Kitabı oku: «Somos las hormigas»

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Índice

Trabajo de Química para subir nota

7 de septiembre de 2015

8 de septiembre de 2015

El meteorito

10 de septiembre de 2015

11 de septiembre de 2015

La Tercera Guerra Mundial

14 de septiembre de 2015

22 de septiembre de 2015

4 de octubre de 2015

16 de octubre de 2015

Los nanobots

20 de octubre de 2015

30 de octubre de 2015

El viaje en el tiempo

3 de noviembre de 2015

4 de noviembre de 2015

10 de noviembre de 2015

Ctrl+Alt+Supr

14 de noviembre de 2015

24 de noviembre de 2015

26 de noviembre de 2015

El Ojo Mental

30 de noviembre de 2015

5 de diciembre de 2015

18 de diciembre de 2015

19 de diciembre de 2015

El sol de medianoche

21 de diciembre de 2015

22 de diciembre de 2015

23 de diciembre de 2015

24 de diciembre de 2015

¿Abejas?

25 de diciembre de 2015

28 de diciembre de 2015

31 de diciembre de 2015

1 de enero de 2016

6 de enero de 2016

Superbichos

7 de enero de 2016

10 de enero de 2016

15 de enero de 2016

16 de enero de 2016

19 de enero de 2016

21 de enero de 2016

23 de enero de 2016

28 de enero de 2016

Señora Faraci

Agradecimientos

Notas de la traducción

Créditos

Para Matt, mi alienígena favorito


Este libro es una obra de ficción. Cualquier referencia a hechos históricos, personas reales o lugares reales es ficticia. Otros nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con acontecimientos, lugares o personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Existen dos posibilidades: o bien estamos solos en el universo o no. Ambas son igualmente aterradoras.


Trabajo de Química para subir nota

La vida es una mierda.

Párate un momento a considerar tu vida. Piensa en todos esos pequeños rituales que te sustentan durante el día, desde el momento en que te levantas hasta la solitaria medianoche, cuando te bebes cuatro litros de jarabe para la tos para sofocar la insistente voz que oyes en la cabeza. La voz que te susurra que deberías rendirte, que mañana no será mejor que hoy. Piensa en la absurdidad de lavarte los dientes, de discutir con tu madre sobre si la ropa que llevas a clase es apropiada, de los deberes, de las notas y de los novios y de la comida que llevas al instituto.

Y de la vida.

Piensa en la absurdidad de la vida.

Cuando desmontas lo que hacemos cada día y examinas las piezas que conforman nuestros actos, empiezas a entender lo ridículas que son. Los besos, por ejemplo. No dejarías que un desconocido que pasa por la calle te escupiera en la boca, pero intercambias saliva con el chico o la chica que te pone el corazón a mil, que provoca que te suden las axilas y que te empalmes en los momentos más inoportunos. Meterías la lengua en su boca y dejarías que te hiciera lo mismo sin pararte a pensar dónde ha podido estar su lengua, si te está pegando un herpes labial o una mononucleosis, o si está pasándote un trozo del sándwich de atún que tenía entre los dientes.

Nos depilamos las piernas y las cejas y untamos nuestros cuerpos en cremas y lociones. Nos matamos de hambre para poder entrar en los vaqueros perfectos, y contaminamos nuestros cuerpos con drogas para desarrollar la musculatura y que nos vean fibrados sin camiseta. Conducimos rápido, nos pegamos fiestones y estudiamos para exámenes que no significan una mierda en el gran conjunto del cosmos.

Algunos físicos han postulado que vivimos en un universo infinito que se expande infinitamente, y que todo lo que hay en él se acabará repitiendo. Hay infinitas copias de tu madre, de tu padre y de tu hermanita que te roba la ropa. Hay infinitas copias de ti. A pesar de que te has pasado la vida creyéndolo, no eres un copito de nieve especial. En alguna parte, hay otro tú viviendo tu vida. Y es posible que la esté viviendo mejor. Está aprendiendo francés o usando el cerebro en vez de estar tirado en gayumbos en el sofá, comiéndose un bol tras otro de Aritos de Avena con Fruta mientras se pregunta por qué está solo un viernes por la noche. Pero eso no es lo peor. Lo que realmente hará que te tires del puente más cercano es que nada de eso importa. Tú morirás, yo moriré, todos moriremos; y las cosas que hemos hecho, las decisiones que hemos tomado, no importarán absolutamente nada.

Ahí fuera, cerca de algún pueblo de mierda con un nombre como Shoshoni o Medicine Bow, hay una hormiga. No eras consciente de ella. No sabes si es una hormiga soldado, una obrera o la reina. No te importa si está buscando comida para arrastrarla de vuelta al hormiguero o construyendo túneles nuevos para las larvas que se retuercen. Hasta ahora, esa hormiga simplemente no existía para ti. Si no la hubiera mencionado, habrías seguido con tu vida, yendo de una tarea tediosa a otra, metiendo la lengua en el pozo de bacterias que es la boca de tu novia, garabateando variaciones de vuestros nombres en la cubierta de tu libreta y esperando a que las ondas electrónicas viajaran por el aire y te dijeran que alguien estaba pensando en ti. Que, durante un instante, tú has sido la persona más importante en la insignificante vida de otra persona. Pero, lo supieras o no, esa hormiga está ahí fuera haciendo cosas hormiguiles mientras tú esperas el siguiente mensaje que demuestre que, de los siete mil millones de personas egocéntricas que hay en el mundo, tú eres importante. Toda tu autoestima se basa en que crees que importas, que le importas al universo.

Pero no importas.

Porque somos las hormigas.

Yo no perdía el tiempo pensando en el futuro hasta la noche en que los limacos me abdujeron y me dijeron que el mundo se iba a acabar.

No estoy loco. Cuando te digo que la raza humana está condenada, no lo hago hiperbólicamente, como la gente que dice que todos estamos muriendo desde el momento en que nuestras madres nos expulsan de sus cuerpos y nos dejan en un mundo donde todo es más pesado, más brillante y demasiado ruidoso. Yo lo que te digo es que mañana, 29 de enero de 2016, más vale que te despidas de la salsa de chipotle y de los frapuchinos.

Seguramente no me crees (yo tampoco me lo creería si estuviera en tu lugar), pero he tenido ciento cuarenta y tres días para aceptar nuestra destrucción inevitable, y me he pasado la mayor parte de esos días pensando en el futuro. Me preguntaba si tenía algún futuro o si quería tenerlo, e intentaba decidir si el fin de la existencia es una tragedia, una comedia o algo tan irrelevante como el trabajo de Química que se me olvidó entregar la semana pasada.

Pero lo más gracioso no es que los limacos me revelaran la fecha del fin del mundo, sino que me dieron la opción de evitarlo.

Querías una historia, y aquí está. Empezaré con la noche en la que los limacos me dijeron que el mundo se iba al carajo y, cuando termine, podremos esperar el final juntos.


7 de septiembre de 2015

La mayor decepción cuando te abducen los alienígenas es la abundancia de gravedad en la nave. Nos pasamos los primeros nueve meses de nuestra vida flotando en un saco amniótico, ciegos y sin peso que cargar, antes de convertirnos en esclavos de la gravedad, y la atracción seductora de viajar al espacio es la promesa de regresar a ese estado de perfección. Pero es una estafa. La gravedad es celosa, sádica e infinita.

A veces pienso que la gravedad puede ser la muerte disfrazada. Otras veces pienso que la gravedad es amor, porque nos exige que caigamos rendidos a sus pies.

Los limacos no son grises como las babosas. No tienen ojos enormes ni una boca fina sin labios. Hasta donde yo sé, ni siquiera tienen boca. Tienen la piel irregular, como si fuera cuero húmedo, y es de todos los colores de una proliferación de algas. Sus ojos negros y esféricos son los extremos de una especie de tallos bamboleantes que les brotan de la parte superior de la cabeza. En lugar de brazos, tienen como apéndices que les crecen del cuerpo cuando hacen falta. Si las llaves de su ovni se les caen al suelo, ¡bum!, brazo al instante. Si necesitan sujetarme o acallar mis gritos de terror, pueden generar una docena de tentáculos para cumplir con la tarea. Es de lo más eficiente.

Por raro que parezca, los limacos tienen pezones. Son unos botoncillos marrones que parecen tan inútiles como los de la mayoría de hombres. Consuela saber que, a pesar de las grandes diferencias y de los años luz que separan nuestros mundos, siempre tendremos los pezones en común.

Debería poner esa frase en una pegatina para el coche, © Henry Jerome Denton.

Antes de que lo preguntes: no, los limacos nunca me han metido nada por el recto. Estoy bastante convencido de que se reservan ese trato especial para la gente que habla por el móvil en el cine o escribe mensajes mientras conduce.

La cosa va así: las abducciones siempre empiezan con sombras. Incluso en una habitación oscura, con las ventanas cerradas y las cortinas echadas, las sombras descienden dando vueltas en círculos, como si fueran buitres que sobrevuelan una comida apestosa.

Después, noto un peso en la entrepierna, como si tuviera que ir a hacer pis; un peso dolorosamente insistente, por mucho que le suplico a mi cerebro que no le haga caso.

Luego, llega la indefensión. La parálisis. La imposibilidad de defenderme. De luchar. De respirar.

La imposibilidad de gritar.

En algún momento, los limacos me llevan a una sala de examinación. Me han abducido ya más de diez veces, y todavía no sé cómo me transportan desde mi habitación hasta su nave. Ocurre en la oscuridad, entre parpadeos, en el vacío entre respiraciones.

Una vez a bordo, empiezan con sus experimentos.

Eso es lo que supongo yo que hacen. Intentar comprender los motivos de una raza alienígena que cuenta con la tecnología para viajar por el espacio es como si la rana que diseccioné con catorce años intentara entender por qué la abrí en canal y deposité sus entrañas sobre la mesa. Los limacos podían estar exponiéndome a radiación letal o llenándome de huevos de limaquito simplemente para ver qué pasaba. Vamos, que puede que yo sea el proyecto de ciencias de una cría de limaco.

Dudo que llegue a saberlo con certeza.

Los limacos no hablan. Durante los largos ratos en que no puedo controlar mi cuerpo, a menudo me he preguntado cómo se comunican. Quizás segregan sustancias químicas como los insectos, o quizás los movimientos de sus tallos oculares son algún tipo de lenguaje, como las danzas de las abejas. O puede que sean como mi madre y mi padre, que se comunicaban exclusivamente dando portazos.

Yo tenía trece años cuando los limacos me abdujeron por primera vez. Mi hermano mayor, Charlie, roncaba en la habitación de al lado y yo estaba en mi cama, traduciendo mentalmente la pelea de mis padres. Quizás creas que todas las puertas suenan igual cuando las cierras de golpe, pero te equivocarías.

Mi padre daba portazos clásicos: mantenía el contacto con la puerta hasta que estaba totalmente cerrada. Esto le daba un control sobre el volumen y el tono, y producía un golpe profundo, sólido y capaz de hacer temblar la puerta, el marco y la pared.

Mi madre prefería la variedad. A veces empujaba las puertas de manera dramática y, otras veces, prefería cerrarlas con un golpe de talón. Aquella noche prefirió un multigolpe, que era ruidoso y efectivo, pero le faltaba sutileza.

Los limacos me abdujeron antes de que pudiera enterarme de por qué se estaban peleando. La policía me encontró dos días después vagando por las sucias carreteras al oeste de Calypso, llevando una bolsa de la compra a modo de ropa interior y lleno de chupetones que no era capaz de explicar. Mi padre se marchó tres semanas después de aquello, dando un portazo tras él por última vez. No hizo falta ninguna traducción.

Nunca me he acostumbrado a estar desnudo delante de los alienígenas. Jesse Franklin me veía desnudo a menudo y aseguraba que le gustaba, pero él era mi novio, así que no cuenta. Creo que estoy demasiado delgaducho y me da corte, e imagino que los limacos me juzgan por mis defectos: la mancha que tengo en medio del pecho con forma de Abraham Lincoln, la manera en que me sobresalen las clavículas o el culo trágicamente plano que tengo. Una vez, mientras estaba haciendo cola en la cafetería para recibir mi plato de carne picada con puré de patatas, Elle Smith me dijo que tenía el culo más plano que había visto en su vida. Yo no sabía a cuántos culos había estado realmente expuesta una niña de doce años de Calypso, pero el comentario me infectó como una calentura que de vez en cuando resurgía a la superficie y se aseguraba de que nunca olvidara mi lugar.

Una parte de mí se pregunta si los limacos envían a su planeta fotos pervertidas para que sus colegas alienígenas se rían. «Mira el mutante que hemos pillado. Lo llaman un “adolescente” y tiene cinco brazos, pero uno es diminuto y deforme».

No es deforme de verdad, lo juro.

Cuando los limacos terminaron de experimentar conmigo aquella noche, el bloque sobre el que estaba tendido se transformó en una silla mientras yo aún estaba encima. En abducciones anteriores, los alienígenas me habían encerrado en una sala totalmente oscura, habían intentado ahogarme y una vez liberaron una especie de gas en el aire que me hizo reír hasta que vomité, pero nunca me habían dado una silla. Eso me hizo sospechar al instante.

Uno de los limacos se quedó después de que los otros desaparecieran en las sombras. La sala de examinación era la única sección de la nave que había visto, pero su verdadera forma y tamaño quedaban oscurecidos por la negrura a mi alrededor. La estancia en sí era sencilla: un suelo gris con espirales que dan la impresión de movimiento y con cuatro o cinco luces que emergían de las sombras. El bloque que se había convertido en una silla era de color negro obsidiana.

Noté un hormigueo en los brazos y las piernas, y así fue como me di cuenta de que podía moverme de nuevo. Me sacudí para deshacerme de aquella sensación desagradable, pero no podía librarme de la impotencia que campaba a sus anchas dentro de mí; me recordaba que los alienígenas podían desollarme vivo, diseccionar mis músculos para ver cómo funcionaban, y que yo no podía hacer absolutamente nada para detenerlos. Como seres humanos, nacemos creyendo que somos la cumbre de la creación, que somos invencibles, que no existe ningún problema que no podamos resolver. Pero, inevitablemente, morimos con todas nuestras creencias hechas pedazos.

Tenía la garganta seca. Incluso a las ratas enjauladas les dan agua y comida.

—Si estáis poniendo a prueba mi paciencia, debo advertiros que una vez me pasé tres semanas con mi familia en una caravana infestada de cucarachas. El viaje fue infernal. Veintiún días de mi padre perdiéndose, de mi madre saltando por todo y de mi hermano encontrando cualquier excusa para darme puñetazos, y todo ello acompañado de la maravillosa melodía que provenía del tabique nasal desviado de mi abuela.

Nada. Ninguna reacción. El limaco que tenía al lado agitó sus tallos oculares y sus canicas vidriosas lo observaron todo a 360 grados. Eran como esas cámaras de seguridad que se esconden bajo una cúpula oscura; era imposible saber qué estaban mirando exactamente.

—De verdad, fue el peor viaje de mi vida. Cada noche teníamos que quedarnos quietos y fingir que no oíamos a Charlie sacudírsela en la cama de arriba. Estoy bastante seguro de que batió el récord mundial de veces que un chico se ha masturbado mientras comparte espacio con sus padres, su hermano y su abuela.

Un haz de luz pasó sobre mi hombro y proyectó en el aire una imagen tridimensional de la Tierra a poca distancia de mí. Me volví para ver el origen, pero el limaco generó un apéndice y me dio una colleja.

—Espero que eso fuera un brazo —dije restregándome la roncha que me había dejado.

La imagen del planeta estaba meticulosamente detallada. Unas nubes esponjosas surcaban la superficie mientras la imagen rotaba lentamente. Grupos apretados de luces desafiantes relucían en todas las ciudades, tan brillantes como cualquier estrella. Al cabo de unos instantes, un pilar liso de más o menos un metro emergió del suelo al lado de la imagen de la Tierra. Sobre él había un botón rojo.

—¿Quieres que lo pulse?

Nunca tuve la impresión de que los alienígenas entendieran lo que yo decía o hacía, pero supuse que no me habrían puesto ahí un botonazo brillante si no quisieran que lo pulsara.

