Kitabı oku: «El propósito no era lo que yo creía»

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El propósito siempre es compartido, así que te agradezco por querer escuchar mi mensaje.

Por ese solo hecho yo estaré viviendo mi propósito.

Si quieres compartir inquietudes, opinar o profundizar sobre alguno de los temas contenidos en este libro, estaré feliz de recibir tu correo en mi casilla personal

sharonirosenberg@gmail.com.

Índice


Prólogo Joan Melé

Por qué escribí este libro

Introducción

Parte 1: ¿Qué es el propósito?

Capítulo I: Las preguntas que no encontraban respuesta

Capítulo II: La felicidad

Capítulo III: ¿Ha destronado el dinero a la eudemonía?

Capítulo IV: Vacío existencial

Capítulo V: El inicio de un camino

Parte 2: El Telos, una metodología para descubrir tu camino de propósito

Capítulo VI: El camino de propósito

Capítulo VII: ¿Quién soy?

· Primer elemento: Autenticidad

· Segundo elemento: Pasión

Capítulo VIII: Mi lugar en el mundo

· Tercer elemento: Sentido de la vida

· Cuarto elemento: Trascendencia

Capítulo IX: El núcleo del telos

Parte 3: Cómo impacta tu vida el camino de propósito

Capítulo X: Motivación, la mejor señal de que vas bien encaminado

Capítulo XI: Spoiler alert: El propósito no era lo que yo creía

Apéndice I: Ikigai y Golden Circle

Apéndice II: Definiciones de propósito

Apéndice III: Teoría Z de Abraham Maslow

Apéndice IV: Niveles de trascendencia

Glosario

Agradecimientos

Citas

Prólogo de Joan Antoni Melé


Todo ser humano se encuentra confrontado con dos grandes enigmas: el portal del nacimiento, y el portal de la muerte. Se denominan “portales” porque señalan el umbral entre la realidad perceptible a través de los sentidos, el mundo sensorial, y las otras realidades que no lo son, el mundo suprasensorial. Ante estos dos portales, en la mayoría de los seres humanos surgen diferentes preguntas: ¿continuaré existiendo de alguna forma después de la muerte? ¿Me reencontraré con los seres queridos que fallecieron antes? ¿Hay algo antes del nacimiento? Es decir, ¿existe un plan para esta vida?

En función de cómo los seres humanos responden a estas preguntas, la vida se vive de una u otra manera. La propia vida, que no sabemos si será breve o longeva, se convierte en un enigma. ¿Cuál es el sentido de la vida? O, ¿qué propósito le quiero dar en el tiempo que me ha sido concedido?

A lo largo de la historia de la humanidad, y de manera muy diferente en las diversas culturas, esas preguntas han recibido enfoques y respuestas variadas. En todas las antiguas culturas —desde Oriente, pasando por lo que hoy denominamos Europa, hasta Abya Yala (nombre que los pueblos originarios daban a América)— existía el conocimiento de la “otra realidad”, lo que a veces se denomina como mundo espiritual o realidad suprasensible. Pero no se trataba de una creencia o una cuestión de fe, sino que los seres humanos percibían la existencia de otros seres con niveles de consciencia distintos, a los que denominaban dioses, y relataban esas experiencias de la otra realidad en forma de imágenes, al igual que narramos en imágenes las experiencias de lo que vivimos cuando soñamos. Los sueños son experiencias de otro nivel de realidad no sensible, que no se pueden describir de forma sensible sino que requieren del recurso de las imágenes para poder transmitirse. Así surgieron las mitologías, las leyendas e incluso los cuentos, que para la mentalidad actual solo son invenciones fantasiosas de nuestros antepasados, pero la realidad es que hemos perdido la capacidad de interpretar esas imágenes.

Esa pérdida paulatina de la habilidad de entender las imágenes, de la imaginación, dio paso progresivo al nacimiento de la capacidad de pensar tal y como la entendemos hoy. Siete u ocho siglos antes de Cristo, surge la filosofía griega, y ahí se ve cómo el ser humano puede utilizar una de sus grandes capacidades, el pensar, para tratar de entender el mundo. Quedaban todavía lugares ocultos, en donde se transmitía de forma selectiva, a los alumnos que se mostraban dignos de ello, los conocimientos de esa otra realidad que se había perdido para la mayoría. Y así, encontramos los misterios de Eleusis, los de Samotracia, o el propio templo de Apolo en Delfos, como lo trata este libro al desarrollar la autenticidad, en donde se encontraba el gran aforismo: “Hombre, conócete a ti mismo”.

Es sorprendente ver, por ejemplo, la capacidad de pensar de Aristóteles, algunos de cuyos logros, por ejemplo en la lógica, apenas han sido superados al día de hoy. Esa nueva capacidad de pensar experimenta un salto aun más radical a partir del Renacimiento, especialmente desde el siglo XVI, con el nacimiento de la ciencia moderna. Si no hubiéramos perdido la capacidad de asombro, estaríamos todo el día con la boca abierta exclamando “¡oh!” ante los descubrimientos científicos. Cómo es posible que el ser humano, pensando, descubra leyes universales que rigen la tierra y el cosmos, leyes que no ha puesto él, sino que ya existían. ¿Qué es una ley? ¿De dónde proceden las leyes que rigen el universo?

El problema es que, en lugar de tratar de responder también a estas preguntas, la ciencia se enfocó más en el “cómo” que en el “porqué”. Esto ha supuesto un desarrollo enorme de la ciencia y de la tecnología, pero ha dejado a éste ser humano sin respuestas ante las dos preguntas existenciales que mencionaba antes. Se ha difundido una visión materialista y reduccionista del ser humano y de la vida, que ha generado el modo de vida de la sociedad actual. Según esa visión, este solo es un paso más en el proceso evolutivo, con algunos genes diferentes respecto a los simios, y la vida no tiene otro sentido que la lucha por la supervivencia, que implica la adaptación a las condiciones del medioambiente. Y cuando llega la muerte, todo este conglomerado de genes y células que un día se reunieron por azar, se descompondrá y ya no quedará nada de lo que éramos.

Por supuesto, cada uno es libre de pensar lo que quiera, pero debemos ser conscientes de que nuestras ideas generan modelos sociales. Si realmente me han inculcado que la vida solo es una lucha por la supervivencia, que después de la muerte ya no habrá nada más, que un ser humano solo es un conjunto de genes agrupados por azar, entonces, ¿por qué debería preocuparme por los otros seres humanos o por el medioambiente? ¿Por qué no puedo robar o matar? ¿En base a qué puedo justificar una ética? Lo único que me interesará, si comparto esa opinión y soy coherente con ella, es yo mismo y mi propio bienestar. Y, si no, preguntémonos por qué en pleno siglo XXI, disponiendo de todos los conocimientos científicos y tecnológicos, y de todos los recursos del mundo, tenemos cada vez más problemas personales, sociales y medioambientales. ¿Por qué en los países más ricos el suicidio ha crecido de forma alarmante? ¿Por qué personas que disponen de todos los recursos materiales llegan a tal desesperación?

Todos los conflictos y las crisis que tenemos nos muestran que es urgente que el ser humano, sin perder los logros conseguidos con su gran capacidad de pensar, amplíe el horizonte de su mirada y vuelva a plantearse las preguntas originales, propias de la esencia del ser humano.

En este sentido, El propósito no era lo que yo creía, de Sharoni Rosenberg, llega como agua de lluvia en tiempo de sequía, llega en un momento adecuado, en el kairós. Se trata de un texto de gran madurez, a pesar de que su autora es una mujer joven, y lo considero así porque no es un libro filosófico más o de autoayuda, como hoy proliferan, sino que es eminentemente práctico tanto para la vida individual como para el desarrollo de las organizaciones. El libro sirve de forma directa para ese “conócete a ti mismo” y encontrar nuestro lugar en el mundo.

Me atrevería a decir que ese conocimiento secreto, que antes solo se adquiría en algunos templos o lugares ocultos, hoy puede conseguirse a través de la empresa. Y no solo para algunos, sino para todo ser humano que esté dispuesto a perder el miedo, a liberarse de prejuicios y vivir con autenticidad. En este sentido, este libro es una guía que puede acompañar a los directivos, gerentes y trabajadores de las organizaciones que quieren convertirse en espacios modernos de autoconocimiento y transformación social. La solución a los problemas del mundo no surgirá solo de manifestaciones, de protestas o de programas electorales, sino que requiere de un cambio radical de los seres humanos y del modo de vida actual.

Las empresas cambiarán el mundo solo cuando quienes las compongan se trasformen en mejores personas. Este libro puede ayudar a convertirlas en agentes de transformación social si los directivos, gerentes y trabajadores acogen con coraje y honestidad las propuestas que en él se nos muestran. Desde mi experiencia y compromiso con la ética y la nueva economía, doy la bienvenida a este libro y mi más sincera felicitación a Sharoni Rosenberg por haber tenido la iniciativa de escribirlo.

Joan Antoni Melé.

