Kitabı oku: «La patria del criollo»

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Sección de Obras de Historia


LA PATRIA DEL CRIOLLO

SEVERO MARTÍNEZ PELÁEZ

LA PATRIA DEL CRIOLLO

Ensayo de interpretación de la realidad

colonial guatemalteca


FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

MÉXICO - ARGENTINA - BRASIL - COLOMBIA - CHILE - ECUADOR - ESPAÑA

ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA - GUATEMALA - PERÚ - VENEZUELA

Primera edición (Universidad de San Carlos), 1970

Segunda edición (FCE), 1998

Tercera edición (FCE), 2011

Cuarta edición (FCE - Editorial Piedrasanta) 2021



Martínez Peláez, Severo

La patria del criollo: ensayo de interpretación de la realidad

colonial guatemalteca / Severo Martínez Peláez__ México :

FCE, 1998

626 p. ; 13.3 x 21 cm — (Colec. Historia)

ISBN 978-9929-562-39-4

1. Guatemala – Historia – siglos XVI-XVII I. Ser II t.

LC F1466.4 M36 Dewey 972.810 M334p

Distribución mundial


En la portada y cubierta de portada: Fragmento del Paisaje de Guatemala recorrido por Pedro de Alvarado en expedición de 1523 (sic). Mapa por Pieter van der Aa. “T Landschap Guatimala Door Pedro d´Alvarado in een Land-Togt uyt Mexico Bevolkt, 1523”. Leyden, Holanda, 1706. Archivo Histórico de CIRMA.

En retiro de cubierta: Paisaje de Guatemala recorrido por Pedro de Alvarado en expedición de 1523 (sic). Mapa por Pieter van der Aa. “T Landschap Guatimala Door Pedro d´Alvarado in een Land-Togt uyt Mexico Bevolkt, 1523”. Leyden, Holanda, 1706. Archivo Histórico de CIRMA.

Sobre la obra


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ISBN 978-9929-562-39-4

Impreso en Guatemala • Printed in Guatemala

PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN

¿Por qué, y para quienes es imprescindible el libro de Severo Martínez Peláez La patria del criollo?

Es un lugar común decir que La Patria del criollo es una obra fundamental de la historiografía guatemalteca. Es más que eso, sin embargo. Es la obra científica y crítica más importante que se ha escrito en el último de medio siglo sobre la realidad histórica de Guatemala, cuyos argumentos centrales guardan vitalidad en la actualidad. Sus claves interpretativas iluminan también aspectos importantes de la historia colonial latinoamericana, particularmente de aquellos países con una importante población indígena.

Cuando uno ve el libro por primera vez, no deja de sentirse intimidado debido a su volumen; pero desde las primeras páginas el lector es atrapado por una prosa cálida, elegante, cautivadora y, simultáneamente, por el poder de una argumentación que destroza mitos. Uno de los primeros es el de la conquista como hazaña heroica de un puñado de hombres europeos y blancos que serían la encarnación de una superioridad racial frente a las poblaciones indígenas. La raza, por sí misma, “no hace historia”, nos dice el autor. ¿Cómo entender entonces la derrota de vigorosas organizaciones indígenas a manos de “unos cuantos grupos de aventureros, desarrapados y alejados de su ambiente”? Esos aventureros eran el resultado complejo de una trama histórica que había desarrollado dispositivos culturales y de poder que los ponían en ventaja frente a las poblaciones indígenas a la hora de la confrontación. Negarlo solamente fomenta el mito.

Por esa razón, entre otras, Severo Martínez nos introduce en el análisis de las características que le permitieron a España llevar a cabo la expansión colonial a fines del siglo XV y principios del XVI; entre éstas, las de las fuerzas económicas que jalaron la empresa colonial y los dispositivos tecnológicos de la guerra de los cuales se valió dicha empresa para someter a las poblaciones indígenas. Al desentrañar los intereses materiales que movieron el hecho histórico del “descubrimiento” y conquista de América se cae también el mito de que las acciones de los descubridores y conquistadores habrían sido guiadas por la supuesta nobleza de los valores de la civilización occidental y cristiana. Por el contrario, dichos valores fueron la capa ideológica que justificó la barbarie que acompañó a la conquista, la que ha sido uno de los actos de mayor violencia en la historia de la humanidad, cobrando la vida de millones de seres humanos en el continente. Parafraseando la conocida frase de Marx respecto a la llamada acumulación originaria del capital, en el sentido de que el capitalismo surgió de una historia de “lodo y sangre”, se puede decir también que la conquista, como momento constitutivo de la colonia y acto de poder dirigido a la dominación de las poblaciones indígenas, no fue de ninguna manera un acto heroico y sublime, sino algo brutal y violento (“lodo y sangre”), movido por mezquinos intereses económicos y de dominación social, tanto de carácter privado como estatal.

¿Hasta dónde ese momento constitutivo es parte activa del presente de la historia nacional? ¿Hasta dónde la colonia ha modelado por siglos nuestra mentalidad y nuestras prácticas? Son preguntas que hilvanan la argumentación del libro, y que el autor responde sistemáticamente en el último capítulo, La colonia y nosotros, a modo de conclusiones de lo que en capítulos previos fue analizado con rigor objetivo, en especial los mecanismos (materiales y culturales) de dominación y de extracción de excedentes que se implementaron durante la colonia. Es importante decir esto último, porque los planteamientos críticos del autor respecto a los hechos y procesos históricos que analiza no surgen de una condena moral abstracta respecto de los mismos, ni de una perspectiva romántica idealizadora de las sociedades indígenas previas a la conquista. Se funda en el análisis histórico de las específicas estructuras de poder y dominación surgidas del hecho de la conquista, así como de los procesos de larga duración a los que dichas estructuras dieron lugar. Así, lo que hemos nombrado como violencia y barbarie propios de la conquista, es necesario que se entienda como momento constitutivo de relaciones de dominación históricas, que como tales presuponen una carga también histórica de violencia y sometimiento de los vencidos, sobre los cuales se erigió el edificio de la colonia. ¿Cuáles fueron esas estructuras de poder y dominación que determinaron el periodo histórico de la colonia? O, quizás mejor planteado, como se puede formular después de la lectura de la Patria del criollo: ¿Cómo entender ese largo periodo histórico como un proceso determinado por las relaciones de dominación y explotación que se estructuraron una vez concluida la fase bélica de la conquista?

En su análisis, Severo Martínez Peláez nos lleva al fondo del problema. El lector se encontrará con los actores que protagonizaron los momentos más significativos de la estructuración del régimen colonial; entre estos, los que se refieren a las contradicciones entre los intereses privados de conquistadores y los de carácter estatal y de más largo plazo de la corona española. Como argumenta el autor, la corona española estaba interesada en una empresa colonial que garantizara en el largo plazo la extracción de riqueza en su beneficio; por su lado, los conquistadores estaban movidos por el enriquecimiento rápido, sin importar las desastrosas consecuencias que el sometimiento a la esclavitud de la población indígena estaba significando. La contradicción se resolvió por la fuerza. La corona impuso su soberanía en los territorios conquistados, y echó a andar un proyecto colonial que contemplaba como cuestión estratégica de primer orden la regulación de la explotación de los indígenas. La “Leyes Nuevas” de 1542 fueron el instrumento normativo jurídico de esa nueva forma de explotación, que debería garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo indígena para la generación de excedentes económicos, de tal manera de que el tributo llegara a las arcas reales y que la dominación fuera rentable económicamente. Con ese objetivo, la burocracia colonial organizó los llamados “pueblos de indios”, que vendrían a ser el espacio territorial de control de la población indígena y de organización del trabajo servil; núcleo fundamental éste de las relaciones sociales en todo el periodo colonial. En esos pueblos la población indígena tenía la obligación de trabajar para su propia reproducción material y generar excedentes, como el tributo para la corona. Pero no solamente eso: largas filas de indígenas salían con regularidad puntual de esos pueblos a las haciendas de los conquistadores y de sus herederos, los criollos, para encargarse de los trabajos más duros en calidad de siervos y hacerlas productivas. Encomienda se llamó a esa institución de organización del trabajo servil.

Severo Martínez Peláez analiza con minucioso detalle las características de la servidumbre agraria colonial, consciente de que en ella se encuentra una clave fundamental para entender ese largo trozo de nuestra historia en lo más profundo, para ir a sus entrañas. Nos muestra las prácticas de la explotación social que determinaron las condiciones de existencia de la población indígena, para dar cuenta de las relaciones que sostuvieron la sociedad colonial, su arquitectura de clase y la mentalidad de las élites. Demuestra cómo el grueso de la riqueza material en la época colonial era creada por los indígenas, reducidos a la condición de siervos coloniales en aquellas condiciones de dominación; esto en beneficio de la corona y de una reducida élite de herederos de la conquista, los criollos. En otras palabras, nos muestra el núcleo duro de la historia colonial. De igual manera, analiza cómo esas condiciones de explotación y de opresión se encuentran en la base del racismo como elemento constitutivo de la mentalidad colonial de criollos y peninsulares; mentalidad que llega hasta nuestros días de diversas maneras, y que ha justificado las relaciones que han determinado las jerarquías sociales y los privilegios de clase.

La pregunta de hasta dónde la colonia se prolonga como continuum histórico de dominación, como se ha dicho, es parte central de la argumentación de La patria del criollo. Esto es así, porque en el libro se presenta una reconstrucción del tiempo histórico que desafía el canon tradicional de la historiografía, basado este último en la idea de que el pasado es pasado, y que su nexo con el presente es precisamente ser pasado de ese presente, proyectando con ello una imagen mítica del mismo; ya que esa narrativa implica un fondo argumentativo, no necesariamente explícito, en el sentido de que los grandes temas que se presentaron en el pasado estarían resueltos en la categoría de presente. No se plantea el tema de cómo el pasado está vivo en el presente y cómo el presente es pasado-presente en la actualidad; dicho esto en términos generales, y en el terreno de las historias nacionales particulares. En ese sentido, podemos decir que solamente cuando una sociedad ha resuelto verdaderamente su relación con el pasado que la oprime, este aparece como memoria del presente; es decir, como consciencia de la necesidad de recordar los horrores del pasado para que estos no se repitan. Y esto solamente ha acontecido de manera muy parcial en la historia mundial.

Regresando a la Patria del criollo, Severo Martínez Peláez argumenta, a contrapelo de la narrativa histórica tradicional, que en la categoría de presente no se encuentra resuelto el pasado colonial guatemalteco; éste sigue vivo y determinando formas de dominación y sometimiento que se expresan en la vida cotidiana contemporánea. En ese sentido, hace estallar el mito de la Independencia como acto de emancipación nacional montado en la falsa idea del sujeto pueblo como protagonista de su emancipación política. En su análisis queda claro el contenido de clase de ese hecho: fueron los criollos, movidos por sus intereses de clase, los que hegemonizaron las acciones de la Independencia. Y lo hicieron en beneficio propio. Vieron en el movimiento general de Independencia la posibilidad de dejar de ser una clase dominante “a medias”, como los caracteriza Severo Martínez, que compartía el poder de manera jerárquicamente subalterna respecto a la burocracia colonial. Su objetivo fue el control del poder político para completarse como clase dominante; de tal suerte, que la patria que, según la mentalidad criolla, se habría comenzado a forjar con los conquistadores fuera ahora su herencia plena: la patria del criollo. El indio era parte de esa herencia, era parte del patrimonio de esa patria criolla. De tal suerte, la estructura colonial de los pueblos de indios que sostenía las relaciones serviles no fue alterada. Será hasta la Reforma liberal de 1871 que se quiebra la estructura de esos pueblos, pero no para emancipar a los indígenas de la servidumbre sino para potenciarla en beneficio de la élite de terratenientes cafetaleros que llegaron a ensanchar la clase dominante, como lo plantea el autor.

Fue en el proceso de la revolución democrática de 1944-1954 donde se intentó asestar un verdadero golpe a esa herencia y ese continuum de dominación. La revolución abolió la servidumbre y dio inicio a una reforma agraria que no solamente intentaba hacer justicia a los campesinos e indígenas con el reparto de tierras, sino que debilitaba al latifundio como la estructura de poder económico y social dominante en la sociedad. Uno de los objetivos políticos de la reforma agraria era profundizar el proceso de democratización social y política que vivía el país, creando condiciones para la organización de campesinos e indígenas a partir de la defensa de sus intereses. De consolidarse ese proceso, se eliminaría una de las bases del control despótico de los terratenientes sobre la población indígena y campesina, lo cual era fundamental para que la abolición de la servidumbre no quedara circunscrita a una dimensión jurídica sin una correspondencia material que alterara las relaciones sociales y de poder en el campo. Sin embargo, esa interrupción del continuum histórico fue momentánea. La intervención norteamericana y el triunfo de la contrarrevolución en 1954 cerraron violentamente el proceso democrático.

No es el lugar para hacer un recuento de las consecuencias históricas de ese hecho. Sin embargo, creemos necesario hacer las siguientes consideraciones generales. En primer lugar, que la revolución de 1944-1954 ha representado el momento político más logrado de negación histórica de la patria del criollo, en una perspectiva de democratización real de las relaciones de poder. Severo Martínez Peláez vivió con intensidad esos días en los que esa patria excluyente, racista y clasista no solamente era abiertamente cuestionada en el terreno político, ético y moral, sino que sus bases materiales comenzaban a ser atacadas. En segundo lugar, que la derrota de la revolución democrática impidió que se produjera un corte radical con las relaciones de dominación del pasado. De tal suerte, que el capitalismo y el Estado guatemaltecos no son frutos de una revolución que destruye el viejo régimen, sino de una evolución lenta y dolorosa que tiene por sustrato histórico determinaciones del pasado colonial, lo cual ha tenido consecuencias desastrosas para la vida democrática del país. Severo Martínez Peláez da cuenta de esto. Su obra no es solamente una reconstrucción del pasado colonial que nos dice que todavía éste habita entre nosotros y en nosotros. Es simultáneamente una crítica a esa realidad histórica. En ese sentido, la Patria del criollo es la consciencia de la necesidad todavía vigente de la negación de la patria del criollo; esa patria que se ha metamorfoseado de diversas manera y formas hasta el presente.

Comenzamos este prólogo preguntando por qué, y para quienes es imprescindible este libro. Creemos que ya hemos planteado algunas líneas que responden a esas preguntas. Es un libro que nos permite ser críticos en la medida que somos conscientes de nuestro pasado y, sobre todo, de cómo ese pasado es todavía pasado-presente. También nos interpela y cuestiona. Si la injusticia es parte constitutiva de este mundo antagónico, la verdad no puede ser la identidad con lo existente, sino su crítica real. En ese sentido, este libro constituye una herencia para las corrientes subterráneas de la historia que aspiran a la transformación de la realidad, todavía cimentada en relaciones sociales de opresión y dominación que solamente benefician a unas minorías.

Sergio Tischler Visquerra

Guatemala, 2021

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ANTERIOR

La patria del criollo, la obra de Severo Martínez Peláez cuya primera edición vio la luz en 1970, fue pensada por su autor desde dos ángulos fundamentales: el aporte al conocimiento del pasado de un país hispanoamericano y un criterio de ordenamiento metodológico y de interpretación de una realidad social cuyas proyecciones se descubren en nuestros días. En efecto, la obra es, a la vez, una rigurosa investigación de archivo y una propuesta de interpretación de valor teórico.

Lo uno y lo otro se complementan. El autor se niega expresamente —así lo dice en el prólogo en términos que pueden parecer sarcásticos— a hacer planteamientos sobre el curso histórico que pueden parecer originales pero que no descansan sobre un conocimiento real del proceso. Para evadir ese riesgo, el autor comienza por imponerse la obligación de reconstruir el pasado a partir de hechos, conflictos y procesos que, de una manera u otra, han quedado documentados en los archivos.

Pero el dato de archivo en estas páginas tiene la peculiaridad de que no está compaginado según la lógica formal que inspiró durante muchos decenios la historiografía latinoamericana, según la cual el ejercicio del poder político central y sus conflictos se transforman en el tema dominante —generalmente único— de la reconstrucción del pasado.

Esta búsqueda de la complejidad sustantiva del proceso, transforma la investigación del pasado de un pueblo en una experiencia cierta de validación teórica, a la vez que de descubrimiento de realidades antes invisibles pero a menudo fundamentales.

Este libro del historiador guatemalteco puede juzgarse bajo dos aspectos. Por una parte, su método interpretativo y la búsqueda de importante material de archivo, inédito hasta entonces, le permiten ofrecer un trabajo muy original que enriquece considerablemente el conocimiento del período colonial en esta enorme América que fue colonizada por España, pero que también podemos extender a la zona colonizada por Portugal.

Por otra parte, esta reconstrucción histórica, tal como la presenta el autor, es un valioso aporte en materia sociológica porque en estas páginas aparecen los grupos sociales como personajes centrales, desde su gestación hasta su etapa conflictiva mientras perduró el régimen colonial español en este importante sector de lo que después se llamaría América Latina.

En el universo de las ideas, el criterio interpretativo de Martínez Peláez se relaciona con importantes fuentes de la cultura de Europa occidental, desde el siglo XIX hasta llegar a Marc Bloch. Esta observación no limita, en forma alguna, el mérito original de Martínez Peláez sino que lo ubica dentro de una corriente cultural de gran importancia e influencia.

Se puede llegar a un concepto central interpretativo a partir de autores que lo han ido buscando también en épocas anteriores, o bien por rutas que el propio investigador se ha ido trazando y que, finalmente, resultan coincidentes con las de otros autores. Este investigador centroamericano forma parte de un conjunto de investigadores, de distintas nacionalidades, que han tratado de descubrir en el curso de las sociedades humanas ciertas líneas de orientación que habían sido invisibles para generaciones y escuelas anteriores.

La obra de Martínez Peláez que ahora se reedita es historia social en el más amplio sentido del concepto. Sus actores son conjuntos sociales —clases, sectores económicos, nacionalidades— y cuando en estas páginas aparecen personalidades individuales lo hacen como miembros de conjuntos sociales.

El título, tan bien elegido por el autor, sintetiza su tesis central. Se trata de percibir cómo, en este sector de la América colonial española se va formando una fracción numéricamente importante de la población que, por una parte, percibe a Guatemala —ya no a España— como su patria y, por otra, va adquiriendo un perfil como conjunto humano bien diferenciado, considerablemente distante de los españoles representativos de la Corona como también de la gran masa de indígenas dominados.

En todas las colonias españolas, cuando asoma el siglo XIX, este proceso de diferenciación socio-estructural ya se encuentra avanzado y parecería que sólo hubo que esperar una coyuntura política que tradujera la debilidad institucional de la Corona española para que el conflicto se manifestara como fenómeno radical. El título de la obra condensa con acierto esa nueva realidad: ha surgido una patria diferente y un personaje social también diferente que van a imprimir un contenido radicalmente nuevo al proceso histórico.

La población española en Guatemala, la numerosa población indígena e inclusive algunos sectores de estos criollos a los que alude el libro no llegaron a ser los personajes políticos de estos episodios que Martínez Peláez reconstruye y que, a la luz de su planteamiento, adquieren un alcance teórico valioso. Todo está bien diferenciado en estas páginas, que permanentemente se apoyan en una amplia documentación.

La patria del criollo podría ser el título de una reconstrucción similar en todas las colonias españolas e inclusive en la colonia portuguesa, cuyo grito de Ypiranga fue el anuncio de la aparición de otra patria del criollo.

Esta obra de Severo Martínez Peláez* es una de las mejores historias sociales, por su concepción y su metodología, producidas en América Latina en esta segunda mitad del siglo.

Sergio Bagú

México, 1997

* Lamentablemente, durante el proceso editorial de la segunda edición, el 14 de enero de 1998, falleció el doctor Severo Martínez Peláez en la ciudad de Puebla (México). (N.del E.)

PRÓLOGO DEL AUTOR


En este libro se ensaya hacer historia de Guatemala sobre principios metodológicos que se aplican por primera vez al estudio de nuestro desarrollo. Conviene por eso indicar los propósitos del trabajo y avisar al lector sobre dos o tres puntos importantes.

La finalidad de este ensayo no es rendir informe de ciertos hechos averiguados y debidamente comprobados. El libro aporta ciertamente algo a la labor acumulativa de datos históricos, pero su verdadero cometido es más ambicioso: intenta dar un paso en la labor interpretativa de nuestro pasado, y aunque limita sus indagaciones al campo de la vida colonial —como lo anuncia el subtítulo— la tarea implica riesgos y una gran responsabilidad intelectual.

Se entiende aquí por interpretación histórica no aquel fantasear que a título de la “historia filosófica” nos habla de “espíritu” de una época, de su “perfil cultural”, de la “vocación histórica de sus hombres” y otras quimeras parecidas. Tampoco se toma el compromiso de interpretar como un subterfugio para rehuir la investigación de lo concreto y tejer ingeniosas conjeturas disfrazadas de “ciencia social”. La historia interpretativa, realizada bajo las normas que aquí se adoptan, no da por hecha y sabida la síntesis del período estudiado —porque entre nosotros no existen todavía esas condensaciones de conocimiento histórico— sino que la realiza como su labor fundamental, y es en la manera de sintetizar donde se encuentra el carácter interpretativo que a esta investigación se le atribuye. Alcanza ese rango la labor histórica cuando busca y consigue señalar los grandes hechos determinantes del proceso social; no los hechos más ruidosos —no las “efemérides”— sino aquellos que, operando en la base de la estructura de la sociedad, determinaron sus características más importantes y le imprimieron ciertas tendencias a su desarrollo. Así, ensayar la interpretación del proceso colonial guatemalteco —propósito de este libro— es investigar los fenómenos básicos de nuestra sociedad en aquel período y demostrar cómo ellos condicionaron sus modalidades más notorias. Es, en dos palabras, explicar la vida colonial haciendo referencia a sus fundamentos.

En algunas de sus secciones el trabajo no llega a formular tesis, sino solamente hipótesis que podrían confirmarse sobre una información más amplia después de recabarla —pues se trata, en esos casos y en muchos otros de este libro, de temas históricos guatemaltecos totalmente inexplorados hasta hoy—. Considerando el valor tentativo de esos trozos ha querido el autor llamar ensayo al conjunto, sin ocultársele, empero, la posibilidad de haber encontrado y estar proponiendo, en otras secciones, claves de interpretación plenamente válidas y quizás definitivas.

Hay en Guatemala muchas personas aplicadas a la historia, en plan profesional y también como aficionados, que desearán aportar valiosa crítica, de detalles y de fondo, cuando este primer esfuerzo de interpretación global de la colonia se les ofrezca como incitante y como punto de partida. Al autor le agradaría suscitar esa crítica, no sólo porque es necesaria para el afinamiento de la interpretación misma, sino porque significaría una cierta activación del pensamiento histórico, tan abandonado entre nosotros por venerar la noticia muerta.

Un estudio que pretende ir a las bases de la sociedad colonial tiene que referirse constantemente al trabajo de los indios y de los ladinos menesterosos, a las diversas formas en que fueron explotados, a las pugnas que por ese motivo se daban entre los grupos dominados y los dominantes, y aun entre estos últimos disputándose el dominio de aquéllos. Por esta razón, términos como explotación y clases sociales —y los vastos conceptos económicos y sociológicos que en ellos van expresados— están presentes en todo el ensayo. Como son términos que el uso corriente ha llenado de connotaciones vagas, conviene precisar qué significado tienen en el libro.

La explotación es un fenómeno de relación económica, a través del cual una persona o un grupo humano se apropia valores creados por el trabajo de otro hombre o grupo, entendido que este último se ve obligado a tolerar dicha relación por circunstancias diversas, como puede serlo el estar físicamente forzado a tolerarla o no disponer de medios de producción para trabajar por cuenta propia.

Una clase social es un conjunto numeroso de personas que, en el seno de una sociedad, presentan modos de vida semejantes e intereses comunes, determinados, unos y otros, por el papel común que dichas personas desempeñan en el régimen económico de dicha sociedad y especialmente en el régimen de propiedad.

Ambos conceptos son grandes aciertos de la economía política, han ampliado enormemente las posibilidades del análisis histórico, son manejados con provecho por los historiadores importantes de nuestro tiempo, y no hay ningún motivo para mantenerlos desterrados del ámbito de nuestra historiografía.

Entre los materiales analizados para componer este libro, tiene destacada importancia la célebre Recordación Florida del cronista guatemalteco Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Por ser esa obra una extraordinaria veta de información histórica, se la emplea en varias formas: como fuente de noticias variadísimas, como testimonio de situaciones sociales muy complejas, como reflejo de ciertas modalidades del pensamiento colonial, y aun otras que en el trabajo se verán. Sin embargo, no se pretende hacer un estudio exhaustivo de la crónica, la cual puede examinarse desde otros ángulos que no interesan a los fines del ensayo.

Tampoco hay intención biográfica. Las frecuentes alusiones a la vida del cronista son recursos expositivos, pretextos para entrar, en forma graduada y viva, a la concreción de la existencia colonial. Conforme el estudio penetra en áreas más profundas de aquella existencia, la crónica le cede lugar a muchos otros documentos de alto valor histórico y el cronista nos abandona, orientados ya en su mundo.

Finalmente he aquí otra advertencia necesaria: debe entenderse que los numerosos análisis que se hacen del pensamiento de aquel notable hombre del siglo XVII no son, como podría suponerlo un lector desprevenido, refutaciones o ataques al cronista, sino solamente explicaciones del porqué de aquella manera de pensar. En ningún punto de este trabajo se quiere juzgar a los hombres o a los grupos aludidos; en ningún momento se sugiere que pudieron haber actuado de manera distinta de como lo hicieron. Se sostiene, muy al contrario, que no les habría sido posible comportarse ni pensar en otra forma, porque su conducta estaba modelada por factores históricos más poderosos que su voluntad. Los análisis tienen la única finalidad de sacar a luz las motivaciones más o menos profundas de aquel comportamiento, partiendo del supuesto de que su comprensión tiene interés perdurable y una alta significación actual.

Inevitablemente habrá quienes, movidos por un patriotismo falso y mal intencionado, dirán que en este libro se atenta contra ciertos “valores nacionales” —así, entre comillas—. No hallarán otro recurso cuando comprueben que el análisis científico remueve la máscara bajo la cual se oculta el verdadero rostro de nuestra realidad colonial. Sin embargo, el autor sabe que esa reacción sólo ha de darse entre minorías interesadas en mantener aquella ficción histórica. Un número creciente de guatemaltecos intuye, sin equivocarse, que nuestra afirmación como pueblo exige que aprendamos a renegar de nuestro pasado en tanto que es un pasado colonial; o lo que es lo mismo: la necesidad de reconocernos y afirmarnos más bien en nuestras posibilidades latentes proyectadas hacia el porvenir.

Aunque este libro no se propone exaltar ni negar valores, sino explicar realidades, el lector abierto a la verdad encontrará en él, si tal cosa busca, sólidos puntos de apoyo para una enérgica afirmación de nuestro ser social. Es solamente la vieja idea de patria criollista la que en este estudio pone al desnudo sus limitaciones. Con ello se despeja el camino para la formación de un concepto cada vez más amplio de patria guatemalteca, más integrativo, a tono con las exigencias democráticas de la época que nos ha tocado vivir.

La programación y aun la redacción de este ensayo contemplan las posibilidades de un lector culto pero no especializado, que es a quien principalmente se dirige como mediador activo entre el autor y los sectores que no leen. Temas y tratamientos responden a un orden escalonado, según el cual cada trozo del libro prepara al lector para pasar a niveles de mayor hondura y complejidad. La obra puede leerse así sin prisa, con reflexión y posiblemente sin desmayo del interés. Una imagen nueva de las raíces de Guatemala, una imagen más dinámica y desde luego más seria tiene que ser el resultado de dicha lectura reflexiva.

El lector apresurado, que tiene o cree tener motivos para rechazar el ritmo un poco académico que el libro ostenta, puede leer los capítulos como trabajos sueltos y en el orden de su interés personal, comenzando por el último si así lo desea. Entendido, eso sí, que el ensayo está en todo momento tratando de explicar un proceso —una compleja trama de procesos— y que esa circunstancia torna muy aconsejable comenzar por el principio, situarse con modestia en el nivel aparentemente superficial en que el libro inicia su aventura.

S.M.P.

Guatemala, mayo de 1970.

I. LOS CRIOLLOS

1. Infancia y toma de conciencia. 2. Herencia de sangre y herencia de poder. 3. El prejuicio de la superioridad hispana. 4. La superioridad de los conquistadores. 5. La conquista como fenómeno económico. 6.Clase dominante a medias. 7. Motivaciones de la Recordación Florida. 8. Defensa del patrimonio y nacimiento de la patria.

1. Infancia y toma de conciencia

El 18 de febrero de 1651 fue un día terrible para la ciudad de Santiago de Guatemala. A eso de la una de la tarde —era un sábado— comenzó a retumbar el suelo y a sacudirse violentamente. Muchos edificios se derrumbaron con estruendo en aquellos momentos. Otros quedaron seriamente dañados y continuaron desplomándose con los temblores siguientes, pues los hubo de día y de noche durante más de un mes.1

La plaza mayor de la ciudad, que en otras ocasiones era centro de festividades y regocijos, se vio convertida en escenario de lamentaciones. Improvisó allí la gente un cobertizo de paja y llevó en procesión la imagen de san Sebastián que era tenido por defensor de la ciudad frente al azote de los temblores. Pobres y ricos, aunados momentáneamente por el pánico, acudían a los atrios de los conventos a confesar con prisa sus culpas. Y en las torres, que malamente se sostenían en pie, gemían las campanas sacudidas por la mano invisible del terremoto.2

Los temblores de tierra fueron, como se sabe, un mal intermitente en la vida de aquella ciudad, que se hallaba asentada a los pies de un volcán y en las cercanías de otros dos igual de amenazadores. Quienes en el año de 1651 eran todavía niños habrían de pasar, en el curso de sus vidas, por muchos trances y sobresaltos parecidos.3

Entre la muchedumbre que se aglomeraba por aquellos días en los atrios, se hallaba un niño que no olvidó jamás las impresiones del terremoto, y que, 40 años más tarde, iba a recordarlas en las páginas de una célebre crónica: “en el atrio de San Francisco, siendo yo de ocho años de edad a la sazón, me acuerdo haber visto muchas personas […] confesar sus culpas a voces”.4

Su infancia debe haber transcurrido, amén de los temblores, en un ambiente relajado y seguro. Allí estaban los padres y los abuelos para velar por su bienestar. Allí estaban las imágenes protectoras de los santos en el altar doméstico. Y estaban también los sirvientes y el esclavo negro, de ademán sencillo y servicial.5 La casa misma —su casa— ofrecía por fuera unos ventanales salientes con tupidas y fuertes barras, y un pesado portón que no hubieran podido derribar 20 indios, aun escogidos entre los más forzudos, suponiendo que se les ordenase realizar tan estúpida e improductiva tarea.6

Por lo demás, los indios, si bien es cierto que había que tenerlos a raya y patentizarles en todo momento su subordinación —¡consejo cotidiano de padres y abuelos!—, 7 no es menos cierto que a la casa llegaban siempre como portadores de algún beneficio. Él los veía casi a diario en el zaguán, sudorosos y jadeantes, descargar de sus espaldas la leña, los granos, las legumbres, la leche, la panela y muchos otros bienes sin los cuales la existencia no habría sido todo lo agradable que en realidad era. Algunos de esos bienes no eran solamente traídos por los indios desde lejos, sino que habían sido cultivados por ellos mismos en la hacienda de los padres de nuestro héroe. De allí que resultara tan difícil comprender el desprecio que los mayores recomendaban para con estos seres descalzos y raídos, que olían a sudor. Si él hacía el ademán, pongamos el caso, de querer chancearse con algún chicuelo acompañante de los indios, en el acto se veía asido por la mano enérgica de la abuela, quien lo apartaba con un susurro insistente y enfático: “aparte somos nosotros, y aparte los naturales”.8 También debe haberle sorprendido oír decir, en mitad de largas conversaciones sobre los defectos de los indios, que éstos mamaban todo lo malo que se les atribuía.9 ¿Acaso no eran indígenas las “nanas” o nodrizas que amamantaban a los niños en muchas casas de gente rica?10

Ciertamente, había en todo esto absurdos incomprensibles para la lógica de un niño. Es que nadie viene al mundo con una conciencia de clase ya formada; ésta se va formando en el curso de los años, según van siendo reconocidos como propios los intereses del grupo social en que se vive. Y nuestro héroe no fue una excepción a la regla universal: poco a poco fue desarrollándose en él la noción de sus intereses, y su mente fue aceptando todos aquellos prejuicios y muchos más. Llegado a la madurez se aficionó por las letras y escribió una riquísima y extensa crónica del reino de Guatemala en el siglo XVII. En ella dejó plasmadas, sin que fuera esa su intención, todas las formas de conciencia propias de su clase social.

