Kitabı oku: «Discurso y control»


López Franco, Sonia Inés
Discurso y control: análisis de seis organizaciones antioqueñas /Sonia Inés López Franco. – Medellín: Editorial EAFIT, 2021.
228 p.; 24 cm. -- (Colección Académica).
ISBN: 978-958-720-708-8
ISBN: 978-958-720-709-5 (version EPUB)
1. Organización. 2. Análisis del discurso. 3. Comunicación organizacional. 4. Sociologia organizacional. 5. Empresas – Antioquia (Colombia). I.Tít. II. Serie
658.45 cd 23 ed.
L864
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
Discurso y control. Análisis de seis organizaciones antioqueñas
Primera edición: mayo de 2021
© Sonia Inés López Franco
https://orcid.org/0000-0003-3383-7686
© Editorial EAFIT
Carrera 49 No. 7 sur - 50
Tel.: 261 95 23, Medellín
http://www.eafit.edu.co/fondoeditorial
e-mail: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-708-8
ISBN: 978-958-720-709-5 (versión EPUB)
DOI: https://doi.org/10.17230/9789587207088lr0
Edición: Marcel René Gutiérrez
Diseño: Alina Giraldo Yepes
Diagramación: Paula Andrea Cubillos Gómez
Corrección de textos: Juan Fernando Saldarriaga Restrepo
Imagen de carátula: 1875957787, ©shutterstock.com
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta 2026 mediante la Resolución 2158 emitida el 13 de febrero de 2018
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
A mi tesorito. Gracias por la vida y por darnos tu vida
Contenido
Introducción
1. Las organizaciones: del orden al control
Origen del orden organizacional
Tipología de las organizaciones
Desde los organismos
Desde la dominación
Desde la ética
Desde las escuelas
Procesos y estructuras de las organizaciones
Productos de gestión (estrategias) de las organizaciones
Poder-legitimidad-autoridad
Instituciones u organizaciones
2. Control como estrategia de las organizaciones
Control/sociedad
Control/trabajo
Origen y teorías del concepto de control interno
3. Las organizaciones desde el análisis del discurso
Análisis del discurso organizacional
Análisis crítico
Dimensión lingüística
El manual de buen gobierno como género discursivo
Perspectiva sociocognitiva y modelo interaccional
Perspectiva sociocognitiva: identidad, representación e ideología
Identidad
Representación
Ideología
Modelo interaccional: interacción y evaluación
Interacción
Evaluación
4. Texto/discurso
Bases lingüísticas: texto y discurso desde los formalistas y funcionalistas
Texto/discurso en la perspectiva sociocognitiva
Texto/discurso en la perspectiva interaccional
Texto/discurso en el “Esquema de análisis del discurso del control organizacional”
5. Esquema de análisis del discurso del control organizacional
Dimensión lingüística
Superestructura
Elementos de análisis del nivel gramatical
Elementos de análisis del nivel sintáctico
Macroestructura
El nivel semántico
Estructuras textuales
Dimensión discursiva
Plano de la interacción
Tríadas de la interacción
Metafunciones
Plano de la representación
6. Metodología y procedimientos
Perspectiva interdisciplinaria
Procedimientos
Selección y organización del corpus
Las organizaciones elegidas
Proceso de recolección y sistematización del corpus
Fases de trabajo
Fase uno
Fase dos
Proyección de las categorías en el corpus
El conteo de palabras
La división de las oraciones
La separación de proposiciones
La búsqueda del significado
El esquema ideológico
7. El control organizacional: dimensión lingüística
Dimensión lingüística
Superestructura: nivel gramatical de los textos de misión y visión
Lexicalización
Cromatización
Deixis
Deónticos
Formas de tratamiento
Voz activa y voz pasiva
Temas en los manuales
Superestructura: nivel sintáctico de los manuales
Títulos
Modos de organización discursiva
Jerarquización
Dicotomías tradicionales
Macroestructura: nivel semántico en los textos de misiones y visiones
Coherencia global
Coherencia local
Macroestructura: estructura textual de las misiones y visiones
Presuposición
Memorización
Estandarización
Macroestructura: estructura textual de los manuales
Estructura genérica
Estructura semántica
Estructura pragmática
8. El control organizacional: dimensión discursiva I
Plano de la interacción para los manuales
Tríadas de interacción
Turnos
Tríadas
Movimientos
Metafunciones
Manual como mensaje. Metafunción textual
Manual como interacción. Metafunción interpersonal
Manual como representación. Metafunción ideacional
9. El control organizacional: dimensión discursiva II
Plano de la representación para los manuales
Dispositivos retóricos
Metáforas
Hipérbole
Eufemismo
Generalización
Aliteración
Paralelismo
Ironía
Otros dispositivos
Estrategias discursivas propias de las organizaciones
Ubicación de los temas
Narración de hechos históricos
Simulación de una situación comunicativa
Pronombres del lector
Personificación de la organización
Apelación a voces de autoridad como principio de justificación
Tema ecológico
Actos directivos
Lexicalización
Transformación del discurso en mercancía (estrategia en el discurso del control)
El esquema del cuadrado ideológico
Relación discurso/cognición
Conocimientos
Actitudes
Ideologías
Estructura societal
Modelos contextuales
Pronombres
Proposiciones de necesidad y probabilidad
Roles semánticos del agente, paciente y objeto
Conclusiones
Empeño de humanizar la acción organizacional
Obras consultadas
Corpus de la investigación
Referencias
Notas al pie
Introducción
Este libro presenta el “Esquema de análisis del discurso del control organizacional” (EADCO), el cual se encarga de analizar los textos de planeación estratégica (la misión y la visión, y los manuales de buen gobierno o códigos de ética) de seis organizaciones antioqueñas: Grupo Corona, Grupo Bancolombia, Grupo Éxito, Productos Familia, Nacional de Chocolates (del grupo Nutresa) e Industrias Haceb.1
El esquema es producto de una fusión entre dos modelos de análisis del discurso: la perspectiva sociocognitiva (PS), de Teun A. van Dijk, que centra su interés y sus unidades de trabajo en la relación discurso, cognición y sociedad; y la perspectiva del modelo interaccional (MI), de Adriana Bolívar, cuyas unidades de análisis abordan la relación discurso, interacción y participantes (escritores y lectores).
La hipótesis de partida de la investigación era que los textos de la planeación estratégica de estas organizaciones se sustentaban en un paternalismo acentuado. Sin embargo, aquella cambió cuando descubrí que dichos textos se copian unos a otros, y que el modelo original es el americano, producido en la época de la responsabilidad civil organizacional. Al respecto, Gilles Lipovetsky (1997) cuenta que en Estados Unidos empezaron a diseñar este tipo de discursos organizacionales, y ese modelo fue el que las empresas analizadas aquí tomaron y reprodujeron.
Por ello, en otra dirección analítica, al estudiar la interacción que presentaban los textos analizados, encontré que se trataba de una relación totalmente asimétrica, entre un sujeto dominante e invisible y otro subordinado y visible, que debe cumplir unas normas institucionales y dirigidas al control. El análisis mismo hizo aparecer el carácter de ese discurso organizacional: un discurso del control.
En el esquema que aquí presento, que une los modelos de Van Dijk y de Bolívar, y en el que además tiene una presencia muy fuerte la gramática sistémica funcional, emergió una estructura gramatical del discurso del control, un discurso hecho para que el otro trabaje vigilado, un discurso que siempre está buscando que el otro se persuada de que está siendo observado y que tiene que cumplir con unas normas, dado que firmó un contrato laboral. Un discurso con una gramática muy controlada, muy imperativa, muy subjuntiva y cromatizada, llena de sinonimias, tan ambigua como desigual. Una gramática propia de estos discursos, y que no aparecería, por ejemplo, en otro tipo de discurso organizacional, como el de un contrato laboral.
Quienes trabajan en organizaciones son víctimas, en mayor o menor medida, de ese discurso, que no da pie al conocimiento del interlocutor; al contrario, lo oprime discursivamente, porque desaparece el sujeto de la interacción, el sujeto de la acción y el único que brota es el objeto directo, que siempre es el trabajador, el subordinado.
De ahí surge la queja de los trabajadores en las empresas: que no los escuchan. Que no los tienen en cuenta. Que hay injusticias, malos manejos y muchos obreros. Que en la medida en que se modernizan las empresas para mejorar los procesos, disminuye la atención hacia los obreros, quienes las llevan en sus espaldas. Que los jefes consideran que aquellos no tienen nada que aportar. Aunque la verdad es que, si los escucharan, encontrarían muchas soluciones económicas, originales y creativas en beneficio de las empresas y sus resultados.
La creencia de que los obreros no poseen conocimientos útiles para las empresas se relaciona con la incorporación, en ellas, de instrucciones teóricas alejadas de una realidad particular, en donde el rol de los obreros es fundamental, no solo para la producción, sino también para la comprensión de todo lo que implica el trabajo. Para tener claro el alcance del conocimiento de los obreros, solo bastaría comunicarse con ellos, compartir sus comentarios, acercarse a sus labores; utilizar esa herramienta, la comunicación, no solo con ánimo de controlar, como bien se hace, sino con respeto, rigor, compromiso, oído e interacción permanente.
Para ello, los circuitos comunicativos deben ser simétricos, constantes, alejados de estereotipos, de tonos violentos e innecesarios mensajes ocultos. La interacción entre los obreros, los trabajadores, los administrativos, los gerentes, los subalternos, necesita de fluidez. De seguir usando una comunicación cortada por la falta de claridad, deliberadamente compleja, cuestionadora, imperativa, no se avanzará en función del empeño organizacional, sino más bien de la limitada acción de la orden y el mandato.
De hecho, el uso de este tipo de comunicación por parte de los dirigentes de las empresas crea un círculo vicioso de incomunicación: al imperar un discurso que por encima de todo busca controlar, los obreros crean su propio código restringido, por supuesto, desconocido para los gerentes y administradores. Es una estrategia de protección ante los confusos mensajes que llegan sin ser canalizados, explicados, argumentados. Ese código aleja cada vez más las posibles interacciones o diálogos entre las partes. Y el distanciamiento que se produce, a su vez, es visto por la administración como un caos, un riesgo, un problema que debe ser resuelto a partir, nuevamente, de comunicados donde se ordena, se instruye, se controla. En todo caso, mensajes sin sujeto emisor, para evitar la interpelación; con el respaldo de las leyes ministeriales del trabajo como principio de autoridad, para evitar el debate; y con el apoyo en cifras estadísticas, para maximizar la idea del efecto negativo que una posible reacción de los trabajadores tendría sobre el mercado de productos de la organización y sobre el presupuesto.
En este sentido, con el presente libro espero generar tanto una crítica a los discursos organizacionales que aparentan ser emitidos por decretos (entes), que no permiten la interacción ni la pregunta, como aportar a la visualización de una conceptualización “más humana” de las organizaciones, en donde los discursos empresariales acerquen a las partes que los implican, bajo la lógica del respeto y el reconocimiento del otro, y según una concepción del trabajo y del trabajador menos productiva y más cooperativa.
El libro está estructurado del siguiente modo: los capítulos 1 y 2 presentan las bases teóricas de los conceptos de organización y control, tanto desde las teorías administrativas y organizacionales como desde la teoría política y filosófica, e incluyen consideraciones éticas y una visión crítica, y pasan por las definiciones dadas por órganos internacionales del mundo organizacional y de los entes públicos nacionales que tienen que ver, sobre todo, con el tema del control interno.
Los capítulos 3 y 4 se adentran en el análisis del discurso organizacional, explorando sus vertientes, para dar paso a una presentación de las dos perspectivas que fundamentan el EADCO: la sociocognitiva (PS) y el modelo interaccional (MI), de las cuales se exploran y estudian sus conceptos centrales, que atraviesan todo el análisis del discurso del control: identidad, representación e ideología (desde la PS), y evaluación e interacción (desde el MI). Además, el capítulo 4 está dedicado al concepto dual texto/discurso, que está presente en las perspectivas de análisis, y del que se ofrece también la manera en que se utiliza y entiende en el EADCO.
El capítulo 5 desglosa brevemente el significado de cada una de las unidades de análisis que componen el EADCO, ofreciendo su visualización mediante una figura que muestra las unidades principales del análisis y sus relaciones y derivaciones, mientras el capítulo 6 presenta los elementos fundamentales de la metodología y los procedimientos seguidos en su estructuración y aplicación.