Por qué escribí este libro


Antes de adentrarnos en el universo del propósito, con todas sus facetas y complejidades, quisiera contarles por qué escribí este libro, con el cual espero acompañar a todos aquellos que quieren avanzar en su camino de autoconocimiento y búsqueda de su lugar en el mundo, para así lograr vivir una vida un poco más consciente y feliz.

Crecí escuchando que ganar mucho dinero, destacar, ser reconocido y mejor que los demás era lo que nos hacía exitosos. Pero, para mí estas razones no han sido nunca las que me han motivado a levantarme por las mañanas. Aunque, no me malinterpreten. Esto no quiere decir que no me guste hacer bien mi trabajo, desarrollarme profesionalmente o tener un sueldo a fin de mes. Me agrada todo eso y no tengo intención de renunciar a ello.

Sin embargo, revisando mi historia personal, me he dado cuenta de que todas esas cosas han sido más bien un medio que un fin. Y que los momentos de mayor felicidad han tenido mucho más que ver con mi relación con los demás, que con los bienes materiales o con los logros estrictamente personales. Puedo decir que he experimentado mucho más el sentimiento de felicidad entregando que recibiendo, cuando, por ejemplo, he logrado mejorar en algo la vida de otros o hacerlos más felices, aunque sea algo muy menor o por tan solo un momento.

Pero descubrirlo me llevó un largo tiempo.

Cuando somos jóvenes pareciera importarnos más lo que sucede afuera que adentro de uno mismo. Nos atormenta el qué dirán, cumplir con las expectativas de nuestros padres, sentirnos parte de un grupo, reconocidos y aceptados por otros, etc. Pero a medida que vamos entrando en la adultez muchos comenzamos a experimentar vivencias que nos hacen querer mirar para atrás, preguntarnos cómo llegamos aquí y hacia dónde queremos ir. Esta evolución y mayor madurez, nos lleva a hacernos preguntas que nos sacan de la inercia o del piloto automático del que estábamos acostumbrados hasta ese momento. Este fue mi viaje antes de llegar aquí.

A mis treinta y un años, yo era lo que se suele llamar una persona “exitosa”. Tenía tres hijas preciosas, un marido que amo, un buen trabajo y en general un buen pasar. Sin embargo, sentía una disconformidad profunda que no me dejaba tranquila. Había algo que me hacía sentir incompleta, como un sujeto dividido. Sentía que no estaba haciendo todo lo que yo podía hacer en la vida y tampoco todo lo que quería hacer. ¿Qué tenía que cambiar? ¿Cómo tenía que vivir? ¿Por qué me sentía así?

Como dice León Tolstói en Confesión, estas preguntas existenciales muchas veces aparecen en personas que aparentemente tienen una vida resuelta. Otros, con el inicio de la temprana adultez o al enfrentarse a sus últimos años de vida.

Estaba a punto de resignarme a llevar esta vida “feliz” y entonces me encontré con el propósito.

Una llamada telefónica

Hace cinco años estaba organizando mi cumpleaños número treinta y dos, cuando sonó el teléfono. Era Pablo, un amigo con quien había trabajado una década atrás en proyectos sociales de la Fundación Techo, que se dedica a la erradicación de campamentos, entre otras cosas.

Hacía mucho tiempo que no conversábamos, así que nos pusimos al día durante un rato, hasta que fue al tema que le interesaba hablar conmigo. Me habló del concepto de propósito y cómo se estaba formando un nuevo movimiento a nivel mundial que estaba promoviendo a las compañías que junto con obtener ganancias además son buenas para el mundo, conocidas como Empresas B.

En ese preciso momento, un universo completo se abrió ante mí. Aún no comprendía bien lo que significaba la palabra propósito, pero sentía que era el principio para encontrar muchas de las respuestas que estaba buscando.

Después de la llamada de Pablo, se produjeron una serie de hechos similares y comenzaron las sincronías. Empezaron a llegar solicitudes de asesorías legales para este tipo de empresas e invitaciones para participar en el movimiento liderado por Sistema B1. También me pidieron formar parte del equipo que busca promover el proyecto de ley que reconoce a este tipo de sociedades —la ley de Sociedades de Beneficio e Interés Colectivo (BIC)— y asistí a encuentros regionales en Lima, Puerto Varas y Mendoza, entre otras cosas. En ese entones yo decía que sí a cualquier invitación en este ámbito. Quería explorar, conocer, compartir con gente distinta, con la que sentía que hablábamos el mismo idioma. Ahora pienso que quizá las oportunidades siempre estuvieron ahí, solo que a partir de ese momento me volví consciente de lo que quería, pude identificarlas y me atreví a tomarlas.

La transformación

A medida que fui avanzando en este camino, empecé a sentir que ya no me importaban las mismas cosas que antes o, al menos, no de la misma manera. Si bien estos cambios no eran evidentes para quienes me rodeaban, para mí eran muy profundos y me hacían pensar que algo inédito estaba emergiendo. No era que estuviera naciendo una nueva persona, por el contrario, era como si por primera vez estuviera apareciendo mi verdadero yo.

Los valores fundamentales que siempre tuve se reafirmaron y varias de mis prioridades comenzaron a cambiar. Por supuesto que soñaba con contribuir a una sociedad más justa, en la cual todos pensáramos tanto en el bien común como en el propio, pero recién entonces tuve la valentía de tomar decisiones que me permitieran efectivamente hacer algo al respecto. Ahora sí estaba dispuesta a abandonar mi carrera como abogada tributaria para aventurarme en un área menos rentable o glamorosa y que estuviera relacionada con promover esta nueva forma de hacer empresa. Siempre sentí la curiosidad de hacer otras cosas, y ahora tenía el coraje necesario para tomar las decisiones que me llevarían a eso.

Estas transformaciones también se produjeron en el plano de mi vida social. Las intenciones de las personas pasaron a ser más importantes que sus acciones, y eso me llevó a valorar mi entorno de manera distinta. Ya no miraba tanto lo que las personas hacían, sino que me preocupaba más saber por qué lo hacían. Al mismo tiempo, me era cada vez más difícil permanecer indiferente ante el cinismo o la falsedad de algunos. Abandoné entonces viejas amistades que sentía superficiales y poco auténticas. Comencé a evitar encuentros sociales por deber, y me centré en aquellos que sí me interesaban realmente. Me volví más empática y dejé de ser la mujer que siempre hablaba. Ahora prefería escuchar. Los chismes sobre la vida de los demás ya no me parecían entretenidos. Incluso se me empezó a hacer difícil juzgar a las personas, cosa que antes me salía fácilmente. También debo reconocer que me obsesioné un poco con el asunto del propósito. Algunos amigos me decían que me había vuelto aburrida, que si no hablábamos de eso, no tenía interés en participar.

Las cosas más simples de la vida pasaron a ser las que más disfrutaba: una buena conversación con mi abuela, despertar con una de mis hijas en la cama, o el calor de los primeros días de primavera. Me enamoré de la naturaleza, planté mi propio jardín, hice una huerta y un sistema de compostaje. Si estaba triste o desanimada, ya no necesitaba ir a comprarme algo, cuidar mis plantas era más que suficiente. Poco después, comencé a meditar. Esto era algo que siempre vi muy lejano y que nunca me había llamado la atención. Fue difícil al principio y, a pesar de que no entendía mucho cómo funcionaba, sentía que me hacía bien y me permitía conectarme conmigo misma.

Estar sola ya no me provocaba angustia como antes, de hecho, lo comencé a disfrutar y me atreví a viajar sin compañía por primera vez desde que me había casado. Descubrí la potencia de la lectura como una fuente de aprendizaje del mundo. De hecho, todo lo que les voy a compartir en este libro tiene que ver con ese descubrimiento. La lectura se transformó en mi método de educación permanente.

Al haber vivido fuera del país y pertenecer a la religión judía, el tema de la diversidad era importante para mí, pero ahora lo veía más claro que nunca. No se trataba de tolerar o respetar a los demás, sino de celebrar las diferencias como un aspecto central en la riqueza de las relaciones. Mientras más diverso era mi entorno, más lo aprovechaba, y encontré en la explicación espiritual de la vida (no religiosa) la respuesta a esa necesidad de unión con todos los seres humanos.

A medida que pasaba el tiempo, de alguna manera me empecé a beneficiar de esta forma consciente de ver la vida. Me volví más perceptiva, creativa, y mi motivación aumentaba cada día. Tenía una gran energía, no veía límites para mis sueños e ideales. Y así nacieron muchos proyectos nuevos que antes jamás hubiese imaginado hacer.

Desde entonces, se podría decir que la satisfacción de mis propios intereses dejó de ser la guía de las decisiones y acciones que emprendía. Comencé a verme como una intermediaria de algo más grande, difícil de describir, y no necesariamente aprehensible por la estricta razón. Era más bien como un acto de fe. Pero que no se malentienda, un acto de fe en el sentido de que existe una aceptación de que hay algo más grande que es causa de la vida y que nunca lo podremos realmente comprender. Algunos se refieren a esto como Dios, pero a lo largo de este libro me referiré a esto como un sentimiento oceánico, tal como lo definió Romain Rolland hace un siglo atrás.

