Kitabı oku: «Republicanos con la monarquía, socialistas con la República»


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© De los textos Sergio Valero Gómez, 2015
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2015
Publicacions de la Universitat de València
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Diseño de la maqueta: Inmaculada Mesa
Fotografía de la cubierta: J. Barreira, Cartel de la Federación Socialista Valenciana,
Imprenta UGT/CNT, Valencia.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-370-9780-0
A mis padres, por estar siempre ahí. Y a mi abuela, porque nunca dejará de estarlo.
Índice
PRÓLOGO
AGRADECIMIENTOS
SIGLAS Y ACRÓNIMOS
INTRODUCCIÓN
I. EL SOCIALISMO VALENCIANO EN EL PRIMER BIENIO (1931-1933): DEMOCRACIA, REFORMISMO Y REORGANIZACIÓN
El socialismo en las vísperas del 14 de abril: el debate sobre la participación
El socialismo valenciano en el cambio de régimen
La reorganización socialista: del Congreso extraordinario del PSOE al I Congreso de la FSV
Socialismo y democracia en el primer tercio del siglo xx: una introducción
Sin reformas no hay democracia
El XIII Congreso del PSOE
II. EL CAMINO HACIA LA RADICALIZACIÓN DEL SOCIALISMO VALENCIANO (1933-1934)
La frustración como elemento de radicalización
El corto 1933: el principio del fin de la coalición republicano-socia¬lista
El II Congreso de la Federación Socialista Valenciana: la moderación como opción política
Elecciones, nueva mayoría y rectificación
El salto hacia la radicalización
La reconciliación con los hermanos de clase
III. LA CONCRECIÓN DE LA RADICALIZACIÓN (ABRIL-OCTUBRE DE 1934)
La huelga general de Valencia
La huelga general campesina
La revolución de octubre de 1934
IV. LA HEGEMONÍA DEL CABALLERISMO EN VALENCIA (1935-1936)
La gestación de la división: la reunión del Comité Nacional de diciem¬bre de 1935
El socialismo valenciano en el Comité Nacional
El triunfo del caballerismo I: la Asamblea de la ASV y el III Congreso de la FSV
El triunfo del caballerismo II: de las votaciones para Presidente del PSOE a las ante-votaciones
Las batallas por la Comisión Ejecutiva y el Comité Nacional de mayo de 1936
V. EL CABALLERISMO ANTE SUS ADVERSARIOS (1936-1937)
PSOE y PCE en los albores de la Guerra Civil
El primer escenario de conflicto: el campo
Los jóvenes toman el testigo
La FSV y la rebelión del caballerismo
El breve conflicto en la UGT valenciana
VI. EL POSCABALLERISMO EN VALENCIA (1937-1939)
El poscaballerismo en la UGT
El poscaballerismo en la FSV
La venganza del caballerismo: el socialismo valenciano y la formación del Consejo Nacional de Defensa
Epílogo
CONCLUSIONES
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE ONOMÁSTICO
PRÓLOGO
El análisis de la política del movimiento socialista español sigue ocupando un lugar preferente en los últimos estudios sobre la Segunda república y la Guerra Civil Española. No en vano, el PSOE se convirtió en el principal partido nacional y la UGT en el principal sindicato de la democracia republicana. Como en el pasado, el tema estrella sigue pivotando sobre «la responsabilidad política» del PSOE y la UGT en el ambiente de «polarización política» y «asalto a la legalidad» que supusieron Octubre de 1934 o la primavera de 1936, incidiendo en el tema de las convicciones democráticas del socialismo español. Así, desde un punto de vista externo y escenarios concretos, investigaciones como las de Fernando del Rey o Francisco Cobo se plantean el tema con perspectivas distintas. Mientras en Paisanos en lucha Fernando del Rey comprueba en Ciudad Real las tendencias excluyentes y el asalto a la legalidad de los socialistas en el periodo del Frente Popular, cuestionando su fidelidad a la democracia republicana, Francisco Cobo, en Por la reforma agraria hacia la revolución. El sindicalismo agrario socialista durante la II República y la Guerra Civil (1930-1939), considera que, en Andalucía, una estrategia socialista que hubiera ligado a su práctica política al campesinado mediano, y no principalmente al jornalero, hubiera evitado la radicalización socialista, de la que ya hablara José Manuel Macarro en 1982, al tiempo que hubiera podido evitar la reacción contundente de los propietarios.
Aunque el tema de la relación entre socialismo y democracia incide de lleno en las divisiones de la cultura política socialista española en aquellos años, son menos los análisis sobre la evolución interna del movimiento socialista español en la década en que, con la democracia republicana, no solo sus organizaciones se convirtieron en la primeras del país, sino que el Partido Socialista accede por primera vez al poder, e incluso a la presidencia del Gobierno en la Guerra Civil, aunque la derrota republicana en 1939 supuso también la derrota y práctica desaparición del movimiento socialista en España.
A las ya clásicas investigaciones de Santos Juliá, se añaden los libros más recientes de Helen Graham, El PSOE en la guerra civil, el libro de Sandra Souto sobre las juventudes de izquierda en la guerra civil, Paso a la juventud. Movilización democrática, estalinismo y revolución en la República Española, y la biografía de Largo Caballero escrita por Julio Aróstegui, Largo Caballero. El Tesón y La Quimera. Todos ellos tienen en cuenta y tratan de explicar las raíces de las divisiones y el conflicto interno que dividieron al socialismo español entre centritas-prietistas y la izquierda socialista-caballerista. Aunque Santos Juliá ya señalara que las diferencias entre ambas corrientes eran más bien de «ritmo, velocidad y práctica política», Sandra Souto y Helen Graham comparten la visión dominante en la historiografía española desde la década de 1980 de que, a diferencia del prietismo, el caballerismo no tenía un proyecto político definido, ni objetivos de referencia.
Sin embargo, desde su análisis concreto de las divisiones y conflictos internos de una organización socialista provincial, la Federación Socialista Valenciana, Sergio Valero coincide con Julio Aróstegui en considerar al caballerismo como un «hijo directo del pablismo», adaptado a las circunstancias de la competencia política de los años treinta, con un objetivo que era el mismo del socialismo español desde su creación: «el camino reformista hacia el socialismo».
A partir de nueva documentación interna, prensa socialista nacional, regional y provincial y la prensa generalista de la provincia, el libro de Sergio Valero, asentándose en las investigaciones previas sobre el socialismo valenciano de José Antonio Piqueras, tiene la novedad de ofrecernos una documentada visión «desde abajo» de los conflictos internos y del surgimiento, desarrollo y crisis del caballerismo durante la Segunda República y la Guerra Civil. Añade a este interés la singularidad del socialismo valenciano, que, sin líderes nacionales destacados ni trayectoria histórica –con la excepción del bastión de Alzira– similar a la de Madrid, Asturias o Vizcaya, al proclamarse la República, sus asociaciones se colocan rápidamente entre las primeras del país por número de afiliación. En este aspecto, unían su trayectoria a zonas como Castilla-La Mancha y Andalucía, que, gracias a la militancia de obreros agrícolas, incorporaron una nueva afiliación al movimiento socialista español. Sin embargo, en el caso de la provincia de Valencia, esta nueva y numerosa militancia socialista no se correspondió con resultados electorales significativos, pues sus votos siguieron yendo al republicanismo histórico blasquista del PURA o al nuevo republicanismo de Izquierda Republicana.
A la debilidad electoral del socialismo en la provincia de Valencia se unía la competencia sindical con la CNT, especialmente importante en los sectores industriales. Ambas circunstancias llevaron al socialismo valenciano hacia la coalición con los republicanos electoralmente y al pacto con la CNT en la Alianza Obrera (1934-1935) y, posteriormente, en iniciativas políticas y económicas revolucionarias durante la guerra civil.
Así Republicanos con la Monarquía, Socialistas con la República, sin olvidar la contextualización nacional, recorre la rápida expansión de las organizaciones socialistas valencianas al calor de la proclamación de la República y las perspectivas reformistas del bienio republicano, hasta una radicalización de las bases que comienza en 1933, tanto por la frustración ante el incumplimiento de las reformas gubernamentales en los ámbitos locales, como por la derrota electoral de noviembre de 1933. Expulsados del poder y, por tanto, «del camino reformista hacia el socialismo», en un escenario internacional de ascenso de los fascismos y ataque al movimiento socialista, la radicalización socialista se concreta en 1934 en «la insurrección defensiva de octubre», aunque en Valencia tienen más incidencia la huelga general de abril de 1934 y los ecos de la huelga general campesina de junio, ligadas al mundo sindical.
El fracaso de octubre sumió al PSOE en la clandestinidad, desplazándolo de todas las instancias de poder, situación de debilidad que agudizó el conflicto interno, entre 1935 y principios de 1936, en todas las agrupaciones, que en Valencia se decantaron claramente por el caballerismo. En este triunfo caballerista, el autor ve «respeto a los Estatutos y a la mayoría» para conseguir sus objetivos, no la denostada «pasividad y falta de iniciativa» que se achacaba a los seguidores de Largo Caballero. Es muy interesante seguir en el libro «la batalla de las circulares», que describe la lucha por el poder en las agrupaciones locales y provinciales, la lucha por influir en las candidaturas del Frente Popular y, tras la victoria de febrero de 1936, la lucha por el control de los órganos nacionales del Partido, que, en el caso de la provincia de Valencia, siguió las líneas trazadas desde la izquierda socialista.
Con la lucha y división interna en su momento álgido, el PSOE asumió su apoyo a la coalición y al Gobierno del Frente Popular, sin participar en él, y, sobre todo, asumió la dirección de un Estado en guerra desde que Largo Caballero fue nombrado presidente del Gobierno en septiembre de 1936. Gobierno que, como indica Helen Graham, señalando las limitaciones del proyecto revolucionario caballerista, no pretendía avivar la revolución, sino restaurar los poderes del Estado republicano. Sin embargo, disintiendo con Graham, habría que tener en cuenta que un líder obrero presidía un Gobierno de unidad nacional inédito en Europa, que incluía a anarquistas y comunistas, e intentaba canalizar las «construcciones revolucionarias» dentro de la recuperación del poder del Estado republicano, para ganar la guerra. Sería el momento de mayor poder del PSOE y del caballerismo en los años treinta.
En ese escenario bélico, el socialismo valenciano y sus conflictos adquieren relevancia nacional al trasladarse el Gobierno a Valencia en noviembre de 1936 e ir aumentando progresivamente la importancia estratégica de la retaguardia valenciana conforme disminuía el territorio republicano. Durante la guerra, el conflicto interno dentro de la organización socialista se entrelazaba con la lucha contra los «adversarios» del caballerismo dentro del bando republicano, señala Valero. Así, la alianza entre prietistas y comunistas contra los caballeristas, que en la retaguardia valenciana fue sobre todo la lucha entre las sindicales agrarias comunista –FPC– y socialista –FETT– por preservar o no las iniciativas revolucionarias de las sindicales históricas, consigue su objetivo en mayo de 1937, cuando, en medio del conflicto abierto en el bando republicano y la marcha desfavorable de la guerra, al Gobierno de Largo Caballero le sucede el de Juan Negrín, hombre de la confianza de Prieto. Este Gobierno, que representaba el creciente poder comunista en la España republicana y, por tanto, su estrategia de aplazar la revolución para ganar la guerra, genera, en menos de un año, importantes diferencias entre Prieto y Negrín con respecto a la relación con los comunistas y la estrategia de guerra. En medio de las continuas derrotas republicanas, estas diferencias provocarán, desde la primavera de 1938, el progresivo acercamiento de prietistas y caballeristas contra los comunistas.
Si la competencia por el espacio electoral y sindical del socialismo valenciano antes de la guerra era con blasquistas y anarquistas respectivamente, durante la guerra los socialistas no pudieron contrarrestar el atractivo de un partido comunista unido, con una estrategia clara para ganar la guerra, con el respaldo de la URSS, especialmente cuando ese país era el único sostén de la República y el PCE utilizaba atractivas y agresivas técnicas de captación de militantes y cooptación de organizaciones socialistas con las que inicialmente pretendía colaborar y actuar conjuntamente. Así, cuando el PCE acabó dominando las Juventudes Socialistas Unificadas, el PSOE y la UGT en Cataluña, prácticamente todo el movimiento socialista y las otras fuerzas republicanas unían sus agravios contra los comunistas y su política de resistencia. Sin embargo, como indica Sergio Valero, la venganza caballerista, apoyando el golpe militar de Casado en marzo de 1939 contra los comunistas en la mermada España republicana, se convirtió en una victoria pírrica, que aceleró la derrota republicana y acabó con el movimiento socialista en España, incapaz de sobrevivir a la represión y al exilio tras su derrota en la Guerra Civil.
AURORA BOSCH
Universidad de Valencia
AGRADECIMIENTOS
Este libro ha surgido del núcleo de mi tesis doctoral Reformismo, radicalización y conflicto interno en el socialismo español. La Federación Socialista Valenciana durante la Segunda República y la Guerra Civil, leída en la Universidad de Valencia en noviembre de 2012. La elaboración de una tesis y, en este caso, de un libro es un proceso duro y largo, nada fácil de recorrer y, por eso, es necesaria la ayuda inestimable de muchas personas que deben tener su espacio entre estas páginas. Por ello, es mi deseo hacer expreso mi agradecimiento a todas ellas.
En primer lugar, quería expresar mi agradecimiento a los miembros del tribunal que evaluaron mi tesis tanto por participar en él como todos los comentarios, muy valiosos, que entonces me hicieron. Fueron los profesores Julián Casanova, de la Universidad de Zaragoza, Helen Graham, del Royal Holloway de la Universidad de Londres, y Teresa Carnero, de la Universidad de Valencia. Muy especialmente a la profesora Carnero, con la que he tenido muchas horas de grata y enriquecedora conversación, que han profundizado mi aprendizaje como historiador y como ciudadano.
Querría continuar por aquellos con los que en principio pudiera estar menos vinculado sentimentalmente, pero cuyo trabajo ha sido fundamental para el éxito de este: el personal de los archivos, bibliotecas y hemerotecas que he visitado, además del personal administrativo de la Universidad de Valencia. Principalmente quisiera nombrar al personal de la Fundación Pablo Iglesias (Mercedes, Carmen, Beatriz y, por supuesto, su director, Aurelio Martín Nájera), cuyo trabajo hace que sea uno de los mejores archivos que un historiador puede visitar en España. Su eficacia, eficiencia, rapidez, atención personalizada y calor humano hace que aquellos que llegamos de lejos nos sintamos en un perfecto ambiente de trabajo que provoca el deseo de volver. Del mismo modo, no quisiera dejar de nombrar al personal de la Hemeroteca Municipal de Valencia, que, con muy pocos medios materiales, consigue ayudar siempre al investigador hasta el máximo de sus posibilidades. Y, por supuesto, no olvidaré aquí al personal administrativo de la Universidad de Valencia, de sus diferentes organismos, y principalmente a Ma José Yllera, quien, con su trabajo, día a día, hace que muchos la admiremos y queramos, aunque sea brevemente, reconocer su buenísimo hacer.
También quería agradecer la deferencia de los profesores Rafael Cruz y Fernando del Rey al aceptar mis solicitudes de estancia de investigación en el Departamento de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos, de la Universidad Complutense de Madrid, gracias a las cuales pude hacer la profunda consulta de archivos que este trabajo refleja.
Por otro lado, quiero hacer especial mención al Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, el centro de investigación al que he pertenecido hasta septiembre de 2014, y cuyos investigadores, desde mi época de estudiante, tanto me han aportado y de los cuales tanto he aprendido para llegar hasta aquí. Especialmente quiero expresar mi agradecimiento a los profesores Ma Cruz Romeo, Marc Baldó, Ferran Archilés, Nuria Tabanera, Albert Girona, Javier Navarro, Ana Aguado, Antonio Calzado y Ricard Camil Torres.
También dentro del ámbito del Departamento no quisiera dejar de expresar mi agradecimiento a los que hasta hace bien poco han sido compañeros becarios predoctorales, un grupo de excelentes personas e investigadores entre los cuales, por encima de cualquier otra cosa, y sobre todo de los intereses personales, siempre ha destacado el compañerismo, la ayuda mutua y la colaboración. Principalmente he de nombrar aquí a Marta García Carrión, Elvira Asensi, Sara Prades, Xavier Andreu, Toni Morant, Mónica Granell, Aurelio Martí y Mélanie Ibáñez.
En un ámbito mucho más personal no quiero dejar de hacer algunas menciones que creo imprescindibles. En primer lugar he de dar las gracias a la Administración del Estado, gracias a cuya financiación tanto de la beca predoctoral de Formación de Profesorado Universitario que disfruté entre 2006 y 2010 como de los proyectos de investigación en los que estoy incluido desde 2009 («Democracia y culturas políticas de izquierda en la España del siglo XX», HAR2008-03970/HIST, y «Democracia y culturas políticas de izquierda en la España del siglo XX: desarrollos y limitaciones en un marco comparativo», HAR2011-27559) fue posible la realización de mi tesis doctoral. Asimismo debo agradecer también a la Administración autonómica su financiación del grupo de investigación en el que también me incluyo: el Grup d’Estudis Histórics sobre les Transicions i la Democracia (GEHTID), de reciente formación.
En todo caso, mi agradecimiento a la Administración he de hacerlo más extensivo, pues quisiera utilizar estas páginas, muchas de las cuales están dedicadas al reformismo y a las políticas sociales, para hacer un agradecimiento general al sistema público de educación que la generación de los años 80 del siglo XX hemos podido disfrutar. Gracias a ese sistema, aquellos que tenemos un origen socioeconómico humilde hemos podido alcanzar y disfrutar, con nuestro trabajo y esfuerzo, de un nivel formativo que hubieran sido totalmente inalcanzables por nuestros propios medios económicos. Por tanto, llegar hasta aquí ha sido producto de nuestro esfuerzo personal, pero también de la existencia de un sistema educativo capaz de proporcionar una promoción social fortísima. Ojalá aquello disfrutado por nosotros pueda también serlo por las próximas generaciones de españoles.
Volviendo a la parte más sentimental, no quisiera dejar de nombrar aquí a todos los amigos que durante estos años han tenido la paciencia de soportar mis faltas de atención, que me han aconsejado y ayudado sabiamente, y que han sabido apoyarme en esta dura tarea. La lista de nombres sería interminable, pero no puedo dejar de nombrar a compañeros, colegas y amigos como Noelia Rangel, Sandra Souto y David Parra, y a amigos alejados de la historia como Pepa y Héctor.
Finalmente, he de hacer referencia a las personas que más cerca de mí han estado estos años ayudándome y apoyándome. En primer lugar, aunque lo haga en estas páginas, no hay palabras ni habrá forma de agradecer a la Dra. Aurora Bosch, directora de la tesis doctoral que ha sido origen de este trabajo, la ayuda, la atención y el tiempo dedicados a mí. Ha llegado a ser mucho más que una mera directora, más bien una maestra que ha sabido transmitirme cómo debe hacerse el trabajo de historiador, y a la que espero haber correspondido al mismo nivel. Sus debates, consejos y correcciones han ido guiándome hasta aquí, y espero que lo siga haciendo mucho más allá. Estos años han sido complicados, duros y difíciles también para ella y, por ello, quiero remarcar más aún su dedicación. Trabajar conmigo no es nada fácil y ella ha sabido hacerlo de una manera óptima para dar lugar a este libro, que, aunque es responsabilidad mía en sus contenidos, sin ella no hubiera podido llegar a ser lo que es.
Por último quiero acabar dando las gracias por todo a mi familia, a mis padres, Antonio y Elisa, y a mi hermana, Beatriz, que han sido los verdaderos apoyos en estos años. A ellos, porque a buen entendedor pocas palabras bastan, sólo decirles que ha valido la pena. No ha sido fácil, nada fácil, principalmente para ellos, pero todos los esfuerzos tienen su recompensa y los suyos también. Este libro lleva mi nombre, pero en él van incluidos los suyos, y el de todos aquellos que han hecho que sea quien soy, como mi abuela Antonia, para siempre en mi recuerdo. Por ello, de nuevo, muchas gracias.
