Kitabı oku: «El auge de la brutalidad organizada»
EL AUGE
DE LA BRUTALIDAD ORGANIZADA
UNA SOCIOLOGÍA HISTÓRICA DE LA VIOLENCIA
HISTÒRIA / 190
DIRECCIÓN
Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)
Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)
M.ª Cruz Romeo Mateo (Universitat de València)
CONSEJO EDITORIAL
Pedro Barceló (Universität Postdam)
Peter Burke (University of Cambridge)
Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)
Roger Chartier (EHESS)
Rosa Congost (Universitat de Girona)
Mercedes García Arenal (CSIC)
Sabina Loriga (EHESS)
Antonella Romano (CNRS)
Adeline Rucquoi (EHESS)
Jean-Claude Schmitt (EHESS)
Françoise Thébaud (Université d’Avignon)
EL AUGE
DE LA BRUTALIDAD ORGANIZADA
UNA SOCIOLOGÍA HISTÓRICA DE LA VIOLENCIA
Siniša Malešević
Presentación de Joan Maria Thomàs
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
Título original: The Rise of Organised Brutality. A Historical Sociology of Violence © Siniša Malešević, 2017 Esta traducción se publica por acuerdo con Cambridge University Press.
© De esta edición: Universitat de València, 2020
© De la traducción: Mónica Granell Toledo, 2020
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Coordinación editorial: Amparo Jesús-María Romero
Ilustración de la cubierta: Psicopatología Social. José López
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Letras y Píxeles
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-622-7
Edición digital
Para Luna y Bilja, y ese mundo mejor que representan
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
I. ¿QUÉ ENTENDEMOS POR «VIOLENCIA ORGANIZADA»?
¿Qué entendemos por «violencia»?
La organización de la violencia
Violencia organizada y cambio histórico
Disciplina y violencia
Violencia y civilización
Violencia y poder carcelario
Conclusión
II. VIOLENCIA A LARGO PLAZO
Introducción
La sociología de largo alcance
Organización social y violencia
Ideología y violencia
Solidaridad y violencia
Conclusión
III. ¿CUÁNTOS AÑOS TIENE LA BRUTALIDAD HUMANA?
Introducción
¿Son los humanos más violentos que otros animales?
¿Cuántos años tiene la violencia humana?
¿Son algunos grupos humanos más violentos que otros?
Los fundamentos organizativos de la violencia
La trayectoria histórica del poder organizativo
Los fundamentos coercitivos de las organizaciones sociales
Conclusión
IV. EL ASCENSO CONTINUO DE LA VIOLENCIA ORGANIZADA
Introducción
¿Cómo se puede medir la violencia organizada en la historia?
Historia antigua
El mundo premoderno
Violencia organizada y modernidad
La Edad Moderna
La Edad Contemporánea
Del siglo xx en adelante
El periodo más oscuro del planeta
Los últimos cincuenta años
Conclusión
V. GUERRAS
Introducción
Guerra y cambio social
El nexo guerra-Estado-sociedad y las organizaciones sociales
El nexo guerra-Estado-sociedad y la ideología
Microsolidaridad y experiencia de guerra
Conclusión
VI. REVOLUCIONES
Introducción
Definición de «revolución»
Teorías de la revolución
Una visión alternativa: el enfoque de la longue durée
Revoluciones y organizaciones sociales
Revoluciones y penetración ideológica
¿Qué motiva la acción revolucionaria?
Conclusión
VII. GENOCIDIOS
Introducción
¿Qué es el genocidio?
Los orígenes sociales del genocidio
Más allá del modernismo convencional: el genocidio en la longue durée
Capacidad organizativa
Penetración ideológica
Genocidio y microsolidaridad
Conclusión
VIII. TERRORISMOS
Introducción
El significado del terrorismo
La sociología del terrorismo: cultura y violencia
Los análisis neodurkheimianos
Interaccionismo
Perspectivas antifundacionalistas
¿Es el terrorismo un fenómeno cultural?
Más allá de explicaciones culturalistas: el terrorismo a largo plazo
Burocracia y terror
Ideología y terrorismo
Microsolidaridad y terrorismo
Conclusión
IX. ¿POR QUÉ LUCHAN LOS HUMANOS?
Introducción
Cohesión social y organización militar
Violencia y microsolidaridad
Violencia y cohesión social en el mundo premoderno
Violencia y cohesión social en el mundo moderno
Conclusión
CONCLUSIÓN. El futuro de la violencia organizada
BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE ANALÍTICO
AGRADECIMIENTOS
Durante el tiempo que he estado trabajando en este libro, he recibido gran cantidad de ayuda, apoyo, sugerencias y comentarios de muchos amigos y colegas. En concreto, me gustaría dar las gracias a Miguel Centeno, Chris Coker, Randall Collins, Manuel Eisner, Robert Gerwarth, Antonio Giustozzi, Peter Halden, John A. Hall, John Hutchinson, Jan Honing, Richard Jenkins, Stathis Kalyvas, Krishan Kumar, Sean L’Estrange, Jonathan Leader Maynard, Steve Loyal, Michael Mann, Aogan Mulcahy, Niall O’Dochartaigh, Christian Ollson, Larry Ray, Kevin Ryan, Stacey Scriver, Martin Shaw, Jennifer Todd, Sylvia Walby y Andreas Wimmer. También he aprovechado los debates y comentarios realizados por colegas o estudiantes allí donde tuve la ocasión de plantear algunas de las ideas y argumentos que se desarrollan en este libro: la Academia de Ciencias y Artes de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo; el Instituto Universitario Europeo, en Florencia; la Universidad Libre de Bruselas-ULB; el Institut Barcelona d’Estudis Internacionals-IBEI, en Barcelona; el Instituto de Filosofía y Teoría Social, en Belgrado; el Centro interuniversitario, en Dubrovnik; la McGill University, en Montreal; la National University of Ireland, en Galway; la Swedish Defence University, en Estocolmo; la University of Edinburgh; el University College Dublin; la University of Copenhagen; la University of Kent; la University of Lancaster; la University of Oxford; la Queen’s University Belfast; y la Olympia Summer Academy, en Olimpia, Grecia.
Sobre todo, estoy en deuda con el continuo amor y apoyo que me ha proporcionado mi familia: mi esposa Vesna y nuestros hijos, ya mayores, Luka y Alex.
El capítulo III es una versión revisada y ampliada del artículo publicado originalmente con el título «How Old is Human Brutality: On the Structural Origins of Violence», Common Knowledge, 2016, 22, 1, pp. 81-104. Agradezco a la Duke University Press que me haya permitido utilizarlo.
INTRODUCCIÓN
Las caras de la violencia
Cuando miramos al pasado, tendemos a horrorizarnos ante la evidente prevalencia de la crueldad. La encontramos en las novelas, el arte, las escrituras religiosas, los libros de texto y muchas formas populares de expresión que dan cuenta de matanzas masivas, disturbios violentos, torturas excesivas, guerras incesantes, conflictos sedientos de sangre y castigos horripilantes perpetrados contra individuos comunes y corrientes. Desde la antigua China y la India hasta África, la Europa romana y la América precolombina, la atención se centra en la prevalencia de estas prácticas brutales y en el comportamiento inhumano de nuestros predecesores. Los ejemplos típicos que podemos encontrar en estos registros del pasado incluyen descripciones detalladas de métodos de tortura, como el Ling Chi, conocido como la «muerte por mil cortes», que era un suplicio chino que consistía en hacer pequeños cortes con una cuchilla en las extremidades y el torso de la persona; el infierno de Ashoka, una elaborada cámara de tortura de la antigua India; o los sacrificios humanos de los aztecas, en los que extraían el corazón de la víctima cuando aún estaba viva. Sin embargo, en el punto más bajo de este macabro teatro se encuentra la Europa medieval, representada habitualmente como una época de tortura perpetua, asesinatos espeluznantes y celebración de las formas más extremas de violencia. En la imaginación popular, este periodo de la historia humana se asocia con fuerza a los complejos instrumentos de tortura, como la rueda, el aplastacabezas o la famosa doncella de hierro, un sarcófago de hierro con una parte delantera con bisagras y un interior cubierto de púas, en el que se introducía a un ser humano. Por esta razón, la «brutalidad medieval» se ha convertido en una expresión que se identifica con formas espantosas de violencia y, como tal, se usa comúnmente para denunciar a los adversarios.
Sin embargo, tal como demuestran los medievalistas contemporáneos, la realidad histórica no encaja bien con estas percepciones populares de la Europa medieval. Así, Klemettilä (2009), Kleinschmidt (2008), Carrel (2009), Baraz (2003) y otros, a pesar de la retórica propensa a la violencia y algunas representaciones artísticas espantosas, señalan que la Europa medieval no fue un periodo particularmente violento en la historia humana. Kleinschmidt (2008: 170) subraya que «las fuentes medievales tempranas proporcionan pocas pruebas explícitas de la propensión a la guerra o del deleite absoluto al cometer atrocidades de aquellos que participan en la guerra». Baraz (2003) identifica realidades complejas en las que se hace un uso esporádico de la crueldad y casi siempre con una razón instrumental concreta. En la misma línea, Carrel (2009) defiende que el sistema de justicia medieval no estaba centrado ni en la tortura pública ni en formas inhumanas de ejecución. Según su análisis, la mayoría de los actos criminales eran castigados con sentencias leves que tenían que ver con la vergüenza pública del individuo, del que normalmente se acababa compadeciendo la gente del pueblo. Las ejecuciones solían estar reservadas a los asesinos y a ciertos comportamientos blasfemos. Klemettilä (2009) destaca que esta concepción errónea habitual del periodo medieval se deriva, en parte, de la lectura literal de las crónicas, las representaciones visuales de las cruzadas y la administración de justicia y, en parte, de la reinterpretación de este periodo a la luz del Renacimiento y los movimientos de la Ilustración. Si bien es cierto que las crónicas medievales y los materiales visuales de tortura y martirio no pueden tomarse en sentido literal porque fueron producidos con fines propagandísticos y didácticos específicos, el planteamiento moderno del «periodo medieval» como «bárbaro» también debe mucho a los movimientos del Renacimiento y la Ilustración, que fueron causantes de manera deliberada de esa «otredad» del pasado. Para poder difundir los mensajes de progreso, razón y libertad con éxito, necesitaron definir sus proyectos en oposición a lo que construyeron como un «pasado retrógrado». Esto puede aplicarse tanto a Europa como a otros continentes. Ahora sabemos que la cámara del infierno de Ashoka fue un invento literario, que la doncella de hierro nunca se usó para torturar en la Europa medieval y que los sacrificios humanos de los aztecas ni eran tan frecuentes ni tan mortales como se suponía con anterioridad (Schild, 2000; Obeyesekere, 2002; Graulich, 2000).
Esto no quiere decir que no hubiera violencia o crueldad en tiempos premodernos. Todo lo contrario, la violencia era un mecanismo importante de control social, y los casos periódicos de crueldad excesiva, aunque en su mayoría esporádicos, eran parte integral de los diversos sistemas de justicia y de algunas prácticas de guerra. La cuestión es que la crueldad no era parte de la vida cotidiana, y su práctica espantosa intermitente no debe confundirse con su omnipresencia. Como veremos más adelante en el libro, el uso de la tortura es con frecuencia un signo de debilidad coercitiva más que de fuerza, y aquellos que con regularidad recurren a los asesinatos macabros carecen de otros medios organizativos para infligir bajas a gran escala.
Estas imágenes excesivamente violentas del pasado, ampliamente compartidas, no solo se limitan a los medios de comunicación de masas o a los estereotipos populares, sino que se han visto reforzadas por voces académicas muy influyentes. Tal es el caso del temprano enfoque articulado por John Stuart Mill en su ensayo Civilización (Mill, 1836), donde la acción civilizada era contrarrestada por la barbarie. En particular, para Mill, la violencia es una característica definitoria de la barbarie, mientras que la civilización representa la paz, la cooperación y la empatía:
En la vida salvaje apenas hay ley, o no hay ley en absoluto, ni administración de justicia; no hay empleo sistemático de la fuerza colectiva de la sociedad en impedir que los individuos se dañen los unos a los otros. Cada uno confía en su propia fuerza o sagacidad; y cuando eso falla, el individuo se encuentra generalmente sin ningún otro recurso. Decimos, pues, que un pueblo está civilizado cuando los arreglos de la sociedad para proteger la persona y propiedades de sus miembros son suficientemente perfectos para mantener la paz entre ellos, es decir, para inducir a la masa de la comunidad a confiar, para su seguridad, en las organizaciones sociales, así como, por la mayor parte y en ordinarias circunstancias, a renunciar a la vindicación (mediante la agresión o mediante la defensa) de sus propios intereses haciendo uso de su fuerza y coraje individuales (Mill, 1836, sección 1; la cursiva es nuestra).
En el relato de Mill, la civilización, una vez establecida, seguía su desarrollo y alcanzaba su punto más alto «en la Europa moderna, y especialmente en Gran Bretaña, en un grado más eminente y en un estado de progreso más rápido que en cualquier otro lugar o época».
Herbert Spencer (1882) también desarrolló una visión similar, aunque más fundamentada desde el punto de vista sociológico, en la que distinguía entre sociedades militantes e industriales. En ella, definía a las primeras mediante el uso incesante de la violencia y la «cooperación obligatoria», mientras que las segundas se caracterizaban por la libertad y la «cooperación voluntaria». En el esquema evolutivo de Spencer, el desarrollo social se asociaba con el movimiento progresivo de las sociedades militantes, menos avanzadas, hacia órdenes sociales más industriales y avanzados.1 Por lo tanto, aquí también se entendía la violencia como el «otro» de la civilización.
Si bien la teoría y la ciencia social contemporáneas simpatizan menos con estos esquemas evolutivos simplificados, todavía existe una fuerte percepción de que la violencia y la civilización son fenómenos mutuamente excluyentes y que el mundo moderno es menos violento que sus precursores históricos. Por ejemplo, este punto de vista sustenta la teoría de Norbert Elias sobre el proceso de civilización, que es explícita en la opinión de que las «sociedades medievales fueron, en comparación con las nuestras, muy violentas» (Elias, 1998: 198). Del mismo modo, el historiador social Marc Bloch argumentó que en la Europa medieval la «violencia llegaba también a lo más profundo de la estructura social y de la mentalidad» (Bloch, 1961: 411). Más recientemente, Steven Pinker (2011: 1) ha escrito un libro que describe el mundo premoderno como «un país extranjero» donde la «brutalidad» estaba «entretejida con la existencia diaria». En esta interpretación, la violencia disminuye con la llegada de la civilización y, en concreto, con el inicio de la modernidad. Pinker (2011: xxi) va más allá y argumenta que «en la actualidad quizás estemos viviendo en la época más pacífica de la existencia de nuestra especie».
Estos diagnósticos sociales tan populares de la violencia son los que se cuestionan en este libro. En particular, la atención se centra en las dinámicas históricas de la violencia organizada, ejemplificadas por fenómenos sociales tales como las guerras, las revoluciones, los genocidios y el terrorismo. Y se argumenta cómo el estudio minucioso de estos fenómenos indica que no han experimentado declive alguno con el desarrollo de la civilización y el advenimiento de la modernidad. Por el contrario, la trayectoria social de la violencia organizada apunta justamente en la otra dirección: a medida que las civilizaciones y los modelos burocráticos de gobierno se desarrollan y se expanden, también lo hace la capacidad organizativa e ideológica de la violencia. Con esto no se pretende argumentar que el desarrollo organizativo conduzca inevitablemente a la violencia ni que la violencia organizada vaya a continuar con su tendencia ascendente. Hay enormes variaciones históricas y geográficas en la forma en que opera la acción violenta. Además, dado que la violencia no tiene una esencia fija y predeterminada sino múltiples formas de existencia, es extremadamente difícil captar por completo sus transformaciones históricas. Esto también incluye cambiar de actitud respecto al uso de determinadas formas de violencia. Por ejemplo, en la mayor parte de la Europa premoderna y moderna, se consideraba que blasfemar constituía un tipo de crimen más grave que maltratar a la esposa; sin embargo, hoy en día, es justo al revés. Por tanto, mientras nuestros predecesores castigaron severamente los actos blasfemos, considerándolos una forma extrema de violencia contra Dios, nuestros parámetros normativos asignan un valor máximo a la preservación de la integridad corporal.
Gran parte del debate contemporáneo sobre el declive de la violencia surge de la idea de que esta es un fenómeno estable, transhistórico y transcultural. Estos argumentos se basan en la opinión de que la brutalidad y la civilidad son dos fenómenos mutuamente excluyentes que se caracterizan por unos límites fijos construidos alrededor de los aspectos físicos e intencionales de la violencia. Sin embargo, una dicotomía tan rígida resulta demasiado estrecha desde el punto de vista conceptual y demasiado limitada desde el punto de vista histórico. Para explicar el carácter de la violencia, es necesario ubicarla en un contexto histórico, geográfico y social mucho más amplio. Hoy en día, nuestros sistemas legales y morales consideran que tocar deliberadamente el cuerpo (por ejemplo, los pechos o el pene) de una persona que no conocemos es un acto violento/criminal. Al mismo tiempo, las presiones psicológicas graves generadas en el lugar de trabajo o en los sistemas educativos rara vez son calificadas como una forma de violencia, aunque por lo general tienen consecuencias más profundas para la salud y el bienestar de la persona (es decir, a partir de la persistente inseguridad existencial que a menudo se ve respaldada por los objetivos cada vez mayores de la carga de trabajo, las demandas poco realistas de la vida laboral, el aislamiento social cada vez mayor de los individuos, el impacto de las nuevas formas de vergüenza pública, la falta institucionalizada de empatía fuera de la organización, etc.). En contraste, en el mundo premoderno, el aislamiento social y la vergüenza pública se consideraron formas mucho más graves de coerción que la mayoría de procedimientos de castigo físico. Por ejemplo, como muestra Carrel (2009), en la Inglaterra del siglo XIV la mayoría de los individuos preferían tener los pies inmovilizados en cepos que pasar un corto periodo de tiempo aislados en la cárcel. O, en general, se consideraba que la expulsión de la aldea era mucho más cruel que la mayoría de lesiones físicas que se infligían como forma de castigo. Todo esto indica que la violencia es un fenómeno social dinámico que cambia a través del tiempo y el espacio. Para comprender mejor estos procesos históricos a largo plazo, es necesario alejarse de la obsesión actual por los conceptos de la violencia centrados en el cuerpo y en los actores. La reinterpretación contemporánea de la acción violenta como un acto exclusivamente material, un hecho físico que implica el uso deliberado de la fuerza sobre el cuerpo, se desarrolla bastante tarde en la historia de la humanidad y, como tal, requiere una contextualización histórica. Hay pocas dudas acerca de que, en las últimas décadas, el orden social moderno se ha centrado excesivamente en las formas corporales de los actos violentos a expensas de todos los demás tipos de violencia. Incluso se podría argumentar que la modernidad tardía se define por el fetichismo del cuerpo, que pasa por el control personal reafirmado a través de la decoración corporal (tatuajes y piercings), un consumismo centrado en el cuerpo o nuestra percepción sobre lo que constituye un ataque al cuerpo. En todos estos casos y en muchos otros, la atención se centra firmemente en los aspectos físicos de la integridad corporal. Si bien las dimensiones físicas de la violencia siguen siendo cruciales para comprender la trayectoria de la violencia organizada, deben complementarse con las formas no materiales y no intencionales de acción violenta. Además, para comprender mejor cómo surgen y aumentan los actos violentos, es crucial reenfocar nuestra atención, pasando de los actos intencionales de agentes individuales o colectivos a acciones no intencionadas de organizaciones sociales que fomentan prácticas violentas (véase el capítulo I).
En este libro se intenta explorar cómo la violencia organizada se transforma a lo largo de la historia de la humanidad. En este contexto se mantiene que, en lugar de experimentar un declive drástico, la mayoría de las formas de violencia organizada han sufrido una importante transición social que supone una mayor capacidad organizativa e ideológica para ejercer la violencia. Esto significa que la violencia se ha transfigurado progresivamente en el poder coercitivo e ideológico de las organizaciones sociales, que han podido utilizar diversas formas de microsolidaridad para extender su alcance y legitimidad. Para comprender totalmente cómo se desarrollan, se expanden y se transforman los poderes ideológicos y coercitivos, es necesario analizar los procesos históricos a largo plazo que han fomentado este cambio. La creciente monopolización estatal del uso legítimo de la violencia, el aumento de las tasas de alfabetización, la educación de masas, la proliferación de los medios de comunicación y la esfera pública, la burocratización de la autoridad y la ideologización masiva han contribuido al replanteamiento de la violencia. Sin embargo, en lugar de observar la extinción de los actos violentos, los últimos tres siglos han sido testigos de un aumento sustancial en la escala de la violencia organizada. Gran parte de este periodo se ha caracterizado por la expansión gradual de la destrucción masiva, cuyo punto culminante ha sido el siglo XX, con más de 250 millones de víctimas humanas (White, 2012). La mayoría de estas muertes se limitaron a la primera parte del siglo. Sin embargo, las estructuras organizativas e ideológicas que han generado estas víctimas no han sido desmanteladas. Por el contrario, los últimos setenta años han sido testigos del continuo aumento de los poderes coercitivos e ideológicos de las organizaciones sociales: Estados nación, corporaciones empresariales, instituciones religiosas, movimientos sociales o agrupaciones de la sociedad civil. El aumento de esta capacidad organizativa e ideológica ha creado un entorno social en el que, por un lado, las relaciones sociales se pacifican de manera coercitiva y, por otro, dicha pacificación coercitiva proporciona las condiciones para que se produzcan explosiones periódicas de violencia a gran escala.
Este libro tiene como objetivo desarrollar un planteamiento sociológico e históricamente fundamentado que permita analizar la transformación social de la violencia organizada en diferentes contextos históricos y geográficos. Este planteamiento se basa en estudios anteriores (Malešević, 2013a, 2013b, 2013c, 2011, 2010) en los que se intentaba articular un análisis de longue durée de la violencia organizada, enfatizando el funcionamiento de tres procesos históricos interconectados: la burocratización acumulativa de la coerción, la ideologización centrífuga y el desarrollo de la microsolidaridad. El objetivo es proporcionar un análisis histórico-sociológico sistemático que rastree las dinámicas sociales de la violencia organizada a través del tiempo y el espacio.
LA COMPOSICIÓN DEL LIBRO
Para entender la relación entre la violencia organizada y la sociedad a lo largo de extensos periodos de tiempo, es necesario definir y contextualizar este concepto ambiguo. De ahí que en el capítulo I se entable un compromiso crítico con los principales enfoques en el estudio de la violencia con miras a desarrollar un concepto teórico y empíricamente sostenible de la violencia organizada. Hay un intento por alejarse de los conceptos dominantes de la violencia, que son demasiado amplios o demasiado limitados. Se mantiene que las definiciones amplias relativizan la violencia, mientras que los conceptos limitados no pueden explicar las formas de acción violenta no corporales y no intencionales. Este debate conceptual se amplía, por lo tanto, para aproximarse de manera crítica a los tres enfoques principales en el estudio de la violencia organizada (Weber, Foucault y Elias). Se evalúan brevemente cada una de las tres perspectivas para identificar sus fortalezas y debilidades y para identificar un espacio analítico en el que se pueda ofrecer una interpretación alternativa de la violencia organizada.
En el capítulo II se proporciona un marco teórico para el estudio de la violencia organizada. Partiendo en cierta medida de la tradición de la sociología histórico-comparativa, se articula una versión del modelo de la longue durée que se centra en las dinámicas históricas de la violencia organizada. En concreto, se identifican tres procesos históricos a largo plazo que han podido desempeñar un papel clave en el desarrollo y la transformación de la violencia organizada en los últimos doce mil años: la burocratización acumulativa de la coerción, la ideologización centrífuga y el desarrollo de la microsolidaridad. Este capítulo explica cómo funciona cada uno de estos tres procesos y también cómo se relacionan entre sí en el contexto de la violencia organizada.
Los capítulos III y IV analizan críticamente los ejemplos disponibles sobre la prevalencia de la violencia organizada a lo largo de la historia de la humanidad. En concreto, el capítulo III explora los restos históricos arqueológicos, antropológicos y documentales para evaluar lo violentos que fueron los primeros humanos. Se mantiene que la violencia organizada se ha desarrollado bastante tarde en la historia de la humanidad y que su proliferación está estrechamente relacionada con la expansión del poder organizativo. Mientras que el capítulo III se centra principalmente en la prehistoria y la historia antigua, el capítulo IV analiza brevemente la transformación de la violencia organizada desde la Edad Antigua hasta la actualidad. En consonancia con el argumento general, se enfatiza que no hay pruebas de que la violencia disminuya con el desarrollo social, el avance de la civilización o la modernidad. Por el contrario, se sostiene que, dado que la violencia organizada está firmemente vinculada con las estructuras organizativocoercitivas e ideológicas, esta se expande mientras estas estructuras siguen creciendo. Los capítulos III y IV ofrecen una visión general; sin embargo, los siguientes cuatro capítulos se centran específicamente en las principales formas de violencia organizada: las guerras, las revoluciones, los genocidios y el terrorismo.
En el capítulo V, se explora la dinámica histórica de la guerra. Se observa la relación entre la guerra y el cambio social y se mantiene que la capacidad organizativa e ideológica cada vez mayor de la guerra ha sido decisiva para sus resultados destructivos y socialmente productivos. En este contexto, la reciente disminución en el número de guerras interestatales y de bajas en primera línea de fuego no se puede interpretar como la desaparición inevitable de la guerra, sino como una forma de avance estructural mediante la cual las guerras quedan integradas organizativa e ideológicamente en la vida cotidiana.
El capítulo VI explora la dinámica histórica de las revoluciones. Tras la revisión crítica de las teorías dominantes de la revolución, se articula una interpretación alternativa centrada en el papel de la capacidad organizativa, la penetración ideológica y la integración de la microsolidaridad. En este contexto, también se arroja algo de luz sobre las trayectorias desiguales de la experiencia revolucionaria.
Como los genocidios, por lo general, son considerados las formas más extremas de violencia organizada, se analizan sus orígenes sociales y sus trayectorias históricas en el capítulo VII. Aunque la mayoría de las investigaciones sobre los genocidios se centran en las dimensiones legales y éticas, se hace necesario un cambio en estos debates hacia la sociología. Por lo tanto, en este capítulo nos ocupamos de los enfoques sociológicos del genocidio con miras a desarrollar una interpretación de longue durée de este fenómeno social.
Aunque el terrorismo genera un número mucho menor de víctimas humanas que otras formas de violencia organizada, suele atraer más atención de la que merece. En el capítulo VIII, se analiza qué es el terrorismo y por qué acapara tanta atención pública. En concreto, se proporciona un análisis crítico de los enfoques sociológicos y no sociológicos más importantes sobre el terrorismo. Se mantiene que si bien los análisis no sociológicos ponen demasiado énfasis en los factores psicológicos, económicos y políticos, los principales planteamientos sociológicos ofrecen explicaciones culturalmente deterministas. En este contexto, se ofrece un enfoque alternativo que explora los actos terroristas desde la perspectiva de los poderes organizativos e ideológicos y de la microsolidaridad.