En cuanto me puse en pie, una corriente eléctrica viajó desde mis pies hasta todo el cuerpo. Me desplomé en el suelo con espasmos. Un chillido ahogado se me escapó de la garganta. El limaco no se ofreció a ayudarme, a pesar de que podía generar brazos a voluntad, y esperé a que las convulsiones se pasaran antes de sentarme de nuevo en la silla.

—Vale, no tocaré el botón.

La proyección de la Tierra explotó y me bañó de destellos y luces. Alcé los brazos para protegerme la cara, pero no sentí ningún dolor. Cuando abrí los ojos, la imagen volvía a estar entera.

—Vamos, que de verdad no queréis que pulse el botón.

Bajo la atenta mirada de mi amo alienígena, vi cómo el planeta explotaba siete veces más, pero me negué a moverme del asiento. A la octava explosión, los limacos me electrocutaron otra vez. Perdí el control de la vejiga y me caí en un charco de mi propia orina. Tenía la mandíbula dolorida de tanto apretarla, y no sabía cuánto más podría aguantar.

—¿Sabes? Si simplemente me dijeras qué quieres que haga, podríamos saltarnos la parte del dolor insoportable de este experimento.

Volvieron a restaurar la imagen del planeta, pero, cuando intenté sentarme, me dieron otro chispazo y explotó otra vez. La siguiente vez que la imagen estuvo completa, me arrastré hasta el botón y lo pulsé con fuerza. Se me recompensó con una intensa explosión de euforia que empezó por los pies, me subió por las piernas y se extendió hasta los dedos y las orejas. Era puro júbilo, como si hubiera eyaculado un coro de angelitos bebé por cada poro de mi cuerpo.

—Eso no ha estado mal.

Perdí la cuenta de las veces que pulsé el botón. A veces me electrocutaban, a veces me inundaban de éxtasis, pero nunca sabía qué esperar. Al menos, hasta que noté un patrón. Eran tan sencillo que me sentí superimbécil por no haberme dado cuenta antes. Que me electrocutaran hasta mearme probablemente no había mejorado mis habilidades de resolución de problemas.

La electricidad y la euforia no eran castigos y recompensas, ni tampoco sucedían de forma aleatoria. Simplemente, eran una forma de hacerme ver que había una relación causal entre si pulsaba el botón y si el planeta explotaba. Los limacos estaban intentando comunicarse conmigo. Habría sido un momento mucho más emocionante de la historia de la humanidad si mi ropa interior no hubiera estado empapada.

Decidí poner a prueba mi teoría.

—¿Vais a destruir el planeta?

ELECTRICIDAD.

—¿Voy a destruirlo yo?

ELECTRICIDAD.

Al final me rendí y me quedé en el suelo.

—¿Algo va a destruir la Tierra?

EUFORIA.

—¿Podéis evitarlo?

¡ALELUYA!

Puse los ojos en blanco cuando un escalofrío de placer me recorrió el cuerpo.

—¿Cómo lo evitamos?

Miré al limaco en busca de una pista, pero no se había movido desde la colleja. Lo que sabía era lo siguiente: si pulsaba el botón, la Tierra no explotaba. Cuando no lo pulsaba, sí que explotaba. Pero no podía ser tan sencillo.

—¿Pulsar el botón evitará la destrucción del planeta?

JÚBILO ABSOLUTO.

—¿Y entonces? ¿Todas esas veces que lo he pulsado han sido de práctica?

ANGELITOS BEBÉ POR TODAS PARTES.

—Muy bien. ¿Y cuándo sucederá este apocalipsis?

Yo no sabía cómo los alienígenas iban a responder a una pregunta abierta, ya que nunca antes me habían contestado, pero eran seres capaces de viajar por el espacio; darme una fecha debería estar chupado para ellos. En pocos instantes, la proyección del planeta se transformó en un reality que se llama El búnker y la voz sobreactuada del presentador me llegó de todas las direcciones a la vez:

—Este grupo de quince desconocidos lleva seis meses encerrado en un búnker. Ahora que solo quedan ciento cuarenta y cuatro días, no querrás perderte ni un solo minuto. Sé testigo de cómo compiten por la comida, el agua, el papel higiénico y por los corazones de unos y otros.

—Vaya mierda de canales os llegan aquí arriba, chavales. —La imagen del programa se desvaneció y la Tierra volvió a aparecer—. ¿Así que quedan ciento cuarenta y cuatro días? —Hacer el cálculo mental me llevó más tiempo de lo que pienso admitir—. ¿Eso significa que el mundo se acabará el 29 de enero de 2016?

EUFORIA MÁXIMA.

Nunca me canso de tener razón.

Cuando se me aclaró la cabeza, llegué a la conclusión de que los limacos me estaban tomando el pelo. Era la única explicación lógica. Me negaba a creer que tuvieran el poder para evitar el fin del mundo, pero que hubieran elegido que la decisión la tomara un don nadie de dieciséis años.

Pero si no era una broma, si la decisión era mía, tenía el destino del mundo en la palma de mi sudorosa mano. A los alienígenas seguramente les daba igual una cosa que otra.

—Solo para que quede claro: ¿tengo hasta el 29 de enero para pulsar el botón?

EUFORIA.

—Y si lo pulso, ¿evitaré la destrucción del planeta?

EUFORIA.

—¿Y si elijo no pulsarlo?

La imagen de la Tierra explotó, la proyección desapareció y las luces se apagaron.


8 de septiembre de 2015

Crucé corriendo el césped bañado en rocío de delante de mi casa, sudando como un cerdo por el calor húmedo de Florida y cubriéndome mis partes con la tapa de un cubo de basura que había robado de una casa dos calles más allá. Esperaba que el señor Nabu, que estaba sentado en su porche leyendo el periódico como cada mañana, estuviera demasiado ocupado buscando los nombres de sus amigos y enemigos en las necrológicas como para darse cuenta del paso de mi culo pálido.

Después de mi segunda abducción, empecé a dejar escondida una bolsa de deporte con ropa de recambio detrás del aparato de aire acondicionado que había debajo de la ventana de mi dormitorio. Los limacos no siempre me devolvían totalmente desnudo, pero supongo que lo hacían porque les divertía verme corretear de una punta a otra de Calypso, escondiéndome para que no me detuvieran por exhibicionismo.

Mientras me vestía, intenté comprender la posibilidad de que el mundo fuera a acabarse, y también lo absurdo que era que los alienígenas me hubieran escogido a mí para decidir si el apocalipsis ocurriría como estaba previsto o si se retrasaría. Simplemente, yo no era una persona lo bastante importante como para tomar una decisión tan crucial. Tendrían que haber abducido al presidente, al papa o a Neil deGrasse Tyson.[1]

No sé por qué no pulsé el botón en serio cuando tuve la oportunidad; quizás porque dudaba que los alienígenas me hubieran dado tanto margen de tiempo si no quisieran que meditase bien mi elección. Seguramente, la mayoría de gente cree que habría pulsado el botón en mi situación (porque nadie quiere que el mundo se acabe, ¿verdad?), pero lo cierto es que nada es tan simple como parece. Pon las noticias o léete algunos blogs. El mundo es un pozo de mierda, así que tengo que considerar si quizás es mejor borrarlo todo y dar la oportunidad de hacer las cosas bien a la civilización que evolucione de las cenizas de nuestros huesos.

Usé la llave de repuesto que había debajo de la begonia muerta junto a la puerta y entré en casa en silencio. Me saludó el olor a humo de tabaco y a huevos fritos, y entré lentamente en la cocina como si acabara de salir de mi cuarto todavía medio dormido. Mi madre levantó la mirada de lo que fuera que estuviera leyendo en su móvil; sostenía un cigarrillo con la punta de los dedos y llevaba sus rizos decolorados recogidos en una coleta despeinada.

—Ya era hora. Te estaba llamando, Henry, ¿no me oías?

Mi madre tiene forma de berenjena y suele tener ojeras bajo los ojos del mismo color.

Me apoyé en la puerta, pero no pensaba quedarme mucho rato allí. Las abducciones alienígenas siempre me hacen sentir como si necesitara una ducha de lejía hirviendo.

—Perdona.

La abuela me sonrió desde los fogones. Dejó sobre la mesa un plato de huevos fritos con pimienta por encima y colocó la mayonesa al lado.

—Come, que estás muy flaco.

La abuela es brusca y dura; luce sus arrugas y sus manchas de la piel como cicatrices de una guerra en la que jamás dejará de luchar. Es como un trozo de ternilla entre los dientes del tiempo, y la quiero por ello.

Mi madre dio una calada a su cigarrillo y expulsó el humo en mi dirección:

—Te he llamado cien veces.

Antes de que pudiera contestar, Charlie entró en la cocina dando zancadas y me robó el plato. Se comió un huevo con la mano mientras se dejaba caer en una silla, y luego se puso a engullir el resto de mi desayuno. A veces es difícil creer que Charlie y yo tengamos los mismos padres: yo soy alto, él es bajo; yo soy delgaducho, él era musculoso, aunque casi todo se había convertido en grasa después del instituto; yo puedo contar hasta cinco sin usar los dedos… Charlie tiene dedos.

—Henry no te ha oído porque no estaba en casa. —Charlie me dedicó una sonrisa burlona mientras agarraba un puñado de beicon de un plato que había en medio de la mesa, y después le hizo una mueca a mi madre—. ¿Tienes que fumar mientras estoy comiendo?

Ella lo ignoró:

—¿Dónde estabas, Henry?

—Aquí.

—Mentiroso —dijo Charlie—. Tu cama estaba vacía cuando llegué a casa anoche, después de ver a Zooey.

—¿Y qué coño hacías tú en mi cuarto?

Mi madre le dio otra calada a su cigarrillo y lo apagó en el cenicero. Tenía la boca fruncida y apretada, como si fuera un esfínter rosa brillante, y su silencio hablaba más alto que cualquier portazo. Lo único que se oía en la cocina eran los huevos que se estaban friendo y a la abuela, que silbaba la canción de El búnker.

—No podía dormir, así que salí a dar un paseo. ¿Qué problema hay? —insistí.

Charlie soltó un «y una mierda» por lo bajo, y yo le contesté con una peineta.

—No estarás… caminando sonámbulo… otra vez, ¿verdad?

—Estaba caminando, mamá, pero despierto.

Charlie me tiró un trozo de tostada que me dio justo debajo del ojo:

—¡Dos puntos!

—¿Has intentado dejarme tuerto con una tostada? ¿Pero a ti qué coño te pasa?

Cogí el trozo de tostada del suelo para tirarlo, pero Charlie me tendió la mano y dijo:

—No lo malgastes, hermanito.

Mi madre se encendió otro cigarrillo y dijo:

—Nadie me culparía si os asfixiara a los dos mientras dormís.

Creo que mi madre fue guapa alguna vez, pero los años devoraron su juventud, su belleza y su entusiasmo por cualquier cosa que no tenga como mínimo un 12% de alcohol.

La abuela me dio una bolsa de papel manchada de grasa:

—No te olvides la comida, Charlie.

Eché un vistazo dentro de la bolsa; la abuela había metido dos huevos fritos, tres tiras de beicon y unas tortitas de patata en el fondo.

—Soy Henry, abuela.

En cuanto se dio la vuelta, tiré la bolsa de la comida a la basura.

—¿Quieres que te acerque al instituto, Henry? —preguntó mi madre.

Ojeé el reloj del microondas. Si me daba prisa, tendría tiempo de darme una ducha y de ir andando al instituto.

—Es tentador. Leí que empezar el día haciendo algo absolutamente aterrador es bueno para la salud, pero creo que voy a decir que no.

—Listillo.

—¿Podrías llevarme a mí a lo de Zooey? —Charlie rebañó lo que quedaba de mis huevos con la tostada-proyectil y se la metió en su enorme boca.

—¿No tienes clase esta mañana? —pregunté, aunque sabía perfectamente que Charlie había abandonado el centro de enseñanza superior, pero aún no se lo había dicho a nuestra madre.

—Puedo acercarte a clase de camino al trabajo —dijo ella.

—Guay. Gracias. —Charlie fingió una sonrisa con los dientes apretados, aunque sabía que estaba imaginando cien maneras de causarme un dolor horrendo, la mayoría de las cuales seguramente tendrían sus puños y mi cara como protagonistas. Mi hermano no es una persona muy creativa, pero sí efectiva.

Que conste: si los limacos abdujeran a Charlie, estoy seguro de que se merecería la exploración rectal.

—Henry, necesito que hoy vengas directo a casa después de clase —dijo mi madre.

—¿Por qué? —Detuve mi salida de la cocina extremadamente lenta, aunque sabía que tenía que irme y ducharme si no quería llegar tarde.

—Hoy haré dos turnos en el restaurante, así que esta noche tendrás que cuidar de la abuela.

Charlie me hizo burla a espaldas de mi madre y deseé borrar esa expresión de superioridad a puñetazos.

—¿Y si tengo planes? —No, no los tenía, pero el lamentable estado de mi vida social no era asunto suyo.

Ella dio una calada al cigarrillo y la punta se iluminó:

—Mira, vuelve directo del instituto y ya, ¿vale? ¿No puedes hacer ni una puta cosa que te pido sin protestar?

—Esa boca, jovencita —pio la abuela desde los fogones—. Cuidadito o te irás directa a tu cuarto sin cenar.

—Vale —dije—, lo que tú digas.

El día en que nací, fotones de la estrella Gliese 832 empezaron su viaje hacia la Tierra. Yo era poco más que un monstruito arrugado, cagón y chillón cuando esa luz empezó su viaje de dieciséis años por el vacío del espacio para llegar al vacío de Calypso, Florida, donde he pasado todos los años de mi vida vacía. Desde el punto de vista de Gliese 832, sigo siendo un monstruito arrugado, cagón y chillón recién nacido. Cuanto más lejos estamos los unos de los otros, más lejos vivimos en los pasados de cada uno.

Cinco años atrás, mi padre solía llevarnos a Charlie y a mí a pescar al océano los fines de semana. Nos despertaba horas antes de que saliera el sol y nos invitaba a desayunar en un restaurante grasiento llamado Spooners. Yo me ponía hasta arriba de gachas y huevos con queso. A veces, me daba el gusto de pedirme una montaña de tortitas con trocitos de chocolate. Después de desayunar, íbamos al muelle donde Dwight, un amigo de mi padre, tenía su barco, y zarpábamos hacia el gran azul.

Yo siempre me sentaba en la proa, con los pies colgando por fuera, para que el agua me hiciera cosquillas en los dedos mientras nos alejábamos de la costa y salíamos a mar abierto. Me encantaba cómo el sol y la sal que llegaba del agua me bañaban la piel. El recuerdo es dorado, luminoso. Seguramente, Dios había tenido la intención de que los humanos viviéramos así, y no que nos marchitáramos hasta convertirnos en cáscaras disecadas delante de pantallas que devoran nuestros días de verano a base de memes.

Los días de pesca empezaron bastante bien. Contábamos chistes guarros por los que mi madre nos habría matado; Dwight echaba el ancla en algún buen sitio; mi padre ponía el cebo en mi anzuelo y me explicaba pacientemente lo que hacía mientras clavaba el calamar o el pececillo; y después lanzábamos nuestros sedales y esperábamos a que los peces picaran. Ni siquiera los constantes puñetazos en los huevos y los pellizcos en los pezones de Charlie conseguían estropear el ambiente. Esos momentos fueron de los más perfectos que he vivido, pero los buenos tiempos nunca duran.

Mi médico me contó una vez que tenía un problema en el oído interno, algo que tenía que ver con el equilibrio y que afectaba a mi orientación espacial. La verdad, no entiendo cómo el oído afectó a mi estómago, pero le creo. Yo estaba allí, riéndome, sonriendo y disfrutando del día con la caña entre las manos y los pies descalzos apoyados en la barandilla, y entonces comenzaron a llegar las náuseas. El barco se ladeó, la cubierta se fundió bajo mis pies y sentí que me escurría hacia el agua. La piel me quemaba y tenía la boca llena de saliva. Intentaba respirar con normalidad, pero me faltaba el oxígeno.

