Kitabı oku: «Mientras vence afuera la sombra»
MIENTRAS VENCE
AFUERA LA SOMBRA
SUSANA IBÁÑEZ

Mientras vence afuera la sombra
SUSANA IBÁÑEZ

Índice
Portada
Portadilla
Legales
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
| Ibáñez, SusanaMientras vence afuera la sombra / Susana Ibáñez. - 1a ed . - Santa Fe : Palabrava, 2021.Libro digital, EPUB - (Rosa de los vientos ; 15)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-4156-38-91. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.CDD A863 |
Mientras vence afuera la sombra Susana Ibáñez
Editorial Palabrava
Diagonal Maturo 786
Santa Fe
editorialpalabrava@yahoo.com.ar
www.editorialpalabrava.com
Colección Rosa de los vientos
Directora de colección: Patricia Severín
Coeditora: Viviana Rosenzwit
Diagramación: Álvaro Dorigo y Noelia Melit
Diseño de Colección y Tapa: Álvaro Dorigo
Santa Fe – www.sugoilab.com
Primera edición en formato digital: noviembre de 2021
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN 978-987-4156-38-9

Venimos de los vientos y regresaremos a ellos. La ¿Pero por qué nos pondría esto tristes? Mejor amémonos y trabajemos, y celebremos. No creo en las tristezas de este mundo.
E. M. Forster
Y en el pensamiento luz o fe ahora buscas, mientras vence afuera la sombra
L. Cernuda
Uno
El fiscal Rojas le dio las muletas a Tracia, se sentó en el sillón del consultorio, con esfuerzo subió la pierna operada y acomodó la otra con rapidez, como si no le doliera. Tracia apoyó las muletas en la pared y ocupó el banco frente a sus pies, la mesa de instrumental a un lado y la lupa con luminaria al otro. Rojas hizo cuentas: ya había visitado a la podóloga en tres ocasiones, a razón de una por mes, después estuvo más de dos meses en cama y ahora, en su cuarta visita, se sometería a lo que imaginaba una tortura.
Con la suavidad acostumbrada, Tracia alineó los tobillos sobre el paño descartable y le quitó las medias y las vendas. En la piel se veían rastros de las heridas, que tardaron tanto en cerrar. Se calzó los guantes de látex con un par de chasquidos y se inclinó para observar las uñas. Su cara quedó enmarcada por los pies de Rojas, los dedos pálidos por el frío del aire acondicionado, la mala circulación y las secuelas del ataque.
—¿Le duelen todavía? —preguntó ella.
—Mucho menos que antes, pero me vuelven a doler de solo verlos.
—Agradezca que salió vivo —dijo Tracia. Miraba la mesita de instrumental a su lado como si dudara con qué emprender tamaña tarea.
El fiscal había oído esa frase con frecuencia en las últimas semanas, pero recién ahora que ella la pronunciaba con tal desapasionamiento, como si la dijera diez veces al día, fue consciente de su obviedad: era hora de sentir gratitud por haber sobrevivido y dejar atrás el rencor que lo atenazó cuando, después de operarle la pierna, los médicos le dijeron que harían lo posible por salvarle los pies, que habían resistido a las ruedas de las motos sin fracturas serias pero mostraban heridas en los dedos que tardaban en cerrar. Nunca antes había pensado que la palabra amputación se sumaría a su vocabulario cotidiano.
—Vivo, pero por poco —murmuró.
Se repetía el ritual. Cuando ella comenzaba a trabajar no hablaban por un rato. Rojas tenía tiempo de observar la precisión de las manos enguantadas, la cabeza con una breve inclinación hacia un lado, atenta a los secretos de sus pies, el balance de los rasgos —sobre todo la línea casi recta de las cejas, pero también la de la nariz, y la de la boca, que apretaba de a ratos—, y la piel que, aunque tirante sobre los pómulos, comenzaba a insinuar las líneas de la cuarta década.
A Rojas se le estaban cayendo las uñas y había ido a verla para que las extirpara sin ponerlo en peligro de infección. No permitió que nadie lo hiciera en la clínica. Solo se dejaba tocar los pies por ella. La diabetes había hecho de sus visitas mensuales a ese consultorio —y a todos los que había ido en casi veinte años— no tanto un paliativo o un acto de vanidad como una precaución, y sabía que ella no le provocaría dolor.
Antes de cerrar los ojos para pensar en otra cosa —en las tierras de Tracia y no en el bisturí de Tracia, por ejemplo—, vio que ella empezaba a trabajar. Insensible y torcido hacia adentro, el dedo gordo viraba de un pálido bilioso al gris. De un color marrón claro, engrosada y más larga que lo habitual, la uña se había mantenido en su lugar gracias a una venda, pero ahora se veía desprendida y frágil. Rojas apoyó la nuca en el respaldo y apretó los párpados y los dientes. La destreza de la mujer y la escasa sensibilidad de sus pies hacían que casi no sintiera lo que a otro le habría parecido un martirio.
Imaginaba la región de Tracia, tierra contradictoria de Espartaco y de Tereo, como una extensión de verdes profundos moteada de ruinas, frutales y sembradíos. Reconstruyó parte de lo que había leído sobre la comarca para no sentir el filo del metal en las cutículas, pero al abrir la memoria regresaron el vértigo y el miedo: dos motos se le vienen encima, lo hacen caer en la calle y le aplastan las piernas entre gritos y aceleradas. “Esto es por la piba”, llega a oír que dice uno cuando coletea y estabiliza las ruedas para arremeter contra él otra vez, esta vez para pegarle con lo que, según los testigos, eran tubos de metal. El sol del mediodía santafesino lo encandila y no le deja ver de dónde vienen los golpes. “No te vuelvas a retobar, Rojas”, le grita por sobre el hombro el último en escapar, anónimo en la cueva del casco. Por seguirlo con la vista, no ve el auto que le da el peor golpe. No te vuelvas a retobar, Rojas. Le resultaba difícil olvidar ese final de estruendo: el ruido de los motores al acelerar de pronto, el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto caliente, la amenaza.
Siempre había sentido repulsión por los pies de los otros, pero por los suyos sentía odio. Comenzó a ocultarlos de chico porque la forma de sus dedos le parecía revulsiva y porque las uñas, más gruesas y opacas que las de sus amigos, siempre le quedaban torcidas o se le encarnaban. Le daban tanta vergüenza que, aunque le gustaba pasar las tardes con sus amigos en Regatas, había evitado aprender a nadar mediante el cultivo atento de resfríos catarrales, túrgidas micosis y otitis a repetición. Si no podía simular una enfermedad, se dedicaba a la actuación desesperada de ahogamientos que bien podrían haberse visto como intentos de suicidio. Se negaba a usar ojotas y no se quitaba las medias ni siquiera cuando, de joven, estaba con una mujer. Se disculpaba con ellas, se reían juntos bajo las mantas, prometía compensarlas, pero recién olvidaba su incomodidad si ellas desviaban la atención a partes más armónicas de su cuerpo.
Dos décadas atrás, al detectarle diabetes, el médico le recomendó que un podólogo vigilara la aparición de lesiones y le cortara las uñas con cuidado. Aparte de exigirle que cuidara la dieta, le indicó que caminara a diario, lo que hacía de la atención de los pies más que una veleidad, como le pareció al principio, una medida imprescindible para llegar a viejo sobre ambas piernas. Rojas nunca había podido ir por mucho tiempo al mismo podólogo. Le hacían doler, eran demasiado conversadores, chismosos, bruscos, o tan silenciosos y serios que parecían aborrecer tocarlo. Puso los pies en manos de hombres y de mujeres, de profesionales jóvenes y maduros, pero todos tarde o temprano le desagradaban tanto que buscaba a alguien más. Por fortuna, la ciudad era grande y prometía una infinidad de posibilidades. Como se graduaba un par de docenas de podólogos por año en la tecnicatura de la universidad, calculaba que podía pasar el resto de la vida explorando consultorios y descartarlos uno tras otro sin correr el riesgo de agotar la lista de prestadores de la obra social de judiciales.
Un día lo atendió Tracia. Fue un veintiuno de septiembre, recordaba, porque de vuelta del consultorio vio gente joven de picnic en la placita bajo un sol frío, en apariencia inmunes a las incursiones del viento del oeste. Pasó entre ellos sin sentir molestias al caminar y pensó que tal vez había encontrado un lugar con regreso. Al llegar a su casa escribió en la agenda la fecha de la siguiente cita, que copió de la anotación que ella había hecho en un rectangulito de papel. Para hacerle un doble nudo a la memoria, lo guardó entre las primeras páginas del mes de octubre. Encontrar primero el papel y a los pocos días la anotación sería como duplicar la víspera. Y no era común en Rojas aferrarse al futuro con dos manos.
Llegó a ella por recomendación de su nuevo endocrinólogo, José Luis Ballesteros, a quien conoció en circunstancias algo extrañas. Empezó a atenderse con Ballesteros porque tal era su preocupación por la diabetes que cambiaba cada tanto de médico para asegurarse de tener siempre un diagnóstico actualizado. Ballesteros tenía su consultorio en una clínica en constante expansión, de esas que crecen por el interior de la manzana a medida que compran las propiedades linderas. En la segunda visita que le hizo, la conversación derivó en el cuidado de los pies y en las quejas que acumulaba contra los pedicuros de este mundo. Ballesteros le comentó que en esa misma clínica trabajaba una podóloga que venía del sur, no recordaba si de Tapalqué o de Trenque Lauquen, de un lugar con T, dijo, Trelew, Tandil o Los Tamariscos. Había oído que era muy buena.
—¿Por qué no pasa y se fija si está desocupada? Necesita que le miren ese dedo con urgencia.
Con los pies insensibles por lo intenso del invierno, que aunque ya llegaba a su fin tardaba en irse, Rojas no había notado que el roce de la media le había hecho un surco vertical en el frente del dedo medio del pie derecho —más largo que los otros de ese pie pero más corto que el del otro—, una hendidura que nacía de un rojo inquietante bajo la uña y se perdía, con forma de estuario, en los pliegues que lo unían a la planta. El médico le aplicó un vendaje e insistió en que no dejara pasar el tiempo: no necesitaba un médico para algo así, sino alguien que lo viera todos los meses y que lo enviara con él solo si alguna lesión empeoraba.
Ballesteros le dio indicaciones. El consultorio de podología daba a la calle y lo encontraría sin dificultad, donde antes de la última reforma estaba la oficina de recepción, una puerta amarilla. Rojas le aseguró que de pasada pediría turno, mas una vez en el ascensor evaluó posponer un par de días esa visita. Pensó que podía curarse él mismo con una loción antibiótica sin necesidad de conocer a una nueva representante de la profesión que había aprendido a temer. Pero no logró escapar. Una vez en planta baja, cuando apuraba el paso con la vista fija en la salida, una mujer baja y delgada se asomó a una puerta, celular en mano, y le habló con familiaridad:
—¿Usted es el fiscal Rojas, no? Dice el doctor Ballesteros que quiere que lo vea. Pase, que me acaban de avisar que la paciente que tenía agendada no puede venir.
