Kitabı oku: «El último viaje»
El último viaje
Terry Brooks
LIBRO XI DE SHANNARA
Traducción de Cristina Riera
Colección Oz Nébula
Contenido
Página de créditos
Sinopsis de este libro
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Sobre el autor
Página de créditos
El último viaje
V.1: junio, 2021
Título original: Morgawr
© Terry Brooks, 2002
© de la traducción, Cristina Riera Carro, 2021
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021
Todos los derechos reservados.
Traducción publicada mediante acuerdo con Del Rey, sello de Random House, una división de Random House LLC.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Imágenes de cubierta: MoVille | Shutterstock - Ironika | Shutterstock
Publicado por Oz Editorial
C/ Aragó, nº 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@ozeditorial.com
www.ozeditorial.com
ISBN: 978-84-17525-56-9
THEMA: FM
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
El último viaje
Las fuerzas del bien y del mal se enfrentan en una épica batalla final
La lucha contra Ilse la Hechicera ha pasado factura a los héroes de las Cuatro Tierras. Ahora, su adversario más oscuro les pisa los talones: con una flota de aeronaves tripuladas por muertos vivientes, el poderoso hechicero Morgawr persigue a la Jerle Shannara para hacerse con los legendarios libros de magia y destruir a la discípula que lo traicionó, Ilse. La hechicera, prisionera de su propia mente, recurrirá al enorme poder de la espada de Shannara, pero las cosas no saldrán como había previsto, y el destino de las Cuatro Tierras se decidirá en una épica batalla entre las fuerzas del bien y del mal.
Regresa la saga del aclamado novelista Terry Brooks
«No sé cuántos libros de Terry Brooks he leído (y releído) en mi vida. Su obra fue importantísima en mi juventud.»
Patrick Rothfuss
«Un gran narrador, Terry Brooks crea epopeyas ricas llenas de misterio, magia y personajes memorables.»
Christopher Paolini
«Confirma el lugar de Terry Brooks a la cabeza del mundo de la fantasía.»
Philip Pullman
«Un viaje de fantasía maravilloso.»
Frank Herbert
«Shannara fue uno de mis mundos favoritos de la literatura cuando era joven.»
Karen Russell
«Si Tolkien es el abuelo de la fantasía moderna, Terry Brooks es su tío favorito.»
Peter V. Brett
Para Owen Lock,
por el consejo del editor, su amistad y las palabras tranquilizadoras cuando más necesarias eran.
1
La figura emergió de las tinieblas que se arremolinaban en el rincón con tanta rapidez que Sen Dunsidan casi se tropieza con ella antes de darse cuenta de que había aparecido. El corredor que conducía a su dormitorio estaba a oscuras y atestado de las sombras que trae consigo el anochecer: las lámparas de la pared tan solo proyectaban halos de luz diseminados de un resplandor borroso. La iluminación no lo ayudó en este momento, y el ministro de Defensa quedó atado de pies y manos: no pudo huir ni defenderse./p>
—Querría hablar con vos, si podéis, ministro.
El intruso iba cubierto con una capa y una capucha y aunque Sen Dunsidan evocó al instante a Ilse la Hechicera, sabía, sin lugar a duda, que no era ella. Se trataba de un hombre, no de una mujer (demasiado grande y fornido para ser otra cosa y la voz era áspera y masculina). No tenía la figura esbelta y pequeña de la bruja, así como tampoco poseía su voz fría y suave. Esta se había presentado ante él hacía tan solo una semana, antes de partir a bordo de la Fluvia Negra para perseguir al druida Walker y a su compañía rumbo a un destino desconocido. Ahora, este intruso, que iba encapuchado y cubierto como solía ir la jurguina, se le había aparecido del mismo modo: por la noche y sin anunciarse. Enseguida se preguntó qué relación habría entre ellos.
Disimulando la sorpresa y el ápice de miedo que le atenazó el pecho, Sen Dunsidan asintió.
—¿Y dónde querríais hacerlo?
—Vuestros aposentos servirán.
Hombre corpulento y robusto donde los hubiera y todavía en la flor de la vida, con todo, el ministro de Defensa se sentía empequeñecido en la presencia del otro. Iba más allá de una mera cuestión de envergadura, era una cuestión de presencia. El intruso exudaba una fuerza y una confianza que no solían hallarse en un hombre normal y corriente. Sen Dunsidan no le preguntó cómo había conseguido adentrarse en el complejo amurallado y sumamente vigilado. Tampoco le pidió cómo había logrado llegar hasta la planta superior de sus dependencias sin que ningún guardia diera la alarma. No tenía sentido interrogarlo. Se limitó a aceptar que el intruso era capaz de eso y de mucho más, así que hizo lo que le pedía. Se adelantó a él y le dedicó un asentimiento en señal de deferencia, abrió la puerta de su dormitorio y con un gesto, le indicó al otro que entrara.
Las luces de la estancia también estaban encendidas, aunque no proyectaban una luz más potente que las del pasillo y el intruso se metió en las sombras nada más entrar.
—Sentaos, ministro, os diré lo que quiero.
Sen Dunsidan se acomodó en una silla de respaldo alto y se cruzó de piernas. La sorpresa y el miedo se habían esfumado. Si el otro quisiera hacerle daño, no se habría molestado en anunciarse. Quería algo que el ministro de Defensa del Consejo de la Coalición de la Federación le podía ofrecer, así que no había motivo evidente de preocupación. Al menos, no de momento. La situación podía revertirse si no era capaz de proporcionar las respuestas que el intruso buscaba. Sin embargo, Sen Dunsidan era todo un experto en decir lo que los demás querían oír.
—¿Un poco de cerveza fría? —ofreció.
—Echaos un poco vos, ministro.
Sen Dunsidan titubeó, sorprendido por la insistencia que había detectado en el tono de voz del otro. Entonces, se levantó y se dirigió a la mesa que tenía junto a la cama, donde se encontraba la cubitera que contenía la jarra de cerveza y varios vasos. Se quedó de pie y miró la cerveza mientras se la servía. La larga melena de pelo plateado le caía por detrás de los hombros excepto por la trenza que llevaba encima de las orejas, como dictaba la moda del momento. No le gustaba la sensación que lo embargaba ahora: la incertidumbre había reemplazado su confianza. Sería mejor que fuera cauto con este hombre, que se anduviera con cuidado.
Regresó a su silla y volvió a repantigarse mientras tomaba sorbos de cerveza. Sus facciones marcadas se volvieron hacia la figura, una presencia apenas visible entre la penumbra.
—Debo pediros algo —dijo el intruso con suavidad.
Sen Dunsidan asintió e hizo un gesto amplio con una mano.
El intruso cambió ligeramente de posición.
—Tened cuidado, ministro. No tratéis de apaciguarme con promesas que no pensáis cumplir. No he venido a perder el tiempo con cretinos que pretenden despacharme con palabras vacías. Si percibo que me engañáis, os mataré y se acabó. ¿Lo entendéis?
Sen Dunsidan inspiró hondo para tranquilizarse.
—Lo entiendo.
El otro no añadió nada más durante unos segundos y luego emergió de la oscuridad hasta detenerse en el filo de la luz.
—Me llaman el Morgawr. Soy el mentor de Ilse la Hechicera.
—Ah. —El ministro de Defensa asintió. No se equivocaba con las similitudes que había detectado en su aspecto.
La figura encapuchada se acercó un poco más.
—Vos y yo estamos a punto de iniciar una colaboración, ministro. Una nueva asociación que sustituirá la que teníais con mi pupila. Ella ya no os necesita. No volverá a visitaros. Pero yo sí. Y a menudo.
—¿Lo sabe ella? —preguntó Dunsidan con un hilo de voz.
—No sabe ni la mitad de lo que se piensa. —El tono del otro era severo y bajo—. Ha optado por traicionarme y será castigada por su deslealtad. Yo mismo le administraré el castigo la próxima vez que la vea. Pero esto no debe importaros, excepto por la parte en la que debéis saber que no volveréis a verla. Durante todos estos años, yo he sido la fuerza que la impulsaba. Yo he sido quien le ha brindado el poder para forjar alianzas como la que había entablado con vos. Pero ha roto mi confianza y, por tanto, ya no tendrá mi protección. La bruja ya no me sirve de nada.
Sen Dunsidan tomó un trago largo de cerveza y dejó el vaso a un lado.
—Me perdonaréis, señor, si expreso un poco de escepticismo. A vos no os conozco, pero a ella sí. Sé de lo que es capaz. Sé qué les ocurre a los que la traicionan y no tengo ninguna intención de convertirme en uno de ellos.
—Tal vez sería mejor que me tuvierais miedo a mí. Yo soy quien está ahora ante vos.
—Tal vez. Pero la Dama Negra suele presentarse cuando menos se la espera. Traedme su cabeza y estaré más que dispuesto a negociar un nuevo acuerdo.
La figura encapuchada se rio levemente.
—Bien dicho, ministro. Ofrecéis la respuesta de un político a una exigencia elevada. Aun así, creo que debéis reconsiderarlo. Miradme.
Se llevó las manos a la capucha y la retiró para dejar su rostro al descubierto. Era el rostro de Ilse la Hechicera, joven, delicado y cargado de peligro. Sen Dunsidan se sobresaltó sin poderse contener. Entonces, el rostro de la joven transmutó, casi como si de un espejismo se tratara, y se convirtió en el de Sen Dunsidan: con los rasgos muy marcados, esos ojos azules penetrantes, el pelo largo y plateado y la media sonrisa que parecía estar dispuesta a prometer cualquier cosa.
—Somos muy parecidos, ministro.
El rostro volvió a mudar. Otro ocupó su lugar, el semblante de un hombre joven, pero no era el de alguien que Sen Dunsidan conociera. No tenía nada notable, era tan anodino que era fácil de olvidar, desprovisto de cualquier rasgo interesante o memorable.
—¿Soy así de verdad, ministro? ¿Es este mi verdadero rostro? —Hizo una pausa—. ¿O en realidad soy así?
El rostro titiló y se convirtió en algo monstruoso, un semblante reptiliano con un morro romo y hendiduras en lugar de ojos. Unas escamas rugosas y grises cubrían ese rostro curtido y una boca ancha y dentada se abrió para dejar al descubierto unos dientes muy afilados. La mirada penetrante, cargada de odio y veneno, refulgió con un ardor verdoso.
El intruso volvió a cubrirse con la capucha y su semblante desapareció entre la oscuridad. Sen Dunsidan se quedó inmóvil en la silla. Era plenamente consciente de lo que se le había revelado: este hombre dominaba una magia muy poderosa. Como mínimo, era capaz de cambiar de forma y era muy probable que pudiera hacer mucho más. Era un hombre que disfrutaba de los excesos del poder tanto como el ministro de Defensa y que lo usaría voluntad para conseguir lo que quería.
—Os he dicho que somos parecidos, ministro —susurró el intruso—. Ambos parecemos una cosa cuando en realidad somos otra. Sé cómo sois. Os conozco tanto como me conozco a mí mismo. Haríais cualquier cosa para amasar más poder dentro de la jerarquía de la Federación. Os dais el gusto de cosas que están prohibidas para otros hombres. Ansiáis lo que no podéis tener y conspiráis para apoderaros de ello. Sonreís y fingís amistad cuando, en realidad, sois la serpiente que vuestros enemigos temen.
Sen Dunsidan no alteró su sonrisa de político. ¿Qué demonios quería esa criatura de él?
—No os lo digo para haceros enfadar, ministro, sino para asegurarme de que no confundís mis intenciones. He venido a ayudaros a satisfacer vuestras ambiciones a cambio de la ayuda que me podéis prestar. Quiero perseguir a la bruja. Quiero estar presente cuando se enfrente al druida, como sé que ocurrirá. Quiero atraparla con la magia que está buscando, porque pretendo arrebatársela y luego quitarle la vida. Sin embargo, para conseguirlo, necesitaré una flota de aeronaves y su correspondiente tripulación.
Sen Dunsidan lo miró de hito en hito: no se lo podía creer.
—Lo que me pedís es imposible.
—Nada es imposible, ministro. —Los ropajes negros se agitaron con un suave frufrú cuando el intruso cruzó la estancia—. ¿Acaso lo que pido es más imposible que lo que queréis?
El ministro de Defensa vaciló.
—¿Y qué es lo que quiero?
—Convertiros en primer ministro. Tomar el control del Consejo de la Coalición de una vez por todas. Gobernar la Federación y, al hacerlo, regir las Cuatro Tierras.
Los pensamientos se agolparon en la cabeza de Sen Dunsidan, pero, al final, solo predominó uno. El intruso tenía razón. Sen Dunsidan haría cualquier cosa para convertirse en primer ministro y controlar el Consejo de la Coalición. Ilse la Hechicera incluso conocía esa ambición, aunque nunca la había verbalizado de ese modo, de una forma que sugería que podía llegar a hacerse realidad.
—Ambas me parecen imposibles —respondió con cautela.
—No estáis viendo lo que trato de deciros —empezó el intruso—. Os estoy explicando por qué yo sería un mejor aliado que la brujita. ¿Qué se interpone entre vos y vuestro objetivo? ¿El primer ministro, que es fuerte y tiene una salud de hierro? Cumplirá un mandato que durará años antes de dimitir. ¿El sucesor que ha elegido, el ministro de Hacienda, Jaren Arken? Es un hombre más joven que vos e igual de poderoso y despiadado. Aspira a convertirse en ministro de Defensa, ¿verdad? Trata de arrebataros vuestra posición en el Consejo.
Un acceso de furia poseyó a Sen Dunsidan al oírlo. Sí, todo era cierto. Arken era su peor enemigo, un hombre tan poco fiable y esquivo como una serpiente, de sangre fría y reptiliano de pies a cabeza. Lo quería muerto, pero todavía no había atinado con el modo de hacerlo. Le había pedido ayuda a Ilse la Hechicera, pero por muchos tipos distintos de favores que ella estuviera dispuesta a intercambiar, siempre se había negado a matar para él.
—¿Cuál es vuestra oferta, Morgawr? —le pidió sin rodeos, cansado de ese juego.
—La siguiente: mañana por la noche, los hombres que se interponen en vuestro camino desaparecerán. No os veréis implicados en ninguna culpa ni sospecha. La posición que tanto ansiáis quedará libre para que os apoderéis de ella. Nadie se enfrentará a vos. Nadie cuestionará vuestro derecho a gobernar. Esto es lo que puedo ofreceros. A cambio, debéis hacer lo que os pido: darme naves y los hombres para tripularlas. Un ministro de Defensa puede hacerlo, y más si va a convertirse en primer ministro.
La voz del otro se volvió un susurro:
—Aceptad la colaboración que os ofrezco, de modo que no solo podamos cooperar ahora, sino que podamos ayudarnos el uno al otro cuando sea necesario.
Sen Dunsidan dedicó unos minutos a plantearse lo que le pedía. Ansiaba con todas sus fuerzas convertirse en primer ministro. Haría cualquier cosa para lograrlo. No obstante, no se fiaba de esta criatura, este tal Morgawr, un ser no del todo humano, poseedor de una magia que podía matar a un hombre antes de que este se diera cuenta de lo que ocurría. Todavía no estaba convencido de la conveniencia de hacer lo que este le pedía. Tenía miedo de Ilse la Hechicera; aunque no lo admitiría ante nadie. Si conspiraba contra ella y esta se enteraba, era hombre muerto: lo perseguiría y aniquilaría. Por otro lado, si el Morgawr iba a acabar con ella como decía, entonces Sen Dunsidan hacía bien en replanteárselo.
Todo el mundo sabía que era mejor pájaro en mano que ciento volando. Si tenía vía libre hasta obtener el cargo de primer ministro del Consejo de la Coalición, valía la pena correr casi cualquier riesgo.
—¿Qué tipo de aeronaves necesitáis? —preguntó, tranquilo—. ¿Cuántas?
—¿Hemos pactado una colaboración, ministro? Sí o no. No uséis subterfugios. No le pongáis condiciones. O sí o no.
Sen Dunsidan todavía no estaba seguro, pero no podía dejar escapar la oportunidad de prosperar. Con todo, cuando pronunció la palabra que selló su sino, le pareció como si respirara fuego:
—Sí.
El Morgawr se movió como si fuera noche líquida y se deslizó por el dormitorio sin separarse del filo de las sombras.
—Que así sea. Volveré tras el ocaso de mañana para haceros saber la parte del trato que debéis cumplir.
Acto seguido, atravesó el umbral y desapareció.
* * *
Sen Dunsidan durmió mal esa noche, acosado por pesadillas y desvelos, abrumado por el conocimiento de haberse vendido por un precio que todavía había que descubrir y que podía resultar ser demasiado elevado. No obstante, mientras yacía despierto entre periodos de sueño inquieto, reflexionaba sobre la enormidad de lo que iba a ocurrir y no podía evitar entusiasmarse. Sin duda, no había precio demasiado alto si con ello conseguía convertirse en primer ministro. Tan solo un puñado de aeronaves y su respectiva dotación de hombres: cosas que no le preocupaban en demasía; para él no eran nada. En realidad, para controlar la Federación, habría ofrecido mucho más. La verdad es que habría pagado cualquier precio.
Sin embargo, aún podía quedar en nada. Tal vez se demostraría que tan solo se trataba de una fantasía que ponía a prueba su disposición de abandonar su alianza con la bruja.
No obstante, después de levantarse, mientras se vestía para presentarse en las salas del Consejo, le informaron de que el primer ministro había muerto. El hombre se había acostado y nunca había vuelto a despertar, el corazón se le había parado mientras dormía. Era extraño, puesto que gozaba de buena salud y todavía era relativamente joven, pero la vida estaba llena de sorpresas.
Una ola de regocijo y expectativas asaltó a Sen Dunsidan ante tales noticias. Se permitió creer que lo impensable podía llegar a ocurrir, que la promesa que le había hecho el Morgawr sería mejor de lo que se había permitido esperar. «Primer ministro Dunsidan» susurró para sí en lo más profundo de su ser, donde guardaba sus secretos más oscuros.
Llegó a las salas del Consejo de la Coalición antes de enterarse de que Jaren Arken también había muerto. El ministro de Hacienda, al saber que el primer ministro había fallecido de forma repentina, había salido corriendo de su casa, sin duda con la posibilidad de llenar el vacío que se había producido en el liderazgo en mente, había caído en los escalones que llevaban a la calle. Se había dado un golpe en la cabeza con la piedra tallada del rellano. Para cuando los sirvientes llegaron a él, ya había exhalado el último suspiro.
Sen Dunsidan se tomó esta noticia con calma, ya no le sorprendía, sino que estaba complacido y entusiasmado. Adoptó una expresión doliente y ofreció respuestas de político a cualquiera que se le acercara, y ahora muchos lo hacían, puesto que era el miembro del Consejo a quien empezaban a recurrir todos. Se pasó el día disponiendo funerales y homenajes, hablando con unos y otros sobre la pena y la desilusión que sentía, a la vez que consolidaba su poder. Dos líderes tan importantes y eficaces muertos de golpe; debía encontrarse un hombre fuerte que pudiera llenar el espacio que habían dejado sus respectivas defunciones. Se ofreció a sí mismo y prometió hacerlo lo mejor que pudiera en nombre de aquellos que lo apoyaran.
Al anochecer, ya no se hablaba sobre los fallecidos; la comidilla era él.
Se sentó a esperar en sus dependencias tras el ocaso, mientras especulaba sobre lo que sucedería cuando el Morgawr regresara. Que lo haría para cobrarse el favor era algo seguro. Lo que le pediría a cambio ya no lo era tanto. No lo amenazaría, pero la amenaza existía de todos modos: si podía deshacerse con tanta facilidad de un primer ministro y un ministro de Hacienda, ¿cuán difícil iba a ser deshacerse de un ministro de Defensa recalcitrante? Ahora, Sen Dunsidan estaba metido en este asunto hasta el cuello. No podía echarse atrás. Lo mejor que podía esperar era rebajar el precio que el Morgawr pretendía cobrarse.
Era casi medianoche cuando apareció el otro, quien atravesó en silencio el umbral del dormitorio, con sus ropajes negros y su porte amenazador. Para entonces, Sen Dunsidan ya había tomado varios vasos de cerveza y se estaba arrepintiendo.
—¿Impaciente, ministro? —preguntó con suavidad el Morgawr, que se fundía con las sombras—. ¿Creíais que no vendría?
—Sabía que vendríais. ¿Qué queréis?
—¿Tan al grano? ¿No tenéis ni tiempo para un «gracias»? Os he convertido en primer ministro. Lo único que os falta es la votación del Consejo de la Coalición, y es un mero trámite. ¿Cuándo tendrá lugar la votación?
—Mañana o en un par de días. Bien, habéis cumplido con vuestra parte del trato. ¿Cuál es mi parte?
—Naves del frente, ministro. Naves que puedan resistir un largo viaje y después, una batalla. Naves que puedan transportar a los hombres y el equipo necesarios para conseguir lo que haga falta. Naves que puedan traer los tesoros que espero encontrar.
Sen Dunsidan sacudió la cabeza con aire dubitativo.
—Naves así son difíciles de conseguir. Todas las que tenemos están asignadas al Prekkendorran. Si fuéramos a retirar, digamos, una docena…
—Dos docenas se acercaría más a lo que tenía en mente —lo interrumpió con suavidad el otro.
«¿Dos docenas?». El ministro de Defensa exhaló despacio.
—Dos docenas, entonces. Pero que desaparezcan tantas naves del frente no pasará desapercibido y suscitará preguntas. ¿Cómo voy a explicarlo?
—Estáis a punto de convertiros en primer ministro. No tenéis que dar explicaciones. —Su voz áspera rezumaba impaciencia—. Coged las de los nómadas si vais tan escasos.
Dunsidan bebió otro sorbo de la cerveza que no debería estar tomando.
—Los nómadas son neutrales. Son mercenarios, pero neutrales. Si les confisco las naves, se negarán a construir más.
—Yo no he dicho que se las confisquéis. Robádselas y echadle las culpas a otro.
—¿Y la tripulación correspondiente? ¿Qué tipo de hombres necesitáis? ¿También debo robarlos?
—Sacadlos de las prisiones. Necesito hombres que hayan navegado y que hayan luchado a bordo de aeronaves. Elfos, fronterizos, nómadas, no me importa. Dadme los suficientes para conformar las tripulaciones. Pero no esperéis que os los devuelva. Cuando los haya usado, pretendo deshacerme de ellos. No servirán para nada.
El pelo de la nuca de Sen Dunsidan se erizó. Doscientos hombres, desechados como si fueran zapatos viejos. Destrozados, rotos, inservibles. ¿Qué significaba? De pronto, le entraron unas ganas irrefrenables de salir de la estancia y echar a correr hasta que estuviera tan lejos que no recordara de dónde venía.
—Necesitaré tiempo para disponerlo todo, una semana tal vez. —Trató de mantener un tono de voz firme—. Dos docenas de naves desaparecidas de cualquier lugar darán que hablar. Se notará que faltan hombres en las prisiones. Tengo que pensar cómo hacerlo. ¿Necesitáis tanto de ambos para emprender vuestra travesía?
El Morgawr se quedó quieto.
—Parecéis incapaz de hacer nada de lo que os pido sin cuestionarlo. ¿Por qué? ¿Acaso os pedí cómo deshacerme de esos hombres que os impedían convertiros en primer ministro?
