Kitabı oku: «Saudade»


SAUDADE
© Susana García Nájera
Foto de portada: Antonio Faci
© Corrección de ortotipografía: Álvaro Martín Valcárcel
© de esta edición: Olé Libros, 2021
ISBN: 978-84-18759-47-5
Producción del ePub: booqlab
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KALOSINI, S. L.
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Para mis hermanos, Lydia, Begoña, Modes, Mónica y Pedro.
Porque menos por menos es más.
Saudade es un vocablo de difícil definición que expresa un sentimiento afectivo primario, próximo a la melancolía, estimulado por la distancia temporal o espacial a algo amado y que implica el deseo de resolver esa distancia. A menudo conlleva el conocimiento reprimido de saber que aquello que se extraña quizá nunca volverá.
La corteza terrestre está formada por placas tectónicas que se mueven constantemente aunque no lo notemos.
Sin embargo, hay lugares donde esas placas encuentran algún obstáculo en su movimiento y al chocar se produce el terremoto.
Adiós ríos, adiós fontes
adiós, regatos pequenos;
adiós, vista dos meus ollos,
non sei cándo nos veremos.
ROSALÍA DE CASTROCantares gallegos, 1863
PARTE I
ANTÍA (1955)
La felicidad es más rara que un cuervo blanco. Eso es lo que decían en el pueblo, pero aun así, desde que era una niña, Antía siempre miraba al cielo con la esperanza de divisar alguno. Según fue creciendo dejó de buscar cuervos blancos por todas partes y cuando menos se lo esperaba, por ser el día más triste de su vida, vio uno.
Eso no sucedió hasta muchos años después, justo uno antes de su muerte.
Ahora Antía tiene veintisiete años y está junto a la ventana, en camisón y con el pelo suelto, sin recoger. Faltan muchas horas para que amanezca. La luna está llena y su luz es tan intensa que clarea toda la habitación, caldeada por la respiración tibia y el sueño que nunca llegó. Vuelve a tomar la carta y mira de nuevo la fecha.
En los cinco años que Xaime llevaba en Argentina, le había escrito muy pocas veces. La primera carta la recibió unos meses después de irse y así se enteraron ella, su familia y el resto del pueblo de que había llegado a tierra sano y salvo; pero cuando recibió las siguientes, Antía las fue rompiendo una por una en mil pedazos e imaginó no haberlas recibido jamás. Sin embargo, esta última carta no la ha podido romper. Está sobre el aparador y en ella su marido escribe, con letra temblorosa, que por fin regresa a su hogar, aquel del que nunca debió haberse marchado.
Las gentes de Cambados, extrañadas ante la falta de noticias, inventaron toda clase de historias acerca de la suerte que Xaime pudo haber corrido allá, en Buenos Aires. Como la fama de pendenciero le precedía desde bien joven, eran muchos los que rumoreaban que habría acabado muerto en una trifulca de borrachos en algún bar porteño. Otros, que se había hecho rico y había desaparecido con su dinero y el de los otros dos hombres de O Grove con los que había embarcado en el puerto de Vigo. Y un tercer rumor decía que había formado su propia familia allí y no quería saber nada de la que dejó en tierra gallega. Ahora, Antía mira la carta en medio de la oscuridad, como un lobo a su presa, y hubiera preferido cualquiera de las tres historias a la real: su marido volvía a casa y, por la fecha del matasellos, su llegada era inminente.
A Antía le viene a la cabeza la poesía que cantan las mujeres en la playa mientras cosen las redes por las tardes, cuando los barcos vuelven de faenar:
«Este se va y aquel se va,
y todos, todos se van.
Galicia, sin hombres quedas
que te puedan trabajar».
Como si no fueran suficientes todos aquellos rumores, Antía comenzó a vivir con Zaquiel al año escaso de la partida de Xaime, quien, vivo o muerto, decían, a los ojos de Dios aún seguía siendo su marido. ¡Y encima en su propia casa! ¡Y además con sus hijas delante! Así que el marido ausente se convirtió en un mártir y ella no se libró del escarnio y la humillación por parte de los vecinos de Cambados: unos apenas le dirigían la palabra, otros le volvían la cabeza cuando pasaba, negándole el saludo, y las mujeres callaban sepulcralmente en cuanto ella se acercaba. Pero se vivían tiempos de penuria, por lo que los cambadeses tenían otras cosas mucho más importantes en las que pensar, sobre todo en cómo sobrevivir, y eso, la supervivencia, los igualaba a todos, por lo que, pasados unos meses, el agravio de Antía se transformó en indulgencia.
–Pois ¿qué va a hacer la mujer si el otro se ha ido y la ha dejado sola con duas fillas pequenas? —decía una en un corrillo de la plaza de Abastos.
–Antía é fermosa e xoven aún —respondía otra.
–E traballa como unha mula, a pobriña —añadía una tercera.
—Zaquiel é um bo home —sentenciaba la última, y el grupillo se dispersaba y emprendía la vuelta a casa, siempre con prisas, para hacer la comida porque la hora se les había echado encima.
Y eso era verdad: Zaquiel era un buen hombre. Además, era el maestro del pueblo y, para muchos, la persona más culta que conocían, un hombre de letras. En poco tiempo, enseñó a todos los chavales a leer y a escribir y ya solo con eso los chicos habían alcanzado y sobrepasado de lejos la formación de sus propios padres y generaciones previas, la mayoría analfabetos. Las madres, como todas las madres, deseosas de un futuro mejor para sus hijos, habían acogido de buenas maneras las enseñanzas de Zaquiel:
–¡Que nuestros muchachos aprendan ahora! Ya tendrán tiempo para echarse a la mar —se decían las unas a las otras.
Tienes, en cambio, huérfanos y huérfanas
y campos de soledad,
y madres que no tienen hijos
e hijos que no tienen padres.
Aparte, por todos era sabido que Zaquiel era también quien escribía y entregaba las cartas a los maquis, la guerrilla antifranquista que se había echado al monte y desde allí resistía, que no era poco.
–¡Alguien lo tiene que hacer! La mayoría no sabe ni leer ni escribir —exclamaba Zaquiel.
–¿Y tienes que ser tú? —le recriminaba Antía en voz baja—. La Guardia Civil no deja de merodear por el pueblo haciendo preguntas. Un día, te llevan preso. A la gente le gusta hablar.
–Con ellos no.
–Si se enteran…
–¡Qué se van a enterar! Estate tranquila, mujer. Además, esos hombres no durarán mucho en el monte, huirán lejos. Ya nadie los apoya, ni el partido. No te preocupes tanto, por Dios.
Pero demasiado bien sabían Dios y todos los habitantes de Cambados que, como la Guardia Civil diera con el enlace que escribía y llevaba el correo, el maestro iba a tener un problema muy gordo, tan gordo como ser fusilado por traición.
Y tienes corazones que sufren
largas ausencias mortales,
viudas de vivos y muertos
que nadie consolará.
Antía se pasea a oscuras por la habitación como el lobo hambriento que esta noche es. La única carta que ahora le importa de verdad es la que está sobre el aparador y que ha leído tantas y tantas veces. ¡Qué error tan grande había cometido al haberse ido!, escribe Xaime. Las cosas no habían sido como le prometieron, pero, aunque vuelve sin dinero, tiene que dar gracias al Señor porque está vivo y eso es más de lo que muchos pueden decir, refiriéndose a aquellos que perecieron durante la singladura en barco o los que encontraron la muerte en alguna de las esquinas del barrio de las Barracas, el distrito donde vivían entre ladrones y maleantes. Pero vuelve. Vuelve, al fin y al cabo. Y lo hace con dos manos, le pone en la última línea de la carta; dos manos para trabajar y sacar a su familia adelante.
Ante la llegada de Xaime, Antía le rogó a Zaquiel que volviera a su casa, a la casa del maestro que era propiedad del pueblo, y él así lo hizo. Solo por eso, porque ella se lo pidió, porque haría todo lo que le pidiera, como si le pide la luna, pero él, que es un hombre de bien, quiere hablar con Xaime y explicarle la situación. Decirle que, aunque nunca buscó enamorarse de Antía, simplemente ocurrió y ninguno de los dos pudo evitarlo por mucho que lo intentaron. Zaquiel quiere, por encima de todo, estar con ella y las niñas, a las que quiere y ha criado como si fueran hijas suyas en estos últimos años. Vivir en Cambados o en cualquier otro lugar, mientras estén los cuatro juntos. Antía piensa que Zaquiel es un iluso, un parvo, y por mucho que ella se encomiende día y noche a san Antonio, a san Benito y a la Virgen del Carmen, no puede evitar tener el peor de los presentimientos.
Parece que la noche no tuviera prisa por escabullirse y, sin embargo, aunque todavía falta alguna hora para que salga el sol, el alba ya despunta con sus tonos rojizos y anaranjados.
–Ojalá el tiempo se detuviera justo en este preciso instante —susurra Antía deleitándose en los colores mientras se acaricia la tripa que, en breve, se comenzará a abultar.
Antía sabe que ya no va a dormir, así que, en mitad de la noche, se recoge la melena en una trenza, sale del dormitorio y se acerca al de las niñas. Arrima la oreja a la puerta y casi escucha la respiración acompasada de sus dos hijas, que duermen profundamente en medio del silencio infantil. Luego va a la cocina, se remanga, se ata el mandil que encuentra colgado del respaldo de una de las sillas y se dispone a preparar el pan. Pone agua a calentar y, en ese momento, Zaquiel abre la puerta de la entrada, asoma medio cuerpo y la busca con la mirada desesperada.
–Necesitaba verte —le dice antes de entrar.
Antía, sin hablar, corre a su encuentro y los dos se abrazan un largo rato hasta que les duele.
–Me cuesta mucho dormir sin ti —susurra él sin soltarla.
–A mí me pasa lo mismo.
Zaquiel la mira como si la viera por primera vez y Antía baja la cabeza para esconder sus ojeras. Se suelta del abrazo y vuelve al hogar para retirar el agua ya caliente.
–Tienes mala cara. ¿Te encuentras bien?
–Ya te dije que no duermo mucho —responde sin mirarle a los ojos mientras cierne la harina de maíz con la levadura y va añadiendo el agua poco a poco.
–¿Qué tal las niñas?
–Te echan de menos.
–Yo también a ellas.
–No hacen más que preguntar por ti. No entienden.
–Yo tampoco.
–Ya lo hemos hablado.
–No puedo, de un día para otro, vivir separado de ti y de las niñas.
–Xaime puede llegar en cualquier momento y es mejor que no te encuentre aquí.
–Para mí no es mejor.
–¿Y qué quieres? ¿Que no le deje entrar?
–Pero yo…
–¿Que le diga, desde la puerta, que hay otro hombre que ocupa su lugar? —le pregunta Antía elevando el tono de voz—. Te olvidas que Xaime es mi marido y el padre de mis hijas.
El agua ardiendo salpica el antebrazo de Antía provocándole una fuerte quemazón. Zaquiel se aproxima.
