Kitabı oku: «Entre la filantropía y la práctica política»

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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

Dr. Enrique Luis Graue Wiechers

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Secretario General

FACULTAD DE ESTUDIOS SUPERIORES ACATLÁN

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Jefa de la Unidad de Servicios Editoriales

Catalogación en la publicación UNAM. Dirección General de Bibliotecas y Servicios Digitales de Información

Nombres: Crespo Reyes, Sofía, autor.

Título: Entre la filantropía y la práctica política : la Unión de Damas Católicas Mexicanas en la Ciudad de México 1860- 1932 / Sofía Crespo Reyes.

Descripción: Primera edición. | México : Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Acatlán, 2022.

Identificadores: LIBRUNAM 2128390 (libro electrónico) | ISBN 9786073056861 (libro electrónico).

Temas: Mujeres - Actividad política - México. | Mujeres y religión - México. | Feminismo - México - Historia - Siglo XIX. | Feminismo - México - Historia - Siglo XX.

Clasificación: LCC HQ1462 (libro electrónico) | DDC 305.420972—dc23

Portada:Luis Arturo Lucero Flores

Corrección de estilo: Idalia Trujillo Toledo

Diseño editorial: Zita Patricia Flores Angeles

Primera edición digital: 2022

D.R. © UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

Ciudad Universitaria, Alcaldía Coyoacán,

C.P. 04510, Ciudad de México, México.

FACULTAD DE ESTUDIOS SUPERIORES ACATLÁN

Av. Alcanfores y San Juan Totoltepec s/n,

C.P. 53150, Naucalpan de Juárez, Estado de México.

ISBN: 978-607-30- 5686 -1

Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.

Hecho en México

Made in Mexico

A Inge, Luis Felipe, Marco y Aura por todo su amor.

Agradecimientos

La primera versión de este texto fue una tesis doctoral del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, que se realizó gracias al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. La segunda versión que aquí se presenta se desarrolló gracias al apoyo recibido por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán que desde el año 2017 me recibió con los brazos abiertos y me permitió concluir mi investigación. Sus aciertos se deben a la cuidadosa lectura de María Eugenia Chaoul Pereyra, María Dolores Lorenzo y Mario Barbosa, cuyos valiosos comentarios permitieron que esta investigación adquiera nuevas dimensiones y una mayor profunddad de análisis. Asimismo, agradezco a Silvia Arrom cuyos comentarios fueron indispensables en el proceso de modificación y adecuación de este texto. También agradezco infinitamente los comentarios de los miembros del Seminario sobre de las Derechas del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en particular a la Tania Hernández, Gabriela Díaz, César Valdez, Laura Ramírez y Austreberto Martínez.

Agradezco el respaldo de los académicos, empleados y funcionarios de Archivo de la Biblioteca Francisco Xavier Clavijero de la Unviersidad Iberoaméricana, del Archivo General de la Nación; de la Hemeroteca y Biblioteca Nacional de México; y del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de México, en particular a Marco Antonio Pérez Iturbe.

Este trabajo no hubiera sido posible sin el apoyo de Felipe de Jesús Calderón Flores quien elaboró uno de los planos que se incluyen en este trabajo, así como la cooperación de Eréndira Reyes García y de Aton Atiuh Paredes. En particular, doy gracias a Guadalupe González por permitirme entrevistarla y compartir su historia. Después de varios años y diversas versiones y modificaciones, esta obra busca explorar las diversas formas de participación política de las mujeres, en particular de una agrupación perteneciente a la derecha católica y cuya historia apenas comienza a ser contada, por tanto, no prentende ofrecer una versión exclusiva sino aportar elementos de análisis que enriquezcan el debate en torno a los estudios de las derechas, así como de las mujeres y del género en México.

Entre la filantropía y la práctica política. La Unión de Damas Católicas Mexicanas en la Ciudad de México, 1860-1932

Sofía Crespo Reyes

El libro estudia a la organización “Unión de Damas Católicas Mexicanas”, la cual entre 1912 y 1932 desarrolló su vida asociativa y promovió un programa de acción social y político usando como base diversas dimensiones del espacio urbano de la Ciudad de México: la manzana, la parroquia, los barrios y las colonias. La intención es discutir cómo sus acciones por la ciudad les permitieron construir su propio entramado social gracias al cual actuaron en distintos campos de manera simultánea, múltiple, y articulada. Así, mientras crearon un sistema catequístico, fundaron sindicatos, establecieron escuelas, al mismo tiempo discutieron pública y políticamente con los gobiernos posrevolucionarios y establecieron de manera paralela una estructura material y espacial que les dio soporte.

Índice de contenido

Entre la filantropía y la práctica política. La Unión de Damas Católicas Mexicanas en la Ciudad de México, 1860-1932

Introducción

Las Damas Católicas, su contexto y su espacio

Historiar el conservadurismo femenino

Organización del libro

CAPÍTULO UNO Hacia la construcción de un asociacionismo católico mexicano. Los antecedentes de la fundación de la Asociación de Damas Católicas Mexicanas

1.1 El camino intransigente hacia la conformación de una vida asociativa católica femenina

1.2 Y la romanización llegó a México

1.3 El surgimiento de las primeras organizaciones femeninas católicas en México

1.4 Las organizaciones filantrópicas y la participación de la mujer en la vida asociativa

1.5 Como corolario

CAPÍTULO DOS La Asociación de Damas Católicas Mexicanas en su primera etapa (1912-1917) 2.1 La organización interna de la ADCM

2.1.1 La fundación de la Asociación de Damas Católicas

2.1.2 La composición interna de la ADCM

2.1.2.1 La dirección eclesiástica

2.1.2.2 El liderazgo femenino

2.2 Las bases sociales de las Damas Católicas

2.2 Actividades públicas y cotidianas de las Damas Católicas. Entre la faena urbana y las actividades parroquiales

2.3 La Asociación de Damas Católicas durante la dictadura huertista, cambios y continuidades

2.5 El papel de la Asociación de Damas Católicas durante la crisis de la Ciudad de México (1915-1917)

2.6 Como corolario

CAPÍTULO TRES De Asociación a Unión. La Reconfiguración Interna de las Damas Católicas Mexicanas (1917-1922)

3.1 El arduo camino hacia la restauración (1917-1919)

3.2 Su acción como parte de un movimiento internacional

3.3 Su cercana relación con Secretariado Social Mexicano

3.4 Sus objetivos y sentido

3.5 Pero… ¿Quiénes eran las Damas Católicas?

3.6 El Primer Congreso de Damas Católicas y la creación de su programa de acción social

3.7 Como corolario

CAPÍTULO CUATRO El programa de Acción social de las Damas Católicas (1920-1926)

4.1 Las actividades y la Ciudad de México

4.2 Crisis urbana e la intolerancia religiosa

4.3 Reivindicando la libertad de enseñanza infantil

4.3.1 Los experimentos educativos

4.3.2 El camino hacia la defensa de la enseñanza religiosa

4.4 El movimiento obrero católico femenino

4.5 Defendiendo los intereses morales de la mujer

4.5.1 ¿Salud o amoralidad?

4.6 Como corolario

Capítulo 5 Hacia la radicalización de la acción social de la (1924-1929)

5.1 Los programas laboral y educativo en el preámbulo de la guerra cristera

5.2 El fortalecimiento del maternalismo y el programa moral ante la llegada de Miguel Darío Miranda

5.3 Las actividades de defensa de la UDCM como parte de la Liga

5.4 Las Damas Católicas de la Ciudad de México frente a la persecución religiosa

5.5 Como corolario

Capítulo seis A manera de epílogo. La hora de los “Arreglos”, la UDCM ante el fin de la guerra y los primeros años de la Unión Femenina Católica Mexicana (1929-1932)

6.1 Las Damas y los Arreglos. El fin de la guerra

6.2 La Acción Católica y la fundación de la Unión Femenina de Católica Mexicana

6.3 La reestructura espacial de la UFCM

6.4 La Primera Asamblea General y el nuevo impulso al maternalismo de la UFCM

6.4.1 El de Instrucción Cristiana

6.4.2 La acción educativa

6.4.3 La moralización del hogar y demás actividades

6.5 Como corolario

Conclusiones

Siglas

Fuentes de consulta

Bibliográficas

Electrónicas

De archivo

Hemerográficas

Índice de imágenes

Notas del texto

Notas de la introducción

Notas del capítulo uno

Notas de capítulo dos

Notas de capítulo tres

Notas de capítulo cuatro

Notas del capítulo cinco

Notas del capítulo seis

Introducción

Esta es la historia de la participación política de las mujeres católicas durante las primeras décadas del siglo XX. Protectoras de la maternidad, los valores familiares tradicionales y la religión, la Unión de Damas Católicas Mexicanas se organizó desde el año de 1912 para defender a la Iglesia de los procesos de laicización de la sociedad impulsados por la Revolución mexicana y los primeros gobiernos posrevolucionarios. Para mí, este grupo de mujeres se comprometieron políticamente, demostraron una enorme capacidad de adaptación y, sobre todo, una importante habilidad para leer su contexto y aprender de él con el fin de construir un proyecto asociativo.

Desde la historia social de las mujeres y del género en México, este libro estudia el proceso de construcción de la postura política de la militancia católica femenina, tema sumamente relevante en nuestro presente ya que abona a conocer con profundidad cómo las mujeres hemos incursionado en la vida pública a través de diversos movimientos y planos ideológicos. Así, el libro centra su análisis en la formación y desarrollo de la vida asociativa de las Damas Católicas para abrirse nuevos caminos más allá de su papel en el hogar, crear una identidad propia y desenvolverse en el espacio urbano para adaptarse a las necesidades de sus tiempos. Mi intención es trazar los caminos, acciones y razones que permitieron a estas mujeres agruparse, las necesidades políticas y sociales que observaron en su contexto, así como los ejes de sus programas y las estrategias que desarrollaron para hacer visibles sus posturas en el espacio público y urbano de la Ciudad de México.

Las Damas Católicas, su contexto y su espacio

La Unión de Damas Católicas Mexicanas fue una de las organizaciones de la militancia católica más importante para la Iglesia. Desde ella, estas mujeres actuaron para conservar las premisas centrales de la fe. Las socias traspasaron la acción filantrópica que era la actividad esperada por su género para desarrollar un discurso político y crearon su propio programa social que definió su identidad, carácter y forma de trabajo a partir de su papel como madres, jefas de familias y principales promotoras de los valores religiosos. Asimismo, sus acciones hicieron posible crear un sustrato material que sostuvo su participación pública a pesar de los difíciles tiempos políticos.

Su fundación formó parte de un proceso histórico cuyo origen se puede situar en el último tercio del siglo XIX, momento en el cual la Iglesia Católica se lanzó a una intransigente lucha contra el liberalismo, el socialismo y el comunismo, ideologías que ponían en duda su papel rector de la vida pública y moral de la sociedad. Al mismo tiempo, buscó convertir a sus feligreses en militantes para defender el papel de la religión. En países como Argentina, Chile, Francia, Inglaterra, Italia y México se inició un movimiento católico femenino que fomentó el papel de la mujer, como eje de la vida familiar, cuidadora y protectora del espacio doméstico, ama de casa, esposa y madre, “ángel del hogar”, postura que les permitió debatir públicamente e imponer la agenda eclesiástica en el ambiente político para impulsar una ideología antiliberal y antisocialista a cargo de las mujeres.1

En México, a diferencia de otros países, el movimiento femenino se enfrentó a dos guerras civiles que, en un periodo de veinte años, transformaron la relación del Estado con la Iglesia. El primero limitó al máximo el papel político de la segunda y creó una “revolución cultural” que aspiraba modificar las conciencias de los ciudadanos mediante un modelo educativo racional y, además, pretendía sustituir las creencias religiosas por valores laicos con una orientación patriótica y nacionalista.2

Entre 1912 y 1930, las Damas Católicas Mexicanas crearon un programa social, un plan de acción y un discurso ideológico antagónico al Estado posrevolucionario de corte maternalista, el cual les permitió identificarse públicamente como las principales promotoras de los valores religiosos y domésticos ante la población. Además, construyeron una vida asociativa basada en la filantropía que les otorgó reconocimiento como institución privada dedicada al auxilio y detección de los problemas sociales. Todo esto se logró a partir de la construcción de redes de sociabilidad y solidaridad que las vincularon con las colonias y los barrios de la Ciudad de México.

Estas mujeres, como mujeres de su tiempo, construyeron un modelo de participación asociativa basado en una amplia red social dedicada a la administración de escuelas gratuitas, a la fundación del sindicalismo católico, a la atención de mujeres dedicadas al comercio sexual, a la formación de grupos de ayuda mutua, a la labor filantrópica en hospitales y cárceles, a impulsar la defensa de los intereses religiosos. En los periodos de mayor persecución religiosa, esta red se convirtió en su “red de seguridad” y les otorgó una flexibilidad en términos de adaptación y maleabilidad ante la adversidad. Con ello pudieron continuar con sus prácticas religiosas y ampliar su capacidad de acción en un contexto de fuerte presión política. Así, se convirtieron en activistas de la acción social católica y su labor se hizo visible en las calles de la capital del país.

El espacio urbano de la Ciudad de México entre 1870 a 1932 estuvo en movimiento y constante transformación. El programa de acción social de las Damas Católicas se insertó en la ciudad desde diversas dimensiones: la manzana, el barrio, la parroquia, la demarcación y la capital en su conjunto. Gracias a su movilidad construyeron su propio entramado social y pudieron actuar en distintos campos de manera simultánea, múltiple, y articulada. Así, mientras creaban un sistema catequístico, fundaban sindicatos o escuelas y discutían públicamente con los gobiernos posrevolucionarios, crearon de manera paralela una estructura material que les dio soporte.

Las condiciones del espacio urbano no fueron una limitante, lo mismo actuaron en zonas marginadas, como en sitios con un mejor desarrollo. Su quehacer guió su propia organización espacial, conocieron a fondo las condiciones de cada lugar. De esta forma, pudieron determinar sus centros rectores de acción y enfocar sus objetivos a las clases sociales donde, desde su perspectiva, podrían tener mayor impacto. El espacio urbano no fue un escenario, por el contrario, les otorgó fuerza y solidez para cohesionarse y sostener su acción.

Historiar el conservadurismo femenino

Los estudios históricos sobre las organizaciones de católicos mexicanos son amplios y sumamente relevantes. Adame3 y Ceballos,4 por ejemplo, han analizado el pensamiento, la organización y las distintas ideologías que conformaron la corriente del catolicismo social; Hanson5 en cambio, se sumerge en el pensamiento y la acción social católica como estrategias de la jerarquía eclesiástica para ganar influencia política; Ávila6 estudia las motivaciones y los resultados de la formación de organizaciones católicas de trabajadores como una práctica de la élite católica para actuar como mediadores del gobierno y prevenir conflictos laborales. Bautista7 analiza las interacciones de carácter político-institucional y social que surgieron entre el Estado y la Iglesia durante el proceso de secularización de la nación, su objetivo central es comprender cómo la normatividad, producto de las Leyes de Reforma, generó una serie de mecanismos a través de los cuales se dio la relación entre el clero, la sociedad y los gobiernos locales. Meyer,8 González,9 Curley,10 entre otros se han dedicado a analizar las relaciones políticas entre la Iglesia y el Estado durante las primeras décadas del siglo XX, en particular, el papel del activismo católico durante la Guerra Cristera.

Los trabajos sobre las organizaciones de mujeres católicas responden a un interés reciente por reconstruir desde la historia de género y de las mujeres la experiencia femenina en la historia. Chowning analiza el surgimiento de las Damas de la Vela Perpetua durante el siglo XIX a partir de las corrientes historiográficas que señalan un proceso de feminización al interior de la Iglesia Católica, producto de la secularización de los estados-nación y de su impacto en la experiencia devocional de hombres y mujeres. Ella señala que los hombres construyeron su devoción en la acción política, mientras las mujeres poblaron iglesias y poco a poco ocuparon un lugar central en las actividades parroquiales. Así, la iglesia y sus sacerdotes trasformaron sus actividades para acoplarlas a las necesidades femeninas, modificaron el sistema devocional y al mismo tiempo, la actividad parroquial se convirtió para algunas mujeres en un nuevo espacio de acción pública y política.11

Chowning recupera el concepto de feminización para explicar el aumento de la asistencia femenina al interior de las iglesias en México y la modernización del sistema devocional. Al mismo tiempo, abrieron un espacio de participación femenina, al grado que se convirtieron en las aliadas perfectas de los sacerdotes, pues actuaron para vincular a las comunidades, a sus barrios y a sus familias con las parroquias.12

Por su parte Silvia Arrom, se ha dedicado a estudiar tanto la sección masculina como la femenina de la Asociación de San Vicente de Paul, lo cual le permite observar que conforme avanzó el siglo XIX las mujeres fueron justificando su asociacionismo en torno a la filantropía y la caridad. Para Arrom, más que un proceso de feminización o de abandono de la filantropía por parte de los sectores masculinos, observa una división social del trabajo por género, con la incursión de las mujeres en la vida parroquial y con su nueva relación con el párroco, ellas empezaron a hacerse cargo de actividades públicas concebidas como “propias de su género” y que iban más allá de su papel maternal, pero al mismo tiempo, formaban parte del “deber ser de la mujer” e implicaban llevar la acción del cuidado femenino y materno a nuevos espacios como cárceles, asilos, hospitales y escuelas, lugares donde las mujeres actuaron llevando la doctrina religiosa, trabajando en el cuidado a los enfermos, dando de comer a pobres y criminales o bien educando a niños y adultos. Por su parte, los hombres se dedicaron a otras labores, si bien donaban dinero a las actividades filantrópicas, su accionar se encaminó hacia la defensa de la religión en el ámbito político, acto que en México se consolidó con la fundación del Partido Católico Nacional en 1912.13

Desde mi punto de vista, el análisis de Silvia Arrom permite comprender cómo esta división sexual del trabajo fue central en la defensa de la Iglesia frente al proceso de secularización.14 Así, las mujeres asumieron una rutina acorde con “el trabajo femenino” encaminada hacia la caridad y la asistencia social. Asimismo, se promovió un discurso maternal que fomentó el papel de la mujer como el centro de la vida doméstica que la Unión de Damas Católicas heredó y puso en marcha al momento de construir su propio proyecto de acción social enfocado en la defensa de la Iglesia.

