Kitabı oku: «Educación a distancia»

Coicaud, Silvia
Educación a distancia, tecnologías y acceso a la educación superior - 1a ed.
Buenos Aires: Biblos, 2010.
ISBN 978-950-786-855-9
1. Educación a Distancia. I. Título
CDD 371.35
Diseño de tapa: Luciano Tirabassi U.
Diseño de interiores: Fluxus estudio
© Silvia Coicaud, 2010
© Editorial Biblos, 2010
Pasaje José M. Giuffra 318, C1064ADD Buenos Aires
editorialbiblos@editorialbiblos.com / www.editorialbiblos.com
Hecho el depósito que dispone la Ley 11.723
Impreso en la Argentina
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
A ellos:
Gustavo,
Paulo, Marco y Franco,
por su cariño siempre cercano.
Introducción
Acortar las distancias fue desde siempre nuestro compromiso, entendiendo que en este término no caben sólo las acepciones geográficas, sino también las lejanías sociales y afectivas de quienes se sienten excluidos de los circuitos tradicionales de formación que ofrece el sistema educativo. Este libro compila los aportes más sustanciales del trabajo de tesis de toctorado “Megadistancias y acceso a la educación superior. La educación a distancia en el contexto de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco”. Este doctorado se realizó en la Universidad de Granada, España, bajo la dirección del doctor José Antonio Ortega Carrillo. La hipérbole “megadistancias” pretende ofrecer una imagen mental del sentido que tienen las distancias para los argentinos, que vivimos en un país extenso y austral. Y en el caso de los patagónicos, el significado de las distancias entraña otras subjetividades, pues habitamos una región cuyo tamaño equivale al de varios países juntos.
Hemos trabajado en programas de educación a distancia en el ámbito de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB) a partir del año 1986. Esta forma de ofrecer propuestas de estudio desde una universidad convencional, nos permitió reconocer en las personas destinatarias otros modos de relacionarse con el conocimiento, y también con la institución. Docentes de todas las áreas y niveles, trabajadores rurales y profesionales de trayectoria, adolescentes buscadores de otros futuros y jóvenes demandantes de saberes diversos, han sido actores principales de ciertos “foros de cultura” que hemos construido conjuntamente, como un mundo simbólico nuevo erigido a partir de prácticas universitarias vigentes desde hace siglos. En las universidades en la que se desarrollan programas de educación a distancia, virtual o propuestas mediadas por tecnologías, esta modalidad ha posibilitado compartir conocimientos con personas residentes en diferentes lugares. Tanto desde pueblos pequeños y alejados, como también desde centros urbanos y sedes de las Universidades, las expectativas de la gente con respecto a esta forma de estudiar fueron siempre relevantes. En algunas localidades donde nunca antes había existido una oferta educativa de nivel superior, las personas comentaban que a partir de la educación a distancia, la Universidad se acercaba a ellos, y adquiría presencia real en su comunidad. Las distancias ya no eran tan distantes.
A partir de estos espacios que nos permitieron crear y compartir significados y experiencias con colegas de diversas instituciones, hemos elaborado este trabajo con el propósito de indagar de manera reflexiva y crítica las particularidades que presentan los proyectos y programas de educación a distancia y de tecnología educativa implementados en el ámbito de universidades públicas de Argentina.
El libro ha sido organizado en dos partes. En la Parte I, en el “Marco referencial” hemos realizado un análisis bibliográfico y documental acerca de aspectos teóricos relacionados con el tema de estudio seleccionado, mientras que en la Parte II se han sistematizado datos obtenidos de una investigación cualitativa efectuada en el contexto de universidades nacionales que desarrollan este tipo de proyectos.
De este modo, en el capítulo 1 analizamos los principios pedagógicos y fundacionales que dieron lugar al currículum universitario “abierto” y “a distancia”, y el carácter flexible que posee esta modalidad de estudio cuando logra responder a los requerimientos de las personas destinatarias. La temática acerca del uso de las tecnologías como mediadoras de las propuestas educativas es introducida en el capítulo 2, donde explicitamos también aspectos inherentes de las mal denominadas “viejas tecnologías” y de las llamadas “nuevas tecnologías de la información y la comunicación”. Describimos aportes teóricos que explican los procesos de lectura y escritura, a fin de abordar algunas de las problemáticas que presentan los aprendizajes generados a partir de materiales de estudio elaborados para propuestas de educación a distancia y virtuales. También analizamos críticamente las posibilidades y obstáculos que se producen en nuestras sociedades a partir de la utilización masiva de las nuevas tecnologías. En el capítulo 3 incursionamos en el análisis de conceptos relacionados con la potencialidad didáctica que ofrecen los medios tecnológicos para la enseñanza y el aprendizaje, expresando además ciertas concepciones acerca de las responsabilidades y compromisos que nos atañen como docentes en nuestras actuales sociedades.
En la Parte II de este libro sistematizamos la información obtenida en el trabajo de campo efectuado a partir de una investigación de índole cualitativa. En los capítulos 4 y 5 analizamos algunas de las características que adquieren los proyectos y programas de educación a distancia y de tecnología educativa en el ámbito de las universidades públicas argentinas. Recuperamos para ello las opiniones de varios de los protagonistas responsables de la puesta en marcha de las propuestas, pues consideramos que desde el propio decir de estos actores se nos permite comprender las cambiantes realidades de las instituciones educativas que encaran estas tareas innovadoras. Los comentarios críticos y situados de dos profesionales expertas en el campo de la educación a distancia y de la tecnología educativa, han constituido también un valioso aporte para este trabajo, pues nos han ayudado a reflexionar con mayor profundidad acerca de los complejos procesos que se generan durante el desarrollo de los programas y proyectos de esta modalidad educativa. Finalmente, en el capítulo 6 indagamos las particularidades que asume una carrera de grado a distancia en el contexto de la UNPSJB, la Licenciatura en Enfermería, rescatando las opiniones de los protagonistas de la misma: coordinadora, docentes y alumnos; actores comprometidos con esta propuesta que constituye una experiencia paradigmática en la modalidad.
De esta manera este trabajo presenta, por un lado, un análisis de aspectos macro relacionados con los modos en que se han inscripto institucionalmente los programas de educación a distancia y las propuestas basadas en tecnologías de información y comunicación (TIC) en el contexto de diferentes universidades públicas, así como también la opinión de expertas cuya trayectoria ha propiciado el desarrollo de la modalidad. Por otro lado, se efectúa un análisis micro acerca de cuestiones específicas referidas a la implementación de una carrera de grado a distancia en una universidad, lo cual permite reflexionar críticamente acerca de las posibilidades que ofrece la modalidad para el acceso a la educación superior, como así también los problemas y dificultades que surgen en el seno de una universidad convencional.
Parte I Marco referencial
Capítulo 1
La educación a distancia como modalidad posibilitadora de respuestas múltiples
El currículum en la educación superior a distancia
Análisis crítico de algunos principios fundacionales
Después de una etapa tecnocrática en la cual el currículum era concebido tan sólo como un instrumento para hacer más eficiente la educación en pos de un modelo de escuela que se homologaba al de la industria, surge uno de los movimientos que contribuyeron a consolidar el estudio del currículum desde planteamientos poscríticos: el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos, fundado en la Universidad de Birmingham en 1964. Raymond Williams, uno de sus representantes, cuestionaba la idea elitista de cultura que prevalecía en Gran Bretaña por la cual este concepto sólo se aplicaba a las grandes obras de la literatura y de las artes en general. Consideraba que toda experiencia vivida por seres humanos era cultural, y de esta forma valorizaba las manifestaciones de los grupos sociales marginados, efectuando importantes estudios etnográficos en las denominadas “subculturas urbanas” (basados inicialmente en aportes de Kart Marx, Louis Althusser y Antonio Gramsci, y luego en Michel Foucault y Jacques Derrida). Desde estos enfoques la cultura se concibe como un campo de lucha de intereses de diversos grupos, y el currículum es una invención social y un espacio de poder construido en el cual distintos actores sociales pretenden establecerse como hegemónicos. Su estudio posibilita comprender cómo se conforman las identidades culturales y sociales de los grupos. Otro representante fue el sociólogo Paul Willis, quien se interesó por investigar a grupos de adolescentes desfavorecidos en sus elecciones escolares. Indagó las razones por las cuales estos jóvenes descartaban estudiar en la universidad y optaban por ocupaciones manuales, y encontró que esto no se podía deducir directamente de factores de índole económico o social, sino que era necesario reconocer la existencia de ciertos patrones generados en la propia cultura juvenil trabajadora, a partir de formas plagadas de contradicciones en un proceso basado en la contestación y en la lucha. M. Apple y H. Giroux fueron algunos de los teóricos críticos que recibieron las influencias de Willis. Giroux desarrolló el concepto de resistencia dentro de lo que él denomina “una pedagogía de la posibilidad”. La escuela se convierte así en una “esfera pública” que, junto a otras instituciones, puede cuestionar activamente los modelos hegemónicos. Pero para ello se necesita contar con “intelectuales transformadores” que estén comprometidos en otorgarle “voz” a quienes no la tienen.
