Kitabı oku: «La conquista de la actualidad»

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Sobre este libro

La conquista de la actualidad no se expresa a través de grandes titulares sino en el desarrollo paciente y hasta azaroso de algunas ideas, que, lejos de toda celebridad, suelen reconocer como artífices a modestos y abnegados desconocidos. En esta historia laberíntica y casi secreta, Steven Johnson dirige su lupa hacia seis tópicos –El Vidrio, El Frío, El Sonido, La Limpieza, El Tiempo, La Luz– y analiza de qué modo fueron tratados a lo largo de los siglos hasta su expresión cabal en objetos sin los cuales jamás podríamos concebir el mundo actual. El enfoque de Johnson abunda en sorpresas y se nutre de malentendidos: desde el escritor francés que inventó el grabador antes de Edison pero “olvidó” incluir un sistema de reproducción hasta la dispar concepción de la higiene corporal en el siglo XIX, al tiempo que examina conexiones insólitas entre campos aparentemente distantes: cómo la invención del aire acondicionado permitió la migración más grande de seres humanos a ciudades como Dubai o Phoenix, que de otro modo serían inhabitables; cómo los relojes de péndulo ayudaron a desencadenar la revolución industrial o cómo el agua potable posibilitó la fabricación de chips de computadora.

Cuando contemplamos un objeto vulgar –un par de anteojos o una lámpara, sin ir más lejos–, solemos olvidar la historia que lo inviste. Debemos agradecer a Johnson no solo que la recree sino además que lo haga de modo tan ameno y fascinante.

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Índice

Sobre este libro

Introducción

Historiadores robot y el ala del colibrí

Capítulo 1

El vidrio

Capítulo 2

El frío

Capítulo 3

El sonido

Capítulo 4

La limpieza

Capítulo 5

El tiempo

Capítulo 6

La luz

Conclusión

Los viajeros del tiempo

Reconocimientos

Notas

Bibliografía

Créditos

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Johnson, Steven La conquista de la actualidad : seis inventos que dieron forma al mundo moderno / Steven Johnson. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Granica, 2019. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-950-641-977-6 1. Administración de Empresas. 2. Coaching. I. Título. CDD 658.001

Fecha de catalogación: Mayo de 2018

© 2011 by Ediciones Granica S.A.

Diseño de gráficos y foto de tapa: Gustavo De Feo

Título original: How We Got to Now. Six Innovations That Made the Modern World

Diseño de tapa: Estudio Argiz

Conversión a eBook: Daniel Maldonado

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GRANICA es una marca registrada.

ISBN 978-950-641-977-6

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina. Printed in Argentina

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Para Jane, que sin duda esperaba un tratado de tres volúmenes sobre la caza de ballenas en el siglo xix.

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Introducción

Historiadores robot y el ala del colibrí

Hace poco más de dos décadas, el filósofo y artista mexicano-estadounidense Manuel de Landa publicó un extraño y maravilloso libro llamado La guerra en la era de las máquinas inteligentes. Técnicamente hablando, el libro era una historia sobre la tecnología militar, pero no tenía nada en común con lo que se esperaría naturalmente de este género literario. En lugar de heroicas historias sobre la ingeniería de los submarinos escritas por un profesor de la Academia Naval, el libro de De Landa entrelazaba la teoría del caos, la biología evolutiva y la filosofía posestructuralista francesa en relatos sobre la bala conoidal, el radar y otras innovaciones militares. Recuerdo haber leído el libro a mis veinte años, poco tiempo después de haberme graduado, y haber pensado que era uno de esos libros que parecen realmente sui generis, como si De Landa hubiera llegado a la Tierra desde algún otro planeta con vida inteligente. Me pareció fascinante y profundamente confuso al mismo tiempo.

De Landa comienza el libro con un brillante giro interpretativo. Imaginemos –sugiere– un libro de historia escrito en el futuro por un tipo de inteligencia artificial, que describa la historia del último milenio. “Podríamos imaginar –argumenta De Landa– que este historiador robot escribiría un tipo de historia diferente que su homólogo humano”. Los eventos que parecen más importantes para el hombre –la conquista de Europa sobre las Américas, la caída del Imperio romano, la Carta Magna– serían apenas notas a pie de página desde la perspectiva de un robot. Otros eventos que parecen insignificantes para la historia tradicional –los autómatas que parecían jugar ajedrez en el siglo xviii, el telar de Jacquard que inspiró las tarjetas perforadas de los albores de la informática– serían un punto de inflexión para el historiador robot, momentos clave que trazan una línea directa con el presente. De Landa agrega: “Mientras que un historiador humano podría intentar entender cómo se ensamblaron los relojes, los motores y otros artilugios físicos, un historiador robot haría hincapié en la forma en que estas máquinas afectaron la evolución del ser humano. El robot destacaría el hecho de que cuando los relojes representaban la tecnología dominante del planeta, las personas imaginaban el mundo a su alrededor como un sistema de engranajes y ruedas”.

Lamentablemente, no hay robots inteligentes en este libro. Las innovaciones que aquí se describen pertenecen a la vida cotidiana y no a la ciencia ficción: bombillas, grabaciones de sonido, aire acondicionado, un vaso de agua potable, un reloj pulsera o lentes de vidrio. Sin embargo, he intentado contar la historia de estas innovaciones desde la perspectiva del historiador robot de De Landa. Si una bombilla pudiera escribir la historia de los últimos trescientos años, también nos mostraría un relato muy diferente. Podríamos ver en qué medida nuestro pasado se abocó a la búsqueda de la luz artificial, qué tanto ingenio y esfuerzo fueron necesarios para luchar contra la oscuridad, y cómo los distintos inventos impulsaron cambios que, a simple vista, no parecen tener ninguna relación con las bombillas.

Esta es una historia que vale la pena contar, en parte, porque nos permite ver con otros ojos un mundo que, por lo general, damos por sentado. La mayoría de quienes habitamos en los países desarrollados no nos detenemos a pensar en lo maravilloso que es poder beber agua del grifo sin tener que preocuparnos por morir de cólera a las cuarenta y ocho horas. Gracias al aire acondicionado, muchos vivimos cómodamente en climas que hubieran sido intolerables hace apenas cincuenta años. Nuestras vidas están rodeadas y respaldadas por todo tipo de objetos que se vieron encantados con las ideas y la creatividad de miles de nuestros antepasados: inventores y aficionados y reformadores que despedazaron con constancia el problema de obtener luz artificial o de beber agua potable para que pudiéramos disfrutar sin obstáculos de estos lujos en la actualidad, sin siquiera considerarlos un lujo en primer lugar. Como nos recordarían los historiadores robot, estamos en deuda con aquellas personas tanto –o incluso más– que con los reyes, conquistadores y magnates de la historia tradicional.

Asimismo, considero importante contar este tipo de historias porque estas innovaciones han desencadenado un abanico de cambios en la sociedad mucho más amplio de lo que hubiéramos podido imaginar. Por lo general, las innovaciones surgen como una forma de resolver un problema determinado, pero una vez que comienzan a circular pueden desencadenar otros cambios que no hubiera sido posible predecir. Este es un patrón de cambio que se repite constantemente en la historia evolutiva. Por ejemplo, pensemos en la polinización: en algún momento del Cretáceo, las flores comenzaron a desarrollar colores y aromas que indicaban la presencia de polen a los insectos, que simultáneamente desarrollaron artilugios complejos para extraer el polen y así, involuntariamente, fertilizar otras flores con ese polen. Con el tiempo, las flores complementaron el polen con un néctar aún más rico en energía a fin de atraer a los insectos para que realizaran el ritual de la polinización.

Las abejas y otros insectos desarrollaron herramientas sensoriales para ver y acercarse a las flores, así como las flores desarrollaron propiedades específicas para atraer a las abejas. Este es un tipo diferente de supervivencia del más apto; no se trata de la típica historia de ganadores y perdedores que solemos escuchar en los relatos moderados del darwinismo, sino algo más simbiótico: los insectos y las flores tuvieron éxito porque se complementan físicamente (el término técnico es “coevolución”). La importancia de esta relación no pasó inadvertida para Charles Darwin, quien escribió un libro sobre la polinización de las orquídeas tras haber publicado El origen de las especies. Estas interacciones coevolutivas suelen llevar a transformaciones en organismos que parecerían no tener ninguna conexión inmediata con las especies originales. La simbiosis entre las flores y los insectos que lleva a la producción de néctar despertó la oportunidad de que organismos mucho más grandes –los colibríes– extrajeran néctar de las plantas, para lo cual debieron desarrollar mecanismos de vuelo extremadamente inusuales que les permiten volar junto a la flor de una forma muy diferente a la mayoría de los pájaros. Los insectos pueden estabilizarse mientras vuelan porque tienen una flexibilidad inherente a su anatomía de la que carecen los animales vertebrados. No obstante, a pesar de las restricciones de su estructura esquelética, los colibríes desarrollaron una innovadora forma de rotar las alas, que les permite volar hacia arriba y hacia abajo, y así flotar en el aire para extraer néctar de una flor. Estos son algunos de los extraordinarios saltos de la evolución: las estrategias de reproducción sexual de las plantas terminaron influyendo en el desarrollo de las alas del colibrí. Si un grupo de naturalistas hubiera observado el primer desarrollo de la conducta polinizadora de los insectos junto a las flores, hubiera asumido de forma lógica que este nuevo y extraño ritual no tendría ningún tipo de relación con la vida de las aves. Sin embargo, fue el artífice de una de las transformaciones físicas más sorprendentes en la historia evolutiva de los pájaros.

La historia de las ideas y las innovaciones se desarrolla de forma muy similar. La imprenta de Johannes Gutenberg disparó la necesidad de gafas, dado que la nueva práctica de lectura hizo que muchas personas del continente europeo se dieran cuenta de que eran hipermétropes; la demanda del mercado de gafas incentivó a un creciente número de personas a producir y experimentar con las lentes, lo que llevó a la invención del microscopio, que luego nos permitiría observar que nuestros cuerpos están compuestos de células microscópicas. Nadie hubiera creído jamás que la tecnología de la imprenta podría relacionarse tanto con la expansión de nuestra visión como con la escala celular, así como tampoco hubiéramos imaginado que la evolución del polen alteraría de alguna manera el diseño de las alas de los colibríes. Pero así suceden los cambios.

