Kitabı oku: «El hijo del siciliano - El millonario y ella»
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© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 228 - noviembre 2020
© 2008 Sharon Kendrick
El hijo del siciliano
Título original: Sicilian Husband, Unexpected Baby
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
© 2008 Sharon Kendrick
El millonario y ella
Título original: Bought for the Sicilian Billionaire’s Bed
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1348-925-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
El hijo del siciliano
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
El millonario y ella
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
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Capítulo 1
EMMA sintió un escalofrío de auténtico pánico mientras miraba al hombre rubio que estaba frente a ella, pero trató de disimular. No quería que la viera asustada.
–Yo no puedo pagar un alquiler más alto, Andrew. Tú lo sabes.
Él se encogió filosóficamente de hombros.
–Y yo no tengo un albergue benéfico. Lo siento, Emma, pero por esta casa podría pedir cuatro veces más de lo que te cobro a ti.
Como un robot, ella asintió con la cabeza. Sí, era cierto. Una casa tan bonita en un bonito pueblo inglés… se la quitarían de las manos. Por lo visto, últimamente todo el mundo quería vivir en el campo.
Andrew vaciló un momento.
–¿No puedes pedirle el dinero a alguien? ¿Qué pasa con tu marido?
Emma se levantó de inmediato. La sola mención del hombre con el que se había casado tenía el poder de angustiarla. Pero no había sitio para debilidades en su vida, ya no. Sencillamente, no podía permitírselo.
–Eres muy amable por preocuparte, pero eso es problema mío.
–Emma…
–Por favor, Andrew –lo interrumpió ella, porque nunca hablaba de Vincenzo, jamás–. O consigo el dinero para el alquiler por mi cuenta o tendré que irme a un sitio más barato, ésa es la única solución.
Sabía que había una tercera, y Andrew lo había dejado bien claro muchas veces. Pero no iba a salir con él sólo para que no le subiera el alquiler. Y, además, ella no estaba buscando novio.
No quería a nadie en su vida; no tenía ni sitio ni tiempo ni inclinación para buscar un hombre. Y el deseo había muerto en ella el día que dejó a Vincenzo.
En cuanto Andrew desapareció bajo el cielo gris de noviembre, Emma entró en la habitación para ver a su hijo.
Ya tenía diez meses. ¿Cómo era posible? Crecía por días, desarrollando su cuerpecito al mismo tiempo que su bien definida personalidad.
Gino había apartado el edredón con los pies y estaba agarrado a su conejito de peluche como si su vida dependiera de ello…
A Emma se le encogió el corazón. Si sólo tuviera que pensar en ella, no sería ningún problema. Había muchos trabajos en los que, además, ofrecían alojamiento y hubiera aceptado cualquiera de ellos.
Pero tenía que pensar en su hijo, Gino, que se merecía lo mejor del mundo. No era culpa suya que su nacimiento la hubiera colocado en una situación imposible.
La sugerencia de Andrew podría parecer perfectamente lógica, pero él no sabía nada sobre su matrimonio. Nadie lo sabía, en realidad. ¿Podría tragarse el orgullo y pedirle ayuda a su marido?
¿Tendría derecho legal a una pensión? Vincenzo era un hombre fabulosamente rico y, aunque había dicho que no quería volver a verla nunca más, ¿le pasaría una pensión si le pidiera el divorcio?
Cansada, se pasó una mano por los ojos. ¿Qué otra solución había? Ella no tenía titulación universitaria y la última vez que trabajó fuera de casa casi todo lo que ganaba era para pagar a la niñera. Y el pobre Gino no soportaba estar sin ella.
Por eso decidió hacer de su casa una pequeña guardería. Le había parecido lo más lógico; ella adoraba a los niños y era una manera de ganar dinero sin tener que dejar a su hijo con otra persona. Pero últimamente ni siquiera eso era suficiente para pagar las facturas.
Algunas madres se habían quejado de que la casa era demasiado fría. Dos de ellas incluso se habían llevado a sus hijos para no volver más y sus sospechas de que eso iba a provocar un efecto dominó pronto acabaron siendo ciertas. Ahora no había más niños que cuidar y, por lo tanto, no entraba dinero en casa.
¿Cómo iba a pagar la casa si Andrew le subía el alquiler?
Emma tenía ganas de llorar, pero no podía permitirse el lujo porque eso no resolvería nada. No había nadie que secara sus lágrimas y llorar era cosa de niños… aunque ella estaba decidida a que su hijo llorase lo menos posible. De modo que debía portarse como una adulta.
Pero cuando sacó la tarjeta de visita del cajón, su mano empezó a temblar al ver aquel nombre.
Vincenzo Cardini.
Debajo del nombre estaban su dirección y sus números de contacto en Roma, Nueva York y Palermo, pero también el número de su oficina en Londres, donde sabía que últimamente pasaba mucho tiempo.
Le dolía saber que Vincenzo era el propietario de un lujoso bloque de apartamentos en la mejor zona de la capital. Pensar que pasaba tanto tiempo en Inglaterra y ni una sola vez, ni una sola, se había molestado en buscarla, ni siquiera por los buenos tiempos…
«Pues claro que no», se dijo a sí misma. «Ya no te quiere, ni siquiera siente afecto por ti, eso lo dejó bien claro».
Aún recordaba sus últimas palabras, pronunciadas con ese frío acento siciliano: «Vete de aquí, Emma, y no vuelvas nunca más. Ya no eres mi mujer».
Había intentado hablar con él antes, no una vez, sino dos veces, y en ambas ocasiones, Vincenzo se había negado a hablar con ella. ¿Volvería a ocurrir lo mismo?, se preguntó.
Pero le debía a su hijo seguir intentándolo. Le debía la seguridad que debían tener todos los niños y que su padre podría darle. ¿No era eso más importante que cualquier otra cosa? Tenía que hacerlo por Gino.
Emma tembló, envolviéndose en el jersey de lana. Había perdido mucho peso y la ropa parecía tragársela. Generalmente, llevaba varias prendas superpuestas y se movía continuamente para entrar en calor en aquella casa helada. Pero su hijo se despertaría pronto y tendría que encender la calefacción, cuya factura cada día era más difícil de pagar.
En fin, no tenía más remedio que llamar a Vincenzo, pensó, pasándose la lengua por los labios resecos mientras marcaba el número con dedos temblorosos.
–¿Dígame? –la voz femenina que contestó al otro lado de la línea tenía sólo una traza de acento.
Vincenzo sólo contrataba a gente que hablase italiano además del idioma del país, recordó Emma. Incluso prefería que hablasen el dialecto siciliano, que era un misterio para tanta gente.
«Porque los sicilianos cuidan los unos de los otros», le había dicho su marido una vez. Eran miembros de un club muy exclusivo del que estaban fieramente orgullosos. De hecho, cuanto más sabía Emma del asunto, más le sorprendía que Vincenzo se hubiera casado con ella.
«Se casó contigo porque pensaba que era su obligación», se recordó a sí misma.
Se lo había dicho muchas veces. Como que el matrimonio se había roto porque, según Vincenzo, ella no había cumplido su parte del trato.
–¿Dígame? –repitió la mujer.
Emma se aclaró la garganta.
–¿Podría hablar con el señor Cardini, por favor?
Al otro lado de la línea hubo un silencio… como si a la secretaria le sorprendiera que una extraña se atreviese a querer hablar personalmente con «el gran hombre».
–¿Podría decirme quién es?
Emma respiró profundamente.
–Me llamo Emma Cardini.
Hubo otra pausa.
–¿Y su llamada es en relación a…?
De modo que no sabía quién era. Ella apretó los labios, herida.
–Soy su esposa.
Eso debió de pillar a la secretaria por sorpresa, porque no parecía saber qué decir.
–Por favor, espere un momento.
Emma se vio obligada a esperar lo que le pareció una eternidad y unas gotas de sudor aparecieron en su frente a pesar del frío de la casa. Estaba ensayando en silencio un «Hola, Vincenzo» lo más neutral posible cuando la voz de la secretaria interrumpió sus pensamientos:
–El señor Cardini está en una reunión y no puede ponerse ahora mismo.
Esa respuesta fue como un golpe en el plexo solar y Emma se encontró agarrándose a la mesita del teléfono porque no la sostenían las piernas. Estaba a punto de colgar cuando se dio cuenta de que la mujer seguía hablando…
–Pero si me deja un número de teléfono, el señor Cardini intentará llamarla cuando tenga un momento libre.
El orgullo hizo que Emma quisiera decirle que podía irse al infierno si no tenía un minuto para hablar con la mujer con la que se había casado, pero no podía permitirse ese lujo.
–Sí, claro. ¿Tiene un bolígrafo?
Después de colgar se hizo un té y agarró la taza con las dos manos, como si fuera un salvavidas, mientras miraba por la ventana de la cocina.
Un par de piñas habían caído desde el enorme jardín de Andrew, separado del suyo por una valla de madera. Emma había pensado en plantar un fragante jazmín que perfumase el aire durante las largas noches de verano, pero todos esos sueños empezaban a evaporarse.
Porque ése era otro problema que ni siquiera había tomado en consideración. Si tenía que marcharse de aquella casa, ¿dónde jugaría su niño cuando empezase a andar? Con el alquiler que ella podía pagar, no sería fácil encontrar un sitio con un jardín o un patio.
El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos y Emma corrió a contestar para que no despertase a Gino.
–¿Dígame?
–Ciao, Emma.
Esas dos palabras fueron como un jarro de agua fría. Vincenzo pronunciaba su nombre como no lo hacía nadie más… pero claro, nada de lo que Vincenzo hacía o decía podía parecerse a nada.
«Recuerda que has ensayado su nombre sin emoción alguna. Pues ahora es el momento de ponerlo en práctica».
–Vincenzo –Emma tragó saliva–. Me alegro de que hayas llamado.
Al otro lado de la línea, los labios de Vincenzo Cardini se curvaron en una parodia de sonrisa. Hablaba como si estuviera a punto de comprarle un ordenador, con esa voz tan suave que solía hacerlo perder la cabeza. Y, a pesar de la hostilidad que sentía por ella, incluso ahora esa voz le despertó una punzada de deseo.
–Tenía un momento libre –contestó, mirando su agenda–. ¿Qué querías?
A pesar de haber dicho muchas veces que le daba igual lo que Vincenzo pensara de ella, Emma era lo bastante madura como para reconocer que su frialdad le rompía el corazón. Le hablaba con el mismo afecto que usaría para tratar con una secretaria. Con qué facilidad el fuego de la pasión se convertía en cenizas, pensó, filosófica.
«Pues contéstale con la misma frialdad», se dijo luego. «Háblale como él te habla a ti y así no te dolerá tanto».
–Quiero el divorcio.
Al otro lado de la línea hubo una pausa. Una larga pausa. Vincenzo se echó hacia atrás en el sillón, estirando sus largas piernas.
–¿Por qué? ¿Has conocido a otra persona? –le preguntó–. ¿Estás pensando en volver a casarte?