Dado que la microsolidaridad es considerada como uno de los mecanismos clave para movilizar la acción social, es fundamental examinar cómo funciona este proceso en la práctica. Por lo tanto, en el capítulo IX, se observa más de cerca cómo funciona la cohesión grupal. Se señala que los seres humanos no son criaturas gregarias por naturaleza, y que las dinámicas de grupo implican a menudo un apoyo organizativo e ideológico. En este capítulo se exploran las dinámicas históricas entre la violencia organizada y la microsolidaridad.
En su ensayo Sobre la violencia, Hannah Arendt (1970) distingue claramente entre el poder y la violencia. Ella mantiene que, en lugar de ser un ejemplo extremo de poder, la violencia es antitética al poder: a diferencia del poder, que se genera en la voluntad colectiva y el consentimiento popular, la violencia es la ausencia de poder. En este libro se plantea lo contrario: la violencia colectiva es producto de los poderes organizativos e ideológicos, y a medida que estos poderes crecen y se expanden, también lo hace la capacidad de la violencia organizada. A diferencia de Arendt, que comparte el sueño ilustrado de una realidad social completamente desprovista de violencia, este libro se basa en el argumento de que la violencia es una parte integral e irreductible de la experiencia histórica de la humanidad.
1 Para ser justos con Spencer, debemos señalar que era más cauteloso que Mill al hablar de la dirección del cambio social, ya que preveía la posibilidad de un cambio histórico desde los modelos industriales a los modelos militantes de organización social.
I. ¿QUÉ ENTENDEMOS POR «VIOLENCIA ORGANIZADA»?
¿QUÉ ENTENDEMOS POR «VIOLENCIA»?
En la vida cotidiana, el término violencia se utiliza para definir situaciones muy diversas. En la mayoría de los casos, se refiere a un tipo particular de acción que tiene consecuencias perjudiciales, pero también puede denotar la ausencia total de acción. Matar deliberadamente o herir físicamente a otro ser humano es algo que casi todo el mundo identificaría como un acto violento. Sin embargo, esta misma etiqueta es utilizada por algunas personas para describir los castigos severos que se imponen a humanos y animales; la destrucción de la propiedad y el hábitat (devastación ambiental); la utilización de palabras particularmente ofensivas o groseras; formas graves de chantaje emocional; y amenazas a la vida, la salud o el bienestar mental. Sin embargo, los actos de omisión, entre los que se incluyen mostrar indiferencia hacia las actividades que generan resultados violentos, no prestar atención al sufrimiento humano o animal o retirar el apoyo a personas extremadamente vulnerables también se han caracterizado como formas de violencia. Además, este término a menudo se aplica a ciertas actividades como, por ejemplo, romper una promesa o un acuerdo (violar un tratado), a las que afectan de manera negativa a los sentidos, como el olfato o el gusto (es decir, «esa comida era repulsiva, violaba mis papilas gustativas»), o a las que dañan la propia dignidad o imagen («este comportamiento destruye mi autoestima»). Aunque la mayoría de las formas de acción/inacción etiquetadas como violentas se refieren a hechos concretos del pasado o del presente, en algunos casos, esta etiqueta también se utiliza en relación con los hechos futuros («al aumentar las emisiones de CO2, estamos destruyendo el futuro de nuestros hijos y nuestros nietos»). El concepto de violencia también se usa de una manera más metafórica, como en «ganar la batalla contra el cáncer», «luchar contra la pobreza» o «librar una guerra contra la corrupción». Dado que este término tiene fuertes connotaciones normativas, también se aplica con frecuencia como una herramienta política que sirve para justificar o deslegitimar medidas concretas. Por ejemplo, en un encuentro deportivo en el que participan dos equipos, uno de los entrenadores puede considerar un placaje fuerte como expresión del trabajo duro y del compromiso de su jugador, mientras que el entrenador del otro equipo puede interpretar ese mismo acto como una provocación violenta deliberada. Asimismo, un incidente en la frontera entre dos Estados enemigos podría provocar una espiral de denuncias entre los dos gobiernos sobre la agresión premeditada de la otra parte.
Todos estos usos e interpretaciones diferentes de lo que constituye la violencia indican que no existen criterios inequívocos y universalmente aceptados para diferenciar un acto violento de uno que no lo es. Esto no quiere decir que deba aceptarse una posición relativista y considerar cualquier acción como violenta o no violenta. Más bien, esta gran variación interpretativa implica que cada acto violento se sitúa en un contexto social e histórico específico y, como tal, depende de percepciones y experiencias sociales concretas. En otras palabras, la violencia es un fenómeno históricamente enmarcado y socialmente dinámico, cuyo significado cambia a través del tiempo y el espacio. Sin embargo, a diferencia de la «cultura» o los «derechos», que son conceptos extremadamente flexibles que pueden adquirir significados profundamente diferentes, casi mutuamente excluyentes –y así lo han hecho a lo largo del tiempo–, la violencia es un fenómeno dinámico y mucho más constante. Por ejemplo, el concepto derechos ha cambiado su significado de manera sustancial a lo largo de la historia: de los derechos heredados de una sola familia («los derechos divinos de los reyes»), al privilegio de un grupo con una categoría de estatus determinada (aristocracia, grandes terratenientes, hombres blancos con propiedades, etc.), para convertirse en una prerrogativa legal de todos los ciudadanos que habitan en un determinado Estado nación. En cambio, el concepto violencia no ha sufrido una transformación tan drástica: el hecho de matar a otro ser humano fue considerado un hecho tan violento hace diez mil años como lo es ahora. Sin embargo, el marco social e histórico específico de lo que supone un asesinato en concreto sí ha cambiado sustancialmente. Mientras que, en algunos periodos de la historia, un aristócrata tenía el derecho a quitarle la vida a un campesino que no siguiera las normas, los principios éticos y legales del mundo contemporáneo no dejan espacio a este tipo de actos. Por lo tanto, aunque las interpretaciones históricas de lo que constituye la violencia cambian, este proceso es mucho más lento y más limitado que en el caso de otros muchos fenómenos sociales. Además, la violencia también es diferente en el sentido de que es un concepto gradual: incluye diversas prácticas que varían en escala, magnitud e intensidad del daño físico, moral o emocional. Obviamente, hay una diferencia sustancial entre proferir insultos obscenos contra un persona y quitarle la vida; sin embargo, ambos han sido caracterizados como formas de comportamiento violento. No obstante, esto no quiere decir que esta naturaleza gradual de la violencia sea universal y fija desde el punto de vista histórico y geográfico. Por el contrario, si se quieren comparar varios órdenes sociales a través del tiempo y el espacio, es evidente que, en algunos contextos, los insultos verbales pueden considerarse mucho más ofensivos y violentos que la muerte de otro ser humano. Por ejemplo, el insulto blasfemo contra la autoridad divina puede suponer de manera instantánea la pena de muerte, mientras que el linchamiento de un blasfemo o un apóstata puede ser considerado un acto virtuoso.
Esta marcada naturaleza contextual, dinámica y ambigua de la violencia ha generado vibrantes debates conceptuales en torno a la pregunta: ¿Qué tipos de acción/inacción constituyen violencia? Los temas conflictivos han sido fundamentalmente dos: la corporalidad y la intencionalidad de los actos violentos. Mientras que algunos académicos definen la violencia, en términos más estrictos, como el uso intencional de la fuerza física que genera un daño corporal o la muerte (Tilly, 2003; Eisner, 2009; Ray, 2011; Pinker, 2011), otros emplean definiciones más amplias que se centran en el impacto a largo plazo de una determinada acción social que, en última instancia, produce efectos perjudiciales (Scheper-Hughes, 2004; Žiz ek, 2008; Schinkel, 2010; Bourdieu, 1990; Galtung, 1969). Por ejemplo, tanto Eisner (2009) como Tilly (2003) destacan el elemento físico de la experiencia violenta. Para Eisner (2009: 42), la violencia es simplemente «la imposición intencional pero no deseada de un daño físico a otros seres humanos», mientras que para Tilly (2003: 3) los actos violentos deben distinguirse de la actividad no violenta en función de la imposición inmediata de un «daño físico a personas y/u objetos».
En cambio, otros autores argumentan que la violencia no puede reducirse a la dimensión corporal, ya que tanto el dolor físico como el emocional pueden producirse por medios no físicos. La exposición habitual a episodios de humillación severa puede fomentar un comportamiento suicida; las experiencias prolongadas de miedo y tensión pueden, en última instancia, causar ataques cardíacos; un ambiente de trabajo que genere estrés podría tener repercusiones en el aumento de la violencia doméstica; estar habitualmente expuesto a un ambiente de trabajo peligroso o a alimentos contaminados puede causar enfermedades graves, dolor o incluso la muerte. Scheper-Hughes y Bourgois (2004: 1) insisten en ello: «La violencia también incluye agresiones contra la persona, la dignidad o el sentido del valor de la víctima. Las dimensiones sociales y culturales de la violencia son las que le dan a la violencia su poder y significado».
Además de cuestionar la dimensión física, los investigadores también han debatido la idea de la intencionalidad. Aunque muchos actos de violencia están planeados y calculados, y son premeditados, la mayoría de los desenlaces violentos se producen de manera involuntaria. Por un lado, cuando se analiza un episodio violento, es necesario distinguir entre el motivo de la persona y el resultado de la acción concreta. Como señala Felson (2009) de manera acertada, para explicar adecuadamente los procesos que llevan a la violencia, es importante tener en cuenta a todas las personas involucradas, no solo a las víctimas y a los que observan, sino también a los que la perpetran, ya que sus motivos también varían. En muchos casos, la motivación del autor del acto violento puede no estar vinculada necesariamente a los desenlaces violentos que se producen. Esta cuestión puede ampliarse aún más para diferenciar entre los conceptos legales y sociológicos de la violencia. Si bien los sistemas legales de todo el mundo se centran, por razones obvias, en las víctimas de la violencia y como tales tienen que operar con los significados fijos de lo que constituye un acto violento, la comprensión sociológica de las experiencias individuales y colectivas de la violencia presenta inevitablemente más matices. Mientras que en los sistemas legales el énfasis descansa en la responsabilidad y en la intencionalidad individual, u ocasionalmente colectiva, de los actos violentos según la forma en que la ley define la actividad criminal, la sociología se centra en explicar la compleja dinámica de los episodios violentos. Dado que cada situación o episodio violento es diferente y muchos están causados por la confluencia de diferentes factores, algunos de los cuales podrían no tener un único origen o podrían no estar necesariamente planeados, el análisis sociológico rara vez dará respuestas que satisfagan a los expertos legales. Por ejemplo, una agresión física a un oficial de policía es algo que está claramente definido y es severamente castigado en la mayoría de los sistemas legales de todo el mundo. Dado que la agresión a la policía se interpreta legalmente y casi de manera uniforme como un ataque al Estado, la dureza del castigo legal no está determinada por la experiencia individual del acto violento, sino por la amenaza que este tipo de ataque representa para la autoridad del Estado. Así que golpear despiadada e implacablemente a un drogadicto sin techo normalmente contará menos que escupir o abofetear a un oficial de policía. Aunque el grado de violencia desplegada es sustancialmente mayor en el primer caso, los sistemas legales juzgarían el segundo como mucho más violento. Además, aunque todos los seres humanos experimentan dolor, el grado de daño físico y emocional que experimentan los individuos puede diferir sustancialmente, pero por lo general esta cuestión no se refleja en el derecho penal. Desde el punto de vista legal, todas las categorías de comportamiento violento/crimen conllevan el mismo grado de castigo, por lo que el tema clave es cómo se clasifica legalmente una forma concreta de violencia. Como la legislación penal distingue claramente entre una agresión a un policía y una agresión a un civil, presta poca atención a la similitud o a la diferencia entre las experiencias individuales de los actos violentos.
Esta complejidad de la experiencia violenta en relación con la intencionalidad y la corporalidad ha llevado a numerosos sociólogos a adoptar definiciones de violencia mucho más amplias. Por ejemplo, el concepto de violencia estructural de Johan Galtung (1969) fue uno de los primeros intentos por incluir el comportamiento no intencional y no físico en la definición de una acción violenta. Así las cosas, la violencia estructural abarca todas las restricciones estructurales que impiden que los seres humanos aprovechen todo su potencial, en el que se incluye un acceso desigual a los recursos, la sanidad, la educación, la protección legal y el poder político. En concreto, se considera que la violencia estructural está arraigada en las relaciones sociales desiguales que tienen un efecto desproporcionado en los individuos y en los grupos que se encuentran en la parte inferior de los sistemas de estratificación. Galtung identifica la violencia estructural como una fuerza que causa muertes prematuras, discapacidades a largo plazo, desnutrición o hambre. En una obra posterior, Galtung (1990) también introduce el concepto de violencia cultural, que se interpreta como un mecanismo social para la legitimación de la violencia estructural. Este término se refiere a la variedad de discursos culturales que se despliegan para justificar la existencia de la violencia estructural, entre los que se incluyen las doctrinas ideológicas, las enseñanzas religiosas y los lenguajes artísticos, así como el uso del razonamiento científico.
Pierre Bourdieu (1990) amplió aún más esta visión al vincular los procesos de legitimación cultural con la reproducción habitual de las relaciones sociales dominantes. En este contexto, Bourdieu desarrolló la idea de violencia simbólica, que entendía como algo que a menudo suponía una forma de dominación más significativa y efectiva que los actos individuales de agresión física. En su opinión, la violencia simbólica provenía del poder simbólico que impregnaba los órdenes sociales: era una forma tácita de práctica social arraigada en los hábitos sociales cotidianos que se utilizaba para mantener las relaciones jerárquicas existentes. Como mantienen Bourdieu y Wacquant (1992: 167), este tipo de actividad violenta no se caracteriza por lesiones físicas visibles o por actos intencionales de agentes concretos, sino que es una forma de «violencia que se ejerce sobre un agente social» que acaba siendo «cómplice» de la dominación a la que está sometido. Ejemplos típicos de violencia simbólica son las divisiones de clase, estatus y género en las sociedades contemporáneas: las distinciones de clase y estatus se mantienen a través de la aceptación popular, compartida por la mayoría de estratos, de que las clases medias merecen su buena situación social y económica sobre la base de que son más capaces o están más dotadas. Además, sus gustos artísticos, su estilo de vida y sus formas de habla son consideradas superiores y, como tales, son aceptadas popularmente como medida universal de la competencia cultural en una sociedad determinada.
Esta comprensión mucho más amplia de la violencia también está presente en Žižek (2008), que distingue entre violencia subjetiva y violencia objetiva. En su opinión, las formas convencionales de entender la violencia, asociadas con un «agente que podemos identificar al instante» y representadas por actos de crimen, terrorismo o disturbios civiles, son formas de violencia subjetiva; son la parte visible pero no son las formas dominantes de acción violenta. Al contrario, Žižek (2008: 2) se centra en lo que él denomina «violencia objetiva»: a diferencia de la violencia subjetiva, que generalmente se percibe como una interrupción de la normalidad cotidiana, la violencia objetiva es lo contrario, la realidad social que mantiene el status quo existente. En sus propias palabras: la violencia objetiva es «invisible puesto que sostiene la normalidad de nivel cero contra lo que percibimos como subjetivamente violento». Los dos tipos de violencia están profundamente interrelacionados, ya que la violencia subjetiva surge a menudo como un intento de hacer frente al predominio de la violencia objetiva. En el relato de Žižek, la violencia objetiva incluye también dos tipos de violencia, la simbólica y la sistémica. Si bien la violencia simbólica es más o menos idéntica al concepto planteado por Bourdieu, con el énfasis en la reproducción habitual de las formas de habla y el lenguaje, la violencia sistémica está relacionada con «las consecuencias a menudo catastróficas del buen funcionamiento homogéneo de nuestros sistemas económico y político» (Z iz ek, 2008: 2). Para Žižek (2008: 9), este tipo de violencia es «inherente al sistema»; implica fuerza física directa, pero también «las más sutiles formas de coerción que imponen relaciones de dominación y explotación, incluyendo la amenaza de la violencia». En esta interpretación, los principales agentes de la violencia sistémica son las elites liberales que mantienen las relaciones económicas y políticas asimétricas en el mundo a través de sus intentos de controlar la violencia subjetiva: «los filántropos que donan millones para luchar contra el SIDA o promover la tolerancia han arruinado la vida de miles de individuos mediante la especulación financiera, creando las condiciones para el auge de la intolerancia que denuncian» (Z iz ek, 2008: 37).
Galtung, Bourdieu y Žižek tienen razón al señalar que los actos violentos y los desenlaces violentos no tienen que ser consecuencia de la intención de alguien y pueden producirse por medios no físicos. La violencia no puede reducirse simplemente a la experiencia corporal y a los actos deliberados. La intimidación, el abandono, la omisión, la presión coercitiva, las amenazas y otras formas de acción o inacción no corporal pueden tener efectos físicos y mentales tan nocivos como los producidos por las lesiones físicas intencionadas. Sin embargo, también es importante no confundir el concepto violencia con otros fenómenos sociales. Por ejemplo, la definición de Galtung es tan amplia que incorpora cualquier forma de desigualdad y la imposibilidad de alcanzar el máximo potencial bajo la etiqueta «violencia estructural». En este contexto, es casi imposible distinguir entre las formas violentas y no violentas de acción estructural, ya que cualquier persona puede afirmar en cualquier momento que se le está impidiendo alcanzar su máximo potencial por la presencia de varios obstáculos estructurales. Del mismo modo, los conceptos de violencia simbólica y objetiva/ sistémica de Bourdieu y Žižek son igualmente tan amplios que hacen que el concepto carezca de significado desde el punto de vista sociológico. Si «violencia» se utiliza como un simple sinónimo de desigualdad, capitalismo, socialización o relaciones de clase y género, entonces este concepto se vuelve superfluo. Además, la introducción de definiciones tan amplias relativiza el significado de un acto violento. Aunque la violencia implica con frecuencia relaciones asimétricas de poder y desigualdades individuales y colectivas, no se puede extraer ninguna conclusión analítica si se reduce la violencia a la desigualdad o a las relaciones de poder asimétricas. La violencia es mucho más que desigualdad o disparidad de poder. Obviamente, existe una diferencia sustancial entre la introducción por parte de los Gobiernos de un sistema tributario regresivo que privilegia a los ricos y la participación directa de ese mismo gobierno en un proyecto genocida. No es solo una cuestión de magnitud, sino que son dos fenómenos sociales muy diferentes. Tanto el concepto de violencia de Žižek como el de Bourdieu son económicamente deterministas en el sentido de que vinculan todas las expresiones de violencia organizada con los fundamentos económicos del capitalismo. ¿Significa esto que no hubo violencia antes del capitalismo o que, una vez que el capitalismo desaparezca del mapa, viviremos en un mundo libre de violencia? Por ejemplo, para Žižek, la violencia sistémica es parte integral de la vida cotidiana del capitalismo, y la violencia subjetiva es su homóloga directa: los actos de terrorismo, los disturbios civiles o el crimen reflejan el carácter inherentemente violento del orden capitalista. Este tipo de argumento no puede explicar la presencia de la violencia organizada en gran parte del mundo precapitalista, ni puede explicar el comportamiento violento fuera de los contextos capitalistas. Además, estas definiciones demasiado estructuralistas tampoco pueden captar de manera adecuada la microdinámica de la violencia. Desde el punto de vista analítico, se pueden obtener más resultados si se cambia el enfoque de nuestro análisis: de los individuos, grupos y abstracciones teóricas imprecisas (el capitalismo) a contextos sociales e históricos que creen condiciones para el surgimiento de la acción violenta. Como Collins (2008a) argumenta con acierto, la violencia es un proceso circunstancial. A nivel micro, la violencia es «un conjunto de vías en torno a la tensión y el miedo a la confrontación». En concreto, su argumento es que la violencia constituye una forma de situación social más que el atributo de un individuo o un grupo. Sus causas desencadenantes inmediatas son «los rasgos de la situación que conforman las emociones de los participantes y, por ende, sus actos. Es una pista falsa para buscar tipos de individuos violentos, constantes en todas las situaciones» (Collins, 2008a: 1). Entonces, tanto los capitalistas como el capitalismo pueden producir violencia, pero esto dista mucho de ser un fenómeno uniforme, constante y permanente.
Por lo tanto, para evitar definiciones que se muevan entre Escila y Caribdis, demasiado sintéticas, demasiado amplias y estructuralmente fijas, es crucial reconceptualizar la violencia de una manera que incorpore el elemento no físico, el elemento no intencional y la rica microdinámica de las situaciones sociales sin perder la capacidad analítica del concepto. De aquí que podamos definir la violencia como un proceso social gradual en el que los individuos, los grupos y las organizaciones sociales se encuentran inmersos en situaciones en las que sus acciones intencionales o no intencionales generan algunos cambios sustanciales de comportamiento impuestos bajo coerción o producen daños físicos, mentales o emocionales, lesiones o, incluso, la muerte.
Esta definición provisional de violencia tiene como objetivo enfatizar la naturaleza circunstancial y contextual de toda acción violenta. Sin embargo, como la violencia es un fenómeno gradual que actúa en diferentes niveles, cambia a través del tiempo y el espacio y depende de codificaciones sociales y culturales concretas, resulta difícil captar toda esa complejidad a la vez. Por lo tanto, para proporcionar un análisis en profundidad, es necesario diferenciar entre los tres niveles principales de análisis sobre la violencia: 1) entre personas; 2) entre grupos; y 3) entre entidades políticas (Malešević, 2013b). Aunque, como se demuestra en este libro, con frecuencia estos tres niveles están profundamente interrelacionados, existen diferencias importantes respecto a cómo surge la violencia, cómo se desarrolla y cómo opera en cada uno de ellos.
El nivel de la violencia entre personas está relacionado con todas las formas de violencia que surgen en el contacto directo, cara a cara. Podemos encontrar una gran variedad de situaciones: desde peleas callejeras, reyertas en bares, violencia doméstica e incidentes no organizados entre ultras de diferentes equipos de fútbol, hasta violaciones en grupo, atentados suicidas con bombas y casos domésticos de crueldad animal o secuestros de niños, entre otras muchas. Este tipo de violencia involucra, por lo general, a un pequeño número de individuos que interactúan directa y físicamente con otros individuos. De este modo, estos encuentros violentos a nivel micro presentan una lógica circunstancial concreta que caracteriza gran parte de la interacción durante el enfrentamiento cara a cara: por regla general, la violencia es desordenada, caótica, emocionalmente intensa y de duración relativamente corta. Como señala Collins (2008a), la mayoría de los episodios violentos a nivel micro se definen por la incompetencia del actor a la hora de ejercer la violencia, dependen de la sincronización de los ritmos corporales y se ven infuidos por la dinámica de la interacción física, incluidas las posturas, las expresiones faciales y verbales y la comunicación no verbal.
En contraste directo con los encuentros violentos entre personas, donde predomina el contacto corporal, los otros dos niveles, entre grupos y entre entidades políticas, se caracterizan en su mayor parte por la falta de interacción física directa. En ellos, la acción social está mediada por la presencia de organizaciones formales o informales en las que los individuos y los grupos participan en actos violentos por su pertenencia/afiliación a estas organizaciones sociales. Esto no quiere decir que, en la violencia entre grupos o entre entidades políticas, los individuos nunca se acerquen a otros individuos. Más bien, la cuestión es que cuando tiene lugar esa interacción, generalmente se rige por los principios de pertenencia/afiliación a la organización. Por ejemplo, cuando dos soldados luchan entre sí en el campo de batalla, participan de un encuentro violento interpersonal directo, pero esta violencia es producto de la mediación organizativa, del hecho de que dos gobiernos estén en guerra. Asimismo, una caracterización racial intrusiva o la exposición de mujeres jóvenes a una humillación constante por medio de insultos verbales proferidos en la calle tienen más que ver con relaciones étnicas y de género más amplias entre grupos que con los conflictos interpersonales entre los individuos que están implicados.
Aunque tanto la acción violenta entre grupos como la que se da entre entidades políticas son formas de violencia organizada, las dos difieren en términos de capacidad organizativa, legitimidad y sentido de la solidaridad. Si bien la violencia intergrupal puede estar más o menos formalizada, la violencia que se da entre entidades políticas depende completamente de la existencia de una estructura organizativa. Por ejemplo, los conflictos violentos de clase pueden implicar a sindicatos reconocidos, a movimientos sociales, a partidos políticos radicales, a milicias organizadas o a grupos paramilitares. Sin embargo, la violencia de clase también puede producirse fuera de los canales organizativos, como cuando un obrero desesperado enloquece y mata a toda la junta directiva de una gran corporación privada. Por su parte, la violencia entre dos o más entidades políticas implica inevitablemente el despliegue de aparatos organizativos para iniciar y librar conflictos violentos. Por supuesto, los líderes de esas entidades políticas pueden considerar que un acto violento individual es motivo suficiente para decidir desplegar una violencia organizada contra otras organizaciones políticas, como en el caso del supuesto incendio del Reichstag o del asesinato de Francisco Fernando a manos de Princip. Sin embargo, la violencia entre entidades políticas no puede continuar sin una estructura organizativa.
Además, la violencia entre grupos y entre entidades políticas también difiere en la capacidad de ambos para asegurar la legitimidad interna y externa. Si bien las entidades políticas establecidas (los imperios, las ciudades-Estado, las ligas de ciudades o los Estados nación) adquieren con regularidad una legitimidad externa a través de tratados regionales e internacionales, relaciones diplomáticas, poder militar o fuerza económica, lo que no es el caso de los actores colectivos no estatales. Más bien, la legitimidad externa de muchos grupos puede ser cuestionada de forma habitual, independientemente de si están organizados formalmente o no. Como la mayoría de las colectividades, ya estén definidas en términos de religión, etnia, clase, género, edad o cualquier otro atributo social, tienden a estar representadas por más de una organización social, siempre existe la cuestión de quién tiene derecho a hablar en nombre de esa colectividad. Por ejemplo, cuando un conflicto violento determinado se define como una disputa religiosa entre chiitas y sunitas, rara vez queda claro qué movimiento social, partido, grupo militar o asociación religiosa tiene el derecho legítimo de representar a sus correligionarios. Por el contrario, en las guerras entre Estados, como en la guerra de las Malvinas de 1982, normalmente es más fácil saber quiénes son los adversarios legítimos. Aunque el derecho a gobernar de determinados gobiernos puede ser cuestionado (la Junta Argentina), la legitimidad de las entidades políticas implicadas (en este caso, los Gobiernos de Reino Unido y Argentina) rara vez se pone en entredicho.
Aunque la legitimidad interna y el sentido de solidaridad son necesarios para todas las organizaciones sociales y las agrupaciones informales, las entidades políticas y los grupos a menudo las adquieren de manera diferente. A lo largo de la historia, los gobernantes de diversas entidades políticas tuvieron que depender de fuentes diferentes para justificar su derecho a gobernar, como la mitología, la religión, los derechos divinos, las misiones civilizadoras o el nacionalismo, entre otros. En la Edad Contemporánea, los Estados también han podido establecer un monopolio sobre el uso legítimo de la violencia en sus territorios y, para justificar este monopolio, han tenido que desplegar el lenguaje y las ideologías de la solidaridad colectiva en todo el Estado. Los actores colectivos no políticos también han utilizado la retórica de la solidaridad de grupo para lograr su legitimidad a nivel interno. Sin embargo, como estos grupos generalmente apelan a circunscripciones concretas (la religión, la etnia, la clase, el género, la edad, etc.), sus fuentes internas de legitimidad y solidaridad siguen estando limitadas a los estratos sociales elegidos. En cambio, como las entidades políticas contemporáneas monopolizan en gran medida no solo el uso legítimo de la violencia, sino también los impuestos, la educación y la legislación sobre su territorio, su propia existencia se basa en el desarrollo y la utilización en el espacio político de discursos ideológicos capaces de justificar internamente esos acuerdos sociales y políticos (Malešević, 2013a).
