Kitabı oku: «El movimiento trans entre el feminimo y el machismo»
El movimiento trans entre el feminismo y el machismo
El movimiento trans entre el feminismo y el machismo
Silvia Ons
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo, Nieves Soria
Introducción
Transexualidad
Más allá del movimiento queer
Sobre la ley de identidad de género en la infancia
El ocaso de la metáfora
Forclusiones
La metamorfosis de la pubertad
La transexualidad en la cultura grecorromana
Género y psicoanálisis
Culturalismo y genetismo
Preguntas realizadas por Néstor Yellati
Judith Butler y la construcción performativa
La teoría queer
Posición del psicoanálisis frente a los fenómenos de su época Freud y una intervención psicoanalítica en la política
De La anatomía es el destino a El inconsciente es la política Napoleón, Goethe, Hegel, Freud y Lacan
Los análisis y sus épocasLos hermanos mellizos y la pregunta por el género
Homosexualidad o empuje a la mujer
Cuando cae el muro de Berlín
Los estragos de los derechos ilimitados
La dimensión lingüística en el siglo trans
Lo “políticamente correcto”: nuevo nombre de la censura
En nombre de la libertad Para una ética de las consecuencias
¿Sexo líquido?
El presagio de Nietzsche
Lacan y San Agustín
Actualidad de Spinoza en una economía de los goces
Lacan y Spinoza Herejes
La excomunión
Spinoza y su herejía
La ilusión de libertad
Lacan, Spinoza y el feminismo
La mujer y el ciego
La lucha de los sexos Decadencia patriarcal
Hay machismo cuando no hay padre
Los violadores
Un poder contrario al amor
| Ons, SilviaEl movimiento trans entre el feminismo y el machismo / Silvia Ons. - 1a ed. - Olivos : Grama Ediciones, 2021.Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-8372-95-21. Psicoanálisis. I. Título.CDD 150.195 |
© Grama ediciones, 2021
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© Silvia Ons, 2021
Diseño de tapa: Gustavo Macri
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
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ISBN edición digital (ePub): 978-987-8372-95-2
A Marta Giacomino
A Marina Ons
Mi agradecimiento a Liliana Vidal
por sus sugerencias.
Prólogo
Nieves Soria
“Dios ha muerto”. ¡Dios ha muerto de cansancio!, lo que es muy diferente que afirmar que nunca existió.
J. A.-Miller (1)
Lo que J.-A. Miller denominó “revolución transexual” pone de manifiesto el fin del declive del padre hasta su completa evaporación –como indicara Lacan en 1968– (2), obligándonos a un esfuerzo de formalización de las nuevas coordenadas que configuran una lógica de la sexuación que ha perdido definitivamente la brújula edípica. Sin duda, una transformación está ocurriendo, y nos lleva a preguntarnos acerca de cuestiones muy fundamentales en cuanto a la constitución del parlêtre, a las condiciones que posibilitan el advenimiento conjunto de un yo, un cuerpo y una realidad que sólo pueden existir de mediar una operación de anudamiento, es decir, de nominación.
En la misma medida que van cambiando las legislaciones de los países en cuanto a la llamada identidad de género, nos vamos encontrando en nuestra práctica, cada vez con mayor frecuencia, con sujetos que rechazan, junto con el cuerpo sexuado que les tocó en suerte, la dimensión del nombre que a ese cuerpo lo nombraba. Ese nombre recibido del Otro, que vehiculiza tanto huellas de deseo o de goce como lazos de filiación. Como señalaba Lacan, en esta nominación se trata de “el lugar que el niño ocupa en la estirpe según la convención de las estructuras del parentesco, el nombre de pila que a veces lo identifica ya con su abuelo, los marcos del estado civil y aun lo que denotará su sexo”. (3)
Este rechazo del nombre recibido denota entonces un profundo reordenamiento de las estructuras de parentesco, que prescinde de ahora en más del Nombre del Padre, que, tal como lo señalara Nietzsche, ha muerto. Y no es casual que, en la comunidad trans, a ese nombre recibido, con el que el sujeto se identifica tan poco como con su cuerpo, se lo llame nombre muerto. Ese nombre no le concierne de ningún modo, no lo nombra en absoluto, y debe ser borrado junto con la supuesta identidad de género que nombraba.
Lacan señala que “es pues entre el significante del nombre propio de un hombre y el que lo cancela metafóricamente donde se produce la chispa poética, aquí tanto más eficaz para realizar la significación de la paternidad cuanto que reproduce el acontecimiento mítico en el que Freud reconstruyó la andadura, en el inconsciente de todo hombre, del misterio paterno”. (4) Ha muerto el nombre propio, ligado al misterio paterno y, junto con él, esa dimensión metafórica por la que el nombre propio es a la vez lo más propio y lo más ajeno, dejando lugar, o bien a la deriva incansable de nombres que el sujeto no logra terminar de vivir como propios, que no anudan, o bien, en el otro extremo, al nombre como absolutamente propio, marcando a fuego una identidad en un orden de hierro.
Es difícil anticipar los alcances de esta transición. De lo que no cabe duda es que la humanidad está viviendo una transformación radical, de la que seguramente esta pandemia que nos atraviesa no es ajena, tal es el grado de destrucción de la vida natural, al que nuestra propia enfermedad lenguajera nos ha llevado. En el campo del Derecho, nos encontramos frente a leyes que ponen todos sus fundamentos en cuestión, ya que sacuden los cimientos mismos del lenguaje, de las estructuras de parentesco, de los lazos sociales y la distribución del goce tal como los conocíamos hasta ahora. El debate sobre estas leyes relativas al género pone de manifiesto que el hombre, tal como lo conocíamos, parece estar muriendo atrás de su Dios.
