Kitabı oku: «Boston»

Yazı tipi:

BOSTON

SONATA PARA VIOLÍN SIN CUERDAS

TODD McEWEN

TRADUCCIÓN DEL INGLÉS Y NOTAS

DE ENRIQUE MALDONADO ROLDÁN


TÍTULO ORIGINAL: Fisher’s Hornpipe

Publicado por

AUTOMÁTICA

Automática Editorial S.L.U.

Avda. Mediterráneo 24, Esc B, 1º A - 28007 Madrid

info@automaticaeditorial.com www.automaticaeditorial.com

Copyright © Todd McEwen, 1983, 2021

© de la traducción, Enrique Maldonado Roldán, 2013

© de la nota final, Todd McEwen, 2013

© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2013, 2021

© de la ilustración de cubierta, Jon Juárez, 2013

Derechos exclusivos de traducción en lengua española:

Automática Editorial S.L.U.

ISBN: 978-84-15509-12-7

eISBN 978-84-15509-69-1

DEPÓSITO LEGAL: M-1245-2013

Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors

Composición: Automática Editorial

Corrección ortotipográfica: Automática Editorial

Impresión y encuadernación: Romanyà Valls

Primera edición en Automática: Febrero de 2013

Primera reimpresión: Marzo 2021

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.

INDICACIONES DE LOS EDITORES

ADVERTENCIA:

Lea las indicaciones detenidamente ya que pueden contener información importante para usted.

1. La lectura de Boston. Sonata para violín sin cuerdas puede resultar (dependiendo del lector) una experiencia turbadora por la conjunción de los siguientes elementos:

a. Su temática: una sátira inmisericorde de la sociedad contemporánea.

b. Su ácido humor, que se revuelve contra todo (modas, costumbres, élites, marginados, subversivos, etc.).

c. La absoluta falta de consideración hacia lo políticamente correcto.

c. La deliberada deformación de las palabras que realiza el autor para enfatizar la oralidad del texto.

d. El particular empleo de la puntuación y la concatenación del discurso directo, ideados para imprimir ritmo narrativo e introducir al lector en la maltrecha cabeza del protagonista, William Fisher.

2. Tengan especial cuidado con Boston. Sonata para violín sin cuerdas aquellas personas que:

a. Por cualquier razón no soporten o toleren la hilaridad.

b. Tiendan, por su naturaleza, a deshacerse de sus posesiones o a padecer estados neuróticos nocturnos (el libro podría agravarlos).

c. Sientan un especial afecto por las comunas agrarias utópicas.

d. Hayan recibido al menos un fuerte golpe en la cabeza que haya afectado a su comportamiento.

3. La dosis diaria recomendada de Boston. Sonata para violín sin cuerdas varía en función del lector y suele oscilar entre las 15 y las 50 páginas, que pueden leerse en una o varias sesiones al día (generalmente durante trayectos interurbanos y antes de acostarse).

No se han estudiado en profundidad las consecuencias que pueden resultar de la lectura del libro entero en un solo día.

4. Posibles efectos adversos (muy raros: afectan a 1 de cada 10000 lectores): La lectura de Boston. Sonata para violín sin cuerdas puede causar una muerte irremediable, aunque esta se producirá en un número indeterminado de años y por una causa aparente completamente distinta.

No se conocen otros efectos secundarios.

5. Para la conservación de Boston. Sonata para violín sin cuerdas se recomienda una balda en una estantería, a una temperatura no superior a 232,78 grados centígrados.

Por todo ello, Automática Editorial no se responsabiliza de los posibles efectos perversos, reversibles o no, que este libro pueda provocar en el lector.

LOS EDITORES

Para I. Schenkler

Que no es empresa de tomar a juego

de todo el orbe describir el fondo.

DANTE, Divina Comedia

Tenía tres piezas de piedra caliza en mi escritorio, pero me aterró descubrir que había de quitarles el polvo a diario, cuando el mobiliario de mi mente aún no estaba limpio, y las tiré por la ventana con disgusto.

HENRY DAVID THOREAU, Walden

CONTENIDO

I. Walden

II. Divagaciones del protagonista

III. El lamento del bar

IV. Fruitlands

V. Frank de Oregón

VI. Crosbee

VII. Cómo se acabaron los jadeos

VIII. He ahí Miss Mapes

IX. Los carrillos de Jowls

X. Mucho ruido y poca espuma

XI. En el hormiguero

XII. Enredo

XIII. Temeraria huida en barco

XIV. Refugio

XV. Fui un fugitivo de una granja de tofu

XVI. Windmere

XVII. Un mosaico de la vida en la costa

Breve Nota Del Autor Para La Presente Edición

I. WALDEN;
O mi accidente en los bosques1

Pero cuando levantas la cabeza, cuando ves los árboles en pie, ahí, como siempre han estado, cuando ves un ganso en el cielo y sientes el aire helado endureciendo el interior de tus orificios nasales, eres consciente de que el ganso, que pareciera flotar frente a una nube, está volando, esforzándose de hecho en volar en ese preciso instante. Si en una fría y vertiginosa ráfaga de aire y miedo fueras repentinamente elevado para situarte junto al ganso, si de pronto TU VISIÓN DE LA REALIDAD fuese la del OJO PRIMITIVO del ave y sintieras el aire helado envolviéndoos a los dos y abajo estuvieran los campos, blancos y pequeños y aterradores, escucharías al ganso resoplar, jadear, un sonido que es imperceptible desde la laguna. Es muy duro volar, el ganso emplea en ello toda su energía, estás justo a su lado, está asustado pero volando, espirando suavemente con cada batida de sus grandes alas.

Estábamos en mitad del hielo en el más deprimentemente helado día de invierno. Era un día soleado pero los rayos de sol eran los del planeta muerto que supuestamente heredaremos en un millón de años. En esos momentos ruegas que sople viento, que llueva, cualquier movimiento molecular que pueda disipar esa luz cruda que perfila todo de manera insoportable y graba terriblemente a través de los ojos el inaguantable frío en todo el cuerpo. El grueso hielo cristalino de la laguna resonaba y chirriaba, asentándose y reasentándose sobre la vida bajo él. Los peces, pequeños, nadando, fríos, bajo el hielo, posiblemente se engañaban al ver la luz que nos rodeaba, deseando poder calentarse en ella. Los patinadores habían rallado la clara superficie formando montículos de hielo en polvo. Cruzamos un extremo de la laguna, el hielo crujía pero sin ceder nunca. No puede ceder, dijo Donald. Un tipo de Harvard. Yo permanecía temblando y abstraído como es habitual, mi mente se desplazaba desde mi viaje a las nubes junto al ganso hasta vagos pensamientos estúpidos e históricamente inexactos sobre Concord, Lexington y Thoreau.2 Me apuesto cualquier cosa a que sigue por aquí pensé ignorando como de costumbre las lecciones de la historia o incluso aquellas de la tanatología.

Escuché entonces un rápido repiqueteo bajo el hielo. Era Thoreau. Tenía la barba llena de peces muertos. La piel gris, sus grandes ojos lastimeros permanecían enrojecidos y preocupados. Golpeaba la base del hielo con una vara y me miraba. Le hice un gesto de asentimiento: ¡Sí, te veo! Me indicó que me acercara y caminé unos metros hasta situarme sobre él. No llevaba ropa. No sé cómo era capaz de respirar. Thoreau alcanzó un tronco hueco que había bajo el agua y sacó un cartel empapado que decía en grandes letras rojas: ¡AVISA AL SEÑOR EMERSON!3 Señaló agitadamente en dirección a Concord con una hilera de burbujas escapando de su boca. Asentí y sonreí mientras le indicaba con la mano que comprendía lo que estaba pidiendo. No pensé que fuera algo extraordinario. Necesitaba ayuda. Comencé a caminar de espaldas mientras sonreía Sí, la ayuda está en camino. ¡Bravo! Sus grandes ojos se entrecerraron con recelo. No confiaba en que fuera realmente a buscar ayuda. Consideraba que yo era como todos los demás que asentían y sonreían y se volvían en coche a Boston, parando a comer un buen pedazo de carne en cualquier sitio y olvidando al empapado genio estadounidense en la laguna. Pero no, yo lo ayudaría. Lo haría. Camino hacia atrás sonriendo y agitando el brazo No se preocupe, gesticulando ¿Ve como sí? Pero de repente ¡mi pie tropieza con un bloque de hielo abandonado por un pescador y resbalo! ¡Veo mis pies, elevados cómicamente en el aire frente a mí! ¡Aleteo con los brazos! Mi cabeza golpea con gran fuerza el hielo, se me cierran los ojos un segundo después. Estoy inconsciente.

Por lo visto, rezo en situaciones como esta. Abrí los ojos pronunciando una pequeña e involuntaria oración al ver a Donald inclinarse hacia mí. Dos pescadores también acercaron sus rostros norteños. Miré a Donald y quise decirle algo en la fracción de segundo anterior a que él me planteara una pregunta, pero no pude. ¿Me escuchas? dijo. Sí. Me sentía licuado. Como si estuviera hecho de caldo, mis rasgos y percepciones flotando como vegetales sobre mi superficie. ¿Puedes levantarte? Moví las piernas. Una de ellas estaba bajo la otra. Elevé lentamente los hombros impulsándome con los brazos. Sentí sangre corriendo cuello abajo. Donald y los pescadores me ayudaron a levantarme. Donald se asomaba sobre mi cabeza. Tienes un corte anunció ¿Puedes llegar hasta el coche?

Me ayudaron a recorrer el camino. Qué diferentes parecen las cosas tras un accidente que no las ha afectado. Tenía miedo. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? Quizá he perdido realmente las piernas. Siento todo como anestesiado. Podría haber planteado estas dudas, parecía posible hablar. Pero todo era tan raro. Probablemente todo es una alucinación. Pronto un médico con espéculo y bata blanca comenzará a analizarme y me llamará por un nombre desconocido. Bueno pues señor MacGillivray. No, es Fisher. Figuras en camisones blancos susurran al fondo ¡Piensa que se llama Fisher! Donald sosteniéndose la cabeza con las manos en la sala de espera. Una pesadilla propia de Hitchcock de la que no escaparé hasta que me líe con una rubia y trepemos a algún monumento famoso. Estas ideas se enmarañaron repulsivamente en los manojos de pelo atrapados en el gran tajo de mi cabeza. Qué terrible pensé presionando un trapo contra mi cabeza en el coche. Me repugnaba la idea de que mi CABEZA estuviera ABIERTA.

Pero me encontraba bien. Pude caminar hasta la sala de urgencias y contarles lo que había sucedido. Aunque omití mencionar, al menos por entonces, a Thoreau. Me tumbaron en una camilla y me introdujeron en un nicho forrado en tela. Luego el cosido. La aguja entrando y saliendo (por Dios) de mi cuero cabelludo. Aproximándose y alejándose de las confusas ideas sobre lo que acababa de suceder. Mis desesperadas oraciones no por descartar un verdadero daño cerebral ¡sino por una nueva forma de ser! Levantarme de la camilla y ver mi camino con claridad. Convertirme en alguien con habilidades en el uso de herramientas manuales de alta calidad, algo relacionado con las bellas artes. Convertirme en alguien puro, fascinante. Maravilloso. Pero mi suerte no es ese tipo de suerte.

¿Qué quieres hacer? preguntó Donald ¿Te llevo a casa? Vale asintió Fisher. Permanecían ambos en el aparcamiento del hospital, Donald con las manos en los bolsillos, la cabeza de Fisher enrollada en metros de gasa. Al ser domingo, Fisher no se había afeitado. Llevaba una mínima barba atractiva, nada fuera de lo normal puesto que casi siempre permanecía sin apurar. Su barba era infernal. En cuanto se afeitaba, crecía de nuevo. Si hubiera sido capaz de lograr un rasurado perfecto, nadie lo habría reconocido. ¿Tienes hambre? soltó de pronto Donald. Sí podría comer respondió Fisher. ¡Al Bonanza! exclamó Donald. ¡El Bonanza! repitió Fisher. Se dirigieron hacia el coche pero tuvieron que dar un salto hacia atrás aterrorizados cuando un enorme y maltrecho vehículo les pasó rozando con un ¡PIIII! Es curioso pensar que puedes sobrevivir a una herida de gravedad en la cabeza dijo Fisher Solo para ser atropellado en el aparcamiento del hospital. Había leído una vez la historia de un hombre que sobrevivió a una caída desde una altura de noventa metros en una cantera y terminó muriendo frente al televisor veinte años más tarde cuando un camión perdió el control y se estrelló contra su casa.

Fisher y Donald atravesaron Boston. Salieron por la Interestatal 93. Rumbo a un gran restaurante de carretera especializado en carne que Fisher siempre había temido. ¡Bistec! pensó Fisher Bistec y patatas y un batido y una ensalada y una cerveza. Sí. No. Eh… Posiblemente. Fisher, soy William Fisher. Boston. A mi izquierda, mi amigo Donald. Mis extremidades se mueven, sienten y siguen mis órdenes. Ay golpetazo en la cabeza, no es poca cosa. ¿Seguro que estás bien? insistió Donald. Me siento pensó Fisher Como un auditorio. Pero eso no tiene sentido. Decirlo así solo conseguirá asustarlo. No sé contestó finalmente.

Un tipo gordo en un traje granate cargando menús de plástico a manos llenas. Grandes menús. Miró la cabeza de Fisher y luego a Donald. ¿Dos? preguntó. Sí asintió Donald. El gordo los condujo a través del estruendoso Bonanza hasta un apartado tapizado en naranja y decorado con motivos navideños. Les entregó los menús con gran orgullo. Miró la venda de Fisher de nuevo y se marchó. Podría partirte la cabeza pensó Fisher Con este pesado cenicero de cristal y entonces tú tendrías que llevar también un vendaje.

¿Que quieres? preguntó Donald. ¡Bistec! gritó Fisher. Varios clientes se giraron hacia ellos. No subas la voz, van a pensar que estás loco. Bisteeeeeec susurró Fisher escondiéndose tímidamente tras su menú. Menuda oferta exclamó examinando las fotografías en color de los platos Tienen aquí para los que prefieren pedir a gruñidos y apuntando con el dedo. Le dio un codazo a Donald y señaló la fotografía de un filete. ¡Ngoo! exclamó. Sí sí vale dijo Donald. Fisher dio un brinco cuando el herrumbroso portaaviones que era la camarera atracó en su mesa. ¿Sí? Hamburguesa especial por favor pidió Donald. Ella escribía en la libreta. ¿Él qué quiere? preguntó a Donald tras mirar la venda. ¡Esto es indignante! bramó Fisher ¡Puedo pedir yo solo! Muy bien guapo concedió la camarera. ¿Por qué no tienes algo de educación pensó Fisher En lugar de esconderte en la cocina para comer helado de vainilla francés por litros e insultar a la gente llena de rabia por tu cuerpo de zepelín? ¿William qué quieres? irrumpió Donald con un codazo. Chuletón poco hecho y una ensalada con queso azul. ¡Y una cerveza! Ella miró su venda de nuevo garabateó algo y se fue. ¿Qué pasa? se interesó Donald Estás raro. Oh contestó Fisher Todos piensan que estoy loco o enfermo o algo solo porque grité Bistec. Lo sé asintió Donald. Pero yo siempre grito. Lo sé. Piensa en toda la gente enferma que no lleva vendas continuó Fisher elevando la voz. Lo sé repitió por tercera vez Donald ¡Pero no grites! ¡Relájate! Lo siento respondió Fisher. Me sentía bien cuando salimos del hospital pensó Pero ahora estoy incomodando a la gente. Son ellos. Tienen miedo de mi vendaje.

La inmensa camarera les llevó la comida. Fisher comenzó a masticar haciendo mucho ruido. Su ensalada estaba hecha con los más duros corazones de lechuga y tallos viejos y secos. Dio un largo trago a su cerveza. Ten cuidado le pidió Donald. ¡Ten cuidado tú! le espetó Fisher. Ya claro, bueno es normal que me preocupe, soy médico. Pues menos mal porque me pones enfermo. Comieron en silencio. El vodevil se había terminado.