Una propuesta de apertura en el currículum universitario
Una de las instituciones pioneras en la organización de la educación superior abierta y a distancia, ha sido la Universidad Abierta –Open University (OU)– de Gran Bretaña. A partir de su creación en 1969, han surgido varias universidades a distancia en distintos países, y cada vez son más las que incorporan la bimodalidad en los estudios utilizando los avances de la tecnología.
Hasta la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el sistema educativo de Gran Bretaña se caracterizaba por ser sumamente selectivo. Quienes no habían podido ingresar a las Grammar Schools de enseñanza media a la edad de once años quedaban fuera de la educación universitaria, y sólo podían acceder a institutos terciarios polivalentes. De esta manera, hasta la creación de la OU existía una masa crítica de personas que habían quedado marginados de la universidad: adultos que habían abandonado tempranamente sus estudios y que luego encontraban grandes dificultades para ser admitidos como alumnos universitarios; maestros y profesores egresados de escuelas normales; y trabajadores de jornada completa. En 1963 el jefe del Partido Laborista –que en ese momento estaba en la oposición–, Harold Wilson, hizo realidad una idea abrogada por muchos: planificar una institución universitaria que significara una nueva forma de obtener calificación oficial, utilizando la potencialidad educativa de las tecnologías de la comunicación. Surge así la Universidad del Aire (University of the Air), la cual incorpora para la enseñanza, además de las prácticas docentes, el uso de la radio, la televisión, el correo y los materiales impresos. Una vez en el gobierno, Wilson encomendó a Jennie Lee el desarrollo de este proyecto educativo, el cual no se originó a partir de estudios diagnósticos, sino de convicciones personales profundas basadas en determinadas concepciones acerca de la educación superior. No obstante, fueron numerosos los obstáculos que se debieron afrontar para hacer realidad este proyecto altamente innovador. La propia denominación de Universidad del Aire –o “de las Ondas”, según otras traducciones–, generaba múltiples críticas y opiniones prejuiciosas. Se decía que se iba a poder conseguir el título mientras se quitaba el polvo, en directa alusión a la posibilidad de acceso que las mujeres iban a tener con este tipo de instituciones, como así también a las representaciones acerca del papel de los medios en la sociedad. Por este motivo, una vez conformado el Comité de Planificación, se sustituyó el nombre por el de Universidad Abierta. A fin de contar con la cooperación de los órganos de enseñanza superior y evitar acciones de rechazo a su proyecto, los promotores de la OU integraron a representantes de las universidades existentes en Gran Bretaña, los cuales gozaban de gran prestigio y reconocimiento académico. No resultó fácil la elección de un presidente en esa Comisión que avalara la creación de la OU, pero finalmente se encontró un perfil apropiado en la persona de Peter Venables, quien como vicerrector de la Universidad de Aston, en Birmingham, tenía experiencia en afrontar actitudes de resistencia de colegas cuando se decidió encarar transformaciones para el mejoramiento de esta institución. De esta manera, la OU comenzó a funcionar con una modalidad diferente a la de las universidades convencionales. Desde un primer momento, se tomaron decisiones relevantes para asegurar la calidad de su enseñanza y el reconocimiento de la sociedad: no se ofrecía ningún título inferior al universitario; se contrataron profesores muy competentes, utilizando los mismos criterios de evaluación que el resto de las universidades; se promovió ampliamente la investigación; se utilizó una gran variedad de materiales multimedia para la enseñanza, muchos de los cuales fueron elaborados por la prestigiosa British Broadcasting Corporation (BBC); y se ofreció la posibilidad de estudiar a cualquier persona mayor de edad, sin exigirle titulaciones previas. En el caso de los adultos que no contaban con el certificado de enseñanza media, la OU les permitía realizar un curso de nivelación a distancia. Todo el proceso de gestación de la OU respondió a motivaciones de índole político-ideológico. Lee asumió en forma personal el compromiso de concreción de la O.U. Era escocesa, y procedía de una familia de mineros. Su acceso a la educación universitaria no había sido fácil, como tampoco lo había sido para su fallecido marido, también hijo de mineros y militante destacado de la izquierda. Sus convicciones acerca del valor de la formación universitaria para los adultos que por distintas razones habían quedado relegados del sistema educativo convencional, eran por lo tanto muy firmes. La claridad de sus ideas, sus propias vivencias como mujer proveniente de clase media-baja que había logrado estudiar con mucho sacrificio, y su trabajo constante, minucioso y obstinado posibilitaron hacer realidad lo que para algunos era sólo un utopismo.
Este breve recorrido histórico realizado acerca del surgimiento de la OU, una universidad pionera en la modalidad de la educación a distancia, nos lleva a pensar que esta institución se gestó dentro del marco de ideas plasmadas por los teóricos representantes de los estudios culturales de Gran Bretaña. Por un lado, el anhelo de H. Wilson y J. Lee con respecto a la creación de una Universidad del Aire surgen en 1964, un año después de la conformación del Centro de Estudios Culturales Contemporáneos. Por otro lado, este Centro se sitúa en la Universidad de Birmingham, ciudad en la que también residía P. Venables, quien fuera nombrado Presidente de la Comisión de Planificación para la lograr la viabilidad del proyecto de la OU. Además, la forma que adquiere esta Universidad evidencia las concepciones que sus promotores tenían acerca del papel de la educación pública en la sociedad, dado que entre los fundamentos de la OU se esgrimía la necesidad de reorganizar el currículum de los estudios superiores para poder brindar un primer título universitario a las personas adultas que trabajaban con régimen de jornada completa, las cuales encontraban grandes dificultades para incorporarse a los circuitos convencionales. Las investigaciones realizadas por P. Willis acerca de la tendencia existente entre los jóvenes ingleses de clase baja por insertarse tempranamente en empleos manuales, perdiendo de esta manera la posibilidad de lograr niveles de ascenso social a través de otras opciones de formación sistemática, fue también una de las preocupaciones de los promotores de la OU, quienes gestaron un currículum universitario más abierto a las problemáticas reales de las personas.
Aportes de las teorías críticas y poscríticas del currículum
Dejando de lado posturas idealistas e ingenuas acerca de principios plasmados como de “educación abierta y/o a distancia” en numerosos trabajos que relatan experiencias supuestamente innovadoras, creemos no obstante que ciertos proyectos de educación a distancia en el nivel superior permiten transformar el currículum de acuerdo con algunos de los planteamientos que formulan los teóricos críticos. La lucha de significados, valores, conocimientos e ideologías que se produce en el propio seno del currículum educativo entre los diversos sectores de la sociedad, constituye un eje central de los pensadores críticos y poscríticos que han estudiado esta temática. En este sentido, entre los importantes análisis que realiza B. Bernstein (1997) acerca de las distintas formas que adquieren las prácticas pedagógicas, recuperamos el concepto de “enmarcamiento” como un aporte relevante de la sociología crítica de la educación. Bernstein explica que existe enmarcamiento fuerte cuando los transmisores controlan la selección, organizan el ritmo y los criterios para la comunicación; y establecen la disposición de la localización física de la misma. Cuando, por el contrario, el adquirente tiene mayor control sobre estos aspectos y puede regularlos en alguna medida, se considera que el enmarcamiento es débil. La educación a distancia surge como una modalidad que deja de lado el rígido enmarcamiento de los sistemas presenciales, los cuales pautan los tiempos, ritmos y lugares en los que deben desarrollarse los procesos de enseñanza y de aprendizaje. Poco y nada es lo que queda fuera de esta administración marcadamente burocrática en la educación convencional, y las consecuencias de ello son que muchos adultos no pueden ingresar a la misma, o deben optar por dejar otras ocupaciones de lado para poder seguir una carrera universitaria. Las instituciones de nivel superior que han implementado propuestas de educación a distancia o virtuales, en cambio, poseen un enmarcamiento más débil en lo que se refiere a la organización de los factores témporo-espaciales, y esto coadyuva ampliamente a que las personas puedan cumplimentar los estudios ejerciendo un mayor control sobre sus actividades y regulando sus propios ritmos de aprendizaje.
