Kitabı oku: «El cuerpo no es una disculpa»

Título original: The Body Is Not An Apology
First published by Berrett-Koehler Publishers, Inc.,
San Francisco, ca, usa. All Rights Reserved.
© Sonya Renee Taylor, 2018
© De la traducción del inglés: Begoña Martínez Pagán
© Editorial Melusina, s.l.
www.melusina.com
Diseño de cubierta: Irene Morris / Morris Design
Reservados todos los derechos de esta edición.
Primera edición digital: mayo de 2020
Fotocomposición: Sergi Puyol
eisbn: 978-84-15373-87-2
Para Terry Lyn Hines (1959-2012)
Mi primer y más duradero ejemplo
del poder del amor radical.
La barriga de mi madre
El pan de su cintura, una hogaza
que yo amasaba con esas palmas de ocho años
sudadas de jugar. Mi hermano y yo nos maravillábamos
de los surcos y caballones. De cómo su ombligo se hacía cumbre.
De cómo su barriga parecía una nuez. De cómo una vez fuimos semillas
y habitábamos dentro. Nos reíamos, mi hermano y yo,
cuando ella se tumbaba en el sofá,
se levantaba la camiseta y dejaba que su barriga se extendiese como masa de pastel en un molde.
Era un premio, como lamer el dulce de las varillas de la batidora en los cumpleaños.
La ondulación de la barriga de mi madre no era
una vergüenza que escondiera de sus hijos.
Ella sabía que habíamos salido de ahí. Su barriga era un regalo
que seguíamos compartiendo entre nosotros.
Era tanto de ella, de su cuerpo,
como nuestra por haberlo hecho nuevo,
diferente. Su cuerpo era un altar de carne
construido en nuestro recuerdo, por nosotros, para nosotros.
Lo que queda de la barriga de mi madre
habita un recipiente para cenizas que guardo en un armario.
De vez en cuando abro la caja,
paso la mano por los finos cristales con palmas
que una vez tuvieron ocho años. Siento los surcos y caballones
que ya no se encumbran sino que se escurren entre los dedos.
Gránulos que hoy son mucho más sal
que azúcar. Y aún así, todavía me maravillo
ante lo que un día fue su cuerpo. Incluso en esta forma digo
«yo salí de esto».
contenido
Prólogo
1. Cómo hacer que el autoamor sea radical qué es y qué no es autoamor radical ¿por qué el cuerpo? ¿por qué debe ser radical? ¿por qué nos hemos estado disculpando? ¿y si dejásemos de hacerlo? las tres paces
2. Vergüenza, culpa y disculpa: pasado y presente ¿cuándo aprendimos a odiarlos? historias del origen de la vergüenza sexual los medios de comunicación importan comprar para ser «suficiente» un gobierno para, por y sobre los cuerpos llamémoslo por su nombre: terrorismo corporal
3. Cómo construir una práctica de autoamor radical en la era del odio cómo crear un mapa para salir de la vergüenza y llegar al autoamor radical pensar, ser, hacer los cuatro pilares de la práctica
4. El amor ordena un nuevo camino un mundo para todos los cuerpos es un mundo para nuestros cuerpos hablar francés y el sesgo implícito cómo vencer al terrorismo corporal desde dentro cambiar los corazones acuerdos que no piden perdón
5. Tu caja de herramientas de autoamor radical no eres un automóvil diez herramientas para el autoamor radical
Conclusión
Agradecimientos
Prólogo
Mucho antes de que fuera una empresa de medios digitales y educativos, o un movimiento de autoamor radical con cientos de miles de seguidores en nuestra web y en nuestras redes sociales, antes de que a nadie le interesara escribir sobre nosotros en la prensa o entrevistarme en la televisión, antes de que la gente empezara a mandarme fotos de sus cuerpos con mis palabras tatuadas en la espalda, en los antebrazos y en los hombros (lo cual nunca deja de ser genial y raro), antes de todo eso, hubo una palabra… Bueno, unas palabras. Esas palabras fueron «tu cuerpo no es una disculpa». Corría el verano de 2010 y estaba en una habitación de hotel en Knoxville, Tennessee. Mi equipo y yo nos estábamos preparando para una noche de torneo en el Southern Fried Poetry Slam. Un slam es una competición de poesía en vivo. Puede hacerse por equipos o individualmente, y cada participante tiene tres minutos en el escenario para compartir lo que a menudo es una poesía profundamente íntima, personal y política; a continuación, cinco jueces seleccionados al azar de entre la audiencia les ponen nota a los poemas, en una escala que va de 0,0 a 10,0. Es un juego ensordecedor que lleva el refinado arte de la poesía a las masas de los bares, clubes, cafeterías y a todo Estados Unidos en las competiciones del National Poetry Slam. El slam de poesía es tan ridículo como bello; es todo lo torpe y glorioso que tiene el poder de la palabra. El slam es un lugar en el que la gente inadaptada, marginada y ensimismada toma el escenario y los embelesados oídos de la audiencia, aunque sea durante solo tres minutos.
Fue en una cama de hotel en esta ciudad, preparándome para este extraño juego, donde pronuncié por primera vez las palabras: «tu cuerpo no es una disculpa». Mi equipo era un caleidoscopio de cuerpos e identidades. Éramos un microcosmos de un mundo en el que me gustaría vivir. Éramos negros, blancos, del sudeste asiático. Con y sin discapacidad. Éramos gay, hetero, bi y queer. Lo que llevamos a Knoxville aquel año fueron historias sobre vivir en nuestros cuerpos con todos sus complejos entramados. Éramos personas complicadas y honestas las unas con las otras, y por eso acabé teniendo una conversación con mi compañera de equipo Natasha, que tenía treinta y pocos años, vivía con parálisis cerebral y tenía miedo de haberse quedado embarazada. Natasha me dijo que su potencial embarazo era con toda probabilidad fruto de un lío sin pretensiones. Para Natasha, toda su vida estaba en el aire, pero tenía clarísimo que no quería tener un bebé, y mucho menos con esa persona. Una de mis muchas reencarnaciones laborales del pasado fue proveedora de servicios de salud sexual y salud pública. Este pasado me labró fama de preguntarle a la gente por sus prácticas de sexo seguro, de regalar condones y ofrecer estrategias de salud sexual enfocadas a la reducción del daño. Por instinto le pregunté a Natasha por qué había elegido no usar condones con este compañero sexual esporádico, una persona con la que no tenía interés en procrear. Ni Natasha ni yo sabíamos que mi pregunta sincera y su sincera respuesta serían el catalizador de un movimiento. Natasha me habló de su verdad:
—Mi discapacidad hace que las relaciones sexuales sean ya de por sí difíciles, por las posturas y demás. No sentí que estuviera bien además montar un número por lo de usar condón.
Puede ser fácil refugiarnos en el silencio cuando oímos la verdad de alguien y nos golpea en una parte profunda de nuestra humanidad, de nuestras propias vergüenzas ocultas. Nos cuesta sostener las verdades de otros porque en muy raras ocasiones hemos experimentado que sostengan nuestras propias verdades. Brené Brown, investigadora social y experta en vulnerabilidad y vergüenza, afirma que «si compartimos nuestra historia con alguien que responde con empatía y comprensión, la vergüenza no puede sobrevivir».1 Yo entendí la verdad que Natasha estaba compartiendo. Sus palabras me punzaron en un vientre dolorido de conocimiento, dentro de mi propio cuerpo. Todo mi ser resonó. Me vi transportada a todas aquellas veces que había regalado mi propio cuerpo como penitencia. Un montaje de recuerdos se proyectó en mi mente, e incluía todas aquellas veces en que le había dicho al mundo «lo siento» por tener este cuerpo equivocado y malo. Fue desde esta profunda cueva de vulnerabilidad que desbordaron estas palabras:
—Natasha, tu cuerpo no es una disculpa. No es algo que le des a alguien para decirle «lo siento por tener discapacidad».