El conjunto de investigaciones históricas sobre las Damas Católicas ha centrado su atención en analizar la organización durante la década de los veinte. La mayoría de las investigaciones basan su análisis en la revista La Dama Católica, surgida en 1920 y desaparecida en 1927.15 En este trabajo recupero fuentes que se encuentran en el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de México, y en el Archivo Histórico de la Universidad Iberoamericana, así como otras fuentes hemerográficas como la revista Acción Católica.16

Las investigaciones han destacado el papel de esta asociación como parte del movimiento del catolicismo social, han señalado que las Damas Católicas formaron parte del conjunto de organizaciones cuyo desempeño fue clave para comprender las estrategias diseñadas por la jerarquía eclesiástica para ganar influencia política.17 Esta historiografía señala las líneas de pensamiento de las Damas de manera tangencial, así como sus actividades y su relación con otras organizaciones católicas del momento, incluso ha dado por sentado su funcionamiento sin tomar en cuenta las particularidades de la misma pues sus objetivos han sido otros.18

Desde los estudios de género se ha rescatado la relación entre el discurso de las Damas Católicas con el dogma religioso y la promoción del papel tradicional de la mujer en el hogar, aunque en la práctica el clero fomentó la participación de las mujeres en los espacios públicos. Se ha señalado que la acción de estas mujeres dependía de la estructura patriarcal y, por ende, fue limitada y se encontró siempre bajo la tutela de la Iglesia y sujeta a una estricta vigilancia.19 Este tipo de análisis enfatiza la influencia de las mujeres católicas en el espacio político destacando su participación para afianzar la influencia de la Iglesia en la sociedad de los años veinte y treinta tanto en la Ciudad de México como en Guadalajara. También se ha buscado recuperar la vida, la experiencia y la mentalidad de las mujeres que conformaron esta organización para dar cuenta del activismo femenino poniendo en tela de juicio su supuesta subordinación frente al sacerdocio, los partidos políticos y otras organizaciones católicas.20

Se ha hecho énfasis en su papel como creadoras de opinión pública y figuras políticas y se ha indicado que los espacios de participación de las Damas se concentraron en el terreno de la educación religiosa y el trabajo social, no sin antes destacar cómo estas mujeres se convirtieron en “militantes católicas”.21 Por otra parte, se ha puesto en tela de juicio la idea de que la educación laica y la educación religiosa de las Damas eran muy diferentes, pues ambos modelos educativos tenían más elementos en común de lo que el Estado posrevolucionario y anticlerical quería reconocer. De ahí que la labor de las mujeres católicas como profesoras de niños y adultos tuvo un papel relevante en el enfrentamiento con la Secretaría de Educación Pública.22

Si bien tenemos una visión sobre la complejidad de las actividades y desempeño de esta asociación, la historiografía ha dejado de lado el sentido del asociacionismo católico femenino, aspecto que ha impedido analizar globalmente sus actividades y su singularidad. Esta investigación dimensiona la organización de las Damas Católicas a partir de su experiencia previa, se analiza cómo se adaptó a las nuevas condiciones políticas y sociales, producto de los primeros años del periodo posrevolucionario para comprender cómo la organización pasó de ser una organización filantrópica a una organización con contenido social y beligerante.

Además, se analiza cómo se imaginaban a sí mismas, cómo formaron su identidad, el discurso que pretendía convertirlas en proveedoras de la fe, cuidadoras de la moral, madres de todos los niños, enfermos, prisioneros y en representantes de los valores morales más conservadores tendientes a poner en el centro de la vida doméstica a la mujer. Este discurso derivó en una acción pública innovadora que basó su actuación en una compleja estructura desarrollada en el espacio urbano de la Ciudad de México y que transformó un discurso tradicional en uno con características propias. En el presente estudio, reviso la expresión material de la acción católica femenina para profundizar en la construcción de sus redes de seguridad y estrategias de trabajo. También, analizo las acciones que les abrieron nuevas vías de participación y notoriedad pública en función de sus actividades desplegadas a través de la ciudad.

La historiografía se ha detenido a estudiar el desarrollo de las actividades sociales de la Unión de Damas Católicas, sobre todo se ha concentrado en comprender el pensamiento, formación social y política de esta agrupación. El interés ha sido explicar cuál es el papel que jugó durante estos años de conflicto entre la Iglesia y los gobiernos posrevolucionarios.

Laura O'Dogherty retoma como eje la guerra sin cuartel de la Iglesia Católica “contra la secularización de la vida y el receso de reorganización social emprendido por el Estado posrevolucionario”.23 Karla Espinoza llega a la conclusión de que la concepción cultural de género de la UDCM estuvo marcada por su relación con la jerarquía eclesial.24 Espinoza afirma que, desde la trinchera del espacio privado, las Damas realizaron acciones con la intención de contribuir a la obra social de la Iglesia. Robert Curley considera que los movimientos de acción social buscaron restablecer los fundamentos de la influencia religiosa en la vida pública y las organizaciones profesionales como los sindicatos católicos fueron los encargados de impulsar las iniciativas del catolicismo social25 por encima del espacio parroquial. Para Yolanda Padilla la acción católica femenina debe entenderse por su preocupación por moralizar el ambiente.26 Por su parte, María Gabriela Aguirre concibe a la organización de las Damas como una muestra de la preocupación de la Iglesia por detener, o por lo menos neutralizar, el proceso de secularización y modernización que estaba experimentando la sociedad mexicana.27 Patience Schell, en cambio, analiza la pugna por la educación religiosa entre la Iglesia y el Estado, para ella es indispensable señalar que aunque el problema fue la permanencia de la educación religiosa en las escuelas, en la práctica, los programas planteados por ambos grupos tenían notables coincidencias.28 Vivaldo destacó el interés de la UDCM por insertarse en la esfera pública y crear opinión.29

María Luisa Aspe y Kristina Boylan retoman a la Unión de Damas Católicas como antecedente directo a la UFCM. Aspe analiza los discursos de los católicos que fueron conformando una visión hegemónica de la acción de los creyentes en la vida pública nacional. Kristina Boylan considera al activismo femenino de las Damas Católicas como el pilar de la preservación y el aumento de la devoción católica en México en la década que siguió a la revolución,30 hipótesis con la cual coincido.

La historiografía ha llegado al consenso de que durante la Guerra Cristera la acción de las Damas Católicas quedó restringida ante el enfrentamiento armado. Espinoza considera que se mantuvieron en la dinámica de la resistencia pacífica y simbólica.31 O’Dogherty describe su participación durante el conflicto como marginal.32 Vivaldo, por el contrario, afirma que sus actividades cotidianas no se vieron afectadas y que las Damas se dedicaron a extender su acción, a participar políticamente en protestas contra la toma de templos católicos, a proclamarse contra la Ley Calles, apoyando las actividades de la Liga de Defensa de la Libertad Religiosa y a preparar el boicot económico.33

Desde mi perspectiva, la acción de la UDCM en estos tumultuosos años, no desapareció, no se limitó ni se mantuvo estable, por el contrario, la propia maleabilidad de su organización las llevó a actuar desde distintos ámbitos apoyando como la cara cívica y de manera orgánica a las organizaciones y grupos católicos inmersos en la guerra o bien, que se vieron afectados por la misma, tal y como lo demuestra una revisión del Archivo de la Unión, complementada con documentos del Archivo del Arzobispado y del fondo histórico del Departamento Confidencial de la Secretaría de Gobernación ubicado en el AGN, fuente poco empleada por la historiografía pero que permite analizar cómo el servicio de inteligencia logró infiltrarse en las filas de la militancia católica, desde donde ubicaron formas organizativas y las juntas clandestinas, al tiempo que descubrieron “las redes de seguridad” construidas por las Damas Católicas mediante el fomento constante y cotidiano de la vida parroquial, lo que les permitió sostenerse entre las sombras durante el periodo de guerra.

Desde mediados de la década los ochenta del siglo pasado, Michael Foucault señalaba que el proceso de construcción de la modernidad había llevado al Estado a utilizar como una herramienta de poder una “política de sexo”34 que sujetaba a las mujeres, a sus cuerpos y a su sexualidad, a la maternidad. Para él, ser madre, proteger a la niñez y a la familia se convirtió en parte de las políticas estatales. Una década después autores como Seth Koven y Sonya Michel definieron el maternalismo como una herramienta de análisis que permite exaltar la capacidad de ser madre para extender en la sociedad un conjunto de valores que se unen a esta función como son, la asistencia social, el cuidado a la infancia, la educación y la moralidad.35

Esta categoría permite acercarnos al trabajo de las mujeres como el principal elemento de representación de la mujer en términos ideológicos, pero también se le puede entender como la bandera de la política feminista que buscaba lograr ciertos reconocimientos y beneficios para las mujeres; finalmente nos acerca a la justificación del Estado para delegar en las mujeres trabajos como el cuidado y protección de la reproducción social.36

En este libro se concibe el maternalismo como el eje rector de la actividad política de este grupo de mujeres, quienes, sin saber o sin pensarlo, establecieron una postura militante católica que les dio identidad y les permitió construir una plataforma política que las empoderó. El papel maternal de las Damas Católicas les dotó de una voz para expresarse públicamente y actuar como promotoras de valores domésticos y católicos, los cuales constituyeron, para ellas, el centro de la vida social de la nación.

El maternalismo estudia las coincidencias y divergencias de los movimientos feministas entre 1880 y 1920. A fin de comprender cómo el activismo femenino logró dar forma a las políticas estatales en torno al cuidado de la maternidad y de la infancia y cómo se vinculó con el papel tradicional de la mujer en sus nuevas actividades públicas y laborales.37 También ha rescatado cómo, para acceder a roles políticos activos y participar como electoras, burócratas y obreras fuera del hogar, recurrieron a las virtudes de la maternidad.

Analizar a una organización femenina católica en México entre 1912 y 1932 en términos maternalistas tiene sus propios retos. A diferencia de los incipientes movimientos feministas de izquierda38 que comenzaron a surgir en esos mismos años, la cercana relación de las Damas con la Iglesia las llevó a tomar una postura crítica y beligerante frente al Estado posrevolucionario. Desde su postura maternalista se analiza el impacto público como un movimiento de la sociedad civil que, mediante sus propios recursos, actuó públicamente para imponer su propia visión del sentido del papel de la mujer fuera de la relación directa con las políticas de bienestar social implementadas por el Estado.

Los análisis historiográficos que retoman la historia de diversos movimientos de mujeres señalan que el feminismo no fue un movimiento homogéneo de izquierda, por el contrario, han incluido a mujeres católicas que buscaban preservar los valores religiosos y a la par se preocupaban por promover el voto y asistir en campañas de beneficencia y asistencia social en torno a la salud y la educación.39 También incluyen a mujeres “liberales moderadas” quienes buscaban el establecimiento de la equidad legal para proveer a las mujeres con mayores oportunidades educativas, protección materna e igualdad salarial. En este espectro, se incluyen a las mujeres “de izquierda radical” quienes buscaban modificar las condiciones sociales mediante cambios estructurales a códigos civiles y al sufragio.40

Desde mi punto de vista, concebir la vida asociativa de la Unión de Damas Católicas Mexicanas como una organización “feminista” sería estirar demasiado el análisis histórico. A diferencia de otras organizaciones de mujeres católicas en el mundo, las mexicanas no desarrollaron programas políticos explícitos, como sí lo hicieron, por ejemplo, las españolas, quienes se denominaron a sí mismas “feministas católicas”.41 Las Damas Católicas Mexicanas generaron una agenda materna basada en lo que Temma Kaplan ha llamado “conciencia femenina”.42 A partir de una división sexual del trabajo, asumieron la responsabilidad de preservar la fe, de educar, de cuidar a la sociedad mediante la defensa de los valores católicos. Ellas no promovieron una postura política dirigida a resolver intereses de su género que derivaran en estrategias para aliviar la carga del trabajo doméstico y del cuidado a la infancia con el apoyo de políticas públicas, ni tampoco buscar el voto. Su batalla no era una batalla por los derechos de la mujer, su lucha se encontró inmersa en una guerra sin cuartel entre la Iglesia y el Estado en el cual se vieron envueltas y su salida fue defender su fe a través de su papel como madres.

Por otro lado, a partir de la década de los noventa del siglo pasado, la historiografía sobre la asistencia pública se ha interesado por estudiar a los distintos actores que participaban en las instituciones de ayuda a los menesterosos, tanto públicas como privadas.43 El presente trabajo no es ajeno a esta historiografía,44 reconoce el papel de las Damas como una organización heredera de la tradición católica proveedora de servicios de educación, salud, bienestar social y de las entidades caritativas existentes.45

Mientras estudios como los de Beatriz Moreyra han centrado la atención en el papel que jugaron las organizaciones católicas en la construcción y modernización del modelo benéfico asistencial en Argentina,46 en México este tipo de análisis resulta más complicado, pues el conflicto entre la Iglesia y el Estado es un lente que nos enfoca a analizar a las organizaciones filantrópicas de corte católico como respuesta a los embates políticos y en ocasiones adquirieron un sentido beligerante frente a la postura estatal. Se analiza a las Damas Católicas como una organización que convirtió a la filantropía en una acción política encaminada a impulsar la Doctrina Social de la Iglesia entre los menesterosos, enfermos, prisioneros, niños y obreras.

La sociabilidad, entendida como “la aptitud de vivir en grupos y consolidarlos mediante la constitución de asociaciones voluntarias”,47 se recupera por la historiografía actual como la habilidad de hombres y mujeres para relacionarse en colectivos más o menos estables y numerosos, así como a las formas, los ámbitos y las manifestaciones de vida colectiva al interior de los espacios de sociabilidad informal –en una casa, salón o cabaret– y formal –donde se encuentran la creación de asociaciones voluntarias, de círculos y sociedades.

Utilizo a la sociabilidad como elemento de análisis para definir a las Damas Católicas como una organización formal, ya que contaba con estatutos y reglamentos generales, con una oficina central y un cuerpo de socias vinculadas entre ellas mediante una responsabilidad moral de llevar una vida recta y de ayudarse mutuamente en beneficio de todos los miembros de la organización.48 Desde la sociabilidad explico su estructura y organización interna, así como las redes entre sus socias que posibilitaron sus actividades cotidianas. Ellas pudieron cohesionar sus intereses filantrópicos y políticos, así como cubrir, mediante sus prácticas cotidianas, espacios sociales, culturales, de servicio público, religioso y recreacional.

Organización del libro

Este trabajo se encuentra dividido en cinco capítulos, un epílogo y una conclusión. El recorrido histórico se presenta por décadas, ya que cada diez años se enfrentaron a una serie de retos que pusieron en duda su viabilidad como organización, pero su capacidad, maleabilidad y flexibilidad les permitió sobrevivir.

El primer capítulo brinda un panorama general del contexto donde surgió el asociacionismo católico femenino durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX. Analiza la labor de otras sociedades de mujeres católicas que antecedieron a las Damas para poder marcar las convergencias y divergencias en tanto a su forma organizativa y a su accionar político. Asimismo, teje un panorama general de cómo estas organizaciones ocupaban el espacio urbano y el papel que jugaba la vida parroquial como base de sus actividades.

El segundo centra su atención en analizar la fundación, primera estructura organizativa, objetivos y fines de la Asociación de Damas Católicas Mexicanas entre 1912 y 1917. Destaca la forma en que esta organización adquirió identidad propia y comenzó a establecer vínculos de sociabilidad con diversas comunidades. También se analizan sus motivaciones, el papel de estas mujeres frente a la revolución mexicana y a la crisis humanitaria que se vivió en la Ciudad de México durante los años de mayor tensión política entre las facciones revolucionarias.

En el capítulo tercero hace énfasis en la primera trasformación de las Damas Católicas, quienes se convirtieron en una confederación de organizaciones de mujeres católicas que actuaron por toda la República. Asimismo, llevaron un programa de acción social que apelaba al amor maternal de la mujer como el elemento guía de la identidad entre las socias y ante el resto de la población. Así, las mujeres católicas comenzarían a participar públicamente para defender el espacio doméstico, la educación de la infancia, la enseñanza del culto, las prácticas religiosas y la moral católica de la intervención estatal.

A lo largo del cuarto capítulo se analiza el programa social de las Damas Católicas entre 1920 y 1924, en particular se destaca el proceso de profesionalización49 de su acción hasta convertirse en gestoras de la defensa y la conservación de los valores católicos a partir del trabajo directo, constante y cotidiano con mujeres obreras, trabajadoras domésticas, niños pobres o huérfanos, enfermos, prisioneros y prostitutas. Desentraño la creación de una red que sostuvo las actividades católicas en la Ciudad de México.

En el quinto capítulo se presenta el proceso de radicalización del programa y la acción de las Damas Católicas durante el periodo de tensión política entre la Iglesia y el Estado, el cual desembocó en la guerra cristera. Se señala la importancia de la organización espacial de las Damas Católicas durante el conflicto. Destaca el trabajo constante y la acción cotidiana que se realizaba en diversos templos de la ciudad, los cuales permitieron poner en marcha una red de seguridad que se convertiría en la manera de sostener la práctica religiosa durante los años de persecución.

En el epílogo se analiza la radical transformación de la vida asociativa de la Unión de Damas Católicas a partir de 1929, cuando la jerarquía eclesiástica acordó el fin del conflicto religioso con el gobierno de Plutarco Elías Calles y obligó a su militancia a quedar circunscrita a la Acción Católica Mexicana, la cual se convertiría en un medio de control y vigilancia de los diversos movimientos católicos de México. A partir de este momento las Damas Católicas cambiarían de nombre y con ello de identidad, se convertirían en Unión Femenina Católica Mexicana y modificarían su organización interna, así como su forma de trabajo. Se sugieren líneas de investigación para trabajos futuros que aborden el devenir de esta asociación en la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.

CAPÍTULO UNO
Hacia la construcción de un asociacionismo católico mexicano. Los antecedentes de la fundación de la Asociación de Damas Católicas Mexicanas

La caridad, el amor, el servicio y la devoción, más que simples palabras, se convirtieron durante la segunda mitad del siglo XIX en la base del pensamiento y la acción de miles de mujeres católicas que transformaron sus vidas para formar parte de un conjunto de organizaciones filantrópicas dedicadas a atender la pobreza y la marginación, pero, sobre todo a defender a la Iglesia frente al proceso de secularización de la nación.

Así, entre 1860 y 1910 organizaciones como la Asociación de Señoras de la Caridad de San Vicente de Paul buscaron convertir a las mujeres mexicanas en “soldados de Cristo”, en legionarias capaces de visitar los hogares de familias menesterosas a fin de ofrecer ayuda material y, sobre todo, espiritual. Ellas dedicaron sus vidas a la labor caritativa, al cuidado de los enfermos, a conservar, transmitir y defender la fe católica entre diversos sectores sociales. Administraron hospitales y hospicios, trabajaron como voluntarias en cárceles y asilos, enseñaron el catecismo, ofrecieron clases de lectura y escritura, visitaron domicilios particulares de menesterosos, dieron conferencias en torno a la salud, la enfermedad y, en particular, inculcaron la importancia de Dios y la religión católica en la vida moderna. Encaminaron sus esfuerzos a evitar la pérdida de los valores católicos en la sociedad mexicana, a mantener viva y activa la doctrina religiosa en la mente y en la vida cotidiana de los mexicanos.

Su actuación no fue casual ni fortuita, sino que formó parte de un proceso de organización de grupos de hombres y mujeres católicos, quienes proveyeron un espacio para la formación de lazos de sociabilidad e identidad católica, al tiempo que actuaron como un medio de defensa de los intereses públicos y políticos de la Iglesia.

El presente capítulo tiene como objetivo dar cuenta del surgimiento de estas nuevas formas de vida asociativa producidas por una militancia católica de mujeres capaces de insertarse en la vida pública, en particular se analizarán las organizaciones filantrópicas que marcaron un camino para la participación pública, política y social de las mujeres católicas; se explican los motivos, los momentos y cómo su actuar se desenvolvió en el espacio urbano. Asimismo, se analiza la importancia de la parroquia y la vida parroquial como eje del espacio urbano encargado de marcar y delimitar sus actividades cotidianas. Se parte de la hipótesis de que las actividades cotidianas impulsadas desde el asociacionismo femenino permitieron establecer sociabilidad e identidad entre sus integrantes y los grupos sociales a quienes atendían, fomentando así la participación de obreros, campesinos, profesionistas y gremios que les permitieron actuar como defensores del catolicismo en la Ciudad de México.