¿Qué era, pues, lo que realmente se proponía al escribir aquella obra?

Antes de responder a esa pregunta, y para poder hacerlo más adelante con buenos fundamentos, debemos contestar a esta otra: ¿quién era aquel hombre?

2. Herencia de sangre y herencia de poder

Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán fue descendiente de los conquistadores y primeros inmigrantes españoles de Guatemala. Por la línea materna su familia entroncaba con el célebre soldado y cronista Bernal Díaz del Castillo. Por la rama paterna, con Rodrigo de Fuentes, un colono que se las arregló para enlazar a sus descendientes con las familias más poderosas de la ciudad. 11 En la genealogía de nuestro hombre aparecen los Alvarado, los Becerra, los Chaves, Castillos, Polancos; Villacreces y Cuevas.12 Pero como las espadas de los conquistadores no se habían bañado de sangre vanamente, sino con el fin de poner a las sociedades indígenas bajo el dominio de los nuevos amos, de ahí que el árbol genealógico aparezca colmado de cargos públicos y oficios de autoridad: corregidores, alcaldes, regidores, síndicos de cabildos, etc.,13 sin que al lado de las autoridades civiles falten las eclesiásticas: un tío de don Antonio había sido provincial de la opulenta orden religiosa de Santo Domingo.14

El viejo arraigo de sus familiares en el Ayuntamiento de Guatemala lo llevó a ocupar, desde la temprana edad de 18 años, el puesto de regidor. Durante 38 años fue miembro del Ayuntamiento, con dos períodos de interrupción, en los cuales abandonó la ciudad para disfrutar las alcaldías mayores de Totonicapán y Sonsonate, respectivamente.15 Como aquellos puestos eran verdaderos miradores que ponían a la vista la organización de la provincia, don Antonio adquirió en ellos un amplio conocimiento del país. También influyeron en la configuración de su mentalidad, reforzando la actitud de quien mira las cosas desde arriba, desde el punto de vista de los dominadores.

No era menos amplio, empero, el horizonte que se ofrecía a sus ojos cuando dejaba los salones del Ayuntamiento y se trasladaba al campo. A sólo cuatro leguas de la ciudad se hallaban las tierras de su propiedad. Tras aguijar las cabalgaduras por una cuesta doblada, se extendía a sus pies el Valle de las Mesas de Petapa. Era aquella una extensa llanura con 27 leguas de tierra de cultivo y 13 pueblos de indios distribuidos a conveniente distancia. Había en el valle 16 labores de trigo y “ocho maravillosos y opulentos ingenios de azúcar”.16 Cinco de aquellos ingenios pertenecían a órdenes religiosas, pero de los tres restantes uno le pertenecía a él.17 La opulencia que el cronista le atribuye a tales empresas no debe tomarse como exageración de quien alaba lo suyo, su valor podría conjeturarse contemplando los extensos campos de caña azucarera, sus instalaciones de beneficio, recintos para habitación y oficinas, caminos, puentes, cercos, tomas de agua, sin contar con el ganado que siempre tenían en corta proporción.18 Solían tener también templos particulares que, en algunos casos, rivalizaban en lujo con los de la ciudad.19

El cronista no era propietario solamente de ese ingenio. En otra parte se detiene a enumerar las cualidades del grano que se producía en sus labores de trigo, y aun menciona, de pasada, otras tierras que daba en arrendamiento en el Valle de las Vacas. 20

Se está viendo, pues, que Fuentes y Guzmán no era sólo un descendiente de conquistadores, sino además, un heredero de la conquista. Es muy importante comprenderlo: la herencia de sangre y la herencia de poder, aunque generalmente marchaban juntas, no eran una misma cosa. En la sociedad colonial hubo un grupo de familias en las que, como en la de don Antonio, se conservaba sin mestizaje la sangre de los conquistadores y primeros pobladores españoles. Al mismo tiempo, esas familias poseían tierras, disponían del trabajo de los indios para hacerlas productivas y controlaban ciertos puestos de autoridad. Esto quiere decir que el grupo había recibido de sus antepasados, por una parte, una herencia biológica constituida por ciertas características raciales, y, por otra, una herencia económica y política en términos de propiedad y autoridad. Es de la mayor importancia establecer cuál de esos dos legados compactaban al grupo haciendo de él una entidad histórica definida; cuál de esas dos herencias le daba cohesión a la clase social.

Así, el problema de averiguar quién era Antonio de Fuentes y Guzmán, hombre representativo de un grupo social —según quedó dicho hace un momento—, nos obliga a esclarecer las características fundamentales del grupo. Hagámoslo.

3. El prejuicio de la superioridad hispana

Alguien ha dicho que Fuentes y Guzmán “sentía la tierra como un criollo”, 21 y el propio cronista se da ese apelativo en varias oportunidades: “criollos, como nos llaman”.22

De manera general, la palabra criollo designaba a los hijos de españoles nacidos en América sin ningún mestizaje. Se empleó primeramente referida a los hijos de los conquistadores y primeros pobladores. Sin embargo, la constante inmigración de españoles a las provincias le fue dando nuevos matices a la acepción primitiva. No era lo mismo ser un criollo nuevo que un criollo de viejo abolengo indiano, porque los descendientes de conquistadores no querían ponerse en un plano de igualdad con los hijos de aventureros recién llegados. Estos aventureros, sin embargo, sostenían que su inmediata procedencia de España valía más que cualesquiera abolengo, y le daban a la palabra criollo un tono decididamente despectivo. Los criollos, a su vez, preferían llamarse a sí mismos españoles, haciendo a un lado su lugar de nacimiento y subrayando su origen, en todos los casos en que esto les fuera conveniente y posible. Todos estos giros, aparentemente absurdos, tenían su razón de ser en la sorda pugna que mantuvieron entre sí los criollos y los españoles, la cual estudiaremos en otro lugar como una faceta de la lucha de clases durante la Colonia.

Pero el concepto de criollismo no se agotaba, ni mucho menos, en una trivial cuestión de nacionalidades. Todos los matices señalados tenían un fondo común importante: se daba por supuesto que el origen español acarreaba superioridad frente a los sectores indígenas y mestizos. Esta superioridad, emanada según ellos de su ancestro hispano, era una convicción absolutamente básica en la conciencia social de los criollos. Todas las buenas cualidades que encontraban en sí mismos —ya fueran reales o imaginarias—, así como las ventajas inherentes a su posición social, eran explicadas por ellos invocando una superioridad innata y fatal, que compartían con el español. A este respecto se hacían consideraciones en torno a la “limpieza de sangre”,23 “la leche”24 y tópicos de ese estilo. Era una superioridad que sencillamente “se traía”.

Y la apariencia superficial de las cosas ciertamente favorecía a quienes sostenían aquel aserto: porque, en efecto, entre la gente de origen europeo aparecía una serie de facultades desarrolladas y una habilidad general que la ponía, sin lugar a dudas, en un plano de ventaja respecto de la población morena. Entre indios y mestizos, por otro lado, era evidente cierto atraso en cuanto a desarrollo intelectual y de habilidades. Coincidían, pues, ciertos rasgos raciales con ciertos niveles de desarrollo humano; y de allí deducían los criollos, sin tomarse más trabajos, una relación de causa y efecto: los blancos eran superiores porque eran blancos, y los indios eran inferiores porque eran indios.25

Sin embargo, el hecho de que dos fenómenos se den juntos no significa que uno sea la causa del otro. Sabemos que la raza, por sí misma, no hace historia, no es factor que determine nada de importancia en el proceso social. Y ello significa que tenemos que explicar —si queremos ir de veras al fondo de la cuestión— en qué radicaba o de dónde provenía, entonces, la efectiva superioridad de los blancos sobre los indios y los mestizos en el contexto de la sociedad colonial.

4. La superioridad de los conquistadores

Para esclarecer este asunto tenemos que recorrer con la mente, durante unos instantes, perspectivas históricas amplias. El recorrido nos traerá por sí mismo, de nuevo y directamente, al asunto que nos ocupa.

Recordemos que la conquista de América fue el triunfo de unos cuantos grupos de aventureros, desarrapados y alejados de su ambiente, sobre vigorosas organizaciones indígenas que vivían a lo largo de inmensos territorios. El descalabro que sufrieron grandes sociedades, como la mexicana y peruana —no digamos los pequeños cacicazgos de Guatemala—, basta para indicar que había una aplastante superioridad de parte de los conquistadores, quienes, integrando cortas huestes y usando elementales argucias26 lograron ponerlas bajo su dominio en poco tiempo.

(Negar la superioridad de los conquistadores sobre los indígenas es una necedad aún más grande que atribuirla a motivos de sangre. Porque el aserto de la superioridad racial al menos tiene sentido para los opresores del indio: fomenta la creencia de que su sojuzgamiento fue un fenómeno determinado por causas biológicas. Es un disparate que beneficia a quienes lo sostienen. La postura romántica, en cambio, negando a secas cualquier tipo de superioridad a los conquistadores, deja en la oscuridad las causas del rápido y perdurable sometimiento de los nativos, y esa oscuridad, lejos de beneficiarlos en modo alguno, depara las mejores condiciones para la supervivencia de los prejuicios. Una postura científica frente a esta clase de problema debe rechazar, con igual energía, los prejuicios racistas y los prejuicios sentimentales, juzgando a estos últimos tan perjudiciales como aquéllos.)

A principios del siglo XVI España era uno de los países más desarrollados del mundo. Durante milenios había recibido los aportes culturales de las civilizaciones del Mediterráneo y del Cercano Oriente. Por las más diversas vías —inmigraciones, avanzadas comerciales como las griegas y las fenicias, dominaciones de muchos siglos como la romana y la musulmana, etc. — habían sido introducidos en aquella sociedad los alcances de la cultura material y espiritual de muchos pueblos. Los ágiles caballos de guerra españoles, que en el siglo XVI hicieron estragos en América y en la propia Europa, eran producto del desarrollo de la ganadería caballar más antigua, pasando, claro está, por la romana y la de los árabes. Lo mismo hay que decir de las técnicas del trabajo del acero, que alcanzaron tan alto desarrollo en Toledo en tiempos de la ocupación árabe. Y no hablemos de la pólvora —con la que habríamos mencionado los tres factores tecnológicos decisivos de la superioridad bélica de los conquistadores— porque hasta los niños saben dónde y cuándo fue inventada.

La cultura española del siglo XVI — como todas esas eclosiones de actividad y pensamiento que la historia llama “siglos de oro” de los pueblos— fue resultado de una complejísima trama de procesos históricos en la que tuvieron papel determinante los procesos económicos. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que deba subestimarse el esfuerzo creador que realizaba el pueblo español en aquel momento. Lo que ocurre es que los pueblos están siempre entregados a un esfuerzo creador, pero el que los resultados sean óptimos o mínimos es cosa que viene determinada por coyunturas históricas tan ciegas como la que llevó a Colón, sin proponérselo jamás, a descubrir para España un continente del cual no tenían los españoles la más remota idea.

A pesar de que la sociedad española era una sociedad de clases, y de que, por tal motivo, la cultura española no era patrimonio de todo el pueblo, es cosa sabida que muchos conocimientos y habilidades que van asociados al trabajo productivo suelen ser de dominio popular. El más rústico de los conquistadores estaba familiarizado, desde la infancia, con ciertos procedimientos de producción agrícola y ganadera, con conocimientos generales relacionados con la elaboración de los metales, con un sinfín de elementos de cultura que flotaban en su ambiente y que eran propios del desarrollo económico general de España en aquel momento. Eso determinaba, naturalmente, que el labriego conquistador tuviera un desarrollo intelectual superior al del sacerdote o sabio indígena americano. Porque es obvio que la tecnología desarrollada otorga superioridad material, pero solemos olvidar que tal tecnología introduce en el pueblo que la posee una amplia serie de conocimientos y procesos intelectivos que le son inherentes. El conquistador que atacaba a los indios con caballos de guerra, no tenía a su favor únicamente la ventaja del servicio que le prestaba la bestia arrolladora, sino también el gran complejo de conocimientos y pensamientos que van asociados a la crianza, el amaestramiento y el trajín de los caballos. Recuérdese, como ejemplo, las referencias a los caballos contenidas en la muy conocida carta de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés después de la derrota de los indios quichés. En ella refiere cómo, ignorando los indios que los caballos eran ineficaces sobre terrenos inclinados y escabrosos, caían fácilmente en la trampa que los jinetes les tendían al fingir que huían con las bestias hacia la llanura:

Estando apeados bebiendo vimos venir mucha gente de guerra a nosotros, y dejámosla llegar, que venían por unos llanos muy grandes. Y rompimos en ellos y aquí hicimos otro alcance muy grande […] y llegábansenos ya a una sierra y allí hicieron rostro. Y yo me puse en huida con ciertos de a caballo por sacarlos al campo, y salieron con nosotros hasta llegar a las colas de los caballos. Y después que me rehice con los de a caballo doy vuelta sobre ellos; y aquí se hizo un alcance y castigo muy grande […].27

He aquí una sencilla muestra del fenómeno general cuya importancia se quiere subrayar: la superioridad de desarrollo tecnológico conlleva una superioridad intelectual que opera en las más variadas situaciones. Superioridad cultural, en el sentido pleno del concepto de cultura: disponibilidad de más recursos materiales e intelectuales, que significan mayor dominio de la realidad. Todo ello como resultado de un proceso histórico peculiar. Tal era la superioridad de los conquistadores sobre los indios al momento de la conquista.

Podríamos cerrar este párrafo indicando que la idea que en él se desarrolla no es nueva —si bien hay sobrados motivos para insistir sobre ella. A su manera, clara y penetrante, fray Bartolomé de las Casas ya les había dicho a sus compatriotas lo mismo, pues no hacía otra cosa al recordarles que los indígenas de la Península Ibérica, al tiempo de ser conquistados por los romanos, se encontraron en una situación igual a la de los indios en el siglo XVI.28

5. La conquista como fenómeno económico

Pero explicar la superioridad de los españoles en el momento de la conquista no significa todavía, ni mucho menos, haber explicado las causas por las que los indios quedaron en una situación de inferioridad permanente, que duró tres siglos de coloniaje y aún mucho más. Y es eso lo que nos interesa, lo que realmente traemos planteado como problema.

La conquista suele verse como un choque de armas, como un suceso bélico, y a ello se debe que tengamos de aquel dramático suceso una visión tan estrecha y tan falsa. Es necesario comprender, sin embargo, que los indios no fueron conquistados por el mero hecho de haber sido derrotados; entender que aquellos sangrientos fracasos dejaron heridas en las sociedades indígenas, pero no sometidas todavía. Aquello fue sólo el primer paso de la conquista, y de ningún modo su consumación. Es evidente que si después de los combates de Quezaltenango y la matanza de Utatlán, después de recoger los indios sus muertos y de curar los españoles a sus caballos, hubiesen los primeros retornado al trabajo normal de sus sembrados, y los segundos —permítasenos esta fantasía demostrativa— hubiesen tomado la azada para desmontar y colonizar una tierras vírgenes —que muchas había en aquellos contornos—, es evidente, decimos, que no habría habido conquista. La guerra y la derrota, por sí solas, no fueron ni podrían haber sido nunca la verdadera conquista.

Es harto curioso que el hecho apuntado, evidente por sí mismo, venga siendo tan obstinadamente olvidado. Y más sorprendente resulta la omisión cuando se comprueba —como es fácil hacerlo— que los documentos de aquel periodo, así los de los conquistadores como los de los conquistados, dan clara noticia de que los indios no estuvieron sujetos y dominados mientras no se les despojó de sus fuentes de riqueza —apropiación de sus tierras— y se les sometió a la esclavitud. Vale decir que la lucha armada fue solamente un medio, un recurso para llegar al sometimiento económico, y que este último fue el momento decisivo de la conquista. Y aun puede demostrarse que la evangelización fue una tercera fase: sometimiento ideológico, necesario, al igual que la fase militar, para la consolidación de la conquista económica.

En sus cartas de relación a Hernán Cortés, Pedro de Alvarado expresa claramente, en varias oportunidades y en distintas formas, que los indios, después de derrotados por las armas, rehuían la conquista alejándose, sustrayéndose al control efectivo de los españoles. Refiriéndose a los quichés, dice que tuvo que correrles y quemarles la tierra, y agrega que en esa operación le ayudaron los contingentes enviados para tal efecto por los cakchiqueles:

cuatro mil hombres con los cuales y con los demás que yo tenía hice una entrada y los corrí y eché de toda su tierra, E viendo el daño que les hacía me enviaron sus mensajeros haciéndome saber cómo ya querían ser buenos […] y les mandé que se viniesen a sus casas y poblasen la tierra como antes, los cuales lo han hecho así y los tengo al presente en el estado que antes solían estar, en servicio de su magestad.29

Debe saberse que las últimas palabras del texto transcrito —“en servicio de su majestad”— no quieren decir otra cosa sino que los indios están tributando, han aceptado la tributación, pues en aquel momento la real Corona no percibía de la conquista otro beneficio que el “quinto real” (la quinta parte) de una tributación impuesta y tasada por los conquistadores.”29a Refiriéndose en otra carta a los zutujiles, dice cómo se le huyeron a los montes y qué expediente empleó para sujetarlos: “y allí asenté real a medio día y les comencé a correr la tierra”,30 y más adelante, en la misma carta pero haciendo referencia a los escuintlecos, dice:

se metieron por los montes que no tuve lugar de les hacer daño ninguno, más de quemarles el pueblo. Y luego les hice mensajeros a los señores diciéndoles que viniesen a dar obediencia a sus majestades, y a mí en su nombre, y si no que les haría mucho daño en la tierra y les talaría sus maizales. Los cuales vinieron y se dieron por vasallos de su majestad […].31

Los documentos indígenas, que refieren la conquista desde el ángulo de los vencidos, ilustran y confirman el hecho de la conquista económica con igual claridad. A este respecto son particularmente interesantes los anales de los cakchiqueles, pues en ellos se relatan las penalidad de un pueblo indígena que decidió, como muchos otros, aceptar la conquista —sometimiento económico— sin pasar por la resistencia y la guerra. Sabido es que los cakchiqueles le ofrecieron obediencia a Alvarado antes de que éste llegara a sus territorios; a pedido del conquistador enviaron gente que ayudó a someter a los quichés; recibieron después a los castellanos pacíficamente en su ciudad, pero ¡no pudieron soportar la conquista!: no pudieron sufrir las exigencias de carácter económico a que los sometió Alvarado: “luego Tunatiuh les pidió dinero a los reyes. Quería que le dieran montones de metal”.32 Decidieron entonces huir de su ciudad a los montes, y comenzó para ellos una larga guerra encaminada a reducirlos de nuevo a la tributación:

Diez días después que nos fugamos de la ciudad, Tunatiuh comenzó a hacernos la guerra. El día 4 Camey (5 de septiembre de 1524) comenzaron a hacernos sufrir. Nosotros nos dispersamos bajo los árboles, bajo los bejucos, Oh hijos míos! Todas nuestras tribus entraron en lucha con Tunatiuh […]33

Así se desencadenó la gran sublevación de los cakchiqueles, que duró cuatro años y significó un enorme derramamiento de sangre. La guerra tenía una sola finalidad, que el narrador indígena expresa sin vacilaciones: “[…] No nos sometimos a los castellanos […]. La muerte nos hirió nuevamente, pero ninguno de los pueblos pago el tributo”.34 “Durante un año continuó la guerra. Y ninguno de los pueblos pagó el tributo”.35 Y cuando, por fin, los caciques comienzan a ceder ante el conquistador, el analista no lo expresa en términos bélicos, sino en términos de economía, de sometimiento económico: “Entonces se comenzó a pagar el tributo […]. Durante este año se impusieron terribles tributos. Se tributó oro a Tunatiuh; se le tributaron cuatrocientos hombres y cuatrocientas mujeres para ir a lavar oro. Toda la gente extraía oro”.36 Y así entran los anales, después de describir la guerra, a narrar el primer período propiamente de conquista, con su larga serie de crímenes encaminados a regularizar y consolidar el régimen de explotación colonial de la primera época.37

Como se ve, ni el conquistador ni el conquistado expresaron nunca, en sus documentos más directos y francos, que la conquista fuese consumada en las batallas. Éstas fueron un medio, como ya quedó ilustrado.

La correcta comprensión de la conquista como proceso complejo, en el cual el momento económico es el determinante y decisivo, tiene una importancia extraordinaria para la correcta comprensión de la inferioridad —económica, social e intelectual— en que vinieron a quedar los indios para el resto de la vida colonial. No se puede entender el segundo problema si no se ha entendido el primero. Y debe suponerse que ese ha sido el motivo, precisamente, por el cual se ha rehuido siempre el análisis científico de la conquista, presentándola como una epopeya: al ocultar su esencia económica se esconde el factor determinante de la inferioridad de los indígenas en el contexto de la sociedad colonial. Después de ser derrotados, los indígenas fueron obligados a tributar despiadadamente, fueron despojados de sus tierras, sometidos a esclavitud y ulteriormente a servidumbre. En capítulos venideros examinaremos con algún detenimiento esos temas. Lo que aquí interesa dejar asentado es que los nativos, puestos en una situación económica malísima, obligados a trabajar en las condiciones más duras para único provecho de sus amos, se vieron en adelante privados de toda posibilidad de superación. Todo lo cual puede reducirse —y conviene hacerlo, en busca de la máxima claridad— al siguiente esquema causal: a) inferioridad tecnológica, y por ende de cultura general, en el momento de los primeros contactos y las luchas armadas; b) sometimiento económico y conversión del indio en fuente de riqueza para el nuevo grupo dominante: esclavitud y servidumbre; y c) de allí inferioridad general permanente, derivada de las condiciones a las que quedaron reducidos los nativos.

Quiere decir, pues, que cuando el grupo social de los criollos comenzó a elaborar y a esgrimir el prejuicio de su superioridad hispana —prejuicio básico en la ideología del grupo— el factor determinante de la efectiva superioridad que tenían sobre el indio no era la ascendencia española en términos de sangre y estirpe, sino la herencia de la conquista en términos de riqueza y poderío. Gozando de condiciones de vida muy favorables, ellos podían cultivar y desarrollar todas aquellas capacidades que no podían aparecer desarrolladas entre los indios.

Cerramos aquí el ciclo de reflexiones que se inició al afirmar que nuestro criollo, Antonio de Fuentes, descendiente de conquistadores, funcionario perpetuo, propietario de cañaverales y tierras de trigo, era un típico heredero de la conquista. Cabe esperar que el lector esté ahora persuadido de la importancia de ese rico concepto histórico —herencia de conquista— para la comprensión de la realidad y el pensamiento de la clase social que es tema de entrada de nuestro estudio.

6. Clase dominante a medias

Pero los criollos, como todos sabemos, no tenían en sus manos el gobierno de la provincia. Tampoco poseían todas las fuentes de riqueza, ni controlaban a los indígenas en forma absoluta. (Esto no ocurrió sino mucho tiempo después, con la Independencia, que fue la toma del poder por ellos.)38 Aquella clase compartía el poder económico y político, en un plano de subordinación, con la monarquía española representada en sus funcionarios. Era una clase dominante a medias, y el proceso que dio lugar a esa peculiar situación debe ser conocido siquiera muy esquemáticamente.

Para extender y consolidar su dominio sobre las tierras indianas, la Corona española se vio obligada a estimular y a premiar a los conquistadores y a quienes quisieran venir a poblarlas. El premio consistía en concederles diversos privilegios y ventajas39 que despertaban el interés por la conquista y que, una vez lograda ésta, obligaban a radicar en las nuevas posesiones y a preocuparse por la conservación del imperio. La Corona se ahorró de ese modo los enormes gastos que habría ocasionado la conquista como empresa estatal, pero creó con ello en América una sociedad con un núcleo de dominadores altamente privilegiados y poderosos. De allí arranca el carácter feudal de la sociedad indiana. Y de más está decir que para la provincia de Guatemala —territorio pobre en metales preciosos— aquellos privilegios vinieron a girar, primordialmente, en torno a la concesión de tierras y al dominio sobre los indios para obligarlos a trabajarlas.40

El sistema de colonizar concediendo privilegios, si bien fue un expediente hábil que impulsó la conquista sin ocasionarle gastos a la monarquía, creó inmediatamente, empero, una contradicción fundamental entre los intereses de los colonizadores y los de la Corona. Porque los conquistadores y primeros pobladores, aun aceptando la autoridad de Estado que les otorgaba tales privilegios, hubieran querido explotar estos dominios sin la intervención de nadie. Les estorbaba la presencia de la burocracia imperial que velaba por los intereses del rey, y con la cual, muy a su pesar, tenían que compartir los provechos que se obtenían de las provincias. Entre los descendientes de los conquistadores y primeros colonos —es decir, entre los criollos— fue desarrollándose un sentimiento de suficiencia y rebeldía frente al dominio de España, conforme aumentaba la capacidad productiva de sus propiedades y se hacían económicamente más fuertes. La culminación de este proceso fue la Independencia, pero el proceso mismo se observa a lo largo de los tres siglos coloniales: un forcejeo constante entre los funcionarios reales y los criollos como clase social. Unos y otros tenían el propósito común de extraer al máximo la riqueza de la tierra a base del trabajo de los indígenas, y por eso se estorbaban. Los interminables conflictos entre Audiencias y Ayuntamientos — instituciones representativas, respectivamente, de los intereses de la Corona y de los criollos— fueron una manifestación evidente de aquella pugna.

Quiere decir, pues, que la ideología de la clase de los criollos —el criollismo— no entrañaba únicamente fórmulas justificadoras de una situación de privilegio —prejuicios de superioridad—, sino también, y esto reviste la mayor importancia para nuestro estudio, fórmulas veladas de ataque y defensa frente a lo español. Hay que situar a los criollos en la trama de la sociedad colonial, con los funcionarios imperiales regateándoles el dominio, y con la masa de mestizos, mulatos e indios —estos últimos en gran mayoría— en posición de inferioridad económica, y por ende también social y política. Importa tener muy presente esa ubicación, porque la ideología de los criollos, lejos de ser simple y coherente, estaba llena de contradicciones y ambigüedades que no se explican sino refiriéndolas a una pugna de clases multilateral: frente a indios, mestizos y mulatos, ellos eran dominantes y explotadores en diversas formas; frente a las autoridades españolas eran parcialmente dominados aunque no explotados: eran partícipes insatisfechos y quisquillosos en el sistema de explotación colonial.

Ahora bien, el documento más valioso para estudiar aquella ideología en el reino de Guatemala, y para descubrir, al mismo tiempo, sus motivaciones ocultas en una dinámica de clases, es la Recordación Florida de Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Habíamos dejado pendiente una pregunta acerca de ella: ¿Qué se proponía el cronista criollo al escribir su obra? ¿Qué indujo a un terrateniente sin formación universitaria a escribir el documento histórico más notable del periodo colonial guatemalteco? Retomemos ese asunto.

7. Motivaciones de la “Recordación Florida”

En las primeras páginas de la crónica, el autor expresa tres motivaciones, tres incitantes que, según declara, fueron los que lo llevaron a emprender el prolongado trabajo de escribirla. Vale la pena enunciarlos y escudriñar su fondo social, porque lo tienen.

El regidor Fuentes y Guzmán fue algo así como el historiador del Ayuntamiento. A él se le encargaba dilucidar todos aquellos asuntos que por su antigüedad le resultaban dudosos al cabildo.41Haciendo esas pesquisas en los archivos de la institución, vinieron a sus manos unas Reales Cédulas en las que los reyes pedían, ya desde el siglo XVI, que se redactasen informes y relatos sobre la realidad geográfica y política de la provincia. La Corona, como es sabido, expidió órdenes de ese tipo en todo tiempo y para todas las provincias; el conocimiento de sus peculiaridades era indispensable para orientar la política colonial de la metrópoli —así nacieron las más célebres Crónicas de Indias—. Nos dice el cronista, pues, que el hallazgo de estas órdenes, y la comprobación de que nadie había emprendido la tarea de escribir un informe completo del reino, le inspiraron la iniciativa de tomar dicho trabajo para sí.42

En estrecha relación con aquella iniciativa —agreguemos nosotros— surgió en él la aspiración de obtener el título de cronista del reino, y a eso se debió que, al terminar de escribir la primera parte de su crónica, enviara una copia al Consejo de Indias y encargó a un amigo para que gestionase lo del título. Pero cuatro años más tarde recibió una carta en que su agente le informaba, con pena, que la copia se había extraviado en el Consejo y que desistía de recuperarla.43 La crónica no despertó interés en aquel alto órgano de gobierno indiano, y don Antonio no obtuvo nunca el célebre título que tanto le entusiasmó en un principio.

Estos últimos datos vienen a cuento porque demuestran que las reales órdenes y la ambición del título, habiendo sido quizás motivaciones secundarias de la obra, no fueron su motivación principal. Lo prueba el hecho de que, después de perder toda esperanza de buena acogida para su obra en el Consejo, Fuentes haya seguido escribiendo la Recordación hasta terminar la segunda parte, mucho más extensa que la primera y más compleja en su estructura.43a

La segunda motivación expresada por el cronista es como sigue.

Hacia 1675 llegó a Guatemala la edición española de la Historia Verdadera de Bernal Díaz del Castillo.44 Los descendientes del conquistador y cronista se interesaron, como era natural en la lectura de aquella obra cuyo manuscrito original se conservaba entre ellos como joya de familia. Antonio de Fuentes había leído desde su juventud dicho manuscrito45, y no tardó en percatarse de que la edición española contenía algunas alteraciones de texto que a él le parecieron graves. En la entrada de la Recordación nos dice, pues, que se propone enderezar aquellas alteraciones del original de su ínclito y generoso progenitor46 y presenta ese cometido como una de las motivaciones de su propia obra.

Pero sucede que las rectificaciones se le quedaron en el tintero, y que, después de haber puesto tanto énfasis sobre el asunto en la entrada de la crónica, las olvida en el largo camino del relato. Las divergencias entre la edición y el manuscrito, aun siendo de detalle, habrían merecido algo más que las breves alusiones que Fuentes les dedica muy al principio de su obra.47 Y esta inconsecuencia pone al desnudo, en el umbral mismo de la Recordación, en qué medida está toda ella empujada por móviles enraizados en una conciencia de clase. La mención de Bernal Díaz —ruidosa mención en las cuatro primeras páginas de la obra— responde a la necesidad, por parte del criollo, de señalar su abolengo de conquistadores y presentarse como descendiente de ellos. Los criollos no desperdiciaban ninguna oportunidad de recordarle a la Corona — y no olvidemos que la primera parte de la Recordación fue escrita pensando en el Consejo de Indias— que eran sucesores de quienes habían ganado estos dominios para ella. Hubieran deseado poder proclamarlo todos los días ante el rey en persona. Ésa es la verdadera razón, y no otra, de que Fuentes y Guzmán haya querido levantar la efigie de su antepasado a la puerta de la Recordación Florida. Fácilmente lo revela el desmedido énfasis que pone en todos los párrafos en que habla del conquistador:

habiéndome dedicado en mi juvenil edad a leer, no sólo con curiosidad sino con afición, veneración y cariño, el original borrador de el heróico y valeroso capitán Bernal Díaz del Castillo, mi rebisabuelo, cuya ancianidad manuscrita conservamos sus descendientes con aprecio de memoria estimable […]48

En todas las ocasiones en que alude al manuscrito del conquistador, habla con desenfado de “mi Bernal… mi Castillo…” y cabe suponer que esa ingenua pedantería, del más puro sabor criollo, haya sido la desgracia de la crónica ante el Consejo; porque a mediados del siglo XVII le resultaba muy molesto a las autoridades españolas que les recordaran que América había sido ganada por el esfuerzo privado de aquellos aventureros ambiciosos. Así, pues, las dos primeras motivaciones aducidas por el cronista quedan refutadas por la crónica misma. La Recordación no fue escrita en obediencia de unas viejas cédulas, porque ese estímulo quedó anulado al ser desestimada la primera parte de la obra por el Consejo de Indias. Tampoco fue escrita para rectificar las alteraciones de la primera edición de Bernal Díaz, porque no se cumple tal cometido en la obra, ni habría sido necesario, para cumplirlo, desarrollar un enorme relato panorámico que consta de 1930 páginas en el manuscrito.49 No fueron esas las instancias que impulsaron a Fuentes y Guzmán a escribir su crónica monumental.