Los análisis efectuados acerca de la problemática del género en la educación, han demostrado que en muchos países el acceso a los niveles superiores de estudio no es igual para hombres y mujeres. Aun en las regiones en las cuales esta desigualdad pareciera no existir, los estereotipos del género se encuentran muy extendidos, considerándose que determinadas disciplinas y profesiones son propiamente femeninas, y otras masculinas. A partir de los desarrollos que la “pedagogía feminista” realizó en relación a la enseñanza universitaria, se comienza a plantear la necesidad de contar con un currículum más inclusivo, incorporando contenidos y metodologías didácticas que dieran cuenta de los valores feministas; y reemplazando las prácticas educativas tradicionales –representativas de intereses patriarcales y masculinos– en prácticas de carácter crítico en las que se genere un trabajo colectivo y solidario. Coincidimos con T. Tadeu da Silva (2001) en que no puede decirse que el currículum oficial se haya modificado mínimamente desde los importantes insights de la pedagogía feminista y de los estudios del género. No obstante entendemos que, a diferencia de lo que sucedía hasta mediados del siglo XX cuando la educación superior era totalmente formalista en relación a los métodos de instrucción, las actuales propuestas de educación a distancia y de tecnología educativa posibilitan que un gran número de mujeres puedan acceder a la formación universitaria. Si bien la sociedad no ha modificado estructuralmente los estereotipos que hacen que vivamos en un mundo pensado por los hombres, creemos que una organización flexible del currículum que respete las condiciones reales de existencia de las mujeres, constituye una puerta importante para comenzar a desandar caminos históricos de marginación.
En 1994, Ignacio Ramonet acuñaba en el periódico Le Monde Diplomatique la noción de “pensamiento único”, para referirse a la traducción –en términos ideológicos pretendidamente universales– de los intereses de cierto conjunto de fuerzas económicas, en especial los del capital internacional. En este discurso la razón económica predomina sobre la política, y su lugar es de supremacía total. Los conceptos de democracia y de mercado se utilizan en forma doctrinaria. El primero sirve para caracterizar generalizadamente a diversos regímenes políticos que existen en el mundo, aunque entre muchos de ellos haya diferencias sustanciales. El segundo, ha sido una idea abstracta plasmada como panacea para lograr amplios beneficios al conjunto de la sociedad, justificándose su desigualdad a partir de una definición artificiosa de eficacia. Dentro de este escenario de incertidumbres y paradojas, nos preguntamos cuál es el papel que le cabe a la educación a distancia en el ámbito de las instituciones públicas. Las actuales tendencias globalizadoras presuponen opciones estandarizadas entre los consumidores a partir de la influencia de las nuevas tecnologías, y contribuyen a conformar redes planetarias impulsadas por grandes grupos que operan a nivel mundial. En este contexto, el riesgo de instaurar una “brecha digital” es, posiblemente, el peligro más acuciante que actualmente amenaza la extensión igualitaria y solidaria de la sociedad de la información (Ortega Carrillo, 2004). Ante el desdibujamiento de los compromisos del Estado como garante de derechos para el logro del bienestar común, han surgido en los países desarrollados innumerables organizaciones no gubernamentales destinadas a amalgamar las posibilidades que ofrecen los diversas medios de comunicación –desde el video hasta la informática–, con el fin de responder a las cambiantes demandas de actores sociales dispersos. De este modo, estos selectos consumidores han aprendido a reflexionar acerca de un “tercer espacio” que se sitúa “entre las lógicas intermercantiles y las lógicas interestatales, mediando entre el pragmatismo del mercado y la Realpolitik de los príncipes”. La irrupción de las leyes del mercado en todas las manifestaciones de la sociedad, origina tensiones permanentes entre una globalización homogeneizadora que impone determinados productos de consumo a nivel mundial; y una localización que emerge como fuerza centrípeta para resguardar identidades en espacios de decisión que se conciben como propios. En el campo de la cultura y la educación, existe una fuerte tendencia privatizadora en busca de “segmentos transnacionales”, es decir, de grupos de individuos que puedan compartir las mismas condiciones de vida, gustos y valores, más allá de las fronteras nacionales. Se puede afirmar que en estos contextos, la educación superior a distancia aparece como una forma de estudio legitimada que permitiría comercializar productos educativos utilizando las potencialidades de las TIC. Si bien estos mercados del conocimiento posibilitan a muchos el acceso a una formación sistemática en diversas áreas disciplinarias, creemos que estas opciones de consumo cultural pagas no deben ser las únicas. La responsabilidad del Estado de asegurar el acceso a estos formatos educativos no debe estar ausente, pues de otra manera se generarían circuitos fuertemente diferenciados.
Anteriormente describíamos algunas características históricas de la educación universitaria a distancia que le dieron origen a importantes principios fundacionales de la modalidad. Entendemos que el espectacular desarrollo que han adquirido las propuestas de educación/aprendizaje/enseñanza de carácter abierto/virtual/a distancia a través de los recursos telemáticos, instauran una nueva utopía: la de mantener vigente el principio de educar a todos, para que el conocimiento y sus formas avanzadas de transmisión le sean accesibles a cualquier persona sin importar su lugar de nacimiento, residencia, edad, raza, género o condición socioeconómica, porque como afirma Armand Mattelart (1998): “Se quiera o no, la era de la sociedad de la información es también la de la colaboración de los cerebros”.
La flexibilidad de la educación a distancia. Respuestas múltiples de los programas ante diversas problemáticas
En la región hispanoamericana, los términos “educación a distancia” y actualmente “educación virtual” son utilizados masivamente para describir una modalidad de estudio alternativa caracterizada, entre otros aspectos, por la mediatización de las relaciones entre docentes y alumnos. En varios países europeos, sin embargo, predomina el uso del término “aprendizaje abierto y a distancia” –open and distance learning–, lo cual enfatizaría la idea de un currículum no prescriptivo, sino flexible y alternativo, que posibilitaría la creación de ambientes apropiados para el logro de aprendizajes “abiertos”, tal como lo establecían los principios fundacionales de la Universidad Abierta del Reino Unido. Es importante destacar también que desde los comienzos del siglo XXI, tanto en Europa como en Norteamérica se ha incorporado el modismo e-learning. El prefijo “e” constituye una abreviatura de “electrónico”, por lo cual el significado que se pretende transmitir con este vocablo es el del desarrollo de los aprendizajes a través de medios informáticos, entre otras tecnologías electrónicas. Un experto en educación a distancia, D. Keegan, observa que actualmente se confunde “educación virtual” con “educación a distancia”, pues “los sistemas virtuales consisten en enseñanza presencial a distancia a través de nuevas tecnologías”. Keegan critica además el uso sajón de la terminología: “aprendizaje abierto” y “aprendizaje flexible”, muy común en algunos países de la Unión Europea, argumentando que si hablamos de educación, no podemos referirnos sólo a una parte concerniente a este concepto. Aboga por la utilización del término “educación a distancia”, porque incluye tanto la enseñanza como el aprendizaje. Sin embargo, la polisemia continúa siendo una tendencia cuando hablamos de otras formas de enseñar y aprender de carácter no presencial mediadas por la tecnología. Otra de las denominaciones que actualmente se está utilizando en el contexto europeo es la de “entornos virtuales del aprendizaje” (EVA), los cuales constituyen espacios o comunidades organizadas para el aprendizaje que contemplan:
1 Funciones pedagógicas: actividades de aprendizaje, situaciones de enseñanza, materiales de aprendizaje, apoyo y autorización, evaluación, etc.