Hasta ahora, esta transformación no ha logrado mitigar un ápice el sufrimiento humano. Sigue existiendo un sujeto con el que el discurso capitalista no ha logrado terminar, un sujeto que las leyes no logran atrapar en el discurso del Derecho, un sujeto que escapa a todo colectivo en el que pueda integrarse, un sujeto que eventualmente se dirige al psicoanalista buscando alivio a su malestar.
Es en ese campo abierto por una clínica que interroga los fundamentos mismos del discurso analítico, que se vuelve imprescindible este nuevo libro de Silvia Ons, en el que podemos seguir unos hilos que se tejen con la agilidad propia de una autora que sabe mover sus agujas hasta lograr un entramado complejo, sutil y simple a la vez. En él se entrelazan el discurso analítico, el discurso filosófico y el discurso de género en una trama que bordea el agujero del deseo del analista, cuya voz femenina se deja escuchar a lo largo del texto.
En efecto, es una referencia permanente a su práctica –que no ahorra intervenciones, efectos e interrogaciones ligadas a la incidencia de la época en la misma– la que sostiene un tejido que es también un verdadero ejercicio de deconstrucción, en lo que la autora es fiel a su propio planteo del psicoanálisis como gran deconstructor.
Deconstrucción del discurso de género –orientación propuesta por Jacques-Alain Miller (5)–, cuyas afirmaciones interroga con agudeza, demostrando en varios pasajes tanto sus contradicciones internas como su falta de fundamento en ciertas críticas dirigidas al psicoanálisis, movimiento que no anula el reconocimiento de su gran valor en el campo de los derechos conquistados. Pero también constatación de sus efectos en la clínica del sujeto contemporáneo, allí donde al instalarse como nuevo discurso del amo imponiendo la liquidación del sexo, barre tanto con la dimensión del conflicto como con toda responsabilidad subjetiva.
Deconstrucción del discurso filosófico –en el que la autora se mueve con la soltura de quien cuenta con una vasta formación–, siguiendo la vía antifilosófica abierta por Jacques Lacan, allí donde lleva a cabo una tan rigurosa como incisiva lectura de autores tales como San Agustín, Nietzsche o Spinoza, depurando en ella cuestiones centrales en la indagación acerca de la libertad y sus límites, la transvaloración y sus consecuencias, o la perspectiva de un real sin falta. En cada uno de estos autores Silvia Ons irá encontrando aquellos márgenes que destotalizan sus planteos, no sin por ello situar sus distancias con los planteos del discurso analítico acerca de lo incalculable del goce en juego en toda elección, la responsabilidad del sujeto por su inconsciente, o lo irreductible de la pulsión de muerte.
Finalmente, deconstrucción de todo aquello que puede volverse dogma en el discurso analítico, ciñéndose sin embargo a una ortodoxia que es tan freudiana como lacaniana –ortodoxia que sin embargo no deja de alojar cierta perspectiva herética, necesaria sin duda para albergar lo nuevo que proviene de su práctica–, sin por ello caer en el facilismo de una queerización políticamente correcta, lo que consistiría en una nueva forma de autocensura, como acertadamente señala la autora. Este hilo se ve enriquecido por otras hebras que se agregan a los textos de Sigmund Freud, Jacques Lacan y Jacques-Alain Miller, encontrándose valiosas referencias a textos de otros autores, principalmente colegas de la Escuela de la Orientación Lacaniana.
Hay un vaivén en este libro, que propone al lector dejarse llevar por un ritmo que sigue el movimiento incesante de las agujas con las que Silvia Ons nos lleva de un hilo a otro con el oficio de una artesana que sabe hacer nudos con los agujeros que habitan al parlêtre contemporáneo, en una experiencia de lectura absolutamente original.
1- Miller, J.-A., De la naturaleza de los semblantes, Paidós, Buenos Aires, 2020, p. 18
2- Lacan, J., “Nota sobre el padre”, en Revista Lacaniana de Psicoanálisis, 20, EOL-Grama, Buenos Aires, junio 2016, p. 9.
3- Lacan, J., “Observación sobre el informe de Daniel Lagache”, Escritos 2; Siglo Veintiuno editores, Buenos Aires, 1984, p. 633.
4- Lacan, J., “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, Escritos 1, op. cit., p. 488.
5- Miller, J.-A., “Ouragan sur le ‘gender’!”, en Lacan Quotidien, n° 925, marzo de 2021, pp. 2-5.
Introducción
Sabemos que nuestra libertad está restringida desde que nacemos, no elegimos a nuestros padres ni nuestro código genético, ni el día de nuestra muerte, ni las múltiples contingencias de nuestro destino. Sin embargo, hoy más que nunca se reivindica una libertad sin ambages, fuera de cualquier tipo de condicionamiento, exenta de influencias, ignorante de sus límites, excluida de sus marcas. Pero además se circunscribe la elección al plano conciente, negando cómo ella puede estar determinada e incluso comandada por razones desconocidas.
Muchos estudios dedicados al género dan lugar a ideas tales como la de una elección exenta de todo tipo de determinación, contrapuesta a un esencialismo como destino inevitable. Pero tanto en un caso como en otro se rechazan otras constelaciones. Así, el “yo elijo” o “yo soy así desde que nací”, niegan la urdimbre del inconsciente, así como la complejidad de la vida, la contingencia de los encuentros; en fin, la historia y sus avatares. La misma teórica feminista Teresa de Lauretis, (1) precursora en los estudios queer, (2) cuestiona fuertemente que el género se haya constituido en la marca privilegiada de la identidad, y señala la necesidad de volver al psicoanálisis freudiano como pieza fundamental relativa a la sexualidad.
