Kitabı oku: «Una dama a medianoche»
Índice de contenido
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
Capítulo diecisiete
Capítulo dieciocho
Capítulo diecinueve
Capítulo veinte
Capítulo veintiuno
Capítulo veintidós
Capítulo veintitrés
Capítulo veinticuatro
Capítulo veinticinco
Epílogo
Título original: A Lady by Midnight Published by arrangement with The Marsh Agency Ltd., acting in conjunction with the Axelrod Agency
© 2021 by Eve Ortega
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Traducción: Xavier Beltrán
Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
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1.ª edición: febrero 2022
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2022: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
Para Tessa Woodward y Helen Breitwieser, con toda mi gratitud.
Capítulo uno
Verano de 1814
El cabo Thorne era capaz de lograr que una mujer se estremeciera desde el extremo opuesto de una habitación.
Un don muy inconveniente, en opinión de Kate Taylor.
Aquel hombre ni siquiera debía molestarse en conseguirlo, como comprobó Kate con una punzada de tristeza. No tenía más que irrumpir en El Toro y la Mariposa, adueñarse de uno de los taburetes de la barra, fruncir el ceño con una jarra de metal en las manos y darle la espalda, una espalda ancha y musculosa, al local. Y sin una sola palabra, sin ni siquiera una sola mirada, lograba que los dedos de la pobre señorita Elliott, posados sobre las teclas del piano, comenzaran a temblar.
—Ay, no puedo —susurró la muchacha—. Ahora no puedo cantar. No con él aquí.
Otra clase de música echada a perder.
Kate jamás había padecido ese problema, que empezó un año atrás. Antes de eso, en Cala Espinada vivían sobre todo mujeres, y El Toro y la Mariposa era un pintoresco salón de té en que se servían pastelitos y se vendían tarros de mermelada. Pero, desde que se había organizado la milicia local, el establecimiento se había convertido tanto en el salón de té de las damas como en la taberna de los caballeros.
Kate no se oponía a compartir el local, pero con el cabo Thorne era imposible compartir nada. Su presencia adusta e inquietante se apoderaba por completo de la estancia.
—Intentémoslo una vez más —apremió a su alumna mientras se esforzaba por ignorar la silueta intimidante que se le cernía desde la visión periférica—. Ya casi lo teníamos.
—No me saldrá nunca. —La señorita Elliott se ruborizó y entrelazó los dedos sobre el regazo.
—Claro que sí. Es tan solo cuestión de práctica, y no estarás sola. Seguiremos trabajando en el dueto y estaremos preparadas para ensayar la actuación en el salón este mismo sábado.
Al oír la palabra actuación, las mejillas de la muchacha adquirieron un color carmesí.
Annabel Elliott era una jovencita delicada y pálida, pero la pobre se sonrojaba con una gran facilidad. Siempre que estaba nerviosa o aturullada, sus mejillas ardían como si le acabaran de asestar un bofetón. Y estaba nerviosa o aturullada la mayor parte del tiempo.
Algunas jóvenes acudían a Cala Espinada para superar la timidez, un escándalo o un episodio de fiebre debilitante. La señorita Elliott se había presentado con la esperanza de conseguir otro tipo de curación: necesitaba un remedio para el pánico escénico.
Kate había sido su mentora el suficiente tiempo para saber que los problemas de la señorita Elliott no tenían nada que ver con una falta de talento ni de preparación. Solamente necesitaba confiar en sí misma.
—Tal vez nos ayude una nueva partitura —le propuso Kate—. A mí me levanta más el ánimo una melodía nueva y refrescante que comprarme un sombrero. —Se le ocurrió una idea—. Esta semana iré a Hastings a ver qué encuentro.
De hecho, tenía intención de visitar Hastings con un propósito totalmente diferente. Debía saludar a alguien, una visita que llevaba tiempo postergando. Ir a comprar nuevas partituras sería una excusa excelente.
—No sé por qué soy tan tonta —se lamentó la ruborizada joven—. He tenido profesores brillantes durante años. Y me encanta tocar. De verdad que sí. Pero, cuando hay alguien escuchando, me quedo paralizada. Soy una inútil.
—No eres ninguna inútil. Ninguna situación es inútil jamás.
—Mis padres…
—Tus padres tampoco creen que seas inútil. De lo contrario, no te habrían enviado aquí —dijo Kate.
—Quieren que mi puesta de largo sea un éxito. Pero usted no sabe la presión que ejercen sobre mí. Señorita Taylor, es imposible que usted sepa qué se siente.
—No —admitió Kate—. Supongo que no.
La señorita Elliott levantó la vista, afectada.
—Lo siento. Lo siento mucho. No quería decirlo así. Qué desconsiderado por mi parte.
—No te preocupes. —Kate desestimó las disculpas con un gesto—. Es cierto. Soy huérfana. Llevas razón, por supuesto: es imposible que sepa qué se siente al tener padres con expectativas tan altas y desorbitadas.
«Aunque daría lo que fuera por experimentarlo, solo durante un día».
—Pero sí que sé la gran diferencia que supone saber que estás entre amigos —continuó—. Esto es Cala Espinada. Todos somos un tanto diferentes. Y recuerda que en este pueblo todo el mundo está de tu parte.
—¿Todo el mundo?
La mirada recelosa de la señorita Elliott voló hacia el hombre solitario y gigantesco sentado a la barra.
—Es que es tan grande —susurró—. Y aterrador. Siempre que empiezo a tocar, lo veo hacer una mueca.
—No te lo tomes como algo personal. Es un militar, y ya sabes que todos los militares están confundidos por culpa de las bombas. —Kate le dio a la señorita Elliott una alentadora palmada en el brazo—. No le prestes ninguna atención. Limítate a levantar la cabeza, a esbozar una sonrisa, y sigue tocando.
—Lo intentaré, pero es que… es bastante difícil ignorarlo.
Sí. Así era. Que se lo dijeran a Kate.
Aunque al cabo Thorne se le daba estupendamente bien ignorarla a ella, Kate no podía negar el efecto que tenía él en su compostura. Le hormigueaba la piel cuando estaba cerca y, las pocas veces que la había mirado, había observado una honda profundidad en sus ojos. Pero, por el bien de la confianza de la señorita Elliott, Kate dejó a un lado sus propias reacciones.
—Alza la barbilla —le recordó en voz baja a la señorita Elliott, y también a sí misma—. Sonríe.
Kate comenzó a tocar la parte grave del dueto. Cuando llegó el momento de que entrara la señorita Elliott, sin embargo, la joven titubeó después de unas cuantas notas.
—Lo siento, es que… —La voz de la señorita Elliott se fue apagando.
—¿Ha vuelto a hacer una mueca?
—No, peor —gimió—. Esta vez se ha estremecido.
Con un resoplido de indignación, Kate giró el cuello para observar la barra.
—No. No se ha estremecido.
—Sí —asintió la señorita Elliott—. Ha sido horrible.
Kate se cansó. Que él ignorara a sus alumnas era una cosa. Que hiciera una mueca, otra. Pero no había ninguna justificación para un estremecimiento. Un estremecimiento pasaba de castaño oscuro.
—Voy a hablar con él —dijo Kate mientras se levantaba de la banqueta del piano.
—Ay, no. Se lo suplico.
—No pasa nada —le aseguró—. No me da miedo. Puede que sea tosco, pero creo que no muerde.
Kate atravesó el establecimiento y se detuvo justo al lado del hombro del cabo Thorne. Estuvo a punto de hacer acopio del valor necesario para darle un golpecito en la hombrera borlada de la casaca rojiza del uniforme militar.
A punto.
Al final, se aclaró la garganta.
—¿Cabo Thorne?
Él se giró.
En su vida había visto a un hombre con una expresión más dura. Su rostro era de piedra, formado por ángulos implacables y cincelados, y rasgos inflexibles. Un terreno inhóspito que no ofrecía a Kate cobijo ni escondite alguno. Su boca formaba una línea recta. Sus cejas oscuras se unían en un gesto reprobatorio. Y sus ojos… Sus ojos eran del azul de un río helado en la noche más fría y rigurosa del invierno.
«Alza la barbilla. Sonríe».
—Como debe de haber visto —dijo con ligereza—, estoy en medio de una clase de música.
Sin respuesta.
—Verá, la señorita Elliott se pone nerviosa al actuar delante de desconocidos.
—Quiere que me marche.
—No. —La respuesta de Kate la sorprendió incluso a ella—. No, no quiero que se marche.
Eso sería dejarlo ir con demasiada facilidad. Él siempre se iba. Sus ocasionales interacciones se habían limitado a eso. Kate hizo acopio de valentía y procuró desprender amabilidad. Thorne siempre encontraba una excusa para abandonar el local de inmediato. Era un juego ridículo y Kate estaba harta de él.
—No le pido que se marche —insistió—. La señorita Elliott necesita practicar. Ella y yo vamos a hacer un dueto. Le invito a que nos preste su atención.
El soldado se la quedó mirando.
Kate estaba acostumbrada a los contactos visuales extraños. Siempre que conocía a alguien nuevo, era consciente, a su pesar, de que la gente solamente veía la marca de un feroz color burdeos que tenía en la sien. Se había pasado muchos años escondiendo su marca de nacimiento con sombreros de ala ancha o con rizos peinados con esmero, siempre en vano. La gente veía más allá de los complementos y los bucles. Kate había aprendido a ignorar el dolor inicial. Con el tiempo, a los ojos de los demás, dejó de ser tan solo una marca de nacimiento para pasar a ser una mujer con una marca de nacimiento. Y al final los demás la observaban y solo veían a Kate.
La mirada del cabo Thorne era completamente distinta. Kate no sabía qué pensaba de ella. La incertidumbre la colocaba en el filo del precipicio, pero no dejó de intentar mantener el equilibrio.
—Quédese —lo retó—. Quédese y escuche mientras tocamos para usted lo mejor que sabemos. Aplauda cuando terminemos. Golpee el suelo según el ritmo de la música si lo desea. Dele a la señorita Elliott un poco de ánimo. Demuestre que cuenta con una pizca de empatía y déjeme patidifusa.
Pasaron eones hasta que Thorne, al fin, respondió de forma sucinta y áspera.
—Me marcho.
Se levantó y lanzó una moneda sobre la barra. Acto seguido, salió de la taberna sin mirar atrás.
Cuando la puerta pintada de rojo se cerró sobre sus engrasados goznes, burlándose así de ella con un portazo, Kate meneó la cabeza. Aquel hombre era imposible.
Sentada al piano, la señorita Elliott retomó un arpeggio.
—Supongo que ahora tenemos un problema menos —dijo Kate intentando ver, como siempre, el lado positivo. Absolutamente todas las situaciones lo tenían.
El señor Fosbury, el propietario de mediana edad de la taberna, hizo acto de presencia para limpiar la jarra de Thorne. Deslizó una taza de té en dirección a Kate. Una delgadísima rodaja de limón flotaba en el medio, y el aroma del brandi la rodeó con una columnilla de vapor. Se calentó por dentro antes siquiera de darle un sorbo. Los Fosbury la trataban muy bien.
Aun así, no sustituían a una verdadera familia. Para encontrarla iba a tener que seguir buscando. Y pensaba seguir buscando, ajena al número de puertas que se cerraran delante de sus narices.
—Espero que no deje que le afecten los modales groseros de Thorne, señorita Taylor.
—¿Quién?, ¿yo? —Se obligó a soltar una breve carcajada—. Ah, no soy tan sensible. ¿Por qué iban a afectarme las palabras de un hombre despiadado? —Pasó un dedo por el borde de la taza de té, pensativa—. Pero le pediría que me hiciera un favor, señor Fosbury.
—Lo que usted quiera, señorita Taylor.
—La próxima vez que sienta la tentación de tenderle una rama de olivo al cabo Thorne… —Arqueó una ceja y le dedicó una sonrisa juguetona—. Recuérdeme que me limite a golpearlo con la rama en la cabeza.
Capítulo dos
—¿Más té, señorita Taylor?
—No, gracias. —Kate le dio un sorbo a la suave infusión de la taza y reprimió una mueca. Se habían utilizado las mismas hojas por lo menos tres veces ya. Era como si les hubieran arrebatado el último vago recuerdo que tuvieran de haber sido té.
Supuso que era lo apropiado. Los recuerdos vagos estaban a la orden del día.
La señorita Paringham dejó la tetera.
—¿Dónde dices que vives?
—En Cala Espinada, señorita Paringham. —Kate sonrió a la mujer de pelo cano sentada en la silla de enfrente—. Es un célebre pueblo de vacaciones para muchachas jóvenes educadas con esmero. Me dedico a dar clases de música.
—Me alegra comprobar que tus estudios te proporcionan ingresos honestos. Es más de lo que habría podido esperar una mujer con tan poca suerte como tú.
—Sin duda. Soy muy afortunada.
Mientras dejaba a un lado el «té», Kate miró furtivamente el reloj de la repisa de la chimenea. El tiempo se le iba acabando. Detestaba perder valiosísimos minutos con lugares comunes cuando había preguntas que le quemaban la punta de la lengua. Actuar con brusquedad, sin embargo, no la ayudaría a conseguir ninguna respuesta.
Tenía un paquete envuelto en el regazo, y jugueteó con el lazo.
—Me sorprendió mucho saber que se había instalado aquí. Imagínese: mi antigua profesora, jubilada a pocas horas a caballo. No podía resistir la tentación de visitarla para evocar aquella época. Tengo muy gratos recuerdos de los años que pasé en Margate.
—No me digas. —La señorita Paringham arqueó una ceja.
—Así es. —Hurgó en su mente para dar con algún ejemplo—. En particular, echo de menos aquella sopa tan… nutritiva. Y los habituales oficios religiosos. Hoy en día cuesta encontrar dos horas enteras para leer sermones.
En lo que a niños huérfanos se refiere, Kate sabía que había sido más feliz que la mayoría. La atmósfera de la Escuela Margate para Chicas tal vez fuera austera, pero no le habían pegado, dejado sin comer ni sin vestir. Entabló amistades y recibió una educación útil. Y lo más importante de todo fue que le habían enseñado música y la habían animado a practicar.
Ciertamente, no podía quejarse. Margate había cubierto todas sus necesidades, salvo una.
El amor.
En todos los años que pasó en esa institución, no llegó a conocer el amor auténtico. Tan solo una pálida dilución del amor, reaprovechada en tres ocasiones, como el té. Otra muchacha se habría convertido en una mujer resentida. Kate, en cambio, no estaba hecha para sentir tristeza. Aunque su mente fuera incapaz de recordarlo, su corazón sí que rememoraba una época anterior a Margate. En cada uno de sus latidos resonaba un lejano recuerdo de felicidad.
Alguien la quiso. Lo sabía. No lograba ponerle un nombre ni un rostro a la emoción, pero ese detalle no la volvía menos real. Hubo un tiempo en que estaba donde debía estar: con alguien o en un lugar concreto. La mujer que tenía delante tal vez fuera la última esperanza que albergaba para encontrar la conexión.
—¿Recuerda el día que llegué a Margate, señorita Paringham? Debía de ser muy pequeña.
—Como mucho, tenías cinco años. —La anciana torció los labios—. No había manera de saberlo con seguridad.
—No. Por supuesto que no.
Nadie sabía cuándo era exactamente el cumpleaños de Kate, y ella menos que nadie. Como maestra, la señorita Paringham decidió que todas las tuteladas de la escuela cumplirían años el mismo día que Nuestro Señor, el 25 de diciembre. En teoría, se pretendía que ese día, cuando todas las demás se marchaban a casa a disfrutar de la festividad con sus familias de carne y hueso, el resto de las muchachas se reconfortaran al recordar a la familia sagrada a la que pertenecían.
No obstante, Kate siempre sospechó que detrás de aquella decisión había un motivo más pragmático. Si las jóvenes cumplían años el día de Navidad, no había necesidad alguna de celebrarlo. Ni de hacerles regalos especiales. Las tuteladas de la escuela debían conformarse todos los años con lo mismo: una naranja, un lazo y un corte de muselina estampada doblado con cuidado. A la señorita Paringham no le gustaban los dulces.
Por lo visto, seguían sin gustarle. Kate mordisqueó una esquina diminuta de la galleta seca e insípida que le había ofrecido, y acto seguido la dejó en el plato.
Sobre la repisa de la chimenea, el tictac del reloj parecía acelerarse. Tan solo faltaban veinte minutos para que saliera la última diligencia hacia Cala Espinada. Si no llegaba a subirse al carruaje, iba a verse obligada a pasar la noche en Hastings.
Se armó de valor. Basta de titubeos.
—¿Quiénes eran? —preguntó—. ¿Usted lo sabe?
—¿A quiénes te refieres?
—A mis padres.
—Eras una tutelada de la escuela. —La señorita Paringham resopló—. No tienes padres.
—Eso ya lo entiendo. —Kate sonrió en un intento por añadir ligereza a la cuestión—. Pero no salí de un huevo, ¿verdad que no? No aparecí de debajo de una hoja de repollo. Tuve un padre y una madre. Quizá los tuve durante al menos cinco años. Me he esforzado mucho por acordarme. Todos mis recuerdos son muy vagos, están revueltos. Recuerdo sentirme segura. Una cierta tonalidad azul. Una habitación con paredes azules, tal vez, pero no estoy segura. —Se pellizcó el puente de la nariz y frunció el ceño al ver los flecos de la alfombra—. Puede que, en mi afán por recordar, esté imaginándome cosas.
—Señorita Taylor…
—Recuerdo sonidos, sobre todo. —Cerró los ojos e indagó en sus adentros—. Sonidos sin imágenes. Alguien que me decía: «Sé valiente, Katie de mi corazón». ¿Se trataba de mi madre? ¿De mi padre? Esas palabras están grabadas a fuego en mi memoria, pero no consigo ponerles cara, por más que lo intente. Y luego está la música. Melodías de piano interminables, y la misma canción…
—Señorita Taylor.
Al repetir el nombre de Kate, la voz de la antigua profesora se quebró. No se resquebrajó como si fuera de porcelana, sino que más bien sonó como una especie de chasquido.
En un acto reflejo, Kate se irguió en la silla. Unos ojos afilados la observaban.
—Señorita Taylor, te recomiendo que abandones de inmediato esta línea de investigación.
—¿Cómo voy a abandonarla? Entiéndame. Me he pasado la vida entera formulándome estas preguntas, señorita Paringham. He tratado de hacer lo que usted siempre me aconsejó y ser feliz con lo que la buena fortuna de la vida me ha dado. Tengo amigos. Tengo trabajo. Tengo música. Pero sigo sin tener la verdad. Quiero saber de dónde vengo, aunque no me guste lo que encuentre. Sé que mis padres han fallecido ya, pero quizá haya alguna esperanza de contactar con otros familiares. Debe de haber alguien en alguna parte. El detalle más nimio podría resultarme útil. Un nombre, un pueblo, un…
—Señorita Taylor. —La anciana golpeó las tablas del suelo con el bastón—. Aunque dispusiera de alguna información, jamás te la contaría. Me la llevaría hasta la tumba.
—Pero… —Kate se reclinó en la silla—. ¿Por qué?
La señorita Paringham no respondió. Se limitó a apretar los labios, finos como el papel, para formar una tensa línea de desaprobación.
—A usted nunca le caí bien —susurró Kate—. Lo sabía. Siempre dejó muy claro, sin llegar a verbalizarlo, que cualquier gesto amable que me dedicara era de mala gana.