Su indiferencia le dolió más de lo que debería. ¿Podría ser aquél el mismo Vincenzo que una vez había amenazado con matar a cualquier hombre que se atreviera a sacarla a bailar? No, claro que no. Ese Vincenzo la amaba… o al menos había jurado amarla.
–Aunque hubiera alguien en mi vida, te aseguro que no volvería a casarme –respondió Emma.
–Eso no responde a mi pregunta –replicó él.
–Es que no tengo que contestarla.
–¿Crees que no? –Vincenzo se dio la vuelta en el sillón para mirar los espectaculares rascacielos que dominaban el centro de la ciudad, dos de los cuales eran de su propiedad–. Bueno, en ese caso, esta conversación no va a durar mucho, ¿no te parece?
–No te he llamado para charlar, te he llamado para…
–Antes de nada hay que establecer los hechos –la interrumpió él–. ¿Tienes ahí tu agenda?
–¿Mi agenda?
–Vamos a buscar un día para hablar del asunto.
Emma tuvo que agarrarse a la mesita para no perder el equilibrio.
–¡No!
–¿Crees que voy a hablar del divorcio por teléfono?
–No hace falta que nos veamos… podemos hacerlo a través de abogados.
–Pues entonces hazlo. Dile a tu abogado que se ponga en contacto con el mío.
¿La retaba porque sospechaba que estaba en una posición más débil?, se preguntó. Pero él no podía saber eso, se dijo luego.
–Si quieres que coopere, sugiero que nos veamos, Emma –siguió Vincenzo–. Si no, podrías tener una batalla muy larga y muy cara entre las manos.
Emma cerró los ojos, pero hizo un esfuerzo para no llorar porque sabía que Vincenzo usaría cualquier signo de debilidad para lanzarse sobre ella como un buitre. ¿Cómo podía haber olvidado esa resolución de hierro, esa fiera obstinación gracias a la que siempre había conseguido lo que quería?
–¿Por qué íbamos a tener que pelearnos? Los dos sabemos que nuestro matrimonio se ha roto para siempre.
Quizá si ella hubiera derramado una lágrima, si en su voz hubiera oído un timbre de emoción… pero ese tono frío desató una furia que había permanecido dormida desde que su matrimonio se rompió.
En ese momento, Vincenzo no sabía ni le importaba qué era lo que Emma quería; lo único importante era hacer justo lo contrario.
–¿Tienes libre el lunes? –le preguntó.
Emma no tenía que mirar su agenda porque no la tenía. ¿Para que iba a tenerla? Su vida social era inexistente y así era como le gustaba.
–El lunes me parece bien –tuvo que ceder–. ¿A qué hora?
–¿Puedes venir a Londres a cenar?
Ella lo pensó un momento; el último tren a Boisdale desde Londres salía a las once, pero ¿y si lo perdía? Aunque su amiga Joanna podía cuidar de Gino durante el día, durante la noche tenía que cuidar de su propio hijo. Además, ella no se había separado del niño desde que nació.
–No, cenar no me viene bien.
–¿Por qué? ¿Estás ocupada?
–No vivo en Londres, así que para mí es más fácil que nos veamos durante el día.
Vincenzo se estiró cuando una morena de falda ajustada entraba en su despacho para llevarle un café exprés y tuvo que sonreír cuando la joven salió moviendo descaradamente el trasero.
–Sí, muy bien, nos veremos para comer entonces. ¿Recuerdas dónde está mi oficina?
La idea de ir a su cuartel general, con sus suelos de mármol y su lujosa decoración la asustaba. Además, su oficina no era territorio neutral. Vincenzo llevaría la iniciativa… y no había nada que le gustase más.
–¿No preferirías que nos viéramos en un restaurante?
De nuevo, Vincenzo creyó detectar cierta esperanza en su voz y se quedó sorprendido por el deseo de aplastarla.
–No, yo no voy a restaurantes –le dijo. No quería que hubiera una mesa separándolos, ni camareros, ni la formalidad del ambiente–. Te espero aquí a la una.
Y luego, para asombro de Emma, colgó sin decir una palabra más.
Ella dejó el auricular en su sitio y cuando levantó la mirada, vio su imagen en el espejo. Su pelo parecía más lacio que nunca, su cara pálida como la tiza y tenía sombras bajo los ojos. Vincenzo siempre había sido tan particular sobre su aspecto… en realidad, había sido como una muñeca para él.
Aunque era siciliano, había adoptado felizmente el ideal de la bella figura, la importancia de la imagen. Mordiéndose los labios, Emma imaginó el desdén de sus ojos negros si pudiera verla en aquel momento. Y ese desdén la colocaría en una posición de desventaja.
Entre aquel día y el lunes tendría que hacer algo drástico con su aspecto.
Capítulo 2
EMMA miró el edificio Cardini intentando reunir valor para entrar en él. Era una estructura muy bella, construida casi enteramente de cristal en una de las mejores zonas de Londres para dejar bien claro que Vincenzo era un hombre muy rico.
El diseño había ganado varios premios, pero en sus ventanales, Emma podía verse reflejada y lo que veía no le daba mucha seguridad.
Había sido una pesadilla encontrar algo adecuado que ponerse porque toda su ropa era muy práctica; nada que ver con los caros vestidos a los que se había acostumbrado cuando estaba casada con Vincenzo.
Al final, eligió un sencillo vestido oscuro que había alegrado un poco con un collar y había cepillado sus botas hasta que casi podía verse la cara en ellas. Sólo el abrigo era bueno, de cachemir azul marino, con unas violetas de seda bordadas en el cuello y el bajo, como si alguien hubiera tirado las flores allí descuidadamente.
Vincenzo le había comprado ese abrigo en una de las boutiques más caras de Milán. La había dejado dormida en la habitación del hotel para volver poco después con una enorme caja envuelta en papel de regalo.
No había querido ponérselo aquel día porque estaba lleno de recuerdos, pero era la única prenda buena que tenía en el armario. ¿Cuál era la alternativa, además? ¿Ir al cuartel general de Vincenzo Cardini llevando un abrigo barato?
Emma entró en el amplio vestíbulo de mármol y se acercó a la recepción, un camino que le pareció interminable.
La joven que estaba sentada detrás del mostrador le ofreció una aburrida sonrisa.
–Tengo una cita con Vincenzo Cardini a la una.
–¿Es usted Emma Cardini? –murmuró ella, mirando sus papeles.
–Sí, soy yo –asintió Emma.
–Tome ese ascensor hasta la última planta. Alguien la esperará allí.
–Gracias.
Mientras el ascensor subía, Emma se preguntaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuvo en Londres y cuánto desde la última vez que estuvo tantas horas sin ver a su hijo. Nunca durante todo un día, desde luego.
¿Estaría bien?, se preguntó por enésima vez. ¿O se pondría a llorar al darse cuenta de que su mamá se había ido?
Pero en la pantalla de su móvil no había ningún mensaje. Le había dicho a Joanna que la llamase en cuanto hubiera el más mínimo problema, de modo que todo debía de ir bien.
«Así que haz lo que has venido a hacer», pensó, respirando profundamente mientras se abrían las puertas del ascensor.
Al otro lado había una guapísima morena con una falda ajustada, el pelo artísticamente sujeto sobre la cabeza y unos pendientes de diamantes. Y, de repente, Emma se sintió como la pobre chica del pueblo que iba de visita. ¿Cuántas mujeres guapas necesitaba Vincenzo a su alrededor?
–¿Signora Cardini?
–Sí.
–Sígame, por favor. Vincenzo la está esperando.
«Pues claro que está esperándome», le hubiera gustado gritar mientras observaba a la morena mover las caderas delante de ella.
«¿Y quién te da derecho a llamar a mi marido por su nombre de pila?».
«Pero no va a ser tu marido durante mucho tiempo. De hecho, no ha sido tu marido en casi dos años y será mejor que olvides esos absurdos celos ahora mismo».
La joven abrió la puerta del despacho con un gesto que parecía indicar que estaba a punto de encontrarse con alguien de enorme importancia y Emma se hizo la fuerte para ver a Vincenzo, como había ido haciendo en el tren.
Pero nada podía prepararla para la realidad de ver a su marido otra vez en carne y hueso.
Estaba frente a la ventana, que ocupaba toda una pared de su despacho, así que a primera vista sólo era una oscura silueta. Pero eso sólo servía para destacar su magnífico físico, todo músculo y fibra, la clase de perfección que los escultores habían usado como ideal masculino desde el principio de los tiempos.
Tenía las manos en los bolsillos del pantalón, en un gesto arrogante… pero Vincenzo Cardini siempre había sido arrogante. Veía lo que quería y lo hacía suyo, así de sencillo. Y normalmente lo conseguía con una mezcla de arrogancia, poder de persuasión y carisma.
Pero ella tenía algo mucho más precioso que todas las posesiones de Vincenzo y no podía dejar que se lo quitase. Y para eso tenía que estar tranquila.
–Hola, Vincenzo.
–Emma –respondió él, antes de murmurar algo en italiano que hizo a la morena salir rápidamente del despacho.
Luego dio un paso adelante y, a pesar de haber ido preparada, a Emma se le encogió el estómago al ver su cara.
Porque era incluso más apuesto de lo que recordaba. Cuando se casó con él, estaba locamente enamorada, tanto que su atractivo le pareció algo secundario. Y luego, cuando el matrimonio empezó a romperse, le había parecido un hombre frío, indiferente. Y había empezado a apartarse de él.
Pero desde entonces habían pasado muchas cosas y todas esas cosas fueron difíciles. Ahora sabía que su matrimonio con Vincenzo había sido un sueño. Aunque aquel día Vincenzo parecía el sueño de cualquier mujer.
Llevaba un traje que sólo podía haber sido hecho en Italia y se había quitado la chaqueta, dejando al descubierto una camisa blanca de seda que destacaba la anchura de sus hombros y el poderoso físico que había debajo. Con la corbata suelta y los dos primeros botones desabrochados, Emma casi podía ver el vello oscuro que había debajo.
Pero era su rostro lo que la hipnotizaba. Un rostro que, se dio cuenta de repente, era una versión dura y cínica de las delicadas facciones de su hijo.
¿Habría sido Vincenzo alguna vez así de dulce?, se preguntó.
Podría definirlo como una belleza clásica de no ser por una diminuta cicatriz en forma de «V» en el oscuro mentón. Sus facciones eran duras, los ojos negros, brillantes como ópalos, pero en su sonrisa había cierta crueldad.
Incluso cuando la cortejaba siempre había sido un hombre duro. Una cualidad que siempre había asustado un poco a Emma.
Siempre la trataba con autoridad. Ella era sólo otra posesión a adquirir, la novia virgen que nunca había conseguido ser lo que él quería que fuera.
–Ha pasado mucho tiempo –dijo Vincenzo, mirándola de arriba abajo–. Dame tu abrigo.
