Kitabı oku: «Las griegas»

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Las griegas

Sergio Olguín

Las griegas

Sergio Olguín

COLECCIÓN

AVALANCHA

Odelia

Editora

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

Sobre esta edición

Maldita moda

Quiero que me hables de Claudia Schiffer

Hecha una Furia

I- Jean Paul Gaultier

II- Moschino

III- Vivienne Westwood

IV- Gianni Versace

V- Revlon

VI- Gonzalo Videla

VII- Scandal

El rapto de Helena Primer día

I

II

III

IV

Segundo día

I

II

III

IV

Tercer día

I

II

III

IV

Revolución El Preservativo Justiciero

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

Días de sol

Clarisa o la historia de una señorita

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

Hombres equivocados Penélope se va mañana

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

El intruso

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

Los trenes de la muerte

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

. . .

Olguín, Sergio

Las griegas / Sergio Olguín. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : María Eugenia Krauss, 2020.

Libro digital, EPUB - (Avalancha ; 3)

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-86-7052-2

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863

. . .

Primera edición: Junio 1999, Vian Ediciones

ODELIA EDITORA

facebook.com/odeliaeditora

e-mail: odeliaeditora@gmail.com

Tipografías: © Rockwell, © Roboto, © Museo Sans

Foto solapa de autor: PH Jazmín Teijeiro

Diseño gráfico de tapa e interiores:

che.ca diseño

che.ca1diseno

Copyright © 2017 Odelia editora

Copyright © 2017 Sergio Olguín

No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.

Su infracción está penada por la ley 11.723 y 25.446.

Primera edición en formato digital: diciembre de 2020

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Sobre esta edición

Realicé algunos cambios con respecto a la publicación original de Las griegas en Vian Ediciones (1999). Quité un cuento (“Eurídice, último canto”), porque ya no me gusta, e incorporé “Los trenes de la muerte”, relato que apareció en una antología de cuentos en el 2003. No dudo de que Verónica Rosenthal, protagonista de “Los trenes…”, merecía un lugar entre las griegas de estos cuentos. También quité un epílogo en el que contaba el origen del libro y de cada cuento en particular, información que hoy me parece innecesaria. La versión actual de “El intruso” es más extensa que la original. Los demás cuentos sufrieron cambios menores. También fueron reordenados, solo por el placer de seguir jugando con la edición del libro.

S. O.

Maldita moda

Quiero que me hables de Claudia Schiffer

La moda está totalmente de parte de la violencia.

Georges Perec

París, 1996

Detesto las pelucas, el tabaco, las mujeres de voz seductora, las mujeres mayores de treinta años, el trópico, la cerveza, los físicoculturistas, todos los deportes y a quienes los practican; detesto el amarillo mostaza, el inglés americano, a Oscar de la Renta, las películas de Hollywood, los fotógrafos de Magnum, el perfume de Kenzo, los hombres semicalvos, las estupideces de Valentino, la gordura en todas sus formas y las modelos argentinas. Cada vez quedan menos formas de placer: mis fotos, mis diseños, mis chicas, mi perfume, mis abanicos, París, dos o tres intelectuales, los seudointelectuales, los homosexuales, los onanistas, los diseños de Kenzo, Jean Paul Gaultier cuando está de buen humor, las mujeres de voces chillonas, las adolescentes, los hombres que intentan seducirme, las anfetaminas, las mujeres drogadas o borrachas, las gaseosas, el champagne, hablar de moda, la compañía de Mark, las mujeres que usan Dolce & Gabbana, el francés y el inglés como lo hablamos Claudia y yo, la vocecita de la otra Claudia tratando de pronunciar una frase en su pésimo alemán. Hace mucho tiempo que descubrí (¿fue aquella tarde de abril en Hamburgo cuando vislumbré todo lo que me iba a ocurrir en estos años?) que la vida no tiene sentido, nada es trascendente, nada dura más que un modelo de temporada, todo se olvida. La vida es como mis diseños: un resplandor que enceguece y oculta fugazmente la descomposición de la carne. La vida es como mi perfume: un disfraz invisible que desaparece poco a poco sin que nos demos cuenta. La vida es una mierda.

Exagero. Siempre exagero. Cuando en Hamburgo aquel señor (con quien, luego, fui tan ingrato) me preguntó qué quería conseguir yéndome a París le contesté: “quiero ser Dios”. Obviamente, se rió. Yo seguí diciéndole: “voy a tratar por todos los medios de crear una mujer invencible”. Dios las había hecho frágiles, yo las iba a transformar en seres perfectos. No me importó que se siguiera riendo y pensara que solo iba a preocuparme por fotografiarlas o vestirlas. Yo sabía que mi destino era otro. Aunque después, con las primeras amenazas de éxito, me di cuenta de que no hay más destino que el tedio. De todas formas, no renuncié a ser Dios. Un Dios amante de la desmesura, los foulards multicolores y el sándalo. Un Creador de mujeres invencibles un poco aburrido de tener que hacerlas cotidianamente a mi gusto y semejanza. En fin, lo esencial es recomenzar. La divinidad es ante todo un trabajo rutinario.

Hoy a la mañana, a mi hotel particular (donde conviven confusamente los espíritus de mis cuatro Casas) ha venido Claudia, la otra Claudia, que no se llamaba Claudia hasta que yo la bauticé. Vino con su madre, esa argentina de voz aterciopelada que me recuerda a una puta polaca que conocí cuando aún vivía en Hamburgo. Ella insiste en recordar su pasado cuando era modelo de La Maison y fue tapa de dos o tres revistas. Insiste en afirmar que antes las modelos eran menos profesionales, pero más humanas.

―Pero eso no es ninguna virtud, mi querida Inés.

―Querido Karl, no trates de escandalizarme porque no lo vas a conseguir.

No, mi querida estúpida, solo quiero que el terciopelo te atragante y te cierre la boca. También Claudia desea que su madre se calle. Parece ajena a todo observando las revistas que hay sobre mi escritorio, pero está muy atenta. Me mira por el rabillo del ojo y sabe que mi sonrisa es para ella. Sheila aparece con dos cafés descafeinados y una Coca Cola. Los cafés son para Claudia e Inés y la Coca es para mí. Inés no para de hablar. No puedo creer que los hombres puedan dejarse engañar por esas voces aterciopeladas. No soporto que Inés intente seducirme sin considerar que ya tiene más de treinta años. Y mucho menos que crea que va a deslumbrarme con su modelito comprado en una de mis Casas. Se ha vestido con un prêt-à-porter que diseñé para Casa Lagerfeld: un saco de cheviot rojo con pollera de lana negra (muy Chanel, lo reconozco), un moño de seda y guantes de encaje, todo en negro. A Claudia también la vistió con un diseño mío: una chaqueta de cuero con costuras de fantasía, una blusa blanca de cuello cisne y un touch muy Lagerfeld: una corbata de seda azul cobalto (Coco volvería a morirse si viera algo así en su Casa). Lo increíble, lo horrorosamente increíble, es que Claudia lleva puesto un jean rotoso de origen desconocido, como todos los jeans. Esta jovencita va por el mal camino si sigue en compañía de su madre. Solo una argentina puede pensar que su hija está elegante con un pantalón de tela rústica. Claudia también es argentina, pero con sus catorce años aún no se le nota.

