Kitabı oku: «Manuel Álvarez (1796-1856). Un leonés en el oeste americano»

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MANUEL ÁLVAREZ (1796-1856),

UN LEONÉS EN EL OESTE AMERICANO

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

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Directora

Carme Manuel

MANUEL ÁLVAREZ (1796-1856),

UN LEONÉS EN EL OESTE AMERICANO

Thomas E. Chávez

Traducción de Imelda Martín Junquera

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

Manuel Álvarez (1796-1856), un leonés en el Oeste americano

© Thomas E. Chávez

© Traducción de Imelda Martín Junquera

1ª edición de 2013

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-149-9

Imagen de la portada: Kirt Hughey

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Índice

Presentación, Imelda Martín Junquera

MANUEL ÁLVAREZ (1796-1856), UN LEONÉS EN EL OESTE AMERICANO

Agradecimientos

Introducción

El hombre y su tiempo

Capítulo 1

El español viajero

Capítulo 2

Ciudadanía y diplomacia

Capítulo 3

Las obligaciones de un cónsul y los intereses de un comerciante

Capítulo 4

Los problemas con Texas

Capítulo 5

Comienza una nueva era

Capítulo 6

“Su brillante luz crecerá”

Capítulo 7

Político y política

Capítulo 8

Un hombre polifacético

Epílogo

Terminó igual que empezó


Manuel Álvarez (1796-1856),

un leonés en el Oeste americano

Imelda Martín Junquera

Universidad de León

La apasionante vida de este leonés emigrado a México que Thomas E. Chávez recoge en su libro contempla la identidad múltiple de la que él mismo además se vanagloriaba. En la era de la globalización y de la lucha por la eliminación de fronteras que disfrutamos en el siglo XXI, a nadie extraña este tipo de actitud. En el siglo XIX hubiera quizás que recurrir, como es el caso de este personaje, a actuaciones cercanas a la picaresca y la piratería para lograr los objetivos políticos y económicos deseados. Álvarez modificaba alianzas según las necesidades de sus negocios y, así, utilizaba su documentación española, reclamaba la nacionalidad mexicana o la ciudadanía estadounidense, acogiéndose al tiempo de residencia en el país. Entre otras hazañas, logró, pues, sin poseer la ciudadanía estadounidense, convertirse en cónsul de los Estados Unidos en Nuevo México antes de la incorporación de este territorio a los Estados Unidos de América.

Hay que resaltar también en el terreno político, aunque más adelante se analicen más las consecuencias de este hecho, que México era un país recién independizado, una república con reminiscencias de colonia española de la que los ciudadanos de la metrópoli parecía que nunca terminaban de marcharse, aunque se les invitó en numerosas ocasiones a abandonar el país o a atenerse a las represalias que pudieran encontrarse. Este era el caso de Álvarez, quien emigró a México antes de su independencia, pero ante el caos reinante en la república en 1823, se retiró prudentemente por un tiempo a La Habana. En 1824, eliminada ya la prohibición española de comerciar con extranjeros, fundamentalmente estadounidenses, y recién abierta la Ruta de Comercio de Santa Fe, Álvarez decidió probar suerte en Nuevo México, un territorio ya de por sí conflictivo por los constantes enfrentamientos que sufrían los colonos con los habitantes indígenas, sin tener en cuenta los acontecimientos venideros.

La función diplomática, por tanto, no fue la única ocupación de este emigrante español, a quien los negocios también le sonreían. La Ruta de Comercio de Santa Fe, presentaba para Álvarez innumerables oportunidades de hacer riqueza y vivir aventuras: desde el comercio de pieles de animales con los indios, pasando por la introducción de la raza merina para mejorar la producción de lana hasta las transacciones comerciales con el oro y la plata descubiertos en la época. Esta figura, por tanto, resulta clave para entender las relaciones entre los indios Utes y los comerciantes de la zona, al mismo tiempo que podría ser fruto de una investigación interesante el papel que Álvarez pudo representar en la introducción del alcohol en las tribus de nativos con las que comerciaban. Como intermediario en las transacciones comerciales entre los nativos americanos y los propios comerciantes de pieles, Manuel Álvarez, también trampero durante algún tiempo, exploró territorios naturales como Yellowstone y descubrió algunas de sus maravillas antes de que tuvieran lugar las primeras expediciones organizadas y se convirtiera en el primer parque natural de los Estados Unidos en sesión del Congreso de 1872.

Cuantas oportunidades se le presentaban para probar nuevos estilos de vida, las aprovechaba este aventurero, quien sin duda, deseaba experimentar las sensaciones de la vida salvaje en esta tierra que ofrecía tantas posibilidades de desarrollo personal y para los negocios. Sólo los hombres más adustos se atrevían a probar fortuna con las pieles de castor, puesto que eran los únicos capaces de soportar la aridez del terrero por el que avanzaban, así como la climatología que se encontraban en su camino. La zona de operaciones se situaba entre el río Grande y el delta del río Colorado, abarcando cuantas reservas fluviales aparecieran en su camino. Álvarez se atrevió en 1829 a probar suerte como trampero, entre otras razones, también por la necesidad de desaparecer por un tiempo de la vista de las autoridades mexicanas al haber aparecido su nombre en la lista de los españoles que debían abandonar Santa Fe. En definitiva, la importancia de esta actividad queda patente en la labor que los tramperos ejercieron, precisamente durante la guerra México americana, mostrando sus rutas de avance a los generales Fremont y Kearny, quienes aprovecharon para llegar hasta Taos y Santa Fe sin ser vistos por la población nuevo mexicana y entrar por sorpresa en las poblaciones.

Viajero consumado y amante de su tierra y de su familia, Álvarez no dudó en realizar visitas a su localidad natal, Abelgas, durante los periodos que pasaba en Europa realizando compras de mercancía para su negocio en Santa Fe. Mantuvo una fluida correspondencia con algunos de sus familiares, cartas que hoy en día se conservan en Santa Fe, Nuevo México y estuvo al tanto de los acontecimientos a uno y a otro lado del Atlántico, como también demuestran sus libros de cuentas y sus cartas.

A pesar de que este político, diplomático, viajero y comerciante no ha recibido el tratamiento de héroe que sin duda merece en los libros de historia de México o de Estados Unidos, sin embargo, su labor de relaciones públicas, políticas y diplomáticas resultó indispensable para que se diera una transición pacífica entre gobiernos durante las primeras luchas por la obtención de la condición de estado de Nuevo México. Como intermediario, logró apaciguar los ánimos de las dos facciones enfrentadas: territorialistas y constitucionalistas y se granjeó las simpatías de sus conciudadanos nuevomexicanos que le nombraron gobernador en funciones.

Toda la correspondencia personal y oficial que se conserva de Manuel Álvarez, demuestra, en todo caso, que fue un hombre adaptado a la vida de la frontera, y que se forjó una identidad política como enlace entre gobiernos, llegando incluso a comparecer en el Congreso de los Estados Unidos como consecuencia del debate sobre la adquisición de la condición de Estado por parte de Nuevo México. Desafortunadamente, no vivió Álvarez lo suficiente para ver sus esfuerzos políticos recompensados, ya que no sería hasta 1912 cuando por fin, se convirtiera Nuevo México en el cuadragésimo séptimo Estado de la Unión. Entre las razones de que el congreso rechazara la petición constantemente desde 1849 hasta 1912 se encuentra la desconfianza hacia una población mayoritariamente de origen hispano y de religión católica.

Desde las expediciones de Francisco Vásquez de Coronado en lo que hoy es Nuevo México, norte de Texas, Oklahoma, Kansas y Colorado hacia 1542 no había existido un personaje español tan relevante y polifacético en la zona.

El legado de Manuel Álvarez debe servir, entre otras cosas, para ayudar a los leoneses a comprender el fenómeno de la inmigración, para reflexionar ante el número creciente de conciudadanos que se ven a diario forzados a abandonar su tierra en busca de una oportunidad para sus sueños o aquellos que han llevado el nombre de León mas allá de nuestras fronteras geográficas. Hombres y mujeres olvidados en su tierra de origen pero recordados y admirados en otras partes del planeta.

Manuel Álvarez representa una figura singular de la joven historia de México y de los Estados Unidos, omnipresente en todos los acontecimientos que tuvieron lugar en el primero departamento de Nuevo México y con posterioridad territorio de los Estados Unidos de América. La labor realizada, a menudo en la sombra, por Álvarez brilla con luz propia desde las páginas de la biografía redactada por Thomas Chávez a partir de su memorándum, correspondencia y otros documentos oficiales recogidos en el Museo de Nuevo México en Santa Fe. Rescatar la vida de este personaje del olvido y reescribir su papel en los acontecimientos de la época supone un hito en la recuperación de la historia no oficial de los Estados Unidos. Chávez escribe un nuevo capítulo de las luchas por la constitución de Nuevo México en Estado con un protagonista de excepción que estuvo presente y actuó como firmante en los acuerdos que se tomaron en la época. El hecho de que un leonés se encontrara en el centro de estos acontecimientos cruciales merece ser resaltado con una publicación de estas características en la provincia.

Testigo de excepción del avance de la frontera estadounidense, Álvarez vivió en una época trascendental para el futuro político, económico y geográfico tanto de los Estados Unidos como de México. Asistió a la trasformación política, geográfica y económica de los tres países que habitó puesto que en la época que le tocó vivir destacan las guerras napoleónicas en Europa, la independencia de México de España en 1821 y la guerra México americana que se saldó con el Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848 y que resultó en la anexión de los territorios del norte de México por los Estados Unidos.

El lejano oeste se convirtió en metáfora del sueño americano, en “un Edén de belleza incomparable”, según las narraciones de los expedicionarios y escritores de la época como Wilkes, Richard Henry Dana Jr. y John C. Fremont (Wheelan, J. 29). El presidente Polk creía en su labor de cumplir el Destino Manifiesto como buen representante electo de sus paisanos estadounidenses quienes seguían ciegamente los preceptos puritanos y sentían que estaban predestinados a ocupar los territorios que abrían la brecha hasta el Pacífico y configurar así un nuevo mapa geográfico, cultural, político y económico de los EEUU.

Su deseo de hacerse con California sobrepasaba cualquier otro movimiento político, y, por esta razón, en primer lugar, nombró a principios de noviembre de 1845 a John Slidell ministro para asuntos con México y le proporcionó toda clase de poderes diplomáticos a su alcance. Slidell, a cambio debía comprar Nuevo México y California. En realidad, más bien tenía que conseguir que México aceptara la suma estipulada conveniente por los Estados Unidos para la compra del territorio. El secretario de Estado, Buchanan, a su vez, estaba convencido de que era tanta la distancia que separaba Nuevo México del resto del territorio mexicano que se extendía al sur del río Grande que el gobierno estadounidense se haría con este terreno por poco más de cinco millones de dólares.

Las negociaciones por el desplazamiento de la frontera mexicana hacia el sur estaban intentando cerrarse en torno al río Grande y la frontera natural que forma en Texas como división entre los dos nuevos países. La situación en diciembre de 1845 se encontraba en un momento álgido: para los estadounidenses, una vez que Texas había sido anexionada con el beneplácito de la república independiente de Texas, sólo quedaba plantear la oferta de California y Nuevo México.

Para los mexicanos, la situación era completamente diferente: Texas, lejos de ser independiente y mucho menos territorio estadounidense, para ellos continuaba perteneciendo a México, por lo que si no se llegaba a un acuerdo (y seguramente lo buscaran económico) habría que recurrir a la guerra entre los dos países. El establecimiento de la frontera entre los dos países, el hoy llamado “border” empezaba ya a convertirse en el espinoso tema diplomático en el que se ha tornado en nuestros días.

El ejército de los Estados Unidos, impulsado por las órdenes del gobierno, forzó la confrontación militar a orillas del río Grande ya que los mexicanos no parecían mostrar ningún interés en expulsar a los invasores de su terreno; en palabras del general Ulysses S. Grant: “Mexico showing no willingness to come to the Nueces to drive the invaders from the soil, it became necessary for the ‘invaders’ to approach to within a convenient distance to be struck” (Wheelan, J. 85). La situación entre la población de los Estados Unidos en esta época era de un racismo y xenofobia creciente, precisamente en un momento en el que la inmigración irlandesa arribaba a las costas de Boston y Nueva York masivamente debido a la hambruna de la patata. Durante la confrontación armada, numerosos inmigrantes estadounidenses, cruzaron la frontera en Matamoros y se unieron a México, huyendo del maltrato. El tristemente famoso batallón de San Patricio se componía de desertores irlandeses del ejército estadounidense, hartos de las vejaciones de los soldados protestantes. Estos irlandeses lucharon junto al ejército mexicano con la valentía y el ardor que aporta la desesperación.

En Nuevo México, sin embargo, tras la anexión, los extranjeros parecían gozar de una situación de privilegio. En el Camino de Santa Fe estaba Manuel Álvarez cuando el coronel Stephen Watts Kearny enviaba a sus mil seiscientos voluntarios a través de esta ruta desde Fort Leavenworth a Santa Fe. Además de los soldados que comandaba, llevaba bajo su protección una caravana de más de cuatrocientas carretas de comerciantes que iban a hacer negocios a Santa Fe y a Chihuahua. Antes de cruzar el río Arkansas, Kearny decidió reagrupar a todas sus unidades en el Fuerte Bent que se encontraba en una zona del territorio estadounidense adquirido con la compra de Luisiana. Chávez menciona en repetidas ocasiones este fuerte erigido en 1833 por los hermanos Bent en cooperación con Ceran St. Vrain, todos ellos amigos de Manuel Álvarez y figuras relevantes en la transición política que estaba viviendo Nuevo México en esa época, y las múltiples funciones que desempeñó como lugar de intercambio de comercio, refugio de tramperos, cazadores indios y comerciantes e incluso como base de operaciones militares estadounidenses.