2 Tecnologías apropiadas, y la explicitación de los modos de conexión de estas herramientas al modelo pedagógico
3 Organización social de la educación: espacio, calendario y comunidad.
M. Barajas Frutos (2003) define a los EVA de la siguiente manera:
Cualquier combinación a distancia y presencial de interacciones de aprendizaje que contenga algún nivel de virtualidad en el tiempo y en el espacio. El apoyo que reciben los discentes y la comunicación entre los actores del aprendizaje usando diferentes tecnologías telemáticas... es también un elemento característico [...] puede ser desde un campus virtual sin interacción presencial hasta una clase convencional que utiliza herramientas telemáticas en el proceso de enseñanza aprendizaje, siempre que los recursos sean también accesibles fuera del horario regular y la clase asignada. Esta característica es lo que hace de los EVA un instrumento de innovación dentro de las instituciones convencionales de enseñanza. (Barajas Frutos, 2003)
También se habla hoy en el mundo anglosajón de b-learning, blended-learning o “enseñanza mixta”, términos que se emplean para destacar las ventajas y posibilidades que ofrecen tanto las metodologías presenciales como las de educación a distancia. Un ejemplo de ello lo constituyen las propuestas educativas de posgrado, muchas de las cuales utilizan multiplataformas y multitecnologías comunicativas en forma combinada con algunos encuentros presenciales, organizándose tutorías telemáticas, telefónicas y cara a cara (Gallego y Alonso, 2002).
Las tendencias actuales nos muestran que cada vez más el e-learning trasvasará sus alcances y expectativas, para convertirse progresivamente en m-learning. Las tecnologías móviles atribuirán un carácter nómade a las instituciones educativas (C. Coll y C. Monereo, 2008) y las mismas promoverán en mayor medida la comunicación fluida de educadores y estudiantes residentes en distintos lugares del planeta. Las funciones de las tecnologías móviles de comunicación que se desarrollaron de manera autónoma –telefonía, multimedia, localización espacial, computadoras de bolsillo, etc-, se están fusionando para multiplicar sus potencialidades educativas.
En la Argentina de la década del 80, sólo en algunas universidades públicas la educación a distancia comenzaba a vislumbrarse como una forma de estudio adecuada para brindar mayores oportunidades de acceso a propuestas organizadas de conocimiento. Sin embargo, la introducción de esta modalidad en las universidades presenciales no fue una tarea sencilla. Por un lado, surgían resistencias a partir del desconocimiento existente con respecto a la educación a distancia. Por otro lado, el movimiento de reconceptualización curricular que se desarrolló en Europa y los Estados Unidos a partir de 1974-1875 (con Pinar, Huebner, Tann, Apple y Giroux, entre otros) criticaba profusamente al paradigma tecnológico de la educación que había surgido en Norteamérica a partir de un modelo racional de producción industrial. En algunas instituciones, los docentes cuestionaban la legitimidad de estas propuestas por considerarlas una manifestación más de los enfoques tecnocráticos de la enseñanza y el aprendizaje. Se caracterizaba a los proyectos de educación a distancia como una metodología del tipo proceso-producto que sólo respondía a los criterios de una eficacia instrumentalista. Se argumentaba además, que todas las propuestas encaradas con esta modalidad se apoyaban en técnicas conductistas de estímulo-respuesta, desconociendo el interjuego de las dimensiones psicológicas, sociales y políticas que entraña todo proceso educativo. No obstante estas generalizaciones, también es cierto que muchos de los proyectos con que se originó esta forma de estudio en distintos lugares del mundo, poseían una fuerte impronta tecnicista, tanto en su concepción pedagógica global como en el diseño de sus materiales. Sin embargo, fueron los buenos proyectos de educación a distancia implementados por diversas instituciones los que revirtieron las opiniones negativas con respecto a la modalidad. Además, el trabajo conjunto y solidario entre las organizaciones comprometidas con la educación a distancia, permitió consolidar marcos teóricos apropiados para inscribir los procesos de enseñanza y aprendizaje a distancia en propuestas educativas valiosas. Uno de los mayores desafíos para los equipos de trabajo que abrían camino en la consolidación de la modalidad en Argentina, consistió en encontrar la propia identidad. La definición por oposición a la educación presencial, era la forma más común de caracterizar a la educación a distancia. La preocupación predominante era la de implementar “modelos puros”, incontaminados de educación presencial. Sin embargo, la propia realidad en la que se desarrollaban los proyectos abría interrogantes con respecto a algunos de los postulados con que se conceptualizaba a esta forma de estudiar. En localidades muy alejadas de los centros culturales del país, las personas manifestaban su satisfacción por la instalación de “presencia universitaria” en su pueblo o ciudad, lo cual resultaba paradójico con respecto a algunos de los principios que en un comienzo definían la modalidad, como el de “autodidactismo” o el de “no contigüidad física.
A partir de estos aportes, rescatamos como rasgos relevantes de la educación a distancia, por un lado, la mediatización entre las relaciones de alumnos y docentes, lo cual se logra a través de recursos y estrategias didácticas diversas a los efectos de no prescribir en forma taxativa los tiempos y espacios para el desarrollo de los aprendizajes. Por otro lado, nos parece importante señalar la importancia de que exista una organización apropiada que sostenga este tipo de propuestas, las cuales requieren de técnicas y medios específicos para una adecuada implementación. D. Garridson observa que la única diferencia real entre la educación a distancia y la presencial, es que en la primera la mayor parte de la comunicación entre docentes y alumnos está mediada, pero esto no significa que exista una disminución en la calidad de la transacción educativa, o la necesidad de una reconceptualización acerca de los procesos educativos (Garridson, “Quality and access in distance education: theoretical considerations”, citado por Marín Rodríguez y Ahijado Quintillán, 1999). Si analizamos la multiplicidad de proyectos y experiencias educativas que en este momento se desarrollan en todos los niveles de la enseñanza, utilizando diversas metodologías y recursos tecnológicos para brindar una mayor autonomía de aprendizaje a los alumnos, ofreciéndoles además herramientas para el estudio independiente, podemos afirmar que las fronteras entre la educación a distancia y la presencial son cada vez más difusas. Nos encontramos muchas veces con propuestas a distancia o “semipresenciales” que establecen experiencias significativas de comunicación personal entre alumnos y docentes, y por otra parte, vemos que varias instituciones presenciales generan diversas estrategias de carácter abierto que prescinden de los encuentros cara a cara. Por estos motivos, entendemos que actualmente la ventaja más importante de la educación a distancia es su flexibilidad, lo cual posibilita implementar propuestas educativas organizadas y apropiadas a la realidad en la que viven muchas personas que desean seguir estudiando. Sin embargo, resulta necesario explicitar qué entendemos por “distancia” cuando mencionamos este término para encuadrar nuestros proyectos de trabajo. Por lo general, siempre nos remitimos al enfoque utilizado por la geografía física. Esta disciplina recurre a los aportes de la cartografía para establecer como norma técnica el empleo de escalas –gráficas o numéricas– para medir las distancias entre los diferentes puntos del planeta.
Desde otra postura, podemos intentar comprender el concepto de distancia a partir de las múltiples representaciones que distintos actores sociales realizan acerca de la misma. De este modo encontraremos que bajo la concepción aportada por la geografía física se solapan otras problemáticas. Las distancias no sólo se miden en kilómetros de superficie territorial, sino también en los tiempos históricos del desarrollo de las distintas regiones. Las decisiones que se toman utilizando como termómetro político los porcentajes de votos de cada lugar, por ejemplo, constituyen un hecho de la realidad que explica la instauración de distancias sociales, educativas y culturales entre poblaciones ubicadas en distintos puntos del país. Las investigaciones realizadas acerca de las características de los alumnos que estudian en propuestas de educación a distancia, dan cuenta también de la existencia de “distancias psicológicas” que dificultan el acceso y la permanencia de las personas en las mismas. Muchos adultos han atravesado por experiencias escolares poco gratificantes en los sistemas convencionales, otros se consideran demasiado mayores para comenzar a estudiar, o bien deben afrontar presiones familiares o laborales que obstaculizan su decisión. No obstante, los proyectos de educación a distancia que se han implementado en forma comprometida con las problemáticas de los diversos contextos sociales, han permitido dialogar con las personas y negociar con ellas propuestas alternativas de formación adecuadas a su realidad.