Emma hubiera querido decirle que sólo se quedaría un momento, pero Vincenzo podría ponerse difícil si hacía eso. Además, había aceptado comer con él y sería absurdo hacerlo con el abrigo puesto.
Pero lo último que deseaba era que sus manos la rozasen, un gesto así le recordaría otras noches del pasado…
–Puedo hacerlo yo –murmuró, quitándose el abrigo y colgándolo del respaldo de una silla.
Vincenzo estaba estudiándola con cierta fascinación. Había reconocido inmediatamente el abrigo porque se lo había regalado él, pero el vestido era nuevo… y qué vestido tan horrible.
–¿Se puede saber qué has estado haciendo últimamente? –le preguntó, con una sonrisa desdeñosa.
–¿Qué quieres decir? –Emma consiguió que su voz sonara tranquila aunque, de repente, temía que Vincenzo se hubiera enterado de la existencia de Gino. Pero de ser así no podría mirarla con esa expresión desinteresada. Ni siquiera él era tan buen actor.
–¿Te has puesto a régimen?
–No.
–Pero estás muy delgada. Demasiado delgada.
Eso era lo que pasaba cuando una mujer le daba el pecho a su hijo durante mucho tiempo. Si además tenía que ocuparse de la casa, del jardín, limpiar, cocinar y cuidar de otros niños además del suyo sin nadie que la ayudase, era lógico que hubiera perdido tanto peso.
–Estás en los huesos –insistió Vincenzo.
Antes solía decirle que era una Venus de bolsillo, que tenía el cuerpo más perfecto que hubiera visto nunca en una mujer…
Pero quizá era mejor así, pensó Emma. El grosero comentario dejaba bien claro que su relación con Vincenzo Cardini había muerto del todo. Que no sólo no le gustaba, sino que ya no sentía el menor deseo por ella.
Y, sin embargo, le dolió. Más que eso. La hizo sentirse como una mujer pobre y desesperada que había ido a pedirle ayuda a su marido.
«Pues no lo eres», se dijo a sí misma. «Sencillamente quieres lo que es tuyo, así que no dejes que te deprima».
–Mi aspecto es cosa mía, pero veo que tú no has perdido ni tu encanto ni tus buenas maneras –replicó, irónica.
Vincenzo sonrió. ¿Había olvidado que Emma no se dejaba amedrentar? ¿No había sido ésa una de las cosas que le atrajeron de ella desde el principio? Cierta timidez mezclada con la habilidad de golpear donde más dolía. Junto con su etéreo encanto rubio que lo había dejado boquiabierto.
–Es que estás… diferente –observó.
Antes solía llevar el pelo por encima de los hombros y a él le gustaba porque así nunca caía sobre sus pechos cuando estaba desnuda. Pero ahora le llegaba casi por la cintura, sus ojos azules parecían más hundidos que antes y los afilados pómulos creaban sombras sobre su rostro.
Pero fue su cuerpo lo que más lo sorprendió. Siempre había sido esbelta, pero de curvas generosas, como un melocotón maduro. Ahora, sin embargo, estaba delgadísima. Seguramente era lo que dictaban las revistas de moda, pero a él no le parecía atractivo en absoluto.
–Pero tú estás igual que antes, Vincenzo.
–¿Ah, sí? –él la miraba como un gato miraría a un ratón antes de lanzar sobre él sus letales zarpas.
–Bueno, quizá tienes algunas canas nuevas…
–¿No me dan un aspecto distinguido? –bromeó Vincenzo–. Dime, ¿cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos, cara?
Emma sospechaba que sabía perfectamente el tiempo que había pasado, pero el instinto y la experiencia le decían que le llevase la corriente.
«No lo hagas enfadar, ponlo de tu lado. Sigue siendo sosa e imparcial, flaca y poco atractiva, y con un poco de suerte él se alegrará de decirte adiós».
–Dieciocho meses. El tiempo vuela, ¿verdad?
–Tempus volat –repitió él en latín, indicando un par de sofás de piel situados al otro lado del despacho–. Por supuesto que sí. Siéntate, por favor.
A Emma le temblaban las rodillas, de modo que agradeció la invitación. Vincenzo se sentó a su lado y, como siempre, su proximidad la ponía nerviosa. ¿Pero no resultaría un poco absurdo pedirle que se sentara en el otro sofá? Al fin y al cabo, ella no era una niña.
Además, ¿no era ésa otra de las razones de su visita, demostrarle que lo poco que hubo entre ellos había muerto para siempre?
«¿Ha muerto?», se preguntó. «Pues claro que sí, no pienses tonterías».
–Voy a pedir el almuerzo, ¿te parece?
–No tengo hambre.
Vincenzo la miró. Tampoco él, aunque se había levantado a las seis de la mañana y sólo había tomado un café. Le pareció que estaba pálida, su piel, tan transparente que podía ver las venitas azules en sus sienes. No llevaba joyas, observó. Ni esos pendientes de perlas que tanto le gustaban ni la alianza.
Claro, por supuesto. ¿Cómo iba a llevarla?
–Bueno, dime para qué querías verme.
–Lo que te dije por teléfono: quiero el divorcio.
Vincenzo observó que cruzaba y descruzaba las piernas como si estuviera nerviosa. ¿Por qué estaba nerviosa? ¿Por verlo de nuevo? ¿Seguía sintiendo algo por él?
–¿Y por qué quieres el divorcio?
Emma tuvo que hacerse la fuerte para soportar el impacto de su oscura mirada.
–¿El hecho de que llevemos dieciocho meses separados no te parece razón suficiente?
–No, la verdad es que no. Las mujeres son muy sentimentales sobre un divorcio… aunque su matrimonio fuese un fracaso, como el nuestro.
Ella hizo una mueca. Había subestimado a Vincenzo, evidentemente. Era tan listo como para intuir que no aparecería así, de repente, para pedir el divorcio si no hubiera alguna razón de peso.
«Pues dale una razón», se dijo a sí misma.
–Pensé que te alegraría ser libre de nuevo.
–¿Libre para qué, cara?
«Dilo», se animó Emma. «Díselo aunque te ahogue tener que decírselo. Enfréntate a tus demonios de una vez. Los dos habéis seguido adelante, tú has tenido que hacerlo. Y en el futuro habrá otras personas, al menos para Vincenzo».
–Libertad para estar con otras mujeres, quizá.
Los ojos negros de su marido brillaron de incredulidad.
–¿Crees que necesito un papel oficial para hacer eso? ¿Crees que he vivido como un monje desde que me dejaste?
A pesar de la falta de lógica de la respuesta de Vincenzo, las imágenes que despertó esa frase fueron para Emma como un puñal en el corazón.
–¿Te acuestas con otras mujeres?
–¿Tú qué crees? –le espetó él–. Aunque me halagas usando el plural…
–Y tú te halagas a ti mismo con tu falsa modestia –replicó Emma–, ya que los dos sabemos que puedes conquistar a cualquier mujer con sólo chasquear los dedos.
–¿Como te conquisté a ti?
–No quieras reescribir la historia. Fuiste tú quien me cortejó, quien intentó conquistarme. Tú sabes que fue así.
–Al contrario, tú jugaste conmigo. Eras mucho más inteligente de lo que yo había pensado, Emma. Te hiciste la inocente a la perfección…
–¡Porque era inocente!
–Y ése era, por supuesto, tu as en la manga –dijo Vincenzo, mirando arrogantemente sus piernas–. Usaste tu virginidad como una campeona. Me viste, me deseaste y jugaste conmigo hasta que no fui capaz de resistirme. Yo sólo era un hombre siciliano que valoraría tu pureza por encima de todo.
–No, no fue así –murmuró ella.
–¿Por qué no me dijiste que eras virgen antes de que fuera demasiado tarde? No te habría tocado de haberlo sabido.
Emma hubiera querido decirle que se había quedado tan prendada de él, tan enamorada, que las cosas se le habían escapado de las manos. Era un momento muy difícil de su vida y pensó que Vincenzo estaba fuera de su alcance… jamás creyó que su aventura llegaría a ningún sitio. ¿No le había dicho él ardientemente que un día se casaría con una mujer de su tierra, que les inculcaría a sus hijos los mismos valores que le habían inculcado a él?
Y, sin embargo, en el fondo siempre supo que Vincenzo habría salido corriendo de haber sabido que era virgen.
Pero para entonces estaba demasiado enamorada y no quiso arriesgarse a decírselo.
–Quería que fueras mi primer amante –le confesó. Porque había sospechado que ningún otro hombre se parecería a Vincenzo Cardini.
–¡Querías un marido rico! –exclamó él–. Estabas sola en el mundo, sin familia, sin estudios, sin dinero… y viste al rico siciliano como una manera de salir de la pobreza.
–¡Eso no es verdad!
–¿No lo es?
–Me hubiera casado contigo aunque no hubieses tenido un céntimo.
–Pero afortunadamente para ti no era así, ¿verdad, cara? –replicó Vincenzo, irónico–. Porque ya sabías que era rico.
Emma tuvo que apretar los labios para no decirle lo que pensaba. Pero no se pondría a llorar delante de él. Conseguiría lo que había ido a buscar y saldría de allí con la cabeza bien alta.
–Me da igual lo que pienses, no tengo la menor intención de discutir.
–Yo tampoco.
–Entonces, supongo que estarás de acuerdo en que el divorcio es la única solución.
Vincenzo hizo una mueca. No le gustaba cuando se mostraba tan fría, tan distante. Eso la hacía intocable y él estaba acostumbrado a que las mujeres fueran apasionadas.
¿De verdad le preocupaba tan poco la idea de romper su matrimonio de manera oficial como parecía o todo era una actuación? ¿Seguiría sintiendo algo por él?
De repente, y sin previo aviso, se inclinó hacia delante para rozar sus labios y sonrió, triunfante, al verla temblar.
Emma se quedó inmóvil, aunque el repentino galope de su corazón la había dejado sin aire.
–Vincenzo… ¿qué estás haciendo?
Capítulo 3
SÓLO ERA una prueba –murmuró Vincenzo. Pero el roce de sus labios, el calor de su aliento, hizo que deseara besarla apasionadamente. Besarla por todas partes, como había hecho tantas veces.
–No… –empezó a decir Emma.
Pero no estaba apartándose. Y podía sentir, casi oler, su deseo por él… quizá porque siempre había sido capaz de leerla como un libro abierto. Un libro erótico, además. Al menos hasta que la relación se marchitó hasta tal punto que apenas podían mirarse a los ojos y mucho menos tocarse.
Hasta esa última vez. Justo antes de que Emma saliera por la puerta en Roma, cuando la besó y ella le devolvió el beso con más pasión de la que había mostrado en meses.
Habían hecho el amor de pie, apoyados en la pared. Y luego, ignorando sus protestas de que iba a perder el vuelo, la había llevado a su habitación, a la cama que no habían compartido en varias semanas, para hacerle el amor durante toda la noche. Usando toda su habilidad para darle placer, oyendo sus gemidos de gozo…
¡Estaba excitándose sólo con recordarlo!