De pronto, Sen Dunsidan se dio cuenta de que había ido demasiado lejos.
—No, no, claro que no. Es solo que…
—Me entregaréis a los hombres esta noche —lo interrumpió el otro.
—Pero necesito tiempo.
—Los tenéis en las prisiones, aquí, en la ciudad. Disponed su libertad ahora.
—Existen unas leyes que rigen la liberación de los prisioneros.
—Rompedlas.
Sen Dunsidan se sentía como si estuviera sobre unas arenas movedizas y se hundiera a toda velocidad, sin encontrar el modo de salvarse.
—Dadme las tripulaciones esta noche, ministro —siseó el otro—. Vos, personalmente. Será una muestra de confianza para demostrarme que mis esfuerzos por deshacerme de los hombres que se interponían en vuestro camino han sido justificados. Enseñadme que vuestra entrega para con nuestra cooperación no es mera palabrería.
—Pero si…
El otro salió de repente de las sombras y agarró al ministro de la camisa.
—Creo que necesitáis una demostración. Un ejemplo de qué les ocurre a quienes me cuestionan. —Aferró la tela con tanta fuerza que los dedos parecían varas de hierro que elevaron a Sen Dunsidan hasta que únicamente rozó el suelo con las puntas de las botas—. Veo que tembláis, ministro. ¿Puede que sea porque ahora, por fin, tengo toda vuestra atención?
Sen Dunsidan asintió sin abrir la boca, estaba tan asustado que no se atrevía a hablar.
—Perfecto. Acompañadme.
Sen Dunsidan soltó el aire de golpe cuando el otro lo liberó y se alejó.
—¿Adónde?
El Morgawr lo adelantó, abrió la puerta del dormitorio y lo miró desde las sombras de la capucha.
—A las prisiones, ministro, para que me deis mis hombres.
2
Juntos, el Morgawr y Sen Dunsidan recorrieron los pasillos de la casa del ministro, atravesaron las puertas del complejo y se adentraron en la noche. Ninguno de los guardas o de los sirvientes con los que se cruzaron les dijo nada. No parecía que los vieran siquiera. «Magia» pensó Sen Dunsidan, sin poder hacer nada. Reprimió el impulso de pedir ayuda a gritos, pues sabía que no recibiría ninguna.
Qué locura.
Pero ya había escogido.
Mientras caminaban por las calles vacías y oscuras de la ciudad, el ministro de Defensa trató de recuperar, poco a poco, la compostura que había perdido. Si quería sobrevivir a esa noche, debía hacerlo mejor que hasta ahora. El Morgawr ya creía que era un debilucho y un cretino; si pensaba que también era inútil, se desharía de él en un abrir y cerrar de ojos. Mientras andaba a un ritmo constante, con largas zancadas y respirando profundamente, Sen Dunsidan hizo acopio de valor y determinación. «Recuerda quién eres —se dijo—. Recuerda lo que está en juego».
A su lado avanzaba el Morgawr, sin mirarlo, sin hablar con él, sin dar señales de que tenía interés en él.
Las prisiones se erigían en el extremo occidental de los barracones del ejército de la Federación, cerca de las aguas rápidas del Rappahalladran. Conformaban una colección oscura y formidable de torres y muros de piedra picada. Hendiduras estrechas hacían las veces de ventanas y pinchos de hierro coronaban los parapetos. Sen Dunsidan, como ministro de Defensa, visitaba las prisiones con regularidad y había oído las historias. Nadie había conseguido escapar. De vez en cuando, los encarcelados encontraban el modo de llegar hasta el río, con la esperanza de nadar hasta la otra orilla y huir a través del bosque. Nadie lo lograba. Las corrientes eran traicioneras e impetuosas. Tarde o temprano, el río arrastraba los cuerpos hasta la orilla y los colgaban de los muros para que los demás integrantes de las prisiones los vieran.
A medida que se acercaban, Sen Dunsidan reunió la determinación suficiente para acercarse al Morgawr.
—¿Qué pretendéis hacer cuando entremos? —preguntó, en un esfuerzo por mantener un tono de voz firme—. Necesito saber qué decir si queréis evitar que hipnotice a toda la guarnición.
El Morgawr soltó una leve carcajada.
—¿Habéis recuperado un poco de vuestro aplomo habitual, ministro? Muy bien. Pues quiero una estancia en la que poder hablar con los posibles miembros de mi tripulación. Quiero que me los traigan uno por uno, empezando con un capitán o alguien con autoridad. Y quiero que estéis presente para ver qué ocurre.
Dunsidan asintió mientras trataba de no pensar en qué quería decir con eso.
—La próxima vez, ministro, pensáoslo dos veces antes de hacer una promesa que no pretendéis cumplir —siseó el otro, con voz áspera y tensa—. No tengo paciencia con los mentirosos y los cretinos. No me parecéis ni lo uno ni lo otro, pero bien es cierto que sois bueno en convertiros en quien necesitáis ser cuando tratáis con otros, ¿verdad?
Sen Dunsidan no dijo nada; no había nada que añadir. Se centró en lo que haría una vez entraran en las prisiones. Ahí, dominaría más la situación, estaría en un terreno más conocido. Ahí, podría hacer más para demostrar su valía a esa criatura monstruosa.
El guardia de la puerta los dejó entrar sin preguntar al reconocer a Sen Dunsidan al instante. Se pusieron en posición de firmes y descorrieron los cerrojos de las puertas. Dentro olía a humedad, a podredumbre y a excrementos humanos, nauseabundos y repugnantes. Sen Dunsidan pidió al oficial de servicio una sala de interrogación específica, una que conocía bien, que estaba alejada de todo, situada en las profundidades de las prisiones. Un carcelero los condujo por un largo pasillo hasta la sala que había pedido, una estancia grande con paredes llenas de humedad y un suelo que se había combado. Una mesa que tenía cadenas de hierro y abrazaderas ocupaba el centro de la habitación. A un lado, un aparador de madera lleno de instrumentos de tortura colgaba de una pared. Una sola lámpara de aceite iluminaba la penumbra.
—Esperad aquí —dijo Sen Dunsidan al Morgawr—. Dejad que persuada a los hombres adecuados para que vengan.
—Empezad con uno —ordenó el Morgawr y se alejó hacia las sombras.
Sen Dunsidan titubeó, luego salió por la puerta con el carcelero. Este era un hombre grande y deforme que había servido siete periodos marciales en el frente, un soldado de toda la vida en el ejército de la Federación. Tenía cicatrices tanto físicas como emocionales: había sido testigo y había sobrevivido a atrocidades que habrían destruido la psique de otros hombres. Nunca hablaba, pero sabía de sobra qué ocurría y parecía no estar preocupado. Sen Dunsidan lo había usado alguna vez para interrogar a prisioneros contumaces. Al hombre se le daba bien infligir dolor e ignorar a quien le suplicaba piedad, tal vez era mejor todavía a la hora de mantener la boca cerrada.
Por extraño que pareciera, el ministro nunca lo había llamado por su nombre. Aquí, todo el mundo lo llamaba Carcelero, como si el título de por sí fuera nombre suficiente para un hombre que se dedicaba a esto.
Recorrieron muchos pasadizos y cruzaron unas cuantas puertas hasta llegar al lugar donde se encontraban las celdas principales. Las más grandes encerraban a los prisioneros apresados en el Prekkendorran. Algunos conseguirían su libertad a cambio de un rescate o se intercambiarían con prisioneros que tenían los nacidos libres. Algunos morirían aquí. Sen Dunsidan indicó al carcelero con una señal la celda que albergaba a aquellos que llevaban más tiempo presos.
—Ábrela.
El carcelero obedeció sin mediar palabra.
Sen Dunsidan sacó una antorcha del tedero de la pared.
—Cierra la puerta cuando entre. No la abras hasta que te lo indique—ordenó.
Entonces, con audacia, entró.
La celda era grande, húmeda y la inundaba el olor de los hombres encerrados. Cuando entró, un montón de cabezas se volvieron a la vez. La misma cantidad de cuerpos se incorporaron en los camastros sucios que había en el suelo. Otros hombres se removían a intervalos. La mayoría siguieron durmiendo.
—¡Despertad! —les espetó.
Sostuvo la antorcha de forma que vieran quién era y luego la metió en un montante que había en la pared junto a la puerta. Los hombres se levantaron mientras intercambiaban susurros y gruñidos. Esperó hasta que se despertaron todos, un grupo harapiento de ojos muertos y rostros destrozados. La mayor parte había perdido cualquier esperanza de salir de allí. Los ruiditos de sus movimientos hacían eco en ese silencio profundo e impuesto, recordatorio constante de lo indefensos que estaban.
—Sabéis quién soy —les dijo—. He hablado con muchos de vosotros. Hace mucho que estáis aquí, demasiado. Y os voy a ofrecer a todos la oportunidad de salir. No para volver a luchar en la guerra. Tampoco para iros a casa, al menos no durante un tiempo. Pero estaríais fuera de estos muros y a bordo de una aeronave. ¿Os interesa?
El hombre que esperaba que hablara en nombre de los demás dio un paso adelante.
—¿Qué pretendéis?
Se llamaba Darish Venn. Era un fronterizo que había capitaneado una de las primeras naves de los nacidos libres que luchó en el Prekkendorran. Había destacado en batalla muchas veces antes de que su nave se precipitara y lo capturaran. Los otros hombres lo respetaban y confiaban en él. Como oficial superior, los había dividido en grupos y les había asignado posiciones, insignificantes para los que eran hombres libres, pero de importancia crucial para los que estaban encerrados.
—Capitán. —Sen Dunsidan lo saludó con un asentimiento de cabeza—. Necesito hombres para emprender un viaje al otro lado del Confín Azul. Una larga travesía, de la que algunos no regresarán. No os voy a negar que encierra peligros. No tengo marineros de sobra para asignarles esta misión, ni el dinero para contratar mercenarios nómadas. Pero la Federación puede prescindir de vosotros. Soldados de la Federación acompañarán a quienes accedan a las condiciones que os presento, de modo que se os ofrecerá algo de protección y se impondrá orden. Sobre todo, saldréis de aquí y no tendréis que volver. El viaje os llevará un año, tal vez dos. Seréis vuestra propia tripulación, vuestra propia compañía, siempre y cuando hagáis lo que se os ordena.
—¿Por qué nos ofrecéis esto ahora, después de tanto tiempo? —preguntó Darish Venn.
—Eso no os lo puedo decir.
—¿Por qué deberíamos confiar en vos? —inquirió otro con descaro.
—¿Por qué no? ¿Qué diferencia hay, si os saca de aquí? Busco marineros dispuestos a emprender una travesía. Y vosotros queréis la libertad. Me parece que este trato es aceptable para ambas partes.
—¡Podríamos haceros prisionero y entregaros a cambio de nuestra libertad y no tendríamos que aceptar nada! —le espetó el hombre en tono inquietante.
Sen Dunsidan asintió.
—Podríais, pero ¿qué consecuencias tendría? Además, ¿creéis que bajaría aquí y me expondría al peligro sin protección?
Se produjo un rápido intercambio de susurros. Sen Dunsidan se mantuvo firme y no alteró su expresión impasible. Se había expuesto a mayores peligros que este y no tenía miedo de esos hombres. Las consecuencias de no lograr hacer lo que el Morgawr le había pedido lo asustaban en extremo.
—¿Nos queréis a todos? —preguntó Darish Venn.
—Todos los que elijan venir. Si os negáis, os quedáis aquí. La elección es vuestra. —Hizo una pausa un momento, como si se lo pensara. Su perfil leonino se recortó contra la luz y una expresión meditabunda se adueñó de sus facciones marcadas—. Haré un trato con vos, capitán. Si lo deseáis, os enseñaré un mapa del lugar al que vamos. Si aprobáis lo que veis, os enroláis al momento. Si no, podéis volver y contárselo a los demás.
El fronterizo asintió. Tal vez estaba demasiado agotado y el encarcelamiento lo había embotado de tal modo que no se lo estudió a conciencia. Tal vez estaba desesperado por encontrar una escapatoria.
—De acuerdo, iré.
Sen Dunsidan dio unos golpes en la puerta y el carcelero la abrió. Hizo señas al capitán Venn para que cruzara primero, y luego salió de la celda tras él. El carcelero cerró la puerta con llave y Dunsidan oyó unos pasos que correteaban cuando los prisioneros se parapetaron contra la puerta para escuchar.
—Al final del pasillo, capitán —le informó en voz alta para que lo oyeran—. Os serviré un vaso de cerveza también.
Recorrieron el pasillo hasta la sala donde aguardaba el Morgawr; los pasos resonaban en el silencio. Nadie abrió la boca. Sen Dunsidan miró al fronterizo de soslayo. Era un hombre grande, alto y de espaldas anchas, aunque caminaba encorvado y había adelgazado debido al encarcelamiento, tenía el rostro esquelético y la piel pálida y recubierta de llagas y suciedad. Los nacidos libres habían intentado ofrecer un trato por su libertad muchas veces, pero la Federación era consciente del valor que tenían los capitanes de aeronaves y prefería mantenerlo encerrado y lejos del campo de batalla.
Cuando llegaron a la sala donde esperaba el Morgawr, Sen Dunsidan abrió la puerta para que pasara Venn, le indicó con un gesto al carcelero que esperara fuera y cerró la puerta tras de sí. El fronterizo echó un vistazo a los instrumentos de tortura y a las cadenas y luego miró a Dunsidan.
—¿De qué va esto?
El ministro de Defensa se encogió de hombros y le ofreció una sonrisa que pretendía desarmarlo.
—Ha sido lo mejor que he podido encontrar. —Señaló uno de los taburetes de tres patas que había bajo la mesa—. Siéntate, vamos a charlar.
No había ni rastro del Morgawr. ¿Se habría ido? ¿Habría decidido que todo aquello era una pérdida de tiempo y que sería mejor hacerse cargo de las cosas él solo? Durante unos segundos, Sen Dunsidan fue presa del pánico. Pero entonces vio que algo se movía entre las sombras; bueno, notó» sería más pertinente que «vio».
Se dirigió al extremo de la mesa opuesto a Darish Venn, de modo que atraía la atención del capitán y la alejaba de la oscuridad que se arremolinaba tras él.
—El viaje nos conducirá bastante lejos de las Cuatro Tierras, capitán. —Adoptó una expresión seria. Tras Venn, el Morgawr comenzó a materializarse—. Serán necesarios muchos preparativos. Alguien con tu experiencia no tendrá ningún problema para llenar de provisiones las naves que pretendemos llevarnos. Creo que serán necesarias una docena o más.
El Morgawr, enorme y negro, salió con sigilo de las sombras y se acercó a Venn por la espalda. El fronterizo no lo oyó ni lo percibió, por lo que no dejó de mirar a Sen Dunsidan.
—Por supuesto, dirigirás a tus hombres, decidirás quiénes realizarán las tareas…
Una mano emergió de los ropajes negros del Morgawr, nudosa y cubierta de escamas. Se cerró sobre la nuca de Darish Venn y el capitán de aeronaves soltó un grito ahogado. Se revolvió y retorció para tratar de liberarse, pero el Morgawr lo agarraba con firmeza. Sen Dunsidan retrocedió, las palabras se le truncaron mientras contemplaba la lucha. Darish Venn tenía los ojos clavados en él, llenos de furia y de impotencia. La otra mano del Morgawr apareció, resplandeciente con un halo verdoso y siniestro. Despacio, esa garra se dirigió hasta la parte trasera de la cabeza del fronterizo. Sen Dunsidan contuvo el aliento. Los dedos se alargaron, le tocaron el pelo y luego la carne.
Darish Venn chilló.
Los dedos se introdujeron en la cabeza tras atravesar el pelo, la piel y el hueso como si de arcilla blanda se tratara. A Sen Dunsidan se le formó un nudo en la garganta y se le encogió el estómago. El Morgawr había penetrado hasta el interior del cráneo y lo revolvía despacio, como si buscara algo. El capitán había dejado de gritar y de revolverse. La luz le había desaparecido de la mirada y el rostro se le había quedado flácido. Tenía un aspecto apagado e inerte.
El Morgawr retiró la mano del interior de la cabeza del fronterizo y, cuando la volvió a esconder bajo los ropajes negros, estaba mojada y humeaba. El Morgawr respiraba tan fuerte que Sen Dunsidan lo oía: era una suerte de jadeo extasiado, plagado de ruiditos de satisfacción y placer.
—No podéis saber, ministro —susurró—, lo bien que sienta alimentarse de la vida de otro. ¡Qué gozo!
Dio un paso atrás y soltó a Venn.
—Ya está. Hecho. Ahora es nuestro, hará lo que queramos. Es un muerto viviente sin voluntad propia. Hará todo lo que se le ordene. Conserva sus habilidades y su experiencia, pero ya no piensa por sí mismo. Una herramienta muy útil, ministro. Miradlo bien.
A regañadientes, Sen Dunsidan lo hizo. No era una invitación; era una orden. Observó los ojos vacíos y sin vida del otro y su repugnancia dio paso al horror cuando vio que perdían el color y la nitidez y se volvían lechosos y huecos. Dio la vuelta a la mesa con cautela, en busca de la herida que debía haber en la parte trasera de la cabeza del fronterizo, donde el Morgawr había metido la garra. Para su sorpresa, no había ninguna; el cráneo estaba intacto. Era como si no hubiera ocurrido nada.
—Ponedlo a prueba, ministro —dijo el Morgawr entre risas—. Ordenadle que haga algo.
Sen Dunsidan se esforzó por mantener la compostura.
—En pie —le ordenó a Darish Venn con una voz que apenas reconocía como propia.
El fronterizo se levantó. No miró a Sen Dunsidan en ningún momento ni dio señales de saber qué ocurría. Sus ojos siguieron blancos y vacíos, y su rostro, desprovisto de toda expresión.
—Es el primero, pero el primero de muchos —siseó el Morgawr, ahora con tono ansioso e impaciente—. Nos espera una larga noche. Idos, traedme otro. ¡Ya tengo ganas de carne fresca! ¡Venga! Traedme seis, pero que entren uno por uno. ¡Venga, rápido!
Sen Dunsidan salió de la sala sin mediar palabra. Tenía grabada a fuego la imagen de la mano escamosa humeante y mojada con materia gris humana y no podía sacársela de la cabeza.
Esa noche, llevó más hombres a la sala, tantos que perdió la cuenta. Los llevaba en grupos pequeños y los hacía entrar de uno en uno. Contemplaba cómo el Morgawr les profanaba el cuerpo y les destruía la mente. Se quedaba quieto, sin mover un dedo por ayudarles mientras estos dejaban de ser hombres y se convertían en meros receptáculos huecos. Era extraño, pero después de Darish Venn, era incapaz de recordar sus rostros. Para él, todos eran lo mismo. Eran el mismo hombre.
Cuando la sala estaba demasiado llena, se le ordenó que los condujera fuera y se los entregara al carcelero para que los colocara en una estancia más espaciosa. El carcelero los llevó sin hacer ningún comentario, sin siquiera mirarlos. Sin embargo, en una ocasión, tal vez cuando ya llevaban unos cincuenta, Sen Dunsidan se topó, en ese rostro destrozado y de mirada dura, con una expresión que le rompió el corazón. Los ojos reflejaban culpa y acusación, horror, desesperación y, sobre todo, una rabia absoluta. Esos ojos le decían que lo que hacían estaba mal. Superaba cualquier cosa imaginable. Era una locura.
Con todo, el carcelero tampoco hizo nada.
Ambos eran cómplices de un crimen atroz.
Ambos eran participantes silenciosos de la perpetración de un daño monstruoso.
Sen Dunsidan ayudó a corromper a muchos hombres que se dirigieron a su destrucción sin nada con lo que poder defenderse, engañados con las palabras vacías de un político y sus miradas tranquilizadoras. No sabía cómo lo había conseguido. No sabía cómo había sobrevivido a lo que todo ese horror le había hecho sentir. Cada vez que la mano del Morgawr emergía húmeda y goteando tras terminar otro festín, el ministro de Defensa creía que saldría corriendo y gritando. Sin embargo, la presencia de la muerte era tan sobrecogedora que trascendía cualquier otra cosa durante las terribles horas que duró aquello, y lo paralizaba. Mientras el Morgawr se daba un atracón, Sen Dunsidan observaba, incapaz de desviar la mirada.
Hasta que, por fin, el Morgawr estuvo saciado.
—Ya es suficiente por ahora —siseó, empachado y borracho de vidas arrebatadas—. Mañana por la noche, ministro, terminaremos lo que hemos empezado.
Se levantó, se alejó y se llevó la muerte hacia la noche hasta convertirse en una sombra que arrastra el viento.
Llegó el amanecer y un nuevo día, pero Sen Dunsidan no lo vio. Se encerró y no salió. Se quedó tendido en su dormitorio y trató de deshacerse de la imagen de la mano del Morgawr. Dormitó y trató de olvidar el modo en que se le erizaba la piel al oír el mínimo sonido de voz humana. Había quien preguntaba por su salud. Se requería su presencia en las salas del Consejo. La votación para el cargo de primer ministro era inminente. Se buscaba algún tipo de seguridad. Pero a Sen Dunsidan ya no le importaba. Ojalá nunca se hubiera puesto en esta posición. Ojalá estuviera muerto.
Al anochecer, quien estaba muerto era el carcelero. Incluso a pesar de la dura vida que había tenido y la resistencia de su mente, no había sido capaz de soportar lo que había presenciado. Cuando nadie lo vio, bajó hasta las profundidades de la prisión y se colgó en una celda vacía.
¿O lo había hecho otro? Sen Dunsidan no estaba seguro. Tal vez se trataba de un asesinato enmascarado de suicidio. Quizá el Morgawr no quería que el carcelero siguiera viviendo.
Tal vez Sen Dunsidan era el siguiente.
Pero ¿qué podía hacer para salvarse?
El Morgawr regresó a medianoche y, de nuevo, Sen Dunsidan lo acompañó a las prisiones. Esta vez, Dunsidan despachó al nuevo carcelero y se encargó él mismo del trabajo superfluo. A estas alturas, ya se había insensibilizado, se había hecho inmune a los gritos, a la mano humeante y mojada, a los gruñidos de horror de los hombres y a los suspiros de satisfacción del Morgawr. Ya no formaba parte de aquello; se había retraído en otra parte, en un lugar tan lejano que lo que ocurría allí, en ese lugar durante esa noche, no significaba nada. Al alba, habría terminado y, cuando hubiera acabado, Sen Dunsidan se convertiría en otro hombre con otra vida. Se sobrepondría a esta situación y la olvidaría. Empezaría de nuevo. Se reharía a sí mismo de un modo que lo libraría del daño que había cometido y de las atrocidades a las que había contribuido. No sería tan difícil. Era lo que hacían los soldados cuando regresaban a casa tras la guerra. Así era como una persona olvidaba lo imperdonable.
Más de doscientos cincuenta hombres entraron en esa sala y perdieron la vida que habían conocido. Desaparecieron como si se hubieran convertido en humo. El Morgawr los transformó en seres muertos que todavía respiraban, en criaturas que habían perdido cualquier sentido de identidad y de objetivo en la vida. Los desvirtuó, los transfiguró en seres inferiores a un perro y ni siquiera lo sabían. Los convirtió en la tripulación de sus aeronaves y se los llevó para siempre. A todos, hasta el último. Sen Dunsidan no los volvió a ver jamás.