–¿Te duele?
–Un poco —responde ella.
Él moja un paño en agua fría y se lo pone sobre la piel roja presionando con cautela. Antía le mira con dulzura mientras lo hace. Le duele más haberle gritado que la propia quemadura. Nunca discuten. Nunca. Él es dulce y ella ha aprendido a serlo gracias a él, pero ahora trata de ofenderlo para que se mantenga alejado de la casa. De ella. Antía recuerda muy bien el carácter de Xaime y lo que le puede hacer a Zaquiel si lo descubre allí. Por eso, si tiene que gritarle una, dos y cien veces más, lo hará. Aunque en realidad lo que quiere decirle es aquello que tantas veces le ha susurrado al oído, y es que él es el único padre que sus hijas han conocido y el único hombre al que ella ha amado, ama y amará el resto de su vida.
–No quiero que te haga daño —dice ella acariciándole la cara con la otra mano.
–Por eso hay que hablar con él. Cuanto antes.
–No, hazme caso. Tú no sabes cómo es. Además, necesitará tiempo. Son muchos años los que lleva fuera. No le puedes soltar así de repente que tú y yo…
–Pero es que, si no lo hago yo, lo hará cualquier persona del pueblo. Tú lo has dicho muchas veces: a la gente le gusta hablar y yo no soy de escurrir el bulto.
–Lo sé.
–Soy un hombre que asume su responsabilidad.
–Todavía no sabe que sus padres murieron en estos años. Si además le decimos que tú has estado viviendo aquí, conmigo y las niñas, se va a volver loco e irá a por ti. Te querrá matar, y si a ti te pasara algo, yo te juro que…
–¡Antía!
–Por favor, Zaquiel, dime que no hablarás con él aún. Por favor, por favor… —suplica ella.
–Está bien, niña —le responde él viendo su cara pálida y delgada como nunca antes la había visto—. Está bien. Lo haremos como tú digas.
Ambos permanecen en silencio, demasiado cansados para seguir hablando. Ella mueve y remueve la mezcla que va espesando y finamente retira la cuchara de madera. Amasa ya solo con sus manos delgadas pero fuertes. Sigue trabajando la masa, ahora con los puños, y, a cada golpe, unas cuantas lágrimas se le escurren y se ahogan en el pan, y Antía piensa que, como sigan cayendo, el sabor del pan será harto amargo. Sin dejar de amasar y con las fuerzas justas para pedirle lo que le tiene que pedir, se seca la cara con el trozo de su camisón remangado y comienza a hablar:
–Creo que deberías irte por un tiempo.
–Ya me fui.
–No a tu casa. Me refiero a irte del pueblo. Una temporada.
–Irme…
–Tengo un mal presagio.
–¿Y adónde voy a ir?
–No lo sé. Además, la Guardia Civil no hace más que preguntar por ti.
–¡Ya ves tú! Ahora les ha dado por mí, hasta que se cansen y pregunten por otro. No tienen pruebas de nada.
–Como si les hiciera falta…
A eso, Zaquiel no responde nada.
–¿Y si te vas a Francia? Allí estarías a salvo —insiste ella.
–¿A Francia?
–Sí, hasta que todo se calme.
–¿Sin ti y las niñas?
–Podrías pedir asilo.
–En este momento, los franceses solo están pendientes de no perder sus colonias. Poco caso me harían.
–Pide ayuda al partido, que te busquen un sitio. Tú llevas años ayudándoles, que ahora lo hagan ellos.
–El nuevo partido ya no apoya a la resistencia, y menos a la rural.
–Pues vete al monte, con los otros.
–El monte ya no es seguro.
–¿Qué? ¡Tú siempre me has dicho que lo era!
–Para que estuvieras tranquila, pero cada vez es más peligroso. La Guardia Civil peina todo el monte con batidas. Llevan perros de caza, queman los campos para que ya no se pueda vivir de ellos ni dar cobijo.
–¡Jesús!
–Están infiltrados con los maquis. Ya ni ellos mismos saben quién es quién. Cada vez son más las zonas en que los propios paisanos apoyan a la Guardia Civil.
–¿Los mismos vecinos?
–Es una locura, prefieren denunciar a los del monte para que estos no les roben su comida o el ganado.
–Cuando hay hambre…
–Los vecinos ayudando a las fuerzas del orden de la dictadura; es lo último que hubiera imaginado.
Antía reparte la masa en cuatro porciones más pequeñas y las deja reposar. Cuando los panes se han hinchado, los cubre con su mandil para que no se escape el calor. Fuera, el viento no deja de aullar, una corriente de frío entra sin avisar por debajo de la puerta y le congela la espalda que tenía sudada por el esfuerzo del amase. Antía toma el cuchillo más afilado que tiene, asesta a los panes diversos cortes lineales para que no queden huecos por dentro y los mete en el horno. Exhausta por la faena, se da la vuelta y se enfrenta a Zaquiel.
–No es buena idea que te quedes aquí. —Ella niega una y otra vez con la cabeza—. Somos la comidilla del pueblo. Seguro que se lo dirán sus hermanos en cuanto llegue.
–¿Y si huimos los cuatro? —le propone él buscando sus ojos—. Podríamos ir a Granada. Tengo familia allí que nos podría ayudar.
A Antía le flaquean las fuerzas.
–Y empezar de cero… —responde pensativa.
–De cero.
–¿A Granada? —pregunta ella mirándole de frente y esbozando la primera sonrisa de la mañana—. Nunca he salido de Cambados.
–Es una ciudad preciosa, Antía. Y si no es en la misma Granada, podríamos vivir en algún pueblo de la Alpujarra. Allí jamás nos encontrarían. A las niñas les encantaría. No llueve tanto como aquí, los días son siempre soleados.
–¿Y el mar?
–Me temo que está un poco lejos —le contesta Zaquiel ladeando la cabeza—, pero hay muchas montañas.
–No sé si sabría vivir sin mi mar… —suspira ella.
–Te acostumbrarás —responde él acariciándole el brazo.
–Pero es un viaje muy largo —dice Antía azorada, poniéndose las manos en la tripa.
–Lo haremos en varios días, con precaución.
–En algún momento darán con nosotros —exclama acobardada, secándose el sudor de la frente con la mano.
–Solo necesito un poco de tiempo… —suplica Zaquiel.
–¿Tiempo? —le pregunta Antía.
–Sí, claro; para organizar el viaje y el alojamiento, hablar con algunos contactos, preparar la ruta más segura…
–No, no, no. ¡Quiero que te vayas! Tú solo. Quizá, más adelante, nosotras podamos reunirnos contigo.
Zaquiel se queda callado unos segundos. La sonrisa que hace un rato tenía se ha convertido en una mueca apretada.
–No me voy a marchar yo solo a ninguna parte —comienza a decir despacio—. No lo he hecho antes ni lo voy a hacer ahora. Me quedaré en mi casa y que venga a buscarme allí tu marido o la mismísima Guardia Civil.
Zaquiel, ofendido, se dirige a la puerta, la abre para irse, pero cuando está a punto de salir duda unos segundos, da media vuelta y va hacia Antía. Agarra su cintura, pega su cuerpo al de ella y la besa conteniendo la respiración. La toma de la mano y la arrastra hasta el dormitorio. Ambos se desnudan con avidez mientras se comen la boca, se muerden el cuello, hunden dedos en la carne del otro y se tumban en la cama que tantas veces los acogió. Hacen el amor con prisas y mucho deseo, como lo hicieron la primera vez, como lo hacen ahora sabiendo que posiblemente sea la última. Cuando acaban, agotados y vacíos, él apoya su cabeza sobre el abdomen de Antía y ella, en su afán de protegerlo, le rodea la cabeza con sus brazos.
–Por última vez… —comienza a decir ella, pero Zaquiel la interrumpe.
–No.
–Entonces te va a matar —sentencia ella abrazándole con más fuerza aún mientras se le escurren las lágrimas.
–Me voy a morir de todos modos.
Así permanecen hasta que llega la aurora y la habitación se inunda de un color rosado. Con los primeros rayos de sol, Zaquiel se levanta y se viste. Besa a Antía en la boca y en el pelo y apoya su frente contra la de ella durante unos segundos.
–Piensa en lo que te he dicho —y le susurra—: las niñas, tú y yo.
–Empezar de cero —acaba la frase Antía cerrando los ojos, tragando saliva y asintiendo despacio con la cabeza.
–Dales un beso de mi parte.
Aquella fue la última vez que lo vio con vida.
***
Dos años antes, Antía se quedó preñada también, pero solo lo supo cuando lo parió muerto; era un varón. Hoy el techo se le antoja más cercano a su cabeza y las paredes más estrechas. Se levanta de la cama y se acerca a la ventana. Por el color del cielo, sabe que ya es hora de ir preparándose, así que se viste con la ropa de faenar y sale por la puerta de la casa cerrando despacio para no hacer ruido y despertar a las niñas. Antía corre unos metros y alcanza a un grupo de mujeres que, andando, se apresuran hacia la playa.
–Bos días, mulleres.
–Bos días, Antía.
–Hay marea viva, hay que aprovechar —dice una.
–Hoy será un buen día de marisqueo —añade otra.
Cuando llegan a la cofradía ya está dentro el patrón mayor, que las informa de lo que ya saben, que es uno de los días del año de más acusada bajamar y que por eso se puede recoger marisco en cualquier sitio de la playa donde la mayoría de los otros días no llegan.
–¡Vivan las cocas de marzo! —vitorea una mujer.
–¡Y viva san Antonio! —aplaude otra mientras el resto la sigue.
–Venga, señoras —dice el patrón, pidiendo silencio con los brazos alzados—, que no tenemos todo el día.
El hombre continúa hablando de qué marisco deben recoger ese día, molusco bivalvo exclusivamente, y luego les detalla a cuántas pesetas está en la lonja el kilo de la navaja, el del berberecho y el de las diferentes almejas: la fina, la babosa y la japónica.
–Tenéis hasta las doce del mediodía, así que ¡espabilad!, que ya sabéis el refrán.
–«El mar y la marea ni se paran ni esperan» —corean todas las mariscadoras al unísono.
–¡Pues andando! Buena jornada a todas —se despide el patrón.
Las mujeres van saliendo de la cofradía con el sacho y la fisga en una mano y el cubo en la otra. Marisquear es un trabajo duro, pero posiblemente sea el único momento del día donde todas y cada una de las mujeres, libres del cuidado de los hijos, los maridos y los padres, y de las faenas de la casa, se muestran tal y como son, bajo el cielo del nuevo día y con el Atlántico de fondo. Mientras se dirigen en grupo hacia la playa, una cuenta algo, la otra la interrumpe y una tercera le propina un codazo en broma. El resto ríe. Luego la que encabeza la marcha canta Catro vellos mariñeiros con una voz nítida y potente y las demás, también Antía, la siguen a coro en el estribillo.
–¿Y esas ojeras? —le pregunta Nati, aparte.
