Kitabı oku: «Gertrude Stein»

Yazı tipi:

GERTRUDE STEIN

TEATRO Y VANGUARDIA

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

http://www.uv.es/bibjcoy

Directora

Carme Manuel

GERTRUDE STEIN

TEATRO Y VANGUARDIA

Teresa Requena Pelegrí

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

Gertrude Stein: teatro y vanguardia ©Teresa Requena Pelegrí

1ª edición de 2015

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-163-5

Imagen de la cubierta: Teresa Requena Pelegrí

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

A Adrià, Alexandra, Roger i Maria Teresa.I també a Maria i Jaume

Agradecimientos

Gracias a The Byrd Hoffman Foundation, Columbia University, New York University, New York Public Library for the Performing Arts, Films du Midi y al Centre de Cultura Contemporània de Barcelona por facilitar mi acceso a fuentes documentales y gráficas. Me gustaría también agradecer su inestimable ayuda en ámbitos muy diferentes a Àngels Carabí, Gemma López, Ricard Salvat, Salvador Fernández, Pierre Gilou, Mercedes Rose, Josep y Marina Viadé, Marc Puente, David Fontanals, Lucía Giordano, Sussi Salat, Antonia Pérez y Fina Serrat.

A Carme Manuel, gràcies són gràcies són gràcies són gràcies.


Library of Congress, Prints and Photographs Division,

Van Vechten Collection

In the midst of writing.In the midst of writing there is merriment.

Gertrude Stein,“Lifting Belly” 458

Índice

El sentido de Gertrude Stein

Recepción crítica

Gertrude Stein como dramaturga

Capturando el presente camino de la metateatralidad

Doctor Faustus Lights the Lights (1938) y el presente metateatral

Conclusiones

Bibliografía

El sentido de Gertrude Stein

How terribly exciting each of these were, first there was the doing of them, the intense feeling that they made sense, then the doubt and then each time over again the intense feeling that they did make sense.

Gertrude Stein, “A Message from Gertrude Stein”, vii

Con estas palabras, la escritora estadounidense Gertrude Stein (1874-1946) resumía los dos aspectos fundamentales que habían guiado su carrera literaria: la pasión por la escritura y el absoluto convencimiento de que aquello que escribía tenía sentido. Stein combatía de esta manera la actitud de las editoriales que durante décadas se habían negado a publicar sus textos por considerarlos ininteligibles. Frases como “Rose is a rose is a rose is a rose”, cuya esencia repetitiva resulta tan sugerente y revolucionaria, en aquel momento no hicieron sino confirmar de manera irrefutable tal percepción. Sin embargo, como indica Stein, el sentido es cuestión de perspectiva. Así lo supieron entender escritores como Sherwood Anderson o Richard Wright, directores como Robert Wilson o Richard Foreman y dramaturgas como Suzan-Lori Parks, quienes, desde diferentes campos artísticos y en diferentes momentos del siglo XX, vieron en Stein el comienzo de una manera absolutamente moderna de entender la literatura y el mundo.

Su estancia en París —desde 1906 hasta 1946, años en los que la capital francesa se convirtió en uno de los epicentros artísticos más importantes del siglo— determinó la trayectoria artística de Stein convirtiéndola en espectadora a la vez que en activa participante en el nacimiento de movimientos tan revolucionarios como el cubismo. Stein sintió una afinidad especial entre su concepción estética y la de artistas como Picasso o Braque, aspecto nada sorprendente puesto que tanto el cubismo como su escritura coincidieron en la voluntad de cuestionar la representación de la realidad. Este principio antimimético la llevó a crear una escritura renovadora en todos los géneros literarios que cultivó, influenciando a diferentes generaciones de escritores y escritoras que la sucedieron.

De entre toda su prolífica producción, propongo su producción teatral como objeto de estudio, puesto que a día de hoy Stein sigue siendo principalmente considerada una escritora de ficción. En ocasiones, es incluso un hecho desconocido que la autora escribiera casi un centenar de obras de teatro, algunas de las cuales obtuvieron un éxito tan rotundo como Four Saints in Three Acts en 1934 o bien marcaron los inicios del teatro experimental en Estados Unidos. Por ejemplo, Doctor Faustus Lights the Lights, escrita en 1938, fue estrenada por The Living Theatre cuando el grupo empezaba su andadura teatral en 1951 y, con posterioridad, el texto ha sido todo un manifiesto estético para directores como Robert Wilson y Richard Foreman, quienes han bebido directamente de la concepción dramática steiniana. De hecho, fue en el campo de la práctica teatral donde la producción dramática de la autora halló su primer reconocimiento, aspecto que contrasta con la lenta apreciación que su teatro ha recibido en el campo de la crítica literaria. Por esta razón, así como por la evidencia palpable de la influencia de Stein en el teatro experimental estadounidense del siglo XX, el estudio de la poética teatral steiniana permite analizar una de las contribuciones fundamentales al desarrollo del teatro en el siglo XX.

El presente estudio se inicia con un primer capítulo donde se analizan algunos de los acontecimientos que marcaron la trayectoria literaria de Gertrude Stein y se examina el lugar que la autora ha ocupado en la crítica llevada a cabo por sus contemporáneos, así como en la realizada a partir de su muerte en 1946. Este apartado introductorio resulta indispensable en el análisis de su producción para argumentar que Gertrude Stein fue una escritora con una firme vocación literaria. De esta manera quisiera rebatir el desdeño por su producción literaria que una parte de la crítica realizada por sus contemporáneos mostró al presentarla como un personaje excéntrico, una amante de las reuniones sociales, la gran mecenas de la Generación Perdida, así como la poseedora de una de las colecciones de arte más impactantes del siglo XX, pero en ningún caso como una escritora.

En este primer capítulo, se verá cómo, paradójicamente, fue la propia autora quien contribuyó a crear una imagen de sí misma que parecía otorgar a la escritura un lugar secundario, promoviendo de esta manera que una parte de la crítica no la tomara en serio. De hecho, los orígenes de tal situación deben buscarse en dos aspectos. Primero, en la vinculación de Stein con el mundo pictórico, puesto que el afán coleccionista que la autora compartió con su hermano Leo fue el hecho que inicialmente le otorgó la popularidad en los círculos artísticos del París de principios de siglo XX; los cuadros que juntos adquirieron poblaron las paredes del número 27 de la rue de Fleurus, convirtiendo el atelier en un lugar de reunión mítico. El segundo aspecto lo constituye el inesperado éxito que obtuvo con la publicación de The Autobiography of Alice B. Toklas en 1933. El texto, narrado por el personaje de Alice pero en realidad escrito por Stein, se adscribía a un estilo mucho más “accesible” que su producción anterior, caracterizada por una experimentación radical con el lenguaje. Asimismo, Stein ofrecía una crónica social y literaria de su vida en compañía de Alice B. Toklas en el París de las tres primeras décadas del siglo XX. El contenido del relato, así como las controversias que este suscitó entre algunos de los personajes que se sintieron aludidos, resultó ser sumamente atractivo para un público ávido de información sobre las personalidades que poblaban The Autobiography. La publicación se convirtió en un inesperado best seller tanto en Estados Unidos como en Europa y, como resultado, Stein fue catapultada a una fama comparable a la de las estrellas hollywoodienses. Sin embargo, este éxito inusitado se convirtió en un arma de doble filo al promover una imagen pública de Stein sustentada sobre su faceta más glamourosa, en detrimento de la literaria.

A raíz de la repercusión de The Autobiography y después de haber vivido tres décadas en Francia, Stein regresó a su país natal en 1934, donde una campaña de marketing perfectamente orquestada la llevó a ofrecer una serie de conferencias en universidades tan prestigiosas como la Universidad de Columbia o Harvard. Interesa destacar este acontecimiento por diferentes motivos. Por un lado, la gira estadounidense coincidió con la representación de Four Saints, el éxito teatral más rotundo de su carrera. Estrenado como “ópera”, la popularidad de Four Saints fue del todo inusual, puesto que Stein había escrito un texto experimental y porque, con posterioridad, logró abrirse camino en Broadway con una notable asistencia de público.

Por otro lado, la enorme popularidad que Stein adquirió a raíz de su estancia en Estados Unidos tuvo consecuencias palpables en su escritura. En efecto, el destacado volumen de ventas le brindó la oportunidad de conseguir algo que siempre había deseado: un contrato con una editorial prestigiosa, Random House. Sin embargo, la popularidad propició que Stein entrara en una nueva etapa personal y literaria caracterizada por sus reflexiones sobre los efectos de la fama tanto en la configuración de su identidad como en la escritura. Fruto de este período fue su segunda autobiografía, Everybody’s Autobiography (1937), donde explicará el bloqueo creativo que la notoriedad le ocasionó.

En la segunda parte del primer capítulo, se analizan las diferentes tendencias que han marcado la recepción crítica de Gertrude Stein, en la que pueden identificarse dos momentos claramente diferenciados. El primero que señalamos es el que atañe a la crítica contemporánea a Stein, es decir, hasta 1946. Este período estuvo marcado por el reconocimiento crítico del primer texto que publicó en 1909, Three Lives, en especial la tercera de las historias, “Melanctha”. Sin embargo, parte de la crítica pronto dejó de mostrar apreciación por su escritura y empezó a polarizarse claramente a raíz de la publicación de Tender Buttons en 1914, un texto mucho más experimental que Three Lives. A partir de ese momento, la facción que aglutinaba a detractores afirmó que la escritura de Stein no tenía sentido, era ininteligible y, por lo tanto, solo merecía el apelativo de escritura automática. Poco a poco, el encarnizamiento se centró no solo en la escritora sino también en la persona, quien cada vez adquiría más gloria como personalidad excéntrica y se convertía en objeto de todo tipo de comentarios no siempre respetuosos, por incluir burlas sobre su aspecto físico. Ahora bien, al mismo tiempo que se convertía en el centro de férreos ataques, surgió un nutrido número de personas —en su mayoría, escritores— que defendieron y celebraron la revolución en el lenguaje y en la literatura que la autora estaba llevando a cabo con su escritura. Gente como la rica heredera Mabel Dodge o el periodista y escritor Carl Van Vechten fueron claros artífices de la difusión de la escritura de Stein en Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX y contribuyeron a que la autora se diera a conocer como escritora más allá de la fama de la que ya gozaba como coleccionista de arte.

Esta primera etapa tan polarizada en cuanto a la apreciación de la escritura de Stein evolucionó hacia un segundo período donde la apreciación crítica de la autora se realizó de una forma mucho más rigurosa. Esta se inició en la década de los 50 y culminó en la década de los 80, momento en que Bruce Kellner (1988) o Marianne DeKoven (1996) consideran que Stein fue reconocida plenamente como escritora. En esta segunda etapa se inicia el estudio académico de la producción steiniana que coincide con la edición completa de los textos inéditos de la autora. Asimismo, aparecen las primeras biografías realizadas por quienes la conocieron y donde no se menciona la naturaleza amorosa de la relación entre Stein y Toklas. La biografía realizada por Malcom Brinnin en 1959, The Third Rose, Gertrude Stein and Her World, es un ejemplo, puesto que el autor se refiere a Alice como “[Stein’s] palpable shadow and satellite” (101) o bien a la relación entre ambas como un ejemplo de “friendship” (105). En este sentido, la homosexualidad de Stein ha sido uno de los focos de atención de la crítica en las últimas décadas del siglo XX. Puesto que la escritora nunca hizo referencia a su sexualidad de una manera explícita, la crítica ha condenado su falta de posicionamiento público al mismo tiempo que ha sostenido que su particular estilo está directamente relacionado con una supuesta represión de su homosexualidad. Shari Benstock (1986), por ejemplo, afirma que Stein y Toklas —al igual que otras parejas lesbianas en el París de principios de siglo XX— reflejaron comportamientos públicos heterosexuales con el fin de esconder su homosexualidad. En el plano literario, Richard Bridgman (1970) sostiene que el deseo lésbico está codificado en la experimentación formal de los textos steinianos y, de igual forma, Lillian Faderman (1987) postula que la particularidad del estilo de Stein nace de la propia autocensura. Tales posiciones han llevado al corolario de que la información biográfica sobre la escritora puede ser un elemento esencial para descodificar una homosexualidad latente en los textos.

No es objeto del presente estudio analizar tales consideraciones o establecer una conexión entre la homosexualidad de Stein y su escritura. Sin embargo, la autora expresó su amor por Toklas en textos como “Ada” (1912) o “Lifting Belly” (1919), donde Stein no deja lugar a dudas sobre la naturaleza de su relación. Por otro lado, la consideración de aspectos biográficos como clave interpretativa puede enriquecer la lectura de los textos. Como Donald Sutherland (1951) o Bonnie Marranca (1995) han señalado, Stein hizo de su propia cotidianeidad su capital literario. Asimismo coincido con la opinión de DeKoven (1983), quien afirma que valorar una posible lectura biográfica de su obra no debe implicar menoscabar la decisión consciente de crear una literatura profundamente experimental.

Realizadas tales consideraciones, el primer capítulo concluye con un repaso de la crítica a partir de la década de los 80, dando paso a un gran acervo de estudios que, desde múltiples perspectivas teóricas, han enriquecido la visión crítica de los textos de Stein dejando atrás las décadas de críticas acérrimas en contra de la escritora.

En el segundo capítulo se aborda específicamente la figura de Stein como dramaturga, así como el marco teórico que propongo para llevar a cabo el análisis de su teatro y señalar la modernidad de sus propuestas estéticas. Con tal fin, señalo la influencia que tuvo en la generación teatral que nació en la década de los 50 en Estados Unidos, cuando grupos como The Living Theatre y, con posterioridad, directores como Richard Foreman o Robert Wilson reconocieron que se habían sentido inspirados directamente por la concepción dramática de la autora. Asimismo, y como corolario a la tesis anterior, sostengo que el hecho de que Stein representara una influencia determinante en la definición del teatro experimental de la segunda mitad del siglo XX implica una redefinición del concepto de vanguardia artística en Estados Unidos. Mientras la vanguardia europea se data en las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX, en Estados Unidos esta tiende a identificarse —Aronson (2000) es un ejemplo— con la década de los 50 y 60. En este sentido, el teatro de Stein demuestra que también existía una vanguardia estadounidense que coexistía con la europea y que mantenía puntos de conexión con esta última ya desde principios del siglo XX.