Fue Katty la que trajo a Claudia a mi otra Casa, a Fendi. Preparaba un desfile y quería modelos nuevas, muy jóvenes. Llamé a la agencia e inmediatamente Katty me dijo: “tengo una modelo increíble, de aquí a dos años va a ser la sensación de la agencia”. Muy rara vez Katty se equivoca. Jamás habría cometido los errores de su madre de tener modelos más dignas de un servicio de putas que de casas de alta costura. Eileen es una romántica; su hija, un talento.

Katty misma vino con las jóvenes y sin que ella me lo dijera enseguida me di cuenta de que la modelo a la que había hecho referencia por teléfono era Claudia. A simple vista se diferenciaba de las otras chicas. Su pelo castaño, sus ojos color miel que ya parecían cargar con el tedio que yo había descubierto recién a los treinta y un años. Me bastaron dos palabras (su inglés: perfecto; su voz de Ratón Mickey: deliciosa) para darme cuenta de que Claudia era tan ambiciosa como sexy. Katty tenía razón: esa chica que aún no había cumplido los quince iba a ser un genio en su género. Modelos como ella surgían una cada diez años. Podía transformar sus defectos en virtudes y en personalidad. Claudia estaba habitada por una voluntad de belleza que influía directamente sobre su cuerpo.

Claudia no se llamaba Claudia. Se llamaba Jeannette. Así la había anotado su madre en la agencia Ford: Jeannette Goldstein. Un nombre francés, un apellido judío y una jovencita desgraciadamente argentina: demasiados pintoresquismos. Le pregunté si tenía otro nombre y ruborizándose me dijo: “sí, Claudia”. “Como Claudia Schiffer” le dije y se sonrió. “Desde hoy ―le anuncié delante de las otras chicas y de Katty― te vas a llamar Claudia, vas a ser mi otra Claudia. Y no vas a desfilar para Fendi. Quiero que seas modelo de mi otra Casa. Vas a modelar en exclusiva para Chloé”. Todavía colorada, pero exultante, Claudia me dijo: “mi sueño es modelar para Chanel, como mi madre”. “Todo llega, pequeña. En Chanel solo modelan mujeres invencibles, pero no te preocupes: vos vas a ser una de ellas”.

¿Veinte, treinta, cuarenta veces? ¿Vuelvo a exagerar? ¿Cuántas veces, con inútiles variantes, repetí lo que le dije a Claudia? ¿A cuántas les había ya no prometido, sino vaticinado que las iba a convertir en mujeres invencibles? Y siempre el vaticinio se había cumplido. Se lo había dicho a Claudia Schiffer en Düsseldorf, a Christie Turlington en Londres (“su belleza ―creo haberle dicho― me recuerda a Gloria Swanson y a Pola Negri. Yo haré de usted una nueva estrella silenciosa”), a Cindy Crawford aquí en París (“usted es perfecta y totalmente fuera de moda, usted es una mujer clásica, me gustaría fotografiarla desnuda, hoy mismo”, y esa misma noche le tomé las primeras fotos), a Linda Evangelista en Viena y a tantas otras. Todas habían llegado a ser mujeres invencibles que tarde o temprano abandonaban mis Casas. Salvo Claudia y Linda, que aún guardan hacia mí una fidelidad no del todo justa. Pero ya me abandonarán ellas también y no me preocupa. Pasan como pasan mis diseños. No trabajo para durar. Destruyo mujeres vulnerables para reconstruirlas. Me gusta hacerlo, como transformar un trozo de cashmere en un sacón, por el simple hecho de concretar mis intuiciones.

Lo esencial es siempre recomenzar.

―Es una lástima ―insiste Inés―. Me hubiera gustado mucho trabajar con vos. Pero la maternidad me impidió estar en La Maison cuando llegaste. Jeannette va a poder hacerlo.

Es una suerte. A Inés jamás le habría vaticinado nada. Y no se fue de la Casa por la maternidad. Fue despedida por falta de ángel. Y todo lo que ella no tenía a Claudia le sobra.

Desde aquel primer encuentro organizado por Katty no volví a ver a Claudia personalmente hasta el día de hoy, que vino acompañada por su madre. En el ínterin participó de un par de desfiles para Chloé y la agencia Ford le consiguió ser tapa de 15 ans y de Mademoiselle. Su presencia en esas revistas era tan deslumbrante como desaprovechada por Andrew y Stephane. Andrew y sus fotos me ponen nervioso: se parece demasiado a mí cuando aún estaba en Hamburgo. Y Stephane es un chico con futuro, aunque demasiado Mondino, demasiado preocupado por hacer videoclips y acostarse con estrellitas del rock. Sé que me desprecia porque desprecia este mundo y a todos los que no cantan o no tocan la guitarra. Ni Andrew ni Stephane fueron capaces de ver realmente a Claudia. Frente a la lente de estos jóvenes pretenciosos Claudia es apenas una modelo hermosa más. Sin embargo, Mark dice que las fotos no son malas y que mi reacción es solo un ataque de celos. Es posible. Y tal vez esa sea la razón por la que elegí a Claudia para ser la única modelo de mi nueva publicidad de Photo.

―Claudia va a quedarse un par de días aquí. Vamos a hacer toda la producción en mi estudio. Lamento no invitarte a que te quedes en el hotel, pero una modelo tan exquisita como vos sabe que la presencia de una madre no es conveniente.

―Ya lo creo, Karl. Voy a ir de compras y al cine.

―Un plan perfecto. Espero verte el jueves. Podemos almorzar los tres juntos.

Inés nos besa y se va. Claudia deja la revista y me mira. Yo también la miro. El juego parece divertido porque nos sonreímos y nadie dice nada. Finalmente le pregunto:

―Tenemos todo el tiempo del mundo para las fotos. ¿Te interesa hacer algo antes?

Hace un gesto de desinterés con el rostro. Ella no lo sabe (o sí), pero estoy registrando cada uno de sus mohines para luego fotografiarlos.

―Entonces hablemos. ¿Contenta en Chloé?

―Sí. Es muy linda ropa. ¿Es verdad que Chloé era su esposa y murió cuando usted tenía 22 años?