Me encontraba en un barco que naufragaba en medio de un océano enorme, y yo estaba aterrorizado, malísimo y no podía hacer absolutamente nada al respecto. El barco se mecía arriba y abajo con las olas, y yo luchaba contra el mareo. Negocié con Dios. Le recé a cualquiera, ángel o demonio, para que hiciera desaparecer ese malestar, pero nadie me escuchó o, si lo hizo, le daba igual. Acababa vomitando en el agua (todavía se podían reconocer trozos de mi desayuno). Alguien, normalmente Charlie, hacía un chiste sobre cebos, y yo me metía en la cabina y me hacía un ovillo en el banco durante el resto de la expedición de pesca.

Al final, mi padre se cansó y empezaron a irse de pesca sin mí. Un sábado por la mañana, me levanté y vi que el coche no estaba y que la cama de Charlie estaba vacía. Después, Charlie empezó el instituto y era demasiado guay para ir a pescar. Era demasiado guay para todo. Dividía su tiempo entre ver porno, masturbarse y buscar la forma de conseguir alcohol para impresionar a los palurdos de sus amigos. Yo estaba convencido de que el instituto transformaba a los chicos en alcohólicos masturbadores crónicos adictos al porno.

Me equivocaba. Los transforma en algo muchísimo peor.

La mayor parte de Calypso es un paraíso, y aquí viven algunas de las familias más ricas del sur de Florida. Los adolescentes ricos también son alcohólicos masturbadores crónicos adictos al porno, pero tienen acceso a mejor porno y mejor alcohol. También tienen coches y dinero. Yo no tengo ni una cosa ni la otra, lo que significa que empecé en el Instituto Calypso con dos strikes en mi contra.

El instituto es como esos días de pesca con mi padre: quiero estar allí, quiero divertirme como todos los demás, pero siempre acabo retorciéndome en el suelo y rezando para que se acabe.

Una vez, Jesse me dijo que, si me concentraba en un punto fijo del horizonte, estaría bien. Pero Jesse se ahorcó en su habitación el año pasado, así que el valor de sus consejos es, como poco, dudoso.

La señora Faraci estaba delante de la pizarra digital intentando explicarnos los enlaces covalentes, que en teoría debíamos haber repasado la noche anterior. A juzgar por los ojos caídos y las expresiones aburridas que tenían la mayoría de mis compañeros, yo era el único que sí lo había hecho.

A la señora Faraci no le importan las convenciones sociales. Pocas veces se maquilla, suele presentarse en clase con zapatos que no casan y tienen una pasión casi obscena por la ciencia. Todo la emociona: el magnetismo, las dinámicas newtonianas, las partículas extrañas… Ella misma es una partícula bastante extraña, y nunca deja que nuestra apatía la desanime. Nos enseñaría química con grandes gestos de manos o con títeres de dedos si creyera que así nos podría inspirar. A veces, su entusiasmo me da un poco de vergüenza, pero sigue siendo mi profesora favorita. Hay días que su clase de Química es la única razón por la que soporto el instituto.

—Eh, Chico Cósmico —me susurró Marcus McCoy desde la parte de atrás de la clase. Él tenía dinero y un coche. Yo pasé de él—. Tú, Chico Cósmico, ¿has hecho los ejercicios?

Una risa ahogada siguió a la pregunta, de la que también pasé.

Me quedé mirando las ilustraciones de moléculas en mi libro, admirando cómo encajaban. Tenían un objetivo, un destino que cumplir. Yo tenía un botón. Me desconcentré y fantaseé con el fin de todo, con ver a todos los Marcus McCoys del mundo sufrir unas muertes sangrientas y horribles. No mentiré: me dieron hasta ganas de masturbarme.

—Chico Cósmico… Chico Cósmico… —Sus risitas sádicas me irritaban casi tanto como el mote.

A mi izquierda, Audrey Dorn estaba sentada en su pupitre y me observaba fijamente. Ella era de sonrisa sureña fácil, ojos calculadores y normalmente vestía como si fuera a una reunión de negocios. Es el tipo de chica a la que no le vale que una cosa sea «más o menos buena». Una vez fuimos amigos. Cuando se dio cuenta de que la había pillado mirándome, se encogió de hombros y volvió a escuchar a la señora Faraci.

—Venga, Chico Cósmico, solo necesito un par de respuestas.

Miré hacia atrás por encima del hombro. Marcus McCoy estaba inclinado hacia adelante, apoyándose sobre los codos para que sus bíceps destacaran bajo su polo ajustado y todo el mundo pudiera admirarlos. Llevaba su abundante pelo moreno peinado hacia la izquierda con raya, y me dedicó una sonrisa engreída. Para Marcus, la palabra «no» no significa lo mismo que para la gente sin coche ni dinero.

—Haz tus deberes solo, Marcus.

Adrian Morse y Jay O., dos de los amigotes de Marcus, se rieron por lo bajo. Pero esa risa iba por mí, no por él.

—Yo no tengo hombrecillos verdes que me hagan los deberes —dijo Marcus, llamando todavía más la atención.

—¿Qué tiene tanta gracia? —nos dijo la señora Faraci a Marcus y a mí con el ceño fruncido. Ella se tomaba muy en serio la existencia de pares de electrones compartidos.

—Nada —murmuré.

—Nada, señora Faraci —dijo Marcus, aunque apenas pudo acabar la frase sin que se le escapara la risa.

La persona que me dejó en evidencia delante de todo el instituto fue Charlie. Él estaba en el último año cuando yo entré, y consideraba su mayor logro haberle contado a todo el mundo que me habían abducido unos extraterrestres. Así me convirtió en un paria. No sé a quién se le ocurrió el apodo de Chico Cósmico, pero caló. La mayoría de compañeros de clase ni siquiera saben cómo me llamo, pero seguro que saben quién es el Chico Cósmico.

Cuando por fin sonó el timbre de la hora de comer, la señora Faraci me detuvo en la puerta y me llevó a un lado. Yo me quedé mirándome los zapatos cuando Marcus pasó, y Adrian susurró al salir:

—El Chico Cósmico come pollas de extraterrestres.

Hasta donde yo sé, los limacos no tienen polla, lo cual probablemente les complica las cosas para masturbarse. La gente tiene muchas teorías sobre por qué los chicos empiezan a ir peor en los estudios cuando llegan a la adolescencia, y yo lo que digo es que seguramente me lo curraría mucho más si no tuviera polla.

La señora Faraci se sentó en el borde de su escritorio y me preguntó:

—¿Has tenido un día duro?

—No más que otros.

Su preocupación me incomodaba. Una cosa era que los compañeros de clase se burlaran de mí, y otra darle lástima a una profesora.

—Eres un chico listo, Henry, y la ciencia se te da muy bien. Algún día pondrás a esos chavales en su sitio.

Quizás fuera verdad, pero los tópicos trillados pocas veces ayudan.

—¿Sería posible que el mundo se acabara de repente?

La señora Faraci echó la cabeza a un lado:

—Pues sí. Hay varios casos que podrían llevar a la extinción de la vida en la Tierra.

—¿Como qué?

—El impacto de un asteroide, la radiación gamma de una supernova cercana, un holocausto nuclear… —Fue contando los casos con los dedos antes de detenerse y entrecerrar los ojos—. Sé que la vida en el instituto puede ser difícil, Henry, pero destruir el planeta nunca es la respuesta.

—Está claro que se ha olvidado de cómo es el instituto desde un pupitre.

Marcus me empujó hacia el interior de uno de los cubículos del baño. Los tabiques endebles temblaron, los tornillos repiquetearon y él invadió mi espacio personal. El borde del dispensador de papel higiénico se me clavó en los muslos a través de los vaqueros. Él me empujó con la palma de la mano en el pecho y apoyó todo su peso sobre mí. Su colonia me llenó la nariz del olor a césped recién cortado. Marcus McCoy siempre olía a verano.

Pensaba que había oído la puerta e intenté echar un vistazo, pero Marcus me agarró la mandíbula y me silenció. Clavó un pulgar en mi mejilla y eliminó el espacio que quedaba entre nuestros cuerpos con un beso tosco e impaciente. Su barba incipiente me rascó los labios, y sus manos me recorrieron la espalda, me acariciaron las nalgas y luego se dirigieron hacia la parte delantera de mis pantalones tan rápidamente que apenas pude reaccionar:

—¡Manos frías! ¡Manos frías!

Conseguí escabullirme del abrazo constrictor de Marcus y eché una ojeada por encima de la puerta del cubículo para asegurarme de que estábamos solos. Me ajusté el tema y me abroché los pantalones. Cuando me volví, Marcus estaba meando en el váter. Me sonrió por encima del hombro, como si fuera un honor verle mear.

—Mis padres están en Tokio este fin de semana.

—¿Otra vez?

—Mola, ¿eh?

Se subió la cremallera y me agarró de la nuca para besarme otra vez, pero casi parecía que estuviera intentando excavarme la cara con la lengua. De todas formas, yo estaba paranoico por si alguien nos pillaba, así que me aparté y salí del cubículo.

—¿Adónde vas, Chico Cósmico?

—Quedamos en que dejarías de llamarme así.

—Es mono. Tú eres mono, Chico Cósmico.

Nos quedamos frente a los lavabos y ambos admiramos el reflejo de Marcus en el espejo: era de piel morena y suave, su nariz aguileña combinaba con sus hoyuelos y tenía unos músculos que lo hacían insoportablemente guapo. Lo peor de todo es que él lo sabía. Y luego estaba yo: mejillas redondas, labios gruesos y un grano horrible al lado de la nariz que se resistía a cualquier intento de erradicación. No podía entender por qué Marcus quería enrollarse conmigo, aunque fuera solo en secreto.

Marcus sacó una pastilla alargada de su bolsillo y se la tragó sin más.

—¿Qué me dices?

—¿De qué?

—De quedarte en mi casa este finde.

—No sé. Mi madre quiere que cuide a mi abuela y…

—Tú te lo pierdes, Chico Cósmico —dijo, y me dio tal palmada en el culo que casi pude notar cómo me empezaba a salir un moratón.

Me aparté el pelo ondulado de los ojos y de la frente. Odio mi pelo, pero me lo dejo larguillo porque odio todavía más mis orejas.

—Podrías pasarte por mi casa. Estará mi abuela, pero le diremos que eres el chico de la piscina.

Marcus arrugó la nariz como si hubiera entrado por accidente en un todo a cien y estuviera rodeado de pobres.

—Pero si no tenéis piscina.

Me pregunto cómo reaccionaría él al fin del mundo, al descubrir que su maravillosa vida estaba a punto de acabar. Desde que se terminaron las vacaciones de verano, me había estado manoseando a la menor oportunidad, pero solo quedábamos en su casa cuando sus padres no estaban. Imagino que su reticencia a que lo viesen conmigo en público tenía menos que ver con que sus amigos descubriesen que estaba liado con un tío y más con que descubriesen que estaba liado con el Chico Cósmico.

Me estaba engañando a mí mismo. Nunca tendríamos nada más que esto… fuera lo que fuera esto.

—Si supieras que el mundo se va a acabar, pero pudieras evitarlo, ¿lo harías?

Marcus estaba ocupado mirando su reflejo:

—¿Qué? —Probablemente se clonaría y se follaría si existiera esa tecnología.

—Que si…

La puerta del baño se abrió y entró un chaval fornido con el pelo rapado. Nos saludó con la cabeza y se acercó a un urinario.

Marcus me empujó contra el secamanos, y yo solté un quejido cuando se me clavó en el hombro el borde de metal. Él simplemente salió por la puerta diciendo:

—Nos vemos, Chico Cósmico.

El chico del urinario se rio:

—Qué mariconazo.


El meteorito

El día empieza con entusiasmo. La fecha es 24 de enero de 2016. Frieda Eichman, de Grünstadt, es la primera en identificar el asteroide usando un telescopio que le regaló su padre cuando cumplió trece años. Él lleva veinte años muerto, pero se habría sentido orgulloso. Aunque al asteroide lo designan provisionalmente 2016BA11 hasta que se pueda confirmar su órbita, Frieda sabe que lo llamará Jürgen Eichman en honor a él.

Las agencias espaciales de todo el mundo (NASA, UKSA, CSA, CNSA, ISRO, CRTS, ROSCOSMOS) lanzan comunicados asegurando a los ciudadanos que, aunque la trayectoria del asteroide 2016BA11 lo hará pasar cerca de la Tierra, no supone ninguna amenaza. En los niveles más altos de los gobiernos se sabe que eso es mentira.

La noche del paso del Jürgen Eichman, las familias se reúnen para verlo surcar el cielo nocturno. Se abrazan unos a otros, comentan su belleza y lo afortunados que son de presenciar esa maravilla cósmica única en la vida. Se tuestan malvaviscos, se consumen cantidades excesivas de vino, se comparten historias. Algunos de los que saben la verdad cenan balas.

A medida que el Jürgen Eichman se vislumbra más claramente en el cielo, cada vez más grande, tan grande como la luna y después más grande aún, la gente de todo el mundo empieza a darse cuenta de que algo va mal. El asteroide no va a pasar de largo sin causar daños. Se va a convertir en un meteorito. La mayoría de gente está paralizada del miedo. ¿Qué pueden hacer? ¿Adónde pueden ir? No puedes huir de la mano de Dios.

Frieda Eichman está sola en medio de un campo vacío y, mientras observa cómo arde el firmamento, susurra:

—Ich habe dich so sehr verpasst, Papa.

El 29 de enero de 2016, a la 1:39 UTC, el Jürgen Eichman impacta en el mar Mediterráneo. Tiene aproximadamente el diámetro de Londres. Todo aquel que está a menos de tres mil kilómetros del impacto es testigo de una bola de fuego más grande que el sol en el horizonte. En menos de un minuto todo arde, gente incluida. Después llegan las ondas sísmicas. Irradian desde el epicentro, sacudiendo la superficie como truenos, y cruzan todo el mundo en menos de veinte minutos. Los terremotos llegan acompañados de una ráfaga de aire que vaporiza todo lo que encuentra en su camino. Casas destrozadas, gente muerta, árboles antiguos arrancados de raíz. Horas más tarde, un tsunami de cientos de kilómetros de altura barre todo el planeta.

Las cenizas y el polvo oscurecen el cielo y tapan la luz del sol. Los pocos que sobrevivieron al impacto inicial mueren lentamente, congelados y solos.


10 de septiembre de 2015

De las cuatro fuerzas fundamentales, la gravedad se considera la más débil, a pesar de que su alcance es hipotéticamente infinito. La fuerza de la gravedad atrae los objetos físicos unos a otros. Cuanto mayor es la masa, mayor es su atracción. La gravedad nos empuja hacia el suelo, la gravedad mantiene la luna en órbita alrededor de la Tierra, y el Sol mantiene cautivo a nuestro planeta con su gravedad. Pero la gravedad no se limita a los cuerpos celestes, sino que también se aplica a la gente. Aunque, en vez de estar determinada por la masa, su fuerza se determina por la popularidad.

La popularidad es la heroína de los adolescentes. Los que la han probado ansían más, a los que la tienen en abundancia se les venera como a dioses, y los que nunca se han bañado en la luz de su gloria la desean en secreto, por mucho que aseguren lo contrario. La popularidad puede convertir a un chaval cualquiera en un gilipollas narcisista, egocéntrico y materialista.

No hablo por experiencia. Nunca he sido ni he querido ser popular. La popularidad es el motivo por el que Marcus me ridiculiza en público y se enrolla conmigo cuando estamos solos. Me escribió un par de veces intentando convencerme de que pasara el fin de semana en su casa, pero no le contesté.

Marcus fingía no mirarme desde su taquilla mientras yo esquivaba a otros estudiantes que estaban demasiado ocupados mirando el móvil como para darse cuenta de que estaban en medio. Me pregunté cómo reaccionaría él si me acercara y lo besara delante de todo el instituto. Aunque jamás me atrevería.

La clase de Química es mi oasis y normalmente soy el primero en llegar, pero ese día Audrey Dorn se me adelantó. Estaba sentada en su pupitre, mirando el móvil y la puerta alternativamente.