Qué comida tan perfecta para hambrientos y heridos pensó Fisher Aunque mañana habré olvidado su textura. Tienen una textura estandarizada este tipo de filetes. Una textura como la de la deslumbrante fotografía en color del menú. ¡Oh señor Bistec es usted igualito que en las fotos! Y las patatas fritas… no puedo comerme esta mierda. Esto es lo que todo el mundo está comiendo aquí. Dios, lo que me gustaría estar en casa con mi violín. Comiendo cereales fríos, picoteando del cuenco, anhelando la comida caliente que siempre soy demasiado vago para preparar. Llevo tan atrasados los ensayos. Es terrible. No debería intentar tocar el violín. Tendría simplemente que ser fusilado y pateado y enterrado en una tumba sin nombre. Dejó de masticar y se quedó mirando al vacío. En ese momento fue consciente de que no recordaba con claridad la posición adecuada de los dedos en el violín. Oh Dios pensó Está sucediendo. Las terribles consecuencias del accidente. Tomó el último pedazo de su chuletón y sintió la preocupación en color rosa eléctrico ascendiendo por su cuello para florecer en las orejas. Dio el último trago a su cerveza. Nada mal dijo.

No, nada mal contestó Donald ¿Vamos? Sí. Vámonos. Donald llamó con la mano a la camarera, que estaba comiendo una porción gigante de esponjoso pastel tras una pared. La dejó y salió a toda máquina hacia ellos. ¿Podría traernos la cuenta, por favor? pidió Donald. Hizo la suma con la lengua asomándose ligeramente a la comisura de la boca. Trata de escapar de su cárcel de sacarina pensó Fisher Pobre diablo. La camarera dejó la cuenta sobre la mesa. Gracias pronunció roncamente. Y se marchó: un crucero de lujo avanzado cansinamente hacia el mar. Bon voyage soltó Fisher.

Se acercaron a la caja. El gordo era todo sonrisas. Gracias caballero se inclinó tomando la grasienta cuenta de manos de Donald Seis ochenta y cinco caballero, gracias canturreó al compás de las campanitas navideñas de su voraz registradora. Donald le entregó tres dólares. Esto es lo mío. Muchas gracias caballero Feliz Navidad caballero. Fisher palpaba su bolsillo trasero. Oh no, pensó Ha encogido. No, ¡no está aquí! Tanteó el otro bolsillo trasero. Pero cualquiera sabe tras comprobar los bolsillos traseros que la cartera nunca aparecerá. Las manos recorrieron rápidas sus nueve bolsillos en un revoloteo de ballet. El gordo miraba el vendaje y su hurgar de bolsillos con la sonrisa amarilla de restaurador disipándose gradualmente. Fisher se giró hacia Donald. No tengo la cartera anunció. Estoy tranquilo, tan tranquilo pensó. He perdido la cartera Donald he debido de perderla en el hospital siguió Fisher sin mirar al gordo. Oh no ¡no! respondió Donald. Tampoco lo exageres dijo Fisher. Esos tres dólares eran todo lo que tenía continuó Donald comenzando a reírse. ¿¡Qué!? ¿No tenéis dinero? saltó el gordo. Al contemplar los carnosos puños del cajero, Donald paró de reírse y metió las manos en los bolsillos. Colorado de vergüenza, se giró hacia Fisher. ¿Estás seguro de que no tienes nada William? preguntó con aire paternal. Sí lo siento estoy seguro. El gordo se estaba poniendo del color de su traje granate. ¿Vosotros qué sois un par de mendigos? soltó amargamente ¡Joputas venís aquí sin dinero mendigos de mierda! ¡Esos lo queres un puto mendigo loco! escupió a Fisher. Este se giró para analizar su aspecto en un espejo ahumado con motas doradas. Quizá tienes razón pensó. El vendaje mostraba restos de sangre de la herida cosida. No se había dado cuenta antes pero el accidente había embarrado su ropa y le había rasgado la chaqueta. Una ramita asomaba por un pequeño agujero de la camisa. No se había afeitado esa mañana y tenía la piel sucia. ¿Qué me distingue pensó De esos tipos altos que merodean Harvard Square4 por la noche vestidos con abrigos del Ejército, pelo enmarañado, barba de una semana y agrios y sorprendidos ojos enrojecidos por el alcohol, a los que desdeñábamos con tanto entusiasmo durante los años de universidad? Tienes razón lamentable cerdo pensó Soy un mendigo. ¡Pero no! exclamó girándose hacia el rostro efervescente Yo no soy un vagabundo. Me llamo William Fisher y soy administrador en el Instituto de Ciencias y toco el violín. Los ojos del gordo se salieron de las órbitas al acercarse al punto de ebullición. Y este señaló Fisher Es mi amigo, que pronto será médico. Así que no soy un mendigo. ¡Puto mendigo! gritó el hombre ¡Si se tocurre volver por aquí te vas anterar! Fisher se giró y vio a Donald retroceder hacia la puerta. Al gordo le llevó un momento bajar laboriosamente de su taburete alto y se lanzó hacia Donald. ¿Qué problema tienes? le soltó Donald riendo de nuevo ¡Yo he pagado! La cuentas seis ochenticinco ¡y mas dado tres pavos! ¡Tu amigo el vagabundo de la venda no tiene dinero! ¡Tendría que llamar a la policía! Mira es que acaba de tener un accidente trató de calmarlo Donald. Fisher apareció detrás del gordo y lo circunvaló hábilmente, empujando la puerta para que su amigo pudiera salir. El gordo embistió contra ellos, cual elefante, en el vestíbulo. ¡Me cagon Dios! barritó. No, no, aún no Sahib advirtió Fisher a Donald Espere hasta que esté a plena vista, Sahib, así es como lo hace el Rajá. ¿¡Qué?! respondió Donald. Fisher abrió de un empellón la puerta del aparcamiento y ambos corrieron hacia el coche. El gordo tropezó y salió dando tumbos por la puerta hacia la acera. ¡Joputas! gritó. Donald se metió en el coche y abrió la puerta del copiloto. Venga bufó. ¡Esa camarera gorda te va a arruinar! ¡Se lo come todo! le espetó Fisher al inflado anfitrión ¡No la dejes sola, vuelve! ¡Rápido! Saltó al interior del coche. La hostia dijo Donald arrancando el motor. ¡Eh! ¡Esas mi mujer! chilló el gordo ¡Vagabundos de mierda, nos atreváis hablar de mi mujer! ¡Hastaquimos llegado! Corrió a bandazos hacia el coche. Donald salió marcha atrás de la plaza de aparcamiento en el momento en el que el gordo la alcanzó. Mientras dirigía lentamente su coche hacia la autopista, el gordo la emprendió a puñetazos con el maletero. ¡Salidel puto coche! ¡A mí nadie mabla desa forma! ¡Volved aquí! Parecía que le llevaría un tiempo apaciguarse.

Fisher se giró para mirar al hombre que se convertía poco a poco en una pequeña mota saltarina mientras avanzaban por la Interestatal 93. ¿Dónde coño tienes el dinero? gruñó Donald. No lo sé, el hospital o la laguna. Ostras, como hayas perdido la cartera… Fisher dejó de reír y trató de sentirse preocupado. La cartera ¡mi cartera! pensó Aunque tampoco tenía dinero. Solo la tarjeta pero me habían anulado prudentemente cualquier crédito si es que alguna vez me lo concedieron así que flaco favor le va a hacer a nadie. ¿Y de cualquier modo qué sabe Henry David Thoreau de utilizar una tarjeta de crédito? Posiblemente ni siquiera crea en ellas. El viejo cascarrabias. No te preocupes ya lo solucionaré le dijo a Donald.

Cruzaron el río Charles y Fisher se sintió alicaído y débil al atravesar de camino a su casa las calles de Back Bay,5 atestadas de gente y decoraciones navideñas. Fisher vivía en la calle Newbury entre Exeter y Gloucester. Evitaremos indicar la dirección exacta para proteger los intereses de terceros. Si el lector no conoce Boston mejor para él. Newbury estaba atestado de compradores muertos de cansancio de mirar boutiques. Donald detuvo el coche. Fisher se bajó. Donald lo miró con atención. ¿Estás bien William? Fisher se giró. Con ojos desorbitados. Sí estoy bien Donald. Gracias por llevarme al hospital. Siento lo que ha pasado. No pasa nada pero llama a la policía por lo de tu cartera. ¡La policía! pensó Fisher. Pero Donald parecía nervioso. ¡Un tipo de Harvard nervioso! Está bien asintió. Cerró la puerta del coche y se despidió con la mano. Comenzó a cruzar pero tuvo que lanzarse de nuevo hacia el coche cuando un cupé gigante zigzagueó calle abajo a escasos centímetros de su cuerpo. Fisher blandió al aire un puño amenazante. ¡Nos vemos! le gritó a Donald atravesando la calzada. Cuando Donald volvió a sumirse en el tráfico de la ciudad estaba preocupado por Fisher. Era capaz de preocuparse y conducir al mismo tiempo por su condición de estudiante de Harvard.

Vuelvo a alcanzar este lado de la calle con vida pensó Fisher Aunque ¿para qué en realidad? Vivía en esa acera de la calle Newbury por mera casualidad. Ese lado era igual al otro. Las mismas tiendas, los mismos peatones, la misma confusión reinante. De hecho sabía que había un hombre que se parecía mucho a él y que vivía en el que habría sido su apartamento en el edificio del otro lado de la calle. Fisher había pensado muchas veces en hablar con él pero finalmente decidió que solo lo haría para tumbarlo de un puñetazo y salir corriendo. Al ascender las escaleras de su edificio una ventana del tercer piso se abrió y la chirriante voz de su casera cayó sobre él como la muerte. Eh ¿qué ta pasadon la cabeza? saludó la casera. ¡La guerra! gritó Fisher escondiéndose rápidamente en el portal y buscando a toda prisa las llaves. ¿Qué? volvió la sorda pregunta. Abrió el acceso a la escalera, cerró apresuradamente y corrió hacia su apartamento. Mientras trataba a tientas de encontrar la llave escuchó a la casera asomarse al rellano del tercer piso. ¡Qué cansadicastoy de decirte que no des portazos! ¡Al carajo! respondió Fisher cerrando con un fuerte golpe su propia puerta, en la que apoyó la espalda jadeando. ¡A salvo! Fue a trompicones hacia la cama y se tiró en ella.

Se quitó los zapatos y se metió en la cama con la ropa puesta, una sensación que encontró tan estimulante como descorazonadora. Apoyó la cabeza cansado en la almohada pero se volvió a incorporar con un alarido: se había recostado directamente sobre la herida fresca que ya comenzaba a picar. Refunfuñó y dio vuelta tras vuelta sobre el colchón. Era un desastre, Fisher era incapaz de hacer una cama. Excepto durante su adolescencia cuando sufría una forma peculiar de sonambulismo con la que a menudo se despertaba sentado sobre la cama que había hecho a la perfección mientras dormía profundamente. Mejor hecha que las de los mejores moteles. Pero no debería tumbarme ahora pensó Tendría que preparar una tetera tan fuerte que me haga ladrar y coger el violín para practicar. Eran las dos de la tarde y Fisher temía despertar hecho polvo. Las siestas le jugaban esas malas pasadas. Fuera las baldosas de las aceras y los ladrillos de los edificios de apartamentos de la calle Newbury y de hecho todos los ladrillos y baldosas de Boston comenzaban a congelarse por efecto de la fría brisa que recorría la ciudad. Una hora más tarde el sol comenzó a ocultarse mientras Fisher daba una cabezada tras otra. El sol pensó No debería siquiera molestarse en salir en Boston puesto que jamás conseguirá calentar la maldita ciudad. Arde a 6 000 grados pero es incapaz de calentar Boston entre octubre y agosto. ¡Puto fracasado! le espetó al sol consciente de la distancia que los separaba.

Se despertó horas después en plena noche helada de Boston y comenzó a enfadarse según los acontecimientos del día se le abalanzaban antes de que estuviera preparado. Especialmente el recuerdo del accidente. Pues claro que me ha sucedido esto pronunció en voz alta Hoy es domingo y los domingos son terriblemente ineludibles estés donde estés. El DOMINGO es siempre el mismo pero cada semana TÚ vas siendo menos y menos. El domingo es un gigantesco Reloj del Aniquilamiento que mide con sangre la lenta muerte de grandes y pequeños igual en el campo que en la ciudad. Clavándonos a todos al sucio felpudo de la vida bajo su incalculable peso, el domingo te machaca las entrañas con mecánico júbilo y el imperceptible movimiento de su despiadado minutero. El domingo es el matón gordo del colegio, MacGillivray, sentado sobre tu pecho y riendo estúpidamente mientras te baña la cara con su repelente aliento de imbécil para terminar por romperte el brazo y el esternón. Odio los domingos. Dando vueltas en la cama que era ya un desastre sin remedio sus ojos se iluminaron al ver una caja de cerillas. Y este era un ejemplo excelente, la caja de cerillas, de las Reglas del Domingo. No puedes disfrutarlas, no puedes usar tus interesantes cerillas nuevas de madera en domingo si no has utilizado todas las cerillas viejas, cuya caja te aburre hasta las lágrimas. En domingo no te mereces ni una pizca de placer. ¡Mi bella, fascinante y poco conocida nueva marca de cerillas de madera! soltó Fisher en la semioscuridad. Si las utilizara antes de que se acaben las viejas sería una atroz violación de las Reglas del Domingo, lo que desembocaría en una ventisca o en encontrar en la radio solo música barroca ¡o incluso una llamada de teléfono de mi tío! Se estremeció y se retorció entre las sábanas que comenzaban a momificarlo. Pero una parte de las Reglas del Domingo son las cosas que tienes que hacer, esas torturadoras acciones individuales. Tienes que ir al baño y descubrir que estás sin papel. Tienes que intentar hacer una tortilla y verla arder como el carbón en la sartén. Tienes que salir al porche tiritando en ropa de andar por casa para coger el New York Times y encontrarlo mordisqueado y cagado por el perro con pedigrí del vecino. ¡Y la cocina! El altar del domingo. Tienes que ir a la cocina e insultarte con sus vejaciones. Atravesar húmedos restos de basura. Hay algo erótico y extraño en los domingos. Una fuerza inevitable te arrastra hacia la cocina tal y como el primer medio pez medio mamífero se arrastró hasta la playa en Atlantic City o dondequiera que sucediera.

¡Mierda! gritó golpeándose un dedo del pie con una silla de la cocina, lo que lo hizo caer con las costillas sobre el viejo y sucio fregadero de loza. Había escarcha en la cocina. El apartamento estaba congelándose poco a poco. Se obligó a realizar un reconocimiento de los armarios que estaban vacíos excepto de húmedo polvo y en un ataque de rabia se lanzó de nuevo a la cama donde volvió a recostarse y a temblar. Fisher había resuelto hacer pasar el domingo a base de sueño, con la idea de que una vez que llegara el lunes los desastrosos acontecimientos del día podrían darse la vuelta. Con la llegada de la hora mágica, la medianoche, su cabeza quizá se curara de forma milagrosa. Pero incluso si no era así al menos sería lunes y podría ir a su cálida oficina y presumir de vendaje. Tras luchar con su cabeza y la ropa y la colcha en una serie de pequeños ejercicios convulsivos de encaje cayó de nuevo dormido. Pero no paraba de dar vueltas en la cama y se despertaba refunfuñando de cuando en cuando. Cada vez que salía del sueño quedaba abatido: los ojos parecían siempre abrirse con la vista puesta en algún objeto de la habitación que le disgustaba. Maldita sea gruñía arrojándose con amargura hacia la almohada.

Lo cierto es que a Fisher le disgustaban todos los objetos. Había tratado durante los últimos meses de deshacerse de cuantos pudiera. No obstante esto lo había llevado únicamente a una plétora de sistemas neuróticos que lo perseguían a cada minuto, despierto o dormido. Aquella noche el dormitorio de Fisher contenía su cama, una silla, una radio barata, un escritorio hecho con dos ficheros en proceso de oxidación y una puerta robada del sótano, un atril y, en el rincón, su violín: don Chirridos. No es que Fisher no tuviera talento musical, era aún peor. Pero odiaba su trabajo y un odio profundamente asentado suele generar desatadas fabulaciones. Creía realmente que era un violinista aficionado con habilidades. Pero era lamentable. Un terrible arañaviolines capaz solamente de desafinar un puñado de sencillas melodías tradicionales aprendidas de oído y acompañado por un grupo de gruñones entusiastas de la comida ecológica. Este era el grupo de cámara de Fisher, cuyas habilidades alababa ante cualquiera que le preguntara cuando portaba a don Chirridos.

