Kitabı oku: «Te juro que es por tu bien»
Te juro que es por tu bien
Te juro que es por tu bien
Susana Ibáñez
Índice de contenido
Portadilla
Legales
La aguja en el ojo
Me verás volver
Agradecimientos
| Ibáñez, María SusanaTe juro que es por tu bien / María Susana Ibáñez. - 1a ed. - Santa Fe : Palabrava, 2020.Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-4156-23-51. Narrativa Argentina. 2. Transexualidad. 3. Violencia. I. Título.CDD A863 |
Te juro que es por tu bien
Susana Ibáñez
Editorial Palabrava
Diagonal Maturo 786
Santa Fe
editorialpalabrava@yahoo.com.ar
www.editorialpalabrava.blogspot.com
Colección Rosa de los vientos
Directora de colección: Patricia Severín
Coeditora: Viviana Rosenzwit
Diagramación: Álvaro Dorigo
Diseño de Colección y Tapa: Álvaro Dorigo
Santa Fe – www.sugoilab.com
Digitalización: Proyecto451
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Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-4156-23-5
LA AGUJA EN EL OJO

…el tiempo es un árbol que no cesa de crecer
Blanca Varela, Así sea
1
¿Vos eras varón o mujer?, me pregunta Doris cuando pasa a mi lado, y sin esperar respuesta se sube al taxi. La cabeza le tiembla casi tanto como la voz. La sobrina acomoda una valija en el asiento del acompañante, toma su lugar junto a ella y le dice algo al taxista, supongo que una dirección. Me quedo en la puerta del edificio porque creo que Doris me va a guiñar el ojo por la luneta trasera. Espero de ella un ademán de complicidad, pero no lo hace. El auto se aleja y pronto la pierdo de vista. Sé que antes de llegar a la esquina me habrá olvidado.
Si yo era varón o mujer fue lo primero que preguntó cuando llegamos al barrio, casi cuatro décadas atrás. Ese año yo pasaba a segundo grado, así que tiene que haber sido el verano del 83. El edificio al que nos mudamos, ya por entonces venido a menos, me parecía altísimo. El departamento estaba en el primer piso y tenía dos dormitorios y el único atractivo de un patio chico donde el bebé podría jugar. Cuando bajamos con mamá para hacer nuestra primera compra en el almacén de enfrente, Doris aprovechó que nos detuvimos en el semáforo y nos dijo que se llamaba Doris Díaz de Tonali y que si necesitábamos algo le tocáramos el timbre. Señaló una casa sencilla contigua al edificio, en la ochava, con dos ventanas y una puerta verde de metal en medio. La puerta tenía una reja con tres barrotes en forma de lira que protegían una ventanita alargada, y sobre el vidrio había un cartel pegado. Cuando me acerqué para leerlo (Modista - confección y arreglos - precios módicos), oí que ella preguntaba: ¿es varón o nena?
No sé qué contestó mamá, pero no olvido el porte de Doris aquellos años: el pelo rubio y a la nuca, un poco batido y con el flequillo corto, los ojos negros maquillados de celeste a toda hora, la cintura angosta, los tacos finitos y las manos nerviosas. Me gusta pensar esa primera escena en nuestra historia con ella vestida de seda verde y cuello bote, como Doris Day en Té para dos, y me veo con el pelo al hombro, flequillo recto, mameluco de jean y remera, como me vestía por entonces.
Es Emi, tiene que haber dicho mamá, que estaba embarazada por esos días. Siempre decía eso, es Emi.
Durante toda la escuela primaria me mandaron a hacer la tarea a lo de Doris. Después me di cuenta de que iba a su casa porque mamá tomaba un empleo cada vez que papá nos dejaba por alguna empleada del negocio. A la muerte del abuelo, papá se había hecho cargo de un comercio céntrico que vendía desde medias a lapiceras fuente. En casa siempre teníamos medias nuevas, pero nunca suficientes cuadernos ni lápices. Antes de que naciera mi hermanito, a mi hermana y a mí de vez en cuando nos llevaba a pasar la tarde al negocio, pero ya siendo dueño supongo que se dio cuenta de que no era conveniente aparecer ante su joven empleada como padre de familia, por lo que dejó de hacerlo. La estrategia probó ser exitosa: cada año papá desaparecía unos meses, tragado por los abrazos efusivos de la chica nueva, como le decía mamá. Cuando se le gastaba la pasión regresaba, con cara de enojo y aburrimiento, se quejaba de tener que enfrentar un juicio por despido y retomaba su lugar en la mesa del domingo por un tiempo. Imagino que yo todavía no tenía edad para percibir o entender esas mudanzas temporales, o tal vez fuera por mi legendaria distracción. Tan lejano era el mundo que yo había decidido habitar, que cuando papá no vivía en casa yo creía que llegaba muy tarde del trabajo, cuando ya estábamos durmiendo, y que se iba tan temprano que no llegábamos a verlo.