Saludé a la señora Faraci cuando entré, pero ella estaba dibujando estructuras químicas en la pizarra y no se dio cuenta.

—Tienes que ver esto. —Audrey me enseñó su móvil cuando llegué a mi pupitre—. Es uno de esos programas japoneses de bromas. Meten a un tío en un ataúd con un montón de calamares muertos y lo dejan ahí.

Yo me senté y dije:

—Sí, la claustrofobia es descojonante.

—Bueno, te lo enseñaré otro día. —Entraron dos chicas y Audrey se encogió como por acto reflejo, pero ni siquiera nos miraron. Después, se inclinó hacia mí y susurró—: Oye, Henry… Ayer te vi salir del baño.

—¿Llevaba la bragueta abierta? ¿Se me olvidó ponerme los calzoncillos otra vez? Qué rabia me da cuando me pasa.

—Sé lo que estabas haciendo allí. —Los ojos de Audrey recorrieron el aula entera—. Y sé con quién lo estabas haciendo.

Seguían llegando estudiantes mientras sonaba el timbre que anunciaba que quedaban dos minutos para el inicio de la clase.

—Buen intento, Veronica Mars, pero no tengo ni idea de qué hablas.

—Te muerdes el labio cuando mientes, Henry.

—Y tú cuando te comportas como una puñetera metomentodo.

—¿Me acabas de llamar «metomentodo»?

—Si puedes meter las narices en algo, las metes.

Audrey se puso tensa y sentenció:

—Pues vale. Yo solo quería ayudar.

—Me conmueve tu preocupación por mí. Lástima que no sea sincera.

Los rezagados llegaron corriendo mientras sonaba el último timbre y se sentaron en los pupitres vacíos. La señora Faraci empezó a repasar el contenido que entraría en el siguiente examen, pero yo no podía concentrarme en nada que no fuera Marcus. A menos que Audrey tuviera una cámara espía secreta colocada en el baño de los chicos, lo único que podía saber es que ambos habíamos estado en el baño a la vez. Además, ella era la única persona de todo el instituto lo bastante cotilla como para fijarse en dónde y cuándo voy a mear.

El móvil me vibró en el bolsillo y di un respingo que distrajo a la señora Faraci. Ella perdió el hilo de lo que estaba diciendo y comenzó un discurso sobre la importancia de comprender las estructuras atómicas. En cuanto se volvió, eché un vistazo al móvil. Era un mensaje de Marcus, aunque en mi teléfono aparecía como Fontaneros Estelares. Fue idea suya.

FONTANEROS ESTELARES: gradas. ora de comer. yo traigo lo ke te comeras

Era arriesgado encontrarme con él mientras Audrey jugaba a detectives, pero quería verle, sobre todo porque había rechazado su oferta para el fin de semana. Aunque odio a Marcus, lo echo de menos cuando no estamos juntos. Él no llena el enorme hueco que dejó Jesse, pero a veces hace que duela un poco menos.

Le escribí rápidamente y me guardé el móvil.

Faraci estaba repasando los distintos tipos de reacciones químicas cuando la puerta de la parte delantera de la clase se abrió de golpe y entró un tío que no conocía. Era alto, de aspecto peligroso, con el pelo de punta negro y una sonrisilla de «que os den por culo». Tenía unos músculos esbeltos que danzaban bajo su camiseta ceñida y los pulgares metidos en las trabillas de sus pantalones cortos grises. El chico se detuvo en el umbral hasta que toda la clase se quedó mirándolo.

—¿Alguien ha pedido un modelo al natural?

La señora Faraci balbució intentando responder. Los alumnos que no miraban con la boca abierta al desconocido cuchicheaban sobre él. Marcus lucía una sonrisa lupina que hizo que algo salvaje me gruñera en el pecho.

—Disculpa —dijo la señora Faraci—, pero ¿quién eres?

—Diego, obviamente. —Habló con una soltura que seguramente había ensayado; nadie podría estar tan tranquilo bajo el escrutinio avasallador de veinte pares de ojos—. La verdad es que no soy modelo al natural. Aún.

Me pregunté si a la señora Faraci le estaba costando hablar porque la interrupción la había descolocado y estaba intentando recordar de lo que hablaba o porque también se estaba imaginando a Diego desnudo. Finalmente, salió deprisa de detrás de su escritorio y sacó a Diego al pasillo. Yo intenté escucharlos, pero no oía nada debido al escándalo de las muchas conversaciones.

Unos momentos después, la señora Faraci se asomó por la puerta y dijo:

—Henry, ¿puedes venir? Trae tus cosas. —Recogí mis libros deseando, no por primera vez, poder volverme invisible. La señora Faraci me dio unas palmaditas cuando llegué a la puerta y dijo—: Henry es uno de mis mejores alumnos. Él te llevará a tu clase.

—Ah, ¿sí?

—Diego es nuevo. —La señora Faraci me dio un impreso arrugado—. Se ha perdido un poco.

A nuestras espaldas, en la clase sin supervisión se estaba desatando el caos.

—Lo llevaré a la cam… —farfullé—. ¡A la clase! Llevaré a Diego a su clase.

En ese momento, deseé ser un alienígena sin polla para poder hablar de forma normal, pero mi diarrea verbal solo hizo que Diego sonriera. Era una sonrisa mona, torcida y encantadora.

La señora Faraci articuló un «gracias» y entró a toda prisa en la clase, justo cuando Dustin Collier se caía de su pupitre y se estampaba contra el armarito que contenía las sustancias químicas volátiles.

Me puse la mochila al hombro y llevé a Diego hacia la salida.

—Se supone que a esta hora tienes clase de Historia con la señora Parker. Tienes que ir al edificio de sociales; está al otro lado del campus.

Diego le echó un vistazo a su horario, lo dobló con cuidado y se lo metió en el bolsillo trasero de su pantalón:

—Guíame, Sacajawea.[2]

—¿Qué?

—Hombre, eres mi guía, ¿no? Y vamos a clase de Historia… Bah, da igual. —Diego tenía una voz profunda que resonaba como la vibración constante de la nave de los limacos.

Un aire húmedo nos golpeó en cuanto salimos del edificio de ciencias y dejamos atrás su aire acondicionado, pero agradecí igualmente tener una excusa para escapar del aula. Tomé el camino largo para ir al edificio de sociales.

—Tu profesora de ciencias es un poco rara, ¿no?

—Sí.

—Pero parece buena tía.

La confianza que Diego había exudado cuando entró en mi clase parecía estar menguando: jugueteaba con los dedos, se metía las manos en los bolsillos, luego se cruzaba de brazos, después se volvía a meter las manos en los bolsillos… A mí nunca se me han dado bien lo de charlar así porque sí, y prefería quedarme callado. Hablando es como pasan cosas malas. Pero Diego parecía incómodo con el silencio, así que lo intenté:

—Las asignaturas de ciencias son mis favoritas. La ciencia es precisa y todo tiene una explicación. Además, a veces podemos hacer explotar cosas.

—Entiendo el atractivo, sí.

—Es superraro. —Una vez que empezaba a hablar, ya no podía parar—. Cuanto más pequeño es algo, más loca se vuelve la ciencia, ¿sabes? Cuando empiezas a hablar de p-branas y de inmortalidad cuántica y de entrelazamiento… Bueno, que mola.

Diego me miró con sus ojos de rayos X. Era como si pudiera ver a través de la ropa y de la piel; como si viera directamente mi carne. Cambié de tema enseguida:

—¿Acabas de mudarte aquí o algo?

—O algo.

Diego aceleró el paso. La manera en la que evitaba mirarme me recordó a Jesse en sus últimos días; la vacilación extraña antes de cada sonrisa, los silencios repentinos que surgían entre nosotros… En su momento, no le di muchas vueltas a esas señales, pero eso es lo que hace que entender las cosas a toro pasado sea una puta mierda.

—No era mi intención fisgonear.

—No es culpa tuya —dijo Diego—, es solo un reflejo. Vengo de Colorado.

Lo primero que me vino a la cabeza fue:

—Jack Swigert era de Colorado.

—¿Quién?

—Jack Swigert, el astronauta del Apolo 13. ¿El que casi murió en el espacio intentando llegar a la luna? —Me metí las manos en los bolsillos cuando Diego negó con la cabeza—. Leo mucho.

—Los libros son para los feos.

—Y para las viejas. Mi abuela se lee un libro cada día, pero claro, como tiene Alzheimer, podría leerse el mismo libro una y otra vez y a ella le daría igual. Antes escribía cada día en un diario, y yo al final cogí la misma costumbre.

—¿Entonces eres escritor?

—A veces escribo, pero sobre todo acerca de cosas que me pasan y, a veces, sobre distintas formas en las que podría acabarse el mundo… pero no soy escritor.

Diego se rio. El sonido generoso y sincero que emitió me hizo sonreír.

—Eso suena… rarito. Yo pinto.

—¿Paisajes?

—De muchos tipos.

—Yo no sé ni dibujar un monigote. Hace unos años, me sentaba al lado de un niño que era especialista en convertir las ilustraciones de los libros de texto en penes y vaginas. Dudo que eso tenga alguna aplicación en el mundo real. —No podía dejar de hablar, así que me mordí el labio por dentro para callarme.

Llegamos al edificio de sociales: era un edificio de mierda de dos plantas que pedía a gritos una demolición. La pintura estaba desconchada y las aulas olían a moho y humedad.

—Es aquí. La clase 219 está en la segunda planta.

—Gracias por hacerme de guía.

—De nada. Ah, por cierto, deberías evitar sentarte en la primera fila; la señora Parker es de las que escupen.

Diego se dio unos golpecitos en la sien.

—Lo recordaré. Ya nos veremos, Henry…

—Denton.

—Diego Vega. —Él subió las escaleras y yo caminé en dirección al campo de fútbol—. ¡Oye, Henry! —Me detuve y me giré; Diego estaba inclinado en la barandilla del segundo piso y tuve que alargar el cuello para verle—. ¿Crees que algún día tú irás al espacio?

—Diría que es bastante probable.

Veinte minutos después, Marcus me estaba sobando debajo de las gradas mientras yo vigilaba que no hubiera arañas e intentaba no sentirme un estereotipo andante. Ni siquiera me dijo «hola» cuando me vio porque estaba demasiado ocupado metiéndome la lengua en la boca y las manos en los pantalones. Habría sido bonito si pensara que de verdad se alegraba de verme, y no que simplemente estaba cachondo.

Se me revolvió el estómago y aparté a Marcus para no eructarle en la boca.

—Lo siento, es que no he desayunado.

Marcus se agarró la entrepierna:

—Aquí tengo algo que podrías…

—He cambiado de idea sobre lo de este finde —dije, interrumpiéndole antes de que echara a perder el momento.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Mi madre estará liada con el trabajo, y Charlie puede cuidar de la abuela.

Marcus abrió su botella de agua y dio un trago:

—Ya no vale la pena, Chico Cósmico.

—¿Por qué? —Mi voz se derrumbaba y me esforcé por mantenerla firme.

—Cuando pasaste de mí, decidí montar una fiestecita.

—Oh. —Marcus me pellizcó el pezón y yo le aparté la mano de un guantazo—. ¡Imbécil!

—En realidad no es ni siquiera una fiesta. Es más bien una reunión de amigos muy amigos.

—Bueno, pues a la próxima.

Me pellizqué la pierna a través de los vaqueros y me centré en el dolor. No tenía derecho a que aquello me sentara mal; yo le había dicho primero que no. Y tampoco esperaba que se quedara el fin de semana sentado en su casa añorándome, pero ¿se habría muerto de mostrarse al menos un poco decepcionado?

—Sí. —Marcus comprobó la hora en su móvil—. Venga, Chico Cósmico, que pronto sonará el timbre y no te he pedido que vengas para hablar.


11 de septiembre de 2015

El viernes, Marcus apenas advirtió mi existencia. No me gusta admitir que quería que me empujara a un baño para enrollarse conmigo, ni que quería que me enviara un mensaje rogándome que fuera a su fiesta. Cualquier cosa que demostrara que le importaba algo. Para mantener la mente ocupada y evitar perder el control, intenté encontrar una explicación al hecho de que los limacos me eligieran para salvar el planeta.

Creo que la mayoría de gente habría pulsado el botón en el momento en que se hubieran dado cuenta de lo que estaba en juego. A la mayoría de gente le motivan sus propios intereses, y pulsar el botón garantizaría su supervivencia. Pero yo no soy como la mayoría de gente. Quizás por eso los limacos me eligieron: no estaban seguros de lo que haría.

En apariencia, uno diría que hay millones de razones para pulsar el botón: pelis buenísimas, libros, sexo, pizza con todo, beicon, besos… Pero ninguna de esas cosas significa nada. El universo tiene más de trece mil millones de años. ¿Cuál es el valor de un único beso comparado con eso? ¿Cuál es el valor del mundo entero?

Todo es demasiado complejo como para entenderlo, lo que me lleva a preguntarme de nuevo por qué me eligieron. Hay gente más lista que podría tomar una decisión mucho más informada, y gente más tonta que se decidiría antes.

Pero los limacos no los abdujeron a ellos. Me abdujeron a mí, y lo único que puedo hacer es ser honesto.

Entré en casa derrotado cuando llegué del instituto; lo único que quería era hacerme un sándwich, acostarme y dormir todo el fin de semana. Pero mi madre y la abuela estaban sentadas en la mesa de la cocina, mirando una caja de zapatos llena de papeles y sobres como si fueran serpientes venenosas. Mi madre tenía las mejillas encendidas y fumaba un cigarrillo (puf-puf-ceniza, puf-puf-ceniza). Pensé en dejar correr lo del sándwich e irme a mi cuarto, pero soy incapaz de dormir con el estómago vacío.

Me arrepentí de inmediato de mi decisión.

—Henry, dile a tu madre que no me va a meter en una residencia.

Mi madre puso los ojos en blanco, sabiendo la rabia que eso le daba a la abuela, y soltó una nube de humo:

—Madre, necesitas a alguien que te cuide.

—Yo me cuido sola.

—Antes de que te vinieras a vivir con nosotros, comías carne rancia y llevabas tres meses sin pagar la factura del agua.

La abuela se cruzó de brazos por encima de sus pechos caídos (maldita gravedad):

—Tenía agua.

—¡Porque pasaste por la ventana de la cocina una manguera de casa del señor Flannigan!

—No soy ninguna inválida, Eleanor. —Habló con una ira silenciosa, su enfado reducido a una costra tan dura que necesitarías un martillo para quebrarla.

Mi madre se rio en su cara:

—¿Cuánto hace que no te duchas? ¿Que no te lavas los dientes?

—Eso es irrelevante.

—Ya tengo dos críos, madre, no necesito otro.

—Prefiero morirme a vivir en un sitio de esos.

Se miraron fijamente la una a la otra desde lados opuestos de la mesa. El aire que las rodeaba era una nube tóxica de humo de tabaco y resentimiento. Estaba seguro de que se habían olvidado de que yo estaba allí, y lo inteligente hubiera sido escabullirme, pero yo pensaba más con el estómago vacío que con el cerebro:

—La abuela no debería estar en una residencia, mamá.

—Tú no te metas, Henry.

La abuela se levantó y se fue hacia la nevera:

—Vete a tu cuarto y espera a que llegue tu padre. —Se quedó delante de la puerta abierta, mirando los estantes de comida.

—Papá no está —dijo mi madre dejando de lado su acritud—. Lleva muerto mucho tiempo.

—No digas cosas tan horribles —balbució la abuela—. Creo que le gustaría un estofado para cenar.

Al principio, los olvidos de la abuela eran divertidos: se equivocaba con los nombres, se confundía con los cumpleaños, nos enviaba postales navideñas en pleno verano… Pero ya no es así. A veces me mira y lo único que veo es un abismo profundo donde antes estaba mi abuela. Se está convirtiendo en una desconocida para mí, y a menudo yo no soy nadie para ella. Luego, al cabo de diez minutos, viene y me dice que soy su nieto favorito. Los médicos de la abuela creen que su memoria seguirá deteriorándose. Ahora mismo, hay más días buenos que malos, pero al final solo habrá días malos.