Los capítulos 7, 8 y 9 se encargan del desarrollo del análisis del discurso del control organizacional en las seis organizaciones elegidas para el estudio.
El capítulo 7 se aboca a la dimensión lingüística del análisis, abarcando los elementos de la superestructura y la macroestructura de los textos de misión y visión y los manuales de buen gobierno, y empieza a mostrar cómo, desde los elementos mínimos, va emergiendo una gramática del control.
El capítulo 8 desarrolla el plano de la interacción en la dimensión discursiva de los manuales, es decir, el análisis desde el MI, con énfasis en las metafunciones de la gramática sistémico funcional y con la aplicación, en los textos, del sistema de tríadas que propone Bolívar.
El capítulo 9 trabaja el plano de la representación en la dimensión discursiva de los manuales, esto es, aborda el análisis desde la PS, recogiendo elementos propuestos por Van Dijk para este nivel analítico.
El libro finaliza con las conclusiones, que presentan unas consideraciones generales sobre el proceso de emergencia del EADCO, así como unas palabras finales acerca del sentido y propósito humanizador del análisis discursivo posible a través de este esquema en el mundo organizacional.
El texto está dirigido principalmente a los administradores y estudiantes de administración, para que tengan una consciencia del discurso en las organizaciones y apunten a humanizarlas no solo en su nivel discursivo, y también aporta elementos para el desarrollo de la disciplina del análisis del discurso, en tanto este esquema puede ser estudiado, cuestionado o mejorado por otros investigadores del saber.
1. Las organizaciones: del orden al control
Para empezar, una afirmación gramatical simple: en su forma sustantiva, “organización” es empresa. En su forma adjetiva, es un principio de orden. Evitar el desorden es una de las razones de la existencia de estrategias y medidas de control organizacional.
Una estrategia para evitar la entropía es la comunicación, ya que es una de las acciones más efectivas para organizar; en especial, me refiero a la comunicación regulativa. Como lo dice Norbert Wiener, “en las comunicaciones y en la regulación luchamos siempre contra la tendencia de la naturaleza a degradar lo organizado y a destruir lo que tiene sentido” (1997, p. 25).
Si la comunicación y sus realizaciones son una de las defensas contra el desorden, es allí donde se enfocó el análisis acerca de la organización, en la producción y en la comprensión de los procesos comunicativos. En Heinz von Foerster encontramos que son los lenguajes elegidos los que pueden lograr el orden o el desorden (1996). Y tal elección lo lleva a preguntarse si ese orden y desorden son invención nuestra o estados observados, para responder que se trata de una invención sobre la cual los sujetos deben asumir responsabilidades.
Las diferentes manifestaciones de la comunicación (oral, escrita) tienen forma y son organizadas, sistemáticas y esquemáticas; ese es su principio. Sin embargo, cuando se usan de cierto modo, los esquemas pueden tornarse complejos, ambiguos, desemantizados, ilegítimos, tensos. Es más, pueden generar mayor entropía. Pueden ser complejos cuando se expresan órdenes deliberadamente ilegibles; ambiguos, cuando no se expone explícitamente el emisor, cuando se oculta o se lanza una orden como si fuera una sugerencia; desemantizados, al tratar de seguir un prototipo de escritura de las órdenes y aplicarlo a diferentes contextos, como si en todos significaran lo mismo, o al obviar las condiciones temporales, las jerarquías, los roles; ilegítimos, al ser expresados por sujetos sin autoridad otorgada por los receptores, y tensos, cuando la cooperación entre los participantes es nula.
Las organizaciones, por su parte, buscan todo el tiempo ser eficientes, dinámicas y funcionales, y para lograrlo usan la comunicación o la información como circuito de autocuidado, conocimiento y orden. Con la información total, todo parece más ordenado, más organizado. Y con el desorden se generan, desde lo comunicativo, muchas sospechas y malentendidos. Por eso es necesario acabar con el desorden, desde la perspectiva de las organizaciones, para que se dé una operación sistemática.
Sin orden en la comunicación dentro de las organizaciones no hay producción, no hay ganancias y menos la posibilidad de una estructura. Dicho orden tiene un origen, unos procesos que llevan a una estructura y, por supuesto, un fin expresado en unos productos.
Origen del orden organizacional
Las organizaciones están llamadas a tener un papel central en la sociedad del conocimiento, como productoras y a la vez receptoras del mismo. Sin embargo, aparece una tensión cuando dicha sociedad, definida como un grupo humano –comunidad, familia, escuela–, busca la estabilidad, con lo cual evitan, en lo posible, los cambios; pero las organizaciones no, en la medida en que su permanencia depende de que vayan al ritmo del conocimiento y su cambio permanente. Así lo sentencia Peter Drucker:
[…] la organización debe crear para el abandono sistemático de todo lo establecido, acostumbrado, familiar, confortable, tanto si es un producto, un servicio, un proceso; un conjunto de destrezas; relaciones humanas y sociales; o la organización misma (1992, p. 130).
El llamado a recoger el conocimiento y a estar en constante cambio obliga a las organizaciones al orden, a la organización, porque deben poner a producir el conocimiento, para el cual el cambio es natural. Como dice Drucker sobre la sociedad de las organizaciones, en ellas “es adecuado suponer que cualquiera que tenga algún conocimiento tendrá que adquirir nuevos conocimientos cada cuatro o cinco años o se volverá obsoleto” (1992, p. 130).
El cambio parece caótico, pero es necesario y renovador, asegura Drucker (1992, p. 130). Esto quiere decir que la organización y la comunidad entran en una relación de cambio y caos; de ahí que sea tensa. Por eso, la organización debe tener autonomía, una autonomía que le concede responsabilidades, porque también le confiere mucho poder.
Para cumplir con sus responsabilidades, la organización debe tener una dirección, que en la actualidad no tiene tanto la función de mandar, sino de “inspirar” (Drucker, 1992, p. 136). Pero más importante aún es el orden de la organización, que, según Anahí Gallardo Velásquez (2012), es el resultado de acuerdos interactivos logrados a través del discurso organizacional. Evidentemente, el orden es un proceso que involucra las partes de la organización; por lo tanto, es una constante negociación, “donde el discurso es el dispositivo de poder o mediador entre los actores, que sustenta la reproducción y/o transformación de tales realidades. Por lo mismo, el discurso organizacional implica relaciones de poder y negociación” (Gallardo, 2012, p. 25).
Ahora bien, la idea del orden de la organización se remonta a la Edad Media, en donde surgen dos connotaciones de organización: la de organismo y la de orden. Según Otto von Gierke (1995), durante la época medieval, “bajo la influencia de las alegorías bíblicas y de los modelos griegos y romanos, se establece universalmente la comparación de toda la humanidad y de cada grupo menor con un cuerpo animado” (p. 117). Siguiendo las palabras de Agustín de Hipona (1942): la humanidad es un cuerpo místico y Cristo es la cabeza. La organización nace de esta idea de cuerpo conformado por miembros, que dependen de un centro, pero que al tiempo son la parte de un todo, de tal suerte que si no cumplen con su función, lo dañan.
Por otro lado, de la definición de organismo se infiere la necesidad de que existan diferencias entre los miembros. Como afirma Von Gierke (1995), “del concepto de organismo, cuya esencia implica la asociación de lo igual y lo dispar, se deduce la necesidad de diferencias sociales, profesionales y de estado” (p. 128). Pero es Agustín de Hipona quien da la primera y más importante pista para la definición de orden, a partir del concepto de la paz del cuerpo, ubicada en la ordenada disposición y templanza de las partes. Para Agustín, la paz del alma racional e irracional, la paz del cuerpo y del alma, la paz del hombre mortal, la paz de los hombres, la paz de la casa, la paz de la ciudad, la paz de la ciudad celestial, en general, la “paz de todas las cosas, la tranquilidad del orden, y el orden no son otra cosa que una disposición de cosas iguales y desiguales, que da a cada uno su propio lugar” (Agustín, 1942, p. 470).
En esta concepción, buscar el orden es una necesidad para lograr la tranquilidad, y en pos de ello debe tenerse en cuenta la disposición de las cosas, tanto iguales como distintas, y sus posiciones y disposiciones en su propia función. Organismo y orden se interrelacionan en un mismo cruce: la función del cuerpo entero. Dicha metáfora se aplica a toda actividad social, y la de órgano, a los miembros que realizan la función.
Así como todo cuerpo necesita una cabeza o el alma que regula y conduce las demás funciones de cada miembro, el cuerpo social precisa de una parte superior que puede ser el gobernante como cabeza. Una de las primeras instituciones que implementó esta concepción de orden y organismo fue la Iglesia, que no puede existir sin un papa, y a la vez nadie puede pertenecer a la Iglesia sin estar ligado al papa. Esta forma de organización fue efectiva hasta el punto de ser imitada, más adelante, por las fuerzas militares. Por supuesto, también por las fuerzas económicas y comerciales, al encontrar intereses comunes en sus agremiaciones.
Tipología de las organizaciones
Reconocer las diferentes formas de organización nos proporciona un contexto amplio para comprender las diferencias y, ante todo, lo que las caracteriza en cuanto a las estrategias comunicativas.
Desde los organismos
Desde la perspectiva orgánica, las organizaciones se clasifican en jerárquica y heterárquica. En la jerárquica, Von Foerster (1996) señala la existencia de una estructura de mando, que maneja todo, incluso la información. De hecho, quien tiene la información tiene el poder y toma las decisiones, es el sujeto autorizado, legitimado, toda vez que es un sujeto “supremo”, elegido para organizar la organización con criterio autoritario.
El otro tipo de organización es la heterárquica. Allí, cada uno de los participantes sabe qué se debe hacer y cómo, y tiene igual responsabilidad por el funcionamiento del sistema en su totalidad. De hecho, todos manejan la misma información con la cual operar en caso de necesidad; esto es la información distribuida (Von Foerster, 1996, p. 56). Aquí, la información es la autoridad, puesto que regresa a su origen, funciona de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba (p. 58).
Desde la dominación
Otros tipos de administración organizacional los platea Max Weber (2004) a partir del concepto de dominación. Brevemente, “la dominación es la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos o para todo tipo de mandatos” (p. 699). Esta dominación o autoridad desencadena una sumisión o una voluntad de obediencia.
En Weber, toda dominación requiere un modo normativo que tiene, por lo menos, tres motivos: 1) ligado a la obediencia de un señor; 2) por la costumbre de un modelo puramente afectivo, y 3) por intereses materiales o por motivos ideales con arreglo a valores. El origen de estos motivos determina, en gran medida, el tipo de dominación.
En la vida habitual de las organizaciones se establece, entonces, una relación entre empresarios y trabajadores, con carácter de dominación: autoridad/sumisión. Según Anita Weiss, la índole de estas relaciones y su sentido, basado en valores, intereses y acciones tanto de los empresarios como de los trabajadores, van dando lugar a estructuras que caracterizan el contexto empresarial en diversos aspectos: la organización de la empresa y del trabajo, la estrategia de uso de la mano de obra y las relaciones industriales.
Desde esta perspectiva, Weiss (1994) define tres tipos de estructuras organizativas: tradicionales, tecnocráticas y participativas, basadas en los tipos de dominación de Weber. Estas estructuras las estudia la teoría de la administración y, a grandes rasgos, se definen así: mientras las organizaciones de corte tradicional siguen ligadas al mando de un superior, las de corte tecnocrático desarrollan su administración por la vía de la repetición, la norma, lo aprendido. Por su parte, la administración de tipo participativo centra su interés en el mejoramiento de la producción, cuya responsabilidad es compartida por todos los integrantes de la empresa.
Desde la ética
Jorge Etkin (2003) clasifica las organizaciones desde el criterio ético, teniendo en cuenta la relación no solo con los valores, sino también con lo económico, lo justo y lo social, y con el medio ambiente. El autor propone esa clasificación para dar elementos de construcción de organizaciones responsables que veneren los valores, pese a tener un explícito ánimo de lucro; además, asume que lo ético ha de ser visto a partir del deber ser, no desde una alternativa o una opción, pues “la ética no se limita al análisis de la legalidad de los actos, sino que razona en términos de lo deseable, de lo valioso y valorado socialmente” (2003, p. 3).
