Kitabı oku: «Psicoanálisis extramuros»

Yazı tipi:

Psicoanálisis extramuros

Puesta a prueba frente a lo traumático

Psicoanálisis extramuros
Puesta a prueba frente a lo traumático

Silvia Bleichmar

Edición: Marcela Pereira

Índice de contenidos

Portadilla

Legales

Prefacio

Prólogo

Clase 1

Clase 2

Clase 3

Clase 4

Clase 5

Clase 6

Clase 7

Clase 8

Cierre. Final de la experiencia

Sobre la autora


Bleichmar, SilviaPsicoanálisis extramuros : puesta a prueba frente a lo traumático / Silvia Bleichmar. - 1a ed adaptada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Entreideas, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-48327-0-21. Clínica Psicoanalítica. I. Título.CDD 150.195

Psicoanálisis extramuros. Puesta a prueba frente a lo traumático.

Silvia Bleichmar

Primera edición Editorial Entreideas, agosto de 2010

ISBN edición digital (ePub): 978-987-48327-0-2

Primera edición en formato digital: noviembre de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Dirección editorial y edición: Marcela Pereira

Diagramación: Adriana Llano

Corrección de estilo: Itatí Rolleri

© Editorial Entreideas

www.editorialentreideas.com.ar

info@editorialentreideas.com.ar

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, en castellano o en cualquier otro idioma.

Prefacio

Respeto, cariño, admiración, gratitud por la ética en el psicoanálisis y por todo lo enseñado… Qué decir de los sentimientos que despierta Silvia Bleichmar que no se haya dicho ya. Aun así no puedo comenzar este prefacio sin expresar lo conmovedor que fue para mí dar forma a las ideas de una maestra querida.

Agradezco a Marina Calvo y a Carlos Schenquerman, por la confianza al haberme dado estos materiales para publicar, ya que si bien mi relación con Silvia data de muchos años, y no es el primer libro que edito de ella, este tiene un valor casi inaugural, por ser uno de los primeros libros de la editorial que dirijo.

Editar un libro nunca es tarea sencilla, y en este caso lo fue menos aún porque, entre otras razones, la autora ya no está para dar su conformidad o no al trabajo que otro realiza, de algún modo, en su lugar. Además de adaptarlo del lenguaje oral al lenguaje escrito, lo más difícil fue tomar decisiones acerca de qué dejar y qué sacar para realzar los puntos más fuertes de la teoría y la práctica que, supuse, Silvia deseaba transmitir. Esta tarea no hubiera sido posible sin la interlocución y orientación de Carlos.

Ella parecía no sólo estar dando cuenta de desarrollos, propios y ajenos, ya existentes; sino de estar pensando y repensando nuevos aportes teóricos en relación con lo traumático y nuevas articulaciones con una práctica in situ, a partir de aquella situación catastrófica que fue el terremoto de México de 1985, vivida por ella misma y por quienes participaron del Curso que transcribimos.

Este libro cubre un espacio vacante ya que aún hoy son escasos los textos que brindan herramientas teóricas para pensar la práctica en escenarios de catástrofe y en otras situaciones límites en las que no sólo el psicoanálisis, sino también el psiquismo se ponen a prueba.

Por último, y tal vez lo más importante que deseo rescatar es que al acompañar y seguir el pensamiento de Silvia, aun cuando, como en este caso, se haya desarrollado varios años atrás, este se transforma en algo novedoso en nosotros. Y esa sensación tal vez fugaz pero profunda es la misma que puede sentir cualquier profesional que trabaja, en transferencia, con el pensamiento. Esos momentos en donde el pensamiento del paciente (y el del terapeuta, en esa creación asimétrica pero compartida) se ilumina y algo se crea allí, que antes no estaba.

Eso provoca una sensación extraña, intensa, de placer del pensamiento. Creo que Silvia lograba (y sigue logrando) eso, casi a la manera de una intervención. Una intervención fecunda, también fuera de los muros del consultorio, en sus palabras, en su obra.

Marcela Pereira

Directora Editorial

Prólogo

En la Ciudad de México, el jueves 19 de septiembre de 1985, a las 7: 19 de la mañana, nos dimos cuenta de que lo que nos había despertado era un terremoto. Teníamos una sensación rara, como si la cama hubiera sido sacudida por una fuerza extraña. No era el primero que nos había tocado. Trepidatorios, ondulatorios, los habíamos vivido ya todos y se acumulaban como experiencias tranquilizantes, para ese momento. Pero, por la sensación de mareo que teníamos, este debía haber sido mucho más intenso, más fuerte, que los anteriores que nos habían tocado. El temblor duró apenas dos minutos, el nuestro mucho más. Nos levantamos, fuimos a buscar noticias encendiendo el televisor, pero no había señal; tampoco había electricidad. Buscamos una vieja radio a pilas y comenzamos a escuchar el reporte de las noticias. Sí —confirmábamos—, tuvo una magnitud de 8,1 grados en la escala de Richter (1). Durante varias horas quedamos sin luz, incomunicados con el resto de la población y del mundo. En la radio sólo hablaban de las consecuencias del terremoto y pedían que la población permaneciera en sus casas. No se escuchaba música, sólo comentarios. Desde la calle, nos llegaba el sonido de las sirenas de las ambulancias, de los carros de bomberos, de los patrulleros policiales. Las noticias eran alarmantes, ya se empezaba a hablar de una enorme cantidad de pérdidas de vidas y de cientos de edificios derrumbados.

Esto sucedía dos años después del restablecimiento de la Democracia en Argentina, tras la caída de la dictadura militar y un año antes de la fecha en que teníamos previsto con Silvia regresar a nuestro país.

Primero, con un grupo de argentinos, respondimos agrupándonos, en esa sensación quijotesca de que los caballeros velan, la noche de la batalla, juntos. Luego, comenzamos a pensar como ciudadanos, en qué podíamos ayudar. Una parte del grupo se encargó de los medicamentos; otro de las compras en supermercados; todos nos ayudábamos y estimulábamos. Y si arquitectos e ingenieros eran convocados a determinar riesgos en estructuras edilicias y apuntalarlas, por qué no podíamos nosotros hacer lo mismo con las estructuras de aparatos psíquicos afectados por el sismo. Con Silvia entendíamos esta solidaridad como un compromiso con el enorme proceso de reconstrucción necesario para atender las urgencias de la población afectada, y desde nuestro metier, proveer las herramientas no sólo para atender las necesidades más inmediatas de la supervivencia, sino asumiendo que este proceso solidario debería producir cambios sustanciales en la subjetividad de los afectados.

Se produjeron varias réplicas del fenómeno, la más significativa fue la del día siguiente (20 de septiembre de 1985) a las 19:38 hs, con una magnitud de 7.9 grados en la escala de Richter, que sumó importantes daños materiales sobre las construcciones dañadas previamente por efecto del primer sismo. Las entrañas de la tierra volvieron a convulsivar. Y, un poco en broma, un poco en serio, ya agotado por la tensión vivida y por el ensamblaje de acontecimientos históricos que determinan lo que Freud llamó series complementarias, dije: “Basta, acaben con nosotros de una buena vez”.

Esa era la trama en la que se jugaba la dialéctica entre las defensas, que hasta entonces habían operado en mí, y la enorme angustia que nos desbordaba y que fracturaba los modos habituales de ejercicio de ellas, cuando lo acontencial del terremoto entraba como estímulo inelaborable porque se ligaba con el terrorismo de Estado que nos había hecho emigrar a México. Se habían unido en mi interior elementos en común entre una catástrofe natural y una catástrofe histórica; se articulaban el acontecimiento actual con otros; esa catástrofe, inevitablemente, se ligaba a otras catástrofes sufridas.

La realidad es realidad del hombre y para el hombre, es decir, imposible de ser pensada desde nuestra práctica o desde nuestro campo, si no es desde la significación que para él tiene y de las representaciones que para él pone en juego. Eso fue lo que guió nuestra práctica extramuros, lo que con Silvia nos propusimos en aquella situación que nos tocó vivir en México de 1985.

Nuestra concepción del aparato psíquico como un sistema abierto, capaz de sufrir transformaciones por las recomposiciones que los nuevos procesos históricos-vivenciales obligan —pensábamos—, y es lo que le da razón de ser al psicoanálisis y a nosotros como psicoanalistas, a la exportación extramuros de la práctica psicoanalítica. Y si hay recomposiciones, estas se deben a que las relaciones que activan los diversos y discretos elementos en conglomerados representacionales nuevos son posibles. Esto nos permitía afirmar que el inconciente es, a su vez, transformable, que sus contenidos, aunque indestructibles, son modificables.

Silvia describió en un trabajo (2) la relación entre el monto del estímulo y el umbral del sujeto, señalando que es fundamental tener en cuenta la capacidad metabólica —vale decir, simbolizante— con que cuenta el aparato psíquico para establecer redes de ligazón que puedan engarzar los elementos sobreinvestidos, que tienden a romper sus defensas habituales. Y agregaba que, si esos elementos son incapturables en el entramado yoico porque están más allá de las simbolizaciones que se han ido estableciendo a lo largo de las experiencias significantes que la vida ofrece, quedarían librados, sea a un destino de síntoma, sea a una modificación general de la vida psíquica. Al modo de una cicatriz queloide, una insensibilización de la membrana, efecto de su engrosamiento por contrainvestimientos masivos, puede establecerse residualmente y para siempre, hasta que algo venga a atravesarla.

Feliz imagen, aquella de la cicatriz. Señal que queda en los tejidos después de cerrada una herida o una llaga, huella persistente que da cuenta de una efracción acontecida anteriormente; por extensión, impresión en el ánimo de un sentimiento pasado. Si la cicatriz es plástica, es poco notoria, no deja limitaciones a la motilidad; una cicatriz queloide es algo que se nota, que todos ven; es la imagen de un funcionamiento rígido, empobrecido en los límites de su funcionalidad y, si se trata del psiquismo, la pobreza será no sólo afectiva sino intelectual.

