Kitabı oku: «Amor perdido - La pasión del jeque»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 231- enero 2021

© 2002 Susan Mallery, Inc.

Amor perdido

Título original: Good Husband Material

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

© 2008 Susan Mallery, Inc.

La pasión del jeque

Título original: The Sheik and the Pregnant Bride

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2008 y 2009

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1375-154-2

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Amor perdido

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

La pasión del jeque

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

KAY Ashbury sabía que no iba a ser fácil cobrar su cheque, pero no contaba con que iba a tener que arriesgar su vida para hacerlo.

No sólo el cheque había sido emitido por un banco de la gran y malvada ciudad de Nueva York, además su permiso de conducir era también de la Costa Este. Ida Mae Montel iba a querer saber por qué una chica nacida y criada en Possum Landing, Texas, iría por su propia voluntad a un lugar como ése… un lugar con yanquis. Y, si una chica tuviera que hacer tal cosa, ¿por qué diablos iba a cambiar su permiso de conducir de Texas? ¿Acaso no era lo mejor del mundo pertenecer al estado de la Estrella Solitaria? Sin duda, Sue Ellen Boudine, la directora del banco, se acercaría a examinar el cheque, sujetándolo como si estuviera pringado de veneno. Harían unas cuantas llamadas, probablemente a los amigos, para hacerles saber que Kari había vuelto al pueblo con un permiso de conducir de Nueva York, refunfuñarían y suspirarían con fuerza. Pero, entonces, le darían a Kari el dinero. Ah, claro, no sin antes tratar de convencerla de que abriera una cuenta en el Banco de Possum Landing.

Kari titubeó frente a las puertas de entrada de cristal doble, pensando si realmente necesitaba cobrar el cheque. Quizá, sería mejor pagar una comisión de servicio y sacar el dinero del cajero automático. Luego, se dio cuenta de que era mejor que todos supieran cuanto antes que había vuelto al pueblo sólo de manera muy temporal: cuanto antes contestara todas las preguntas, mejor. Así, quizá, podría tener un poco de paz. Quizá.

Además, estaba la emoción añadida de descubrir si Ida Mae seguía llevando tupé. ¿Cuánta laca era necesaria para conseguir levantarse el pelo de aquella manera? Kari sabía que Ida Mae sólo iba a la peluquería una vez a la semana, pero su peinado se mantenía intacto como el primer día. Sonriendo ante el recuerdo del peinado de Ida Mae, Kari abrió la puerta y entró. Se detuvo, esperando los gritos de bienvenida y los abrazos.

No pasó nada.

Kari frunció el ceño. Miró a su alrededor. Ida Mae estaba en su lugar habitual como cajera, el primer mostrador de la izquierda. Pero la mujer no estaba hablando. Ni siquiera sonreía. Tenía sus pequeños ojos muy abiertos, llenos de pánico, e hizo un extraño gesto con la mano.

Antes de que Kari pudiera descubrir lo que significaba, algo duro y frío se apretó contra su mejilla.

—Vaya, mirad esto. Tenemos otra cliente, chicos. Al menos, ésta es joven y guapa. Lo que se dice un bollito.

Kari se quedó helada. En la calle hacía casi cuarenta grados, pero allí dentro la temperatura parecía bajo cero.

Muy despacio, se giró hacia el hombre que sostenía una pistola. Era bajito y llevaba un pasamontañas. ¿Qué diablos estaba pasando?

—Estamos robando el banco —informó el hombre, como si le hubiera leído el pensamiento.

Kari se sorprendió ante la osadía de aquel hombre, hasta que se dio cuenta de que había tres ladrones más. Dos de ellos mantenían a los clientes y a casi todos los empleados juntos en un extremo del banco, mientras que el otro estaba al otro lado del mostrador, guardando en una bolsa el dinero que Ida Mae le daba.

—Vamos, deja el bolso en el suelo —dijo el hombre que sostenía la pistola—. Luego comienza a caminar hacia donde están las otras mujeres. Haz lo que te digo y nadie saldrá herido.

—Uh, yo… no llevo bolso —consiguió articular Kari, que había ido al banco llevando sólo el cheque y su permiso de conducir. Ambos estaban en el bolsillo de atrás de su pantalón.

—Eso parece. Pues ve hacia allá —replicó el atracador.

No podía estar pasando, se dijo Kari, mientras caminaba hacia el grupo de clientes amontonados en la otra punta del banco.

Estaba a punto de llegar hasta ellos cuando la puerta trasera del banco se abrió.

—Vaya, diablos —dijo una voz—. Creo que alguien va mal de tiempo aquí. ¿Seré yo o vosotros?

Varias mujeres gritaron. Uno de los enmascarados agarró a una anciana y le apretó la pistola en la cabeza:

—Ni un paso más —gritó—. Quieto o la vieja muere.

Keri no tuvo tiempo de reaccionar. El hombre que la había apuntado al principio la agarró del brazo. De nuevo, la apuntó con la pistola. Y la sostuvo del cuello con un brazo que parecía de acero.

—Me parece que tenemos un problema —aseguró el pistolero que sostenía a Kari—. Sheriff, es mejor que retrocedas muy despacio y nadie saldrá herido.

El sheriff lanzó un largo suspiro:

—Me gustaría poder hacer eso. Pero no puedo. ¿Quieres saber por qué?

Kari sintió como si la hubieran sumergido en un universo alternativo. Aquello no podía estar sucediendo. Estaba aterrorizada y, de pronto, Gage Reynolds, volvía a cruzarse en su camino. Justo en medio de aquella locura.

Hacía ocho años, había sido un joven oficial, alto y atractivo con su uniforme color caqui. Aún era tan atractivo como para hacer pecar a un ángel. Además, por la insignia que llevaba en su camisa, parecía haberse convertido en sheriff. Pero, para pertenecer a las fuerzas del orden, no parecía muy interesado en el robo que estaba teniendo lugar delante de sus narices.

Gage se quitó el sombrero lleno de polvo y lo sacudió contra su muslo. Su cabello oscuro estaba brillante, igual que sus ojos.

—No me obligues a matarla —advirtió el pistolero, con tono bajo.

—¿Sabes a quién tienes ahí, hijo? —preguntó Gage, como si no se hubiera dado cuenta de lo que estaba sucediendo en el banco—. Ésa es Kari Asbury.

—Atrás, sheriff.

El atracador presionó la pistola con más fuerza en la mejilla de Kari y ella hizo una mueca de dolor. Gage pareció no darse cuenta.

—Ella es la que se escapó.

Kari podía oler el sudor del atracador. Adivinó que el hombre no había planeado tener que enfrentarse a las fuerzas del orden y aquel imprevisto no era nada halagueño. ¿En qué diablos estaba pensando Gage?

—Así es —continuó el sheriff, dejando su sombrero en una mesa—. Hace ocho años, esa hermosa señorita me dejó plantado en el altar.

A pesar de tener una pistola en la mejilla, Kari hizo un gesto de indignación:

—Yo no te dejé plantado en el altar. Ni siquiera estábamos prometidos.

—Quizá. Pero sabías que iba a pedírtelo y huiste. Es casi lo mismo. ¿No crees? —preguntó Gage, mirando al atracador.

—Si no le habías pedido en matrimonio, entonces no te dejó en el altar —contestó el pistolero tras unos segundos.

—Es cierto. Pero me eligió para acompañarla a su fiesta de graduación.

Kari no podía creerlo. Exceptuando el funeral de su abuela hacía siete años, no había visto a Gage desde su graduación en el instituto. Sabía que Possum Landing era un lugar pequeño y que podían encontrarse, pero no había esperado que fuera de aquella manera.

—No fue tan sencillo —explicó ella, incapaz de creer que le estaba obligando a defenderse delante de un atracador.

—¿Te fuiste del pueblo sin avisar, si o no? No dejaste nada más que una nota, Kari. Jugaste con mi corazón como si fuera una pelota de fútbol.

—Eso no estuvo bien —comentó el atracador, mirándola.

—Tenía sólo dieciocho años, ¿de acuerdo? Me disculpé en la nota.

—Nunca me he recuperado —afirmó Gage, con expresión de dolor. Buscó dentro del bolsillo de su camisa y sacó un paquete de chicles—. Delante de ti tienes a un hombre destrozado.

Kari no sabía cuál era el juego de Gage, pero deseó que lo jugara con cualquier otra persona.

Su confusión se transformó en una sentimiento de ultraje cuando Gage tomó un chicle para él y ofreció el paquete al atracador. Lo próximo que haría sería irse a tomar una cerveza con él.

Gage observó la rabia que encendía los ojos de Kari. Si pudiera lanzar fuego, él estaría ardiendo como un muñeco de madera. En otras circunstancias, aquello le habría preocupado, pero no en ese momento.

El atracador negó con un movimiento de la pistola. Pero lo importante había sido el gesto. Gage había establecido una conexión con el pistolero.

—Se escapó a Nueva York —prosiguió Gage, metiéndose de nuevo el paquete de chicles en el bolsillo—. Quería ser modelo.

El atracador observó a Kari:

—Es guapa. Pero si está aquí es porque no consiguió triunfar.

—Supongo que no. Tanto dolor y sufrimiento para nada —replicó Gage y suspiró.

Kari se puso tensa, pero no dijo nada. Gage necesitaba que ella cooperara unos segundos más. Sus instintos lo apremiaban para que la liberara del pistolero, pero se obligó a relajarse y mantener la concentración. Había más personas que proteger además de Kari. Entre empleados del banco y clientes, había más de quince personas inocentes allí dentro. Quince personas sin preparación y cuatro tipos con pistolas. No le gustaban los hechos.

Utilizando su visión periférica, Gage comprobó los progresos del equipo táctico que había desplegado alrededor del edificio. En sólo uno o dos minutos, estarían colocados.

—¿Quieres que la dispare? —preguntó el atracador.

Kari dio un grito sofocado. Sus ojos azules se abrieron aún más y su rostro perdió el color.

Gage masticó su chicle durante un segundo y se encogió de hombros:

—Sabes, es muy amable de tu parte, pero creo que prefiero tratar con ella a mi modo, cuando llegue el momento.

El equipo estaba casi preparado. Gage sintió que su corazón casi se le escapaba del pecho, pero no dio muestras de ello. Sólo unos minutos más, se dijo. Sólo…

—¡Eh, mirad!

Uno de los atracadores del fondo se giró de golpe. Todos miraron. Un miembro del equipo de intervención táctica se había escondido demasiado tarde. El pistolero que sostenía a Kari gruñó enfurecido:

—Al diablo con todos.

Eso fue lo único que pudo decir.

Gage se abalanzó sobre él, liberó a Kari, le gritó que se echara al suelo y lanzó una patada al esternón del atracador.

El tipo lanzó un grito mientras expulsaba todo el aire de sus pulmones y caía de espaldas al suelo. Antes de que pudiera recuperar el aliento, dos hombres del equipo táctico lo estaban apuntando con pistolas.

Pero no fueron tan rápidos en capturar al hombre que había junto a Ida Mae. Sonó un disparo.

Gage reaccionó sin pensar. Se giró y se lanzó sobre Kari, cubriéndola con su cuerpo.

Sonaron media docena de disparos más. Gage levantó uno de sus brazos, buscando objetivos y mantuvo el brazo sobre la cara de Kari.

—No te muevas —le susurró al oído a Kari.

—No puedo —repuso ella.

Tras lo que pareció una eternidad, aunque sólo fueron unos segundos, un hombre gritó:

—Me rindo, me rindo. Me habéis dado.

Una voz firme gritó:

—Campo libre.

Cinco voces más lo siguieron, confirmando que el tiroteo había terminado. Gage se apartó de Kari y miró a su alrededor para comprobar los daños. Todos estaban bien, incluso Ida Mae, que había dado una patada al pistolero herido tras ponerse en pie. El jefe del equipo táctico se acercó a Gage. Estaba vestido de negro de pies a cabeza, llevaba la cara cubierta y armas suficientes como para tomar Cuba.

—No sé si eres un loco o un valiente por haber entrado en medio de un atraco.

Gage se sentó y sonrió:

—Alguien tenía que hacerlo y me imaginé que ninguno de tus hombres se iba a prestar a ello. Además, sabemos que son delincuentes de pueblo pequeño. Están acostumbrados a ver a un sheriff como yo. Vosotros, con vuestros disfraces de Darth Vader, los habríais asustado y lo habrías hecho actuar sin pensar. Alguien podría haber muerto.

—Si alguna vez te aburres de la acción en un pueblo pequeño, serás bienvenido a nuestro equipo.

—Estoy justo donde quiero estar —repuso Gage.

Luego se volvió y se encontró con Kari mirándolo. Aún estaba en el suelo. Su cabello, antaño largo y rubio, ahora lo llevaba corto. El maquillaje acentuaba sus ojos grandes y azules. El tiempo había convertido su cara en algo aún más bello de lo que recordaba.

—Sabías que estaban allí —dijo ella, en tono de pregunta.

—¿El equipo táctico? Sí. Estaban rodeando el edificio.

—¿Así que no estaba en peligro?

—Kari, un atracador te estaba apuntando con una pistola a la cabeza. Yo no diría que ésa es una situación de seguridad.

Kari sonrió. Una sonrisa sensual que Gage no había olvidado. El tiempo no había cambiado su belleza.

Gage de pronto se dio cuenta de que la adrenalina recorría su cuerpo. Y recordó que llevaba mucho tiempo sin tener sexo. Hacía ocho años, Kari y él no habían disfrutado de esos placeres. Se preguntó si ella estaría más abierta a la experiencia.

Se dijo que, durante el tiempo que ella estuviera en Possum Landing, iba a averiguarlo.

—Bienvenida —dijo él y le tendió la mano para levantarla.

Ella la aceptó.

—Demonios, Gage, si querías darme la bienvenida de una forma especial, ¿no podrías haber organizado un simple desfile?

—Ya puede irse, señorita Asbury —dijo el detective cuatro horas después.

Kari suspiró aliviada. Había explicado los hechos, había sido interrogada, le habían dado de comer y beber y al fin era libre para irse a casa. Sólo había un par de problemas más. Para empezar, su corazón se negaba a volver a la normalidad. Cada vez que pensaba en lo que había pasado en el banco, su corazón se ponía a galopar. El segundo problema era que había ido caminando al banco, que estaba a menos de un kilómetro de su casa, pero la comisaría estaba en la otra punta del pueblo. Era verano en Texas, lo que significaba que la temperatura era de un millón de grados, impregnada de humedad.

—¿Cree que alguien podría llevarme a casa? —preguntó Kari—. ¿O sigue Willy conduciendo su taxi por aquí?

—Me gustaría poder llevarla a casa yo mismo. Por desgracia, tengo trabajo que hacer. Le diré a uno de los oficiales que la lleve.

Kari dio las gracias con una sonrisa. Cuando se quedó sola, miró a su alrededor. Sólo quería echar un vistazo, se dijo. No buscaba a nadie en especial. Y menos a Gage.

