a que la traducción realizada por Charles Baudelaire atrajo la atención de Europa y posteriormente la de Hispanoamérica. El mundo hispánico no se pudo sustraer a la seductora traducción del autor de Les fleurs du mal, que incluso adoptó los títulos y el orden dado por el escritor francés a los cuentos de Poe (Englekirk, 1934: 25).1

Sin embargo, es importante señalar que las traducciones al español no fueron totalmente dependientes de la traducción de Baudelaire, ni la siguieron pasivamente, ya que adoptaron una división de frases distinta al texto original y a la traducción en francés (Englekirk, 1934: 30); recurrieron a la paráfrasis cuando se enfrentaban con algún giro o fragmento difícil de verter a nuestro idioma, e inclusive adaptaron algunos pasajes o añadieron texto de acuerdo con las necesidades de la publicación.

Es posible confirmar que el mayor número de traducciones directas del inglés corresponde a la poesía, aunque en la lectura atenta de algunas narraciones se observa que muchas veces este trabajo se hacía utilizando el original y la traducción francesa.

Si bien es cierto que la atracción por la obra de Poe se avivó por la moda francesa, éste se manifestó en México por lo menos desde 1868. Indudablemente fueron importantes para Hispanoamérica la traducción de Juan Antonio Pérez Bonalde de “El cuervo” (1887) y el reconocimiento que los escritores franceses hicieron a Poe (Englekirk, 1934: 21); pero no son los fundamentales en el caso mexicano.

Finalmente, es notable que las traducciones de la obra de este autor no fueran exclusivas de algún bando político; contrario a lo que podría pensarse, tanto las publicaciones de corte liberal como las conservadoras colaboraron en su difusión. Esto constituye una evidencia de que la prensa ulterior a la República Restaurada funcionaba de acuerdo con las necesidades del mercado y que la prensa conservadora compitió en todos los terrenos, aún en el económico (Ceballos Ramírez, 1997: 165-166).

Así pues, en una revisión general es posible notar que de los 64 relatos breves que consignan Patrick F. Quinn y G.R. Thompson (Poe, 1984a) se tiene constancia de 29 en la prensa mexicana. De ellos los que aparecieron más veces y tuvieron un mayor número de traducciones diferentes fue “The Black Cat” (1874, 1877, 1888, 1893, 1898 y 1899), seguido por “The Oval Portrait” con cinco (1891[2], 1892, 1898, 1909), “The Cask of Amontillado” (1873, 1874, 1875, 1884 y 1899) y por “Shadow. A Parable” (1878, 1910[2], 1911), con cuatro cada uno. Algunas de las narraciones fueron impresas con poco retraso con respecto de España, tales son los casos de “The Balloon-Hoax” que se publicó en España en 1875 y, en México, en 1877; o “A Descent into the Maelström”, publicado por vez primera en España en 1875 y, en México, en 1877. Asimismo, hay dos textos que primero fueron publicados en México, “The Fall of the House of Usher” que apareció en 1884, y después en España, en 1890; y “Hop-Frog” publicada en 1879, mientras que en la península Ibérica lo fue en 1884.

Salvo “The Premature Burial”, “Mystification”, “Mesmeric Revelation”, “A Tale of Ragged Mountains”, “The Imp of Perversity” y “The Oblong Box”, se conocieron la mayor parte de sus cuentos terroríficos y sobrenaturales. Un dato curioso es que, aunque el primero de esta lista no apareció en la prensa mexicana durante el periodo analizado, como se verá en el cuarto capítulo, dedicado a la creación literaria, fue el que causó mayor impresión y generó textos de creación basados en la misma idea. Las cuatro mujeres de Poe, “Berenice”, “Morella”, “Eleonora” y “Ligeia”, conocieron diferentes ediciones; de este grupo, las dos últimas tienen un gran mérito: “Eleonora” fue el primer cuento de Poe que apareció en México y “Ligeia” es una de las pocas traducciones mexicanas que aparecieron en libro. Del cuarteto, las más famosas fueron “Berenice” y “Ligeia”, publicadas un mayor número de veces.