–Duermo mal.
–¿Ya se fue Zaquiel?
–Sí.
–¿Y Xaime?
–A punto de chegar.
A lo lejos las embarcaciones de a flote llevan tiempo faenando en el caladero. Ya en la seca1, las mujeres se van dispersando de una en una o por parejas y el silencio va inundándolo todo. Se despliegan como hormigas hacendosas y marcan la que ellas creen su mejor zona de recogida del marisco. Nati y Antía hacen lo mismo y, alejadas del resto, buscan el sitio idóneo. Cuando lo encuentran, comienzan a trabajar rompiendo la firmeza del suelo.
–Zaquiel quiere falar con Xaime y explicarle… —dice Antía, sin dejar de rastrillar.
–Falar? Pero qué parvo. ¿Qué quiere, que le mate?
–Eso le he dicho yo.
A cada rastrillada aparecen almejas y berberechos, como si brotasen de la tierra, entre las piedras y la arena. Las mujeres no dejan de recoger y echar las piezas al cubo, que va llenándose rápidamente.
–Lo mejor es que huyáis. Lejos. Cuanto más lejos, mucho mejor.
–¿Tú crees? —le pregunta impaciente.
Antía se detiene unos segundos a descansar y apoya sus manos en el extremo del rastrillo esperando la respuesta que quiere oír de Nati, pero esta no dice nada.
–Zaquiel dice de irnos a Granada.
–A Granada, a la China… ¡Adonde sea!, pero enseguida.
–No es tan fácil.
–¿De cuánto tiempo estás?
Antía se sorprende ante la pregunta hecha así, a bocajarro, y piensa que no le puede ocultar nada a Nati.
–De poco, muy poco —responde fatigada.
–Si no lo quisieras… Ya sabes que mi madre podría solucionarlo y nadie tiene por qué enterarse. Esto es solo cosa de mujeres.
–No sé qué hacer, la verdad.
–Pues decídete rápido —le aconseja Nati y luego acaba con la frase que ya han escuchado, por desgracia, demasiadas veces—: «Cuando el viento sopla airado, no hay paz en ningún lado».
Ambas amigas siguen trabajando mano a mano, en silencio, una hora más. Antía está tan entretenida recogiendo el marisco que por un momento se le olvida todo y vuelan sus preocupaciones junto con las gaviotas. Se relaja a pesar del dolor de espalda, pese a llevar tanto tiempo agachada. Siente la brisa suave y fresca y no quiere estar en ninguna otra parte. En ese instante, piensa que todo se solucionará. Nati le dice que las almejas son tan grandes que ni hace falta usar el calibre para ver que cumplen de sobra con el tamaño permitido. Entre las dos, pasan el marisco de los cubos a las sacas y dejan estas a buen recaudo junto a las rocas. Luego, cambian el sacho por la fisga y se adentran en el agua cristalina hasta que les cubre por encima de las rodillas. Buscan a través del agua los agujeros en la arena e introducen la varilla para atrapar las navajas. Durante los pocos minutos de descanso que se permiten, las mujeres se estiran y se colocan de frente al sol. Acostumbradas al cielo enmarañado, intentan robar hasta el último de sus rayos, como si pudieran custodiarlos para cuando no haya. Saben que se les quemará la cara y que también les escocerá cuando el agua salada las salpique, pero esos momentos, tan cálidos y libres, son solo suyos y de nadie más. Ya vendrán lluvias y nubes grises y días rotos, y ellas tendrán sus rayos de sol guardados en los bolsillos.
Por la tarde, Antía prepara la merienda a sus dos hijas, queso fresco con membrillo, y se sienta junto a ellas. De la caja de costura, coge unas tijeras y con una de las puntas va descosiendo medio palmo del bajo de la falda de Elba, para que le dure un año más. Su hija mayor crece deprisa. Luego, mientras cose el nuevo dobladillo, escucha a las niñas hablar sobre la llegada de su padre. La pequeña, Esther, apuesta a que será esa misma tarde y en cuanto oye cualquier ruido fuera, se estremece y pone una cara muy rara, alzando mucho las cejas y abriendo desmesuradamente los ojos. Cada vez que pone esa expresión, su madre y su hermana se parten de risa y le toman el pelo continuamente. Ella se enfada, pero se le pasa al instante. Elba dice que será dentro de tres días, justo el Domingo de Ramos, a lo que Esther responde que para eso falta mucho tiempo. También imaginan que traerá un montón de regalos de Argentina y Antía les aconseja que no esperen demasiado, recordando alguno de los párrafos de la carta de Xaime donde decía que venía con las manos vacías.
–El pai2 de Blanca vino de Argentina tan rico, tan rico, que compró un castelo en Madrid con ochenta cabalos.
–No inventes, Esther. Eso no es verdad —le dice Elba.
–Sí lo es. Allí viven desde entonces —responde ella categóricamente.
–Están viviendo en Madrid, pero no porque su pai se hiciera rico, sino porque encontró trabajo allí. La nai3 de Blanca se lo dijo a la nuestra antes de que se fueran.
–¿Cuándo dijo eso? —le pregunta Esther recelosa.
–Cuando nació la hermana de Blanca y fuimos a su casa a conocerla. ¡Qué chiquitita que era Carmiña! ¿Verdad, nai?
Antía asiente divertida, sin levantar la vista de la costura.
–¿Entonces no viven en un castelo? —pregunta Esther a su madre.
–No lo creo.
–¿Y no tienen cabalos?
–Cuando se fueron de Cambados no llevaban ninguno, que yo sepa —responde su madre guiñando un ojo a Elba.
–¡Me da igual lo que digáis! Ahora son ricos, como lo seremos nosotros cuando llegue pai —dice Esther enfurruñada, pero al segundo se le ilumina la cara e improvisa—: Quizá todos nos vayamos también a vivir a Madrid, ¿verdad, nai?
–¿A Madrid? —pregunta Antía, que deja de coser y pregunta a sus hijas—: ¿Y si nos fuéramos a Granada?
–¿¿¿A Granada??? —repiten las dos niñas como si fuera la primera vez que escuchan el nombre de esa ciudad. Quizá lo sea.
–Madrid. Es mejor Madrid. —Esther asiente con la cabeza mirando a su madre y a su hermana—. ¿Verdad que la nai de Blanca te dio la dirección de su nueva casa? ¿Verdad que sí? ¿Verdad?
–Así es. Victoria me dio sus señas —dice la madre mientras remienda ahora unos calcetines—. ¡Quién sabe si algún día…!
Las niñas siguen hablando, pero ahora lo hacen sobre la Pascua y la procesión del Viernes Santo, que es la que más les gusta a todos los niños, en la cual se produce el encuentro entre Jesús y su madre, la Virgen María, en la plaza de Alfredo Brañas.
Sin embargo y pese a las predicciones, Xaime no viene ni esa tarde ni ninguna otra de la semana; tampoco el Domingo de Ramos. Lo que sí llegan son tormentas con fuertes vientos del norte que provocan lluvias persistentes, desbordamientos, goteras y cielos más negros que los mismos cuervos. Las niñas ya no hablan del padre, ni de caballos, ni de castillos. Asisten al colegio, como todas las mañanas, y por las tardes ayudan a las mariscadoras en la lonja y a las redeiras a coser y a secar las redes en el muelle de Santo Tomé.
Antía busca en un mapa dónde está Granada. Cuando la localiza, recorre con el dedo anular la distancia que hay desde Cambados. Más tarde, subida a una escalera, esparce mortero de corcho sobre unas tejas rotas, y mientras lo hace reza a la Virgen del Carmen para que su marido no vuelva nunca más y así, de ese modo, Zaquiel pueda por fin regresar a casa con ella y las niñas, y juntos volver a ser una familia.
–Una familia —repite en voz alta.
Y por primera vez Antía piensa en un nombre bonito de niña que empiece por la letra e, mientras que se retira un mechón de pelo con la mano, dejándose la cara tiznada por la argamasa. En ese momento, una parte de la escalera se hunde en el barro y Antía pierde el equilibrio precipitándose al vacío.
Lo recuerda. Sabe que intentó apoyar los brazos mientras caía, girar los hombros, caer de espalda antes de que su cuerpo golpeara contra el suelo. Intentó proteger al bebé. Lo que no sabe ahora es si lo consiguió. Que le duela todo, especialmente el bajo vientre, no es buena señal, pero no tiene fuerzas para preguntar y menos para escuchar una respuesta. No sabe cuánto tiempo ha pasado desde la caída. Sí sabe que está en su dormitorio porque reconoce la colcha que la tapa y el tacto de sus sábanas sobre su cuerpo. Está acostada en su cama. De vez en cuando, alguien entra y le pregunta algo que ella no puede responder porque está demasiado cansada. Reconoce a Nati por su tono de voz y a Zaquiel por su olor cuando se acerca para besarle la frente. Y a las niñas cuando le llevan flores, que meten en un jarrón y que colocan sobre el aparador, y se acuestan a su lado, hechas un ovillo, y le cuentan lo que han aprendido ese día en la escuela. También le cantan canciones que les han enseñado las redeiras. A Antía le hace bien escucharlas, así que sonríe sin abrir los ojos. De noche, y a pesar de la oscuridad, ve mujeres que la vienen a visitar. Es la primera vez que las ve, pero no será la última. Ve a su madre que murió hace muchos años ya. También a sus hijas, pero no son niñas, sino mujeres adultas. Y a otras más que no reconoce, pero que tienen un gran parecido físico las unas con las otras. Quizá sean meigas y mouras.
Si lo que lleva en las entrañas es un varón, mucho se teme Antía que se lo vayan a arrebatar para siempre.
***
Hoy Antía no va a bajar a la playa porque hay marea roja y no se puede recoger marisco, así que aprovecha el buen tiempo para limpiar el gallinero y después plantar esquejes de camelia bajo la ventana que está junto a la puerta de la casa. El sol, recién estrenado, calienta su espalda. Excava un agujero en la tierra húmeda, rellena el fondo con compuesto y lo empuja hacia abajo. Luego coloca el tallo con una pequeña rama en el centro, repleta con tierra alrededor de la planta, y, por último, agrega agua a la siembra. Antía se queda mirando, orgullosa, la flor recién plantada.
El tiempo cambia con rapidez y ráfagas de viento comienzan a soplar con fuerza haciendo que los cardos y las artemisas se inclinen a su paso. Antía frunce el ceño al notar que el sol se ha escondido entre las nubes, ahora grises. Se destempla, se encoge de brazos y decide entrar a la casa, pero, aún de rodillas sobre el suelo, divisa a lo lejos una silueta que recorre el camino escarpado que discurre hasta su hogar. Agudiza la vista poniéndose la palma de la mano a modo de visera. Es un hombre delgado, un poco encorvado, con una zamarra al hombro sobre una chaqueta de pana ya desgastada que le viene grande. El cierzo despeina el cabello demasiado largo de aquel tipo que Antía no es capaz de distinguir, pero que le resulta extrañamente familiar. Según la figura se va aproximando a la casa, le da un vuelco el corazón al reconocer al hombre que se acerca con paso vacilante.