Valencia, octubre de 2014
SIGLAS Y ACRÓNIMOS
| Archivos | |
| AARD | Archivo Amaro del Rosal Díaz |
| AEJM | Archivo Evaristo Jorge Moreno |
| AGA | Archivo General de la Administración |
| AGDV | Archivo General de la Diputación de Valencia |
| AHN | Archivo Histórico Nacional |
| APCE | Archivo del Partido Comunista de España |
| BOPV | Boletín Oficial de la Provincia de Valencia |
| CDMH | Centro Documental de la Memoria Histórica |
| FPI | Fundación Pablo Iglesias |
| Organizaciones políticas y sociales | |
| AJA | Alianza Juvenil Antifascista |
| AOA | Alianza Obrera Antifascista |
| AR | Acción Republicana |
| AS | Agrupación Socialista |
| ASJ | Agrupación Socialista de Játiva |
| ASM | Agrupación Socialista Madrileña |
| ASV | Agrupación Socialista de Valencia |
| AVR | Agrupació Valencianista Republicana |
| BOC | Bloque Obrero y Campesino |
| CEP | Comité Ejecutivo Popular |
| CEV | Consejo de Economía de Valencia |
| CGTU | Confederación General del Trabajado Unitaria |
| CND | Consejo Nacional de Defensa |
| CNT | Confederación Nacional del Trabajo |
| DLR | Derecha Liberal Republicana |
| DRA | Derecha Regional Agraria |
| DRV | Derecha Regional Valenciana |
| EV | Esquerra Valenciana |
| FJS | Federación de Juventudes Socialistas |
| FETT | Federación Española de Trabajadores de la Tierra |
| FP | Frente Popular |
| FPC | Federación Provincial Campesina |
| FS | Federación Socialista |
| FSJ | Federación Socialista de Jaén |
| FSL | Federación Socialista de Levante |
| FSM | Federación Socialista Madrileña |
| FSV | Federación Socialista Valenciana |
| GSS | Grupos Sindicales Socialistas |
| IR | Izquierda Republicana |
| JJLL | Juventudes Libertarias |
| JSU | Juventudes Socialistas Unificadas |
| ORGA | Organización Republicana Gallega Autónoma |
| PCE | Partido Comunista de España |
| POUM | Partido Obrero de Unificación Marxista |
| PRA | Partido Republicano Autónomo |
| PRC | Partido Republicano Conservador |
| PRD | Partido Radical Demócrata |
| PRLD | Partido Republicano Liberal Demócrata |
| PRR | Partido Republicano Radical |
| PRRS | Partido Republicano Radical Socialista |
| PRSI | Partido Radical Socialista Independiente |
| PSOE | Partido Socialista Obrero Español |
| PS | Partido Sindicalista |
| PSR | Partido Socialista Revolucionario |
| PT | Partido Tradicionalista |
| PURA | Partido de Unión Republicana Autonomista |
| PVE | Partit Valencianista d’Esquerra |
| RE | Renovación Española |
| UGT | Unión General de Trabajadores |
| UJC | Unión de Juventudes Comunistas |
| UMN | Unión Monárquica Nacional |
| UP | Unión Patriótica |
| URN | Unión Republicana Nacional |
INTRODUCCIÓN
En 1979, el hispanista británico Ronald Fraser presentó su libro Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, y en una entrevista al diario El País, su entonces director, Juan Luis Cebrián, le preguntó cómo se podría explicar el origen de la división de las organizaciones obreras durante la Guerra Civil, a lo que Fraser respondió:
Bien, creo que para explicar esto, para poder explicar el porqué de tanta división entre las organizaciones de las clases dominadas, sería necesario un estudio mayor de las propias historias de dichas organizaciones, sobre todo de su comportamiento antes de la guerra.1
En los últimos treinta años, estos estudios sobre las dinámicas internas de las organizaciones obreristas han abundado. Y, en el caso que nos ocupa, el del socialismo representado por el PSOE, se han convertido en uno de los temas fundamentales. En este sentido, podemos hacer referencia a numerosos estudios sobre todas las cronologías de la época contemporánea, encabezados por los clásicos, aunque todavía muy actuales, de Santos Juliá y Manuel Pérez Ledesma.2 Incluso son abundantes los estudios regionales del socialismo, ejemplo de lo cual son obras como las referidas a Madrid, de Santos Juliá y Sandra Souto; a Andalucía, de José Manuel Macarro; a Aragón, de Santiago Castillo o Carlos Forcadell; a Ciudad Real, de Fernando del Rey; a Galicia, de Manuel González Probados; a Navarra, de Manuel Ferrer Muñoz; y al País Vasco, de Juan Pablo Fusi, Jesús Eguiguren o Ricardo Miralles.3
Mientras, en el caso del socialismo valenciano, existen pocos estudios, pero de una gran calidad. Podemos hacer referencia, en una cronología amplia, a los estudios de José Antonio Piqueras, Historia del socialisme, y el más reciente, Persiguiendo el porvenir. La identidad histórica del socialismo valenciano (1870-1976).4 La primera obra es un somero recorrido sobre la trayectoria del socialismo valenciano desde su aparición a finales del siglo XIX hasta la Guerra Civil, mientras que la segunda es un estudio más profundo y con una cronología más amplia. También, como obra general, hay que destacar la obra colectiva coordinada por Manuel Chust y Salvador Broseta, La pluma y el yunque. El socialismo en la historia valenciana, en la que varios autores tratan diferentes aspectos del socialismo regional valenciano.5
Por su parte, en lo que se refiere al estudio del socialismo valenciano en los años treinta, los principales estudios son los de Aurora Bosch, referidos, principalmente, al sindicalismo, en los que vemos un claro aspecto que caracterizó al ugetismo provincial: el agrarismo. Estas obras son principalmente Ugetistas y libertarios. Guerra Civil y revolución en el País Valenciano (1936-1939) y Estudios sobre la Segunda República, en el cual la autora realiza una brillante trayectoria del sindicalismo socialista, cuya base principal fueron las zonas agrícolas de exportación.6
Por último, también hay que destacar el estudio de Salvador Forner sobre la provincia de Alicante, Industrialización y movimiento obrero. Alicante, 1923-1936. Este estudio no se refiere únicamente al socialismo alicantino, sino que abarca al conjunto del movimiento obrero desde 1923 hasta 1939, pero es de gran utilidad para conocer más sobre el movimiento socialista en esta provincia.7
Ahora bien, algo diferente hay que decir si nos adentramos en los estudios referidos a determinadas concreciones de las divisiones internas socialistas durante los años treinta. Si bien es un aspecto que se ha abordado en prácticamente todos los estudios, se trata, en ocasiones, como algo hecho, un fenómeno que existe y en el que no hay que profundizar en sus raíces concretas, en sus implicaciones sociales, e incluso en las concreciones regionales y provinciales marcadas desde los estudios nacionales, pues parece ser que, al hablar de radicalización y surgimiento del caballerismo, ya la comunidad en su conjunto sabe a lo que se hace referencia. Mientras en otros aspectos, como la conflictividad política y laboral, la fuerza afiliativa, o el apoyo electoral, las afirmaciones de la historiografía nacional son completadas, complementadas, ratificadas, matizadas, o corregidas, en el caso que nos ocupa, el del análisis del surgimiento, desarrollo y crisis se dan por buenas las afirmaciones de la historiografía nacional.
En este sentido, análisis completos sobre el sentir de la militancia socialista entre finales de 1935 y principios de 1936, la respuesta desde las agrupaciones al proceso conflictivo abierto a partir de la dimisión de Largo en diciembre de 1935 o el estudio de la pluralidad interna de las organizaciones provinciales y/o regionales son abordados sin la profundidad necesaria. Muchas veces esto es debido, desgraciadamente, a la falta de documentación concreta que permita analizar profundamente dicho fenómeno. Pero otras veces se asienta sobre la permanencia de determinadas interpretaciones hechas desde el ámbito nacional que, sometidas al ámbito regional y/o provincial, pierden fuerza y deben ser matizadas en algunos de sus extremos.
Para encontrar los mejores análisis sobre el caballerismo, su surgimiento, gestación, manifestaciones y crisis, hemos de recurrir, principalmente, a tres autores de referencia:8 Santos Juliá, cuyo estudio sobre el caballerismo, La izquierda del PSOE (1935-1936), mantiene, a pesar de los años, una gran vigencia; Helen Graham, en cuya obra sobre el socialismo durante la guerra civil, El PSOE en la Guerra Civil. Poder, crisis y derrota (1936-1939), continúa la interpretación de Juliá sobre el caballerismo y lo muestra en sus acciones y argumentos concretos durante los años del conflicto bélico, en los que este fue protagonista de excepción; y Julio Aróstegui, en cuyos estudios, sobre todo, en su biografía sobre Largo Caballero da el contrapunto a algunos de los extremos manifestados tanto por Graham como por Juliá. En ningún caso son argumentaciones contrapuestas y enfrentadas, sino complementarias, que, unidas, muestran la riqueza y la complejidad de un movimiento social y político como el caballerismo.9
En los dos primeros casos, la interpretación sobre el caballerismo es más crítica que en el caso de Aróstegui, y, aunque este estudio intentará matizar esa visión crítica en la línea del último, revelan aspectos que son insoslayables. Ambos estudios muestran un movimiento vacío de contenido y sin objetivos diferenciados, movido por su posicionamiento en contra de aquella sección del PSOE que realmente tenía un proyecto político y desarrollado en torno a la personalidad de Largo Caballero. Ello se pudo comprobar más que en ningún momento, según estos autores, cuando Largo accedió a la jefatura del Gobierno a partir de septiembre de 1936. Por todo ello, el caballerismo se puede calificar como el niño malcriado del socialismo español de los treinta, cainita y sin visión de Estado, que únicamente tuvo consecuencias negativas. Primero, para la estabilidad de la República, al no permitir la estabilización del régimen a través de un pacto sólido con el republicanismo de izquierdas, encabezado por Manuel Azaña. Y, más tarde, para el esfuerzo de guerra, debido a su actuación al frente del Gobierno y, principalmente, a sus conflictos con el comunismo a partir de finales de 1936, concretados en su estrambótica solución a la crisis de mayo de 1937. En ella, el caballerismo demostró su escasa percepción de la realidad, al contrario de sus rivales internos, impregnados de una auténtica realpolitik que imponía al PCE como elemento indispensable de la política republicana, pues era la única formación que podía aportar aliados y ayuda exterior, fundamental para continuar haciendo frente a los rebeldes.
Una interpretación muy similar se puede percibir en los estudios que analizan los períodos inmediatamente anteriores, en los que, aunque no existía formalmente el caballerismo, los elementos que lo formarán serán protagonistas fundamentales. El caso más importante es el del proceso de radicalización del PSOE, cuyo análisis fundamental sigue siendo el clásico de José Manuel Macarro Vera, «Causas de la radicalización socialista en la II República», donde se puede percibir que la radicalización tuvo motivos bien diferentes a los expuestos por el socialismo de los años treinta. Fue una motivación más electoral que de práctica política. Por tanto, de nuevo, los socialistas radicales no tenían proyecto, ni estrategia. Simplemente deseaban para sí el poder político, aunque después no supieran qué hacer con él, tal y como se percibe en las dos obras anteriores.10
En contraposición a estos estudios, hemos de destacar aquellos realizados por Julio Aróstegui, quien sostiene una tesis marcadamente diferente a la expuesta hasta el momento. Considera Aróstegui al caballerismo como hijo político directo del pablismo, organizado en torno a la figura de Pablo Iglesias desde la creación del PSOE a finales del siglo XIX y la muerte del fundador en los años veinte. Muchos de los valores, de los principios, de las prácticas y de los objetivos asentados por Pablo Iglesias durante su larga etapa al frente del PSOE fueron heredados y aplicados por Largo y los suyos durante los años treinta, en un contexto muy diferente al de Iglesias, sobre todo en cuanto a la fuerza afiliativa y de poder que el socialismo adquirió a partir del nacimiento del régimen republicano.
Pero, además, también ha señalado Aróstegui que Largo y, por extensión, sus seguidores tenían un proyecto político bien claro: la puesta en marcha de un amplio y profundo programa reformista, principalmente en el ámbito de las relaciones laborales, que conllevara la mejora inmediata de las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, además de asentar, con ello, el crecimiento de las organizaciones sindicales y políticas que permitiera la asunción de una cuota cada vez mayor de poder y asentara el camino hacia el socialismo. Por tanto, el objetivo del caballerismo era el del socialismo desde su creación: el camino reformista hacia el socialismo.11
Con matices, Santos Juliá, en obras posteriores a la señalada, ha coincidido en parte con lo expuesto. A diferencia de Aróstegui, Juliá no circunscribe este reformismo hacia el socialismo sólo al caballerismo, sino al PSOE de los años treinta en su conjunto. Y, de hecho, este último tiene el mejor estudio sobre cómo la UGT y Largo utilizaron el reformismo de una forma corporativa, para aumentar las filas de la UGT y desactivar a la CNT, con el objetivo de monopolizar la representación de las clases trabajadoras y asentar el camino al socialismo desde el reformismo. Este mismo punto, además, ha sido asentado, como nadie lo ha hecho, por Santos Juliá, al establecer la caracterización que el socialismo de los treinta tenía del régimen republicano: la estación de tránsito hacia el socialismo. Es decir, el paso necesario que hay que dar para llegar al objetivo último. Por ello, la República era el régimen de los socialistas, pero no su fin, y, por ello, la mutación de buena parte del PSOE a partir del incumplimiento de las premisas y las concepciones de partida que el socialismo tenía de dicho régimen.12
De este modo, en sus concreciones hubo algunas diferencias, pero, en el fondo, el caballerismo de los años treinta era la más fiel interpretación del pablismo en un contexto político moderno caracterizado por una fuerte competencia política, surgido como reacción a las iniciativas que intentaban colocar al PSOE como actor secundario frente al protagonismo del republicanismo más progresista, mientras los socialistas debían ser colaboradores que no fueran más allá de realizaciones radicales, pero enmarcadas en un paradigma liberal. Como Indalecio Prieto afirmó: «Soy socialista a fuer de liberal». De este modo, Prieto puede ser considerado uno de los padres de la socialdemocracia en España, y, por ello, su conflicto con Largo, líder de los representantes del socialismo clásico de II Internacional. ¿Eran en el fondo muy diferentes? No, no eran representantes de constructos políticos contrapuestos, sino representantes de dos formas de concebir el mismo objeto: el socialismo. Por ello mismo no se verán grandes diferencias programáticas, sino de ritmo, de velocidad y de práctica política.
Ello lleva, además, a otro aspecto relacionado con la historiografía del socialismo de los años treinta: la consideración de Prieto como representante del socialismo político, mientras que Largo lo era del sindical. Esta ha sido la tesis tradicional sostenida por Santos Juliá en sus explicaciones sobre las divisiones y diferencias en el seno del PSOE. Pero, en este caso, tal y como también han sostenido autores como Aróstegui y José Antonio Piqueras, esta división no era debida al factor político o sindical.13 Ambas facciones eran eminentemente políticas. De hecho, mientras el caballerismo mantuvo inalterado el espíritu del objetivo socialista, la facción encabezada por Prieto fue posicionándose de una manera cada vez más posibilista respecto al objetivo último, pues creían que el régimen republicano era el escenario perfecto sobre el que actuar y mejorar la vida y el trabajo de los obreros. Por ello mismo insistimos en la diferenciación de Prieto como representante de una proto-socialdemocracia española mientras que Largo era el representante genuino de la tradición del partido desde su creación.
En este contexto historiográfico se integra el presente estudio, cuyo objetivo es analizar la deriva del socialismo político valenciano, representado por la Federación Socialista Valenciana, durante los años treinta. Este estudio se centra en los posicionamientos y la actuación política de la organización provincial socialista de Valencia, para, además, analizarla en su interior y, desde un ámbito provincial, tratar de explicar el surgimiento, desarrollo y crisis del caballerismo durante la Segunda República y la Guerra Civil.
De este modo, este trabajo no sólo analizará cuál era el peso social del PSOE en la provincia y su posicionamiento en los debates provinciales, sino también, e interrelacionado con ello, su participación en los debates nacionales desde el punto de vista de los cuadros medios y bajos de un socialismo provincial como el valenciano, centrando buena parte del estudio en los procesos fundamentales del socialismo español de esos años: la radicalización y los conflictos internos, con el caballerismo como protagonista fundamental.
El caballerismo fue la principal facción dentro del PSOE y uno de los principales movimientos políticos de masas del período. Y su surgimiento fue paralelo al proceso de radicalización vivido por el socialismo durante los años treinta, como consecuencia de la frustración derivada de la constatación de las dificultades anejas a la aplicación de su programa. En un contexto de política de masas competitivo, según las bases socialistas fueron reclamando una acción más eficaz en el cumplimiento del reformismo implementado y surgía entre ellas una frustración irrefrenable, parte de la elite del Partido fue reposicionándose y dando respuesta a estas nuevas reclamaciones, consumada tras octubre de 1934, cuando surgieron las iniciativas para volver a las soluciones del primer bienio. En ese momento, esta elite dio el paso definitivo y rechazó dichas propuestas, proponiendo un nuevo camino en el que las bases socialistas se encontraran más cómodas y reconfortadas.
Esta gestación fue lenta y gradual, y siguió las tres etapas en las que se pueden agrupar los capítulos del presente trabajo: reformismo, radicalización y conflicto interno.
El primer capítulo nos muestra la deriva del socialismo valenciano desde los momentos previos al nacimiento de la Segunda República, en abril de 1931, hasta las primeras protestas de los pueblos ante el incumplimiento de las reformas sociales y laborales. Se analiza cómo una parte de la dirección socialista, con Largo, Prieto y De los Ríos a la cabeza, se mostró dispuesta a integrarse en el régimen republicano y su Gobierno. En el caso de Largo, ello debía ir acompañado por la implementación de un amplio y profundo programa reformista, sobre todo en las relaciones laborales, que quedaron bajo su responsabilidad como ministro de Trabajo, y especialmente en el ámbito rural. Sin ese reformismo, el apoyo socialista no tenía sentido y, por ello, la no aplicación y la rectificación de este llevará a un cambio de actitud fundamental.
Todo ello era posible gracias a la fuerza social adquirida por el PSOE. El análisis de esta fuerza interna respecto a otras organizaciones socialistas provinciales y su arrastre electoral, muy por debajo de su arrastre sindical, fueron cruciales para el esquema de actuación política socialista, según el cual la representación política era el instrumento para poner en marcha el reformismo con el que avanzar hacia el socialismo.
El segundo capítulo muestra el proceso de radicalización del socialismo valenciano, motivado por la no aplicación, o de forma incompleta, del reformismo en el ámbito local. Este hecho fue motivando el surgimiento de un sentimiento de frustración ante el nuevo régimen, del que se esperaba mucho más de lo que estaba ofreciendo, pues algunas dinámicas llevaban a pensar a las bases socialistas que, a pesar de la proclamación de la República, muchos elementos de la Monarquía, que se deseaban eliminar, continuaban vivos. Si a este proceso le sumamos las continuas derrotas en los diferentes procesos electorales de 1933, y principalmente las elecciones de noviembre, en los que, además, sus principales rivales políticos, los blasquistas, salían victoriosos, y la rectificación del reformismo del primer bienio llevado a cabo por el gobierno radical-cedista, tenemos todos los elementos de la ecuación que acabó dando como resultado la radicalización socialista.
Esta radicalización se plasmó, en el caso valenciano, en tres hitos fundamentales, protagonistas del capítulo tercero, a lo largo de 1934: la huelga general de la ciudad de Valencia, en abril; la huelga general campesina, en junio; y la revolución de octubre. En todo ellos, no obstante, pudieron verse las particularidades del caso valenciano, en el que, de nuevo, el arrastre social del socialismo político fue muy limitado, mientras que los conflictos de carácter laboral tenían un mayor respaldo. De ahí el éxito arrollador de la huelga general de la ciudad de Valencia, en contraste con el escaso eco de la revolución de octubre. Entre uno y otro se encontraría la huelga general campesina.