Se echó a llorar, y durante unos minutos solo abracé a mi amiga-que-a-lo-mejor-estaba-embarazada mientras ella contemplaba la plenitud de lo que esas palabras significaban para su vida y su cuerpo. Hay veces en que nuestra sinceridad, vulnerabilidad y empatía inquebrantables crearán un portal transformador, una abertura a una nueva manera de vivir. Entre Natasha y yo se creó un portal así esa noche de verano en Tennessee, porque según esas palabras se me escapaban de los labios, una parte de ellas se quedó atascada dentro de mí. Las palabras que le dije a Natasha en aquella habitación de hotel eran tanto para ella como para mí. También me estaba diciendo a mí misma: «Sonya, tu cuerpo no es una disculpa».
Durante días después de mi conversación con Natasha, cada dos por tres las palabras volvían a mí, como una especie de bumerán cósmico. Seguían rebotando como un eco entre las paredes de todas mis heridas ocultas. Cada vez que decía una palabra desdeñosa sobre los hoyuelos de mis muslos, oía «tu cuerpo no es una disculpa, Sonya». Cada vez que marcaba alguna afirmación errónea con un «culpa mía, qué tonta soy», mi propia voz interior me replicaba «tu cuerpo no es una disculpa». Cada vez que mi ojo crítico se centraba como una mira láser en alguna imperfección percibida de mi cuerpo o del de otro ser humano, las palabras llegaban como un mayordomo bien entrenado para recordarme «oye, el cuerpo no es una disculpa». Mi yo poeta sabía que las palabras me exigían ser algo más que una conversación efímera con una amiga. Querían ser algo más que mi propia autoflagelación. Las palabras siempre han tenido sus propios planes. Yo… era solo un vehículo.
Hace poco escuché una conferencia sobre relaciones de la famosa escritora y profesora espiritual Marianne Williamson. En ella se describía el concepto de inteligencia natural. Postulaba lo siguiente: «Una bellota no tiene que decir “mi idea es convertirme en un roble”. La inteligencia natural pretende que cada ser viviente se convierta en la más alta forma de sí mismo, y nos diseña para ello».2
En una sola frase, todo lo que sentía que estaba en mí y no tenía nombre de repente recibió uno. Tenemos un diccionario lleno de términos que describen nuestra interpretación de la inteligencia natural. A veces lo llamamos propósito; otras veces lo llamamos destino. Aunque estoy de acuerdo con el espíritu de esos términos, creo que fracasan a la hora de encapsular la plenitud de lo que ilustra el ejemplo de la bellota de Marianne Williamson. Tanto propósito como destino aluden a un lugar al que quizá, si dedicamos el esfuerzo suficiente, llegaremos algún día. Nos fustigamos con las cosas que debemos hacer para cumplir con nuestro propósito o cumplir con nuestro destino. Al contrario que la idea de propósito, la inteligencia natural no requiere que hagamos nada para llegar a ella. La inteligencia natural nos imbuye con todo lo que necesitamos en este momento concreto para manifestar la más alta forma de nosotros mismos, y no necesitamos averiguar cómo conseguirlo. Llegamos a este planeta con la materia prima ya incluida. De ninguna forma quiero dar a entender que el trabajo que has estado haciendo hasta este momento haya sido inútil. Al contrario, aplaudo cualquier labor que hayas emprendido que te haya traído hasta aquí. Sobrevivir es difícil, joder. Cada uno de nosotros ha pasado toda suerte de traumas, vergüenzas y miedos para llegar hasta donde está ahora mismo, dondequiera que sea eso. Cada día nos despertamos y el planeta está lleno de impedimentos sociales, políticos y económicos que nos roban energía y disminuyen nuestro sentido de la identidad. Por lo tanto, sentimos que conectarnos con esta inteligencia natural a menudo se hace casi imposible. Los humanos nos dificultamos muchísimo los unos a los otros la tarea de ser humanos, pero os lo aseguro, el trabajo que hemos hecho o que haremos no consiste en adquirir alguna forma de ser de la que carezcamos en este momento. El trabajo consiste en derruir las barreras de la injusticia y de la vergüenza que se han erguido en nuestra contra, para que podamos acceder a lo que siempre hemos sido, porque si no se nos obstaculiza acabaremos creciendo, de forma inevitable, hasta llegar al propósito para el que fuimos creados: nuestra versión propia y única de aquel roble.
Yo tengo mi propia denominación para la inteligencia natural. La llamo autoamor radical. El autoamor radical es la fuerza que hizo que las palabras «tu cuerpo no es una disculpa» salieran disparadas de mi boca, como un cañonazo, dirigidas a una amiga pero también atravesando mi propio pecho y a continuación los corazones de cientos de miles de personas en todo el mundo. La mayor llamada que he sentido en mi vida es evangelizar sobre la idea del autoamor radical, entendida como los cimientos que transforman cómo hacemos las paces con nuestros cuerpos, cómo hacemos las paces con los cuerpos de otros, y cómo, al final, cambiamos el mundo. Una aparente coincidencia tras otra ha hecho que me resulte obvio. No sé cuál es tu mayor llamada. Es posible que tú tampoco lo acabes de saber. Eso es perfecto. En este mismo segundo, una bellota temblorosa se precipita de la rama al suelo, sin tener ni idea de por qué. No necesita saberlo para cumplir con esa llamada; solamente necesita que nos quitemos de en medio. El autoamor radical es un motor dentro de ti, y te conduce hacia el momento en el que esa llamada se manifieste. Es el cansancio que sientes cada vez que los susurros del auto-odio, de la vergüenza corporal y de la duda merodean por tu cerebro. Es el impulso obstinado que te llevó a abrir este libro, una acción conducida por una fuerza mucho mayor que la de la voz de la duda, y sin embargo a veces mucho más difícil de oír.
El autoamor radical no es un destino al que estés intentando llegar; es lo que ya eres, y ya está trabajando sin cesar para guiar tu vida. La pregunta es: ¿cómo puedes escucharlo con más claridad y con más frecuencia? ¿Incluso sobre el estruendo de la constante vergüenza corporal? ¿Cómo puedes permitirle que cambie tu relación con tu cuerpo y con tu mundo? ¿Y cómo puede ese cambio expandirse por todo el planeta? En la organización que fundé, The Body Is Not An Apology («El Cuerpo No Es una Disculpa», véase www.TheBodyIsNotAnApology.com) no estamos diciendo nada nuevo. Sin embargo, estamos conectando algunos puntos que creemos que otras personas pueden haber olvidado por el camino. Sabemos que la respuesta siempre ha sido el amor. La pregunta es cómo dejamos de olvidar la respuesta, para poder seguir viviendo nuestras vidas más plenas, más radicalmente impenitentes. Este libro es mi más sincero intento de ayudarnos, a todo el mundo, a responder.
1. B. Brown, Daring Greatly: How the Courage to Be Vulnerable Transforms the Way We Live, Love, Parent, and Lead (London, uk: Penguin, 2012), p. 69.