Es importante mencionar que hay omisiones significativas en la obra traducida de este autor: por las prensas mexicanas no pasó The Narrative of Arthur Gordon Pym; del conjunto de cuentos policiacos y de raciocinio faltó “The Mystery of Marie Rôget”; de los cuentos de tema metafísico sólo apareció “The Conversation of Eiros and Charmion”, no así “The Power of Words”, “The Colloquy of Monos and Una”, “Mellonta Tauta”; de los contemplativos, “The Domain of Arnheim”, “The Island of Fay”, “Langor’s Cottage” “The Philosophy of Forniture”, “The Sphinx”; ni los satíricos y grotescos “King Pest”, “The Man That Was Used Up”, “Loss of Breath”, “Some Words with a Mummy”, “Bon-Bon”, “Lionizing”, “The Literary Life of Thingum Bob, Esq.”, “Three Sundays in a Week”, “The Duc of L’Omelette”, “How to Write a Blackwood Article”, “The Spectacles”, “Diddling Considdered as One of the Exact Sciences”, “Never Bet the Devil Your Head”, “Why the Little Frenchman Wears His Hand in a Sling”, “Four Beasts in One. The Homo-Cameleopard”, “Von Kempelen and His Discovery” y “The Angel of Odd”. Sin embargo, pese a las omisiones hay que destacar la publicación de “The Thousand-and-Second Tale of Scheherazade” (“La mil y segunda noche” [1882, 1884]), obra cuya traducción es directa del inglés, ya que ésta no fue publicada por Baudelaire y tampoco apareció en francés sino hasta 1887, traducida por F. Rabbe; y “Silence. A Fable” (“Silencio” [1919]) que no apareció en España.

En lo que respecta a la poesía, en la que no ahondaré demasiado, se tradujeron algunos de sus poemas más célebres. A diferencia de lo que ocurrió con los cuentos, en su mayoría de carácter anónimo, se conoce la identidad de casi todos los traductores. Los más publicados fueron “The Raven” y “To Helen”. A estos se agregaron “Annabel Lee”, “Ulalume. A Ballad”, “The Bells”, “Eldorado”, “Silencio”, “To my Mother”, “Spirits of the Death”, “Tha Happiest Day” y “The Lake”. A la lista se añaden las anónimas de “The Sleeper” (1902), “Dream-Land” (1909) y la del poema apócrifo “Leonine” escrito por James Whitcomb Riley y publicado posteriormente por José Juan Tablada en 1906.2 También hay que señalar que se tradujo “The Philosophy of Composition”, texto que apareció en 1908 en la Revista Moderna de México.

Estos comentarios generales permiten tener una idea global del fenómeno. A continuación, haré una reconstrucción de la historia de las traducciones más relevantes a partir de artículos, notas, reseñas y anuncios que se refieren al autor o a sus obras.

La primera referencia a Poe en la prensa mexicana que he podido localizar corresponde al 5 de diciembre de 1859 en Diario de Avisos, en un artículo titulado “La tripulación del ‘Constante’” en el que se informa del trágico destino de los sobrevivientes del naufragio y refiere el horror que padecieron durante 79 días, en los que además de comerse sus heces y orines practicaron el canibalismo: “El que oye la narración de los padecimientos inauditos de[l capitán] Uyttenhoven y sus malaventurados compañeros, se figura que está leyendo un capítulo de Edgardo Poe, individualidad fantástica y lúgubre, escritor el más enérgico y sombrío de América, y acaso del mundo entero”. La mención no sólo se refiere al carácter escabroso de la situación, sino también al paralelismo que existe entre esta desgracia y uno de los episodios narrados en The Narrative of Arthur Gordon Pym (1838). Resulta interesante, pues esta mención es temprana con respecto a la traducción francesa de la novela que apareció como folletín en Le Moniteur Universel (25 de febrero a 18 de abril de 1857) y, posteriormente, conoció su primera edición como libro en 1858. Muy probablemente se trata de una noticia traducida del francés, pero no deja de ser digna de mención porque en ella se vinculan algunos de los conceptos clave en la obra del autor.

