Kitabı oku: «La polifonía de la creación»

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A través de esta colección se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e instituciones públicas del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual sólo está completo y tiene razón de ser cuando se comparten sus resultados con la comunidad. El conocimiento como fin último no tiene sentido, su razón es hacer mejor la vida de las comunidades y del país en general, contribuyendo a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad informada y madura, mediante la discusión de las ideas en la que tengan cabida todos los ciudadanos, es decir utilizando los espacios públicos.

Con la colección Pública textos se ponen al alcance de los alumnos de educación media y superior trabajos en los que investigadores reconocidos —en muchos casos sus propios maestros— cierran el círculo académico al difundir entre los educandos los resultados de sus quehaceres profesionales

Títulos de la colección

1 Nueva narrativa mexicana

Elizabeth Hernández Alvídrez, Samuel Arriarán

2 La polifonía de la creación. Gramática de la vida

Teresa Aizpún

3 Aproximaciones a la narrativa de la Revolución Mexicana.

Didáctica de la literatura hispanoamericana del siglo XX

Francisco Hernández Ortiz, Miguel Ángel Duque Hernández y Laura Érika Gallegos Infante (Coordinadores)



Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana. Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.

Primera edición: abril de 2015

De la presente edición:

© Bonilla Artigas Editores, S.A. de C.V., 2015

Cerro Tres Marías número 354

Col. Campestre Churubusco, C.P. 04200

México, D. F.

editorial@libreriabonilla.com.mx

editor1@bonillaartigaseditores.com.mx

www.libreriabonilla.com.mx

www.bonillaartigaseditores.com.mx

© Teresa Aizpún de Bobadilla, 2015

ISBN: 978-607-8348-56-5

ISBN edición ePub: 978-607-8348-94-7

Responsables en los procesos editoriales en Bonill1a Artigas Editores:

Cuidado de la edición: Nicolás Mutchinick

Diseño editorial: Saúl Marcos Castillejos

Fotografía de portada: © “Emiliano Zapata a caballo fumando cigarrillo”, Casasola, núm. de inventario 1639, Conaculta–Inah–Sinafo–Fn. México

Diseño de portada: Teresita Rodríguez Love

Realización ePub: javierelo

Hecho en México

Contenido

Agradecimientos

Prólogo

Introducción

El actuar es creador

La utilidad del conocimiento

La verdad práctica

¿Qué es la vida?

Vivir es crear y mantener una identidad

Revisión del concepto de materia: la materia como energía

La vida es una actividad que consiste en mantenerse vivo: la vida como nutrición

El proceso: nuevo paradigma científico

La vida es un proceso de ordenación

El orden de la vida es la identidad: la autopoíesis

Identidad y necesidad de apertura: entre la permanencia y la flexibilidad

La vida del hombre: su identidad es el yo

La nutrición como proceso psíquico-biológico

La libertad como autopoíesis

La libertad como construcción de un yo

El yo y los otros

Gramática de la vida: El yo en busca de sÍ mismo

El yo es una historia con sentido

El problema del sin-sentido

El yo entendido como lugar: de la interioridad (san Agustín) al aburrimiento (Paul Valéry)

El yo entendido como tiempo

Sentido y significado: al principio es la acción

Por qué el yo tiene una historia y es Historia

¿Qué significa dar sentido?

El sentido es un orden

El lenguaje es nuestra forma de ordenar

El lenguaje y la acción son comunicación: unión con el mundo

El sin-sentido comienza en el lenguaje: el hombre sin mundo

El yo y el Universo

El camino de la reunificación del hombre y el mundo

Volviendo a la materia: la materia genera significado (Juan Antonio Hernández-Tamames)

Al principio es el logos: el mundo es un “orden-ordenable”

La superación de la visión espacio-temporal del yo

Revisión del concepto de espacio

Revisión del concepto de tiempo

A modo de conclusión

La controversia del yo

Consecuencias éticas: la compasión y las raíces morales del hombre

Ciencias humanas y ciencias naturales ¿un dilema?

Ciencia y mística

Bibliografía

Artículos y Catálogos

Catálogos

Sobre la autora

Agradecimientos

Esta obra es algo que yo me debía a mí misma. He disfrutado enormemente de estos años de trabajo, gracias también a todas aquellas personas con las que he podido hablar sobre mis preguntas; muy especialmente a Juan Antonio Hernández,1 que colabora conmigo en este ensayo, así como a los profesores de física Alfredo Tiemblo (CSIC, Madrid) y Hans-Peter Dürr (Max-Planck-Institut-München), que tanto me han enseñado de este mundo tan hermoso, que era para mí tan desconocido, les agradezco su paciencia y su tiempo; a Jorge Muñoz,2 que guió mis primeros pasos de un conocimiento no filosófico del hombre.

Agradezco también su apoyo a todos mis amigos, porque, por lo menos en mi caso, sólo la amistad hace posible el pensamiento, y en especial a Marta González Orbegozo, a Tatiana Aguilar-Álvarez. Agradezco también enormemente los fructíferos diálogos de la Asociación Española de Poiética. Y cómo no, estoy así mismo en deuda con todos aquellos amigos que me han ayudado a corregir este trabajo, aportando su punto de vista y prestándome sus ojos para mirarlo de nuevo: Tatiana Aguilar-Álvarez Bay, Marta González, Carmen Segura Peraita, Mercedes Gigosos, Violeta Álvarez, Gonzalo Ramírez de Haro. Gracias a todos ellos este trabajo ha desembocado en un fructífero diálogo a muchos niveles. Agradezco también a Hiltrud Stegmann su ayuda con los textos alemanes.

También quiero recordar en estos agradecimientos a aquellas personas de la Universidad Rey Juan Carlos que me han apoyado y han hecho posible que este trabajo llegase a buen puerto, muy especialmente al departamento de informática y al de préstamo Interbibliotecario (Roberto Negral) por su eficacia y su profesionalidad. También estoy en deuda con mis alumnos de la asignatura de Ética, algunos especialmente, porque con su entusiasmo y su activa participación me han ayudado, y obligado, a pensar con claridad, a ver lagunas, a descubrir, intentando explicar, mil detalles, a veces muy importantes, que me habían pasado desapercibidos, y porque con su gratitud me animan a seguir.

Así mismo agradezco a la editorial Bonilla Artigas y muy especialmente a Juan Benito Artigas el acoger este trabajo y abrirle la puerta de ese país tan querido que es para mí México.

1) Juan Antonio Hernández Tamames es doctor en CC. Físicas y profesor titular de Tecnología Electrónica de la Universidad Rey Juan Carlos. Actualmente se dedica a la investigación en los campos de la neuroimagen con resonancia magnética y tomografía por emisión de positrones. Ha sido galardonado con el premio Rafael Hervada por sus trabajos en ingeniería biomédica.

2) Jorge Muñoz Ruata, es doctor en medicina (psiquiatría), profesor de psicopatología e intervención psicopedagógica en deficiencia mental en el Centro Universitario Villanueva (adscrito a la UCM), y jefe de servicios de diagnóstico y rehabilitación de la fundación PROMIVA.

Vacío es el argumento de aquel filósofo que no permite curar ningún sufrimiento humano. Pues de la misma manera que de nada sirve un arte médico que no erradique la enfermedad de los cuerpos, tampoco hay utilidad ninguna en la filosofía, si no erradica el sufrimiento del alma.

Epicuro

En todo filosofar hasta hoy no se trataba en absoluto de la verdad, sino de algo distinto, digamos de la salud, del futuro, del crecimiento, del poder, de la vida.

F. Nietzsche, Morgenro

¿De qué os sirve saber, si lo que sabéis no tiene consecuencias? Nada debe considerarse bueno, parezca lo que parezca, si no ayuda.

Bertold Brecht, Santa Juana de los Mataderos

Prólogo

A diferencia de una novela, aquí no se trata de tener al lector en vilo, sino de establecer un diálogo con él. Por esa razón, las páginas introductorias de un trabajo de investigación ofrecen habitualmente las claves interpretativas que facilitan su lectura. Eso es lo que me propongo a continuación, ahorrando al lector cualquier tipo de suspenso. Intentaré exponer brevemente qué me propongo, desde qué perspectiva lo presento y qué entiendo bajo los conceptos que utilizo. En esta obra me propongo algo que no es fácil de llevar a cabo: presentar un tema para especialistas accesible a todos.

En primer lugar, es importante señalar las pasiones que mueven este libro, porque la vida intelectual, como toda vida verdadera, se explica desde aquellas necesidades más profundas de nuestro ánimo. En este caso, la primera es la que mueve cualquier investigación que lo sea realmente: la necesidad de comprender.