Lavin narra cómo desde el Fuerte Bent, Kearny anunció a Armijo que traía órdenes del gobierno de su país de tomar el territorio del que él era gobernador (116). Por medio de unos espías mexicanos a los que capturó en su campamento, Kearny hizo saber a los ciudadanos de Santa Fe que si le planteaban batalla, serían considerados enemigos de los Estados Unidos. Esta expedición debía continuar en parte hasta San Diego, donde se reunirían con las fuerzas navales del comodoro Robert Stockton y en parte hacia el sur de la provincia de Chihuahua, siempre y cuando los nuevomexicanos no opusieran resistencia. A pesar de que las crónicas señalan al comerciante James Magoffin como artífice de esta pacífica transición, Álvarez se constituyó en figura clave, una vez más y sus siempre acertadas intervenciones hicieron el paso del coronel Kearny más dificultoso pero más pacífico de lo que hubiera sido sin la colaboración de nuestro leonés en las conversaciones que tuvieron lugar entre las personalidades relevantes de Santa Fe y los emisarios de Kearny. Las negociaciones de Magoffin con el gobernador Armijo y los posibles sobornos a este último de los que la historia se ha hecho eco tuvieron su relevancia en este acontecimiento pero no resultaron extremadamente decisorios. Ni un solo disparo salió de las armas del ejército estadounidense, salvo para saludar a su bandera. La bandera de las barras y estrellas fue izada en el palacio de los gobernadores de Santa Fe el 18 de agosto de 1846 a la vez que se hacía pública la toma de Nuevo México como territorio de los Estados Unidos de América. Esta toma pacífica de Santa Fe no significa, como bien ilustra Chávez a través de Manuel Álvarez, que no surgieran revueltas y levantamientos contra el nuevo gobernador estadounidense, quien, de hecho, fue asesinado en su propia casa de Taos frente a su familia por un grupo de locales sublevados que temían perder sus tierras a manos de los nuevos conquistadores. El propio Álvarez fue herido en estos enfrentamientos aunque salió mejor parado que muchos de sus amigos estadounidenses que fueron asesinados en la revuelta.

Manuel Álvarez se encuentra, por tanto, en el centro de acontecimientos fundamentales para el futuro de los EEUU. Precisamente durante los años centrales de su vida tiene lugar el establecimiento definitivo de las fronteras norte, sur y oeste del país en el que desarrolló sus actividades comerciales. El sueño y propósito del Destino Manifiesto puritano se va a cumplir al ser alcanzado el límite del Océano Pacífico tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado en 1848. Ya mediante el Tratado de Oregón en 1846, se había asentado el reparto definitivo del territorio al norte del paralelo 49 que iba a determinar la frontera actual entre Canadá y los EEUU.

Por otro lado, la frontera sur actual de Nuevo México se estableció ya en 1854 como consecuencia de la Ley Orgánica de septiembre de 1850, por la que el antiguo Departamento de Nuevo México se convirtió, bajo el dominio de los Estados Unidos de América, en el Territorio de Nuevo México, cuyos límites abarcaban todo territorio al sur del paralelo 39 comprendido entre California y Texas o lo que es lo mismo: a este territorio pertenecían además del hoy Nuevo México, Arizona, parte del sur del Colorado, Utah y una parte del sureste de Nevada. La población en estos años, en gran parte debido a la fiebre del oro de California, se incrementó considerablemente: los sesenta y un mil habitantes con que el territorio contaba en 1850 se convirtieron en noventa y tres mil en 1860. Hasta 1863, con la creación del Territorio de Arizona, no se producirían más cambios sustanciales en los límites geográficos de Nuevo México. Chávez explica ampliamente el tipo de gobierno que se instauró para este territorio en 1851, en el que Manuel Álvarez también participó, así como las frecuentes confrontaciones que sus asambleas parlamentarias tuvieron con el gobierno central de los Estados Unidos. Durante la legislatura territorial, el gobierno estaba compuesto de una serie de representantes electos procedentes de las distintas partes de Nuevo México. Entre estos representantes había uno que asistía como delegado a las sesiones del congreso, sin capacidad de voto.

La importancia de estos acontecimientos se encuentra íntimamente ligada a la actividad profesional de Álvarez, el comercio, que alcanzó en esta época una expansión sin precedentes dentro y fuera de las nuevas fronteras norteamericanas. En aquellos años, la ciudad de St. Louis, Missouri representaba la puerta principal de entrada hacia el Oeste. Esta “Gateway to the West” está situada en la confluencia de los ríos Mississippi y Missouri convirtiendo la ciudad en el puerto principal de llegada de mercancía desde el este del país. La población que se concentraba en St. Louis se puede tildar claramente de multicultural con un alto índice de inmigrantes que convivían en armonía con los ciudadanos locales. Los inmigrantes seguían la Ruta de Comercio de Santa Fe desde St. Louis hasta Independence, Missouri, donde comenzaba la Ruta o Camino de Oregón “The Oregon Trail”. Otra ruta particularmente transitada era la de California, que conducía desde el hoy Estado de Idaho, situado en la Ruta de Oregón, hasta la Bahía de San Francisco aunque aún pertenecía a México.

Chávez aprovecha la figura de Manuel Álvarez, por tanto, para ilustrar con su vida y sus negocios la importancia que tuvo el Camino de Santa Fe, no sólo en las transacciones comerciales sino también en los acontecimientos políticos que marcaron la zona y los años centrales del siglo diecinueve. De hecho, la primera oficina consular de los Estados Unidos en Santa Fe, que el propio Álvarez ocuparía años más tarde, se abrió en el año 1825, debido a la importancia que estaba adquiriendo el comercio entre los dos países en esta zona. El origen de esta ruta comercial, como el propio Chávez narra, se sitúa en la expedición del capitán William Becknell, un veterano de la guerra de 1812, quien quiso aprovechar la apertura del gobierno mexicano hacia las transacciones comerciales con extranjeros. Así, se adentró a través de las llanuras en la tierra prácticamente inexplorada del Camino de Santa Fe desde Independence, Missouri, por territorios que hoy corresponden a los Estados de Oklahoma y Texas hasta alcanzar Nuevo México y Santa Fe como destino final, donde obtuvo amplios beneficios por la venta de su mercancía. El éxito de esta expedición animó a otros muchos a llevar mercancías por esta ruta hasta Taos y Santa Fe. Desafortunadamente, también fueron muchos los intrépidos viajeros que perdieron la vida en el camino por las estampidas de animales o los asaltos de los indios. Gracias a esta actividad en crecimiento, la transformación de Nuevo México sería radical, convirtiéndose Santa Fe en un nuevo centro neurálgico de las operaciones comerciales entre Estados Unidos y el norte de México entre los años 1833 y 1844.

La Ruta de Comercio de Santa Fe también fue testigo, según cuenta Henderson en Una derrota gloriosa (A Glorious Defeat), de la expedición texana de 1841. Los hechos sucedieron porque, Mirabeau B. Lamar, uno de los presidentes que tuvo la República de Texas durante su breve espacio de tiempo como independiente de México y de los Estados Unidos, quiso aprovechar las riquezas que proporcionaba el comercio entre Missouri y el territorio de Nuevo México, que aportaba unos 5 millones de dólares al año, y dirigir una parte de estas ganancias hacia Texas. Así, en junio de 1841, organizó una expedición de setenta cabezas de ganado y carros con mercancía por valor de 200.000 dólares. En teoría se trataba de una aventura pacífica, aunque tanto Henderson con Patrick Lavin narran que Lamar tenía la esperanza de que, al recibir esta caravana encabezada por el general Hugh McLeod, Nuevo México siguiera el ejemplo de Texas y se rebelara contra el gobierno central. Cabía incluso la posibilidad de unir ambos territorios en uno solo, si las cosas salían según lo planeado. La expedición, sin embargo, tras sufrir los embistes de las tribus indias, fue interceptada por un destacamento del gobernador Manuel Armijo a las afueras de Santa Fe y obligada a avanzar hasta el interior del país, donde fueron confinados en prisiones durante varios meses (Henderson 124-125) (Lavin 110-111). Las hostilidades entre Texas y Nuevo México no terminaron en ese momento sino que se recrudecieron en los meses posteriores durante el segundo gobierno de Sam Houston con varios enfrentamientos que tuvieron lugar en la Ruta de Santa Fe entre un ejército y otro hasta la anexión de Texas por parte de los Estados Unidos de América en 1845.

Existía, sin embargo, cierto descontento entre los comerciantes estadounidenses con las autoridades de Nuevo México sobre la forma de aplicar las leyes de aranceles e impuestos a las caravanas de mercancía; hecho que constituyó una fuente de discordia constante entre ambos países y, de alguna forma, contribuyó al éxito de la expedición de Kearny en 1847. Muchas de las peticiones de ciudadanos estadounidenses que Álvarez tuvo que atender en su oficina consular tenían que ver precisamente con este hecho, con la discriminación de la que se sentían objeto comerciantes estadounidenses a la hora de aplicarles las tasas fronterizas. Aunque los comerciantes estadounidenses cargaron con la culpa de haber instigado la revolución de 1837 que el gobernador Armijo tuvo que sofocar con la ayuda de refuerzos enviados de Chihuahua, dice Patrick Lavin que ni este contratiempo, ni la escisión de Texas, ni siquiera la guerra de 1846 lograron detener el flujo de comercio entre Estados Unidos y Nuevo México. Sólo la llegada del ferrocarril en 1879 puso fin a esta era floreciente.

Como comerciante de ganado también fue pionero Álvarez; aunque ya en 1598, el gobernador Oñate había introducido la cría de ganado vacuno y ovino, no fue hasta la guerra de Secesión cuando se popularizó esta práctica comercial. El leonés, sin embargo, apostó por este comercio ganadero y sus rebaños fueron de los primeros en cruzar las planicies para ser subastados en California.

Incluso las publicaciones más recientes sobre la historia de Nuevo México, en las que está basada esta introducción, ignoran a nuestro héroe, a pesar de que citan con todo detalle a sus amigos y allegados, tanto nuevomexicanos como estadounidenses, incluido en estos últimos Charles Bent, el primer gobernador del territorio de Nuevo México recién anexionado por el general Kearny, así como a su némesis el gobernador Armijo. De ahí la valía del texto de Chávez que lejos de pasar de moda y amontonar polvo en las estanterías, arroja luz sobre acontecimientos históricos desde un punto de vista diferente, desde la atenta mirada de un español que supo adaptarse a la vida del oeste, convivir en una realidad multicultural y aprovechar las oportunidades económicas que la Ruta de Comercio de Santa Fe le brindaba.

Fuentes consultadas

Henderson, Timothy J. A Glorious Defeat: México and Its War with the United States. New York: Hill & Wang, 2007.

Lavin, Patrick. New México: An Illustrated History. New York: Hippocrene Books, 2008.

Roberts, Calvin A. & Susana A. Roberts. New México: Revised Edition. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2006.

Wheelan, Joseph. Invading Mexico: America’s Continental Dream and the Mexican War, 1846-1848. New York: Carroll & Graf Publishers, 2007.

MANUEL ÁLVAREZ (1796-1856),UN LEONÉS EN EL OESTE AMERICANO

Agradecimientos

Este libro se publicó originariamente en inglés en los Estados Unidos. Narra la historia de un hombre que salió de las montañas del norte de León para llevar una vida discreta pero influyente en el suroeste de los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XIX.

La publicación en inglés del año 1990 constituye la primera documentación verdadera sobre Manuel Álvarez y su importancia. El relato de su vida es una aventura asombrosa. Atravesó la Ruta de Comercio de Santa Fe en muchas ocasiones, vivió en las Montañas Rocosas como trampero; se convirtió en cónsul de los Estados Unidos y dirigió un negocio en lo que entonces era el norte de México.

Y aun así, su historia era oscura a pesar del hecho de que mucha de su correspondencia e informes se encuentran disponibles en Nuevo México y en Washington, D.C.

La biografía parece un medio fácil de escribir historia: después se inicia la investigación y la biografía se torna más difícil porque el ser humano es complejo. Darle un sentido a la causa y la consecuencia, las motivaciones por las que los sujetos realizan sus acciones, necesita más que un mero listado de fechas de nacimiento, defunción y los hitos entre medias. Si se hace bien, la biografia puede ser un conducto: el relato de una vida se convierte tanto en la historia de una vida como de los tiempos en los que se desarrolla. La vida del individuo ilustra un periodo de la historia, y al revés, la historia es el relato de seres humanos que como nosotros rieron y lloraron, amaron y odiaron. ¿Que podría ser más natural que escribir una biografía?

Mientras que el propósito inicial de este libro era presentar a Álvarez a un público cuya historia él ayudó a dar forma, me sorprendió agradablemente que investigadores de la región de origen de Álvarez demostraran gran interés en un “paisano” desconocido para ellos hasta la fecha.