¡Otra vez despierto! exclamó Aunque he eliminado todo objeto posible de este apartamento, los que permanecen han tomado las características de sus hermanos fenecidos y me mantienen en vela. Podría vivir sin ese escritorio soltó de repente sentándose en la cama y mirando a su alrededor en la habitación. Entonces se planteó si sería capaz de dormir sin cama. Así pensó Seríamos solo yo y mi violín y mi atril y mi papel pentagramado y los Tres Bolígrafos Esenciales y mis libros de música. ¡Eso sí que sería una buena forma de vida! gritó. Consideró brevemente dormir cada noche en nueve o diez tiras de papel de cocina. ¡A quién pretendo engañar! aulló ¡Tengo diez mantas en la cama y me estoy congelando! Se apoyó de nuevo sobre el vendaje. ¡Aaaahh! chilló. Se apoyó sobre los hombros. Es sádico el amor que os tengo dijo a sus posesiones. Lo único que quiero en esta vida es mi violín. Y los Tres Bolígrafos Esenciales. ¡Te quiero en pelotas! gritó al apartamento. El nuevo credo. Minimalismo vital. Por supuesto que me gustan las cosas, nacemos para querer y atesorar cosas. Pero las prefiero cuando arden y se despedazan. Mira esa silla horrorosa. ¡No te necesito! le gritó Si me deshago de ti mañana habré logrado algo. Podría aprender a tocar montones de piezas, montones de pasajes difíciles, si tirara la silla y quizá también el escritorio. Bien esto es una idea, ¡el valor toma la palabra! Fisher se zambulló de nuevo en el intranquilo mar de sábanas aporreando el colchón con frustración. Permanezco despierto por culpa de cosas ¡de cosas! Pero repentinamente arrepentido pensó ¿Quién soy yo para quejarme?

Fisher había conocido a un hombre que dependía por completo de un objeto para dormir. Una máquina del sueño que una vez enchufada emitía un ronroneo y una seductora luz rosa. Este artilugio se fabricaba en Liechtenstein o Mónaco o cualquier otro lugar remoto y cuando una noche dejó de funcionar y tuvo que ser deportado a su país de origen el hombre comenzó a deshacerse. Cada día llegaba al trabajo con un aspecto más demacrado que el anterior. Comenzó a tomar seis o siete cócteles con la comida, con un temblor continuo y gritando sin parar a sus compañeros. Aparentemente la Schlafensmechanik se perdió en el Luftpost puesto que nunca regresó. Pero bastante antes de que debiera haber sido devuelta su dueño fue arrestado desgañitándose sin consuelo tras tratar de asesinar a un investigador del sueño. Este inoportuno le había dicho al pobre hombre que «no hay necesidad física de sueño» y le mostró evidencias científicas: algunos babuinos han sido obligados a jugar al baloncesto durante novecientas horas seguidas y posteriormente se han lanzado a procrear con absoluta normalidad.

Fisher siempre se retorcía de la risa con esta historia y al retorcerse se apoyó sobre el vendaje y ¡Aayyyyy! se incorporó sintiendo un latigazo en la herida. Observó la habitación. Finalmente cuando sin ser consciente el domingo se hizo lunes, cayó en la cama y se sumió en un sueño sin descanso y lleno de recelo.

1 El título del capítulo hace referencia a la misma obra que la cita inicial, Walden, de Henry David Thoreau. En numerosas ediciones, parece ser que en contra de los deseos del propio Thoreau, se subtituló «o mi vida en los bosques». La traducción de la cita corresponde a la edición de Javier Alcoriza y Antonio Lastra en la editorial Cátedra (2005).

2 La laguna Walden, en la que Thoreau vivió entre 1845 y 1847, pertenece a la localidad de Concord, vecina de Lexington, ambas en el estado de Massachusetts y consideradas parte del área metropolitana de Boston, de la que se encuentran a unos 30 kilómetros. La Batalla de Concord-Lexington da inicio a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos en abril de 1775.

3 El poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson lideró el movimiento del transcendentalismo, desarrollado fundamentalmente en la costa este estadounidense. Amigo y mentor de Thoreau, fue en un terreno de bosque de su propiedad en el que Thoreau construyó la cabaña junto a la laguna Walden en la que pasó dos años.

4 Harvard Square se sitúa en pleno centro de Cambridge, junto al histórico campus de la universidad. Centro comercial y de transporte, los residentes la conocen sencillamente como «la Plaza».

5 Barrio de Boston situado al sur del río Charles. Es una zona comercial de alto nivel caracterizada por albergar edificios clásicos victorianos, así como algunos de los edificios más altos de la ciudad, lo que la convierte en uno de los barrios más caros de Boston.

II. Divagaciones del protagonista

Afortunadamente el accidente de Bill Fisher en Walden no lo ha mantenido alejado del trabajo ¡y además es más fácil verlo por los pasillos con ese enorme vendaje! ¡Esperamos que te recuperes pronto, Bill!

Nota aparecida en el boletín del instituto.

Sí, afortunadamente abrirme la cabeza en el hielo no me ha mantenido alejado del trabajo pensó Fisher Mi trabajo aquí en este gran instituto. Dios no lo quiera. ¿Y quién dice que fue un accidente? se lamentó encorvándose en su escritorio como un zepelín mutilado. A solas en el centro de estudios Fisher no tenía nada en lo que pensar. Aunque para compensarlo a su alrededor se pensaba frenéticamente. Estaba rodeado en su misma planta de personas con titulaciones intermedias; en el piso superior, con diplomas menores; y sobre ellos dos capas de gente con títulos superiores, pipas, chaquetas de tweed y fregaderos individuales en sus oficinas para los utensilios del café. Todos soñaban. Al menos estaban todos sentados con la cabeza entre las manos igual que Fisher. Aunque pensaban en algo distinto a sentarse con la cabeza entre las manos. O eso se suponía al menos. Fisher imaginaba el instituto como un gran «Pastel de Ciencia» con sabor a levadura. Un baklava de ideas. Su oficina era pequeña y gris y ni siquiera la tenía para él solo. Tras un rudimentario panel de partición de la década de los cincuenta se sentaba un hombre con una titulación mediocre que le gritaba periódicamente. Fisher y el hombre (un tal profesor Smith)6 se comportaban como si tuvieran oficinas separadas pero no era más que una ilusión. Si Fisher quería fumar tenía que ir a la «sala de fumadores» que había sido creada por el presidente del grupo antitabaco («anti-» precisamente) del instituto. Un banco, un cubo. Fotografías de pulmones. Era absurdo. Tengo hambre, tengo sed pensó Fisher. Me pregunto si sonará el teléfono.

Sonará sin duda si cojo mi violín y me escapo a hurtadillas escaleras abajo hacia las máquinas expendedoras. ¡Las máquinas expendedoras! Ahí es donde se vive de verdad. Abajo en el gran sótano del instituto. Bajo las cálidas y hojaldradas capas de profesores soñadores. La masa humeante de tristes nostálgicos que sin duda planean en este momento toscas sorpresas de ingeniería genética para todos nosotros. O casi todos. No para ellos, desde luego. Pero es debajo donde está el auténtico meollo del instituto, el violento mundo del sótano.

El sótano es muy cálido en invierno. Entrar en él supone caer redondo por el poderoso olor amoniacal de las magníficas imprentas del instituto. Amplias avenidas canalizan carretillas elevadoras e incluso pequeños camiones eléctricos cargados de bebidas frías para los habitantes de las tripas. ¡El rugir de motores! Y desde los grandes bulevares del sótano se pueden ver los camiones alejarse en la distancia. A veces el sótano es como una mina. Inexpresivos y demacrados hombres conducen vagones, llevan a sus compañeros hacia las entrañas donde se realizan numerosos servicios propios de superhombres para los esponjosos soñadores de las cálidas capas superiores. Los hombres son mugrientos ahí abajo. Fisher se preguntó si habrían subido alguna vez a las plantas superiores los tipos sucios que permanecían en torno a las máquinas expendedoras depositando sus escasos centavos en ellas. A veces los entretenía con su violín (¡o eso pensaba él!): hombres con monos de trabajo bailando tarantelas y extrañas polcas en las infrecuentes áreas iluminadas de los oscuros túneles del sótano. Tengo que acordarme de ensayar pensó. A veces se podían escuchar los cantos fúnebres de un entierro en el sótano. Se supone que nadie debe verlos pero en susurros contenidos hay quien asegura haberlo hecho. Porteadores vestidos con monos negros cargan al fallecido hacia las entrañas en una de las carretillas eléctricas. Entonan sus cantos fúnebres al ritmo que un lúgubre percusionista marca sobre un bidón. Cuando Fisher decidía que el teléfono no sonaría y los soñadores de su planta parecían tan entumecidos por su propia esponjosa calidez que no requerirían nada de él, siempre se dirigía al sótano. Para una animada visita a los corpulentos hombres que lidian con verdaderos problemas. No los estúpidos enigmas concebidos cada hora e inmediatamente patentados en la masa dulce de las capas superiores.

Pero la capacidad de respuesta e incluso la determinación de Fisher se habían visto embotadas por el accidente y no tuvo la iniciativa de bajar al sótano. Permaneció sentado con la mirada fija y borrosa en su calendario. Normalmente se excedía trabajando. Habitualmente se estremecía ante la previsión de su próxima tarea. Era conocido por sus respuestas inmediatas ¡ME PONGO AHORA MISMO A ELLO! ¡SIN PROBLEMA! ¡DÉJALO EN MIS MANOS! Pero ahora estos pelmazos ven a otra persona pensó Cuando hacen pasar su brujería por mi escritorio. Les mantenía la mirada en blanco no por desafiarlos sino por mero adormilamiento. ¡Lerdo, estoy completamente lerdo y atontado para siempre por haberme golpeado la cabeza! pensó. ¿Dónde está tu informe? ¡Normalmente escribes un informe de veinte páginas! No podía recordar cómo responder a las quejas ¿? si es que había habido quejas. Mis únicos pensamientos claros se dijo Son sobre mi violín. Pero esto tampoco era cierto. Las sencillas melodías cortas que había aprendido antes del sábado quedaron desmembradas por el accidente el domingo. ¡Domingo! se lamentó ¿Cuándo volverán a ser normales mis reacciones? ¡Cállate! saltó Smith al otro lado de la partición.

Ojalá estuviera en casa pensó Fisher Me encanta estar en casa. Allí era donde se imaginaba que tocaba tan dulcemente a don Chirridos. Puedo hacer cualquier cosa que me apetezca en casa, no solo tocar con abandono emocional sino también escribir incisivos comentarios sociales y comprender a Locke y a Pollock pensó. Cuando Fisher estaba trabajando solo deseaba estar en casa. Pero cuando de hecho llegaba a casa comenzaba inmediatamente a inquietarse por el trabajo. Por el presupuesto y el informe sobre el uranio. En una noche cualquiera, se sentaba, se levantaba, se sentaba, se levantaba, danzaba alrededor de la casa, se sentaba, miraba desconsoladamente su violín, se levantaba, preparaba té, se sentaba, trataba de dibujar, arrugaba el dibujo, se levantaba, golpeaba los radiadores tratando de obtener calor, se sentaba, escribía pensamientos sobre un tipo que odia su trabajo en un cuaderno, le gustaba, lo odiaba, lo estrujaba chillando ¡Tengo demasiado papel en blanco!, se levantaba, buscaba en su apartamento objetos que tirar a la basura, se sentaba, miraba con el ceño fruncido sus muebles. Dos negros que se habían operado para convertirse en mujeres y ejercían de prostitutas y se amaban, vivían sobre Fisher y a menudo se enconaban la una con la otra por la noche. Y sobre ellos vivía la casera, un tiburón martillo. Odio estar en casa se lamentó. Al menos todo en la oficina pertenece a otro y no puedo más que vivir con ello, ¡ni hablar de minimalismo vital en el trabajo! No obstante Fisher había arrojado silenciosamente dos viejas sillas por la ventana de la escalera una tranquila mañana de primavera y nadie se quejó. Excepto la policía y la ventana del compañero que golpearon. Y se está calentito aquí dijo en voz alta. En casa temblaba sin parar en el frío infinito. El único ejercicio que practicaba era caminar hasta los bares y golpear el radiador. Sacaba el violín y tocaba algunas notas en el gélido aire y entonces, temblando, decidía dejarlo por hoy, fuera cual fuera ese hoy, y embestir hacia la cocina donde picaba algo y se encogía temeroso. Fisher le tenía pavor al abandono nocturno: el rescate de la televisión de su escondite en un armario y la alimentación ganadera a base de galletas y cerveza. Gimoteaba suavemente. Pero no está tan mal mi casa pensó Pronto me habré librado de todo lo que no necesito. No tendré nada más que mi violín, los Tres Bolígrafos Esenciales, libros de música y papel pentagramado. Y mi atril. Compraba bolígrafos y nuevos tipos de papel cada semana. Estoy enfermo pensó Quiero un bolígrafo nuevo ahora mismo, mi accidente no me ha ayudado, de eso soy consciente. Los fetiches te limitarán y te destruirán. Pero tienes que mantener tus manías dentro de límites razonables. Pero ¿por qué no se dan cuenta se preguntaba De que soy violinista?, ¿que no pertenezco a todo esto? ¿Cómo es que no lo ven claro y evidente? ¿Por qué no me he transformado? ¡Quizá sería más sencillo si pudiera librarme de este letargo postraumático y cuando entrasen con su puto presupuesto, lo cogiera y saltara sobre el escritorio y me colgara de la lámpara uh uh uh uh como los monos! ¡Y lo hiciera trizas y me lo comiera! Encorvado sobre el escritorio con los ojos brillantes y hambrientos de los monos del zoo. Fisher se desplomó sobre la mesa. Ruido de pasos en el pasillo. Así no arreglamos nada se lamentó. El presupuesto. Ya. Ahora, tiene que ser ahora cuando hay trabajo que hacer. Y no me he tomado ni un dulce. Y no me he escapado al sótano para estar solo al menos unos cuantos minutos de mierda. Sonó el teléfono. Fisher se balanceó con las manos sobre las orejas: Laughton7 en su torre. ¡Ohhh las campanas!

Alargó la mano para coger el teléfono y se pinchó con la punta de un lápiz que sobresalía de una caja de té situada sobre la mesa. ¡Au! dijo al auricular. ¿William? respondió una voz de mujer. Fisher se ilusionó un instante hasta que fue consciente de que era la voz de su amante, Jillian Hardy. La relación con Jillian era tensa. Tensa por culturales miramientos, atrapada en clínicos tocamientos. Ya lo verán. Ninguno de los dos estaba cómodo. ¿Jillian? Sí ¿qué tal? No muy bien la verdad, me di un golpe en la cabeza. ¿Eh?, ¿con qué? Con la laguna Walden. ¡¿Cómo?! Fui ayer con Donald y me resbalé en el hielo y me golpeé la cabeza. Me dieron diez puntos. ¡Puntos! Dios Santo William los exámenes. Mis exámenes están a la vuelta de la esquina dijo ella. ¿Y qué tiene esto que ver? preguntó Fisher que conocía muy bien la respuesta. Pero ¿por qué me haces estas cosas? se quejó Jillian. No te lo hice a ti, me lo hice a mí contestó Fisher con enfado. Si te lo hubiera hecho a ti jamás me permitirías olvidarlo pensó Además no lo hice yo, sucedió. En serio William ahora supongo que tendré que cuidarte. ¡No te molestes! Oye no me gusta el tono este que me pones ahora todo el tiempo. Mientras escuchaba con resentimiento a Jillian, una nube gaseosa comenzó a formarse en los intestinos de Fisher. ¡Tengo que cambiar de asiento! quiso gritar. No sé a qué tono te refieres respondió en un leve chirrido. Sí que lo sabes. Tengo que… ¡hiiii! gritó Fisher que empezaba a sudar con profusión. ¿William? ¿Estás… dolorido? Ooooh gimió Fisher Hablamos luego. ¡Muy bien! ¡Solo trataba de ser comprensiva! Esta noche hablamos concluyó Fisher. ¡No estés tan seguro! Se colgaron mutuamente. Fisher corrió hacia la puerta y aceleró pasillo adelante. Perdió el equilibrio un momento —¡Yaaaa!— al resbalar en un charquito en el que chapoteaba perezosamente un conserje. Se enderezó y alcanzó el baño, aliviándose sonoramente en la fresca caverna. Fisher podía tener otros atributos pero desde luego no el de la discreción. ¡Dios! exclamó una voz quejumbrosa en un cubículo cerrado.