Tuvieron que transcurrir casi diez años para que apareciera la primera traducción de un cuento del escritor norteamericano en México: “Eleonora por Edgar Poe”, en El Semanario Ilustrado, 27 de noviembre de 1868 (pp. 53-54). La huella de la edición francesa es visible; en este caso, en lugar de ocurrir en un lugar llamado Valley of the Many-Colored Grass en el texto original, se convierte en el valle de Gazon Diapré, denominación usada por Baudelaire (“Vallée du Gazon Diapré”).

Un año después, los negros aleteos de “El cuervo”, traducido por Ignacio Mariscal, ensombrecieron las páginas de El Renacimiento, 1 de enero de 1869 (pp. 158-160). De acuerdo con el testimonio de Pedro Santacilia, en la carta que introduce el poema y la fecha del mismo, la traducción fue realizada el 30 marzo de 1867 en la ciudad de Washington. Ambos datos son significativos desde el punto de vista histórico:

Su versión acaso demasiado libre y no muy afortunada del poema más célebre de Poe, está fechada en Washington el 20 de marzo de 1867, es decir, cuando Maximiliano se refugiaba en Querétaro, el ejército republicano se disponía al sitio de la plaza y el gobierno de Juárez daba los pasos hacia la victoria final. En ese momento, Mariscal se encontraba en Washington, con categoría de primer secretario de la legación. Darse el lujo de traducir a Poe es un homenaje a un momento de nuestra historia en que estaba a punto de terminar el discurso de las armas para dar paso al discurso de las letras (Quirarte, 2014: 4).

Esta primera traducción cuenta con dos alteraciones dignas de mención: en vez de “Nevermore”, el ave dice “Jamás”, y la amada muerta se llama Felícitas en vez de Lenore.

El 1 de enero de 1874 en La Colonia Española (p. 1) se publicó el siguiente anuncio:

Habiéndose extraviado algunas hojas de la novela “Un secreto de familia” hasta tanto que se reciben de la Habana, empezamos a publicar otra novela, desconocida en México, que alternará con las Historias Extraordinarias de Edgardo Poe.

Dicha edición, a cargo del español Adolfo Llanos y Alcaraz, contenía “El gato negro”, “El sistema del doctor Brea”, “El diablo en el campanario”, “La carta robada”, “El barril de amontillado”, “Ligeia”, “El Lucero de Valdemar” [sic], y tres textos desconocidos: “El grito de la consciencia”, “De Europa a América” y “La vida en el sepulcro”.3 Posteriormente, apareció como libro en la imprenta de La Colonia Española.

José M. Santos Coy en un artículo titulado “¿Es un retrato?”, que se publicó en El Eco de Ambos Mundos. Diario de Política, 31 de octubre de 1876 (p. 3), hace alusión a “The Oval Portrait”, obra que no apareció en la prensa mexicana hasta 1891, pero que, como se ha dicho, fue de las que se publicó más veces: “ –Y ¿no le ha robado V. la vida a esa señora, para trasladarla al lienzo, como nos asegura Edgard Poe que sucedió una vez?”

En 1877, a cargo del tipógrafo Santiago Sierra, hermano del escritor Justo Sierra, en la imprenta de La Época aparece una traducción de “El gato negro” (el 27 de mayo, 3 de junio y 10 de junio de 1877, pp. 2, 2-3 y 2, respectivamente) así como la edición de Aventuras maravillosas, libro que recoge “Viaje a la luna”, “Manuscrito encontrado en una botella”, “La mentira del globo”, “¡En el Malestrom!” [sic] y “Morella”. El contenido del volumen coincide con el de Querol y Domenech impreso en Valencia (1875), cuya segunda edición salió de las imprentas de Pascual Aguilar en la misma ciudad (1882); y que contó con una tercera en la década de 1890 (Roas, 2011a: 191-193). La impresión de la primera de ellas es referida en La Colonia Española el 21 de diciembre de 1874, en un artículo titulado “Movimiento literario en España” en el que se daba cuenta de las novedades editoriales en la península ibérica con la finalidad de que los lectores comprobaran que los conflictos de política interior no mermaban la producción cultural.