Es, sin lugar a dudas, su marido.
PARTE II
ESTRELLA Y TERESA (2009)
Madrid, martes, 5 de abril de 2009
La felicidad es más rara que un cuervo blanco, solía decir su madre. Y Estrella era feliz, a su manera. Ese día, cinco de abril de dos mil nueve, mientras desayunaba, fue consciente de ello, de su extraña felicidad, y en ese preciso instante tuvo el presentimiento de que algo malo iba a suceder. Esa sensación la acompañó todo el día y, aunque quiso librarse de ella, fue como intentar espantar una mosca una tarde intensa de calor.
Fue al gimnasio como cada mañana. Comió allí, sola, una ensalada y un sándwich vegetal; dejó en el plato las rebanadas de pan. Por la tarde, quedó con tres amigas para ver una muestra que reunía las obras de jóvenes artistas noveles en el Círculo de Bellas Artes. Después, tomaron una copa en la terraza del último piso. Estrella pidió un vodka club soda y conversó animadamente hasta que empezó a anochecer. Luego, decidió pasear toda la calle Alcalá hasta llegar a su casa, en la esquina con Goya. Se saltó la cena para compensar las calorías del alcohol que había tomado esa tarde. Se desmaquilló, se aplicó en la cara un sérum vitamínico y en el cuello otro regenerador, contorno de ojos y una base hidratante. Leyó en la cama Una noche en el paraíso, de Lucía Berlín, durante veinte minutos y, por último, miró el móvil con desgana, sabiendo lo que se iba a encontrar. Tenía cuatro llamadas de su hija Teresa e imaginaba el motivo de su insistencia, pero ya le había dicho una y otra vez que no iba a volver a casa con su padre. Por último, antes de dormir, se echó crema en las manos minuciosamente, se masajeó uno a uno todos los dedos y apagó la lámpara de la mesilla de noche.
A las tres horas y treinta y dos minutos de la mañana, Estrella se despertó inquieta. La casa estaba en completo silencio. Fue al baño, orinó, se tomó un Orfidal con un vaso de agua y volvió a la cama. A las tres horas y treinta y dos minutos de la mañana, un terremoto de 6,7 grados en la escala de Richter devastó la zona central de Italia. El epicentro se localizó en la región de los Abruzos, en concreto, en la ciudad de L’Aquila.
A las siete horas y cuarenta minutos, el móvil despierta a Estrella. Aun con el sonido apagado, vibra sobre la mesilla golpeando una y otra vez el pie de la lámpara, lo que produce un sonido exasperante. Nada más responder, sabe de inmediato, por la voz nerviosa de su marido, que algo no marcha bien. Se incorpora, apoya la espalda en el cabecero de la cama y le pide que se calme y le explique qué ha pasado. Ricardo se toma unos segundos para recobrar el aplomo que pocas veces pierde y finalmente le dice a la que es todavía su mujer:
–Ha habido un terremoto.
–¿Cómo? Un terremoto, ¿dónde?
–Donde vive Patricia.
Madrid, miércoles, 6 de abril de 2009
Esa misma mañana, Estrella vuelve a casa con su marido, al que había abandonado una semana antes; mil veces hubiera preferido volver por miedo, por comodidad o por simple cobardía, y no porque el nombre de su hija Patricia hubiera pasado a formar parte de una lista de desaparecidos.
En su vida había hecho y deshecho muchas maletas y ahora se encontraba delante de la más difícil. Llevaba horas haciéndola y apenas había metido nada. El terremoto ya había pasado, pero aún se sentían fuertes réplicas, por lo que el espacio aéreo italiano no se abriría hasta el día siguiente. Ella y Teresa, su otra hija, volarían a Roma entonces; allí, una persona del Consulado de España las estaría esperando. El secretario consular les pidió que fueran preparadas. ¿Preparadas para qué?, preguntó Estrella ensimismada. Al principio, pensó que se refería a la ropa, para que fueran abrigadas, pero en cuanto vio la cara desencajada de su marido supo al instante que no se refería al abrigo y se sintió a tan solo un paso de caer al abismo. ¿Cómo haces una maleta cuando vas a buscar a una hija que no sabes si está viva o muerta?
Estrella vuelve a marcar la tecla de rellamada en su móvil. Patricia sigue sin responder. Que no conteste a las llamadas, le había dicho el cónsul, no significaba nada, las comunicaciones se habían caído. Estrella trata de concentrarse en la maleta, pero lee en la televisión nuevos titulares del Canal 24 horas que vuelven con la noticia del terremoto. Sube el volumen. «Según los últimos datos oficiales, más de 150 personas han perdido la vida, cerca de 1.500 han resultado heridas y más de 50.000 han perdido sus casas. Los cuerpos de rescate buscan supervivientes bajo los escombros». Estrella baja el volumen todo lo rápido que le permite el machaque constante de su dedo pulgar contra la tecla de goma del mando y le da la espalda a la televisión. Le falta el aire. Esto, se dice, no le puede estar pasando a ella.
Suelta el mando sobre la cama y se dirige apresurada a la cocina. Sigue sin poder respirar. Se arrodilla deprisa frente al armario de la esquina, introduce el brazo y alcanza sin mirar un paquete de seis berlinas de azúcar rellenas de chocolate que comienza a devorar, casi sin masticar. Tarda muy poco en comerse la mitad y, aún con restos de chocolate en las comisuras de la boca y azúcar en los dedos pegajosos, se levanta agarrotada del suelo, sube despacio las escaleras hasta el último piso de la casa y entra al baño. Dentro, se encierra echando el pestillo y se arrodilla junto al váter. Solo cuando ha vaciado por completo su estómago, tira de la cadena y, mientras la cisterna se rellena, apoya la frente en la taza del inodoro y comienza a llorar.
Una hora más tarde, Estrella se ha duchado y se ha cambiado de ropa. Busca en uno de los cajones el libro de familia que le han pedido que lleve y, entre todo el papeleo, encuentra el pasaporte. No le hace falta para viajar a Italia, lo sabe, pero se sienta, abatida, en una esquina de la cama y hojea las páginas, casi todas selladas. Ha perdido la cuenta de los países a los que ha viajado con su marido, primero como su secretaria y después como su esposa.
Ricardo tiene una empresa que diseña y fabrica componentes para sistemas ferroviarios. Al principio, ella lo acompañaba a todos los lugares a los que iba a firmar los contratos y aquellos viajes eran como lunas de miel para ambos, pedazos de paraíso donde se bebían la vida uno en la boca del otro. Luego ella se quedó embarazada y a los pocos meses abortó; era un varón. Al año siguiente, embarazada de nuevo y para evitar otro aborto, guardó reposo absoluto hasta que, por fin, dio a luz a ese hijo tan deseado. A los cuatro días, falleció. Muerte súbita, dijeron los médicos. Le tuvieron que poner un nombre para el acta de defunción y le llamaron Jaime, como su padre. Le enterraron en una tumbita en el cementerio de la Almudena. Pasaron los años, años en los que evitó quedarse embarazada y en los que salía huyendo cada vez que veía aparecer un carrito de bebé. Tras una larga depresión, retomó su vida, volvió a trabajar y a viajar con su marido, pero ya no era igual. Nada volvió a ser igual que antes. Por insistencia de Ricardo, de nuevo se quedó embarazada y esta vez no tuvo una, sino dos hijas: Teresa y Patricia. Dos niñas por sus dos niños muertos.
Estrella se dedicó exclusivamente a las gemelas. Dejó el trabajo y de acompañar a Ricardo en sus viajes y en su vida, y él, centrado en la empresa, dejó de contar con ella y pasar, por motivos laborales o no, más tiempo en hoteles que en su propia casa. Y así, mes a mes, año tras año, fue como se rompió la relación entre ambos. No hubo terceras personas, y cuando las hubo ya no importó. Tampoco hubo dramas ni gritos. Solo ocurrió la nada.
Estrella se tumba en la cama de matrimonio y piensa en su hija Patricia y en la última vez que hablaron por teléfono. Recuerda la conversación perfectamente porque la llamó para decirle que se separaba de su padre y que abandonaba la casa familiar de Aravaca para irse a vivir al centro, al piso de la calle Alcalá esquina Goya. Sabía que no sería una conversación tan enrevesada como la que mantuvo con Teresa, pero tampoco imaginó que al colgar se pudiera sentir mejor o, al menos, no tan culpable. Patricia no se extrañó de su decisión, pues sabía de la nada alrededor de su cuello en los últimos años. Quizá antes que ella misma:
–Lo extraño, mamá, es que no lo hicieras antes.
Y luego le restó importancia:
–Una etapa nueva de tu vida. Es normal.
Se preocupó por su padre:
–Se volcará en el trabajo aún más.
Prometió mediar con su hermana:
–Hablaré con Teté más adelante. Se le pasará. Dale tiempo.
Y colgó. ¿A quién de su familia habría salido esta hija suya?
Estrella no puede imaginar que a Patricia le haya podido suceder algo malo. La naturaleza humana, se consuela, sigue un orden natural: primero mueren los padres y luego los hijos, ¿no? Mientras hojea el pasaporte, mira los sellos estampados de los países en los que ha estado: Vietnam, Filipinas, Japón… Vuelve a pensar en la nada y en cómo tiempo atrás se fue instalando poco a poco en su matrimonio y en su vida arrasando con todo.
Cuando las gemelas eran pequeñas, la nada se disfrazaba de cumpleaños, de comidas con los abuelos, de viajes en familia a Eurodisney o de cansancio por las noches cuando las niñas se quedaban dormidas y no había excusa para no abandonarse el uno en el otro. Pero cuando Teresa se casó y Patricia se fue a vivir a Italia, la nada lo invadió absolutamente todo: se desparramó por la casa y la vida, por los libros y las tazas de té, por los recovecos del jardín y los de la piel. Se mezcló con la colada demasiado austera de camisas blancas de él y faldas godet de ella. La nada estaba en la sopa fría de su restaurante favorito y hasta en la cena más informal los viernes por la noche, cuando ambos se preparaban sendas bandejas con bocadillos y cerveza en la mesa de la cocina, pero, a diferencia del pasado, sin mantener una conversación amena, sin mirarse a los ojos; apenas un par de palabras y algún que otro monosílabo.
Fue en esos tiempos también cuando comenzó a notar que, aun comiendo lo mismo de siempre, estaba engordando y que ni haciendo dieta o deporte conseguía adelgazar. «Es el cambio —le decían sus amigas—, a todas nos ha pasado. Acéptalo». Ella no lo iba a hacer. No iba a asumir los kilos ni los años de más. Por eso, se apuntó a un gimnasio al que asistía religiosamente cada día y comenzó a saltarse las cenas. Sin embargo, no le parecía que aquello fuera suficiente, por lo que una tarde de sobremesa, tras una comida copiosa, no sabe por qué pues no fue premeditado, se encerró en el baño, se metió los dedos en la boca tanto como pudo y vomitó. Sin más. ¡Así de sencillo! Como una adolescente cualquiera, solo que ella tenía cincuenta y cuatro años. Lo peor no fue esa primera vez ni las veces siguientes. Lo peor no fueron las excusas para escabullirse al baño después de comer. Lo peor fue ver su cara en el espejo tras tirar de la cadena del váter.