Más que buscar los orígenes del asociacionismo femenino como parte de la feminización de la devoción o la caridad católica, el presente capítulo considera que el impacto del aumento de las mujeres en las actividades eclesiásticas les permitió entrar en un proceso de “concientización”1 de su papel secular, permitiéndoles actuar de manera diferente, adquirir una voz, una identidad y una forma de trabajo que definió la forma en la cual las mujeres se insertaron en la vida pública. En este sentido, el presente capítulo busca analizar los retos del asociacionismo femenino católico durante la segunda mitad del siglo XIX para comprender las razones que llevaron a la fundación de la Asociación de Damas Católicas Mexicanas en 1912 y cómo ésta recuperó la experiencia de otras agrupaciones católicas femeninas. Me interesa entender cómo la Iglesia creó y sostuvo diversos grupos de mujeres seglares católicas quienes actuaron en su nombre y le otorgaron visibilidad pública, misma que se puede medir a partir de la importancia de la parroquia y la vida parroquial como eje de sus actividades y del espacio urbano.

El capítulo se encuentra dividido en cuatro apartados y un corolario. En el primero se explica el proceso internacional que llevó a la formación de una política intransigente y la construcción de un modelo católico femenino que marcaría la vida asociativa de las mujeres católicas. En el segundo, se presenta la creación de un sistema educativo que llevó a la conformación de una jerarquía eclesiástica versada en la dirección de la militancia católica, asimismo se presentan las resoluciones del Concilio Plenario Latinoamericano y su impacto en la vida parroquial y asociativa en México. En el tercero se rescata el surgimiento de las primeras organizaciones católicas en México, así como la forma en la cual fomentaron un ideal femenino que sería la base del asociacionismo filantrópico del último tercio del siglo XIX. El cuarto y último apartado recupera la formación de las sociedades filantrópicas, sus orígenes, la incursión de la mujer a la vida asociativa, sus primeras acciones, su fortalecimiento y su consolidación.

1.1 El camino intransigente hacia la conformación de una vida asociativa católica femenina

Una larga historia antecede la creación de las asociaciones católicas femeninas fundadas durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX.2 El caso particular de las asociaciones católicas femeninas se encuentra ligado además a otro fenómeno internacional paralelo: el desarrollo de un modelo de vida asociativa impulsada directamente desde la Santa Sede. Desde finales del siglo XVIII, pero sobre todo durante el siglo XIX, el pensamiento ilustrado, el liberalismo y el socialismo pusieron en tela de juicio el lugar de la Iglesia en las sociedades modernas. Las ideas de libertad, igualdad, fraternidad y soberanía popular hicieron de lado la autoridad de Dios y de la Iglesia. De esta forma se inició un proceso de secularización y laicización de las naciones que surgieron después de la revolución francesa.

Ante estos cambios, la Iglesia tuvo que replantearse su lugar como rectora de la vida espiritual y de la conciencia, pero también su papel como institución pública. Tuvo que redefinir su naturaleza como institución social y su relación con el Estado.3 Los más de 20 años de enfrentamientos entre el Estado Pontificio y el movimiento del risorgimento,4 que buscaba la unificación del territorio italiano, endurecieron la política del Vaticano en la península itálica, mientras que en resto del mundo la actitud intransigente del Supremo Pontífice frente a la modernidad impulsó el llamado movimiento ultramontano, el cual pretendía defender y reforzar la autoridad del papado y la estructura eclesiástica. Este proceso conocido como romanización consistió en promover desde Roma una serie de medidas con la intención de centralizar la política de la Iglesia en la figura del Papa y del Vaticano.5

El siglo XIX representó para hombres y mujeres un profundo cambio en relación con su fe y con la Iglesia. Tanto en Europa como en México, los hombres tomaron distancia. Según datos de Margaret Chowning, la mayoría de las cofradías fundadas entre 1810 y 1840 se componían en un 80% de mujeres.6 Esto no significa que los hombres hayan abandonado la religión, sino que ésta “dejó de ser un hecho global, absoluto, de mentalidad, para asumir contornos relativos a la opinión religiosa”. La fe de los hombres se combinó con nuevos intereses políticos.7 Al mismo tiempo, las mujeres poblaron los templos y con ello las prácticas religiosas se acoplaron a las necesidades de su público femenino. Este proceso ha sido denominado por la historiografía de “feminización” de la piedad y las prácticas religiosas, debido a que las mujeres comenzaron a hacerse cargo de actividades devocionales en comparación a los hombres; sin embargo, la presente investigación considera, al igual que Silvia Arrom, que esta relativa “feminización” se debió principalmente a que la manera en la cual los hombres expresaban su caridad, devoción y filantropía era distinta a la femenina. Las mujeres se hicieron cargo de la caridad, la devoción y la filantropía, mientras la piedad masculina se abocó a la atención devocional en numerosas asociaciones de ayuda mutua, mediante la publicación de periódicos y la organización de congresos católicos que buscaban soluciones a los problemas sociales de la nación mexicana.8

A fin de atender las necesidades espirituales de su principal audiencia, la Iglesia creó todo un modelo religioso dirigido principalmente a la mujer, trasformó el sistema devocional y la práctica religiosa para exaltar una serie de valores que, desde su perspectiva, integraba el ser femenino. En este sentido, se identificaron los valores de la sumisión, el espíritu de abnegación, el amor conyugal, la caridad, el sentimentalismo y la maternidad, como los espacios de desenvolvimiento social de la mujer. Al mismo tiempo, se le constriñó en el espacio doméstico, se le convirtió en el “ángel del hogar”, en la protectora de los valores familiares y, por ende, de la religión católica.9 Así, se crearon nuevas prácticas devocionales como el Sagrado Corazón de Jesús, el cual asociaba los sufrimientos de Cristo por la salvación del mundo con las ideas de la restauración católica frente a la crisis eclesial provocada por la modernidad;10 el culto de María centraba su atención en convertir la pureza de la Virgen en un modelo de identificación para las jóvenes católicas, el cual sería el centro de la educación femenina;11 o bien la vigilia o el cuidado de los tabernáculos que tenían el sentido de replantear la relación de las mujeres con la parroquia, pues estas actividades iban acompañadas de la responsabilidad de mantener limpias y arregladas las iglesias, al tiempo que se aseguraban de estar abiertas y ocupadas todo el día.12

Al interior de la Iglesia, los más convencidos de la romanización pertenecían al grupo de los “católicos intransigentes”. Ellos sostenían una corriente de pensamiento tradicionalista que observaba al mundo en dos tonalidades, “por un lado estaban los enemigos de Dios y de la Iglesia; por el otro lado estaban los buenos católicos, que debían unirse al Papa en una actitud clara y decididamente antiliberal”.13 Los intransigentes condenaron de manera indistinta todas las corrientes de pensamiento que atacaban o ignoraban a la Iglesia como el liberalismo, el racionalismo, el positivismo y, posteriormente, el socialismo y el comunismo, al tiempo que propusieron un movimiento con la intención de “crear una opción social y política sustentada por la Iglesia y donde fuera la fuente de legitimidad y aspiración”.14

El otro grupo lo constituían los “conciliadores o católicos liberales”, quienes se caracterizaban por buscar la adaptación de la Iglesia a los nuevos tiempos. Para ellos, era indispensable aceptar las ideas sociales, políticas y económicas del liberalismo, aceptar el “progreso humano como parte del plan de Dios sobre la humanidad”.15 La fuerza del grupo intransigente al interior de la jerarquía eclesiástica se vio reflejada en las resoluciones del Concilio Vaticano I, donde se definió jurídicamente la superioridad del primado pontificio sobre los obispados y las diócesis de la Iglesia en occidente.16 En palabras de Aspe, hacia 1870 “la Iglesia regresaba por sus fueros haciendo la guerra al mundo moderno desde nuevas y desconocidas trincheras”.17

Bajo el auspicio de la orden de los jesuitas, la intransigencia actuó en al menos tres ejes. Primero, la divulgación de la revista Civitá Cattolica, donde se publicaban las cuatro líneas centrales de su programa de resguardo del catolicismo: “crítica a los principios liberales, la defensa del poder temporal de los papas, la exposición de los principios de la doctrina social de la iglesia y la propaganda del tomismo”.18 Segundo, la fundación de instituciones educativas encaminadas a formar cuadros al interior de la estructura eclesiástica que propagaran y defendieran el pensamiento intransigente en el mundo.19 Y por último, la formación de cuadros de católicos seglares, personas comprometidas con la causa del catolicismo pero sin formar parte de la estructura eclesiástica; la intención última era convertir a estos militantes católicos en promotores y defensores de un “programa de reconquista del mundo” impulsado desde el Vaticano para “restablecer la influencia de la iglesia en la sociedad y la política”,20 sobre todo a partir del año 1878, fecha en que León XIII (1878-1903) asumió la cabeza del pontificado.

Estos tres ejes sentaron las bases de un modelo estratégico de acción posteriormente retomado por el asociacionismo católico. Las organizaciones de hombres y mujeres, fundadas en México durante la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras del XX, trabajaron en torno a estos tres elementos; sin embargo, es importante destacar que el asociacionismo católico en México no apareció de manera espontánea a partir de 1870, sino, por el contrario, existía una tradición asociativa previa con orígenes en la transformación de las cofradías en organizaciones encaminadas a sostener una obra pía, como fue el caso de la Asociación Damas de la Vela Perpetua que fue sumamente importante entre 1810 y 1840, pues tuvo el propósito de mantener una devoción particular a un santo o a la imagen de Cristo o de la virgen de Guadalupe en varias iglesias, ciudades o pueblos. Esto implicaba mantener una capilla o un altar dedicado a la devoción durante todo un año, y una vez al año organizar una “función”, una misa especial, una procesión y una fiesta.21

Asociaciones como la Vela constituyeron un espacio de participación pública para las mujeres, les otorgaron una posición de liderazgo y modificaron su relación con los sacerdotes locales. Sin embargo, el asociacionismo católico adquirió una nueva dimensión durante el último tercio del siglo XIX, cuando comenzó a promoverse el catolicismo social. Hombres y mujeres entraron en un proceso de “concientización laica”22 que permitió vincular sus actividades pías al interior de las iglesias con un programa social y político que buscaba la expansión del papel de la iglesia en todos los ámbitos posibles. De esta forma, las organizaciones creadas en el último tercio del siglo XIX se apoyaron en el “catolicismo social” como un marco político de defensa de su fe, lo que les permitió darle un nuevo sentido a sus viejos vínculos parroquiales y comunitarios para así sostener sus sistemas de sociabilidad que comenzaban a desmantelarse.

En este sentido, las organizaciones contaron con herramientas modernas como fue un aparato publicitario basado en folletos, revistas o periódicos donde defendían la postura de la Iglesia y los valores morales de la religión a capa y espada. Por ejemplo, las Asociación de Señoras de la Caridad de SVP escribían sus Memorias donde se exaltaba la labor filantrópica de las socias más importantes.23 También la Iglesia y los laicos concientizados fundaron instituciones educativas capaces de formar tanto sacerdotes como militantes católicos. Para el caso del asociacionismo femenino, las socias de las organizaciones católicas destinaron parte de sus recursos a sostener, mediante un programa de becas, a un grupo selecto de sacerdotes que estudiaban en Roma, al mismo tiempo, inauguraron escuelas católicas para niños y niñas donde ese les inculcaba una fuerte convicción por el catolicismo social y el trabajo filantrópico. Estos mismos ejes formaron parte de las actividades cotidianas que desarrollaría la Asociación de Damas Católicas Mexicanas a partir de 1912.

Entre 1880 y 1890, León XIII publicó las encíclicas Diuturnum Illud (1881), Inmortale Dei (1885) y Libertas (1888), las cuales consolidaban las resoluciones del Concilio Vaticano I. La primera recalcaba la autoridad de Dios por encima de los hombres y, por ende, de la autoridad política en los Estados modernos.24 La segunda dio pie a una campaña de defensa de los derechos de la Iglesia a nivel internacional que utilizaba a los católicos seglares como la punta de lanza de su nueva política. Comparaba a la militancia católica con los primeros cristianos y de esta forma se les otorgaba un lugar especial en la defensa de la religión:

[…] en el orden privado el deber principal de cada uno es ajustar perfectamente su vida y su conducta a los preceptos evangélicos, sin retroceder ante los sacrificios y dificultades que impone la virtud cristiana. Deben, además, todos amar a la Iglesia como la Madre común; obedecer sus leyes, procurar su honor, defender sus derechos y esforzarse para que sea respetada y amada por aquellos sobre los que cada cual tiene alguna autoridad. Es también de interés público […] que se atienda a la instrucción pública de la juventud en lo referente a la religión y a las buenas costumbres, como conviene a personas cristianas: de esta enseñanza depende en gran manera el bien público de cada ciudad. Asimismo, por regla general, es bueno y útil que la acción de los católicos se extienda desde este estrecho círculo a un campo más amplio, e incluso que abarque el poder supremo del Estado.25

Mediante la encíclica Libertas, León XIII reconoció públicamente la separación entre la Iglesia y el Estado “situación que históricamente tenía perdida la Iglesia desde hacía mucho tiempo”.26 Siguiendo el pensamiento intransigente, se opuso a todos “los defensores del liberalismo” quienes afirmaban que “la libertad debe ser dirigida y gobernada por la recta razón”, pues esta idea negaba lo que desde la Iglesia se profesaba, que “el hombre libre deba someterse a las leyes de Dios”27 sancionando con ello al liberalismo y a las libertades políticas.28

Siguiendo la misma tónica se publicó en 1891 la encíclica Rerum Novarum donde se pronunciaba contra la miseria y la explotación de la clase trabajadora; defendía en cambio los principios de caridad, el derecho natural a la propiedad privada, el individualismo, el matrimonio y la familia como base de la sociedad. Bajo la mirada del Sumo Pontífice, la humanidad se alejaba cada vez más de los valores cristianos, de este modo la pobreza, las enfermedades, la criminalidad y las transformaciones sociales que trajo la modernidad fueron percibidas como “la cuestión social” y concebidas como consecuencia directa de las ideologías liberales y socialistas.

La Rerum Novarum se destacó por ser la primera encíclica social del pontificado. En ella se argumentó la necesidad de la Iglesia por atender y desarrollar un nuevo proyecto social –que Pío XII nombraría años más tarde como “Doctrina Social de la Iglesia” (DSI). Este programa permitió la fundación y organización de asociaciones, congresos y conferencias de hombres y mujeres católicos encaminados a la difusión de una serie de actividades que buscaban adaptar el programa intransigente a las distintas experiencias locales y moldear la vida asociativa, femenina y masculina, mediante la implementación de acciones cotidianas encaminadas hacia una misma dirección: el alivio de “la cuestión social” producto de la modernidad.

Las encíclicas Diuturnum Illud, Inmortale Dei, Libertas y Rerum Novarum funcionaron como instrumentos capaces de encaminar y unificar alrededor del mundo la acción de las crecientes asociaciones católicas de hombres y mujeres que desde la sociedad civil encauzarían sus acciones para defender la fe y enseñar la doctrina social de la Iglesia,29 bajo el lema de “luchar como los primeros cristianos” contra los principios centrales del liberalismo y los males producto de la “cuestión social”.

Para el caso particular del asociacionismo femenino, en el mundo se fomentó la labor filantrópica. El modelo católico femenino que surgió en el siglo XIX exaltaba el papel de la mujer en la vida doméstica. En este sentido, impulsar la acción social femenina era motivo de inquietud, pues significaba abrir la puerta a un espacio de acción social fuera de la tutela familiar y masculina. La práctica filantrópica, las acciones de caridad y la beneficencia fueron los ámbitos idóneos para la participación femenina, ya que le permitieron actuar en la vida pública sin perder el papel que el modelo católico le había otorgado, al cuidado del hogar, del esposo y los hijos se le agregó la atención del enfermo, el menesteroso y de ciertos sectores sociales.

Asimismo, la formación de asociaciones católicas femeninas dio un nuevo sentido a la identidad de las mujeres, “la militante tomó el lugar de la dama de beneficencia”,30 y el sentido de la caridad como eje de la vida moral femenina se convirtió en el estandarte que les permitió actuar públicamente. Las mujeres fundaron hospitales, atendieron a los enfermos y delincuentes, dieron conferencias religiosas, de higiene, moral y enseñaron el catecismo, crearon un sistema que les permitía traspasar su papel de protectoras de la vida doméstica como madres, amas de casa y esposas para convertirse en guardianas de una serie de valores religiosos que les abrió las puertas de la vida pública.

En consonancia con las directrices papales, la construcción de un modelo de acción de las organizaciones católicas femeninas que estará presente durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX se fue construyendo en torno a los tres ejes básicos. Primero, la sociabilidad que generaba identificarse como “las primeras católicas” y compartir un mismo el aparato devocional, como el Sagrado Corazón, las devociones marianas y el rezo del Rosario. Segundo, desde el impulso de una militancia que defendía ciegamente su derecho a expresar públicamente su fe católica mediante la organización de fiestas parroquiales, kermeses y peregrinaciones. Tercero, la promoción de un aparato publicitario que fomentó la homogeneización del discurso intransigente en torno al papel de la mujer católica en el mundo moderno.

1.2 Y la romanización llegó a México

El fortalecimiento del ultramontanismo en México se desarrolló, por un lado, a partir de una reforma educativa de los seminarios, dirigida tanto al clero secular parroquial como a la jerarquía eclesiástica y, por el otro, con la celebración del Concilio Plenario Latinoamericano en 1899.