En 1882 del taller tipográfico de Ireneo Paz salieron dos libros Las mil y segunda noches: cuento oriental y Ligeia. El mérito del primero, como se adelantó en los comentarios generales, es que para ese entonces no había sido traducido aún al francés ni al español; en Francia apareció hasta la edición de F. Rabbe, Derniers contes de Edgar Allan Poe (1887), impreso por Albert Sabine.

La Patria Ilustrada del 21 de enero de 1884 (p. 46) publicó un anuncio de su imprenta; entre los libros promocionados está “Novelas fantásticas en tres tomos” que incluye “Caída de la casa Usher” en el primero y “Las mil y segunda noches” y “Liegia” [sic] en el tercero. Muy probablemente los dos últimos sean las traducciones de Ireneo Paz.

En 1888 apareció la que sin duda es una de las traducciones más interesantes en la historia de la recepción de Edgar Allan Poe en México: “El gato negro. Confesiones de un asesino”, en La Defensa Católica. Periódico Hispano-mexicano. Consagrado a Promover y Sustentar los Intereses Latinos de América, 19 de enero de 1888 (p. 3). Su publicación en un periódico conservador es curiosa y explica por qué la segunda entrega nunca vio la imprenta. Probablemente el responsable, Ramón Figuerola, consideró que los lectores podían encontrar en ella un atentado contra la institución familiar y tomó la decisión de omitir el final. No se consigna el nombre del autor del texto, que probablemente aparecería en la última entrega, como era costumbre en muchas publicaciones de la época. El subtítulo aproxima el cuento a los encabezados sensacionalistas que más tarde darán paso a la nota roja.

La primera cosa a destacar es que se omite el párrafo inicial del texto original, que sí está presente en la edición francesa. Cabe suponer que esta eliminación haya respondido a la intención de adaptar el texto para que, por un lado, comenzará con la acción, y por el otro, le cancelará de la posibilidad de lo fantástico. En esta versión se enfatiza la sangre fría del protagonista.

El uso del verbo “agarrar”, en vez de “coger”, al gato por el cuello, habitual en el castellano peninsular, permite confirmar el origen hispanoamericano de esta traducción. Sin embargo, es importante señalar que el texto no es una traducción directa del inglés, ya que sigue de cerca la francesa.

En “¿Muertos o vivos?” texto aparecido en El Correo de San Luis, 7 de julio de 1889 (p. 2), se alude a “The Premature Burial”, cuento que, como se adelantó, pese a no haber aparecido en la prensa mexicana en el siglo XIX, hizo eco en la obra de autores como Carlos Díaz Dufoo, Pedro Castera, Laura Méndez de Cuenca y Rubén M. Campos.

Es muy probable que el retraso en la aparición de este texto en México tenga su explicación en que no formó parte de las traducciones de Baudelaire, y que sólo haya aparecido en Derniers contes de F. Rabbe (1887). Su primera traducción española fue en 1859 y, posteriormente, en 1871.

En 1896 apareció “El corazón revelador” en El Mundo, 8 de noviembre,4 texto que junto con “La embriaguez. Musa trágica”, aparecido en las páginas de El Mundo Ilustrado, 17 de abril de 1898, se atribuyen a la pluma de Francisco Zárate Ruiz.5 El segundo es la versión más interesante de “The Black Cat” publicado en la prensa mexicana del siglo XIX. Aunque la mayor parte del texto corresponde a la versión de J.C. de Historias extraordinarias (1890) procedente de la imprenta de J. Pons en Barcelona, con ligeras erratas, el texto aparecido en El Mundo Ilustrado incluye fragmentos que no están presentes en el original en inglés, la traducción francesa y mucho menos en las españolas.