En este capítulo también se analiza la cuestión de la extensa producción dramática de la autora, uno de los aspectos que presenta una mayor dificultad al tratar el estudio de su teatro. De hecho, desde los inicios de la crítica steiniana académica en la década de los 50, hubo un interés por catalogar toda su producción literaria general, empresa difícil por la dispersión editorial de muchos de los textos y por el hecho de que una parte de ellos todavía permanecían inéditos. De igual manera, la crítica dramática específica —en concreto, Betsy Alayne Ryan (Gertrude Stein’s Theatre of the Absolute, 1980) y Bowers (They Watch Me as They Watch This, 1991)— también intentó establecer una cronología por fechas de composición con el fin de catalogar casi un centenar de textos dramáticos que se cuentan en el haber de la autora. Sin embargo, existen ciertas peculiaridades en la escritura dramática de Stein que hacen que esta iniciativa obtenga resultados dispares. Prueba de ello es que tanto Ryan como Jane Palatine Bowers en sus inventarios llegan a una cifra final dispar con una diferencia de 30 textos: Bowers enumera un total de 107 textos dramáticos, mientras que Ryan únicamente cataloga 77. Aunque esta gran disparidad puede explicarse por el uso de diferentes criterios de clasificación, tal aspecto debe relacionarse con la rotunda redefinición del género teatral que Gertrude Stein lleva a cabo al cuestionar las normas que rigen el género dramático. Esta característica, que subyace a lo largo de todos los años de escritura dramática, es especialmente evidente en las obras pertenecientes a la primera etapa, período en el que se concentra una mayor disparidad de opiniones con respecto a qué obras se consideran textos teatrales y cuáles no.

Esta situación peculiar lleva a otro debate que atañe a la clasificación de los textos dramáticos. Es decir, si existen tantas discrepancias sobre qué textos son en realidad “textos dramáticos” y por lo tanto pertenecientes al género dramático, quizás sería mejor utilizar una clasificación que no contemplara una división por géneros y, en cambio, agrupara todos los textos pertenecientes a un mismo período cronológico. Este es el tipo de clasificación que defienden DeKoven (1983) o Kellner (1988), mientras que la crítica específica teatral —Ryan (1980) y Bowers (1991)— prefiere seguir hablando de géneros literarios. En el presente estudio sigo la posición de Ryan y Bowers, aunque esto pueda considerarse una contradicción desde el punto de vista de la crítica posmoderna y de la propia producción dramática de Stein, que precisamente aboga por redefinir las rígidas fronteras entre los géneros literarios. Sin embargo, mantengo la denominación de “teatro” para la producción dramática steiniana porque creo que el campo del estudio del teatro de Stein no está firmemente establecido. Hasta el momento, el número de monografías íntegramente dedicadas a la producción dramática de Stein es claramente inferior al que se dedica a otros géneros cultivados por la autora y, por lo tanto, quizás sea todavía temprano para deconstruir un campo que en el caso de la ficción o de la poesía ya está claramente identificado. A riesgo de cometer una incongruencia estructural en mi análisis, creo necesario como primer paso delimitar un estudio de la producción dramática steiniana para, con posterioridad, valorar otras posibles formas de clasificación. En este sentido, escojo delimitar el teatro de Gertrude Stein en tres etapas principales que se corresponden a los tres volúmenes que contienen la mayoría de textos teatrales que la autora escribió —Geography and Plays (1922), Operas and Plays (1932), Last Operas and Plays (1949)— y omito entrar en una casuística sobre las obras dudosas, puesto que tal aspecto sería objeto de otro estudio.

Establecida la influencia de Stein en el teatro contemporáneo, así como la propuesta de clasificación teatral, a continuación se examina la recepción crítica específica del teatro de Stein. En este apartado matizo las afirmaciones de Kellner (1988) y DeKoven (1996), cuando sostienen que la crítica steiniana se había consolidado en la década de los 80. En este sentido, comienzo mi reflexión señalando una de las paradojas que considero centrales en el perfil de la Stein dramaturga, puesto que, a pesar de que escribió casi un centenar de obras de teatro entre 1913 y 1946 y creó una estética teatral que influenció directamente a la generación teatral de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, la crítica raramente la ha considerado una dramaturga. Creo, pues, que se debe establecer una diferenciación entre la notoriedad y la atención que han recibido su ficción y su poesía y la todavía escasa crítica dramática de su teatro. Por este motivo, sostengo que Stein es todavía a día de hoy considerada una escritora de ficción y, en menor medida, poeta, pero que, como he apuntado, a menudo su faceta de dramaturga ni tan solo es conocida.

Tal afirmación puede apreciarse fácilmente en la ausencia de la producción dramática de Stein tanto en las antologías como en los estudios de teatro estadounidenses, omisión significativa dada la repercusión que su producción dramática ejerció en la generación que se encargó de crear el teatro experimental estadounidense del siglo XX. Quizás puedan identificarse dos motivos principales por los cuales la producción dramática de Stein dista de gozar del reconocimiento académico al que me refiero. Por un lado, esta situación se debe a una percepción recurrente por parte de la crítica, que, una vez aceptada la premisa de que Stein era una escritora, pareció creer que la escritura dramática fue un mero pasatiempo para la autora. Por otro lado, creemos que el retraso endémico de la crítica teatral en Estados Unidos también puede haber influido en la situación de desventaja frente a la crítica literaria de la ficción y la poesía.

En cuanto al primero de los argumentos, se ha recurrido a menudo a destacar la poca vinculación de Stein con el mundo del teatro para así poder enfatizar que la escritura dramática no era uno de sus intereses principales, argumento mantenido —recordemos— a pesar de que escribió casi un centenar de textos teatrales. Si bien es cierto que Stein nunca pareció mostrar interés por establecer conexiones con personas pertenecientes al mundo del teatro, tal desvinculación, lejos de demostrar que la escritura dramática era un pasatiempo, jugó a su favor. En efecto, la separación de la autora del entorno teatral pareció otorgarle una libertad creativa de la que quizás no habría gozado si hubiera estado relacionada con algún círculo teatral o bien condicionada por un público que no tenía. Tal libertad le permitió crear una estética teatral diferente en muchos sentidos a la de sus contemporáneos y que avanzaba algunas de las premisas que el posmodernismo más tarde identificaría como propias.

En la misma línea, se puede aventurar que quizás el teatro, en su dimensión espectacular, le ofreció la oportunidad de experimentar con una faceta que no era posible ni en la ficción ni en la poesía. Es necesario rebatir la tesis comúnmente sostenida sobre la “irrepresentabilidad” de sus textos dramáticos que se sustenta sobre su hermetismo textual, puesto que Stein escribió teatro para ser representado y en el que la dimensión visual y auditiva del texto estuvo siempre presente en combinación con la estructura dramática.

Por otro lado, la situación actual de desventaja de la producción steiniana en el conjunto de toda su producción literaria puede también deberse en parte a lo que académicos como Bigsby han identificado como un retraso endémico de la crítica teatral en Estados Unidos”. De hecho, la aparición de una crítica específica estadounidense es un fenómeno de consolidación tardío. Bigsby, por ejemplo, en 1992 lo dató en la segunda mitad del siglo XX y afirmó que había sido la tónica obviar el teatro como género en las historias de la literatura estadounidense del siglo XX. Asimismo, Susan Harris Smith tituló su estudio de 1997 sobre la situación del teatro en el país American Drama: The Bastard Child, enfatizando así el olvido del género dramático frente a los otros géneros literarios. Esta situación específica de la crítica teatral y del teatro como género literario que se analiza en este segundo capítulo debe, sin embargo, enmarcarse en una crisis general de los estudios teatrales que autores como Marco De Marinis (1998) o Patrice Pavis (1997) han descrito y que identifican con una falta de metodología propia que ha propiciado que históricamente la crítica teatral se haya nutrido de otros campos y haya adaptado metodologías ajenas.

La situación descrita en este apartado sirve de nexo de unión con la sección metodológica que se propone con el fin de delimitar el marco teórico e intentar demostrar que el teatro de Gertrude Stein presenta algunas de las premisas que se han tipificado como posmodernistas. En este sentido, no se pretende aquí explicar qué es el posmodernismo sino identificar los conceptos concretos que se toman del debate y aplican al análisis del teatro de Stein. Por este motivo, se inicia la sección abordando brevemente las discrepancias del debate en el seno del posmodernismo literario para, con posterioridad, identificar el uso que se les otorga en el presente estudio y específicamente en la relación del posmodernismo con el teatro.

Quizás sea en este último aspecto donde pueden apreciarse los mayores puntos de conexión entre la situación de retraso metodológico de la crítica teatral estadounidense y el papel que ha ocupado el teatro como género literario en el debate sobre el posmodernismo. Como regla general, los estudios sobre literatura posmodernista y sobre teorización posmoderna —Patricia Waugh (1992) o Linda Hutcheon (1995), por ejemplo— utilizan recurrentemente la ficción como género privilegiado y, una vez más, el teatro ocupa un lugar secundario o invisible. Sin embargo, esta situación no deja de comportar una paradoja, puesto que, de hecho, el teatro ha aportado numerosos conceptos al posmodernismo literario. Una muestra de esta situación es el de Bertolt Brecht, cuya estética dramática es constantemente citada por Hutcheon (1995), entre otros, pero cuyos textos no son utilizados como ejemplo, sino que para este fin se prima, en cambio, la novela. Asimismo, parece problemático que sea el teatro, precisamente, el género que ha sido descartado del debate, puesto que, como han hecho notar Steven Connor (1989) o Mark Fortier (1997), el teatro es intrínsecamente posmoderno, por cuanto el público siempre es consciente de que lo que está presenciando es irreal y, por lo tanto, se da cuenta de los mecanismos de la representación. Esta cualidad se debe a lo que Anne Ubersfeld (1993) o Patrice Pavis (1998) denominan “denegación”, es decir, un proceso por el cual, como público, siempre somos conscientes de que lo que estamos presenciando no es “real”, incluso en el caso del teatro realista o naturalista.

Dentro de esta terminología, el teatro de Stein enfatiza la cualidad denegatoria existente en el teatro para poner de manifiesto que la ilusión teatral es una falacia y, por lo tanto, crea un tipo de público activo en oposición a la pasividad que, como Belsey (1988), por ejemplo, ha apuntado, caracteriza al público del teatro realista y naturalista. El teatro de Stein es, pues, intrínsecamente denegatorio.

A continuación identifico las fuentes teóricas concretas que utilizo para apoyar mi lectura del teatro de Stein desde una perspectiva denegatoria y, por extensión, posmodernista, ya que uno de los objetivos principales del posmodernismo es poner de manifiesto que la realidad no es una entidad neutra. Identifico aquí tres fuentes principales: la primera, el estudio de Berry sobre la ficción de Stein, Curved Thought and Textual Wandering: Gertrude Stein’s Postmodernism (1992); la segunda, los diferentes estudios de Hutcheon que incluyo en la bibliografía, y, en tercer lugar, el estudio de Waugh Metafiction: The Theory and Practice of Self-Conscious Fiction (1990). Estas fuentes principales son las usadas para definir el principio de desnaturalización que confiere unidad a toda la producción dramática steiniana, puesto que Stein enfatiza la cualidad autorreferencial del texto mediante estrategias que le permiten cuestionar y redefinir los límites del género dramático, así como las estructuras que son percibidas como “naturales”. Asimismo, la autora utiliza en mayor o menor grado estrategias que también se han identificado claramente con el posmodernismo como, por ejemplo, la interrupción de la narrativa causal, la teleología, la fragmentación o el énfasis en estructuras autorreflexivas (Berry 4); en definitiva, una estética que dará como resultado un teatro profundamente estático que se centra en realzar la cualidad denegatoria del género teatral. Todos estos aspectos pueden englobarse en el concepto de metateatro, término que adapto de la acepción que Patricia Waugh ofrece en su estudio Metafiction. En este sentido, analizo el significado que esta estudiosa otorga a la definición y la traslado al género dramático para utilizarla a la hora de analizar el teatro de Stein.

Esta presuposición lleva por consiguiente a un posicionamiento sobre la relación entre el modernism y el posmodernismo, puesto que Stein es una escritora cronológicamente perteneciente al modernism, aunque muestra rasgos que pueden interpretarse como pertenecientes al posmodernismo. La posible conexión entre los dos movimientos ha conllevado un debate teórico que se ha centrado en determinar si el posmodernismo utilizaba estrategias estéticas que podían considerarse novedosas —con potencial crítico o de revisión— o bien, por el contrario, estas eran meras repeticiones de preocupaciones que ya se habían mostrado en el modernism. En relación con esta cuestión, el caso de Stein ejemplifica una cierta relación de continuidad entre los dos movimientos artísticos, puesto que, como argumenta Berry (1991), el modernism ya contenía elementos que pueden encontrarse en el posmodernismo, como por ejemplo la autorreferencialidad. En efecto, tal práctica no se ha inventado en la segunda mitad del siglo XX, pero ha sido en el posmodernismo donde se ha enfatizado y utilizado la autorreferencialidad como estrategia central de desnaturalización. Para apoyar dicha tesis me remito al concepto de proceso de refocalización que Brian McHale describe en Postmodernist Fiction (1994) y que se desarrolla a partir de la idea del cambio de “dominante” que el formalismo ruso teorizó y que con posterioridad el lingüista Jakobson definió como el elemento principal de una obra de arte (cit. en McHale 6). Desde esta perspectiva, los movimientos literarios no se crean de la nada, sino que reutilizan y se centran en elementos que ya estaban presentes en épocas anteriores, idea que se recoge en el concepto de dominante. Así pues, con estos argumentos intento demostrar que Stein crea un teatro con un dominante posmodernista, puesto que sitúa en una posición destacada estrategias paródicas y desnaturalizadoras como la autorreferencialidad o la repetición.