―Es verdad ―le miento―. Tenía una enfermedad incurable. Un médico decía que solo podía sanar si olía constantemente flores. Gasté toda la fortuna que había heredado de mi padre en orquídeas, camelias, jazmines y rosas, pero fue inútil. Y cuando creé el perfume Chloé mezclé todas las flores que ella olía. Si siento que una mujer se ha puesto Chloé, no puedo dejar de pensar en ella.

Ahora su rostro se entristece. Me mira con ternura. Un nuevo silencio. No pienso decir nada hasta que ella hable.

―¿Cuál es su modelo favorita?

―Vos y Claudia Schiffer.

Se le escapa una carcajada. “No te creo”, dice tuteándome.

―¿Por qué no? Claudia Schiffer también es muy buena modelo.

Otra carcajada. Quiere arreglar la confusión, pero está muy contenta. No deja de ser un poco decepcionante ver que una chiquita de catorce o quince años es tan fácil de halagar (y de la misma manera) como una mujer de treinta.

―Quiero que me hables de ella. ¿Cómo es Claudia?

―Es perfecta. Como todas mis modelos de Casa Chanel. Es autoritaria, egocéntrica, malhumorada. Como todas mis modelos. Habla el inglés como vos, pero pronuncia encantadoramente mal el francés.

―Yo estudio alemán. Mis abuelos eran alemanes.

Pequeña Claudia: ¿estarás preparada para dar el paso? ¿Estarás preparada para la destrucción de esa nena que aún se escapa por tus ojos para pasar a ser una de mis creaciones?

Llegó la hora. La llevo al estudio fotográfico del quinto piso. En el camino nos cruzamos con mis colaboradores y asistentes. Claudia mira todo fascinada.

―Tu casa es enorme. ¿Cuántas habitaciones tiene?

―Treinta, cuarenta. No sé. Creo que nunca la recorrí entera. Me dijeron que en el tercer piso hay un fantasma que en las noches de lluvia se pasea arrastrando cadenas.

Me gusta verla reír. Abre los ojos como sorprendida y enseguida aparece esa carcajada despreocupada de todo salvo de posar.

En el estudio nos esperan la maquilladora, la peinadora, las dos vestuaristas, el iluminador y Sheila. Les doy las indicaciones a todos y Claudia desaparece acompañada de la maquilladora y la peinadora. A las vestuaristas les explico que deben dejar en la otra habitación las prendas que ya seleccioné e irse. El iluminador también se retira. Saben que cuando saco fotos me gusta estar solo con mis modelos. No entiendo a esos fotógrafos capaces de compartir el espacio con veinte asistentes mirando cómo trabajan. Me parece tan absurdo como si alguien leyera por sobre la cabeza de un escritor mientras escribe o si alguien observara cómodamente sentado mientras un pintor dibuja sobre la tela. Sheila también se va, dejando abierta la primera botella de champagne. No podría sacar una foto si entre clic y clic no bebiera de las aguas de Reims. A los veinte minutos vuelve a aparecer Claudia. Tiene puesto un vestido Chanel de lana y terciopelo borravino, strapless con un corsé muy ceñido y una larga pollera de gasa abullonada. Lleva guantes verde musgo muy pero muy largos y sin dedos. Tiene el pelo suelto totalmente sauvage. Claudia camina unos pasos y ese cuerpo delgado de casi un metro ochenta parece deslizarse como un fantasma sexy y provocador, como debe ser el del tercer piso. Claudia se para con las manos en la cintura y me mira.

―Casi perfecta. Claudia Schiffer lloraría de envidia si te viera. Te insultaría en alemán.

Le explico cómo va a ser nuestro trabajo y qué es lo que deseo conseguir. Por primera vez quiero trabajar libre de decorados. Solo ella, mi perfume y mi mirada; nada más. Primero vamos a hacer unas tomas con ese modelo Chanel (lo hago con un Chanel y no con un Lagerfeld porque me rindo a la evidencia: todos dicen que Casa Chanel está cada vez más Lagerfeld, cada vez más arriesgada, y Casa Lagerfeld, cada día un poco más clásica) y con un fondo gris elefante. Después vamos a hacer otras fotos en ropa interior con un fondo negro y un sillón azul océano diseñado por Ron Arad.

Me sirvo otra copa y le alcanzo una a ella. La sostiene con naturalidad aunque sospecho que es la primera vez en su vida que va a tomar champagne. Brindamos.

―Vamos a empezar. Calculo que mañana sacaremos las últimas fotos. Una modelo que no termina la sesión fotográfica borracha de champagne no es una modelo by Karl Lagerfeld.

Se ríe, tose. Las burbujas deben de estar cosquilleándole la garganta y por toda la cabeza.

―Yo soy una modelo Karl Lagerfeld y voy a desfilar para Chanel.

Primero le tomo unas fotos sin ninguna indicación. Claudia cumple con el manual de la buena modelo y sola va lanzando su repertorio de miradas aprendido en alguna mediocre escuela de modelos de su país. “Bien, bien” le digo, pero no es lo que busco. Con estos rostros, con estas miradas se conformarían Andrew o Stephane. Pero yo quiero más, aquello que Claudia tiene y que solo mi mirada va a ser capaz de descubrir. Aunque me lleve horas o días.

Claudia gira, su pelo se agita, sus manos se apoyan seguras en los hombros, en la nuca, en la cintura, sonríe, se pone seria, mira con deseo, con inocencia, confundida, feliz, lánguida. Sí, todo el repertorio clásico. Cualquier fotógrafo estaría feliz con cómo Claudia facilita el trabajo. Ha nacido para esto: para detener el tiempo y, bruscamente, acelerarlo. Es una modelo casi perfecta. Una jovencita talentosa. Yo la voy a transformar en una mujer invencible.

A la media hora hago el primer descanso. Me acerco al bar y sirvo las copas. Claudia no habla, está realmente concentrada en su trabajo. Toma el champagne de un trago casi sin darse cuenta. Le explico que ahora vamos a hacer unas tomas con el frasco de perfume y ella mueve la cabeza afirmativamente. Parece recordar algo y con una sonrisa infantil me dice:

―¿Sabés una cosa? Un novio de mamá usaba Photo.

―Un hombre de excelente gusto.

―Tiene un aroma muy rico.

Claudia toma el frasco, lo mira, juega con él. Me gusta como queda Photo en sus manos. Mark siempre hace bromas por el diseño del perfume. Dice que la tapa con esa especie de argolla en la punta es vaginal y que el frasco alargado es totalmente fálico. Siempre pensé que era una estupidez dicha para irritarme, pero ahora descubro que no es así. La manera en que Claudia toma el frasco es como si tomara una verga entre sus manos. Acaricia el perfume, se lo lleva a la nariz y aspira. En un gesto inesperado apunta hacia mí y aprieta el rociador. “A ver cómo huele”. Y se acerca a mi cuello. Sus pelos me invaden la cara.

―Riquísimo.