De aquella época también nació la concepción de que, ante situaciones de catástrofe, la prevención o, posteriormente, el tratamiento, deberían generar para el sujeto las condiciones para una expansión de sus potencialidades psíquicas en el enclave de condiciones históricas determinadas, pero a su vez abiertas, en las cuales la insistencia de repetición inscripta dé paso a un reordenamiento de nuevos modos de recomposición más o menos estables, en el marco de la perspectiva vital azarosa pero no indeterminada, arrancando al sujeto de la oscilación entre la angustia y la rigidización defensiva. Y de que la escucha, desde esta concepción teórica, nos permitirá, en una lectura indiciaria, por après coup, reconstruir la génesis de la cadena traumática en la cual se juega lo histórico-vivencial, reordenando los hitos y haciendo posible que lo que era inscripción atemporal en el inconciente advenga temporalización historizante en el sujeto. Historizar simbolizando, eslabonar de un modo significante los efectos de lo acontencial-traumático que el sujeto sabe que sufre pero cuyos modos de insistencia desconoce, será la guía privilegiada para la intervención. Esta concepción fue la que nos orientó, nos dio la brújula que guiaría nuestro trabajo con los damnificados del terremoto.

Estos planteos teóricos tuvieron su germen histórico en aquel terremoto de 1985, y verá el lector de este libro, cómo se va desplegando el pensamiento de Silvia Bleichmar a lo largo del curso que dictó a un grupo de estudiantes y profesionales a pedido de UNICEF (3) y que hoy Entreideas publica.

La experiencia particular en que se basó el ciclo intentaba dar cuenta de cierto procesamiento teórico y de la práctica realizada con los damnificados. Aquella experiencia, en la que tuve el privilegio de participar, no sólo le permitió a Silvia realizar un verdadero asentamiento con relación a ciertos conceptos de la teoría y la práctica grupales, sino que nos obligó a ambos a revisar y elaborar una serie de cuestiones de exclusiva pertinencia del campo psicoanalítico. Conceptos como el de “neurosis traumática”, “neurosis de angustia” o “causa desencadenante de la neurosis” fueron repensados en el marco de un trabajo que sometía, en vivo y en caliente, los esquemas teóricos a la forja de una práctica en la cual nuestros errores no se limitaban al tête à tête de una conversación entre colegas, sino que eran revelados a la luz de una exigencia pública que definía la eficacia de nuestras acciones. No someterse pasivamente a la demanda de las instituciones estatales ni encerrarse en la imposibilidad de toda acción social fueron las premisas que rigieron nuestra búsqueda de nuevas vías de trabajo, cuando gran parte de los conceptos con los que veníamos trabajando ya habían encontrado un cierto perfil de rigurosidad pero aún no habían sido sometidos a la prueba de una experiencia tan extrema.

En circunstancias como las que vivieron los habitantes de la ciudad de México (4), se debió tener en cuenta, en la elaboración de un proyecto de trabajo, que la población afectada no era sólo aquella que había tenido pérdidas directas —la cual fue, por supuesto, especialmente considerada—, sino también aquella que, de uno u otro modo, fue o se sintió partícipe, aun a distancia, de la situación sufrida. No podemos dejar de señalar al respecto que un elemento que contribuyó, de modo decisivo al nivel de trabajo y compromiso manifestado, fue, posiblemente, el hecho de que todos quienes tuvieron a su cargo la misión de desarrollar las tareas propuestas —incluidos aquellos que tuvimos a nuestro cargo impartir y supervisar clases y grupos— compartimos la situación que asoló a la población en su conjunto. Todos fuimos “traumatizados”, en mayor o menor grado; todos nos vimos sometidos al acoso de los acontecimientos que en aquellos días se precipitaron sobre la ciudad de México. Y es en parte debido a ello, que todos nos vimos en la necesidad de salvaguardar el aparato psíquico de las víctimas, al mismo tiempo que recuperábamos el propio.

No fue la caridad lo que estuvo en juego, tampoco una “conciencia cívica” en abstracto, sino la necesidad de cada uno de reparar, rescatar, restaurar los efectos de la situación vivida, en una identificación al semejante que pone en marcha los complejos resortes psíquicos de aquello que, en nuestro lenguaje cotidiano, llamamos “solidaridad”.

El terremoto y sus consecuencias nos brindaron la oportunidad de pensar en la condición humana a través de múltiples facetas de lo sucedido. El tema del hombre frente a la tragedia: el horror, el caos, la desesperación, el pánico, la inseguridad, la vulnerabilidad, pero también ese otro aspecto más reparador y más vital: los lazos sociales solidarios, el entramado de un tejido de conjunto comunitario (5).

Vivimos en circunstancias donde, en el mundo, acontecen catástrofes a diario, por eso, a diario también, nos topamos con la banalización de las mismas; habituados a leer noticias sobre ellas, ya no asombran, ya no conflictúan. Pero, a quien le haya tocado vivirlas, sabe que es una realidad imposible de ser transformada en relato. Carlos Franz, chileno radicado en España, escribió después del reciente terremoto sufrido en Chile (6):

Ese cambio que la naturaleza puede producir en la conciencia lo experimentó el joven Darwin, en Chile. En 1835 vivió un gran sismo y maremoto que arrasó esa misma zona de Concepción. Y escribió sobre ello: “Un terremoto destruye nuestras más viejas presunciones: la tierra, el emblema mismo de la solidez, se ha movido bajo nuestros pies, como una delgada costra sobre un fluido. En segundos se crea una extraña idea de inseguridad, que horas de reflexión no habrían producido” (7).

Quiero invocar a Silvia Bleichmar para terminar este Prólogo. Ella, varios años después de aquel terremoto de 1985 en México, en un Panel en el que participó y en el que validaba la práctica extramuros del psicoanálisis, dijo:

Es un acontecimiento abrir un debate público sobre la cuestión del traumatismo (...) Probablemente uno de los problemas más graves que estamos padeciendo es la naturalización de las catástrofes sociales o históricas, su presentación como algo del orden de lo natural, como algo del orden de lo imposible de ser enfrentado; sin embargo, sabemos muy bien que muchas catástrofes naturales son efecto del descuido, negligencia o falta de responsabilidad de los gobiernos en los que se producen.

En el terremoto de México gran parte de los edificios que cayeron fueron los edificios de la corrupción. Eran los edificios que estaban peor hechos, es decir, sin la concepción antisísmica propia de zonas pasibles de sufrir terremotos. Una enorme cantidad de hospitales y edificios públicos fueron los primeros en producir víctimas.

(…) Todos sabemos también que las inundaciones en nuestra ciudad o en el interior del país, son efecto, no sólo de las lluvias, sino de descuidos de distintos tipos. De todos modos, hay una especificidad de las catástrofes sociales que es necesario pensar.

Es indudable que el concepto de catástrofe a nivel social da un marco amplio y desde el punto de vista del psicoanálisis es necesario precisar lo siguiente: el carácter general de una catástrofe se define en última instancia por los modos con los cuales abarca a sectores importantes de una población; pero el traumatismo determina el modo por el cual estas catástrofes padecidas en común, atacan la subjetividad o impactan la subjetividad de manera diferente en aquellos que la padecen.

Pero ¿son válidas las herramientas que tenemos para trabajar en procesos traumáticos?, ¿de qué modo podemos definir una metapsicología del proceso traumático? Acostumbrados los analistas a trabajar en el desmantelamiento de la defensa, en el levantamiento de la defensa, en la desarticulación de los modos defensivos del sujeto, ¿qué ocurre cuando estos estallan espontáneamente?, ¿cuál será entonces la función de un terapeuta o de un psicoanalista frente a estas cuestiones? (8)

En este Curso, dictado entre fines de 1985 y comienzos de 1986, Silvia Bleichmar intentaba dar respuesta a estas y muchas otras preguntas que ya entonces se hacía. Por eso nos pareció de un valor inestimable darlo a conocer, por su carácter precursor en un campo que aún debe seguir siendo explorado.

Carlos Schenquerman

1. Para que el lector tenga una idea de la magnitud: una de las diversas apreciaciones de los entendidos, en cuanto a la energía que se liberó en dicho movimiento, fue su equivalente a 1114 bombas atómicas de 20 kilotones cada una.

2. Publicado posteriormente como Coloquio Temporalidad-Determinación-Azar. Lo reversible y lo irreversible, Buenos Aires, Paidós, 1994.

3. Este Curso de Formación-Asistencia para terapeutas de Población en Situación de Emergencia se llevó a cabo entre los meses de octubre a febrero, fue impartido bajo nuestra guía, y para el cual Trabajo del Psicoanálisis, que era una institución que Silvia y yo creamos y dirigíamos, contó con el aval de UNICEF.

4. El gobierno reportó el fallecimiento de entre 6 y 7 mil personas. e incluso llegó a suponer que la suma final fue de 10 mil. Sin embargo, años después, con la apertura de información de varias fuentes gubernamentales, el registro aproximado se calculó en 35 mil muertos, aunque hay fuentes que aseguran que la cifra rebasó los 40 mil. Las personas rescatadas con vida de los escombros fueron aproximadamente más de 4 mil. Hubo gente que fue rescatada viva entre los derrumbes hasta diez días después de ocurrido el primer sismo. El número de estructuras destruidas en su totalidad fue de aproximadamente 30 mil y aquellas con daños parciales, de 68 mil.

5. Digno de ser mencionada es la repercusión que tuvo un grupo espontáneo de personas que se dedicaban a meterse entre los escombros a la búsqueda de algún sobreviviente. Surgidos de la nada, la fama de los “Topos de Tlatelolco” ha trascendido fronteras. Ahora son una organización preparada y especializada de rescatistas, capaz de asistir en cualquier situación de siniestro, sea en México o en cualquier parte del mundo.

6. En febrero de 2010 se registró en Chile un terremoto de 8,8 grados de intensidad medidos según la escala de Richter.

7. Carlos Franz, La inseguridad de la Tierra, en El País, Madrid, 6 de marzo de 2010 y en La Nación, Buenos Aires, 13 de marzo de 2010.