Una vez establecido dicho marco teórico, este segundo capítulo concluye con la delimitación de los dos conceptos sobre los que concretamente interpreto el teatro de Stein: el metateatro y el uso de la parodia como estrategia central de desnaturalización. Como he apuntado con anterioridad, adapto el término metateatro de la definición que Waugh ofrece de metafiction. Mi motivo principal para tomar esta decisión se apoya en la voluntad de interpretar a Stein desde el posmodernismo y, al mismo tiempo, enfatizar el concepto de desnaturalización, que creo que es la tónica dominante de su producción dramática. Así, la adaptación del término tal y como lo define Waugh en su estudio sobre la metaficción ofrece la combinación de estos dos aspectos. Por este motivo no utilizo otras definiciones de metateatro o bien metadrama que, de hecho, han existido en el campo de los estudios teatrales. Por ejemplo, Lionel Abel (1963) —quien acuñó del término— lo utilizó principalmente para referirse al teatro-dentro-del-teatro y tanto el mismo Abel como Ryan (1981) o Pavis (1998) incluyen una ligera noción de autorreferencialidad en sus definiciones, aunque no lo consideran un elemento central. Otras autoras como Ryan o Bowers también utilizan el término en sus estudios sobre el teatro de Stein y me hago eco del sentido en el que lo hacen, aunque prefiero, en cambio, la definición de Waugh, quien afirma que la metaficción, característica de la ficción posmodernista —por ejemplo, en los textos de Donald Barthelme, John Barth o Kurt Vonnegut—, tiene como uno de sus objetivos principales poner de manifiesto los mecanismos de representación mediante una estética autorreferencial. En este sentido, la autorreferencialidad se convierte en una estrategia fundamental en la ficción posmoderna, en el “dominante” de tal ficción. Adaptando tal concepto al presente estudio, la poética teatral steiniana es metateatral y esta es la característica que unifica toda la producción dramática de la autora. Una de las cualidades de esta estética metateatral es, en gran medida, la de reconsiderar las convenciones del género dramático y las convenciones lingüísticas, aspecto claramente presente en toda la producción steininana. Sin embargo, en el caso de Doctor Faustus podemos apreciar esta misma característica en combinación con una reconsideración temática de la leyenda faustiana. Con el fin de aunar la relectura formal y temática que puede apreciarse en el texto, recurro al concepto de parodia, como aspecto central del posmodernismo y como estrategia central de desnaturalización en la producción dramática steiniana. En este punto, recojo diversas posiciones en relación con la parodia y analizo si, en contra de lo que algunas voces afirman, esta puede considerarse algo más que un mero ejercicio estético desproveído de todo contenido político. La parodia, tal y como puede apreciarse en Doctor Faustus, es un elemento crítico y de revisión de las convenciones literarias y, en este caso concreto, temáticas. Con tal objetivo, la parodia se nutre de técnicas como la desfamiliarización para poner de manifiesto y revitalizar formas que se han incorporado como “naturales”. Este capítulo finaliza con una reflexión sobre el concepto de público tanto en un plano teórico como práctico, con el fin de aventurar los efectos que puede tener la estética steiniana en el público.

El estudio prosigue con un análisis de la poética teatral de Gertrude Stein, estructurada alrededor del concepto que la misma autora denominó “el presente”. El presente se define como la eliminación de la causalidad, de la teleología y de la progresión, entre otras nociones asociadas al término. Por lo tanto, el presente está asociado a la estaticidad, a la aprehensión de lo que Stein denominó “la cosa en sí misma” en ensayos como “What Are Master-pieces and Why Are There So Few of Them” (1940). La voluntad de plasmar el presente en el teatro es lo que confiere la naturaleza metateatral a la producción teatral de Stein y, en este sentido, vinculo el presente con los cambios artísticos y científicos del momento, situando de esta manera a Stein en diálogo con su contexto histórico inmediato: la producción pictórica de Cézanne, la teoría de la relatividad de Einstein o el nacimiento del cubismo, por ejemplo.

Asimismo se analiza aquí la producción ensayística de la autora, tan prolífica como la literaria, por dos motivos principales. Por un lado, fue en los ensayos donde Stein reflexionó sobre el concepto de presente en relación con su escritura. Si bien críticos como Bridgman (1970) cuestionan la validez de estos textos como “explicaciones” del estilo steiniano, quisiera reivindicar la importancia de estos textos críticos, puesto que en ellos Stein definió su concepción estética y, de esta manera, dotó a su propia obra de un trasfondo teórico que la crítica más acérrima siempre le había negado al acusarla de ser un fraude. Por otro lado, el rigor de los ensayos demuestra una vez más que Stein se tomó muy en serio el oficio de escribir, aunque, al igual que sucedió con otros textos, la recepción crítica de los mismos fue motivo de polémica, puesto que es cierto que en ellos encontramos a veces a una Stein un tanto arrogante que no tiene ningún reparo en proclamarse la única mente pensante del siglo, motivo por el cual le llovieron múltiples acusaciones de egocentrismo. Sin embargo, los ensayos deben tenerse en consideración como algo más que un simple ejercicio narcisista, porque demuestran que la escritura de Stein no fue fruto de la improvisación o un mero pasatiempo; al contrario, estos escritos ponen de manifiesto la voluntad experimental de su proyecto literario.

Stein englobó en el término de presente toda una serie de conceptos que declaró como pertenecientes al siglo XX, puesto que, según su parecer, el presente era el emblema del nuevo siglo y se oponía a la tradición anterior. Frente a la teleología o la narración causal, características del siglo XIX, el nuevo siglo se centraba en la estaticidad y, por lo tanto, la escritura debía centrarse en la aprehensión del presente sin tener en consideración aquello que lo precedía o sucedía. Stein delimitó el concepto en diversos ensayos como “Composition as Explanation” (1926) y, de hecho, distinguió dos tipos de presente: el presente prolongado y el presente continuo. El primero se refería a una primera etapa donde Stein dejaba atrás de manera progresiva la narratividad y la teleología identificadas con el realismo, utilizando unidades semánticas que se repetían y recurrían constantemente, a menudo reelaborando una idea que había aparecido con anterioridad y donde el lenguaje mantenía una cierta referencialidad. Este tipo de presente, que Stein claramente identifica con Three Lives (1906), suponía una sucesión de fragmentos que mantenían relación.

En oposición al presente prolongado, el presente continuo representó la culminación del proceso de eliminación de todo elemento asociativo del lenguaje y la aprehensión total del concepto de presente en su estado más puro. Este segundo tipo de presente caracterizó la mayoría de la producción literaria steiniana a partir de The Making of Americans (1925). El presente continuo se centra en la sucesión de diferentes momentos presentes que no guardan relación los unos con los otros y mediante los cuales Stein aprehende la entidad (entity) o la cosa en sí misma. Las unidades léxicas se repiten exactamente iguales o modificadas y cada vez empiezan de nuevo. Con estos dos conceptos y, en especial, con el de presente continuo, Stein busca desproveer al lenguaje de toda cualidad asociativa y, en esta voluntad estética, la repetición se erige como estrategia principal para conseguir la idea de entidad.

Por lo que respecta a la producción dramática, Stein empezó a escribir teatro durante la etapa en que desarrolló el presente continuo. Es decir, en su teatro no existe una transición entre los dos tipos de presente como la que puede apreciarse en el caso de la ficción, tipificada por la comparación entre Three Lives (1909) o “Tender Buttons” (1914), por ejemplo. Los primeros textos teatrales son la expresión de un presente continuo en su estado más puro que hallará su máxima expresión en las dos primeras etapas de escritura dramática y regresará, en la última, a un tipo de texto más próximo al presente prolongado.

Los comentarios de Stein sobre el teatro tomaron forma en un único ensayo, “Plays”, que escribió como parte de la serie de conferencias impartidas durante la gira estadounidense de 1934 y con posterioridad publicó en Lectures in America (1935). En el ensayo, Stein parte de su propia experiencia teatral como espectadora en California, concretamente en el Oakland de su adolescencia, y recuerda cómo una de las cosas que más le incomodaban era la narratividad de las obras que veía representadas, es decir, el hecho de que siempre fuera necesario estar pendiente de lo que le había sucedido a un personaje, o bien de lo que haría en el futuro, sin prestar atención al momento presente. Partiendo de esta experiencia, Stein identifica diferentes conceptos que traban la aprehensión total del presente: la síncopa, el nerviosismo y el argumento.

Stein definió el término síncopa como la diferencia de tempo entre la experiencia estética del público y todo aquello que acontece en escena. Ambas experiencias no van al unísono y, por lo tanto, el público no puede aprehender el presente porque la memoria de lo acontecido hasta el momento y la anticipación de lo que puede suceder —en definitiva, el uso de la memoria— lo impiden. Esta situación conlleva lo que Stein define como nerviosismo en el público o la necesidad de estar constantemente recordando y anticipando lo que sucederá. La solución a este tiempo sincopado es, según Stein, la aprehensión del presente, mediante el cual se perciben de manera unitaria los diferentes modos de percepción —auditiva y visual— que interactúan en una obra teatral, sin que el texto o uno de ellos prime por encima de los otros. De esta manera, y en oposición a la tradición aristotélica y realista, Stein concibe el teatro como algo estático, como una sucesión de momentos presentes que no progresan. Una consecuencia directa de esta concepción es el rechazo de la narrativa teleológica y del argumento: una de las afirmaciones más llamativas de “Plays” es que un texto no tiene por qué contar una historia.

Stein englobó todos estos principios en un concepto acuñado por ella misma, “the landscape”, que traduzco como “paisaje”, término que epitomiza la máxima expresión de estaticidad, donde la acción dramática se estructura sobre un concepto espacial, no temporal, y no hay progresión teleológica. Los elementos que integran el paisaje “están” integrados como en un cuadro pictórico.

Establecidos los elementos que conforman el universo dramático steiniano, continúo con el análisis de los posibles puntos de conexión con el contexto artístico inmediato. De esta manera, se puede vincular el desarrollo dramático de Stein con un contexto artístico de renovación —pictórico y teatral— entre el final del siglo XIX y principios del XX que desde distintos campos mostraba, como en su caso, una preocupación por poner en crisis los mecanismos de la representación realista. Cuestiono así la supuesta falta de historicidad que habitualmente se atribuye a la propuesta artística de Stein, bien por su desvinculación de los círculos teatrales o por el grado de experimentación de su escritura. En este sentido, recojo comentarios como los de Elionor Fuchs (1996) o Bonnie Marranca (1995), quienes vinculan la estaticidad que se engloba en el concepto de presente con la noción de teatro estático desarrollada por el dramaturgo belga Maurice Maeterlinck dos décadas antes de que Stein empezara a escribir teatro. Asimismo, recabo en la asociación de la estética dramática de Stein con dos de los nombres que la propia dramaturga identificó como influencias directas en su escritura: los pintores Paul Cézanne y Pablo Picasso.

Del primero, Stein derivó el principio de la cosa en sí misma, puesto que, tal y como explicó la autora, Cézanne pintaba unos cuadros en los que todos los elementos tenían igual importancia, no había un foco central de atención al cual quedaba supeditado el resto del cuadro, y “[...] one thing was as important as another thing” (Stein cit. en Ryan 24), principio fundamental del paisaje. Con el segundo, Stein sintió una profunda filiación artística que la llevó a afirmar en el libro homónimo que dedicó al pintor —Picasso (1938)— que tanto él como ella eran los que estaban creando el siglo XX, así en la pintura como en la literatura. La autora y su hermano Leo fueron los descubridores del pintor y, fruto de tal mecenazgo, Stein fue espectadora de primera línea del nacimiento del cubismo. Por este motivo, recojo los comentarios de la autora sobre el pintor y el cubismo y examino los puntos de conexión con el teatro steiniano, cuyo punto de convergencia primordial es la voluntad antimimética.

Asimismo, doy cabida a la exégesis de la propia Stein sobre su escritura con el fin de mostrar otra vertiente que permite situar a Stein en su contexto artístico inmediato. Como artista, ella siempre se sintió definida por unas coordenadas geográfico-temporales que la sitúan claramente en un entorno social y, por lo tanto, cuestionan su supuesta falta de historicidad. En este sentido, analizo la vinculación que la escritora sintió con su país natal, a pesar de que vivió gran parte de su vida en París, así como las conexiones que pueden establecerse con el arte emergente del cine en aquellos momentos y con una nueva percepción del espacio y del tiempo, nacida a principios del siglo XX, que estuvo totalmente condicionada por la formulación de la teoría de la relatividad de Einstein.

Establecido el marco de influencia reconocido por la propia autora, que sitúa su escritura en concordancia con cambios artísticos y científicos de su tiempo, el tercer capítulo concluye con un examen de los posibles puntos de diálogo entre los dos contextos teatrales inmediatos que marcaron los años de escritura dramática de Stein: el estadounidense y el de las vanguardias europeas. Aunque, como apunto en el segundo capítulo, Stein no estuvo directamente relacionada con el mundo del teatro, podemos observar puntos de coincidencia, así como también divergencia, entre la producción dramática steiniana y dichos contextos. Por ejemplo, la voluntad de eliminar nociones como la causalidad coincide con los objetivos del simbolismo, el expresionismo o el dadaísmo, movimientos que reaccionan contra la obra bien hecha abanderada por Ibsen y estructurada sobre la psicología de los personajes, la causalidad y la moralidad (Cardullo 5). De la misma forma, la voluntad de aprehender la cosa en sí misma en vez de describirla fue un objetivo compartido con la pintura expresionista, con las prácticas de Appia o Craig (Ryan 42) y con las formulaciones de Maeterlinck. Sin embargo, aunque Stein compartió dichas preocupaciones con sus contemporáneos, también se distanció en dos aspectos fundamentales. Por un lado, en la función del texto dramático y, por otro, en la noción del público.

En cuanto al primero de los aspectos, en Stein el texto dramático tiene tanta importancia como el espectacular, aspecto que, como señala Bowers, no puede apreciarse en la mayoría de las vanguardias, que mostraron un interés por primar los elementos espectaculares por encima del texto (1991: 131). En cuanto al segundo de los aspectos, el teatro de Stein difiere substancialmente de la voluntad política de los textos vanguardistas. Es decir, si para la vanguardia el objetivo principal fue el de la confrontación con el público, el teatro de Stein no es abiertamente político en el mismo sentido. Fruto de esta diferencia fundamental, existe una diversidad de opiniones en cuanto a cuál es el objetivo del teatro de Stein. Para Bowers, por ejemplo, significa que Stein concibe un teatro donde el público disfruta de una experiencia estética de forma pasiva, mientras que, en mi opinión, Stein —al igual que otros artistas como Duchamp— integra al público en su concepción artística. Por lo tanto, aunque no se pueda afirmar cuáles son los posibles efectos sobre el público, es posible sostener que Stein concibe un público activo al diseñar una experiencia teatral que es un acto individual de percepción cognitiva. En relación con este último punto, se incluye un apartado donde argumento que la concepción steiniana del público como entidad fundamental del hecho teatral avanza la teorización del concepto de público que se gestó a partir de la década de los 70.