En cuestión de días, consiguió las aeronaves que el Morgawr le había pedido y se las entregó para cumplir con su parte del trato. Al cabo de una semana, el Morgawr había desaparecido de su vida tras los pasos de Ilse la Hechicera, en busca de venganza. A Sen Dunsidan no le importaba. Ojalá se destruyeran el uno al otro. Rezó para que no volver a verlos jamás.
Con todo, las imágenes no se esfumaron con él, evocadoras, inquietantes y terribles. Era incapaz de borrarlas de su mente. Era incapaz de sobreponerse al horror. Nunca las relegaba lo suficiente, nunca desaparecían de su vista. Sen Dunsidan no durmió durante semanas. No volvió a disfrutar de un momento de tranquilidad.
Se convirtió en el primer ministro del Consejo de la Coalición de la Federación, pero había perdido el alma.
3
Ahora, meses más tarde y a miles de kilómetros de la costa del continente de Parcasia, la flota reunida por Sen Dunsidan, bajo la comandancia del Morgawr y sus mwellrets, y compuesta por la tripulación de muertos vivientes se materializó entre la neblina y se acercó a la Jerle Shannara. De pie en medio del barco, ante la barandilla de babor, Redden Alt Mer observaba el grupo de cascos negros y velas que llenaban el horizonte oriental como eslabones que conforman la cadena que los rodeaba.
—¡Soltad amarras! —espetó el capitán nómada a Spanner Frew, a la vez que levantaba el catalejo por enésima vez para asegurarse de lo que veía.
—¡No está lista! —soltó a su vez el maestro de aja.
—Está tan lista como debería. ¡Da la orden!
Barrió las naves que se acercaban con el catalejo. No llevaban insignia ni bandera. Eran buques de guerra sin marcas en una tierra que, hasta hacía unas semanas, nadie conocía. Enemigos, pero ¿de quién? Debía asumir lo peor: que los navíos los perseguían. ¿Ilse la Hechicera habría traído refuerzos además de la Fluvia Negra, naves que se habían mantenido lejos de la costa hasta ahora mientras aguardaban a que la bruja los llamara?
Spanner Frew gritaba a la tripulación y los ponía a todos en movimiento. Como Furl Hawken estaba muerto y Rue Meridian se había adentrado en el continente, no quedaba nadie más para ocupar el cargo de primer oficial. Nadie se lo cuestionó. Todos habían visto los buques. Las manos, obedientes, agarraron cabos y cabrestantes, soltaron amarras y la Jerle Shannara recuperó la libertad. Los nómadas comenzaron a cazar las pasaderas de radián y los acolladores. De este modo izaron las velas hasta las puntas de los mástiles, donde tomaban mejor el viento y captaban la luz. Conocedor de lo que se encontraría, Redden Alt Mer echó un vistazo en derredor. Contaba con ocho tripulantes, incluido Spanner y él mismo. No era suficiente, ni con mucho, para tripular un navío de guerra como la Jerle Shannara, y todavía menos para presentar batalla. Tendrían que huir y a toda prisa.
Corrió hasta la cabina del piloto y los mandos; las botas resonaban por la cubierta de madera.
—¡Descapotad los cristales! —gritó a Britt Rill y a Jethen Amenades cuando pasó volando ante ellos—. ¡El de proa a estribor no! Dejadlo encapotado. ¡Solo los de popa y los de en medio del barco!
No disponían de un cristal diapsón funcional en el tubo de disección de proa en el lado de babor, de modo que, para equilibrar la pérdida de energía de la izquierda, se veía obligado a mantener encapotado su opuesto. Les reduciría la energía un tercio, pero incluso en estas condiciones, la Jerle Shannara era lo bastante rápida.
Spanner Frew se colocó a su lado, tras trastabillar entre el mástil principal y el armero.
—No lo sé, Barbanegra, pero dudo que sean nuestros aliados.
Abrió los cuatro tubos de disección que tenía disponibles y transportó la energía de las pasaderas hasta los cristales. La Jerle Shannara dio una sacudida y tomó altura cuando empezó a convertir la luz ambiental en energía, pero el capitán nómada vio que iban demasiado lentos para escapar con seguridad. Casi tenían a los buques invasores encima: conformaban una colección peculiar, eran de todo tipo de formas y tamaños, ninguno era reconocible excepto por su diseño general. Advirtió que era un grupo heterogéneo: la mayor parte habían sido construidos por nómadas, pero había unos pocos de factura élfica. ¿De dónde habían salido? Veía las tripulaciones respectivas, que se paseaban por cubierta sin prisas, sin dar muestras de la agitación y el fervor que él tanto conocía. Tranquilidad a las puertas de la batalla.
Po Kelles, que montaba Niciannon, pasó volando junto a la cabina del piloto por el lado de estribor. El gran roc se ladeó tan cerca de Redden Alt Mer que este advirtió el brillo azulado de las plumas del ave.
—¡Capitán! —chilló el jinete alado mientras apuntaba con el dedo.
No señalaba a los navíos, sino a una oleada de puntitos que habían aparecido de repente entre estos, pequeños y con mucha más movilidad. Eran alcaudones de guerra, que avanzaban en contubernio con los buques enemigos, protegían los flancos y ocupaban la vanguardia. Ya los habían avanzado y se dirigían a toda velocidad hacia la Jerle Shannara.
—¡Sal de aquí! —le gritó a Po Kelles—. ¡Ve hacia el continente y encuentra a Rojita! ¡Avísala de lo que ocurre!
El jinete alado y su roc viraron y se alejaron tomando altura en ese cielo neblinoso. La mejor opción de un roc contra alcaudones era ganar altura y poner distancia. En las distancias cortas, los alcaudones llevaban las de ganar, pero todavía estaban demasiado lejos y Niciannon aumentó la distancia que los separaba. Con las directrices de navegación que Po Kelles le había dado, no tendría problemas para llegar hasta Hunter Predd y Rue Meridian. El peligro lo corría la Jerle Shannara. Las garras de un alcaudón podían reducir a jirones una vela. Y pronto, las aves tratarían de hacer precisamente eso.
Las manos de Alt Mer se deslizaron por los controles a toda velocidad. Alcaudones confabulados con buques de guerra enemigos. ¿Cómo podía ser posible? ¿Quién gobernaba a las aves? Sin embargo, supo la respuesta en cuanto se planteó la cuestión. Se requería magia para controlar alcaudones de este modo. Alguien o algo a bordo de esos navíos poseía esa magia.
Se preguntó si sería Ilse la Hechicera. ¿Habría salido de la península, donde se había adentrado para perseguir a los otros?
No tenía tiempo para pensar en ello.
—¡Barbanegra! —le gritó a Spanner Frew—. ¡Coloca a los hombres a ambos lados, en las portas de artillería! ¡Usad arcos y flechas y mantened a raya a los alcaudones!
Con las manos firmes en los mandos, observó cómo los buques de guerra y las aves se alzaban imponentes ante él, demasiado cerca para esquivarlos. No podía sobrepasarlos ni virar con la rapidez suficiente para poner la distancia necesaria entre ellos. No le quedaba otra opción: en esa primera pasada, tendría que cruzar entre la flota.
—¡Agarraos! —chilló.
Entonces, el buque de guerra que quedaba más cerca llegó hasta ellos; surgió de pronto de la neblina, enorme y oscuro, recortado contra la penumbra matinal. Redden Alt Mer ya había pasado antes por esto; sabía qué tenía que hacer. No trató de evitar la colisión. Al contrario, inició la maniobra para provocarla: viró la Jerle Shannara en dirección al navío más pequeño de la flota. Las pasaderas de radián zumbaban mientras canalizaban la luz ambiental hacia los tubos de disección y los cristales diapsón los convertían en energía con un ruidito característico. La nave respondió con un temblor cuando hizo palanca con los mandos, inclinó el casco levemente a babor y se llevó por delante el trinquete y las velas del buque enemigo; los desarboló de una sola pasada y mandó el navío a pique.
Los alcaudones revoloteaban a su alrededor, pero no podían atacarlos más de dos a la vez; mientras que los arqueros disparaban flechas con una precisión mortífera, les provocaban heridas y les arrancaban gritos de rabia.
—¡Timón, todo a babor! —gritó Rojote a modo de advertencia cuando un segundo navío trató de cerrarles el paso desde la izquierda.
Mientras la tripulación se preparaba, el capitán dio una vuelta entera al timón y apuntó los espolones hacia la nueva amenaza. La Jerle Shannara dio una sacudida y bandazos cuando los tubos de disección despidieron nuevas descargas de luz convertida y luego salió disparada hacia la popa del contrario, barrió la cubierta y arrancó trozos de barandilla como si fuera paja. Redden Alt Mer dispuso de unos segundos para echar un vistazo a la tripulación enemiga. Un mwellret se agarraba a la rueda del timón, agachado en la cabina para amortiguar el impacto de la colisión. Hizo un gesto y dio órdenes a voz en grito a sus hombres, pero la reacción de estos fue de una lentitud rara y mecánica, como si salieran de un letargo, como si necesitaran más información antes de pasar a la acción. Redden Alt Mer observó los rostros que se habían girado hacia él, carentes de expresión y vacíos, desprovistos de cualquier rastro de emoción o reconocimiento. Sus ojos se clavaron en él, duros y lechosos como las piedras del mar.
—¡Diantres! —susurró el capitán nómada.
Eran ojos de muertos, aunque los hombres se movían. Por un momento, se quedó tan petrificado que perdió por completo la concentración. A pesar de haber visto muchas cosas extrañas, nunca había visto muertos vivientes. No creía que llegaría a hacerlo. Con todo, era lo que veía en ese momento.
—¡Spanner! —le gritó al maestro de aja.
Spanner Frew también los había visto. Miró a Redden Alt Mer y sacudió la cabeza negra y tupida como si fuera un oso enfadado.
Entonces, la Jerle Shannara sobrepasó el segundo buque y se elevó por encima de los demás. Alt Mer la hizo virar y puso rumbo a la península, lejos de la reyerta. Los navíos enemigos los persiguieron al instante y se dirigieron hacia ellos desde todos los flancos, pero estaban demasiado esparcidos por la costa y demasiado lejos como para cortarles el paso de forma efectiva. Se preguntó cómo les habrían encontrado, para empezar. Durante unos segundos, se planteó la posibilidad de que uno de sus hombres lo hubiera traicionado, pero enseguida descartó la idea. Magia, seguramente. Quien fuera que comandara esa flota era capaz de esclavizar a alcaudones y de revivir a los muertos, por lo que seguro que también podría encontrar una tripulación de nómadas con facilidad. Era más que probable que hubiera usado a los alcaudones para seguirles la pista.
O había sido ella, si se daba el caso de que Ilse la Hechicera hubiera regresado.
Maldijo su ignorancia, a la bruja y a una retahíla de circunstancias imprevisibles mientras dirigía la aeronave hacia el interior de la península y sobrevolaba las montañas. Tendría que virar hacia el sur pronto para mantener el rumbo. No podía fiarse de la ruta más corta por tierra. Corría demasiado peligro de perderse y no encontrar a Rojita y a los demás. Y no podía permitirse abandonarlos a su suerte con estos seres tras ellos.
Un golpe repentino se impuso al viento cuando la pasadera de radián de en medio del barco del lado de babor se rompió y empezó a dar latigazos por cubierta como si fuera una serpiente en pleno ataque. Los nómadas, que todavía estaban en cuclillas en las portas de artillería, se tumbaron para protegerse. Spanner Frew se parapetó detrás del palo mayor cuando la pasadera flageló el aire, se enrolló sola alrededor de la porta de popa y, luego, el maestro de aja la soltó de un tirón.
Enseguida, la aeronave empezó a perder energía y equilibrio, ambos ya reducidos por la pérdida de las pasaderas de proa, ahora desaparecidas por completo después de que todo el sistema de babor se hubiera desprendido. Si no cobraban enseguida los cabos, la nave viraría hacia los buques enemigos y quedarían en manos de los muertos vivientes.
Redden Alt Mer evocó esos ojos lechosos y vacíos, desprovistos de toda humanidad, carentes de cualquier percepción del mundo que los rodeaba.
Sin pararse a reflexionar, cortó la energía de mitad del barco del lado de estribor y empujó la palanca de babor al máximo. O la Jerle Shannara aguantaba lo suficiente para darles la oportunidad de escapar o se desplomaría por completo del cielo.
—¡Barbanegra! —le gritó a Spanner Frew—. ¡Ponte tú al timón!
El maestro de aja subió los escalones con pesadez, se metió en la cabina del piloto y sus manos nudosas agarraron los mandos. Redden Alt Mer no dedicó ni un solo segundo a explicarle nada, salió a toda prisa hacia las escaleras que conducían a cubierta, directo hacia el palo mayor. Se sentía estimulado y resuelto, como si cualquier cosa que hiciera no fuera una temeridad que debía plantearse dos veces. Tampoco era tan descabellado, decidió. El viento, fuerte y sibilante, le azotó la melena pelirroja y los pañuelos de colores vivos. Notaba cómo la aeronave se balanceaba bajo sus pies, mientras trataba de mantener la estabilidad y de no caer en picado. Había perdido tres pasaderas, ya debería estar desplomándose. Otra nave no habría durado tanto.
A su izquierda, las pasaderas enredadas daban latigazos y se soltaban, amenazando con desprenderse en cualquier momento. Se arriesgó a echar un rápido vistazo por encima del hombro. Sus perseguidores se les habían acercado tras sacar provecho de los problemas que estaban teniendo. Casi tenían a los alcaudones encima.
—¡Mantenedlos a raya! —les gritó a los nómadas que estaban agachados en las portas de artillería, pero el viento se llevó sus palabras.
Escaló el palo mayor por las clavijas de hierro hundidas en la madera, se apretó contra el grueso mástil para evitar que el viento lo arrancara de un soplo y lo lanzara al vacío. Su ropa de piloto de cuero, contribuía a protegerlo, pero incluso así el viento era despiadado, soplaba desde las montañas y asolaba la costa con corrientes gélidas y despiadadas. No miró atrás ni hacia las pasaderas. Los peligros eran evidentes y no podía hacer nada al respecto. Si las pasaderas se soltaban del todo antes de que llegara hasta ellas, podían asestarle tales latigazos que lo descuartizarían. Si los alcaudones se acercaban lo suficiente, lo arrancarían de la percha y se lo llevarían. No valía la pena invertir tiempo pensando en ninguna de esas posibilidades.
De reojo, le pareció advertir un parpadeo oscuro. Por el rabillo del ojo vio otro que le pasaba cerca, veloz como un rayo. Otro hendió el aire. Eran flechas. Los buques enemigos estaban lo bastante cerca y podían usar ya los arcos. Tal vez, los mwellrets y los muertos vivientes no dominaban esas armas lo suficiente. Tal vez, parte de la suerte que lo había salvado en tantas otras ocasiones lo salvaría ahora.
Quizá la suerte era todo lo que le quedaba.
Por fin llegó a la punta del mástil y rodeó el penol hasta donde estaba atada la pasadera traidora. Se agarró a este con los dedos entumecidos y magullados, las fuerzas lo abandonaban a golpe de ráfaga glacial. En cubierta, los rostros de sus hombres alternaban de las alturas al objetivo: disparaban flechas a los alcaudones que se acercaban y luego alzaban la vista para comprobar cómo avanzaba su capitán. Advirtió la preocupación en esos rostros curtidos. «Bien», pensó. Sería una desgracia que no fueran a echarlo de menos.
Un alcaudón se lanzó en picado hacia él mientras chillaba. Le clavó las garras en la espalda y le arrancó y desgarró el cuero. Un latigazo de dolor lo sacudió cuando las zarpas del ave le destrozaron la piel. Se soltó de un lado y por poco cayó; perdió pie, de modo que quedó colgando del penol agarrado solo con las puntas de los dedos. La vela se hinchó contra él como un globo y se apoyó en ella mientras hacía acopio de fuerzas. Mientras la tela lo rodeaba, otro alcaudón se lanzó hacia él, pero no llegó lo bastante cerca. Viró y se alejó, frustrado.
«No te detengas —se dijo a pesar del cansancio y el dolor que lo embargaban—. ¡No te des por vencido!».
Subió como pudo al penol y se arrastró hasta un extremo, se dejó caer con un balanceo sobre la percha y se deslizó bajando por la pasadera del centro del barco hasta el punto en el que se había enredado en la popa. Desenmarañaba los cabos con las botas a medida que descendía. Maltrecho y destrozado, pero aferrándose desesperado a ambos estayes, pidió ayuda a gritos a la tripulación. Dos marineros salieron de las troneras y se colocaron a ambos lados en cuestión de segundos, agarraron las pasaderas y las cobraron en los mismos tubos de disección de los que se habían soltado, ignorando a los alcaudones que se lanzaban en picado hacia ellos y la lluvia de flechas que disparaban los buques que los perseguían.
Redden Alt Mer se desplomó sobre la cubierta, la espalda le ardía de dolor y la tenía mojada de sangre.
—Creo que por hoy se han terminado las heroicidades, capitán —gruñó Britt Rill, que apareció de la nada y lo agarró de un brazo para ponerlo en pie—. Abajo se ha dicho.
Alt Mer se opuso, pero tenía la garganta tan seca que era incapaz de pronunciar palabra. Peor: las fuerzas lo habían abandonado por completo. Lo único que podía hacer era seguir en pie, y solo con la ayuda de Rill. Lo miró y asintió. Había hecho todo lo que había podido. El resto ya era cosa de la nave, y habría apostado por ella en cualquier carrera.
Bajo la cubierta, Britt Rill lo ayudó a desnudarse y le limpió y curó las heridas.
—¿Es muy grave? —preguntó Redden Alt Mer con la cabeza inclinada hacia delante, los brazos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, con todo el cuerpo en tensión debido al dolor—. ¿Me ha desgarrado los músculos?
—No, no es tan grave, capitán —le respondió el otro en voz baja—. Tan solo son unos cuantos cortes profundos que os darán historias que contar a vuestros nietos, en caso de los tengáis algún día.
—Ni hablar.
—Y el mundo os lo agradece, supongo.
Rill les aplicó un ungüento a las heridas, las vendó con tiras de algodón, les echó un buen chorro del pellejo de cerveza que llevaba a la cintura y dejó que el otro decidiera por sí mismo qué hacer ahora.
—Los demás me necesitan —dijo Rill mientras salía por la puerta del camarote.
«Y a mí», pensó Alt Mer. Sin embargo, no se movió de inmediato. Se quedó sentado en la cama durante varios minutos más mientras escuchaba el viento que repiqueteaba contra la ventana, que tenía los postigos cerrados, y notaba el movimiento de la nave. Gracias al balanceo y a cómo planeaba, sabía que hacía lo que debía, que había suficiente energía de nuevo para mantenerla en el aire y en movimiento. No obstante, la batalla todavía no había terminado. Sus perseguidores, poseedores de una magia tan poderosa como para controlar alcaudones y comandar a muertos vivientes, no se darían por vencidos con facilidad.
Al cabo de unos minutos, subió a cubierta, con el cuero desgarrado colocado de nuevo en su lugar. En cuanto salió a merced del viento, echó un vistazo en derredor unos instantes para comprobar su posición, luego se dirigió hasta la cabina del piloto y se colocó junto a Spanner Frew. Satisfecho con dejar que el maestro de aja los guiara, no le pidió que le devolviera el timón. Durante unos minutos observó la nube de siluetas negras que todavía los perseguían, pero que empezaban a difuminarse entre la niebla. Incluso los alcaudones parecían haber abandonado la caza.
Spanner Frew lo miró, tomó nota de las condiciones del capitán y no dijo nada. El aspecto del capitán nómada no invitaba a la conversación.
Alt Mer alzó los ojos al cielo que los rodeaba. Todo eran tonos grises y niebla, con franjas más oscuras que anunciaban lluvia. Las montañas se alzaban amenazadoras a ambos lados mientras se adentraban en la península, hacia los glaciares que debían atravesar para llegar hasta Rue y los demás.
Entonces, divisó un grupo de puntos negros desperdigados ante ellos, por el lado de estribor, donde la costa se curvaba hacia el interior en una serie de calas profundas.
—¡Barbanegra! —le dijo al oído mientras le tiraba del hombro y señalaba hacia delante.
Spanner Frew miró donde le indicaba. Los puntos de enfrente cobraron forma y les salieron alas y velas.
—¡Más! —gruñó el hombretón, con un ligero rastro de incredulidad en la voz—. Y también alcaudones, si no me engaña la vista. ¿Cómo nos han adelantado?
—¡Los alcaudones conocen la costa y los acantilados mejor que nosotros! —Alt Mer tenía que esforzarse para oír por encima del rugido del viento—. Han encontrado una vía para cortarnos el paso. Si mantenemos el rumbo, nos atraparán. Tenemos que adentrarnos más en la península y hay que hacerlo ya.
Su compañero echó un vistazo a las montañas envueltas en niebla.
—Si nos dirigimos hacia allí con esta niebla, nos estamparemos.
Alt Mer le sostuvo la mirada.
—No tenemos otra opción. Dame el timón. Adelántate y hazme señales cuando creas que lo necesito. Pero no hagas ningún ruido, la voz nos delataría. Hazlo lo mejor que puedas y evita que nos despeñemos.
Tras haber reparado las pasaderas rotas y haberse desecho de los destrozos, la tripulación estaba atenta junto a los cabos. Spanner Frew los llamó cuando pasó ante ellos, los mandaba a sus puestos y les advertía de lo que iba a ocurrir. Nadie respondió. Se habían criado de acuerdo con la tradición nómada de mantener la fe en quienes poseían la suerte. Nadie tenía más suerte que Redden Alt Mer. Embarcarían en una nave en llamas rumbo a un incendio si él les ordenaba que lo hicieran.
Este inspiró hondo y echó otro vistazo a las formas que se cernían ante ellos y que los perseguían. Eran demasiadas para esquivarlas o plantarles cara. Viró el timón a babor hacia el banco de niebla. Dejó que la aeronave mantuviera la velocidad hasta que se adentraron en la bruma, entonces la redujo hasta casi punto muerto, mientras veía cómo el vapor se arremolinaba y difuminaba, delicados mantos blancos que cubrían las aristas más oscuras de las montañas. Si chocaban con un pico a esta altura, con esta niebla, desprovistos de una tercera parte de la energía, estaban acabados.
Con todo, los alcaudones no podían seguirles el rastro, y sus perseguidores se enfrentaban al mismo problema que ellos.
Un silencio peculiar reinaba en la neblina, desprovista como estaba de cualquier ruido mientras la Jerle Shannara, acunada por los peñascos, planeaba como un ave. Las montañas que los cercaban parecían flotar, macizos oscuros que aparecían y se esfumaban como si fueran espejismos. Alt Mer consultó la brújula y luego la guardó. Tendría que navegar guiándose por cálculos aproximados e instinto puro y luego esperar que pudiera recuperar el rumbo cuando se disipara la bruma. Si es que se disipaba. Podía seguir así incluso en el interior de la península, al otro lado de los peñascos. Si ese era el caso, estaban tan perdidos como si no hubieran tenido rumbo desde el principio.