El saber ético se aplica como instrumento o como actitud, lo cual genera una diferencia con respecto al trabajo: si la ética es actitud y no herramienta de trabajo, este último será asumido bajo la convicción y el compromiso. Si es usada como instrumento, el trabajo se basará en la obligación y la exigencia. Justamente, es ahí donde el contexto entra en tensión. Con base en esto, Etkin (2003) distingue tres categorías de empresas, con sus respectivos enfoques de conducción: las pragmáticas o inmorales, las indiferentes o “adaptativas”, y las responsables y solidarias (p. 10).
• Las organizaciones pragmáticas tienen características que son aceptadas como normales para muchas personas que trabajan bajo ese esquema, ya sea por necesidad o convencimiento. Están convencidas de que lo eficaz es lo verdadero. Son las organizaciones que se ocupan solo de hacer negocios amparados bajo el lema “el fin justifica los medios” y bajo el discurso de la generalización:
[…] los directivos deciden así porque dicen que “se puede”, porque “lo hacen los demás”, porque “no está reprimido”, porque en los negocios “todo vale”. Para los gerentes la prueba de su eficacia es que hacen esto, y quedan impunes (Etkin, 2003, p. 10).
• Las organizaciones indiferentes o amorales se destacan por “acomodarse” a las demandas del contexto y salir adelante con el poder de turno. Son aquellas que no conocen la estabilidad y por eso “argumentan que no hay valores generales a respetar, sino que algo es importante según la apreciación personal de quien decide” (Etkin, 2003, p. 13).
• Las organizaciones responsables y solidarias, a diferencia de las anteriores, son estables, seguras y respetuosas de las diferencias, al punto de poder valorar las capacidades individuales como recurso laboral.
Desde las escuelas
Son diferentes las escuelas de la teoría organizativa que han definido la organización. Henry Mintzberg (1995) expone cinco definiciones agrupadas en tres tendencias:
• Las tendencias tradicionales entienden “la visión de la organización como un sistema de autoridad formal y como un sistema de flujos controlados” (p. 64). Describe la organización como un “diagrama organizativo” y como un sistema ordenado de flujos, de perfecto funcionamiento. En el sistema regulado se presentan tres flujos: “El de trabajo de operaciones, el de información y decisiones de control, y el de información de staff” (Mintzberg, 1995, p. 64).
• Los teóricos de las relaciones humanas y científicos conductistas ven la “organización como un sistema de comunicación informal” (p. 74). La definen así, puesto que lo formal es burlado, mientras lo informal o extraoficial se impone en “adaptación mutua”, como mecanismo de coordinación (Mintzberg, 1995, p. 74).
• Las tendencias actuales de la teoría organizativa la ven “como sistema de constelación de trabajo y sistema de procesos de decisión ad hoc” (Mintzberg, 1995, pp. 61-62). Sostienen que “la organización adopta la forma de un conjunto de constelaciones de trabajo, de exclusivos círculos prácticamente independientes de individuos que intentan tomar decisiones adecuadas a su particular nivel jerárquico” (p. 81). Estas tendencias también definen la organización como un sistema de procesos de decisión tanto rutinarios o programados como ad hoc o imprevistos (p. 86).
Procesos y estructuras de las organizaciones
Mintzberg (1995) describe estos dos elementos claves que configuran la organización, teniendo en cuenta la funcionalidad de la misma, a partir de cinco partes fundamentales que la constituyen:
1. Núcleo de operaciones: “Abarca a aquellos miembros (los operarios) que realizan el trabajo básico directamente relacionado con la producción de productos y servicios” (p. 49).
2. Ápice estratégico: “Se ocupa de que la organización cumpla, efectivamente, con su misión y de que satisfaga los intereses de las personas que controlan o tienen algún poder sobre la organización (accionistas, agencias gubernamentales, sindicatos laborales, grupos de presión)” (p. 50).
3. Línea media: “El ápice estratégico está unido al núcleo de operaciones mediante la cadena de directivos de la línea media, provistos de autoridad formal” (p. 54).
4. Tecnoestructura: los analistas “sirven a la organización afectando el trabajo ajeno. [...] Los analistas de control de la tecnoestructura sirven para afianzar la normalización en la organización” (p. 56).
5. Staff de apoyo: “Unidades especializadas cuya función consiste en proporcionar un apoyo a la organización fuera del flujo de trabajo de operaciones” (p. 57).
Todos estos elementos se unen mediante distintos “flujos”: de autoridad, de material de trabajo, de información y de procesos de decisión. De los cuatro flujos, es esencial el sistema de información. Los flujos de autoridad los abordé antes con el tema de la legitimidad desde la perspectiva de la filosofía política y discursiva, así como los flujos de decisión. No me ocuparé del tema del material de trabajo, porque se sale de mi competencia, pero sí analizo el sistema de información a partir de los textos de planeación estratégica (misión, visión y manuales) como productos de gestión.
Por el momento, queda establecido que la tecnoestructura es la unidad de la estructura que importa a los intereses de este trabajo, por cuanto se ocupa de revisar las estrategias de control como práctica social en las organizaciones.
Productos de gestión (estrategias) de las organizaciones
Las organizaciones se decantan por una serie de decisiones y de apuestas políticas que generan una compleja red de elementos por analizar. Y esto es así, porque los intereses de las organizaciones afectan a una comunidad entera. De ahí que se defina como gestión la manera en que los sujetos de las organizaciones reflexionan y exponen sus políticas, a través de un proceso permanente.
La manifestación de esas políticas está plasmada en los textos de las organizaciones, en los comunicados, en las comunicaciones públicas y privadas, como sentencias de sus más idóneas decisiones, las cuales son políticas, pues suponen alcanzar acuerdos sobre los más diversos intereses de cada uno de los actores. Ese es el sentido de la política en este contexto: buscar la cohesión, gracias a que une y otorga orientación en el logro de acuerdos, para alcanzar un equilibrio.
Si bien puede sonar extraño que en las organizaciones se den fenómenos políticos, estos surgen porque se trata de un contexto en tensión permanente, porque siempre hay una puja entre las expresiones de dominio de las partes que las constituyen, y “la política es una cuestión de fuerza: quién domina a quién” (Ackoff, s. f., p. 13). De no ser así, de no mantenerse en discusión, en debate, en reflexión, como lo convoca el sentido de lo político, lo que se da es un temor al debate y a la confrontación.
Bajo este concepto de política germinan algunos productos emitidos por las organizaciones, productos que se comunican para mostrar un orden, un control, un tipo de “gobierno”. De lo contrario, el desorden, la falta de control pueden desembocar en el caos, en el “desgobierno”. Dichos productos se organizan en un sistema de gestión, que se compone de:
[…] a) la misión, las metas y funciones básicas de la institución, b) la definición de los roles de los gerentes y otros agentes que toman decisiones, c) la responsabilidad de las áreas funcionales, d) las relaciones de autoridad, técnicas y de asesoría, e) el flujo de información y la red de comunicaciones entre sectores, f) el tablero de comando o de control gerencial, con los indicadores de la eficacia en los servicios y la población atendida, g) las interfaces con otros sectores del aparato estatal y entes comunitarios, como son las relaciones del hospital con la universidad, obras sociales, fundaciones y otros prestadores de salud (Etkin, 2000, p. 9).
Ahora bien, con el fin de analizar las estrategias de exposición de la misión, la visión y los manuales de convivencia, primero me ocupo de lo que es una estrategia para la empresa.
Toda organización necesita un objetivo, unas líneas de acción o políticas que la encaminen; es por esa necesidad que surge la planeación estratégica. Mintzberg (1997) plantea cinco definiciones de estrategia, las cinco “p”: plan, pauta de acción (ploy o maniobra), patrón, posición y perspectiva (p. 16).
Como plan, la estrategia es conscientemente determinada para obtener un logro mediante una guía; esto es, las estrategias se elaboran previamente a la ejecución y de manera consciente. Como pauta de acción, es una “maniobra” para ganar la partida al contrincante o competidor. Como patrón, la estrategia es un modelo de flujo de acciones, que de antemano debe ser definido por los superiores. Como posición, la estrategia es una forma de ubicar una organización en lo que los teóricos suelen llamar un “medio ambiente”. Como perspectiva, la estrategia implica no solo la selección de una posición, sino también un modo particular de percibir el mundo; es una ideología con la que la organización se identifica: “La estrategia es para la organización lo que la personalidad es para el individuo” (Mintzberg, 1997, p. 21).
Toda estrategia debe contar con unas referencias de la empresa relacionadas con sus decisiones, debe tener claridad sobre una temporalidad de desarrollo, unas actividades, unas responsabilidades, un compromiso, unos actores y un medio de transmisión. Una estrategia organiza y procura cohesión a la organización que la posiciona, como también previene crisis; en ese sentido, es anticipatoria de entropías. Y, por supuesto, al planear la estrategia, la organización se debe basar en sus objetivos y fines, en sus recursos, en lo dispuesta que esté a cambiar y a ser dinámica, en sus relaciones sociales y en su capacidad de analizar el contexto en el que está inmersa.
Existen estrategias relacionadas con las actividades, los tiempos, los objetivos, la sostenibilidad y la técnica para dirigir la organización. También las hay referidas a las formas como la organización asume la competitividad y el entorno, y todas tienen que ver con las cinco “p” trabajadas por Mintzberg (1997).
Una organización con estrategias refleja claramente su estado interno, porque atiende a su historia y su porvenir, y con ello, a sus oportunidades y amenazas; por eso, la estrategia es una herramienta de conducción que contribuye a lograr los objetivos de la organización, a establecer límites para ser efectiva; y todo eso lo logra mediante un discurso regulado, un discurso con descripciones y prescripciones de buena conducta, como son los manuales o códigos de ética.
La finalidad de este discurso es el control. La estructura de un discurso para controlar, según Van Dijk (2009), consta de los temas o macroestructura semántica, los esquemas discursivos (superestructura), el significado local, el estilo, los recursos retóricos, los actos de habla y las dimensiones interaccionales del discurso, como son los turnos y las secuencias (p. 169), todo ello se analiza más adelante.
En conclusión, la planeación estratégica es un instrumento de gestión que permite apoyar la toma de disposiciones de las organizaciones, en torno al trabajo actual y a la ruta que deben recorrer en el futuro para ajustarse a las transformaciones y los reclamos del entorno; y para conseguir la mayor eficiencia, eficacia y calidad en los bienes y servicios que surten. La planificación estratégica radica en un adiestramiento en la enunciación y la construcción de fines prioritarios, cuya particularidad principal es el establecimiento de los trazados de gestión (estrategias) para alcanzar dichos fines. Dentro de las acciones de la planificación se encuentra la elaboración de unos productos que reviso a continuación, la misión, la visión y los manuales de buen gobierno, bajo la óptica del ejercicio político que implica la toma de decisiones y los acuerdos a los que se debe llegar para su construcción.
Junto con la visión, la misión es uno de los valores institucionales que responde a varias preguntas: ¿por qué hacemos lo que hacemos?, ¿quiénes somos?, ¿para qué estamos?, ¿cuáles son nuestros valores? En suma, la misión es la expresión de la ideología, en el sentido de las representaciones mentales de los grupos que la construyen; no es producto de discusiones y debates.
En la organización, la misión es cortoplacista, competitiva y mercantilista; además, es una estrategia que debe ser persuasiva, pese a que no se hace en comunidad, porque busca resultados, no acuerdos. Lo más impactante y diferenciador de la misión en la gestión de proyectos y en las empresas es que en ellas se busca adoctrinar e imponer, antes que lograr efectivamente un cambio de comportamiento.
Por su parte, la visión es la forma como la organización se visualiza en el futuro. La visión de una organización es otro de los elementos de la planeación estratégica y es definida por Peter Senge (1992) como una construcción colectiva, para que pase a ser una acción, no de un “ellos”, sino “nuestra”:
Una visión compartida no es una idea. Ni es una idea tan importante como la libertad. Es una fuerza en el corazón de la gente, una fuerza de impresionante poder. Puede estar inspirada por una idea, pero si es tan convincente como para lograr el respaldo de más de una persona cesa de ser una abstracción. Es palpable. La gente comienza a verla como si existiera. Pocas fuerzas humanas son tan poderosas como una visión compartida (p. 331).
Para tener la fuerza que caracteriza a la visión, la organización se vale de razones futuras para construir su texto en el marco de la pregunta: “¿Qué deseamos crear?”. Con la exposición de la visión, la organización está expresando su futuro, su deseo de alentar un compromiso a largo plazo. Pero la visión no debe ser impuesta desde las jerarquías superiores de la organización, a no ser que ya venga etiquetada por una ley –como sugiere Etkin (2003) que sucede con la misión–, pues “cuando la gente comparte una visión está conectada, vinculada por una aspiración común” (Senge, 1992, p. 331). En síntesis, antes de elaborar el plan de control, las organizaciones deben haber construido ya estos dos textos, la misión y la visión, porque con respecto a ellos se valida lo demás.