–Emma…
Esa vez no se limitó a rozar sus labios; los aplastó bajo los suyos como pétalos de rosa bajo un martillo.
Dejando escapar un gemido, Emma enredó los dedos en su pelo como solía hacer antes.
–Vincenzo…
Su voz sonaba ahogada por el beso, su respuesta la convertía en participante voluntaria de aquel abrazo.
¿Tan necesitada estaba de compañía adulta que se sometía al dulce placer de sus labios como una mujer ahogándose en miel?
Ningún hombre la había besado como Vincenzo. Ninguno podría hacerlo. Él usaba sus labios para convencerla, para hipnotizarla, haciéndola sentirse como una mujer. Una mujer de verdad.
Emma dejó escapar un gemido, derritiéndose como la cera de una vela bajo el ardor de los labios masculinos. Vincenzo le había dicho una vez que conocía su cuerpo mejor de lo que conocía el suyo propio y nadie podría negar eso.
Pero con él siempre había sido algo más que técnica amatoria. Había sido amor. Al menos durante un tiempo.
Amor.
Emma hizo una mueca de desdén. ¿Qué tenía que ver el amor con aquello?
–Vincenzo…
Con desgana, él levantó la cara para mirarla a los ojos, el azul oscurecido por las dilatadas pupilas. Tenía los labios entreabiertos, como suplicándole que siguiera besándola, y mientras le miraba la punta de la lengua, a la que él había enseñado a darle tanto placer, acarició sus labios.
Lo deseaba, pensó con satisfacción. Nunca había dejado de desearlo. Cuando puso una mano sobre su rodilla la sintió temblar. ¿Debería meterla bajo el vestido para hacerla gemir de placer otra vez?
–Dime.
–Yo…
–¿Quieres que acaricie tus pechos, tus preciosos pechos? –Vincenzo rozó uno de sus pezones por encima del vestido y Emma sintió como si la quemara.
Era como si estuviera en medio de arenas movedizas, un paso en falso y acabaría sumergida.
Entonces se quedó inmóvil. ¿Había imaginado la vibración de su móvil dentro del bolso? ¿Estaba imaginándolo o era real? ¿Estaría Joanna intentando ponerse en contacto con ella para decirle que Gino estaba enfermo o llorando… o que quería a su mamá?
Gino.
Había ido allí aquel día, gastándose un dinero que no tenía en un billete de tren, para pedirle el divorcio a su marido.
Entonces, ¿qué demonios estaba haciendo entre sus brazos, dejando que la besara, dejando que su cuerpo floreciera bajo sus caricias?
Aquel hombre la despreciaba, lo había dejado bien claro.
A pesar de las protestas de sus sentidos, Emma se levantó del sofá y, ocultando su angustia, hizo un esfuerzo para mirarlo de nuevo.
–No vuelvas a hacer eso –le advirtió–. ¡No vuelvas a hacerlo nunca más!
–Venga, cara, por favor. «Nunca» es mucho tiempo y tú has disfrutado tanto como yo.
–¡Tú me has forzado a besarte! –lo acusó ella.
Pero Vincenzo se limitó a reír.
–Por favor, no te hagas la inocente conmigo porque ya no funciona. Conozco a las mujeres lo suficiente como para saber cuándo desean que las besen… y a ti te conozco mejor que a las demás.
Aquél era su territorio, pensó Emma. Física, emocional y económicamente le llevaba ventaja. Entonces, ¿para qué proseguir una discusión que él ganaría de todas formas? ¿Qué importaba si se había rendido o si Vincenzo la había manipulado? Al final era una cuestión de orgullo y ya había decidido que el orgullo era un lujo que no se podía permitir. De modo que olvidaría lo que acababa de pasar y se concentraría en lo que tenía que decirle.
Sin embargo, sabía que estaba dejando de lado lo más importante. ¿Qué pasaba con Gino? Después de comprobar que el niño era la viva imagen de su padre, ¿no iba a decirle a Vincenzo que tenía un hijo?
Pero tenía miedo. Si se lo decía, ¿qué pasaría? ¿No podía conseguir lo que había ido a buscar y pensar en ello más tarde?
–¿Vas a darme el divorcio? –le preguntó.
En silencio, Vincenzo se levantó del sofá y Emma lo miró como miraría a una serpiente venenosa suelta por la lujosa oficina.
Pero, para su sorpresa, él no se acercó. En lugar de hacerlo se dirigió a su escritorio para mirar la pantalla del ordenador. Como si ella hubiera sido un breve interludio, ya olvidado, y ahora tuviera cosas más importantes que hacer.
–¿Vas a dármelo? –repitió.
–Aún no lo he decidido porque sigo sin estar seguro de tus motivos. Y ya me conoces, Emma, me gusta tener toda la información disponible –Vincenzo levantó la mirada–. Me has dicho que no quieres casarte con otro hombre y te creo.
–¿Ah, sí?
–Sí, claro. A menos que pienses casarte con un eunuco –observó él, irónico.
–¿Por qué dices eso?
–Porque me has besado como una mujer que no ha tenido relaciones en mucho tiempo.
Emma se puso colorada.
–Eres repugnante.
–¿Desde cuándo es repugnante el sexo? Estoy siendo sincero, nada más. Pero si no es otro hombre, tiene que ser el dinero –Vincenzo vio que Emma apartaba la mirada–. Ah, claro, el dinero. Supongo que estás arruinada…
–Alguien que nunca ha tenido dinero no puede arruinarse.
–Pero vistes como una mujer que no tiene medios económicos, desde luego. ¿Qué ha pasado, Emma? ¿Olvidaste que ya no estabas casada con un millonario y seguiste gastando dinero a manos llenas?
Eso estaba tan lejos de la verdad que le dieron ganas de reír. Pero no se había equivocado; tenía problemas económicos y en el mundo de Vincenzo Cardini el dinero importaba más que cualquier otra cosa. Él entendía de dinero. Podía tratar con él tanto como era incapaz de hacerlo con las emociones.
¿Por qué no dejar que la viera como una buscavidas que echaba de menos los buenos tiempos? Eso lo despistaría de su verdadero objetivo. Conocía lo suficiente a Vincenzo como para saber que la despreciaría aún más si supiera que sólo acudía a él empujada por la avaricia y su desprecio era preferible a su pasión.
–Algo así –le dijo.
Él hizo una mueca. Y acababa de negar que se hubiera casado con él por dinero, pensó. Se había visto seducida por su riqueza, como había sospechado siempre. Pero, en cierto modo, eso hacía que la conversación fuera más fácil.
–Me temo que no tienes derecho a nada.
–¿De qué estás hablando?
Vincenzo se encogió de hombros.
–Sólo estuvimos casados un par de años y no hubo hijos. Tú sigues siendo joven, fuerte… ¿por qué iba a financiar el resto de tu vida sólo por haber cometido un error al casarme contigo?
Emma dio un respingo. Creía haber soportado todo el dolor que era capaz de soportar pero, aparentemente, estaba equivocada.
–Creo que un abogado lo vería de otra manera.
–¿Ah, sí?
–Si no recuerdo mal, tú no quisiste que trabajase mientras estábamos casados, así que ahora no me resulta fácil encontrar un puesto de trabajo.
–Ah, ya comprendo. ¿Y qué estás dispuesta a hacer para conseguir un divorcio rápido?
–¿Qué estoy dispuesta a hacer? No te entiendo.
–¿No? Entonces deja que te lo explique para que no haya malentendidos: tú quieres el divorcio y yo no.
–¿Tú no? –a pesar de todo, su tonto corazón dio un salto de alegría–. ¿Puedo preguntar por qué?
–Piénsalo, Emma. Siendo un hombre casado, las mujeres saben que no tienen nada que hacer conmigo. Pero en cuanto se sepa que soy un hombre libre de nuevo, tendré que vérmelas con mujeres ambiciosas, mujeres como tú, que podrían querer ser la siguiente signora Cardini. Mujeres que buscan a un hombre siciliano con una enorme… –Vincenzo levantó las cejas– cuenta corriente. Así que ya ves, para darte el divorcio tendrías que hacer que mereciese la pena, ¿no te parece?
Ella se había puesto pálida. No podía querer decir…
–No sé de qué estás hablando.
–Yo creo que sí. Tú deseas el divorcio y yo te deseo a ti. Una última vez.
Emma se llevó una mano a la garganta, como si no pudiera respirar.
–No puedes decirlo en serio.
–Claro que lo digo en serio. Una noche contigo, Emma. Una noche de sexo, para olvidar algo que me sigue pareciendo inacabado. Una noche, nada más –Vincenzo sonreía tranquilamente–. Y luego te daré el divorcio.
Hubo un largo e incrédulo silencio mientras se miraban el uno al otro a través del inmenso despacho.
–¡Eres un monstruo! –exclamó ella por fin.
Que el hombre con el que se había casado le pidiera que se comportase como… como una mujer que vendía su cuerpo al mejor postor era increíble.
Vincenzo sonrió al ver que se ponía pálida. Porque aquélla era la mujer que le había roto el corazón, la que le había ocultado la verdad. Nunca debería olvidar eso, aunque tuviera los ojos más azules del mundo y unos labios que suplicaban ser besados.
–Te casaste conmigo –observó cáusticamente–. Debes de saber que tengo una vena implacable. ¿Qué dices, Emma? No puedes negar que sigues deseándome.
Ella negó con la cabeza.
–No es verdad.
Sus ojos negros se endurecieron tanto como su entrepierna.
–Mentirosa –sonrió–. Pero claro, mentir siempre ha sido uno de tus talentos.
–Puedes irte al infierno –replicó Emma, tomando el abrigo–. No, ahora que lo pienso, el infierno sería un sitio demasiado bueno para ti… ¡y seguramente no te dejarían entrar!
Vincenzo se estaba riendo mientras ella se dirigía a la puerta, observando cómo se colocaba el bolso al hombro, con la melena rubia volando alrededor de su cara.
–Arrivederci, bella –murmuró–. Esperaré noticias tuyas.
Sin fijarse en la cara de sorpresa de la morena o la joven de recepción, Emma no dejó de correr hasta que estuvo fuera del edificio. Jadeando, llegó hasta la parada del autobús y se tragó las lágrimas que amenazaban con asomar a sus ojos.
De todas las proposiciones humillantes que podía haberle hecho, aquélla era la más humillante de todas. Vincenzo Cardini no tenía corazón.
Dejándose caer sobre el asiento del autobús, Emma sacó el móvil del bolso y comprobó que, afortunadamente, no había ninguna llamada perdida de Joanna, de modo que Gino debía de estar bien.
El autobús se movía con lentitud por el tráfico de Londres. En circunstancias normales, Emma hubiera disfrutado de los bonitos edificios de aspecto futurista en comparación con el antiquísimo Westminster, pero no podía ver nada, ni sentir nada. Lo que acababa de ocurrir en la oficina de Vincenzo era como una pesadilla.