Pero ese tipo de libertad no se circunscribe a las temáticas de género –que según veremos tampoco todas ellas caen en esa reducción– sino que parece ser la marca de esta época: la de un individualismo donde se rechaza la incidencia de una dimensión que lo trascienda. El derecho se yergue como el valor yoico supremo (3) en desmedro de la obligación, y no es casual ya que el derecho sea individualista mientras que la obligación incluye al otro y supera el “sí mismo”. Apología del yo y uso indiscriminado de derechos, parecen ser signos distintivos de la época; en definitiva, la antítesis del sujeto del inconsciente.
Finalmente, esa libertad que no quiere nada más que a sí misma, conduce inevitablemente a un solipsismo muy ligado a la lucha entre los sexos. Me detendré particularmente en la llamada “violencia de género”, prosiguiendo los estudios que desde hace años consagro a tal temática.
Si el llamado a la libertad ha tenido históricamente un sentido vinculado con las reivindicaciones sociales que sobrepasan a los sujetos, (4) hoy muchas parecen ceñirse al individuo y a sus goces. El propósito de este libro es el de analizar sus consecuencias; para ello será oportuno rastrear las ideas sobre la libertad a lo largo de la historia, ubicando sus ejes básicos para ceñir cuál está presente en nuestra actualidad. Es interesante indagar la temática de la elección y la posición del psicoanálisis al respecto, ya que tanto Freud como Lacan no la eludieron. Ha sorprendido a todos que el creador del psicoanálisis, ferviente creyente en el inconsciente, se refiriese en el inicio de su obra a la “elección de la neurosis”. Muchos consideraron que el Neurosenwahl –término que acuñó al escribir sobre ello– podía ser un vocablo perteneciente a las primeras conceptualizaciones del psicoanálisis, supuestamente caduco, que no merecería indagación. Sin embargo, cuando Freud abandona su empleo, conserva la expresión “elección” para aludir a la elección de objeto. Su uso convirtió a la palabra en moneda gastada, haciendo que se perdiera de vista la importancia de lo que allí está en juego: ¿de qué trata la elección?, ¿cómo el creador del psicoanálisis, aquel que mostró como nadie la manera en la que nuestros actos están determinados por razones que desconocemos, se refiere a la posibilidad de una elección?
¿Y de qué acto del sujeto se trata tan alejado del cálculo y del intelectualismo y tan cercano a intereses libidinales? Por otro lado, Lacan se refirió a la elección forzada uniendo dos términos que usualmente se contraponen, para indicar que hay un margen de libertad, pero que ella no tiene esa amplitud y ese desamarre que muchas veces se pretende. Ya cercano al final de su obra, ubicó a la elección en el punto preciso del sexo, y pensó que la decisión del ser tiene un carácter insondable. (5)
Clásicamente se ha considerado que se elige en función de una deliberación en la que interviene la razón sopesando los pro y los contra, evaluando en definitiva los principios en virtud de los cuales se elige. A diferencia de esta concepción intelectualista, el psicoanálisis considera que la elección es libidinal y que el goce la torna incalculable. Se trataría, paradójicamente, de una elección que no navega en el aire y que no es “libre” de constelaciones ni desembarazada de anclajes.
Analizo en este libro los supuestos que están en la base de la “elección del sexo” en períodos tempranos, en particular la identidad de género en la primera infancia. Considero necesario el abordaje que realiza el psicoanálisis de la sexualidad en el período que trascurre de la niñez a la adolescencia. También me ha parecido importante considerar las opiniones de intelectuales trans, que no identifican la elección con el libre arbitrio del niño y le devuelven al término la densidad y complejidad que el mismo merece. Ejemplos de mi clínica serán un aporte sobre el tema.
Una característica de nuestra actualidad es el fenómeno trans, y es de mi interés en este libro no circunscribirlo al campo relativo a las temáticas de diversidad sexual, sino analizar su extensión en diversos ámbitos, para luego notar su incidencia en la clínica psicoanalítica. En nuestros días, el alcance de la transvaloración anunciada por Nietzsche, tiene una magnitud ubicua no limitada a los estudios sobre género, el cual sería, en este sentido, una de sus consecuencias. La sintomatología que muchos pacientes presentan, no obedece a las teorizaciones clásicas que compartimos los psicoanalistas, y si bien estas son nuestros pilares y se mantienen vigentes, los nuevos casos nos obligan a redefinirlas. Es que trans como partícula significa “más allá de”, y es esta la dimensión con la que nos encontramos cuando surgen manifestaciones clínicas que sobrepasan a las de antaño. Las mixturas y las gradaciones que muestran ciertos cuadros, no responden a las antiguas biparticiones entre psicosis y neurosis, de modo que esa no delimitación no se reduce al género sexual. Por otra parte, la caída del Nombre-del-Padre trae aparejada la evaporación del conflicto, de la culpa y de la responsabilidad, y nos confronta con una clínica en la que se ausenta el sentimiento trágico de la vida. (6) Varios ejemplos extraídos de mi práctica serán pensados a partir de las diferentes décadas que atravesó nuestro país y sus marcas en las diversas historias.