—Muy bien. Tienes razón. Nunca me caíste bien.
Se miraron fijamente a los ojos. La verdad había salido a la luz.
Kate se esforzó por reprimir cualquier muestra de decepción y de dolor. Pero entonces el fardo de partituras envueltas cayó al suelo…, y, al hacerlo, una sonrisilla engreída curvó los labios de la señorita Paringham.
—¿Puedo preguntar en base a qué merecía tales agravios? Me mostraba agradecida por todo lo que se me daba. Nunca hacía ninguna travesura. Nunca me quejaba. Me concentraba en mis clases y sacaba muy buenas notas.
—Precisamente. No mostraste ninguna humildad. Te comportabas como si te merecieras la felicidad tanto como las demás chicas de Margate. Siempre cantando. Siempre sonriendo.
La idea era tan absurda que Kate no pudo evitar echarse a reír.
—¿Le caía mal porque sonreía demasiado? ¿Debería haber estado melancólica y triste?
—¡Avergonzada! —La señorita Paringham gritó aquella palabra—. Una hija de la vergüenza tiene que vivir avergonzada.
Estupefacta, Kate se quedó unos instantes en silencio. «¿Una hija de la vergüenza?».
—¿A qué se refiere? Siempre he creído que soy huérfana. Nunca me dijo que…
—Estás maldita. Tu vergüenza salta a la vista. El mismísimo Dios te marcó. —La señorita Paringham la señaló con un delgado dedo.
Kate no podía responder siquiera. Se llevó una temblorosa mano hasta la sien.
Con la punta de los dedos, empezó a frotarse la marca distraídamente, de la misma forma que hacía de jovencita, como si así pudiera borrársela de la piel. Se había pasado toda la vida creyendo que era la amada hija de unos padres cuya muerte fue prematura. Cuán horrible era pensar que se habían deshecho de ella, que no la quisieron.
Sus dedos se quedaron paralizados encima de la marca de nacimiento. Quizá se habían deshecho de ella por esa mancha.
—Pobre tonta. —La carcajada de la anciana era áspera y mordaz—. Has soñado con cuentos de hadas, ¿verdad? Has pensado que algún día un mensajero llamaría a tu puerta y afirmaría que eres una princesa desaparecida.
Kate se dijo que debía mantener la calma. Obviamente, la señorita Paringham era una anciana solitaria y amargada que ahora se dedicaba a hacer que los demás se sintieran desdichados. No pensaba darle a aquella arpía la satisfacción de verla afectada.
Pero tampoco pensaba permanecer ni un solo minuto más allí.
Se agachó para recoger el paquete de partituras del suelo.
—Siento haberla molestado, señorita Paringham. Me marcho. No hace falta que diga nada más.
—Ah, pero es que aún no he terminado. Eres tan ignorante que has cumplido veintitrés años sin comprenderlo. Veo que es mi responsabilidad enseñarte una última lección.
—Por favor, no se moleste. —Kate se levantó de la silla y le hizo una reverencia. Acto seguido, alzó la barbilla y se pintó una desafiante sonrisa en el rostro—. Gracias por el té. Tengo que marcharme ya, no quiero perder el carruaje. No hace falta que me acompañe hasta la puerta.
—¡Muchacha impertinente!
La anciana movió el bastón y golpeó a Kate detrás de la rodilla.
Kate trastabilló y se agarró al marco de la puerta del salón.
—Me ha golpeado. No me puedo creer que acabe de golpearme.
—Debería haberte pegado hace años. Así puede que te hubiera borrado la sonrisa de la cara.
Kate se había herido el hombro con la jamba de la puerta. La punzada de humillación era mucho más intensa que el dolor físico. Una parte de ella quería hacerse un ovillo en el suelo, pero sabía que debía abandonar aquel lugar. Más aún, debía abandonar aquella conversación. La horrible e impensable posibilidad de que la vida la hubiera dejado marcada por la vergüenza de su nacimiento.
—Que tenga un buen día, señorita Paringham. —Apoyó el peso de su cuerpo en la rodilla dolorida y respiró hondo. La puerta principal estaba a unos pocos pasos de ella.
—Nadie te quería. —La voz de la anciana desprendía veneno—. Nadie te quería entonces. ¿Quién diablos te va a querer ahora?
«Alguien», insistía el corazón de Kate. «Alguien, en algún lugar».
—Nadie. —La maldad torció el gesto de la anciana, que volvió a atizar con el bastón.
Kate oyó el golpe seco contra la jamba de la puerta, pero en ese momento ya abría el cerrojo de la entrada de la casa. Se recogió las faldas y salió a la calle adoquinada a toda prisa. Las suelas de sus botas de tacón bajo estaban desgastadas, y resbaló y trastabilló mientras corría. Las calles de Hastings eran estrechas y curvas, flanqueadas por tiendas y posadas atestadas. Era imposible de todo punto que aquella mujer malencarada la hubiera seguido.
Aun sí, Kate no paraba de correr.
Corría sin apenas prestar atención a la dirección que tomaba, solo le importaba alejarse. Si seguía corriendo lo bastante rápido, quizá la verdad no la alcanzaría nunca.
En cuanto dobló hacia las caballerizas, el retumbante tañido de la campana de una iglesia le llenó el estómago de terror.
Uno, dos, tres, cuatro…
«No, no. Detente. No vuelvas a repicar».
Cinco.
Le dio un vuelco el corazón. El reloj de la señorita Paringham debía de estar atrasado. Llegaba demasiado tarde. El carruaje ya habría partido sin ella. No saldría otro hasta la mañana.
El verano había alargado la luz del sol al máximo, pero al cabo de unas pocas horas se haría de noche. Había gastado casi todos sus fondos en la tienda de música y solamente tenía el dinero suficiente para el trayecto de regreso a Cala Espinada… No le quedaba ninguna moneda extra para dormir en una posada ni para cenar.
Kate se detuvo en la calle abarrotada. La gente la empujaba y avanzaba en tropel desde todos los lados. Pero ella no conocía a nadie allí. Nadie la ayudaría. La desesperación reptó por sus venas, gélida y oscura.
Sus peores temores se habían materializado. Estaba sola. No solo esa noche, sino siempre. Su propia familia la había abandonado años atrás. Nadie la quería ahora. Moriría sola. Viviría en el estrecho piso de una pensionista como el de la señorita Paringham, bebiendo hojas de té hervidas tres veces y masticando su propia amargura.
«Sé valiente, Katie de mi corazón».
Desde que tenía uso de razón se había aferrado al recuerdo de aquellas palabras. Se había agarrado con fuerza a la creencia de que significaban que alguien, en algún lugar, se preocupó por ella. No iba a permitir que aquella voz se acallase. Esa clase de pánico no encajaba con su forma de ser y no le haría ningún bien.
Cerró los ojos, respiró hondo e hizo un repaso mental. Contaba con su inteligencia. Contaba con su talento. Contaba con un cuerpo joven y saludable. Nadie iba a arrebatarle nada de eso. Ni siquiera aquella bruja cruel y marchita con su bastón y su té aguado.
Tenía que haber alguna solución. ¿Poseía algo que pudiera vender? Su vestido de muselina rosa era muy elegante —un regalo cosido a mano por una de sus alumnas, adornado con cintas y lazos—, pero no podía vender su ropa y quedarse sin nada. Había dejado su mejor sombrero en casa de la señorita Paringham, aunque prefería acabar durmiendo en la calle que volver a por él.
Si el verano anterior no se la hubiera cortado tanto, tal vez habría intentado vender su cabellera. Pero ahora los bucles a duras penas le cubrían más allá de los hombros, y eran de un color castaño común y corriente. Ningún peluquero iba a quererlos.
La tienda de música resultaba su mejor opción. Si le contaba su aprieto y se lo pedía con mucha amabilidad, quizá el propietario aceptara que le devolviera las partituras y le reembolsaría el dinero. Con eso le bastaría para alojarse en una habitación de una posada bastante respetable. Estar sola nunca era aconsejable, y ni siquiera llevaba su revólver, pero podría atrancar la puerta con una silla y pasar la noche en vela, agarrada a un hurgón de la chimenea y con la voz más que lista para chillar.
Al fin. Ya tenía un plan.
En cuanto empezó a cruzar la calle, un codazo le hizo perder el equilibrio.
—Eh —exclamó esa persona—. Vaya con cuidado, señorita.
Kate se dio la vuelta para disculparse. El cordel del paquete se rompió. Varias hojas echaron a volar y planearon en plena tarde ventosa de verano, como si de una bandada de palomas asustadas se tratara.
—No, no, no. Las partituras.
Empezó a mover los brazos en todas las direcciones. Unas cuantas páginas desaparecieron calle abajo, otras cayeron sobre el adoquinado y enseguida fueron pisoteadas por los transeúntes. El grueso del paquete aterrizó en el centro de la calzada, envuelto todavía en papel marrón.
Se precipitó a recuperarlo, desesperada por salvar la mayor parte posible.
—¡Cuidado! —gritó un hombre.
Las ruedas de un carruaje chirriaron. En algún punto, demasiado cerca de ella, un caballo corcoveó y relinchó. Kate levantó la vista desde su posición agachada en la calle y vio moverse dos cascos con herraduras, grandes como los platos de una cena, dispuestos a aplastarla.
Una mujer chilló.
Kate se lanzó al suelo de costado. Los cascos del caballo se clavaron justo a su izquierda. Con el siseo de las ruedas al frenar, el carruaje se detuvo a pocos dedos de destrozarle la pierna.
El paquete de partituras yacía a varias yardas de distancia. Su «plan» se había convertido en un borrón manchado de barro y atropellado por las ruedas.
—Por todos los demonios —maldijo el conductor desde el asiento mientras blandía las riendas—. Una bruja, eso es lo que eres. Has estado a punto de hacerme volcar.
—Lo… lo siento, señor. Ha sido un accidente.
El hombre hizo restallar el látigo contra los adoquines de la calle.
—Apártate de mi camino. Eres una…
Cuando levantó el látigo para asestar otro golpe, Kate se encogió y se agachó.
No hubo ningún impacto.
Un hombre se había colocado entre ella y el carruaje.
—Vuelve a amenazarla —lo oyó advertir al conductor con una voz grave e inhumana— y arrancaré a latigazos la carne que cubre tus lamentables huesos.
Qué palabras tan estremecedoras. Pero efectivas. El carruaje reanudó la marcha y se alejó.
A medida que unos brazos fuertes la ayudaban a ponerse en pie, la mirada de Kate ascendió una auténtica montaña humana. Vio unas botas negras y pulidas. Bombachos beis sobre unos muslos de granito. La inconfundible casaca de lana roja de un oficial.
Le dio un vuelco el corazón. Esa casaca la conocía bien. Probablemente ella misma había cosido los botones de latón de los puños. Era el uniforme de la milicia de Cala Espinada. Se encontraba entre brazos conocidos. Estaba a salvo. Y cuando levantó la cabeza, estaba convencida de que encontraría un rostro amigable, a no ser que…
—¿Señorita Taylor?
A no ser que…
A no ser que fuera él.
—Cabo Thorne —susurró.
En cualquier otro día, Kate se habría reído ante la ironía de la situación. De entre todos los hombres que podrían rescatarla, tenía que ser él.
—Señorita Taylor, ¿qué diablos está haciendo aquí?
Al oír aquella voz tan dura, todos los músculos de ella se tensaron.
—He… he venido al pueblo a comprar partituras nuevas para la señorita Elliott y a… —No se atrevía a mencionar la visita a la señorita Paringham—. Pero se me ha caído el paquete y ahora he perdido el carruaje de vuelta. Qué boba soy.
«Boba, estúpida, marcada por la vergüenza y no deseada».
—Y ahora me he quedado atrapada, me temo. Si hubiera traído algo más de dinero, me podría permitir una habitación para pasar la noche, y volvería a Cala Espinada por la mañana.
—¿No tiene dinero?
Kate se giró, incapaz de soportar la reprimenda que desprendían los ojos del militar.
—¿En qué estaba pensando al viajar tan lejos usted sola?
—No tenía elección. —Se le quebró la voz—. Estoy completamente sola.
—Estoy aquí. —Thorne le apretó los brazos con más fuerza—. Ahora no está sola.
Las palabras no sonaron poéticas. Más bien se trataba de una observación objetiva. A duras penas compartían el mismo vocabulario en lo que a amabilidad se refería. Si la comodidad más absoluta fuera una hogaza de pan integral y nutritivo, lo que le ofrecía el cabo se limitaba a unas cuantas migajas.
Tanto daba. Tanto daba. Era una muchacha que se moría de hambre y no tenía la dignidad de rechazarlo.
—Lo siento mucho —consiguió decir reprimiendo un sollozo—. Esto no le va a gustar.
Dicho esto, Kate se abandonó a aquel abrazo inmenso, rígido y reticente…, y se echó a llorar.
Maldita sea.
Había roto en llanto. Ahí mismo, en la calle, por el amor de Dios. Su bonito rostro, arruinado. La joven se inclinó hasta que su frente se apoyó en el pecho de él, y entonces profirió un sonoro y desgarrador sollozo.
Luego, un segundo. Y un tercero.
Su caballo se removía ansioso y Thorne compartía la inquietud del animal. Si tuviera que elegir entre ver llorar a la señorita Kate Taylor u ofrecerle el hígado a una bandada de aves carroñeras, habría sacado el cuchillo antes de que la primera lágrima rodara por la mejilla de ella.
Thorne chasqueó la lengua con suavidad, un gesto que sirvió para calmar un poco al caballo. Con la mujer no tuvo ningún efecto. Aquellos delgados hombros se convulsionaban a medida que lloraba contra su casaca. Las manos de él siguieron clavadas en sus brazos.
En un gesto desesperado, las movió hacia arriba. Y hacia abajo.
En vano.
«¿Qué ha ocurrido?», quería preguntarle. «¿Quién le ha hecho daño? ¿A quién debo desfigurar o matar por haberla afligido de esta manera?».
—Lo siento —dijo Kate al separarse de él al cabo de unos cuantos minutos.
—¿Por qué?
—Por llorar encima de usted. Por obligarlo a abrazarme. Debo de haberlo disgustado. —Recuperó el pañuelo que llevaba debajo de una de las mangas y se enjugó los ojos. Los tenía rojos, al igual que la nariz—. No quiero decir que no le guste abrazar a mujeres. En Cala Espinada todo el mundo sabe que le gustan las mujeres. He oído mucho más de lo que me gustaría acerca de su…
Palideció y dejó de hablar.
Menos mal.
Thorne tiró del caballo con una mano y colocó la otra en la espalda de la señorita Taylor para acompañarla a salir de la calzada. En cuanto llegaron a la acera, ató las riendas de su caballo en un poste y barrió la calle con la mirada, pues quería llevarla a un lugar cómodo. No había ningún sitio en que pudiera sentarse. Ningún banco, ninguna caja.
Y eso lo alteró más allá de los límites de la razón.
Sus ojos se clavaron en la taberna que se alzaba al cruzar la calle, el tipo de establecimiento en que él jamás la permitiría entrar, pero valoraba seriamente la posibilidad de acercarse a la otra acera, derribar de su asiento al primer borracho al que se encontrara y arrastrar la silla, ya libre, para ella. Una mujer no debía llorar de pie. No le parecía adecuado.
—¿Podría prestarme unos cuantos chelines, por favor? —le pidió Kate—. Buscaré una posada donde pasar la noche y prometo no volver a molestarlo más.
—Señorita Taylor, no puedo dejarle dinero para que pase la noche sola en una posada cualquiera. No es seguro.
—No tengo más alternativa que quedarme. Hasta mañana no sale otro carruaje hacia Cala Espinada.
—Si sabe montar a caballo —Thorne observó su semental—, le alquilaré uno.
—Nadie me ha enseñado a montar. —Negó con la cabeza.
Maldición. ¿Cómo iba a arreglar aquella situación? Disponía sin problemas del dinero necesario para alquilar otro caballo, pero no del suficiente para contratar una diligencia privada. Bien podría llevarla hasta una posada, pero de ninguna de las maneras consentiría dejarla sola.
Una peligrosa ocurrencia vino a visitarlo y se agarró a su mente con las zarpas.
Podría quedarse con ella.
No con intenciones sórdidas, se dijo. Solamente como su protector. Para empezar, le hallaría un condenado asiento donde descansar. Se aseguraría de que le proporcionaban comida, bebida y sábanas calientes. Se quedaría velándola en su sueño y comprobaría que nada la molestaba. Estaría a su lado cuando se despertara.
Después de tantos meses de frustrada añoranza, tal vez aquello bastaría.
«¿Bastaría? Y un cuerno».
—Santo cielo. —De repente, la muchacha dio un paso atrás.
—¿Qué sucede?
—Una parte de su cuerpo se está moviendo. —Bajó la mirada y tragó saliva, no sin dificultad.
—No, no es verdad. —Thorne hizo una rápida y silenciosa evaluación a todas sus pertenencias. Vio que estaba todo bajo control. De haber sido una ocasión diferente, una con menos lágrimas involucradas, ese grado de cercanía sin duda alguna habría despertado su deseo. Pero ese día la joven lo afectaba más bien en la parte superior de su torso. Le había creado tensos nudos en el interior y había golpeado las cenizas negras y humeantes que quedaban de su corazón.
—Es su morral. —Señaló la bolsa de piel que le cruzaba el pecho—. Está… agitándose.
Ah. Eso. Con tanta conmoción, casi se había olvidado del animalito.
Metió una mano en la bolsa y extrajo la fuente de tanto movimiento. La sostuvo en alto para que la viera.
—Tan solo es esto.
Y, de pronto, todo cambió. Fue como si el mundo se hubiera detenido por completo y se hubiera inclinado en un nuevo ángulo. En menos tiempo de lo que tardaba el corazón de un hombre en latir, el rostro de la señorita Taylor se transformó. Las lágrimas habían desaparecido. Sus elegantes y llorosas cejas se arquearon por la sorpresa. Sus ojos renacieron con un destello; resplandecían, de hecho, como dos estrellas. Sus labios se separaron en un jadeo de emoción.
—Oh. —Se llevó una mano a la mejilla—. Si es un perrito…
Sonrió. Dios, cómo sonrió. Y todo por una bola nerviosa con hocico y pelo que era tan probable que se hiciera pis sobre sus zapatos como que los destrozara a dentelladas.
—¿Me permite? —Kate se inclinó hacia delante.
¿Cómo negarse? Thorne le colocó el cachorro en los brazos.
La joven lo meció y lo acunó como si se tratara de un bebé.
—¿De dónde has salido tú, preciosidad?
—De una granja cercana —respondió Thorne—. Pensaba llevarlo hasta el castillo. Necesitan un sabueso.
—¿Es un sabueso? —Kate ladeó la cabeza y se quedó mirando al cachorro.
—En parte.
Sus dedos recorrieron la mancha de color teja que el animalito tenía sobre el ojo derecho.
—Supongo que es en parte muchas cosas, ¿verdad que sí? Qué cosa tan bonita.
Kate alzó el perro con ambas manos y lo miró con el hocico apoyado en su nariz mientras arrugaba los labios para proferir un suave gorjeo. El animal le lamió la cara.
«Chucho afortunado».
—¿El malvado cabo Thorne te ha metido en un morral oscuro y mugriento? —Le dio un meneo juguetón al perrito—. Te gusta mucho más estar aquí fuera conmigo, ¿a que sí? Pues claro que sí.