La Recordación Florida es fruto de un sentimiento hondo, apremiante y persistente, que el cronista declara en pocas palabras en la introducción de la obra, y que, según se comprueba al leerla, anima todas sus páginas, desde el principio hasta el fin. Dice don Antonio de Fuentes y Guzmán que la tercera razón de su trabajo ha sido “el amor a la Patria, que me arrebata […]”50

¿Sentimiento de patria en el siglo XVII?

¿Patria cuando aún faltaba mucho más de un siglo para la Independencia?

8. Defensa del patrimonio y nacimiento de la patria

Sí. La Recordación Florida es el primer documento en que se manifiesta, de manera clara y vehemente, la idea y la emoción de una patria guatemalteca. El vocablo suena muy de vez en cuando a lo largo del relato, pero la crónica es, toda ella, una exaltación, un canto y una defensa del reino de Guatemala. No del reino como un fragmento del imperio español, sino como algo que vale por sí mismo y que, precisamente, debe ser valorado con abstracción de cualesquiera imperios para hacerle justicia. No la madre patria, sino la patria nueva, americana.

Pero cuidado. La idea de patria está siempre llena de problemas, se sustrae a toda definición formal, cambia de contenido con el mudar de las situaciones históricas, presenta significaciones diversas según los puntos de vista de las clases sociales, y nada hay más demagógico y simplista que atribuirle un contenido universal y permanente. La idea de patria que estaba naciendo en Guatemala en el siglo XVII, y que se halla presente en el fondo de los arrebatos y alegatos de la Recordación Florida, es la patria del criollo. Es un producto ideológico de la lucha que sostenían los criollos con la madre patria, con España. Como cualquiera otra idea política, ésta era la expresión de un complejo de intereses de clase que tenía su origen en una situación económica. Los criollos estaban defendiendo su patrimonio de herederos de la conquista, y ese patrimonio fue la base material de la que surgió en ellos la idea de patria.

Tuvieron los indios, desde luego, sus patrias antes de ser conquistados. En el Popol Vuh y en los anales de los cakchiqueles se nos habla —ese es, en realidad, su verdadero tema— de unos territorios poseídos, de un pasado lleno de luchas para llegar a esa posesión, y se hace temerosa referencia (los documentos fueron escritos después de la conquista) a la pérdida de aquella posesión. Los quichés y los cakchiqueles no sólo son claros al referirse en ambos documentos a su patrimonio perdido,51 sino que también manejan el concepto de patrimonio territorial referido a otros pueblos indígenas por ellos combatidos y dominados.52 Pero al ser conquistados, los indios perdieron sus territorios y hasta su libertad individual, convirtiéndose, a través de la conquista, en patrimonio de los conquistadores y de sus descendientes. Por eso la patria del criollo no es en modo alguno la patria del indio. El indio es un elemento de la patria del criollo, una parte del patrimonio que estaba en disputa con España. Lo cual no tiene nada de extraño, porque, en la historia del mundo, nunca fueron compatriotas el esclavo y su amo, ni el siervo y su señor.53

Cuatro son los grandes temas de la Recordación Florida, a saber: la conquista, la tierra, los indios y España. No sólo porque están presentes en todo momento, colmando los densos capítulos de la crónica, sino porque son los que el cronista trabaja con pasión y angustia, poniendo en ellos cargas emocionales del más diverso matiz. Y no es extraño que así sea, porque se trata, en primer lugar —conquista— de la fuente y el origen del patrimonio criollo; después — tierra e indios— de los aspectos más importantes del patrimonio en sí, y finalmente —España— de la fuerza que impedía el pleno dominio y disfrute del patrimonio, arrebatándole a los criollos un pedazo de él. Son las cuatro raíces de la patria criolla. Serán, por lo mismo los asuntos de nuestro análisis en capítulos venideros, enderezados a comprender las características esenciales de la clase social de los criollos y de su ideología de clase: el criollismo.

Séanos permitido cerrar este capítulo, preámbulo general e indispensable del examen subsiguiente, refiriendo un episodio oportuno, que es algo más que una anécdota.

Hacia fines del año 1688 terminó de escribir su Crónica de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús el religioso Francisco Vázquez.54 Fuentes y Guzmán estaba escribiendo por aquel entonces la primera parte de la suya55 y eran entrambos buenos amigos. Vázquez era miembro de una familia criolla, y recordemos, de pasada, que en el seno de la Iglesia se libró igualmente una sorda pugna entre religiosos criollos y peninsulares.56 Pues bien: la licencia para imprimir la obra de Vázquez promovió, según las modalidades de la época, un engorroso papeleo ante las autoridades civiles y eclesiásticas de Guatemala. El Ayuntamiento tuvo que rendir también su dictamen, y en este caso, como en todos los que tocaban asuntos históricos, fue el regidor Fuentes el encargado de rendir informe sobre las cualidades de la crónica del fraile. El informe es interesantísimo en relación con lo que venimos tratando.57

Junto a las muchas bondades que el concejal dice hallar en la obra de su amigo, recarga el acento sobre el hecho de que el autor es hombre nacido en el país. Es como si quisiera decir que sólo los hombres nacidos en Indias pueden hablar con justicia del valor de estos territorios. O lo que es lo mismo: veladamente está negándole autoridad a los extranjeros para juzgarlos, extraños en ellos. “Es un libro en todo admirable —dice el informe, y agrega, refiriéndose a la nacionalidad del autor—: y por natural de la patria en que escribe, más aclamado de los redobles de su trompa”.58 Las obras de esta índole deben darse a conocer “para lustre de este nuevo mundo” y el criollo debe alzar su voz en nombre de “la patria en que escribe”.59

He aquí, expresado en otra forma, el sentir que hemos señalado como fuerza estimuladora de la crónica de Fuentes. Su mundo le era querido porque era suyo; y más hondamente querido porque no era totalmente suyo. El indio había sido desplazado y el español venía a ver a quién desplazaba. Los criollos eran, digámoslo así, el grupo emplazado, amenazado y puesto en trance de defender lo suyo. Este fondo posesivo, relativo a una posesión que los antepasados habían conquistado y que era preciso conservar y ampliar, constituye la causa profunda del amor exaltado que el criollo sentía hacia su mundo.

Pasemos a examinar este asunto en toda su complejidad.

1 Vásquez, t. II, p. 326. (Descripción del terremoto.)

2 Id., Fuentes, t. I, p. 175

3 Fuentes, t. I, p. 176 (Referencia al problema de los terremotos.)

4 Id., t. I, p. 175

5 Id., t. I, p. 242 (Menciona la presencia de un esclavo en su casa.)

6 Portones, rejas, altar doméstico, características de todas las casas acomodadas. Pueden verse todavía muchos exponentes en la ciudad de Antigua, Guatemala. Véase Cortés y Larraz t. I, p. 22. (Descripción de las casas grandes de Guatemala hacia 1770.)

7 Fuentes, t. II, p. 431.

8 Proverbio guatemalteco que recomienda no departir en igualdad con los indígenas. No hay prueba alguna de que fuera común en la época colonial, pero es evidente que la idea que expreso es totalmente colonial.

9 Fuentes, t. I, p. 217. (Habla de la relación entre la leche y las costumbres.)

10 Prueba en Fuetes, t. I, p. 217; Ots, Instituciones dice que fue preciso prohibir que se obligara a criar niños ajenos a las indígenas de Guatemala.

11 Vela, p. 138; Anales Geo. Hist., t. II, p 108: estudio del licenciado J.A. Villacorta.

12 AGG, A.3.10, exp. 3097, leg. 160, f. 18: Genealogías de familias de conquistadores; Vela, p. 138.

13 Vela, p. 138; Anales Geo. Hist., t. II, p. 108; AGG, A.3.10, exp. 3097. Leg. 160, f. 18.

14 Fuentes, t. I. p. 317, y t. III, p. 134.

15 Anales Geo. Hist., t. II, p. 108. Estudio de J. Antonio Villacorta, cita a Juarros.

16 Fuentes, t. I, p. 223.

17 Id., t. I, p. 224.

18 Id.

19 Id.

20 Id., t. I, p. 285. En la p. 158 se lee: “mi hacienda de pan llevar” pero seguramente se refiere a las labores ya mencionadas. En la p. 196, una hacienda de azúcar y otra de pan, ambas en Petapa. Las del Valle de las Vacas en la p. 285.

21 Vela, p. 143.

22 Fuentes, t. I, p. 102.

23 Id., t. II, p. 386, t. I, p. 58.

24 Id., t. I, p. 217.

25 Este prejuicio es un supuesto básico a lo largo de toda la crónica, de Fuentes y Guzmán. Véase el capítulo V de este estudio.

26 Libro Viejo, p. 272: carta de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés, en que pueden verse las elementales argucias de que se valió para derrotar a los indios. Véanse también las otras cartas en la misma colección, en especial la p. 279. (El propio Cortés penetró hasta el corazón de México presentándose ante los pueblos como su liberador frente a la dominación azteca.)

27 Id., relación hecha por Alvarado a Cortés desde Utatlán, 11 de abril de 1524.

28 Yáñez, p. 61.

29 Libro Viejo, p. 274: carta a Cortés desde Utatlán, abril de 1524.

3029a Anales Cakchiqueles, pp. 128—132. También Fuentes, t. III, p. 150.

Libro Viejo, p. 276: carta de Iximché, 27 de julio de 1524.

31 Id., p. 227. Fuentes, t. II, p. 73. (Rendición de Izquintepeque amenazando quemar sus plantíos de cacao.)

32 Anales Cakchiqueles, p. 128.

33 Id., p. 129.

34 Id., p. 131.

35 Id., p. 132.

36 Id., pp. 132 y 133.

37 Id., pp. 133-140. (Allí hay una mención reiterada de muertes por fuego y horca.)

38 Para un desarrollo amplio de estas tesis —la Independencia fue la toma del poder por los criollos—, véase Severo Martínez, Independencia y lucha de clases en Guatemala.

39 Ots, Tierras, pp. 8-13. (allí hay un estudio de las leyes que normaban estas concesiones.) Véase también Leyes de Indias: título 12, libro IV, ley 1ª. También Legislación agraria, p. 9.

40 El problema de la tierra será analizado en el capítulo IV y el del régimen de trabajo en el VII de este libro.

41 Pardo, Efem., pp. 82, 88 y 107; Fuentes, t. I, p. 2 (El Ayuntamiento encarga a Fuentes, hacer “memoria histórica”.) (Permisos para visitar los archivos de la institución.)

42 Fuentes, t. III, p. 339, t. I, pp. 2 y 4.

43 Esta copia estuvo extraviada hasta 1882, año en que fue descubierta y publicada en España. Para información sobre las gestiones del título de cronista, véase Fuentes, t. I, prólogo de J. Antonio Villacorta. También Fuentes, t. II, prólogo de Ramón A. Salazar, Vela, pp. 143 y 146. (Transcribe fragmento de carta de Fuentes al rey, muy interesante.) Anales Geo. Hist., t. II, p. 99: ensayo sobre una bibliografía geográfica e histórica de Guatemala de J. Antonio Villacorta. También Fuentes, t. III, p.340, en donde el cronista hace referencia al asunto.

4443a El manuscrito de la primera parte consta de 576 pp., mientras que el de la segunda tiene 1 234 pp. (AGG).

Se trata de la edición de Remón.

45 Fuentes, t. I, p. 1.

46 Id., t. I, pp. 1 y 4.

47 Id., t. I, pp. 3-4 y 32. Véanse allí unas rectificaciones sin importancia. No he hallado otras en ningún lugar de la crónica.

48 Fuentes, t. I, p. 1.

49 Id., t. I (pp. XIII y XVI del prólogo). La edición impresa en tres tomos consta de 1 400 pp. (Sociedad, Geografía e Historia de Guatemala.)

50 Fuentes, t. I, p. 4.

51 Popol Vuh p. 85. Comienza el texto: “Este es el principio de las antiguas historias de este lugar llamado Quiché. Aquí escribiremos y comenzaremos las antiguas historias, el principio y el origen de todo lo que se hizo en la ciudad del Quiché, por las tribus de la nación quiché”; en la p. 264 termina el texto indígena: “Y ésta fue la existencia de los quichés…”; es muy importante, a este respecto, lo que se dice en la p. 246. Vid anales cakchiqueles, p. 63: “y nosotros dijimos, cuando removíamos el seno de nuestras montañas y nuestros valles: ‘vamos a probar nuestros arcos y nuestros escudos a alguna parte donde tengamos que pelear. Busquemos ahora nuestros hogares y nuestros valles’; así dijimos”. Especialmente importante la entrada de la segunda parte, pp. 124 y ss., en donde se relata la llegada de los castellanos a Iximché. Y el final de la obra: “porque nosotros conocemos nuestro origen y no olvidaremos a nuestros antepasados”, p. 207.

52 Popol Vuh, p. 248: “He aquí la destrucción y división de los campos y los pueblos de las naciones vecinas […]”; Anales Cakchiqueles, pp. 102 y ss. (Guerra con los quichés.)

53 Quizás en la etapa más temprana de la esclavitud patriarcal, pero esto aún es muy dudoso.

54 Pardo, Efem., p. 107. Licencia para Vázquez.

55 Fuentes, t. I, p. 360. (Expresa que está “por imprimirse” la crónica de Vázquez y denota su aprecio por el fraile). También en t. I, p. 63. (Lo llama allí “crédito de la patria”.)

56 Fuentes, t. III, pp. 227-231. (Véase allí un episodio ejemplar del conflicto entre criollos y españoles en el seno de las órdenes religiosas.) Gage, pp. 8-9 y 122. También Haring, para el asunto en toda la América española.

57 Vázquez, t. I, introducción del editor. (Allí hay una transcripción completa del informe.)

58 Id.

59 Id. Véase Fuentes, t. I, p. 283 (“Nuestra América”). Lo mismo en t. II, p. 131. También en t. III, p. 229 (“Hermanos de patria”).

II. LAS DOS ESPAÑAS

1. Gachupines. 2. Causas de la idealización de la conquista. 3. El héroe bribón. 4. Brutalidad de la primera etapa colonizadora. 5. Los defensores de indios y causas de su éxito. 6. Las Leyes Nuevas y la abolición de la esclavitud de indios.

1. Gachupines

Los refranes y proverbios suelen compendiar importantes jirones de la realidad social. En los siglos coloniales corría un proverbio, burlón y elocuente, que bien puede aparecer en la entrada de este capítulo: “gachupín con criollo, gavilán con pollo”.1 Aludía, claro está, a la enemistad entre españoles y criollos, y discretamente insinuaba ciertas ventajas de los primeros sobre los segundos.2 El proverbio debe haber corrido entre las capas medias de la población, entre mestizos y mulatos, porque en su mucho acierto y poca parsimonia denota algún rudo desprecio por igual para los dos grupos dominantes.

La pugna entre españoles americanos y españoles peninsulares fue muy acusada en las provincias mayores, como México y el Perú. Los historiadores de esos países han dado amplia noticia del fenómeno. Son abundantes las pruebas de que en el reino de Guatemala hubo también una virulenta enemistad entre ambos grupos sociales. El fraile, viajero, cronista y espía Tomás Gage “¡que todo eso fue el célebre inglés!” llegó a la conclusión, después de vivir 12 años en esta provincia,3 de que criollos y españoles eran “dos grupos de habitantes, tan opuestos entre sí, como en Europa los españoles y los franceses”4 y no juzga exagerado indicarle al gobierno británico que “el odio que se profesan unos a otros es tal, que me atrevo a decir que nada contribuiría tanto a la conquista de América [por los ingleses, S.M.] como esa división”.5

Por lo que hace a la crónica de Fuentes y Guzmán, escrita 50 años más tarde que las noticias de Gage, se comprenderá que es un verdadero tesoro de información histórica sobre aquella enemistad. Y es de advertirse, pues el detalle no carece de interés, que la segunda parte de la obra es mucho más franca y rica en la expresión del pensamiento criollo frente a España; mucho más decidida en su actitud criollista, ya que, según se recordará, la primera parte había sido escrita para obtener la aprobación del Consejo de Indias. La diferencia entre ambas partes a este respecto es muy notoria y además significativa.

Pero, independiente de la diferencia señalada, en toda la Recordación Florida salta a la vista que en la mentalidad del criollo había dos Españas. Una, la España conquistadora, que a él se le antoja sublime, llena de hidalguía y de elevadas miras; otra, la España mezquina, representada por funcionarios de espíritu calculador y por barcadas de emigrantes que ambicionaban una tajada del Nuevo Mundo. La primera de esas dos Españas aparece embellecida, idealizada “precisamente a los criollos les debemos la idealización de la conquista, esa deformación histórica que aún no nos hemos quitado de la cabeza”. La segunda España aparece empequeñecida, y es en todo momento motivo de amargura para el cronista.

Explicar cómo la España grata a la memoria de los criollos vino a convertirse en la España que les disputa los provechos de América, es el asunto que ahora tenemos entre manos. Se trata de un proceso importante y complejo, cuyo estudio nos introduce en terrenos poco conocidos de la vida colonial.

2. Causas de la idealización de la conquista

Algunos comentaristas han criticado duramente a Fuentes y Guzmán por su falta de imparcialidad en cuanto se refiere a los primeros tiempos de la colonización,6 y ha habido quien lo califique, no sin razón, de “admirador servil y parcial de los conquistadores”.7 Es preciso, sin embargo, ir un poco más allá y buscar las raíces sociales del fanatismo del cronista; no sólo porque la labor histórica queda truncada si se limita a señalar los hechos sin explicar sus causas, sino también porque dicho fanatismo, la ciega veneración a los conquistadores, puede haber sido mucho más que una limitación personal del cronista; pudo ser un rasgo característico de la ideología de su clase social.

Fuentes y Guzmán ve en la conquista un hecho providencial, y en los conquistadores “instrumentos escogidos de Dios para esta grande obra”.8 Y sería equivocado suponer que se trata, simplemente, de una concepción providencialista de la historia. Se trata de una divinización que va más allá de tales exigencias filosóficas. El verdadero motivo de que el criollo ponga por los cielos un suceso histórico que discurrió apegado a la tierra se pone de manifiesto en la lectura atenta de la propia crónica. Son numerosísimos los párrafos en que el autor expresa con toda claridad las razones por las cuales, en opinión suya, era de justicia tener a los conquistadores en el más elevado pedestal de admiración. En todos esos trozos resuena un tema fundamental: la gratitud.

El bienestar, el desahogo, la euforia que les deparaba a los criollos su privilegiada posición económica y social se la debían, en efecto, a quienes habían tomado la tierra y habían sometido a los indios. Los criollos tenían clara conciencia de que ellos estaban gozando lo que otros habían conquistado. Y como ninguna clase explotadora reconoce que le debe su bienestar a aquellos a quienes explota, sino mas bien estas clases prefieren reconocerse deudoras de quienes históricamente las colocaron en posición de ventaja y privilegio, de allí que los herederos de la conquista, los criollos, sintieran verdadera veneración por los conquistadores.

Los verbos disfrutar y gozar están presentes en todos los pasajes en que el cronista hace el panegírico de la conquista, y aun en muchos en que alude a sus jugosas consecuencias sin mencionarla directamente. Así, por ejemplo, al describir el Valle de Petapa —donde se encontraba su “opulento” ingenio azucarero—, no puede menos que evocar las dificultades que tuvieron que vencer los conquistadores para domeñar a los indios de dicha región, y compara aquellos difíciles días con “el regazo y blandura de la paz que hoy gozamos”.9 El himno a los conquistadores expresa siempre el reconocimiento de “todo lo que hoy gozamos, por la industria y tesón laborioso de aquellos heroicos españoles”,10 “aquellos que nos dejaron ganada la tierra, y fundamentado lo que sin otro trabajo que entrarnos dentro gozamos”.11 Y fácilmente se comprende que esa exhortación a la gratitud se torna más ruidosa cuando el criollo tiene en mente a los peninsulares, a quienes, como se explicará más adelante, les interesaba negarle méritos a la conquista para restarle derechos a los criollos. En esos momentos el cronista clama ante el espectáculo de la ingratitud: “porque en estos tiempos no se atiende a los verdaderos méritos de quienes verdaderamente sirvieron a Dios y a Su Majestad, y que ganaron esta tierra llena de abundancia y delicias para que la posean los que se olvidan de estos varones, en todo grandes, a quienes tanto deben”.12

Sin embargo, la gratitud no fue la única causa de idealización de la conquista por los criollos. Es preciso comprender que en aquel estrepitoso reconocimiento hacia quienes dejaron dominado “lo que hoy gozamos” se esconden, a su vez y en un nivel más profundo, delicadas implicaciones sociales y mecanismos de defensa que podemos dejar brevemente apuntados.

Engrandecer los méritos de la conquista era un modo de reforzar los derechos y merecimientos de los descendientes de los conquistadores. Esto era muy importante para los criollos, porque comprometía a la Corona a mantenerse firme y consecuente en el pago del grandioso servicio que aquellos hombres le habían hecho y sus descendientes le cobraban.

Además, manteniendo viva y muy presente la continuidad genealógica entre los conquistadores y los criollos, éstos trataban, sin lograrlo, de cerrarle las puertas a los nuevos inmigrantes españoles. Porque, mal o bien, se creaba la impresión de que estos últimos eran usurpadores, advenedizos que venían a recoger los frutos de lo que otros habían sembrado para sus hijos.

Se está viendo, pues, que la idealización de la conquista iba íntimamente unida a la necesidad de mantener vivo su recuerdo, y que, todo esto junto, respondía a una necesidad social de los criollos.

Ahora bien, los inmigrantes, los españoles recién venidos a Indias, trataban de negar y disminuir la importancia de la conquista. Para hacerlo solían referirse a las guerras y triunfos de España en Europa y África, en donde no se había luchado contra armas de piedra y madera, decían, sino contra ejércitos que contaban con iguales y aun superiores recursos de guerra.13 En la Recordación hay varios trozos que reflejan la controversia que se mantenía en torno a estos tópicos. Vale la pena citar alguno para que se vea el tono de pesadumbre y disgusto que la polémica le arranca al criollo:

queriendo macular de todas maneras, aun los propios españoles, los más heroicos y famosos hechos de los conquistadores, cuyo valor y cuya bizarría aún no aciertan a emular. Porque ni pueden desmentir ni les es fácil negar los ilustres y clarísimos servicios de América, y juzgan que no merecen el crédito y renombre de hazañas las que no se ejercitaron en África o Europa. Y es tal la seguridad, que aun las fundaciones que hallaron construidas para su comodidad las vituperan [...] sin haber examinado lo que aquellos admirables varones, que nos llevan la delantera, y también la primacía, se desvelaron, trabajaron y atendieron.14

En pasajes como éste se perfila el engreimiento del español recién llegado, que menospreciaba el esfuerzo de los conquistadores, y, frente a él, el criollo aferrado a “aquellos dichosos y felices siglos”.15 Allí están las dos Españas. El criollo tiene que aferrarse a la antigua para enfrentarse a la moderna, y ese afán lo lleva a extremos que pueden parecer ridículos si sólo se los mira superficialmente. Al describir, por ejemplo, las batallas de la conquista, siempre llama a los conquistadores “los nuestros”: “manteniéndose constantes los nuestros, quedaron heridos muchos”;16 “desordenados del todo, dejaron la campaña al arbitrio de los nuestros”.17 Refiriendo episodios tan alejados del sojuzgamiento de Guatemala como pudieron serlo las expediciones de descubrimiento de las costas de México, habla sin reticencias de “nuestra armada”.18

El tiempo era enemigo de los criollos. Los siglos que los separaban de la conquista iban alejándolos, más y más, de la época en que sus antepasados habían conquistado estos territorios y la Corona se había visto obligada a pagar, a ceder, a entregarles un desmesurado poder en el nuevo mundo. Los criollos seguían exigiendo el pago de aquella deuda pero se les escuchaba cada vez menos. Por eso había que clamar y reclamar, y, sobre todo, había que agigantar la conquista, para que no se viera pequeña desde lejos.

3. El héroe bribón

Movido por las urgencias sociales señaladas, nuestro cronista desaprueba que los relatos españoles de la conquista no se detengan a referir por separado, como él desearía, las hazañas de cada uno de los conquistadores de Guatemala. Ve una injusticia de los narradores en el hecho de que atribuyan las hazañas al grupo conquistador “confusamente, debajo del nombre genérico de españoles”.19 No acierta a comprender que los relatos, escritos casi dos siglos atrás, no podían prever la utilidad que tal especificación habría de llegar a tener, con el tiempo, para una clase social que por entonces aún no existía. Los criollos hubieran querido una crónica particular para las hazañas de cada uno de los 450 conquistadores de Guatemala. Ello les habría sido particularmente útil en la segunda mitad del siglo XVII, cuando sonaban ya monótonas e ineficaces aquellas reclamaciones “por muy señalados servicios a Dios y a su Majestad”.

Pero a falta de otras noticias, allí estaba el copioso recuerdo del capitán de la conquista, del Adelantado. Su figura era, por excelencia, el símbolo de aquella remota empresa. Y la deformación de la conquista de Guatemala alcanzó su punto más extremado y grosero en la idealización de Pedro de Alvarado. Este personaje sanguinario (“este infelice malaventurado tirano” como lo llama en algún lugar fray Bartolomé de las Casas)19a se convirtió, por obra de la admiración de los criollos, en un semidiós adornado con virtudes que nunca tuvo. Fuentes y Guzmán lo llama “Hércules, que desde la cuna despedazaba áspides”20 “Alcides castellano”,21 y lo califica moralmente como “incapaz de ladearse a otra parte que la de la razón y justicia”,22 “compasivo y esclarecido”.23 Llega al flagrante extremo de presentarlo animado de una actitud amorosa y piadosa hacia los indios. Claro está que este último extremo, en abierta contradicción con la crueldad que caracterizó a Alvarado, sólo puede alcanzarlo el cronista gracias a su apasionada ceguedad. Así, por ejemplo, al comentar ciertas ordenanzas dadas por el Adelantado para impedir que se siguiera sacando indios para venderlos en Nicaragua y en el Perú, el cronista no puede o no quiere entender que aquel negocio de esclavos era un atentado contra los intereses del grupo de conquistadores esclavistas de Guatemala; y en lugar de informar que Alvarado protegía con las ordenanzas la existencia de la principal fuente de enriquecimiento de los conquistadores —el trabajo de los indios esclavos—, nos dice que allí hay una “muestra del amor que les tenía y deseo de su conservación”.24 Puede encontrarse en la Recordación un buen número de fallas interpretativas como la anterior, debidas todas al impulso idealizador de la conquista. Parece no darse cuenta —he aquí otro ejemplo— de que los avisos y embajadas que Alvarado enviaba a los indios antes de hacerles la guerra, los famosos requerimientos,25 eran una formalidad legal que tendía a justificar la violencia y la esclavización de prisioneros, y los interpreta como pruebas de que el capitán agotaba todos los recursos para evitar la lucha, según eran sus inclinaciones dulces y piadosas.26

Es conveniente mencionar que Fuentes y Guzmán tuvo en sus manos muchísimos documentos que daban testimonio, de manera clarísima, de que Alvarado había sido un bribón. Leyó desde la infancia el manuscrito de Bernal Díaz, en el cual, lejos de aparecer un Alvarado compasivo y esclarecido, aparece un guerrero impulsivo, al que Hernán Cortés tenía que refrenar para impedir que cometiese crueles torpezas y atropellos.”27 Aparece allí el Alvarado de las masacres, que con su inclinación al derramamiento de sangre puso al borde del fracaso la conquista de México.28 Todo ello se le pasó por alto al criollo en la lectura de “su Bernal”. Tuvo también a la vista las actas más antiguas del cabildo de Guatemala —las cita muchas veces—, en las que consta que entre los propios compañeros del conquistador se le llegó a tener por “odioso”.29 Leyó al primer cronista de Guatemala —fray Antonio de Remesal— en cuya obra abundan testimonios de lo que realmente había sido el Adelantado.30 Tuvo noticia del juicio que se siguió contra Alvarado en México —aunque no haya conocido los documentos del proceso—, en el cual se le acusó principalmente de crueldad con los indios.31 El conquistador no pudo refutar dicho cargo, y su defensa consistió en echarle en cara al rey que las crueldades habían redundado en gran beneficio para la Corona:

e si algund pueblo se quemó e algo se robó, yo no vide ni supe de ello [...] salvo los dichos españoles e cristianos que yvan conmigo como suelen e acostumbran hacer en semejantes guerras e entradas;32 [...] todas las guerras e castigos que se han fecho han sido cabsa que la tierra esté como está debajo de dominio e servidumbre, e sy no se hiziera, segund la multitud de yndios e los pocos cristianos que avía, no se ganara, de que vuestra Majestad no fuese servido.33

Finalmente, don Antonio conoció los papeles del obispo Marroquín encaminados a poner en orden las cosas de Alvarado después de su muerte. Cita esos papeles incidentalmente, no refiriéndose a la muerte del Adelantado (no los cita al tocar ese tema), sino relatando cómo se formó el barrio de Jocotenango en las afueras de la antigua ciudad de Guatemala.34 Resulta que dicho suburbio nació como asiento de unos indios a quienes el conquistador “—compasivo y esclarecido, incapaz de ladearse a otra parte que la de la razón y justicia—” había engañado en los términos que describe su testamento, hecho por Marroquín, citado por Fuentes y transcrito en la Recordación Florida:

Primeramente digo: que por cuanto el dicho Adelantado dexó en el Valle e términos desta ciudad una labranza de tierras, donde están muchos esclavos casados con sus mujeres e hijos, y a mí me consta no se haver hecho esclavos con recta conciencia, porque en los años primeros de la población de la dicha labranza el dicho Adelantado llamó a los Señores principales de los demás pueblos que tenía en encomienda, e les hizo cierta plática, é les pidió a cada Señor de cada pueblo que le diesen tantas casas con sus principales, para las poner e juntar en la dicha labranza. Los cuales, como le tuviesen por Señor y averlas conquistado, se las dieron así como las pidió. E se herraron por esclavos los más dellos sin preceder otro examen. E para descargo de la conciencia de el dicho Adelantado, y conforme a lo que yo con él tenía comunicado e platicado, y a lo que sabía de su voluntad, digo: que dexo por libres a todos los indios esclavos que están en la dicha labranza milpa, e a sus mujeres e hijos.35

En dos palabras: deseoso de obtener trabajadores para una labranza que poseía en las inmediaciones de Guatemala, Alvarado pidió a varios pueblos que contribuyesen con algunas familias para crear un nuevo poblado, y cuando los tuvo reunidos, se apropió de ellos como esclavos y fueron marcados con hierro.

¿Cómo pudo el cronista soslayar tantos hechos que hacían de su héroe un pillo?, ¿de dónde sacaría los rasgos de generosidad con que lo adorna? No puede decirse que su optimismo fuese cosa de “la época”, porque sabemos que Alvarado fue reprobado y llevado a juicio por sus contemporáneos. El propio obispo Marroquín “gran amigo y confidente suyo” juzgó que la conciencia del Adelantado estaría más tranquila en la otra vida si se daba la libertad a los esclavos de Jocotenango.

En la idealización de la conquista de Guatemala, la crónica de Fuentes y Guzmán fue la aportación más notable. Ningún documento anterior se había lanzado con tanto atrevimiento y convicción a embellecer los hechos y los personajes de aquel periodo. Y por lo que toca al capitán de la conquista, todos los documentos ulteriores se basaron en la Recordación Florida para seguir desarrollando el mito de “don Pedro”. Lo cual no es una casualidad y debe ser comprendido en toda su significación. Fuentes y Guzmán fue el cronista criollo de Guatemala. A él le correspondía, por motivos de clase, echar los fundamentos de la idealización histórica de la conquista. No a cronistas religiosos como Remesal y Ximénez, que fueron españoles de nacimiento. No a Vázquez, que por su filiación franciscana estuvo obligado, más bien, a hacer la crónica de su orden religiosa.36 Ni siquiera a Bernal Díaz, porque la idealización de la conquista no fue exigencia de los propios conquistadores, sino al contrario, los documentos de los conquistadores ofrecen los más valiosos elementos para refutar aquella idealización.

