Kitabı oku: «Mujeres de fuego»
En esta obra Stella Calloni dialoga con la intelectual colombiana Gloria Gaitán, la luchadora comunista argentina Fanny Edelman, la líder comunista chilena Gladys Marín y la ex primera dama francesa Danielle Mitterrand.
También con la escritora brasileña Nélida Piñón, la guatemalteca y Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, la combatiente salvadoreña Nidia Díaz, la madre uruguaya Sara Méndez y la poetisa argentina Olga Orozco.
Esta edición se completa con tres grandes historias de amor, arte y militancia: las de Manuela Sáenz, Frida Kahlo y Rosario Castellanos,mujeres que dejaron llamas a su paso.
Según Calloni: “Los mundos distintos y distantes las acercan a través de la palabra escrita o hablada, pero siempre incendiada. Como mujeres de fuego que son, dejan y dejaron llamas por donde caminan y por donde caminaron. ¿Qué las une y qué las diferencia? Las une la misma voluntad de resistir injusticias, dogmas, dominaciones de todo tipo, incluidas las de género que tanto abundan aún”.
"Cuando lean este libro conocerán de la pasión, el coraje y la resistencia latinoamericana a través de algunos pasajes de la vida de mujeres ejemplares que reconstruyeron humanidad."
Luisa Valenzuela

Stella Calloni Leguizamón (La Paz, Entre Ríos). Periodista, escritora, investigadora, especialista en política internacional. Trabajó en diversos medios de prensa de América Latina. Colaboró en revistas de Estados Unidos, Francia e Italia. Fue corresponsal en zonas de conflicto y de guerra. Es corresponsal de La Jornada de México en América del Sur. Integra la Red de Intelectuales en defensa de la Humanidad, el observatorio de política internacional XXI.
Libros de poesía: Los subverdes (1975), Carta a Leroi Jones y otros poemas (1983), Poemas de Trashumante (1998). Varios de sus poemas fueron traducidos al inglés. Libros de cuentos: El Hombre que fue Yacaré, finalista en Casa de las Américas en 1992, publicado en Argentina en 1998, y en Cuba en 2014.
Otros títulos: Nicaragua el Tercer Día (1992), Los años del Lobo. Operación Cóndor (1999), Operación Cóndor Pacto Criminal, publicado en México, Cuba, Venezuela, Alemania e Italia. América Latina siglo XXI. Recolonización o independencia (2005), Evo en la mira: CIa y Dea en Bolivia, publicado en Argentina, Bolivia y Cuba. Ha recibido 25 premios y reconocimientos: el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí (Cuba, 1986), el Premio Latinoamericano Luis Suárez de la Federación Latinoamericana de Periodistas (México, 2006), el Premio Rubén Darío (Nicaragua, 2008). En Argentina, el Premio de la escuela de Periodismo TEA (2003), el Premio Rodolfo Walsh de la Universidad de La Plata (2012), el Premio Latinoamericano Samuel Chavkin de la Revista Nacla de Estados Unidos (2001), el Premio a la Trayectoria de la Universidad Nacional de Lanús (2013), el Premio del Consejo de estado de Cuba, entre otros.
Stella Calloni
Mujeres de fuego Historias de amor, arte y militancia

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía de la autora
Portada
Índice
Introducción
Parte I. Entrevistas Entrevista a Gloria Gaitán Entrevista a Fanny Edelman Entrevista a Gladys Marín Entrevista a Danielle Mitterrand Entrevista a Nélida Piñón Entrevista a Nidia Díaz Entrevista a Rigoberta Menchú Entrevista a Sara Méndez Entrevista a Olga Orozco
Parte II. Tres historias de amor, arte y militancia Manuela Sáenz. La amante eterna de la libertad Frida Kahlo. La que irradiaba hechizos Rosario Castellanos. La mujer viento
Créditos
Otros títulos de esta editorial
INTRODUCCIÓN
Cada una de ellas, en mundos distantes, distintos, salió desde las honduras de los fuegos y rescoldos que caracterizan la vida de nuestra América. Cada una anduvo una vida por el mismo sendero que caminaron otros pies desnudos, con pasos menudos y desolados. Fueron capaces de entenderlo todo porque amaron a la humanidad, y por eso también fueron capaces, cada una de ellas, de esa entrega sin límites para darlo todo desde la lucha, la política, la literatura y la poesía.
Los mundos distintos y distantes las acercan a través de la palabra escrita o hablada, pero siempre incendiada. Como mujeres de fuego que son, dejan y dejaron llamas por donde caminan y por donde caminaron.
¿Qué las une y qué las diferencia? Las une la misma voluntad de resistir injusticias, dogmas, dominaciones de todo tipo, incluyendo las de género que tanto abundan aún.
Del fuego sacaron la voz que recogieron por el mundo, donde las palabras son andantes. Cada una compartió las historias mínimas de seres de fuego o de simples hombres de la vida, que las conmovieron y las hicieron mujeres de la solidaridad eterna. Esta, que es una forma superior del amor compartido, del hacer colectivo, una forma de vida que las llevó a alzar su tea de lucha.
Una tea, sí, siempre en acciones, en palabras caminantes, escritas, habladas, gritadas, aulladas a veces. Todo por una causa de humanidad, porque en cada uno de los caminos que abrieron está la huella del hombre. Infinitas sabidurías, corajes desmedidos, antorchas ellas mismas. Estas mujeres dieron a la humanidad sus iluminaciones, que están, que perduran y brillan con luces propias.
Cuando todo se cae o parece desmoronarse alrededor, en ese juego fatuo de los espejos que se astillan, ellas surgen de los trasfondos de la historia y ayudan a construir los laberintos de memorias perdidas, a reconstruirnos cada uno de nosotros. Reconstruir humanidades es un acto extraordinario de dignidad y amor.
Rescatar a los condenados de la tierra no es tarea fácil. Pero ellas lo hicieron desde jóvenes, y es un gesto de amor devolverles el soplo que nos dieron de alguna manera.
Las entrevistas reunidas en este libro —con algunas variantes respecto a la versión publicada en 2008 bajo el sello editorial Desde la Gente (sobre todo, en cuanto a actualización de datos, más el agregado de algunas notas a pie de página)— las hice en distintos tiempos. Cada una ellas podría ser un libro. Pero estas historias son la historia de nuestro continente y de otros. Son historias de mujeres de fuego, para avivar las llamas de otros tiempos de búsqueda y de justicias que no llegan, de liberaciones necesarias y urgentes.
Ellas nos entregan su vida desde el amor; dulces, duras, perfectas, imperfectas, humanísimas en sus pudores, sus miedos, sus corajes.
A ellas les debemos el respeto de la historia contada a través de sus propias vivencias, la mejor historia de la humanidad.
Stella Calloni
Buenos Aires, octubre de 2016
PARTE I ENTREVISTAS

ENTREVISTA A GLORIA GAITÁN
La memoria de América sin laberintos
Esta entrevista fue realizada entre Panamá y Colombia. En este último país acompañé a Gloria Gaitán en 2001, cuando estaba amenazada de muerte. También sembré un árbol en la Casa Museo1, donde estaban enterradas las cenizas de su padre, Jorge Eliécer Gaitán, que le fue luego confiscada por el gobierno de Álvaro Uribe. Son muchos los que también sembraron un árbol como homenaje y para que creciera desde la tierra la semilla gaitanista.
La hija de Gloria, María Valencia, ha hecho dos documentales sobre su abuelo Gaitán.
Esta entrevista a Gloria, realizada en el año 2000, sigue siendo una historia de vida y magias de un pueblo que necesita ya ser liberado de más de un siglo de violencias. Buena parte de esta entrevista fue publicada en La Jornada de México.
En nombre del padre. Año 2000 (entre Panamá y Colombia)
«En Colombia hay dos países, el país político que se preocupa por las elecciones, las sinecuras burocráticas, los intereses económicos, los privilegios y las influencias (...) El país político y la oligarquía son la misma cosa. Y el país nacional es el pueblo que piensa en su trabajo, en su salud, su cultura (...) Nosotros pertenecemos al país nacional, al pueblo de todos los partidos que luchan contra el país político, contra las oligarquías de todos los partidos.»
Era una definición muy fuerte para la Colombia de los años 30, tan fuerte como el hombre que la hacía ante miles de seguidores: Jorge Eliécer Gaitán, el líder popular que fue asesinado mediante una conjura de intereses extranjeros y locales, con la intervención de la CIA estadounidense, de acuerdo con la investigación realizada por su hija, Gloria Gaitán Jaramillo.
Pero ella se niega a recordarlo a partir de aquel trágico 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado a balazos, porque “ese es el día de los asesinos y lo que hay que rescatar es la vida, lo que él vivió y vivió Colombia hasta entonces, y allí está la razón por la cual lo mataron y lo callaron, aunque su voz y su presencia están siempre en nuestro país. Cuando sólo se menciona ese momento se olvida quién fue él, qué hizo y quién tenía interés en callarlo para siempre. Él es hasta el 8 de abril o hasta esos momentos antes de su muerte, y recordando quién fue, nadie puede olvidar la circunstancia histórica en que sucedió el hecho, la Colombia de esos días, la lucha por su pueblo, del cual era parte con sinceridad, amor y fuego y con el cual dio todos los pasos para producir el cambio que hubiera salvado a nuestro país. No tengo dudas. Si uno no conoce bien a Gaitán, no conoce lo que pasó en el país que está marcado por su vida y su muerte. Y entonces, no puede analizar el presente trágico e injusto de un país maravilloso. Investigué su vida y a sus asesinos y puedo decir que tengo toda la documentación y que la CIA estadounidense es responsable, junto a otros sectores de mi país”, dice con seguridad.
Cincuenta años después de aquel crimen que instaló la violencia o las violencias sucesivas en Colombia, el país que fuera considerado en otro tiempo “la Atenas de América”, Gloria, economista, egresada de la Universidad de los Andes, confiesa, en una larga entrevista, que decidió escribir un libro para rescatar al hombre y al político desde otro ángulo, donde evidentemente priman el amor, la admiración y también la ruptura de esquemas.
“Es que hay que verlo a él —dice Gloria— como hay que ver a Colombia, y en eso sé que estoy desafiando a muchos y también comprendiendo a otros, ya que la memoria lleva las trampas de la fantasía y hay diversas visiones y versiones sobre Gaitán, incluso las que llegan a forzar acontecimientos y anécdotas, pero su historia es inmensamente rica y pocos dicen de él que fue un intelectual avanzado, un científico, un hombre que fue también una doctrina.”