El animal dio un débil ladrido. Kate se echó a reír y se lo llevó hasta el pecho, con la cabeza apoyada en el cuello peludo.
—Eres perfecto —la oyó susurrar—. Eres justamente lo que necesitaba hoy. —Acarició el pelaje del perro—. Gracias.
Thorne notó una punzada en el pecho. Como si un nudo oxidado se hubiera soltado. Era lo que solía hacer aquella muchacha, era como lo hacía sentirse. Siempre había sido así, desde hacía ya muchos años. Al parecer, aquella época tan lejana en el tiempo quedaba fuera del alcance de sus primeros recuerdos. Por suerte para ella.
Pero Thorne se acordaba. Se acordaba de todo.
—Será mejor que nos pongamos en marcha. —Carraspeó—. Ya casi habrá oscurecido cuando hayamos llegado a Cala Espinada.
—Pero ¿cómo? —Kate desvió la atención del animal y miró a Thorne con ojos curiosos.
—Montarán conmigo. El perro y usted. La ayudaré a sentarse en mi silla. Usted llevará al perro.
Como si quisiera consultar a todas las partes implicadas, Kate observó al caballo. Acto seguido, al perro. Por último, levantó la vista hacia Thorne.
—¿Está seguro de que cabremos?
—Un tanto justos, pero sí.
La muchacha se mordió el labio, insegura.
Su resistencia instintiva al plan que le proponía era simple. Y comprensible. Thorne tampoco se moría por llevar a cabo aquella idea. ¿Tres horas a horcajadas sobre un caballo con la señorita Kate Taylor enclavada entre sus muslos? Una tortura de las más dolorosas. Pero no se le ocurría una mejor manera de llevarla sana y salva hasta casa.
Podría con ello. Si había permanecido un año en el mismo pueblecito que ella, podría soportar estar cerca de ella unas cuantas horas.
—No pienso dejarla aquí —insistió—. Tendrá que ser así.
Los labios de Kate esbozaron una divertida y tímida sonrisa. Verla resultaba reconfortante, así como devastador.
—Si me lo dice así, me es imposible negarme.
«Por el amor de Dios, no digas eso».
—Gracias —añadió. Y le acarició la manga con suavidad.
«Por tu propio bien, no hagas eso».
Thorne se apartó de su caricia y ella pareció dolida. A él le apetecía tranquilizarla, pero no se atrevía a intentarlo.
—Ocúpese del perro —le dijo.
Thorne la ayudó a sentarse en la silla impulsándola desde la rodilla, no desde el muslo, que habría sido mucho más útil. Él montó sobre el caballo, agarró las riendas con una mano y pasó el otro brazo alrededor de la cintura de la joven. En cuanto le indicó al animal que comenzara a trotar, la notó contra su cuerpo, suave y cálida. Sus muslos soportaban los de ella.
Su pelo olía a trébol y a limón. Aquel aroma embargó todos los sentidos de Thorne antes de que pudiera evitarlo. «Maldición, maldición». Podría convencerla para que dejara de hablarle, de tocarlo. Podría lograr que se distrajera con el perro. Pero ¿cómo iba a evitar que tuviera el cuerpo de una mujer y que oliera igual que el paraíso?
Atrás quedaban las peleas, los azotes, los años pasados en la cárcel…
Thorne sabía, sin asomo de duda, que las próximas tres horas serían el castigo más severo que hubiera experimentado nunca.
Capítulo tres
Durante la primera hora que pasaron a caballo, ocurrió lo más extraño del mundo. Ante los ojos de Kate, el cabo Thorne se transformó en un hombre completamente distinto.
En un hombre atractivo.
La primera vez que se atrevió a mirarlo, a dejar que sus ojos emprendieran el lento ascenso desde el regazo hasta el rostro, se le antojó tan recio e intimidante como siempre. Los rasgos de su cara estaban iluminados con el implacable sol de media tarde. Y Kate se encogió.
Pero entonces, después de haber recorrido varias yardas del camino, volvió a levantar la vista cuando pasaron cerca de una hilera de árboles. Esta vez lo vio de perfil, sus rasgos abrazados por las sombras. Le pareció… no tan imponente, sino protector. Fuerte.
El muro de músculos cálidos que se apoyaba en su espalda no hacía más que reforzar aquella impresión. Así como el brazo gigantesco que le rodeaba la cintura y la facilidad con que guiaba al caballo. Nada de gritos ni de golpes con la fusta: se limitaba a darle suaves golpecitos con los talones y a pronunciar alguna que otra palabra en voz queda. Aquellas palabras temblaban sobre los huesos de Kate como si fueran notas de un violonchelo, pues cada una de ellas provocaba un grave y excitante canturreo que le nacía en la base de la columna.
Cerró los ojos. Las voces graves la acariciaban en las profundidades de su cuerpo.
A partir de ese instante, mantuvo la mirada tercamente clavada en el camino que se abría ante ellos. Sin embargo, la imagen mental que tenía de Thorne siguió cambiando. En su cabeza había pasado de ser un hombre obstinado e intimidante a resultar protector y fuerte y…
Atractivo.
Loca, improbable y ofensivamente atractivo.
No, no. No podía ser. Su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Kate era consciente de que muchas de las trabajadoras de Cala Espinada suspiraban por el cabo Thorne, pero nunca había entendido el porqué. Los rasgos del militar no despertaban ninguna emoción en ella, probablemente porque siempre echaba mano de ellos para fruncir el ceño o para fulminarla con la mirada. En aquellas raras ocasiones en que la miraba, por supuesto.
Al cabo de otras tantas millas, el cachorro se quedó dormido en sus brazos. Kate había repasado los numerosos y desagradables encuentros que había mantenido con aquel hombre y logró afianzar en su cabeza la idea de que no lo encontraba atractivo.
«Una última mirada», se dijo…, solo para confirmarlo.
Cuando volvió la cabeza, sin embargo, sucedió lo peor.
Lo vio mirándola fijamente.
Los ojos de ella se clavaron en los de él. El azul penetrante de los del cabo invadían todo su ser. Para su gran desgracia, Kate soltó un suspiro. Y, acto seguido, se apresuró a mirar hacia otra parte, la que fuera.
Demasiado tarde.
Los rasgos de Thorne estaban grabados a fuego en su mente. En cuanto cerraba los ojos, era como si alguien le hubiera pintado los párpados por dentro con aquel azul tan intenso y subyugador. Ahora se le ocurría que tal vez se tratara del hombre más atractivo que hubiera visto nunca, una valoración que no se basaba en ningún argumento racional. En ninguno.
Kate se dio cuenta de que tenía un grave problema.
Estaba locamente enamorada. O un tanto loca. Probablemente, ambas cosas.
Más que nada, estaba abatida. Su corazón palpitaba a un ritmo histérico y, tan cerca como estaban sobre la silla, sabía que él lo notaba. Por el amor de Dios, si incluso debía de oírlo. Los latidos acelerados y balbuceantes confesaban todos sus secretos. Resultaba tan revelador como si se hubiera erguido y hubiera exclamado: «Soy una estúpida que está confundida y falta de cariño, y que no se ha encontrado jamás tan cerca de un hombre».
Desesperada por dejar cierto espacio entre ambos, enderezó la espalda y se inclinó hacia delante.
En ese momento, el caballo se adentró en un surco y Kate se vio peligrosamente impulsada hacia un lado. Experimentó la breve e impotente sensación de caer al vacío.
Y, entonces, con la misma celeridad, sintió que la sujetaban.
Thorne corrigió el rumbo del caballo con un movimiento de los talones. Tiró de las riendas con una mano y su otro brazo se apretó con mayor firmeza alrededor de la cintura de Kate. Sus gestos eran fluidos, fuertes e instintivos, como si su cuerpo entero formara un puño y la hubiera agarrado desde dentro.
—La tengo —dijo.
Sí, la tenía. La tenía tan cerca y tan apretada que seguramente los ojales de su corsé le estaban dejando marcas en el pecho.
—¿Ya llegamos? —preguntó Kate.
—No.
Reprimió un quejumbroso suspiro.
Cuando el sol se hundía cerca del horizonte, se detuvieron en una posta del camino. Kate esperó con el cachorro mientras Thorne le compraba a un aldeano un poco de leche y tres hogazas de pan caliente y crujiente. Lo siguió y bajaron unos escalones rumbo a una ladera cercana.
Se sentaron el uno al lado del otro en una colorida pradera de brezos en flor. La ya tenue luz del sol teñía de naranja todas y cada una de las florecillas moradas. Kate dobló el chal hasta formar un cuadrado y el cachorro lo rodeó varias veces antes de decidirse a atacar los flecos de la tela.
Thorne le entregó una de las hogazas.
—No es gran cosa.
—Es una maravilla.
La hogaza le calentó las manos y le provocó un rugido de tripas. Kate la partió en dos y el pan despidió una nubecilla de vapor delicioso con olor a levadura.
A medida que se lo comía, el pan parecía rellenar cierta parte de la intensa estupidez de su interior. Con el estómago lleno resultaba muchísimo más fácil sobrellevar un comportamiento prudente. Ya casi se atrevía a volver a mirarlo a la cara.
—Le estoy muy agradecida —le dijo—. Para mi bochorno, no estoy segura de habérselo comentado antes. Pero le estoy muy agradecida por su ayuda. Estaba viviendo el peor día del año, y ver su rostro…
—Lo empeoró aún más.
—No. —Kate protestó con una risotada—. No me refería a eso.
—Tal como yo lo recuerdo, rompió a llorar.
—¿En sus palabras no habrá por casualidad un destello de humor? —Agachó la barbilla y lo miró de reojo—. ¿El severo e intimidante cabo Thorne tiene sentido del humor?
Él no respondió. Kate lo vio darle al perrito pedazos de pan mojados en leche.
—Santo Dios —exclamó la joven—. Me pregunto cuál será su próxima treta. ¿Un guiño? ¿Una sonrisa? Como se ría, me desmayaré y me moriré aquí mismo.
Aunque su tono era más bien de burla, decía lo que pensaba de verdad. Ya estaba siendo objeto de numerosas punzadas de atracción basadas tan solo en el físico y la fuerza del militar. Si, además, demostraba hacer gala de un agudo ingenio, Kate estaría en un auténtico apuro.
Por suerte para sus volubles emociones, Thorne contestó con su habitual falta de encanto.
—En ausencia de lord Rycliff, soy el teniente de la milicia de Cala Espinada. Usted es una residente de Cala Espinada. Era mi deber ayudarla a regresar a casa sana y salva. Nada más.
—En ese caso —terció Kate—, la fortuna ha querido que me encontrara al alcance de su deber. El percance con el conductor del carruaje realmente fue mi culpa. Me precipité a la calzada sin ni siquiera mirar.
—¿Qué ocurrió justo antes? —preguntó.
—¿Qué le hace suponer que ocurrió algo justo antes?
—No es propio de usted estar tan distraída.
«No es propio de usted».
Kate masticó el pan lentamente. Al cabo no le faltaba razón, quizá, pero era extraño que dijera aquello. Ella creía que la esquivaba como un gorrión esquiva la nieve. ¿Qué derecho tenía a decir qué era propio y qué era impropio de ella?
Pero Kate no podía hablar con nadie más y creyó innecesario esconder la verdad.
—Fui a visitar a mi antigua profesora. —Tragó un bocado de pan y se rodeó las rodillas con los brazos—. Esperaba encontrar algo de información sobre mis orígenes. Sobre mi familia.
Thorne guardó silencio unos instantes.
—¿Y la encontró?
—No. Jamás me ayudaría a encontrarlos, me dijo, aunque pudiera. Porque no quieren que los encuentre. Siempre pensé que era huérfana, pero al parecer… —Parpadeó varias veces—. Al parecer, me abandonaron. Una hija de la vergüenza, me llamó. Nadie me quería entonces y nadie va a quererme ahora.
Los dos se quedaron observando el horizonte, donde el sol, una rezumante yema de huevo, bañaba las colinas blancuzcas.
—¿No tiene nada que decir? —Kate se atrevió a mirarlo.
—Nada apropiado para los oídos de una dama.
—Pero ya ve que no soy ninguna dama. —Sonrió—. Por lo poco que sé de mis ancestros, de eso sí que estoy segura.
Kate vivía en la misma posada que las demás damas de Cala Espinada, y unas cuantas eran muy buenas amigas, como lady Rycliff o Minerva Highwood, que acababa de convertirse en la flamante vizcondesa Payne. Pero muchas otras se olvidaban de ella tan pronto se marchaban. En la opinión de esas muchachas, Kate ocupaba el mismo lugar que las gobernantas y una compañera cualquiera. Si no había más remedio, y si no había nadie mejor disponible, servía como compañía. A veces le mandaban cartas durante una temporada. Si sus maletas estaban demasiado llenas, le regalaban sus vestidos usados.
Kate acarició la falda embarrada de su vestido de muselina rosa. Estaba destrozada, no podría remendarse.
A sus pies, el perrito estaba medio inclinado sobre la jarra de leche y lamía con alegría las últimas gotas del recipiente. Kate agarró al animal y le dio la vuelta para frotarle la barriguita.
—Somos almas parecidas, ¿verdad que sí? —le preguntó al cachorro—. Sin hogar del que enorgullecernos. Sin distinguido pedigrí.
El cabo Thorne no hizo amago de contradecir el comentario de ella. Kate supuso que era lo que se merecía por haber ido a pescar galanterías a un desierto.
—¿Qué me dice de usted, cabo Thorne? ¿Dónde creció? ¿Tiene familia?
El militar se quedó callado durante un tiempo extrañamente largo, dada la naturaleza directa de la pregunta.
—Nací en Southwark, cerca de Londres. Pero hace casi veinte años que no visito ese lugar.
Kate examinó la expresión de aquel hombre. A pesar de su comportamiento encorsetado, no debía de tener más de treinta años.
—Supongo que se marchó de casa siendo muy joven.
—No tan joven como otros.
—Ahora que la guerra ha terminado, ¿no siente deseos de regresar?
—En absoluto. —Los ojos de él se clavaron en los de ella durante unos segundos—. Más vale dejar atrás el pasado.
A tenor del desastre en que se había convertido su vida, Kate dedujo que Thorne llevaba razón. Arrancó una larga brizna de hierba y se la ofreció al perro para que la mordisqueara y jugueteara. La cola fina del can se movía de izquierda a derecha con alegría.
—¿Qué nombre pensaba ponerle? —le preguntó.
—No lo sé. —El cabo se encogió de hombros—. Mancha, supongo.
—Pero eso es horrible. No puede llamarlo Mancha.
—¿Por qué no? Tiene una mancha, ¿verdad?
—Sí, y esa es precisamente la razón por la que no puede llamarlo así. —Kate bajó la voz, apretó al perrito contra su pecho y acarició la mancha de color teja que tenía sobre el ojo derecho—. Se acomplejará. Yo tengo una mancha, pero no me gustaría que me definiera hasta tal punto. No necesito que me recuerden que está ahí.
—Pero es diferente. Es un perro.
—Eso no significa que no tenga sentimientos.
—Pero es un perro. —El cabo Thorne profirió un resoplido de burla.
—Podría llamarlo Rex —le propuso mientras ladeaba la cabeza—. O Duque. O Príncipe, quizá.
—¿Qué parte de este perro le hace pensar a usted en la realeza? —La miró de soslayo.
—Ninguna. —Kate dejó al animal y observó cómo echaba a correr por la pradera—. Pero de eso se trata. Un nombre grandilocuente compensará sus orígenes humildes. Se llama ironía, cabo Thorne. Como si a usted yo lo llamara Chiquitín. O como si usted a mí me llamara Helena de Troya.
El militar se detuvo y frunció el ceño.
—¿Quién es Helena de Troya?
Kate estuvo a punto de mostrar la sorpresa que le había despertado esa pregunta. Por suerte, se contuvo justo a tiempo. Debía recordar que un cabo era un rango de un oficial del ejército y que la mayoría de los hombres del ejército solamente contaban con una educación básica.
—Helena de Troya fue una reina de la Antigua Grecia —le explicó—. Decían que la belleza de su rostro era capaz de hundir mil barcos. Era tan hermosa que todos los hombres la deseaban. Hubo guerras por ella, de hecho.
Thorne guardó silencio durante un rato.
—Así pues, llamarla a usted Helena de…
—Helena de Troya.
—Eso. Helena de Troya. —Se formó un ligero fruncido entre sus oscuras cejas—. ¿Por qué sería irónico?
—¿No resulta obvio? —se rio ella—. Míreme.
—La estoy mirando.
Cielo bendito. Sí que la estaba mirando. La estaba mirando de la misma manera en que lo hacía todo. Con intensidad y con una tranquila fuerza. Kate casi percibía la tensión de los rasgos de él. La ponía muy nerviosa.
Se llevó los dedos hasta la marca de nacimiento por inercia, pero en el último momento los utilizó para colocarse unos mechones de pelo detrás de la oreja.
—Ya lo ve usted, ¿no es así? Es irónico porque no soy ninguna belleza legendaria. Los hombres no libran batallas por mí. —Esbozó una ligera sonrisa—. Para ello habrían de participar por lo menos dos hombres. Tengo veintitrés años y, hoy por hoy, no se ha interesado por mí ni uno solo.
—Vive en un pueblo de mujeres.
—En Cala Espinada no viven solo mujeres. Hay unos cuantos hombres. Está el herrero. El vicario.
Thorne desestimó ambos ejemplos con un gruñido.
—Y también… está usted —añadió Kate.
Se quedó petrificado.
Al fin. Habían llegado al clímax de la cuestión. Probablemente no debería ponerlo en una situación tan incómoda, pero había sido él el que había insistido en ese tema.
—Está usted —repitió—. Y a duras penas es capaz de compartir el mismo aire que respiro yo. Cuando llegó a Cala Espinada, intenté ser amable con usted. No surtió efecto.
—Señorita Taylor…
—Y no se trata de que no le interesen las mujeres. Sé que ha estado con otras.
Thorne parpadeó, y aquel pequeño gesto hizo que se sintiera inquieta. Su parpadeo tenía el mismo efecto que el movimiento con que cualquier otro hombre se golpearía la palma de una mano con el puño contrario.
—En fin, es bien conocido —se explicó mientras hurgaba en la tierra con los dedos del pie en busca de valentía—. En el pueblo, sus… arreglos… generan bastante especulación. Aunque no quiera oírlos, terminan llegando hasta mí.
Thorne se puso en pie y echó a andar hacia el camino. Los hombros erguidos y los pasos medidos. Una vez más, salía huyendo. Kate estaba harta. Estaba harta de restar importancia a sus rechazos, de ignorar sus sentimientos heridos con una carcajada impostada.
—¿No lo ve? —Se levantó y corrió por la pradera con la intención de alcanzar el extremo de la sombra alargada y monumental que proyectaba el militar—. Es exactamente a esto a lo que me refiero. Si sonrío en su dirección, usted me da la espalda. Si encuentro un asiento libre cerca de donde está usted, de pronto decide que prefiere quedarse de pie. ¿Le provoco urticaria, cabo Thorne? ¿El olor de mis polvos secantes le da ganas de estornudar? ¿O acaso hay algo en mi comportamiento que le resulte desagradable o aterrador?
—No diga tonterías.
—Pues admítalo. Me evita.
—Muy bien. —Se detuvo de pronto—. La evito.
—Ahora dígame por qué.
