Kitabı oku: «Cuando colisionan las estrellas»

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Epílogo

Nota de la autora

Título ori­gi­nal: When Stars Collide

© 2021 by Susan Elizabeth Phillips, LLC.

An Imprint of HarperCollinsPublishers

____________________

Traducción: Xavier Beltrán

Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

___________________

1.ª edición: noviembre 2021

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2021: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

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Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.

Para los profesores de todo el mundo

que siguen dejándose la piel con sus alumnos.

Os damos las gracias de corazón.

«No puedes llevar una corona con la cabeza gacha».

Beyoncé

1

Olivia Shore miró por la ventanilla tintada de la limusina hacia el jet privado estacionado en la pista. A eso se reducía ahora su vida, a volar por los Estados Unidos con un deportista cortito que ganaba más de lo que merecía y con demasiados malos recuerdos…, y todo para promocionar una marca de relojes de lujo.

Iban a ser las cuatro semanas más largas de su vida.

***

Thaddeus Walker Bowman Owens se inclinó hacia la ventanilla del jet y miró hacia la limusina que acababa de detenerse junto al avión. Llegaba treinta y ocho minutos tarde, para ser exactos. Un chófer descendió del vehículo y sacó una maleta del maletero, luego una segunda y después una tercera. Acto seguido, aparecieron un portatrajes y una cuarta maleta. Thaddeus apartó la cabeza de la ventanilla.

—¿En qué mierdas me he metido?

Cooper Graham se movió un poco para ver qué observaba su compañero y dedicó una semisonrisa a los pantalones de lana virgen de Thad, hechos a medida, y a su jersey de cachemira.

—Por lo visto, vais a tener que competir para saber quién viste mejor.

Thad le frunció el ceño al hombre que era a la vez su mejor amigo y una espina perpetua clavada en su piel.

—Me gusta la ropa de calidad.

—Y casi siempre pareces un pavo real.

—Solo si se me compara contigo. —Thad lanzó una mirada a los pantalones y a la sudadera con capucha de Coop. Cruzó las piernas y se apoyó uno de los pies, enfundado en un botín italiano con un suave forro interior, en la rodilla contraria—. Pero, bueno, ha sido un detalle que vinieras a despedirme.

—Era lo mínimo que podía hacer.

—Pensabas que no iba a venir, ¿verdad? —Thad se recostó en el asiento de cuero.

—No te negaré que se me pasó por la cabeza esa posibilidad.

—Dime cómo lo has hecho.

—¿Cómo he hecho el qué?

—Cómo te las has ingeniado para convencer a los de Relojes Marchand, perdón, a los de Relojazos Marchand, de que contar conmigo como embajador de su marca sería lo mismo que contar con el legendario Cooper Graham.

—Ni que fueras un don nadie, tío —dijo Graham con amabilidad.

—Coño, ya lo sé. Y para demostrarlo tengo el Heisman. El único trofeo que no adorna tus estanterías.

Graham sonrió y le dio una palmada en la espalda.

—Tu falsa modestia es lo que más admiro de ti.

—Y como los Marchand son los relojes oficiales de los Stars y no iban a tenerte a ti, querían a Clint Garrett, ¿verdad?

—Puede que mencionaran su nombre.

Thad soltó un bufido de repulsa. Clint Garrett era el quarterback joven, egocéntrico, talentosísimo e imbécil al que habían fichado los Chicago Stars para sustituir el vacío que habían sido incapaces de llenar cuando Coop se retiró. El mismo Clint Garrett al que en teoría Thad debía transformar en un mejor jugador y… sí, sustituirlo, si el niñato idiota se lesionaba.

Cuando dieciséis años atrás Thad salió de la universidad con el trofeo Heisman en su haber, se vio a sí mismo como un nuevo Coop Graham o Tom Brady, no como un tío que acabaría pasándose la mayor parte de su carrera en la NFL como el suplente de los quarterbacks titulares de cuatro equipos profesionales diferentes. Pero así era como habían ocurrido las cosas. Lo consideraban un estratega brillante y un líder inspirador, pero contaba con una debilidad casi insustancial en la visión periférica que lo separaba de la grandeza. Siempre la dama de honor, nunca la novia.

Un revuelo en el zona delantera del avión atrajo su atención hacia La Diva, que por fin los honraba a todos con su presencia. Vestía una gabardina marrón sobre unos pantalones negros y llevaba unos zapatos de tacón de aguja de color azul Klein que añadían unos doce centímetros a su altura, ya de por sí impresionante. Unos cuantos mechones de pelo oscuro sobresalían por los lados de un pañuelo estampado que le cubría la cabeza y que a Thad le hizo pensar en las fotos antiguas de Jacqueline Kennedy. Además del pañuelo, las gafas de sol gigantescas que se apoyaban en su alargada nariz hacían que pareciera una persona de la alta sociedad de la década de los sesenta, o quizá una estrella de cine italiana. La mujer lanzó una gigantesca bolsa de tela de diseño en la que cabría un golden retriever y tomó asiento cerca de la cabina sin siquiera saludar a ninguno de los dos.

En cuanto un ligero aroma a perfume de lujo, cultura elitista y pura arrogancia llegó hasta el fondo del jet, Coop se levantó del asiento.

—Llegó la hora de marcharme.

—Qué suerte tienes, cabrón —masculló Thad.

Coop conocía lo suficiente a Thad para saber que La Diva no era la única responsable del mal humor de su amigo.

—Eres justo lo que necesita el chaval —le dijo—. Clint Garrett cuenta con el talento para llegar muy lejos, pero no lo hará sin que el viejo lo lleve hasta allí.

Thad tenía treinta y seis años. Solo era viejo según los parámetros del fútbol americano.

Coop se dirigió a la cabina del avión. Se detuvo al acercarse a La Diva y asintió.

—Señorita Shore.

La mujer inclinó la cabeza y saludó a duras penas al hombre que había sido uno de los mejores quarterbacks de la NFL. Thad tenía todo el derecho del mundo a criticar y descalificar a Coop tanto como quisiera, pero aquella cantante de ópera intelectualoide no.

Graham le lanzó a Thad una mirada divertida y abandonó el avión como una rata huyendo de un barco que se hunde. Thad dudaba de que Coop se lo hubiera pensado dos veces antes de rechazar la lucrativa oferta de Marchand de erigirse en embajador de la marca para el nuevo reloj masculino Victory780. Al exquarterback no le gustaba separarse de su familia, y era evidente que no necesitaba el dinero. Por lo que respectaba a Clint Garrett… El joven Clint estaba demasiado ocupado persiguiendo a mujeres y conduciendo coches superrápidos para perder el tiempo representando una empresa de prestigio como Marchand, el reloj oficial tanto de los Chicago Stars como de la Ópera Municipal de Chicago.

A pesar de lo que le había dicho a Coop, a Thad no le sorprendía del todo que Relojes Marchand lo hubiera querido a él para promocionar el Victory780. Necesitaban a un jugador de los Stars y Thad sabía dar buenas entrevistas. Además, gracias al viejo trofeo Heisman, con los años había ganado bastante popularidad. Aun así, cualquiera con ojos en la cara era consciente de que no era el poderoso lanzamiento de Thad ni su labia los que habían sellado el pacto con Marchand. Sino su cara bonita.

—Eres incluso más guapo que Dean. —Coop lo pellizcó el día que se conocieron; se refería a Dean Robillard, el gran quarterback de los Stars.

El físico de Thad era una maldición.

Una de su exnovias favoritas le había dicho: «Tienes la nariz de Liam Hemsworth, los pómulos de Michael B. Jordan y el pelo de Zac Efron. Y esos ojos verdes… Igualitos a los de Taylor Swift. Es como si los famosos más atractivos te hubieran vomitado en la cara».

Echaba de menos a Lindy, pero la pobre se hartó de sus problemas con el compromiso. Cuando ella lo dejó, Thad le mandó de regalo un portátil nuevo para que supiera que no le guardaba ningún rencor.

Con los años, había hecho lo imposible por endurecer su apariencia. Se había dejado barba un par de veces, pero entonces la gente empezó a decirle que se parecía al tío de Cincuenta sombras de Grey. Lo intentó con un bigote de actor porno, y entonces las mujeres comentaron que le daba un aspecto distinguido. Hasta había probado durante un tiempo con uno de esos ridículos moños con el pelo rapado a los lados. Por desgracia, a él le quedaba bien.

En el instituto, a todo el mundo le salían granos, menos a él. No necesitó ponerse ortodoncia ni pasó por una fase desgarbada. No se había partido la nariz ni tenía una de esas cicatrices en la barbilla que sí lucían otros jugadores de la NFL. No se le había empezado a caer el pelo. Tampoco tenía barriga.

Thad culpaba a sus padres.

Pero uno de los beneficios de su físico, además de poseer un cuerpo esbelto de un metro noventa, era el dinero extra que le permitía ganar. Y le encantaba ganar dinero. En los últimos años, había cedido su rostro a una colonia para hombres, su culo a una marca de calzoncillos y su pelo a una línea de caros productos de cuidado personal que jamás se molestó en usar. Y ahora esto.

Cuatro semanas de viaje para promocionar el nuevo Victory780 de Marchand. Unas cuantas sesiones de fotos y entrevistas, además de aparecer como invitado y broche de oro en la gala de la Ópera Municipal de Chicago. Pan comido. Salvo por un problemilla. No era el único embajador de Marchand. Mientras él promocionaba el Victory780, Olivia Shore, la superestrella de la ópera, publicitaría el reloj femenino, el Cavatina3.

—¡Bonjour! ¡Bonjour! —Henri Marchand apareció junto a la cabina del avión con los brazos extendidos. Rezumaba acento francés igual que la Nutella rebosa de una crep caliente. Llevaba engominada hacia atrás la larga cabellera castaña, que le caía por detrás de los hombros. Aunque no portara una boina en lo alto de la cabeza, traía consigo el aire del Viejo Continente. Era delgado, mediría uno ochenta y tenía la cara fina y los rasgos afilados. El impecable traje de sastre de corte ancho de lana gris era de un color típicamente europeo, ese que los norteamericanos eran incapaces de lucir, si bien Thad tenía un pañuelo de cuello a rayas de tono similar que se ponía a veces cuando viajaba a Europa porque… ¿por qué no?

Marchand se acercó a La Diva.

—Olivia, ma chérie.

La mujer le tendió la mano. Él se la besó como si fuera la mismísima reina Victoria, aunque Thad se había enterado de que la tipa había crecido en Pittsburg y que era la hija única de dos profesores de música ya fallecidos. Había hecho los deberes, sí.

Henri dirigió la mirada hacia el final del avión y extendió los brazos de nuevo.

—¡Y Thaddeus, mon ami!

Thad lo saludó como si fueran colegas de toda la vida y contempló la posibilidad de arrancarle el nombre de su sastre.

—Menuda aventura vamos a vivir juntos. —Más gestos con los brazos—. Primera parada, Phoenix, donde tú, madame, pusiste voz a una arrebatadora Dulcinea en Don Quijote. Y donde mi amigo Thad lanzó un pase de setenta yardas para hacer touchdown contra los Cardinals de Arizona. Días gloriosos, ¿sí? Y la gloria sigue brillando con fuerza.

Para La Diva, quizá, pero no para Thad.

Henri se giró hacia la joven que lo había seguido a bordo.

—Mes amis, os presento a Paisley Rhodes, mi asistente. —¿Era imaginación de Thad o la exagerada sonrisa de Henri se había atenuado?

Paisley parecía una muchacha a punto de cruzar el campus de la universidad para asistir a la primera clase de Psicología: tenía una larga cola de cabello rubio y liso, una nariz demasiado perfecta y una silueta delgada que vestía una corta falda, una blusa metida por dentro con pliegue francés y botines. También se la veía aburrida, como si subirse a un jet privado supusiera un gran esfuerzo.

—Paisley nos echará una mano durante toda la gira. Si necesitáis algo, lo que sea, decídselo a ella.

Una parte de Thad esperaba oír un «pues eso» de los labios de Paisley, porque era imposible que se la viera menos interesada en echar una mano a nadie. Thad sospechaba que alguien debía de haber pedido un favor para que la contrataran.

Los ojos de la chica se posaron en él y Thad vio un primer destello de interés. Ignorando a La Diva, la joven se sentó en el asiento que quedaba a su derecha.

—Me llamo Paisley.

Él asintió.

—Mi padre es superfán del fútbol americano.

—Qué bien. —Era la respuesta estándar de Thad.

Cuando el avión despegó, la muchacha procedió a resumirle toda su vida —aunque no de forma demasiado resumida—. Acababa de finalizar una carrera de comunicación en una universidad del sur de California. Hacía nada que había roto con su novio. Era un alma vieja en un cuerpo joven, en palabras de ella, no de él. Su objetivo era convertirse en la asistente personal de un famoso, cualquiera le servía. Y, cómo no, su abuelo era un buen amigo de Lucien Marchand, lo que explicaba cómo había conseguido el trabajo.

Miró el reloj que llevaba en la muñeca, uno de los modelos más sencillos de Marchand.

—Nunca llevo reloj. —Dio un golpecito a su móvil—. O sea, para qué, ¿no? Pero es que me obligan a llevar un Marchand, y también durante la gira, flipa.

—Qué cabrones —respondió Thad con una expresión totalmente impertérrita.

—Ya ves. Pero mi abuelo dice que por algún sitio tengo que empezar.

—Los abuelos sí que saben.

—Si tú lo dices.

Había que reconocerle que, poco después del despegue, lo dejó a solas para concentrarse en su móvil. Thad se recostó en el asiento, cerró los ojos y se entregó a su fantasía favorita, una en la que Clint Garrett lanzaba tres intercepciones, se rompía la tibia y se perdía el resto de la temporada. Thad se encargaba del equipo y Clint, el pobre imbécil, terminaba viendo desde el banquillo cómo él llevaba a los Stars hasta la Super Bowl.

El suave acento francés de Henri Marchand interrumpió su fantasía.

—Confío en que hayas tenido tiempo de leer los materiales que te mandé acerca del Victory780.

Thad abrió los ojos a regañadientes. Tenía buena memoria y no le costaba nada recordar los detalles del reloj para cuya promoción lo habían contratado. Sin embargo, Henri Marchand no quería correr ningún riesgo.

—Llevamos unos diez años desarrollando el Victory780. —Se acomodó en el asiento contiguo—. Es un reloj cronógrafo de última generación, pero aun así refleja nuestra clásica herencia Marchand.

—Y cuesta la friolera de doce mil dólares —observó Thad.

—El prestigio y la precisión tienen un precio.

Mientras Marchand se afanaba en explicarle el movimiento integrado de reloj de cuerda automática con un mayor muelle en espiral del 780, Thad contempló el reloj que llevaba ahora en la muñeca. Tenía que admitir que era precioso, con esa pesada correa de acero, una estructura de platino y el engaste de cerámica negra. El reloj contaba con un cristal de zafiro, una esfera azul metálico y tres subesferas montadas que le servirían para cronometrar sus carreras o para ver cuánto tiempo lograba aguantar Clint Garrett sin decir «tío».

—Esta noche cenaremos con cinco de nuestros mejores clientes —lo informó Marchand—. Por la mañana, harás varias entrevistas en la radio, en emisoras deportivas y en programas de tertulia, mientras que Madame Shore visitará la emisora de música clásica.

Así dejaban que La Diva pudiera relajar sus valiosas cuerdas vocales y él iba de culo de acá para allá.

—Después, entrevistas con periódicos. Y con algunos blogueros importantes. Luego un evento público en Scottsdale con sesión de fotos.

Thad ya había hecho promoción de otros productos y sabía cómo funcionaban las cosas en ese mundillo. Su nombre y el de Shore despertaban el interés de más entrevistas de las que Marchand conseguiría concertar solo con el nombre de la marca. A Thad le preguntarían por su carrera, por el estado del fútbol americano profesional y por las últimas polémicas de la NFL. Entre respuesta y respuesta, se esperaba de él que hablara del reloj.

Marchand se excusó por fin y regresó al lado de La Diva. Paisley reapareció y se sentó en el asiento delante de él. Thad reparó en que la joven no se había acercado aún a La Diva. Solo a él.

—Henri me ha pedido que te dé esto. Es vuestra ruta actualizada. —Le entregó una carpeta negra estampada con el logo de Marchand.

Thad conocía el horario de antemano. A lo largo de casi todo el mes siguiente, él y La Diva Desagradable recibirían un buen pastón por viajar por el país y promocionar la marca. Al final, terminarían donde habían comenzado, en Chicago. Mientras Thad se tomaba un par de semanas de descanso, La Diva ensayaría para la producción de Aida de la Ópera Municipal de Chicago. La noche de domingo tras el estreno, Relojes Marchand patrocinaría una gala benéfica juntamente con la Ópera. Y en ese momento finalizarían las obligaciones de Thad.

—Te he escrito mi número en la primera página —le dijo Paisley—. Escríbeme en cualquier momento. En cualquiera.

—Así lo haré. —Su respuesta fue brusca y rozó lo grosero, pero debía cortarlo de raíz antes de que fuera más allá. Ya se enfrentaba a suficientes dificultades por tener que bregar con La Diva y no deseaba complicaciones con la asistente de Henri. Además, a él habían dejado de atraerle las muchachas de veintiún años el día que cumplió veintidós.

—Va en serio. —Paisley sacudió la larga cola—. Quiero que sepas que puedes contar conmigo.

—Entendido. —Y se puso los auriculares. La chica por fin interpretó las señales y lo dejó solo. Thad se quedó frito con la música de Chet Baker.

***

La Diva se sentó en el rincón opuesto de la limusina. Todavía llevaba las gafas de sol y apoyaba la mejilla en la ventanilla. Hasta el momento, la única comunicación que había mantenido con Thad había sido una mirada de intensa hostilidad cuando bajaron del avión. Los pulgares de Paisley se movían a toda prisa por la pantalla de su móvil —era más probable que estuviera escribiendo a una amiga que trabajando—. Henri también estaba enfrascado en el suyo, inmerso en una enérgica conversación. Como Thad solo se sabía en francés los platos de las cartas de los restaurantes, no supo descifrar de qué hablaba. La Diva, en cambio, lo entendió. Abrió los ojos y agitó una mano.

—C’est impossible, Henri.

La manera en que pronunció el nombre de Marchand… El «Anguí» salía de las profundidades de su garganta. Cuando Thad lo decía en voz alta, le costaba la vida convertir la e en una vocal nasal y la erre en un sonido gutural. Nada de profundidades ni de garganta.

Las frases que intercambiaron a continuación La Diva y Marchand no arrojaron ninguna luz sobre qué era eso tan imposible, pero cuando llegaron al hotel, Anguí se lo contó:

—Ha habido un ligero cambio de planes. Hay que adelantar las entrevistas de hoy justo después de hacer el check-in. Es un fastidio, pero son cosas que pasan, como seguro que comprenderás.

Al cabo de menos de diez minutos, La Diva y él fueron escoltados hasta la suite presidencial del hotel, seguidos de Henri y Paisley. Además de una sala de estar muy lujosa, la suite contaba con comedor, cocina, un gran piano y enormes puertas francesas que daban a una extensa terraza. En la alargada mesa de centro situada en medio de la sala, había bandejas con pastas y un gran surtido de botellas de vino y agua mineral.

—Disponéis de unos minutos para refrescaros antes de que lleguen los periodistas —les dijo Henri—. Paisley los acompañará.