La percepción de Gloria de que todos los sucesos que rodearon la vida de Gaitán en este siglo conforman “la historia profunda de un país generalmente desconocido y sólo tratado en análisis de coyuntura en América Latina” es tan real como aquella de que la acción del líder colombiano rompió esquemas y acabó con concepciones políticas medievales. “Colombia —continúa diciendo Gloria—, como otros países de América Latina, parece no tener historia, sólo momentos, y para saber de qué se trata este presente trágico hay que comenzar desde lo que encontraron los españoles cuando colonizaron América.”
Los españoles no encontraron entonces imperios enormes y sofisticados como el de los incas de Perú o los aztecas de México, y a finales del siglo XVIII, de la población indígena calculada en tres millones sólo quedaban unos 130 mil. Enfermedades, matanzas, esclavitud, habían acabado con los primitivos habitantes del territorio. Si aquella Colombia es desconocida, no lo es menos la del siglo XX, que nació marcado por la guerra civil “de los Mil Días”, la más cruel y prolongada de ese país y que duró desde 1899 a 1902, dejando cien mil muertos, el país arrasado y destruido el incipiente desarrollo cafetalero. Colombia entró en el siglo XX con una de las economías más atrasadas de América Latina. Finalmente el café proporcionó la base económica para el surgimiento del Estado nacional, como señalan los historiadores. Y también esto como la explotación del oro llevaron al surgimiento de poderosas élites regionales como en Antioquia y Caldas que producían el 50 por ciento del café de Colombia. La inversión norteamericana se incrementó de tres a 200 millones de dólares en 1929. Allí también está la historia de la United Fruit Company en la explotación del banano en la costa Caribe y del petróleo por parte de la Tropical Oil, filial de la Standard Oil.
El joven Gaitán nació y creció en ese entorno. Conoció y vivió las rebeliones campesinas, desde 1914, las obreras en los llamados “años heroicos” de 1919 a 1929, que curiosamente no se iniciaron en las fábricas sino en los ferrocarriles, los puertos y en los enclaves bananeros y petroleros. A ellos se unieron artesanos, quienes formaron el primer sindicato conocido en el país. Las figuras de María Cano y Raúl Eduardo Mahecha, quienes después de la revolución bolchevique fundaron el Partido Socialista en 1919, forman parte de aquel período tan olvidado, entre otros que desafiaron los poderes locales y externos. En 1921 obtenía este partido el 23 por ciento de los votos en Medellín. Esto obligó a los liberales a incorporar reivindicaciones obreras a sus programas y en 1922 surgían ya políticos con nuevas ideas. Algunos socialistas colaboraron con los liberales y otros formaron partidos más radicales como el Partido Socialista Revolucionario en 1926, después de la primera huelga petrolera, en esos años donde María Cano recorría el país, fundando asociaciones obreras.
Precisamente, Jorge Eliécer Gaitán publicó su tesis de abogado en 1924 sobre “Las ideas socialistas en Colombia”. En los años jóvenes de Gaitán se produjeron importantes huelgas (1924, 1927) y la bananera de 1928, año en que el ejército atacó una manifestación pacífica en Ciénaga, donde resultaron muertos unos mil obreros. “La muerte ha signado la historia de Colombia. Siempre sentí que caminábamos con la tragedia, y mi padre quería cambiar esto, pero de fondo, con los elementos del positivismo relacional que él consideraba socialista”, dice Gloria.
Eran tiempos de efervescencia y de cambios, que encuentran a Gaitán perfeccionándose en sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional, y en 1926 logra ir a Roma a continuar su formación y es discípulo aventajado de Enrico Ferri. A los 25 años sus investigaciones científicas sobre Derecho penal y sus teorías fueron incorporadas en la escuela de especialización jurídico- criminal de la Universidad de Roma. Gloria Gaitán enumera los reconocimientos a ese abogado penalista que estudiaba ávidamente psiquiatría, filosofía, matemáticas. Y simultáneamente a su formación, se convertía en la figura política capaz de atraer a multitudes, de “entender el alma de Colombia”. En 1928, de regreso a su patria, ya elegido representante, encabeza la protesta contra los conservadores que manejaban el país hegemónicamente y en contra de la corrupción administrativa.
Gaitán, que ocupó cargos políticos claves en su momento y que en 1932 fue nombrado rector de la Universidad Libre, fundó en 1933 la Unión Nacional Revolucionaria (UNIR), a cuyo frente estuvo hasta su regreso al Partido Liberal en 1935 y a cuya dirigencia oligárquica fustigó abiertamente, siempre. Él fue el mejor representante y el más avanzado de aquella nueva clase dirigente que surgió durante la depresión económica de los años 30 y mediante la elección del liberal Enrique Olaya Herrera. Precisamente al hablar de aquellos momentos, Alberto Lleras Camargo decía que no se trataba sólo de una elección, sino que era “un mundo el que llegaba a su fin. La Edad Media acababa de morir”. Entre 1934 y 1936 López Pumarejo intenta hacer de Colombia una moderna democracia burguesa rompiendo la estructura autoritaria de los conservadores en el poder y establece la jornada laboral de ocho horas, y en el 36, el derecho a huelga.
La palabra encendida, el fuego de Gaitán, su defensa de las clases populares, su voz distinta y única que se evidenció en el fuerte debate que originó la masacre en las bananeras, en 1928, y sus intervenciones en el Congreso, en 1929, golpearon fuertemente al régimen conservador. Pero Gloria también analiza “su excepcional valor intelectual, sus capacidades de innovación filosófica y teórica”, que no son reconocidas al recrear la vida y la acción de su padre, y estima que esto muestra la existencia de “un fuerte hábito mental de tinte conservador y poca disposición para entender las innovaciones, los cambios, las rupturas de esquemas, como las que hizo Gaitán en su tiempo”.
Todo esto se puso en evidencia en los debates que engendraba esa figura capaz de destruir dogmas y de allí surgen las acusaciones disímiles de “demagogo”, incluso de “fascista” simplemente porque había estudiado el fenómeno de Mussolini en Italia, como un investigador que era. Como señaló en su momento el expresidente Alfonso López Michelsen, el discurso de Gaitán tocaba y desmitificaba a la jerarquía liberal de su partido y estaba dirigido contra “las vacas sagradas” del mismo.
“Mi padre no aceptaba un pensamiento lineal, porque su formación era más profunda y por lo tanto nada esquemática. Sus palabras describiendo el horror y la hipocresía de la Italia fascista y del fascismo en el mundo y en Colombia fueron muy claras, y entonces decirle ‘fascista’ es no conocer o negar su historia verdadera. Él aplicó un método científico al campo de la teoría política dentro de un definido y consciente sistema filosófico, con lo cual logra hacer de la filosofía política una ciencia positiva y de la actividad política un método positivista relacional. Es su gran aporte teórico, aplicar una teoría coincidente con la realidad. Y para quienes quisieron ver en su búsqueda de un pueblo nuevo una subvaloración de nuestra raza, nada mejor que sus propias palabras: «Nosotros hemos aprendido a reírnos —dirá— de esas generaciones decadentes que ven a las muchedumbres de nuestro trópico como seres de raza inferior. Inferiores son ellos, que carecen de personalidad propia y se dejan llevar por algunas mentes esclavas de la cultura europea (...) yo les pidiera a las más antiguas y grandes razas de la tierra que vinieran a esta América, que se adentraran como nuestros mulatos en las selvas del trópico, que trabajaran como lo hacen los hombres nuestros, doce y más horas, casi sin salario y siempre desnutridos; que sufrieran los dolores de nuestro pueblo, sintieran a la selva envolviéndolos, supieran lo que son los niños sin escuela y sin cultura, lo que es una muchedumbre sin defensa en el campo, sin poder satisfacer el apetito de la belleza y el amor que se les niega y saborear tan sólo el dolor y la angustia permanente. Que vengan los europeos a presenciar el drama de esta masa enorme de América, devorada por el paludismo, con gobiernos que le han vuelto la espalda a sus pueblos para enriquecerse en provecho propio; que vengan a contemplar las inclemencias perpetuas que vivimos los habitantes del trópico y entonces tendrían que comprender cuán brava es la gente nuestra (...) y reconocer la falsedad de su argumento sobre la inferioridad de las masas americanas. Porque en Venezuela, en Perú y en todas nuestras naciones sucede lo que yo afirmo pasa en Colombia: el pueblo es superior a sus dirigentes». Este era uno de sus tantos discursos y sigue siendo tan válido hoy que uno podría suscribir este reclamo que él hacía con tanta pasión en aquellos momentos.”
Esta mujer de rostro sereno y rasgos hermosos y que reconoce haber vivido “muchas vidas en una vida” está escribiendo un segundo tomo de la biografía de su padre para salvarlo —como dice ella— de falsedades, ambigüedades, mistificaciones y mostrarlo como realmente fue: un hombre enamorado de un pueblo, un hombre capaz de vivir los sueños, un hombre real, no un mito. Ni su primer tomo, ni el filme documental de María Valencia —nieta de Jorge Eliécer Gaitán— sobre la vida de su abuelo, terminan con la historia del asesinato del líder colombiano, el 9 de abril de 1948, ese hecho que incendió a Colombia con la furia de un pueblo, y entronizó la violencia que nunca se fue, como una mala hierba. Ambas piensan que ese es, en realidad, el día de sus asesinos, y al decirlo, el rostro sereno de Gloria enciende cierto fuego de obstinación en los ojos. Y por esa misma obstinación desafía todo lo que encuentra a su paso, inclusive con el título de su libro: Bolívar tuvo un caballo blanco, mi papá un Buick (1998). Y recuerda que, entre tantas acusaciones a su padre, una era que tenía precisamente un Buick, “que era entonces un automóvil muy veloz, lo que él necesitaba para trasladarse de un lugar a otro y estar cerca de la gente aislada en tantos lugares del país. Con esto quiero decir que era realista hasta en estos gestos y que sabía que en unas horas debía estar de un extremo al otro del país. ¿Acaso Bolívar iba a viajar en burro en su época?, ¿o en lo que fuera tan veloz como un caballo, el mejor que podía tener? Por eso, abominó de las hipocresías”.
—¿Cómo recuerdas la Colombia de esos días, cuando vivías con tu padre en lo que luego fue la Casa Museo?