En primer lugar debo dar las gracias a Lorenzo López Trigal y a su esposa, Cuqui, a quienes conocí en Nuevo México. El Dr. López es catedrático en la Universidad de León e inmediatamente demostró gran interés cuando compartí con él mi trabajo sobre Manuel Álvarez. Le regalé una copia de la edición en inglés y él insistió en que la obra debía ser publicada en España.

Ambos me condujeron hasta Imelda Martín Junquera, también de la Universidad de León, quien tradujo mi modesto inglés a un castellano correcto. La Dra. Martín Junquera, una investigadora especializada en la literatura chicana que ha realizado muchas estancias continuadas en los Estados Unidos, añadió sus conocimientos sobre el Oeste de los Estados Unidos para plantear preguntas y aclarar referencias que de otro modo habrían carecido de sentido para el público español.

Publicaciones aparte, hemos forjado una amistad y nos hemos visitado en nuestros respectivos, aunque distantes, hogares. Con amigos y con colegas cuyas perspectivas son inestimables, proyectos como este son posibles.

Mi esposa, la Dra. Celia López-Chávez, historiadora titulada por la Universidad de Sevilla y profesora de la Universidad de Nuevo México me presentó al Dr. López Trigal y a su esposa. El interés de Celia en la historia de su país de adopción y el aprecio compartido hacia las muchas conexiones históricas y culturales entre el sudoeste de los Estados Unidos y España se convirtieron en el aliento definitivo para que todos nosotros consiguiéramos que este libro se publicara en España.

Al contrario que a los colegas mencionados con anterioridad, nunca he visto al Dr. Roman Álvarez de la Universidad de Salamanca. Nos hemos conocido a través del ciberespacio y casi nos hemos encontrado en un par de ocasiones. Aun así, le considero un amigo y un colega que ha contribuido al relato de la vida de Manuel Álvarez. Román Álvarez es un pariente lejano de Manuel Álvarez y ambos son oriundos de Abelgas. Román supo de la figura de su antepasado a través de una amiga común, Elizabeth West, bibliotecaria de Santa Fe, Nuevo México. West conoció a Román Álvarez cuando estaba de vacaciones en España. Por casualidades de la vida, Román se encontraba investigando para escribir un libro sobre Abelgas. Cuando Elizabeth West le proporcionó una copia de mi libro y un artículo, supo que tenía información suficiente para incluir un capítulo sobre Manuel Álvarez en su libro Abelgas: paisajes, evocaciones y remembranzas. Uno de los hallazgos importantes de la investigación adicional que realizó Román Álvarez fue la localización de la partida de bautismo de Manuel Álvarez, asentando así definitivamente su fecha de nacimiento en 1796. Esta información así como otros datos sobre la familia de Álvarez han sido incorporados a esta edición.

Cada libro es el producto de mucha gente dedicada. En el caso de esta obra, estas personas mencionadas más arriba son la razón de su publicación en español. En gran medida, este libro les pertenece.

El estímulo inicial para escribir este libro me lo proporcionaron los profesores Donnald Cutter de St. Mary University y de la Universidad de Nuevo México, Richad Ellis del Centro de estudios del suroeste de Fort Lewis College y Frank Szasz de la Universidad de Nuevo Mexico. Estos investigadores me enseñaron las técnicas de la historia: cómo investigar, organizar notas y compilar la información recabada. También revisaron y corrigieron los primeros borradores. En resumen, sin su orientación nada de esto podría haberse escrito.

Además, no cabe duda de la influencia que ha tenido la experiencia de toda una vida de leer libros escritos por un miembro de mi familia o de escuchar a otros hablar de su obra. Fray Angélico Chávez, mi tío, ha sido una inspiración desde que tuve edad suficiente para leer. Otras personas, como Myra Ellen Jenkins y Bruce T. Ellis me proporcionaron un aliciente que se basaba fundamentalmente en el deseo de no decepcionarles.

No existe sin embargo nada que se pueda igualar en importancia al amor y el apoyo de la familia: ni la inspiración, el ánimo, la paciencia, los documentos disponibles o la educación pueden siquiera remotamente alcanzar ese nivel.

Las palabras escritas son incapaces de expresar el aprecio y agradecimiento que les tengo a mis hijas Nicolasa Marie, también historiadora, y Christel Angélica, tristemente fallecida en 2002. Ellas, al igual que mi esposa Celia, siempre serán una inspiración.

Tampoco se puede describir la deuda contraída con mis padres. La primera vez que visité Abelgas fue con mi padre. Esta biografía fue un intento de que se sintieran orgullosos de mí. Con la esperanza de que haya logrado mi objetivo, este libro escrito por su hijo primogénito y ahora traducido al castellano para ser publicado en uno de sus países favoritos va dedicado a ellos:

Al Juez Antonio E. Chávez

y a

Marilyn S. Chávez.

Introducción

El hombre y su tiempo

Desde 1598, cuando Juan de Oñate condujo a los primeros colonos río Grande/Bravo1 arriba y fundó el reino de Nuevo México, el gobierno central con sede en Ciudad de México prestó una atención más bien mínima al nuevo asentamiento. Gastos elevados y problemas que, aunque minúsculos, resultaban recurrentes, contribuyeron a una falta general de entusiasmo. A lo largo de la historia, la preocupación de México crecía sólo cuando la amenaza del enemigo acechaba, de la misma forma que el miedo a la influencia francesa dominó durante la mayoría del siglo XVIII el interés de España en su frontera norte.

Con el final de la guerra Franco-India, denominada guerra de los Siete Años en Europa, la influencia francesa en América del Norte fue sustituida por los planes que los británicos tenían para el continente; planes que serían alterados cuando trece colonias británicas se rebelaron con éxito y, tras el Tratado de París de 1783, fueron reconocidas oficialmente como los Estados Unidos de América. España temía el entusiasmo del nuevo país y la nueva República de México heredó la suspicacia española. Así, Nuevo México sufrió bajo las distintas políticas y la creciente rivalidad entre los Estados Unidos y un México, caótico políticamente, cuya economía peleaba por salir a flote.

Tanto como asentamiento más antiguo de la civilización europea en el sudoeste de los Estados Unidos y como hogar de la mayoría de los indios pueblo, el valle del río Grande en Nuevo México resulta un buen ejemplo de ajuste cultural, una convergencia de culturas evidente en especial durante la época de la guerra de México. Los años en que el sudoeste de los Estados Unidos perteneció a México se caracterizaron por una población fronteriza cosmopolita, formada por, españoles, comerciantes procedentes de los Estados Unidos, tramperos franceses, indios y mexicanos, entre otros. Los grupos mayoritarios estaban subdivididos y con frecuencia enfrentados unos con otros: ricos frente a pobres, autoridades locales contra federales, anglos frente a no anglos y estadounidenses frente a mexicanos. Ciertas ocupaciones, sin embargo, tales como la de comerciante (mercader) atravesaba todo tipo de barreras étnicas y culturales.

Durante los veinticinco años del periodo mexicano (1821-1846), tuvieron lugar muchos cambios y desarrollos como consecuencia de la independencia que México acababa de obtener: la expulsión de sacerdotes franciscanos de México como resultado de su supuesta lealtad hacia España: una importante revuelta en 1837 contra la autoridad principal de Santa Anna que alentó el deseo de los nuevomexicanos de obtener la independencia del gobierno central; la expedición de Texas a Santa Fe y un aumento del número de ataques indios por nombrar algunos.

Sacerdotes seculares nuevomexicanos instruidos en México jugaron un papel fundamental en el desarrollo del patriotismo nacional de la nueva República de México. Las demandas sobre el río Grande de la frontera de Texas sólo sirvieron para acrecentar la ansiedad nuevo-mexicana de defenderse e ilustraron la escasa habilidad de México o la intención de no ayudar. La falta de interés del gobierno central reforzó la postura defensiva del departamento de Nuevo México, ya que los nuevomexicanos se enfrentaban entonces a otra amenaza además de los indios nómadas: los Estados Unidos de América.

La expansión y exploración de la frontera oeste, parte de la doctrina del destino manifiesto, supuso la creciente imposición de la cultura de los Estados Unidos sobre la del norte de México. Para asegurarse el éxito, la frontera del nuevo país no se había extendido durante mucho tiempo en la costa este o en la cordillera de los Apalaches. Antes de 1800, los pioneros se habían asentado en la parte de la Luisiana española más tarde conocida como Missouri. A éstos pronto les siguieron otros, cuando en 1803, el presidente Thomas Jefferson aprovechó los problemas de Europa para comprar el vasto e indefinido territorio de Luisiana. La población se incrementó rápidamente cuando se fundaron nuevos asentamientos en la parte baja de los valles en los ríos Missouri y Mississippi, lugares que ofrecían nuevas posibilidades, donde había terreno fértil y en los que se habían descubierto depósitos de plomo y sal durante los regímenes francés y español. Los ríos proporcionaban corredores naturales que estimulaban el comercio. El río Ohio que fluye desde el este y el río Missouri desde las llanuras del norte y las montañas Rocosas convergen en el Mississippi, la arteria comercial principal del centro oeste. La posible rentabilidad de las reservas naturales a lo largo de estas vías hídricas convirtió Missouri en el centro de la inmigración anglo-americana.

La especulación del terreno fue consecuencia natural del influjo de población pero incrementó los precios de tal forma que los granjeros no eran capaces de afrontar el pago de su propiedad con el beneficio obtenido de su producción. Cuando los precios de los productos agrícolas cayeron, los granjeros se encontraron cada vez con más dificultades para vender sus productos y conseguir o ampliar su crédito. Durante el pánico nacional de 1819, la frontera sufrió económicamente, especialmente por la falta de capital en especie (oro). Los lingotes que esperaban en la parte central del norte de México supusieron la cura exacta para la desesperación económica que sufría el oeste de los Estados Unidos. Missouri se convirtió en el centro de operaciones para la exploración del oeste y en última instancia de mercancías tales como lingotes y mulas de México y pieles desde las montañas. El “Camino de Santa Fe”, una de las rutas principales a través de las grandes llanuras o “gran desierto norteamericano”, se desarrolló como una ruta que se centraría y se aprovecharía de una provincia distante en el norte de México. Los nuevomexicanos eran fácilmente influenciables por los estadounidenses ya que la distancia y la orografía del terreno habían conseguido romper los lazos de cercanía y lealtad a México.

En los años 1830, los hijos de algunos nuevomexicanos comenzaron a asistir a la Universidad de St. Louis en Missouri, un centro católico. Con el tiempo, más de la mitad del comercio entre Missouri y Nuevo México comenzó a ser controlado por nuevomexicanos2. Santa Fe y Taos se beneficiaron del incremento de la industria generada por la caza y el comercio de pieles y, en gran medida, estas dos comunidades se convirtieron en el centro comercial de esta actividad al sur de las Rocosas, desempeñando un papel similar al de St. Louis para la zona norte y central de las Rocosas. Como resultado del comercio de pieles y del Camino de Santa Fe, se desarrolló una nueva conexión mercantil con California. Hacia mediados de los años 1830 se abrió El Camino Viejo entre Nuevo México y el sur de California (a Los Ángeles) lo que supuso que se condujeran rebaños de ovejas hacia el oeste para intercambiarlas por dinero que pudiera ser invertido en el comercio destinado a Missouri. El descubrimiento de oro en California incrementó el comercio ovino y se estableció, finalmente, la ruta de Whipple, una ruta más directa a través del hoy Flagstaff, Arizona.

Los problemas, no obstante, acompañaron a las ventajas financieras que se estaban logrando. Nuevo México se encontraba perfectamente situado geográficamente para encontrarse involucrado en la cuestión de la anexión, ya que, la nueva República de Texas, lograda su independencia en 1836, reclamaba el río Grande como frontera oeste. La mitad de Nuevo México, incluida Santa Fe, su capital y centro comercial, entraba dentro de esa demanda. Nuevo México también poseía un buen emplazamiento entre los puertos de los Estados Unidos y los puertos de San Diego y San Francisco en California. Controlar estos puertos del océano Pacífico proporcionaría a los Estados Unidos una ventaja evidente sobre otras naciones en competición por el comercio del Oriente. El presidente Andrew Jackson había intentado que Texas expandiera la demanda sobre su frontera oeste incluyendo California y durante la guerra México-americana, California se convirtió en el premio a lograr cuando el ejército estadounidense avanzó a través de Nuevo México de camino a la costa oeste.

En un Nuevo México aislado dominaba la pobreza y la población había desarrollado una actitud de independencia con relación al gobierno central3. Los nuevomexicanos no desempeñaron ningún papel en la revolución que llevó a la independencia de México en 1821; la mayoría ni siquiera se dieron cuenta de que el país estaba en guerra hasta meses después y de haberlo sabido probablemente tampoco habrían participado en ella. Se habían acostumbrado tanto a su independencia política, a su aislamiento y sentían tan poca conexión con las autoridades centrales que resistían cada vez con más intensidad los intentos tardíos de dominarles desde el sur. Estas circunstancias, con el tiempo, dejaron la provincia a merced de influencias extranjeras y así fue como una sociedad tradicionalmente beligerante contra Ciudad de México fue sometida casi sin resistencia por una sociedad y un gobierno ajeno a ella. En 1846, el general Stephen Watts Kearny avanzó sus tropas hasta Santa Fe, para culminar una ocupación militar estadounidense que, de hecho, ya había comenzado algún tiempo antes.