―Casi tan rico como tu Chanel número 19.

―Intente resistírsele ―dice repitiendo el slogan del único perfume Chanel que me gusta. Tomo la cámara y vuelvo nuevamente al ataque. Aunque parezca increíble, Claudia está todavía más suelta que en las tomas anteriores. Ahora se relaciona distinto con mi cámara: es agresiva. Su risa: agresiva. Sus gestos: agresivos. Su seducción: agresiva. Cuando gira parece flotar y el instante en el que suena el clic Claudia se congela. Es el mundo que se detiene cuando yo le arranco un poco más de su ángel secreto.

El frasco de perfume le sirve para crear infinitas poses. Se pone el aro en el ojo como si fuera un monóculo. Se lo pone en la boca como si estuviera a punto de arrojar una granada. Se para de golpe, se pone firme y con su mirada más seria muestra el perfume como en las publicidades de los años cuarenta. Cambio las luces y después de una hora intensa, le pido que se vaya a cambiar, que se ponga la ropa interior que prepararon las vestuaristas.

―¿Pido que me retoquen el maquillaje?

―No.

Abro otra botella de champagne. Tomo dos copas antes de que Claudia aparezca con el body Azzedine Alaïa que elegí especialmente para ella. Se ha dejado los guantes largos y sin dedos.

―Un toque Lagerfeld, ¿o no? ―y se ríe cruzando el estudio hasta el bar y toma de su copa. Ahora lo hace de a sorbitos, entre risa y risa.

Claudia tiene las piernas largas, tal vez un poco flacas, pero bien moldeadas por la naturaleza y no por el gimnasio. Puedo diferenciar a simple vista una belleza natural de una artificial. Detesto los gimnasios y mis modelos que hacen aparatos o gimnasia modeladora lo hacen a escondidas y sin mi autorización. Por suerte, Claudia aún no ha caído en las estúpidas garras del gimnasio. Falsamente preocupada me pregunta:

―¿No estoy muy blanca? Body blanco, piel pálida. Parezco un helado de crema.

―Parecés el fantasma del tercer piso.

―Horrible, ¿no?

―Inquietante. Sexualmente inquietante, mi chiquita. Ningún hombre va a poder no usar Photo. Y nadie va a olvidar este helado de crema.

Claudia lleva su Alaïa con la misma naturalidad que mostraba al posar con el Chanel. Maneja su cuerpo y las circunstancias. Era lógico que los fotógrafos se detuvieran en ese punto de perfección. Solo yo (tal vez por ese amor a la desmesura y muy seguramente por mi decidido trabajo de destrucción y creación), con mi cámara, o mejor, con mi mirada, solo yo soy capaz de desafiarla, de animarme a invadir esa zona oscura donde se esconde su genio, el germen de su perfección total.

Repetimos la rutina anterior. Primero le saco fotos a ella sola y luego con el perfume. El sillón nos permite probar nuevas situaciones aunque no me interesa la originalidad de la pose, sino la originalidad del gesto. Paramos cinco minutos, bebemos, volvemos a empezar, decenas de fotos, agotar situaciones, nuevo descanso, cambiar las luces, arrojar lejos los guantes, incorporar el perfume, otra botella de champagne, nuevas fotos. Claudia se arroja al piso, abre los brazos y queda como crucificada con el perfume sobre su vientre. El efecto es magnífico.

Ya he perdido el sentido del tiempo y no quiero mirar el reloj. Debemos llevar más de tres horas de trabajo continuo. Hacemos un nuevo descanso y le pido que se cambie el body por el juego de dos piezas de Dolce & Gabbana. Okay, dice, y ya borracha y cansada (más cansada que borracha) va al otro cuarto y se cambia. Vuelve al minuto. Disimula maravillosamente bien su estado.

―Sigo siendo un helado de crema.

―No solo de crema ―le digo señalándole los pezones que se dibujan en la semitransparencia del corpiño. Claudia se pone colorada. Es la primera vez que consigo intimidarla en esta sesión y no puedo dejar de sentirlo como una victoria.

Claudia parece querer resarcirse de su rubor y a pesar de las horas y el champagne posa con toda la energía. Si alguien pudiera verla en este momento pensaría que recién ha comenzado a trabajar.

Claudia vuelve a repetir su pose de crucificada en el piso. Yo fotografío. Tiene puesto el perfume por debajo de los pechos y por sobre el ombligo. Clic. Claudia está dispuesta a demostrar que la adrenalina invasora no era una muestra de vergüenza o timidez. Baja el perfume hasta que la argolla queda sobre el ombligo. Clic. Levanta un poco la pelvis, entreabre las piernas y el frasco comienza a deslizarse hacia abajo. Clic. Antes de que caiga al piso lo aprieta con los muslos. Clic. Sus piernas y su pelvis han sido más elocuentes que una mirada.

Toma el frasco y en un gesto inesperado lo pone dentro de la bombacha. Afuera queda la tapa rodeando justo el ombligo.

Apenas se reconocen las letras verde crema de Photo, pero no importa, sigo sacando fotos. Toma el perfume y se pone de pie. Tambalea apenas, pero enseguida se recupera. e sienta en el sillón, cruza las piernas y mira a cámara. Clic. Un par de fotos más. Nuevo descanso. Que beba otra copa o no, no cambia su estado. La toma, a medias, pero la toma. Más fotos. Se vuelve a sentar en el sillón. No está conforme. Se sienta en el piso en posición yoga. Esconde el perfume, lo vuelve a mostrar. Mira la lente como anunciando algo distinto. Y lo hace. Aproxima el frasco a un pecho y apoya la argolla contra el pezón como coronándolo. Clic. Se me ocurre una idea. Voy hacia la mesa de trabajo y tomo unas tijeras. Me acerco a ella, que no pregunta ni dice nada. “A ver” digo simplemente y corto un triángulo del corpiño, dejando en libertad ese pecho que se insinuaba detrás de la tela.

―Repetí la pose anterior.

Claudia vuelve a apoyar el frasco sobre el pezón. Clic.

Ella permanece totalmente en silencio. “Veamos” digo y con las tijeras voy a cortar la parte media del corpiño para dejar los dos pechos al desnudo.

―No.

Me detengo. La miro. Baja la vista. Corto el corpiño. Queda partido en dos y sus tetas me recuerdan absurdamente su risa. Son pequeñas, sin embargo es inevitable no pensar que están en constante crecimiento, tal vez sea su agitación producto de la fatiga o los latidos de su corazón los que consiguen este raro efecto. Claudia no se saca el corpiño roto que cuelga de sus hombros.

―Levantate y ponete el perfume entre los pechos.