Entendí mucho más tarde que mamá nos ocultó la errática vida amorosa de nuestro padre con un intrincado sistema de mentiras muy detalladas que incluían viajes, reuniones, amigos enfermos y largas jornadas de remarcación de precios, tal vez la excusa más verosímil. Después de sus ausencias, él reaparecía con regalos importantes, como si todo ese tiempo hubiera estado pensando en nosotros. Lo cuento de esta manera pero nunca tengo la seguridad de que mis recuerdos sean precisos: tiendo a asociar los regalos con el final de cada período de ausencia, pero tal vez solo recuerdo las cosas en ese orden porque así cobran sentido y me reconcilian con lo que nos fue pasando.
2
Fue Doris la que se dio cuenta de que me costaba ver de lejos. Se lo dijo a mamá, después a papá, pero no hicieron nada; mamá, seguro que porque estaba trabajando para costear los gastos que papá no cubría cuando andaba de amores; él, porque cuando estaba en casa siempre tenía ganas de estar en otra parte. A veces nos quedábamos hablando con papá de qué estaba viendo yo en Historia en la escuela. Me sorprendía la cantidad de datos que él era capaz de recordar, desde el año en que murió Julio César hasta el nombre de los presidentes franceses de las diferentes Repúblicas. Siempre había tenido buena memoria, decía, y además la entrenaba a diario por tener que recordar tantos precios. Un día me di cuenta de que le gustaba hablar de la Guerra Civil Española. Cuando me contaba tal o cual detalle, que conocía porque a su vez lo había oído en la casa de su propio padre, siempre se ponía del lado de Franco; eso no me sorprendía, pero me costaba entender que también lagrimeara por Guernica. Lo cierto es que cuando se enteró de que yo no veía bien, no hizo nada.
En la escuela me las arreglaba sin ver de lejos porque en vez de copiar del pizarrón miraba la hoja de mi compañera de banco, que escribía con el cuaderno en diagonal para que yo pudiera leer su letra agrandada a propósito. En las vacaciones de invierno me iba a lo de Doris después de almorzar y me quedaba hasta la noche, así que podía ver Estrellita mía y el noticiero mientras la ayudaba con la costura. Doris se quejaba de mi mala costumbre de acercarme demasiado al televisor y me preguntaba si me habían llevado al oculista, pero cuando notó que yo apenas podía enhebrar la aguja para hilvanar los ruedos, se calzó la cartera bajo el brazo, me agarró de la mano y, sin decirles nada a mis padres, me llevó a lo de un médico amigo. Alta miopía, astigmatismo y ambliopía, fue el diagnóstico. Tenés un ojo como dormido, dijo el hombre, y corrés peligro de que se desvíe si no empezás a usarlo más. Necesitaba anteojos permanentes lo antes posible para detener la pérdida de visión y la bizquera.
Recuerdo una discusión fuerte entre Doris y mamá. Me mandaron al cuarto que compartía con mi hermana y con mi hermanito y me dijeron que no saliera. Por más que me esforcé por entender de qué hablaban, solo distinguí la voz de Doris, más alta que lo habitual, diciendo su salud y presten atención. Mamá se mantuvo callada unos días, como si estuviera ofendida conmigo por haberme dejado revisar por un médico. Siempre mintiendo, vos, me dijo. ¿Por qué no dijiste que la Doris te llevó al oculista?
Una tarde, al volver de la escuela, me encontré con un par de anteojos muy gruesos y feos en la mesita de luz, calzados entre un cuaderno de mi hermana y la mamadera a medio terminar del más chico. Ahí tenés, te los trajo la Doris, seguro que te van a quedar hermosos, dijo mamá, con una sonrisa curvada hacia abajo que la hizo ver fea. No basta con todo lo que ya te pasa, parece que además hay que ponerte anteojos...
Doris me dijo que los usara, que era por mi bien. Mis padres, que cada tanto nos llevaban a una guardia pero nunca a un control pediátrico, preferían invertir en una terapia de reorientación y mandarme todas las semanas con un psiquiatra que decía reparar lo que a ellos más les preocupaba: mi forma de vestir y de hablar, mi elección equivocada de juguetes y que hiciera los mejores dobladillos del barrio en vez de estudiar Historia y Formación Cívica, que parecían ser los campos a los que tenía que dedicarme para tener éxito en la adultez. Le dijeron a Doris que no me enseñara a coser porque yo iba a estudiar abogacía; ella les juraba que en su casa yo solo leía y hacía los deberes, pero la verdad era que apenas terminaba con las cosas de la escuela la ayudaba con la costura. Mirábamos las telenovelas y las noticias hasta que mamá me hacía salir con dos timbres cortos. Mirá que de hacer vestiditos no vas a poder vivir, me advertía en el ascensor. Nunca subíamos por la escalera porque ahí se estancaba el olor a comida que venía bajando de piso en piso.
En algún momento, creo que hacia el 88, porque en casa se hablaba del Plan Primavera, el psiquiatra se puso caro y mis padres decidieron que, como de todas maneras no estaba cumpliendo sus promesas, era mejor recurrir a un pastor que había abierto un templo a pocas cuadras y tenía fama de efectivo. Me llevaban a hablar con él una vez por semana. Ellos se quedaban conversando con un grupo de conocidos cerca de la salida mientras en la oficina de atrás primero leíamos la Biblia, casi siempre los mismos pasajes del Antiguo Testamento y de las Cartas de los Apóstoles, y después me ponía las manos sobre las orejas y me hacía mirarlo a los ojos. Me sostenía la mirada un rato largo, con una expresión beatífica que después volví a ver en mis amigos que fumaban faso y en algunas ocasiones después del sexo. Una vez le pregunté por qué no leíamos los Evangelios, pero solo me respondió con su mirada somnolienta.