El consultorio exhibía objetos que le resultaban familiares: el sillón con su mantelito descartable a la altura de los pies, luces y lupas, una mesa con instrumentos que él siempre evitaba mirar, frascos con algodones, cremas y geles, un pequeño escritorio con la agenda abierta y la radio encendida en FM, revistas sobre la realeza europea y sus epígonos locales, una pared cubierta de títulos y certificaciones. Pero las cortinas azafrán y algunos detalles rojos de los cuadros lo hacían un lugar ajeno al resto de la clínica, como si allí solo entrara gente vigorosa y feliz. Lo único que le disgustaba era la presencia amenazadora de un espejo en la pared del fondo. Esa primera vez no tuvo tiempo de evitar su propia imagen —la piel cenicienta, los kilos de más, el cabello abundante y canoso, los ojos tan desteñidos como el resto del conjunto—, pero a partir de esa visita estuvo sobre aviso y, apenas entraba, apartaba la vista de esa pared.
En aquella primera ocasión, Tracia le desinfectó la herida, le cortó las uñas, quitó callos y asperezas, lo vendó de nuevo. Tenía las manos pequeñísimas pero fuertes, y no importaba qué hiciera, no le producía molestias. Enseguida comprendió que ni la fealdad de sus pies lo podía hacer sentir incómodo frente a ella. La miró trabajar con asombro y fascinación, y cuando ella le masajeó los pies con la crema que le recomendaba no pudo mantener los ojos abiertos.
—Se pone esta crema y duerme con medias de algodón, pero que le queden flojas. Va a ver que al día siguiente está más descansado y la piel no se le seca ni se le cuartean los talones.
Suspendido entre el placer y el alivio, Rojas cerró los ojos sin pudor y olvidó hasta la posición de su cuerpo.
—El doctor Ballesteros me pidió que lo atendiera como un favor personal. Se ve que le tiene estima —comentó ella mientras le ponía las medias, algo que ningún podólogo antes había hecho por él.
—Nos conocimos en circunstancias muy especiales, cuando murió su hermano.
—¿Eso fue hace mucho?
—En realidad, solo tres meses.
Ella lo miró con las cejas levantadas.
—En la clínica nunca se habló de la muerte de un hermano.
—Perdón, no tuve que haberlo mencionado. —A Rojas le subió un ardor a la cara y se le aceleró el corazón—. Olvidé que es una especie de secreto de familia. No vaya a decirle que le conté.
—No se preocupe. Soy la mejor guardando secretos y tengo todavía media hora libre.
Cada vez que recordaba esa primera visita, como hacía ahora que Tracia le extirpaba las uñas a dos meses del atentado, intentaba encontrar la causa de su indiscreción. Nunca pudo decidir si fue el cansancio por la tarea ingrata de trabajar en el Ministerio Público de la Acusación, el masaje con el que Tracia le distribuyó la crema antiséptica por los pies, la inminencia de la primavera o la paz que le transmitía la voz de la mujer; lo cierto era que le contó cómo conoció a los hermanos Ballesteros, al vivo y al muerto.
Llegó a la casa del muerto a eso de las nueve de la mañana, con un oficial joven y ansioso por entrar en acción. Era un chalet californiano en ochava, estropeado por décadas de falta de pintura, con dos pinos en el frente y, en vez de césped, piedritas blancas. José Luis Ballesteros abrió la puerta con gesto nervioso, se asomó y miró a los lados como si temiera que lo estuvieran vigilando, los invitó a pasar y los condujo a un sector de sillones bajos de líneas curvas. El lugar olía a humedad. Dijo lo que el fiscal ya sabía, que el juez ordenaría una autopsia. El oficial se dejó caer en uno de los sillones, que al contacto súbito con su cuerpo dejó escapar una considerable nube de polvo. Con una mirada rápida, Rojas le dio a Ballesteros un poco menos de sesenta años; con una observación detallada, algo más. Según su relato al 911, la noche anterior había encontrado a su hermano mayor en el primer piso, tendido en la cama, muerto.
—Antes de subir a ver el cuerpo, les tengo que pedir algo muy importante, que le pedí también al juez —dijo Ballesteros—. La muerte de Carlos debe permanecer en secreto por respeto al apellido.
De pie entre dos sillones, las manos en la espalda, Rojas pensó en lo anacrónico del pedido —los apellidos perdieron valor hace mucho— y le contestó que no podía prometerle nada. Su tarea como fiscal era investigar lo que se caratulaba en principio como muerte dudosa por no haber ocurrido en un efector de salud, y no veía por qué el apellido tenía que ocultarse si era probable que se tratara de muerte natural. No podía decirle que llegaba con la indicación precisa de desestimar el caso.
—No es que no quiera que se sepa que murió, doctor. Nadie tiene que saber que estaba vivo. A Carlos eso no le habría gustado. ¿No se quiere sentar, doctor? ¿Les traigo un café antes de subir a verlo?
Le quedaba mucho trabajo en la oficina y le dolían los pies. Los zapatos, que le parecieron cómodos al comprarlos, le resultaban tan estrechos que los dedos se le apilaban. Aún así, evitaba sentarse para no producir una sensación de familiaridad en el deudo. No confiaba en el café que ofrecían los parientes de los muertos dudosos, pero el oficial aceptó antes de que él pudiera rechazarlo. Ballesteros dejó la sala con paso rápido. Seguro que agradecía la oportunidad de postergar unos minutos la visita al primer piso. El oficial se acomodó en el sillón, miró alrededor con curiosidad, sacó de la campera una libreta y una birome y anotó algo. El pibe se creía detective. ¿Cuántos años tendría? ¿Veinticinco? Entre lo lúgubre de esa sala, el olor punzante de las paredes húmedas, la juventud del oficial y su dolor de pies, Rojas quería tramitar rápido el asunto y retomar el trabajo en la oficina, sentado y, en la medida que la discreción lo permitiera, descalzo. Soñaba con liberar los talones y apoyarlos en el borde del zapato para que los dedos tuvieran lugar para acomodarse.
Coincidía con Schillaci en que con la edad Rezek se había vuelto miedoso, pero parecía haber además algo personal, porque no era la primera vez que Squillaci le pedía que le siguiera los pasos al juez y solicitara el archivo de las causas cuando le pareciera conveniente. Lejos estaba de querer oponerse a su jefe, pero como se podía desatender un crimen si no se investigaba al menos un poco, antes de pasar a archivo se aseguraba de que estuviera todo en orden. Y aunque intentaba no contradecir a Schillaci, ese era un caso para estar atento: al muerto lo encontró quien parecía ser su único heredero.
José Luis Ballesteros apoyó en la mesita del centro una bandeja con tazas de café instantáneo y una azucarera de donde el oficial rascó algo de azúcar endurecida. Rojas esperaba que el médico les contara cómo y cuándo se enteró del fallecimiento de su hermano, pero Ballesteros se acomodó en el sofá y les narró, con palabras que de tan precisas parecían ensayadas, una historia que se remontaba a muchos años atrás.
Su hermano Carlos se encerró en esa casa el dos de marzo de mil novecientos setenta y nueve, cuando tenía treinta años, una semana antes de casarse con Mariana Agudo, su novia de la secundaria. Carlos había estudiado abogacía y ella, arquitectura. Carlos esperó a que Mariana terminara la carrera para proponerle matrimonio, algo que estaba deseoso de hacer después de doce años de noviazgo. Ella aceptó y se organizó la boda en pocos meses. Llamaron al mejor fotógrafo, contrataron el servicio de lunch —así se decía entonces, así lo dijo él—, distribuyeron las invitaciones. El mismo Carlos se encargó de enviarlas por correo con suficiente antelación. Hasta las certificadas tardaban en llegar en esa época.
Pero con el vestido listo y las flores encargadas, Mariana llamó a Carlos por teléfono y le dijo que no se casaba. Según él, no le dio razones. Carlos se encerró en su dormitorio en el primer piso y dio orden a sus padres y a José Luis de llamar a los invitados y decirles que la boda se cancelaba y que él viajaba a Río de Janeiro por un caso muy importante. José Luis debía averiguar qué versión daba ella de la ruptura, pero sin hacer demasiadas preguntas. Para Carlos la discreción era un mandato. “Que no se note, que nadie se de cuenta”, repetía.
—Al menos hasta donde nosotros sabíamos, no volvieron ni a hablarse —siguió José Luis—. Y yo no pude cumplir con su encargo, porque nadie me quiso decir qué razón le dio ella a su familia para cancelar el casamiento. Mariana ni siquiera se molestó en volver a hablar con mis padres, que nunca entendieron qué pasó, ni conmigo.
Ballesteros se ubicó junto a la ventana y les hizo un gesto con la mano para que se acercaran. Señaló una casa de dos plantas que se levantaba tras un tapial de ladrillo a la vista interrumpido sólo por una cochera. Por sobre los extremos del muro asomaban dos juveniles.
—Ahí vivió ella desde que nació y ahí siguió viviendo —continuó—. Los Ballesteros y los Agudo fueron amigos desde siempre y hasta ese momento.
—Qué raro que no se haya ido lejos, su hermano —murmuró el oficial.
Fue lo que le dijeron, según Ballesteros: que considerara todas las posibilidades que tenía de ahí en adelante, que podía viajar, cursar un posgrado en Estados Unidos, hacer la carrera judicial, instalarse definitivamente en Río. La madre lloraba a escondidas y el padre pasaba temporadas cada vez más largas en el campo. Al viejo Ballesteros lo enojaba verlo recluido, pero a la vez no quería que nadie se enterara de la dificultad que demostraba su hijo para superar el primer revés serio de su vida. “Lo tengo que haber criado muy mal”, recordaba Ballesteros que decía su padre, “muy mal”.
—¿Nunca más salió, quiere decir? —preguntó el oficial.
—Nunca más. Treinta y ocho años vivió sin ver a nadie fuera de la familia cercana. Solo nosotros tres sabíamos que él estaba arriba. Si necesitaba un médico lo atendía yo, pero en los últimos años dejó de consultarme por su salud. Hace poco me dijo que salió algunas veces, de noche, pero nunca le creí.
—¿Tenía vergüenza de que lo vieran sus conocidos o de que lo viera ella? —preguntó el oficial.
En una muerte ocurrida en domicilio todo era sospechoso, hasta que las paredes tuvieran salpicré. Algo le molestaba a Rojas de esa habitación aparte del olor, y todavía no podía saber qué. Estaba grande para hacerse el detective —para eso lo tenía al oficial—, pero no creía una palabra de lo que decía Ballesteros. El oficial hacía las preguntas correctas y anotaba todo lo que el hombre contestaba, así que no necesitaba quedarse a su lado, duplicando la escucha. Se preguntó si sería el primer caso de ese muchacho, cuyo nombre no recordaba en ese momento ni recordó al contarle la historia a Tracia. ¿Siempre sería así de emprendedor ese chico, hasta el final? Se dedicó a observar los detalles de la sala y la cocina. El muerto en el primer piso no tenía apuro.