Paisley desprendía soberbia, como si aquello no fuera parte de su trabajo. Por lo visto, Henri no se fijó. O quizá sí y fingió que no.

La Diva desapareció en el cuarto de baño. Mientras Henri comprobaba por segunda vez el refrigerio que habían preparado para los reporteros, Thad caminó hacia la terraza embaldosada para disfrutar de la vistas de Camelback Mountain. Ojalá hiciera la gira de promoción con una estrella del rock, en lugar de con una estirada cantante de ópera. Las cuatro semanas que se extendían delante de él como una carretera interminable no llevaban absolutamente a ningún lugar.

***

En el cuarto de baño, la estirada cantante de ópera se apoyó en la puerta, cerró los ojos e intentó respirar. La situación la superaba. Que la obligaran a viajar con un animal como Thad Owens era la guinda que adornaba el desastre de calamidades de las últimas semanas. Costara lo que costara, no pensaba permitir que él detectara ni una sola debilidad en ella, ni una sola vulnerabilidad que creyera poder explotar.

De haber sabido lo que iba a ocurrir, ni se habría planteado aceptar el contrato con Marchand. En su vida había rescindido un contrato, pero era incapaz de imaginar cómo sobreviviría al próximo mes. Debía sonreír. Hablar. Ser agradable. Y asegurarse de que no se quedaba a solas con él.

El móvil, que llevaba en el bolsillo, vibró. Se quitó las gafas de sol y echó un vistazo a la pantalla. Era Rachel, que quería saber qué tal le iba. Rachel, su querida amiga de toda la vida que la entendía mejor que nadie. Olivia volvió a guardar el móvil en el bolsillo sin responder. Estaba nerviosa, desconcentrada y demasiado sensible como para hablar con ella.

Se desató el pañuelo. Su cabello era un caos. Le traía sin cuidado. En lugar de peinarse, se sentó en la taza del váter y cerró los ojos. Llevaba todo el día reproduciendo en su cabeza el «Pour mon âme» de Donizetti. El aria de La hija del regimiento, con nueve altísimas notas C, era una prueba de fuego para los mejores tenores del mundo. Adam no era uno de ellos, pero eso no impidió que su exprometido intentara cantarla.

Olivia parpadeó con fuerza. El Cavatina3 de su muñeca llamó su atención. Una correa de acero inoxidable y oro, una esfera de marfil con diamantes junto a los números. Cavatina. Una melodía sencilla sin segunda parte y sin repetición. En música, una cavatina era un aria directa y simple, a diferencia del lujoso reloj Cavatina3 y de su vida, llena de complicaciones.

Su mirada se clavó en el sobre blanco que había encontrado esa mañana en el buzón de su piso. Se dirigía a ella con las mismas letras mayúsculas y pulcras que adornaban la primera nota que recibió dos días antes. Se obligó a abrirlo. Le temblaban las manos.

Solamente cinco palabras. «TÚ ME HAS HECHO ESTO».

Tragándose un sollozo, hizo añicos la nota, lanzó los trocitos al váter y tiró de la cadena.

***

Paisley entró con dos reporteros de sendos periódicos y desapareció en un rincón con su móvil. Curiosamente, el crítico de música era gigantesco y corpulento, mientras que el periodista deportivo era bajito y nervudo. La editora de la sección de moda llegó poco después, una mujer de mediana edad con el cabello corto engominado y varios piercings en las orejas.

Thad nunca había conocido a nadie de prensa a quien no le gustara la comida gratis. Cada uno de los periodistas se zampó un par de cannoli y media docena de galletas de limón, mientras la editora de la sección de moda sorbía una copa de chardonnay y picoteaba unas cuantas almendras. Thad habló con ellos de cosas sin importancia; ocultaba la irritación que le provocaba el hecho de que La Diva siguiera encerrada en el cuarto de baño. En el momento en que se dispuso a golpear la puerta y preguntarle si se había caído dentro del retrete, la mujer se dignó a honrarlos con su presencia.

Se había quitado la gabardina, así como el pañuelo y las gafas de sol, y caminó hacia los periodistas con el taconeo de sus zapatos, ignorándolo a él deliberadamente. Se había recogido el pelo en uno de esos moños que quedan un poco sueltos. Ese peinado y los taconazos azules la alzaban hasta medir casi lo mismo que él. Su silueta era formidable: hombros anchos, cuello largo, columna recta y cintura esbelta, todo ello acompañado de unas piernas largas de modelo. No era una mujer esquelética ni rechoncha. Más bien… Thad buscó la palabra correcta, pero la única que se le ocurrió fue intimidante.

Junto a los zapatos de tacón y a los pantalones negros de vestir, el cuello abierto de su blusa blanca dejaba al descubierto un collar de oro con una piedra en forma de paloma, del tamaño de un huevo, que parecía un rubí gigantesco. Llevaba numerosos anillos, un par de pulseras y el Cavatina3. A él le gustaban las mujeres bajitas y tiernas. La que tenía delante se asemejaba a una tigresa que acabara de asaltar una tienda de Hermès.

Los hombres se levantaron al verla aproximarse. Henri hizo las presentaciones. Olivia les tendió la mano y los miró con los labios curvados en una regia sonrisa.

—Caballeros. —Saludó a la editora de moda con un apretón de manos y una amable sonrisa antes de sentarse en la silla enfrente de Thad con las piernas cruzadas, tiesa como si le hubieran metido una escoba por el culo.

Él se despatarró a propósito en su asiento y extendió las piernas para ponerse cómodo. El crítico de música fue el primero en tomar la palabra, pero en lugar de dirigirse a La Diva, se giró hacia Thad.

—¿Es usted un fan de la ópera?

—No he ido demasiado —respondió.

—¿Qué me dice usted, señorita Shore? —terció el periodista deportivo—. ¿Ha asistido a partidos de fútbol?

—El año pasado vi uno entre el Real Madrid y el Manchester United.

Thad a duras penas logró disimular un bufido.

El periodista deportivo intercambió una mirada divertida con él antes de girarse hacia ella.

—Eso son equipos europeos de fútbol, señorita Shore, no de fútbol americano.

Olivia hizo una mueca que venía a decir: «Las mujeres, ya se sabe», mueca que Thad no se tragó en absoluto.

—Por supuesto. Qué tonta soy.

Esa mujer no tenía ni un pelo de tonta. Tanto la resonancia de su voz como el perfil de su silueta le indicaron a Thad que sabía perfectamente que no eran equipos de fútbol americano. O quizá no lo sabía. Por primera vez, había despertado su curiosidad.

—¿Nunca ha visto jugar a Thad Owens?

—No. —Miró directamente a Thad por primera vez, los ojos tan fríos como una noche de enero—. ¿Tú alguna vez me has oído cantar?

—No he tenido el placer —dijo arrastrando las palabras lo mejor que supo—. Pero los treinta y siete están al caer ya, y me encantaría oír una ronda de Feliz cumpleaños para celebrarlo.

La editora de moda soltó una carcajada, pero La Diva ni siquiera amagó con sonreír.

—Tomo nota.

El crítico de música clásica se lanzó a preguntar acerca de un concierto que La Diva había dado el año pasado en Phoenix, y siguió interesándose por teatros de ópera de Europa. El periodista deportivo le preguntó a Thad acerca de su dieta y su rutina de ejercicios, y le comentó lo que pensaba de las posibilidades de los Cardinals para la siguiente temporada.

Paisley había regresado a su coma telefónico. Marchand ofreció más vino a los presentes.

—Nos sentimos muy afortunados por contar con dos personas de tanto éxito como la señorita Shore y el señor Owens como nuestros nuevos embajadores de Marchand. Los dos marcan tendencia.

La editora de moda se fijó en los pantalones grises de Thad y en el jersey de cachemira de color frambuesa con cremallera.

—¿Cuál es su filosofía con las prendas de vestir, señor Owens?

—Busco calidad y comodidad —contestó.

—Pocos hombres serían tan valientes como para llevar ese color.

—Me gustan los colores —dijo—. No me interesa qué está de moda y qué no, y el único complemento que llevo es un reloj estupendo.

—¿Tal vez se pondrá algún día un anillo de boda? —La mujer ladeó la cabeza.

—No le deseo a nadie que se case conmigo. —Sonrió—. En mí no se puede confiar demasiado. Pero hablando de confianza —extendió la muñeca para ganarse el sueldo—, en esto sí que confío sin fisuras. Hace años que llevo relojes Marchand. Por eso me atrajo su propuesta. Con el Victory780 se han superado a sí mismos.

Henri resplandecía. La editora de moda se dirigió a La Diva.

—¿Qué me dice usted, señorita Shore? ¿Cómo describiría su filosofía con la ropa?

—Busco calidad e incomodidad. —Lo sorprendió quitándose los zapatos de tacón.

La mirada de la editora viajó del jersey frambuesa de Thad al conjunto blanco y negro de La Diva.

—Por lo visto, prefiere los colores neutros.

—Creo firmemente en la elegancia. —Observó a Thad con claro desdén. ¿Qué cojones le pasaba a esa tía?—. El rosa intenso queda mejor en el escenario —añadió—. Tan solo hablo por mí, por supuesto.

Su jersey no era rosa. ¡Era frambuesa!

—Soy muy selectiva —prosiguió, de nuevo concentrada en la editora de moda—. Por eso el Cavatina3 es el reloj perfecto para mí. —Se lo quitó y se lo entregó a la mujer para que lo examinara de cerca—. Tengo un horario muy exigente. Necesito un reloj del que me pueda fiar, pero también uno que combine bien con mi fondo de armario y con mi estilo de vida.

Fin del anuncio.

Respondieron a unas cuantas preguntas más. ¿Dónde vivía la señorita Shore? ¿Qué hacía el señor Owens durante la pretemporada?

—Necesitaba descansar un poco de Manhattan —contestó La Diva—, y ya que me gusta Chicago y la ciudad se encuentra en el centro del país, hace varios meses alquilé un piso allí. Me facilita mucho la vida con los viajes cortos.

—Entreno y me ocupo de las cuestiones que durante la temporada me veo obligado a desatender. —Thad fue vago adrede.

Paisley no se enteró enseguida de que debía acompañar a los periodistas de vuelta al vestíbulo del hotel, pero al final captó el mensaje. En cuanto hubieron desaparecido, Marchand anunció que el equipaje de Olivia y de Thad se encontraba ya en los dormitorios enfrentados que se encontraban a ambos lados de la suite. Henri hizo un gesto que abarcó la sala de estar y el comedor, y también la pequeña cocina.

—Como veis, es un lugar bastante adecuado para las entrevistas y la sesión de fotos de mañana. El chef preparará la cena de los clientes de esta noche en la cocina privada.

La Diva levantó la cabeza y sus dramáticas cejas se unieron en un fruncido.

—Henri, ¿puedo hablar contigo un momento?

—Faltaría más. —Los dos se encaminaron hacia la puerta que daba al pasillo.

Thad estaba cabreado. Evidentemente, a ella no le gustaba la idea de compartir la suite. Muy bien. Que se fuera a otra habitación, porque él no pensaba ceder la gran terraza de ninguna de las maneras. Desde que era pequeño, siempre se había sentido más cómodo en exteriores que en interiores, y estar enjaulado en habitaciones de hotel durante mucho tiempo, por más espaciosas que fueran, lo ponía nervioso. No se iría de allí por nada del mundo.

***

Olivia tan solo dio unos cuantos pasos antes de darse cuenta de que había cometido un error. Las puertas disponían de robustos cerrojos y, si insistía en cambiarse a otra habitación, Thad Owens sabría que le tenía miedo.

—Da igual, Henri. —Le rozó el brazo a Marchand—. Ya hablaremos luego. No es importante.

Mientras recogía los zapatos que había dejado en el suelo, Thad se movió detrás de ella.

—Una cosa… —le dijo—. No me gustan los visitantes nocturnos.

Olivia respiró hondo, le lanzó la mirada más fiera y gélida posible, y se encerró en su habitación.

***

Thad oyó el cerrojo que atrancaba la puerta de ella. Olivia lo había mirado con tanto desprecio que una parte de él esperaba que le soltara algo en plan ópera, como por ejemplo: «¡A la horca, sinvergüenza!».

—¡Menuda mujer! —Henri sonría de oreja a oreja—. ¡Es un portento! La Belle Tornade.

—Déjame adivinar. La Bella Turbada.

—Non, non. —Henri se echó a reír—. La llaman La Bella Tornado por el poderío de su voz.

A Thad no lo convencía lo de «bella», no con esas rayas oscuras por cejas y esa nariz tan alargada. En cuanto a lo de «tornado»… «Tormenta de hielo» le parecía más apropiado.

***

Thad hizo varias llamadas telefónicas y entrenó en el gimnasio del hotel antes de regresar a la suite y ducharse. Al otro lado de la puerta cerrada de su dormitorio, oyó la voz de La Diva, que cantaba escalas musicales. Se quedó escuchando cómo las notas subían y bajaban, cómo las vocales cambiaban de pronto de es a íes, y luego algunas aes. Era hipnotizante. No había dudas: la tía sabía cantar. Cuando su tono cambió de agudo a grave, a él le entró un escalofrío. ¿Cómo era alguien capaz de alcanzar esas notas?

A medida que se acercaba la hora de la cena, los aromas que emergían de la cocina privada prometían un buen ágape. Se puso una camiseta morada y una americana Dolce & Gabbana de color negro metálico que incluía grabado un pañuelo de bolsillo de color lavanda. Era un pelín excesivo, incluso para él, pero quería dejar las cosas claras.

Oyó la voz de Henri en la sala de estar. En cuanto salió de su habitación, los invitados empezaron a llegar. Todos eran clientes: uno era el propietario de una cadena de joyerías, había un par que trabajaba en grandes almacenes y unos cuantos joyeros independientes.

La Diva se presentó con un vestido de terciopelo negro, largo hasta el suelo. Lo primero que llamó la atención de Thad fueron sus pechos. No eran grandes, pero abultaban lo suficiente para tensar el escote del vestido. No se había puesto ningún collar que interrumpiera las vistas, solamente unos pendientes. Su piel lucía una palidez natural, pero comparada con el terciopelo negro aún se veía más clara. Portaba el Cavatina3 en una muñeca y un abanico de anillos en sus largos dedos. Se había arreglado el pelo despeinado de la tarde con un moño formal que quizá estuviera un poco pasado de moda, pero Thad debía admitir que encajaba con ella. Olivia tenía una gran presencia, eso era indiscutible.

Hizo su típica entrada ostentosa —el brazo extendido, la sonrisa distante y unos pasos ceremoniosos—, y él volvió a ponerse de los nervios. Deseaba arrugar esa imagen de perfección. Bajarla de su pedestal. Frotarle el lápiz de labios rojo intenso. Quitarle las horquillas que le sujetaban el pelo. Despojarla de esa ropa y meterla dentro de un par de vaqueros raídos y una vieja camiseta de los Stars.

Por más inabarcable que fuera su imaginación, sin embargo, era incapaz de visualizarla vestida así.

Thad detestaba las cenas formales casi tanto como detestaba que interceptaran un pase suyo, pero habló con todo el mundo. Le sorprendió ver lo bien que se desenvolvía La Diva. Preguntó a los asistentes acerca de sus trabajos, de sus familias, y miró encantada las fotos de los hijos. A diferencia de él, el interés de ella sí parecía auténtico.

Empezaron a cenar. Thad no solía beber demasiado, así que paró tras la segunda copa de vino. La Diva, en cambio, por lo visto tenía un estómago de hierro. Dos copas, tres, cuatro. Una quinta cuando todos se marcharon y los dos se dirigieron a sus respectivos dormitorios.

El suyo tenía el techo muy alto y una puerta que conducía a la terraza. Fue desnudo hasta el cuarto de baño para cepillarse los dientes. Como de costumbre, evitó mirarse en el espejo. No había necesidad de deprimirse. A pesar del tamaño de la habitación, el dormitorio resultaba sofocante y limitado. Se puso unos vaqueros y abrió la puerta que llevaba a la terraza.

Una cristalera de vidrio templado le permitía disfrutar de las vistas de las luces de la ciudad, mientras que los árboles en macetas y los parterres de flores creaban la ilusión de un parque, con zonas con asientos colocadas estratégicamente para la comodidad de los huéspedes de la suite. El aire frío de la noche le sentó bien a su piel.

Pensó en el día que terminaba. En lo que lo aguardaba. En los cuatro meses que faltaban para volver al campo de entrenamiento y en cuánto tiempo jugaría. Cuando se encaminó hacia uno de los árboles para apreciar mejor la silueta de la ciudad, pensó en su futuro y en una carrera que no había llegado a cumplir sus expectativas.

***

El vino no le sentaba bien a su voz. El vino, la cafeína, el aire seco, las corrientes, los problemas…; nada de eso le sentaba bien a su voz, y por eso raramente tomaba más de una copa. Y, a pesar de ello, así estaba ella ahora: no un poco borracha, sino como una cuba. Con el paso inestable, con la mente inestable. Llevaba varios días al límite, con los nervios a flor de piel, a punto de estallar. Ahora una peligrosa energía, estimulada por el alcohol, hacía que quisiera recogerse el vestido por las rodillas, subirse a la barandilla de la terraza y utilizar la tela como barra de equilibrio, solo para ver si era capaz. No quería suicidarse. Eso se lo dejaba a otros. Lo que sí que quería era un reto. O, mejor aún, un objetivo. Algo que conquistar. Deseaba ser una superheroína, una protectora de los débiles, una activista ebria en busca de justicia. Pero lo único que hacía era pelearse con un fantasma.

Algo se movió detrás de ella. Demasiado cerca. Él.

Olivia se giró y atacó.

2

Las mujeres se le habían lanzado a los brazos en el pasado, pero no estaba acostumbrado a que le clavaran un codazo en plena barriga. El golpe lo pilló desprevenido y soltó un gemido de dolor. Al mismo tiempo, levantó los brazos en un acto reflejo para defenderse.

Un gesto que empeoró las cosas.

Lo único que quería era un poco de aire y ahora estaba inmerso en un combate a muerte con una arpía vestida de terciopelo negro.

—¡Para! —Intentó agarrarla de los brazos—. ¡Tranquilízate!

A su edad, debería haber sabido que ese era un verbo que no había que utilizar con una mujer histérica, y ella le dio una patada en la espinilla. Por desgracia para Olivia, estaba descalza, y fue ella la que se hizo daño.

—¡¿Se puede saber qué coño te pasa?! —Le agarró los brazos y la empujó contra su cuerpo. Era alta y fuerte, pero él más. Soltó un grito y reinició el ataque.

Thad quería matarla, pero no quería hacerle daño. Hizo un movimiento con la pierna para hacerla caer al suelo.

Le quedaba el ápice justo de caballerosidad para llevarse la peor parte al aterrizar ambos sobre las baldosas de la terraza. Se golpeó el codo y la cadera, pero logró inmovilizarla al rodar por el suelo y aferrarle las muñecas.

La artista serena y perfecta se había esfumado. Estaba furiosa.

—¡Gilipollas! —le escupió—. ¡Gilipollas integral!

En lo que a insultos se refería, no tenía una gran variedad, pero ¡madre mía!, era fuerte. A Thad le costaba mantenerla quieta mientras ella se revolvía contra el agarre con que él le apresaba las muñecas.