Quizá el mejor regalo de todos fueron las nuevas y profundas amistades que surgieron. Creía que, a estas alturas de la vida, ya no se formaban relaciones muy verdaderas, pero estaba equivocada. En el mundo social o del propósito se usa mucho conectar a personas desconocidas que compartan intereses. Entonces empecé a tener “citas” con gente que, de otra manera, jamás hubiese conocido. Bastaba con un encuentro para que se generara un vínculo, el que luego daba lugar a proyectos o cualquier otro tipo de sinergia. Era como si nos conociéramos desde siempre, por el solo hecho de compartir un propósito.

Más tarde, leyendo a Abraham Maslow volví a sorprenderme al ver que en su teoría Z (de la cual hablaremos más adelante) describe esta secuencia de cambios o transformaciones. Son veinticuatro en total, pero la que más me impresionó fue aquella que se refiere a la amistad. Esta última dice que las personas que buscan trascender en la vida “parecen de alguna manera reconocerse mutuamente entre ellos y llegar a una intimidad casi instantánea y a un entendimiento mutuo, incluso desde el primer encuentro”. Me di cuenta de que Maslow describe cada una de las cosas que me habían pasado, lo que permitió corroborar que finalmente no era tan diferente y que también le ocurría un proceso similar a muchas otras personas en todo el mundo y desde hace largo tiempo.


El camino de propósito es un punto de partida para alcanzar una mayor claridad sobre aquellas elecciones que hacemos a lo largo de la vida, pero por sobre todo para aprender a elegir aquello que realmente nos importa a nosotros. Es una forma de organizar nuestra vida, de redirigir nuestras expectativas, nuestros valores o lo que consideramos un éxito o un fracaso y, lo más importante de todo, qué es lo que necesitamos para ser plenamente felices.

Al finalizar este recorrido es probable que experimentes una transformación que te permitirá, entre otras cosas, cambiar tus valores y la forma en la que narras la historia de tu vida. Lo harás de manera consciente, aprendiendo que el camino de propósito es un proceso, no un resultado… y puede llevar meses, años o la vida entera.

¿Lograré ser el héroe de mi propia vida? o será otro quien ocupará este lugar”. Charles Dickens, David Copperfield.



Introducción


Una vida sin examinar es una vida que no merece ser vivida”. Sócrates.

Los seres humanos somos una especie compleja (que no es lo mismo que ser complicado), pues la vida se compone de elementos diversos que deben relacionarse entre sí para vivir en armonía. Y aun así, muchas veces nos contentamos con respuestas simples a problemas que requieren de un mayor análisis. A esto se suma que también nos habituamos fácilmente a la comodidad de lo sencillo, de lo que está dado. Ese es el caso del tema que nos ocupa. Conocer y descubrir nuestra relación con el propósito requiere de mucha reflexión y autoconocimiento, pues comprenderlo a cabalidad implica necesariamente indagar en nuestra complejidad humana. Se trata de un proceso que comienza desde lo más íntimo y personal para luego abrirse al mundo y desplegar todo su esplendor en él.


Mientras elegía el título de este libro, pensé varias veces en ponerle así: ¿Qué carajo es el propósito? Pero, probablemente, no era lo más adecuado. Si bien el propósito es un concepto muy utilizado por las personas, empresas e instituciones, lo que me intrigaba era la variedad de significados que se le daban al concepto. De hecho, hay tantos significados como fuentes consultadas y todos son de carácter más bien enunciativo, ninguno de ellos conceptualiza este tema y presentan puntos de vistas más bien parciales.

Partamos por lo primero que hace uno cuando no sabe algo: Google. Ahí encontraremos una serie de conceptos, como por ejemplo:

- El propósito del ser humano es el sentido que otorga a su vida.

- El propósito responde a preguntas existenciales como “por qué” y “para qué”.

- El propósito es avanzar hacia una meta o proyecto que queremos alcanzar.

Estas definiciones no me eran suficientes para explicar lo que me estaba pasando. Encontraba solo eso y necesitaba saber más. Si bien el propósito suena como un concepto relativamente sencillo, sentía que era algo difícil de explicar holísticamente.

Debo reconocer que resulta sorprendente la capacidad que tenemos los seres humanos de hablar sobre cosas que no entendemos. Yo hablaba de propósito con todo el mundo, pero en realidad ahora me doy cuenta de que estaba lejos de comprender de porqué hablaba realmente. Mientras estaba escribiendo este libro, le pregunté a distintos “expertos” en la materia qué significaba para ellos o cómo lo definían. Solo uno de ellos logró esbozar un concepto más allá de una breve definición. Ni les cuento lo que pasó cuando pregunté cómo definirían una empresa con propósito. Ahí no obtuve ni una sola respuesta coherente o clara, aunque este es otro tema que será, espero, objeto de un próximo libro.

Existen varios autores que han aventurado una definición. La gran mayoría de ellos concuerda en que el propósito es importante porque:

1. Nos brinda dirección.

2. Nos permite encontrar el sentido de nuestra vida.

3. Nos invita a trascender al contribuir a algo más grande que nosotros mismos.

Esta información ya era un buen comienzo, pero sentía que aún era insuficiente. ¿Qué significa cada una de estas aseveraciones?

También me encontré con autores, artículos y blogs en internet que acercaban el propósito a otros conceptos como la pasión, la vocación, esa chispa, o un llamado en la vida, lo que se conoce habitualmente en los países anglosajones como calling. Me preguntaba si estas ideas eran distintas entre ellas o tan solo diferentes formas de referirse a lo mismo. Justamente, la escritura de este libro me ha permitido darme cuenta hasta qué punto el propósito es un concepto que sobrepasa, en riqueza y complejidad, todas las ideas anteriores.

Por otro lado, en el proceso me encontraba con personas que me desalentaban. Para muchos, estos temas son del primer mundo y no aplican a países en desarrollo o en vías de desarrollo, como los latinoamericanos. Pero basta con mirar a nuestro alrededor para descubrir que nos hemos transformado en víctimas de nuestro propio ego. Ese que nos lleva a construir una falsa imagen de nosotros mismos para protegernos ante las agresiones del mundo. Y víctimas ante la voracidad de éxito. Los problemas de salud mental relacionados al estrés, desórdenes de ansiedad y los casos de depresión, se han ido por las nubes en los últimos treinta años, a pesar de que el PIB per cápita ha ido en aumento. Si bien no podemos negar que aún existen carencias materiales que saciar, la crisis que estamos presenciando no es de tal naturaleza, sino que es existencial, espiritual.

Comprendo la resistencia, pero tengo certeza de que la gran barrera para avanzar en esta línea es conocer realmente de qué hablamos cuando hablamos de propósito. Después de mucho buscar, me di cuenta de que la única manera de poder desarrollar y comprender a cabalidad el concepto era indagando en distintas disciplinas o ciencias. Las respuestas no estaban enteramente en la psicología positiva, sociología, antropología, filosofía, teología o neurociencia, sino parcialmente en todas ellas.

En ese momento comenzó un gran desafío. Empezar a estudiar ya no lo que estaba disponible para el público en general, sino que toda la literatura especializada que podía encontrar al respecto, tesis doctorales, artículos científicos y libros filosóficos, entre otros. Entonces, tuve que aprender a desaprender todo lo que había leído y escuchado hasta el momento y ponerme a estudiar esto en serio. Me guiaba un solo norte: tener una visión holística de qué es el propósito para lograr culminar esa transformación que estaba viviendo y que me permitiera descubrir cuál era mi propio propósito en la vida, si es que lo había. El resultado de esta búsqueda es lo que quiero compartir en este libro con ustedes.

Todo conocimiento que busques meramente para enriquecer tu propio saber y acumular tesoros personales, te desviará del camino. Pero todo conocimiento que busques para madurar en la tarea del ennoblecimiento humano y de la evolución cósmica, te hará adelantar un paso más”.

Rudolf Steiner.

Parte I:

¿Qué es el propósito?

Capítulo I


Las preguntas que no encontraban respuesta

La mente es como un paracaídas: solo funciona si la abres”. Einstein.

Cuando partió mi investigación, de lo que todos hablaban era del concepto japonés ikigai y del Golden Circle de Simon Sinek (puedes profundizar sobre estos conceptos en el Apéndice I). Leí y estudié cada uno de estos conceptos tratando de encontrar las respuestas a tantas preguntas que tenía, pero si bien ambos me sirvieron para inspirarme y adentrarme en el asunto, no lograba atar todos los cabos sueltos. Sinek desarrolla la importancia del por qué de lo que hacemos y lo conecta con la parte emocional de nuestro cerebro. El ikigai habla de aquello que amamos, en lo que somos buenos, la contribución al mundo y por lo que nos pueden pagar.

Pero tenía la sensación de que el propósito debía también comprender conceptos tan importantes como la intención, la consciencia de uno mismo, nuestra identidad, el correcto actuar o la virtud, nuestros valores y la motivación. Tampoco lograba entender bien si el propósito y el sentido de la vida eran lo mismo o no. Al mismo tiempo, tenía dudas respecto a la relación del propósito con el amor y el concepto que manejamos sobre lo que es el éxito y la felicidad. Lo otro que no acababa de comprender es a lo que se referían cuando hablaban de trascendencia: no me bastaba con saber que era algo más grande que nosotros mismos. Seguro había mucho más por indagar y que se relacionaba, en alguna medida, con la espiritualidad (otro concepto que me costaba procesar).