Sin ella sentada a la mesa por las noches, el matrimonio dejó de hacer lo único que hacían juntos por aquel entonces, el último atisbo de pareja que les quedaba: cenar juntos y conversar sobre sus cosas, las hijas o el trabajo. Al final, se convirtieron en dos bultos a cada lado de una cama cada vez más ancha, dos sombras que coincidían en un pasillo demasiado largo. Era ella viendo las noticias sentada sola en el sofá del salón. Era él comiendo un bocadillo de pie en la cocina con la vista fija en un azulejo de la pared.
Uno de esos días, harta de tanto hastío, para distraerse, Estrella reformó el piso que tenían en la calle Alcalá esquina Goya con la intención de alquilarlo. Aquel piso lo compraron cuando las niñas empezaron la universidad, para que no tuvieran que trasladarse desde Aravaca al centro todas las mañanas. El último día, cuando Estrella hacía la supervisión final de la reforma y la decoración, alineando los cuadros a su paso y estirando las alfombras con la punta de su zapato hasta quedar perfectamente cuadradas, se dejó llevar por el sonido de sus propios tacones sobre la tarima recién pulida y pensó que ese repique era lo que quería escuchar todos los días al entrar en casa, en esa casa, en su casa. Quizá la nada, allí, no la siguiera. Decidió, plantada allí mismo, en mitad del salón del piso de la calle Alcalá esquina Goya, que se iba a separar de su marido, de la colada austera de dos, de la casa vacía y grande y de la sopa fría. En cuanto tomó conciencia de la vida nueva que se abría ante ella, la nada dejó de pesarle como una losa sobre su espalda, los tacones aplaudieron con descaro y la casa, como la de Cortázar, fue tomada.
Esa misma noche esperó a que llegara su marido de trabajar. Estaba nerviosa. No dejaba de mirar el armario de la esquina donde escondía los dulces, pero se contuvo. Se trataba de cambiar de vida y también de hábitos. Cuando Ricardo entró en la cocina ella le aguardaba sentada, bajo el plafón de luz fría. Este llevaba semanas parpadeando, habría que llamar a alguien para que lo arreglara, aunque en ese instante Estrella decidió, del mismo modo, que ya no era su problema. Y le dejó; dejó a su marido. Fue rápido, apenas unas frases, la mitad eran hechas, de relleno; nada que ver con el discurso firme pero también conmovedor que había estado ensayando unas horas antes. Él no habló mucho y cuando lo hizo apenas le tembló la voz: un par de preguntas y un silencio por respuesta. En la cabeza de Estrella, él la chillaba y luego le pedía, casi implorando, una segunda oportunidad; ella se mostraba inflexible, pero al final hasta acababa soltando unas lágrimas. No ocurrió nada de eso porque la nada ya estaba agazapada en esa cocina mucho antes de que ellos dos llegaran, así que no hubo reproches, ni gritos, ni puntos suspensivos. Solo un único y rotundo punto final.
Estrella se preguntó, mientras le daba la espalda a su marido y se alejaba por el corredor, retocándose un maquillaje que seguía perfecto, si aún le quedaría alguien por quien llorar. A veces nos hacemos preguntas aparentemente sencillas sin saber lo peligrosas que resultan las respuestas. En el mejor de los casos, es preferible no saber.
A la mañana siguiente trasladó sus cosas al piso recién reformado que olía todavía a cola adhesiva para papel pintado.
Seis días más tarde ocurrió el terremoto que cambiaría su vida para siempre.
***
La felicidad es más rara que un cuervo blanco, decía su abuela. Y Teresa piensa que esa frase no tiene ningún sentido porque los cuervos blancos no existen y, además, no sabe por qué se ha acordado de esa tontería en ese preciso momento. Supone que, una vez más, es a causa del embarazo. Su médico dice que es normal.
Está de pie frente a una maleta vacía y la mira como si esa puñetera tuviera la culpa de todo. No consigue comunicarse con su hermana. Ni le coge el teléfono ni es capaz de devolverle todas las llamadas que le ha hecho desde que ocurrió el terremoto. Y es que su hermana es un caso. Es increíble lo egoísta que puede llegar a ser, piensa Teresa mientras abre y cierra cajones sin coger nada de nada. Vuelve a la cómoda, donde está el móvil, y marca el número que ya se sabe de memoria. En cuanto escucha el mensaje de apagado o fuera de cobertura, una punzada de angustia le taladra el estómago.
Menuda semana que lleva: su madre, que insiste en no volver a casa, que se queda en el piso, que ahora ese es su hogar; su padre, que no quiere ni hablar del tema, solo trabajar y trabajar…, cualquier día le da un ataque al corazón; Jorge, que no hace más que preguntar: ¿qué tal estás, mi amor? ¿Qué tal estás, mi cielo?; y ella que no es capaz de entender lo que está pasando a su alrededor y, ni mucho menos, lo que le está pasando a ella misma. Ayer, sin ir más lejos, le chilló a una dependienta del Zara y acabó llorando dentro del probador. No podía dejar de llorar, pero es que ninguna prenda de toda la ropa que se probó le sentaba bien. Hoy le parece una exageración. No se siente a gusto con nada. No se siente a gusto con nadie. Su médico dice que es normal, lo del mal humor y lo de la tristeza. Mientras mira la maleta aún vacía, piensa que ya podría haberse esmerado más y haber comprado alguna prenda, porque ahora mismo todo lo que tiene le queda estrecho. Vuelve a llorar. Su médico dice que es normal. Llora porque piensa que el terremoto ha sido por su culpa, como un castigo de Dios, como les solía decir la abuela Antía a su hermana y a ella. Un castigo que tiene bien merecido por ser tan banal, porque siempre lo ha sido y siempre lo será, porque, a su pesar, sigue pensando en la ropa que descartó y dejó hecha un gurruño en la esquina del probador y no en su hermana.
Patri sigue sin responder, vete tú a saber dónde estará. Y ella que pulsa rellamada de nuevo y de nuevo le salta el mensaje del contestador en italiano.
En algún momento descolgará el teléfono, piensa Teresa. Es imposible que no lo haga.
Responderá.
Es Patricia.
Y otra vez llora. Su médico dice que es normal. Como también sus largos soliloquios que no le llevan a ninguna parte y en los que se lía y al final se olvida de qué estaba hablando al principio. Cierra los ojos, se tapa la cara, quiere quitarse de la cabeza las imágenes del terremoto que hace unos minutos ha visto por televisión. Son terribles. No se imagina que su hermana pueda estar en medio de todo ese caos. Eso pasa en otros sitios, a otra gente, se dice, pero, claro, Patricia está en esos otros sitios y Patricia, desde hace mucho tiempo, forma parte de esa otra gente.
Es normal el corte de comunicaciones, porque las señales se caen por la acción del terremoto, como la rotura de las tuberías, los tendidos eléctricos y las cañerías de gas. Por eso ocurren los fuegos que vemos por la televisión cuando sucede algo así. Se lo ha dicho por teléfono un tal Enzo, el secretario consular en Roma. Le ha resultado un hombre pretencioso pero con bastante seguridad. Nadie tiene cobertura, les ha contado, pero en cuanto se restablezcan las líneas comprobarán que, al igual que ustedes tratan de hablar con su hermana, ella está intentando, con el mismo afán, comunicarse con ustedes.
Teresa se toca el bajo vientre porque le duele. Es un dolor agudo, raro. Es como si le estiraran de una piel que no tiene, de unos huesos que no tiene y de unas ganas que tampoco. Está en ese momento del embarazo en el cual la gente no se atreve a preguntar, por si no lo estuviera, pero lo está. Vaya que sí lo está. Y mucho, como de cuatro meses, y ha engordado ocho kilos. Si se tratara de unos kilitos de más, tendría fácil solución, pero esto, ¡esto!… No sabe qué hacer con esto y de nuevo llega la culpa.
Teresa sale del dormitorio y se dirige a la cocina, cierra la puerta despacio, como para no ser oída, aunque está sola en la casa. Abre la ventana para evitar que el humo se extienda por la estancia y se enciende un pitillo. Le quedan dos en la cajetilla. Aspira la primera calada.
–Cuando me fume estos dos pitillos, no volveré a fumar más —promete a pesar de que no hay nadie que la escuche, pero Teresa siente que, al decirlo en voz alta, su nivel de compromiso es más real.
Segunda calada.
–O quizá sí lo haga, es peor la ansiedad; me lo ha dicho el doctor Bernal: «Es mejor fumar tres o cuatro cigarrillos al día que la misma abstinencia» —dice imitando la voz ronca y canalla de su ginecólogo.
–Demasiada abstinencia en mi vida. —Y esta última frase la dice sin darse cuenta, con una risa que acaba en mueca, y escupe hacia el patio una hebra de tabaco demasiado seca.
Tercera calada.
–Cuando termine estos dos cigarros ya no compro más. O quizá me compre una nueva cajetilla y fume en ocasiones especiales. Fumar tres o cuatro al día no es malo. Me lo ha dicho el doctor Bernal.
Cuarta calada.
–Fumaré a escondidas, no quiero que Jorge se entere.
Su hermana vuelve a su cabeza y se le instala otra vez ese nerviosismo que por unos minutos el tabaco había calmado. Ahora no desea ser Patricia por nada en el mundo. Sería la única vez.
Quinta calada.
–Cuando todo esto pase, habrá que prepararse para la gran epopeya de cómo la gran Patricia sobrevivió al terremoto y, conociéndola, no se habrá salvado porque no llegara el terremoto a su casa. Seguro que sí, que sí llegó, pero logró librarlo y, a su paso, salvar a una decena de ancianos despeinados y niños en pijama. Es Patricia.
Sexta y última calada.
Mejor no, séptima calada y otra última hasta apurar el cigarrillo ya sintiendo el filtro arder en sus labios. Envuelve la colilla apagada en papel de cocina y la empuja hasta el fondo del cubo con los restos de la basura. Cierra la ventana y pulveriza la estancia con el ambientador olor «ropa planchada». Se lava los dientes durante tres minutos, que es el tiempo de cepillado que recomienda su dentista. Patricia, un minuto; Patricia, dos minutos; Patricia, tres minutos.
Vuelve al dormitorio y se enfrenta de nuevo a la estúpida maleta. Se mira en el espejo de cuerpo entero. Le han desaparecido las curvas. No está aún gorda, pero no tiene cintura. El pecho le ha crecido demasiado, igual que el culo y las piernas. Y los mofletes. Dios, ¡cómo los odia! Cuanto menos come, más le crecen, y no sabe cómo pararlo. Si pudiera hacerlo, si pudiera evitar que aquello creciera más, lo haría. Lo intentó en una ocasión, pero sin darse cuenta, y Jorge se volvió loco. Fue un accidente, le dijo a su marido. ¿Fue un accidente?, le respondió él con otra pregunta. ¿Fue un accidente?, se preguntó ella a solas. No supo qué responderse.