PLANETARIO DE BOSTON

El Boston que describe este texto se asienta en el fondo de un gran cuenco. ¿Quizá un cuenco natural fruto de la geología como el gran cráter en el que se encuentra Los Ángeles? ¡Pueden pensar eso si lo prefieren! Pero, querido lector, lo cierto es que Boston se sitúa en el fondo de un gran inodoro. Una auténtica letrina.

Año tras año de agosto a julio toma asiento sobre este inodoro un Ser tan imponente, tan enorme que nadie nunca lo ha visto o le ha puesto nombre. No podría ser Dios puesto que Dios es misericordioso. Pero desde su asiento el Ser tiene una visión de conjunto de la costa este, hacia el oeste los Apalaches, Ohio, quizá Pikes Peak8 en un día claro. Ya se hacen ustedes una idea (si, digamos, el inodoro estuviera a 30 kilómetros de altura y el Ser tuviera proporciones humanas sus ojos se elevarían a 150 kilómetros y podría quizá ser capaz de ver Hawái. Por supuesto ojos de tal tamaño captarían más luz… podría entre otras cosas ver a gran profundidad bajo el agua). ¡Suficiente! La cuestión es que todo lo conocido por medios meteorológicos, astronómicos y metafísicos en Boston son las paredes de esta gigantesca letrina (en cuyo lado oeste se encuentra el fresco de los Berkshires)9 y El Culo (¡a esto sí le han puesto nombre!) del Ser. De agosto a julio el cielo bostoniano es oscuro, su horizonte de porcelana y su entorno agua, hielo y desechos. Todo lo que se puede escuchar, sentir y oler es El Culo. ¡El Culo! Acuclillado en lo alto con firmeza. Produciendo una continua y nefasta excreción que sus desafortunados habitantes denominan lluvia y nieve. ¿Pero cómo puede eso ser lluvia si huele a perro muerto? ¿Cómo puede ser nieve si es negra como el carbón? Estas denominaciones son fruto meramente de la consideración hacia los foráneos. Tras tantos años en esta situación a los bostonianos no les queda ya decoro alguno. Apenas numerosos placeres minúsculos frente a esta avalancha. No tratan de engañar a nadie. Los signos de su terrible suerte están grabados en sus rostros como lo está la desconfianza.

El Instituto de Ciencias se sitúa en pleno centro de este Boston, con aspecto de poder haber sido expulsado de El Culo en torno a un siglo atrás. Expande su color gris a lo largo de varias hectáreas cerca de Boston Common10 hasta el límite de Back Bay donde se detiene indiferente.

Fisher sentía que no podía regresar a la descorazonadora pequeñez de su oficina. Decidió ir a realizar un recado que le había encargado Smith. La distancia hasta la biblioteca era más que considerable. Mientras caminaba hasta allí Fisher no sabía qué hacer con las manos. Si las metía en los bolsillos delanteros de sus pantalones parecía demasiado nervioso. Si las ponía en los bolsillos de la chaqueta parecía que estuviera tratando de hacerse pasar por un joven profesor universitario. Si las introducía en los bolsillos traseros de los pantalones parecía un delincuente juvenil. De cuando en cuando durante el paseo por los pasillos del instituto se distrajo de la cuestión de las manos mirando por la ventana hacia Boston, los edificios bajos y grises del instituto creciendo como papilomas. Se planteó por qué en mañanas como aquella la ciudad no se congelaba por completo. Aunque quizá entonces pensó Los papilomas se caerían. Está todo cuidadosamente construido. Alguna mañana no vendré a trabajar y aparecerán por mi apartamento con una palanca y me encontrarán congelado, pegado a la cama. Comenzó a murmurar insultos contra su casera pero se dio cuenta de que había llegado a la biblioteca. Entró. Tras el mostrador había una bibliotecaria tecleando. «Miss Mapes» rezaba su insignia. Fisher permaneció tras el mostrador mirándola boquiabierto.

Desde la punta de su maravilloso cabello caoba, barrido por el viento y atado en una coleta, hasta sus atléticas piernas y sus pies cubiertos por mocasines y calcetines verdes a media pierna, Fisher la encontró bellísima. También mecanografiaba con bastante eficiencia. Junto a ella había algún tipo de amorfa decoración navideña que ella misma debía de haber traído. Fisher sacó un pedazo de papel de su bolsillo y lo miró, luego la volvió a mirar a ella. Te quiero pensó aclarando su garganta. ¿Tienen Mitocondrias para modernos? preguntó mirándola a los ojos mientras ella se giraba al escuchar el graznido. Los ojos eran azul pálido, fascinantes. Voy a ver dijo volviendo a su escritorio. Te deseo pensó Fisher Quiero una niña pija. Quiero que me lleven a navegar en el velero de Papaíto y beber gintonics y tener fines de semana solo para nosotros en la casa grande de Connecticut. Pasillo 40 informó Miss Mapes tras consultar el catálogo. Muchas gracias respondió Fisher quien al girarse rápidamente tropezó con una estudiante oriental. Se disculpó y caminó hacia las estanterías vigilado pensó ¡Por ojos rasgados por el odio!

El pasillo 40 era atractivo y Fisher disfrutó avanzando por él. Se encontró rodeado de libros sobre la vida en sus formas más sencillas y lastimosas. Apasionado plancton, el drama de las diatomeas. Se detuvo en la estantería indicada y buscó el libro que Smith tan ardientemente deseaba. Fisher coordinaba la edición del último libro de Smith. Esto significaba teclear y volver a teclear cientos de páginas de ecuaciones diminutas. Encontró Mitocondrias para modernos y lo sacó de la balda. Era un viejo libro de páginas ya amarillentas lleno de fórmulas. A Fisher se le redujo la temperatura corporal ostensiblemente. Voy a tener que teclear esto pensó Todo esto. Miró a un lado y otro del pasillo y al no ver a nadie puso el libro en el suelo haciéndolo descansar sobre los bordes como una tienda de campaña. Cogió una caja de cerillas del bolsillo y a toda prisa prendió fuego al libro. Se agachó y sopló para avivar las llamas que rápidamente se hicieron con las viejas y secas páginas. Dio un paso atrás y admiró la fogata. La pateó ligeramente para mantenerla alejada de los libros de la balda inferior. Mientras permanecía contemplando el chisporroteante libro sonó una alarma. Estrujó la caja de cerillas en su bolsillo y se dio la vuelta para salir. Pero en ese momento vio a Miss Mapes corriendo hacia él por el largo pasillo 40.

¿Qué pasa? jadeó al llegar a su lado. ¡Ese libro está ardiendo! la informó Fisher señalándolo y adoptando una mirada de preocupación. ¡¿Qué?! exclamó ella en pleno ataque de pánico. Ha sido de lo más extraño explicó Fisher girándose para seguirla cuando ella comenzó un rápido trote de regreso a su escritorio. Contempló su culo agitándose en la falda caqui. Estaba caliente siguió Fisher Casi abrasando cuando lo cogí de la estantería. Aún a la carrera Miss Mapes se giró y lo miró con ojos extrañados. Extrañados sí pero confiados pensó Fisher antes de concluir ¡Y entonces echó a arder!

Miss Mapes alcanzó el mostrador y sacó un pequeño extintor que había debajo. ¡Tengo que salvar la biblioteca! gritó ¡Fuego! Estudiantes de otras tierras levantaron las cabezas de sus mesas sin comprender nada. Inferno? Shénme…? Miss Mapes volvió al galope al pasillo 40 seguida de Fisher quien de nuevo desde atrás admiraba su constitución equina a través de las líneas clásicas de su sobrio traje. La vio agacharse y sonrojada por tanta alteración rociar espuma blanca sobre el humeante libro que en realidad ya había ardido por completo. La alarma continuaba sonando. Miss Mapes vació por completo el extintor sobre el pequeño montículo negro para más tarde con delicadeza pisotear la torre de espuma que había construido. Se volvió hacia Fisher y contempló el desastre humeante. ¿Dijiste que estaba caliente? le preguntó arrugando sus finas cejas. Sus ojos brillaban como el río Delaware avanzando entre ondeantes campos de cereal, cuyas espigas serían sus pecas (solo unas pocas). Sí aseguró Fisher Estaba caliente al tocarlo y luego ardió. Caminaron de regreso al mostrador. Hemos tenido suerte de que yo lo hubiera cogido se felicitó Fisher Podría haber ardido todo. Tendré que llamar al jefe de biblioteca contestó Miss Mapes. Fisher contempló su bronceada mano marcar ágilmente el número. Habló un minuto y otro más tarde un hombre que olía a ámbar gris aparecía encorbatado junto a Fisher. ¿Qué sucede Alison? Así que Alison pensó Fisher. Un libro se ha quemado señor Ropp. ¡¿Qué?! estalló el hombre, que había estado observando a Fisher. Un caso de combustión espontánea intervino este sin que nadie le preguntara. Los ojos del señor Ropp se entrecerraron alarmantemente. Los libros no hacen eso caballero. ¿Y quién es usted si puede saberse? Ah Fisher, William Fisher, soy administrador en Ingeniería. Ropp lo miró desdeñoso de arriba a abajo. ¿Era un ejemplar antiguo? Sí respondió Alison Era un viejo texto de bioquímica. Casi alquímico de tan viejo bromeó Fisher de nuevo sin que nadie se dirigiera a él. Muy divertido dijo Ropp Combustión espontánea en mi biblioteca. Sí asintió Fisher Todo es un infierno últimamente. Ropp le lanzó una mirada penetrante y se giró hacia Alison. ¡Apaga la alarma por Dios Santísimo! Y se alejó caminando. Cuando llegó a su despacho gritó ¡Haz un informe! Sus ojos desaparecieron tras intentar sondear el alma de Fisher.

Alison ofreció a Fisher una sonrisa maravillosa. La alarma seguía sonando. Necesitaré tu número de teléfono. 2197 dijo Fisher. Y ella preguntó ¿Cuál es el teléfono de tu casa? 490 2770 respondió Fisher absolutamente sorprendido. Ella levantó la vista y le sonrió afectuosamente, espléndidamente. Te llamaré para esto sonrió. El significado de sus palabras no ofrecía duda o eso creía Fisher. Se sonrojó, sonrió y dio un tropezón hacia atrás. Sí claro vale tartamudeó. Se giró y se dirigió hacia la puerta. No me lo puedo creer pensó Podría llamarme a casa Alison Mapes. Pero al abrir la puerta fue arrojado al suelo por una poderosa corriente de agua, fue derribado y zarandeado de vuelta a la biblioteca ¡por un torrente de agua! que rugió al adentrarse en la sala. Mientras Fisher trataba de luchar contra la embravecida catarata y secciones aisladas de su cerebro intentaban entender qué sucedía escuchó voces y a Alison que gritaba ¡Parad! ¡Parad! Un instante después cesó el torrente y mientras Fisher se levantaba a tientas con punzadas en la piel y zumbidos en los oídos vio a la pandilla de latinos que formaba el cuerpo de bomberos del instituto. Todos llevaban chubasqueros amarillos y suestes y estaban tan empapados como Fisher. Los cuatro permanecían con una manguera que aún goteaba agua en las manos y miraban a Fisher con reticencia. Alison apareció corriendo. ¿A qué viene esto? preguntó mirando por algún motivo a Fisher. ¿A mí qué me cuentas? respondió enfurecido ¡A ellos, pregúntales a ellos! Alison miró al cuerpo de bomberos. La larma dijo uno de ellos Estaba la larma. Fisher miró su ropa, que tenía la coloración mate propia de la tela empapada. Sus zapatos eran batiscafos. No me lo puedo creer pronunció. Lo siento tío se disculpó otro miembro del cuerpo. Fisher miró a Alison y comprendió abatido que ella podría echarse a reír en cualquier momento. Colorado, atravesó el grupo y salió al pasillo. Los zapatos chapoteaban sobre las baldosas. Dobló una esquina y se detuvo a mirar por la ventana la ciudad congelada. Estoy empapado pensó. No sabía qué hacer. No podía irse a casa, hacía siete grados bajo cero en el exterior. Comenzó a caminar de regreso a su oficina.

Encontró miradas de extrañeza en los pasillos. El ser humano no está en su entorno pensó Fisher Cuando se encuentra en el bosque, en la montaña o en el mar. Tampoco en el desierto, en el Ártico o en la Antártida. El entorno del ser humano es la oficina. Nuestra lucha. La oficina. Es infernal. Pero ¿quién dijo que nos tenga que gustar nuestro entorno? ¿Quién le ha preguntado a las estrellas de mar si disfrutan reptando en un fondo arenoso y oscuro? ¿Quién sabe si la iguana es feliz en un colchón de guano secado al sol? Es peligroso poner en duda el entorno de la gente. Se ponen histéricos. ¡Estúpidos! soltó Fisher echando chispas ¿No habéis visto nunca a nadie calado hasta los huesos? Hacia la oficina. Una mujer amarillenta sacó la cabeza de su despacho y con una sonrisa dentona exclamó Oh ¿llueve? Fisher valoró la posibilidad de golpearla con uno de sus zapatos que podrían fácilmente pesar setenta kilos pero ¿cómo levantarlos? Todo lo que podía hacer era caminar en su ropa empapada y pesada. Alcanzó trabajosamente la puerta de su oficina y entró. Inmediatamente una voz desde el otro lado del panel.

¡Fisher! ¿Dónde está el libro? ¡No lo tenían! gritó Fisher ¡Ha desaparecido! Se sentó y alargó la mano para encender el flexo. Al tocar el interruptor recibió una descarga eléctrica. ¡Aaaah! chilló. ¡No hagas ruido! respondió una voz. ¡Estamos trabajando! Al sentarse y combarse hacia delante, su ropa comenzó a gotear sobre la silla y en el suelo. Ante el incesante goteo consideró diversas formas de secar la ropa. Podría bajar al sótano y abrazar una cañería de vapor pensó O podría ponerme frente al tubo de escape de la habitación de la fotocopiadora. Miró a su alrededor y vio el radiador. Decidió que sería más sencillo, consideradas todas las opciones, desnudarse y colgar la ropa en el radiador que ardía al rojo vivo todo el invierno. ¿Estarás trabajando un rato? preguntó al otro lado de la partición. ¿Te callarás o qué? llegó la respuesta. Vale pensó Fisher. Hizo un cartel que decía ESTOY DESNUDO, lo rompió, escribió otro que decía SALÍ A COMER y lo colgó en la puerta, la cerró por dentro y apagó la luz. Se quitó los zapatos y los calcetines, pantalones calzoncillos chaqueta camisa y camiseta interior y los colgó sobre el largo radiador. Comenzaron a silbar y a llenar la habitación de vapor. Se sentó en el escritorio y trató de acostumbrarse a la sensación de estar desnudo. Si suena el teléfono lo responderé sin ropa pensó. Si acepto ciertas cuestiones de presupuesto mientras esté desnudo quizá podría utilizar esto como excusa para cambiarlo a mitad de año. Una forma de eludir los inevitables atascos presupuestarios de abril. Tendría qué responder a los auditores del Gobierno. «Pero aseguró que el equipamiento para este proyecto costaría solo diez mil dólares». Sí, pero estaba desnudo cuando acepté. «¡¿Cómo?! ¿Y qué pasa con la fecha de finalización?». Lo siento pero no estaba vestido cuando me comprometí a cumplir esa fecha. Estaba desnudo, ¡desnudo en mi oficina!

¡Fisher! gritó una voz. Fisher dio un respingo y se golpeó la rodilla desnuda contra el escritorio. ¡¿Qué?! No te pongas de mala leche conmigo dijo la voz ¿Qué te pasa? Estoy desnudo pensó. Estoy ocupado dijo. ¿Qué hora es? preguntó la voz. La una. Pídenos comida en el comedor para dos. Vale. Así que voy a hablar desnudo al teléfono pensó. Marcó el número del comedor del instituto. ¿Sí? respondió una vocecita que parecía salir de una sopera. ¿Es el comedor? Quiero reservar mesa para dos. ¿Sabes lo que llevo puesto? pensó. ¿A qué nombre? contestó la vocecita, disgustada, ahogándose en la sopa. Smith de Ingeniería. La voz colgó de repente. Fisher hizo lo mismo y miró la piscina de agua que rodeaba su silla. ¡Hecho! comunicó al otro lado. ¡Por Dios Santo, cállate! bramó la voz.