—Estate quieta de una vez o voy a… ¡O voy a darte una hostia! —Jamás de los jamases pegaría a una mujer, pero Olivia estaba fuera de control y quizá esa amenaza la calmaría.

No fue así. Con la mandíbula apretada y los dientes a la vista, volvió a espetarle:

—¡Adelante, gilipollas! ¡Inténtalo!

Teniendo en cuenta que trabajaba rodeada de drama, Thad habría esperado más creatividad con las palabrotas y los insultos de una cantante de ópera. Probó una nueva técnica y suavizó el agarre un poquito, pero sin llegar a soltarla.

—Respira. Tan solo respira.

—¡Canalla!

Bueno, al menos iba ampliando su vocabulario. Se le había soltado el pelo y medio pecho sobresalía del vestido, justo a la altura del pezón. Thad apartó la mirada.

—Has bebido demasiado, querida, y necesitas respirar hondo.

Olivia dejó de agitarse, pero Thad no pensaba correr ningún riesgo. Se apartó un poco.

—Eso es. Sigue respirando. Estás bien. —«Como un cencerro, pero bien».

—¡Suéltame!

—Prométeme que no volverás a pegarme.

—¡Te lo merecías!

—Ese debate lo dejamos para otro día. —No le pareció que estuviera tan loca, así que se arriesgó y rodó del todo para salir de encima de ella, en alerta, eso sí, por si una rodilla se acercaba a sus ingles—. Pero no te abalances sobre mí, ¿vale?

Olivia se puso de pie no sin dificultad. Su pelo formaba una alocada maraña y su voz sonó rasposa al pronunciar una dramática amenaza:

—¡No vuelvas a hablarme en tu vida!

—No te preocupes.

Con paso tembloroso, cruzó la terraza hacia la puerta que conducía a su habitación. El cerrojo la bloqueó con fuerza tras de sí.

***

Olivia tiró de las cortinas que se cerraban sobre la puerta y se sintió extrañamente orgullosa de sí misma. «¡Gilipollas! ¡Gilipollas! ¡Gilipollas!». Jamás olvidaría el aspecto de su amiga Alyssa la noche que Thad Owens la atacó. Por fin la gran estrella del fútbol americano había recibido un poco de su propia medicina.

Se apoyó en la cómoda de la habitación para mantener el equilibrio y logró quitarse el vestido. Ella, Olivia Shore, había iniciado una nueva carrera como defensora de las mujeres. Esta noche, había impartido justicia y asestado un ligero golpe en toda la cara al desbarajuste que la rodeaba.

De la nada, su estómago se rebeló. Corrió hacia el cuarto de baño, se arrodilló junto a la taza del váter y vomitó la cena, así como la botella de vino que imprudentemente había consumido.

Acto seguido, se levantó sobre el suelo de azulejos. Le dolía el hombro en el lugar en que se lo había rascado. Se puso una toallita caliente sobre la piel; ahora ya no estaba tan orgullosa de sí misma. Estaba borracha, y se había comportado como una loca, y no debía actuar de esa manera. No cuando tenía otros tantos problemas. Y sobre todo no cuando había firmado un contrato que no podía rescindir y aún le quedaban cuatro semanas de gira con ese pedazo de canalla.

Se arrastró por la habitación, se quitó la ropa interior y al final localizó el pijama. Su rutina de antes de acostarse era muy pero que muy estricta. Por más tarde que fuera o por más cansada que estuviera, siempre la llevaba a cabo sin falta. Activaba los humidificadores. Se quitaba el maquillaje y, a continuación, se aplicaba gel de limpieza facial, loción tonificante, crema hidratante, contorno de ojos y su apreciado retinol. Se cepillaba los dientes, se pasaba el hilo y a veces utilizaba unas tiras blanqueadoras. Después, practicaba varias posturas de yoga que la ayudaban a relajarse. Esa noche, sin embargo, no hizo nada de eso. Con el rostro sucio, los dientes sucios, el espíritu sucio y la imagen del rostro petulante de Thad Owens cerniéndose sobre ella, se metió en la cama.

***

La mañana siguiente, Thad se levantó temprano para darle al pico con los locutores de la radio de deportes local. Por suerte para él, La Diva tenía otro compromiso, porque era la última persona a la que quería ver. Paisley, un poco perjudicada por lo que hubiera hecho la noche anterior, y que casi con toda certeza no incluía trabajar, lo acompañó. Para el desagrado de Henri, Paisley se presentó con un par de vaqueros deshilachados, un top con estampado animal y unos botines rojo intenso. No era precisamente la imagen de Marchand.

Se sentó al lado de Thad en el sofá de la sala de espera de la emisora de radio, aunque había otros dos asientos disponibles, y trasteó el móvil.

—¿Has echado un vistazo a las redes sociales de Marchand? O sea, qué cosa más básica. Como si no le importaran a nadie. Tienes que decirle a Henri que me deje encargarme de sus redes.

Le enseñó la pantalla del teléfono y Thad vio las fotos que le había tomado durante la cena de la noche anterior: su perfil recortado contra la luz de las velas, su mano sobre la solapa de la americana, su mandíbula, sus ojos. El Victory780 solamente salía en una de las instantáneas. No había ninguna de La Diva.

—Si quieres convencer a Henri de que utilice tus ideas —algo que dudaba seriamente de que fuera a suceder—, recuerda que en la gira hay dos embajadores de la marca. —«Uno de los cuales es una psicópata delirante».

—Tú eres más fotogénico.

—Ella es más famosa que yo. —Casi se atragantó al decirlo. Le devolvió el móvil a Paisley.

—Mi padre dice que es Henri el que quiere que Marchand entre en el siglo veintiuno, pero no lo parece. Ayer, antes de la cena, estuve mirando por internet y tal. Los viejos anuncios de relojes que hizo David Beckham son supersexis. ¿Tienes algún tatuaje?

—No me ha dado por ahí.

—Qué pena. —Metió el dedo con sumo cuidado en un agujero de sus vaqueros—. Mi padre no me cree capaz de hacer este trabajo, pero tengo un montón de ideas. Me fliparía tomarte algunas fotos en la ducha. Porque el Victory780 es resistente al agua y tal. Se me ocurre… Te podrías embadurnar de aceite para que el agua formase gotitas en tu piel. Sería una pasada.

—Ni de coña.

—Podrías salir en bañador y tal.

—Ni tú ni tu iPhone os vais a acercar a mi ducha, pero pregúntale a la señora Shore. Seguro que no le importa. Es probable que tenga algún tatuaje.

—Es que me da un poco de miedo. —Paisley lo observó titubeante.

—Me apuesto lo que quieras a que cuando la conoces bien es mansa como un gatito. —«De esos con uñas y dientes largos y afilados».

Se levantó en cuanto apareció el productor para acompañarlo hasta el estudio. De reojo vio que Paisley echaba una foto a lo que sin ninguna duda era su trasero.

No volvió a ver a La Diva hasta esa tarde, cuando estaba programado que regresaran al hotel para la sesión de fotos que acompañaría a los artículos de los periódicos.

Olivia sorbía un poco de té en la suite cuando él llegó, y en ese momento encontró algo fascinante que contemplar en el fondo de la taza. La Diva sabía cómo salir bien en una fotografía. Se había recogido el pelo y se había colocado un chal estampado sobre los hombros. El ajustado vestido largo de color blanco dejaba a la vista sus brazos tonificados y las impresionantes piernas que la noche anterior habían intentado castrarlo.

Henri llegó con los fotógrafos. Mientras disponían el set para la sesión, se interesó por las joyas de Olivia. Ella ignoró a Thad a propósito y le enseñó a Marchand un enorme brazalete de oro mate con piedras engarzadas.

—Es la réplica de una pulsera egipcia de una amiga mía. Y este es uno de mis anillos de veneno favoritos. —Desplazó la parte superior para mostrarle un compartimento no demasiado secreto—. Resulta muy sencillo llenarlo de veneno y verter el contenido en la bebida de tu enemigo. —Le lanzó una sonrisa de clara advertencia a Thad.

—O para suicidarte —le devolvió él.

Sintió una gran satisfacción al verla hacer una mueca.

El fotógrafo ya estaba listo para ellos. Henri colocó a Thad detrás de La Diva, y luego a su lado en el sofá de la suite. La mujer apoyó la barbilla en los dedos para mostrar el reloj. Él mantuvo la muñeca visible en todo momento.

Se había pasado muchísimo tiempo al otro lado de los flashes y estaba comodísimo delante de las cámaras, pero La Diva parecía nerviosa: se removía, cruzaba y descruzaba las piernas. Uno de los fotógrafos hizo un gesto hacia el sillón que se encontraba cerca de las ventanas.

—Probemos unas cuantas allí.

La Diva se sentó en el sillón y Thad ocupó el lugar detrás de ella.

Marchand se toqueteó el pañuelo del cuello, que hoy era de seda.

—Thaddeus, ¿me permites sugerirte que pongas la mano sobre su hombro?

Así se vería mucho mejor el Victory780, pero Thad jamás había sido más reacio a tocar a una mujer.

Olivia se crispó, un gesto tan sutil que los demás difícilmente se habrían dado cuenta. Él no sabía qué había hecho para que lo odiara tantísimo. Era un tío agradable, directo cuando debía serlo, pero diplomático por lo general. Casi todo el mundo solía caerle bien y no tenía por costumbre coleccionar enemigos. Respetaba a las mujeres y las trataba bien. El problema lo tenía ella, no él. Aun así, debía admitir que experimentaba una perversa curiosidad.

En cuanto los fotógrafos se marcharon, Henri les propuso quedar a las ocho para cenar en el restaurante del hotel de cuatro estrellas. Thad había quedado con antiguos compañeros de equipo, así que declinó la invitación. La Diva alegó estar agotada y dijo que ya pediría algo al servicio de habitaciones más tarde. Henri no hizo extensivo el ofrecimiento a Paisley.

Thad se excusó diciendo que quería cambiarse de ropa para entrenar, pero al llegar al gimnasio de la segunda planta del hotel, se dio cuenta de que había olvidado el móvil. Le gustaba escuchar música mientras caminaba en la cinta, por lo que regresó a buscarlo.

Las puertas francesas dobles de la sala de estar estaban abiertas, y Olivia se encontraba junto a la barandilla de la terraza. Thad dudó. «A la mierda». Estaba harto de las memeces de la cantante y por fin tenía la oportunidad de hablar con ella a solas.

Se encaminó hacia las puertas abiertas, pero no salió a la terraza.

—Estoy detrás de ti y te agradecería que esta vez no me atacaras.

Olivia se giró. Se había quitado el gigantesco chal y había cambiado los zapatos de tacón por unas manoletinas, pero aún se la veía bastante elegante con el vestido blanco. ¿No tenía un par de vaqueros o qué?

—¿Necesitas algo? —Se dirigió a él como si fuera un criado que acabara de interrumpirla.

Habló con tal condescendencia que a Thad empezaron a hormiguearle los dientes.

—Creía que a lo mejor querías decirme algo.

—No se me ocurre nada, la verdad.

—Algo en plan: «Siento en el alma haberme puesto como una loca ayer por la noche, y gracias, señor Owens, por no haberme pegado por tonta». Algo que me habría sido muy fácil hacer.

—No tengo nada que decirte. —La expresión de iceberg de ella habría hundido un centenar de barcos.

Era evidente que no debía perder el tiempo con ella, y podría haberse alejado en ese momento. Sin embargo, iban a pasar un mes juntos y Thad necesitaba aclarar las cosas.

—Me has ninguneado desde el principio, señorita. ¿Siempre tratas a la gente como si fueran una mierda o es que yo soy un caso especial? Me la pela lo que pienses de mí, que conste. Pero es que tengo curiosidad.

Las aletas de su nariz se agitaron como si fuera la heroína de una ópera a punto de ordenar una decapitación.

—Los hombres como tú… lo tenéis todo. Dinero. Atractivo. Un público que os adula sin parar. Pero todo eso no basta, ¿verdad?

—Esa es la diferencia entre tú y yo. —Ahora sí que echaba chispas—. Si yo tengo un problema con alguien, voy de frente. No me escondo detrás de comentarios mordaces.

Olivia respiró hondo y se llenó los pulmones de tal manera que lo habría impresionado de no haber estado tan enfadado.

—¿Quieres que vaya de frente? —saltó—. De acuerdo. ¿Te suena de algo el nombre de Alyssa Jackson?

—Te mentiría si te dijera que sí.

—Total, es una víctima más, ¿eh?

—¿Una víctima? —Era muy difícil lograr que perdiera los estribos, pero nadie lo había mirado jamás con tanto desprecio—. ¿De qué clase de víctima estás hablando?

Olivia se aferró a la barandilla con la mano en que llevaba uno de sus anillos de veneno.

—Alyssa y yo compartimos piso una temporada en el Bronx. Cuando tú eras el flamante nuevo quarterback de los Giants, el único que no duró dos temporadas enteras. Pero eras el donjuán de la ciudad y todas las mujeres te deseaban. Salvo unas pocas que no, como Alyssa. —Sus labios se curvaron con desdén—. Y ni siquiera te acuerdas de su nombre.

—¿Qué te parece si me refrescas la memoria? —Cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Qué se supone que le hice exactamente?

—No sé cuál es la definición legal de acoso sexual, pero lo que hiciste se le acerca bastante. Le rogué que fuera a la policía, pero se negó.

—Eso sí que me sorprende. —Thad apretó los dientes para reprimir la creciente furia.

—Podrías haber estado con cualquier mujer que quisieras, pero las conquistas fáciles no eran aquellas que se sentían atraídas por ti. No eran las que te hacían sentir un auténtico dios.

Thad era incapaz de seguir escuchando más barbaridades, así que se giró, aunque se detuvo al llegar hasta la puerta.

—No me conoces de nada, señorita, y no tienes ni puñetera idea de cómo soy. Y tampoco conoces a tu vieja amiga Alyssa tan bien como crees. Ya puedes seguir ninguneándome, porque no tenemos nada más que decirnos.

***

Thad bajó a toda prisa las escaleras de servicio en dirección a la segunda planta. Sus zapatillas de deporte golpeaban los peldaños con fuerza. Nunca había necesitado tanto ir al gimnasio.

—¡Thaddeus Walker Bowman Owens! —Tenía doce años, estaba con su madre en el coche y era un engreído. Iban hacia el entrenamiento de baloncesto cuando llamó «puta» a Mindy Garamagus.

Su madre, una mujer de carácter afable y cariñosa, estacionó el vehículo en el arcén de la carretera y lo golpeó. Una bofetada que le cruzó la cara. La primera y la única vez que lo pegó.

—¡Nunca vuelvas a decir eso de una mujer! ¿Cómo llega una chica a convertirse en una puta? Pregúntatelo. ¿Crees que lo hace ella solita? —Se le llenaron los ojos de lágrimas al verla mirarlo como si su hijo fuera un gusano repugnante—. Los únicos hombres que utilizan esa palabra para insultar a una mujer son los hombres débiles que se sienten impotentes. No juzgues lo que no conoces. ¡No tienes ni idea de quién es!

Su madre llevaba razón. Hasta él sabía que el único problema que había con Mindy Garamagus era que hacía que se sintiera como el chaval inmaduro de doce años que era.

Esa noche, recibió una lección parecida de su padre. Fue antes de que la palabra consentimiento entrara a formar parte del espíritu de la época, pero el mensaje fue alto y claro.

Aun sin las lecciones de sus padres, no se imaginaba aprovechándose de una mujer. ¿Cómo iba a ser divertido el sexo si uno de los dos implicados no tenía ganas?

Había vuelto a olvidarse el móvil, pero de ninguna de las maneras pensaba subir a por él.

***

Por más dinero que le hubieran ofrecido los de Marchand, Olivia jamás habría firmado el contrato de haber sabido que viajaría con Owens y no con Cooper Graham, como le habían dicho en un principio. Graham estaba casado, tenía hijos y contaba con una reputación intachable. Viajar con él habría sido una agradable distracción, algo que nunca había necesitado tanto como en ese momento de su vida.

El tenso dolor de cabeza que llevaba días al acecho había regresado. Se cambió el vestido blanco por unos pantalones negros de yoga y una camiseta blanca larga, se tumbó en la cama y cogió los auriculares con los que siempre viajaba. Al cabo de unos instantes, oyó la tranquilizadora música de «Peace Piece», de Bill Evans.

Intentó relajarse, pero ni siquiera las inspiradoras melodías del que había sido uno de los mejores pianistas de jazz de la historia lograban apaciguarla. Había algo en la forma impávida en que Owens la había mirado que la ponía nerviosa. Más que nerviosa. «No me conoces de nada, señorita, y no tienes ni puñetera idea de cómo soy». ¡Claro que sabía cómo era!

¿O no?

La incertidumbre la sobrepasaba. Apagó la música y fue a por el móvil. Alyssa respondió al segundo tono.

En el pasado, las dos fueron amigas muy íntimas, pero ahora que su antigua compañera de piso había sido madre, se habían distanciado, y hacía por lo menos un año que no hablaban.

—¡Ey, famosilla! —exclamó Alyssa—. Te he echado de menos. Hunter, ¡baja de ahí! Jesús… Este niño… En serio, Olivia, no tengas hijos. Solo este mes he tenido que ir dos veces a urgencias con él. No te imaginas la de cosas que un niño de tres años es capaz de meterse en la nariz.

A medida que Alyssa detallaba con precisión los objetos que Hunter se había introducido en la cavidad nasal, Olivia recordó cómo la hacía reír el sentido del humor irreverente de su amiga.

—¿Qué me cuentas? —le preguntó Alyssa—. ¿Dispuesta a enfrentarte a Tosca?

La voz de mezzosoprano de Olivia no era adecuada para ese papel, pero Alyssa nunca había tenido más que unos conocimientos muy básicos de ópera.

—Estoy en una gira de varias semanas —le dijo Olivia—. Me han contratado para promocionar los relojes Marchand.

—¡¿Los Marchand?! Dime que te van a regalar unos cuantos.

—Por desgracia, no. Además… —Agarró el móvil con más fuerza—. Somos dos los que viajamos juntos para promocionar la marca. Voy con Thad Owens.

—¿El jugador de fútbol americano? Qué locura.

—¿Locura? —Un témpano de hielo le recorrió la columna a Olivia.

—La soprano y el quarterback. Menuda combinación, ¿no? ¿Sigue estando bueno? Ese tío estaba tremendo.

Olivia se puso de pie con el estómago revuelto por el temor.

—Alyssa, te hablo de Thad Owens. El jugador de fútbol que intentó violarte.

—Dios, Olivia. —Alyssa se echó a reír—. Ya sabías que era mentira. ¿No te acuerdas? Te lo conté todo.

—¡No me contaste nada de eso! —protestó Olivia—. Me dijiste que te siguió hasta el dormitorio. Que te obligó. Volviste a casa llorando. Y te pasaste semanas enteras hablando de eso.

—Solo me puse a llorar porque Kent nos pilló, y solo hablaba de ello cuando él estaba cerca. No olvides lo desconfiado que era. Me cuesta creer que no te acuerdes. —Se apartó el móvil de la cara—. ¡Hunter, basta ya! ¡Dame eso! —Volvió al teléfono—. Veamos… Conocí a Thad en una fiesta justo cuando Kent y yo empezábamos a ir en serio. Kent se fue a la piscina o algo, y Thad y yo nos pusimos a charlar. Una cosa llevó a la otra y nos liamos. Y entonces Kent nos pilló y tuve que inventarme una excusa deprisa. Te lo conté.