Finalmente, las organizaciones –oficiales y privadas– tienen discursos que las representan en todos los contextos (internos, externos, Estado), porque los usan para organizarse, para generar ganancias y permanencia. Uno de esos discursos lo exponen las empresas en los llamados por algunas “manuales de buen gobierno”, y por otras, “códigos de ética”, que no solo dan cuenta de sus principios y bases políticas, sino, y sobre todo, que las posesionan, les dan legitimidad y orden. Para Gilles Lipovetsky (1997), estos códigos nacen en Estados Unidos en los años sesenta, bajo la campaña de la “responsabilidad social de la empresa” (p. 178).
Este autor señala que la función de los manuales de buen gobierno es dar cuenta de los principios fundacionales y de identidad de las organizaciones, así como sentar las bases de las conductas morales que las representan y que deben tener quienes en ellas participen (p. 179). Esto es, los manuales se elaboran no solo para cumplir una norma, aunque en algunas organizaciones así parezca, porque se emulan los textos de otras o se siguen las mismas estructuras, lo cual les impide ser originales y, ante todo, particulares; también son para dar razón de la propia existencia de las empresas y sus más profundas intenciones, definidas en los valores que quieren fomentar, pues de ello depende responder no solo por un pasado fundacional, sino además por un futuro, en la preocupación de un largo plazo del país e inclusive del planeta.
En suma, el origen de estos textos se ubica en un contexto ético de las organizaciones, orientado a darles coherencia y una especie de orden que deben reflejar y establecer. Y si bien no siempre los textos de planeación son los que rigen la conducta y la norma dentro de las empresas, es claro que generan una idea de constitución firme y organizada. Los códigos de ética son la expresión de los valores deseables de una organización gubernamental de manera obligatoria, pero se repiten en forma y función en todo tipo de organizaciones, como lo dice Bautista (s. f., p. 124), para evitar comportamientos contrarios a los exigidos por las empresas.
Los valores con los que debe contar un empleado, ya sea servidor pagado por el gobierno u obrero de organizaciones privadas, se presentan y evalúan con el fin de valorarlos, a partir de lo expuesto en los códigos de ética. El código declara cómo deben ser las actitudes de los trabajadores, los principios éticos, los valores y antivalores, las responsabilidades, las restricciones. Es decir, el código es un acto de prevención, de exposición de una determinada ideología, de conminación a ser coherentes con la organización que lo expide. Con todo, el código no constituye un fin en sí mismo, como lo declara Bautista:
[…] cuando los códigos carecen de una estrategia de comunicación, cuando sólo se quedan en el escritorio y no se trasladan al corazón de los servidores públicos [o empleados privados], a la discusión de valores y a la asimilación de éstos, se convierten en letra muerta (s. f., p. 143).
La campaña de promoción del código de ética es fundamental para el reconocimiento de los valores y de las conductas a seguir por parte del trabajador; de ahí que el estilo de expresión debe tener en cuenta a quién va dirigido, para lograr la mayor claridad posible.
Poder-legitimidad-autoridad
Para organizarse, se requieren no solo unos principios éticos y unas formas tradicionales o contemporáneas de gobernar, o unas fuentes de relaciones “normales”, sino también tener un poder en el cual apoyarse para tomar decisiones y, aún más, para mantener el orden. En otras palabras, tanto las fuerzas económicas como las militares y demás agremiaciones deben estar legitimadas, es decir, deben adjudicarse el poder para ejecutar la autoridad. De tal suerte que la dominación es una consecuencia de la legitimidad, porque se legitima por diferentes razones a quien se obedece.
A partir de aquí, puedo decir que los textos de planificación estratégica como la misión, la visión y los manuales de buen gobierno o códigos de ética tienen un origen de autoridad aceptado a través de un contrato, en el que se exponen las condiciones laborales y la retribución económica o motivacional. La reciprocidad se da en la medida en que el trabajo sea pagado coherentemente con lo contratado y aceptado por las partes.
Esa perspectiva puede evidentemente combinarse con la concepción de la legitimidad desde lo discursivo, porque la legitimación es una de las funciones del uso de la lengua en la dimensión interactiva y pragmática. En efecto, para Teun van Dijk (2000b), la legitimidad
Es un acto social (y político), y se lleva a cabo, específicamente, por el texto o la conversación. Con frecuencia también tiene una dimensión interactiva, es decir, como una respuesta discursiva a un desafío a la propia legitimidad. Pragmáticamente, la legitimación está relacionada con el acto de habla de defenderse a uno mismo, una de cuyas condiciones de adecuación es a menudo que el hablante provea buenas razones, fundamentos o motivaciones aceptables para acciones pasadas o presentes que han sido o podrán ser criticadas por otros (p. 318).
De ahí que la legitimación sea un acto comunicativo más extenso que un acto de habla; por eso, “puede ser una práctica discursiva compleja, continuada, que involucra a un conjunto de discursos interrelacionados” (Van Dijk, 2000b, p. 319). El habla más informal se torna formal en un contexto legitimador, como es el institucional. De hecho, el origen de la legitimidad se puede rastrear institucionalmente. Si un sujeto es institucional, ya está legitimado, porque tiene unas funciones que debe cumplir como miembro de la institución y dichas funciones justifican todas sus acciones: “El acto de legitimación implica que un actor institucional cree o dice respetar las normas oficiales y, en consecuencia, permanece dentro del orden moral prevaleciente” (Van Dijk, 2000b, p. 319). Por más que haya una legitimidad empoderada por la función social, la legitimación debe ir de la mano de la ley. No se pueden tomar decisiones solo por estar legitimado, sin respetar las reglamentaciones o los derechos y deberes.
Y esto ocurre no solo con sujetos, también con organizaciones, parlamentos, congresos. Para ello usan el discurso. Lo político del discurso legitimador se manifiesta en el momento en que la legitimidad por sí sola no tiene efecto o cuando está en crisis la institución; entonces, se usan estrategias de autoridad e imposición que incluso entran en contradicción con la ley. De ahí que la legitimación por esta vía se convierta en estrategia para reorganizar lo que se ha perdido en términos de legitimidad.
La estrategia de legitimarse se da en dos formas: de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. En la primera, “las élites o las instituciones se legitiman a sí mismas especialmente ‘hacia abajo’, por ejemplo, con respecto a los clientes, los ciudadanos o la población en general” (Van Dijk, 2000b, p. 320). Este es el tipo de legitimidad que se encuentra en los discursos de las seis organizaciones analizadas, por cuanto dirigen su poderío y conjunto de decisiones a tres públicos: los trabajadores, los clientes y los accionistas. La segunda estrategia, “de abajo hacia arriba”, implica la legitimación de, por ejemplo, el Estado, las élites o los líderes por parte de las “masas” (Van Dijk, 2000b, p. 320). En esta estrategia, llama la atención, según Van Dijk (2000b), que el subordinado acepte las formas de opresión.
Así, desde la filosofía política y el enfoque discursivo, la legitimación vivida en las organizaciones adquiere un carácter fundacional. Entonces, quienes las dirigen deben tener rasgos legítimos.
Instituciones u organizaciones
Ahora es pertinente aclarar la diferencia entre institución y organización. El papel que cumplen las organizaciones en la formación o construcción de sujetos colectivos, con algunas identidades, rasgos, modelos e ideologías, lleva a formular que es allí donde más claramente se efectúa la práctica ideológica:
Ser tan sólo un “grupo” de mujeres, periodistas, maestros, o antirracistas puede no ser suficiente para organizar efectivamente la acción de los miembros y lograr los objetivos de grupo deseados, ya sea individual o conjuntamente. Las instituciones y organizaciones pueden coordinar objetivos y acciones comunes, proveer o distribuir recuerdos y otras condiciones y restricciones, elegir o imponer líderes, etc. (Van Dijk, 2000b, p. 236).
En muchas ocasiones, las organizaciones se pueden denominar también “instituciones”, pero en este libro se asumen como diferentes, por cuanto la institución es más un ente, una forma de propagar las creencias, una construcción abstracta de los ideales de las organizaciones, las cuales son físicas y concretas. Organización e institución se diferencian en términos de objetivos y tiempos. Mientras las organizaciones tienen objetivos económicos a unos plazos determinados, con valoraciones en cuanto a la cantidad y la calidad, las instituciones tienen objetivos más abstractos, menos tangibles, más mediatos, porque se trata de marcos de referencia cognitivos y morales que pueden permanecer por generaciones. Mientras en las organizaciones hay deseos particulares, las instituciones los tienen colectivos. Mientras las instituciones existen porque deben cumplir una misión, las organizaciones construyen misiones que las beneficien, que les otorguen posicionamiento.
Etkin (2003) diferencia institución de organización, al definir no solo sus misiones y valores, sino también el tipo de sujetos que en ellas participan. En las organizaciones es necesaria la presencia de gerentes, y en las instituciones, de “misioneros”.
En Van Dijk (2000b), las Iglesias, las familias, las universidades y todo el sistema educativo son instituciones. La razón es que sus prácticas de socialización, parcialmente ideológicas, dada su intervención en la socialización de normas, valores y fragmentos de ideología, “son complejas, elaboradas y difundidas, aunque más no sea porque involucran prácticamente a todos los miembros de la sociedad, intensiva y diariamente, algunas veces por más de veinte años” (p. 236). Las ideologías que cada una de esas instituciones profundiza se traducen en políticas reales, que se ejecutan en prácticas concretas dentro de organizaciones con diferentes esquemas administrativos y que buscan la producción como su objetivo central. En consecuencia, en este texto hablo de empresas como sinónimo de organización, no de institución.
2. Control como estrategia de las organizaciones
El concepto de control es complementario al de organización, pues sin control no hay orden –no hay organización– y cuando no hay orden, pareciera que se genera descontrol. Así, la relación de oposición entre organización y entropía se cruza con la relación de complemento entre control y organización, al relacionar control/entropía y organización/desorganización.
Como no es mi intención discutir la existencia necesaria del control en las organizaciones, en este capítulo rastreo algunas definiciones de control desde diferentes pensadores, que ayudan a reflexionar sobre este proceso en relación con la sociedad y el trabajo, con el fin de tener un marco conceptual al momento de revisar las definiciones que las organizaciones exponen en sus manuales. Y luego, examino la definición oficial de control interno, de modo que el concepto de control será visto tanto desde una perspectiva crítica de análisis filosófico, político y discursivo como desde la perspectiva oficial del mundo organizacional, generando un contraste que permitirá entrar con más elementos de juicio al análisis discursivo de las organizaciones.
Debo aclarar que de ninguna manera se pierde de vista la perspectiva lingüística en este tema, porque me baso en Roger Fowler y Gunther Kress (1979a).2 Para ellos, tanto el poder como el control están mediados por el lenguaje. De ahí se deriva que, por vía de la socialización, del intercambio y la interacción se logran los procesos de influencia en el uso del lenguaje entre los sujetos. Estos son influenciados por las hablas usadas en sus relaciones, en sus lugares de trabajo, de estudio, en donde hacen vida social o laboral y, por ende, son afectados por las ideologías que allí circulan.
Es lo que sucede con el discurso de las organizaciones: los manuales de buen gobierno influyen en el comportamiento de los trabajadores o, por lo menos, es una de las intenciones explícitas de su composición. Son textos escritos con una estructura lingüística particular, producto de un pensamiento económico y administrativo que existe mucho antes de que un trabajador llegue a leerlos. Son textos típicos de esos contextos laborales y administrativos, y se distinguen de otros discursos porque usan, entre otras cosas, el discurso del control interno como estrategia de regulación del comportamiento laboral.
En ese sentido, Fowler y Kress toman un ejemplo indiscutible de control, el de las reglas y regulaciones, y el lenguaje en el que se expresan:
[…] las reglas son instrucciones para comportarse de maneras tales que acarrean un orden buscado o deseado. Si los participantes no comprenden las formas del comportamiento, la aplicación del control es unidireccional, no hay rastro de negociación en torno al control (1979b, p. 40).