El cuarto capítulo muestra cómo se produjo el surgimiento del caballerismo dentro del PSOE y cómo tuvo un éxito arrollador en las organizaciones valencianas, donde se impuso durante la primera parte del conflicto a los postulados prietistas. Principalmente esto se demuestra en los conflictos surgidos en el primer semestre de 1936 entre la capitidisminuida dirección nacional prietista del PSOE y la dirección provincial caballerista de la FSV, además de la mayoría de las agrupaciones de la provincia. A ello habría que añadir la complejidad de una organización como la valenciana, en la que la existencia de ambas tendencias era conflictiva, además de la complejidad derivada de los pactos con el comunismo que condujeron a la creación de organismos unificados con los cuales el caballerismo quería ganar la batalla contra el prietismo.
Todo ello tomó un nuevo cariz tras el estallido de la guerra civil. Ello supuso el aletargamiento del conflicto dentro del PSOE, pero el surgimiento de una nueva vertiente conflictiva: el enfrentamiento contra el PCE, por su oposición a los procesos desarrollados en la retaguardia republicana tras el golpe de julio de 1936. De este modo, en el quinto capítulo, se analiza el conflicto, en sus varios escenarios, entre el caballerismo y el comunismo en la provincia de Valencia: el conflicto en el campo valenciano entre la FPC y la FETT; el que se produjo entre la dirección de las JSU de Valencia y la dirección nacional de la organización juvenil, dirigida por Santiago Carrillo; y el producido en el seno de la UGT, donde se consumó la pinza prieto-co-munista contra los dirigentes caballeristas tanto nacionales como provinciales. Todo ello se entrelazó con los ataques comunistas a Largo y con el conflicto en el Partido entre los cuadros medios caballeristas y la dirección nacional del PSOE.
De todos ellos, el caballerismo salió derrotado y tuvo que abandonar los puestos de mando en la provincia de Valencia. Pero ello no hizo desaparecer el caballerismo de las organizaciones locales, que, emboscado, esperó al momento propicio para cobrarse la venganza tanto respecto al comunismo como a la dirección nacional del PSOE. Este momento llegaría en marzo de 1939, con el golpe de Casado, desarrollado en el último capítulo de esta obra. El comunismo fue defenestrado y apartado de todo cargo de responsabilidad pública e interna de los órganos unificados, y sus seguidores perseguidos.
Todo el análisis tiene una perspectiva provincial, y antes de avanzar en otros aspectos introductorios hemos de explicar, al menos de forma somera, por qué centrar nuestra atención en un ámbito provincial. Tal y como afirma José Antonio Piqueras, el socialismo valenciano, aun con sus especificidades provinciales que aquí mostraremos, es el PSOE de la provincia de Valencia. Por ello y por el carácter eminentemente jerárquico de la organización socialista, además de comprobar el comportamiento y la deriva del socialismo valenciano dentro del contexto propio de la provincia, hemos decidido primar el estudio de las relaciones verticales dentro de este, entre las bases, los cuadros medios y las elites políticas nacionales sobre la comparación interregional. De este modo, a lo largo de toda la obra, prima la inserción del socialismo valenciano en las problemáticas provinciales y nacionales sobre la comparación con otros socialismos regionales, que, aunque, obviamente, no es excluyente, ha sido puesto en un segundo plano entre nuestros objetivos.
Además, este tipo de análisis puede parecer el más acertado en este campo. De hecho, José Manuel Macarro afirmó, para el caso andaluz, que en el contexto del primer tercio del siglo XIX el socialismo andaluz sería «el desenvolvimiento [del socialismo] en las ocho provincias».14 Algo parecido puede decirse para el País Valenciano. A pesar de que, a diferencia de Andalucía, el socialismo sí tuvo en el País Valenciano una estructura regional estable durante algún tiempo –desde la creación de la Federación Socialista Valenciana en 1905 hasta su disolución en noviembre de 1931 y sustitución por las federaciones provinciales-15 esta estructura orgánica regional no implicó una mayor imbricación entre las diferentes agrupaciones, lo cual se comprobó no sólo con la disolución de la federación regional y su sustitución por las federaciones provinciales, sino porque, a lo largo de los años treinta, no se produjo ningún intento de recomposición de los organismos regionales, si bien existía una fluida relación entre las distintas federaciones provinciales.16 Fue en este momento cuando nació la Federación Socialista Valenciana –provincial-, que será el centro de atención de este trabajo.
A ello hay que añadir que la provincia de Valencia tenía políticamente unas especificidades que no poseían las otras dos provincias del País Valenciano, y esto hizo de este socialismo un tipo diferente al que podamos hallar en Castellón o en Alicante. En la provincia de Valencia el socialismo se encontraba en un contexto político dominado por un partido casi omnipotente como el PURA. Esta formación estaba incluida, en un principio, en el republicanismo de izquierda, aunque posteriormente sufrió un proceso de derechización, que le llevó a presentarse como el representante de las clases moderadas y a gobernar junto a la derecha accidentalista. Este partido fue el mayor rival que tuvo el socialismo valenciano de los años treinta para conseguir mayor apoyo electoral. El PURA era el aliado provincial del PRR de Lerroux y sólo existía en Valencia. En Castellón, con un contexto político similar al valenciano, aunque con muchas diferencias en otros ámbitos, el republicanismo histórico de Fernando Gasset había acabado integrándose orgánicamente en el PRR, y en Alicante se presentaba el propio PRR, que, en esta provincia, no contaba con la tradición obrerista, anticlerical e izquierdista de la que sí disfrutaba el PURA. Por ello, principalmente en Alicante, el socialismo disfrutó de una mejor posición a la hora de hacerse con el apoyo de las bases obreras, mientras que el socialismo de la provincia de Valencia tuvo que protagonizar una encarnizada lucha por hacerse con esas mismas bases que ambos movimientos compartían.17 Además, no hay que olvidar la existencia de un poderoso partido católico de derechas como era la DRV, que, a pesar de su posición en el espectro ideológico, era una formación política moderna, un verdadero partido de masas.
Este era el contexto político en el que se tuvo que desenvolver el movimiento socialista valenciano, que, debido a la gran fuerza de sus adversarios políticos, ha sido tradicionalmente calificado de débil. Esta observación se puede mantener si sólo vemos los resultados electorales obtenidos por el socialismo valenciano y los comparamos con los conseguidos por el socialismo en otras provincias. En ese caso, podremos hablar de un socialismo débil. Sin embargo, el socialismo de la provincia de Valencia tenía en diciembre de 1931, cuando se constituyó la FSV, 3.240 afiliados, muy por encima de los 1.900 afiliados del socialismo alicantino y por encima de otros socialismos regionales como el asturiano o el vasco.18
Por tanto, nos encontramos ante un socialismo nada débil en el contexto del socialismo español. Podríamos llegar a afirmar que la tríada tradicional, Madrid-País Vasco-Asturias, podría ser en realidad una tétrada: Madrid-País Valenciano-País Vasco-Asturias, al menos en lo que se refiere a militancia y afiliación. Otro dato que avalaría esta fortaleza es que sólo en cuatro ciudades, aparte de en Madrid, se había celebrado algún congreso del PSOE, y estas eran: Barcelona, Gijón, Bilbao y Valencia. Es decir, el PSOE había celebrado congresos en la principal ciudad industrial de España, en la que, sin embargo, no tenía apenas relevancia, y, a nuestro entender, en sus bastiones de afiliación principales, como eran Asturias, País Vasco y País Valenciano.
Todo ello unido a un contexto socioeconómico también particular, en el cual se combinaban zonas industriales y zonas agrícolas de un desarrollo notable. En el caso de la industria, convivían núcleos de grandes industrias, con grandes concentraciones de trabajadores, en comarcas como Camp de Morvedre, la Hoya de Buñol y la ciudad de Valencia, y todo un entramado disperso por toda la provincia de talleres y pequeñas fábricas muy conectadas con la agricultura, a la que abastecían de productos industriales y manufacturados relacionados tanto con la producción como con la exportación de sus productos. En este sentido, destacaban las industrias del papel, la madera, los abonos y las industrias agroalimentarias, concentradas en las comarcas que rodeaban la ciudad de Valencia, las dos Riberas, la Vall d’Albaida, La Costera y La Safor.
Por su parte, en el caso de la agricultura, la estructura de la tierra estaba dominada por la pequeña y la mediana propiedad, dedicada mayoritariamente a la exportación: comarcas como la Ribera Alta y la Safor eran naranjeras; Horta Sud y la Ribera Baja, arroceras; y la comarca de Requena-Utiel, se dedicaba mayoritariamente al vino. A ello habría que añadir las comarcas que rodeaban la ciudad de Valencia (Horta Nord, Horta Oest y Horta Sud), en las que la presencia de los cultivos hortícolas era notable. Por todo ello, esta agricultura concentraba una gran cantidad de mano de obra asalariada, de jornaleros que también tenían, por lo general, pequeñas parcelas de tierra, cuya producción completaban con dicho trabajo asalariado. De este modo, pequeños y medianos propietarios y jornaleros asalariados eran los sectores sociales protagonistas de la agricultura valenciana, lo cual también influyó en el juego político de la provincia.
De este modo, la provincia de Valencia constituye un contexto muy específico, con características singulares, a las cuales tuvo que adaptarse y en las que tuvo que vivir el socialismo de los años treinta, cuyas actuaciones, dinámicas y respuestas políticas se vieron influidas por el escenario en el que debían actuar. Esta singularidad e importancia aumentó más si cabe en el contexto de la Guerra Civil, cuando, ante la pérdida por el Gobierno republicano de zonas económicamente valiosas, Valencia se convirtió en uno de los principales focos económicos, con la agricultura de exportación como eje.
Por todo ello, el ámbito provincial valenciano se convierte en un escenario singular para el análisis del socialismo español, pues se combinan ingredientes que en otras zonas aparecen en forma de monocultivo. La provincia de Valencia reúne una fuerza social comparable a los bastiones tradicionales del socialismo peninsular, con una fuerte presencia política de republicanismo histórico de corte popular que se combina y alía con el potente anarquismo de la provincia, y un entramado social en el que conviven una ingente masa de jornaleros dedicados a la agricultura de exportación, un importante sector de propietarios medios y una amplia capa de trabajadores industriales de pequeños talleres. Por tanto, la provincia tiene un socialismo con fuerza social, como los socialismos vascos y asturiano; compite con el republicanismo y el anarquismo, como los socialismos aragonés y catalán; se mueve entre un sector jornalero extenso, como las provincias del centro-sur; a la vez que debe captar a la extensa masa de trabajadores industriales de pequeños talleres, como el madrileño; y debe no provocar las iras de los medianos propietarios agrícolas, como el castellano-leonés. Todo ello, además, se profundizaría durante la Guerra Civil, cuando la provincia, como hemos señalado, se convirtió en un elemento indispensable de la política de guerra del bando leal.
Para conseguir el objetivo señalado, esta investigación se asienta sobre tres pilares documentales: el primero de ellos lo constituyen los documentos internos de la organización valenciana socialista y de la dirección nacional del PSOE, además de los informes del PCE de la provincia, recabados en la Fundación Pablo Iglesias, el Centro Documental de la Memoria Histórica y el Archivo del PCE; el segundo, la prensa socialista, tanto provincial como nacional, combinada con la prensa generalista provincial; y el tercer y último, los informes oficiales del Gobierno civil dirigidos al Ministerio de Gobernación y la documentación electoral.
Con todo ello, a lo largo de las siguientes páginas, veremos cómo el PSOE de la provincia de Valencia, fundado en 1886 por parte de un grupo de tipógrafos de la capital, se desenvolvió en un período tan convulso como lo fueron los años treinta del siglo XX, hasta convertirlos, como podremos ir comprobando, en la década del socialismo español.
1El País, 18/4/1979.
2Son básicas las obras: Santos Juliá, La izquierda del PSOE (1935-1936), Madrid, Siglo XXI, 1977; Íd., Orígenes del Frente Popular en España (1934-1936), Madrid, Siglo XXI, 1979; Íd., Los Socialistas en la política española, 1879-1982, Madrid, Taurus, 1997; Manuel Pérez Ledesma, El obrero consciente, Madrid, Alianza, 1987; e Íd. y Rafael Cruz (eds.), Cultura y movilización en la España Contemporánea, Madrid, Alianza, 1997.
3Algunos de los principales estudios son: Santos Juliá, Madrid, 1931-1934: de la fiesta popular a la lucha de clases, Madrid, Siglo XXI, 1984; Sandra Souto Kustrín, Y ¿Madrid? ¿ Qué hace Madrid? Movimiento revolucionario y acción colectiva (1933-1936), Siglo XXI, 2004; José Manuel Macarro Vera, Socialismo, república y revolución en Andalucía (19311936), Sevilla, Universidad de Sevilla, 2000; Santiago Castillo y otros, Historia del socialismo en Aragón. PSOE-UGT (1879-1936), Zaragoza, Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, 1979; Enrique Bernard y Carlos Forcadell (eds.), Historia de la UGT en Aragón: un siglo de cultura sindical y socialista, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2000; Fernando del Rey, Paisanos en lucha. Exclusión política y violencia en la Segunda República española, Madrid, Biblioteca Nueva, 2008; Manuel González Probados, O socialismo na II República (1931-1936), Sada, Ediciós do Castro, 1992; Manuel Ferrer Muñoz, «El socialismo en Navarra durante la II República», Príncipe de Viana, n° 183 (1988), pp. 175-207; Juan Pablo Fusi, Política obrera en el País Vasco (1880-1923), Madrid, Turner, 1975; Jesús Eguiguren, El socialismo y la izquierda vasca (1886-1994), Madrid, Editorial Pablo Iglesias, 1994; Ricardo Miralles, El socialismo en el País Vasco durante la II República: organización, ideología política y elecciones, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1988.
4José Antonio Piqueras, Historia del socialisme, Valencia, Alfons el Magnánim, 1981; Íd., Persiguiendo el porvenir. La identidad histórica del socialismo valenciano (1870-1976), Alzira, Algar, 2005.
5Manuel Chust y Salvador Broseta (coords.), La pluma y el yunque. El socialismo en la historia valenciana, Valencia, PUV, 2003.
6Aurora Bosch, Ugetistas y libertarios. Guerra Civil y revolución en el País Valenciano, 1936-1939, Valencia, Edicions Alfons el Magnánim, 1983; e Íd., «Sindicalismo, conflictividad y política en el campo valenciano durante la Segunda República», en Aurora Bosch y otros: Estudios sobre la Segunda República, Valencia, Edicions Alfons el Magnánim, 1992, pp. 217-306.
7Salvador Forner, Industrialización y movimiento obrero. Alicante, 1923-1936, Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1982.
8No nos olvidamos de otros autores como Andrés de Blas y su obra El socialismo radical en la II República, Madrid, Tucar, 1978; Marta Bizcarrondo y su estudio Araquistain y la crisis socialista en la II República. Leviatán, México, Siglo XXI, 1975, y Paul Preston con su clásico La destrucción de la democracia en España, Madrid, 1978, que también se mueven en torno a los posicionamientos expuestos.
9Santos Juliá, La izquierda del…, op. cit.; Helen Graham, El PSOE en la Guerra Civil. Poder, crisis y derrota (1936-1939), Barcelona, Random House Mondadori, 2005; Julio Aróstegui, «Largo Caballero, ministro de Trabajo», en José Luis García Delgado (ed.), La Segunda República Española. El Primer Bienio, III Coloquio de Segovia sobre Historia Contemporánea de España, Madrid, Siglo XXI, 1987, pp. 59-74; Íd., «Largo Caballero y la herencia de Pablo Iglesias», Cuadernos de Historia Contemporánea, Vol. Extraordinario, 2007, pp. 25-34; Íd., «Largo Caballero y la construcción de un “código de trabajo"», en Julio Aróstegui (ed.), La República de los trabajadores, Madrid, Fundación Largo Caballero, pp. 208-223; e Íd., Largo Caballero: el tesón y la quimera, Barcelona, Debate, 2013.
10José Manuel Macarro Vera, «Causas de la radicalización socialista en la II República», Revista de Historia Contemporánea, 1 (diciembre de 1982), pp. 178-226.
11Esta argumentación fundamentalmente en Julio Aróstegui, «Largo Caballero y la construcción de un “código de trabajo"», op. cit., pp. 208-223.
12Para el corporativismo ugetista ver, Santos Juliá, «Objetivos políticos de la legislación laboral», en José Luis García Delgado (ed.), La Segunda República Española…, op. cit., pp. 28-47; para la tesis del reformismo hacia el socialismo, ver «Socialismo y revolución en el pensamiento y la acción política de Francisco Largo Caballero», en Francisco Largo Caballero, Escritos de la República, Madrid, Editorial Pablo Iglesias, 1985, pp. IX-LXVI; para la tesis de la «estación de tránsito», ver Santos Juliá, Los Socialistas en la…, op. cit.
13Julio Aróstegui, «Largo Caballero, ministro de Trabajo», en José Luis García Delgado (ed.), La Segunda República Española…, op. cit., pp. 59-74; José Antonio Piqueras, Persiguiendo el porvenir…, op. cit. A pesar de las matizaciones antes comentadas, Juliá también abunda en el carácter sindical de Largo en «Socialismo y revolución en el pensamiento…», op. Cit
14José Manuel Macarro, «El socialismo en Andalucía (1900-1936)», en Santos Juliá, (coord.), El socialismo en las nacionalidades y regiones, Madrid, Anales de historia de Fundación Pablo Iglesias, vol. 3, 1988, p. 105.
15José Antonio Piqueras, Historia del socialisme, op. cit., pp. 59 y 97.
16En los congresos provinciales era habitual la presencia de delegados de las otras federaciones del País Valenciano.
17Para estos conflictos entre socialistas y blasquistas, ver Sergio Valero, Reformismo, radicalización y conflicto interno en el socialismo español. La Federación Socialista Valencia durante la Segunda República y la Guerra Civil (1931-1939), Universidad de Valencia, tesis doctoral, 2012.
18Para los afiliados a la FSV en diciembre de 1931, FPI, AH-2-8, anexo 4, pp. 4-5; para los datos de afiliación en Alicante, Salvador Forner, Industrialización y movimiento obrero…, op. cit., p. 236; y para los datos de afiliación del PSOE en las distintas regiones, Alfons Cucó, «Contribución a un estudio cuantitativo de la CNT», Saitabi, vol. XX, Valencia, p. 187.
I. EL SOCIALISMO VALENCIANO EN EL PRIMER I BIENIO (1931-1933): DEMOCRACIA, REFORMISMO Y REORGANIZACIÓN
EL SOCIALISMO EN LAS VÍSPERAS DEL 14 DE ABRIL: EL DEBATE SOBRE LA PARTICIPACIÓN
Ya antes de la materialización de la República el 14 de abril de 1931, comenzó en el seno del movimiento socialista, principalmente del PSOE, el debate sobre cómo debería plasmarse su participación y actuación, no sólo en el que se preveía como futuro régimen, sino también en los conflictivos procesos políticos que se venían sucediendo desde la dimisión del general Primo de Rivera, en enero de 1930.
Estos debates se plantearon, como era habitual en el socialismo y sucederá a lo largo de los años treinta, en los máximos órganos representativos del Partido: la Comisión Ejecutiva y el Comité Nacional.