Después de darle muchas vueltas y de tratar de ordenar todas las dudas que merodeaban en mi cabeza, llegué a la conclusión de que el asunto del propósito lo tenía que abordar respondiendo a dos grandes preguntas:

- ¿Qué es el propósito?

- ¿Cómo descubro el mío?

La primera pregunta la desarrollaremos en este capítulo, mientras que a la segunda responderemos ulteriormente.

El significado de la palabra

Para definirlo usaremos, en primer lugar, buscaremos qué dice el diccionario de la Real Academia Española (RAE), una costumbre que me quedó arraigada de mis tiempos de abogada. Según éste, el propósito (del latín proposĭtum, término integrado por el prefijo pro, que indica una dirección, y positum en el sentido de poner hacia adelante) se puede definir de tres maneras:


1. Intención o ánimo de hacer o de no hacer algo.2. Objetivo que se pretende conseguir.3. Asunto, materia de que se trata.

Las dos primeras definiciones son centrales: el propósito puede ser una intención y un objetivo. La tercera no la utilizaremos, pues se usa para hacer referencia a otra cosa, es sinónimo de “razón de algo” como, por ejemplo, a propósito de este libro.

Si bien la definición de la RAE es algo escueta (como suelen ser las definiciones) nos brinda un buen punto de partida. Por un lado, la intención es la determinación de nuestra voluntad hacia un fin, y un objetivo es aquello a lo que se dirige o encamina una acción. Esto puede sonar muy abstracto y filosófico, pero la realidad es que hay “algo” dentro de nosotros que quiere expresarse en el mundo exterior. Y pareciera ser que cuando hay coherencia entre lo que somos genuinamente y lo que hacemos en nuestro día a día, sentimos que estamos viviendo nuestro propósito. Veremos más adelante que no son excluyentes, y que la intención y el objetivo representan las dos caras de un mismo concepto.

Esta intención que se dirige hacia un objetivo es algo que Aristóteles ya había observado. Para el filósofo griego, todo en la vida se orienta a un fin último, y utilizó el concepto de teleología —que proviene del griego telos, que significa propósito— para referirse a la doctrina que estudia la finalidad de las cosas por sus causas u objetivos. Aristóteles tenía la absoluta convicción de que si queremos entender qué es una cosa, debemos comprenderla en relación a su fin último. Para él, todos los seres vivos en este mundo, ya sean personas, animales o plantas, tienen un fin hacia el cual dirigirse y, por lo tanto, un camino hacia el cual perfeccionarse.

Este ya era un gran avance en mi investigación. Tenía claro que todas las cosas que existen en la tierra tienen un propósito, algo a lo cual aspiran llegar a ser. Por ejemplo, Aristóteles decía que el propósito de una bellota es convertirse en roble, y el de una oruga el de transformarse en mariposa. En definitiva, lo que propone es que el propósito de cada especie sería el mismo: la razón por la cual existe o por la cual vino al mundo.

Pero, si todas las especies tienen su propio propósito, ¿cuál sería el de los seres humanos? En este momento mi búsqueda se vio en un punto de inflexión. Ya les contaré por qué. Volvamos un poco hacia atrás.

Lo que creía cierto

Antes de hacerme esta pregunta, y basándome en la información que tenía disponible, mi idea era la opuesta. Me había hecho la imagen de que cada ser humano tenía su propio propósito en la vida. Uno que es único para cada uno y que debiese guiarnos para toda la vida. Después de haber realizado decenas de encuestas online —que suelen prometer cosas como “encuentra tu propósito en cinco pasos” o “resuelve tus inquietudes existenciales en menos de treinta minutos”—, todo indicaba que el propósito se trataba en encontrar esa única frase que definiría mi vida para siempre.

Lo único en lo que podía pensar en ese momento era en encontrar esa frase, que aconsejaban debía ser breve como si fuese un post de Twitter (ojalá en no más de cuarenta caracteres), y contuviera aquello que estaba llamada a hacer en este mundo. Tenía que lograr formar una oración de este estilo:

- Hacer del mundo el mejor lugar para la humanidad.

- Salvar el mundo a través de la educación.

- Ser compasivo conmigo mismo y con el resto del universo.

- Terminar con la pobreza en África.

Si lograba redactar esa frase, la promesa que hacían estos blogs era que mi felicidad despegaría como un cohete sin que nada ni nadie pudiese arruinarla, y que nunca más ni por ningún motivo sentiría el vacío que me estaba consumiendo por dentro. Era la invitación a alcanzar el nirvana.

Ahora lo puedo contar con algo de distancia y sentido del humor. Pero hace unos años todas las explicaciones y soluciones simplistas sobre lo que para mí era un tema crucial, me producían mucha frustración e impotencia. Estuve entrampada en la búsqueda de la “frase perfecta” por largo tiempo, y por mucho que quise encontrarla, esto no sucedió.

En un momento sentí que la presión y ansiedad de resumir en una sola frase mi propósito, aquello que marcaría el resto de mi vida, era algo que no podría soportar por mucho tiempo. La angustia de no saber quién era yo se tornó tan fuerte, que sentía pudor de compartirlo con otros por miedo a que no reflejase bien mi identidad o parecer insegura si decidía ajustar mi propósito más adelante. En otros casos de personas cercanas, creo que la obsesión se volvió aún más severa: no faltaba quien no quisiera compartir su frase con el grupo por temor a revelar más de la cuenta sobre sí mismo o a que algún oportunista decidiera copiárselo, como si al hacerlo le estuviesen robando parte de su identidad.

A pesar de la confusión e inseguridad que tenía, logré redactar mi primera frase de propósito. Recogiendo lo feliz que me había sentido trabajando en proyectos sociales y basada en los ejemplos que había visto en blogs sin mucha sustancia, mi frase resultó ser: ayudar a las personas vulnerables para lograr disminuir la pobreza en el país. Al comienzo fue muy gratificante, creía que finalmente había conseguido el objetivo. Por un instante me sentí como un pez en cautiverio que había sido devuelto al río. Pero tras unas semanas, la frase que había redactado y que me hacía sentir tan libre, ya no me convencía tanto.

Traté de no tomármelo tan a pecho. Después de todo, ¿quién no se equivoca la primera vez? Si bien una parte de mí se sentía identificada con el propósito que había declarado originalmente, no podía dejar de pensar dónde quedaba mi familia en todo esto. Se supone que el propósito es uno solo y para toda la vida. Entonces, ¿cómo dejar fuera lo más importante de mi vida?

En ese momento, la reflexión y los ejercicios de meditación me llevaron a concluir que la frase debía ir orientada a lo que más disfrutaba hacer: conectar con los demás y entregarles lo mejor de mí. No importaba si era mi hija, una niña que acababa de conocer en un hogar o un practicante de la oficina. Cualquiera fuese el contexto, y guardando las diferencias entre los tipos de vínculos, sentí que mi propósito era “entregar amor a todas las personas de manera incondicional”.

Estaba tranquila con esta declaración. Lo que más me reconfortaba era que incluía los dos ámbitos de la vida que eran más importantes para mí: mi familia y un trabajo en el cual pudiese contribuir. Pero, a los pocos meses, nuevamente me pasó lo mismo: algo no me hacía sentido. En ese momento me estaba dedicando a ayudar a muchas fundaciones a resolver problemas legales y, muchas veces, no llegaba ni a conocer a las personas detrás de cada proyecto. Me hacía muy feliz el simple hecho de saber que les había simplificado la vida y que mi conocimiento estaba sirviendo para algo que me parecía importante.

En ese minuto sentía que había fracasado, lo que me llevó nuevamente al cautiverio. Me preguntaba: “¿Será que nunca descubriré mi propósito? Sabía que tenía que volver a adaptarlo, y eso me dejó muy confundida. Solo tenía una cosa clara: algo no estaba funcionando de la forma en que los blogs presentaban las cosas. Algo dentro de mí me decía que el propósito no podía ser uno solo para toda la vida, único e inmutable. Me parecía que la vida era demasiado compleja como para reducir el propósito a eso: a una sola frase perfecta.

Seguí intentando durante un tiempo. Sentía que muchas frases podían reflejar mi esencia, aquello para lo cual había venido al mundo. Por un lado, verbos como contribuir, ayudar, inspirar y mejorar; y por el otro, palabras tan comunes como amar, crear, hacer feliz a otros se sentían apropiadas. Otros conceptos más sofisticados, como consciencia, espiritualidad y trascendencia también me hacían sentido. Todas ellas me interpelaban para mi frase de propósito. Al mismo tiempo, preguntando a mis amigos más cercanos, todos parecíamos tener declaraciones muy similares. Algo como lo que ocurre a las empresas cuando declaran su misión o visión: es difícil distinguir una de la otra, en el papel son todas similares. Lo importante no eran las palabras, sino que debía haber algo más.