Una vez me dijeron que un intelectual es aquel que necesita entender para actuar. Tal vez sea eso cierto y un verdadero intelectual no sea otra cosa que alguien con más dificultades que otros para moverse en la oscuridad. Yo añadiría incluso, que un intelectual es aquel que necesita entender para vivir. Así lo creía Sócrates, quien llegó a la conclusión de que no sabía nada; porque el verdadero intelectual es aquel que es consciente de sus carencias y, por esta razón, el sabio es el que sabe que no sabe nada.

Pero no sólo los intelectuales tienen este problema. En nuestra cultura hay mucha gente a la que le cuesta terriblemente tomar decisiones, y le cuesta, justamente, porque no entiende. María Zambrano los llama “perplejos”. Son personas a las que las soluciones y los modelos prefabricados que les proporcionan sus respectivas culturas y tradiciones; o simplemente su vida anterior y su educación, ya no les basta, ni les convence; sin embargo, tampoco han encontrado una solución personal, una imagen propia de las cosas. Por eso “no afrontan el riesgo de la vida, el peligro de decir sí o no, no cambian nada. Esta situación les inmoviliza, y su vida se convierte en dispersión y confusión, es una vida en quietud pantanosa”.1

La lucha por encontrar un lugar en el mundo o una forma propia de vida, no es algo que ataña sólo a los intelectuales, nos afecta a todos, y para todos es una lucha ardua, pero inevitable. En ese camino, seamos o no conscientes de ello, se llega a un punto en el que necesariamente nos sucede como a Sócrates: ya no sabemos nada o, dicho de otro modo, ya no entendemos nada. Éste es un paso importante, llega un momento, en el desarrollo del espíritu, en el que para aprender es necesario estar dispuesto a “desaprender”, a vaciarnos la cabeza de nuestras ideas de siempre para poder ver realmente. Hay que estar dispuesto a volver a empezar. Y esta nueva forma de aprendizaje es tan difícil, o más, que el “llenarnos de conocimientos”. En mi opinión, ese es el verdadero camino de cualquier persona que decide llevar las riendas de su vida, es un punto de inflexión ineludible en el camino de todo “buscador” y tiene un carácter moral.

Mi propia lucha por entender, que refleja este libro, se mueve en primer lugar desde el profundo convencimiento de que la ética no es algo así como un acuerdo necesario para la convivencia pacífica, sino algo tan profundamente humano como el pensar o el sentir; la ética tiene que ver, en primer lugar, con uno mismo, con nuestro desarrollo personal y, sólo como consecuencia, con la convivencia. La ética, si es de verdad, es el reflejo de ese esfuerzo personal por comprender y crecer, es la búsqueda de nosotros mismos y de un estado de plenitud, que sólo es posible a partir de una idea de quién somos y de quién queremos ser, por muy vaga que ésta sea. Estamos hablando de la búsqueda de un vivir consciente.

La vida necesita del pensamiento, pero lo necesita porque no puede continuar en el estado en el que espontáneamente se produce. La vida necesita ser transformada siempre.2

La vida no puede ser vivida sin una idea. Mas esta idea no puede ser tampoco una idea abstracta. Ha de ser una idea informadora, de la que se derive una inspiración continua, en cada acto, en cada instante; esta idea ha de ser una inspiración.3

Tal vez, esa idea sea la idea de la belleza de nuestra propia vida, de la de cada uno de nosotros, en cada uno con una forma diferente; pero en todos tiene que cumplir la función de hacernos comprender el vivir como un proceso de desarrollo espiritual. Para eso, más útil que enjuiciar actos concretos es alcanzar una visión correcta de la vida, encontrar su sentido, comprender, por tanto, que tal vez debamos volver al principio y preguntarnos de nuevo ¿qué es la vida?

La segunda pasión que mueve este libro se encamina a despejar una duda: ¿qué significa conocer? O, dicho de otro modo, ¿cómo hay que plantear un problema para encaminarlo realmente a la solución? Algo falla en nuestra forma de pensar, puesto que el conocimiento, que durante siglos hemos alcanzado, no parece que nos ayude demasiado a vivir mejor, a comprendernos mejor, y a relacionarnos mejor con nosotros mismos y con el mundo. Tal vez haya que replantearse la forma misma del conocimiento.

Durante mi época universitaria, el desprecio que percibía en la mayoría de los planteamientos filosóficos por el cuerpo, lo femenino, lo “defectuoso”, lo afectivo, la voluntad, definió en cierto modo mi búsqueda. Ese desprecio que viene de lejos en nuestra cultura occidental, pues se remonta al origen mismo de la filosofía, y del que hacían gala prácticamente todas las corrientes de pensamiento, nos llevaba, a nosotros estudiantes, a creer que ese era un punto de partida necesario para el pensamiento. A mí, esta postura siempre me produjo la sensación de que, justamente en esos aspectos rechazados del ser humano, se encerraba la clave de la comprensión. Con el tiempo, he creído ver en este desprecio un terrible miedo a la vida, un miedo que no sólo afecta a los intelectuales, aunque probablemente éstos lo padezcan con mayor intensidad. Por esta razón, mi búsqueda comienza ahora justamente desde ahí.

Metodológicamente hablando, esto se traduce en una investigación que parte, digámoslo así, desde “abajo”, desde aquello que yo consideraba olvidado: lo individual y concreto, en contraposición al sistema habitual de elaboración de modelos –un invento de la filosofía que con el tiempo se ha extendido a todas las ciencias como método de trabajo–,4 y que permite considerar a los individuos como “casos” a partir de una definición. “Ni el arte ni la ciencia se ocupan de lo individual”,5 afirmaba Aristóteles. Este tipo de generalizaciones conllevan evidentes ventajas prácticas, pues no sólo posibilitan el manejo rápido de datos, sino el cálculo matemático para imaginar posibilidades de lo real. De esta forma, el dominio de nuestros conceptos se identifica con el control de la realidad. El problema es si el conocimiento así obtenido se ajusta de verdad a lo que pretendemos conocer. Voy a poner un ejemplo.

Habitualmente, esa generalización se lleva a cabo absolutizando aquello que consideramos la característica más propia de algo. Como dice Aristóteles en su Metafísica: “es sobre todo en lo más perfecto donde se revela la naturaleza de la cosa”. Por ejemplo, para la filosofía griega que se desarrolla a partir de Sócrates, el pensamiento era la capacidad más alta del hombre y, por tanto, su principal característica. Consecuentemente, éste se definía, a partir de esta capacidad, como “animal racional”, considerando además la razón en su más alto grado de desarrollo: el filósofo. Claro que luego teníamos problemas para incluir en la categoría de “ser humano” a un enfermo, un esclavo o una mujer, que no tenían ninguna formación, ni posibilidad de adquirirla. Esto sólo es un ejemplo de esta manera de pensar que se ha desarrollado en Occidente, en todos los campos de nuestra cultura, a lo largo de los siglos. El conocimiento obtenido de esta forma es realmente práctico, manejable, sacamos fácilmente conclusiones, pero a menudo, no sabemos por qué, a partir de ese conocimiento llegamos a acciones o conclusiones aberrantes, y es que este tipo de definiciones tan sesgadas, tienen importantes consecuencias prácticas. La explicación es que hemos confundido nuestro concepto de algo con la realidad que representa, siendo éste sólo un aspecto de la misma, que no debe separarse del resto, ni identificarse con el todo.

En consecuencia, en este trabajo he querido proceder a la inversa, no desde definiciones modélicas y supuestamente universales, sino desde lo que individualiza al hombre, lo que le hace único: desde la enfermedad, desde la materia, desde el aprendizaje de lo elemental, desde lo pequeño y lo concreto. He llegado a la conclusión de que este es el único camino a la verdadera universalidad, es decir, al conocimiento de lo real. Soy consciente de que, en cierto modo, pensar es siempre simplificar (omnis determinatio ist negatio, decían los escolásticos con razón), pero en Occidente, en el desarrollo de esta forma de ciencia, a menudo nos mueve más el afán de obtener resultados prácticos que el verdadero saber. Naturalmente, como contrapartida llegar a modelos y “recetas” que nos faciliten la vida y nos ahorren el esfuerzo de pensar por nosotros mismos será difícil. Pero es que el “aprenda inglés en 15 días” nunca es real.