Cuando empecé la secundaria mis padres me dijeron que ya podía ir a hablar con el pastor por mi cuenta, que no necesitaba que me llevaran. Tomé eso como un permiso para no verlo más, interpretación que confirmé cuando dejaron de preguntarme si había ido al templo o no. Supongo que ya se habían dado cuenta de que, por más elevadas que fueran sus intenciones, con ese método el pastor no iba a resolver la pregunta que le seguían haciendo a mamá cuando la veían conmigo, o que, para escándalo de las profesoras, me hacían en la escuela entre empujones e insultos tanto mis compañeros como mis compañeras. Papá y mamá trataban en vano que me vistiera diferente, pero lo único que yo aceptaba usar era mamelucos de jean. Mamá amenazó con quemar los dos que tenía y nunca lo hizo, pienso que por temor a tener que comprarme nuevos si yo seguía rehusando otra cosa. Los escuché murmurar entre ellos una vez que seguro que yo prefería la ropa holgada para que no se me marcara la forma del cuerpo. Por suerte nunca se metieron con el pelo al hombro ni el flequillo.
3
Pasé con Doris casi todas las tardes de mi primaria, y aun cuando estuve lo bastante grande como para quedarme en casa cuando no había nadie, igual me escapaba a la suya apenas los demás se iban. Ella confiaba a mis manos y a mi miopía las pecheras de nido de abeja y los festones más apretados. Para cuando cumplí catorce me bastaba rozar un género con los ojos cerrados para saber si era sarga o franela, raso o tafeta, crepe, chiffon o el muy ocasional guipur y tenía criterio propio en cuanto a cómo accesorizar los conjuntos. La palabra accesorizar todavía no se usaba, pero se sabía que a los atuendos había que realzarlos con peinado y complementos apropiados.
En la reconstrucción que hago de mis años en ese barrio tiendo a pensar en términos de grandes eras, empezando con la Pasión del Ferretero, seguida al poco tiempo por la Guerra de las Modistas. Atraviesa esas dos primeras épocas un fenómeno histórico prolongado que terminó en desgracia, el de las borracheras recurrentes del marido de Doris, situación que desembocó en la Misteriosa Muerte del Tona y su Incomprensible y Prolongado Duelo.
Delmiro Tonali tenía un bar, pero Doris prefería decir que gerenciaba un restaurant. A veces pasábamos por ahí con mamá cuando íbamos al Centro a comprar algo y a vigilar a papá. Ella tomaba por esa calle a propósito, porque no quería que yo perdiera la perspectiva. Me apretaba la mano y me decía: No idealices a las personas, Emi, que nunca son lo que parecen. No pierdas la perspectiva. Yo no sabía qué era la perspectiva, así que cuando pasábamos por la vidriera oscura y breve del barcito del Tona pensaba que había que recordar que las cosas siempre son más angostas que lo que parecen.
Doris insistía en que lo del Tona era un restaurant porque al mediodía preparaba minutas para los empleados de comercio y a la noche servía hamburguesas hasta eso de las diez, cuando en el Centro ya no quedaba nadie. Lo que no te dice la Doris, completaba mamá con los labios angostados por la rabia, es que a partir de las diez eso es un antro. Yo tampoco sabía qué era un antro, pero la entonación que le daba mamá a la palabra evocaba lugares cóncavos, húmedos y oscuros.
El Tona volvía a casa a la madrugada, dormía toda la mañana y se iba al mediodía. Nunca lo vi salir del baño recién duchado. Doris parecía contenta cuando las cosas funcionaban así. El secreto de un buen matrimonio es verse poco, me decía, apretando en el costado de la boca un par de alfileres con bolitas de colores. Igual, nunca te cases. ¿Vos no te querés casar, no? Yo sacudía la cabeza con energía, lo que movía mi pelo lacio como si fuera una cortina de oro y miel. Así decía ella, tenés el pelo de oro y miel, Emi.
Había épocas en que el Tona pasaba días sin levantarse o no volvía a casa por la madrugada. A mamá, que para papá encontraba mil excusas, para el Tona no le quedaba imaginación. Es que estará con su amante, decía, estará besando la botella en ese tugurio. Hubo una época en que yo pensaba que el Tona en serio se había enamorado de una mujer de apellido Botella, que iba a buscarlo a su antro y que ya había entendido cómo funcionaba la perspectiva en los tugurios.