Thorne se volvió para encararse a ella y sus ojos gélidos y azules incendiaron los de ella. Pero no pronunció palabra alguna.
El aliento de Kate abandonó sus pulmones con un suspiro, y relajó los hombros.
—Adelante —lo apremió—. Dígalo. No pasa nada. Después de tantos años, creo que oír que alguien dice la verdad sería un acto compasivo. Sea sincero.
Con un movimiento impulsivo, le agarró la mano y se la llevó hasta la cara, tocándose la marca de nacimiento con los dedos de él. Thorne intentó retirarla, pero Kate no se lo permitió. Si ella debía vivir todos los días con esa marca, él podría soportarla tocarla una sola vez.
Se le acercó y presionó la mancha de pigmento de su sien con la palma de él. Estaba muy frío.
—Esta es la razón —dijo—. ¿No es así? La razón por la que no le intereso. La razón por la que no le intereso a ningún hombre.
—Señorita Taylor, yo… —Apretó la mandíbula—. No. No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
No recibió respuesta.
Le ardía la cara. Quería golpearle el pecho, abrirlo en canal.
—¿Qué es? Por el amor de Dios, ¿qué encuentra tan insoportable de mí? ¿Qué le resulta tan horriblemente desagradable que no puede ni siquiera encontrarse en la misma habitación que yo?
—Deje de provocarme. —Masculló un juramento—. La respuesta no le va a gustar.
—Quiero oírla de todos modos.
Hundió una mano en el pelo de ella y le arrancó un grito de sorpresa de los labios. Unos dedos fuertes se colocaron en su nuca. Los ojos de él buscaban el rostro de ella, y todas las terminaciones nerviosas de Kate chisporrotearon por la tensión. El sol, que se hundía casi por completo en el horizonte, lanzó una última llamarada de luz anaranjada entre ellos, prendiéndole fuego a aquel momento.
—Es esto.
Thorne flexionó el brazo y la acercó para besarla.
Y la besó de la misma manera en que lo hacía todo. Con intensidad y con una tranquila determinación. Sus labios se apretaron firmes contra los de ella exigiendo una respuesta.
Kate reaccionó por puro instinto y le golpeó el pecho.
—Suélteme.
—La soltaré. Pero todavía no.
Su brazo la mantenía inmóvil. No tenía escapatoria.
Sin embargo, el militar no le daba miedo. No, lo que le daba miedo era la sensación que con tanta velocidad llenaba el espacio que los separaba. El hambre cruda de los ojos de él. El calor que desprendían ambos cuerpos. La repentina pesadez de sus miembros, de su abdomen, de sus pechos. La alocada aceleración de su pulso. El aire que los rodeaba parecía cargado de intenciones. Y no todo se debía solo a él.
Thorne se inclinó para volver a besarla, y esta vez la reacción de Kate fue distinta.
Se movió para encontrarse con él a medio camino.
Cuando aquellos labios tan fuertes rozaron los suyos, todo su ser se volvió blando. Él la estrechó y le rodeó la cintura con el otro brazo. Kate ni siquiera intentó resistirse. La voz de su consciencia se había callado y sus párpados aleteaban en una exquisita rendición. Anhelaba ese beso. Un anhelo vergonzoso que le costaba confesar.
Los labios de él estaban muy calientes. Y, a pesar de su apariencia fría y pétrea, sabía delicioso y reconfortante. Como una hogaza de pan recién horneada, mezclada con un ligero regusto amargo por la cerveza. Tuvo una visión del cabo unas horas antes, bebiendo en una taberna tenuemente iluminada. Solo. La desgarradora soledad de aquella imagen hizo que le apeteciera abrazarlo. Debía conformarse con agarrarse a las solapas de su abrigo y recostarse contra su pecho.
Se permitió abrir los labios con la intención de saborearlo mejor. Él le atrapó el labio superior entre los suyos, y luego tiró del inferior. Como si también se muriera por paladear el sabor de ella.
Thorne le depositó besos firmes en las comisuras de la boca, en la mandíbula, en el pulso palpitante de su cuello. Cada presión de sus besos era rauda y enérgica. Kate notaba cómo sus besos se imprimían en su piel como si dejaran marcas ardientes a su paso. La marcaba con sellos de su aprobación.
Los labios hinchados por la pasión… «Querida».
El cuello ligeramente arqueado… «Deseada».
Un movimiento por su mejilla… «Amada».
Y, por último, la marca como de vino vertido sobre su sien… «Dulce».
Sus besos merodearon por su mancha durante varios segundos. Su aliento subía y bajaba, y le revolvía el pelo. Estar así, tan cerca de él, la hacía experimentar el poder apenas reprimido que atravesaba el cuerpo de aquel hombre. Todo su ser se estremecía con un deseo palpable.
Y, entonces, se apartó.
Kate se agarró a su abrigo, mareada.
—Yo…
—No se preocupe. No volverá a ocurrir.
—¿Ah, no?
—No.
—En ese caso, ¿por qué ha llegado a ocurrir?
Thorne le puso un dedo debajo de la barbilla y se la alzó para que lo mirara a los ojos.
—Nunca piense que ningún hombre la desea. Jamás. Eso es todo.
«¿Eso es todo?».
Kate se quedó observando a aquel hombre terco, atractivo e imposible. La besaba en plena puesta de sol, en una pradera de brezos floridos, para que se sintiera bella y deseada; lograba que su cuerpo entero palpitara con un sinfín de emociones… ¿y volvía a ponerle los pies en el suelo y le decía «Eso es todo»?
Él se movió como si quisiera apartarse.
—Un momento. —Kate lo agarró con mayor firmeza y lo sostuvo cerca de sí—. ¿Y si yo quiero más?
Capítulo cuatro
«Más».
Thorne respiró hondo. Aquella palabra sacudió la tierra bajo sus pies. Habría puesto la mano en el fuego por que la ladera en la que estaban se había despeñado y balanceado.
«Más». ¿Qué significaba esa palabra para ella? Sin duda, algo distinto a las visiones que la mente le proporcionaba a él. Se los imaginó a los dos, enredados en la pradera, las faldas de la muchacha arrugadas y embarradas. Por eso iba en busca de mujeres experimentadas que compartían su definición de más, y que no tenían reparo alguno en decirle exactamente cuándo, dónde y con qué frecuencia lo querían.
Pero la señorita Taylor era una dama, por más que se esforzara en negarlo. Era inocente, joven, dada a ridículas ensoñaciones. Thorne se estremeció al intentar dilucidar qué significaba más en la mente de ella. ¿Galanterías? ¿Cortejo? Una jarra de vinagre era mucho más dulce que él. Su experiencia con los cortejos se había limitado a cortejos peligrosos.
Aquel desatinado beso había sido otro ejemplo de ello.
Estúpido, estúpido. Su propia madre lo había definido con tino. «Eres tan terco como feo, hijo mío. No aprendes nunca».
—No puede alejarse de mí así como así —dijo Kate—. No después de un beso como ese. Tenemos que hablar.
Maravilloso. Era peor que la dulzura, más espeluznante que correr riesgos al cortejar a alguien. Ella quería hablar.
¿Por qué las mujeres no dejaban que las acciones hablaran por sí mismas? Si él quisiera utilizar palabras, las habría utilizado.
—No tenemos nada de que hablar —dijo.
—Lamento estar en desacuerdo.
Thorne se la quedó mirando, pensativo. Se había pasado la mayor parte de una década en campañas con la infantería británica. Sabía perfectamente cuándo una retirada era su mejor opción.
Se giró y llamó al perro con un silbido. El cachorro trotó hasta él. Thorne estaba complacido. Había dudado de la conveniencia de dejarlo tanto tiempo con el criador, pero al parecer las semanas extras de entrenamiento habían dado buenos resultados.
Se encaminó hacia el lugar donde había dejado pastoreando al caballo, cerca de unos escalones de madera que hacían las veces del único agujero entre el muro de piedra a la altura de la cintura que cercaba el prado.
—Cabo Thorne… —La señorita Taylor lo siguió.
Él alcanzó la escalera y saltó al otro lado de la cerca.
—Debemos regresar a Cala Espinada. Esta tarde no ha asistido a las clases con las hermanas Youngfield. Se estarán preguntando dónde está usted.
—¿Conoce mi horario de clases? —Su voz contenía un deje de interés.
—No de todas. —Thorne maldijo entre dientes—. Solo de las fastidiosas.
—Ah. Las fastidiosas.
Le lanzó al perro un hueso de conejo que llevaba en el bolsillo antes de comenzar a inspeccionar los arreos del caballo.
Ella colocó ambas manos sobre la cima del cercado de piedra, equitativamente argamasado, y se impulsó para sentarse en él.
—Así pues, es casualidad que mis clases coincidan con sus sesiones de bebida. Suceden los mismos días a las mismas horas, hasta el punto de que conoce mi horario. De memoria.
Por el amor de Dios. ¿Qué memoria?
—No se invente una historia sensiblera de que la he estado extrañando. —Negó con la cabeza—. Es una mujer suficientemente atractiva y yo soy un hombre con ojos en la cara. Me he fijado en usted. Nada más.
La joven se recogió las faldas con una mano, levantó las piernas y las pasó al otro lado del muro.
—Y, sin embargo, jamás me ha dirigido la palabra.
Al estar ella sentada sobre el cercado de piedra, estaban casi a la misma altura. Kate dobló un dedo y se pasó un bucle rizado detrás de la oreja. Era la manera elegante e inconsciente en que las mujeres llevaban a los hombres hasta el límite de la desesperación.
—No soy un hombre que hable con soltura. Si transformara mis deseos en palabras, haría que usted se ruborizara tanto que hasta su vestido adquiriría una tonalidad rosada más intensa.
Al fin. Eso tenía que asustarla.
Se puso un poco colorada, pero no se amilanó.
—¿Sabe qué creo yo? —le dijo—. Creo que quizá, solo quizá, su comportamiento terco e intimidante es una curiosa forma de modestia masculina. Una manera de desviar la atención. Casi me avergüenza confesar que conmigo ha funcionado durante buena parte del año, pero…
—De veras, señorita Taylor…
—Pero ahora —lo miró a los ojos— estoy prestando mucha atención.
Maldita fuera. Con qué intensidad lo observaba.
Él llevaba precisamente un año evitando la posibilidad de que algún día lo viera en la iglesia o en la taberna, de que le sostuviera la mirada un segundo más de lo habitual, y entonces… lo recordara todo. No iba a permitir que sucediera. Si la señorita Kate Taylor, como insistía, llegaba a establecer un vínculo con el antro de miseria y pecado que hizo las veces de su cuna, para ella todo quedaría arruinado. Su reputación, su sustento, su felicidad.
De ahí que se alejara de ella. No era una tarea sencilla, pues el pueblo era diminuto y la joven —que ya no era tan joven, sino una mujer fascinante— parecía encontrarse en todos y cada uno de los rincones del municipio.
Y lo de ese día…
El año entero dedicado a esquivarla y a intimidarla había saltado por los aires en una sola tarde gracias a aquel beso tan desatinado y estúpido como condenadamente glorioso.
—Míreme.
Thorne se inclinó hacia delante y colocó las manos sobre el muro de piedra para enfrentarse cara a cara con ella. Desafiaba a aquella muchacha, desafiaba al destino. Si iba a reconocerlo algún día, que fuera ahora.
En tanto ella lo contemplaba, él también aprovechó para examinarla bien. Bebió de los detalles nimios que había evitado durante largos meses. El vestido de color rosa claro, con lazos de marfil cosidos por el cuello como si fueran cucharadas de glaseado de un confitero. La peca diminuta de su pecho, justo debajo de la clavícula derecha. Su valiente mandíbula y el modo en que los labios rosados se curvaban, cautivadores, en las comisuras.
Acto seguido, buscó en aquellos ojos avellana, inteligentes y encantadores, alguna señal o destello de reconocimiento.
Nada.
—Usted no me conoce —le dijo. Era tanto una afirmación como una pregunta.
Ella sacudió la cabeza. Y entonces pronunció las palabras que eran, con toda probabilidad, las más absurdas e improbables que hubiera oído él jamás.
—Pero creo que me gustaría conocerlo.
Thorne se agarró al muro de piedra como si se encontrara en el borde de un precipicio.
—Tal vez podríamos… —empezó a decir ella.
—No. No podríamos.
—No me ha dejado terminar.
—No es necesario. Sea cual sea su sugerencia, no va a ocurrir. —Se apartó de la cerca y se aproximó a su caballo para soltarlo.
—Tarde o temprano tendrá que hablar conmigo. Al fin y al cabo, vivimos en el mismo pueblecito.
—Por poco tiempo.
—¿A qué se refiere?
—Me marcho de Cala Espinada.
—¿Cómo? —Kate se detuvo—. ¿Cuándo?
—Dentro de un mes. —Un mes demasiado tarde, por lo visto.
—¿Lo asignan a otro lugar?
—Abandono el ejército. E Inglaterra. Es lo que he ido a hacer hoy a Hastings. He reservado un pasaje a América a bordo de un barco mercante.
—No. —Se puso las manos sobre el regazo—. A América.
—La guerra ha llegado a su fin. Lord Rycliff me está ayudando para que pueda licenciarme con honor. Me gustaría poseer algunas tierras.
La joven se movió como si quisiera descender del muro. En un acto reflejo, Thorne la agarró por la cintura y la bajó lentamente hasta dejarla en el suelo.
Una vez allí, no mostró interés alguno por soltarse de las manos de él.
—Pero si acabamos de empezar a conocernos —le dijo.
Ay, no. Aquello terminaba allí y ahora. Ella no lo deseaba de verdad. Estaba agitada por lo acontecido ese día y se aferraba a la única alma que tenía a su alcance.
—Señorita Taylor, nos hemos besado. Ha sido un beso. Ha sido un error. Y no volverá a suceder.
—¿Está usted seguro? —Le rodeó el cuello con los brazos.
Thorne se quedó paralizado, asombrado por la intención que leía en los ojos de ella.
Dios misericordioso. Pretendía besarlo.
Supo con precisión el momento exacto en que se atrevió a hacerlo. Su mirada se clavó en los labios de él y Thorne la oyó inspirar una bocanada de aire. La joven se estiró y, cuando sus labios se acercaron a los suyos, el militar se maravilló ante la seguridad con que ella obedecía su instinto y no daba media vuelta.
Cerró los ojos. Él también podría haberlos cerrado, pero no.
Debía ver lo que estaba a punto de suceder.
La joven colocó sus labios sobre los de él en el instante preciso en que decaían los últimos rayos de sol. Y el mundo se convirtió en un lugar que Thorne no reconocía.
Qué bien olía. No era un olor tan solo agradable, sino bueno. Puro. Los ligeros toques a trébol y a cítrico eran la esencia de algo limpio. Aquel aroma lo bañó por completo. Casi se atrevía a imaginar que nunca le había mentido a nadie, nunca había robado nada, nunca había temblado en la cárcel. Que nunca había partido hacia una batalla, nunca había sangrado. Que nunca había matado a cuatro hombres a una distancia tan inexistente que todavía era capaz de recordar el color de sus ojos. Marrones, azules, azules otra vez y verdes.
«Es un error».
Un oscuro gruñido rugió en su pecho. Sus manos seguían fijas en la cintura de ella, pero separó los dedos.
Sus pulgares ascendieron y pasaron de una costilla a otra hasta acariciar la suave parte inferior de los pechos de ella. Con el meñique de ambas manos, rozaba la costura de la cintura. Había extendido las manos hasta los límites posibles. Era lo máximo de ella que iba a poder abarcar.
Tuvo que hacer acopio de todo su valor para apartarla de sí.
Cuando se separaron, la joven lo miró a los ojos. Expectante.
—No debería haber hecho eso —le dijo él.
—Quería hacerlo. ¿Me convierte en una libertina?
—No. La convierte en una boba. Las jóvenes como usted no pasan tiempo con los hombres como yo.
—¿Con los hombres como usted? ¿Se refiere a la clase de hombres que rescatan de la calle a damiselas desamparadas y que llevan cachorros en sus bolsas? —Burlona, se echó a temblar—. Dios me libre de tratar con hombres como usted.
Una tímida sonrisa se asomó a la comisura de sus labios. Thorne quería devorarla. Rodearla con los brazos y enseñarle las consecuencias de provocar a una bestia a duras penas civilizada y embargada por la lujuria.
Sin embargo, salvar a aquella muchacha era la única acción decente que había llevado a cabo en toda su vida. Diecinueve años atrás, había vendido las últimas migajas de su propia inocencia para comprar la de ella. De ninguna de las maneras pensaba arruinarla ahora.
Con un gesto firme, desató los brazos de ella, que le rodeaban el cuello. Le sujetó las muñecas con las manos tensas como grilletes.
Kate soltó un grito.
—Tenga cuidado, señorita Taylor. Asumo la responsabilidad del beso. Ha sido un descaro y un error por mi parte. He dejado que un impulso carnal me distrajera de mi deber. Pero, si imagina algún sentimiento de ternura en mí, es tan solo eso: una imaginación.
—Me está asustando. —Retorció las manos para intentar liberarse.
—Bien —respondió con gravedad—. Debería estar asustada. He matado a más hombres de los que podría usted besar a lo largo de su vida. No quiere involucrarse conmigo y yo no siento absolutamente nada por usted. —Le soltó las muñecas—. No tengo nada más que decir.
***
No tenía nada más que decir.
Kate deseaba no tener nada más que soportar.
Por desgracia para ella, le quedaban otras dos horas a galope durante las cuales tendría que apoyarse, mortificada, en el pecho de él y saborear su completa humillación. Qué día tan tan horrible.
No estaba acostumbrada a montar a caballo. A medida que se sucedían las millas recorridas, sus músculos comenzaron a contraerse. Le dolía el trasero como si se lo hubieran azotado. Y el orgullo… Ah, el orgullo le escocía a rabiar.
¿Qué le pasaba a aquel hombre? La besaba, le decía que la deseaba y ¿después la rechazaba sin piedad alguna? Después de haber soportado que la tratara de forma tan distante durante todo un año, debería haberlo supuesto. Pero ese día había creído que tal vez hubiera encontrado el lado emocional escondido de él. Había creído que tal vez aquel animal fiero contaba con un punto débil, cierta ternura hacia ella. No se había podido resistir a hurgar en su interior.
Pero él le había apartado los dedos de un manotazo.
Qué vergüenza. ¿Cómo había interpretado tan erróneamente las intenciones de él? Tendría que haber declinado su propuesta de llevarla a casa y haberse pasado la noche cantando por las calles de Hastings para ganarse algún que otro penique. Habría sido menos degradante.
«No siento absolutamente nada por usted».
Lo único que la consolaba era que el cabo se marcharía de Cala Espinada al cabo de unas pocas semanas, y que jamás tendría que volver a hablar con él.
Borrarlo de su mente sería una tarea más ardua. Por más años que viviera, aquel hombre siempre sería su primer beso. O, lo que era peor aún, su único beso.
Maldito ogro cruel y provocador.
Al final llegaron a unos recodos del camino que le resultaron familiares. Las luces ámbar diseminadas por el pueblo aparecían en el horizonte, justo debajo de las estrellas plateadas.
Kate se rio de sí misma en silencio. Había partido del pueblo a primera hora de la mañana con el corazón lleno de esperanzas y sueños vanos. Regresaba por la noche con dolor en la espalda por culpa de seis tipos diferentes de humillación y con un perro mestizo en los brazos.