Alguien podría haberle sugerido que jugase su mejor carta: decirle al orgulloso siciliano que tenía un hijo.
Pero el miedo se lo impedía; el miedo a que Vincenzo intentase quitarle al niño. Con su poder y su dinero en comparación con su desesperada situación económica, ¿tendría alguna posibilidad de conseguirlo?
Emma negó con la cabeza mientras guardaba el móvil en el bolso. No debía contárselo… ¿o sí?
Pero aunque lo hiciera, Vincenzo podría no creerla. ¿No había sido su supuesta infertilidad lo que creó un abismo entre los dos y, por fin, rompió su matrimonio?
Intentaba apartar de sí los recuerdos, pero su mente la devolvía a un tiempo anterior a las recriminaciones, anterior a la amargura.
Un tiempo en el que Vincenzo la amaba.
Capítulo 4
EMMA había conocido a Vincenzo durante un momento difícil de su vida, poco después de la muerte de su madre, Edie.
La enfermedad de Edie había sido repentina y Emma tuvo que dejar sus estudios para cuidarla. Lo había hecho por amor y porque era su obligación, pero también porque no había nadie más que pudiera hacerlo.
La enfermedad había ido debilitando a su madre poco a poco y durante los últimos meses habían buscado una cura imposible. La menor noticia sobre algún nuevo tratamiento era suficiente para firmar un nuevo cheque.
Edie había acudido a curanderos, a adivinos… no comía nada más que albaricoques y durante una semana sólo bebió agua tibia. Se había sometido a terapias de todo tipo en un exclusivo balneario suizo, pero no sirvió de nada; nada podría haberla salvado.
Fueron unos meses terribles y, después de su muerte, Emma se sintió vacía, sin ganas de volver a la universidad.
Pero fue entonces cuando descubrió que prácticamente no tenía nada. Para pagar los tratamientos alternativos, su madre se había gastado todo lo que tenía. Incluso tuvo que vender la casa.
Pero Emma, en una decisión sorprendente, decidió gastarse el poco dinero que le quedaba en el banco. Había visto demasiada tristeza como para planear un futuro que no ofrecía la menor garantía. De repente, la vida le parecía demasiado corta. Quería sol, historia, belleza… de modo que se marchó a Sicilia.
Y allí conoció a Vincenzo.
Fue uno de esos días que para siempre estaría grabado en su memoria. Emma estaba tomando un descanso de su periplo cultural por la isla en una playa preciosa, con un sombrero de paja y un buen libro, dejando que el sol calentase su piel.
Sabía que su aspecto, tan pálido y tan rubio, llamaba la atención por donde fuera y solía cubrirse la cabeza cuando entraba en una iglesia, como era la costumbre allí. Además, siempre llevaba vestidos por la rodilla y apenas se maquillaba.
Pero un día descubrió una solitaria cala cerca de su hotel e hizo lo que llevaba días deseando hacer: quitarse el recatado vestido y nadar alegremente, intentando olvidar la angustia de los últimos meses.
Después debió de quedarse dormida porque cuando despertó había un hombre frente a ella, mirándola. Era alto, moreno y atlético, su pelo negro, despeinado por el viento.
Pero lo había visto antes… ¿quién no se hubiera fijado en un hombre así? Ella estaba tomando un café en la plaza y él había pasado volando en una moto, como la mayoría de los jóvenes sicilianos.
De cerca era incluso más guapo. Y miraba su bañador con una expresión claramente sexual. Quizá debería haberse asustado, pero…
Algo en sus ojos negros y en la curva de sus labios parecía llamarla a un nivel elemental; era algo que no había sentido nunca. Porque Emma era una soñadora y nunca había conocido a nadie que pudiera parecerse a los personajes románticos de las novelas.
Hasta aquel momento.
Llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta de manga corta, los pies desnudos estaban medio enterrados en la arena.
–Come si chiama? –le preguntó él.
Le parecía una grosería no contestar. Además, era imposible con esos ojos de ébano clavados en su cara.
–Emma Shreve.
–¿Y hablas italiano?
Ella negó con la cabeza, diciéndose a sí misma que no debería entablar conversación con un desconocido, pero sintiéndose libre por primera vez en siglos.
–No, pero lo intento… no soy de esas personas que van por el mundo esperando que todos hablen mi idioma. Y el italiano no es tan difícil. Lo difícil es entender el siciliano.
Entonces no lo sabía, pero eso era exactamente lo que quería oír un orgulloso siciliano.
–¿Y cómo se llama usted?
–Vincenzo Cardini –contestó él.
Naturalmente, Emma no sabía nada sobre el dinero y la influencia de la familia Cardini. Aquel día pensó que era un chico como los demás, aunque guapísimo y con un carisma extraordinario.
Él se sentó a su lado en la arena y la hizo reír contándole historias. Y cuando empezó a hacer demasiado calor, la invitó a comer en un restaurante cercano. Tomaron sarde a beccafico, el plato de pescado más delicioso que Emma había probado nunca.
Él hablaba de la isla en la que había nacido con una pasión y un conocimiento que hacía que las guías turísticas pareciesen algo obsoleto y aburrido. Emma suspiró mientras le contaba que ya sólo iba a la isla de vacaciones, que el cuartel general de su negocio estaba en Roma. Y luego le hizo todo tipo de preguntas sobre su trabajo para intentar concentrarse en algo que no fuera la belleza de su rostro.
Pero cuando intentó besarla, se lo impidió.
–Lo siento, no tengo por costumbre besar a extraños.
Vincenzo sonrió.
–Y yo no acepto una negativa.
–Pues esta vez vas a tener que hacerlo –replicó Emma.
Pero no habría sido humana si no hubiera sentido algo cuando él puso un dedo sobre sus labios, capturando sus ojos con una mirada oscura que la hizo temblar.
Al día siguiente, Vincenzo fue a buscarla al hotel y ella aceptó, encantada. ¿Cómo iba a decir que no cuando ya estaba medio enamorada de él y Vincenzo de ella?
Un colpo di fulmine, lo había llamado él, con el aire de un hombre que hubiera recibido una visita inesperada.
Por el día le mostraba la isla y le hablaba de su familia. Tras la muerte de sus padres había sido criado por su abuela y tenía montones de primos que «no aprobarían que se vieran», le había dicho.
¿Pero qué le importaba eso a Emma si cada noche le enseñaba un poco más lo que era el placer; un placer que ella nunca había imaginado que existiera?
Se había preguntado entonces si la vería como a una cría inocente, pero Vincenzo parecía disfrutar enseñándola. Para él, eso demostraba que no era una chica fácil como lo eran tantas inglesas. Según Vincenzo, las chicas que iban a Sicilia de vacaciones buscando un «amante latino» entregaban sus cuerpos con la misma facilidad que pedían copas en el bar.
Todo parecía perfecto hasta la noche en la que, por fin, Emma le dejó compartir su cama. Después de hacer el amor, Vincenzo se incorporó para mirarla con si fuera un espectro. En su rostro podía ver una mezcla de emociones: dolor, incredulidad, alegría, rabia…
–¿Por qué no me lo habías dicho?
–¿Decirte qué?
–Que eras virgen.
–¡No sabía cómo hacerlo!
–¿No sabías cómo? –repitió él–. Y has dejado que pasara esto… –añadió, sacudiendo la cabeza–. Te he robado tu virginidad, la más preciada posesión de una mujer.
Pero a la mañana siguiente su furia había amainado y durante los últimos días de vacaciones le enseñó todo lo que sabía sobre el amor.
Cuando llegaron al aeropuerto para decirse adiós, Emma lloró por todo lo que había encontrado e iba a perder para siempre.
No esperaba volver a saber nada de él, pero Vincenzo apareció inesperadamente en Inglaterra para decirle que no podía dejar de pensar en ella, como si hubiera cometido un crimen por ser la causa de su obsesión.
Cuando descubrió que no tenía ni familia ni trabajo, la llevó con él a Roma… y fue allí donde Emma se dio cuenta de que estaba saliendo con un hombre fabulosamente rico.
Vincenzo la instaló en un lujoso apartamento, le compró un vestuario nuevo y la transformó en una mujer que hacía que los hombres volvieran la cabeza.
Emma floreció bajo sus atenciones… aunque se quedó sorprendida al descubrir que la transformación había desatado unos celos terribles en él. Vincenzo sospechaba que incluso sus mejores amigos querían acostarse con ella.
–¿No sabes que te desean?
–Te aseguro que ese deseo no es recíproco.
–No puedo soportar la idea de que otro hombre te toque. Ni ahora ni nunca.
Se casaron poco después, pero Emma empezaba a albergar serias dudas. ¿Se había casado con ella para poseerla o porque se sentía obligado por haberle robado la inocencia? Pero el matrimonio representaba la aceptación de su familia y, sobre todo, lo que Vincenzo deseaba más que nada en el mundo.
–Un hijo –le había dicho durante su noche de bodas, mientras acariciaba su estómago plano–. Voy a poner la semilla de mi hijo dentro de ti, Emma.
¿Qué mujer no se hubiera sentido emocionada? Desde luego, no una mujer tan enamorada como ella. Pero el tenor de su relación cambió drásticamente desde ese momento. Vincenzo parecía tener un propósito cada vez que hacían el amor. Y luego estaba la inevitable desilusión cada mes, cuando el deseado hijo no se materializaba…
En una de sus periódicas visitas a Sicilia incluso su primo favorito, Salvatore, que desaprobaba claramente el matrimonio, habló sobre los hijos. O más bien de la falta de ellos. Y Emma se sintió a la vez dolida e insultada.
Pronto el tema empezó a dominar sus pensamientos, aunque no sus conversaciones porque Vincenzo se negaba a hablar del asunto, y desesperada, Emma fue a ver a un médico inglés en Roma.
La noticia que le dio fue devastadora, pero escondió el informe en un cajón para contárselo a Vincenzo cuando encontrase el momento… aunque no sabía cuándo sería eso.
¿Cuándo era un buen momento para decirle a un hombre que su mayor deseo nunca se haría realidad?
Sin embargo, Vincenzo encontró el informe y estaba esperándola una tarde con el papel en la mano y una expresión de ira que Emma no le había visto nunca.
–¿Cuándo pensabas contármelo? –le espetó–. O quizá no pensabas hacerlo.
–¡Pues claro que sí!
–¿Cuándo?
–En el momento adecuado –contestó ella.
–¿Y cuándo iba a ser eso? ¿Hay un momento adecuado para anunciarle a tu marido que no puedes tener hijos?
–Podemos hacer un tratamiento de fertilidad, podemos adoptar –se aventuró a decir Emma–. O podría ver a otro especialista para pedir una segunda opinión.
–Si tú lo dices…
Nunca lo había visto así, tan desinflado como un neumático al que le hubieran sacado todo el aire.