Fisher alargó el brazo y con mucho cuidado esta vez encendió el flexo. Se dio cuenta alertado de que necesitaba ir al baño. Su ropa aún silbaba sobre el radiador, escuchó a gente atravesando el pasillo y vio sus sombras en el cristal opaco de la puerta. Incluso si salgo a la carrera tras esperar a que esté en calma pensó Con la suerte que tengo me estrellaría contra Brenda Moran que hoy precisamente habrá decidido comer más tarde. Fisher se imaginó a sí mismo resbalando en el punto donde patinó por la mañana y volando desnudo más allá del cuarto de baño cruzando la escalera para salir disparado por la lámina de vidrio de la ventana hacia la calle Arlington. Tendré que esperar pensó Aguanta soldadito. Su ropa estaba en algún lugar de la densa nube que llenaba la habitación. Fisher decidió que no estaba seca. Entonces percibió horrorizado los sonidos propios del fin de una reunión en la otra mitad de la oficina. Fisher fue consciente de que la puerta interior de la oficina estaba a punto de abrirse y en pánico su mente le ofreció alocadas imágenes de rutas fantásticas para una huida desnudo, pero la puerta se abrió y aparecieron los profesores Brown, Jones y Smith.

Los tres se detuvieron y miraron a Fisher desnudo. ¡Coño! dijo Brown. Uuuh dijo Jones. ¿Qué cojones…? dijo Smith. ¡Un momento! se defendió Fisher dando un salto Estaba a punto de ir al baño. ¿¡Pero aquí coño, aquí?! gritó Smith. ¡Fisher! exclamó Jones ¿Qué haces, chaval? ¿Qué es todo este vapor? preguntó Brown. Mi ropa está mojada explicó Fisher Me empaparon en la biblioteca y tuve que quitármela y ponerla sobre el radiador. ¿Cómo cojones te empapaste en la biblioteca? soltó Smith. Fueron los latinos se defendió Fisher. ¿Latinos, qué latinos? se extrañó Smith. De pronto Fisher fue incapaz de encontrar palabras. Los tres hombres miraron al unísono el vendaje de la cabeza, de ahí al radiador y de vuelta a la desnudez de Fisher. Vámonos dijo Jones. Venga dijo Brown. ¡Vístete por Dios! dijo Smith. Fueron hacia la puerta y la abrieron en un ángulo más que peligroso. Fisher vio a Brenda Moran en su oficina al otro lado del pasillo pero ella no levantó la vista. Smith fue el último en salir. Hablaremos luego amenazó rencorosamente a Fisher. ¡Estoy contando la verdad! respondió Fisher cuando la puerta se cerraba violentamente. Helado, se sentó en la silla.

Desnudo pensó Fisher Me han descubierto desnudo en la oficina pero aun así me siento aburrido y alienado. Se acercó al radiador y tocó su chaqueta que parecía que pudiera estar seca. Estaba goteando. Se levantó y trató de escurrir las pesadas prendas lanzando un chorro de agua hacia el suelo y bajo la puerta. Puso el montón arrugado otra vez en el radiador y se sentó. Sonó el teléfono. ¿Qué? respondió exánime. ¿El señor Fisher? dijo una voz tratando de transmitir algo más allá de su connatural importancia. ¿Sí? contestó Fisher. Llamamos de seguridad. ¿A esto llamáis seguridad? pensó Fisher. ¿Qué quiere? Bueno esto el profesor Smith nos dijo que quizá no sencontraba muy bien señor Fisher y esto… quiere que vayamos a verlo y llevarlo a casa quizá. ¡Por Dios! saltó Fisher No me pasa nada. Solo me he desnudado, ya está. Silencio. ¡Después de que me calaran esos putos latinos! ¿Qué latinos caballero? ¡Ah ahora os importa! ¡El cuerpo de bomberos! ¿Por qué no le pregunta nadie al cuerpo de bomberos? gritó. Está histérico perdido dijo la voz a una tercera persona Nunca mencontrado con algo así, ¿cácemos? Tranquilízalo recomendó otra voz. ¡Estoy tranquilo estoy tranquilo! afirmó Fisher Estoy tratando de contaros que el puto cuerpo de bomberos me tiró al suelo a manguerazos en la biblioteca y me vine aquí a secar la ropa. ¿No tiene de repuesto? sugirió la voz. ¿Ropa de repuesto? bramó Fisher ¡Trabajo en una oficina! El aire y la luz son filtrados y procesados, no hay meteorología aquí dentro. ¿Si trabajara aquí tendría ropa de repuesto sargento? Estooo… no caballero resolvió la voz. Y a la otra voz No sé, lo mismostá bien. Fisher hervía de rabia al ver sus piernas desnudas y la piscina de agua. Bueno venga concluyó Fisher Si llaman a la biblioteca les contarán que me empaparon de agua allí esta mañana. Quiso añadir ¡A no ser que sean también parte de esta broma! Pero se acordó de Alison y decidió callarse. Pero caballero dijo la voz ¿Qué pasa con ese… esto… vendajensangrentado de la cabeza? El profesor Smith dijo que esto… ¡Mi vendaje no tiene nada que ver con mi comportamiento! rugió Fisher colgando el teléfono de un golpe. Decidió que debía vestirse estuviera o no estuviera la ropa húmeda. Se levantó del escritorio y se acercó al burbujeante radiador para coger los calcetines. Llamaron a la puerta. ¿Quiéeeen eeees? preguntó Fisher musicalmente. Soy Alison Mapes, de la biblioteca respondió una voz. Y mientras pronunciaba su nombre ¡la voz sacó una mano que abrió la puerta!

¡No! gritó Fisher mientras Alison metía la cabeza en la habitación y lo miraba boquiabierta. Fisher colocó un calcetín pudoroso frente a su cuerpo. ¿Qué quieres? gimoteó viendo a Brenda Moran que estaba a punto de levantarse de su mesa al otro lado del pasillo. Yo… yo… balbuceó Alison. ¡Cierra la puerta! gritó Fisher. Entró en la habitación y cerró la puerta. No estás vestido dijo Alison mirando a Fisher de arriba a abajo con recatado entusiasmo. Sal de aquí le contestó Fisher. Sus fantasías sobre la bibliotecaria huyeron a toda prisa a un país lejano. Pero de pronto ella estaba junto a él. Oooh eres guapo pronunció acariciando su pecho. Fisher retrocedió ante la gelidez de su mano. ¿¡Qué haces!? exclamó tropezando contra su silla La seducción no es posible en estas circunstancias. Ella soltó una carcajada. Equina, de colegueo, tan pero tan bella. Solo estoy tratando de secar la ropa se justificó Fisher Se mojó, quizá te suene la historia. ¿No tienes de recambio? sugirió Alison arrugando la nariz y aproximándose. La verdad es que no. Eres la segunda persona que me lo pregunta. ¿Por qué iba alguien que trabaja en una oficina ¡en una oficina! a tener recambio…? Pero ella ya estaba a su lado acariciándole el pecho. Fisher estaba literalmente arrinconado. Tengo secadora en casa se lanzó Alison. No, respondió Fisher Me voy a casa… a mi casa… estooo… ella seguía acariciándolo… ¿Qué hora es? Me fijé en ti continuó Alison Me parece que molas de veras. Ah bueno, que sea lo que tenga que ser dijo Fisher Tengo que confesarte algo. El incendio hoy…

Otros nudillos contra la puerta. Con más insistencia. Fisher se quedó helado de miedo y miró a Alison que comenzaba a reírse de nuevo. El abundante jolgorio de las jóvenes solteras en el almuerzo del club náutico. ¿Fisher? dijo una voz ronca ¡Fisher! ¿Qué? respondió este. Abre insistió la voz. ¿Quién es? le susurró Fisher a Alison que se movía hacia otro rincón con el puño en la boca. Atragantándose de la risa. Fisher la miró asustado y al darse cuenta de que la voz del otro lado había asumido que la puerta estaba cerrada, cogió sus pantalones mojados del radiador y se metió en ellos, tropezando hacia la puerta.

Abrió la puerta unos centímetros y miró fuera, donde estaba Smith con Victor Jowls,11 el vicepresidente del instituto, que contempló el pecho desnudo de Fisher con interés. ¿Sí? tosió Fisher. ¿Estás bien Fisher? preguntó Smith que parecía haber esperado encontrarlo vestido. Sí estoy bien asintió Fisher con la puerta pegada a su cuerpo. Miró a Jowls cuyas entradas parecían alineadas con las cejas. Lo que he estado intentando explicar es que me mojé y me desnudé porque era la hora de comer. Los ojos de Jowls se entrecerraron. Ya saben continuó Fisher Porque no había nadie por aquí. Jowls miró el vendaje y una luz se iluminó en sus ojos. ¡Tenía que secarla! exclamó Fisher Miren no me pasa nada. ¡Deje de mirarme la cabeza! Le estoy gritando al vicepresidente del instituto pensó Y solo llevo los pantalones puestos. Jowls y Smith se miraron y devolvieron la mirada a Fisher. ¿Qué pasa ahí dentro? inquirió con calma Jowls. ¡Nadie! respondió Fisher ¡Nada! Escúcheme dijo Jowls frunciendo el ceño Como vicepresidente es mi responsabilidad determinar si es o no capaz de realizar sus esto… obligaciones institutiles. ¿Mis qué? soltó Fisher. Es decir, sus empleadiles… sus ¡institucionales! obligaciones institucionales dijo Jowls. Tu trabajo aclaró Smith. ¡Eso es! asintió Jowls. Fisher sabes que estás en una posición delicada porque tu trabajo está vinculado al uso de material radiactivo siguió Smith de forma nerviosa. Soy bien consciente respondió Fisher y añadió mentalmente De los materiales que tú Smith tienes en tu escritorio. Smith era incapaz de preocuparse por guardar nada bajo llave. La gente como usted tiene que ser normal afirmó Jowls. Fisher aprovechó la oportunidad para parecer cuerdo. ¡Pues eso somos! vociferó. Elevó la cabeza en un gesto que esperaba que Jowls y Smith interpretaran como muestra de indignación digna de confianza. Caballeros soy tan normal como largo es el día. Al pronunciar estas palabras fue consciente de inmediato de que estaban en el día más corto del año. ¡Pero! prosiguió rápidamente Tengo un presupuesto y un informe mensual que escribir, por lo que si me disculpan creo que ya está bien de bromas. Por mucho que las esté disfrutando. Y cerró la puerta con decisión en la cara de ambos hombres. Encendió la luz del techo y se sentó ante el teclado. Comenzó a golpear repetidamente la tecla x y a carraspear sonoramente. Podía ver las siluetas de Smith y Jowls frente a la puerta. Tras teclear dos o tres líneas pornográficas se marcharon. Discutiendo. Dejó de martillear el teclado y lo echó un lado girándose hacia Alison que seguía en el rincón. Eres verdaderamente interesante dijo ella. Ese era el vicepresidente señaló Fisher. Lo manejaste de maravilla aseguró Alison caminando hacia él. ¡No me toques! Tienes las manos frías. Ella se dirigió entonces a la máquina de escribir y tecleó. Luego fue hacia la puerta y para consternación de Fisher la abrió de par en par y con una risa divertida se marchó rápidamente por el pasillo. Fisher se apresuró a cerrar la puerta pero mientras lo hacía Brenda Moran levantó la vista de su mesa al otro lado del pasillo. Eh ¿dondestá tu camisa? preguntó. No lo sé respondió Fisher cerrando la puerta de un golpe.

Fue hasta el radiador y empezó a batallar con sus empapadas prendas. Se las fue poniendo lentamente. Pesaban tanto que comenzó a encorvarse. Se colocó el abrigo y cogió la hoja de papel de la máquina de escribir. «Alison» decía. «Llámame». Un número de teléfono. La metió en el bolsillo. Tanteó bajo la mesa buscando a don Chirridos. La neumonía implica una muerte agónica pensó. Apagó la luz, dio un portazo para salir al pasillo y corrió escaleras abajo. Se arrastró por el gran vestíbulo. La viva atmósfera intelectual de un columbario pensó. Salió dando bandazos a la calle. Un cortante viento frío silbaba entre los ladrillos de Boston e inmediatamente comenzó a convertir el rostro de Fisher en un blanco pergamino descascarado.

6 El autor elige deliberadamente el apellido Smith, el más común entre los angloparlantes, definiendo de este modo al personaje como un don nadie, alguien mediocre.

7 Charles Laughton protagonizó en 1939 la versión cinematográfica de El jorobado de Notre-Dame (distribuida en España con el título Esmeralda, la zíngara) en el papel de Quasimodo.

8 Situado en el centro del país (Colorado), con una elevación de 4 300 metros, Pikes Peak es la cima superior a los 4000 metros más oriental de Estados Unidos.

9 Región con una elevación media de 800 metros sobre el nivel del mar situada en la sección occidental de Massachusetts y Connecticut.

10 El parque más antiguo de Boston, abarca unas veinte hectáreas en el centro de la ciudad.

11 El apellido Jowls significa «carrillos», especialmente cuando estos cuelgan sensiblemente del rostro.

III. El lamento del bar12

Fisher decidió arrastrarse en lugar de caminar. Mientras reptaba meditaba acerca del ajetreo prenavideño de Boston. No existe la menor razón para que la gente mantenga este ajetreo en Boston pensó. Lo hacen porque saben que es una ciudad de 600 000 habitantes y consideran obligado ajetrearse. Fisher tenía la sensación de que todo el mundo hacía siempre las cosas de la misma forma en Boston. Lo asombraba que las calles y aceras no estuvieran estriadas con un millar de surcos. Conduce trabaja come. Conduce trabaja come. Conduce trabaja come. Come conduce come. Come conduce come. Come conduce come. ¡Boston! En sus días más oscuros Fisher se aferraba a la hipótesis de que los bostonianos no tienen en absoluto voluntad propia. Boston: un inmoral teatro de marionetas sobre una gran cadena de transmisión. La gente avanza y retrocede en las calles mediante poleas astutamente ocultas. Miran por las ventanas, rebuznan a sus conciudadanos, todos mecanizados, todos maniquíes. Rostros extraños sacudiéndose adelante y atrás. Caminar por la calle era vivir en una película de dibujos animados movida por ruedas dentadas. El mismo ejercicio de tiro al blanco cada día. Con un ¡PLON! y después un ¡RURRURRU! y un ¡PLON! y después un ¡TIN! Un juguete monstruoso. Los colonizadores cruzaron el Atlántico de cristal en un Mayflower con mecanismo de relojería. ¡Y todo bajo las descargas de El Culo! Una dolorosa flatulencia helada, si es que tal cosa es imaginable, denominada en Boston «cortante viento frío», que envía inmediatamente a sus residentes a por su siempre insuficiente ropa de invierno.

Aunque debería ir directamente a casa pensó Fisher mientras se arrastraba Necesito una cerveza, una Guinness. Esto suponía atravesar Boston a pie empapado como estaba y cruzar uno de los puentes hacia Cambridge.13 A Fisher no le gustaba Cambridge. Tampoco le gustaba tomar la T.14 Le gustaba caminar y le gustaba la Guinness. La apuesta por la cerveza caldeó el cuerpo de Fisher que trató de arrastrarse más rápido. Pero vio que era imposible. Y pensó Nadie es sexualmente atractivo cuando se arrastra. Excepto un puñado de depresivos. Intentó entonces combinar su caminar cansado del mundo académico con un atrevido paso rebosante de virilidad y terminó avanzando como si tuviera los miembros dislocados. Afortunadamente no se encontró con ningún conocido. Desplazándose de este modo el mojado Fisher y su violín atravesaron el Parque Público de Boston15 por la calle Charles, cruzaron un puente y avanzaron una larga avenida hasta la puerta del Evening Star. El Evening Star era un bar de Cambridge con vagas alusiones irlandesas donde la diversión no radicaba, como en muchos otros agujeros de la ciudad universitaria, en un derroche de plantas de interior ni en un guitarrista con jersey de cuello vuelto, sino en la siempre presente posibilidad de hostigamiento.