8. Luego publicado en: Bleichmar, S., Panel “Conceptualizaciones de catástrofe social. Límites y encrucijadas”, en Waisbrot, Daniel y otros (compiladores), Clínica psicoanalítica ante las catástrofes sociales. La experiencia argentina, Buenos Aires, Paidós, 2003, pág. 35-51.

Clase 1
Traumatismo: entre el estímulo y la excitación

Quiero, en primer lugar, darles la bienvenida a este curso y hacerlos partícipes de cómo siento yo esta posibilidad que se me presenta de poder brindar, por mi parte, los conocimientos que a ustedes les pueden servir para poder emprender esta tarea que vamos a llevar a cabo con los niños que han sufrido la catástrofe por la que todos acabamos de pasar.

En segundo lugar, quiero señalar que el sentido de este curso consiste, fundamentalmente, en poder ayudar a la población a transitar y tramitar este duro momento, pero también en poder recoger una experiencia que pueda ser instrumentada, aplicada en otras circunstancias. Esto es también de interés prioritario para UNICEF.

Sería de una enorme omnipotencia pensar que las treinta personas aquí presentes podamos resolver, solas, situaciones como esta. Y creo que hablar de omnipotencia en este momento ya abre uno de los problemas con los que nos vamos a encontrar cuando trabajemos con la población afectada. Lo primero a lo que convoca una situación tan dramática, tan brutal y tan sensibilizante como la que estamos viviendo, es la omnipotencia. La omnipotencia como respuesta a la impotencia personal que todos hemos sentido cuando nos tuvimos que enfrentar, el día del terremoto, a nuestra propia muerte, y de alguna manera, a la impreparación en que el terremoto nos encontró, con lo cual una circunstancia como esta nos confronta a todos.

Lo peculiar de la herramienta que manejamos es que no sólo nos enfrenta a la angustia del semejante, sino que nos remueve permanentemente nuestra propia angustia y nuestros propios fantasmas infantiles. Es por ello que otro de los sentidos de este curso, además de la transmisión de conocimientos, será el de contener con ustedes y en ustedes los efectos de estas situaciones que se vayan produciendo. Esto es fundamental para que puedan, a su vez, contener a los niños y no reproduzcan algo que estamos observando permanentemente: la paralización de los niños, por parte de los adultos, ante la ansiedad de muerte extrema que la población está viviendo.

Trabajaremos hoy algunas cuestiones relativas al problema del traumatismo y la neurosis traumática, para luego ir viendo qué pasa con estos modelos en la población que nos toque ir asistiendo.

La problemática del traumatismo pone siempre en juego la concepción de un psicoanalista sobre las relaciones entre el aparato psíquico y el mundo exterior y, a partir de ello, cómo entiende las relaciones en el interior del aparato psíquico. Es decir, entre el inconciente y el yo, y de qué manera entiende las relaciones que se establecen entre la sexualidad y los acontecimientos externos. Y digo sexualidad para empezar ya con la problemática que abre la cuestión del traumatismo; para recuperar la propuesta freudiana de sexualidad, que no tiene nada que ver con la genitalidad, sino que tiene que ver con todo aquello que, pasando por el par placer-displacer, abarca las problemáticas del sufrimiento psíquico y del amor y el odio.

Si ustedes han revisado el Diccionario de Psicoanálisis (9) habrán visto que el psicoanálisis ha recogido los términos de trauma y traumatismo transponiendo al plano psíquico las tres significaciones inherentes al mismo: la de un choque violento, por un lado, la de una efracción, por el otro, y las consecuencias sobre el conjunto de la organización afectada, sea física o, en este caso —la que nos atañe a nosotros—, organización psíquica. Choque y efracción son los dos elementos que definen la problemática del traumatismo. En las Conferencias de introducción al psicoanálisis de 1915 a 1917, dice Freud: “Llamamos así [se refiere al traumatismo] a una vivencia que, en un breve lapso, aporta un exceso tal en la intensidad de estímulo que su tramitación o finiquitación por las vías habituales y normales fracasa, de donde por fuerza resultan trastornos duraderos para la economía energética” (10). Hago un señalamiento de entrada, una diferencia fundamental: Freud dice “exceso de excitación”, donde Reis, que significa estímulo, es aquello que viniendo del exterior hace posible la huida. Si ustedes ven en Pulsiones y destinos de pulsión (11), ahí está definida Reis como aquello que, viniendo de afuera, permite la huida: la luz que se enciende y frente a lo cual uno puede cerrar los ojos o desviar la mirada; eso es estímulo.

Mientras que excitación es algo que proviene desde adentro y ante lo cual la huida está imposibilitada, se caracteriza por no permitir la huida. Pero Freud habla de una experiencia vivida que aporta un aumento excesivo de excitación al aparato psíquico. Tenemos tres elementos: el estímulo, la experiencia vivida y la excitación que desencadena en el interior del aparato psíquico. El otro elemento a subrayar de estas definiciones es el fracaso de tramitación o elaboración por vías habituales o normales; es decir, se trata de algo que pone en riesgo y descalifica las defensas habituales del sujeto psíquico; el sujeto no está preparado con sus defensas habituales para enfrentarse a esta situación traumática. Podríamos, entonces, en primera instancia, señalar que si el traumatismo es aflujo de excitación es porque constituye la activación de algo existente para lo cual el aparato psíquico ha perdido sus defensas habituales de control.

Voy a introducir una pequeña hipótesis para que vayamos pensando. Se tiende a pensar, mecánicamente, el traumatismo como algo externo, donde se propiciaría que a mayor distancia del hecho efectivo, hay menor traumatismo. En un texto de 1919 acerca de las neurosis de guerra (12), Freud ya se plantea por qué razón se producen neurosis de guerra en los soldados de la retaguardia y no se producen, a veces, neurosis de guerra en los sujetos que están en el frente de combate; con lo cual lo que está abriendo como problemática es la cuestión de que el efecto no puede medirse por el estímulo externo, sino por la relación que hay entre el estímulo externo y aquello que precipita en el sujeto y propicia la emergencia de patología. La pequeña hipótesis que yo les quería proporcionar es la siguiente: el efecto traumático no es el producto directo del estímulo externo, sino que es producto de la relación existente entre el impacto y el aflujo de excitación desencadenada.

Neurosis traumática

La neurosis traumática se puede definir por dos características, o mejor, podría decir yo, por dos elementos: por un lado, la etiología. Ya desde Freud —y luego, con los desarrollos de Jean Laplanche (13)— lo que se plantea respecto al traumatismo es que se trata de una situación física real (guerras, accidentes graves, accidentes de tren, catástrofes como terremotos, huracanes, deslaves, etc.). Entonces, grave situación física real que pone en peligro la vida del sujeto. Pero, por otro lado, lo relevante radica precisamente en que se trata de una situación de peligro físico donde todo se destroza alrededor del sujeto, y lo capital para que se desencadene una neurosis traumática es que no haya habido traumatismo físico. E incluso parecería, como lo revela Freud en una constatación hecha en aquella época de la guerra, que en la medida en que el sujeto sufre una herida real, se ve protegido contra la irrupción de la neurosis traumática. No lo sufren los que están en la línea de fuego, sino los que quedan en la retaguardia.

Freud describe muy esquemáticamente el hecho de las repeticiones. Vamos a ver esto en los sueños. Y un hecho interesante es la repetición en los dibujos —a veces de un mismo niño— del hecho traumático a través de una forma en la que no se evidencia la recuperación de la realidad, sino una forma peculiar con la cual el niño intenta estructurarla, del mismo modo que el sueño, porque no toma toda la situación real, sino algunos elementos de la situación real. Pretende, digamos, simbolizar aquello vivido y para lo cual no estaba preparado, la impreparación es un elemento fundamental.

Después vamos a retomar esta cuestión de la impreparación del sujeto, para ver la relación que hay entre ella y los miedos que se desencadenan a posteriori, que tienen las características de angustia señal, o señal de angustia. En el sentido de que parecería que, ante la angustia automática que se desencadenó con el acontecimiento traumático vivido por la población con el terremoto, aparece la angustia señal, ligada al miedo al terremoto como una forma de estar, ahora sí, preparados ante nuevas posibilidades de que se repita un nuevo terremoto. Se trata de un cuadro, en general, cercano a aquellos que se puedan encontrar en la histeria, particularmente en algunos momentos agudos; pero son mucho menos marcados en la histeria.

Lo que vemos en las personas que estamos tratando es que hay sufrimiento subjetivo, y esto es algo que en los cuadros agudos de histeria no se ve, porque se ha producido justamente la conversión; se dan cuadros de depresión que desembocan en un estado vecino a la melancolía o incluso a preocupaciones hipocondríacas muy importantes. Esto ya lo hemos estado viendo en la población, la aparición de elementos hipocondríacos y de estados depresivos cuasi melancólicos. Este fenómeno de sufrimiento subjetivo y de inhibición de las diferentes actividades, lo hemos observado, fundamentalmente, en la población adulta y es muy importante para que pensemos qué está pasando con las madres. Porque las madres están con una inhibición para enfrentarse, hacerse cargo de los niños, que en algunos casos pueden estar dando cuenta de un cuadro con estas características o síntomas patentes de fijación al trauma.

Esto era lo que le interesaba a Freud, en Más allá del principio del placer (14), los síntomas de repetición; en particular los recuerdos casi alucinatorios del accidente, la reaparición permanente de la situación traumática y, más aún, su repetición en sueños de forma muy estereotipada; sueños que son siempre los mismos, que una y otra vez repiten las circunstancias del momento del accidente. Estos son los elementos clásicos de la neurosis traumática. Pero, así como lo hizo Laplanche, nos preguntamos: ¿qué queda actualmente de esta descripción de la neurosis traumática? Pienso que es una realidad clínica indiscutible, pero volviendo un poco a lo que Freud ha descrito, se podrían descubrir cuadros que tienen en común el aspecto inicial. Quiero decir, reacciones en el momento del accidente, crisis ansiosa, agitación o, por el contrario, estupor que puede durar más o menos largo tiempo, confusiones.