Era central para el proceso de romanización formar cuadros intelectuales que desde el interior de la Iglesia defendieran la religión frente las diversas aristas de la modernidad. Así, se educó al clero secular bajo la litúrgica de la renovación tomista y se les preparó como promotores de las devociones del Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen de Guadalupe.31 En cambio, la educación de una jerarquía eclesial romanizada quedó a cargo de tres instituciones: la Universidad Pontificia de México, el Colegio Pio Latinoamericano y la Universidad Gregoriana, estos dos últimos ubicados en Roma. El Colegio Pio Latinoamericano estuvo dirigido por jesuitas y tenía la intención de “formar según los designios papales a la élite del clero que habría de constituir una parte importante del episcopado latinoamericano”.32 A él asistieron como estudiantes un grupo de jóvenes mexicanos quienes, como se verá en el capítulo siguiente, se convirtieron en los principales dirigentes del catolicismo social mexicano y al mismo tiempo ocuparon cargos sumamente importantes al interior de la jerarquía eclesiástica mexicana.33

En 1899, León XIII convocó a obispos y sacerdotes de América Latina a participar en el Concilio Pio Latinoamericano, que tuvo el objetivo de “consolidar en esas naciones, […] el Reino de Cristo”,34 se dio pie al incremento del control de la Santa Sede sobre la Iglesia mexicana reforzando la estructura eclesial centralizada y vertical.35 La intención última fue redefinir los espacios de acción de la autoridad episcopal pues en la cotidianidad existía un cierto grado de desorden así como una evidente falta de control eclesiástico. No se respetaba la jerarquía piramidal de la estructura de la Iglesia, por el contrario, en muchos casos, los nexos entre párrocos locales, obispos, autoridades gubernamentales federales, así como alianzas con ciertos sacerdotes romanos, limitaban el poder político y económico de las diócesis lo cual fomentaba prácticas clientelares y corruptas que viciaban el juego político al interior del episcopado mexicano.36

Las resoluciones del Concilio Plenario Latinoamericano imponían normas generales encaminadas a centralizar y normalizar las relaciones de poder entre el clero, reafirmando la autoridad de Roma por encima de la política interna de la Iglesia mexicana. Este proceso comenzaba por el eslabón más básico e importante de la organización eclesial: la parroquia. De acuerdo con O’Dogherty, el fortalecimiento de la vida parroquial y la primacía del párroco resultaban sumamentes importante, pues la parroquia era el “espacio natural de relación entre la ‘potestad eclesiástica’ y los creyentes”.37

La parroquia fue uno de los pilares que dieron estructura y orden al espacio urbano. Durante el periodo colonial, la Ciudad de México contaba con dos clases de demarcaciones del espacio urbano: la eclesiástica y la civil, cada una de ellas regulaba parte de la vida cotidiana de la capital. La división eclesiástica quedó delimitada por medio de jurisdicciones parroquiales, quienes se encargaban de ofrecer y llevar un riguroso registro de los servicios correspondientes a los sacramentos: el bautizo, el matrimonio, los enfermos y los entierros.38 Entre 1768 y 1772, la estructura parroquial novohispana basada en el principio de la separación étnica, que dividía a la “república de españoles” de la “república de indios”, desapareció para dar paso a un nuevo orden ilustrado cimentado en la evolución demográfica, social y económica de la Ciudad de México. A partir de este momento, el arzobispo Antonio de Lorenzana erigió 13 parroquias para atender las necesidades espirituales de los habitantes de la capital, como se muestra en el Plano 1.39

Plano 1

Orden Parroquial de la Ciudad de México a partir de la reestructuración de 1772 hasta 1902


Plano 2

Estructura parroquial (1902)


Entre 1772 y 1902 la estructura parroquial no tuvo cambios importantes, sino hasta este último año, el arzobispo de México, Prospero María Alarcón y Sánchez de la Barquera (1891-1908), reestructuró el espacio parroquial. Tal y como se muestra en el Plano 2, se amplió el número de parroquias de 13 a 1740 y se incorporaron cinco vicarías.41 El objetivo era refuncionalizar el espacio para adecuarlo al crecimiento urbano y para tener mayor control sobre las actividades pastorales42 y así cumplir con los compromisos adquiridos durante su asistencia al Concilio Plenario Latinoamericano. La intención fue convertir a la parroquia en un espacio que permitiera la construcción de una identidad social, política y urbana entre los distintos grupos sociales que a ella asistían. La parroquia se convirtió en un centro para la sociabilidad de la población local.

El párroco adquirió la responsabilidad de crear espacios de interacción entre sus congregados, así como moralizar a los pueblos e “instruir a los fieles en todo lo que tenga que ver con la fe y la moral”;43 llevar a la práctica el desarrollo de las doctrinas eclesiásticas, la instrucción del catecismo, la educación de la juventud, el socorro de los pobres y enfermos; así como defender los bienes y derechos de sus templos. Las mujeres que participaron en alguna asociación católica entre 1870 y 1910 acompañaron al sacerdote en estas labores, se convirtieron en su mano derecha, a través de la vida asociativa femenina que el párroco encaminó siguiendo la dirección de su superior inmediato, el obispo de su diócesis, quien a su vez cumplía los designios establecidos por la Arquidiócesis y la Santa Sede. Si tomamos en cuenta que las mujeres dominaban las actividades realizadas al interior de las parroquias, entonces podemos decir que ellas se convirtieron en las aliadas idóneas del párroco y en las principales promotoras de la sociabilidad que giraba en torno de la vida parroquial.

El proceso de secularización modificó igualmente el papel de las parroquias como parte central de la estructura urbana, acto que materialmente se observa en la pérdida de sus atrios y otras propiedades, así como en la prohibición del culto y la manifestación religiosa en el espacio público. Estos cambios se dieron de la mano con el aumento del número de habitantes y del ensanchamiento urbano de la Ciudad de México que comenzó a transformar el espacio a partir de la década de 1880 en dos sentidos. Por un lado, la llegada de nuevos vecinos produjo un hacinamiento y proliferación de colonias ilegales y desorganizadas donde no se contaba con agua corriente, ni pavimento, ni alumbrado público, sino que serían levantadas por los propios migrantes sin autorización previa del ayuntamiento. Por el otro lado, se fundaron nuevas áreas urbanizadas gracias a la innovación del transporte lo cual permitió un reacomodo geográfico de las clases sociales mejor acomodadas que cambiaron su lugar de residencia del centro hacia el poniente, convirtiendo al casco histórico de la capital en “un espacio de comercio y viviendas subdivididas y arrendadas para alojar a familias de bajos recursos”.44

La Iglesia no fue ajena del crecimiento de la ciudad. Conforme se expandieron los límites la ciudad [ver Plano 2],45 el arzobispado de México tuvo que ir reconfigurando la distribución espacial de las parroquias para adecuar el servicio eclesiástico a las trasformaciones urbanas.46 Para 1904, las parroquias ubicadas en la periferia extendieron sus límites hacia las colonias que estaban planificadas pero todavía no establecidas y hacia las zonas más marginales. Así, la parroquia de la Concepción Tequipechuca y la vicaría de San Francisco Tepito ubicadas en los dos primeros cuarteles, la parroquia de Santa Ana en el tercer cuartel y la vicaría de San Miguel Nonoalco en el quinto cuartel, ejercieron su influencia en el norte de la ciudad, justo donde se establecieron algunas colonias obreras. Al sur extendían sus límites la vicaría del Campo Florido ubicada en el sexto cuartel, la parroquia de Salto del Agua y la parroquia de Santa Cruz Acatlán ubicadas en el segundo cuartel.47

En este sentido, el papel de párroco como guía de la vida asociativa católica femenina fue clave, incluso, una de las funciones centrales de las mujeres era “extender” la presencia pública del párroco. Las actividades que se promovían al interior de las asociaciones como la organización de peregrinaciones, fiestas parroquiales y kermeses, la instrucción del catecismo, la visita a hospitales, hospicios y cárceles para atender las necesidades espirituales de enfermos, moribundos y criminales, eran esenciales para ampliar el espacio de acción parroquial y dichas actividades fueron realizadas por mujeres.

Obispos y arzobispos latinoamericanos decidieron, a partir del Concilio Pio Latinoamericano, poner en marcha una campaña publicitaria de defensa de la Iglesia y de la fe. El instrumento central de esta campaña fueron los católicos seglares; sin embargo, las mujeres no actuarían como electores y aspirantes a puestos públicos, tampoco divulgarían la postura política de la Iglesia en periódicos católicos48 como hicieron otras asociaciones masculinas. La participación femenina quedó constreñida a las actividades filantrópicas. Las mujeres tuvieron un papel fundamental en unificar la instrucción de la doctrina social y la educación religiosa, por ejemplo, impartir el catecismo, el cual tenía la función de ofrecer a los niños y jóvenes un sumario de todos los valores morales por medio de los cuales debían regir su vida.49 Las mujeres se convirtieron en las principales promotoras de nuevas devociones como el Sagrado Corazón de Jesús, las devociones marianas, el rezo del Rosario50 y la devoción a la Virgen de Guadalupe.

Las resoluciones del Concilio Pio Latinoamericano rigieron la vida pastoral de las primeras décadas del siglo XX, pero además regularizaron, unificaron y centralizaron la defensa de la Iglesia frente al proceso de secularización, el liberalismo, la educación laica y la tolerancia de cultos. A partir de este momento, se reforzó la intervención directa del párroco, quien organizó el asociacionismo femenino a nivel local para sostener y fomentar el culto, la educación y la moral católica en su parroquia. Asimismo, se impulsó, a través de la militancia católica femenina, la intervención indirecta de los preceptos eclesiásticos en la vida pública.

Durante las siguientes décadas, la Iglesia mexicana descubrió en las mujeres a sus más fieles “soldados” y aprovechó la influencia doctrinal que el párroco tenía sobre ellas para obtener una base de influencia social basada en el fomento de vínculos de sociabilidad horizontal de mujer a mujer. Se impulsó, mediante el asociacionismo católico femenino, un sistema de valores cuyo aspecto central era el modelo de mujer católica, abnegada, devota, defensora de su lugar en la vida doméstica, de su maternidad, de su necesidad de proteger a la infancia y así asegurar la formación de futuras generaciones de católicos comprometidos con la Iglesia. Al mismo tiempo, las mujeres adquirieron una identidad pública y un espacio de acción, la parroquia.

1.3 El surgimiento de las primeras organizaciones femeninas católicas en México

La promoción del asociacionismo estuvo ligado a profundos y dolorosos cambios que experimentó la Iglesia católica mexicana a partir de la adición de las Leyes de Reforma a la Constitución de 1857,51 pues en ellas se materializó la separación entre la Iglesia y el Estado. Se prohibieron la práctica pública del culto e instrucción, la recolección de limosna y las manifestaciones religiosas fuera de los templos, las congregaciones masculinas y el reclutamiento de monjas. Con ello, la religión fue reservada para la conciencia individual y la práctica interior.52 Este proceso de secularización significó también la transferencia de la tutela de los individuos de la Iglesia al Estado, los individuos se convirtieron en sujetos de derecho,53 y de esta manera se limitó el papel de la Iglesia a la esfera privada, quedando excluida de validar los nacimientos, matrimonios, defunciones, herencias, propiedades, etcétera.

A fin de defender sus espacios de acción social, económica y política tradicional, entre 1857 y 1870 el clero mexicano adquirió un protagonismo especial al “convocar a los católicos a tomar las armas y rebelarse contra los gobiernos para frenar los ‘ataques’ al catolicismo”.54 De acuerdo con Silvia Arrom, este enfrentamiento ha sido analizado historiográficamente como una lucha entre el bien y el mal, entre “liberales” y “conservadores” y ha dejado fuera del análisis aquellos aspectos que trasformaron las relaciones sociales frente al proceso de nacionalización de hospitales, orfanatos, asilos y demás servicios que anteriormente administraba la Iglesia.55 En los últimos años se ha estudiado el papel de las mujeres al interior de las miles de asociaciones católicas que desde el laicismo defendieron la fe mediante el constante trabajo que realizaban al interior de las parroquias, pero también con grupos gremiales y sectores vulnerables fuera del espacio parroquial.56

El interés de la Iglesia por forjar una militancia católica bien preparada para la defensa de sus intereses políticos frente a la secularización, estuvo acompañado de un proceso de “concientización laica”, los sectores más devotos de la sociedad actuaron conforme a su fe, de concebirse no sólo como ciudadanos ni como católicos, sino como actores sociales con una postura ideológica antimoderna y antiliberal. En este sentido, el proceso de concientización laica se une a una necesidad de asociación que abarcó diversos aspectos de la vida social, al grado que para el último tercio del siglo XIX se puede dividir en tres grupos. El primer grupo se formó con aquellas organizaciones piadosas dedicadas a algún culto religioso en particular, como por ejemplo la Asociación de Hijas de María, o bien la Asociación de los Hijos e Hijas del Sagrado Corazón de Jesús. El segundo incorporó a las organizaciones de corte gremial, aquellas que pretendían congregar a obreros y artesanos como la Liga Católica. Y el tercero integró a las asociaciones caritativas o filantrópicas dedicadas a las obras de auxilio social como las Sociedades de San Vicente de Paul.57

El programa asociativo que impulsó la Iglesia para las mujeres estaba encaminado a exaltar su papel doméstico, en este sentido, el espacio de la participación que se concibió como propio y adecuado para ellas quedó constreñido a la labor filantrópica y caritativa. Es importante rescatar estas experiencias, pues en ellas se expresa el ideal de mujer católica que fomentó la Iglesia y que será retomado años más tarde por la Asociación de Damas Católicas.

Las organizaciones piadosas, como cofradías, hermandades y otras asociaciones de origen colonial habían decaído en tamaño y organización debido a la desarticulación del clero regular. Sin embargo, hacia el último tercio del siglo XIX, la Iglesia buscó renovar este tipo de asociacionismo y convocó a los feligreses a agruparse para organizar las actividades anuales del culto y de esta forma revitalizar la vida parroquial, tanto urbana como rural. Este tipo de organizaciones ayudaron a fomentar la nueva pastoral y a adaptar el sistema devocional a las necesidades de su tiempo que sirvieron para transformar la religiosidad popular y dotar al culto de un discurso uniforme contra la modernidad.58

Aun cuando no existen estudios específicos sobre el papel de la mujer en estas organizaciones, al revisar detenidamente los nombres de las más de treinta asociaciones piadosas59 que recupera Cecilia Bautista en su tesis doctoral, podemos notar que existía una fuerte participación femenina, esto no es de extrañarse, como ya mencionamos las prácticas religiosas atravesaron un proceso de división del trabajo por género con lo que se reforzó el trabajo en las parroquias.

En este sentido, la propagación de asociaciones dedicadas a despertar el interés por renovar la vida espiritual permitió a las mujeres abrirse camino en la vida pública. Es importante hacer énfasis en que las organizaciones femeninas, por ejemplo la “Asociación de las Madres Católicas”, enfatizaban como eje de su discurso y de sus prácticas asociativas el lugar de la mujer en el espacio doméstico. El papel de la mujer como buena madre y esposa, encargada de resguardar de los valores católicos en el hogar.

A diferencia de las organizaciones piadosas y filantrópicas, las gremiales o de corte laboral fueron exclusivamente masculinas, surgieron como una alternativa católica a las corrientes socialistas dirigidas a proteger a los trabajadores y mejorar sus condiciones laborales. Mediante este tipo de vida asociativa, se promovió la conciliación entre trabajadores y patrones a fin de evitar conflictos laborales que desencadenaran problemas mayores. Asimismo, se organizaron de manera paralela organizaciones de ayuda mutua y cajas de ahorro que otorgaban auxilio material y apoyo social a las familias de los trabajadores.

Un ejemplo es la Liga Católica (1891-1894), fundada tres meses después de que se diera a conocer la encíclica Rerum Novarum en México, asociación que pretendió “revivir a los antiguos gremios”, dividiendo sus secciones en distintos grupos según las profesiones.60 Dentro de la construcción de un asociacionismo católico llama la atención el uso discursivo de la palabra “gremio” por parte de la militancia católica, misma que recurre a elementos tradicionales a fin de hacer accesibles prácticas asociativas modernas.61

La Liga tenía su propio código normativo que la ratificaba como una organización con prácticas asociativas modernas. Se trataba de una serie de concepciones preestablecidas desde la Santa Sede con relación al orden social cristiano que conformaba su programa, el cual marcaba paso a paso las actividades de la agrupación. Atendía a todas las clases obreras sin distinción, promovía el “espíritu de asociación” bajo el objetivo de “atraer a los verdaderos cristianos, a fin de que todos unidos procurasen su moralización recíproca; y al mismo tiempo, como cosa secundaria, la creación de fondos pecuniarios, para beneficio de los asociados”.62 Mientras las mujeres se ocupaban de fomentar el nuevo sistema devocional y el pastoral, la Liga desarrolló sus actividades programáticas a partir de tres comisiones: enseñanza, casino y literatura; la primera se dedicó al adoctrinamiento religioso y las otras dos atendieron las celebraciones y reuniones de la organización. Hacia 1894, la Liga registraba once agrupaciones gremiales: de abogados, sacerdotes, médicos, médicos homeópatas, farmacéuticos, profesores, ingenieros, comerciantes, empleados, dependientes, estudiantes y artesanos.63 Este es tan sólo un ejemplo de cómo se dividieron las actividades del catolicismo social por género.

Esta asociación también publicó su propio órgano propagandístico titulado El Cruzado. Por este medio se promovió la postura del catolicismo social en la opinión pública. Al mismo tiempo, el diario es un reflejo de la “concientización laica” de la Liga. Cabe señalar que no fue el único periódico impulsado por la militancia católica, entre 1870 y 1910 se publicaron alrededor de 28 periódicos y boletines. Otro ejemplo es el diario El País (1899-1914) que permitió a los católicos sociales enfrentarse al régimen porfirista de manera soterrada debatiendo en torno al problema “obrero”, la “descatolización” y la “lucha social”. El Cruzado expresa el pensamiento secular del asociacionismo católico, distinguía entre el mensaje religioso y los derechos ciudadanos que, como católicos defenderían y actuarían políticamente:

Mas como quiere que la religión consagra nuestros más nobles interés y santifica nuestros más legítimos amores y que al llamarnos a la ciudadanía del cielo no nos quita nuestros derechos de ciudadanos en la tierra, “El Cruzado” no será un periódico exclusivamente religioso, sino que tratará todas las cuestiones sociales y políticas que le parezcan de más actualidad y que de cuya solución penda el bien de nuestra patria.

“El Cruzado”, sin embargo no será órgano de partido alguno político, no obrará por espíritu de bandería, jamás combatirá contra las personas sino contra los principios, siendo su lema el mismo que ha agrupado a algunos centenares de mexicanos en la Liga Católica: Dios, Patria y Unión.64

Este periódico se dedicó también a divulgar el pensamiento social católico, enaltecer las obras católicas como las principales soluciones a la cuestión social, defender los derechos de los trabajadores y promover la organización de asociaciones obreras de corte católico sin atacar abiertamente a ninguna figura política.65 La intención central era dar sentido a las diferencias de la vida cotidiana con la interpretación de la historia nacional, también acompañó la pluralización sociopolítica, la diversificación y la descentralización de la opinión pública.

Aunque la Liga Católica no contó con una sección femenina, los editores de El Cruzado sí dedicaron una columna especial dirigida a la mujer. Para ellos, era indispensable exaltar la cosmovisión católica del “deber ser” de la mujer y, por ende, delinearon aquellos elementos que marcaban la identidad femenina del modelo católico impulsado a lo largo del siglo XIX. Para los editores era indispensable reafirmar el papel doméstico de la mujer católica y su importancia frente a los cambios, producto del laicismo y de la sociedad moderna, como por ejemplo el aumento del trabajo femenino, el incremento de madres solteras y la disminución de los matrimonios.66 El discurso que produjo este semanario católico recogía la construcción cultural de una feminidad católica basada en el “celo y la abnegación” de la mujer como valores otorgados directamente por Dios para así reafirmar su papel como “el encanto del hogar”. Por ende, la Sección Carta a las Damas se dedicó a pregonar aquellos elementos que conformaban el ideal de la buena mujer católica.67

Para los editores de El Cruzado, la mujer era “el ser creado expresamente por Dios, para servir al hombre de compañía […] y formada la primera mujer, quedó constituida la sociedad en su más sencilla forma: la familia”.68 Los miembros de la Liga indicaban a la mujer católica que su papel en la tierra era de suma importancia para las sociedades, eran ellas las encargadas de sostener el núcleo central de las sociedades: el hogar donde la mujer debía de ser virtuosa, piadosa, respetable, y sobre todo, debían “con poco trabajo ganar almas para Dios, ya aconsejando, ya solamente dando ejemplo; y eso último en todas partes, pero principalmente en el templo”.69 La revista se preocupó por reproducir el papel maternal de la mujer como el deber femenino se encontraba exclusivamente en el espacio doméstico donde la mujer era quien daba vida a la familia. Bajo esta concepción católica, la maternidad se convertía en la principal función que debían desempeñar las mujeres. Pero ahora esa función tenía reflectores. Era visible y pública.