Irlanda no era para Fisher tanto un país con sus habituales equipamientos (personas, folletos, fábricas, coches, revistas, ovejas, salsas) como una gran biomasa unitaria, una nudosidad coronada de verde y marrón que respira suavemente, un lunar en la cara de la Tierra cuyos procesos de fotosíntesis y excreción culminan exclusivamente en la producción de Guinness Extra Stout. El contorno de esta Irlanda está moteado de campos fértiles donde crecen orgullosas hileras de cebada y de frondosos claros donde enredaderas de lúpulo se descuelgan amorosamente en delicados hilos, entrelazados en un juego de cordeles por las manos de los alegres labradores. En la ribera de rutilantes ríos azules, campesinos cantarines ensacan el cereal de sol a sol. En las cimas de las suaves colinas de la Irlanda de Fisher, alegres molinos de viento giran para alimentar ruedas dentadas de madera que desarrollan en su interior tareas desconocidas. Locomotoras de vapor pintadas de turquesa, rosa y oro se detienen en estaciones rurales victorianas donde toneladas de cebada y lúpulo son introducidas en volandas en los vagones por felices esclavos. Los trenes avanzan lentos con su chuf chuf a través de resplandecientes valles para llegar a un Dublín diseñado a imagen de la Ciudad Esmeralda de Oz. Enanos cantarines descargan jubilosos los sacos y los arrastran hasta los almacenes y depósitos de maceración de la gran cervecería de St. James’s Gate.16 Gorditos rosados, cada uno de ellos emparejado con una de las desgastadas manivelas y chorros de vapor de la antigua maquinaria que atienden, trabajan en altas habitaciones, bañados por el sol que penetra por ventanas de medio arco, removiendo imponentes tanques con dedicación y gigantes cucharas de madera. La somnolienta mezcla espumea delicadamente en las cubas, atraviesa tuberías de cobre al runrún de Señor ten piedad, Cristo ten piedad, Santo, Santo, Santo es el Señor y Cordero de Dios, para acabar goteando de forma sensual en la bodega donde cada boquiabierto soldado del ejército de barriles y botellas topacio aguarda sediento su turno en el fértil grifo del éxtasis. Y este desbordante río de la vida que comienza con el polen que sobrevuela las mañanas irlandesas para fertilizar la flor del lúpulo y torna en vagón de cebada que vuela a lo largo de diminutos raíles y en mezcla macerada que recorre las arterias de St. James’s Gate para luego transformarse en barcaza sobre el río Liffey y que los mercantes llevados por la corriente del Golfo depositan en barriles en los muelles de Boston, atraviesa la avenida Massachusetts y desemboca, tras el estuario final del grifo, en la ávida garganta de William Fisher. Irlanda podría incluso ser así, aunque informes recientes sugieren ciertas disimilitudes. Sin embargo para Fisher el concepto de Irlanda era inseparable de su magnífica cerveza y siempre permanecería como tal.

El proceso de hibernación de Fisher fue interrumpido por una mano oscura que agarró su hombro con determinación. Hey Fisher dijo una ronca voz de negro ¿Que la pasao a tu melón, tío? Fisher se giró para ver a Leroy el Gordo. Aunque difícilmente irlandés (si bien en las borracheras de aroma celta muchos de los habituales del Evening Star lo llamaban «Leary el Gordo») y definitivamente un mal ejemplo de encanto africano, Leroy el Gordo era no obstante un respetado elemento fijo del Evening Star. Podía blandir amenazante su gran mole de carne (Mi cuerpos un arma registrada fanfarroneaba a menudo) lo que lo convertía en uno de los porteros (gorilas sin sueldo en realidad) del bar. A veces el Evening Star se llenaba únicamente de gorilas sin sueldo. Me caí en el hielo Leroy respondió Fisher tamborileando con sus dedos sobre la barra. Ahmmm pos ties que tener más cuidao nel futuro Fisher. Siempre añadía la coletilla del futuro. Sí gracias Leroy, lo tendré. Nel futuro. Con una mirada de resentimiento Leroy el Gordo se alejó de la barra. La relación de Fisher con el gigantón negro se limitaba a tímidas bromas. Leroy el Gordo había mediado una noche entre Fisher y un grupo de ruidosos gorilas sin sueldo pero Fisher había resuelto desde entonces que se había tratado únicamente de una casualidad. No había forma de saberlo con Leroy el Gordo.

Fisher posó la mirada en la fría noche y se dedicó a endulzar el relato de su día de trabajo. Después de todo pensó Me he comportado con bastante normalidad y toda la historia de mi vendaje es pasajera. Si no me hubiera golpeado la cabeza podría haberme desnudado en la oficina sin que supusiera un escándalo. Es tan injusto. Nos juzgan siempre por nuestras heridas. Todo es vanidad y anhelo de viento17 dijo Fisher al camarero. Claaaro respondió este. Fisher se quedó mirando el vaso de cerveza negra y trató de establecer un sistema para beber. Cada vez que escuche a alguien pedir un whisky le daré un trago pensó Eso funcionará. ¡Whisky! pronunció una voz áspera casi inmediatamente y Fisher elevó el vaso a sus labios. Dio un largo trago y cuando posaba de nuevo el vaso sobre la barra otra voz pidió ¡Whisky! Mientras levantaba la cerveza, la tercera plegaria nasal ¡Whisky! Eso son dos tragos pensó comenzando a beber. ¡Whisky! Tres sumó cuando acababa de dar el primero. ¡Whisky! ¡Whisky! ¡Whisky! ¡Whisky! ¡Whisky! Fisher dejó el vaso con enfado. Se estaba produciendo algún tipo de absurdo pandemonio del whisky, no era normal. Sus sistemas de estandarización de actividades cotidianas solían quedar en nada.

Fisher sintió cierta presión en su hombro derecho. Se giró y vio a un sucio hombrecillo que le sonreía y manoseaba la punta de la funda de su violín con una mano mugrienta. Señor lemos visto yo y mis amigos dijo el hombrecillo. ¿Ah? respondió Fisher. Eso, lemos visto aquí yo y mis amigos repitió. Um murmuró Fisher comenzando a preocuparse. Pensábamos si nos podría tocar una cancioncilla con la viola yo y mis amigos siguió el hombrecillo tirándole de la manga. Fisher dudó, lo estaba poniendo sin saberlo en un gran compromiso. En momentos como este Fisher era consciente de que no era músico. Pero ¿qué necesidad había ¡qué necesidad! de demostrárselo a un hatajo de borrachos? Sí claro aceptó Fisher mientras su cerebro caldeado por la cerveza le enviaba imágenes borrosas de su mano sobre el mástil que pretendían servir de alerta. La relación de Fisher con su cerebro era limitada. Tomó su violín y el hombrecillo lo empujó hacia el fondo del Evening Star.

Cuatro hombres grandes y rojizos en una mesa. ¡Buenas! saludó Fisher. Los hombres miraron a otro lado. Una canción ordenó uno de ellos. Bueno lo intentaremos respondió Fisher con una risita ahogada Aunque estoy todavía aprendiendo. Esto nos un garito destudiantes chaval dijo el más corpulento de los cuatro. Con bastante firmeza. ¡Así que pensó Fisher Es una amenaza! Toca o te toca paliza. Al abrir la funda para coger a don Chirridos comenzó a sudar recordando las numerosas advertencias que había recibido acerca de internarse demasiado en las profundidades del Evening Star.

Pero los verdaderos problemas comenzaron cuando Fisher se colocó el violín bajo la barbilla, elevó el arco de colofonia y pensó: ¿? Por mucho que lo intentara no era capaz de recordar cómo comenzar ninguna de las toscas melodías que silbaba y tarareaba sin descanso. Ni cerrando los ojos era capaz de recordar una al menos. Llevó el arco con suavidad a la cuerda en la y al no encontrar el inicio de ninguna canción fingió que realizaba ejercicios de calentamiento. El sudor comenzó a deslizarse de la piel de Fisher hacia su ya mojada ropa. Durante dos largos minutos desplazó los dedos temblorosos a lo largo de las escalas de las cuerdas en mi, sol, la y re sin encontrar la vía de entrada a ninguna melodía. Ay Dios. Zapateó bajo la mesa en vano tratando de encontrar el ritmo. ¡Venga dale ya! gritó uno de los rosados gigantes. Dios Santo pensó Fisher Se están preparando para matarme. Yo yo yo he tenido un accidente respondió ¿Veis? Me ha afectado a las habilidades. ¿Veis la venda? Se movió para señalarla con el arco pero en lugar de eso tiró el whisky de uno de ellos. Una mirada fulminante del grupo asustó a Fisher que comenzó a serrar la cuerdas de nuevo en atropellada desesperación. El descontento se extendió entonces rápidamente por el bar. ¿Quéseso? dijo alguien. ¡Novato! gritó otro. Fisher cerró los ojos y ordenó a sus manos que tocaran algo sin su colaboración. Nada. Difícilmente podría ser este tipo de violinista cuando realmente no sabía tocar. Una imagen en pedazos de la laguna Walden se iluminó en su ojo interior, momento en el que Fisher comprendió que todo era consecuencia del accidente.

No puedo tocar esta noche caballeros anunció Fisher alcanzando a toda velocidad la funda. Acababa de tumbar en su lecho a don Chirridos cuando sintió una mano que agarraba con fuerza su cuello. ¿Por qué no te das un paseíto de vuelta casa muchacho? soltó una voz gutural. ¡Espera! suplicó Fisher mientras la mano lo levantaba de la silla ¡Os cantaré una canción! Ya liberado, se mantuvo tembloroso mirando a los enrojecidos hombres que parecían poder ser calmados por su oferta. ¡Sacar un violín en el Evening Star y no tocar una cadenciosa melodía irlandesa! ¡Hay que ser imbécil! Fisher se aclaró la garganta y se estremeció cubierto por su empapada ropa. Una canción irlandesa que escuché en un disco de Pete Seeger18 anunció aspirando con fuerza para comenzar. Pero un rugido espantoso recorrió el grupo y esta vez Fisher fue atrapado tanto por el cuello como por los pantalones y llevado a toda velocidad hacia la salida. ¡Eh! gritó Fisher ¿Qué pasa? ¿No conocéis a Pete Seeger? ¡La puerta! ¡Leroy! aulló golpeándose la cabeza con la puerta mientras era catapultado hacia y a través de ella. Aterrizó desparramado sobre la acera y al girarse para mirar atrás fue golpeado de lleno en la frente por don Chirridos, que volaba en su funda. La puerta se cerró con un fuerte golpe. Perfecto pensó Fisher mientras se levantaba con una especie de espasmo. Haz amigos, allá donde estés, con la música folk.

Tras mirar a un lado y otro de la avenida Fisher comenzó su paseo de regreso a Boston temblando violentamente al recibir el impacto del viento. Joder con los irlandeses pensó avanzando a la deriva por los gélidos bulevares. Con su Guinness, su música psicoanalítica, sus chicas de pelo negro como el carbón y piel blanquecina y sus suaves voces cantarinas. Los pusieron en la Tierra para hacernos dormir y mecernos hacia ¡la Muerte! Para cautivarnos y aletargarnos con el objetivo de darnos luego un estacazo en la cabeza. Sumido en resentimiento agarró a don Chirridos y para cuando finalmente alcanzó Back Bay estaba ya gruñendo y fulminando viandantes con la mirada. Una anciana echó a correr al aparecer Fisher tras ella en una esquina con un chichón azul en la frente y el vendaje ensangrentado y deshaciéndose. ¡Grrr! Al aproximarse a su apartamento vio una luz en su interior. ¡Jillian! pensó Y yo huelo a Guinness y estoy empapado. ¡Jillian! Podría, claro, elaborar una explicación fantástica. Pero no. He sido tratado de forma extraordinariamente injusta hoy. Eso es lo que pasa. Mi vendaje no tiene nada que ver con mi comportamiento.

Fisher subió las escaleras de acceso al edificio de tres plantas. Para su desgracia se encontró con su casera en el vestíbulo. Maquinando sin duda cómo abrir mi buzón pensó. Empujó la puerta con crueldad contra ella. ¡Yeje! gritó la casera. Oh buenas noches saludó Fisher. A ver si miras lo caces respondió ella. E inmediatamente aulló ¿Caces con esa pinta? Estás empapado. Me bañaron en el trabajo explicó Fisher Un accidente. Hueles a cerveza, me da que tas emborrachado. Le voy a reventar la cabeza con el violín pensó Fisher. De forma involuntaria el brazo elevó la funda ligeramente. Y otra cosa siguió ella ¡A ver si te dejas de tocar eso por las noches! Me desharé del cuerpo en la caldera maquinaba Fisher. Así fue como recordó que la calefacción llevaba semanas sin funcionar. ¿Cuándo vamos a conseguir algo de calefacción por aquí? ¡Eso qué timporta a ti! le espetó la casera blandiendo su penosa aleta atrofiada ¡Haces demasiadas preguntas! Y además ¿quién es la chica questá siempre por aquí? Siemprestaquí y yo no le dado la llave. Es mi novia. Y cada noche dos pisos debajo de tu cama empapada de Vicks Vaporub follamos. ¡Follamos! Fisher miró agresivo a su casera que le sostuvo la mirada mientras introducía la llave en la cerradura. ¡Eh! ¡Tú no mablas a mí así! ¡Ven aquí! No puedo, tengo que cogerme una neumonía. Y ya voy tarde. Cerró de un portazo. ¡Te dicho que no des portazos! ¡Y no pongas los dedos sucios en el cristal! gritó la casera buscando con rabia su propia llave en un abrigo que se encontraba ya en avanzado estado de putrefacción. Fisher abrió la puerta de su apartamento y la cerró con mayor fuerza aún. ¡Que no des portazos! se escuchó un tenue grito proveniente del vestíbulo.

Fisher se giró y al ver a Jillian de pie justo a su lado tropezó con la funda del violín. ¿De qué iba todo eso? saludó Jillian. Ese viejo trol lleno de pus respondió Fisher Me pone enfermo. Dios William ¿qué te ha pasado? exclamó Jillian con exasperación que no comprensión. Nada no ha pasado nada. ¿Pero de dónde sale ese chichón? preguntó Jillian dejando sobre la mesa una pila de expedientes legales feministas a medio leer. Te conté que tuve un accidente, ¿te acuerdas? Por teléfono. Jillian miró el vendaje medio deshecho y la frente de Fisher. ¿Por qué no te vendaron el de la frente? Este es nuevo. Me lo acabo de hacer. Se sentó. La luz del techo comenzó a golpearlo. Odiaba la luz de su apartamento. No había ninguna durante el día y de noche solo había una bombilla de 500 vatios que lo aporreaba sin piedad. La creciente irritación llenó sus antebrazos de un dolor gris. Jillian lo miró. ¿Cuándo vas a comprarte una plancha William? Pareces un verdadero mendigo. Gracias estornudó Fisher. Estás empapado. Sí estornudó de nuevo Fisher. Sucedió cuando me encontré con un segundo accidente menor. Y con el tercero. ¿Llueve? preguntó ella. No, en el trabajo. ¿Llueve en el trabajo? No se ha acercado para ofrecer ningún tipo de consuelo físico reflexionó Fisher. Se ha limitado a sentarse y lanzar el interrogatorio. Una auténtica abogada en prácticas. ¿Qué pasó? siguió ella. Hubo un incendio en la biblioteca y me roció el cuerpo de bomberos. ¿William por qué te pasan todas estas cosas a ti? ¿Estás seguro de que te encuentras bien? ¡Qué tipo de ciudadana eres! gritó Fisher ¡Solo porque tengo una venda en la cabeza! ¡Dame un respiro! No utilices el vendaje como excusa para todo. Ella se levantó y se acercó hasta él. Estás temblando. ¡Exactamente! Estamos bajo cero ahí fuera y estoy calado hasta los huesos. Hueles a cerveza. ¿Te importa? respondió Fisher Es que como tengo un vendaje… Estaba empapado y quería un trago. Y eso hice. ¿En ese sitio? Sí. ¿Por qué no me llevas nunca allí? Porque no te gustaría. A ti te gustan los sitios con plantas colgadas por todas partes y con camareros homosexuales idénticos que llevan pequeños delantales rojos. Eres un sol contestó Jillian. Fisher se levantó y se dirigió al baño. ¿Adónde vas? preguntó Jillian malhumorada. Al solárium anunció Fisher con igual desagrado.