—Si todavía admite sugerencias, yo lo llamaría Tejón —dijo cuando el silencio resultó demasiado insoportable—. Le queda bien, creo. Tiene el hocico alargado, muchos dientes y pelaje suave.
La respuesta del militar tardó bastante en llegar.
—Póngale al perro el nombre que quiera.
Kate inclinó la cabeza y acarició el pelo del perrito.
—Tejón —susurró jugueteando con una de las orejas del animal—, tú nunca vas a rechazar mis besos, ¿verdad que no?
El cachorro le lamió un dedo. Kate se recogió una triste lágrima.
En cuanto se aproximaron a la iglesia y al centro del pueblo, levantó la vista hacia El Rubí de la Reina. En todas las ventanas había luz. El panorama le encendió un cálido resplandor en el corazón. Tejón empezó a agitar la cola, como si hubiera percibido que ahora estaba más animada. Sí que tenía amigas, y esas amigas estaban esperándola.
Thorne la ayudó a desmontar y dejó libre al caballo, para que pastara por la hierba del pueblo.
—¿Tiene intención de entrar y comer algo? —le preguntó Kate.
—No es una buena idea. —Se encogió de hombros—. Ya sabe que hablan a menudo sobre mí. La estoy trayendo a casa y ya está muy oscuro. Lleva el vestido sucio y el pelo hecho un desastre.
—¿Mi pelo está hecho un desastre? —Se encogió ante el impacto recibido en la poca dignidad que le quedaba—. ¿Desde cuándo? Podría haberme avisado.
Con Tejón agarrado en un brazo, se toqueteó las horquillas con la mano que tenía libre. La preocupación del cabo por las apariencias no estaba infundada. Los pueblos pequeños hervían con chismes. Kate era consciente de que debía mantener intacta su reputación si deseaba seguir viviendo en El Rubí de la Reina y siendo la profesora de las jóvenes nobles que veraneaban en aquellos lares.
—Deme al perro, señorita Taylor, y me marcharé.
—No. —Reaccionando por instinto, se apretó el cachorro contra el pecho—. No, creo que no se lo daré.
—¿Cómo dice?
—Nos llevamos bien, él y yo. Voy a quedármelo. Creo que será más feliz conmigo.
—En una posada no puede quedarse con un cachorro. —La gravedad de su fruncido parecía atravesar la oscuridad—. Su casera no se lo permitirá; y, aunque se lo permitiera, un perro como ese necesita espacio para correr.
—También necesita amor. Cariño, cabo Thorne. ¿Me está diciendo que usted se lo proporcionaría? —Jugueteó con el cogote del animal—. Dígame ahora mismo que quiere a este perro y se lo devuelvo en un santiamén.
No le respondió.
—Cuatro palabras de nada —lo provocó—. «Quiero… a… este… perro». Y será suyo.
—Ya es mío —dijo secamente—. Es de mi posesión. He pagado dinero por él.
—Pues se lo reembolsaré. Pero no pienso dejar esta criaturilla dulce e indefensa con un hombre sin sentimientos, sin corazón. Sin la capacidad de amar.
En ese momento, la puerta de El Rubí de la Reina se abrió de par en par.
La señora Nichols salió corriendo de la posada, tanto como la pobre anciana era capaz de correr. Le temblaban las manos.
—¡Señorita Taylor! Señorita Taylor, ay, gracias a Dios que ha regresado al fin.
—Siento mucho haberla preocupado, señora Nichols. Perdí el carruaje de vuelta y el cabo Thorne fue muy amable al…
—La hemos esperado y esperado. —La anciana enlazó el brazo con el de Kate y tiró de ella hacia la puerta—. Su visita lleva horas aquí. He preparado té tres veces y he agotado todos los temas de conversación habidos y por haber.
—¿Visita? —Kate se quedó anonadada—. ¿Tengo visita?
La señora Nichols le arrebujó el chal sobre los hombros.
—Cuatro personas.
—¿Cuatro personas? ¿Sabe qué es lo que desean?
—No han querido informar al respecto. Se han limitado a afirmar que la esperarían a usted. Hace horas ya de eso.
Kate se detuvo en el umbral y arrastró las botas para quitarse el barro de las suelas. No imaginaba de quién se trataba. Quizá una familia que quería pedirle clases de música. Pero ¿a esas horas de la noche?
—Siento mucho haberle causado tantos problemas.
—En absoluto, querida. Es un honor recibir en mi salón a un hombre de tal rango y estatura.
«¿Un hombre? ¿De rango y estatura?».
—¿Le importa si voy unos instantes arriba para adecentarme un poco? Estoy despeinada y con el vestido arrugado por el viaje.
—No, no. Eso es imposible, querida. —La propietaria de la posada la empujó hacia el interior—. Una solamente puede hacer esperar a un marqués cierto tiempo.
—¿Un marqués?
Mientras la señora Nichols cerraba la puerta, Kate se giró para ver su reflejo en el espejo. Se llevó un sobresalto al encontrarse de frente con la casaca del cabo Thorne.
—Creía que no pensaba entrar —acusó a los botones de la chaqueta.
—He cambiado de opinión. —Cuando por fin se atrevió a mirarlo, lo vio entornar los ojos, suspicaz—. ¿Conoce a algún marqués? —le preguntó.
—El hombre de mayor rango al que conozco es lord Rycliff. —Kate negó con la cabeza—. Y es conde.
—Entro con usted.
—Estoy segura de que no es necesario. Nos encontramos en una posada, no en un antro inmoral.
—Entro de todos modos.
Antes de que pudieran discutir con mayor fervor, Kate se vio arrastrada hacia el salón. Thorne la siguió muy de cerca. En el pasillo había varias de las huéspedes de la posada. A medida que pasaba delante de ellas, la miraban con los ojos como platos y gesto especulativo.
En cuanto llegaron al salón, la señora Nichols empujó a Kate para que cruzara el umbral.
—Aquí tienen por fin a la señorita Taylor, damas y caballeros.
Dicho esto, la anciana salió y cerró la puerta de la sala tras de sí. Kate la oyó al otro lado ahuyentando a las residentes del corredor.
En el salón parecía haber una docena de invitados, pero Kate comprobó, con un rápido barrido, que no eran más que cuatro. La riqueza y la elegancia reinaban por doquier. Y ella llevaba un vestido desgarrado y manchado de barro. Ni siquiera se había retocado el peinado.
Un caballero con traje oscuro se puso en pie e hizo una reverencia. Kate a duras penas había empezado a inclinarse ligeramente cuando oyó un sonoro grito colectivo que estuvo a punto de apagar las velas.
—Es ella. Tiene que ser ella.
—Disculpen… —Kate tragó saliva con dificultad—. ¿Quién tengo que ser yo?
Una joven atractiva se levantó de una silla. Parecía unos años menor que Kate y llevaba un vestido de muselina blanco e impecable, y un chal adornado con verdes jades. A medida que se dirigía al centro de la sala, su expresión era de puro asombro. Observó a Kate como si fuera un fantasma o una especie de orquídea excepcional.
—Debe de ser usted. —La chica alzó la mano y extendió un par de dedos para rozar la mancha de nacimiento de la sien de Kate.
En un acto reflejo, Kate se encogió. Ese día ya la habían tachado de bruja y de hija de la vergüenza por culpa de esa marca.
Y ahora, de pronto, se veía inmersa en un abrazo cálido e impulsivo.
Atrapado entre las dos mujeres, Tejón dio un ladridito.
—Ay, cielos. —Kate se apartó y esbozó una sonrisa de disculpa—. Me había olvidado de él.
La joven que tenía justo delante se rio y sonrió.
—El perro está en su derecho de protestar. ¿Dónde están mis modales? Empecemos de nuevo. Presentémonos antes de nada. —Le tendió la mano—. Soy Lark Gramercy. ¿Cómo está?
—Encantada, sin duda. —Kate respondió estrechándosela.
Lark se giró y le presentó a sus acompañantes uno a uno.
—Mi hermana Harriet.
—Harry —exclamó la mujer en cuestión. Se levantó de la silla y apretó la mano de Kate con firmeza—. Todo el mundo me llama Harry.
Kate intentó no quedársela mirando. Harriet, o Harry, era la mujer más arrebatadoramente bella que hubiera visto nunca. Sin ningún adorno en forma de colorete ni de joyas, su rostro era una sinfonía perfecta: pálido, con piel luminosa, ojos grandes y labios rosados. Un pequeño lunar en el pómulo añadía cierta sensualidad al batir de sus oscuras pestañas. La cabellera oscura como el azabache, la llevaba recogida en un moño lateral que enfatizaba la curvatura de su cuello de cisne. Y, a pesar de su clásica belleza femenina, vestía lo que parecía ropa de hombre. Una camisola sin apenas bordados en el cuello, un chaleco del estilo que hacía furor entre caballeros y, lo que resultaba más sorprendente de todo, una falda pantalón de lana gris, varios dedos demasiado corta para lo que marcaba el buen recato.
Por todos los santos. Kate podía verle los tobillos a aquella mujer.
—Mi hermano Bennett está de viaje por las montañas del Hindú Kush y nuestra otra hermana, Calista, está casada y vive en el norte. Pero con nosotros está Tía Mariposa. —Lark le dio una palmada al hombro de una anciana sentada.
—No la he oído bien. —Kate parpadeó—. Me ha parecido que decía Tía…
—Mariposa. Sí. —Lark sonrió—. En realidad, se llama Millicent, pero de niña yo era incapaz de pronunciarlo. Siempre me salía Mariposa, y el nombre al final caló.
—Cada año que pasa me parezco más a uno de esos animales —exclamó Tía Mariposa con cordialidad.
—Sí, santo Dios —dijo Harry secamente—. El otro día me quejaba de ello. Como eche a volar otra vez y deba ir a cazarla…
—Ay, calla. Me refiero a que soy pequeña y vivaz y adorable hasta decir basta. —La diminuta anciana tendió una huesuda mano en dirección a Kate. Su agarre resultó más cálido y fuerte de lo que Kate habría esperado—. Es un placer verte, hija.
Antes de que Kate encajara las piezas de las palabras de la anciana, Lark hizo la última presentación.
—Y él es nuestro hermano Evan. Lord Drewe.
Kate se giró hacia el caballero que se había colocado frente a la ventana. El marqués, dedujo.
Lord Drewe llevó a cabo una digna y formal reverencia, que ella trató de responder con la mejor inclinación posible. Era un hombre que estaba, como solía decirse, en la flor de la vida. Hermoso, confiado, sofisticado, y aunque sin lugar a dudas había cientos, si no miles, de arrendatarios y subordinados que dependían de él, daba la sensación de que no estaba a cargo más que de sí mismo.
Kate estaba un tanto intimidada en presencia de aquel hombre. Ahora comprendía la agitación de la señora Nichols.
—Nuestro hogar ancestral se encuentra en Derbyshire. Pero tenemos una propiedad cerca de Kenmarsh —le explicó Lark—. Se llama Ambervale. Es tan solo una casita de campo, en realidad. Es donde veraneamos.
—Es un placer conocerlos a todos. —Kate se dejó caer sobre una silla para que el marqués se sentara también—. ¿Y por qué han venido a Cala Espinada?
—Por usted, señorita Taylor —contestó Lark mientras tomaba asiento a su lado—. Naturalmente.
—Ah. ¿Desean clases de música? Doy clases de canto, de piano, de arpa…
Todos los Gramercy se echaron a reír.
Detrás de ella, Thorne se aclaró la garganta.
—La señorita Taylor ha tenido un día muy largo. Estoy convencido de que cuanto les atañe puede esperar hasta mañana.
Lord Drewe asintió.
—Tomamos debida nota de su preocupación, señor…
—Thorne.
—Cabo Thorne —intervino Kate—. Está al mando de la milicia local.
Tal vez podría haber adornado la presentación, pensó después. «Es buen amigo del conde de Rycliff» o «Sirvió con honor en la península Ibérica bajo las órdenes de Wellington». Pero en ese momento no se sentía especialmente benévola con él.
—Me ha dado este cachorro. —Alzó a Tejón.
—Y es un cachorro encantador —pio Tía Mariposa.
—El cabo Thorne lleva razón. —Lark batió palmas, impaciente—. Son horas intempestivas. Harry, enséñale el cuadro.
Harry se levantó y se le acercó con un paquete rectangular envuelto en papel.
Mientras su hermana retiraba el papel que cubría la pintura, Lark siguió hablando.
—Como ve, necesitaba un proyecto veraniego. Ambervale es un lugar muy tranquilo y me pongo un tanto histérica si no tengo nada en que ocupar las manos. Por tanto, decidí hurgar en el desván. Casi todo eran viejas piezas de vajilla. Había unos cuantos libros polvorientos también. Sin embargo, oculto debajo de los travesaños encontré este lienzo envuelto en lona. —Su voz adquirió notas agudas por la emoción—. Ay, date prisa, Harry.
—Tranquila, palomita. —Harry no se movió del sitio.
Por fin terminó de desenvolver el cuadro y lo sostuvo bajo la luz de la lámpara.
Kate soltó un grito.
—Santo Dios.
Se llevó una mano sobre los labios, horrorizada por haber blasfemado sin querer. ¿Cómo se le ocurría maldecir delante de un marqués?
Los Gramercy no parecieron preocupados, no obstante. Se quedaron sentados con calma y en silencio mientras Harry les mostraba la pintura de una mujer recostada y flagrantemente desnuda, enredada entre sábanas blancas y con un cubrecamas de terciopelo rojo. Los pechos hinchados y coronados por sendos rubíes permanecían como almohadas idénticas sobre una barriga redonda de color crema. Era obvio que la mujer del cuadro estaba encinta.
Y se parecía a Kate. Se parecía muchísimo a Kate, a excepción de algunas diferencias en los ojos y en la barbilla, y de la ausencia de cualquier mancha de nacimiento. El parecido era asombroso, inquietante y evidente para todos los que ocupaban el salón de la posada.
—Madre mía —jadeó Kate.
—¿Verdad que es maravilloso? —presumió Lark—. Cuando lo encontramos, supimos que debíamos ir a buscarla.
—Guarde eso. —Thorne dio un paso adelante—. Es repugnante.
—¿Disculpe? —saltó Harry mientras dejaba, orgullosa, el desnudo sobre la repisa de la chimenea y se echaba hacia atrás para admirarlo—. El cuerpo femenino es bello en todos sus estados naturales. Es arte.
—Apártelo —repitió Thorne con voz grave y amenazante—. O le prenderé fuego.
—Está siendo protector —terció Tía Mariposa—. Creo que es un gesto encantador. Un tanto bárbaro, pero encantador.
Harry le quitó a Lark el chal de jades de los hombros y cubrió con él la pintura para oscurecer buena parte de la desnudez.
—Un pueblecito atrasado, repleto de ignorantes. Cuando se lo mostramos al vicario, empezó a tartamudear y casi le salió urticaria.
—Ustedes… —Kate tragó saliva contemplando el cuadro—. ¿Se lo han mostrado al vicario?
—Por supuesto —respondió Lark—. Es así como la hemos encontrado.
Kate cruzó los brazos sobre el pecho. Se sentía inexplicablemente expuesta. Se inclinó hacia delante y observó el rostro de la mujer de la pintura.
—Pero es imposible que se trate de mí.
—No, señorita Taylor. No se trata de usted. —Con un largo y sentido suspiro, lord Drewe se irguió y se dirigió a sus hermanas—. Estáis enmarañando la situación, que lo sepáis. Si después de lo de esta noche no quiere tener nada que ver con nosotros, vosotras seréis las únicas culpables.
¿A qué diantre se refería? El cerebro de Kate se había convertido en un perezoso nudo.
El cabo se dirigió a la sala con voz profunda y autoritaria.
—Les voy a dar un minuto más para que digan algo con cierto sentido. De lo contrario, no me importa que sean damas y caballeros: se marcharán de aquí. La señorita Taylor está bajo mi protección y no pienso permitir que la traten de forma indecorosa.
Lord Drewe se volvió hacia Kate.
—Seré breve. Como mi hermana pequeña ha procurado explicar, soy el atribulado cabeza de este circo andante. Y esperábamos a que llegara usted, señorita Taylor, porque creemos que tal vez sea parte de ello.
—Discúlpeme —dijo la aludida—. ¿Parte de qué, exactamente?
El marqués hizo un gesto con una mano, como si debiera resultar obvio.
—Parte de nuestra familia.
Capítulo cinco
La estancia se emborronó a los ojos de Kate. Tejón saltó al suelo y la joven no hizo amago de detenerlo. A su alrededor, los Gramercy discutían.
—Te dije que no debíamos contárselo de una forma tan brusca.
—Brusco ha sido para todos nosotros. Como quien dice, nos acabamos de enterar. Esta misma mañana…
—Ay, pobre. Está muy pálida.
Menuda… Menuda familia. Kate a duras penas era capaz de creer que pudiera formar parte de ella. La tentación a abrigar esperanzas era mayúscula y el optimismo la embargaba con demasiada facilidad. Pero no quería ponerse en evidencia. Antes de nada, debía darle sentido a cuanto estaba ocurriendo.
Mientras los demás hablaban, Tía Mariposa se le acercó y se sentó a su lado. Extrajo del bolsillo un caramelito envuelto en papel.
—Esto te irá bien, querida.
Aturdida, Kate lo aceptó.
—Vamos —la apremió la anciana—. Cómetelo.
Al no saber cómo negarse, Kate desenvolvió el papel y se metió la dura pastilla en la boca.
«Ay… Qué ardor».
Se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. El pedazo de fuego puro y azucarado le quemaba la lengua. Tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no escupirlo.
—Intenso, ¿verdad? Un poco apabullante al principio. Pero con paciencia, y con un poco de trabajo, llegarás a la parte dulce. —Tía Mariposa le palmoteó el brazo—. Esta familia es igual. —Acto seguido, la anciana se dirigió a todos los presentes—. Vosotros, calma.
Todos obedecieron de inmediato. Incluido el marqués.
—La única manera de relatarlo es como si fuera un cuento, creo. —La mano delgada y ajada de Tía Mariposa aferró la de Kate—. Había una vez un hombre llamado Simon Gramercy, el joven marqués de Drewe. Como todos los Gramercy, se dejaba llevar por las pasiones tempestuosas e inapropiadas. Los intereses particulares de Simon consistían en el arte y en los encantos de una muchacha muy poco apropiada. La hija de un granjero que le arrendaba tierras en Derbyshire, ¿te lo puedes imaginar?
Kate negó con la cabeza, frunciendo todavía los labios por aquel perverso caramelo.
—La madre de Simon, viuda, se escandalizó. Los padres de la muchacha renegaron de ella. Pero Simon no aceptaba censura alguna. Y construyó un nidito de amor con su musa en Ambervale. Vivieron varios meses allí; felices, se limitaban a posar y a pintar y a llevar a cabo apasionados…
—Tía Mariposa.
—Después del cuadro, no creo que le vaya a sorprender a nadie. Sea como fuere —prosiguió la anciana—, la salud del pobre Simon empeoró. Lo siguiente que supo la familia de él fue que había muerto. Una muerte repentina y trágica. Y nadie supo qué le había ocurrido a la hija del granjero. Al parecer, se esfumó. Quizá también enfermó… Quizá se había marchado para ser la musa de otro hombre. Nadie lo sabía. El título pasó a manos del primo de Simon, mi cuñado. Y, cuando él murió, a Evan. —Agitó la mano en dirección hacia lord Drewe.