—¡No me dijiste nada de eso! —A Olivia le iba a dar algo—. Intenté que fueras a la policía.

—Ah, sí… Ahora me acuerdo. Me daba miedo decirte la verdad por si ibas con el cuento a Kent. Siempre fuiste la más honrada de las dos. —De fondo se oía el fluir del agua—. Toma, Hunter. Bebe un vaso. —El agua se detuvo—. ¿Te puedes creer que me alejara de la posibilidad de mantener una relación con Thad Owens porque no quería que un idiota como Kent me dejara?

Olivia se sentó en el borde de la cama y hundió la mano en el colchón.

—La única idiota eres tú, Alyssa.

—¿Por qué te pones así? Nunca lo acusé de nada.

—Sí que lo acusaste. Conmigo.

—¿Le has dicho algo?

—Pues sí. Le he dicho demasiadas cosas.

—Mierda.

—Exacto, mierda. —En su precipitación para juzgar a Thad Owens y condenarlo, Olivia había olvidado que Alyssa era tan egocéntrica como manipuladora. Por eso precisamente nunca le cayó bien a Rachel. Olivia debería haberse fiado de la opinión de su mejor amiga. Se llevó una mano a la barriga—. Las acusaciones falsas tienen consecuencias, Alyssa. Justo por eso, las víctimas reales de violación tienen miedo de contarlo, porque no creen que nadie las vaya a creer.

—Cálmate, ¿quieres? No te pongas así.

—Lo que está mal está mal. —A Olivia le temblaba la voz—. Y mentir como me mentiste tú supone traicionar a todas las mujeres que han sido víctimas de abusos.

—Por el amor de Dios, Olivia. Estás haciendo de un grano una montaña de arena. Siempre te creíste mejor que el resto.

—Adiós, Alyssa. Y borra mi número.

—Oye, que has sido tú la que me ha llamado.

—No volverá a suceder.

***

Olivia estaba furiosa consigo misma. Llevaba varios días con la mente un tanto apagada, pero eso no era excusa para la manera en que lo atacó. En menuda superheroína se había convertido. ¿En una defensora de la justicia? Más bien en una repartidora de injusticia. Sabía que no debía fiarse siempre de Alyssa, y aun estando borracha no debería haber atacado a alguien sin antes verificar los hechos. Adam apareció de nuevo en su conciencia, y no necesitaba otra falta que sumar a su lista de fechorías. Tenía que disculparse inmediatamente.

Caminó de un lado a otro de la sala de estar, a la espera de que Thad regresara del gimnasio. Al final, la puerta se abrió. Intentó elegir las palabras adecuadas, pero antes de que pronunciara la primera, el tío pasó corriendo por su lado como si no existiera y se metió en su habitación.

Olivia empezó a caminar de un lado a otro de nuevo. Era una tortura. Apoyó la cabeza en la puerta de él y oyó cómo se detenía el agua de la ducha. Corrió a sentarse en el sofá más cercano, se quitó las manoletinas con un par de patadas y cogió una revista.

A nadie le gustaba admitir que se había equivocado, pero es que su error era de una magnitud colosal y debía ponerle remedio. En cuanto todo terminara, tan solo le quedaba rezar por que Thad no le guardara ningún rencor.

Se estiró los pantalones de yoga a la altura de la rodilla y pasó una página de la revista sin ni siquiera haber leído una palabra. La puerta de él se abrió al fin.

Cuando solamente lo veía como a un depredador sexual, su físico fuera de serie era un insulto. Pero ahora… Llevaba una americana azul marino y una camiseta gris; tal vez fuera el hombre más atractivo que había conocido. Un pelo espeso y oscuro, unos ojos verdes resplandecientes acompañados de cejas oscuras y pestañas largas, y unos pómulos que se encontraban en el punto ideal entre demasiado marcados y demasiado planos. Sus labios eran perfectos. Si ella hubiera nacido con el físico de él y no con los rasgos duros que le habían tocado en suerte, puede que los hubiera aprovechado mejor. Tanta perfección era un desperdicio en un hombre que se dedicaba a lanzar balones de fútbol americano.

Olivia había perdido unos segundos muy valiosos cavilando sobre lo que nadie podría cambiar, y Thad ya casi estaba junto a la puerta. Se levantó del sofá de un salto.

—Necesito hablar contigo.

Fue como si él no la hubiera oído.

—¡Espera!

La puerta de la habitación de hotel se cerró tras de sí. Olivia atravesó la sala a la carrera y salió al pasillo.

—¡Señor Owens! ¡Thad! ¡Espera!

Él siguió caminando hacia el ascensor.

—¡Thad!

Las puertas se abrieron y él entró en el habitáculo. Olivia consiguió meterse dentro antes de que se cerraran.

Thad apretó el botón de la recepción sin mirar en su dirección. El ascensor comenzó a descender.

—Thad, quiero disculparme. Yo…

El ascensor se detuvo y entró una pareja mayor. Les dedicaron una sonrisa automática y la mujer se quedó mirando a Olivia con atención.

«Por favor, no».

—¡Olivia Shore! ¡Madre de Dios! ¿Es usted de verdad? El año pasado en Boston la oímos interpretar a la princesa de Éboli en Don Carlos. ¡Estuvo maravillosa!

—Gracias.

—«O don fatale» —intervino el marido. La nota era un alto si bemol—. ¡Inolvidable!

—¡No me puedo creer que la hayamos conocido en persona! —La mujer se ruborizó—. ¿Va a actuar aquí?

—No, no.

El ascensor se detuvo junto a la recepción del hotel. Thad echó a caminar con largas zancadas y dejó atrás a la pareja. Olivia era consciente de que se morían por mantener con ella una larga conversación. Se excusó a toda prisa y corrió detrás de él.

Cuando las baldosas frías del suelo del vestíbulo recibieron las pisadas de sus pies descalzos, recordó las manoletinas que descansaban junto al sofá de la suite. Era obvio que Owens no quería hablar con ella y que Olivia debería volver a la habitación, pero la idea de cargar más tiempo con ese peso era peor que la vergüenza que estaba sintiendo por perseguirlo.

Thad salió por la puerta central de la entrada. Los huéspedes se giraron para observar cómo ella atravesaba descalza el vestíbulo como alma que lleva el diablo. Ya en la calle, el primer taxi en la fila tenía la puerta abierta y Owens habló con el conductor al subirse. Olivia abandonó la poca dignidad que le quedaba, corrió hacia el coche, abrió la puerta, se abalanzó…

Y cayó justo encima de él.

Fue como aterrizar sobre un saco de cemento.

El portero del hotel no había visto el rarísimo salto de Olivia. Cerró la puerta del coche y le hizo un gesto al taxista para que se fuera y cediera su sitio al siguiente vehículo. El conductor los miró por el espejo retrovisor con unos ojos que indicaban que lo había visto todo, se encogió de hombros y arrancó.

Olivia salió de encima de Thad. Mientras se recolocaba en el asiento contiguo, él la miró como si fuera una cucaracha, antes de apoyarse en el respaldo y sacar el móvil. Empezó a deslizar el dedo por la pantalla como si ella no estuviera allí.

—Lo siento. Quiero pedirte perdón. —Dobló los dedos de los pies contra la alfombrilla áspera del taxi—. He cometido un error tremendo.

—No me digas —respondió Thad con total indiferencia, sus ojos clavados en la pantalla.

—He hablado con mi amiga. Con mi examiga. —Olivia apretó los dedos aún más contra la alfombrilla—. Me ha confesado que lo que me contó era mentira. Su novio os pilló a los dos y… Los detalles ahora dan igual. La cuestión es que lo siento.

—Ajá. —Se llevó el móvil al oído y empezó a hablar—. Oye, Piper. Parece que no hay manera de contactar contigo. He recibido tu mensaje y creo que ya habré vuelto a la ciudad para entonces. No te olvides de avisarme cuando estés dispuesta a engañar a tu marido. —Y colgó.

Olivia se quedó mirándolo. Thad se giró hacia ella.

—¿Hay algo que me quieras decir?

Ya lo había hecho, pero su venganza era más que merecida.

—Lo siento de verdad, pero…

—Pero qué. —Una de las cejas perfectas y oscuras de él se arqueó.

—¿Qué habrías hecho tú si pensaras que vas a pasar cuatro semanas con un depredador sexual? —Su estado de ánimo sacó lo mejor de sí.

—Tienes una curiosa idea de lo que significa una disculpa.

—Lo siento —repitió Olivia antes de añadir—: ¡No! No lo siento. O sea, sí que lo siento, pero… Teniendo en cuenta lo que creía, debía enfrentarme a ti.

—Puede que seas una gran cantante, pero eres pésima pidiendo perdón.

—Soy soprano. —Pensaba arrastrarse lo justo y necesario—. Las sopranos normalmente no pedimos perdón.

Thad soltó una carcajada.

—¿Una tregua? —le preguntó Olivia. Aunque no se la mereciera, cruzó los dedos.

—Me lo pensaré.

El taxi viró hacia una calle de un único sentido y se detuvo delante de un bareto de mala muerte con un neón en forma de cactus que brillaba en la ventana.

—Mientras te lo piensas —le dijo—, ¿te importaría dejarme dinero para volver al hotel en taxi?

—Quizá —contestó Thad—. O… tengo una idea mejor. Ven conmigo. Dudo de que mis amigos hayan conocido a alguna cantante de ópera.

—¿Pretendes que entre en ese espantoso garito?

—No es a lo que estás acostumbrada, estoy seguro, pero a lo mejor te iría bien mezclarte con la plebe.

—Otro día.

—¿En serio? —Thad entrecerró los ojos—. ¿Crees que basta con decir «lo siento» un par de veces para compensar el haber intentado destruir mi reputación? Las palabras se las lleva el viento.

—Es tu revancha, ¿verdad?

—Pues sí.

—Estoy descalza —remarcó con un evidente grado de desesperación.

—De lo contrario, no se me habría ocurrido proponértelo. —Se la quedó mirando con una ligera hostilidad—. Si hay muchos cristales rotos por el suelo, te llevaré en brazos.

—¿Tanto deseas vengarte de mí?

—Oye, que he dicho que te llevaría, ¿o no? Pero qué más da. Sé que no tienes agallas.

Olivia se rio en su cara. Un «¡Ja!» sonoro y teatral que salió directo de su diafragma.

—¿Crees que no tengo agallas? ¡Me abuchearon en La Scala de Milán!

—¿Te abuchearon?

—Tarde o temprano le ocurre a cualquiera que canta allí. A Callas, a Fleming, a Pavarotti. —Agarró la manecilla de la puerta, plantó los pies sobre el sucio asfalto y se giró para fulminarlo con la mirada—. Les hice la peineta y terminé la actuación.

—Ahora que lo pienso mejor… —Thad no se movió.

—¿Te da miedo que te vean conmigo?

—Me das miedo tú en general.

—No eres el primero. —Dicho esto, se encaminó hacia el potente cactus de neón.

3

Las paredes del bar estaban cubiertas del humo fosilizado de varias décadas de cigarrillos y las baldosas negras y marrones del suelo daban fe de la abusiva cantidad de amianto con que se habían fabricado. Había amarillentos carteles de rodeos hasta el techo, frente a la barra se alzaban taburetes marrones de vinilo y sobre las mesas de madera pendían falsas lámparas Tiffany Michelob.

Olivia pensó en los pantalones de yoga que llevaba y en los pies descalzos.

—Suerte que siempre viajo con antibióticos.

—Me apuesto lo que quieras a que el barman tiene por ahí escondida una botella de Boone’s Farm para animarte. Sé cuánto te gusta el vino.

—Qué considerado.

Uno de los cuatro gigantes sentados a una mesa del fondo alzó un brazo e hizo un gesto hacia él.

—¡T-Bo!

La mano de Thad se colocó en la espalda de ella para incitarla a avanzar. Los hombres se levantaron; en comparación con su altura, la mesa era para pitufos. A Thad se le ensombreció el rostro al ver al más joven, sentado al final.

—¿Qué pinta ese aquí?

El objetivo de su desprecio tendría unos veintipocos años, cara cuadrada y enorme, mandíbula firme, pelo castaño claro por los hombros y barba bien cuidada.

—No lo sé. Ha aparecido y ya. —El que hablaba era un hombre sumamente atlético con peinado degradado: rizos a lo afro en la parte superior y rapado por los lados, de manera que dejaba a la vista un tatuaje en el cuero cabelludo. Por encima del pecho al desnudo, cubierto por media docena de collares, vestía una cazadora de cuero muy colorida con numerosos bordados.

—Joder, Ritchie. Ya me toca los huevos tener que soportar a Garrett durante la temporada —gruñó Thad—. ¿Lo tengo que aguantar también aquí?

—Díselo a él —respondió el tal Ritchie.

En lugar de mirar hacia Thad, el origen de su mal humor la observaba a ella, hecho que al parecer le hizo recordar a Thad que no se había presentado en el bar solo.

—Ella es Olivia Shore. Pero vosotros llamadla Madame. Es una cantante de ópera de primer nivel que está investigando un poco sobre la vida de los deportistas del vulgo.

Que quería avergonzarla estaba más claro que el agua.

***

Thad no tuvo ningún reparo en ponerla en ridículo. Olivia se lo merecía. Aunque, de hecho, no se la veía demasiado avergonzada. Se limitó a extender su real mano como si esperara que le besaran los dedos.

—Enchantée —dijo, con un acento francés tan cerrado que Thad temía que se atragantara con esos sonidos—. Y podéis llamarme Olivia.

El niñato imbécil al que en teoría Thad debía ayudar a convertirse en una estrella del fútbol americano señaló la silla vacía que estaba a su lado.

—Ven a sentarte aquí.

—Será un placer.

«Mierda». Thad intentó recordar por qué había creído que era una buena idea pedirle que lo acompañara. Porque… Bueno, tanto daba ya. Estaba ahí con él. En lugar de aparentar incomodidad, sin embargo, cualquiera diría que la tía tenía por costumbre salir por esa clase de tugurios.

—Ya que Thad no nos presenta, soy Clint Garrett, el nuevo quarterback de los Chicago Stars. —Clint le retiró la silla—. Thad trabaja para mí.

—Qué suerte tiene —susurró impresionada.

—Clint es joven y estúpido —terció Thad—. Pasa de él. El gigante que está en la otra punta de la mesa es Junior Lotulelei. A diferencia de Clint, es un jugador de verdad. Es un durísimo placador de los San Francisco 49ers, pero los dos jugamos juntos en los Broncos. Es decir, en Denver —añadió para hacerla sentir tonta—. Liv no sabe demasiado de fútbol americano. Le gusta más el otro tipo de fútbol.

—Olivia —lo corrigió sin ambages. Al mismo tiempo, observaba a Junior con curiosidad, algo nada sorprendente teniendo en cuenta que era una mole de ciento cincuenta kilos de puro músculo, con una cabellera tan pero tan larga que prácticamente vivía en otro país.

—Junior es el mejor jugador de la historia salido de Pago Pago.

—De Samoa Americana —aclaró Junior—. Es el campo de entrenamiento favorito de la NFL.

—No tenía ni idea —dijo Olivia.

Thad siguió con las presentaciones:

—Ritchie Collins está al otro lado de la mesa. —Hoy Ritchie llevaba un único aro de oro cerca del tatuaje de la cabeza—. Es el receptor más rápido que ha fichado por los Stars desde que Bobby Tom Denton se retiró.

—Ritchie es mi socio —dijo Clint—. Él y yo vamos a dominar el mundo.

—No hasta que aprendas a controlar la presión en la bolsa de protección, pequeña. —Thad vio con satisfacción cómo Clint hacía un mohín—. El engendro que está a su lado es Bigs Russo. —Bigs a veces se ofendía si la gente pasaba por alto su jeto horroroso, y a Thad no se le ocurrió ningún motivo para arriesgarse.

Bigs se había arreglado un poco los dientes desde la última vez que Thad lo vio, pero eso no cambiaba su nariz partida, su calva y sus ojillos diminutos.

—Aunque tenga pintas de boxeador profesional en horas bajas —dijo Thad—, es el mejor liniero de toda la Liga. Un liniero es un jugador de la línea defensiva.

El hombre asintió tan tranquilo, pero a Olivia le preocupó un poco que Thad hubiera herido los sentimientos de Bigs.

—Los tipos fuertes me parecen la mar de fascinantes —lo alabó—. Mucho más interesantes que los deportistas guapitos de cara que hacen de modelos de ropa interior en su tiempo libre.

Todos rieron a carcajadas, nadie más alto que Bigs. El rencor de Thad se esfumó. Debía reconocerlo: La Diva no iba a dejarse vencer sin luchar.

—¿Estáis juntos? —les preguntó Ritchie.

—Uy, no —respondió Olivia con énfasis—. Me odia. Y en parte con razón. Me ha traído aquí para ponerme en ridículo.

—Así no se trata a una dama, T-Bo —dijo Junior.

—Me insultó —se explicó Thad.

—Lo acusé de algo que no hizo. —Por lo visto, Olivia había decidido contarlo a las claras—. Esto es su venganza.

—Ya me había dado cuenta de que no llevabas zapatos —observó Bigs.

—Es una amante de la naturaleza —dijo Thad—. La mitad de las veces camina por ahí desnuda, pero esta noche se conforma con ir descalza.

—No es verdad —protestó Olivia—. Pero es una historia muy entretenida.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó Ritchie—. Lo de acusarlo.

—Me habían informado mal.

—Cosas que pasan —asintió Ritchie.

—Cosas que no hubieran pasado si hubiera pensado en quién era mi fuente de información.

A Thad le gustaba el hecho de que La Diva fuera tan sincera. Quizá no fuera tan mala, después de todo.

El camarero se acercó para apuntar lo que querían beber. Thad vio cómo la mirada de Olivia volaba desde la suciedad que la rodeaba hasta la suciedad que asimismo cubría el mandil del barman.

—Yo quiero té helado. En botella. —En cuanto el camarero se alejó de la mesa, se explicó—. Soy alérgica a la bacteria E. coli.

A sus acompañantes les pareció bien su justificación.

—Supongo que todos sois escandalosamente ricos, así que… —Hizo un gesto hacia las paredes manchadas de nicotina y hacia las luces de Navidad medio fundidas que rodeaban los cuernos de una cabeza de toro—. ¿Por qué habéis venido a ese sitio?

—Lo eligió Bigs. —Ritchie acarició con los dedos la rosa bordada de su cazadora.

—Es importante tener los pies en el suelo —respondió el aludido.

—Pues menudo suelo nos ha tocado pisar. —Ritchie se echó hacia atrás en la silla.

A La Diva no pareció importarle que la conversación acabara derivando en una charla sobre fútbol americano. Tratándose de alguien que se dedicaba a ser el centro de atención en un escenario, su disposición a quedar en un segundo plano sorprendió a Thad. A medida que sus compañeros de mesa desgranaban sus opiniones acerca de los locutores deportivos y los propietarios de los equipos, y hablaban de cuestiones generales, Olivia pasó del té helado y los escuchó con paciencia.

Clint, para sorpresa de nadie, intentó que la cantante se marchara con él.

—No llevo zapatos —dijo.

—Ya te compraré unos Manolo Blahnik por el camino.

Olivia se echó a reír.