A duras penas divisaba la silueta de Spanner Frew de pie en la proa. El nómada corpulento estaba inclinado hacia delante, con la concentración puesta en las volubles capas de blanco. De vez en cuando, hacía una señal con la mano (a la izquierda, a la derecha, más lento) y Redden Alt Mer toqueteaba los mandos siguiendo sus instrucciones. El viento silbaba con ráfagas bruscas hasta que se extinguió, cortado por la cara de un acantilado o difuminado en las corrientes de aire. La niebla se arremolinaba en las cumbres, vacía y sin dirección. Solo la Jerle Shannara perturbaba su composición etérea.
La lluvia regresó: un banco de nubes negras pronto se convirtió en un torrente de agua. Envolvió la aeronave y a su tripulación, los caló hasta los huesos, los sometió a una capa de humedad y penumbra y los dominó como el mar se apodera de un navío que zozobra. Alt Mer, que había capeado tormentas peores, trató de no pensar en el modo en que la lluvia distorsionaba las figuras y las distancias, pues creaba la ilusión de obstáculos que no existían y daba a entender que había vía libre en lugares repletos de paredes de roca. Confiaba en sus instintos más que en sus sentidos. Había sido marinero toda la vida; conocía de sobra las ilusiones que formaban el viento y la lluvia.
Tras él, la niebla y la oscuridad los cercaban. No quedaba ni rastro de sus perseguidores; de hecho, de nada que no fuera el cielo, las montañas, la lluvia y la niebla que lo llenaban todo.
Spanner Frew regresó a la cabina del piloto. No tenía sentido que siguiera en proa; el mundo que los rodeaba había desaparecido.
El maestro de aja miró a Redden Alt Mer y le ofreció una sonrisa de oreja a oreja. El capitán nómada se la devolvió. No tenían nada que decirse.
La Jerle Shannara continuó navegando las tinieblas.
4
El calor y la luz dieron paso a una oscuridad gélida, la sensación tan peculiar de cosquilleo se convirtió en entumecimiento y el presente se tornó pasado cuando el poder de la espada de Shannara se adueñó de Ilse la Hechicera. Se encontraba en el corazón de las catacumbas de Bastión Caído, a solas con su enemigo, el druida Walker, rodeada de los escombros de otra era. De repente, se había adentrado tanto en su interior que no sabía dónde estaba. En un abrir y cerrar de ojos, pasó de ser una criatura de carne y hueso a poseer la misma sustancia que los pensamientos que la asolaban.
Tan solo dispuso de un segundo para preguntarse qué le ocurría, nada más.
Se adentró sola en la negrura, pero era consciente de la presencia de Walker junto a ella, no con una silueta reconocible, ni siquiera completamente formada, sino más bien en forma de una sombra, un espectro que la seguía como la caída de su larga melena oscura. Notaba el pulso del druida en el talismán al que se aferraba como si de un salvavidas se tratara. Walker era tan solo una presencia etérea, pero la acompañaba y la observaba.
Cuando Ilse la Hechicera emergió de las tinieblas, se encontró en otro lugar y en otra época que reconoció al instante. Estaba en la casa de su infancia, de donde la habían arrancado cuando solo era una niña. Creía que nunca más la vería, pero ahí estaba, tal y como la recordaba, envuelta en las sombras del amanecer que se acercaba, sumida en el silencio y rodeada de peligro. Notó la frescura del aire de la madrugada y le llegó la fragancia intensa de los arbustos de lilas. Reconoció el instante al momento: se había trasladado a la época en que sus padres y su hermano habían muerto y a ella la habían secuestrado.
Contempló cómo se desarrollaban de nuevo los acontecimientos de aquella fatídica mañana, pero esta vez como espectadora, como si le ocurriera a otra persona. Volvieron a matar al viejo Ladrido cuando salió a investigar. Las formas encapuchadas pasaron de nuevo junto a su ventana bajo la tenue luz del alba cuando se dirigían hacia la puerta de entrada. Ella volvió a salir corriendo en vano. Escondió a su hermano en la bodega y trató de eludir el mismo sino que sus padres. No obstante, las figuras encapuchadas la esperaban. Vio cómo la apresaban mientras su casa se quemaba envuelta en una humareda rojiza. Observó cómo se la llevaban, inconsciente e indefensa, hacia el sol naciente.
Había ocurrido tal y como lo recordaba. Pese a todo, también había sido distinto. Fue testigo de cómo unas siluetas negras hacían un corrillo para debatir mientras ella yacía atada, con los ojos vendados y amordazada. Sin embargo, había algo que no cuadraba. Esos no parecían los metamorfóseos que ella sabía que se la habían llevado. Tampoco había rastro del druida Walker. ¿Había visto cómo pasaba ante las ventanas de su casa esta vez, como ella recordaba? Le parecía que no. ¿Dónde estaba?
Como si pretendiera responder a su pregunta, una figura emergió de entre los árboles, alta, negra y encapuchada, como sus captores. Tenía la apariencia de un druida: se fundía con la noche que retrocedía y prometía la llegada de la muerte. Hizo un gesto a sus secuestradores, los llamó junto a él, les dijo algo que no alcanzó a oír y luego se apartó. De pronto, se produjo un trajín de actividad: sus captores se pusieron en guardia, como si fueran combatientes, y lucharon unos contra otros. Sin embargo, su lucha no era encarnizada y brutal; tan solo era un ejercicio. De vez en cuando, alguno se detenía para echar un vistazo a la niña, como si pretendiera calcular los efectos de la simulación. La figura encapuchada dejó que siguieran durante un rato mientras esperaba y, entonces, de golpe, la agarró, la alzó y desaparecieron entre los árboles, alejándose de ese extraño panorama.
Mientras la silueta corría, la bruja entrevió sus antebrazos. Eran escamosos y veteados. Eran reptilianos.
La cabeza le empezó a dar vueltas cuando cayó en la cuenta. «¡No!».
La figura oscura y encapuchada la condujo hasta el interior del bosque, a un lugar tranquilo, y la dejó en el suelo. Contempló cómo le revelaba su identidad y no era el druida, como ahora ya sabía, pues era consciente de que no podía ser otro que el Morgawr. «¡Traidor!». La palabra le retumbó en la mente. «¡Mentiroso!». Pero era algo mucho peor. Ninguna palabra era suficiente para describirlo, no era ni humano. Era un monstruo.
Sabía que contemplaba la verdad. Se lo decía su instinto, por mucho que dudara que fuera cierto. Las imágenes que evocaba la magia de la espada de Shannara no podían ser falsas. Lo presentía, y tenía todo el sentido del mundo. ¿Cómo no lo había sabido antes? ¿Cómo se había dejado engañar con tanta facilidad?
Se recordó que, con todo, en aquel entonces solo tenía seis años. No era más que una niña.
Atormentada por las emociones que la desgarraban como una manada de lobos famélicos, habría chillado a causa de la rabia y la desesperación si hubiera podido. A pesar de ello, era incapaz de dar voz a lo que sentía; solo podía seguir mirando. La magia de la espada no le permitía hacer más.
Oyó cómo el Morgawr le hablaba con voz suave, con intención de seducirla, con un tono traicionero. Vio cómo ella misma, poco a poco, aceptaba sus mentiras, se creía quien él afirmaba que era y que había sido víctima de las maquinaciones de un druida. Fue testigo de cómo se la llevaba a lomos de un alcaudón hasta su guarida subterránea en el corazón del valle de los Indómitos. Contempló cómo ella misma cerraba la puerta de su propia prisión, ingenua y solícita, y se convertía en un títere en una confabulación que empezaba a vislumbrar por primera vez. Observó cómo iniciaba una nueva vida; una niña pequeña engañada que se dejaba llevar por el odio y la determinación. Se contempló consciente de que nunca volvería a ser la misma; que nunca sería capaz de evitarlo, de hacer algo que no fuera desesperarse por el destino que la aguardaba.
Aun así, las imágenes no dejaron de sucederse, de exponer la verdad que le habían negado durante todos estos años. Vio cómo un metamorfóseo hurgaba entre los escombros calcinados a los que había quedado reducida su casa para salvar a su hermano, que aún vivía. Contempló cómo se lo llevaba a una fortaleza que se erguía solitaria y que, de inmediato, reconoció como Paranor. Fue testigo de cómo entregaba a su hermano al druida Walker, quien, a su vez, lo llevaba hasta las Tierras Altas de Leah y se lo confiaba a un hombre de rostro amable y a su mujer, que ya tenían hijos propios y una deuda pendiente con el druida. Vio cómo su hermano crecía con esa familia y cómo la carita de bebé le cambiaba con el paso de los años hasta exhibir unos rasgos que, poco a poco, empezó a reconocer.
Habría soltado un grito ahogado o incluso habría chillado al darse cuenta de que estaba viendo al muchacho que había venido a esta tierra lejana con Walker, el chico que se había enfrentado a ella y había afirmado ser Bek. No había confusión posible. Era el mismo muchacho al que no había creído, el mismo al que había perseguido con el caull y que casi había matado. Bek era el hermano que estaba tan segura de que había muerto en el incendio…
Fue incapaz de terminar de formular el pensamiento, cualquiera. Apenas era capaz de obligarse a enfrentarse a la realidad. Tampoco disponía del tiempo necesario para realizar un examen equilibrado, para aceptar lo que veía. Enseguida brotaron otras imágenes, una oleada que la embistió de tal forma que le oprimió el pecho y no la dejaba respirar bajo su peso aplastante.
Ahora, las imágenes reflejaban su formación con el Morgawr, su instrucción prolongada y severa, su dominio de la autodisciplina y su férrea determinación mientras se disponía a aprender cómo acabar con Walker. Vio cómo se convertía en una muchacha, pero sin la misma libertad vital y espiritual de la que había gozado Bek. Al contrario, fue testigo de cómo ella misma se desprendía de su humanidad y se convertía en algo tan parecido al Morgawr que, al final, tan solo se diferenciaba de este por su apariencia exterior, si es que su piel la distinguía de las escamas del otro. Se había vuelto tan oscura, tan llena de odio y tan cruel como él. Había aceptado con los brazos abiertos las posibilidades ponzoñosas que le ofrecía la magia con el mismo entusiasmo y determinación salvaje que el Morgawr.
Contempló cómo aprendía a usar su magia como si fuera un arma. Toda su experiencia dilatada y tormentosa desfiló ante sus ojos con un detalle abrumador y escalofriante. Presenció cómo mutilaba y asesinaba a quien se interponía en su camino. Vio cómo destruía a los que se atrevían a enfrentarse a ella o a cuestionarla. Observó cómo les arrancaba las esperanzas y la valentía y los esclavizaba. Vio cómo destruía a gente solo porque sí o porque favorecía a sus propósitos. La Víbora había muerto para que ella controlara a Ryer Ord Star. Su espía en casa del sanador de Fronda Águila había muerto para que nunca revelara su conexión con ella. Allardon Elessedil había muerto para que la travesía que el druida Walker pretendía emprender careciera del apoyo élfico.
Había muchos más; tantos, que enseguida perdió la cuenta. De la mayoría, ni siquiera se acordaba. Contempló cómo aparecían, como si fueran espectros de su pasado, y fue testigo de cómo morían otra vez. De su propia mano o porque lo había ordenado, todos morían. Y si no lo hacían, a menudo acababan con el aspecto de hombres y mujeres que desearían haberlo hecho. Percibía su miedo, su impotencia, su frustración, su terror y su dolor. Experimentaba su sufrimiento.
Ella, que era Ilse la Hechicera, que nunca había sentido nada, que se había asegurado de resguardarse de cualquier tipo de emoción, se desmoronó como un castillo de naipes con un soplo de brisa.
«Basta —oyó que suplicaba—. ¡Por favor! ¡Por favor!».
Las imágenes se transformaron por enésima vez y ahora contemplaba, no los actos directos que había perpetrado, sino sus consecuencias. Cuando un padre había muerto para satisfacer sus necesidades, una madre y sus hijos habían terminado en la calle, muertos de hambre. Cuando había subvertido a una hija para su propio beneficio, un hermano, sin darse cuenta, se había puesto en peligro y había acabado aniquilado. Cuando había sacrificado una vida, había arruinado dos más.
Pero no terminaba aquí. Al doblegar por capricho a un comandante nacido libre, había privado a su nación de su valentía y la había dejado sin líder durante años. La hija de un político que se encontraba en pleno conflicto entre dos facciones fue encarcelada cuando su sabiduría habría puesto fin a la disputa. Niños habían desaparecido en otras tierras, secuestrados por sus acólitos para controlar a los padres, hundidos por la pena. Tribus de gnomos, desprovistos de las tierras sagradas de las que ella se había apoderado para el Morgawr, habían acusado a los enanos, que a partir de ese momento se habían convertido en sus enemigos. Como las ondas en cadena que provoca una piedra que se lanza a las aguas tranquilas de un estanque, las consecuencias de sus actos egoístas y depredadores se extendían mucho más allá de su impacto inicial.
Durante todo ese tiempo, notaba cómo el Morgawr la vigilaba desde la distancia, una presencia silenciosa que saboreaba los resultados de sus maquinaciones arteras, de sus mentiras y engaños. La manipulaba como si fuera su títere, controlada por los hilos que él manejaba. Había encauzado su rabia y su frustración y nunca le había dejado olvidar hacia quién debía dirigirlas. Todo lo que ella había hecho, había sido con el fin de destruir al druida Walker. No obstante, al contemplar ahora su pasado, sin mentiras y expuesto a plena luz, era incapaz de comprender cómo había vivido tan engañada. Nada de lo que había hecho le había brindado su supuesto objetivo. Ninguna acción era justificable. Todo había sido una farsa.
La capa de autoengaño con la que se revestía se rompió en mil pedazos ante ese torrente de imágenes y, por primera vez, se vio a sí misma tal y como era en realidad. Era repugnante. Era el peor ser que podía imaginar, una criatura cuya humanidad había sacrificado debido a la falsa creencia de que no tenía ningún valor. Sacrificada en pro del monstruo en el que se había convertido, había renunciado a todo lo que había formado parte de la niña que había sido.
Lo peor de todo era darse cuenta de lo que le había hecho a Bek. Al asumir que había muerto entre las cenizas de su casa, había hecho algo peor que traicionarlo. Había hecho algo peor que no creer que era la persona que afirmaba ser cuándo se había enfrentado a ella. Había tratado de matarlo. Le había dado caza y por poco lo había asesinado. Lo había hecho prisionero, se lo había llevado a la Fluvia Negra y se lo había entregado a Cree Bega.
Lo había abandonado.
Otra vez.
En el silencio de la magia sosegada de la espada de Shannara, las imágenes se esfumaron por un momento y se quedó sola con la verdad, con su crudeza y su filo cortante. Walker todavía estaba ahí, cerca, su presencia tenue observaba cómo aceptaba quién era. La jurguina lo percibía como un palio, y no podía deshacerse de él. Trató de liberarse de la red de engaños, traiciones y fechorías que la enredaba como una gran telaraña. Le costaba respirar ante la oscuridad sofocante de su propia vida. No consiguió ni lo uno ni lo otro; estaba tan atrapada como sus víctimas.
Las imágenes se sucedieron de nuevo, pero ya no lo soportaba más. Perdida en el caleidoscopio de las atrocidades que había cometido, no era capaz de imaginar cómo se le podría conceder el perdón. No concebía que tuviera derecho siquiera a pedirlo. Se sentía despojada de esperanzas o clemencia. Encontró por fin la voz y soltó un grito fruto de la desesperación y el odio que sentía por sí misma. El sonido y la impetuosidad del grito hicieron estallar su propia magia, tenebrosa, veloz y certera. Acudió a ayudarla de improviso, chocó con el poder de la espada de Shannara y estalló en su interior en una conflagración abrasadora. Sintió que ella misma explotaba en un torbellino de imágenes y sentimientos. Entonces, todo se sumió en una espiral enorme de oscuridad y la apresaron volutas de sombras que se alargaban hasta el infinito.
* * *
Bek Ohmsford se puso rígido al oírlo.
—¿Lo has oído? —le preguntó a Truls Rohk.
Se trataba de una pregunta innecesaria, nadie lo habría ignorado. Se encontraban en el corazón de las catacumbas de Bastión Caído en busca de Walker. Habían descendido desde las ruinas, tras haber encontrado unas puertas, que antes estaban cerradas, abiertas de par en par. Los filamentos de fuego y los escaladores ya no protegían esos dominios. No quedaba ni rastro de vida. El mundo de Antrax era ahora una tumba de esqueletos de metal y máquinas inertes.
Truls Rohk, tapado y encapuchado incluso en el corazón de Bastión Caído, despacio, echó un vistazo a su alrededor, mientras el eco del grito se extinguía.
—Aquí abajo todavía queda alguien vivo.
—Una mujer —se aventuró Bek.
El metamorfóseo gruñó.
—No estés tan seguro.
Bek sondeó el aire con su magia mientras tarareaba con suavidad y buscaba el rastro de la magia. Grianne había recorrido este mismo camino no hacía demasiado tiempo, su presencia era inconfundible. La seguían convencidos de que ella perseguía a Walker. Una los conduciría al otro. Si se daban prisa, llegarían hasta ellos a tiempo. Sin embargo, hasta el momento, no estaban tan seguros de que quedara alguien vivo. Desde luego, no habían encontrado ninguna prueba que indicara lo contrario.
Bek retomó la marcha y se pasó la mano por el pelo, nervioso.
—Ha ido por aquí.
Truls Rohk avanzó con él.
—Me has dicho que tenías un plan. Para cuando la encontremos.
—Para capturarla —anunció Bek—. Para apresarla con vida.
—Qué ambicioso eres, muchacho. ¿Y tienes intención de ilustrarme con los detalles en algún momento o…?
Bek siguió adelante y se tomó unos segundos para pensar en su explicación. Con Truls, uno no quería complicar más las cosas. El metamorfóseo estaba predispuesto a dudar de la posibilidad de que cualquier plan funcionara. En cambio, pensaba en modos de matar a Grianne antes de que esta tuviera la oportunidad de hacer lo propio con él. Lo único que lo evitaba era la exigencia vehemente de Bek de que Truls le diera una oportunidad a su plan.
—No puede hacernos daño a menos que use la magia —empezó con un hilo de voz sin mirar a su compañero mientras seguían caminando. Pisaba con cuidado entre cables caídos y trozos de hormigón que se habían desprendido del techo debido a una explosión que lo había hecho temblar todo y que habían notado incluso desde sobre el nivel del suelo—. No puede usar la magia a menos que emplee la voz. Si evitamos que hable, cante o emita cualquier tipo de sonido, conseguiremos hacerla prisionera.
Truls Rohk se escurría entre las sombras y las luces parpadeantes como un gato enorme.
—Podemos conseguir lo que queremos si la matamos. Déjalo correr, muchacho. No volverá a ser tu hermana. No aceptará lo que es.
—Si logro distraerla, tú podrías acercarte por la espalda —continuó Bek, que hizo caso omiso de la intervención del metamorfóseo—. Podrías cubrirle la boca con las manos y acallarla. Podrías hacerlo si somos capaces de evitar que descubra que estás aquí. Creo que es viable. Estará concentrada en encontrar al druida y en enfrentarse a mí. No te buscará.
—Tú sueñas despierto. —Truls Rohk no sonaba convencido—. Si el plan fracasa, no tendremos una segunda oportunidad. Ni tú ni yo.
Algo pesado cayó al suelo del pasadizo que se extendía ante ellos con un estrépito y se sumó a los montones de escombros que ya se hacinaban. El vapor siseaba al emanar de tuberías rotas y olores peculiares se arremolinaban en los huecos y se filtraban a través de las grietas de las paredes. Dentro de las catacumbas, todos los pasillos parecían idénticos. Era un laberinto y, si no hubieran seguido el aura tan característica de Grianne, haría tiempo que se habrían perdido.
Bek no alteró su tono de voz.
—Walker querría que lo hiciera —se atrevió a decir. Echó un vistazo a la silueta negra del metamorfóseo—. Y lo sabes.
—Solo el druida sabe lo que quiere. Tampoco significa que eso sea necesariamente lo correcto. De momento, no hemos conseguido demasiado con ello.
—Y, precisamente, por eso decidiste acompañarlo en esta travesía —sugirió Bek, tranquilo—. Por eso lo habías acompañado tantas veces. ¿Me equivoco?
Truls Rohk no respondió, desapareció dentro de sus ropajes de modo que tan solo quedó la sombra encapuchada que avanzaba en la penumbra, más presencia que sustancia, tan leve que parecía que desaparecería en un abrir y cerrar de ojos.
Ante ellos, la galería se ensanchaba. Los daños eran más severos ahí que en cualquier otro sitio por el que habían pasado. Pedazos enteros de techo y pared se habían desmoronado. Había cúmulos de cristal hecho añicos y metales retorcidos. A pesar de que las lámparas que ardían sin llama iluminaban el corredor con una luz tenue, esta apenas penetraba la densa oscuridad.
Al final del pasillo había una sala enorme y cavernosa con un par de cilindros gigantescos cuyo revestimiento de metal estaba hendido de cabo a rabo como si fuera fruta madura. El vapor siseaba a través de las grietas como sangre que se derrama de un cuerpo. Los extremos de cables cortados chisporroteaban y estallaban con pequeñas explosiones. Los puntales y las vigas, descabaladas, emitían crujidos largos y lentos.
—Ahí —dijo Bek con un hilo de voz mientras tocaba la capa del otro—. Está ahí.
No advirtieron ningún ruido ni movimiento, no detectaron ningún indicio de que un ser vivo esperara al final del pasillo, entre esa destrucción extrema. Truls Rohk se quedó petrificado unos segundos mientras aguzaba el oído. Entonces, retomó la marcha y esta vez la encabezaba él, ya no se fiaba de Bek. Tomó el control de una situación que era potencialmente mortífera. El muchacho lo siguió callado, sabedor de que ya no era él quien abría el camino y que lo mejor que podía esperar era disponer de la oportunidad de que las cosas salieran como él creía.
Un silbido repentino rompió el silencio, una ruido interrumpido por golpes secos y crujidos. Los sonidos despertaron la imagen de animales que se alimentaban de los huesos de una res muerta en la mente de Bek.
Cuando llegaron a la entrada de la sala, Truls Rohk se dirigió con prontitud hacia las sombras que proyectaba una pared e indicó con gestos a Bek que se mantuviera apartado. Reacio a romper el contacto con él, Bek retrocedió un paso, si cabe. Se apretó contra una pared lisa y se esforzó por detectar algún sonido que fuera más allá de los ruidos mecánicos.
Entonces, el metamorfóseo se fundió con una zona de sombras y desapareció. Bek supo al momento que trataba de llegar a Grianne antes que él y se lanzó tras él, temeroso de haber perdido la oportunidad de salvar a su hermana. Se abrió paso entre los escombros que había en la entrada de la sala a toda prisa y se detuvo en seco.
La cámara estaba en ruinas, todo eran montones de restos de metal y cristal, de escaladores hechos trizas y máquinas rotas. Grianne estaba arrodillada en el centro junto a Walker, que yacía inerte. Su cabeza sobresalía de las sombras de su melena oscura y el parpadeo suave de los cables rotos que chisporroteaban le iluminaban el rostro pálido. La jurguina tenía los ojos abiertos, clavados en el techo, pero no veía nada. Las manos agarraban con fuerza la empuñadura de la espada de Shannara, cuya hoja caía perpendicular al suelo liso de metal.