La Comisión Ejecutiva era el más elevado órgano rector de la formación y debía llevar a cabo las decisiones tomadas tanto en el Congreso del Partido como en el seno del Comité Nacional, verdaderos órganos dirigentes del PSOE. De este modo, la Comisión Ejecutiva no era competente para tomar decisiones de una trascendencia relevante, pues sólo lo era para ejecutar aquello decidido por los órganos correspondientes. La Ejecutiva debía constar de once miembros, según la Organización General del PSOE, y, en 1931, estaba vigente la elegida en el XII Congreso, celebrado en junio de 1928.1
Por su parte, el Comité Nacional era el máximo órgano dirigente del PSOE entre congresos, en cuyo seno debían tomarse las principales decisiones que afectaran a las estrategias y actuaciones políticas del Partido. El Comité Nacional estaba formado por la Comisión Ejecutiva y los delegados de cada una de las regiones establecidas en los estatutos. Es decir, un total de 24 miembros.2
El primer debate que se puso encima de la mesa fue el de la participación del PSOE, junto a los republicanos, en el Gobierno provisional que se haría cargo de la situación en el momento en que cayera la Monarquía. Y se produjo en la reunión conjunta de las Comisiones Ejecutivas del PSOE y de la UGT, celebrada el 20 de octubre de 1930. El movimiento hacia la recomposición de las relaciones entre socialistas y republicanos era anterior, pues, motu proprio, Indalecio Prieto comenzó esta tarea, que tuvo varias manifestaciones a lo largo de 1930: su asistencia a los banquetes ofrecidos a Sánchez Guerra y a Eduardo Ortega y Gasset; su conferencia, en abril, en el Ateneo de Madrid; y su participación, en agosto, en la reunión que tuvo lugar en San Sebastián, de la que saldría el compromiso de formar un comité revolucionario encargado de preparar la insurrección contra la Monarquía, el Pacto de San Sebastián.3
Finalmente, las iniciativas de Prieto llevaron a la aproximación del PSOE hacia los republicanos, plasmada en la reunión entre estos y una comisión socialista en octubre de 1930. Todo ello a pesar de las resistencias de parte de la dirección, principalmente de su presidente, Julián Besteiro. En esa reunión, los republicanos ofrecieron a los socialistas dos puestos –que, finalmente, se convertirían en tres– en el comité revolucionario –germen de un futuro gobierno provisional– a cambio de su participación, que debía plasmarse en forma de huelga general en el momento en el que se produjera la insurrección militar.4
Este hecho provocó un debate interno sobre la conveniencia de la colaboración en esta empresa y la integración del socialismo en el seno de un sistema burgués. Por un lado, se situaron aquellos favorables a la integración, con Largo Caballero y Fernando de los Ríos al frente, mientras que, por otro, se situaron los contrarios, entre los cuales destacaban Julián Besteiro y Andrés Saborit.5 Finalmente, la cuestión se sometió a votación y vencieron los partidarios de colaborar con el republicanismo e integrarse en un Gobierno con este por ocho votos contra seis.6
Ahora bien, hemos de recordar que en esta reunión estaban presentes los máximos dirigentes no sólo del Partido, sino también del sindicato, y, aunque fueron derrotados los partidarios del aislamiento, la decisión se tomó gracias al apoyo de los dirigentes sindicales en contra de la mayoría de los del partido. Si sólo tuviéramos en cuenta el posicionamiento de los miembros de la CE del PSOE, la votación hubiera quedado de la siguiente manera: seis votos en contra –los mismos señalados anteriormente– y cinco a favor de la colaboración, ya que Gana, Henche y Enrique de Santiago no formaban parte de aquella. De este modo, la quiebra dentro del máximo órgano de dirección del PSOE era evidente. La mayoría debía aceptar una decisión que no apoyaba.
Por ello, algunos dirigentes, como Saborit, Trifón Gómez o Aníbal Sánchez, instaron a la convocatoria del Comité Nacional, pues en él podría tomarse este tipo de decisiones. Esta petición acabó convirtiéndose en una petición de reunión de ambos comités nacionales –los del partido y el sindicato. Pero en ambos casos fue dilatándose la convocatoria debido a la coyuntura política existente,7 con un hito fundamental el 12 de diciembre de 1930: la sublevación protagonizada por los capitanes Galán y García Hernández en Jaca.
Sin embargo, la intentona no tuvo ningún éxito. No sólo no consiguió los objetivos que buscaba –hacer caer la Monarquía-, sino que buena parte del comité revolucionario fue detenido y encarcelado, entre ellos dos de los tres miembros socialistas: De los Ríos y Largo Caballero.8
Finalmente, en febrero de 1931, se produjeron dos reuniones conjuntas de ambos comités nacionales, que se celebraron entre los días 2 y 4, y 21 y 22 de dicho mes.
En el caso del PSOE valenciano, la representación venía dada por el delegado de la región de Levante, elegido por los militantes de las organizaciones socialistas provinciales de Castellón, Valencia, Alicante, Murcia y Albacete. Durante los años treinta, este cargo recayó siempre en un destacado dirigente de la FSV. En este caso, la representación levantina estuvo en manos de Francisco Sanchís,9 en el caso del Partido, y Pedro García,10 como delegado regional de Levante en el de la UGT.
El debate tuvo dos puntos fundamentales de discusión: el posicionamiento del movimiento socialista sobre los planes gubernamentales de vuelta a la normalidad constitucional, y la posible revisión de la postura adoptada por las Ejecutivas de la UGT y el PSOE sobre la integración en el aún hipotético Gobierno provisional.
En cuanto al primer asunto, tras la dimisión de Primo de Rivera, en enero de 1930, se consideró conveniente volver a la normalidad constitucional quebrada por el golpe de Estado de septiembre de 1923. El sucesor de Primo, el general Dámaso Berenguer, planteó un esquema de vuelta a la normalidad en el que se celebrarían, en primer lugar, elecciones a Cortes, para, después, iniciar un proceso de renovación de las estructuras inferiores del Estado. Sin embargo, este esquema no fue apoyado ni por la oposición ni por algunos de los que habían sido sostén de la Monarquía antes de 1923, por lo que el plan cayó a la vez que lo hacía su patrocinador.11
En el caso socialista, el debate dio como resultado un apoyo aplastante, en la reunión de los días 2 al 4 de febrero, a la abstención. Entre aquellos que la apoyaron se encontraban los dos representantes valencianos, que, por otra parte, tampoco tuvieron ningún tipo de intervención relevante en la discusión de este punto.12
Ese mismo mes de febrero, Berenguer fue sustituido por el almirante Aznar, y, finalmente, la oposición, la mayoría de los antiguos líderes dinásticos y el establishment alfonsino llegaron al acuerdo de realizar primero elecciones municipales en abril de 1931 y, después, provinciales en mayo y legislativas en junio.13 Esta nueva situación supuso también un cambio de postura del socialismo que, en el Comité Nacional del 21 de febrero, decidió su «asistencia a dichas elecciones si el Gobierno se decide a convocarlas».14
Ahora bien, en este caso, a diferencia del anterior, sí hubo mayor participación valenciana, pues uno de los redactores de una propuesta, que, sin embargo, no llegó a ser, finalmente, aprobada fue Francisco Sanchís. Esta propuesta iba en el mismo sentido que la aprobada, pero con alguna salvedad, ya que, en este caso, daba carta blanca a la CE para que decidiera sobre la participación en las elecciones municipales según el comportamiento que tuviera el Gobierno en lo que se refería «a las garantías efectivas» y a «la libre actuación ciudadana».15 En todo caso, como anteriormente, aunque ahora en sentido contrario, el socialismo valenciano votó, junto a la gran mayoría de sus compañeros, por la participación en las elecciones municipales de abril.
Por otro lado, en cuanto al segundo asunto, el debate comenzó en la reunión de los días 2 al 4 de febrero, con el posicionamiento de Besteiro, que rechazaba esta integración. A eso añadió una insinuación: si el Comité Nacional no apoyaba su postura y respaldaba lo decidido por la Ejecutiva en el mes de octubre, él se vería obligado a dejar su cargo.
Sin embargo, estas amenazas no sirvieron de mucho, pues el Comité Nacional se dividió en dos posturas contrapuestas, como había sucedido en la reunión de las Ejecutivas, con la diferencia de que ahora, la mayoría de los delegados regionales y sectoriales del movimiento decantaron aún más la balanza del lado de la anterior votación. De este modo, los favorables a mantener las relaciones con el republicanismo como se habían mantenido desde octubre sumaron 35 apoyos, frente a los 14 cosechados por los revisionistas de estas relaciones. A ello habría que sumar las abstenciones de Besteiro, Saborit, Cordero, Ovejero y Lucio Martínez Gil.
Ahora bien, como había sucedido en octubre, la votación se decantó claramente a favor de aquellos que apostaban por la colaboración gracias a los representantes ugetistas, pues entre los miembros del Comité Nacional del PSOE, las cosas no estaban tan claras. De hecho, aunque no se hubiera producido una votación como la de octubre, es decir, no hubieran ganado los aislacionistas, el resultado a favor de los partidarios del pacto con los republicanos no hubiera sido tan aplastante, ya que su victoria únicamente se hubiera debido a la abstención de buena parte de la Ejecutiva. De este modo, la votación en el Comité Nacional del PSOE hubiera sido de nueve votos a favor del pacto, seis en contra y cinco abstenciones.16
En el caso de los representantes valencianos, estos tuvieron una actitud muy similar al anterior comité. De nuevo, actuaron discretamente y se posicionaron a favor de la mayoría, decantándose por mantener el pacto con los republicanos y los puestos en el Gobierno provisional.17 Esta posición se corresponde con la actitud mostrada por el socialismo valenciano durante el primer tercio del siglo XX, cuando apostaron claramente por el pacto con los sectores republicanos, fundamentalmente de la capital valenciana, de cara a la concurrencia en los diferentes procesos electorales, gracias a lo cual no sólo lucharon de forma más efectiva contra los sectores dinásticos y católicos, sino que llegaron a conseguir una mayor cota de representación.18
Todo ello suponía un resultado desfavorable a las tesis de Julián Besteiro, quien, tal y como había anunciado, al ver los resultados, presentó su dimisión junto a otros miembros de las Ejecutivas del movimiento, dejando menguadas ambas direcciones.19 Era la primera vez que ocurría, pero no sería la última, a lo largo de los años treinta, que el Presidente del Partido y todos sus acólitos dimitían tras una reunión del Comité Nacional en la que este no seguía los pasos marcados por aquel. Y en ello el socialismo valenciano había aportado sus votos.
EL SOCIALISMO VALENCIANO EN EL CAMBIO DE RÉGIMEN
Inmediatamente comenzaron los movimientos políticos de cara a esas elecciones, que se celebrarían el domingo 12 de abril, para las cuales se formaron dos bloques contrapuestos: el republicano-socialista, emanado del Pacto de San Sebastián, y el formado por los partidarios del régimen vigente, la concentración monárquica.
La formación de este tipo de bloques electorales no era un fenómeno nuevo en la política municipal valenciana, sobre todo en la capital provincial. Tanto las fuerzas fieles al sistema como las opositoras habían formado alianzas electorales para algunas de las convocatorias anteriores a 1923, gracias a las cuales habían conseguido unos resultados muy positivos. Y cuando llegamos a 1931 y a las elecciones de abril, el objetivo de republicanos y socialistas era conformar, de nuevo, una gran candidatura que los reuniera para abordar de una manera más efectiva la lucha electoral en contra del adversario común: la Monarquía.
Del mismo modo, las candidaturas monárquicas no representaban un bloque homogéneo, sino que se habían visto formadas por elementos con dos procedencias fundamentales: por un lado, los candidatos pertenecientes a las diferentes familias de los partidos dinásticos –conservadores, liberales, ciervistas, albistas, constitucionalistas, centristas y monárquicos independientes-, y, por otro, los elementos provenientes, sobre todo, de una formación recién nacida en el seno de la derecha política, pero cuyo futuro será fructífero y fundamental en el devenir de la política valenciana de los años treinta. Nos referimos a la DRV, que, a pesar de ser un partido joven, aportó buena parte de los candidatos monárquicos para estas elecciones, sobre todo en la capital provincial, donde de los 32 candidatos monárquicos, catorce provenían de sus filas.20
Finalmente, llegó el domingo 12 de abril y las elecciones se celebraron en un ambiente dominado fundamentalmente por la calma. Dos días después, se conocieron los resultados y la Monarquía Alfonsina se derrumbó cual castillo de naipes, dejando paso a un nuevo régimen que comenzaría de inmediato su institucionalización sobre la base de un apoyo popular cuantioso y continuado.
En el caso del socialismo provincial, fueron elegidos 72 concejales en estas elecciones, aunque hay que señalar lo incompleto e inconcreto de los datos, ya que, la mayoría de las veces, los resultados de estas elecciones se daban en términos de «monárquicos» y «republicanos» o «monárquicos» y «antidinásticos»,21 englobando en este último concepto a republicanos de todo tipo y socialistas. Unidos a los siete elegidos por artículo 29, pocos días antes, la FSV obtuvo en el proceso electoral de abril un total de 79 concejales en toda la provincia.
Ahora bien, obviamente los concejales electos socialistas no lo fueron de una manera uniforme en toda la provincia. El PSOE obtuvo representación en la mayoría de las capitales comarcales de la provincia: dos concejales en Sueca, dos en Gandía, dos en Játiva y cinco en Torrente, al igual que en algunas de las más importantes ciudades medianas del entramado provincial, como Chiva, donde el PSOE obtuvo dos concejales, y Catarroja, donde obtuvo uno. Finalmente, hemos de señalar los tres concejales que el socialismo valenciano obtuvo en la capital de la provincia.22
En todo caso, tal y como reflejan los datos, el poder político alcanzado por el socialismo valenciano fue limitadísimo. Si sólo el 1’5% de los concejales proclamados por el artículo 29 eran socialistas (el 3’3% si sólo tenemos en cuenta los concejales antidinásticos), aquellos que accedieron al cargo por elección representaban un porcentaje muy similar, el 4’55% del total. Este porcentaje se vería incrementado hasta el 9’1%, si únicamente tenemos en cuenta los concejales conseguidos por la coalición republicano-socialista el día 12 de abril (794).
En conjunto, en el proceso de renovación de concejales del mes de abril, sólo el 3’9% de los 1.988 concejales que se renovaron en abril de 1931 pertenecían al PSOE de la provincia de Valencia, los cuales, a su vez, representaban el 8% de los conseguidos por la coalición antidinástica.
Todo ello mostraba que continuaba repitiéndose la dinámica que venía caracterizando al socialismo valenciano desde el cambio de siglo: la debilidad en cargos públicos frente a su peso orgánico dentro del PSOE.23
El 12 de abril de 1931, de forma contundente, aunque tampoco de una manera aplastante ni abrumadora, la población valenciana cruzó la línea del cambio de régimen. Aunque las candidaturas monárquicas se hicieron con zonas y localidades de gran importancia en el entramado provincial, una clara mayoría de los valencianos optó y vio cómo sus ayuntamientos pasaban a manos de miembros de las candidaturas republicano-socialistas.
El republicanismo y el socialismo, que desde el cambio de siglo venían trabajando para hacerse con el apoyo de las clases populares y trabajadoras valencianas con un objetivo primordialmente antisistema, vieron en abril de 1931 sus sueños hechos realidad. El cambio había llegado de la mano de unas elecciones municipales, de una forma «revolucionaria». Y en este «origen revolucionario» se asentarían los proyectos reformistas y de avance social, tanto de republicanos de izquierda como de socialistas. Resucitaba la República y, a partir de ese momento, tocaba gestionarla, pero siempre con la idea última de que con la República «se cerraba una página de la historia y se emprendía una profunda obra de transformación que alcanzase hasta su raíz al sistema de la política y a la organización de la sociedad».24
La mañana del 14 de abril, tras conocerse la noticia del triunfo republicano en las elecciones del domingo anterior, comenzaron las proclamaciones de la República. El primer lugar fue Éibar, y, más tarde, Barcelona. A partir de este momento, estallaron las manifestaciones de alegría y júbilo, y se desató una reacción en cadena de proclamaciones en todas las grandes y medianas ciudades españolas.
En Madrid, centro del poder político, los resultados electorales, las sucesivas proclamaciones en diversas poblaciones y la manifestación popular espontánea llevaron a desechar cualquier tipo de resistencia por parte del establishment de la Monarquía, que instó al monarca a que aceptara que la mejor solución era realizar un tranquilo traspaso de poderes hacia los miembros del comité revolucionario, convertido, desde la tarde del 14 del abril, en Gobierno Provisional. Inmediatamente, Niceto Alcalá Zamora, su presidente, salió al balcón del Ministerio de Gobernación, en la Puerta del Sol, y proclamó oficialmente el cambio de régimen.25
En la provincia de Valencia, la principal manifestación de júbilo popular se produjo en la capital. A las puertas del diario El Pueblo, en la calle Juan de Austria, una gran cantidad de gente iba conociendo las proclamaciones en Barcelona y en Madrid, y, una vez fue oficial la caída de la Monarquía, comenzó una gran manifestación, encabezada por los principales líderes del republicanismo local. La manifestación se dirigió hacia la Plaza de Castelar, centro neurálgico de la ciudad. Los nuevos ediles entraron en el Ayuntamiento e izaron la nueva bandera oficial junto a la Senyera. El alborozo popular fue la característica de este momento, y, tras el izado de la bandera en la Casa Consistorial, fueron izándose más en otros edificios de la plaza, como en la Telefónica, el Ateneo Mercantil y el Palacio de Comunicaciones.
Mientras en el exterior continuaban la fiesta y el jolgorio, dentro del Ayuntamiento los nuevos concejales republicanos y socialistas tomaban posesión del gobierno municipal y provincial en nombre del Gobierno de la República, constituyéndose en «asamblea magna y deliberante», de cuya mesa formaba parte, entre otros, el socialista Francisco Sanchís. Este Comité Provisional, tras tomar el control del gobierno municipal y provincial y convocar para esa noche a todos los concejales elegidos el 12 de abril para la constitución del nuevo ayuntamiento, se trasladó al Gobierno civil, donde le comunicó al gobernador todo lo realizado, y a la Diputación, desde donde convocaron a los ex diputados provinciales republicanos para que acudieran esa misma noche.26
En otras ciudades de la provincia sucedió algo similar. Las manifestaciones festivas populares recorrieron las calles de Alcira, Liria, Játiva o Gandía, entre otras poblaciones, camino de sus respectivos ayuntamientos, donde los nuevos concejales republicanos y socialistas proclamaron oficialmente la República, izaron la bandera tricolor e, incluso, en algunos casos, defenestraron los símbolos monárquicos.27
Poco a poco, se fueron constituyendo oficialmente los nuevos poderes municipales y provinciales, como paso previo a la gestión e institucionalización del nuevo régimen. Ahora bien, con anterioridad, el Gobierno culminó el proceso de renovación del poder local, con las elecciones municipales de mayo de 1931. Estos comicios, convocados para repetir las elecciones en aquellos municipios en los que se habían producido denuncias de presiones o alteraciones de la normalidad de la elección del día 12, arrojaron unos resultados que mostraban la clara sustitución de los monárquicos por los republicanos en el grueso del poder local de la provincia.28
El porcentaje que los monárquicos obtuvieron en las elecciones de mayo de 1931 fue residual: 96 concejales de 1.419 (6’8%), pasando de porcentajes muy cercanos a los republicano-socialistas a ser una fuerza residual.29 Mientras, en el caso de los republicanos sucedió el proceso inverso, pues el republicanismo en su conjunto –nuevo o viejo-30 logró hacerse con la inmensa mayoría de los cargos públicos: las distintas formaciones obtuvieron, aunque acudieran por separado, 1.085 concejales, es decir, el 76’4% de los que había en liza.31
En el caso del PSOE, con unos resultados muy discretos, no consiguió ningún concejal en diez comarcas de la provincia: Hoya de Buñol, el Valle de Ayora, Camp de Morvedre, Camp de Túria, Canal de Navarrés, Horta Nord, Horta Sud, Horta Oest, el Rincón de Ademuz y Los Serranos. Los apoyos del socialismo se concentraban en aquellas que tenían como base la agricultura de exportación, por lo que en su entramado social tenían un peso fundamental los jornaleros. De este modo, las comarcas de La Safor, la Ribera Baja y la Ribera Alta dieron al PSOE el 73’7% de sus concejales (28 de 38). Mientras, el resto los consiguió en las comarcas de La Costera –seis-, en la comarca de Requena-Utiel –tres– y en la Vall d’Albaida, donde obtuvo un concejal.
Todos estos datos suponían que, en el proceso de renovación de ayuntamientos llevado a cabo en los meses de abril y mayo de 1931, el socialismo valenciano se había hecho con 117 concejales (79 en abril y 38 en mayo), de forma que controlaban el 4’4% de los 2.637 de la provincia. Mientras, en términos internos socialistas, estos habían conseguido en este proceso un total de 4.244 concejales en toda España,32 de los cuales el 2’75% pertenecía a la provincia de Valencia. Ello suponía una escasa aportación valenciana a la fuerza representativa del socialismo español, a pesar de poseer una de las organizaciones provinciales con más militantes. De nuevo, el déficit estructural del socialismo valenciano volvía a plasmarse de forma contundente.