LA ORGANIZACIÓN DE LA VIOLENCIA
La mayoría de los investigadores reconocen que la violencia interpersonal y la violencia organizada presentan propiedades sociales diferentes. A pesar de la disparidad sustancial que existe entre la violencia entre grupos y la violencia entre entidades políticas, ambos tipos comparten un rasgo importante: son fenómenos mediados, construidos alrededor de categorías organizativas abstractas y puestos en marcha a través de estructuras organizativas. A diferencia de la violencia entre personas, que implica una interacción física directa, la violencia organizada requiere la presencia de entidades estructuradas y abstractas, como los movimientos sociales, instituciones consolidadas u organizaciones sociales en funcionamiento que pongan en marcha, regulen y consumen actos violentos. Aunque la violencia organizada y la violencia interpersonal siguen siendo profundamente interdependientes, la brecha entre las dos se ha ampliado en los últimos doce mil años de la historia de la humanidad, y el proceso se ha intensificado en los últimos tres siglos (Malešević, 2010). Una de las razones para entender esta cuestión es el poder organizativo cada vez mayor que ostentan los órdenes sociales en detrimento de la interacción cara a cara. Mientras que, durante gran parte de la prehistoria y la historia antigua, los actos violentos se producían en la interacción directa entre individuos o entre pequeños grupos poco organizados que se enfrentaban directamente, el desarrollo de las organizaciones sociales complejas ha dado lugar a una creciente mediación social de la violencia. En otras palabras, los avances en la ciencia, la tecnología y la administración, por un lado, y el asombroso crecimiento de la población, por otro, han fomentado el surgimiento y la proliferación de organizaciones sociales especializadas responsables de las acciones violentas, así como de la coordinación coercitiva de un gran número de seres humanos (por ejemplo, el ejército, la policía, compañías de seguridad privada, milicias armadas, etc.). Mientras que unos pocos individuos que vivían en pequeños grupos nómadas podían vagar libremente buscando alimento por las sabanas africanas y participar de manera ocasional en disputas interpersonales violentas, millones de personas que habitaban en el Egipto ptolemaico no hubieran podido sobrevivir sin la presencia de una entidad política consolidada que fuera capaz de generar suficiente comida y establecer el orden interno y la seguridad externa, incluida la guerra periódica con sus vecinos.
Además, como la violencia organizada depende de la presencia de mecanismos estructurales efectivos y duraderos, una vez que estas estructuras se ponen en marcha, tienden a mantener su presencia y a expandirse en el tiempo. Por ejemplo, si una reyerta en un bar puede acabar convirtiéndose en una pelea violenta entre varios individuos, es poco probable que esa violencia a nivel individual dure días o se extienda más allá de los límites de ese bar en concreto. En cambio, una vez que se ha establecido la fuerza policial o una compañía de seguridad privada con el objetivo de preservar el orden y brindar seguridad a una determinada organización social, es poco probable que se disuelvan, aun cuando muchas personas las consideren innecesarias.
La mayoría de los especialistas diferencian entre violencia interpersonal y violencia organizada pero, en realidad, muy pocos utilizan estos términos. En este sentido, la tendencia es distinguir entre las formas de violencia política (terrorismo, guerra, genocidio, etc.) y no política (violencia doméstica, delitos violentos, etc.), o bien entre violencia colectiva/ social e individual. Por ejemplo, Donatella Della Porta (2013: 6) emplea el concepto violencia política, que se define como una forma particular de actividad violenta que «consiste en aquellos repertorios de acción colectiva que implican gran fuerza física y causan daño a un adversario para lograr fines políticos». Tilly (2003: 3) prefiere el término violencia colectiva y la define como «una interacción social episódica que inflige daños físicos inmediatos a personas y/u objetos [...], implica por lo menos a dos autores de los daños, y es consecuencia, al menos en parte, de la coordinación entre las personas que realizan los actos que los provocan». Dejando a un lado la interpretación más bien limitada de la violencia en términos de aspectos físicos e intencionales, estas dos definiciones hacen demasiado hincapié en la agencia en detrimento de las dinámicas estructurales de la violencia. Por su parte Della Porta, que trabaja dentro de la tradición de los movimientos sociales, entiende la violencia desde la perspectiva de la acción colectiva; para Tilly, paradigma del entorno político conflictivo, la actividad violenta surge a través de la interacción social. Por supuesto, la acción colectiva y la interacción grupal episódica son formas significativas a través de las cuales se produce la violencia, pero no son las únicas ni las dominantes entre las experiencias violentas. En cambio, la mayor parte de la violencia se produce y se inflige no entre grupos, sino entre entidades políticas o dentro de la propia entidad política. En otras palabras, las estructuras organizativas, entre las que se incluyen los Estados, los partidos políticos, las corporaciones privadas o las organizaciones paramilitares, son responsables de más violencia que cualquier otro grupo o individuo. Además, incluso en los casos típicos de violencia que surgen de la acción/interacción colectiva, utilizados por Tilly y Della Porta para ilustrar sus argumentos, la presencia de estructuras organizativas, y en particular del Estado, es bastante evidente. Por ejemplo, Tilly (2003: 1-5) presenta su concepto de violencia colectiva planteando los casos del genocidio de Ruanda, los tiroteos entre vaqueros del salvaje Oeste americano y la destrucción de cosechadoras en un pueblo de Malasia, que son ejemplos de interacción social episódica. Del mismo modo, Della Porta (2013: 1-2) ejemplifica sus argumentos clave con los casos de terrorismo del 11S, la lucha violenta de ETA por la independencia del País Vasco y la masacre de Breivik en la isla de Utøya, para señalar que la violencia política se manifiesta en una amplia variedad de acciones colectivas. Sin embargo, en todos estos casos, las estructuras organizativas son preponderantes: el genocidio de Ruanda no podría haber ocurrido sin la dependencia del aparato estatal; los sabotajes a las cosechadoras fueron reacciones violentas de los campesinos frente a los cambios introducidos en la producción agrícola por el Estado moderno y las corporaciones privadas; tanto el terrorismo de Al Qaeda como el de ETA fueron el resultado estructural de las debilidades geopolíticas originadas a partir del comportamiento que, durante cierto tiempo, exhibieron los Estados implicados (Estados Unidos y España, respectivamente), como organizaciones sociales potentes; e, incluso, los tiroteos entre los vaqueros del salvaje Oeste y la masacre de Breivik tuvieron lugar en el contexto de estructuras organizativas específicas, la expansión fronteriza patrocinada por un Estado, Estados Unidos, y el encuentro en el campamento juvenil del Partido Laborista de Noruega.
Este dominio casi omnipresente del Estado y de otras organizaciones sociales poderosas en muchos de los casos de acción violenta sugiere que hay algo distintivo en el poder organizativo y su vínculo con las diferentes formas de violencia. Términos como violencia política, colectiva o social no pueden captar adecuadamente este significado, como sí puede hacerlo el concepto de violencia organizada. El término violencia política es quizás más preciso, ya que se centra en los objetivos políticos específicos de los agentes involucrados en las actividades violentas. Sin embargo, como es difícil distinguir entre la acción política y no política, esta precisión también puede ser demasiado reduccionista y engañosa. Además, este término presupone la presencia de una intención política, mientras que gran parte de la violencia, como ya se ha señalado, puede no ser intencional o no estar impulsada por agentes. Teniendo en cuenta todos estos aspectos, la definición provisional que se ofrece de este concepto clave es similar a la definición de violencia que se ha proporcionado con anterioridad, a pesar de sus diferentes características históricas y organizativas. Así, la violencia organizada se define como un proceso social gradual e histórico a través del cual las organizaciones sociales, entre las que se incluyen las colectividades organizadas, se encuentran inmersas en situaciones o son influidas por condiciones estructurales que, de manera intencional o no, fomentan algunos cambios de comportamiento importantes, que son impuestos coercitivamente, o producen daños físicos, mentales o emocionales, lesiones o, incluso, la muerte.
VIOLENCIA ORGANIZADA Y CAMBIO HISTÓRICO
Definir la violencia organizada como un proceso histórico indica que su carácter cambia con el tiempo. Uno de los debates centrales en las ciencias sociales se ha desarrollado en torno a la cuestión de si la violencia ha sido constante a lo largo de la historia o si ha experimentado un aumento o una disminución significativos. Esta pregunta en particular ha desconcertado por igual a los principales teóricos y analistas sociales de mentalidad empírica, muchos de los cuales han proporcionado respuestas muy diferentes a la pregunta. Aquí nos centraremos brevemente en los tres relatos más influyentes que plantean esta relación entre la violencia organizada y el cambio histórico, y que proporcionan diferentes respuestas a la pregunta. Si bien las perspectivas eliasianas identifican una tendencia a la baja en todas las formas de acción violenta a lo largo de la historia, los enfoques weberiano y foucaultiano enfatizan la trayectoria ascendente de la violencia en los últimos trescientos años del desarrollo de la humanidad. Sin embargo, los relatos foucaltianos y weberianos difieren considerablemente: mientras que los primeros insisten en los importantes cambios discursivos que se producen en el marco y la práctica de la violencia en la modernidad, el segundo enfatiza la expansión gradual de los mecanismos institucionales para la violencia. El objetivo aquí es examinar críticamente estos enfoques para comprender mejor las trayectorias históricas de la violencia organizada, pero también para situar teórica y conceptualmente el análisis conceptual y empírico que se desarrollará a lo largo del libro.
Disciplina y violencia
Max Weber está relacionado tradicionalmente con la epistemología idealista, como lo demuestran sus bien conocidos estudios sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo o su teoría de la estratificación social, que otorga más peso explicativo a los factores culturales, como el estatus social y el prestigio, que a los materiales, entre los que se incluyen las divisiones de clase o las estructuras económicas. Sin embargo, esta caracterización unidimensional y bastante parsoniana del trabajo de Weber pasa por alto el hecho de que el gran sociólogo alemán fue ante todo un teórico del conflicto (Hall, 2013; Collins, 1986). Aunque Weber no nos ofrece una teoría sistemática de la violencia organizada, su obra está repleta de elaborados análisis sociológicos sobre la coerción y la acción violenta. El punto de partida del planteamiento de Weber es su percepción de que la vida política se basa en última instancia en la violencia. Desde este punto de vista, la política tiene que ver principalmente con el poder, mientras que el poder se basa en la capacidad coercitiva. En sus propios términos: «la esencia de toda política es el conflicto», y el poder es la «probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad» (Weber, 1968: 53).
En parte, Weber entiende la vida social desde la perspectiva de la ontología nietzscheana, donde el conflicto es visto como algo inherente a los seres humanos. Además, Weber va más allá de Nietzsche al ubicar esta idea en un contexto histórico y sociológico concreto. Así, en el nivel micro, Weber conceptualiza las relaciones sociales como si estuvieran conformadas por los conflictos políticos, culturales y económicos (es decir, su teoría de las tres dimensiones de estratificación), que dependen fundamentalmente del uso o la amenaza del uso de la fuerza. Las asociaciones políticas y los políticos a título individual luchan por el control de los aparatos estatales; las agrupaciones económicas y los individuos compiten, a menudo brutalmente, en el mercado; y diferentes estratos sociales, así como sus miembros de manera individual, intervienen en la lucha perpetua por el estatus. En el nivel macro, Weber interpreta las grandes cosmovisiones religiosas, así como el poder del Estado, y los define a través de luchas intensas y violentas. Mientras que las religiones comulgan con visiones escatológicas que se basan en valores supremos irreconciliables, la propia existencia de la estructura del Estado se fundamenta en su capacidad para establecer un monopolio sobre el uso legítimo de la violencia en el territorio que está bajo su control. En este contexto, los entornos tanto a nivel micro como macro están conformados por situaciones conflictivas violentas, ya que los individuos y los grupos compiten por los recursos materiales, el prestigio y el control sobre las instituciones políticas, y las entidades políticas mundiales se ocupan incesantemente del estatus y la lucha de poder en un escenario geopolítico más amplio (Weber, 1968; Collins, 1986).
Esta visión de las relaciones sociales centrada en el conflicto se puede discernir en los análisis de Weber sobre el Estado, la guerra y el cambio social. Para Weber, el Estado es principalmente una institución coercitiva definida por su monopolio de la fuerza. Está de acuerdo con Trotsky en que «todos los Estados se basan en la fuerza». Sin embargo, a diferencia de los marxistas, que consideran que el Estado tiene un propósito específico (servir como instrumento de dominación de clase), Weber mantiene que el Estado no tiene una razón particular para su existencia y que solo puede definirse en función de sus medios violentos. En palabras de Weber (1994: 310), en última instancia, «solo se puede definir el Estado moderno, sociológicamente, por un medio específico que él, como toda asociación política, posee: la violencia física». Sin embargo, el monopolio sobre el uso legítimo de la violencia es un producto histórico que caracteriza principalmente a las entidades políticas modernas, ya que los gobernantes premodernos generalmente no tenían la capacidad organizativa y de infraestructura para controlar sus territorios. Uno de los desarrollos históricos clave que fomentaron la monopolización estatal fue el ascenso de la disciplina. En opinión de Weber, la expansión de la acción disciplinada era una condición previa para la propagación del racionalismo, que en sí misma era la piedra angular de la organización burocrática moderna, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico. Aunque la racionalización fue un generador del desarrollo social, también es importante reconocer que sus orígenes son claramente no racionales: se revelaron a través de la proliferación de la violencia. Weber (1968: 1152-1155) hace explícita esta cuestión cuando argumenta que la disciplina nació en la guerra: «Las victorias de Cromwell [...] se debieron a la fría y racional disciplina puritana, [...] la pólvora y todo el progreso de la técnica guerrera [...] adquirió su importancia solo a base de disciplina [...] el papel más o menos importante desempeñado por la disciplina influyó todavía más sobre su organización social y política [...] la disciplina del ejército es la fuente de la disciplina en general». La experiencia de la guerra ha demostrado ser importante para que las acciones de los soldados sean más coordinadas, eficaces, precisas, oportunas y disciplinadas, convirtiéndolos, así, en efectivos asesinos racionales, al mismo tiempo que favorece el desarrollo de la racionalización de las instituciones en las que participan.
Sin embargo, para Weber, la violencia organizada no solo estimula la racionalización; también genera sucesos emocionales y colectivos únicos. Es solo en la guerra, y en circunstancias excepcionales similares que amenazan la vida, donde los seres humanos establecen intensos vínculos comunitarios y formulan opiniones morales muy significativas. El ambiente catastrófico de la guerra crea condiciones únicas en las que los individuos desarrollan un fuerte pathos comunitario, que a menudo se refleja en la disposición incondicional de una persona a sacrificarse por las demás. En palabras de Weber (2004: 225), la experiencia de la guerra moldea la «comunidad hasta la muerte», donde un soldado muere voluntariamente por sus compañeros y donde estos intensos lazos emocionales crean un nuevo significado colectivo: «morir en combate porque solo en él, solo en esa masividad de muerte, el individuo puede creer que sabe que muere “por” algo».
Ambos procesos, que surgen como resultado de la violencia organizada, la racionalización organizativa y el vínculo emocional, han sido históricamente cruciales para la dirección del cambio social. En el relato de Weber, la expansión de la violencia organizada en la Europa premoderna ha resultado ser sumamente instrumental para generar un entorno político multipolar que, en última instancia, fomentó el desarrollo de órdenes sociales racionalizados, el capitalismo y el Estado nación como los conocemos hoy. Para Weber, el reciente y dramático «ascenso de Occidente» frente al resto se originó en la inusual situación geopolítica del continente. La debilidad estructural que quedó tras el colapso del Imperio romano fomentó un entorno inestable y propenso a la guerra en el que numerosos caudillos libraron conflictos violentos, pero no pudieron establecer un imperio poderoso y unificado en todo el continente, como había ocurrido en otras partes del mundo. Sin embargo, esta debilidad estructural inherente, junto con el surgimiento de una autoridad religiosa independiente capaz de imponer su monopolio ideológico –la Iglesia católica universalista–, resultó a largo plazo beneficiosa para el desarrollo de una estructura feudal multipoder (Hall, 1985). A diferencia del resto del mundo, donde los militares continuaron siendo una posesión privada del emperador, el feudalismo europeo, con sus acuerdos contractuales entre guerreros aristocráticos, estimuló la racionalización gradual del orden social, lo que propició el avance de la formación del Estado, el capitalismo y la sociedad civil.
Sin embargo, aunque la racionalización implica una mayor eficiencia y desarrollo, no puede separarse de su estructura coercitiva. Además, como destacó Weber, la racionalización cada vez mayor, basada en el cálculo racional, el control y la eficacia teleológica, es probable que aumente aún más el poder organizativo. Por lo tanto, como en la Edad Moderna, la burocracia prevalece en la mayoría de las esferas de la vida humana, y las relaciones sociales adquieren un carácter cada vez más formalizado y separado. Si bien los órdenes patrimoniales tradicionales eran ineficientes, estaban estancados y se basaban en el nepotismo, aunque también se habían beneficiado de la calidez de los vínculos comunales, el mundo burocrático contemporáneo es eficaz, enérgico y meritocrático, pero también está inmerso en «la noche polar de oscuridad helada». En pocas palabras, el aumento de la capacidad organizativa tiene un alto precio: la burocracia prescinde de la ineptitud tradicional y del desperdicio institucional en favor de la funcionalidad y los logros instrumentales, pero esto también perjudica las dimensiones emocionales y éticas de las relaciones humanas. En este contexto, la modernidad temprana es una jaula de hierro o, más exactamente, «un caparazón tan duro como el acero», donde las vidas individuales están cada vez más reguladas por órdenes técnicas y normas rígidas y donde la espontaneidad y la imprevisibilidad dan paso a la superioridad organizativa y tecnológica. Así, para Weber, la coerción aumenta con el desarrollo social. Esto se manifiesta tanto a nivel interpersonal como interorganizacional. Una de las características clave de las relaciones interpersonales en la modernidad es que los lazos de parentesco y amistad fueron reemplazados con las normas de conducta aplicadas legalmente. A nivel interorganizacional, se puede observar una mayor competencia entre las diferentes organizaciones sociales que, en algunos casos, acaban en conflictos violentos (desde adquisiciones corporativas hasta guerras interestatales).
El enfoque de Weber del estudio de la violencia organizada ha resistido mucho mejor el paso del tiempo que el de muchos de sus contemporáneos. A pesar de no haber articulado una teoría integral de la acción violenta, sus ideas siguen siendo muy esclarecedoras y estimulantes. A diferencia de gran parte de la sociología del siglo XX, que fue profundamente forjada por los principios de la Ilustración que conceptualizaron el desarrollo social en términos de progreso, razón y paz, Weber era muy consciente de que la mayoría de los avances organizativos implicaban un grado sustancial de acción coercitiva y que la fuerza seguía siendo la base de un orden institucional estable. No es casualidad que los periodos con transformaciones históricas más importantes fueran también los periodos con una violencia organizada excesiva. Precisando un poco más, Weber relaciona una variedad de instituciones sociales y relaciones grupales con la fuerza: desde la disciplina militar y ascética a la jaula de hierro de la racionalidad organizativa, a la solidaridad de grupo y los significados sociales surgidos en los campos de batalla o al monopolio estatal sobre el uso de la violencia en su territorio. Aunque la contribución de Weber a la comprensión de la violencia organizada es considerable, también podemos encontrar algunos puntos débiles en su planteamiento.
En primer lugar, aunque Weber es un analista sutil que reconoce que los orígenes de la violencia organizada pueden ser múltiples e históricamente variados, su comprensión a nivel micro de la acción violenta es mucho menos flexible. En otras palabras, para Weber, la violencia interpersonal tiene una cualidad primordial fuerte, ya que está implícitamente integrada en todas las relaciones políticas. Por ejemplo, en La política como vocación, argumenta que «el instrumento específico de la política es el poder, respaldado por la violencia», o que «para la política, el medio esencial es la violencia». Además, se considera que la violencia tiene una lógica interior ineludible: «la violencia y la amenaza de violencia se engendran inevitablemente por la lógica ineludible de que toda acción siempre genera más violencia. En esta Razón de estado persigue, tanto interna como externamente, su propia lógica interna» (Weber, 1994: 357-387). Si bien se puede estar de acuerdo en que la política y otras formas de acción social pueden basarse en el uso o la amenaza de su uso, no todas las interacciones políticas colectivas son intrínsecamente violentas. En lugar de aferrarse a la ontología hobbesiana, que reduce las relaciones interpersonales a la violencia, es importante diferenciar entre los contextos micro y macro. Como se mantiene a lo largo de este libro, a diferencia de lo que ocurre a nivel macroorganizativo, donde las relaciones sociales y políticas se construyen alrededor del dominio coercitivo y se basan ampliamente en el uso o la amenaza del uso de la violencia, la mayoría de las relaciones interpersonales, incluidas las de la esfera política, suelen estar libres de violencia. La cuestión principal aquí es que, en lugar de plantear la violencia como una cualidad intrínseca de la esencia humana, es mucho más plausible ver la acción violenta como un producto de la dinámica organizativa. En pocas palabras, la gran mayoría de los episodios violentos no están generados por individuos solitarios o por pequeños grupos, sino por organizaciones a gran escala.
En segundo lugar, a pesar del énfasis puesto en los escritos de Weber sobre la importancia de la coerción y la fuerza, su concepto de violencia sigue unido a actos corporales e intencionales concretos. Como la violencia está estrechamente vinculada a la política, en la obra de Weber no hay lugar para actos violentos que resulten de acciones sociales no intencionadas ni para un cambio de comportamiento impuesto coercitivamente que produzca formas no físicas de daño, incluyendo el daño emocional, mental o existencial. Si bien Weber tiene cuidado de diferenciar entre violencia y amenaza de violencia, en ambos casos se hace referencia a los aspectos físicos e intencionales de la experiencia violenta.
Por último, Weber ofrece un análisis enormemente persuasivo de la transformación del poder coercitivo a través del tiempo cuando se centra en la racionalización y la burocratización del orden social. Sin embargo, aunque la trayectoria de esta transición gradual está bien trazada y explicada, es menos claro al señalar por qué los seres humanos aceptan la vida en la jaula de hierro. No hay duda de que el mundo contemporáneo está dominado por el poder organizativo/burocrático, pero para entender cómo y por qué los individuos toleran esa condición social, es necesario explorar el papel que juegan la ideología y la solidaridad en la legitimación de las organizaciones sociales. Aunque Weber ha prestado más atención a la legitimidad política que cualquier otro sociológico clásico, su teoría de la autoridad legítima no explica los mecanismos sociales específicos que generan la legitimación popular. En concreto, Weber identifica tres tipos ideales principales de autoridad legítima que están asociados con las diferentes formas de órdenes sociales: la dominación legal-racional está vinculada con las organizaciones sociales burocráticas modernas, y la autoridad tradicional es considerada patrimonial y dominante en otros muchos órdenes sociales premodernos, mientras que la autoridad carismática se entiende como un fenómeno temporal que surge en tiempos de crisis profunda y transformaciones estructurales. Para Weber, estos diferentes tipos de dominación legítima se corresponden con los diferentes sistemas de creencias presentes en cada uno de los tres órdenes sociales. Este tipo de argumentación ha sido descrita como tautológica, ya que asume que la mera existencia de un régimen particular confirma la legitimidad de este régimen. Por ejemplo, Grafstein (1981: 456) insiste en que, como el concepto de Weber identifica la legitimidad con la obediencia, vacía este concepto de su verdadero significado: «En las manos de Weber [...] la legitimidad ya no representa la evaluación de un régimen; de hecho, ya no se refiere directamente al propio régimen. Más bien, se define como la creencia por parte de los ciudadanos de que el régimen es, hablando de lo mismo, legítimo». Aunque, como he argumentado en otro trabajo (Malešević, 2002: 103), este tipo de crítica no tiene en cuenta que para Weber la legitimidad no trata solo de las percepciones populares de un orden social en particular, sino también de la capacidad de los que están en el poder de garantizar apoyo a toda la sociedad. Grafstein tampoco tiene en cuenta que, incluso en esta forma, la teoría aún permite el análisis de diferentes modelos de cumplimiento popular. Sin embargo, un problema más importante es que Weber no proporciona una explicación convincente de las dinámicas sociales involucradas en el proceso de legitimación. No está claro por qué, cómo, cuándo y durante cuánto tiempo los individuos tienden a considerar que determinados órdenes sociales son legítimos. Esto es particularmente importante en el contexto del análisis de la violencia, ya que la acción violenta requiere una legitimación mucho más popular que otros tipos de acción social. Por ejemplo, para comprender cómo, cuándo y por qué los ciudadanos de los Estados nacionales modernos brindan un consentimiento tácito o explícito para el uso de la violencia a gran escala en tiempos de guerra, es necesario analizar las relaciones a largo plazo entre el poder organizativo e ideológico de los Estados nación. Tal como se mantiene en el capítulo II, aunque las organizaciones sociales dependen en gran medida de sus capacidades coercitivas, esta coacción está realzada de hecho por la legitimación popular que se genera a través de diversos mecanismos ideológicos. Sin embargo, la ideología no es algo que los líderes de las organizaciones sociales impongan a las poblaciones reticentes. En cambio, el poder ideológico sí suele ser consecuencia del desarrollo organizativo y, como tal, se origina en las complejas transformaciones históricas que dan origen a organizaciones sociales concretas. Además, el éxito tanto del poder organizativo como del ideológico depende casi siempre de la capacidad de las organizaciones sociales para penetrar ideológicamente en la vida cotidiana y para integrarse en el microuniverso de redes estrechas de parentesco y amistad. Por lo tanto, para beneficiarse de la teoría weberiana, es crucial ampliar este análisis al intentar explicar las dinámicas a largo plazo del poder organizativo e ideológico, ya que contribuyen a la transformación de la violencia organizada.