La evaluación de programas y proyectos de educación a distancia
La evaluación de programas y proyectos de educación a distancia de carácter interinstitucional implica la asunción de tareas complejas en la que interjuegan diferentes criterios, a través de la intervención de distintos actores en un entramado de múltiples miradas y posturas valorativas. En los procesos de enseñanza y aprendizaje de las personas, la evaluación adquiere significados diversos. Por un lado, forma parte de las prescripciones educativas que regulan el currículum escolar, instaurando mecanismos para el control y la sujeción a las normas establecidas. El sistema acreditativo que se utiliza en nuestras escuelas basado en calificaciones, por ejemplo, se relaciona con políticas sociales más amplias en las que se valora y legitima al conocimiento como capital cultural insustituible para el desarrollo de la sociedad. De este modo, la evaluación educativa siempre es política, dado que funciona como una entidad certificadora de adquisiciones cognitivas cuyos resultados trasuntan en el contexto social en el que viven los sujetos que se educan. Por otro lado, desde una dimensión didáctica, la evaluación es inherente a los procesos educativos que tienen lugar en las instituciones educativas; forma parte de las interacciones que se establecen entre alumnos y docentes; permite orientar los aprendizajes y reflexionar acerca de las tareas de enseñanza. En los proyectos colaborativos de educación a distancia, la evaluación tiene como finalidad el mejoramiento de los mismos durante su desarrollo. Para ello, resulta necesario generar espacios propicios que posibiliten interpretar la lógica de las actividades y establecer niveles críticos de análisis para encontrar soluciones alternativas a las dificultades encontradas. Esto significa que la evaluación no puede remitirse a elaborar un informe final al término del proyecto, ni tampoco puede constituir una tarea permanente y solapada a los procesos de estudio a distancia, sino que constituye una estrategia de trabajo que posibilita recuperar información válida en diferentes momentos para coadyuvar a la implementación de las propuestas. Además, en los proyectos a distancia de colaboración institucional, caracterizados por su compleja inserción en el medio mediatizada por múltiples recursos, la evaluación sólo adquiere sentido para los actores involucrados en la medida en que posibilita focalizar problemáticas, sin interferir irruptivamente en los procesos de formación.
Cuando realizamos evaluaciones educativas, además de cuestionarnos con respecto a los propósitos de las mismas, reflexionamos también acerca de los sujetos implicados en ellas. MacDonald y Walker (1977, citados por McCormick y James, 1996) formulan preguntas relevantes relacionadas con la investigación basada en el estudio de casos, que también pueden aplicarse a la evaluación educativa:
¿A quiénes corresponden las necesidades e intereses a los que responde la investigación?,¿ Quién es el propietario de los datos (el investigador, el sujeto, el patrocinador)?, ¿Quién tiene acceso a los datos (a quién se excluye o se le impide)?, ¿Qué categoría tiene la interpretación de los hechos que haga el investigador frente a las interpretaciones de otros (quién decide quién dice la verdad)?, ¿Qué obligaciones tiene el investigador ante sus sujetos, sus patrocinadores, sus compañeros de profesión y otros?, ¿Para quién se hace la investigación?
Esto implica que en todos los procesos de evaluación, es preciso identificar con claridad tanto a los responsables de las decisiones educativas como a los usuarios de las informaciones que se obtengan, y establecer las responsabilidades y funciones que les competen a los evaluadores. En las propuestas colaborativas de educación a distancia resulta imprescindible acordar entre las instituciones intervinientes estos aspectos que resultan constitutivos de los proyectos que se implementan. Otro cuestionamiento fundamental que hay que resolver entre las organizaciones responsables, es la determinación de los tópicos que se van a evaluar. La multidimensionalidad de variables que interjuegan en estos proyectos educativos no convencionales, torna prácticamente inviable una evaluación global de los mismos que pretenda abordar todos y cada uno de los factores inherentes a la puesta en marcha de las propuestas. Esto exigiría, además, contar con una gran disponibilidad de tiempo y de recursos. Consideramos entonces, que resulta más factible negociar entre las instituciones los aspectos prioritarios que se quieren esclarecer mediante la evaluación, los cuales seguramente constituirán los núcleos problemáticos centrales del proyecto cuya dilucidación posibilitará mejorar el desarrollo del mismo. Con respecto a las preguntas de MacDonald y Walker acerca de quién tiene acceso a los datos, qué obligaciones tiene el investigador –o evaluador–, y para quién se hace la investigación, entendemos que las respuestas a las mismas se relacionan intrínsecamente con la concepción de evaluación en la cual se inscribe el proyecto. E. House (1994) define a la evaluación como una actividad política por excelencia, íntimamente vinculada con la distribución de los bienes básicos en la sociedad. Por ello, no sólo debe ser veraz, sino también justa. Quienes participan en la elaboración de los procedimientos de la evaluación, deben acordar la aceptabilidad moral de los mismos. En la medida en que se amplían públicamente las opciones y los ámbitos de recolección de datos, incluyendo a los diferentes grupos implicados en las propuestas y garantizando la representatividad de sus intereses, la evaluación se constituye en un proceso democrático que opera desde la transparencia y la equidad.
En los trabajos colaborativos de educación a distancia, esta elección valorativa implica el diseño de evaluaciones altamente participativas, en las cuales tanto las instituciones gestoras como también las personas destinatarias de los proyectos, encuentran espacios significativos para manifestar sus opiniones y expresar sus ideas en torno al mejoramiento de la propuesta. La implementación de estrategias planificadas por un equipo de expertos en la modalidad que no incluya a miembros de las otras organizaciones intervinientes, conlleva al desarrollo de una tarea sesgada y tecnocrática. Cuando además de esto los expertos dirigen su trabajo sólo a aquéllos que son responsables de tomar decisiones, soslayando o desconociendo el aporte de otros actores que sostienen el proyecto de educación a distancia a partir de distintos roles, la evaluación se convierte en un instrumento útil para los funcionarios y administrativos decisores de los programas, pero funciona también como una instancia legitimadora de intereses acotados. Entendemos que la evaluación de proyectos colaborativos de la modalidad requiere de un modelo participativo y democrático que construya una trama de voces a partir de la diversidad de los grupos de destinatarios y responsables. De este modo, la evaluación será un acto de persuasión (House, 1994) acerca del valor del proyecto, que apelará a la razón y a la comprensión de un público personalizado.
Capítulo 2
Las tecnologías como mediadoras de las propuestas educativas a distancia
Ante el creciente desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, muchas de las cuales enfatizan la simbología icónica en sus mensajes, surge el debate acerca del lugar de los medios escritos e impresos en contextos caracterizados por nuevas condiciones socioeconómicas. Al respecto, Barbier y Lavenir (1999) hablan de “el libro ante lo efímero”, y mencionan que éste ha tenido que adaptarse a demandas de consumo diferentes para poder sobrevivir. Los recursos multimedia surgidos a partir de los años 90 parecían vaticinar el fin del reinado del libro en nuestras sociedades. Sin embargo, se observa que los avances de la informática no son incompatibles con el soporte en papel, tal como lo demuestran las actuales tendencias y orientaciones de las imprentas y cadenas gráficas. Además, más allá de sus importantes aportaciones, los recursos multimedia requieren de una infraestructura bastante compleja para funcionar, a lo que se suma la incomodidad de la lectura en pantalla de textos extensos que la gran mayoría de las personas manifiesta padecer. Estas y otras cuestiones llevan a los autores a afirmar:
No parece que estemos ante una panacea universal que nos permita presagiar la desaparición de los impresos clásicos.
Lo que resulta criticable no es la aficción por tal o cual medio, sino la concepción banal de que los diferentes medios serían antagónicos, o peor aún, que se anularían entre sí (Barbier y Lavenir, 1999: 349).[1] Tampoco podemos desconocer que el hábito de la lectura está todavía relacionado con la clase social de pertenencia, dado que por debajo de cierto nivel de ingresos no se accede a un consumo masivo de libros ni a una literatura evolucionada. A partir de estas consideraciones los autores se preguntan si la capacidad para emanciparse del modelo letrado no será, paradójicamente, un signo de distinción reservado a estos mismos letrados.