Definir un modelo de vida y establecerlo como “lo correcto” facilita mucho, evidentemente, las cosas, pero tal vez ha llegado el momento de darle a la libertad su verdadera dimensión. Creo que no debemos ahorrarnos trabajo en algo tan serio y cada uno debiera llevar a cabo su propia tarea. Sólo meditando personalmente sobre estas cosas entendemos de verdad el vivir, cada uno el suyo, sólo así encontramos ese pensamiento que todo ser humano necesita y que es un pensamiento vivo, un pensamiento-experiencia, sólo evitando lo más lamentable de la cultura moderna en Occidente, y que ha provocado que tanta gente se vuelva hacia Oriente: “la falta de transformación del conocimiento puro en conocimiento activo que alimente la vida del hombre que lo necesita”,6 será “útil” el pensamiento.

Me propongo, por tanto, un acercamiento al ser humano desde sus límites, habitualmente considerados inferiores. Partiré del concepto de “materia” para comprender la relación que tiene el hombre con ella. Creo que eso nos ayuda a vislumbrar nuestro lugar en el mundo, o mejor, por qué el hombre sólo es hombre siendo mundo. Esta es la razón por la cual en un proyecto, en principio filosófico, colabora un físico y recurro a menudo a otras disciplinas. No ignoro que la interdisciplinariedad tiene también sus riesgos: el quedar fuera de todos los campos académicos y no contentar a ninguno, es uno de ellos; el quedarse siempre corto, es otro, pues evidentemente todas las perspectivas no pueden abarcarse aquí en profundidad. Pero asumiré el riesgo. En un trabajo de fundamentación como éste, creo que es más provechoso ver menos detalles y abarcar más claramente el contorno de la figura y su situación en el todo.7 En esta exposición no pretendo, por tanto, un estudio exhaustivo de cada tema, sino una corrección del enfoque, encontrar una perspectiva que nos ayude a entender. Lo que me planteo en este trabajo no es otra cosa que la dirección certera de nuestra mirada. Para mí ha supuesto la elaboración de un nuevo mapa mundi, una carta de navegación.

Notas

1) María, Zambrano, “La perplejidad. (Fragmento de la ‘guía’, forma del pensamiento)”. pp. 151-176.

A lo largo del trabajo citaré de forma completa sólo la primera vez que aparezca una obra, seguidamente citaré autor y página, salvo en los casos en los que, por utilizar más obras de un mismo autor, aparecerá el título de la obra y la página.

2) Ibíd., p. 156.

3) Ibíd., p. 168.

4) Hablar de modelo presupone el conocimiento del final de un proceso, dentro de un pensamiento lineal (causa/efecto) que hace posible no sólo la repetición de algo a voluntad, sino su asimilación última a una ley. Contempla lo individual como caso, y presupone la objetividad del conocimiento basado en la absolutización de una única característica, lo cual hace posible comparar el desarrollo de diferentes casos, en diferentes momentos.

5) Aristóteles, Metafísica, p. 981a.

6) María Zambrano, p. 154.

7) Contemplando, por ejemplo, una fotografía con gran aumento se puede llegar a confundir la piel de un hombre con un desierto. Es interesante al repecto el trabajo realizado por Timothy G. Bromage (NY University) y Alejandro Pérez-Ochoa (UCM). Oseos Cosmos.

Introducción

El actuar es creador

En este libro comienzo pues “desde abajo”. Con ello doy forma a una vieja intuición que surge a partir de mi tesis doctoral: para comprender el actuar, el arte (o la estética, filosóficamente hablando) es la perspectiva correcta. Actuar es “dar a luz” y, por lo tanto, sólo se explica a partir del proceso creativo, de lo concreto y lo material, y se explica como un dar forma.

Todo empezó con Kierkegaard, sobre el que escribí ese trabajo.1 La profunda honradez de este pensador siempre me impresionó. En el arte como en la filosofía uno puede encontrar grandes técnicos, pero sólo la honradez dice algo veraz, algo que realmente merezca la pena escuchar. La radicalidad con la que Kierkegaard luchaba por comprender y salvar aquello que consideraba el núcleo de lo humano, le arrastró a una situación compleja; era un hombre de fe profunda, pensaba desde ella y analizó cada una de las palabras que pronunció Lutero con un pensamiento lúcido y lleno de pasión. Fundamentó su filosofía sobre dos premisas: el hombre es pecado (un ser dolorosamente volcado sobre sí mismo, incurvatio in se ipsum [Curvado sobre si mismo], según la definición de Lutero) y, en consecuencia, incapaz de colmar su más profundo anhelo: alcanzar a Dios, que sólo podía definirse como el “Absolutamente Otro”. Esta aporía existencial explica toda su filosofía.

La angustia kierkegaardiana refleja un problema con el que se encuentra cualquiera que se plantee quién quiere ser, porque a menudo tenemos la triste sensación de que aquello que más ansiamos nos está vetado, como si una fuerza oculta nos mantuviese encerrados en nosotros mismos, y nos impidiese el paso a lo único que nos haría felices. De hecho, desde Kant, la filosofía ha descrito a menudo al hombre como un enfermo metafísico, un ser que vive persiguiendo una quimera. Kierkegaard creyó firmemente que esa era la situación del creyente, lo que equivale a decir, que esa es la situación que define el máximo desarrollo espiritual que podemos alcanzar2 y, lógicamente, la angustia le arrastró a un doloroso aislamiento y a una muerte prematura.

Esto me hizo comprender que toda espiritualidad para no ahogar el desarrollo de la vida, tanto física como espiritualmente hablando, tenía que construirse sobre una mística, al menos como posibilidad; y todo pensamiento realmente filosófico, que facilitase el movimiento del espíritu hacia la verdad, tenía que construirse sobre una estética, entendida como la comprensión de la capacidad creadora del ser humano. No podemos entender al hombre sin su capacidad de expresión y creación, sin interpretar la vida como un desarrollo personal mediante la construcción de formas, mediante la creación de lenguajes, de imágenes y de vidas absolutamente personales, sin la posibilidad de alcanzar, creándolo, la plenitud de lo que somos. Por eso entendí la idea romántica de que la salvación está en el arte como la necesaria negación de la dialéctica. Interpretar al hombre y al mundo dialécticamente, es decir, desde un proceso que define el “salir de sí” como un “perderse”, significa no sólo negar la posibilidad del arte, sino de toda comprensión del quehacer humano y del proceso cognoscitivo, que es un proceso creativo como veremos más adelante. En clave dialéctica, si la verdad es la interioridad, cualquier expresión enajena, aunque dicha enajenación se entienda como un momento evolutivo; en clave estética, no hay conocimiento sin expresión y, por tanto, nada es más “natural”, más liberador que el salir de sí.

El ser humano no es, según esto, un ser metafísicamente enfermo, en cierto modo inviable. Por el contrario, encierra en sí mismo una infinita capacidad de desarrollo. No somos seres abocados al fracaso, éste es sólo uno de los posibles resultados de la acción. Incluso nuestra idea del fracaso, producto de un pensamiento lineal y de la invención moderna del progreso, tendríamos ciertamente que revisarlo.

Este hallazgo marcó para mí un antes y un después; la reivindicación de la materia como expresión verdadera de la interioridad y posibilidad de la creatividad, para dar forma a lo que realmente somos y buscamos, como posibilidad de su realización, se convirtió en el motor de mi pensamiento. La idea de que la verdad del hombre había que buscarla en el arte, más concretamente en el proceso creativo, la estuve rastreando durante años en el pensamiento y la obra de Joseph Beuys con la impagable ayuda de Marta González.3 Hoy he descubierto, de la mano de la biología de Varela y Maturana que la creatividad no sólo es la clave interpretativa de lo humano, sino de todo ser vivo,4 lo cual me ha abierto un camino infinitamente más bello del que yo creía vislumbrar. La vida es un hecho maravilloso, en el que hombre lucha por dar forma a su propia versión, porque la única vida real es la de los individuos.

La utilidad del conocimiento

La idea de Zambrano de que el conocimiento tiene que vivificar cada instante de nuestra vida exige la unión de lo que los filósofos llaman conocimiento teórico y conocimiento práctico; que lo aprendido sea realmente útil en sentido socrático, útil para la vida del individuo. Comprender mejor al hombre tiene una finalidad: vivir mejor. Así enfocado, este libro es también un intento de unión de las dos formas de conocimiento que, según Wolfgang Pauli (Premio Nobel de física en 1945), dividen y enfrentan la tradición occidental: el conocimiento, que él denomina salvífico –cuya meta es la unidad–, y el científico, fundamentalmente analítico, empírico y basado en la verificabilidad de sus propuestas.5 Esta obra quiere presentar un conocimiento integrador que, valiéndose de los descubrimientos de la ciencia actual, facilite una visión unitaria y coherente del hombre. Una visión desde la que éste pueda reconciliarse consigo mismo y desde ahí con los otros y con el mundo y esto, en efecto, es una visión salvífica. Si buscamos una imagen del hombre como un ser realmente vivo, tenemos que superar ese concepto de “yo”, que hemos heredado, y que lo describe como un ser encerrado en sí mismo y aislado, porque todo ser vivo está en continuo movimiento y, por tanto, en relación con todo lo que le rodea.