No deseaba darle tantos detalles a Tracia —después de todo, recién la conocía, aunque todo en ella le inspirara confianza—, pero había escenas de aquel caso que lo visitaban por las noches. Tal vez compartirlas las ahuyentara para siempre, pero no se atrevía. Ella debió contestar el teléfono y le dio tiempo de recordar que, mientras el oficial conversaba con quien luego se convertiría en su nuevo endocrinólogo, él caminó despacio siguiendo las paredes de la sala, como si sólo quisiera estirar las piernas. Observó los estantes de madera oscura que cubrían la pared del comedor. No tenían una mota de polvo. Victoria Holt, Philippa Carr —¿sabrían en esa casa que Holt y Carr eran la misma autora?—, Agatha Christie, Guy des Cars, Graham Greene, Bioy sin Borges; figuritas de porcelana de moda antes de los sesenta; lámparas de pantallas cilíndricas demasiado grandes para el gusto actual, ajadas y remendadas con habilidad; relojes digitales sin pila, los cuadrantes grises, ciegos; sujetalibros y ceniceros de bronce lustrosos. Todos los libros y los objetos eran anteriores a los noventa. ¿Sería eso lo que le incomodaba? ¿Le molestaba que la casa permaneciera inmóvil en el tiempo, o que su vida se alejara sin remedio de la década atrapada en esas paredes?
—¿Podemos subir, doctor Ballesteros? —preguntó desde el pie de la escalera—. El forense debe estar por llegar.
No esperó respuesta y subió. Se encontró en un hall de distribución cuadrado con cuatro puertas, dos a la izquierda y dos a la derecha, todas entornadas. Buscó el interruptor y encendió la luz. Las paredes estaban forradas de madera oscura y la iluminación era tenebrosa de tan tenue. En la pared del fondo colgaba un espejo que intentó atraparlo, pero giró la cara a tiempo. Pensó un momento y empujó la puerta donde supuso que estaría el cuerpo.
Tracia había terminado de dar el turno que le pedían por teléfono y esperaba atenta en su banqueta que él retomara el relato. Rojas cerró la revista que simulaba leer. Le contó que Carlos Ballesteros parecía haber muerto tendido de espaldas sobre el cubrecamas, vestido como para salir, hasta con zapatos. No parecía ser su cuarto. Esa habitación había caducado cuarenta años atrás. El piso de madera brilloso de cera, las paredes pintadas de blanco, óleos con marcos de madera tallada, cortinas de tul, parecía el dormitorio de mis padres, le dijo.
No le contó a Tracia lo que pensó en ese momento; se le ocurrió que debería retomar contacto con una mujer con la que había salido alguna vez, una decoradora de interiores que era capaz de describir a las personas por sus casas. Nunca logró que le dijera qué veía en él a partir del análisis de su dormitorio, pero ella lo dejó a las pocas semanas de todas formas, así que no pensaría nada bueno. Mirando ese cuarto, ella podría haber hecho un perfil de los padres de los Ballesteros. ¿Por qué pensó en los padres y no en el muerto? Abrió un placard y vio una colección de abrigos pasados de moda que no parecían haberse repuesto de un bombardeo de naftalina y humedad.
—Ya me había olvidado de la cara de mi hermano así, tranquilo —dijo Ballesteros, de pie junto a la cabecera—. En los últimos meses lo veía poco, y encima, estaba siempre de mal humor.
— Este no es su cuarto, ¿no? —preguntó Rojas.
— No, él dormía al lado. ¿Cómo se dio cuenta?
Tampoco le contó a Tracia que el tono de admiración de Ballesteros le devolvió el buen ánimo que el fervor del oficial y el recuerdo de aquella novia habían disuelto.
—Entré en esta habitación porque es la primera que mira a la calle lateral. Me equivoqué, porque la de él es la segunda puerta, dice usted. Los dos cuartos dan a la casa de los Agudo, así que si no estaba en el primero, estaría en el siguiente.
En el segundo dormitorio, Rojas encontró los objetos que hablaban de Carlos, el resto de sus restos. No le pareció necesario contarle a Tracia que en ese momento identificó otra cosa que lo incomodaba de ese lugar: los ruidos allí eran diferentes a los que acostumbraba a escuchar en su casa, tal vez porque los materiales eran de otra época. Había telas espesas, alfombras, almohadones bordados. Sin duda, un caso para su decoradora.
Carlos había puesto la cama junto a la ventana de modo que quien se acostara podía mirar por debajo de la persiana. Desde la casa de los Agudo, la persiana, descascarada y polvorienta, parecería del todo baja, pero en realidad quedaba suficiente espacio para observar sin ser visto. Rojas se acostó para comprobar su hipótesis, pero se incorporó con una disculpa cuando vio que José Luis Ballesteros lo miraba con reprobación. En el placard encontraron ropa deportiva de talla demasiado grande para Carlos.
—Llegó a usar XXL porque se hizo muy sedentario y se entretenía comiendo —relató su hermano—. Empezó a adelgazar por la enfermedad y me encargó ropa nueva. No me dijo qué le pasaba. Y si yo insistía, peor era, más se retraía. Sólo conseguí que dijera que le quedaba suficiente tiempo, pero nunca entendí bien para qué. Le juro que hice todo lo posible para que consultara a otro médico, viendo que en mí no confiaba, pero nunca me hizo caso.
José Luis siguió hablando sobre el límite de sus responsabilidades ante un adulto en pleno uso de sus facultades que rehusaba tratamiento, pero Rojas ya no lo escuchaba. No iba a acusarlo de abandono de persona. Se detuvo frente a un mueble de estantes amplios donde se alineaban las computadoras que Carlos usó durante sus años de reclusión, y calculó que ese era el único que se había incorporado a la casa en cuarenta años. Su hijo Ariel se habría sentido feliz con esa colección: ante las miradas de asombro del oficial y de José Luis, identificó todos los modelos en voz alta, empezando por las de arriba, una Apple II y una Texas Instruments. Esperaba encontrar una Commodore, pero no había ninguna. De la TI Carlos había saltado a una IBM y luego a una Macintosh. No era fiel a una marca. El segundo estante exhibía una Compaq Desktop, una Macintosh portable, una IBM ThinkPad, una iMac. En el centro del estante más bajo y ancho, que hacía las veces de escritorio y donde Carlos en apariencia trabajaba, había una MacBook Air y un iPad. Imaginó que el muerto, después de lustrar los ceniceritos de bronce de planta baja y de cumplir con otras tareas de mantenimiento, se instalaría por largo rato frente a esa computadora. Tal vez al iPad lo usaba para leer en la cama, como le habían contado que se hacía ahora.
—Tengo un hijo programador —les explicó al oficial y a José Luis Ballesteros—. Mis amigos hablan de fútbol con sus hijos para ver si la conversación lleva a un tema trascendente, pero yo tuve que aprender sobre esto. De programación nunca entendí nada, pero aprendí los modelos y qué avance trajo cada uno.
—Carlos sabía mucho de computación. Cuando se encerró dejó la abogacía y se dedicó a leer y a aprender sobre eso.
—¿Y sus libros?
—Acá enfrente, donde dormía yo de soltero.
El tercer dormitorio conservaba lo que Carlos había leído todos esos años. Ballesteros le comentó al oficial que pensaba donar todo a una biblioteca, porque en su familia a nadie le gustaba leer. Frente a los libros se alineaban, además, algunos recuerdos: una Polaroid, un walkman Sony, una caja transparente con cassettes, un yo-yo de Coca-Cola, un cubo Rubik en su caja, dos cronómetros. Una capa de polvo delgada y uniforme, como si quien limpiaba cada rincón una vez por semana hiciera ya dos que no pasaba por ahí, enmascaraba las superficies.
—¿Y qué otras cosas hacía, aparte de leer y aprender computación? —preguntó el oficial.
—Miraba televisión. Ya no quedan televisores en la casa porque me los hizo regalar. Dijo que a alguien le podían servir. Miraba sólo por la computadora, que yo sepa.
Rojas pensó que la película favorita de Carlos estaba en la ventana, no en la pantalla de la Mac Air. Le extrañó tanto orden. Los hikikomori suelen acumular objetos y vivir en la suciedad, pero no era ese el caso. Tal vez Carlos se había deshecho de papeles y fotos cuando se dio cuenta de que llegaba el final, se había ido desprendiendo de las cosas de a poco, o bien podía ser que su heredero hubiera limpiado antes de llamar a la policía.
Tracia lo interrumpió para preguntarle qué era un hikikomori.
—Personas que hacen como él, se aíslan del mundo y se comunican a través de la computadora, o ni eso. Suelen ser acumuladores compulsivos. Cada vez aparecen más, sobre todo en Japón. Se salen del sistema y siguen a cargo de los padres aún siendo adultos, hasta que se quedan sin familiares y se los descubre cuando salen a pedir atención médica o recursos para comer.
Volvieron al hall de distribución y se quedaron conversando allí. Los paneles de madera y las luces difusas lo hacían el mejor lugar para hablar del muerto. No le contó a Tracia que se ubicó de espaldas al espejo por precaución. Sonó el timbre y el oficial les hizo señas de que bajaba a abrir.
—Usted dijo que él vivía solo —le dijo a José Luis Ballesteros—. ¿Quién limpiaba la casa? Veo que está todo impecable. No hay ni un papel fuera de lugar, ni una mancha en la pared.
Rojas se preguntaba de dónde saldría ese olor a humedad, si todo parecía estar seco y recién pintado.
—Mientras vivía mamá, ella se encargaba de que Carlos tuviera todo lo necesario, aunque había días que él no le hablaba, y otros que ni siquiera la dejaba entrar a su cuarto. Papá murió hace mucho y ella hace ya siete, no, ocho años. Entonces me empecé a encargar yo. Le hacía una compra quincenal y se la acomodaba en la alacena y en la heladera. Si estaba de buen humor, bajaba él a saludarme, pero las más de las veces, subía yo y le hablaba desde la escalera, para no invadirlo. Al principio le manejaba la cuenta del banco, pagaba su tarjeta de crédito. Después empezó a hacerlo él por banca electrónica, pero yo seguí a cargo de las compras. Le descontaba el monto de su asignación mensual. Me encargaba de administrar el campo y le depositaba un tercio de las ganancias. Me quedaba con dos tercios porque, al fin y al cabo, yo hacía todo el trabajo y él se había quedado con esta casa. Él estuvo de acuerdo con ese arreglo. Cuando mamá murió, empezó a limpiar y a mantener todo en buen estado, por lo menos la parte de adentro de la casa. Era muy habilidoso. Lo único que no cuidaba era el jardín, así que hice cubrir el pasto con piedra y cada tanto mi jardinero se da una vuelta, arranca los yuyos y limpia el frente con una escalera que le dejo preparada.
—¿Qué más hacía usted por él?
La pregunta era torpe, pero de tan inverosímil que le sonaba la historia, a Rojas le costaba interrogar a ese hombre, autor de una narrativa imposible y a la vez capaz de contestar sus preguntas con tono franco y gesto de preocupación.
—Recibía en mi casa las cosas que él compraba por Internet y se las traía. Carlos nunca se asomaba a la puerta y mantenía las persianas bajas. Yo ingresaba el auto a la cochera, descargaba la provista o sus compras de libros o ropa, y me llevaba la basura en el baúl del auto. Me decía que teníamos que simular que yo venía a constatar cómo estaba la casa, no que visitaba a mi hermano.
—Es muy raro esto que me cuenta —murmuró Tracia. Parecía afectada por el relato.
Rojas le confesó que en ese momento no creyó la historia de Ballesteros y que todavía no la creía en su totalidad, a pesar de su aprecio por el médico. Siguió contándole que la maquinaria que había puesto en funcionamiento el juez Rezek se movía rápido: el forense subió la escalera, lo saludó con un gesto y entró al dormitorio donde esperaba el cuerpo.