En la realidad no hay epopeya; ésta es siempre una elaboración de las generaciones que miran hacia atrás e idealizan las acciones de los hombres de guerra. La idealización responde siempre a determinadas necesidades históricas que son, en definitiva, el factor decisivo para que surja una epopeya. La idealización de la conquista de América fue obra de los cronistas e historiadores criollos, en tanto que fueron voceros de su clase social. Fuentes y Guzmán cumplió ese cometido para Guatemala, movido por las exigencias de clase ya señaladas. De ahí que resulte superficial contentarse con calificarlo de fanático, cuando su fanatismo es un dato histórico del mayor interés que reclama una adecuada interpretación.

4. Brutalidad de la primera etapa colonizadora

Para entrar al estudio del proceso por el cual la monarquía, tras verse obligada a darle mano libre a los conquistadores y primeros colonos, vino a recuperar el gobierno efectivo de las provincias, nada mejor que examinar el desarrollo de dos instituciones coloniales importantísimas: la encomienda y el repartimiento. Pese a que fueron verdaderos ejes del sistema colonial, se las conoce poco, y lo que de ellas se sabe aparece generalmente en definiciones muertas.37 Es preciso, empero, conocerlas en su desarrollo vivo, en el contexto de la lucha de clases y como resultado de la misma. Las transformaciones que sufrieron estas dos instituciones fueron resultado —como se verá— de la lucha entre el poder centralizador del imperio y el poder local de los conquistadores y colonos y sus descendientes. Sintetizan esa lucha y facilitan su comprensión.

Repartimiento y encomienda fueron instituciones que nacieron unidas, entrelazadas, y así permanecieron durante su primera etapa. Las implantó Cristóbal Colón en las Antillas, y en su forma primitiva pasaron al continente con las empresas de conquista ulteriores.38 El repartimiento tenía dos aspectos, pues consistía en repartir tierras y también indios para trabajarlas; como este segundo aspecto se justificaba porque los indígenas eran entregados para que el favorecido velase por su cristianización —le eran encomendados para ello—, de allí que repartir indios y encomendarlos fuese, en esa primera etapa, una y la misma cosa. La v era en realidad un pretexto para repartirse los indios y explotarlos,39 y como ninguna instancia superior controlaba lo que se hacía con ellos, vinieron a estar, de hecho, esclavizados.40 Las arbitrariedades que se cometieron con los naturales en este periodo son casi increíbles.41 La documentación guatemalteca es abundante y pavorosa al respecto.42

Nos hallamos en la etapa primitiva de la colonización. La corona de España no aprueba los vejámenes que se cometen en su nombre, pero tiene que tolerarlos, porque la despiadada explotación de los indígenas es el acicate de la conquista y el pago de la implantación del imperio. Los reyes enviaron constantes recomendaciones para que se tratase con cristiana benevolencia a los indios, pero, enterados de lo que en realidad estaba ocurriendo, no les quedó otro recurso que disimular, con el pretexto de que se entregaba a los indios para cristianizarlos, el hecho de que se los repartía para explotarlos hasta la aniquilación. La esclavitud que se escondía tras el repartimiento y la encomienda primitivos no estaba, pues, legalmente autorizada. Era una esclavitud virtual.

Sin embargo, en este sangriento periodo junto a la virtual esclavitud ya señalada, también hubo la esclavitud autorizada y legal. En su afán de enriquecerse a toda prisa, los conquistadores se las arreglaron para obtener permiso de esclavizar, con base legal, a aquellos indígenas que presentaran una terca resistencia armada. Este hábil truco se complementó con el célebre Requerimiento de Palacios Rubios,43 instrumento jurídico redactado por el jurista del mismo nombre, que debía leerse a los indios para llamarlos a aceptar pacíficamente la soberanía del monarca español. Se les explicaba en él la existencia de los papas como vicarios del Dios verdadero en la tierra, y cómo, el último de los papas, le había hecho donación de los territorios indianos a los reyes de España. En tal virtud, se invitaba —se requería— a los indios a aceptar “a la Iglesia por Señora y superiora del Universo Mundo, y al Sumo Pontífice llamado Papa en su nombre, y al Emperador e Reina doña Juana nuestros Señores en su lugar, como a superiores y Señores y Reyes de estas islas y tierra firme en virtud de la dicha donación”.44

Se les hacía saber que si aceptaban el requerimiento, “os recibiremos con todo amor e caridad”,45 pero en caso de rechazarlo o diferir maliciosamente la respuesta, el documento advierte lo que habrá de pasarle a los indios:

certifícoos que con la ayuda de Dios nosotros entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas las partes y maneras que pudiéremos, y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia, y al de sus Magestades, y tomaremos vuestras personas, e a vuestras mujeres e hijos, e los haremos esclavos, e como tales los venderemos y dispondremos de ellos como sus Magestades mandaren, e os tomaremos vuestros bienes, e os haremos todos los daños e males que pudieremos, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su Señor y le resisten e contradicen.46

Esta última amenaza era el punto clave del requerimiento y su verdadera razón de ser, porque servía para justificar la esclavización de los indios y el robo de sus bienes. El documento no fue elaborado para que los indios lo aceptasen y evitar así la guerra, sino precisamente contando con que no sería aceptado y daría una base legal a la esclavitud de guerra y al despojo de los nativos. Así lo prueba el uso que de él se hizo.

El requerimiento se convirtió en parte integrante del equipo que todo conquistador había de llevar consigo a América, y fue usado también por Alvarado en Guatemala.47 Como hombre práctico que era, el Adelantado evitaba pérdidas de tiempo enviando el requerimiento por delante de sí y de su hueste. Se le explicaba el contenido del documento a unos indios que estuviesen a mano y se les mandaba a explicarlo, con suficientes días de anticipación, a los indígenas de los pueblos a donde tendría que llegar la expedición en su itinerario. Había habido tiempo para entenderlo, para reflexionar y decidirse, y el conquistador podía atacar inmediatamente a su llegada.48

Está de más decir que este macabro truco legal sirvió en todas partes, no solamente en Guatemala, para encubrir violaciones y ruina para los nativos. Hubo ocasiones en que se leyó desde lo alto de una colina, a tal distancia que los indígenas no podían siquiera escucharlo, no digamos ya entenderlo. Otras veces se leyó a gritos mientras los indios huían por los montes. Hubo también ocasión en que se leyó desde la cubierta de un navío, antes de desembarcar a hacer redadas de esclavos.49 Con sobrada razón fray Bartolomé de las Casas exclamaba que no sabía si reír o llorar al leer aquella sarta de absurdos teológicos destinados a legalizar la esclavitud.50

Acostumbrados como estamos a pensar la conquista desde el lado de los conquistadores, olvidamos reflexionar sobre lo que realmente significó para los conquistados. Es conveniente, sin embargo, conjeturar la sorpresa de los indios en un trance como éste de recibir o de escuchar el requerimiento. Unos hombres venidos del otro lado del mundo, cubierto el rostro con abundante pelambre y el cuerpo con amenazantes atavíos de guerra; precedidos de la alarma y el terror de las matanzas y despojos que venían realizando en su recorrido; se plantan con un texto en la mano y con las armas y las bestias listas para entrar en combate. Supongamos que se les traduce el documento a su idioma y se les da el plazo de cuatro o cinco días para deliberar y decidirse. En ese plazo los indígenas tendrían, según las exigencias del requerimiento, que abandonar sus divinidades como engendros del error y convencerse de que el Dios verdadero había venido al mundo, en tiempo remoto y en país desconocido, y que, con todo y ser un dios, había sido clavado en un madero por sus enemigos —que no eran dioses a su vez, sino simples hombres equivocados—. En pocos días había que echar por tierra las creencias heredadas por siglos, y comenzar a rendirle culto a una pequeña figura humana fija sobre dos maderillas entrecruzadas. Figura que presentaba, además, el aspecto de los propios conquistadores: tez pálida y luengas barbas. En pocos días había que renunciar al dominio de las tierras, de las milpas, y aceptar la soberanía de un rey desconocido y lejano —un rey dudoso— que no tenía méritos ganados en esta parte del mundo y que pretendía situarse por encima de todas las casas grandes y los auténticos señores del territorio. Y lo peor de todo: se sabe perfectamente —viajeros, emisarios y espías lo han informado— que no se cumple la promesa de “amor y caridad” para aquellos que aceptan las condiciones del requerimiento. Que se les exige inmediatamente el pago de pesados tributos, la entrega de metales preciosos, y que todos los pueblos que quisieron ser pacíficos tuvieron que sublevarse a la vuelta de poco tiempo.51 Los indios deben haber comprendido que el requerimiento era un truco, y que todas esas locuras de un papa y un rey repartiéndose el mundo no tenían otra finalidad que provocar el rechazo, justificar la guerra y darle bases legales a la esclavización y el despojo. Es difícil pensar que no lo entendieran.

Nos hemos detenido un momento en este punto, para ofrecer, por vía de un hecho representativo, una idea del verdadero carácter de la conquista. El repartimiento y la encomienda primitivos eran de suyo una manera hipócrita de apropiarse y esclavizar a los indios. Junto a ello estaba la esclavitud legal, amparada en trucos como el requerimiento. A su amparo se herraron muchísimos esclavos en Guatemala.52 En mayo de 1533, la Audiencia de México le escribía a la emperatriz refiriéndose a los abusos de la esclavización de indígenas en Guatemala, y ponía por prueba de que se los estaba esclavizando en grandes cantidades el hecho de que, mientras en México se vendía un esclavo en 40 pesos, en Guatemala se obtenían a dos pesos cada uno.53

Esa carta, escrita por una Audiencia en contra de los conquistadores y primeros colonos de Guatemala, anuncia el nacimiento de una de las contradicciones fundamentales del régimen colonial. Repartimiento y encomienda estimulaban las empresas de conquista y el arribo de grupos de inmigrantes, pero a la vez entrañaban un peligro para el dominio imperial. Al darle a los colonos un excesivo dominio sobre las fuentes de riqueza los hacía demasiado poderosos también en lo político. La total dependencia en que caían los indios bajo sus amos implacables, privaba a la Corona de toda posibilidad de explotarlos a su vez. De ahí que, siguiéndole los pasos a los conquistadores, y conforme éstos iban cumpliendo su misión de someter las provincias, fueran llegando en número cada vez más crecido los funcionarios reales. La etapa de agresión iba cediéndole el paso a la labor de estructuración de las colonias, y las autoridades imperiales, los hombres de leyes, las Audiencias, llegaban para poner a raya, no sin resistencia y contratiempos, la autonomía que la expansión conquistadora le había dado a los hombres de guerra y a los aventureros. Llegaron y se establecieron también las órdenes religiosas.

Comenzó a escucharse la voz de los defensores de los indios.

5. Los defensores de indios y causas de su éxito

La voz más poderosa en defensa de los indios salió de la orden religiosa de Santo Domingo. Hay que destacar que no salió de cualquier orden religiosa, sino precisamente de aquella que se hallaba más vinculada al trono de España y más identificada con los intereses de la Corona.54 El emperador Carlos V, figura histórica que presidió las reformas cuyo estudio abordaremos en el presente apartado, tenía por confesor al general de la orden de Santo Domingo. Al fundarse el Consejo Real y Supremo de las Indias (agosto de 1525), organismo específico para el gobierno de las colonias en la metrópoli, su primer presidente —fundador y organizador— fue el propio fray García de Loaisa.55 El general de la poderosa orden de predicadores era hombre de confianza del emperador; la orden misma era una importante fuerza política aliada de la Corona. Ése es el verdadero motivo —la causa económica profunda— de que los dominicos fueran los campeones en la lucha por sacar a los indígenas de la garra de los conquistadores y primeros colonos. Nada de que ellos hayan sido “la conciencia de España”, ni que “el espíritu quijotesco de la nación” se manifestara a través de ellos. Ésas son lucubraciones. La defensa que los dominicos hacían de los indios era, en el fondo, la defensa de los intereses de la monarquía enfrentada a la veracidad de conquistadores y colonos.

Al señalarlo no se pretende, en modo alguno, restarle méritos a todos aquellos grandes hombres que, como fray Bartolomé de las Casas, consagraron sus vidas a la lucha por un trato más justo para los indios. Ellos fueron los verdaderos héroes españoles de la época de la conquista, en oposición a los héroes de horca y cuchillo a quienes la historia de signo contrario a la que aquí hacemos rinde tributo. Lo que se quiere señalar es que los individuos no son quienes le marcan el rumbo a la historia, sino al revés: las circunstancias históricas preparan o cierran los caminos a las vocaciones individuales. Hombres sensibles, benévolos y humanitarios, los ha habido siempre y en todas partes. Pero la benevolencia, en ciertas circunstancias históricas, puede hacer del individuo un peligroso agitador a quien los reyes mandan callar; en otras circunstancias puede ser oportuna y útil a una determinada clase o fuerza social poderosa, y entonces es camino de triunfo. La línea política adoptada por la orden de dominicos, vinculada a la política imperial de recuperación de los indios para la Corona, estimuló la vocación humanitaria de los mejores hombres de aquella orden y atrajo a sus claustros a otros más.

Así se explica que fray Bartolomé de las Casas —y antes que él otros, como fray Antonio de Montesinos— se atreviera a gritar a los cuatro vientos, en el púlpito y en sus fogosos escritos, que la conquista era injusta, que España carecía de derechos para despojar y esclavizar a los indios, y que el rey se estaba condenando con los robos y crímenes que se hacían a su sombra.56 Tan atrevidas acusaciones hubieran podido costarle la vida al fraile en otras circunstancias. Es más, en otras circunstancias nadie se hubiera atrevido a hablar así. Pero en aquel momento la monarquía española necesitaba hombres que hablasen en ese tono, y, lejos de hacer callar a fray Bartolomé, los reyes lo llamaron para escuchar sus razones —Carlos V al principio, Felipe II después—, promovieron disputas teológicas y jurídicas en torno a ellas, y acabaron por reconocer que la justicia estaba de su parte.57 De nada sirvió la labor que en España realizaron los agentes de los conquistadores, ni el dinero que gastaron en pagar teólogos y juristas que refutasen los argumentos del dominico. La defensa que los dominicos hacían de los indios coincidía con la defensa que la Corona había decidido hacer de sus propios intereses en relación con los indios: sacarlos de la mano de los conquistadores y convertirlos en tributarios del rey.

Es muy digno de notarse que, junto a los argumentos teológicos, jurídicos y morales que esgrimía el fraile, y junto a sus atrevidas palabras contra los derechos de España para esclavizar a los indios, siempre figuró el argumento, acertado y poderosísimo, de que la Corona se perjudicaba en lo económico al permitir los abusos de los conquistadores. En todos los escritos de fray Bartolomé se encuentran párrafos como los siguientes:

Si Vuestra Majestad no quitase los indios a los españoles, sin ninguna duda todos los indios perecerán en breves días; y aquellas tierras y pueblos quedarán, cuan grandes como ellas son, vacías y yermas de sus pobladores naturales; y no podrán de los mismos españoles quedar sino muy pocos y brevísimos pueblos, ni habrá casi población de ellos, porque los que tuvieren algo, viendo que ya no pueden haber más, muertos los indios, luego se vendrán a Castilla; porque no está hombre allá con voluntad de poblar la tierra, sino de disfrutarla mientras duran los indios58 [...]. Pierde Vuestra Majestad y su real Corona infinito número de vasallos que le matan [...]: pierde tesoros y riquezas grandes que justamente podrían haber59 [...]. No conviene a la seguridad del estado de Vuestra Majestad que en la tierra firme de las Indias haya ningún gran señor, ni tenga jurisdicción alguna sobre los indios, sino Vuestra Majestad60 [...]. Sabiendo los indios que son de Vuestra Majestad, y que han de estar seguros en sus casas [...] salirse han de los montes a los llanos y rasos a hacer sus poblaciones juntas, donde aparecerá infinita gente que está escondida por miedo de las vejaciones y malos tratamientos de los españoles [...]61

Todos estos párrafos, y centenares parecidos que pueden entresacarse de los escritos del dominico, tocan insistentemente el punto más sensible del problema: los indios son una preciosa fuente de riqueza que el rey no está aprovechando; son vasallos que deben tributar al rey; no debe tolerarse su exterminio; no debe permitirse que estén completamente a merced de señores que con ello se hacen peligrosamente poderosos; no hay que espantar a los indios, sino atraerlos y juntarlos en poblados pacíficos, en donde será fácil regularizar la tributación, etc. Estas elocuentes observaciones, referentes a la salud de las cajas reales, fueron las que le dieron fuerza a todas las otras, relativas a la salud del alma de los indígenas y de sus opresores. Aquí, como en todos los casos en que está de por medio la explotación, las teorías morales y jurídicas sólo fueron ropaje ideológico de una pugna que se libró en torno a intereses materiales. El encendido fervor humanitario de fray Bartolomé no fue el factor determinante de su triunfo en aquellas disputas; lo fue el hecho de que supo hallar el punto de contacto entre el mejoramiento de la condición de los indios y el mejoramiento de las entradas del rey. La coincidencia se daba histórica y objetivamente, no fue creada por los dominicos, sino bien esgrimida por ellos. Al darle la razón a los defensores de los indios, el rey hacía lo que a todas luces le convenía.

Así nació el importantísimo cuerpo jurídico que se llamó desde entonces “Leyes Nuevas”, promulgado en noviembre de 1542. Aparte otros aspectos que de momento no nos interesan, las Leyes Nuevas le asestaron un golpe formidable a la esclavización de indios. Fueron su fin. Se establecía en ellas que todos los indios eran vasallos libres, tributarios del rey. Serían puestos en libertad todos los esclavos cuyos amos no presentasen justo título para retenerlos, y de allí en adelante no se harían nuevos esclavos por ningún motivo. Se establecía la pena de muerte para el conquistador que, so pretexto de rebeldía de los indios, los esclavizase como antes se hacía. Encomienda y repartimiento —es decir la esclavitud disimulada— también recibían un rudo golpe con las Leyes Nuevas. Se le quitaban todos los indios a quien los tuviera sin título a la vista. A quien, teniendo títulos, dispusiese de muchos indios, se le reducían a número razonable. A quien, teniendo también título, se le comprobase que les daba mal trato, se le quitarían todos sin más averiguación. Igualmente se le quitarían todos los indios encomendados a quienes ejerciesen oficios de autoridad. Las encomiendas que subsistiesen después de esa drástica selección quedarían transformadas en algo muy distinto de lo que habían sido. Ya no habría un dominio directo sobre los indios, sino solamente el derecho a recibir de ellos una tributación tasada por la autoridad real. Quedaban suprimidos los servicios personales y nadie podría obligar a los nativos a trabajar contra su voluntad. Las encomiendas que, así modificadas, fuesen vacando por muerte del beneficiario, pasarían a la Corona; se prohibía heredarlas. Estos eran los puntos medulares de las Leyes Nuevas.62

Visto el carácter radical y sorprendente de las Leyes de 1542, es obligado preguntarse si fueron obedecidas y ejecutadas; si fueron llevadas a la práctica. La respuesta a esta pregunta exige explicaciones minuciosas y prolongadas que ocuparán nuestra atención hasta el final de este capítulo. Puede anticiparse, sin embargo, que será una respuesta afirmativa y negativa a la vez. Porque, en efecto, tales leyes transformaron radicalmente las instituciones primitivas, y los indígenas no volvieron a hallarse en la desesperada situación anterior a su promulgación. Pero no se logró implantarlas al pie de la letra y con todo su rigor. Causaron una conmoción en las colonias, la Corona se vio obligada a hacer concesiones en varios puntos y se llegó a situaciones intermedias, conciliatorias. Esas situaciones intermedias, oscilantes entre el propósito original de las leyes, que no se cumplieron a cabalidad, y la situación anterior a su promulgación, a la cual ya nunca se regresó, le dieron su orientación definitiva al régimen colonial.

El desarrollo social es un proceso vivo y complejo, y sus grandes cuestiones no admiten por respuesta un sí o un no rotundos. Las fuerzas en pugna no se imponen unas sobre otras en forma mecánica, sino desembocan en situaciones nuevas, generalmente imprevistas. Esto se comprueba al estudiar, como lo haremos a continuación, el resultado histórico de las Leyes Nuevas.

6. Las Leyes Nuevas y la abolición de la esclavitud

de indios

Repicaron campanas de alboroto y bramaban leyéndolas. Unos se entristecían, temiendo su ejecución; otros renegaban, y todos maldecían a Fray Bartolomé de las Casas, que las había procurado. No comían los hombres, lloraban las mujeres y los niños; ensoberbecíanse los indios, que no poco temor era [...].63

Esos lúgubres tonos emplea el cronista López de Gómara para describir el impacto que causaron en el Perú las Leyes de 1642. Es sabido que allí alcanzó aquella conmoción su cima de violencia. La camarilla de Gonzalo Pizarro se declaró en franca rebeldía, y fue asesinado el funcionario español que llegaba encargado de hacer cumplir las Leyes Nuevas. No poco trabajo le costó reprimir la sublevación a Pedro de la Gasca, militar español enviado especialmente para someter a Pizarro, a quien efectivamente derrotó, juzgó y llevó a la horca con sus secuaces.64 A extremos parecidos se habría llegado en México, si la habilidad del virrey Mendoza y de sus asesores no hubiera intervenido para evitarlos. Los colonos se negaron en todas partes a cumplirlas, y sus emisarios, armados de atractivas sumas y voluminosos escritos dirigidos al rey, viajaron a la metrópoli para conseguir, de alguna manera, que se les permitiese conservar el dominio sobre los indígenas.

Centrando ahora la atención en el desarrollo de este asunto en el reino de Guatemala, comencemos por indicar que el violento viraje de las Leyes Nuevas era cosa más o menos prevista, que se veía venir. Una serie de mandatos y Reales Cédulas, relacionadas con la tenaz gestión de los dominicos en la metrópoli, hacía presentir que la Corona terminaría por adoptar medidas drásticas.65 Las noticias de ese periodo dejan ver cómo, a medida que la monarquía apretaba en sus mandatos relacionados con el cese o la moderación de la esclavitud, los conquistadores y colonos presionaban a los nativos, como apresurándose a enriquecerse antes de que les fuesen quitados.66 Éste fue el periodo de la más despiadada cacería y venta de esclavos en Guatemala, inmediatamente anterior a la promulgación de las Leyes.67 Probablemente se pensó que la Corona se limitaría a prohibir la esclavización posterior, respetando la esclavitud existente. Lo cierto es que en esos años se menciona más reiteradamente en los documentos el hierro de marcar, el terrible instrumento al rojo candente, que no respetaba niños ni mujeres.68

Se supo de la promulgación de las Leyes Nuevas antes de que llegaran a la ciudad los documentos y las personas encargadas de implantarlas. Sin pérdida de tiempo, las protestas de los conquistadores tomaron cuerpo en extensos y exaltados escritos dirigidos al monarca. En ellos le dicen que no pueden creer lo que oyen, que están escandalizados como si hubiera mandado cortarles la cabeza.69 Expresan sin rodeos que el rey quiere aumentar sus rentas a expensas de sus más leales servidores,70 pero que, lejos de conseguirlo con semejantes leyes, va a perderlo todo, pues están resueltos a volverse a España antes de quedar empobrecidos lejos de su país natal. Le preguntan, asombrados, cómo pudo fiarse de los informes de “un fraile no letrado, no santo, envidioso, vanaglorioso, apasionado, inquieto, y no falto de codicia”.71

Le hacen recordar que en la conquista invirtieron lo poco que tenían y gastaron lo mejor de sus vidas, y que la Corona, sin arriesgar en ello un peso de oro, había recibido enormes beneficios. Declaran estar seguros de que el rey mudará sentencia, y lo conminan, en términos harto francos, a ser consecuente con quienes tanto le han servido: “no se consienta, príncipe cristianismo, tal paga a tanto buen servicio”;72 “páguenos Vuestra Majestad lo que nos debe, y háganos grandes mercedes”.73

El Ayuntamiento de Guatemala —integrado, claro está, por conquistadores y primeros colonos— entró a deliberar sobre el asunto y a elegir un emisario que viajaría a España en representación de los perjudicados. De llevarse a ejecución las Leyes Nuevas —dice el acta de cabildo— “era despoblarse estas partes, y perder sus casas y haciendas”.74 Esas pocas palabras, que no dicen mucho a nuestros oídos, resumían en el lenguaje de aquel tiempo todo el problema: la explotación de los indios había sido el señuelo con el cual la Corona había puesto en movimiento a las huestes de conquistadores y a las barcadas de colonos; la explotación de los indios ahora era la base de sustentación de los colonizadores, realizándose así la promesa de la monarquía y la esperanza de éstos. Tenían razón, pues, al considerarse defraudados y su amenaza era perfectamente legítima: “despoblar”, desmantelar los centros de población española establecidos por ellos, abandonar el imperio, ya que se les negaba el pago previamente convenido. Si se les quitaba la posibilidad de explotar intensivamente a los aborígenes, desaparecía la razón por la cual habían decidido trasladarse y establecerse en la provincia.

El alegato tenía tal fuerza de realidad, que obligó a la Corona a hacer las concesiones que veremos enseguida. Sirve también para demostrar —a quien todavía lo dude— que el principio motor de la conquista y colonización española de América fue la perspectiva, por parte de los autores de tan vasta empresa, de un enriquecimiento rápido a costa de los indios y una existencia parasitaria sobre bases esclavistas. De no haber sido así, las Leyes Nuevas no hubieran causado la conmoción que causaron, y los colonizadores hubieran continuado viviendo de su honrado esfuerzo. Pero la realidad era otra. Las actas de cabildo, desde mucho antes de 1542, son, al respecto, de una franqueza que haría enrojecer a los idealizadores de la conquista. Se habla en ellas de que “muchas personas que no tienen indios se quieren ir” y se asienta que la causa es que “no tienen quien les dé de comer [...]”.75

Pero el peligro fue conjurado. Los indios siguieron dándole de comer a los colonizadores y a sus privilegiados descendientes por largos siglos. La esclavitud fue abolida, tanto en su versión legalizada como en su aspecto disimulado bajo encomienda y repartimiento. Esta última institución se transformó por completo, dando como resultado dos nuevas instituciones que, en lo tocante a la situación del indígena, crearon las condiciones en que habría de quedar para el resto de la época colonial. No se volvió a la esclavitud, pero tampoco se adoptó la libre contratación del trabajo, como pretendían las Leyes Nuevas. Tirando la Corona por su lado y los conquistadores por el suyo, acabaron por colocar al indígena en el plano intermedio de la servidumbre. Fue un violento forcejeo en que ambas partes tuvieron que hacer importantes concesiones. Los indios, que eran la prenda de la discordia, se libraron de quedar como esclavos, pero no pasaron a ser trabajadores libres.

Las Leyes Nuevas fueron pregonadas en la ciudad de Santiago en mayo de 1544.76 En agosto la Audiencia informaba al rey que, si se ejecutaba al pie de la letra lo legislado en relación con la esclavitud, había que liberar a todos los esclavos, porque ningún español estaba en posibilidad de presentar título alguno que legitimase su posesión.77 Y eso era precisamente lo que la Corona había esperado al exigir aquellos títulos. Sabía que al amparo de autorizaciones como la implicada en el requerimiento, se habían apresado y vendido muchísimos esclavos, pero nadie había tenido el cuidado de obtener los correspondientes títulos de posesión legal. Se mantuvo firme, pues, en exigir dichos títulos nunca habidos. La Audiencia comenzó a hacer presión sobre los esclavistas.78

Así estaban las cosas cuanto llegó a Guatemala el licenciado Alonso López de Cerrato. Este hombre, enérgico y recto, vino como presidente de la Audiencia con el encargo de hacer cumplir las Leyes Nuevas. Había sido recomendado por fray Bartolomé de las Casas79 y cumplió muy cabalmente lo que de él se esperaba. Actuó sin contemplaciones, se impuso a las veleidades de los esclavistas, y en poco tiempo logró sacar de la esclavitud a todos los indígenas que la sufrían.80 Su actuación fue tan radical, tan efectiva, que su nombre perdura en los documentos indígenas de la época como emisario de un gran alivio para la población nativa. Es conveniente transcribir aquí algunas frases del “Memorial de Sololá”, correspondientes al periodo que siguió al final de la sublevación de los cakchiqueles —ya mencionada por nosotros al examinar el fracaso de los propósitos pacifistas de aquel pueblo—,81 y contraponerlos a los renglones en que se anota en el documento la llegada de Cerrato. El contraste entre unos y otros servirá para dar una idea de lo que significó para los indios la implantación de las Leyes Nuevas.

Durante este año se impusieron terribles tributos. Se tributó oro a Tunatiuh; se le tributaron cuatrocientos hombres y cuatrocientas mujeres para ir a lavar oro. Toda la gente extraía oro82 [...]. Durante los dos meses del tercer año transcurrido desde que se presentaron los Señores [a pagar el tributo, S. M.] murió el rey Belehé Qat; murió el día 7 Queh (24 de septiembre de 1532) cuando estaba ocupado en lavar oro83 [...]. Entonces hirieron al Ahtzib Caok por cosas de su parcialidad. El día 11 Ahmak (30 de abril de 1539) hirieron al Ahtzib84 [...]. Trece meses después de la llegada de Tunatiuh fue ahorcado el rey Apozotzil Cahí Ymox. El día 13 Ganel (26 de mayo de 1540) fue ahorcado por Tunatiuh en unión de Quiyavit Caok85 [...]. Catorce meses después de haber sido ahorcado el rey Ahpozotzil, ahorcaron a Chuuy Tziquinú, jefe de la ciudad, porque estaban enfadados. El día 4 Can (27 de febrero de 1541) lo ahorcaron en Paxayá. Lo condujeron por el camino y lo ahorcaron secretamente86 [...]. Diecisiete días después de haber ahorcado a Chuuy Tziquinú, el día 8 Iq (16 de marzo de 1541) fue ahorcado el Señor Chicbal junto con Nimabah Quehchún, pero esto no lo hizo Tunatiuh, que entonces se había marchado para Xuchipillan.87

De pronto se interrumpe la impunidad que cubre los actos de los conquistadores desde su aparición en el relato indígena, y se tiene noticia, por primera vez, de la acción punitiva de un funcionario real. Es el testimonio de lo que estaba ocurriendo: los representantes de la Corona le arrebatan a los conquistadores el gobierno de la provincia:

Durante este año (1549) llegó el Señor Presidente Cerrado, cuando todavía estaba aquí el Señor Licenciado Pedro Ramírez. Cuando llegó condenó a los castellanos, dio libertad a los esclavos y vasallos de los castellanos, rebajó los impuestos a la mitad, suspendió los trabajos forzados e hizo que los castellanos pagaran a los hombres grandes y pequeños. El Señor Cerrado alivió verdaderamente los sufrimientos del pueblo. Yo mismo lo ví, oh hijos míos! En verdad, muchas penalidades tuvimos que sufrir88 [...]. El Señor Cerrado sí condenó de verdad (a los castellanos) e hizo lo que era justo [...]89

Tal como asienta el “Memorial de Sololá”, fueron liberados todos los esclavos.90 Hubo muchas protestas contra la acción de Cerrato y de la Audiencia, entre las cuales se podría citar, por extensa y muy ilustrativa, la que elevó al Consejo de Indias, en febrero de 1549, Bernal Díaz del Castillo en su papel de procurador síndico del Ayuntamiento de Guatemala.91 Pero todo fue inútil. Los esclavos fueron redimidos. El resto de la época colonial, los indígenas no volvieron a hallarse sumidos en la esclavitud.

Se introdujo, eso sí, la importación de esclavos africanos. Esta forma de esclavitud perduró hasta los días de la Independencia. Es pertinente recordar aquí que el propio fray Bartolomé, en su defensa de los nativos, había recomendado que se los sustituyese, si era preciso, por esclavos africanos.92 Lo mortificó después el arrepentimiento por haber hecho semejante recomendación,93 pero el comercio y la explotación de esclavos negros aumentó inevitablemente y llegó a ser, como es bien sabido, uno de los más tenebrosos aspectos de la vida colonial.

Este asunto pone de manifiesto —vale la pena insistir en ello— cómo las instancias morales estuvieron condicionadas por motivos de carácter económico en todo el conflicto de la esclavitud. Porque, desde un punto de vista estrictamente moral —si tal abstracción existiera en algún modo—, ninguna esclavitud tendría justificación. Pero ocurrió que la abolición de la esclavitud de indios, asociada al incremento de la esclavitud de africanos, venía a resolver el verdadero problema de aquel momento: rescataba a los nativos para provecho de la Corona, y, al mismo tiempo, proporcionaba fuerza de trabajo para las minas y otras empresas en las que, por estar en uso sistemas de producción muy rudimentarios, resultaba conveniente el empleo de trabajo de esclavos. El problema quedó así resuelto, y aquellas disputas teológicas e invocaciones del Evangelio dieron por resultado, a fin de cuentas, un buen negocio para la Corona y para los esclavistas, y un infernal capítulo para la historia de la esclavitud. Reflexionen sobre esto quienes creen, equivocándose, que las ideas morales determinan la economía, y no al revés [...]