Parece pues que vivir, para un ser humano, exige una idea de la vida y de sí mismo. La búsqueda de esa imagen, de ese concepto que guíe nuestro actuar, es parte ineludible de la misma. Como dice María Zambrano, la vida necesita del pensamiento; el hombre, para vivir su vida, necesita un cierto conocimiento de lo universal. De alguna manera, no podemos prescindir de la filosofía. Pero ¿cómo es posible alcanzar ese conocimiento? En el estudio del hombre, como en el arte, lo universal sólo se alcanza a través de lo más concreto; el ser humano sólo puede saber quién es, sabiendo qué es ser hombre, y sólo puede saber qué es ser hombre, creando él su propia humanidad, creándose, viviendo. De la misma forma, sólo quien es capaz de querer real y profundamente a una persona es capaz de entender el querer, y sólo quien es capaz de entender real y profundamente a alguien, un pensamiento concreto, sabe lo que significa entender. Del mismo modo, sólo alguien que se esfuerza realmente por ser honradamente él mismo, sabe en qué consiste ser hombre. A esto llamo dar sentido a la vida, y es la meta de todo vivir libre, es decir, humano.

Si la imagen del hombre, que cada uno tenemos, es inseparable de la imagen de nosotros mismos, es porque la filosofía como el arte alcanzan la universalidad a través de lo más particular, aunque luego tengamos que formular universalmente nuestros hallazgos para que sean útiles a otros e incluso clarificarlos. Una obra de arte, sólo cuando ha sabido plasmar algo muy concreto, esclarece “lo humano”, al hombre en sentido genérico; de la misma forma que sólo la comprensión real de los hombres particulares nos revela al ser humano en general. A la inversa, sólo llegamos al totalitarismo. Por eso, la visión del artista, si es acertada, acaba siendo una visión mística del mundo y, por tanto, moral en el sentido más radical del término. Lo que quiero decir con esto, lo expresa Chesterton mucho mejor que yo al explicar la visión del mundo, la forma de sentir y vivir propia de san Francisco de Asís:

el eremita podía amar la naturaleza como un fondo. Pero para San Francisco nada estuvo jamás al fondo […] él todo lo veía dramático, destacado de su entorno, no todo de una vez como en un cuadro, sino en acción como en una obra de teatro. Pasaba junto a él un pájaro como una flecha: era algo con su historia y su objetivo, objetivo de vida y no de muerte. Le detenía un arbusto, y era como si fuera un bandolero; y de hecho estaba tan dispuesto a saludar al arbusto como al bandolero.

En una palabra, hablamos de un hombre al que los árboles le impiden ver el bosque, San Francisco no quería ver el bosque en lugar de los árboles. Quería ver cada uno de los árboles como una cosa separada y casi sagrada […]. No llamaba madre a la naturaleza; llamaba hermano a un asno concreto o a un gorrión concreto.6

Esta mezcla de universalidad y particularidad es la causa de que el estudio del hombre y del vivir resulte un poco complicado. Vivir, tiene mucho de aprendizaje, pero mucho también de descubrimiento, y el descubrimiento es esencialmente creativo, aunque, probablemente, todo verdadero aprendizaje sea también creativo.

En el descubrimiento de algo nuevo, la creación es esencial. [En la vida como] en la ciencia no existe una regla general que permita pasar del material empírico a nuevos conceptos y teorías capaces de ser formulados matemáticamente.7

La verdad práctica

En la vida como en el arte, la verdad es práctica.8 Esto tiene dos vertientes; por una parte, como acabamos de ver, la verdad que buscamos es una verdad para la vida, por otra parte esa verdad aparece en el hacer, “va surgiendo” en el proceso. Por eso en la vida como en la ciencia, la obsesión por el control y la absoluta certeza de lo que vamos a encontrar, no sólo no son recomendables, sino más bien todo lo contrario; el creer que ya conocemos el final representa un serio impedimento para encontrarlo, para avanzar realmente, para alcanzar nuestra meta. Para no movernos en círculo, hay que dejar que las cosas surjan, pues la imagen del hombre que buscamos no puede existir realmente antes de ser vivida, aunque ciertamente “buscar” sea siempre caminar en una determinada dirección, y esto exija una intuición previa.9 Sin embargo, no poseemos algo así como un “modelo interior” de acción o de persona, y no podemos sino tantear para encontrar lo más acertado para cada uno y para cada situación, aquí y ahora. El “aquí” y el “ahora” son elementos imprescindibles en todo proceso creativo, sólo lo individual nos lleva a la universalidad. Como dice Kingsley hablando de Parménides, “él escribe sobre algo que está más allá del tiempo y el lugar; pero para comprenderlo, hay que partir del tiempo y el lugar”.10

Finalmente, en el ilimitado proceso de aproximación que es el conocer, la actividad artística nos ayuda a comprender qué es lo verdadero. Ayudándonos a comprender la acción (el proceso), esclarece la relación entre el descubrir y el crear, entre la comprensión y el “hallazgo”. El resultado no es un objeto, una imagen definitiva, clara y distinta del mundo o una solución universal a un problema concreto, sino, más bien, las coordenadas que nos permiten la comprensión correcta; puntos de referencia para el juicio; aspectos esenciales de una situación; fundamentalmente nos ayuda a ordenar y recrear nuestra imagen del mundo. El aspecto más importante de esta creación consiste en la adquisición de un punto de vista a través del cual establecemos una determinada relación con lo que nos rodea y con nosotros mismos, incidiendo así, con nuestro actuar, de una determinada manera en lo real. Viviendo creamos mundos en sentido estricto. Desde el punto de vista del actuar, la acción acertada es, según esto, una forma de mirar, una perspectiva; constituye una manera de ver el mundo. Una forma de actuar es también una forma de pensar, por eso es así mismo una actitud y una decisión, una óptica, un punto de vista, como afirma Emmanuel Lévinas.11 Probablemente tiene razón José Antonio Marina cuando dice que la función principal de la inteligencia es dirigir la acción.12

Según esto, todo conocimiento conlleva una actitud moral, toda explicación del mundo una toma de postura, una auto-definición, el yo será, por tanto, otro de los puntos neurálgicos de este trabajo. Creo que renunciar a ese concepto supondría un considerable retroceso en nuestra comprensión de la vida del hombre. Aunque ciertamente hoy en día sea necesario redefinirlo y resituarlo, lo considero uno de los grandes hallazgos del pensamiento occidental. El yo, que es una forma de nombrar la identidad, unido a la idea de autenticidad, de desarrollo personal, es ya inseparable de nuestra tradición occidental y, en mi opinión, un hallazgo de incalculable valor.13

Para terminar, quiero llamar la atención sobre un aspecto importante que podría considerarse una omisión o un olvido en mi planteamiento. Y de hecho lo era, hasta que mis otros ojos, los de Tatiana Aguilar-Álvarez,14 me lo hicieron ver: la lectura de este trabajo puede dejar la impresión de que el desarrollo del hombre, que aquí buscamos, sólo se alcanza mediante el esfuerzo intelectual. Nada más lejos de la realidad. Ciertamente éste es un trabajo de filosofía, pero la filosofía es sólo una de las formas posibles de conocimiento. La moral consiste o desemboca en la definición de un orden (que de momento, y de manera un poco banal, podemos describir como el diferenciar, en cada situación, qué es importante y qué no). La filosofía es un camino para alcanzar este conocimiento mediante el esfuerzo intelectual, pero también hay otros. Desde mi punto de vista, la bondad es uno de ellos, pues no es otra cosa que la intuición de este orden, es otra forma de inteligencia, es la capacidad de establecer en cada momento las relaciones correctas y, por tanto, de tomar las decisiones adecuadas. Esto es posible porque, como ya hemos dicho, todo verdadero conocimiento es un conocimiento de lo individual y concreto. La bondad es algo difícil de definir y no es además la meta de este pequeño trabajo –que se propone algo muy humilde: corregir la mirada, averiguar cual es la dirección correcta del pensamiento que busca clarificar el actuar y dirigirlo–, sin embargo creo que hay una característica fundamental sin la cual no puede entenderse su esencia y que, por otra parte, la une al verdadero esfuerzo intelectual y explica cómo pueden llegar al mismo sitio: la bondad parte de una profunda honradez con uno mismo, tal vez sólo sea eso: una profunda honradez que hace posible mirar limpiamente y reconocer el orden correcto. A su vez, el esfuerzo intelectual sólo es veraz cuando es honrado.