Este capítulo concluye con la comparación de la estética dramática steiniana con el panorama teatral estadounidense del momento. En esta línea, cabe señalar que Stein escribe un teatro diametralmente opuesto a la forma de realismo dramático que acabaría dominando el teatro estadounidense de la primera mitad de siglo y, de hecho, para la autora el realismo nunca fue una opción estética. Si bien la aplicación del presente en el teatro steiniano conlleva una estética profundamente antimimética, se puede apreciar que el postulado central de Stein de que el arte debe expresar el presente coincide —de una manera sorprendente— con las directrices del realismo dramático, expresadas por el dramaturgo James Herne, por ejemplo.

En el cuarto y último capítulo del estudio se analiza Doctor Faustus (1938) a modo de ejemplo de la estética metateatral que he identificado como elemento característico de la producción dramática steiniana. Desde este punto de vista, Doctor Faustus es un texto de naturaleza metateatral que utiliza la parodia como estrategia de desnaturalización. En la primera parte del capítulo, examino diferentes aspectos relacionados con el texto al trazar la intertextualidad literaria que este presenta con versiones anteriores de la historia de Fausto y, en concreto, recojo las opiniones sobre las posibles referencias que pudieron influenciar directamente a Stein en su Doctor Faustus. Se identifican, pues, en este apartado aquellos elementos que tradicionalmente se han asociado con el personaje de Fausto, para poder así apreciar la revisión de los mismos que la autora propone.

Se retoma en este apartado el debate sobre las delimitaciones del género dramático, puesto que Doctor Faustus se estrenó como una ópera. De hecho, Stein se refirió a algunos de sus textos como óperas, designación que dista de la concepción tradicional del término. No puede menoscabarse la importancia de la música en la carrera dramática de Stein y la colaboración fructífera que la autora estableció con uno de los compositores más reconocidos del momento, Virgil Thomson. Fruto de su estrecha cooperación, Stein y Thomson obtuvieron un éxito sin precedentes con la representación emblemática de Four Saints en 1934 y abrieron un debate sobre la posible “americanización” de la ópera. Sin embargo, mi tratamiento del texto es esencialmente teatral, puesto que lo considero un texto dramático y espectacular con entidad propia, sin estar supeditado a una partitura. Tal argumento se sostiene en la publicación del mismo como texto teatral en Last Operas and Plays (1949) y en la popularidad de Stein como escritora experimental, que claramente la distingue de otros libretistas. Como afirma Ulla E. Dydo, “[w]ho today knows the librettists of La Forza del Destino, Madama Butterfly, Les Troyens, Carmen?” (2003: 173).

A continuación, sitúo el texto en el panorama de la producción dramática steiniana y analizo la habitual designación de “convencional”. El motivo para tal clasificación proviene del hecho que Doctor Faustus pertenece a la denominada tercera etapa dramática steiniana y, por lo tanto, a un momento habitualmente considerado más conservador desde el punto de vista de revisión formal del género dramático. En efecto, en comparación con textos anteriores, Doctor Faustus ofrece la posibilidad de identificar algunos de los elementos dramáticos de los cuales Stein había prescindido, como, por ejemplo, los personajes. Sin embargo, tal designación debe ser matizada y el texto que nos ocupa es prueba de ello. Por esta razón, Doctor Faustus ofrece una doble vertiente que justifica la elección. Por un lado, los elementos dramáticos que Stein utiliza —al igual que sucede en otros textos del mismo período como The Mother of Us All (1946)— suponen una práctica nueva en comparación con textos anteriores. Sin embargo, Stein no los utiliza de una manera convencional, sino que sigue utilizando un enfoque absolutamente autorreferencial, fruto de su voluntad de aprehender el presente. Quizás se pueda aducir una metateatralidad atenuada, pero, en cualquier caso, metateatralidad. Por otro lado, el texto resulta altamente interesante porque nos muestra a una Stein excepcionalmente intertextual que escoge un tema de larga tradición europea —la leyenda de Fausto— y lo reescribe otorgando a su versión un tono mucho más trivial y menos trágico que el de versiones anteriores. Por estos motivos, interpreto Doctor Faustus como un ejemplo de metateatro, en la medida en que es una parodia tanto formal como temática de las convenciones dramáticas. La obra constituye un ejemplo de redundancia —en los términos de Waugh (1990)—, es decir, una reescritura de un referente —formal y temático— familiar para el público. Desde esta perspectiva, puede justificarse el uso de elementos más tradicionales en el plano formal, puesto que, quizás con el fin de efectuar una parodia efectiva, Stein hace ciertas concesiones a la concepción dramática que se puede apreciar en etapas anteriores. Por este motivo, la incorporación de un argumento —traicionando el principio que había expresado en “Plays”— o la incorporación de personajes reconocibles —Faustus o la protagonista que posee dos pares de nombres, Marguerite Ida and Helena Annabel— están condicionadas por la elección de un tema preexistente.

En relación con la elección de un tema tan inusual en la carrera dramática de Stein, existen diversas consideraciones de la crítica al respecto. Uno de los argumentos a menudo esgrimidos es que la elección de la leyenda faustiana se sustentó en la afinidad que Stein podría haber apreciado entre los elementos esenciales de las diferentes versiones y su situación personal en el momento de redacción del texto. El pacto de Fausto con el diablo a fin de obtener algo a cambio ofrece resonancias biográficas, puesto que, en efecto, la autora se encontraba en un momento de crisis personal y literaria, como resultado de la inmensa popularidad que había adquirido a raíz de la gira americana. La fama, la aparición del concepto de público asociado a su escritura, así como el dinero que le reportó el contrato con Random House —por el cual Stein se sentía condicionada a repetir el éxito de ventas de The Autobiography— probablemente se erigieron en trasfondo del pacto faustiano. En la misma línea interpretativa, recojo las opiniones que afirman que el texto es una dramatización de las consecuencias que acarrea convertirse en una personalidad pública. Desde esta perspectiva, el personaje de Marguerite Ida and Helena Annabel se ha interpretado como álter ego de Stein al convertirse en objeto de adoración por parte del resto de personajes una vez tiene la capacidad de generar luz. En este capítulo también me hago eco del debate que ha suscitado la falta de posicionamiento público de la autora sobre cuestiones feministas. En este sentido, críticos como Malcom Brinnin (1951) o Cook (cit. en Benstock 1986) sostienen que los textos creados por Stein no muestran una conciencia política que pueda ser considerada feminista. En oposición a esta postura, propongo como ejemplo a críticas como Marianne DeKoven (1983) o Dinnah Pladott (1990), quienes argumentan que es en la experimentación formal donde Stein cuestiona las estructuras masculinistas del lenguaje y, por lo tanto, su proyecto ofrece la posibilidad de ser considerado feminista. Este apartado finaliza con una reflexión sobre la posibilidad de otorgar diferentes epítetos a la forma dramática que Stein utiliza: antiaristotélica, feminista, o posmodernista, por ejemplo. Dichas interpretaciones se apoyan en una concepción de público ideal para el que una estrategia estética puede ser “desnaturalizadora” o “alienante”, sin que podamos tener la certeza de que la recepción de un texto produzca tal efecto.

En cuanto a Doctor Faustus, es innegable que una de las claves de la parodia temática que Stein lleva a cabo reside en la creación del personaje de Marguerite Ida and Helena Annabel, la protagonista femenina del texto, quien, al igual que el protagonista masculino, posee la capacidad de generar luz. Dicha modificación radical de la leyenda ha llevado a críticas como Jane Platine Bowers (1991), Shirley Neuman (1988), Ulla E. Dydo o Sarah Bay-Cheng (2003) a afirmar que, a través del poder que se otorga a Marguerite Ida and Helena Annabel, Stein está llevando a cabo un ensalzamiento del poder femenino, puesto que, a diferencia de los personajes femeninos que estaban supeditados a Faustos anteriores, el personaje de Stein se muestra equiparable en poder al protagonista masculino. Sin embargo, el texto se muestra ambiguo en cuanto al poder real de Marguerite Ida and Helena Annabel, puesto que la asociación de este personaje con el mundo natural — enfatizado por elementos que aparecen en el texto, como el bosque o la luz natural, en oposición a la eléctrica que ella es capaz de generar— frente a la vertiente más tecnológica de Faustus cae en el binarismo esencialista, que asocia lo femenino a lo natural. Asimismo, en la primera escena del último acto, Stein otorga al personaje de Marguerite Ida and Helena Annabel una dimensión compleja y su poder “natural” queda cuestionado. Si con anterioridad habíamos asistido a la entronización de la protagonista, aquí apreciamos cómo Marguerite Ida and Helena Annabel cede ante las presiones de diferentes personajes masculinos y deja caer al suelo el emblema de su poder natural, la serpiente, elemento por otro lado interpretable como símbolo falocéntrico y de reminiscencias bíblicas. Marguerite Ida and Helena Annabel acaba en brazos del pretendiente, the man from over the seas, un final problemático, puesto que no confirma la tendencia de relectura que hasta el momento había caracterizado la versión de Stein.

Examinadas las diferentes interpretaciones del texto que la crítica ha presentado, en la segunda parte de este capítulo se presenta un análisis de Doctor Faustus centrado en la aplicación práctica del presente al teatro y los efectos metateatrales que le otorga. Así, el texto es característico de la poética teatral steiniana en su cualidad claramente metateatral, que nace de la voluntad de capturar el presente. Dicha cualidad metateatral está intrínsecamente vinculada a la parodia del género dramático que Stein sigue llevando a cabo en Doctor Faustus a pesar de ser un texto que, como hemos visto, es tildado de convencional. En concreto, me centro en la parodia de elementos como los marcos formales —las divisiones y las acotaciones escénicas—, la construcción de los personajes y el lenguaje —en especial, el uso de la repetición— para argumentar que, a través de ellos, Stein captura el presente en Doctor Faustus y otorga al texto su inequívoco sello metateatral. De esta forma, la voluntad desnaturalizadora que atañe a los marcos formales se muestra en el juego con las divisiones del texto en actos y escenas, así como en la eliminación de la frontera que separa el texto principal de las acotaciones. En cuanto a los personajes, aunque Stein utiliza la noción de personaje de una forma mucho más clara que en etapas anteriores —éstos, por ejemplo aparecen identificados con nombres o bien intercambian palabras entre ellos—, Stein rehúye la caracterización coherente de los mismos y, por lo tanto, constituyen otro elemento a través del cual se lleva a cabo la parodia. Me centro, pues, en aquellas características que ponen de relieve la ficcionalidad de los personajes, como, por ejemplo, las contradicciones textuales en las que incurren, así como el uso arbitrario de diferentes nombres para referirse al mismo personaje o bien el uso de cuatro nombres en el caso de Marguerite Ida and Helena Annabel. En este sentido, se recogen aquí las interpretaciones de la crítica sobre el posible significado de los diferentes nombres, a la vez que se analiza la manera en que, a través del juego con los nombres de los personajes, Stein confiere otro aspecto autorreferencial —y, por extensión, posmodernista— al texto, puesto que precisamente cuestiona la tradicional función referencial de los mismos.

Otros de los aspectos que están interrelacionados con el cuestionamiento de los personajes son el tono trivial que Stein confiere al texto y el uso de la repetición como estrategia ralentizadora. En efecto, uno de los ingredientes esenciales de la parodia es la creación de un texto que muestra un sentido del humor característico en Stein al asociar a los personajes con elementos y situaciones triviales e incluso cómicos. Por ejemplo, la trivialización del objeto de deseo de Faustus —la luz eléctrica— como un elemento clave de revisión de la tradición. Asimismo, la mordedura de la serpiente de Marguerite Ida and Helena Annabel constituye otro elemento paródico, a la vez que la repetición se erige como un claro elemento autorreferencial a través del cual se captura el presente y la voluntad estática contenida en el concepto de paisaje.

Con la voluntad de otorgar una presencia a la dimensión teatral del texto aporto mi propia experiencia con Doctor Faustus, otro de los motivos que ha contribuido a la elección del mismo. En la primavera del 2000 tuve la oportunidad de realizar la traducción al catalán del texto —El Doctor Faustus encén els llums— y, con posterioridad, colaborar como ayudante de dirección y narradora en el montaje del mismo. La obra, producida por la Associació d’Investigació i Experimentació Teatral (A.I.E.T.) y presidida por el director Dr. Ricard Salvat, estuvo dirigida por el Dr. Pedro Gurrola y se presentó en el Festival de Teatre Grec de Barcelona de aquel mismo año, dentro de la sección de muestra de teatro universitario. Con posterioridad, la producción fue programada durante siete noches por el Teatre Artenbrut de Barcelona.

La experiencia derivada de mi participación en el montaje representó un cambio fundamental en la percepción del texto. En una primera instancia, su traducción me ofreció la posibilidad de imbuirme del lenguaje tan característico de Stein con ojos de filóloga. Ante la seducción que el texto me ofreció desde la primera lectura y la dificultad de imaginar cómo podría concretarse en escena, mi asistencia a los ensayos me ofreció la oportunidad de apreciar cómo poco a poco el texto tomaba forma escénica. En el proceso, la observación del trabajo del director y de los actores y las actrices con el texto fue una experiencia impagable, puesto que el resultado final me confirmó la idea que Stein escribió teatro en toda su dimensión, como texto para ser representado.

Doctor Faustus aún plantea a día de hoy múltiples posibilidades interpretativas y escénicas que subrayan la cualidad visionaria de la poética teatral steiniana. Esta cualidad, que se muestra en toda la producción dramática de la autora, nos ha llevado a reivindicar la centralidad del pensamiento teatral steininano para el desarrollo del teatro experimental en el siglo XX y a poner de manifiesto las maneras en las que la concepción teatral de Gertrude Stein establece vínculos con tradiciones posteriores y continúa proponiendo un reto para el siglo XXI.