—Vendré directo a casa después del instituto —prometí—. No la metas en una residencia.

La abuela puso en la mesa mantequilla, tomates y un paquete de muslos de pollo. Fuera lo que fuera que iba a preparar, no era estofado.

Mi madre agarró con torpeza el paquete de tabaco y se encendió otro cigarrillo:

—Da igual. Tampoco es que podamos pagar una residencia, sobre todo con lo que coméis tu hermano y tú. —Echó un vistazo a la caja de zapatos, llena de facturas sin pagar—. No me voy a hacer rica de camarera.

—Pues busca otro trabajo —dije—. Estudiaste cocina en Francia. Deberías llevar tu propio restaurante.

—Henry…

—Venga, mamá, sabes que tengo razón. Seguro que hay un montón de restaurantes que te contratarían. Si solo intentaras…

—Henry —me cortó—, cállate.

Charlie y su novia, Zooey Hawthorne, irrumpieron en la cocina cargando con bolsas de la compra, totalmente ajenos a la tensión que se pegaba a las paredes cual manchas de grasa. Nunca pensé que me alegraría de ver a Charlie.

—¿Quién tiene hambre? —preguntó mi hermano dejando las bolsas sobre la mesa y apartando la creciente colección de ingredientes inconexos de la abuela—. Zooey va a hacer pasta carbonara, y se me ha ocurrido que la abuela podría hacer una tarta de manzana.

Zooey le dio un beso en la mejilla a la abuela y la apartó de la nevera:

—Tienes que darme la receta, ¡está buenísima!

Zooey es más alta y más delgada que Charlie, tiene la piel de color castaño y unos ojos marrones que parece que siempre estén en las nubes. Es demasiado buena para el capullo de mi hermano.

Yo seguía esperando a que mi madre retomara la discusión donde la habíamos dejado mientras Charlie y Zooey sacaban la compra como si fuéramos una familia feliz. Como si esto fuera normal.

—Yo esta noche paso de la intoxicación alimentaria —dije.

Charlie me agarró con fuerza del brazo y tiró de mí hasta que compartimos un abrazo incómodo. Eso me descolocó mucho. Charlie no me abraza (no nos abrazamos), no va con nosotros. Tirarnos de los gayumbos, chuparnos el dedo y meterlo en la oreja del otro, puñetazos en las piernas, partirnos la nariz… Esas cosas sí que iban con nosotros.

—Cena familiar, hermanito.

Mi madre sacudió la cabeza. Tenía los hombros caídos y la espalda encorvada; daba la impresión de que tenía una joroba.

—Charlie, no creo que hoy sea…

—Estamos embarazados.

Zooey y Charlie se colocaron muy juntos, se dieron la mano y compartieron una sonrisa boba. Ella se acarició el vientre, todavía plano, y dijo:

—De diez semanas. Al principio no estaba segura, aunque había hecho muchos tests en casa, así que al final fue a la gine y me lo confirmó... ¡Estamos embarazados!

—Yo ya le dije a mamá que te castrara —comenté, y Charlie me dio un guantazo en toda la oreja.

—Ten más respeto, niño.

—¿Niño?

Mi hermano es un niño. Sí, puede beber alcohol, fumar y matar en tiempos de guerra, pero sigue siendo un niño estúpido. Mea con la tapa del váter bajada y no sabe usar la lavadora. Hace solo dos meses, se metió un M&M por la nariz tan al fondo que tuvimos que llevarlo a urgencias para que se lo sacaran. Charlie es incapaz de tener un bebé porque él mismo es un bebé.

Pero allí estaban Charlie y Zooey, en medio de la cocina, sonriendo y sonriendo, esperando a que alguien les felicitara o les dijera que estaban echando a perder sus vidas. Cuanto más esperaban, más forzadas eran sus sonrisas, cuyos bordes empezaban a ceder. Quizás se habrían quedado esperando para siempre si la abuela no hubiera roto el silencio.

—Jovencito, ¿saben tus padres que vas a tener un bebé con una chica de color?

—¡Abuela! —exclamé muerto de vergüenza, pero riéndome como te reirías si un niño pequeño grita «¡cojones!» en medio de un centro comercial abarrotado.

Charlie y Zooey se aferraron al racismo anacrónico de la abuela y forzaron unas risitas que acabaron convirtiéndose en un torrente de carcajadas. Estábamos tan avergonzados de lo que había dicho la abuela y tan incómodos con nuestra respuesta que no nos dimos cuenta de que mi madre estaba llorando hasta que dijo:

—Oh, Charlie…

La pasta carbonara olía deliciosamente, pero no esperaba poder probarla siquiera por los gritos, la bronca y los estallidos de histeria ocasionales de Charlie. Una vez que se le pasó la impresión, mi madre se centró en enumerar las diversas formas en las que Zooey y Charlie estaban destrozando sus vidas, y la única defensa de Charlie consistía en gritar lo bastante fuerte como para no oírla.

Podría haber puesto fin a la discusión informándoles de que no iba a pulsar el botón. Si el mundo necesitaba a alguien tan patético como yo para salvarlo, todos estaríamos mejor muertos. La abuela no iría a una residencia, y Charlie y Zooey no estarían subordinados a un pequeño parásito que ninguno de los dos estaba listo para cuidar. Les estaría haciendo un favor. Lo único es que todavía no estaba seguro de lo que haría.

Encontré una bolsa de patatas fritas rancias debajo de mi cama y picoteé los trozos que quedaban. Estaba demasiado alterado como para dormir, pero no lo bastante aburrido, así que me pasé una hora en internet. Así fue como acabé en la página de HacedmeCasito de Marcus. Estaba llena de comentarios sobre la fiesta, y parecía que no iban a asistir solo unos pocos amigos; por lo que leí, supuse que había invitado al instituto entero. Bueno, a casi todo el instituto.

Seguramente, Marcus no había esperado ni una hora en organizar la fiesta después de que lo rechazara.

A la mierda.

Apagué el ordenador y me recosté a lo ancho sobre la cama, de modo que la cabeza me colgaba por el borde y la sangre se me acumulaba en el cerebro. La presión aumentaba y conté el bum-bum-bum cada vez más rápido de mis latidos. Me pregunté cuánto tiempo tendría que estar así antes de desmayarme. Cuánto tiempo tendría que pasar hasta que me muriera. Me pregunté en qué había pensado Jesse después de dejarse caer del escritorio y quedarse colgando al final de la cuerda. Charlie tiene un colega en el cuerpo de bomberos, y dijo que los nudos que había hecho Jesse eran los mejores que había visto. Un nudo corredizo perfecto en una punta y un ballestrinque de libro en la otra. Después de dar el paso, Jesse no podría haber cambiado de opinión aunque hubiera querido.

Me pregunto si pensó en mí en sus últimos segundos. O en su madre y su padre, o en su perro, Capitán Jack, que tuvieron que sacrificar pocos meses antes. Quizás pensamientos al azar invadieron su cerebro, como pasa a menudo antes de quedarte dormido. Pensamientos sobre cómo no volvería a probar el chocolate o sobre los deberes que no había acabado. Dudo que pensara en mí en absoluto.

Si muero antes de decidir si pulsar el botón, ¿los limacos abducirán a otra persona y la obligarán a elegir? ¿O dejarán que el mundo se acabe? Debería preguntárselo.

No… A la mierda.

Estoy siendo gilipollas. Si Marcus no quiere que lo vean conmigo, ¿por qué me besa? Recuerdo la primera vez que pasó. Me había quedado después de la clase de la señora Faraci para preguntarle algo sobre un trabajo. Después, fui al baño y me choqué con Marcus, que salía. Pensaba que me iba a reventar la cara, pero me besó. Fue la primera vez que sentí algo desde la muerte de Jesse. Incluso entonces, sabía que Marcus nunca iba a ser mi novio ni me iba a escribir cartas de amor ñoñas. Nunca tendré con él lo que tuve con Jesse (dudo que vuelva a tenerlo con nadie), pero quiero ser algo más que el consolador de Marcus. Para él, soy unas gafas de sol baratas que te compras de vacaciones porque sabes que te dará igual si las rompes o las pierdes.

A la mierda.

Nada importa. Si no pulso el botón, el mundo acabará dentro de ciento cuarenta días. La fiesta de Marcus, el bebé de Charlie, el trabajo de mi madre, la memoria de la abuela. Nada de eso importa. Los limacos no me habían dado una opción: me habían dado la libertad.

¿Y qué si Marcus no me había invitado? Tampoco me había no invitado. Daba igual lo que pasara: siempre podía dejar que el mundo acabara y que el universo olvidara. Se olvidaría de la fiesta y de Calypso y de la Tierra. Se olvidaría de Charlie y de Zooey y de Marcus y de mi madre y de la abuela. Ya se había olvidado de Jesse y, si le dejaba, también se olvidaría de mí.

Podía escribir mi nombre en el cielo, y sería como escribir con tinta invisible.

Me duché y me vestí; me decidí por unos vaqueros y una camisa a cuadros de manga corta que Jesse me prestó una vez y que nunca llegué a devolverle. A él le quedaba mejor, pero eso se podía aplicar a todo. Mi pelo no tenía remedio, así que hice lo que pude para que pareciera despeinado a propósito.

El estómago se me retorcía con una mezcla de incertidumbre, apatía y coraje. Dudaba que a Marcus le hiciera ilusión que apareciera por su fiesta, y no estaba seguro de si iba porque no me importaba o porque esperaba probar que a Marcus sí.

Mi madre, Charlie y Zooey seguían en la cocina; al menos parecía que habían acordado un alto el fuego temporal, seguramente gracias a Zooey, que es más racional que mi madre y mi hermano. La abuela estaba leyendo un libro en el sofá y viendo El búnker. La saludé al salir, pero no se dio cuenta.

Audrey Dorn me estaba esperando en el BMW azul cobalto que le regalaron sus padres cuando cumplió dieciséis años. Me sonrió cuando subí al coche y se inclinó hacia mí como si fuera a darme un abrazo, pero dudó y se echó para atrás cuando vio la cara que yo tenía.

—Gracias por llevarme.

—Me sorprendió que me llamaras. —Incluso con la camisa de Jesse, sentía que mi vestimenta no estaba a la altura de la de Audrey. Ella también llevaba vaqueros, pero los suyos seguramente costaban más de lo que mi madre ganaba en un mes, y su top plateado resplandecía como el sol sobre un océano en calma—. Antes odiabas las fiestas.

—Y las sigo odiando.

—¿Te ha invitado Marcus?

—No.

Audrey contestó con un «aaajááá», lo que hizo que me arrepintiera de haberla llamado. No debería haberlo hecho, pero Marcus vivía en la otra punta de Calypso y hacía demasiado calor como para ir andando. Audrey metió primera y nos fuimos. Al menos no me había interrogado sobre por qué iba.

—¿Estás listo para el examen de química? —preguntó.

Nunca había ido en coche con ella conduciendo y fue una experiencia extraña. Tenía ambas manos en el volante, comprobaba religiosamente los retrovisores y siempre usaba los intermitentes. Incluso tenía el volumen de la música tan bajo que casi ni se oía.

—No.

—Me dijeron que es fácil sacar buenas notas con Faraci.

—No te creas. A lo mejor se empana, mezcla fosfuro de sodio con agua y nos mata a todos con gas fosfina.

Audrey soltó una risita, pero sonó forzada, casi como un hipo.

—Te he echado de menos, Henry.

No supe qué responder. Audrey me estaba haciendo un favor llevándome a la fiesta de Marcus, pero solo la había llamado por desesperación. A veces me preguntaba si estaba siendo demasiado duro con ella. Ambos habíamos perdido a Jesse, y casi siempre pensaba que ambos teníamos la culpa de su suicidio. Pero era más fácil seguir enfadado con ella, y tampoco es que no se lo mereciera. Me saqué un billete de diez dólares del bolsillo y lo dejé en el portavasos.

—Por la gasolina.

Pasamos en silencio el resto del trayecto.

Marcus vive en una mansión. No en una de esas mansiones falsas, construidas en masa con materiales baratos, en las que parece que todo el mundo vive hoy en día. Él vive en una mansión de verdad con dos garajes, doce dormitorios, un comedor formal y una cocina del tamaño de una cancha de tenis, lo cual me parece absurdo, porque hasta donde yo sé, ni el señor ni la señora McCoy cocinan nunca.

Audrey atravesó la reja de seguridad y aparcó a un lado de la carreterita de entrada. Hileras desordenadas de coches caros relucían bajo las luces decorativas que colgaban de las palmeras que presidían el jardín.

Yo era un fraude: no pertenecía a ese lugar. Nadie me había invitado, y nadie me echaría de menos si huía.

—Si te estás arrepintiendo, podemos ir a comer algo al Sweeney’s. —Audrey estaba dentro de mi cabeza y deseaba poder echarla—. Hace un montón que no voy.

—Ni yo.

De hecho, no había estado en Sweeney’s desde la última vez que fuimos juntos Audrey, Jesse y yo. Compartimos una torre de aritos de cebolla y celebramos que a Jesse le habían dado el papel de Seymour en la obra de La tienda de los horrores que se representaría en el instituto. Jesse siempre estaba cantando. Estaba cantando la noche que me di cuenta de que lo quería. No me sorprendería si hubiera estado cantando cuando murió.

—¿Henry?

Aparté a Jesse de mis pensamientos:

—Si supieras que el mundo se va a acabar y solo tú pudieras evitarlo, ¿lo harías?

—Claro.

—¿Por qué?

—¿Qué quieres decir?

Una camioneta negra y brillante aparcó al lado del coche de Audrey y de ella bajaron cuatro chicas de nuestra clase, charlando y sonriendo, seguramente compartiendo la quimera de que aquella iba a ser la mejor noche de sus vidas.

—Dame un motivo por el que creas que la humanidad merece vivir —dije.

Reconocí la cara que me estaba poniendo. Era la de «pobrecito Henry», que me daba ganas de arrancarle los ojos con un cuchillo de plástico.

—Si esto es por lo de Jesse…

—Olvídalo.

—¿Qué?

—¿De verdad crees que algo de esto es importante? ¿Que, dentro de cien años, uno de tus tatara-lo-que-sea escribirá sobre cómo fuiste a una fiesta, te emborrachaste e intentaste evitar que todos los tíos con manos te sobaran? Nada de esto importa, Audrey. Estamos todos jodidos.

Abrí la puerta del coche, pero no salí. El labio inferior de Audrey temblaba y las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Era un truco sucio y ella lo sabía:

—Yo también echo de menos a Jesse, pero te mereces algo mejor que Marcus McCoy. Por favor, dime que lo entiendes.

—Si de verdad me merezco algo mejor, a lo mejor Jesse no tendría que haberse suicidado.

Yo ya me estaba dirigiendo hacia la casa antes de que Audrey pudiera apagar el motor y seguirme. Llamarla había sido un error, y juré volver a casa andando antes que pedirle que me llevara otra vez.

Las altísimas puertas principales de la casa de Marcus estaban abiertas de par en par, como dando la bienvenida. Parejas y grupos entraban y salían, ya con el puntillo y las mejillas sonrojadas, tropezándose o colocados o simplemente riéndose de algún chiste que yo nunca oiría. Al entrar, me preocupaba que sintieran vergüenza ajena al verme y se preguntaran quién había dejado entrar al Chico Cósmico, pero nadie reparó en mí. Me agencié un vaso de cerveza de la cocina y me di una vuelta por la casa. Me conocía las habitaciones, y las habitaciones me conocían. Marcus y yo nos habíamos enrollado en ese sofá de cuero, se la había comido debajo de ese piano de un cuarto de cola, él me había perseguido por la biblioteca y me había pillado en las escaleras. Habíamos follado en esa encimera y en ese suelo y en esa bañera. Después de todo lo que habíamos hecho, sigo siendo su sucio secreto.

Marcus se folla a Henry. En la gramática de nuestra relación, yo soy el objeto.

Me bebí la cerveza a grandes tragos y me serví otra.

—¿Henry Denton?