—Yo tenía diez años cuando lo mataron. Recuerdo muy bien que el día antes me habían sacado de la escuela porque una niña me había dicho “ojalá asesinen a tu papá”. El rumor estaba y la niña lo habría escuchado. Así es que me cambiaron de escuela de inmediato. Recuerdo que mi madre le decía que se cuidara y pensaba que él no le daba importancia a estas amenazas porque consideraba que la formación de su esposa en Antioquia, una zona de ricos comerciantes, influía en sus temores. Él respondía: “A mí no me mata ninguna mano del pueblo, y si me matan, la oligarquía sabe que el país se para y eso duraría mucho más de 50 años. Yo no soy un hombre, soy un pueblo, por eso digo que no me matan”. Recuerdo eso de la víspera del crimen, porque él estaba preparando la defensa de un teniente y yo llegué y me boté en sus brazos contando lo que había sucedido con aquella niña y de inmediato mandó que me cambiaran de escuela. Así que, ese 9 de abril, me fue a buscar mi tía a la escuela nueva. Hay muchas cosas que no recuerdo, por ejemplo, nada del entierro. Sé que mi madre, inmediatamente después del crimen, en medio del caos trataba de comunicarse con Rómulo Betancourt, que estaba en una conferencia en Venezuela. Y ella percibió que había una cantidad de intrigas para ver quién aprovechaba ese cadáver. Así es que, cuando los gobernantes se dieron cuenta de que ella iba a llevarse el cadáver, mandaron soldados a rodear la clínica para impedirlo. Entonces, mi madre logró la complicidad de un médico y, en un momento, cuando entraba al lugar un carro tirado por caballos que recogía las basuras, ella tomó una decisión que habla de su carácter. Lo envolvió en sábanas y luego con el médico pusieron papeles y otras cosas y lo sacaron de allí, burlando a los soldados. Lo llevó a la casa y dijo: “Este cadáver no sale de aquí hasta que caiga este presidente [el conservador Mariano Ospina Pérez]”. Se encerró en la casa con el cadáver embalsamado, lo que produjo una crisis y desesperación en el gobierno y se tomó una decisión. El gobierno declaró a la casa monumento nacional y allí mismo se decidió enterrarlo y pusieron varios ataúdes, uno con el cadáver, otro de madera, otro con plomo, allí, en medio de la sala. Mi padre y ella también pensaban que la sociedad de la vida es la relación entre los individuos, y entonces, no hay muerte, se transforman en otra cosa. Así pasaron 16 días entre el momento de su muerte y el entierro, del que no me acuerdo, o no quiero recordar, y hace diez años pude cumplir con lo que yo sé que era la voluntad de mi padre. Lo sacamos de allí y lo sembramos. No lo enterramos, lo sembramos mirando hacia San Pedro Alejandrino con tierra de todos los municipios de Colombia. Lo sembramos como el cacique Caballo Sentado y pusimos tierra de Playa Girón, del pueblo de Augusto César Sandino, de otros lugares y lo rociamos con agua del Canal de Panamá, de Amazonas, de ríos de Colombia. No le digo tumba sino “zurco”, con zeta, que viene de “zurcir”, Gaitán está sembrado porque cuando florezca será zurcido el tejido del país, que se desgarró. La placa dice: 1903 - Infinito. Distribuimos semillas, y todo esto tiene que ver con su concepto de que no existe la muerte.
—¿Qué sucedió con ustedes después de esto?
—Un mes después nos fuimos a vivir a un apartamento y después a una casa. Cuando todos estaban seguros que iba a ser el presidente de Colombia, él decía: “no voy a ir a vivir a la casa presidencial” y mi madre le repetía: “si tú no entras allí, no eres revolucionario sino rebelde, porque los rebeldes son más pasionales y ese es un acto de pasión. El revolucionario tiene un fuego por dentro que puede estar en el desierto y ser el mismo siempre”. Pero se construyó una casa, porque él no parecía dispuesto a ir a la residencia presidencial. Ahí fuimos. En esos tiempos después de su muerte dijeron que mi madre estaba loca porque se encerró en su casa durante cuatro años, y un día vino un importante arzobispo y le dijo que en la calle se murmuraba que estaba embarazada, todo esto con la intención de tocar su orgullo y que ella saliera, pero con toda ironía ella respondió: “¿Y usted cómo sabe que no lo estoy?”. Lo hizo con rebeldía e ironía. Mi madre fue aislada. Para unos, era una señora rica de Antioquia, bellísíma; para otros, no era revolucionaria. Hablaron cosas horrorosas. Fue un tiempo terrible. Y también le ofrecieron puestos diplomáticos para que se fuera. Pero ella tenía una gran dignidad y no aceptaba nada. Nos fuimos a Europa. Y así, anduvimos por el mundo y en Colombia pensarían, como se dice en El Príncipe de Maquiavelo, que “acabada la familia del turco, se acababa todo”. Esa fue la historia. Por eso cuando se cumplió el 50 aniversario decidí que ya era tiempo y me senté a escribir el libro que nunca me atreví a escribir, y yo misma descubrí un Gaitán que no conocía.
—En todo ese tiempo de viajes, ¿qué recordabas de él?
—Yo recordaba a aquel hombre muy tierno conmigo, siempre trabajando, leyendo, que me amaba, que me cargaba, que hacía teatro frente a mí y a mis muñecas y me cantaba canciones muy hermosas. Y luego fue mucho tiempo de cambios y de viajes, y cuando me sentía muy sola, mucho más tarde, siempre encontraba en Fidel Castro un gran apoyo, especialmente para mis momentos más desolados. Luego, al comenzar con la idea del libro, descubrí muchas facetas de las que nadie dice nada, sobre sus investigaciones científicas y los aportes al derecho penal de mi padre. Leí sus debates, escuché sus grabaciones, me sentí como una arqueóloga, descubrí que ahí hay un cuerpo que sostiene una doctrina, pero una doctrina futurista. Comencé a escribir el libro y sentí como que yo misma había resucitado.
—¿Qué sucede en Colombia después del asesinato de tu padre, que marca la entrada de la gran violencia?
—El asesinato de mi padre originó aquella furia popular y la respuesta de la enorme matanza de esos días, sobre lo que se ha escrito mucho, pero nada puede describirlo del todo. En 1947 ya había denunciado mi padre matanzas campesinas a manos de paramilitares. Y la violencia contra la que ya había reaccionado mi padre tantas veces se instaló allí después de su muerte y todo ardía en las calles y los ríos se tiñeron otra vez de rojo. Cuando mi padre muere cooptan su imagen los enemigos y lo transforman en una figura que los oxigena. Los había derrotado en vida y una vez que muere tratan de apoderarse de toda la acción popular imaginaria que siempre alimenta a los líderes y la usan. Parecen cuervos comiendo del cadáver que utilizan políticamente. Hacen que la gente olvide la memoria, lo que parece un contrasentido. Ese es el segundo asesinato de Gaitán. Me duele profundamente esa trasmutación de la memoria. Me duele que sólo se mencione a Gaitán en ese trágico 9 de abril; es decir, el nombre de Gaitán se une con la muerte y no con la vida, y entonces decido que debe resucitar su cuerpo de doctrina. Hace poco tiempo me preguntaron por Torrijos y Gaitán, y yo dije: “Torrijos, esa extraordinaria figura, es irrepetible porque es una personalidad y Gaitán es repetible porque es una doctrina”. Gaitán era demasiado moderno para su tiempo y aún todos se preguntan qué hubiera sucedido en el país si mi padre lograba junto al pueblo hacer aquel cambio tan avanzado que proponía. Estoy segura de que el país se hubiera salvado de esta tragedia.
—¿Es esta la forma que has encontrado para esa resurrección de doctrinas e ideas nuevas, como un homenaje a tu padre?
—Ahora hago seminarios y descubro cómo cambia la gente, cómo se transforma de manera fantástica cuando entiende aquel pensamiento tan adelantado para su época, o cuando uno habla de la revolución cibernética del siglo XXI. El pensamiento de Gaitán es una guía. Hijo de una maestra de escuela, leyó siempre y trabajó en una librería de libros viejos y de coleccionista, se familiarizó desde muy joven con el pensamiento más avanzado. Y eso es lo que no se entiende de él, lo que quería hacer saliendo de esquemas. Y por eso, no creo en estos tiempos que mucha gente esté realmente preparada para un cambio revolucionario muy fuerte, para la era de la informática. Es una revolución profunda en la estructura del Estado. Es la posibilidad de una verdadera democratización que está allí y hay que hacerlo posible, porque es posible y no hay que temer para hablar del ciberespacio, hay que estar listos.
”Tengo claro que el objetivo de mi vida es que el sacrificio de mi padre no sea inútil. En 1947 mi padre tenía un periódico que se llamaba Jornada (un periódico que lanzó en 1944 cuando se lanzó como candidato presidencial). Fue increíble porque era algo imposible, pero él decidió vender acciones que valían un peso. Se vendían incluso en el colegio donde yo estudiaba y muchas niñas llevaban esos frascos de mermeladas ya vacíos para juntar el dinero y todos ponían aquel peso, los más humildes, los limpiabotas, las prostitutas. Es una historia maravillosa cómo se hizo ese periódico y todos tenían acciones, era de todos. Llegó a ser el periódico de mayor circulación del país y se realizaban asambleas extraordinarias porque eran millones los accionistas y esas asambleas duraban varios días. Mi padre insistía mucho en la sección internacional. Quería que todo lo importante que pasara en el mundo estuviera allí, la lucha contra Franco, en España, todo aquello que además creaba lazos con el mundo y hacía entender al pueblo que su problemática estaba unida a los sucesos del mundo y sabía que ese era el mejor aprendizaje. Él mismo, cada mañana, regañaba a uno u otro redactor. Quería todo lo mejor por responsabilidad con la gente. Y en las páginas sociales, como un desafío, ponía fotos de hijos de obreros. Fue algo muy hermoso, y luego todo fue quemado, quemaron hemerotecas, quemaron todas las colecciones que encontraban en Colombia. La única colección que existe, al menos conocida, está en la hemeroteca de Caracas. Fue tan terrible que si alguien tenía la colección del periódico en aquellos días de su asesinato, le quemaban la casa o le cortaban la garganta y sacaban la lengua, en eso tan atroz que llamaban “el corte de franela”. Aquello que fue algo terrible, imposible de olvidar, como las matanzas que teñían de rojo los ríos. Eso fue después del asesinato de mi padre, y de cómo se intentó destruir todo lo que recordara su paso por la política de Colombia. La persecución al gaitanismo fue terrible y la matanza se extendió por todo el país. Y sin embargo, él está hoy en todas partes.
—¿Qué hay sobre ese Gaitán oculto, ese Gaitán vivo que lograba mover multitudes en una época también difícil?