El término “deconstrucción” se ha levantado como bandera de movimientos que quieren disolver los conceptos adosados a las biparticiones hombre-mujer. Consignas tales como “deconstruir al varón”, “deconstruir al patriarcado”, o “deconstruir el género”, son de uso corriente. Sin embargo, su empleo es mucho más abarcativo y alcanza a lo relativo a la moral, a las costumbres, a los ideales, al lenguaje y hasta al género humano, como si se tratase de un ideal ilimitado. En los últimos capítulos me detengo en las consignas feministas vinculadas con la decontrucción del patriarcado, levantadas con justicia y con vehemencia frente a los terribles femicidios a escala planetaria. Considero de suma importancia no equiparar “machismo” con “patriarcado”, y desarrollo la manera en la que el machismo es una manifestación de la decadencia del sistema patriarcal.
Derrida elaboró el concepto de “deconstrucción” apoyándose en Heidegger y en su exégesis del ser, para utilizar un método en el que se fragmentan textos y se encuentran márgenes antes desechados por los discursos hegemónicos. Claro que para estos filósofos no se trata tanto de lo trans como del más allá, sino de “tras”, (7) en el sentido de “ver a través de”, hallar en suma lo encubierto que no sólo se olvida, sino que se ha olvidado que se olvida. Fue el mismo Derrida (8) quien advirtió sobre el peligro del uso abusivo que estaba teniendo la palabra, uso que la hacía equivalente a “destrucción” y que se alejaba del sentido que él le había otorgado.
La deconstrucción derridiana parte de un análisis detallado de los bordes discursivos para captar detalles invisibilizados hasta ese momento y, en definitiva, conmover la estructura predefinida y el significado absoluto que hegemoniza el logos. Si bien muchos detractores y críticos de la corriente, han afirmado que una de las consecuencias de una liberalización de las estructuras del contenido en su fondo y forma, generaría un relativismo del “todo vale”, el método tiene un carácter analítico que se enmarca en una aguda indagación del texto. Y no habrá que olvidar que este autor necesitó ubicar el límite de la deconstrucción en lo indeconstruible, por ejemplo, la justicia. (9) La desconstrucción derridiana es un ejercicio de detectar lo “otro” en los discursos aparentemente homogéneos, convirtiéndose en un verdadero procedimiento de las investigaciones literarias, antropológicas y estéticas. Transvaloración y deconstrucción tienen puntos de contacto, con lo que lo ha llevado a Rorty (10) a considerar que fue Derrida quien logró realizar el sueño nietzscheano del filósofo-artista.
Así, para estudiar el fenómeno trans, es necesario remitirse a toda una corriente filosófica: Hegel con su idea del fin de la historia como disolución de los opuestos; Nietzsche con la devaluación de los valores, por no estar ellos ligados a la vida, o con su más allá del bien y del mal denunciando la raíz pulsional de la moral; Heidegger desmantelando a la metafísica occidental; Derrida y Deleuze llevando la deconstrucción a planos insospechados, sólo para citar algunas de las muchas influencias.
Por otra parte, ha sido el psicoanálisis el gran deconstructor de las ilusiones del yo, y es por eso que Freud afirma que ninguna afrenta ha sido más sentida para el narcisismo que aquella que le indica que no es amo en su propia casa. Sin embargo, se reivindica como bien supremo una libertad “yoica” sustraída de cualquier determinación, que, por otra parte, es puesta en jaque por el control de los cuerpos sabiamente anticipado por Foucault al referirse a la biopolítica. Gracias a la tecnología, nuestros datos ya no son secretos y los microchips (11) que últimamente se han diseñado servirían para que en el futuro se pudiesen aún más detectar nuestros movimientos como ya lo hacen los dispositivos de rastreo. Pero los mecanismos de coacción no son vividos como tales por la misma ilusión de libertad, ausente en la época de Freud. Vivimos el traspaso de una sociedad disciplinaria, en la que nació el psicoanálisis, a una de control.
La deconstrucción ha tenido un perfil eminentemente político como rebelión frente a instancias que centralizando el poder excluyen la contradicción. ¿Se derrumba por ello el discurso hegemónico o adquiere nuevas formas menos visibles, pero no por ello menos determinantes? ¿Es que en nuestra actualidad tiene tanta vigencia el patriarcado o la tecnología en su relación con la biopolítica como gobierno de la vida? ¿Es acaso deconstruible la adhesión a los aparatos tecnológicos que cobran tanta supremacía en nuestra existencia? ¿Y la dominación que ejercen sobre los gustos, los consumos, los cuerpos, la manera de pensar, las ideologías, etcétera? Las guerras ya no serán tanto nucleares como digitales, tal como Assange lo ha puesto en evidencia, ya que el capitalismo ha sufrido un gran cambio, y ya no se trata de la explotación del cuerpo por el trabajo generador de plusvalía, sino de la explotación de la mente. Las mega compañías privatizan lo que Marx denomina bien común, y es así que la pandemia que hoy nos toca vivir no es sólo viral sino digital. De este modo, por ejemplo, se reciben gran cantidad de consultas por la gran preocupación de los padres ante hijos que no dejan ni un minuto los celulares. Tal adhesión va desde un comportamiento adictivo vinculado con jueguitos y contacto con amigos, hasta intercambio con desconocidos y el riesgo consiguiente. Púberes cuya curiosidad y aislamiento –recrudecido por la pandemia y el confinamiento– los hizo entrar en páginas pornográficas comandadas por pedófilos, hábiles en captar la indefinición de esos años juveniles. Los padres, aparecen angustiados por no poder operar, impotentes ante esa invasión infernal. Es que las marcas históricas atribuidas antaño a la neurosis infantil y a los significantes del Otro parental, son relevadas por los influjos digitales. (12) ¿Hijos del patriarcado o del virus digital? ¿Libertad?
1- De Lauretis, T., Conferencia dictada en el Centro Cultural de la Cooperación de Buenos Aires el 29/04/2014: “Género y teoría Queer”.