La Liga desapareció tres años después de su fundación y con ella el periódico El Cruzado; sin embargo, los esfuerzos de la militancia católica y de la jerarquía eclesiástica no fueron en vano. Entre 1899 y 1902 Ceballos registra otras diecisiete agrupaciones sociales entre escuelas de artes y oficios, congregaciones marianas, círculos católicos y asociaciones laborales. También se fundaron cajas de auxilios mutuos, con fines asistenciales, mutualistas y laborales, en donde aportaban cuotas de manera conjunta los dueños de los talleres y sus trabajadores. Cada trabajador podía disponer de su aportación en caso de enfermedad o defunción,70 cabe señalar que se desconoce si existió participación femenina al interior de estas organizaciones.

Entre 1903 y 1909 comenzó una nueva etapa para el asociacionismo católico laboral. La cual estuvo marcada por la consolidación de la primera generación de sacerdotes exestudiantes del Colegio Pio Latino que regresaban a México con nuevas herramientas educativas, cuyo propósito fue impulsar una militancia católica centralizada, homogénea y unificada frente a la atomización de esfuerzos que existían hasta este momento. Este periodo está marcado por la celebración del Primer Congreso Católico Mexicano organizado en Puebla, que permitió diferenciar la formación, el surgimiento y la definición de diversas corrientes sociopolíticas entre los católicos mexicanos.71

A lo largo de siete años, se llevaron a cabo tres congresos, además del de Puebla (1903). En Morelia (1904), Guadalajara (1906) y Oaxaca (1909), todos ellos buscaban centralizar el pensamiento político de la militancia en torno al sindicalismo católico y al problema obrero. Además se organizaron tres Congresos Agrícolas, dos en Tulancingo (1904 y 1905) y uno en Zamora (1906), con el objetivo de motivar a terratenientes y hacendados a la mejora de las condiciones de los campesinos a través del discurso social y una Semana Social Agrícola, que a diferencia de los congresos, tuvo la intención de establecer los principios de la acción social netamente católica.72 A todas estas asambleas acudieron diversos sectores del catolicismo mexicano: obispos, sacerdotes, profesionistas, hacendados, periodistas, intelectuales y jóvenes. Sin embargo, a pesar de estos intentos por centralizar la vida asociativa laboral, cada una de las organizaciones funcionaban de manera independiente y autónoma, hacia 1909 la jerarquía eclesiástica no había conseguido evitar la atomización de esfuerzos asociativos. Este hecho impidió que se fundara una organización nacional para centralizar las actividades de las organizaciones laborales católicas.

Cabe señalar que no existe ningún estudio que se haya enfocado a analizar la participación femenina en estos Congresos. Por lo que he podido investigar, las mujeres actuaron de manera secundaria, ya fuera dirigiendo recitales o bien leyendo piezas literarias.73 Esto no significa que las mujeres no hayan sido de interés para los congresistas, por el contrario, en el Congreso de Guadalajara en 1906, encontramos que se designó a una congregación especial para estudiar “la dignidad de la mujer, la santidad del matrimonio y del hogar, la niñez y la familia” donde participaron nueve miembros de la jerarquía eclesiástica y tres seglares.74 Más allá de abrir un espacio de participación asociativa de las mujeres en el campo laboral, tanto la militancia católica como la Iglesia dirigieron sus esfuerzos hacia el fomento del papel de la mujer como eje de la vida doméstica y familiar. Frente a este modelo católico, pensar en su participación como un miembro importante del asociacionismo laboral era simplemente imposible. Cabe destacar que esta actitud hacia las mujeres cambiaría rápidamente con la fundación de las Damas Católicas en 1912, quienes no sólo adquirían un papel central como promotoras de la educación entre la clase obrera, además, hacia la década de 1920, fundarían sindicatos de mujeres obreras en la Ciudad de México tal y como veremos más adelante.

Sin embargo, hacia 1909, muchos años antes de que se organizara un movimiento obrero femenino, se fundó en la Ciudad de México la Unión Católica Obrera (UCO),75 esta organización pretendió centralizar, impulsar y fortalecer el activismo católico, por lo que creó círculos de obreros asociados a parroquias en barrios y colonias de la capital. Inclusive Ceballos ubicó una veintena de círculos obreros que trabajaban de manera simultánea.

Dentro de las actividades de la UCO se orientaba el mutualismo, ahorro, promoción de escuelas, organización de centros de recreación, cooperativas, bibliotecas, y orquestas. También se dedicó a promover las actividades religiosas como peregrinaciones, festivales, celebraciones litúrgicas y conferencias. Sin embargo, no estaban realmente unificados, sólo compartían la adhesión nominal y el lema de la Unión: “unos por otros y Dios por todos”.76

Se fundó también ese año la organización Operarios Guadalupanos, que surgió del Cuarto Congreso Católico de Oaxaca extendiendo sus redes de apoyo entre las clases medias del país.77 Ese mismo año en la capital del país se instituyó el Círculo Católico Nacional, cuyo fin fue, una vez más, centralizar la vida asociativa de corte laboral así como extender la acción católica a todas las clases sociales, impartir acciones de ayuda mutua a los asociados y fundar centros de reunión que “no estuviesen reñidos con la moral”. Además, se promovía la formación de bibliotecas, salas de lectura, la publicación y difusión de periódicos y revistas católicas, el establecimiento y patrocino de agrupaciones obreras, la organización de cooperativas, cajas de ahorro y bolsas de trabajo.78

El gran número de organizaciones católicas laborales que se constituyeron en la Ciudad de México se sostenían por la sociabilidad entre sus miembros pues sus raíces se ubicaban en los barrios, parroquias, el trabajo y las redes de parentesco extenso. En este sentido, las fronteras espaciales impuestas por la distribución física de las parroquias y los barrios normaron también la forma en la cual se llevaron a la práctica las distintas actividades cotidianas de las asociaciones gremiales. Asimismo, sus integrantes experimentaron prácticas democráticas modernas pues, lograron participar en asambleas, ejercer el voto y actuar de manera conjunta en un movimiento que buscaba mejorar las condiciones sociales de los ciudadanos usando como eje el discurso del “catolicismo cívico” que combinaba la tradición con algunos elementos de la modernidad.

La jerarquía eclesiástica no logró romper con el espíritu localista de estas organizaciones, no se pudo generar un movimiento homogéneo, unificado y nacional de corte sindicalista, lo anterior probablemente se deba a la poca movilidad de la población, como señala Barbosa, muchos de los habitantes de la Ciudad de México realizaban la mayoría de sus actividades cotidianas en un espacio urbano no mayor a un rango de cinco manzanas.79 Esta forma de organización espacial por demarcación será retomada en 1912 por la Asociación de Damas Católicas.

Para la Iglesia católica las mujeres ocuparon un lugar central en el asociacionismo católico de corte filantrópico; sin embargo, es importante recalcar que este fue uno de los tantos esfuerzos de la Iglesia por ocupar un espacio en la vida pública.

1.4 Las organizaciones filantrópicas y la participación de la mujer en la vida asociativa

El proceso de secularización fue más allá de limitar la influencia política de la Iglesia, significaba desplazar ciertos principios religiosos que regulaban la vida social y sustituirlos por un nuevo conjunto de conceptos y valores basados en la figura del individuo, el ciudadano, la civilidad y el liberalismo. La secularización implicó una serie de profundos cambios en la mentalidad, la cultura y el desarrollo de la sociedad mexicana. Por ejemplo, el matrimonio civil significaba para la iglesia “validar las alianzas conyugales que no estuvieran consagradas por la religión”,80 lo que implicaba eliminar el sentido sagrado de la vida conyugal. Por su parte, la construcción de los primeros cementerios públicos dirigidos por el Estado modificaba el sentido de la muerte eliminando del imaginario colectivo la idea católica de la vida más allá de la muerte y permitiendo recordar al muerto en la tierra para que “viva eternamente en los recuerdos de la gente”,81 lo cual simbolizaba la eliminación del entierro como un espacio para el culto católico.

El mismo efecto tuvo la secularización en el campo del auxilio al pobre y al enfermo. Conforme avanzó el proceso de nacionalización de hospitales, hospicios, orfelinatos y asilos, que hasta 1861 administraba la Iglesia, la tradición de la caridad católica fue sustituida por una serie de políticas asistenciales impulsadas desde las oficinas de la Dirección de Beneficencia Pública, órgano federal encargado de administrar el auxilio al menesteroso durante el porfiriato. Este proceso implicó también un cambio en la mentalidad y accionar de los mexicanos decimonónicos, algunos intelectuales liberales como Ignacio Manuel Altamirano o Manuel Gutiérrez Nájera daban por sentado el carácter laico del auxilio público pese a que en la práctica las políticas estatales se fueron adecuando a las condiciones económicas y políticas del gobierno porfirista.82

Sin embargo, la secularización no desapareció las prácticas de caridad católica. De manera paralela a los servicios asistenciales ofrecidos por el Estado, la Iglesia recurrió al asociacionismo católico femenino para poner en marcha un sistema de beneficencia privada mediante el cual se organizaron mecanismos capaces de llevar auxilio material y consuelo espiritual a los pobres.83 Esto se debió a que durante el porfiriato la Iglesia experimentó un momento de revitalización y trasformación, el cual se ha denominado como un periodo de “concertación clero-gobierno”,84 ya que se mantuvieron incorporadas a la Constitución las Leyes de Reforma, pero en la práctica dejaron de aplicarse. Asimismo, el clero pudo acumular inversiones, recuperar algunas propiedades y, de manera no oficial, reabrió escuelas y órdenes religiosas85 que permitieron la formación de un nuevo clero, mejor instruido y con mayor interés y habilidad para participar políticamente.86

La formación de las asociaciones filantrópicas como la Sociedad de San Vicente de Paul y la Sociedad Católica Nacional pertenecen a este contexto. Dichas organizaciones gozaron de una enorme tolerancia por parte del Estado y al mismo tiempo reflejaron el desarrollo de una nueva cultura caritativa de corte moderno, dispuesta a satisfacer necesidades económicas y sociales concretas, a desarrollar actividades culturales y recreativas, así como a construir lazos de solidaridad que permitían a la Iglesia y a su militancia actuar de manera conjunta en la vida pública.

La Sociedad de San Vicente de Paul (SVP) surgió gracias a los esfuerzos del doctor Manuel Andrade (1809-1848) como un promotor privado, a diferencia de la Asociación de Damas Católicas Mexicanas que se fundó bajo el auspicio directo del arzobispo de México José Mora y del Río. Andrade estudió medicina en París (1833-1836), donde vivió en carne propia el nacimiento de la SVP. Esta asociación, a partir de 1833, utilizaría obras de caridad como un medio para diseminar la religión, “su método consistía en reunirse todas las semanas en pequeños grupos para rezar, deliberar y visitar los hogares de familias menesterosas llevándoles ayuda tanto material como espiritual”.87

La SVP se fundó en México en el año de 1840 como una organización exclusivamente masculina. No fue sino hasta el año de 1863 que se organizó su contraparte femenina, la Asociación de Señoras de la Caridad de SVP. Entre 1851 y 1868, los vicentinos aumentaron el número de socios y de benefactores, también expandieron su espacio de acción más allá de los límites de la Ciudad de México. Se establecieron “conferencias” en seis ciudades: México, San Miguel de Allende, Puebla, Oaxaca, Toluca y Guanajuato. Asimismo, pasaron de ser 192 socios activos en 1851 a 1,094 en 1868.88 Este ritmo de expansión sólo se detuvo unos años al empezar la Guerra de Reforma (1858-1860), periodo en que se abolieron las cofradías y se suprimieron las comunidades religiosas masculinas y femeninas.89

La Sociedad de San Vicente de Paul se componía de miembros de clase alta, media y trabajadora urbana,90 hablamos de una composición social heterogénea, tanto en la Ciudad de México como al interior del país, pero interesada en asistir y resolver problemas cotidianos entre las clases más menesterosas.91 Los socios crearon su propia red de instituciones de asistencia como comedores públicos para pobres, escuelas para niños y bibliotecas de carácter religioso. También visitaron hospitales y prisiones para atender enfermos y socorrer sus necesidades con comida, ropa, sábanas o dinero para su alquiler, sin descuidar las necesidades espirituales pues, difundían la fe católica mediante clases de religión, catecismo, asistir y promoveer bautismos, primeras comuniones y matrimonios. La SVP también ofrecían consejos y consuelo, rezaban junto a las familias y se convertían en confidentes y guías morales, por lo que al ver problemas de alcoholismo o “inmoralidad” intentaban persuadirlos de sus vicios.92

A diferencia de la contraparte masculina, la Asociación de Señoras de la Caridad de SVP no sólo se fundó 23 años después, sino que fue creada por un miembro del clero secular, el padre vicentino Francisco Muñoz de la Cruz. Ambas organizaciones tuvieron como principal misión “visitar a los pobres enfermos y procurarles todo alivio espiritual y corporal, consolándolos y exhortándolos a aprovecharse de la enfermedad y resignarse a la voluntad de Dios”.93 Durante el Imperio de Maximiliano, lograron multiplicar su número de asociadas y expandirse por toda la República eclipsando con ello a la organización hermana masculina. Este veloz crecimiento fue reflejo del cobijo que tuvo la organización en esos años. Ante la victoria de Benito Juárez a mediados de 1867 y la subsecuente ruina económica de la Iglesia, el número de socias disminuyó. Cabe señalar que, aun así, para 1868, contaban con 12,274 socias activas y honorarias, mientras la sección masculina contaba con apenas 1,461 socios.94

Estos datos muestran cómo la vida asociativa filantrópica tuvo un crecimiento exponencial, hecho que les abrió el camino a la participación pública en la sociedad civil. Poco a poco, formar parte de las Señoras de la Caridad significó adquirir un sentido identitario femenino fuera del espacio doméstico.95 Esta asociación proporcionó a las afiliadas nuevos vínculos de sociabilidad y les permitió desempeñar posiciones de liderazgo; ofreció también la oportunidad de crear estructuras de poder paralelas al Estado y al sector asociativo masculino y así labrar su lugar en la vida pública.96

En 1868 se fundó en la Ciudad de México la Sociedad Católica Nacional Mexicana (SCNM), cuyo objetivo central fue “conservar, defender y propagar […] la religión católica apostólica y romana”.97 Al igual que la SVP, se estableció en 1869 una sección femenina denominada Sociedad Católica de Señoras y Señoritas. Esta asociación disminuyó en el año de 1878, dejando a hombres y mujeres seglares “sin esa vía para canalizar sus actividades filantrópicas”.98

Los 10 años de presencia pública de la Sociedad Católica responden también a los periodos presidenciales de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, quiénes fueron los principales promotores de las Leyes de Reforma. Una vez derrotado el Imperio adquirieron el poder político necesario para aplicarlas con mano dura, sobre todo durante la presidencia de Lerdo de Tejada. En este sentido, la fundación de la Sociedad Católica Nacional Mexicana fue una respuesta a la sustracción pública de la Iglesia frente al Estado a partir de la crisis de 1867 que la llevó a buscar entre los sectores conservadores católicos su propio “ejército”.99

Frente a esta crisis, la SCNM funcionó al margen de la actividad parroquial, se dedicó a la enseñanza de la doctrina cristiana, fundó colegios católicos, fomentó publicaciones, realizó actividades piadosas en cárceles, hospitales y escuelas gratuitas y promovió la fundación de agrupaciones laborales al interior de la república. Además, generó actividades que apuntaban a la conservación y defensa de la vida espiritual en la vida pública, actuando abiertamente y produciendo opinión.

Para Ceballos, los socios de la SCNM buscaron establecer una sociedad autónoma y paralela al Estado liberal, a fin de llevar a cabo el proyecto sociopolítico del conservadurismo mexicano;100 Hanson, por su parte, considera que se buscaba aislar a los católicos de las influencias dañinas del liberalismo, pero la intención final de la SCNM era tener un sentido constructivo y expansionista: servir de base para volver a catequizar a la sociedad y recuperar la influencia perdida.101

La SCNM fue uno de los primeros esfuerzos por parte de los católicos para defender a la religión en la vida pública, su corta existencia nos muestra lo efímero que fueron los primeros esfuerzos de la sociedad católica mexicana por organizarse, a mi parecer esto se debió a una falta de estrategias organizativas, tanto de la jerarquía eclesiástica, como de los católicos seglares. Esta situación cambiaría al pasar los años conforme se fue legitimando desde Roma el sistema asociativo católico en torno al movimiento intransigente y ultramontano.

1.5 Como corolario

Una de las principales acciones de la Santa Sede para defender el poder de la Iglesia frente al liberalismo fue la fundación de instituciones educativas como el Colegio Pio Latinoamericano, encaminadas a formar cuadros al interior de la estructura eclesiástica mismos que se convertirían en los dirigentes de la militancia católica. México no fue la excepción. Hacia la última década del siglo XIX las primeras generaciones de sacerdotes formados en Roma bajo la corriente intransigente llegaban a México y con ellos la vida asociativa adquirió un nuevo impulso. Esta vez, la intención era circunscribir las actividades y las experiencias de la militancia católica al proyecto político dirigido desde la Santa Sede. Así, el primer paso, por un lado, fue centralizar los esfuerzos del asociacionismo católico obrero, muestra de ello fueron los Congresos Obreros Católicos. Y por el otro, se ampliaron los espacios de acción y participación del asociacionismo filantrópico femenino.

Durante el porfiriato las obras de las Asociación de Señoras de la Caridad de SVP se consolidaron y aumentaron en volumen y en tipo de acción. Hacia 1909, administraban por lo menos 32 hospitales, 20 escuelas primarias y 27 orfelinatos, sin contar con las actividades que realizaban dando conferencias individuales, asistiendo comedores para pobres, fundando talleres de oficios, cajas de ahorro y escuelas nocturnas para adultos.102 Hacia la última década del siglo XIX, actuaron conforme a los resolutivos del Concilio Plenario Latinoamericano, comenzaron a trabajar localmente desde las parroquias. Bajo el auspicio de los párrocos locales se reunían semanalmente para rezar y discutir a cuáles familias pobres debían ayudar, cuáles obras iban a fundar y cómo debían recaudar fondos.103

Conforme las instituciones vicentinas fueron creciendo, los servicios que ofrecían los establecimientos vicentinos empezaron a “profesionalizarse”.104 Las mujeres se convirtieron en gestoras de la acción social católica, abandonaron el resguardo de la parroquia para atender y administrar hospitales y asilos, donde emplearon a mujeres laicas, solteras o viudas para desempeñar el trabajo cotidiano. Con esta serie de actividades configuraron los vínculos necesarios para la sociabilidad, crearon una red de apoyo femenino y otorgaron puestos de trabajo a mujeres que luchaban por ganarse la vida como maestras, enfermeras, cocineras, lavanderas, etcétera. Estas acciones permitieron a las mujeres adquirir notoriedad pública y reconocimiento entre los sectores más desfavorecidos.