Había sangre en esas manos y también en la empuñadura y en la hoja. Había sangre por doquier, tanto en sus ropajes como en los de Walker. Había sangre en el suelo, encharcado, que formaba un río carmesí que discurría en regueros que se dirigían hacia los escombros.
Bek contempló la escena, horrorizado. No pudo evitar pensarlo: Walker estaba muerto y Grianne lo había matado.
Por el rabillo del ojo vio el destello de la hoja afilada de una daga entre las sombras y en la oscuridad. Unas tinieblas aun más profundas avanzaron hacia delante en silencio.
Truls Rohk había llegado a la misma conclusión que él.
5
Abrazados el uno al otro como un par de niños asustados, Ahren Elessedil y Ryer Ord Star recorrieron los pasillos silenciosos y cubiertos de polvo de Bastión Caído en dirección a las ruinas que se erigían sobre tierra. La vidente sollozaba desconsolada, con la cabeza hundida en el hombro del príncipe de los elfos, al que agarraba como si tuviera miedo de perderlo. Abandonar a Walker la había destrozado por completo y, aunque Ahren le susurraba palabras de consuelo a medida que avanzaban en un intento vano de que recuperara la compostura, esta no parecía oírle. Era como si, al haber dejado atrás al druida, también hubiera abandonado una parte de sí misma. Lo único que evidenciaba que todavía era consciente de lo que sucedía a su alrededor era el modo en que se estremecía cada vez que partes del techo o de las paredes cedían y se derrumbaban o cuando algo explotaba en los corredores oscuros por los que huían.
—Todo saldrá bien, Ryer —no dejaba de repetirle Ahren, incluso cuando se hizo evidente que tales palabras no tenían ningún significado para ella.
Conmovido por lo que había sucedido en las últimas horas, tenía un revoltijo de ideas en la cabeza y le parecía que todo era incierto. Los efectos de la magia de las piedras élficas se habían extinguido y le habían devuelto la paz y la tranquilidad; ya no se sentía presa del fuego y la furia ciega. Se había guardado las piedras dentro del bolsillo de la guerrera, para cuando las volviera a necesitar. Una parte de él esperaba tener que volverlas usar, pero otra esperaba que no se diera la ocasión. Se sentía satisfecho por haberlas recuperado, por haber conjurado su magia y por haber usado el fuego azul contra las horribles máquinas que habían acabado con tantos compañeros y amigos de la Jerle Shannara. Se sentía renovado por dentro, como si hubiera realizado un rito de iniciación y hubiera salido victorioso. Se había embarcado en esta travesía cunado era poco más que un muchacho y ahora ya era todo un hombre. El periplo que había sufrido hasta recuperar las piedras élficas le había producido la sensación de tener una nueva identidad, una nueva confianza en sí mismo. La experiencia había sido espantosa, pero se sentía empoderado.
Con todo, nada de esto le hacía sentir mejor respecto a lo que le había ocurrido a Walker y lo que seguramente les pasaría a ellos ahora. No cabía duda de que Walker se moría cuando se habían ido; ni siquiera un druida era capaz de sobrevivir al tipo de heridas que había sufrido. Tal vez sobreviviera unos minutos más, pero ya no había esperanza para él. Así que ahora la compañía, o lo que quedaba de esta, debía seguir adelante sin él. Pero ¿dónde iría? ¿Con qué objetivo seguiría? El mismo Walker le había dicho que, con la muerte de Antrax, habían perdido el conocimiento de los libros de magia. Había tenido que tomar la decisión de destruir la máquina y, de ese modo, había sacrificado cualquier posibilidad de hacerse con lo que habían ido a buscar. Constituía el reconocimiento de su fracaso y la admisión de que el viaje había sido en vano.
No obstante, no podía evitar sentir que no era cierto, que había algo más en todo lo que había sucedido que todavía no era evidente.
Se preguntó por el resto de los integrantes de la compañía. Sabía que Bek estaba vivo cuando Ryer había huido de las garras de Ilse la Hechicera y se había adentrado en las ruinas con la intención de encontrar a Walker. La rastreadora elfa, Tamis, también había escapado. Habría más, en alguna parte. ¿Qué haría para encontrarlos? Sabía que debía hacerlo porque, sin una aeronave y una tripulación, estaban atrapados ahí para siempre. E Ilse la Hechicera y sus mwellrets les pisaban los talones.
Sin embargo, sí que sabía qué podía hacer para conseguir ayuda. Podía usar las piedras élficas, las piedras rastreadoras de leyenda, para encontrar el camino hasta los demás. El problema era que usar la magia revelaría a Ilse la Hechicera su presencia; le indicaría el lugar exacto en el que se encontraban e iría a por ellos de inmediato. No podían permitirse que eso ocurriera. Ahren no creía, ni por un segundo, que pudiera plantarle cara a la bruja, ni siquiera con la ayuda de las piedras élficas. El sigilo y la discreción eran las mejores armas que podían empuñar. Aun así, no estaba seguro de que fueran suficientes.
Llevaban horas recorriendo los pasadizos; Ahren iba sumido en sus pensamientos cuando se dio cuenta de que Ryer había dejado de llorar. Bajó la mirada hacia ella sorprendido, pero esta mantenía el rostro enterrado en su hombro, contra el pecho, escondido bajo la cortina de su largo cabello plateado. Se le ocurrió que debía de estar lidiando con su pena y que no debía molestarla, por lo que la dejó tranquila. Se centró entonces en salir a la superficie de nuevo. Los escombros que habían obstruido los corredores inferiores ya no eran tan abundantes, como si las explosiones se hubieran producido en el corazón de Bastión Caído. El aire parecía más fresco y pensó que debían de estar cerca de la salida.
Resultó estar en lo cierto. Al cabo de unos minutos atravesaron un par de puertas de metal que colgaban de sus goznes, abiertas de par en par, atrapadas bajo el marco, que se había derrumbado, y salieron al aire libre. Emergieron de la torre por la que había desaparecido Walker hacía días, ubicada en el centro del laberinto mortífero que había acabado con gran parte de la compañía. Todavía era de noche, la luna brillaba en el cielo estrellado y despejado, pero la llegada del alba se evidenciaba en el horizonte oriental, donde se atisbaba una leve claridad. Ahren se detuvo en la entrada de la torre y echó un vistazo a su alrededor con cautela. Distinguía el contorno de las paredes del laberinto y atisbaba montones de escaladores y armas rotas. Más allá, las ruinas de la ciudad conformaban un revoltijo de edificios derrumbados. En aquel páramo no se percibía ningún ruido, era como si ellos dos fueran los únicos seres vivos del mundo.
No obstante, las apariencias engañaban, y lo sabía. Los mwellrets todavía estaban ahí y los buscaban; debían andarse con mucho cuidado.
Con Ryer todavía aferrada al cuerpo, se arrodilló y acercó los labios al oído de la vidente.
—Escúchame —le susurró.
Esta se puso rígida y asintió despacio.
—Tenemos que buscar a Bek, Tamis y Quentin, pero debemos ser muy silenciosos. Los mwellrets e Ilse la Hechicera nos estarán buscando. Al menos, es lo que debemos suponer. No podemos permitir que nos pillen, tenemos que salir de las ruinas y buscar refugio en el bosque. Enseguida. ¿Puedes ayudarme?
—No deberíamos haberlo dejado —replicó ella con un hilo de voz tan débil que el elfo apenas fue capaz de entenderla, y se aferró con más fuerza a su brazo—. Deberíamos habernos quedado.
—No, Ryer —le contestó—. Nos ha dicho que nos fuéramos. Nos ha dicho que no había nada más que pudiéramos hacer por él. Nos ha ordenado que encontremos a los demás. ¿Recuerdas?
La vidente sacudió la cabeza.
—No importa. Deberíamos habernos quedado. Se estaba muriendo.
—Si no hacemos lo que nos ha pedido, si dejamos que nos capturen o que nos maten, le habremos fallado. Eso hará que su muerte haya sido en vano. —Usaba un tono de voz bajo pero firme—. No es lo que esperaba de nosotros. No nos ha dicho que nos fuéramos para eso.
—Lo he traicionado —sollozó la otra.
—Todos nos hemos traicionado unos a otros en algún momento de esta travesía. —La obligó a separar la cabeza de su pecho y le alzó la barbilla para que lo mirara a los ojos—. No se muere por algo que hayamos hecho o no. Se muere porque ha decidido dar su vida para destruir a Antrax. Ha sido su decisión.
Inspiró hondo para tranquilizarse.
—Escúchame bien. Lo mejor que podemos hacer ahora es cumplir sus últimos deseos. No sé qué tenía planeado para nosotros, qué creía que ocurriría ahora que ya no está. No sé qué hemos conseguido. Pero lo único que podemos hacer por él es salir de aquí y regresar a las Cuatro Tierras.
Los rasgos pálidos y demacrados de la vidente se tensaron ante la severidad de lo que decía el príncipe y luego se desmoronó como las paredes de Bastión Caído.
—No puedo sobrevivir sin él, Ahren. No quiero hacerlo.
Guiado por un impulso, el príncipe de los elfos le acarició la fina melena.
—Te ha dicho que te volvería a ver. Te lo ha prometido. Tal vez, deberías darle la oportunidad de mantener esa promesa. —Hizo una pausa y luego se inclinó y le dio un beso en la frente—. Dices que no puedes sobrevivir sin él. No sé si te servirá de algo, pero yo no creo que pueda hacerlo sin ti. No habría llegado hasta aquí de no haber sido por ti. No me abandones ahora.
Apoyó la mejilla contra la sien de la vidente y la abrazó mientras aguardaba su respuesta. Tardó mucho rato en dársela, pero, al final, Ryer Ord Star se apartó y le acunó el rostro con sus pequeñas manos.
—De acuerdo —dijo con un hilo de voz y le ofreció una sonrisa leve y triste—. No te abandonaré.
Ambos se levantaron y emergieron de la sombra de la torre negra mientras se adentraban en el laberinto para proseguir su camino por las ruinas. Avanzaron por las tinieblas sin apresurarse: se detenían a menudo para comprobar si oían ruidos que los alertaran de algún posible peligro. Ahren encabezaba la marcha agarrado de la mano de Ryer Ord Star; esa conexión le confería una peculiar sensación de poder. No le había mentido cuando le había dicho que todavía la necesitaba. A pesar de haber recuperado las piedras élficas y haber vencido en su lucha contra los escaladores, todavía no tenía confianza en sí mismo. Había dejado de ser un muchacho, pero todavía debía entrenar mucho y le faltaba experiencia. Había cosas que tenía que aprender y algunas serían duras. No quería afrontarlas solo y que Ryer les hiciera frente con él le ofrecía una confianza que no comprendía del todo, pero que sabía que no debía ignorar.
A pesar de todo, sí que entendía una parte. Lo que sentía por la muchacha se acercaba mucho al amor. Había surgido despacio y justo ahora comenzaba a reconocerlo por lo que era. No estaba seguro de cómo terminaría todo, ni siquiera si el sentimiento perduraría. Pero en ese mundo de agitación e incertidumbre, de monstruos y peligros espantosos, era tranquilizador tenerla cerca, poder pedirle consejo o simplemente poder tocarle la mano. Le daba una fuerza poderosa y misteriosa a la vez; no como la que le confería la magia, sino que era una fuerza espiritual. Tal vez era el simple hecho de no estar solo, de contar con otra persona con la que compartir lo que ocurriera. Sin embargo, también era algo tan místico como la vida y la muerte.
Caminaron durante mucho tiempo a través de las ruinas sin oír ni ver nada ni nadie. Avanzaban en dirección sur, hacia el punto del que habían partido: la bahía en la que había estado ancorada la Jerle Shannara. Claro que ahora, la nave se encontraba en manos de Ilse la Hechicera, a menos que hubiera cambiado la situación, que era probable. En estas tierras, las cosas cambiaban muy deprisa y sin previo aviso. Tal vez, esta vez lo harían de un modo que favorecería a la compañía de Walker en lugar de a la de la bruja.
De repente, Ryer Ord Star se detuvo en seco. Temblaba y tenía el cuerpo en tensión. Ahren se volvió hacia ella enseguida. Tenía los ojos clavados en el vacío, en algún lugar que él no lograba atisbar, y su rostro reflejaba tal grado de consternación que el príncipe inspeccionó los alrededores de inmediato, en busca del origen de ese desasosiego.
—Ha muerto, Ahren —anunció con un susurro bajito y lleno de dolor.
Se desplomó en el suelo y se echó a llorar. Todavía lo agarraba de la mano, como si eso fuera lo que la mantenía entera. Ahren se arrodilló a su lado y la estrechó entre sus brazos.
—Tal vez ha encontrado la paz —dijo mientras se preguntaba si Walker Boh podía conseguirlo.
—Lo he visto —le explicó—. En la visión que acabo de tener. He visto cómo cargaba con él un espectro que lo conducía hacia una luz verde que había sobre un lago subterráneo. No estaba solo. En la orilla del lago había tres personas. Una era Bek, la segunda, una figura encapuchada que he reconocido y la tercera era Ilse la Hechicera.
—¿Ilse la Hechicera estaba con Bek?
La vidente le apretó la mano.
—Pero no hacía nada malo. Ni siquiera lo miraba. Estaba ahí, presente de cuerpo, pero al mismo tiempo no estaba. Parecía perdida. ¡Espera! No, no te lo he contado bien. Parecía aturdida. Pero eso no ha sido todo, Ahren. La visión ha cambiado y la bruja y Bek se agarraban de la mano. Estaban en otro lugar, creo que en algún punto del futuro. No sé cómo explicarlo, pero eran la misma persona. Estaban unidos.
Ahren trató de darle sentido a lo que explicaba.
—¿Unidos en un solo cuerpo y rostro? ¿En ese sentido?
La otra sacudió la cabeza.
—No me parece que lo fuera, pero me daba esa sensación. Algo había ocurrido que los había conectado, pero se trataba de una unión más espiritual que física. ¡He notado tanto dolor! Lo he percibido. No sé de quién procedía ni quién lo había generado. Tal vez ambos. Pero se desprendía de la conexión que formaban y servía para provocar algo que iba a ocurrir más adelante. Pero no he visto qué era, me lo impedía.
Ahren le dio unas cuantas vueltas.
—Bueno, puede que esté relacionado con el hecho de que son hermanos. Tal vez esa era la conexión que has percibido. Quizá Ilse la Hechicera ha descubierto que era verdad y eso ha provocado el dolor que has notado.
Bajo la luz de la luna, los ojos de Ryer Ord Star parecían enormes y líquidos.
—Quizá.
—¿Crees que Ilse la Hechicera y Bek están en las catacumbas de Bastión Caído con Walker?
Sacudió la cabeza.
—No lo sé.
—¿Deberíamos volver y buscarlos?
La vidente se limitó a observarlo con los ojos abiertos de par en par, asustada.
No había modo de saberlo. Se trataba de una visión y estas eran susceptibles de inducir al error o de ser malinterpretadas. Revelaban verdades, pero no en términos evidentes a simple vista. Era su propia naturaleza. Ryer Ord Star discernía el futuro mejor que la mayoría. No obstante, incluso a ella se le vetaba divisar poco más que un atisbo, y ese podía tener un significado completamente distinto a lo que sugería.
De pronto, a Ahren se le antojó impensable la idea de retroceder por cualquier motivo y la descartó. Así, se levantaron y siguieron caminando. Frustrado y preocupado por lo que había dicho la vidente, Ahren esperaba que, cuando tuviera otra visión, fuera una por la que pudieran hacer algo, como encontrar el modo de solucionar su dilema actual, por ejemplo. Las visiones sobre otras personas en otros lugares no eran demasiado útiles ahora. Era una actitud egoísta y se sintió avergonzado de inmediato. Sin embargo, no podía permitirse pensar así.
Siguieron avanzando, pues pronto amanecería. Si no habían llegado al amparo de los árboles para entonces, tendrían problemas. Disponían de los restos de los edificios para esconderse, pero si los descubrían, los podrían atrapar con facilidad. Si seguían adelante después del alba, quedarían expuestos. Ahren no sabía si lo que hacía ahora marcaba alguna diferencia, puesto que caminaban sin un destino claro y ningún plan de rescate. Lo único que sabía era que debía encontrar el modo de eludir a Ilse la Hechicera y los mwellrets. O quizá tan solo a los últimos, si la visión de Ryer predecía el futuro. ¿Era posible que Bek hubiera capturado a la bruja y hubiera hallado el modo de someterla? Al fin y al cabo, poseía una magia lo bastante fuerte como para reducir a escaladores a escombros. ¿Sería suficiente para derrotar a la jurguina también?
Ahren pensó que ojalá supiera más sobre lo que ocurría, pero ya lo deseaba desde el principio.
Estaban cerca del extremo del bosque cuando oyeron movimiento un poco más adelante. Era un ruido suave y furtivo, el tipo que provoca alguien que trata de no ser descubierto. Ahren se puso en cuclillas y tiró de Ryer para que bajara con él. Se encontraban en las sombras de una pared, así que no se les vería con facilidad. Por otro lado, el horizonte se iluminaba cada vez más y no podían quedarse ahí para siempre.
Gesticuló para indicarle que no hiciera ruido y que siguiera su ejemplo. Luego, el príncipe de los elfos se levantó y avanzó, pero mucho más despacio. Al cabo de unos segundos, volvió a oír ese ruido, como si de unas botas que arañaran la piedra se tratara, muy cerca, y volvió a fundirse con las sombras.
Casi al instante, un mwellret emergió de la oscuridad y cruzó el espacio despejado que había ante ellos. No había ninguna duda de qué era ni de qué intenciones tenía: cargaba con un hacha de guerra y llevaba una espada corta en la cintura. Buscaba a alguien. Quizá no a ellos, admitió Ahren, pero no les serviría de mucho si los descubría.
Esperó hasta que el lacértido desapareció de su vista y retomó la marcha. Tal vez podían colocarse a sus espaldas. Era posible que estuviera solo.
No obstante, en cuanto giraron a la izquierda, con la intención de alejarse del primero, se toparon con un segundo que iba directo hacia ellos. Ahren se resguardó de nuevo tras la estructura de un edificio sin techo y luego guio a Ryer a través de campo abierto hacia otra salida. Pisaba con cuidado entre montones de escombros, pero sus botas provocaban ruiditos inevitables. Tras volver a cruzar campo abierto, se agazaparon tras otro edificio y siguieron adelante. Si seguían sorteando así a sus perseguidores, Ahren esperaba poder darles esquinazo.
De nuevo al descubierto, se detuvo y echó un vistazo alrededor. Nada le resultaba familiar. Veía el contorno de las copas de los árboles a cierta distancia, pero desconocía la dirección que habían tomado y dónde estaban los mwellrets. Aguzó el oído para detectarlos, pero no oyó nada.
—Hay alguien detrás de nosotros —le susurró Ryer al oído.
Tiró de ella para seguir adelante y se dirigió hacia el refugio que ofrecían los árboles, con la esperanza de llegar a tiempo. Cada vez era más de día, el sol comenzaba a despuntar en el horizonte y bañaba las ruinas con una peligrosa combinación de luz y sombras que engañaba la vista con facilidad. A Ahren le pareció haber escuchado un gruñido repentino en algún punto cercano y se preguntó si los habían descubierto.
Tal vez debía usar las piedras élficas, incluso aunque revelaran su paradero. No obstante, la magia no servía de nada contra los lacértidos o cualquier otra criatura que no usara la magia. Tampoco responderían si no representaba una amenaza física para él.
Colocó la mano que le quedaba libre en la empuñadura de la faca, la única otra arma que llevaba, dubitativo. Pensaba en qué debía hacer cuando un movimiento a su derecha hizo que se detuviera. Se ocultó tras una pared con Ryer mientras aguantaba la respiración y una forma encapuchada aparecía entre los edificios. No era capaz de distinguir quién o qué era: si humano o mwellret. Ryer estaba tan apretujada contra él que notaba su respiración. El elfo le estrechó la mano con fuerza sin sentir un ápice de la tranquilidad que trataba de transmitirle con ese apretón.
Entonces, la figura encapuchada desapareció. Ahren exhaló despacio y retomó la marcha. Quedaba poco para llegar a los árboles. Al otro lado de las ruinas, a tan solo unos noventa metros, veía ramas y follaje con la luz del alba.
En cuanto dobló la esquina de una pared que se había medio derrumbado, volvió la vista hacia atrás para observar a Ryer unos segundos y asegurarse de que estaba bien. La expresión de esta cambió justo cuando él la miró; su cansancio dio paso a un terror cerval.
Se apresuró a mirar hacia delante, pero tardó demasiado. Un movimiento repentino lo sorprendió.
Y de pronto, todo se volvió negro.
6
Cuando vio que Truls Rohk avanzaba hacia su hermana, Bek Ohmsford no se detuvo a pensar en las consecuencias de lo que iba a hacer. Lo único que tenía claro era que, si no hacía algo, el metamorfóseo la mataría. No importaba lo que este hubiera prometido antes, en un momento de pensamiento racional, ajeno a la carnicería con la que se habían encontrado ahora. Una vez, Truls la vio arrodillada junto al cuerpo de Walker mientras empuñaba la espada de Shannara con sangre por doquier; esa promesa se la había llevado el viento. Si Bek se hubiera dejado llevar por sus emociones, tal vez habría reaccionado igual que Truls Rohk. No obstante, Bek veía que algo que no iba bien en el rostro de su hermana. Tenía los ojos clavados en el techo, pero la mirada desenfocada. Sostenía la espada de Shannara, pero no como si acabara de usarla. Además, dudaba de que esta empleara el talismán para arrebatarle la vida al druida. Antes se fiaría de su propia magia, de la magia de la canción, y si lo hubiera hecho ahora, no habría tanta sangre.
En cuanto superó la sorpresa inicial, Bek supo que había mucho más en esa escena que se había encontrado de lo que parecía. Sin embargo, Truls Rohk se dirigía a ella por la espalda y no podía verle la cara. En realidad, tampoco le habría importado, pues no estaba dispuesto a dudar de lo que veía, a diferencia de Bek. Para el metamorfóseo, Ilse la Hechicera era una enemiga peligrosa y nada más, y si había alguna razón para sospechar que les haría daño, no se lo pensaría dos veces y la detendría como fuera.
Así pues, Bek lo atacó. Fue una reacción que nacía de la desesperación con la que pretendía retener al otro sin herirlo. Sin embargo, Truls Rohk era tan fuerte y poderoso que Bek no podía limitarse a usar la magia a medias al invocar el poder de la canción de los deseos. De todos modos, todavía no la dominaba, al menos, no del modo en que lo hacía Grianne, puesto que había descubierto que poseía este poder hacía unos meses. Lo mejor que podía hacer era esperar que tuviera el efecto deseado.