—Él decía: “No quiero odas personales, las odas deben ser para el pueblo porque son suyas todas las victorias que hemos tenido”. No tenía actos fallidos en el sentido de sentirse un médium, es decir, un intérprete, pero nunca en un sentido personalista. “Yo soy un pueblo que se sigue a sí mismo y cuando me siguen a mí, que lo interpreto, me siento interpretado. Ese pueblo que dicen que me sigue, en realidad, me empuja”, era una de sus frases que me parece muy bella. Fue un intelectual importante, estudió en la Escuela positiva relacional, paradigma del siglo XX. Hizo estudios con Enrico Ferri. Estuvo estudiando en Europa. Estudió elementos como singularidad física y astronómica. Sus tesis fueron aceptadas en la Academia de Bremen. Revolucionó los conceptos filosóficos y científicos de lo político. Era famoso a nivel internacional. Pero él no quería exponer sus teorías, sino ponerse al servicio del pueblo, poner los conocimientos al servicio del pueblo, hacerse oír. Sabía de lo que pasaba en Colombia: 10 o 15 familias eran y son los ciudadanos colombianos, los demás no tenemos derechos. Mi padre tenía voz, hizo sentir que era posible para todos tener esa voz, y cuando lo mataron, cada uno sintió que lo estaban enmudeciendo. En aquel momento, mi generación así lo sintió. Yo viví con el síndrome de la orfandad, como todos, sin posibilidad de realizarse, la orfandad de poder hacer, de poder ser. La generación de mi padre tenía trabajo. Pero nosotros no podemos ser ciudadanos en nuestro propio país, sólo pueden los liberales oficialistas, los conservadores oficialistas. La marginación del gaitanismo fue terrible. Sólo se agrupa después alrededor del general Rojas Pinilla. Generaciones enteras han visto coartada toda posibilidad durante 50 años sin poder ser ciudadanos. Gaitán quería la voz para el pueblo y eso no podían aceptarlo los que condenan a ese pueblo a no ser ciudadano, a no participar. Como la memoria se construye fantasiosamente no hablan de la formación de mi padre, de su doctrina. Él era un catalizador, un organizador y por eso eran multitudes que lo seguían. Y por eso él se sintió muy dolido cuando en los años cuarenta la oligarquía, incluso de su propio partido, se dio cuenta de que no podía detenerlo y él sabía que estaba condenado.
—¿Cómo sería funcional políticamente aquella doctrina de Gaitán, que evalúas como muy avanzada, en estos tiempos de la globalización, en esta dinámica sorprendente y en la situación colombiana?
—Es un tema que hay que tratar sin temores. Podemos también ver el otro lado de la cuestión: aparece la globalización como hecho contundente que podemos transformar en continentalización latinoamericana. Necesitamos ser un bloque, pero no nos conocemos y sólo se ama lo que se conoce. Internet es muchas cosas, pero también una bendición y es posible soñar con la patria grande virtual. No creo en las redes sino en la atarraya, porque su red es lineal con un punto central, es circular, y cada punto de la red está equidistante del centro. En la atarraya todos estamos equidistantes. La atarraya, organización mucho más horizontal. Se acaban las jerarquías de partidos y los centralismos democráticos que terminan siendo la dictadura de unos pocos. Si la estructura no es participativa, no se puede crear una sociedad nueva. Me sentía sola en la idea de una comunidad latinoamericana virtual. La democratización puede estar allí y no lo estamos viendo. No nos preparamos para que sirva a todos, para luchar por esa conquista de la humanidad. Entonces, leo a Juan Luis Cebrián y siento que esto es importantísimo y que mucha gente de la izquierda no alcanza a entender esto.
—¿Qué quería Gaitán?
—No quería democracia representativa sino participativa. Comencé a buscar documentación sobre esto. No puede convivir una democracia participativa con una democracia representativa. No son cambios constitucionales solamente lo que se necesita, sino cambio de cultura. Eso decía Gaitán. Él hablaba de democracia directa, poder moral, poder ciudadano. Ese poder ciudadano sobre tres poderes. Cuando pensamos que en todo barrio pobre hay un televisor y que en poco tiempo internet se verá en televisión y tantos otros elementos, tenemos que hacer algo con todo esto. Debemos hacer algo con lo que tenemos en mano y tener el valor como él lo tuvo de adelantarse a los acontecimientos, de ver hacia adelante, de soñar con los pies en la tierra que nos contiene.
Por esta razón de latinoamericanidad, Gloria Gaitán Jaramillo, presidenta de la Fundación Jorge Eliécer Gaitán —el líder popular colombiano cuyo paso por la política de Colombia dejó huellas tan intensas que aún finalizado el siglo sigue siendo el referente para entender la historia de ese país—, no quiso estar ausente el día en que los panameños recuperaron la soberanía sobre todo su territorio (31 de diciembre de 1999). Gloria estuvo en las calles, en las marchas, en las vigilias, y subió junto al pueblo panameño hasta el cerro donde se izó la bandera panameña cuando finalizó la presencia colonial estadounidense en la Zona del Canal:
“Quise estar en Panamá, en ese día, porque sentía que mi padre hubiera estado en un momento tan maravilloso para un pueblo y porque durante mucho tiempo sólo hemos estado marchando detrás de la muerte y esta vez era estar festejando un acto de justicia, algo logrado con una larga lucha, aunque su resolución fue diplomática. Y también porque todos los latinoamericanos justos estábamos aquí, de una u otra manera. Y era una forma de decir que debemos unirnos y apoyar a los panameños para que esto no se vuelva atrás, ya que costó tantas vidas y tanta lucha”.
También está segura de que un día “más temprano que tarde reverdecerá en Colombia el gaitanismo, en Nicaragua el sandinismo y en cada pueblo aquello que fue semilla y fuerza real, aquello que no mata una bala, ni entierran las matanzas que asolaron nuestra América sólo por intereses inmorales”. Está segura de que América renacerá una y otra vez. Y recuerda aquel debate de Jorge Eliécer Gaitán ante el Congreso (1929) en defensa de los trabajadores contra la bananera norteamericana United Fruit Company: «Se necesitaba la declaratoria del Estado de sitio; matar a los colombianos y, ya turbado el orden público, el gobierno de Colombia haría ese contrato con la United para que después los obreros no pudieran reclamarle a la compañía norteamericana. He ahí cómo el gobierno defiende a sus ciudadanos. No importa que una escritura semejante cueste mil y más muertos, mil y más crímenes. Lo importante era que la compañía quedara complacida. El suelo de Colombia fue teñido en sangre para complacer las arcas ambiciosas del oro americano», dijo mi padre entonces; es como si estuviéramos hablando de esto hoy en nuestra Colombia.
Y recuerda Gloria cómo, en 1931, su padre enfrenta las ideas de un nacionalismo de tendencias fascistas argumentando que «hoy y siempre defenderemos [nuestro espíritu nacionalista] porque creemos que las naciones latinoamericanas tienen un peligro cierto en los imperialismos (...) y no sobra recordar que fue la exigua palabra de quien habla ante vosotros, la que en memorable ocasión logró impedir que las empresas eléctricas de Bogotá pasaran a manos extranjeras».
“Y esto sucedía en 1931”, dice Gloria, quien también advierte la anticipación de su padre en esa misma intervención ante el Congreso cuando dijo: «Yo sé bien que Colombia como todo país débil está amenazada por mil peligros y que se necesita la fuerza brava de todos sus hijos para defenderla contra la avalancha del imperialismo que transita, ante todo, sobre las pasarelas de la economía». Por todo esto y por sus propuestas audaces y revolucionarias de cambio, por su doctrina es que lo asesinaron, y por esa misma razón de las resurrecciones o de la no muerte, o de las transformaciones, como ella las llama, Gloria Gaitán Jaramillo, que se reconoce polémica, sabe que su padre está en cada rincón de Colombia, en cada mesa de los pobres, en los oscuros pasadizos donde transcurren miles de niños de la calle, y exige la liberación del cambio, “la revalorización y actualización de doctrinas que tengan su base en la realidad y en la vida misma y la ruptura con esquemas que esclavizan; la paz y la libertad, la democracia verdadera para Colombia”. En nombre del padre.
1 La Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán, administrada desde el año 2005 por la Universidad Nacional de Colombia, es la casa que habitó Gaitán, en Bogotá, desde 1933 hasta el día de su asesinato, el 9 de abril de 1948. Es un espacio académico de divulgación de su legado, en el marco del estudio, investigación y difusión de la historia contemporánea de Colombia.

ENTREVISTA A FANNY EDELMAN
El 1° de noviembre de 2011, a sólo cuatro meses de cumplir 101 años, murió en la Ciudad de Buenos Aires Fanny Edelman, mítica dirigente del Partido Comunista Argentino, en el que ocupaba la presidencia honoraria y en el que militó durante 80 años hasta sus últimas horas, dejando un ejemplo de lucha, honestidad, humildad, coherencia y moral revolucionaria.
Militante eterna
Su rostro fresco y su mirada azul, cargada de antiguas dulzuras, como su hablar pausado, no parecen coincidir con la historia de esta mujer de 93 años1, que durante 70 años de militancia comunista vivió y participó de los mayores acontecimientos del mundo en el siglo XX.
Fanny Edelman, nacida en 1911 en San Francisco, provincia de Córdoba, se integró a la militancia desde muy joven. Es miembro del Comité Central del Partido Comunista Argentino (PCA) y secretaria de la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FEDIM) y fue voluntaria en la Guerra Civil española, entre otras actividades. En aquellos años de su juventud, compartió días con María, la admirada militante de sus historias, cuyo nombre conoció mucho después: Tina Modotti2. Fue impactada por la belleza, fuerza y personalidad de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y la modestia y honestidad de Antonio Machado y tantos otros nombres imposibles de incluir en esta entrevista. Figuras que siguen desfilando ante sus ojos y su prodigiosa memoria.
Fanny Edelman continúa activa políticamente y trabajando además en el tema de mujeres y en la solidaridad. Ha estado detenida varias veces a lo largo de su historia y buena parte de su vida joven pasó en la clandestinidad.
Como debía ser, la entrevista comienza con el nuevo episodio de la increíble leyenda en que se ha convertido la vida y la muerte de Eva Duarte de Perón, “Evita” para los millones que la amaron.
Seguramente que la legendaria Evita no pudo imaginar nunca que el sudario que cubrió su cadáver, llevado y traído en una saga de odios, amores y muertes, haya estado casi diez años escondido y custodiado en la sede del PC de Argentina, un partido enfrentado al peronismo en su tiempo.
“En un sótano, disimulado entre cajas y libros, el tan preciado símbolo para sus seguidores, fue mantenido oculto y rodeado por el secreto. Para nosotros mantener el sudario de Evita y defenderlo de caer en manos de sus feroces enemigos, fue un tema de solidaridad. La historia de lo que sucedió con Evita y su cadáver muestra lo que luego fue la dictadura. La desaparición de ese cadáver, en un esquema de acciones tan perverso y retorcido, aún asombra al mundo. Se mantuvo así el secreto absoluto y sólo dos personas nuestras sabían del sudario y otros objetos escondidos. Incluso esto salió a luz pública no por nosotros sino por una información que llegó desde afuera, cuando ya habíamos puesto todo en manos de sus dueños naturales”, relata Fanny pausadamente.