2. M. Williamson, «The Spiritual Purpose of Relationships» (conferencia, Los Ángeles, California, 3 de enero de 2016).
1. Cómo hacer que el autoamor sea radical
qué es y qué no es autoamor radical
Voy a responder un par de preguntas enseguida, antes de que te sumerjas mucho en este libro y sientas que te han engatusado y embaucado. La primera: «Sonya, ¿este libro va a arreglar mi autoestima?». No. La segunda: «¿Me enseñará este libro a tener confianza en mí?». Pues no. Tercera pregunta, improvisada: «¿Entonces por qué narices estoy leyendo este libro?». Estás leyendo este libro porque tu corazón te está llamando a algo que es exponencialmente más magnánimo y suculento que la autoestima o la autoconfianza. No es que estas cualidades no tengan relación con el autoamor radical: sin embargo, el autoamor radical tiene entidad propia, es una isla verde y exuberante que ofrece un puerto seguro a la autoestima y la autoconfianza. Por desgracia, a menudo esos dos barcos eligen vagar a la deriva por el mar, confiando en que la voluntad o el ego lleven el timón, y en ausencia de esos motores se quedan abandonadas persiguiendo el peligroso espejismo del «algún día». Algo como: «Algún día me sentiré lo bastante bien como para promocionar el guion que escribí». O: «Algún día, cuando tenga confianza en mí, saldré de esta relación tan cutre». La autoestima y la autoconfianza son fugaces, y ambas pueden existir sin autoamor radical, pero las cosas casi nunca salen bien cuando ellas están al mando. Piensa en toda esa gente desagradable que conoces que rezuma arrogancia, personas que seguro que tienen muy buena opinión de sí mismas. Y aunque puedes llamarlas… ejem… gente segura de sí misma (bueno, esa es una de las cosas que puedes decir, sin duda), seguro que la frase «autoamor radical» no les acaba de encajar. Elige a tu dictador favorito, y seguro que pensarás en alguien que lleva bien el tema de la autoconfianza. Al fin y al cabo, tienes que estar convencido de que eres la hostia en verso para cultivar la idea de dominar el planeta entero sin ayuda de nadie. El cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos me parece una persona con una autoconfianza épica. Pero «el Donald» no está luchando con su idea de sí mismo (aunque el resto del mundo esté luchando con su propia idea de quién es). Incluso si conjeturásemos que Trump y otros como él actúan desde una exagerada falta de autoestima y autoconfianza, creo que podríamos estar de acuerdo en que no muchas de sus actitudes o acciones parecen transmitir amor.
Es posible que te preguntes: «Vale, este libro no me ayudará con mi autoestima o mi autoconfianza… Pero, ¿me enseñará al menos autoaceptación?». Mi respuesta corta es: si hago bien mi trabajo, ¡tampoco! No porque la autoaceptación no sea útil, sino porque creo que hay un puerto más allá de la isla de la autoaceptación y quiero que viajemos hasta allí. Piensa en todas esas veces que has «aceptado» algo y has descubierto que no te inspiraba en absoluto. Cuando era niña, mi madre nos hacía a mi hermano y a mí empanadas congeladas para cenar. Era la comida de los días en los que a ella no le apetecía cocinar. A mí me gustaba la corteza, hojaldrada y crujiente. Los trozos de pollo prensado mecánicamente en una salsa del color beis de las tiritas eran soportables. Pero no había nada menos apetitoso que la repugnante mezcla de guisantes, judías verdes y zanahoria que salpicaban cada bocado como tristes estrellas en una galaxia interminable. Sí, me comía aquella odiosa menestra. El hambre hace que aceptes cosas. Aceptaba que mis opciones eran limitadas: entresacar un millón de guisantes diminutos o buscar un trabajo a la madura edad de diez años y apañármelas para alimentarme yo sola. ¿Por qué estoy hablando de empanadas? Porque la autoaceptación es la menestra de verduras dentro de la empanada del autoamor radical. Te mantendrá con vida mientras tus opciones sean limitadas, pero… ¿y si hay vida más allá de las empanadas congeladas?
A menudo, autoaceptación se usa como sinónimo de aquiescencia. Aceptamos las cosas que no podemos cambiar. Aceptamos la muerte porque no tenemos voz ni voto sobre cuándo llega a nuestra puerta, arbitraria e indiferente. Tenemos historias personales de aceptación por aburrimiento. Hemos aceptado trabajos anodinos porque estábamos sin blanca. Hemos aceptado parejas pésimas porque su pésima presencia era mejor que la vacía soledad de su ausencia. Practicamos la autoaceptación cuando nos cansamos del auto-odio, pero no podemos imaginarnos nada más allá de una irrisoria tolerancia hacia nuestra persona. Qué abrigo tan ligero llevamos para este camino tan inhóspito. Angela Davis, la famosa activista y profesora universitaria, dijo: «Ya no acepto las cosas que no puedo cambiar. Ahora voy a cambiar las cosas que no puedo aceptar».3 Podemos cambiar las circunstancias que nos han hecho conformarnos con la autoaceptación. Te aseguro que puedes llevar por el mundo una manta con mejor textura, más gruesa y más acogedora. Hay un reino infinitamente más alucinante. Se llama autoamor radical.
| reflexión radicalNo es que conceptos como autoaceptación y neutralidad corporal carezcan de valor. Cuandote has pasado toda la vida en guerra con tu cuerpo, estos modelos ofrecen una tregua. Pero puedes tener algo más que un alto el fuego. Puedes tener autoamor radical, porque ya eres autoamor radical. |
¿por qué el cuerpo?
Los humanos somos un grupo variado y divergente, con toda clase de creencias, moralidades, valores e ideas. Durante siglos nos ha costado llegar a acuerdos sobre prácticamente cualquier cosa (piensa por ejemplo cuánto tiempo se han debatido temas como la gravedad o si el mundo tiene forma de pizza), pero he aquí una afirmación que no es controvertida en absoluto, en la que creo que hay consenso general: tú, cariño mío, tienes un cuerpo. Y si quieres seguir en esta roca que gira por el espacio, necesitas un cuerpo para hacerlo. Todo el resto de cosas que pensamos que sabemos se pueden debatir. ¿Somos seres espirituales? Depende de a quién le preguntes. ¿Los seres humanos tienen alma? Llevamos peleándonos por eso desde que Aristóteles comparó las almas de los fetos con las de las plantas.4 Pero cuerpos, sí, de eso tenemos. Y dada esta realidad en la que hay tanto consenso, me parece a mí que si alguna vez hubo un lugar en el que la fuerza del autoamor radical podría ser transformadora, el cuerpo es precisamente ese lugar.
Cuando hablamos de los males del mundo —violencia, pobreza, injusticia— no hablamos de conceptos abstractos: hablamos de cosas que les pasan a los cuerpos. Cuando decimos que millones de personas en el mundo se ven afectadas por la epidemia global del hambre, lo que estamos diciendo es que millones de humanos están experimentando el deterioro físico de músculos y otros tejidos debido a la falta de nutrientes en sus cuerpos. Injusticia es una palabra opaca hasta que tengamos la voluntad de debatir su realidad material, como por ejemplo esos tres años que el chico de dieciséis años Kalief Browder pasó apaleado y encerrado en régimen de aislamiento en la prisión de Ryker’s Island, sin que se le llegara a acusar de un solo delito. Su suicidio y el ataque al corazón que sufrió su madre dos años más tarde no son conceptos abstractos: son los resultados de la injusticia cometida sobre dos cuerpos.5 El racismo, el sexismo, el capacitismo, la homofobia, la transfobia, el edadismo y la gordofobia son algoritmos creados por la lucha de los seres humanos para hacer las paces con el cuerpo. Un mundo de autoamor radical es un mundo libre de los sistemas de opresión que hacen difícil y a veces mortal vivir en nuestros propios cuerpos.