La experiencia asociativa que ofrecieron las instituciones filantrópicas como la SCNM y las SVP expresan la necesidad de la Iglesia de modernizar sus actividades caritativas a fin de actuar como el eje capaz de cohesionar y satisfacer las necesidades sociales de la población, producto de la modernidad. En este sentido, las asociaciones filantrópicas propiciaron entre sus integrantes de clases medias y altas, la creación de lazos de pertenencia y solidaridad con la cual lograron identificarse como las defensoras de la beneficencia frente a la pretensión estatal de suplantar las iniciativas privadas.

El proceso de construcción de una vida asociativa católica en México requirió de casi medio siglo de pruebas de ensayo-error. Entre 1860 y 1890 se observan varios intentos por crear organizaciones centralizadas y consolidadas; sin embargo, lo que permeó fueron los esfuerzos locales, muchos de ellos efímeros y atomizados. Fue hasta que las primeras generaciones de clérigos pio latinos regresaron a México y se posicionaron en el centro de las estructuras de poder de la jerarquía eclesiástica mexicana, cuando se dieron los primeros pasos para la consolidación de una militancia católica centralizada bajo la mirada vigilante de la Iglesia. Para 1902 los espacios de acción en las parroquias fueron reformados y se ajustaron a una nueva visión tanto eclesiástica como urbana respecto a los cambios que experimentaron la ciudad y la Iglesia.

El asociacionismo femenino respondió a esta lógica, pero quedó constreñido a un espacio específico que le permitió a la Iglesia sostener y difundir su propia construcción del ideal de la mujer y del lugar que ésta ocupaba en la sociedad. Se concibió a la mujer en su papel maternal y así se le dirigió su acción hacia el rescate del espacio doméstico, pero también hacia el cuidado de la infancia, del pobre y del enfermo como parte de los valores devocionales que constituían la raíz de su feminidad.

A partir de 1868 vemos un desplazamiento del sector masculino de las actividades filantrópicas, propiciando la organización de las primeras asociaciones de mujeres dedicadas al auxilio del menesteroso, lo que provocó una división social del trabajo católico por género. Esta circunstancia posibilitó el fortalecimiento de sociabilidad de carácter “cívico”, pero también de solidaridad femenina, el sentido de la caridad cristiana se convirtió en el elemento eje que encausó su acción en la vida pública. Si bien antes de la primera década del siglo XX, el papel del asociacionismo femenino era de contención del proceso secularizador, para 1912 la centralización de la vida asociativa católica fue adquiriendo tintes políticos y beligerantes. Asimismo, les permitió reproducir el modelo de mujer abnegada, ángel del hogar, quien será la constante en el discurso maternalista que se reproducirá en la Asociación de Damas Católicas durante las primeras décadas del siglo XX.

CAPÍTULO DOS
La Asociación de Damas Católicas Mexicanas en su primera etapa (1912-1917)

La mañana del jueves 12 de septiembre de 1912, las más distinguidas Damas de la sociedad de la Ciudad de México acudieron a escuchar el entusiasta y vigoroso llamado del arzobispo de México, José Mora y del Río, al templo de San Francisco, quien rogó a las señoras “por lo que ellas amaban, por las entrañas de Jesucristo, por su sacratísimo corazón” a que unidas como en un ejército comenzaran una nueva vida de acción social dirigida a salvaguardar la religión y la patria del peligro eminente en que se hallaban.1 Ese mismo día se fundó la Asociación de Damas Católicas Mexicanas (ADCM) como una organización compuesta exclusivamente por mujeres quienes, haciendo énfasis de su carácter femenino pero también de su devoción, defenderían los intereses de la Iglesia mexicana en la arena pública.

Las Damas surgieron durante la presidencia de Francisco I. Madero, lo cual representó para la Iglesia y su militancia católica2 la posibilidad de colaborar en la vida política nacional. Para participar en las elecciones de 1911, se fundó el Partido Católico Nacional (PCN)3 bajo el auspicio del arzobispo José Mora y del Río.4 De manera paralela, se impulsó la formación de un conjunto de organizaciones compuestas por hombres y mujeres católicos quienes se dedicarían a defender los intereses de la Iglesia en la arena pública. Además de las Damas Católicas, se establecieron los Caballeros de Colón y la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), quienes se convirtieron en los motores que, años más tarde, dirigirían las políticas de defensa social del catolicismo mexicano.

La Orden de los Caballeros de Colón se había fundado en 1905. Sus fines eran: “ayudar a los católicos a mantenerse constantes en su fe, promover los lazos de fraternidad entre ellos e implantar un sistema de seguros para proteger a las viudas e hijos de los miembros que fallecen”, asimismo, retomaron el nombre de Cristóbal Colón para perpetuar la memoria del “descubridor católico de América”. Su acción social abarcó el ámbito laboral y de salubridad de los trabajadores, promovieron la formación de nuevas asociaciones independientes o complementarias a la suya, al tiempo que buscaron moralizar e instruir a los grupos marginales del país.5

La ACJM comenzó como un grupo de estudiantes que aspiraban a jugar un papel en la vida política del país con el apoyo de dos párrocos jesuitas Bernardo Bergöend y Carlos M. Heredia, quien también participó en la fundación de las Damas Católicas. En sus inicios, la organización se fundó para impedir el crecimiento de la organización protestante Young Men's Christian Association (YMCA) pero, en la práctica, se dedicó a unificar a los estudiantes católicos en torno al mejoramiento moral y combinar la labor social con la política, apoyando al PCN realizando funciones propagandísticas. Dentro de su programa de actividades se incluían reuniones semanales, discusiones públicas y conferencias para estudiar asuntos filosóficos e intelectuales. Al igual que en el reglamento de las Damas Católicas, en los estatutos de la ACJM se estableció que la organización tendría como objeto formar un ejército dispuesto a lanzarse “a la conquista pacífica de las almas y a la reforma de nuestra sociedad, carcomida por las más grandes miserias”.6

Como se mencionó con anterioridad, la fundación de las Damas Católicas quedó en manos del arzobispo de México, quien contaba con una portentosa trayectoria como líder y promotor del catolicismo social, se formó durante el último tercio del siglo XIX en el Colegio Pio Latinoamericano. A su regreso a México, fue nombrado obispo de Tulancingo donde organizó los Congresos Católicos Obreros de principios del siglo XX. En 1908 recibió la arquidiócesis de México donde enfocaría sus acciones a consolidar una militancia católica defensora de la fe y centralizada en la Ciudad de México que actuaría durante las primeras tres décadas del siglo XX. No es casual que fueran impulsadas por el arzobispado de México, por el contrario, esto permite ver la necesidad de fomentar un asociacionismo en torno a la arquidiócesis y la figura de Mora y del Río lo suficientemente fuerte como para agrupar desde el centro político nacional –la Ciudad de México– a las muchas organizaciones católicas que existían por toda la Nación y que trabajaban con diversos fines.

De esta manera, las Damas Católicas formaron parte de la movilización de redes eclesiales que se instrumentaron a favor del PCN. Trabajaron en la revitalización de las parroquias haciendo uso de “las estrechas ligas que sus dirigentes mantenían con párrocos y establecimientos católicos”,7 pusieron en marcha una serie de los lazos de solidaridad fomentados constantemente mediante sus prácticas asociativas. También actuaron en constante colaboración con el clero8 y así se volverían las encargadas de la propaganda eclesiástica y de la acción social católica en las parroquias de la Ciudad de México.

Aunque se fundó como una organización con fines filantrópicos, el arzobispo de México buscaba organizar a un grupo de mujeres de clase media y alta a fin de convertirlas en agentes capaces de desarrollar una acción pública y política que tuvo como resultado inicial la consolidación de esta agrupación. En este sentido, el presente capítulo explica cómo surgió esta asociación, el tipo de organización adquirida, cómo crearon una identidad propia, cómo establecieron sus vínculos de sociabilidad, cuáles fueron sus motivaciones, su papel frente a la revolución mexicana y cómo sus actividades permitieron a estas mujeres reorganizar su actividad política y social alrededor de su actuar en la Ciudad de México.

La ciudad se concibe como el espacio de confluencia de distintas formas de poder, entre la Iglesia y el Estado; de diversas formas de gobierno, entre el federal, local, municipal y diocesano; y de nuevas formas de participación ciudadana. La Ciudad de México fue el lugar donde se llevó a cabo la disputa por ganar adeptos, también el espacio donde las organizaciones construyeron su experiencia asociativa y generaron una notoriedad pública en función de sus acciones desplegadas a través de la capital como centro simbólico del país.

El capítulo se encuentra dividido en dos partes y un corolario. La primera analiza la forma en que se organizaron las Damas, pone énfasis en cómo se definen a sí mismas, quiénes la conforman, cuál es su organización interna, qué tipo de prácticas cotidianas realizaban, cuáles eran sus motivaciones y sus elementos de identidad. La segunda se centra en sus actividades públicas y cotidianas en el espacio urbano a fin de conocer las prácticas desarrolladas para ampliar, reproducir y motivar la sociabilidad que ayudó a consolidar la organización durante la revolución mexicana.

2.1 La organización interna de la ADCM
2.1.1 La fundación de la Asociación de Damas Católicas

La ADCM surgió en el contexto del gobierno maderista como una asociación social y filantrópica aliada al Partido Católico Nacional. Sin embargo, un año antes de su fundación, en 1911 para ser exactos, el jesuita Alfredo Méndez Medina9 quien se convertiría en uno de los principales promotores y dirigentes de la militancia católica mexicana, se encontraba en Bélgica estudiando el catolicismo social y propuso en la revista El mensajero del sagrado corazón de Jesús la idea de fundar en México una organización de mujeres que, a imagen y semejanza de la Liga de Mujeres Católicas francesa, buscara fomentar:

La Unión íntima de todas las mujeres decididas por todos los medios de acción posible, [a] defender su fe y su verdadera libertad y la de sus compatriotas. Su fin inmediato puede expresarse en esta forma: intenso ejercicio del celo cristiano, ilustrado, conforme a las exigencias de los tiempos actuales. Sus medios de acción, en último análisis se reducen a dos: contribuir en cuanto sea posible a la difusión de las ideas y a la creación de buenas instituciones, cualesquiera que sean con tal de que estén encaminadas de espíritu cristiano.10

La propuesta de Méndez Medina fue acogida por el arzobispo, quien vio en la fundación de una asociación femenina la posibilidad de aglutinar las actividades filantrópicas con la recaudación de fondos para sostener al Partido Católico Nacional, que actuó como el instrumento del catolicismo para intentar frenar las Leyes de Reforma bajo el gobierno maderista. De esta forma, las mujeres apoyaron la participación política y electoral del catolicismo intransigente mexicano.

Mora y del Río fue un hombre que estudió dentro del modelo de romanización impulsado desde el Vaticano. Era parte del grupo político al interior del clero que dotaba a la Iglesia mexicana de una estructura centralizada y vertical, de un nuevo modelo devocional y, sobre todo, de una militancia capaz de defender ciegamente la influencia de la Iglesia en la sociedad.

Promovió el asociacionismo masculino, femenino y de la juventud católica para abarcar los distintos espacios de interacción social sin dejar hueco para el avance de las políticas liberales y revolucionarias que acapararían el ambiente nacional durante estos años de inestabilidad política. Buscó superar la división del asociacionismo católico que separaba las actividades pías de las laborales y de las filantrópicas, por el contrario, impulsó una forma de organización capaz de aglutinar todas estas actividades desde un único eje, desde un único grupo cuyos vínculos más estrechos estarían directamente relacionados con él.11 Cabe señalar que hacia 1912, Mora y del Río llevaba cuatro años como arzobispo de la arquidiócesis de México, en ese tiempo fomentó un asociacionismo católico controlado directamente por él. Es posible que su actuar y su cercana relación con el asociacionismo no era meramente figurativa, sino que fue una necesidad política para fortalecerse como el líder de la Iglesia entre la jerarquía eclesiástica.

Mora y del Río estableció una relación particular con las Damas Católicas. Mientras los miembros de los Caballeros de Colón y de la ACJM participaron en la redacción de sus estatutos y reglamentos generales, la ADCM surgió con un reglamento y programa general elaborado y firmado por el mismísimo arzobispo de México. Tanto los objetivos como las funciones y las acciones que desarrollarían las mujeres católicas fueron claramente definidos por la figura política más importante de la jerarquía eclesiástica mexicana sin la participación de sus socias.

El arzobispo otorgó a las Damas el lema “Restaurarlo todo en Cristo”, a fin de identificar el movimiento con el ultramontanismo. Al mismo tiempo, buscaba crear en las socias un compromiso moral similar al que libraron los apóstoles. Asimismo, definió a la ADCM como un “instrumento de la providencia para conservar y fomentar todo lo que es católico en nuestra querida patria”.12 La asociación adquiría la función expresa de sostener la fe católica en todos los rincones y mediante todas las formas posibles. También se recomendaba el uso del “dinero” y la “política” como medios para alcanzar los fines concretos de la organización y “conseguir el triunfo de nuestra fe”. Esta consigna iba encaminada a convertir a las socias en las principales recolectoras de las contribuciones para el PCN, inclusive a esta recaudación se le otorgó el nombre de óbolo católico nacional.

En este periodo, el clero se organizó a partir de la postura política impulsada desde el Vaticano. Roma se afianzó como el centro político y administrativo de la Iglesia Católica; de forma paralela el asociacionismo católico se estructuró a partir del movimiento católico francés. Francia se convirtió en el ejemplo a seguir, en el principal exportador de un sistema devocional que corrió para darle cuerpo e identidad a las distintas asociaciones católicas en el mundo y en particular en México.13 Así, las Damas Católicas recuperaron la experiencia de la Ligue Patriotique des Françaises (1902) y utilizaron como eje de su práctica religiosa, tal y como lo habían hecho desde finales del siglo XIX a las devociones del Sagrado Corazón de Jesús, las devociones marianas y el rezo del rosario, mismas que se adaptaron a la experiencia mexicana para hacer frente al proceso de laicización nacional que marcaron nuevos tiempos con el Estado posrevolucionario.

En términos filantrópicos y sociales, la ADCM debía adquirir el papel de “luchar contra la ignorancia” y procurar reafirmar en la mujer sus “deberes católico-sociales”. En este sentido, se buscaba convertir a las socias en defensoras de la fe católica al interior de sus casas, en sus familias y frente a sus conocidos, para así generar un movimiento de protesta contra la “difusión de ideas y doctrinas perversas, destructoras y anticristianas” como eran las ideologías comunistas que buscaban apoderarse de las clases trabajadoras mediante la fundación de sindicatos obreros, o bien, las políticas anticlericales que hacia 1917 quedaron plasmadas en la constitución. En este sentido, la Dama Católica se concibió como la reproductora de los valores y papeles tradicionales que el modelo católico decimonónico le asignó a la mujer.14

El análisis de su reglamento nos permite observar cómo el arzobispo pretendía otorgar a las mujeres de la ADCM un lugar esencial dentro de la militancia católica. Aprovechando la concientización laica de las mujeres católicas, éstas dejaron de ser meras practicantes de la fe para convertir sus actividades filantrópicas y sociales en una práctica política. Se volvieron el brazo derecho de la Iglesia, quienes desde el trabajo doméstico y mediante el fortalecimiento de sus lazos de sociabilidad se convertirían en defensoras de la política ejercida desde el Vaticano y en los altos mandos de la jerarquía eclesiástica en el espacio público.

2.1.2 La composición interna de la ADCM

La organización estuvo formada por tres grupos estructurados jerárquicamente. El primero compuesto por los “directores” o representantes eclesiásticos, ellos acudían a las reuniones, dirigían la forma de trabajo y el camino a seguir. El segundo integraba a las mujeres líderes de la asociación, quienes pertenecían a las clases altas de la sociedad de la Ciudad de México y ocuparon los cargos principales al interior de la ADCM. El tercero agrupaba a las socias que realizaban el trabajo cotidiano en sus comunidades y parroquias. Eran las “abejas obreras” que organizaban las actividades al interior de los templos bajo previo acuerdo con los sacerdotes locales, quienes además salían a las calles de la ciudad a mover y organizar las bases sociales de la militancia católica.

Esta organización coincidía con la estructura piramidal del reglamento. En la punta se encontraba el “presidente” que no era otro sino el propio arzobispo de México, seguido de un “director” miembro de la jerarquía eclesiástica. En tercer lugar se encontraba la “junta central directiva” que contaba con tres instancias: una mesa directiva,15 un comité general consultor y un comité general de acción social.16 La junta central tenía la obligación de establecer el tipo de actividades a realizar en los distintos centros de acción o secciones localizadas a lo largo de las ocho demarcaciones de la Ciudad de México. La junta fue además el espacio de acción destinado a las mujeres líderes de la organización, quienes no fueron meras ejecutoras de la postura eclesiástica, por el contrario, fueron promotoras, actoras e impulsadoras de una serie de actividades que marcarían el rumbo de la organización.

Entre 1912 y 1920, la junta central se reunió en tres sitios distintos dependiendo de la temática a trabajar y de las condiciones materiales de la Ciudad de México. La mayoría de las reuniones se llevaron a cabo en la iglesia de La Profesa, en las oficinas de los Caballeros de Colón y en el edificio del Seminario Conciliar. En estos espacios se tomaron las decisiones más importantes de la organización, se definió su estructura interna, su funcionamiento y su identidad. Cabe señalar que dos de los tres principales centros de decisión se encontraban circunscritos espacialmente a la parroquia de El Sagrario, que era el principal centro de poder eclesiástico. Es importante destacar que tanto esta parroquia como el Seminario Conciliar se ubicaban en un punto estratégico de la Ciudad de México [ver Plano 3].

Plano 3

Las actividades de la ADCM en la Ciudad de México (1912-1914)


La cercanía con la Catedral simbolizaba un vínculo con el poder eclesiástico, convirtiendo este lugar en el espacio del poder central del arzobispado y desde ahí se extendería el área de influencia que abarcaría toda la ciudad: hacia el oriente, en las parroquias de Santa Cruz, San Sebastián y San Francisco Tepito, donde se ubicaban las colonias más marginales de la ciudad actuaron con los programas de atención a la educación obrera. Hacia el poniente, en la parroquia de Santa Veracruz, la cual atendió los barrios que sufrieron la pauperización urbana a raíz del abandono de las clases altas del centro de la ciudad, se instaló un asilo, se fundó una escuela para obreros y también se sostuvo el Colegio Josefino continuo al Templo de Santa Brígida. Al sur y surponiente, la acción se llevó a cabo hacia las vicarias de Campo Florido y del Sagrado Corazón de Jesús en particular en el barrio de la Romita que era uno de los espacios más pobres y peligrosos de la colonia Roma donde se instaló también una escuela nocturna [ver Plano 3].