A primera vista, esto puede parecer una variación del “efecto mariposa” de la teoría del caos, según la cual el simple aleteo de una mariposa en California puede desatar un huracán en medio del Atlántico. No obstante, ambas teorías son fundamentalmente diferentes. La extraordinaria (y perturbadora) propiedad del efecto mariposa es que implica una cadena de causalidad virtualmente enigmática: no es posible establecer un vínculo definido entre las moléculas de aire que se mueven en torno a una mariposa y el sistema tormentoso que se gesta en el océano Atlántico. Tal vez están relacionados, ya que todo está conectado en última instancia, pero analizar estas conexiones o predecirlas de antemano está mucho más allá de nuestras capacidades. Sin embargo, lo que sucede con las flores y el colibrí es algo diferente: aunque se trata de dos organismos distintos, con diferentes necesidades y aptitudes –sin mencionar sus sistemas biológicos básicos–, las flores ejercen una clara influencia sobre la fisonomía del colibrí de forma directa e inteligible.

Este libro trata parcialmente acerca de estas extrañas cadenas de influencia: “el efecto colibrí”. Una innovación –o un grupo de innovaciones– en un campo puede desencadenar cambios que parecen pertenecer a un sector completamente diferente. El efecto colibrí puede producirse de distintas formas. A veces es intuitivo: un aumento de órdenes de magnitud en la repartición de energía o de información suele accionar una ola de cambios caótica que trasciende cualquier límite intelectual y social (esto puede verse en la historia de Internet de los últimos treinta años). En ocasiones, el efecto colibrí es más sutil y deja huellas más casuales y menos llamativas. Los avances en nuestra capacidad para medir un determinado fenómeno –tiempo, temperatura, masa– suelen abrir nuevas oportunidades que parecen no estar relacionadas a simple vista (el reloj de péndulo permitió la creación de las ciudades fabriles de la Revolución Industrial). En ocasiones, como en la historia de Gutenberg y las lentes, un nuevo descubrimiento crea un nuevo lastre o debilidad para nuestras herramientas naturales, que nos lleva en una nueva dirección y genera nuevas herramientas para arreglar un “problema” que fue en origen otro tipo de invención. Las nuevas herramientas a veces reducen las barreras naturales y los límites del crecimiento humano, por ejemplo, la manera en que la invención del aire acondicionado permitió al ser humano colonizar los lugares más cálidos del planeta de una forma que hubiera sorprendido a nuestros antepasados de hace solo tres generaciones. Asimismo, las nuevas herramientas pueden ejercer una influencia metafórica, como podemos observar en la conexión del historiador robot entre el reloj y el punto de vista mecánico de los comienzos de la física, la imagen del universo como un sistema de “engranajes y ruedas”.

Observar el efecto colibrí en la historia nos demuestra que las transformaciones sociales no siempre son el resultado directo de las acciones y las decisiones del ser humano. En ocasiones, el cambio se produce por las acciones de los líderes políticos, los inventores o los movimientos de protesta, que imponen deliberadamente una nueva realidad a través de un plan intencional (tenemos un sistema de autopistas nacionales integrado en los Estados Unidos porque nuestros líderes políticos decidieron aprobar Ley de Ayuda Federal de Autopistas de 1956). En otros casos, las ideas y los descubrimientos parecen tener vida propia y generan cambios en la sociedad que no formaban parte de la visión de sus creadores. Los inventores del aire acondicionado no intentaban replantear el mapa político de los Estados Unidos cuando se propusieron enfriar las salas de estar y las oficinas; sin embargo, como veremos, la tecnología que desataron en el mundo permitió el desarrollo de cambios drásticos en el esquema poblacional de los Estados Unidos, lo que modificó también la integración del Congreso y de la Casa Blanca.

He resistido la comprensible tentación de evaluar estos cambios con algún juicio de valor. Desde luego, este libro celebra nuestro ingenio, pero el hecho de que se produzca un nuevo descubrimiento no implica que no exista, en última instancia, una mezcla de consecuencias a medida que se inserta en la sociedad. La mayoría de las ideas que son “seleccionadas” por la cultura son mejoras demostrables en términos de objetivos locales: los casos en los que hemos elegido una tecnología o un principio científico inferior en lugar de uno más preciso o productivo son las excepciones que confirman la regla. Y aunque en ocasiones escojamos el inferior vhs en lugar de Betamax, en poco tiempo tendremos los dvd que superarán ambas opciones. Entonces, si analizamos el arco de la historia desde esta perspectiva, veremos que existe una tendencia hacia el desarrollo de mejores herramientas, fuentes de energía, formas de transmitir información, etc.

El problema reside en los factores externos y en las consecuencias no deseadas. Cuando Google lanzó su herramienta de búsqueda original en 1999, se trató de una mejora trascendental sobre cualquier técnica anterior para explorar el vasto archivo de la Red. Esto fue un motivo de celebración en todos los niveles: Google consiguió que toda la Red fuera más útil, de forma gratuita. Pero luego Google comenzó a vender publicidades relacionadas con las solicitudes de búsqueda y, al cabo de unos años, la eficiencia de las búsquedas (junto con otros servicios en línea, como Craigslist) destruyeron las publicidades en los periódicos locales de los Estados Unidos. Casi nadie lo vio venir, ni siquiera los fundadores de Google. Se puede afirmar –de hecho, yo probablemente lo haría– que este cambio valió la pena y que el desafío de Google desencadenará mejores formas de periodismo, a partir de las oportunidades únicas presentes en la Red, en lugar de basarse solo en la prensa escrita. Pero no podemos ignorar que el incremento de las publicidades en la Red, al final de cuentas, ha generado un importante revés para el recurso público esencial de los periódicos. Es posible plantear este mismo debate con respecto a casi todos los avances tecnológicos. Los automóviles nos permiten desplazarnos de forma más eficiente que los caballos, pero ¿valió la pena el costo para el medioambiente o para el atractivo de la ciudad? El aire acondicionado nos permite vivir en zonas desérticas, pero ¿a qué costo para los recursos hídricos?

Este libro es decididamente agnóstico en lo referente a estas cuestiones de valor. El hecho de comprender si el cambio es mejor para nosotros a largo plazo no es lo mismo que comprender cómo se produjeron estos cambios en un principio. Ambos discernimientos son necesarios si queremos entender la historia y delinear nuestro camino hacia el futuro. Debemos poder comprender de qué forma se produce la innovación en la sociedad; necesitamos poder predecir y entender, de la mejor manera posible, los efectos colibrí que transformarán otros campos una vez que se arraiguen estas innovaciones. Al mismo tiempo, necesitamos un sistema de valores para decidir qué sacrificios debemos alentar y qué beneficios no valen los costos secundarios. He intentado explicar en detalle todas las consecuencias de las innovaciones incluidas en este libro, ya sean positivas o negativas. La válvula de vacío ayudó a llevar el jazz a una audiencia más amplia y también permitió amplificar los discursos de Núremberg. Cómo nos sentimos ante estas transformaciones –¿estamos mejor gracias a la invención de la válvula de vacío?– dependerá de nuestras propias creencias acerca de la política y los cambios sociales.

Es importante mencionar un elemento adicional en cuanto al enfoque de este libro: el uso de la segunda persona del plural en este libro –y en su título en la versión original– hace referencia a los norteamericanos y a los europeos. La historia de cómo China o Brasil evolucionaron será muy diferente, aunque igual de interesante. Pero la historia de Europa y América del Norte, aunque tenga un alcance finito, tiene una relevancia más amplia, ya que determinadas experiencias críticas –como el desarrollo del método científico o la industrialización– se produjeron primero en Europa y luego se difundieron en el resto del mundo (por supuesto, por qué se produjeron primero en Europa es una de las preguntas más interesantes, pero no la responderemos en este libro). Estos objetos encantados de la vida cotidiana –las bombillas, las lentes, las grabaciones de audio– ahora se encuentran diseminados por todo el planeta; contar la historia de los últimos miles de años desde su perspectiva sin duda será interesante sin importar adónde vivan los lectores. Las nuevas innovaciones se ven influenciadas por la historia geopolítica; se forman en ciudades y centros comerciales. No obstante, a largo plazo, no tienen mucha paciencia para respetar las fronteras ni las identidades nacionales, especialmente en nuestro mundo cada vez más interconectado.

He intentado respetar este enfoque porque, dentro de estos límites, la historia que he escrito es lo más expansiva posible. Contar la historia de nuestra capacidad de capturar y transmitir la voz humana, por ejemplo, no es solo el relato de algunos inventores brillantes, los Edison y los Bell, cuyos nombres se enseñan en todas las escuelas. También es la historia de los diseños anatómicos del oído humano en el siglo xviii, el hundimiento del Titanic, el movimiento por los derechos civiles y las extrañas propiedades acústicas de una válvula de vacío rota. Este es un enfoque que he denominado “historia de largo alcance”: el intento de explicar los cambios históricos examinando al mismo tiempo múltiples escalas de la experiencia –desde las vibraciones de las ondas de sonido en el tímpano hasta los movimientos políticos masivos–. Quizá sea más intuitivo circunscribir los relatos históricos tan solo al ámbito de los individuos o de las naciones, pero no sería del todo preciso permanecer dentro de estos límites. La historia sucede al nivel de los átomos, al nivel del cambio climático del planeta y a muchos otros niveles. Si intentamos contar la historia de forma precisa, necesitamos adoptar un enfoque interpretativo que pueda hacer justicia a todos estos niveles.