Clic. Con un solo movimiento se desprende del pedazo de tela. Se tapa una teta con una mano y la otra con Photo. Perfecto. Clic. Toma el perfume por la tapa y el frasco cae al piso. El perfume estalla en miles de pedacitos de vidrio. Claudia grita. Un aroma a sándalo invade de golpe todo el estudio. Claudia se queda quieta. Sin soltar la tapa y sin bajar la vista, Claudia se pone a llorar.

―Creo que me corté la pierna.

Retrocede varios pasos y sin mirar se arroja sobre el sillón. Me acerco y le reviso la pierna derecha. En efecto: un pequeño corte producto de un vidrio que saltó hacia ella. Le limpio la sangre con mi pañuelo. Voy hacia el bar tratando de no pisar los vidrios.

―Para el susto.

Claudia bebe unos sorbos de la copa que le acerco. Sigue llorando. Mojo con champagne su herida.

―Evita infecciones emborrachando los virus.

La poca sangre que todavía mana se vuelve rosada cuando se mezcla con la bebida. No puedo resistir la tentación. Acerco mi boca a la herida y la limpio con la lengua. Una combinación perfecta para un nuevo perfume: el sándalo de Photo, champagne, sangre y la piel de Claudia.

Tomo la botella y tiro lo que queda sobre su bombacha. Claudia ahoga un grito por la sorpresa y el ardor. La sombra del pubis que se insinuaba en su Dolce & Gabbana es ahora un triángulo oscuro, húmedo y con una textura tan increíble como deseable. Tomo la cámara de fotos.

―Acostáte. No te preocupes que acá no llegaron los vidrios.

Claudia ―con sus catorce o quince años, con su fatiga y su borrachera― es, ante todo, una profesional. Se acuesta a lo largo y agita las piernas tratando de sacarse el champagne que corre por su piel. Clic. Y otra foto. Clic. Mira a cámara. Ya no llora. Clic. Su mirada, su rostro, su cuerpo cruzaron los límites de la belleza humana. Clic. Clic.

Pero de a poco, como una tormenta que vuelve sin nunca haberse ido, se pone de nuevo a llorar. Se tapa la cara con los brazos y sus pechos se ponen tensos. Clic. Sigue llorando. Dejo de fotografiar. Claudia no se saca los brazos de la cara. La siento balbucear en su idioma. La siento lloriquear. Ella siente mis manos bajándole la bombacha. Ella siente primero mi lengua entre sus piernas y después todo mi cuerpo sobre el suyo. Vuelve a gritar.

Claudia ya no llora. Se ha dormido. Mañana cuando despierte se va a sentir mal, va a volver a llorar, pedirá por su madre. Entonces yo le voy a mostrar las fotos, se va a ver hermosa como nunca. En una milésima de segundo va a vislumbrar todo lo que yo le voy a explicar mientras le acaricio el pelo y la abrazo como un padre protector: esa mujer que está ahí en las fotos es ella, esa mujer de las fotos se va a convertir en la mujer más deseada por todos los hombres del planeta, esa mujer de las fotos se convertirá en centro de atención de todo el mundo, esa mujer de las fotos es invencible. Ella dejará de llorar, desayunaremos, le volveré a sacar más fotos, tal vez la vuelva a violar o no. Otra vez llorará o no. Volverá a pedir por su madre, o tal vez no. Le contará todo, llorarán juntas, pero no va a pasar nada. Lo aceptarán como lo aceptaron todas. Como todas, esta Claudia se jurará abandonarme y despreciarme. Mientras tanto, todo seguirá igual: hará lo que yo le pida, seré todo para ella como lo fui de las demás. Ninguna nunca se quejó. Ni la otra Claudia, ni Cindy, ni Linda, ni siquiera Tatjana cuando hubo que internarla debido a algunos excesos, ni Naomi a pesar de la inesperada participación de Mark y sus amigos, ni Stephanie que aún llora cuando está sola (eso me escribe en sus cartas, pero no es un reproche, es solo la descripción minuciosa de su vida como quien cuenta las buenas y malas acciones a su Creador). Pero nadie se queja. Porque todo es un juego y estas son las reglas. Porque todo es un juego de apariencias y de olvidos. Hoy todas usan chaquetas ceñidas con lazos, mañana nadie se va a acordar de estas prendas y las femeninas pieles corruptas de sudores, olores y pelos en constante crecimiento se cubrirán con un palazzo superlargo en crepé de gasa que pasado mañana ya nadie recordará. La vida es como mis diseños y mi perfume: un fugaz engaño que pronto se convierte en desvanecimiento y olvido.

Claudia va a despertarse. Saldrá de este hotel siendo una mujer invencible. Los hombres que quieran conquistarla van a ser derrotados, destruidos, masacrados de la manera más sutil y cruel. Y esa derrota masculina es mi victoria. He creado un nuevo ser tan poderoso como el paso del tiempo, porque eso es Claudia a partir de ahora: fugacidad. Qué importa que después me abandone y que algún día nadie luzca este tweed con ribetes negros. Ya aparecerán nuevas Claudias. Siempre aparecen. Lo importante, me diré entonces una vez más, es volver a empezar.

A Karina Galperín.

Hecha una Furia

Las Furias o Erinias son la memoria,

inexorable e inflexible.

Jan Kott, El manjar de los dioses

Tragedia griega y púdica, querida mía:

el gesto definitivo termina entre bastidores.

Jean Genet, Los negros

Buenos Aires, 1996

I- Jean Paul Gaultier

La noche en la que Marina vio por primera vez a Gonzalo fue la del cumpleaños de Helena Salgado. Lo festejaban en la VIP de Pachá y estaban todas las chicas de las dos agencias y los mejores hombres de Buenos Aires. Ella estaba feliz en su vestido Jean Paul Gaultier que Max le había regalado cuando estuvieron juntos en Nueva York el otoño pasado. Era de seda y cuero negro (una combinación, por lo menos, arriesgada) que se ajustaba deliciosamente a su cuerpo y que otorgaba, a la vista de todos, un diabólico escote. Max también le había regalado el perfume que se había puesto esa noche: Escada, de Margaretha Ley. Por primera vez en seis meses abandonaba el Chanel Nº19 y se sentía exultante: como siempre cuando terminaba con una fidelidad. Apenas estaba maquillada (un poco de base Revlon compacta) y sus labios llevaban su lápiz labial favorito: Maybelline Moisture Whip, color Mocha Ice. Su ropa interior era un conjunto negro Dolce & Gabbana bastante discreto. Unas sandalias mexicanas (regalo de su madre, de su última visita al país en el que Marina había vivido su infancia y parte de su adolescencia) completaban su vestuario.

Gonzalo (ella todavía no sabía que se llamaba así) apareció como una imagen divina. Un flash los había encandilado a ella y a Max (abrazados después de un beso) y detrás del fotógrafo estaba Gonzalo, de perfil. Fue verlo y sentir que su corazón se detenía por un segundo para luego volver a sonar al ritmo de Mc Solaar. Gonzalo hablaba con Ana Paula y Lucía, que lo miraban como a un dios y parecían dispuestas, se les notaba en la mirada, a cualquier sacrificio para terminar esa noche en los poderosos brazos de ese adonis nacional. O extranjero. Tenía que averiguarlo.