En consonancia con esto, el control es la estrategia discursiva usada por una autoridad, como la organización, para valorar y verificar, pero también para persuadir a los trabajadores, para influir en su mente (Van Dijk, 2000b, p. 304). Según Esther Díaz, el control es el paroxismo (ataque directo) y la exacerbación de la vigilancia (2010, p. 9). La exacerbación se basa en la supervisión detallada del comportamiento, no solo laboral, sino también familiar; no solo grupal, sino además individual, de los trabajadores de una organización.
Si bien la evaluación se hace en espacios cerrados, el control cubre espacios abiertos; es más, externos a la organización (Díaz, 2010). Fowler et al. (1979) indican que “el control se traduce en reglas, instrucciones y regulaciones” usadas para buscar la seguridad y el orden previsible, deseado, incluso con el monitoreo del espacio y el tiempo de los trabajadores de una organización (p. 67).
Control/sociedad
Toda sociedad o grupo humano tiene mecanismos para organizarse y lo hace a partir del consenso, en unos casos, o de la imposición, en otros. Esos mecanismos pasan por el control de los horarios, las funciones, los roles, las jornadas e, incluso, los temas de conversación, las creencias. En principio, el control como mecanismo de organización ha sufrido variaciones, dados los intereses de cada comunidad que pretende organizarse. En cada estadio de las formaciones sociales, en cada institución y en cada organización humana surge el control con el propósito de revisar, evaluar, confrontar, etc., las acciones o roles asignados a los grupos humanos. Es cierto que dicha táctica es necesaria para lograr que un trabajo funcione bajo ciertos criterios de calidad de producción y de organización, pero no siempre el control tiene esos fines “administrativos”.
Según Gilles Deleuze (1990), mientras en la era de las sociedades disciplinarias, las fábricas concentraban y ordenaban el tiempo al interior de ellas, en la transformación hacia las sociedades de control el encierro se da “al aire libre”. En las sociedades disciplinarias, las fábricas buscaban un control del cuerpo total; ahora, en las sociedades de control, este se enfoca en la empresa; y las prácticas de control, entre otras cosas, individualizan, dividen e imponen competitividad.3 En las sociedades disciplinarias, el dinamismo lo imponían los lugares de encierro, “siempre había que volver a empezar” (1990, p. 4); así que terminada la escuela, se iniciaba la fábrica como otro encierro. En las de control, el encierro es estable. La sociedad de control controla con cifras, con datos, con porcentajes, como lo expone Deleuze (1990, p. 4).4
Cada vez más los trabajadores deben a las empresas sus salarios, gracias a las facilidades que les otorgan para cubrir todas sus necesidades. De esta forma, imponen otros modelos de vida y educación, porque prestan el dinero a los empleados para que puedan acceder a vivienda y educación, imponiendo las reglas y los montos a descontar. Así los encierran las empresas, a través de las deudas que adquieren con ellas. Así dominan al trabajador, quien está en deuda permanente con ellas, y con este argumento lo controlan para que sea más afecto al lugar que, además de darle trabajo, lo beneficia con miles de soluciones, mientras queda “empeñado”. La transformación de una sociedad a otra no es calificada como mejor o peor por Deleuze, pero sí llama la atención a los trabajadores y sus representantes para que comprendan los cambios y los nuevos roles que dicha transformación les exige.
La relación entre control y sociedad que presenta Deleuze la complemento con la definición consignada en el Diccionario de política de Bobbio, Matteucci y Pasquino (1997) y la de Teun van Dijk. En el diccionario se evidencia que el control depende básicamente del tipo de gobierno de una u otra época:
Se entiende por control social el conjunto de medios de intervención, sean positivos o negativos, puestos en marcha por toda sociedad o grupo social a fin de conformar a los propios medios a las normas que la caracterizan, impidiendo y desaconsejando los comportamientos desviacionistas y reconstruyendo las condiciones de conformidad incluso respecto de un cambio del sistema normativo (Bobbio et al., 1997, p. 368).
Los autores establecen dos formas principales de control social: controles externos y controles internos. Los primeros son mecanismos que se ponen en marcha en caso de que los sujetos no se conformen a las normas dominantes (sanciones, castigos, acciones reactivas). Esto se hace, por ejemplo, mediante la interdicción, el aislamiento, la reprobación social, el rechazo, la sátira. Los segundos son medios con los cuales los sujetos interiorizan normas, valores, metas sociales fundamentales para el orden social; son los controles interiores, insertos en la conciencia del sujeto (Bobbio et al., 1997, p. 368).
Respecto a la relación del control con la sociedad, Van Dijk aporta un análisis del discurso del poder, especialmente en Discurso y poder (2009), donde convierte las nociones de abuso de poder y desigualdad social en los fundamentos lógicos de la investigación crítica. Es decir, analiza críticamente lo que, de acuerdo con normas y valores sociales, “es injusto, ilegítimo, está desencaminado o es malo” (p. 29). Examina las diversas maneras como se abusa del discurso, bajo el estudio de la manipulación discursiva, las falacias, la información distorsionada, las mentiras, la difamación, la propaganda y otras formas de discurso encaminadas a manejar ilegítimamente la opinión y controlar las acciones de la gente con intención de sustentar la reproducción del poder.
En el libro en mención, Van Dijk define esencialmente el poder social atendiendo al control, esto es, al control que ejerce un grupo sobre otros grupos y sus miembros. Por otra parte, define el control desde el concepto de poder:
El control mental se da, generalmente, a través del discurso: es decir, el control mental es discursivo. […] el poder de los medios de comunicación es generalmente simbólico y persuasivo, en el sentido de tener la posibilidad de controlar, en mayor o en menor medida, la mente de los lectores; sin embargo, el control no se ejerce directamente sobre sus acciones: el control de las acciones, meta última del poder, se hace de manera indirecta cuando se planea el control de intenciones, de proyectos, de conocimientos a alcanzar, de creencias u opiniones (Van Dijk, 2000b, p. 165).
Tradicionalmente, el control se define como el dominio sobre las acciones de otros. Pero si ese control se ejerce, además, en beneficio de aquellos que dominan y en detrimento de los sujetos controlados, se habla, según Van Dijk, de “abuso de poder” (2000a, pp. 30-31). Evidentemente, este autor analiza el control del contexto desde el acceso (quién tiene acceso a la (re)producción de noticias y quién controla ese acceso); el control del discurso (qué se puede o no decir y quién puede o no hablar) y el control de la mente (factores que participan en la modificación del modo de pensar de una persona). Sin embargo, pese a tomar en cuenta estos tres elementos del control, no define su estructura lingüística, como sí lo hace con la estructura lingüística del poder, pues su interés es dar cuenta de esta compleja noción de poder, de modo que permita captar sus implicaciones y aplicaciones más importantes.
Para Van Dijk, la manifestación del poder más pura es el control (2009, p. 29). Además, este es un acto social que se expresa discursivamente bajo varios estilos. Es decir, el control no solo se expone como evaluación o verificación de la labor realizada por un “otro”; también se puede presentar en un discurso regulador sobre un trabajo a realizar, como en el caso del discurso de las organizaciones.
Por su parte, Basil Bernstein analiza el control en relación con el trabajo y con una de sus divisiones más trascendentales, como es la educación. Para este autor, el control simbólico
[…] constituye el medio a través del cual la conciencia adopta una forma especializada y distribuida mediante formas de comunicación que transmiten una determinada distribución de poder y categorías culturales dominantes. El control simbólico traduce las relaciones de poder a discurso y el discurso a relaciones de poder. Y añadiré que puede transformar, también, esas mismas relaciones de poder (1977, p. 139).
En otras palabras, se trata de un control cognitivo, porque el sujeto es capaz de interpretar dónde están en juego las relaciones de poder y cómo participar en ellas, o por lo menos cómo ser un elemento (pasivo o activo) de ellas. El campo del control simbólico cuenta con agentes que dominan el discurso y, por supuesto, con discursos: “Modos de relacionar, pensar y sentir, [que] especializan y distribuyen formas de consciencia, relaciones sociales y disposiciones” (Bernstein, 1977, p. 139).
Bernstein contrasta el campo del control simbólico con el campo del control económico. Mientras los agentes dominantes del control en el campo económico regulan los medios, los contextos y las posibilidades de los recursos físicos, los agentes del campo del control simbólico regulan los medios, los contextos y las posibilidades de los recursos discursivos. Con los primeros aparecen los códigos de producción, y con los segundos, los códigos discursivos.
Si bien Bernstein se especializa en los discursos de la educación, atiende también al discurso de los trabajadores, el cual agrupa con otros discursos, llamados por él dispositivos, es decir, “un sistema de reglas formales que rigen las distintas combinaciones que hacemos para hablar o escribir” (1977, p. 182). Estos dispositivos tienen reglas relativamente estables, que son dependientes de la ideología, por lo cual, “es fácil que el origen de la relativa estabilidad de las reglas esté en las preocupaciones de los grupos dominantes” (p. 184). Entre otras cosas, ni las reglas estables ni las relativas son neutrales desde la óptica ideológica.
Ahora bien, lo que aquí más interesa es el control laboral, la estrategia usada por la organización para evaluar y cuyo principio es garantizar que las cosas ocurran de acuerdo con lo planeado. Suelen darse bajo esta línea acciones de verificación, confrontación y regulación, hasta la aplicación de correctivos. Miremos cómo opera este tipo de control, bajo la dupla conceptual control/trabajo.
Control/trabajo
Las concepciones de control ya revisadas relacionan “control” y “sociedad” en el sentido de una permanente tensión, cuyo resultado es incluso el control mental y la manifestación del poder. Pero en la relación entre control y trabajo se suman otros matices.
Una de las teorías clásicas de la administración la representa Frederick Winslow Taylor (1856-1915), quien sentó los principios de la administración científica para un trabajo más productivo, partiendo del control. Así los cita Echeverría (2001): 1) principio de planeamiento: sustituir, en el trabajo, el criterio individual del operario, la improvisación y la actuación empíricopráctica por los métodos científicos; 2) principio de la preparación/planeación: seleccionar científicamente a los trabajadores de acuerdo con sus aptitudes y prepararlos, entrenarlos para producir más y mejor, conforme el método planeado; 3) principio de control: verificar que el trabajo esté siendo llevado a cabo bajo las normas establecidas y según lo planeado, y 4) principio de la ejecución: distribuir distintamente las atribuciones y las responsabilidades, para que la ejecución del trabajo sea disciplinada (pp. 20-23). Con esta teoría se instaura un control policivo, centrado en señalar a los trabajadores, seguirlos, sancionarlos, en pequeñas áreas de trabajo, para que el control sea más efectivo.
Idalberto Chiavenato (2006) habla de otro teórico clásico, Henri Fayol (1841-1925), para quien el control es verificar que todo lo que suceda esté de acuerdo con las reglas establecidas y las órdenes dadas. Este autor les concede el control a las reglas y a las órdenes de los superiores, es decir, lo centra en la gerencia (p. 71).
Así, estas dos teorías conciben el control como un instrumento estático, como una etapa de planificación gerencial centrada en el trabajador, a quien se le aplican sanciones cuando no cumple con las normas y las regulaciones expresadas en el manual de control interno. En esta línea, Bohórquez (2011) enfatiza que
La premisa sobre la cual se ha sustentado el control se basa en la búsqueda de consistencia y predecibilidad en el comportamiento de los individuos como medio para garantizar el cumplimiento de los objetivos de la organización. En este sentido, Perrow (1986) […] argumenta cómo el control incluye supervisión, reglas, estructuras burocráticas, estandarización, división del trabajo, y en general instrumentos orientados a definir límites de actuación para la toma de decisiones (p. 309).
Pero, al parecer, estos elementos de consistencia individual, predecibilidad y supervisión, expuestos por la teoría clásica del control, tienen un efecto contrario al deseado, porque disminuyen la capacidad de organización, como concluye Bohórquez (2011, p. 309). A diferencia de esta teoría clásica de control centrada en una organización lineal y estática, este autor expone una más dinámica, que si bien busca organizar, no es bajo el criterio de la homogeneización o la inmovilidad, sino que “se orienta a volver estable un punto de equilibrio que es inestable en ausencia de control y así hacerlo insensible a ciertas perturbaciones” (2011, p. 309), o bien, que busca llevar la organización de un estado inicial a un estado final, por medio de trayectorias óptimas, según determinados criterios.
En definitiva, según el tipo de organización, se determina el tipo de control que se aplicará.