Un mundo de autoamor radical es un mundo que funciona para todos los cuerpos. Solo se puede crear un mundo así de dentro hacia fuera. Cómo valoramos y honramos nuestros propios cuerpos tiene efecto en cómo valoramos y honramos los cuerpos de otras personas. Nuestra propia reconexión de autoamor radical es el mapa de algo que el escritor Charles Eisenstein llama: Ese mundo más bello que nuestros corazones saben que es posible.6 Es a través de nuestra propia y transformada relación con nuestros cuerpos como nos convertiremos en los paladines de otros cuerpos de nuestro planeta. Según nos despertamos y nos damos cuenta de que nos han adoctrinado para tener vergüenza corporal, sentimos la inspiración de despertar a otras personas y derrumbar los sistemas que perpetúan la vergüenza corporal y la opresión de todos los cuerpos. Hay un murmullo que cada vez oímos más: nos está diciendo que debemos construir en nuestro interior lo que queremos ver construido en el mundo exterior. Cuando actuamos desde esta verdad a escala global, usando el cuerpo como lente, damos la bienvenida a la oportunidad transformadora que es el autoamor radical: la oportunidad de un mundo más justo, equitativo y compasivo para todos nosotros y nosotras.
Pasar de la vergüenza corporal al autoamor radical es un camino hecho de indagación e introspección. Tendremos que hacernos preguntas difíciles desde un lugar de gracia y fundamento. Examinaremos en equipo qué hemos llegado a creer sobre nosotros mismos, sobre nuestros cuerpos y sobre el mundo en el que vivimos. A veces el camino puede parecer oscuro y de mal agüero, ¡pero no te alteres, amigo o amiga! He puesto algunas farolas por el camino. Las he llamado Preguntas que no piden perdón, y son preguntas que te harás según vas peinando los recovecos de tu vergüenza corporal y desmantelando sus piezas. Las Reflexiones radicales destacarán temas y conceptos clave que querrás recordar según emprendemos este viaje en compañía. Esto no es un examen de matemáticas y no es posible suspender. Ten paciencia contigo mismo o misma, tómate tu tiempo. Como dice mi mejor amiga Maureen Benson: «No llegas tarde».7
¿por qué debe ser radical?
«Vale, Sonya. Lo entiendo. Amarnos a nosotros mismos o a nosotras mismas es importante. ¿Pero por qué tenemos que ser radicales al respecto?». Contestar a esta pregunta es de nuevo separar al autoamor radical de sus volubles primas la autoconfianza y la autoestima, además de su irregular hermana pequeña, la autoaceptación. Requiere que exploremos la definición de la palabra radical. El lenguaje es fluido y está en constante evolución, y a menudo las definiciones de los diccionarios parecen pasadas y con graves deficiencias de matiz. Cómo construimos el lenguaje es una parte enorme de cómo comprendemos y juzgamos los cuerpos. La definición de radical es potente si exploramos su relación con el autoamor. El diccionario define radical como:
1. Que va a la raíz o al origen; fundamental: una diferencia radical.
2. Exhaustiva o extrema, en especial en lo que se refiere a cambios de lo comúnmente aceptado o tradicional: un cambio radical en las políticas de la empresa.
3. Que favorece reformas políticas, económicas o sociales drásticas: ideas radicales; ideólogos radicales y anarquistas.
4. Que forma la base o los cimientos.
5. Que existe de forma inherente en una cosa o persona: defectos radicales del carácter.8
El autoamor radical es más profundo, más amplio y más expansivo que cualquier cosa a la que podamos etiquetar como autoconfianza o autoestima. Es más jugosa que la autoaceptación. Incluir la palabra radical nos ofrece un autoamor que es la raíz o el origen de nuestra relación con nosotros mismos. No hemos empezado la vida en una asociación negativa con nuestros propios cuerpos. Nunca he visto a ningún bebé que se lamente del tamaño de sus muslos, de la estrujabilidad de su barriguita. Las criaturas no llegan al mundo con vergüenza respecto a su raza, género, edad o discapacidad. ¡A los bebés les encantan sus cuerpos! Cada descubrimiento que hacen es sorprendente. ¿Has visto alguna vez a un peque darse cuenta de que tiene pies? ¡No veas la maravilla! Ese es el aspecto que tiene una relación sin obstáculos con nuestros cuerpos. Una vez fuiste así, lo cual quiere decir que hubo una vez en la que tú también pensaste que tu cuerpo era sorprendente. Conectar con ese recuerdo puede parecer tan distante como la estrella más lejana. Puede que no sea un recuerdo al que puedas acceder en absoluto, pero solo saber que hubo un momento en tu historia en el que amaste tu cuerpo puede servir de recordatorio de que la vergüenza corporal es una herencia increíblemente patética. No nos la hemos autorregalado, y nadie nos obliga a guardarla. Llegamos a este planeta hechos de amor.
Basta encender la televisión para recopilar múltiples pruebas de la desesperación con la que nuestra sociedad, nuestro mundo, necesita un tipo extremo de autoamor para contrarrestar el constante bombardeo de vergüenza, discriminación y opresión basada en los cuerpos que nos llueve cada día. La televisión nos muestra realities como The Biggest Loser, que alientan a sus participantes a hacer ejercicios peligrosos e insostenibles y a restringir su ingesta de comida. Al mismo tiempo usan sus cuerpos como carne de cañón para nuestro entretenimiento y para reforzar la noción de que el cuerpo más indeseable que una persona puede tener es un cuerpo gordo. Hay estudios que han demostrado que los programas de noticias estadounidenses a menudo exageran las tasas de delincuencia, lo cual incluye una tendencia a inflar las tasas de delitos cometidos por personas negras, mientras que al mismo tiempo muestran a los sospechosos negros con un enfoque menos favorable que el que usan para sus homólogos blancos.9 Las personas con discapacidad prácticamente no existen en la televisión, a menos que se les exhiba como «porno inspirador». Sus historias a menudo se cuentan de forma que explotan sus discapacidades para la edificación moral del espíritu de las personas sin discapacidad, presentándolas como superhumanos por hacer cosas nada espectaculares, como leer o ir a la compra, o peor, por superar obstáculos que ha colocado la misma sociedad que no reconoce sus cuerpos o que no los acomoda de forma apropiada.10 Por supuesto que necesitamos algo radical para desafiar estos mensajes.
Usar el término radical destaca la realidad consistente en que nuestra sociedad requiere una reforma política, económica y social drástica en las maneras en las que se trata a los cuerpos y a la diferencia corporal. La constitución de los Estados Unidos se escribió para autorizar la opresión gubernamental del cuerpo. Cuando se firmó la Carta de Derechos de los Estados Unidos, eran relativamente pocos los estadounidenses que tenían derecho al voto.11 Entre los excluidos del sufragio se encontraban afroamericanos, nativos americanos, mujeres, hombres blancos con discapacidades y hombres blancos que no poseían tierras. ¿Derecho al voto para la mujer? Nooo. ¿Negros…? Nooo, solo contaban como tres quintos de persona completa. ¿Vas en silla de ruedas? No votas, tesoro. Los prejuicios de raza, género y discapacidad estaban escritos en los documentos de gobernanza de los Estados Unidos.12 Ten en cuenta que el derecho a casarte legalmente con la persona que amas, con independencia del género, solo se aprobó en Estados Unidos en 2015.13 En otros países (como Australia) sigue siendo ilegal.14 En Estados Unidos, el matrimonio igualitario para las parejas del mismo sexo está en pañales desde un punto de vista histórico, y no existe en la mayor parte del mundo. En la actualidad las personas transgénero están luchando en todo Estados Unidos para poder seguir teniendo derecho a usar el cuarto de baño que coincide con su identidad de género.15 Las personas con discapacidad tienen tasas de desempleo más altas con independencia de su nivel educativo.16
Estos temas políticos, económicos y sociales tienen que ver con nuestros cuerpos. Se intersecan con nuestra raza, edad, género, capacidad, orientación sexual y una multitud de otras formas en las que existen nuestros cuerpos. En 1989 Kimberlé Crenshaw, profesora de derecho en Columbia, le puso nombre a esta dinámica tan largo tiempo conocida. La llamó interseccionalidad y la definió como:
(…) el estudio de identidades sociales que se solapan o intersecan, y sus sistemas relacionados de opresión, dominación o discriminación. La teoría sugiere que —e intenta examinar cómo— varias categorías biológicas, sociales y culturales como el género, la raza, la clase, la capacidad, la orientación sexual, la religión, la casta, la edad y otros ejes de identidad interactúan de formas múltiples y a menudo en niveles simultáneos. Para poder entender del todo la identidad de alguien, la teoría propone que deberíamos considerar cada elemento o rasgo de una persona como una parte inseparable de todos los otros elementos.17
La interseccionalidad se ha convertido en un término que a menudo se adora o repudia según la fuente de la que provenga. Para decirlo de forma sencilla, nadie es monodimensional. No solo somos hombres, padres, gente que vive con lupus, asiáticos o personas mayores. Algunos de nosotros somos padres asiáticos ancianos que vivimos con lupus. Estas variadas identidades tienen un impacto mutuo en formas que son significativamente diferentes que si estuviésemos navegando cada una de esas realidades por separado. El autoamor radical exige que nos veamos a nosotros mismos y a otros en la plenitud de nuestras complejidades e intersecciones y que trabajemos para crear espacio para esas intersecciones. A lo largo de la historia hemos aprendido que derrumbar las opresiones sistémicas y estructurales que nos ven de forma superficial y miópica requiere de cambios drásticos en nuestras leyes, políticas y normas sociales. Crear un mundo de justicia para todos los cuerpos exige que seamos radicales e interseccionales.