Pero, a partir de ello, después de cierto tiempo de latencia —el tiempo que ya Charcot designaba como el tiempo de elaboración o de mediación— aparecen síntomas que se reagrupan según dos modalidades: una que sería cercana a la que da Freud, que es el cuadro de la neurosis traumática propiamente dicha; y, en el otro extremo, un cuadro mucho más banalmente neurótico, como si en el segundo caso, el traumatismo no hiciera más que revelar, desencadenar una neurosis latente preexistente. Esto es algo que nosotros vamos a encontrar fundamentalmente en esta etapa, en la medida en que por el tiempo transcurrido, salvo algunos casos que hay de neurosis traumática que han aparecido más masivamente en los primeros tiempos, lo que vamos a encontrar es este desencadenamiento de patología neurótica previa.

Estamos encontrando reaparición de cuadros de neurosis, de trastornos de aprendizaje, de dificultades para pensar, de hiperkinesis. En fin, distintos cuadros que estamos viendo aparecen como desencadenando algo que estaba latente. O, en algunos casos, que no sólo estaba latente, sino la recuperación de algunos modelos de neurosis previa que los niños tenían y que reaparecen en este momento, pero no exactamente igual —y esto es lo interesante—, sino que el traumatismo, de algún modo, ha resignificando neurosis previas. Hay un principio del psicoanálisis que es que las vías de acceso al inconciente están siempre abiertas, mientras que las vías de salida del inconciente son las que están cerradas. De manera que lo que ya estaba en el inconciente hizo de base de todo este aflujo de excitación, que activó y devino en nuevas problemáticas traumáticas previas de distintas maneras y con significaciones diversas.

Sin embargo, hablar de dos cuadros, como señala Laplanche, es de alguna manera plantear que todas las intermediaciones son posibles, y esto sería una coartada para dejar de lado el problema general del traumatismo y de la neurosis, particularmente, de saber si puede haber traumatismo psíquico, incluso en la guerra, incluso en graves accidentes que no sean en personas que estuvieran predispuestas a la neurosis. Esta es la pregunta que aparece después de elaboraciones psicoanalíticas de muchos años: si se considera que la neurosis misma tiene antecedencias traumáticas, en este caso, en el sentido del traumatismo infantil. Llegamos a un problema aparentemente ridículo, de regresión al infinito, ¿hay traumatismo?, ¿habría traumatismo si no hubiera habido un traumatismo anterior predisponente?

Pero, pese a todo, Laplanche refiere que Freud va más lejos, y su respuesta puede ser separada en dos direcciones: una dirección un tanto formal, cuando se quiere decir que en realidad entre lo actual y la predisposición hay siempre una relación complementaria —es lo que se llama “la toma en consideración de las series complementarias”—, a un grave traumatismo le bastaría un terreno relativamente poco predispuesto para desencadenar una neurosis, e inversamente, una predisposición desencadenaría una neurosis bastando sólo un traumatismo mínimo. Habría allí una especie de consideración aritmética, plantea Laplanche, que no parece ir al fondo de las cosas.

La respuesta de fondo en Freud ha sido una teoría que pueda verdaderamente llamarse dialéctica, la teoría de la resignificación, o de lo que se ha llamado del après-coup, donde más que una génesis donde lo anterior significara a lo posterior, se trata de que lo posterior resignifica lo anterior. Es decir, que si hubiera habido una situación infantil con predisposición neurótica, el traumatismo no se monta sobre ella, sino que la resignifica, la reestructura y no solamente la desencadena. Esta es la concepción del traumatismo en dos tiempos.

Si hablamos de choque y de efracción, empezamos a hablar de algo que tendremos que llamar una tópica: espacios donde algo entra y algo tiene que salir; es decir, si algo choca es porque algún tipo de cuerpo entra en choque. Hablamos de cuerpo en general en este momento, puede ser un cuerpo físico o puede ser un cuerpo psíquico, en el sentido en que Freud lo define en El yo y el ello (15) como la representación de la superficie corporal; el yo, como aquella instancia que se caracteriza por ser un terreno cercado. El traumatismo, entonces, tiene que ser de alguna manera ubicado en su relación con una tópica, con un aparato psíquico donde tiene que haber lugares en los cuales se inserte y en los cuales algo efraccione.

Este es el modelo de Más allá del principio del placer que pretende dar cuenta de un número importante de fenómenos, particularmente, de la neurosis traumática. Pero, lo curioso es que parte de la conciencia, no parte de lo inconciente. Quiero hacer la siguiente observación al respecto: operar en el aparato psíquico infantil en constitución es tener en cuenta que el inconciente no es algo que flota en el espacio, sino que es algo que se ubica en el interior de un sujeto psíquico con relaciones de conflicto intrapsíquico, donde las instancias con las cuales entra en relación van a definir qué calibre va a tener ese conflicto y de qué manera se va a resolver a partir de las defensas con las que pueda estructurarse.

Nos despedimos hasta la próxima clase en la que seguiremos trabajando en la teoría del traumatismo y también en cuestiones que hacen a la experiencia de la práctica.

9. 1 Laplanche, J. y Pontalis, J. B., Diccionario de Psicoanálisis, Labor, 1971. (En francés, Vocabulaire du Psychanalyse, París, PUF, 1968).

10. Freud, S., Conferencias de introducción al psicoanálisis, en Obras Completas, Volumen 16, Buenos Aires, Amorrortu, 1976, pág. 252.

11. Freud, S., Pulsiones y destinos de pulsión, en Obras Completas, Volumen 14, Buenos Aires, Amorrortu, 1976, pág. 105.

12. Freud, S., Introducción al psicoanálisis de las neurosis de guerra, en Obras Completas, Volumen 17, Buenos Aires, Amorrortu, 1976, pág. 201.

13. Cf. Laplanche, J., Problématiques I, L’Angoisse, París, Presse Universitaires de France (PUF), 1980 y Problématiques IV, L’inconscient et le ça, París, PUF, 1981. Publicados en español por Amorrortu, en Buenos Aires, 1988 y 1987 respectivamente.

14. Freud, S., Más allá del principio de placer, en Obras Completas, Volumen 18, Buenos Aires, Amorrortu, 1979.

15. Freud, S., El yo y el ello, en Obras Completas, Volumen 19, Buenos Aires, Amorrortu, 1976.

Clase 2
El traumatismo, a la búsqueda de simbolización

Hoy trabajaremos con un eje que tiene uno de sus extremos en la teoría catártica y el otro en la perlaboración o en la elaboración. El método catártico es una técnica prefreudiana que abarca los años 1882 a 1895 que, por definición, consiste en una descarga adecuada de los afectos patógenos. Por este método, la cura permitiría evocar e incluso revivir los acontecimientos traumáticos, a los cuales se hayan ligados los afectos, y lograr su abreacción, es decir, su descarga.

Como ustedes ven, de entrada y aun cuando se esté hablando de técnica catártica, hay una propuesta que tiene que ver con la ligazón del afecto a la representación, en el sentido de que evocar y revivir los acontecimientos a los cuales se hallan ligados los afectos implica reunir de algún modo el acontecimiento como episodio con el afecto, para darle algún nivel de simbolización. Evocar y revivir también significa que algo está supuestamente olvidado. Tengan en cuenta que en el momento en que se trabaja con esta técnica no estaba definido el concepto de inconciente, no se ha descubierto aún la problemática del inconciente y Freud está trabajando todavía con la concepción de una segunda conciencia regida por las mismas leyes que la conciencia, que sería temporal, que no estaría regida por las leyes del proceso primario. De manera que “supuestamente olvidado” quiere decir que todavía en aquella época el recordar aparece como un patrimonio de la conciencia. Hay que evitar la confusión entre recordar y receptáculo de memoria: el recordar siempre es patrimonio de la conciencia, en la medida en que recordar es evocar algo que no está en el campo presente; mientras que el inconciente es receptáculo de huellas mnésicas, es decir, que el inconciente no recuerda nada, sino que lo que está existe en presencia; por eso, el recordar va a ser siempre patrimonio del preconciente.

La sustentación de la teoría catártica reside, entonces, en que los afectos no han logrado una vía de descarga y permanecen ejerciendo efectos patógenos. En un texto que se llama Psicoanálisis que Freud escribió para la Enciclopedia Británica (16), en 1926, decía que la cura catártica consiste en la liberación de un afecto mal guiado. Hay una diferencia entre eso que planteara Freud en 1926 y la forma en que lo había definido en los escritos sobre la histeria. El concepto de afecto retenido, mal guiado, quiere decir que está mal emplazado. ¿Qué quiere decir mal emplazado?, quiere decir que está ligado a una representación que sustituye a la representación correcta y debido a eso no logra elaborarse. El ejemplo clásico es el del sujeto que ante un duelo congelado llora con otra razón —en el cine, por ejemplo, cuando algún personaje vive una situación de pérdida— y el afecto que está ligado a ese duelo quedó ligado a una representación totalmente secundaria, totalmente arbitraria. Pero que ese afecto esté mal emplazado quiere decir que se ha ligado a una representación que no es la originalmente reprimida.

Entonces, afecto mal emplazado o mal guiado es que no ha logrado una descarga por vías normales. El tratamiento catártico, decía Freud, lograba notables resultados terapéuticos, pero estos resultados ni eran duraderos ni eran independientes del vínculo personal del enfermo con el médico. Esta es una problemática fundamental para nosotros, en la medida en que la catarsis en sí misma no produce una resolución sintomal a largo plazo, sino que produce un alivio circunstancial del síntoma. La técnica catártica, en su origen, estaba relacionada con la hipnosis, y una de sus características es el desdoblamiento del sujeto en el momento hipnótico; lo cual pone en evidencia otra cuestión: no basta con que algo emerja en la conciencia o en lo manifiesto, si el sujeto no es capaz de significar eso que emerge. Por eso, la hipnosis no garantizaba curación a largo plazo, porque el sujeto era incapaz de incorporar aquello que había aparecido porque en realidad el inconciente es otro y en la medida en que el inconciente es otro, extraño para el sujeto, este no puede reconocer como propio aquello que existe sino a través de la perlaboración.