Sólo cuatro semanas después –el 28 de junio– se produjeron las elecciones a Cortes Constituyentes. Ese domingo los valencianos se encontraron, fundamentalmente, con tres grandes candidaturas: la de la Alianza de las Izquierdas, que reunía a blasquistas, socialistas, AR y liberal-demócratas; la del PRRS; y la de la DLR. A estas habría que añadir, en el caso de la capital, las candidaturas de los federales y la DRV, pero sólo para las minorías.
El día de las elecciones, a pesar de la tensión previa, transcurrió tranquilo, tal y como indicaba Las Provincias: «La jornada (…) se desenvolvió en un ambiente de tranquilidad completísima, como pocas veces hemos visto».33 Y el triunfo de las candidaturas republicano-socialistas en el ámbito nacional fue apabullante. De los 470 diputados que componían las Cortes republicanas, apenas 50 fueron para las fuerzas de derecha y oposición, entre los que destacaban los 24 diputados conseguidos por los agrarios. La socialista se convirtió en la minoría más numerosa, con 116 diputados, seguida por el grupo radical, que consiguió 90, el radical-socialista, 55, ERC, 37, y Acción Republicana, 30.34
En Valencia, la participación alcanzó un nivel elevado, sobre todo en la provincia, donde se situó en el 72’91%, mientras que en la capital fue un poco menor, el 64’29%. Y el triunfo más absoluto fue para la Alianza de Izquierdas, que obtuvo el 63’6% de los votos en la capital, mientras que se hacía con el 50’8% de los sufragios de la provincia.35 El segundo puesto fue para el PRRS y el último lugar entre las tres principales candidaturas lo obtuvo la conservadora DLR.
Estos resultados tuvieron como consecuencia que los diez candidatos de la lista provincial y los cinco de la circunscripción de la capital de la Alianza de Izquierdas consiguieron el acta de diputado, y, entre ellos, los tres socialistas que se habían integrado en ella. Francisco Sanchís, Isidro Escandell y Pedro García obtuvieron su billete hasta el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo gracias al pacto que habían establecido con el blasquismo antes de las elecciones de abril. Este pacto se mantuvo después de estas y para las elecciones de mayo, y fue consolidado de cara a las Constituyentes. De él, obtuvieron todos sus integrantes los resultados que buscaban: la mayor cuota de representación popular.
Y, a partir de la constitución de la Cámara, el 14 de julio, comenzaron las tareas de elaboración de la Constitución de la nueva República y sus leyes complementarias. En esta ardua tarea reformista, los diputados socialistas valencianos se repartirían en tres comisiones parlamentarias, de carácter diferente. Mientras Francisco Sanchís y Pedro García ocuparon un puesto en comisiones relevantes, como la de Trabajo y la de Reforma Agraria, respectivamente, Isidro Escandell ocupó un puesto en la de Estado.36
Ello no fue óbice para tener un papel más o menos destacado dentro del Parlamento, ya que si bien Sanchís estaba en una comisión que daría más juego durante el primer bienio republicano, debido a la importancia de las reformas promovidas por el Ministerio de Trabajo, su aportación a la misma fue nula. En el lado opuesto se situaba Isidro Escandell, cuyas intervenciones parlamentarias fueron sobresalientes. Entre uno y otro se encontraría el trabajo de Pedro García.37
LA REORGANIZACIÓN SOCIALISTA: DEL CONGRESO EXTRAORDINARIO DEL PSOE AL I CONGRESO DE LA FSV
La proclamación de la República supuso para el socialismo la puesta en marcha de dos procesos paralelos que afectaban a su organización interna: el crecimiento exponencial del número de militantes; y los debates y discusiones en torno a la participación en el Gobierno, como continuidad de los debates que ya habían existido entre el otoño de 1930 y el invierno de 1931.
El primer proceso haría necesaria la reconfiguración de las instancias organizativas en las que se insertaban en 1931 las agrupaciones socialistas valencianas, mientras que el segundo forzaría la convocatoria de un congreso extraordinario del PSOE con el fin de clarificar los posicionamientos de cara al nuevo período político que se iniciaba tras los diversos procesos electorales. De este modo, se fueron sucediendo el Congreso extraordinario del PSOE, en el mes de julio, la disolución de la FSL, en octubre, y la creación de la FSV, en diciembre.
Tras lo sucedido en las reuniones del Comité Nacional en las semanas anteriores a las elecciones del 12 de abril y la definitiva integración de los socialistas en el Gobierno Provisional,38 los debates internos se reavivaron y se decidió la convocatoria de un congreso extraordinario. La fecha elegida para comenzar las sesiones fue el 10 de julio y dos fueron los temas incluidos en el orden del día: el programa que el Partido debía llevar a las Cortes Constituyentes y las relaciones que se debían establecer con el Gobierno de la República una vez hubiera concluido la labor constituyente.39
Antes del Congreso hubo una reunión del Comité Nacional, en la que los máximos dirigentes del Partido elaboraron sus propuestas. Respecto a las relaciones del Partido con el Gobierno de la República, la ponencia aprobada por todos los miembros del Comité, únicamente con el voto particular de Bruno Alonso, delegado regional de Castilla la Vieja, se manifestaba a favor de la participación ministerial del socialismo «atendiendo a las circunstancias de la situación política actual».40 El Comité Nacional respaldaba la continuidad de los ministros socialistas hasta que se aprobara la Constitución, pero dejaba la puerta abierta a la continuidad del socialismo en el Gobierno, pues, aduciendo las «diversas e insospechadas circunstancias políticas que puedan presentarse», aprobó que la Minoría parlamentaria y la Comisión Ejecutiva pudieran decidir sobre el particular en el momento oportuno. Si estos órganos no se ponían de acuerdo, debía, entonces, reunirse el Comité Nacional para decidir, e incluso, si hubiera tiempo, se debía producir la convocatoria de un congreso.41
Pocos días antes, El Socialista había ido más allá y había publicado un artículo en el que se señalaba que de las recién elegidas Cortes debía emanar un Gobierno «izquierdista y social», en el que el socialismo debía llevar la iniciativa de formarlo «como minoría más numerosa». En todo caso, dejaba a la decisión del Congreso que esa posibilidad material se convirtiera en real.42
Por su parte, en cuanto al programa del Partido, las propuestas de las agrupaciones fueron resumidas por el Comité Nacional en algunos puntos que podrían servir de guía para la Minoría socialista.43 En este sentido, la agrupación más activa entre las valencianas fue la de Alcira, cuyas propuestas abarcaban los temas más importantes que aparecían en el panorama político de la primavera-verano de 1931. La mayoría de ellas destacaban por la moderación política y el reformismo avanzado, a pesar de que algunas mostraban tendencias más radicales e, incluso, irreales. En este último caso, destacaba una proposición que sostenía que los socialistas no debían estar presentes en el Gobierno, salvo en el caso de que tuvieran mayoría absoluta de diputados,44 circunstancia que parecía quedar muy fuera de la realidad en 1931.
En todo caso, la mayoría de las propuestas eran más pragmáticas y gradualistas. En el plano político, destacaban la abolición de la pena de muerte y la rebaja de la edad de voto hasta los 21 años. Mientras, en el plano social destacaban dos proposiciones que perseguían la igualdad: la primera reclamaba la de hombres y mujeres «en cuantos derechos se le reconocen al hombre en el Código Civil», lo cual incluía la aprobación del divorcio; y la segunda se refería a la educación, que debía ser pública, gratuita y laica, para que estuviera «al alcance de todos los ciudadanos».45 Finalmente, en el ámbito económico, la AS de Alcira reclamaba la supresión de los impuestos indirectos y la creación de un impuesto directo progresivo.
Únicamente un tema lograba exaltar el ánimo moderado mostrado por esta organización local: las relaciones con la Iglesia. En este campo, no había medias tintas y, desde Alcira, se reclamaba el establecimiento de una estricta separación entre esta y el Estado, la revisión de las relaciones entre ambos ámbitos, la prohibición de algunas órdenes religiosas y la expulsión de sus miembros, en especial de los jesuitas, además de la confiscación de sus bienes, el fin del pago de los haberes del clero, e incluso la aprobación de medidas como la fijación de un límite al número de iglesias, la obligación de los sacerdotes de vestir de seglar por la calle y la prohibición de los actos religiosos en la vía pública.46
El día 10, por la tarde, comenzaron las sesiones del Congreso, al que acudieron 332 delegados en representación de las organizaciones socialistas. De este total, 15 delegados (4’5%) acudían en representación de los militantes de la provincia de Valencia: cinco delegados de la ASV; Alcira, Sueca, el Grao y Játiva, aportaban dos delegados cada una de ellas; y, finalmente, Paterna y Quart de Poblet, uno, respectivamente. Este total suponía que la valenciana era la sexta provincia en importancia de las 43 que aportaban delegados a este Congreso. Por delante aparecían las provincias de Jaén, con 33 delegados; Madrid, con 31; Murcia, con 22; Ciudad Real, con 19; y Alicante, con 17.47
Mientras, en términos regionales, tal y como aparecían en la Organización General del PSOE, es decir, las regiones que se establecían para la representación en el Comité Nacional, la más importante por su representación en delegados fue la de Levante, que aportaba 70, muy por encima de los 53 aportados por Andalucía Oriental, donde estaba incluida la provincia de Jaén, y los 49 de Castilla la Nueva, donde se incluían las de Madrid y Ciudad Real. Por ello, la presidencia del Congreso recayó en uno de los delegados de Levante: el dirigente valenciano Francisco Sanchís.48
El primer debate fue el referente a las relaciones del Partido con el Gobierno de la República. La ponencia –elaborada entre otros por Julián Besteiro– parecía defender prácticamente los mismos presupuestos que la propuesta realizada por el Comité Nacional un par de días antes, pero no era así, pues mientras el Comité Nacional planteaba la continuidad en el Gobierno como una «obligación (…) de defender la República», la ponencia lo aceptaba como un hecho consumado que no había que corregir. Además, la ponencia, como emanación del pensamiento besteirista, limitaba la colaboración de forma estricta al período constituyente, procurando evitar que se produjeran posteriores y nuevos «compromisos gubernamentales».49
Ante esta situación, Indalecio Prieto presentó una enmienda en la que remarcaba como obligación política la permanencia en el Gobierno, incluso una vez que se hubiera cerrado el período constituyente. Esta enmienda, corregida, fue finalmente, incorporada a la ponencia original, aunque con la oposición de Besteiro, que formuló un voto particular en el que insistía en que la colaboración ministerial debía concluir cuando acabaran las tareas de elaboración de la Constitución. Sin embargo, esta proposición de Besteiro no contó con el apoyo de la mayoría de los delegados, pues 171 apoyaron la ponencia y 140 se decantaron por su voto particular. Estos delegados representaban a 10.607 militantes en el primer caso y a 8.362, en el segundo. Por tanto, vencieron los postulados colaboracionistas a pesar de que los apoyos a Besteiro fueron cuantiosos.
Por otro lado, en cuanto al programa que el PSOE debía llevar a las Cortes Constituyentes, la Comisión Ejecutiva presentó una propuesta avalada por el Comité Nacional. Por ello, la aprobación de buena parte del programa se produjo sin apenas dificultades, con aspectos como el carácter unicameral del futuro poder legislativo, que, además, debía ser elegido «por sufragio universal, igual, directo y secreto, por todos los españoles de uno u otro sexo mayores de veintiún años, en grandes circunscripciones».50
De este modo, el Congreso plasmaba negro sobre blanco una de las características principales del socialismo: la consideración del sufragio universal como base del sistema político, pues el voto era «un arma revolucionaria, demoledora, transformadora y constructora».51
Por otro lado, y sin salir del plano político, en el contexto de los años treinta se produjo un debate de gran envergadura: la estructura del Estado republicano. Este es un debate clásico en la historiografía española y, tradicionalmente, se ha interpretado que la postura del socialismo era la defensa a ultranza del unitarismo y de un «nacionalismo jacobino».52 Sin embargo, esta tesis es bastante discutible, aunque, eso sí, remarcando que el tema de la descentralización y de las autonomías regional y municipal no fue una de las preocupaciones fundamentales del socialismo.
En este sentido, la ponencia elaborada en el Congreso señalaba que el PSOE daría su apoyo a «toda reivindicación autonomista encaminada a lograr el reconocimiento de la personalidad regional», aunque matizaba este apoyo exigiendo una «previa consulta al pueblo» para avalar la aprobación de cualquier estatuto de autonomía, gracias a lo cual se evitaría dar alas a cualquier «movimiento equívoco».53
Sin embargo, tal y como señalaron algunos delegados, esta ponencia no especificaba si el PSOE defendía que la república fuera unitaria o federal. Por ello, los representantes de Valladolid y Barcelona apostaron por que el Congreso avalara que la república debía ser federal, la soberanía de cuyos estados sólo afectaría a los asuntos interiores de estos sin «invadir (…) la esfera propia de la Unión federal ni quebrantar la unidad de la República española». Esta proposición no fue aceptada por los ponentes y tampoco los delegados que la propusieron quisieron echarse atrás. Ello provocó la intervención de Fernando de los Ríos en apoyo de la ponencia, pues, en su opinión, no se debía responder a la disyuntiva federalismo/unitarismo de una manera rotunda, sino que se debían dar los mecanismos para «posibilitar». La cuestión debía centrarse «no en mandar», sino «en auscultar las posibilidades y cuando estas se comprueben (…) inclinaremos la cabeza y la reconoceremos».54
Tras esta intervención, el Congreso avaló la redacción de la ponencia, asumiendo que la República no debía asentarse sobre principios federalistas o descentralizadores de principio, sino hacerlo sobre un unitarismo corregible de forma progresiva.
Mientras, en el plano social, el Congreso apoyaba que la Minoría socialista impulsara la aprobación de seguros sociales «para todos los riesgos que amenazan a los trabajadores», además de los principios de negociación colectiva y el control obrero, en los cuales la instancia sindical era el pilar fundamental.55 También se apostaba de manera inequívoca por la escuela única, es decir, la educación pública y eminentemente laica. Esta defensa era uno de los principales postulados del socialismo, pues la educación y la cultura serían las vías a través de las cuales se conseguiría el avance de la sociedad hacia sus postulados y saldría de la oscuridad en la que se encontraba.56
En cuanto a la economía, el cónclave aprobó la revisión de todos los contratos de concesión de explotación del «suelo, subsuelo, costas y aguas territoriales» que existieran. En este punto, la ponencia dio un paso más y apostó por que el PSOE defendiera en el Parlamento la nacionalización de «los ferrocarriles, la banca, minas, bosques (…) comunicaciones e industrias de guerra (…) y la tierra». A ello se añadía la inclusión en la Constitución de un «impuesto progresivo sobre la renta».57
Finalmente, el punto más radical fue el referido a la Iglesia, en el que una ponencia de corte moderado, que apostaba por la «independencia confesional del Estado, la libertad de todos los cultos y la (…) necesidad de que (…) los fieles sostengan económicamente sus respectivas iglesias», pasó a defender también que «se expulse a las órdenes o congregaciones religiosas y se confisquen sus bienes».58 Este fue el tenor de las relaciones socialismo-Iglesia católica a lo largo de los años republicanos. Y se mostraban dos caras que no debían ir irremediablemente unidas, pero sí lo iban en el caso del socialismo de los años treinta: el laicismo y el anticlericalismo. El socialismo fue claramente partidario del fin de la confesionalidad del Estado y de su laicización, pero también era profundamente hostil a la Iglesia católica, a sus miembros, seguidores y presupuestos religiosos, morales y políticos.
Durante los primeros años de vida del PSOE, el anticlericalismo había sido situado en un segundo plano de sus preocupaciones. Este tema era «un riesgo de distracción en sus aspiraciones de derrotar a la burguesía», por lo que los líderes socialistas «tendieron a encubrir los rasgos anticlericales de su pensamiento» y centrar sus preocupaciones en los discursos de clase. Pero, a partir de principios de siglo, el socialismo cambió esta posición y pasó a colocar a la Iglesia católica como uno de sus objetivos por su condición de «guardián de los intereses de la burguesía»59 y de «enemigo del progreso democrático, y por tanto de los avances sociales y políticos que debían preceder al triunfo de la revolución socialista».60
En este sentido, el socialismo se mantuvo firme en la defensa del laicismo tanto antes como durante los años treinta, de forma que no sólo apoyó sino que promovió todas las reformas en ese sentido que se fueron sucediendo durante el primer bienio republicano. Respetaba que «cada cual [tuviera] la religión que [quisiera]», pero no iba a tolerar «que uno se la quiera imponer a los demás».61
Con este programa amplio, diverso y eminentemente reformista en un sentido socialista, el Congreso del PSOE se presentaba ante la sociedad española que lo había convertido en la principal minoría parlamentaria de la Cámara. Y, una vez aprobado, en la noche del 12 al 13 de julio, el Congreso cerró sus sesiones. Ahora tocaba llevar lo aprobado a la práctica.
Ahora bien, ¿cuál había sido el papel del socialismo valenciano en él? Pues, como se puede inferir por su ausencia en el relato de las sesiones, este fue extremadamente discreto. Salvo la presidencia ocupada por Francisco Sanchís, los delegados valencianos formaron parte de la tropa de asistentes sin manifestarse públicamente en ningún asunto, ya fuera en intervenciones durante las sesiones o en la elaboración de alguna ponencia o enmienda a estas.
A finales del mismo mes de julio que había visto la institucionalización de los cambios internos socialistas y la llegada del socialismo a las Cortes Constituyentes como la minoría más numerosa, además del mayor número de diputados socialistas valencianos en una misma legislatura, comenzó también la renovación y reestructuración de algunos órganos directivos de la FSV.
El primer caso fue el de la ASV, cuyo Comité, con Manuel Molina Conejero como presidente, fue elegido en la reunión del día 1 de agosto.62 A partir de ese momento, se fueron produciendo las constituciones de otras importantes agrupaciones o la renovación de los cargos directivos de las ya constituidas. En el primer caso destacaron las agrupaciones de Burjasot y Mislata, mientras que en el segundo podemos reseñar la de Játiva.63
A la altura de 1931, las agrupaciones de la provincia de Valencia se reunían en torno a la FSL, creada en enero de 1930, tras la incorporación a la FSV, formada por las agrupaciones de Valencia, Castellón y Alicante, de las agrupaciones murcianas y albaceteñas. Y fue después del verano cuando la renovación alcanzó este ámbito, pues el comité de la FSL convocó el XI Congreso de la organización para el día 25 de octubre, en Villena.64
La principal decisión que tomaron los delegados en este Congreso regional fue la de iniciar el proceso de su disolución para disgregarla en federaciones de carácter provincial, por lo que las agrupaciones de cada provincia comenzaron los trabajos de constitución de estas nuevas federaciones. En el caso valenciano, fue en el mes de diciembre cuando se produjo la creación de la FSV. La iniciativa y el peso organizador de la nueva federación provincial lo tomaría la ASV, con su presidente, Manuel Molina Conejero, a la cabeza.65
La creación de esta federación se asentaba, según los propios organizadores, en la necesidad de «que no se quiebre la tradición de disciplina», debido al crecimiento exponencial de organizaciones socialistas desde la proclamación de la República. Era tal la avalancha de solicitudes de ingreso en el PSOE que la Secretaría del Partido se sintió abrumada ante este hecho,66 pues muchas de estas agrupaciones habían aparecido «espontáneamente» y los dirigentes del socialismo provincial afirmaban no tener «relaciones regulares con ellas». Por ello, realizaban desde las páginas de El Socialista un público llamamiento a estas organizaciones para que acudieran al Congreso de constitución de la FSV.67
Las sesiones del Congreso comenzaron el 6 de diciembre y en él participaron los que habían sido dirigentes provinciales, comarcales y locales del socialismo valenciano desde hacía décadas y aquellos que alcanzarían su mayor importancia a lo largo de los años treinta, cuando se produjo un relevo generacional que sería trascendental en el devenir de las organizaciones valencianas.