El empresario peronista Mario Rotundo solicitó ayuda en 1994-95, ante el temor de que el sudario y otra cantidad de objetos que pertenecían a Eva Perón, le fueran arrebatados y robados por los hombres del expresidente Carlos Menem (1989-1999). Intermediarios entre Rotundo y Jorge Kreynes, dirigente del PC, fueron el abogado Eduardo Barcesat y Carlos Imiscoz, dirigente ya fallecido del movimiento de jubilados.
—Esta historia parece seguir la increíble saga de la vida de Evita. Usted era muy joven cuando el primer gobierno de Juan Domingo Perón. ¿Cómo recuerda todo aquello?
—Yo estoy estudiando a fondo la figura de Eva. Ella tuvo una influencia extraordinaria. Su condición de clase y la situación de haber sido hija ilegítima, como se decía antes, su odio a la oligarquía, el hecho de que su familia sufriera tantas humillaciones por parte de una clase que había humillado y humillaba a los pobres siempre, marcó su vida y su acción. Ella creó la rama femenina del peronismo, y aunque todo tenía un tono autoritario, se realizaron trabajos sobre reivindicaciones concretas, vivienda, salario, protección a la infancia, lo que produjo un movimiento nacional muy significativo. La virtud de Eva fue trabajar sobre la falta de conciencia política de una gran masa humana que ingresó por primera vez al trabajo. Al desarrollarse la industria liviana, millones de trabajadores tuvieron un trabajo por primera vez, viviendo también bajo un régimen de asistencia social. Yo no me atrevería a hacer definiciones profundas sobre el fenómeno del peronismo. Hay mucho que estudiar todavía. Decir que el peronismo era nazifascista era una caracterización muy gruesa. Había elementos sí y nosotros creemos que había una concepción muy autoritaria, no se podía aceptar disenso. Por nuestra parte también hubo posiciones extremas sin profundización del tema. Fuimos víctimas de persecución y eso nadie lo puede negar, pero esto fue modificándose con el tiempo. En el último período y tercer gobierno de Perón (1973-1974) antes de su muerte, todo había cambiado tanto que tuvo un ministro comunista, José Ber Gelbard, quien rompió el bloqueo a Cuba y envió automóviles y créditos.
—¿Qué la llevó a ingresar en su juventud al Partido Comunista?
—Cuando era muy joven me golpeó muy fuertemente ver la película El acorazado Potemkin. Mi padre era rumano y mi madre rusa y habían salido huyendo de los pogroms zaristas. Ellos no eran políticos, sino librepensadores, más bien anarquistas. Mi madre nos dio una gran libertad y esa confianza marcó mi vida. Yo quería estudiar medicina pero en esos tiempos sólo los varones estudiaban y las mujeres estábamos en segundo plano. Entonces estudié música en el Conservatorio Nacional para componer, pero todo se truncó. Vivimos un tiempo muy difícil, de gran precariedad económica. Viviendo en Buenos Aires —yo nací en Córdoba—comencé a relacionarme con artistas y escritores en el barrio, y a través de ellos conocí a mi compañero, Bernardo Edelman, del Partido Socialista (PS). Bajo su influjo comencé a militar.
—¿Cómo vivió el golpe de Estado del año 30?
—En esos momentos no pude dimensionar lo que significaba el golpe de Estado del general José Félix Uriburu, quien destituyó al presidente Hipólito Yrigoyen. Pero había sucedido ya la movilización militar contra una gran huelga ferroviaria en 1917 y la represión y masacre de los obreros en lo que se llamó la Patagonia Trágica y los metalúrgicos de Vasena. Incomunicado con el pueblo que lo había elegido, Yrigoyen cayó ante el golpe militar fascista que inauguró 50 años de golpes de Estado. La resistencia popular no cedió entonces, alentada por la crisis económica. Las medidas represivas de Uriburu marcaron la vida del país hasta ahora. Bajo Estado de Sitio y Ley Marcial millares de trabajadores fueron detenidos y torturados. Fue ese gobierno el que inauguró el traslado de detenidos políticos a la cárcel terrible de Ushuaia, en la isla de Tierra del Fuego, al sur del sur, y ordenó el fusilamiento de Severino Di Giovanni, entre otros. También se creó la Sección Especial y aplicó la ley 4.144 de expulsión de extranjeros y los entregó a los gobiernos fascistas, profundizando la dependencia de Inglaterra y Estados Unidos. La Legión Cívica Argentina, conformada por lo más reaccionario y golpista, sentó precedentes para los futuros golpes. Le sucedió el general Agustín P. Justo, gracias a elecciones fraudulentas, y la Sección Especial continuó haciendo su tarea. Por allí pasarían más de diez mil presos políticos en esos años. Los gobiernos que siguieron la usaron, como sucedió durante el peronismo, y además la Sección Especial actuó al margen de la justicia y de la policía. Las dictaduras se sucedieron unas tras otras después del derrocamiento de Perón en 1955, hasta la última, la más criminal de la historia.
—¿Esto marca los antecedentes para lo que vendría después?
—Sin esta historia, así rápidamente contada, no se puede entender todo lo que vino después. El PC había logrado editar el periódico Bandera Roja y su director, Héctor Agosti, estuvo detenido entre 1934 y 1937. En ese entonces fue importante la existencia de Socorro Rojo, organización comunista de nivel internacional de solidaridad con los presos políticos y gremiales, y allí conocí a Alcira de la Peña, emblemática dirigente comunista, y otros, y comencé a visitar las cárceles y a los familiares de los presos, reuniendo dinero para las familias. Con el ingreso a Socorro Rojo estuve cerca de las luchas obreras y políticas, las grandes huelgas y las acciones de comunistas y anarquistas con una extraordinaria participación de mujeres.
—Dentro de ese escenario en Argentina, ¿cómo llega a la Guerra Civil española?
—En 1936 me casé con Bernardo y nos volcamos al movimiento de solidaridad con España. En Argentina se produjo una enorme movilización de solidaridad con la República Española. Un día Bernardo llegó con la noticia de que un grupo de compañeros pensaba alistarse en las Brigadas Internacionales para ir a combatir a España y yo decidí acompañarlo. Fueron tan fuertes aquellos momentos que relatar esto me llevó muchas páginas en mi libro de memorias, Banderas, pasiones, camaradas. Mi vida en España fue una experiencia trágica y hermosa a la vez.
—Habrá muchos recuerdos de esos momentos que marcaron la historia de la humanidad.
—Varios amigos me ayudaron con el pasaje y viajamos en tercera clase del barco Olimper, en 1937, junto a un grupo de españoles, italianos y otros. En 30 días íbamos a estar en Ámsterdam. Pero no puedo dejar de mencionar que cuando llegamos a Río de Janeiro, en tránsito, se produjo una enorme conmoción, porque vimos, en la primera plana de los periódicos, la foto del dirigente comunista brasileño Carlos Prestes cuando lo llevaban a un tribunal militar. Había dirigido un heroico levantamiento y marcha en 1935, en su país. También Rodolfo Ghioldi, de nuestro partido en Argentina, que lo acompañaba en su acción, era llevado en confinamiento a la isla Fernando de Noronha. La figura de Prestes marcó la historia de Brasil.
—Encadenamientos de hechos que marcarían la historia del mundo...
—Sí, es cierto. De Ámsterdam fuimos a París, donde estuvimos con el Socorro Popular Francés y la delegación de la República Española. Recuerdo entonces que fuimos a la Exposición Universal, y vimos allí el cuadro Guernica de Pablo Picasso, que presidía el pabellón de la República Española y que reflejaba el brutal bombardeo de la Legión Cóndor alemana el 26 de abril de 1937 sobre la pequeña ciudad del País Vasco, que provocó la muerte de miles de sus habitantes. De París fuimos a Perpignan para resolver problemas de documentos y luego a Cerbère, la última ciudad francesa. No olvidaré nunca el trayecto desde allí hasta Portbou, Cataluña. A nuestro paso en el tren, muchos campesinos levantaban las guadañas con que segaban el trigo para saludarnos, y nosotros llorábamos. Allí en Barcelona comenzamos a vivir la guerra. Al principio vimos toda la gente en las ramblas colmadas y parecía que no pasaba nada, pero rápidamente las alarmas advirtiendo los bombardeos nos llevaron a la realidad. Fuimos a Madrid, donde un bombardeo —del que nos salvamos milagrosamente— destruyó el Socorro Rojo, y de allí a Valencia, donde estaba el gobierno de la República, a hacernos cargo de nuestras tareas. Estábamos en el terreno donde se libraba una batalla, no sólo contra el enemigo interior sino contra la intervención directa de Alemania e Italia: Bernardo, como corresponsal de Nueva España, y yo, en el Socorro Rojo.
—¿Cómo se vivía a nivel popular aquel momento?
—Eso era lo más inolvidable. Vimos aquel pueblo que con o sin armas, descalzo o con alpargatas, sin alimentos muchas veces, estaba allí resistiendo, defendiendo a su patria invadida. Vimos campos ensangrentados, ciudades destrozadas por los bombardeos, mujeres y niños asesinados en los caminos. Las obras de arte, símbolo de una cultura que en su época de oro asombró al mundo, arrasadas o entregadas por los facciosos al enemigo, en retribución de servicios.
—¿Cuánto tiempo estuvieron ustedes en España? Y, aunque es difícil preguntarle, ¿a quiénes recuerda más cercanamente?
—Dos años estuvimos allí. Y fueron tantas las bellas personas con las que compartimos la vida en aquellos momentos límites de la guerra que es difícil olvidarlas. Hay nombres: Amparo, Conchita, Matilde Landa, apasionada militante, que fue fusilada después por los franquistas. Difícil olvidar al Comandante Carlos del Quinto Regimiento, que estaba con nosotros, y junto a él, María, una mujer excepcional, fina, de apariencia frágil, valiente, generosa. Mucho después supe su nombre: nada menos que Tina Modotti3. Con ella me unió una fuerte amistad, inolvidables charlas. Salíamos juntas de nuestro alojamiento en la Calle Conde de Carlés, hacia la sede del Socorro Rojo, en la calle Marqués [Conde] de Montornés, y regresábamos, un poco amparándonos una a otra, tomadas del brazo, y yo enmudecía ante la lucidez de aquella mujer con tanta valentía y sensibilidad. Extraordinaria fotógrafa, que debió sufrir tanto cuando mataron a su compañero Juan Antonio Mella [en México, 1929]. Todo eso lo seguí yo desde lejos. Ella amaba México profundamente. Nosotros pudimos ver de cerca el rostro de lo que era la República y de aquella guerra. Anduvimos entre los campesinos y en la zona industrial en Cataluña, entre estudiantes e intelectuales. Quiero destacar en este recuerdo la acción cultural de Rafael Alberti, Teresa León y León Felipe, que llevaron la cultura a los niveles más populares. Hicieron lo que antes había hecho Federico García Lorca. Iban con carretas haciendo obras de teatro, en las escuelas, en los campos. Hay tanto que decir sobre todo lo que se hizo, a pesar de que muchos países ayudaron al dictador Francisco Franco. Fue una traición terrible ayudando a los ejércitos de Hitler y Mussolini, frente a los que ayudaron a la República, como México y la Unión Soviética. Yo digo que si en esa guerra hubiera triunfado la República Española no hubiera habido una Segunda Guerra Mundial.