Por otra parte, en lo que sigue quiero mostrar el trabajo de un autor que diferencia coordinación laboral de control. Henry Mintzberg (1995) se ocupa de describir la relación entre control y organización, a través de la estructura de la organización, exponiendo las formas en que se divide el trabajo por tareas, para alcanzar la coordinación con la ayuda de los mecanismos de control (p. 26).
Mintzberg analiza cinco mecanismos de control: 1) adaptación mutua: la cual consigue la coordinación del trabajo mediante la simple comunicación informal; 2) supervisión directa: que alcanza la coordinación al responsabilizarse una persona del trabajo de los demás; 3) normalización de los procesos de trabajo: que ocurre al programar el contenido del trabajo; 4) normalización de los resultados de trabajo: que se logra al especificarse los mismos, como puede darse con las dimensiones del producto o del rendimiento; 5) normalización de las habilidades de trabajo: conseguida cuando ha quedado especificado el tipo de preparación requerida para la realización del trabajo. Estos elementos son fundamentales en la estructura, como aglutinante que mantiene unida la organización (Mintzberg, 1995, pp. 26 a 30). Además, cada uno es apropiado para un determinado grado de complejidad en el trabajo:
A medida que el trabajo de la organización se vuelve más complicado, los medios de coordinación primordiales van cambiando, de la adaptación mutua a la supervisión directa y luego a la normalización, preferentemente de los procesos de trabajo; en caso necesario, se pasa luego a la normalización de los resultados y de las habilidades sucesivamente, revirtiendo por último otra vez a la adaptación mutua (Mintzberg, 1995, p. 31).
Es decir, a diferentes resultados, distintas acciones de control, hasta “formalizar los comportamientos”, con el fin de desterrar la libertad de acción. Así lo declara Mintzberg: “Las organizaciones formalizan el comportamiento a fin de reducir su variabilidad, llegando incluso a predecirlo y controlarlo” (1995, p. 114). Y esta formalización puede darse según el puesto, el flujo de trabajo o la tarea, aspectos que tienen en el sujeto las mismas repercusiones: se ejerce un control de su comportamiento (1995, p. 113). Según el puesto, el control recae sobre las instrucciones de lo que debe hacer, la secuencia, el lugar, el tiempo que debe gastar el sujeto. Según el flujo de trabajo, el control recae sobre el sujeto, qué debe hacer bajo un esquema de instrucciones que debe cumplir (partituras para los músicos). Y de acuerdo con la tarea, el control recae sobre las reglas, al establecer quién está preparado para cumplirlas (cómo vestirse, por ejemplo).
Las razones que llevan a una organización a formalizar el comportamiento van desde querer lograr la precisión (todos saben qué función deben cumplir) hasta garantizar la consistencia mecánica que conduce a una producción eficiente, pasando por asegurar la imparcialidad ante los clientes. Sin embargo, “se formaliza el comportamiento también como un deseo arbitrario de orden”. En consecuencia, a mayor formalización de la organización, mayor burocracia, pues la organización burocrática5 “presenta pautas de comportamiento más o menos estables, basadas en una estructura de roles y de tareas especializadas” (Mintzberg, 1995, p. 388). Lo contrario a la estructura burocrática es la orgánica: la ausencia de normalización en la organización.
Entre los mecanismos de control, es relevante aquí el control del proceso de trabajo, que se entiende como el conjunto de actividades que atañen a la vigilancia técnico-organizativa de la marcha de la actividad laboral (Gallardo y Zarur, 2010, p. 102). Parafraseando a William Ouchi (1979), se pueden adoptar tres estrategias para el control del proceso de trabajo: la burocrática, la del mercado y la del clan. En la estrategia burocrática, el control radica en la aplicación de la autoridad racional legal, a partir de reglas jerárquicas de autoridad, documentos y otros mecanismos para asegurar un buen desempeño. Por su parte, la estrategia del mercado se basa en la competencia por vía de los precios, para evaluar los resultados y la capacidad del trabajador; en la comparación se valora o no a la organización. Por último, la estrategia del clan o control concertado hace uso de la cultura corporativa, de los valores, las tradiciones y las creencias para regular el comportamiento laboral, pero para ello el trabajador debe estar de acuerdo con los objetivos de la empresa, debe involucrarse y compartir sus valores (Ouchi, 1979, pp. 833-848).
Origen y teorías del concepto de control interno
El Instituto Americano de Contadores Públicos Certificados definió el control interno desde 1949, así:
El Control Interno incluye el Plan de Organización de todos los métodos y medidas de coordinación acordados dentro de una empresa para salvaguardar sus activos, verificar la corrección y confiabilidad de sus datos contables, promover la eficiencia operacional y la adhesión a las políticas gerenciales establecidas (Rivero y Campos, s. f., p. 1).
A partir de entonces, se han generado múltiples implicaciones conceptuales y algunos modelos que han sido implementados por las organizaciones. Uno de esos modelos es el del Committee of Sponsoring Organizations of the Treadway Commission (COSO), constituido por cinco organismos para mejorar el control interno dentro de las organizaciones. En 1992, el COSO publicó el Marco integrado de control interno, el cual es líder para diseñar, implementar y desarrollar el control interno y evaluar su efectividad, definiendo el mismo como
[…] el proceso efectuado por la dirección y el resto del personal de una entidad, diseñado con el objetivo de proporcionar un grado de seguridad razonable en cuanto a la consecución de los objetivos dentro de las siguientes categorías: eficacia y eficiencia de la información financiera y cumplimiento de las leyes, reglamentos y normas (citado en Colombia, Departamento Administrativo de la Función Pública, 2014, p. 118).
Con seguridad razonable, el COSO quiere señalar que no es seguridad absoluta y que el proceso es diseñado por personas, no por sistemas, manuales o formularios.
Por otra parte, en Colombia, el Departamento Administrativo de la Función Pública implementó el “Modelo estándar de control interno” (MECI) en el 2005 (Colombia, Presidencia de la República, 2005), a partir de la estructura establecida por la Ley 87 de 1993 para el Sistema de Control Interno. Si bien el MECI está inicialmente concebido como instrumento de control de las entidades públicas, otras organizaciones lo aplican, no solo para cumplir con las exigencias estatales –porque lo deben hacer–, sino también para la organización interna y para obtener los resultados esperados. El mismo consta de una serie de subsistemas, componentes y elementos de control del Estado colombiano, actualizados bajo el Decreto 943 del 21 de mayo de 2014 (Colombia, Presidencia de la República, 2014), el cual toma como referencia modelos internacionales vigentes. Los elementos son trece, desarrollados en seis componentes y en dos grandes módulos de control,6 que sirven como unidad básica para realizar el control, tanto a la planeación y la gestión institucional como a la evaluación y el seguimiento. El eje transversal del modelo lo constituyen la información y la comunicación.
El MECI concibe, entonces, varios productos para garantizar que las organizaciones públicas, imitadas por las privadas para su propio beneficio, generen información con contenido claro, en cuanto a las acciones, las políticas, los métodos, los procedimientos y los mecanismos de prevención, control, evaluación y mejoramiento continuo. Estos productos son: código de buen gobierno, operación por procesos, planes, programas –cuyo principal ejemplo es el “Plan Estratégico Institucional. Administración de riesgos”, del cual se desprende el “Mapa de riesgos, controles y contingencias por proceso”– y procedimientos: controles establecidos para mejorar cada proceso, manejar los riesgos y optimizar indicadores de gestión, información y comunicación organizacional (correo institucional, portal web, rendición de cuentas, informes a entes de control), planes de acción divisionales y planes de acción individuales. Toda esta información debe encontrarse consolidada en el manual de operación de cada organización (Colombia, Congreso de la República, 2014).
Como toda información, el MECI tiene destinatarios reales y concretos. Dirige su comunicación a los miembros de las organizaciones, desde las altas jerarquías, quienes deben responder como entidad del Gobierno o entidad privada ante las diferentes instancias del Estado, hasta los trabajadores, quienes deben seguir las prescripciones dictadas a fin de lograr los objetivos institucionales. “A su vez, persigue la coordinación de las acciones, la fluidez de la información y comunicación, anticipando y corrigiendo, de manera oportuna, las debilidades que se presentan en el quehacer institucional” (Colombia, Congreso de la República, 2014, p. 7).
Por supuesto, y dado el carácter anticipatorio de estos elementos, el MECI parte de unos principios que son el fundamento y pilar básico para garantizar la efectividad del Sistema de Control Interno, los cuales deben ser aplicados en cada uno de los aspectos que enmarcan el modelo: autocontrol, autogestión y autorregulación (Colombia, Congreso de la República, 2014, p. 10).
En el Sistema de Control Interno, cada uno de sus componentes está organizado bajo el criterio de la verificación y la evaluación al interior de un conjunto de métodos y normas análogas a las leyes y políticas de cada organización. Este sistema se expresa en manuales, donde aparecen las funciones y los procedimientos, y todo lo concerniente a la valoración o evaluación: y se elabora con una serie de disposiciones para que la organización aplique las estrategias de gestión y evaluación contempladas en sus objetivos y en el cumplimiento de las leyes del Estado.
El concepto de control interno se basa en una actividad posterior a la acción. No se ejecuta antes de iniciar un trabajo, sino después de llevarse a cabo una labor o durante la acción, por medio de unos mecanismos de evaluación. Es decir, para que el control cumpla con el objetivo de mantener la coherencia y la consistencia de las tareas encaminadas al cumplimiento de los propósitos de la organización, se requieren dos acciones: regulación y verificación del comportamiento de la organización (Arango, 2007, p. 85). Con la primera se formulan e implementan las estrategias, definiendo los propósitos, el futuro deseable para la organización (visión, misión, objetivos); y con la segunda se concretan las acciones que garantizan la concreción de la estrategia (p. 86). Si la regulación atañe específicamente a la estructura organizacional o jerárquica de la organización, la verificación es la acepción más habitual del control: consiste en la confrontación entre aquello que se diseñó o planeó, y lo efectivamente realizado, en busca de desviaciones y posibles acciones de mejoramiento.
Básicamente una organización utiliza dos dispositivos de verificación: el monitoreo de las actividades y la auditoría. El primero se ocupa de la observación directa y permanente de las actividades, efectuada por quienes tienen la responsabilidad de su ejecución, con el fin de identificar desviaciones y corregirlas en el menor tiempo posible. La segunda se ocupa de un examen de las actividades, realizado por una tercera persona independiente a quien tiene la responsabilidad directa por la ejecución del trabajo, con el fin de dictaminar o certificar si éste ha sido realizado de acuerdo con lo planeado, identificar desviaciones importantes y proponer acciones tendientes a su corrección (Arango, 2007, p. 91).
Teniendo en cuenta estas perspectivas oficiales sobre el control interno, el control no sería otra cosa que la evaluación, la medición, el ajuste de la acción o el comportamiento de los integrantes de un sistema laboral, con el fin de alcanzar un grado pertinente de seguridad orientado hacia el logro de los objetivos de la organización. Así, el control se identifica con la medición de los movimientos y con los hechos financieros de la organización; no es una actividad inseparable de los miembros de la misma, que aplican (quienes tienen la potestad) y que cumplen (quienes tienen la obligación) sus pautas para lograr su propia supervivencia laboral.
Si bien esta concepción oficial, gubernamental, organizacional del control parece bastante aséptica en relación con la forma en que autores como Deleuze, Van Dijk o hasta el propio Mintzberg –desde la teoría administrativa– hablan del mismo concepto, esto no quiere decir que las dos vertientes estén desconectadas. Cada una observa lo que quiere observar, lo que interesa y es visible desde su raíz epistemológica y sus objetivos prácticos y teóricos. La distancia entre la mirada aséptica del control y la mirada crítica da cuenta, entre otras cosas, de la necesidad de un análisis en profundidad del discurso del control organizacional, pues en sus mínimos detalles, así como en su gramática, pueden encontrarse los rasgos que revelan las relaciones de poder que sustentan tal discurso.
Tanto las propuestas de la teoría administrativa como las de los organismos nacionales e internacionales orientados al control organizacional buscan de modo explícito que los objetivos estén relacionados con la productividad, la eficacia, el rendimiento y el éxito empresarial. Sus discursos aparecen despolitizados, lejanos del poder. Mientras tanto, Van Dijk habla del control mental; Mintzberg, de la formalización del comportamiento como deseo arbitrario de poder; Bobbio et al., de los controles que funcionan en la conciencia de los sujetos, de la internalización de normas, metas sociales y valores. ¿Cómo evidenciar las relaciones de poder en discursos de control aparentemente neutrales? Una vía posible es el análisis discursivo, capaz de hacer visibles los engranajes ocultos de una gramática que promueve la interiorización de mandatos, el control cognitivo, la regulación del comportamiento, sin coerción ni violencia física alguna; antes bien, con la aceptación tácita por los individuos que son controlados.