Mientras el Tona no se levantaba de la siesta todo era normal en casa de Doris. Yo hacía la tarea, miraba la telenovela y la ayudaba con la costura. Si el Tona no volvía, tampoco había problemas. Pero a veces se despertaba a la tarde, me veía con su mujer y me gritaba cosas que he aprendido a olvidar. En esas ocasiones Doris me pedía que no le contestara y que no me fuera hasta que él se volviera a dormir. Es más seguro que te quedes un rato más, me decía, y cuando mamá tocaba sus dos timbres cortos, Doris salía a hablar con ella. Entonces mamá me dejaba quedarme a cenar y volvía muy tarde, daba dos golpecitos en la puerta para no despertar al Tona y me llevaba a casa. Ya por entonces yo pensaba que era mejor ser escudo humano en lo de Doris que escuchar las quejas de mis padres sobre mi ropa, mis notas y mi gusto por las telenovelas. Ay, esa voz, Emi, decían cuando los irritaba mi manera de hablar. ¿No ves que la gente te mira si caminás así? Si no cambiás no vas a encontrar a nadie que te quiera. Por tu bien te lo digo.
La Pasión del Ferretero fue un episodio en nuestras vidas que, según recuerdo, empezó cuando cumplí quince, porque Doris pensaba que yo tenía edad suficiente para entender sus confidencias. La obra social me había autorizado a cambiar los armazones de los anteojos y ahora se me veía un poco más a la moda, pero como no había pegado el estirón aparentaba menos edad. El ferretero también usa lentes, como vos, y le encanta Menem casi tanto como a mí, decía Doris, elevando la mirada a la luz del techo del comedor, un plafón donde siempre se juntaban bichitos por más que yo me subiera a la mesa, lo desenroscara, se lo diera a Doris para que lo lavara y después lo volviera a ajustar bien fuerte sin dejar resquicios por los que se pudieran volver a colar.
Así empezaron el romance: una vez que ella fue a la ferretería a comprar tapitas de luz se quedaron conversando sobre Menem. Las charlas se fueron alargando y, para cuando inició la convertibilidad, Doris ya le tenía suficiente confianza como para contarle que con el Tona estaba todo mal. Vos sabés que mi marido ni me toca, me dijo que le dijo. Me dio vergüenza que me contara una intimidad semejante, pero una vez que Doris empezaba a hablar de algo no paraba, y yo era la persona más cercana que tenía. Fui su cómplice a partir de ese momento. Doris empezó a hablar abiertamente de cosas que mamá comentaba hacía mucho: de las borracheras del Tona, de cómo tiraba la plata, de los días que pasaba sin aparecer y también de que el ferretero, que resultó llamase Juan Pedro, la había pasado a buscar en auto para llevarla a cenar como si fueran novios. ¿Y son?, le pregunté. Ay, no sé, me dijo, y se quedó sonriendo un rato largo. Ella nunca lo mencionó, pero todos en el barrio sabíamos que Juan Pedro tenía esposa y mellizos.
Doris empezó a arreglarse más. A mí me parecía ridículo que se pusiera tacos para estar en el taller y que se tiñera cada dos semanas. Compró una sombra de ojos de mejor calidad, rímel negro y hasta empezó a usar jeans y unos cárdigans de trama abierta, velludos y sedosos, que llevaba volcados hacia un costado para que se le viera un hombro. Estaba hermosa. Se reía de nada. Detrás de las orejas se ponía unas gotas del Chanel que él le había regalado y el Tona ni se daba cuenta de que ahora su mujer olía a algo exquisito que no era el almuerzo. Ella se quejaba de él con todas sus clientas. Hasta ese momento había mantenido su desdicha matrimonial en secreto y de vez en cuando decía una que otra cosa buena del Tona, como que administraba un restaurant o que había salido de viaje de negocios, aunque más no fueran mentiras; pero ahora comentaba sus borracheras, que ella llamaba episodios de ebriedad, inclusive hablaba de las siestas interminables que seguían a sus grandes curdas, crisis durante las que bebía sin parar hasta que caía desmayado y de las que se levantaba furioso.
Las clientas le preguntaban por qué no lo echaba de la casa. Doris alzaba los hombros y sacudía la cabeza, pero no decía lo que a mí sí me había contado: la casa era de él. Como no tenían hijos, si decidía dejarlo era ella la que tendría que irse, y no había ahorrado lo suficiente para instalarse sola. Tendría que comprarme todo, Emi, desde los muebles hasta la heladera, todo, decía. Acá tengo mi clientela, viste. Y la casa está en la ochava, justo enfrente de la parada de colectivos y al ladito del semáforo.
Juan Pedro le llevó algo de alegría. Saltaba a la vista que se sentía bonita. Cuando se reía, echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos, como si la alegría le saliera como un chorro impulsado desde los talones. Cada tarde, durante las propagandas de Regalo del cielo, me hablaba del ferretero. Llegué a conocer toda la biografía de Juan Pedro, o mejor dicho, lo que él le había contado a ella de su vida, y no me parecía mal tipo. Una nochecita, esperando los dos timbres de mamá, Doris anunció que me dejaría cortar crepe. Un poco emocionada, me dijo: Ya estás grande, Emi, y si podés entender a una mujer enamorada también podés cortar al bies.