Todo este recorrido parecía un zapato chino. Me estaba dando vueltas en lo mismo sin llegar a ningún lado. Esta situación me llevó a cuestionarme firmemente si encontrar el propósito se trataba de hallar esa única frase, o era algo más profundo que eso. Llevaba mucho tiempo tratando de buscar mi propósito en base a lo que hacía, a mis proyectos, a mi trabajo, y una voz interior me decía que el propósito no era algo que se buscase afuera, en el mundo exterior, en una actividad, sino más bien algo más personal e íntimo, como un llamado a conocerme mejor, a descubrir realmente mi identidad y que solo entonces podría realmente vivir mi propósito.

Estaba empezando a perder la esperanza cuando me volví a topar con una frase de Aristóteles que tantas veces leí, pero que solo entonces cobró real sentido:


Y volviendo al comienzo, después de ese recorrido logré responder a la pregunta acerca de cuál sería el propósito de los seres humanos.

Así como Aristóteles había señalado el propósito de las bellotas y de las orugas, también lo había hecho respecto a la especie humana. Si lo que él decía era cierto, pensaba, el ejercicio de la frase perfecta no tenía sentido alguno. Ya no se trataría de buscar el propósito de cada uno, pues todos los seres humanos compartiríamos el mismo: ser felices. Es decir, la eudemonía, como la llamaba él.

Ser felices

Tras pensarlo unos días, me pareció bastante lógico y me encontré que varios otros filósofos, psicólogos o referentes espirituales, como el Dalai Lama, afirmaban lo mismo.

Para quienes somos padres, esto no debiera ser nada sorpresivo. No es de extrañar que en los momentos de conversaciones más profundas les digamos a nuestros hijos que lo más importante para nosotros es que sean felices. Lo mismo nos decían nuestros padres. Al fin y al cabo, ¿quién no quiere ser feliz?

Me hacía mucho sentido todo lo que estaba descubriendo. Todos queremos ser felices, de eso no hay duda alguna, el problema es que, por alguna razón, hemos dejado de tomarle el peso a esa palabra. A pesar de lo importante que es para nuestras vidas, muchas veces nos referimos a nuestra felicidad casi mecánicamente, como quien pregunta a otro al saludar “¿cómo estás?”, solo por costumbre, sin realmente querer saber la respuesta. Hablamos de la felicidad, pero no nos damos el tiempo para pensar qué es realmente, su importancia para nuestro bienestar y cómo podemos alcanzarla.

Se podría decir que, hasta esta parte de mi búsqueda, ya tenía dos cosas claras y me servirían para responder la primera de las preguntas planteadas en un comienzo:

1. El propósito de todos los seres humanos es el mismo

2. Ese propósito es ser feliz.

Lo anterior, nos lleva a hacernos una pregunta clave:


Capítulo II


La felicidad

El propósito de los seres humanos es la eudemonía” Aristóteles.

Existen cientos de miles de libros y autores que hablan sobre la felicidad. Desde siempre es un tema que ha obsesionado a filósofos, ensayistas, dramaturgos, y poetas. Existen miles de textos que hacen alusión a ella como tema principal y lo interesante es que, en mayor o menor medida, gran parte de ellos vuelve al origen del concepto, remontándose a la Antigua Grecia. En esa época se hablaba de dos tipos de felicidad2: el hedonismo, y la eudemonía.

La palabra hedonismo es de origen griego, y se compone por el prefijo hedone (placer) y el sufijo ismoque (doctrina). Como bien lo dice su nombre, consiste en una doctrina filosófica que coloca al placer como el bien supremo de la vida humana. El hedonista siempre busca acercarse al placer y alejarse del dolor.

Si bien fueron los griegos quienes mayormente desarrollaron el concepto, esta doctrina se origina incluso antes. Los antecedentes se remontan a la escuela filosófica Chárvaka, en India del siglo XI a. C., tiempos en los cuales postulaban que la felicidad existía en la medida en la que se pudiese pasar la mayor cantidad de tiempo disfrutando de los placeres sensoriales. Como ejemplo, hablaban del goce que les generaba una deliciosa comida, la compañía de jóvenes mujeres, el uso de finas ropas o de exquisitos perfumes. Para ellos, nada que implicase deprivación o penitencia contribuía a este tipo de vida3. Por lo mismo, Aristóteles consideraba que una vida hedónica, meramente basada en el placer personal, era primitiva y vulgar.

o, la felicidad es sinónimo de placer.

Este estilo de vida suele parecer atractivo para muchos, al menos a primera vista. Pero como dice Aristóteles, más que una vida feliz, es una vida fácil. Además, si bien puede ser un fin en sí mismo, no es estable en el tiempo, tampoco es algo propio del hombre (cualquier animal puede sentir placer) y muchas veces no depende de uno –características que para él son fundamentales acerca del propósito humano--. Por eso Aristóteles la desechó como opción filosofía de la felicidad, eligiendo la eudemonía en su lugar.

Eudemonía

Bienestar, florecimiento, plenitud o felicidad plena

Esta palabra —difícil de deletrear, pronunciar y entender— etimológicamente se compone de las palabras eu (bueno) y daimon (espíritu), y hace referencia al bienestar, que incluye tanto la felicidad, vista como placer sensorial, como la plenitud, entendida en su dimensión espiritual.

Este término atraviesa toda la Antigüedad Clásica y queda rezagado durante la Edad Media (época en la que impera casi sin contrapartida el dogma católico), pero aparece de nuevo cuando el sistema de pensamiento del catolicismo medieval se fisura —entre los siglos XII y XIII— y surgen los primeros filósofos humanistas del Renacimiento, situando al ser humano al centro de la vida. Esto último no supone negar la existencia de Dios, sino que es una relación no dogmática con la fe. A partir de ahí, la idea de felicidad es incorporada al repertorio filosófico del pensamiento ilustrado: Jean-Jacques Rousseau, Diderot, Kant, Condorcet, todos sostienen la idea de la perfectibilidad de la persona, esto es, que la humanidad puede, progresivamente y a través del uso de la razón, dirigirse hacia su propia perfección: la eudemonía.

Consiste en una vida bien vivida, tanto para uno como para quienes nos rodean. Es aquella felicidad propiamente humana, que no solamente nos invita a vivir una vida placentera desde lo sensorial, sino que también incluye el bienestar en su dimensión más espiritual. Se trata de una felicidad que da sentido a nuestras vidas4, en la cual no basta con procurar mi propio bienestar, sino que va más allá.

Si la felicidad hedónica se reduce a un sentirse bien, la eudemonía se define como ser y hacer el bien.

La eudemonía transcurre en el hacer, en la experiencia humana en relación a nosotros y a los demás. Radica en nuestras acciones virtuosas y no en el mundo de las ideas, como afirmaba Platón. Somos felices cuando somos justos, solidarios, generosos, tolerantes, promovemos la igualdad, la belleza y, sobre todo, el amor y la bondad.

No basta, por lo tanto, saber cuál es el fin último de los seres humanos, sino que lo importante son las acciones que emprendemos para llegar a él. Pero no cualquier tipo de acción, sino que debe tratarse de aquellas virtuosas que nos conducen a obrar correctamente.

Aristóteles piensa que una vida virtuosa no es algo reservado solo a aquellos personajes importantes que ostentan cargos de poder o que han logrado grandes hazañas. En su concepto, cualquier forma de servicio a los demás tiene la potencialidad de ser una actividad acorde con la virtud.

Para el filósofo griego la eudemonía es un fin en sí mismo: es el bien supremo de la vida. Es aquello que las personas escogen antes que cualquier otra cosa, a diferencia, por ejemplo, de la riqueza, el éxito profesional o el poder, que son deseados como medios para alcanzar ese fin, pero no como fines en sí mismo. Este tipo de felicidad, cuando está presente, nos hace sentir completos, es decir, que en cierta medida estamos viviendo de la manera que hemos de vivir. Como si sintiéramos una certeza profunda de estar haciendo lo correcto y estar transitando por el camino que es propiamente nuestro.

A diferencia del mero placer, la felicidad que proviene de la eudemonía tiene un efecto duradero, pues es un estado que se mantiene en el tiempo. Alcanzarla requiere de un proceso de reflexión por el cual integramos acontecimientos que ocurren en distintos momentos, pero que dotan de sentido a nuestra vida, aunque haya esfuerzo o dolor de por medio5. Por ejemplo, una persona que está haciendo un doctorado muy exigente, en un país extranjero, sin dominar bien el idioma y que por eso tiene que esforzarse dos o tres veces más para estar a un nivel aceptable, decide tomar este camino que es mucho más difícil que estudiar en su propio país por la satisfacción que le genera el alto nivel de exigencia académica pues lo considera mucho más formativo, además del hecho de vivir en otro país.

Quizá lo que más distingue a la eudemonía de otras formas de concebir la felicidad, es que trasciende al individuo mismo. Supone esa necesidad de amar o entregarse más allá de uno mismo, de lo físico o lo que puede ser comprensible a través de la razón.

Por eso mismo, Aristóteles consideraba que la eudemonía era la auténtica forma de felicidad, la más noble y honorable de todas.