Pero, como una abeja busca la flor más dulce, su mirada se posó en él. Estaba sentado en su despacho de paredes de cristal, hablando con algunos hombres del equipo táctico. ¿Estarían intentando convencerlo de que dejara Possum Landing y se uniera a ellos? Kari negó con la cabeza. Había cosas que no cambiaban nunca, se dijo. Gage Reynolds nunca dejaría Possum Landing antes de que Ida Mae fuera enviada como astronauta a la Luna.

Observó a Gage mientras hablaba y los otros hombres reían. El tiempo lo había convertido en un hombre, pensó. Con fuertes músculos y rostro firme. A pesar de que ella misma lo había presenciado, no podía creer que hubiera entrado así en medio de un atraco. ¡A propósito! Había actuado con calma y frialdad y casi la había vuelto loca.

—Señorita Asbury, puede esperar en el mostrador de la entrada. Un oficial la llevará a casa dentro de un par de minutos.

Kari se lo agradeció y caminó hasta la salida. Ida Mae estaba sentada en la sala de espera, con las manos entrelazadas en el regazo. Al verla, esbozó una amplia sonrisa.

—Kari.

La mujer se levantó y extendió las manos. Kari se acercó y aceptó su abrazo. Le resultó tan familiar… Los brazos huesudos de Ida, su cabello peinado de forma impecable, con su tupé, el aroma de gardenias de su perfume de siempre…

—Tienes buen aspecto, pequeña —comentó Ida y se sentó de nuevo.

—Y tú no has cambiado nada. ¿Estás bien?

—Pensé que me iba a dar un ataque al corazón allí en medio. No podía creerlo cuando aquellos hombres nos apuntaron con sus pistolas. Entonces, entraste tú y fue como ver un fantasma. Luego entró Gage. Qué valiente, ¿verdad? —comentó Ida Mae.

—Claro que sí —contestó Kari y pensó que ella tal vez no se hubiera atrevido a entrar en medio de un atraco de forma consciente, a pesar de quién estuviera en peligro. Pero Gage siempre hacía aquello en lo que creía.

—Aún es muy atractivo, ¿no crees? ¿No está más alto que cuando te fuiste?

Kari no respondió.

—Nadie sabía que habías vuelto —continuó la mujer mayor—. Por supuesto, sabíamos que algún día lo harías, ya que aún posees la casa de tu abuela y sus pertenencias. Puedo decir que las malas lenguas dijeron muchas cosas cuando te fuiste del pueblo hace años. Pobre Gage. Casi le rompiste el corazón. Por supuesto, eras joven y debías perseguir tus sueños. Fue una pena que tus sueños no lo incluyeran a él.

Kari no supo qué decir. También a ella se le había roto el corazón, pero no quería hablar de eso. Lo pasado, pasado. Al menos, eso era lo que se decía a sí misma, a pesar de que no lo creía.

—Me alegro de que hayas vuelto.

—Ida Mae, no he vuelto. He venido sólo a pasar el verano —repuso ella, suspiró y pensó que, después, iba a sacudirse de los zapatos el polvo de ese pequeño pueblo y nunca mirar atrás.

—Ajá —replicó Ida Mae, sin parecer convencida.

Por suerte, el oficial llegó en ese momento. Kari preguntó a Ida Mae si necesitaba que la llevaran a casa también.

—No, no. Mi Nelson me estará esperando fuera. Lo llamé justo antes de que salieras.

Las dos salieron del edificio acompañadas por el oficial. Nelson estaba esperando a su esposa y Kari se sintió abrumada por el calor, con dificultad para respirar.

—La pequeña Kari Asbury —dijo Nelson mientras se acercaba. Sonrió y se secó el sudor de la frente con un pañuelo—. Estás hecha una mujer.

—¿No está guapa? —comentó Ida Mae—. Pero siempre has sido encantadora. Debiste participar en el concurso de Miss Texas. Podrías haber llegado lejos.

Kari esbozó una débil sonrisa.

—Me alegro de haberos visto —replicó de forma educada y se dirigió hacia el coche de policía que la estaba esperando.

—Gage ha tenido un par de novias —gritó Nelson hacia ella—. Pero ninguna ha conseguido llevarlo al altar.

Kari hizo un gesto con la mano. No estaba dispuesta a entrar en ese tema.

—Me alegro de que estés de vuelta —gritó Nelson, aún más alto.

Kari no pudo contenerse. Se giró para mirar al hombre y negó con la cabeza:

—No estoy de vuelta.

Nelson la despidió con la mano.

Kari se subió al coche. El oficial que la esperaba tenía un aspecto muy joven. Ella sólo tenía veintiséis pero, a su lado, se sentía una anciana.

Le dio su dirección y se apoyó en el respaldo, respirando el fresco del aire acondicionado. Tenía un millón de cosas en las que pensar pero, en vez de hacerlo, se encontró recordando la primera vez que había visto a Gage. Ella había tenido diecisiete años y él veintitrés.

—Sé que es una pregunta estúpida —comentó Kari, mirando al hombre que conducía a su lado—. Pero, ¿cuántos años tienes?

Era un joven rubio, con ojos azules y mejillas pálidas. La miró perplejo.

—Veintitrés.

La misma edad que Gage había tenido hacía ocho años. No parecía posible. Si Gage hubiera tenido un aspecto tan joven como el de aquel hombre, ella no habría tenido problema en hablarle con claridad. ¿Por qué le había resultado tan difícil compartir con él sus sentimientos mientras salían? ¿Por qué el mero pensamiento de contarle la verdad la había aterrorizado?

La respuesta no era sencilla y, antes de que pudiera dar con una explicación, llegaron a su casa.

Kari le dio las gracias al oficial y salió del coche. Frente a ella, estaba la casa donde había crecido. Había sido construida a mediados del siglo pasado y tenía un gran porche y ventanas con contraventanas. La calle estaba bordeada por casas muy parecidas a la suya, de diferentes colores. Incluida la casa de al lado. La miró y se preguntó cuándo iba a tener el siguiente encontronazo con su vecino. Como si regresar a Possum Landing no fuera lo suficientemente difícil, Gage Reynolds vivía en la casa de al lado.

Kari entró en la casa de su abuela y se detuvo en la habitación principal. Un salón donde la gente se reunía cuando el tiempo no era bueno para sentarse en el porche. Recordó las horas incontables que pasó escuchando a las amigas de su abuela charlar sobre quién estaba embarazada o quién le era infiel a quién.

Había llegado al pueblo la noche anterior. No había encendido muchas luces al llegar y, de alguna manera, se había convencido de que la casa estaba diferente. Sin embargo, se dio cuenta de que no era así.

Los sofás estaban igual y la silla de pelo de caballo que su abuela había heredado de su propia abuela. Kari siempre había odiado esa silla, tan lustrosa y tan incómoda. Tocó la antigüedad y se sintió invadida por los recuerdos.

Quizá fue a consecuencia de las emociones vividas en el robo o quizá sólo era la sensación de estar en casa. En cualquier caso, le pareció sentir la presencia de fantasmas. Al menos, eran amistosos, se dijo mientras entraba en la vieja cocina. Su abuela siempre la había amado.

Kari miró los armarios, la cocina y el horno, que debían de tener más de treinta años. Si quería vender el lugar por un precio decente, tenía que empezar a hacer algunos arreglos. Para eso había vuelto, después de todo.

De pronto, la invadió una sensación de intranquilidad. Corrió arriba y se cambió de ropa. Se duchó y se puso un vestido de algodón. Bajó de nuevo, descalza. Dio una vuelta por la casa, casi como si estuviera esperando que algo sucediera. Y así fue.

Alguien llamó a la puerta. Antes de responder, Kari ya sabía quién era. Se le encogió el estómago y se le aceleró el corazón. Respiró hondo antes de abrir.

Capítulo 2

GAGE estaba en el porche de Kari. Ella no se molestó en fingir sorpresa. Cuando lo había visto en el banco, había estado demasiado conmocionada y cargada emocionalmente como para reparar en su apariencia… y en lo que él había cambiado. Pero, allí, en una situación más normal, podía tomarse su tiempo para apreciar cómo había evolucionado en los años que llevaban sin verse.

Parecía más alto de lo que ella recordaba. O, quizá, sólo era más corpulento. En cualquier caso, era todo un hombre. Demasiado atractivo. Le resultaba muy guapo, siempre lo había hecho.

—Si has venido para invitarme a otro atraco, voy a tener que rechazar la oferta —afirmó ella, sonriendo.

Gage sonrió y levantó ambas manos.

—No más atracos… no si yo puedo evitarlo. La razón por la que he venido es para asegurarme de que estás bien después de toda la emoción de esta mañana. Además, supuse que querrías agradecerme que te salvé la vida invitándome a cenar.

—¿Y si mi marido se opone? —preguntó ella.

Gage ni siquiera se mostró un poco preocupado:

—No estás casada. Ida Mae está al tanto de esas cosas y me lo habría contado.

—Eso crees —repuso ella y se apartó para dejarlo entrar.

Gage se dirigió al salón mientras ella cerraba la puerta.

—¿Qué te hace pensar que he tenido tiempo de hacer la compra? —inquirió Kari.

—Si no la has hecho, tengo un par de filetes en el congelador. Podría sacarlos.

—Lo cierto es que sí fui a la compra esta mañana. Por eso me quedé sin dinero y tuve que ir al banco —comentó ella y frunció el ceño—: Ahora que lo pienso, no llegue a cobrar mi cheque.

—Puedes hacerlo mañana.

—Supongo que no me queda más remedio.

Kari se dirigió a la cocina. Era extraño estar con él allí, se dijo. Una rara mezcla de pasado y presente. ¿Cuántas veces había ido Gage a cenar a esa casa hacía ocho años? Su abuela siempre lo había recibido bien a su mesa. Y había estado tan enamorada que le emocionaba la idea de que quisiera compartir las comidas con ella. Claro que por aquel entonces había sido tan joven que se hubiera emocionado sólo con que Gage le pidiera que lo acompañara mientras lavaba su coche. Todo lo que había necesitado para ser feliz era pasar unas horas en presencia de Gage. La vida había sido mucho más simple en aquellos tiempos.

Gage se apoyó en la mesa e inspiró:

—Huele muy bien. Me resulta familiar.

—Es la receta de salsa de mi abuela. La puse a fuego lento esta mañana, justo después de volver de la tienda. También he sacado la vieja máquina de hacer pan, pero estaba llena de polvo y no te prometo que funcione.

—Sí funcionará —respondió él, observándola.

Sus palabras le pusieron la piel de gallina, lo que era una locura, pensó Kari. No era más que un viejo amigo de Possum Landing. Ella vivía en la ciudad de Nueva York. De ninguna manera se iba a dejar conquistar por Gage Reynolds. Claro que no.

—¿Ya has hecho todo el papeleo y esas cosas que se hacen después de un robo? —preguntó ella mientras echaba un vistazo a la salsa para pasta.

—Todo atado y bien atado —respondió él y se acercó para tomar la botella de vino que Kari había dejado sobre la mesa.

—Kari Asbury, ¿esto es alcohol? ¿Has comprado la bebida del diablo dentro de nuestro condado de la ley seca?

—Ya sabes. Recordé que no se permitía la venta de alcohol en las tiendas de Possum Landing, así que he traído el mío propio. Me detuve de camino para comprarlo.

—Estoy conmocionado. Por completo.

—Entonces, lo más seguro es que no quieras saber que tengo cerveza en la nevera.

—No —contestó él y abrió la nevera para sacar una botella. Se la ofreció a Kari.

—No. Esperaré a tomar vino en la cena.

Gage abrió el cajón que contenía el abridor a la primera. Se movía en la casa con aire de familiaridad. Lo cierto era que sí era familiar para él. Se había mudado a la casa de al lado en la primavera anterior a la graduación de Kari. Ella recordó haberlo visto llevar cajas y muebles. Su abuela le había contado quién era: el nuevo oficial de policía. Gage Reynolds. Había estado en el ejército y había recorrido el mundo. Ante los ojos de una jovencita de diecisiete, aquel hombre de veintitrés había parecido imposible de alcanzar. Cuando habían empezado a salir aquel otoño, él le había parecido ser un hombre de mundo y ella…

—¿Aún somos vecinos? —preguntó Kari, girándose para mirarlo.

—Yo aún vivo en la casa de al lado.

Kari recordó el comentario de Ida Mae sobre que Gage nunca había ido al altar. De alguna forma, había conseguido que no lo cazaran. Al mirarlo, con aquel uniforme caqui que ensalzaba el ancho de sus hombros y los músculos de sus piernas, se preguntó cómo era que las encantadoras damas de Possum Landing no habían conseguido atraparlo.

No era asunto suyo, se dijo. Revisó el tiempo que le quedaba al horno para pan y vio que aún faltaban quince minutos, más el tiempo necesario para que se enfriara.

—Vayamos al salón —invitó ella—. Estaremos más cómodos.

Mientras lo seguía, Kari se sorprendió mirándole el trasero. Casi se tropezó al darse cuenta. ¿Qué diablos andaba mal con ella? Nunca le miraba el trasero a los hombres. Nada le había parecido demasiado interesante en ellos. Hasta ese momento.

Suspiró. Era obvio que vivir tan cerca de Gage iba a ser más complicado de lo que había calculado.

Gage se sentó en una mecedora y ella en el sofá. Él tomó un poco de su cerveza, dejó la botella en la mesa y se recostó. Debía de haber parecido fuera de lugar y extraño en aquel rincón tan femenino, pero no fue así. Quizá porque él siempre sabía estar cómodo en cualquier parte.

—¿Qué piensas? —preguntó Gage.

—Que pareces estar en tu propia casa.

—Pasé aquí mucho tiempo —le recordó él—. Aún después de que tú te fueras, tu abuela y yo seguimos siendo amigos.

Kari no quería pensar en eso… en las confidencias que ambos podían haber compartido.

—Has cambiado —comentó Gage, tras observarla unos segundos.

—Ha pasado mucho tiempo —replicó ella, sin saber si el comentario de Gage había sido positivo o negativo.

—No pensé que volverías.

Era la tercera vez en menos de tres horas que alguien le decía que había vuelto.

—No he vuelto —le corrigió ella—. Al menos, no de forma permanente.

Gage no pareció sorprendido ni tomó en cuenta su tono defensivo.

—¿Entonces por qué has venido? Hace siete años que murió tu abuela.

—Quiero arreglar la casa para poder venderla. Sólo pasaré aquí el verano.

Gage asintió y no dijo nada. Kari tuvo la molesta sensación de estar siendo juzgada y acusada. Lo que no era justo. Gage no era el tipo de persona que juzgaba a las personas sin motivo. Ella se revolvió en su asiento, sintiéndose agitada.

En lugar de hablar de sus problemas personales, que era mejor no destapar en público, Kari cambió de tema:

—No puedo creer que hubiera un atraco aquí en Possum Landing. Será la comidilla de todo el pueblo durante semanas.

—Probablemente. Pero no fue ninguna sorpresa.

—No puedo creerte. No es posible que las cosas hayan cambiado tanto.