Violencia y civilización
La relación entre violencia organizada y civilización es algo que ha desconcertado a los analistas desde la Antigüedad. Desde Confucio y Mozi hasta Platón, Aristóteles e Ibn Khaldun, los especialistas han intentado identificar si las civilizaciones coartan o estimulan la violencia. Sin embargo, la mayoría de los estudios, entre los que se incluyen trabajos tan influyentes como los de Spengler (1918), Toynbee (1950) y, más recientemente, Huntington (1996), tienden a centrarse más en las diferencias entre civilizaciones concretas y menos en las cualidades intrínsecas de la relación entre la acción violenta y la civilización. En cambio, Norbert Elias (2000 [1939]) desarrolla una teoría original que se centra en la interdependencia entre el proceso civilizador y la violencia. Para Elias, la violencia y la civilización tienen una relación compleja. En algunos aspectos, Elias sigue a Weber cuando argumenta que el monopolio del uso de la violencia es una condición previa para el avance de la civilización, ya que pacifica el orden social. Sin embargo, en otros aspectos más evidentes, para Elias la violencia es exactamente lo contrario de la civilización. En concreto, su libro más célebre, El proceso de la civilización (2000), rastrea la disminución constante de las formas individuales y colectivas de violencia a procesos duraderos de expansión del control social externo, junto con una internalización gradual del autocontrol. Al explorar los cambios a largo plazo que se producen en las actitudes cotidianas de los diferentes estratos sociales en toda Europa, Elias mantiene que la superación de la acción violenta, tanto en sus formas interpersonales como estructurales, es la característica central del proceso de civilización. En su interpretación, la agresividad es una predisposición humana inherente vinculada a nuestra naturaleza animal. Por lo tanto, según el punto de vista de Elias, cuanto más se profundiza en el pasado, más probabilidades hay de encontrar seres humanos salvajes y sin inhibiciones que no son muy diferentes de sus homólogos animales.1 Por ejemplo, El proceso de la civilización está lleno de referencias a los seres humanos como criaturas esencialmente animalistas motivadas por impulsos biológicos, que se presentan en forma de «necesidades elementales», «impulsos», «tendencias innatas», «actividades animales» e «impulsos animales» (Elias, 2000: 107-116; 119-120; 158-159; 216, 218, 230, 252, 365). En publicaciones más recientes, Elias hace frecuentes referencias a «la naturaleza animal de los humanos», a «las restricciones elementales de la naturaleza humana» y al «control de los instintos», por lo que se considera que los seres humanos vienen a este mundo como «criaturas salvajes e indefensas» (Elias, 1996: 32-33; 1991: 22). En el análisis de Elias, a la socialización se le otorga un poder transformador excepcional en la forma en que moldea a los niños, convirtiendo al «animal humano semi-salvaje» en una persona de pleno derecho con capacidad de autocontrol.
Esta concepción distintivamente hobbesiana/freudiana del sujeto humano también se manifiesta en la interpretación de Elias sobre la violencia interpersonal y organizada. Más que conceptualizar la acción violenta como un producto de las relaciones sociales (cambiantes), para Elias la violencia tiene una cualidad naturalista. No solo no distingue entre el fenómeno psicológico de la agresión y el proceso sociológico que es la violencia, sino que también considera que el comportamiento violento es innatamente placentero. Al escribir sobre la «sociedad medieval», alude al «salvajismo originario de los sentimientos» y mantiene que para la mayoría de las personas «el placer de matar y torturar a otros fue enorme». Y debido a que «se manifestaban la agresividad, el odio y la alegría por los sufrimientos ajenos, de un modo más libre», estos eran «placeres socialmente permitidos» (Elias, 2000: 163). Desde este punto de vista, la violencia se considera un «impulso elemental» y «un medio de satisfacer los apetitos carnales». Por lo tanto, la violencia es un componente integral de la naturaleza humana que, si no se controla, conducirá de manera permanente al derramamiento de sangre y al abuso sobre otras personas (Elias, 1998: 23). Aquellos que habitaban el mundo medieval están representados como gobernados por «impulsos» no satisfechos y eran «salvajes, crueles, propensos a los arrebatos y se entregan por entero a la alegría del momento». Aparentemente encontraron «alegría» en el «saqueo y la violación», y esto dio expresión a su «deseo de no reconocer a nadie como señor» (Elias, 2000: 241-242).
De manera similar, Elias se acerca a la violencia organizada. Basándose indirectamente en Weber, explora las consecuencias de un sistema de «eliminación» político y militar a través del cual los Estados han establecido paulatinamente el monopolio de la violencia y de la imposición y distribución de tributos (Elias, 2005; 2000: 344). Desde su punto de vista, la internalización del autocontrol y el consiguiente cambio de comportamiento van de la mano de las transformaciones estructurales que se produjeron en Europa, en las que el poder militar y fiscal, junto con el cambio demográfico, la urbanización, una mayor división del trabajo, la expansión del comercio y el surgimiento de una economía monetaria, propició la pacificación interna y la centralización estatal. El auge de los pueblos libres y el crecimiento sostenido de una economía monetaria permitieron a los antiguos gobernantes feudales eludir a la nobleza terrateniente y monopolizar los medios de la violencia y los impuestos, lo que les permitió emprender nuevas guerras de eliminación y expandir sus esferas de gobierno. El feudalismo europeo llegó así a la etapa absolutista, y la aristocracia guerrera antes independiente fue reemplazada por cortesanos sumamente dependientes. Para Elias, el absolutismo y la sociedad cortesana expandieron la pacificación interna de los Estados y, al mismo tiempo, facilitaron ciertos cambios de comportamiento a medida que la clase cortesana aristocrática en declive se basaba en los símbolos de mayor autocontrol para distinguirse de las clases medias en ascenso. En última instancia, los valores y las prácticas de autocontrol y las costumbres refinadas se convirtieron en marcadores del estatus, y fueron imitados y abrazados gradualmente por otros grupos de la sociedad, lo que condujo a una conducta social más civilizada. Por lo tanto, los cambios estructurales, como la formación del Estado, generaron mecanismos externos de restricción que finalmente se interiorizaron en una forma de comportamiento de autocontrol que se extendió gradualmente por toda Europa (Elias, 2005, 2000). En última instancia, la perspectiva eliasiana señala que, a medida que se intensifica el proceso de civilización, tanto la violencia interpersonal como la organizada están destinadas a disminuir.
Esta posición teórica ha recibido mucha atención, y varios autores han intentado proporcionar una verificación empírica de sus argumentos centrales. Aunque gran parte de esta investigación empírica se ha centrado en la disminución a largo plazo de la violencia interpersonal (Eisner, 2003; Speiernenburg, 2008), más recientemente, los especialistas también han intentado mostrar la existencia de tendencias idénticas para muchos tipos de violencia organizada (Pinker, 2011; Goldstein, 2011; Morris, 2014). Aunque los dos siguientes capítulos están dedicados a estos estudios empíricos, también es importante rastrear y cuestionar algunas de las ideas clave de Elias.
Una de las paradojas centrales de la perspectiva eliasiana es que, a pesar de su firme voluntad de desarrollar una teoría dinámica y figurativa de las relaciones sociales, centrada en los procesos, los pilares epistemológicos de este enfoque se construyen sobre la ontología freudiana y hobbesiana de una naturaleza humana primordial y esencial, gobernada por pulsiones e instintos (invariables). Podemos dejar de lado su lectura poco crítica de los documentos antiguos, donde las bravatas retóricas de los guerreros medievales simplemente se entienden como una declaración de los hechos que reflejan su biología más que un contexto social específico. En su lugar, vamos a centrarnos solo en la teoría de la violencia organizada de Elias que, en mi opinión, no aguanta un examen analítico detallado.2
En los escritos de Elias, el proceso de civilización se entiende como un fenómeno dual a través del cual los individuos aprenden a reprimir sus propios impulsos violentos «naturales» y a través del cual todos los órdenes sociales se pacifican. Sin embargo, no es que la civilización y la acción violenta sean totalmente congruentes, ya que toda violencia colectiva coordinada requiere un grado sustancial de autocontrol, sino que, y lo que es más importante aún, la civilización es la cuna de la violencia organizada. A pesar de la opinión popular de que los seres humanos han participado en la guerra desde tiempos inmemoriales, numerosos estudios arqueológicos y antropológicos han demostrado que la violencia organizada solo ha surgido en los últimos doce mil años, y la guerra a gran escala solo en los últimos tres mil años de existencia de la humanidad (véase el siguiente capítulo). La violencia organizada aparece en el escenario histórico junto a las culturas sedentarias, la domesticación de plantas y animales, la agricultura organizada, la propiedad de la tierra, las ciudades fortificadas, las religiones institucionalizadas, los órdenes políticos y las formas elaboradas de estratificación social. En una palabra, con la civilización. Lo que distinguió a las primeras civilizaciones conocidas (Sumeria, el antiguo Egipto, la China de la dinastía Shang, la cultura del valle del Indo y los mundos mesoamericanos posteriores) de las formaciones sociales anteriores fue su capacidad para utilizar la violencia organizada y luchar en guerras de conquista. Los estados primitivos de estas civilizaciones antiguas se crearon a través de la guerra, y diferentes civilizaciones se han expandido a través de la violencia organizada. Por lo tanto, la violencia no es el «otro» de la civilización, sino uno de sus componentes más importantes.
En segundo lugar, al centrarse casi exclusivamente en la Europa medieval y moderna, la teoría de un proceso de civilización interpreta erróneamente la dirección de la transformación histórica de la violencia. Según Elias, a medida que avanzan progresivamente las restricciones internas y externas de la civilización, la acción violenta es simultáneamente reprimida e ilegalizada a través del monopolio de la coerción por parte del Estado. En otras palabras, la violencia disminuye con la llegada y la expansión de los órdenes sociales modernos y civilizados. De este modo, Elias comparte una visión popular estereotipada que contrasta la «barbarie medieval» con una supuesta modernidad cada vez más pacífica. Sin embargo, mientras el mundo medieval se ha caracterizado por episodios de una crueldad espantosa, la caza de brujas y torturas intermitentes, estas prácticas macabras ocultan a menudo su baja eficacia como medio de destrucción. En la época medieval, las guerras no eran más que escaramuzas rituales entre aristócratas, y aunque la violencia organizada podría haber sido más espantosa, en absoluto es comparable con lo que ocurrió con la llegada de la civilización. Tal como las investigaciones macrosociológicas recientes demuestran de forma convincente, la limpieza étnica y el genocidio son fenómenos modernos inspirados en programas ideológicos modernos, en medios modernos de organización, proyectos de construcción de Estado modernos y mutuamente excluyentes, y visiones conflictivas de la modernidad (Mann, 2005; Levene, 2005; Bauman, 1989; véase también el capítulo VII). Aunque el sujeto moderno evitaría escupir o sonarse la nariz en la mesa, las poblaciones de los Estados modernos son cómplices de muchos episodios de violencia masiva, ya sea a través de la detonación de bombas atómicas, la comisión de «asesinatos selectivos» o el lanzamiento de «ataques preventivos» y «ataques quirúrgicos», y con frecuencia se da una imagen aséptica de la realidad de estas acciones cuando se utiliza la expresión «daño colateral».
En tercer lugar, la teoría de un proceso de civilización no puede explicar de manera adecuada la persistencia y la proliferación de la guerra. Como la violencia y la civilización se conceptualizan como fenómenos inversamente proporcionales, el corolario lógico de este modelo explicativo sería la disminución gradual de la acción violenta en todas sus formas. Y así es exactamente como Elias (2000: 318) interpreta la trayectoria histórica de las sociedades europeas, contrastando la situación de «pura enemistad a vida o muerte», que él asocia con el mundo premoderno, y un entorno social esencialmente pacífico de «sociedades más desarrolladas», donde los individuos son pacificados a través de la «ambivalencia de intereses». Sin embargo, en lugar de desaparecer a un ritmo constante, las guerras, las revoluciones, el terrorismo y otras formas de acción violenta se han expandido y también se han vuelto más mortíferas. Como ha documentado Tilly (2003: 55), solo el siglo XX fue testigo de más de 250 nuevas guerras con más de un millón de muertes al año. Este fue el siglo que dio origen a la guerra total, al Holocausto, a las cámaras de gas, a los gulags, a los ataques suicidas organizados y a la aniquilación atómica de ciudades enteras. A diferencia del diagnóstico de Elias, esa «pura enemistad» no es característica del mundo premoderno, donde la violencia era teatral, macabra e ineficiente, sino algo que surge con las guerras totales. Las dos guerras mundiales fueron la encarnación de las guerras totales industrializadas donde todos los recursos del Estado y la sociedad, incluidos todos los hombres y mujeres sanos, el transporte, el comercio, la producción industrial y las comunicaciones se pusieron a disposición del Estado en guerra. La guerra se convirtió no solo en un conflicto entre dos ejércitos, sino entre poblaciones enteras. La producción en cadena, la política de masas y las comunicaciones de masas fueron movilizadas para la destrucción masiva, ya que la guerra total eliminó la distinción entre Estado y sociedad, entre militar y civil y entre las esferas pública y privada. Las ideologías y estrategias militares detrás de estas dos guerras fueron concebidas y puestas en marcha por caballeros muy refinados y autodisciplinados empeñados en implementar la máxima de Clausewitz (1997: 6) sobre la guerra absoluta como un reino de «máxima violencia», donde una parte está decidida a aniquilar a la otra. La teoría del proceso de civilización no tiene respuesta para esta cuestión. Para Elias, la guerra es solo un epifenómeno que está destinado a desaparecer de manera gradual. En sus propias palabras, las atrocidades excesivas de la Primera Guerra Mundial son simplemente «un retroceso accidental, [...] uno de esos pequeños contramovimientos que surgen de continuo de la multiplicidad de los movimientos históricos dentro de cada escalón del proceso general» (Elias, 2000: 157). En lugar de ver la guerra como una pieza esencial del proceso de civilización, uno de los factores más importantes de la modernidad tal como la conocemos, Elias la ve como una «regresión temporal a la barbarie» (Elias, 1996: 308).
Por último, cuando los hechos van en contra de su teoría, Elias utiliza conceptos tales como el «proceso de descivilización» para salvar su modelo explicativo. Un ejemplo es cómo Elias explica el nazismo y el Holocausto, donde argumenta que el proceso de civilización puede, en ocasiones, revertirse. Así, los campos de concentración, las cámaras de gas, los amplios sistemas de tortura y el genocidio ya no se entienden como la «regresión más profunda a la barbarie», mediante la cual la guerra elimina todas las restricciones internas y externas y los individuos vuelven a su «yo animal». En particular, Elias (1996: 311) enfatiza el papel de agentes sociales concretos que están unidos a sistemas de creencias mantenidos irracionalmente con un «alto contenido de fantasía» que les proporcionó «un alto grado de satisfacción emocional inmediata». En otras palabras, ese proceso de descivilización elimina los beneficios civilizadores del pensamiento independiente y marca el regreso de las fantasías comunitarias con una carga emocional: «la mayoría de los líderes del [Partido nazi] eran de hecho “semieducados”»; «el credo nacionalsocialista, cuyo barniz pseudocientífico recubría un mito nacional primitivo y salvaje [...] que no [se sostenía] ante el juicio de personas con un nivel educativo más alto» (Elias, 1996: 315). Como muestran los estudios más recientes sobre el movimiento nazi (Mann, 2004; 2005; Burleigh, 2000; Jarausch, 1990), gran parte de sus líderes, así como de su apoyo de base, tenían estudios superiores. Muchos intelectuales alemanes, profesores universitarios y los miembros de una elite cultural más amplia simpatizaron con las ideas nacionalsocialistas, y su electorado principal tenía un nivel educativo más alto que el resto de la sociedad alemana. Por ejemplo, aproximadamente el «41 % de los miembros del SD [servicio de inteligencia nazi] tenían estudios superiores, en una época en que la media nacional era del 2 o el 3 %» (Burleigh, 2000: 186); los reclutas y los oficiales de las SS tenían un alto nivel educativo; o la mayoría de los médicos, jueces y abogados eran miembros del NSDAP. Como muestra Müller-Hill (1998), la mayoría de los comandantes de Einsatzkommandos (escuadrones de exterminio móviles), que fueron los principales protagonistas del genocidio, eran individuos con una excelente preparación: economistas, abogados y académicos. Más de dos tercios de estos comandantes poseían educación superior y un tercio se había doctorado. Asimismo, «la mitad de los estudiantes alemanes eran simpatizantes de los nazis en 1930»; «los profesionales con formación universitaria (es decir, los “profesionales académicos”) estaban sobrerrepresentados en el NSDAP y en los cuerpos de oficiales de las SA y las SS» (Mann, 2004: 165-166; Jarausch, 1990: 78). Si bien la ideología nacionalsocialista atrajo a muchos estratos sociales, algunos de los cuales tenían poca o ninguna formación, su base de apoyo ideológico fundamental fueron hombres jóvenes y con estudios: «El fascismo estaba conquistando a los varones jóvenes y educados porque se trataba de la última erudición de la mitad de un continente. Su resonancia ideológica en esa época [...] constituyó la principal razón de que se tratara de un movimiento generacional» (Mann, 2004: 167).
En resumen, Elias proporciona una teoría original de la violencia organizada con claros méritos. Se basa en Weber para enfatizar el significado de la violencia en la vida social y rastrear los contextos históricos que generaron el monopolio del Estado sobre el uso legítimo de la violencia. Sin embargo, a diferencia de Weber, que es mucho más ambivalente acerca de la relación entre violencia y civilidad y es escéptico acerca de la idea de la disminución de la violencia, Elias está convencido de que la violencia y la civilización son diametralmente opuestas y que a medida que la civilización avanza, la violencia ha de disminuir. Esta visión, profundamente arraigada en la ontología hobbesiana, no puede explicar el asombroso aumento de la violencia organizada en la modernidad.
Violencia y poder carcelario
Frente a la perspectiva eliasiana, que entiende la violencia como el «Otro» de la civilización y algo que contiene una fuerte naturaleza biológica, si no primordial, los enfoques foucaultianos conceptualizan los actos violentos como profundamente contingentes y los vinculan a formaciones históricas específicas. A diferencia de Weber o Schmitt, para quienes la violencia es un aspecto integral e indispensable de la vida política, para los foucaultianos la política y la violencia representan dos esferas de acción social totalmente autónomas. En concreto, los foucaultianos conceptualizan la política en términos agonistas, pero también argumentan que los conflictos políticos difieren sustancialmente de la acción violenta. Su opinión es que, precisamente porque el poder político puede prescindir de la violencia, es capaz de dominar los órdenes sociales modernos. Tal como mantiene Foucault (1982: 219-220) en El sujeto y el poder, el poder político, en lugar de ser inherentemente violento, termina en realidad donde la violencia prevalece. A diferencia del poder, que se entiende como una relación dinámica, algo que es «un modo de acción», se considera que la violencia es más estática, ya que su «polo opuesto solo puede ser pasividad». Foucault reconoce que la violencia puede ser parte de algunas relaciones de poder, pero está convencido de que, «en sí mismo, el ejercicio del poder no es violencia».
En esta perspectiva, la distinción se establece entre formas modernas y premodernas de gobierno. Para Foucault, los órdenes premodernos solían centrarse en alcanzar y expandir sus poderes soberanos y, en ese proceso, se basaron mucho en la violencia. En la época del absolutismo, el poder del rey era incuestionable y la violencia se usaba para marcar la soberanía del rey en aquellos que se resistían. Parte de esta violencia fue teatral, como la exhibida en los ahorcamientos públicos y en elaboradas técnicas de tortura que funcionaron como formas de espectáculo público: «la ceremonia penal tiene la eficacia de una prolongada confesión pública», mientras que «una ejecución pública con resultado satisfactorio justifica la justicia, en la medida en que publica la verdad del delito en el cuerpo mismo del que va a ser ejecutado» (Foucault, 1975: 44). Una vez que el poder real fue destronado, la violencia todavía era utilizada por los revolucionarios para establecer los límites de lo que ahora era el poder soberano popular del Estado. Sin embargo, según Foucault, durante los últimos trescientos años, el poder soberano ha ido cediendo gradualmente ante el poder disciplinario. En otras palabras, en lugar de depender explícitamente de la violencia, los órdenes sociales modernos controlan a los individuos de manera indirecta, a través de los conocimientos especializados, los reglamentos administrativos y la tecnología. En pocas palabras, el poder sumamente visible, corporal y personal de la soberanía se transforma en el poder invisible y anónimo de las prácticas disciplinarias.
Este nuevo tipo de dominación, que Foucault denomina «poder disciplinario» y, en obras posteriores, «biopoder», prescinde del uso de la violencia y, en cambio, mantiene su control basándose en la vigilancia, las disposiciones burocráticas, la codificación estadística y el aparato de la ciencia. En este nuevo contexto, el uso de la violencia está en gran medida deslegitimado, ya que los Gobiernos son capaces de disciplinar y pacificar los órdenes sociales a través de la afirmación en lugar de la negación de la vida. El objetivo es establecer «tecnologías de normalización» específicas que fomenten la autocensura y deslegitimen públicamente a quienes no se sometan. Por lo tanto, en lugar de etiquetar a quienes cuestionan el poder estatal como traidores o regicidas, se producen y gestionan simultáneamente nuevas categorías de desviación social: pervertidos, delincuentes, terroristas, etc. El epítome del poder disciplinario para Foucault es el diseño del panóptico ideado por Bentham como modelo ideal de prisión. El panóptico permite al guardián, guarnecido en una torre central, observar a todos los prisioneros, recluidos en celdas individuales alrededor de la torre, sin que estos puedan saber si son observados. Esta disposición arquitectónica es extremadamente eficiente, ya que un pequeño número de guardias puede observar a un gran número de prisioneros. El efecto más importante es inducir en el preso un estado consciente y permanente de visibilidad que garantizaría el funcionamiento del poder, puesto que el prisionero no puede saber cuándo se le vigila y cuándo no. Para Foucault, el panóptico es una metáfora del poder disciplinario actual, donde los individuos interiorizan las técnicas de normalización disciplinaria y, como tal, tienden a vigilarse a sí mismos y a los individuos que los rodean. Aunque el plan de Bentham fue diseñado para las prisiones, Foucault ve presentes los mismos principios (panoptismo) en el resto de instituciones modernas: manicomios, escuelas, fábricas, ejércitos o, incluso, la burocracia estatal. De esta manera, el panoptismo es un «dispositivo importante, ya que automatiza y desindividualiza el poder. Este tiene su principio menos en una persona que en cierta distribución concertada de los cuerpos, de las superficies, de las luces, de las miradas; en un equipo cuyos mecanismos internos producen la relación en la cual están insertos los individuos» (Foucault, 1975: 202). Por lo tanto, a diferencia del mundo premoderno, donde el castigo era profundamente corporal, porque la violencia se imprimía en cuerpos humanos reales en manifestaciones públicas de crueldad, entre las que se incluía la tortura, el desmembramiento o ejecuciones excesivas, en la modernidad el lugar de la violencia es tomado por prácticas normalizadoras, la autodisciplina, la vigilancia y la interiorización de las reglas de comportamiento dominantes. En resumen, este es un cambio histórico de «una cultura de espectáculo» a «una cultura carcelaria», donde lo «carcelario» representa un conjunto de mecanismos disciplinarios punitivos que generan lo que Foucault denomina «cuerpos dóciles».
El punto clave de Foucault es que la desaparición de la violencia en la modernidad no significa que los individuos contemporáneos vivan en entornos sociales menos opresivos. Por el contrario, como dice Foucault (1975: 82), la idea es «no castigar menos, sino castigar mejor», ya que a diferencia de un poder soberano que no puede ir más allá del castigo del cuerpo, el poder carcelario es capaz de penetrar en la mente y en el alma de los individuos, controlando así, en nuestros días, tanto el cuerpo físico como los pensamientos.
Aunque la disciplina constituye un importante mecanismo de las relaciones de poder en la Edad Moderna, la noción de poder disciplinario de Foucault difiere sustancialmente de la de Elias o Weber. Mientras que Weber y Elias analizan la disciplina desde la perspectiva de las transformaciones históricas a gran escala, donde las fuerzas estructurales generan condiciones institucionales que fomentan la acción disciplinaria, para Foucault la disciplina no debe asociarse con instituciones concretas, sino con la tecnología particular del poder. En sus propias palabras: la «disciplina» no puede identificarse ni con una institución ni con un aparato. Es un tipo de poder, una modalidad para ejercerlo, que implica un conjunto completo de instrumentos, técnicas, procedimientos, niveles de aplicación y objetivos; es una «física» o una «anatomía» del poder, una «tecnología» (Foucault, 1975: 215). En otras palabras, en lugar de asociar la disciplina con instituciones concretas impulsadas por racionalistas, como los monasterios ascéticos, las pequeñas iglesias protestantes (Weber) o las instituciones civilizadoras como el Estado moderno o los tribunales aristocráticos (Elias), la interpretación de Foucault del poder disciplinario es, en gran medida, no organizativa. Curiosamente, a diferencia de Elias, para quien la violencia es exactamente lo opuesto a la racionalidad inducida por la civilización, para Foucault la racionalidad está estrechamente relacionada con la violencia:
Todo comportamiento humano está planeado y programado por medio de la racionalidad. Existe una lógica de las instituciones y en el comportamiento y las relaciones políticas. Incluso en los más violentos, hay racionalidad. Lo más peligroso de la violencia es su racionalidad. Por supuesto, la violencia en sí misma es terrible. Pero la raíz más profunda de la violencia y su permanencia provienen de la forma de racionalidad que utilizamos. La idea era que si vivimos en el mundo de la razón, podemos deshacernos de la violencia. Esto es un error. Entre violencia y racionalidad no hay incompatibilidad (Foucault, 1980: 299).
No hay duda de que Foucault proporciona una teoría original y persuasiva del poder coercitivo. Como tal, esta interpretación es capaz de identificar y controlar las formas coercitivas de dominación, que pueden no tener necesariamente desenlaces violentos. En algunos aspectos, Foucault tiene éxito donde Elias falla. Lo que para Elias es un signo del avance de la civilización, el autocontrol interiorizado que apacigua la violencia, para Foucault es el epítome de la represión coercitiva: las técnicas de vigilancia modernas, la autocensura y el control invisible pero generalizado de los cuerpos y las almas de los individuos. En este sentido, la interpretación de Foucault es una mejora importante del diagnóstico de Elias. Sin embargo, la perspectiva foucaultiana todavía no ofrece una explicación satisfactoria de la violencia organizada. Podemos encontrar cuatro importantes puntos débiles en esta postura.
En primer lugar, la clara distinción foucaultiana entre violencia y poder no puede sostenerse desde un punto de vista analítico. Si bien el conflicto social y la política son obviamente posibles sin violencia y una gran mayoría de las interacciones humanas están libres de violencia, esto en sí mismo no significa que el poder político pueda estar completamente separado de la violencia. Por ejemplo, parece bastante difícil, si no imposible, prever el funcionamiento del panóptico sin el recurso institucional a la violencia: las prisiones, al igual que los hospitales mentales, los ejércitos o incluso las fábricas, se basan en la amenaza del castigo violento. Si los presos, los soldados, los pacientes o los empleados no se comportan según lo estipulado por las reglas de sus respectivas organizaciones, todos serán penalizados, a veces incluso con castigos violentos: los soldados que huyan del campo de batalla serán sometidos a un consejo de guerra y es muy probable que sean encarcelados durante mucho tiempo, lo que se acompaña de duros y vergonzosos rituales o, incluso, del pelotón de fusilamiento; los pacientes mentales que rompan las reglas y sean considerados una amenaza experimentarán brutalidad física con regularidad; los presos que se no se comporten como es debido terminarán en régimen de aislamiento o serán golpeados por los guardias; e incluso los empleados de la fábrica que protesten podrían experimentar no solo el despido instantáneo y la pérdida de ingresos y protección social que ello conlleva, sino también amenazas físicas y palizas por parte del personal de seguridad de la compañía. La cuestión clave aquí es que, como Weber (1968) pensaba, no existe un poder político duradero que, en última instancia, no se base en la amenaza de la violencia. Como especifica Poggi (2001: 30): «Lo que califica el poder [...] como político es el hecho de que recae en última instancia en, y se refiere intrínsecamente [...] a la capacidad de un superior para sancionar coercitivamente el incumplimiento de las órdenes por parte de un subordinado». En pocas palabras, el control que un individuo u organización tiene sobre otros individuos u organizaciones sigue dependiendo de la capacidad de infligir dolor mental, físico o emocional, angustia o incluso la muerte. Como los foulcaultianos identifican la violencia con la fuerza física, algo que provoca lesiones en el cuerpo (por ejemplo, Foucault, 1975; Oksala, 2012), tienen dificultades para explicar las formas de violencia no corporales. En esta perspectiva, como afirma el propio Foucault (1982), la violencia es un fenómeno pasivo, uniforme, casi vacío, exactamente lo opuesto al poder, que se considera activo, históricamente dinámico, creativo, destructivo, etc. Sin embargo, si se adopta un enfoque más matizado, es posible ver que, al igual que el poder político, la violencia también está lejos de ser un recipiente vacío y pasivo, y que es un fenómeno muy vibrante que aparece en una variedad de formas e impulsa profundos cambios sociales (Malešević, 2013b, 2010; véase el capítulo II).