| pregunta que no pide perdón n.º1Todo el mundo vive múltiples interseccionesde la identidad. ¿Cuáles son tus intersecciones?¿Cómo se afectan tus múltiples identidades entre sí? |
El autoamor radical es interdependiente. El autoamor radical que se defiende en este libro va más allá del endeble ethos del individualismo y opera tanto a nivel individual como sistémico. El autoamor radical trata sobre el yo, porque el yo es parte del todo. Y, por tanto, los cimientos del amor humano radical están hechos de autoamor radical. Nuestras relaciones con nuestros cuerpos impregnan nuestras relaciones con otras personas. Piensa en todas esas veces que has estimado tu valor o falta de él comparándote con otra persona. Cuando nos lastra la vergüenza corporal, vemos otros cuerpos como cosas que codiciar o juzgar. La vergüenza corporal nos hace ser estrechos de miras y etiquetar los cuerpos llamándolos «buenos» o «malos» o «mejores» o «peores» que nuestro propio cuerpo. El autoamor radical nos ayuda a amar nuestros cuerpos de forma que se transforme cómo entendemos y aceptamos los cuerpos de otras personas. Con esto no quiero decir que mágicamente nos vaya a empezar a gustar todo el mundo. Simplemente
significa que debemos tener debates y desacuerdos sobre ideas y caracteres, no sobre cuerpos. Cuando podamos ver lo obvia y cierta que es la cita de Hanne Blank, activista corporal, cuando dice: «No hay manera equivocada de tener un cuerpo», aprenderemos a amar los cuerpos incluso cuando no nos gusten los seres humanos que los habitan.18
| pregunta que no pide perdón n.º 2¿Recuerdas alguna ocasión en la que te hayascomparado con alguien? ¿Cómo afectó esa comparación a tu autoestima y a tu autoconfianza? ¿Qué impacto tuvo en tus ideas sobre la otra persona? |
El autoamor radical es sin duda nuestro estado natural inherente, pero los sistemas de opresión sociales, políticos y económicos nos han distanciado de ese conocimiento. ¿Te acuerdas de ese peque que mencioné unos párrafos más arriba, feliz con su maravilloso cuerpo, esto es… de ti, de bebé? Sé que el autoamor radical puede parecer un planeta alejado de cualquier galaxia de la que hayas oído hablar. Quiero asegurarte algo: el autoamor radical no está a años luz. No está lejos en absoluto. Vive en ti. Es tu misma esencia. No tienes que llegar a ser autoamor radical. No tienes que intentar viajar hasta él como si fuera algún destino lejano. Piensa en la vergüenza corporal como en las capas de una cebolla. Durante décadas de nuestras propias vidas y durante siglos de civilización, se nos ha enseñado a juzgar y a avergonzarnos nuestros cuerpos, y por tanto a juzgar y a avergonzar los de otras personas. Llegar a nuestro estado inherente de autoamor radical significa pelar esas capas viejas de mensajes tóxicos acumuladas sobre los cuerpos. Es como volver a la tienda donde compramos el jersey de vergüenza más feo del mundo, devolverlo y salir sin nada puesto, vistiendo aquello en lo que nos trajeron al mundo, hecho de autoamor radical. Si nos negamos a aceptar la vergüenza corporal como una consecuencia natural de estar en un cuerpo, podemos dejar de disculparnos por nuestros cuerpos y borrar la distancia entre nosotros y el autoamor radical. Al hacerlo, volvemos a ser las estrellas del autoamor radical que siempre hemos sido. ¡Eso sí que tiene poder transformador!
¿por qué nos hemos estado disculpando? ¿y si dejásemos de hacerlo?
Cuando tenía nueve años me pasaba todo el rato disculpándome.
—Soni, ¡te has dejado la nevera abierta!
—Lo siento.
—Sonya, ¿eso del sofá es tu abrigo?
—Lo siento.
—Sonya, ¿te has manchado de gelatina de uva negra ese pantalón blanco que tanto dinero me ha costado?
—Lo siento, lo siento, lo siento…
Una letanía de disculpas por mi yo, ese yo siempre torpe, desordenado y desmemoriado, que iba dejando pruebas de todo ello por toda la casa. «Lo siento» era mi forma de recoger lo que se derramaba. Después de todo, yo formaba parte de la nueva generación de «niños que criar» que le tocaron a mi abuela después de haber tenido que criar ya a tres hijos ella sola. Yo sabía que mi abuela me quería, pero incluso con nueve años intuía que tenía que estar agotada. Mi abuela acabó riñéndome por decir «lo siento» todo el rato.
—Para ya con tanto «lo siento». No lo sientes. ¡Si lo sintieses de verdad dejarías de hacerlo!
Me pregunté si había algo de cierto en esta regañina de mi abuela. ¿Si lo sintiese de verdad, de verdad de verdad, dejaría de hacer lo que quiera que fuese eso? ¿Podría?
Vivir en un cuerpo femenino, en un cuerpo negro, en un cuerpo que envejece, en un cuerpo gordo, en un cuerpo con una enfermedad mental, es despertarse cada día en un planeta que espera que ciertas disculpas ya estén instaladas en nuestras lenguas. Hay un nivel de «no suficiente» o de «demasiado» cosido en estas hebras de diferencia. Algunos descubrimientos recientes en el campo de la epigenética han establecido de qué manera los traumas y resiliencias de nuestros ancestros se nos pueden transmitir a través de moléculas.19 Sentirlo es literalmente una lección de nuestro adn. En el sur de Jim Crow, podía llegar a extraerse una disculpa de alguien por medio de una sentencia de muerte. La familia de Emmett Till descubrió esta brutal realidad el verano de 1955, cuando la obligatoria disculpa de un quinceañero por silbarle a una mujer blanca tomaría la forma de un disparo mortal, después de lo cual su cuerpo sin vida fue atado a un neumático y tirado al río Tallahatchie.20 Para demasiadas mujeres, la expectativa de una disculpa comienza después de que una denuncia por asalto sexual acabe en un interrogatorio sobre la longitud de la falda que llevaba puesta o sobre cuánto había bebido en la fiesta. Cada día hay diminutas maneras en las que a cada uno de nosotros se nos pedirá que nos disculpemos por nuestros cuerpos, sin importar cómo de «normales» parezcan. El corte de estilo conservador necesario para aplacar al nuevo supervisor, el tatuaje que cubres cuando entras en un edificio de oficinas para aumentar tu probabilidad de que te traten de forma «profesional»… Todo esto son ejemplos de las pequeñas disculpas que la sociedad te exigirá por estar en tu cuerpo de la forma que a ti te parezca apropiada. Para muchos de nosotros, lo siento se ha convertido en nuestra traducción de la palabra cuerpo.
| pregunta que no pide perdón n.º3¿De qué formas se te ha exigido que pidasperdón por tu cuerpo? |
Durante décadas puse a disposición del mundo una mesa con todo un bufé de disculpas. Me disculpaba por reírme demasiado fuerte, por ser demasiado grande, demasiado oscura, demasiado extravagante, demasiado directa, demasiado analítica. Veía a innumerables personas desenrollar largos papiros con similares contriciones. Nos disculpábamos porque nuestros cuerpos tenían discapacidades y necesitaban accesos específicos. Porque nuestros cuerpos envejecían y eran más lentos, o porque nuestra identidad de género era distinta del sexo que nos asignaron al nacer y eso confundía a los extraños. Nos disculpábamos por nuestro peso, raza, orientación sexual.