4
Después de las vacaciones de invierno del 91, el Tona pasó varios días tirado en la cama. Cuando se levantó fue derecho al comedor, donde yo hilvanaba una camisa, y me gritó: ¿Vo’ so’ puto o so’ torta? ¿Qué so’ vo’? Soy persona, le dije, atragantándome con la rabia, y me llamo Emi. Creo que Doris estaba esperando algo así. Era lo que necesitaba para que el médico que visitaban cada tanto le diera la orden para internarlo en una granja de rehabilitación, donde ella lo llevó con la ayuda de un acompañante terapéutico y de donde regresó callada, sombría. A la semana siguiente cerró el bar porque no sabía de nadie que pudiera atenderlo sin robarle, y al mes le alquiló el local a un quiosco. La ubicación era buena, en el fondo había lugar donde apilar las mesas y las sillas hasta ver qué pasaba con el Tona, y el alquiler que sacaba pagaría la internación, porque decía que no iba a cortar ni un vestido para solventar los gastos de ese infeliz.
Nunca volví a ver a Doris tan alegre como esa primavera. El ferretero la llevó a cenar al casino. Ella pudo usar sus mejores galas y ganó algo en la ruleta. Antes de que Juan Pedro la pasara a buscar se probó medio ropero y me hizo elegir lo que a mi criterio mejor le quedaba. Pero para Navidad el Tona quiso volver y ella tuvo que dejarlo entrar. Él se instaló en el cuarto que antes compartía con Doris y ya no volvió a salir, ni siquiera para averiguar si yo era trolo o torta. Ese dormitorio daba a la callecita transversal, así que se sentaba junto a la ventana y desde ahí, semioculto tras la cortina, en verano en musculosa y en invierno con un pulóver áspero lleno de bolitas puesto sobre el pijama, miraba a la gente pasar y escuchaba la radio. Doris empezó a dormir en un sofá en el otro dormitorio, que años atrás había unido al living con una puerta muy elegante y que usaba como cuarto de prueba. Discutía con Juan Pedro porque él le insistía en que se fuera de esa casa y alquilara en otra parte. Ella sacaba cuentas a diario, pero no había caso: le faltaban años de trabajo para equipar una casa propia. Volvían a discutir, esta vez porque ella le reclamaba que empezaran a vivir juntos de una vez por todas. Juan Pedro, entonces, le dijo que era mejor que dejaran de verse.
Doris se fue poniendo triste, cada vez más triste. Pasó meses sin teñirse, disimulando el gris de la coronilla con una vincha que le aplastaba el pelo y le cambiaba la forma de la cara. Lloraba a escondidas. Yo me daba cuenta porque se le hinchaban los ojos y la sonrisa que forzaba no era suficiente para restablecer la proporción de los rasgos. Doris, le decía, ponete bien aunque sea para seguir siendo linda. Estás sacando las cosas de proporción. Para ese entonces yo entendía de proporciones y sabía que se relacionaban con la escala y la perspectiva. Estaba aprendiendo a dibujar. Sabía, por ejemplo, que en una cara armónica como la de ella el espacio entre los ojos es igual a un ojo, que la cabeza mide a lo alto siete veces el ancho del ojo y a lo ancho cinco veces un ojo. Pero los suyos ya no eran los de la pasada primavera, así que le dije que si quería volver a ser tan hermosa como Doris Day tenía que poner las cosas en escala, cambiar la perspectiva, nunca pierdas la perspectiva, Emi, volver a pintarse los ojos de celeste y salir a comprar figurines.
Para acompañarla ese verano, muchas veces me quedaba a cenar con ella. Mirábamos Cosecharás tu siembra y, aunque yo trataba de llevarla a temas alegres, terminábamos conversando, casi siempre, de por qué ella no se había podido hacer famosa como Elsa Serrano, por ejemplo. No es el barrio, Emi, porque este es un lindo barrio. Es por el Tona, porque las clientas le tienen miedo. Yo le decía que ella era muy conocida y que poca gente sabía del Tona, que se olvidara de todo lo que había pasado y se pusiera a hacer vestidos de novia, que dejaban buena plata. Le dibujaba modelos en un cuaderno y pedía muestras de tela en las sederías para distraerla, pero lejos de mis palabras y mis propuestas, lo que la desprendió de su estado de tristeza fue el inicio de la guerra de las modistas.
5
La guerra empezó en enero del 93. Yo tarareaba Arabian Knights de Siouxsie and the Banshees y seguía el ritmo con los hombros mientras tiraba del hilván de un ruedo en la mesa del taller, que en realidad era la del comedor, cuando Doris entró corriendo con un papel en la mano. ¡Desfachatada, qué se cree, qué se piensa, caradura!, gritaba. ¡Si yo a esa le coso desde que nació! ¡A los nombres en este barrio los bordo yo!
Gabriela, la hija del almacenero de enfrente, había distribuido volantes para publicitar su nuevo emprendimiento de bordado de nombres sobre delantales, servilletas y bolsitas de jardín de infantes. Mamá después contó en la cena que la chica se había ganado una máquina hermosa que también bordaba, importada era, se la había ganado en un sorteo de Navidad, y hacía días que venía practicando para poner los nombres en las pecheras de los pintores. Ya estaba lista para empezar su propio negocio, dijo mamá, lo que dio lugar a que papá comentara que alguno de nosotros bien podría seguir el ejemplo y ganar algo de plata. Nos miró a los tres hermanos con cara de desaprobación, que en realidad era la única que yo le conocía. Ni preguntarle por la ofensiva sobre Cataluña le hizo cambiar la cara. Mi hermanito me hacía muecas del otro lado de la mesa, imitando la seriedad de papá, pero sus morisquetas no me podían hacer olvidar que acababa de reprocharme que no pagaba por mi comida.