El año 1846 supuso, por tanto, uno de los acontecimientos más significativos en la historia de Norteamérica. Los Estados Unidos pasaron de ser 13 Estados concentrados en un espacio reducido en la costa atlántica, expandiéndose sobre un vasto territorio, a convertirse en una nación transcontinental. Los españoles también se habían mantenido ocupados expandiendo sus asentamientos hacia el norte, alejados de Ciudad de México, culminando en lo que el historiador Herbert E. Bolton llamó la frontera española (The Spanish Borderlands). El asentamiento español en el sudoeste norteamericano era un hecho consumado mucho antes de que los peregrinos arribaran a Nueva Inglaterra. Las dos culturas se encontraron en la frontera española. Aunque Texas y California desempeñaron cada una un papel, la posición geográfica crucial le pertenecía a Nuevo México que tenía mucha más población española que Texas o California. A los ojos de los mexicanos, el departamento de Nuevo México tenía una importancia más consolidada con relación a las otras comunidades fronterizas.

Estos dos factores –una población consolidada que tenía un sentimiento de independencia y una localización geográfica– no hicieron más que causar problemas para el territorio cuando cayó bajo el dominio de los Estados Unidos. Intentar conseguir la condición de Estado cuando una guerra civil estaba en ciernes en los Estados Unidos no resultó tarea fácil: Nuevo México se convirtió en una parte integrante del Compromiso de Missouri de 1850. Sufrió las consecuencias de las opiniones contradictorias sobre mexicanos y católicos y se involucró de manera profunda en las demandas fronterizas de Texas. Los Estados Unidos parecían tener una completa falta de preocupación y los nuevomexicanos protestaron desde el principio. El resultado supuso un retraso en la aceptación de Nuevo México como Estado de la Unión hasta 1912.

Manuel Álvarez fue un hombre capaz de adaptarse a las distintas condiciones de este lugar y momento crucial. Parecía representar todo aquello que podría causar su caída pero supo utilizar su inteligencia y personalidad ganadora para convertirse en un miembro fundamental de la compleja sociedad nuevo mexicana. Nacido en León, España, ciudadano mexicano y cónsul de los Estados Unidos en Santa Fe, Manuel Álvarez hablaba con fluidez inglés, español y francés. Asimismo, en distintas ocasiones fue viajero, trampero, comerciante, ganadero, juez ex officio, político y oficial electo. Aunque tenía una educación formal, su inteligencia era aparentemente del tipo de las que saben utilizar la experiencia práctica puesto que se adaptaba rápidamente a la vida en la frontera entre dos países.

Existen muchos “gigantes” históricos del periodo mexicano, sin embargo, Manuel Álvarez aún no ha sido considerado uno de ellos, aunque su presencia influyó en el proceso histórico. Por su tendencia a no llamar la atención, los historiadores han pasado por alto sus contribuciones, a pesar de la gran cantidad de documentos que dejó en varios archivos. Álvarez, aparentemente, era una de esas personalidades que trabajan mejor entre bastidores, pasando así desapercibido y dejando que el historiador se enfrente con el problema de determinar tanto su papel como su impacto en los asuntos nuevomexicanos y del oeste de los Estados Unidos en general.

Como comerciante de pieles, Álvarez llegó a capitanear un grupo de cuarenta hombres; pasó cinco años en las Montañas Rocosas centrales y fue uno de los descubridores de la maravilla de lo que hoy conocemos como el parque nacional de Yellowstone. Utilizó su experiencia y su amistad con Charles Bent para convertirse en un comerciante prominente en la Ruta de comercio de Santa Fe. Como cónsul de los EEUU en Nuevo México, Álvarez realizó las mismas funciones que su homólogo en California, Thomas O. Larkin. A Larkin se le atribuye el haber preparado el terreno para la toma de la California mexicana por los Estados Unidos, pero la expansión hacia California estaba sujeta a la ocupación con éxito de Nuevo México. La historia parece indicar que Álvarez tuvo éxito en preparar Nuevo México para la conquista. ¿Representó un papel tan importante en la expansión de los EEUU como el de Larkin?4

Como cónsul, Álvarez tenía la obligación de velar por los derechos de los ciudadanos estadounidenses que llegaban a los asentamientos del norte de México. Estas gentes eran normalmente comerciantes o tramperos quienes protestaban con frecuencia de las técnicas de México para cargar impuestos. Algunas veces, los ciudadanos estadounidenses se veían envueltos en situaciones que llevaban a Álvarez prácticamente a arriesgar su vida. Tras la ocupación, sin embargo, Álvarez se alió con los ocupados, posiblemente para hacer que la transición fuera lo más indolora posible. En 1847, cuando estalló una revuelta en Taos, las bajas incluyeron, entre otros estadounidenses y sus partidarios, al gobernador Charles Bent. El ejército de los Estados Unidos sofocó la violencia cuando tomaron al asalto la iglesia de Taos y capturaron al resto de los insurgentes que habían buscado refugio allí. Los rebeldes acusados fueron juzgados y procesados por muchos de los familiares de los difuntos. Como los insurgentes fueron acusados de traición, Álvarez fue llamado a investigar la legalidad del juicio. ¿Eran traidores o eran ciudadanos mexicanos y patriotas que se resistían al ejército extranjero invasor? Resultó ser una cuestión muy difícil de responder.

Con el final de la guerra, Álvarez retomó la causa de los nuevomexicanos, esta vez como líder del partido en pro de la constitución del Estado que se enfrentó directamente con el partido territorial en el gobierno. Como teniente gobernador elegido y gobernador en funciones, Álvarez y su cohorte Richard Weightman se hicieron oír en los órganos de gobierno más altos de los Estados Unidos. Esta lucha supuso para Álvarez y sus partidarios tanto una victoria como una derrota así como el esfuerzo más grande que realizaría hasta su muerte.

1 (N.T.) La dicotomía se presenta por la denominación del río dependiendo de la zona geográfica. Mientras en México es el río Bravo o el río Grande del Norte, en los Estados Unidos, la denominación es la de río Grande.

2 Eugene T. Wells. “The Growth of Independence, Missouri, 1827-1850”, Missouri Historical Society Bulletin 41, no1 (October 1959): 42; R.L. Duffus, The Santa Fe Trail (New York: Longmans, Green, 1930), p. 184.

3Algunos historiadores argumentan que la pobreza no reinaba, señalando que muchos nuevomexicanos hicieron fortuna por medio del ganado ovino en el Camino de Santa Fe. Mientras que esto puede ser verdad, la realidad de la distancia de Nuevo México contrarresta esta riqueza. Un vistazo rápido a la clase de mobiliario, juguetes, utensilios y otros enseres utilizados por nuevomexicanos demuestran ampliamente los efectos de la distancia, incluso entre los relativamente bien situados económicamente.

4 Larkin era el cónsul de los Estados Unidos, en Monterrey, California en el tiempo en que Álvarez fue cónsul en Nuevo México.

Capítulo 1

El español viajero

Manuel Álvarez nació en 1796 y pasó su infancia con sus dos hermanos: Ángel y Bernardo y sus tres hermanas: María, Basilia y Engracia en la montaña, en su pueblo natal de Abelgas, situado en la ladera sur de la Cordillera Cantábrica en la provincia de León, en el norte de España. Bajo la atenta mirada de sus padres, Don José Álvarez y Doña María Antonia Arias1, Álvarez llegó a dominar el francés además del castellano, su lengua nativa, y desarrolló una ambición juvenil de convertirse en escritor. Esta ambición le condujo en última instancia a redactar escritos conmemorativos y documentos oficiales e incluso a publicar algunos artículos para una revista madrileña. Ávido lector, se familiarizó rápido con los escritos de Thomas Carlyle, Sir Walter Raleigh y Benjamin Franklin así como los de muchos escritores españoles. Su interés por la historia se refleja en sus diarios en los que escribió sobre la guerra de Independencia norteamericana y sobre la conquista de México por Hernán Cortés y comparó las obras del jesuita mexicano Francisco Clavijero, quien escribió La Historia Antiqua de México, y del noble prusiano Alexander von Humboldt, autor del Ensayo Político Sobre el Virreinato de Nueva España”2.

Quizá sea el adjetivo “curioso” el que mejor describa a Álvarez: le interesaba la gente y los nuevos territorios; su curiosidad queda evidenciada en sus diarios, en los que anotó con exactitud sus impresiones, pensamientos e ideas. Expresó una preocupación sincera por su país de adopción: “México no debe vanagloriarse de que el mundo se arrodille ante él solicitando entrada en sus puertos. De ninguna manera. El país necesita el flujo de extranjeros, artesanos y trabajadores. A esta gente, sin embargo, se la debe atraer antes”, y continuó: México “debe probar que es merecedor de ellos… asegurándoles un futuro próspero”. La mayoría de sus conclusiones, si no todas, venían de sus conocimientos históricos, un tema que definió en una cita de Thomas Carlyle: “La historia… es la filosofía enseñando con el ejemplo. Antes de que se pueda enseñar filosofía, la filosofía debe estar en las lecturas; la experiencia debe ser recogida y documentada de forma inequívoca”3.

La obra de gran alabanza documentada de Álvarez fue la otorgada a Hernán Cortés, el español que derrotó a los aztecas y fundó la ciudad de México en 1522. Álvarez escribió sobre Cortés que éste no había sido como mucho “sino un magnifico pirata alrededor del cual se habían reunido una tropa de aventureros necesitados y valientes soldados muy hambrientos de conquista y con temperamento de filibusteros. [Sin embargo], resulta innegable que él [fue] un hombre de una capacidad mental extraordinaria –valiente, sagaz, calmado, resistente, intrépido; hombre de estado, orador, historiador, soldado y poeta. Reunió en su persona todos los atributos netamente masculinos además de éxito, determinación indomable…”4 A Álvarez le interesaba, sin duda alguna, Cortés como persona. Una cita atribuida a Robert Walsh que se encuentra unas páginas más adelante en el libro de anotaciones de Álvarez revela otro aspecto del interés de Álvarez por este hombre de tantas dotes: “Esfuerzo sin descanso y qué forma más buena de pensar correctamente, de actuar honradamente y de aprovechar la vida, porque el logro de estos grandes fines de este ser innato constituye, de hecho, la seguridad fundamental de la felicidad mundana”5. Álvarez comprendía el contexto histórico y estudió las posibilidades sobre las contribuciones del individuo dentro de tal contexto. Entendía que al igual que Cortés, él también tenía aspectos negativos y que alcanzar cualidades positivas dependía de tomar la determinación de esforzarse por obtener objetivos loables.

En 1818, a la edad de veintidós años, Álvarez empezó a sentir otras inquietudes y partió hacia México, en busca de aventuras. Allí fue testigo del caos que derivó en la independencia de México de España en 1821. En 1823, abandonó la nueva república para irse a Cuba, todavía parte del imperio español que se desmoronaba. En La Habana, recibió un nuevo pasaporte español de manos de las autoridades españolas y, sin perder tiempo, se embarcó hacia Nueva York y, en el mismo año viajó a Missouri. Probablemente, conoció allí a Eugenio Álvarez, un carpintero y comerciante que era uno de los colonos originales españoles en San Luis. Aunque no se sabe si Eugenio Álvarez era pariente de Manuel, conocerle posiblemente resultó beneficioso para el recién llegado, dadas las ambiciones de Manuel en temas de negocios. Eugenio le pudo presentar a muchas personas influyentes y ser una fuente de información6.

Una vez en el Estado fronterizo, no obstante, Álvarez debió mostrarse ansioso por regresar a México. Además de reunirse con restos de la población hispana, no pudo evitar encontrarse con muchos tramperos y comerciantes que se congregaban en San Luis. Por ellos supo que se había abierto el Camino de Santa Fe y de las muchas oportunidades que aguardaban en Nuevo México, entonces departamento del norte de México. Comenzó los preparativos para el viaje de vuelta, solicitando un pasaporte al gobernador de Missouri, Alexander McNair. Iba a llevar con él once compañeros de viaje, incluidos Louis y Esadore Robidoux y Antoine Lamanche. Todos ellos eran comerciantes y la mayoría tenían apellidos franceses o españoles. Álvarez y sus acompañantes recibieron sus documentos de viaje el día 3 de septiembre de 1824. En estos documentos, escritos en español y en inglés, McNair alababa a estos hombres con comentarios como: “estos comerciantes que van a México son ciudadanos de los Estados Unidos que conozco bien”. Su pasaporte describía a Álvarez físicamente: 1,70 m de estatura, bien afeitado, pelo y cejas negras. Tenía una nariz aquilina y complexión clara que se oscurecería con el tiempo debido a los años de exposición al sol justiciero del sudoeste de los Estados Unidos7.

El 30 de septiembre de 1824, el ya muy viajado español comenzó su viaje a través de las llanuras hacia Nuevo México. Cualquiera que viajara por la ruta de Santa Fe desde Ciudad de Mexico tenía que hacerlo durante 1.500 millas de trayecto por territorio habitado por indios hostiles. Álvarez caminó más de 800 millas, una ruta aún peligrosa pero no tan dura ni hostil. El comercio entre el norte de México y el oeste de los Estados Unidos se había convertido en lucrativo. Por designio o por accidente, Álvarez había encontrado un lugar y un momento especialmente apropiado para un joven aventurado con aspiraciones de éxito como comerciante.