—Max, ¿te gusta ese sweater que tiene el chico que está hablando con Ana Paula?

—¿Quién, Gonzalo?

Así supo su nombre y no mucho más: que había sido novio de María Vannini (como casi todos los hombres de esta tierra), que Max lo había visto jugar al rugby en Pucará o en Pueyrredón, y que se lo había cruzado en Le King Club, una disco de París. Marina no podía averiguar mucho más sin despertar sospechas, y si bien Max era poco celoso y mucho menos perspicaz, tampoco había por qué delatarse tan pronto. Porque ella no dudaba de que tarde o temprano se iba a delatar.

Y de pronto, lo esperado: Gonzalo giró la cabeza y su mirada se cruzó, se detuvo y acarició los ojos verdes de Marina. Sintió un fuego que le subía por los pies y que se detenía por debajo de la cintura. Sin pensarlo, como provocación y como calmante, besó largamente a Max. Cuando terminó el beso no solo descubrió que Gonzalo ya no la miraba, sino que ya no estaba ahí. Se había ido. No lo volvió a ver en toda la noche. Tampoco a Ana Paula ni a Lucía. Esa mañana, Max y Marina cogieron con una furia desacostumbrada en ella.

II- Moschino

Marina podía recordar perfectamente la forma, el estilo y la marca de todos sus corpiños, podía recordar sin equivocarse el nombre de todos los fotógrafos, los asistentes, las maquilladoras y las peinadoras con las que había trabajado, podía enumerar todas las calles de todas las ciudades en las que había vivido (el Córdoba de su primera infancia, el México de su adolescencia, el Buenos Aires actual), podía recordar el nombre de todas las discos de Europa y de Estados Unidos en las que había estado, pero se olvidaba muy rápidamente de los hombres que la habían calentado sin que llegara a ocurrir nada más. Tal vez porque habían sido muchos, tal vez porque creía que solo merecían recuerdo aquellos con los que sí había pasado algo, lo cierto es que a Marina le resultaba imposible recordar a aquellos hombres que, en su momento, habían despertado algún tipo de furor. Por esa razón, al día siguiente del cumpleaños de Helena ya no pensó más en Gonzalo.

Y probablemente nunca habría vuelto a pensar en él si no se lo hubiera vuelto a cruzar en el estudio de Vicky Levín, cuando iban a realizar la publicidad de Moschino. Esta vez sin luces confusas, sin estridencias, sin la locura de la disco, sin Lucía ni Ana Paula, sin Max. Ahí, a dos metros, estaba Gonzalo.

III- Vivienne Westwood

El día que Marina volvió a ver a Gonzalo comenzó muy temprano. Se levantó a las siete de la mañana porque tenía que estar a las nueve en el estudio fotográfico de Vicky Levín y le gustaba alimentar su fama de modelo puntual. Hacía una semana que no veía a Max (había viajado a Chicago para comprar el nuevo software de su empresa), pero no tenía tiempo de extrañarlo con todo el trabajo pendiente: el lunes, shooting para la cover de Para Ti; el martes, desfile de Laurencio Adot en el Hall Buenos Aires; el miércoles, producción para Elle; y hoy, el fitting y la primera sesión de fotos para la publicidad de Moschino. Para colmo, esa noche se reunían en la Age para festejar Halloween. Va a estar lleno de brujas, se dijo pensando en sus amigas.

El propio Moschino la había elegido para ser una de las imágenes de la nueva campaña que se iba a difundir no solo en Argentina sino también en Europa y Estados Unidos. El diseñador había visto sus fotos en el composit de la agencia Ford y la pidió inmediatamente. Que el resto del equipo (fotógrafa y demás modelos) también fuera argentino era una muestra de extravagancia de Moschino o un intento de reducir los costos de producción.

Pero a Marina no le interesaba demasiado la razón. Sabía que este podía ser su trabajo más importante hasta el momento y lo iba a saber aprovechar. Ese día había amanecido fresco y resolvió no llevar el vestido floreado Azzedine Alaïa que había pensado ponerse. Dudó un instante y finalmente se decidió por un tailleur Chanel de pantalón y saco gris elefante que el propio Lagerfeld le había regalado cuando modeló para Chanel en el Palace Montfleure de París.

Desayunó un café, dos tostadas con queso untable, un jugo de naranjas y dos aspirinas. Se miró al espejo: estaba demasiado formal. Se sacó el tailleur y se puso un vestido estilo Morticia largo hasta los pies pero colorado, bastante escotado y de mangas largas, con una pequeña cruz bordada a la altura del abdomen. Era un vestido Vivienne Westwood que a ella le gustaba especialmente. Pero cuando se acordó de que pensaba ir caminando desde su departamento al estudio (apenas cinco cuadras por la avenida Libertador) pensó que iba a ser más cómodo y menos llamativo el tailleur Chanel. Volvió a cambiarse y dejó el Vivienne Westwood para la Noche de Brujas.

Salió de su casa a las ocho y media pasadas sin una gota de maquillaje y con unos zapatos Maud Frizon que tenían una hebilla en forma de rosa. Caminó por la avenida con la fuerza de quien va con viento a favor. Era un breve trayecto: el estudio de Vicky Levín quedaba en Callao, a pocos metros de Libertador. Al llegar a esa esquina no pudo evitar recordar su primera visita a Buenos Aires, cuando tenía cinco años y la abuela la había llevado al ahora inexistente Italpark. Se habían pasado todo el día en el tren fantasma y en el laberinto de los espejos con su hermana Eva y su abuela Teresa. Fue su último (y casi único) recuerdo de Buenos Aires. Esa misma noche viajaron hacia la ciudad de México.

A Marina no le gustaba recordar su infancia. No creía en la nostalgia de esos tiempos. Agradeció tener veintidós años y poder vivir todo lo que estaba viviendo. Relacionaba la infancia con el no comprender lo que ocurre, con el tener que depender de los demás, con todos los terrores que la habían acosado. La adultez era para ella lo más parecido al paraíso que se podía concebir: todos y cada uno de los placeres comenzaron una vez que fue desarrollando su cuerpo tan admirado y envidiado.

En el estudio solo estaban Vicky, sus asistentes y el equipo de producción de Moschino en Buenos Aires. Todavía no habían llegado ni el peinador ni los otros modelos. Junto con la productora y la vestuarista revisaron la ropa y en menos de quince minutos ya tenían decidido qué iba a usar en la primera tanda de fotos. No era mucho realmente: unas bermudas y una remera ajustada Moschino, unas medias bucaneras Dim, unos zapatitos J. M. Weston, y un juego de ropa interior Scandal. Cuando ya estaba vestida para la foto aparecieron los otros tres modelos: dos adolescentes de no más de quince años (un chico y una chica que entraron riéndose a carcajadas) y Gonzalo.