El físico Richard Feynman describió la relación entre la estética y la ciencia de forma similar:

Tengo un amigo artista que suele adoptar una postura con la que yo no estoy muy de acuerdo. Sostiene una flor y dice: “Mira qué bonita es”, y en eso coincidimos. Pero luego dice: “Yo, como artista, puedo ver lo bello que es esto, pero tú, como científico, lo desarmas todo y lo conviertes en algo insípido”. Y ahí pienso que dice tonterías. En primer lugar, la belleza que él ve también es accesible para mí y para otras personas, a mi entender. Quizá yo no tenga su refinamiento estético, pero puedo apreciar la belleza de una flor. Pero al mismo tiempo, yo veo mucho más en la flor que lo que ve él. Puedo imaginar las células que hay en ella, las complicadas acciones que tienen lugar en su interior y que también tienen su belleza. No solo hay belleza en la dimensión que podemos ver, sino que también hay belleza en dimensiones más pequeñas, en la estructura interna, en los procesos. El hecho de que los colores de la flor hayan evolucionado a fin de atraer a los insectos para la polinización es algo interesante, ya que significa que los insectos pueden apreciar el color. Y entonces surge la pregunta: ¿el sentido de la estética también lo tienen las formas de vida menores de la naturaleza? ¿Por qué algo es estético? Hay toda una clase de interesantes preguntas que demuestran que el conocimiento científico solo puede sumar al encanto, el misterio y el interés que despierta una simple flor. Solo suma. No entiendo cómo podría restar.

Existe algo innegablemente atractivo acerca de la historia de un gran inventor o de un científico –por ejemplo, Galileo y su telescopio– que trabaja incansablemente para desarrollar una idea innovadora. Pero, de igual forma, es necesario contar una historia más profunda: de qué manera la capacidad de fabricar lentes también depende de las propiedades únicas de mecánica cuántica del óxido de silicio y de la caída de Constantinopla. Contar la historia desde esta perspectiva de largo alcance no resta nada a los relatos tradicionales que se enfocan en la figura de Galileo. Solo suma.

Condado de Marin, California

Febrero de 2014

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Capítulo 1

El vidrio

Hace aproximadamente veintiséis millones de años, se produjo un fenómeno en las arenas del desierto Líbico, el desolador y extremadamente seco paisaje que marca el borde este del Sahara. No sabemos bien qué sucedió, pero sí sabemos que hubo temperaturas muy elevadas. Granos de sílice se derritieron y se fusionaron bajo un intenso calor, que debe de haber llegado a los 537°C. Los compuestos del óxido de silicio que formaron tienen interesantes rasgos químicos. Al igual que el H2O, forman cristales en estado sólido que se convierten en líquido al calentarse. Pero el óxido de silicio tiene un punto de fusión mucho más alto que el agua: se necesitan temperaturas superiores a los 260°C, en lugar de a los °C. Lo más peculiar acerca del óxido de silicio es lo que sucede al enfriarse. El agua en estado líquido vuelve a formar cristales de hielo al volver a bajar la temperatura. Pero, por algún motivo, el óxido de silicio no puede volver a adquirir la estructura del cristal. En cambio, forma una nueva sustancia que existe en el extraño limbo entre el estado sólido y el líquido, una sustancia que ha obsesionado al hombre desde los albores de la civilización. Cuando los granos de arena recalentados se enfriaron por debajo del punto de fusión, sobre un amplio sector del desierto Líbico se formó una capa de lo que ahora denominamos “vidrio”.

Hace unos diez mil años –milenios más, milenios menos– alguien que viajaba por el desierto se encontró con una vasta porción de este vidrio. No sabemos demasiado acerca de este fragmento, pero imaginamos que debe haber impresionado a todos aquellos que entraron en contacto con él, porque comenzó a circular en los mercados y las redes sociales de la civilización temprana, hasta terminar como pieza central de un prendedor, tallado con la forma de un escarabajo. Y allí permaneció impertérrito durante cientos de años, hasta que en 1922 un grupo de arqueólogos lo desenterró al explorar la tumba de un faraón egipcio. Contra todas las probabilidades, esta pequeña porción de óxido de silicio se había desplazado desde el desierto Líbico hasta la tumba de Tutankamón.


Pectoral en oro alveolado con piedras semipreciosas y pasta de vidrio, con un escarabajo alado en el cent0åro, símbolo de la resurrección, de la tumba del faraón Tutankamón.

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El vidrio hizo su primera transición desde ornamento hasta pieza de la tecnología avanzada durante el auge del Imperio romano, cuando los vidrieros hallaron nuevas formas de hacer el material más fuerte y menos turbio que el vidrio natural, como el escarabajo de Tutankamón. Durante este período se fabricaron por primera vez las ventanas de vidrio, sentando las bases para las torres vidriadas que ahora se observan en ciudades de todo el mundo. La estética visual del vino surgió cuando las personas comenzaron a beberlo en recipientes de vidrio semitransparentes y a guardarlo en botellas de vidrio. En cierta manera, la historia temprana del vidrio es relativamente predecible: un grupo de artesanos descubrió cómo derretir la sílice para formar recipientes de vidrio o cristales para las ventanas, los típicos usos que asociamos actualmente con el vidrio. No fue sino hasta el siguiente milenio, tras la caída de otro gran imperio, que el vidrio se convirtió en lo que es en la actualidad: uno de los materiales más versátiles y transformativos en la cultura humana.

El sitio de Constantinopla en 1204 fue uno de esos remezones históricos que expandió su influencia alrededor del mundo. Cayeron dinastías, se levantaron y retiraron ejércitos, se volvió a definir el mapa del mundo. Pero la caída de Constantinopla también detonó un evento aparentemente menor, perdido en medio de la reorganización del dominio religioso y geopolítico, e ignorado por la mayoría de los historiadores de la época. Una pequeña comunidad de vidrieros de Turquía navegó hacia el oeste por el Mediterráneo y se instaló en Venecia, donde comenzó a practicar el comercio en la próspera nueva ciudad que emergía de los pantanos en la costa del mar Adriático.


Alrededor de 1900: civilización romana, contenedores de vidrio para ungüentos del primer o segundo siglo d. C.

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Fue una de las miles de migraciones impulsadas por la caída de Constantinopla; sin embargo, al mirar hacia atrás con el correr de los siglos, cabe destacar que esta ha sido una de las más significativas. Al instalarse en los canales y en las sinuosas calles de Venecia –que en ese momento era el centro comercial más importante del mundo–, sus habilidades para el soplado de vidrio crearon rápidamente un nuevo artículo de lujo para que los mercaderes de la ciudad pudieran vender alrededor del mundo. Pero a pesar de ser muy lucrativo, la fabricación de vidrio también tenía sus problemas. El punto de fusión del óxido de silicio requería de hornos que calentaran hasta a temperaturas de 537°C, y Venecia era una ciudad prácticamente construida sobre estructuras de madera (los clásicos palacios de piedra de Venecia se edificarían varios siglos después). Los vidrieros habían llevado una nueva fuente de riqueza a Venecia, pero también llevaron consigo el mal hábito de quemar el vecindario.

En 1291, en un esfuerzo por conservar las habilidades de los vidrieros y proteger la seguridad pública, el Gobierno de la ciudad los exilió nuevamente, pero en esta oportunidad a una distancia más corta: al otro lago de la laguna de Venecia, en la isla de Murano. Sin quererlo, los dogos de Venecia habían creado un centro de la innovación: al concentrar a los vidrieros en una única isla –del tamaño de un vecindario en una ciudad pequeña–, despertaron una fuente de creatividad y crearon un entorno que contaba con lo que los economistas denominan “intercambio de información”. La densidad de Murano implicaba que las nuevas ideas fluyeran rápidamente por toda la población. Los vidrieros competían entre sí, pero sus estirpes familiares estaban intrínsecamente entrelazadas. El grupo contaba con maestros, quienes tenían más talento o experiencia que los demás, pero el ingenio de Murano era más bien un asunto colectivo: algo creado tanto para compartir como por las presiones competitivas.


Sección de un mapa de Venecia del siglo xv, que muestra la isla de Murano.

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En los primeros años del nuevo siglo, Murano se había convertido en la “isla del vidrio”, y tanto sus vasos decorados como otros exquisitos objetos de cristal se convirtieron en símbolos de estatus en toda Europa occidental. (En la actualidad, los vidrieros continúan trabajando y la mayoría son descendientes directos de las familias originales que emigraron de Turquía). No era exactamente un modelo que podría replicarse en tiempos modernos; de hecho, los gobernantes que hoy quieran atraer a sus ciudades a los artesanos no deberían considerar la imposición de un exilio forzado ni las fronteras armadas bajo la pena de muerte. No obstante, de alguna manera, funcionó. Tras años de prueba y error, experimentando con diferentes compuestos químicos, el vidriero de Murano Angelo Barovier tomó algas marinas –ricas en óxido de potasio y manganeso–, las quemó para crear cenizas y luego añadió estos ingredientes al vidrio fundido. Cuando la mezcla se enfrió, creó un tipo de vidrio extraordinariamente claro. Sorprendido por su semejanza con los más nítidos cristales de cuarzo, Barovier lo denominó “cristallo”. Este fue el nacimiento del vidrio moderno.

Aunque los vidrieros como Barovier tuvieron éxito en la creación del vidrio transparente, no fue sino hasta el siglo xx que pudimos comprender científicamente el porqué de esta transparencia. La mayoría de los materiales absorben la energía de la luz. En un nivel subatómico, los electrones orbitan alrededor de los átomos que hacen que el material “engulla” efectivamente la energía del fotón, lo que hace que estos electrones ganen energía. Pero los electrones solo pueden ganar o perder energía en escalones específicos, denominados “saltos cuánticos”. El tamaño de estos escalones varía en función de los distintos materiales. Por ejemplo, el óxido de silicio tiene grandes escalones, es decir que la energía de un solo fotón no es suficiente para darles a los electrones el mayor nivel de energía. En cambio, la luz pasa a través del material. (Sin embargo, la mayoría de la luz ultravioleta no tiene suficiente energía que podamos absorber, por eso no es posible broncearse a través de una ventana). Pero la luz no solo atraviesa el vidrio: también puede doblarse, distorsionarse o incluso romperse en las longitudes de onda que la componen. Puede utilizarse el vidrio para cambiar la apariencia del mundo, doblando la luz de maneras específicas. Este descubrimiento fue aún más revolucionario que las simples transparencias.