Creó una red de magia que lo atrapó y lo mandó rodando al otro lado de la estancia llena de escombros. El metamorfóseo se desplomó, pero se incorporó casi al instante, se deshizo de su ocultación y reveló su presencia: enorme, oscura y peligrosa. Tras desenvainar la faca, se lanzó hacia Grianne una segunda vez. No obstante, a estas alturas, Bek conocía de sobra lo fuerte que era Truls y ya había previsto que su primer intento de entorpecer al metamorfóseo no saldría bien. Proyectó una segunda oleada de magia, una pared de sonido que cazó al otro y lo hizo retroceder por el aire. Bek gritó, pero no le pareció que Truls lo oyera, tan resuelto como estaba en llegar hasta Grianne.
Con todo, Bek la alcanzó el primero, se dejó caer de rodillas y la abrazó con actitud protectora. Esta no se movió. Tampoco reaccionó de ninguna forma.
—No le hagas daño —dijo mientras se volvía para enfrentarse a Truls Rohk.
Entonces, algo le dio tan fuerte que lo separó de Grianne y lo lanzó contra los restos de un escalador hecho añicos. Aturdido, se puso de rodillas.
—Truls… —pronunció entre jadeos a la vez que miraba a Grianne, impotente.
El metamorfóseo se cernía ante ella, como una sombra amenazadora, con la hoja del cuchillo contra su garganta.
—No tienes suficiente experiencia, muchacho —le soltó entre dientes—. Todavía no. Pero eso no te hace menos irritante, te lo aseguro. No, no trates de levantarte. Quédate ahí.
Permaneció en silencio un momento, tenso y preparado, y se inclinó todavía más sobre la hermana de Bek. Entonces bajó el cuchillo.
—¿Qué le pasa? Está como en una especie de trance.
Bek se puso en pie a pesar de la advertencia del otro y tropezó al intentar sobreponerse a la desorientación que había comportado el golpe.
—¿Tenías que darme tan fuerte?
—Sí, si quería asegurarme de que te quedara claro qué comporta usar tu magia contra mí. —El otro se volvió para encararse a él—. ¿En qué pensabas?
Bek sacudió la cabeza.
—En que no quería que le hicieras daño. Me ha parecido que la ibas a matar en el acto cuando has visto a Walker. Me ha dado la sensación de que no podías verle la cara, así que no sabías que no podía hacernos daño. He reaccionado por instinto.
Truls Rohk gruñó.
—La próxima vez, piénsatelo dos veces antes de hacerlo. —La hoja desapareció bajo la capa—. Sácale la espada y veamos qué hace.
El metamorfóseo ya se había inclinado sobre el druida y toqueteaba los ropajes impregnados de sangre en busca de señales de vida. Bek se arrodilló ante una Grianne impertérrita y, con cuidado, le separó los dedos de la empuñadura de la espada de Shannara. Se soltaron con facilidad, inertes, y agarró el talismán cuando este quedó liberado. No dio muestras de reconocer nada. Ni siquiera pestañeó.
Bek dejó la espada a un lado y le colocó los brazos a ambos costados. Grianne permitió que lo hiciera sin reaccionar. Parecía estar hecha de barro.
—No se entera de nada de lo que le ocurre —dijo con un hilo de voz.
—El druida está vivo —respondió Truls Rohk—. Aunque por los pelos.
Estiró el cuerpo destrozado de este y se arrancó tiras de ropa de su propia capa para detener las hemorragias de las heridas. Bek contempló la escena sin hacer nada, horrorizado por la gravedad del daño. Las heridas del druida parecían más internas que externas. Eran irregulares en el pecho y el estómago, pero le brotaba sangre de la boca, de las orejas y de la nariz e incluso de los ojos también. Parecía haber sufrido un fallo multiorgánico.
Entonces, de pronto y de forma inesperada, sus ojos penetrantes se abrieron y se clavaron en Bek. El muchacho se sobresaltó tanto que dejó de respirar unos segundos y se limitó a devolverle la mirada.
—¿Dónde está? —susurró Walker con la voz pastosa debido a la sangre y al dolor.
Bek no tuvo que preguntarle a quién se refería.
—Está aquí al lado. Pero no parece reconocer quiénes somos o qué ocurre.
—Está paralizada por la magia de la espada. Ha entrado en pánico y ha usado la suya para protegerse de ella. Aunque ha sido en vano. Ha sido demasiado incluso para ella.
—Walker —empezó Truls con suavidad mientras se inclinaba hacia él—. Dinos qué hacer.
Su rostro pálido se giró unos centímetros y clavó los ojos oscuros en el metamorfóseo.
—Sácame de aquí. Llévame donde te diga. No te detengas hasta llegar allí.
—Pero las heridas que has sufrido…
—No se puede hacer nada por las heridas. —De repente, la voz del druida sonaba acerada e imperativa—. No queda mucho tiempo, metamorfóseo. A mí no. Haz lo que te digo. Antrax ha sido destruido. Bastión Caído ya no existe. Lo que había del tesoro que vinimos a buscar, los libros y su contenido, se ha perdido. —Miró al muchacho—. Bek, trae a tu hermana con nosotros. Llévala de la mano. Te seguirá.
Bek echó un vistazo a Grianne y se centró en Walker de nuevo.
—Si te movemos…
—Druida, ¡que te saquemos de aquí te matará! —explotó Truls Rohk, enfadado—. ¡No he venido hasta aquí para enterrarte ahora!
Los peculiares ojos del druida se fijaron en el metamorfóseo.
—No siempre podemos tomar decisiones de vida o muerte, Truls. Haz lo que te digo.
Truls Rohk alzó al druida en brazos lentamente y con cariño para no provocarle más daños. Walker no soltó ningún ruido cuando lo levantó, hundió la cabeza en el pecho y dobló el brazo sobre el estómago. Bek se colgó la espada de Shannara a la espalda, agarró a Grianne de la mano e hizo que se pusiera en pie. Esta lo siguió de buen grado, con facilidad, y sin reaccionar.
Salieron de la cámara en ruinas y regresaron por el mismo pasillo por el que habían entrado. En el primer desvío, Walker les indicó que tomaran otra dirección. Bek vio cómo movía la cabeza oscura y oyó que susurraba instrucciones. Los extremos de las ropas hechas jirones del druida colgaban de su cuerpo inerte y goteaban sangre que manchaba el suelo.
A medida que avanzaban por las catacumbas, Bek echaba vistazos a Grianne de vez en cuando, pero esta no le devolvió la mirada ni una sola vez. Sus ojos seguían fijos hacia el frente y se movía como si fuera sonámbula. A Bek le atemorizaba verla así, más que cuando lo había perseguido. Parecía un cuerpo vacío; la persona que lo habitaba había desaparecido por completo.
Su marcha se ralentizaba de vez en cuando porque se topaban con montones de piedra y metal retorcidos que les obstruían el camino. En una ocasión, Truls se vio obligado a dejar al druida en el suelo durante el tiempo necesario para apartar el metal redoblado y abrirse camino. Bek se fijó en que el druida cerraba los ojos a causa del dolor y el cansancio. Vio cómo se estremecía cuando el metamorfóseo lo volvía a alzar y se agarraba el estómago como si quisiera mantenerse de una pieza. Cómo podía estar vivo Walker tras haber perdido tantísima sangre era algo que el muchacho no comprendía. Había visto hombres heridos, pero ninguno había sobrevivido tras sufrir heridas tan graves.
Truls Rohk estaba fuera de sí:
—¡Druida, esto es un sinsentido! —le soltó en una ocasión, y se detuvo debido a la rabia y la frustración que sentía—. ¡Deja que intente ayudarte!
—La mejor forma de ayudarme es seguir adelante, Truls —fue la débil respuesta de este—. Sigue, venga. Más adelante.
Caminaron durante un largo rato antes de salir a una caverna subterránea enorme que no parecía formar parte de Bastión Caído, sino de la misma tierra. Era natural: las paredes de roca mantenían su forma, sin que las hubieran alterado el metal o las máquinas; el techo estaba repleto de estalactitas que goteaban agua y minerales con una cadencia regular que interrumpía el silencio resonante. La poca luz que había emanaba de unas lámparas de tenue iluminación que colgaban de ambos lados de la entrada de la caverna y de la delicada fosforescencia de la roca que la formaba. Era imposible atisbar el otro extremo de la gruta, a pesar de que había la luz necesaria para discernir que este se encontraba a una buena distancia.
En el centro de la caverna había un estanque de agua tan negra como la tinta y tan lisa como el cristal.
—Llévame a la orilla —ordenó Walker a Truls Rohk.
Avanzaron por la caverna de suelo irregular, repleto de guijarros sueltos y resbaladizos de la humedad. El musgo crecía por franjas oscuras y el helecho se abría camino por las grietas de la roca. Bek se sorprendió de que algo pudiera crecer aquí abajo, donde no llegaba la luz del sol.
Le estrechó la mano a Grianne a modo tranquilizador, una reacción inconsciente ante la invasión de las frías tinieblas y de la soledad. Le echó un vistazo de inmediato para ver si se había dado cuenta, pero su mirada seguía perdida en el horizonte.
Se detuvieron en la orilla del estanque. Siguiendo las instrucciones de Walker, Truls Rohk se arrodilló para tenderlo en el suelo y lo acunó de modo que la cabeza y los hombros quedaran recostadas en sus brazos. Bek pensó en lo raro que parecía que una criatura que no estaba entera, sino que estaba formada por retazos unidos por una sustancia neblinosa, fuera el portador del druida. Recordó cuándo había conocido a Walker en las Tierras Altas de Leah. El druida le había parecido una persona tan fuerte entonces, tan indómita, como si nada fuera a cambiarlo nunca. Y ahora estaba destrozado y andrajoso, perdía sangre y la vida en una tierra lejana.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de Bek en cuanto lo pensó; esa fue su reacción a la crudeza de saber que la muerte estaba cerca. No sabía qué hacer. Quería ayudar a Walker, que volviera a estar intacto, que volviera a ser la persona que era cuando lo había conocido hacía ahora tantos meses. Quería decir algo sobre lo mucho que el druida había hecho por él. Sin embargo, se limitó a agarrar a su hermana de la mano y a esperar a ver qué sucedía.
—Hasta aquí llego yo —anunció Walker con un hilo de voz. Tosió sangre y se estremeció del dolor que el movimiento le provocó.
Truls Rohk le limpió la sangre con la manga.
—No te puedes morir, druida. No lo permitiré. Tú y yo tenemos demasiadas cosas por hacer.
—Hemos hecho todo lo que debíamos, metamorfóseo —respondió Walker. Esbozó una sonrisa sorprendentemente cálida—. Ahora, cada uno tiene que seguir su camino. Tendrás que buscar tus aventuras y crear los problemas.
El otro gruñó.
—No podré hacerlo tan bien como tú. Andarte con jueguecitos siempre ha sido tu especialidad, no la mía.
Bek se arrodilló junto a ellos y tiró de Grianne para que lo hiciera con él. Esta dejó que la colocara como quisiera y no hizo nada que demostrara que supiera que su hermano estaba ahí. Truls Rohk se alejó de ella.
—Esta vida ha terminado para mí —empezó Walker—. He hecho lo que he podido y tengo que estar satisfecho. Aseguraos, cuando volváis, de que Kylen Elessedil cumple con el trato que acordé con su padre. Su hermano os acompañará y apoyará; Ahren es más fuerte de lo que creéis. Ahora posee las piedras élficas, pero estas no marcarán la diferencia; él, sí. Recordadlo. No olvidéis por qué hemos hecho este viaje. Lo que hemos encontrado aquí, lo que hemos recuperado, es nuestro.
Truls Rohk explotó:
—Eso no tiene ningún sentido, druida. ¿De qué hablas? ¡No hemos recuperado nada! ¡No hemos conseguido nada! ¿Las piedras élficas? ¡Para empezar, ya no eran nuestras! ¿Qué ha pasado con la magia que buscábamos? ¿Qué ha pasado con los libros que la contenían?
Walker hizo un gesto desdeñoso.
—La magia que contenían los libros, la magia de la que hablé con Allardon Elessedil y su hijo nunca ha sido la razón de este viaje.
—Entonces, ¿qué lo ha sido? —Truls Rohk estaba indignado—. ¿Vamos a andarnos con adivinanzas toda la noche, druida? ¿Qué demonios hacemos aquí? ¡Dínoslo! ¡Ahora que todavía tenemos tiempo! ¡Porque dudo que a ti te quede mucho! ¡Mírate! Te estás…
Fue incapaz de terminar la frase, se mordió la lengua con amargo desagrado.
—¿Muriendo? —pronunció Walker por él—. No pasa nada si lo dices, Truls. Morir me liberará de las promesas y las responsabilidades que me han mantenido maniatado durante tanto tiempo que ni recuerdo desde cuándo. De todos modos, solo se trata de una palabra.
—Pues dila tú, entonces. No quiero seguir hablando contigo.
Walker alzó la mano y agarró la capa del otro. Para sorpresa de Bek, Truls Rohk no se apartó.
—Escúchame. Antes de venir a esta tierra, antes de emprender este viaje, fui al Valle de Esquisto, al Cuerno de Hades, e invoqué al espectro de Allanon. Hablé con él, le pregunté qué podía esperar si seguía el mapa del náufrago. Me comunicó que, de todos los objetivos que quería cumplir, tan solo lograría uno. Durante mucho tiempo, Truls, creía que se refería a que me haría con la magia de los libros del viejo mundo. Creía que eso era lo que se suponía que debía hacer. Creía que era el fin de esta travesía. Pero no.
Sus dedos se aferraron con más fuerza a la capa del metamorfóseo.
—He cometido el error de pensar que podría dar forma al futuro como yo quisiera. Estaba equivocado. La vida no lo permite, ni siquiera si eres druida. Se nos ofrecen atisbos de posibilidades, nada más. El futuro es un mapa dibujado sobre arena y las olas pueden hacerlo desaparecer en cualquier momento. Aquí ocurre lo mismo. Todos nuestros esfuerzos para llegar hasta esta tierra, Truls, todos nuestros sacrificios, han sido en pro de algo que ni siquiera nos planteamos.
Hizo una pausa, respiraba con suma dificultad, el esfuerzo de hablar más era demasiado.
—Entonces, ¿para qué hemos venido? —Truls Rohk preguntó con impaciencia, todavía enfadado por lo que oía—. ¿Para qué, druida?
—Por ella —susurró Walker y señaló a Grianne.
El metamorfóseo estaba tan anonadado que, durante unos segundos, parecía no saber qué contestar. Era como si la rabia que lo había consumido lo hubiera abandonado por completo.
—¿Hemos venido por Grianne? —preguntó Bek sorprendido, sin estar seguro de haberlo oído bien.
—Lo verás cuando volváis a casa —susurró Walker con una voz casi inaudible, incluso con el silencio desolador de la caverna—. Está a tu cargo, Bek. Ahora es tu responsabilidad. Has recuperado a tu hermana, como deseabas. Hazla regresar a las Cuatro Tierras. Haz lo que sea necesario para asegurarte de volver a casa con ella.
—¡Esto no tiene ni pies ni cabeza! —espetó Truls Rohk, presa de la furia—. ¡Es nuestra enemiga!
—Dame tu palabra, Bek —dijo Walker, sin dejar de mirar al muchacho ni un solo momento.
Bek asintió.
—Te doy mi palabra.
Walker le sostuvo la mirada unos instantes más y luego observó al metamorfóseo.
—Tú también, Truls. Dame tu palabra.
Durante unos instantes, Bek creyó que Truls Rohk no se la daría. El metamorfóseo no dijo nada, contempló al druida en silencio. Su figura oscura irradiaba tensión, con todo, se negaba a manifestar lo que pensaba
Los dedos de Walker se aferraban a la capa del metamorfóseo con el último ápice de sus fuerzas.
—Tu palabra —repitió entre susurros—. Confía en mí lo suficiente y dámela.
Truls Rohk exhaló con un siseo de frustración y consternación.
—De acuerdo. Te doy mi palabra.
—Ocupaos de ella como lo haríais si fuerais vosotros —continuó el druida con los ojos posados en Bek de nuevo—. No siempre estará así. Un día se recuperará. Pero, hasta entonces, necesitará que alguien la cuide. Necesitará que la protejas del peligro.
—¿Qué podemos hacer para ayudarla a despertar? —insistió Bek.
El druida inspiró hondo, pero de forma entrecortada.
—Tiene que hacerlo ella sola, Bek. La espada de Shannara le ha revelado la verdad sobre su vida, las mentiras que le han contado y el mal camino que ha elegido. Se ha visto obligada a enfrentarse a la persona en la que se ha convertido y a todo lo que ha hecho. Apenas es adulta y ya ha cometido más actos de maldad que los que otros cometerán en toda su vida. Tiene que perdonarse muchas cosas, aunque sea consciente de que el Morgawr la engañó por completo. La responsabilidad de hallar el perdón tiene que partir de sí misma. Cuando encuentre el modo de aceptarlo, se recuperará.
—¿Y si no lo consigue? —preguntó Truls Rohk—. Podría ser, druida, que haya llegado a un punto en que no se la puede perdonar, y no solo me refiero a que los demás no lo hagan, sino a sí misma. Es un monstruo, incluso en este mundo.
Bek fulminó al metamorfóseo con la mirada y pensó que Truls nunca cambiaría de opinión con respecto a Grianne, pues siempre la vería como Ilse la Hechicera, su enemiga.
El druida sufrió un acceso de tos y luego se calmó.
—Es humana, Truls… Como tú —le replicó con un hilo de voz—. Otros también te han calificado de monstruo. Y se equivocaron. Con ella ocurre lo mismo. La redención también es posible para ella, pero debe ser ella quien la alcance, no tú en su lugar. Tu deber es asegurarte de que tenga la oportunidad de redimirse.
Volvió a toser, esta vez de forma mucho más convulsa. Su respiración era tan ahogada y líquida que con cada bocanada parecía que fuera a ahogarse con su propia sangre. El ruido que hacía surgía de las profundidades de su pecho, donde sus pulmones se llenaban de sangre. Aun así, se incorporó, se deshizo de los brazos de Truls Rohk y con un gesto le pidió que se alejara.
—Idos. Llevaos a Grianne y volved a la entrada de la caverna. Cuando yo ya no esté, seguid el pasadizo que gira a la izquierda hasta llegar a la superficie. Buscad a los supervivientes: los nómadas, Ahren Elessedil, Ryer Ord Star. Tal vez Quentin Leah. Uno o dos más, si han tenido suerte. Volved a casa. No os quedéis aquí. Hemos acabado con Antrax. El viejo mundo ha desaparecido para siempre. Y el nuevo mundo, las Cuatro Tierras, es lo que importa.
Truls Rohk se quedó donde estaba.
—No te dejaré solo. No me lo pidas.
Walker inclinó la cabeza hacia delante, el pelo oscuro le cayó de forma que le cubría parte del rostro enjuto.
—No estaré solo, Truls. Vete.
Truls Rohk vaciló, pero luego se levantó despacio. Bek también se puso en pie, agarró a Grianne de la mano y la alzó al mismo tiempo que él. Durante unos segundos, nadie se movió, pero entonces el metamorfóseo se volvió sin decir nada y se alejó hacia la entrada de la caverna. Bek lo siguió sin mediar palabra, llevaba a Grianne consigo y echaba la vista atrás para mirar a Walker. El druida se había dejado caer junto a la orilla de ese lago subterráneo, tenía los ropajes negros impregnados de sangre y el suave vaivén de sus hombros era la única señal que revelaba que seguí con vida. Bek sintió el impulso casi irrefrenable de girarse y volver a por él, pero sabía que no tendría sentido. El druida había pronunciado sus últimas palabras.
En la entrada de la caverna, Truls Rohk echó un vistazo a Bek. Entonces, se detuvo de repente y señaló el lago.
—¡Jueguecitos de druida, muchacho! —bufó—. ¡Mira! ¡Observa lo que va a ocurrir!
Bek giró sobre sus talones. El lago bullía y se agitaba en el centro y una pérfida luz verde refulgía en las profundidades. Una silueta oscura y espectral surgió del centro y flotó en el aire. Un rostro apareció bajo la capucha de la capa, de tez morena y con barba negra, un semblante que Bek, sin haberlo visto antes, reconoció enseguida.
—Allanon —susurró.
* * *
Walker Boh soñó con el pasado. Ya no sentía dolor, pero el cansancio que lo embargaba era tan sobrecogedor que apenas sabía dónde estaba. Su sentido del tiempo se había evaporado y en ese momento le parecía que el ayer era tan real y estaba tan presente como el ahora. Así, evocó cómo se había convertido en druida: hacía tantos años de ello que los que había cohabitado con él en esa época ya formaban parte del otro mundo. Nunca había querido ingresar en sus filas, nunca había confiado en los druidas como orden. Había vivido solo durante muchos años, había evitado su legado Ohmsford y cualquier tipo de contacto con los demás descendientes de su familia. Había tenido que perder el brazo para aceptar su destino, para convencerse de que el juramento de sangre que Allanon había arrancado tres siglos antes a su antepasada, Brin Ohmsford, debía cumplirlo él.
Había pasado mucho tiempo desde aquel momento.
Todo había sucedido hacía muchos años.
Contempló cómo la luz verdosa emergía de las profundidades del lago subterráneo y cómo cortaba la superficie del agua con fragmentos de resplandor. Vio que se ensanchaba y se propagaba hasta ganar intensidad y revelar el camino al más allá. Era una experiencia surrealista y lánguida que pasó a formar parte de sus sueños.
Cuando la silueta encapuchada apareció envuelta en ese brillo esmeralda, enseguida supo de quién se trataba. Lo supo por instinto, igual que supo que se moría. Contempló la escena presa de una expectación cansada, listo para aceptar lo que le esperaba, para abandonar las ataduras de esta vida. Había cargado con el peso de su destino durante tanto tiempo como había sido capaz. Lo había hecho lo mejor que había podido. Se arrepentía de algunas cosas, pero no le dolían en exceso. Lo que había conseguido no sería evidente de inmediato para quienes le importaban, pero lo verían claro a su debido tiempo. Algunos lo aceptarían de buen grado; otros lo rechazarían. En cualquier caso, ya no dependía de él.
La silueta oscura cruzó la superficie del lago hasta donde Walker yacía y alargó los brazos para agarrarlo. El druida levantó la mano de forma automática. El oscuro semblante de Allanon se inclinó y sus ojos penetrantes se clavaron en él. Esa mirada transmitía aprobación y le prometía la paz.
Walker sonrió.
* * *
Bajo la atenta mirada de Bek y Truls Rohk, el espectro llegó junto a Walker. La luz verde jugaba con su figura oscura y le recortaba los rasgos como cuchillas con hojas esmeralda. Se oyó un silbido, pero era leve y lejano, el susurro de la respiración de un hombre moribundo.
El espectro se inclinó para agarrar a Walker, con determinación y fuerza. El druida alzó la mano, tal vez para protegerse, tal vez para darle la bienvenida, era difícil de decir. No importaba. El espectro lo aupó en brazos como si fuera un niño.
Entonces, se retiraron poco a poco hacia el lago mientras se deslizaban por el aire, iluminados por destellos de luz que los rodeaban como luciérnagas. Cuando ambos llegaron al centro del fulgor, este los rodeó por completo y desaparecieron lentamente en su corazón brillante hasta que no quedó nada excepto unas leves ondas que se propagaban por las oscuras aguas del lago. En cuestión de segundos, incluso estas se aquietaron, la caverna se sumió en el silencio y volvió a quedar vacía.