En segundo lugar, otra de las principales dicotomías de Foucault también parece ser confusa. Oponer soberanía y poder disciplinario puede ser un ejercicio conceptual útil, pero no aguanta bien el análisis empírico.3 Si bien no hay duda de que con el inicio de la modernidad las capacidades técnicas, científicas y administrativas de los agentes sociales y políticos aumentaron drásticamente, esto no es un indicador fiable de que el carácter del poder haya cambiado por completo. Es cierto que los órdenes sociales modernos están ahora, desde el punto de vista organizativo, mucho mejor equipados para vigilar y controlar a sus ciudadanos que sus predecesores históricos. Como muestran Mann (2013, 1993) y Lachmann (2010), solo en los últimos 150 años los Estados han adquirido la suficiente capacidad infraestructural para poder controlar completamente sus territorios, vigilar sus fronteras, recaudar impuestos, acumular y recuperar una cantidad enorme de datos personales de todos los ciudadanos, implementar programas eficaces que cubran las necesidades de la población en épocas de guerra, nacionalizar la propiedad privada cuando se considere crucial para los propósitos del Estado, hacer obligatorio el uso de documentos de identificación personal, etc. Sin embargo, estos mecanismos disciplinarios reforzados no surgieron en oposición a los poderes soberanos. Por el contrario, son los ingredientes organizativos clave de la soberanía política, ya que el poder del Estado se define en gran medida por la capacidad de los propios Estados para monopolizar el uso legítimo de la violencia, los impuestos, la educación y la jurisprudencia sobre los territorios bajo su control. En lugar de ser desplazadas las formas carcelarias/disciplinarias y no violentas de poder, los Estados contemporáneos han utilizado en la práctica estos controles organizativos para mejorar sustancialmente sus poderes soberanos (Malešević, 2013a; Mann, 2013, 2012). En concreto, esto se observa claramente en la llamada era de la globalización, momento en el que, a diferencia de sus predecesores de la Edad Moderna, la mayoría de los Estados del mundo han adquirido una soberanía total que incluye el control de determinadas áreas como los medios de comunicación, la educación pública, la sanidad, el bienestar, la inmigración, el sector laboral y el empleo, la política fiscal, la vigilancia urbana, la planificación ambiental, etc. (Malešević, 2013a: 183; Meyer et al., 1997). Ese poder soberano, encarnado por el Estado nación, que sigue siendo la forma dominante de la política actual, es perjudicial para el argumento de Foucault, pero aún más perjudicial es que este dominio sigue arraigado en la capacidad de la política para infligir violencia a los sujetos que se encuentran bajo su control. En lugar de actuar como fuerzas opuestas, el poder disciplinario y el poder soberano se refuerzan mutuamente.
En tercer lugar, a diferencia de Elias, para quien el proceso de civilización produce un mundo menos violento, Foucault entiende el cambio histórico hacia el poder disciplinario en términos de una opresión cada vez mayor. Sin embargo, su diagnóstico del pasado tiene mucho en común con el de Elias, ya que ambos enfatizan la discontinuidad entre el papel moderno y premoderno que desempeña la violencia en la sociedad. En pocas palabras, ambos coinciden en que, a diferencia del mundo contemporáneo, el mundo premoderno era excesivamente violento. También comparten la idea de que un mayor autocontrol ha causado un descenso de la acción violenta, aunque en gran medida Elias ve esto como un signo de avance de la civilización, mientras que Foucault lo interpreta de manera más pesimista a través de su idea de las «tecnologías del yo». Sin embargo, ambos argumentos son infundados desde una perspectiva empírica. Como se ha explicado con anterioridad, Elias proporciona un diagnóstico erróneo sobre la violencia en la modernidad. Si bien la perspectiva de Foucault sobre las formas menos visibles de coerción en la modernidad tardía es importante, dado que los órdenes sociales modernos han desarrollado mecanismos de control social complejos y, a menudo, bien ocultos, esto no sugiere que en la modernidad la violencia experimente una disminución inexorable. Por el contrario, hay más violencia en la Edad Contemporánea que nunca antes. El problema con el relato de Foucault es que se centra casi exclusivamente en la violencia entre las personas y entre grupos en contextos estructurales específicos, mientras ignora el nivel en el que la mayoría de los actos explícitamente violentos han tenido lugar en la modernidad, entre entidades políticas. Así, en lugar de centrar la atención en la acción violenta que tiene lugar en las guerras, los genocidios, actos de limpieza étnica o terrorismo o incluso revoluciones, Foucault se fija en las cárceles, las escuelas o los hospitales psiquiátricos. Sin embargo, si se tiene en cuenta el hecho de que los últimos 250 años han sido testigos de un aumento sin precedentes en el número de víctimas humanas, cuya culminación fueron las dos guerras totales del siglo xx y los proyectos genocidas a gran escala, como, por ejemplo, el Holocausto o los episodios de asesinatos masivos de namibios, armenios, circasianos, camboyanos, ruandeses y muchos otros, cualquier idea sobre el declive de la violencia física parece inverosímil. Aunque se puede estar de acuerdo en que el poder carcelario va en aumento, en sí misma esta cuestión no sugiere que su relación con el poder soberano/violento sea mutuamente excluyente. Por el contrario, es el aumento del poder disciplinario el que ha sido muy importante a la hora de proporcionar nuevos y mejores medios de organización para la proliferación de asesinatos masivos. El resultado final de esta sinergia organizativa entre los poderes carcelario y soberano alcanza, al menos, los 300 millones de muertes causadas por guerras, genocidios, revoluciones e insurgencias en los últimos 250 años, cifra que eclipsa fácilmente el número de pérdidas humanas ocasionadas por la violencia organizada en la era premoderna (White, 2012; Malešević, 2010; Eckhard, 1992; véanse los dos siguientes capítulos).
El último punto se refiere al énfasis excesivo y poco habitual de Foucault en el papel del discurso en la transformación del poder coercitivo. Al esforzarse por distanciarse de las teorías marxistas de dominación que destacan el significado de la economía política, pero también de la ideología en la expansión de la violencia en la modernidad capitalista, Foucault minimiza explícitamente la relevancia de cualquiera de los dos. Por lo tanto, en lugar de enfatizar lo «económico de lo falso», desvía su mirada hacia la «política de la verdad», y en este proceso considera que el concepto de discurso resulta un elemento más adecuado para analizar la ideología y la economía política. Desde este punto de vista, el discurso se entiende como algo que constituye al sujeto, o en concreto, «un único individuo puede ocupar sucesivamente en una serie de enunciados diferentes posiciones y tomar el papel de diferentes sujetos» (Foucault, 1975: 115). Si bien este concepto intenta incorporar tanto las ideas como la materialidad de los agentes sociales, así como las estructuras históricas que fomentan el cambio social, está lejos de dejar claro cómo se producen exactamente las transformaciones discursivas. Más específicamente, no está claro cómo y por qué el poder carcelario reemplaza al poder soberano y por qué y cómo se legitima popularmente esta transición histórica. Como se ha argumentado con anterioridad, el concepto de discurso de Foucault es demasiado vago y general para ayudar a explicar las sutilezas y las complejidades del cambio histórico. Además, a pesar de su crítica nominal de las ideas estructuralistas y marxistas, su concepto aún conserva gran parte de las mismas trampas analíticas que limitan estas teorías del poder (Malešević, 2006: 58-80). El concepto de discurso es particularmente inadecuado para tratar de comprender la dinámica de la acción violenta, ya que difumina los niveles macroorganizativos, ideológicos y microsolidarios de la acción social. En lugar de ser un producto de técnicas de normalización casi místicas e invisibles, la violencia se genera principalmente en organizaciones concretas, está legitimada por doctrinas ideológicas específicas y hace un llamamiento a redes particulares de solidaridad (véase el siguiente capítulo).
No hay duda de que Foucault ofrece una teoría más persuasiva de la violencia organizada que Elias. En algunos aspectos importantes, Foucault extiende el análisis weberiano (a través de Nietzsche) para explicar la compleja dinámica del poder y la violencia en el mundo moderno. Sin embargo, el enfoque de Foucault también se aparta de Weber en su marcada diferenciación entre poder y violencia y entre los poderes disciplinario y soberano, así como en su epistemología relativista. En última instancia, el diagnóstico foucaultiano de violencia organizada es insatisfactorio, ya que deja poco espacio para el estudio de las continuidades organizativas e ideológicas a través del tiempo y el espacio.
CONCLUSIÓN
La violencia es un concepto precario, propenso a múltiples interpretaciones. Si bien hay un acuerdo sobre los casos extremos, como el asesinato, no existe consenso en el otro polo de este continuo. Mientras que para algunos la violencia es principalmente física e intencional, para otros la mayoría de las formas de desigualdad entre los seres humanos podrían calificarse como actos violentos. En este capítulo se ha intentado encontrar un camino intermedio que se alejara de las definiciones demasiado intencionalistas y demasiado corporales, a la vez que se ha mantenido una distinción firme entre violencia y desigualdad. Por lo tanto, la violencia se define como un proceso social gradual que implica una acción intencional y no intencional que genera cambios de comportamiento coercitivos impuestos que provocan lesiones físicas, mentales o emocionales o, incluso, la muerte. En concreto, el capítulo se ha centrado en la violencia organizada, que se entiende como un proceso histórico a través del cual las organizaciones sociales generan resultados coercitivos. Para situar esta discusión dentro de un debate más amplio, se ha establecido un breve diálogo con las tres principales teorías sociológicas de la violencia organizada: los análisis de Weber, Elias y Foucault. Al identificar los principales puntos fuertes y débiles de cada una de estas perspectivas, se establece una base teórica para una aproximación sociológica alternativa que permita el estudio de la violencia organizada, como se detalla en el capítulo siguiente.
1 Esta sección del capítulo se basa en parte en Malešević y Ryan (2013).
2 Aquí solo me centraré en la violencia organizada. Para una crítica extensa de la interpretación de Elias de la violencia tanto interpersonal como organizada, véase Malešević y Ryan (2013).
3 El término empírico se usa aquí en un sentido general. No nos centraremos en las críticas históricas convencionales a Foucault, que destacan su arbitrariedad a la hora de datar acontecimientos y procesos. Por ejemplo, Foucault fecha el cambio al poder disciplinario en un periodo entre 1760-1840, pero los datos de Spierenburg (2004) indican que los cambios en las prácticas de castigo son anteriores y también continúan después de este periodo.
II. VIOLENCIA A LARGO PLAZO
INTRODUCCIÓN
A diferencia de muchos otros procesos sociales, el acto de la violencia exige por lo general una respuesta inmediata. La víctima podría contraatacar rápidamente o pedir retribución, venganza, sanción legal o al menos una justificación para ese ataque. Dado que la violencia no es algo natural para los seres humanos, los actos violentos suelen provocar sorpresa, tensión o conmoción y, como tales, implican un intento de reparación instantánea de lo que supone esta situación inusual. Este énfasis en la inmediatez también se refleja en las explicaciones de las ciencias sociales, que se centran en gran medida en las causas directas e inmediatas: frustración, ira, falta de respeto, de empatía, de autocontrol, sentido de injusticia, fanatismo religioso, disturbios patológicos, etc. Si bien estos factores pueden motivar algunos casos de violencia interpersonal, es poco probable que expliquen la transformación de la violencia organizada durante largos periodos de tiempo. Mientras que las frustraciones, la ira o el sentido de injusticia pueden desempeñar un papel en los motivos individuales para participar en una acción revolucionaria, una guerra o un genocidio, estos estados psicológicos no pueden explicar cómo y por qué las revoluciones, las guerras y los genocidios ocurren en primer lugar, o por qué esas emociones solo se materializan en algunas ocasiones y nunca lo hacen en la mayoría de los casos. Por lo tanto, para medir la dirección de la acción violenta a lo largo de los siglos, es necesario explorar contextos estructurales más amplios y ver cómo estos influyen en la dinámica de la violencia a lo largo del tiempo. En este capítulo se articula una versión de la perspectiva de la longue durée que tiene como objetivo comprender las dinámicas históricas de la violencia organizada, observando el papel que juegan los poderes organizativos e ideológicos en este proceso. También se analiza cómo el crecimiento de la capacidad organizativa y la penetración ideológica se vinculan con la transformación de la solidaridad grupal.
LA SOCIOLOGÍA DE LARGO ALCANCE
Este libro explora los orígenes y las transformaciones de la violencia a través de la perspectiva teórica de la longue durée, que destaca la importancia de los cambios estructurales que evolucionan lentamente. El concepto de la longue durée se asocia en gran medida con la segunda generación de la escuela histórica francesa de Annales, en la que se incluyen Fernand Braudel, Georges Duby, Pierre Goubert, Robert Mandrou, Pierre Chaunu, Jacques Le Goff y Ernest Labrousse. Estos académicos rechazaron la llamada «historia de los acontecimientos», que se vinculaba con marcos de tiempo a corto plazo e intentaba generar explicaciones causales sobre la base de factores concretos e inmediatos. Por su parte, la escuela de Annales articuló un enfoque que se centraba en las estructuras bien establecidas y que cambian lentamente. Por lo tanto, mientras que la historiografía convencional, centrada en los acontecimientos, se ocupaba de la crónica de episodios históricos concretos y en personalidades dominantes, el enfoque de la longue durée se centraba en los procesos a gran escala. Mientras que la historia del acontecimiento estudia las biografías de la elite, la historia de la longue durée da primacía a la reconstrucción histórica de los patrones estructurales y la acción colectiva a largo plazo. En lugar de la biografía, el énfasis está en la prosopografía, el estudio de las características comunes de distintos grupos y estructuras históricas (Stone, 1971). Como Collins (1999: 1) argumenta con razón, este tipo de análisis histórico longitudinal no necesita el microscopio social de la historiografía, sino el macroscopio social capaz de rastrear los patrones identificables que surgen de los procesos a largo plazo. Entre la escuela de Annales, el trabajo de Fernand Braudel fue el que tuvo un mayor impacto interdisciplinario. Sus monumentales obras, como El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (Braudel, 1973 [1949]) y Civilización material, economía y capitalismo (Braudel, 1979), se alejaron de los conceptos convencionales del cambio histórico y se centraron en la nación, al tiempo que enfatizaron las transformaciones estructurales a largo plazo. Aunque Braudel se centraba en el papel de los factores macroeconómicos y sociales, sus estudios también le permitieron identificar las complejidades y las contingencias a largo plazo que han determinado los siglos de historia europea.
A lo largo de los años, la longue durée se ha convertido no solo en una estrategia metodológica, sino también en un marco teórico distinto de análisis. Los sociólogos históricos, en particular, han abrazado la idea del largo plazo para rastrear el cambio social a gran escala. Esta forma de análisis sociológico ha evolucionado en diferentes direcciones, y algunos investigadores han ampliado la perspectiva socioeconómica inicial de Braudel para explicar los cambios históricos a nivel mundial: la teoría del sistema mundial (Wallerstein, 1989; Arrighi, 1994; Chase-Dunn, 1989). Otros han utilizado la idea de la longue durée para desarrollar análisis culturales de la formación de la nación (Smith, 2009a, 1986; Hutchinson, 2005; Armstrong, 1982). Sin embargo, dentro de la sociología histórica comparativa, la perspectiva a largo plazo tuvo mayor impacto en el estudio de los orígenes y el desarrollo del Estado (Mann, 2013, 2012, 1993, 1986; Tilly, 2003, 1992, 1985; Hall, 1985; Collins, 1999). A diferencia de los relatos tradicionales que consideraron a los Estados como entidades dadas y no problemáticas, estos sociólogos históricos comparativos intentaron identificar los procesos históricos contradictorios a largo plazo que intervienen en la formación del sistema estatal. En particular, estos estudios se centraron en el papel que desempeñaron los conflictos geopolíticos y militares en el ascenso y la caída del poder del Estado en Europa y otros continentes. Así, Tilly (1992) explora cómo las revoluciones militares de los siglos XVII y XVIII tuvieron impactos diferentes en la formación de los Estados en Europa, ya que algunos gobernantes cobraron tributos a los comerciantes urbanos, mientras que otros optaron por conquistar las tierras agrarias. Estas diferencias iniciales tuvieron un impacto a largo plazo en cuanto a la capacidad fiscal de los Estados, lo que en última instancia determinó su capacidad militar. En el mismo sentido, Mann analiza cómo la prolongada guerra en Europa y el aumento continuo del gasto militar llevaron a la penetración gradual del Estado en la sociedad civil (1993). Para asegurar la financiación, el reclutamiento y los recursos necesarios para ganar las guerras, los gobernantes europeos se vieron obligados a cooperar con sus sociedades civiles y a adaptarse a las demandas populares para ampliar los derechos de ciudadanía. Aunque la guerra y otras formas de violencia organizada desempeñan un papel importante en estos estudios, siguen siendo secundarios con respecto al objeto principal de la investigación: la formación del Estado. La intención en este libro es continuar con esta tradición de investigación, con el objetivo de impulsar el análisis de la longue durée en concreto hacia el estudio de la violencia organizada. Para ello, es necesario desarrollar un marco teórico adecuado que se centre en los orígenes y la transformación de la violencia organizada durante largos periodos de tiempo.
Y lo que es más importante, se defiende que las dinámicas sociales de la violencia organizada se captan mejor cuando se centran en los tres procesos históricos a largo plazo que determinaron su desarrollo: la burocratización acumulativa de la coerción, la ideologización centrífuga y el desarrollo de la microsolidaridad (Malešević, 2013a, 2010). Enfatizar estos tres procesos no significa que cubran todos los aspectos del cambio social o todas las formas de acción violenta a lo largo de la historia. En este sentido, el marco teórico utilizado no se contempla como un modelo causal capaz de explicar todos o los casos más significativos de violencia organizada a través del tiempo y el espacio. Los objetivos son mucho más modestos. La ambición es articular y utilizar un aparato conceptual y analítico concreto que permita evaluar la dirección del cambio social en relación con la violencia durante largos periodos de tiempo. En otras palabras, en lugar de identificar generalizaciones rígidas o probabilidades estadísticas sobre los orígenes y trayectorias de la violencia, la idea es observar los patrones de acción violenta desde la perspectiva de estos tres procesos históricos. Como se ha argumentado en trabajos anteriores (Malešević, 2004: 178-181), la ambición positivista de tratar el mundo social y natural como si fueran lo mismo no solo es imposible de lograr en las ciencias sociales sino que, sobre todo, estos intentos conducen normalmente a un callejón sin salida desde el punto de vista explicativo. Sin embargo, rechazar el positivismo no indica aceptar el subjetivismo relativista. Más bien, el objetivo es trabajar dentro de una versión más suave, reflexiva e históricamente arraigada del objetivismo que mantenga la opinión de que las generalizaciones interpretativas son posibles y deseables, siempre que tengan en cuenta que el mundo humano es sumamente contingente y está lleno de significados sociales y de consecuencias no deseadas de la acción individual y colectiva. Por lo tanto, este es un enfoque histórico interpretativo que se centra en los orígenes, el auge y la transformación de las organizaciones sociales, las ideologías y los patrones de solidaridad y el impacto que tienen sobre la violencia. Aunque estos tres procesos son profundamente interdependientes y se constituyen mutuamente, también es importante distinguir con cuidado las características principales de cada uno de ellos.
ORGANIZACIÓN SOCIAL Y VIOLENCIA
Existe una tendencia, dominante en el discurso público y aún muy arraigada en el mundo académico, a tratar a los grupos como generadores de acción social. Por ejemplo, los periódicos, los reportajes televisivos, algunos sitios web influyentes y muchas publicaciones académicas hablan constantemente de los violentos conflictos étnicos y religiosos que tienen lugar entre sunitas y chiitas en Irak, entre rusos y ucranianos en Ucrania o entre palestinos e israelíes en Oriente Medio. Asimismo, a menudo se hace referencia a los choques que se producen entre civilizaciones (Occidente frente a China), clases (campesinos indígenas bolivianos frente a terratenientes blancos), razas (asesinatos de adolescentes afroamericanos por policías blancos) o entre grupos con afiliaciones ideológicas opuestas (liberales frente a conservadores en Polonia). Sin embargo, desde los primeros trabajos de Weber (1968, 1946), los científicos sociales trabajan con una perspectiva más sutil de la acción grupal que busca diferenciar entre las afiliaciones por categoría (es decir, los sunitas, los rusos, los campesinos indígenas) y la acción social movilizada (es decir, organizaciones concretas que dicen hablar en nombre de los sunitas, los rusos y los campesinos indígenas). Este argumento se ha extendido recientemente y cuestiona la idea de que los grupos como tales son capaces de una acción colectiva prolongada. En cambio, se argumenta que las organizaciones sociales, y no los grupos o los individuos, son los principales agentes de conflicto (Malešević, 2006, 2010; Sinno, 2008).1 Por un lado, es muy raro ver a grupos enteros de individuos en conflicto entre ellos. Por ejemplo, incluso en guerras totales como la Segunda Guerra Mundial, cuando una gran proporción de la población se movilizó con éxito para el conflicto, solo una minoría de ciudadanos franceses, británicos o alemanes fueron desplegados en los campos de batalla. Por ejemplo, Reino Unido tuvo el mayor porcentaje de movilización entre todos los Estados involucrados, y llegó a alcanzar en un momento determinado el 22 % de su población total (Axelrod y Kingston, 2007). Sin embargo, incluso en este caso no todos los soldados terminaron en los campos de batalla, y casi el 80 % de la población nunca fue movilizada.
También es importante señalar que, dado que los individuos defienden diferentes intereses, valores, conocimientos y emociones y pueden percibir las mismas situaciones de manera diferente, es extremadamente difícil, si no imposible, generar una acción colectiva a gran escala sin ningún tipo de organización. Los autores que estudian las revoluciones (véase el capítulo VI) demuestran que no existe algo como un levantamiento popular espontáneo capaz de derrocar un gobierno en particular. Las revoluciones, las rebeliones y los levantamientos pueden tener éxito solo cuando son liderados por organizaciones sociales que funcionan bien. En pocas palabras, para poder comprender por completo la dinámica de la acción social, es necesario centrarse, no en grupos amorfos o individuos interesados en sí mismos, sino en organizaciones sociales concretas.
Entonces, ¿qué son las organizaciones sociales? Jenkins (2014: 170) define las organizaciones como un tipo particular de institución donde «siempre hay miembros [...] [que] se unen para buscar objetivos explícitos, que sirven para identificar a la organización; hay criterios para identificar y procesos para reclutar miembros; existe una división del trabajo en la especificación de las tareas y funciones especializadas realizadas por los diferentes miembros; y hay un patrón reconocido de toma de decisiones y asignación de tareas». También vale la pena enfatizar que los miembros de organizaciones sociales específicas no tienen que ser participantes activos o voluntarios. Por ejemplo, una prisión, o un campo de concentración, es una organización social compuesta por individuos que, aparte de los guardias y el personal técnico, están obligados a ser miembros (Sofsky, 1997). El fuerte elemento coercitivo también está presente en nuestra pertenencia a los Estados nación: como todos nacemos en ellos, estamos obligados a pagar impuestos, a acatar sus sistemas jurídicos, a enviar a nuestros hijos a sus instituciones educativas, a proporcionar información personal a las autoridades estatales cuando nos la solicitan, a participar en las elecciones (que, en algunos Estados, es obligatorio), a cumplir con el servicio militar y a adquirir documentos aprobados por el Estado para viajar, construir una casa, iniciar un negocio, etc. Por lo tanto, las organizaciones sociales establecen modelos determinados y prolongados de relaciones entre los individuos que son parte de una red organizativa más grande. En el mundo contemporáneo, los seres humanos son miembros de numerosas organizaciones sociales, y gran parte de su vida cotidiana depende de estas redes organizativas (véase el capítulo III). Sin embargo, los humanos no siempre han vivido en organizaciones sociales duraderas. Al contrario, durante gran parte de nuestra existencia en este planeta, la vida social ha sido por lo general desorganizada y precaria, ya que los primeros Homo sapiens sapiens lucharon por sobrevivir entre los depredadores carnívoros que habitaban la sabana africana. La supervivencia en este entorno potencialmente mortal requería una movilidad y una flexibilidad constantes, lo que estimulaba el desarrollo de unos vínculos sociales tenues que se centraban en grupos pequeños y flexibles, de dos o tres personas, articulados alrededor de una madre y uno o dos hijos.2 Cuando los humanos desarrollaron técnicas de supervivencia y abandonaron las sabanas primitivas, tendieron a congregarse en unidades sociales más grandes, pero aún muy maleables y móviles, como los grupos que iban en busca de alimento. La vida social de los cazadores-recolectores no requería mucha organización. Como tales, estas agrupaciones nómadas se caracterizaban por mantener unas relaciones sociales bastante igualitarias y centradas en el parentesco, por la falta de una división del trabajo claramente definida y por una disciplina débil y la ausencia de una estructura jerárquica específica. Es importante destacar que el Homo sapiens sapiens vivió en estas entidades tan pequeñas, no sedentarias, móviles y fluidas durante los casi 1,8 millones de años de existencia en este planeta. Aunque se podría argumentar que esos grupos, así como las unidades tribales más grandes, sí poseían formas rudimentarias de organización social (a menudo vinculadas a distinciones de estatus relativamente moderadas en términos de edad y género), esto aún estaba muy lejos de constituir los órdenes sociales institucionalizados, disciplinados y jerárquicamente establecidos que existieron desde el Neolítico temprano (véase el capítulo III).
Por lo tanto, cuando utilizamos el término organización social, nos referimos a las entidades jerárquicas complejas, definidas por una división regulada del trabajo y una acción social coordinada y disciplinada que implica la movilización y el control de un gran número de individuos y recursos. Las organizaciones sociales también tienden a establecer medios duraderos de comunicación, transporte, producción de conocimiento y ciertas prácticas culturales compartidas. Estas entidades se desarrollaron muy tarde en la historia de la humanidad, hace unos doce mil años, pero una vez que llegaron a existir lograron establecerse como la forma dominante de la vida social. Obviamente, como muestran los registros arqueológicos, este no fue un proceso evolutivo sencillo, ya que muchos de los intentos por establecer organizaciones complejas han acabado fracasando; algunas organizaciones duraderas se han desmoronado o han sido destruidas/absorbidas por otros participantes más poderosos, mientras que otras entidades reguladas complejas han vuelto a los grupos que buscan alimento previos a la existencia de una organización. Aunque se han producido muchos casos concretos de desintegración organizativa a lo largo de la historia, no ha habido vuelta atrás (hasta el momento) desde la aparición de la forma organizativa compleja como tal.