En los monasterios de los siglos xii y xiii, los monjes que trabajaban con manuscritos religiosos a la luz de la vela utilizaban trozos de vidrio curvados como herramientas para la lectura. Colocaban sobre la página estos instrumentos que actuaban efectivamente como voluminosas lupas a fin de poder agrandar las inscripciones en latín. Nadie sabe exactamente dónde o cuándo sucedió, pero en esta época, en el norte de Italia, los vidrieros descubrieron algo que cambiaría la forma en que vemos el mundo –o al menos permitiría esclarecerla–: al darle forma al vidrio en pequeños discos concéntricos, colocando cada uno en un marco y uniendo estos marcos en la parte superior, se crearon las primeras gafas.


La primera imagen de un monje con anteojos, 1342.

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Estas rudimentarias gafas se denominaron roidi da ogli, es decir, “discos para los ojos”. Gracias a su semejanza con las lentejas –lentes en latín– los discos se denominaron “lentes”. Durante muchas generaciones, estos ingeniosos dispositivos fueron casi exclusivos de los eruditos en los monasterios. La condición de hipermetropía –dificultad para ver de cerca– estaba ampliamente presente en toda la población, pero mucha gente ignoraba su presencia porque no leía. Para los monjes que se esforzaban por traducir a Lucrecio a la luz de la vela, la necesidad de gafas era muy evidente. Pero el resto de la población –la mayoría, analfabeta– casi no tenía oportunidad de discernir formas tan pequeñas como las letras en su rutina diaria. Las personas sufrían de hipermetropía, pero no tenían motivo para darse cuenta. Por ello, las gafas continuaron siendo objetos costosos y poco habituales.

Por supuesto, todo esto cambió con Gutenberg y la invención de la primera imprenta en 1440. Sería posible llenar una pequeña biblioteca con toda la erudición histórica que se ha publicado documentando el impacto de la imprenta, la creación de lo que Marshall McLuhan denominó “la galaxia Gutenberg”. Las tasas de alfabetización aumentaron drásticamente; aparecieron teorías subversivas científicas y religiosas en torno a los canales oficiales de creencias ortodoxas, y los entretenimientos populares, como la novela y la pornografía impresa, se volvieron más habituales. Pero el gran descubrimiento de Gutenberg tuvo otro efecto menos reconocido: hizo que una gran cantidad de personas se dieran cuenta por primera vez de que eran hipermétropes. Y esa revelación implicó una explosión en la demanda de gafas.


Anteojos del siglo xv.

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A continuación, se produjo uno de los casos más extraordinarios del efecto colibrí en la historia moderna. Gutenberg imprimía libros relativamente económicos y portátiles, lo cual desencadenó un aumento de la alfabetización y expuso una falla en la agudeza visual de gran parte de la población, lo que a su vez creó un nuevo mercado para la fabricación de gafas. Unos cien años después de la invención de Gutenberg, miles de fabricantes de gafas en toda Europa habían prosperado, y los anteojos se convirtieron en la primera pieza de tecnología avanzada –desde la invención de la ropa en el Neolítico– que la población común podía llevar regularmente.

Pero el efecto coevolutivo aún no había terminado. Al igual que el néctar de las flores desencadenó un nuevo tipo de vuelo en el colibrí, el incentivo económico creado por el nuevo mercado de las gafas dio pie a un nuevo campo de experiencia. Europa no solo estaba atiborrada de lentes, sino también de nuevas ideas al respecto. Gracias a la imprenta, el continente se vio poblado por personas expertas en manipular la luz a través de piedras de vidrio ligeramente convexas. Estos fueron los aficionados de la primera revolución óptica. Sus experimentos inauguraron un nuevo capítulo en la historia de la visión.

En 1590, en la pequeña ciudad de Middelburg en los Países Bajos, Hans y Zacharias Janssen –padre e hijo, fabricantes de gafas– experimentaron alineando dos lentes, no una junto a la otra como en las gafas, sino una delante de la otra, lo que les permitió ampliar los objetos que veían y derivó en la creación del microscopio. En el transcurso de los siguientes setenta años, el científico británico Robert Hooke publicaría su revolucionario volumen ilustrado Micrographia, con hermosas imágenes dibujadas a mano que recreaban lo que Hooke había visto a través del microscopio. Hooke analizó pulgas, madera, hojas y hasta su propia orina congelada.


La pulga (grabado de Micrographia de Robert Hooke, Londres).

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Pero su descubrimiento más influyente se produjo al observar una lámina de corcho a través de la lente del microscopio. “Pude percibir claramente que era todo perforado y poroso, muy parecido a un panal de abejas, pero que los poros no eran regulares; no obstante, no se diferenciaba demasiado de un panal de abejas en estas especificidades [...] Estos poros, o células, no eran muy profundas, pero constaban de una gran cantidad de pequeñas cajas”, escribió Hooke. Con esa oración, Hooke le dio el nombre a uno de los elementos fundamentales de la vida –las células– y abrió el camino hacia una revolución en las ciencias y en la medicina. En poco tiempo, el microscopio revelaría las invisibles colonias de bacterias y virus que sostienen y amenazan la vida humana, lo que luego dio lugar al desarrollo de vacunas y antibióticos.

Se requirieron casi tres generaciones para que el microscopio produjera una ciencia verdaderamente transformadora, pero por algún motivo el telescopio revolucionó las ciencias de forma más vertiginosa.


Uno de los primeros microscopios diseñados por Robert Hooke, 1665.

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Veinte años después de la invención del microscopio, un grupo holandés de fabricantes de lentes, entre ellos Zacharias Janssen, inventaron casi simultáneamente el telescopio (cuenta la leyenda que a uno de ellos, Hans Lippershey, se le ocurrió esta idea al ver a sus hijos jugando con sus lentes). Lippershey fue el primero en solicitar una patente para un dispositivo “para ver los objetos lejanos como si estuvieran cerca”. Al cabo de un año, Galileo se enteró de este nuevo dispositivo milagroso y modificó el diseño de Lippershey para alcanzar una ampliación de diez veces en comparación con la visión normal. En enero de 1610, apenas dos años después de que Lippershey solicitara la patente, Galileo utilizó el telescopio para observar las lunas que orbitaban alrededor de Júpiter: el primer verdadero desafío al paradigma de Aristóteles que suponía que todos los astros celestes giraban alrededor de la Tierra.

Esta es la extraña historia paralela del invento de Gutenberg. Por diversos motivos, se ha asociado siempre con la revolución científica. Los panfletos y los tratados de presuntos herejes como Galileo hacían circular ideas fuera de los límites censuradores de la Iglesia, socavando su autoridad; al mismo tiempo, el sistema de citas y referencias que evolucionó en las décadas posteriores a la Biblia de Gutenberg se convirtió en una herramienta clave para aplicar el método científico. Pero la creación de Gutenberg impulsó el avance de la ciencia de un modo menos conocido: expandió las posibilidades del diseño de la lente, del vidrio en sí mismo. Por primera vez, no solo se aprovechaban las peculiares propiedades físicas del óxido de silicio para permitirnos observar objetos que podíamos ver con nuestros propios ojos, sino que también podíamos ver cosas que trascendían los límites naturales de la visión humana.

La lente seguiría evolucionando para desempeñar una función clave en los medios de comunicación de los siglos xix y xx. Fue utilizada por primera vez por los fotógrafos, con el fin de enfocar los rayos de luz en un papel especialmente tratado que capturaba imágenes, que luego fue utilizado también por los cineastas para grabar y proyectar imágenes en movimiento por primera vez. A comienzos de la década de 1940, se empezó a cubrir el vidrio con fósforo y a dispararle electrones sobre la superficie, lo que creó las hipnóticas imágenes de la televisión. Al cabo de unos años, los sociólogos y los teóricos de los medios de comunicación declararon que nos habíamos convertido en una “sociedad de la imagen” y que la culta galaxia Gutenberg había cedido su lugar al brillo azul de la pantalla del televisor y al glamur de Hollywood. Estas transformaciones surgieron a partir de una serie de innovaciones y materiales, pero todas ellas, de una forma u otra, se basaron en la capacidad única del vidrio de transmitir y manipular la luz.

Con todo, la historia de las lentes modernas y su impacto en los medios de comunicación no es demasiado sorprendente. Es posible seguir una línea intuitiva desde las lentes de las primeras gafas, hasta la lente del microscopio y de las cámaras. No obstante, el vidrio demostraría tener otra extraña propiedad física, una que incluso los maestros vidrieros de Murano no supieron explotar.

En el ámbito académico, aparentemente, Charles Vernon Boys era un pésimo profesor. H. G. Wells, que fue brevemente alumno de Boys en el Royal College of Science (Real Escuela de Ciencias) lo describió como “uno de los peores profesores que le ha dado la espalda a una audiencia inquieta [...] Perdía el tiempo con el pizarrón, hablaba a toda velocidad durante una hora y hacía referencia constante a los equipos en su salón privado”.

Pero aunque Boys carecía de habilidades de enseñanza, sí tenía un don en física experimental, así como en el diseño y la fabricación de instrumentos científicos. En 1887, como parte de sus experimentos físicos, Boys quiso crear una esquirla de vidrio fina para medir los efectos de las delicadas fuerzas físicas sobre los objetos. Se le ocurrió que podría utilizar una delgada fibra de vidrio como el brazo de una balanza. Pero primero debía fabricarla.