El cambio de título, del que se ha omitido el autor, revela la intencionalidad moral del discurso. Las ilustraciones que acompañan el texto, de artistas desconocidos y, al parecer, de las que disponía El Mundo Ilustrado en ese momento, resultan interesantes porque, salvo la última, nada tienen que ver con la violencia representada en el texto. En la primera, una mujer que viste toga, La Embriaguez, ofrece una copa a un felino crispado (p. 309). En la segunda página el texto viene acompañado por la imagen de una joven con su gato, típica de publicaciones románticas, estética que ya había dejado de imperar en los gustos de la época (p. 310). La tercera corresponde a una litografía, quizá perteneciente a alguna edición francesa, en la que el protagonista aparece en el subterráneo escondiendo el cuerpo de su mujer (p. 311).

La alteración más evidente, además de la división en pequeños capítulos corresponde al carácter calculador del personaje. El asesinato, que da pie a fantasías sádicas, se consuma de un modo distinto al original: el ahorcamiento es sustituido por el apaleamiento previo. Esto modifica el sentido del cuento ya que lo que en el original responde a un impulso irracional, por lo mismo más aterrador, aquí se justifica a través de una sintomatología médica que refuerza la caracterización del personaje psicópata:

Me latían las sienes con fuerza como si mi cabeza fuera a estallar; profunda ira me minaba con sus estragos; todo lo veía yo negro con manchas rojas que parecían manchas de sangre; y en mi frenesí de destrucción y aniquilamiento, habría querido reducir a menudo polvo, a voladoras cenizas cuanto tiene vida sobre la tierra, pero particularmente al gato, al odioso Plutón, al horrendo gato grande, negro y tuerto que parecía un trasgo de pesadilla.

Con cierta especie de deleite insano, estuve meditando mi crimen y revisando y pensando todos los medios que podrían conducir a la destrucción del aborrecido animal.

Deseché la idea del veneno porque aunque me halagara la perspectiva del espectáculo que se ofrecería a mi vista con la lenta y dolorosa muerte del gato, temí que mi mujer descubriera el caso y a escondidas le diese algún contraveneno que dejara ilusionada mi venganza.

Por otra parte, consideraba que aunque siendo yo el que daba el veneno, yo sería la única y eficiente causa de la muerte y de los sufrimientos que causara, estos sufrimientos no satisfarían mi crueldad, como no la satisfaría un pistoletazo. Mi bárbaro deseo era saborear el placer de herir y que esa voluptuosidad salvaje del asesinato, se transmitiera por el puñal, desde los miembros sangrientos y palpitantes de la víctima hasta lo más profundo de mis entrañas.

Con incesantes vasos de gin ya en la taberna, ya en casa, avivaba yo la hoguera de mis crueles y sanguinarios pensamientos.

Un cuchillo bien filoso, mi navaja estaba muy a propósito, le dividiría el cuello poco a poco, después de haber previamente asegurado el animal en algún mueble para que no pudiera defenderse.

Pero por lentamente que se hiciera esa operación, una vez cortada cualquiera [sic] vena del cuello la muerte no tardaría en venir. ¡Mejor era encerrarme en un cuarto con él y matarlo a palos!

Y así lo resolví en definitiva.

Pero ¡qué lucha! ¡qué horrible y fatigosa lucha!

Desde que recibió a traición el primer bastonazo, comprendió seguramente la suerte que le esperaba y empezó su defensa. Yo no lo había querido amarrar para que la persecución por el cuarto hiciera mi tarea más grata y tardía. Eso me perdió.

Como disparado por el cañón de una escopeta, Plutón daba saltos vertiginosos que lo hacían llegar hasta el techo, se encaramaba en los armarios, se escurría bajo los muebles y me costaba un triunfo sacarlo de cada escondite. Sin embargo, algo había adelantado en mi horrorosa empresa, pues más de treinta veces mi palo había caído con la fuerza brutal sobre la cabeza y costillas del infeliz.

Pero me había entrado el cansancio y ya era el tiempo de llegar al fin. Entonces me vino una idea: [¡] ahorcarlo! Hice un lazo corredizo, lo coloqué de manera que el gato cayera en él, y poco después llevaba yo a mi víctima casi arrastrándola con dirección al jardín.