Además, una vez que se establecieron plenamente las primeras organizaciones sociales, como las jefaturas, los imperios, las ciudades-Estado y ligas de ciudades, la tendencia fue expandir la capacidad organizativa y el poder de esas entidades. En otras palabras, una vez establecido, el poder de las organizaciones ha experimentado un crecimiento continuo y acumulativo en los últimos doce mil años. Si bien este poder se muestra en diversas formas, incluidas, entre otras, las formas de administración patrimonial, gerontocrática, sultánica y burocrática, todas han demostrado ser mucho más efectivas para coordinar a un gran número de seres humanos que sus predecesoras anteriores a la organización. Sin embargo, como defendió de manera convincente Weber (1968), el nacimiento y la expansión del modelo burocrático fueron fundamentales para el surgimiento de las organizaciones sociales más exitosas. Los registros históricos demuestran que la organización burocrática es el mecanismo social más eficaz y práctico para mantener el orden y gobernar formaciones sociales complejas. A diferencia de sus alternativas, el gobierno burocrático favorece el uso del conocimiento, la división meritocrática del trabajo, el reclutamiento profesional, un sistema transparente y coherente de normas y regulaciones y la existencia de jerarquías impersonales. A pesar de que la burocracia suele definirse como un tipo moderno de gobierno administrativo, su presencia puede rastrearse con claridad en las antiguas civilizaciones, como Sumeria, Egipto, Roma y China. No hay duda de que los primeros órdenes burocráticos fueron bastante rudimentarios en comparación con los estándares actuales, ya que no poseían capacidades tecnológicas ni infraestructuras para penetrar profundamente en las sociedades que se encontraban bajo su control (Burbank y Cooper, 2010; Mann, 1986). Sin embargo, la competencia organizativa de los primeros imperios fue tan abrumadora en comparación con sus vecinos cazadores-recolectores que pudieron ampliar rápidamente su influencia sobre grandes espacios de territorio y absorber cada cierto tiempo a las tribus y grupos vecinos que se dedicaban a buscar alimento. No es una coincidencia que el surgimiento de las primeras organizaciones sociales de carácter burocrático, y por lo tanto las civilizaciones, surgieran al mismo tiempo que la institución de la guerra y otras formas de violencia organizada.
Como se ha argumentado con anterioridad, para entender este desarrollo histórico es fundamental estudiar las burocracias desde la perspectiva del poder coercitivo (Malešević, 2010). Lo que distingue a las organizaciones sociales efectivas de sus predecesores menos organizados es la disciplina. Weber (1968: 1152) insiste en que la disciplina es el ingrediente clave de la racionalidad burocrática. Sin embargo, la disciplina no es algo que se desarrolle de manera espontánea y voluntaria. Por el contrario, tanto la disciplina como el autocontrol son producto de una intensa presión social. En el mundo de los cazadores-recolectores, esto se logra ocasional y temporalmente a través de determinadas prácticas culturales (como los tabúes, el maná, la magia, etc.), que fomentan un grado de restricción que permite una acción colectiva prolongada. Con el desarrollo y la expansión de las organizaciones burocráticas, la acción disciplinaria se vuelve permanente y más generalizada, ya que la propia existencia de las organizaciones sociales depende de su capacidad para imponer y mantener un orden disciplinado. Como los seres humanos no están predispuestos por naturaleza a la moderación y la disciplina, suelen recurrir a mecanismos coercitivos (e ideológicos) para implementar esa acción. Por lo tanto, la otra cara de la disciplina es la obediencia y la aceptación del control externo, que conlleva una amenaza coercitiva. Para que las organizaciones sociales sean efectivas, deben tener una cadena de mando clara, jerarquías bien establecidas, una división del trabajo desarrollada y regulada, un estricto cumplimiento de las normas y regulaciones, etc. Si bien la mayoría de las organizaciones sociales implementan estrategias de legitimidad efectivas para mantener el orden organizativo existente (véase más adelante), el principal factor disuasorio para no cumplir las reglas sigue siendo la coacción, desde sanciones económicas y degradaciones hasta la pérdida del rol establecido dentro de la organización, la prisión o, incluso, la muerte, dependiendo de la naturaleza de la empresa burocrática. La cuestión clave aquí es que el éxito del modelo burocrático de gobierno se basa en su capacidad coercitiva efectiva.3 Aunque las formas de organización patrimoniales o sultánicas son nominalmente mucho más beligerantes, ya que los gobernantes principales conservan en última instancia el derecho a la vida y a la muerte sobre sus súbditos (por ejemplo, Gengis Kan o Atila, rey de los hunos), la composición interna de sus respectivas organizaciones mitiga la capacidad de mejorar el poder organizativo (e ideológico) que permitiría el uso efectivo de la coerción. En otras palabras, precisamente porque el patrimonialismo, el sultanato y otras formas de dominación no burocráticas se centran en los gobernantes a título individual, siguen siendo débiles desde el punto de vista organizativo e incapaces de penetrar por completo en el orden social bajo su control nominal. Es sumamente indicativo que, una vez que el gobernante patrimonial/sultánico muere, todo el orden tiende a derrumbarse. Esto rara vez sucede con los sistemas burocráticos, ya que pueden soportar el cambio de líder sin demasiados trastornos.
Además de tener esta calidad coercitiva intrínseca, las organizaciones sociales burocráticas generalmente aspiran a acumular cada vez más poder organizativo, y con frecuencia lo logran. En este proceso, algunas organizaciones sociales son presa de sus homólogos más fuertes o más eficientes, otras exceden sus posibilidades y se hunden, y otras buscan deliberadamente la plena integración en otras organizaciones. Sin embargo, la capacidad organizativa coercitiva como tal ha seguido aumentando desde su inicio hace doce mil años. Aunque a menudo se considera que el Imperio romano o el chino son el paradigma de una maquinaria organizativa omnipotente que controlaba a millones de individuos y territorios enormes, sus capacidades infraestructurales eran débiles en comparación con cualquier pequeño Estado europeo actual. Por ejemplo, en el punto máximo de su poder, toda la administración civil del Imperio romano, que controlaba más de 3 millones de kilómetros cuadrados y a más de 70 millones de personas, solo estaba formada por 300-400 funcionarios (Mann, 1986: 266, 274). Asimismo, la administración del enorme Imperio chino bajo el primer emperador Ming (1371) fue llevada a cabo por menos de 5.500 mandarines (Hall, 1988: 21). Hoy en día, incluso los Estados más pequeños, al igual que las corporaciones privadas de tamaño medio, tienen enormes aparatos burocráticos. Por lo tanto, en 2009, la pequeña Montenegro, con una población de unos 600.000 habitantes, tenía más de 50.000 empleados estatales (Cohen, 2010: 47). Además, dado que la capacidad organizativa sigue dependiendo de la tecnología, la ciencia, los niveles de alfabetización, las redes de comunicación e información, entre otras cosas, ninguna entidad política premoderna podría tener el poder organizativo que caracteriza a las burocracias contemporáneas. En pocas palabras, hay razones objetivas y estructurales por las que el poder organizativo aumenta a lo largo de la historia y, en particular, por las que este aumento ha sido drástico en la Edad Moderna. Este mismo razonamiento estructural ha hecho que este proceso sea (hasta ahora) acumulativo. Por eso se denomina a este fenómeno de longue durée la burocratización acumulativa de la coerción. Este es un proceso histórico abierto que hasta ahora ha sido definido por el aumento continuado de la capacidad organizativa y el poder coercitivo (y también ideológico), que se ha utilizado para pacificar el entorno social bajo su control. Este crecimiento del poder burocrático ha sido más visible en la formación del Estado, ya que los imperios modernizadores reemplazaron a los grandes imperios, a las ciudades-Estado, a reinos complejos o a las confederaciones tribales, que a su vez fueron reemplazados, en gran medida, por los Estados nación. Sin embargo, el aumento del poder organizativo y coercitivo también es una característica de las entidades no estatales, desde corporaciones empresariales privadas, movimientos sociales consolidados, asociaciones políticas y terroristas clandestinas y organizaciones religiosas institucionalizadas hasta instituciones internacionales como el Banco Mundial, la Unión Europea o Naciones Unidas. Parte de este poder se refleja en la capacidad de los Estados nacionales para monopolizar el uso de la fuerza sobre sus territorios, mientras que las organizaciones no estatales lo utilizan para controlar a sus miembros y para infligir daños simbólicos o reales a los monopolios coercitivos e ideológicos de los Estados nación. En la mayoría de los casos, la acumulación de poder coercitivo/organizativo, tanto para las entidades políticas como para las organizaciones no gubernamentales, ha sido acumulativa, ya que ha seguido creciendo durante los últimos doce mil años, una acumulación que no ha hecho más que intensificarse en los últimos trescientos años. Además, la capacidad organizativa continúa desarrollándose en términos de la capacidad de sus infraestructuras, una mayor penetración social y un mayor alcance territorial (Malešević 2013a, 2013b, 2011).
Dado que la base de las organizaciones sociales es el poder coercitivo, ellas son los principales vehículos de la violencia. El punto de vista popular, reforzado por el predominio del paradigma hobbesiano en las ciencias sociales, considera a los seres humanos como criaturas intrínsecamente violentas (Fukuyama, 2011; Pinker, 2011; Elias, 2000). Desde esta perspectiva, nuestra inclinación básica a la violencia se ha visto limitada y superada de manera gradual por el establecimiento de instituciones poderosas y duraderas como el Estado, la sociedad civil, el capitalismo o la civilización. El argumento es que a medida que tales instituciones ganan fuerza, frustran los conflictos, eliminando así la violencia de las interacciones humanas diarias y asegurando una paz y un orden duraderos. Frente a este punto de vista, se mantiene que los seres humanos no están predispuestos de manera natural ni a la violencia ni a la paz: carecemos de requisitos biológicos reconocibles para luchar, y no somos naturalmente propensos a vivir en asociaciones congruentes muy grandes (véanse los capítulos III y IX). En cambio, el desarrollo de organizaciones sociales complejas es lo que ha impulsado la proliferación de actos violentos. Por lo tanto, en lugar de ahogar los presuntos impulsos agresivos genéticamente programados, las organizaciones sociales crean las condiciones para el conflicto y también fomentan la expansión de la violencia entre los seres humanos. El poder organizativo ha demostrado ser crucial para movilizar con éxito a grandes grupos de individuos, así como para mantener a esos individuos en sus roles específicos. No habría guerras, revoluciones, genocidios, insurgencias o terrorismo sin organizaciones sociales duraderas. Las entidades burocráticas están ahí para asegurarse de que las personas pagan impuestos, gravámenes o tributos que financian conflictos violentos; que están disponibles para ser reclutadas cuando las organizaciones necesitan combatientes; que están produciendo armas, equipos y recursos para futuros enfrentamientos; que brindan apoyo popular al uso de la violencia en causas organizativas; y que los seres humanos cumplen con tantas otras demandas organizativas. Por tanto, históricamente, el poder coercitivo de las organizaciones ha sido decisivo para la subordinación generalizada.
Esto no quiere decir que las organizaciones sean entidades sobrehumanas con voluntad propia. La intención aquí no es cosificar el poder de las organizaciones. Como argumenta Sinno (2008: 25), este término es una especie de metáfora utilizada como un «modelo parco y simplificado» para el «conjunto específico de relaciones que generalmente funcionan de forma mucho más coherente y convincente de lo que implica la metáfora». En otras palabras, al igual que con cualquier otro concepto sociológico importante, este término es un intento de imponer un orden analítico en una realidad histórica siempre desordenada. De acuerdo con el pensamiento constructivista, las categorías de lenguaje que utilizamos para describir y explicar las relaciones sociales son inevitablemente provisionales, ya que nunca pueden reflejar plenamente realidades sociales complejas, contradictorias y dinámicas. Sin embargo, para no acabar en trampas relativistas que resultan contraproducentes, es necesario idear y utilizar conceptos para comprender e identificar tendencias históricas similares. En este contexto, las organizaciones sociales son consideradas el espacio principal de las relaciones sociales violentas a lo largo de la historia. Además, tal como se mantiene en este libro, se puede observar una relación inversamente proporcional entre el aumento de la capacidad organizativa y la paz: a medida que las organizaciones burocráticas se desarrollan, se expanden y penetran en los órdenes sociales bajo su control, tienden a obtener mayores capacidades coercitivas y tienen más probabilidades de generar violencia. Como se verá en el capítulo IV, los registros históricos muestran el aumento drástico y continuo tanto de la estructura organizativa burocrática como del poder coercitivo de esas organizaciones. Además, hasta la segunda mitad del siglo XX, esta capacidad organizativa ampliada se ha traducido, por lo general, en una acción violenta intensa que supone un incremento en el número de víctimas humanas y la destrucción del medio ambiente. Si bien la magnitud inusitada de los excesos violentos alcanzada a principios del siglo XX no se ha repetido en las últimas décadas, la expansión continua del poder coercitivo y organizativo sugiere que esa posibilidad todavía esté muy presente.
IDEOLOGÍA Y VIOLENCIA
La expansión cada vez mayor de las organizaciones suele asociarse con la imagen de una maquinaria burocrática fría y racional donde los humanos no son más que meros engranajes en ese sistema mecánico gigante y enormemente distante. Tanto la metáfora de Weber (1930) de la «jaula de hierro» como el concepto de Mann (1986) de la «jaula social» expresan algo de ese carácter alienante de las organizaciones burocráticas. Hay pocas dudas acerca de que las organizaciones eficientes y en pleno funcionamiento, que se basan en los principios de la racionalidad instrumental, la división regulada del trabajo y la consecución de objetivos tienden a fomentar la uniformidad. La ambición última de cualquier orden burocrático es cumplir con todos los requisitos asociados con lo que Weber (1968) denominó el tipo ideal de autoridad legal-racional: el orden que sigue un sistema coherente de normas y regulaciones abstractas y escritas; la profesionalización meritocrática del personal que debe someterse a una capacitación prolongada e institucionalizada; la existencia de sistemas de promoción fijos y transparentes basados en las aptitudes, la competencia y la experiencia; así como una estructura de poder que es impersonal y está regulada por reglas escritas, mientras que la autoridad se deriva de su lugar en un sistema jerárquico transparente. Aunque ninguna organización social en el mundo ha logrado asemejarse por completo a este tipo ideal, la aspiración universal es trabajar para cumplir estos requisitos tanto como sea posible. Sin embargo, como las organizaciones sociales modernas pretenden emular estos principios burocráticos, inevitablemente tienden a parecerse entre sí. Los ideales de la racionalidad instrumental fomentan el desarrollo de un entorno organizativo que es muy similar, si no idéntico. Como destacó Weber (1968), una vez que la acción social se centra solo en el cálculo racional, el control y la eficiencia teleológica, genera un grado sustancial de similitud. La burocracia racionaliza las relaciones sociales y, de este modo, fomenta la disolución de vínculos personales fuertes, vínculos de parentesco, lealtades de clan o incluso lealtades familiares que se basan normalmente en principios arbitrarios asociados con los vínculos emocionales y otros lazos personalizados. Si bien las corporaciones de hoy en día se enorgullecen de utilizar reglas meritocráticas estrictas que no discriminan a sus empleados en términos de género, etnia, orientación religiosa o sexual, ningún progenitor cariñoso estaría dispuesto a aplicar estos mismos criterios si se tratara de sus hijos frente a los de otra persona. Seguimos queriendo más a nuestros hijos, y los privilegiamos sobre cualquier otra persona, y esto nunca se basa en su eficiencia, productividad o éxito. En este sentido, la máxima de Tolstoi de que todas las familias felices son iguales, mientras que las infelices son todas infelices a su manera, también se aplica, en cierta medida, a las organizaciones sociales: mientras que las burocracias que responden a ese tipo ideal se asemejan unas a otras, los órdenes no burocráticos se malogran o son felices a su manera.
Sin embargo, como los seres humanos no son robots sino criaturas complejas que evolucionan también gracias a los fuertes compromisos emocionales, no aceptan por lo general este impulso casi universal hacia la igualdad. A nadie le gusta trabajar o vivir en un entorno donde todo se ve igual y donde las relaciones sociales se reducen a normas de conducta codificadas. Incluso en las organizaciones que insisten en una uniformidad rígida, como las prisiones y los cuarteles militares o, incluso, los cubículos de las grandes organizaciones corporativas, los individuos encuentran la forma de hacer frente a esta uniformidad personalizando sus espacios y relaciones sociales (colocan carteles, pegatinas y fotos familiares en el lugar de trabajo/prisión/establecimiento militar para socializar con los compañeros de trabajo dentro y fuera de la mirada burocrática).
Si bien la coerción y la remuneración económica son importantes para establecer y hacer que funcionen las organizaciones sociales sólidas, a largo plazo no son suficientes. Es más, casi todas las burocracias duraderas también requieren un vínculo social más específico que motive a sus miembros y mantenga unidas a estas entidades. A lo largo de la historia, las organizaciones sociales solían depender de diferentes mecanismos culturales para asegurar su legitimidad, así como para movilizar un cierto grado de apoyo popular. Por ejemplo, los reinos complejos y los grandes imperios utilizaron los principios religiosos, como la idea de los derechos divinos de los gobernantes, para justificar la estructura social existente. Del mismo modo, las compañías privilegiadas como la Compañía de las Indias Orientales o la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales utilizaron por lo general el lenguaje de la misión civilizadora tanto para legitimar su expansión colonial como para justificar su existencia ante sus empleados. Hoy en día, los Estados nacionales dependen del nacionalismo para mantener el apoyo popular y para movilizar a la opinión pública frente a un curso de acción particular.
Sin embargo, esto no quiere decir que el mundo premoderno requiriera tanta justificación popular como se necesita hoy en día. Cuando los gobernantes de los grandes imperios o de los primeros reinos libraban guerras o emprendían persecuciones en el interior, estaban interesados en obtener todo el apoyo posible; sin embargo, ese apoyo provenía solo de un grupo por lo general muy pequeño: el resto de aristócratas y el alto clero. La mayoría de la población era mayoritariamente campesina y, por lo tanto, estaba excluida de la política y los asuntos militares. Además, tradicionalmente, era percibida como una gran aglomeración inferior, casi infrahumana, por lo que había poca necesidad por parte de la organización de justificar las decisiones políticas. Por lo tanto, el principio de los derechos divinos y otras doctrinas religiosas eran en realidad más protoideologías que doctrinas ideológicas de pleno derecho (Malešević, 2013a, 2010). En cambio, el nacimiento y la expansión de la modernidad están asociados con una penetración ideológica mucho más profunda. Una vez que los ideales de humanidad, igualdad, libertad y fraternidad ocupan un lugar central y reemplazan a las autoridades sobrenaturales como fuente dominante de la legitimidad organizativa, el poder ideológico se vuelve mucho más importante. La penetración ideológica implica tasas de alfabetización sustancialmente mayores; la impresión masiva de libros, folletos, revistas y periódicos asequibles y económicos; el desarrollo de la esfera pública; la existencia del servicio militar; el crecimiento de la urbanización, y la existencia de sistemas educativos de masas, entre otros. Todo ello ayuda a politizar a los ciudadanos comunes (Breuilly, 1993; Gellner, 1983; Nairn, 1977).
Desde las revoluciones francesa y estadounidense, las doctrinas ideológicas populares proliferaron al responder a la pregunta sobre qué constituye un orden social justo y deseable, que ya no era una prerrogativa exclusiva de las elites. En este contexto históricamente transformado, la burocratización acumulativa de la coerción se acompaña por lo general de lo que denominamos una ideologización centrífuga (Malešević, 2013, 2010). También es un fenómeno histórico, un proceso a escala masiva generado por la organización, caracterizado por el impacto cada vez mayor de los principios ideológicos específicos en la vida cotidiana de las poblaciones. Tanto la Ilustración como el Romanticismo generaron diferentes visiones doctrinales del mundo, en su mayoría seculares, por lo que estos principios ideológicos fueron adoptados de manera gradual tanto por las nuevas organizaciones sociales como por las poblaciones recientemente politizadas. Si bien los discursos ideológicos que surgieron pudieron apelar de diferente manera a los diversos estratos sociales, las organizaciones sociales más exitosas pudieron articular narrativas que resultaron atractivas para sectores más amplios de la población. De ahí que las versiones del conservadurismo atraigan generalmente a los pequeños agricultores y a los soldados tanto como al clero, los antiguos aristócratas o los grandes terratenientes; que los discursos liberales atraigan a los empresarios tanto como a los estudiantes universitarios o intelectuales de clase media; que las narrativas socialistas atraigan a los trabajadores sindicalizados y a los campesinos sin tierra tanto como a los intelectuales radicales, mientras que las diferentes formas de nacionalismo apelen por lo general a la mayoría de las poblaciones que habitan en los Estados nación. Aunque las elites suelen formular y propagar las doctrinas ideológicas, en la Edad Moderna se convierten progresivamente en un fenómeno de masas. La modernidad estimula la bifurcación ideológica, ya que las diversas organizaciones sociales tienen que competir por las «almas» de sus futuros seguidores. Esto incluye a los partidos políticos, los movimientos sociales, las redes y asociaciones de la sociedad civil, las organizaciones clandestinas, los Estados nación, las Iglesias y las corporaciones comerciales, a los que se les exige que ofrezcan perspectivas y modelos normativos distintos para un futuro mejor. Esta característica competitiva de la ideologización indica por qué este proceso es de naturaleza centrífuga: aunque por lo general proyecta imágenes de unidad ideológica y armonía social, ya que la ideologización actúa en el mundo de las organizaciones sociales muy competitivas, inevitablemente fomenta la polarización organizativa e ideológica. En consecuencia, nunca hay disponible una forma de liberalismo, socialismo, conservadurismo, nacionalismo, anarquismo, republicanismo, ecologismo o fundamentalismo religioso o de mercado. En cambio, los principales ideólogos de las diferentes organizaciones sociales formulan y difunden articulaciones diferentes de estas y otras doctrinas ideológicas con el objetivo de convencer al público de que sus interpretaciones son mejores, más veraces, más prácticas de poner en marcha o más éticas, o que son la única organización capaz de lograr estos objetivos ideológicos. De ahí que la ideologización sea un proceso centrífugo en dos sentidos. Por una parte, se desarrolla y actúa desde el centro de la organización hacia fuera. El discurso ideológico específico se irradia, en las distintas organizaciones sociales, desde arriba (es decir, el Estado nación, la Iglesia, un movimiento social, etc.) hacia sectores más amplios de la población. De la misma manera que la centrifugadora en la lavadora hace girar la ropa húmeda a altas velocidades para eliminar el exceso de agua y, en este proceso, arroja miles de gotas de agua, también lo hace el vórtice organizativo, que gira y dispersa su mensaje ideológico hacia una audiencia receptiva. Por otra parte, este es un proceso muy competitivo que involucra a dos o más organizaciones sociales rivales que luchan por dispersar su doctrina a una población más amplia, al tiempo que intentan deslegitimar a sus rivales.
Si bien los proyectos ideológicos son pilares de la modernidad, como lo demuestra el asombroso ascenso y caída del fascismo, el nazismo, el estalinismo, el maoísmo, el anarquismo, el liberalismo clásico y muchos otros modernismos, la ideologización es especialmente importante en el contexto de la violencia. Como los actos violentos, por definición, generalmente se consideran ilícitos e inmorales, requieren mucha más justificación que otras formas de acción social. A lo largo de la historia, incluso los gobernantes más poderosos y venerados tuvieron que proporcionar algún tipo de justificación para torturar o matar a otros seres humanos. Por ejemplo, en el libro del Éxodo, cuando el faraón ordena a las parteras israelitas que den muerte a todos los primogénitos varones recién nacidos, se explica que esto se hace porque la tasa de natalidad de los israelitas ha aumentado tanto que estos habían empezado a superar en número a los egipcios (1:9). Aunque se trata de una historia bíblica más que de un acontecimiento histórico real, también demuestra que incluso los gobernantes omnipotentes, como los faraones, debían justificar el uso de la violencia. En parte, esto se debe a la propensión casi universal de los seres humanos a proscribir el uso de una violencia excesiva en la vida cotidiana. Obviamente, no es una coincidencia que las principales tradiciones religiosas condenen la violencia, y que muchas consideren que matar a otro ser humano es un pecado mortal. Por lo tanto, todas las organizaciones sociales tienen que proporcionar mecanismos justificativos creíbles para desplegar una acción coercitiva. Esto se ve aún más claro en el caso de las organizaciones que se especializan en el uso de la violencia, como los ejércitos, la policía, las empresas de seguridad privada, las milicias, los grupos paramilitares, las unidades armadas clandestinas, etc.
Sin embargo, como los órdenes sociales premodernos no necesitaban de tanta justificación como en la actualidad, era más aceptable el asesinato o la tortura de aquellos que eran considerados una amenaza para determinadas organizaciones sociales como los imperios, los pueblos libres, las entidades clericales o los gremios empresariales. En un mundo donde se consideraba que los seres humanos no tenían el mismo valor moral, el uso de la violencia era tolerado y aprobado a menudo si se ajustaba a la estructura social establecida. En la Europa medieval, la aristocracia tenía derecho a torturar o asesinar a los campesinos que no seguían las normas. Por ejemplo, en el siglo XIV, las rebeliones campesinas fueron aplastadas con la mayor severidad, ya que los aristócratas consideraban que los campesinos no eran mejores que los animales. Las Crónicas de Froissart documentan la actitud dominante: «los caballeros no tenían que tratar a sus enemigos según la ley de armas. Los campesinos no eran humanos; su comportamiento, así como su apariencia, los delataban como animales» (Brown, 2011: 271). Asimismo, las doctrinas religiosas solían justificar el uso de la violencia contra aquellos que se consideraban paganos o seguidores de otras religiones. Las tres principales religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islam, han proporcionado argumentos teológicos para legitimar la violencia en este contexto, desde guerras estipuladas por la religión en la Biblia hebrea (las historias de los amalecitas, madianitas o la batalla de Jericó) hasta la teoría de la guerra justa de San Agustín, las Cruzadas y la Inquisición en el cristianismo, o la yihad en el islam.