—Seguimos siendo un pequeño punto junto a la carretera. Con los problemas típicos de un pueblo pequeño, pero nada parecido al crimen de la ciudad. Estos tipos estaban recorriendo el estado, robando en los pueblos pequeños. Yo les he estado siguiendo la pista y me imaginé que antes o después llegarían aquí. Hace cuatro días nos avisaron los federales. Querían tenderles una trampa. A mí me pareció bien. Se lo contamos a todos en el banco, señalamos un cajón lleno de dinero y esperamos que llegaran.

Kari no pudo creerlo.

—Tanta emoción aquí. Y yo he estado en medio.

—Como viste, las cosas se complicaron un poco. No sé si es que los ladrones se precipitaron o qué pero, en esta ocasión, decidieron entrar cuando aún había clientes dentro. Las otras veces habían esperado a que las puertas estuvieran cerradas al público antes de entrar.

—¿Así que no esperabas tener que lidiar con esa situación?

—Nadie lo esperaba. Los federales querían esperarlos fuera. Pero alguien tenía que hacer algo dentro.

—¿Entonces tú entraste sólo para distraerlos?

—Me pareció lo más fácil. Además, quería estar allí para asegurarme de que nadie perdía los nervios y no había heridos. Al menos, nadie de los del pueblo. Los criminales me dan igual.

Claro. Según Gage, ellos se lo habían buscado. Para empezar, no era responsabilidad de él que hubieran ido a Possum Landing a atracar un banco.

—Yo estoy de acuerdo con el oficial de los federales —afirmó ella—. No sé si eres un valiente o un loco.

Gage sonrió:

—Podrías encontrar argumentos para apoyar ambos puntos de vista. Sabías que no estaba enojado contigo. Estaba sólo intentando distraer al tipo.

Kari tembló al recordar la pistola en su cara.

—Tardé unos minutos en entender lo que estabas haciendo.

Sin embargo, Kari se preguntó cuánto de lo que él había dicho en el banco era cierto. ¿De veras pensaba Gage que ella era quien se había escapado?

¿Era lo que ella pensaba también?

En un tiempo, habría contestado que sí. Antes de salir del pueblo, Gage había sido todo su mundo. Se habría lanzado bajo las ruedas de un tren sólo si él se lo hubiera pedido. Lo había amado con toda la devoción de que era capaz una adolescente. Ése había sido el problema. Lo había amado demasiado. Cuando había imaginado que había problemas, no había sabido cómo enfrentarse a ellos. Así que había huido. Cuando él no la había seguido, había confirmado su mayor temor… que no la había amado en absoluto.

Pasaron toda la cena hablando de amigos comunes. Gage le puso al día sobre varias bodas, divorcios y nacimientos.

—No puedo creer que Rally tenga gemelos —comentó Kari, mientras se trasladaban al porche.

—Dos niñas. Le dije a Bob que se iba a enterar de lo que es bueno cuando llegaran a la adolescencia.

—Por suerte, aún les queda mucho.

Kari dejó su copa de vino sobre la mesa y se recostó en el balancín para mirar al cielo. Ya había oscurecido, pero aún hacía mucho calor y humedad. Sintió cómo se le pegaba el vestido a la piel. Estaba un poco mareada. Sin duda, era por la combinación del miedo que había experimentado aquella mañana y del vino de la cena. No solía tomar más que medio vaso de vino en ocasiones especiales, pero aquella noche, Gage y ella casi habían terminado la botella.

Gage estiró sus largas piernas. No parecía haberle afectado el vino. Era mucho más corpulento que ella, sin mencionar que no había tenido que pasar los últimos años tratando de mantener una dieta demasiado estricta.

—Háblame de tu vida en Nueva York.

—No hay mucho que contar —admitió ella, dudando si sentirse preocupada o agradecida porque al fin le hubiera hecho una pregunta un poco personal—. Cuando llegué, averigüé que las chicas de pueblos pequeños a las que habían dicho que eran lo suficientemente guapas como para ser modelos abarrotaban todas las agencias del lugar. La competitividad era muy fuerte y las posibilidades de lograr el triunfo eran muy pocas.

—A ti te fue bien.

Kari lo miró, preguntándose si Gage lo estaba suponiendo o si de veras lo sabía.

—Tras el primer año, conseguí trabajo. Gané lo suficiente como para mantenerme y pagarme la universidad. El mes pasado conseguí mi título de maestra, que era lo que de verdad quería.

—Pero estás demasiado delgada como para ser maestra —comentó él.

Kari rió:

—Lo sé. Demasiados años de dieta. Me enorgullece poder contarte que he aumentado de talla. Pretendo engordar un poco más y seguir comiendo chocolate de vez en cuando.

Gage la miró de arriba abajo. Ella esperó escuchar algún comentario sobre su cuerpo, pero no fue así.

—¿Y qué tipo de maestra eres?

—De Matemáticas para secundaria.

—Muchos chicos van a caer rendidos a tus pies.

—Lo superarán.

—No lo sé. Yo aún estoy colgado de la señora Rosens. Era profesora de Sociales en secundaria. Creo que fue la primera vez que me fijé en una chica. Se casó con un entrenador de fútbol del instituto. Tardé un año en sobreponerme.

Kari rió.

Se sentaron juntos en el balancín durante unos minutos. La vida parecía algo normal allí, mientras disfrutaban de la tranquilidad de la noche, pensó Kari. En vez de sirenas y ruidos de coches, se oían sólo los grillos. En todo Possum Landing la gente estaría sentada en sus porches, disfrutando de las estrellas y charlando con los vecinos. Nadie se preocuparía de si medio vaso de vino podía causar flacidez facial. Nadie podía perder un trabajo por ganar tres kilos.

Eso era lo normal, se recordó. Llevaba fuera demasiado tiempo y casi lo había olvidado.

—¿Por qué la enseñanza? —preguntó Gage de pronto.

—Es lo que siempre he querido.

—Después de ser modelo.

—Eso es.

Kari no quería entrar en ese tema. No todavía. Quizá más tarde podían repasar su pasado y lanzarse acusaciones el uno al otro. Pero esa noche, no.

—¿Dónde vas a buscar trabajo de maestra?

—En las escuelas de alrededor de Texas. Hay un par de vacantes en la zona de Dallas y en Abilene. Tengo cita para unas entrevistas. Por eso, me pareció que era el momento adecuado para volver aquí a arreglar la casa. Luego, podré marcharme.

Kari se detuvo, esperando que él respondiera. Pero no lo hizo.

Lo que no importaba, se dijo Kari, que de pronto se había dado cuenta de que no era tan fácil estar allí sentada a su lado, en el mismo balancín donde la había besado por primera vez. Se estremeció.

Era cosa del vino, se dijo Kari. O los viejos recuerdos, revoloteando entre ellos como fantasmas. El pasado tiene una influencia poderosa. Sin duda, iba a necesitar un poco de tiempo para acostumbrarse a la idea de estar de nuevo en Possum Landing.

—¿No pediste trabajo aquí?

—No.

Ella esperó, pero Gage no preguntó por qué.

—No hablemos más de mí —dijo ella, mirándolo—. ¿Qué hay de tu vida? Lo último que supe de ti es que eras ayudante del sheriff. ¿Cuándo ascendiste?

—El año pasado. No estaba seguro de poder hacerlo, pero lo conseguí.

Kari no se mostró sorprendida. Gage siempre había sido bueno en su trabajo y aceptado por la comunidad.

—Así que has conseguido lo que siempre quisiste.

—Sí —respondió él, mirándola—. Siempre tuve muy claros mis objetivos. Crecí aquí. Soy la quinta generación de una familia nacida en Possum Landing. Sabía que quería ver mundo y luego regresar para vivir aquí. Y eso hice.

Kari admiraba su habilidad para saber lo que quería y perseguir sus sueños. Ella nunca había estado tan centrada. Había tenido algunas distracciones muy poderosas. Una de las cuales estaba sentada a su lado.

—Me alegro de que estés donde quieres estar —comentó ella y añadió—: Pero nunca te casaste.

—He tenido algunas novias —respondió Gage, sonriente.

—Siempre fuiste el favorito de las mujeres.

—Nunca te di motivos para preocuparte por eso cuando salíamos juntos. Nunca tonteé con otras mientras estaba contigo, Kari —afirmó él, serio.

—Nunca pensé que lo hubieras hecho. Pero había muchas mujeres ansiosas por captar tu atención. No parecía importarles que nosotros estuviéramos saliendo.

—A mí sí me importaba.

La voz de Gage recorrió la piel de ella como una caricia. Kari se estremeció.

—Sí, bueno, yo… —comenzó a decir Kari, pero su voz se apagó.

—Se está haciendo tarde.

Cuando Gage se levantó, Kari no estuvo segura de si se sentía aliviada o triste porque se fuera. Una parte de ella no quería que la noche acabara nunca, pero la otra parte se alegraba de no tener más oportunidades de decir tonterías. Era un hábito del que no había conseguido deshacerse.

Kari también se levantó y se percató de nuevo en lo alto que era él. Sobre todo, con sus gastadas botas de vaquero. Tuvo que levantar la cabeza ligeramente para mirarlo.

La mirada de Gage casi la dejó sin aliento. Mostraba una combinación de confianza y fuego que hizo que sus entrañas se derritieran y se quedara sin respiración.

¿Qué diablos le pasaba? No era posible que estuviera sintiendo aquello. Era una locura. Sería…

—Sigues siendo la niña más guapa de Possum Landing —afirmó él y dio un paso hacia ella.

Kari se sintió de pronto sobrepasada por el calor texano.

—Yo… ya no soy una niña.

—Recuerda que aquí yo soy quien manda —replicó Gage, con una sonrisa nada buena para el equilibrio de ella—. Lo sé —murmuró y puso una mano sobre su cuello, acercándola—. ¿Te he dicho que me gusta cómo te queda el pelo corto?

Kari abrió la boca para responder. Gran error. O no, según el punto de vista.

Porque justo en ese momento, él inclinó su cabeza y acercó su boca a la de ella. Kari no tuvo tiempo de prepararse… lo que seguramente no fue tan malo. Porque, en cuanto sus labios se tocaron, protestar perdió todo sentido teniendo en cuenta que Gage besaba de maravilla.

Kari no estaba segura de qué era lo que hacía sus besos tan especiales. Mostraban una presión suave y firme y mucha pasión. Como si la noche no fuera ya lo suficientemente calurosa, estaban generando tanto calor que podrían haber hecho hervir el agua. Pero había algo más, una química especial que la dejó desesperada y llena de deseo. Algo que la impulsó a rodearlo con sus brazos de forma que, cuando él la acercó aún más, sus cuerpos estuvieron pegados en las partes claves.

Gage movió su boca contra la de ella y, muy despacio, le lamió el labio de abajo. El placer la recorrió como un relámpago. Kari apretó los fuertes hombros de él, saboreando la firmeza de su cuerpo, el contacto del torso de él sobre sus pechos y de sus fuertes manos sobre las caderas de ella.

Ella ladeó la cabeza, igual que él, preparándose para profundizar el beso. Y no le cupo ninguna duda de que iban a pasar al siguiente nivel.

Así que, cuando Gage se acercó a sus labios de nuevo, ella abrió la boca para él, deseando unir ambas lenguas en aquella particular danza.

Gage sabía dulce y sensual. Era un hombre que disfrutaba de las mujeres y sabía lo suficiente como para hacer que ellas disfrutaran con él. Kari guardaba un recuerdo borroso de su primer beso con Gage, él se había mostrado muy seguro y ella se había sentido como una tonta. Le había tocado la lengua con la suya y ella se había derretido como mantequilla al fuego.

En ese momento, aquella misma sensación se apoderó de Kari. Su cuerpo estaba más que dispuesto para rememorar viejos tiempos. No estaba segura si su mente podía seguirle el paso tan deprisa… a pesar de que la pasión amenazaba con desbancarla.

Gage movió sus manos desde las caderas de ella hacia los lados, luego por la espalda, subiendo hasta que tomó su cabeza. Metió los dedos entre el cabello corto de ella y muy bajito susurró su nombre.

Kari siguió abrazándose a él porque la alternativa era caerse de espaldas allí mismo en el porche. Cuando Gage se separó de su boca y empezó a darle pequeños besos por la mandíbula, ella pensó que no le importaba caerse, siempre y cuando él la recogiera. Y, cuando él chupó el lóbulo de su oreja, se dijo que tener sexo con Gage Reynolds sería la mejor bienvenida.

Por suerte, la elección no era suya. Justo cuando ella empezó a pensar que llevaban demasiadas capas de ropa, Gage se apartó. Tenía los ojos brillantes, los labios húmedos por los besos. A Kari le gustó observar que jadeaba a toda velocidad y que había partes de él que no estaban tan… ocultas como habían estado hacía unos momentos.

Se miraron el uno al otro. Kari no supo qué decir. El descubrir que Gage besaba mejor de lo que ella recordaba significaba una de estas tres cosas: le fallaba la memoria, él había estado practicando en su ausencia o la química entre ellos era más poderosa entonces que hacía ocho años. No estaba segura de cuál opción prefería.

Gage no dijo nada tampoco. En lugar de eso, se acercó, le dio un último beso y bajó las escaleras del porche, alejándose en la noche.

Kari se quedó mirándolo. Se sintió inquieta, con deseos de seguirlo y… y…

Kari tomó aliento antes de darse la vuelta y, muy despacio, entrar en casa. Era obvio que su vuelta a Possum Landing iba a ser mucho más complicada de lo que había previsto.

Capítulo 3

GAGE caminó hacia las oficinas de la Gaceta de Possum Landing a la mañana siguiente. En circunstancias normales, hubiera retrasado aquella reunión todo lo posible pero, desde la noche anterior, no había sido capaz de concentrarse en su trabajo así que pensó que eran mejor emplear su tiempo en algo útil en vez de quedarse mirando por la ventana, recordando.

Siempre había sabido que Kari regresaría algún día a Possum Landing. Lo había sentido en sus huesos. De vez en cuando, se había preguntado cómo reaccionaría a ello, asumiendo que sólo estaría un poco interesado en lo que ella había cambiado y en sus planes para el futuro. No había contado con que aún hubiera química entre ellos. No estaba seguro de si aquello lo convertía en un tonto o en un optimista.

Había química de sobra. Así como muchos viejos sentimientos que no había querido reconocer. Estar cerca de Kari le hacía recordar lo mucho que la había deseado… y no sólo para irse a la cama. En un tiempo, había querido pasar el resto de su vida con ella, tener hijos y crear una vida de la que los dos pudieran sentirse orgullosos. En lugar de eso, ella se había marchado y él había encontrado consuelo en su vida actual. Aunque algunas partes de sí mismo le confirmaban que seguía muy interesado en la mujer en que se había convertido, el resto le recordaba que no podía permitírselo.

Kari era una mujer muy bella. Desear tener sexo con ella era normal. Esperar algo más lo llevaría a sufrir. Ya había pasado por eso una vez y sabía que no le gustaban las consecuencias.