2- Fue la primera en utilizar el vocablo queer con el objetivo de dejar de pensar las sexualidades disidentes como algo marginal, pero luego lo abandonó al comprobar la manera en la que era utilizado de manera banal y comercial como una criatura conceptualmente vacua, funcional a políticas editoriales.
3- Miller, J.-A., Intervención en la Jornada “La feminidad, lo fálico y la cuestión transexual”, organizado por Espace Analytique, Presentación vía Zoom 2021-05-29. Inédito.
4- No niego con esto otro tipo de reivindicaciones que siguen existiendo en nombre de la libertad y en lucha contra la opresión
5- Lacan, J., “Acerca de la causalidad psíquica”, en Escritos I, Siglo Veintiuno editores, Buenos Aires, 2009, p. 175.
6- Laurent, E., El sentimiento delirante de la vida, Colección Diva, Buenos Aires, 2011, p. 13.
7- Partícula usada por Heidegger en especial en la introducción de El ser y el tiempo, Fondo de Cultura Económica, México, 1974.
8- Derrida, J. y otros, Desconstrucción y pragmatismo, Paidós, Buenos Aires, 1998, p. 165.
9- Derrida, J., Fuerza de Ley, Tecnos, Madrid, 1997.
10- Rorty, R., Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contemporáneos, Paidós, Barcelona, 1993. Conviene entonces recordar la sabiduría de Richard Rorty, quien advirtió que las ideas filosóficas difícilmente se “aplican” fuera de su esfera; la filosofía, sea derridiana o deleuziana, es una fuente de inspiración y no de instrucción para el diseño arquitectónico.
11- Es un dispositivo muy pequeño que guarda datos personales, como factor y grupo sanguíneo, detalles de contacto e historial médico, entre otros.
12- Piénsese en la figura del Influencer convertido, si tiene millones de visitas, en la mina de oro para la venta de productos que rodearán sus páginas.
Transexualidad
Más allá del movimiento queer
Si hasta hace poco lo transexual indicaba la pertenencia a un género independiente del anatómico, luego se aplicó para prescindir también del género: ni femenino ni masculino, dice el movimiento queer. Originalmente utilizado como un término general para los individuos no binarios, después ha dado lugar a múltiples maneras que intentan nombrar a los sujetos. Resulta interesante la lógica de tal procedimiento, ya que ni bien aparece una nominación, ella es rechazada por otra, y así lo trans se extiende abriendo la perspectiva de una deconstrucción permanente de toda identidad, lo que llevaría al anhelo de un sujeto que nunca pudiese ser identificado. (1) Sin embargo, vemos que en el rechazo a lo que se denuncia como “etiqueta” impuesta por la cultura, aparecen otras: las de los no identificados, nombres al fin. El procedimiento parte de dos negaciones: la primera, como negación del cuerpo con el que se nace, otorgándole un género diferente al establecido; la segunda, negando la categoría de género. A tal extremo que algunos se consideran pertenecer a la “transespecie”, como el caso del británico que se cree perro dálmata, o “transedad”, (2) como ese hombre que se define como una niña de seis años. Un joven barcelonés se declara “transespecie” y se implanta dos aletas de pez en el cráneo. (3) El uso abusivo de esta partícula ha llevado a la aberración de quienes justifican la pedofilia con el argumento de que la “transedad” anularía la niñez como tiempo vital y entonces… ¡no habría delito!
Los movimientos LGBT han alcanzado logros destacados respecto a los derechos civiles, pero el punto que quiero abordar no concierne a esta conquista, sino a la extensión de la categoría trans, su uso expansivo y sus consecuencias. Tal empleo señala –como luego veremos– el propio activista trans, Miquel Missé, quien borra la especificidad de quienes son transexuales.
Fue la misma teórica feminista Teresa de Lauretis –responsable de haber acuñado el término queer en los años 90– la que en una conferencia dictada en Buenos Aires, (4) manifestó que con el correr del tiempo los discursos de la identidad de género fueron obturando las investigaciones sobre sexualidad, aminorando su fuerza y perdiendo su poder transformador. De esta manera, de acuerdo con De Lauretis, la potencialidad de la sexualidad infantil propuesta por Freud, junto con la noción de pulsión de muerte y la concepción de las zonas erógenas de las pulsiones parciales –que la autora ya venía trabajando en su libro Freud’s drive: Psychoanalysis, Literature and film (5)– fue desplazada por las políticas de identidad.
Cuando se levanta el género como el signo máximo de la sexualidad es siempre forclusivo de la sexualidad misma.
En la década del 80 se estableció una distinción entre el travestismo y la transexualidad. Catherine Millot (6) publicó un libro, célebre en la comunidad analítica, donde ubicó las diferencias entre el travesti y el transexual; el primero, no quiere eliminar su pene, mientras que el segundo lo suprime, identificándose con el alma femenina. Allí, Millot marcaba rotundas distinciones que quizás no puedan sostenerse hoy en día: mientras que el travesti conserva su miembro vestido de mujer, el transexual lo rechaza de plano, por convicción de ser del sexo opuesto al biológico.