Thad seguía sin saber por qué el niñato se había presentado en Phoenix, pero el hecho de que a La Diva pareciera caerle bien ese idiota dejaba su juicio en muy mal lugar. Aun así, su opinión sobre ella había cambiado. Él también había cometido unos cuantos errores y, a pesar de que le hubiera dicho lo contrario, Olivia le había pedido perdón de una forma estupenda.

La soprano le dio una palmada a Clint en el hombro y se levantó de la mesa.

—Si me disculpáis…

***

Cruzar las piernas ya no era una opción. Por más espantosa que fuera la idea de utilizar el lavabo de ese antro, necesitaba desesperadamente hacer pis. Atravesó el local de puntillas hacia el pasillo que había en el fondo, para que sus pies desnudos tocaran el mínimo suelo posible. Detrás de ella, oyó decir a Bigs:

—Tendrías que haberle traído unos zapatos, T-Bo.

«T-Bo». Por lo visto, era el apodo de jugador de Thad Owens. Si se lo hubieran propuesto a ella, Olivia lo habría apodado Tonto del Culo.

La puerta del lavabo de mujeres lucía una tímida sirena, mientras que en el de hombres había una dramática imagen de Neptuno. Una absoluta discriminación de género. Se cubrió la mano con la manga de la camiseta blanca y giró el pomo.

Era horrible. Peor que horrible. El agrietado cemento del suelo estaba mojado en algunas zonas y de un desagüe medio atascado surgía una cinta de papel higiénico empapado. Y apestaba. De ninguna de las maneras podría entrar descalza en ese basurero.

Pero es que, si no entraba, se mearía encima. Y ya se imaginaba cuánto se reiría Thad Owens de ello.

Con los pies sobre las baldosas del pasillo, sujetó el marco de la puerta con una mano y, estirándose todo lo que le permitía el cuerpo, llegó al oxidado dispensador de papel higiénico con la mano contraria. Extrajo una, dos…, seis toallitas de papel. Dividió el total por la mitad, se colocó tres debajo de un pie y tres debajo del otro, y procedió a entrar.

Los retretes dejaban mucho que desear y resultaban asquerosos. Cuando hubo terminado, se limpió dos veces las manos en el lavabo de porcelana descascarillada y arrastró los pies hacia la puerta. Las toallitas de papel se habían humedecido por el suelo mugriento y habían empezado a romperse en pedazos. Al abrir la puerta, vio que Thad se encontraba en el pasillo.

—Menuda porquería —comentó él al echar un vistazo al interior.

—Te odio. —Olivia se estremeció.

—No dirás lo mismo cuando veas qué le he comprado al cocinero. —Le mostró un par de Crocs blancas cochambrosas.

Después de deshacerse de las toallitas de papel, agarró las Crocs y, con un nuevo estremecimiento, metió los pies. Eran lo bastante grandes para su cuarenta y dos.

—No pienso comer aquí.

—Chica sensata —contestó Thad.

Cuando regresaron a la mesa, Bigs estaba en un rincón junto a una viejísima máquina de karaoke.

—Y la diversión de verdad empieza ahora —dijo Thad—. Te daré un consejo. Bigs no da ni una nota, pero no se lo digas.

—En serio —asintió Ritchie con un movimiento de cabeza.

Mientras Bigs valoraba sus opciones musicales, Clint Garrett intentó llevar aparte a Thad para hablar sobre una bolsa de protección —ella no sabía a qué se referían—, pero Owens se negó a cooperar.

—Me odia —le confesó Clint a Olivia con alegría cuando Thad se fue a la barra a pedir otra bebida—. Pero tiene una de las mejores mentes de toda la Liga y es un gran entrenador. —Al verla con expresión confundida, añadió—: Los mejores quarterbacks suplentes hacen lo imposible por que el titular sea mejor de lo que es.

—No parece que te esté ayudando demasiado.

—Me ayudará en cuanto empiece el entrenamiento. Y se pondrá a tope. Me sacará de la cama a las seis de la mañana para ponerme jugadas en la tele. Nadie arma una defensa como Thad Owens.

—Entonces… —Olivia jugueteó con la botella de té helado, que aún no había abierto—. Perdona que te lo pregunte: si es tan bueno, ¿por qué no es él el quarterback titular?

—Es complicado. —Clint se acarició la barba—. Debería haber sido uno de los mejores, pero tiene un problemilla con la visión periférica. En cualquier otro trabajo no sería importante. Pero en el nuestro sí.

Las canciones eran tan cursis como la máquina de karaoke, y empezó a sonar «Achy Breaky Heart», de Billy Ray Cyrus. Bigs cogió el micrófono y Olivia hizo un mohín al oírlo arrancarse con una versión ferozmente desafinada. A continuación, torturó «Part-Time Lover», de Stevie Wonder. Después, se tomó una pausa para beber un poco de cerveza y se acercó a Olivia.

—T-Bo dice que eres una cantante de ópera espectacular. Queremos oírte.

—Estoy descansando la voz.

—Esta mañana te he oído haciendo unos cuantos ejercicios de canto —dijo Thad con poco ánimo de ayudar.

—Eso es distinto.

Bigs se encogió de hombros y volvió a apoderarse del micro. Su «Build Me Up Buttercup» no sonó tan mal como «Part-Time Lover», pero su interpretación de «I Want to Know What Love Is» fue tan mala que hasta el resto de los clientes del bar protestaron.

—¡Cierra la puta boca!

—¡Apaga eso de una vez!

—¡Siéntate, capullo!

—Y ahora es cuando empieza —murmuró Thad con una mueca.

Bigs apretó los puños gigantescos y siguió cantando con el rostro colorado por la rabia.

—Si no le quitas el micro, T-Bo, el equipo tendrá que prescindir de él antes incluso de que comience la temporada —se preocupó Junior.

—Yo no pienso cantar —respondió Thad—. Canta tú.

—Ni de coña.

—A mí no me miréis —terció Ritchie—. Canto peor que él.

Clint había desaparecido, la muchedumbre se enfurecía cada vez más y los tres hombres se la quedaron mirando.

—Que estoy descansando la voz —repitió.

Los tres se levantaron al mismo tiempo. Thad le agarró un brazo, Ritchie se encargó del otro y la alzaron de la silla. Junior les abrió paso y la llevaron hasta el micrófono justo cuando aumentaban los gritos de los clientes y comenzaba a sonar «Friends in Low Places».

Thad le arrebató el micro a Bigs con suavidad.

—Liv ha cambiado de opinión. Es su canción favorita y le apetece cantarla.

—Olivia —siseó ella.

Para su consternación, Bigs aceptó que lo relevara.

Y ahí estaba ella, La Belle Tornade, la estrella de la Ópera Metropolitana, la joya de La Scala, el orgullo del Teatro Real de la Ópera, en un local atestado de borrachos con un micrófono pegajoso en una mano y una melodía de Garth Brooks repiqueteando en los oídos. No se esmeró en absoluto. No desafinó, pero cantó muy bajito. Nada de vocales abiertas ni redondas. Nada de notas altas ni graves potentes. Ni siquiera un poco de vibrato. Cantó lo más plano que pudo.

—¡Quítate la ropa! —chilló un hombretón del fondo del bar cuando terminó de cantar el último estribillo.

—¡A ver qué llevas debajo! —gritó otro.

Antes de que Olivia se diera cuenta, todo el bar, a excepción de los jugadores de fútbol americano, entonaba la misma palabra:

—¡Quítatela! ¡Quítatela!

El mal genio que la llevó a hacer una peineta a los odiosos loggionisti de La Scala sacó lo mejor de sí misma. Se quitó una de las Crocs, se la lanzó al gritón que tenía más cerca y después arrojó la segunda hacia el que la había interrumpido primero.

Thad apareció de la nada, la cogió por los hombros y la giró hacia la puerta.

—Y ahora nos largamos de aquí.

Al parecer, en opinión de Thad no avanzaba lo suficientemente rápido, porque levantó en brazos el casi metro ochenta y los sesenta y tres kilos de ella. La llevó en volandas hasta la calle sin que se golpeara la cabeza con la puerta.

—¡Suéltame!

La dejó en el suelo, tiró de ella para cruzar la calle y volvió a alzarla para guiarla hacia un callejón.

—¿Qué…?

—Ratas.

—¡No! —Se aferró al cuello de él.

—Nos quedaremos un rato aquí hasta que se calme la situación.

—¡Me dan asco los roedores! —Olivia lo agarró con más fuerza. El callejón era estrecho; a los lados de los edificios de ladrillo había escaleras de incendios metálicas y varios contenedores que montaban guardia—. No me molestan los insectos y tuve una serpiente de mascota cuando era pequeña, pero nada de ratas.

—A mí no me gustan demasiado las serpientes. —Olivia lo notó estremecerse.

—Vale. Tú te ocupas de los roedores y yo me encargo de los reptiles.

—Trato hecho.

Olivia se quedó rígida con una mano en el pecho de él. Deseaba y no deseaba apoyar la cabeza en la americana azul marino de Thad mientras escudriñaba el suelo en busca de ratas.

—Peso demasiado.

—En el press de banca, levanto casi ciento cincuenta kilos. Tú pesas por lo menos setenta kilos menos.

Para cuando Olivia hizo la resta, Thad ya le sonreía. Lo fulminó con su mirada más gélida.

—¿Podemos irnos ya?

—Unos minutos más.

Thad se apoyó en la pared de ladrillos soportando en los brazos el peso de ella sin problemas. Olivia giró la cabeza. Su mejilla rozó el suave algodón de la camiseta de él. Olía bien. A limpio, a aftershave y un poco a cerveza. Se miró los pies sucios. Tenía algo asqueroso pegado en el empeine.

—Tengo que admitir que cantando me has decepcionado un pelín —le confesó Thad—. Sonabas bien, no me malinterpretes, pero no me has parecido una cantante de ópera de primer nivel.

—Ya te lo he dicho. Estoy descansando la voz.

—Si tú lo dices. Pero ha sido un chasco después de oír esos ejercicios tan impresionantes que haces.

Olivia le respondió el «Mmm» más evasivo del mundo y rastreó de nuevo en busca de roedores.

—Mete la mano en mi bolsillo trasero —le dijo él— y saca mi móvil para que pueda llamar a un Uber.

Olivia se giró, el pecho apretado contra el de él, y alargó la mano más allá de la cadera de Thad. Con sumo cuidado, su mano se posó sobre la curva del que era, como ya se imaginaba, un trasero bien firme.

Estaba despatarrada en sus brazos con una mano en el culo de él, mientras que el suyo volaba por los aires.

—No puedo… —Notó el bulto del móvil en el bolsillo. Notó otro bulto. Enseguida apartó la mano—. No lo consigo.

—Estás consiguiendo otra cosa.

La estaba provocando otra vez. Olivia se giró para incorporarse un poco, sin el móvil.

—Necesitamos un nuevo plan. —Recordó las ratas—. Pero pobre de ti como me dejes en el suelo.

La depositó encima de la tapa del contenedor más cercano. Olivia enseguida se dio cuenta de que podría haberlo hecho desde el principio.

—No salgas corriendo —le dijo Thad.

Como si fuera a atreverse.

Al cabo de unos minutos, la llevaba desde el callejón hasta el Uber que los esperaba.

Durante el trayecto de regreso al hotel, ninguno de los dos pareció tener nada que decir. Thad miraba hacia delante con media sonrisa en la cara. Olivia giró la cabeza hacia la ventanilla y percibió la media sonrisa que amagaba con dibujarse en su propio rostro. A pesar de la suciedad, los borrachos, la amenaza de las ratas; a pesar del mismísimo Thad Owens, era la primera vez que se divertía en muchas semanas.

Su sonrisa desapareció al recordar a Adam, cuyos días de diversión se habían terminado para siempre.

***

La Diva soportó la caminata a través del vestíbulo resplandeciente del hotel con la barbilla levantada y expresión arrogante, retando a cualquiera que se atreviera a comentar que llevaba los pies descalzos y sucios. En cuanto llegaron al ascensor, un recepcionista corrió hacia ella.

—Mientras estaba fuera han traído unas flores para usted, señorita Shore. Se las hemos dejado en la suite. Y tiene un mensaje.

Olivia aceptó con un elegante asentimiento el sobre que le entregó el muchacho, pero ya en el ascensor lo arrugó en la mano.

Thad abrió la puerta de la suite y entró tras ella. Los envolvió el agobiante aroma de demasiadas flores. Encima del piano había jarrones llenos con una docena de variedades diferentes.

—Otra vez Rupert —suspiró La Diva.

—¿Otra vez? ¿Es una costumbre?

—Flores, cajas de carísimos bombones, champán. He intentado disuadirlo, pero no ha funcionado, como ves. —Extrajo una tarjeta de floristería de uno de los arreglos florales, le echó un vistazo y la dejó sobre el piano.

—¿Rupert es uno de tus amantes?

—Uno de tantos.

—¿En serio?

—¡Pues claro que no! Tiene por lo menos setenta años.

—¿Soy el único que piensa que esto da un poco de miedo? —Thad observó la cantidad de flores.

—Debes entender a los amantes de la ópera. Creen que están en peligro de extinción, y eso los vuelve demasiado apasionados con sus cantantes preferidos.

—¿Los demás son como Rupert?

—Rupert es mi fan más entregado. Los demás… Depende del espectáculo. Los aficionados a Carmen me han mandado mantones, cajas de rioja y hasta jamón ibérico. Y cigarros, cómo no.

—¿Por qué cigarros?

—Carmen trabaja en una fábrica de tabaco.

—Ya lo sabía. —No lo sabía—. ¿Qué otros regalos extraños te han mandado tus perversos superseguidores?

—Son apasionados, no perversos, y me encantan todos y cada uno de ellos. Me mandaron tijeras de plata por Sansón y Dalila.

—No te acerques a mi pelo.

—Un montón de joyas egipcias, como pendientes en forma de escarabajo y pulseras, porque hice de Amneris en Aida. Es la villana, pero sus motivos tiene; es un amor no correspondido, ya sabes. Hasta me enviaron una cachimba de plata. —Al cabo de unos segundos, añadió—: Aida está ambientada en Egipto.

—Ya lo sabía. —Eso sí.

—Los amantes de Mozart me han mandado más querubines de los que puedo contar.

—¿Y eso?

—Por Cherubino. A las mezzosopranos nos conocen por nuestros papeles con calzones.

—¿Mujeres que hacen de hombres?

—Sí. Como Cherubino, de Las bodas de Fígaro. Es un sátiro. Sesto, de La clemencia de Tito. Hansel, de Hansel y Gretel. Mi amiga Rachel interpreta a este último como nadie.

—Me cuesta imaginarte haciendo de tío.

—Son papeles de los que me siento muy orgullosa.

Thad sonrió. La pasión que mostraba Olivia por su trabajo y su lealtad para con sus seguidores eran inconfundibles. La pasión era lo que lo atraía a él: el entusiasmo de los demás hacia su trabajo o hacia sus aficiones, aquello que daba alegría y sentido a sus vidas, ya fuera elaborar una estupenda salsa marinera, coleccionar bates de béisbol de la marca Louisville Sluggers o cantar ópera. Nada lo aburría más que la gente insulsa. La vida era demasiado emocionante como para conformarse con una existencia anodina.

Olivia se rascó la pantorrilla con los dedos de uno de sus sucios pies.

—Seguro que a ti te hacen regalos.

—Conseguí un buen trato por un Maserati.

—Tendré que comentárselo a Rupert. ¿Algo más?

—El préstamo de una casa de vacaciones, además de más alcohol del que podré llegar a beber y demasiadas comidas gratis en muchos restaurantes. Es irónico cómo a menudo la gente que no necesita dinero es afortunada, mientras que esos a los que les iría genial una ayuda terminan con las manos vacías.

—No es precisamente el punto de vista que esperaría de un jugador privilegiado. —Olivia lo observó, pensativa.

—La genética tiene mucho que ver con la habilidad atlética. —Thad se encogió de hombros—. Tuve suerte.

Se lo quedó mirando unos segundos más de lo necesario antes de contemplarse los pies.

—Tengo que ir a la ducha. Nos vemos por la mañana.

Parecía el final de una cita estupenda y Thad sintió la loca urgencia de besarla. Un impulso que ella obviamente no compartía, porque ya se dirigía hacia su habitación.

Abrió las puertas de la terraza y salió. Estaba preocupado, nervioso. En su opinión, La Diva era demasiado indulgente con todos esos regalos. Él también había tenido que lidiar con un par de seguidoras apasionadas como Rupert, y una de ellas acabó siendo una acosadora. Dio golpecitos a la barandilla de la terraza antes de volver adentro y acercarse al piano. La nota que acompañaba las flores yacía boca arriba.

La Belle Tornade,

eres el regalo que me han hecho los dioses.

Rupert P. Glass

Thad hizo una mueca. Junto a la tarjeta de la floristería estaba el sobre arrugado que el recepcionista le había entregado a Olivia cuando regresaron al hotel. Debía de haberse olvidado que lo había dejado ahí.

El sobre tenía el matasellos de Reno, Nevada. Thad no era propenso a abrir las cartas de los demás, pero su instinto le dijo que hiciera una excepción.

Sacó una única hoja de papel impresa con letras mayúsculas.

ES CULPA TUYA. QUE TE DEN.

—¿Qué haces? —La puerta de la habitación de La Diva acababa de abrirse.

—Abrir tu correo. —Thad levantó la nota—. ¿A qué viene esto?

—El mundo de la ópera está lleno de drama. —Olivia observó la hoja y se la arrebató—. No metas las narices en mi correo.

—Esta nota va más allá del drama —comentó.

—Es personal. —Alzó la barbilla, pero Thad vio que le temblaba la mano.

—No me digas.

—No es de tu incumbencia. —Se giró hacia su habitación.

—Ahora sí. —Thad le cerró el paso—. Si te relacionas con locos, necesito saberlo por si en las próximas cuatro semanas nos cruzamos con alguno.

—No te preocupes. —La fuerte mandíbula de ella se apretó de tal manera que él supo que no iba a añadir nada más. Olivia rasgó la nota por la mitad, la tiró a la basura y se dirigió a su habitación.

4

La mañana siguiente, cuando Thad volvió al hotel tras salir a correr, lo recibió el escándalo de los ejercicios vocales de La Diva al otro lado de la puerta cerrada de su habitación. Le costaba imaginar cómo era posible que un ser humano fuera capaz de producir unos sonidos tan extraordinarios. La noche anterior, Olivia dijo que estaba descansando la voz, pero él sospechaba que se había limitado a eludir el karaoke.

En la limusina que los llevaba al aeropuerto, le daba la sensación de que la noche en el bar no hubiera tenido lugar. Thad respondía a sus mensajes mientras La Diva y Henri parloteaban en francés. Paisley, por lo visto, intentaba dormir. Por más que le apeteciera hablar con La Diva sobre la nota que había recibido, Thad se contuvo. Por el momento, la vigilaría de cerca.

Paisley bostezó y se colocó las gafas de sol en la cabeza, encima de su larga cabellera rubia.

—Tu camisa mola un huevo. —Tenía los ojos enrojecidos y Thad intuía que se debía a haberse pasado otra noche de fiesta—. Podrías ser modelo.

—Ya lo ha sido —dijo La Diva con la sonrisa falsa que esbozaba para irritarlo.