Su infertilidad los había alejado, eso estaba tan claro como las estrellas en el cielo, pero Vincenzo prefería concentrarse en lo que él llamaba «el engaño». El hecho de que hubiera ido a ver a un médico en secreto, que se lo hubiera ocultado. Hasta que un día Emma se dio cuenta de que por mucho que intentara justificarse y explicarle sus razones, Vincenzo necesitaba culpar a alguien… ¿y a quién mejor que a ella?
Había nadado contra la corriente al casarse con una chica inglesa en lugar de hacerlo con una siciliana pero, además, había elegido mal casándose con una mujer estéril.
Y, para Emma, se había convertido en una sencilla, aunque desgarradora, decisión. ¿Iba a dejar que su matrimonio se destruyera por completo delante de sus ojos, matando incluso los bonitos recuerdos, o era lo bastante valiente como para darle a Vincenzo su libertad?
Él no intentó retenerla cuando le dijo que se marchaba, aunque su rostro se volvió tan frío y aterrador como el de una estatua. Probablemente ni siquiera se daría cuenta de que se había ido, pensó ella amargamente, porque cada día pasaba más tiempo en la oficina y, a veces, ni siquiera se molestaba en ir a cenar.
El silencio con que fue recibida su decisión duró hasta que llegó a la puerta. Cuando se volvió para decirle adiós por última vez, algo en el brillo de sus ojos la detuvo.
–Vincenzo…
Entonces, de repente, él la besó. Y la tristeza y la amargura que había soportado durante los últimos meses desaparecieron mientras la apretaba apasionadamente contra la pared.
Perdió el avión, pero no le importó porque Vincenzo la tomó en brazos después para llevarla al dormitorio.
Por la mañana, Emma abrió los ojos mientras él se vestía y descubrió que estaba mirándola con una expresión helada.
–Vete de aquí, Emma, y no vuelvas nunca más. Ya no eres mi mujer.
Luego se dio la vuelta y salió de la habitación.
Más tarde, en el avión que la llevaba de vuelta a Londres, el dolor y las lágrimas la cegaban.
Y un mes más tarde descubrió que estaba embarazada…
–¡Próxima parada, Waterloo! –la voz del conductor del autobús despertó a Emma de su ensueño. Y, angustiada, se dio cuenta de que estaba en la estación y no había resuelto nada en absoluto.
Como si caminara en sueños, bajó del autobús y entró en la estación para buscar una cafetería, sin fijarse en la gente que se movía a su alrededor. Era raro salir sola, sin su hijo. Le resultaba extraño caminar entre la gente sin estar empujando un cochecito.
Una vez en la cafetería pidió un capuchino, pero la inquietud no la dejaba disfrutar siquiera de ese simple placer. Y era mucho más profunda que la simple preocupación de cómo iba a sobrevivir.
No, su inquietud había sido provocada al volver a ver a Vincenzo… porque sabía que no podía seguir negando la verdad.
Que Gino era su viva imagen.
Cuando sacó la fotografía que llevaba en el monedero, la carita de su hijo hizo que tuviera que contener un sollozo. ¿Había estado negándose a ver el parecido como un mecanismo de defensa para proteger su corazón roto?
En ese momento su móvil empezó a sonar… pero no era el número de Joanna el que aparecía en la pantalla, sino uno desconocido. Aunque Emma sabía quién era.
Con el corazón en la garganta, contestó:
–¿Sí?
–¿Has pensado en mi oferta, cara?
Y, de repente, Emma supo que no podía seguir huyendo. Porque había llegado a un callejón sin salida y no había ningún sitio al que pudiera ir. Vincenzo tenía que conocer la existencia de Gino.
–Sí –contestó pausadamente–. No he pensado en otra cosa. Y tengo que hablar contigo.
¿Por qué no terminar con aquello lo antes posible? ¿Para qué tener que volver a llamarlo y volver a pedirle a Joanna que cuidase del niño cuando ya estaba en la capital?
–Podemos vernos más tarde.
De modo que había cambiado de opinión, pensó Vincenzo, la sensación de triunfo que experimentaba iba acompañada de una amarga decepción. ¿No había disfrutado cuando Emma le devolvió los insultos? ¿No había visto un eco de la mujer de la que se había enamorado en Sicilia? La chica que se mostraba remilgada, la que se había negado a acostarse con él esa primera noche. Y la segunda… y la tercera.
Pero no. Aparentemente estaba en lo cierto: todo el mundo tenía un precio, incluso Emma. Especialmente Emma.
–Esta tarde tengo varias reuniones. ¿Conoces el hotel Vinoly?
–Sí, lo he oído nombrar.
–Nos vemos allí a las seis, en el bar Bay Room.
Emma cerró los ojos, aliviada. Allí podría contárselo y, además, era lo mejor. Vincenzo no podría montar una escena en un lugar público.
–Allí estaré.
–Ciao.
Tendría que llamar a Joanna para decirle que llegaría más tarde de lo esperado y encontrar algo con lo que pasar el rato hasta las seis.
Y buscar la manera de decirle a Vincenzo que tenía un hijo.
Temía pensar en la reacción de su marido pero, pasara lo que pasara, se enfrentaría a ello. Tenía que hacerlo por Gino.
Capítulo 5
DESPUÉS de pasear un rato por la ciudad, Emma terminó entrando en el elegante baño de unos grandes almacenes para lavarse las manos y atusarse un poco el pelo.
Los comentarios de Vincenzo la habían hecho sentirse poco atractiva y eso era lo último que necesitaba cuando estaba a punto de entrar en uno de los mejores hoteles de la ciudad para soltar aquella bomba.
Su corazón palpitaba como loco mientras entraba en el bar Bay Room, pero enseguida vio a Vincenzo hablando con un camarero, alto y llamativo con su elegante traje oscuro y totalmente cómodo en aquel sitio.
Nerviosa, Emma miró a su alrededor. Sentados a las mesas triangulares con sus distintivos sillones de terciopelo color turquesa estaban los hombres y mujeres más poderosos de la ciudad. Mujeres que llevaban vestidos carísimos y zapatos de tacón que desafiaban a la ley de la gravedad.
Y, a pesar de haberse arreglado un poco en el baño de los grandes almacenes, nunca se había encontrado tan fuera de lugar. Se sentía como uno de esos personajes de las novelas victorianas: una niña sucia y harapienta que había dejado de vender cerillas en la esquina para entrar allí. Si hubiera tenido otra alternativa, se habría dado la vuelta.
Pero ya no tenía alternativa.
Vincenzo la observó mientras se acercaba, sus ojos negros eran inescrutables.
De modo que no había pasado la tarde comprándose ropa, observó, como harían muchas mujeres que estuvieran planeando acostarse con un hombre. Y eso debía de significar que de verdad estaba en la ruina… o que seguía teniendo una gran confianza en su atractivo. O ambas cosas.
–Ciao, Emma –la saludó.
–Hola –dijo ella, sintiéndose ridículamente incómoda al notar que los camareros la miraban como si fuera una extraterrestre.
–El maître acaba de decirme que, por desgracia, no tienen ninguna mesa libre. Pero nos ha servido una copa en la terraza.
–La vista desde la terraza es infinitamente mejor –asintió el hombre, con la afable sonrisa de alguien que acabara de recibir un gran fajo de billetes–. Haré que alguien los acompañe.
Luego chasqueó los dedos y un chico de uniforme, que no parecía tener más de doce años, los acompañó al ascensor.
Los ojos de Emma decían que no creía una sola palabra y el brillo burlón de los de Vincenzo, que le daba igual. No podía decir nada delante de un extraño y él lo sabía. O quizá sabía que estaba en una posición ventajosa y que ella debía seguirle la corriente si quería el divorcio.
El silencio era sofocante mientras subían en el ascensor y se hizo más opresivo cuando el joven botones los llevó hasta una impresionante suite con un salón lleno de flores. Era cierto que la vista era magnífica, las estrellas y los rascacielos resultaban visibles a través de una pared enteramente de cristal.
Pero lo más evidente eran las dos puertas que llevaban a una habitación dominada por la cama más grande que había visto en toda su vida. Era un insulto, pensó.
–¿Necesita algo más, señor?
–No, gracias.
Emma esperó hasta que el chico los dejó solos para volverse hacia Vincenzo, que estaba quitándose la chaqueta.
–Dijiste que íbamos a tomar una copa, pero esto es una suite.
Él sonrió mientras se soltaba la corbata. Así que quería jugar, ¿eh?
–Las dos cosas son compatibles. Bebe todo lo que quieras, cara –contestó, señalando una botella de champán.
–¿Estás diciendo que el maître no hubiera encontrado una mesa para ti abajo si la hubieras pedido?
–Podría haberla pedido, sí –asintió él–. Pero no puedes negar que aquí estamos más cómodos. Y es mucho más íntimo, por supuesto –añadió, sirviendo dos copas de champán con los ojos brillantes–. Quítate el abrigo.
Nunca en su vida se había sentido tan ahogada, como si alguien le estuviera apretando el cuello, robándole el aire. Pero Emma se quitó el abrigo y aceptó la copa que le ofrecía mientras se dejaba caer en el sofá.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que tomó champán y la quemazón del alcohol le recordó que no había comido nada desde el desayuno.
«Cuéntaselo de una vez».
–Vincenzo… esto no es fácil para mí.
Él se sentó a su lado en el sofá con una arrogante sonrisa. ¿El beso de antes la habría hecho recordar todo lo que se había perdido durante esos dieciocho meses?, se preguntó.
Apartando la copa de su temblorosa mano, la dejó sobre la mesa y pasó un dedo por el severo escote del vestido. Y, al hacerlo, sintió que se estremecía.
–Sólo será difícil si queremos que lo sea… o si tú crees que esto es algo que no es. ¿Por qué no admitir que seguimos sintiéndonos atraídos el uno por el otro?
Emma lo miró, horrorizada. Vincenzo pensaba… de verdad pensaba que había vuelto para hacer un trato con él: un rápido divorcio a cambio de una noche de sexo.
–No me refería a eso.
Pero él no estaba escuchando. La deseaba y parecía transfigurado mientras miraba cómo su agitada respiración hacía que sus pechos se marcaran bajo el vestido… estaba más excitado de lo que recordaba haber estado nunca desde la última vez que hizo el amor con ella. O más bien, la última vez que se acostaron juntos. No había habido amor en ese último encuentro. Tal vez no lo había habido nunca. Quizá lo que sintió por ella no había sido más que el deseo de hacerla suya.
–Me da igual. De hecho, no me importa nada salvo esto –murmuró, buscando sus labios en un beso lento, embriagador.
La besaba como la había besado en el despacho, pero esa vez era diferente. Esa vez no estaban en su territorio, con la posibilidad de que su secretaria entrase en cualquier momento. Y esa vez, Emma sabía que estaba vencida porque en unos minutos tendría que contarle algo que cambiaría su vida de forma irrevocable.
Iba a tener que vivir con el desprecio que Vincenzo intentaba disimular en aquel momento porque la deseaba. ¿Y no lo deseaba ella también? Si era sincera consigo misma, debería admitir que nunca había dejado de desearlo.