—¿Cómo supo que había muerto? —le preguntó Rojas a José Luis—. Por lo que me cuenta, pudieron haber pasado días sin que usted se enterara.
—Intercambiábamos mensajes. Todas las noches yo le preguntaba cómo estaba y él me enviaba un ok —José Luis sacó su celular del bolsillo del pantalón, abrió los mensajes y le mostró el intercambio.
—Voy a precisar el celular de su hermano.
Rojas se preguntaba por qué Carlos habría elegido la habitación de sus padres para morir. El juego de dormitorio era Luis XV, con cubiertas de mármol y tallas intrincadas. ¿Habría sido la solemnidad del mobiliario lo que lo decidió por ese lugar? Levantó la persiana para ver mejor la casa de enfrente. El sol la iluminaba a pleno. Por sobre el tapial pudo ver que el césped estaba crecido y que había telas de araña con tierra en ventanas y cornisas. Faltaban un par de tejas y una de las persianas estaba torcida.
—Ella murió hace un mes. La casa debe estar por salir a la venta —dijo Ballesteros a su lado.
Comparó el contenido de las aplicaciones de mensajería de los celulares de los dos hermanos y comprobó que los intercambios coincidían, aunque el hermano sobreviviente, con acceso a los dos dispositivos, bien podía haber eliminado mensajes en ambos. Aprovechó a mirar la galería de fotos del celular del muerto. Estaba vacía. No notó que había más gente en el cuarto hasta que levantó la vista de los teléfonos y vio que acomodaban el cuerpo de Carlos en la camilla para trasladarlo a la morgue judicial. La voz de Ballesteros lo trajo de vuelta a la conversación:
—¿Empieza a creer lo que le cuento, doctor?
Le dijo que le creía, aunque no era así. Esta vez no temió desobedecer a Schillaci y apoyó al juez en su pedido de autopsia. El forense dictaminó muerte natural. El hombre había estado enfermo por años y tenía que haber sufrido dolores tremendos. Unos días después de que se enterró a Carlos con la discreción que había pedido su hermano, recibió en la fiscalía una caja chata y liviana. Era la Mac Air con una nota de José Luis. Le agradecía que hubiera mantenido el nombre de la familia fuera de los medios y le decía que la computadora tenía contraseña y que de todas formas no la quería, que se la regalaba a su hijo, que seguro podría abrir los archivos usando la libreta que también le mandaba. En la caja encontró un cuadernito con anotaciones que sólo Ariel sería capaz de entender. Rojas le confió a Tracia que no sabía si podía aceptar algo tan costoso pero, después de todo, el regalo no estaba dirigido a él y no había cuentas pendientes con Ballesteros, así que llevó la computadora a su casa.
Un par de golpes discretos en la puerta indicaron la llegada del próximo paciente.
—Y después de eso averigüé dónde atendía José Luis y cambié de endocrinólogo —resumió Rojas mientras caminaba hacia la puerta—. Aunque no le creí todo lo que me contó, si hemos de depender de alguien es mejor que esa persona nos deba un favor, ¿no le parece?
—Es muy buen médico —dijo ella al despedirlo.
Lo era. Ballesteros le explicó por qué era tan difícil para él contener su diabetes: su cuerpo reaccionaba al sufrimiento con desequilibrios mínimos pero trascendentes para su estado general, lo debilitaba al negarse a producir los jugos que construían un cuerpo sano. Le confirmó que no había cura para él y que su bienestar dependía de controlar sus niveles de glucosa y de reducir riesgos a los vasos sanguíneos. Debía dejar de fumar, algo que hizo de inmediato, y de beber alcohol, tema sobre el que seguía trabajando. Le dijo que corría el riesgo de un ataque al corazón, de quedar ciego, de que algunos órganos se resintieran con el paso del tiempo. Debía temer a las infecciones, llevar una vida equilibrada, evitar los disgustos. Ballesteros le redujo algunas cosas a números simples. Le dijo, por ejemplo, que tenía el doble de chances de morir que una persona sin la enfermedad. El gusto de Ballesteros por las explicaciones directas hizo que, una vez cerrado el caso de la muerte de Carlos, Rojas se sintiera a gusto en la conversación que iniciaron.
De regreso a casa después de aquella primera visita a Tracia, sintió los pies nuevos, jóvenes. Aunque a su criterio siempre serían despreciables, ahora no se veían tan maltrechos. En la plaza, los jóvenes celebraban la primavera en lo que más parecía una tarde de invierno. Él apretaba en el bolsillo del saco el rectangulito de papel con la promesa de un segundo encuentro con ella. Esa noche, antes de apagar la luz, en la libreta azul que tenía junto al despertador —no se acostumbraba al reloj del celular— escribió dos líneas: una serie de números —la fecha, la temperatura máxima del día y su nivel de glucemia, que se tomaba con un pinchazo en el dedo— y un sucinto comentario laudatorio sobre su nueva podóloga.
Dos
Rojas se permitió llorar sin ruido y sin mirarse los pies mientras Tracia le desprendía las uñas levantadas. No hablaban, él para no hacer audible el sollozo y ella, imaginaba él, para dejarlo lagrimear tranquilo. Lo invadía una sensación de agobio: hartazgo del caso Mounier, uno de los más complejos de los últimos años y, se pensaba, la razón del atentado, cansancio por las consecuencias de la operación y por la manera poco razonable en que había procedido Rafael Schillaci, el jefe de la fiscalía, en la investigación del ataque. Como bien había dicho Tracia, debía sentir gratitud por estar vivo, pero hoy no sabía si valía la pena transitar una vida también habitada por personas como las que debía cruzarse a diario. Entre esas personas se encontraba Schillaci.
Fue Schillaci quien les comunicó a los medios locales que la agresión que le rompió el fémur a Rojas había sido una represalia por el caso Mounier. En realidad debió haberse llamado caso Lorefice —el muerto era Lorefice—, pero en vez de tomar el nombre de la víctima, tomó el del principal sospechoso, que se había convertido en un personaje fascinante para el público: el acusado sostenía que lo contrató el mismísimo gobernador Higgins para cuidar a su hija Valeria, juraba que no mató a Lorefice y aseguraba que nunca pensó siquiera en acosar a la hija de Higgins y menos aún en abusar de ella, algo de lo que no se lo acusó pero que muchos sospechaban que había estado en sus planes.
Nada concreto ligaba el ataque con ese caso, pero era fácil interpretar las palabras que oyeron los testigos y que todavía se repetían en su memoria como una explicación del ataque y una amenaza. “La piba” con la que Rojas no debía meterse podía ser la hija de Higgins, y ante un gobernador no había que “retobarse”. Ya al frente de la investigación del atentado, Schillaci obtuvo apoyo político, visibilidad, tiempo de aire, pero no hallaba, todavía, a los responsables. ¿Para qué vivir, pensaba, cruzando el insomnio de la clínica durante su internación, si no podía hacerlo en plenitud, si debía compartir esa sobrevida con tipos como Schillaci, que se beneficiaba de desgracias ajenas?
En esa cuarta visita a Tracia, Rojas trataba de sentir gratitud. Por fortuna, ya no veía esa clínica como su última parada antes de la muerte, como la imaginaba durante su convalecencia, sino como un sitio que visitaba para apurar su recuperación. En un intento de escapar de la visión de sus pies amoratados y de los movimientos cautelosos de Tracia, y ante la imposibilidad de evadirse a tierras extrañas —a veces las tierras de Tracia estaban más lejos aún que su imaginación—, para olvidar el ataque repasó los detalles de una historia que Tracia, la Tracia concreta, diminuta y perfumada que se dedicaba a prolongar su posibilidad de caminar, le contó en su segunda visita.
Recordaba esa ocasión en detalle porque la ciudad estaba ese día bajo el asedio de una tormenta oscura y grave, de esas que se mueven despacio sobre la ciudad, empujadas por un aire caliente que parece haber sobrado de malos veranos. La gente caminaba rápido bajo los aleros y miraba al cielo con tristeza e intranquilidad. Tormentas como esa solían despertar el recuerdo monstruoso de las inundaciones que habían ido hundiendo a la ciudad en un desasosiego persistente. Entendía ahora que su amistad con Tracia se fundó en un intercambio inicial de historias extraordinarias. Otras relaciones se construían con el fluir de los años, capeando juntos adversidades y celebrando logros, pero la de ellos se parecía a un pacto, un contrato tácito de discreta e inusual reciprocidad discursiva.
En la fiscalía estaban al tanto de que él hacía una salida mensual de la oficina por motivos personales, para ver al endocrinólogo y a la podóloga. En esa segunda visita tenía turno con Ballesteros a las diez y con ella a las once de la mañana, horario que conservó desde entonces y que le permitió quedarse unos minutos más de la hora prevista para cada paciente. De doce a dos ella almorzaba y atendía solo emergencias, uno de los pedidos de la clínica al alquilarle el consultorio. Si no la reclamaba nadie, Rojas prolongaba la conversación.
Ese día llegó tarde a su cita con Ballesteros. El tránsito enloquecía por lo inminente de la tormenta, que se anunciaba con ráfagas cargadas de tierra. Era el fin de la sequía. El viento arrancaba de los intersticios de la ciudad granos de arena y piedras mínimas que se estrellaban contra la piel y los vidrios. La gente caminaba con las manos frente a los ojos para protegerse de la metralla de polvo. En las esquinas se arremolinaban papeles desprendidos vaya uno a saber de qué bolsillos. Un rato después, apenas entró al consultorio de Tracia, se largó a llover con estruendo. La encontró inquieta por la tormenta: se movía por el consultorio como un animal perseguido por la tala, ocupada en tareas que parecía dejar siempre inconclusas, daba respingos y se estremecía con cada trueno. Después de unos minutos de preparativos, se sentó en el banco y se tomó un momento antes iniciar el trabajo.
—Aborrezco las tormentas. Mire cómo me tiemblan las manos. —Le mostró los dedos inquietos, suspendidos en el aire—. En un rato se me pasa. ¿Se acuerda de lo que me contó la última vez que vino, doctor?
Rojas asintió, avergonzado por lo indiscreto que había sido al confiarle cómo conoció a Ballesteros.
—¿Sabe que me hizo recordar algo que pasó en mi familia cuando yo era chica?
—¿Qué cosa?
—Una mujer se suicidó en casa de mis abuelos, en las sierras. Una amiga de mi madre. Anoche hablé con mis hermanas y les pregunté si se acordaban. No había pensado en eso en años. La mujer pasó con nosotros una cena de Año Nuevo. No la invitaron, apareció de sorpresa. Nunca supe cómo se llamaba.
Tracia empezó a cubrir la piel reseca de sus pies con algodones húmedos. Había algo raro en esa mujer, le dijo. A los diez años no se comprende por qué una cara se ve así, pero ahora Tracia sabía que si los ojos parecen de vidrio y se desdibujan es porque el sufrimiento ha sido largo. Aquella noche, mientras la familia celebraba en el patio trasero la última noche del año (¿1989? ¿1990?), ella se dedicó a observarla. La mujer no comía. Fumaba en la mesa, algo que en su familia estaba prohibido, pero como el abuelo no le dijo nada, ella la admiró por el cigarrillo transgresor. Era diferente a su madre: no tenía la cintura cuadrada ni pechos grandes, ni usaba delantal; delgada, de dedos largos y uñas cuidadas y sin pintar, llevaba el pelo suelto y, como única joya, aros que parecían aspirinas; estaba bronceada y se había puesto mucho perfume. Tracia no se cansaba de mirarla fumar. Con la mano derecha sostenía el cigarrillo vertical —hizo el gesto poniéndose el alicate entre los dedos— y con la izquierda se llevaba, cada tanto, la copa de vino a los labios. Dijo que la hipnotizaban esas manos, tan bronceadas como los hombros pero con parte de los dedos blanca, como si se hubiera quitado muchos anillos.