El viaje se convirtió en una experiencia beneficiosa para Álvarez. Aparte de conseguir beneficios económicos inmediatos, este comienzo de aventura y camaradería le iba a ser muy útil durante toda su vida ya que la familia Robidoux, compuesta por nueve hermanos representaba un papel muy influyente en el comercio de pieles en el Sudoeste de los Estados Unidos y siguió haciendo tratos con Álvarez durante muchos años. Tras la llegada del grupo a Taos, a finales de noviembre de 1824, a Álvarez lo contrató Francisco Robidoux, hermano de Louis y Esadore, y al año siguiente se vio involucrado en el embargo por parte de México de la mercancía de su patrón. Robidoux y Álvarez resolvieron el problema pagando al oficial mexicano una cantidad de dinero aparentemente adeudada de antes8.

El español solicitó inmediatamente la nacionalidad mexicana pero se le negó por los documentos que el gobernador McNair había redactado en los que Álvarez aparecía como ciudadano estadounidense. Mientras esperaba que se aclarara este asunto, Álvarez comenzó a explorar la zona alrededor de su nuevo hogar adoptivo. Algo acerca de Santa Fe, la ciudad fronteriza atrajo su atención. Es posible que la topografía y el clima le recordaran a su León de origen. Santa Fe se encuentra a 7.000 pies sobre el nivel del mar al pie de las montañas de Santa Fe o Sangre de Cristo que alcanzan una altitud por encima de los 3.676 metros. El río Santa Fe, en realidad, un arroyo, así como algunos manantiales locales, proporcionaban suficiente agua. En el reguero había sabrosas truchas, pez que a Álvarez le era familiar por el arroyo del mismo caudal que discurría por su pueblo natal de Abelgas. Robustos álamos y bosques alpinos dejaban paso gradualmente a coníferas más bajas que crecieron en la ciudad antes de que fueran utilizados como lumbre. También crecían robles y olmos alrededor del arroyo.

A pesar de las distancias, del clima árido y de los indios hostiles, Álvarez decidió quedarse en Nuevo México y construyó su hogar entre una gente que era hispana como él y cuyos ancestros habían desafiado esta frontera más de tres siglos atrás. En el momento de su llegada, la mayoría de los nuevomexicanos vivían en asentamientos enlazados a lo largo y ancho del valle del río Grande desde El Paso a Taos. Ninguno de los asentamientos, aparte de Santa Fe y Santa Cruz, era numeroso. Eran pequeñas comunidades cada una con una población de menos de mil habitantes que vivían en casas de adobe de tejado plano que parecían diseminadas al azar9. Aproximadamente 5.000 personas vivían en Santa Fe- apenas una metrópoli comparada con algunas de las ciudades a las que Álvarez ya había viajado, aunque fuera la capital de Nuevo México desde 1610. La mejor representación de la comunidad a principios del siglo XIX la hizo el teniente Zebulon Montgomery Pike, un militar estadounidense apresado en el territorio español en 1806: como una “flota de barcos de fondo plano de aquellos que se ve descender por el río Ohio en primavera y en otoño”10.

Las calles eran gastados caminos de tierra y Santa Fe no pudo presumir más que de sucios suelos en las casas hasta los años 1830. Al este de la plaza11 se encontraba situada la parroquia que recibía el nombre de San Francisco. En la parte sur de la plaza había casas, comercios y una capilla militar. Al oeste, más casas y establecimientos. Un edificio de una planta y tejado plano al norte de la plaza alojaba al gobernador, al personal y a los soldados regulares del regimiento militar que había sido de hasta 110 hombres durante el dominio español. El edificio había sido construido en un principio como prisión o fuerte a la fundación de Santa Fe y recibió el nombre de “Casas Reales” o “Presidio Real” durante la mayor parte de su historia. Aparentemente, a causa de la revolución terminada poco tiempo antes, los ciudadanos de la nueva república independiente le dieron al edificio el nombre de Palacio del Gobierno12. Aunque otros extranjeros criticaron con frecuencia las casas de adobe en las que vivían los mexicanos, Álvarez entendía su valor en aquel ambiente. El adobe le era familiar ya que en León, su provincia de origen, se utilizaban técnicas de construcción similares

Álvarez iba pronto a aprovechar el potencial de beneficio que tenía su nuevo hogar. Mientras el gobierno español pre-revolucionario había mantenido un sistema mercantil que prohibía el comercio exterior, las autoridades mexicanas que gobernaron tras la revolución no dudaron en abrir sus fronteras de par en par al comercio internacional. Los nuevomexicanos, hambrientos desde tiempo atrás de mercancías útiles acogieron esta oportunidad con agrado. En noviembre de 1821 el gobernador Facundo Melgares recibió calurosamente a William Becknell y su pequeño grupo de comerciantes, la primera misión de comercio legal que venía de los Estados Unidos. En los cuatro meses posteriores a que el gobernador Melgares jurara lealtad a México, tres grupos de comerciantes llegaron a Santa Fe. El futuro se tornaba positivo para los nuevomexicanos.

Los estadounidenses estaban igual de interesados en nuevos mercados. Muchos habitantes de Missouri, la mayoría granjeros, se habían visto forzados a comerciar con los indios para proporcionarse sustento, pero las minas de la parte central del norte de México dieron en especie –plata y oro. En 1822 cuando Becknell regresó con informes entusiastas sobre la ruta de comercio de Santa Fe, la impaciencia de los de Missouri por vender sólo se vio igualada por el deseo de los mexicanos de comprar13. Santa Fe era un punto de intercambio para las mercancías de Missouri y el metal precioso de México. El Camino de Santa Fe acababa en la capital del departamento y el Camino de Chihuahua continuaba desde allí adentrándose en México. Así, en el periodo de un año desde la entrada de Missouri en la Unión, las circunstancias geográficas y económicas habían formado una sociedad comercial entre el nuevo Estado y el nuevo país: una sociedad que significaba una nueva fuente de riqueza para la tradicionalmente olvidada ciudad fronteriza de Santa Fe. Cuando Álvarez llegó a Nuevo México, las caravanas desde y hacia Missouri ya llevaban tres años obteniendo enormes beneficios14.

La profesión de Álvarez cumplía de forma parcial los estereotipos mexicanos creados sobre los peninsulares, los nacidos en España, a quienes veían como hombres de negocios que cosechaban riqueza a expensas de los criollos, los españoles nacidos en México. La envidia que tenían los criollos de los españoles peninsulares fue sin duda una de las razones para el estallido de la revolución mexicana. El hecho de que Álvarez hubiera dejado el centro de México para volver a entrar en el país por su remota frontera norte, primero como ciudadano estadounidense, después como solicitante de ciudadanía mexicana y que se hubiera asentado como próspero comerciante en un nuevo punto de entrada hizo que sus actividades resultaran más sospechosas, ya que parecía incorporar todas las características que los criollos consideraban como amenaza.

Con el dinero que pudo haber ganado en México, Álvarez abrió inmediatamente una tienda en la vieja capital, en Santa Fe –una tienda que regentó en persona hasta 1829 y controló durante el resto de su vida. Su negocio le permitió permanecer en contacto con los muchos comerciantes de Missouri y con los tramperos de los vastos e inexplorados territorios más allá de Santa Fe e intentó aprender en persona sobre el creciente comercio de pieles en la zona norte de Nuevo México.

Mientras William H. Ashley desarrollaba un nuevo sistema de cazar pieles y comerciar con ellas para San Luis, el norte de Nuevo México llevó a cabo la misma trasformación pero más deprisa. Ashley merece mención por conducir la industria en general lejos de su dependencia de la vía fluvial y por desarrollar el sistema de encuentro en el que los hombres se quedaban en las montañas y la compañía recogía sus cosechas. Los hombres que trabajaban fuera de Nuevo México, sin embargo, no habían dependido nunca de las vías fluviales. Allí simplemente no había ríos importantes navegables que llevaran a sus mercados. Con las pieles que llegaban a las ciudades de Taos y Santa Fe, y bien situadas en el norte de México, Álvarez y otros se las arreglaron para conseguir beneficios utilizando el Camino de Santa Fe a San Luis15.

En relación con su nuevo negocio, Álvarez realizó dos viajes más a Missouri. El primero de ellos –con Louis Robidoux, Vicente Guiron, Thomas Boggs, Paul Padilla y otros diez– les reportó muchos beneficios cuando llegaron a Franklin, Missouri en 1827 con alrededor de 30.000 dólares en especie y varios cientos de mulas16. Inmediatamente después de su regreso de Taos en noviembre, Padilla y Álvarez comenzaron a intentar conseguir más pieles. Álvarez fue a Abiquiu a hacer ofertas y compró al menos doce pieles a Bernardino Váldez17. En condiciones normales era más barato comprar las pieles que cazar sin licencia y la mayoría de los tramperos evitaban quebrantar la ley comprando pieles a ciudadanos mexicanos que, a su vez, las habían adquirido de los indios, normalmente de los Ute. Quedaba el riesgo de levantar las sospechas de las autoridades mexicanas, quienes parecían asumir que cualquier trampero estadounidense que poseyera pieles las había obtenido de manera ilegal. Álvarez se vio involucrado en un caso de ese tipo cuando las pieles de Guiron fueron confiscadas por el comandante de Santa Fe el 21 de febrero de 1828. Guiron utilizó a Álvarez como traductor en la vista ante el alcalde de Santa Fe: Juan Estevan Pino18.

El 20 de marzo de 1829, el gobierno central de México promulgó una ley por la que todos los ciudadanos españoles, nacidos en España, tenían que abandonar el país. Los españoles en Nuevo México tenían un mes para abandonar la frontera y tres meses para dejar México y aquellos que no tuvieran recursos recibirían dinero para que pudieran llegar a los Estados Unidos. El nombre de Álvarez apareció en una lista de españoles en Nuevo México y así, con otros nueve, tuvo que marcharse. Era un momento oportuno para encaminarse a las montañas y vivir la vida del trampero19.

La industria de la caza y del comercio de pieles se encontraba en pleno apogeo cuando Álvarez, a sus casi 33 años, decidió probar suerte. La competición era fuerte entre varias compañías peleteras así como entre países. Muchas expediciones y tramperos habían utilizado la zona de Santa Fe y Taos como base de operaciones tras la independencia de México. Álvarez y su socio, J. Halcrow, también comerciante en Santa Fe actuaron como tramperos independientes asociándose a P.D. Papin y compañía, un grupo que ya antes había establecido contratos de negocios con la tienda de Álvarez y quizá uno de los motivos de Álvarez para irse a las montañas fuera incrementar el negocio de su tienda con compañías peleteras.

Buena parte del territorio al norte hacia Colorado y Utah, era familiar a los nuevomexicanos desde hacía largo tiempo. El comercio con los Ute se había establecido ya bajo el dominio español y continuó hasta 1847 cuando los mormones se instalaron en Utah. Los tramperos de pieles descubrieron que Taos era prácticamente un paraíso donde podían descansar tranquilos. Con Halcrow, sin embargo, Álvarez fue mas allá de las regiones vecinas; los dos comerciantes sirven para ilustrar el papel que los hombres de la frontera norte de México desempeñaron a lo largo del oeste estadounidense. En esta primera expedición, Álvarez actuaba desde fuera del Fuerte Teton y cazaba en los ríos Teton, Little Missouri y Yellowstone20.

En 1831, Papin y compañía se hicieron con el control de la American Fur Company y Álvarez y su socio cazaron bajo su auspicio para Andrew Drips en la zona noroeste de lo que hoy es el parque de Yellowstone. Álvarez pasó el invierno de 1832-1833 con Drips y con una brigada de la American Fur Company en la bifurcación del río Snake. Febrero fue un mes de clima suave y el deshielo llegó en marzo así que Drips puso a cuarenta tramperos bajo las órdenes de Álvarez quien partió Henry Fork arriba con la intención de cazar en el río Yellowstone. Drips condujo al resto de los hombres a otro sitio y finalmente se reunió con Álvarez en el río Green a final de la caza primaveral. El deshielo temprano, sin embargo, no trajo consigo un tiempo suave y Álvarez pronto se quedó estancado en el río Henry Fork con más de medio metro de nieve. Tan pronto como las condiciones lo permitieron, Álvarez condujo a su grupo hacia la zona del río Yellowstone, haciendo historia cuando encontró la cuenca del gran geiser. Hasta ese momento, cosas tales como los geiseres habían sido mitos y rumores. Aunque puede ser que otros euro-americanos los hubieran visto, el único del que se sabe que visitó la zona fue Daniel T. Potts en 182521. Buscando pieles y evitando a los indios Pies negros, Potts había visto algunos geiseres y al menos había oído las explosiones de Old Faithful en 1826. Si bien no creyó que aparentemente los geiseres fuesen un gran descubrimiento, sin embargo, describió lo que vio en una carta a su hermano: unas cuantas “fuentes de agua caliente y de agua hirviendo, algunas de agua y otras de la más hermosa arcilla” que lanza “partículas a una altura de entre veinte y treinta pies”. Potts añadió que en otros lugares azufre puro “era impulsado hacia adelante en abundancia”, acompañado, en un caso, por “terribles temblores” y una “explosión”… “que recordaba a la de los truenos”22.

Álvarez compartió su descubrimiento en 1833, despertando la curiosidad del resto y dirigiendo las visitas de otros, a destacar la de Warren A. Ferris y Osborne Russell, quienes viajaron a los geiseres al año siguiente de reunirse con Álvarez y sus hombres23. Ferris se dio cuenta de que el agua salía disparada 150 pies en el aire aunque “el grupo de Álvarez que la descubrió, [la fuente más grande], insiste que no podía ser menos de cuatro veces tan grande”. Ferris y Russell contaron su experiencia en las historias que harían famosa la zona24. El mito y la leyenda se habían convertido en realidad palpable.