En cada cuartel se crearon células denominadas “juntas seccionales”. Cada una de ellas compuesta por tres socias “celadoras” generales, quienes fungieron con los cargos de presidenta, secretaria y tesorera, ellas se reunían una vez por semana. Se les denominó “celadoras” porque tenían como obligación central vigilar, recolectar donativos, y repartir hojas de propaganda en las manzanas de sus colonias y barrios; ellas eran las “abejas obreras”, quienes además conformaron las bases sociales de la organización. Una vez al mes se llevaba a cabo una junta general, en donde se reunían todas las celadoras del distrito a rendir cuentas a las socias líderes a fin de tener un diagnóstico preciso de las actividades cotidianas. La organización de la ADCM mantenía una estructura jerárquica y vertical como el resto de las organizaciones impulsadas por la militancia católica. Cabe señalar que esta organización impedía el contacto horizontal entre “juntas seccionales” y demarcaciones. Esta forma organizativa emuló el modelo de organización de la milicia ciudadana organizada por el ayuntamiento en marzo de 1912, que pretendía designar en cada una de las manzanas de las ocho demarcaciones de la ciudad “a un individuo de honorabilidad reconocida a efecto de que éste elija bajo su responsabilidad el contingente de guardias de esa manzana”.17 Tanto para las Damas, como para la milicia ciudadana, las manzana funcionaba como la unidad básica de control social, de vigilancia del espacio público, de visibilización, de participación y evaluación de sus actividades.

Estas “juntas seccionales” no participaban en ningún tipo de decisión que afectara el discurso, identidad o funcionamiento de la organización. La mayoría fueron centros de acción donde se instauraron escuelas para niños pobres, obreros y obreras en la zona oriente de la ciudad. Estos centros se ubicaron al interior de las iglesias. Además de enseñar a leer y escribir, los estudiantes aprendían la doctrina religiosa. Es interesante señalar que las Damas trabajaron de manera coordinada con círculos de estudio para obreros que se habían establecido años antes y que, como se señaló en el capítulo anterior, formaban parte de la Unión Católica Obrera (UCO) de la Ciudad de México.

Parte de las labores que adquirió la ADCM era la de consolidar y articular la centralización de la acción social católica de los círculos obreros fundados en la última década del porfiriato, pero que se encontraban atomizados y no habían podido unificar sus intereses, actividades, ni sentido social. Las Damas actuaron en al menos tres lugares: la Iglesia de Santa María la Ribera (núm. 19 en Plano 3), la Iglesia de Jesús (núm. 18 en Plano 3) o la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto (núm. 13 en Plano 3).

Asimismo, tomaron bajo su protección escuelas católicas establecidas a principios de siglo XX, por ejemplo, la parroquia de Santa Cruz y Soledad donde existía una escuela católica gratuita desde 190218 ubicada en el II cuartel. A diferencia de las escuelas públicas de vecindad que predominaban en esta zona, cuyas aulas se ubicaban al interior los edificios constituidos por viviendas y áreas comerciales, donde los hacinados alumnos compartían áreas comunes como baños, azoteas y patios con otros inquilinos o comerciantes.19 En la escuela católica ubicada al interior del templo de Santa Cruz y la Soledad, los alumnos tendrían mejores condiciones materiales para la educación, así como espacios más higiénicos y con menos distracciones para la enseñanza. Dentro de la militancia católica, las Damas cubrieron funciones “propias de su género”, empezaron a ampliar sus actividades, más allá de la filantropía y la vida parroquial, asumieron una tarea educativa encaminada a transmitir valores morales y religiosos, mismos que les permitieron consolidar su vida asociativa.

2.1.2.1 La dirección eclesiástica

El proceso de romanización en México se consolidó mediante la fundación del Colegio Pio Latinoamericano y de la Universidad Gregoriana, dedicados a formar sacerdotes preparados en “la cuestión social” y la dirigencia de una militancia católica laica. A lo largo de la última década del siglo XIX, regresó a México una nueva generación de sacerdotes, quienes ostentaron los cargos más importantes al interior de la jerarquía eclesial en los últimos años del Porfiriato y las primeras dos décadas del siglo XX. Entre ellos se encontraban figuras como José Mora y del Río,20 Ramón Ibarra González,21 José Othón Núñez,22 Francisco Plancarte23 y Francisco Orozco y Jiménez.24 En palabras de O’Dogherty, este grupo se distinguía

[…] por su voluntad [de] extender la influencia social de la Iglesia. Alejados del país desde su primera juventud, habían regresado a partir de 1880 para encontrar un país pacificado y un gobierno favorable a los intereses eclesiales. Asimismo, a diferencia de sus antecesores no habían vivido la guerra de Reforma. Esto, sin duda, les había llevado a imaginar un mayor protagonismo para la Iglesia. Además, conocían el ejemplo de Bélgica. Aunque en los países de mayoría católica, la Santa Sede había desalentado la formación de partidos confesionales en aras de la unidad religiosa, gracias a la extensión del sufragio, los católicos belgas habían derrotado al partido liberal y conquistado el poder.25

Todos los pio latinos promovieron la militancia católica al interior de sus respectivas diócesis. Durante el último tercio del siglo XIX, se interesaron en motivar el asociacionismo gremial y filantrópico. Impulsaron la fundación de Círculos Católicos Obreros, crearon hospitales y escuelas dedicadas a formar tanto sacerdotes como seglares con fuertes conocimientos sobre el catolicismo social. Asimismo, motivaron los lazos de solidaridad entre el clero y la militancia para construir una identidad común que permitiera cohesionar al asociacionismo católico en torno a una misma idea del papel que debía tener la Iglesia y las prácticas religiosas en la sociedad.

José Mora y del Río fue el miembro de la jerarquía eclesiástica más importante de esta primera etapa de la Asociación de Damas Católicas Mexicanas. No sólo redactó los estatutos y reglamentos generales de la nueva organización, además recibió el título de “Presidente Nato”. Mora y del Río tuvo la visión de fundar esta organización capaz de condensar las distintas experiencias asociativas femeninas de carácter filantrópico de la segunda mitad del siglo XIX, como la Asociación de Señoras de la Caridad de SVP, y lograr una organización acotada y supervisada directamente por la jerarquía eclesiástica.

La fundación de las Damas se realizó apenas cuatro años después de que Mora y del Río fue nombrado máxima autoridad de la arquidiócesis de México. Bajo esta lógica, su interés por fomentar el asociacionismo católico iba ligado también a la necesidad por parte del arzobispo de consolidar su influencia al interior de la Iglesia y entre la élite de la Ciudad de México. Así, entre 1911 y 1917, el arzobispo de México fungió como una figura central para la asociación.

Quienes se encargaron de organizar las actividades mano a mano con las socias, fue un grupo de sacerdotes con estudios entorno al catolicismo social en Roma. A lo largo de casi 10 años las figuras centrales fueron Bernardo Bergöend, Carlos María Heredia –quien fue el primer director de la asociación–, Manuel Díaz Santibáñez y Leopoldo Icaza. Los dos primeros, pertenecientes a la orden de la Compañía de Jesús, trabajaron para fortalecer los vínculos entre las Damas Católicas y la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. Por su parte, Manuel Díaz Santibáñez y Leopoldo Icaza, quienes eran sacerdotes diocesanos del Oratorio de San Felipe Neri, también conocido como iglesia de La Profesa, tuvieron la función de sostener y encaminar las actividades cotidianas de la ADCM desde el centro de la ciudad.

2.1.2.2 El liderazgo femenino

Cuando Mora y del Río llamó a las “más distinguidas señoras de la capital” a asociarse en torno a las Damas Católicas, el arzobispo se dirigía única y exclusivamente al grupo de mujeres pertenecientes a los sectores más adinerados de la Ciudad de México, quienes conformaron el liderazgo femenino. Ellas se reunían todas las mañanas en la iglesia de La Profesa para recibir los sacramentos y rezar un ave maría a la Virgen de Guadalupe. Acciones que las llenaban de fuerza y energía para trabajar en las diversas actividades que día a día llevaban a cabo para defender su fe, su devoción y sus prácticas religiosas. Estas mujeres desconocían de carencias económicas y espirituales, recorrían las calles de la ciudad para visitar cárceles, hospitales y barrios marginales donde observaban, sentían y asimilaban otras realidades que reafirmaba la necesidad de asociarse.

Contribuían mensualmente con una cuota de uno a cinco centavos para el óbolo católico nacional. Su objetivo era oponerse a las “ideas y doctrinas perversas, destructoras, anticristianas, perniciosas y antisociales. Por medio de la propaganda, fundación de catecismos, círculos obreros, conferencias y demás obras católico-sociales ya establecidas o que se establezcan”.26 Dedicaban parte de sus diligencias cotidianas a desarrollar y fomentar un sin fin de actividades filantrópicas en distintos barrios de la Ciudad de México, principalmente aquellas situadas en las parroquias del Sagrario, San Sebastián y Santa Veracruz, donde fundaron escuelas para obreros y niños pobres a fin de enseñar el español y el catecismo. El trabajo filantrópico y de caridad significaba para las mujeres de clase alta un reconocimiento de un estatus social y económico alto, era una muestra pública de su fe y su devoción, prácticas pías concebidas como su principal herramienta, como su guía para poder llevar a cabo todas y cada una de sus acciones. Formar parte de las Damas Católicas implicaba también contar con un espacio de discusión y expresión de sus ideas en torno a aquellos temas “de interés especial para las mujeres” que les otorgaban interacción política fuera del hogar y, al mismo tiempo, se reforzaban vínculos de amistad y de solidaridad.

Las cabezas responsables de la ADCM fueron Trinidad de Tamariz, Elena Lascurain de Silva, María de los Ángeles Lascurain, Concepción Vértiz de Quintanilla, Elena Piña de Sánchez Gavito, Dolores Elcoro de Fernández, Teresa Ibarrola de Elcoro, Elena Escalante de Obregón, Carlota Landero de Algara, Angelina y Clara G. Arce, Margarita O. de Elguero, Dolores M. N. Bermejillo, entre otras. Ellas pertenecían a familias de posición económica acomodada. Por ejemplo, la familia Lascurain era dueña de una próspera empresa inmobiliaria y era reconocida como una de las familias de alta sociedad más conservadoras de la capital;27 los Bermejillo eran una de las principales familias de industriales y hacendados del estado de Jalisco;28 la familia de Margarita O. de Elguero, además de participar activamente con puestos en el Ministerio de Justicia del gobierno maderista, eran familiares directos de Juan N. Almonte.29

Contaban con una sólida formación católica, por ejemplo, la señora Teresa de Elcoro, al quedar huérfana a los 10 años entró de interna al Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, donde se formó en el catolicismo social y años más tarde contrajo matrimonio con Rodrigo Elcoro. Los negocios de su marido los llevó a vivir a una “barriada popular”. Al cumplir su hija más joven 10 años, Teresa se incorporó a las Damas Católicas. Todas las semanas daba conferencias a la Sección de Madres, posteriormente organizó un “ropero” donde cortaba y entregaba prendas para atender las necesidades de los huérfanos en la Parroquia de su localidad, ubicada en el barrio de Santa Ana, que se encontraba en el cuartel III en una zona de mucha pobreza, violencia y marginación.30 Las carencias entre sus vecinos la llevaron “a ejercer la caridad y el amor”. Dedicaba parte de sus horas libres a “evangelizar a aquellos obreros que apenas si oían hablar de Dios”. La labor cotidiana de Teresa Elcoro es una muestra de cómo su andar por la ciudad le permitió ver las carencias a las que se enfrentaba gran parte de población donde habitaba; al mismo tiempo, le permitió posicionarse socialmente en su barrio, adquirir un lugar dentro de la comunidad que la diferenciaba y le otorgaba una identidad propia como parte de una élite filantrópica con una actitud devocional que la llevó a actuar y promover todas y cada una de sus prácticas de sociabilidad.

Otro ejemplo es el de María Campos de González Misa, quien desde 1889 trabajaba en la Congregación Universal de Santa Casa de Loreto. En 1910 fundó una escuela taller para papeleros bajo la supervisión del jesuita Carlos Heredia. Su cercanía con Heredia la convirtió en una de las socias fundadoras de las Damas Católicas donde fungió como vicepresidenta, asimismo fue una de las principales promotoras de la devoción a la Virgen de Guadalupe.31 La acción de las socias no se restringía a la participación en las Damas Católicas, por el contrario, eran mujeres que desde décadas anteriores trabajaban en torno a satisfacer un interés filantrópico. En este sentido, estamos hablando de un grupo de mujeres que comparten un mismo modelo cultural, el cual buscan transmitir y promover por distintos medios.

La posición de liderazgo de este grupo de mujeres complementaba sus prácticas cotidianas con la vida asociativa, su fervor religioso y filantrópico formaba parte de sus percepciones culturales, por ende, enfocar sus energías y atención a la recaudación de fondos, al trabajo cotidiano en la educación catequística o bien en las labores de caridad constituyeron sus elementos identitarios. Pertenecer a las Damas Católicas implicó para este grupo de mujeres convertirse en figuras públicas y asumir una posición de prestigio ante la jerarquía eclesiástica, ante la sociedad y principalmente en sus comunidades. El sólo nombre “dama” significaba pertenecer a un sector privilegiado, formar parte de la aristocracia, distinguida y respetable, hecho que las convertía en un ejemplo a seguir para el resto de las católicas, sobre todo, de clases trabajadoras.

2.2 Las bases sociales de las Damas Católicas

El tercer grupo era la base de esta organización piramidal y lo conformaban las “abejas obreras”. Las “socias activas” o “celadoras”, como se les denominó en el reglamento, fueron las encargadas de realizar el trabajo social en los barrios y colonias de la ciudad. Este grupo se formó por mujeres obreras, “criadas, trabajadoras y sirvientas”, dispuestas a ayudar “en la gran obra de las Señoras Mexicanas”32 que conformaban las líderes de la asociación. Las “abejas obreras” estarían conformadas por “señoras y señoritas” mayores de 18 años habitantes de la capital. Para poder ingresar debían de presentar una solicitud, en particular, debían ser presentadas por dos socias previamente admitidas, quienes ratificaban la honorabilidad de las aspirantes.

Formar parte de las Damas Católicas implicaba entonces un reconocimiento de una posición de estatus moral en sus comunidades, al mismo tiempo, se ingresaba a un sistema de protección y apoyo de mujer a mujer, se ofrecía ayuda y asesoría a mujeres solteras, solas, viudas o abandonadas, pues pertenecer a una asociación católica implicaba formar parte de un sistema cultural que pugnaba por proteger a mujeres, niños, enfermos y menesterosos frente a las desavenencias de la modernidad.

Dependiendo de las aptitudes y capacidades de cada una, se dividirían las actividades cotidianas; sin embargo, todas debían de distribuir propaganda y recolectar el óbolo católico. Asimismo, las actividades las realizarían al interior de las parroquias para estar en contacto con sus comunidades. Debemos recordar que la intención última era convertir a las mujeres católicas en agentes de la acción social entre sus familiares y amigos, en este sentido, era indispensable que sus labores quedaran constreñidas al espacio urbano donde eran reconocidas y realizaban la mayoría de sus diligencias.

Fue gracias a la actividad constante de las mujeres líderes y las socias “activas” que la ADCM comenzó a tener presencia en las calles de la Ciudad de México. Bajo la dirección del jesuita Carlos Heredia y los párrocos locales ellas lograron establecer vínculos de solidaridad que les permitieron cohesionar la organización al interior de sus barrios y colonias. Esto se debió a la gran diversidad de acciones que llevaron a cabo, como fueron: la enseñanza del catecismo y del oratorio a niños y a obreras; la fundación de círculos de estudio; la atención a cárceles, hospitales, hospicios y asilos; la creación de un costurero para pobres; el fomento a las obras de los tabernáculos; la impresión y difusión de propaganda contra la pornografía, malas lecturas, modas indecentes, diversiones inconvenientes, entre otras.

Ilustración 1

Organigrama de la Asociación de Damas Católicas Mexicanas


2.2 Actividades públicas y cotidianas de las Damas Católicas. Entre la faena urbana y las actividades parroquiales

Para comprender el impacto que tuvieron las prácticas cotidianas de la ADCM en el espacio urbano, es necesario recordar que el proceso de laicización no sólo modificó las relaciones sociales y políticas, también transformó la estructura de la capital, la cual pasó de encontrarse dispuesta espacialmente a partir de sus centros de culto, en donde giraba la vida social de la ciudad a “generar nuevos espacios abiertos, públicos y laicos […] y un paisaje más animado y moderno”.33 En lugar de los atrios de las Iglesias, los espacios abiertos como las amplias avenidas, jardines y plazas públicas se convirtieron en las nuevas sedes para la sociabilidad. De la misma forma, escuelas, hospitales, hospicios, teatros y museos se reconocieron como centros públicos para interactuar, los cuales se diferenciaron de la vida doméstica, privada, familiar y religiosa.

Durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX, la Ciudad de México prácticamente duplicó su tamaño y población.34 Aumentaron los servicios públicos y se avanzó, en la construcción de una legislación capaz de señalar normas de higiene urbana, que incluían una política de supervisión para el correcto funcionamiento de rastros, mercados, hospitales y cementerios.35 Pese a que se buscó crear una ciudad acotada y ordenada, en la práctica la capital resultó ser un espacio fragmentado.36

Desde el porfiriato se abrieron áreas residenciales para clases medias y altas al poniente de la ciudad como las colonias Santa María la Ribera, San Rafael, Limantour, Juárez, Cuauhtémoc, Roma y Condesa, ubicadas en los cuarteles VII y VIII, que conectaban con el centro de la ciudad por paseo de la Reforma y avenida Juárez. En estos espacios se concentraron la mayoría de los servicios urbanos. Al norponiente, en las colonias Guerrero y Morelos habitaban los trabajadores proletarios y algunos artesanos; al nororiente, se encontraban los barrios marginales de La Bolsa, Díaz de León, Rastro, Peralvillo, Maza y Valle Gómez. No obstante la ciudad no era un lugar ordenado pues se encontraban “islas” de marginación en las colonias habitadas por los sectores medios y altos.

A partir de 1911, con el maderismo, la Ciudad de México se convirtió en un centro de discusión y transmisión de corrientes políticas entre diversas organizaciones.37 Esta transformación del espacio enfrentó a la Iglesia a nuevas posibilidades para la participación pública. Las clases altas organizadas en torno a la Iglesia participaron activa, pública y políticamente apropiándose de las calles de la ciudad. La militancia católica fue adquiriendo la función de construir un discurso social que tuvo una expresión material y una acción al interior de las parroquias, pero también en las calles de la ciudad, la Asociación de Damas Católicas es el ejemplo más claro.

Todas las mañanas salían de sus casas en dirección a la misa, vestidas elegantemente, con amplios y emplumados sombreros, corsés, encajes que adornaban gorgueras, cuellos, zapatos, chales, mantillas, delantales y calzas de lino, con guantes que cubrían el antebrazo y pañuelos y mantas para aquellos espacios que el corsé dejaba al descubierto. Después de comulgar, las celadoras y jefas de manzana pasaban visita con quienes les correspondiera, “para decirles alguna palabra de aliento y cariño y recoger sus pequeñas cuotas”,38 que se entregaban puntualmente en las reuniones mensuales, celebradas en el edificio del Seminario Conciliar tercer centro de toma de decisiones de la organización, ubicado en la calle de Regina No. 111 en el centro de la Ciudad. Semana a semana visitaban las casas de sus colonias para invitar a otras señoras y convencerlas para pertenecer a la Asociación.