El goce del travesti –dice Millot– consiste en dejar pasmado al partenaire ante la visión de lo que hay detrás de los trajes y de la mascarada: el miembro viril. No creo que debamos reducir de este modo la particularidad del goce del travesti, ya que Millot peca de una reducción, pero sí podemos decir que la diferencia sexual cobra la dimensión del semblante que magnetiza la mirada. (7) Se trata de invocarla, una y otra vez, mediante un exhibicionismo que incita al voyerismo y a la sorpresa consiguiente. Lacan dirá que el travesti se identifica entonces con una mujer con falo, pero portándolo como escondido, y de este modo, un juego de mostración y sustracción entra en escena. (8)
No obstante, hoy son suprimidas esas distinciones relativas al travestismo y a la transexualidad definidas por Millot, entre lo que ella delimita como quien goza en esconder su miembro en el ropaje femenino para dejar perplejo al partenaire, y entre quien repudia el genital y quiere eliminarlo, ya que se los agrupará con el nombre de “chicas trans”, suprimiendo todo tipo de diferencia en pos de un género puro. Notamos aquí un proceso en el que se ejemplifica algo mucho más general como un fenómeno de abstracción creciente que elide la corporeidad. La teoría de género reactualiza la idea cartesiana de una dualidad entre cuerpo y espíritu, y por lo tanto debemos retrotraernos a Descartes y al origen del sujeto moderno, ya que cuando el gran filósofo francés da el paso en el que se desprende de todos los conceptos preestablecidos para arribar a la certeza del cogito, será él, en tal certeza, pura mente, puro pensar. Esa operación es una operación de vaciamiento hasta de los cimientos más sólidos donde se evacuan no sólo los saberes preexistentes, incluso los más firmes, (9) sino también la tradición, las raíces o los arcaísmos históricos, para llegar a “ser una cosa que piensa” sin otra determinación que la del cogitar mismo:
En lo que respecta a mis padres, de los cuales parece que tomo mi nacimiento, aunque todo aquello que yo haya podido creer de este propósito fuese verdadero, esto sin embargo no hace que ellos sean quienes me conservan, ni que me hayan hecho o producido en tanto soy una cosa que piensa. (10)
Notamos aquí una correspondencia con el artículo 3 de la Ley 26.743 (11) de Identidad de Género que reduce esa identidad a lo autopercibido. Claro que para Descartes es un paso del cogitar evanescente que incluso debe repetirse, ya que se trata de un momento que no puede hipostasiarse y no tiene el carácter instituyente de una ley. Pero la dualidad está creada y no deja de ser interesante que Lacan vincule esta operación con la Verwerfung: (12)
El rechazo del cuerpo fuera del pensamiento es la gran Verwerfung de Descartes, está signada por su efecto a reaparecer en lo real, es decir en lo imposible. Es imposible que una máquina sea cuerpo, es por esto que el saber lo prueba cada vez más poniéndolo en piezas sueltas. (13)
A tal extremo llega tal deyección del cuerpo que Descartes llega a decir:
Y en verdad, la idea que tengo del espíritu humano en cuanto que es una cosa que piensa, y no extensa en longitud, latitud y profundidad, y que no participa en nada de lo que pertenece al cuerpo, es incomparablemente más distinta que la idea de cualquier cosa corporal. (14)
[…] Pero en fin ¿qué diré de este espíritu, es decir de mí mismo? Porque hasta ahora no admito en mi otra cosa que espíritu. (15)
Y aunque esa meditación haya sido relativizada en la sexta meditación (16) donde apela a una suerte de unión con el cuerpo, la división ya está trazada. Esa operación de vaciamiento constitutiva del sujeto moderno alcanza su máxima expresión en Hegel y en lo que llama “saber absoluto”, que es la misma subjetividad depurada de sus anclajes “naturales” y también de sus aspectos empíricos, sin el residuo de la cosa en sí. Así, lo trans expresa una de las aristas de la consumación del sujeto moderno.
Para Hegel, las postrimerías de la historia equivalen a la relativización de todas las diferencias, al advenimiento de una época signada por la coexistencia de todas las configuraciones, reemplazo de lo que antes era sucesión de particularidades excluyentes por contemporaneidad de opuestos, y ya nunca oposición. Hegel no pensaba a modo simple que en su tiempo y con su filosofía terminaba la historia, pero sí captó que la lógica que había presidido el desarrollo de los acontecimientos perdía su vigencia. (17)
Lo trans tiene un carácter ubicuo que supera ampliamente el campo sexual para definir una de las aristas de nuestro siglo. Nietzsche anticipó este acontecimiento cuando se refirió a la transmutación de todos los valores reverenciados por Occidente, pero dudo que haya percibido los alcances insospechados de tal suceso. El ideal de una deconstrucción constante es la parodia del león depredador como figura del espíritu descripta en Así habló Zaratrustra, (18) ese que ataca lo establecido desprendiéndose de la pesada carga del camello. “Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león”. (19)
La amplitud de lo trans se observa, por ejemplo, cuando nos detenemos en pequeños detalles, como cuando se reivindican los productos orgánicos, ya que lo que allí se demuestra es que en general han dejado de serlo, o cuando el dinero mismo se transforma en virtual. Trans es un prefijo que significa “más allá de”, “al otro lado de”, indica sobrepasar un estado original llegando al punto de negarlo absolutamente. Lejos estamos del rechazo de Platón hacia el teatro, (20) que consideraba como una exhibición blasfema de lo divino, y su programa filosófico era proponer al dios un canal purificado, ya que el teatro antiguo era un plagio del mundo sensible. En las antípodas el procedimiento de desustancialización de la realidad tiene hoy tanta vigencia que ha llevado a Paula Sibila a hablar del “hombre postorgánico” (21) como figura de nuestra contemporaneidad. Este fenómeno abarca múltiples territorios: el del cuerpo cuando se dice haber nacido con el envase equivocado, el de los alimentos transgénicos que hacen referencia a los derivados de un organismo genéticamente modificado, y el de la inteligencia artificial como conjunto de disciplinas de software, lógica e informática, que están destinadas a hacer que las PC realicen funciones que se pensaba que eran exclusivamente humanas. Tal mecanismo también se encuentra en la dimensión lingüística del lenguaje “políticamente correcto” (22) caracterizado por la proliferación de nuevos términos. En principio, se trata de eufemismos para sustituir vocablos que puedan ser ofensivos por otros que suenen mejor, pero una vez desencadenado el proceso no se sustituyen sólo los términos ofensivos, sino que la dinámica misma de lo políticamente correcto lleva a la diseminación de más y más expresiones.