Álvarez demostró tener no menos éxito en sus aventuras que el que había tenido con su negocio: ascendió a “capitán” o jefe de brigada para la compañía peletera y, en la reunión del verano de 1833 en río Verde, recibió un cheque de Lucien Fontenelle, que representaba a la American Fur Company, por valor de 1.325,98 dólares25. Una vez más, Álvarez había demostrado sus habilidades actuando por encima de la media y recibiendo los honorarios correspondientes. Su habilidad para destacar en cualquier actividad que intentara y para, entre tanto, hacer amigos leales se convirtió en su rasgo más significativo.

Aparentemente, después de que pasaron cinco años, el deseo de México de expulsar a todos los españoles se calmó puesto que Álvarez estaba de vuelta en Santa Fe en 1834 dirigiendo su tienda con un nuevo socio: Dámaso López, otro español peninsular que tenía experiencia en los negocios y que ya había llegado a Nuevo México en 182026. En 1883, López había estado involucrado en la demanda de José Francisco Ortiz por una mina 20 millas al sudoeste de Santa Fe. En calidad de representante del gobierno, López inspeccionó la mina y aprobó la reclamación a favor de Ortiz y su socio, Ignacio Cano. Como ninguno de los dos socios tenía experiencia en minería, tomaron a López como tercer socio, pero una vez que la mina comenzó a producir, éstos se acogieron a una ley de la República Mexicana que prohibía a los extranjeros realizar actividades mineras. Como consecuencia de esta ley, López, que era español, quedó eliminado de la sociedad. La venganza pudo ser un motivo oculto en el asunto: López, en nombre de un comerciante de Chihuahua llamado Lorenzo había iniciado con anterioridad un pleito contra Ortiz y Fernando Delgado en Santa Fe el 19 de junio de 182027. Cualesquiera que fuesen las causas de la separación de la empresa minera Ortiz-Cano, López se unió a Álvarez poco tiempo después28.

Con todas las amistades que había hecho, el conocimiento que había adquirido como trampero y con López, Álvarez se encontraba mejor equipado para manejar los objetivos comerciales de la industria de pieles, aunque sus ventas de pieles en San Luis no llegaran nunca a representar una parte importante de su comercio total29. Ya en 1830, había habido signos de que la industria de la caza de pieles se encontraba en proceso de desaparecer30, incluso a pesar de que, en 1835, las pieles de nutria, menos apreciadas que las de castor, podían llegar a venderse hasta a tres dólares por libra en Nuevo México31. Los británicos habían extinguido la caza de pieles en el territorio de Oregón y las Rocosas Centrales estaban siendo esquilmadas a un ritmo alarmante. La competición entre las compañías además de entre los propios tramperos, junto con la popularidad creciente del sombrero de seda en lugar del de castor significó el fin de la caza del castor como ocupación para obtener beneficios. De hecho, la American Fur Company para la que Álvarez había trabajado, tenía nuevos propietarios. La gestión anterior, que incluía a uno de los hombres más influyentes de las montañas, Jedediah Smith, supo cuando retirarse del negocio. Smith y sus socios como tramperos experimentados representan cuando es el momento oportuno de abandonar el comercio de pieles32. Otros, sin embargo, arriesgaron sus vidas cazando más al norte, dentro del territorio de los hostiles indios Pies Negros, o se mudaron al sur de las Rocosas. Este hecho, en su momento, le dio al norte de Nuevo México la oportunidad de hacerse con parte del comercio de pieles que tradicionalmente habría ido directamente hacia San Luis.

Mientras tanto, la mirada de Ciudad de México se había dirigido hacia el norte, hacia el lejano Departamento de Nuevo México y Álvarez se encontró atrapado en los a veces violentos cambios que siguieron. Ya en 1835, el presidente mexicano Antonio López de Santa Anna, había intentado centralizar su gobierno para obtener más control sobre los departamentos de México que se encontraban alejados de la capital. Nombró al teniente coronel Albino Pérez, uno de sus seguidores, gobernador de Nuevo México. Al vivir en aparente aislamiento de la vida política de Ciudad de México, los nuevomexicanos se habían acostumbrado a que un jefe local les gobernara, y a la vida sin impuestos. Una teoría local sostenía que el riesgo de vivir más allá de la frontera, en un territorio rodeado de indios hostiles y en el que el gobierno central dejaba que la defensa dependiera principalmente de sus habitantes, suponía suficiente impuesto. Así, la relación del nuevo gobernador, que estaba casado con una mujer del lugar, junto con su subida de impuestos preparó a la población para una revuelta. El 1 de agosto de 1837 la resistencia estalló ante el arresto del alcalde de Santa Cruz de la Cañada. El alcalde, Juan José Esquibel, había desobedecido la autoridad del gobernador al sacar a un pariente de la cárcel y se había negado a aceptar la orden directa del gobernador de encarcelarlo de nuevo y pagar una multa. Este episodio fue una de las afrentas más obvias de Esquibel y finalmente forzó al gobernador a mandar arrestar al alcalde. Esquibel fue liberado inmediatamente por una multitud y la violencia subsiguiente tuvo como consecuencia varias muertes, entre ellas la del gobernador de Santa Anna y la del adversario más importante de Pérez: José González33.

Con el estallido de las hostilidades, las fuerzas leales lideradas por el gobernador Pérez se habían visto obligadas a confiar en mercaderes extranjeros, estadounidenses incluidos, para recibir provisiones y dinero. Los comerciantes habían aceptado porque “no habría sido muy seguro denegarles anticipos”34. Además, ya habían hecho negocios en buenos términos con esta gente antes y los salarios de los funcionarios del gobierno normalmente habían sido suficiente aval. Por si los sueldos no bastaban, la aduana local garantizaba las deudas ofreciendo las ganancias de la próxima caravana como aval35. Los comerciantes estadounidenses no esperaban que las fuerzas gubernamentales fueran derrotadas en la primera batalla, tras lo cual, los revolucionarios se dividieron el botín y no mostraron ninguna intención de asumir las deudas de los vencidos36.

Manuel Armijo, un nuevomexicano rico o adinerado de la zona de Bernalillo, al sudoeste de Santa Fe, surgió como nuevo gobernador. La revuelta inició su legendaria reputación de poseer una inteligencia militar, por no mencionar su naturaleza despiadada cuando mandó ejecutar a González. Álvarez, español de nacimiento, mexicano de conveniencia y comerciante por querencia simpatizó con el caso nuevomexicano por el gobierno local. Después de todo, la política conservadora de Santa Anna no iba sino a entorpecer los intereses de sus negocios y Armijo actuaba con permiso del gobierno central. No había fondos previstos para repagar los préstamos obtenidos de los comerciantes estadounidenses y un oscuro futuro se cernía sobre la clase comerciante no mexicana. Aparentemente Armijo sancionó el proyecto de ley por medio de una asamblea central convocada para el 27 de agosto de 1837 en la que los insurgentes aprobarían formalmente “la división de la propiedad de los fallecidos [el gobernador Pérez, González y sus socios] entre las personas destacadas del partido ahora en el poder, dejando así a los acreedores de los fenecidos sin esperanza de recuperar lo adeudado”37. Como Armijo era funcionario de ese gobierno al que los comerciantes se habían visto obligados a ofrecer apoyo monetario, estos se vieron sorprendidos por esta resolución. El gobernador, sin embargo, agradeció a los estadounidenses su ayuda financiera. Álvarez y los demás sintieron que una forma de devolución futura de la ayuda inicial era demostrar su apoyo y su confianza en la nueva administración, aportando una contribución de 410 pesos para el “restablecimiento del orden en Nuevo México”38.

Sin posibilidad de recurrir la decisión, los estadounidenses enviaron un memorándum al ministro estadounidense de asuntos mexicanos, Powhatan Ellis. Creyeron que sólo se podría hacer justicia por medio del gobierno nacional mexicano; como la asamblea local general había decretado que no les iban a pagar, el problema fue contemplado como un acto deliberado de los nuevomexicanos. Sólo el gobierno nacional mexicano podría remediar la situación. Entre los firmantes del memorándum estaban Álvarez, Josiah Gregg, P.W. Thompson, L.L. Waldo y Esadore Robidoux, todos ellos destacados comerciantes. El documento parece haber sido escrito en parte por Álvarez39. No parece que Ellis mostrara mucho interés en el asunto40 y el gobierno nacional mexicano no prestó más consideración de la que había mostrado el gobierno local. Ni los mexicanos ni los comerciantes ignoraban el hecho de que Texas se había sublevado en 1836, en gran parte por las mismas razones que motivarían a los nuevomexicanos insurgentes un año más tarde. A los funcionarios mexicanos seguramente se les habría pasado por la imaginación la suposición de que habían sido extranjeros quienes lideraran la revuelta en Nuevo México al igual que habían hecho en Texas.

Álvarez, sin embargo, persistió en su empeño aunque el gobierno local rehusó ceder. En agosto de 1838, recibió respuesta a una de sus preguntas cuando el secretario de Estado le trasmitió otra negativa de Armijo. El comunicado concluía con la declaración de que el gobierno necesitaba tiempo para concluir “otro negocio”41, en otras palabras, la administración de Armijo no quería ser molestada con la petición.

Dos años después de la petición inicial, Álvarez, estampó su firma al principio de una lista aneja a otro memorándum, un segundo intento de recibir el pago por las demandas provenientes de los disturbios de 1837. Entre los cofirmantes se encontraba Charles Bent42, amigo de Álvarez y también comerciante como él, uno de los cuatro hermanos que se había mudado al oeste desde Missouri. Junto con su hermano William y Ceran St. Vrain, Bent había formado la Bent-St.Brain Company y construido el Fuerte Bent en la parte alta del río Arkansas a principios de los años 1830. Se había casado con una mujer nuevomexicana y vivía en Taos desde donde regentaba una tienda (almacén). A pesar del hecho de que esta segunda petición al igual que la primera resultara infructuosa, los esfuerzos de Álvarez llevaron a los comerciantes estadounidenses a escribir una carta de agradecimiento al español en 1840. Alabaron la “muy rápida”, firme postura que tomó “bajo circunstancias de cualquier nivel… reivindicando nuestros derechos”43. Álvarez resumió todo el asunto en un pasaje que copió del “libro de Brantz Mayen” el 10 de diciembre de 1843; hablaba en parte de la revuelta de 1836 en Texas: “mantengo que esta revuelta ha afectado en gran manera nuestros intereses mutuos y los sentimientos de México y nuestra unión”44. Álvarez bien podría haber copiado estas palabras con una socarrona sonrisa en su cara.

A pesar de estas distracciones, Álvarez no permitió que sus sentimientos interfirieran con su intención de solicitar al nuevo gobierno que le otorgara una extensión de tierra de aproximadamente 9.300 acres a lo largo del río Ocaté, cerca de Mora, al noroeste de Santa Fe. A Álvarez le intrigaba la idea de transportar ganado ovino a lo largo del Antiguo Camino Español a California. Dámaso López, quien tenía experiencia, parece que deseaba unirse a él y supervisar la operación. Álvarez tenía interés en incrementar la producción de lana y consideró producir mejor lana por medio de incluir ovejas merinas en su rebaño. En contraste con su reacción a la petición de retribución de los estadounidenses, Armijo aprobó la petición de terreno el 16 de octubre de 183745. Aunque López finalmente llevó algunas ovejas a California, esta empresa fue mantenida en suspenso a causa de asuntos más apremiantes.

1 Román Álvarez, Abelgas: paisajes, evocaciones y remembranzas, (Salamanca; Ediciones Almar, 2003), 104 y Últimas voluntades y testamento de Manuel Álvarez, MNM/HL. Álvarez cita el Libro de Bautismos de Abelgas, 1794-1851, pp. 3 & 4, Archivo Histórico Diocesano de León, León, España.

2 Walter D. Sadlowski, Jr. “Manuel Álvarez: Merchant and trader, Cónsul and Commercial Agent Político” (artículo sin publicar, (sin paginación) MNM/HL, primera página; Francisco Perea “Santa Fe As It appeared During the Winter of 1837 and 1838,” ed. W.H.H. Allison, Old Santa Fe 2 (October 1914): 182-83. La Historia es una obra monumental a la vez que señera. Clavijero, nacido en Veracruz en 1731, fue expulsado de México con todos los hermanos jesuitas en 1767 y murió en Bolonia, Italia en 1787. La Historia Antiqua de Mexico fue publicada en cuatro volúmenes en 1780-1781. Humboldt, nacido en Berlín, Alemania, en 1769 recibió permiso del rey Carlos IV de España para viajar a Nueva España. Pasó la mayor parte de 1803 y 1804 en México y publicó su enorme

Political Essay con un prefacio de agradecimiento a Carlos IV en 1808. Álvarez tenía ambos libros en Santa Fe, al menos en los años 1830.