—¿Ya se ha hecho un lío? —le preguntó Lark a Kate.
—Luego le dibujamos un árbol genealógico —propuso Harry.
—Sí que nos parecemos bastante, lo admito, pero solo tengo veintitrés años. —Kate observaba el cuadro—. Y tengo esto. —Se señaló la marca de nacimiento.
—Ah, pero es que eso es un rasgo de la familia —dijo Lark—. Varios de los Gramercy tenemos algo parecido. Harry solo tiene ese lunarcito. A mí, casi toda mi mancha me la tapa el pelo. La de Evan está detrás de su oreja. Enséñasela, Evan.
Amistoso, lord Drewe se giró para mostrarle el lado de su cuello. Sí, sí que tenía una mancha bermellón que desaparecía debajo de su inmaculado pañuelo almidonado.
—¿Ahora tiene sentido? —quiso saber Lark—. Cuando encontramos la pintura en el desván, supimos que debía de ser la amante de Simon. Hasta ese momento nadie había llegado a saber que quedó encinta. La pregunta era: ¿qué pasó con el hijo?
—Dedujimos que había muerto —dijo Harry—. De lo contrario, sin lugar a dudas habríamos oído algo al respecto. Pero Lark no podía resistirse a la oportunidad de investigar.
—Me encantan los misterios. —Lark sonrió—. Si el bebé nació en Ambervale, sabíamos que debía de haber algún registro del nacimiento. Así pues, fuimos a la parroquia, pero nos enteramos de que la iglesia se quemó en 1782 y tardaron una década en reconstruirla. Fue un accidente con un incensario y un tapiz que…
Lord Drewe carraspeó.
—No te andes con rodeos, Lark. Por el bien de la señorita Taylor.
—Como decía —asintió Lark—, no había registros. Durante aquellos años, la parroquia estuvo dividida entre las tres iglesias vecinas. Decidimos hacer excursiones familiares y visitar una a la semana.
—Solo a esta familia se le ocurre considerar un entretenimiento de primera el ir a analizar registros mohosos en busca de una prima mortinata.
—Empezamos en St. Francis, la más cercana. —Lark ignoró a su hermana—. No hubo suerte. Esta semana debíamos elegir entre St. Anthony’s Glen y St. Mary’s Martyrs. Debo admitir que a mí me apetecía ir a St. Anthony’s, porque me gusta el halo pastoral que envuelve el nombre, pero…
—Pero decidió nuestro mártir residente y fuimos a St. Mary’s.
—Sí, gracias a Dios. ¿El libro, Evan?
Lord Drewe extrajo un tomo gigantesco que parecía un registro eclesiástico muy toqueteado. A Kate le sorprendió que le hubieran permitido sacarlo de la iglesia. Pero, a fin de cuentas, el marqués pagaba al vicario. Supuso que sería harto complicado negar cualquier petición del marqués local.
Lo abrió por una página que habían marcado con anterioridad, buscó una línea con el dedo y leyó en voz alta.
—Katherine Adele, nacida el veintidós de febrero del año mil setecientos noventa y uno. Padre, Simon Langley Gramercy. Madre, Elinor Marie.
—¿Katherine? —El corazón de Kate empezó a latir con fuerza—. ¿Ha dicho Katherine?
—Sí. —Lark se inclinó en la silla, emocionada—. Inspeccionamos los registros de unos cuantos años posteriores, y no había registro de defunción. Tampoco de bautismo, pero nada de defunción. Le preguntamos al vicario si conocía a alguna Katherine que viviera por la zona y que pudiera tener la edad correspondiente. Respondió que no. Sin embargo, dijo que recientemente había recibido una carta.
—¿Una carta? —Tejón frotaba con el hocico las espinillas de Kate, y la joven lo alzó para ponérselo en el regazo—. ¿Mi carta?
Durante los últimos años, había tocado el órgano en la misa de domingo de St. Ursula’s. No pedía compensación económica por el servicio. Solo un favor. Todas las semanas, el señor Keane le permitía pasar una hora en el despacho del vicario. Escogía una parroquia del enorme directorio de iglesias de Inglaterra y escribía una carta, en la cual pedía que buscaran registros de una niña nacida entre 1790 y 1792, con el cristiano nombre de Katherine, que no había vuelto a aparecer en los registros locales. Había empezado con las parroquias más próximas a Margate y se fue alejando.
Lentamente. Durante semanas y meses y años.
El vicario firmaba y enviaba las cartas por ella. También le hacía el favor de mantenerlas en secreto. La mayoría de los aldeanos se habría reído de ella por pasarse tanto tiempo y por invertir tantos esfuerzos en una empresa infructuosa. Por lo que a ellos respectaba, tendría el mismo éxito si metía notas dentro de botellas y las lanzaba al océano.
Pero Kate había sido incapaz de renunciar a su plan. Había convertido la esperanza en una costumbre semanal. Siempre que el correo le respondía otro descorazonador «No» —o, peor, cuando pasaba meses sin recibir contestación alguna y perdía las ganas de seguir removiendo cielo y tierra—, oía aquella voz que le hablaba desde lo más hondo de su ser: «Sé valiente, Katie de mi corazón».
Y ahora…
Ahora el caramelo de Tía Mariposa casi se había disuelto en su boca, y la anciana llevaba razón. Una intensa y deliciosa dulzura le inundó la lengua.
Kate la paladeó.
—Sí —dijo Lark—. Era su carta. Y supe de inmediato que nuestra Katherine debía de ser usted. Partimos enseguida, viajamos durante toda la tarde y llegamos aquí hace unas horas.
—Se lo enseñamos al vicario —Harry señaló el cuadro— y, cuando se hubo recuperado de una leve apoplejía, nos dijo que la señorita Kate Taylor guardaba un notable parecido con la mujer del retrato, en efecto.
—Del cuello hacia arriba, por supuesto. —Lark le dedicó ese comentario, y una ligera sonrisa, al cabo Thorne.
—Y aquí estamos ahora, querida. —Tía Mariposa dio una palmada a la rodilla de Kate—. El cuento tiene un milagroso final. Te hemos encontrado. Y todas las pruebas indican que, al parecer, eres la hija perdida de un marqués.
Las palabras golpearon a Kate como si de un alud se tratara. En ese momento, sus emociones eran sentimientos congelados y esparcidos. Todo aquello era demasiado. Ahora sabía que sus padres se llamaban Simon y Elinor. Sabía cuándo era su cumpleaños. Sabía cuál era su apellido.
En caso de que…
En caso de que pudiera creer cuanto le aseguraban.
—Pero yo jamás he vivido cerca de Kenmarsh —dijo—. Me crie como una niña tutelada de la Escuela Margate y salí de allí hace cuatro años. Fue entonces cuando vine hasta aquí para impartir clases de música.
—¿Y antes de Margate? —le preguntó lord Drewe.
—Por desgracia, no cuento con recuerdos precisos. Le he pedido información a mi antigua profesora. —Dios, ¿la espantosa entrevista con la señorita Paringham había tenido lugar esa misma tarde?—. Me dijo que me abandonaron.
Kate observó a la mujer del cuadro. Su madre, en caso de que lo creyera. ¿Habría muerto? ¿O entregó a su bebé, incapaz de criar a una hija por sus propios medios? Sin embargo, resultaba evidente, por la forma en que la mano de la mujer se posaba con cariño sobre su oronda barriga, que amaba al bebé que llevaba en las entrañas. Kate juzgó increíble la idea de que ella estuviera de algún modo en aquella pintura, debajo de la piel, como un feto que se retuerce y…
Amado.
—Pobre —dijo Lark—. Soy incapaz de imaginar cuánto debe de haber sufrido. No podemos borrar aquellos años, pero haremos cuanto esté en nuestra mano por compensárselos a partir de ahora.
—Sí —asintió Drewe—. Debemos instalarla en Ambervale lo antes posible. Cuando esta noche regrese a casa, enviaré a una doncella para que la ayude a hacer las maletas.
—Estoy segura de que no será necesario.
—¿Ya tiene a su propia doncella?
—No. —Kate se rio, atónita—. No tengo tantas cosas que empaquetar. Quería decir que no es apropiado que me inviten a su casa.
—Por supuesto que es apropiado. —Lord Drewe parpadeó—. Es el hogar de nuestra familia.
«El hogar de nuestra familia».
Aquellas palabras la dejaron afectada y sin aliento.
—Pero… ¿no sería una vergüenza para ustedes?
—En absoluto —le aseguró Harry—. Nuestro hermano Bennett ostenta el cargo de la vergüenza de la familia, título que guarda celosamente lejos de cualquiera que pretenda usurpárselo.
—¿Por qué ibas a ser una vergüenza, querida? —quiso saber Tía Mariposa.
—Aunque todo cuanto dicen sea cierto…, soy su prima segunda ilegítima, la nieta de un granjero.
Kate esperó a que el peso de sus palabras se asentara. Con toda certeza, la alta sociedad a la que pertenecían los Gramercys no se mezclaba con bastardos, ¿verdad?
—Si le preocupa el escándalo, quédese tranquila —dijo Lark—. El escándalo es la seña de identidad del apellido Gramercy, así como tanto dinero que a nadie le importa. Si Tía Mariposa nos ha enseñado algo desde que éramos niños era que…
—Había que evitar sus caramelos —metió baza Harry.
—La familia es lo más importante —replicó lord Drewe—. Puede que seamos un surtido variado de aristócratas, pero nos apoyamos mutuamente cuando hay un escándalo, una desgracia o una improbable victoria. —Señaló el registro de la parroquia—. Simon reconoció a su hija y le dio el apellido de la familia. Por tanto, si ese bebé es usted, señorita Taylor…
Una pausa dramática espesó la atmósfera de aquella sala.
—Entonces, usted no es la señorita Taylor. Usted es Katherine Adele Gramercy.
«¿Katherine Adele Gramercy?».
Y un cuerno.
Thorne apretaba la mandíbula. No era un hombre de muchas palabras. Aquella situación pedía elocuencia, pero a él solo se le ocurrían acciones que llevar a cabo. Principalmente, quería abrir la puerta y echar a aquellos aristócratas tan peculiares y charlatanes de una patada en el trasero. Acto seguido, cogería a la señorita Taylor en brazos y la llevaría arriba para que se abandonara al descanso sosegado que hacía varias horas ya que necesitaba. Sus mejillas lucían una cadavérica palidez.
Le gustaría tumbarse a su lado, pero no lo haría. Porque, a diferencia de aquellos intrusos presuntuosos, él se reprimía. Thorne había oído rumores de que la endogamia entre aristócratas provocaba imbecilidad y mala dentadura. Por lo visto, aquella familia había padecido una especie de cólera verbal. Todo cuanto escupían eran sandeces.
No podía creer que aquella gente se hubiera ofrecido a llevarse a la señorita Taylor. No podía creer que la joven valorara la posibilidad de marcharse con esa familia. Ella tenía sentido común.
Y se lo demostró sin demora.
—Son muy amables. Pero me temo que no puedo abandonar Cala Espinada tan apresuradamente. Tengo obligaciones. Clases, alumnas. Nuestra feria de verano tendrá lugar dentro de poco más de una semana, y soy la encargada de la música y de los bailes.
—Ay, adoro las ferias. —La más joven dio un nuevo brinco sobre la silla. Thorne se había dado cuenta de que tendía a hacer aquel gesto tan irritante.
—No es gran cosa, pero nos lo pasamos muy bien. Es básicamente un festejo para niños, que ubicamos en el castillo en ruinas. El cabo Thorne y sus hombres también echan una mano. —Después de lanzarle una mirada titubeante, la señorita Taylor continuó—: En todo caso, ¿no preferirían que este… vínculo… fuera más oficial antes de invitarme a su casa? Si descubrimos que sus suposiciones no son correctas y que en realidad no soy familiar de ustedes…
—Pero mire el retrato —protestó la joven—. Los registros. Su mancha de nacimiento.
—La señorita Taylor lleva razón —dijo lord Drewe—. Debemos demostrar que no se trata de una mera coincidencia. Despacharé a varios hombres para que acudan a la escuela a indagar y para que sondeen en los alrededores de Ambervale. No me cabe ninguna duda de que, tras hurgar un poco, encontraremos con facilidad la relación entre su infancia y Margate.
Thorne sabía que los hombres de lord Drewe no encontrarían ninguna relación entre los registros de aquella parroquia y la escuela Margate. Él podría aclararse la garganta e informarles con precisión de dónde había pasado Kate Taylor los primeros años de su vida. La muchacha veía con qué entusiasmo afirmaba aquella gente que era una Gramercy. Una cosa era un escándalo de la clase alta y otra muy distinta, una vileza inmoral.
—La señorita Taylor no irá a ninguna parte con ustedes —dijo—. No han presentado más que sospechas acerca de su identidad. Y ni siquiera sabemos quiénes son.
—Cabo Thorne —la señorita Taylor se mordió el labio—, estoy convencida de que…
—No, no —la interrumpió la mujer de aspecto masculino—. El cabo tiene toda la razón, señorita Taylor. Bien podríamos ser una banda de esclavistas blancos o de caníbales sedientos de sangre. O bien ocultistas en busca de una virgen a la cual sacrificar.
Thorne no creía que los Gramercy fueran esclavistas, caníbales ni ocultistas, aunque en su opinión parecían la versión refinada de unos trastornados. Y aunque él supiera algo de la infancia de Kate Taylor, debía admitir que no podía afirmar con convicción que no fueran sus primos. Dedujo que era posible. La joven no había nacido en ese pueblo. Y coincidían tanto su nombre como el año en que nació. Esos hechos, sumados al retrato y a la mancha de nacimiento, constituían un argumento que difícilmente podía rechazarse.
De todos modos, era posible que se tratara de un error, y no se fiaba de aquella gente. En ellos y en su historia había algo que no encajaba. Quizá se equivocaran con el vínculo que los unía, en cuyo caso la señorita Taylor terminaría consternada y convirtiéndose en un potencial objeto de ridículo. O quizá sí que fueran sus familiares y de alguna manera la habían estado ignorando durante casi veintitrés años, dejándola languidecer en una pobreza cruel y solitaria.
En el mejor de los casos, eran unos desconsiderados. En el peor, unos criminales.
Desconfiado, Thorne no le permitiría pasar cinco minutos más con ellos, y mucho menos toda la vida.
—No va a irse con ustedes —repitió—. No pienso consentirlo.
—Recuérdeme quién es usted exactamente —le soltó Drewe con frialdad—. En relación con la señorita Taylor, quiero decir.
Thorne vio la elección frente a él, tan clara como una encrucijada. O pronunciaba las palabras que le hormigueaban en la punta de la lengua, palabras que jamás se había atrevido a soñar y mucho menos a articular en voz alta, o dejaba que la señorita Taylor se marchara con los Gramercy y deponía la posibilidad de tener algo que ver con la seguridad y la felicidad de la muchacha. Para siempre.
No había ninguna decisión que tomar. Pronunció esas palabras.
—Soy su prometido —dijo—. Vamos a contraer matrimonio.
Capítulo seis
Kate se sobresaltó. Lo había oído mal, sin duda.
«¿Prometido? ¿Matrimonio?».
—Felicidades, querida. —Tía Mariposa le apretó la mano—. Toma otro caramelo.
—Oigan —dijo Kate cuando por fin halló la voz—, yo no…
Antes de que consiguiera protestar verbalmente, la mano gigantesca de Thorne se posó en su hombro. Y se lo apretó con fuerza. Era un mensaje breve e inconfundible:
«No».
—Nadie nos dijo que estaba prometida —comentó lord Drewe mientras su recelosa mirada volaba de Kate a Thorne y de Thorne a Kate—. Ni el vicario ni la propietaria de la posada…
—No se lo hemos contado a nadie todavía —respondió Thorne—. Es muy reciente.
—¿Cuán reciente?
—Me ha dicho que sí hoy, cuando volvíamos de Hastings. —Thorne apartó la mano del hombro de Kate y le acarició un mechón, en un intento sutil para que se fijaran en el estado en que se encontraba su peinado.
A Kate le ardieron las mejillas cuando la insinuación de Thorne se extendió por el salón y provocó que se arquearan cejas en todos los rincones de la estancia.
—Ay, ya sabía yo que había algo entre ustedes —presumió Lark—. De lo contrario, no se explicaría que hubieran vuelto tan tarde y con aspecto tan… —su voz se fue apagando a medida que barría con la mirada el dobladillo embarrado del vestido de Kate y su pelo revuelto— tan natural.
Las patas de la silla crujieron al ponerse Kate en pie.
—Cabo Thorne, ¿me permite hablar con usted en privado?
Se disculpó de los Gramercy con una sonrisa nerviosa.
—¿Se puede saber qué pretende? —le susurró en cuanto el militar la hubo seguido a un rincón, al lado del piano. Kate sabía con creces que podían hablar en voz baja allí sin que los oyeran—. Hace unas horas me ha dicho que no siente… nada por mí, y ¿ahora afirma que estamos comprometidos?
—Estoy cuidando de usted.
—¿Cuidando de mí? Acaba de insinuar que nosotros…, que nosotros hemos…
—No es nada que no pensaran ya —contestó él—. Créame. La he traído a casa tarde y con aspecto de haberse revolcado.
—Yo…
—Y luego ha sido usted quien les ha dicho que le he regalado un cachorro. ¿Qué conclusión iban a sacar de todo ello si no?
El ardor se había adueñado de las mejillas de Kate, y apartó la mirada.
—Y que se ruborice tanto tampoco ayuda.
¿Cómo iba a evitar ruborizarse? El rostro le quemaba aún más si recordaba cómo los dedos de aquel hombre habían jugueteado con su pelo con tanta presunción.
—No seguiremos adelante con ello —dijo el militar—. Con el matrimonio.
—¿Ah, no? —En el silencio que se instaló entre ellos, a Kate le preocupó haber sonado decepcionada—. Es decir, por supuesto que no. No deseo casarme con usted. Voy a decírselo a los Gramercy ahora mismo.
—Sería un error. —Le colocó las manos en los hombros y la mantuvo inmóvil—. Escúcheme. Está sobrepasada por la situación.
—No estoy sobre…
Se le quebró la voz. Ni siquiera era capaz de encontrar las energías suficientes para completar la objeción. Estaba sobrepasada, efectivamente. Sobrepasada, exhausta, confundida. Y en parte era culpa de él. Quizá la mayor parte, de hecho.
Había que reconocerle a Thorne que no lo negó.
—Un día muy largo llega a su fin —dijo—. Su profesora la ha tratado de loca. El conductor del carruaje la ha tratado de loca. Yo la he tratado peor que ellos. Y entonces llega esta gente con su cuento de hadas y los bolsillos repletos de caramelos y de riquezas. Quiere ver el lado bueno de ellos porque usted es así. Pero le aseguro que hay algo que no encaja en la historia que le han contado.
—¿Qué le hace pensar eso?
Un extenso instante de indecisión.
—Es un presentimiento.
—¿Un presentimiento? —Kate abrió los ojos como platos y lo miró fijamente—. Creía que usted ni sentía ni presentía.
—No puede saber qué objetivo persiguen. —Thorne ignoró el comentario mordaz de ella—. Todavía no están seguros de que se trate de usted. Es una situación peligrosa, en la cual no cuenta con ningún protector ni familiar que salvaguarde sus intereses. Solo estoy yo. Pero no puedo interesarme por su bienestar sin mostrar a ojos de todos que me intereso por usted.