La camisa de Thad que Paisley había alabado era de color salmón. Salmón, no rosa. En cuanto a La Diva… Debajo de su gabardina Burberry, le pareció ver que llevaba un aburrido jersey blanco y pantalones negros. Aun así, debía felicitarla por los gigantescos pendientes, que se asemejaban a unos cuadrados de papel de oro arrugado. Y cómo le gustaban los pañuelos dramáticos. Su ropa no tenía nada que ver con los vaqueros y la cazadora de cuero de Paisley.

Nada más embarcar en el avión que los llevaría a Los Ángeles para la nueva etapa de la gira, Henri le dio un golpecito en el hombro.

—Bon, Thad. Esta mañana tengo una maravillosa sorpresa para ti. He invitado a alguien para que se nos una durante el día de hoy.

—¡Sorpresa! —El muy capullo se irguió de su asiento.

—¡Clint! —La Diva corrió hacia él.

—Para que los dos podáis hablar de fútbol americano, ¿oui? —Henri le palmoteó en la espalda.

—La madre que lo parió, oui —masculló Thad.

En lugar de saludarlo a él, Garrett se centró en La Diva.

—Con esta ropa estás radiante, Livia.

—¿Qué estás haciendo aquí? —La cantante sonrió.

—A Henri le encanta el fútbol americano. Me ha invitado a pasar el día con vosotros para tener entretenido a T-Bo. —El imbécil por fin se dignó a mirar a Thad—. Ahora ya no va descalza. Al ingrato, con la punta del zapato, ¿eh?

Thad se levantó como un resorte, pero La Diva le bloqueó el paso.

—Calma, calma —le murmuró.

Clint sonrió. Thad era famoso por no perder nunca los nervios, y vio que Clint estaba orgulloso de haberlo provocado hasta tal punto. Su sonrisa le recordó nuevamente a Thad que el muy imbécil no era tan estúpido como hacía ver. Nadie llegaba a ser el quarterback titular de un equipo de la NFL siendo un estúpido.

Entre tanto, Paisley permanecía inmóvil en el pasillo con la mirada de asombro clavada en Garrett. Cuando se acomodó en su asiento habitual al fondo del avión, Thad se dio cuenta de que una vez más quedaba relegado a un segundo lugar, pero en esta ocasión nada lo hacía más feliz.

Para disgusto de Paisley, La Diva se sentó justo al lado de Clint, obligándola a ella a tomar asiento enfrente de él. Thad casi oía cómo giraba el engranaje mental de Paisley mientras intentaba pensar en su siguiente movimiento. La muchacha esperó hasta que hubieron despegado.

—¿Os importa que os eche un par de fotos para mandárselas a mis amigas?

—Claro que no —dijo La Diva.

Thad sonrió para sus adentros. Su compañera no tardaría en descubrir que era una intrusa inoportuna en la cámara del iPhone de Paisley.

Cierto que Paisley convenció a Garrett para hacerse un selfi con ella, pero La Diva parecía más divertida que ofendida. Garrett se levantó del asiento. La pobre Paisley no estaba acostumbrada a recibir un rechazo masculino y fue incapaz de esconder la decepción al verlo encaminarse hacia Thad. Paisley no comprendía que ninguna mujer del planeta lograría llamar la atención de ese zopenco cuando el fútbol ocupaba su mente.

Cuando Clint se despatarró delante de él, Thad no se molestó en esconder su irritación. Los entrenamientos no empezarían hasta julio, y Garrett sabía perfectamente que Thad se esforzaría al cien por cien con él, así que ¿por qué tenía que tocarle los cojones justo ahora? Ni que pudieran hacer touchdown en el avión.

Un curioso gemido se adueñó de la cabina. La cabeza de Thad se irguió justo a tiempo para ver cómo Olivia se llevaba una mano a los labios. Su compañera estaba observando el periódico que debía de haber cogido de los ejemplares que habían dispuesto en el avión. Se desabrochó el cinturón y corrió hacia él con el diario en las manos.

—¡Mira esto!

Thad le echó un vistazo.

Las imágenes se encontraban en la segunda página de la sección de moda del Examiner de Phoenix: una de las fotografías formales para las que La Diva y él habían posado, acompañada de una robada de un paparazzi en que Thad la sacaba en brazos del bar.

UNA CANTANTE DE ÓPERA Y UNA ESTRELLA

DE LA NFL COMPARTEN MELODÍA

Anoche, la conocida mezzosoprano Olivia Shore y Thad Owens, el quarterback suplente de los Chicago Stars, se mostraron muy cariñosos. Al parecer, la estrella de fútbol americano y la cantante de ópera han ido más allá de la promoción de una nueva línea de relojes de la conocida marca francesa Marchand. En una entrevista que ofrecieron horas antes en el hotel, la reservada pareja no sugirió que su relación trascendiera lo profesional, pero parece que se han adentrado en un territorio más personal.

—¡Es humillante! —exclamó.

—¿Humillante? —Thad contempló la fotografía—. Estás siendo un pelín dramática, ¿no crees? Ah, calla. Que eres una soprano. A ti se te permite ser…

—¡No somos pareja! —gritó—. ¿Cómo se les ocurre decir eso?

—A ver, es que te llevo en brazos. —Thad examinó la foto del paparazzi con más atención. Como siempre, él salía estupendo, pero a La Diva la habían pillado en un ángulo extraño y su culillo respingón parecía más grande de lo que era en realidad.

Olivia se desató el pañuelo de seda del cuello como si la estuviera estrangulando.

—¿Cómo ha podido pasar?

—Es un mal ángulo, nada más. Olvídalo.

Ella se lo quedó mirando, confusa, y Thad se retractó enseguida.

—Vale, admito que es bastante raro.

Recordó lo ocurrido la noche anterior. Nadie, él incluido, sabía que La Diva y él terminarían en ese bar, por lo que el fotógrafo debía de ser un transeúnte al azar. Y aun así…

—¿Hay algún problema? —Henri se les había unido. Paisley asomó la cabeza por encima del hombro de Marchand.

—¡Mira esto! —Olivia le lanzó el periódico.

—¡Putain! —Henri apretó los extremos de su pañuelo del cuello—. Pardon mi ordinariez, Olivia, Paisley.

Para tener cuarenta años, era un hombre de la vieja escuela.

—¿Es genial? —Paisley era una experta tanto en hablar con voz rota como en convertir sus afirmaciones en preguntas—. Muchísima gente lo verá. Es publicidad para la marca y tal.

—No es el tipo de publicidad que deseamos. —Henri respiró hondo y se encogió de hombros—. Pero, bueno, son cosas que pasan.

—A mí no me pasan. —Olivia se giró hacia Thad—. Es culpa tuya. No ha habido ni un solo paparazzi que me haya seguido, ni una vez en toda mi carrera. Ha sido por ti. Por ti y por tu… tu… —agitó las manos en su dirección—, por tu cara, y por tu pelo, y por tu cuerpo, y por las actrices con las que sales…

Siguió y siguió. Thad dejó que se desahogara porque supuso que, tarde o temprano, entraría en razón, por más que fuera una soprano.

Y supuso bien. Al final, Olivia se quedó sin combustible y se hundió en el asiento que quedaba al otro lado del pasillo.

—Ya sé que en realidad no es culpa tuya, pero… Es que nunca me ha ocurrido nada parecido.

—Te entiendo —respondió él con gran empatía.

Clint resopló.

Olivia se giró hacia Henri con una honda preocupación que Thad no compartía. A él le molestaba más que en el titular hubieran colocado el nombre de La Diva antes que el suyo.

—Disculpa, Henri —le dijo—. Sé que no es la imagen que queréis para Marchand. Te prometo que no volverá a pasar.

Henri se encogió de hombros de esa manera tan francesa que solo saben hacer los franceses.

—No te angusties. Phoenix está en el pasado y tenemos por delante un día entero en Los Ángeles, ¿sí?

Había que aplaudirle a Marchand que no les hubiera preguntado qué hacían anoche. En lugar de eso, le dio una serie de indicaciones a Paisley acerca del itinerario del día. Cuando la joven se retiró, solo tenía ojos para Garrett. En un momento dado, Olivia se trasladó a su asiento de la parte delantera y se puso los auriculares morados que extrajo de su bolso.

Garrett volvió a dirigirse a Thad.

—Mira, te voy a contar en qué estaba pensando, T-Bo. Cuando tuve aquel esguince. En el partido contra los Giants. En el tercer y en el cuarto bloque. La defensa de los Giants esperaba un pase pantalla, y tú echaste a correr por el centro. ¿Cómo supiste que esperaban un pase pantalla? ¿Qué te puso sobre aviso?

—Lo vi en los ojos de uno de los defensas. —Thad se rindió a lo inevitable.

—Pero ¿qué hizo exactamente? ¿Qué viste?

—Siempre hay que mirar hacia el defensa del medio, idiota. Y ahora déjame en paz para que me pueda suicidar a gusto.

Clint se inclinó hacia el pasillo para darle una palmada en la pierna.

—Sabes que me quieres, T-Bo, y los dos sabemos por qué. Soy tu última y mejor oportunidad de ser inmortal.

Dicho eso, el muy hijo de puta se fue a coquetear con Paisley.

***

En Los Ángeles aparecieron más periodistas que en Phoenix, y, tras los primeros cinco segundos de la primera entrevista, Thad supo por qué.

La reportera era joven, de muy baja estofa. Se colocó la libreta sobre la rodilla de los pantalones cargo negros y formuló la primera pregunta.

—Los dos provienen de mundos muy diferentes, ¿no? Entonces, ¿cómo explican su atracción?

Thad se dio cuenta de que La Diva se moría por negarlo todo, lo cual no haría más que provocar más rumores, así que tomó la palabra antes de que dijera nada:

—Ay, solo somos amigos. —Y le lanzó un guiño conspiratorio a la periodista por diversión. En lo que a La Diva respectaba, ojos que no ven, corazón que no siente.

Henri se echó hacia delante desde la posición que ocupaba, detrás del sofá.

—Thad y Madame Shore tal vez provengan de mundos distintos, pero los dos aprecian la calidad.

Thad cumplió con su cometido. Exhibió el Victory780, y Olivia se animó lo suficiente para hablar sobre el Cavatina3. Henri ahondó en su discurso.

—En Marchand, comprendemos que los hombres y las mujeres quieren cosas distintas en sus relojes. Los roperos de los hombres son más conservadores, así que tienden a preferir relojes más ornamentados.

—A excepción de la compañía aquí presente —terció Olivia dirigiendo la mirada hacia la colorida camisa de Thad.

No le hacía ninguna gracia que Olivia no mostrara respeto alguno por su estilo personal. De todos modos, debía admitir que siempre estaba guapísima, incluso con el soso conjunto blanco y negro que llevaba en el avión. Con el reloj en una muñeca, pulseras en la otra y los pendientes de oro arrugado. No llevaba más complementos, a no ser que contaran sus brutales zapatos de tacón grises.

—El diseño más sutil del Cavatina3 —siguió Henri— encaja perfectamente con la vida de una mujer de éxito como Madame Shore. Es ideal para el día y para la noche. Para el trabajo y para el gimnasio. Es clásico y deportivo al mismo tiempo.

Cuando la periodista intentó redirigir la entrevista hacia cuestiones personales, Olivia se puso tiesa como un palo.

—A Thad y a mí nos presentaron hace dos días. Apenas nos conocemos.

Puede que La Diva fuera una estrella en el mundo de la ópera, pero no tenía ni puñetera idea de cómo lidiar con la prensa del corazón, y lo que dijo era justamente lo menos adecuado. Thad sonrió.

—Hay gente que conecta enseguida.

—Profesionalmente —añadió La Diva, tan remilgada como una anciana victoriana tomando té.

—La foto en la que salen los dos da a entender que tienen algo más que una relación profesional. —La periodista se cambió la libreta de rodilla.

La Diva apretaba los labios y Thad supo que estaba a punto de negar la mayor de nuevo, así que decidió intervenir.

—Nos lo estábamos pasando en grande, por supuesto. Liv no creía que fuera capaz de levantarla como si estuviera en el press de banca, pero le pedí a un amigo que utilizara el cronómetro de mi Victory780 para demostrarle que se equivocaba. Un minuto coma cuarenta y tres segundos. Diría que quedó claro.

La incredulidad con que lo observaba La Diva tal vez bastara para confirmarle a la periodista que el jugador de fútbol americano estaba mintiendo.

—Vale. —La reportera se echó a reír—. Mensaje captado. No hay más preguntas.

Henri acompañó a Paisley para escoltar a la periodista fuera de la habitación, como si no se fiara de que su asistente llevara a cabo la tarea solita. Thad disponía de menos de un minuto antes de que apareciera el siguiente reportero. Agarró a Olivia, la sacó del sofá y la arrastró hasta la puerta más cercana.

—¿Qué…?

—¿Te quieres relajar y dejar de comportarte como si hubiera salido a la luz un vídeo sexual nuestro? —La empujó contra el lavabo del baño de señoras.

—¿Cómo me voy a relajar? Todo el mundo se pensará que tú y yo… estamos…

—¿Juntos? ¿Y qué? Somos adultos y, que yo sepa, ninguno de los dos está casado. Tú no estás casada, ¿no? Porque yo no me lío con mujeres casadas.

—¡Claro que no estoy casada! —escupió.

—Pues ya está.

—No, no está, y no estamos liados. Parece que…, da igual. Nos conocimos hace dos días.

—Ya lo entiendo. No quieres que Rupert piense que eres una mujer fácil.

—¡No soy una mujer fácil!

—Que me lo digan a mí. Haz el favor de tranquilizarte. Relájate y sonríe. —Cuando Thad la giró hacia la puerta del baño, sonrió para sus adentros. Echarle una bronca a una mujer no era propio de él, pero La Diva era una rival tan digna que no pudo resistirse.

Salieron juntos del baño y se toparon de bruces con el siguiente periodista.

Para sorpresa de Thad, La Diva esbozó una sonrisa.

—De nada, Thad. —Acto seguido, se dirigió al reportero—. No me creía cuando le he dicho que tenía media cena entre los dientes. Es una pena que un bocadillo de jamón eche a perder esa capa blanca resplandeciente. Seguro que le habrá costado una fortuna.

Sus dientes eran suyos del primero al último, pero en fin. La Diva le había arrebatado el balón y había echado a correr hacia la zona de anotación.

***

Aquella noche, después de la obligatoria cena con clientes, Thad quedó con algunos de sus amigos de Los Ángeles en la azotea del hotel para tomar algo. No le propuso a La Diva que fuera con ellos, aunque la zona del bar, cubierta de hiedra, y las espléndidas vistas eran más del estilo de Olivia que el antro de la noche anterior.

Hacía varios meses que Thad no veía a sus colegas, y debería habérselo pasado muy bien, sobre todo teniendo en cuenta que Garrett no apareció por allí. Después de la noche pasada en aquel bar mugriento, sin embargo, la velada se le antojó decepcionante, y se metió en la cama a las dos de la madrugada.

***

Cuando al día siguiente Rachel Cullen, la mejor amiga de Olivia, y su marido Dennis se sentaron bajo una sombrilla azul en la terraza del restaurante del hotel y se cogieron de la mano, Olivia los observó con melancolía.

—Dais un poco de asco.

—Estás taaan celosa. —Rachel le apretó la mano a su marido.

—Por decirlo finamente —respondió Olivia—. Encontraste al único hombre del planeta que nació para casarse con una cantante de ópera. —Si fuera capaz de encontrar al clon de Dennis, tal vez Olivia lograría tener una relación estable y duradera.

—Es el mejor trabajo del mundo —dijo el aludido.

—Te odio. —Olivia fulminó a su amiga con la mirada.

—Ya lo sé. —Rachel le lanzó una sonrisa engreída.

Con su cabellera de un sedoso rubio platino, sus curvas generosas y sus rasgos de una mujer del montón, Rachel habría pasado por la madre del futbolista más guapo del barrio, mientras que el pelo castaño y rebelde, la nariz grande y la constitución nervuda de Dennis hacían que el músico pareciera él y no su mujer, a pesar de que encadenaba contratos temporales en empresas informáticas.

Olivia y Rachel se conocieron diez años atrás en el Centro Ryan de Ópera, el prestigioso programa de desarrollo artístico de la Ópera Lírica de Chicago. En otros tiempos de rivalidad operística, dos mezzos que peleaban por los mismos papeles jamás habrían sido amigas íntimas, pero en ese centro no solo se fomentaba el apoyo y la colaboración entre alumnos, sino que incluso era lo esperado. Formaron un tándem muy unido que se ayudó y se compadeció mutuamente conforme avanzaban codo con codo en el repertorio de una mezzosoprano. Olivia era la cantante e intérprete de mayor talento, pero Rachel, en lugar de sentir celos, se convirtió en la animadora más entusiasta de Olivia.

A medida que pasaban los años, la carrera de Olivia subía como la espuma, mientras que Rachel adquirió un nivel de respetabilidad, pero esa diferencia no interfirió en su amistad. Olivia seguía recomendando a Rachel para algunos papeles. Reían y lloraban juntas. Olivia estuvo al lado de Rachel cuando murió su madre y Rachel cogió a Olivia de la mano durante el terrible y desgarrador funeral de Adam, algo que ninguna de las dos olvidaría jamás. Mientras estudiaba el menú, Olivia fingió no reparar en la mirada de preocupación de su amiga. Rachel era muy intuitiva y sabía que los problemas de Olivia iban más allá de lo que decía.

De pronto, apareció el camarero. Dennis pidió una ensalada thai para Rachel y buñuelos de cangrejo para él.

—Si es que hasta pide por ti —comentó Olivia cuando se marchó el camarero.

—Sabe lo que me gusta mejor que yo.

Olivia tuvo un flashback que la llevó hasta Adam, quien solía pedirle a Olivia que escogiera por él porque era incapaz de decidirse. Estar junto a Dennis tal vez resultara doloroso. La dedicación que mostraba hacia la carrera de Rachel suponía lo contrario al resentimiento que Adam se esforzó tantísimo por reprimir. Dennis era el marido ideal de cualquier cantante de ópera.

—Cuéntame la historia de cómo os conocisteis Dennis y tú. —Rachel desdobló la servilleta.

—¿Otra vez? —se extrañó Olivia—. Te la he contado un montón de veces.

—Nunca me canso de oírla.

—Es como una niña —le dijo Olivia a Dennis. A continuación, se dirigió a Rachel—: ¿Empiezo antes o después de que me tirara los tejos?

Dennis gruñó.

—Antes —gorjeó Rachel.

—Veamos. —Olivia se acomodó en la silla—. Me acababa de venir la regla y tenía unos dolores menstruales horribles…

—Y antojo de azúcar —añadió Rachel.

—Es mi historia —protestó Olivia—. Pues eso, que decidí darme un capricho con un frappuccino red velvet de Starbucks.

Rachel, cuya pasión por lo dulce seguía engordando sus curvas, asintió.

—La mar de razonable.

—Estoy en la cola y este tío con pinta de músico intenta entablar una conversación conmigo.

—Le estabas tirando los tejos descaradamente. —Rachel le dio un codazo a su marido.

—Yo no estaba de humor para charlar, pero era muy insistente. —Olivia sonrió y prosiguió con la innecesaria historia—. Y bastante mono.

—Y no era cantante —terció Rachel—. No te olvides de la mejor parte.

—Era informático, como me enteré antes incluso de que el camarero acabara de preparar mi frappucino.

—Al que muy amablemente te invitó.

—Y por eso me vi obligada a hablar con él. Lo demás ya es historia.