La bondad se acerca a la verdadera filosofía también por su forma. A veces pensamos que el éxito de este esfuerzo depende de una portentosa inteligencia, lo que significa estar especialmente dotado para algo. Sin embargo la inteligencia tiene más que ver con el equilibrio de nuestras capacidades en la comprensión de lo que nos rodea, que con el extremo desarrollo de una de ellas.15 Tiene que ver con el establecimiento de las relaciones correctas también entre nuestras capacidades. Parece que el concepto de armonía de la filosofía griega era francamente certero.

En resumen: podemos decir que una “persona buena”, como una “persona inteligente”, es la que sabe vivir o sabe vivir bien, que es lo mismo. Desde Maquiavelo, se ha institucionalizado la absurda teoría de que la bondad no es otra cosa que estupidez o debilidad, pero eso no es sino una de las muchas perversiones de la Modernidad. La bondad es una forma de la inteligencia y probablemente la más segura, pues el camino de la bondad no está tan lleno de dudas como el de la ciencia, como lo describe maravillosamente Santiago Ramón y Cajal16:

Te consideras deprimido y humillado porque reconoces, con pena, que para producir poco necesitas esforzarte mucho. Pero, con ligeras diferencias, a todos les ocurrió lo mismo en sus conocimientos. No te desilusiones, sin embargo, y labora con ahínco. Alumbra primero, aunque sea dolorosamente, la vena de la primera nueva verdad, que ella labrará después, espontáneamente, el cauce por donde otros hechos fluyan rauda y abundantemente.

Notas

1) Teresa Aizpún, Kierkegaards Begriff der Ausnahme. Der Geist als Liebe.

2) Hablar de desarrollo espiritual, no tiene relación directa con la religión. La espiritualidad es, a mi entender, la capacidad de experimentarse y entenderse como ser individual integrado en una totalidad, la entendamos como la entendamos. La espiritualidad es la experiencia de esa totalidad en nosotros.

3) Marta González Orbegozo, fue conservadora-Jefe de Exposiciones Temporales del Museo Nacional de Arte Contemporáneo Reina Sofía, desde 1990 hasta febrero del 2006.

4) Para Ilya Prigogine (Premio Nobel de química en 1977) la creatividad se da incluso en la materia que acostumbramos a llamar inerte: “podemos desde ahora esperar la matematización de las condiciones de innovación, modelizar de algún modo los factores que hacen posible la creatividad [...] porque la creación ya no nos parece el máximo atributo del hombre, sino una dimensión de la propia naturaleza” (Ilya, Prigogine, ¿Tan sólo una ilusión? Una exploración del caos al orden, Tusquets, Metatemas, Barcelona, 2004, p. 84).

5) Cfr. Wolfgang Pauli, “Ciencia y pensamiento occidental” en: Escritos sobre física y filosofía, pp. 169-183.

6) Gilbert K. Chesterton, San Francisco de Asís. Santo Tomás de Aquino, p. 66.

7) W. Pauli, p. 171.

8) La llamada verdad práctica consiste en el esclarecimiento, mediante la acción, de un camino o punto de vista. Según Aristóteles, la verdad práctica es la verdad de la acción que, en cierto modo, se descubre actuando (Cfr. Aristóteles, Ética Nicomaquea cap. VI).

9) Esta intuición no sólo dirige nuestros pasos, sino que nos proporciona la certeza de estar en la buena dirección, o de haber alcanzado una meta, aunque ésta sea siempre sólo un tramo del camino. El hombre tiene que ser capaz de reconocer aquello que le conviene, de lo contrario toda búsqueda estaría abocada al fracaso. El reconocer lo que uno busca, el saber que está en el buen camino, no es fácil de explicar si pensamos que justamente lo que uno busca, lo busca porque no lo conoce. Intentar dar una explicación a este fenómeno le hace pensar a Platón que en el fondo ya conocíamos aquello que buscamos, puesto que lo habíamos visto antes en el mundo de las ideas y, por eso, conocer se explica para él como “re-conocer”.

10) Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber, p. 62. Metodológicamente, la respuesta no está, por tanto, en aplicar leyes universales al individuo, sino en el conocimiento de la universalidad a partir de la comprensión real y profunda de lo concreto.

11) Cfr. Emmanuel Lévinas, Totalidad e Infinito, p. 55.

12) Cfr. Jose Antonio Marina, La selva del lenguaje. Introducción a un diccionario de los sentimientos, p. 75.

13) Cfr. Christa Bürger y Peter Bürger, La desaparición del sujeto. Una historia de la subjetividad de Montaigne a Blanchot; cfr. también Charles Taylor, Las fuentes del yo.

14) Tatiana Aguilar-Álvarez, doctora en letras hispánicas por El Colegio de México. Investigadora adscrita al Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, y docente del Colegio de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras.

15) El caso de los “idiots savants” es muy ilustrativo al respecto. (Cfr. “Prodigios”, en Sacks Oliver, Un antropólogo en Marte, pp. 235-301.

16) “Charlas de café”, p. 500, cit. En: Gutiérrez Zuloaga, Ramón y Cajal. Consejos sobre educación, enseñanza e investigación, p. 216, UCM, dep. De Teoría e Historia de la Educación (internet).

I

¿Qué es la vida?

Si este libro es un libro de filosofía práctica, es decir, una reflexión sobre la vida, parece lógico comenzar preguntándose qué significa vivir, ese sería el primer paso, necesario para la comprensión de lo humano.

En principio, “vivir” parece algo bueno en sí mismo, realmente no necesitaría adjetivos. Podríamos pensar que para un buey o una margarita, para cualquier ser en general, es mejor existir que no existir, haber nacido, que no haberlo hecho. Sin embargo, en el caso del hombre no lo vemos tan claro, cuando hablamos de un ser humano nos resulta difícil no ponerle un adjetivo a la vida. Por otra parte, aunque en muchos momentos de la historia, los hombres se han considerado algo muy especial, el vivir en sí mismo no parece ser radicalmente diferente para ellos y para los demás seres vivos. Lo peculiar es justamente esa necesidad de adjetivo, que nos lleva también a hablar de verdad y de bien y, como consecuencia, a buscar esa diferencia, sea grande o pequeña, que existe entre el vivir en general y el nuestro.

Vivir es crear y mantener una identidad

¿De qué hablamos cuando hablamos de vida?, ¿cuál es su característica esencial, aquella que comparten un hombre y una ameba? Parece ser que no se conoce ninguna forma de vida sin la existencia de algún tipo de membrana,1 es decir, que desde el punto de vista biológico, no hay vida si no hay identidad, la vida es lo propio de un individuo. Esto es muy claro si observamos su actividad fundamental: el alimentarse. Por esta razón el siguiente capítulo se centra en estos dos conceptos: “identidad” y “nutrición”, pero como me propongo comenzar desde abajo, nuestro primer paso será la idea de materia, dado que afecta directamente a nuestra comprensión de los seres vivos.

Revisión del concepto de materia: la materia como energía

La interpretación contemporánea de la materia es probablemente uno de los pasos más importantes hacia la comprensión de la vida y, por tanto, también del hombre. Hoy en día, la física tiende a una concepción de la materia no ya como algo pasivo, sino activo: “una nueva visión de la materia en la que ésta ya no sea pasiva como la descrita en el mundo del concepto mecánico, sino asociada a actividad espontánea”,2 donde la vida y, por tanto, la biología penetra sus propiedades.3 Del mismo modo la vida no se presenta como un fenómeno aislado e inconexo, sino arraigado en las leyes básicas del universo.4 Esta visión del mundo nos devuelve esa idea coherente y unitaria de lo real, que añoraba el Romanticismo como reacción al universo mecánico e inanimado, muerto, descrito por el positivismo del siglo XVIII.