«Me intereso por usted». Kate no sabía cómo interpretar aquellas palabras. En su vida nadie había intentado interesarse por ella. Y acababa de ocurrirle dos veces en una sola noche.
Aquella situación estaba envuelta por un halo de irrealidad. La hora intempestiva, la sucesión de coincidencias, las rarezas de que hacían gala los Gramercy. Kate no sabía de quién ni de qué fiarse en esos momentos; después de haber cometido esa tarde la estupidez de haberse lanzado a los brazos de Thorne, su desesperado corazón parecía el elemento menos fiable de todos.
Necesitaba un aliado. Pero ¿debía ser él?
—¿De veras sugiere que finjamos estar comprometidos? Usted. Y yo.
—El teatro no va conmigo, señorita Taylor. —Frunció el ceño—. No habrá nada fingido. Le estoy proponiendo que nos comprometamos de verdad, para así ofrecerle protección de verdad. En cuanto su situación se haya aclarado, podrá librarse de mí.
—Librarme de usted —repitió.
—Del compromiso. Una dama puede romper un compromiso en cualquier momento, y su reputación no se ve repercutida negativamente. Si se demuestra que es usted una Gramercy, nadie esperaría que siguiera adelante y se casara conmigo.
—¿Y si se demuestra que no soy una Gramercy?
—Nadie esperaría que se casara conmigo de todos modos. —Thorne arqueó una ceja.
Kate supuso que no. Como sabía cualquiera en Cala Espinada, Thorne y ella eran el equivalente social del agua y el aceite. Imposibles de unir.
—¿Por qué se ha prestado a esto? —le preguntó la muchacha observando la dura expresión de él en busca de pistas—. ¿Por qué se preocupa por mí?
—¿Que por qué…? —Con un gruñido suspirado, la soltó—. Es mi deber cuidar de usted, señorita Taylor. En las próximas dos semanas me reuniré con lord Rycliff para tratar mi licenciamiento con honor. Si resulta que entrego a la mejor amiga de su mujer a la custodia de unos extraños desconocidos, es probable que no vea mi petición con tan buenos ojos.
—Ah —murmuró ella—. Ya veo. Tiene sentido.
Por lo menos aquella respuesta de corazón de piedra sin emociones era terreno conocido.
—Lo siento —dijo Kate girándose hacia los Gramercy—. Debería haber mencionado antes el compromiso. —Alargó la mano para agarrar la de Thorne e intentó mirarlo a los ojos con cariño—. Es tan reciente… Ni siquiera hemos tenido tiempo de contárselo a nuestros amigos, ¿verdad que no…? —Su voz se fue apagando en cuanto se dio cuenta de que desconocía cuál era su nombre de pila.
«Añade un apodo», se dijo. «Una expresión de cariño. Querido, corazón, cielo, perrito, amor. Lo que sea».
—¿Verdad que no, Chiquitín? —terminó con una sonrisa inocente.
Ah. Por fin se agrietaba el hielo que desprendían aquellos ojos azules. Thorne intensificó la presión con que le apretaba la mano. Curiosamente, Kate se sintió complacida al percibir aquellas señales de enfado de él. De alguna manera, provocarlo hacía que todo aquello volviera a la normalidad.
Lord Drewe se encontraba en el centro de la sala, irradiando nobleza y autoridad.
—Esto es lo que va a ocurrir.
Y Kate tuvo la repentina e indudable convicción de que cuanto dijera lord Drewe a continuación iba a ocurrir, sin duda. Aunque anunciara que lloverían caramelos del cielo.
—Señorita Taylor, veo que la estamos apremiando. Tiene la feria de verano en el horizonte y asuntos personales de los cuales ocuparse. Y, por supuesto, es usted reacia a marcharse al haberse comprometido tan recientemente.
—Sí, así es. —Se inclinó hacia el brazo de Thorne.
—Es obvio que no podemos pedirle que abandone Cala Espinada ahora mismo.
Kate suspiró, aliviada. Gracias a Dios. Lord Drewe era un hombre lúcido y lo comprendía. Regresaría a Ambervale con su familia, retomaría las investigaciones y le notificaría los resultados. Por carta, tal vez, y no mediante una visita a medianoche.
—Está ocupada —prosiguió lord Drewe—, mientras que nosotros estamos de vacaciones. Pero no hay razón que nos impida pasar las vacaciones aquí.
—¿Se re-refiere a quedarse aquí, en Cala Espinada? —Kate tragó saliva—. ¿En El Rubí de la Reina? ¿Todos ustedes?
—¿Hay alguna otra posada en el pueblo?
—No. —Meneó la cabeza—. Pero esta no acepta huéspedes varones.
—He visto una taberna. —Lord Drewe se encogió de hombros—. Estoy convencido de que el propietario dispondrá de una o dos habitaciones para alquilar. No necesito nada en especial.
«Ah, claro que no. No es más que un marqués».
Era una complicación imprevista. Decirle a esa gente que estaba comprometida con Thorne era una cosa; vivir todos juntos allí, en Cala Espinada, otra muy distinta.
Cielos. En el pueblo nadie los creería.
—Hablaré con la señora Nichols para que prepare habitaciones para las damas —siguió Drewe— y de inmediato mandaré a los carruajes a por nuestras pertenencias.
—Seguro que no es necesario —dijo Kate.
—Las vacaciones casi nunca lo son —añadió Tía Mariposa—. Ese es su encanto.
—No quisiera causarles molestias.
—No es ninguna molestia. Cala Espinada es un retiro costero para damas poco convencionales, ¿no es así? —Lord Drewe extendió las manos y señaló a sus hermanas y a su tía—. Resulta que me acompañan tres mujeres muy poco convencionales, que estarán dispuestas a entretenerse en el pueblo. En cuanto a mí, dirijo mis asuntos por correspondencia. Puedo hacerlo desde cualquier lugar.
—Ardo en deseos de ver la feria —opinó Lark.
—Un chapuzón en el mar sería maravilloso —dijo Tía Mariposa.
—Me entusiasma la idea de pasar una temporada en la cala de las solteronas —terció Harry al levantarse de la silla mientras se alisaba la camisola—. Ames sentirá muchísimos celos.
—Como ve, señorita Taylor, es perfecto. De esta manera, no hará falta que la alejemos de sus amigos, pero dispondremos de suficiente tiempo para conocernos.
—Sí, acerca de eso… —Kate se mordió el labio—. Es un pueblo pequeño. ¿Les importa que les pida que mantengamos nuestro supuesto parentesco en secreto? Abrigo la esperanza de que las especulaciones y los chismes se reduzcan al mínimo, en caso de que…, en caso de que finalmente no sea cierto.
Esperaba de corazón que no hubiera tres muchachas apoyadas en la puerta del salón escuchando cuanto se discutía en el interior.
—Sí, por supuesto —accedió lord Drewe, y se detuvo unos instantes para reflexionar—. A nosotros también nos desagradan profundamente los chismes… Por desgracia, estamos acostumbrados a ellos. De cara a la galería, contrataremos sus servicios como profesora de música particular para Lark. ¿Cree que eso bastará?
—De hecho —Lark se acercó a Kate—, no me irán mal las clases. Soy un desastre con el piano, pero creo que me gustaría probar con el arpa.
La sonrisa radiante de aquella joven llegó al corazón de Kate. También el asentimiento tranquilizador de Harry, los modales confiados de lord Drewe y el regusto prolongado del caramelo de Tía Mariposa en la lengua.
Formaban una familia y querían pasar tiempo con ella. Conocerla. Aunque tan solo durara unos cuantos días, aquello ya valía la pena, por más que tuviera que lidiar con una mayor incomodidad con Thorne. Era el lado positivo de la crueldad con que la había rechazado en la pradera. Ahora Kate sabía sin asomo de duda que él no albergaba sentimientos.
—En ese caso —asintió Kate mientras dedicaba una moderada sonrisa a todos los Gramercy—, supongo que está todo claro.
«Claro».
Cuando un rato después se metió en la cama, Kate no lo veía todo tan claro.
La última vez que se había acostado en aquellas sábanas de lino, era una huérfana y una solterona. A lo largo de aquel día de locos, había acumulado cuatro posibles primos, un cachorro mestizo y un prometido temporal.
«Claro» no describía su estado. Más bien al contrario. Su mente se enturbiaba por la emoción, por las posibilidades…
Y por aquel beso.
Aun teniendo en cuenta lo que había ocurrido con los Gramercy, era incapaz de olvidar aquel beso.
Era horrible. Estaba físicamente cansada y mentalmente agotada. Necesitaba quedarse dormida como agua de mayo. Pero, cada vez que cerraba los ojos, notaba el calor de los labios fuertes de él contra los suyos.
Cada. Vez.
Si hubiera logrado mantener los ojos abiertos durante el beso, quizá ahora evitaría hacer esa asociación. Pero no. La conexión era inmediata: ojos cerrados, beso revivido. El instante en que sus pestañas se posaban sobre sus pómulos, en que sus labios y su cuerpo por completo palpitaban con una emoción embriagadora e indeseada.
Debería haberse esforzado por que la besaran años atrás, para que así la sensación no resultara tan novedosa. Vamos a ver, ¿qué muchacha con amor propio recibía el primer beso a los veintitrés años?
Thorne ni siquiera le caía bien. Era un hombre espantoso e insensible.
«Piensa en la familia», se amonestó mientras observaba, con los ojos bien abiertos, los travesaños del techo. «Piensa en los cumpleaños en febrero. Piensa en la mujer desnuda sin pudor en el cuadro, acariciándose con cariño la barriga hinchada. Podría tratarse de tu madre».
Si iba a pasarse la noche en vela, que fueran aquellos pensamientos los que la mantuvieran despierta. No un beso sin significado alguno, de un hombre que no sentía absolutamente nada por ella, para quien comprometerse era una manera de utilizarla para avanzar en su carrera.
Estaba decidida a no volver a pensar más en él. Nunca más.
Agarró la almohada, se tapó la cara y soltó un gruñido. Acto seguido, se llevó la misma almohada al pecho y la estrechó con todas sus fuerzas.
—Imagina un jardín repleto de colores. De rosas, de orquídeas, de numerosas flores.
En plena oscuridad, cantó en voz muy baja aquellas palabras, dejando que la melodía la envolviera como si de una manta se tratara. Aquella nana tan sencilla era el recuerdo de infancia más antiguo de Kate. La rítmica tonada siempre la tranquilizaba.
—Hay lirios, jazmines —continuó—, también alhelís. Todas ellas bailan, bailan para ti.
Cuando la última nota se apagó, sus párpados se cerraron y se quedaron inmóviles.
Kate soñó con un beso ardiente y apasionado que duraba toda la noche.
Capítulo siete
—¡Ay, señorita Taylor! Esperaba que viniera usted esta mañana.
Kate se detuvo en la entrada de la tienda para todo.
Sally Bright, la dependienta y la mayor chismosa del pueblo, levantó la vista del libro de contabilidad y le dedicó una pícara sonrisa.
—Tengo muchas ganas de que me lo cuente todo.
«Ay, por favor. Por favor, que no se haya corrido la voz».
La propia Kate era a duras penas capaz de creer el encuentro que tuvo la noche anterior con los Gramercy, y mucho menos de verse obligada a explicarlo.
—¿De que te cuente qué?
—Todo lo que hay entre Thorne y usted, por supuesto. Señorita Taylor, debe contármelo. Le perdonaré la cuenta pendiente si lo desea, pero quiero conocer todos los detalles. Me han dicho que se han comprometido. —La muchacha dio un saltito—. ¡Comprometido!
Kate cerró los ojos. Ah. Eso. La joven quería que le hablara de su relación con Thorne. A ella también le costaba dar veracidad a aquellos hechos.
—¿Has dicho «comprometido»? —De reojo, Kate vio que un gorrito de encaje se giraba.
Se recolocó la pesada cesta en el brazo. En el rincón más alejado de la tienda se encontraba la señora Highwood, una matrona viuda, acompañada de Diana, la mayor de sus tres hijas.
—¿Quién se ha comprometido? —se interesó la mujer.
La señora Highwood era una mujer de avanzada edad, pero cuando salía a colación el tema del matrimonio, su oído se volvía tan aguzado como el de un perro. Entre su interés voraz por todo cuanto tuviera que ver con una boda y el afán de Sally por chismorrear…
Por suerte, aquello llegaría pronto a su fin.
—La señorita Taylor y el cabo Thorne —respondió Sally para informarla—. Ocurrió ayer mismo, cuando regresaban de Hastings.
—¿Cómo te has enterado? —le preguntó Kate, asombrada.
—Su nueva alumna ha venido a la tienda. Lady Lark, ¿no es así? Ha pasado a primera hora de la mañana en busca de polvo dentífrico y me lo ha contado todo.
—¿La señorita Taylor? ¿Comprometida con el cabo Thorne? —La señora Highwood se acercó al mostrador—. No me lo puedo creer.
—¿Es verdad, Kate? —le preguntó Diana—. Debo admitir que es… una sorpresa.
Por supuesto que era una sorpresa. Diana y ella eran amigas, y no solo jamás le había comentado a la señorita Highwood que le gustara el cabo Thorne, sino que incluso le había confesado que detestaba a aquel hombre.
Porque lo detestaba. Era inquietante y frío e insensible, y ahora…
—Es verdad —les aseguró Kate revolviéndose para sus adentros—. Nos hemos comprometido.
«No pasa nada», se recordó. «Es tan solo algo temporal».
—Pero ¿cómo ha ocurrido? —le preguntó Diana.
—Ha sido muy repentino. —Kate tragó con dificultad—. Fui a Hastings a comprar nuevas partituras y perdí el último carruaje de vuelta. La fortuna quiso que encontrara al cabo Thorne por la calle, y se ofreció a traerme al galope.
—¿Y después…?
—Y después nos detuvimos cerca de una posta, para que el caballo descansara. Y… hablamos del pasado y del futuro. Para cuando me instalé a pasar la noche en El Rubí de la Reina, ya nos habíamos comprometido. —Todo aquello era cierto.
—¡Es la peor historia que he oído nunca! —protestó Sally—. Nos debe mucho más que eso. ¿Hincó una rodilla, declaró sentir un amor arrebatador por usted? ¿Hubo beso?
Kate no sabía cómo responder. Sí, hubo beso. Y su primer beso debería haberle proporcionado la oportunidad de rebosar felicidad y de regalarles los oídos a sus amigas con detalles apasionantes. En cambio, tan solo deseaba ocultar la humillación que sentía.
—Vaya, vaya —dijo Sally—. Se ha puesto roja como un lacre. Debió de ser un buen beso, sin duda. Ese hombre no es ningún monje. Será una novia afortunada, señorita Taylor. He oído unas cosas… —Anotó algo en el libro de contabilidad.
La señora Highwood abrió un abanico y lo agitó con frenesí.
—Es insoportable. La salud de mi pobre Diana nos ha recluido en esta aldea costera, mientras que toda Inglaterra celebra la victoria de los aliados. Aquí estamos, condenadas a ver pasar sus oportunidades de matrimonio, como tantos barcos vemos pasar desde la orilla. Y ¿ahora resulta que la señorita Taylor se ha comprometido?
—Mamá —Diana le dedicó a Kate una sonrisa de disculpa—, creo que lo que quieres decir es que nos alegramos mucho por Kate y que le deseamos toda la felicidad del mundo.
—Toda la felicidad —masculló la anciana—. Sí, la señorita Taylor será muy feliz, pero ¿y nosotras? Deja que te pregunte, Diana: ¿dónde está nuestra felicidad? ¿Dónde? —La última palabra fue un vacilante lamento—. Este verano todo el que se precie estará en la ciudad. Incluida tu hermana, que te recuerdo que hace poco se casó con un vizconde.
—Sí, mamá. Me acuerdo. —Diana tosió lastimosamente sobre un pañuelo—. Qué mala suerte que mi salud haya empeorado tan de repente.
—Hoy estás muy pálida, sí —dijo Kate.
Diana y Kate intercambiaron una mirada cómplice. El reciente matrimonio de Minerva Highwood con lord Payne fue la razón que motivó aquella falsa treta urdida por su hermana. Si Diana la hubiera dejado sola, la señora Highwood habría aparecido en casa de los recién casados al día siguiente de que llegaran a la ciudad para exigirles que se cumplieran sus instrucciones y que organizaran bailes. Diana quería que su hermana disfrutara de una luna de miel tranquila, y de ahí el «empeoramiento» misterioso y repentino de su salud.
—Os aseguro —masculló la anciana— que, si fuera joven, no habría permitido que ni siquiera la tisis, la malaria y la fiebre tifoidea juntas me impidieran celebrar la paz gloriosa.
—Pero no habría podido disfrutar en las fiestas —terció Kate sin poder evitarlo—. Debido a la fiebre, la tos seca y los escalofríos.
La señora Highwood la fulminó con la mirada.
En ese momento, Sally Bright cerró el libro de contabilidad.
—Por fin, ya está. Ahora, señorita Taylor, no nos oculte nada.
Lo que Kate dejó de ocultarles fue cuanto había dentro de su cesta. En el interior, Tejón se había asustado por el estruendo del libro al cerrarse. El cachorro saltó de la cesta de mimbre y echó a correr por la tienda, a toda velocidad, de un lado a otro.
—¡Una rata! —gritó la señora Highwood, haciendo gala de la agilidad de una mujer diez años más joven y subiéndose a una escalera de mano.
—No es una rata, señora Highwood.
El perro se dirigió a toda prisa debajo de varias estanterías.
Kate se agachó y miró por debajo de los armarios.
—¡Tejón! Tejón, ven aquí.
—Peor aún —gimió la matrona—. Un tejón. ¿Qué clase de jovencita lleva un tejón en una cesta de mimbre? Es el presagio del Día del Juicio Final.
—Creo que se trata de un cachorro, mamá —dijo Diana. En cuclillas, ayudaba a Kate a buscarlo—. ¿Dónde se ha metido la criaturilla?
Con las manos y las rodillas en el suelo, Kate barría la parte inferior de la tienda con la mirada. Tejón estaba allí, acurrucado junto a la pared. Kate metió la mano y, a tientas, intentó agarrar el pelaje del animal. Caray. No llegaba por poco.
—Pobrecito. —Diana se arrodilló junto a ella—. Debe de estar asustado.
—Tenga. Pruebe con esto. —Sally se puso a su lado y le extendió una loncha de beicon que había extraído de una vitrina de la tienda—. Antes de que deje un charco ahí debajo.
Kate soltó un rápido suspiro y se apartó un mechón de pelo que le había caído sobre la ceja. El perrito ya le había dejado dos charcos en su habitación de El Rubí de la Reina. Uno en el suelo y el otro sobre la cama. Cuando regresó de desayunar con una loncha de jamón y un panecillo escondido en el bolsillo, el monstruillo había mordisqueado el mango de su mejor abanico y una de sus pantuflas más cómodas.
—Vamos, Tejón. Pórtate bien. —Kate arrugó los labios y profirió ruidos de aliento. El perro olisqueó el aire y avanzó un poco, pero no lo suficiente.
Al acordarse del silbido con que el día anterior el cabo Thorne lo había llamado, juntó los labios y soltó un corto gorjeo. Funcionó. El cachorro salió corriendo, una bala peluda que se le clavó directamente en el regazo.