La primera decisión fue nombrar la Mesa del Congreso. Los elegidos fueron José Bernabéu, de Gandía, como presidente, y Manuel Villa, de Buñol, y Lorenzo Latorre, de Chiva, como secretarios. Todos ellos eran añejos miembros del socialismo provincial, ya que mientras Latorre era el máximo exponente del socialismo en Chiva y ya había sido concejal en esta localidad en 1920, Bernabéu lo era en Gandía, cuya agrupación controlaba desde la década de los diez.68
El siguiente paso fue la recepción de los delegados. Asistieron 66 delegados en representación de 43 agrupaciones de la provincia, en las que estaban reunidos 2.062 militantes. Existían otras 18 agrupaciones que no habían aportado representación, y tres estaban en proceso de constitución, por lo que el total era de 64. Ahora bien, los datos de la propia FSV son contradictorios, pues si bien ellos mismos afirmaban que, a la altura de diciembre de 1931, existían en la provincia 64 organizaciones locales, en el anexo de las organizaciones constituidoras de la federación se recogía un total de 68 agrupaciones y centros obreros locales, que reunían a 3.190 militantes:69
CUADRO 1. AGRUPACIONES Y CENTROS OBREROS LOCALES DE L A FSV (DICIEMBRE DE 1931)

FUENTE: Elaboración propia a partir de Actas del I Congreso de la FSV, FPI, AH-2-8.
De este modo, las organizaciones locales se concentraban en las comarcas agroexportadoras, en las que la población jornalera era abundante (La Safor, Ribera Alta y Ribera Baja), que concentraban casi la mitad –47%-de las agrupaciones de la provincia. Además, destacaban otras zonas, como la ciudad de Valencia y las comarcas que jalonaban los ejes de comunicación entre la capital provincial y Madrid y Albacete. En el primer caso, se trataría de las comarcas de Horta Oest y Hoya de Buñol, mientras que en el segundo se trataría de La Costera y el Valle de Ayora. Una mención especial requeriría el Rincón de Ademuz, comarca montañosa y alejada de todo gran núcleo de población, pero en la cual la presencia de organizaciones socialistas era importante.
En términos de militantes, los 3.190 de la FSV se repartían del siguiente modo:
CUADRO 2. AFILIADOS A LA FSV POR AGRUPACIONES O CENTROS OBREROS LOCALES (DICIEMBRE DE 1931)



FUENTE: Elaboración propia a partir de Actas del I Congreso de la FSV, FPI, AH-2-8.
De nuevo, la zona de la Ribera reunía el grueso de la militancia (más de la cuarta parte del total entre las dos comarcas ribereñas), a la que habría que unir la ciudad de Valencia y las comarcas de La Safor y La Costera. Más lejos quedarían, aunque con una importancia no desdeñable, comarcas ya comentadas como Hoya de Buñol, Requena-Utiel, Valle de Ayora y Horta Oest, entre las cuales volvería a destacar el Rincón de Ademuz.
Esta fuerza afiliativa de la FSV no era nada despreciable en el contexto interno socialista, como se puede observar en el cuadro 3, y respecto al pasado más próximo del propio socialismo valenciano. Estaba muy por encima de los 242 militantes del socialismo provincial valenciano representados en el último congreso ordinario del PSOE, celebrado en 1928.70 También lo estaba de los 1.600 afiliados que tenía el socialismo alicantino, considerado tradicionalmente la cabeza del socialismo en el País Valenciano, a la altura de febrero de 1932, cuando las agrupaciones de esa provincia constituyeron su federación provincial. De hecho, los militantes de la provincia de Valencia suponían más de la mitad de los 5.220 afiliados que existían en noviembre en todo el País Valenciano. Y, finalmente, estaba también por encima, incluso, de muchos socialismos regionales, que, obviamente y en la mayoría de los casos, reunían militantes de varias provincias. La provincia de Valencia reunía más afiliados que Aragón, Cataluña, País Vasco, Asturias, Galicia, las Islas Baleares y las Canarias, y Navarra. Únicamente, las regiones de Andalucía, Castilla, Extremadura y Murcia tenían más militantes que la provincia de Valencia.71
CUADRO 3. MILITANTES DEL PSOE POR REGIONES

FUENTE: Alfons Cucó, «Contribución a un estudio cuantitativo de la CNT», Saitabi, vol. X X , Valencia, 1970, p. 187.
Pero la afiliación en la provincia no sólo se encontraba a la cabeza del socialismo español en términos absolutos, sino también relativos internos y externos. En este sentido, internamente, la afiliación valenciana suponía el 4’75% de la militancia socialista, sólo por detrás de Murcia, Extremadura, Castilla y Andalucía, todas ellas regiones pluriprovinciales. Mientras, en relación a la población de cada territorio,72 el porcentaje de población valenciana afiliada al PSOE a finales de 1931 era, incluso, superior a la media nacional (0’28%), pues se situaba en el 0’30%, sólo por debajo, de nuevo, de Murcia, Extremadura, Castilla y Andalucía.
Por tanto, nos encontraríamos ante un socialismo que, si bien en cuanto a representación pública sería más débil que la media del resto de organizaciones provinciales, pues apenas tenía concejales y alcaldes y arrastró menor cantidad de votos que sus compañeros republicanos de la candidatura para las elecciones a Cortes Constituyentes, no mostraba esa misma debilidad en el ámbito interno, lo cual lo situaba, a comienzos del régimen republicano, a la cabeza de las federaciones del País Valenciano y entre las más poderosas de las españolas.
Las sesiones del Congreso estuvieron íntegramente dedicadas a la institucionalización de la organización. De este modo, fue aprobado el Reglamento, se decidió establecer el Comité Ejecutivo de la FSV en la ciudad de Valencia y se votó su composición. Pero no hubo ninguna discusión ni debate sobre temas políticos locales, provinciales o nacionales. Sólo alguna referencia tangencial y aislada al final del cónclave.
En el primer caso –el del Reglamento de la FSV-, siguiendo la estela de otras organizaciones provinciales, las agrupaciones valencianas institucionalizaron sus principales órganos decisorios y de gobierno. En la cúspide de la organización provincial existía el Comité Provincial, el cual, a imagen y semejanza del Comité Nacional, estaba formado por el Comité Ejecutivo de la FSV y por un delegado de cada uno de los partidos judiciales de la provincia, lo que hacía un total de 25 miembros. Además, cada dos años, de forma obligatoria, el Comité Provincial debía renovarse por completo, de forma que las agrupaciones de los partidos judiciales debían elegir un nuevo delegado que las representara. Del mismo modo, existía un Comité Ejecutivo, formado por siete miembros, que se encargaba de gobernar la organización provincial. Y, finalmente, se encontraban los Congresos, que debían celebrarse obligatoriamente cada dos años, en el tercer trimestre del año correspondiente.73
Por lo demás, como no podía de ser de otro modo, el reglamento de la FSV seguía la estela marcada por la Organización General del PSOE, con un añadido: el de los pactos con otras fuerzas políticas, un aspecto muy influido por las circunstancias del momento. En el artículo 38, la FSV señalaba que, cuando a nivel provincial o en alguna localidad concreta se realizara cualquier tipo de pacto con alguna otra fuerza política, «la Comisión Ejecutiva debe intervenir para asegurar la pureza de la inteligencia» con respecto a los mandatos de la dirección nacional. De este modo, se garantizaba la jerarquía, la disciplina, la cohesión y la coherencia internas, valores todos ellos básicos en el funcionamiento orgánico, sobre todo en un momento de rápido crecimiento. A ello también debían someterse los actos públicos o campañas políticas que pudieran realizarse junto a otras organizaciones.74
Finalmente, fue elegido el Comité Ejecutivo Provincial integrado por: Ángel Ricart Alonso, artesano y miembro de la ASV, como Presidente; Vicente Medín Sanchis, Vicepresidente; Manuel Molina Conejero, Secretario General; Antonio Rico y Ruiz de Amoraga, abogado y Secretario de la ASV, Secretario de actas; Arturo Bellido Carreras, comerciante, Tesorero-contador; e Isidro Escandell Úbeda y Rafael Vilar Fiol, médico y dirigente del Sindicato Médico en Valencia, como Vocales.75
De este modo, se formaba una dirección provincial controlada por militantes de la agrupación de la ciudad de Valencia y en la que abundaban los profesionales liberales, un nuevo tipo de militantes que comenzó a hacerse apreciable en las filas del socialismo a partir de la segunda década del siglo XX y que se hizo aún más abundante a partir de finales de los años veinte y principios de los treinta, cuando el PSOE apostó de forma inequívoca por la República.76 Los obreros convencionales habían dado paso, como en el ámbito nacional, a dirigentes pertenecientes a las clases medias profesionales, como médicos, abogados, comerciantes o periodistas. No obstante, los militantes de extracción socioeconómica tradicional del socialismo, como eran artesanos y obreros manuales cualificados, aunque eran minoría en la Comisión, ocupaban los puestos más importantes.
Por último, el Congreso se cerró con una única referencia a la situación política de los pueblos de la provincia, sojuzgados, según los socialistas valencianos, por «el caciquismo monárquico autonomista», a la vez que criticaban la presión que se ejercía sobre el Gobernador civil, al que acusaban de estar «mediatizado por los elementos de la Unión Republicana Autonomista».77 De este modo, quedaban patentes en el Congreso cuáles eran los focos de preocupación del socialismo provincial a la altura de diciembre de 1931: el PURA, con el que se habían roto las relaciones políticas durante el verano, y los gobernadores civiles, con los cuales ya había habido algún encontronazo y los seguirá habiendo en los siguientes meses.78
SOCIALISMO Y DEMOCRACIA EN EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX: UNA INTRODUCCIÓN
La relación entre el socialismo y la democracia ha sido un tema constante en la historiografía tanto española como europea. Se ha considerado crucial estudiar cuál fue la actitud del socialismo en los procesos de democratización que los diferentes países europeos vivieron desde finales del siglo XIX y cuáles fueron sus actuaciones respecto a la democracia en un período clave de crisis, durante los veinte años que van desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.79 De este modo, conocemos cómo actuaron importantes socialismos europeos como la socialdemocracia alemana –con su identificación clara con el sistema democrático de la República de Weimar-, el socialismo austríaco –con su apuesta por el reformismo e incluso la insurrección preventiva frente a los titubeos de los sectores conservadores en los años treinta-, y el francés –con su apuesta final por el Frente Popular frente a las amenazas del fascismo en esos mismos años.80
También conocemos qué actitudes mostró el PSOE durante este período, comprendido entre la aprobación del sufragio universal masculino, en 1890, y el estallido de la Guerra Civil española, en 1936: tuvo una actitud cambiante con la que demostraba que su objetivo fundamental no era el establecimiento de un sistema democrático del tipo que triunfó en la mayoría de los países europeos –aunque por poco tiempo– tras la Primera Guerra Mundial, sino que pretendía dar un paso más allá hacia el establecimiento de la sociedad socialista. Pero no podemos ver este planteamiento de una forma maniquea entre democracia y socialismo, llevando hacia atrás una visión que se hizo imperante tras la Segunda Guerra Mundial. La posición del PSOE, aunque no veía el establecimiento de un sistema plenamente democrático como el punto de llegada de su actuación política, tampoco podemos establecerla como contraria a esta finalidad. Para el socialismo español, como en general para todos los socialismos integrados en la II Internacional, el establecimiento de un sistema democrático era una condición necesaria para llegar a su meta: el fin de la sociedad de clases capitalista y la implantación de una sociedad igualitarista de tipo socialista.81
Ello significaba que en aquellos lugares donde aún no se había establecido plenamente la democracia como forma de gobierno, el socialismo se convertía en un ariete de la misma, tal y como sucedió en España durante los años de la Restauración. Ahora bien, la situación cambiaba cuando el socialismo se encontraba en un contexto de democracia plena. En ese momento, tal y como aparecía en República Social, el socialismo llevaba a la práctica el lema «Republicanos con la Monarquía, socialistas con la República».82 Con esta frase, el socialismo afirmaba claramente cuál era su objetivo último, que no era la democracia enmarcada en la República, sino el establecimiento de aquello que los hacía socialistas y los diferenciaba de otros grupos políticos.
También hay que tener muy presente el contexto internacional.83 A pesar de que el final de la Primera Guerra Mundial supuso la extensión de la democracia por toda Europa, pocos años después esta era cuestionada por gran parte del espectro político. Tanto por la derecha, por parte de movimientos autoritarios y fascistas, caracterizados por el antiliberalismo, el ultranacionalismo y el corporativismo, como por la izquierda, por parte del comunismo y los socialismos exaltados, que veían en la revolución de 1917 y en el sistema soviético la puesta en práctica de lo que hasta entonces habían considerado utopías.84
Ahora bien, para responder sobre la actitud del socialismo valenciano hacia la democracia republicana de los años treinta, debemos comenzar por responder qué entendemos por democracia y, después, acudir a su práctica política durante los años treinta para observar si se ajusta a aquello que se ha establecido como democracia.
Muchos autores han teorizado sobre la democracia,85 y básicamente se puede afirmar que lo que entendemos por democracia es, como señala Teresa Carnero, un sistema político caracterizado por
(…) comportamientos políticos libres, no corruptos (es decir, transparentes y sin intervención parcial del gobierno) y participativos. Lo cual significa procedimientos en los que están contemplados los derechos civiles fundamentales, con escasas o nulas restricciones para poder votar y con competencia política y electoral en condiciones de igualdad entre todos los partidos que, respetando el marco legal, aspiran a gobernar, si consiguen un respaldo electoral suficiente.86
Por tanto, los sistemas democráticos se caracterizan por generalizar las libertades civiles y asegurar su mantenimiento, por la participación ciudadana canalizada a través de partidos políticos que disfrutan de una competencia igualitaria, y por la expresión de esa participación, entre otros medios, por procesos electorales transparentes y limpios mediante los cuales se eligen los gobernantes. Además, en los sistemas democráticos, se asegura que las mayorías expresadas en los procesos electorales no aplastarán a las minorías.
Ejemplo de sistema como el enunciado fue el institucionalizado por la Constitución de 1931, que garantizaba la igualdad y los derechos básicos de los españoles: igualdad de todos los españoles (arts. 2, 25, 36 y 40), libertad religiosa, garantías jurídicas, libertad de movimiento, inviolabilidad de la correspondencia, libertad de trabajo y libertad de expresión (arts. 27-34) y libertad de asociación (art. 39). Además, institucionalizaba el sufragio universal (arts. 36 y 52) y estableció la limpieza de los procesos electorales en las sucesivas normas electorales aprobadas durante el período, en las que se primaba la transparencia, la igualdad y la salvaguardia de las garantías, como el carácter secreto del voto.87
Ahora bien, la cuestión fundamental no sólo estriba en los aspectos esbozados hasta ahora, pues también hay que analizar la actuación de la FSV día a día en el seno de un sistema plenamente democrático, y observar el grado de aceptación de las reglas del sistema, es decir, que si ese colectivo en cuestión no ve apoyadas sus opciones no opte por «retirarse del sistema decisorio u opte por derrocarlo».88
SIN REFORMAS NO HAY DEMOCRACIA
Como hemos podido ver, el objetivo final del socialismo era superar el estadio de la sociedad burguesa y acabar con la existencia de clases para dar lugar a un mundo asentado sobre la igualdad social. Pero sabía que ese momento no llegaría de forma acelerada ni inmediata. Por ello, hasta entonces, los diferentes partidos socialistas europeos no rechazaron participar en el juego de los sistemas burgueses, siempre con algunas limitaciones.
Hasta después de la Primera Guerra Mundial, el socialismo europeo vetó la entrada y participación de sus miembros en los gobiernos burgueses,89 pero defendió con ahínco su integración en los parlamentos, pues, gracias a ello, conseguían arrancar mejoras sociales y laborales para los trabajadores, con lo que el camino hacia la sociedad sin clases era introducido por mejoras paulatinas que intentaban convencer a los trabajadores de que el camino era largo, pero no infructuoso.
El socialismo español no fue diferente al resto de sus correligionarios europeos y, desde la aprobación del sufragio universal, comenzó a luchar por conseguir representación parlamentaria. Este objetivo no se consiguió hasta la elección de Pablo Iglesias en 1910. Pero, ya antes, el socialismo se había integrado en otros órganos de la Monarquía para conseguir reformas encaminadas a mejorar las condiciones sociales y laborales de los trabajadores. Este fue el caso del Instituto de Reformas Sociales, creado en 1904 y en el que se integraban vocales obreros, patronales y gubernamentales para negociar posibles reformas «para la mejora o bienestar de las clases obreras».90 En su gran mayoría, los vocales obreros serían socialistas, destacando entre todos ellos Francisco Largo Caballero, que lo fue desde la creación de este organismo.
Este objetivo reformista sirvió para avalar la colaboración socialista, encabezada por Largo Caballero, durante la Dictadura de Primo de Rivera, y para que este dirigiera el Ministerio de Trabajo durante la República. Este espíritu impulsó que, durante el primer bienio republicano, el socialismo aplicara una táctica basada en la consecución de mejoras paulatinas de los medios de vida de los trabajadores que, finalmente, llevarían a la consecución del socialismo. Hacía uso de un «gradualismo reformador», de un posicionamiento favorable al avance hacia su objetivo final a través de una marcha gradual asentada en la aplicación de reformas sobre el sistema capitalista que posibilitaran un aumento de la influencia de sus organizaciones para que, finalmente, se llegara a dar el salto final hacia el socialismo.91
Por ello, el socialismo valenciano rechazaba las tácticas caracterizadas por las prisas revolucionarias anarquistas. Frente a este, el socialismo siempre planteó su alternativa: «la evolución paulatina y progresiva, el mejoramiento gradual y las reformas sucesivas».92 Con esta táctica «intervencionista», el socialismo se congratulaba de conseguir avances en la calidad de vida de los trabajadores, a través de los cuales les hacían ver quién se interesaba verdaderamente por sus mejoras efectivas y reales. Esto se contraponía a los tristes resultados que obtenían sus rivales «revolucionarios», los cuales «sólo derrotas y fracasos han cosechado».93
Ahora bien, ellos mismos reconocían que su legalismo tenía límites. Estaban dispuestos a abandonar la legalidad si estuvieran en peligro «las preciosas conquistas» conseguidas hasta ese momento. En ese caso, el deber del movimiento socialista era adelantarse a esos posibles intentos y «yugular la intentona», a través de «una sublevación general por la libertad».94
Partiendo de esta base, el socialismo apostó desde un principio por el mantenimiento del régimen republicano siempre que estuviera caracterizado por un avance social reformista constante, no quedando «detenida en una democracia burguesa, sino que siga el camino de las realizaciones socialistas».95
La República era concebida y apoyada en la medida que tenía un objetivo fundamental: la existencia de un gobierno con clara «orientación progresista» que arrancara «conquistas políticas y económicas que faciliten y atenúen la llegada inevitable y gloriosa de la civilización socialista».96 Destacaban que la democracia era para ellos «un simple medio» y, dentro de su ortodoxia marxista, habían escogido el camino de respetar las normas que esta imponía, pues la consideraban la más eficaz «para nuestras realizaciones doctrinales». Pero recordaban que podían perfectamente cambiar de táctica, aunque no lo harían siempre que la República continuara «su trayectoria inicial», mientras siguiera aplicando «soluciones de tipo socialista».97
Sobre esta base, el socialismo puso un marcha toda una panoplia reformista, que se plasmó, principalmente, en tres ámbitos: las relaciones laborales, la mejora de los derechos sociales de los trabajadores, y la secularización, con dos focos fundamentales, aunque no únicos, de atención: el mundo rural y las mujeres. Todo ello, a pesar de que no siempre estas reformas eran implementadas por los propios socialistas.98
Las relaciones laborales fueron el gran ámbito del reformismo socialista, dentro del cual, como coincide la historiografía, se produjo la reforma más importante: la Ley de Contrato de Trabajo. Esta ley fue uno de los pilares de la política laboral de Largo Caballero, considerada por el propio líder socialista «como el eje de toda su política laboral», aunque se viera ensombrecida por otras normas más polémicas. Además, junto a la de Jurados Mixtos y la de Asociaciones Profesionales, completaba «la institucionalización de los cauces legales para la negociación colectiva».99
La primera de estas leyes, incluía, además, por decreto de mayo de 1931 el ámbito rural. En esta ley se institucionalizaban estos organismos, continuadores de los Comités Paritarios creados durante la Dictadura de Primo de Rivera, cuyas obligaciones principales eran imponer «las bases de trabajo como condiciones mínimas» y garantizar «el cumplimiento de los contratos colectivos», a través de la «conciliación y el arbitraje».100 Mientras, la Ley de Asociaciones Profesionales, aprobada en la primavera de 1932, sustituía a la Ley de Asociaciones de 1887 y reconocía la personalidad jurídica de los sindicatos y de las asociaciones patronales, con lo que se les posibilitaba la función de realizar pactos colectivos en los niveles más bajos de la contratación.