De pronto, Bek se dio cuenta de que estaba llorando. ¿Cuánto de lo mucho que Walker esperaba cumplir en su vida había llegado a vivir para ver? Sin duda, nada de lo que lo había conducido hasta aquí. Nada de lo que tenía previsto para el futuro. Había muerto como el último miembro de su orden, un paria y, tal vez, un fracasado. Pensarlo entristeció al muchacho más de lo que creía que fuera posible.
—Se acabó —dijo, con un hilo de voz.
La respuesta de Truls Rohk lo sorprendió.
—No, muchacho. Solo acaba de empezar. Espera y verás.
Bek lo observó, pero el metamorfóseo se negó a dar más explicaciones. Se quedaron donde estaban unos segundos más, incapaces de alejarse. Parecían esperar a que ocurriera algo más. Era como si alguna cosa más debiera suceder. Sin embargo, no pasó nada y, al final, apartaron la mirada y rehicieron su camino por los pasadizos de Bastión Caído hasta el mundo exterior.
7
Rue Meridian pilotó la Fluvia Negra durante las últimas horas de la noche y las primeras luces del alba antes de iniciar la búsqueda por las ruinas de Bastión Caído. Habría empezado antes, pero tenía miedo de emprender una tarea complicada sin disponer de la luz suficiente para ver lo que hacía. Las aeronaves eran mecanismos complicados y hacer volar una ella sola, incluso a partir de los mandos de la cabina del piloto, no era tarea sencilla. Mantener la nave en el aire requería de toda su concentración. Para divisar algo en la oscuridad, tendría que colocarse ante la barandilla, fuera de la cabina y lejos de los mandos. Y así no habría durado mucho.
Aunque contaba con la ayuda de Hunter Predd, el jinete alado no era un marinero y casi no sabía nada sobre el funcionamiento de las aeronaves. Podía realizar tareas menores, pero nada de la envergadura necesaria si algo salía mal. Además, necesitaba que montara a Obsidiano si querían encontrar a los miembros desaparecidos de la compañía. Los ojos del roc eran mejores que los suyos y el ave había sido entrenada para buscar y encontrar todo aquello que se perdía. Por ahora, ese pájaro gigante mantenía el ritmo de la aeronave y planeaba junto a las velas mientras surcaban de un lado a otro los cielos, a la espera de que su jinete regresara a su lomo.
—Supongo que no hay ninguna posibilidad de convencer al comandante de la Federación o a cualquier miembro de su tripulación de que nos ayuden —se aventuró a apuntar Hunter Predd en una ocasión con expresión dubitativa incluso después de haber formulado la afirmación.
Rue Meridian sacudió la cabeza.
—Dice que no hará nada que contradiga sus órdenes y eso incluye echarnos un mano. —Se echó apartó algunos mechones alborotados del cabello pelirrojo—. Tienes que entenderlo. Aden Kett es un soldado de los pies a la cabeza, ha sido entrenado para seguir órdenes y respetar la jerarquía de la comandancia. No es un mal hombre, pero se rige por los principios equivocados.
La tripulación encarcelada de la Federación no había dado señales de vida desde que los habían encerrado en el pañol bajo la cubierta. En dos ocasiones había mandado al jinete alado a comprobar que todo fuera bien, y en ambas este le había informado de que, aparte de una conversación sorda, no se oía nada más. Al parecer, la tripulación había decidido que, por el momento, era mejor esperar a que la situación se solucionara por sí sola. Y la piloto estaba encantada de que así fuera.
Pese a todo, habría estado muy bien tener algo de ayuda. En cuanto hubiera luz suficiente, tenía intención de mandar a Hunter a lomos de Obsidiano en busca de Walker, Bek y los demás. En una búsqueda sin rumbo, él tenía más posibilidades que ella de divisar a alguien. Si lo conseguía, la piloto acercaría la Fluvia Negra lo suficiente como para rescatarlos. El riesgo para la aeronave era mínimo. Con la luz del día, en la seguridad que le ofrecía el cielo, era capaz de avistar algo en kilómetros a la redonda. Era bastante improbable que algo se acercara lo suficiente para suponer una amenaza, sobre todo ahora que controlaba el buque de Ilse la Hechicera.
Por supuesto, no descartaba la posibilidad de que la bruja dispusiera de otras armas que alcanzaran una aeronave incluso en pleno vuelo. La bruja estaba ahí abajo, en algún punto de las ruinas, buscando a Walker, y tal vez tendrían la mala suerte de encontrarla mientras trataban de encontrarlos. Rue Meridian debía mantener la esperanza de que Obsidiano divisaría cualquier indicio de la presencia de la bruja antes de acercarse lo suficiente a ella como para que esta les provocara algún daño. También debía mantener la esperanza de que encontrarían a Bek, a Walker o a cualquiera de los otros con vida antes de que lo hiciera la jurguina.
La joven bostezó y flexionó los dedos dentro de los guantes tras haber pasado horas agarrada a las palancas de los controles. Llevaba veinticuatro horas despierta y ya notaba los efectos de la falta de sueño en el cuerpo. Aunque la ropa de cuero para volar le protegía las herida, sentía cómo le palpitaban y le dolían; y se le cerraban los ojos por la necesidad de dormir. Pero no había nadie que la relevara al mando, así que no tenía sentido obcecarse con sus penurias. Tal vez tendría un golpe de suerte y encontraría a Bek con el amanecer. Él podría pilotar la Fluvia Negra, Rojote lo había instruido bien. Con Bek al mando, ella podría descansar un poco.
Su hilo de pensamiento se centró en el muchacho unos instantes. No, no era un muchacho, se corrigió enseguida. Bek ya no era un muchacho, no de forma significativa. Sí que era joven, pero ya había acumulado mucha experiencia vital. Sin duda, era más maduro que los alcornoques de la Federación que había soportado en el Prekkendorran. Era listo, divertido y destilaba una confianza genuina. Evocó sus conversaciones durante el vuelo que los había conducido hasta ahí y recordó cómo habían bromeado y se habían reído, cómo habían compartido historias y confidencias. Tanto Hawk como su hermano se habían sorprendido. No comprendían la atracción que existía entre ellos. Con todo, su amistad con Bek era distinta de aquellas a las que estaba acostumbrada. Se cimentaba en sus personalidades, que eran tan similares. Bek era su mejor amigo. Tenía la sensación de que podía confiar en él. Tenía la sensación de que podía contarle cualquier cosa.
Sacudió la cabeza y sonrió. Bek la tranquilizaba y no era algo que muchos hombres hicieran. No la había invitado a ser otra persona más que ella misma. No esperaba nada de ella. No pretendía competir ni quería impresionarla. Sí que se sentía un poco intimidado por ella, pero ya estaba acostumbrada. Lo importante era que él no dejaba que eso interfiriera o afectara su amistad.
Se preguntó dónde estaría. Se preguntó qué le habría ocurrido. De algún modo, había caído en manos de los mwellrets e Ilse la Hechicera, lo habían subido a bordo de la Fluvia Negra y lo habían encarcelado. Entonces, alguien lo había liberado. ¿Quién? ¿Había perdido realmente la voz, como le había contado Aden Kett, o tan solo lo simulaba? Tanta ignorancia la frustraba. Tenía muchas preguntas y carecía del modo de descubrir las respuestas si no hallaba a Bek primero. No le gustaba imaginárselo en medio de una persecución. No obstante, Bek era un hombre con recursos, era capaz de encontrar el modo de eludir peligros que intimidarían a otros hombres. Estaría a salvo hasta que lo encontrara.
Hawk se habría reído de ella si estuviera aquí. «Tan solo es un muchacho —le diría sin hacer la distinción que ella había hecho—. Ni siquiera es uno de nosotros, no es un nómada».
Eso no importaba. Al menos, no para ella. Lo verdaderamente relevante era que Bek era su amigo y era consciente, aunque nunca lo admitiría ante nadie, de que no le sobraban los amigos.
Abandonó esa línea de pensamientos y centró su atención en lo que hacía. Los primeros atisbos de luz despuntaban tras el horizonte, entre los huecos de las montañas. Dentro de una hora empezarían la búsqueda. Al anochecer, tal vez podrían abandonar esta tierra.
Hunter Predd, que llevaba un rato desaparecido, se materializó a su lado.
—He ido a echar un vistazo abajo. No ha pasado nada. Algunos están durmiendo. No he visto señales que indiquen que han intentado escapar. De todos modos, esta situación sigue sin gustarme.
—A mí tampoco. —Cambió de posición para dar un respiro a los músculos que le dolían y le daban calambrazos—. Tal vez, Rojote nos alcanzará antes de que acabe el día.
—Tal vez. —El jinete alado miró hacia el este—. Cada vez hay más luz. Debería empezar a buscar. ¿Estarás bien sola?
La otra asintió.
—Vayamos en su busca, jinete. A todos los que dejamos atrás. Bek, por ejemplo, todavía está vivo; él y quien fuera que lo rescatara de manos de los mwellrets. Eso lo sabemos, al menos. Quizá haya unos cuantos más. Pase lo que pase, no podemos abandonarlos.
Hunter Predd asintió.
—Y no lo haremos.
Salió de la cabina del piloto y cruzó la cubierta en dirección a la barandilla de popa. Rue Meridian observó cómo hacía señales a la noche y luego se dejaba caer por la borda con la ayuda de un cabo. En unos segundos, apareció a lomos de Obsidiano y le ofreció un saludo tranquilizador antes de fundirse con la penumbra. Apenas lo distinguía recortado contra la oscuridad recesiva. Hizo virar la Fluvia Negra en la misma dirección que el jinete había tomado. Dejaron atrás las colinas boscosas y planearon con suavidad hacia el paisaje desolado de las ruinas.
Rue Meridian echó un vistazo rápido hacia abajo: todo era plano y gris. Tendría que haber mucha más luz para que ella atisbara a alguien. E incluso así, dudaba llegar a hacerlo. Rescatar a los miembros desaparecidos de la compañía de la Jerle Shannara sería tarea, casi por completo, del jinete alado y su roc.
«Por favor, no les fallemos —pensó—. Otra vez no».
Inspiró hondo y se colocó de espaldas al viento.
* * *
Hunter Predd se deslizó por el cabo desde la borda de la aeronave, su vista aguda distinguía a la perfección la elegante silueta de Obsidiano, que tomaba altura, obediente, en la oscuridad. El roc se colocó justo debajo y luego se alzó para que el jinete lo montara con comodidad. Una vez Hunter Predd notó el arnés entre las piernas, buscó las sujeciones, soltó el cabo y, con un apretón de rodillas, hizo que su montura tomara altura.
El alba era un borrón gris tenue al este, pero su luminosidad se apoderaba del paisaje. Al sobrevolar las ruinas, vacías y en silencio, distinguió los edificios derrumbados y las calzadas llenas de desechos. Obsidiano debía de ver mucho más. Incluso así, la búsqueda no sería fácil. Le daba la impresión de que Rue Meridian creía que lo único que tenían que hacer era un barrido completo de la ciudad y que así encontrarían a cualquiera que hubiera sobrevivido. No obstante, Bastión Caído era enorme. Había kilómetros y kilómetros de escombros y muchas probabilidades de que fracasaran en su intento de desentrañar sus secretos. Los compañeros a los que buscaban deberían encontrar el modo de exponerse si querían divisarlos más que por casualidad. Y para lograrlo, tendrían que mirar al cielo para ver al roc. Habían transcurrido casi dos semanas desde que la compañía desaparecida había desembarcado de la Jerle Shannara en la orilla de la bahía y habían emprendido su camino hacia las ruinas. A estas alturas, era posible que ya hubieran perdido toda esperanza de que los encontraran. Tal vez, ya no buscaban ayuda. Quizá, ya no estaban vivos.
De nada servía especular. Había venido con la nómada para encontrar a cualquiera que hubiera sobrevivido, así que ahora no tenía sentido que pusiera obstáculos a la búsqueda antes de haberla empezado. Al fin y al cabo, Obsidiano había encontrado motas más pequeñas todavía en grandes extensiones de tierra con probabilidades mucho menores. Había posibilidades de encontrarlos, lo único que tenía que hacer era aprovecharlas al máximo.
Voló describiendo círculos cada vez más amplios mientras el sol despuntaba en el horizonte y, de paso, trataba de atisbar algún tipo de movimiento en tierra que pareciera fuera de lugar e indicara la presencia de algo ajeno a esa tierra. Mientras lo hacía, pensó en su decisión de emprender este viaje y se preguntó si habría hecho mejor al quedarse en casa. No se lo planteaba solo porque la travesía había sido una catástrofe, sino porque parecía que no habían conseguido nada a pesar de lo mucho que les había costado. Si Walker había muerto, entonces, seguir el mapa de Kael Elessedil habría sido en vano. Peor, se habían malogrado vidas que podrían haberse salvado. Los jinetes alados creían firmemente en dejar que las cosas siguieran su curso, en vivir su propia vida y no entrometerse en las de los demás. Había tenido que transigir mucho para embarcarse en esta travesía y le resultaba un gran esfuerzo seguir hasta el final. El sentido común le decía que debía dar media vuelta y volver a casa, que cuanto más se quedaba, menos probabilidades había de que partiera. Sin duda, los nómadas debían de sentirse igual. Los nómadas y los jinetes alados se parecían: eran trotamundos por elección y mercenarios de profesión. Su lealtad y su sentido de la obligación se compraban y pagaban, pero nunca dejaban que eso interfiriera con su sentido común.
No obstante, no se iría. No abandonaría a quienes habían desembarcado, no importaba las probabilidades que hubiera de encontrarlos, si es que existía alguna de que siguieran con vida. Sin embargo, no dejaba de cuestionar sus propias decisiones, aunque no supusiera ninguna diferencia respecto a lo que él consideraba que era el compromiso que había adquirido con sus compañeros desaparecidos. ¿Y si…? ¿Y si…? Era el tipo de ejercicio al que uno se dedicaba si pasaba mucho tiempo solo y en circunstancias peligrosas, pero tan solo era una distracción.
El sol asomó por encima de las montañas y la luz del nuevo día bañó el territorio; las ruinas se extendían tan silenciosas y vacías como antes. Echó la vista atrás, hacia la Fluvia Negra, que pilotaba Rue Meridian, la figura solitaria que ocupaba la cabina del piloto. Estaba tan cansada que era peligroso, y el jinete no estaba seguro de hasta cuándo podría pilotar la aeronave sola. Hacerse con la nave de Ilse la Hechicera había sido una idea acertada, pero se convertiría en un lastre si no conseguían ayuda para Rue Meridian enseguida. Con todo, no estaba seguro de dónde la sacarían. Él se la prestaría si pudiera, pero no sabía casi nada sobre aeronavegación. Lo mejor que podía hacer era sacarla de cubierta si las cosas empeoraban.
Divisó algo extraño en el extremo norte de las ruinas y descendió para verlo más de cerca. Descubrió un montón de cuerpos desparramados, pero no eran los cadáveres de sus compañeros de la Jerle Shannara, ni siquiera lo eran de gente con la que se hubiera topado alguna vez en su vida. Esas personas tenían la tez bruñida, el pelo bermejo y vestían como los gnomos. Nunca había visto a nadie así, pero su atuendo les confería cierto aspecto tribal y asumió que se trataba de indígenas. Cómo habían terminado así era un misterio, pero era como si una fuerza extraordinaria los hubiera desmembrado. Escaladores, tal vez.
Sobrevoló los cuerpos inertes durante unos segundos más con la esperanza de atisbar algo más que lo ayudara a descubrir qué había sucedido. Se le ocurrió que tal vez valdría la pena descender para ver si había algún rastro de la implicación de miembros de la compañía de la Jerle Shannara, pero al final decidió que no. Tal información no le serviría de nada a no ser que tratara de seguir el rastro a pie y era demasiado peligroso. Echó un vistazo por encima del hombro hacia la Fluvia Negra, que planeaba a unas cuantas decenas de metros de distancia empujada por el viento. Indicó con un gesto a Rue Meridian que virara para echar un vistazo y luego se alejó en dirección a las ruinas. La nómada ya decidiría qué hacer; él continuaría. Si no encontraba nada más, ya volvería luego.
Apenas había adoptado un ritmo ligero de vuelo sobre la gran extensión de la ciudad cuando, por el rabillo del ojo, detectó unas figuras que se acercaban volando hacia ellos desde el noreste. Obsidiano también las había visto y soltó un chillido al reconocerlos.
Era Po Kelles a lomos de Niciannon.
* * *
Rue Meridian acababa de ejecutar una maniobra con la Fluvia Negra sobre el abanico de cuerpos que había desparramados a un extremo de las ruinas y se preguntaba qué hacer cuando miró a Hunter Predd y vio al segundo jinete alado. Sabía que tenía que tratarse de Po Kelles y eso reavivó sus esperanzas de que su presencia era señal de que su hermano a bordo de la Jerle Shannara estaba a punto de llegar. Con dos aeronaves buscando, tendrían más posibilidades de encontrar a Bek y a los demás. Tal vez podría quedarse con un par de nómadas para que la ayudaran a pilotar la Fluvia Negra y que ella pudiera descansar unas cuantas horas.
Observó cómo los dos jinetes describían círculos en tándem mientras hablaban y gesticulaban a lomos de sus respectivos rocs. Sin alterar el rumbo, la piloto escudriñó la costa para tratar de divisar el otro navío. Sin embargo, todavía no había nada que ver, así que devolvió su atención a los jinetes alados. La discusión se había animado y la embargó una vaga sensación de intranquilidad. Había algo en la forma en que se comunicaban, incluso desde la distancia, que le hacía pensar que algo no iba bien.
«Son imaginaciones tuyas», se dijo.
Entonces, Hunter Predd se alejó de Po Kelles y se dirigió hacia la nave, viró para colocarse junto a ella y descendió hasta quedar por debajo de la borda de popa. Se agarró al cabo que había dejado colgando antes, desmontó el roc y trepó, mano sobre mano, hasta volver a bordo. Con un gesto indicó al roc que se alejara hasta quedar junto a la nave y mantuviera su misma velocidad.
Rue Meridian aguardó mientras el elfo se apresuraba a llegar hasta la cabina del piloto y entró. Incluso bajo la tenue luz matinal, advirtió que parecía alterado.
—Escúchame bien, Rojita. —Exhibía una expresión tranquila pero tensa en ese semblante curtido—. Tu hermano y los demás se dirigen hacia aquí, pero los persiguen. Una flota de aeronaves enemigas apareció en la costa ayer al amanecer. La Jerle Shannara ha escapado por los pelos. Han volado de este modo desde entonces con la intención de darles esquinazo, pero, por rápidos que vayan, no pueden rehuirlos. Los han perseguido por las montañas, hasta la península, aunque han ido cambiando el rumbo, y ahora están a punto de llegar aquí.
¿Aeronaves enemigas? ¿Aquí, tan lejos de las Cuatro Tierras? Se tomó unos segundos para asimilar la información.
—¿Quiénes son?
El otro le quitó importancia con un ademán.
—No lo sé. Nadie lo sabe. No enarbolan ninguna bandera y sus tripulaciones parecen muertos vivientes. Caminan, pero no parecen ver nada. Ayer, Po Kelles les echó un vistazo de cerca cuando los nómadas aterrizaron para descansar, creyendo que los habían eludido. No había pasado una hora y ya volvían a pisarles los talones. Los miembros que vio eran hombres, pero no actuaban como tal. Actuaban como máquinas. No parecían estar vivos: iban rígidos y tenían la mirada vacía, desenfocada. Sabían adónde iban, pero no parecían necesitar un mapa para encontrarnos.
Rue Meridian echó un vistazo a su alrededor, el día se iluminaba, y observó las ruinas que había en tierra mientras sus esperanzas de proseguir con la búsqueda se evaporaban.
—¿A cuánta distancia los tenemos?
—No llega a media hora. Tenemos que salir de aquí. Si te atrapan en la Fluvia Negra sola, estás perdida.
La piloto lo miró unos segundos sin mediar palabra, bullía de rabia y frustración. Comprendía la necesidad de huir, pero nunca había llevado bien permitir que la obligaran a hacer nada. Su instinto le decía que se quedara y presentara batalla, no que huyera. Detestaba dejar en la estacada por enésima vez a quienes buscaban, abandonarlos a una suerte incierta a manos, no solo de los mwellrets e Ilse la Hechicera, pero ahora también a las de esta nueva amenaza. ¿Hasta cuándo aguantarían solos? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que ella regresara y les ofreciera ayuda?
—¿Cuántos son? —preguntó.
El jinete alado sacudió la cabeza.
—Más de una veintena. Demasiados, Rojita, para enfrentarnos a ellos.
Tenía razón, por supuesto. En todo. Debían abandonar la búsqueda y huir antes de que los intrusos los vieran. Con todo, no podía evitar presentir que Bek y los demás estaban ahí abajo. Una parte de ellos, al menos, aguardaba a que les llegara algo de ayuda. No podía evitar sentir que lo único que necesitaba era un poco más de tiempo. Unos cuantos minutos más serían suficientes.
—Dile a Po Kelles que monte guardia por nosotros —ordenó—. Busquemos un poco más antes de parar.
El otro se quedó estupefacto. La joven sabía que no tenía ningún derecho a darle órdenes y el jinete se debatía entre hacérselo notar o no. También sabía que comprendía cómo se sentía.
—El tiempo también está cambiando, Rojita —dijo con tacto mientras se lo señalaba.
Así era. Nubarrones oscuros se acercaban desde el este, empujados por los vientos de la costa, y tenían un aspecto amenazador incluso desde la distancia. Se sorprendió de no haber reparado en ellos antes. La temperatura también había bajado. Se acercaba un frente y venía acompañado de tormenta.
Rue Meridian le devolvió la mirada.
—Intentémoslo, jinete alado. Hasta que podamos. Les debemos eso, como mínimo.
Hunter Predd no necesitaba preguntar a quién se refería. Asintió.
—De acuerdo, nómada, pero ten cuidado.
Bajó de la cabina del piloto de un salto y corrió por cubierta hasta la borda de popa, donde saltó. Obsidiano ya se había colocado donde lo necesitaba y, en cuestión de segundos, ya volaban hacia Po Kelles para avisarlo. Rue Meridian viró la nave hacia las ruinas, se adentró en ellas y escudriñó entre los escombros.
Entonces se le ocurrió, de forma un tanto repentina y sorprendente, que pilotaba una aeronave enemiga y los que estaban en tierra no sabían que era ella. En lugar de salir y quedar al descubierto, se esconderían todavía más. ¿Por qué no se había dado cuenta antes? Si lo hubiera hecho, quizá habría ideado el modo de comunicarles sus intenciones. No obstante, ahora ya era demasiado tarde. Tal vez, la presencia del jinete alado indicaría a cualquiera que mirara al cielo que no se trataba de Ilse la Hechicera. Quizá, comprenderían lo que trataba de conseguir.
«Solo unos minutos más —no dejaba de decirse—. Dadme unos minutos más».
Y tuvo esos minutos, y unos cuantos más, pero no divisó ni un solo indicio de que hubiera alguien. Los nubarrones se aproximaron y taparon el sol. El ambiente se tornó tan gélido que, aunque se cubrió con la capa, no dejó de temblar. El paisaje se llenó de sombras y, allá donde miraba, todo tenía el mismo aspecto. Seguía buscando, determinada a no rendirse, cuando Hunter Predd se colocó justo enfrente de ella y le hizo señales.