Vuelve a pulsar otra vez la tecla de rellamada y a escuchar el estúpido mensaje: «Il numero selezionato è sbagliato oppure la linea è fuori servizio».
Madrid, jueves, 7 de abril de 2009
Teresa cierra la maleta y Jorge, en el vano del dormitorio, vuelve a la carga.
–El personal del consulado está pendiente de todo, os llamarán en cuanto sepan algo. No hace falta que vayas.
–Es mi hermana. No puedo quedarme quieta esperando una llamada que nunca llega.
–¿Y el trabajo?
–Ya he hablado con la asesoría y les he dicho que voy a faltar unos días.
–¿Y tu jefe no te ha puesto ninguna pega? De un día para otro…
–Bueno, la próxima vez que ocurra un terremoto, intentaré avisarle con unos días de antelación. Y, por lo que veo, a ti también —responde Teresa.
–No me hace gracia, Teté.
–A mí tampoco y a mi jefe no sé si mucha. No le di tiempo a que me respondiera, colgué enseguida. La verdad, si le parece bien, perfecto; si no, que me despida. Incluso me haría un favor, ¡estoy tan harta del trabajo!
–Roma. Es un viaje largo y estás embarazada de cuatro meses.
–¡Por Dios, Jorge! Sabes que voy en avión, ¿no? —le responde ella con ironía.
–Todavía hay réplicas, Teté.
–Mi hermana lleva desaparecida más de veinticuatro horas. ¿Qué harías tú si fuera tu hermano? ¿No irías dónde fuese?
–Es diferente.
–¡Vaya! ¿Y por qué es diferente? ¿Porque yo estoy embarazada?
–Pues sí, por eso mismo. Porque te pones en peligro, y al hacerlo no lo haces tú sola, también pones en peligro al bebé.
En su fuero interno, Teresa sabe que Jorge lleva razón en gran parte, pero ella se va a ir, se ponga él como se ponga, y se la juega con el último argumento.
–¡Anda!, no te preocupes tanto. Además… voy con mi madre.
–¿Tu madre? ¡Menuda garantía! Si te crees que me voy a quedar más tranquilo porque tu madre te acompaña, estás muy equivocada. Mira, cariño, en serio, escúchame…
–Lo hago. Siempre lo hago… —replica Teresa cansada.
–Vais a llegar a Roma, os van a meter en una sala en el consulado o en algún otro sitio parecido y os van a hacer esperar hasta que aparezca Patricia. Y si aparece por su propio pie, genial; pero si está entre los escombros, ¿no es mejor que estés aquí y no en una salita a dos mil kilómetros de tu casa?
–¡¡¡Jorge!!! —protesta ella, dándole la espalda.
Él se echa los brazos a la cabeza. Luego se atusa el pelo y, cuando está más calmado, se acerca despacio a su mujer y le pone las manos sobre los hombros, acariciándolos.
–Perdón, perdón, perdón…
–Te has pasado.
–Lo sé y lo siento. Lo siento mucho. Seguro que Patricia está bien.
–¿Lo crees de verdad?
–Sí, absolutamente. Seguro que está a salvo allá donde quiera que esté. Que, conociéndola, puede ser cualquier parte del mundo.
–Ya… —Teresa sonríe con desgana—. A saber dónde…
–¡Entiéndeme, Teté! Quienes me preocupan en este momento —continúa Jorge— sois tú y el bebé. En cambio —dice bajando sus manos hasta los brazos y apretándolos con fuerza—, a ti no parece que te importe lo más mínimo.
Con un movimiento brusco, Teté se suelta de las manos de su marido.
–¡Vale ya! No empieces otra vez con lo mismo. Hoy no.
–¿Y si hay otro terremoto?
–No lo habrá.
–Y ya está. Tú, como experta en terremotos —pronuncia él con sorna—, dices que no habrá más y yo me lo tengo que creer, y además me he de quedar aquí, esperándote. ¡Esto es increíble!
–Jorge, por favor…
–Solo quieres irte, Teresa. Escapar. Y si para eso te tienes que ir al mismísimo epicentro del terremoto…, allá que te vas derecha.
Teresa permanece callada, cabizbaja. Aprieta los labios para no contestar.
–¿No dices nada ahora? —le pregunta Jorge—. ¿No tienes una buena respuesta? ¿Alguna frase irónica de las tuyas? Porque es ahora cuando tienes que soltarla.
–¿También me vas a decir cuándo tengo que hablar y cuándo no?
–A ti tu hermana te importa un bledo… Como todo lo demás.
Jorge se da media vuelta, golpea la pared con el puño y sale de la habitación. Teresa oye el agua del grifo correr en el cuarto de baño, después silencio y finalmente sus pasos de vuelta.
–Te llevo al aeropuerto. Me da tiempo.
–Prefiero que no —le dice ella mientras se calza los zapatos.
Jorge agacha la cabeza, coloca los brazos en jarra y respira profundamente antes de hablar.
–Como quieras. ¿Te pido el taxi yo o prefieres hacerlo tú solita también?
–Pídemelo tú, gracias. Es mejor que vaya en taxi, así no tienes que desviarte.
–Cuando vuelvas —le interrumpe él—, tenemos que hablar muy seriamente.
Jorge sale de nuevo. Teresa le oye hablar mientras sus pasos recorren la cocina una y otra vez, como un ratón en un laberinto demasiado complicado. Pocos minutos después, con la americana ya puesta, se acerca al dormitorio, sin entrar.
–Tu taxi llegará en quince minutos.
–Gracias.
–Buen viaje y ten cuidado. Espero, de todo corazón, que Patricia aparezca.
–Jorge, no te vayas así, yo…
Antes de acabar la frase, Jorge ya ha salido por la puerta principal dando un portazo. Teresa siente que se haya ido tan enfadado y sin darle ni tan siquiera un beso de despedida. Mira el reloj de su mesilla de noche y calcula que aún tiene tiempo para fumarse un cigarro y después lavarse los dientes durante tres minutos antes de que llegue el taxi.
Johanna Maria van der Gheynst era la primogénita de un reputado tapicero de Flandes. Parece ser que el emperador Carlos I de España y V de Alemania quedó fascinado por la belleza de la joven. No tardaron en convertirse en amantes y, un año después, en 1522, nació Margarita.
El emperador confió la educación de la niña a su tía Margarita de Austria en Amberes y después a la enérgica María de Hungría, viuda del rey Luis II. Margarita se educó bajo el ejemplo de dos mujeres excepcionalmente fuertes y dotadas de un importante bagaje cultural que imprimirían un sello inconfundible a su carácter. Creció, además, en la refinadísima corte flamenca, avanzadilla del arte renacentista y solar del pensamiento humanista.
Contaba solo trece años cuando su padre decidió su matrimonio con Alejandro de Medici, duque de Florencia. El matrimonio no llegó a consumarse, dada la juventud de la novia, pero también porque, al año de celebrarse la boda, Alejandro fue asesinado.
Viuda con apenas catorce años, Margarita regresó a los Países Bajos, pero el emperador no estaba dispuesto a perder la alianza italiana, por lo que acordó su matrimonio con Octavio Farnesio, nieto del papa Paulo III y más adelante segundo duque de Parma y Piacenza. De esa unión nacieron dos gemelos: Carlos y Alejandro. Este último se convertiría en un gran militar que participó en la batalla de Lepanto.
Octavio y Margarita asentaron su soberanía sobre el ducado de Parma, en Italia. Como duquesa, Margarita comenzó a encontrarle el gusto al poder. Se empleó con acierto en obras benéficas y sus intereses intelectuales la llevaron a rodearse de artistas y sabios.
En 1559, Margarita recibió el nombramiento de gobernadora de los Países Bajos. Corrían tiempos de gran agitación en aquel país, dividido a causa de la disidencia religiosa y la reivindicación política. Flandes era para la monarquía hispánica una fuente de vitalidad económica. El descontento flamenco aumentó cuando a la presión económica se sumó la persecución religiosa. Felipe II agudizó las medidas represivas mediante la implantación de la Inquisición y la presencia de una guarnición militar española en el territorio. Margarita era la persona idónea para lograr un entendimiento entre las dos facciones. Su talante abierto y tolerante favorecía el diálogo entre las partes, y posiblemente habría conseguido mantener el equilibrio en la región de no ser por la férrea vigilancia del cardenal Granvela, la mano ejecutora de Felipe II.
Meses después, los calvinistas se sublevaron en las principales ciudades flamencas, incendiaron y expoliaron las iglesias católicas y lograron levantar al pueblo en armas. La gobernadora consiguió contener la rebelión, pero ello no remedió que, un año después, Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, al frente de los tercios acudiera a Flandes y ejerciera una auténtica dictadura de sangre. Margarita de Parma no estaba dispuesta a contemplar impasible tal carnicería, por lo que presentó su renuncia y se fue para siempre a Italia, afincándose en la región de los Abruzos.
Margarita fue nombrada gobernadora perpetua de L’Aquila. Allí dio sobradas muestras de su capacidad organizativa, al impulsar la economía local y ser su corte punto de referencia de las artes, con llegada de pintores, escultores, arquitectos, escritores, trovadores y juglares.
Margarita de Parma falleció en enero de 1586.
Cuatrocientos años después, la colección de cuadros que poseía la duquesa se exhibe en el Museo Nazionale d’Abruzzo y las obras literarias que atesoró a lo largo de su vida se reparten entre la Biblioteca Provinciale Salvatore Tommasi y la Biblioteca de la Facultad de Letras de L’Aquila.
En el archivo de esta última se custodia un códice de ciento ochenta hojas numeradas llamado Cancionero de Soares-Bazán, que reúne un total de novecientas cantigas de la poesía medieval gallego-portuguesa. Recibe este nombre por el trovador de origen portugués Martín Soares y su mecenas Francisco Bazán.
Ambos, trovador y mecenas, vivieron toda su vida en Cambados.
***
Teresa entra en la Terminal 2 del aeropuerto de Barajas buscando a su madre y la encuentra a cien metros, junto a su padre. Sobresalen de entre la multitud porque parecen una pareja de actores americanos tan atractivos como lo fueron Grace Kelly y Gary Cooper. Ambos tienen en la mano un café en vaso de plástico y al lado una maleta de un volumen considerable. La suya, en cambio, bien podría pasar como equipaje de mano sin necesidad de facturar. Le gusta ver a sus padres juntos, hacen buena pareja y no quiere ni oír hablar a su madre de separaciones absurdas. Es una racha, piensa Teresa, volverán a estar juntos, como lo están ahora, cuando pase todo. Les mira y nota esa complicidad de sus más de treinta años de casados. Complicidad que Jorge y ella no tienen ahora, ni la tendrán nunca, y se pregunta si la tuvieron alguna vez. Al aproximarse a ellos, sin embargo, nota lo demacrado que está su padre. Este no deja de mirar el reloj y Teresa sabe que, en cuanto ellas dos se marchen, se irá a la oficina donde todos sus empleados le esperan con prisas, documentos y reuniones programadas hasta bien pasada la tarde. Pero antes de llegar malgastará su valioso tiempo, como él lo llama, en uno de los muchos atascos a la entrada de Madrid, y mientras maldice a los repartidores, a los taxistas y a algún espabilado que se cuela en la incorporación de la M-30, deseará desde lo más profundo de su ser tomarse esa copa que lleva más de veinte años sin probar.