Jillian Hardy era una chica alta de largas piernas, pelo oscuro y rostro contundente. Pero su rostro a menudo resultaba contundente por la violencia de los sonidos que producía, no por su belleza. Un rostro inquieto, el tipo de rostro en el que los músculos están siempre ligeramente tensos de insatisfacción. Insatisfacción en primer lugar por no haber alcanzado aún un salario alto y en segundo lugar por la histórica injusticia masculina. Fisher le había robado a Jillian a un rubio regordete con más éxito del que de él se esperaba llamado Mohrdieck y llevaba últimamente cierto tiempo pensando cómo hacer que Mohrdieck se la llevara de vuelta.

Fisher se metió en la bañera y abrió el grifo. He decidido le gritó a Jillian Quitarme la ropa bajo un chorro de agua caliente. Pero un torrente de agua fría salió de la alcachofa y empapó a Fisher que comenzó a temblar. No hay agua caliente respondió Jillian. ¡Mierda! gritó Fisher Voy a matar a esa vieja, lo juro. Salió de la bañera una vez más cubierto de ropa empapada. Vio entonces que aún llevaba agarrado el violín. Necesito ropa seca dijo con calma. ¿Por qué no te vas directamente a la cama? planteó Jillian. Porque voy a salir aclaró Fisher arrastrándose hacia el dormitorio Esta noche hay ensayo. Estarás de broma dijo ella siguiéndolo ¿Después de que he venido hasta aquí desde Cambridge? ¿Y quién te lo pidió? soltó Fisher comenzando una lucha titánica con su empapado atuendo Te iba a llamar cuando llegara a casa se excusó cayendo contra la pared mientras trataba de quitarse los pantalones. Jillian salió indignada de la habitación. Indígnate dijo Fisher Indígnate indígnate indígnate. Eres tú la que me está volviendo loco pensó No el vendaje. La ropa lo tenía atrapado. Es mi destino. El terrible castigo divino por cualquiera sabe cuántos de los pecados que he cometido. El agua de los zapatos había creado un tremendo vacío que los adhería a sus pies como si fuera pegamento. Es el castigo divino y además Jillian Hardy. ¡No aguanto más! gritó tirando de un zapato con todas sus fuerzas. Cayó al suelo luchando con él. En el salón Jillian encendió la radio. Esta noche podrán escuchar a genuinas intérpretes tasmanas que comentarán la vinculación entre planificación urbana y composición musical hecha por mujeres así como su próximo concierto en la Symphony Hall.19 ¡Quieres apagar esa mierda! chilló Fisher quitándose con violencia la calada camiseta interior y lanzándola al suelo con un ruidoso golpe. La radio se apagó. Ruidos feroces de recogida de objetos personales llegaron desde la otra habitación. ¿Vas a alguna parte? preguntó Fisher. Sí, a casa gilipollas llegó la respuesta. ¿Me paso luego? propuso Fisher buscando en el fondo de un cajón. ¡Haz lo que te dé la gana! Portazo. Rabioso ruido de llaves. Aún más rabioso portazo. Sonora estampida escaleras abajo. Desde lo alto un grito de angustia ¡Qué cansadicastoy de decirte que no des portazos!

Ah pensó Fisher Solo con mis pensamientos y mi violín mojado. ¡Mi violín está mojado! Cogió la funda y corrió a la cocina. Lo pondré en el horno a fuego lento, así resucitará. Los hermanos Hill de Londres hacen lo mismo. Violines calientes, dales calor, un penique por uno, un penique por dos, canturreó Fisher.20 Encendió el horno pero la cocina permaneció en silencio. ¡Ahora no hay gas! gritó Fisher hundiéndose de rodillas en la desesperación propia de la pobreza urbana ¡Si quisiera suicidarme sería imposible! Aunque bueno podría meter la cabeza en el horno y esperar a morir congelado, tampoco tardaría mucho. Se arrastró de vuelta a la habitación y comenzó a rebuscar ropa seca. Acababa de ponerse un jersey y de abrocharse el cinturón cuando sonó un claxon en la calle. Se enfundó una chaqueta que en rara ocasión utilizaba, tomó a don Chirridos y salió apagando la despiadada bombilla. Vete a la mierda pensó al recordar la orden de la casera de cerrar con llave la puerta exterior. Te vendría bien una paliza de un intruso cualquiera soltó socarronamente. Comenzó a cruzar la calle hacia el coche de Donald jugándose la vida. El estrepitoso tráfico palpitaba con sed de sangre esa noche.

Donald esperaba en el coche, con la mirada perdida y fumando su pipa. Contemplando los pliegues de Rindfleisch.21 Fisher trató de abrir la puerta del copiloto, que tenía el seguro puesto. Maldita sea dijo golpeando violentamente la puerta con don Chirridos. Donald dio un brinco y desbloqueó la puerta a toda prisa. Gracias ladró Fisher entrando y dando un fuerte portazo. Donald comenzó inmediatamente a observar el vendaje. No me mires la venda ordenó Fisher abrazando a don Chirridos como si fuera un bebé enfermo. ¿Cómo estás? preguntó Donald arrancando el motor y saliendo a la corriente de tráfico. Genial respondió Fisher mirando tristemente los escaparates: Navidad. ¿Fuiste a trabajar? Sí tuve un maravilloso día en la oficina. Una chica me dio su número de teléfono aunque omitiré detalles menores. ¿Te hizo ella esa contusión también? No, para eso me las apañé yo solo. Suena interesante concedió Donald.

Cruzaron el puente de Harvard22 hacia Cambridge. Odio Cambridge dijo Fisher Está tan limpio. Pero la fealdad late en el corazón de cada ladrillo. Hablando de Cambridge ¿qué tal Jillian? se interesó Donald. ¿Quieres que te deje en su casa cuando volvamos? Se indigna contestó Fisher. Ya veo. Por cierto ¿cuando volvamos de dónde? De Concord pensé que lo sabías. Oh perfecto, no, no lo sabía. Serrín y pastel de soja. Me lo podías haber avisado podría haberme escapado. Venga hombre respondió Donald. Me lleva allí en el coche y me dice venga hombre pensó Fisher.

La diversión en Belmont23 era la habitual de cada noche. A lo largo de las calles los adolescentes encorvaban los hombros contra el frío y metían las manos en los bolsillos de sus abrigos de plástico. Algunos fumaban mientras que otros miraban boquiabiertos a través de las ventanas de las pizzerías. De repente un coche trucado apareció rugiendo desde una calle lateral. Ostras mira a ese tío dijo Donald. Vaya respondió Fisher. El seudodeportivo de color verde lima brillante zigzagueó de lado a lado y acabó golpeando el maletero de un automóvil que estaba parado en un semáforo. ¡Ostras! dijo Donald. ¡Vaya! respondió Fisher. El coche modificado dio marcha atrás a toda velocidad y escapó por otra calle. La conductora que había recibido el golpe salió de su vehículo blandiendo el puño hacia la dirección por donde había escapado el vándalo.

¡Bruuuum! rugió Fisher ¡Bruuum! ¡Bruuum! ¿Eh? respondió Donald adelantando a la pobre conductora y su maletero destrozado. Pilas no incluidas siguió Fisher Puedes conducir como un kamikaze donde quieras. ¿¡Qué!? contestó Donald. A ver ¿cómo esperas que se comporte la gente cuando crecen con el convencimiento de que los automóviles y el cuerpo humano son indestructibles y sus actos no tienen consecuencias? ¿Y pensarán los patrocinadores lo mismo del espíritu humano? Esto no es un juguete. ¿Qué patrocinadores? preguntó Donald. La maldición de la tele siguió Fisher. Destinado a crecer a base de televisión en Belmont. A convertirte en un burdo chaval de 17 años. A atropellar a una italiana que posiblemente sea madre. A salir pitando para esconderte en la oscuridad de la noche. ¿Quieres decir que estás juzgando a ese tipo, lo estás juzgando solo porque piensas que es de Belmont? saltó Donald. Por supuesto respondió Fisher Y te insto a que hagas lo mismo. No sé de qué estás hablando dijo Donald. ¿Que no? TE ESTOY HABLANDO DEL ASQUEROSO MIASMA. Continuaron su camino hacia Concord.

¿Cuándo se te caen los puntos? preguntó Donald. Odio esa expresión protestó Fisher. En cualquier momento. ABC, CBS, NBC gruñó Y esa mierda de PBS.24 Donald hay televisión para comer beber vestir leer y pensar. Y los porros son solo televisión. ¡Dopaje! Has sufrido un traumatismo craneoencefálico terció Donald. Serás hijo de puta saltó Fisher Lo que digo tiene sentido. Tranquilízate siguió Donald. ¡Todo el mundo piensa que no estoy tranquilo! gritó Fisher ¡Solo te estoy contando lo que pienso! Venga hombre hay un montón de cosas buenas en la televisión. Fisher reflexionó. Sí aceptó El Ingeniero Bill. ¿Quién? Cuando éramos niños. ¿No te acuerdas? Iba vestido con un peto azul y una camisa blanca, era un ingeniero valiente. Y tenía este juego de beber leche con los niños que estaban al otro lado de la pantalla que se llamaba luz roja y luz verde. Decía ¡Luz verde! y comenzabas a beberte la leche y entonces él gritaba con malicia ¡Luz roja! cuando ibas como por la mitad y te atragantabas y vomitabas la leche en la pantalla. Suena genial dijo Donald. Estás loco continuó Fisher La televisión es un narcótico imparable fabricante de tarados y perjudicial. Vas a acabar meándote encima le advirtió Donald. Estoy muy calmado respondió Fisher. El coche continuó avanzando.

¿Sabes que Rachel hace vídeo? comentó Donald. ¿Qué? ¿Quién? Rachel la compañera de Sandra. Ah Rachel. Hace vídeo. ¿Y? preguntó Fisher irritado por el uso de la expresión «hace x». Y habla de ti siguió Donald. ¿Que habla de mí? Quiero decir que le gustas. Para el coche pidió Fisher Voy a vomitar. Muy divertido le respondió Donald. Por Dios pensó Fisher No me digas eso. ¡Rachel!

12 El título del capítulo, «The moaning of the bar», es un verso del poema Crossing the bar, del popular poeta Alfred Tennyson (1809-1892), quien indicó en vida su deseo de que este poema, una metáfora de la cercanía y aceptación de la muerte, ocupara el último lugar en las recopilaciones de sus poemas. Mientras que en el contexto original, el verso se refiere al sonido producido por las olas al golpear contra un banco de arena, la polisemia del término bar es utilizada por McEwen para referirse a la cervecería.

13 Separada únicamente por el río Charles de Boston, con la que conforma una unidad urbana, Cambridge toma su nombre de la prestigiosa universidad británica y es sede de dos de los centros de estudios superiores más reputados: la Universidad de Harvard y el Massachusetts Institute of Technology.

14 La compañía de transporte público del área metropolitana de Boston adoptó para su logotipo la letra T, por lo que los residentes la denominan con esta letra, especialmente a la red de metro.

15 El Boston Public Garden conforma el corazón verde de Boston junto con el Boston Common, del que está separado por la calle Charles.

16 La cervecera Guinness fue fundada en las instalaciones de St. James’s Gate (Dublín) en 1759. En la actualidad es uno de los principales destinos turísticos del país.

17 Eclesiastés 1:14

18 Cantante estadounidense de música folk con marcado carácter social en cuyo repertorio se encuentran temas tradicionales irlandeses y composiciones propias sobre la situación de los emigrantes de este país. Su versión de Guantanamera obtuvo cierta popularidad en Latinoamérica en la década de los sesenta.

19 Considerada una de las salas con mejor acústica del mundo, la Symphony Hall es hogar de la Orquesta Sinfónica de Boston, una de las más reputadas de Estados Unidos.

20 El personaje modifica la letra a la canción infantil tradicional inglesa Hot cross buns, que es en el original la rima que canta un vendedor ambulante para ofrecer sus panecillos de Pascua.

21 Pliegues de la superficie serosa del pericardio alrededor del origen de la aorta.

22 Puente de acero que conecta Back Bay con Cambridge cruzando el río Charles.

23 Ciudad residencial situada a unos 20 kilómetros al noroeste de Boston.

24 Todas las siglas corresponden a canales de televisión estadounidenses, la última de ellas de carácter público.

IV. Fruitlands25

Era estúpido llamarla así puesto que no había ningún concepto utópico con respecto a la casa, excepto una confusa idea de que la autosuficiencia de limpieza y pantomima podría algún día generar Utopía motu proprio. Las ideas sobre urbanismo, población negra y vehículos de producción nacional no tenían cabida en el debate, una de las razones por las que este se evitaba. Pero Fisher y Donald la llamaban Fruitlands. Y se daban palmadas en la espalda partidos de risa cada vez que lo hacían.

En la cocina de la casa con fachada de listones blancos una joven escribía una nota. Para Mis Compañeros decía. Enhorabuena por una semana muy limpia. Lo habéis hecho todos muy bien. El único flojeo fue por parte de Rodney que olvidó otra vez limpiar el interior de los agujeros del vaso de rejilla para los cepillos de dientes. Rodney esto no es justo para el resto. Por favor arrima el hombro. La joven hizo una pausa para beber de una taza de cerámica y prosiguió. En el frigorífico escribió Hay cuatro raciones de gulash de soja (etiqueta verde), tres de tallarines verdes con salsa de cúrcuma (etiqueta amarilla) y cinco de la cacerola de pescado y tubérculos que por desgracia se quemó un poco pero aun así es comestible (etiqueta roja ¡¡consumo inmediato!!). Dejó el bolígrafo azul que estaba utilizando y cogió otro de tinta roja. NO ES JUSTO PARA LOS DEMÁS escribió TOMAR COMIDA ETIQUETADA EN VERDE O AMARILLO ANTES DE QUE SE ACABE TODA LA ETIQUETADA EN ROJO. Dejó el bolígrafo rojo y continuó en azul. Ha habido también un problema con las bayetas esta semana. El martes vi a alguien (¡a quien no nombraremos!) utilizando la bayeta verde claro para limpiar los hornillos. Vuelta al rojo. LA BAYETA VERDE CLARO ES SOLO PARA EL FREGADERO Y SI ALGUIEN HA OLVIDADO EL CÓDIGO DE COLORES DE LAS BAYETAS DEBERÍA VOLVER A MIRAR LA TABLA Nº 12 QUE ESTÁ EN LA PUERTA DEL SÓTANO. Que tengáis un buen día escribió en azul. Rachel. Se sentó a la mesa tras colgar el edicto en el frigorífico. Cogió un cuenco de guisantes y un cuchillo especial de Maine y comenzó a pelarlos.

Qué retorcido dijo Fisher que permanecía mirando desde la ventana. ¿Eh? respondió Donald que volvía de cerrar el coche con llave. Concord está lleno de ladrones. No tiene ningún interés en los guisantes por el amor de Dios continuó Fisher ¡Solo lo hace por estar sentada en una silla de madera en una cocina con chimenea pelando guisantes! Lunes ¿verdad? sugirió Donald tocándose la cabeza en la misma zona en la que Fisher tenía los puntos. Muy gracioso gesticuló Fisher. ¿Por qué no te relajas? siguió Donald Yo creo que esto está muy bien. Tienen velas, chimeneas, estufas de madera. Sí asintió Fisher Es un milagro que les quede oxígeno. Quizá ese sea el problema.

Los inquilinos de Fruitlands eran:

1. Rachel, cuyo único sustento provenía de merodear por centros estatales para deficientes mentales con su equipo de vídeo;

2. Sandra, fuente de ingresos desconocida, reconocible por la exoftalmia derivada de una dieta macrobiótica;

3. Rodney, asistente del asistente del asistente del diseñador de software de una gran compañía con una siniestra oficina central ubicada bajo tierra.

La relación entre ellos era confusa pero esencialmente aburrida.