—Te estás saltando lo mejor de todo. La parte en que le diste mi número de teléfono sin ni siquiera pedirme permiso. Mira que si hubiera sido un asesino en serie…

—Pero no lo era.

—Pero lo podría haber sido —dijo Dennis.

—Me cayó bien. —Olivia sonrió—. Por desgracia, no podía quedármelo, porque yo seguía bajo el hechizo de Adam. —El ambiente se enfrió y volvió a aparecer la mirada de preocupación de Rachel. Olivia esbozó una exagerada sonrisa—. En resumidas cuentas: que me encantó ser la dama de honor de vuestra boda el año pasado.

—Y cantaste la mejor versión de «Voi che sapete» que nadie haya oído jamás —asintió Rachel.

En ese momento, llegó la comida. Rachel estaba en la ciudad para presentarse al casting de un papel del invierno siguiente en la Ópera de Los Ángeles y comenzaron a contarse chismes operísticos: un tenor con demasiada voz de cabeza y un director que se negaba a dejar espacio para respirar en una obra de Rossini. Hablaron de la increíble acústica de la Filarmónica del Elba de Hamburgo y de una nueva biografía de Maria Callas.

Olivia envidiaba el orgullo que sentía Dennis por los éxitos de su mujer. La carrera de Rachel siempre era lo primero, y él acomodaba su trabajo al horario de ella. Qué diferente de su vida con Adam. Ahora se daba cuenta de que él había padecido una depresión. Le costaba mucho memorizar un nuevo libretto y sus períodos de insomnio se alternaban con noches en que dormía doce o trece horas. Sin embargo, en lugar de llevarlo al médico, rompió con él. Y ahora era el turno de la venganza de Adam.

ES CULPA TUYA. QUE TE DEN.

—¿Oíste a la tal Ricci cantando Carmen en Praga? —Rachel hizo una mueca—. La odio.

—Odiar es demasiado fuerte. —Olivia se concentró de nuevo en el presente.

Sophia Ricci era, de hecho, una persona encantadora, aunque Olivia había pasado una breve temporada molesta con ella porque había salido con Adam. Ese no era el motivo de la queja de Rachel, no obstante. Sophia era una soprano lírica, y siempre que una lírica se hacía con uno de los pocos papeles escritos para una mezzo, ese hecho despertaba rencores.

—A lo mejor pilla laringitis —comentó Olivia, pero enseguida se retractó—. Qué mala soy. Sophia tiene muchísimo talento y deseo que le vaya bien.

—Pero tampoco superbién. —Rachel apartó un anacardo de su ensalada—. Lo suficiente para que los críticos escriban algo en plan: «La “Habanera” de Sophia Ricci ha estado bien, pero no puede competir con la imponente sensualidad de la maravillosa “Carmen” de Olivia Shore».

Olivia sonrió con cariño a su generosa amiga. Ella comprendía mejor que nadie cuánto le gustaría a Rachel actuar en Carmen en un escenario de primer nivel como el de la Ópera Municipal, pero a ella nunca le llegaban esas propuestas.

—Me voy a encargar de las redes sociales de Rachel —le contó Dennis—. La visibilidad lo es todo. Fíjate en las mezzos de la música pop, como Beyoncé, Adele o Lady Gaga. Esas mujeres sí que saben utilizar las redes sociales.

En la terraza del restaurante apareció un rostro demasiado familiar para Olivia. Thad la vio y se dirigió hacia su mesa. Cuando Olivia los presentó, se dio cuenta de que Rachel mostraba la expresión medio deslumbrada que tantas mujeres parecían adoptar siempre que Thad Owens se cruzaba con ellas.

—Por favor. —Rachel le hizo un gesto hacia el asiento libre de la mesa—. Ya casi hemos terminado, pero pide lo que quieras.

—Acabo de cenar. —Thad miró a Olivia—. Con un par de periodistas deportivos.

Olivia sintió una punzada de culpa al saber que él trabajaba más que ella.

Dennis y Thad mantuvieron una charla superficial sobre fútbol americano antes de que la conversación volviera a girar en torno a la ópera.

—Lena Hodiak me contó que te cubrirá en Aida —dijo Rachel—. Te caerá bien. El año pasado en San Diego hizo de Gertrude en Hansel y Gretel, y es encantadora.

Thad le lanzó una mirada interrogativa.

—Significa que Lena es su sustituta —se explicó Rachel—. Cubrir a Olivia es un trabajo muy ingrato, como enseguida descubrirá Lena. Olivia nunca se pone enferma.

—Habladme del contrato que tenéis con Marchand —intervino Dennis—. ¿Cómo os ficharon para la gira?

—Yo fui por lo menos la tercera opción —confesó Thad sin ápice de rencor.

—A mí me llamó mi agente el pasado mes de septiembre —dijo Olivia—. Tenía un hueco en mi calendario y ofrecían muchísimo dinero. Además, creía que viajaría con Cooper Graham, el exquarterback de los Stars.

—Pero al final tuviste suerte —la pinchó Thad.

Olivia sonrió y echó un vistazo a su reloj.

—Ojalá pudiéramos hablar más rato, pero en breve nos toca sesión de fotos, y Thad necesita tiempo para asegurarse de que está bien peinado.

—Está celosa porque soy más fotogénico que ella. —Thad se levantó de la silla.

Rachel frunció el ceño, dispuesta a saltar en defensa de su amiga, pero Olivia se encogió de hombros.

—Triste, pero cierto.

Thad se echó a reír. Denis también se levantó y sacó el móvil.

—Dejad que primero os haga un par de fotos para las redes sociales de Rachel. Os etiquetaré a los dos.

Olivia sospechaba que a Thad le interesaba tan poco como a ella que lo etiquetaran, pero le encantaba el entusiasmo de Dennis. ¿Cómo no iba a estar celosa?

***

Al abrir la puerta de la suite, vieron que Henri estaba enfrascado en una acalorada conversación con una mujer elegante que debía de tener más o menos su edad, quizá unos cuarenta y pocos. Muy arreglada y ataviada a la europea: un vestido ajustado totalmente negro con numerosas vueltas de un collar de perlas en el cuello. La melena escalada le llegaba justo hasta la mandíbula. A su lado, una intimidada Paisley parpadeaba muy rápido, como si intentara no llorar. Olivia dedujo que la mujer no iba a ignorar la incompetencia de Paisley como Henri. Para ser justos, a pesar de que Paisley era una chica consentida, desorganizada y extremadamente inmadura, Olivia había visto las fotos de su iPhone y debía admitir que la joven sabía sacarle el mejor partido al culo de Thad Owens.

Henri interrumpió la conversación nada más reparar en ellos.

—Mariel, mira quién acaba de llegar. Olivia, Thad, os presento a mi prima Mariel.

Mariel les dedicó una sonrisa muy francesa, cordial pero contenida, y les estrechó la mano con seriedad.

—Mariel Marchand. Es un placer.

Era más atractiva que guapa; tenía una frente muy ancha, nariz aguileña y ojos pequeños que procuraba agrandar con un maquillaje muy atrevido.

—Mariel es nuestra directora financiera —los informó—. Ha venido a ver qué tal va todo.

Olivia había llevado a cabo una breve investigación y sabía que Lucien Marchand, el propietario de la marca, tenía más de setenta años y ningún descendiente. Mariel y Henri, sus sobrinos, eran sus únicos familiares de sangre, y uno de ellos se encargaría de la empresa familiar. Era fácil deducir que Mariel le llevaba ventaja al simpático de Henri.

—Confío en que mi primo no os esté haciendo trabajar demasiado —respondió Mariel con un acento un poco menos marcado que el de Henri.

—Solo a Thad —contestó Olivia con sinceridad—. A mí me aprieta menos.

—Asistí hace un par de años a una representación de Electra en la Ópera Bastille, en la que interpretabas a Clitemnestra. Incroyable. —Acto seguido, dirigió su atención hacia Thad sin esperar a que Olivia agradeciera el cumplido—. Vas a tener que explicarme cómo funciona ese deporte que practicas —le dijo.

—No hay mucho que explicar. Corres un poco, pasas el balón y procuras que los malos no te lo quiten.

—Qué interesante.

Olivia puso los ojos en blanco mentalmente y se disculpó con los presentes.

Esa noche, Mariel los acompañó durante la cena con los clientes. Imprimió un toque de elegancia francesa a la velada y halagó a Thad de manera excesiva.

—Hay que estar fuerte para practicar ese deporte. Y ser ágil.

—Y tonto —masculló Olivia, porque… ¿cómo iba a resistirse?

Thad la oyó y se inclinó en la silla.

—Algunos de nosotros nacemos para ganar. —Le lanzó a Olivia una vaga sonrisa—. Otros se limitan a morir trabajando.

No le faltaba razón. Olivia había perdido la cuenta de las veces que la habían apuñalado en Carmen o había muerto aplastada como Dalila. En Dido y Eneas, fallecía por el peso de la pena que acarreaba y en El trovador a duras penas escapaba de las feroces llamas de una pira. Por no hablar de las incontables personas a las que había matado ella.

Al parecer, Thad no sabía gran cosa de ópera, así que Olivia no estaba segura de que estuviera al corriente de los papeles sangrientos que había interpretado, pero sospechaba que Google había intervenido. Ella también lo buscó a él y descubrió que casi todos los artículos acerca de Thaddeus Walker Bowman Owens mencionaban no solo sus habilidades físicas y su vida sentimental, sino también el respeto que le profesaban sus compañeros de equipo.

Olivia empezaba a comprender por qué, y las cuatro semanas que iban a pasar juntos ya no le parecían tan largas.

***

—No hacía falta que vinieras conmigo, ¿eh? —dijo Olivia en tanto subían el camino que llevaba hasta el observatorio Griffith, cerca del lugar donde los había dejado el Uber. Apenas eran las seis de la mañana y el aire olía a rocío y a salvia—. De haber sabido que ibas a ser tan cascarrabias, no te habría invitado.

—No me invitaste, ¿recuerdas? En la cena de anoche te oí decir que esta mañana ibas a hacer una caminata hasta aquí. —Thad bostezó—. No habría sido justo que me quedara en la cama mientras tú trabajas hasta la extenuación.

—No soy la única que lo da todo. Siempre que tenemos algo de tiempo libre, te veo con el móvil o con el ordenador. ¿Y eso?

—Soy un adicto a los videojuegos.

Olivia no lo creyó, aunque sí se había fijado en que nunca dejaba abierto el portátil.

—Dentro de un par de horas nos marchamos a San Francisco. —Observó el cartel de Hollywood que se alzaba delante de ellos—. Este era el único momento que tenía para hacer un poco de ejercicio.

—Podrías haberte quedado en la cama.

—Para ti es fácil decirlo. Tú has entrenado en el gimnasio, mientras que yo no he hecho más que comer.

—Y beber —añadió él innecesariamente.

—Eso también. Por desgracia, la época de las cantantes de ópera obesas terminó. —Rodeó una montaña de excrementos de caballo—. En otros tiempos, lo único que había que hacer era subirse al centro del escenario y cantar. Ahora, tienes que parecer al menos un poco creíble. A no ser que aparezcas en el ciclo de El anillo del nibelungo. Si contara con la voz y el aguante para hacer de Brunilda, podría comer lo que se me antojara. Seamos claros. Es imposible cantar el grito de guerra de Brunilda si eres una sílfide.

—Me fío de tu palabra.

Olivia deseó ser capaz de entonar el célebre «¡Hojotoho!» de Brunilda allí mismo, en plena colina, para ver si así lograba sacar de sus casillas a T-Bo, pero no lo era.

Ascendían cada vez más y a un ritmo lo bastante rápido para que Olivia tuviera que mirar dónde ponía los pies. Recordó haber hecho esa ruta con Rachel unos años atrás. Siempre que se enfrentaban a una cuesta inclinada, Rachel, que estaba menos en forma, le formulaba una pregunta cuya respuesta era tan elaborada que Olivia tenía que pasarse todo el ascenso hablando, mientras que ella guardaba sus fuerzas. Olivia tardó una eternidad en darse cuenta de las tretas de Rachel.

—Ya basta de hablar de mí. —Le sonrió de oreja a oreja—. Cuéntame cosas de tu vida.

Thad mordió el anzuelo sin dejar de andar.

—Una infancia estupenda. Unos padres estupendos. Una carrera casi estupenda.

Comenzó a caminar más deprisa. Olivia le siguió el ritmo y, al mismo tiempo, se mantuvo a cierta distancia del barranco que quedaba a su izquierda.

—Quiero detalles.

—Soy hijo único. Mimado y consentido. Mi madre es asistente social jubilada y mi padre, contable.

—Y tú, cómo no, fuiste un estudiante de primera, el quarterback del equipo de fútbol americano del instituto y el rey de las reuniones de antiguos alumnos.

—Me robaron el título. Le dieron la corona a Larry Quivers porque acababa de romper con su novia y todo el mundo sentía lástima por él.

—Es el tipo de tragedia que forja el carácter.

—El de Larry, será.

Olivia se rio. El camino seguía ascendiendo, la ciudad quedaba debajo de ellos y, de nuevo, Thad incrementó el ritmo.

—¿Qué más? —le preguntó.

—Durante los veranos trabajé en una empresa de paisajismo. Jugué en el equipo de la universidad de Kentucky y me licencié en Economía.

—Impresionante.

—Me reclutaron los Giants y me ficharon. También jugué con los Broncos y con los Cowboys antes de mudarme a Chicago.

—¿Por qué tienes dos segundos nombres? ¿Walker Bowman?

—Mi madre quería honrar a su padre. Mi padre quería que el honor fuera a parar a su abuelo. Echaron a suertes para saber qué nombre iría primero y ganó mi madre.

Casi estaban trotando, y Olivia se regañó por la tarta de trufa de chocolate de varias capas que pidió de postre la noche anterior. Eso era lo que pasaba cuando salías de caminata con un deportista competitivo. Un tranquilo ascenso matutino se convertía en un concurso de resistencia. Uno que ella no pensaba perder.

Ni que decir tiene que el que estaba más fuerte de los dos era él. A Olivia empezaban a arderle los muslos y le estaba saliendo una ampolla en el dedo pequeño del pie, aunque Thad ya respiraba de forma más entrecortada que ella. En breve iba a enterarse del gran control de respiración que poseía una cantante de ópera tras años de entrenamiento y trabajo.

—¿Casado? ¿Divorciado? —le preguntó.

—Ni lo uno ni lo otro.

—Porque no has conocido a nadie tan guapo como tú, ¿verdad?

—No es culpa mía tener este físico, ¿vale?

Sonó molesto de verdad. Fascinante. Olivia iba a guardarse esa información como munición para el futuro cuando de pronto se detuvo.

—Mira eso. —De reojo, había visto un agujerito en el suelo, debajo de un arbusto. Y justo encima del agujero…

Un brazo le rodeó el pecho y tiró de ella hacia atrás.

—¡Eh! —protestó.

—¡Es una tarántula! —exclamó Thad.

—Ya sé que es una tarántula. —Olivia se liberó de su agarre—. Es una preciosidad.

—¡Es una tarántula! —Thad se horrorizó.

—Y no le hace daño a nadie. Ampliemos nuestro pacto. Yo me encargo de los insectos y de las serpientes. Tú, de los roedores.

La tarántula se adentró en su hoyo. Thad empujó a Olivia para que ambos se alejaran del nido.

—¡Muévete!

—Gallina. —Cuando era pequeña, quiso tener una tarántula como mascota, pero sus padres, formales y conservadores, se negaron. La tuvieron a una edad bastante avanzada, dos músicos entregados que evitaron todo lo posible que les pusieran la vida patas arriba. Aun así, la amaron y Olivia los echaba de menos. Murieron con pocos meses de diferencia.

—Seguro que no sabías que las tarántulas hembra pueden llegar a vivir veinticinco años —dijo—, pero que el macho, cuando madura, tan solo vive unos cuantos meses.

—Y las mujeres os quejáis.

De repente, sonó el móvil de Olivia. No sabía de quién se trataba, probablemente fuera una llamada comercial, pero sus piernas necesitaban una pausa y descolgó.

—¿Diga?

—Che gelida manina… —Al oír esa música que conocía tan bien, se le cayó el teléfono de los dedos.

Thad, con sus reflejos de deportista, lo atrapó antes de que se estampara contra el suelo. Se lo llevó al oído y escuchó. Olivia oyó la débil música que salía de su móvil. Se lo arrebató de las manos, lo apagó y se lo guardó en el bolsillo.

—¿Me vas a contar qué ha sido eso? —le preguntó Thad.

—No. —Aún no habían llegado a la cima, pero dio media vuelta y comenzó a desandar el camino. Y entonces, porque no debía mantener contacto visual con él, se explicó—: Es la canción de amor que le dedica Rodolfo a Mimì en La bohème.

—¿Y…?

—Che gelida manina… significa «qué manita tan fría». —Olivia se estremeció—. Le dije que no la cantara.

—¿A quién?

El sol se estaba alzando, igual que la temperatura. Olivia clavó la mirada en el horizonte, en el observatorio. No tenía por qué responder. Podría cerrar el pico. Sin embargo, Thad era insistente y firme, y deseó contárselo.

—Es una pieza famosa en los castings de tenores, pero Adam era incapaz de controlar la nota C alta. Tenía que bajarla medio tono y la C alta pasaba a ser una B. Y eso lo único que muestra es debilidad. Intenté convencerlo de que no se presentara a los castings de esa canción, pero no me hacía caso.

—¿Adam?

—Adam Wheeler. Mi exprometido.

—Y ¿así es como te trata el muy capullo? ¿Te llama como un chalado cualquiera y…?

—No lo entiendes. —Olivia respiró hondo, nerviosa—. Adam está muerto.

5

Olivia se estremeció.

—Esa canción… Es una voz que viene de la tumba.

—¿Quieres contármelo todo? —Thad le dio forma de pregunta, pero sonó más bien a exigencia.

—No es una historia feliz.

—Sabré encajarla. —Llegaron a un banco del camino y Thad le hizo un gesto, pero Olivia no quería sentarse. No quería mirarlo a la cara. Sí que quería contárselo, sin embargo. Quería relajar el escudo de protección que sujetaba con tanta fuerza que empezaba a asfixiarla y contarle a ese hombre al que apenas conocía lo que solo había sido capaz de confesarle a Rachel.

Se alejó de él para no tener que establecer contacto visual.

—Adam era un buen tenor, pero no uno de los mejores. Se desempeñaba bien en los papeles de comprimario menos exigentes, en los papeles secundarios. Tenía voluntad, pero no el instrumento para interpretar a personajes más intensos.

—No como tú.

—No como yo. —También era cierto que ella trabajaba más que Adam, pero es que Olivia trabajaba más que casi cualquiera y no podía echarle la culpa a él por no seguirle el ritmo—. Compartíamos muchas cosas: la música, la dedicación a nuestra carrera. Adam iba a los institutos y hablaba de música a los alumnos. Se le daban genial los niños. Le encantaban los animales. Era un hombre sensible y agradable. Y me adoraba. —Se apartó de un área rocosa para caminar por una sección más plana del camino—. Cuando me pidió matrimonio, acepté.

—¿Lo amabas?

—Era perfecto. ¿Cómo no iba a amarlo?

—O sea, que no lo amabas.

—Yo era feliz —vaciló.

—Pero no a todas horas.

Pero no a todas horas. Olivia redujo la velocidad para evitar resbalar con las piedras de la senda.