3 AP/Libro de cuentas, 1834

4 Ibid.

5 Ibid.

6 Louise Houck, The Spanish Regime in Missouri: A collection of Papers…, vol. 2 (Chicago: R.R: Donnelley &Sons, 1909), p.376. Eugenio Álvarez aparece en la lista como cabeza de una familia de seis miembros, vivió en San Luis desde, por lo menos 1779. Houck, History of Missouri, vol. 2 (Chicago: R.R: Donnelley &Sons, 1908), p. 21 registra la llegada de Álvarez al continente en 1768. John Barber White “The Missour Merchant One Hundred Years Ago”, Missouri Historical Review 13, nº 2 (1919): 100-101, incluye en una lista a Eugenio Álvarez como uno de los comerciantes principales de San Luis en el momento de la cesión de Missouri a los Estados Unidos. La relación entre Eugenio y Manuel es en este momento pura conjetura. El pasado está algo enmarañado porque Eugenio tenía un hijo que también se llamaba Manuel. Houck, History, p. 21, menciona un Manuel Álvarez pero no está clara su identificación. A Manuel, el hijo, le fue concedido un pedazo de tierra de su elección junto a la iglesia principal de San Luis, quien lo vendió inmediatamente. La parcela se muestra en un mapa que encontré en las propiedades de la Missouri Historical Society, San Luis. Ver también el contrato entre Charles Lucas y Christopher M. Price del 18 de junio de 1817, CL. No queda claro exactamente qué otros terrenos fueron a parar al hijo, ni cómo se le trasmitieron. Sí que compró 150 acres frente al río por 250 dólares en marzo de 1820. Este terreno, sin embargo, no era una parcela urbana valiosa; este podría haber sido el terreno por el que pagó a su padre 100 dólares el 27 de mayo de 1816; GRDB, I and J, nos. 99k-100, 6 de marzo de 1820. Un hecho curioso es que el terreno estaba peritado por Silas Bent, el padre de los hermanos Bent, de quienes se hablará más tarde. Ver también GRDB, E, no. 496, 28 de mayo de 1816. La documentación que establece a Manuel el hijo como propietario de la tierra es: GRDB, E. No. 496, 27 de mayo de 1816 y J, nos-100-101, 9 de marzo de 1820. El hijo murió en algún momento a mediados de los años 1840 lo que le sitúa como un Manuel Álvarez diferente del que nos ocupa. Ver GRDB, O, no. 60, 15 de septiembre de 1840 y nos. 60-61, 19 de octubre de 1840. La subasta de las tierras de Álvarez es atestiguada por el empleado John Rowland, otra persona de quien se hablará más adelante. Tengo la esperanza de que esta breve digresión sobre la vida de Manuel Álvarez, hijo de Eugenio, pueda ayudar a prevenir que historiadores posteriores caigan en la trampa de confundir a los dos Manuel Álvarez.

7 LGF, pasaporte, 3 de septiembre de 1824, rollo (carrete 6), secuencia 1132, no. 11. Ver también Harold H. Dunham, “Manuel Álvarez,” en The Mountain Men and the Fur Trade of the Far West, vol. 1, ed. LeRoy Hafen (Glendale, CA: Arthur H. Clark, 1965), p. 182; David J. Weber, The Taos Trappers: The Fur Trade in the Far Southwest, 1540-1846 (Norman University of Oklahoma Press, 1971), p. 86; y pasaporte, 1824, en Ralph Emerson Twitchel, The Spanish Archives of New Mexico, vol. 1 (Cedar Rapids, IA: The Torch Press, 1914), p. 342; and Sadlowski, “Manuel Álvarez,” passim.

8 Weber, Taos Trappers, p. 94.

9 Por ejemplo, ver el “Plano de la Provincia interna de el Nuevo Mexico…1779” por Bernardo Miera y Pacheco, reproducido en Angelico Chavez y Elenore Adams, The Missions of New Mexico (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1956), p.4.

10 Zebulon Montgomery Pike, The Southwest Expedition of Zebulon M. Pike, ed. Milo Quaife (Chicago: Lakeside Press, 1925), p. 136.

11 (N.T.) La plaza en Santa Fe o en Taos la placita, es la plaza mayor de la ciudad hispana que se han conservado intactas hasta la actualidad y emblema de sus centros históricos.

12 Un buen ejemplo de una publicación contemporánea de Santa Fe es “Journal of M.M. Marmaduke,” SFTP; Marmaduke podía aceptar Santa Fe pero no los mendigos ni las casas de adobe.

13 William Becknell, “Journal of Two Expeditions From Boon’s Lick to Santa Fe,” Missouri Intelligencer (Franklin), 22 de abril de1823; Thomas James Three Years Among the Mexicans and the Indians (Chicago, Keystone Books, 1962); and David J. Weber, The Mexican Frontier, 1821-1846: The American Southwest under Mexico (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1982), pp. 128-129.

14 Que el comercio de Santa Fe era lucrativo en sus primeros años queda demostrado por un contemporáneo, G. C. Broadhead, quien guardó anotaciones sobre caravanas que volvían de Nuevo México a San Luis. El 18 de octubre de 1834 informó de que una caravana de la compañía St. Vrain-Bent traía “más de 200.000 dólares en especie.” Broadhead, “Notes on Santa Fe Traders,” p. 4, SFTP.

15 Ver Weber, Taos Trappers, para un estudio excelente sobre el papel del comercio de pieles de Nuevo México.

16 Missouri Intelligencer (Fayette), 19 de julio de 1827. Álvarez y Padilla volvieron a Nuevo México con un permiso para viajar a través del territorio indio que había sido expedido por el gobernador William Clark; ver Louise Barry, The Beginning of the West: Annals of the Kansas Gateway to the American West, 1540-1854 (Topeka: Kansas State Historical Society, 1972), p. 146. Ver también David J. Weber, The Extranjeros: Selected Documents from the Mexican Side of the Santa Fe Trail, 1825-1828 (Santa Fe, NM: Stagecoach Press, 1967), p. 43; aquí Álvarez y el resto de la comitiva están registrados por la Secretaria de Relaciones. Llegaron el 12 de noviembre. Álvarez aparece en la lista como nativo de León, residente de Santa Fe, y mercader de profesión. Con todo, Álvarez hizo tres caminatas a través de las llanuras.

17 Weber, Taos Trappers, p. 185.

18 Ibid., p. 164.

19 Dunham, “Manuel Álvarez,” p. 185. Álvarez es mencionado en documentos como Alvareis y Alvaripe, de quien se dice que se casó con una mujer india que le dio tres hijos; uno se murió y se dio a entender que los otros dos fueron enviados a España. La historia no documentada del matrimonio es contradictoria tanto con el testamento de Álvarez como con un árbol genealógico dibujado por él.

20 Warren A. Ferris, Life in the Rocky Mountains, ed. P.C. Phillips (Denver, CO: Old West Publishing, 1940), pp. 192-194.

21 Ver Merrill J. Mattes, “Exploding Fur Trade Fairy Tales,” en Probing the American West, ed. K. Ross Toole et al. (Santa Fe: Museum of New Mexico Press, 1962), p. 96. El capítulo está basado en el artículo de Mattes, leído en el primer encuentro anual de la Western History Association, en la que desacredita la reivindicación de Colter de haber descubierto las maravillas naturales y da crédito cualificado a Álvarez. Ver también Richard A. Bartlett, Nature’s Yellowstone National Park in 1872, (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1974), p. 103. Debo rebatir las opiniones de Phillips porque Álvarez no se adentró en la vida montañera hasta 1828. Ver Bartlett, Nature’s Yellowstone, pp. 224-225, fn. 30, y Merrill J, Mattes, “Behind the Legend of Colter’s Hell: The Early Exploration of Yellowstone National Park,” Mississippi Valley Historical Review 36, no. 2 (September 1949): 258.

22 Daniel T. Potts a Robert T. Potts, 8 de julio de 1827, Research Library, Yellowstone National Park, Wyoming.

23 Ferris, Life, p. 259; la historia apareció primero en 1842-1843 en el Western Literary Messenger. Ver también Mattes, “Behind the Legend,” p. 269.

24 Mattes, “Behind the Legend,” p. 271.

25 Dunham, “Manuel Álvarez,” p. 186; borrador por 1.325.98 dólares a Manuel Álvarez, 31 de julio de 1833, PC-M. El antiguo jefe de Álvarez, Louis Papin, recibió un pago de sólo 116.62 dólares; ver Lansing Bloom, “Ledgers of a Santa Fe Trader,” El Palacio 14, no. 9 (May 1923):135.

26 Twitchell, Spanish Archives, vol. 2, p. 626.

27 Para otras versiones de este incidente ver, LeBaron Bradford Prince, Historical Sketches of New Mexico (Kansas City, MO: Ramsey, millet &Hudson, 1883), pp. 241-242; Rex Arrowsmith, ed., Mines of the Old Southwest (Santa Fe, NM: Stagecoach Press, 1963), p. 50; y John M. Townley, “El Placer: A New Mexico Mining Boom Before 1846,” Journal of the West 10, no 1 (January 1971): 108-110.

28 Sadlowski, “Manuel Álvarez,” página 18; Alvin R. Sunseri, “Sheep Ricos, Sheep Fortunes in the Aftermath of the American Conquest, 1846-1861,” El Palacio 83, no. 1 (1977):6.

29 Weber, Taos Traders, p. 40.

30 El último rendezvous tuvo lugar en el Green River, cerca de la boca de Horse Creek, en 1840.

31 Proyecto de ley firmado por David Waldo, 28 de octubre de 1835, AP.

32 Smith abandonó el negocio de las pieles para invertir en comercio en el Camino de Santa Fe, donde murió durante una emboscada comanche.

33 Janet Lecompte, Rebellion in Rio Arriba, 1837 (Albuquerque, Historical Society of New Mexico–University of New Mexico Press, 1985), pp. 13, 19-20.

34 “Los comerciantes estadounidenses de Santa Fe al honorable Powhatan Ellis, ministro plenipotenciario y enviado extraodinario de los Estados Unidos de América a la República de México”, 7 de septiembre de 1837 (a partir de aquí comerciantes a Ellis), BR, no. 8, p. 3.

35 Ibid.

36 Un historiador ha señalado que la propiedad de los fallecidos fue subastada según la ley. Ver Phillip Reno, “Rebellion in New Mexico-1837,” New Mexico Historical Review 40, no. 3 (1965): 197-213. Esta puede haber sido la razón de que incluso tras la Victoria de nuevas fuerzas gubernamentales del sur, la separación de los comerciantes no vino a continuación.

37 Comerciantes a Ellis, 7 de septiembre de 1837, BR, no. 8, p. 2.

38 Manuel Armijo a Jose Sutton, 25 de septiembre de 1837, en Reno “Rebellion,” pp. 202-203. Álvarez estaba entre aquellos a los que se les dieron las gracias en nombre del presidente de México.

39 Comerciantes a Ellis, 7 de septiembre de 1837, BR, no. 2. Para la autoría de Álvarez, ver Orral Messmore Robidoux Memorial to the Robidoux Brothers: A History of the Robidouxs in America (Kansas City, MO: Smith-Grieves, 1924), pp. 205-208.

40 Lansing Bloom, “New Mexico Under Mexican Administration,” Old Santa Fe 2 (October 1914): 141.

41 S. Vergara a Álvarez, 17 de agosto de 1838, BR, no 298.

42 APUNM, carrete 4 (no está con los originales en AP).

43 Residentes estadounidenses en Santa Fe a Álvarez, 8 de diciembre de 1840, BR, no 9.

44 APUNM, carrete 4: original en BR LIbro de Cartas de Álvarez (a partir de aquí citado como BR/Libro de Cartas)

45 Ocaté, reclamación no. 1; Dunham, “Manuel Álvarez,” p. 193.

Capítulo 2

Ciudadanía y diplomacia

Exequatur: autoridad conferida formalmente a un cónsul extranjero por el país al que es enviado y en virtud de la cual puede ejercer sus funciones oficiales dentro de los límites territoriales.

James A. Ballantine, Diccionario legal con pronunciaciones

Tras la independencia de México, su cercanía a los Estados Unidos se convirtió en crucial porque México oficialmente sancionó el comercio extranjero. Esta nueva política abrió la puerta a la influencia anglo americana en el departamento norte de México. En 1840, la zona se había convertido en un elemento importante del plan de los Estados Unidos para la expansión al océano Pacífico1 y México se había vuelto desconfiado en sus puestos fronterizos. Nuevo México también tenía que enfrentarse a Texas y, atrapado en el medio, iba a sentir pronto la presión: primero llegaron las demandas fronterizas de Texas y después la invasión.

Por su situación geopolítica, Nuevo México y especialmente Santa Fe y Taos, se convirtieron en ciudades cosmopolitas. Como puestos fronterizos tanto para la sociedad mexicana como la anglo-norteamericana, estas ciudades del norte de México llegaron a ser centros comerciales que representaban importantes entidades políticas y resultaron vitales para la expansión estadounidense en un momento en el que el destino manifiesto se puso de moda. En medio de tales desarrollos históricos, la ciudadanía se convirtió en algo extremadamente importante, sin embargo, la ciudadanía de un país o de otro podía ser tanto una ventaja o un impedimento dependiendo de las circunstancias. Los comerciantes anglo-norteamericanos intentaron resolver este problema de varias maneras: algunos se hicieron ciudadanos naturalizados de México o intentaron mantener la doble ciudadanía. Otros se casaron con mujeres mexicanas con la esperanza de establecer comunicaciones con funcionarios mexicanos. Algunos de los ejemplos más famosos de aquellos que tomaron esta alternativa son Charles Bent y Christopher “Kit” Carson, quienes se casaron con dos mujeres que eran hermanas. Durante el tiempo que estuvieron prometidos, Carson se convirtió a la fe católica y fue bautizado por el sacerdote local padre Antonio José Martínez2. Finalmente, estaban aquellos que aparentaron ser ciudadanos nacionalizados: dejaron que los funcionarios del gobierno mexicano creyeran que eran residentes legales mientras que, al mismo tiempo, seguían siendo ciudadanos de los Estados Unidos.