En el control de seguridad, Teresa se aproxima a su padre y le abraza. Ha sido un impulso. Ella no es de abrazos ni de besos. No le gusta darlos ni recibirlos. No le gustan las frases de ánimo y por eso no se las dice a nadie, ni a ella misma. No le gustan muchas cosas. Tampoco le gustan las despedidas y menos esta, pero ve a su padre tan apenado que abrazarle es lo único que se le ocurre, así que, insegura, como una actriz de reparto en un papel que le viene grande, lo hace. Estrella, que presencia la escena, duda si unirse o no a ese abrazo, porque ella tampoco es de abrazos, pero tarda tanto en decidirse que el momento pasa y, cuando su hija y su marido se separan, se siente muy sola y muy lejos a pesar de estar junto a ellos. Tan solo siente la nada, otra vez, sobre sus hombros, como si de una manta mojada se tratase.
Ricardo les pide que le llamen en cuanto aterricen, que le llamen en cuanto sepan cualquier noticia, que le llamen en cuanto estén con ella, que le llamen, que le llamen. Está a punto de soltar un «os quiero», pero no lo hace porque, total, ya lo saben. Ahora, mientras las ve alejarse, poniendo las maletas sobre la cinta, se pregunta si realmente lo saben o no.
Sentadas junto a la puerta de embarque, Teresa mira la cola de pasajeros. La mayoría son turistas, algún inglés que hizo escala en Madrid y se quemó la cara aun con el sol de abril, parejas de enamorados que se jurarán amor eterno en la Fontana di Trevi, ancianos del Imserso, la mayoría con audífonos y paso vacilante, papás que pliegan los carritos descoloridos de bebé con migajas de galleta incrustadas y hípsters con enormes cascos, enchufados a un iPhone, que mueven la melena a lo afro al ritmo de una canción que Teresa nunca sabrá cómo suena. Piensa en cada una de esas vidas y lo felices y despreocupadas que parecen y no quiere volver a la suya, así que, para no hacerlo, intenta adivinar quiénes, de entre toda esa gente, podrían ser los padres que, como ellas, viajan en ese vuelo Madrid-Roma para buscar al hijo que, como Patricia, también está desaparecido tras el terremoto.
¿Y si esa pareja también estuviera haciendo lo mismo, adivinar quiénes son los familiares de la chica desaparecida? Nunca acertarían. Su madre y ella podrían ser dos profesoras de arte que van a visitar los museos capitolinos, pero cuando Teresa observa los zapatos de tacón Michael Kors de su madre, desecha esa opción. Tampoco parece que Estrella sea su madre. Ya sea por la forma de vestir, las cremas caras que usa, el deporte que practica cada día —¡sin saltarse ni uno solo!– o la dieta que siempre sigue a rajatabla, Estrella aparenta ser mucho más joven de lo que es. Quién sabe si ha hecho un pacto con el diablo y a qué precio. Finalmente, supone que su madre bien podría pasar por una elegante burguesa en busca de una casa palaciega en el corazón del Trastevere y yo, piensa Teresa, su discreta asistente personal.
–¿No te ha traído Jorge?
Con esa pregunta se hacen añicos los alter ego en la cabeza de Teresa. La burguesa del Trastevere vuelve a ser su madre con ojeras que ni el maquillaje ha podido disimular. La discreta asistente personal es ella, otra vez, con alguna que otra náusea matutina.
–Sí, pero le dije que no aparcara. Me dejó en la puerta de la terminal.
–Ya.
–Me ha gustado veros a ti y a papá juntos.
–Por las circunstancias, Teté, las circunstancias.
–Papá está hecho polvo, me da mucha pena.
–¿Qué tal estás tú?
–Bien. Bueno, un poco nerviosa.
–No me has contado qué te dijo el doctor Bernal. ¿Cómo está el bebé?
–Todo bien. Papá está tan demacrado…
–¿Te hicieron alguna ecografía? Me gustaría poner una de esas fotos en la nevera. Quiero empezar a hacer cosas de abuela… —dice Estrella, guiñándole un ojo.
–¿Y en qué nevera la vas a poner? ¿En la de Aravaca o en la de tu pisito del centro?
–¡Uf! Teté, tenemos por delante un día muy largo y no me apetece para nada una discusión a estas horas.
A Teresa tampoco, ya ha tenido suficiente con la de Jorge, así que cambia de tema a regañadientes.
–¿Hablaste con la abuela?
–Sí, sí que lo hice y me sorprendió mucho su reacción —reconoce Estrella.
–¿Por qué?
–Estaba muy afectada. Por lo visto, suele hablar mucho con tu hermana. ¿Tú haces lo mismo?, ¿llamas a Antía a menudo?
–¿Desde que volvió a Galicia? —pregunta Teresa, ensimismada—. No, la verdad es que no. Ya sabes cómo es la abuela de callada y yo tampoco es que…
–Lo sé, lo sé. Ni Antía, ni tú, ni yo. Patricia es diferente. —Suspira—. ¡Fíjate! Yo me propuse hablar con mis hijas más de lo que mi madre habló conmigo y con mis hermanas, pero al final la historia se repite.
Teresa asiente sin mirar, sin saber qué decir. Estrella continúa con su reflexión.
–Venía pensando en el coche que, si me preguntan a qué se dedica tu hermana, no te creas que sabría responder muy bien, aparte de dar clases, claro.
–¿Nos van a preguntar? ¿Quién? ¿El qué?
–¡Teté, hija! Era un suponer…
–Pues, si preguntan, respondemos eso, que da clases, que Patricia es profesora de español.
–Ya, pero no es solo de eso. Además, imparte clases de Literatura Medieval.
–Y… Románica —titubea Teresa.
–Creo que es lo mismo, pero además estudia algo sobre las lenguas.
–¿Lingüística?
–Puede ser. ¿Y si vamos a visitarla este verano?
–Estaré muy gorda. Imposible.
–¡Cielos! El bebé nace en septiembre. Pues entonces será una buena ocasión para juntarnos toda la familia aquí, en Madrid.
–También da conferencias.
–¿Cómo?
–Que, aparte de las clases, da conferencias. La última vez que vino a Madrid fue porque era ponente en Casa de América, acuérdate.
–¡Ah, sí! Era sobre poesía medieval. Me acuerdo de eso porque era el título del programa. Creo que tu padre lo guardó. —Estrella dice esta última frase apretándole el brazo y disfrutando de ese momento de complicidad, tan escasos entre las dos.
–Fue un aburrimiento —concluye Teresa.
–Entonces, ¿estás nerviosa? —le pregunta su madre.
–¿Quién? ¿Yo?
–Eso has dicho hace un rato.
–Supongo que sí.
–¿Por el embarazo? ¿Por Patricia?
–Por todo.
Se hace un silencio entre las dos hasta que finalmente Estrella coge la mano de su hija.
–Yo también estoy nerviosa. Mucho.
A Teresa se le empañan los ojos y piensa que las hormonas no dejan de jugarle malas pasadas.
–Hay que poner el móvil en modo avión —le dice a su madre mientras caminan por la pasarela para embarcar.
–¿Y si llama?
–Verás la llamada perdida cuando vuelvas a tener línea.
–Llamará, ¿verdad?
–Claro. Es Patricia.
–Sí. Es Patricia.
***
Estrella está inquieta, no para de moverse en su asiento; en cambio, Teresa duerme profundamente. Se quedó dormida incluso antes de que el avión despegase, cuando estaban aún en la pista de rodaje. Se ajusta el cinturón, comprueba una vez más que su hija lleva abrochado el suyo y se pregunta si no le estará demasiado tirante. Sus asientos están junto a las alas y eso a Estrella no le gusta. Hay un zumbido exasperante que no le permite relajarse. Cuando el avión se encuentra en velocidad de crucero, los ruidos disminuyen y Estrella intenta tranquilizarse recordando sobre qué demonios habló Patricia en esa conferencia en Casa de América.
Era sobre poesía en la Edad Media, de eso está segura, pero también habló de los mecenas que protegían a los poetas, de manuscritos inconclusos, de canciones populares y de la temática y la métrica de unos versos que escribió en una pizarra, contando sílabas y explicando los tipos de rimas que se daban en aquellas poesías. Esa fue la parte en la que se perdió, porque no entendía nada. Se promete que, a partir de ahora, se involucrará más en lo que investiga y enseña su hija.
Estrella vuelve a sentir la nada y para espantarla se remonta a la infancia de sus hijas, la época en que más las disfrutó. Recuerda lo exactas que fueron sus hijas al nacer, idénticas hasta bien mayores, pero en un momento determinado, puede que en la época de la universidad, cada cual buscó su propio camino y se fueron alejando la una de la otra, y las dos, inexorablemente, de ella.
De repente, una pequeña turbulencia. Las gafas de sol que tenía apoyadas en la mesita desplegable se han movido ligeramente. Estrella mira a su hija que duerme, luego a la tripulación de cabina, que sigue trabajando con total normalidad, y a un niño de tres o cuatro años, al otro lado del pasillo, que la observa con una sonrisa traviesa en la cara. Tranquilidad.
Desde pequeñas, Teresa y Patricia heredaron de su padre la pasión por el tenis, y no es que no probaran otros deportes. Estrella recuerda, a bote pronto, la equitación, el baloncesto, el judo, el ballet y alguna actividad más se le queda en el tintero, pero siempre volvían al tenis. Ricardo mandó construir una pista en casa. Nunca se sintieron más orgullosos de ellas que cuando las acompañaban a los diferentes torneos y competiciones. Las niñas salían a la pista vestidas iguales, con sus falditas plisadas, los polos azul cielo, las deportivas blancas y los calcetines con pompones cosidos al tobillo. Peleaban el juego con tanta gracia y coraje que durante un tiempo ganaron todos los premios bajo el apodo de «las gemelas imbatibles». Hoy, Estrella está segura de que el tenis fue el pegamento que mantuvo unida a la familia durante mucho tiempo. Sin embargo, en el segundo o tercer año de universidad, Patricia lo dejó, sin más. No dio muchas explicaciones, pero Estrella sabía que el tenis ya no encajaba en su vida. Ningún ecologista llevaba polos de marca y los pompones en los calcetines eran, a su parecer, infantiles. Teresa, sin pareja de juego, también lo dejó y hasta la fecha no cree que haya vuelto a agarrar una raqueta.