3. Las organizaciones desde el análisis del discurso
El discurso organizacional incluye no solamente los códigos propios de la administración, sus conceptos básicos y su terminología, sino también las representaciones discursivas con las que se formulan los textos de planeación estratégica de las organizaciones. Dicha aclaración es importante, porque no trato aquí los discursos organizacionales para proponer fórmulas de composición ni para prescribirlos, sino para analizar críticamente qué se dice en ellos. Ya que transmiten la identidad de la organización, me pregunto por la estructura de la construcción de esa identidad.
Así, y debo subrayarlo, mi atención no se centra en cómo construir el discurso de las organizaciones y menos en cómo hacer que esos discursos sean diseñados con el propósito de guiar. En cambio, mi intención sí es describir cómo están elaborados para dirigir, para consolidar la visión del grupo, para estructurar los modelos mentales y para crear pensamientos más flexibles en beneficio de otros y de la empresa. Es necesario que insista en que una cosa es el discurso de las organizaciones y otra es cómo se hacen los discursos en las organizaciones.
Para lograr este cometido, hago uso del análisis del discurso (AD) desde dos perspectivas centrales. Para empezar, expongo los fundamentos teóricos de las mismas y los conceptos que ofrecen y que se vuelven bases teóricas del “Esquema de análisis del discurso del control organizacional” (EADCO). Luego, muestro cómo ha sido tratado el discurso organizacional desde el AD, enfocando la atención en el discurso y las relaciones de poder, desde el análisis crítico del discurso (ACD), y, así mismo, en el factor lingüístico del AD organizacional, como base para la emergencia de la gramática del control. Después, trato el tema del manual de buen gobierno como género discursivo. Finalmente, abordo la perspectiva sociocognitiva (PS) y el modelo interaccional (MI) a partir de sus rasgos generales, para desarrollar enseguida los conceptos centrales que cada perspectiva aporta a este trabajo: identidad, representación e ideología (PS), e interacción y evaluación (MI). Dejo para el siguiente capítulo el concepto dual de texto/discurso, que pertenece a las dos perspectivas.
Análisis del discurso organizacional
En este apartado damos paso a reconocer las diferentes perspectivas de análisis del discurso organizacional, las mismas que nos sirven de base para la forma como lo asumimos acá, desde lo lingüístico-comunicativo.
Análisis crítico
El “análisis del discurso de las organizaciones” es un tema tratado desde diferentes ópticas, dirigidas a estudiar la relación entre el discurso y los procesos organizacionales. Para conocer estas perspectivas ampliamente, el lector puede remitirse a Robin Clair y Denis Mumby (2000), quienes hacen un recorrido teórico y metodológico por las propuestas de AD organizacional.
En este recorrido, identifican dos perspectivas de investigación de este discurso: el enfoque cultural o interpretativo y el enfoque crítico, los cuales “se interesan por la relación entre el discurso y la creación de la realidad social” (Clair y Mumby, 2000, p. 264). Dentro de esas dos corrientes se han generado varias investigaciones a partir de diferentes enfoques, que se constituyen en la base del ACD: el análisis de la conversación, los actos de habla, la sociolingüística y la semiótica social (representada por Michael Alexander Halliday (1982), quien propone las siete funciones del lenguaje, concentradas en tres megafunciones: ideacional, interpersonal y textual).
El enfoque cultural describe cómo las prácticas discursivas de los miembros de una organización contribuyen a desarrollar un significado compartido. Su objetivo es “demostrar la conexión entre las normas y los valores compartidos de una organización, por un lado, y los medios por los cuales se expresan esas normas y valores, por el otro” (Clair y Mumby, 2000, p. 264). Dentro de este enfoque destaca la etnometodología, representada por tres investigadores: Michel Burawoy, Stewart Clegg y Michael Rosen, quienes usan los métodos de observador participante (Burawoy), entrevistas, notas de campo y transcripciones (Clegg), y análisis textual detallado (Rosen).
Por su parte, al enfoque crítico le importa más el problema del poder y el control de las organizaciones, pues las entiende
[…] no sólo como colectividades sociales en las que se produce un significado compartido, sino como sitios de lucha en los que distintos grupos compiten por moldear la realidad social de la organización de modo que sirva a sus propios intereses (Clair y Mumby, 2000, p. 265).
Además, este enfoque analiza las desigualdades producidas, mantenidas y reproducidas por la relación entre el discurso y el poder.
Según Clair y Mumby (2000), dos corrientes llevan a cabo esa investigación crítica: 1) una perspectiva que se encarga de comprender y criticar las relaciones entre el discurso, la ideología y el poder, con el objetivo de proponer otras formas de organización –en este grupo ubican a Teun van Dijk y a ellos mismos–; y 2) y la feminista crítica del discurso organizacional, que considera el problema de la noción de género y “plantea que las cuestiones del discurso, el poder y el control solo pueden entenderse examinando el modo como el habla construye socialmente las definiciones de masculinidad y feminidad, y las interacciones de hombres y mujeres” (p. 268). Las investigadoras de la corriente feminista parten de que la base de las organizaciones es patriarcal; por eso, generan estudios sobre los prejuicios instrumentales masculinos que afectan las formas de estudiar las organizaciones, formas enfocadas en la racionalidad, la eficiencia y el control (p. 279). Las representantes de esta línea son Ann Ferguson, Silvia Gherardi y Patricia Martin, entre otras.
En cuanto al ACD organizacional representado por Clair y Mumby (2000, p. 272), este permite conocer los procesos mediante los cuales se les da forma discursiva a las luchas entre intereses antagónicos, al asumir que las organizaciones no se reproducen simplemente; más bien, existen de manera precaria como estructuras simbólicas atravesadas por intereses encontrados, luchas y contradicciones. Estos autores se ocupan de la relación entre el habla organizacional y el ejercicio del poder y la resistencia. Dennis Mumby (en Clair y Mumby, 2000, p. 273) trabaja los relatos de anécdotas de los sujetos de las organizaciones, hallando cuatro formas en que funcionan ideológicamente: generalización, ocultamiento, naturalización y control.
Robin Clair, por su parte, investiga el acoso sexual como práctica discursiva, realizada a través del encuadre,7 en el cual los sujetos subordinados “justifican” discursivamente su propia subordinación, de modo que pueden contribuir a perpetuarla (Clair y Mumby, 2000, p. 274). El encuadre es un “tipo de metanarración que influye en la interpretación, pero no es parte del contenido” (Stahl, 1989, citado en Clair y Mumby, 2000, p. 280). Clair analizó seis encuadres en los discursos de las mujeres víctimas de acoso sexual y los usó como guía de análisis: 1) la aceptación de los intereses dominantes; 2) el simple malentendido; 3) la reificación; 4) la trivialización; 5) la vacilación denotativa, y 6) la personalización de lo público (Clair y Mumpy, 2000, p. 284).
Otros autores de esta corriente son James Helmer (1993) y David Collinson (1988). El primero sostiene que el relato de anécdotas “sirve para estratificar a la organización según criterios de poder y de autoridad, de género y de ética” (citado en Clair y Mumby, 2000, p. 274). El segundo, también referido por Clair y Mumby, trabaja la relación entre el discurso organizacional, el poder y la identidad, y la forma en que la estrategia del humor permea las ideologías, normalizando y controlando.
El análisis crítico ha sido protagonista central del AD de las organizaciones con fuentes diversas, pero con la mirada puesta en las relaciones sociales y en las manifestaciones de poder; así lo concluye Anahí Gallardo (2012, p. 24), tras un recorrido por las diferentes propuestas de este enfoque, afirmando que todas las investigaciones de este campo parten de la definición del discurso como el mecanismo de poder para la conformación del orden organizacional.
Por último, Clair y Mumby refieren el análisis de Van Dijk sobre el discurso gerencial corporativo, en donde determina cómo los grupos organizacionales dominantes reproducen las relaciones de dominación existentes, estudiando “mecanismos lingüísticos sutiles con los que se construye discursivamente a las minorías y se las sitúa como diferentes y, por implicación, inferiores a la –norma– de los blancos” (Clair y Mumby, 2000, p. 282).
Dimensión lingüística
Además de la clasificación de los estudios del ACD sobre el discurso de las organizaciones, aquí importa la dimensión lingüística del AD. Desde este campo, el interés reside en lo discursivo, en el contenido, en las interacciones, en la estructura relacionada con el contexto a partir del discurso mismo y en contextos organizacionales como son las escuelas o colegios. La lingüística es una de las bases fundacionales del AD y en particular: la lingüística funcional (Halliday, 1982, 2004) y la lingüística textual (Van Dijk, 1996, 1999, 2008a), que supera el análisis de la oración, hasta llegar a la superestructura y la macroestructura.
Así mismo, se ubica en esta dimensión lingüística la obra de Roger Fowler y Gunther Kress (1979a), quienes se preguntaron sobre las estructuras lingüísticas de diferentes discursos. Para obtener respuestas, partieron de bases teóricas lingüísticas, porque tuvieron claro que la forma, la estructura superficial, el armazón del discurso es la parte significante de las unidades lingüísticas por describir. Determinaron la estructura de la exposición de las órdenes en contextos tanto escolares como laborales, y con ello mostraron lo que pasa con la lengua, con el sistema y las relaciones de control:
Todas las órdenes requieren que los siguientes elementos de significado estén presentes: a) emisor de la orden que también es hablante (Eo-H). b) receptor de la orden que también es oyente (Ro-O). c) verbo de la orden (Vo). d) agente de la acción que es el mismo receptor (Ro-Q). e) proposición que se refiere a la acción que se debe realizar (P). f) desplazamiento del tiempo de la acción a un pensamiento posterior. A: tiempo verbal. W: variante (Fowler y Kress, 1979, p. 44).
Pero también dieron cuenta de posibles formas lingüísticas en donde la orden se da cuando se cambian los elementos principales, cuando se ocultan o se modifican: declarativas usadas como órdenes,8 pasivas impersonales declarativas,9 relexicalización,10 pluralización, formas de tratamiento. Con estas formas lingüísticas no solo se interrelacionan claramente las estructuras sociales con las lingüísticas, también de manera explícita se presenta la metodología a seguir para analizar las órdenes.
Ahora bien, se ha aplicado el AD en muchos ámbitos de la vida humana, como la educación, los medios de comunicación, la administración de justicia, las relaciones laborales… en todos los contextos en los cuales los sujetos interactúan, con sus diferentes roles y condiciones, como acontece en las organizaciones: espacios donde los seres humanos son eso, seres con sueños por cumplir, sembrados en la posibilidad de lograrlos gracias a la remuneración de su trabajo.
Trabajar es una de las actividades más ansiadas por parte de las personas, dadas las cosas que se pueden alcanzar, pese a que no siempre se tiene un trabajo armonioso, con ambiente adecuado y relaciones simétricas, porque la relación no es equitativa entre el pago y la labor, entre el ambiente laboral y las condiciones, o entre las actividades y los productos; y porque las interacciones suelen ser tensas: las hablas entre las personas que trabajan, las que coordinan el trabajo, las que dan trabajo, las que “gerencian” el trabajo, suelen ser alejadas y controladas.
Son, entonces, las palabras de las organizaciones las que describo en este texto y de las cuales surge su gramática, la gramática del control, con el fin de hacernos conscientes de esas formas y sus efectos, y así usarlas tanto en la producción como en la comprensión de sentido, con responsabilidad social, por encima del uso de la fuerza, del maltrato, del acoso. La palabra dignifica, el diálogo construye, las interacciones forman pares e impares productivos. A eso le apuesta este libro: a hablar con respeto.
El manual de buen gobierno como género discursivo
Para hablar del género del manual discursivo, primero es necesario definir lo que se entiende por género. Para hacerlo, me apoyo en la perspectiva de Giovanni Parodi y de Van Dijk.
Para Parodi,
Aun cuando los géneros se actualizan discursivamente en la interacción social, existen, al mismo tiempo, como estructuras de conocimiento construidas y almacenadas de acuerdo a las experiencias previas de los individuos que los utilizan. Desde lo que aquí proponemos, se desprende que asumimos los géneros discursivos como entidades complejas y multidimensionales, conformadas por tres dimensiones constituyentes que interactúan entre sí, la dimensión lingüística, la dimensión cognitiva y la dimensión social (2008a, p. 22).