Lamentablemente, a partir del siglo XX este concepto desaparece como tal, y la felicidad queda más bien reservada a la esfera de lo individual, en el sentido de una relación armónica del sujeto con el mundo, basada en la satisfacción de necesidades y en el placer.

En la sociedad de consumo en la que vivimos, existe una mayoría que tiene como prioridad satisfacer sus necesidades y deseos personales, y sin que el bienestar de los demás sea relevante para alcanzar su cometido.

El gran problema con este estilo de vida, es su extremismo conceptual, pues relaciona equivocadamente las nociones de placer y dolor: asimila al esfuerzo con el dolor, y al ocio con el placer6, como si fuese imposible encontrar satisfacción en el esfuerzo o hastío en el ocio.

Esto hace del consumista un esclavo del mundo con un ideal de felicidad que finalmente se ve truncada, pues este tipo de vida no conduce a la verdadera felicidad. Un estilo de vida con estas características representa un problema, o al menos un desafío para la sociedad actual, pues un tipo de vida así no conduce a un mayor bienestar individual, ni contribuye a construir una sociedad mejor.

¿Qué dice la ciencia?

Si bien la idea de eudemonía me parecía bastante coherente con el tipo de felicidad que buscaba, era importante entender qué decía la ciencia más reciente para lograr obtener una visión completa de lo que estaba aprendiendo y así poder confirmar todo aquello que señalaban los griegos. Veamos, a continuación, lo que señalan distintas ciencias al respecto.

Psicología humanista


El psicólogo humanista Abraham Maslow (1908, Brooklyn) desarrolló el concepto de la felicidad a la luz de las necesidades humanas. La jerarquía, representada en la forma de una pirámide, sitúa las necesidades humanas desde las más básicas a las más elevadas. Para construirla, parte de la premisa de que todo sujeto que puede desarrollarse libre y armoniosamente en su vida (considerando el contexto político y social del entorno), busca naturalmente satisfacer sus necesidades.

Cada necesidad es representada por un nivel en la pirámide, y el ascenso se puede ir logrando a medida que nos vamos desarrollando física, psicológica y espiritualmente7. Las necesidades fisiológicas —también denominadas necesidades básicas— predominan en la infancia y la primera niñez. Las necesidades de seguridad, pertenencia y autoestima, llamadas intermedias, prevalecen en la última etapa de la infancia y en la primera etapa de la edad adulta. Y las de autorrealización y trascendencia —llamadas más elevadas o espirituales— aparecen en la edad adulta8.


Maslow tenía claro que los seres vivos buscamos preservar nuestra vida, y por eso sitúo la necesidad de sobrevivencia como la más básica de todas9. Pero también sabía que los seres humanos buscamos un crecimiento constante, físico, emocional y espiritual. Ahí radica la importancia de desarrollarnos en todos los ámbitos de la vida para alcanzar lo que, para él, es la verdadera felicidad.

Durante gran parte de su carrera profesional, Maslow postuló que la necesidad más elevada del ser humano era la autorrealización, entendida como la necesidad de las personas de perfeccionar al máximo sus capacidades, incrementando el uso de sus habilidades, fortalezas y potencial en general. No obstante, en la última etapa de su carrera, agregó un nivel más elevado que la autorrealización: la trascendencia.

Agrega que después de satisfacer las necesidades fisiológicas, de seguridad, pertenencia y autoestima, pronto se desarrolla un nuevo descontento o inquietud, que solo se puede superar si logramos hacer aquello que estamos potencialmente capacitados para hacer y ponerlo al servicio de los demás. Como él mismo lo describe, un músico debe hacer música, un artista debe pintar y un poeta debe escribir si quieren estar en paz consigo mismos. Un ser humano debe ser aquello que puede ser10, y luego debe ponerlo a disposición de los demás.

Los trabajos de Maslow se encuentran dispersos en diferentes fuentes. Por esa razón, la gran mayoría de su material no llega a mostrar sus hallazgos sobre la trascendencia, y las imágenes disponibles sobre la pirámide, en general, no llegan a mostrar ese nivel, sino que se detienen en la autorrealización.

Psicología positiva11


La psicología positiva es una ciencia reconocida formalmente hace dos décadas. Tiene por objeto comprender y describir cómo podría cultivarse la felicidad y el bienestar en general en las personas, lo cual la diferencia de la psicología cognitiva, que se centra únicamente en las enfermedades de las personas. Ha sido el área de la ciencia que más ha desarrollado la temática de la felicidad en el último tiempo. Si bien no utilizan exactamente la palabra eudemonía, sí recogen sus principios. Para referirse a ella usan las nociones de bienestar, florecimiento, plenitud, auténtica felicidad o felicidad plena.

Importantes referentes como Martin Seligman, Carol Ryff, Mihaly Csikszentmihalyi y Tal Ben-Shahar, entre otros, han investigado y desarrollado contenidos muy valiosos en relación al bienestar de tipo subjetivo, entendido como la evaluación que la persona hace de su propia vida. Es decir, tendente a determinar cuán feliz uno cree que es12.

El psicólogo y cofundador de la psicología positiva Martin Seligman —quien desarrolló la teoría Perma o del Bienestar13— plantea que la auténtica felicidad es aquello que la gran mayoría de las personas, libres y sin sufrimiento, anhelan para su vida. Para Seligman la felicidad es un fenómeno complejo que se compone de maximizar las emociones positivas (la dimensión hedonista de la felicidad), pero también de otros elementos que se asimilan al concepto de eudemonía, como el compromiso con lo que hacemos, las buenas relaciones, la autorrealización y el sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.

En esta misma línea, el profesor universitario Tal Ben-Shahar —reconocido como uno de los expertos mundiales en felicidad, y quien dicta uno de los cursos más populares de la Universidad de Harvard— tiene la más profunda convicción de que una vida de florecimiento se alcanza teniendo una vida que contribuya a nuestro bienestar personal y al de los demás14. Para Ben-Shahar, las necesidades básicas, intermedias y espirituales son igualmente importantes. Tanto una persona que no tiene un sustento de vida, como quien vive en absoluta soledad o de manera egoísta, no tienen posibilidad alguna de ser feliz.

Ben-Shahar basa su teoría de la felicidad en dos fuentes: la teoría de Sigmund Freud y su principio del placer, y de Viktor Frankl y su principio del sentido de la vida como principal causa de bienestar y motivación humana, siendo la suma de ambas la verdadera eudemonía. Por otro lado, reafirma que una vida en la cual buscamos trascender, intensifica nuestra sensación de placer en todo lo que hacemos.

Las neurociencias

El concepto de eudemonía encuentra su explicación más racional en el funcionamiento de nuestro propio cerebro. Distintos estudios del área de las neurociencias han logrado demostrar que el cuerpo humano tiene la capacidad de liberar, básicamente, cuatro tipos de hormonas que contribuyen a que nos sintamos felices: las que promueven nuestro bienestar individual, dentro de las cuales se encuentran las endorfinas y la dopamina, y las que promueven el bienestar colectivo, entre las cuales se encuentran la serotonina y la oxitocina.


¿Ha destronado el dinero a la eudemonía?

Espero que todo el mundo pueda llegar a ser rico y famoso, y que puedan comprar todo aquello que siempre soñaron, para que así se den cuenta de que esta no es la respuesta”.

Jim Carrey.

Una vez recorrido el trasfondo filosófico y científico de la felicidad, es necesario detenerse a analizar cómo hemos estado viviéndola en las últimas décadas. A veces siento como si fuésemos pelotas de tenis que chocan contra un frontón, una y otra vez, dominando la técnica pero sin llegar al otro lado de la cancha. Entrenamos, nos perfeccionamos pero nos quedamos en eso, en lugar de arriesgarnos y jugar el partido.

Lo que sucede en la sociedad de consumo en la que vivimos, es que hay un desequilibrio cada vez mayor entre lo que se cree y lo que es realmente la felicidad. Pensamos que tener más es lo que nos hará felices, y nos vemos atrapados en una dicotomía que hace que nos centremos en nosotros mismos, en querer, poseer y acumular más, alejándonos de lo que en verdad necesitamos.

Este escenario nos lleva necesariamente a revisar nuestra relación con el dinero y cómo, si bien puede ayudarnos a alcanzar nuestra felicidad, también puede alejarnos de ella.

Es innegable que existe una importante relación entre el dinero y el bienestar, pues es el medio que utilizamos para intercambiarnos bienes y servicios desde hace más de diez mil años16. Esta convención nace para suceder al antiguo sistema de trueque, y da paso a los consiguientes circuitos financieros y transacciones entre desconocidos, entre muchos otros beneficios. Por eso mismo, el dinero nos ha permitido potenciar las interacciones humanas, satisfacer las necesidades y aumentar significativamente nuestro bienestar, llevándonos finalmente a ser más felices.

Pero esta premisa, que puede sonar muy obvia y redundante, se ha ido desvirtuando en los últimos siglos. El dinero ha pasado a ser un fin en sí mismo más que un medio. El principio rector pasó a ser “mientras más dinero acumulo, más puedo consumir, y mientras más consumo, mayor debería ser mi bienestar”. Es tan absurdo como pensar que vivimos para respirar, para alimentarnos o para dormir.