Nos habían dicho que hay una forma correcta de tener un cuerpo, y nuestras disculpas eran un reflejo del adoctrinamiento que habíamos recibido hasta creérnoslo. De verdad creíamos que nuestros cuerpos estaban mal. No solo habíamos estado intentando cambiar nuestros «cuerpos equivocados», sino que también habíamos seguido disculpándonos por la supuesta incomodidad que nuestros cuerpos causaban en otras personas. Ya fuera porque percibíamos que estábamos incomodando a la persona de al lado en el avión al ocupar «demasiado espacio», o porque creíamos que nuestra piel oscura asustaba a la mujer blanca que, bien agarrada a su bolso, cruzaba la calle cuando nos veía acercarnos… En cualquier caso, acabábamos cabizbajos de vergüenza, convencidos de que la ofensa era nuestro peso, nuestra oscuridad, nuestro «exceso». Nunca es culpa del asiento o de sus fabricantes, que optaron por no diseñarlo para miríadas de cuerpos. Por supuesto, nunca es la exageración de nuestros medios de comunicación sobre la delincuencia en las comunidades de color quien planta las semillas del prejuicio en una parte tan grande de la ciudadanía. Nosotros, en cada momento, hemos decidido que somos los culpables de nuestra propia victimización. En cualquier caso, no solo estamos en constante expiación; hemos exigido también nuestra ración de disculpas por parte de otras personas. También nos hemos reído de cuerpos gordos en la playa, hemos avergonzado a cuerpos transgénero en el supermercado, nos hemos apenado del cuerpo discapacitado mientras comprábamos ropa y hemos calumniado al cuerpo envejecido. Hemos exigido la disculpa de otros cuerpos. Hemos comparado nuestros cuerpos con los cuerpos de otros, hemos decidido que son mejores o peores que el nuestro basándonos en prejuicios y en sesgos heredados.
| reflexión radicalLiberarnos de la vergüenza corporal exigeque examinemos cómo hemos perpetuadola vergüenza en otras personas. Este camino requiere que seamos radicalmente sinceros. |
Desmantelar la cultura de la disculpa requiere investigar la anatomía de la disculpa. En general, la gente comprometida con su propia rectitud rara vez siente la necesidad de disculparse. Hace unos cinco años compartí con un ex cómo algo que él había dicho había herido mis sentimientos. Después de veinte minutos dando vueltas sin admitir haber hecho nada ofensivo, me quedó claro que ese tío no iba a disculparse por nada. Según su lógica, como no lo había hecho con intención de herir mis sentimientos, no me debía disculpa alguna. Como muchas otras personas, sentía que su intención debería absolverle del impacto que había tenido. Yo contraargumenté preguntándole lo siguiente:
—¿Si pisaras a alguien por accidente, le dirías lo siento?
—Pues no, no si su pie fuera el único sitio donde yo pudiera estar parado —me dijo tan tranquilo.
(¿Por qué salí con ese tío?) Queda claro que no propongo que nosotros, como especie, adoptemos este tipo de ideología desconsiderada y centrada en el yo, pero a veces incluso los gilipollas pueden llevarnos a la epifanía. Había algo en su rechazo a disculparse por lo que él sentía que era simplemente ocupar el espacio que necesitaba, que, si lo consideramos de forma genuina, puede llegar a cambiar la forma en la que nos movemos por el mundo. ¿Por qué estamos constantemente disculpándonos por el espacio que habitamos? ¿Y si comprendiésemos todos la inherente vastedad de nuestra humanidad y por tanto ocupásemos el mundo sin pedir perdón por ello? ¿Y si todos nos comprometiésemos con la idea de que nadie tiene que disculparse por ser un ser humano en un cuerpo? ¿Y si hiciésemos hueco para todos los cuerpos, de modo que nadie tuviese nunca que estar de pie sobre el pie de otra persona? ¿Cómo podría eso cambiar nuestras vidas? ¿Cómo podría cambiar el mundo?
La Tierra es un lugar grande y desolador. Es fácil sentirse a merced del universo. Nos han convencido de que somos incapaces de llevar a cabo ningún tipo de cambio sobre nuestros sistemas y estructuras sociales, así que en lugar de hacerlo le echamos la culpa de todo al factor más accesible: a nosotros mismos. Esta carga nos ha mantenido inmóviles en nuestras propias vidas e inconscientes respecto a nuestro impacto en el mundo. El peso de la vergüenza nos ha mantenido pequeños y atrapados en la creencia de que nuestros cuerpos y nuestras vidas son errores. Qué manera más agotadora y desalentadora de vivir. Esta sensación de desaliento es lo que alimentó mi investigación sobre la naturaleza de la disculpa, y me llevó a explorar qué aspectos de nuestras vidas serían diferentes si todos y cada uno de nosotros navegáramos por ellas con la total consciencia de que no le debemos a nadie una disculpa por nuestros cuerpos. Esa exploración de una vida impenitente me llevó a una hipótesis en dos partes. Intuía que conforme me mostrara con menos necesidad de disculparme por mi cuerpo en mi comunidad, mi trabajo, mi familia y mi mundo, pasarían dos cosas: o bien estaría transmitiendo a otras personas el poder y el permiso de ser ellos mismos, sin pedir disculpas tampoco, o bien otras personas se sentirían señaladas e intimidadas por ese yo que existe y no pide perdón, y por tanto intentarían contenerme o empequeñecerme. Como es habitual, el universo me dio la oportunidad de probar esta hipótesis: sucedió la noche del 9 de febrero de 2011.
Seis meses antes me había hecho una foto con el móvil, en la que salía yo en un corsé negro sin tirantes, a medio vestir para un evento. Estaba haciendo el tonto, portándome de forma descarada, sexy, y ni por un momento se me pasó por la cabeza que nadie, ni un alma (aparte de mí misma) llegara alguna vez a ver esa foto. Durante meses me encontré pasando rápido imágenes de comidas antiguas, visitas a museos, compras de zapatos monos de fantasía, y de repente topándome con la foto de mi cuerpo oscuro y ancho en el corsé negro. ¡Qué bien salía, joder! Y sin embargo, a pesar de sentirme vibrante y valiente, me aterrorizaba compartir la foto con nadie. Las voces de la disculpa saltaban de inmediato con un coro de preguntas: ¿No me vería muy vanidosa la gente? ¿Se les escaparía percibir a la bella mujer que yo veía en la imagen, y en lugar de eso solo me recordarían que estoy demasiado gorda, que soy demasiado negra, demasiado queer, demasiado mujer, y que nadie jamás pensaría que soy bella? Incapaz de responder a mi letanía de preguntas basadas en la vergüenza, la foto siguió siendo un secreto en mi móvil, que solo consultaba cual espía cuando necesitaba un chute de autoestima (véase como mi autoestima estaba flotando en el mar, salvada gracias a un simple selfie).