—¿Cómo fue su experiencia en Valencia?
—Valencia no escapó al crimen. Recuerdo un día de sol brillante cuando un alud de metrallas cayó sobre la gente que salía del trabajo. Corrimos a recoger a los heridos y dentro de tanto dolor era increíble la valentía con que actuaban todos. El poeta Antonio Machado había convocado a la campaña de invierno de 1937 para reunir abrigos, alimentos, medicamentos para los combatientes. Fui designada para dirigirla en el Socorro Rojo. Y toda España respondió. Curiosamente, en medio de aquella guerra cruel, estábamos siempre renaciendo ante lo que sucedía alrededor. Recuerdo que fuimos con Bernardo al pueblo de Rocafort, muy cerca de Valencia, a ver al poeta Machado, donde vivía con su madre, en una humilde casa pintada de blanco. Era de una humildad conmovedora, y se advertía la profunda identidad con su pueblo y su rechazo visceral al fascismo. Creía en la victoria de la República y no sospechaba, en ese momento, que la contrarrevolución estaba en marcha con una fuerza temible. Fue en Valencia donde conocí a grandes figuras del movimiento revolucionario mundial, a los jefes más reconocidos del ejército popular, a los combatientes maravillosos y a las valientes Mujeres de la Unión Antifascista Española.
—¿Entonces conoció a Dolores Ibárruri, “la Pasionaria”?
—Sí. Mi primer recuerdo es de cuando la vi en el Segundo Congreso de esta organización realizado en Valencia. Era una mujer muy bella, alta, vestida de negro, que impactaba, y su voz ardiente y su discurso estremecían a todos. En ese entonces la vi de lejos. Luego la conocí y estuve con ella en el año 72, en el Congreso de FEDIM. Su vida ya es parte indisoluble de la historia del siglo XX, de las victorias y derrotas del movimiento popular. Y ¿cómo no evocar al gran poeta Miguel Hernández, detenido cuando iba a buscar a su mujer Josefina, a Manolín, que aún estaba en el vientre de su madre? Lo mataron como a García Lorca, y antes de ser asesinado por el franquismo escribió en una pared de su celda: “Adiós, hermanos y amigos, despedidme del sol y de los trigos”. ¿Cómo podría yo olvidar esos días, esas figuras?
—¿Y cómo fue para ustedes cuando la guerra llegó a Valencia?
—En diciembre de 1937 el enemigo estaba por lanzarse de nuevo sobre Madrid y el ejército popular inició una ofensiva sobre Teruel conquistándola y festejamos aquella victoria. Fue un día de alegría; pero ya en marzo de 19384 la ofensiva fascista quebraba el frente en su proyecto de dividir España en dos y, a la sombra de la traición avanzaba. Se decidió que debíamos abandonar Valencia hacia Barcelona en la noche. Íbamos con los faroles apagados mientras los bombarderos pasaban sobre nuestras cabezas. Fue un viaje interminable e inolvidable. Había que aumentar la actividad del Socorro Rojo en Barcelona. La Barcelonet, un barrio obrero, fue bombardeado brutalmente en esos días, y en una escuela, objetivo de los fascistas, murieron decenas de niños. El gobierno no tenía cómo responder, pero mientras la población desesperaba un día domingo recuerdo que un avión lanzó volantes anunciando que venían defensas. Unos días más tarde vimos aparecer dos cazas soviéticos sobrevolando la ciudad y todos nos abrazábamos y reíamos. Fueron momentos increíbles. Las traiciones fueron tan terribles como los enemigos. Hay tanto aún para hablar de aquellos días que no alcanzarían las páginas. El dolor del regreso fue también inmenso, porque dejábamos atrás lo que tanto habíamos amado. Después fuimos conociendo la suerte de muchos de nuestros compañeros, en esa gran cárcel en que se transformó España bajo Franco.
—Siempre se recuerda que usted viajaba también en esos tiempos para buscar apoyos en todas partes.
—Viajaba continuamente entre España y Argentina. En Francia funcionaba el Comité de Solidaridad con España y allí confluía toda la ayuda. Yo debía organizar el tema de presos y refugiados y trabajar con la organización de solidaridad en Chile y Uruguay, y así llegaron aquí unos mil refugiados. El que organizó todo eso con nosotros fue Pablo Neruda. Lo conocí en las Jornadas Solidarias en Buenos Aires. Era hosco, más bien callado, quizás porque era tímido, y a pesar de su voz monótona, cuando recitaba sus poesías todo se transformaba. También trabajé con Juan Marinello, el gran intelectual cubano, con el que hicimos una gran amistad. Por Argentina habían pasado personajes maravillosos como Federico García Lorca, a quien habíamos visto en el escenario del teatro Avenida. Cuando lo mataron fue terrible para todos, pero para el pueblo español fue una tragedia. Él era un incansable luchador y dejó una obra apasionante. Hubo unos 500 argentinos que lucharon en la Guerra Civil española.
—Luego trabajó para sacar a los refugiados.
—Sí, fue una historia muy importante en nuestras vidas. Nada fue lo mismo después de esto. Seis meses después de la caída de la República Española, el bárbaro ataque nazi contra Polonia daba inicio a la Segunda Guerra Mundial. Tuve mis hijas y también trabajamos en solidaridad en los frentes antifascistas y con los aliados en la Segunda Guerra Mundial. No me olvido los festejos del día en que terminó la guerra. Argentina empezó otro período de golpes de Estado y fuimos a la clandestinidad. Habitábamos casi siempre en la clandestinidad, en una vida ilegal muy difícil para los hijos.
—¿Y en la organización de mujeres cuándo comenzó?
—Ya estaba trabajando con las mujeres, y en 1972, en esa reunión donde estaba Dolores Ibárruri, fui designada secretaria general de FEDIM. Allí nos juntamos con las mujeres que habían estado en campos de concentración, las guerrilleras, obreras, trabajadoras campesinas de toda Europa, que se organizaron. Recuerdo a Marie Claude Vaillant Couturier, Eugénie Cotton, a quien se le concedió en Francia el título de Caballero de la Legión de Honor. Mujeres de la resistencia contra el nazismo. También a Zoia Dragoicheva, guerrillera búlgara que se había salvado, por la movilización, de dos condenas a muerte. Luego me impactó mucho también Angela Davis, a quien conocí en el Congreso Internacional de Mujeres en Berlín, en 1975, tan inteligente y valiente; a la doctora Anahita Ratebzad (1931-2014), fundadora y presidenta de la Organización Democrática de Mujeres Afganas, y la primera mujer médica y parlamentaria, en un país que hasta 1978 estaba bajo un yugo monárquico y feudal. Me pregunto qué habrá sido de aquellas mujeres después de toda la tragedia que vivió y vive Afganistán. Las mujeres luchaban y luchamos por la reivindicación de los derechos de trabajadores, intelectuales, artistas, jóvenes, pacifistas y feministas, y realizábamos acciones contra las guerras. Conocí a mujeres extraordinarias de todo el mundo y, más cercanamente, a nuestras revolucionarias latinoamericanas. Una figura inolvidable para mí es Vilma Espín. La recuerdo cuando la fui a ver al ex cuartel de las tropas de Batista convertido en una escuela. Era julio de 1959 y ella estaba parada esperando en la puerta. Era una mujer muy bella e inteligente y trabajó duramente con nosotras, y los recuerdos se entrecruzan. La figura de Vilma Espín es inolvidable para mí, como las combatientes en Centroamérica y en otros lugares. Las mujeres vietnamitas excombatientes tenían una presencia que impresionaba. Dimos grandes pasos en aquellos Congresos.
—¿Dónde la encontró el triunfo de la Revolución cubana?
—Estaba ese 31 de diciembre de 1958 festejando lo que iba a ser la llegada del 59 en casa de Eduardo Alemán, un ministro demoprogresista, y su esposa, que eran muy amigos de nosotros, y allí estaba también el poeta cubano Nicolás Guillén, asilado aquí. Estábamos escuchando la radio y cuando suenan las doce campanadas, el speaker (locutor) anuncia que ha triunfado la Revolución cubana justo cuando empieza el nuevo año. Se imagina ese momento con Guillén allí. Lágrimas e incredulidad: había caído el dictador Fulgencio Batista y otra historia increíble comenzaba. Guillén era encantador, siempre con una enorme chispa y una gran pasión por su país.
—¿Recuerdos de aquellos viajes y congresos?
—Viajé por todos los países con la FEDIM. Hicimos seminarios en América Latina, en Asia, en África. Pienso ahora en el presidente Salvador Allende, cuando vino a una reunión de mujeres en Chile y allí nos advirtió que se preparaba un golpe de Estado, y Neruda mandó un mensaje a esa reunión donde decía que Chile podía ser un Vietnam. En ese momento nos impresionamos profundamente, pero creo que nadie imaginó hasta dónde iba a llegar la tragedia de Chile y de toda la región.
—Usted habla mucho, con mucho respeto y afecto, de Carlos Prestes. Me gustaría que volviéramos un poco atrás.
—Fue un gran amigo y compañero. Entre las noticias terribles de la guerra, en julio de 1945 nos enteramos de la absolución de Luis Carlos Prestes, condenando a 40 años de cárcel. Jorge Amado, el escritor brasileño que también estuvo asilado, le llamaba “el caballero de la esperanza” y recordaba aquella columna de Prestes de soldados, obreros, campesinos, escritores, tenientes, capitanes, aquel levantamiento está en la historia de nuestros movimientos revolucionarios. Su esposa Olga Benario era alemana y nadie olvida que fue sacada de la cárcel y entregada a la Gestapo en Alemania. Olga fue asesinada después de nacer su hija Anita en un campo de concentración, y la madre de Prestes libró una batalla política y diplomática para que le entregaran a su nieta. Fue emocionante la lucha de Prestes para volver a reunirse con su hija, ya que pasó años en el exilio.
—¿Conoció al Che Guevara?