IV- Gianni Versace

Ella sabía cómo iban a ser las fotos pero nunca imaginó que su compañero sería Gonzalo. Vicky y la productora le habían explicado que la idea de Moschino era que ella y el modelo aparecieran abrazados. Él solo con un jean y ella solo con sus bermudas. ¡Sus tetas contra el pecho enorme de Gonzalo! Por suerte, Marina estaba sentada. La sola idea le producía mareos y pensó que si Vicky los dejaba demasiado tiempo en esa pose, ella iba a empezar a refregarse contra el cuerpo de Gonzalo y que no tardaría en acabar.

Se saludaron con la indiferencia que indicaba la ocasión. Gonzalo llevaba un jean negro Versace, una remera negra Versace, un cinturón negro Versace (por lo visto le gustaba la ropa negra y Gianni Versace), zapatos desconocidos para ella, olía a Carolina Herrera pour homme (un punto en contra, pensó, era el mismo perfume que usaba Max) y con particular interés esperó a que se cambiara para descubrir que llevaba un bóxer de..., no, imposible concentrarse en la marca del bóxer de algodón blanco que quedó al descubierto cuando se sacó el jean para ponerse el Moschino. Palpitaciones. Marina sintió palpitaciones.

Decidió concentrarse en el maquillaje y la maquilladora. Una manera bastante efectiva para volver a ser la modelo profesional que todos conocían y respetaban. Ella sabía que llegado el momento se iba a comportar a la altura de las circunstancias.

V- Revlon

Ante todo la base y el polvo, luego el necesario toque de rubor para resaltar los pómulos y darle un aporte mínimo de iluminación. El paso siguiente era delinear y darle color a los ojos; la maquilladora eligió un tono natural para los párpados de Marina. Casi lista. Le agregó un toque de polvo translúcido; solo faltaban los labios. Marina reconoció, como una gourmet de lápices labiales, el sabor del Revlon Outrageous, en tono beige; el favorito de Claudia Schiffer. Finalmente, la maquilladora le quitó los excesos de artificio con un hisopo. Su rostro ya estaba preparado para la lente de Vicky Levín.

—Vos no necesitás maquillaje, estás preciosa —le dijo la maquilladora cuando terminó su trabajo. Se conocían desde hacía un par de años y siempre se habían llevado bien. Se llamaba Liliana y era cordobesa como ella. Los años en Buenos Aires no le habían quitado la tonada provinciana que ella había perdido (o transformado) en México. Marina sonreía mientras se observaba en el espejo. Realmente, por unos segundos, había conseguido olvidarse de Gonzalo.

Ahora era el turno del peinador. Liliana, mientras tanto, luchaba para que la adolescente se quedara quieta y se dejara maquillar. La chica parecía más interesada en llamar la atención del otro adolescente y no paraban de molestarse mutuamente mientras reían. Niños, pensó Marina con algo de fastidio. Gonzalo, ya vestido, esperó su turno para ser maquillado. El peinador le desenredó el pelo lacio y le aplicó un fijador para dar un efecto mojado.

La maquilladora terminó con la adolescente y comenzó a trabajar con Gonzalo, que se sentó al lado de Marina. Ella lo miró por el espejo. Pensó: está fuerte, muy fuerte.

Los adolescentes ya resultaban insoportables. Liliana, fastidiada con el bullicio de los chicos, los retó un par de veces pero no le hacían mucho caso. Estaba empolvando el rostro de Gonzalo cuando los volvió a retar.

VI- Gonzalo Videla

—Quietos, chicos, parecen bebés. Compórtense como adultos. ¿O hay que estar retándolos a cada rato? Hay que ser Videla con ustedes.

Los adolescentes hicieron como si no la hubieran escuchado, pero igual se tranquilizaron y se quedaron hablando en un rincón de las publicidades que ya habían hecho. Gonzalo miró a Liliana por el espejo.

—¿Qué tenés en contra de Videla? —le preguntó.

La maquilladora hizo un gesto de indiferencia, restándole importancia a sus palabras. Sin dejar de maquillarlo le contestó:

—Nada. Dije Videla como pude decir Galtieri. Qué sé yo.

—Pero lo dijiste como con asco.

Liliana parecía no entender. Marina tampoco entendía. Los miraba a uno y a otra y trataba de descubrir hacia dónde iba Gonzalo.

—No sé qué querés decir; estoy enojada pero con estos mocosos, nada más. Dije Videla, pude haber dicho Franco, Mussolini...

—Porque yo soy hijo del General Videla y no me gusta que insulten a mi padre.

Ni los adolescentes ni el peluquero parecían escuchar la conversación de Gonzalo y Liliana. Solo Marina estaba atenta.

—Me estás cargando —le dijo Liliana.

—Yo soy hijo del General Videla.

—Vos me estás cargando.

—No, Liliana —intervino Marina—. No ves que no te está cargando.

VII- Scandal

Los dos adolescentes miraban la ropa que les había tocado para la sesión de fotos. El peinador seguía con los cabellos de Marina, ajeno a todo. Liliana no había atinado a nada, salvo a seguir trabajando en el rostro de Gonzalo, que se había callado y mantenía una mirada de arrogancia e indignación. Marina hubiera querido seguir hablando pero no pudo continuar. Sentía como si un rayo le hubiera partido el alma.

No podía seguir hablando. No podía mantenerle la mirada a Gonzalo a través del espejo. Cerró los ojos y temió que la estuviera observando, que en su rostro (tan expresivo según todos los fotógrafos con los que había trabajado) se reflejara el terror que se había apoderado de ella. Un terror descontrolado, ilógico, desubicado. Sintió cómo se ponía colorada de vergüenza y de miedo. Trataba de calmarse concentrándose en el peine y en las manos del peluquero. Trataba de imaginar que esas manos eran las manos de su madre tranquilizándola; las manos de su padre acomodándole las trenzas en la siesta cordobesa, en aquellos días, cuando lo vio por última vez.

Era estúpido tener miedo. Tener miedo de un muchacho que vivía para seducir y sonreír frente a una cámara de fotos. Era estúpido tener miedo de alguien que solo había defendido el honor de su familia de la ocurrencia de una maquilladora. ¿Habría sido capaz de enojarse con Max, que era tan grandote y musculoso como él? La ventaja de Gonzalo era que a Max nunca se le iba a ocurrir hacer un comentario como el de Liliana. Gonzalo podía estar tranquilo. Pero ella no, ella estaba aterrada.