En esto consiste el beneficio de la perlaboración, en que al oírse, el sujeto integra en una nueva serie psíquica aquello que siente ajeno a sí mismo. Oírse implica la posibilidad de darle una significación diferente. Si el sujeto emite un lapsus (por supuesto que, a veces, hay una especie de horror en el sujeto al oír lo que emerge del inconciente), en el momento de la emisión de un lapsus inmediatamente se tiende a rellenarlo con “¡Ay!, me equivoqué”. Cuando uno tiene entrenamiento psicoanalítico, lo que hace es darle una racionalización que tampoco sirve para nada, pero de lo que se trata en el lapsus es de encontrar esa significación reprimida, algo que explique la emergencia del contenido inconciente en el plano de lo manifiesto. No alcanza con que algo esté en lo manifiesto para que al sujeto le sirva para cambiar su posición de sujeto. Lo fundamental es que a través del reconocimiento de eso que emerge del inconciente, el sujeto tiene la posibilidad de ligarlo para reconocerlo como propio y darle la significación que lo haga variar en su posición de sujeto. La pregunta que uno se puede hacer a esta altura de la historia y con tantos años de psicoanálisis detrás es: ¿qué es lo que impide la descarga del afecto? (Vamos a ver luego un ejemplo de un grupo de niños que llegan con barbijos a las reuniones). La descarga del afecto no es impedida por un medio externo. Creo que esto es la profunda confusión que existe cuando surge el problema de querer que la gente hable; si la gente no puede hablar es porque hay algo desde el interior mismo que impide la emergencia de lo reprimido. En todo caso, de lo que se trata es de ver qué es aquello que se lo impide o dificulta.

Pero, la represión, por otra parte, es definida en algún momento por Freud como el elemento que produce la disociación entre el afecto y la representación, de manera que es la represión la que va a posibilitar que un afecto quede mal emplazado o quede ligado a otra representación, en la medida en que, justamente, es a través de la libre circulación de cargas del inconciente que pueden volver a reunirse en el inconciente la carga y la representación, aunque se reúnan de una manera espuria. Hay una larga y vieja discusión en psicología respecto a si hay sentimientos reprimidos o no. Para Freud, no los hay, salvo en sentido descriptivo. Dice en la metapsicología que sólo podemos decir que hay un sentimiento o un afecto reprimido por après-coup, es decir, cuando lo volvemos a reconocer porque emerge en otro lugar que el que suponíamos que debía estar y entonces decimos que estaba reprimido.

En el inconciente, el afecto es carga. Lo único que se puede hacer con el afecto al reprimirlo es suprimirlo; la represión es algo que cae sobre las representaciones, mientras que sobre el afecto lo que recae es la supresión, es decir, su descualificación y la transformación en cargas que circulan entre las representaciones en el inconciente. Cuando el afecto reemerge en la conciencia, puede hacerlo de dos maneras: no ligado a una representación, es decir, en forma pura, y ese es el modelo de la angustia. Por eso, podemos definir la angustia como el afecto que emerge en la conciencia descualificado, sin ligazón con una representación. Esto es fundamental para el problema de la simbolización: el afecto es algo que aparece desligado de una representación y que sólo puede ser definido a través del cúmulo de sensaciones que el sujeto experimenta y que están a mitad de camino entre lo psíquico y lo somático, por eso tiene características de palpitaciones, de nudo que aprieta en la garganta, de algo que molesta en la panza, de algo que produce sudoración de las manos, de algo que produce un corte de la respiración, porque, en realidad, es el afecto descualificado no ligado a una representación.

Cuando la carga se liga a una representación estamos en el terreno del sentimiento, del afecto cualificado, y ahí es donde ubicaremos el miedo. Esta es la diferencia entre angustia (carga descualificada que emerge) y miedo (afecto ligado a una representación); es una forma de simbolización mayor que posibilita la relación entre el afecto y la representación, es decir, el miedo es aquello que permite una simbolización, ya que el sujeto sabe a qué le teme. Volviendo al problema de la disociación entre el afecto y la representación, digamos que jamás la catarsis sería la emergencia de un afecto puro, sino el emplazamiento de un afecto que se liga a un tipo de representación. En tal sentido, ninguna cura analítica está exenta de un aspecto catártico, no hay ninguna cura analítica donde de algún modo no se revivan afectos que queden ligados a representaciones y, al reemplazarse, determinan determinadas emociones. Y así como es impensable una cura sin reviviscencia, sería impensable, en cuanto a los objetivos de una cura, que no se supere la reviviscencia, yendo a la búsqueda de la perlaboración. Por eso, la catarsis no es el núcleo de la cura. Esto es muy importante, no se trata simplemente de quitar el tapón y que aparezcan las cosas.

Veamos cómo se relaciona lo que acabo de mencionar con la problemática del síntoma. Desde Freud en adelante, en las psiconeurosis de defensa, el síntoma es definido como un momento aislado de cierto acontecimiento traumático que al mismo tiempo se esclerosa, se aísla del conjunto de la vida psíquica. Tengan en cuenta que cuando Freud describe esto, todavía no tenía trabajado el concepto de inconciente y por eso no puede plantearse que en realidad este aislamiento del conjunto de la vida psíquica no es algo fortuito en los seres humanos, y que no se da solamente con el síntoma, sino en toda la vida anímica, en la medida en que siempre hay un espacio que está aislado del conjunto de la vida psíquica. Pero lo que sí podemos retomar es esta idea de esclerosamiento, de algo que permanece idéntico, de algo que se mantiene igual a sí mismo. La compulsión de repetición se relaciona con esto; al no poder incluirse en una cadena significante de la vida anímica queda un elemento del existente aislado que insiste buscando su ligazón, su inserción en una cadena simbólica que le otorgue un sentido.

En Vida y muerte en psicoanálisis (17), Laplanche retoma el caso de Emma descripto por Freud, para demostrar que el traumatismo se produce en dos tiempos. Hay un primer episodio traumático, en el momento en que la muchacha —una joven hístero-fóbica cuyo síntoma era una dificultad para entrar sola a comprar a las tiendas— no tiene la menor idea de qué es la sexualidad, entendida en el sentido de genitalidad. A la edad de 8 años fue dos veces sola a comprar golosinas. La primera vez, el pastelero le había tocado los genitales a través de la tela del vestido. Luego vuelve por segunda vez y eso es lo que ella se reprocha, como si con eso hubiera sido ella la que provocó el atentado. Pero lo que desencadena su fobia es otro episodio acontecido a los doce años. Esta sería una segunda escena. Cuenta la joven que, a esa edad, entró a una tienda a comprar algo y vio a dos empleados riéndose entre ellos, ante lo cual echó a correr presa de susto. Allí —plantea Laplanche— se constituye el traumatismo, se resignifica lo anterior que tenía un contenido sexual reprimido y se establece de alguna manera la emergencia sintomal. La idea de que los dependientes se ríen de ella es un síntoma paranoico que da cuenta de algo que fue a la búsqueda de lo que los antiguos, los patriarcas del psicoanálisis, llamaban traumatofilia.

La repetición en sí misma no amplía el conocimiento que el sujeto tiene acerca de su propio inconciente ni acerca de sí mismo. Esto es como la vieja discusión, en política, acerca de la praxis; la praxis en sí misma lo que ha demostrado es que los pueblos pueden repetir sus errores 20, 30 y 50 veces a lo largo de los años. Lo único que posibilita la transformación es la reflexión sobre esa praxis. De manera que en el sujeto psíquico es lo mismo: el sujeto repite, pero repite a la búsqueda de una significación capaz de transformar esa vivencia traumática. Pero, en la medida en que se repite, el traumatismo se engarza en series traumáticas cada vez mayores y se va cristalizando el síntoma. Esta repetición que caracteriza el síntoma se podría considerar como el llamado a la búsqueda de sentido. Y allí es donde aparece el problema de la simbolización: la función de los terapeutas es responder a esa búsqueda de sentido. Es decir, otorgar formas de simbolización y de significación que desanuden las simbolizaciones espurias o las simbolizaciones que no han logrado insertarse en las cadenas psíquicas para organizar nuevas formas de significación que rompan la compulsión de repetición.

¿Qué es lo que liga una simbolización? Hay dos teorías para responder a esta pregunta: una plantea que una simbolización puede ligar dos representaciones; la otra dice que una simbolización puede ligar un afecto y una representación. Tomen el ejemplo clásico del caballo en el pequeño Hans (18), del miedo al caballo de Juanito. Juanito le tiene miedo al caballo, ahí no hay una relación entre el afecto y la representación. Esto se dio cuando Juanito pasó de la angustia al miedo, él tenía un afecto flotante y en el momento en que lo consolidó en el caballo como atacante pudo establecer una relación entre afecto y representación y logró una simbolización, patógena o no, pero la hizo como pudo. A partir de eso se desencadena la fobia de Juanito. Pero, cuando empieza el padre, ayudado por Freud, a trabajar con Juanito, ya no va ligando un afecto y una representación, sino que lo que va ligando son series de representaciones para que se produzca la transformación del afecto porque la única manera de resituar el afecto es trabajando sobre las representaciones. Entonces, cuando el padre le dice: “Es en realidad a mí a quien tienes miedo, porque el caballo representa ese papá que te puede atacar porque tú lo odias por amar a mamá”, en ese momento se reubica el afecto de Juanito. Supongamos que a lo largo de todo el análisis terminó diciéndole eso y además le dijo: “Y no me puedes odiar porque en realidad también me amas”. Entonces, tomando estos modelos de las construcciones posibles de hacerle a Juanito, ¿qué es lo que estamos haciendo? Estamos reubicando las redes de representaciones para que la posición del afecto varíe, porque sólo operando sobre la representación se produce la transformación del afecto. Y acá viene otro problema: sobre la representación sólo se opera mediante la palabra, porque la representación es lenguaje y, entonces, el otro expresará aquello que lo perturba y nosotros responderemos con palabras simbolizando lo perturbante.