—Al Che Guevara lo conocí muy fugazmente cuando presidía el Banco Central en Cuba. Guardo una imagen imborrable de su rostro muy hermoso, un rostro de Cristo, una mirada imposible de olvidar. Cada una de sus palabras reflejaba su talento y sensibilidad. Era como un agua pura. Debo decir que un enorme daño nos había causado el desencuentro entre nuestro partido con el Che, con Fidel en un primer momento, y con ellos, con el más grande acontecimiento histórico de nuestra América después de la guerra por la independencia. Un proceso crítico y autocrítico vivido después en el XVI congreso partidario dejó atrás las desviaciones y recuperamos al Che, uno de los principales inspiradores de nuestro cambio. El desencuentro no había impedido la solidaridad con la Revolución cubana. Y podría hablar horas de Fidel Castro, con quien hemos compartido tantos momentos. Otra figura extraordinaria que recuerdo es la de Amílcar Cabral, maravilloso dirigente del movimiento de Liberación de Guinea Bissau y las islas de Cabo Verde, además de uno de los grandes teóricos de la Revolución africana. Viví con él y su compañera Ana María momentos inolvidables. ¿Qué puedo decirle? Estuve en Asia, en África, en China, en casi toda América Latina y el Caribe. He conocido mujeres maravillosas, trabajadoras, mineras, cineastas, campesinas, todo lo he visto en tantos años de mi vida, en un siglo y lo que va del otro. Siento orgullo de ser del país donde surgieron las Madres de Plaza de Mayo y mujeres tan luchadoras como las que ahora están en las calles. La nueva resistencia latinoamericana tiene a las mujeres como grandes protagonistas. Sólo puedo decir que si estoy escribiendo y recuperando esa memoria, que es de todos, lo hago abriendo mi corazón para reafirmar todos mis sueños y mis utopías. Y que en todo me mueve el amor.
1 Su edad en 2004, cuando le realicé esta entrevista.
2 Tina Modotti (1896-1942), notable fotógrafa italiana y activista revolucionaria. Entre los años 1923-1930 vivió en México, donde se integró al PCM en 1927. En 1934 partió hacia España. Durante la Guerra Civil española se alistó en el Quinto Regimiento y trabajó en las Brigadas Internacionales, bajo el nombre de María, hasta el fin de la guerra. En 1939 regresó a México como asilada y siguió comprometida en la lucha antifascista hasta su muerte. Pablo Neruda le dedicó su poema “Tina no ha muerto”, cuyos últimos versos dicen: Son los tuyos, hermana: los que hoy dicen tu nombre, / los que de todas parte del agua, de la tierra, / con tu nombre otros nombres callamos y decimos./ Porque el fuego no muere.
3 Véase nota 2 de pág. 25.
4 En su novela Coto vedado, Juan Goytisolo narra la trágica muerte de su madre, ocurrida en la mañana del 17 de marzo de 1938 (cuando él tenía 7 años de edad), víctima de un bombardeo en el centro de Barcelona, mientras compraba regalos para sus hijos. Tras dos días de angustiosa y frustrada espera de su regreso al hogar, la familia recibe la infausta noticia. «El bolso negro vacío: todo lo que quedaba de ella —escribe Goytisolo—. Su papel en la vida, en nuestra vida, había concluido de forma abrupta antes del desenlace del primer acto.»

ENTREVISTA A GLADYS MARÍN
Recuerdos de la vida
Nos habíamos conocido en algunos acontecimientos políticos. Y nos cruzamos cercanamente, sin encontrarnos, en aquellos días de la alegría, cuando el triunfo de la Unidad Popular y de Salvador Allende le había puesto luminosidad de fiesta a Chile, que parecía emerger de las catacumbas de un conservadurismo que lo preñaba todo de grisedades.
Yo estaba en Chile en esos días de los años 70 y festejamos aquel triunfo junto a los hermanos Isabel y Ángel Parra, en la peña que tenían en un barrio de Santiago, donde entre cajones —como asientos— y velones, se producía una magia, una lasitud de la hermandad y de los sueños que estaban entonces al alcance de las manos. Eso creíamos con la pasión de la juventud y la alegría de pertenecer a los que sin nada decidíamos luchar cada uno en lo suyo, pero todos en la misma idea: un mundo mejor y más justo. Maravilloso encuentro cuando en el aire olía a esperanza, a revolución.
Junto a Víctor Jara fue aquella noche de fiesta, cuando en la Alameda una marea de manifestantes, “los pobres de toda pobreza”, los entonces orgullosos de reconocerse “rotos”, bailaban e incitaban a saltar con aquella consigna espontánea: “El que no salta es momio”.
Inolvidable la Alameda aquella noche, inolvidable la pasión de Víctor Jara encendiendo multitudes.
De todo aquello hablamos con Gladys Marín mucho después, tantos años después, en Nicaragua. Conociéndola, uno siempre la imaginó eterna.
Gladys Marín tenía una extraña frescura en la forma de mirar la vida, de entender diversidades, de escapar al dogma, a partir de su inclaudicable posición política. Fuerza en la expresión del rostro, en la mirada directa, en la sonrisa fácil. Era una dirigente extraordinariamente vital y capaz de hacer arder los fuegos, como de apagar suavemente las llamas.
Nos vimos también en La Habana, y uno podía reír con ella, imaginar creativamente todo lo que se le ocurriera o también entrar en los temas más duros como las acechanzas del imperio. “No hay alegría pequeña”, decía Gladys.
Recuerdo nítidamente una caminata por Santiago de Chile, yendo a la tradicional Fiesta de los Abrazos del Partido Comunista. Me impactó el respeto con que la trataban muchos jóvenes. Recuerdo que algunos estudiantes la pararon para decirle cuánto la admiraban a pesar de que estaban muy distantes políticamente.
Por eso hubo medio millón de personas en su entierro, en marzo de 2005, algo nunca visto en Chile, lo que provocó asombro y hasta “horror” en las clases altas. Y era evidente que no todos los que acompañaron sus restos aquel día eran de izquierda. Tal era la fuerza que ella pudo imponer, con su estilo directo, firme, pero también abierto.
La entrevista en Chile
En Chile, en el local del Partido Comunista, nos encerramos en su oficina para una entrevista que iba a ser parte de un libro, donde ambas escribiríamos sobre la Operación Cóndor, la tristemente célebre coordinación represiva entre los servicios de inteligencia de las dictaduras que gobernaban países del Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia), en coordinación con Estados Unidos y la CIA, orquestada en las décadas de 1970 y 1980 en el marco de la Guerra Fría, y que tuvo como principal actor a Augusto Pinochet, en concordancia con otros dictadores de la época.
Allí hablamos largamente y continuamos luego en un típico restaurante chileno. Escucharla era extraordinario. Una mujer dirigente del Partido Comunista de Chile, con una historia heroica pero que podía hablar con humildad como en un encuentro de amigas y de alguna manera cómplices de algunas ideas atrevidas y audaces.
Le dije entonces que ella era una dirigente tan importante para América Latina, que era bueno hablar desde la más profunda humanidad, y así lo hicimos.
“En Argentina, me decían que era petisa”, comentaba sonriendo en referencia a su estatura relativamente baja. Pero ella usaba entonces unos tacones muy altos y se la veía con una gran energía juvenil, cuando ni siquiera pensábamos en la enfermedad que la llevaría a la muerte, tan rápido, tan sin tiempo para abrazarla, como ella quería abrazar a todos. No era una mujer triste y jamás hubiera aceptado ser una mujer de sal. Lo decía riendo.
—Gladys, ¿qué quieres ver en tu tierra?
—Quiero ver un socialismo vivo, un socialismo de miles y miles de colores luminosos, como los juegos de luces. Socialismo arco iris, sorprendente y cálido. Un socialismo capaz de abarcar mucho, hasta lo inimaginable en otros tiempos, porque necesitamos eso para los momentos que vienen, un socialismo muy abarcador y abrazador y diverso. Sobre todo, muy abrazador. Debemos dar vuelta la página de aquellos que creyeron que el comunismo es sólo dureza casi conservadora. Es dureza revolucionaria, que es algo muy distinto. Necesitamos para este siglo ese tipo de socialismo de hombres nuevos.
—Muchos dicen que eras una militante muy radical y otros afirman todo lo contrario, que eras firme y dura en los momentos necesarios y muy cálida y tierna con los compañeros.
—Soy absolutamente radical cuando exijo, sin medidas, que quiero ver a todos felices en Chile. Quiero la felicidad en el mundo, y eso sólo existe con justicia, con dignidad, en paz para crecer. Se necesita devolver la dignidad y la vida a quienes apenas sobreviven. En eso soy radical, también en lo de la disciplina consciente. Es decir, no porque la impongan, sino porque hayamos podido crear la conciencia sobre las responsabilidades del hombre, las humanas. Pero yo trato de escuchar a los compañeros y a todos los que quieren hacer algo, cambiar las cosas, resistir, no aceptar las humillaciones del poder, de los patrones. Es muy importante para la unidad saber escuchar a los compañeros, vengan de donde vengan.
—Todos hablan de tu optimismo a pesar de los largos años de lucha y clandestinidad, de haber perdido a un compañero que amabas, ¿de dónde sacas esa fuerza que te hace joven incluso físicamente?
—Yo creo que esa fuerza te la da la lucha y algo que hemos estado hablando hace un momento, y lo puedes entender porque las dos nacimos en el campo, y eso, lo sabes bien, nos da un mundo muy distinto, una manera de ver que pocos entienden, un instinto muy fuerte. Eso me ayudó mucho en la clandestinidad: el instinto, y también en mi relación con los compañeros o para advertir los peligros o para identificar a un enemigo. Siempre me ha servido esa infancia en el campo, esa infancia en otro mundo y con tantas leyendas, que en realidad eran parte de las vidas cotidianas.
—Me imagino que debes recordar siempre el lugar donde naciste, esos paisajes imborrables en la mejor memoria, y me gustaría que hablaras de esa infancia que te marcó tan profundamente. También lo que recuerdes sobre lo que te llevó a luchar desde tan joven y tu decisión de ingresar al Partido Comunista, en tiempos muy difíciles.
—Bueno, la edad en todo esto no se puede ocultar —lo dice sonriendo ampliamente— y nací en un la ciudad de Curepto, la VII Región. Tuve una madre muy luchadora. Se llamaba Adriana Millie y era maestra, profesora de primaria. Mi padre, Heraclio Marín, era campesino. Él se fue un día y mi madre se hizo cargo de nosotros. Creo que eso también nos forma desde niñas. Después fuimos a parar a otros lugares. Siempre es muy triste desprenderse de un lugar y otro, pero también pienso que eso me sirvió para la vida que vendría. Cuando contaba a muchos compañeros que había participado en mi juventud de movimientos juveniles cristianos, me miraban muy asombrados. Pero esa formación fue muy importante también para mí.