Diego Vega estaba apoyado contra una pared y con una botella de agua en la mano. Dijo algo a las chicas que tenía a su alrededor y se acercó hasta el barril de cerveza donde yo estaba. Llevaba unos vaqueros desteñidos y una sudadera fina naranja que le hacían parecer una bombilla fundida en una guirnalda de luces navideñas. Cuando llegó a mi lado, me estrechó en un abrazo varonil de colega, con un solo brazo.

—Solo llevas una semana en el instituto y ya estás en la fiesta más guay de Calypso. Estoy impresionado.

Diego rebosaba energía, como si los confines físicos de su cuerpo no pudieran contenerlo:

—Nunca había estado en una casa tan grande.

Di un sorbo a mi cerveza e intenté pensar en algo ingenioso que decir. No esperaba ver a Diego, pero me alegraba de que estuviera allí.

—Tienen dos piscinas.

—¿Qué? —Diego se puso la mano en la oreja. En la habitación de al lado, alguien tenía puesto power pop mierdoso a todo volumen y ahogaba nuestras voces.

—¡Ven!

Tiré de Diego para salir de la cocina e ir a la sala de estar. Esperaba que estuviera vacía, pero había un grupo jugando al billar. Eran chicos contra chicas y las chicas estaban arrasando. Al menos la música no se oía tan fuerte y suspiré:

—Aquí se está mejor.

Diego observó la habitación. Tres de las paredes tenían estantes llenos de libros, y un televisor dominaba la cuarta.

—Este tío tiene pasta, ¿verdad?

—¿Marcus? —Me encogí de hombros—. Los McCoy son superricos. Su padre es banquero de inversiones o algo así.

—¿Quién?

—Marcus McCoy. ¿El tío que vive aquí?

Diego me dio un golpe en el pecho:

—¡Conque así se llama! Va a mi clase de Económicas. Me estaba volviendo loco. —Tenía unos hoyuelos como arenas movedizas y sus ojos de color marrón me recordaban a la piel de los limacos—. Da igual, esperaba encontrarme contigo.

—Estás de coña.

—No, en serio.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros:

—Eres la única persona que he conocido que no me ha preguntado qué coche tengo.

—Pues tú eres la única persona de la fiesta que de verdad quiere que esté yo aquí.

—Lo dudo.

—Eso es porque eres nuevo. —Diego tenía cara de ser sincero, pero me costaba creer que hubiera venido a la fiesta para verme cuando yo era prácticamente invisible para el resto del mundo—. ¿Qué tal te trata Calypso?

—¿La verdad? Es raro. A veces hay demasiada gente y lo único que quiero es meterme en un armario a leer. Otras veces quiero rodearme de cuanta más gente mejor. Pero me encanta la playa. Voy tan a menudo que mi hermana bromea con comprarme una tienda de campaña para que pueda dormir allí.

—Ciérrala bien o te despertarás con un vagabundo haciendo la cucharita contigo.

—Mientras me deje ser la cucharita pequeña, todo bien.

La risa de Diego me hizo sonreír, aunque no era mi intención. Quizás me había equivocado al tenerle miedo a la fiesta. Llevaba allí una hora y no solo no había ocurrido ningún desastre, sino que encima me lo estaba pasando bien.

—Eso ya tendréis que hablarlo entre vosotros. —Me acabé la cerveza y dejé el vaso en uno de los estantes.

Nos quedamos en ese punto incómodo de una conversación en la que no había un tema lógico con el que seguir, pero el silencio todavía no se había hecho incómodo.

—Si supieras que el mundo se va a acabar y pudieras pulsar un botón para evitarlo, ¿lo harías?

Diego levantó una ceja:

—¿Hay algo que deba saber?

—Es una pregunta hipotética.

—Entonces, hipotéticamente, sí.

—¿Por qué?

—Porque no me interesa morirme.

Las chicas del billar chillaron de júbilo y se burlaron de los perdedores. Intenté ignorarlas.

—Pero vas a morir igualmente.

—Claro, cuando sea viejo.

—Podrías morir en cualquier momento. Te podría caer un rayo y freírte en el sitio, o podrías ahogarte en un tsunami de melaza.

Era difícil descifrar la expresión de Diego. Parecía que se estaba tomando mi pregunta en serio, y yo esperaba que no me estuviera siguiendo el rollo mientras planeaba una forma de huir.

—Si no pulso el botón, me muero seguro. Al menos, si lo pulso, tengo la oportunidad de tener una larga vida. Me gusta tener opciones.

Tener opciones es el problema. Todo sería más fácil si alguien me dijera qué hacer: pulsar el botón, dejar de ver a Marcus, superar lo de Jesse. El problema es que las opciones por las que me inclino suelen ser las malas.

Diego alzó la mano y me apartó de la frente un mechón de pelo.

—Perdona, me estaba poniendo muy nervioso.

—Vaya, ahora todos descubrirán mi identidad secreta.

—¿La de Chico Cósmico? —preguntó Diego sonriendo—. Ya la saben.

Mi sonrisa desapareció y mis defensas se activaron de nuevo. Me alejé de Diego sin decir ni una palabra. Sus disculpas rebotaban contra mi espalda porque llevaba una armadura a prueba de balas. Necesitaba irme, escapar de la casa y de la fiesta y de toda esa gente artificial, pero la entrada estaba atestada, así que trastabillé hasta llegar al jardín, donde no había tanto ruido y podía respirar.

—¡Chico Cósmico!

Marcus y un grupo variado de personas, algunas de las cuales me sonaban, estaban sentados alrededor de una mesa de jardín, cerca del jacuzzi. Natalie Carter estaba sentada sobre su regazo. En el momento en que dijo mi mote, me volví visible. De repente, gente que antes no se había percatado de mí me miraba como si estuviera cubierto de llagas supurantes. Repitieron «Chico Cósmico» como loros e inventaron variaciones semicreativas. Nada dolió tanto como cuando Diego lo dijo.

—¿Quién coño te ha dejado entrar? —La voz de Marcus era jarabe para la tos, pero sus palabras eran ácido.

—La puerta estaba abierta.

Noté en medio del pecho un dolor agudo que se extendió hasta las extremidades. Marcus me estaba tratando como si no fuera nadie. Menos que nadie. Me preguntaba cómo reaccionarían sus amigos del jacuzzi si supieran lo que habíamos hecho en el lugar donde ahora se relajaban.

Marcus le dio un codazo a Adrian Morse.

—Tenemos que empezar a cobrar entrada. Para mantener fuera la escoria.

Estoy seguro de que, cuando la madre de Adrian mira a su hijo por las mañanas o le aparta el pelo sudoroso de la frente cuando tiene fiebre, cree que es un buen chico. Pero cuando yo lo miro, lo único que veo es un bruto loco con complejo de inferioridad y sin apenas un pensamiento propio en su cabeza hueca.

—Me puedo deshacer de él.

—Ojalá deshacerte de tu herpes fuera tan fácil —dije.

Adrian se levantó, pero Marcus lo retuvo. Marcus tenía un brillo peligroso en los ojos, un destello que me asustaba:

—A la mierda. Me siento caritativo. Que se quede el Chico Cósmico. Quizás pueda llamar y pedirles a los aliens que se unan a la fiesta. Si lo haces, diles que traigan hielo. Nos queda poco.

No tenía intención de quedarme en la fiesta. Lo único en lo que podía pensar era en lo equivocado que había estado. No debería haber ido. Cuando Marcus acabó de torturarme, planeé marcharme y no volver a dirigirle la palabra, ni a él ni a nadie más.

—Pero antes —dijo Marcus—, tómate un chupito.

Desde donde estaban los amigos de Marcus, de pie o sentados en el jardín, bebiendo y fumando y juzgando, sentí su desprecio. Me quemaba por la piel, derretía la grasa de mi cuerpo, devoraba mis músculos hasta que yo no era más que un esqueleto. Huesos blanquecinos unidos con cinta adhesiva y los jirones que quedaban de mi orgullo.

Jay O. me tiró una chapa de botella, que me rebotó contra el pecho y cayó sobre la mesa.

—¿Qué podrían querer unos aliens con un anormal como este? ¿Es que no hay gente mejor que abducir?

—Gente más guapa, seguro —dijo Marcus, lo que hizo que se ganara un beso de Natalie. No dejó de mirarme mientras ella le comía la boca.

Y yo me quedé allí y aguanté porque era un objeto. Todos somos objetos para Marcus McCoy.

Marcus empezó a corear «¡chupito, chupito, chupito!» y la horda borracha que me rodeaba lo imitó. Adrian preparó una ronda de chupitos vertiendo un líquido marrón oscuro en los vasitos y derramando parte de él. Marcus me observaba con una sonrisa sudorosa y enloquecida. Adrian terminó de servir y puso los ojos en blanco:

—El Chico Cósmico es un mariquita, seguro que no…

Cogí el vaso de chupito que tenía más cerca y me lo bebí de un trago. El licor sabía a crema de regaliz y sangre. Me estremecí cuando llegó a mi estómago vacío. Cuando terminé, me metí un segundo chupito.

—Gracias por la bebida.

Tiré el vasito a la mesa y me largué. Sus risas me perseguían, pero me negué a mirar atrás. El mundo iba a acabar y nada de aquello importaba. Intenté convencerme de que yo estaba bien.

Pero estaba muy lejos de estar bien.

Estaba demasiado borracho como para volver a casa y no logré encontrar ninguna habitación vacía en la que refugiarme, así que acabé sentado al borde de una larga piscina rectangular, a la sombra de rocas falsas y palmeras. La piscina estaba bastante lejos de la casa, así que no me preocupaba que me encontraran, pero estaba lo bastante cerca como para que pudiera oír sus risas. No podía escapar. No podía dejar de ser el Chico Cósmico.

La luna era apenas un rasguño en el cielo, pero las luces bajo el agua iluminaban el fondo alicatado de la piscina. El resplandor llegaba hasta lo más hondo. Debía de tener más de dos metros y medio de profundidad. Seguro que me hundiría. Habría sido fácil rodar hacia un lado, con la ropa puesta, y dejar que el peso de la tela vaquera y del algodón me arrastraran hasta el fondo mientras de mis pulmones escapaba el último aliento. El mundo daba vueltas a mi alrededor, así que quizás el alcohol que tenía en la sangre evitaría que se me despertara el instinto de supervivencia y podría ahogarme en paz sin la agitación ni los gritos innecesarios.

No importaba por qué los limacos me habían elegido, sino solo que lo habían hecho. Hostia, ¿por qué esperar al fin del mundo?

Diego se equivocaba. Pulsar el botón no me daría opciones. Solo esto. Solo humillación. Soledad. La muerte era más fácil. Podría inclinarme hacia adelante y dejar que mi peso me arrastrara hacia el agua. La gravedad haría el resto. Todo terminaría, y lo único que yo tenía que hacer era dejar que ocurriera.

El resplandor de la luna aumentó y multiplicó las sombras. Me rodearon y engulleron la luz. Sacudí la cabeza para deshacerme del vértigo. Tenía pis, pero no quería volver a la casa. Siempre podía mear en la piscina.

La respiración se me atascó en la garganta y los pelos de las orejas se me pusieron de punta. Intenté mirar a mi alrededor, pero no pude. Intenté gritar, pero no salieron palabras de mis labios. Estaba paralizado.

Oh, pensé cuando la luz de la luna me cegó y las sombras me agarraron con dedos marrones verdosos. No esperaba veros por aquí.


La Tercera Guerra Mundial

Corea del Norte lanza el primer misil. Después de años de amenazas y postureo temerario, la cancelación por parte de la Fox de El búnker es lo que motiva al líder supremo a entrar en acción. Exige ver el final, pero no le hacen caso. Si la Fox no resucita Firefly, desde luego que no van a traer El búnker de vuelta.

El misil de Corea del Norte explota antes de alcanzar su objetivo, pero la agresividad de ese acto pone en alerta máxima a las naciones de todo el mundo. Los líderes de la Unión Europea recomiendan diplomacia. China y Rusia despliegan sus fuerzas militares en lugares estratégicos por todo el planeta; mientras tanto, sugieren a los Estados Unidos que accedan a las demandas de Corea del Norte.

Dennis Rodman, exjugador de la NBA, viaja a Corea del Norte en una misión de paz como embajador no oficial, pero lo detienen en cuanto baja del avión. Un vídeo de él siendo devorado por un grupo de gatos hambrientos se convierte en el contenido más popular de YouTube durante siete horas; después, lo desbanca una señora mayor que inhala helio y canta Thriller de Michael Jackson.

A pesar de las duras advertencias del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Corea del Norte lanza un segundo misil que impacta en Osaka, Japón. Miles de personas mueren. Japón y los Estados Unidos declaran la guerra a Corea del Norte, y las fuerzas unidas de Rusia y China advierten que no se tolerarán represalias contra ese país.

Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos invaden Corea del Norte el 29 de enero de 2016 a las 20:03 UTC. Rusia responde lanzando un misil nuclear al parque de atracciones de Universal Studios de Florida, declarando que, si ellos no pueden visitar The Wizarding World of Harry Potter, nadie podrá. Los Estados Unidos arrasan Moscú y animan a todos los patriotas americanos a boicotear el vodka.

Aprovechando el caos, China lanza todo su arsenal nuclear sobre objetivos clave de los Estados Unidos e inicia una guerra termonuclear total que, al final, convierte el planeta en un yermo desolado incapaz de albergar vida.

Los únicos supervivientes son los concursantes de El búnker; los productores de la Fox se olvidaron de ellos después de cancelar el programa. Sin ser conscientes de lo que ha ocurrido en la superficie, al final se quedan sin comida y echan a suertes a quién se comerán primero.


14 de septiembre de 2015

Me desperté riendo. Durante unos desconcertantes segundos, pensé que seguía en la nave. Los limacos me habían mostrado una proyección de la Tierra explotando otra vez junto con el gran botón rojo, pero no me habían electrocutado ni deleitado. Simplemente me ofrecieron la elección y esperaron a ver qué haría. Quizás por eso me reía. Evitar el apocalipsis no debería ser tan fácil. Deberían ser necesarias elaboradas maquinaciones secretas para evitar que cunda el pánico. Debería requerir sacrificios, despedidas entre lágrimas y la presencia de Bruce Willis.

Obviamente, no lo pulsé.

Cuando recobré los sentidos y me di cuenta de que ya no estaba en la nave de los limacos, la risa murió en mi garganta. Tenía la espalda húmeda y algo afilado se me clavaba en la cadera. Tenía el pelo, los bóxeres y el pecho mojados, y todo yo apestaba a agua estancada. Cuando me incorporé, escupí por si me había entrado algo de esa agua en la boca.

La luna estaba oscura y las nubes cubrían las estrellas. No tenía ni idea de dónde estaba. Recordaba haber ido a la fiesta de Marcus, sentarme cerca de la piscina y luego ya estaba en la nave, pero no tenía ni idea de cómo había acabado flotando en un mar de gramíneas. Los limacos me habían robado los vaqueros y la camisa de Jesse, pero al menos me habían dejado los gayumbos. Un adolescente rondando por Calypso en ropa interior es raro, pero un adolescente rondando por Calypso desnudo es un delito.

Me temblaron las piernas cuando me puse en pie y me tambaleé peligrosamente. Me concentré en el horizonte, tal y como me había dicho Jesse, pero sin la luna, el cielo y el suelo se mezclaban el uno con el otro. Al final, los ojos se me acostumbraron y pude distinguir unas cuantas sombras en la distancia, así que me dirigí hacia ellas.

Caminé unos diez minutos, avanzando con cuidado a través del camino cubierto de maleza, deteniéndome de vez en cuando para sacarme alguna piedrecita de la tierna piel entre los dedos de los pies y maldiciendo a los limacos por no dejarme nunca en algún sitio interesante. Espero que, antes de que acabe el mundo, me dejen en algún sitio en el que no haya estado nunca: París, Tailandia, Brasil… Cualquier sitio tiene que ser mejor que Calypso.

Las sombras resultaron ser un parque infantil. Había torres y barras horizontales, y varias estructuras conectadas con puentes de madera. No reconocí ese parque, pero sí que reconocí la figura del mapache Randy pintada en la pared del edificio más cercano. Era mi antiguo colegio. Había cambiado desde que yo era pequeño: antes había una cúpula de metal a la que me subía para llegar a la cima, y saltaba desde ahí con la intención de romperme un tobillo y que me enviaran a casa.