La nuestra era una pobreza disimulada. Cuando papá vivía con nosotros comíamos carne casi todos los días, pero cuando él se iba mamá salía a trabajar de las cosas más diversas. Fue niñera, empleada en un Laverap, maestra particular de un nene postrado, secretaria en una escuela privada, personal de limpieza en la oficina de un diputado. La cercanía de Doris nos aseguraba alguna tarta de vez en cuando: Hice dos porque sé que a los chicos les gusta, decía cuando le daba a mamá el molde cubierto con un repasador. Gracias a ella también teníamos ropa nueva, que nos hacía con la tela que le iba quedando de clientas que compraban un metro de más por cualquier cosa. Así conseguí mi primera camisa de flores grandes, los pantalones de corderoy negros y hasta una campera pinchuda que había que mirar muy de cerca para darse cuenta de que estaba hecha con dos telas diferentes, sarga y franela, de idéntico color tabaco.
Nunca fui de comer mucho, pero hacia los dieciséis empecé a perder peso. Cuando ya se me saltaban los huesos, dejé de cortarme el pelo y me lo teñí de negro. En vez de oro viejo, como lo había recalificado Doris, ahora era ala de cuervo. Me pintaba las uñas también de negro, me delineaba los ojos con una raya que se me corría con el calor y fui reemplazando las remeras de color por otras oscuras pegadas al cuerpo. Todos me decían ¡Comé, Emi, comé! Doris me hizo una campera con tachas y para mi cumpleaños pedí un par de borcegos. Le encargaron a mi hermana que los comprara y consiguió unos que eran una bomba, grandes pero livianos. Me hacían caminar como una pantera. Los anteojos quedaban un poco raros con este atuendo, pero no había nada que hacer, porque si me los quitaba no podía ni cruzar la calle. Así no vas a encontrar nunca a nadie, Emi. En quinto año me cambiaron de división porque me habían tomado de punto, y por suerte en el nuevo curso hice algunos amigos que me pasaban música de The Cure y de Siouxsie. Me sentía fuerte en ese tiempo. La mirada de desaprobación de papá calaba menos.
El primer volante de Gabriela provocó la declaración de hostilidades, pero la guerra propiamente dicha se inició cuando apareció el segundo, en febrero: Gabriela ahora confeccionaba uniformes escolares y ropa para niños. En realidad no se trató de una guerra entre las dos mujeres, sino de una batalla sostenida en el tiempo y en la que solo peleaba Doris. Me pregunto si se puede hablar en términos bélicos cuando hay un solo bando y concluyo que sí, pero para mayor precisión diré que Doris le hizo la guerra a Gabriela.
La confrontación tuvo varios frentes: la mercería del barrio, el kiosco de revistas, la sedería más cercana y el más importante, el taller de Doris. Una vez ella me contó, con orgullo y sonrisa de estratega, que había comprado todos los botones de camisa azules, negros y blancos que había en la mercería. Para esos delantalitos que está haciendo, me dijo, la chica va a tener que ir a otra parte, y yo ahora tengo botones para siempre. No imaginó que Gabriela probablemente compraba al por mayor, no en la mercería del barrio. Yo no entendía qué lograba Doris haciendo cosas así, salvo perjudicarse a sí misma.
También se perjudicó al comprar una semana todas las revistas de modas y moldes del kiosco, inclusive las de hombre, y no solo Burda, Temporada, Madame y Modelina como solía pedir. Hasta Paula Tejidos y Labores se compró. A Gabriela le bastó con encargarle al canillita las que ella necesitaba para tenerlas a partir de la semana siguiente reservadas a su nombre. Doris, en cambio, gastó dinero que no le sobraba en comprar revistas que no iba a usar nunca. En la sedería arrancó los papelitos de propaganda que Gabriela había pegado en la caja registradora y en la puerta. A los pocos días volví a verlos, más grandes y llamativos, pegados con tal cantidad de cinta que para quitarlos Doris se iba a tener que romper un par de uñas.
Pronto entendió que el campo de batalla en el que podía ganar algo de terreno era su propia casa. Cuando las clientas llegaban acompañadas por sus hijos, Doris les revisaba las terminaciones con los labios fruncidos y no decía nada. Si la ropa era comprada, las clientas tampoco hacían comentarios, pero si la había hecho Gabriela, no podían con su curiosidad y preguntaban: ¿Está prolijo, Doris? Disculpe que no se lo pedí a usted, pero como tiene ya tanto trabajo y la Gaby recién empieza… Doris les sonreía, hacía un mohín pícaro, miraba hacia arriba y no decía nada. No tenía nada que decir, porque la máquina de Gabriela era de las buenas y ella aceptaba encargos simples, pero ese solo gesto alcanzaba para sembrar la duda en la clienta, y esa duda bastaba para que Doris diera por ganada la escaramuza.