Los efectos colibrí a veces suceden cuando una innovación en un campo expone una falla en otra tecnología (o, en el caso del libro impreso, en nuestra propia anatomía), que puede corregirse con ayuda de otra disciplina. Pero a veces el efecto se produce gracias a otro tipo de descubrimiento: un drástico aumento en nuestra capacidad de medir algo y una mejora de las herramientas que utilizamos para hacerlo. Nuevas formas de medición casi siempre suelen implicar nuevos métodos de fabricación. Este fue el caso del brazo de balanza de Boys. Pero lo que convirtió a Boys en una figura tan especial en los anales de la innovación fue decididamente la manera poco convencional con la que diseñó este dispositivo de medición. A fin de crear esta esquirla de vidrio, Boys fabricó una ballesta especial en su laboratorio y creó flechas livianas para utilizar con ella. Al final de cada flecha, colocó una varilla de vidrio sellada con lacre. Luego calentó el vidrió hasta ablandarlo y disparó la flecha. Mientras la flecha se precipitaba hacia su objetivo, dejó un rastro de fibra de vidrio fundido colgando del arco. En uno de sus tiros, Boys pudo obtener un hilo de vidrio de casi tres metros de largo.


Charles Vernon Boys de pie en un laboratorio, 1917.

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“Si un hada me hubiera prometido darme cualquier cosa que yo deseara, le hubiera pedido algo con propiedades tan valiosas como las de estas fibras”, escribiría Boys posteriormente. Sin embargo, lo más sorprendente fue qué tan fuerte era esta fibra, dado que era tan o más resistente que una hebra de acero de un tamaño equivalente. Durante miles de años, los hombres utilizaron el vidrio por su belleza y transparencia, tolerando su fragilidad crónica. Pero el experimento de Boys con la ballesta demostró que había un nuevo giro en la historia de este fantástico y versátil material: era posible utilizar el vidrio por su fortaleza.

A mediados del siglo siguiente, las fibras de vidrio –ahora unidas en un nuevo material milagroso que llevaba ese nombre– estaban por todos lados: en el aislamiento de las casas, en la vestimenta, en las tablas de surf, en los grandes yates, en los cascos y en las placas de circuitos que conectan los chips de un ordenador moderno. El fuselaje de la nave insignia del Airbus, el A380 –la aeronave comercial más grande en los cielos– se fabrica con un compuesto de aluminio y fibra de vidrio, lo que lo hace mucho más resistente a la fatiga y a los años que las carcasas de aluminio tradicionales. Irónicamente, la mayoría de estas aplicaciones ignoraban la extraña capacidad del óxido de silicio de transmitir ondas de luz: casi todos los objetos hechos de fibra de vidrio, a simple vista, no parecen hechos de vidrio. Durante la primera década de las innovaciones con fibra de vidrio, el énfasis en su falta de transparencia tuvo mucho sentido. Era útil para permitir que la luz pasara a través de una ventana o de una lente, pero ¿para qué necesitaríamos que pasara a través de una fibra de tamaño similar a un cabello?

La transparencia de la fibra de vidrio adquirió importancia una vez que comenzamos a pensar en la luz como una vía para codificar información digital. En 1970, un grupo de investigadores de Corning Glassworks –el Murano de la modernidad– desarrolló un tipo de vidrio que era tan extraordinariamente claro que si se creaba un bloque del tamaño de un autobús sería igual de transparente que observar a través de una ventana. (En la actualidad, tras muchos perfeccionamientos, el bloque podría medir hasta un kilómetro con la misma claridad). Posteriormente, los científicos de Bell Labs tomaron este vidrio superclaro y le lanzaron rayos láser a través de toda su longitud, fluctuando las señales ópticas que correspondían a los ceros y las que correspondían a los unos en el código binario. Este híbrido de dos inventos aparentemente no relacionados –la luz concentrada y ordenada de los rayos láser y las fibras de vidrio hiperclaras– comenzó a conocerse como “fibra óptica”. El hecho de utilizar cables de fibra óptica era mucho más eficiente que enviar señales eléctricas a través de cables de cobre, en especial para las distancias más largas: la luz permite un mayor ancho de banda y es mucho menos susceptible al ruido y a las interferencias que la energía eléctrica. En la actualidad, la estructura fundamental de Internet global está hecha de cables de fibra óptica. Aproximadamente, diez cables diferentes atraviesan el océano Atlántico, llevando casi todas las comunicaciones de voz y de datos entre ambos continentes. Cada uno de estos cables contiene una colección de fibras separadas, rodeadas de capas de acero y aislamiento para mantenerlas herméticamente cerradas y protegidas de los barcos de arrastre, las anclas e incluso los tiburones. Cada fibra individual es más fina que una hebra de paja. Aunque parezca increíble, es posible sostener en la palma de la mano todo el conjunto de tráfico de voz y de datos que viaja entre América del Norte y Europa. Miles de innovaciones debieron reunirse para que este milagro fuera posible: tuvimos que inventar la idea de los datos digitales, los rayos láser y los ordenadores a ambos lados que pueden transmitir y recibir estos haces de información –además de los barcos que colocan y reparan los cables–. Sin embargo, una vez más, esos extraños lazos de óxido de silicio son una pieza clave de la historia. La World Wide Web (www) o red informática mundial está tejida a través de hilos de vidrio.

Pensemos en ese icónico acto de principios del siglo xx: tomarse una selfi con el celular mientras estamos de vacaciones en algún lugar exótico y luego subir la imagen a Instagram o a Twitter, donde circula hacia los teléfonos y ordenadores de otras personas en todo el mundo. Estamos acostumbrados a celebrar las innovaciones que han permitido naturalizar este acto: la miniaturización de los ordenadores digitales en dispositivos de mano, la creación de Internet y la Red, las interfaces de software de las redes sociales. Pero pocas veces reconocemos la forma en que el vidrio soporta toda esta red: tomamos fotos a través de lentes de vidrio; las guardamos y manipulamos en placas de circuitos hechas de fibra de vidrio; las transmitimos alrededor del mundo a través de cables de vidrio, y las disfrutamos en pantallas hechas de vidrio. El óxido de silicio está presente durante toda la cadena.

Es fácil burlarnos de nuestra afición por tomarnos selfis, pero lo cierto es que existe una larga y reconocida tradición detrás de esta forma de autoexpresión. Algunas de las obras de arte más famosas del Renacimiento y comienzos del modernismo son autorretratos: desde Durero hasta Leonardo, Rembrandt y Van Gogh con la oreja vendada, los pintores han estado obsesionados con capturar en el lienzo una gran variedad de imágenes detalladas de ellos mismos. Por ejemplo, Rembrandt pintó cerca de cuarenta autorretratos en el transcurso de su vida. Pero lo más interesante respecto de este arte es que no existía realmente como una convención artística en Europa antes del siglo xv. Hasta entonces, las personas pintaban paisajes, escenas de la realeza, arte religioso y miles de otros temas diferentes. Pero no se pintaban a sí mismas.

La explosión del interés por el autorretrato fue el resultado directo de otro avance tecnológico vinculado a nuestra capacidad de manipular el vidrio. En Murano, los vidrieros habían descubierto la forma de combinar los vidrios transparentes con una nueva innovación en el sector metalúrgico: cubrían el dorso del vidrio con una amalgama de estaño y mercurio para crear una superficie brillante y muy reflectante. Por primera vez, los espejos se volvieron parte de la vida cotidiana. Esta fue una revelación en los niveles más íntimos: antes del surgimiento de los espejos, el común de las personas vivía la vida sin ver jamás una representación exacta de su rostro y solo veían algunas ojeadas fragmentarias y distorsionadas en el agua o en metales pulidos.


Las Meninas por Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.

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Los espejos parecían un invento tan mágico que rápidamente se incorporaron en algunos de los más extraños rituales sagrados. Durante los peregrinajes religiosos, era común que los peregrinos más adinerados llevaran un espejo. Al visitar reliquias sagradas, se ubicaban de forma tal que pudieran ver los huesos en el reflejo del espejo. Al volver a su hogar, les mostraban estos espejos a sus amigos y familiares, presumiendo que tenían una evidencia física de dicha reliquia, ya que habían capturado el reflejo de este escenario sagrado. De hecho, antes de dedicarse a la imprenta, Gutenberg había tenido la idea de fabricar y vender pequeños espejos para que los peregrinos llevaran en sus viajes. No obstante, el impacto más significativo del espejo no sería sagrado, sino secular. Filippo Brunelleschi utilizó un espejo para inventar la perspectiva lineal en la pintura, dibujando el reflejo del Baptisterio de San Juan en lugar de su percepción directa. El arte del Renacimiento tardío está repleto de espejos en los cuadros; el más famoso quizá sea la obra maestra invertida de Diego Velázquez, Las Meninas, que muestra al artista (y a la familia real extendida) durante la sesión de pintura del retrato del rey Felipe iv y la reina Mariana de España. Toda la imagen está capturada desde el punto de vista de dos personas de la realeza que esperan por su retrato; es literalmente una pintura sobre el acto de pintar. El rey y la reina solo pueden verse en un fragmento del lienzo, a la derecha de Velázquez: dos pequeñas imágenes borrosas reflejadas en un espejo ubicado al fondo.

Como herramienta, el espejo se convierte en un activo invaluable para los pintores que ahora podían capturar el mundo a su alrededor de una forma mucho más realista, incluso los intrincados detalles de sus propios rostros. En sus notas, Leonardo da Vinci observó lo siguiente (usando espejos, naturalmente, para escribir en su legendaria escritura especular):

Cuando queramos ver si el efecto general de nuestro cuadro se corresponde con el objeto representado por naturaleza, debemos colocar delante un espejo para que refleje el verdadero objeto y luego cotejar este reflejo con el cuadro, y considerar con atención si el objeto de las dos imágenes está en conformidad con ambas, analizando especialmente el espejo. El espejo debe tomarse como una guía.

El historiador Alan MacFarlane escribe acerca del papel del vidrio para moldear la visión artística: “Es como si todos los hombres tuvieran una suerte de miopía sistemática, que hiciera imposible ver y, especialmente, representar el mundo natural con precisión y claridad. Normalmente, los hombres ven la naturaleza de forma simbólica, como un conjunto de signos [...] Lo que el vidrio hizo, irónicamente, fue quitar o compensar el cristal oscuro de la visión humana y las distorsiones de la mente, y así dejar entrar más luz”.