En el techo del avión se ilumina la señal del cinturón y el comandante informa de que se disponen a atravesar una zona de turbulencias. Estrella comprueba de nuevo que su hija tiene abrochado el cinturón y luego el suyo. En seguida, siente un descenso brusco del avión. Las gafas se han desplazado hasta el final de la mesita y han caído al suelo. Aprieta los puños. Nota cierta tensión contra el respaldo del asiento. Dos azafatas siguen con el carrito de servicio a bordo, pero les cuesta andar con normalidad. Teresa se ha despertado unos segundos, se ha aflojado el cinturón y ha vuelto a cerrar los ojos a la vez que cambiaba de posición. El niño de al lado se ha agarrado a su madre asustado. Tranquilidad moderada.
Estrella intenta no pensar en las turbulencias, intenta no pensar en el terremoto, intenta no pensar en que no sabe nada de su hija desde hace días, y vuelve al pasado donde se siente más segura. ¿Cómo se llamaba aquel novio de Teresa tan educado? ¿Ese que tuvo antes de conocer a Jorge? ¡Carlos! Se llamaba Carlos. Teté fue siempre la más formal de las dos. Patricia, al contrario, tuvo decenas de novios, se aburría enseguida de ellos. Se movía en un círculo más liberal, políticamente comprometido e interesado en eso de lo que tanto se habla ahora y que Estrella, por aquel entonces, escuchaba por primera vez: la sostenibilidad. Luego no dejó de oír esa palabra durante mucho tiempo porque Patricia y sus amigos hacían las reuniones en casa. Ricardo y ella se divertían viendo cómo su hija metía a todo el grupo en el sótano rápidamente para evitar que, al ver la pista de tenis, la piscina o el jardín con el cenador, la tacharan de burguesa. Conocían a todos y cada uno de los amigos. Estaban hechos de buena pasta, tan jóvenes y con espíritu de cambiar las cosas. Muchos de ellos, nada más conocerse la noticia del terremoto y ante la imposibilidad de contactar con la propia Patricia, les habían llamado, preocupados. Buenos niños.
Ahora Estrella levanta la persiana rígida de su ventanilla y solo ve un cielo gris intenso, casi negro, y por debajo solo nubes y más nubes que parece que se vayan a descolgar de un momento a otro. Cuando llegue a Italia no sabe ni a qué personas se debe dirigir. Apenas sabe nada de la gente que ha rodeado a su hija en los últimos años y eso le hace sentirse perdida. La sensación de solo tocar la superficie.
Observa a Teresa dormir y ve cómo la tripa se le ha abombado en las últimas semanas. Tiene la tentación de acariciarle el vientre, pero sabe que sería un error si se despertara en ese momento. No sabe cómo tratar ese tema con su hija. Ni ese tema ni tantos otros… Años intentando quedarse embarazada y, cuando lo consigue, parece que lo rechazara. No entiende el bloqueo de Teresa y, lo que es peor, no sabe cómo hablar con ella. De pequeñas era más fácil. Antía decía «hijos pequeños, problemas pequeños; hijos grandes, problemas grandes». Estrella, al principio, pensó que ese refrán de su madre era bastante tonto, pero el caso es que nunca lo olvidó y cada vez son más las ocasiones que ella misma se lo aplica, sobre todo cuando discute con Teresa.
El comandante vuelve a dirigirse al pasaje. Habla español con un marcado acento italiano y explica algo sobre las turbulencias, nubes de desarrollo vertical y fuertes corrientes descendentes. Estrella piensa, mientras aprieta los dientes, que el exceso de información está sobrevalorado. La tripulación de cabina se esmera en supervisar que todos y cada uno de los pasajeros lleven abrochados los cinturones de seguridad, que las mesitas estén recogidas y los respaldos en posición vertical. Ellos mismos se sientan en sus trasportines y se abrochan el cinturón sin perder la sonrisa o la mueca de algo parecido. El niño del otro lado del pasillo comienza a llorar y su madre, por más que lo intenta, no logra que se calme. La moderada tranquilidad se esfumó por una de las ventanillas de emergencia.
Estrella se agarra con ambas manos a los reposabrazos, hiperventila, siente las turbulencias, el cambio de altitud del avión que sube y baja con violencia, igual que su estómago vacío. Sube y baja, su hija Patricia, el terremoto, la pérdida de altura, las imágenes de la televisión, los muertos, el descenso del avión, el ruido de los motores o lo que sea que suene de esa forma, como ladridos de una bestia, o el niño del otro lado del pasillo que no deja de chillar. Estrella se hunde aún más en el asiento. Los heridos del terremoto, las personas que lo han perdido todo, el teléfono de Patricia que nunca descuelga, los días que lleva sin hablar con ella, el mensaje del contestador que ya se sabe de memoria. Su madre, la persona más fuerte que conoce, llorando al teléfono, y si llora ella… Estrella cierra los ojos con fuerza y recuerda las clases de pilates: inhala y relaja; exhala y comprime. Relaja y repite. Relaja y repite.
Los ruidos han dejado de oírse, ahora solo hay un leve zumbido persistente, el avión en posición horizontal, la señal luminosa del cinturón apagada. Teresa sigue durmiendo. Al otro lado del pasillo, el niño colorea un globo aerostático mientras que su madre hojea, despreocupada, la revista mensual de Alitalia. Una azafata empuja el carro del duty-free y la otra, con nariz de ratón, se dirige a Estrella con las gafas de sol en la mano y le pregunta si son suyas. Estrella responde, aturdida, que sí. En ese momento su hija se despierta.
–¿Cuánto tiempo he dormido?
–Te quedaste dormida antes de despegar.
–Últimamente duermo muchísimo. ¿Y tú? ¿Estás bien? Tienes mala cara.
Estrella no responde. Sube la persiana de su ventanilla y al hacerlo una bocanada de luz ilumina todo el cubículo entre su asiento y el de delante. No parece el mismo cielo gris y enmarañado de hace unos minutos. ¿Habrá sido una pesadilla? Las turbulencias, los ruidos, el niño llorando que ahora colorea el dibujo procurando no salirse de la raya… El sol es intenso y le calienta la cara deprisa. Estrella está a punto de sentirse bien, de pensar en Patricia sin dolerle tanto. Inhala y relaja; exhala y comprime. Relaja y repite. Ha tenido que ser una pesadilla. Abre las patillas de sus gafas de sol para ponérselas y, al hacerlo, decenas, cientos y miles de minúsculos cristales caen sobre su cuerpo como una lluvia de copos de nieve punzantes.
Teresa vuelve del baño. Ha dormido profundamente y apenas queda una hora para aterrizar en Roma. Prefiere quedarse un rato de pie antes de sentarse; activar sus piernas, flexionar ligeramente sus rodillas y rotar los tobillos, pero el niño que está sentado a su lado parece que se haya aburrido de colorear y la mira fijamente. Está a punto de dirigirse a ella, lo nota en la mirada del crío, atenta y a la vez curiosa. Ya se conoce esto: el niño le preguntará por vete tú a saber qué, ella le tendrá que seguir el juego mientras le hace un guiño de complicidad a la madre, la mamá acabará diciendo indulgente «no molestes más a la señora» y Teresa se verá doblemente molesta, primero por la charla intranscendente con el niño, porque a ella no le sale hablar con niños, y seguido por el «señora» de la madre que la hará sentirse mayor de lo que es. Teresa se pone las gafas de sol evitando así el contacto visual y esa es su manera de zanjar la cuestión y mandar al niño el mensaje subliminal de «yo no soy de esas, prueba con la azafata, chaval». Sin embargo, después de desviar la mirada por unos segundos, vuelve al niño otra vez porque hay algo en él que le atrae: el pelo largo y liso con flequillo recto. Ningún niño lleva ya el pelo cortado de esa forma. Así es como lo solían llevar Patricia y ella de pequeñas.
Dicen que las hermanas gemelas sienten un vínculo gemelar para toda la vida, que haber compartido el inicio de sus vidas desde el momento de la concepción las lleva a tener una gran compenetración psicológica. Teresa siempre lo sintió así, hasta que el vínculo desapareció y nunca más volvió a experimentarlo. Ni con su hermana ni con nadie más.
Saca el móvil del bolsillo y se pregunta si tendrá, cuando desactive el modo avión, una llamada perdida de su hermana y, si no la tiene, cómo hará para disimular la decepción delante de su madre. Mira a Estrella, que en ese momento está intentando recomponer los cristales rotos de sus gafas de sol. Acabará cortándose.
Cuando Patricia anunció en casa que le había sido concedida una beca dentro del Programa Europeo de Profesores, a Teresa se le cayó el mundo encima. Hubo cinco segundos eternos de silencio, pero inmediatamente después sus padres la felicitaron y comenzaron a hacerle mil preguntas. Ella respondía a uno y a otro como podía, radiante de felicidad, y Teresa solo se preguntaba dónde había estado ella todo ese tiempo en el que su hermana había sopesado el puesto, rellenado los impresos, elegido el país y, por último, había aceptado la beca. Patricia seguía parloteando sobre una universidad de la que nadie antes había oído hablar, en una ciudad italiana de la región de los Abruzos llamada L’Aquila, y que al decir el nombre cada vez de forma distinta dejaba claro que ni ella misma sabía cómo se pronunciaba. ¿Y su hermana se iba a ir allí?
–¿Cuánto tiempo? —Esto fue lo único que Teresa preguntó.
Patricia contestaba y se explayaba en sus respuestas.
–Los próximos tres años trabajaré como profesora asistente. Después, puedo alargarlo otros tres para acabar mi doctorado y, finalmente, optar a un puesto fijo en la misma universidad o incluso cambiar de país.
¿Cambiar de país? A Patricia se le abrían muchas oportunidades, a ella se le cerraba el alma. Intentó contagiarse de la alegría que reinaba en esa cena y, cuando todos alzaron las copas para brindar por su nueva vida, Teresa la chocó tan fuerte contra las del resto que se hizo añicos vertiendo el vino sobre su vestido y los cristales sobre el brazo de Patricia, que rápidamente se tiñó de un rojo oscuro.
El comandante se dirige a los pasajeros y les informa que en breve aterrizarán en Roma, que la temperatura es de quince grados y que hay riesgo de lluvias. Teresa piensa que no tiene ropa de abrigo, aunque siempre puede usar la de Patricia. Le viene a la mente esa ropa tan coloreada de Desigual con la que viste su hermana y casi prefiere tomar prestada la ropa de su madre. Y otra vez nota que la cabeza se le va por otros derroteros… ¿Y qué más da la ropa ahora? Lo que ella quiere, en verdad, es ver a su hermana para decirle cuatro cosas bien dichas: por no tener el móvil encendido, por no llamar para decir que está viva, por mantener a todos en vilo y por actuar como siempre hace, sin pensar en los demás. Lo que ella quiere, en verdad, es ver a su hermana.
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