Mientras que Gabriela nunca se daba por enterada de los ataques furtivos de Doris, Doris no hablaba de otra cosa. Llegó a espiar desde la terraza la cantidad de tela que Gabriela colgaba a secar antes de hacer los uniformes. Tuve que ocultarle que mi curso le había encargado a Gaby el bordado de la corbata que le añadimos al delantal en quinto año. Cuando fui a buscar la mía, que Gabriela no me quiso cobrar, ¿no ves que la gente te mira si caminás así?, vi la máquina en su mesa, bajo la ventana. Tengo que haberme quedado mirándola, porque me dijo: decile a Doris que es una Memory Craft 8000.
La fijación con Gabriela llevó a que Doris se autoexigiera y mejorara su propio taller. Pasó a llamarlo atelier y encargó un cartel que colgó sobre la puerta: Atelier Doris, decía. Nada de publicitar precios módicos ni que se hacían arreglos. Compró en cuotas un espejo de pie, antiguo, con manchas grises en los bordes, cambió la cubierta de género del maniquí y le pintó el pie metálico de negro para que pareciera más caro. El negro siempre es distinguido, Emi, decía. Consiguió que la entrevistaran en un programa de televisión local donde desfilaron tres clientas con vestidos de madrina. Me hizo caso y en la tele no dijo lo que pensaba esos días, que la función de las modistas en una sociedad era la de establecer estratos sociales a través de la costura. Desde que estaba en guerra con Gabriela creía que los géneros y los diseños iban dividiendo a las mujeres del barrio en más o menos refinadas, y estaba convencida de trabajar para las de gusto más sofisticado.
Se compró una Polaroid y sacaba fotos de la última prueba para después sumarlas a un álbum que les mostraba a las nuevas clientas. Yo me encargaba del atrezo. Doris pensaba que lo que diferenciaba un taller de costura de un atelier era el cuidado en los detalles, así que me indicaba que dispusiera con buen gusto los objetos que aparecerían en la foto: tenía que acomodar la cortina de tul para que los plieguen cayeron parejos, regar siempre las plantas para que las hojas se mantuvieran enhiestas, sacarles el polvo a las flores de tela de la mesita bajo la ventana, lustrar al parquet y barrer bien la alfombra desvaída sobre la que posaban las mujeres. De hacer vestiditos no vas a vivir, Emi.
El deseo de progreso de Gabriela le dio a Doris un motivo para trabajar hasta tarde como antes y para volver a teñirse de rubio patito, pero sobre todo para superar su ruptura con Juan Pedro. Empezó a andar siempre con tacos y pollera tubo en el atelier, usaba camisas con lazo y empuñaba la tijera con los dedos llenos de anillos. No sé si Gabriela se habrá dado cuenta alguna vez de que, a cambio de las agresiones y la maledicencia de Doris, ella con su mera presencia le devolvió a su enemiga la vida que se le había disuelto tras su desengaño amoroso. Un par de años después Gabriela se casó y se fue del barrio. Cuando murió el padre vendieron la casa y la despensa volvió a ser cochera. Mientras Doris camina hacia el taxi con su tapadito rojo veo que en esa casa ahora hay un consultorio odontológico donde hacen implantes y blanqueamientos a precio promocional.
6
El Tona se descompuso el 18 de julio del 94, fecha imposible de olvidar porque el televisor de la sala de espera de la clínica donde lo llevamos mostraba en vivo el rescate de víctimas de la AMIA. Estuvo en terapia intensiva muchos días. Hablaban de cirrosis, de un ACV. Cuando al mes siguiente volvimos del entierro, con Doris miramos completo el partido de Sabatini contra Davenport, cambiamos las sábanas y limpiamos el dormitorio para que ella recuperara su cama tras dos años de dormir en el sofá del cuarto de pruebas. Sobre la frazada estiramos un cubrecama dorado, brilloso y resbaladizo, que Tona no había querido usar y que a Doris le parecía el colmo del refinamiento.
Al principio, la muerte del Tona pareció no afectarla. Cuando yo volvía de cursar mi primer año en abogacía ¡decidite, Emi! pasaba por su casa para hacerle compañía un rato y la encontraba probándoles trajecitos a señoras sin cintura o agrandando los pantalones de los maridos que habían engordado en invierno. A veces compartíamos la cena, pero ese año yo todavía estudiaba con algo de entusiasmo, así que me volvía a casa a leer Civil I para tirarla en el primer llamado de diciembre. Con mi familia parecía estar todo bien. Papá estaba viviendo con nosotros ¡Comé, Emi, comé!, contento porque yo me había decidido por abogacía, y a veces hasta era cariñoso con mamá, que tenía la sonrisa instalada todo el día. Primero creí que ella estaba feliz por el regreso de papá, pero después me di cuenta de que celebraba tener de qué conversar con sus amigas: en el barrio se rumoreaba que la Doris había matado al Tona.
Yo me reía del comentario ay, la voz, Emi, esa voz y explicaba que al Tona le falló el hígado, pero ¿quién iba a creerme, si tener a una criminal en la cuadra era mucho más interesante que aprender que la cirrosis provoca accidentes cerebrovasculares? Como el disfrute de los adultos chismosos no habría estado completo si Doris no se enteraba de lo que pensaban de ella, papá se encargó de hacérselo saber una mañana de domingo, cuando se la cruzó en la panadería: Supongo que usted sabe, Doris, le dijo, que se piensa que su esposo no murió de muerte natural. Papá en casa no dijo nada, pero Doris me contó el encuentro esa noche, con un opacamiento súbito de la mirada. La gente cree que soy una asesina, repetía.
