Kitabı oku: «Furtivos»
TOM FRANKLIN (1963) nació y se crió en Dickinson, una comunidad no incorporada del condado de Clarke, en la zona central del sur de Alabama, no muy lejos de Monroeville, hogar de Harper Lee. Alguien le dijo una vez que un pueblo es donde para el tren. En Dickinson no paraba. Apenas 300 habitantes y dos iglesias baptistas, una para negros y otra para blancos. Muchos rifles y cazadores furtivos. Mal sitio si no te gusta matar. Algo parecido al villorrio de Faulkner. Infancia de jugar en la espesura y tratar de huir con la imaginación de las cosas que sangran: cómics de Marvel y DC. Espacio: 1999 y Galáctica Estrella de Combate. Edgar Rice Burroughs y Conan el Bárbaro. Familia muy devota, pentecostales que manifiestan su fe con curaciones milagrosas y hablando en lenguas desconocidas, «todo menos la manipulación de serpientes». Franklin recuerda que para protegerse del pecado, tuvo que arrojar a las llamas su preciada colección de libros de Tarzán. En el colegio y en el instituto, malas notas. Pésimo en álgebra. Stephen King. Luego trabajos duros. Operador de maquinaria pesada en una fábrica de arena. Inspector de residuos tóxicos en una planta química. «Trabajar años como una mula para dueños millonarios de fábricas en Detroit, mal pagado, sudando, respirando polvo de sílice, junto a hombres de espaldas arruinadas que heredaron el trabajo de sus padres y que jamás consideraron la posibilidad de ir a la universidad, hombres muy dados al insulto racista». De noche empleado en el depósito de cadáveres de un hospital, de día asistiendo a clases de escritura creativa en la Universidad del Sur de Alabama. En 1998 conoce a su esposa, la poeta Beth Ann Fennelly. Al año siguiente gana el prestigioso premio Edgar Award por el relato «Furtivos» y publica su primer libro. James Franco ha comprado los derechos para adaptar al cine tres de sus obras. El tren sigue sin parar en Dickinson.
FURTIVOS
FURTIVOS
Tom Franklin
Traducción Javier Lucini

Título original:
Poachers
William Morrow, 1999
Primera edición Dirty Works:
Noviembre 2017
© Tom Franklin, 1999
© 2017 de la traducción: Javier Lucini
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Javier Lucini (con Tomás Cobos emboscado en los matorrales
y la asistencia urgente de Marcos Noja, que nos contó el chiste nº1)
Diseño de cubierta: Nacho Reig
Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento», 2017
Maquetación: Marga Suárez
Correcciones: Marta Velasco Merino
ISBN: 978-84-19288-09-7
Producción del ePub: booqlab
Para Beth Ann
y para mis padres
Gerald y Betty Franklin
Índice
Introducción: Años de caza
Grava
Shubuta
Triatlón
Caballos azules
La balada de Duane Juárez
Una pequeña historia
Dinosaurios
Instinto
Alaska
Furtivos
Agradecimientos

Subido a un puente ferroviario en el sur de Alabama, me asomo a las aguas color café del Blowout, un lugar al que me gustaba mucho venir de niño a pescar. Estamos a finales de diciembre, hace frío. Un viento fuerte rastrilla el agua, arremolina hojas muertas y hace cabecear las altas espadañas pardas que crecen en la orilla. Más adentro, en el bosque, reina la quietud, cipreses calvos y las rodillas leñosas de sus raíces, gruesas enredaderas, el refugio abandonado de un castor. Los buitres planean en lo alto, manchones negros contra las nubes grises. Una vez, en este puente, armados solo con nuestras cañas de pescar, mi hermano Jeff y yo oímos el aullido de una pantera. Es un sonido que jamás he olvidado, parecido al chillido de una demente. A partir de entonces empezamos a venir armados. Pero hoy he vuelto a venir desarmado y lo único que se oye es el gruñido y el siseo de los bulldozers y los camiones que pasan por el nuevo camino forestal, a unos cuatrocientos metros de aquí.