La distinción clásica entre materia y forma nos ha traído muchos quebraderos de cabeza y una división del mundo –que más tarde ahondará el Racionalismo cartesiano– que, con el tiempo, desembocó en una interpretación aberrante de lo real, dividido en partes irreconciliables. Hoy sabemos que no sólo, como afirmaba Aristóteles, no existe un cuerpo sin un alma, sino que no podemos hablar de un principio pasivo constitutivo de los seres vivos.5 La materia, desde este punto de vista, carecería de estructura; toda belleza y todo cambio le vendría impuesto por la forma como principio activo. En contraposición a este planteamiento, la comprensión real de la vida, desde mi punto de vista, sólo puede comenzar con una revalorización de la materia; dado que, como acabamos de ver, ha sido tachada a lo largo de la historia de principio pasivo, contrario al conocimiento, cárcel del alma, causa del pecado y no sé cuantos oprobios más, contra los que se rebelaba el sentido común y cuya inconsistencia demuestra hoy la ciencia. En contra de este prejuicio, repetido a lo largo de la historia de la filosofía, puede afirmarse que la materia es energía, es en sí misma forma, orden y movimiento, es según esto, a su nivel, entelécheia (perfección y acto en lenguaje aristotélico). Tal vez bastaría con decir que en los seres, vivos o no, no existen dos principios diferentes: uno activo y otro pasivo. Esta perspectiva cambia radicalmente nuestro concepto de vida, porque hace posible comprender a los seres vivos, y por tanto al hombre, realmente como un todo. “¿Qué es lo que queda de las viejas ideas de materia y sustancia? La respuesta es energía. Esta es la auténtica sustancia, la que se conserva: solamente cambia la forma en la que se manifiesta”.6

Como consecuencia, en el planteamiento clásico subyace, a mi entender, un problema de difícil solución: la explicación misma de la actividad, que hoy podríamos llamar energía. Para la filosofía clásica, la actividad era normalmente considerada una perfección en sí misma, sin embargo la perfección más alta se acabó identificando con la inmutabilidad dado que, según Aristóteles, todo lo que se mueve, se mueve por algo, es decir, el movimiento es la búsqueda de algo de lo que se carece, de una perfección que nos falta.7 En este punto surge una contradicción de difícil arreglo. A Aristóteles no le queda otra salida que diferenciar entre movimiento y actividad –que define su idea de perfección–; el movimiento implica cambio (paso de la potencia al acto) y la actividad no. La actividad sería la vida de un ser que se basta a sí mismo y, por ende, encerrado en sí mismo. Según esta interpretación, el famoso motor inmóvil (identificado a menudo con Dios)8 puede entenderse como actividad, pero inmutable, sin cambio. Sin embargo, el afán por la definición, o por lo que se consideraba “pensamiento científico”, acabó ganando terreno. Finalmente, Aristóteles afirma que el alma no puede moverse,9 a pesar de su empeño por demostrar que es acto.

Esta diferenciación nos crea hoy muchos problemas: ¿se puede, en los seres vivos, hablar de actividad sin cambio, teniendo en cuenta, por ejemplo, que un ser vivo renueva todas sus células periódicamente?, ¿se puede hablar de una actividad puramente centrada en sí misma (pensamiento que se piensa a sí mismo) cuando estamos definiendo la vida como “estructura abierta”? Hoy sabemos que, con base en el segundo principio de la termodinámica enunciado por el físico francés Carnot, “todo sistema físico aislado o cerrado procederá espontáneamente en la dirección de un creciente desorden”10 y, por tanto, un sistema cerrado no habla de perfección vital, sino de una carencia estructural que conlleva la muerte por desgaste. La definición de entropía (que en griego significa evolución)11 como tendencia natural de todos los cuerpos al desorden hace todavía más difícil de explicar la idea de la inmutabilidad que subyace tenazmente en muchos de nuestros planteamientos filosóficos. Como más tarde veremos esto con más detalle, baste ahora decir que la vida sólo es posible en los sistemas lejos del equilibrio. La estabilidad equivale a la destrucción del sistema, “buscábamos esquemas globales, simetrías, leyes generales inmutables y hemos descubierto lo mudable, lo temporal y lo complejo”.12

Lo vivo se basa esencialmente en inestabilidades, y esto contrasta con lo inerte, que se sitúa en ámbitos cercanos a estados estables de equilibrio. Las inestabilidades conducen a una abertura sensibilizada, capaz de sondear lo “vivo-embrional” del microcosmos13 […] En esto consiste la esencia del estar vivo, en la estabilización dinámica de la inestabilidad estática.14

La concepción atómica de la materia, que hoy podríamos llamar clásica, evolucionó desde una materia carente de forma (materia prima aristotélica) a un cúmulo de partículas estables indivisibles e inmutables (átomo) que proporcionaba al mundo un fondo de estabilidad gracias a la estabilidad de las propias partículas que lo componían. Pero, como explica el profesor Dürr, lo que realmente nos encontramos es que “en el fondo” la materia no está compuesta por materia, o lo que hemos entendido habitualmente por tal. Igual que el campo electomagnético es algo así como un vacío que vibra, nos damos cuenta de que la realidad está compuesta por figuras, estructuras, cambio, procesos. “En el fondo, no hay sino figuras-gestalt, una pura estructura relacional sin soporte material. Quizás también podríamos decir información”.15 Ciertamente, hoy en día podemos afirmar que la materia es potencialidad, pero no como pasividad, sino como “algo que aún no ha eclosionado, un hasta cierto punto indecidido, ‘tanto esto como aquello’ […] la potencialidad aparece como lo uno, lo nodivisible”.16

La identificación de la inmutabilidad con la perfección ha impregnado durante siglos nuestra forma de entender a los hombres y a Dios, es decir, el conocimiento y la vida en su estado de máximo desarrollo. Aunque, tal vez si hacemos caso a la interpretación que hace Kingsley del poema de Parménides (y toda la filosofía de la época), esto no sea más que un malentendido de Platón. La definición aristotélica de la actividad como inmutabilidad tampoco en su momento fue obvia. Para la mayor parte de los filósofos griegos todo estaba vivo y, por lo tanto, en movimiento,17 o como decía tan bellamente Tales, todo está lleno de dioses. Realmente la quietud y la inmutabilidad parecen lo más ajeno a la vida y resulta extraño que se interprete como perfección en una cultura como la griega para la cual todo el universo estaba vivo. Para los griegos el mundo no tenía nada que ver con la interpretación cartesiana de una realidad mecánica, muerta, llena de máquinas sin alma y movidas por fuerzas externas. Según esto, tampoco la filosofía consistía en descubrir mecanismos de control, era algo mucho más importante, era algo vital, se trataba de encontrar lo humano en cada uno, su identidad; de descubrir, en suma, su propio vínculo con lo divino.18 Para la tradición órfica, la filosofía era una experiencia curativa en sentido profundo y, por esta razón, explica Kingsley, los pitagóricos y los seguidores de Parménides se sometían a ritos iniciáticos, como la incubación, que consistía en un simulacro de la muerte.

Lo importante era no hacer nada. El momento culminante se producía cuando el enfermo no se debatía ni hacía ningún esfuerzo, sólo tenía que rendirse a su condición. Se acostaba como si estuviera muerto: aguardaba sin comer, ni moverse, algunas veces durante varios días seguidos. Y se aguardaba a que la curación llegara de otro lugar, de otro nivel de conciencia y existencia.19

La inmovilidad se entendía como una técnica para alcanzar la perfección, lo divino que hay en mí o la relación del individuo con la divinidad, pero no era la meta, ni la definición de la perfección alcanzada. De hecho, “para los griegos, la inmovilidad tenía una vertiente que les parecía sumamente inquietante. Y no sólo inquietante, sino también siniestra, ajena, profundamente inhumana”.20 Por eso justamente se utilizaba; el hombre rozaba así los límites de lo humano y, con ello, lo conocía más plenamente y podía acercarse a lo divino.21 Era, por tanto, una simulación: haciendo como si estuviese muerto, el individuo alcanzaba una vida más plena.22

En resumen, no parece que seamos capaces de definir lo divino, cuando ni siquiera entendemos realmente lo humano, pero de lo que no cabe duda es de que el hombre es un ser vivo y, por tanto, se mide y se entiende desde la energía y no parece lógico que la perfección sea un equivalente de la muerte: la inmovilidad. En el hombre todo está vivo, incluso lo que le produce la muerte y la enfermedad, como los tumores o los virus. Los griegos lo sabían bien.

En conclusión, parece claro que la explicación de un ser vivo con base en dos principios (uno activo y otro pasivo), por mucho que éstos se consideren metafísicos, resulta difícil, porque eso hace imposible la comprensión de la actividad. La vida sólo es vida, energía, aunque en diferentes grados o niveles de orden, y esto es así porque se explica como una determinada ordenación de la materia-energía: la forma o el orden que ésta alcanza cuando es capaz de autoorganizarse.