| reflexión radicalLas voces de la duda, de la vergüenza, de la culpa que atronan nuestra cabeza no son nuestra voz.Son voces que nos ha dado una sociedad empapada de vergüenza. Es la «voz exterior».¡Nuestra auténtica voz, nuestra «voz interior»es la voz del autoamor radical! |
En mi interior se libraba una guerra a la que aún no podía ponerle nombre. Era la guerra entre el autoamor radical y la vergüenza corporal. El 9 de febrero de 2011, una de mis amistades publicó una foto de la modelo de tallas grandes Tara Lynn en mi muro de Facebook. Al punto me impactó su deslumbrante belleza y me quedé un pelín enamorada (léase: con un crush total). Busqué su nombre en Google (esto es, me puse a estalquearla por internet) y salió una foto tras otra de esta impresionante mujer posando de forma natural para unos modernos grandes almacenes, en vaqueros y camisa (una camisa blanca bien planchada), o sin llevar nada más que un collar de perlas, tumbada sobre una alfombra de piel. Pero la foto final sería la que acabaría probando al menos una parte de mi hipótesis. Pasé el puntero del ratón por el enlace, y ahí estaba Tara Lynn, resplandeciente con un corsé negro, la chica de portada de una nueva campaña de lencería.21 Su existencia empoderada empoderó la mía al instante. Con un clic en una imagen digital, Tara Lynn me dio permiso para ser vista en mi cuerpo, al completo, ¡y que le den a las opiniones de la gente! En ese momento hice lo que me había sentido incapaz de hacer durante meses: en un segundo publiqué en Facebook mi foto con el corsé negro. Junto a la imagen escribí el siguiente pie de foto: «En esta foto peso 104 kg. En esta foto se ven mis estrías y una mala decisión que tomé al tatuarme un bombón Hershey’s Kisses en el muslo izquierdo. Estoy sonriendo, como una mujer que sabe que la estás mirando y le gusta que lo hagas. Durante este flash concreto de la cámara, no tengo vergüenza ni pido perdón».22
De esa misma forma en la que el poder que no pide perdón de Tara Lynn le dio permiso al mío, así hice yo con otras personas, pidiéndoles a mis amistades que compartiesen fotos en las que sintieran que no tenían vergüenza ni pedían perdón por sus cuerpos. A la mañana siguiente abrí mi página de Facebook y descubrí que me habían etiquetado en más de treinta fotos de personas de diversas edades, razas, tamaños, capacidades, géneros, orientaciones sexuales y más, que habían elegido, aunque fuera durante un breve minuto, dejar de esconderse y de disculparse, y en lugar de ello ser ellas mismas, impertérritas. Estaba fuera de mí. Necesitaba saber cuáles eran los límites de este universo sin cartografiar, en el que todas estas personas, todas nosotras podríamos vivir en nuestros cuerpos como si supiésemos que ya estábamos bien. Consciente de que necesitaría otras personas que tampoco quisiesen pedir perdón y sí quisiesen explorar este naciente concepto conmigo, hice lo que habría hecho cualquier otro miembro de la generación x rozando ya la antesala de lo milenial: abrí un grupo de Facebook y subí estas fotos que no piden perdón, recién obtenidas de mis amistades de todo el país. El grupo operaba como un espacio no restringido por la geografía en el que podíamos practicar querernos a nosotros mismos, a nuestros cuerpos y a los cuerpos de otras personas, y todo sin pedir perdón. Le puse como nombre el título de un poema que había escrito más o menos en el momento en el que me hice aquel crucial selfie sexy: «El cuerpo no es una disculpa». Enseguida nos dimos cuenta de que nuestros breves momentos de vida que no pide perdón eran muy, muy contagiosos… ¡como la gripe, pero mucho más felices!
No pedir perdón creó una abertura para el autoamor radical. Cada vez que elegíamos aceptar la plenitud de nuestro yo, caía alguna capa de la cebolla de vergüenza corporal, y se hacía evidente el poder de cada pequeño acto de no pedir perdón. He estado observando cómo desvestirnos de esta vergüenza cambia el mundo, de humano que no pide perdón en humano que no pide perdón. Y a cada momento en el que he practicado vivir sin pedir perdón me he dado cuenta de que mi abuela tenía razón: cuando decía «lo siento», en verdad yo nunca lo sentía. Cuando de verdad nos amamos a nosotros mismos, no hace falta.
| pregunta que no pide perdón n.º4¿Respecto a qué estás ya preparado o preparadapara dejar de pedir perdón? |
las tres paces
Desde el momento en que la frase «el cuerpo no es una disculpa» y la idea del autoamor radical salieron de mis labios, han recibido, como un eco, un rotundo «¡sí!» de las personas que las han oído. Ese empuje del sí probablemente sea la razón de que estés leyendo este libro en este momento. A algún nivel celular, sabemos que nuestros cuerpos no son algo por lo que debamos disculparnos. Al fin y al cabo, son la única manera que tenemos de experimentar esta vida tan ridícula y radiante. A una parte de nosotros le repele el apoyo explícito a la vergüenza corporal. Por eso, cuando cotilleamos y difundimos rumores sobre los cuerpos de otras personas, lo hacemos a sus espaldas. Sabemos que nuestras risitas y mofas están mal. Si somos sinceros con nosotros mismos, nos sentimos asquerosos cuando nos portamos como buitres con otros seres humanos, despedazando sus cuerpos, consumiéndolos para alimentar nuestro frágil sentido del yo. Nos sentimos asquerosos cuando pensamos en todos los comentarios crueles y despiadados que hemos hecho sobre los cuerpos de otras personas, o sobre los comentarios que se han hecho a nuestro alrededor sin que protestásemos por ello.
Nuestro mejor yo se repugna cuando destripamos a otros seres humanos. Sentimos vergüenza cuando nos avergüenzan. Y cuando nos permitimos hacerlo, sentimos vergüenza por avergonzar. ¡Los sentimientos de vergüenza son una mierda! Así que, ¿qué hacemos? ¿Dejamos de avergonzar a la gente? No. Nos distanciamos de la culpa y expresamos nuestro juicio a los cuerpos dentro del cómodo contenedor que supone la elección. Decimos cosas del tipo: «Oye, no pasa nada por juzgarlos, ellos eligieron ser gays». «Sabes que podrías perder peso si quisieras». «¡No es culpa mía si eres un tío y te vistes de chica!».
El argumento de que la gente «elige» ser de una manera o de otra es, en su base, el argumento de la diferencia, de nuestra incapacidad para comprenderla y hacer las paces ella. La noción de la elección es un cómodo chivo expiatorio para nuestros sesgos y nuestra intolerancia. La lógica dice: «Si la gente elige ser diferente, entonces con la misma facilidad podría elegir ser de la manera que yo creo que debería ser». Lo que debemos preguntarnos a nosotros mismos, en lugar de eso, es: «¿Por qué necesito que la gente sea de la manera que yo pienso que debería ser?». El argumento de la elección es una proyección. Hay infinitas cosas en el mundo que no comprendemos, ¡y sin embargo vivimos en una cultura en la que se espera que lo sepamos y lo comprendamos todo! A los seres humanos rara vez se les da permiso para no comprender algo, no sin que llegue alguien que nos llame fracasados o idiotas. Nadie quiere sentirse como un estúpido fracasado, y nuestros cerebros tienen muchísimos trucos para evitar esos sentimientos.