Muchos comerciantes actuaban bajo la “protección” de la ciudadanía mexicana aunque en ocasiones el gobierno mexicano eligiera ignorar dicha protección como cuando el gobernador Armijo rehusó prestar ayuda a los estadounidenses capturados en la expedición de Texas que invadió Nuevo México en 1841. El gobernador al menos fue consecuente: tampoco hizo nada por Thomas Falconer, que era inglés. Ni siquiera aquellos residentes anglonorteamericanos de la zona que habían sido nacionalizados mexicanos recibieron el favor político del gobernador. En enero de 1841, Armijo envió una circular criticando a los extranjeros que “pasaban de un lado a otro” bajo la protección de las leyes estadounidenses sin prestar ninguna atención a las leyes locales3. Alrededor de una semana más tarde, Álvarez recibió una carta que le notificaba una orden oficial de deportación de todos los extranjeros que no tuvieran sus papeles en regla4. El efecto de esta nueva política resultó evidente cuando tres días después, Álvarez recibió una carta de un estadounidense, Simeon Turley, en Taos. Turley había sido interrogado acerca de su nacionalidad y acosado, o eso alegó, por las autoridades locales. Solicitó a Álvarez, quien en 1839 había sido nombrado cónsul de los Estados Unidos “conseguirle… una carta o algo que le proporcionara seguridad”5.

Si jugar con la ciudadanía era un método de supervivencia para los residentes no mexicanos, Manuel Álvarez era un maestro en el juego. Demostró capacidad para enfrentar los derechos de ciudadanía de un país contra los de otro en muchas ocasiones. Sin embargo, este juego crearía problemas y existía la posibilidad de fracasar. Hasta 1842, la cuestión del estatus legal de Álvarez fue uno de los mayores misterios que rodearon su vida. Solicitó la nacionalidad mexicana en tres ocasiones distintas entre 1825 y 1826. Desafortunadamente surgieron problemas con su pasaporte, el que el gobernador McNair de Missouri había redactado, porque Álvarez estaba incluido entre aquellos referidos como ciudadanos estadounidenses. Esto les parecía, evidentemente, sospechoso a los funcionarios del gobierno mexicano. Sin duda, algunos levantaron la ceja sorprendidos cuando el nombre de Álvarez apareció en la lista de ciudadanos españoles a deportar en 1829.

Se duda sobre si a Álvarez alguna vez se le concedió la ciudadanía mexicana aunque él afirmaba constantemente que tenía derecho a ella. Muchos documentos se refieren a él como “natural de España y ciudadano mexicano”, tuvo pasaportes mexicanos6 y el gobernador Armijo corroboró los argumentos de Álvarez cuando lo empleó como justificación para utilizar arbitrariamente la propiedad del español7. Las peticiones que Álvarez presentó contienen pruebas abundantes diseminadas en el texto que indican su determinación de ser nacionalizado mexicano8. Quizás una de las razones de su tenacidad fuera su entusiasmo probado por la fe católica9. En otro contexto, Álvarez argumentó que bajo la constitución mexicana él tenía “los derechos de ciudadanía… por estar viviendo en el país cuando logró la independencia”. Aunque en realidad siguió siendo súbdito español, aparentemente se las arregló para convencer a las autoridades mexicanas y mucha otra gente de su estado como nacionalizado10.

Resulta evidente por documentos relacionados con su ciudadanía estadounidense que Álvarez no estaba más que poniéndose una máscara que permitiera que otros, por error, supusieran cuál era su estatus. Muchos ejemplos demuestran adecuadamente su laxitud en mantener su documentación en regla. En cada caso, la suposición de su nacionalización estadounidense resultaba una ventaja que deseaba alcanzar. En su petición de ciudadanía estadounidense el 16 de octubre de 1834, Álvarez fundamentó que no era todavía ciudadano estadounidense y que no quería ser considerado ciudadano de México o de España. Renunció en una declaración frente al Tribunal Supremo (Circuit Court) de San Luis11, “a toda lealtad y fidelidad hacia cualquier príncipe extranjero… en particular a Isabel II, reina de España, de quien he sido súbdito hasta el momento”. La incapacidad de cumplir el requerimiento de cinco años de residencia condujo al rechazo de su petición y no se convirtió en ciudadano estadounidense hasta el l9 de abril de 1842, cuando repitió su declaración ante el mismo tribunal12.

Álvarez había adoptado con despreocupación el estatus de ciudadano estadounidense ya en 1824 cuando recibió su pasaporte estadounidense. Es posible que creyera que el hecho de ser español no le bastaría para volver a México ya que ese país había salido recientemente con éxito de una revolución en la cual España y los españoles peninsulares habían sido el enemigo. Fuera como fuese, su nueva “identidad” fue suficiente para lograr su objetivo. El 4 de marzo de 1839, Álvarez consiguió otro pasaporte estadounidense que le proclamaba “ciudadano de los Estados Unidos” expedido en Washington y firmado por el secretario de Estado John Forsyth. De nuevo Álvarez demostró ser un experto en el juego de la multinacionalidad; quizá para evitar problemas innecesarios, nunca firmó el documento en el espacio habilitado para ello13. El astuto comerciante pudo tener otro motivo para no hacerlo, ya que el 21 de marzo fue nombrado cónsul de los Estados Unidos en Santa Fe por el mismo Forsyth14.

En este momento Álvarez disponía de una próspera y bien establecida tienda (almacén), propiedades de terreno y muchos contactos en la red de comercio de Santa Fe. El hecho de que fuera natural de España presagiaba un desastre: si perdía su ciudadanía mexicana, su origen daría todas las facilidades a las autoridades mexicanas para destruirle económicamente. Así que, recibido el nombramiento, decidió intentar persuadir a las autoridades mexicanas de que podía actuar en los aparentemente contradictorios papeles de ciudadano mexicano y cónsul de los Estados Unidos, una hazaña de protesta que no sería fácil de llevar a cabo.

Armijo, quien ocupó el puesto de gobernador casi todo el tiempo en que Álvarez tuvo su mandato diplomático, era un político experto y podría no querer que este español peninsular defendiera de manera oficial los derechos de todos los estadounidenses15. Lo que es más, Álvarez debía actuar con rapidez: México tenía una ley que eliminaba los derechos de ciudadanía para cualquier persona que desempeñara un puesto para un país extranjero. Esto quería decir que si todavía no había perdido sus derechos él iba a perderlos tan pronto como se enteraran de su nombramiento en Ciudad de México. El reconocimiento formal a través de la concesión de “exequátur” podía ciertamente significar el final de su ciudadanía adquirida, al menos a ojos de la burocracia mexicana. Álvarez, aparentemente, habría expresado al gobernador su deseo de nacionalizarse mexicano porque Armijo escribió a Luis G. Guevas, ministro mexicano del interior a principios de agosto de 1839 recomendando su aprobación16. Habría sido inútil pedir a Forsyth o al ministro estadounidense que se retrasara el proceso; después de todo, Álvarez había hecho creer al secretario de Estado que era ciudadano de los Estados Unidos.

A finales de agosto de 1839, Álvarez informó oficialmente al gobierno de Nuevo México, expresamente a Armijo que deseaba continuar disfrutando sus derechos bajo la constitución mexicana. Expuso con detalle el dilema creado por el reciente honor de su nombramiento por el “Señor Presidente de los Estados Unidos” y sobre el hecho de que las leyes de México podrían retirarle la nacionalidad de la que había disfrutado hasta el momento: ¿le ayudaría el gobernador a mantener su ciudadanía mexicana mientras desempeñaba su función como cónsul de los Estados Unidos, solicitándolo al Supremo Congreso Mexicano en su nombre? Armijo respaldó la inusual petición del español enviando la carta de Álvarez junto con otra carta expresando sus recomendaciones personales y reiteró su informe en otra carta una semana más tarde17. Indudablemente, la subsiguiente lluvia de correspondencia complicó el proceso de otorgar a Álvarez el cargo de “exequátur”. Aunque a Ellis se le hizo saber de forma oficial que eran las condiciones inestables en Nuevo México las que estaban causando el retraso18, la controversia sobre la ciudadanía de Álvarez pudo haber sido parte del problema.

No parece que ni el gobierno mexicano ni Álvarez hubieran informado a las autoridades de Washington DC de que estaba intentando mantener los derechos de ciudadanía mexicana, sin embargo, los trabajadores del gobierno dudaron en darle reconocimiento oficial. El certificado de Álvarez no fue firmado hasta el 12 de febrero de 1840. Forsyth escribió una carta en la que se informaba oficialmente al cónsul de la confirmación de su puesto por el Senado, no obstante, la carta nunca se llegó a firmar porque Ellis comunicó al departamento de Estado que el gobierno mexicano había rehusado reconocer a Álvarez como cónsul19.

El 18 de febrero de 1840, el día después de que se hubiera redactado la carta nunca enviada, a Álvarez se le comunicó, para preservar la tranquilidad interna, de parte del secretario del departamento de Nuevo México, Guadalupe Miranda, que el gobierno local le había reconocido como cónsul20. Armijo debía recibir todavía una respuesta de las autoridades centrales a la petición de Álvarez de conservar su ciudadanía mexicana. Aunque Álvarez lo desconocía por completo, su petición había impedido su reconocimiento diplomático tanto por el gobierno de los Estados Unidos como por el de México. Álvarez sólo era reconocido oficialmente dentro del departamento de Nuevo México. Poco después, sin embargo, el gobernador Armijo recibió un despacho oficial del ministro Guevas. El presidente de México, decía Guevas, concedía permiso a Álvarez para “administrar y realizar las obligaciones” de cónsul “sin perjudicar sus derechos de ciudadanía”. Guevas solicitó entonces que el ministro de asuntos exteriores agilizara los trámites del “exequátur” de Álvarez tan pronto como el certificado de nombramiento del español le fuera presentado21. Armijo cumplió con rapidez el deseo de Guevas e hizo saber a Álvarez que el gobierno central había respondido afirmativamente a su petición y ahora esperaba que les presentara su comisión. El gobernador también había enviado una circular anunciando el reconocimiento oficial de Álvarez22.

El nombramiento de Álvarez como cónsul no era inusual dentro de las sucursales diplomáticas del gobierno de los Estados Unidos. Servía la necesidad lógica de tener en el cargo a alguien familiarizado con las circunstancias locales. La costumbre también dictaba que el cargo no llevaba retribuciones dinerarias. El certificado de nombramiento oficial de Álvarez estipulaba que realizaría el servicio sin sueldo aunque recibiría una pequeña cuenta para gastos23. Esta política tan miserable arriesgaba el desarrollo de una diplomacia inactiva y con intereses personales en la zona fronteriza, como había sido cierto en el caso de los predecesores de Álvarez en el cargo, Augustus Storrs y Ceran St. Vrain, ninguno de los cuales, supuestamente, residía en Santa Fe24; la inactividad, sin embargo, no iba a ser una característica del mandato de Álvarez. El prestigio oficial de Álvarez se convirtió en un asunto complicado, puesto que el gobierno de Estados Unidos y el de México sostenían puntos de vista contrarios en cuanto a su reconocimiento oficial. Situación tal sólo podía dejar perplejo al hombre involucrado en el asunto y la confusión se vio acrecentada por el contexto histórico. Al estar en el punto de mira de dos países, Nuevo México, proporcionaba un problema difícil para el representante principal de los gobiernos involucrados.

El gobernador Armijo, adversario de Álvarez, también tenía problemas. Nuevo México, puesto fronterizo tradicionalmente pobre, algunas veces esperaba hasta tres años hasta el siguiente tren de provisiones del sur. Al darse cuenta de que este departamento colindaba con la rebelde Texas, Armijo intentaba constantemente conseguir provisiones y hombres de sus superiores. Tales intentos casi siempre resultaron inútiles. Aunque estadounidenses y texanos consideraron la separación de Texas de México completa con el tratado de Velasco en 1836, el gobierno mexicano continuó viendo a los texanos como súbditos en conflicto con su gobierno legítimo. La amenaza de una invasión, realizada en 1841, además de las demandas de Texas de la frontera oeste, basadas en el Tratado de Velasco, que incluían no sólo Santa Fe sino la mitad de Nuevo México, acrecentaron la ansiedad de Armijo. Armijo fue un administrador eficaz y capaz durante tiempos difíciles y no gobernó de forma independiente de Ciudad de México. Entendía a su gente y gobernaba con sensibilidad y, lo que es más importante, según las costumbres de su tierra. Los Estados Unidos eran una sociedad agresiva en expansión y este hecho no era un secreto para el gobernador nuevomexicano sobre todo, desde que los comerciantes anglonorteamericanos locales le habían proporcionado periódicos de su país. Podía leer sobre el desarrollo, prejuicios y ambiciones de la “joven América”. Armijo no recibía ayuda del gobierno central y se encontró, en 1839, obligado a tolerar a un cónsul enérgico en la persona del recién nombrado Álvarez que representaba a la misma gente que Armijo sospechaba que, en el peor de los casos, eran agentes de Texas o, en el mejor de los casos gente posiblemente problemática25.

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