Era estúpido tener miedo del hijo de un asesino. Un hijo no es un padre. Una hija tampoco es un padre. O sí. Por qué no pensar que sí. Que Gonzalo cargaba con su padre como quien hereda los ojos claros o la aversión por las matemáticas. Gonzalo no era su padre, pero en ese instante banal e intranscendente, Gonzalo significaba su padre. De la misma manera que ese miedo que sentía ella no era exclusivamente suyo.

Vicky vino a buscarlos. Ya estaba todo listo para comenzar la sesión de fotos. Todos fueron para el estudio salvo Marina, que dijo que iba en unos segundos. Se quedó sola en el camarín. Era estúpido tener miedo, pero más idiota se sentía por haber experimentado algún tipo de atracción por ese tipo. Se sentía engañada, como si Gonzalo, en la fiesta de Helena, hubiera tenido la obligación de decirle de quién era hijo.

Poco a poco, el miedo dejó paso a la vergüenza de haberse sentido excitada por él; la vergüenza se transformó en rechazo, el rechazo creció en forma de odio. Marina odiaba a Gonzalo. No podía trabajar con ese hombre, no podía apoyar sus pechos en su cuerpo, no podía compartir un estudio, un mismo lugar, nada. Eran, aunque él no lo supiera o no le interesara, enemigos.

Se sacó las bermudas. No, no podía hacer esas fotos. Pero debía hacerlas. ¿Qué hacer? ¿Matar a Gonzalo? Imposible, todo era imposible, y esta conclusión la llevó a sentir más desprecio por él y por todos. Nadie la iba a entender.

Sentía unas tremendas ganas de hacer pis. Se puso más furiosa cuando notó que su bombacha estaba húmeda. La ropa de él estaba sobre una silla, como un irónico testigo de lo que le ocurría. Fue lo único que pudo hacer. Puso el pantalón con su cinturón en el suelo, al lado tiró la remera y los zapatos. Se sacó la bombacha e hizo pis sobre la ropa de Gonzalo. El chorro de pis caliente se esparció por los zapatos y por el jean, el cinturón y la remera. Un río de pis ahogaba la ropa de Gonzalo, ropa que quedaba mojada e impregnada del olor del pis de Marina. Pantalón, cinturón, remera y zapatos que quedaban como despojos inutilizables, sucios, desolados, muertos. Un pis caliente que no se terminaba nunca porque nada terminaba del todo.

Marina se limpió con la bombacha, que quedó impregnada de orina y flujo. Buscó en el vestuario una nueva. Arrojó la otra por el inodoro. Pasó por arriba de la ropa tirada y empapada de Gonzalo. Se acomodó la remera frente al espejo y se volvió a poner las bermudas. Fue hacia el estudio. Los adolescentes se habían sentado a un costado. Un asistente controlaba la luz. Vicky hablaba con la productora. Gonzalo ya estaba sentado en el escenario armado para las fotos. Vicky se acomodó frente a la cámara y ajustó el objetivo hacia donde estaba Gonzalo. Hacia ahí fue caminando Marina. La productora le sonrió y ella le respondió con otra sonrisa mientras se acercaba. Se sacó la remera y el corpiño. Esperó la orden de Vicky para abrazarlo.

El rapto de Helena

...por los gemidos de Helena.

Homero, La Ilíada

Un lugar inhóspito del interior argentino, 1997

PRIMER DÍA
I

No soy el primero en decirlo: las modelos son chicas educadas, obedientes, repiten todos los tics que les enseñaron en la escuela de modelos. Saben hacer su trabajo y saben que de mi cámara depende su éxito o su fracaso. Por eso cuando posan me miran como si estuvieran en el comienzo de un orgasmo o como si me rogaran que tengamos uno juntos. Al comienzo eso era lo que más me excitaba. Las veía mirarme, mirar hacia mi cámara, sus cuerpos totalmente entregados a mis órdenes y juro que no podía contenerme. Muchas veces no lo hacía. Al comienzo cogí con infinidad de modelos: era joven, tenía más presencia y mucho ímpetu. Mis fotos eran apasionadas, pero sin talento. Poco a poco me fui dando cuenta de que no era importante para mi trabajo que ellas me miraran sensualmente o que sus cuerpos posaran de manera perfecta. Descubrí que debía ir más allá de ellas, de mi calentura, de sus cuerpos, del momento. Lo que yo tenía que atrapar era la eternidad del gesto, aquello que permanece cuando ya nada permanece, el relámpago indeleble de la fugacidad. Cuando me di cuenta, mis fotos mejoraron. Ya no cojo tanto como antes.

Hace dos horas dejamos atrás el último vestigio de civilización. El camino es de tierra firme y está lleno de ripio. Tengo que soportar que Ignacio conduzca escuchando a Inxs. Paula escucha su discman (B-52´s o R.E.M.), Alma mira una revista de modas (está en inglés y ella no sabe inglés) y Álvaro y Leticia duermen. Yo miro por la ventanilla de la combi y trato de hacer control mental. No es tan grave, me repito. No es tan grave ir al campo, al río, al desierto o a donde mierda sea. Pasar dos días en compañía de mosquitos, comer tierra o sus derivados y soportar a veinte histéricas. No es tan grave que te pidan que saques las fotos más estúpidas, abusen de tu tiempo y de tu buena voluntad. No es tan grave que te manden una nazi idiota a controlar todo (escuchar las órdenes en forma de sugerencia de Paula, no es tan grave). No, señor. La puta que los parió.

Llegamos a las once de la mañana. Nos recibe alguien que debe ser el capataz de la estancia (en el caso de que este lugar sea una estancia) y una señora que debe ser su esposa o su hermana. Muy simpáticamente saludan a Nacho, que actúa como si fuera el jefe de nuestro grupo. Nos lleva al casco de la estancia, o la casa, o lo que sea, donde nos espera una mesa con gaseosas y sándwiches. Es una casa muy grande, de dos plantas, totalmente revestida en madera, con un hogar para el invierno y enormes ventanales para el verano. Bajamos los equipos y el vestuario y pregunto por el río. Ahí es donde me dijeron que tengo que sacar las fotos. Por supuesto, nadie de la agencia me supo explicar por qué ahí y no en una playa del Este o en una arenera de la Boca. “Capricho de Ricky” me dijo Solange, su secretaria, y esa frase debió haber sido el único acto de rebeldía de su vida.

—¿El río? —me pregunta el capataz con una mirada que intenta ser perspicaz, pero que resulta idiota—, el río se ha retirao a descansar.

Comienzo a sospechar que este hombre es realmente un idiota.

—No entiendo.

—Se ha secao, mijito. Siempre se seca a esta altura del año, cuando sopla el viento bravo.

Busco en mi chaleco las aspirinas y el Prozac. Tomo dos aspirinas y un Prozac. Estoy dispuesto a matar al imbécil de la agencia que eligió el lugar.

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