Me largué del Sur hace cuatro años, en cuanto cumplí los treinta, para asistir a la escuela de posgrado de Fayetteville, Arkansas, donde entre yanquis transplantados y gente del oeste me di cuenta de lo afortunado que había sido por haberme criado en este lugar, en estos bosques sureños, entre cazadores furtivos y narradores de historias. Me consta, por supuesto, que la mayoría de la gente considera Arkansas como parte del Sur, pero no es mi Sur. Mi Sur (el que no he sido capaz de expulsar de mi sangre ni de mi imaginación, el Sur donde transcurren estos relatos) es la zona baja de Alabama, frondosa, verde y llena de muerte, los condados boscosos que se extienden entre los ríos Alabama y Tombigbee.
Ayer salí de Fayetteville a las cinco de la mañana y recorrí los mil ciento veintiséis kilómetros que me separan de la nueva casa de mis padres en Mobile, y esta mañana me levanté temprano y conduje otras dos horas, más allá de la fábrica de grava y las plantas químicas en las que trabajé entre los veinte y los treinta, hasta Dickinson, la comunidad donde residimos hasta que cumplí los dieciocho. Es un lugar pequeño, una tienda (ahora cerrada) que comparte edificio con la oficina de correos, un cementerio invadido por el kudzu, y las vías del tren. Estoy acabando una novela corta que transcurre en estos bosques (en el relato, matan a un hombre justo debajo de donde estoy situado ahora mismo) y he venido en busca de detalles del paisaje, a la caza de cosas que quizá haya olvidado.
Para llegar al Blowout he tenido que avanzar casi un kilómetro por un pinar que hace doce años fue uno de los maizales de mi familia. Apenas reconocí el lugar. Avancé otro kilómetro por el nuevo camino forestal, luego me subí a las vías del tren, bosques profundos a ambos lados, altos muros de una tupida mezcolanza de zarzas y árboles, el brinco invisible de sinsontes marrones, como algo esquivo que me estuviera siguiendo. Esta tierra perteneció a mi padre, a mis tíos y a mis tías. Era nuestra. Cuando murió mi abuelo, dividió las casi doscientas cincuenta hectáreas entre sus cinco hijos. Esperaba que conservasen aquella herencia familiar, pero uno tras otro se fueron deshaciendo de ella, vendiendo sus partes a clubes de caza o a compañías forestales. Hoy nada de todo esto nos pertenece.
Estoy a punto de marcharme cuando me fijo en que, a unos cincuenta metros de las vías, algo grande se desenmaraña entre los árboles. Por un momento vuelvo a experimentar la conmoción que me embargaba cada vez que veía aparecer un ciervo, pero solo es un cazador. Veo que me ha visto, sube a las vías y viene hacia mí. Dado que viví dieciocho años en este lugar supongo que lo conoceré y por un momento me siento como un imbécil: ¿Qué estoy haciendo aquí, en el Blowout, en plena temporada de caza, sin un arma?
Es una sensación familiar, este nudo de culpa, porque cuando era pequeño, a los niños que no cazaban se les etiquetaba en el acto como nenazas. Por algún motivo, yo nunca quise matar cosas, pero no tuve suficiente valor para expresarlo. Hice, en cambio, lo que se esperaba de mí: los domingos y los miércoles por la noche asistía a misa, respondía «Sí señora» y «No señor» a mis mayores. Y cazaba.
Aunque odiaba (y sigo odiando) madrugar, me levantaba a las cuatro de la mañana. Aunque odiaba el frío, me abría camino por el bosque helado y o bien trepaba a uno de los observatorios para venados de nuestra familia o bien me acomodaba al pie de un grueso roble para la caza de aguardo, que consiste simplemente en esperar a que se presente un ciervo para abatirlo. Y puesto que iba a cazar por motivos equivocados y me preocupaba que mi padre, mi hermano y mis tíos me calasen, acabé convirtiéndome en el cazador más ferviente de todos ellos.