Kate cayó de espaldas con un resoplido. Se echó a reír cuando Tejón empezó a devorar el beicon de su mano, para continuar lamiendo todo rastro de sal de su palma y sus dedos.
—Me vas a dar muchísimos problemas —susurró—. Y no tengo fuerzas para reprenderte.
Tejón también lo sabía. El animal ladeó la cabeza. Luego una oreja. Movió la nariz. Agitó la cola. Como si quisiera decirle: «Observa mi arsenal de gestos adorables… y ponte a temblar».
—Este travieso pequeñín es Tejón —anunció—. Es el motivo que me trae aquí, Sally. Esperaba que tuvieras algo que me sirviera de correa. Llevarlo en la cesta no me sirve, obviamente. Y ¿quizá se te ocurre algo que pueda mordisquear? Anoche lo dejé destrozar un ejemplar de Sabios consejos de la señora Worthington.
—Puede que tenga alguna correa de perro en la trastienda. —Sally se cruzó de brazos—. En cuanto a algo que roer… —Se quedó pensando unos instantes, y entonces chasqueó los dedos—. Ya sé. ¿Qué le parece el viejo pie de cuero de Finn? Le acaban de proporcionar una prótesis mejor.
Kate se estremeció al imaginarse a Tejón royendo un miembro humano, aunque fuera falso. Qué imagen tan macabra.
—Es una idea muy… creativa, pero quizá me quedo con Sabios consejos de la señora Worthington. Es un libro muy útil.
La señora Highwood bajó de la escalera y observó al animal.
—¿De dónde has sacado este perro mestizo?
—El cabo Thorne se lo compró a un granjero. —Kate acarició a Tejón.
—¿Es el perro de Thorne? —Sally se despabiló.
—Ahora es mi perro. —Le tapó las orejas para que el pobre no oyera cómo hablaban mal de él—. No es más que un cachorro mestizo que adquirió por capricho.
Kate era consciente de que no podía ofrecerle a un perrito en crecimiento el más adecuado de los hogares. Pero sí podía darle a Tejón amor, que era lo que el animal más necesitaba.
—¿Está segura? —Sally sacudió la cabeza—. Rufus me contó que el cabo Thorne deseaba un sabueso. Había pedido uno en particular a un criador. Esos cachorros son muy valiosos, al parecer.
Kate se quedó mirando el perro que tenía en los brazos. ¿Valioso? ¿Tejón? Una criaturilla tan graciosa, tan alargada, con las patas delgadas y un pelaje con manchas que no era ni liso ni rizado. Era una versión viva de un montón de mechones juntos.
Además, si Thorne lo valoraba tanto, seguramente se lo habría comentado.
—Sally, creo que te equivocas de perro.
—¡Por el amor de santa Úrsula! —exclamó la señora Highwood. Se acercó al escaparate de la tienda—. Por eso, que lo sepáis, a este lugar lo llaman la cala de las solteronas. Mientras las jóvenes bobaliconas como vosotras acarreáis perros mestizos, hay un caballero caminando por la calle. Un caballero alto, muy bien parecido, que lleva un bastón caro. Sus andares no muestran indicio alguno de que esté casado.
—Mamá, no puedes saber si un hombre está soltero o no solo por cómo camina —se rio Diana.
—Claro que sí. La intuición no me ha fallado nunca.
—Se trata de lord Drewe —anunció Kate—. Ha venido de vacaciones con sus dos hermanas y una tía. —Prolongó el suspense unos instantes—. Y es marqués.
—¿Un marq…? —La señora Highwood se balanceó—. Un marqués soltero. Ay, mis nervios. Me voy a desmayar.
Los hombres de la milicia de Cala Espinada no estaban especialmente interesados en recibir la visita de un marqués. Y que unas cuantas mujeres extrañas se sumaran al grupo formado por las residentes de El Rubí de la Reina era lo más normal.
Pero no todos los días se les presentaba la ocasión de incordiar a su comandante.
—¿Comprometido con la señorita Taylor? —preguntó Aaron Dawes en cuanto terminó el simulacro aquella mañana.
Thorne lo ignoró. Estiró el cuello hacia un lado hasta que le crujió.
—Creía que había ido a Hastings a conseguir un sabueso —dijo Dawes—, no una esposa. —El herrero negó con la cabeza—. Debo decir que esto no lo vi venir.
—Ninguno de nosotros lo vio venir —lo respaldó Fosbury—. ¿Cómo la ha cortejado exactamente, cabo?
—Estamos hablando del cabo Thorne —dijo Dawes—. Él no corteja. Él ordena.
—Pero eso no le funcionaría con la señorita Taylor. Tiene brío.
—Y sentido del humor —añadió el vicario—. Y sentido común.
Sí, asintió Thorne en silencio. Todo eso, además de una belleza embelesadora y unos labios carnosos y suaves. Se había pasado la noche entera soñando con ella y se había despertado con una barra de acero forjado entre las piernas.
—Sí, la señorita Taylor es una muchacha muy agradable —dijo Fosbury. Miró hacia Thorne con animada curiosidad—. Hace que uno se pregunte… ¿Qué habrá visto en usted?
«Nada. No debe ver nada».
—Ya basta —los interrumpió—. Hay mucho que preparar para que las damas puedan disfrutar de la feria. Mis asuntos personales no son de su incumbencia.
—No crea que estamos preocupados por usted —terció Dawes—. Estamos preocupados por ella. La señorita Taylor tiene muchos buenos amigos en Cala Espinada. Nadie quiere que le hagan daño. Nada más.
Thorne maldijo para sus adentros. Si todos los amigos de la señorita Taylor conocieran la verdad, le darían las gracias. Solo intentaba protegerla de una amenaza mucho mayor y peligrosa.
Los Gramercy.
No tenía sentido que la familia decidiera instalarse con tanto entusiasmo en Cala Espinada, y menos aún que lord Drewe en persona optara por quedarse allí. Thorne deducía que el marqués era reacio a perder de vista a la señorita Taylor. ¿Por qué protegía con tanto celo a una prima segunda ilegítima?
Las matemáticas no eran su fuerte, pero sabía cuándo dos más dos no sumaban cuatro.
—¡Cabo Thorne! —lo llamó Rufus Bright desde una torre—. La señorita Taylor está subiendo por el camino.
—Ya está bien por hoy. —Thorne despidió a los hombres con un seco asentimiento—. Vayan a ayudar a sir Lewis con el fundíbulo.
Los hombres gimieron. Pero obedecieron, atravesaron un arco y se alejaron rumbo a los acantilados donde sir Lewis había erigido su monstruosidad.
Los habitantes de Cala Espinada susurraban una oración siempre que veían al anciano y excéntrico sir Lewis con un detonador o un saco de pólvora, o en este caso con una catapulta medieval diseñada para arrasar ciudades enteras. Sin embargo, en lugar de arrojar bolas de fuego sobre murallas fortificadas, el único cometido de aquel fundíbulo era lanzar sandías al mar. Un espectáculo para la feria de verano.
Al parecer, la mecánica de la antigua arma era más sensible e inquieta que la cara interna del muslo de una virgen. Para que estuviera lista había que hacer muchas pruebas.
La potente voz de barítono de sir Lewis se oyó por las ruinas del castillo.
—¡Prepárense! Tres… Dos…
Un sonoro golpe y un silbido coincidió con el número uno cuando los hombres liberaron el contrapeso del fundíbulo. Con un chirrido, la honda recorrió su órbita ascendente y, a continuación, se detuvo, y en ese momento mandó el proyectil volando en dirección hacia el mar.
Solo en dirección hacia el mar. Sin llegar a adentrarse demasiado.
Por el suave chapoteo que siguió al lanzamiento, la fruta no debía de haber volado más de cincuenta pies antes de estrellarse contra las rocas.
—¿Cabo Thorne?
—Señorita Taylor. —Había aparecido de la nada, con Tejón siguiéndole los talones, mientras él estaba distraído.
—Tengo que tratar un asunto con usted. ¿Podemos hablar en privado?
El militar la condujo entre las ruinas de un arco derrumbado y alrededor de una muralla baja de arenisca. Era un lugar apartado, pero abierto. La armería no era un sitio apropiado para ella, y de ninguna de las maneras pensaba llevarla hasta sus aposentos.
Si la veía cerca de una cama…, sería demasiado fácil convertir aquel arreglo temporal en uno permanente.
Dios, cuánta belleza irradiaba esa mañana. La luz del sol teñía su pelo con toques de canela y le encendía chispas doradas en los ojos. El esfuerzo de ascender el camino de peñascos hasta el castillo demostraba que estaba en plena forma. Y la marca con forma de corazón que tenía en la sien… era lo mejor y lo peor de todo. Lograba que Thorne fuera dolorosamente consciente de que no se trataba de una aparición sobrenatural, sino de una mujer de carne y hueso a la que había reconfortado con un abrazo.
Nada de aquello era para él, se recordó. Ni los bucles peinados con esmero ni los guantes nuevos e impecables que daban a sus manos aspecto de estrellas de mar blanquecinas. Llevaba un vestido azul claro que parecía más de espuma que de muselina. Un dobladillo de delicado encaje de color marfil adornaba el cuello bajo y cuadrado. No debería fijarse en aquel dobladillo. Y mucho menos quedarse mirándolo.
—¿Qué ocurre? —Se obligó a levantar la vista hasta el rostro de ella—. ¿Qué necesita?
—No ocurre nada. Tan solo que no estoy acostumbrada a compartir habitación con un cachorro.
—¿Está dispuesta a devolvérmelo, pues?
—En absoluto. Lo adoro. —Se agachó para acariciar brevemente al perro—. Pero ¿cómo puedo evitar que lo mordisquee todo?
—No puede evitarlo. Para eso nació: para perseguir animales pequeños y despellejarlos.
—Cielos. Qué brutalidad.
Extrajo del bolsillo un puñado de huesos de conejo. Le lanzó uno al perro y le ofreció los demás a la muchacha.
—Puede darle uno de estos, de uno en uno. Deberían durarle unos días al menos.
—Cuando se me acaben, ¿puedo comprar más en la tienda?
—No lo sé. Yo no los he comprado.
Thorne esperaba que Kate lanzara una mirada de repulsa a los fragmentos óseos, ahora que sabía de dónde habían salido. Sin embargo, la joven los observó con los mismos ojos líquidos y suaves con que contemplaba al cachorro.
—¿Ya los tenía preparados? Supongo que ella llevaba razón. Sí que valora usted a este perro.
—¿Cómo? ¿Quién llevaba razón?
—Sally Bright me ha dicho que… —Se guardó en el bolsillo los huesos de conejo sobrantes.
—Sally Bright dice muchas cosas —la interrumpió.
—Que usted le había pedido un cachorro a un criador. Un animal de una raza cazadora. Me ha dicho que esos perros son muy valiosos. Cabo Thorne, si Tejón significa algo para usted, se lo devolveré. Solo necesito saber que cuidará de él.
«Otra vez no».
—El perro es mío. Es lo único que debería bastar.
—¿Qué le parece tan terrible del hecho de admitir que siente apego por el animal? Soy profesora de música, como bien sabe, y la música no es más que otro lenguaje. Hay frases desconocidas que se vuelven más sencillas con la práctica. Repita conmigo, poco a poco: «Me importa ese perro».
El militar no pronunció palabra alguna.
—Cuando pone mala cara resulta intimidante —lo provocó—. ¿Practica esa expresión frente al espejo? Apuesto lo que quiera a que sí. Apuesto a que fulmina el cristal con la mirada hasta que lo hace añicos.
—Pues sea una chica inteligente y márchese.
—Por desgracia, no puedo. He venido a hablar en privado con usted porque debemos consensuar nuestra historia. El pueblo entero se ha enterado ya de nuestro compromiso. Todo el mundo me pregunta cómo nos hemos comprometido, y no sé qué responderles. ¿Los hombres no le preguntan a usted lo mismo? ¿Qué les ha dicho?
—Nada. —Se encogió de hombros.
—Por supuesto. ¿Cómo olvidarlo? Nadie espera que usted hable. Es el cabo Taciturno. Pero es diferente con las mu…
Unos gritos al otro lado de la muralla la interrumpieron.
—¡Prepárense! Tres, dos…
Pum. Ras. Fiu.
Al cabo de unos segundos, chof.
—Más arena en el contrapeso —les chilló sir Lewis a los hombres—. Ya casi lo tenemos.
—Es diferente con las mujeres —dijo la señorita Taylor, retomándolo por donde se había quedado—. Usted no lo entiende. Cuando una chica se compromete, sus amigas quieren saberlo todo. Cada mirada, cara caricia, cada palabra susurrada. No soporto mentirles, así que preferiría que nos atuviéramos a la verdad. Nos comprometimos ayer. Nuestro primer beso fue en el trayecto de regreso desde Hastings. Hemos…
Thorne levantó una mano y la detuvo en mitad de una frase.
—Un momento. ¿Le está contando a la gente lo del beso?
—En realidad no —Kate se ruborizó—, todavía no. Pero creo que debo contarlo. Ya hemos despertado suficientes suspicacias. Nadie cree que me haya cortejado. Porque no me ha cortejado. —Su mirada se clavó en la hierba—. Ay, es lamentable. Nunca debí consentirlo.
—Si le está causando tanta angustia, libéreme del compromiso.
—No podría hacerlo tan deprisa. —Abrió unos ojos como platos—. Daría imagen de veleta, de caprichosa incluso. ¿Qué clase de mujer se compromete con un hombre un día y al día siguiente lo deja porque sus circunstancias han cambiado?
—Muchas mujeres lo harían.
—Pues yo no soy una de ellas.
Thorne sabía con certeza que no lo era.
—Puede que los Gramercy sean mis familiares —continuó Kate—. Quiero caerles bien y que me conozcan por quien soy yo. No soy la clase de mujer que se casa por conveniencia. A no ser que mintamos un poco, me sentiré insincera.
Thorne frunció el ceño. ¿Estaba pidiéndole que se comportara como un pretendiente interesado? Había convertido en costumbre el ocultar cuánto lo atraía la muchacha, no creía saber cómo hacer lo contrario.
Abrió la boca para hablar, pero más allá del muro les llegó otro grito.
—¡Prepárense!
Y otra cuenta atrás.
—Tres, dos…
Un nuevo disparo del fundíbulo. Esta vez, al cabo de varios segundos de silencio, oyeron un chapoteo lejano.
—Mejor —voceó sir Lewis—. La fuerza es la correcta, pero la puntería no. Debo ajustar el mecanismo.
—Nuestra historia —exclamó Thorne en cuanto los hombres se hubieron quedado callados de nuevo—. Contaremos la misma versión, como propone usted.
—En primer lugar, ¿cuáles son nuestros planes después de la boda? En teoría se marchará a América.
—Me marcharé a América. Así pues, en teoría usted me acompañará.
—¿Nos dirigiremos a Nueva York? ¿A Boston?
—A Philadelphia, pero solo para aprovisionarnos. Tengo la intención de reclamar unas tierras en el territorio de Indiana.
—¿En el territorio de Indiana? —Kate torció el gesto—. Indiana. Suena muy… primitivo.
Thorne cambió el peso de una pierna a la otra. A través de las ruinas de aquel castillo, veía la cala aguamarina y resplandeciente, así como el amplio Canal que se extendía más allá. Era obvio que la necesidad de espacios abiertos no era tan acuciante para ella como para él. Llevaba un buen tiempo planeándolo: quería poseer una extensión de terreno. Hacía tanto que se aferraba a esa idea que notaba incluso cómo la acariciaba con los dedos. En su tierra habría campos fértiles que cultivar, animales que cazar y apresar. Abundantes árboles que talar.
Verdadera libertad y la posibilidad de labrar su propio camino.
—¿Dónde viviríamos? —le preguntó.
—Construiría una casa —respondió él.
—¿Cómo seguiría yo con la música? No puedo abandonarla. No es posible. Hablamos de mí. Todo el mundo sabe que jamás habría aceptado casarme con usted, ni con nadie, a no ser que la música formara parte del trato.
—Sé que tiene un piano. —No tenía ni idea de cómo transportarlo a una zona dejada de la mano de Dios, pero la logística casi nunca le importaba.
—¿Y mis alumnas?
—Tarde o temprano habría niños. —Thorne hizo un gesto impaciente con una mano.
—He sido la maestra de las hijas de duques y de lores. ¿Voy a tener que enseñar a los niños de nuestros vecinos?
—No, me refiero a los nuestros. Tendríamos hijos.
Kate se quedó anonadada. Pasó un buen rato hasta que exclamó:
—Ah.
Thorne no se disculpó por haberlo insinuado.
—Hablamos de mí. Todo el mundo sabe que jamás habría aceptado casarme con usted, ni con nadie, a no ser que el sexo formara parte del trato.
Las mejillas de Kate se tiñeron de rojo. Thorne tuvo una repentina y vívida visión de los dos en una tosca cabaña de madera, entre una cama de paja y una colcha. En sus cuerpos, nada más que calor y sudor. Él abrazaría la suavidad de ella con su fuerza y mantendría a raya al frío y a los aullantes lobos. El aroma del pelo de Kate lo arrullaría hasta que se durmiera.
Esa imagen se parecía mucho a la idea que tenía Thorne del paraíso, es decir, algo inalcanzable. Y suponía que la señorita Taylor no apreciaría su encanto.
—¿Y qué me dice del amor? —le preguntó ella.
—¿Qué sucede con el amor? —Thorne alzó la cabeza, sorprendido.
—¿Pretende llegar a quererme? ¿Qué me dice de esos hijos que tiene intención de crear? ¿Debo asumir que reirá y jugará con ellos, que se abrirá con ellos y los dejará entrar en esa piedra que usted llama corazón?
Thorne la miró fijamente. Si creyera que era capaz de darle todas esas cosas, se habría ofrecido a dárselas. Meses atrás.
—Nadie tiene por qué creer que es una cuestión de amor —dijo.
—Por supuesto que sí. Porque yo necesitaría creerlo.
—Señorita Taylor…
—No funcionará jamás. —Se frotó una ceja con una mano—. Nadie admitirá que he aceptado abandonar a mis amigos, mi trabajo, mi hogar y mi país. Y ¿por qué? ¿Para cruzar el océano y vivir en una cabaña de un erial remoto con un hombre que no comprende el significado del amor? ¿En Indiana, nada menos?
Thorne la agarró por los hombros y la obligó a mirarlo a la cara.
—No somos compatibles. Ya lo sé. Yo nunca la haría feliz. Eso también lo sé. Estoy tan por debajo de usted que lo máximo que le puedo ofrecer sería una fracción irrisoria de lo que merece. Estoy al corriente de todo ello, señorita Taylor. No es necesario que me lo recuerde.
—Lo siento. —El arrepentimiento le suavizó la mirada—. Lo siento mucho. No debería haber dicho…
—Ahórrese las disculpas. Usted dice la verdad. Me limitaba a expresar mi conformidad.
—No, no. No podría soportar que usted creyera que yo… —Alargó la mano hacia él.
Santo Dios. Alargó la mano hacia él y, antes de que Thorne pudiera retroceder o clavarse la espada para evitarlo, la mano enguantada de ella se posó sobre su mejilla. Su palma se pegó a su piel, cálida y satinada. Las emociones le atravesaron el cuerpo de la cabeza a los pies.
Cuando Kate volvió a hablar, lo hizo en voz baja, pero firme.
—Usted no está por debajo de mí. Yo nunca lo pensaría.
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