Como el reino de Guatemala era una región relativamente pobre en metales, el tráfico de esclavos fue bastante reducido en comparación con otras provincias en donde tuvo proporciones enormes. En 1543 —año siguiente a la promulgación de las Leyes Nuevas— llegó la primera barcada de africanos “en número de ciento e cincuenta piezas”,94 y por Real Cédula se autorizó su venta libre “a precios justos”.95 Además de las minas, a donde se les destinó principalmente, los hubo también en los ingenios azucareros.96 Las casas de gente rica solían tener, asimismo, algunos esclavos para servicios diversos. Los negros evadidos de las minas fueron causa de alarmas en la primera mitad del siglo XVII,97 pues solían formar grupos alzados que asaltaban los caminos.98

Suprimida, pues, la esclavitud de los indios, siendo ellos, como quedó dicho, la base de sustentación de la minoría europea residente en Guatemala, queda por averiguarse qué formas adoptó la explotación de los nativos después de la reforma introducida por las Leyes Nuevas. Porque, en efecto, ni los españoles regresaron a su país, como amenazaban hacerlo, ni los indios salieron totalmente de la opresión en que los ponía el hecho de estar conquistados.

Hubo arreglos. Uno de ellos fue la transformación de la encomienda, que estamos en condiciones de estudiar enseguida.

1 Jiménez Rueda, p. 235. El proverbio es mexicano. En Guatemala se usó más “chapetones”; Tesorero Vela, f. 4; AGG, B2.7, exp. 777, leg. 31 (Asunto Bergaño: “mueran los chapetones”).

2 Esas ventajas se estudian en el apartado 8 del capítulo III de este libro.

3 Gage, p. 267.

4 Id., p. 7.

5 Id., p. 7. Es bien sabido que las noticias de Gage son un informe elaborado para el gobierno británico.

6 Anales Geo. Hist., t. VII, p. 496. Estudio de Agustín Mencos Franco, por ejemplo.

7 Estudio introductorio de Juan Gavarrete, en Fuentes, t. I.

8 Fuentes, t. III, p. 421.

9 Id., t. I, p. 272; también p. 72.

10 Id., t. I, p. 64.

11 Id., t. I, p. 121.

12 Id., t. I, pp. 110 y 184. Véase también t. I, pp. 69 y 132.

13 Id., t. I, p. 123.

14 Id., también t. II, p. 99.

15 Id., t. I, p. 4.

16 Id., t. I, p. 26.

17 Id., t. I, p. 28.

18 Id., t. I, p. 73.

19 Id., t. I, p. 296.

2019a Cit. en García Peláez, t. I, p. 79.

Fuentes, t. I, p. 71.

21 Id., t. I, p. 73.

22 Id., t. I, p. 73.

23 Id., t. I, p. 186.

24 Id., t. I, p. 185.

25 Se hablará de ellos en el siguiente parágrafo de este capítulo.

26 Fuentes, t. II, p. 29, en donde dice que fracasó la “dulce esperanza” de convencer pacíficamente a los zutujiles. También t. III, p. 335, en donde expresa que el requerimiento respondía a una intención de “piedad y misericordia” para los indios.

27 Bernal, p. 77 (cap. XXV). Allí hay un episodio ejemplar en que Cortés “reprendiólo gravemente”. Véase Recinos, p. 23.

28 Bernal, p. 462 (cap. CXXV). Episodio de la matanza de Tenoxtitlán en ausencia de Cortés, y sus graves consecuencias. Ximénez, t. I, p. 124: “Este fue uno de los hechos que más costó a los españoles y más torpes suyos [...]”. Acerca de este episodio, véase Recinos, pp. 36-39.

29 Libro Viejo, p. 94. Cabildo de 10 de septiembre de 1529. Se discute la necesidad de “hacer repartimiento general en esta provincia [...] e ponían e acordaron de poner que no fuese la persona que lo hiciese Pedro de Alvarado, porque le tenían por odioso; hovo sobre ello diferencias e votos […] E Pedro de Cueto dijo que se arrima al voto del señor Juez e alcalde e los demás, con que no parezca que digan claramente que le tienen por odioso, sino que se diga de otra manera”.

30 Véase por ejemplo Remesal, libro III, caps. VI y XX, y libro IV, cap. IV. Fuentes cita varias veces a Remesal, con marcada antipatía hacia el dominico.

31 En el peor de los casos, tuvo que haberse enterado por la información de Remesal, t. I, pp. 35-36, y t. I, p. 70, pues conoció perfectamente la obra del dominico y la cita muchas veces. Si se quieren conocer los cargos que se le hicieron a Alvarado, y sus débiles argumentos de descargo, véase Libro Viejo, pp. 137-191.

32 Libro Viejo, p. 179.

33 Id., p. 191.

34 Fuentes, t. I, p. 391. Transcribe trozo del testamento de P. de Alvarado, hecho por su albacea, el obispo Francisco Marroquín.

35 Fuentes, t. I, p. 391. Trozo del testamento de Alvarado.

36 Véase Vázquez, introducción de los editores.

37 La encomienda es muy conocida para la historia de México, principalmente gracias a los estudios del gran investigador Silvio Zavala. El repartimiento ha sido parcialmente descuidado porque en México fue suprimido en la cuarta década del siglo XVII (véanse las notas 306-309 del capítulo VI de este libro). El sistema de “mitas” adoptado en Sudamérica, aunque representa la forma sudamericana del trabajo forzado de indios, difiere del repartimiento guatemalteco (fundamentalmente en la duración del reparto y en las distancias autorizadas para el mismo).

38 Para encomienda colombina véase Ramos, pp. 299-304, y Hanke, pp. 29-31.

39 Para Guatemala, véase García Peláez, t. I, caps. 6, 8, 9 y 10. Para las otras provincias, Haring, pp. 22 y 58.

40 García Peláez, t. I, p. 141; Haring, p. 22: “simplemente dividir a los nativos entre los colonos, para que hicieran de ellos lo que quisieran”.

41 Noticia amplia de estas arbitrariedades en García Peláez, caps. 6, 8, 9 y 10.

42 Id. El arzobispo cita allí sus fuentes.

43 El texto completo puede verse en Fuentes, t. II, pp. 187 y ss. Un buen estudio sobre el requerimiento, en Hanke, cap. 4. Allí también está el texto completo.

44 Fragmento del texto del requerimiento (Fuentes, t. II, p. 188).

45 Id.

46 Id.

47 Así lo prueba la carta de Alvarado a Cortés, de 11 de abril de 1524, en que dice haber requerido pacíficamente a los indios de Socunusco y cita casi textualmente las palabras del requerimiento. Véase carta en Libro Viejo, p. 271. También lo prueba Remesal, t. II, p. 111. La Real Cédula para Guatemala en que se envía el texto del requerimiento e instrucciones para su uso se encuentra en AGG, A. 1-2-4-15752, ff. 6 y ss. Fuentes habla de su aplicación en Guatemala en t. II, p. 187, y en t. III, p. 335.

48 Véase Libro Viejo, pp. 271 y ss., cartas de Alvarado a Cortés. Envió el requerimiento a los indios de Soconusco y después les hizo la guerra, p. 271. Envía el requerimiento por delante a los indios de Guatemala, p. 274. Envía a requerir a los zutujiles y les matan los mensajeros, p. 276. Rechazan el requerimiento los de Cuzcatlán, p. 280. Véase también Fuentes, t. II p. 29: los indios de Atitlán rechazan el requerimiento y Alvarado va a hacerles la guerra sin más trámite.

49 Un excelente estudio sobre el requerimiento y su aplicación, en Hanke, pp. 260-278. Para Guatemala, información en Remesal, t. II, pp. 112 y ss.

50 Palabras de fray Bartolomé de las Casas, citadas en Hanke, p. 258.

51 Recuérdese la experiencia de los cakchiqueles, Anales Cakchiqueles, pp. 126 y ss. Véanse en Libro Viejo las dos cartas de Alvarado a Cortés, pp. 271-282, en donde hace referencia a varios pueblos que habían aceptado el requerimiento y se alzaron después de entrar en contacto con los conquistadores.

52 Zavala, Contribución, p. 13, transcribe fragmento de carta de la Audiencia de México a la emperatriz (30 de marzo de 1531) en que se lee: “en Guatimala se platicaba (sic por se practicaba) mucho el errar de los esclavos”. Véase también García Peláez, t. I, p. 111.

53 Carta citada en Zavala, Contribución, p. 16.

54 Hanke, Schaefer, Merriam y otros autores contemporáneos que estudian la política indiana de Carlos V, ponen de manifiesto, con toda claridad, la preeminencia de la orden de Santo Domingo en la corte española de ese período. Información guatemalteca probatoria: Remesal, t. I, pp. 276 y ss.

55 Schefer, t. I, p. 45. Remesal, t. I, pp. 27 y 88. Prueba de que Las Casas fue bien acogido por Loaisa, en Remesal, t. I, p. 276. Véase también a este respecto García Peláez, t. I, p. 112.

56 Para un estudio sobre las tesis de Las Casas, véase ante todo las célebres “Treinta Proposiciones” y el “Tratado de las Encomiendas” del dominico. Están incluidos en Las Casas, Doctrina, pp. 33-52 y 55-83. La obra de Remesal es, en conjunto, una fuente de información básica para ese asunto. Estudios contemporáneos, Hanke y Yáñez.

57 Información sobre las juntas y disputas promovidas por los dominicos, en Remesal, t. I, p. 275. Participación de Las Casas en estas juntas, en t. I, pp. 276 y ss. También en t. II, p. 463. Véase principalmente Ximénez, t. I, pp. 238-239. Véase también a este respecto Yáñez, pp. 55-63, 113-121 y 24-25. También Hanke, pp. 224-231. Ahí hay pruebas del predicamento de que gozó fray Bartolomé ante los reyes.

58 Razón duodécima del “Tratado sobre las Encomiendas” en Las Casas, Doctrina, p.71.

59 Id., razón trece, p. 72.

60 Id., decimacuarta, p. 73.

61 Id., decimaoctava, p. 76.

62 Las trae completas Remesal, t. I, pp. 278-288. Fuentes, t. II, pp. 268-284 se refiere ampliamente a ellas. Muy buena información en García Peláez, t. I, caps. 12, 13, 14, 15, 17 y 18 (pp. 109-140). Ots, Derecho, pp. 215-217, trata las Leyes Nuevas. Zavala, Colonización, pp. 107-157. También Ramos, pp. 308-309.

63 López de Gómara, citado en Hanke, p. 224.

64 El desarrollo de la rebelión de Gonzalo Pizarro puede verse en cualquier tratado de historia de América. Por ejemplo, en la de L. Alberto Sánchez. Interesantes referencias en Remesal, t. II, p. 231.

65 Véase a este respecto Remesal, t. II, p. 231.

66 Se observa muy bien este proceso en García Peláez, caps. 6, 8, 9 y 10 en que trata de esta época.

67 Id.

68 Id., cap. 6, citando a Herrera, Bernal Díaz y Las Casas.

69 Memorial de septiembre de 1543, transcrito en García Peláez, t. I, pp. 122-123.

70 Id.

71 Id.

72 Id.

73 Id.

74 Pardo, Efem., p. 9, acta de Cabildo de 13 de octubre de 1543.

75 Libro Viejo, p. 90, acta de Cabildo de 30 de agosto de 1529.

76 Pardo, Efem., p. 5.

77 García Peláez, t. I, p. 123. Informe de la Audiencia de Guatemala de 31 de agosto de 1644.

78 Zavala, Contribución, pp. 25-26 y 43 y ss.

79 Remesal, t. II, pp. 203-204. Allí también hay valiosa información sobre la gestión de Cerrato.

80 Id., Remesal. Véase también Zavala, Contribución, pp. 32-37.

81 Apartado 5 del capítulo I de este libro.

82 Anales Cakchiqueles, p. 133.

83 Id., p. 134.

84 Id., p. 136.

85 Id., p. 136.

86 Id., p. 137.

87 Id., p. 138.

88 Id., p. 141.

89 Id., p. 143.

90 Zavala, Contribución, pp. 32-37, especialmente pp. 41-42.

91 Transcrita en Zavala, Contribución, pp. 38-42.

92 Un buen capítulo sobre esta cuestión, en Yáñez, cap. XIII, pp. 149-154. Las conclusiones teóricas que se extraen del problema en este libro no son de Yáñez.

93 Id.

94 El 4 de enero de 1543, desde la villa de San Pedro, provincia de Honduras, el licenciado Alonso de Maldonado escribe al Ayuntamiento de Guatemala informando que arribaron dos embarcaciones: una conduciendo “muchas mujeres de Castilla” y la otra, que venía de Santo Domingo, trayendo la primera barcada de negros. Pardo, Efem.

95 Pardo, Efem.

96 Gage, p. 163.

97 Id. El fenómeno tiene que haber desaparecido en la segunda mitad del siglo XVII, porque Fuentes y Guzmán no lo menciona.

98 Gage, p. 186.

III. LAS DOS ESPAÑAS

Continuación

1. Nace la encomienda. 2. Los encomenderos. 3. El “sínodo”. 4. Los doctrineros. 5. Los criollos y la burocracia. 6. Desplazamiento y renovación en la clase criolla. 7. Causas del menosprecio del español hacia los criollos. 8. Ventajas del inmigrante frente al criollo. 9. La patria de los criollos como idea de contenido reaccionario.

1. Nace la encomienda

No se piense que en los territorios del reino de Guatemala, a diferencia de otras provincias, fueron aceptadas con mansa resignación las Leyes Nuevas.1 Además del alboroto de palabras y papeles ya comentado, hubo en la región de Nicaragua un levantamiento armado, un obispo muerto a puñaladas por su adhesión a las Leyes, varios combates y movimientos de gente alzada, y la oportuna intervención de Pedro de la Gasca, que venía de regreso del Perú después de reprimir el levantamiento de los Pizarro.2 El combate que decidió la suerte de los alzados costó la vida a 90 de ellos; muchos otros cayeron presos y murieron en la horca.3 La sublevación de los hermanos Contreras en Nicaragua —que es la que se ha mencionado—, así como la de Juan Gaitán en Honduras,4 tuvieron nexos con la crisis del Perú.

Las Leyes Nuevas se fueron imponiendo a pesar de todo. La esclavitud de indios fue suprimida definitivamente. La encomienda primitiva, pese a todas las resistencias, tuvo que desaparecer y no volvió a levantar cabeza. Nació otra institución diferente, aunque llamada con el mismo nombre. Esta fue la encomienda que perduró casi hasta el final de la Colonia —hasta el segundo tercio del siglo XVIII—.

Las Leyes Nuevas traían el germen de la institución que iba a nacer. Porque en ellas se decía que el rey, no obstante que reconocía la libertad de los indios, seguía deseoso de premiar a los conquistadores y primeros colonos. Una manera de premiarlos —sugerida con toda claridad dos veces en el texto de las Leyes— sería cederle a los favorecidos una parte de los tributos que los pueblos de indígenas tenían que pagarle al rey.5 Dicho de otro modo: puesto que todos los indios pasaban a ser vasallos libres, tributarios de la Corona, ésta se avenía a cederle parte de la tributación a los españoles que mereciesen tal estipendio.6 Los colonizadores se apresuraron a solicitar dicho premio, llamándolo con el viejo nombre de encomienda, aunque ya se trataba de una cosa distinta.

Al mismo tiempo iniciaron gestiones para conseguir que la nueva encomienda se hiciese hereditaria. Porque las Leyes ofrecían el goce de algunos tributos a los conquistadores y colonos, y a sus viudas e hijos existentes en aquel momento, pero estipulaban muy claramente que dicho privilegio no sería hereditario, sino que, conforme fuesen muriendo los beneficiados, la tributación volvería a destinarse a las cajas reales, tal como ocurría con el resto de los pueblos.7 El forcejeo en torno a la perpetuidad de las encomiendas fue largo y apasionado. El argumento principal de los colonos en apoyo de la perpetuidad era el siguiente: “que si el efecto de su servicio fue perpetuo, cual lo es la adquisición de un imperio, su remuneración, que eran las encomiendas, debía serlo igualmente”.8 Argumento no desprovisto de lógica, al que la Corona respondía en tono enérgico:

que si los encomenderos, sin se les permitir jurisdicción alguna sobre los indios, los predominan y hacen tantas molestias y vejaciones que ha sido necesario prohibirles residir en sus pueblos ni tener con ellos trato alguno, justo es recelar que serán peores y más insolentes si se viesen dueños de ellos a perpetuidad.9

Esa respuesta pone de manifiesto ciertos hechos que, confirmados por otros documentos, es conveniente destacar de una vez. Primero, que el célebre pleito en torno a la perpetuidad de las encomiendas se refiere ya, decididamente, a la encomienda nueva, es decir, a la concesión de tributos sin dominio directo sobre el trabajo de los indígenas. Segundo, que el nuevo encomendero no tenía al menos legalmente, ninguna autoridad sobre los indios de su pueblo encomendado. Y tercero, que fue preciso prohibir que los encomenderos habitasen en sus pueblos de encomienda, para evitar que cometieran abusos valiéndose del ascendiente que aquella concesión les daba.

En efecto, la nueva encomienda, sin dejar de ser un gran avance en comparación con la antigua, se convirtió en fuente de abusos y extralimitaciones. Ello es tan cierto, que la mejor manera de estudiarla es analizar sus anomalías. Es el método que hay que emplear —dicho sea de paso— con todas las instituciones coloniales implicadas en la explotación del indio: si se las estudia con base en las leyes y ordenanzas que las normaban, descuidando los diversos trucos y usos inventados para burlarlas, es imposible comprender lo que fueron en la realidad. En esas instituciones las anomalías eran lo normal.

2. Los encomenderos

Por lo que hace a la sucesión hereditaria de las encomiendas, los colonos y sus descendientes lograron su propósito. Se les concedió primero una “segunda vida”, después una tercera, más adelante una cuarta, y las hubo heredadas en “quinta vida”. Semejante estiramiento de la ley se obtuvo —cosa muy frecuente en el régimen colonial— por vía de “disimulación” o “composición”. Estos eran procedimientos legales para incumplir la ley.10 La Corona recibía gratificaciones a cambio de disimular tal o cual anomalía; o bien entraba en arreglos para componer una situación ilegal, tolerándola a cambio de una suma determinada.11 En el año 1564 el procurador del Ayuntamiento de Guatemala ante el Consejo de Indias ofreció un servicio en dinero “para la cámara de Su Majestad” por valor de 200 000 ducados. Estaba gestionando la concesión de tercera vida para las encomiendas, y como las existentes en el reino reportaban, todas juntas, 138 000 ducados anuales, ofreció una cantidad que sobrepasaba dicha suma.12 No debe ser motivo de sorpresa que el procurador estuviera dispuesto a pagar mucho más de lo que las encomiendas le reportaban a sus poseedores, sino debe verse en ello una prueba de que —tal como se explicará adelante— las encomiendas le reportaban a sus poseedores, además de los tributos a recibir, muchas otras ventajas adicionales.

La sucesión hereditaria fue de suyo una anomalía, pero aún más violento fue que se siguieran dando encomiendas, ya no a los descendientes de conquistadores y colonos, sino a personas que por otros motivos gozaban del favor real. En reiterados escritos el Ayuntamiento se queja de que, contrariando la razón de ser de las encomiendas —un premio a conquistadores, primeros colonos y descendientes de unos y otros—, vinieran de España personas con títulos de encomienda;13 personas que no sólo no tenían merecimientos de conquista, sino que jamás habían visto un indio.

Parece ser, sin embargo, que no se dieron encomiendas nuevas a esas personas, sino que recibieron las que se les fueron quitando a los viejos encomenderos fallecidos; porque hacia mediados del siglo XVIII en Guatemala había más o menos el mismo número de encomiendas que a principios del siglo XVII.

No terminan allí las anomalías. Ya vimos que se hizo necesario prohibir que los encomenderos residieran en sus pueblos para evitar abusos y molestias a los indios. En 1579 se prohibió también que hicieran personalmente el cobro de los tributos que les pertenecían, o por medio de cobradores nombrados por ellos mismos. Se trataba de evitar exacciones, cobros injustos y violentos.14 Pero hay pruebas de que dicha prohibición no fue obedecida, y de que los encomenderos siguieron nombrando sus cobradores o recaudando personalmente los tributos en muchos pueblos.15 Según la ley, las tasaciones de tributos debían hacerse por comisionados que nombraba la Audiencia16 —punto éste que se respetó siempre—, y el cobro lo harían los corregidores.17 Se explica, pues, por qué hubo tantas anomalías en relación con el cobro: los corregidores fueron los funcionarios más dados a maltratar y robar a los indios; un elevado porcentaje de ellos eran criollos —individuos identificados con los encomenderos por razones de clase—.18

Ya se habrá notado, por lo dicho hasta aquí, que la encomienda no guardaba ningún nexo legal con la propiedad de la tierra. Ésta se siguió donando por merced, y también se podía adquirir por compra o por usurpación;19 pero su posesión era asunto distinto de la posesión de encomiendas. Hubo algunos encomenderos que no fueron propietarios de una vara cuadrada de tierra, y grandes terratenientes que nunca fueron encomenderos. La tendencia a confundir al terrateniente con el encomendero, errónea y muy difundida, proviene, sin duda alguna, de que la mayoría de los encomenderos eran además terratenientes, y del hecho, digno de señalarse, de que muchos de estos encomenderos terratenientes procuraron adquirir tierras en la cercanía de sus pueblos de encomienda.

Así fue. Contraviniendo lo que estaba reglamentado a este respecto,20 los encomenderos trataron de adquirir tierras en las inmediaciones de sus pueblos,21 pero esas adquisiciones, como cualesquiera otras relativas a tierras, suponían una gestión y una titulación completamente ajenas a la obtención de la encomienda.

Para no citar más que un ejemplo, que éste corresponda a la rancia parentela de nuestro criollo Fuentes y Guzmán, mencionemos el caso de Bernal Díaz del Castillo: tenía en encomienda el pueblo de San Juan Sacatepéquez; en 1579 pidió y obtuvo tierras “en el paraje del portero de la Lagunilla de los Carrizales” en los términos del mismo pueblo;22 en el mismo año se le extendió título de cuatro caballerías a su hijo Francisco, en los términos de San Juan Sacatepéquez;23 y 11 años más tarde, en 1590, el propio Francisco Díaz del Castillo solicitó y obtuvo otras dos caballerías junto a las que ya poseía cerca de San Juan.24 Puede observarse cómo el conquistador encomendero era además terrateniente; cómo extendía las propiedades de la familia solicitando y titulando tierras a nombre de su hijo; y cómo éste, seguro heredero de la encomienda, ampliaba su posesión de tierras en los alrededores de San Juan. Ese ejemplo, que podría acompañarse de muchos otros,25 ilustra la tendencia de los encomenderos a convertirse en propietarios de las tierras cercanas a sus encomiendas.26 Ello les resultaba ventajoso, porque, a pesar de todas las órdenes en contrario, la encomienda los ponía en posibilidad de presionar a los indios y obtener de ellos fuerza de trabajo barata para cultivar las tierras.

Así, pues, una definición académica de la encomienda sería la siguiente: era una concesión, librada por el rey a favor de un español con méritos de conquista y colonización, que consistía en percibir los tributos de un conglomerado indígena, tasados por la Audiencia y recaudados por los corregidores o sus dependientes. Esa definición es un punto de partida, nada más; la realidad de la encomienda va presentándose conforme se conocen las anomalías arriba señaladas, que le eran consustanciales, y otros elementos que se mencionarán adelante.

(Estamos obligados a resistir el deseo de explicar aquí el procedimiento por el cual se solicitaba y se recibía una encomienda, porque otros asuntos reclaman con más urgencia nuestra atención. El lector que quiera conocer esos pormenores, muy interesantes, los hallará en documentos históricos guatemaltecos que se indican en la sección de notas).27

Lo que venimos tratando de ilustrar, a propósito del desarrollo de esta institución, es la pugna entre la Corona y los colonos. Se está viendo que la encomienda fue una transacción, un arreglo conciliatorio que ponía a los indios como tributarios bajo el control del rey, y que satisfacía, al mismo tiempo, la tendencia parasitaria del núcleo más conspicuo de conquistadores y primeros pobladores. En el último tercio del siglo XVI en el reino de Guatemala había aproximadamente doscientas encomiendas.28

Sin embargo, no fue ésta la institución que vino a poner sobre nuevos cauces el gran problema del siglo XVI, que era el problema de la disponibilidad del trabajo del indio para la totalidad de las haciendas y labores de los españoles. Debe evitarse, pues, exagerar la importancia de la encomienda, comprendiendo que el resultado más notable de la crisis causada por las Leyes Nuevas no pudo haber sido ese premio que benefició a 200 familias con los tributos de igual número de pueblos de indios.29 Debe interesarnos mucho más aquella otra institución colonial, surgida también a raíz de las leyes de 1542, que vino a normar las relaciones de producción entre la gran masa de los indios liberados de la esclavitud y la clase de los terratenientes coloniales. Pues sabemos que estos últimos dejaron súbitamente de ser esclavistas, y quedó advertido que no pasaron a ser compradores de trabajo asalariado, como habría ocurrido si hubiese sido factible la plena observancia de las Leyes Nuevas.

En efecto, mucho más importante que la nueva encomienda fue el nuevo repartimiento de indios: sistema que obligaba a los nativos a trabajar por temporadas en las haciendas, retornando con estricta regularidad a sus pueblos para trabajar en su propio sustento y en la producción de tributos. Esta última institución fue la pieza clave del sistema económico de la Colonia. Puede afirmarse que será imposible integrar una visión científica de la sociedad colonial guatemalteca (superando las limitaciones de la tradicional “historia de hechos”, así como el carácter fragmentario y desarticulador de las monografías históricas) mientras no se reconozca que la base de aquella estructura social fue su régimen de trabajo: el repartimiento de indios, el trabajo obligatorio de los nativos, el riguroso control de los indígenas en sus pueblos, desde los cuales eran enviados periódicamente a trabajar a las haciendas y labores de los españoles y de sus descendientes a lo largo de los tres siglos coloniales. Ese régimen le imprimió desde las bases un determinado carácter a la sociedad colonial guatemalteca —pues ha de saberse que fue exclusivo del reino de Guatemala—30 y condicionó de manera decisiva las luchas de clase, las ideológicas de clase, las formas del trato social y otras manifestaciones importantes de la vida de aquella sociedad. Por lo que hace al pensamiento social de los criollos, en particular, quedará sobradamente demostrado en el desarrollo de nuestro estudio cómo fue aquella relación básica entre siervos y terratenientes —el repartimiento— el factor determinante de las más acusadas modalidades de la mentalidad criolla. Colateralmente se irá viendo, también, cómo esa relación determinó, desde otro ángulo, las principales formas del pensamiento de los españoles —inmigrantes y burócratas— frente a los indios y los criollos. Finalmente se comprenderá, en un momento más avanzado de nuestro análisis, que el repartimiento fue, después de la esclavitud y durante una larga época, el mecanismo dentro del cual quedó conquistado el indio: es decir, el mecanismo que garantizó su sujeción y su explotación, y por ende su posición de inferioridad, para el resto de la época colonial.

Por tales motivos en este libro se le dedica un capítulo entero al régimen de trabajo, justamente el último capítulo del análisis —el séptimo, titulado “Pueblos de Indios”—, en el que se supone que estaremos poniendo pie en el último peldaño de la escala, implícita en la programación de este ensayo. Hemos de conformarnos, pues, por lo pronto, con los elementos de definición del repartimiento que quedan enunciados arriba, recordando, al mismo tiempo, que esta institución fue resultado del conflicto que suscitaron las Leyes Nuevas de 1542.

La vida colonial ofrece un agitado espectáculo de conquistadores, colonos, hacendados, funcionarios, monarcas, leyes, polémicas, trifulcas, asesinatos y muchas cosas más. Conviene darse cuenta de que el personaje central de ese tinglado, que ponía en movimiento a todos los demás, era el que menos ruido hacía. La historia colonial gira en torno a la explotación del indio. El indio era el personaje de fondo. Mientras no se ha entendido esto, no se ha entendido el drama. A menos que de intento se quiera seguir disimulando que aquello era un drama.

3. El “sínodo”

Don Antonio de Fuentes y Guzmán era encomendero. Gozaba su encomienda en tercera vida, pues la habla obtenido su abuelo a principios del siglo XVII.31 No debe olvidarse que el bisabuelo del cronista —el colono fundador de la familia— se había casado con hija de conquistador.32 De manera que el criollo que recibió la encomienda en primera vida había sido hijo de poblador y nieto de conquistador.

Sólo en dos ocasiones Fuentes menciona su encomienda.33 En la primera da los nombres de los pueblos: Santiago Cotzumalguapa y Santo Domingo Sinacamecayo, pobres poblados de la costa sur del país.34 En la segunda hace una fugaz alusión, explicando un asunto que nos interesa y que conviene comentar aquí mismo.35

Cuenta el cronista que allá por el año 1575 las órdenes religiosas iniciaron un pleito con los encomenderos. Exigían que éstos pagasen una cuota por la labor que realizaban los frailes doctrineros en los pueblos de encomienda. Los frailes alegaban que los encomenderos estaban obligados a cuidar que sus indios de encomienda fuesen instruidos en la fe, y que, habiendo desatendido siempre dicha obligación, justo era que pagaran a quienes atendían la cristianización de los nativos. En los títulos de encomienda figuraba, ciertamente, una cláusula que decía: “Y tendrá cuidado [el encomendero] de hacer enseñar a los naturales en las cosas de Nuestra Santa Fe Católica”.36 Parece ser que este asunto no mereció nunca, por parte de los encomenderos, el interés que pusieron, por ejemplo, en el cobro personal y puntual de sus tributos. Las órdenes religiosas exigieron que se les pagara por mantener adoctrinados a los indios, pero los encomenderos se negaron a pagar. El pleito duró 85 años. Finalmente los frailes ganaron la partida. Quedó así instituido el sínodo, nombre que se le dio a la cuota.37

Hubo, sin embargo, varios encomenderos que no se opusieron al pago del sínodo, y que, ya fuera porque previesen que a la larga los frailes ganarían el pleito, o bien porque consideraran justo retribuir a los doctrineros, comenzaron a hacer sus pagos desde que se inició el litigio. Don Antonio nos comunica, muy complacido, que entre los previsores estuvo su abuelo. Y es precisamente allí, ilustrando un asunto general, donde vuelve a revelarnos que él, en lo particular, gozaba de una encomienda. Porque —explica—, una vez ganada la controversia por los frailes, los encomenderos quedaron obligados a pagar las cuotas caídas durante los 85 años del pleito, y el proceder del abuelo del cronista, continuado después por su padre, lo libró a él de tener que pagar de golpe una suma crecida.38 En sus propias palabras:

Y entre los que pagaran siempre, fue don Francisco Fuentes y Guzmán, mi abuelo, que obtuvo su encomienda en tiempo del Presidente Don Alonso Criado de Castilla [1598-1611, S.M.], y después Don Francisco de Fuentes y Guzmán mi padre [...] Y esto no me estuvo mal a mí, pues ajustada mi cuenta de doctrinas por el año de 1660, sólo me alcanzó en trescientos setenta pesos, necesitando otros desembolsar tres y cuatro mil, por no haber pagado cosa alguna [...]”39

Quedamos enterados, pues, de que con el nombre de sínodo y desde mediados del siglo XVII, los encomenderos tuvieron la obligación de pagar a los doctrineros sus servicios en los pueblos de encomienda. Lo cual era perfectamente razonable, porque, en la medida que aquellos religiosos le inculcaban a los indios una doctrina de mansedumbre, obediencia y resignación, le prestaban a los encomenderos un valiosísimo servicio. Ya sabemos que éstos extraían de los pueblos un caudal de riqueza completamente gratuita, creada por los nativos. Los encomenderos que aceptaron desde un principio sin refunfuñar el pago del sínodo, deben ser tenidos por hombres sensatos.