Sobre la ley de identidad de género en la infancia
Durante muchos siglos, en la tradición occidental reinó una diferenciación entre physis y techné, es decir, lo natural y lo artificial. Los griegos sabían bien lo que hoy se denomina simulacro, pero la distinción estaba trazada y no había negación del original, Platón desconfiaba del teatro por el énfasis que este arte pone en el mundo de la representación y fundamentalmente cuando las piezas se repiten y la educación desregulada se desliza en las polis. Es que hubo un tiempo en el que una obra era tanto más perfecta y catárticamente más eficaz cuando sólo se la representaba una vez. A partir del año 386 antes de Cristo, se produce un cambio y las piezas dejan de ser irreproducibles y ligadas al culto religioso para pasar a formar parte del arte. Platón (23) percibe los alcances de tal acto y crea una Escuela bajo el espíritu de una resistencia contra el teatro sin restricciones. Era el acceso masivo de esas piezas lo que lo inquietaba, así como hoy nos preocupan los efectos de la peste informática.
Hace unas décadas, Baudrillard (24) evocó el célebre mapa descripto por Borges (25) en “Del rigor en las ciencias”, (26) donde los cartógrafos del Imperio trazan un mapa tan detallado que llega a recubrir con toda exactitud el territorio, fábula que ilustra cómo las imitaciones pueden con el tiempo confundirse con el original. Sin embargo, este autor afirma que el relato sería ahora caduco y que pertenece a los simulacros de segundo orden, ya que la nueva simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo sin origen ni realidad: lo hiperreal. Así el territorio no precede al mapa que lo dibuja, sino que en adelante será el mapa quien preceda al territorio.
Revisemos los tres momentos detallados por este autor en la historia de los simulacros. El primer orden de simulacro es la falsificación, que es el esquema dominante de la época “clásica”, del renacimiento, donde lo falso nace con lo natural, con la imitación de la naturaleza. Es la era de la falsificación del original, del doble, del espejo, del teatro, del juego de las máscaras y de apariencias. Sin embargo, “el simulacro de primer orden no suprime jamás la diferencia: supone la porfía siempre sensible del simulacro y lo real”. (27)
En el segundo orden de simulacro se ubica la producción en serie como esquema dominante de la era industrial. Comienza la mecánica humana, ya no se interrogan las apariencias, “el ser y la apariencia se han fundido… El simulacro de segundo orden simplifica el problema por absorción de las apariencias, o por la liquidación de lo real”. (28) Por otra parte, de la mano de la serie y lo masivo de la misma se extingue la referencia original, ya que la relación entre ellos ya no es la de un original con su falsificación.
Por último, el tercer orden de simulacro es la simulación, como esquema dominante de la fase actual; ya no se trata de la falsificación del original, tampoco de la serie del segundo modelo, sino de la reproducción indefinida de los modelos en donde se confunde lo verdadero con lo falso, lo real con lo imaginario, se pierde la referencia y se acaba la representación. El simulacro lleva a suplantar a la realidad.
Apliquemos esta idea a la ley de identidad de género en la infancia –y aclaro que sólo me referiré a la que se instaura de prisa en estos primeros años, y no en los ulteriores (29)– para ver de qué manera ella prescinde de la realidad sexual, de las etapas vinculas con las distintas zonas erógenas, y fundamentalmente del desarrollo genital y de la elección del partenaire sexuado, ya que sella una identidad que se antepone a todo acaecer. La ley de Identidad de Género argentina garantiza derechos civiles y posibilita una inscripción acorde con el sexo con el que el sujeto se identifica, pero el proceso en el que ello se consolida requiere tiempo y no precipitación
El psicoanálisis ha sido el primero en señalar que las identificaciones sexuales no son idénticas al cuerpo biológico, pero ellas se constituyen a partir de avatares que suponen atravesar etapas y experiencias, en suma, un devenir. Por ello Freud habla de la “metamorfosis de la pubertad” en alusión a las transformaciones que se producen en esa etapa vital, el término es más que sugerente ya que supone un cambio de forma respecto a aquello prefigurado en la infancia, sus modificaciones, sus vicisitudes.
El argumento en el que se basa la supresión de tal momento y de sus transiciones, consiste en afirmar que el niño percibe su identidad tempranamente y capta rápidamente haber nacido con el “cuerpo equivocado”. Darle a esa percepción constatación real equivale a suprimir la complejidad y la riqueza de la realidad de la infancia y de la adolescencia. Convienen en este punto tener en cuenta que el transexual tiene la certeza de haber nacido con una falsa anatomía, y rechaza definitivamente la que su cuerpo le atribuye, de ahí el peligro de equiparar la percepción a la certeza. Concretamente: que un niño diga que es una niña no lo identifica necesariamente como transexual, es en general la madre quien cristaliza esa identidad.