En el ambiente posterior a la Ilustración, estas formas de justificación protoideológica perdieron gran parte de su impacto. Uno de los principales legados de las revoluciones francesa y estadounidense fue la idea de la igualdad moral de los seres humanos. Si bien este principio tardó mucho tiempo en cristalizarse, una vez que adquirió el reconocimiento popular y se afianzó en los sistemas legales de los Estados nacionales modernos, tuvo profundas implicaciones en la legitimación de la violencia. Cuando se reconoce que todos los seres humanos tienen el mismo valor moral y cuando se conceptualiza la violencia como un remanente bárbaro del pasado, como es el caso de las doctrinas ilustradas, entonces no se puede desplegar una acción violenta utilizando criterios normativos premodernos. En cambio, en la modernidad, la violencia se utiliza y se justifica por lo general en relación con la implementación de un mundo mejor o más justo. Dado que no existe un conjunto universalmente aceptado de parámetros de lo que constituye una realidad social ideal, ni de cómo alcanzar ese mundo ideal, la modernidad estimula la proliferación de diversas doctrinas ideológicas. A pesar de que se ofrecen perspectivas muy diferentes, e incluso mutuamente excluyentes, de un futuro mejor, estos programas ideológicos tienden a mostrar una gran similitud en términos de fervor doctrinal y organizativo. En pocas palabras, muchos discursos ideológicos modernos adoptan imágenes totalizadoras del cambio social. A diferencia de los sistemas de creencias tradicionales, algunos de los cuales eran nominalmente puristas aunque en la realidad cotidiana solían actuar de una manera más desordenada y, por lo tanto, flexible, muchos movimientos ideológicos modernos inspirados en la Ilustración y el Romanticismo toman su purismo mucho más en serio. Además, las ideologías modernas, incluidos los fundamentalismos religiosos modernizadores, a menudo se construyen alrededor de proyectos centrados en la ingeniería social a gran escala. Si sus defensores entienden que una doctrina ideológica concreta posee el conocimiento universal y el modelo para un orden social perfecto, entonces cualquier oposición a la realización de esa utopía será interpretada por sus seguidores como un producto del mal. Y no hay que transigir con el mal; solo puede ser aplastado. Por lo tanto, en lugar de utilizar la violencia para suprimir las demandas de unos campesinos inferiores por naturaleza o de unos no creyentes malvados, como sucedió con las cosmovisiones premodernas, las ideologías modernas cambian su enfoque hacia el castigo de aquellos que niegan la igualdad de derechos para todos. En otras palabras, mientras que en el universo premoderno la violencia se usa para reafirmar el orden social existente, profundamente jerárquico, en la modernidad la violencia se despliega con frecuencia para promover el cambio social. Sin embargo, las ambiciones totalizadoras de las ideologías modernas, respaldadas por un poder organizativo superior, el conocimiento científico y un tipo particular de universalismo moral, han demostrado ser extremadamente potentes para justificar y generar un apoyo popular a gran escala que despliegue un volumen de violencia sin precedentes. Como se argumenta en los capítulos IV y VII, esta combinación peculiar de poder organizativo e ideológico avanzado ha resultado decisiva para intensificar la violencia organizada y las relaciones sociales coercitivas en la modernidad.
Aunque la Edad Moderna ha sido testigo de un alto grado de compatibilidad entre el poder organizativo y el ideológico, también existen fuertes tensiones estructurales en esta relación. A medida que las organizaciones sociales modernas adoptan el modelo burocrático de desarrollo, se sienten atraídas por principios que privilegian la ciencia por encima de otros tipos alternativos de adquisición de conocimientos. Como señaló Weber (1968), una forma legal-racional de autoridad es principalmente la dominación a través del conocimiento. En este contexto, para que las organizaciones burocráticas tengan éxito, tienen que generar y utilizar la información y los datos más fiables y actualizados. Por ejemplo, si ExxonMobil Corporation o Toyota pretenden ampliar su producción, como corporaciones requieren la información más fiable disponible sobre su capacidad organizativa para expandirse aún más, la viabilidad a largo plazo de los mercados potenciales, los costes de producción, transporte y energía, la sindicalización de la fuerza laboral, etc. Como tales, también necesitan datos específicos sobre la calidad y disponibilidad de petróleo o sobre materiales para la producción de automóviles en diferentes partes del mundo, respectivamente. Se pueden asegurar este tipo de información de varias maneras: a través de meras suposiciones hechas por la directiva de la corporación, consultando un oráculo o a un hechicero, solicitando asesoramiento a los empleados más veteranos de cada empresa, esperando una señal de los dioses y contratando a científicos que realicen estudios empíricos detallados sobre cada uno de estos temas. Obviamente, todas las corporaciones burocráticas se decantarán por la última opción, ya que se considera que la ciencia es el mecanismo más seguro para generar información fiable. Además, toda la empresa burocrática se construye en torno a una idea que privilegia la verdad (científica) sobre los valores comunitarios. Mientras que las organizaciones premodernas suelen basarse en una serie de principios epistemológicos, las burocracias modernas reconocen un solo principio, ya que el uso del conocimiento científico ha resultado ser decisivo para dirigir una organización social efectiva y exitosa.
Sin embargo, como el conocimiento científico es frío y racional, no puede vincular a los miembros de una organización social concreta. Como defiende Gellner (1988: 272) con fuerza: «la cohesión social no puede estar basada en la verdad. La verdad no es la guinda del pavo y no legitima ningún ordenamiento social». Como el conocimiento puro es factual, tosco y fríamente racional, no puede por sí mismo vincular a los seres humanos ni proporcionar consuelo. La verdad no te hace libre; las explicaciones son inevitablemente frías, directas y no tienen corazón. Contarle a un niño la simple verdad de que no existe ni el ratoncito Pérez ni Papá Noel le hará estar mejor informado, pero también es probable que esa información hiera sus sentimientos. Mientras que Marx y Durkheim consideraron que la alienación y la anomia, respectivamente, eran procesos modernos que se alejaban del verdadero yo, es realmente la verdad, y no las ilusiones, lo que aliena. A diferencia de la religión, la cultura o la ideología, que proporcionan significados y calor comunitario a los seres humanos, la verdad científica es espeluznantemente poco sentimental. Los auténticos creyentes que asisten a una ceremonia religiosa, los miembros de una tribu que participan en la danza de la lluvia o aquellos que realmente se emocionan cuando suena el himno nacional forjan un sentido intenso de pertenencia, no a través de la verdad, sino a través de la falsedad compartida. Cuando se dan cuenta de que la danza no atrae la lluvia, de que no hay dios o de que los rituales nacionalistas son invenciones recientes, adquieren el conocimiento a costa de la solidaridad comunitaria. La verdad fría y racional arroja luz, pero el precio es muy alto: la soledad, la privación emocional y la falta de significado.
Por lo tanto, como los seres humanos son ante todo criaturas emocionales, todas las organizaciones sociales requieren de un vínculo social fuerte que aporte la cohesión necesaria para mantenerlos unidos. Gran parte de este vínculo se genera a través de la ideologización centrífuga que proporciona los ingredientes ideales para la cohesión doctrinal de la organización. Sin embargo, esta nunca supone un proceso sencillo y libre de controversias, sino que está plagado de tensiones, ya que los principios burocráticos e ideológicos entran en conflicto. Para resolver o sortear estas tensiones inherentes, las organizaciones sociales más eficientes han logrado vincular los procesos ideológicos y organizativos con la microsolidaridad.
SOLIDARIDAD Y VIOLENCIA
Hasta ahora, nos hemos centrado fundamentalmente en procesos de nivel macro. Tanto la burocratización acumulativa de la coerción como la ideologización centrífuga implican la presencia de estructuras a gran escala: Estados nación, imperios, corporaciones privadas, redes de la sociedad civil, movimientos sociales, organizaciones políticas clandestinas, etc. El potencial ideológico de esas organizaciones es normalmente vasto, y el contenido de sus mensajes doctrinales llega, por lo general, a un gran público. En este sentido, la ideologización funciona como un amplio vínculo que mantiene unidas a grandes instituciones y a muchas personas. Todo esto podría sugerir que la agencia no importa y que los seres humanos no son más que peones de unas fuerzas estructurales gigantes que están fuera de su control. Además, centrarse en las organizaciones y en las ideologías también podría implicar que la recepción de los discursos ideológicos es simple y automática y que los seres humanos están predispuestos por naturaleza a vivir en enormes estructuras organizativas. Desde luego, esto no es así. Las voluntades individuales son muy importantes, y las organizaciones y las ideologías sociales solo pueden actuar con éxito cuando se abordan las necesidades y los deseos cognitivos, emocionales y conativos de las personas. Precisamente porque el comportamiento de los agentes individuales y colectivos importa en tantos niveles, la historia de la violencia organizada está llena de episodios impredecibles, de desenlaces totalmente contingentes y de consecuencias no deseadas de la acción social. Si no fuera así, sería difícil explicar por qué organizaciones sociales complejas muy similares, infundidas con principios ideológicos casi idénticos, experimentan trayectorias completamente diferentes. Por ejemplo, no está del todo claro por qué durante la Gran recesión de 2008 se permitió que algunos bancos de inversión quebraran, mientras que otros fueron rescatados por los Gobiernos. Si se compara el ascenso y la caída de Lehman Brothers con los de Goldman Sachs, es evidente que se tomó una decisión política relativamente arbitraria para salvar al segundo y no al primero. Asimismo, la voluntad individual de los gobernantes ha sido con frecuencia un factor determinante en la historia de la guerra. En este contexto, el colapso de un sistema político concreto solía basarse en las decisiones individuales contingentes tomadas con respecto a qué sistema político vecino se debía atacar y cuáles se librarían. Por ejemplo, durante los periodos de Primavera y Otoño y de los Reinos Combatientes en la antigua China (656-221 a. C.), más de treinta pequeños reinos se involucraron en una guerra intensa y periódica en la que las lealtades estaban sumidas en el caos total y las alianzas cambiaban constantemente en función, sobre todo, de las decisiones relativamente arbitrarias tomadas por los gobernantes (Tin-bor Hui, 2005).
Además, como se observa en los registros de la prehistoria y la historia antigua, las estructuras a gran escala no son naturales para los seres humanos (véase el capítulo III). Por el contrario, parece que nuestros predecesores se mostraron reacios a aceptar la vida bajo organizaciones sociales complejas y duraderas, aun cuando ha resultado ser beneficioso en términos de seguridad y de suministro habitual de protección y alimentos. Esto podría estar vinculado en parte a la pérdida de las libertades individuales y comunitarias, al aumento brusco de las desigualdades y al deterioro general de la calidad de vida.4 Frente a la percepción popular, reforzada por el pensamiento evolutivo, nuestros antecesores del Paleolítico tardío gozaban de mejor salud, eran más altos, tenían un mayor índice de profundidad en la cavidad pélvica y una esperanza de vida ligeramente mayor a la media de los individuos que vivieron desde el siglo XV al XIX (Mann, 2014; Cohen y Armelagos, 1984). Esta resistencia casi universal hacia las estructuras organizativas está mucho mejor documentada respecto a los grupos nómadas contemporáneos, dedicados a la caza y a la recolección, que viven desde la Amazonia hasta Papúa Nueva Guinea; por lo general, tienden a rechazar todos los intentos de las autoridades estatales por incluirlos dentro de las estructuras organizativas establecidas. Estas reacciones son comprensibles si se tienen en cuenta las predisposiciones biológicas, cognitivas y emocionales de los homínidos.
Como se ha señalado con anterioridad, los seres humanos no son intrínsecamente sociales, ya que nuestros predecesores fueron probablemente los menos sociales de todos los simios. Esta sociabilidad minimalista se ha expandido, en cierta medida, a lo largo del tiempo conforme los humanos empezaron a vivir en grupos móviles de cazadores-recolectores. Sin embargo, como los humanos primitivos vivían en grupos muy pequeños y flexibles cuyos miembros cambiarían constantemente, era fundamental identificar de quién fiarse y cómo crear redes de individuos seguras. Gran parte de las investigaciones recientes parecen indicar que este entorno natural tan amenazante ha resultado ser decisivo para el avance de las capacidades cognitivas y emocionales de los seres humanos (Damasio, 2003; Collins, 2004; Turner, 2007). Al llegar a estar emocional y cognitivamente en sintonía con otros miembros de su pequeño grupo, y en principio siempre cambiante, los primeros humanos fueron capaces no solo de sobrevivir, sino también de utilizar a largo plazo estas nuevas habilidades para dominar en última instancia el planeta. Las habilidades cognitivas, emocionales y conativas permitieron a los primeros humanos interpretar y recordar los significados de las emociones que se expresaban en las interacciones cara a cara, algo que finalmente estimuló el desarrollo de mejores sistemas de interacción y coordinación grupal (incluido el lenguaje). Además, como las emociones y la cognición son ingredientes fundamentales de la solidaridad de grupo, el desarrollo emocional y cognitivo continuo fomentó la aparición de unos grupos emocionalmente mucho más unidos que los que se encuentran entre otros animales y los primeros homínidos. En otras palabras, precisamente porque los humanos no están predispuestos por naturaleza a una vida sociable, han desarrollado unas habilidades cognitivas y emocionales únicas que han resultado ser muy funcionales para la preservación y, en última instancia, para la drástica expansión de nuestra especie. Además, esta funcionalidad evolutiva fomentó a largo plazo la interdependencia emocional, por lo que ahora los seres humanos crecen en grupos muy pequeños. En este contexto, la microsolidaridad es la base de toda sociabilidad humana. Aunque los seres humanos pueden cambiar sus preferencias individuales con respecto a quién les gusta o no a lo largo del tiempo, para una abrumadora mayoría la estabilidad emocional y la seguridad ontológica proceden de redes muy pequeñas de personas cercanas: familiares, amantes, amigos íntimos, vecinos de confianza, grupos de iguales, etc.
Décadas de investigación sobre el comportamiento de pequeños grupos han confirmado que todas estas agrupaciones a pequeña escala, expuestas a condiciones adversas, tienden a desarrollar un intenso espirit de corps: desde pelotones de soldados en los campos de batalla hasta organizaciones clandestinas de conspiradores, activistas revolucionarios, células terroristas y autores de proyectos genocidas, o miembros de movimientos sociales muy estrechos (Della Porta, 2013; Collins, 2008a, 2004; Malešević, 2013a, 2013b; Mann, 2005; Du Picq, 2006 [1880]). En todos estos casos, el compromiso emocional, la obligación moral y la similitud de los estilos de vida transforman una unidad funcional/operacional en algo más: una comunidad casi sagrada donde los miembros individuales están dispuestos a sacrificarse por los demás (véase el capítulo IX).
Sin embargo, aunque estos procesos son más visibles entre los combatientes expuestos a situaciones cotidianas de vida o muerte, también están presentes en la mayoría de los grupos humanos involucrados en una acción social prolongada y coordinada. El apego emocional que se tiene hacia los hijos o los padres, los hermanos, los amantes y los amigos puede ser muy intenso, como lo es el afecto mutuo expresado por los soldados en el campo de batalla. De hecho, cuando estos soldados intentan describir sus sentimientos hacia los camaradas, suelen recurrir a metáforas de parentesco y amistad (por ejemplo, «eran como mis hermanos o mis hijos», «eran los mejores amigos que alguien podía tener», etc.). Como se ha señalado con anterioridad (Malešević, 2013a), y frente al planteamiento de Durkheim, los habitantes de los órdenes sociales modernos necesitan unos lazos de solidaridad que no son profundamente diferentes de los que unieron a nuestros predecesores. En pocas palabras, encontramos algunos límites emocionales y cognitivos en la capacidad de expansión de las interacciones humanas. Desde principios de la década de 1990, los científicos han identificado restricciones cognitivas del cerebro humano en cuanto a su capacidad para mantener relaciones sociales estables. Así, Dunbar (1998, 1992) y McCarty et al. (2000), entre otros, han demostrado cómo un cerebro humano estándar no puede mantener un gran número de interacciones sociales. Para Dunbar, que ha realizado estudios experimentales sobre la organización social de los babuinos gelada, el número máximo de relaciones estables para un cerebro humano estándar es de 150. Otros estudios psicológicos y microsociológicos indican que existen límites aún mayores a la hora de establecer relaciones prolongadas de afecto mutuo. Por ejemplo, dos estudios recientes muestran cómo, a pesar de la gran cantidad de «amigos» en Facebook y de seguidores en Twitter, la mayoría de los usuarios de estas redes sociales mantienen contacto e interactúan regularmente con un número muy pequeño de personas: la usuaria normal de Facebook, con unos quinientos «amigos», deja comentarios en fotos, actualizaciones de estado o en el muro de solo veintiséis de esos amigos, y chatea con dieciséis, mientras que para el usuario normal los números son aún más bajos: diecisiete y diez, respectivamente (Smith, 2009b).5 En otras palabras, y para dar la vuelta a los planteamientos de Durkheim, todavía hay mucha más solidaridad mecánica que orgánica en el mundo moderno, ya que los auténticos lazos de solidaridad requieren un compromiso emocional prolongado e interacciones cara a cara, algo que las grandes colectividades simplemente no pueden proporcionar. Al igual que nuestros predecesores, nosotros también necesitamos la sintonía emocional y cognitiva con un círculo muy pequeño e íntimo de personas que sean bastante parecidas a nosotros: nuestros familiares y amigos.
Esta afinidad humana bien arraigada hacia las relaciones íntimas en pequeños grupos se opone directamente a la composición de las organizaciones sociales a gran escala. Mientras que la burocracia acumulativa de la coerción tiende a fomentar la uniformidad, la racionalidad instrumental y el frío desapego dentro de la organización, se construyen redes microsolidarias, que existen como centros de afecto emocional estrecho, vínculos informales, amistades intensas, amor y atención personalizada a los demás. Por lo tanto, es probable que estas dos formas de estructura de grupo lleven a los individuos en sentidos opuestos: no se puede reconciliar fácilmente el favoritismo del parentesco con la distribución meritocrática de las recompensas y roles dentro de la organización ni las jerarquías formales con los fuertes compromisos emocionales. Si bien la lógica de la organización se basa en ideas que enfatizan la efectividad individual y la utilidad de la organización, la lógica de la solidaridad de los microgrupos se basa en los principios que aborrecen esos valores. En pocas palabras, mientras que la burocratización acumulativa de la coerción estimula las relaciones de reciprocidad formal e instrumental, las estrechas redes de la microsolidaridad rechazan el intercambio instrumental y privilegian los vínculos emocionales profundos. Por lo tanto, la pregunta central aquí es: ¿cómo pueden las organizaciones sociales adaptarse a estos principios incongruentes en acción?
En el relato weberiano clásico, la efectividad de las burocracias depende de su capacidad para formalizar y racionalizar las relaciones sociales. Cuanto más desplaza una empresa en concreto los acuerdos personalizados y otros tipos de acuerdo no meritocráticos, más probable es que logre de manera eficiente sus objetivos organizativos. En otras palabras, cuanto más cerca se encuentre uno de la imagen de la «jaula de hierro», mayor será su beneficio organizativo final. Este ideal normativo aún rige gran parte de la ética directiva que sustenta la mayoría de los sistemas burocráticos complejos, desde los ejércitos, la administración estatal y los hospitales hasta las universidades y las empresas privadas de todo el mundo. Sin embargo, como muestran las décadas de investigación sobre las relaciones industriales, la implementación rígida de estos modelos instrumentalistas de autoridad no se traduce normalmente en una mayor productividad. Desde los conocidos estudios de Hawthorne de Elton Mayo (1949)6 y otros, está claro que los resultados exitosos de una organización suponen un grado sustancial de interacción emocional. Aunque los seres humanos responden bien a las amenazas coercitivas y a las recompensas económicas, por lo general están mucho más motivados por los vínculos emocionales. Las personas trabajan, estudian, compiten y se sienten mejor cuando estas actividades colectivas van acompañadas de los vínculos afectivos que mantienen con otras personas que son importantes. Desde los primeros estudios de Durkheim (1952 [1897]), se ha hecho evidente que el suicidio altruista ha jugado un papel importante en los órdenes tradicionales expuestos a peligros externos extremos. Los compromisos emocionales intensos inspiran la voluntad de sacrificarse por los demás. Si bien ninguna persona sensata aceptaría una recompensa material por suicidarse, a lo largo de la historia, encontramos muchos casos en los que personas normales mueren de manera voluntaria por otros. Por lo tanto, el éxito final de cualquier organización social depende de su capacidad para proporcionar o simular un entorno social lleno de vínculos emocionales reconocibles. Para lograrlo, los sistemas burocráticos tienden a desplegar a corto plazo diferentes medios: señalan que sus organizaciones son más efectivas o más justas que las de sus competidores, crean una cultura organizativa distinta, proporcionan incentivos para la lealtad a la organización, etc. Por ejemplo, una empresa privada en particular podría poner de relieve ante sus empleados que sus prácticas de trabajo son favorables para la vida familiar y que proporcionan un ambiente de trabajo afable entre colegas. Otros pueden señalar las relaciones sociales equitativas y cordiales, con viajes periódicos para consolidar al equipo, etc. Asimismo, la mayoría de los ejércitos mundiales fomentan el desarrollo de una identidad única en sus unidades militares. Al llamar la atención sobre el estatus superior de ese pelotón o batallón en concreto, las organizaciones militares pueden fomentar un mayor sentimiento de apego emocional con esa unidad particular de soldados.
Sin embargo, para lograr un sentido duradero y más concentrado de pertenencia a una organización social, es esencial articular una narrativa ideológica potente y la práctica correspondiente que atraiga a la mayoría de los miembros de la organización. En otras palabras, es difícil imaginar cómo las redes de microsolidaridad pueden vincularse con unidades burocráticas sin ideologización centrífuga. En este sentido, todas las organizaciones sociales complejas y duraderas tienden a utilizar discursos ideológicos específicos para integrar a un gran número de personas. Cuando tiene éxito, la ideologización centrífuga ayuda a cerrar esta enorme brecha que existe entre la hiperracionalidad de la burocracia y la intimidad de la familia y los amigos. Sin embargo, para llevar a cabo esta difícil tarea, la ideologización tiene que penetrar en los centros de microsolidaridad y vincularlos a la estructura de la organización. Esto se logra normalmente durante largos periodos de tiempo después de muchos años de que las organizaciones intenten proyectar una imagen similar a la de la familia y amigos. En algunos casos, se hace un esfuerzo por desarrollar narrativas ideológicas que incluyan directamente las redes de microsolidaridad. Por ejemplo, tanto el etnonacionalismo como algunos fundamentalismos religiosos se aprovechan de las metáforas del parentesco y se refieren a los miembros reales o potenciales de sus organizaciones como «hermanos», «hermanas», «hijos» o «hijas». Por lo tanto, tanto el Estado Islámico (EI) como Al Qaeda se dirigen a sus circunscripciones en una terminología bastante familiar, insistiendo en que todos los musulmanes son hermanos y hermanas, parte de la gran umma. Del mismo modo, los periódicos y sitios web de organizaciones nacionalistas vascas se refieren a la población vasca como «hijos e hijas de la tierra vasca». El objetivo aquí es representar a una organización social burocrática concreta (en este caso, ETA o EI) como una gran familia. Cuando las organizaciones sociales tienen éxito al proyectar esta imagen de familia, están en condiciones de atraer cierto grado de un vínculo emocional fuerte que las personas, por lo general, reservan solo para sus amigos más cercanos y familiares. En este contexto, la lealtad a los objetivos de la organización se entiende en términos de responsabilidad moral para con los miembros de la familia: si no trabajo para alcanzar estos objetivos, decepcionaré a mis hermanos y hermanas o avergonzaré a mi familia.
En situaciones donde las organizaciones sociales no pueden hacer un cambio tan directo hacia los lazos de parentesco, esta traducción ideológica se logra de manera indirecta. Por ejemplo, una corporación comercial como Google o BP no puede implementar con facilidad imágenes familiares, ya que es poco probable que sus empleados conciban una organización en términos de similitud con sus redes de parentesco.7 Por lo tanto, en lugar de eso, lo importante aquí es construir una representación particular de la cultura organizativa que esté totalmente en sintonía con las necesidades emocionales y de otro tipo de sus miembros. Esto suele hacerse fomentando la imagen de una organización como muy receptiva a las demandas de sus trabajadores (sindicados o no sindicados), respetando sus vidas familiares y la pluralidad de creencias individuales y apoyando sus ambiciones de cara al futuro. Sin embargo, para lograr unir a sus empleados, estas organizaciones también necesitan desarrollar un vínculo ideológico concreto. En pocas palabras, ni Google, ni BP ni ninguna otra corporación compleja pueden funcionar sin problemas, si solo se basan en la coacción o los incentivos financieros. Más bien, todas estas organizaciones utilizan mensajes ideológicos que intentan vincular los espacios de la microsolidaridad a un conjunto organizativo significativo e integral. Es por eso por lo que las corporaciones poderosas ponen mucho esfuerzo en crear una marca y construir una «identidad» corporativa única. Estas prácticas suelen considerarse una forma de publicidad que se centra en los potenciales consumidores de sus productos y servicios. Sin embargo, estas actividades están igualmente dirigidas a los empleados de las corporaciones, a quienes se les anima y de quienes se espera que, en última instancia, se identifiquen con los objetivos principales de la organización. Además, al proyectar una imagen de la empresa sumamente exitosa, progresiva o pionera, estas organizaciones sociales apelan a la condición social individual de su fuerza laboral y logran incorporar, de esta manera, las redes familiares y de amistad bajo el paraguas de la organización. Por lo tanto, los trabajadores normales y corrientes de BP, así como sus familiares y amigos, pueden reconocerse a sí mismos, y lo harán con frecuencia, en el éxito de la empresa para la que trabajan. Asimismo, es probable que los programadores empleados en Google desarrollen intensas amistades que se forman en torno a las actividades de la empresa y se pueden impregnar con los mensajes ideológicos que difunde dicha organización.
Este vínculo entre ideologización, burocratización y microsolidaridad es más evidente en el contexto de las organizaciones, que son los proveedores principales de violencia. Como los soldados, los oficiales de policía, los paramilitares, los terroristas y los revolucionarios están generalmente involucrados en encuentros violentos, necesitan saber que sus acciones son legítimas y moralmente aceptables. Esto significa que sus respectivas organizaciones deben diseñar e implementar mecanismos ideológicos efectivos y creíbles, capaces de reunir los objetivos de la organización y los vínculos a nivel micro. Dado que los seres humanos normales, en cuanto que individuos, no están particularmente cómodos con el uso de la violencia, es de suma importancia que, cuando tengan lugar episodios muy violentos, se interpreten desde la perspectiva de un marco ideológico específico. Por ejemplo, la experiencia en el campo de batalla de los soldados que lucharon en las trincheras de la Primera Guerra Mundial dependió no solo de la capacidad de una organización militar para obligar a los individuos a disparar y matar a otros seres humanos, sino también de su habilidad para establecer y diseminar con éxito una narrativa ideológica que explicara y justificara esa experiencia. Solo cuando los soldados reconocieron que estaban luchando por una noble causa, estuvieron dispuestos a matar y a morir por ese propósito. Para que las organizaciones militares lograran este tipo de reconocimiento masivo, era necesario integrar una ideología nacionalista más amplia con el sentido de responsabilidad moral que los soldados expresaban por su familia, amigos y vecinos cercanos en su propio país. Por lo tanto, cuando esta noble causa se articula en el lenguaje de la preservación de la vida de quienes nos son más queridos, se fusionan con éxito la ideología, la organización y la microsolidaridad.
CONCLUSIÓN
No hay violencia colectiva prolongada sin organización social y algún tipo de narrativa plausible que justifique esa acción. En este capítulo, se ha intentado formular desde el punto de vista teórico cómo funcionan la organización, la ideología y la microsolidaridad en la transformación de la violencia organizada durante largos periodos de tiempo. Se mantiene que, a medida que los poderes organizativos e ideológicos se expanden y se vinculan con los focos existentes de microsolidaridad, también aumentan las posibilidades de la violencia organizada. Esto no quiere decir que se trate de una relación causal simple y que una mayor incorporación burocrática y la penetración ideológica conduzcan inevitablemente a la destrucción masiva. Tampoco se defiende que este sea un proceso evolutivo sencillo, ya que la burocratización acumulativa de la coerción y la ideologización centrífuga se desarrollan bastante tarde en la historia humana (menos del 5 % de la existencia de nuestra especie en este planeta) y continúan propagándose de manera muy desigual por el mundo.