Mientras esperaban las doce, la mujer se puso a buscar canciones alegres en la radio. Asomadas a la puerta, las tres hermanas la miraban bailar sola en el comedor. A las doce, los hombres pusieron en marcha el espectáculo que solían montar en el fondo, más allá de la huerta. Se turnaban con los fuegos artificiales mientras el resto de la familia intercambiaba deseos de un buen año. La mujer se acercó a las tres hermanas, se inclinó y las besó con la cara fría. Por muchos años Tracia no pudo olvidar su perfume. Las miró a los ojos a las tres y les dijo, tocándoles las caras con la mano helada: “Les deseo mucha suerte en la vida”. Sonaba solemne, triste. “Suerte en la vida”, repetía. Tracia sintió miedo en ese momento, no sabía si de la vida, de no tener suerte, o de nunca llegar a ser como esa mujer. Lo último que recordaba de esa noche era que la mujer y su madre se fueron por la galería hacia la huerta en sombras, abrazadas por la cintura, con las cabezas juntas.
Tracia se quedó callada un rato. El viento abrió la ventana de un golpe. Cuando se levantó a cerrarla, se cortó la electricidad. Del otro lado de la puerta se oyeron exclamaciones de contrariedad. Ella levantó la persiana para que entrara la luz grisácea del mediodía y encendió un par de velas. El consultorio se llenó primero de olor a fósforo quemado y después de perfume a vainilla.
—No puedo trabajar con tan poca luz —dijo, como para sí. Se quedó frente a la ventana, con la mirada en la calle y en la lluvia, que caía en diagonal. Él tuvo ganas de acompañarla, pero no podía levantarse del sillón con un pie lleno de algodones—. Si encima está sin paraguas, tiene para rato acá. No hay taxis a la vista. Le convido un café.
Salió, dejó la puerta entornada y regresó al rato con una bandeja con dos tazas que apoyó en el banco donde trabajaba; cerró la puerta, le alcanzó el café y le ofreció stevia. Ignoraba si era por la enfermedad, pero a veces, cuando estaba en ese consultorio, Rojas tenía la impresión de disolverse en el aire, tan poco sentía la densidad de su cuerpo. En esos momentos, la temperatura de una taza, la suavidad de la loza y la curva por la que deslizaba el índice para llevarse el café a los labios le devolvían la certeza de seguir envuelto en materia viva. En ocasiones deseaba que esos minutos de insensibilidad se hicieran cada vez más frecuentes, hasta dejar de sentir del todo.
Mientras tomaban café, Tracia continuó con su historia. Al levantarse, casi al mediodía, las hermanas vieron que la habitación de la amiga de la madre seguía cerrada. En la familia nadie cerraba las puertas durante el día, pero como la mujer era tan sofisticada —bailaba sola, fumaba frente al abuelo— no les extrañó. Les dieron algo de comer en la galería e insistieron en que jugaran afuera. A la hora de la merienda el abuelo las llevó a andar en sulky. Cuando se alejaban de la casa, Tracia llegó a ver que una camioneta de la policía entraba a la propiedad envuelta en una polvareda. No recordaba si le preguntó algo al abuelo ni si él les explicó qué pasaba. Regresaron con la caída del sol.
—Mamá lloraba. Papá nos dijo que era porque le dolía la cabeza, que teníamos que dejarla tranquila. Nos dieron leche y pan dulce y nos mandaron a dormir. A la mañana siguiente todo había vuelto a la normalidad.
—Pobre mujer.
—Sí, pobre mujer. Lo que me contó el otro día acerca del hermano del doctor Ballesteros se parece a esto. La de él fue otra forma de suicidio.
Se quedaron un rato en silencio. Cada vez entraba menos luz por la ventana y las velas, que habían endulzado el aire, no parecían tener poder sobre esas tinieblas. Para iluminar mejor el consultorio, Tracia abrió la puerta que daba al pasillo, donde los generadores de la clínica mantenían encendidas un par de lámparas. La luz retomó una batalla que Rojas intuía perdida —si la oscuridad era el mal o el miedo, o un monstruo que esperaba el mejor momento para tragarnos, a la larga iba a triunfar sobre la luz— pero en el gradual agrisamiento del espacio compartido con Tracia aprendió que el silencio y la penumbra podían unir a las personas. Se quedaron inmóviles, habitantes de un momento que nunca figuraría en los libros de historia pero que, pensaba, seguro no se repetiría con frecuencia en los anales de la podología.
Tres renglones le alcanzaban para resumir todo un día. Esa noche anotó en la libreta su nivel de glucemia, los milímetros de lluvia caídos, la velocidad del viento y que Tracia le habló de su infancia. Hasta que el sueño le permitió olvidar, pesó las muertes que habían invadido el consultorio esa tarde: la del hermano del doctor Ballesteros tenía la contundencia de un cuerpo ahuecando una cama de otro siglo, mientras que la de la mujer que deseaba suerte en la vida poseía la fragilidad indirecta del recuerdo ajeno, palabra que señalaba la destrucción de otro, en casa de otro, en la vida de otro, ingrávido cuerpo no visto y vuelto historia contada por la boca del otro.
Para Rojas el de Carlos Ballesteros tenía más importancia que otros decesos en domicilio, y no solo por su insólita reclusión, sino porque lo asociaba, primero, con su relación con José Luis, que se iba convirtiendo de a poco en su amigo, y segundo, porque a los pocos días de darle acceso a la computadora del muerto, Ariel se fue a probar suerte a España. Se había independizado tan de a poco que Rojas, ocupado con la fiscalía y con el deterioro que producía en él la diabetes, no llegó a notarlo: apenas obtuvo su título, comenzó a trabajar en software para empresas desde la casa paterna; con sus primeros ingresos alquiló un monoambiente, pero siguió compartiendo casi todas las cenas con su padre; las comidas se espaciaron con la aparición de una novia que luego lo dejó. Para cuando retomaron las cenas, Ariel se había vuelto pesimista.
—En este país no pasa nada —decía—. Acá no se puede crecer, con esta gente de mierda.
En una de esas cenas le dijo que había enviado currículums a empresas de Europa. A los pocos meses, justo después de que Carlos Ballesteros se acomodó en la cama de sus padres para morir prolijo, lo llamaron de España para trabajar a prueba. Ariel usó parte de los ahorros de Rojas para el pasaje, para alquilarse algo y vivir allá unos meses.
—Si veo que no pasa nada, me vuelvo.
A Ariel le gustaba decir no pasa nada y se predisponía a que nada pase, pero le fue bastante bien y ahora apenas llamaba. Rojas suponía que las distancias repentinas, la geográfica y la del silencio elegido, se justificaban por la novedad de los paisajes y las personas. Al principio pensó que con los días la comunicación volvería a la normalidad, pero en esos meses hablaron, a los sumo, a razón de una vez por semana. Durante los días que siguieron al atentado se comunicaron con frecuencia, pero cuando dejó la clínica retomaron el ritmo anterior. Rojas solía enviar un mensaje y a partir de eso a veces se concertaba una llamada en la que intercambiaban información de salud y del clima. No les quedaba mucho más que decirse. Evitaba darle detalles de su recuperación y tampoco le contaba sobre sus problemas en el trabajo. Ahora que se daba cuenta de que Ariel tampoco le hablaba del suyo, pensaba que tal vez el jefe de su hijo en España fuera tan detestable como Rafael Squillaci.
El atentado tomó a la fiscalía por sorpresa. Rojas no había recibido amenazas ni parecía, en ese momento al menos, que el caso Mounier fuera a irritar a gente peligrosa. Lo que lo aturdía durante su temprana convalecencia no era tanto el efecto de los calmantes ni el rebote de la agresión en los medios, sino las palabras que llegó a oír por sobre el estruendo de los motores mientras lo amasijaban a palazos en la calle: “Esto es por la piba. No te vuelvas a retobar, Rojas.”
Quedó sobre el asfalto hirviente, con los brazos sobre la cabeza y las piernas en dos gritos. “Saben”, pensó en esos minutos, “saben de la diabetes.” No habían querido matarlo, solo darle un castigo que le arruinara la vida, una convalecencia larga, acaso hacerle perder una pierna, o la fe. Con el brazo sobre la cara, trataba de no mirar alrededor, en parte porque le parecía importante en ese momento ocultar su identidad y también por sentirse avergonzado de la debilidad súbita, de necesitar a extraños que hablaban de él con curiosidad y alarma. Oyó a alguien decir que policía y ambulancia estaban en camino. Con la vista a ras de suelo, observaba las zapatillas y las sandalias de la gente que lo asistía; vio una rodilla de jean hincada junto a su oreja; sintió una mano en el hombro, sobre la camisa pegoteada por el sudor; le aconsejaban no moverse. El sol del mediodía le ardía en los antebrazos, que no quitó de la cara ni cuando lo acomodaron en la camilla. Al primer policía que se le acercó le dijo quién era y le pidió que comunicara el ataque a la Procuración y mantuviera su identidad en reserva ante los medios.
Habría querido no ser noticia, pero durante los dos meses de internación, Schillaci dio una entrevista diaria sobre su evolución. El mismo hombre que le había pedido que no nombrara a la hija del gobernador al elevar la acusación contra Mounier por el asesinato de Lorefice ahora decía en televisión que el ataque contra el fiscal se relacionaba con ella. Mirando el noticiero en el sanatorio, con los pies elevados por la inflamación y con custodia en la puerta, Rojas no llegaba a entender a qué jugaba ahora su jefe.
Durante las semanas que estuvo en la clínica, sus compañeros de la fiscalía y Delia, que limpiaba su casa semana por medio, se turnaban para visitarlo y compensar por la lejanía de Ariel; se organizaron para llevarle lo necesario y para actuar como filtro con los medios. Él sabía que lo que les dijera a sus colegas llegaría a oídos de Schillaci, así que cuidaba sus palabras con todos ellos. Solo confiaba en Felipe Ascasubi, un chico nuevo que siempre se ubicó cerca de él. Bajito y escuálido, de barba corta y desprolija y una voz muy grave que contrastaba con su altura, salvo Rojas nadie lo tomaba en serio, pero era leal, estudioso y trabajador.
Se perdió el casamiento de Felipe por el ataque. Felipe lo visitó unos días antes de la boda, apenas lo internaron, y por segunda vez de regreso de su viaje, cuando estaban por darle el alta. Los demás compañeros trataban de hablar de frivolidades para distraerlo; si tocaban el tema del atentado, era para asegurarle que Schillaci estaba haciendo lo imposible por dar con los responsables —él no les creía—, pero por suerte Felipe, siempre franco, tenía otra política de visita de enfermos: antes de contarle sobre el viaje y su nueva vida, le dijo lo que pensaba.