Cuando yo empecé a trabajar en psicoanálisis de niños me tocó en un hospital ser la observadora de un grupo que coordinaba alguien que, en aquella época, se creía muy chingón (19), donde los niños, que eran enuréticos, andaban en un bote toda la sesión, los niños jugaban a remar toda la sesión, por supuesto, porque eran enuréticos. El consultorio, metafóricamente, se iba llenando de pipí, entonces el terapeuta lo señalaba y me decía “¡Cómo elaboran!”. Yo le respondía: “¿Elaboran qué?”, porque en realidad empezaron y terminaron el tratamiento remando. A los pobres niños, nadie les dijo sobre qué estaban remando. Entonces, la única manera de operar sobre las representaciones es a través del lenguaje y la interpretación es el único elemento que tenemos a nuestra disposición para transformar las redes de representaciones que producen la situación patógena. Cuando se liga un afecto y una representación lo que se hace es transformar el afecto descualificado en un sentimiento, la angustia en amor, odio o miedo; cuando se ligan dos representaciones se reemplaza ese afecto descualificado o que estaba mal emplazado o suprimido a través de la interpretación.

Voy a tomar dos párrafos de Freud de la Conferencia Número 17 para mostrar un poco este modelo de la compulsión a la repetición y a la búsqueda de significación del síntoma. Freud toma dos casos en esta Conferencia, que se llama “El sentido de los síntomas”, y vamos a hablar solamente de uno de ellos para ver de qué manera él desarrolla las hipótesis teóricas a posteriori. Es el caso de una dama de alrededor de 30 años que padece manifestaciones obsesivas graves, de quien Freud dice:

(…) a quien quizá yo habría sanado si un alevoso accidente no hubiera echado por tierra mi trabajo —tal vez les cuente todavía esto—, ella ejecutaba, entre otras, la siguiente, asombrosa acción obsesiva varias veces al día. Corría de una habitación a la habitación contigua, se paraba ahí en determinado lugar frente a la mesa situada en medio de ella, tiraba del llamador para que acudiese su mucama, le daba algún encargo trivial o aun la despachaba sin dárselo y de nuevo corría a la habitación primera (20).

Este es el síntoma compulsivo que aparece en esta señora.

No era ese, por cierto, un síntoma patológico grave [dice Freud] pero sí apto para despertar el apetito de saber. El esclarecimiento vino también de la manera más impensada e inobjetable, sin contribución alguna de parte del médico. Y yo no sé como habría podido llegar a una conjetura sobre el sentido de esta acción obsesiva a barruntar su interpretación. Toda vez que había preguntado a la enfermera: ¿por qué hace eso?, ¿qué sentido tiene eso?, ella había respondido, “No lo sé”. Pero un día, después que pudo vencer en ella un grueso reparo de principio, de pronto devino sabedora y contó lo que importaba para la acción obsesiva. Hacía más de diez años se había casado con un hombre mucho, pero mucho mayor que ella, que en la noche de bodas resultó impotente. Esa noche él corrió incontables veces de su habitación a la de ella para repetir el intento y siempre sin éxito. A la semana dijo, fastidiado: “Es como para que uno tenga que avergonzarse frente a la mucama, cuando haga la cama”; y cogió un frasco de tinta roja que por casualidad se encontraba en la habitación y volcó su contenido sobre la sábana, pero no justamente en el sitio que habría tenido derecho a exhibir una mancha así. Al principio yo no entendí la relación que este recuerdo podía tener con la acción obsesiva en cuestión, pues sólo hallaba una concordancia con el repetido correr-de-una-habitación-a-la-otra, y tal vez con la entrada de la mucama. Entonces mi paciente me llevó frente a la mesa de la segunda habitación y me hizo ver una gran mancha que había sobre el mantel. Declaró también que se situaba frente a la mesa de modo tal que a la muchacha no pudiera pasarle inadvertida la mancha. Ahora no quedaba nada dudoso sobre la íntima relación entre aquella escena que siguió a la noche de bodas y su actual acción obsesiva, pero sí restaban muchas cosas por aprender (21).

Por supuesto, lo primero que queda sin entender acá es por qué la señora hace lo que seguramente hizo el marido, en primer lugar, porque la impotencia era de él no de ella, de manera que pensemos que acá hay una sobredeterminación. Freud cuenta después que esta señora se divorció de este hombre al cual amaba y es evidente que, de alguna forma, ella ha traído sobre sí, ha caído sobre ella el objeto, en el sentido de la melancolía, pero también es cierto que si esto fue el episodio tan traumático para ella es porque de alguna manera activó algo previo, algo que tenía que ver con su femineidad y algo que tenía que ver con la impotencia masculina, con sus propios fantasmas angustiosos:

El sentido de un síntoma reside según tenemos averiguado, en un vínculo con el vivenciar del enfermo. Cuando más individual sea el cuño del síntoma, tanto más fácilmente esperaremos establecer este nexo. La tarea que se nos plantea no es otra cosa que esta: para una idea sin sentido y una acción carente de fin, descubrir aquella situación del pasado en que la idea estaba justificada y la acción respondía a un fin (22).

Cuando trabajamos con sujetos, en las circunstancias en que los estamos abordando, a veces creemos que sabemos a qué obedece la acción, y entonces lo que podríamos estar haciendo es tapar aquello que realmente la determina, en la medida en que obturamos con la realidad el sentido oculto del síntoma, que es siempre inconciente y por lo tanto incognocido. El terremoto no es razón ni para la aparición de una encopresis ni para la aparición de un síntoma de hiperkinesis ni de un trastorno de aprendizaje. El terremoto es disparador de algo que estando en el aparato psíquico tiene sobredeterminaciones específicas que tendremos que encontrar a lo largo del trabajo con el sujeto.

Si bien no voy a detenerme en el análisis, menciono sólo a modo de ejemplo para lo que venimos viendo un caso de un niño con un episodio traumático infantil, al cual sus terapeutas se pasaron mucho tiempo diciéndole que él no podía leer porque el padre había muerto. A lo largo del trabajo con este niño se hizo evidente que, en realidad, él no podía leer por otras muchas razones; entre otras, porque nunca había salido de la posición primaria infantil de los tres años, en correspondencia con el momento de la muerte del padre, y nunca había permitido el acceso del nuevo padre que tenía. Por eso el padre no terminaba de morir nunca.

Volvamos a la paciente de Freud. A partir de ese caso, él trabaja en la Conferencia Número 18, “La fijación al trauma, lo inconciente” (23)y dice: “Las dos pacientes [se refiere a esta que les acabo de mencionar y a otra] nos hacen la impresión de estar fijadas a un fragmento determinado de su pasado; no se las arreglan para emanciparse de él y por ende están enajenados del presente y del futuro” (24). Esta acción automática que los pacientes repiten sin posibilidad de variación es como una fijación, como se fija una fotografía, algo que queda siempre idéntico, algo del pasado que en realidad no es del pasado nunca, es un permanente presente, lo cual da cuenta de su carácter inconciente, de transacción del inconciente y ese síntoma.

Cuando ustedes empiecen a trabajar con los niños, se van a dar cuenta de que los tres elementos temporales que vamos a incluir en la consigna (“Estamos acá para pensar en cómo se sintieron en el momento del terremoto, cómo se sienten ahora y cómo piensan que va a ser el futuro”), no van a poder pensar ninguna de las segundas partes si no pueden trabajar primero cómo se sintieron en aquel momento. Y todo apresuramiento lo único que hace es producir fijación y compulsión a la repetición.

A partir de esto, Freud intenta hacer un cotejo con las neurosis traumáticas, porque fíjense que ya estamos en la época de la Primera Guerra Mundial. Él va a plantear, entonces, una analogía entre estas conductas de los neuróticos, con las que ofrecen enfermedades como las que la guerra provoca, con las llamadas neurosis traumáticas —que, desde luego, también existían antes de la guerra, luego de distintos tipos de catástrofes—, pero recalcando que las neurosis traumáticas no son en su fondo lo mismo que las neurosis espontáneas que indagamos analíticamente y solemos tratar.

Freud vuelve a intentar la diferenciación, que recién profundiza en Más allá del principio del placer (25), de 1920, al señalar que, en un aspecto, no es lícito destacar una concordancia plena, ya que las neurosis traumáticas dan claros indicios de que tienen en su base una fijación al momento del accidente traumático, igual que la paciente que corre de un lugar a otro. Él plantea que esos enfermos repiten regularmente, en sus sueños, la situación traumática. O, cuando se presentan ataques histeriformes que admiten un análisis, se averigua que el ataque corresponde a un traslado total del paciente a esa situación, como si esos enfermos no hubieran podido acabar con la situación traumática, como si a ellos, esta se les enfrentara todavía a modo de una tarea actual insoslayable.

Laplanche va a aportar algo nuevo: que no es fijación al trauma, sino fijación del trauma (26). Considera que no es un sujeto el que está fijado al trauma, sino el trauma el que está enquistado en el sujeto y por eso se produce la compulsión de repetición. Esto marca la posición pasivizada que tiene el sujeto frente a la compulsión de repetición; es el trauma el que lo mueve a actuar y no es el sujeto el que determina el trauma.

En 1917, Freud ya desarrolló la teoría de la fantasía, definió el inconciente, descubrió y describió la transferencia, escribió buena parte de la metapsicología y vuelve al traumatismo porque está descubriendo el problema de la compulsión a la repetición, el problema de la insistencia repetitiva del inconciente. Empieza a darse cuenta —lo que después va a culminar en 1920— de lo complejo, lo duro que es abordar la compulsión a la repetición. Piensen que de esto van a derivar Más allá del principio del placer, El problema económico del masoquismo y, por supuesto, luego toda la teorización del Edipo, a partir de 1924. Y reflexiona que aquello que parecía que iba a brindar una condición simple para la neurosis, que sería equiparable a una enfermedad traumática y nacería de la incapacidad de tramitar una vivencia temida, de un afecto hiperintenso —a través del trabajo con los casos clínicos—, llega a la conclusión de que surgen complicaciones, de que se evidencia una mayor riqueza en las condiciones de adquisición de la enfermedad, pero entrevé que el punto de vista traumático no debe ser abandonado por erróneo, sino que tendrá que ser incluido en algún otro y subordinado a él.