—Sabía que le molestaba que me encontrara en un punto de mi carrera que él no alcanzaría jamás. —Le daba vergüenza admitir la de veces que procuró hacerse pequeñita para no herir los sentimientos de él. Rechazaba papeles que debería haber aceptado y, cuando un ensayo o una actuación le salía especialmente bien, le restaba importancia. Pero él siempre lo sabía. Y guardaba silencio. De vez en cuando, estallaba por cuestiones absurdas. Siempre le pedía perdón y achacaba su mal humor a la falta de sueño o a un dolor de cabeza, pero Olivia conocía el verdadero motivo.

Torcieron por una curva del camino.

—A mí no me gusta fracasar y terminé siendo una reina del autoengaño. Aunque poco a poco me volvía más infeliz, no me permitía admitir que había dejado de amarlo.

—Como ninguno de los anillos que llevas es de diamantes, deduzco que entraste en razón.

—Demasiado tarde. —Pensar en ello la avergonzaba—. Una semana antes de la boda, la cancelé. ¡Una semana antes! Fue lo más duro que he hecho nunca. Lo peor que he hecho nunca. Esperé demasiado tiempo y le rompí el corazón.

—Mejor eso que condenarlo a él a un matrimonio penoso.

—Adam no lo vio así. Estaba devastado y se sentía humillado. —No podía omitir lo que seguía, y finalmente lo miró a los ojos—. Se suicidó dos meses y medio después. Hace exactamente diecinueve días. —Se le formó un nudo en la garganta—. Dejó una nota de suicidio. Un correo de suicidio, en realidad. La modernidad, ¿eh? Me dijo cuánto me había querido y que le había arruinado la vida. Después le dio a «enviar» y se disparó.

—Madre mía. —Thad hizo un mohín—. Suicidarse es una cosa, pero culpar a otra persona… es una bajeza.

Olivia se fijó en el paisaje que los rodeaba, sin ver nada en absoluto.

—Era demasiado sensible. Yo lo sabía, y aun así… Tendría que haber ido con más cuidado. Tendría que haber anulado el compromiso en cuanto supe que no era lo que quería, pero fui demasiado terca.

—La llamada que acabas de recibir… La nota que te entregaron ayer… La historia no termina aquí, ¿verdad que no?

Thad era mucho más listo de lo que parecía.

—He recibido otras dos notas.

—La que vi decía: «Es culpa tuya. Que te den». ¿Las otras eran parecidas?

—La primera decía: «Nunca olvides lo que me has hecho». La mañana que empezó la gira, recibí otra: «Tú me has hecho esto». —Un helicóptero voló por encima de ellos—. Hasta ahora, creía que me había escrito notas antes de morir y había encontrado a alguien para que me las mandara en su lugar. Pero la llamada de teléfono… es una grabación suya.

—Es obvio que no era él el que te llamaba.

—Debe de haber sido la persona a la que convenció para que me enviara las notas. No lo sé. No lo tenía por alguien vengativo.

—Hasta que te envió el correo de suicidio.

—Era desgarrador. Y esas notas…

—O bien lo planeó todo antes de suicidarse y logró que alguien te mandara las notas y te hiciera la llamada, o bien tienes un enemigo que no se ha ido al otro barrio. ¿Alguna idea de quién puede ser?

Olivia dudó. Como ya había llegado allí, por qué no ir hasta el final.

—Sus hermanas quedaron devastadas y me culpan a mí. En su familia, solo estaban Adam, su madre y sus dos hermanas. Él era el favorito. Todas lo adoraban. Cualquier dólar extra que ganaban lo invertían en clases de canto para él. Tras la muerte de su madre, solo tenía a sus hermanas. Cuando yo entré en escena, no se pusieron demasiado contentas.

—¿Estaban celosas de ti?

—Más bien eran muy protectoras. Querían que saliera con una mujer que antepusiera la carrera de él a la suya propia. No querían a una cuya carrera fuera más exitosa que la de Adam. Si se enteraban de que le había salido mal un casting o de que no le daban un papel, la culpable era yo. Creían que no lo apoyaba como debía, que le daba más importancia a mi carrera que a la suya. Pero ¡no era así! —Lo miró a los ojos en desesperada busca de comprensión, y se detestó a sí misma por necesitarla—. Hice todo lo posible por ayudarlo. Lo recomendaba para algunos papeles. Rechazaba oportunidades que me ofrecían para estar con él.

—Mujeres. —Thad meneó la cabeza—. ¿Cuántos hombres habrían hecho algo parecido?

—Adam era especial.

—Si tú lo dices.

Olivia se frotó el brazo y notó el polvillo arenoso del camino sobre la piel.

—Le hicieron la autopsia, así que el funeral se pospuso. No suelo mirar el correo de manera regular y no lo vi hasta una semana después de su muerte.

—¿El correo de suicidio?

—No tendría que haber ido al funeral. Se convirtió en una escena sacada de una obra de Puccini. Dos hermanas locas por la pena que me acusaban públicamente de haberlo matado. Fue horrible. —Parpadeó al percibir el escozor de las lágrimas—. Adam lo significaba todo para ellas.

—Eso no es excusa para que te culparan a ti.

—Creo que es lo que necesitaban para lidiar con la pena.

—Muy sacrificado por tu parte. Ahora resulta que viajo con la Madre Teresa.

—No es así.

—¿Seguro? Por lo que veo, da la impresión de que arrastras un camión lleno de culpa por algo que no hiciste.

—Pero obviamente sí que lo hice. Fui una cobarde. Acepté casarme con él, aunque en el fondo de mi corazón sabía que no era lo correcto. Y después esperé hasta que faltara solo una semana para cancelar la ceremonia. ¿No es de cobardes?

—Habrías sido más cobarde si hubieras seguido adelante con la boda. —Thad la agarró del brazo suavemente para que se detuviera—. Prométeme que me avisarás si recibes alguna más de esas sorpresas.

—Es problema mío. No hace falta que…

—Sí, sí que hace falta. Hasta que termine la gira, lo que te ocurra a ti me afecta a mí. Quiero que me des tu palabra de que me avisarás.

Olivia no debería haber asentido, pero había algo en él que invitaba a compartir confidencias. A regañadientes, aceptó.

De vuelta al hotel, buscó el número en el móvil e intentó llamar. Un mensaje automático la informó de que ya no estaba disponible.

***

Cuando regresaron a la suite, Henri les dio la bienvenida con la noticia de que había un aviso por el clima de San Francisco.

—Me lo ha comentado el piloto. Hay que irse enseguida o no llegaréis a las entrevistas de esta tarde.

Olivia se dio una ducha rápida, cogió unos pantalones de yoga limpios y se puso un jersey blanco largo. Ya se recompondría en el avión.

***

Thad no había visto nunca a Olivia sin maquillaje. Incluso la mañana que hicieron la caminata se había pintado los labios y quizá aplicado crema solar. Ahora, con la cara lavada y el pelo recogido en una coleta, parecía más joven. Era menos diva y más una camarera buenorra que trabajara en la barra de una moderna cafetería en que todas las tazas eran diferentes.

Mariel ya se encontraba a bordo del avión cuando ellos llegaron. Se llevó a Henri aparte para mantener una irascible conversación que insinuaba una relación muy poco amistosa. Paisley se sentía intimidada por Mariel y se pasó el trayecto hundida en su asiento con la intención de volverse invisible.

Poco después de despegar, Olivia salió de los lavabos del avión con uno de sus típicos conjuntos. Un ceñido vestido negro con cinturón morado entrecruzado y un par de sus gigantescas joyas. Era un atuendo estiloso, elegante y carísimo. Thad echó de menos a la camarera buenorra.

Mariel mandó a Paisley que se encargase del equipaje y acompañó a Henri al directo de Thad y Olivia en los informativos del mediodía y en un programa de tertulia. A continuación, grabaron una entrevista para uno de los canales de televisión local. Durante la conversación salió a colación la fotografía en que Thad llevaba a Olivia en brazos, y esta vez ella le siguió la corriente en la historia acerca del press de banca. El presentador se rio, los focos se posaron sobre los relojes y todos se lo pasaron bien.

Todos menos Mariel.

—Olivia no debería ser tan frívola en las entrevistas —le soltó la francesa a Thad al cabo de unas horas, cuando lo acompañó a una emisora de radio, mientras Paisley se escondía y Henri iba con Olivia a una reunión de té y pastas a media tarde con un grupo de blogueros de moda—. La marca Marchand se asocia con cierta dignidad.

—Ha dado una gran entrevista en la tele. —Los ademanes arrogantes de Mariel empezaban a irritarlo—. Intentáis llegar a consumidores más jóvenes, y para ellos la dignidad no cuenta mucho.

Mariel se encogió de hombros a su manera francesa. Era una mujer imponente, no cabía duda, pero Thad se alegró al ver que Henri lo aguardaba en el hotel de San Francisco.

Esta vez, La Diva y él ocuparon sendas suites más pequeñas y separadas, y la cena con los clientes tuvo lugar en el comedor del hotel. Poco a poco crecía la animadversión de Thad hacia esas cenas, que duraban una eternidad y requerían demasiada conversación intrascendental. Aun así, formaban parte del contrato y le pagaban demasiado como para quejarse.

Se dio cuenta de que, después del altercado de la terraza, La Diva se limitaba a beber una sola copa de vino. Mariel monopolizó la conversación con datos y cifras acerca de la marca Marchand, y Henri, que siempre era afable, parecía incluso un poco sobreactuado.

A las once de la noche, cuando por fin terminó la cena, Thad se dirigió al gimnasio en lugar de irse a la cama. Aunque entrenara bastante, le costaba dormir. No paraba de pensar en las inquietantes notas que había recibido La Diva.

Y también tenía la preocupante sensación de que Olivia no se lo había contado todo.

***

Tras darse una ducha por la mañana, Thad la llamó.

—¿Ya has desayunado?

—No pienso volver a comer jamás.

—Eso me parece un tanto problemático.

—¿No te fijaste en cómo arrasé con la crème brûlée de anoche?

—No es mi postre favorito. Demasiado dulce.

—No hay nada que sea demasiado dulce. ¿Se puede saber qué te pasa? Y ¿por qué me estás llamando por teléfono?

—Estaba a punto de pedir el desayuno al servicio de habitaciones, y no me gusta comer solo.

—¿Es una invitación?

—Lo era, pero estás de mala leche, así que olvídalo.

—Pídeme un café solo y dentro de media hora estoy allí.

—Espera. He dicho que ya no…

Olivia colgó. Thad sonrió y llamó al servicio de habitaciones: café y un par de huevos escalfados para él, café y un gofre belga para ella.

El carrito con la comida y Olivia llegaron al mismo tiempo. Estaba preparada para la sesión de fotos de la mañana: llevaba un vestido que dejaba las piernas al aire, zapatos de tacón y el collar de rubí en forma de paloma. Thad se había puesto unos vaqueros y un jersey multicolor con cuello chal.

—Qué cómodo te veo —le dijo Olivia con envidia.

—Un ejemplo más de la desigualdad de género. —Thad admiró el balanceo de su resplandeciente melena antes de conducirla hasta la mesa junto a la ventana y retirar las campanas que cubrían la comida para que no se enfriara.

—Eres un sádico —comentó Olivia al ver el gofre con nata y fresas.

—Ya me comeré yo lo que no quieras.

—Como toques el plato, estás muerto.

Thad se rio. Olivia le caía muy bien. Le gustaban su ingenio y su curioso sentido del humor. ¿Qué más daba que siempre estuviera con los nervios a flor de piel? Él también, solo que lo escondía mejor.

—¿Viste cómo me miraba extrañada Mariel anoche, durante la cena? —Olivia cogió el tenedor—. Y todo porque yo comía y no me limitaba a lamer la comida como ella.

—No lo vi. —Aunque sí que oyó a Mariel comentar a uno de los invitados lo afortunada que era Olivia por haber escogido una carrera en que no debía preocuparse del peso. Dado que el cuerpo de la soprano era tan espectacular como su voz, Thad sospechaba que Mariel le tenía celos.

—¿Te llegó bien el equipaje?

—¿A qué te refieres? —Tardó unos instantes en digerir el cambio de tema—. ¿Te han perdido una de tus trescientas cuarenta y dos maletas?

—No exageres. No, no me han perdido nada, pero… —Se encogió de hombros—. Hice las maletas muy rápido, pero me ha parecido que mis cosas estaban muy revueltas. —Agitó una mano quitándole importancia—. Da igual.

—¿Crees que alguien ha metido las narices en tu equipaje?

—Seguramente esté paranoica. —Olivia apartó el plato cuando más de medio gofre seguía intacto.

—Que Mariel no te impida disfrutar de tu desayuno —le dijo Thad.

—Estoy llena. A diferencia de lo que opina ella, no tengo por costumbre pegarme atracones.

—¿Alguna noticia de Rupert? —le preguntó Thad mientras rellenaba las tazas de café.

—No, ¿por?

—Nada, quería saber si se le había ocurrido algo nuevo para llamar tu atención.

—¿Por qué te ha dado tan fuerte con Rupert?

—Una vez me acosaron. Una mujer a la que no conocía decidió que éramos almas gemelas.

—Rupert no es un acosador. Es un seguidor.

—Ella también lo era. Empezó a presentarse en todos los sitios a los que iba yo. Un día se metió en mi piso y todo. La policía tuvo que intervenir. Emitieron una orden de alejamiento. Fue muy feo.

—Y ¿qué ocurrió?

—Pasó una temporada en la cárcel y al final se fue a vivir a otro estado.

—Rupert no es así.

La experiencia que tenía Thad, sumada a la llamada de teléfono, las notas amenazadoras y ahora la posibilidad de que alguien hubiera husmeado en su equipaje, lo inquietaba. Por no hablar del misterio de quién tomó la foto fuera del bar de Phoenix, cuatro noches antes. ¿Fue el azar o quizá una acción más deliberada?

Esa mañana decidió hablar con Henri.

—Asegúrate de que a partir de ahora a Olivia y a mí nos dan suites contiguas, ¿quieres? Y si pudieras conseguir que el personal del hotel me cambiara de habitación antes de esta noche para estar cerca de ella, te lo agradecería.

—¿Suites contiguas? —Henri no pareció sorprenderse, pero claro, era francés—. Por supuesto.

Thad no veía motivos para decirle a Henri que era por seguridad, no porque fueran a follar, aunque su primitivo cerebro no paraba de apuntar exactamente en esa dirección.

***

—Me han cambiado de habitación porque tenían que fumigar mi suite —le explicó a Olivia aquella noche cuando, al volver de la última cena con clientes en San Francisco, entró en la suite que se encontraba junto a la de ella.

—¿Fumigar? ¿Contra qué?

—Oye, la experta en insectos eres tú, no yo.

—Las cucarachas son una cosa y las chinches, otra muy diferente. ¿No lo has preguntado?

—Nah. —Lo último que necesitaba era que Olivia hablara con el director del hotel acerca de las chinches—. Creo que han dicho algo sobre unas cuantas hormigas.

—Qué raro.

—Las normas no las pongo yo. Solo las acato.

—Cuando te interesa.

—¿Qué quieres decir con eso?

—En esa carita tan bonita llevas escrito la frase «rompo las reglas». Solo que lo ocultas detrás de tu falso encanto. —Con un giro operístico, se encerró en su suite.

Thad se quedó mirando la puerta que Olivia había cerrado y que los separaba. Su instinto no fallaba a la hora de detectar problemas: un defensa que se inclinaba hacia la izquierda, un liniero que movía la mano con que se apoyaba en el suelo… Estar alerta entraba dentro de su trabajo, y quería tener cerca a La Diva. Ahora lo único que debía hacer era pensar una razón lógica para que dejaran abierta la puerta que comunicaba ambas suites.

Se desnudó, se cepilló los dientes y se puso un pantalón de chándal antes de tocar a la puerta que separaba ambas habitaciones.

—¿Qué quieres? —dijo Olivia desde el otro lado.

Thad volvió a llamar.

Por fin le abrió la puerta. No sabía con qué ropa esperaba verla, pero probablemente con un camisón de gasa negra y un elaborado antifaz para dormir. Lo sorprendieron la camiseta del festival de jazz de Chicago y los pantalones de pijama con dibujos de pepinillos.

—Mis ojos nunca serán los mismos —gimió él.

Olivia se permitió observar largamente el pecho desnudo de él.

—Los míos tampoco.

Que elogiara los músculos en que había invertido tanto tiempo y esfuerzo casi lo dejó sin palabras. Consciente de que le había cogido ventaja, Olivia sonrió.

—Me recuerdas a un museo de arte —le dijo—. Se mira, pero no se toca.

—Hay museos diseñados para ofrecer una experiencia más sensorial.

—Lo sé. —Era una mujer terca. Nunca perdía comba—. Ya he disfrutado de esa experiencia. Y no pienso repetir. ¿Qué pasa?

—Me da un poco de vergüenza. —Thad se frotó la barbilla.

—Mucho mejor.

—Preferiría que no se lo dijeras a nadie, pero… Cuando vayas a apagar la luz, ¿te importaría dejar abierta la puerta entre nuestras habitaciones?

—Ay, madre… ¿Te da miedo la oscuridad?

—Más bien… —pensó a toda prisa— tengo claustrofobia.

—¿Claustrofobia?

—Me ocurre de vez en cuando, ¿vale? Bueno, da igual. Ya sé cuánto os gusta quejaros a las mujeres de que a los hombres nos da miedo mostrarnos vulnerables, pero en cuanto uno os permite ver su lado sensible…

—De acuerdo. Dejaré la puerta abierta. —Olivia lo observó con suspicacia—. A lo mejor deberías hablar con un psicólogo.

—¿Crees que no lo he hecho ya? —improvisó—. Te lo resumo: la fobia a las puertas cerradas es muy pero que muy seria.

Olivia no era tonta y una de sus oscuras cejas se arqueó hasta llegarle a mitad de la frente.

—Es tu primer paso para intentar seducirme, ¿verdad?

—Si quisiera seducirte —Thad apoyó el codo en la jamba de la puerta y la repasó de arriba abajo con la mirada—, bonita, a estas alturas ya estarías desnuda y cachonda.

Ese comentario la puso nerviosa. Por desgracia, él se empalmó, así que no era Olivia la única nerviosa de la habitación.

Esa noche, tumbado en la oscuridad, oyó los acordes de «Peace Piece» de Bill Evans, que flotaban en plena negrura. A la tía le gustaba lo mejorcito del jazz.

***

La mañana siguiente, escoltó a La Diva hasta el vestíbulo del hotel, donde Henri les dio la feliz noticia de que Mariel se había marchado a Nueva York.

—Afuera nos espera la limusina. —Echó un vistazo a su reloj y frunció el ceño—. Disculpadme, voy a ver por qué tarda tanto Paisley.

—Seguro que está escribiendo a sus amigas —murmuró Olivia mientras salían a la calle.

—Estás celosa porque yo le caigo muchísimo mejor que tú —la provocó Thad.

—Y Clint le cae muchísimo mejor que tú, abuelo. —La soprano sonrió.

—Menuda decepción.

—Hablando de amigas… —Olivia sacó el móvil y llamó a Rachel. Por desgracia para él, gran parte de la conversación giró en torno a algo llamado «voz de pecho», que precisamente le hizo tener ganas de contemplar esa área de la anatomía de Liv.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
370 s.
ISBN:
9788418883149
Telif hakkı:
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