De lo anterior surgen las preguntas:


- ¿Desde cuándo comenzamos a considerar el dinero como la unidad de medida de nuestro bienestar?- ¿Cómo ha repercutido esto en nuestra felicidad?

Veamos algunas explicaciones que nos pueden dar luces para responder estas preguntas:

El afán de acumular

Volviendo a la mirada de la evolución del ser humano, en los tiempos en que éramos cazadores y recolectores, la acumulación de alimento era crucial para nuestra supervivencia17. Resistir al invierno dependía de la cantidad de comida que se había logrado reunir durante el resto del año. Así, acumular se volvió parte de la estrategia de sobrevivencia.

Este hábito se ha mantenido hasta ahora. Sin embargo, si bien seguimos acumulando, ya no lo hacemos como un medio para asegurar la sobrevivencia. El dinero se ha convertido en el medio que nos asegura la sobrevivencia, pero en lugar de acumular para poder vivir, hemos pasado a adquirir el hábito de vivir para acumular.

De acuerdo al estudio realizado por Easterlin y Sawangfa18, el dinero aumenta el bienestar de las personas hasta el punto de satisfacer necesidades básicas. No obstante, una vez que estas están cubiertas, nuestro bienestar ya no aumenta conforme lo hacen nuestros ingresos. Un incremento en los ingresos de aquellas personas que ganan entre seis mil y diecisiete mil dólares al año, implica un aumento correlativo de su bienestar, pero superado el umbral de los diecisiete mil dólares, dicha correlación comienza a disminuir, y ganar más dinero pasa a ser cada vez menos importante para la sensación de nuestro bienestar19.

Nuestra errática capacidad de simular experiencias

En la charla TED “La sorprendente ciencia de la felicidad”, Dan Gilbert, psicólogo de la Universidad de Harvard, explica cómo nuestras creencias sobre aquello que nos hace felices son generalmente erradas20. Relata que la corteza prefrontal de nuestro cerebro tiene, entre otras funciones, la capacidad de crear un simulador de experiencias que nos permite imaginarlas o visualizarlas antes de que sucedan en la vida real. Es una facultad que, en ocasiones, puede resultar muy útil, pues nos inhibe de situaciones que pueden ser potencialmente perjudiciales (como evitar que nos lancemos a nadar en un río en pleno invierno), pero en otras, nos puede inducir a cometer errores.

Para demostrar lo anterior, Gilbert invitó al público presente en su charla a realizar el siguiente ejercicio. Les mostró en la pantalla gigante del estudio dos escenarios distintos: el primero de una persona que se ha ganado la lotería, y el otro de una persona que ha quedado parapléjica tras un accidente automovilístico. El ejercicio consistía en que el público tenía que elegir rápidamente a quien creían que era más feliz, comparando a los individuos en ambos escenarios. Para ello, solamente contaban con la información de este hito en sus vidas y con el dato de que ambos personajes poseían el mismo nivel de felicidad, comparativamente, antes del episodio.

A primera vista, era predecible que el público elegiría la vida del ganador de la lotería como aquel más feliz y, de hecho, así fue. Pero cuando Gilbert procedió a mostrar la vida de los sujetos un año después del evento, las percepciones del público cambiaron radicalmente: ambos gozaban de exactamente el mismo nivel de bienestar que mantenían antes del suceso de la lotería o del accidente.

Gilbert explica que esto se debe a que los momentos de placer o hedonismo —como ganarse la lotería o comprar una casa nueva— aumentan nuestro bienestar solo por un corto lapso de tiempo. Según sus estudios, la sensación de alegría de un evento placentero, dura máximo un mes, y eso explica cómo, luego de un año, ambos personajes volvieron al mismo estado de bienestar que tenían antes del suceso21. Si el ganador de la lotería era una persona infeliz antes de ganarla, lo más probable es que siga así. Lo que concluye Gilbert, es que el peso relativo que tienen este tipo de momentos de altas descargas de placer no son lo suficientemente poderosos como para modificar nuestra realidad, aunque el simulador de experiencias nos quiera hacer creer que sí.

Esto nos sucede constantemente, por algo existe el dicho “el pasto del vecino siempre es más verde”. También es un problema para quien está en la otra cara de la moneda, es decir, para quien es juzgado de acuerdo a su situación económica. Conozco el caso de Alan, un joven de veintiocho años que heredó una importante fortuna de su abuelo. El monto que es considerable y, en la práctica, no necesitaría trabajar un día más de su vida para mantener su nivel de gastos. A los ojos de todos, su situación parece envidiable. Si bien es cierto que tiene su “vida asegurada”, él igualmente quiere ser productivo, tal como sus amigos, pero su entorno no lo toma muy en serio, ya que no entienden para qué quiere trabajar si no tiene necesidad de hacerlo.

Quienes conocen a Alan asumen que vive una vida feliz, sin embargo, él no piensa lo mismo. Él solo quiere tener una vida normal, algo por qué levantarse cada mañana y sentirse orgulloso de sus propios logros. Siente un vacío enorme y, dado que nadie lo toma en serio, ha llegado a dudar de sus propias capacidades. No se atreve a intentar nada nuevo y se siente frustrado. Me cuenta que, a veces, hubiese preferido seguir viviendo la vida que tenía antes, y que nadie notara la herencia que recibió. A diferencia de lo que todos imaginan, en el caso de Alan, el dinero ha generado un mayor vacío que otra cosa.

Ingenuidad comunicacional

Esa misma voracidad de tener dinero y poder consumir más y más, ha sido también alimentada por toda la información que recibimos en los medios de comunicación y redes sociales. Creemos en todo aquello que nos dicen, como por ejemplo, cuando nos muestran que existe un acondicionador que dejará nuestro cabello como nuestra actriz favorita, la bebida energética que nos convertirá en los mejores futbolistas y las vacaciones perfectas que resolverán todos nuestros conflictos familiares. Estamos dispuestos a pagar por prácticamente cualquier producto que nos prometa alcanzar la anhelada felicidad… y los que se dedican al marketing lo tienen muy claro.

Hemos dejado que el contenido publicitario dicte las pautas de nuestra felicidad, aun cuando sabemos que estos comerciales no tienen por objeto educarnos, sino vender algún producto, cualquiera que este sea. Lo mismo sucede con las redes sociales: no tienen por objeto mostrarnos la realidad de la vida de nuestros amigos o cercanos, sino que solo aquellos pequeños y maquillados extractos de cotidianidad en los cuales todos quieren verse o aparentar estar de maravilla cuando no lo están. Mientras más carentes estamos, más queremos demostrar lo contrario. Sabemos que es así, porque caemos en hacer el mismo engaño. Aun así, sabiendo que es todo una farsa, nuestra inseguridad nos lleva a alimentar un nivel de ansiedad y frustración que nos agobia.

Los colaterales del dinero

Lo que muchos no han interiorizado aún es que el consumismo y el materialismo, en general, pueden ir en nuestro propio desmedro. Su efecto en nosotros no es indiferente. Una serie de estudios ha puesto en evidencia cómo las aspiraciones materiales pueden incluso disminuir nuestro nivel de satisfacción con la vida22. Una investigación realizada por Seligman y Diener en Estados Unidos durante 2004, demuestra que las personas materialistas tienden a restarle importancia a sus relaciones interpersonales y a estar constantemente disconformes con su nivel de ingresos23.

Un estudio de similares características, en el cual se investigaron los casos de distintos ganadores de la lotería, evidenció que aquellas personas con poder adquisitivo prácticamente ilimitado tendían a disminuir su disfrute de las cosas simples de la vida24, pues van de a poco perdiendo su capacidad de asombro. A eso se le suma el hecho de que suelen dar por sentado cada privilegio que gozan, perdiendo la gratificación propia que genera el ser agradecido.

Otra investigación del psicólogo estadounidense Tim Kasser, demostró que las personas con valores aspiracionales (los relativos al dinero, el estatus social y el poder) acarrean un riesgo superior de depresión y son más propensos a trastornos mentales25. Kasser afirma que el materialismo produce menores niveles de bienestar porque se asocia a bajos niveles de autoestima, empatía y motivación intrínseca, así como a altos niveles de narcisismo y de comparación social, que traen aparejados mayores conflictos en las relaciones interpersonales26.

Como se puede apreciar, los estudios en esta línea abundan, y aun así la creencia social de que el dinero es lo que nos hace felices, sigue profundamente arraigada en nuestra cultura. Muestra de ello es que, a pesar de que cada generación ha sido más rica que la anterior, los índices de bienestar no hacen más que empeorar27.

El reconocido psiquiatra chileno Ricardo Capponi, busca dar una explicación a este fenómeno humano por el cual siempre queremos más, aunque esto no nos haga más felices, que denomina “adaptación hedonista”. Capponi señala que nuestros órganos sensoriales, los que nos permiten sentir placer, están hechos para que un estímulo repetido pierda fuerza en el tiempo. Es como si el órgano se cansara y dejara de estimularse con cada repetición. Por mucho que nos encante el chocolate, si lo comemos todos los días, a toda hora, dejaría de producirnos el mismo nivel de placer que inicialmente.