En el preciso momento en que la lente de vidrio nos permitía extender nuestra visión hacia las estrellas o hacia las células microscópicas, los espejos nos permitían ver nuestro reflejo por primera vez. Esto impulsó una reorientación de la sociedad que fue más útil, pero no menos transformativa, que la reubicación de nuestro lugar en el universo suscitada a raíz del telescopio. “El príncipe más poderoso del mundo creó un amplio salón de espejos, y los espejos se difundieron de una sala a la otra en el hogar burgués”, escribe Lewis Mumford en Técnica y civilización. “La autoconciencia, la introspección, la conversación con el espejo se desarrollan con este nuevo objeto”. Las convenciones sociales, así como los derechos de propiedad y otros asuntos legales, comenzaron a girar en torno al individuo en lugar de en torno a las viejas unidades colectivas: la familia, la tribu, la ciudad, el reino. La gente comenzó a escribir acerca de su vida interior con mayor escrutinio. Mientras Hamlet reflexiona en el escenario, surge la novela como la forma de narración predominante, reflejando la vida interior de sus protagonistas con una profundidad sin precedentes. Adentrarse en una novela, en especial en una narración en primera persona, era una especie de truco de salón conceptual: nos permitía nadar a través de la consciencia, los pensamientos y las emociones de otras personas, de una forma más efectiva que cualquier otra expresión estética inventada hasta el momento. En cierto sentido, la novela psicológica es el tipo de historia que queremos escuchar una vez que hemos pasado horas y horas de nuestra vida mirándonos al espejo.

¿Qué tanto de esta trasformación le debemos al vidrio? Hay dos realidades que no pueden negarse: el espejo desempeñó un papel clave para permitir a los artistas pintarse a sí mismos e inventar la perspectiva como un dispositivo formal y, poco después, se produjo un cambio trascendental en la consciencia de los europeos que los orientó de una forma diferente, un cambio que se propagaría por todo el mundo (y que aún se está propagando). Sin duda, muchas fuerzas convergieron para que esta transición fuera posible: nuestra cosmovisión egocéntrica era acorde a las primeras etapas del capitalismo moderno que prosperaba en lugares como Venecia y Holanda (hogar de algunos maestros de la introspección artística, como Durero y Rembrandt). Asimismo, estas fuerzas se complementaron entre sí: los espejos fueron los primeros accesorios de alta tecnología para el hogar y, una vez que comenzamos a mirarnos al espejo, empezamos a vernos de manera diferente, en formas que impulsaban los sistemas de mercado que luego nos venderían aún más espejos. El espejo no impulsó el Renacimiento, pero quedó inmerso en un ciclo de retroalimentación positivo junto a otras fuerzas sociales, y su capacidad inusual de reflejar la luz permitió consolidar estas fuerzas. Esto es lo que nos permite ver la perspectiva del historiador robot: la tecnología no es la única causa de una transformación cultural como el Renacimiento, pero sí es tan importante para la historia como los hombres visionarios a los que solemos celebrar convencionalmente.

MacFarlane describe de forma muy ingeniosa este tipo de relación causal. El espejo no “fuerza” el desarrollo del Renacimiento, pero “permite” que se desarrolle. La elaborada estrategia reproductiva de los polinizadores no forzó al colibrí a evolucionar su espectacular aerodinámica, pero creó las condiciones que le permitieron al colibrí aprovechar los azúcares gratuitos de la flor evolucionando este rasgo tan distintivo. El hecho de que el colibrí sea una especie única en el reino aviario sugiere que, si las flores no hubieran evolucionado su baile simbiótico con los insectos, las habilidades de vuelo del colibrí nunca se hubieran desarrollado. Es fácil imaginar un mundo con flores, pero sin colibríes. Pero es mucho más difícil imaginar un mundo sin flores, pero con colibríes.

Lo mismo se aplica a los avances tecnológicos como el espejo. Sin la tecnología que permitió al hombre ver un claro reflejo de la realidad –incluso su propio rostro–, hubiera sido mucho más difícil que se produjera la constelación particular de ideas en el arte, la filosofía y la política que denominamos Renacimiento. (La cultura japonesa también se inclinaba por los espejos de acero durante este mismo período, pero nunca los adoptó para el uso introspectivo que floreció en Europa, quizá porque el acero reflejaba mucho menos luz que los espejos de vidrio y agregaba un color poco natural a la imagen). No obstante, el espejo no fue el único que dictó los términos de la revolución europea sobre el sentido del ser. Una cultura diferente, que hubiera inventado el espejo de vidrio en un momento distinto de su desarrollo histórico, quizá no habría experimentado la misma revolución intelectual, porque el resto de su orden social sería diferente del de los pueblos serranos de la Italia del siglo xv. El Renacimiento también se vio beneficiado por un sistema de mecenazgo que permitió a los artistas y a los científicos pasar sus días jugando con espejos en lugar de, por ejemplo, recolectando nueces y bayas. Un Renacimiento sin los Medici –no la familia, por supuesto, sino la clase económica que representan– es tan difícil de imaginar como un Renacimiento sin el espejo.

Probablemente, deberíamos agregar que las virtudes de la sociedad del ser son completamente debatibles. La orientación de las leyes en torno a los individuos llevó directamente a una tradición de los derechos humanos y a la prominencia de las libertades individuales en los códigos jurídicos. Esto debe ser considerado un progreso. Pero las personas más sensatas no están de acuerdo respecto de cómo hemos inclinado la balanza demasiado en favor del individualismo, alejándonos de las sociedades colectivas: la unión, la comunidad y el Estado. Para solucionar estos desacuerdos son necesarios argumentos –y valores– diferentes de los que necesitamos para explicar de dónde surgieron estos desacuerdos. El espejo ayudó en la invención del “yo” moderno, de forma real pero incuantificable. En eso estamos de acuerdo. Si fue algo bueno o no es una cuestión aparte, que quizá nunca podamos resolver del todo.

El volcán dormido de Mauna Kea en la Isla Grande de Hawái se eleva unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, aunque la montaña se extiende otros seis mil metros más debajo del fondo oceánico, por lo que es significativamente más grande que el monte Everest en términos de altura de la base al pico. Es uno de los pocos lugares en el mundo donde se puede conducir desde el nivel del mar hasta los cuatro mil metros en unas horas. En la cima, el paisaje es desértico, casi marciano, en su expansión rocosa y sin vida. Por lo general, una capa de inversión térmica mantiene a las nubes miles de metros sobre la cima del volcán; el aire es tan seco como cortante. Al estar de pie en la cima, estamos lo más lejos posible de los continentes de la Tierra, pero seguimos en tierra firme, es decir que la atmósfera en Hawái –inalterada por la turbulencia de la energía solar rebotando o siendo absorbida por grandes y diversas masas de tierra– es tan estable como en cualquier otro lugar del planeta. Todas estas propiedades hacen que la cima de Mauna Kea sea uno de los lugares más sobrenaturales que podemos visitar. Por supuesto, es también un sitio ideal para observar las estrellas.

En la actualidad, en la cima de Mauna Kea hay trece observatorios diferentes, grandes domos blancos esparcidos por las rocas rojas, como puestos remotos relucientes en un planeta lejano. En este grupo se encuentran los telescopios mellizos del observatorio W. M. Keck, los telescopios ópticos más potentes del mundo. Los telescopios Keck parecen ser un descendiente directo de la creación de Hans Lippershey, pero no dependen de lentes para hacer su magia. Para capturar la luz de los sitios más remotos del universo, se necesitan lentes del tamaño de una camioneta pickup; a ese tamaño, es muy difícil soportar físicamente el vidrio y comienza a introducir distorsiones inevitables en la imagen. Por ello, los científicos e ingenieros del Keck recurrieron a otra técnica para captar los rastros extremadamente distantes de luz: el espejo.


Observatorio Keck.

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Cada telescopio cuenta con treinta y seis espejos hexagonales que forman un lienzo reflectante de seis metros. La luz se refleja en un segundo espejo y luego desciende hacia un conjunto de instrumentos, donde las imágenes se procesan y visualizan en la pantalla de un ordenador. (En el Keck no existe un punto panorámico donde se pueda mirar directamente a través del telescopio, como hacía Galileo y como han hecho un sinfín de astrónomos desde entonces). Pero incluso en la atmósfera ultraestable de Mauna Kea, pequeñas perturbaciones pueden nublar las imágenes capturadas por el Keck. Entonces, los observatorios emplearon un ingenioso sistema denominado “óptica adaptativa” para corregir la visión de los telescopios. Se envían haces de rayos láser hacia el cielo nocturno sobre el observatorio, lo que crea una estrella artificial. Esa falsa estrella se convierte en un punto de referencia; dado que los científicos saben exactamente cómo debería verse el láser en el cielo, donde no hay distorsión atmosférica, pueden medir la distorsión existente comparando la imagen “ideal” del láser y lo que los telescopios registran. Guiados por el mapa del ruido atmosférico, los ordenadores indican a los espejos del telescopio que se flexionen ligeramente en función de las distorsiones exactas en el cielo de Mauna Kea esa noche en cuestión. El efecto es casi igual a darle gafas a una persona miope: los objetos lejanos se vuelven significativamente más nítidos.

Por supuesto, con los telescopios Keck los objetos distantes son galaxias y supernovas que, en algunos casos, están a miles de millones de años luz de distancia. Cuando observamos a través de los espejos del Keck, estamos viendo directamente hacia un pasado lejano. Una vez más, el vidrio nos ha permitido extender nuestra visión: no solo hacia el mundo invisible de las células y los microbios, o hacia la conectividad global del teléfono con cámara, sino también hacia los albores del universo. El vidrio comenzó como chucherías y recipientes vacíos. Miles de años más tarde, se posa sobre las nubes en la cima del Mauna Kea, convirtiéndose en una máquina del tiempo.