Parodi pone el énfasis en la dimensión cognitiva, ubicando el lenguaje como “herramienta central de la vida humana” (2008a, p. 22), lleno de la potencialidad de incrementar los significados, gracias a los conocimientos de los sujetos participantes en una situación comunicativa. Esos conocimientos se representan de manera convencional, es decir, son sistemáticos y repetitivos, lo cual permite que sean reconocidos por un grupo social amplio. En efecto, los géneros son variaciones de representación, están compuestos por participantes, rasgos lingüísticos, modos de organización discursivos, propiedades comunicativas, condiciones de circulación y soporte físico o digital (Parodi, 2008a).
Desde la PS, se definen los géneros como los modos en que el discurso representa al poder en la interacción social (Van Dijk, 2009, p. 72). Para esta perspectiva, el concepto de género es esencial en la relación entre el discurso y el contexto: “Género discursivo es un tipo de discurso o, más ampliamente, de actividad verbal o evento comunicativo” (Van Dijk, 2012, p. 221). Los tipos de discurso los define la PS bajo las propiedades del mismo discurso, como la gramática, el estilo, entre otras, aunque dicha definición es insuficiente, pues un mismo género tiene varias de estas propiedades. Por esto, Van Dijk reconoce dos tipos de géneros: discursivos y contextuales, y los denomina “géneros discursivos del contexto” o “tipos de actividades o de práctica” (2009, p. 222).
Lo que define un género es el conjunto de elementos que comparten las mismas características y que se repiten cada vez que se ejecuta. Los géneros contextuales son definidos por el escenario, los roles, las identidades y las funciones de los participantes; la clase de actividad y su base cognitiva (son los entornos o modos del discurso). Los géneros discursivos son definidos por una conversación, una reunión de consejo, las entrevistas de investigación, los interrogatorios policíacos, las noticias, los programas de televisión, los textos escolares, las novelas (el discurso dentro del contexto).
Los géneros contextuales y los discursivos normalmente se combinan. Sin embargo, se pueden definir mejor en términos de estructura y de actividades. Son, más bien, en palabras de Van Dijk, “tipos de estructuras discursivas que tienen estructuras argumentativas o narrativas” (2012, p. 223). Los debates parlamentarios no se dan en conversaciones de la vida cotidiana. Pero en la vida cotidiana se dan conversaciones donde las historias, narraciones, discusiones, declaraciones y explicaciones, como géneros discursivos, pueden estar presentes.
Así, con Parodi y la PS, puedo definir los manuales de buen gobierno como un tipo de texto dentro del género manual, que se tornan discursos cuando entran a interactuar con ellos los participantes. En consonancia con Parodi, defino el género como una interacción situada repetitiva; entonces, un manual es un tipo de género, porque tiene propósito, está organizado y circula en un contexto real.
En general, los manuales instruyen, regulan; su modo de organización discursiva es descriptivo, con pequeños rasgos de narración, y básicamente circulan entre las empresas, en las páginas web y diferentes públicos, como los trabajadores y empresarios. A estas características de los manuales se suman otras atribuidas a los géneros por Parodi (2008b, p. 187): sitúan al lector, expresan agradecimientos, presentan contenidos de textos, aportan comprensión, declaran propósitos y posibles receptores, y expresan un núcleo temático.
Las diferentes dimensiones que conforman el género manual las abordo así: la dimensión lingüística la describo con el análisis del léxico y la gramática; la dimensión cognitiva la analizo desde la PS, mientras la dimensión social la estudio desde la perspectiva del MI, del que hablo más adelante en el apartado “Modelo interaccional: interacción y evaluación” de este capítulo.
Si bien Parodi hace referencia a los manuales de los discursos académicos, en este caso los manuales pertenecen a la dimensión laboral, pero presentan rasgos compartidos con aquellos, porque mantienen no solo el mismo propósito, sino también una temática especializada centrada en el control de la conducta o el comportamiento; se escriben para un receptor definido y su organización textual es descriptiva, acompañada, en algunos casos, con diagramas y fotografías.
Perspectiva sociocognitiva y modelo interaccional
Son varias las razones por las cuales he elegido dos enfoques de AD: la PS (Van Dijk, 2000a, 2000b, 2009, 2012) y el MI (Bolívar, 2005, 2007a, 2015),11 aunque en principio el motivo es que resultan coherentes con mi propósito, ya que tanto desde la PS como desde el MI se asume que lo que se lee/escribe en un texto es el discurso. Con esta base, se declara que el texto es interacción entre el autor y el lector y, de entrada, se implica al receptor en el proceso de producción y comprensión.
En esa misma dirección, resultan pertinentes las siguientes premisas comunes a estas dos perspectivas: el discurso se asume como un nivel de análisis, con sus propias categorías (Bolívar, 2005, p. 21), y el punto de partida para su estudio es una concepción lingüística del discurso. En términos metodológicos, su proceder se inicia con unidades textuales hasta llegar a las unidades discursivas, que remiten al contexto como indispensable en el proceso de análisis. Contrario a lo que podría pensarse, estas premisas comunes constituyen los fundamentos de dos desarrollos disímiles, cuyas diferencias bien pueden aprovecharse para establecer un campo de trabajo en el que los procesos de producción y comprensión de textos se fortalezcan por la convergencia de diversos enfoques, unidades de análisis, procedimientos y concepciones acerca del proceso de significación.
En cuanto a la PS, esta se reconoce a sí misma como representante del ACD y, por tanto, con un compromiso social explícito. En específico, la PS surge del interés de Van Dijk (2009, 2012) de acercar lo social y lo cognitivo. De ahí que focalice su atención en la cognición como mediación entre el discurso y la sociedad. El estudio del discurso comprende todo lo relacionado con la comunicación, la interacción verbal y el uso del lenguaje. En el campo de la cognición entran los aspectos mentales de las ideologías, la naturaleza de las ideas o las creencias, y sus relaciones con las opiniones y el conocimiento.
Para el tema de este libro, me interesa destacar el papel de la cognición como eje central de la relación entre la sociedad y los aspectos históricos, sociales, políticos y culturales manifiestos como ideologías de un grupo, cualquiera que este sea. De ahí que resulten pertinentes las unidades tanto textuales como discursivas, que desde la PS se asocian a las nociones de cognición, discurso y sociedad.
A ello obedece, igualmente, la aproximación a un texto desde el análisis de la macroestructura12 y la superestructura.13
En cuanto al MI, este se inscribe igualmente en la perspectiva del AD, pero sin el sentido crítico que asume la PS (Bolívar, 2005). Tal distanciamiento obedece a que sus intereses se dirigen a describir la interacción textual que se establece entre el escritor y el lector, y a la manera como se genera una evaluación en el texto, es decir, la posición del autor en relación con lo que expone. En otras palabras, este modelo privilegia la relación entre el texto, los participantes y la interacción social, y focaliza su atención en señales lingüísticas que evidencien tal interacción.
La importancia que se le otorga al plano interpersonal de la descripción obedece, según afirma Bolívar, a que “es en este nivel donde se construyen las representaciones del mundo, se deciden los contenidos, y se promueven los cambios” (2007a, p. 249). En esa dirección, la autora declara como supuesto fundamental que
Los significados se construyen en la interacción social y que, por lo tanto, es importante y necesario poner el foco en los participantes, en lo que dicen, y en lo que hacen cuando dicen algo en contextos específicos, y en la responsabilidad que asumen como iniciadores de interacciones (Bolívar, 2007a, p. 249).
De este modo, corresponde únicamente a quien escribe introducir cambios en el texto, puesto que es el autor quien define los propósitos de su texto y calcula los efectos en el lector. Así las cosas, este último se enfrenta a un lenguaje que no puede cambiar, que puede comprender e interpretar, procesos para los cuales este modelo propone un análisis micro y un análisis macro. Con el análisis micro se busca precisar la estructura interna del texto, los recursos lingüísticos usados tanto en el plano interaccional, donde se establece la relación entre los participantes, como en el plano autónomo, el del texto mismo. Con el análisis macro se analiza la función del texto en el contexto social al que pertenece, la relación con los participantes y el género discursivo. Estas unidades de análisis y su disposición metodológica permiten, pues, una aproximación al texto desde su lingüisticidad,14 pasando por su estructura, hasta llegar a la interacción.
Un rasgo diferenciador entre las dos perspectivas es la postura respecto al proceso de significación. Como bien se sabe, este es un asunto que puede tener diversos puntos de vista, según se asuma que la significación se centra en el autor o que depende del lector, del contexto o del texto mismo.
Para la PS, el lector es el responsable de tal proceso, y su enciclopedia y preconceptos constituyen aportes a los significados del texto (Van Dijk, 1999). En el MI, por su parte, el proceso de significación tiene como núcleo el texto y sus relaciones internas (Bolívar, 2005). Consecuentes con su concepción, cada una de estas perspectivas implementa diferentes acciones para acercarse al significado de un texto.
Al correlacionar estos dos procesos para el logro de la significación, se puede ampliar el universo significativo de un texto y hacer de la comprensión e interpretación un propósito que tiene como punto de partida el texto, pero que necesita la concurrencia del lector. Dicho de otro modo, los aportes del MI para la descripción de la estructura del texto, con propósitos comprensivos aunados a la propuesta cognitiva que dirige su descripción fundamentalmente hacia la interpretación del discurso, dinamizan procesos de significación de otra forma anulados. Con esta manera de proceder, un lector crítico no pierde de vista el texto ni el contexto.
En consecuencia, lo que orienta la construcción de este libro son las unidades de análisis del enfoque cognitivo (la PS del ACD) y del enfoque interaccional (la perspectiva del MI). Y estas diferencias importan, porque el texto no se hace solo con la gramática o la sintaxis; también consta de estilo, de figuras retóricas, de cognición e interacción.
El estilo se analiza como una propiedad del discurso; se define “como el conjunto de características discursivas típicas de un género [...] de un hablante [...] de una situación social [...] de una cultura” (Van Dijk, 2008a, p. 34). Las figuras retóricas, como recursos de persuasión, se analizan en oraciones y en secuencias discursivas. Así mismo, la cognición y la interacción son propiedades del discurso que se estudian desde el enfoque cognitivo y el interactivo, respectivamente.
El enfoque cognitivo requiere el análisis de los niveles del lenguaje y el presupuesto de que los usuarios del lenguaje tienen conocimientos, creencias, opiniones e ideologías. Esos procesos mentales son útiles en la comprensión y en la producción de discursos y textos, porque dan razón de las representaciones sociales15 con las cuales los usuarios participan en la situación discursiva. Dichas representaciones están en la memoria individual y social, incrustadas a través de los años, gracias a las estrategias de repetición y reglamentación con las cuales se construyen. Es decir, el discurso es la suma de las representaciones mentales que un sujeto va recogiendo a lo largo de su existencia, mientras el texto es la mediación, generadora de sentido, de esas representaciones, porque las torna evidentes en la acción de la palabra o de la oración, cuando se usa en una práctica tanto cotidiana como social, esto es, en el contexto de la vida real.
En cuanto a la interacción, se define como el uso concreto del lenguaje, porque es el momento en que los participantes entablan relaciones, intercambios, negociaciones, en un cruce constante de turnos concedidos, robados, entregados. Si bien la interacción nace en la conversación, con rasgos de tensión y solidaridad, también se evidencia en los textos escritos y, por lo tanto, en los discursos; y allí es donde se producen los cambios y las evaluaciones, dos rasgos del discurso de la interacción. El turno es la unidad del enfoque interaccional que muestra, en todos los casos, evaluaciones, y estas son las huellas indelebles de la presencia de una interacción, ya sea en la conversación o en el texto escrito.
De esto se deriva que gracias a dos perspectivas como las elegidas queda un discurso analizado con amplitud. Es posible que de partida existan fisuras amplias entre los estudios de la interacción y los estudios sociocognitivos, pero pretendo allanarlas mediante la fusión de los modelos, con el ánimo de cubrir la descripción y el análisis del corpus de estudio.
Ahora bien, de la PS fundamentalmente importan, en este libro, los conceptos de identidad, representación, ideología y, por supuesto, texto/discurso. Del MI sirven los conceptos de interacción, evaluación y texto/discurso. A continuación se revisan estos conceptos, excepto texto/discurso, que dada su relevancia merece un capítulo aparte.
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