Se volvió para mirar. Dos docenas de aeronaves habían aparecido entre la penumbra; eran motas negras en el horizonte. Una encabezaba a todas las demás: la perseguida que, por su silueta, supo que se trataba de la Jerle Shannara. Po Kelles ya volaba a lomos de Niciannon hacia la nave y Hunter Predd le indicaba a la piloto que virara hacia el este y se dirigiera a las montañas. Tras echar un último vistazo hacia abajo, eso hizo. La Fluvia Negra dio una sacudida cuando tiró con fuerza de las palancas de dirección y la oleada de energía pura de las pasaderas de radián llenó los tubos de disección y los cristales diapsón. La aeronave se estremeció, se enderezó y cobró velocidad. Rue Meridian oía los gritos de la tripulación encarcelada de la Federación, pero ahora no tenía tiempo para ellos. Habían elegido su bando y ahora tenían que aceptar las cosas tal y como eran, les gustaran o no.
—¡Silencio! —chilló, no tanto a los hombres, sino al viento que le azotaba los oídos, burlón y agresivo.
Voló hacia las montañas a toda velocidad; su rabia era un catalizador que la predisponía tanto a luchar como a huir.
8
Durante las horas oscuras y frías que precedían a la madrugada, Quentin Leah enterró a Ard Patrinell y a Tamis. No disponía de una herramienta para cavar con la que abrir una tumba, así que los metió en la trampa para abominasquiones y la llenó de rocas. Le llevó mucho tiempo encontrar las rocas en la negrura y luego trasladarlas hasta el hoyo, a veces desde muy lejos, para colocarlas donde debía. El agujero era profundo y no se cubría con facilidad, pero se empeñó en terminar el trabajo, incluso después de que su cuerpo estuviera tan exhausto que se quejaba con cualquier movimiento que hacía.
Cuando hubo terminado, se arrodilló junto al túmulo agreste y les habló para despedirse como si todavía vivieran. Les deseó que encontraran la paz, les dijo que esperaba que ahora estuvieran juntos y les comunicó lo mucho que se les echaría de menos. Una elfa rastreadora y un capitán de la Guardia Real, malhadados en todos los sentidos de la palabra, quizá se habrían reencontrado donde fuera que estuvieran. Trató de evocar a Patrinell como capitán antes de su transformación, como un guerrero con habilidades de lucha inigualables, como un hombre de honor y coraje. Quentin no sabía qué les esperaba después de la muerte, pero pensaba que debía de ser algo mejor que la vida y que, quizá, ese algo les permitiría aprovechar las oportunidades perdidas y los sueños rotos.
No lloró, pues ya había derramado lágrimas suficientes. Con todo, se sentía vacío y desamparado; sentía una desolación tan penetrante que amenazaba con aniquilarlo.
Despuntaba el día cuando se puso de pie: por fin había terminado. Fue a buscar la espada de Leah, allí donde la había lanzado al terminar la lucha, y la recogió. Su superficie brillante y oscura no tenía marcas excepto por las vetas de sangre y suciedad. Limpió la hoja con cuidado mientras reflexionaba. Le parecía que la espada le había fallado estrepitosamente. Por muchas propiedades mágicas que tuviera, por muchos logros que se dijera que había cosechado a lo largo de su larga historia de renombre, había demostrado ser de poca utilidad aquí, en esta tierra desconocida. No había sido suficiente para salvar a Tamis ni a Ard Patrinell. No había sido suficiente para permitirle proteger a Bek, a quien había prometido defender pasara lo que pasara. Poco consuelo le ofrecía el hecho de que Quentin hubiera sobrevivido por el simple hecho de poseerla. Le parecía que había comprado su propia vida a costa de la de otros. No creía merecerlo. Se sentía muerto por dentro y dudaba de si algún día volvería a sentir algo más.
Envainó la hoja y se colgó la espada a la espalda. El sol había coronado el horizonte y tenía que decidir qué haría ahora. Encontrar a Bek era la prioridad, pero para conseguirlo debía abandonar el amparo que le ofrecía el bosque y regresar a las ruinas de Bastión Caído. Eso significaba arriesgarse a volver a toparse con escaladores y abominasquiones, y no sabía si sería capaz. Lo que sí que sabía era que necesitaba alejarse de este pozo de muerte y decepción.
Así, comenzó a andar y vio cómo las sombras que lo rodeaban retrocedían entre los árboles a medida que el sol se filtraba entre la bóveda de hojas y salpicaba el suelo del bosque. Descendió de las colinas que rodeaban Bastión Caído hasta las llanuras de las que había partido mientras huía de la abominasquión en la que habían convertido a Patrinell hacía dos días. Caminar le hizo sentir mejor, de algún modo. La desolación que le pesaba en el corazón no desapareció, pero la sensación de falta de dirección y de propósito desapareció a medida que se planteó las posibilidades que tenía. No sacaría nada si se quedaba de brazos cruzados. Lo que debía hacer, sin importar lo que le costara, era encontrar a Bek. La insistencia de Quentin de enrolarse en la travesía había convencido a su primo de acompañarlo. Si no conseguía otra cosa, al menos debía devolver a Bek a casa sano y salvo.
Aunque sabía a ciencia cierta que muchos otros miembros de la compañía habían muerto, estaba convencido de que este seguía con vida porque Tamis había estado con su primo antes de encontrarse con Quentin y porque, en el fondo, donde los instintos dictaban cosas que los ojos no veían, sabía que nada había cambiado. Sin embargo, eso no significaba que Bek no estuviera en peligro ni necesitara ayuda y Quentin estaba decidido a no decepcionarlo.
Una parte de él comprendía que su intensidad nacía de la necesidad de aferrarse a algo para salvarse a sí mismo. Era consciente de que, si flaqueaba, la desesperación lo abrumaría. La desolación sería tan absoluta que no podría obligarse a moverse. Si se derrumbaba, estaba perdido. Tomar cualquier dirección, marcarse un propósito le evitaba precipitarse al vacío. No sabía hasta qué punto era realista tratar de encontrar a Bek, solo y sin la ayuda de una magia útil, pero las probabilidades no importaban si se mantenía cuerdo.
No estaba lejos de las ruinas cuando divisó una aeronave que surcaba el cielo, distante y pequeña, recortada sobre el horizonte. Le sorprendió tanto que, durante unos segundos, se quedó petrificado y la contempló, incrédulo. Estaba demasiado lejos para que pudiera identificarla, pero decidió que debía ser la Jerle Shannara, que buscaba a los miembros de la expedición. Lo embargaron esperanzas renovadas y se dirigió hacia la nave enseguida.
Sin embargo, en cuestión de segundos, la aeronave planeó rumbo a la neblina de un banco de nubarrones que procedía del este hasta que desapareció de su vista.
El joven se encontraba en un claro mientras trataba de localizarla de nuevo, cuando oyó que alguien lo llamaba:
—¡Tierralteño! ¡Espera!
Giró sobre sus talones, sorprendido, tratando de identificar la voz y el origen de esta. Todavía escudriñaba las colinas cuando Panax surgió de entre los árboles que había a sus espaldas.
—¿Dónde has estado, Quentin Leah? —le pidió el enano, entre jadeos y colorado por el esfuerzo—. ¡Llevamos buscándote desde ayer! ¡Te he visto por pura casualidad!
Llegó frente a Quentin y le estrechó la mano calurosamente.
—Bien hallado, tierralteño. Estás hecho un desastre, espero que no te importe que te lo diga. ¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió Quentin, aunque no fuera cierto—. ¿Quiénes me habéis buscado, Panax?
—Kian y yo, Obat y un puñado de rindge. La abominasquión los ha destrozado a consciencia. La aldea, a los lugareños, todo. La tribu ha quedado desparramada por toda la geografía, al menos, aquellos a los que no mató. Obat reunió a los supervivientes en las colinas; tenían la intención de reconstruir la aldea y seguir como antes, pero ya no. No van a volver. Las cosas han cambiado.
De pronto, se detuvo, observó con más detenimiento el rostro de Quentin y descubrió algo en lo que todavía no había reparado.
—¿Dónde está Tamis? —inquirió.
Quentin sacudió la cabeza.
—Ha muerto. Ard Patrinell también. Se mataron el uno al otro. No pude salvar a ninguno de los dos. —Le temblaban las manos y era incapaz de pararlo. Clavó la mirada en el suelo, confundido—. Le preparamos una trampa entre Tamis y yo. Nos escondimos en el bosque, junto a uno de los hoyos, y dejamos que la abominasquión nos encontrara con la esperanza de hacer que cayera en la trampa. Usamos un señuelo, un ardid para atraerla. Funcionó, pero salió del hoyo y Tamis…
Se le apagó la voz, incapaz de continuar y las lágrimas se le agolparon en los ojos por enésima vez, como si fuera un niño que revive una pesadilla.
Panax agarró las manos de Quentin entre las suyas, las aquietó y se las sujetó hasta que los temblores se detuvieron.
—Parece que tú también escapaste por los pelos —observó en tono calmado—. Supongo que no podías hacer más para salvarlos que no hubieras probado ya. No te exijas demasiado, tierralteño. La magia no siempre proporciona las respuestas que buscamos. El druida lo habrá descubierto por sí mismo, esté donde esté. A veces, debemos aceptar que tenemos limitaciones. Hay cosas que no podemos evitar. La muerte es una de ellas.
Le soltó las manos y lo asió de los hombros.
—Siento mucho lo de Tamis y Ard Patrinell, de verdad. Seguro que lucharon por sus vidas, tierralteño, pero tú también. Creo que, tanto a ellos como a ti mismo, les debes hacer que haya servido de algo.
Quentin miró los ojos marrones del enano y volvió paulatinamente en sí, mientras forjaba una nueva determinación. Evocó el rostro de Tamis al final, el espíritu feroz con el que se había enfrentado a su propia muerte. Panax tenía razón: derrumbarse ahora, entregarse a la tristeza, sería traicionar todo por lo que la elfa había luchado. El joven inspiró hondo.
—De acuerdo.
Panax asintió y retrocedió.
—Bien. Necesitamos que seas fuerte, Quentin Leah. Los rindge llevan explorando desde esta madrugada, desde antes del amanecer. Se han adentrado en las ruinas. Bastión Caído está plagado de escaladores, pero no funciona ninguno. Ya no funcionan los filamentos de fuego. Al parecer, Antrax ha muerto.
Quentin lo miró de hito en hito sin comprender nada.
—Pues muy bien, dirás, pero mira ahí. —El enano señaló al este, al banco de nubarrones que se avecinaba, como una cortina de oscuridad que llenaba el horizonte—. Lo que se avecina es un cambio en el mundo, de acuerdo con los rindge. Tienen una profecía que lo anuncia. Si Antrax es destruido, el mundo volverá a ser como era. ¿Recuerdas que los rindge insistían en que Antrax controlaba el tiempo? Bien, pues antes de que lo hiciera, esta tierra solo era hielo y nieve, hacía un frío gélido y era casi inhabitable. Tan solo se volvió cálida y frondosa después de que Antrax la cambiara hace eones. Y ahora, está volviendo a su estado original. ¿Notas el fresco?
Quentin no se había dado cuenta antes, pero Panax tenía razón. El ambiente se enfriaba a un ritmo constante, a pesar de que el sol hubiera salido ya. Ese ambiente fresco era de los que anunciaban la llegada del invierno.
—Obat y su pueblo cruzarán las montañas hasta el interior de Parcasia —continuó el enano—. Allí hace mejor tiempo y la región es más segura. Si no encontramos el modo de salir de aquí enseguida, creo que lo mejor será acompañarlos.
De repente, Quentin se acordó de la aeronave.
—Justo acababa de ver a la Jerle Shannara, Panax —dijo, y atrajo la atención del otro hacia el frente—. Ha estado visible durante unos segundos, justo por ahí. La he visto justo cuando me has encontrado, pero luego la he perdido entre esas nubes.
Escudriñaron juntos la oscuridad durante unos minutos, pero no vieron nada. Entonces, Panax se aclaró la garganta.
—No quiero ponerte en duda, que conste, pero ¿estás seguro de que no se trataba de la Fluvia Negra?
Tal posibilidad no se le había ocurrido a Quentin. Tenía tantas ganas de que fuera la Jerle Shannara, suponía, que en ningún momento se había parado a pensar que podía ser la aeronave enemiga. Se había olvidado de su némesis.
Sacudió la cabeza lentamente.
—No, no estoy seguro.
El enano asintió.
—No pasa nada, pero tenemos que ir con cuidado. La bruja y sus mwellrets todavía andan por aquí.
—¿Y qué me dices de Bek y los demás?
Panax parecía incómodo.
—Todavía no hemos encontrado ni rastro de ellos. No sé si los encontraremos, tierralteño. El pueblo de Obat no quiere volver a las ruinas; dicen que es la cuna de la muerte, aunque ya no exista Antrax ni estén activos los escaladores ni los filamentos de fuego. Dicen que está maldito, que nada ha cambiado. He tratado de convencerlos para que me acompañaran esta mañana, pero, después de lo ocurrido, han vuelto a las colinas a esperar. —Sacudió la cabeza—. A ver, no los culpo, pero tampoco es de mucha ayuda.
Quentin se enfrentó a él.
—No pienso abandonar a Bek, Panax. Ya estoy harto de huir, de ver a la gente morir y no hacer nada para evitarlo.
El enano asintió.
—Seguiremos buscando, tierralteño. Todo lo que podamos, no dejaremos de buscar. Pero no te hagas demasiadas ilusiones.
—Está vivo —insistió Quentin.
El enano no respondió, su rostro curtido y franco no revelaba sus pensamientos. Clavó la mirada en el cielo, en dirección al norte, y Quentin copió su gesto. Una línea de manchas negras había aparecido en el horizonte, y avanzaba en paralelo a la tormenta, desplegadas sobre el cielo matutino.
—Aeronaves —anunció bajito Panax, con cierta afectación en la voz áspera.
Contemplaron cómo las manchitas se agrandaban y tomaban forma. Quentin no comprendía cómo habían salido tantas aeronaves, al parecer de la nada, en un momento. ¿Ante quién respondían? Miró a Panax, pero el enano estaba tan confundido como él.
—Mira —dijo Panax mientras señalaba.
La aeronave que Quentin había visto hacía un rato había reaparecido entre la oscuridad y surcaba el cielo a toda velocidad rumbo al este, hacia las montañas. Esta vez no había lugar a dudas: se trataba de la Fluvia Negra. El grito de socorro murió en los labios del tierralteño, que se quedó petrificado donde estaba cuando esta los sobrevoló y se perdió en la distancia. Ahora veían que trataba de cortarle el paso a otra nave, más adelantada. La inclinación distintiva de los tres mástiles les reveló que no era otra que la Jerle Shannara. La bruja y sus mwellrets daban caza a los nómadas y los otros buques les pisaban los talones a ambas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Quentin, tanto para sí como para Panax.
Al cabo de unos segundos, la flota perseguidora se dividió en dos grupos: uno se fue tras la Fluvia Negra y la Jerle Shannara y la otra se dirigió hacia las ruinas de Bastión Caído. Este segundo grupo era más pequeño, pero estaba capitaneado por la aeronave más grande. En formación lineal, los buques planearon sobre las ruinas y se prepararon para aterrizar.
—No creo que debamos quedarnos aquí, expuestos de esta manera —sugirió Panax al cabo de unos instantes.
Enseguida, buscaron el amparo de los árboles y se retiraron hacia las colinas, donde encontraron un punto de avanzada desde donde observar lo que sucedía. No tardaron mucho en admitir que habían tomado la decisión correcta. Las aeronaves lanzaron escaleras de cuerda, que colgaban a pocos metros del suelo, y puñados de mwellrets las descendieron y se esparcieron por la zona. A bordo de las aeronaves, la tripulación se quedó en sus puestos. Sin embargo, había algo raro en su porte. Estaban quietos, petrificados, como estatuas, no había trajín ni hablaban con los demás compañeros. Quentin los observó durante un buen rato, con la intención de detectar algún tipo de reacción en ellos. No se produjo ninguna.
—Dudo que sean aliados —anunció Panax en voz baja. Hizo una pausa—. Mira eso.
Un elemento nuevo había aparecido: un puñado de criaturas que carecían de una identidad reconocible. Las colocaban en redes de carga y las hacían descender mediante cabestrantes desde la aeronave mayor, una tras otra. Parecían humanos demasiado crecidos, con unas espaldas y brazos enormes, las piernas gruesas y los torsos peludos. Caminaban encorvados, usando las cuatro extremidades, como los primates del viejo mundo. Sin embargo, las cabezas tenían un aspecto lobuno: tenían el morro estrecho y marcado, las orejas puntiagudas y unos ojos penetrantes. Incluso desde la distancia, esos rasgos eran inconfundibles.
—¿Qué son? —dijo Quentin, que soltó una bocanada de aire.
Las partidas de búsqueda se abrieron en abanico por las ruinas, con una docena de mwellrets en cada una, armados y protegidos: sin duda, era un invasor hostil. Llevaban esas peculiares criaturas encorvadas atadas de largas cadenas y les habían dado la orden de buscar, como si fueran perros. Con el hocico amorrado al suelo, avanzaron entre los escombros en distintas direcciones y los mwellrets las siguieron. En las ruinas no se produjo ninguna reacción por parte de Antrax. No aparecieron escaladores y ningún filamento de fuego hendió el aire. Al parecer, los rindge tenían razón sobre lo que había ocurrido. Sin embargo, eso tan solo consiguió que Quentin no dejara de pensar en lo que le habría sucedido a Bek.
Kian, el elfo fornido de tez morena, surgió de repente de entre los árboles y se acercó a ellos. Saludó a Quentin con un asentimiento de cabeza, pero no dijo nada.
—Tenemos un problema, tierralteño —anunció Panax sin mirarlo.
Quentin asintió.
—Nos están buscando. Y tarde o temprano, nos encontrarán.
—Y yo diría que será más temprano que tarde. —El enano se irguió—. No podemos quedarnos aquí. Hay que irse.
Quentin Leah observó cómo sus perseguidores se adentraban en la ciudad, a lo lejos, eran figuritas, como juguetitos. Quentin entendía a Panax, pero no quería expresarlo en voz alta. Panax le sugería que debían abandonar la búsqueda de Bek, que tenían que poner tanta distancia como pudieran entre ellos y quienes los estuvieran persiguiendo.
Notó que una parte de sí mismo se marchitaba y se moría ante la perspectiva de volver a abandonar a Bek, pero sabía que, si se quedaba, lo encontrarían. Con eso, no conseguiría nada de provecho y podría acabar muerto. Trató de reflexionar sobre ello a fondo. Quizá Bek poseía magia, Tamis así lo afirmaba. Lo había visto usarla, un poder con el que podía hacer trizas a los escaladores. Su primo no estaba completamente indefenso. En realidad, era posible que él tuviera más opciones que ellos de salir con vida. Quizá incluso había encontrado a Walker, así que, tal vez, estaban juntos. Tal vez ya habían salido de las ruinas y habían huido a las montañas.
Se detuvo, enfadado. Lo estaba racionalizando. Trataba de hacerse sentir mejor por abandonar a Bek, por romper su promesa por enésima vez. Pero, en realidad, no se creía ni una palabra de lo que se decía. El corazón no se lo permitía.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó al final, resignado a realizar la única cosa que se había prometido que no haría.
Panax se rascó la barbilla, ya cubierta con una barba incipiente.
—Nos adentraremos en el Arca Aleutera, esas montañas que quedan detrás, con Obat y su pueblo. Nos adentramos en el corazón de Parcasia. Las aeronaves se dirigían hacia allí; tal vez alcancemos alguna. Quizá podamos hacerle señales. —Se encogió de hombros, cansado—. Tal vez podamos sobrevivir.
No mencionó una palabra sobre volver a por Bek y los demás o sobre reanudar la búsqueda más adelante. El joven comprendió que algo así no ocurriría, que quizá nunca regresarían a las ruinas, y no le haría una promesa que no podría cumplir.
Nada de eso ayudaba a Quentin a desembarazarse de su sentimiento de traición, pero era mejor ser realista con las perspectivas que había que aferrarse a falsas esperanzas.
«Lo siento, Bek», se dijo a sí mismo.
—Vienen hacia aquí —anunció Kian de pronto.
Uno de los grupos de batida había aparecido en el extremo de las ruinas que había más abajo y había encontrado los cuerpos de los rindge que la abominasquión de Patrinell había matado hacía dos días. Las criaturas encorvadas ya olisqueaban el suelo en busca de un rastro. Una cabeza lobuna se alzó y miró en la dirección en la que se encontraban ellos, agachados entre los árboles, como si fuera consciente de su presencia, como si fuera capaz de divisarlos.
Sin mediar palabra, el enano, el elfo y el tierralteño se mezclaron con los árboles y desaparecieron.
* * *
Les llevó casi una hora llegar hasta el claro donde estaban reunidos Obat y los rindge. Se encontraban en la ladera de la colina que se alzaba ante el Arca Aleutera, que atravesaba Parcasia de noroeste a sureste como una espina dorsal escarpada. Los rindge tenían aspecto andrajoso y desalentado, aunque no conformaban un grupo desorganizado o poco preparado. Habían apostado centinelas y se encontraron con ellos antes de llegar a la columna de rindge. Habían recuperado las armas, así que los hombres iban todos equipados. Sin embargo, la mayor facción de supervivientes estaba formada por mujeres y niños; algunos de estos solo eran bebés. Al menos había un centenar de rindge, aunque era más probable que se acercarán a los doscientos. Sus pertenencias formaban montones a su alrededor, atadas en fardos o metidas en sacos de paño. La mayor parte de ellos estaban sentados y quietos en las sombras, mientras charlaban entre ellos y aguardaban. En la luz moteada del bosque, parecían tener las cuencas de los ojos vacías y que fueran espectros indefinidos.
Obat se acercó a Panax y se puso a hablar con él de inmediato. Panax lo escuchó y le respondió con la antigua lengua de los elfos que había usado con buenos resultados cuando se habían conocido. Obat le escuchó y sacudió la cabeza. Panax lo volvió a intentar y señaló la dirección de la que procedían. Para Quentin era evidente que le explicaba que habían llegado los intrusos que habían visto en las aeronaves. No obstante, a Obat no le hacía ninguna gracia lo que oía.
Con la exasperación cincelada en el rostro, Panax se volvió hacia el tierralteño:
—Le he dicho que tenemos que irnos a toda prisa, que deben dejar todas las pertenencias aquí. Tal y como están las cosas, nos costará bastante trasladar a toda esta cantidad de gente sana y salva sin tener que, además, lidiar con todas sus cosas. Pero Obat dice que es todo lo que les queda, que no lo dejarán.
Se volvió hacia Kian:
—Vuelve al camino con un par de rindge y montad guardia.
El elfo cazador giró sobre los talones sin mediar palabra, gesticuló a un par de rindge para que lo acompañaran y desapareció entre los árboles al trote.
Panax se volvió hacia Obat y lo intentó de nuevo. Esta vez realizó ademanes que no dejaban lugar a dudas sobre lo que pasaría si los rindge iban demasiado lentos al escapar. Su rostro ancho estaba sonrojado y mostraba enfado; alzó la voz. Obat lo miró de hito en hito, impertérrito.
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