Era yo el que se levantaba primero por las mañanas y sacudía a Jeff para que se despertara. El primero en la camioneta. El primero en llegar a las vías por las que ascendíamos la colina rocosa y trepábamos hasta el Blowout, donde cada uno tiraba por su lado. En aquellas mañanas, aún con estrellas en el cielo, reinaba tal oscuridad que no nos distinguíamos ni el aliento, las traviesas crujían bajo nuestras botas y era yo el que menos ruido hacía al avanzar, estrechando mi escopeta de doble cañón calibre dieciséis contra el pecho, el pulgar en el seguro y el índice de la mano izquierda en el primero de los dos gatillos. Al llegar al Blowout, sin mediar palabra, yo me dirigía hacia la izquierda, Jeff tomaba la dirección opuesta. Me deslizaba por entre las rocas sueltas, cada sonido amplificado por la quietud matinal, y pasaba con mucho sigilo sobre los charcos congelados del fondo hasta desaparecer entre los árboles oscuros.
En el bosque las estrellas desaparecían en las alturas, como si se desvanecieran, y yo avanzaba poco a poco con la mano por delante para protegerme de los arbustos espinosos, los ojos llorosos a causa del frío. Cuando me adentraba lo suficiente, buscaba un árbol bajo el que poder sentarme, tembloroso y miserable, pensando en los relatos que quería escribir en el futuro y aguardando la aparición de algo a lo que poder disparar. Porque tenía dieciséis años y aún no había matado mi primer ciervo, lo que significaba que, técnicamente, seguía siendo una nenaza.
Por supuesto, en mi familia había un montón de cazadores auténticos, incluido mi padre. Aunque ya no cazara, Gerald Franklin se había granjeado el respeto de todos los hombres del bosque de la región porque en su juventud fue un matador de pavos legendario (y todos sabíamos que los cazadores de pavos se consideran a sí mismos los únicos deportistas serios; desprecian a los venados y a las demás piezas, al igual que los pescadores con mosca menosprecian la pesca con cebo). Mi padre nunca alardeó del número de pavos que llegó a abatir, pero nuestros tíos no se cansaban de hacerlo. Según ellos, mi padre había sido el más salvaje del clan, se levantaba mucho antes y se quedaba en el bosque hasta mucho más tarde que cualquier otro hombre del condado.
Suele contar una historia según la cual se despertó un domingo de primavera para salir a cazar; nunca utilizaba despertador, confiaba en su alarma «interna». Excitado porque había reparado en un árbol donde había anidado un pavo la tarde anterior, se vistió en la oscuridad para no despertar a mi madre, que por aquel entonces me llevaba en su vientre. Cuando llegó al bosque seguía siendo noche cerrada, así que se dispuso a esperar el alba. Transcurrió una hora y ni rastro de luz. Pero, en lugar de volver a casa, dejó el arma a un lado, encendió un cigarrillo y continuó aguardando. No amanecería hasta tres horas más tarde. Después, riéndose, les contó a mis tíos que había llegado al bosque alrededor de la una de la madrugada.
Pero en algún momento, antes de mi primer año escolar, dejó la caza. Siempre pensé que fue porque encontró la fe. Crecí asistiendo todos los domingos a la iglesia baptista con un padre diácono, no con un cazador. El nuestro era un hogar muy devoto (hasta el día de hoy jamás he escuchado a mi padre blasfemar), bendecíamos la mesa en cada comida (incluso cuando comíamos fuera) y rezábamos en familia todas las noches, agarrados de la mano. Después de la misa matinal del domingo, mi padre se sentaba en el salón y se ponía a leer la Biblia sin quitarse la corbata, después volvía a meternos a todos en el enorme Chrysler blanco y volvíamos a la iglesia por la tarde.
Si adelantábamos por el camino a los tres hermanos Wiggins, con sus ropas viejas y sus toscas cañas de pescar hechas a mano, mi padre sacudía la cabeza y nos soltaba un pequeño sermón a propósito de los peligros de ir a pescar en el día del Señor. Aunque ni él ni nadie me lo hubiese confirmado nunca, yo siempre pensé que con lo de abstenerse de cazar se estaba imponiendo una especie de penitencia por todas las noches de sábado que se había pasado en los billares durante su juventud y todos los domingos que se había saltado la misa para ir a cazar pavos.