Eso mismo ocurre con las posesiones materiales. Añoramos tener nuestro propio auto y, luego de que lo conseguimos, queremos cambiarlo por otro de mejor marca o por un modelo más nuevo. Si nos encantan las zapatillas, no basta con tener tres pares distintos, siempre deseamos comprar el último modelo. No nos basta con salir de vacaciones, estas tienen que ser cada vez más sofisticadas y lujosas para que nos generen adrenalina.

La adaptación hedonista hace que nos acostumbremos con rapidez a lo bueno. A medida que vamos acumulando, las expectativas aumentan, y aquello por lo que se ha luchado tanto ya no nos brinda la misma satisfacción que solía darnos. Para obtener el mismo nivel de placer que en la experiencia inicial, se necesita ir acrecentando la dosis de aquello que dio satisfacción y, por lo tanto, más dinero.

Y tener que ganar más para gastar más conlleva importantes costos personales: menos tiempo con la familia, angustia, estrés y deudas, entre otros males.

La situación que describimos nos lleva a sentirnos cada vez menos libres. Lo único que queda es seguir comprando para aplacar la angustia que produce la abstinencia. Creemos que comprar es lo que llenará ese vacío, pero lo único que logramos con eso es llenar espacio físico, en circunstancias que el vacío es espiritual.

Para Eckhart Tolle28 la gran liberación del materialismo viene con el reconocimiento de nuestro propio ego o de ese “falso yo” que nosotros mismos hemos creado para protegernos de las agresiones del mundo. Para Tolle, la fuerza que motiva el comportamiento del ego es siempre la misma: la necesidad de sobresalir, de tener poder, de recibir atención y poseer más. Además, el ego nunca es autosuficiente, siempre desea algo de los demás o de las situaciones. Utiliza a las personas y los contextos para obtener lo que desea, pero la brecha entre lo que desea y lo que se tiene nunca se elimina, por lo que se convierte en una fuente constante de desasosiego y angustia.

En nuestra cultura, vivir para poseer más es una realidad cotidiana y se ha vuelto el estado normal de muchas personas. La vida es vista como una contrariedad, y vivimos en un constante resolver problemas para alcanzar, en un futuro, la tan anhelada felicidad que, finalmente, nunca llega.

Volveremos a este tema más adelante, pero lidiar con este “otro yo” o “sombra” que todos tenemos, en menor o mayor medida, no es algo simple. ¿Puede el dinero comprar nuestra felicidad?

La publicidad de la tarjeta de crédito Mastercard quedó grabada en la cabeza de muchos que, como yo, seguro la recuerdan hasta el día de hoy. Decía: “La felicidad no se puede comprar... para todo lo demás, existe Martercard”. Qué sabias palabras.

La felicidad no se puede comprar, eso es seguro, pero eso no quita que la forma en cómo invertimos o gastamos nuestro dinero sí pueda incidir en ella. De hecho, si lo gastamos en experiencias compartidas con otros o con el objeto de mejorar la vida de los demás, nuestra felicidad probablemente sí aumentará29.

Esta hipótesis se confirma si observamos el creciente aumento que ha tenido en los últimos cincuenta años la filantropía y otras conductas altruistas que fomentan la solidaridad, así como nuevas formas de hacer negocios más conscientes de sus impactos y de la ética empresarial. Ejemplo de ellos son el movimiento The Giving Plegde30, las inversiones de triple impacto, fondos de inversión social, empresas B y la banca ética, entre muchas otras.

Es difícil demostrar que lo anterior es cierto, ya que no tenemos forma de medir con exactitud hasta qué punto los actos altruistas aumentan nuestro nivel de felicidad. En cambio, medir utilizando el dinero como parámetro es mucho más fácil. Por ejemplo, es más simple calcular el valor de mi casa por su precio de venta que por el bienestar que me genera a mí y a mi familia vivir en ella. Lo mismo sucede con el trabajo: es más sencillo evaluar una oferta de trabajo por el sueldo que nos pagan que por la calidad humana de nuestros futuros colegas. Y es justamente este análisis simplista de la vida el que nos ha llevado a medir el éxito, la felicidad y la vida, en general, a través del dinero.

Pero, ¿qué pasaría si pudiésemos medir el nivel de nuestra salud, cuánto nos quieren nuestros amigos o la calidad de nuestra relación de pareja? ¿Admiraríamos más a las personas que ostentan altos indicadores de estos atributos o a quienes tienen más dinero?

Imaginémonos por un minuto la escena en la que un grupo de excompañeros de colegio —que ahora bordean los sesenta y cinco años— se reúne a repasar su vida, prometiéndose absoluta honestidad en lo que van a compartir con sus compañeros de la vida. Para efectos de este ejercicio, vamos a suponer que los atributos realmente importantes para el bienestar son cuantificables numéricamente en una escala que va de uno a mil.

Comienza el encuentro y estas son las conversaciones que surgen:

1) César, comerciante, casado, el más alegre del grupo, cuenta que se siente plenamente realizado en la vida. Tiene cuatro hijos y diez nietos. Con sus ahorros, más la venta de su minimarket, se compró un campo en las afueras de la ciudad en la cual lo visita su familia fin de semana por medio. Además, en verano todos van a instalarse con él y su señora durante un mes completo. Tiene un grupo con el que sale cada jueves por la mañana a hacer caminatas al cerro, y participa activamente en los programas para adultos mayores que ofrece la junta de vecinos. La salud de César está en perfectas condiciones, por lo que está planeando emplearse en algo.

2) Ester, ingeniera, soltera, era la más coqueta e interesante del curso. Hizo una carrera brillante en una empresa multinacional de cosmética. No pudo tener una relación amorosa estable, pues su profesión le demandaba viajar fuera del país constantemente. Cuenta que hace dos años decidió finalmente adoptar dos hermanos haitianos. Tenían cinco y siete años cuando los recibió. La maternidad la llenó de vitalidad, y con eso comenzó una vida diferente, llena de actividades y amistades nuevas. Con las apoderadas del curso se turnan para ir a buscar a los niños al colegio, salen religiosamente todos los jueves a un happy hour, y cada tanto organizan un viaje en conjunto fuera del país. Además, hace unos meses participa en un equipo de runners en el que conoció a un hombre más joven que ella, y aunque le dio algo de pudor, aceptó su invitación a salir. Ahora está muy activa buscando a alguien que la ayude en el cuidado de sus hijos, ya que con la hernia que tiene en la espalda le resulta casi imposible seguirles el ritmo.

3) Rafael no terminó sus estudios, pues decidió emprender muy joven. Es buen amigo pero algo soberbio, por lo cual, cuando le toca hablar, no escatima en partir contando lo que ya todos saben por la prensa: que su imperio del retail sigue expandiéndose, por lo que ahora abrirá nuevas tiendas también en Perú. Su nombre es recurrente en las listas de los hombres más acaudalados de la región y, cada tanto, aparecen fotos de sus propiedades en Nueva York o Milán en las revistas de decoración. Se ha casado y divorciado tres veces, y se acaba de comprometer con una mujer treinta años menor. Cuenta que por ningún motivo quiere tener más hijos. Le basta con los cinco que ya tiene, y que solo lo llaman para pedirle dinero. Agrega que, más que eso, lo que le molesta es que ninguno se comprometa con el futuro del negocio y está pensando en amenazarlos con desheredarlos si no se comportan con seriedad. El próximo mes tendrá que viajar a hacerse chequeos a Atlanta, ya que su diabetes sigue avanzando con bastante mal pronóstico.

Ahora que conocemos las historias de César, Ester y Rafael, veamos cómo son los resultados de bienestar para cada uno de ellos, tomando en consideración solo aquello que han dicho en la reunión:


Si miramos el indicador del dinero de manera aislada, sin duda, Rafael tendría la vida más deseable. Pero si sumamos al indicador del dinero, el de salud y relaciones, el escenario cambia por completo: Rafael no sería tan admirado como lo es actualmente. César y Ester tendrían un bienestar casi el doble que el de Rafael.

Pero, ¿necesitamos realmente una medición cuantitativa para darnos cuenta de qué vida es mejor para nosotros, o podemos arribar a la misma conclusión si nos conocemos mejor y usamos la consciencia para orientar nuestras decisiones? Quizá podremos responder a esta pregunta más adelante.

¿Y ahora qué?

Estaba muy contenta de estar respondiendo a varias de mis preguntas. Ya tenía más claro el “por qué” de la vida, y sentía que esta felicidad que buscaba se parecía muchísimo más a la eudemonía que a cualquier otra cosa.

Si bien sentía los avances, tenía la sensación de que esto era solo el comienzo. Si el dinero, el poder y la fama no me conducirían a la felicidad que estaba buscando, ¿qué tenía que buscar? ¿A qué se refería Aristóteles cuando hablaba de la felicidad del alma? Todo parecía indicar que estaba a punto de encontrarme con un nuevo mundo, hasta entonces absolutamente desconocido para mí. Algo menos racional y más espiritual estaba por venir.

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Hacim:
309 s. 100 illüstrasyon
ISBN:
9789564029306
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Telif hakkı:
Bookwire
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