¿Por qué no podía tener esa última vez antes de que empezasen las recriminaciones? Un último momento de felicidad antes de que las nubes negras descendieran sobre ella.
–Vincenzo… –murmuró, enredando los dedos en sus poderosos hombros–. Oh, Vincenzo.
Él cerró su corazón a los recuerdos que despertaban esos murmullos, apretándola contra su pecho, sintiéndola temblar, sintiendo el sedoso roce de su pelo. La fiera palpitación de su entrepierna lo tenía encendido y la besó con más pasión de la que había besado a nadie antes, explorándola con los labios como si no pudiera apartarse nunca.
–Tócame –la urgió, con voz ronca–. Tócame como solías hacerlo.
La vulnerabilidad que había en su voz era casi insoportable, tan embriagadora como la temblorosa demanda… ¿o se lo estaba imaginando? Tal vez estaba oyendo lo que quería oír. Pero, en cualquier caso, estaba demasiado excitada como para apartarse, de modo que pasó las manos por su torso, sintiendo el vello bajo la fina seda de la camisa.
–¿Así? –susurró.
–Piu.
–¿Más?
–Sí, más. Mucho más.
Emma deslizó las manos hasta su entrepierna, tocando la indiscreta erección, y él murmuró algo que sonaba como una palabrota en siciliano. Como si no pudiera soportar depender de sus sentidos, aunque lo disfrutaba.
–¿Así?
–Sí, exactamente así. Ah, Emma… –musitó con voz ronca.
Una bruja, eso era.
Vincenzo pasó las manos por su cuerpo, ese cuerpo que conocía tan bien, como si lo estuviera haciendo por primera vez. Y quizá así era, porque le parecía otro. No sólo estaba mucho más delgada, sus pechos también parecían tener una forma diferente… o al menos eso era lo que le parecía tocándola por encima de la ropa.
–Quítate el vestido –le pidió.
Pero a pesar del clamor de su cuerpo, Emma seguía nerviosa. No esperaría que se levantase y empezara a quitarse la ropa para él como había hecho tantas veces cuando estaban recién casados. En vista de su situación, eso sería imposible. Se sentiría como si Vincenzo estuviera comprándola.
¿Y no era así?, le preguntó una vocecita interior.
Pero Emma decidió no escucharla.
–Quítamelo tú.
–Si insistes… –murmuró él.
Eso se le daba bien, por supuesto. ¿A cuántas mujeres habría desnudado desde la última vez que la tuvo a ella entre sus brazos?, se preguntó Emma mientras le quitaba la prenda y la dejaba caer al suelo.
Sus ojos negros la quemaban como un diabólico rayo láser.
–Deja que te mire.
Emma sintió ganas de cruzar los brazos sobre el pecho para ocultarse.
–¡Medias de algodón! ¿Desde cuándo usas medias de algodón? –exclamó Vincenzo entonces.
Desde que dejó de ser la posesión de un millonario, pensó ella. Quizá su marido no sabía que usar medias de seda y ligueros no era compatible con levantarse al amanecer para darle el pecho a un niño.
Pensar en Gino fue suficiente para quedarse momentáneamente inmóvil. Quería parar y decirle que aquello era absurdo. Pero para entonces Vincenzo le había quitado las medias y estaba hundiendo la cabeza entre sus piernas… besándola allí, por encima de las bragas, hasta que ella empezó a moverse, impaciente, con un deseo que era casi insoportable.
–Vincenzo…
–¿Quieres que nos vayamos a la cama?
¿Parar? ¿Tener tiempo para pensar en lo que estaba haciendo? ¿Dejar que la razón y la lógica arruinasen algo que la hacía sentirse viva por primera vez en casi dos años? Sabía que aquello era una locura, pero su cuerpo tenía otras ideas. Y Vincenzo seguía siendo su marido, pensó luego…
–No –susurró, enredando los dedos en su pelo negro como había hecho tantas veces en el pasado–. Vamos a hacerlo aquí.
Su capitulación provocó en él un gemido ronco de placer. Le gustaba su rápida transformación de reina del hielo a sirena. Pero siempre le había encantado la fiera pasión que había bajo ese frío exterior. Esa sensualidad que él había logrado despertar, al menos durante los primeros meses de matrimonio.
Él le había enseñado todo lo que sabía, ¿por qué no iba a disfrutar de los frutos de su labor una vez más, para ver si había mejorado durante ese tiempo?
–Quítame la camisa.
Emma, con dedos temblorosos, hizo lo que le pedía, apartando la suave seda de la más sedosa piel de su torso, acariciando el vello que crecía allí… pero, de repente, Vincenzo apretó su mano.
–Más tarde –le dijo–. Habrá tiempo para eso más tarde, pero ahora…
Estaba quitándose el cinturón mientras Emma pensaba que no habría un «más tarde».
«Díselo ahora», le urgía la vocecita interior.
Pero no le hizo caso. No podía hacerlo porque un gemido escapó de su garganta al sentir los labios de Vincenzo sobre sus hombros y su cuello. Emma se encontró besando su duro y orgulloso mentón, oyendo el gemido de placer masculino.
Qué cruel podía ser el sexo, pensó. No sólo cruel sino insidioso, porque te hacía sentir cosas que no eran reales. Podía hacerte creer que aún seguías amando a alguien… y ella no amaba a Vincenzo. ¿Cómo iba a amarlo después de todo lo que había pasado?
Después de quitarse el pantalón, la tumbó sobre el sofá y se colocó sobre ella. Y, por un momento, el tiempo se detuvo. Vincenzo se quedó inmóvil, como un coloso dorado antes de entrar en su ansiosa y húmeda cueva.
–Vincenzo… –gimió mientras la penetraba con una larga y deliciosa embestida, llenándola completamente.
Él se detuvo y la miró con sus ojos negros opacos de deseo. Y en ellos había un brillo de algo más, algo que parecía ira. Pero no podía ser ira en un momento como aquél.
–¿Vincenzo?
Vincenzo sacudió la cabeza y empezó a moverse de nuevo, odiando el poder que Emma tenía sobre él. Un poder que lo convertía en un muñeco a su merced.
Miró la visión que había debajo de él, los ojos cerrados, las mejillas enrojecidas mientras levantaba sus perfectas piernas para enredarlas en su cintura.
¿No había visto esa misma escena en sueños durante casi dos años? Pero, con toda seguridad, aquello haría que la olvidase para siempre.
–Mírame –le ordenó–. Mírame, Emma.
A regañadientes, ella abrió los ojos. Con los ojos cerrados podía dejar volar a su imaginación. Inventar, fingir que aquello estaba pasando sólo porque dos personas se querían la una a la otra. Qué lejos de la verdad estaba eso, qué complejos eran los motivos que los habían llevado allí.
–Oh, Vincenzo…
–¿Soy el mejor amante que has tenido nunca? –preguntó él con voz ronca, metiendo las manos bajo sus nalgas.
–Tú sabes que sí –contestó Emma, a punto de llegar a aquel sitio mágico donde sólo él podía llevarla. Y antes de lo que esperaba.
Como si estuviera siendo catapultada a las estrellas para bajar luego de manera lenta, deliciosa.
–Vincenzo… oh, oh… sí, sí, sí…
Él sintió sus espasmos y tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse. Veía cómo Emma echaba la cabeza hacia atrás, clavando las uñas en sus hombros. Y entonces se dejó ir, disfrutando de su propio placer. Y no recordaba que nunca hubiera sido tan intenso, dejándolo saciado y profundamente exhausto.
El orgasmo parecía no terminar nunca, pero incluso después de haber terminado se quedó dentro de ella un momento.
Miró entonces su enrojecido rostro, el pelo rubio empapado de sudor. En el pasado lo habría apartado con ternura, pero no ahora… pues tal gesto implicaría algo que no sentía.
Vincenzo se apartó, levantándose del sofá para servirse un vaso de agua en el bar.
–¿Te das cuenta de que estábamos tan entusiasmados que se nos ha olvidado usar un preservativo? –bromeó–. Pero, como los dos sabemos, ése es un tema que no debe preocuparnos.
Incrédula, Emma lo miró desde el sofá. Qué increíblemente cruel decir algo así. ¿Había guardado ese escarnio para el final, después de la intimidad que acababan de compartir? ¿Había intentado herirla como nada más podía hacerlo?
Pues se equivocaba, como estaba a punto de descubrir. Pero su brutalidad le recordaba que no debía hacerse ilusiones sobre Vincenzo Cardini.
–Eso era completamente innecesario –le dijo.
–¿Por qué? Es la verdad.
No la creería cuando le hablase de la existencia de Gino, pensó Emma, buscando sus bragas en el suelo. Iba a decírselo, pero no pensaba estar desnuda cuando lo hiciera.
Él la observó vestirse sin hacer nada para impedirlo. Si la deseaba de nuevo, sencillamente la desnudaría, pero en aquel momento estaba disgustado consigo mismo. Qué fácil era que los deseos del cuerpo escondieran la realidad de una situación, pensó. Pero una vez que la pasión había desaparecido, uno se quedaba mirando los fríos hechos…
Emma ya no era nada más que una esposa desleal que acababa de acostarse con él para conseguir un divorcio rápido.
Suspirando, Vincenzo empezó a vestirse, deseando alejarse de allí lo antes posible.
–Vincenzo… –Emma había terminado de vestirse y estaba arreglándose un poco el pelo–. Tengo algo que decirte.
Él apenas la miró mientras se abrochaba los cordones de los zapatos.
–Ya me imagino.
Ella respiró profundamente. ¿Cuántas maneras había de decirlo? Sólo una, porque las palabras eran tan poderosas que nada podría reducir el impacto.
¿Pero podría decírselo?
–Vincenzo, tienes… quiero decir tenemos… –Emma se aclaró la garganta, intentando controlar los furiosos latidos de su corazón–. La cuestión es que… verás, Vincenzo, tienes un hijo. Tenemos un hijo.
Capítulo 6
VINCENZO pensó que había oído mal, pero algo en el estrangulado tono de su voz lo puso en alerta.
–¿Qué has dicho?
Emma tragó saliva.
–He dicho que tienes un hijo. O más bien, que tenemos un hijo. Se llama…
–¿Qué estás diciendo? –la interrumpió él, furioso–. Puedes tener tu precioso divorcio, Emma. Después de todo, te lo has ganado. Aunque el sexo ha sido muy breve, como medida catártica seguramente ha merecido la pena. Pero, por favor, no me cuentes más mentiras.
Ella sacudió la cabeza, intentando concentrarse en lo que tenía que decir.
–Pero es que no es mentira. Te juro que no lo es.
–¿Lo juras? –repitió él, sus ojos brillaban como carbones encendidos–. ¿Cómo te atreves a decir que tengo un hijo?
–Porque es la verdad.