Recepción crítica

The facts of the case are that all these people, including myself, are people with a considerably large endowment, and most of us spent thirty years of our life in being made fun of and laughed at and criticized and having no existence and being without a cent of income. The work needs concentration, and one is often exhausted by it. No one would do this merely for exhibitionism; there is too much bitterness.

Gertrude Stein cit. en Meyerowitz 1975 xix

La recepción crítica de los textos de Gertrude Stein se desarrolla a partir de la publicación de Three Lives en 1909 y se caracteriza por ser una crítica claramente polarizada entre los vituperios acérrimos y las defensas igualmente extremadas, que se centra en esclarecer el “sentido” de la escritura de Stein. Con posterioridad, en la década de los 50, empiezan a publicarse las primeras biografías, así como una serie de estudios que, combinando la información biográfica con el análisis literario, sentarán las bases del estudio académico de la obra steiniana. Será en la década de los 80 cuando sus logros como escritora serán incuestionables y se dejará atrás una larga etapa de incomprensión para dar paso al análisis de sus textos desde múltiples perspectivas teóricas.

En la crítica contemporánea a Stein, puede apreciarse una gran preocupación por esclarecer qué es lo que Stein “quiere decir” con su estilo y por dilucidar si sus textos son una muestra de escritura automática. En la década de los 50, se tenderá a utilizar la biografía para “explicar” sus textos; mientras que la crítica de finales del siglo XX se ha centrado en la dimensión política de la escritora, explorando temas como el trasfondo feminista de la autora o el lugar que ocupan en su escritura cuestiones como su homosexualidad o su condición de judía. Como explica Marianne DeKoven, “Mientras el ridículo y el ostracismo que Stein sufrió en vida y en las décadas posteriores a su muerte se centraban en su ‘ininteligibilidad’, la crítica actual cuestiona su posicionamiento político, especialmente las cuestiones raciales, étnicas, religiosas o nacionales en relación con su obra y su propia vida” (1996: 471).

La historia de la crítica de los textos de Stein, como se ha mencionado con anterioridad, comienza en 1909 con Three Lives, escrito poco después de su llegada a París en 1903. Por aquel entonces, el texto fue recibido con un tono general de curiosidad y respeto hacia una literatura que parecía buscar nuevos caminos formales. Las reseñas recogidas por Curnutt destacan en la tercera de las historias de Three Lives, “Melanctha”, la originalidad del estilo y el uso tan particular de la repetición, que en aquellos momentos se interpreta como una forma de realismo en el estudio de la personalidad: “quien pueda acostumbrarse a las repeticiones y la forma circular de la narración se encontrará muy cerca de las personas reales. Demasiado, quizás” (Anónimo cit. en Curnutt 11). El tono de las críticas que recoge Curnutt es mayoritariamente de curiosidad, de alabanza, de respeto. Tan solo en uno de los casos el argumento adquiere visos claramente racistas y clasistas al señalar que los resultados podrían haber sido más satisfactorios si la autora hubiera presentado en sus obras personajes más “dignos”:

Three Lives by Gertrude Stein is a rather peculiar exposition of the art of character delineation, in which is shown the constant repetition of ideas in minds of low calibre and meagre cultivation, the three lives depicted being those of three servant women, one of whom is a mulatto […] Of course, it must be admitted that such repetition does occur, even in cultivated and brilliant minds, but it is a question if the mind-working of such persons as Miss Stein has chosen could be made interesting by any process whatsoever. If she should attempt the same things with minds of a higher caliber, the result might be more entertaining. (Anónimo cit. en Curnutt 9)

La acogida de Three Lives fue un pequeño oasis que no vaticinaba la controversia que poco tiempo después iba a suscitar la escritura de Stein, a medida que dejaba atrás lo que ella denominaba “el siglo XIX” —concepto que con posterioridad definiremos— y confirmaba la dirección el camino hacia el siglo XX que había emprendido en “Melanctha”.

Lo que marcó el punto de inflexión en la reputación de Stein y la situó en el punto de mira de la crítica literaria fue, sin lugar a dudas, el evento cultural y artístico más significativo de principios del siglo XX: la Exposición Internacional de Arte Moderno, celebrada del 17 de febrero al 15 de marzo de 1913 en Nueva York, en la armería del regimiento sexagésimo noveno, por lo que es comúnmente conocida como The Armory Show.

Los Stein participaron en el acontecimiento como importantes coleccionistas de arte: el hermano mayor, Michael Stein, y su esposa, Sarah, cedieron dos Matisse de su incomparable colección, mientras que Gertrude y Leo prestaron el polémico Desnudo azul de Matisse junto con un par de Picassos (Mellow 208). Sin embargo, lo que favoreció que Stein se diera a conocer como escritora en su país natal fue la implicación de la rica mecenas Mabel Dodge en el evento.

Con anterioridad, la relación entre ambas mujeres había transcurrido por distintas fases, desde una etapa de amistad que benefició claramente a Stein por el entusiasmo con que Dodge se autoproclamó su agente literaria, hasta el enfriamiento debido a las discrepancias entre ambas sobre cuestiones relativas a la publicación. En los primeros tiempos de su amistad, y como luego hizo con muchas de las personas a las que conoció, Stein había escrito un retrato de su amiga mientras pasaban unos días juntas en Italia en el verano de 1912. Dodge, rica y por lo tanto libre de preocupaciones económicas, quedó tan fascinada con el retrato titulado “Mabel Dodge at the Villa Curonia” que pagó la edición particular de 300 copias en Florencia (Mellow 206). No cabe duda de que la amistad con Dodge resultó determinante en la carrera de Stein: cuando aquella regresó a Nueva York en 1912 organizó un salón literario en la Quinta Avenida donde distribuyó copias de “su” retrato a un público ya familiarizado con Three Lives, así como con otros retratos con anterioridad publicados en Camera Work.1 El texto, parece ser, causó furor entre el público asistente (Hobhouse 77).

Dodge formó parte de la organización del Armory Show y aprovechó la ocasión para repartir ejemplares del retrato a periodistas que cubrían el acontecimiento, entusiasmada por el hecho de ser ella misma el personaje central. Su operación de marketing dio resultado: la revista Arts and Decoration pidió a Dodge que escribiera algo sobre Stein. En el artículo que apareció en el número de marzo de 1913 —y con posterioridad en Camera Work (Wagner-Martin 108)— con el título “Speculations, or Post-Impressionism in Prose”, Dodge equiparaba la escritura de Stein a la pintura de Picasso. De esta manera, se vinculaban por primera vez los proyectos de ambos artistas y comenzaba un largo camino de comparaciones que la misma Stein retomaría con posterioridad en Picasso.

Las gestiones de Dodge propiciaron que Carl Van Vechten —quien acabaría siendo uno de los amigos y admiradores más fieles de Stein— entrara en escena, ya que, cuando el editor general de The New York Times recibió una copia del retrato, encargó a Van Vechten, crítico de música por aquel entonces, un artículo sobre Stein. El artículo se tituló “Cubist of Letters Writes a New Book”, y se publicó el 24 de febrero de 1913 sin firma y en la sección financiera (Kellner 1977). Como explica Mellow, “El primer artículo de Van Vechten sobre Gertrude […] había sido escrito antes de su encuentro: el tema del mismo era el retrato ’Portrait of Mabel Dodge‘, y parece claro que muchas de las observaciones realizadas provienen de Mrs. Dodge […] Van Vechten, sin embargo, aventuró algunas opiniones propias y no desaprovechó la ocasión para demostrar su propia erudición con referencia tanto a los simbolistas franceses como a los futuristas italianos, con quienes Stein tenía, de hecho, muy poco en común” (242). Desde entonces, su admiración por Stein nunca cesó. Con el tiempo Van Vechten se convirtió en dedicado promotor de la obra de Stein y siguió escribiendo sobre ella en sus columnas del periódico. Tras la publicación de Tender Buttons en 1914 escribió el artículo “How to Read Gertrude Stein”, que explicaba la escritura de Stein y que sentó las bases para posteriores interpretaciones de la obra de la autora (Kellner 1977). Asimismo, Stein se benefició de la consolidación y de la influencia creciente de Van Vechten como escritor de una de las novelas más famosas del momento, Nigger Heaven (1926), y esta amistad le permitió publicar algunas piezas cortas en revistas como Rogue y Vanity Fair durante la década de los 20 (ibíd.).

Las intervenciones de Dodge y Van Vechten contribuyeron a que Stein adquiriera una dimensión pública más allá de la que ya tenía como coleccionista de arte y como anfitriona de su salón literario. Sin embargo, tal visibilidad no resultó ser especialmente positiva: los textos de Stein comenzaron a ser parodiados hasta convertirse en réplicas más famosas que los originales y la autora se vió involucrada en las controversias que suscitaban las nuevas propuestas artísticas del Armory Show, que hicieron correr ríos de tinta en los periódicos durante meses. En Nueva York, por ejemplo, el Desnudo descendiendo la escalera de Marcel Duchamp causó especial polémica y el cuadro se describió de diferentes maneras: “un traje japonés dinamitado”, “muchos palos y bolsas de golf en desuso” y, quizás la más famosa, “una explosión en una fábrica de guijarros” (Wagner-Martin 109). Cuando la exposición se trasladó a Chicago, el Desnudo azul de Matisse escandalizó al público y la sala que albergaba el grupo de cubistas fue denominada “La cámara de los horrores” (Mellow 210). Un grupo de estudiantes de la Universidad de Chicago llegó incluso a quemar una copia del Desnudo azul como protesta (Wagner-Martin 108).

Con el tiempo, sería el emblemático verso “Rose is a rose is a rose is a rose” el que quedaría para siempre asociado al estilo de Stein y sería parodiado hasta la saciedad. Alice B. Toklas relata una anécdota de la visita que ambas realizaron a Estados Unidos en 1934 que demuestra la popularidad que alcanzó: “[...] en The New Yorker había una viñeta que supuestamente representaba el oficial de aduanas diciendo, Gertrude dice cuatro sombreros es un sombrero es un sombrero” (144-45). Las parodias y las sátiras continuaron y coincidieron con el período estilístico más experimental de Stein y, en especial, con la publicación de Tender Buttons en 1914. Ella misma se refirió a este fenómeno en The Autobiography: “[...] [Tender Buttons], como todo el mundo sabe, tuvo una enorme influencia en las generaciones de escritores jóvenes y empezó la campaña de ridículo sobre mi obra” (147).

Se inició así uno de los debates de más larga trayectoria en el estudio de la obra de Stein y que intentaría dilucidar “el sentido” de su escritura. De hecho, existía la opinión extendida de que Stein hablaría de la misma forma en que escribía, y, por lo tanto, sin un ápice de coherencia. En 1934, durante una de las múltiples entrevistas que le realizaron durante la gira estadounidense, el entrevistador, William Lundell, le hizo la siguiente observación: “mucha gente en Estados Unidos duda de su capacidad para hablar de manera inteligible” (cit. en Watts 91). Stein solía contestar a tales preguntas con su estilo habitualmente desnudo y simple: “si te gusta lo entiendes” (ibíd. 92). En otra ocasión, preguntada por qué no hablaba como escribía o viceversa, Stein contestó: “Muy simple, [...] si invitaras a Keats a cenar y le preguntaras algo, no esperarías que te contestara en el estilo de ‘Oda a un ruiseñor’, ¿verdad?” (cit. en Steward 23).

A partir de este momento, la crítica se polarizó respecto a la apreciación de Stein: para una facción lo que Stein escribía era totalmente ininteligible, mientras que, para la otra, Stein estaba llevando a cabo una renovación profunda del lenguaje. Así se inició la larga trayectoria de amores y odios que ha caracterizado la valoración crítica de la escritora durante largo tiempo. Como explica Curnutt, “el lado pro-Stein, que incluía amigos de toda la vida como Carl Van Vechten y Sherwood Anderson, así como otros más recientes como Edmund Wilson, Ernest Hemingway, Katherine Ann Porter, y Thornton Wilder, celebró la experimentación de Stein y la revolución en la representación verbal de la percepción y la conciencia. La facción anti-Stein, mientras tanto, se fijaba en su corpulencia, su creciente reputación como preceptora, su apariencia masculina y su preferencia estilística por lo que se denominaba ‘lenguaje de bebés’. Mientras los primeros veían a Stein como la madre expatriada del modernism, los segundos la denostaban como una promotora de “payasadas pseudo-intelectuales” (3).

La división de pareceres es apreciable en las reseñas de Tender Buttons, donde parece no existir un término medio. Las opiniones negativas afirman recurrentemente que Stein padece algún tipo de trastorno mental: “esta mujer es una charlatana colosal o bien está loca” (Rogers cit. en Curnutt 18). Igualmente, se hacen comentarios despectivos sobre su forma de vestir y su físico: “A la Srta. Stein, tal y como se la ha visto en París, se la describe como una mujer monumental que lleva ropa voluminosa (necesariamente voluminosa) atada con una cuerda alrededor de lo que debiera ser la cintura” (Anónimo cit. en Curnutt 16). La creencia de que Stein está loca será un estigma difícil de borrar: como muestra una tira cómica recogida en Curnutt, en 1935 todavía se representa a Stein como perturbada (Curnutt 265).

Está claro que una parte de la crítica perdió la paciencia con el período experimental de Gertrude Stein (DeKoven 1983 xxi). Edmund Wilson, por ejemplo, cuyo estudio Axel’s Castle (1931) la había incluido al lado de otros “ilustres” modernistas como Yeats o Joyce, apreciaba Three Lives pero afirmaba en relación con sus piezas más experimentales: “[...] mucho de lo que Stein publica hoy en día es inteligible incluso para un lector predispuesto. Ella ha ido mucho más allá que los simbolistas al usar las palabras como meras sugestiones; de hecho, ha ido tan lejos que ya ni tan siquiera sugiere. Podemos ver las ondas expandiéndose en su conciencia, pero ya no obtenemos ninguna pista sobre qué tipo de objeto es el que ha quedado hundido en ellas [...] Muchos de nosotros tenemos cada vez más dudas sobre sus soporíferas retahílas de palabras, sus repeticiones interminables; muchos de nosotros la leemos cada vez menos. Sin embargo, y recordando especialmente sus primeros trabajos, la tenemos siempre presente en la formación de la literatura contemporánea” (17-18).