La historia del vidrio nos recuerda cómo nuestro ingenio se ve, al mismo tiempo, confinado y enriquecido por las propiedades físicas de los elementos que nos rodean. Cuando pensamos en las entidades que conforman el mundo moderno, solemos hablar acerca de los grandes visionarios de la ciencia y la política, o de los inventos más exitosos, o de los movimientos colectivos. Pero nuestra historia también tiene un elemento material: no el materialismo dialéctico que practicaba el marxismo, donde el “material” se refería a la lucha de clases y a la primacía de las explicaciones económicas. Hablamos de la historia material, en cambio, en el sentido de la historia moldeada por los elementos fundamentales de la materia, que luego se conectan con otras cosas, como movimientos sociales o sistemas económicos. Imaginemos que podemos reescribir el Big Bang (o hacer las veces de Dios, dependiendo de la metáfora) y crear un universo que sea exactamente como el nuestro, pero con un pequeño cambio: los electrones del átomo de silicio no se comportan de la misma manera. En este universo alternativo, los electrones absorben la luz como la mayoría de los materiales, en lugar de dejar que los fotones los atraviesen. Un ajuste tan pequeño podría no haber tenido ninguna importancia para la evolución del Homo sapiens hasta hace unos miles de años. Pero luego, sorprendentemente, todo cambió. Los hombres comenzaron a explotar el comportamiento cuántico de estos electrones de silicio de innumerables maneras. En un nivel fundamental, es imposible imaginar el último milenio sin el vidrio transparente. Podemos manipular el carbono (en la forma de ese compuesto distintivo del siglo xx, el plástico) en materiales transparentes durables que pueden cumplir la función del vidrio, pero esa experiencia data de este último siglo. Si modificamos los electrones de silicio, eliminamos los últimos miles de años de ventanas, gafas, lentes, tubos de ensayo y bombillas (los espejos de alta calidad podrían haberse inventado independientemente utilizando otros materiales reflectantes, aunque seguro este invento hubiera demorado más siglos). Un mundo sin vidrio sin duda transformaría la estructura de la civilización, al eliminar todas las ventanas de colores de las grandes catedrales y las superficies brillantes y reflectantes del moderno paisaje urbano. Pero un mundo sin vidrio también atentaría contra la base del progreso moderno: la esperanza de vida extendida que surge de la comprensión de las células, los virus y las bacterias; el conocimiento genético de lo que nos hace humanos; el conocimiento astronómico de nuestro lugar en el universo. Ningún material de la Tierra fue más importante para estos avances conceptuales que el vidrio.

En una carta a un amigo acerca del libro de historia natural que nunca pudo escribir, René Descartes describió cómo le hubiera gustado contar la historia del vidrio: “De qué forma de las cenizas, por la mera intensidad de la acción [del calor], se formó el vidrio: verdaderamente me dio placer poder describirla, dado que esta transmutación de las cenizas en vidrio me pareció tan maravillosa como cualquier otra naturaleza”. Descartes estaba lo bastante cerca de la revolución original del vidrio como para poder percibir su magnitud. En la actualidad, estamos más alejados de la influencia original del material como para poder apreciar qué tan importante fue –y continúa siendo– en nuestra vida cotidiana.

Esta es una de esas ocasiones en las que el enfoque de largo alcance nos ilumina y nos permite ver cosas que de otra forma nos habríamos perdido, si nos hubiéramos enfocado solo en los eventos habituales de las narraciones históricas. No es algo extraño invocar a los elementos físicos al analizar un cambio histórico. La mayoría de nosotros aceptamos la idea de que el carbono ha desempeñado un papel fundamental en la actividad del hombre desde la Revolución Industrial. Pero en cierta manera, esto no es ninguna novedad: el carbono ha sido un elemento esencial para casi todos los organismos vivos desde el caldo primigenio. Pero los hombres no habían pensado en utilizar el óxido de silicio hasta que los vidrieros comenzaron a experimentar con sus curiosas propiedades hace mil años. En la actualidad, si miramos a nuestro alrededor, seguramente encontraremos cientos de objetos cuya existencia se debe al óxido de silicio, y muchos más que dependen del elemento silicio en sí: los paneles de vidrio de las ventanas o los rascacielos, la lente de nuestro teléfono con cámara, la pantalla del ordenador, todo lo que tenga un microchip, un reloj digital, etcétera. Si estuviéramos haciendo el reparto de los papeles estelares de la química en la vida cotidiana hace diez mil años, los principales serían los mismos que hoy: somos grandes usuarios de carbono, hidrógeno y oxígeno. Pero el silicio no hubiera recibido ningún crédito. Aunque es abundante en la Tierra –más del 90% de la corteza terrestre está hecha de silicio–, casi no desempeña ninguna función en el metabolismo natural de las formas de vida en el planeta. Nuestros organismos dependen del carbono y muchas de nuestras tecnologías (combustibles fósiles y plástico) también muestran la misma dependencia. Pero la necesidad de silicio es un antojo de la modernidad.

Entonces, debemos preguntarnos por qué nos llevó tanto tiempo. ¿Por qué las extraordinarias propiedades de esta sustancia fueron ignoradas por naturaleza y por qué recién se vuelven esenciales para la sociedad humana hace aproximadamente mil años? Al tratar de responder estas preguntas, por supuesto, solo podemos especular. Pero una de las respuestas sin duda se relaciona con otra tecnología: el horno. Uno de los motivos por los que la evolución no tuvo un gran uso para el óxido de silicio es porque los productos más interesantes de esta sustancia solo aparecen al superar los 537 °C. El agua y el carbono líquidos pueden crear cosas maravillas a temperatura atmosférica, pero es difícil ver lo promisorio del óxido de silicio sin derretirlo, y la temperatura ambiente –al menos en la superficie de este planeta– nunca es tan caliente. Este fue el efecto colibrí que propagó el horno: al aprender cómo generar calor extremo en un entorno controlado, develamos el potencial molecular del óxido de silicio, que pronto transformó la forma en que veíamos el mundo y a nosotros mismos.

De una forma extraña, el vidrio intentaba extender nuestra visión del universo desde el comienzo, mucho antes de que fuéramos lo suficientemente listos como para darnos cuenta. Esos fragmentos de vidrio del desierto Líbico que llegaron a la tumba de Tutankamón sorprendieron a arqueólogos, geólogos y astrofísicos durante décadas. Las moléculas semilíquidas del óxido de silicio indicaban que se habían formado a temperaturas que solo podían ser posibles ante el impacto directo de un meteorito, pero no había ninguna evidencia de un cráter en los alrededores. Entonces ¿de dónde habían provenido esas temperaturas extraordinarias? Un rayo puede alcanzar una pequeña área de sílice con el calor suficiente para formar vidrio, pero no puede afectar a muchos acres de arena de un solo golpe. Así, los científicos comenzaron analizar la idea de que el vidrio libio se originó a partir de la colisión de un cometa en la atmósfera terrestre, que luego explotó sobre las arenas del desierto. En 2013, el geoquímico sudafricano Jan Kramers analizó una misteriosa piedra en el área y determinó que se había originado en el núcleo de un cometa, el primer objeto de este tipo descubierto en la Tierra. Los científicos y las agencias espaciales han invertido miles de millones de dólares en la búsqueda de partículas de cometas, dado que ofrecen una percepción más profunda de la formación de los sistemas solares. Gracias a la piedra del desierto Líbico, ahora tienen un acceso directo a la geoquímica de los cometas. Y durante todo este tiempo, el vidrio estaba indicándonos el camino.

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Capítulo 2

El frío

A comienzos del verano de 1834, un barco de tres mástiles llamado Madagascar entró al puerto de Río de Janeiro, con la carga más inimaginable: un lago congelado de Nueva Inglaterra. El Madagascar y su tripulación trabajaban para un empresario innovador y testarudo de Boston, llamado Frederic Tudor. La historia ahora lo conoce como el “rey del hielo”, pero durante el comienzo de su adultez fue un miserable fracasado, aunque con una admirable tenacidad.

“El hielo es un interesante objeto de contemplación”, escribió Thoreau en Walden, observando la maravillosa expansión azul congelada de su estanque en Massachusetts. Tudor había crecido admirando el mismo escenario. Como todo adinerado joven de Boston, su familia había disfrutado durante años del agua congelada del estanque de su finca en Rockwood –no solo por su estética, sino también por su perdurable capacidad de mantener las cosas frías–. Al igual que muchas familias pudientes de los climas norteños, los Tudor almacenaban bloques de hielo del lago congelado en una suerte de almacenes de hielo, unos cien kilos de cubos de hielo que se mantenían maravillosamente congelados hasta los meses de verano, donde comenzaba un nuevo ritual: cincelar los bloques para refrescar las bebidas, preparar helado o enfriar el baño durante una ola de calor.

La idea de que un bloque de hielo sobreviva intacto durante meses sin el beneficio de la refrigeración artificial parece algo imposible de imaginar en la modernidad. Estamos acostumbrados al hielo preservado indefinidamente gracias a las tecnologías frigoríficas del mundo actual. Pero el hielo en estado salvaje es otro tema –más allá de los glaciares, asumimos que un bloque de hielo no puede sobrevivir más de una hora al calor estival, y mucho menos meses–. Pero Tudor sabía por experiencia personal que un bloque de hielo podía sobrevivir hasta el verano si se mantenía lejos del sol –o, por lo menos, hasta fines de la primavera en Nueva Inglaterra–. Y ese conocimiento plantó la semilla de una idea, un plan que le costaría su cordura, su fortuna y su libertad, antes de convertirlo en un hombre inmensamente rico.

A los diecisiete años, el padre de Tudor lo envió a un viaje por el Caribe, para que acompañara a su hermano mayor John, quien sufría de un problema en la rodilla que lo había dejado inválido. Se creía que los climas más cálidos podían mejorar la salud de John, pero en verdad tuvieron un efecto opuesto: al llegar a La Habana, los hermanos Tudor se vieron apabullados por el clima húmedo. Pronto partieron rumbo al norte, con escalas en Savannah y Charleston, pero el calor del verano no los dejaba en paz y John pronto contrajo una enfermedad (que probablemente fuera tuberculosis). Murió seis meses más tarde, a la edad de veinte años.