En cambio, es necesario destacar que esta es una relación contingente, flexible y frágil, forjada por tensiones internas persistentes y acciones controvertidas. Esta flexibilidad y fragilidad mantienen con vida a las organizaciones sociales a medida que se adaptan y se transforman en el tiempo y el espacio. Esta flexibilidad también permite que la violencia cambie durante largos periodos de tiempo. Este cambio rara vez es completamente aleatorio, pero a menudo ocurre en los términos y en la línea de las organizaciones sociales poderosas. En este contexto, el crecimiento constante de los poderes organizativos e ideológicos contribuye al aumento continuo de la capacidad para actuar de manera violenta. Dado que las estructuras burocráticas no son un entorno natural para los seres humanos, la burocratización conlleva cierto grado de permanencia: las organizaciones sociales necesitan expandirse para poder sobrevivir. Esto también se aplica a la ideología; a medida que la burocratización se expande, también lo hace la necesidad de justificar el proceso. Por lo tanto, la dinámica de la violencia organizada sigue arraigada en el funcionamiento de los poderes organizativos e ideológicos, así como su capacidad para penetrar en el mundo de las microinteracciones. Veamos cómo funciona esta cuestión en la práctica.
1 Brubaker (2004: 186) va aún más lejos, argumentando que es necesario deconstruir la idea de agrupación y reemplazar la categoría analítica de «grupo» con conceptos mucho más dinámicos, como esquemas cognitivos, categorías prácticas, idiomas culturales, rutinas organizacionales, marcos discursivos, proyectos políticos, etc.
2 A través del análisis de los datos arqueológicos, paleontológicos y biológicos, Turner (2007: 23) demuestra que, contrariamente a la perspectiva evolutiva del sentido común, donde los simios han superado a los monos, señala que «los humanos son descendientes de especies que perdieron en la competencia con los monos», y se vieron obligados a bajar de los árboles y a empezar a asentarse en el suelo, donde se vieron expuestos al ataque de carnívoros depredadores. En este contexto, su supervivencia dependía de la capacidad para mantener esos vínculos sociales débiles: «Para limitar el tamaño de los grupos de simios en la cubierta forestal, la selección natural encontró una solución a este problema potencial programando a los monos para un patrón de dispersión en las hembras que, en esencia, rompe el grupo en la pubertad, debilitando los lazos entre todos los adultos, para que puedan moverse solos o en pequeñas partidas temporales en busca de alimento por la cubierta forestal».
3 Como Chapman (1970: 82) señaló hace mucho tiempo, la lógica coercitiva de la vigilancia conduce inevitablemente a percibir a todos los individuos como infractores de la ley: «la complejidad de la administración en las sociedades modernas es tal que si todas las leyes y ordenanzas policiales fueran a ser universalmente impuestas, todos los ciudadanos serían delincuentes».
4 Como señala Mann (2014: 12), el cambio de la caza-recolección a la agricultura tuvo varios resultados negativos, como el deterioro de la salud: «Los primeros agricultores tenían más deficiencias nutricionales y enfermedades dentales que los cazadores-recolectores, porque dependían de un abanico más estrecho de cultivos alimentarios; además, la mayor densidad de población produjo más enfermedades infecciosas, situación que aún era peor por la proximidad a las enfermedades de los animales domesticados».
5 Las redes de Twitter parecen ser un poco más grandes, pero todavía están muy por debajo de los 100 o 200 miembros.
6 Los estudios de Hawthorne se encargaron de analizar los niveles de productividad en la cadena de montaje según las condiciones de iluminación ambiental. El experimento demostró que la productividad de los trabajadores aumentaba sin importar el tipo de cambio realizado (más luz o menos luz); y que, cuando los investigadores habían completado su estudio, esta volvía a sus niveles normales. Se llegó a la conclusión de que el aumento de la productividad no estaba vinculado a factores ambientales como la luz, sino que se generaba por la mayor motivación de los trabajadores cuando estaban siendo observados.
7 Aunque algunas grandes corporaciones, como las japonesas, han intentado proyectar un imaginario de parentesco y se han referido a sus compañías como «grandes familias» (Gerlach, 1992).
III. ¿CUÁNTOS AÑOS TIENE LA BRUTALIDAD HUMANA?
INTRODUCCIÓN
Para comprender adecuadamente los ejemplos contemporáneos de brutalidad humana, es necesario explorar las dinámicas históricas a largo plazo de la relación de los humanos con la violencia. En este capítulo, se revisan críticamente y se analizan los datos disponibles y las interpretaciones existentes de esa relación. Dada la escasez de pruebas, muchos investigadores siguen fuertemente divididos ante la pregunta «¿Cuántos años tiene la violencia humana?». Sin embargo, a pesar de los profundos desacuerdos entre los estudiosos que consideran a los humanos violentos por naturaleza y los que enfatizan su carácter no violento, existe una clara tendencia entre estas dos perspectivas a recurrir a la epistemología naturalista. Así, se articula una interpretación alternativa que se centra en los fundamentos estructurales de la acción violenta: en lugar de rastrear el comportamiento violento o no violento en la «naturaleza humana», los orígenes de la violencia se vinculan con el auge y la proliferación de organizaciones sociales complejas.
El capítulo está dividido en cuatro partes. La primera explora brevemente si los humanos son más o menos violentos que otros seres vivos. La segunda proporciona un análisis crítico de los restos arqueológicos, antropológicos y documentales sobre los orígenes y la prevalencia de la violencia en la prehistoria y la historia antigua. La tercera sección analiza los factores culturales determinantes de la acción violenta, mientras que la última parte desarrolla una postura interpretativa alternativa que destaca las raíces organizativas de la violencia.
¿SON LOS HUMANOS MÁS VIOLENTOS QUE OTROS ANIMALES?
Es difícil cuestionar el hecho de que los seres humanos han sido responsables de más muertes y destrucción que cualquier otra especie. El aumento continuo de la población junto con el cambio climático, la devastación de los hábitats y la contaminación se han identificado como factores decisivos que provocan la extinción de varias especies animales. En consecuencia, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) estima que la extinción de los animales causada por la acción humana es más de mil veces más alta que la tasa de extinción natural (www.iucn.org/). Aunque este proceso se ha intensificado drásticamente en los últimos años, es importante recordar que desde la aparición del Homo sapiens se ha acelerado la extinción de los animales. Por ejemplo, se estima que en América se extinguió el 80 % de los grandes animales cuando los humanos empezaron a asentarse en el continente. En Australia, la extinción de los animales también fue en paralelo a la aparición y expansión de los primeros humanos hace unos 70.000 años. En algunos casos, la extinción se produce como resultado de la caza excesiva como fuente de alimento o por entretenimiento (por ejemplo, el dodo, el lobo de Tasmania o la gacela roja), pero muchas más especies han sido destruidas como resultado del aumento del número de asentamientos humanos, que tuvo un impacto negativo en el hábitat local.
Sin embargo, como los humanos han dependido históricamente de otras especies para alimentarse, vestirse, trabajar, protegerse, tener compañía y entretenerse, muchos animales han sido destruidos o esclavizados en este proceso. Por ejemplo, la cantidad de animales sacrificados para su consumo solo en Estados Unidos es normalmente superior a los 25.000 millones al año. En 2011, 29.000 millones de animales fueron sacrificados como alimento, entre los que se incluyen 23,1 millones de patos, 38 millones de reses, 109 millones de cerdos, 256 millones de pavos, 7,8 millones de pollos, 2,4 millones de conejos, además de 14.000 millones de peces y 40.000 millones de mariscos (Mohr, 2012). El consumo mundial de alimentos de origen animal ha experimentado un aumento asombroso desde la década de 1860, y ahora asciende a más de 63.000 millones de animales muertos al año (Mohr, 2012). Cudworth (2015: 2) lo documenta así: «en la industria agrícola, se matan al año al menos 55.000 millones de animales terrestres no humanos». Bourke (2011: 276) describe claramente la enorme magnitud de la destrucción animal: «En los mataderos de cerdos, se puede degollar a más 1.000 cerdos cada hora. En Reino Unido, se sacrifican veintiocho animales cada segundo para su consumo: un total de más de 883 millones de animales cada año».1 Por otra parte, el número de seres humanos cuya muerte está causada por animales es minúsculo. Aparte de los mosquitos que transmiten la malaria y otras enfermedades, que matan hasta 3 millones de humanos al año, es posible que no haya ningún animal que cause más que unas pocas víctimas humanas al año.2 Por ejemplo, en Estados Unidos, al año, solo una persona muere por el ataque de un tiburón; tres, por el de un toro; treinta y uno, por el de un perro; y cincuenta y tres, como resultado del ataque de una abeja/avispa (HL, 2008: 1). Las estadísticas son similares en otros Estados nación desarrollados. El resto del mundo experimenta más ataques de animales, pero su número también es extremadamente pequeño en comparación con el número de animales que matan los humanos. Los animales también se utilizan para obtener productos de uso doméstico, desde jabones, tintes, lubricantes, plástico, caucho, cuerdas y fertilizantes hasta cosméticos, adhesivos y productos de limpieza. Aunque los seres humanos podrían existir en gran medida sin utilizar alimentos, productos y fuerza de trabajo de origen animal, los cimientos de todas las civilizaciones humanas se han construido sobre la subyugación, la explotación y el consumo de animales.
El hecho de que los seres humanos dominen ahora por completo el mundo animal y hayan sido en gran parte los responsables de la destrucción y la extinción de varias especies podría sugerir que son criaturas violentas por naturaleza. Además, la asombrosa asimetría en la proporción de muertes entre animales y humanos solo implicaría que incluso los animales carnívoros más peligrosos, como los tigres o los cocodrilos, nunca podrían igualar los impulsos agresivos del ser humano. Esta percepción de que los humanos son intrínsecamente violentos domina la opinión pública contemporánea en todo el mundo, y muchos científicos sociales de prestigio la refuerzan. Algunas obras recientes, muy influyentes, de autores como Steven Pinker (2011) y Azar Gat (2006) entre otros, articulan la visión de un ser humano genéticamente predispuesto a la violencia. Por ejemplo, Gat mantiene que los impulsos agresivos son medios biológicos utilizados para adquirir alimentos y una potencial pareja para reproducirse y, como tal, la acción violenta es una «táctica innata pero opcional» utilizada por los seres humanos para maximizar su potencial genético en la autorreproducción. Para Pinker, la violencia también es una tendencia genética. En sus propias palabras: «la mayoría de nosotros –incluidos mis queridos lectores– estamos cableados para la violencia» (Pinker, 2011: 483). Para los teóricos evolutivos como Pinker o Gat, la agresividad es algo que compartimos con el resto del mundo animal, pero con la evolución de los humanos, el repertorio de actos violentos y estrategias agresivas no ha hecho más que aumentar.
Para evaluar las raíces genéticas del comportamiento humano violento, los investigadores neodarwinistas suelen centrarse en nuestros parientes animales más cercanos, los grandes simios. En concreto, gran parte de la investigación sociobiológica sobre la violencia se basa en las comparaciones entre humanos y chimpancés. Por lo tanto, como los chimpancés son dominantes, agresivos y están dispuestos a atacar con regularidad a otros animales, incluso comunidades rivales de chimpancés (Van Hooff, 1999; Goodal, 1986), los especialistas en la evolución señalan que esta cuestión en sí misma constituye un indicador fiable de que los humanos primitivos habrían presentado rasgos similares. Además, insisten en que en todos los grandes simios, incluidos los humanos, el comportamiento violento supone una estrategia necesaria para la supervivencia a largo plazo de la especie. Por lo tanto, su opinión es que, en todos los animales carnívoros y en otras muchas especies, la violencia es una disposición innata que les garantiza la existencia. En otras palabras, la mera supervivencia en el reino animal se basa en una de las dos tácticas evolutivas más comunes, la lucha o la huida, y es probable que las especies que desarrollan buenas capacidades de lucha aumenten sustancialmente su potencial de procreación. El hecho de que los humanos controlen en gran medida al resto de animales es considerado por los sociobiólogos la prueba empírica definitiva de su capacidad sin precedentes para la violencia.
Sin embargo, cualquier intento de valorar si los humanos son más o menos violentos que otros animales tiene que lidiar con dos obstáculos considerables: a) el predominio de la perspectiva antropocéntrica de la violencia; y b) la naturaleza problemática de los análisis basados en analogías simples. En primer lugar, cuando los humanos observan cómo un tigre ataca, mata y devora a un antílope, la tendencia es considerar ese comportamiento como extremadamente violento. Esta opinión se basa en la idea generalmente compartida por la mayoría de los seres humanos de que quitarle la vida a alguien es la forma suprema de actuación violenta. Aunque reconocemos que los tigres tienen que matar para poder vivir, y nos aplicamos los mismos parámetros cuando optamos por comer carne, seguimos utilizando el mismo concepto de violencia para los animales y los humanos, pero juzgamos que los leones son más violentos que, por ejemplo, un caracol cono. Sin embargo, este es un caso claro de lógica antropocéntrica, que se basa en la vara moral humana para medir el comportamiento animal. En otras palabras, cuando se identifica un acto particular como violento o agresivo, la tendencia es tratar todos los procesos que implican destrucción o daño del cuerpo como consecuencia de un comportamiento violento. Desde este punto de vista, inevitablemente se combinan diferentes formas de acción, como que los tigres maten para obtener alimento, que es algo muy diferente de nuestro propio despliegue de violencia. Esto no quiere decir que los tigres no sean violentos. Por supuesto, usan la fuerza física para imponer su voluntad dentro de la manada, o contra otras manadas y otras especies que invadan su territorio. La cuestión es que hay que distinguir claramente entre el requisito biológico, como que el tigre mate a un antílope, y un uso más voluntario de la fuerza para establecer el propio dominio. En este contexto, si se eliminan de la imagen los estímulos biológicos para conseguir alimento y se entiende la violencia en función de las relaciones sociales, se podría considerar que incluso los tigres no son criaturas particularmente violentas: rara vez hieren o matan a otros tigres (dentro o fuera de su manada) y muy rara vez matan o lesionan a especies que no vayan a comerse. Aunque, en la mayoría de los casos, los tigres y muchas otras especies confían en el comportamiento coercitivo y en las amenazas, su acción no puede considerarse particularmente violenta, ni siquiera en términos humanos. Dado que los animales carnívoros tienen que matar para sobrevivir, sus actos de muerte y dominación física difieren enormemente de especies como la nuestra, que utiliza la violencia por razones estratégicas, simbólicas, instrumentales, ideológicas, económicas y de otro tipo. No tenemos que matar para vivir; matamos por muchas otras razones.
En segundo lugar, la tendencia común entre los sociobiólogos y otros grupos de investigadores es sacar conclusiones de los primeros humanos a través del estudio en profundidad de los grandes simios, y especialmente de los chimpancés. Si bien es cierto que los grandes simios son nuestros parientes biológicos vivos más cercanos, ya que compartimos más del 98 % del ADN con los chimpancés y los gorilas, esta cuestión está lejos de ser un indicador fiable de cómo eran esos primeros humanos. Por un lado, los patrones de similitud del ADN no deben tomarse como una medida absoluta para los hábitos de comportamiento, ya que los humanos también comparten más del 90 % de los genes con los gatos, el 82 % con los perros, el 80 % con las vacas y el 69 % con las ratas. Como muestran los genetistas, el 99 % de los genes de los ratones tienen analogías con los seres humanos, e incluso un tomate y un humano comparten más del 60 % de los genes. Y lo que es más importante, la variación del genoma completo de un humano a otro puede ser de hasta 0,5 (es decir, una similitud del 99,5 %). Además, ¿por qué hacer inferencias acerca de los primeros humanos basándonos en especies «agresivas», como los gorilas y los chimpancés, y no en los bonobos (chimpancés pigmeos), con quienes también compartimos más del 98 % de los genes y que, por lo general, no son ni jerárquicos ni promiscuos pero sí pacíficos y tienden a usar el sexo en lugar de la violencia para resolver las disputas dentro del grupo? (Goldstein, 2001: 184-194). Si bien la genética ha tenido un impacto significativo en nuestro comportamiento, ni un solo miembro de ninguna especie está biológicamente regulado para seguir a ciegas un curso de acción predeterminado y fijo. Por lo tanto, es muy probable que extrapolar conclusiones sobre el comportamiento humano basándonos en cualquier especie animal, y en concreto en una sola, como los chimpancés o los gorilas, nos lleve a análisis erróneos. Además, como indican algunos estudios recientes sobre el comportamiento animal, se han cuestionado los supuestos ampliamente compartidos sobre la vida social animal, y los investigadores reconocen ahora que sabemos mucho menos sobre la sociabilidad animal de lo que se pensaba con anterioridad (De Waal, 2013; Weiss y Buchanan, 2009). En algunos aspectos importantes, la similitud entre los animales y los seres humanos es casi exactamente lo opuesto a simples analogías sociobiológicas: en lugar de que los humanos compartan «impulsos animales», parece que la vida social animal es muy compleja y, como tal, se asemeja a las complejidades de la sociabilidad humana. En pocas palabras, en lugar de intentar mostrar que los humanos son animales en última instancia, es mucho más fructífero explorar cómo la vida social animal es, de hecho, más parecida a la vida social de los humanos.
A pesar de estas opiniones populares sobre la violencia siempre presente entre humanos y animales, gran parte de las investigaciones contemporáneas en ciencias sociales indican que, de hecho, la mayoría de los actos violentos no tienen una base biológica sólida. Además, como Collins (2008a) argumenta y documenta de manera convincente, los seres humanos, como individuos y como miembros de una especie distinta, no son intrínsecamente violentos. Participar en actos violentos es difícil y emocionalmente exigente y tales actos generan, por lo general, tensión, miedo y una sensación de inseguridad. Además, la mayoría de los grandes mamíferos están biológicamente mucho mejor equipados para la violencia que los humanos. A diferencia de muchos otros animales grandes, el Homo sapiens sapiens no está biológicamente bien dotado para la acción agresiva. Al contrario que los mamíferos, los reptiles y las aves, que tienen dientes afilados y fuertes capaces de retener y matar a una presa (leones, tigres, lobos, etc.), garras duras y cortantes (osos, casuarios, perros, etc.), cuernos robustos, afilados y puntiagudos (rinoceronte, bisonte, etc.), mandíbulas fuertes y poderosas capaces de infligir mordeduras letales (tiburón, cocodrilo, hiena, etc.), o un veneno mortal (dragón de Komodo, loris perezoso, serpientes, arañas, pez piedra, medusas, etc.), los seres humanos están muy mal provistos por naturaleza para la acción violenta. Además, como nuestra especie también carece de un fuerte sentido del olfato, de una vista excepcionalmente aguda, de la capacidad para volar o correr a la velocidad de los animales rapaces, se puede afirmar que los primeros humanos no solo no estaban biológicamente equipados para la lucha, sino que además no estaban capacitados para huir de los depredadores carnívoros. A diferencia de otras especies, un niño humano de cinco años sigue estando casi completamente indefenso fuera del grupo. Los primeros humanos que habitaban las sabanas africanas solían estar a merced de los animales peligrosos, y continuamente se encontraban al borde de la extinción.3 Como demuestra Turner (2007) de manera convincente, esta inseguridad existencial constante es la que fomentó el desarrollo de las capacidades cognitivas y emocionales del Homo sapiens sapiens. El aumento sin precedentes de los seres humanos se debe en gran medida a nuestra debilidad biológica, no a nuestras fortalezas. Es muy probable que si nuestra especie hubiera adquirido alguno de los atributos biológicos ofensivos o defensivos que tienen otros animales, nunca habríamos evolucionado hasta el nivel actual, en el que los humanos no se basan en sus «impulsos agresivos», sino en sus complejas organizaciones sociales para dominar al resto del mundo animal, y en sus ideologías para justificar esa dominación. En otras palabras, muchas especies de animales han evolucionado para poseer y recurrir a lo que los humanos describirían como rasgos agresivos y violentos, mientras que los seres humanos como tales no pueden depender, en gran medida, de este equipamiento biológico. Sin embargo, la falta de esos atributos biológicos no ha impedido que los humanos hayan generado mucha más destrucción y muerte que cualquier otra especie. Por lo tanto, la pregunta clave es: si los seres humanos no están biológicamente programados para la violencia y, como individuos, no son muy buenos para el comportamiento violento, ¿por qué y cómo esta especie se ha convertido en responsable del asesinato masivo y la destrucción de la mayoría de las otras especies (incluida la suya propia) en el planeta? Para responder a esta pregunta, es necesario observar el origen de la violencia humana y, especialmente, el desarrollo de la acción violenta organizada entre los humanos primitivos.
¿CUÁNTOS AÑOS TIENE LA VIOLENCIA HUMANA?
Los restos materiales del comportamiento de los primeros humanos son extremadamente escasos. Por esta razón, los académicos han intentado establecer generalizaciones sobre los orígenes de la violencia humana partiendo de tres fuentes de datos diferentes. La primera opción, sobre la que ya se ha hablado, es establecer analogías entre los humanos primitivos y los grandes simios. Aunque esta estrategia ha presentado interesantes y relevantes hallazgos sobre algunas cualidades biológicas similares entre los simios y los humanos, además de una composición genética compartida, también ha resultado ser en gran medida una técnica demasiado básica y poco fiable para identificar patrones de comportamiento en los primeros humanos. Los seres humanos comparten muchas cosas con otros grandes simios, pero el hecho de que diferentes especies de simios hayan desarrollado diferentes prácticas sociales, entre las que se incluyen actitudes muy diversas con respecto a la violencia, significa que esos hallazgos no pueden decirnos mucho acerca de los orígenes de la violencia humana.
La segunda opción, más popular, es examinar los objetos materiales disponibles del pasado: los registros documentales y los restos arqueológicos y paleontológicos. Aunque gran parte de las reconstrucciones históricas del pasado dependen de los datos generados a partir de los materiales escritos (como certificados, registros judiciales, registros médicos, etc.), en realidad son restos problemáticos por diversas razones: los registros escritos no pueden considerarse tal cual, ya que pueden reflejar los prejuicios o interpretaciones erróneas deliberadas de quienes los compilan. Y lo que es más importante, como señala Carman (1997: 2), para la mayor parte del pasado de la humanidad no existen esos registros escritos: «no hay registros de supervivientes, ni informes oficiales, ni registros verbales, ni transcripciones escritas».
Las excavaciones arqueológicas proporcionan más objetos materiales, pero los restos humanos no hablan por sí mismos; requieren la interpretación de los especialistas, y ninguna interpretación es inmune a los prejuicios. Además, los restos arqueológicos y paleontológicos parecen incuestionables, ya que en muchos casos es difícil diferenciar entre las lesiones provocadas por el hombre y aquellas generadas por enfermedades o cambios tafonómicos (huesos en descomposición, tejidos, etc.). Por ejemplo, Leakey (1981) señala que los puntos de vista generalizados, compartidos por algunos académicos como Ardrey (1976) y Courville (1967), acerca de que la desaparición de los neandertales en Europa puede explicarse en función de las prácticas genocidas de los primeros humanos, como ponen de manifiesto las fracturas en el cráneo, son profundamente problemáticos, ya que los cambios que se producen en el cráneo podrían ser consecuencia de la acción de animales carroñeros o ser daños provocados por el suelo y el agua u otras formas de interacción ambiental con los huesos prefósiles.
Es extremadamente difícil corroborar la prueba indudable de un acto violento. Incluso los casos contemporáneos de conducta violenta tienen grandes dificultades para superar los umbrales relativamente bajos establecidos por los sistemas legales de los Estados nacionales modernos: los jueces y los jurados quieren estar convencidos de que existen pruebas indiscutibles de que se han llevado a cabo acciones violentas. Como la mayoría de las lesiones, conmociones cerebrales, fracturas, moretones, inflamaciones, marcas de cuerdas, hematomas, quemaduras térmicas y mordeduras sanan, el tiempo apremia cuando se trata de captar esas pruebas. Cuanto más nos alejemos en el tiempo, más difícil será encontrar pruebas fiables de comportamiento violento. Además, muchos actos de violencia no infligen un daño físico duradero, al igual que muchas lesiones físicas no son resultado de acciones violentas. El análisis exhaustivo que Wakely (1997) hizo de las lesiones craneales de los humanos prehistóricos demuestra que, en muchos casos, ese daño físico se produjo en diferentes contextos no combativos, entre los que se incluyen las lesiones accidentales, el daño autoinfligido que acompañaba los rituales de duelo, el daño causado por animales y la apertura deliberada del cráneo para exponer el cerebro en un intento de curar a una persona enferma (trepanación). Wakely destaca que los primeros humanos, que vivían en cuevas y bosques, eran propensos a lesionarse de manera accidental en la cabeza, y que los rituales en los que se autolesionaban la cabeza, como la trepanación, eran prácticas comunes en el Neolítico, la Edad de Bronce y la Edad del Hierro en Europa, en la América andina, en África y en las islas del Pacífico (Wakely, 1997: 37-40). Obviamente, las formas no físicas de violencia, como el abuso psicológico, el daño emocional o los cambios en el comportamiento coercitivo, no pueden verificarse a través de los restos arqueológicos.
El tercer método, y probablemente el más popular, para la recopilación de datos son los estudios etnográficos y antropológicos de cazadores-recolectores contemporáneos. Aunque hay un conocimiento generalizado acerca de que los grupos y las tribus de cazadores-recolectores que aún existen en la actualidad están «contaminados» por el mundo moderno, muchos autores creen que, en algunos aspectos fundamentales, la vida social de estos grupos se asemeja a la vida y a las prácticas cotidianas de nuestros antecesores neolíticos. De ahí que casi todo lo que sabemos sobre el mundo social prehistórico de estos grupos se lo debamos a los estudios antropológicos y etnográficos de los cazadores-recolectores de los siglos XIX, XX y XXI. Desde luego, esta forma de recopilar datos tiene algunas ventajas importantes: pasar meses, o en algunos casos años, inmersos en la vida cotidiana de estas comunidades aisladas puede resultar muy útil para generar un conocimiento indispensable sobre la estructura social y las prácticas sociales de los cazadores-recolectores. No hay duda de que la mayoría de estos grupos comparten algunas características estructurales comunes, como las relaciones sociales no jerárquicas; lazos fluidos, móviles y muy flexibles; un estilo de vida no subordinado; y una fuerte estructura igualitaria (Malešević, 2013: 21-27; Fry, 2007; Service, 1978). Sin embargo, dado que muchos de estos grupos y tribus contemporáneos han sido influidos en cierta medida por sus vecinos modernos o modernizados, han desarrollado mecanismos sociales muy diferentes, entre los que se incluyen sus actitudes hacia la violencia, así como sus prácticas. Por lo tanto, podemos encontrar algunas colectividades de cazadores-recolectores que evitan cualquier expresión de conducta violenta y nunca se involucran en conflictos violentos dentro del grupo o con otros grupos (como los Semai, los Mbuti, los Sirionó, los Paliyan, etc.), u otras que han sido descritas como muy violentas y propensas a la guerra (los Yanomamis, los Angu, etc.). El problema es averiguar qué parte de este comportamiento social es producto del contacto con el mundo moderno,4 y qué parte se asemeja a las características «originales» de la vida social de los primeros humanos. Algunos académicos están convencidos de que este impacto moderno es tan profundo que utilizar a los cazadores-recolectores actuales para poder hacer generalizaciones sobre nuestros predecesores antiguos no tiene sentido o, incluso, es contraproducente, ya que los cazadores-recolectores contemporáneos no son restos arqueológicos de comunidades anteriores, sino grupos sociales muy diferentes. Y es que no hay sociedad que no haya cambiado a través del tiempo (Scott, 2012).
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.