Por aquel entonces, yo no era el Chico Cósmico, sino Henry el Cowboy, todo por un gorro de vaquero que había llevado cada día durante semanas. Ni siquiera recuerdo de dónde lo saqué, pero casi nunca me lo quitaba. No hasta que Matt Walsh me lo robó durante el recreo y se meó en él. Solo yo le había visto hacerlo y el señor Polk (mi tutor de cuando tenía ocho años) me acusó de orinar en él yo mismo para echarle la culpa a Matt. Cuando mi padre me recogió del colegio y me preguntó dónde estaba el gorro, le dije que lo había perdido. Me pegó en el culo con una cuchara de madera, tan fuerte que partió el mango.

El colegio Ben Franklin estaba demasiado lejos de casa como para ir andando, así que caminé pesadamente hasta la parte delantera del edificio. Estaba exhausto, me dolían las piernas y notaba la cabeza como si los limacos me hubieran extraído el cerebro por las orejas, lo hubieran vuelto a meter a las bravas y ahora estuviera hecho un puñado de tallarines grises. Sobra decir que me alegré muchísimo de ver un teléfono público al lado de un banco de madera, cerca de la zona donde los padres dejan a los alumnos.

La cabina estaba decorada con pegatinas descoloridas de grupos de los que jamás había oído hablar y marcas que solo me sonaban ligeramente; eran reliquias de unos niños rebeldes que hacía mucho que se habían convertido en adultos. Cogí el auricular, intentando no pensar en los cientos de mocosos que seguramente lo habían tocado antes, y recé para que funcionara. La señal de llamada fue el sonido más hermoso que había oído en años.

Desplacé el dedo por los números. Sabía que era tarde, pero no cuánto. Habían sido las once o las doce cuando estuve sentado al lado de la piscina (los chupitos habían afectado a mi percepción del paso del tiempo), pero los limacos podrían haberme retenido durante una hora o cinco. Despertar a mi madre estaba absolutamente descartado y a Charlie no lo despertaría ni el fin del mundo, así que sabía que no respondería al teléfono. No sabía el número de mi padre; no sabía siquiera si todavía vivía en Florida, y Audrey era la última persona del mundo a la que quería ver. Solo había otro número que me sabía.

La primera humillación fue tener que hacer la llamada a cobro revertido. Los teléfonos públicos deberían ser gratuitos. Si estás lo bastante desesperado como para necesitar uno, es probable que sea una emergencia y que no tengas monedas. Digamos que no hacen bóxeres con bolsillos. Yo ni siquiera sabía que se podían hacer llamadas a cobro revertido hasta que Jesse me lo explicó una mañana después de que los limacos me dejaran cerca de su casa. La información me pareció tan útil como el latín hasta la primera vez que necesité usarla.

Pulsé el cero y seguí las instrucciones: primero marqué el número de Marcus, luego dije mi nombre y, al final, esperé.

La segunda humillación fue oír a Marcus preguntar tres veces quién era y luego esperar, como si de verdad estuviera considerando si aceptar o no el cobro de la llamada, hasta que balbució un cansado «sí». Su voz sonaba soñolienta y malhumorada:

—¿Henry?

—¿Estabas durmiendo?

—Obviamente. Son como las tres de la mañana.

Forcé una risa:

—Pensaba que estarías bebiendo hasta el amanecer.

Marcus se quedó en silencio un segundo.

—¿Bebiendo? ¿Qué coño dices, Henry? Mañana tengo clase. Y tú también.

¿Clase? ¿En serio? O sea, que los limacos me habían tenido en su nave por lo menos dos días enteros. Qué rabia me da cuando hacen eso.

La tercera humillación fue oír a Marcus hablarme con ese tono condescendiente, sabiendo que no podía enviarlo a tomar por culo porque necesitaba que viniera a buscarme, y tener que fingir que era domingo cuando mi cerebro me decía que aún era viernes.

—No te habría llamado si no fuera importante.

—¿No podías haber llamado a otra persona?

—No.

El silencio que llegaba desde el lado de la línea de Marcus me hizo pensar que me había colgado, pero tosió y ese ruido flemático fue un alivio.

—A ver, ¿cuál es la emergencia?

—Estoy en el colegio Ben Franklin y necesito que vengas a buscarme.

—Qué gracioso.

—No es coña.

—Tío, eso está por donde Beeline. ¿Qué haces tan lejos?

La cuarta humillación era que Marcus ya sabía la respuesta, pero quería oírme decirlo.

—¿Puedes venir a recogerme o no?

Parte de mí quería que se negara. Que me colgara el teléfono, se echara a dormir y se despertara a la mañana siguiente creyendo que la llamada había sido un sueño loco causado por comida china. Pero dijo:

—Dame unos minutos para vestirme.

Ya nadie memoriza números de teléfono. Llaman a «Mamá» o a «Papá» o a «Caraculo». Los contactos de sus móviles están totalmente divorciados de los números que hacen posible las llamadas.

Intenté llevarme un par de veces el móvil a la nave: dormía con el teléfono agarrado en las manos, me lo guardaba en la ropa interior… Incluso una vez me lo pegué al muslo con cinta adhesiva. Los limacos se deshicieron del móvil, pero dejaron la cinta adhesiva, y no me avergüenza admitir que grité cuando me la arranqué al día siguiente. Pensaba que, si lograba llevarme el móvil a bordo, quizás podría tomar algunas fotos granulosas, grabar algo en vídeo u obtener las coordenadas para demostrar que no mentía. Además, podría llamar y pedir ayuda si los limacos me dejaban lejos de casa.

Al final me rendí y memoricé los números de las personas a las que sabía que merecía la pena llamar. La lista era corta.

Marcus entró en el aparcamiento con un Tesla negro brillante. Su lamentable gusto musical me llegó antes que él: el coche vibraba con el volumen y Marcus cantaba en voz alta.

Cuando aparcó en una zona de carga y descarga, vi mi reflejo en las ventanas tintadas del coche antes de que Marcus abriera la puerta. Tenía el pelo enredado y tieso del agua seca, manchas de barro en el pecho y llevaba los bóxeres de ballenas besándose que Jesse me había regalado por nuestro primer San Valentín. Estoy bastante seguro de que las ballenas en realidad no se besan.

—Qué bien te veo, Chico Cósmico.

Marcus, obviamente, lucía un aspecto impecable. Su tupé tenía la cantidad perfecta de ondulaciones, y vestía unos pantalones cortos caqui y una camiseta con cuello de pico. No parecía en absoluto alguien que acabara de salir de la cama.

—¿Puedes dejar de llamarme así?

Empecé a subirme al coche cuando Marcus gritó:

—¡Eh, eh! ¡Espera!

Se giró hacia el asiento trasero y cogió una toalla para que me sentara en ella y una de sus camisetas de atletismo para que me la pusiera. Estaba algo tiesa y apestaba a sudor salado, pero a pesar de eso olía mejor que yo.

—Gracias.

Apenas habíamos salido del aparcamiento cuando Marcus empezó con el interrogatorio:

—¿Esto tiene algo que ver con tu rollo de Chico Cósmico?

Apoyé la cabeza contra la ventana y vi cómo el colegio Ben Franklin desaparecía mientras intentaba ignorar a Marcus. Para él, la fiesta fue hace dos días (historia antigua), pero las cosas que había dicho, la manera en la que me había tratado, aún eran heridas abiertas para mí. Que estuviera desesperado y necesitara que me llevara en coche no significaba que estuviera dispuesto a perdonarlo.

Marcus me dio un golpe en el brazo:

—¿Los aliens te han hecho una lobotomía o algo?

—No quiero hablar de ello.

—Pero te han abducido, ¿a que sí? —Marcus soltó una risotada aguda que me hizo fantasear con darle tal puñetazo en las pelotas que el trauma viajaría atrás en el tiempo, dejaría estériles a sus antepasados y así borraría a Marcus McCoy de la historia—. ¿Qué te han hecho? ¿Te han metido una sonda rectal? Es eso, ¿verdad?

—Claro —murmuré—. ¿Por qué quieres saberlo?

—Tengo curiosidad.

—Y una mierda. Tú solo quieres detalles escabrosos para poder contarles a los gilipollas de tus amigos que los alienígenas le han dado por culo al Chico Cósmico.

Marcus abrió mucho los ojos:

—¿Te han dado de verdad?

—¡No!

Aunque íbamos en el único coche que había en la carretera, pillamos todos los semáforos en rojo. Cuando Marcus se paró, pasó la mano por encima de la consola central y la dejó sobre mi muslo, acercándola poco a poco a mi entrepierna como si creyera que no me daría cuenta:

—Estaba soñando contigo cuando me has llamado.

—Qué curioso, yo también estaba soñando contigo.

—Ah, ¿sí?

—Era genial. Yo iba a tu fiesta y tú no me humillabas públicamente. Claro, por eso supe que era un sueño. —Le aparté la mano de mi pierna.

—No te lo tomes tan en serio, Henry.

Odiaba su lógica de matón. Si no hacía nada cuando me provocaban o se burlaban de mí, era un maricón. Si me rebotaba, me acusaba de que me tomaba las cosas demasiado a pecho. Se esconde tras la excusa de que solo está de broma, de que el resto del mundo tiene que aprender a tener más sentido del humor. Normalmente, lo habría pasado por alto, pero estaba demasiado cansado, demasiado dolido y demasiado decepcionado. Fue la humillación la que hizo que no me pudiera callar:

—¿Tú te crees que esto a mí me hace puta gracia? ¿Tener que llamar al tío que primero me humilla y luego me la empalma para que venga a rescatarme en medio de la nada a las tres de la mañana? ¿Te crees que yo así me lo paso bien o qué?

El semáforo se puso en verde, pero el coche no se movió. Marcus me miraba con curiosidad, pero no tenía ni idea de lo que estaba pensando.

—Me alegra que vinieras a mi fiesta.

—¿Qué?

Marcus se encogió de hombros.

—Tendría que haberte invitado, pero pensé que no vendrías. Me alegra que lo hicieras.

Aquello no se acercaba ni remotamente a lo que esperaba que él dijera, y no supe qué responder. Sus momentos de sinceridad son escasos, pero a veces es majo cuando cree que nadie lo ve. Eso era lo único que hacía que siempre acabara volviendo con él, pero ya no era suficiente.

Marcus arrancó por fin y, cuando hubimos avanzado un poco, dije:

—Me llamaste escoria. Me hiciste sentir como escoria.

—Tranquilízate, Henry. Tienes la piel muy fina. —Marcus me miró, pero yo me negué a mirarlo a los ojos—. Oye, intenté buscarte para disculparme, pero te habías ido.

—Ya.

Marcus dio un giro y se metió en un Taco Bell. Las luces rosas y moradas emitían un brillo chillón en el aparcamiento vacío. Paró el coche, se desabrochó el cinturón de seguridad y se volvió hacia mí. No tenía una sonrisa en la cara, sino una expresión de franqueza que me ponía nervioso:

—Para mí es algo más que sexo, ¿sabes?

—¿El qué?

—Nosotros.

—¿Existe un «nosotros»?

Con Jesse, nunca necesité definir nuestra relación. Desde el principio, nos sentimos como una unidad. Éramos como dos signos de interrogación, uno de apertura y otro de cierre; por larga que fuera la frase, yo siempre sabía que él estaba al otro lado. Pero, con Marcus, no sabía qué era yo. ¿Era simplemente su objeto directo, o algo más?

Marcus apretó los dientes. Los músculos de su mandíbula se tensaron. Me miraba como si tener que responder a una simple pregunta no estuviera a su altura. Como si yo no estuviera a su altura.

—Henry…

Me bajé del coche. Estábamos a medio camino de mi casa, pero ya estaba más cerca que antes.

—Seguiré andando.

—Sube al coche, Chico Cósmico.

Cerré la puerta con toda la fuerza que pude y me regodeé en el ruido sordo que hizo, pero Marcus me chafó el momento bajando la ventanilla, así que le hice una peineta por si no me había entendido a la primera.

—Venga, Henry. Me he levantado en mitad de la noche por ti. ¿Acaso eso no demuestra algo? —Su voz no escondía nada de sarcasmo ni condescendencia. Era casi suficiente como para hacerme creer que le importaba.

—Demuestra que creías que te llevarías una paja por acercarme a casa.

Marcus agarró el volante con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. No estaba acostumbrado a que le gente le dijera que no. Había crecido rodeado de personas que lo habían convencido de que él se merecía todo lo que quisiera y que nadie debía negarle nada.

Una camioneta roja entró a la zona del Taco Bell a toda hostia con el tubo de escape trucado, anunciando al mundo que el conductor tenía un micropene. Vi la pegatina del Instituto Calypso a la vez que Marcus.

—Sube al coche y lo hablamos, Henry.

—Ya no importa.

Cuando la camioneta llegara a la ventanilla de pedidos, el conductor vería a Marcus. Me vería a mí de pie al lado del coche de Marcus. Después de un momento de duda, Marcus arrancó, huyó del aparcamiento y me dejó tirado otra vez.

Hice a pie el resto del camino hasta mi casa, ocultándome entre las sombras para evitar llamar la atención de los policías que patrullaban. Calypso es un pueblo tranquilo y la policía a veces no tiene nada mejor que hacer que incordiar a todo el que parezca que no encaja, y eso incluye a adolescentes en mitad de la noche que solo llevan unos bóxeres de ballenas besándose y una camiseta de atletismo.

Esta es mi vida. Un desfile de humillación y sufrimiento. Antes de lo de Jesse, podía soportar ser el Chico Cósmico. Él sabía lo de las abducciones, pero nunca me había hecho sentir como un chalado. Antes de lo de Jesse, sabía que no importaba lo que me pasara, que podría soportarlo siempre que estuviéramos juntos. Pero ahora vivo en un mundo después de lo de Jesse, donde duele echarle tanto de menos y nada tiene sentido. Mi novio y mi mejor amiga me habían abandonado. Marcus me usaba para follar. Soy el hazmerreír del instituto y un fantasma en casa.

Odio a Jesse por dejarme aquí. Si me lo hubiera pedido, me habría ido con él.

Me equivocaba al creer que los limacos me habían dado libertad. Ir a la fiesta no había cambiado nada. Si acaso, había empeorado mi vida. Ya no me importaba por qué me habían elegido a mí para decidir el destino de la Tierra. No importaba.

Cuando llegué a casa, con los pies llenos de cortes y rozaduras, decidí que no pulsaría el botón.

A la mierda. Que arda el mundo.


22 de septiembre de 2015

Después de la fiesta, me encerré en mí mismo y conté los días que quedaban para el fin del mundo (ciento veintinueve, por si las matemáticas no son lo tuyo). Habían pasado casi dos semanas desde que Marcus me dejara tirado en el Taco Bell y no había intentado disculparse. Ni mensajes, ni notas, ni manoseos en el baño a la hora de comer. Lo único que había cambiado era que me llamaba Chico Cósmico el doble de veces, lo cual solo reafirmaba mi decisión de no pulsar el botón.

Si los limacos querían a alguien que salvara el mundo, habían elegido a la persona equivocada. Marcus pulsaría el botón para salvar su pellejo, Audrey lo pulsaría porque realmente cree que todas las personas del planeta merecen vivir, y estoy seguro de que incluso Charlie lo pulsaría, pero solo porque el botón es rojo y le gustan los colores vivos.

No sé qué habría hecho Jesse. Él era capaz de ver la verdad de las personas, entendía a la gente de una forma en la que yo nunca podría. Quizás habría salvado el mundo porque merecía que lo salvaran, o quizás no habría pulsado el botón porque creería que lo único que haríamos es encontrar otra forma de aniquilarnos. Cualquier decisión que hubiera tomado habría sido la correcta. Jesse era el mejor de todos. Y, sin duda, lo mejor de mí.

Pero eso no importa. Los limacos me eligieron a mí y, por lo que a mí respecta, la vida no es más que un espectáculo de improvisación y todo nos lo inventamos al momento.