Como intervención médica, la aventura en el Caribe de los hermanos Tudor fue un completo desastre. Pero mientras sufría la inevitable humedad de los trópicos en la vestimenta de gala del siglo xix, un caballero le sugirió al joven Frederic Tudor una idea radical –y hasta algo ridícula–: si pudiera transportar hielo de alguna manera del norte hacia las Indias Occidentales, habría un inmenso mercado de comercialización. La historia del mercado global ha demostrado claramente que podían amasarse grandes fortunas transportando un bien ubicuo en un ambiente hacia otro lugar donde este era escaso. Para el joven Tudor, el hielo parecía encajar perfectamente en esta ecuación: casi sin valor en Boston, sería invaluable en La Habana.


Frederic Tudor.

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El mercado del hielo no era más que una corazonada, pero por algún motivo Tudor la mantuvo en su mente no solo durante el luto que siguió a la muerte de su hermano, sino también durante sus años sin rumbo como un joven privilegiado en la sociedad de Boston. En algún momento de este período, dos años después de la muerte de su hermano, compartió su disparatado plan con su hermano William y su futuro cuñado, el aún más acaudalado Robert Gardiner. Unos meses después de la boda de su hermana, Tudor comenzó a tomar notas en un diario. Como portada, dibujó un boceto del edificio de Rockwood que durante años le había permitido a su familia escapar al calor del sol estival. Lo llamó “Ice House Diary” (del inglés, “El diario del almacén de hielo”). La primera entrada decía lo siguiente: “Plan etc., para transportar hielo a los climas tropicales. Boston, 1 de agosto de 1805. En el día de hoy, William y yo decidimos reunir todas nuestras pertenencias y embarcarnos en el proyecto de llevar hielo a las Indias Occidentales el próximo invierno”.

La entrada era típica del comportamiento de Tudor: enérgico, confiado, casi cómicamente ambicioso (aparentemente, su hermano William estaba menos convencido de lo promisorio de este plan). La confianza de Tudor en este emprendimiento derivaba del valor que el hielo tendría al llegar a los trópicos: “En un país donde en algunas estaciones del año el calor es prácticamente insoportable –escribió en una entrada posterior– y donde a veces el agua, la necesidad básica de la vida, solo puede consumirse en estado tibio, el hielo debe considerarse como un bien superior a muchos otros lujos”. El mercado del hielo estaba destinado a dotar a los hermanos Tudor de fortunas mucho más grandes de las que alguien podría imaginar. Sin embargo, parece haberle prestado menos atención a los desafíos propios del transporte del hielo. En concordancia con el período, los Tudor confiaban en las historias –seguramente apócrifas– de que se había enviado un cargamento de helado casi intacto desde Inglaterra hasta Trinidad como evidencia prima facie de que su plan debería funcionar. Al leer el “Ice House Diary”, podemos escuchar la voz de un hombre enceguecido por su propia convicción, negado a escuchar cualquier tipo de duda o argumentos en su contra.

Sin importar cuán engañado pueda haber estado Frederic, tenía algo a su favor: contaba con los medios para poner su plan en marcha. Tenía el dinero suficiente como para contratar un barco y un suministro interminable de hielo, fabricado por la Madre Naturaleza cada invierno. De esta forma, en noviembre de 1805, Tudor envió a su hermano y a su primo a Martinica como equipo de avanzada, con instrucciones para negociar los derechos exclusivos del hielo, que enviarían muchos meses más tarde. Mientras esperaba novedades de sus enviados, Tudor compró un bergantín llamado Favorite por $4.750 y comenzó a preparar el hielo para la travesía. En febrero, Tudor partió del puerto de Boston hacia las Indias Occidentales, con el Favorite cargado de hielo de Rockwood. El plan de Tudor era lo bastante atrevido como para atraer la atención de la prensa, aunque el tono utilizado dejaba algo que desear. “No es ninguna broma –decía el Boston Gazette–, un navío cargado con 80 toneladas de hielo ha partido desde este puerto hacia Martinica. Esperamos que no resulte ser otra especulación sin fundamentos”.

La burla del Gazette terminaría siendo bien fundada, aunque no por los motivos que uno hubiera esperado. A pesar de varias demoras relacionadas con el clima, el hielo sobrevivió bastante bien la travesía. El problema resultó ser algo que Tudor nunca había contemplado. Los residentes de Martinica no tenían ningún interés en este exótico bien congelado. Simplemente no sabían qué hacer con él.

En el mundo moderno, tomamos por sentado que durante un día cualquiera nos veremos expuestos a distintas temperaturas. Disfrutamos de nuestro café caliente por la mañana y del helado como postre en la cena. Los que vivimos en climas con veranos cálidos, esperamos un constante ir y venir entre las oficinas con aire acondicionado y la humedad brutal al aire libre; en aquellos sitios donde predomina el invierno, nos abrigamos y nos aventuramos hacia las heladas calles, para luego subir el termostato cuando regresamos al hogar. Pero la gran mayoría de los hombres que vivían en climas ecuatoriales en el siglo xix nunca habían experimentado algo frío. La idea del agua helada debería sonar tan fantasiosa para los residentes de Martinica como el iPhone.

Las misteriosas y casi mágicas propiedades del hielo aparecerían más tarde en una de las más maravillosas líneas de apertura de la literatura del siglo xx en la obra de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Buendía recuerda una serie de carpas que instalaba un grupo de gitanos desarrapados, donde en cada una podía apreciarse una extraordinaria nueva tecnología. Los gitanos solían exhibir lingotes magnéticos, telescopios y microscopios, pero ninguno de estos logros de la ingeniería impresionaba tanto a los residentes del imaginario pueblo de Macondo, en América del Sur, como un simple bloque de hielo.

No obstante, en ocasiones, la mera novedad de un objeto puede hacer que sea difícil discernir su utilidad. Este fue el primer error de Tudor. Había imaginado que la novedad del hielo sería un punto a su favor y que los bloques de hielo superarían a cualquier otro lujo. En cambio, solo recibió miradas confundidas.

La indiferencia a los poderes mágicos del hielo había impedido que William, el hermano de Tudor, consiguiera un comprador exclusivo para el cargamento. Lo que es aún peor, William ni siquiera había podido encontrar una ubicación adecuada para almacenar el hielo. Tudor viajó hasta Martinica para descubrir que no había demanda para su producto, que se estaba derritiendo a un ritmo alarmante ante el calor tropical. Repartió folletos por todo el pueblo e incluyó instrucciones específicas acerca de cómo llevar y preservar el hielo, pero pocas personas le prestaron atención. Sí consiguió preparar algo de helado, lo que impresionó a algunos lugareños, quienes creían que esta exquisitez no podía crearse tan cerca del Ecuador. Pero, en última instancia, el viaje fue un completo fracaso. En su diario, calculó que había perdido casi $4.000 con esta desventura tropical.

El desolador patrón del viaje a Martinica se repetiría en los años subsiguientes, con resultados aún más catastróficos. Tudor envió una serie de barcos con hielo hacia el Caribe, pero solo recibió un pequeño aumento en la demanda de su producto. Mientras tanto, la fortuna de su familia colapsó y los Tudor se retiraron a su granja en Rockwood, que –como casi todas las tierras de Nueva Inglaterra– no era muy idónea para la agricultura. El cultivo de hielo era la última esperanza de la familia. Pero era una esperanza de la cual la sociedad de Boston se burlaba abiertamente, y una serie de naufragios y embargos parecían justificar el escarnio. En 1813, Tudor fue enviado a la prisión para deudores. Muchos años más tarde, escribió lo siguiente en su diario:

El lunes 9 me arrestaron [...] y me encerraron por deudor en una prisión de Boston [...] En este día memorable en mi pequeña crónica, tengo 28 años, 6 meses y 5 días de edad. Es un evento que creo que no podría haber evitado, pero es un clímax del que sí esperaba poder escapar, dado que mis negocios por fin están mejorando luego de una terrible lucha contra circunstancias adversas durante siete años. Sin embargo, esto ha sucedido y debo intentar soportarlo como haría contra las tempestades del cielo, que deberían servir para fortalecer, en lugar de menguar, el espíritu de un verdadero hombre.

El incipiente negocio de Tudor se enfrentaba a dos importantes obstáculos. Tenía un gran problema de demanda, dado que la mayoría de sus potenciales clientes no comprendían para qué les sería útil este producto. Y tenía un problema de almacenamiento: perdía gran parte del producto por culpa del calor, especialmente una vez que llegaba a los trópicos. Pero su experiencia en Nueva Inglaterra le otorgó una ventaja crucial, más allá del hielo en sí mismo. A diferencia del sur de los Estados Unidos, que se caracterizaba por las plantaciones de azúcar y de algodón, los estados del norte estaban casi desprovistos de recursos naturales que pudieran vender en otro sitio. Esto significaba que los barcos salían vacíos del puerto de Boston y se dirigían a las Indias Occidentales para llenar sus cascos con cargamentos valiosos, antes de regresar a los adinerados mercados de la costa este. Pagarle a una tripulación para que navegara sin cargamento era una verdadera pérdida de dinero. Cualquier cargamento era mejor que nada, es decir que Tudor podía negociar tarifas más económicas si cargaba el hielo en lo que de otra forma hubiera sido un barco vacío y, de esta manera, evitaba la necesidad de comprar y mantener sus propios navíos.

Por supuesto, gran parte de la belleza del hielo es que era básicamente gratis: Tudor solo necesitaba pagarles a sus trabajadores para que tallaran los bloques de los lagos congelados. La economía de Nueva Inglaterra generaba otro producto que también carecía de valor: aserrín –el principal desecho de los aserraderos–. Tras años de experimentar con diferentes soluciones, Tudor descubrió que el aserrín podía ser un efectivo aislante para el hielo. Los bloques apilados, separados con el aserrín, eran dos veces más resistentes que el hielo sin ninguna protección. Este fue el gran ingenio de Tudor: tomó tres elementos cuyo precio era nulo para el mercado –hielo, aserrín y un barco vacío– y los convirtió en un negocio floreciente.

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