4. Los doctrineros

Don Antonio tenía amistad con varios frailes y curas doctrineros, y muchas de sus noticias acerca de las costumbres más íntimas de los indios las obtuvo de los religiosos.40 En sus descripciones panorámicas de amplias regiones del reino, figura siempre la especificación de las parroquias y conventos que tenían a su cargo la salud espiritual de los nativos,41 y su vivo interés por este asunto lo lleva a enumerar puntualmente cuáles pueblos eran de doctrina y cuáles otros de visita. Se diferenciaba con esas denominaciones a los poblados que tenían doctrinero permanente, establecido en el lugar, de aquellos otros que visitaba el doctrinero solamente en ciertos días. El cronista nos cuenta que cuando un pueblo de visita crecía en población, tornándose insuficiente el cuidado que los indios recibían con la visita de su administrador espiritual, los terratenientes de la comarca tomaban interés en el problema y gestionaban para que se adjudicase en doctrinero permanente.42

La crónica de Fuentes y Guzmán ofrece reiterado testimonio de la importancia que tenía para los hacendados la presencia del doctrinero en los pueblos. La causa de dicho fenómeno es casi obvia, y se hará evidente cuando estudiemos la dinámica interna de dichos conglomerados. De momento limitémonos a señalar que después de las Leyes Nuevas, y durante toda la época colonial, en que estuvo vigente el sistema de repartimientos de indios, les fue rigurosamente prohibido a los hacendados tener núcleos de trabajadores indígenas dentro de sus haciendas —gañanías o rancherías—, y que, careciendo al mismo tiempo de autoridad para ejercer dominio directo sobre los indios en sus pueblos, les era imprescindible la colaboración del doctrinero, que venía a ser un aliado con facultades para vivir y actuar en el seno del poblado. Ése es el motivo por el cual nuestro cronista —encomendero y terrateniente— le concede tanta importancia, en la descripción de los pueblos, al tema de los curatos y al trabajo de los doctrineros: “con cuyo celo esmerado y piadoso se ven producir frutos de estimable cosecha y granazón cristiana”.43 (Obsérvese, como detalle curioso, los símbolos agrícolas usados en la metáfora: frutos, cosecha, granazón).

Una prueba muy clara de que la posición del criollo frente a la labor de los frailes estaba determinada, en definitiva, por lo que aquella labor significaba para los intereses económicos de la clase terrateniente, nos la ofrecen sus cambios de opinión al juzgar a la orden de Santo Domingo.

Al considerar a los dominicos como protagonistas de la defensa del indio, como propugnadores de las grandes reformas, le resultan decididamente odiosos y no desaprovecha ninguna oportunidad para denostarlos.44 Su profunda aversión recae principalmente sobre fray Bartolomé de las Casas. Compara su predicación con las peores calamidades que azotaron a la provincia en otros tiempos45 y lo considera, entre otras cosas, un hombre lleno de veneno,46 aficionado a los embustes y las imposturas,47 causante de toda clase de males,48 y autor del desprestigio de España frente a las naciones.49

(La desaprobación de Fuentes y Guzmán para la obra de los dominicos del siglo XVI lo lleva a enconarse con el gran historiador de aquella obra en el reino de Guatemala: fray Antonio de Remesal.50 No podía prever el cronista criollo que, pocos años después de su muerte, otro gran cronista dominico —fray Francisco Ximénez— leería la Recordación Florida y señalaría, en muy pocas palabras, el motivo de su aversión contra los frailes defensores del indio: “lo llevó al encono que tenía contra los frailes dominicos, por haber sido estos los que sacaron de las uñas y los dientes de los lobos carniceros [...] a aquestos pobres y desvalidos polluelos [...] como descendiente de los que ejecutaron aquestas crueldades”).51

Pero el caso es que los dominicos, al mismo tiempo que realizaban la gran obra de abolir la esclavitud de indios, se dieron a la tarea —que era parte esencial del gran plan— de organizar los pueblos de indios. Porque la esclavitud había causado una dispersión que era grave obstáculo para la reorganización de la Colonia. Muchos indios vivían en las haciendas de sus amos; muchos otros andaban huyendo, retirados en montañas y lugares remotos, y otros permanecían en la sede de los antiguos poblados prehispánicos. Ese alto grado de dispersión y desorganización fue resultado de una peculiar suma de factores: la esclavitud arrastró indios a las haciendas y ahuyentó indios a los montes, pero esto vino a operar sobre un cuadro ya existente de dispersión organizada, llamémosla así. Los indígenas, antes de la conquista, no vivían predominantemente en centros de población, sino en chozas y caseríos dispersos junto a los sembrados, constituyendo grandes áreas pobladas.52 Los centros urbanos de que dan noticia los conquistadores —Xelajú, Gumarcaj, Iximché entre otros— solamente eran los núcleos de confluencia de áreas habitadas mucho más amplias. A esos núcleos concurría toda la población en determinados días, con fines comerciales, religiosos y de administración, pero no eran la morada permanente de la gran mayoría de la población nativa.53 Así pues, la dispersión anárquica, adoptada por los indios como recurso de defensa frente a la conquista, se desarrolló a partir de un cuadro de dispersión orgánica existente con anterioridad. Y todo ello era desfavorable al gran plan monárquico y misional de las Leyes Nuevas, que exigía, como requisito indispensable, que los indios vivieran, todos sin excepción, en poblados perfectamente organizados y estables. Los indígenas no podían ser efectivamente vasallos tributarios del rey, ni éste podría ceder parte de la tributación (encomienda), ni sería posible suministrar a las haciendas mano de obra indígena periódicamente (repartimiento), mientras no hubiera centros de población perfectamente establecidos y controlados por la autoridad.

Pues bien, en esta enorme labor que se llamó reducción de indios, los frailes de la orden de Santo Domingo desempeñaron un papel importantísimo. Ellos fueron los campeones de esta realización, que fue, en definitiva, el remate de la gran transformación ocurrida en las colonias a mediados del siglo XVI. Y los pueblos de indios, las reducciones de indios, vinieron a ser el punto de apoyo de todo el sistema económico que se estructuró a partir de aquel periodo. Lo cual quiere decir que los terratenientes y encomenderos criollos, descendientes y herederos de aquellos “lobos” a quienes los dominicos despojaron de sus esclavos, vinieron a ser, a la larga, deudores de los dominicos: la reducción garantizó el cobro regular de los tributos de los encomenderos y la disponibilidad de mano de obra para los terratenientes.

El cronista, terrateniente y encomendero, duro juez de los dominicos cuando los recuerda como pioneros de las Leyes Nuevas y enemigos de la esclavitud, tiene para ellos, empero, muy efusivos elogios cuando los reconoce como autores de la reducción. Los llama entonces “hijos de la azucena de Santo Domingo”.54 En dos palabras, el cronista aborrece o elogia a los dominicos según que los considere, en distintos pasajes de la crónica, como defensores del indio o como favorecedores indirectos de su explotación.

Nos hemos detenido a señalar las relaciones entre religiosos, hacendados y encomenderos en torno al pueblo de indios, no sólo por el interés que reviste el asunto en sí mismo, sino también para dar una idea de cómo quedaron las cosas después de las reformas. Ya se habrá comprendido que los descendientes de conquistadores y primeros colonos quedaron en posición muy ventajosa. Pese a ello, siempre recordaron con nostalgia los primeros tiempos de la colonización, en que sus antepasados eran amos absolutos de los indios y los exprimían a su antojo. Ésta era una de las causas —no la única— de que los criollos fuesen una clase dominante y explotadora y a la vez emberrinchada y resentida.

Abandonemos ya el anchuroso tema de las Leyes Nuevas, cuyas proyecciones más importantes han sido señaladas.

5. Los criollos y la burocracia

Llama la atención que Don Antonio de Fuentes y Guzmán, habiendo sido, como fue, un rico hacendado con casa de mucho porte en la ciudad de Santiago de Guatemala,55 se nos presente en la crónica como heraldo y vocero de los descendientes de conquistadores que habían caído en la pobreza.56 Sorprende encontrar pasajes de la obra en los cuales, refiriéndose al grupo de criollos empobrecidos, habla de ellos en términos de la primera persona plural, incluyéndose en ese grupo de desplazados;57 él, que en otros lugares nos ha hablado de sus tierras de labor, de su “maravilloso” ingenio de azúcar, de su casa pudiente, de su encomienda, de su cargo de regidor perpetuo en el Ayuntamiento y de su lucrativa gestión de corregidor [...].58

Esa aparente incongruencia tiene por causa un fenómeno universal: en la voz del individuo se deja oír siempre la voz de la clase social. Nada tiene de extraño que el criollo rico hable en nombre de todos los criollos, incluidos los pobretones. Esa eventual diferencia de fortuna no borraba la comunidad de intereses económicos —que era el factor aglutinante de la clase— sino al contrario: obligaba a tener muy presente la solidaridad, porque el empobrecimiento de unos era una inquietante advertencia para todos.

Cuando se lee la Recordación Florida penetrando su enorme superficie noticiosa, prestando oído al clamoreo emocional que le dio origen, no se percibe en definitiva el mensaje de un individuo, de un hombre aislado, sino el testimonio de todo un grupo social. En eso radica la fuerza extraordinaria de este documento histórico: en que, más allá del caudal de noticias concretas —cuyo valor informativo es grandísimo— corre un torrente de actitudes de grupo, de nostalgias y certidumbres, de adhesiones y aborrecimientos, de temores y fanfarronadas; un torrente de subjetividad y pasión que no nace en el autor como individuo, sino en un nivel más hondo, en que el individuo habla en nombre de su grupo social.

Dos capítulos de la crónica están dedicados a demostrar que en el reino vivían, por aquel entonces, 111 familias que procedían directamente de conquistadores y primeros pobladores.59 La finalidad de esa parte de la obra es demostrar que muchas de esas familias se encontraban, pese a su “ilustre sangre”,60 en situaciones que al cronista le parecían mortificantes e indignas del linaje de los “beneméritos”.61 Los dos capítulos están escritos en tono de alegato. Además, es evidente que el criollo pensaba en el Consejo de Indias mientras escribía. No se abstiene de razonar, por ejemplo, que los descendientes de servidores de la Corona radicados en España gozaban de “muchos millares de renta”,62 aun tratándose, dice, de servicios menos importantes que los prestados por los conquistadores de América.

Surge entonces la pregunta: ¿Estaban siendo desplazados los criollos? ¿Decía la verdad el cronista al afirmar que muchos de ellos se hallaban arrinconados y padecían pobreza? La respuesta es afirmativa —sí, se daba el fenómeno de desplazamiento de algunos criollos—, pero si ha de ser una respuesta histórica completa, hay que desdoblarla en tres explicaciones que pasamos a dar inmediatamente.

Primera: los criollos empobrecidos de que habla Fuentes y Guzmán no se hallaban en la miseria; no vivían en condiciones ni remotamente parecidas a las de los indios pobres. Algunos de ellos vivían en el interior del país, reducidos a los provechos de alguna pequeña estancia o hacienda;63 otros vivían en la ciudad, arrimados a parientes ricos, también criollos que los iban ayudando.64 Otros más hallaron cabida en la Iglesia, adonde no suele entrar el hambre, como es sabido. No olvidemos que uno es el concepto de pobreza en la mentalidad de los explotadores cuando piensan en los de su propia clase, y otro muy distinto cuando aluden a las penalidades de los oprimidos. Lo que Fuentes y Guzmán consideraba como una situación de “encogimiento y modestia”65 refiriéndose a los de su mismo estrato social, habría sido una dicha imposible para la inmensa mayoría de los indígenas. Debe insistirse, finalmente, en que los criollos empobrecidos constituían un reducido grupo, según se desprende del propio texto que estamos estudiando.

El segundo aspecto de la respuesta es que desde mediados del siglo XVI, la política imperial adoptó la línea de ir retirando de los puestos de mando a los conquistadores y a sus descendientes, sustituyéndolos con personas que no tenían intereses radicados en América. Fueron creados nuevos órganos de gobierno estrictamente representativos del poder central —las Audiencias fueron los más importantes— en los cuales no tenían entrada los criollos.66 Los herederos de la conquista conservaron posiciones, no obstante, en los órganos de gobierno de nivel medio: los Ayuntamientos fueron bastiones de esa aristocracia durante toda la época colonial.67 Los Corregimientos y las Alcaldías Mayores —jefaturas políticas de los distritos interiores de las provincias— en su mayoría también estuvieron en manos de criollos. Pero esto no modificó la tendencia, general y constante, de robustecer el poder central a expensas de los privilegios de la aristocracia indiana. Se fue haciendo más fuerte y más exigente la burocracia española instalada en las colonias, y a finales del siglo XVII —época de la Recordación Florida— el proceso había puesto a los criollos en marcada desventaja y los obligaba a tolerar, de muy mala gana, una serie de órdenes y medidas de gobierno que menguaban su autoridad y a veces resultaban humillantes.

La crónica de Fuentes y Guzmán es rica en noticias ilustrativas de la pugna de los criollos con la burocracia, particularmente de la que se libraba entre el Ayuntamiento y la Audiencia de Guatemala. Ello se explica fácilmente. Primero, porque dichas instituciones fueron, como ya se dijo, los centros representativos de las dos fuerzas contrapuestas; y segundo, porque don Antonio, como miembro que fue de una de ellas, desarrolló largos párrafos de su obra asumiendo las posiciones del cabildo y contemplando las cosas, por así decirlo, desde las ventanas del Ayuntamiento. Ya su padre había ocupado un lugar en dicha institución,68 y su propio ingreso a ella a la temprana edad de 18 años, lo identificaba plenamente con aquel baluarte de la oligarquía criolla.69 Por eso son numerosas sus diatribas contra la Audiencia, cuyos errores se empeña en abultar,70 y apasionados los pasajes en que relata los disgustos habidos entre las dos instituciones. Los más importantes de aquellos altercados se originaban, claro está, en la lucha por el control de la riqueza; pero del plano económico trascendían al plano político, como ocurre siempre en estos casos, y aun al nivel de las puras formalidades. Ayuntamiento y Audiencia disputan el derecho de repartir indios para las haciendas en el valle que circundaba a la ciudad de Guatemala;71 notifícase al Ayuntamiento que cesa en la administración del impuesto llamado alcabala de barlovento, quedando ello a cargo de uno de los oidores de la Audiencia;72 la Audiencia quiere privar al Ayuntamiento del derecho de informar al rey “en cosas convenientes a la república”;73 el Ayuntamiento hace saber al presidente de la Audiencia que no está obligado a ir por él a palacio para acompañarlo a catedral;74 la Audiencia decreta que en todos los actos públicos y solemnes, cuando se hallen presentes los oidores, las “mazas”—insignias del Ayuntamiento— deben colocarse a los pies de los oidores;75 y así podríamos seguir mencionando episodios que ponían frenético a nuestro regidor perpetuo, en los que se observa la sorda riña que mantenían las dos instituciones.

Las quejas de don Antonio dejan ver cómo iba perdiendo autoridad y prestigio la vieja nobleza. En su obra hay pasajes tan llenos de resentimiento y escritos con tanta viveza, que parece estarse viendo con los ojos lo que pasaba. Cuenta, por ejemplo, que a principios de siglo, con motivo de la llegada de un nuevo presidente de la Audiencia, todavía se acostumbraba citar a la nobleza de todo el reino para conocerla en sus más conspicuos representantes. Era aquella una ceremoniosa convocatoria a los criollos, en la que sentían su valimiento y hallaban motivo de honda satisfacción. Pero en los tiempos actuales, dice el cronista refiriéndose a los suyos, los presidentes toman el camino de regreso a España tras haber gobernado varios años “sin haber conocido la décima parte de estos beneméritos de Guatemala”.75a

En síntesis: la burocracia española estaba restándole atribuciones y poder a la nobleza criolla. Esta tendencia se mantuvo hasta el colapso del régimen colonial. Pero es necesario comprender que, a pesar de ese proceso de desplazamiento, la clase social de los criollos se renovó continuamente, conservó y aun fortaleció su posición en lo económico, y fue, en fin, la clase social que se halló capacitada para tomar el poder a la hora de la Independencia. Explicar cómo y por qué ocurrió eso, es el tercer aspecto de la respuesta a la cuestión del desplazamiento de los criollos. Hemos dejado al último este aspecto por ser el más importante; el que aclara la supervivencia de aquel grupo social, a despecho de la política centralizadora que tendió siempre a debilitarlo.

6. Desplazamiento y renovación en la clase criolla

Al dar una primera definición de la palabra “criollo”, al comienzo de este libro, se hizo la advertencia de que la inmigración de españoles, el constante arribo de peninsulares que venían a buscar fortuna en Indias, dio como resultado la promoción de nuevas generaciones de criollos. Debemos retomar ahora aquella afirmación para comenzar a explicar el proceso de desplazamiento de unos criollos y la aparición de otros. Porque eso fue lo que ocurrió: las viejas familias herederas de la conquista fueron perdiendo terreno en lo económico y en lo político, pero las nuevas generaciones de criollos, sin alcanzar nunca más las altas posiciones de mando, lograron, eso sí, enriquecerse y retener la posición que había correspondido a los antiguos criollos. A ello se debe que en los inicios del siglo XIX, al concretarse la emancipación, no aparezcan en la aristocracia terrateniente los nombres de los “beneméritos” de los siglos XVI y XVII —Chaves, Paredes, Dardón, Polanco, Holguín, Ávalos, Cueto, Orduña, Vivar, Xirón, Páez, Marín entre otros—,76 sino los de las familias que entonces preponderaban en la clase social criolla: Aycinena, Beltranena, Batres, Pavón, Álvarez, Asturias, Arrivillaga, Larrazábal, Melón, Palomo, Barrutia y muchos más.77

El proceso al que nos estamos refiriendo —que pasaremos a analizar enseguida— presenta, pues, una forma peculiar de lucha de clases. Los inmigrantes españoles presionaban sobre los criollos y les robaban terreno, pero no como una clase antagónica que aspira a derribar y destruir a su enemigo, sino con propósitos muy diferentes: los inmigrantes luchaban por entrar en la clase de los criollos; los desplazaban para ocupar su lugar. Hay que entenderlo bien y recordar que la historia de las sociedades de clases ofrece muchos ejemplos como éste, en que grupos no antagónicos pugnan, respectivamente, por entrar uno en el otro y por impedir esa penetración. En la sociedad capitalista, por ejemplo, la pequeña burguesía lucha con la burguesía, no pretende eliminarla sino incorporarse a ella; por su parte, la gran burguesía tiende a destruir a su enemiga menor, no antagónica. La presión que ejercían los inmigrantes sobre los criollos, y la lucha de éstos defendiéndose, dio por resultado —he aquí lo que interesa señalar— la renovación de la clase criolla con nuevos elementos y su conservación como clase social. Los criollos viejos, herederos de la conquista en forma directa, fueron desplazados lentamente del primer plano por los españoles que vinieron después, quienes al convertirse también en terratenientes y explotadores de siervos indígenas, se asimilaron a la estructura de clases preexistentes sin alterarla en lo más mínimo. Es en el análisis de este proceso donde se viene a comprender, con toda claridad, que los rasgos esenciales y definidores de la clase criolla fueron la propiedad latifundista de la tierra y la explotación del trabajo servil del indio. Los primeros criollos constituyeron una clase social porque heredaron de la conquista eso. Los criollos tardíos, protagonistas centrales de la Independencia de Guatemala, lucharon siempre en torno de lo mismo —conservación y ampliación de la propiedad territorial y del control del indio— y pasaron a ser la clase dominante del país gracias a que tenían en sus manos eso. (Puede y debe hablarse sociológicamente de una oligarquía criolla en Guatemala hasta la época contemporánea, en la medida que pueda comprobarse la presencia de un grupo social dirigente cuya fuerza económica y política resida en la posesión de latifundios y la explotación del indio como trabajador no libre. Por lo menos hasta la Revolución de 1944 —¡fecha tan reciente!— una oligarquía de ese tipo fue la clase dominante en el país, indiscutible y absoluta.78 Y el criollismo —la conciencia de clase de los criollos, ya perfilada en lo fundamental desde los primeros siglos coloniales— todavía está vivo en la mentalidad de los grupos poderosos del país, como consecuencia natural de la perduración de aquellas bases económicas. En la tenaz persistencia de estas categorías históricas estriba, justamente, el interés y la importancia de su estudio).

La crónica de Fuentes y Guzmán suministra valiosa información acerca de la pugna entre los criollos y los inmigrantes españoles que venían a establecerse en la provincia. El cronista los llama “advenedizos”,79 apelativo que probablemente fue de uso común entre los criollos para aludir a los inmigrantes —sin que de ello haya prueba—, y que, en todo caso, refleja lo que la vieja aristocracia terrateniente veía en los españoles recién llegados: intrusos, llegados tarde y en mala hora.

El problema de los inmigrantes había surgido, claro está, desde el siglo XVI. Ya los conquistadores se quejaban —cuando aún no había madurado la primera generación de criollos— de que cada día venían de España personas con títulos que les abrían las puertas de la provincia y perjudicaban a quienes la habían conquistado.80 Uno de aquellos inmigrantes había sido el propio bisabuelo de don Antonio, pero sus hijos y nietos, convertidos ya en terratenientes y encomenderos, tuvieron que habérselas con los intrusos de las épocas siguientes. El padre del cronista sostuvo, como procurador del Ayuntamiento, un largo litigio con el presidente de la Audiencia (don Álvaro Quiñonez de Osorio, Marqués de Lorenzana) por razón de unas encomiendas concedidas a personas que, a juicio de aquella corporación, no eran merecedoras de dicha concesión. La tesis del procurador era que debían darse las encomiendas vacantes a los descendientes de conquistadores y pobladores antiguos.81 Así, pues, el cronista se situaba en la tradición de su familia y de su clase al protestar, a lo largo de toda su obra, contra aquellos advenedizos que, según afirma, no tenían méritos, pero gozaban del favoritismo de la Corona y ello les bastaba para venir a empujar a quienes sí los tenían.82 Este alegato lleno de enojo está presente, en diversas formas, en toda la Recordación Florida, y los argumentos del criollo dejan ver la actitud que asumían los advenedizos frente a los americanos y frente a todo lo americano.

Los españoles llegaban llenos de ínfulas, engreídos, fingiendo un desprecio y una superioridad que mortificaba a los criollos.83 Vale la pena analizar aparte este asunto, porque los gestos de superioridad de grupo encubren, casi siempre, trucos relacionados con las luchas de clases.

7. Causas del menosprecio del español hacia los criollos

La actitud de menosprecio que adoptaban los españoles frente a los criollos, el ademán desdeñoso, no era perceptible solamente para los criollos mismos, sino aun para personas ajenas al conflicto. El fraile ingles Tomás Gage, socarrón y pancista, a quien no afectaba en lo más mínimo aquella enemistad, la menciona, sin embargo, en muchos pasajes de su célebre libro de viajes. Dice en uno de ellos lo siguiente: “no sólo están privados de los oficios y cargos de gobierno, sino que los españoles advenedizos los afrentan todos los días, como a personas incapaces de gobernar a los demás, y medio indios”.84 Esas pocas palabras están llenas de connotaciones que es conveniente espigar. En primer lugar, el viajero también usa el concepto de “advenedizos” (es curioso que el traductor haya escogido precisamente esa palabra) para referirse a los inmigrantes españoles, lo cual refuerza la suposición de que el apelativo era de uso generalizado. En segundo lugar, se observa que para la época en que Gage vivió en Guatemala —primera década del siglo XVII— los criollos ya habían sido desplazados de los altos cargos de gobierno, si bien es cierto, como quedó dicho en otro lugar, que retuvieron los puestos de autoridad en el nivel medio. En tercer lugar, el texto parece referirse a los mestizos cuando dice que los españoles los consideraban medio indios”; y no hay tal cosa: no se trataba en modo alguno de los mestizos, sino muy concretamente de los criollos. Lo que ocurría era que —¡ya desde entonces!— atribuirle a alguien parentesco o consanguinidad con los indios era un modo de disminuirlo y rebajarlo con la palabra. Los peninsulares usaban frente a los criollos exactamente el mismo prejuicio que éstos adoptaban frente a los indios: el origen hispano daba superioridad —así se decía—, más superioridad —alegaban los advenedizos— cuando más puro y cercano fuera ese origen. Así como los criollos invocaban su sangre española para justificar falazmente su predominio sobre los indígenas, así los peninsulares trataban de presentarse como más genuinamente españoles para justificar el desplazamiento de los criollos. No pudiendo negar el entronque hispano de las familias criollas, los españoles decían, entre otras cosas, que vivir por varias generaciones en el clima de América les hacía perder: “cuanto de bueno les pudo influir la sangre de España”.85

Las jactancias de los españoles, eran, claro está, trucos para presentarse como merecedores de todo lo que les ofrecía el mundo indiano. Creaban con ellas la impresión de que habían dejado a sus espaldas un mundo mucho mejor, y de que ganaban poco quedándose en América. Eran, pues, los melindres de quien, al regatear, aparenta menosprecio para obtener, así, a menor precio, lo que desea adquirir. Sería ocioso demostrar que los españoles inmigrantes, con todos los defectos que decían hallar en estas tierras, solían quedarse tercamente en ellas. No había en España siervos con cuyo sudor pudiera amasarse fácilmente una fortuna.

Antonio de Fuentes, que como criollo se aferraba a lo suyo y adivinaba el truco de sus enemigos, introduce notas amargas cuando entona el canto de las bondades y bellezas de su país. No puede quitarse de la cabeza a los advenedizos que menospreciaban tales bondades, y su despecho lo lleva a compararlos con las arañas, que afean las florestas y viven de lo que hay en ellas.86 En el interesante y amplio capítulo en que Fuentes habla del maíz y de sus variados usos, no puede olvidarse del fingido desdén con que los españoles miraban esa útil planta.87 Si está hablando de las muchas y bellas flores que amenizan y adornan el reino, se le viene a la mente que los peninsulares juzgaban más bellas las de España, y concluye: “como no hemos visto aquéllas, éstas nos parecen flores bien perfectas y hermosas”.88 Si más adelante describe la majestuosidad de las montañas de su terruño; lo asalta de pronto la comprobación de que no las adorna la nieve.89 Uno se pregunta qué necesidad había de mencionar la nieve, un elemento ajeno al paisaje guatemalteco y completamente desconocido para el criollo;90 otros estupendos elementos de paisaje había en su tierra y faltaban en el paisaje de España —los volcanes, por ejemplo—. Más razonable habría sido describir con entusiasmo lo que había, sin lamentar lo que se echaba de menos. Pero la verdad es que el criollo efectivamente estaba sugestionado y convencido de la superioridad de lo español. Se le inculcaba desde la cuna que el origen español era la causa de su superioridad de clase, y ese prejuicio, machacado y asimilado a lo largo de toda la vida, tenía que motivar sentimientos de inseguridad frente a los peninsulares. En este punto, al criollo lo traicionaban sus propios prejuicios, esgrimidos por un enemigo de clase que no era el indio.

Ahora bien, del mismo modo que al referirnos al prejuicio de superioridad del criollo frente al indio —en el primer capítulo de este libro— procedimos señalando las verdaderas causas históricas de aquella superioridad, así también ahora, al referirnos a la exitosa lucha de los inmigrantes contra los criollos, convendrá que nos preguntemos si no habrá habido alguna superioridad efectiva, alguna ventaja real que pusiera a los advenedizos en condiciones de vencer la resistencia de los criollos introduciéndose en su grupo.

Respondamos a esa pregunta en un breve apartado especial.

8. Ventajas del inmigrante frente al criollo

Hay que señalar, en primer lugar, que muchos inmigrantes venían de España con privilegios obtenidos más allá. Esto los ponía en situación muy ventajosa desde el primer momento. Porque llegar a la provincia con una encomienda obtenida de antemano, o con una orden para recibir tierras, significaba que el inmigrante no venia a abrirse camino, sino que hallaba el camino abierto, y lo que le faltaba para enriquecerse era un razonable cuidado en sus negocios.

En segundo lugar debe quedar advertido que, en todo tiempo bajo el régimen colonial, pasaron a América grupos de españoles que se acogían a la protección de los funcionarios que eran enviados en sustitución de otros. Junto a los presidentes y los nuevos oidores, también arrimados a funcionarios de la Real Hacienda, solían venir grupos de parientes y amigos, los cuales, instalados como simples inmigrantes, gozaban de un trato preferencial y sacaban prontas ventajas de ello.91

De los dos aspectos de la cuestión —que pueden reducirse al hecho general de que muchos inmigrantes venían amparados bajo alguna forma de protección oficial— dan prueba numerosos documentos desde el siglo XVI: por eso son los más evidentes. Pero posiblemente no fueron los más importantes. Es preciso fijar la atención en otros dos factores, que deben haber tenido un papel primordial en el proceso de debilitamiento de las viejas familias criollas y la aparición de otras nuevas. Estos dos factores actuaban juntos, en combinación. Así los presentaremos inmediatamente.