La vida es una actividad que consiste en mantenerse vivo: la vida como nutrición

El proceso: nuevo paradigma científico

Esta forma de ver las cosas, de la física clásica, impregna el pensamiento filosófico occidental hasta el siglo XX. Tal vez hemos tenido que pasar por el Romanticismo y las vanguardias artísticas del siglo XX para acercarnos a la vida desde el concepto de “proceso” y no desde visiones puntuales y estáticas; algo así como una suma de instantáneas que sólo pueden darnos, como bien sabemos hoy, una “película”, apariencia de movimiento cuando en realidad “todas las formas de vida son complicados agregados, meticulosamente organizados, de vida microbiana en evolución […] preparados para expandirse, modificarse a sí mismos y a las demás formas de vida”.23

El primer paso para este gran cambio es el concepto de evolución que desde el siglo XIX, suponía el gran reto de los científicos y que dará lugar a la formulación de las leyes de la termodinámica. “Mientras la mecánica Newtoniana era una ciencia de fuerzas y trayectorias, el pensamiento evolucionista –pensamiento en términos de cambio, crecimiento y desarrollo– requería una nueva ciencia de la complejidad”.24

Esta nueva forma de pensar, “desde el cambio, el crecimiento y el desarrollo”, hace posible el nuevo paradigma científico que da lugar al concepto de “proceso”. De forma muy general podemos decir que el proceso describe un cambio químico, de la misma forma que en física se habla de trayectorias o funciones de onda.25 Describe una evolución que ya no puede definirse, tal y como lo hace la física clásica, como reversible (donde no hay una dirección temporal), y desde un punto de vista determinista (previsible a partir de unas condiciones iniciales). El proceso habla, por el contrario, de una evolución irreversible, histórica, y en el que el azar juega un papel importante.26 Tal vez la indefinición del desarrollo de un proceso se debe simplemente a la imposibilidad de conocer y describir la infinitud de factores que intervienen y que, como en una conversación o en una obra de improvisación musical, el resultado es común y, por tanto, como una red inextrincable de influencias mutuas. Realmente, más que de leyes definitorias hablamos de procesos probabilísticos, lo que sucede es simplemente lo más probable.27

Cuando Pauli, a propósito del concepto de materia, nos explica el nuevo paradigma de la física, nos encontramos así mismo con un proceso similar al de la improvisación musical, objetos que comienzan a moverse tan pronto como los observamos, que adquieren una determinada forma por el hecho de ser observados.28 Según lo define Heisenberg, no podemos establecer simultáneamente la velocidad y la posición de una partícula elemental. Al cambiar su estado con la observación, tendremos que elegir entre conocer el espacio o conocer el tiempo, pero no ambos y, por tanto, nunca se puede determinar la evolución del sistema, como sucedía en la mecánica clásica. Una partícula será, según esto, diferente cada vez que la observemos, como en un diálogo, y las posibilidades de cambio residen en sí misma.

Como si de un efecto sin causa se tratara, el resultado individual de una medida no está, en general, comprendido en las leyes […] en el nuevo modelo de pensamiento ya no suponemos el observador objetivo presente en las idealizaciones teóricas de tipo clásico, sino un observador que, debido a sus efectos indeterminables, crea una situación nueva descrita teóricamente como un nuevo estado del sistema observado. De esta forma cada observación es una singularidad de un resultado objetivo particular, un aquí y un ahora de las posibilidades teóricas, que pone de manifiesto el aspecto discontinuo de los fenómenos físicos.29

Esta forma de proceder de la materia-energía es esencial en la comprensión de la vida. El diálogo es una forma de comportamiento que define la actividad propia de los seres vivos, su desarrollo. Incluso cuando nos imponen algo, surge en nosotros un nuevo estado que es una respuesta a esa imposición. Para entender la vida hay que partir necesariamente del concepto de proceso como el imprevisible resultado de una experiencia, como un cambio histórico y, por tanto, irreversible.30 Sólo desde esta perspectiva podemos comprender fenómenos elementales para los seres vivos como la nutrición, la actividad principal de todo ser vivo, que consiste en seguir estándolo.

La nutrición31 y la respiración tienen como meta el mantenimiento de la vida, la supervivencia, y pueden así identificarse con la vida en sí misma. Voy a centrarme aquí en la primera, ya que las dos actividades mencionadas se pueden explicar según el mismo esquema de desarrollo.32 La nutrición es un proceso por el cual el organismo hace suyo aquello que le es ajeno (procesos metabólicos), y expulsa lo sobrante o lo que le es dañino, que por otra parte, suele ser útil para otros seres. Este hacer suyo, que es un proceso de asimilación, significa que el alimento no permanece siendo lo que era, sino que deviene estructura del sujeto que lo ingiere, come o respira. Es algo así como el material que el organismo utiliza para recomponer y hacer crecer su propia estructura y, por tanto, el alimento adquiere la forma que el organismo que lo ingiere le da.

Según esto, la permanencia en el ser se lleva a cabo por un proceso de transformación, mediante el cual “lo ajeno” pasa a ser “lo propio”. La conclusión es que un ser vivo sólo sigue siendo lo que es gracias a la asimilación de lo otro, de otros seres, que necesariamente tienen que ser diferentes a él.33 La identidad se mantiene gracias a lo diferente, porque sólo es posible como diálogo, y el diálogo consigo mismo se vuelve rápidamente aislamiento y locura.34 La identidad es la respuesta del organismo al medio. Esto supone un continuo proceso de reestructuración y renovación interior en el que, de un lado, los componentes del organismo cambian continuamente gracias a su relación con el exterior y, de otro, la estructura y la forma de relación de ese ser permanecen. Digamos que lo importante es que sobrevivimos gracias a lo que es distinto de nosotros mismos y de nuestra capacidad para incorporarlo, al tiempo que permanecemos siendo lo que somos. Quien de verdad se alimenta es quien construye una identidad.

La capacidad de alimentarse es una actividad que no siempre tiene el mismo grado de complejidad o de amplitud. En principio, los seres más desarrollados en la cadena de la vida son aquéllos que son capaces de digerir más variedad de alimentos, es decir, aquéllos que son capaces de vivir, y por tanto de crecer, casi con cualquier cosa; de convertir en propio un amplio espectro de elementos ajenos. De alguna manera, el nivel de perfección de una vida dentro de la cadena biológica se define por su capacidad de apertura a lo otro, o por su flexibilidad interior en el intercambio con el exterior. Según esto, un ser humano es omnívoro en el más amplio sentido de la palabra.

Concluyendo, podríamos definir la vida, en su nivel más elemental, como un proceso de asimilación selectiva o como una relación tal con lo exterior, que un individuo crece y se desarrolla gracias a otros seres con los que establece determinadas relaciones de intercambio y apropiación, que le permiten mantener su identidad.

La vida es un proceso de ordenación

Actualmente la ciencia se centra cada vez más en el concepto de vida; las estructuras y los procesos que la definen. Ya a principios del siglo XX; el Racionalismo y con él la metodología analítica y taxonómica, el modelo mecanicista y el pensamiento lineal mostraban de forma patente su incapacidad para comprender el mundo de los seres vivos. La física no podía explicar la vida basándose en los principios conocidos y aceptados hasta entonces. Por ejemplo, el segundo principio de la termodinámica afirmaba que todo en la naturaleza tiende, de forma irreversible, al desorden.35 Es decir, cualquier movimiento supone una pérdida de calor y, por tanto, de energía que no puede ser recuperada, y eso significa que el universo tiende naturalmente a la extinción. “La entropía aumenta irreversiblemente en los sistemas aislados hasta alcanzar un valor máximo, cuando el sistema alcanza el equilibrio y pierde su estructura inicial”.36 Pero ¿cómo se explicaba entonces que los seres vivos mantuviesen su propio orden e incluso lo incrementasen, es decir, que evolucionasen? Porque un ser vivo no es un sistema aislado. Hubo que reinterpretar el segundo principio de la termodinámica, cosa que hizo Boltzmann37 a principios del siglo XX relacionando desorden (entropía) y orden para poder explicar esta realidad. En la vida, orden y desorden son inseparables, se crean simultáneamente, porque el no-equilibrio es también una fuente de orden.38 “Actualmente hallamos por todas partes transiciones del caos al orden, procesos que implican la autoorganización de la materia”.39 Cada vez más, los físicos buscaron en la neurofisiología, la bioquímica o la psicología, lo que la física clásica no podía proporcionarles.