Fisher y Donald caminaron hacia el porche. La puerta jamás se cerraba con llave por vagas razones políticas defendidas por dos de los tres residentes y por la pura estupidez del tercero (no necesariamente el nº 3 mencionado con antelación). Donald se dirigió a la cocina para saludar a Rachel y Fisher fue hacia una puerta en la que había colgado un fajo de diagramas en colores chillones. Los ojeó y quedó paralizado. Si bien Fruitlands era un lugar de música y camaradería Fisher siempre había sospechado que su felicidad exterior no era más que la fachada de algún tipo de colapso moral. Mirando los diagramas de Rachel descubrió que se trataba de un enclave dirigido con estricto totalitarismo y basado en una devoción incondicional hacia el orden y la limpieza. ¡Demostrado! Los diagramas no dejaban tiempo más que para la limpieza y la reorganización de productos y utensilios destinados a esta. Y quincenalmente música, que aparecía en una pequeña casilla. Fisher fue consciente de que formaba parte de un sistema idolátrico. Completamente indignado se giró de forma abrupta para irrumpir en la cocina pero tropezó en una alfombra de nudos y salió volando hacia las escaleras golpeándose la cabeza con el pasamano antes de verse obligado a agarrarse a este para permanecer erguido.

¡Hey William! dijo una voz. Aún abrazado a la barandilla Fisher giró despacio la cabeza y vio a Rodney que lo miraba boquiabierto. Grrr saludó Fisher. Me contaron lo de tuccidente. ¿Cuál de ellos? Fisher se incorporó y pisoteó la pequeña alfombra. Sí sí sí, Rachel hastado haciendostas alfombras. Pues no deberíais poner una aquí. Sí, quizá no, asintió Rodney colocándola en el mismo lugar. Bueno ¿cómo va eso? preguntó balanceándose para golpear la espalda de Fisher que fue retirada rápidamente. ¿Te diste también en la frenten la laguna? No, he estado entrenando para conseguir el golpe perfecto. Ya me conoces, nunca me conformo. Oh.

¡Hey William! saludó Rachel entrando al vestíbulo seguida por Donald. Hey, menuda palabreja pensó Fisher No la puedo soportar. Hey devolvió la bienvenida. Me han contado lo de tu accidente. ¿Estás bien? Los oscuros ojos de Rachel danzaron mientras hablaba y Fisher pensó que quizá tenía algo en perspectiva y que para disiparlo tendría que arrastrarse ante ella como haría un paralítico y morrearla con fuerza y abundante saliva. Pero no lo hizo. Sigo entero respondió. Silencio. No simpatizaban con respuestas de este tipo en Fruitlands. Principalmente porque no las entendían. Les molestaban. En ese momento Sandra entró con los ojos como platos en la habitación. Hey William saludó. Fisher no se vio capaz de volver a repetir Hey así que hizo una reverencia. La herida le dio un pinchazo y se irguió de forma abrupta. ¡Aaaah! gritó. Nadie lo entendió. Buen chichón tienes comentó Sandra en lo que se aceptaba como un verdadero comentario humorístico en Fruitlands. Silencio. El grupo cambiaba el apoyo de un pie a otro y por turnos miraban de reojo la cabeza de Fisher. Hey intervino Rodney Vamos a tocar un rato.

El calor de un abrasador madero de abedul en llamas les hizo a todos desprenderse a la vez de los abrigos. Rodney se quitó con ostentación su chaqueta de leñador. ¿Adónde habría ido a parar el leñador? ¡Tú! pensó Fisher Te vi en Quincy Market26 en un traje de tres piezas la semana pasada. Estaba a punto de ridiculizar a Rodney pero fue consciente de que significaría admitir que él también estaba en Quincy Market por lo que decidió cerrar la boca. Donald y Rodney comenzaron a afinar sus guitarras. Se produjo la discusión habitual sobre cuál de ellos marcaba un auténtico la. La condición de estudiante de Harvard de Donald le permitía callar a gritos a Rodney. Fisher se hundió en una silla en un repentino ataque de fatiga. Estos muebles pensó No son mejores que los míos pero la cuestión queda zanjada cubriéndolos con una pieza de muselina estampada. Miró a su alrededor. La habitación no estaba llena de objetos normales, estaba llena de artesanías. Es decir objetos deliberadamente toscos gruesos y desiguales. Y verrugosos. Algunos de ellos no estaban hechos a mano cosa que los habitantes de Fruitlands ignoraban. Las paredes estaban decoradas con marañas de cuerda en descomposición, la forma tradicional de artesanía de un pequeño pueblo africano borrado del mapa a bombazos recientemente. En el suelo se desparramaban más pequeñas alfombras mortales como la que Fisher se había encontrado en la entrada. Si William Morris27 estuviera vivo hoy comentó Fisher Se abriría la yugular sin preocuparse siquiera de encontrar un cuchillo bonito para hacerlo. Utilizaría un abrecartas para postales navideñas de Vermont si fuera necesario. Rodney y Donald lo miraban. ¡Je je! dijo, pero no tenía la suficiente motivación para seguir.

Rachel apareció afanada con jarras que soltaban un vapor marrón. Se afana pensó Fisher Vaya día. Afán. Agua. Ataque. El deseo de una cerveza apareció en la puerta de acceso a la atestada conciencia de Fisher y comenzó a gesticular. Con una sonrisa inmensa Rachel ofreció a Fisher una taza y este la tomó. Esto… ¿qué es esto? preguntó. Café de cereales respondió ella haciendo brillar sus dientes. Se los lima pensó. Dio un sorbo. Joder incluso los astronautas tienen café de verdad dijo tristemente. El afinado se detuvo de nuevo y Rodney y Donald miraron a Fisher. Hey tío le recriminó Rodney Aquí tenemos una casa orgánica tío. ¿Y eso qué quiere decir? contestó Fisher bruscamente ¿Que todos sois seres compuestos por moléculas de carbono? ¡Repámpanos, yo también! sentenció Fisher. Rodney se giró hacia Donald que indicó con un gesto que lo ignoraran. La cara de Rachel se había congelado y le dio una taza a Sandra a quien los ojos se le salían aún más de las órbitas según bebía. Venga William le pidió Donald Vamos a tocar. Ligeramente avergonzado Fisher abrió la funda de su violín. Un riachuelo de agua sucia cayó al suelo.

¡Hostia! exclamó Rodney ¿Cómo sa mojado tanto tu violín? Eso no puede ser bueno. No, reconoció Fisher mirando al empapado don Chirridos y el charco del suelo. Fisher comenzaba a estar cansado de mirarse en los charcos. Cogeré un trapo dijo Sandra incorporándose. No no no, la bayeta naranja la bayeta naranja saltó Rachel corriendo tras ella. ¿Cómo te las has apañado? se extrañó Donald. Me duché con él respondió Fisher mirando aún taciturno el suelo. ¿¡Cómo!? exclamó Donald. Hey se ve que estáis muy unidos soltó Rodney. Hilaridad en Fruitlands. Rachel llegó y se arrodilló junto a Fisher. Secaba el charco marrón con la brillante bayeta naranja mientras le sonreía. Fisher desvió rápidamente la mirada de sus ojos a don Chirridos y comenzó a agitarlo con violencia. ¡Sal de aquí! gritó al agua que volaba desde su pequeño compañero de madera. Hey no menees eso aquí se quejó Sandra. Lo siento se disculpó Fisher. Frotó a don Chirridos con la bayeta. Venga venga dijo Donald Vamos a ver si está destrozado.

Fisher tensó su arco y lo posó sobre las cuerdas y ¿? intentó de nuevo recordar. ¿Turkey in the Straw? ¿Soldier’s Joy?28 ¿Concierto para violín en la menor de Dvořák? De nuevo la búsqueda arriba y abajo en las todavía atonales escalas. Luego una profunda, abundante fatiga. Una o dos veces sintió Fisher que algo surgía pero las notas que produjo eran tan singulares que se hundió en la tristeza. La vida es increíble anunció. A veces parece que solo ponen dibujos animados en todas las cadenas. Todos lo miraron incómodos. ¡Lo que quiero hacer exclamó repentinamente Es poner mi violín en el horno! ¿Crees que es buena idea? intervino Rodney. Los Hill de Londres respondió Fisher. ¿Eh? dijo Rodney. Donald analizó a Fisher. ¡Yo te ayudo! exclamó Rachel. Anticipando Dios sabe qué sucesos en la cocina pensó Fisher. Donald y Rodney comenzaron a discutir sobre blues.

No tengo gas en el apartamento dijo Fisher a Rachel para empezar la conversación. Encerró a don Chirridos en el horno y giró el botón mágico. Oh ¿quieres decir que te has pasado a la electricidad? preguntó ella. No, quiero decir que no tengo gas, que no hay contestó Fisher sentándose. Ella lo miró. Tienes brillantes ojos oscuros pensó Fisher Pero cuelgas cartelitos y tu baño está imperdonablemente limpio. Vaya casa. Nadie de mi edad continuó la mente de Fisher Debería ser capaz de mantener una casa tan limpia. Deben de tener esclavos en el sótano. Alimentados con gachas ecológicas.

¿Te has incorporado al trabajo? preguntó Rachel. Siempre quieren saber si estás trabajando. Sí pero hoy he tenido un mal día. Una serie de accidentes diseñados por una inteligencia superior para encabronarme. Tienes una forma peculiar de ver la vida comentó Rachel. Sí pero al menos no tiene nada que ver con mi accidente, ya la tenía antes. Mi vendaje no tiene nada que ver con mi comportamiento. Trabajas en el instituto ¿verdad? Instituto de Ciencias, de Ciencias respondió Fisher. ¿Y qué haces allí? Tecleo. Llamo por teléfono. Hago presupuestos y grito y a veces lo único que me gustaría es darle un bocado a la mesa, masticarlo hasta que los dientes se me cayeran en sangrientos pedazos al suelo y entonces escupir por la ventana con la fuerza de un huracán. Pero no tengo ventana. Bueno dijo Rachel ignorándolo Yo grabo en vídeo a niños autistas. ¡No me digas! exclamó Fisher. Puedo vomitar en cualquier momento guapa pensó. ¿Y para qué? le preguntó. Medidamente educado. Es parte de un programa estatal de utilización del vídeo contestó ella Para integrarlo en los programas clínicos. ¿Pero para qué? volvió a preguntar Fisher cólera en aumento. ¿Quién los ve? Ella lo miró perpleja. No lo sé respondió Solo es vídeo. ¿Cuál es el objetivo de todo eso? gruñó Fisher derramándose café de cereales encima. Relájate le pidió Rachel. ¡Estoy relajado! chilló Fisher ¿Por qué todo el mundo piensa que no estoy relajado? Tras un instante sus ojos se encontraron. El rostro de ella aunque contraído en las comisuras sonreía a Fisher con la calidez de una costosa estufa de madera.

Oye me la juego diciendo esto ¿no tendrás una cerveza? planteó Fisher desesperado. Oh no tío dijo Rachel ¿Bebes? Esto… bueno a veces balbuceó Fisher sonrojándose. Vete a la mierda pensó. Rodney llegó a la cocina. ¿Sesión privada? insinuó guiñándole un ojo a Fisher. Tú más soltó Fisher. William quiere… beber comunicó Rachel inquieta a Rodney. Ah respondió este. Abrió un armario y tras rebuscar en él sacó dos litros de vodka. ¡¿Qué hace eso ahí?! gritó Rachel No sabía que tenías eso. Je je contestó Rodney. Sirvió un trago a Fisher que lo ingirió como un animal sediento. Rachel trató de perforar a su compañero de piso con la mirada pero poco le importó a él. Fascinante pensó Fisher. Ella descubre que Rodney ha estado loco perdido a fuerza de beber garrafón mientras trabaja en el jardín orgánico de la parte trasera de la casa. Lo mínimo que podías hacer es guardarlo en el armario correcto decía ella mientras tanto. Rodney se llevó la gran botella a los labios y tragó ruidosamente. Luego la dejó a un lado. Nos vemos dijo y regresó al salón, aún fortalecido pensó Fisher Por la discusión con Donald. Es alucinante exclamó Rachel Ni siquiera le importa en qué armario la guarda. Reprensible asintió Fisher. Soy la única persona ordenada en esta casa se lamentó Rachel. Y tienes una bonita melena morena y brillante pensó Fisher Pero has diseñado un sistema de uso de las bayetas que compite con las más horripilantes invenciones del ser humano. Yo ni siquiera tengo bayeta. Y si la tuviera posiblemente acabaría comiéndomela un domingo. Si viviera aquí me levantaría cada día en mi soleada habitación y al bajar las escaleras hacia mi sabroso y sano desayuno me vería obligado a inyectarme una dosis enorme de heroína.

Rachel permanecía cabizbaja por Rodney y el vodka. Fisher aprovechó la oportunidad para cerrar los ojos. Ah la vida en los distritos rurales pensó. El olor otoñal de la madera ardiendo. Conforta en el momento pero ¿qué pasará el día que se extingan los bosques estadounidenses? Arrancados y profanados no por las grandes compañías sino por coleguitas de Fruitlands con chaquetas de leñador que destrozan la naturaleza para alimentar sus estufas del demonio. Fisher inspiró profundamente. El olor de la cocina era el mismo de la única fogata de su infancia. La montaña de hojas húmedas de naranjo. El fuerte humo blanco. El bombero que se bajó del camión, sofocó las llamas y abofeteó a su padre. Debía de ser francés. Quizá se podría ahorrar algo para el plan de pensiones enviando hojas para fogata desde Nueva Inglaterra a California pensó Fisher. Siempre sacaba su vena comercial cuando el calor lo atontaba. Decidió dormitar al olor del humo de la madera que cada vez era más denso y más evocador, más y más denso olor a madera ardiendo y de repente dio un salto gritando ¡Mi violín! ¡Mi violín! El horno despedía un humo negro.

Cuando Fisher abría el horno de un tirón Rodney llegó dando bandazos en una nube de vodka hasta la cocina. Lanzando a Fisher a un lado metió la mano en el horno y sacó el violín en llamas. ¡Fuego! gritó. Tiró a don Chirridos al suelo y saltó sobre él. ¡Fuego! Todo se había acabado. Muchísimas gracias dijo Fisher Aún podría haber salvado a mi amigo. ¿Tu amigo? preguntó Rachel. El violín era ya una mera montaña de hollín a sus pies, el arco un palo negro. ¡Fuego! repitió Rodney estúpidamente.

Fisher comenzó a resoplar y a llorar. ¡Donald! gritó. Donald apareció desde la entrada. Donald sollozó Fisher Hoy he sido contrariado, acusado sin motivos, he tenido que violar mis principios y mentir, he sido rociado con agua, avergonzado, me han tratado de seducir, he tenido que desnudarme en el trabajo, he hablado con al menos dos mujeres que me odian y mi violín ha sido incinerado. ¡Y me traes aquí! ¡Aquí! Donde todo lo que hacen es beber trigo y pelar guisantes. ¡Farsantes de mierda! gritó a Rodney y Rachel. Oh venga William intervino Donald Nadie tiene la culpa. A la mierda la culpa se lamentó Fisher Estoy siendo aplastado por un pulgar gigante. Y no puedo seguir tocando sollozó. Las únicas canciones que me sé están desparramadas por la laguna Walden en pequeñas salpicaduras de cerebro y piel y sangre. ¡Buah ah ah! Oh qué barbaridad dijo Rachel saliendo de la habitación. Donald y Rodney intercambiaron miradas destinadas a significar comprensión. Creo que se ha peleado con Jillian susurró Donald. ¡Esa puta! bramó Fisher sentándose. ¿Está borracho? preguntó Rodney. No estoy borracho respondió Fisher Lo que lo hace aún peor. Venga ordenó Donald cansado Vámonos. Fisher se levantó. En la entrada saltó enconado sobre la pequeña alfombra de nudos. Cualquiera que fuera su siguiente paso tras dejar la alfombra sería el primero de un pequeño número de pasos (como sucede con los pasos en la vida) que lo llevarían en un relativamente pequeño círculo (como sucede con los círculos en la vida) de vuelta a Fruitlands.

25 Fruitlands fue el nombre escogido para la fundación de una comuna agraria utópica en Harvard en 1843. Sus fundadores, Amos Bronson Alcott y Charles Lane, pertenecían al movimiento transcendentalista iniciado por Emerson y del que también formaba parte Thoreau. Fruitlands no sobrevivió a su primer invierno.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
312 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9788415509691
Telif hakkı:
Bookwire
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