Anotemos, pues, en tercer lugar, el hecho de que los criollos no eran gente de empuje. Se formaban en una sociedad en que el trabajo lo realizaban otros sectores sociales: sobre los siervos indígenas recaían las tareas más pesadas, y los mestizos y mulatos —trabajadores no serviles— cubrían las actividades no agrícolas, tales como artesanías, transporte, crianza de ganado y otras. Educados como hijos de familias acomodadas, rodeados de sirvientes, acostumbrados a dar órdenes y a no estropearse la ropa, los criollos debieron adquirir los rasgos de carácter de una clase engreída y haragana. En toda América se los acusaba de indolentes, frívolos, dados a la pompa, derrochadores y pleitistas, incapaces de un esfuerzo sostenido;92 y aunque esas acusaciones hayan sido formuladas principalmente por españoles, interesados en desestimar a los criollos, debe suponerse que algo había de cierto en ellas. El consumir sin producir, el disfrutar sin trabajar, el vivir como parásitos y aun despreciar a quienes les daban de comer, fueron circunstancias que nunca propiciaron la aparición de tipos humanos bien integrados. La historia universal pone en evidencia que el ademán ceñudo y agresivo, la crueldad de las clases parasitarias con quienes tienen bajo su dominación —especialmente cuando actúan con garantía de impunidad—, son rasgos que encubren grandes debilidades de carácter y vicios que brotan de la saciedad y la holgazanería. Los criollos no fueron, ciertamente, un ejemplo extremo de esa ley universal, pero seguramente que tampoco fueron una excepción. Tomás Gage hace una venenosa descripción de los de Chiapas —provincia del reino de Guatemala—, y después de reírse de la pedantería que según él los distinguía, y de la flojedad de carácter que descubrió en ellos, anota que “les parece que no hay en el mundo cosa mejor que dormir tranquilamente en su cama”.93

Ese tercer punto, la debilidad de carácter de los criollos, no habría sido un factor de su desplazamiento si no se hubiera combinado con lo que en esta explicación viene a ser el cuarto punto: el hecho de que los inmigrantes procedían de una sociedad mucho más desarrollada. Mientras los criollos constituían una clase explotadora y haragana en la sociedad feudal, los inmigrantes eran, por término medio, elementos de las clases trabajadoras de una sociedad mercantilista. Hay que prestarle atención a ese hecho. La presencia de grandes masas indígenas, susceptibles de ser puestas en servidumbre, determinó que los españoles organizaran en América una sociedad feudal, pero la España del siglo XVI ya había entrado en la primera etapa del capitalismo. Y si bien es cierto que en los siglos siguientes no tuvo un desarrollo capitalista vigoroso —el saqueo de las colonias fue, precisamente, el factor principal de su retraso definitivo como país en vías de industrialización—,94 no es menos cierto que la estructura económica y social de la metrópoli fue mucho más avanzada que la de sus provincias. El desarrollo de la economía mercantil y el movimiento de capital comercial habían descompuesto en España las relaciones de producción propias de la economía feudal. El trabajo asalariado había sustituido casi totalmente al trabajo servil, ya bajo el reinado de los llamados Reyes Católicos. Pero como se trataba, en los siglos XVI y XVII, de un capitalismo naciente y entorpecido en su desarrollo por diversos factores, y como la producción mercantil no iba más allá de la manufactura y la pequeña industria, de allí que conviviera, junto a una burguesía débil, una aristocracia de la tierra en vías de desintegración.95 El pueblo español, la masa de trabajadores agrícolas y urbanos, padecía simultáneamente la explotación asalariada propia de la etapa de acumulación originaria del capital,96 y las arbitrariedades que el peso de la tradición feudal mantenía vivas todavía. Era un pueblo aporreado, al que caracterizaba, junto a su pobreza y en íntima relación con ella, una truhanería llena de ingenio y astucia; un pueblo que se veía obligado a trabajar intensamente para ir pasando una vida de regateos y trampas en torno de cada maravedí. Es bien conocido el vivo retrato que de ese pueblo se conserva en las páginas del Quijote, obra que tiene por escenario la realidad española de la época de Cervantes. Labriegos maliciosos, posadas de camino en que los escrúpulos morales eran tan exiguos como los alimentos, bachilleres y peluqueros de mucho ingenio y ninguna fortuna, maleantes, trotamundos, una abigarrada población que mitigaba con vino barato la frustración permanente, la amargura del bregar continuo y el andar siempre entrampado. La misma vida de Cervantes, llena de humillaciones derivadas de la pobreza, que se extinguió en la más completa amargura tras haber andado siempre a la búsqueda del favor de grandes señores —sin que faltara en ella el propósito de venir a Indias en busca de mejor fortuna—, da testimonio de lo que era, para las capas medias de la población, la lucha por la vida en la España de los siglos XVI y XVII.97

La aristocracia española ni la burguesía pasaron a Indias a buscar fortuna. No tenían por qué hacerlo. En la época de la conquista fue frecuente que se enrolaran en las empresas los segundones “hijos-dalgo”, o sea los elementos marginales de la nobleza, desplazados allá, que ansiaban engrandecerse acá. Algunos nobles vinieron después como altos funcionarios —virreyes, presidentes, visitadores— a desempeñar cargos temporales. La corriente migratoria fue alimentada básicamente por las capas medias y por trabajadores sencillos de la península.98 Al principio fue más numerosa la inmigración proveniente del sur de España, pero aumentó gradualmente la que venía del norte, es decir, de las regiones en que la economía mercantil estaba más desarrollada.99 Esa gente —en cuyo seno predominaban los hombres jóvenes— habituada a la lucha por el pan en un ambiente pobre y difícil, con un carácter templado y formado dentro de las modalidades del bronco capitalismo naciente, era la que venia a las colonias. En su mayoría era gente explotada que tenía el decidido y bien fundamentado propósito de convertirse en explotadora. El promedio de esa gente debe haber tenido unas aptitudes y una energía superiores a las del criollo medio. No por motivos de un más cercano origen español, ni porque la “sangre” de los criollos se maleara bajo el clima de las colonias, sino porque los hombres son producto del régimen económico y del estrato social en que se forman. Un trabajador forjado en las penurias de la explotación capitalista, formada su mente en la complejidad de las relaciones de una sociedad mercantil, trasladado de pronto a una formación social menos desarrollada y puesto a contender con los perezosos señoritos de ésta, tenía que hallar en sí ciertas peculiaridades que lo favorecían: una mayor capacidad para el esfuerzo sin compensaciones inmediatas, y más agilidad mental en términos de astucia y malicia para sacar partido de las cosas y las situaciones. La crónica de Tomás Gage menciona en varias ocasiones a esos españoles, tenaces y ahorrativos, casi siempre zafios, codiciosos y exentos de escrúpulos morales, que al morir dejaban a sus hijos en posesión de cuantiosas fortunas.100

Es muy significativo el hecho de que Fuentes y Guzmán, en su constante añoranza de los tiempos idos y en sus lamentos de lo que pasaba en los suyos, le reproche a estos últimos el estar contaminados de malicia. Ése es el calificativo que le viene a la pluma cuando quiere cifrar, en una sola palabra, todo lo que a él y a los suyos les resultaba adverso: “la malicia que hoy corre”.101 Insiste en que las relaciones entre los hombres, tanto en los negocios privados como en los públicos, están tocadas de cierta corrupción,102 y su reproche se hace más claro y más directo —más transparente para quien busque el fondo de aquel malestar— al señalar concretamente que la corrupción provenía de hallarse los hombres, más y más, “ocupados en mercancías y contratos”.103 Lo que realmente ocurría era que en el reino de Guatemala iban apareciendo, aunque muy débilmente, ciertas relaciones económicas de carácter mercantil. La tierra había comenzado a ser objeto de especulación, no sólo en negocios de compra y venta, sino también gravándola con hipotecas sobre préstamos. El añil se producía casi íntegramente para la exportación; también se exportaba cacao y pequeñas cantidades de achiote y vainilla.104 Todo ello amenazaba la estabilidad y la relativa simpleza de las relaciones feudales, y aunque se tratara de fenómenos secundarios, que apenas alteraban superficialmente la estructura feudal, el criollo viejo, el terrateniente a la manera de don Antonio, no podía ver con buenos ojos la más leve alteración del sistema. Nuestro hacendado sentía la más profunda antipatía hacia el cultivo del añil y los negocios que de su exportación se derivaban.105 Impugna los envíos de tinta “a trueco de trapos viejos y caros”106 —en estos términos desdeña el intercambio de añil por telas—, y con el mismo tesón propugna que deberían buscarse y extraerse los metales preciosos de la entraña del país. La crónica se detiene en varios puntos a demostrar que en el reino había yacimientos vírgenes, y la tesis del autor es que en vez de estar exportando tinta —llega a exclamar “¡ojalá no la hubiera!”— se debería exportar la riqueza mineral que supone escondida en el subsuelo del país.107 He allí, pues el complemento de la aversión que sentía el hacendado feudal hacia el mercantilismo: él hubiera deseado una economía cerrada y autoconsuntiva, sin producción mercantil ni negocios que pudieran impulsar el desarrollo capitalista y el trabajo asalariado; piensa que la metrópoli estaría satisfecha recibiendo oro y plata de sus colonias, sin necesidad de promover en ellas ningún cambio.

Sabemos nosotros —nos lo permite el hecho de ver las cosas retrospectivamente— que la producción mercantil no prosperó en Guatemala durante la Colonia. Aun en los días de la Independencia era muy poco lo que se producía para la exportación, y todavía era el añil el único producto que se exportaba en cantidades de cierta importancia.108 Los españoles que venían a la provincia con una mentalidad y una “malicia” mercantilista, acababan convertidos en terratenientes. Porque habiendo la posibilidad de adquirir tierras, y siervos para sacarles provecho con pocos gastos, ese atractivo absorbió la iniciativa de los inmigrantes convirtiéndolos en hacendados. Así se fue rehaciendo sucesivamente la clase social de los criollos, alimentada precisamente por los advenedizos que desplazaban a los criollos viejos y se convertían en criollos a su vez. Ése fue el proceso. Las viejas familias prominentes pasaron a ser familias de segundo y tercer orden dentro de la clase: criollos de mediana riqueza, criollos empobrecidos. Hubo también algunas familias que se extinguieron sin dejar sucesión.

9. La patria de los criollos como idea

de contenido reaccionario

Demos término a este capítulo con unas observaciones breves y muy necesarias.

La idea de patria que se manifiesta en la crónica monumental de Fuentes y Guzmán, era una idea de contenido reaccionario. No la animaba la visión del futuro del país en términos de cambio y desarrollo, sino todo lo contrario: era una respuesta ante la amenaza de transformación implícita en la política imperial y en el arribo de inmigrantes. A despecho de lo que podría esperarse de una obra que es defensa y canto de la patria, la Recordación ofrece un tono de nostalgia y pesadumbre, un tono de lamentación que a la larga se impone en el lector y acaba por ser la impresión más honda que deja su lectura. En toda ella se escucha la añoranza de lo pasado, la desaprobación del presente y el miedo al futuro. El autor hace reiteradas reflexiones sobre el devenir de las cosas, el cambio de los tiempos, y lejos de aparecer allí una perspectiva del porvenir de la patria, es precisamente en ellas donde suenan las notas más sombrías y lúgubres de la Recordación. Quizá son también sus notas más íntimas: “en el mundo no hay fijeza, ni en lo más grande ni en lo más pequeño [...];109 la inconsistencia de las cosas, que nunca asisten en su ser […];110 es achaque de lo temporal la poca fijeza con que procede en todo […];111 en lo humano no hay cosa fija ni segura”,112 y así sucesivamente el cronista suele recordarnos la mudanza de las cosas humanas, pero jamás lo hace como podría hacerlo una mente proyectada hacia el futuro, viendo en la mutabilidad una garantía de que mañana podrá llegar a estar bien lo que hoy está mal, sino como suelen hacerlo todas las mentes vueltas hacia el pasado: quejándose de que, lo que ayer estuvo bien, ya nunca volverá a encontrarse en ese estado. Ése es el espíritu de la obra, cifrado con admirable acierto en las dos palabras que le sirven de nombre y título. La Recordación Florida de veras es una recordación, un volver la mirada atrás, hacia tiempos que al autor se le antojaban florecientes y prósperos. El enorme trabajo de reconstrucción histórica realizado por Fuentes y Guzmán en muchos de los capítulos de su obra, no tiene la finalidad de arrojar luz y comprensión sobre el presente del historiador, menos aún de vislumbrar el futuro. Su finalidad es contraponerlos a los capítulos en que habla de la actualidad —los que son propiamente crónica— y demostrar que los tiempos pasados fueron mejores que los actuales.

Fácil es entender, después del análisis hecho en estos dos capítulos —titulados “Las dos Españas”— que el tono fundamentalmente pesimista de la crónica del criollo, así como el contenido reaccionario de la idea de patria que se manifiesta en ella, eran consecuencia necesaria y reflejo de la inseguridad que pesaba como una amenaza sobre el grupo de viejas familias herederas de la conquista.

Nos asaltan aquí, empero, varias cuestiones difíciles que exigen respuesta: ¿Habrá estado vigente todavía esa idea de patria entre los criollos que dirigieron políticamente la emancipación de Guatemala? ¿Habrán tenido los criollos del último periodo colonial ese mismo sentimiento de “patria a la defensiva”? ¿Fueron efectivamente los criollos quienes controlaron la Independencia, alcanzando con ello su viejo propósito de hegemonía? ¿Podría interpretarse aquel suceso, simple y llanamente, como la toma del poder por un grupo de explotadores que estaba obligado a compartir la explotación con la monarquía española? Y finalmente: ¿No habrá surgido en la sociedad guatemalteca, a tono con el desarrollo de las fuerzas productivas en los últimos siglos coloniales —a tono con el desarrollo del mercantilismo, por ejemplo—, una nueva clase social, una capa media alta, una pequeña burguesía, que concibiera la patria en términos de desarrollo? En suma, ¿fue la Independencia un hecho revolucionario o fue la implantación de la patria de los criollos?

Hemos hablado hasta aquí de la defensa del patrimonio. Hemos examinado ciertas formas que tomaba la pugna de criollos y peninsulares en torno al patrimonio de los primeros. Pero todavía no hemos analizado el patrimonio mismo. Tenemos que hablar de la tierra en un capítulo y de los indios en dos capítulos especiales. Porque los indios trabajando la tierra eran la parte esencial del patrimonio en disputa. Sólo después de haber analizado esos dos temas pendientes quizá podamos, buscar el planteamiento correcto de las cuestiones arriba enunciadas, dar respuesta a algunas de ellas, y sugerir el camino para hallar la respuesta de otras. Lo dejaremos para el capítulo final del libro. Es preciso ahondar mucho más todavía.

1 El reino todavía no estaba definido como entidad política en ese momento. Aludo aquí a los territorios que después vinieron a quedar dentro de la delimitación del reino. Por comodidad expositiva omito tal explicación en el texto. La conmoción que causaron en Guatemala puede verse en Fuentes, t. II, pp. 268-284.

2 Véase en Remesal, t. II, pp. 218-226, la sublevación de los Contreras en Nicaragua y el asesinato del obispo Valdivieso (1450). Ésa y otras alteraciones violentas, debidas igualmente a las Leyes Nuevas, en García Peláez, t. I, pp. 134-137.

3 Id.

4 García Peláez, t. I, p. 136.

5 El texto de las Leyes Nuevas en Remesal, pp. 282-283, en donde particularmente se menciona la cesión de tributos.

6 Id.

7 Id.

8 García Peláez, t. II, p. 7 citando textos de Solórzano y Pereira que glosan textos de principios del siglo XVII.

9 Id. En AGG, AI.39.1751, f. 41v, corre inserto auto del presidente Mayén de la Rueda, prohibiendo a los encomenderos vivir en los pueblos que les estaban dados en encomienda.

10 Véase Diccionario Hist. Esp., t. I, p. 980. Allí está explicada la composición en general, en relación con la encomienda. Zavala, Contribución, p. 64, habla de la disimulación en relación con la encomienda. Véase también Altamira, Diccionario, artículos “composición”, “disimulación” y encomienda.

11 Id. Más adelante, en el capítulo siguiente, se mencionará de nuevo la composición en relación con la adquisición de tierras.

12 García Peláez, t. II, p. 5. Allí se encuentran todos los pormenores de esta gestión. Es interesante la información que proporciona sobre la distribución de las 192 encomiendas del reino.

13 García Peláez, t. II, p. 6, transcribe escrito del Ayuntamiento de Guatemala, abril 1572. Pardo, Efem., p. 39, escrito del Ayuntamiento a la Real Audiencia en el mismo sentido, 1610. Zavala, Contribución, p. 65, trae buena información sobre entrega de encomiendas a personas nuevas. También Solórzano, p. 75.

14 Pardo, Efem., p. 24, auto acordado por la Audiencia el 12 de noviembre de 1579.

15 Así lo afirma Juarros, citado por Solórzano, p. 55.

16 Solórzano, p. 76.

17 Juarros, citado por Solórzano, p. 55.

18 Para corregidores, véase el capítulo VII, apartado 6, de este libro (El terror colonial y los corregidores). Fuentes fue dos veces corregidor.

19 Se verá todo esto en el capítulo siguiente.

20 Recop. Leyes Indias, ley 17, título 9, libro 6. Véase también Zavala, Estudios, p. 233.

21 Zavala, Contribución, p. 60.

22 AGG, A.1, 1, exp. 54.843, leg. 6073.

23 AGG, A.1, 23, exp. 52,612, leg. 5984, f. 45.

24 AGG, A.1, 57, leg. 4588, f. 142v. También AGG, A.1, 23, leg. 4588, f. 148v.

25 En el capítulo siguiente se analiza otro.

26 A esa conclusión llega también Zavala, Contribución, p. 60. Ots, Tierras, p. 99, la confirma para todos los territorios coloniales.

27 Un expediente completo muy interesante, de otorgamiento de una encomienda en Guatemala, en 1660, lo publicó Boletín, t. II, núm. 1, pp. 3 y ss.; en AGG, A1.39, 1751 hay varios títulos de encomienda cuyos textos son muy ilustrativos; un resumen de la operación de entrega para 1623, en Guatemala, lo trae Zavala, Contribución, pp. 68-69.

28 Es lo que se infiere del cómputo de García Peláez, t. II, p. 5. Solórzano, p. 75, cita papel de 1665 y supone 72 encomiendas en Guatemala.

29 Es sabido que algunos encomenderos tuvieron más de un pueblo, y que otros tuvieron sólo una fracción, compartiendo los tributos con otros encomenderos. Esta circunstancia no altera el cálculo aproximativo que estamos haciendo, y mucho menos la verdad de lo que se viene afirmando en el contexto en que se sitúa esta nota.

30 Hubo repartimientos de indios semejantes a los de Guatemala en México (con el nombre de “cuatequil”) pero fueron definitivamente suprimidos hacia 1630. Véase la nota 60 del capítulo VII. La “mita” peruana presenta características propias, aunque en el fondo venga a ser también una forma de trabajo obligatorio de tipo feudal. Véase la nota 37 del capítulo II.

31 Fuentes, t. III, p. 282. También t. I, p. 63.

32 Rodrigo de Fuentes fue el inmigrante que casó con Catarina de Chaves. El abuelo del cronista, que obtuvo la encomienda, era hijo de inmigrante y nieto de conquistador. Lo aclara el propio Fuentes, t. III, p. 282. Véase también t. I, p. 63.

33 Sin embargo, en el Archivo General del Gobierno de Guatemala se encuentra buena documentación acerca de las encomiendas de la familia del cronista. Véase AGG, A3.16.40522.2803, cuaderno de títulos de encomiendas asignadas a vecinos de Guatemala, 1622; AGG, A3.16.40528.2803; don Francisco de Fuentes y Guzmán hace presentación del título de la encomienda que goza en los pueblos de San Juan Comalapa y Santiago Cotzumalguapa, 1625 (es abuelo del cronista); AGG, A1|.39.1752, f. 18, registro de la encomienda de Inés de Fuentes y Guzmán, 1678; AGG A1.39, 1752, f.21, encomiendas de José de Fuentes y Guzmán, 1680; AGG, A3.2, exp. 13095, leg. 706, el hijo de don Antonio de Fuentes y Guzmán, como heredero, pide le paguen los tributos de la encomienda que gozó su padre, 1701.

34 Fuentes, t. II, p. 79. En t. II, p. 137, declara que el pueblo de Izguatlán también es de su encomienda. Véase la nota precedente.

35 Id., t. III, p. 282.

36 Boletín, t. II, núm. 1, pp. 3 y ss., título de encomienda de varios descendientes de conquistadores y pobladores antiguo del reino de Guatemala.

37 Fuentes, t. III, pp. 280-282.

38 Id.

39 Id., p. 282

40 Como ejemplos: Fuentes, t. I, pp. 294, 309, 317, 344, y t. III, p. 69.

41 Id., p. 302. La crónica abunda en referencias de ese tipo.

42 Fuentes, t. I, p. 384.

43 Id., t. I, p. 302.

44 Véanse ejemplos en Fuentes, t. II, pp. 249, 250, 265, 272, 365, y t. III, p. 222.

45 Fuentes, t. II, p. 265. Lo compara allí con la inundación que destruyó la ciudad de Guatemala en 1541, declarando que fue aún peor la predicación de fray Bartolomé de Las Casas.

46 Fuentes, t. II, p. 424, y t. III, p. 222.

47 Fuentes, t. II, pp. 269-270; t. III, pp. 222 y 412.

48 Id., t. II, pp. 234, 265, 270, 272, 344 y 365.

49 Id., t. III, p. 222.

50 Id., t. II, pp. 249, 250 y 270.

51 Ximénez, t. I, p. 135.

52 Id., t. I, p. 130. Explicación amplia de este fenómeno, en Remesal, t. II, pp. 243-244. También en García Peláez, t. I, pp. 161 y ss.

53 Id.

54 Fuentes, t. I, p. 316.

55 Id., t. I, p. 330: no hubo casa de porte y autoridad donde no estuviese [...] túvele en la mía [...]”.

56 Véanse capítulos VI y VII del libro III de Fuentes.

57 Fuentes, t. I, p. 178 y t. II, p. 230.

58 Véanse las notas de los apartados 1 y 2 del capítulo I de este libro.

59 Fuentes, t. I, pp. 56-71. (Capítulos VI y VII del libro tercero de la Recordación.)

60 Fuentes, t. I, p. 58.

61 Id., t. I, pp. 56-62.

62 Id., t. I, p. 57.

63 Id., t. I, p. 59.

64 Id.

65 Id., t. I, p. 56.

66 Véase a este respecto Haring, pp. 92-93. También Aguirre, p. 32.

67 Para Guatemala, todos los documentos dan prueba de ello. Para las demás colonias puede verse Haring, pp. 187, 198 y 204.

68 AGG, A1. 30-2, exp. 40652, leg. 4700. Residencia tomada al capitán Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán del tiempo que fue alcalde ordinario de la ciudad de Guatemala, 1658.

69 Para una definición de esa oligarquía que controló el Ayuntamiento de Guatemala, véase el trabajo de Chinchilla en el capítulo “La clase capitular”, pp. 173-181.

70 Fuentes, t. I, pp. 189-190 y 194; t. III, pp. 137 y 307.

71 Id., t. I, p. 194; t. III, p. 137. García Peláez, t. I, p. 180.

72 Pardo, Efem., p. 86.

73 Fuentes, t. III, pp. 137 y ss.

74 Pardo, Efem., p. 91.

75 Fuentes, t. I, p. 189.

76 Si quiere verse la nómina completa, se encuentra en Fuentes, t. I, pp. 56-69.

77 Si quiere verse la nómina completa, se encuentra en Batres, t. III, pp. 238-240.

78 Me refiero a la clase de los cafetaleros, cuya dictadura es exclusiva y absoluta desde Barrios hasta Ubico. De 1944 a la fecha (1967) la fórmula de clase en el poder ha variado mucho. Puede afirmarse, sin embargo, que el componente cafetalero sigue siendo importantísimo. Esta discusión, empero, cae fuera de los propósitos de nuestro estudio.

79 Fuentes, t. I, p. 112. En t. I, p. 69: “allegadizos y malsines”.

80 Memorial del Ayuntamiento de Guatemala de abril de 1572, transcrito parcialmente en García Peláez, t. II, p. 6.

81 Fuentes, t. III, p. 302.

82 Id., t. I, p. 112.

83 Se darán varios ejemplos y pruebas en el parágrafo siguiente. Véase Fuentes, t. I, p. 27.

84 Gage, p. 7.

85 García Peláez, t. II, p. 8: “que degeneran tanto bajo el cielo y el temperamento de estas provincias, que pierden cuanto de bueno les pudo influir la sangre de España”. Véase también t. III, p. 21.

86 Fuentes, t. III, p. 197.

87 Id., t. I, p. 225.

88 Id., t. I, p. 216.

89 Id.

90 A lo sumo habrá visto la nieve en los volcanes del altiplano mexicano, si acaso estuvo allá. A mi me parece, por diversos indicios, que Fuentes sí visitó aquella región. Pero es asunto dudoso.

91 En Fuentes se encuentran muchas referencias de este fenómeno reiterado. Ejemplos en t. I, pp. 67, 194 y 196.

92 Haring, p. 248.

93 Gage, p. 144.

94 Es sabido que varios autores, esencialmente historiadores de España, consideran que la afluencia de metales preciosos entorpeció el desarrollo industrial de la península. Esta tesis se viene sosteniendo desde principios del siglo XIX.

95 A estos extremos interpretativos han llegado varios notables historiadores españoles contemporáneos. Resúmenes importantes pueden hallarse en Vicens Vives y en Lozoya, capítulos correspondientes al desarrollo económico de la península bajo el reinado lo de los reyes católicos y primeros años del reinado de Carlos V.

96 Para el concepto de “acumulación originaria del capital”, véase cualquier tratado marxista de economía política, sección correspondiente al nacimiento del capitalismo.

97 Cualquier biografía seria de Miguel de Cervantes Saavedra sirve para ampliar —ya no confirmar— lo aquí indicado. Es cosa sabida que Cervantes hizo gestiones para pasar a Indias como funcionario.

98 Ramos, pp. 368-373. Ots, Derecho, pp. 191 y ss.

99 Id., Ramos, Haring, p. 249. Nótese cómo aparecen los apellidos vascos en el segundo grupo de familias criollas enumeradas más arriba.

100 Para ejemplos, véase Gage, p. 192 (terrateniente acaudalado que había venido a Guatemala en la pobreza), y p. 209 (español que se hace rico vendiendo licor a los indios en una taberna).

101 Fuentes, t. I, p. 121.

102 Id., t. I, p. 118 y 172.

103 Id., t. III, p. 268.

104 Id., t. I, p. 274.

105 Id., t. I, pp. 273 y 274.

106 Id, t. I, p. 274.

107 Como ejemplo de su elogio de los metales puede verse Fuentes, t. I, pp. 273, 309, 332, y t. II, p. 361. (En el primer lugar exclama que están abandonados los yacimientos “por el amor que tienen a una libra de tinta”).

108 Apuntamientos, p. 99. También p. 109, con lista y cifras de exportación para 1810.

109 Fuentes, t. II, p. 227.

110 Id.

111 Id., t. III, p. 109.

112 Id., t. II, p. 432.

75a Id., t. II, p. 20.

IV. TIERRA MILAGROSA

1. La patria como paisaje. 2. La política agraria colonial y el latifundismo. 3. Tierras de indios. 4. Un caso de “diligencias” para obtener tierras. 5. Necesidad de reforma agraria antes de la Independencia.

1. La patria como paisaje

La Recordación Florida es, junto a muchas otras cosas, un inmenso paisaje. Es un complejo de historia, crónica, geografía, etnografía, discusión de problemas económicos y de administración pública, que se desarrolla en el escenario de un paisaje de grandes dimensiones.

Podría pensarse que la descripción de un país configura siempre un paisaje. Pero no es así. En capítulos posteriores tendremos que utilizar mucho un extraordinario documento que precisamente es la descripción de un gran trozo del reino de Guatemala —la “Descripción Geográfico-Moral de la Diócesis de Goathemala”, hecha por don Pedro Cortés y Larraz—1 y se verá que la enumeración y la descripción de los poblados y de los accidentes geográficos, de las relaciones existentes entre ellos, la indicación de los cultivos y del abandono de las diversas regiones, la anotación de las distancias y hasta el comentario de las jornadas de camino, pueden componer a lo sumo un panorama —incluso un panorama de gran riqueza informativa—, pero no un paisaje.

Para que la descripción de un país llegue a ser un paisaje tienen que darse condiciones muy especiales. Aunque la descripción necesariamente esté construida con datos de la realidad objetiva, debe ser una elaboración de la conciencia del autor y no un simple traslado de aquellos datos; debe estar dominada por sus peculiares enfoques, afectada por acentos y sombras que la mentalidad del narrador proyecta sobre la realidad; debe estar, en suma, teñida de subjetividad. Es preciso, desde luego, que la referencia a los factores fisiográficos sea constante y de primordial importancia en el relato —la topografía del país, sus ríos y lagos, las calidades de la tierra, la diversidad de los climas, la flora y la fauna, la habitabilidad de cada región, etc.— y que el autor se reconozca ligado afectivamente a esas realidades, de modo que su tratamiento implique afición y simpatía. Esa simpatía del narrador para el paisaje del mundo a que hace referencia no es, empero, la compenetración del trabajador que vive en contacto directo con la tierra. El campesino sabe que la tierra es dura, que tiene pedruscos y espinas, que hiere y cansa; la ve como algo necesario y entrañable, pero no la idealiza. La perspectiva ideológica del paisaje, en cambio, supone distancia, elevación, horizonte; es la perspectiva del hombre que mira la tierra desde una posición dominante, que la ama por diversos motivos y conoce muchos de sus secretos, pero que no la trabaja.

No es casualidad que la Recordación Florida sea la única obra colonial de carácter histórico que presenta un paisaje de Guatemala. El hecho no está motivado, como podría pensarse a la ligera, porque Fuentes y Guzmán haya sido el único laico entre nuestros cronistas e historiadores coloniales (Remesal, Gage, Vásquez, Ximénez, Juarros, García Peláez: cuatro frailes y dos clérigos); está determinado por la circunstancia de que ese único cronista laico fue un miembro de la clase terrateniente, un criollo —entendido, claro está, que los hombres representativos de una clase son siempre sus hombres mejor dotados—.

Como hacendado, Fuentes tenía en la tierra su principal objeto de interés —sólo comparable en importancia con el indio, que venía a ser el complemento de la tierra desde el punto de vista criollo—. La Recordación tenía que ser, y lo es, un tesoro fundamental de noticias relativas a aquel medio de producción.

A la experiencia del hacendado se sumaba la del viejo funcionario. La tierra no era sólo el elemento básico de la agricultura y por ello de la vida de aquella sociedad agrícola, sino que, por serlo, era también el principal motivo de trámites y litigios, de intrigas y violencias, acerca de todo lo cual había aprendido mucho el cronista en 30 años de gestión en el Ayuntamiento de Guatemala y en los años que fue corregidor de Totonicapán y Huehuetenango. La crónica contiene datos muy valiosos acerca de la tierra como asunto de la legislación y la administración coloniales, y ofrece, como es natural, amplísima información acerca de los cultivos, la cantidad y la calidad de las cosechas, los sistemas de producción, los accidentes y fracasos de la misma, las normas de trabajo, las características de los diversos tipos de trabajadores, las modalidades de las haciendas y labores, la disponibilidad de tierras por los pueblos de indios, y muchas otras importantes cuestiones a que estaremos haciendo referencia a lo largo de todo nuestro estudio. Todo ello se presenta allí desde el ángulo de un terrateniente ilustrado del siglo XVII. Cargadas de subjetividad como están sus noticias, habrá ocasiones en que nos dirán más acerca de la actitud del criollo hacia la tierra que acerca del elemento mismo. Pero advertidos de esa circunstancia sacaremos partido de ella.

La mentalidad del cronista no establece un corte, una solución de continuidad, entre la tierra como medio de producción sistematizada —haciendas, labores, tierras comunales de indios, etc.— y la tierra como porción de mundo que se ofrece a sus moradores: país, patria, reino de Guatemala. En el desarrollo de la crónica rige un principio que podríamos llamar de integración subjetiva. Esta circunstancia es causa de que en ella se confundan diversos asuntos bajo un mismo tratamiento y en secuencias que pueden parecer reñidas con el orden. No debe extrañarnos eso; ya hemos dicho que la profunda motivación de la Recordación Florida es la alabanza y la defensa de la patria-patrimonio, y lo que debemos hacer es descubrir el significado del peculiar tratamiento que en ella se hace de la tierra, en relación con aquel propósito medular de la obra.

Entremos al asunto por la vía de un ejemplo.

Relatando el asiento y la primera construcción de la ciudad de Santiago en el valle de Almolonga, el cronista se detiene para hacer un comentario extenso del primer viaje de Alvarado a España. Retoma después el asunto de la erección de la ciudad, e intercala una amplia descripción del volcán de Agua —en cuya proximidad se edificó la ciudad—. Esa descripción incluye detallados comentarios de la agricultura en las faldas del volcán, y se extiende hasta referir todo lo que podía contemplarse desde su cima: valles, pueblos, milpas, ejidos, potreros, haciendas, labores, etc. Una vez hecha esa amplísima digresión, el cronista pasa a la nómina pormenorizada de los conquistadores de Guatemala, pues ellos fueron los fundadores y primeros vecinos de la ciudad cuyo nacimiento está relatando.2

Puede parecer que allí hay un desorden lamentable, resultado de cierta incapacidad programática del autor —”un hacinamiento confuso de relaciones exageradas o inconexas”, como dijo alguien con escandalosa superficialidad—.3 Pero no es simplemente eso. Si se entiende lo que Fuentes y Guzmán quiso realizar en la Recordación Florida, se verá que ese modo de narrar responde perfectamente a la intención de la obra: intención unificadora, integradora, que usa de grandes rodeos y atrevidos paréntesis, y que no se abstiene de entreverar asuntos que parecen alejados entre sí, pero que para él no lo estaban. Puede comprobarse, en efecto, que los temas que conjuga en sus pasajes aparentemente desordenados y faltos de unidad, guardan entre sí estrechas relaciones significativas, y que el criollo quería precisamente sugerir esas relaciones, presentarlas como el contexto y la ligazón interna —¡la unidad!— de su mundo y de su patria. Nos atreveríamos a afirmar que es imposible captar la concepción que el cronista tenía de su país, si no se percibe la intención de sus irregularidades expositivas. Es peligroso, amén de superficial, contentarse con decir que Fuentes es desordenado, o despachar ese desorden diciendo que se trata del “barroquismo” del autor y de la época. El relato emerge a veces con el ímpetu desordenado de las plantas trepadoras, y cuando adopta un tono culto recuerda ciertamente la riqueza recargada de los retablos barrocos; pero los problemas de construcción que presenta la obra encierran significados ideológicos que van mucho más allá de una pura cuestión de estilo.

En el ejemplo que acabamos de citar, el viaje de Alvarado viene a recordar que su ausencia no lo desligó de la construcción de la ciudad, sino que, al contrario, el conquistador había ido a España a gestionar beneficios para la provincia que dejó sometida —beneficios para los colonizadores, naturalmente—. El cronista no quiere referir el nacimiento de la ciudad, centro de dominio y de disfrute para tantos extranjeros, sin recordarles que aquel nacimiento fue posible gracias a los conquistadores, en especial a la actividad de su jefe. He ahí el porqué de esa primera digresión, la cual no sólo no está fuera de lugar conforme a las miras del criollo, sino que era del todo indispensable de acuerdo con sus criterios integrativos: la figura de Alvarado tenía que presidir el relato del nacimiento de la ciudad de Santiago, cabeza y riñón del reino de Guatemala.