Allí escogí un árbol, colgué de una rama la cuerda y el gato, y mi crimen se consumó al fin.

Ya nada faltaba a mi venganza.

En el cuento original el personaje es atormentado por sentimientos contradictorios después de asesinar al gato; en cambio, el protagonista de este texto no experimenta el remordimiento ni pena, un aspecto que acentúa su carácter patológico. En esta traducción, el lector sabe que la policía ha sido alertada gracias a “la chismografía de la vecindad” y el criminal llega a planear su fuga.

El cuento termina con una coda que no deja la menor duda de que “la Embriaguez es una musa trágica” y que el merecido castigo llega. Las últimas líneas diluyen la solemnidad patibularia con un toque humorístico: “Detalle horroroso.– Acaban de notificarme mi sentencia de muerte, debo morir ahorcado. En toda mi causa no hablé una sola vez del gato origen de mis desdichas, y sin embargo, en la carátula del expediente algún escribano ocioso había dibujado a pluma un gato negro al cual ¡le faltaba un ojo!”

El Chisme, entre octubre y diciembre de 1899, publicó como folletín varios cuentos de Poe. Estos pertenecen a la edición de Historias extraordinarias publicada en Barcelona por J. Pons en 1890: “El gato negro”, “Bereniza” [sic], “El corazón revelador”, “La máscara de la muerte roja”, “La caída de la casa Usher”, “Hop-Frog”, “El tonel del amontillado”, “William Wilson”, “El hombre de las muchedumbres”. De este conjunto, traducido del francés, el más interesante es “Bereniza”. El texto corresponde con el que apareció en el Southern Literary Messenger de marzo de 1835 (pp. 333-336) que también formó parte de Tales of the Grotesque and Arabesque (1840). El cuento utilizado por Baudelaire difiere del que apareció en el Broadway Journal del 5 de abril de 1845 (pp. 217-219). La singularidad de esta última consiste en que Poe resolvió, por medio de la elipsis, el tratamiento de algunos fragmentos considerados de mal gusto (Thompson, 2004: 140-147). Esta versión, que hace explícito el tema vampírico, es la que dio pie a la edición de J. Pons publicada en El Chisme. A continuación se presentan el pasaje eliminado que corresponde con el francés:

Con el corazón lleno de angustia y oprimido por el miedo, yo me dirigí con repugnancia al dormitorio de la difunta. Era este vasto y sombrío, y a cada paso tropezaba con los preparativos del entierro. Las cortinas del lecho, según me dijo un criado, estaban cerradas y ocultaban su féretro y en este féretro, según añadió en voz baja, yacía todo lo que de Bereniza restaba.

¿Quién me invitó a que examinase el cadáver? Lo ignoro: yo no vi que nadie moviera sus labios. Esto, sin embargo, la invitación fue hecha de un modo claro y distinto, y el eco de sus frases aún resonaba en el cuarto. Era imposible resistirla y con el corazón destrozado yo me arrastré hacia el lecho funerario. Levanté con tiento las cortinas; pero al dejarlas caer descendieron sobre mis hombros y separándome del mundo de los vivos me encerraron en la más estrecha comunión con la difunta.

Toda la atmósfera de aquel cuarto sentía a la muerte; pero el aire que se desprendía del féretro me hacía daño, pues se me figuró que de aquel cuerpo se exhalaba un olor deletéreo. Yo hubiese dado todo un mundo por evitar, para huir la perjudicial influencia de la mortalidad, para respirar una vez más el aire puro del eterno cielo. Pero no tenía fuerzas para moverme; doblábanse mis rodillas; parecía que mis pies habían echado raíces sobre el suelo y yo seguía mirando el rígido cadáver tendido en toda su longitud sobre el abierto féretro.