Estas fueron las principales reformas, pero hubo otras que, durante el período, generaron mayor polémica. Fueron la Ley de Laboreo Forzoso y, sobre todo, la Ley de Términos Municipales. Ambas fueron aprobadas como ley el 9 de septiembre de 1931, a partir de sendos decretos aprobados por el Ministerio de Trabajo recién instaurada la República. Y mientras la primera obligaba a que se continuaran trabajando las tierras que se venían cultivando, para evitar un lock out agrario, bajo la amenaza de ceder sus tierras a las organizaciones obreras locales, la segunda establecía que ningún propietario podría contratar jornaleros de otras localidades si existían jornaleros sin trabajo en ese mismo municipio, con lo cual se intentaba contrarrestar los intentos de los propietarios locales de reducir los jornales de los obreros agrícolas mediante la contratación de jornaleros foráneos.
Finalmente, no podemos olvidar disposiciones como la Ley de Colocación Obrera, la extensión de la jornada laboral de ocho horas al campo, la Ley de Accidentes de Trabajo y las nuevas medidas para proteger a los arrendatarios, que establecían la imposibilidad de desahuciar a aquellos que tuvieran una renta inferior a 1.500 pesetas anuales, salvo en caso de impago. Pero, además, esta última circunstancia se salvó introduciendo la posibilidad de que los arrendatarios solicitaran una revisión de las rentas –que siempre sería a la baja-, momento a partir del cual también se prohibía el desahucio por impago.
Por otro lado, en el ámbito de la protección social de los trabajadores, el otro gran ámbito de reformismo socialista, podemos destacar: la Ley de Seguro de enfermedad de los trabajadores agrícolas; la Ley de Indemnización por enfermedades profesionales; la Ley de Seguros de enfermedad de los trabajadores de la industria, del comercio y de los sirvientes domésticos; la modificación de la ley de accidentes de trabajo en la industria, cuyo punto más importante fue la concreción de la Caja Nacional de Seguro, que se haría cargo de la indemnización al trabajador o a sus familiares en caso de insolvencia patronal; la ampliación de la ley de accidentes al ámbito rural; y la aprobación del seguro obligatorio de maternidad, cuyos beneficios incluían asistencia médico-sanitaria para el parto, descanso remunerado durante doce semanas (seis antes del parto y seis después) y un subsidio de lactancia de una duración máxima de diez semanas.
A pesar de toda esta frenética labor reformista, en la cartera ministerial socialista quedaron algunos proyectos que no pudieron llegar a materializarse, como la reforma completa de las Delegaciones Provinciales de Trabajo, cuyo control quería Largo para el Ministerio de Trabajo, pero que continuó bajo el de los gobiernos civiles; la Ley de Control Obrero, como una vía de participación de los trabajadores en el gobierno de la empresa, gracias a la cual estos se harían corresponsables, alejando todas las posibles protestas irresponsables; y la implantación de un seguro contra el paro forzoso, un seguro unificado a través del Instituto Nacional de Previsión y un sistema de asistencia sanitaria que tuviera por base el mutualismo obligatorio.
Con todas estas medidas, el objetivo de Largo y del socialismo por él representado desde el Ministerio de Trabajo era lograr un triple éxito: la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de los obreros, la capitalización del éxito de estas mejoras por parte de la UGT, ya que era su secretario general el que las aprobaba, y la deslegitimación de las prácticas cenetistas, que resultaban menos efectivas que el pactismo y el gradualismo socialistas. Todo ello redundaría en un crecimiento de las bases socialistas y en un mayor avance hacia la consecución del objetivo final: el socialismo.101
Por otro lado, hemos de referirnos a las reformas que, si bien no fueron impulsadas por ministros socialistas, como había ocurrido en el ámbito socio-laboral, contaron con el pleno apoyo del socialismo y su Minoría parlamentaria, y se convirtieron en parte del corpus reformista que el socialismo asumió como propio e intocable: las reformas secularizadoras y educativas.
En el primer campo, hemos de referirnos a todas aquellas medidas que tenían como principal afectada a la Iglesia Católica, como la secularización de los cementerios, cuya administración pasó a los ayuntamientos; el recorte drástico del presupuesto destinado al pago del clero, cuyo montante se redujo dos tercios entre 1931 y 1932; la aprobación del divorcio y del matrimonio civil; la disolución de la Compañía de Jesús y la confiscación de sus bienes; la prohibición de financiación pública de las instituciones y actividades religiosas; la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas; y las normas respecto a las manifestaciones religiosas en el ámbito público, como las procesiones o el toque de las campanas.102
Por otro lado, en cuanto a la educación, podemos destacar la prohibición de la enseñanza de la religión, la promoción de la coeducación, y la prohibición del ejercicio de la educación a las instituciones religiosas, lo cual requirió un gran esfuerzo presupuestario para lograr la reconversión de las escuelas religiosas en escuelas estatales, para que los alumnos no se vieran sin centro escolar al que acudir.
Mención aparte merece la Reforma Agraria. La necesidad de reformar el agro español era una opinión transversal en las izquierdas españolas. Por ello, ya en el mes de mayo de 1931 comenzó el largo proceso de elaboración, discusión y aprobación de lo que sería la reforma agraria republicana con el proyecto elaborado por la Comisión Técnica encabezada por Felipe Sánchez Román. Sin embargo, fue rechazado, por razones divergentes, por los diferentes grupos políticos, ya fueran de la izquierda o de la derecha. En el caso de las fuerzas gubernamentales, la propuesta fue rechazada por su «carácter excesivamente radical», con la excepción del socialismo, al que no le parecía radical, sino ambigua, por lo que prefirieron rechazar esta propuesta y apostar por una menos radical, pero también menos ambigua.
El siguiente intento vino de la mano de una Comisión ministerial, encabezada por el propio Presidente del Consejo de Ministros, Alcalá Zamora. Pero esta propuesta fue, finalmente, modificada por la comisión parlamentaria correspondiente en un sentido más radical. Una vez en sede parlamentaria, la discusión no se frenó: se abrió a las propuestas, añadidos y enmiendas de los grupos parlamentarios, comenzando con ello un largo y arduo trabajo legislativo que no concluyó hasta septiembre de 1932. Fue entonces cuando, tras el impulso dado por el golpe de Estado del general Sanjurjo en agosto, se produjo la aprobación de la reforma por 318 votos contra 19.103
La Ley de Bases para la Reforma Agraria resultó «extraordinariamente compleja», incluso con disposiciones «mutuamente incompatibles». Pero, en todo caso, suponía unos cambios tan profundos que se ha llegado a catalogar como «revolucionaria».104 Aunque compleja, confusa y excesiva en algunos de sus capítulos, la ley posibilitaba los grandes cambios que eran deseados en buena parte del campo español, sobre todo por las capas sociales más pobres, a un coste no excesivamente alto. Sin embargo, la ley no dio de sí todo lo que podría haber dado, pues aquellos que debían haberla aplicado de este modo la leyeron y aplicaron «del modo más limitado posible»,105 por lo que, finalmente, fue un nuevo intento fallido.
Todas estas reformas, y los intentos de conseguir más, se convirtieron en el fuerte inexpugnable para el socialismo, en aquello que le hacía ver la República como un sistema respetable, pues reformismo y democracia iban unidos indefectiblemente. Sin embargo, en el segundo bienio muchas de estas medidas fueron corregidas, algo inasumible para el PSOE de los años treinta, que acabó perdiendo, como Largo, «la fe en el gradualismo reformador» y mutando en sus actitudes y actuaciones.106
EL XIII CONGRESO DEL PSOE
En paralelo al reformismo que desde el Gobierno se iba implementando, el PSOE vino a culminar lo realizado de manera acelerada, por la circunstancias, en el Congreso Extraordinario de julio del año anterior.
El XIII Congreso del PSOE, de carácter ordinario, se celebró entre los días 6 y 13 de octubre de 1932, con un orden del día que abordaba: la gestión política de los órganos directivos del Partido, además de su renovación; el establecimiento de su posicionamiento en el momento político; la aprobación de una reformada Organización General y de las normas para la elección de candidatos; y la aprobación de los que serían los pilares de actuación política hasta el siguiente congreso.107
Ahora bien, uno de los asuntos fundamentales fue el estado afiliativo de la formación. Según la memoria de la Secretaría, a estas alturas de 1932, el PSOE tenía 74.892 afiliados. En términos regionales, el principal granero de militantes era Andalucía, que reunía 24.235 afiliados, casi un tercio del total (32’36%), seguida por Castilla la Nueva, Extremadura y Murcia, que reunían 12.411 (16’57%), 8.219 (10’97%) y 6.341 (8’47%) militantes respectivamente. En el caso del País Valenciano, este se situaba en los puestos intermedios, pues ocupaba el séptimo puesto entre las quince regiones españolas, con 3.504 militantes, que suponían el 4’68% del total de afiliados. Ello significaba estar por debajo de regiones como Galicia o Castilla la Vieja, pero por encima de regiones consideradas tradicionalmente auténticos bastiones del socialismo español, como el País Vasco y Asturias.108
CUADRO 4. AFILIACIÓN DEL PSOE POR REGIONES (OCTUBRE DE 1932)109

FUENTE: Memoria de la Secretaría para el XIII Congreso del PSOE, FPI/M-b 3182, pp. 211-213.
Ahora bien, como ya hemos señalado, la Organización General del PSOE, no reconocía esta división. En este caso, la provincia de Valencia, integrada en la región de Levante, se veía alzada a puestos más elevados. Aunque los primeros puestos continuaban siendo para las regiones andaluzas (Andalucía Occidental y Oriental) y Castilla la Nueva, la región de Levante se situaba en cuarto puesto, con 9.845 militantes, el 13’15% del total.110
CUADRO 5. AFILIACIÓN DEL PSOE POR REGIONES DEL COMITÉ NACIONAL (OCTUBRE DE 1932)

FUENTE: Memoria de la Secretaría para el XIII Congreso del PSOE, FPI/M-b 3182, pp. 211-213.
En este sentido, la situación de Levante era algo más débil de lo que era un año antes, ya que en el Congreso Extraordinario de 1931 esta región había sido la más importante en términos afiliativos. Pero, en este momento, se dejaba sentir de manera palpable el proceso general que vivía el PSOE: la importancia adquirida por los afiliados del ámbito rural de la zona centro-sur. Este hecho supuso el reforzamiento de regiones ya fuertes como Castilla la Nueva y Andalucía y la aparición fulgurante de Extremadura como bastión socialista, dejando muy atrás, de nuevo, a regiones tradicionalmente socialistas, como las provincias vascas y Asturias.
La potencia de la región se debía, fundamentalmente, al gran peso de la casi totalidad de las federaciones provinciales que agrupaba. Las federaciones de Murcia, Valencia y Albacete se encontraban entre las diez con mayor número de afiliados de España, y ocupaban los puestos séptimo, octavo y noveno, con 3.507, 3.009 y 2.834 afiliados, respectivamente. Por tanto, la importancia afiliativa de la FSV era de primer orden, sólo por detrás de organizaciones provinciales, como las de Badajoz, Jaén o Madrid, pero por delante de otras paradigmáticas como las de Sevilla, Ciudad Real, Vizcaya u Oviedo.
CUADRO 6. AFILIACIÓN DEL PSOE POR PROVINCIAS (OCTUBRE DE 1932)


FUENTE: Memoria de la Secretaría para el XIII Congreso del PSOE, FPI/M-b 3182, pp. 211 213.
Ahora bien, debemos matizar esta importancia en términos absolutos de la organización provincial valenciana relacionándola con el contexto social en el que se encontraba. Es decir, el peso absoluto debe ser relacionado con la cantidad de población existente en una zona concreta. De este modo, la importancia del socialismo valenciano se matiza y se sitúa por debajo de la media nacional. Si en el ámbito nacional, formaba parte del PSOE una media del 0’30% de los españoles, en el caso valenciano, ese nivel se reducía hasta el 0’29% de los habitantes de la provincia. Este nivel estaba alejado de las organizaciones provinciales con mayor presencia en sus ámbitos territoriales, como las del Huelva, Badajoz, Albacete, Jaén o Madrid, situándose en la parte intermedia de la tabla, entre aquellas organizaciones con una presencia superior a la media, como las ya mencionadas, y aquellas con una presencia aún menor, como las organizaciones provinciales de Vizcaya, Oviedo, Barcelona, Málaga, La Coruña o Zaragoza.
Por tanto, la FSV se situaba entre las más potentes en términos afiliativos internos, aunque estos datos se veían matizados, ya que en su ámbito territorial era una fuerza política discreta, con una presencia social limitada, del mismo modo que lo era, en ese mismo plano, el PSOE en el ámbito nacional, a diferencia de lo que ocurría con su propia central sindical.
Sin embargo, en este congreso no estuvieron representados todos los militantes de los que tenía constancia la Secretaría del Partido, sino que participaron 499 colectividades, que reunían a 32.893 afiliados. Y, en el caso valenciano, no sólo su presencia fue limitada, sino que, además, sus intervenciones fueron muy escasas. En este sentido, podemos destacar la presencia de Francisco Sanchís y la inclusión de Pedro García en la ponencia sobre cuestiones agrarias, junto a Lucio Martínez Gil, Manuel Barrios, Juan Canales y Ramón Beade, y José Bernabéu en la de cuestiones de orden interno, junto a José Castro, Ricardo Neira, José Orad de la Torre y Martín Sanz.111
Este congreso repitió, como ya se ha señalado, alguno de los debates que se produjeron en el Extraordinario de 1931. De hecho, las primeras sesiones se dedicaron a analizar el comportamiento de cada uno de los dirigentes de la anterior y la actual Ejecutiva en los hechos previos a la proclamación de la República, sobre todo en relación a la insurrección de Jaca de 1930, en la que la descoordinación provocó que dicha iniciativa fracasara por completo, y en relación a las gestiones junto a los republicanos.
La discusión se centró en torno a dos grupos de dirigentes, que defendían vehementemente sus actuaciones frente a las dudas o suspicacias de sus oponentes: por un lado, se encontraban Julián Besteiro y Andrés Saborit, presidente y secretario de la Ejecutiva surgida del Congreso de 1928, dimisionaria por su desacuerdo con los pactos establecidos con los republicanos; y, por otro, Francisco Largo Caballero, Fernando de los Ríos e Indalecio Prieto, dirigentes de la Ejecutiva sucesora de aquella, y partidarios de dicho pacto, aún vivo.
El debate llegó a unos términos de dureza extrema, e incluso de ataques personales entre los dirigentes en cuestión, y se fue extendiendo a otros delegados del Congreso, que se vieron contaminados por ese agrio ambiente, hasta que, finalmente, los navarros Ricardo Zabalza y Ángel Menchata pusieron encima de la mesa una propuesta conciliatoria que insistía en la buena fe de las actuaciones de unos y otros, para, de este modo, «finiquitar este asunto». Dicha proposición acabó siendo aprobada por 217 votos a favor y 12 en contra.112
Otro tema que se repitió después de haberse debatido en julio de 1931 fue el de la colaboración ministerial. En este caso, como ya sucedió en el anterior congreso, el representante de la posición aislacionista fue Bruno Alonso. Mientras, el encargado de defender en esta ocasión el posicionamiento mayoritario, tendente a mantener la colaboración ministerial, fue Pedro García.
El dirigente valenciano comenzó por señalar que él tampoco era partidario de mantener la colaboración ministerial sine die, pero señalaba que debían respetarse «los compromisos que hemos contraído», y sostenía que
la colaboración o participación ministerial debe cesar cuando haya terminado todo aquello que comprende el período a que nos hemos comprometido, con arreglo a las leyes fundamentales y a aquellas otras de carácter complementario, que para nosotros no son menos fundamentales que la ley fundamental del Estado.”113
A partir de aquí, hubo varias intervenciones hasta lograr la aprobación de la ponencia, con la inclusión de una enmienda de Prieto.114 Esta ponencia establecía que la colaboración ministerial socialista, que había significado un «ciclo revolucionario», había sido extraordinariamente positiva a vistas del socialismo, pues había supuesto la consecución del «programa trazado por nuestro Congreso extraordinario», con la excepción de algunas pocas reformas que aún quedaban por aprobar, como la Ley de Control Obrero o el impuesto sobre la renta.
Ahora bien, en algún momento debía producirse el fin de esta etapa colaboracionista, por lo que la ponencia establecía cuándo se produciría esta situación, cómo debía llevarse a cabo y cuál sería el posicionamiento a partir de ese momento de la organización socialista. El momento llegaría cuando la República estuviera «estabilizada» y sería la Ejecutiva la instancia encargada de poner en marcha este proceso, pues, una vez «cumplido el programa que trazó el Congreso extraordinario de 1931», reuniría al Comité Nacional para que este decidiera sobre la salida del Gobierno de los socialistas después de haber escuchado la opinión de la Minoría parlamentaria. A partir de este momento, el Partido encaminaría «todos sus esfuerzos a la conquista plena del Poder para la realización del Socialismo».
Sin embargo, esta declaración tenía algún punto nebuloso –el momento que la ponencia señalaba como aquel en el que la República estuviera ya estabilizada-, que Prieto se encargó de esclarecer: ese momento llegaría cuando no existiera ningún riesgo de corrección «para la tendencia izquierdista señalada al nuevo régimen en la ley fundamental del Estado y en aquellas otras de carácter complementario ya aprobadas». Por tanto, la organización socialista debía ser prudente y no tener ninguna prisa en abandonar el Gobierno hasta que la situación estuviera lo suficientemente asentada como para garantizar que no existiría ningún tipo de rectificación a la labor realizada.
Finalmente, en el caso valenciano, su principal posicionamiento se produjo en torno a una cuestión organizativa, que irá cobrando una mayor importancia a lo largo de los años treinta: la representación provincial en el Comité Nacional. La representación de las organizaciones territoriales del Partido se producía, como preveía el artículo 29 de la Organización General, en torno a las regiones ya comentadas. Sin embargo, ese mismo artículo preveía que esta representación se podría producir por federaciones provinciales, allá donde las hubiese.115 Por ello, algunos delegados quisieron proponer que las federaciones provinciales ya constituidas pudieran estar representadas como tales ante el Comité Nacional sin necesidad de estar subsumidas en las regiones tradicionalmente utilizadas.
Esta iniciativa fue puesta encima de la mesa por el delegado de Sevilla, Moreno, y apoyada por Francisco Sanchís, delegado de Valencia. Incluso, en este sentido, la FSV ya tenía nombrados sus representantes y no habían sido aceptados por la Ejecutiva. Ante esta petición, Manuel Albar, secretario del PSOE, respondió que, tal y como se había acordado anteriormente, este punto también debería resolverse en el seno del Congreso extraordinario planteado para realizar una profunda reforma de la Organización General. El asunto fue, finalmente, zanjado sin mayor discusión por el Presidente de la Mesa, Enrique de Francisco, por no estar incluido en el orden del día.116
Esta cuestión, que no fue resuelta durante los años treinta, fue cobrando importancia según se enrarecieron las relaciones internas entre los miembros del PSOE durante la segunda parte de la década.