Hay momentos en que se advierte cierto dejo de tristeza o nostalgia, pero ella se recupera rápidamente con esa fortaleza que surge como un agua clara en realidad, aun en los momentos distendidos:
—En Santiago de Chile viví sola de niña. Nada era fácil para estudiar, entonces eran muchos esfuerzos. Estudié el profesorado en la Escuela Normal 2. Es ahí donde comienzo a militar en el movimiento estudiantil. Vuelvo otra vez para recordar que aquellos tiempos, en el campo, también fueron muy fuertes en cuanto a ver las injusticias en Chile. Me contabas que te impactaron de niña los hacheros en tu país, esos hombres que tienen que tirar los árboles, y leí una novela argentina sobre esas historias que me impactó. Así que también para mí hubo imágenes nunca olvidadas de las injusticias en Chile.
—¿Eso te llevó a ingresar como militante desde muy joven en el Partido Comunista?
—Sí, había un compañero que yo admiraba mucho (Rosendo Rojas), que era dirigente de las Juventudes Comunistas. Él me dio el impulso y me sentí muy bien cuando me dieron el carnet de militante (1958), como si hubiera dado el gran paso de mi vida. Yo ya era maestra desde poco tiempo antes. Al comenzar la militancia también reconozco la enorme influencia de Cuba. Estaba enamorada profundamente de la Revolución cubana. Para nosotros en Chile, lo que había sucedido allá en la isla era como la luz, un gran humanismo, un desafío increíble al imperio. David contra Goliat eternamente. Cuba era para nosotros algo así como saber que era posible la revolución, que lo sueños eran alcanzables. Eso fue nuestra fuerza, la de toda América Latina. Cuba es nuestra gran patria latinoamericana, allí en una isla pequeña. Y lo ha resistido todo. Así que inolvidable fue aquella visita del querido comandante Fidel Castro cuando Salvador Allende era presidente. Esa visita que le resultó intolerable a Estados Unidos, siempre imponiéndose a todos. Fidel Castro había podido venir a Chile. Hay que ubicarse en ese momento y en las amenazas contra Cuba, para entender. Un dirigente con tanta fuerza, principios y valores y con una enorme capacidad de transmitir y conmoverse a todo lo humano. Él era el ejemplo para ser cada vez más activos en las demandas, para aspirar a la liberación, y como yo siempre digo, para ser cada vez más irreverentes, creativamente irreverentes ante los poderes.
Militancia
En los años 60 Gladys Marín fue presidenta de la Federación de Estudiantes Normalistas que luchaban contra los antiguos criterios de la enseñanza, y la militancia la llevaba a las poblaciones donde la miseria la hacía rebelarse cada vez más. Incluso, su primer trabajo de maestra la llevó a una escuela de niños con problemas mentales, que estaba dentro de un hospital psiquiátrico. Eso también requirió de fortaleza, porque allí “estaba el rostro más doloroso de Chile, de la pobreza y de la soledad”, recuerda.
Así fue viviendo cercanamente todo lo que le pasaba a su pueblo, y compartiendo “con compañeros maravillosos, inolvidables” y asumiendo muchas responsabilidades partidarias como la de ser representante de las Juventudes Comunistas en el Comité Central.
—¿Fue en esos años 60 cuando fuiste dirigente del Comando Juvenil de Salvador Allende?
—Sí. Ya sabíamos todo lo que significaba trabajar en la ilegalidad: habíamos sido víctimas de la famosa Ley para la democracia [Ley de Defensa Permanente de la Democracia], a la que llamaban todos “la Ley Maldita”, impuesta por Gabriel González Videla1. Todo ese tiempo es inolvidable. Nadie puede imaginar cómo en Chile iban creciendo iniciativas, unas tras otras. ¡Qué fuerza política tenían esos momentos y cómo podíamos llegar hasta el pueblo, creando siempre, llevando ideas! Nacían parques, escuelitas, actividades culturales, rescates de la cultura popular, algo que tan bien hacía nuestra querida Violeta Parra, una de las más extraordinarias artistas, no sólo de la canción, la música. Todo lo que tocaba lo convertía en arte. Aprendíamos cada día. Nada enseña más que trabajar junto al pueblo y estar allí participando activamente, no llegando con un discurso hueco, vacío, distante. Peleábamos juntos, caminábamos la tierra juntos. Eso es militar políticamente.
—¿Fue en esos tiempos cuando conociste a Jorge Muñoz Poutays, tu gran compañero, al que hoy recordabas amorosamente cuando reclamabas junto a familiares de las víctimas de la dictadura?
—Desde que conocí a Jorge, en el mismo momento en que nos miramos, sabíamos que íbamos a estar juntos siempre. Militando en las juventudes comunistas, caminando en las poblaciones. Así fue nuestra pequeña historia de amor, como la de tantos compañeros. Él era maravilloso, íntegro, valiente, inteligente, muy tierno, aunque no lo demostrara siempre, se enternecía mucho ante los compañeros más humildes, ante las necesidades y las injusticias. Era un militante íntegro, en todo momento. Cuando yo estaba en la Escuela Normal, él estudiaba ingeniería. Nuestra vida era la lucha, pero también la alegría. Siempre juntos. Hubo momentos duros y maravillosos. Tanta gente hermosa en Chile, en la cultura, en la canción. Imaginemos Chile con Violeta, con Isabel y Ángel Parra, con Víctor Jara, con Pablo Neruda, con nuestros poetas, desde los más conocidos hasta los más jóvenes, los músicos, las peñas y el trabajo que reconfortaba por el amor que nos daban los compañeros en las poblaciones, los obreros, los campesinos. Aquello era precisamente lo que digo de militar con amor, eso que es infinitamente más fuerte que el odio. Yo lo recuerdo a Jorge con una enorme sabiduría y también esa ingenuidad de los mejores siempre.
—Eso fue hasta...
—Hasta que llegó aquel 11 de septiembre de 1973. Yo ya tenía dos hijos maravillosos, Álvaro y Rodrigo. Y había vivido muchas experiencias políticas, incluso como diputada, en un distrito que tenía comunas maravillosas, proletarias, muy nuestras. Y había sido reelegida cuando llegó el golpe. Nosotros, que habíamos aprendido en la solidaridad con los pueblos del mundo, con Vietnam, con Cuba, la amada Cuba. Nos movilizábamos siempre y era conmovedor ver a los que nada tenían movilizados en solidaridad con otros pueblos. Nosotros habíamos sembrado solidaridad y recogimos solidaridad. Y en ese camino había nacido una fuerte conciencia antiimperialista. De todo ese mundo surgió la Unidad Popular. Y de allí había surgido el presidente socialista de Chile, Salvador Allende. Siempre digo que me he sentido muy honrada de trabajar con Allende. Y también de haber aprendido en esa marcha a dejar fuera sectarismos y dogmatismos. Ese momento de Chile fue único, inolvidable, de una gran belleza. No lo pudo matar Pinochet, aunque mató a tantos y torturó y desapareció. Estoy segura de que así como han regresado en la historia los Martí, los Sandinos, los Farabundo Martí, volverá otro tiempo como aquel de la alegría con que el pueblo se ponía de pie a demandar y festejar. Volverá. Yo no tengo dudas. Y como dice la canción: se llenarán otra vez las alamedas. Es imposible describirlo.
—¿Y tus recuerdos del golpe?
—Fue como un terremoto, como un huracán, como un viento inacabable de terrores. Cuando el golpe, recuerdo claramente esa voz terrible del general Pinochet, ordenando bombardear La Moneda, y no podíamos creerlo. Justamente el que parecía jugar un papel en esos días junto a Allende. Era, a la vez, el estupor y la traición. Parecía un sueño, una pesadilla, de la que no íbamos a salir rápido. Ni siquiera podíamos pensar, porque todo vino así y fue tan brutal. Un día donde los trabajadores estaban en sus trabajos, los campesinos en sus tareas, todos como si fuera normal, a pesar del clima enrarecido. Nunca nos perdonaremos el haber sido tan ingenuos, tan crédulos, el no haber visto el monstruo en nuestra casa. Estábamos allí, a mano de los asesinos, que llegaron de repente, y costaba entender lo que pasaba. Pero la muerte era real y los cadáveres eran reales, y La Moneda echando humo y las bombas y todo lo que íbamos construyendo con amor, golpeado por la fuerza del odio de los canallas y los poderosos. Pasando el tiempo, debemos decirlo. No nos dimos cuenta cómo había ido creciendo la contrarrevolución y que estábamos indefensos.
—Por esas horas, todos recuerdan que llamabas por una radio a mantener la moral en alto y a defender lo que el pueblo había conquistado. Todos, en Chile, recuerdan esa voz llamando a mantenerse en su puesto de combate.
—Sí, recuerdo que llamé a defender a los trabajadores. Tenía claro que esa debía ser la idea. No dejar que fueran víctimas, martirizados, torturados. Eran como voces desesperadas, al vacío. No se pueden describir fácilmente las primeras horas, aquellos días sin final, sin pausa. El horror, los cadáveres flotando en el río: más que una pesadilla, un pueblo asesinado en cuerpo y alma.
Gladys se ha conmovido muchas veces en esa larga charla, pero a la vez ha ido tomando una fuerza contagiosa. Se lo digo, y me contesta: “Es la fuerza de los que no están, pero están aquí debajo de los pies o en otros lugares, en los campos. Nadie puede ver que todo comienza a crecer un día y regresa”.
También recuerda cómo luchaba, en esos tiempos del gobierno jaqueado de Allende, la juventud comunista, las Brigadas de Trabajo Voluntario, en múltiples tareas, ayudando en todo lo que fuera en favor de las poblaciones, participando en la distribución de productos de primera necesidad. “Y aun en medio de toda esa lucha —continúa Gladys—, la solidaridad con otros continuaba, y también hubo heroísmos increíbles. Pero aprendimos a un precio muy alto y doloroso.”
Fue la última dirigente comunista escuchada por Radio Magallanes el 11 de septiembre de 1973.
—Ustedes pasaron a la clandestinidad. ¿Y qué sucedió con Jorge?, ¿estaban juntos?
—Cuando el golpe y ante la terrible situación creada, el Partido decidió que pasáramos a la clandestinidad, y en diciembre de ese año, y contra mi voluntad de alguna manera, me asilo en la embajada de Holanda en Santiago. Se habían acabado todas las posibilidades. Había recorrido las calles de Santiago bajo decenas de disfraces, pero ya se cerraban todas las posibilidades. Estuve unos meses en la embajada porque la Junta no me daba un salvoconducto. Fue muy doloroso. Sólo quería salir. Las noticias eran terribles. Cuando nos separamos con Jorge para Ramos, no podíamos saber qué iba a pasar con uno o con el otro. Fueron los días terribles de no poder estar con los hijos y no poder explicarles. Despedirme de Jorge y luego nunca más vernos, no saber nada, porque fue desaparecido. La noche y la niebla como inventaron los nazis. Nunca más nos vimos, y decir así, simplemente, “desapareció” es algo muy duro, como lo hemos visto en toda América Latina. Lo desaparecieron, pero para mí él siguió siempre como un recuerdo generoso, brillante.
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