¡Dios del cielo!... ¡fue cierto lo que vi! ¿Fue un extravío de mi cerebro?...... ¡Vi en efecto como el dedo de la difunta se movía bajo su blanco sudario! Extremecido [sic] de horror levanté con calma mis ojos para fijarlos en el cadáver. Este llevaba una venda con que se había ceñido sus mandíbulas; pero no sé por qué en aquel instante se veía desatada. En sus pálidos labios se dibujaba una especie de sonrisa y a través de ellos y de un modo triste y melancólico, vi los dientes de Bereniza, blancos, terribles lucientes, que me miraban con una realidad espantosa. Me separé de un modo convulso de aquel lecho y sin pronunciar una frase, me arrojé como un loco, fuera de aquel cuarto donde sólo reinaba el misterio, la muerte y el espanto.

Para desgracia del lector, al final del cuento aparece una aclaración que explica más de lo que debería: “¡Eran los dientes de Bereniza que yo la había arrancado en su tumba! [sic]”. Esto probablemente respondió a que el editor consideró necesaria la eliminación de la ambigüedad.

El 30 de agosto de 1900 en las páginas de El Contemporáneo de San Luis Potosí apareció una noticia escalofriante, que parecía emular uno de los cuentos de Poe, con el título “Orangután asesino”; este hecho es destacable porque la traducción de “The Murders in the Rue Morgue” no apareció en la prensa mexicana, sino hasta 1913.

El 1 de septiembre de 1904 la Revista Moderna de México publicó la traducción de “El cuervo” de Ricardo Gómez Robelo con una viñeta de Julio Ruelas (pp. 26-28). Esta misma publicación dio a conocer en 1908 la “Filosofía de la composición”, el 1 de noviembre (pp. 131-139). Es muy probable que se trate de una edición directa del inglés, porque el título francés era “Méthode de composition”6 y en inglés “The Philosophy of Composition” (1846).

En 1909 se publicó “El retrato ovalado”, en El Mundo Ilustrado del 28 de marzo (pp. 730-731); otro texto interesante con alteraciones destacables, pues el traductor precisa detalles que no pertenecen al original, como el motivo de abandono del castillo (“Sin duda, huyendo de nuestro ejército, sus dueños lo habían abandonado hacía muy poco, sin tener tiempo para llevarse otra cosa que sus alhajas, y dejando todo el mobiliario antiguo y rico”); o elimina otros, como la descripción completa de los marcos.

En cuanto a la prolongada descripción del lugar y de los cuadros, esta podría entenderse como parte de la exaltación del pasado de esa estirpe, compuesta por cancilleres e hidalgos. De algún modo podría ser una manera de defender el orgullo español, ya que, no hay que olvidarlo, es el país en donde se desarrolla la acción. Esto último hace suponer la nacionalidad del traductor. Asimismo, que la joven sea “de peregrina belleza”, refuerza la posibilidad de que se trate de una traducción hecha en España.

Je lus longtemps,–longtemps;–je contemplai religieusement, dévotement; les heures s’envolèrent, rapides et glorieuses, et le profond minuit arriva. La position du candelabra me déplaisait, et, étendant la main avec difficulté pour ne pas déranger mon valet assoupi, je plaçai l’objet de manière à jeter les rayons en plein sur le livre.

Mais l’action produisit un effet absolument inattendu. Les rayons des nombreuses bougies (car il y en avait beaucoup) tombèrent alors sur une niche de la chambre que l’une des colonnes du lit avait jusque-là couverte d’une ombre profonde.

*

Encendí varias bujías de un fino candelero antiguo, y cuando disponía a desnudarme, hallé bajo las almohadas, un pequeño libro, en el cual estaban enumeradas prolijamente las obras de arte que contenía la señorial mansión abandonada.

Entre los cuadros veíanse algunos representando viejos, nobles, muertos hidalgos, cancilleres, guerreros ilustres…. Y las horas me parecían rápidas en aquella compañía muda y gloriosa. Sería cerca de media noche, cuando, al ir a sustituir una de las velas que ya amenazaba extinguirse, merced a un movimiento torpe hice oscilar el candelabro, y extendiéndose la luminosidad, llegó hasta un rincón de la estancia que, oculto a mi vista por una de las columnas del lecho, había hasta entonces permanecido en la sombra.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.