Así, Schrödinger40 (Premio Nobel de física en 1933) al observar las diferencias características de los seres vivos, que incluso se rigen por leyes físicas propias, publicó en 1944 un pequeño ensayo, que pronto se convirtió en punto de referencia, donde hacía patente esta situación, reconociendo las deficiencias de la física, que hoy llamamos clásica, para explicar la vida.41 Para Schrödinger, la respuesta a la pregunta por la vida no se encuentra fundamentalmente en la física, ni en la química, sino en la química orgánica, aunque lo que podríamos llamar las leyes de la vida no contradigan en absoluto las leyes físicas:

de la descripción general que hace Delbrück del material hereditario resulta que la materia viva, si bien no elude las “leyes de la física” tal como están establecidas hasta la fecha, probablemente implica “otras leyes físicas” desconocidas por ahora, las cuales, una vez descubiertas, formarán una parte tan integral de esta ciencia como las anteriores.42 Lo que parece claro, es que la vida escapa a la estadística, parámetro al que se ajusta la física tradicional.43

En ¿Qué es la vida? Schrödinger la define así:

La vida parece ser el comportamiento ordenado y reglamentado de la materia, que no está asentado exclusivamente en su tendencia a pasar del orden al desorden, sino basado, en parte, en un orden existente que es mantenido.44 ¿Cuál es el rasgo característico de la vida?, [se pregunta] ¿Cuándo puede decirse que un pedazo de materia está vivo? Cuando sigue “haciendo algo”, ya sea moviéndose, intercambiando material con el medioambiente, etc. Y ello durante un período mucho más largo que el que esperaríamos que “siguiera haciéndolo” un pedazo de materia inanimada en circunstancias similares.45

Es decir, la vida consiste en el mantenimiento de un orden, que contradice la tendencia general de la materia hacia el desorden. Vivir es mantener y, en cierto modo, producir ese orden. Un ser vivo se alimenta y, al hacerlo, retrasa la muerte, evita la degradación a la que todos los cuerpos tienden. Al comer, beber, respirar, fotosintetizar, en definitiva, mediante los procesos metabólicos, el organismo evita la degradación. Los seres vivos se manifiestan como un orden capaz de mantenerse a sí mismo y producir acontecimientos ordenados.

Según esto, la nutrición, el mantenimiento de la vida, es un proceso de reordenación constante, de reestructuración interior que realiza el propio ser vivo que, para Schrödinger, se mantiene gracias al orden exterior que asimila metabólicamente.46 En realidad, en esta época (1943) ya se sabía que a un ser vivo el orden no le viene impuesto desde fuera, sino que es el propio organismo el que impone ese orden.47 El sistema de reacción de las vacunas se basa en este conocimiento: el ser humano rechaza lo que no tiene su propio orden y, por tanto, no reconoce como suyo. Ese extraordinariamente bien ordenado estado de la materia, del que habla Schrödinger, no se alimenta por él mismo, ni de forma inmediata y automática (de ello nos hablan enfermedades como la anorexia y la bulimia). El alimentarse es una actividad de quien se alimenta, no del alimento. La actividad metabólica es un proceso de reordenación de lo que ingerimos, una actividad del propio organismo para mantener estable su orden interno, es decir, para seguir siendo él mismo. Por tanto, no sería exacto decir que un ser vivo se alimenta de orden, sino que se alimenta ordenando. Lo que ingerimos nos alimenta en tanto adquiere otra forma, la nuestra, la de nuestro propio sistema. Dicho con otras palabras, no es que la vida sea capaz de orden porque lo asimila, sino que es vida porque ordena.

El orden de la vida es la identidad: la autopoíesis

Tal vez, como el propio Schrödinger reconoce, este proceso es difícil de comprender sólo desde la física, incluso desde la física cuántica. Aunque hoy en día el concepto de auto organización es común en la física, vamos a continuar nuestro análisis mediante el concepto de autopoíesis, con el que los biólogos Humberto Maturana y Francisco Varela explican la vida. Me centraré en su obra El árbol del conocimiento,48 trabajo realizado en 1960 para la Organización de Estados Americanos (OEA), donde se proponen exponer las raíces biológicas de la inteligencia humana como base de un estudio sobre la comunicación, siendo en realidad la meta de su trabajo una mejor comprensión del conocimiento.

Para Varela y Maturana, la explicación del proceso cognoscitivo no empieza con el estudio del sistema nervioso, sino mucho antes: en sus raíces comunes con todo el universo, en su materialidad común.49 La observación de los orígenes materiales de la vida, dirán, nos enseña algo fascinante: que la posibilidad de la vida es la diversidad.

Al comienzo de la historia de la estrella, había, fundamentalmente, homogeneidad […] Después de la formación de los planetas, en un continuo proceso de transformación química, se ha producido una gran diversidad de especies moleculares, tanto en la atmósfera como en la superficie de la corteza terrestre […] la diversidad morfológica y química de las moléculas orgánicas es, en principio, infinita.50

La posibilidad de la vida está, según esto, en la diversidad, potencialmente infinita, de las moléculas, y en su flexibilidad interior. Esta diversificación y plasticidad moleculares posibilitan la formación de redes de reacciones que darán origen, según Varela y Maturana de forma necesaria (aunque esta afirmación dista mucho de ser obvia), a los seres vivos: conjuntos de moléculas que, interactuando, llegan a constituir unidades independientes y autónomas. Para poder hablar de identidad, la diversidad es condición previa, porque la homogeneidad no produce vida.51 Por tanto, un ser vivo es un conjunto de moléculas que es capaz de alcanzar una identidad y mantenerla a partir de la diversidad: “tales redes e interacciones moleculares que se producen a sí mismas y especifican sus propios límites son […] seres vivos”.52 Así, lo que define la vida es una determinada organización, resultado de un proceso molecular que se denomina autopoiético porque consiste “literalmente en que se produce continuamente a sí mismo”.53 El metabolismo celular de los seres vivos es autopoiético.

Un ser vivo se define, por tanto, como un sistema cuya actividad consiste en hacer y mantener su identidad; el sujeto que actúa y el resultado de la acción son uno o, como dicen de forma muy bella Varela y Maturana, “el ser y el hacer de una unidad autopoiética son inseparables y eso constituye su modo específico de organización”.54 Así, aunque no sea real afirmar que el vivir no tiene repercusiones externas, sí podemos decir que la vida es una actividad que se tiene como meta a sí misma. Aunque esta afirmación, como veremos, hay que matizarla, no por ello es falsa, y nos es muy útil para comprender el aspecto fundamental de la vida: el ser un orden que se mantiene a sí mismo. Esto nos ayuda también a entender el significado del concepto de “desarrollo” y de la idea de felicidad como plenitud.55

Los autores identifican este proceso de autoconstrucción con el conocimiento, que no se explica como adquisición de una representación del mundo “exterior”, sino como la continua creación de un mundo interior a través del proceso mismo de la vida. Identifican la vida con el conocimiento, que definen como el intercambio de un organismo con el medio, puesto que consiste en un cambio de estado del ser vivo, algo así como una “respuesta” a una situación ambiental determinada. Esto no significa un cambio de identidad, sino poseer la flexibilidad suficiente para ser el mismo en otras circunstancias.56 Así, entienden por conocimiento esta recreación continua de sí mismo, que realmente puede considerarse como la interpretación que cada ser vivo realiza de la situación exterior a través de lo que toma del entorno. Incluso podríamos decir que “conocimiento” es la interpretación de lo que pasa “fuera”, a través de lo que pasa “dentro”, es algo así como el resultado existencial de una situación, la respuesta que cada ser vivo produce en su diálogo con el entorno. Pero lo más importante es comprender que esa respuesta somos nosotros mismos.

En este proceso vital autopoiético hay que resaltar que dicha actividad autocreadora no depende de los componentes físicos del organismo, que sólo especifican el espacio en el que éste se desarrolla, sino de las relaciones que, en su proceso autopoiético propio, ese organismo concreto establece con su entorno. Es decir, la identidad que define al ser vivo, consiste en una determinada forma de relación, en un orden que él mismo establece, es algo cualitativo.

Un organismo intercambia constantemente sus piezas, substituyendo sus componentes químicos, sin perder nunca su identidad. Este fenómeno holístico modulador que es la autopoíesis, el automantenimiento activo, se encuentra en la base de toda vida conocida; todas las células reaccionan a las perturbaciones externas para conservar aspectos clave de su identidad dentro de sus límites.57

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