—Lo primero que se me ocurrió es que solo dos personas podían querer hacerte boleta, el viejo Higgins y Mounier, pero después me di cuenta de que no tendría sentido. El gobernador puede ser muchas cosas, pero es demasiado inteligente para mandar matones a atacarte. Y Mounier es un pobre tipo, no tiene recursos para contratar a gente que tenga esas motos ni ese auto.
—Paso horas pensando en eso, horas. Y encima, contra todos los pronósticos —agregó Rojas—, el Rafa Schillaci, que te acordás que me pidió no mencionar a Higgins en el caso y acusar solo a Mounier por el asesinato, ahora nombra al gobernador cada dos palabras.
—Bueno, viste que Schillaci tiene agenda propia. Nadie entiende quién está detrás de esto, y muy sotto voce la gente admite que tampoco pueden explicar su actitud. Y eso que dice, que está haciendo avances en la investigación, nada que ver.
Aunque apreciaba a Felipe, el atentado lo hacía desconfiar. No sabía con quién podía hablar y con quién era mejor hacerse el tonto. El chico tenía un nuevo corte de pelo y le habían modernizado la barba.
—¡Ya estás listo para el casorio! Bueno, lo mejor para vos y para Yazmina. Cuando vuelvas hacemos un picadito. Te debo el regalo, pibe.
Para quedarse solo, le dijo que quería dormir. Se había propuesto no exponer sus opiniones hasta tener una estrategia armada. Le molestaba que Schillaci obtuviera rédito de su desgracia, pero peor aún era que para hacerlo cambiara los hechos, que su historia transmutara el dolor de sus piernas en otros sufrimientos. La explicación que Schillaci daba del ataque, por ejemplo, podía condenar a Mounier en los medios aun sin prueba suficiente para procesarlo, ponerlo en peligro en la cárcel o provocar el fin de la carrera política de Higgins, que por más cuestionado que estuviera por nombramientos y licitaciones a la medida de los amigos, tal vez ni recordaba a Mounier, a quien había conocido cuando todavía trabajaban en la universidad.
Se tomó unos días antes de volver a hablar del ataque con sus compañeros de la fiscalía. Lo miró desde todos los ángulos de los que fue capaz, aún consciente de que algunos quedaban a oscuras. Analizó el episodio de las motos con desapasionamiento. “No te vuelvas a retobar.” ¿Qué orden había desobedecido? Y también: ¿cuánto hacía que no oía esa expresión? ¿Se usaba todavía? Cada vez le costaba más enlazar ese ataque con el caso, tanto que cuando lo visitó uno de los compañeros que seguían a Schillaci, le agradeció las cosas que le llevó —espuma de afeitar, la crema de los pies, un libro sobre las guerras médicas— y le dijo:
—No creo que el ataque se relacione con Mounier. Para mí que se equivocaron de persona.
—Pero según Rafa —los que todavía lo respetaban le decían así, y luego de un tiempo de conocerlo lo llamaban Schillaci a secas—, por lo que te dijeron mientras te atacaban, la orden tiene que haber venido del gobernador…
—¡Justo por eso! Nunca me metí con la hija en el caso, al contrario. Higgins no tenía nada que recriminarme. Se equivocaron de tipo, te digo.
No bien se fue su compañero, Rojas sintió algo de alivio en medio del dolor que le hostigaba el cuerpo, feliz de poder tirar del hilo y desarmar, aunque le llevara semanas, la operación de Squillaci, cualquiera fuera. Eso les diría a los medios cuando lo entrevistaran: que fue un error, que los fiscales no eran blanco de matones, que todo estaba en orden y que pensaba trabajar igual que hasta ese momento, sin presiones. Squillaci tendría que sacarse la capa de héroe y explicar por qué implicaba al gobernador en el caso Mounier y por qué creía que el atentado era una represalia por ese caso en particular. No le importaba si por afirmar esto nunca llegaba a saberse quién lo había atacado. En ese momento solo quería tener razón, o mejor aún, que se sospechara que Schillaci no la tenía.
Tracia terminó de retirar la última uña levantada y le untó los pies con un gel frío que lo trajo de vuelta al presente. En el recuerdo quedaron la reclusión de Carlos Ballesteros, la tormenta de la segunda visita y la marca del suicidio en la infancia de Tracia.
—Esto lo va a refrescar. Hace un calor insoportable afuera.
Estaban en pleno enero, pero el aire acondicionado se retaceaba. El directorio de la clínica parecía investigar el punto exacto de calor en el que los pacientes empezaban a quejarse. Tracia buscó las muletas que había puesto fuera del paso y se las alcanzó. Él se movió con fingida solvencia. Lo avergonzaba la renguera que no lograba eliminar todavía. Mientras se acomodaba las muletas bajo los brazos, notó que Tracia evitaba mirarlo, como dándole privacidad.
—Doctor, si necesita algo, me llama y lo atiendo en su casa.
—Me obligan a salir de casa a diario, Tracia. Es parte del tratamiento, me dicen. Gracias, igual.
—¿Lo vienen a buscar?
—Sí, tengo que avisar apenas termine y me buscan en auto. Justo a esta hora cambia la custodia.
—¿No lo busca su hijo?
—No, Ariel se fue a España hace unos meses. ¿Se acuerda que le conté?
—Cierto, me había olvidado.
Tracia escribía la fecha de la próxima visita en el acostumbrado rectángulo de papel amarillo.
—Todavía tengo custodia policial. No quieren que me suba a taxis por seguridad. Tengo que mandarle un mensaje al oficial de la tarde por si el anterior no le dijo dónde me trajo.
—Mándelo, entonces, que ya terminamos.
Tracia fue con él hasta la sala de espera —dijo que ahí había mejor señal— y se sentó a su lado para hacerle compañía.
—Vaya, Tracia, no se distraiga por mí.
—Yo terminé el consultorio por hoy, doctor. Me guardo una tarde libre por semana. Hasta que vengan a buscarlo soy su custodia.
Le causó gracia que una mujer tan pequeña oficiara de guardaespaldas, pero lo aliviaba tenerla cerca unos minutos más.
—¿Es el caso Mounier lo que lo ha puesto en peligro, verdad? —le preguntó Tracia.
—Eso dice mi jefe, pero yo pienso otra cosa. ¿De quién es esa casa?
Para cambiar de tema, señaló la vereda de enfrente. A través de la doble puerta de vidrio de la clínica se veía una casa de fachada imponente que brillaba al sol del mediodía. Apoyada sobre el muro, una escalera de madera muy frágil llegaba casi por milagro hasta un balconcito en el segundo piso. En uno de los peldaños más altos, un hombre flaco hacía equilibrio mientras pintaba de blanco la base de un balaustre. El viento le arremolinaba el pelo, de un rubio opaco, y hacía flamear el faldón de su camisa.
—De Andrade Costas, el historiador.
—A ese hombre se lo va a llevar el viento. Qué peligro lo que está haciendo.
Rojas había visto antes esa casa, pero siempre cerrada a cal y canto, el espacio entre las baldosas de la vereda reventado de yuyos. Ahora tenía los postigos abiertos, cortinas blancas y flores en los balcones. La vereda estaba limpia de brotes. Comentó que parecía construida en los años veinte, porque no tenía cochera a pesar de lo magnífico de los detalles de mampostería y de las aberturas. También apreció que no hubieran cometido el error de recortar una cochera en el frente, como solían hacer quienes priorizaban la comodidad sobre la simetría.
—Usted tiene que haber visto, Tracia, esas cocheras que dejan ver sobre el dintel el rastro de la ventana que suplantan. Siempre me pregunto qué hacen esas familias con la reja que quitan de la ventana, con los postigones, el alféizar de mármol…
El oficial que debía buscarlo nunca contestó el mensaje. Tras veinte minutos de espera, Tracia se incorporó.
—Doctor, no lo voy a dejar acá, en este banco tan incómodo. Puedo acercarlo yo a su casa. Mi auto es chico, pero se puede acomodar en el asiento de atrás.
Poco habituado a que se ocuparan de él por afecto y no por obligación, a Rojas se le atascó la voz. Tracia fue en busca de su cartera y cerró el consultorio. Para cuando pudo hablar sin que le temblara la garganta, ella estaba lista para llevarlo. Era riesgoso andar por la calle sin nadie que lo custodiara después del atentado, pero él no quería hacerle reclamos al guardia de turno.
—Me espera acá, adentro de la clínica, que acerco el auto.
No era la primera vez que fallaba el cronograma de custodias. A veces pensaba que lo hacían a propósito, que detrás de esos errores circulaban sobornos de quienes lo habían querido matar. Su temor alimentaba una hipótesis menos probable: el mismo gobierno provincial podía desear su muerte para que fuera sencillo archivar la causa contra Mounier y de esa forma el nombre del gobernador no se ligara a un asesinato. Ya se tratara de una logística pobre o de crasa conspiración, lo cierto era que su seguridad personal quedaba por unos minutos en manos de una pedicura bajita de nombre raro. Alguna vez pensó en hacer un reclamo formal por lo inconstante del esquema de guardaespaldas, pero le había ocurrido lo usual: a la vez que pensaba en cómo redactar el reclamo, desarmaba sus propios argumentos. ¿Tenía sentido que él, que al principio se había opuesto a tener custodia, ahora señalara que no se cumplían los horarios? Y si sostenía que el ataque no se relacionaba con el caso sino que había sido un error, ¿por qué preocuparse por el incumplimiento de los horarios? Quien se hubiera confundido al atacarlo, no destinaría más recursos a equivocarse otra vez.
Esperó a Tracia tras la puerta de entrada, oculto de posibles atacantes por una de las columnas que enmarcaban el ingreso. Ella estacionó en la dársena exclusiva para pacientes, y con la ayuda de un enfermero lo sentaron atrás, con la pierna operada sobre el asiento, y cruzaron las muletas en el de adelante para que viajara cómodo. Tracia condujo las cuadras que separaban la clínica de la casa de Rojas.
—Tiene el papelito con la fecha del próximo turno, ¿no?
Le dijo que sí y lo apretó en el bolsillo. Al llegar a su casa, ella le alcanzó las muletas, lo ayudó a incorporarse y lo acompañó hasta el cordón. Tras agradecerle la molestia, mientras cerraba la puerta la observó regresar al auto. Caminaba como una bailarina o una gimnasta, no apoyada sobre la cadera como la mayoría de las mujeres, sino enhiesta, sostenida por lo más estrecho de la espalda. Empezó a contar los días que faltaban para volver a verla. Esa mujer lo hacía olvidar que tenía el cuerpo maduro, por demás partido —por momentos olvidaba la cercanía del fin—, que estaba tan cansado que solo quería llegar a la cocina y desplomarse sobre una silla que, si no le fallaba la memoria, había sido de sus padres. Intentó recordar —y no solo recordar, grabar en su memoria— la presión del brazo de Tracia en su espalda al ayudarlo a bajarse del auto, pero no lo logró. Lo que ahora armaba en su imaginación era un recuerdo inventado, el de un medio abrazo que nunca existió.
Por la noche en su cuarto, tomó medidas para luchar contra el insomnio que le provocaba el caso Mounier. A la luz de su lámpara de lectura, buscó el sueño en un libro sobre los últimos tesoros descubiertos en tierra búlgara, donde tantísimos siglos atrás había florecido la cultura tracia. Ya sabía sobre los más conocidos, los de Panagiurishte, Rogozen y Valchitrán, pero no de otros menos famosos, el de Letnitsa, por ejemplo. Leyó que los objetos de ese tesoro mostraban escenas mitológicas ilustrativas del carácter divino que los tracios le atribuían al rey.