Y entonces Doris se volvió a entristecer. Esa semana, camino a la facultad, vi pegado en el vidrio de la ventanita de su puerta el certificado de defunción de Delmiro Tonali, la causa de muerte resaltada en amarillo, y debajo un cartelito que decía que el atelier permanecería cerrado hasta el lunes siguiente. Recién conseguí que me abriera la puerta el sábado. Me prendí al timbre mientras le gritaba ¡Doris, abrime! ¡Abrime, Doris! ¿Estás bien? Ella al final apareció tras el vidrio. ¿Qué hacés a los gritos, Emi? Abrime, Doris. Yo te abro, pero a nadie más que a vos.
Nunca la había visto así. Estaba descalza a pesar del frío y tenía un camisón con el ruedo caído, una bata vieja sin atar, el pelo revuelto y la piel cansada, como si hiciera días que no se ponía crema. Lloraba sin pudor. Se había cortado las uñas al ras y ni siquiera hacía el esfuerzo de alinear los hombros. ¿Qué voy a hacer ahora sin el Tona, decime? Lloraba y sorbía mocos, se secaba la cara con la manga roñosa de la bata. Pero Doris, si el Tona se la pasaba encerrado, le dije, y vos estabas bien la semana pasada. Fueron cuarenta años con el Tona, vos no entendés, me decía. Era tan bueno el pobre. Vos no sabés cuánto luchó para que el restaurant saliera adelante, y yo voy y le alquilo el local a un kiosco. Lo destruí, Emi, yo lo maté, tienen razón en el barrio, yo maté a mi marido.
Al año siguiente me uní a un grupo de comedia musical que se armó en la facultad. Unos compañeros habían visto Drácula en Buenos Aires y querían presentar algo más humilde pero igual de cuidado, así que se les ocurrió ensayar una versión de Cantando bajo la lluvia. Me ofrecí a diseñar el vestuario y acepté un papel menor, porque no tenía aptitudes más que para dar un par de pasos básicos. Cuando empezamos a reunirnos a pensar la puesta, todo lo demás desapareció: me olvidé del cursado, de los parciales y de volver a preparar Civil I, que había rendido mal dos veces. En casa decía que tenía que cursar, pero me iba con los chicos a tomarles medidas y a ensayar unos pasitos. Me sentía como viviendo en puntada escondida. Siempre mintiendo, vos.
Doris seguía triste. Atendía a las clientas de siempre, pero no aceptaba nuevas porque decía que sin mi ayuda no daría abasto con tanto. Yo le prometí que en verano volvería a coser con ella, de hacer vestiditos no vas a poder vivir, pero que con todo lo que estaba haciendo no podía. Le pedí ayuda para armar el vestuario del musical y quedamos en colaborar en el proyecto. Al principio pareció entusiasmada, mas cuando nos instalamos en la mesa de su cocina a dibujar, se quedaba con la vista perdida en la nada. No tenía energía para salir de sí. Terminé haciendo casi todo yo, aunque en esa época todavía la consultaba a cada paso: me encargué del diseño, sobre el que Doris opinó aquí y allá, hice casi toda la confección, para lo que me prestaba su máquina de coser durante la noche, y me encargué de las pruebas.
Cuando tuvimos todo listo y fuimos a la Secretaría de Cultura de la facultad a pedir una sala para presentar el musical, nos preguntaron cómo habíamos conseguido los derechos de una comedia tan popular. A nadie se le había ocurrido que algo así fuera necesario para una puesta vocacional, por lo que después de unos días de confusión decidimos abandonar el proyecto y quedarnos con la ropa que habría usado cada personaje. Yo me llevé a casa un vestido amarillo que era un sueño y que aún hoy usa mi hermana, que se conservó delgadita. Nunca olvido que cuando corté ese vestido diluviaba. Doris se me acercó arrastrando las chinelas y me dijo que nunca cortara con lluvia, porque cuando hay humedad la tela cambia, se hincha y el vestido sale chico.
Después de que se canceló el musical me di cuenta de que había perdido el año en la facultad. En casa dije que iba a rendir libre, pero no toqué un libro. Siempre mintiendo, vos. Todas las tardes iba a hacerle compañía a Doris y me quedaba a comer con ella con la excusa que en casa nadie veía Perla negra. Como tenemos un solo televisor, le decía, si pudiera verla acá… Ella me preparaba tostadas, que era una de las cosas que yo todavía comía, y se sentaba conmigo frente a la tele, pero no levantaba la vista del dobladillo o del cierre que estaba pegando. Seguía prefiriendo coser algunas cosas a mano. Cuando le preguntaba algo sobre la telenovela, me decía que no la seguía mucho, que para ella la tele era como un ruido de fondo, nada más. Una vez me dijo que el silencio de su casa le daba miedo y que había días que, si no hubiera sido por la radio o la televisión, se habría pegado un tiro.
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