Así que, durante el tiempo que Kari se quedara en Possum Landing, se limitaría a ser un buen vecino y a disfrutar de su compañía. Si aquello llevaba a tener algo bajo las sábanas, por él estaba bien. Llevaba meses sin sentirse interesado por el sexo opuesto. En lugar de eso, se había visto poseído por una extraña sensación de búsqueda, deseando algo difícil de definir. En el peor de los casos, Kari podría ser un agradable entretenimiento.

Gage entró en la oficina del periódico y saludó a la recepcionista.

—Ya conozco el camino —dijo él, caminando hacia el pasillo—. Te agradecería mucho si le puedes decir a Daisy que he venido.

La mujer descolgó el teléfono para llamar a la periodista. Gage se quitó el sombrero de vaquero y lo sacudió contra su muslo.

No tenía muchas ganas de estar allí, pero la experiencia le había demostrado que era más seguro dejarse ver para que lo entrevistaran que dejar que Daisy lo buscara. De esa forma, él tenía la sartén por el mango y podía irse cuando necesitara escapar. Había pensando que, si se apoyaba de cierta forma en la silla, podía presionar el botón de su busca y hacerlo sonar. Así podría fingir que lo necesitaban y que tenía que irse para atender una urgencia. También había planeado mostrarse muy contrariado por tener que irse de forma imprevista. También estaba seguro de poder eludir las no tan sutiles indirectas de Daisy para que salieran juntos.

Daisy era una mujer bonita. Pequeña, pelirroja, con ojos verdes y una boca que prometía el paraíso a un hombre. Habían estado juntos en la misma clase del instituto, pero nunca habían salido. Divorciada hacía poco, Daisy parecía tener muchas ganas de rehacer su vida con Gage. Él agradecía el cumplido y no podía comprender su propia falta de interés. Porque no estaba nada interesado. Aún tenía que pensar en una forma fácil de rechazar su invitación y, mientras tanto, lo mejor que podía hacer era eludir en lo posible cualquier contacto personal con ella.

Gage caminó pasando junto a la media docena de escritorios de la sala principal del periódico. Daisy estaba al final, junto a la ventana. Levantó la vista y sonrió cuando lo vio acercarse. Su largo cabello rojizo estaba recogido en un moño que dejaba caer un montón de rizos de forma sensual. Su blusa dejaba claro que estaba bien dotada por la naturaleza y no le hacía falta ningún relleno. Su sonrisa, más que dar la bienvenida, era una oferta abierta…

Gage sonrió a su vez, observándola. A lo largo de los años, se había dado cuenta de que la respuesta de su cuerpo era una buena señal de lo que una mujer le interesaba o no. Con Daisy no había ni un ápice de revuelo en sus hormonas. No importaba lo mucho que ella deseara lo contrario, no tenían ningún futuro juntos.

—Gage —murmuró ella—. Tienes buen aspecto esta mañana. Te sienta bien ser un héroe.

—Daisy —dijo él con una sonrisa—. Si vas a poner en tu artículo que soy un héroe, no pienso cooperar. Estaba haciendo mi trabajo, nada más.

—Valiente y modesto —comentó ella y suspiró—. Dos de mis cualidades favoritas en un hombre. Tengo que hacer una llamada. Espérame en la sala de reuniones, enseguida voy.

—Claro que sí.

Gage respondió con naturalidad, aunque lo último que quería era quedarse a solas con Daisy en la habitación del fondo, sin ventanas y sólo una puerta. El día anterior, la visión de cuatro hombres armados no le había provocado más reacciones que un incremento de la velocidad cardiaca. Pero el pensamiento de quedarse atrapado con Daisy en un sitio pequeño le revolvía las entrañas.

A pesar de ello, no había forma de escapar a lo inevitable. Y siempre le quedaba el truco de apretar el botón de su busca de forma disimulada.

Caminó por el pasillo hasta la sala de reuniones y entró. Pero, en lugar de encontrarla vacía, vio que había alguien más esperando. Una mujer alta y esbelta con cabello corto rubio y los ojos azules más hermosos a aquel lado del Mississippi.

—Buenos días, Kari —saludó él.

Ella levantó la vista de la lista que había estado haciendo, frunció el ceño sorprendida y sonrió.

—Gage, ¿qué estás haciendo aquí?

—Esperando a Daisy. Va a hacerme una entrevista sobre el asalto al banco —contestó él y, tras dudar un momento, tomó asiento.

Algunas decisiones eran más difíciles que otras, como aquélla. ¿Quería sentarse cerca de ella, para poder captar su suave perfume, o sentarse frente a ella, para poder admirar sus bellos ojos?, se preguntó Gage. Decidió disfrutar de la vista y eligió la silla del otro lado de la mesa.

—¿Y qué te trae a ti por el periódico?

—Daisy me llamó y me pidió entrevistarme sobre el atraco. Me pregunto por qué quería que viniéramos al mismo tiempo.

Gage observó a Kari, que parecía intentar no mirarlo. ¿Sería a causa de lo que había sucedido la noche anterior? ¿Por su beso? La pasión que se había encendido entre ellos le había impedido dormir por la noche. Estando cerca de Kari, la reacción de su cuerpo era muy diferente a la que mostraba ante Daisy.

Aquella mañana, Kari, llevaba un vestido veraniego que ensalzaba su esbelta figura. Gage observó su corto cabello, que le llegaba por las orejas.

—¿Qué? —preguntó ella y se tocó el pelo—. Ya lo sé, está corto.

—Te dije que me gustaba.

—No estaba segura de si mentías —admitió Kari con una sonrisa—. Siempre creí que eras de los que prefieren el pelo largo.

—Lo cierto es que trato de ser flexible. Te queda bien, me gusta.

Gage siguió observando su rostro, fijándose en los pequeños cambios y en las cosas que no habían cambiado.

—¿Qué estás pensando? —quiso saber ella.

Gage sonrió. Estaba pensando que le encantaría llevársela a la cama. Después de que hubieran saboreado durante varias horas uno de los placeres más agradables de la vida, le gustaría conocer mejor a la mujer en que se había convertido mientras había estado fuera. Pero no podía confesarle aquello. En algunas ocasiones, las circunstancias podían forzar a un hombre a decir pequeñas mentiras piadosas.

—Me preguntaba cuánto trabajo planeas hacer en casa de tu abuela.

Kari parpadeó. Había esperado que él respondiera cualquier cosa, menos eso. La había estado mirando como si fuera el gran lobo malo y ella fuera su postre. De esa manera tan especial que hacía que el cuerpo de ella se calentara y su pulso se acelerara.

Así que ella había estado pensando en el beso de la noche anterior y él sólo había pensando en pintura de pared y en reformas, se dijo Kari. Era obvio que su habilidad de leerle la mente a Gage y de comportarse con estilo no había mejorado ni una pizca en todos aquellos años.

—Aún estoy tratando de decidirlo. El servicio de limpieza quincenal que tenía contratado ha conservado la casa en condiciones aceptables, pero está vieja y anticuada. Reformaría el lugar entero, pero eso no tiene sentido. Mi tiempo y mi dinero tienen un límite, así que voy a tener que establecer prioridades.

Gage asintió con la cabeza.

Oh, cielos, estaba tan guapo, pensó Kari. Se preguntó si alguna vez se cansaría de mirarlo. Si, para finales del verano, no sería para ella más que un tipo atractivo que vivía en la casa de al lado. ¿Tendría esa suerte?

Antes de que Kari pudiera responder su propia pregunta para sus adentros, Daisy irrumpió en la sala de reuniones. Era una mujer exuberante de la cabeza a los pies, con su blusa escotadísima, sus labios pintados de rojo y aquellos andares. Kari se sintió flaca y huesuda a su lado.

—Muchas gracias por venir —dijo Daisy y se sentó junto a Gage—. Estoy escribiendo un artículo sobre los hechos y pensé que sería divertido entrevistaros al mismo tiempo. Espero que no os importe.

Kari negó con la cabeza y trató de no darle importancia a lo cerca que Daisy se había sentado de Gage. La otra mujer rozó el brazo de él y le sonrió de una forma que hizo que ella pensara que eran algo más que amigos.

Pero eso no tenía sentido, pensó Kari. Gage no era el tipo de hombre que salía con una mujer y besaba a otra. Lo que significaba que Gage y Daisy habían estado saliendo o que estaban aún en la fase inicial. No le gustó ninguna de las dos posibilidades.

Daisy puso su cuaderno de notas sobre la mesa, pero no lo abrió. Miró a Kari.

—¿No fue emocionante? Un asalto al banco aquí, en PL.

—¿PL? —preguntó Kari.

—Possum Landing. Aquí no pasa nunca nada emocionante —señaló Daisy y miró a Gage—. Al menos, no en público. Fue increíble. Y Gage, tú, poniéndote en medio de las balas. Eso también fue increíble. Y muy valiente.

Él gruñó.

Con una velocidad pasmosa, Daisy cambió de tema y se giró hacia Kari:

—Así que has vuelto. Después de todos esos años en Nueva York. ¿Cómo son las cosas por allí?

—Interesantes —respondió Kari con precaución, sin estar segura de qué tenía eso que ver con lo que había pasado el día anterior—. Diferentes.

—Cualquier sitio es diferente de esto —dijo Daisy con una carcajada—. He pasado tiempo en la ciudad, pero tengo que confesar que soy una chica de provincias de corazón. PL es un sitio increíble y tiene todo lo que siempre he querido.

Daisy habló con emoción, mirando a Gage.

—¿Qué te parece volver a ver a Gage después de tanto tiempo? —volvió a preguntar Daisy, dirigiéndose a Kari.

—Uh… no estoy segura de qué tiene que ver eso con el asalto al banco —replicó Kari.

—Pensé que era obvio. Tu antiguo novio arriesga la vida por ti. Te protege de las balas. No puedes decirme que no te pareció romántico. ¿No crees que fue la bienvenida perfecta? Quiero decir, ahora que estás de vuelta.

Kari echó un vistazo a Gage, que parecía tan confundido como ella. ¿Adónde diablos quería ir a parar Daisy? Como no quería decir nada que pudiera ser sacado fuera de contexto e impreso para que todo el pueblo lo leyera, pensó un poco antes de responder.

—Lo primero —comenzó a decir con lentitud—. Gage y yo nunca fuimos novios. Salíamos. Lo segundo, no estoy de vuelta. No de forma permanente.

—Ya —dijo Daisy y apuntó algunas líneas en su cuaderno—. Gage, ¿qué pensabas cuando entraste en el banco?

—Que debí haber seguido el consejo de mi madre y haber estudiado para ingeniero.

Kari sonrió un poco y se relajó. Confió en Gage para que disipara la tensión que había en la sala. Sin embargo, antes de que pudiera saborear unos instantes de paz, Daisy estalló en carcajadas, lanzó su bolígrafo a la mesa y agarró el brazo de Gage.

—¿No eres fantástico? —dijo, mirándolo con ojos brillantes—. Siempre me ha encantado tu sentido del humor.

Por la expresión de la cara de Daisy, Kari pensó que la periodista había disfrutado de otras cosas también, pero prefirió no pensar mucho en eso. Intentó ignorar a la pareja que tenía frente a ella.

Daisy volvió a centrar su atención en Kari y la miró con comprensión.

—Me alegra saber que no has venido para quedarte. Gage y tú compartisteis algo especial hace tiempo, pero las segundas partes nunca fueron buenas. Las viejas llamas se apagan pronto.

Kari sonrió con los dientes apretados.

—Bueno, gracias por preocuparte —dijo Kari.

Daisy esbozó otra forzada sonrisa como respuesta.

La entrevista terminó enseguida, ya que Daisy había obtenido la respuesta que buscaba. Era obvio que había llamado a Kari y a Gage al mismo tiempo para verlos juntos y advertir a Kari de que ella estaba antes. Como si fuera a estar interesada en empezar algo de nuevo con su antiguo novio.

Así era la vida en un pueblo pequeño, pensó Kari con tristeza. ¿Cómo podía haber olvidado que allí todos se metían en la vida de todos?

Daisy siguió lanzando indirectas a Gage y él continuó ignorándola. A pesar de sentirse muy incómoda, Kari no podía dejar de preguntarse cuál sería su relación y se prometió interrogar a Gage cuando se sintiera valiente. Mientras tanto, lo mejor que podía hacer era evitar a Daisy.

La gente de la ciudad pensaba que en los pueblos pequeños no pasaba nada, se dijo mientras salía de allí. Se equivocaban.

—Me has malcriado, mamá —dijo Gage unas noches más tarde mientras recogía la mesa en casa de su madre.

Edie Reynolds, una mujer atractiva de cabello oscuro, cerca de los sesenta años, sonrió.

—No creo que cocinar para ti una vez a la semana sea malcriarte, Gage. Además, tengo que asegurarme de que comes una dieta equilibrada al menos de vez en cuando.

Gage comenzó a vaciar platos y a meterlos en el lavaplatos.

—Soy un poco mayor para estar comienzo pizza cada noche —bromeó él—. Precisamente, la otra noche acompañé mi filete con unas verduritas.

—Mejor para ti.

Gage le guiñó un ojo. Su madre sacudió la cabeza y tomó su vaso de vino.

—Aún estoy muy enojada contigo. ¿En qué estabas pensando cuando te pusiste frente a esos atracadores? No te molestes en decírmelo: no estabas pensando. Ya me lo imagino.

—Estaba haciendo mi trabajo. Había ciudadanos en peligro y mi deber era protegerlos.

Edie dejó su vaso de vino y torció la boca:

—Supongo que tu padre y yo hicimos demasiado bien nuestro trabajo al enseñarte a ser responsable.

—Sin duda a vosotros os lo debo.

—Supongo que sí.

El teléfono sonó y su madre suspiró.

—Betty Sue, del hospital, ha estado llamándome cada veinte minutos para preguntarme por la colecta de fondos. Me sorprende que hayamos podido cenar sin que nos interrumpiera. Será sólo un momento.

Entonces, descolgó el auricular y habló en tono alegre.

—¿Hola? Vaya, Betty Sue, qué sorpresa. No, no, acabamos de terminar de cenar. Claro, sí.

Edie se dirigió al salón.

—Si quieres cambiar el orden de los sitios tendrás que hablarlo con el comité. Ya sé que te encargaron ocuparte de ello, pero…

Gage sonrió y dejó de escuchar la conversación. El trabajo de voluntaria en obras de caridad era algo tan típico de su madre como su perfume Diamantes Blancos.

Terminó de colocar los platos y aclaró el paño antes de pasarlo por la mesa. Su madre siempre protestaba y le decía que no era necesario que la ayudara en la cocina, pero él no la escuchaba. Pensaba que ella ya había hecho más que suficiente mientras los había estado criando a su hermano Quinn y a él. Poner el lavaplatos escasamente podía compensar eso.

Después, Gage se apoyó en la mesa, esperando que su madre terminara de hablar con Betty Sue. La cocina había sido remodelada hacía siete años, pero la estructura básica era la misma. La vieja casa estaba llena de recuerdos. Él había vivido allí desde que había nacido hasta que se había enrolado en el ejército.