Stein había ido demasiado lejos para la crítica. Su escritura empezaba a ser tildada de ininteligible y ridícula y ella misma era acusada de ser un fraude, de vestir de literatura e intención lo que era mera escritura automática. La persistencia de las críticas negativas, del énfasis en lo que se consideraba una vida “excéntrica” y de las parodias fue quizás la razón por la cual —mucho antes de la publicación de The Autobiography— se empezó a gestar una reputación malentendida que en la práctica no se correspondía con el número real de lectores con que Stein contaba. Como explica Hobhouse, “para los escritores norteamericanos que se quedaron en Europa después de la guerra o bien fueron durante los años 20, aprovechando el cambio favorable del dólar, París era conocida, entre otras cosas, por ser la casa de Gertrude Stein. Su reputación era mucho mayor de lo que se podía haber deducido por los pocos libros conocidos en aquel entonces por el público estadounidense. A parte de Three Lives, que se había publicado en 1909, los Retratos de Picasso y Matisse, publicados en Camera Work, de Alfred Stieglitz, en 1912, y Tender Buttons, que apareció en una edición limitada en 1914, poco de su trabajo se conocía. Sin embargo, numerosas parodias de su escritura habían aparecido en revistas como Life y Vanity Fair y, junto con las piezas cortas publicadas en dichas revistas, contribuyeron a crear una reputación importante aunque difícilmente entendida” (96-97). Stein se convertió en “[...] la escritora más conocida y menos leída de la literatura americana” (Kellner 1988 1), de forma similar a lo que sucedió con Freud y Einstein: la gente conocía sus teorías, aunque eran pocos quienes realmente los habían leído. Este fue un aspecto que preocupó a Stein, quien siempre se consideró una escritora por vocación.

A pesar de las críticas, a lo largo de su vida Stein contó con fieles defensores que se encargaron de señalar la revolución en el lenguaje que estaba llevando a cabo. Como afirma DeKoven, “muchos de sus contemporáneos entendieron perfectamente lo que Stein estaba haciendo y reconocieron su importancia” (1996: 470). Escritores como Sherwood Anderson, Richard Wright, Ernest Hemingway, William Carlos Williams o Thornton Wilder alabaron esa revolución en el lenguaje y reconocieron la influencia que Stein había ejercido en ellos. Cocteau, por ejemplo, afirmó: “Puedo percibir su ritmo, incluso en traducción, tiene el métier poétique. Su ‘Portrait of Picasso’ es como un bajorrelieve. Me encuentro tocándolo como si fuera arte plástico. Su escritura fue la primera que me pareció que era algo nuevo en inglés” (cit. en Curnutt 34).

Hacia el reconocimiento académico

Los inicios de una defensa académica de la escritura de Stein datan de la década de los 50, cuando se publican algunos de los primeros estudios críticos, así como biografías que analizan la figura de la escritora. Sin embargo, y de manera paradójica, estos mismos años determinarán la invisibilidad de Stein, puesto que coinciden con el advenimiento del New Criticism y la consiguiente fijación de un canon modernista que la excluye (DeKoven 1996 470).

Aunque Stein había sido alineada con escritores vanguardistas como Yeats, Valéry, Eliot, Proust y Joyce en el ensayo de Edmund Wilson —Axel’s Castle (1931)—, DeKoven argumenta que, paradójicamente, la marginalización de Stein como escritora modernista se debe en gran medida al texto de Wilson. DeKoven realiza un análisis de los términos usados por este crítico para afirmar que él fue el iniciador de una de las percepciones más comúnmente asociadas a Gertrude Stein: su escritura fue importante como influencia en la obra de otros escritores, pero no por tener valor en sí misma.

Paralelamente, justo después de la muerte de Stein en 1946, se sientan las bases para el estudio riguroso de su obra y de su vida. Coinciden aquí dos hechos relevantes: por un lado, Van Vechten y Alice B. Toklas trabajan para que algunos de los manuscritos inéditos de Stein sean publicados, objetivo que conseguirán entre 1951 y 1958 en los ocho volúmenes que conforman The Yale Edition of the Unpublished Writings of Gertrude Stein; por otro, la Universidad de Yale se convierte en depositaria del material biográfico que la autora donó antes de morir y que fue completado con las aportaciones de Carl Van Vechten. Ambas acciones sentaron las bases para un estudio sistematizado de la extensa producción de Stein. De esta manera, la posibilidad de consultar la obra completa y la multitud de materiales que se hallan en Yale propician la aparición de las primeras biografías: Elizabeth Sprigge publica Gertrude Stein: Her Life and Work en 1957 y Richard Brinnin escribe The Third Rose: Gertrude Stein and her World en 1959.

Como explica Mellow, estas son biografías realizadas en vida de Alice B. Toklas y cuentan con su ayuda para esclarecer detalles sobre la biografía de la escritora, aspectos que al mismo tiempo obligan a los biógrafos a ser discretos en relación con su sexualidad (564). Brinnin, por ejemplo, se refiere a Alice como “la amiga” de Stein y, en general, se elude cualquier referencia explícita a la existencia de una relación sexual o amorosa entre ambas. Aparte del tabú que podía representar referirse abiertamente a una relación homosexual en la década de los 50, en plena homofobia de los años McCarthy, las biografías respetaron el trato que la pareja había otorgado al tema, al menos públicamente. De hecho, la discreción con que Stein y Toklas vivieron su relación tanto en sus apariciones en público como en sus textos autobiográficos ha sido motivo de debate en la crítica moderna. Catharine Stimpson, por ejemplo, habla de “la mentira lesbiana”, pero al mismo tiempo ha reconocido que dicha “mentira” fue necesaria para crear una “buena” imagen pública de Stein con la finalidad de no incomodar al público de The Autobiography (2000: 310). A menudo, este silencio público ha llevado a la acusación de que Stein fue una persona poco comprometida políticamente. Es cierto que ni ella ni Toklas hicieron causa política de su homosexualidad y, efectivamente, Stein no se refirió nunca a ello en sus autobiografías de forma explícita. Solamente en textos como A Moveable Feast de Hemingway o en las memorias de Samuel M. Steward aparecen supuestos comentarios de Stein sobre el tema.

Aunque los comentarios explícitos sean escasos, resulta perceptible en muchos de los textos de Stein una clara celebración de su amor por Alice. Si en las autobiografías Stein se muestra reticente al hablar de su relación amorosa, en textos como “Ada” —el nombre que Stein utilizará para referirse a Alice en numerosos textos— o “Lifting Belly” Stein hace explícito su deseo y amor por su pareja. En “Ada”, escrito en 1912, el período inmediatamente posterior al traslado de Alice a la rue de Fleurus, y por lo tanto perteneciente a lo que Benstock ha calificado como su primer período erótico (163), abundan las referencias a esta y a la sexualidad de ambas y el texto se convierte en una completa declaración de amor.

El poema “Lifting Belly” es también un buen ejemplo de la relación entre las dos mujeres: escrito en 1919, es una clara reivindicación de la intimidad de ambas en el refugio del hogar y la cotidianeidad, con versos que en algunos pasajes parecen recordar el intercambio de una conversación: “[l]ifting belly is delightful. / Lifting belly is so high. / To-day. / Yes to-day. / Do you think that said yesterday. / Yes to-day” (415) o que en otros casos explicitan claramente el contacto físico entre ambas: “[k]iss my lips. She did./ Kiss my lips again she did./ Kiss my lips over and over and over again she did” (ibíd. 425).

La crítica moderna ha profundizado en la relación entre la orientación sexual y la escritura de Stein y muchos de sus textos han sido interpretados como codificaciones de un deseo lésbico. Richard Bridgman, en uno de los estudios de referencia dentro del campo de la crítica steiniana, Gertrude Stein in Pieces (1970), argumenta que la experimentación de Stein tiene su origen en la voluntad de esconder su homosexualidad, tesis que DeKoven ha denominado “enfoque psicobiográfico” (1983: xxii). Como ha puntualizado DeKoven, “[Bridgman] identifica el origen de la experimentación en la patología en vez de la voluntad. Ve en la evasión culpable de la sexualidad lesbiana el origen de la opacidad y la indeterminación de su escritura experimental. Bridgman logra demostrar, más allá de cualquier duda posible, que Stein estaba torturada por la culpa y la confusión sobre su sexualidad [...], y que existe mucho material sexual escondido o codificado en toda su obra. Pero al explicar la naturaleza de su escritura como una evasión del sentimiento de culpa sobre su sexualidad, Bridgman parece infravalorar el radicalismo vanguardista que también propulsó la carrera de Stein” (ibíd. xxiii).

De igual opinión es Benstock, quien observa en la homosexualidad de Stein un motivo de celebración y no, como Bridgman, una causa de tormento (Benstock 175-76). Chessman, en cambio, vincula de una forma mucho más directa la homosexualidad de Stein con su estilo cuando afirma que: “[…] es posible establecer una conexión mucho más positiva: su condición de lesbiana la posicionó fuera del centro, en los márgenes, y de esta manera se convirtió en un elemento determinante para permitirle crear un arte cada vez menos convencional” (489). En la misma línea que Bridgman, Faderman interpreta el estilo de Stein como una acción consciente de autocensura, derivada de la imposibilidad de referirse abiertamente a las relaciones entre mujeres (399). Desde este punto de vista, y asumiendo que la obra de Stein esconde el deseo por Toklas, esta aproximación defiende que cuanta más información biográfica se tenga al respecto, mejor podrán descifrarse los textos (ibíd. 402).

El argumento de que Stein disfrazó su amor y su relación con Alice en términos heterosexuales ha sido también defendido por otros autores. Benstock, por ejemplo, señala que, de entre las mujeres lesbianas que compartieron los principios del siglo XX en la margen izquierda del Sena, solamente Natalie Barnie hizo causa pública de su homosexualidad, mientras que Stein y Toklas “[...] formaron una unión longeva que en muchas maneras se asemejaba a una unión heterosexual, [...] coincidiendo así con las convenciones de su educación de clase social medio-alta” (10). Dicho concepto de modelo heterosexual que —según Benstock— Toklas y Stein copiaban es, de hecho, un modelo patriarcal en el que Stein desempeñaba el papel de marido o de hombre dominante: “Los roles establecidos que Gertrude y Alice desempeñaban indican que el modelo de su matrimonio era paternal y heterosexual, duplicando los patrones de autoridad y sumisión que podían hallarse, por ejemplo, en los de los padres de la propia Stein (el marido dominante y la esposa sumisa) o bien en la estructura de poder en su relación con su hermano Leo” (166).

Asimismo, Benstock sostiene que dicho modelo hallaba traducción en el uso de pronombres masculinos en la escritura de Stein para referirse a sí misma, hecho que muestra que “Stein percibía la escritura como una actividad masculina [...], viendo a la vez a los escritores modernistas como sus únicos competidores” (ibíd. 12). Si bien es cierto que Stein utiliza en numerosas ocasiones el pronombre masculino de la manera que describe Benstock, en otras ocasiones recalca que es una mujer —ella— la que está creando el siglo XX con su literatura y, en textos como The Autobiography, por ejemplo, afirma: “The young often when they have learnt all they can learn accuse her of an inordinate pride. She says yes of course. She realises that in English literature in her time she is the only one. She has always known it and now she says it” (72).

El uso de información biográfica no se ha limitado a la interpretación de sus textos desde la perspectiva teórica de su homosexualidad, sino que se ha considerado como una oportunidad de recuperar un referente externo en textos que en multitud de ocasiones llegan a poner en tela de juicio abiertamente la función referencial del lenguaje y, por lo tanto, no proveen un contexto reconocible. La cuestión de si utilizar o no los elementos biográficos como claves interpretativas ha sido y todavía es objeto de un debate que, a menudo, se ha enriquecido con nuevas publicaciones que ahondan en aspectos todavía no examinados de los materiales catalogados en la Universidad de Yale.

Si bien esta propuesta no deja de ser controvertida en una época pos-barthiana, es cierto que quizás una lectura de Stein que tenga en cuenta aspectos biográficos enriquezca —sin sustituir otros enfoques teóricos— la apreciación de sus textos literarios. Existe una clara declaración de Stein al respecto en las memorias que escribe Steward: “I am always a part of the picture as a writer. Nowadays everyone pretends nobody wrote the book a reader is reading, that they are all written while an author is doing something else. All the other writers do this thing. But someone wrote it so why pretend. All writing is necessarily or partly autobiographical so why pretend” (25). Además, podemos contrastar este testimonio con la apreciación de Alice en What is Remembered, donde esta rememora la inclusión de personajes y situaciones reales en los textos de Stein: “[d]oing the typing of The Making of Americans was a very happy time for me. Gertrude talked over her work of the day, which I typed the following morning. Frequently these were the characters or incidents of the previous day. It was like living history” (54).

De hecho, el tipo de crítica que inició el estudio de la figura de Stein en la década de los 50 utilizó elementos biográficos como claves explicativas de los textos, aunando así la información biográfica con el análisis literario. Uno de los estudios pioneros en este sentido es el de Donald Sutherland, Gertrude Stein: A Biography of her Work, considerado el primer trabajo exhaustivo sobre la obra de Stein (Kellner 1977). Publicado en 1951, el estudio de Sutherland revela las influencias de William James y Hugo Münsterberg en la obra de Stein y describe su escritura como un acto consciente, en oposición a las acusaciones de escritura automática (1-3). Como buen amigo que fue de la escritora, Sutherland proporciona información biográfica de primera mano que complementa la lectura de los textos.

Es evidente que la sexualidad y otros aspectos biográficos están presentes en la obra de Stein de una manera más o menos obvia y es indudable que en muchos de sus textos Stein hizo de lo cotidiano material literario. Quizás sea esta una de sus mayores cualidades como escritora.2 En efecto, enlazando con una tradición estadounidense que halló en Walt Whitman uno de los más grandes valedores de la sacralización de lo cotidiano, la escritura de Stein es igualmente subversiva. Como señala Bonnie Marranca en relación con su teatro, “una de las innovaciones dramáticas más significativas en el teatro de Stein fue la incorporación de la vida cotidiana en su proceso de escritura, aunando de esta manera el tiempo documental y el dramático, así como introduciendo un nuevo efoque narrativo a la autobiografía y lo personal en el teatro” (1995: xiv).