Coincidimos con José Gimeno Sacristán (1997) en afirmar que cuando se habla de “materiales educativos” en un sentido amplio, se entiende por ello:
Cualquier instrumento u objeto que pueda servir de recurso para que, a través de su manipulación, observación o lectura se ofrezcan oportunidades de aprender algo, o bien con su uso se intervenga en el desarrollo de alguna función de la enseñanza. (Gimeno Sacristán, 1997: 71)
De este modo, los materiales comunican contenidos y sirven no sólo para transmitir teorías, sino también para motivar a los alumnos, orientarlos en sus procesos cognitivos y ayudarlos a adquirir determinadas destrezas y procedimientos. Por ello resulta importante considerar que, más allá de las particularidades discursivas que aportan los nuevos desarrollos tecnológicos, la lectura crítica que desde múltiples disciplinas puede efectuarse de los materiales diseñados para la enseñanza y el aprendizaje de los campos del saber no se restringe tan sólo a las impresiones en papel, sino que abarca también a los diversos medios electrónicos. Sin dejar de tener en cuenta las diferencias de formato que establece cada soporte, la elaboración de discursos escritos de carácter educativo amerita el análisis pormenorizado a partir de dimensiones psicológicas y didácticas. El acceso a los conocimientos mediante sistemas de hipermedia está constituido por distintos canales –el escrito, el oral, el audiovisual, el de animación y el gráfico–, que se pueden emplear de manera intercalada sin ordenamientos prescriptivos, lo cual genera formas de representación variadas. La producción de discos compactos (CD, DVD), por ejemplo, constituye actualmente un recurso adecuado para la presentación digitalizada de la información. Su alta capacidad de almacenamiento permite utilizar de manera flexible una enorme cantidad de textos escritos, de cuadros y gráficos a color, como así también de videos a través de técnicas de comprensión.
Algunos modelos y teorías acerca de los procesos de escritura y lectura
Siguiendo a Teun van Dijk (Macrestructures, 1980, citado por José León, 1996: 49-53), la construcción de una representación textual supone tres niveles: la microestructura, la macroestructura y la superestructura. La microestructura posibilita reconocer el orden del texto, identificando las ideas básicas del mismo, estableciendo una continuidad temática entre las ideas, y conectándolas entre sí a partir de relaciones causales, motivacionales o descriptivas. La macroestructura permite establecer la jerarquía entre las ideas, distinguiendo aquellas que son centrales y otorgan un sentido unitario y global al texto leído de otras que son menos importantes. De este modo, el texto se puede resumir desde fragmentos extensos de información a una cantidad manejable de ideas, sin perder por ello elementos relevantes. Estas ideas centrales ocupan además un determinado lugar en la trama lógica o superestructura del texto, ya sea con una función causal, comparativa, de respuesta, secuencial o descriptiva. Desde este nivel, interesa analizar las interrelaciones que se producen entre las proposiciones más globales.
En los conocimientos que se obtienen en la vida cotidiana, los aprendices adquieren en forma progresiva habilidades y saberes diversos, al mismo tiempo que comparten tareas con otras personas a quienes observan e imitan. Aunque las actividades sean sumamente complejas, el adulto conocedor de las mismas las dosifica de manera que sean accesibles a las posibilidades de realización del aprendiz, con el fin de orientarlo hacia metas cada vez más ambiciosas y globales. Desde los aportes de la psicología cognitiva, los denominados “modelos calientes” (Pintrich, 1992, citado por M. Mateos, 2001: 67) ponderan tres aspectos fundamentales en la formación de la experticia: las expectativas acerca de la propia capacidad para enfrentarse con éxito a las tareas académicas; la valoración acerca de los fines que se persiguen y de la relevancia de los proyectos; y las reacciones afectivas que surgen a partir de la obtención de resultados. En este sentido, los expertos no sólo adquieren un gran caudal de conocimientos propios de algún campo de estudio, sino que también logran un cambio profundo con respecto a los procedimientos referidos a la aplicación de los métodos más apropiados para el mismo. De esta manera, se produce en ellos una modificación en el metaconocimiento, es decir, en el conocimiento de todo lo que determina o genera conocimientos específicos de la ciencia (M. Rodríguez Moneo, 1999: 54-55). Investigaciones realizadas en escuelas medias de enseñanza presencial[2] dan cuenta que una de las preocupaciones básicas de los profesores expertos es la creación de un “contexto común” que posibilite trabajar en un marco relacional apropiado para el abordaje de ciertas tareas cognitivas. Las secuencias discursivas prototípicas de los docentes priorizan un orden de la clase a través del cual se presenta un tema, se enuncia una idea que luego se elabora, se recapitula y se evalúa. En forma permanente se otorgan apoyos y enlaces entre los conceptos, de los cuales se retoman los más importantes a partir de una retórica selectiva. Las ideas que otorgan un sentido global al tema son destacadas desde dos estrategias centrales: la presentación de un plan regular de enseñanza y la evaluación de los aprendizajes que van adquiriendo los alumnos. Estas clases no se caracterizan por ser lineales y disyuntivas, sino recursivas y de espiralación conceptual diferenciada.
En la educación a distancia, el estudio a través de materiales especialmente diseñados a partir de criterios didácticos apropiados, establece relaciones de enseñanza y aprendizaje entre contenidistas/pedagogos expertos y alumnos, pues “los textos son apoyos para el trabajo, no hacen por sí solos el acto pedagógico. Los textos son iluminados por la experiencia de la gente y en este sentido todo proceso es de construcción del texto y no de simple aceptación” (Prieto Castillo, 1999: 60).[3]
Como sucede con las buenas prácticas de enseñanza antes mencionadas –implementadas por profesores de escuelas presenciales–, en la modalidad a distancia existen también estrategias y recursos utilizados por docentes expertos que ayudan a mejorar la “comprensibilidad” de los materiales. Estos recursos constituyen propuestas válidas que permiten que los alumnos puedan seguir la progresión temática del texto, articulando los nuevos contenidos semánticos y contextualizando adecuadamente la información dada. La externalización de la actividad mental que se pone en juego durante el aprendizaje mediante estrategias de carácter metacognitivo, es también un aporte que realizan los docentes responsables de los materiales para orientar a los alumnos en la autorregulación de su pensamiento. El esfuerzo por transparentar las conexiones entre los contenidos disciplinarios y las tareas de aprendizaje consignadas en los materiales, es otro ejemplo que da cuenta de los numerosos “andamiajes”[4] que se establecen entre alumnos novatos y docentes expertos en esta modalidad. Desde un análisis histórico acerca del problema de la interpretación de los textos, D. Olson (1998: 159) explica que la retórica medieval se basaba en los medios para producir ciertos efectos sobre oyentes o lectores, pero a partir del surgimiento de la teoría hermenéutica moderna el eje está puesto en las comprensiones compartidas. De este modo, el tipo de competencia que actualmente los alumnos deben lograr no se remite sólo a la aprehensión de las formas retóricas, sino a la comprensión en alguna medida de lo que existe en la mente del autor, o bien de lo que los autores suponen sobre la mente de los lectores. Podemos afirmar entonces que los materiales elaborados para propuestas educativas a distancia, acuñan conocimientos compartidos entre docentes y alumnos, en un interjuego de comprensiones mutuas que genera nuevos pensamientos a partir de contextos culturales que posibilitan el intercambio y la creación permanente de significados.
Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en los escenarios actuales
Han sido varios los autores que en numerosas publicaciones, han descripto las diferentes “generaciones” por las que han atravesado las tecnologías de la información y la comunicación, las cuales han sido caracterizadas de diversas maneras, en clasificaciones que van desde tres hasta cinco o seis etapas. Muchos aluden a la idea evolucionista de los medios, y defienden una postura de progresión lineal que desacredita las denominadas “viejas tecnologías”, en pos de la utilización de las nuevas. Desde este enfoque, por ejemplo, el uso de medios escritos o de la radio para implementar propuestas de enseñanza a distancia constituiría una opción retrógrada y limitada, o bien un tipo de práctica propia de regiones desfavorecidas que no han podido incorporar las últimas tecnologías en sus proyectos sólo por una cuestión de desfinanciamiento o de falta de formación cultural: Si bien esta problemática puede ser el factor desencadenante de un escaso o nulo empleo de las TIC a partir de la brecha que existe entre países desarrollados y emergentes –lo cual origina profundas desigualdades en lo que respecta a la producción y utilización de insumos tecnológicos–, el análisis de esta situación requiere de lecturas más complejas y articuladas con diversos aspectos socioculturales. Un investigador sueco, M. Lundberg (1997: 3) critica esta concepción de las generaciones a la que se recurre frecuentemente para describir los cambios mediáticos en la modalidad. Opina que a través de la clásica clasificación de las tres etapas de los medios –correspondencia, audiovisuales y computadoras– se corre el riesgo de dar una visión equivocada acerca de la educación a distancia, En todo caso, a partir de esta “metáfora” las generaciones deben ser tomadas como categorías para analizar las particularidades que asumen los procesos de aprendizaje desde los distintos medios, pero esto no significa que se utilicen para explicar la evolución de la modalidad. Coincidimos con este autor en que no existe un “desarrollo” progresivo en las tecnologías que se emplean en la educación a distancia, sino más bien un uso recursivo y diferenciado de ellas según las particularidades de los proyectos y sus destinatarios, a partir de las características de los diversos contextos en los cuales éstas se implementan. Las posturas que plantean las antinomias “actualizado/desactualizado”, “moderno/retrógrado”, “innovativo/tradicional” para describir en forma dicotómica a los medios de información y comunicación, desconocen en realidad los complejos procesos sociohistórico-políticos que interjuegan en su conformación. Al respecto, F. Barbier y C. Bertho Lavenir (1999) explican que los nuevos medios se han construido tomando como base tanto los contenidos como también la forma de sus predecesores. La prensa y la edición inventaron, desde la novela y el diario, las maneras de representación del mundo moderno. El cine tomó lo ya escrito: las narrativas de la novela popular y el teatro. La radio, a su vez, se apoyó también en el teatro, en los cancioneros y en las prácticas diversas de la información; y la televisión usó primigeniamente el formato de la radio en sus más variadas expresiones. Posteriormente, las redes de cables y de video reciclaron muchos de los “productos hollywoodenses”, y la multimedia actual utiliza en gran medida los datos acumulados por las colecciones editoriales y patrimoniales. De esta manera, puede afirmarse que estas actividades se apoyan recíprocamente en técnicas próximas, dado que los medios se sustentan en el seno de los mismos paradigmas tecnológicos (Barbier y Lavenir, 1999: 408-410). El problema fundamental consiste entonces en recuperar el valor de la comunicación en nuestras sociedades abiertas. Esto significa que no se trata sólo de desentrañar las cuestiones normativas de las funciones propias de la comunicación, sino también de lograr que la misma articule las relaciones individuales con las colectivas. Existe complementariedad entre los medios de comunicación generalistas (prensa, radio y televisión) y las nuevas tecnologías, porque si bien cada uno de ellos aborda dimensiones diferentes, ambos reflejan las connotaciones de la sociedad individualista de masas en la que vivimos. En relación con esta problemática D. Wolton (2000: 93) comenta:
Preferir el ordenador a la televisión no es una prueba “de inteligencia” o de una mayor “amplitud de espíritu”. Por el contrario, preferir leer el periódico a mirar televisión tampoco es la prueba de que uno está menos adaptado o es menos curioso que aquél que pasa horas delante de su terminal. No existe ninguna jerarquía entre estas dos formas de comunicación, que dependen en realidad de los soportes, contenidos y preferencias de unos y otros.
Desde esta postura, se entiende que el rol de cada tipo de medios es distinto: mientras que los medios de comunicación interactivos impulsan profundos movimientos de individualización, a partir de ideales de “libertad individual” acuñados fundamentalmente por las culturas democráticas occidentales, los generalistas promueven niveles mínimos de cohesión social y cultural en la sociedad, que aún sigue siendo compleja y desigualitaria. El hecho de que se pueda convocar y aunar –al menos durante breves períodos temporales– a públicos dispersos y heterogéneos, muestra la importancia que actualmente poseen los medios masivos de comunicación en nuestros contextos. La televisión, principalmente, pero también la radio y la prensa escrita, poseen una “lógica de la oferta”, mientras que los nuevos medios tienen una “lógica de la demanda”. No podemos hablar de un “progreso” de una forma hacia otra, sino que ambas son útiles y su elección depende de la naturaleza de su servicio y de las opciones de las personas.
La red Internet como posibilitadora de nuevas comunidades
Desde estos nuevos escenarios que se despliegan para responder a crecientes demandas de individualización, Internet constituye un ejemplo paradigmático de las inmensas potencialidades que una red de cobertura planetaria puede brindar, como fuente inconmensurable de datos y medio de comunicación entre las naciones. Esta gran red electrónica hace real la virtualidad en sus diversas manifestaciones, y los avances en el ciberespacio unifican percepciones sensoriales para lograr otras formas de interacción humana. Una de las promesas implícitas que suscitó el desarrollo de la red Internet, ha sido la de crear comunidades educativas virtuales. H. Rheingold, en 1993, definía así a este tipo de comunidades:
Agregaciones sociales que emergen de la red cuando un número suficiente de personas entablan discusiones públicas durante un tiempo lo suficientemente largo, con suficiente sentimiento humano, para formar redes de relaciones personales en el ciberespacio.
[…] en las comunidades virtuales la gente utiliza palabras para canjear bromas y polemizar [...] buscar amigos y perderlos, jugar... Hacen justamente todas las cosas que hacen en la vida real, pero dejan el cuerpo atrás. (Rheingold, 1993; mi subrayado)
La última frase de esta cita es muy elocuente, pues refleja de alguna manera las particularidades y problemáticas de las relaciones “en línea” que actualmente se establecen en Internet. Entendemos que no podemos hablar de “comunidades virtuales” a través de Internet de manera simplista y naturalizada, pues las prácticas sociales que han surgido a partir de la aparición de esta red, constituyen fenómenos complejos que es preciso dilucidar. Investigaciones realizadas acerca del uso de la red, ponen en evidencia que la mayor parte de los usuarios entra y sale de la misma según van modificándose sus intereses, o bien si sus expectativas no son satisfechas. Existirían, por lo tanto, dos tipos de poblaciones: una minoría de “aldeanos electrónicos que se han asentado en la frontera electrónica” y una gran mayoría de transeúntes para quienes estas navegaciones ocasionales equivalen a “explorar varias existencias bajo el modo de lo efímero” (Castells, 1999: 395). Si bien la idea de “comunidad virtual” o “comunidad en línea” ha sido copiosamente mencionada en numerosas producciones, consideramos que para que exista este tipo de organizaciones deben generarse ciertos requisitos.[5] En primer lugar, resulta fundamental que se propicien condiciones mediadoras desde la red, dado que Internet puede tanto favorecer como obstaculizar la formación de comunidades. Sabemos que hay muchos casos en los cuales se desconoce, discrimina y anula a personas y grupos de manera intencional desde Internet, en una suerte de “macartismo informatizado”. Tal como sucede en las grandes ciudades, en Internet suelen haber congregaciones con un “estilo de barrio privado”,[6] cuya finalidad principal es el segregacionismo de carácter elitista. Por el contrario, cuando existen mediaciones que no pretenden asfixiar la identidad de otros, sino integrarlos a partir de intereses colaborativos y de crecimiento mutuo, la red se transforma en un horizonte tecnológico que posibilita el desarrollo de una inteligencia distribuida. En segundo lugar, se deben promover condiciones políticas para la conformación de comunidades en línea. Esto significa que hay que descartar totalmente la idea de neutralidad en Internet. Como sucede con otros productos sociales, la red refleja lo mejor y lo peor de nuestras realidades. Suelen presentarse situaciones conflictivas para algunas personas –entre ellos, muchos niños y adolescentes– que pretendiendo “saltar” y evadirse de lo cercano, caen en lugares que les generan un alto nivel de conflicto, por ser opuestos o contradictorios con sus modos de vida y pensamientos. Actualmente hay gran preocupación por el hecho de que la red alberga, además de información perteneciente a los más diversos campos del conocimiento, contenidos nocivos y perniciosos. No obstante, resulta muy difícil establecer normas éticas generales de regulación, y esto es ocasionado –entre otros muchos factores– por el relativismo de valores que existe entre diferentes culturas. Ciertas prácticas lúdicas transmitidas en la red, por ejemplo, pueden ser consideradas delictivas por algunos y aceptadas sin miramientos por otros. Por último, tienen que darse también condiciones de espacio y lugar en Internet, transformando el ciberespacio en un ciberlugar. Esto implica, por un lado, que los informáticos deben esforzarse por generar entornos amigables que permitan la utilización de diseños similares de navegación e interfaces estandarizadas, a los efectos de evitar un vagabundeo errático. Por otro lado, las personas reconocen sus lugares cuando pueden “dejar sus huellas permanentes” en ellos, lo cual significa pensar una arquitectura en línea que busque los necesarios equilibrios entre el movimiento y la quietud, la interacción y el aislamiento, lo público y lo privado, la inclusión y la exclusión.