Por supuesto, cada rincón de Possum Landing guardaba recuerdos. Era una de las cosas que le gustaba del pueblo, sentir que pertenecía a ese lugar. Allí habían vivido cinco generaciones por la rama paterna. Había docenas de fotos antiguas en el pasillo, fotos de los Reynolds del siglo pasado, cuando el pueblo no era más que un puñado de ranchos.

Su madre regresó a la cocina y colgó el teléfono inalámbrico.

—Esa mujer está haciendo todo lo que puede para volverme loca. No sabes lo mucho que me arrepiento de haber votado por ella para que organizara la recogida de fondos.

Gage sonrió.

—Sobrevivirás. ¿Qué tal funciona el lavabo del baño?

—Ya está reparada la gotera. No insistas, Gage. No tengo ninguna tarea para ti esta semana.

Edie se volvió hacia el salón de nuevo, donde ambos se sentaron en el sofá. Había reemplazado el viejo tapizado de flores por otro más bonito, de rayas.

—No te invito a casa para que me hagas trabajos gratis.

—Lo sé, mamá, pero me gusta ayudar.

—¿No te importará que John se encargue de eso?

Su madre no era de las que eludían los problemas. Si alguna vez tenía uno, se enfrentaba a él directamente.

Gage se acercó y le tocó la mano.

—Ya te lo he dicho antes. Me gusta John. Hace cinco años que papá no está. Estás viviendo una segunda oportunidad de ser feliz.

Edie no se mostró muy convencida.

—Te lo digo en serio, mamá.

Y así era. La pérdida de su padre había sido un duro golpe para los dos. Edie había pasado el primer año muy conmocionada. Al final, se había recuperado y había intentado rehacer su vida. Había encontrado un trabajo a tiempo parcial, para hacer algo más que porque necesitara el dinero. Y tenía amigas. Hacía casi un año, había conocido a John, un contratista jubilado.

Gage no tenía reparos en admitir que al principio se había sentido un poco incómodo por el hecho de que su madre saliera con alguien. Sin embargo, no había tardado en aceptarlo. John era un hombre estable que trataba a su madre como a una princesa. Él no podía haber elegido una pareja mejor para ella.

—Seguirás viniendo a cenar una vez por semana, ¿verdad? Cuando nos casemos.

—Lo prometo.

Gage había estado yendo a cenar con su madre una vez a la semana desde que había vuelto a Possum Landing después de haber estado en el ejército. Como otras muchas cosas en su vida, era una tradición.

Su madre lo escudriñó con la mirada, lista para atacarlo con un tema más interesante.

—He oído que Kari Asbury ha vuelto al pueblo.

—No del todo, mamá —dijo él y sonrió—. Según Kari, no ha vuelto. Ha venido sólo durante un tiempo, para arreglar la casa de su abuela para venderla.

Edie frunció el ceño:

—¿Y luego qué? ¿Va a volver a Nueva York? Es una chica encantadora, pero ¿no es un poco mayor para ser modelo?

—Va a ser maestra. Tiene su título y está buscando trabajo en la zona de Texas.

—¿No en Possum Landing?

—No que yo sepa.

—¿Y no te importa?

—Claro que no.

—Si me mientes, tendré que recurrir al viejo método de las cosquillas.

—Tendrás que agarrarme primero. Aún corro muy rápido, mamá.

—Ten cuidado, Gage —aconsejó su madre, con el gesto suavizado—. Hubo un tiempo en que te rompió el corazón. No me gustaría que eso sucediera de nuevo.

—No sucederá —repuso él con confianza. Un hombre podía comportarse como un bobo con la misma mujer una vez en la vida, pero no más—. Siempre seremos amigos. Tenemos demasiados recuerdos. Somos vecinos así que seguiré viéndola, pero no nos llevará a algo más significativo.

Era sólo una mentira piadosa, se dijo Gage. Porque tenía claro su objetivo de llevar a Kari a la cama. Y, si las cosas entre ellos eran tan apasionadas como esperaba, el evento se definiría sin duda como «significativo». Sin embargo, no quiso compartir aquel pensamiento con su madre.

—¿Has sabido algo de Quinn? —preguntó él.

—No desde la última carta, hace un mes —respondió Edie y suspiró—. Estoy preocupada por ese chico.

Gage pensó que no era necesario recordarle a su madre que Quinn tenía ya treinta años y que era un militar con mucha experiencia. No era precisamente lo que se considera un «chico».

—Espero que tenga tiempo para venir a la boda, aunque no estoy segura de que vaya a hacerlo.

Gage tampoco estaba seguro. Hacía tiempo, Quinn y él habían estado muy unidos, pero las circunstancias habían cambiado las cosas. Los dos hicieron la carrera militar después del instituto pero, a diferencia de él, Quinn había continuado allí. Había entrado a formar parte de las Fuerzas Especiales, con un grupo de acción secreto que intervenía en conflictos en todo el mundo.

A pesar de pertenecer a la misma familia que Gage, Quinn nunca había encajado. Sobre todo, porque su padre le había hecho la vida imposible.

Como siempre, aquel pensamiento hizo que Gage se sintiera incómodo. Nunca había entendido por qué él había sido considerado el chico de oro de la familia y Quinn la oveja negra. Tampoco sabía por qué le daba tanto por pensar en el pasado en los últimos días.

Quizá era por el regreso de Kari, que lo había removido todo. Quizá era buen momento para hacer una pregunta que debió haber puesto sobre la mesa hacía mucho tiempo.

—¿Por qué a papá no le gustaba Quinn?

—¿Qué dices, Gage? —repuso su madre, poniéndose un poco tensa—. Tu padre os quería a los dos por igual. Fue un buen padre.

Gage la miró, preguntándose por qué mentía. ¿Por qué negar lo que era obvio?

—El mercado de granjeros se abrió la semana pasada. Voy a ir hasta allí esta semana para comprar fresas. Quizá prepare una tarta para la semana que viene.

Su cambio de tema fue un poco extraño. Gage dudó un momento antes de rendirse y decirle que siempre le habían gustado sus tartas.

Sin embargo, mientras siguieron hablando sobre lo caluroso que era el verano y sobre quién iba de vacaciones y adónde, no pudo desprenderse del sentimiento de que había secretos familiares que no conocía. ¿Siempre habían estado allí y él no se había percatado?

Veinte minutos después, dio un abrazo a su madre para despedirse, tomó la bolsa de basura de la cocina y se la llevó como hacía siempre. La dejó en el contenedor junto al garaje y se despidió con la mano antes de subirse a su furgoneta.

Su madre se despidió también y entró en la casa.

Gage se quedó mirando la puerta cerrada durante un rato antes de poner el motor en marcha y dirigirse a su casa. ¿Qué había pasado aquella noche? ¿Había algo diferente o es que estaba haciendo una montaña de un grano de arena?

Condujo despacio por las calles de Possum Landing. Se sintió molesto y tuvo deseos de dar media vuelta y obligar a su madre a responder a sus preguntas. El problema era que no estaba seguro de cuáles debían ser las preguntas.

Quizá, en lugar de respuestas, lo que necesitaba era una mujer. Hacía mucho tiempo desde que había estado con una. Había varias mujeres a las que podía llamar, se dijo. Lo invitarían sin duda a cenar… y a desayunar. Se detuvo ante una señal de Stop. No había duda de que Daisy estaría encantada si él le prestara un poco de atención. Por supuesto, ella querría mucho más que desayunar juntos. Daisy era una mujer en busca de un final feliz. Lo que era muy posible de conseguir, pero no con él.

Tamborileó los dedos en el volante, maldijo y se dirigió a su casa. Ninguna de aquellas camas le apetecía demasiado esa noche. Hacía tiempo que era así. Había llegado a ese momento de su vida en que pensar en muchas mujeres sólo lo hacía sentir cansado. Quería sentar la cabeza, casarse y tener una docena de hijos. ¿Por qué no ir por ello? ¿Por qué no se había enamorado aún y no había pedido la mano de nadie? ¿Por qué no…?

Llegó a su casa y los faros de su coche alumbraron la casa de al lado. Había alguien sentado en las escaleras, tapándose los ojos para protegerse de la luz. Alguien familiar que hacía que algo se despertara dentro de él.

«Ya no soy un niño», se dijo, mientras apagaba el motor y salía. Pero aquel pensamiento no lo detuvo cuando comenzó a acercarse a ella, cruzando su jardín.

La excitación se apoderó de él y se preguntó qué le gustaría a ella para desayunar.

Capítulo 4

KARI observó a Gage acercarse. Se movía con la gracia de un hombre que está cómodo en su piel. Era lo que la gente llamaba «todo un hombre», lo que hacía que su parte más femenina se estremeciera. Qué irónico. Había pasado casi ocho años rodeada por los modelos masculinos más guapos y atractivos de Nueva York, de los que un buen porcentaje no eran homosexuales, y nunca había sentido que se derretía sólo por verlos caminar. ¿Qué tenía Gage que le provocaba esas sensaciones? ¿Era que ella perdía los papeles ante un hombre con uniforme o era algo más?

—¿Qué tal fue tu cita? —preguntó Kari para distraerse del calor que sentía en el vientre—. Has vuelto pronto, así que imagino que la deliciosa Daisy está resultando un poco difícil.

Pensó en mencionar que la sorprendía que Daisy lo hubiera dejado escapar sin mostrarle sus atributos, pero le pareció que el comentario podía parecer grosero.

Gage se sentó a su lado en el escalón y apoyó los codos en sus rodillas.

—Siempre fuiste una entrometida, desde el instituto. Ya veo que eso no ha cambiado.

—Nunca —dijo ella, sonriendo.

Él la miró y le sonrió, haciendo que el corazón de Kari diera un triple salto mortal.

—He cenado con mi madre. Lo hago todas las semanas.

—Oh.

Kari trató de pensar en un comentario ingenioso, pero no se le ocurrió ninguno. La confesión de Gage no la sorprendió. Siempre se había portado bien con las mujeres de su vida… su madre, la abuela de ella. Recordó haber leído un artículo en algún sitio que afirmaba que la forma en que los hombres tratan a su madre será una buena indicación de cómo traten a su esposa. No era que estuviera planeando casarse con Gage Reynorlds. Aun así, era agradable saber que estaban dentro del grupo de hombres buenos.

—¿Qué tal está tu madre?

—Bien. Lo pasó mal después de la muerte de mi padre. Habían pasado tanto tiempo juntos que creo que pensó que no podría vivir sin él. Pero ha salido adelante. El año pasado comenzó a salir con un hombre. Un tipo llamado John. Están prometidos.

Kari se enderezó.

—Vaya. Eso es estupendo —señaló y recordó lo cercano que siempre había estado Gage a su padre—. ¿Y a ti no te importa?

—No. John es un buen hombre.

«Se reconocen entre sí», pensó Kari.

—¿Cuándo es la boda?

—Este otoño. Él es un contratista jubilado. Tiene mucha familia en Dallas. Esta semana está allí. Una de sus nietas celebra su cumpleaños y no quería perderse la fiesta.

—Dicen que la gente que tiene un matrimonio feliz puede repetir la experiencia.

Gage miró al vacío.

—Creo que es cierto. Mis padres se amaban. Hubo muchas peleas y tiempos difíciles pero, en general, estaban enamorados. Que yo sepa, el matrimonio de John también fue muy sólido antes de que su esposa muriera. Imagino que les irá bien.

—Me gustaría volver a ver a tu madre. Siempre me cayó bien.

—Trabaja en la ferretería, media jornada. Podrías acercarte a saludarla.

—Lo haré.

Cuando Kari y Gage habían estado saliendo, Edie la había recibido con los brazos abiertos. No sabía si lo hacía con todas las novias de su hijo, pero le gustaba pensar que su relación con ella había sido especial. Por supuesto, estaba segura de que a Edie no le había gustado que dejara a Gage sólo con una nota como explicación.

—¿Sigue enfadada conmigo por lo que hice?

Gage la observó, con mirada burlona.

—Parece que al fin se ha recobrado de ello.

—Bien. Entonces, me pasaré a verla y le felicitaré por su próxima boda. Creo que es genial que encontrara a alguien. Nadie debería estar solo.

Tan pronto como dijo aquellas palabras, Kari deseó no haberlo hecho. Era obvio que tanto Gage como ella estaban solos. Ella conocía sus circunstancias, pero ¿y las de él? era el tipo de hombre que siempre había atraído a las mujeres, así que debía de estar soltero por decisión propia. ¿Por qué?

Kari estuvo a punto de preguntar, pero él se adelantó.

—¿Y por qué no te has casado, Kari? —preguntó él y, antes de que ella respondiera, se encogió de hombros y añadió—: No importa. Se me olvidó. No te interesaba tener un hogar. Tenías cosas que hacer y sitios que ver.

—Eso no es cierto. Claro que quiero casarme y tener hijos. Siempre he querido hacerlo.

—¿Pero no conmigo?

—Pero no a tu ritmo —contestó ella y suspiró—. Hace ocho años tú ya tenías tu vida encaminada. Habías visto mundo y estabas preparado para sentar la cabeza. Yo acababa de salir del instituto y tenía muchos sueños por realizar. Era joven y estaba llena de esperanzas y, aunque me importabas mucho, me asustaba tu plan de vida. Me parecías mucho mayor, mucho más seguro. Todo lo que decías era razonable, pero no me pareció el momento. No quise ser como mi madre y mi abuela, que se casaron nada más salir del colegio y tuvieron hijos enseguida. Quería tener la oportunidad de ver mundo y realizar mis sueños.

—Pensé que yo era uno de tus sueños.

—Y así era. Pero no ese momento. Cuando me enteré de que ibas a pedirme que me casara contigo, entré en pánico, por eso huí. Pensé… Lo tenías todo tan claro. Pensé que me perdería entre tanta seguridad.

Gage estaba sentado tan cerca que Kari podía sentir el calor de su cuerpo y oler su aroma. Su corazón estaba dividido entre la opción de recostarse en él y de salir corriendo a las montañas. Las confesiones nocturnas solían ser peligrosas. ¿Cuál sería la consecuencia de aquélla?

—Tienes razón —dijo Gage.

—No esperaba que dijeras eso —comentó ella, sorprendida.

—Por aquel entonces, creía que lo sabía todo —admitió él, encogiéndose de hombros—. Eras lo que buscaba en una esposa, nos amábamos… ¿por qué no casarnos? Me hablaste sobre ir a Nueva York y convertirte en modelo, pero no creí que lo dijeras en serio. Fue muy arrogante por mi parte. Lo siento, Kari. Debí haberte escuchado. En vez de eso, me concentré en lo que yo quería y en imponer mis deseos.

Su confesión la tomó con la guardia baja.

—Gracias —murmuró ella—. Ojalá hubiéramos tenido esta conversación hace ocho años.

—Sí. Quizá hubiéramos encontrado una manera de que funcionara.

Kari asintió, pero no dijo nada. En el fondo, lo dudaba mucho. Incluso después de tanto tiempo, la verdad seguía lastimándola. Podía ser que Gage hubiera querido casarse, pero no la había amado lo suficiente como para ir tras ella y pedirle que volviera a casa con él. No la había amado lo suficiente como para seguir en contacto con ella y prometerle que la esperaría. Ella se fue y él se limitó a continuar con su vida sin más.