Stein se inspiró literalmente en la vida cotidiana y una de las anécdotas más curiosas de su biografía fue su capacidad de encontrar, como veremos, el tema de una conferencia mientras veía cómo su Ford era reparado, o de determinar la diferencia entre las frases y los párrafos mientras observaba a su perro Basket beber agua. Como afirma Sutherland, “[…] sus recursos principales estaban directamente extraídos de la vida, no de las otras artes [...] Era capaz de encontrar un principio de composición en cualquier cosa que se cruzara en su camino” (126-27). Una muestra de ello fue su respuesta a la pregunta sobre el origen del famoso verso de Four Saints “Pigeons on the grass alas”:

That is simple I was walking in the gardens of the Luxembourg in Paris it was the end of summer the grass was yellow I was sorry that it was the end of summer and and I saw the big fat pigeons in the yellow grass and I said to myself, pigeons on the yellow grass, alas, and I kept on writing pigeons on the grass, alas, short longer grass short longer longer shorter yellow grass pigeons large pigeons on the shorter longer yellow grass, alas pigeons on the grass, and I kept on writing until I had emptied myself of the emotion. If a mother is full of her emotion toward a child in the bath the mother will talk and talk and talk until the emotion is over and that’s the way a writer is about emotion. (cit. en Watts 96)

Sin embargo, interpretar la escritura de Stein desde la biografía como único punto de vista puede restar importancia a la decisión consciente de la autora de crear un estilo experimental (DeKoven 1983 xxiii), aspecto que ha prevalecido en los enfoques críticos más recientes.

Las últimas décadas del siglo XX vieron una proliferación de los estudios serios y respetuosos sobre la obra de Stein desde múltiples perspectivas teóricas: “[...] el principio de un renacimiento en los estudios steinianos” (DeKoven 1996 472) o lo que Curnutt ha denominado “la industria Gertrude” (5). En definitiva, Stein pasó de ser una figura marginal a convertirse en una autora crucial (DeKoven 1996 473). El volumen especial de Modern Fiction Studies que se publicó en conmemoración del cincuenta aniversario de la muerte de la autora, en 1996, así lo hacía patente. DeKoven, por ejemplo, afirmaba en él que “ya no es necesario defender la importancia de Stein, ya no necesitamos ubicarla en relación con ideas críticas o con el siglo XX. Tal y como ha sucedido con Virginia Woolf, Stein se ha convertido en una figura de enorme potencial” (ibíd. 469). Después de décadas en las que Stein había sido sistemáticamente relegada a un segundo plano o sencillamente ignorada, llegaba el momento en que su importancia estaba fuera de toda duda. Se había superado así el largo período durante el cual el desdeño indiscriminado había dominado a una parte de la crítica. Como ella misma afirmó en Everybody’s Autobiography, “My writing is as clear as mud, but mud settles and clear streams run on and disappear [...]” (126), y tal creencia le ha dado la razón del tiempo: hoy en día, sus textos y los estudios sobre su obra se siguen reeditando.

El gran momento de valoración de Stein llegó en las décadas de los 70 y 80. Como afirma DeKoven, “estudios críticos, respetuosos y serios, escritos desde una variedad de perspectivas y puntos de vista proliferaron en los 70 y los 80, dotando así al estudio de sus textos de una sólida base” (ibíd. 472-3). No es de extrañar que Stein haya resultado objeto de estudio de diferentes posiciones teóricas, puesto que estas han señalado nuevos caminos y han incorporado un vocabulario nuevo para analizar una escritura que parece estar, de por sí, desconstruida (Chessman 488). De hecho, como explica Pladott en relación con el teatro de Stein, sus textos no son solo un replanteamiento de la forma dramática en sí misma sino que anticipan los métodos críticos de la desconstrucción:”Los textos dramáticos de Stein anticipan la terminología desconstructiva y los métodos de Jacques Derrida y Michel Foucault, porque Stein voluntariamente perturbó todas las estructuras o sistemas que presuponen la existencia de un significado estable o intrínseco, incluida su propia escritura. Las óperas y los textos dramáticos muestran una escritura que es consciente de su propia provisionalidad es decir, de su propia contingencia, de estar sous rature (bajo tachadura), en palabras de Derrida” (113).

Esta cualidad de la escritura de Stein ha sido todo un reto en cuanto a los hábitos de lectura. Como afirma Berry, “aprender a leer la producción tan rica y variada de Stein es uno de los grandes retos del siglo XX, al menos en parte porque nuestras estructuras interpretativas han tenido que ponerse al nivel de sus innovaciones radicales” (1). Quizás esta proliferación de interpretaciones, junto con la peculiaridad de su escritura, ha motivado que Stein sea analizada, a veces, de manera contradictoria. Tal y como explica Berry, Stein se ha entendido como una escritora con unos objetivos claramente conscientes (Steiner), como una escritora que improvisa y que escribió miles de páginas de material inconnexo (Bridgman), como una cubista literaria (Brinnin, Dubnick, Steiner, Walker), como una escritora metafísica (Stewart, Sutherland), como una escritora que destruye la tradición logocéntrica (Benstock); como la primera modernista (Kostelanetz), como una modernista lesbiana (Stimpson, Fifer) (2-3).

Dentro de las posibilidades de interpretación que la escritura de Stein ofrece, este estudio vincula la poética teatral steiniana con el posmodernismo literario. Si bien a menudo la obra de Stein se califica de posmoderna de una manera general, hay pocos estudios que se centren exclusivamente en esa cualidad. En este sentido, el de Berry (1991) fue pionero al señalar los puntos de conexión entre la ficción de Stein y el posmodernismo literario. En el campo del teatro, no ha habido todavía un estudio equiparable al de Berry y la explicación quizás no se halle solamente en el lugar secundario que la producción dramática de Stein ha ocupado en el conjunto de su obra, sino también en un retraso metodológico en los estudios de teatro que ha ocasionado que este género esté muy poco tratado en la crítica posmoderna. Sin embargo, la voluntad desnaturalizadora que se desprende de la poética teatral steiniana es afín al interés por cuestionar los mecanismos de la representación en el posmodernismo literario.

1 Alfred Stieglitz fue el primero en publicar dos de los retratos de Stein -“Matisse” y “Picasso”- en su revista Camera Work en 1912. Con posterioridad, publicó también por primera vez un fragmento de una de las obras de teatro escritas por Stein en 1913, con el enigmático título de IIIIIIIIII, que apareció en el catálogo de la exhibición sobre la obra del pintor americano Marsden Hartley (Mellow 229).

2 Resulta significativo que De Marinis se refiera al teatro creado por Foreman, Wilson y The Living Theatre —todos ellos influenciados, como veremos, por el pensamiento estético steiniano— como “teatro de la cotidianidad” (332-33).

Gertrude Stein como dramaturga

We once more returned to a changed Paris. We were restless. Gertrude Stein began to work very hard, it was at this time that she wrote her Accents in Alsace and other political plays, the last plays in Geography and Plays.

Gertrude Stein, The Autobiography 179-79

There is no sense of ever coming to an end in Stein. Reading her is like wandering the Grand Canyon, trying to search a way out only to become drawn back into it, continually absorbed by the pleasure of tracing the endless diverging lines impressed upon constantly transforming surfaces, and at every turn discovering winding, wider pathways leading to ever more mysterious corridors of experience. Her work has the grandeur of the inexhaustible, the self-sufficiency of nature, a resistance to being known given only to special things.

Marranca 1995 xxvii

Sostener que Gertrude Stein ha sido una de las dramaturgas y teóricas más influyentes en el teatro estadounidense del siglo XX puede parecer arriesgado. Sin embargo, su concepción dramática cambió el rumbo del teatro estadounidense. Stein escribió casi un centenar de obras de teatro entre 1913 y 1946 —el año de su muerte—, al mismo tiempo que definió una poética teatral que anticipó las prácticas de grupos como The Living Theatre o directores como Richard Foreman y Robert Wilson, auténticos renovadores de la escena estadounidense en la segunda mitad del siglo XX.

A pesar de la rotunda renovación teatral que Stein llevó a cabo en su producción dramática, ha sido habitual tildar la escritura de Stein de “ininteligible” y calificar su teatro de “irrepresentable”. Las particularidades de su estética teatral, que especialmente en la etapa inicial se despoja de elementos tradicionalmente identificados como pertenecientes al género dramático —los personajes, el diálogo o, incluso, el argumento—, han dividido a la crítica. Como explica Ryan, “una parte de los estudiosos del teatro de Stein concluyen de manera inevitable que, aunque Stein era una persona interesante, podía haberse ahorrado sus creaciones idiosincráticas” (3). Como veremos, tal idiosincrasia influenció a parte de la generación teatral que redefinió el teatro en Estados Unidos a partir de los años 50.

Es cierto que su teatro a menudo prescinde de elementos dramáticos considerados “tradicionales”, pero Ryan demuestra que algunas de sus obras llegaron a representarse en vida de la autora: Capital Capitals (1929); Four Saints in Three Acts (1934), Identity A Poem (1936), A Wedding Bouquet (They Must. Be Wedded. To Their Wife. A Play, en versión ballet) (1937), The Gertrude Stein First Reader and Three Plays (Lesson 16, In a Garden, Look and Long, Three Sisters who are not Sisters and other non-plays) (1943) y por último, Yes is For a Very Young Man (1946) (Hobhouse 131; Ryan 165-67).1

Si bien las obras que se llevaron a escena representan una mínima parte de su producción, la influencia que Stein ha tenido en el desarrollo de las artes en Estados Unidos ha sido en extremo significativa. En 1995, Bonnie Marranca ensalzó la figura de Stein como la “gran mente modernista” de Estados Unidos, por la influencia determinante de Stein en generaciones posteriores de artistas experimentales en los ámbitos del teatro, la música, la danza, la poesía, la pintura o la ficción, una influencia que Marranca calificaba de “presencia visionaria” en la creación de una estética que sirvió de puente entre el modernism y la literatura experimental de la posguerra (Marranca 1995 XXI). En este sentido, Marranca argumentaba que si bien la estética literaria de Stein se desarrolló en gran medida a partir de sus observaciones sobre la pintura, los nuevos desarrollos en el arte de la performance y del teatro experimental partieron de los presupuestos estéticos formulados por Stein.

A partir de los años 50 el teatro de la autora se convirtió en un referente fundamental para grupos teatrales y artistas interesados en la dimensión visual del teatro, al mismo tiempo que ayudaba a sentar las bases para crear una nueva estética alejada del realismo psicológico que dominó los escenarios durante la primera mitad del siglo en Estados Unidos (Bowers 130).

The Living Theatre puso de manifiesto la relevancia de Stein cuando, en agosto de 1951, Julian Beck y Judith Malina inauguraron formalmente el grupo en el salón de su piso de la West End Avenue. Las obras escogidas para el evento fueron Childish Jokes de Paul Goodman, Ladies’ Voices de Gertrude Stein, He Who Says Yes and He Who Says No de Bertolt Brecht y The Dialogue of the Mannequin and the Young Man de Federico García Lorca (Aronson 52). Cuatro meses después, el 2 de diciembre, Beck y Malina escogieron de nuevo a Gertrude Stein para inaugurar el Cherry Lane Theatre en el Greenwich Village con Doctor Faustus Lights the Lights, producción dirigida por la misma Malina (ibíd.).2 Julian Beck enfatizaría con posterioridad la importancia de la concepción dramática de Stein para el grupo: “[i]t was like a manifesto and would always stand at the head of our work saying take the clue from this” (cit. en Bowers 1991 130). En efecto, como señala Tytell, una de las prioridades para el Living Theatre tal y como Malina y Beck lo diseñaron desde su origen era la misión de promover el teatro poético. Desde el principio, dicho aspecto implicó el sacrificio de los elementos tradicionales del drama realista con el fin de enfatizar el lenguaje. De esta manera, la primera producción de Doctor Faustus Lights the Lights en el Cherry Lane se situó claramente en esta voluntad estética (76).

De hecho, Beck se había sentido atraído hacia Stein desde antes de la fundación del grupo. Sin duda, es significativo que la que se considera la primera compañía teatral de vanguardia en Estados Unidos (Aronson 48) optara por Gertrude Stein para inaugurar su andadura y hacer una declaración de principios; la elección respondía a las claras afinidades que existían entre el corpus teatral y teórico de Gertrude Stein y los acontecimientos escénicos que tuvieron lugar en las décadas de los 50 y los 60 en Estados Unidos.

Esta declaración de principios se enfatizó en los años 60, cuando Julian Beck y Judith Malina resumieron los objetivos artísticos del Living Theatre afirmando que la intención del grupo era “aumentar la conciencia, enfatizar la vida como algo sagrado, derribar las paredes” (cit. en Roudané 1). Estas palabras, como afirma Roudané, fueron más que un simple manifiesto a favor de un teatro militante y artaudiano: fueron la pauta que guiaría el teatro estadounidense a partir de entonces (2-3). Quizás por esta razón resulta tan significativo que Stein fuera una dramaturga central en la concepción artística del Living Theatre, dado que, si seguimos el silogismo de Roudané, Stein no solo influyó en esta compañía sino también en toda una generación que tomó el camino abierto por el grupo.

Stein estaba poniendo en práctica conceptos que el posmodernismo identificaría como propios mucho antes de que los términos “antiilusionismo” o “autorreferencialidad” entraran en el vocabulario habitual de la crítica posmoderna. Asimismo, que Stein encontrara sus primeros defensores entre los dedicados a la práctica teatral confirma la concepción de la autora de su escritura dramática como un hecho “teatral”. Paradójicamente, ese teatro que a menudo se ha calificado como irrepresentable —y que por tanto ha sido relegado a la categoría de escritura dramática cuando ha sido analizado— obtuvo su mayor reconocimiento en los escenarios: los textos de Stein siguen representándose; como veremos, su teatro es “teatro” en toda su dimensión y así es como Stein lo concibió. Al mismo tiempo que The Living Theatre montaba las obras de Stein, el Brattle Theatre de Cambridge, que incluía entre sus miembros a John Ashbery y Frank O’Hara, llevó también a escena algunos de los textos de la autora (Marranca 1995 XXII). En aquellos tiempos, quienes constituyeron el primer público para Stein fueron los grupos de artistas visuales, poetas y performers que más tarde definirían la vanguardia artística de los años 50 y 60; en concreto fueron los y las participantes del grupo que se conocería como la New York School. Todos ellos conocían los textos de Stein por libros y revistas que provenían de circuitos alternativos, ya que mientras la producción artística de Stein se ignoraba por completo en los teatros comerciales, esta se representaba casi exclusivamente en los teatros del Off-Broadway y en los teatros universitarios (ibíd.)