El último trámite que resolvió el Congreso fue la elección de la nueva Comisión Ejecutiva que debía dirigir el Partido. El cargo más disputado fue la Presidencia, para la que obtuvieron el mayor número de votos los dos polos en torno a los cuales se había movido la principal discusión del Congreso: Julián Besteiro, que consiguió 14.261 votos, y Francisco Largo Caballero, que se hizo con 15.817 y, por ello, con la presidencia de la formación. Junto a Largo, fueron elegidos: Remigio Cabello, como Vicepresidente; Enrique de Francisco, como Secretario-tesorero; Juan Simeón Vidarte, como Vicesecretario; Wenceslao Carrillo, como Secretario de Actas; y Fernando de los Ríos, Indalecio Prieto, Antonio Fabra Ribas, Anastasio de Gracia, Manuel Cordero y Pascual Tomás, como Vocales.117
1Organización General del PSOE, FPI, AH-19-14, p. 14. Formaban la Ejecutiva: Julián Besteiro, como Presidente; Francisco Largo Caballero, Vicepresidente; Andrés Saborit, Secretario-Tesorero; Lucio Martínez Gil, Vicesecretario; Wenceslao Carrillo, Secretario de actas; y, como Vocales, Fernando de los Ríos, Trifón Gómez, Andrés Ovejero, Aníbal Sánchez, Manuel Cordero y Anastasio de Gracia.
2Estas regiones eran: Andalucía Occidental, Andalucía Oriental, Extremadura, Levante, Castilla La Nueva, Castilla La Vieja, Baleares, Cataluña, Aragón, Vascongadas y Navarra, Asturias, Galicia y Marruecos. Organización General…, op. cit., FPI, AH-19-14, y Actas de los Plenos de los Comités Nacionales del PSOE y la UGT, AH-19-19; Santos Juliá, Los socialistas en la política española, 1879-1982, Madrid, Taurus, 1997, p. 137; y Manuel Contreras, El PSOE en la Segunda República: Organización e ideología, Madrid, CIS, 1981, pp. 143-150 y 160-165.
3Santos Juliá, Los socialistas…, op. cit., pp. 146 y 149.
4Ibidem, p. 151.
5Actas de los Plenos…, op. cit., FPI, AH-19-19.
6Los ocho votos fueron los de Largo Caballero, Fernando de los Ríos, Andrés Ovejero, Enrique de Santiago, Andrés Gana, Rafael Henche, Manuel Cordero y Wenceslao Carrillo, mientras que los seis correspondían a Julián Besteiro, Andrés Saborit, Anastasio de Gracia, Lucio Martínez Gil, Aníbal Sánchez y Trifón Gómez. Ibidem, FPI, AH-19-19. Los detalles de la decisión en Santos Juliá, Los socialistas…, op. cit., pp. 152-153.
7Para las constantes peticiones de los dirigentes posicionados en contra de la colaboración en el comité revolucionario y las respuestas dilatorias de aquellos partidarios de esa integración, ver Actas de los Plenos…, op. cit., FPI, AH-19-19.
8Julián Casanova, República y Guerra Civil, en Josep Fontana y Ramón Villares (dirs.), Historia de España, vol. VIII, Barcelona, Crítica-Marcial Pons, 2007, pp. 11-12.
9Francisco Sanchís Pascual (Játiva, 1866-Valencia, 1934) fue el máximo dirigente del socialismo valenciano en las tres primeras décadas del siglo XX. Elegido concejal por el PSOE en el Ayuntamiento de Valencia en 1917 y en 1931; miembro del CN del PSOE de 1921 a 1931; secretario de la FSV; secretario de la Delegación provincial del Consejo de Trabajo, consejero de la Caja de Previsión Social y vocal del Patronato de Previsión Social en Valencia; diputado provincial; y Diputado en las Cortes Constituyentes. Representó durante la República un socialismo de corte moderado. Javier Paniagua y José Antonio Piqueras, Diccionario biográfico de políticos valencianos: 1810-2003, Valencia, Institució Alfons el Magnánim, 2003, p. 508.
10Pedro García García (Cofrentes, 1882-Caracas, Venezuela, 1948). Fue uno de los líderes socialistas valencianos más importantes de la primera mitad del siglo XX. Se afilió al PSOE y la UGT en Alcira y en esta ciudad creó, en 1919, la Federación Regional Levantina de Agricultores y Similares, de la que fue uno de sus principales dirigentes. Fue concejal del Ayuntamiento de Alcira a partir de 1922 y entre 1931 y 1936. En el XVI Congreso de la UGT, en 1928, propugnó la creación de una federación agraria bajo el paraguas ugetista, y cuando esta se fundó, en 1930, se integró en su ejecutiva nacional y se convirtió en secretario de la FETT valenciana. Al estallar la guerra civil, defendió vehementemente el movimiento colectivista, dirigiéndolo en la provincia de Valencia. Finalizada la contienda, se exilió en México y Venezuela. Javier Navarro, «Biografías», en Albert Girona y José Miguel Santacreu, La Guerra Civil en la Comunidad Valenciana, volumen 4, Valencia, Prensa Valenciana, 2006, pp. 132-135.
11Shlomo Ben Ami, Los orígenes de la Segunda República española. Anatomía de una transición, Madrid, Alianza Editorial, 1990, pp. 290-293.
12La propuesta de Besteiro fue aprobada por 50 votos contra 4. Los detalles de las reuniones del Comité Nacional en febrero de 1931 en Actas del Comité Nacional del PSOE, FPI, AARD-259-3.
13Shlomo Ben Ami, Los orígenes de la…, op. cit., pp. 298-299. Julián Casanova, República y Guerra Civil, op. cit., p. 13.
14Actas del Comité Nacional del PSOE, FPI, AARD-259-3, p. 56.
15Ibidem, p. 54.
16Los nueve votos a favor fueron de Wenceslao Carrillo, Anastasio de Gracia, Bernardo Aladrén (Aragón), Julián Zugazagoitia (Vascongadas), José Molina (Andalucía Oriental), Juan Durán (Cataluña), Francisco Sanchís (Levante), Enrique Botana (Galicia) y Remigio Cabello (Castilla la Vieja). Mientras los seis contrarios eran de Trifón Gómez, Aníbal Sánchez, Francisco Azorín (Andalucía Occidental), Juan Antonio Suárez (Asturias), Fermín Blázquez (Castilla la Nueva) y Antonio Canales (Extremadura). Ibidem, p. 50.
17Ibidem, pp. 38-50.
18Luis Aguiló Lucia, «Blasquismo y socialismo: un ensayo histórico del Frente Popular (1909-1918)», en Santiago Castillo (coord.), Estudios de Historia de España: homenaje a Tuñón de Lara, vol. 2, Madrid, Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, 1981, pp. 6372; y Sergio Valero, Reformismo, radicalización y conflicto interno en el socialismo español. La Federación Socialista Valenciana durante la Segunda República y la Guerra Civil (1931 –1939), tesis doctoral, Universidad de Valencia, 2012.
19Estos fueron Andrés Saborit, Lucio Martínez Gil, Andrés Ovejero, Trifón Gómez y Aníbal Sánchez. Estos puestos vacantes fueron cubiertos a finales de abril y la Ejecutiva quedó del siguiente modo: Presidente, Remigio Cabello; Vicepresidente, Francisco Largo Caballero; Secretario-tesorero, Manuel Albar; Vicesecretario, Antonio Fernández Quer; Secretario de Actas, Wenceslao Carrillo; y Vocales, Fernando de los Ríos, Anastasio de Gracia, Manuel Cordero, Antonio Fabra Ribas, Manuel Vigil y Francisco Azorín. Esta dirección perduró hasta el XIII Congreso del PSOE, de octubre de 1932. El Socialista, 30/4/1931, citado por Manuel Contreras, El PSOE en la Segunda República…, op. cit., p. 151.
20Esta formación era joven, pero sus dirigentes tenían una larga trayectoria política dentro del catolicismo político y el carlismo valenciano, como Manuel Simó. Luis Aguiló Lucia, Las elecciones en Valencia durante la Segunda República, Cosmos, Valencia, 1974, pp. 4043. Un análisis de la DRV en Rafael Valls, La Derecha Regional Valenciana: el catolicismo político valenciano (1930-1936), Valencia, Institució Alfons el Magnánim, 1992; Vicent Comes, En el filo de la navaja: biografía política de Luis Lucia Lucia (1888-1943), Madrid, Biblioteca Nueva, 2002; y Aurora Bosch, Rafael Valls y Vicent Comes, La derecha católica en los años treinta: en el cincuentenario de la muerte de Luis Lucia, Valencia, Ajuntament de Valencia, 1996.
21Términos utilizados por la prensa valenciana en sus reseñas de los resultados de estas elecciones.
22Datos de elaboración propia a partir de AGA, Fondo Gobernación, 44/266, y de las ediciones de El Pueblo, Las Provincias y Diario de Valencia del día 14/4/1931.
23Ver José Antonio Piqueras, Persiguiendo el porvenir. La identidad histórica del socialismo valenciano (1870-1976), Alcira, Algar, 2005.
24Sobre el origen revolucionario de la República y la impronta que este origen debía imprimir a la tarea reformista del Gobierno republicano, ver Santos Juliá, Manuel Azaña, una biografía política: del Ateneo al Palacio Nacional, Madrid, Alianza, 1990, pp. 89-98. La cita en la p. 91.
25Julián Casanova, República y Guerra Civil, op. cit., pp. 19-20; Stanley G. Payne, La primera democracia española. La Segunda República, 1931-1936, Barcelona, Paidós, 1995, pp. 48-51.
26Las Provincias, 15/4/1931.
27Pilar Rovira, Mobilització social, canvi polític i revolució. Associacionisme, Segona República i Guerra Civil. Alzira, 1900-1939, Germania, Alzira, 1996, pp. 147-149; J. Daniel Simeón Riera, Entre la rebelió i la tradició. Llíria durant la guerra civil, Diputació de Valencia, Valencia, 1993, p. 102; Germán Ramírez Aledón et al., República y guerra civil a Xátiva (1931-1939), Xátiva, Ajuntament de Xátiva, 1991, pp. 72-80; Antonio Calzado y Luis Sevilla, La II República a Gandia, 1931-1936, Gandía, CEIC Alfons el Vell, 2000, pp. 144-146.
28Los datos pormenorizados de este proceso en Sergio Valero, Reformismo, radicalización…, op. cit.
29En el mes de abril, los monárquicos se hicieron con el 44’9% de los concejales de la provincia, frente al 49’1% de los republicano-socialistas.
30Al hablar de nuevo republicanismo nos referimos a las formaciones surgidas al calor de los acontecimientos de principios de los años treinta, como la DLR o el PRRS. Mientras, el viejo republicanismo haría referencia al de más solera, representado en Valencia por el blasquismo, el PURA.
31Datos de elaboración propia a partir de los resultados publicados en las ediciones de El Pueblo, Las Provincias y Diario de Valencia de 2 y 3/6/1931, y AGA, Fondo Gobernación, 44/266.
32Santos Juliá, Los socialistas…, op. cit., p. 165.
33Las Provincias, 30/6/1931.
34Julián Casanova, República y Guerra Civil, op. cit., pp. 28-29; Aurelio Martín Nájera, Segunda República. El Grupo Parlamentario socialista, vol. 1, Madrid, Editorial Pablo Iglesias, 2000, p. 239.
35Luis Aguiló Lucia, Las elecciones en Valencia…, op. cit., p. 84.
36Pedro García también se integraría en las comisiones de Reforma del Reglamento de la Cámara y la de Suplicatorios. Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes (DSCC), 31/7/1931, n° 13, pp. 255-256 y 258; República Social, 13/1/1933.
37Aurelio Martín Nájera, Segunda República…, op. cit., pp. 216-217.
38Los socialistas ocuparon tres puestos en el Gobierno Provisional: Francisco Largo Caballero ocupó la cartera de Trabajo, Fernando de los Ríos la de Justicia e Indalecio Prieto la de Hacienda.
39El Socialista, 26/6/1931.
40El Socialista, 10/7/1931.
41El Socialista, 11/7/1931.
42El Socialista, 5/7/1931.
43El Socialista, 10/7/1931.
44Hay que recordar que estas proposiciones se hicieron antes de que se celebraran las elecciones a Cortes Constituyentes del 28 de junio de 1931. El Socialista, 26/6/1931.
45 Ibidem.
46El Socialista, 26/6/1931.
47Los delegados valencianos al Congreso Extraordinario del PSOE, de julio de 1931 fueron: Pedro García y José Acino, por Alcira; Luis Ros, por Quart de Poblet; Emilio S. Egea y J. Vidal, por Játiva; Francisco López, por Paterna; José Lledó y Miguel Fos, por Sueca; y Francisco Sanchís, José López Tomás, Pascual Tomás, Alfonso Criado y José León, por Valencia. Todos los datos que se aportan sobre este congreso en El Socialista, 12/7/1931; y El Partido Socialista ante las Constituyentes, FPI, Fot. 553.
48La región de Levante incluía las provincias de Valencia, Castellón, Alicante, Murcia y Albacete. Además de los delegados ya señalados de Valencia, Murcia y Alicante, Albacete aportó 10 delegados y Castellón, 6.
49Manuel Contreras, El PSOE en la Segunda…, op. cit., p. 227.
50El Socialista, 14/7/1931. El Partido Socialista…, op. cit., FPI, Fot. 553.
51Este hecho se destaca principalmente por el cambio de régimen ocurrido en 1931 a raíz de unas elecciones y la victoria de la coalición republicano-socialista. República Social, 14/4/1933 y 21/4/1933; y A. Maeso, «Vota el pueblo», República Social, 13/10/1933.
52Para este tema, ver Borja de Riquer, «Aproximación al nacionalismo español contemporáneo», Studia Historica-Historia contemporánea, vol. XII (1994), pp. 11-29; e íd., «El nacionalismo español contemporáneo», Cuadernos y debates. Serie minor, 7 (1996), pp. 3-32.
53El Socialista, 14/7/1931.
54 Ibidem.
55El Socialista, 14/7/1931. Manuel Redero San Román, «El sindicalismo mayoritario en la experiencia democrática de la Segunda República», en Julio Aróstegui (ed.), La República de los trabajadores: la Segunda República y el mundo del trabajo, Madrid, Fundación Largo Caballero, 2006, pp. 111-130.
56Para la importancia de la educación y la cultura en el movimiento obrero, ver Francisco de Luis, Cincuenta años de cultura obrera en España, 1890-1940, Madrid, Editorial Pablo Iglesias, 1994, pp. 3-34.
57El Socialista, 14/7/1931.
58 Ibidem.
59Emilio La Parra y Manuel Suárez Cortina (eds.), El anticlericalismo español contemporáneo, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998, pp. 172-175; y Víctor Manuel Arbeloa, Socialismo y anticlericalismo, Madrid, Taurus, 1973.
60Manuel Álvarez Tardío, Anticlericalismo y libertad de conciencia. Política y religión en la Segunda República Española (1931-1936), Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2002, p. 64.
61República Social, 17/2/1933.
62El Socialista, 30/7/1931. Manuel Molina Conejero (Valencia, 1900-Paterna, 1939). Carpintero y aserrador mecánico, se afilió muy tempranamente a la ASV. En 1916 participó en la fundación de la Juventud Socialista Valenciana, de la cual era presidente a la altura de 1928, y en los años de la República fue secretario de la FSV, presidente de la ASV y miembro del CN del PSOE por la región de Levante (1933-1935 y 1938-1939). Ocupó también en estos años el cargo de secretario provincial de la UGT en Valencia. Molina fue el representante más destacado del sector centrista dentro de la FSV, lo cual no le impidió formar parte del comité revolucionario de la Alianza Obrera, motivo por el cual tuvo que escapar de la persecución policial y huir a Francia tras octubre de 1934. Durante la guerra, fue consejero de Agricultura y Ganadería del CEV y, en mayo de 1937, Gobernador civil de Valencia, además de alcanzar la presidencia de la FSV por la expulsión de los caballeristas en julio de ese año. Detenido tras la victoria franquista, fue internado en el campo de Albatera. Juzgado en consejo de guerra, fue condenado a muerte y fusilado en Paterna en noviembre de 1939. Javier Navarro, «Biografías», op. cit., volumen 6, pp. 129-131.
63El Socialista, 6 y 27/8/1931 y 3/9/1931.
64José Antonio Piqueras, Persiguiendo el porvenir…, op. cit., p. 155; y El Socialista, 10/9/1931.
65La Voz Valenciana, 18/11/1931.
66El Socialista, 14/5/1931.
67El Socialista, 2/12/1931.
68El Socialista, 10/12/1931; Diccionario biográfico del socialismo español (http://diccionariobiografico.psoe.es/); y Actas del I Congreso de la FSV, FPI, AH-2-8.
69Ibidem. Unimos agrupaciones y centros obreros porque así aparecen también en los registros de la FSV. Durante los años republicanos, se irá produciendo un ajuste entre «actividad política y actividad societaria-sindical» que resituará a estos afiliados, haciendo disminuir el número de afiliados a la FSV en alguna localidad. Para los casos de Valencia y Alicante, ver José Antonio Piqueras, Persiguiendo el porvenir…, op. cit., p. 202.
70El Socialista, 30/6/1928.
71Para los afiliados a la FSV en diciembre de 1931, Actas del…, op. cit., FPI, AH-2-8. Para los datos de afiliación en Alicante, Salvador Forner, Industrialización y movimiento obrero. Alicante, 1923-1936, Valencia, Institución Alfons el Magnánim, 1982, p. 235. El Almanaque de El Socialista, p. 162, citado en Alfons Cucó, «Contribución a un estudio…», op. cit., p. 187.
72Los números absolutos pueden resultar, en ocasiones engañosos, pues una misma cifra en un contexto general de mayor o menor población tiene un significado totalmente diferente.
73Actas del…, op. cit., FPI, AH-2-8.
74 Ibidem.
75Actas del…, op. cit., FPI, AH-2-8. Vilar Fiol fue una destacada figura de la medicina española de estos años. Descubrió el conducto que lleva su nombre, que comunica el seno frontal con el seno maxilar. En política, fue fundador y dirigente del Sindicato Médico en Valencia. Julio González Iglesias, «Los odontólogos y el exilio republicano: “Vae Victis"», Gaceta Dental, n° 199 (enero de 2009), p. 108.
76Santos Juliá, Los socialistas…, op. cit., p. 162.
77El Socialista, 10/12/1931.
78Para las relaciones entre el blasquismo y el socialismo valenciano durante los años treinta, ver Sergio Valero, Reformismo, radicalización…, op. cit. Por su parte, los principales conflictos entre socialistas y gobernadores civiles se produjeron en julio de 1931, a cuenta de la gestión realizada por el radical Francisco Rubio en la huelga de camareros que se estaba produciendo en la ciudad de Valencia, y en junio de 1933, con Luis Doporto, de AR, que acabó destituyendo al alcalde de Alcira, el socialista Francisco Oliver.
79Para una visión europea ver, Geoff Eley, Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona, Crítica, 2002; y Enzo Collotti, «El ascenso de los partidos socialistas a responsabilidades de gobierno», en Mercedes Cabrera, Santos Juliá y Pablo Martín Aceña (comps.), Europa en crisis, 1919-1939, Madrid, Editorial Pablo Iglesias, 1991, pp. 171-189. En el caso español, las principales aportaciones son Teresa Carnero Arbat, «Socialismo y democracia en España (1890-1914)», Revista de Estudios Políticos, n° 93 (1996), pp. 293-312, para el período de la Restauración; y Santos Juliá, Los Socialistas…, op. cit., pp. 159-239, y José Manuel Macarro Vera, «Causas de la radicalización socialista en la II República», Revista de Historia Contemporánea, 1 (1982), pp. 178-226, para los años de la Segunda República.
80Jacques Droz et al., Historia general del socialismo, Barcelona, Destino, 1976-1983; Donald Sassoon, Cien años de socialismo, Barcelona, Edhasa, 2001; Daniel Ligou, Histoire du socialisme en France, 1871-1961, Paris, Presses Universitaires de France, 1962; Jean Vigreux, Le Front Populaire, Paris, PUF, 2011; y Sandra Souto, «De la paramilitarización al fracaso: las insurrecciones socialistas de 1934 en Viena y Madrid», Pasado y Memoria. Revista de historia contemporánea, n° 2 (2003), pp. 193-220.
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