Cuando estaba ya a punto de dormirse, anotó en su libreta cuánto había medido su glucemia esa mañana, la velocidad del viento y la temperatura máxima del día. Agregó que la custodia lo dejó tres horas enteras solo y que esa mañana en fisioterapia pudo duplicar el número de abdominales.
Tres
Cuando lo emboscaron las motos en la avenida, Rojas acababa de ver a Tracia por tercera vez. Le había pedido un turno de urgencia porque los pies le picaban hasta desesperarlo y sabía que era razón suficiente para adelantar la visita pautada para la otra semana: si se le llagaba el espacio entre los dedos estaría en dificultades. Suponía que la causa de la molestia podía ser el calor. Estaban recién a mediados de noviembre y hacía una semana que la humedad no daba respiro. Ese mediodía, recordaba, el sol ardía de a ratos entre nubes color tierra. La gente murmuraba, en su agobio, que el cielo tenía que decidirse de una vez entre llover o arder.
Él tomaba tantas medidas como podía para mejorar su salud —la esporádica incorporación de verduras, una pretendida eliminación del vino, visitar a Tracia—, pero a pesar de sus esfuerzos por evitar complicaciones, los días así de aplastantes lo hacían sentir en falta. El calor no alentaba a la caminata y la sobrecarga de trabajo por el asesinato de Lorefice, tampoco. Ya no podía ir y volver a pie del trabajo, como hacía en la temprana primavera, cuando aún se podía respirar. Salía de su casa en taxi con la idea de caminar el regreso, se quedaba hasta tarde en la oficina, que por lo menos ofrecía el alivio del aire acondicionado, y después terminaba tomando otro taxi de regreso al sospechar que los pulmones no lo acompañarían tantas cuadras aunque estuviera cayendo el sol.
Nadie lo oyó pedir el turno de urgencia con Tracia esa mañana, así que quienes lo atacaron, pensaría después, tuvieron que seguirlo desde la fiscalía hasta el consultorio de Tracia, desde allí hasta la avenida, esperar que estuviera justo en la mitad de la senda peatonal y arrojarse sobre él violando la luz roja.
Ese mediodía ella le pidió que le contara qué había en la computadora de Carlos Ballesteros. Era una solicitud indiscreta, pero en Tracia parecía un pedido de información legítimo, casi tan esperable como una pregunta sobre el efecto de la crema con urea que le recomendó. Acaso en un esfuerzo por atemperar el mal humor que la humedad provocaba en los pacientes, ese día Tracia había elegido música alegre en la radio. El alivio inmediato que sintió en los pies y la liviandad que contagiaba la música le dieron deseos de terminar su relato, aun sabiendo que no debió iniciarlo. Había traicionado a Ballesteros, pero ahora su lealtad era para Tracia.
Le contó que, cuando recibió el paquete con la Mac en la fiscalía, no le dijo a Ariel que en realidad era un regalo para él. Le comentó que tenía que encontrar evidencia importante y le pidió que la desbloqueara con ayuda de la libreta que José Luis había incluido en el envío. A Ariel seguro le extrañó el pedido, porque sabía que ese no era el procedimiento legal para acceder a los archivos de una computadora, pero no le hizo preguntas. Al día siguiente, de regreso del trabajo, pudo explorar ese otro costado de la vida de Carlos Ballesteros y empezar a comprender qué había hecho en sus casi cuatro décadas de aislamiento.
—Mejor dicho, empecé a hacerme nuevas preguntas —aclaró—. Lo que encontré ahí hizo que le creyera a José Luis y me decidió a cambiar de endocrinólogo y venir a esta clínica.
—¿Por qué nuevas preguntas? ¿Qué encontró?
—Esperaba encontrar algo escrito y no, nada que ver. Supuse que el hombre llevaba un diario, como en otros casos que tuve, o que habría algo en su cuenta de correo, y nada que ver.
Había mucho que ver en esa computadora, pero no imaginaba cómo —y a pesar de la música y del alivio de la picazón, tampoco sabía ahora si deseaba— continuar hablando. En la primera visita, Tracia había seguido con atención sus palabras y él compartió detalles de buena gana, pero Rojas de pronto perdió las ganas de hablar. Podía ser el atontamiento por el calor, la altura del año, el caso Mounier. Ni Tracia se podía escapar del peso de ese mediodía: tenía ojeras, se la veía sudorosa y lenta, como si la humedad la embotara. Hacía tiempo que no hablaba con alguien de su hijo, que no pronunciaba ese nombre.
—Mi hijo Ariel es un genio con las computadoras —era una de sus frases favoritas. Ahora podía pronunciarla ante Tracia.
—Termine de contarme —le pidió ella con firmeza.
—Había fotos, solo fotos —siguió él—. Ni un documento escrito por él. Y en la cuenta de correo, cientos de mensajes de propaganda sin abrir. Nadie le escribía y él no le escribía a nadie.
—O eliminó todo lo que no quería que ustedes vieran.
—También puede ser. Pero no eliminó las fotos. Eran todas de Mariana Agudo, la ex novia, ¿se acuerda?
—Qué enfermo estaba, pobre hombre.
—Pero no eran fotos comunes… Creó una colección de imágenes de ella entrando o saliendo de su casa. Tiene que haber tenido una cámara muy buena, pero no recuerdo haber visto una en la casa. Esa es una de las cosas que me molestaron después de pedir que se archivara el caso. Supongo que José Luis se la llevó antes de que llegáramos y que además de esa cámara se puede haber llevado otras cosas, pero no tenía por qué preguntarle nada acerca de esos objetos, primero porque el forense dijo que Carlos murió de un infarto, y segundo porque, como era su único heredero, tenía derecho a llevárselas.
—El doctor Ballesteros dijo que no tocó nada. ¿Por qué iba a mentir?
—Lo pudo haber ayudado a morir, por ejemplo, y otra mentira no importa si ya se oculta eso. ¿Quién se pone zapatos y se acomoda para morirse de muerte natural?
—El doctor Ballesteros pudo haberlo vestido. —Tracia ladeaba la cabeza, como si eso la ayudara a especular—. Por dignidad, suponga. Usted habló de su postura acerca del apellido, de las apariencias...
—Tiene buenas ideas, Tracia. Eso también pudo haber pasado y no habría sido delito. La cosa es que el muerto tomó fotos de la mujer durante todos esos años y las ordenó por fecha. Las más antiguas estaban escaneadas, y luego venía la colección de fotos tomadas con cámara digital. Si se recorría la galería de imágenes como él seguro hacía, se podía ver a la Mariana de treinta años convertirse en la Mariana de sesenta y ocho después de unas mil imágenes.
—¿Le sacó esa cantidad de fotos?
—Seguro que muchas más. Pasó unos trece mil días de encierro. Pienso que sacó por encima de mil, pero que también eliminó un buen número. Guardó a razón de una foto por mes, a juzgar por las fechas, y a cada una le seleccionó un detalle que amplió en una segunda imagen. Recuerdo un par: en la primera se la ve a Mariana de espaldas, abriendo el portón para entrar el auto. Lleva un vestido y sandalias. En la segunda imagen, se ve solo una pantorrilla en la que se nota una red de várices. Hizo eso con todas las fotos de esa colección: cuerpo entero en una, detalle en la otra. No se detenía solo en el deterioro físico, sino en otros cambios que ocurren con la edad, tacos más bajos, el pelo corto, nuevos anteojos, los lóbulos de las orejas vencidos por el peso de los aros, detalles que hacían a alteraciones lógicas de costumbres y al paso del tiempo por el cuerpo, las manchas de las manos, la piel de los brazos, los cambios de peso.
—Se dedicó a verla envejecer y a la vez se dejó morir.
—Eso parece.
—¿Y qué haría con esas fotos? ¿Para qué las querría? ¿Eran su forma de vengarse por haberlo dejado?
Rojas pensó en algunas posibilidades que no se atrevió a compartir con ella, aunque suponía que Tracia pensaba cosas parecidas.
—Qué misterio, la mente —dijo ella al rato—. Mire que hace mal el amor a veces.
—¿Le parece que ella tiene la culpa de lo que le pasó a él?
—Bueno, ella lo abandonó sin explicaciones una semana antes de casarse.
—¿Y no te parece que hizo bien? —preguntó él—. No era muy normal, el difunto. A lo mejor ella se dio cuenta de que algo le pasaba y se abrió a tiempo. Lo que le critico a esa mujer es que se quedara en esa casa. Pudo haberse mudado. Tiene que haber sido una tortura para Carlos Ballesteros verla todos los días.
—Yo no la culparía, no. Ella no sabía que él estaba ahí. Recuerde que era un secreto de familia, que él dijo que se iba a trabajar a Brasil.
—Eso dijo José Luis, pero resulta raro que ella nunca haya visto luces en la casa de enfrente, por más precauciones que tomara el hombre. ¿No le parece increíble que un secreto así se pudiera mantener tantos años? ¿Nadie nunca trató de comunicarse con él, ningún amigo, nadie preguntó dónde podían verlo? No sé, me pareció todo muy extraño, pero hoy le creo a José Luis.
Mientras decía esto, cayó en la cuenta de que a él tampoco lo contactaba mucha gente por motivos sociales.
—¿Y qué se hizo del oficial que lo acompañó aquel día?
—No lo he vuelto a ver. Seguro que va a ascender rápido.
Ella le regaló una muestra gratis de crema fungicida y le recomendó que en su casa estuviera sin zapatos, con los dedos al aire.
—Nunca me transpiraron tanto los pies como este año —dijo Rojas, un poco avergonzado.
—Puede ser nervioso. Con su diabetes, lo normal sería que no le transpiraran mucho, aun con calor —le dijo ella, poniéndole las medias como solía hacer—. Esa sudoración puede ser una señal de que debe tomarse las cosas con calma.
—En mi trabajo eso no se puede hacer. Estoy por elevar una acusación importante.
Había empezado a trabajar el caso del asesinato de Lorefice unas semanas antes. Les tomó declaración a Valeria Higgins y a Mounier, el único sospechoso, pero a esa altura nada parecía tener sentido, a lo que se sumaba que Squillaci lo presionaba para que acusara a Mounier aunque no hubiera reunido prueba suficiente.
—El jefe de la fiscalía, usted no sabe lo que es, Tracia —se atrevió a decirle al despedirse con un beso en la mejilla—. Gracias por darme el turno tan rápido. La dejé sin almuerzo.
Al salir de la clínica vio que en la casa de Andrade Costas habían abierto las ventanas a pesar del calor. Se echó a caminar de vuelta a la fiscalía. Estaba a unas cinco cuadras. La visita a Tracia, además de mejorar sus pies —los sentía frescos después de varios días de incomodidad— lo distrajo del asesinato y le devolvió algo de tranquilidad.