La sorprendente descripción del Volcán de Agua se impone enseguida por varios motivos. Primeramente, porque el empinado cráter de aquel “bellísimo monte”,4 rompiéndose como una cisterna en una fatídica noche de 1541, había arrojado sobre la primera ciudad un torrente que la destruyó y que fue causa de su traslado al valle de Panchoy. No podía responsabilizarse a la montaña por aquel desastre, y solía murmurarse que los conquistadores habían cometido un grave error al instalar la ciudad junto a un volcán que le causaba constantes daños.5 He ahí la primera motivación, pues, para referirse inmediatamente a aquel simétrico y enorme promontorio, presentándolo no sólo como un espectáculo para los habitantes de la ciudad sino también como una fuente de beneficios: “no es sólo objeto deleitable a la vista por las amenidades que ofrece —dice el criollo— sino por lo útil y abundante de la producción de su tierra”.6 Y así, comenzando por lo más tendido de su “deliciosa y peregrina falda”, va informando de extensas siembras de maíz, frijol y hortalizas que contribuían a la provisión del mercado de la ciudad. Pone especial énfasis en el cultivo de flores ornamentales en esa explanada, y la grata serie de sus nombres le sirve, con exaltación y sin prisa, para dejar en el lector la impresión de que toda aquella falda era un manto de colores.7 Pasando al segundo tercio de la mole que se eleva haciendo punta, la descripción entra en montaña tupida, húmeda y oscura, pero no por ello menos animada: aparte de las maderas excelentes que allí abundan según el cronista, estaba aquella parte poblada de bestiezuelas que hacían la delicia de los cazadores y aun de los curiosos. La lista de nombres de animales culmina con la de las aves, y ésta con la de aquellas que eran regalo para el oído y para los ojos.8

El conocimiento del país, adquirido gradualmente desde la infancia9 y llevado a gran desarrollo en el cuidado de sus haciendas y en sus viajes de funcionario, supone en Fuentes un minucioso conocimiento de las plantas y los animales que se criaban silvestres. Así se trate de la astucia y los hábitos del tacuazin,10 o de la sabia disciplina de las hormigas guerreras de la costa,11 o de la delicada belleza del colibrí —“esta admirable y prodigiosa avecita”—,12 el cronista pone en sus descripciones la simpatía de quien ha observado a esos seres como pequeños e inquietos habitantes de la gran tierra amada. Una de las más acusadas inclinaciones del cronista en su tratamiento de la tierra es ésta que estamos tocando de pasada: mostrar que en su seno brotaban y vivían multitudes de seres, mostrar que era rica y obsequiosa por sí sola. Y claro está que decía la verdad, tratándose de un país subtropical de tierras feraces en su mayoría. Pero el cantar demasiado esa verdad, la mucha emoción con que la entona a cada paso, delata cierto afán de abultarla, de inflarla —digámoslo así aunque suene mal— para restarle un poco de importancia al trabajo.

Así, pues, en la segunda parte de la descripción del volcán se conjugan dos motivaciones criollas; una circunstancial: continuar presentando aquella montaña como una despensa, un lugar de recreo y un espectáculo; y otra que responde a una tendencia persistente en toda la crónica: entonar el canto de la madre tierra, rica y obsequiosa en plantas y animales silvestres de gratuita utilidad para el hombre.

Finalmente el narrador llega a la alta cima, rocosa y batida por los vientos. A esta altura del relato, el volcán ya no aparece como algo que está junto a la ciudad, sino como algo que le es consustancial. La cima es el mirador desde donde la ciudad mira al reino del que es capital. En primer plano aparecen los potreros de la ciudad misma y los pueblos más cercanos que la servían y abastecían. En todas direcciones se ven pueblos, y junto a ellos sus ejidos y tierras comunales.13 La laguna de Amatitlán, del tamaño de una capa extendida en el suelo.14 Pero alzando la mirada podían dominarse grandes extensiones: toda la tierra de la provincia de San Salvador; toda la costa sur hasta la provincia de Suchitepéquez y la región de Soconusco; por el noroeste se alcanzaba a ver hasta la región de los Llanos de Chiapa.15 La descripción del volcán, asociada al relato del nacimiento de la ciudad, responde en este momento al propósito de sugerir que la ciudad es lo más eminente del reino. El volcán se convierte en su símbolo, tal como aparecía en su escudo.16

Asentamiento y traza de la ciudad, viaje de Alvarado, descripción del volcán, panorama desde el volcán, y todavía algo más y definitivo: la lista de los conquistadores y la indicación detallada de sus descendientes en el momento actual en que el cronista escribía. Esta última digresión no era tal —como ninguna de las anteriores—: para el criollo, el nacimiento de la ciudad no era un hecho muerto que se había quedado en el pasado, sino muy al contrario, era el hecho que daba origen a la ciudad, era su razón de ser, a la cual debía ceñirse la vida del presente. El relato del nacimiento de la ciudad tiene muchas finalidades, pero una principal entre todas: demostrar que quienes no estaban relacionados con su origen eran intrusos en ella, o por lo menos eran beneficiarios de algo que no les correspondía legítimamente. La ciudad fue creada por los conquistadores como centro de dominio y de disfrute para ellos y sus descendientes. Esta idea, que era la idea de la ciudad en la mente del criollo, es la que le da al relato del suceso ese carácter desordenado pero altamente significativo para su momento y lugar.

Hemos presentado un ejemplo y lo hemos analizado someramente. Podrían ofrecerse muchos más y hacerse análisis bastante matizados, pero no es necesario. Lo dicho es suficiente para indicar en qué sentido el desorden de la Recordación Florida obedece a exigencias subjetivas, y cómo la captación de esas exigencias es requisito de una lectura comprensiva del documento.

Ahora bien, todo esto lo decíamos a propósito de la tierra y del paisaje, y lo que se pretendía era ilustrar cómo, a través de una peculiar modalidad expositiva, el autor trata de imponer unas determinadas relaciones de significado entre los elementos de la patria que presenta. El ejemplo ilustra, junto a otras cosas, cómo el relato deriva hacia el paisaje, y cómo aparecen en él, sin solución de continuidad, la tierra como parcela cultivada por el hombre y la tierra como elemento pródigo que obsequia diversos bienes. El paisaje engloba una y otra, y esto también obedece, por supuesto, a exigencias subjetivas del narrador criollo. El referirse sin distinción a los sembrados y a las selvas, a los frutos del trabajo y a los obsequios de la naturaleza y el entonar el canto amoroso de todo ello como una unidad, responde a un delicado mecanismo psicológico que conduce, en definitiva, a posiciones de gratitud casi mágica frente a una tierra milagrosa. Cuanto más milagrosa aparece la tierra, más se esfuma el mérito de quienes la trabajan. Éste es, sin lugar a dudas, uno de los motivos hondos —motivos de clase— por los que al criollo la patria se le vuelve paisaje. Adviértase que no hemos dicho ni insinuado en ningún momento que Fuentes y Guzmán omita en su gran relato la referencia al trabajo del indio. En capítulos ulteriores citaremos sus copiosas noticias acerca de ese trabajo. Lo que estamos afirmando, porque es perceptible en la Recordación y porque acusa una tendencia del criollismo, es que el presentar por momentos —a veces grandes y exaltados momentos— a la tierra idealizada y como objeto de gratitud, enfatizando con exceso su bondad, disminuye sutilmente el mérito del trabajo aunque por separado se haga referencia a éste.

Sin embargo, parece haber en Fuentes y Guzmán otro resorte, otra necesidad oculta —también de clase, por cierto— que lo lleva a ofrecer una imagen de la patria como paisaje. La descripción minuciosa y emotiva del campo del país, así cuando se trata de volcanes, lagos, valles y grandes perspectivas, como cuando se trata de los secretos de las plantas y los animales, sugiere pertenencia, posesión. Es como decir: “todo esto que amo tanto y que conozco tan entrañablemente, lo conozco y lo amo porque está ligado a mi existencia: este es mi mundo, y puedo hablar de él con amor y conocimiento porque le pertenezco y me pertenece: ¡no soy en él un extranjero, un usurpador!” Esta enérgica motivación es particularmente notoria en ciertos pasajes, como aquel en que Fuentes describe y elogia al maíz, sus ventajas sobre el trigo, sus usos múltiples y las variadas maneras de prepararlo para alimento del hombre;17 o aquel otro en que, refiriéndose a la planta de maguey, se explaya manifestando su utilidad para los más variados menesteres: sirve para cercas —dice— por sus hojas robustas y armadas de pinchos; de esas hojas se obtiene fibra para buenas cuerdas, más resistente que la del cáñamo; también se obtiene pergamino, tan bueno que aún se conservan peticiones escritas en él por los conquistadores; el zumo de la hoja es medicinal; del cogollo se obtiene una miel curativa y suave, así como distintos tipos de bebida fermentada llamada pulque, y vinagre claro y gustoso, y hasta aguardiente usado por todos. Si se atiende a la utilidad de esta planta, es preciso reconocer que es “la más singular y maravillosa que produce y cría la sabia y próvida naturaleza”.18 La crónica está llena de pasajes en que la simpatía por aquello que se describe o comenta, unida a su conocimiento pormenorizado, sirven para expresar cierto derecho que se desprende de la identificación entre el narrador y su mundo. El canto al país tiene en todo momento el secreto significado de un argumento.

Veamos ahora lo que los documentos nos dicen acerca de la tierra como medio de producción y como problema concreto en la sociedad colonial. Quede entendido, sin embargo, que en los tres capítulos siguientes tendremos que analizar aspectos del tema desde ángulos especiales, y que vamos a dedicar el presente capítulo a considerar, de la manera más concisa posible, ciertos aspectos básicos del problema, que condicionaban a todos los demás.

2. La política agraria colonial y el latifundismo

Es cosa bien sabida que el problema primordial de la sociedad guatemalteca es la mala distribución de su riqueza primaria, la tierra, la cual se halla concentrada en pocas manos mientras carece de ella la gran mayoría de la población dedicada a la agricultura, ya porque no la tenga en absoluto o porque sea poca y mala la que posee. Esta verdad, reconocida de antiguo, es proclamada en distintas formas por censos y estudios recientes.19

Sin embargo, el problema de la tierra no presenta dificultades particularmente grandes como problema histórico. Es decir, que resultan muy claros los procesos por los cuales el país entró y se ha mantenido en ese agudo latifundismo que tanto daño le ocasiona, y que también resultan bastante evidentes las derivaciones que el mismo ha tenido sobre el desarrollo de las clases sociales. El problema tiene sus raíces en la organización económica de la Colonia; por tratarse de algo tan básico en aquel régimen, resulta relativamente sencillo señalar sus principales factores.

Se ha dicho con insistencia que la legislación colonial era casuista, que respondía a los casos particulares de momento y lugar, y que, por ese motivo, era caprichosa y carecía de unidad. Ello es verdad sólo hasta cierto punto. Las leyes que emite un Estado son, en una u otra forma, expresión de los intereses de la clase a la que representa ese Estado; como entre esos intereses tiene que haber algunos permanentes y principales, lógicamente debe suponerse que toda legislación, por casuista que sea, tiene que estar regida por algunos principios básicos que responden a aquellos intereses. La información que proporcionan los documentos coloniales respecto a la tierra, y en especial las leyes y Reales Cédulas, permite señalar la presencia de cinco principios que normaron la política agraria de aquel largo período. Cuatro de ellos encontraron expresión en las leyes; el otro no. Todos emanaban, por igual, de intereses fundamentales de la monarquía española en relación con el más importante medio de producción de sus colonias americanas. Vamos a referirnos a la legislación, pues, sin atribuirle fuerza determinante, que nunca tiene, sino como expresión de intereses económicos.

Primero. El principio fundamental de la política indiana respecto a la tierra se encuentra en la teoría del señorío que ejercía la Corona de España, por derecho de conquista, sobre todas las tierras de las provincias conquistadas en su nombre. Este principio es la expresión legal de la toma de posesión de la tierra, y constituye, por eso, el punto de partida del régimen de tierra colonial.20 La conquista significó fundamentalmente una apropiación —ya lo hemos dicho en otro lugar: un fenómeno económico—, la cual abolía automáticamente todo derecho de propiedad de los nativos sobre sus tierras,21 pero no se lo daba automáticamente a los conquistadores, como podría suponerse. Unos y otros, conquistadores y conquistados, sólo podían recibir tierras de su verdadero propietario, el rey, pues en su nombre habían venido los primeros a arrebatarle sus dominios a los segundos. Inmediatamente después de consumada la conquista, toda propiedad sobre la tierra provenía directa o indirectamente, de una concesión real. El reparto de tierras que hacían los capitanes de conquista entre sus soldados, lo hacían en nombre del monarca y con autorización de él, y la plena propiedad de aquellos repartos estaba sujeta a confirmación real.

Y consiguientemente cualquier tierra que el rey no hubiera cedido a un particular o a una comunidad —pueblo, convento, etc.— era tierra realenga, que pertenecía al rey y que no podía usarse sin incurrir en delito de usurpación. El principio de señorío, hay que repetirlo, tuvo una importancia extraordinaria. Hay que considerarlo no sólo en su acción positiva —únicamente el rey cede la tierra—, sino también en su acción negativa: no hay tierra sin dueño; nadie puede introducirse en tierra que el rey no le haya cedido; la Corona cede tierra cuando y a quien le conviene, y también la niega cuando ello le reporta algún beneficio. El principio de señorío o de dominio del rey sobre toda la tierra, puso las bases legales para el desarrollo de los latifundios, y cumplió esa función no sólo cuando operaba positivamente, sino también cuando lo hacía en forma negativa, como veremos mucho más adelante en este libro.

Segundo. Con base en el principio anterior, el Estado español desarrolló un segundo principio de su política agraria en Indias. Lo llamaremos el principio de la tierra como aliciente, porque eso fue en realidad. Ya hemos visto en otro lugar que la Corona de España, imposibilitada para sufragar las expediciones de conquista como empresas del Estado, las estimuló como empresas privadas ofreciendo a los conquistadores una serie de ventajas económicas en las provincias que conquistasen. Indicamos que ceder tierras e indios fue el principal aliciente empleado. Con diáfana claridad lo pone de manifiesto la Real Cédula de Fernando el Católico, fechada en Valladolid el 18 de junio de 1513 —incorporada después a la Recopilación de Leyes de Indias—:22

Porque nuestros vasallos se alienten al descubrimiento y población de las Indias, y puedan vivir con la comodidad, y conveniencia, que deseamos: Es nuestra voluntad, que se puedan repartir y repartan casas, solares, tierras, cavallerías, y peonías a todos los que fueren a poblar tierras nuevas en los Pueblos y Lugares, que por el Governador de la nueva población le fueren señalados, haciendo distinción entre escuderos, y peones, y los que fueren de menos grado y merecimiento, y los aumenten y mejore, atenta la calidad de sus servicios, para que cuiden de la labranza y crianza; y haviendo hecho en ellas su morada y labor, y residido en aquellos Pueblos cuatro años, les concedemos facultad, para que de allí adelante los puedan vender, y hacer de ellos a su voluntad libremente, como cosa suya propia; y asimismo conforme su calidad, el Governador o quien tuviere nuestra facultad, les encomiende los Indios en el repartimiento que hiciere, para que gocen de sus aprovechamientos y demoras, inconformidad a las tassas, y de lo que está ordenado.

Para que ese estímulo diera los resultados apetecidos, la Corona tenía que mostrar mucha magnanimidad en la cesión de tierras, pues hubiera sido desastroso que se propagara la noticia de que los conquistadores no estaban siendo debidamente premiados por su inversión, ni los primeros pobladores por su decisión de trasladarse a las recientes colonias. En otro lugar hemos examinado la importancia de estos hechos como condicionantes de la brutalidad de la primera etapa de la conquista. Aquí tenemos que señalarlos como condicionantes del inicio del latifundio en las colonias: el rey ofrecía y cedía —nótese este detalle importante— una riqueza que no había poseído antes de cederla. Los conquistadores salían a conquistar unas tierras con autorización, en nombre y bajo el control de la monarquía, y la monarquía los premiaba cediéndoles parte de esas mismas tierras y sus habitantes. Les pagaba, pues, con lo que ellos le arrebataban a los nativos y con los nativos mismos. Y como cedía lo que no le había pertenecido antes de cederlo, podía cederlo en grandes cantidades.

Las actas del primer cabildo de la ciudad de Santiago de Guatemala, desde el día siguiente del asiento de la ciudad, revelan un cuadro muy animado de los conquistadores repartiéndose las tierras entre sí, en grandes extensiones, con base en la autorización que para ello tenía el capitán de la expedición y aquellas personas en quienes él delegaba dicha facultad en sus ausencias.23

Este principio político, determinado por la necesidad de expandir y consolidar un imperio sin hacer gastos, a expensas de los conquistados, fue a su vez el punto de partida del latifundismo. Las tierras cedidas a los conquistadores y pobladores, solicitadas por ellos en cantidades que la Corona no podía valorar por desconocer lo que cedía, fueron los primeros latifundios coloniales —susceptibles de ulteriormente ser ampliados, como se verá adelante—.

Resta decir que este principio, segundo de nuestra serie, operó de manera profunda y decisiva en la etapa de conquista y colonización intensas, a lo largo del siglo XVI. Pero sería equivocado suponer que dejó de actuar en los siglos siguientes. La posibilidad de adquirir tierra por merced real continuó siendo, durante todo el periodo colonial, un aliciente de la inmigración española a Indias. Perdió la fuerza y el sentido de la primera etapa, eso sí, por motivos que se desprenden de lo que se verá enseguida.

Tercero. Ya afianzado el imperio por obra de la colonización y de la toma efectiva del poder local por las autoridades peninsulares, el principio político de la tierra como aliciente perdió su sentido original y siguió actuando en forma atenuada. Una generación de colonizadores españoles había echado raíces en las colonias; habían erigido ciudades, tenían tierras en abundancia, disponían del trabajo forzado de los indios —el nuevo repartimiento comenzaba a funcionar—, muchos de ellos tenían encomiendas, habían fundado familias y tenían descendientes. A tono con esta nueva situación, la monarquía se halló en condiciones de aplicar con provecho un nuevo principio: la tierra como fuente de ingresos para las cajas reales bajo el procedimiento de la “composición de tierras”.

La incitación del periodo anterior a pedir y obtener tierras había dado lugar a muchas extralimitaciones. En aquel periodo convenía tolerarlas, pero medio siglo más tarde se convirtieron en motivo de reclamaciones y de “composiciones”. La Corona comenzó a dictar órdenes para que todos los propietarios de tierras presentaran sus títulos. Las propiedades rústicas serían medidas para comprobar si se ajustaban a las dimensiones autorizadas en aquellos títulos. En todos los casos en que se comprobara que había habido usurpación de tierras realengas, el rey se avenía a cederlas legalmente, siempre que los usurpadores se avinieran a pagar una suma de dinero por concepto de composición. En caso contrario, era preciso desalojarlas para que el rey pudiera disponer de ellas.

En 1591 fueron despachadas por Felipe II las dos Cédulas que definitivamente pusieron en acción el principio de la composición de tierras en el reino de Guatemala24 —parece que ocurrió lo mismo en todas las colonias en ese año—.25 Es del mayor interés para nuestro estudio transcribir unos fragmentos de esas Cédulas, ya que su atenta lectura es ilustrativa, en forma inmejorable, de los criterios que presidieron el principio de composición de tierras desde sus inicios. Las dos Reales Cédulas son de la misma fecha —1 de noviembre de 1591— y en la primera se leen los siguientes conceptos:

El Rey. Mi Presidente de mi Audiencia Real de Guatemala. Por haber yo sucedido enteramente en el Señorío que tuvieron en las Indias los Señores que fueron de ellas [se refiere a los nativos conquistados, S. M.], es de mi patrimonio y corona real el Señorío de los baldíos, suelo y tierra de ellas que no estuviere concedido por los Señores Reyes mis predecesores o por mí, o en su nombre y en el mío con poderes especiales que hubiéramos dado para ello; y aunque yo he tenido y tengo voluntad de hacer merced y repartir el suelo justamente [...] la confusión y exceso que ha habido en esto por culpa u omisión de mis Virreyes, Audiencias y Gobernadores pasados, que han consentido que unos con ocasión que tienen de la merced de algunas tierras se hayan entrado en otras muchas sin título [...] es causa que se hayan ocupado la mejor y la mayor parte de toda la tierra, sin que los consejos [se refiere a los municipios de los pueblos, S. M.] e indios tengan lo que necesariamente han menester [...]; habiéndose visto y considerado todo lo susodicho en mi Real Consejo de las Indias y consultándose conmigo, ha parecido que conviene que toda la tierra que se posee sin justos y verdaderos títulos se me restituya, según y como me pertenece [...]26

Por ese tenor continúa la Cédula ordenando que todas las tierras usurpadas le sean devueltas al rey.

Parecía, a primera vista, que la usurpación de tierras, su apropiación ilegal y subrepticia, sufría un rudo golpe con aquella categórica disposición real. Pero estaba ocurriendo precisamente lo contrario: se estaban poniendo las bases para que la usurpación se convirtiera en un procedimiento normal para apropiarse de la tierra. Y en efecto, desde entonces hasta el final del coloniaje, la apropiación ilícita de tierras fue una de las principales modalidades de la formación de latifundios.

No vaya a pensarse que todo ello ocurrió a despecho de la voluntad de los reyes; fue un fenómeno promovido hábilmente por la política económica de la monarquía.

La Cédula que hemos citado ordena recuperar para el rey todas las tierras usurpadas. No ofrece ninguna posibilidad de retenerlas con base en arreglos. Es una orden tajante. Pero en la segunda Cédula de esa misma fecha se le dice al presidente que, no obstante lo ordenado en la anterior, se puede entrar en arreglos con los usurpadores si éstos se muestran dispuestos a pagar lo “justo y razonable”. Leamos sus renglones medulares:

Por otra Cédula mía de la fecha de ésta os ordeno que me hagais restituir todas las tierras que cualesquiera personas tienen y poseen en esa Provincia sin justo y legítimo título27 —dice el monarca, y en seguida explica que—: [...] por algunas justas causas y consideraciones, y principalmente por hacer merced a mis vasallos, he tenido y tengo por bien que sean admitidos a alguna acomodada composición, para que sirviéndome con lo que fuere justo para fundar y poner en la mar una gruesa armada, para asegurar estos Reynos y esos, y las flotas que van y vienen de ellos [...] se les confirme las tierras y viñas que poseen, y por la presente, con acuerdo y parecer de mi Consejo Real de las Indias, os doy poder, comisión y facultad para que, reservando ante todas cosas lo que os pareciere necesario para plazas, ejidos, propios, pastos y baldíos de los lugares y consejos [se refiere otra vez a los pueblos, S. M.], así por lo que toca al estado presente como el porvenir del aumento y crecimiento que puede tener cada uno, y a los indios lo que hubieren menester para hacer sus sementeras, labores y crianzas, todo lo demás lo podáis componer, y sirviéndome los poseedores de las dichas tierras [...] que tienen y poseen sin justo y legitimo título, se las podais confirmar y darles de nuevo título de ellas [la expresión “de nuevo” no significaba en aquel léxico “otra vez”, sino “por primera vez, como cosa que antes no había ocurrido”, S. M.] [...] y en caso que algunas personas rehusaren y no quisieren la dicha composición, procedereis contra los tales conforme a derecho en virtud de la dicha mi real cédula [...].28

Sería ingenuo suponer que las dos Cédulas de aquel día se contradicen, o que pudo incluirse el contenido de ambas en una sola, ya que tratan del mismo asunto. No se contradicen sino que se complementan; el hecho de poner la amenaza de restitución en un documento, y la oferta de composición en otro aparte, obedecía al propósito de no restarle fuerza legal a la primera para no restarle atractivo a la segunda. Porque lo que la Corona quería no era que le devolvieran las tierras usurpadas, sino que no se las devolvieran; quería la composición, necesitaba dinero.

Es interesante observar que en la etapa en que privó el principio de la tierra como aliciente, la Corona puso ciertas condiciones al hacer merced de la tierra: había que radicar en ella y cultivarla durante un determinado tiempo antes de obtener la confirmación de su plena posesión legal —según se leyó en la famosa Cédula del rey católico que hemos citado unas páginas atrás—. Pasada aquella corta y decisiva etapa, privando ahora otro principio de política económica, desaparecieron totalmente aquellos requisitos: los terrenos realengos usurpados podían titularse por vía de composición “estando o no poblados, cultivados o labrados”.29

La composición de tierras fue un mecanismo creado en la última década del siglo XVI; ingresó como un asunto permanente en la Recopilación de Leyes de Indias;30 estuvo causándole ingresos a la Corona durante todo el periodo colonial,31 y fue un importante renglón de la Real Hacienda en el reino de Guatemala hasta el día anterior a la Independencia.32 Dicho lo mismo de otro modo: la usurpación de tierras se practicó desde el siglo XVI con base en la liberalidad de las concesiones y en el descontrol de la primera etapa colonizadora. En la última década de ese siglo fue instituido el sistema de composiciones, el cual no vino a frenar la usurpación —porque no era esa su finalidad— sino a convertirla en un procedimiento para adquirir tierras y ensanchar los latifundios con desembolsos moderados. Al normar la composición, las leyes sistematizaron la usurpación de tierras para todo el periodo colonial.

No hay negocio que prospere más, que aquel en que los dos tratantes salen beneficiados. El procedimiento usurpación-composición beneficiaba a la Corona con una recaudación constante, y favorecía a los terratenientes dándoles facilidades para ensanchar sus propiedades.

Dos o tres detalles íntimos del procedimiento harán más fácil la comprensión de su gran éxito.

En las instrucciones que el presidente don Alonso Criado de Castilla le dio al comisionado para hacer la remedida y composición de tierras en el Corregimiento de Chiquimula —año 1598—, se le recomienda, entre otras cosas, regatear y ceder:

pedirá a los dueños de las tales estancias, sitios y tierras, que paguen por ellas más cantidad que lo que tuviere averiguando valer por la dicha información [que previamente había obtenido el comisionado, S. M.], y de allí irá bajando hasta el valor que se probare valer las dichas tierras.33

Enseguida le recomienda inteligentemente:

A los que tuvieren título de posesión, aunque inválida, hará baja hasta la mitad del valor que le constare por información. Y a los que no tuvieren título ni recaudo bastante bajará la cuarta parte de él, y en todo irá teniendo la mano cuanto fuere posible en bajar y procurar que siempre lo que hiciere sea en aumento del real haber.34

Estas palabras, relativas a las rebajas en la composición, son muy importantes. Se admite una rebaja de 50% del valor de la tierra a quien la posea con títulos inválidos, o sea no expedidos por la autoridad representativa del rey (títulos otorgados por los Ayuntamientos, principalmente). Y con discreción se le dice al comisionado que es preferible una composición muy baja que una devolución de tierra usurpada. No otra cosa se da a entender en las últimas palabras, puesto que la devolución de tierras, el fracaso de la composición, no significaba ningún “aumento del real haber”. La consigna era no permitir el fracaso de la composición. Pero esto, que discretamente se le decía al comisionado, discretamente tienen que haberlo sabido también los terratenientes. De modo que correr los mojones y sembrar unas milpas aquí y allá, o poner unos animales a pacer en amplios terrenos acotados, se convirtió en la manera de apropiarse esas tierras; porque llegado el momento de la composición la amenaza de restitución no significaba para los terratenientes otra cosa que abandonar, sin indemnización, unas tierras que apenas fingían estar aprovechando. En cambio, la amenaza de abandonarlas preocupaba efectivamente al comisionado, al subdelegado que era su jefe, y al presidente que nombraba al subdelegado. En realidad, pues, no era el rey quien obligaba al terrateniente a pagarle por las tierras usurpadas, sino el terrateniente quien obligaba al rey a dejarle por muy poco dinero las tierras que el sistema le había invitado a usurpar.

Otro detalle: en 1754, una importante Cédula le dio nueva forma a la administración del ramo de tierras.35 Entre otras cosas dispuso que los subdelegados percibieran 2% de las ventas y composiciones que se realizaran bajo su dirección. Tenemos allí, pues, un nuevo factor favorable al proceso usurpación-composición, puesto que la concesión del citado estipendio a los subdelegados era una disposición incitante y mañosa. Por una parte, inducía a los subdelegados a procurar precios altos en las composiciones —que elevarían el estipendio a recibir—, pero al mismo tiempo los inducía a realizar composiciones a cualquier precio antes que malograrlas —más valía pájaro en mano que ciento volando—.

No hace falta demostrar que el resorte fundamental del mecanismo que estamos señalando se hallaba en las necesidades de numerario que eran achaque crónico de la monarquía española. Y resulta perfectamente comprensible que obtuviera provechos de la concesión barata de tierras que de otro modo no le rendían ningún beneficio —sin reparar; claro está, en consecuencias históricas como el latifundismo, que no la afectaban ni tenía por qué preverlas—. Desde el punto de vista de la monarquía, la composición fue un recurso económico inteligente.

Nos queda por responder, sin embargo, qué intereses movían a los terratenientes a adquirir nuevas tierras y a ampliar sus propiedades en forma tan desmedida. No responderemos a esta cuestión antes de haber indicado otros dos principios de la política agraria colonial.

Cuarto. La legislación colonial de tierras, tanto la general contenida en la Recopilación36 como la contenida en Cédulas e instrucciones especiales para la Audiencia de Guatemala,37 expresa de manera insistente y clarísima el interés de la monarquía en que los pueblos de indios tuvieran tierras suficientes. Las primeras indicaciones precisas en tal sentido no aparecen sino hasta la gran reforma de las Leyes Nuevas,38 ya que desde ese momento comenzaron a vivir los indios en pueblos y a tributar al rey —según lo examinaremos con bastante detenimiento en el capítulo séptimo—. Pero, desde entonces, la posición de la monarquía es clara: los pueblos deben tener suficientes tierras comunes para sus siembras, deben tener sus ejidos —o sea territorios comunes de pastoreo y para otros menesteres distintos de la siembra—; a los indios que en lo particular quieran adquirir tierras por composición debe dárseles trato preferencial, y en ningún caso debe admitirse a composición a quien haya usurpado tierras de indios, ya se trate de tierras comunales —de sementera y ejidos— o de propiedad de algunos indios en particular. Antes de componer tierras con particulares españoles, los comisionados tienen que hacer averiguaciones en los pueblos indígenas cercanos para asegurarse de que no se está solicitando tierra usurpada a ellos.

En las instrucciones del presidente don Alonso Criado de Castilla —ya citadas, 1598—, le encarga al comisionado que antes de entrar a composición con un particular

[...] hará información de la cantidad que será menester para los pueblos de indios comarcanos —y asimismo agrega—: de las tierras de que tuvieren necesidad para sus milpas, pastos, dehesas, potreros y otras granjerías y ejidos, y todo lo demás que viere que los Pueblos de los dichos naturales hubieren menester, y eso les dejará y otro tanto más, de manera que siempre procure que los indios queden contentos y no agraviados.39

Un poco más adelante vuelve a referirse a las tierras de indios, diciéndole que: “las tierras para milpas, pastos, dehesas, potreros, ejidos que los indios en particular y las Comunidades de los tales pueblos tuvieren y poseyeren, se las deje y no trate de ello en manera ninguna”,40 agregando que sólo tratará de la composición con los indios que en lo particular tuvieran alguna tierra no titulada, y aun a éstos le recomienda tratarlos con mucha templanza y a base de persuasión.41

Ciento cincuenta años más tarde, en la Cédula de 1754 que reorganizó el ramo de tierras, se incluyen renglones que vuelven a recomendar mucha templanza en la composición con indios particulares, y la más amplia tolerancia con las tierras comunales:

pues por lo tocante a las de comunidad y las que le están concedidas a sus pueblos para pastos y ejidos, no se ha de hacer novedad, manteniéndolos en la posesión de ellas y reintegrándoles en las que se les hubieren usurpado, concediéndoles mayor extensión en ellas según la exigencia de la población.42

Todas estas recomendaciones reflejan fielmente la política de la monarquía frente al problema de las tierras de los pueblos de indios. No es que cándidamente pensemos que en la realidad se hizo exactamente lo que tales leyes expresan; lo que aseguramos es que la preservación de las tierras de indios fue un principio básico de la política agraria colonial. Y no es extraño porque, como veremos adelante —en un capítulo especial sobre el tema—, la organización del pueblo de indios, como pieza clave de la estructura de la sociedad colonial, exigía la existencia de unas tierras en que los indígenas pudieran trabajar para sustentarse, para tributar, y para estar en condiciones de ir a trabajar casi gratuitamente a las haciendas y labores y a otras empresas de los grupos dominantes. Se trata, pues, de un principio permanente y fundamental de la política agraria de la Colonia, que lo fue porque enraizaba en un interés económico también fundamental y permanente de la monarquía. Para que los indios permanecieran en sus pueblos y fuera posible controlarlos para la tributación, era indispensable que tuvieran allí unas tierras suficientes; que no tuvieran que ir a buscarlas a otra parte.

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