Mientras la señora Faraci nos hablaba sobre disoluciones reguladoras y pH, yo fingía prestarle atención apoyado sobre el puño y tapándome un ojo, pero con el otro abierto para que pareciera que estaba despierto. Mi madre y Charlie seguían peleándose cuando coincidían en la misma habitación, así que no conseguía dormir mucho en casa. Creo que al final me pudo el sueño, porque el timbre me sobresaltó. Marcus me dio una colleja cuando pasó por mi lado y tiró una moneda de cinco centavos sobre mi pupitre, que rebotó sobre mi libro y se fue rodando por el suelo.

—Quédate el cambio, Chico Cósmico.

Adrian tiró unas cuantas monedas a mis pies y se rio tanto que parecía que le iba a dar una hernia. Los observé marcharse y, cuando me di la vuelta, vi que Audrey me estaba mirando.

—¿Qué?

—Alguien ha soltado el rumor de que haces mamadas detrás del gimnasio por cinco centavos.

—Qué tontería —dije, mirando las monedas que había en el suelo.

—A ellos les parece graciosísimo.

—Si yo soy una puta barata y ellos me echan monedas, ¿no implica que…?

Audrey agitó las manos, exasperada:

—Pasa de ellos.

—Ya.

Audrey resopló, como si se muriera de ganas de darme más consejos que no le había pedido, pero al final soltó un «da igual», cogió sus libros y se fue.

Audrey no había intentado hablar conmigo desde la fiesta, y yo le agradecía ese silencio. Lo último que quería es que Audrey me dijera lo mucho que lo sentía o que hiciera algún intento lamentable de reparar nuestra amistad. Me parece bien que el mundo se acabe con nuestra amistad tan muerta como Jesse.

—Henry, ¿puedo hablar contigo un momento? —La señora Faraci estaba sentada en su escritorio y me pilló cuando intentaba escabullirme.

—Pues justo iba a comer y…

Ella cogió una hoja de respuestas y la puso al borde de su escritorio. Incluso desde lejos, se veían un montón de líneas rojas.

—Has suspendido el examen, Henry. No es propio de ti.

Me arrastré para ver la nota. No había suspendido el examen: había hecho el ridículo. Ese examen lo hicimos el lunes que siguió a la fiesta de Marcus y, cuando entregué las respuestas, ya sabía que bien no me había ido.

—Es solo un examen.

—Si alguien te está molestando, puedo hablar con esa persona.

—Por favor, no.

La señora Faraci se tragó lo que fuera que pensaba decirme:

—Sé que el instituto puede ser duro.

—¿Ahora viene lo de que todo mejora y que, si soy fuerte y aguanto estos dos años, mi vida será genial? —Me recoloqué la mochila sobre el hombro—. ¿Puedo irme?

—Me gustaría darte la oportunidad de compensar esta nota.

—Paso.

—Un trabajo de ciencias del tema que quieras.

—No tengo tiempo.

—A lo mejor podrías pedirle a Audrey Dorn que te ayude. Os he visto hablando y ella tiene una de las medias más altas de la clase.

—No, seguro, pero gracias igualmente.

—Escucha, se te dan muy bien las ciencias y no me gustaría verte suspender. Piénsalo, ¿vale? —La voz de la señora Faraci era sincera, y yo no quería que lo fuese. Quería que fuera como el resto de profesores: aburrida, hastiada y contando los segundos hasta su jubilación.

—Vale. Lo haré.

Me marché antes de que pudiera retenerme más tiempo. Aunque no tenía ningún sitio adonde ir, no quería pasarme la hora de la comida con una profesora.

Mi taquilla estaba en el edificio de arte, que era céntrico y silencioso. Cuando llegué, puse la combinación y cogí mi comida. Oí que se abría la puerta al final del pasillo; me volví y vi entrar a Diego Vega. Esperaba que no me hubiera visto.

—¡Henry Denton!

Mierda. El tío me saludaba como si fuéramos los mejores amigos del mundo. Hacía un calor del copón fuera, pero él llevaba un jersey verde sobre una camisa informal con corbata. Parecía que se hubiera perdido de camino a un partido de polo, si no fuera porque llevaba la corbata torcida y el cuello de la camisa subido. Seguramente ese estilo era tan forzado como todo él.

Diego se acercó hasta mí mientras yo cerraba de golpe mi taquilla y dijo:

—Me has estado evitando.

—Culpable.

—Si es por lo que dije en la fiesta…

—Da igual. Estoy acostumbrado. —Quería marcharme por la salida oeste, pero la norte estaba más cerca, así que me fui para allá.

—La cafetería está al otro lado.

Yo seguí caminando.

—No como en la cafetería.

Diego trotó hasta llegar junto a mí; no se iba a dar por vencido.

—Por favor, dime que no comes sentado encima del váter. Eso sería demasiado trágico.

—Hay bancos cerca de la biblioteca.

Diego arrugó la nariz:

—Peor me lo pones. —Intentó agarrarme del brazo, pero me aparté—. Anda, ven, no tengo a nadie que se siente conmigo. Me estarías haciendo un favor.

—Créeme, no te estaría haciendo ningún favor.

Los dos habíamos dejado de caminar y, por algún motivo, mis pies parecían no querer moverse. La sinceridad de Diego, la misma con la que me había engañado en la fiesta, estaba totalmente activada de nuevo. El caso es que quería creerle. Por un momento, pensé que quizás no sabía lo que estaba haciendo cuando me llamó Chico Cósmico. Tal vez él era exactamente lo que parecía.

—No importa. Mi reputación no es mucho mejor —dijo.

—Lo dudo.

—Te lo digo en serio. Cualquier día de estos, me pondrán un mote a mí también.

Me encogí de hombros; era más fácil seguirle el rollo que continuar discutiéndole:

—Vale, pero si vuelves a llamarme Chico Cósmico, olvídame.

Diego pasó un brazo sobre mis hombros y dijo:

—Trato hecho.

No había comido en la cafetería desde mediados del curso pasado. Jesse, Audrey y yo siempre nos sentábamos juntos. Éramos una unidad. Después de lo de Jesse, dejé de comer allí.

La cafetería no había cambiado mucho. Era bulliciosa y me hacía sentir pequeño. La mayoría de alumnos se sentaban en los mismos grupos, con la misma gente que con la que llevaban toda la vida en el instituto. Nosotros no nos definimos únicamente por quiénes somos, sino por quiénes son nuestros amigos. Tiene gracia que le demos tanta trascendencia a algo que no importará una mierda cuando nos graduemos.

—¿Tienes hambre? —preguntó Diego—. Yo mucha. Mi hermana casi no para por casa y no cocina, así que sobrevivo a base de pizza y palomitas. —Se puso a la cola, agarró una bandeja y cogió una bolsa de patatas, macarrones con queso, un pudin y algo que el tío que servía aseguraba que era empanada de pollo—. La comida aquí es mucho mejor que la que servían en mi otro instituto. Nos alegrábamos si lo único que pillábamos era Escherichia coli.

Hice una mueca mirando la comida de Diego:

—No estoy seguro de que eso se considere comida.

Diego fue hacia la caja y sacó dinero del bolsillo:

—A veces, uno tiene que ajustar sus expectativas para sobrevivir.

—¿Tan horrible era tu otro instituto?

—Era prácticamente una cárcel.

Diego agarró su bandeja y vadeó el mar de mesas y sillas. Yo lo seguí hasta una mesa con asientos libres y lo observé devorar su comida mientras yo sacaba la mía de la bolsa de papel.

—¿Es pastel de carne? —Diego agarró mi sándwich sin preguntar y le quitó el plástico. Le dio tiempo a olerlo antes de que pudiera recuperarlo.

—Sí.

Una gruesa rodaja de pastel de carne descansaba entre dos rebanadas de pan, una de ellas untada de mayonesa y la otra, de kétchup. Una mezcla de pipas de girasol y pasas se acumulaba al fondo de la bolsa. Diego habló con la boca llena de macarrones:

—Mi madre hacía un pastel de carne buenísimo. Era mi favorito.

Dejé el sándwich a un lado y comenté:

—Nosotros comimos pastel de carne la semana pasada, y ya entonces estaba asqueroso. —Diego frunció el ceño, así que añadí—: A veces mi abuela me prepara la bolsa de la comida y está un poco senil, así que casi debería alegrarme de que no quedara salsa.

—Podría ser peor. —Diego me pasó su bolsa de patatas; yo tenía demasiada hambre como para rechazar el regalo—. ¿Has hecho algo interesante este finde?

—Me lo he pasado escondido en mi cuarto para evitar a mi madre y a mi hermano. Este último ha dejado preñada a su novia y ha mandado a tomar por saco los estudios, y mi madre no lo lleva bien. —Probablemente, Diego no querría oírme hablar de mi mierda de familia, pero no se me ocurría ningún otro tema de conversación.

—¿Y tu padre?

—No está. —Iba a dejarlo ahí, pero Diego me miraba de una forma que me motivaba a seguir hablando, como si me diera miedo que se hiciera el silencio entre nosotros—. Mis padres se divorciaron cuando yo era pequeño y mi padre desapareció. Hace años que no sé nada de él.

—Oh.

—Sí.

Diego se había comido casi todo, pero aún le quedaba algo de empanada, y la miraba como intentando decidir si comérsela o no.

—¿Te quedaste en la fiesta después de que metiera la pata hasta el fondo? Intenté buscarte, pero esa casa es enorme. Me quedé una hora perdido dentro de un armario. Fue divertido.

—Casi tanto como una hemorroide activa.

—En serio, dime cómo te sientes.

Lo último que quería recordar era la fiesta de Marcus:

—No me gustan las fiestas.

—A mí tampoco me van mucho.

—¿Y a ti qué te va, entonces?

—Pintar.

—Es verdad. Eres artista.

—Dicho así, parece un insulto —dijo él.

—Es que los artistas siempre parecen muy egocéntricos. Todo tiene que ver con su arte. —Me reí para que supiera que le estaba chinchando—. A ver, dime si no por qué hay tantos autorretratos.

Diego se quedó callado un momento, pero el espacio vacío lo rellenó el ruido caótico que llegaba de las otras mesas. Esperaba no haberlo ofendido.

—Los artistas tienen que aprender a pintar lo que ven en el espejo, aunque sea un puto desastre. —Al final se rindió y tomó el último trozo de empanada—. Si no puedes retratarte con sinceridad, el resto de cosas que pintes también serán una mentira.

—No sabía que los artistas fueran tan conscientes de sí mismos.

—Bueno, solo significa que sabemos que somos gilipollas. —Diego se encogió de hombros y apartó su bandeja—. Al menos, eso es lo que solía decirme mi exnovia.

—¿Tu ex… exnovia? —Intenté no tartamudear, pero no pude evitarlo y se me acabó cayendo la baba—. Mierda.

Forcé una risa y me limpié la boca con una servilleta. Diego fingió no darse cuenta, pero lo pillé sonriendo:

—Se llamaba Leigh. Ella te diría que soy el tío más capullo de todo el país. Probablemente del mundo.

Habiéndome recuperado de mi repentina incapacidad de mantener la saliva dentro de la boca, dije:

—¿Lo dejasteis porque te mudaste aquí?

—Nah, rompimos mucho antes.

—Lo siento.

—Yo no. Ella solo me quería por mi gran pollón. ¿No te lo había comentado?

Solté una carcajada; los alumnos que había al otro lado de la mesa se quedaron mirándome, pero eso solo hizo que fuera más difícil parar.

—Sé lo que se siente.

—¿También tienes un…?

—La verdad es que no —dije—. Quizás. No lo sé. Más bien, lo que tengo es un gran follón. —Pensé en contarle a Diego lo que tenía con Marcus, pero apenas lo conocía, y no era de estos secretos que se pudieran contar; Marcus acabaría en la mierda si la gente se enterara de que estaba enrollado con el Chico Cósmico—. ¿Por qué te mudaste a Calypso?

En vez de contestar, Diego miró a la mesa, a las paredes y por encima de mi hombro; miró a todas partes menos a mí, así que dije:

—Bueno, parece que no quieres hablar de ello. Solo quería charlar.

—Es complicado. —Pensé que Diego me lo iba a contar, pero en vez de eso, dijo—: ¿Qué hace uno por aquí para divertirse?

Que Diego evitara hablar de por qué se había mudado desde Colorado a un pueblucho de mierda en la polla flácida de la nación solo hacía que tuviera más curiosidad. Quizás sus padres lo habían enviado aquí como castigo por atracar licorerías o por copiar en los exámenes de Historia. O a lo mejor era un agente secreto del gobierno cuya misión era hacerse amigo mío y descubrir qué sabía de los limacos. Realmente, eso tenía más sentido que cualquier otra cosa. De todas formas, yo odiaba los secretos. Jesse había tenido secretos. Quizás, si no los hubiera tenido, seguiría vivo. Pero Diego no era Jesse. Diego no era nadie para mí, y no quería que se cabreara conmigo por entrometerme, así que dije:

—Ya has estado en la fiesta más grande del año, ¿qué más quieres?

Diego se inclinó en su silla:

—Algo emocionante.

—¿Qué hacías en Colorado?

—Cosas.

—¿Cosas?

—Sí. Salir con los colegas, evitar a mis padres. Cosas. Todo era muy emocionante, lo echo de menos.

Sus ojos se perdieron en la distancia, como si hubiera viajado allí en el silencio que había entre nuestras palabras. Ese es el problema de los recuerdos: puedes visitarlos, pero no puedes vivir en ellos.

—Entonces, ¿por qué no vuelves? —Me arrepentí de la pregunta en cuanto salió de mi boca. La cara de Diego se ensombreció y todos sus músculos se tensaron. Los hombros, los puños, las mejillas. Me aclaré la garganta y dije—: Lo único que tenemos aquí son las playas, pero ya las conoces.

—Pues vamos.

—¿Adónde?

Diego agarró su bandeja, ya medio de pie:

—A la playa. Nos saltamos las clases y me haces de guía por Calypso. Tengo coche. Pillamos unos sándwiches y salimos por ahí.

Jesse y yo nos saltamos las clases una vez durante el curso anterior. Fue justo la semana que se había sacado el carnet de conducir. El subdirector Marten casi nos pilla escabulléndonos del campus, pero el coche de Jesse era más veloz que el carrito de golf de Marten. Bebimos cerveza en la playa y estuvimos el uno en los brazos del otro hasta que el sol no fue más que un recuerdo luminoso. Me dijo: «¿Sabes? Creo que te quiero, Henry Denton», y yo le creí. Me creí todas las mentiras de Jesse.

—No puedo.

Diego se dejó caer en su asiento:

—No pasa nada.

—Quizás otro día.

En vez de hacerme sentir culpable, Diego dijo:

—Cuando quieras. —Y supe que estaba siendo sincero—. Bueno, háblame de esos alienígenas tuyos.

Retorcí parte del envoltorio de plástico de mi sándwich en torno a mi dedo índice, que se fue poniendo rojo. Diego chasqueó los dedos delante de mi cara.

—Oye, no me estoy riendo de ti.

—No he…

—No puedes engañar a un mentiroso.

—No suelo hablar de ese tema.

—Pues escribe sobre él, entonces.

—Déjalo.

O bien Diego no se daba cuenta o estaba decidido a extraer información de mí. O simplemente era un capullo, tal y como había dicho su novia.

—Escribir es como pintar. Tienes que escribir sobre ti mismo antes de que puedas escribir sobre cualquier otra cosa. —La conversación había acabado para mí, pero no para Diego. Era como si algo dentro de él hubiera saltado y fuera a seguir divagando hasta que se le acabaran las pilas—. Ahí fuera hay un mundo increíble por descubrir, Henry Denton, pero primero tienes que estar dispuesto a descubrirte a ti mismo.

El sonido del timbre me salvó. Todos nos levantamos como perros de Pavlov, ansiosos por ir a las siguientes clases. Excepto Diego. Él seguía sentado, como si estuviera esperando a que yo dijera algo, pero no sabía qué. Al final, dije:

—¿Y si a mí el mundo me importa una mierda?

Diego recogió nuestros desperdicios y frunció el ceño:

—Pues te diría que me parece una puta lástima.

—¿Por qué?

—Porque el mundo es precioso.

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9788412189513
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