Recorrió las cuadras que lo separaban de la avenida buscando el refugio corto de aleros y balcones. Bajo la voracidad del sol se preguntó si se podía conocer a las personas por las historias que elegían contar; acaso uno mismo buscaba entenderse al narrar su pasado, o narraba para que perdonarse resultara un poco más sencillo. El calor le aplastaba el cráneo y volvía confuso su pensamiento. Cruzaba la avenida distraído, flotando en el sopor encandilante de la ciudad, que de a poco se hundía en la quietud de la siesta, cuando escuchó la aceleración repentina de los motores, el chillido de los neumáticos sobre el asfalto y el primer golpe con algo contundente, sobre la curva de espalda, que lo hizo caer hacia adelante, sobre manos y rodillas. Días después vería en televisión, intercalado con imágenes de su cara y con videos viejos de conferencias de prensa, los goterones de sangre que quedaron en la calle.
El dos de octubre —un mes y medio antes del ataque, calcularía Rojas en su insomnio—, una cuadrilla de trabajadores de la compañía eléctrica provincial debía reparar una falla en el alumbrado público de la Costanera. A primera hora de la mañana, sobre el cantero lateral, junto a una de las columnas de luz, los operarios encontraron un hombre de un metro noventa de altura y un peso de casi cien kilos, muerto, como después diría la autopsia, de por lo menos diez golpes en la cabeza. El tipo de golpe y la ausencia de raspones y de marcas de neumáticos en el asfalto hicieron que se descartara la posibilidad de un accidente. Reconstruyeron la escena: al hombre lo persiguieron hasta allí a los palazos y lo remataron lejos de la calle, detrás de unos arbustos, más allá de la vista de los vecinos. Tardaron en identificarlo porque para cuando lo vio la cuadrilla, la billetera con su documentación y la moto que en apariencia manejaba habían desaparecido. Por el rocío en su ropa y en el casco que encontraron junto al cordón, se especulaba que el cuerpo había estado allí al menos desde la madrugada.
Él se enteró del hallazgo por los medios. Conocía el lugar donde lo encontraron. Mientras escuchaba la noticia en el televisor del bar de la peatonal San Martín donde a veces se tomaba un café, imaginaba la salida del sol de ese dos de octubre, en la madurez de la primavera: la mañana se desperezaba por el césped húmedo e iluminaba, con una marea sutil, apenas dorada, la piel quieta e insensible al aire todavía fresco. Unas horas después se difundió un video de tránsito que mostraba a Lorefice en la moto, entrada la noche, unas cuadras antes del lugar donde apareció su cuerpo. Se detenía en un semáforo y detrás —no al lado, como habría sido de esperar— paraba un auto de modelo viejo cuya patente era difícil de leer sin la intervención de mejor tecnología.
Cuando le asignaron el caso, mandó investigar el auto e interrogar a los habitantes de las casas cercanas, aunque dudaba que hubiera testigos: a la hora estimada de la muerte la Costanera no tenía mucha circulación a esa altura del año en día de semana —los corredores preferían todavía la luz y la tibieza de la tarde— y, si alguien quedó despierto esa noche, era probable que estuviera frente al televisor o en el parque trasero, con una cerveza. Había sido una de las primeras noches húmedas de la primavera.
Supuso que Schillaci le asignaba el caso por tres razones: primero, para ocuparlo en algo imposible de resolver; segundo, para obligarlo a dar cuenta de avances a los medios con asiduidad, algo que Rojas odiaba hacer: no le gustaban los micrófonos, ni las preguntas de periodistas que no sabían nada de procedimientos judiciales, ni que lo cruzaran con las víctimas sin avisarle, y Schillaci a eso lo sabía; tercero, para que, de aparecer un caso importante, su fiscal favorito de turno estuviera disponible para tomarlo.
No fue necesario cotejar las huellas para establecer la identidad del muerto. A dos días del crimen, cuando se empezaban a hacer las primeras diligencias, un hombre joven se acercó a una comisaría del centro para decir que no encontraba a un amigo y que sospechaba que el cuerpo de la Costanera podía ser él. Mostró en su celular los mensajes sin responder y se ofreció a identificarlo. Lo llevaron a la morgue y, después de un vahído que atribuyó a no haber desayunado, confirmó que se trataba de su amigo. Ya con el nombre de la víctima, la investigación avanzó con mayor rapidez, no tanto como consecuencia de la acción directa de la fiscalía sino gracias a los datos que informantes anónimos aportaron al periodismo una vez que se supo que se trataba de Leonardo Lorefice, argentino, soltero, de treinta y cinco años, nacido en Buenos Aires.
A Rojas le preocupaba que los medios obtuvieran datos antes que la justicia, porque se duplicaba su trabajo: debían desbrozar lo cierto de lo aproximado y de lo falso, buscar evidencia de todo lo que ingresaba a las redes para asegurarse de no obviar ninguna pista y mantener buenas relaciones con los medios para obtener información de valor. Aunque lo primero que se dijo en las noticias fue que a Lorefice lo mataron para robarle la moto, una vez que se divulgó su identidad empezaron a publicarse datos y testimonios que sugerían una venganza. Al periodismo le llegaron mensajes de remitentes que pedían reserva y que aseguraban que el hombre era un vividor, que extorsionaba a las mujeres que salían con él, que se hacía pasar por millonario —la moto que usaba no era suya sino un leasing del que debía un par de meses—, que muchos se alegraban con ese desenlace. El caso era de especial interés para los colectivos feministas, que veían en la divulgación de imágenes íntimas, en apariencia su método preferido de extorsión, una forma más de violencia de género.
Pero nadie se acercaba a la fiscalía a declarar. Con excepción del amigo que denunció su desaparición, quienes conocían a Lorefice no deseaban que se los asociara con él. Se trataba, según los datos que comenzaba a reunir, de un ex jugador de rugby de cierto renombre en la pasada década, que se aprovechaba de mujeres solitarias para sacarles dinero, filmarlas en secreto y amenazar con hacer circular sus imágenes privadas. A Rojas le parecía una modalidad de extorsión antigua, poco imaginativa, aunque de seguro condenable. Si bien divulgar y mirar imágenes de ese tipo se considerara ahora una de las tantas caras del sojuzgamiento patriarcal y muchos hombres empezaran a avergonzarse de la práctica, seguía habiendo público para ellas y, dada la existencia de esa mirada lúbrica y clandestina, perduraba el sentimiento de vergüenza en las mujeres cuyas intimidades se robaban y compartían. En la fiscalía se pensaba que, tras años de embaucar a mujeres de diversas edades y estados civiles, Lorefice coleccionó una cantidad considerable de enemigos dispuestos a cobrarse venganza, al punto que cualquiera que se acercara a contar detalles de sus tropelías tal vez temiera convertirse en sospechoso. Solo una mujer, que dijo ser de Córdoba, dio una nota a un programa de cable. Mostró fotos de los dos en Brasil y aseguró que el hombre le arruinó la vida, pero cuando la contactaron de la fiscalía no aportó nada que no supieran.
La ciudad veía homicidios a diario y muchos de ellos en ocasión de robo, pero que el crimen ocurriera en una zona rica de la ciudad y la víctima tuviera un perfil tan inusual lo hizo interesante para los medios. Además, el dueño del canal de televisión local, que vivía a dos cuadras del lugar del homicidio, fue uno de los primeros en acercarse a la cuadrilla al llegar la policía, interrumpida su caminata matinal. Tanto lo afectó la escena del cuerpo iluminado por los rayos del sol naciente, que le pidió al noticiero que informara a diario sobre los avances en la investigación. Pero una vez que supieron que el muerto era Lorefice y que muchos habrían querido eliminarlo, la investigación se estancó: la patente del auto que lo seguía estaba embarrada y resultó ilegible, no aparecieron testigos y Lorefice parecía haber estado de visita en la ciudad, así que no había empleadores ni familiares que interrogar. Su último domicilio conocido era Valencia, pero había entrado al país desde Brasil hacía unos tres meses. Era muy difícil establecer sus últimos movimientos a partir de ese punto y hasta la noche del ataque fatal. Empezó a sufrir las presiones diarias de Schillaci.
—Si te di este caso fue para que lo resolvieras, no para que te sentaras en el expediente, Rojas.
Y al día siguiente:
—Rojas, por favor explicale a la prensa por qué no hay avances.
Y al otro:
—A las diez te llaman de la radio por el caso de la Costanera. Teneles algo. Salís live.
A Schillaci le gustaba poner a sus no adeptos en evidencia cuando no tenían explicaciones que dar. Rojas contaba con pocos datos sobre Lorefice, que trataba de comunicar cada día con distintas palabras para simular avances: la autopsia reveló múltiples golpes en la cabeza, lo que descartaba un accidente; la moto no aparecía; el amigo que denunció la desaparición dijo que Lorefice paraba en una quinta cuya dirección ignoraba y que se iban a ver recién al día siguiente; se comprobó que había estado viviendo en España, después de eso en Brasil; se ignoraba qué hacía en la ciudad. Sus padres habían muerto, no parecía tener dinero en el banco ni tarjetas de crédito. Esperaban datos de España para avanzar sobre posibles móviles.
A pesar del estancamiento en la investigación, se sentía conforme con lo que había logrado en pocas semanas, pero una tarde, subiendo con esfuerzo la escalera que llevaba a su oficina y que solía dejarlo sin resuello, llegó a oír a un par de asistentes comentar que Schillaci decía que Rojas no estaba haciendo un buen trabajo, que sería mejor que se jubilara de una vez y le dejara el lugar a alguien con iniciativa. Sintió un puntazo de angustia al comprobar que sus acciones y la falta de resultados concretos eran materia de opinión y que esa opinión se modelaba según el criterio evaluativo del Rafa. A los ojos de sus compañeros, tomaba la forma que Schillaci quería que tomara: viejo a pesar de ser de su misma edad, lento aunque de joven no lo era, e ineficiente a pesar de su historial de casos resonantes, hoy descartable.
La investigación dio un giro a principios de noviembre. Rojas recibió una llamada de la Comisaría de la Mujer. Le dijeron que una joven había ido a hacer una denuncia de acoso, y que cuando terminaba de explicar que un hombre la seguía desde hacía un tiempo, mencionó casi al pasar que era novia de Lorefice. Se trataba de Valeria Higgins, hija del primer matrimonio del gobernador.
—Que me espere ahí, que no se mueva. Y ni una palabra a nadie.
Como era su hora de salida, simuló que daba por concluida la jornada. No compartiría con Schillaci datos sobre este testimonio hasta escuchar lo que la mujer tenía para contar. Sabía que recibiría recriminaciones por “cortarse solo”, como le gustaba decir a su jefe, pero no tenía escapatoria: era probable que si Schillaci se enteraba de que los Higgins se relacionaban con su caso, lo desplazara de inmediato con alguna excusa, porque lo último que deseaba era que Rojas ganara notoriedad. Ya había ocurrido antes.
El catorce de noviembre su autobiografía se partió en dos. Al hablar de sí mismo, desde entonces usaría las frases antes del ataque y después del ataque para explicar por qué actuaba como actuaba, igual que había hecho veinte años antes con la bisagra de su viudez. Las semanas de internación, con la esporádica compañía de enfermeros y compañeros de trabajo y bajo la mirada hosca de los custodios, se parecían a un retiro, si no religioso, al menos espiritual. El médico le pidió que no utilizara el celular y que, en vez de estar pendiente de las noticias, leyera.
—Eso lo va a relajar. Siempre posponemos la lectura.
—Algo sobre Tracia —contestó—. Eso me gustaría leer. Me trajeron unos folletos sobre las guerras médicas, pero no es eso lo que me interesa.
—¿Tracia? ¿Los griegos, esas cosas?
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