Dedicaron su primer año de actividades a definir las empresas sociales y formas de trabajo retomando la experiencia y vida asociativa de organizaciones femeninas filantrópicas previas, como las Señoras de la Caridad de San Vicente de Paul. Sus actividades se dirigieron en tres direcciones: la recolección de recursos económicos para la “acción social” y el óbolo católico, la publicación de una revista titulada La Mujer Católica Mexicana dedicada a promocionar “los trabajos personales de las principales Damas”,39 y a organizar sus actividades territorialmente.

La ADCM se organizó espacialmente siguiendo la estructura de la ciudad. Se crearon ocho juntas seccionales correspondientes a cada una de las demarcaciones urbanas de la misma forma como se encontraba establecida la política del ayuntamiento, quien utilizó un modelo organizativo que buscaba un mayor control espacial.40 Al interior de cada junta se analizarían las condiciones locales, se impondría un plan de actividades y se decidiría qué acciones llevarían a cabo sus socias. Asimismo, la “socias celadoras” se encargaron de custodiar cada manzana, de colectar los donativos y de asumir las obras de propaganda en la zona a su cargo.41 Cada demarcación organizó sus propios comités, entre los que destacaron los de: escuelas, bibliotecas, enseñanza religiosa, profesoras, obreros, cárceles y hospitales.

La intención era lograr un estricto control territorial cuadra por cuadra; la organización por manzanas permitiría establecer pequeñas asambleas, capaces de repartir tareas y comisiones de manera local. Las manzanas junto con la parroquia se convirtieron en las dos unidades centrales de participación y evaluación de las actividades. De esta forma, se garantizaba la presencia singular y operativa de la militancia católica femenina en el espacio público, dicha estructura a su vez permitía generar un flujo de información propagandística y de orden político capaz de difundir desde las altas esferas de poder de la Iglesia hacia los estratos más bajos de la población. Para atraer más fieles a los templos se buscó “peinar” la ciudad, conocer todos y cada uno de sus rincones, el tipo de población, de vivienda y de familias que la habitaban. También, las Damas pretendían palpar el agitado ambiente político.

Para tener un estricto control sobre las socias se organizaron cuatro tipos de padrones distintos,42 lo que implicaba un gran esfuerzo por parte de la organización y del arzobispado para mantener un riguroso registro de su militancia. Se sabía dónde vivían, cuáles eran sus actividades con relación a las obras sociales y, sobre todo, cuál era su donación mensual al óbolo católico. Los padrones, la organización por demarcaciones y el trabajo manzana por manzana que realizaban las celadoras indicaban una fuerte necesidad por parte de Mora y del Río por tener bajo su supervisión los diversos rincones de la capital, a fin de medir los lugares donde la “acción social católica” sería más eficaz.

La estructura interna y territorial de la ADCM fue el laboratorio para probar formas organizativas que apoyaran las labores del espacio parroquial a fin de aumentar la comunidad católica. Si durante el porfiriato las prácticas asociativas de la militancia católica se encontraban atomizadas y descentralizadas, con la revolución maderista se abrió el camino hacia un primer intento de unificación de participación católica, con ello sobrevino un periodo de democratización de la vida pública. Por primera vez, desde las Leyes de Reforma, las mujeres católicas expresaron sus prácticas religiosas en las calles de la capital, portaron libremente insignias, cruces, crucifijos, medallas, imágenes religiosas, organizaron kermeses o asistieron a peregrinaciones. Se transformó el concepto y el uso político de la ciudad, convirtiéndose en un espacio para la participación política femenina permitiendo a la Iglesia y a su militancia experimentar nuevas formas de organización urbana.

La estructura territorial de la Iglesia se ha establecido tradicionalmente a nivel parroquial, a cada una le correspondía cierto número de barrios y colonias dependiendo de la densidad de población, así, en las parroquias ubicadas en el casco antiguo de la capital, su área era menor a las parroquias y vicarías ubicadas en la periferia que tenían menor densidad de población y mayor superficie [ver Plano 3].

En la práctica, la ADCM se organizó siguiendo esta misma estructura, lo que se puede apreciar gracias a la localización de sus principales centros de actividades. Las parroquias del Sagrario, de San Sebastián y Santa Veracruz, con mayor densidad de población y ubicadas en el centro de la ciudad, fueron las más activas. Sin embargo, hacia el oriente, las parroquias de San Francisco Tepito, Santa Cruz y Soledad, y Concepción Tequipechuca tuvieron también una presencia importante, aunque concentrada al interior de la vida parroquial [ver Plano 3].

Con el apoyo de los sacerdotes locales, las parroquias fungieron como los principales lugares de reunión y el espacio propicio para la sociabilidad. En su interior se fundaron escuelas nocturnas para obreros, niñas y niños de bajos recursos y centros de estudio de catecismo; las Damas Católicas continuaron la labor que anteriormente llevaban a cabo párrocos de la Ciudad de México interesados en fomentar y fortalecer el activismo católico entre las clases obreras y menesterosas de la capital. Las parroquias continuaron poblándose de mujeres que enseñaban a leer, escribir y a contactar con el lado espiritual y los sentimientos filantrópicos y devocionales de otras mujeres, niños, jóvenes y adultos quienes se beneficiaban de la sociabilidad que promovían las Damas.

Aunque la parroquia permaneció como un espacio central para el desarrollo de las actividades, la organización territorial por demarcaciones fue también muy importante en estos primeros años, pues permitió ampliar la acción hacia espacios públicos no sacralizados. Cada celadora debía asegurarse que todas las mujeres de su manzana o calle se inscribiera a la Asociación, pero además debía “estar al tanto de donde vive cada socia, de repartirle su hojita mensual de propaganda y recoger su óbolo, mientras viva en su manzana, pues si muda su residencia a otra calle no cuidará más de ella”.43 En una ciudad donde ciertos sectores sociales cambiaban de rumbos con frecuencia en busca de nuevas fuentes de trabajo,44 la intención de la ADCM de “cuidar” por manzanas a sus socias les permitía ubicar sus zonas de influencia, así como mantener cercano contacto y cohesión entre las socias. Por medio de la “labor hormiga”, recorriendo calle por calle, relacionándose de mujer a mujer, cubriendo necesidades domésticas y cotidianas, las Damas lograron tejer una red de solidaridad y sociabilidad que les permitió actuar sin hacerse visibles, ni amenazantes. También, permitió al arquidiócesis mantener un control directo sobre la Asociación y garantizar que el óbolo y demás recaudaciones fueran controladas directamente por él [ver el Plano 4 y Organigrama].

Cabe destacar que no en todas partes se recibió con gusto la activa participación pública de las Damas Católicas. Aunque en los estatutos se presentaban como las principales aliadas de los curas locales, y sus actividades debían de ser aprobadas por los párrocos de la comunidad, no en todas partes se encontraron con sacerdotes dispuestos a colaborar. Por ejemplo, los curas de las parroquias de Santa Cruz y Soledad escribieron al arzobispo negándose a permitir la recaudación del óbolo católico como parte de la recolecta de la limosna, señalaban que “ya son muchos los que piden fuera de la Iglesia y es mejor no fomentar la costumbre de pedir dinero”, pero también las limosnas servían para pagar la orquesta que acompañaba la misa, por tanto, consideraban mejor que no se recolectara, o bien, que “con la limosna se pague la orquesta y recauden el poco dinero que sobra”.45 Es probable que la cercanía con Mora y del Río llegara a ser un impedimento para la buena relación de esta asociación con algunos de los párrocos locales, quienes no estaban dispuestos a perder parte de sus ingresos frente a un proyecto político impuesto desde la arquidiócesis.

Plano 4

Los movimientos de la ADCM en la Ciudad de México (1912-1914)


2.3 La Asociación de Damas Católicas durante la dictadura huertista, cambios y continuidades

Durante el maderismo, las actividades de la ADCM se dirigieron hacia la acción propagandística y se organizaron utilizando tanto la estructura parroquial como la distribución por demarcaciones de la ciudad; en la dictadura huertista sus actividades y campo de acción aumentaron, pues se convirtieron en un eje y una fuente de financiamiento para el desarrollo de las bases sociales de la Iglesia y del Partido Católico Nacional.

El PCN y la ADCM tenían una relación sumamente cercana, por ejemplo, la madre de Eduardo Tamariz y la esposa de José Elguero, líderes del PCN, fungieron como presidenta y vicepresidenta de la Asociación de Damas Católicas. Durante los 18 meses de dictadura, las Damas se dedicaron a mantener las escuelas nocturnas para obreros, a fundar escuelas para niñas pobres, a impulsar el catecismo y a promover las labores de propaganda encaminadas a adherir nuevos miembros al PCN. Las parroquias del Sagrario y la Santa Veracruz, ubicadas en el tercer y quinto cuartel de la ciudad, fueron sus centros de mayor actividad. Cabe señalar que las escuelas se distribuyeron por las zonas más menesterosas, hacia la Merced y hacia la actual colonia Guerrero [ver Plano 4]. El constante trabajo de recolección de donativos para las obras sociales, recaudados a través del famoso “óbolo católico”, las convirtió en una agrupación que destinó parte de sus actividades a financiar el Partido Católico Nacional.

Si analizamos las zonas donde se realizaron las actividades cotidianas de la ADCM, podemos observar que su interés principal era atender las demarcaciones con mayor nivel de pobreza y marginación. En 1913 fundaron tres escuelas nocturnas para obreros, una en Campo Florido, otra en la colonia La Bolsa y la iglesia de Loreto en el centro de la ciudad; al año siguiente inauguraron una escuela dominical y un salón de obreros en la colonia Indianilla, abrieron una escuela para obreros en la colonia Valle Gómez y un centro obrero en la iglesia del Espíritu Santo, ubicada cerca del parque Ponciano Arriaga. Establecieron una biblioteca en el hospital de Regina, otra en la Escuela Correccional y una más en una casa de normalistas al cuidado de las monjas salesianas. Sin embargo, su presencia también se puede notar en el poniente de la ciudad como en las colonias San Cosme, la Roma y Juárez. En esta última se fundó una escuela gratuita “para niñas pobres” atendida también por monjas salesianas. Las Damas aportaban mensualmente $25.00 para su sostenimiento46 [ver plano 4].

Las socias líderes se identificaban con la élite porfiriana que buscaba convertir a México en un espacio urbano moderno, propio de su tiempo, ligado a grandes centros económicos y culturales como Francia e Inglaterra,47 abandonaron la comodidad de su espacio doméstico. Ellas que habitaban grandes y lujosas mansiones ubicadas en colonias estilo art nouveau, como la Juárez, donde contaban con todos los beneficios de la urbanización moderna, amplias y limpias banquetas con acceso a la electricidad, drenaje y calles adoquinadas, recorrieron zonas urbanas que mostraban la otra realidad de la Ciudad de México, calles insalubres, sin electricidad, ni pavimentos o atarjeas. Trabajaron en zonas sumamente marginales –como La Bolsa e Indianilla, dos de las colonias pobres y peligrosas del nororiente de la Ciudad– a fin de ofrecer un alivio espiritual a mujeres, hombres y niños; se preocuparon por la falta de centros de culto católico o por el pésimo estado de las parroquias locales, sobre todo en las colonias donde la estructura urbana era deficiente o prácticamente nula.

Al visitar “las barracas”, nombre otorgado a los edificios que fungían como templos religiosos ubicados en las colonias de la Bolsa, al norte de la Ciudad y en Campo Florido hacia el sur poniente; se decidió fundar una comisión encargada de la limpieza de las iglesias, así como de mantenerlas siempre en buenas condiciones.48 Recurriendo a una práctica cotidiana impulsada décadas antes por la Vela Perpetua, las socias de la ADCM recuperaron la experiencia previa y tomaron la decisión de embellecer los centros de culto, actuaron, se empoderaron de espacios alejados de la forma de vida que acostumbraban para convertirlos en centros de participación social, espacios dedicados al culto abiertos al público, pero también en lugares dignos para la recreación y la enseñanza.

Su andar y sus actividades por la Ciudad transformaron su relación con ella. Las Damas ampliaron los límites del espacio urbano en el que se desenvolvían, salieron de sus colonias y de sus barrios para reconocer y reinterpretar distintas formas de interacción social ajenas a su realidad y para ellas resultaban inmorales, insalubres y antirreligiosas.

Frente a la delincuencia, la corrupción, la prostitución en las calles y la falta de vestido entre los más menesterosos, iniciaron una campaña contra “la relajación moral” de la sociedad. Se opusieron a los espectáculos y las exhibiciones realizadas en teatros y cinematógrafos que “pervertían las costumbres” al mostrar películas de amores trágicos, de suicidio o asesinato que provocaban en la sociedad un problema de falta de moral.49 Mediante anuncios en el periódico y en La Mujer Católica Mexicana, la Asociación hizo suya la censura de aquellas obras de teatro o películas que atentaban contra sus creencias. Inclusive rentaron un teatro llamado Salón Star, en donde se proyectaban películas “morales”, previamente avaladas por las Damas, a fin de “salvar a los niños de malas exhibiciones”. No obstante, el gasto de la renta resultó excesivo para la ADCM, por lo que duró poco tiempo abierto al público. La presencia de las Damas para la “propagación del reino social de Jesucristo” implicaba también la visita a hospitales y cárceles, por ejemplo, en el Hospital Juárez se atendía a los heridos del ejército, asimismo, se realizaban misas, se adornaban salones, se promovía la primera comunión, obsequiaban desayunos a los enfermeros y se catequizaba a los pacientes.50

Ilustración 2

Mujeres entregan alimentos a enfermos. Ca. 1914 (SINAFO)


La imagen fue tomada por el estudio Casasola alrededor del año de 1914, muestra a un grupo de Damas Católicas formadas para recibir la gratitud de los enfermos mientras les proporcionaban alimentos. Ellas ofrecían sus dulces miradas hacia las cámaras, mostrando sus elegantes y limpios vestidos de seda parisina hacían visible una intención de propaganda sobre sus acciones filantrópicas. El contraste es mayúsculo con las batas de manta blanca de los internos, pero también con el sencillo traje de algodón de la enfermera, quien con una enorme cara de cansancio, sostiene la charola con los alimentos para que cada uno de los enfermos pase a servirse su ración. Los recargados sombreros, algunos con redecillas, marcan distancia entre la insalubridad del enfermo, cuyo cabello ha sido cortado a rape para evitar el contagio de piojos y la clase social de estas mujeres.

La capacidad de las Damas de colectar donativos para el óbolo católico las convirtió en una fuente de financiamiento para distintos proyectos. Iglesias, seminarios, escuelas y organizaciones católicas solicitaron ayuda económica de las Damas para poder realizar sus diversas actividades. Su condición femenina, su interés en atender problemáticas sociales en torno a la infancia, así como su vocación filantrópica no siempre las llevó a coincidir con las otras organizaciones de la militancia católica, por lo que en algunos momentos tomaron distancia de ellas. Por ejemplo, se negaron a apoyar económicamente al periódico Adelante, órgano de difusión de la ACJM que había solicitado cooperación para su manutención. En cambio, apoyaron al deán de la catedral, quien les requirió su auxilio para comprar juguetes, dulces y ropa para los niños en navidad.51 Lo que demuestra una autonomía en la toma de decisiones.

También se realizaron donativos a diversas escuelas para obreros como el Centro Católico en Tacubaya, se remodeló el puente de Alvarado, donde por cierto existía desde 1909 un colegio católico privado.52 Participaron en la organización de festivales en distintas demarcaciones, colaboraron con la distribución de premios para los jóvenes estudiantes más sobresalientes del seminario conciliar, buscaron ampliar las actividades en los centros para obreros de la Bolsa, Peralvillo e Indianilla, la Roma y la Doctores. Las Damas no actuaban de manera espontánea, sino que resolvían necesidades de los propios sectores católicos. Asimismo, trabajaban en espacios previamente ganados por el catolicismo como ocurrió durante una remodelación del puente de Alvarado.

Durante la dictadura huertista, la historiografía ha observado un interés por transmitir una especie de militarismo que traspasó las barreras de lo político para incurrir en el terreno de lo social, en la formación de una serie de valores que pretendían “socializar la cultura militar que debía promover y extender la aceptación activa y la promoción de los valores militares; valores que estaban asociados con la misión del ejercicio federal como representante y defensor nacional”.53 Las Damas no fueron la excepción, por el contrario, aportaron su granito de arena en la promoción y exaltación del papel del ejército federal en la vida cotidiana, no sólo como elemento de dominio, sino como institución pública al servicio de la sociedad. Así se inauguró en la casa de Elena Lascurain de Silva –quien poco tiempo después se convirtió en la presidenta de la Asociación– un ropero para niños huérfanos de los soldados, asimismo, repartieron medallas y escapularios al ejército huertista.54 En este sentido, las Damas adquirieron un sentido nacionalista de exaltación al ejército federal en contraposición con los grupos revolucionarios y asumieron una postura política a favor del dictador.

Durante los meses que duró la dictadura, las Damas no sólo mantuvieron sus actividades, además se convirtieron en una organización económicamente sustentable, capaz de sostenerse a sí misma. Tuvieron la suficiente autonomía económica y la capacidad ejecutiva como para decidir cuales proyectos respaldar y cuales no, en este sentido, se beneficiaron aquellas actividades que cabían con su visión femenina de la caridad, su papel como mujeres, su preocupación por la educación básica y religiosa de niños y adultos. Asimismo, pudieron moverse por la ciudad convirtiéndose en agentes con capacidad para resolver, solventar y aumentar el trabajo de la acción social católica en todos los niveles sociales. Atendieron las necesidades en barrios pobres, trabajaron con obreros, proveyeron de vida el interior de las parroquias y trabajaron de manera coordinada con otras organizaciones de la militancia católica, en particular los Caballeros de Colón, el Partido Católico Nacional y la ACJM. La Asociación se convirtió en un motor que dio visibilidad a la acción católica en el espacio urbano de la ciudad.

Los primeros años de actividades de la ADCM estuvieron marcados por un periodo de auge de sus prácticas asociativas, su identidad como mujeres, madres interesadas en auxiliar al pobre y al enfermo, pero sobretodo en la educación de la niñez fueron los principales intereses de las socias, pero también constituyeron los elementos que las dotaron de una presencia en la vida pública de la ciudad. Sus actividades caritativas y su interés educativo las llevó a consolidar y unificar aquellos círculos católicos obreros que se habían forjado diez años antes que se encontraban atomizados por toda la Ciudad, pues la militancia católica del periodo porfirista no había logrado vincularlos ni centralizarlos en torno a una organización católica específica.

Para la ADCM, el periodo huertista representó la posibilidad de crecer y organizarse alrededor de la Ciudad, pudieron centralizar su acción alrededor de las parroquias, conocer las zonas marginales de la ciudad, y dar vida a su labor filantrópica que funcionó como el principal elemento de cohesión, pero también como el camino para el establecimiento de su red de sociabilidad y solidaridad. Las Damas, desde las parroquias y las calles, se preocuparon por abrir espacios para la educación de adultos y niños a fin de otorgar elementos de enseñanza formal, pero también para encontrar nichos que permitieran transmitir la doctrina de la fe y del catolicismo social. En este sentido, su labor filantrópica les otorgó notoriedad pública.

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