—Yo me fui al ejército cuando quise ver mundo y tú te fuiste a Nueva York. Supongo que tú lo pasaste mejor —comentó él, queriendo cambiar el tono de la conversación.

—Oh, no sé —replicó ella con voz triste—. Al menos tú podías comer.

—¿Tan justa andabas de dinero?

—Un poco. Al principio. Pero conseguí algunos trabajos a tiempo parcial y de vez en cuando un trabajo como modelo. El tema de la comida tenía más que ver con mantener la figura en el ideal de la modelo americana. No comía porque tenía que adelgazar. Era joven y decidida, pero no tuve en cuenta que no era una forma de vida muy saludable.

—Aparte del hambre que pasaste, ¿fue lo que esperabas?

—No lo sé. Creo que las chicas jóvenes quieren ser modelos porque tiene mucho glamour. ¿En qué otro trabajo podría una chica de dieciocho años hacer tanto dinero y viajar por todo el mundo? Recibes muchas invitaciones. Los hombres quieren salir con modelos. Ser modelo te da una identidad instantánea.

Kari acercó las rodillas a su pecho y se las abrazó.

—Pero lo cierto es que puede ser muy difícil. Miles de chicas van a Nueva York y sólo un pequeño porcentaje consiguen llegar a triunfar como modelos. Yo no llegué a tanto, sólo fui una modelo que ganaba lo suficiente para pagar mis deudas y mis estudios universitarios, también pude ahorrar un poco. La verdad es que nunca encajé en ese mundo. Descubrí que las fiestas pueden ser sitios peligrosos. No se me permitía comer y nunca fui bebedora. Y los hombres que suelen salir con modelos tenían expectativas con las que no me sentía cómoda —explicó Kari y sonrió—. Supongo que puedes sacar a una chica de Possum Landing pero no puedes sacar Possum Landing, de dentro de ella.

—Me alegro.

Mientras él la observaba, Kari se preguntó qué estaría pensando. ¿Le habría sorprendido lo que le había contado? Comparada con la mayoría de sus amigas, se había comportado casi como una monja, pero no iba a contarle eso a Gage. Sonaría como si quisiera poner excusas.

—Hablaste de encontrar un trabajo en Dallas —señaló él—. ¿Echarás de menos Nueva York?

—Algunas cosas. Pero estoy preparada para un cambio. Nací y crecí en Texas. Aquí están mis raíces.

—¿Qué planes tienes para la vieja casa?

Kari lo pensó un momento.

—Aún no lo he decidido. Oh —recordó—, revisé la casa e hice un inventario de todas las antigüedades.

Gage pareció interesado, pero no dijo nada.

Kari suspiró.

—Hay algunos muebles que quiero guardar para mí… la mayoría de ellos con valor sentimental. He preguntado a mis padres y ellos no quieren nada. Así que voy a vender el resto, menos lo que quieras quedarte tú.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él con las cejas levantadas.

—No sabía si te interesaban las antigüedades. Si es así, me gustaría que fueras el primero en elegir algo entre las cosas de mi abuela.

—¿Por qué?

—Vamos, Gage, los dos sabemos lo mucho que la ayudaste. Siempre te ofreciste a ir a verla y a arreglar cualquier cosa que hiciera falta. Después de que yo me fuera, le hiciste compañía y la ayudaste, a pesar de que estabas muy enojado conmigo.

—No habría dejado que eso afectara mi relación con ella.

Kari se dio cuenta de que no había negado estar enojado con ella, lo que la hizo sentir incómoda. Era curioso cómo, después de tanto tiempo, la desaprobación de Gage aún la hacía sentir insegura.

—Es a lo que me refiero —continuó Kari—. Podías haber roto la relación con ella, pero no lo hiciste. Después de que ella muriera, contactabas con la agencia encargada de cuidar su propiedad cada vez que la casa tenía algún problema. Estoy en deuda contigo. Supuse que te sentirías muy ofendido si te ofreciera dinero, así que me pareció que regalarte muebles sería una buena solución.

Gage la observó. A pesar de que el sol se había puesto hacía horas, aún hacía mucho calor. Al sentir su mirada fija en ella, Kari sintió que su temperatura subía varios grados. A pesar del hecho de que llevaba sólo pantalones cortos y una blusa sin mangas, se sintió constreñida… y con demasiada ropa encima.

Kari no pudo evitar sonreír. Qué hombre. Si podía hacerla temblar sólo con mirarla, ¿qué pasaría si la besaba de nuevo?

Demasiado tarde, Kari se recordó que se había prometido no pensar en el beso de nuevo. Llevaba dos días enteros reviviéndolo en su mente. Casi había conseguido sacárselo de la cabeza…

—Bien —repuso él, despacio—. Consideraré la posibilidad de llevarme una de las antigüedades como pago. Si no lo has reservado para ti, me gustaría la mesita que hay en el comedor.

Kari tardó unos segundos en comprender lo que él decía. Había olvidado su conversación previa, perdida en sus ensoñaciones.

—No, no la he reservado. Considéralo tuya.

—Muchas gracias.

Gage sostuvo su mirada durante un par de latidos más y luego la desvió. Kari sintió como si hubiera sido liberada de un campo de fuerza. Si no hubiera estado sentada, se habría caído de espaldas.

Ella se esforzó en recuperar el hilo de la conversación. Ah, sí. Habían estado hablando sobre arreglar la casa.

—Voy a pintarla. Por dentro y por fuera. Haré lo de dentro yo misma y contrataré a alguien para lo de fuera.

—Buena idea. No me gustaría verte caer de una escalera.

—Ni a mí —dijo ella y extendió las piernas—. También hay un par de ventanas que necesitan ser sustituidas y la cocina entera hay que arreglarla. Yo misma lijaré y barnizaré los armarios. He pedido ya nuevos electrodomésticos y alfombras. Creo que eso será todo.

—Parece que vas a estar ocupada.

—Ése es el plan. Empezaré despacio con la pintura. Habitación por habitación. Necesitará un par de capas, hace años que no se pinta.

Gage miró el cielo estrellado y luego a ella.

—Tendré un par de días libres dentro de poco. Puedo echarte una mano para mover cosas pesadas y llegar a los sitios más altos.

Kari se estremeció un poco al pensar en esa «mano».

—Soy lo bastante alta, puedo llegar a los sitios altos sola. Pero no rechazaré la ayuda que me ofrezcas.

—Entonces, cuenta conmigo.

Kari se encontró mirándolo de cerca mientras hablaba, como si lo que él decía tuviera una importancia esencial y quisiera respirar cada palabra. Suspiró. Lo que estaba sintiendo era más serio de lo que había creído. Después de tanto tiempo, ¿cómo podía ser que estuviera loca por Gage? No era posible, después de que ambos habían hecho su camino en direcciones tan diferentes.

Gage se levantó de pronto.

—Se está haciendo tarde. Es hora de que me vaya.

Ella esperó, sin aliento, hasta que él se despidió con una inclinación de cabeza y se dirigió a su casa.

—Buenas noches, Gage —dijo ella, como si no estuviera pensando en saborear sus besos de nuevo.

Pero eso no iba a suceder, era obvio. Parecía ser que un único beso había sido bastante para él. También para ella había bastado. Más que suficiente. De hecho, estaba muy agradecida porque él no volviera a intentarlo. Ella tendría que decir que no y la situación sería embarazosa para ambos.

Kari odiaba que no la hubiera besado.

La tarde siguiente, aún seguía tratando de adivinar la razón. Por qué no la había besado y por qué la molestaba. ¿No la encontraba atractiva? ¿No le había gustado su beso anterior? Odiaba que el hecho de que no la besara la hubiera tenido despierta toda la noche, igual que antes le había sucedido con el hecho de que la hubiera besado.

Era cosa del pasado, se dijo y se detuvo frente a los cajones de la cómoda en el dormitorio de su abuela. Sin embargo, después de tanto tiempo, se sentía de nuevo atrapada por lo que un día había sido.

Kari sacudió la cabeza para espantar los fantasmas y se sentó en el suelo para examinar los contenidos del cajón de abajo. Había varios jerséis cuidadosamente doblados y envueltos en bolsas de algodón. Levantó uno azul, admirando su tejido a mano y su diseño antiguo. Ése en particular había sido uno de los favoritos de su abuela. Podía verla con tanta claridad en su imaginación como si la mujer estuviera delante de ella.

—Oh, abuela, te echo de menos —murmuró—. Sé que hace mucho que te fuiste, pero aún pienso en ti todos los días. Y te quiero.

Kari hizo una pausa y sonrió mientras imaginaba que su abuela le respondía que también la quería. Más que nunca. En los buenos y los malos tiempos, su abuela había sido una constante en su vida.

Despacio, Kari guardó el jersey. Pensó que iba a necesitar unas cajas para ordenar las cosas que se iba a llevar con ella y separarlas de las que no. Tocó el jersey antes de cerrar el cajón. Ése se lo quedaría. Sería como un talismán, su forma de conectar con sus recuerdos más felices.

En el cajón de en medio había pañuelos para el cuello y guantes, mientras que en el de arriba estaban guardadas las joyas de uso diario de su madre. Había muchas piezas preciosas, recordó Kari mientras tocaba la libélula de un broche. También había un joyero con un collar de perlas y pendientes a juego y varias cadenas de oro. Quizá su abuela las había llevado también, aunque ella no lo recordaba.

Entre la bisutería del cajón, encontró el collar de perlas falsas con el que Kari solía disfrazarse de pequeña, unos brazaletes que sonaban al chocar entre sí en la muñeca, unos pendientes de mariposas y un pequeño broche con una rosa que su abuela le había prestado para que lo llevara el día de su primera cita con Gage.

Kari se acercó a la vieja cama para recostarse en ella, sentada en el suelo. Tocó el viejo broche y acarició sus pétalos, recordando cómo su abuela se lo había puesto cinco minutos antes de que Gage fuera a buscarla.

—Te dará buena suerte —había dicho su abuela con una sonrisa.

Kari sonrió, al mismo tiempo que luchaba para contener las lágrimas. Por aquel entonces, había deseado tener toda la buena suerte posible. No había podido creer que alguien tan apuesto como Gage Reynolds le hubiera pedido salir. Cuando él lo había hecho, ella había tenido que contenerse para no preguntarle por qué.

Pero no lo había hecho. Y, cuando se había puesto nerviosa estando con él, había tocado el broche de la suerte. Lo había hecho tantas veces que Gage al fin comentó algo sobre aquel broche.

Habían estado dando una vuelta, recordó Kari mientras sus labios temblaban ligeramente, intentando no dejar salir las lágrimas. Tras una cena en la que ella apenas había conseguido probar bocado, él la había llevado a dar un paseo por el parque de los castaños.

Aún podía oler el aroma de la tierra y oír los crujidos de las castañas bajo sus pies. Entonces, Kari había pensado que iba a besarla, pero no lo había hecho. En vez de eso, le había tomado la mano. Ella había creído que iba a caerse de espaldas ante su contacto.

No era la primera vez que alguien le daba la mano. Otros chicos lo habían hecho. Pero ésa era la diferencia… eran chicos. Gage era un hombre. Aun así, a pesar de la diferencia de edad y de la torpeza de ella, él había querido entrelazar sus manos mientras caminaban. Ella había pasado días reviviendo el momento.

Habían salido cinco veces antes de que la besara. Kari tocó el broche y sonrió al recordar que aquella tarde de octubre también lo había llevado. Una vez más, Gage le había invitado a cenar y ella sólo había conseguido comer la tercera parte del primer plato. No era que estuviera a dieta, nunca lo había estado hasta que llegó a Nueva York. Era que había estado demasiado nerviosa como para comer. Demasiado preocupada por tropezarse o hacer algo que la hiciera parecer inmadura. Después de salir cinco veces con él, ya se había enamorado de Gage. Su destino había sido sellado aquella noche, cuando se había apoyado en un castaño, con el corazón latiendo tan rápido como si fuera a salir volando.

Kari cerró los ojos, aún capaz de sentir la presión del árbol sobre su espalda. Había estado asustada y esperanzada y aprensiva y excitada, todo al mismo tiempo. Gage había estado hablando y hablando y ella había estado deseando que la besara. ¿Pero y si el no quería besarla?, se había preguntado entonces.

Sin embargo, sí lo había hecho. Gage le había tocado el broche y había comentado que era muy bonito. Pero no tan bonito como ella. Entonces, mientras ella sonreía por el cumplido, inclinó la cabeza y posó sus labios en los de ella.

Kari suspiró. Se dijo que de todos los primeros besos que había experimentado, ése había sido uno de los mejores. Antes de eso, había salido con algunos chicos y los había besado, pero nunca a ninguno como él. De hecho, no podía recordar ninguno de los primeros besos con otros chicos. Sólo recordaba el de Gage. Todo, desde la forma en que él puso las manos en sus hombros hasta cómo le había acariciado las mejillas con sus cálidos dedos.

Sintió un escalofrío en la espalda. Entonces, regresó la sensación de intranquilidad y volvió a preguntarse por qué él no se había molestado en besarla de nuevo la noche anterior.

De forma impulsiva, se prendió el broche en la camiseta. Quizá aún no había encontrado su media naranja, pero al menos tenía unos recuerdos maravillosos. Sin importar la manera en que había terminado, Gage la había tratado como a una reina mientras habían estado juntos. No había muchos hombres como él.

De pronto, Kari pensó que sería un sueño conocerlo en ese momento por primera vez. Tenía la sensación de que, sin el peso del pasado sobre ellos, los dos podrían construir algo hermoso juntos.

Se quedó un par de segundos soñando despierta, hasta que se recordó que no importaba lo que pasara si Gage y ella no se hubieran conocido antes. Possum Landing era el mundo de él y ella no había vuelto para quedarse.

Capítulo 5

TRAS subir las escaleras y decidir los colores que iba a utilizar para pintar, Kari hizo una lista de cosas para comprar en la ferretería. Habían abierto una tienda nueva en la autopista, unos grandes almacenes de ferretería a unos quince kilómetros. Era grande y pensó que tendrían mayor oferta y precios más bajos, además era menos probable que allí se encontrara con nadie conocido. Pero si llegaran a enterarse en el pueblo de que iba a empezar un proyecto de reforma sin pasarse primero por la ferretería de Greene, lo más seguro era que alguien pusiera una queja por escrito en el ayuntamiento. Su abuela siempre le había enseñado la importancia de apoyar a la comunidad. Y el viejo Ed Greene había tenido la tienda local desde antes de que Kari naciera.

Nueva York era una ciudad grande formada por barrios pequeños. Con el tiempo, Kari había llegado a entablar cierta amistad con los chinos que trabajaban en el sitio de comida rápida donde comía una vez a la semana, así como con la mujer que llevaba la tintorería. Pero aquellas relaciones no tenían a sus espaldas la misma historia que las que se mantenían en Possum Landing.