D. Buckingham (2008) observa que una concepción comúnmente aceptada acerca del objetivo de las tecnologías en las escuelas ha sido el de “encantar al niño desencantado”. No obstante, hay que admitir que actualmente las instituciones educativas ya no controlan ni la socialización ni la enculturación de los niños y jóvenes, y en muchos casos la cultura del consumo infantil se opone a la que ofrece la educación formal. Podemos constatar que, en términos generales, el uso que se hace de la computadora en la escuela está muy desvinculado de los complejos ambientes tecnológicos saturados de medios en los que se mueven los jóvenes.
En la ciudad española de Granada, en 2001 se realizó el Congreso Internacional de Ética de Medios de Comunicación y Nuevas Tecnologías, con auspicio de la UNESCO. Este importante evento tuvo como corolario la firma solemne de la Declaración de Granada sobre la Educación en Medios de Comunicación e Internet como instrumentos para el desarrollo de una Cultura de Paz, documento traducido a más de veinte lenguas:[7]que aboga por el uso crítico y comprometido de los medios a partir de concepciones éticas tendentes a evitar toda forma de manipulación mediática y de marginación social y cultural.
1 Impulsar la puesta en marcha de códigos profesionales deontológicos que favorezcan la autorregulación ética de los contenidos que a diario se difunden por los medios de comunicación y las tecnologías de la información y la comunicación.
2 Favorecer el desarrollo de una cultura evaluadora de la calidad educativa de los contenidos mediáticos en la que participen padres, madres, expertos, educadores e investigadores.
3 Exigir a los poderes públicos regionales e internacionales que denuncien y adviertan a la población de la existencia de empresas e instituciones que difundan contenidos audiovisuales e hipertextuales que, por su escasa o nula calidad ética y/o estética, dificulten el desarrollo armónico de la pesonalidad de niños, niñas y adolescentes y contribuyan a la extensión de la cultura de la violencia.
4 Instar a los medios a que subrayen en sus programaciones contenidos que fomenten el sentimiento de ciudadanía mundial y resalten acciones de salvaguarda de la libertad, la paz, la solidaridad, el respeto a la vida, la no violencia, la justicia, el diálogo y la conservación del medio ambiente.
5 Crear e introducir en Internet, por nuestros propios medios, contenidos que resalten estos valores, optimizando los mecanismos de difusión existentes en la red.
6 Impulsar el uso responsable de los contenidos de la red en los hogares, colegios y establecimientos públicos de acceso a Internet, para que los niños, niñas y adolescentes aprendan a discernir entre un buen uso y un uso nocivo de los mismos.
7 Estrechar los lazos de colaboración entre familias, empresas audiovisuales y de Internet, escuelas, universidades, ONG y poderes públicos para intensificar el diálogo interdisciplinar que ayude a potenciar el desarrollo didáctico y la extensión de la Educación en los Medios a toda la población.
8 Impulsar la investigación sobre educación en los medios y colaborar con las universidades e instituciones nacionales e internacionales en su realización y difusión.
9 Favorecer la formación de padres, madres, educadores, periodistas, responsables públicos y ciudadanos en general, en el campo de la educación para el uso crítico y comprometido de los medios de comunicación a favor de una cultura de paz.
10 Esforzarnos y trabajar solidariamente para que los medios tecnológicos y modernos canales de comunicación contribuyan a favorecer el desarrollo sostenible y el despegue educativo (a través del desarrollo de la enseñanza a distancia) y socioeconómico de los ciudadanos del Tercer Mundo.
La estructura flexible de la red Internet puede albergar a muchas comunidades, en una suerte de espacio pluralista que posibilita el debate y la creatividad. Actualmente somos partícipes de un gran desarrollo de comunicaciones virtuales en instituciones educativas de diferentes países, y esta tendencia aumentará progresivamente. Sin embargo, no debemos encorsetar a este tipo de “comunidades de aprendizaje” desde las ideas tradicionales que se han plasmado con respecto a una comunidad –homogeneidad, familiaridad, afectividad, etc.– pues estos ciberlugares alternativos se manejan con una simbología propia que no resulta completamente isomórfica a la organización de las prácticas humanas convencionales. M. Curry (1999) describe una situación ocurrida en una ciudad norteamericana en la que se denuncia judicialmente a una pareja que había difundido materiales obscenos en un boletín informatizado. La persona que acusa manifiesta lo siguiente:
Las comunidades siempre se definieron geográficamente. Pero el crecimiento del mundo en línea está ya repleto de miles de nuevas comunidades virtuales [...] La Suprema Corte [...] depende en parte de normas comunitarias locales, pero es reconocido el hecho de que diferentes comunidades tienen diferentes normas morales, y si queremos que la gente razonable viva junta en comunidades, debemos elegir reglas apropiadas. El mismo razonamiento se debe aplicar al mundo online [...] cuando se considere que materiales de adultos distribuidos online en la comunidad geográficamente local son obscenos, debemos aplicar normas en la comunidad online. Después de todo, aquéllos que viven parte de sus vidas en el ciberespacio debieran ser capaces de vivir en una comunidad donde se sientan confortables. (Rose, 1995, citado por Michael Curry, 1999; mi traducción)
A partir de esta declaración, M. Curry observa –en un análisis acerca de las TIC y la ontología de los lugares– que la persona que expresa esto no distingue la obviedad de que en este mundo moderno, todos estamos en varios lugares al mismo tiempo. Esto puede resultar paradójico si se piensa que estos lugares están localizados en algún espacio físico. Pero si reflexionamos acerca de la naturaleza de los lugares de las TIC, el problema no radica tanto en la dificultad que tenemos para “imaginarnos” en dos lugares al mismo tiempo, sino en pensar que el mundo sólo es un conjunto de ubicaciones en el espacio, y que estamos parados afuera de éste, explica el autor. Como decíamos antes, las condiciones políticas constituyen uno de los factores sobre los que se asientan las comunidades, dado que existen determinadas adscripciones a las que no podemos renunciar –como las relacionadas con la natalidad: lugar de nacimiento, familia, etc.–, y otras que sí elegimos y construimos. Los espacios públicos se conforman a partir de este tipo de opciones que realizan las personas, cuando la esfera de lo privado deja de ser hegemónica en sus intereses. Surge así la democracia como posibilidad, y la aceptación de las diferencias. Entendemos entonces que el problema de los múltiples lugares que genera esta nueva realidad mediada por las tecnologías –muchos de los cuales son opuestos y hasta contradictorios en sus propósitos–, encuentra respuestas en el compromiso y responsabilidad que a todos nos cabe para resguardar principios éticos sustentadores de lo público. Jeremy Rifkin (2000) cita a J. Meyrowitz, quien dice: “Donde nos encontramos físicamente ya no determina quiénes somos ni dónde nos ubicamos socialmente”. Rifkin (2000: 181) plantea que esto es cierto –sobre todo en el ciberespacio–, dado que una parte nuestra se ha desplazado ya hacia un mundo más temporal a través de las TIC, pero “una parte de nuestra naturaleza se resiste y permanece arraigada al suelo y a la noción de territorialidad. Incluso en el mundo de la conectividad electrónica, el suelo que pisamos sigue siendo nuestra conexión más básica”.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.