–Pero eso no es posible –Vincenzo dio un paso adelante, furioso–. Tú eres estéril, Emma. No puedes tener hijos. El médico te lo dijo hace dos años. Envió un informe diciendo exactamente eso… un informe que sigo teniendo yo. No lo habrás olvidado, ¿verdad?
–No, claro que no lo he olvidado.
–¿Entonces cómo puedes tener un hijo mío?
Ella tragó saliva.
–¿Podemos hablar de esto con calma?
–¿Con calma? –la voz de Vincenzo era como el hielo–. ¿Es que te has vuelto loca? Me cuentas una mentira como ésa…
–No es mentira. ¿Por qué iba a mentir sobre algo así?
–Se me ocurren muchas razones –dijo él–. Por ejemplo, que echas de menos mi dinero y quieres una parte de lo que crees que te correspondería si tuvieras un hijo.
–¿Me crees una mercenaria?
Vincenzo se encogió de hombros, con el corazón latiéndole con fuerza dentro del pecho.
–Ya lo has demostrado, Emma. Me engañaste haciéndome pensar que seguíamos intentando tener un hijo cuando tú sabías que eso era imposible.
–Yo no te he engañado nunca.
–¿Ah, no? Si eso no es engañar a alguien, me gustaría saber cuál es tu definición de la mentira, cara.
–Nunca pensé que sólo te acostabas conmigo para tener un hijo. Quizá fuiste tú quien me engañó a mí desde el principio.
–¿No me digas?
–Estabas tan empeñado en tener un hijo que me daba miedo hablarte del informe del médico.
–¡Y me trataste como si fuera un imbécil! –la acusó él–. No ibas a contarme algo tan importante como eso…
–Pues claro que iba a contártelo.
Vincenzo se pasó una mano por el pelo.
–¿Ibas a contarme que no podías tener hijos?
–Iba a hablarte del informe del médico…
–Y, sin embargo, ahora me dices que tengo un hijo. ¿Cómo es eso posible?
–No lo sé. Mi ginecólogo me dijo que a veces pasan esas cosas…
–Ah, un milagro –dijo él, desdeñoso–. ¿Y cuándo ocurrió ese milagro? ¿Qué tiempo tiene el niño?
El instinto la empujaba a salir de la suite y no volver a verlo nunca más. No iba a suplicarle que reconociera a su hijo.
Pero sabía que debía hacerlo por Gino. ¿Y si un día el niño le preguntaba quién era su padre? Si fuera así, debía ser capaz de mirarlo a los ojos y decirle con toda sinceridad que se lo había contado. Cómo lo interpretase Vincenzo y qué hiciera después dependía de él, pero así ella tendría la conciencia tranquila.
–Diez meses –contestó, viendo cómo él hacía un cálculo mental.
–¿Y cuándo dices que tuvo lugar la concepción de ese supuesto niño?
–Debió de ser la última vez que estuvimos juntos. ¿No lo recuerdas?
–¿Que si no lo recuerdo? No creo que pueda olvidarlo nunca –contestó Vincenzo, amargo.
Su relación había ido erosionándose poco a poco, pero cuando descubrió que le había ocultado la noticia de que no podía tener hijos, de repente Emma se convirtió en una extraña para él. El informe que le había escondido era un símbolo de todo lo malo que había en aquel matrimonio y Vincenzo empezó a dudar que todo en ella fuera tan auténtico como había creído.
–¿De verdad eras virgen cuando te conocí? –le había preguntado una mañana, mientras desayunaban–. ¿O también eso era una mentira?
Vincenzo recordaba cómo la luz había desaparecido de los ojos azules y, sí, eso lo había complacido.
–¿Para qué voy a contestar? –había sido la respuesta de Emma–. Si piensas tan mal de mí, no tiene ningún sentido que sigamos casados.
Vincenzo recordaba la sensación de alivio que experimentó al oír eso, intentando convencerse a sí mismo de que se alegraría de decirle adiós.
Pero la realidad de la separación fue más dura de lo que había anticipado. Echaba de menos su pelo rubio, su alegre sonrisa, aquel cuerpo de pecado. Hasta que se recordó a sí mismo que ésas eran cosas externas fácilmente reemplazables y que, en realidad, no reconocía a la Emma con la que se había casado. Su confianza en ella había desaparecido y para un orgulloso siciliano la confianza lo era todo.
Sabía que se encontraba en una situación absurda, con Emma al otro lado de la lujosa suite. Tenía el pelo despeinado y las mejillas rojas después de hacer el amor.
¿Qué iba a hacer con la extraordinaria revelación de que tenía un hijo?
Tomándose un tiempo para pensar con absoluta frialdad, algo que sus rivales en los negocios habrían reconocido con angustia, Vincenzo se sirvió otro vaso de agua mineral. Por una vez le habría ido bien el efecto del alcohol, pero necesitaba tener la cabeza fría, más que nunca.
–La cuestión es si te creo –dijo por fin– o si te has inventado esa historia para intentar sacarme todo el dinero que puedas.
Emma contuvo el instinto que la empujaba a levantarse y salir de allí sin decir una palabra más. Tenía que hacer aquello por su hijo.
–¿Crees que elegiría este método para sacarle dinero a un hombre como tú? ¿Que me sometería a esta humillación? Preferiría fregar suelos antes de hacer eso.
–¿Y por qué no lo haces?
Esas palabras fueron la gota que colmó el vaso y su decisión de permanecer calmada se fue por la ventana. Todas las preocupaciones, la lucha para sacar adelante a su hijo durante esos meses, la decisión de contárselo a Vincenzo cuando era lo último que quería hacer, su propia debilidad de acostarse con él… todo eso explotó como un cóctel de ansiedad e indignación.
–¡Porque tengo que cuidar de un niño pequeño al que no puedo dejar solo! La niñera me costaría más de lo que yo puedo ganar –le espetó, airada–. ¿Pero cómo vas a saber tú eso, un niño rico y mimado toda la vida? Puede que el dinero haya hecho tu vida más fácil, Vincenzo, pero también te ha convertido en un ser despreciable. Eres incapaz de ver a los demás como personas decentes. Cada vez que conoces a alguien, te preguntas: ¿esta persona quiere conocerme o sólo quiere poner sus manos en mis millones? En realidad, resultas patético.
–¡Ya está bien!
–¡No, no está bien! –exclamó ella.
–No estás en posición de darme un sermón sobre moralidad, Emma.
–¡Ni tú tampoco a mí!
Vincenzo respiró profundamente.
–Dime una cosa: ¿te has acostado conmigo porque pensabas que eso te colocaría en mejor posición para negociar? Porque yo que tú me pensaría esa estrategia en el futuro, cara. Tu valor aumentaría mucho si dificultaras el sexo hasta después de haber acordado un precio.
Furiosa, Emma se levantó de un salto y cruzó la habitación para abofetearlo. Pero en lugar de mostrarse ofendido, Vincenzo se rió, sujetándole la mano.
–¿Te imaginabas que eso me haría verte de otra forma?
–No me imaginaba nada. Sólo es lo que te mereces.
La furia que había en sus ojos azules en lugar de irritarlo lo excitaba. Y le hubiera gustado estrecharla entre sus brazos para buscar un rápido y urgente alivio a su deseo. Pero el sexo sin ataduras era una cosa, y acostarse con ella después de lo que le había dicho, otra muy diferente.
Vincenzo atravesó la suite, dándole la espalda. La gente siempre decía que su rostro era frío y hermético, que intentar averiguar lo que estaba pensando era como intentar descifrar un jeroglífico. Pero Emma sabía hacerlo mejor que los demás porque, inevitablemente, lo conocía mejor que la mayoría. De modo que debía tener cuidado.
Mirando por la ventana, estudió el brillo oscuro del río y las luces de los edificios que reflejaba. La lógica le decía que Emma estaba mintiendo. Y también le decía que si persistía en ello, tendría que involucrar a sus abogados. No sería la primera vez que un hombre rico recibía una demanda de paternidad. Pero, afortunadamente, había maneras de descubrir la verdad.
Debería decirle que se fuera y llamar a su abogado por la mañana. Ni siquiera tendría que volver a verla, pensó. Pero el instinto le dijo que no escuchara a la voz de la lógica y Vincenzo no sabía por qué.
¿Era porque el sexo entre ellos era dinamita como siempre lo había sido? ¿Porque Emma había despertado un ansia que sólo ella podía saciar?
¿No tendría más sentido seguirle el juego para poder disfrutar de su cuerpo durante algún tiempo, antes de separarse para siempre? ¿Y la renovada prueba de su duplicidad no lo ayudaría a matar del todo el hechizo que Emma todavía ejercía sobre sus sentidos?
Al darse la vuelta la vio mordiéndose los labios como una estudiante nerviosa antes de un examen. ¿Estaba nerviosa? Claro que sí.
–¿Dónde vives? –le preguntó.
–En un pueblo que se llama Boisdale, a una hora de aquí.
–¿Has venido en coche?
Aún dolida por todo lo que había pasado, Emma se preguntó en qué planeta vivía aquel hombre. Ah, sí, en el planeta Dinero. Vincenzo había imaginado que tenía problemas económicos, pero alguien de su posición no tendría ni idea de lo que significaba eso. Que ella no tuviera dinero para comprar un coche o pagar la gasolina debía de resultarle completamente absurdo.
–No, aún no tengo permiso de conducir –contestó, deseando alejarse lo antes posible. Alejarse de aquel desdeñoso rostro y del recuerdo de lo que acababa de pasar. Lo único que quería era meterse en un baño caliente en cuanto llegase a casa para borrar toda huella de Vincenzo Cardini–. He venido en tren.
Emma miró su reloj, pero los números eran un borrón ante sus ojos. Al fin se lo había dicho y él no la había creído. Gino no podría culparla nunca y quizá aquello era lo mejor. No tenía que volver a ver a Vincenzo y encontraría la manera de salir de aquel apuro.
–De hecho, tengo que irme ahora mismo.
–Voy a pedir el coche –dijo él, sacando el móvil del bolsillo.
–Gracias, pero no es necesario.
–¿Piensas que estoy siendo caballeroso, cara? –Vincenzo sacudió la cabeza–. Pues estás equivocada. Puede que tú te conformes con el transporte público, pero te aseguro que yo no.
–No te entiendo.
–¿Ah, no? ¿No entiendes que voy a ir contigo?
–¿Qué quieres decir…? ¿A Boisdale? ¿Pero no acabas de decir que no me crees?
–Y no te creo –dijo él, marcando un número en el móvil y diciendo algo en siciliano antes de volverse para mirarla–. Pero la manera más fácil de quitarse de en medio un papeleo innecesario es ver al niño por mí mismo.
–¿Crees que podrás saber si eres o no su padre sólo con verlo?
–Pues claro que sí. Los genes de los Cardini son incuestionables –contestó Vincenzo–. Tú lo sabes tan bien como yo.
–Pero estará dormido.
–Mucho mejor. No tengo intención de despertarlo –dijo él–. Ponte los zapatos y vamos a terminar con esto de una vez. El coche está abajo.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.