Así que se dirigió a la tienda de Greene y aparcó en el aparcamiento, que no había sido pavimentado desde los años ochenta. Aún estaba allí el cartel de metal con el nombre de la tienda y un viejo anuncio de pintura para exteriores. Varios anuncios pasados de moda cubrían las ventanas de la entrada.

Kari sonrió, sabiendo que habría mucha mercancía esperándola dentro. Si no tenía cuidado, saldría con mucho más de lo que había ido a buscar. Recordó el día que su abuela había vuelto a casa con una vieja veleta en forma de gallo. Nunca había conseguido comprender cómo el viejo Ed había conseguido vendérsela a su abuela.

Kari sacó la lista de su bolso, decidida a no dejarse engatusar. Subió las viejas escaleras de madera y llegó a la entrada.

Había una fila de viejas vitrinas junto a la entrada. Contenían de todo, desde pinceles, libros de instrucciones para el mantenimiento del césped y paquetes de semillas exóticas. A la derecha, había un largo mostrador de madera. Detrás de él, colgaban docenas de herramientas de una manera en apariencia desordenada. El lugar olía a barniz, polvo y madera cortada. Por un momento, Kari se sintió como si tuviera ocho años de nuevo. Casi podía oír a su abuela llamándola para que no tocara nada.

—¿Kari?

La voz femenina le resultó familiar. Kari se giró y vio a Edie Reynolds saliendo de la habitación trasera. La madre de Gage era una mujer alta de pelo oscuro, aún atractiva y llena de energía. Sonrió y se acercó a ella para abrazarla.

—Oí que habías vuelto al pueblo —comentó Edie tras soltarla—. ¿Cómo estás? Tienes muy buen aspecto.

—Tú también —consiguió decir Kari, tan sorprendida por aquel recibimiento tan amistoso que fue incapaz de remarcar que no había vuelto de forma definitiva. Sabía que la madre de Gage había conocido los planes que su hijo había tenido de proponerle matrimonio y ella había roto la relación de una manera nada honorable. Parecía ser que Edie había decidido olvidar y perdonar.

Edie sacó una de las banquetas delante del mostrador y se sentó, invitando a Kari a imitarla.

—Cuéntame. ¿Te estás quedando en casa de tu abuela, verdad? Lo cierto es que es tu casa ahora.

—Yo aún la considero suya —admitió Kari—. Quiero arreglarla y venderla. Por eso he venido. Necesito comprar algunas cosas.

—Tenemos de todo —repuso Edie y rió—. Así que has estado en Nueva York. ¿Te gustó? Gage me mostró algunas de tus fotos. Saliste en revistas bastante importantes.

—Conseguí ganarme la vida. Pero no era la profesión de mi vida. Fui a la universidad y me saqué el título de maestra.

—Me alegro por ti —afirmó Edie y miró a su alrededor—. Como puedes ver, nada ha cambiado.

Kari no sabía si estaba o no de acuerdo. Algunas cosas parecían diferentes, mientras que otras, como su reacción ante Gage, parecían no haber evolucionado en absoluto.

—Es diferente que trabajes aquí, por ejemplo —comentó Kari—. Antes solamente estaba aquí el viejo Ed.

—Empecé a trabajar a media jornada un año después de que Ralph muriera. No necesitaba el dinero, pero necesitaba con desesperación salir. Se me estaba cayendo la casa encima.

—Siento lo de Ralph.

Edie suspiró.

—Era un buen hombre. Uno de los mejores. Aún lo echo de menos, claro. Siempre lo echaré de menos —aseguró Edie con una sonrisa—. Lo que puede parecer contradictorio con la noticia de mi boda.

—En absoluto. Creo que es maravilloso que encontraras a alguien.

—Nos conocimos aquí mismo —explicó Edie, con los ojos brillantes—. Está jubilado ahora, pero entonces seguía trabajando. Se quedó sin clavos y se pasó por aquí para comprar. Fue una de esas cosas… especiales. Con John, todo parecía bien. De alguna manera, supe que era el indicado.

Kari envidió la certeza de la otra mujer. Ella había salido con varios hombres y ninguno de había parecido adecuado. Bueno, menos Gage, pero eso había sido hacía años.

—¿Cuándo será la boda?

—Este otoño. Aún estamos planeando la luna de miel. No puedo esperar.

—Suena maravilloso.

—Eso espero. Pero ya está bien de hablar de mí, cuéntame sobre ti. Apuesto lo que sea a que no esperabas encontrarte con un atraco a un banco para darte la bienvenida.

—Conseguí evitar la delincuencia en todo el tiempo que estuve en Nueva York y, menos de veinte horas después de llegar a Possum Landing, tenía a un hombre apuntándome a la cabeza con una pistola. Gage fue muy valiente.

—Lo sé. No me gusta que se pusiera en peligro pero, como él mismo me dijo, es su trabajo. Al menos, la buena noticia es que no tiene que ponerse a prueba muy a menudo. Possum Landing no tiene apenas delincuencia.

Charlaron unos minutos más y Edie ayudó a Kari a elegir la pintura, brochas, cubos y todo el equipo necesario para su proyecto de pintar la casa.

Kari salió de la ferretería con el coche lleno y el ánimo alto. Era muy agradable estar en un lugar donde todo el mundo conocía su nombre.

—Espero que estés despejada ya —advirtió Gage, entrando por la puerta de atrás sin llamar.

Kari no se molestó en mirarlo. En lugar de eso, llenó otra taza de café.

—Buenos días a ti también —saludó ella, girándose para mirarlo y tenderle la taza de café.

Entonces, se quedó sin palabras, al posar la mirada en los vaqueros gastados y la camiseta vieja que llevaba. Estaba tan sexy…

Después de desayunar, se prepararon para pintar, moviendo todos los muebles de la habitación hacia el centro.

—Tu abuela me contó que hiciste algunos trabajos extra antes de conseguir ganarte la vida como modelo. ¿Hiciste de pintora de casas? —preguntó Gage.

—No. Para eso, hay que pertenecer al gremio. Hice otras cosas, como pasear perros, llevar paquetes…

—¿Trabajaste de camarera?

—No. Estaba a dieta y ver comida cerca era una tortura. Lo que más me gustaba era cuidar casas. Vi sitios preciosos, con vistas maravillosas y sin cucarachas.

—¿Tuviste miedo alguna vez?

—A veces. Nunca había estado sola. Fue una prueba de fuego.

Gage disfrutó conociendo los detalles de su vida en Nueva York, pero no hizo la pregunta que realmente quería. ¿Lo había echado de menos?

—Las cosas estuvieron tranquilas cuando te fuiste —dijo él.

—Lo siento si… —comenzó a decir ella—. Siento si te resultó difícil cuando me fui. Nunca me atreví a preguntártelo.

Gage recordó aquellos días. Las cosas se saben rápido en un pueblo pequeño y todo el mundo sabía que había llevado el anillo de compromiso a la fiesta de fin de curso para dárselo a Kari. Después, estuvieron mucho tiempo preguntándole si de veras estaba bien.

—No fue tan malo —afirmó él.

Y era cierto. El golpe que había recibido en su orgullo no había sido nada comparado con cómo se le había roto el corazón. Nunca había estado enamorado antes. Que Kari se fuera tan fácilmente le había enseñado una difícil lección: amar a alguien no garantiza ser amado.

Hasta que Kari lo dejó, había dado por sentado que iban a pasar el resto de su vida juntos. Había planeado un futuro con una sola mujer. Al descubrir que ella no compartía su sueño… o no quería casarse con él… le había destrozado sus esperanzas y le había roto el corazón.

—Solía buscar tus fotos en las revistas de mujeres —admitió Gage.

—No puedo creer que las compraras —comentó ella, riendo.

—A veces. Pero iba al pueblo de al lado a comprarlas.

—Eso espero. La gente hablaría si supieran que alguien tan importante como tú en Possum Landing compra esas revistas —señaló Kari y dejó de reír—: Supongo que te cansaste antes de encontrarme.

—No. Te dije que había visto ese anuncio de cosmética para el pelo.

Y la había visto en más sitios. Había necesitado casi cinco años para dejar de pensar en ella.

—Fue mi primer gran trabajo.

—Me gustó el anuncio de lencería —comentó él—. Te quedaba bien el conjunto negro, pero me gustaba más el azul.

A Kari se le cayó la brocha de la mano. Miró a Gage, sonrojada.

—¿Lo viste?

—Sí.

Kari se aclaró la garganta y recogió la brocha.

—Sí, bueno, no sé cómo las modelos de lencería pueden soportarlo. Lo pasé mal llevando tan poca ropa, con todo el mundo mirándome. Además, estaba muerta de hambre, llevaba tres días sin comer para no estar hinchada. Comenzaba a estar un poco mareada por eso y temí poner una cara rara que no le gustara al cliente —aseguró y tembló un poco—. Nunca quise ver esas fotos cuando se publicaron. Eran parte de mi porfolio, pero las evitaba.

—Estabas muy guapa —afirmó él—. No sabía lo que guardabas bajo toda la ropa que solías llevar.

—Las partes del cuerpo normales.

—Ya, pero son los detalles lo que importa, querida.

Kari se rió.

Trabajaron en silencio durante unos minutos. A Gage no le importaba que no hablaran. Necesitaba acostumbrarse a estar cerca de Kari. En un momento de su vida, lo había significado todo, luego se había ido y él había tenido que imaginar la vida sin ella. El tenerla de vuelta lo hacía sentir confuso. Su cuerpo tenía muy claro lo que deseaba de ella, pero el resto de él no estaba tan seguro.

Pero no importaba, se dijo. Al fin y al cabo, Kari estaría allí poco tiempo. Lo que sólo significaba que si hacía el amor con ella volvería a enamorarse como un tonto. Y no iba a dejar que eso sucediera de ninguna manera.

—Siempre quise darte las gracias —dijo Kari.

Gage se fijó en que ella estaba teniendo cuidado en no mirarlo.

—Por lo que hiciste… o no hiciste, cuando salíamos —terminó ella.

Gage no tenía ni idea de qué hablaba:

—¿Qué hice?

—Ya sabes —contestó ella, encogiéndose de hombros.

—Lo cierto es que no.

—Nunca me presionaste. Ahora la diferencia de edad entre nosotros es insignificante, pero entonces lo era todo. Habías estado en el ejército y habías viajado por el mundo. Habías visto y hecho cosas y nunca … —explicó ella hasta que su voz languideció.

—¿Hablas de sexo?

Por segunda vez en una hora, Kari se sonrojó.

—Sí. Nunca me presionaste. Entonces no le di importancia, pero ahora sé que la tiene. Querías conseguir cosas de mí, pero nunca me diste la sensación de que estaba obligada a hacerlo para conservarte.

—No era así, Kari. Quería casarme contigo. No iba a dejarte tirada porque fueras joven e inocente.

—Lo sé. Sólo quería darte las gracias.

Gage se preguntó qué tipo de hombres había conocido ella para pensar que su comportamiento había sido algo fuera de lo normal.

—La primera noche que te vi, pensé que eras mi caballero andante —confesó ella.

—Estaba haciendo mi trabajo nada más, y tú fuiste muy afortunada de que pasara por allí.

—Lo sé —admitió Kari y sonrió con tristeza—. Estaba tan emocionada por haber sido invitada a esa fiesta con chicos universitarios… nunca antes había ido a una. Había estado en la fiesta de los diecisiete años de Sally, pero allí había habido sólo chicas y nada de alcohol.

—A menos de que hayas cambiado mucho, no te gusta beber —señaló él.

Kari rió.

—Oh, no quería beber, sólo quería estar allí con aquellos chicos tan mayores y populares. Yo nunca fui tan popular.

Aquello sorprendió a Gage. Recordaba que Kari había tenido muchos amigos en el instituto. Pero sabía que nunca había pertenecido a ninguna pandilla. En parte porque no había encajado bajo ninguna etiqueta y en parte porque había sido demasiado guapa. Solía intimidar a los chicos y alienar a las chicas.

—Tenían tanto miedo —continuó ella con un suspiro—. Andando sola por esa callejuela…

—Es natural que tuvieras miedo.

Gage recordó su primer encuentro. Él se había mudado a Possum Landing después de salir del ejército y había aceptado el puesto de ayudante del sheriff. Un año después, se había comprado una casa justo al lado de la de la abuela de Kari. Durante la mudanza, se había fijado en la hermosa joven vecina. No había pensado nada más sobre ella. No hasta que lo habían llamado para ir a ver una fiesta con la música demasiado alta, al otro lado del pueblo.

Gage había ido a dar un aviso, sabiendo que los vecinos iban a llamarlo de nuevo dentro de media hora. La segunda vez que tuviera que ir, iba a ponerse más duro, pero siempre había pensado que todo el mundo merecía una segunda oportunidad. De camino a la comisaría, se había encontrado con un viejo Cadillac conducido a muy poca velocidad por cuatro universitarios muy borrachos. Gage había encendido las luces largas de su coche. Algo se había movido en un lado de la calle, llamando su atención. Entonces, había caído en la cuenta de que allí había una joven con aspecto asustado y de estar fuera de lugar.

Había imaginado la situación en menos de un minuto. La joven habría ido a la fiesta salvaje, habría querido escapar y, al no tener quién la llevara a casa, había tenido que ir andando. Los jóvenes borrachos la habían seguido, buscando problemas. Él había dicho a la chica que entrara en el coche patrulla antes de advertir a los chicos que volvieran a la fiesta, si no querían ser arrestados por conducir borrachos. Ellos habían protestado pero al final se habían mostrado de acuerdo. Se había llevado las llaves de su coche y les había dicho que se las devolvería al día siguiente en comisaría, si iban a acompañados de uno de sus padres. Entonces, había vuelto a su coche para encontrarse con una adolescente luchando por no llorar.

Gage había rezado porque ella no se viniera abajo antes de llegar a su casa. Ella le había dado su dirección y, sólo entonces, se había dado cuenta de que era su vecina.

Recordó lo preocupado que se había sentido. Kari era sólo una niña. Pero había estado bebiendo.

—Casi vomitas en mi coche —se quejó Gage, dando voz a sus pensamientos.

—No lo hice. Salí de tu coche antes de vomitar.

—Tenías un aspecto horrible.

—Vaya, gracias. Me sentía fatal. Pero tú fuiste muy amable. Me prestaste tu pañuelo y todo.

—Sí, pero recordarás que no te pedí que me lo devolvieras.

Kari rió:

—Sí, me di cuenta. Hacía mucho tiempo que no pensaba en esa noche. Todos en la fiesta estaban borrachos. Yo bebí un poco, pero no lo suficiente como para perder el control. Algunos chicos querían tener sexo conmigo, pero yo no quería.

—Así que te pusiste a andar hacia tu casa.

—Y tú me salvaste.

—Te llevé a casa.

—Sí y me diste una buena charla sobre lo estúpida que había sido.

Gage recordó aquello. No la había dejado salir del coche hasta que no terminó de darle un buen sermón. Ella lo había escuchado con ojos muy abiertos hablar sobre los peligros de fiestas que se salían de control.

Ya había hecho eso antes con otros jóvenes, pero era la primera vez que lo habían asaltado pensamiento que no tenían nada que ver con su trabajo.