En la historia de la representación del teatro steiniano, The Judson Poets’ Theater fue otra de las compañías emblemáticas que, en décadas posteriores, llevaron a escena numerosas obras de Stein.3 Tal y como afirma Ryan, la asociación de esta compañía con su teatro ha sido quizás la más innovadora y la más extensa de todas. El grupo, dirigido por Lawrence Kornfeld, siempre utilizó el formato del musical con composiciones de Al Carmines. En 1963 montó What Happened con algunos de los miembros del Judson Dance Theatre —Lucinda Childs, Yvonne Rainer, Aileen Passloff y Arlene Rothlein— bajo la dirección de Lawrence Kornfeld y con música de Carmines (Marranca 1995 XXII). En 1964, Kornfeld recibió un Obie Award por su dirección de ese montaje y Susan Sontag afirmó que la producción había sido lo más cercano al “teatro de la crueldad”4 que existía en aquellos momentos (Ryan 141). Con posterioridad, Kornfeld, quien a lo largo de su carrera llevó a escena once textos de Stein en diecinueve ocasiones, rindió tributo a la escritora en time-sense, la revista electrónica exclusivamente dedicada a la obra de Stein: “Me gusta la idea de mi relación con Stein, ya que soy un director y no un teórico interesado en su contribución a los etcéteras posmodernos. Stein fue una escritora fenomenal, una poeta delicada, una fuerza visible en la literatura contemporánea y una voz potente para mujeres y hombres. Se metió en mi vida como algo que yo no acababa de entender, pero a la vez quería llevar sus textos a escena porque no me gustaba no entender algo. Con posterioridad, la entendí porque me dio palabras que escenificaban mis propias visiones interiores. Me liberó de lo literal: Es la madre de todos nosotros”.

Como explica Marranca, una década después, What Happened se incluyó en el Off Off Broadway Book, una antología de trabajos de los escritores más influyentes de la década de los 60 (1995: xxii), y en 1967 In Circles fue llevada al Cherry Lane Theatre, donde The Judson Poets’ Theatre la representó hasta 222 veces; con posterioridad la obra estuvo en cartel durante 56 noches en el Gramercy Arts Theatre (Ryan 141). Según Marranca, el trabajo de Stein tenía una afinidad natural con la estética de los 60 por su énfasis en el proceso y en la repetición, su compromiso con la idea de lo cotidiano, la fascinación de los objetos, la insistencia en la presencia y la experimentación con los nuevos vocabularios artísticos de todas las artes (1995: xxiii). En este sentido, Stein debe situarse junto a la contribución de artistas como Cage, cuya influencia y cuya aportación al desarrollo de la vanguardia estadounidense han sido plenamente reconocidas y claramente establecidas, ya que ambos fueron los progenitores de la vanguardia de la segunda mitad del siglo XX. Así, Stein hizo por la vanguardia teatral lo que Cage hizo por la musical: repensar completamente los mecanismos artísticos, la composición o la recepción de la audiencia. Ambos son figuras marginales en sus respectivos ámbitos en la medida en que se sitúan fuera de los cánones de la cultura oficial, y aunque sus obras originales no sean siempre bien conocidas, la circulación de ideas que generaron continúa siendo un claro punto de origen para la renovación de las artes en Estados Unidos (ibíd.). De hecho, tal afinidad se sitúa más allá de un plano teórico, puesto que John Cage compuso diferentes piezas para textos de Stein en los años 30.

En la década de los 70, Stein encontró nuevos herederos para su legado en los directores y creadores Richard Foreman y Robert Wilson, quienes hicieron de ella una fuente de inspiración necesaria para entender sus respectivos universos artísticos. Aunque las creaciones de ambos se separan en algunos aspectos del teatro de Stein también es cierto que éstas dependen de muchas de las técnicas que Stein desarrolló en su teatro desde 1913 y les dan continuidad (146).

En el caso de Foreman, Stein ha sido una influencia reconocida por el propio artista; de hecho, la definición de su “ontological-hysteric theatre” —el rechazo a las estructuras narrativas que se centran en un conflicto que él mismo define como “la ciencia de ser o la realidad; la rama de conocimiento que investiga la naturaleza, las propiedades esenciales del ser” (cit. en Davy ix)— se sustenta en una concepción parecida a la de Stein (Ryan 147). Como ella, Foreman se centra en el “momento a momento” y consigue la misma estaticidad inherente al concepto de paisaje.5 De hecho, Marranca argumenta que la afinidad más certera entre Stein y Foreman, quienes constituyen las figuras más filosóficas sobre la estética teatral, es la importancia que ambos otorgan a la percepción como teama artístico, así como a la relevancia de la emoción en el contexto de la experiencia teatral (1995: xxv). Foreman rindió tributo a Stein en su Ontological-Hysteric Manifesto II (July, 1974) cuando afirmó que la historia del teatro se divide en un antes y un después de Gertrude Stein. En sus propias palabras:

SEEING of it (in each moment—not needing the time-lag-linked ‘thinking.’ Gertrude stein says the problem with theatre has always been the spectator is either a little before or after his own time in watching, not exactly matching the play’s time. That’s because pre-steinian theatre didn’t have the technique required to make the richness and density be IN the moment, but always asked the spectator to THINK the implications of the presented moment in terms of the past and future moment. Replacing narrative with process-concerns is a way of dealing with this problem.). (145-46)

La presencia de Stein en la concepción teatral contemporánea se refleja asimismo claramente en la trayectoria de Robert Wilson, quien, desde sus inicios como actor y director en los años 60, ha montado algunas de las obras de Stein — Doctor Faustus Lights the Lights o Saints and Singing— y cuyas producciones se han convertido en espectáculos de referencia en el universo steiniano.6 Como él mismo afirma, fue a principios de los años 60 cuando empezó a conocer el trabajo de Gertrude Stein y también tuvo la oportunidad de escuchar grabaciones con las lecturas de sus textos. Tales experiencias transformaron por completo su manera de pensar al crear un espacio mental que era foráneo a la vez que bastante familiar. Wilson sintió que se establecía un diálogo creativo con Stein, sobre todo en relación con la concepción de una obra teatral como paisaje (1996).

La influencia de la estética de Stein también puede apreciarse en épocas más recientes en compañías como The Wooster Group, The Mabou Mines, The Performance Group o Soon 3 y artistas como Trisha Browns, Meredith Monk o Lucinda Childs (Ryan 153). La lista de discusión STEIN-L, promovida por “tenderbuttons: Gertrude Stein online” revela que algunos de los textos de Stein siguen siendo representados por compañías profesionales y por grupos de teatro universitarios. Así por ejemplo, The Gertrude Stein Repertory Theatre de Nueva York llevó The Making of Americans a escena en 2001 partiendo de la adaptación que Leon Katz hizo de esta obra para Lawrence Kornfeld y, en Australia, el St. Martins Youth Centre montó Doctor Faustus en 2002. Otros grupos de teatro independientes siguen viendo en Stein una inspiración para el teatro experimental y alternativo.

En Cataluña, la Associació d’Investigació i Experimentació Teatral (AIET), fundada por el director Dr. Ricard Salvat, llevó a escena un texto de Gertrude Stein por primera vez en España. Dirigida por el Dr. Pedro Gurrola, El doctor Faustus encén els llums se presentó en el teatro Artenbrut y en el festival Grec de Barcelona en el apartado de teatro universitario en el año 2000. Con posterioridad —en los meses de enero y febrero de 2003— el director Josep Costa montó en el teatro Artenbrut Gertrude Stein i una senyoreta de companyia, el texto de Will Wenders que recogía la expresión de Hemingway en su título y recreaba la vida de la pareja mostrando a la Stein más extrovertida y social, dejando en un segundo plano su escritura.

Éstas son solo algunas pruebas de que el universo estético de Stein sigue inspirando a diferentes generaciones de artistas y de que, como afirmaba Lawrence Kornfeld, la autora podría llegar a considerarse como “the mother of us all” del teatro experimental y vanguardista de finales del siglo XX y principios del XXI.

Redefinición de la vanguardia artística en Estados Unidos

El hecho de considerar a Stein parte fundacional de la vanguardia artística que floreció en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX lleva a redefinir la historia de esta misma vanguardia artística. Así, si generalmente se toma la década de los 50 como punto de partida para dicha vanguardia, quizás se pueda reconsiderar tal fecha y afirmar que el teatro de Stein es un claro ejemplo de vanguardia artística estadounidense que mantiene nexos de unión con la vanguardia artística europea. Asimismo, utilizo el concepto estadounidense no en un sentido geográfico —Stein escribió, como hemos visto, en París— sino tal y como la escritora lo sintió. Stein, podrá apreciarse en el próximo capítulo, siempre definió su escritura como esencialmente americana.

Hablar de la vanguardia teatral es deslizarse por un terreno cronológica y geográficamente confuso. Tradicionalmente, la vanguardia artística en Estados Unidos se ha datado en la segunda mitad del siglo XX, mientras que en Europa se ha considerado que el cambio del siglo XIX al XX eran los años que la delimitaban. Cardullo, por ejemplo, en la introducción a la antología Theater of the Avant-Garde, 1890-1950, sitúa la vanguardia entre los años 1890 y 1950. Sin embargo, el mismo autor reconoce que este es un período que no está claramente establecido y que ha sido tradicionalmente obviado por la crítica. Como explica Cardullo en su introdución a Theater of the Avant-Garde, 1890-1950, los materiales recogidos tienen la intención de contribuir a una historia revisionista de la historia del drama moderno, ya que existe todavía la percepción de que el drama moderno evoluciona desde los textos realistas (aunque formalmente neoclásicos) de Ibsen y los textos naturalistas de Strindberg hacia los textos sustentados por el conflicto —social, politico y psicológico—, aunque a veces influenciados por “técnicas” heredadas de movimientos de vanguardia aberrantes (1). En este sentido, el autor sostiene que su antología intenta ofrecer una historia de la vanguardia teatral en sí misma, es decir, no solo como una serie de prácticas que influyeron en el teatro posterior (ibíd.). Asimismo, Cardullo constata la dificultad que entraña un estudio como el que presenta por el poco acceso a fuentes primarias y por el esparcimiento de materiales de algunas de las figuras más representativas (ibíd. 2).

Esta antología incluye, además de nombres habitualmente asociados a la vanguardia artística europea —Maeterlinck, Jarry, Kandinsky o Tzara—, a Gertrude Stein como representante estadounidense.7 Tal inclusión nos permite apreciar puntos de coincidencia entre el proyecto artístico de la autora y el de otros dramaturgos —exceptuándola a ella, todos los artistas que aparecen en la compilación son varones— aunque sorprenda la inclusión de Stein como ejemplo de “American Dada and Surrealism” (421), calificaciones que seguramente no serían del agrado de la autora, puesto que ella nunca se identificó con tales movimientos artísticos.

Tanto la inclusión de Stein como la inclusión de Estados Unidos en una antología sobre la vanguardia teatral son dos hechos altamente significativos: ni Gertrude Stein es una autora tradicionalmente considerada como perteneciente a la vanguardia que se sitúa a caballo de los siglos XIX y XX, ni Estados Unidos es un país asociado con la misma, puesto que todavía existe la común percepción de que el teatro estadounidense en el período de desarrollo de la vanguardia teatral europea se hallaba en estado embrionario.

Aronson, por ejemplo, en uno de los estudios más recientes sobre la vanguardia teatral en Estados Unidos, afirma que en aquel país solo podemos hablar de vanguardia teatral a partir de la segunda mitad del siglo XX: desde la mitad de la década de los años 50 hasta la mitad de la década de los 80 (1).8 En este sentido, la vanguardia teatral correspondería a lo que Aronson denomina el teatro elitista (xi). Este último es uno de los tres tipos de teatro que, según Aronson, históricamente han existido en las sociedades que han generado formas teatrales organizadas: el teatro de entretenimiento popular, el de entretenimiento burgués y el teatro elitista (x-xi). Según este autor, estos tres tipos estuvieron presentes en la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos pero fue el teatro elitista el que originó la vanguardia: “[t]he late twentieth-century United States contained all three forms: the popular theatre was subsumed by television; burgeois theatre existed on Broadway, Off Broadway, and to an extent in the movies; and the elitist theatre was represented by the avant-garde” (xi). De esta manera Aronson distingue y acota el término de “vanguardia” que, como él mismo afirma, se ha utilizado indiscriminadamente para referirse a todo aquel teatro que se aparta de las formas narrativas o psicológicas y que es estéticamente incómodo para los cánones teatrales occidentales tradicionales (ibíd.).

Desde este punto de vista, el teatro de vanguardia se define como un teatro intencionalmente provocativo, un teatro que supone “[…] an attack upon the established practices of mainstream culture and society” (ibíd. xi).9 El auge de la vanguardia que describe Aronson coincide además con el declive de la hegemonía de Broadway, tanto en popularidad como en términos económicos, puesto que la cantidad de público disminuye —la televisión resta espectadores al teatro— y, en consecuencia, el número de producciones por año también. Al mismo tiempo, el circuito Off-Broadway se erige como una alternativa mucho más barata y crece de forma imparable, dando cobijo a un sinnúmero de producciones teatrales de bajo presupuesto que abanderarán el teatro experimental estadounidense (Aronson 2) al mismo tiempo que, como afirma Salvat, supondrán todo un desafío a la vulgaridad de Broadway (483). Esta es la razón por la que, en aproximadamente dos décadas, la actividad teatral en los Estados Unidos creció como nunca antes lo había hecho, especialmente en Nueva York (Aronson 2). Fue en este período —desde la mitad de los 50 hasta mediados de los 80— cuando se instaló el concepto foráneo de vanguardia artística en los Estados Unidos, concepto que, según Aronson, era nuevo en el panorama teatral Americano: “[t]he concept of an avant-garde was something new in American theatre. The European theatre (and art, music, and literature) had experienced waves of avant-garde activity since the emergence of symbolism in the 1880s, but there was no equivalent in the United States” (ibíd. 2).

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.