Acá volvemos a cerrar lo que vimos el otro día respecto a la relación entre traumatismo y estructura psíquica. Toda neurosis contiene una fijación de esa índole, pero no toda fijación lleva a la neurosis, no coincide con ella, no se produce a raíz de ella. Un modelo paradigmático de fijación afectiva a algo pasado es el duelo. Este, además, conlleva al más total extrañamiento del presente y del futuro. Pero, el duelo se distingue tajantemente de la neurosis. No obstante, hay neurosis que pueden definirse como una forma patológica de duelo. Segundo problema que nosotros tendremos que abordar. También Freud ya decía que, en determinados sujetos, por obra de un suceso traumático, ocurre que se conmueven los cimientos en los que hasta entonces se sustentaba su vida. Sacudimiento del yo, cimientos en los cuales se sustentaba su vida. Es el conjunto de certezas que posee el yo acerca del sujeto mismo, acá podemos incluir los colapsos narcisistas por ejemplo. Y diría él que, en esos casos, las personas pueden caer en un estado de suspensión que les hace resignar todo interés por el presente y el futuro, y quedan atrapadas en el pasado.

La Conferencia Número 18 nos abre a dos o tres aspectos centrales. Por un lado, la reubicación del traumatismo en la teoría freudiana, digamos “madura”, ya que entre 1915 y 1920 se da la culminación de los desarrollos teóricos que luego van a producir lo que se dio en llamar “el giro o la vuelta del 20”. Freud, en 1920, recupera la teoría traumática, diferenciándola de la teoría traumática de 1894.

En segundo lugar, en la medida de que entendemos el traumatismo en la complejidad ya producida por el psicoanálisis de 1900 a 1917, indudablemente la técnica para su resolución no puede ser jamás la abreacción catártica de lo traumático, sino la inclusión del traumatismo en las series psíquicas para liberarlo de la fijación, en la cual el sujeto queda sumergido sin posibilidad de desligar las cargas psíquicas para implementarlas para la vida.

La práctica con damnificados por catástrofes

Leeré ahora la crónica de un grupo de niños para poder pensar cuestiones a nivel de la práctica. Uds. saben que a los 15 días de producido el terremoto, nosotros realizamos un proyecto piloto de atención a las víctimas en el Albergue del SUTIN (Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear), que brindó sus instalaciones para alojar damnificados de la zona. En aquella ocasión tuvimos oportunidad de recopilar y analizar algunas sesiones de grupo y algunos de los problemas que se nos fueron planteando, y quisiera presentarles ahora un material que luego podamos repensar juntos, pero que usaremos para ejemplificar las premisas teórico-técnicas y las dificultades presentes. Citaremos párrafos de la crónica grupal e iremos agregando observaciones posteriores.

Al llegar al albergue, la coordinadora y el observador fueron a buscar a los niños que estaban viendo televisión. Llegaron al grupo siete niños y se acomodaron en el suelo formando un círculo; el equipo técnico también se sentó en el piso. Si bien vamos a desarrollar más conceptualmente la técnica con la que estamos trabajando en estos grupos que hemos definido como Grupos Elaborativos de Simbolización, debemos señalar primero que están presentes en ellos algunos elementos de la antigua técnica del Grupo Operativo, en la medida en que se trabaja con un coordinador y un observador, no se trabaja con coterapeutas y se habla de coordinador que es quien organiza, da las consignas y va pautando los movimientos grupales. Lo segundo, en la técnica clásica de Grupo Operativo, el observador no se presenta, es el coordinador el que lo presenta. En esto conviene ser riguroso cuando trabajamos con adultos, pero en caso de niños puede presentarse el observador a sí mismo, simplemente decir su nombre. Para los niños, las cosas que hacen los adultos ya son bastante extrañas y bizarras como para introducir más enigmas. De manera que el coordinador se presentará y deberá explicitar cuál va a ser su función y el observador sólo dirá su nombre. Luego, se les debe pedir a los niños que se presenten. Dice la coordinadora: “Estamos con ustedes para que puedan aquí hablar de cómo se sienten en este albergue, de cómo se sintieron con lo que pasó y de lo que piensan que sucederá cuando salgan del albergue”. Es decir: presente, pasado y futuro. Luego establece lo que podríamos llamar las pautas del encuadre en cuanto a la frecuencia y duración de las sesiones: “Nos vamos a reunir con ustedes hoy, mañana y pasado”. En este caso se trabajó así, tres días seguidos; y les vuelve a decir a los niños “...hoy es jueves, mañana es viernes, pasado mañana es sábado, y comenzaremos a las once y media y terminaremos entre las doce y media y una”. Es conveniente ser precisos en esto, ¿no?, decir exactamente el tiempo de trabajo

Yo soy partidaria de que el coordinador de un grupo les pida a los niños que digan qué creen que van a hacer allí, para qué están reunidos. De esa manera, uno se daría cuenta de qué es lo que ellos mismos entendieron de lo que van a hacer en ese espacio y en ese tiempo. Y, en el caso de que no puedan hacerlo, repetir la consigna para todos. Esto es algo que uno aprendió en el psicoanálisis de niños, cuando se les dice a los padres y se les explica qué y cómo deben decirles a los niños que van a traerlo a una consulta, y hacer un recuento de lo que a él le está pasando y explicarle por qué y para qué va a venir. De cualquier manera, cuando el niño entra al consultorio, uno se presenta, le pregunta cómo se llama y si los papás le explicaron para qué viene, y lo hace para entender cómo el niño engarzó, en su primitivo psiquismo, aquello que los adultos le dijeron. Porque una de las cosas que hay que tener muy en cuenta es el famoso tema del cual hablaba Ferenczi acerca de la confusión de lenguas (27): los adultos decimos una cosa y los niños entienden cualquier otra; pero también, muchas veces, los adultos decimos una cosa y los adultos también entienden cualquier otra. Porque, en realidad, el psiquismo infantil permanece durante toda la vida en una parte de nuestro propio ser, de manera que es muy importante saber si cuando estamos trabajando, compartimos con nuestro interlocutor los elementos del circuito de comunicación que nos conectan (código, canal, referente).

Bueno, los niños dicen sus nombres y su edad. Laura, una niña del grupo, tiene puesto un barbijo o tapabocas (28). Laura aparece con lo que en teoría de Grupos Operativos se llamaría el primer emergente grupal, que puede ser explícito o implícito. No se formulan interpretaciones, sino que así como el traumatismo se constituye en dos tiempos, la interpretación también. Uno percibe el emergente y a través de un segundo elemento, vuelve sobre el emergente anterior para hacer la interpretación de ello. En ese momento, la coordinadora les informa a los niños que les trae material, unas bolsitas con crayones y plastilina y les trae hojas; y agrega: “Porque en algunos casos cuesta mucho trabajo decir con palabras lo que uno siente y a lo mejor es más fácil para ustedes poder decir o explicar las cosas dibujando o modelando”. Esto es fundamental que se le diga al niño: que él pueda decir con palabras o con dibujos o con modelado o como pueda, lo que quiera expresar. Y, como diría Françoise Dolto (29): “incluso aquello que te parezca, que puede ser ofensivo para nosotros”. Nosotros no incluimos eso, pero en el psicoanálisis de niños es muy lindo eso que dice Dolto, para impedir las alianzas espurias del niño con los padres.

La coordinadora les explica que el material está en esas bolsitas, que las bolsitas son una para cada uno y que para cuando terminen, agrega: “Yo las voy a recoger y se las devolveré mañana. Con estas etiquetas voy a poner sus nombres en las bolsitas para que ustedes sepan de quién es cada una”.

Digamos que ya está todo el marco, el encuadre de trabajo establecido: convocatoria, consigna, identidad de cada uno de los sujetos, tanto de los niños como del coordinador y observador, material con el que van a trabajar. Lo que no fue dicho en ese grupo, es cuál es la función del coordinador. Sí explica: “Estamos acá para hablar de cómo se sintieron…”, pero no dice qué va a hacer. Esto es muy importante. Cuando se da la consigna hay que explicar qué está uno por hacer allí; así como en la población adulta hay que explicar que uno no está ahí para responder a demandas concretas —que siempre las va a haber— ni para conseguirles las cosas que les hacen falta ni para hacer de enlace entre los miembros del grupo y la dirección del albergue o el gobierno, sino para ayudarles a pensar en todo eso que aconteció, a los niños hay que decirles: “Yo estoy acá para ayudarlos a ustedes a pensar y a entender todo esto que les pasó y les está pasando, y para que ustedes se puedan sentir mejor a medida que vayan entendiendo”. Luego, la coordinadora le pone una etiqueta a cada bolsita haciéndoles repetir, a cada uno, su nombre, y se las entrega. Los niños sacan el material, lo revisan. Hay risas nerviosas, se miran, miran a la coordinadora. Evidentemente, no saben qué hacer ni por dónde empezar. La coordinadora tampoco, entonces les pregunta: “¿Algunos de ustedes son hermanos?”. Nadie sabe por dónde empezar, ni niños ni adultos. Puede pasar, pero conviene no hacerlo, conviene esperar y no salirse de la función. En ese momento, Silvia —una de las niñitas—, refiriéndose al crayón, dice: “Mira, se le cayó”, en alusión a la punta del lápiz. Laura agrega: “Sí, se les cae”. Acá tenemos el primer emergente verbalizado. Daría cuenta de la sensación que tienen de que las cosas se pierden, se rompen, se caen, son frágiles y explicaría, además, por qué esa niñita entró con su tapabocas —pero después vamos a ver todavía más claro por qué—. Podemos suponer que entró con su barbijo porque, de alguna manera, hay que contener lo que uno tiene adentro y las palabras pueden implicar un fantasma de vaciamiento y entonces cada uno conserva sus pensamientos, conserva sus palabras o conserva lo que tiene, y en la misma medida conserva el traumatismo que a veces es lo único que queda. Señalemos que este grupo comienza con una intensa angustia de destrucción y de pérdida.