—Entonces me preguntaste cuántos años tenía —continuó Kari—. No me imaginé por qué. Pensé que igual ibas a arrestarme.

—No exactamente.

—Ahora lo sé.

—Habías cumplido dieciocho años dos días antes. Yo tenía veintitrés, casi veinticuatro. Seis años parecía mucha diferencia.

—Pero me pediste salir de todos modos.

—No pude evitarlo.

Gage decía la verdad. Había intentado convencerse para olvidarla durante casi un mes. Al final, había ido a ver a la abuela de Kari y le había pedido su opinión.

—Mi abuela decía que estaba bien —afirmó Kari con voz suave—. Creo que esperaba que me casara contigo y viviera en la puerta de al lado.

Kari se giró con brusquedad y Gage creyó ver lágrimas en sus ojos.

—A ella le habría gustado —comentó él—. Pero más que nada, deseaba tu felicidad.

—Lo sé. Es sólo que… Estar aquí me hace echarla de menos. Qué tontería, ¿verdad?

—No. La amabas. Eso no es una tontería.

Kari lo miró agradecida y Gage sintió un nudo en la garganta. Al estar de vuelta, ella echaba de menos a su abuela, pero él echaba de menos otras cosas. Era raro, pero echaba de menos cosas que nunca habían pasado. No tenía recuerdos de haber hecho el amor con ella, porque no había sido así, pero sabía con exactitud cómo sería la experiencia. Conocía su sabor y cómo se sentiría ella. Conocía los sonidos que ella haría y la magia que los envolvería. A pesar de los años y la distancia, aún la deseaba.

—Siempre fuiste muy comprensivo —comentó Kari.

—No creas.

—Me entendías entonces y aún me entiendes.

—Quizá es que eres fácil de entender.

—Debe de ser eso —dijo ella, riendo.

Gage no quería que fuera otra cosa. No quería tener ninguna conexión con Kari Asbury. El sexo era fácil, pero cualquier otra cosa sería una complicación… y un peligro.

—Lo más probable es que seas bueno con las mujeres —prosiguió ella—. Yo caí rendida a tus pies en veinte segundos y ahora tienes a Daisy loca por ti.

—No quiero hablar de ninguna de las dos.

—Quieres hablar de mí, ¿no? —preguntó ella con tono provocativo—. ¿No te apetece recordar viejos tiempos?

—¿No es lo que hemos estado haciendo?

—Supongo —dijo Kari—. ¿Te has acostado con ella?

—No.

—Tampoco te acostaste conmigo. A veces te acuestas con las mujeres, ¿no, Gage?

Gage mantuvo la expresión seria y siguió pintando.

—Claro. Pero soy de los amantes que están encendidos toda la noche y eso afecta a mi descanso. No puedo tomar a ninguna mujer más hasta que recupere el sueño.

—Oh, por favor.

—¿Ahora? ¿Quieres hacerlo en el suelo?

Kari rió y, pronto, su risa se extinguió.

—Siento que tú no fueras el primero —afirmó y se encogió de hombros—. Lo siento. Es probable que no te guste saber eso.

Gage se sintió sorprendido por la confesión, seguramente porque él lamentaba la misma cosa.

—Yo también lo quería —admitió—. Lo pensé mucho pero preferí esperar…

—Y yo me fui —dijo ella, terminando la frase—. Lo siento. Por muchas razones.

—Yo también.

No hablaron durante un rato, pero Gage no se sintió incómodo por eso. Siempre se había sentido a gusto cerca de Kari. No había creído que fuera necesario hacer las paces con el pasado, pero hablar las cosas no hacía mal a nadie.

Al final dejó la brocha y se estiró:

—Eh, llevo más de dos horas trabajando. Es hora de hacer un descanso. Y de que me prepares un emparedado.

—Disculpa, pero creo que te avisé de que no iba a preparar comida.

—Nada de eso. Quieres cuidar de mí, es algo típicamente femenino.

—Soy alta y fuerte, Gage. Y te puedo.

—Ni lo sueñes, pequeña.

Capítulo 6

QUÉ quieres decir con que no vas a ayudarme a recoger? —preguntó Kari, simulando indignación, cuando terminaron de comer.

Gage se recostó en la silla. Parecía lleno, satisfecho y muy sexy.

—Me he preparado mi propio emparedado —señaló él—. A pesar de tus protestas. Y he traído las ensaladas de macarrones y patata.

—Pero no las has hecho tú, sino tu madre.

—Yo las he traído y hay que tener en cuenta que nuestras casas están muy alejadas —dijo él y levantó un dedo—. Te estoy ofreciendo mano de obra gratis y buena compañía, creo que la tarea de limpiar es tu responsabilidad.

Kari negó con la cabeza, más encantada que irritada.

—Necesitas casarte para que una mujer te meta en cintura.

Gage se miró el estómago.

—¿No te gusta mi cintura? Nunca había tenido quejas antes.

Kari no quiso pensar en el aspecto que él tenía con esos vaqueros y esa camiseta. Un rápido vistazo a sus músculos y a la forma en que se movía bastaba para hacerle temblar. Pero no pensaba admitirlo.

—Estás pasable —comentó ella, en tono de aburrimiento.

—Lo que pasa es que estás acostumbrada a los modelos tan cursis de Nueva York.

Ella rió.

—Algunos de ellos son realmente guapos.

—Los hombres de verdad son de Texas.

—¿Como tú?

—Exactamente.

Estaban coqueteando, se dijo Kari. No era algo que ella hiciera a menudo, sobre todo porque temía meter la pata. Pero con Gage eso parecía no importar. Si ella daba un paso en falso, él no diría nada que la hiciera sentir mal. Era un hombre que daba seguridad.

El pensamiento la sorprendió. ¿Por qué aún pensaba que Gage daba seguridad? ¿Qué sabía de él? podía haber cambiado. Lo más seguro era que así fuera, pensó, aunque no en lo que se refería a su carácter.

—Quizá me eche la siesta.

—No lo harás —replicó ella—. Se puede decir que te estoy pagando para que me ayudes, así que es mejor que muevas el trasero y subas las escaleras para seguir trabajando.

—Oblígame —invitó él, sonriendo.

Algo caliente y sensual se prendió dentro de ella. Algo que le hizo desear ser capaz de dar una respuesta ingeniosa o tener el coraje de caminar hasta él y…

El teléfono sonó.

—Salvada por la campana —murmuró Kari mientras iba a responder.

—Empezaré a trabajar —indicó él, levantándose—. Pero no tardes mucho. Llevo la cuenta del tiempo y, si hago más horas que tú, tendrás que pagarme mucho.

Kari le hizo un gesto con la mano y descolgó el teléfono.

—¿Hola?

—Hola, tesoro. ¿Cómo estás?

Kari se sintió de pronto llena de tensión. Su buen humor desapareció.

—Hola, mamá. Estoy bien. ¿Y tú?

—Tu padre y yo estamos planeando un viaje pronto. Ya sabes, como siempre.

Kari lo sabía. Odiaba que, veinte años después, aquello aún la hiciera sentir enojada y triste.

—Recibí tu carta —continuó Aurora Asbury—. No entiendo por qué escribes cartas en vez de llamar. Aunque siempre me gusta saber de ti

—Gracias —repuso Kari, sin querer admitir que escribía porque era la única forma de comunicarse y porque era mucho más fácil que hablar por teléfono para ella.

—¿Cómo está la casa? —preguntó Aurora—. Está tan vieja… ¿De veras crees que podrás arreglarla?

—Claro. No será mucho trabajo y me gusta el reto —respondió Kari, sintiéndose a la vez perpleja ante la llamada de su madre y un poco culpable por querer vender la casa.

Su abuela, la madre de Aurora, se la había dejado a ella, no a su madre. Su madre nunca había estado allí, había estado recorriendo el mundo con su padre.

—Creo que es un buen plan el de venderla —comentó su madre—. Había pensado que querrías guardarla en honor a los viejos tiempos.

—No quiero hacer eso —replicó Kari y tomó aliento—. Bueno, ¿qué tal Houston?

—Cálido y húmedo —dijo Aurora y suspiró—. No puedo esperar a que llegue el próximo destino para tu padre. Pronto cruzaremos el Atlántico. Me gustaría algo en el Este, pero ya sabes cómo es la compañía. Nunca sabemos nada seguro —explicó y tras un silencio, añadió—: ¿Estás segura de que estarás bien allí, en Possum Landing, cariño? Es un pueblo tan pequeño. Podrías contratar a alguien para que remodelara la casa y quedarte con nosotros unas semanas.

Kari se sintió irritada. La invitación llegaba varios años tarde.

—Estoy bien aquí. Me gusta recordar.

—No entiendo por qué quieres vivir en Texas después de haber vivido en Nueva York, pero la elección es tuya —señaló Aurora—. Pensaba hacerte una visita rápida en las próximas semanas.

—Claro, estaría bien. ¿Cuándo? —repuso Kari, poniéndose tensa. Lo que en realidad quería preguntar era por qué, pero no lo hizo. No quiso ser cruel con su madre que, aunque tenía muchos fallos nunca había sido mala con ella.

—No estoy segura. Cuando lo sepa, te lo diré.

—Bien. Bueno, voy a seguir pintando.

—De acuerdo, cariño. Cuídate.

—Y tú, mamá.

Kari se despidió y colgó. Se quedó en la cocina durante unos minutos, intentando recobrar su buen humor. No lo consiguió y pensó que Gage sería el mejor antídoto contra su burbuja de tristeza, así que se dirigió al piso de arriba.

—Llegas tarde —se quejó él—. Voy a tener que… —al mirarla, se interrumpió—. ¿Qué ha pasado? ¿Malas noticias?

—No. Era mi madre.

—¿Y?

—Y nada. Puede que venga a visitarme.

Gage no dijo nada. Recordaba con claridad que la relación de Kari con Aurora siempre había sido difícil.

—Sé que no debería darle importancia —comentó ella, encogiéndose de hombros, y tomó la brocha.

—Nadie ha dicho eso.

—Supongo —dijo ella y se acercó a la pared que quedaba por pintar—. Es sólo que no puedo superar lo que me hizo. Quiero decir, ¿por qué tener una hija si vas a abandonarla después?

Kari pensó que Gage iba a defender la decisión de Aurora, pero no fue así.

Ella se alegró. A veces, era feliz con su vida, sobre todo cuando todo le iba bien y su madre no llamaba. Pero otras veces tenía la misma sensación de pérdida y confusión que cuando era joven.

Sus padres se habían casado cuando su madre apenas había tenido dieciocho años. Su padre era ingeniero petroquímico y trabajaba para una gran compañía petrolera. Kari había nacido dieciséis meses después de la boda y, cuatro meses después, su padre había sido destinado a otro continente. De alguna forma, habían decidido dejar a Kari con su abuela. En principio, había sido una solución temporal, porque les había parecido mal llevarse tan lejos a un bebé tan pequeño. Pero, de alguna manera, Aurora nunca había vuelto para reclamar a su hija.

—Me pasé toda la vida esperando que volviera a buscarme —explicó Kari—. No me malinterpretes. Me encantaba vivir con mi abuela y, tras un tiempo, me hubiera resultado muy difícil dejar esto para irme con ellos. Pero aunque era feliz, me hizo daño.

Gage le tocó el brazo. Ella sonrió agradecida.

—La cosa es que siempre utilizaron la excusa de que no querían ir con un bebé a otro continente. Pero mis hermanos nacieron al otro lado del Atlántico y nunca pensaron en enviarlos aquí.

—Ellos se lo perdieron —comentó Gage con gentileza.

—Es lo que yo me digo de vez en cuando —repuso ella tratando de sonreír—. A veces, hasta me lo creo.

Kari intentó quitarse los pensamientos tristes de la cabeza. tenía una vida estupenda, no necesitaba que apareciera su familia para complicarlo todo.

—Estoy bien —aseguró ella—. De veras. Aquéllos que no hemos nacido en una familia perfecta tenemos que aprender a aceptarlo.

—Nosotros tampoco éramos perfectos —indicó Gage con una sonrisa.

—Sí que lo erais. Vuestros padres se amaban, teníais un hogar, un hermano que pudiste conocer y con quien pasaste mucho tiempo. ¿Qué más se puede pedir?

—Supongo que si lo pones de esa forma… —comentó Gage y se encogió de hombros—. Pero no siempre fue bueno para Quinn. Él y mi padre nunca se entendieron.

Kari no había conocido al hermano menor de Gage. Se había ido a hacer la carrera militar antes de que ella conociera a Gage.

—¿Cuál era el problema?

—Nunca lo supe. Quinn era un poco rebelde, pero el problema había comenzado antes de eso. Es casi como si…

Kari no quería presionarlo así que cambió de tema.

—¿Qué está haciendo Quinn ahora?

—Sigue en el ejército.

—¿Sí? ¿Haciendo qué?

—No lo sé. Pertenece a un grupo secreto de operaciones. Viajan por el mundo y se encargan de… cosas. Quinn elimina a personas.

—¿Las mata? —preguntó Kari, sorprendida.

Gage asintió.

—¿Para ganarse la vida?

—Sí.

Kari no podía imaginarse algo así. Matar a alguien estaba fuera de su entendimiento. Quiso preguntar más cosas, pero tuvo la sensación de que a Gage no le apetecía hablar de ello.

—Bueno. Entonces, supongo que el hecho de que uno de mis hermanos sea contable y el otro zoólogo es muy aburrido en comparación.

—Creo que sí.

Ella le sacó la lengua.

—Qué infantil —murmuró él—. Ya veo que no has cambiado nada.

—Claro que he cambiado. Soy más encantadora que cuando me fui.

—Eso no era muy difícil. Además, aquí yo soy el encantador.

Gage sonrió y Kari no pudo evitar reír.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella.

—Creo que es por algo que me has dado de beber —dijo él con tono burlón—. Después de todo, la familia Reynolds ha estado en Possum Landing durante cinco generaciones. Eso nos hace muy especiales.

—¿Alguna vez te has preguntado qué les trajo hasta aquí?

—El sentido común.

—Claro. Porque todos en América quieren vivir en un sitio llamado Possum Landing.

—Eso es.

Kari continuó pintando la pared, mientras que él comenzaba con las puertas del armario. No hablaron durante un rato. Cuando hubieron terminado con la habitación y comenzaban a irse, ella le tocó la mano.

—Gracias —dijo Kari—. Por venir y hacerme reír.

—Me alegra poder ayudar. Pasara lo que pasara, Kari, siempre hemos sido amigos.

Amigos. ¿Era eso lo que ella quería también?

Pasaron el resto de la tarde moviendo muebles del segundo cuarto y preparando las paredes. A las tres, comenzaron a dar la primera capa de pintura.

—Es un color muy de niña —bromeó Gage, mientras pintaba de amarillo.

Kari levantó la vista desde la puerta, donde estaba pintado el marco.

—No lo es. El rosa sí. El amarillo es neutral. Quería algo alegre y brillante para esta habitación.

—¿Y qué tal unos focos en el techo?

Kari se giró para ocultar su sonrisa.

—Te ignoro.

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