Con una vasta experiencia en esta temática François Ansermet, se refiere a esa extraña certeza de una elección que se revela como inquebrantable y que no puede entonces confundirse con una mera captación:
[…] una certeza que se impone, inexplicable, sin otra razón que ella misma; una certeza sin exterioridad […] Esta certeza sorprende, intriga precisamente en la medida en que no interroga al sujeto. ¿De qué se trata? ¿De una convicción? ¿De una creencia? ¿Una creencia en lo que va a ser posible a partir de tener ese otro sexo que no es el suyo? A veces, es posible preguntarse si esta certeza no viene a funcionar como un tapón contra la angustia; su estatuto, en todo caso, sigue siendo un enigma. Paradójicamente, se podría incluso decir que es un enigma que esta certeza no sea un interrogante para el sujeto, motivo por el cual durante mucho tiempo fue situada del lado de las psicosis, consideración que suscitó después toda una controversia al respecto. (30)
Podemos citar a una de las grandes teóricas de las teorías sobre el género que muchas veces se la enarbola sin leerla y sin advertir sus propias vacilaciones:
Sin embargo, es necesario leer cuidadosamente tales intentos de subrayar el carácter fijo y obligado de la sexualidad y quienes deben especialmente hacerlo son aquellos que han insistido en la condición construida de la sexualidad. Porque la sexualidad no es algo que pueda hacerse o deshacerse sumariamente y sería un error asociar el “constructivismo” con la “libertad” de un sujeto para formar su sexualidad según le plazca. (31)
Ha sido también el propio activista trans Miquel Missé, (32) quien ha dictado una conferencia titulada “La compleja categoría “menores trans”, donde problematiza el tema y abre un debate. Lo más llamativo de su discurso es su prurito en poner en cuestión aquello que el colectivo trans da por supuesto, y confiesa la dificultad en hablar sobre el tema a riesgo de ser tachado de tránsfobo. En un reportaje (33) se muestra crítico con algunos relatos sobre la infancia trans: “Asociar automáticamente la transexualidad a los menores que repiten una y otra vez que son de otro género, es un problema”, y alerta diciendo que le resulta “peligroso”.
En otra entrevista afirma:
En primer lugar, la categoría menor transexuales me parece compleja. Agrupar la experiencia de personas de un año con la de personas de diecisiete implica reunir experiencias radicalmente distintas en un espectro muy amplio. Entiendo que la categoría ‘menores transexuales’ ha servido para poner el tema sobre la agenda, pero espero que cada vez más se vaya matizando. (34)
Cabe aquí evocar el término forclusión descripto por Lacan, donde alude a un vocablo inicialmente usado en el ámbito del derecho, compuesto por las palabras latinas foris (fuero, foro) y claudere (cerrar); en tal sentido forclusión posee el significado de excluir y rechazar de un modo concluyente. La amplitud de tal mecanismo se extiende a diversas áreas, y no sólo al cuerpo ni a la propia sexualidad, al ser desestimados en su desarrollo. Por ejemplo, subyace aquí una no consideración por el juego infantil en el que el niño ensaya diversos personajes y quizás es, con esa, su primera obra teatral que se ubica en el mundo. Tomar literalmente las sucesivas identificaciones de ese quehacer lúdico sería negarlo, al elidir sus vertientes metafóricas así; el “como si” de la escena se identifica con lo real borrándose la diferencia entre ambos campos. Imposible olvidar las elaboraciones de Winnicott (35) relativas al juego infantil como espacio donde el niño desarrolla su potencialidad creadora, siendo una zona transicional entre él y la madre. El lugar creativo del juego fue también señalado por Freud: ¿no deberíamos buscar ya en el niño las primeras huellas del quehacer poético?
La ocupación preferida y más intensa del niño es el juego. Acaso tendríamos derecho a decir: todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio, o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada. Además, sería injusto suponer que no toma en serio ese mundo, al contrario, toma muy en serio su juego, emplea en él grandes montos de afecto. Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino… la realidad efectiva. (36)
Pero Winnicott no sólo señala este aspecto creativo, sino que ubica cómo, en el juego mismo, se abre un territorio transicional que permite un despegue de la fusión con la madre. Este autor inglés se aproxima a la topología al plantear que entre el espacio interior-intrapsíquico y el espacio exterior existe un tercer espacio: ni interno, ni externo, al que llamará “intermedio”. Esta zona de transición –que demarca límites entre el mundo subjetivo y el mundo objetivo y entre el niño y la madre, permite los intercambios tempranos del infante con el mundo. El reino transicional del juego es aquel:
[…] en el cual el niño puede jugar y crear como si el exterior tuviera la misma maleabilidad que su propia fantasía. (37)
¿No se borra acaso ese sitio intermedio de necesaria separación, cuando la madre deja de darle estatuto de juego? Así, la nominación materna elide el necesario “como si” de la creatividad infantil y queda así rechazado el juego y su carácter metafórico. Piénsese en el momento en el que el niño comienza a jugar tanto solo como con otro niño y se …olvida de la madre.
Recuerda Miller que el sujeto del inconsciente no sabe lo que dice, y por ello se presta a la interpretación; para ello hay que escucharlo. El movimiento trans considera que hay que prestar oído al niño pero al mismo tiempo está prohibido interpretar, así si un niño de cuatro años dice que quiere ser una niña y el adulto se pregunta si lo querrá más adelante o qué quiere decir cuando lo dice, ello queda censurado por poner en duda lo que ha dicho. Sería, dice Miller, (38) una infracción a sus derechos humanos, sería ser un reaccionario, de extrema derecha. Entonces prohibido interpretar; entonces, prohibido el psicoanálisis. Pero en este supuesto respeto a sus derechos: ¿no se estarían vulnerando sus derechos? Por ejemplo: a tener teorías sexuales infantiles, a ser sujeto del inconsciente, a estar inmerso en la complejidad de la vida y sus contingencias, etc.
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