Una maniobra estratégica concreta es decidir que si no entendemos algo es porque está mal. Al fin y al cabo, pensar que algo está mal es más fácil que no conocerlo. Que esté mal significa que no soy tonto ni estoy fracasando. ¿Ves esa proyección escurridiza y tramposa que está sucediendo justo ahí? La proyección nos escuda de la responsabilidad personal. Oscurece nuestra vergüenza y confusión y sitúa la obligación de hacer que todo encaje en el cuerpo de otra persona. No tenemos que trabajar para comprender algo cuando es «culpa» de otra persona. No tenemos que deshacer las creencias basadas en la vergüenza con las que nos criaron. No tenemos que cuestionar a nuestros progenitores, a nuestras amistades, a nuestras iglesias, a nuestras sinagogas, a nuestras mezquitas, a nuestros gobiernos, a nuestros medios de comunicación. No tenemos que desafiar a nadie y nadie tiene que desafiarnos a nosotros. Cuando nosotros decidimos que los cuerpos de las personas están mal porque no los entendemos, estamos intentando evitar la incomodidad de librarnos de todo un sistema de avergonzamiento corporal.
¿Cómo luchamos contra el impulso de hacer que los cuerpos que no comprendemos estén mal? Hay tres principios que nos ayudarán a liberarnos del lodazal de juzgar y avergonzar los cuerpos. Yo los llamo las Tres Paces. Son:
1. Haz las paces con no comprender.
2. Haz las paces con la diferencia.
3. Haz las paces con tu cuerpo.
Cómo hacer las paces con no comprender
Debemos hacer las paces con no comprender. La comprensión no es un requisito previo al honor, el amor o el respeto. Sé muy poco sobre las estrellas, pero honro su belleza. No sé casi nada sobre los agujeros negros, pero respeto su incomprensible poder. No entiendo la fecha de caducidad de los pastelillos de nata Twinkies, ¡pero me encantan y espero que haya un suministro interminable de ellos si llega el Apocalipsis! Cuando nos liberamos de la expectativa de tener que comprenderlo todo, entramos en un santuario de empatía. No por no estar seguro, no tener suficiente información o no saber algo somos menos inteligentes o valientes. Muchas personas en extremo inteligentes no saben cómo funciona una fotocopiadora. Ser inteligente no consiste en esto. Tampoco estoy proponiendo que huyamos de la información. Al contrario, esto es una invitación a la curiosidad. «No saber» es una oportunidad de explorar sin juzgar y sin exigir. Deja sitio para la posibilidad de que llevemos a cabo todo tipo de pesquisas, y después de que dicha investigación esté terminada, es posible que aún «no lo pillemos». Sea lo que sea ese «lo». Comprender algo es lo ideal, pero no es un ingrediente esencial para hacer las paces con ello. Las enseñanzas budistas nos dicen que el alivio del sufrimiento se obtiene del acto de aceptación del mismo.21 23 He aquí un lugar en el que la aceptación se convierte en una herramienta de expansión. La auténtica aceptación invita a la realidad sin resistirse a ella. Correcto e incorrecto son afirmaciones de resistencia y son inútiles cuando van dirigidas a los cuerpos de las personas. «Ese cuerpo delgado está mal» suena a sinsentido porque bajo nuestras muchas capas de vergüenza corporal, sabemos que los cuerpos no están ni bien ni mal. Los cuerpos son.
La aceptación no debe confundirse con la conformidad o con la propuesta de resignación a la violencia y a los males del mundo. No debemos hacer eso. Pero tenemos que tener claro que los cuerpos de las personas no son la causa de nuestros males sociales. Napoleón no era un tirano porque fuera bajito. Osama bin Laden no era un terrorista porque los musulmanes estén predispuestos a la violencia. Nuestra desconexión, trauma, falta de recursos, miedo, avaricia y ego son las fuentes de nuestras contribuciones al sufrimiento humano; no nuestros cuerpos. Podemos aceptar a los seres humanos y a sus cuerpos sin entender «por qué» aman, piensan, se mueven o tienen el aspecto que tienen. Al contrario de lo que se suele pensar, liberarnos de la necesidad de comprenderlo todo puede aportarnos una increíble cantidad de paz.
| pregunta que no pide perdón n.º5Para obtener más paz, ¿qué estás dispuestoo dispuesta a dejar de luchar por comprender? |
Cómo hacer las paces con la diferencia
Debemos hacer las paces con la diferencia. Esta perspectiva es muy sencilla cuando se aplica a la naturaleza, pero, ah, qué lucha es transferir este concepto a las formas humanas. En su última época, la poeta y activista Audre Lorde dijo: «No son nuestras diferencias lo que nos divide. Es nuestra incapacidad de reconocer, aceptar y celebrar esas diferencias».24 Piensa en todas las veces que has oído a una persona con buenas intenciones intentando crear armonía social al afirmar: «Pero, ¿acaso no somos todos iguales?». La respuesta corta es: no. No somos todos iguales, de la misma forma en que no todos los árboles son iguales, ni todas las macetas de una casa lo son, ni los perros. Los humanos son un grupo complicado y variado, y esas variaciones tienen un impacto en nuestras experiencias vitales. La idea de que todos somos iguales es a menudo una máscara. Es lo que nos decimos a nosotros mismos cuando no hemos hecho las Primeras Paces. En lugar de reconocer que no entendemos la experiencia de alguien, la empequeñecemos o la metemos en pequeñas cápsulas de conocimiento. La homogeneizamos al proclamar que todos somos iguales.
La doctora Del Burgard es una conocida terapeuta de trastornos de la alimentación y pionera del movimiento haes (Health at Every Size, «Salud en Todas las Tallas»)25 que co-creó un brillante vídeo de dibujos animados titulado «El peligro de la ciencia caniche» («The Danger of Poodle Science») para explicar la diversidad corporal y los peligros de evaluar la salud y el bienestar según suposiciones sobre la talla corporal.26 En este vídeo, la doctora Burgard explica lo absurdo que sería evaluar la salud de todos los perros comparándolos con el tamaño y salud de los caniches. Es más, ¿qué pasaría si los caniches decidieran que el aspecto, comida y tamaño de los demás perros debe ser igual al de los caniches? El vídeo se ríe de nuestra industria sanitaria y su enfoque de talla única respecto a los cuerpos. En lugar de reconocer y basar la investigación en el supuesto de que la diversidad en tamaño y peso son incidencias naturales en los seres humanos, tratamos a los cuerpos más grandes con una ciencia caniche y patologizamos esos cuerpos usando la retórica de la salud. «Solo quiero que esta persona, que es una total desconocida, de cuya vida no sé nada y respecto a la cual no voy a hacer esfuerzo alguno por conocer más allá de este hilo de Twitter, esté sana». Esto se llama troleo sanitario o troleo por falsa preocupación, y es otra siniestra táctica del avergonzamiento corporal. Dado que no podemos hacer evaluaciones precisas de la salud de individuo alguno basándonos solo en su peso (o en una foto suya en las redes sociales) es obvio que ese comportamiento no trata en realidad de la salud de esa persona, sino de cómo esperamos que otros cuerpos encajen con nuestros estándares y creencias respecto a qué aspecto debería o no debería tener un cuerpo. Es igual de dañina nuestra insistencia en que todos los cuerpos deban ser sanos. La salud no es un estado que le debamos al mundo. No somos menos valiosos, dignos o queribles por que no estemos sanos. Por último, no hay ningún estándar de salud que sea alcanzable para todos los cuerpos. Nuestra creencia de que debería haberlo sostiene la opresión sistémica del capacitismo y refuerza la noción de que las personas con enfermedades y discapacidades tienen cuerpos defectuosos en lugar de cuerpos diferentes. Cada uno de nosotros experimentará a lo largo de su vida estados de salud y bienestar variables, y nuestras exigencias y expectativas arbitrarias en lo que respecta a la salud y tamaño de los cuerpos de otras personas alimentan la desigualdad y la injusticia. Es muy fácil: no todo el mundo es un caniche, y eso está bien. Anda que no sería aburrido y estridente el mundo si todos lo fuésemos.
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