En ese momento, los niños se ríen de esto; aparecen defensas maniacas ante la angustia por las pérdidas y por la destrucción. Todos se ríen y se piden cosas prestadas. Se empiezan a poner en juego tres elementos: un niño dice, “¿Podemos empezar?”. Uno podría pensar que es: “¿podemos empezar a dibujar?”, pero es evidente que también lo que está preguntando este niño es: “¿podemos empezar a entender algo?”. Otro: “¿Tú tienes lugar?”. Es que han perdido sus lugares originarios y sienten que no tienen un lugar. El tercer niño agrega: “Yo no tengo negro”, y fíjense cómo se metonimizan los discursos de no tener lugar, a no tener negro. El negro va a ser una constante en el grupo, una de las niñas dice: “Yo sí tengo”. Nadie comienza, todos tienen el papel enfrente de sí y no saben qué hacer. “¿Cómo que no tienes?”, dice una de las niñas, “si no tienes negro escribe con el naranja”. Acá empieza evidentemente la reparación: bueno, si no tengo esto, lo hago con lo otro; no tengo casa, tengo albergue, tengo algo por dónde empezar. La coordinadora les señala que les ha pasado algo muy importante, que no tienen todos los colores les recuerda “todo lo que hemos dejado”: otro error. No se debe usar el plural que nos incluye en el grupo. Sería como cuando los chicos se golpean y la mamá llora. No, si los chicos se golpean, la mamá contiene. Acá es lo mismo, “ustedes sienten”, “ustedes piensan”, “a ustedes les falta”, porque alguien tiene que estar ahí, conteniendo. “Las cosas que han dejado, no tienen las cosas que tenían antes”, les dice. El mismo niño que había dicho podemos empezar, interviene: “Entonces, ¿podemos pintar las cosas que ya no tenemos?”. Hay como dos corrientes internas en el grupo, una que está totalmente fijada a la pérdida y otra cuyo emergente es Nancy cuando propone: “Escribe con el naranja”, y cuando este niño dice: “¿Entonces podemos pintar las cosas que ya no tenemos?”. Están abriendo de algún modo esta cuestión de la recuperación simbólica de los objetos perdidos. Previamente a esto, ya se podría haber interpretado al grupo, que algunos sienten que, como perdieron muchas cosas que querían, no pueden tener otras ahora, porque sólo pueden llorar por las cosas que ya no tienen. Y así dar el modelo, en este momento, del pasaje del duelo melancólico a lo depresivo, ¿cierto? Y agregar que parecería que hay otros en el grupo que piensan que pueden aprovechar todos estos recursos nuevos, para de alguna manera poder reconstruirse por dentro.

Digamos que la ausencia y la pérdida anulan el presente en este momento. Hay una fijación a la pérdida y al pasado que necesita su tiempo, que necesita su contención, pero ya aparecen esbozos de representación. Entonces, la coordinadora les señala que sí pueden pintar lo que quieran. Se ríen, parlotean, pero tampoco pueden empezar. En ese momento, la coordinadora dice: “A veces el no poder expresar lo que sienten hace que se rían, pero pueden tratar de dibujar lo que sienten”. Imposible dibujar lo que se siente: son colores, son ruidos, no hay representación del sentimiento. Los niños siguen paralizados y, como no salen de eso, la coordinadora pone en juego un recurso adecuado que hemos aplicado en algunas circunstancias y dice: “Yo voy a dibujar”. Y hace el dibujo de una niña asustada, con la boquita cerrada, lo pelitos parados. Recurso adecuado y correcto que salva la situación grupal. El recurso fundamental es la interpretación; un segundo recurso es el estimular la aparición de material con el dibujo, que es lo correcto y es lo que hace la coordinadora. Afortunadamente, y esto es muy importante, la coordinadora no se queda paralizada y utiliza un recurso técnico que saca al grupo de la parálisis.

Es muy importante que no se confundan los recursos con el sentido del trabajo. Los niños trabajan cuando elaboran, pueden dibujar sin trabajar; puede haber dibujo vacío, digamos, aunque es más difícil que palabra vacía, pueden trabajar hablando, hay diversos modos de trabajar, lo que importa es que haya elaboración.

Veamos la interpretación que yo les proponía: “Que algunos de ellos sienten tanto dolor por las cosas que perdieron que parece que no pueden utilizar las que tienen ahora”. Más adelante se podría decir que no las pueden utilizar por el temor a perder estas nuevas que ahora tienen. Estamos haciendo una ligazón y un pasaje de la energía fijada a la movilización de la energía, movilizando de la representación abrochada al duelo melancólico, a la depresión, que reconoce la pérdida pero que a la vez pone en marcha la reparación.

La reconstrucción del objeto es siempre interna; si una mujer pierde un hijo puede hacer un duelo melancólico o puede reparar —a través de los distintos elementos que le ofrece la realidad— ese objeto que se perdió en lo real, pero que se reconstruye internamente. Esta es la diferencia entre el objeto externo y el objeto interno. El objeto externo es soporte del objeto interno. Esto es lo que evita que se produzca un duelo melancólico, la posibilidad de restaurar, de reparar ese objeto interno perdido o dañado, a través de elaboraciones y actos que los respaldan internamente a través de reparar en otros objetos en lo real. Esto implica que pueda uno quedar fijado totalmente al objeto perdido o puede, justamente, evitar la compulsión de repetición a través de reparar aspectos de sí mismo que le impidan nuevas pérdidas.

Es lo que vemos generalmente en los duelos —y nos vamos a enfrentar mucho con esto—, en los niños que han perdido hermanitos, o muchas veces quedan huérfanos o porque la madre queda tan fijada al objeto perdido que no puede hacerse cargo del objeto presente. Entonces, si ellos pueden aprovechar esto que se les está dando y recuperar en estos objetos algo de sí mismos, no dejarán de sentir la tristeza por lo que perdieron, pero sí podrán sentir algo que mitigue el dolor y produzca el desplazamiento de cargas. Hay todo un período, diría Freud, un largo plazo donde las cargas están destinadas a eso; tienen que pintar lo que perdieron, primera forma de recuperación.

La coordinadora dice sobre su propio dibujo: “Esta es un niñita que está muy asustada por eso tiene la boca muy apretada y no puede decir todo lo que piensa”. Se ríen y empiezan a comentar. Tres niñas por otro lado empiezan a trabajar también; hay un diálogo entre otras dos niñas. Digamos que es un momento de disminución de la ansiedad pero que aún no se pueden constituir como grupo. Han pasado de ese primer momento que en la teoría sartreana sería el de la serialidad (30). Han establecido, digamos, microgrupos entre sí, microgrupos de contacto. En una de las niñas comienza a aparecer un problema que podríamos considerar psicopatológico, que posteriormente se evidencia más y es que sólo puede dibujar lo que dibuja el otro. Sólo lo que dibuja la coordinadora o lo que dibuja un compañero. Después aparecieron elementos confirmando rasgos de especularidad primarios y un mutismo entre los dos y los cuatro años. La coordinadora le interpreta directamente a la niña. Yo creo que no corresponde, es muy prematuro, no sabemos aún qué patología tiene esta niña, no sabemos qué le está pasando. Cuando una de las niñas termina (es Ema, que ha estado callada todo el tiempo, se la notó muy angustiada y no pudo articular ninguna palabra), la coordinadora le pregunta: “¿Quién es este señor?”. Ella no contesta. Entonces la coordinadora le vuelve a preguntar “¿Qué le pasó a este señor?”. Hay un nuevo silencio y luego esta niña habla en voz muy bajita y dice: “Es mi primo que se murió”. Mientras tanto, hay una niña que está haciendo mucho ruido y es objeto de la atención del resto y por eso nadie mira ni escucha a esta niñita que está diciendo lo del primo que se murió. Ustedes se dan cuenta de que acá es como brutal para todos los niños está situación que acaba de producirse. Acá hay que ser muy cuidadoso en la interpretación, podríamos decir que lo adecuado es señalar: como todos están muy angustiados, como lo que nos trae Ema es la muerte de alguien cercano y querido, como, de alguna manera, todos se sintieron cerca de la muerte en esto que pasó, entonces no quieren escucharla porque los angustia recordar, volver a pensar en aquello. Así se señala la defensa en este momento. Esta niña después dice que a ella se le destruyó su casa y nuevamente se produce mucho ruido en el grupo. A partir de esto se despiertan todas las fantasías que tienen que ver con el terremoto. Señalo algunas porque es muy interesante ver cómo se liga el problema del traumatismo a los fantasmas originarios. La niña dice: “Y a mí el temblor me agarró en la taza del baño”. Y además de la peculiaridad de que la haya agarrado en la taza del baño (31), es muy interesante porque la niña pide crayones color café (32) durante toda la sesión, y sigue pidiendo el color café a lo largo de todo el trabajo grupal. Todos se ríen mucho, una niña dibuja una casa vacía, sillas vacías, la coordinadora señala que esa niña dibujó las sillas vacías en su casa vacía: “¿Por qué dibujaste sillas vacías?”, le dice. Y entonces otra le responde: “Porque sus papás están durmiendo” y se ríen. Acá aparece el fantasma de escena primaria claramente. En el momento en que aparece la angustia y la soledad, aparece la escena primaria; los papás duermen, lo cual abre también a una problemática que es la sensación de la caída de la omnipotencia paterna como algo muy dramático. Los padres que podían proteger y resguardar, de repente se volvieron tan impotentes y asustados como los propios niños, incapaces de protegerlos de la catástrofe. Con esto se inaugura una nueva situación y entonces se transforman en padres atacantes, padres de escena primaria, padres abandonantes, padres culpables de no haberlos protegido. Puede ocurrir que toda la capacidad de protección sea depositada en el albergue y todo lo negativo sea depositado en los padres, con una intensa angustia, por otra parte, y con riesgo de melancolización por el ataque a los objetos amados. Si esto no es entendido por los padres, estos pueden entrar en resistencias severas porque la verbalización de los niños los va a confrontar con esta situación y no les va a permitir reparar.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.