A veces, en mis años de caza, acurrucado contra un liquidámbar, aguardando el mediodía o el ocaso para poder concederme permiso y abandonar por fin el bosque, me imaginaba a mi padre de joven, deslizándose entre los árboles, aún con la camisa azul de mecánico con su nombre cosido a la altura del pecho, grasa del taller mecánico bajo las uñas, en sus manos callosas la misma escopeta calibre dieciséis que luego heredaría yo. Camino del lugar donde esa misma mañana había oído el glugluteo de un pavo antes de irse a trabajar.
Al llegar al lugar, se arrodillaba y, apoyándose la escopeta en la parte interna del codo, se sacaba del bolsillo de su vieja chaqueta militar la cajita del reclamo para pavos que años más tarde le daría a mi hermano. Era de madera y hueco, como la caja de una guitarra en miniatura. Había que friccionar una varilla de madera sobre la superficie verde lo más delicadamente posible, como cuando pelas una manzana tratando de no romper la piel. Si sabías lo que te traías entre manos, obtenías un discreto y perfecto cacareo de hembra, algo apenas audible para el oído humano, pero que resonaría como un chasquido en la cabeza de cualquier pavo que se hallase a menos de un kilómetro a la redonda. Después de cloquear un par de veces, mi padre esperaba y en cuanto distinguía la respuesta a lo lejos, aquel misterioso y adorable graznido mitad canto de gallo mitad relincho de caballo, movía la mandíbula como si estuviese mascando tabaco y trasladaba el «gañidor» que llevaba debajo de la lengua hacia el velo del paladar.
Año tras año, Jeff y yo nos encontrábamos en nuestros calcetines navideños aquellos gañidores, pequeños reclamos de plástico para pavos del tamaño de la uña del pulgar de un hombre grande, e intentaba enseñarnos a «gañir» como los pavos. Jeff lo pilló enseguida, a mí me entraban arcadas.
Este era el tipo de regalo que me dejaba bastante claro que mi padre quería que me dedicase a la caza, aunque nunca me presionó, y al mismo tiempo me hacía saber que, hasta que cumplí los quince, le preocupaba verme jugar con muñecos. No muñecas, pero muñecos al fin y al cabo. El G.I. Joe original con su crespo corte de pelo al rape y la cicatriz en la mejilla, Johnny West con su ropa pintada directamente sobre el cuerpo, Big Jim con su golpe de kárate patentado: los tenía todos. Me encantaba jugar con ellos, y como Jeff era dos años menor que yo me imitaba. Pero mientras él se entretenía arrancándole la cabeza y las manos al G.I. Joe para ver cómo iban ensambladas, yo me imaginaba que mi G.I. Joe era Tarzán. Una de las Barbies de mi hermana, desvestida hasta lucir apenas un escaso bikini selvático, se convertía en Jane. El Chewbacca de treinta centímetros hacía las veces de Kerchak, el simio. En las verdes y exuberantes tardes de verano, Jeff y yo construíamos poblados africanos con palos y enredaderas. Cavábamos una buena zanja en el jardín trasero y con la manguera la transformábamos en un río turbio plagado de serpientes de goma y cocodrilos de plástico.
Cuando los hermanos Wiggins subían pedaleando en sus bicicletas herrumbrosas (eran unos chavales flacuchos y renegridos que olían a pez y a sudor, siempre con el torso desnudo y descalzos en verano; vivían en el bosque a un par de kilómetros de nuestra casa, bajando por el camino de tierra), Jeff y yo arrojábamos nuestros muñecos a los matorrales y hacíamos como que estábamos arreglando el desastre del jardín.
–¿Os venís a pescar? –preguntaba Kent Wiggins rellenándose el labio inferior de tabaco de mascar Skoal. Su padre trabajaba en la serrería y Kent también lo haría en cuanto cumpliese los dieciocho. Yo envidiaba la facilidad con que aceptaban y vivían sus vidas, su manera de escupir entre dientes, su destreza con la caña y el rifle.
Jeff y yo siempre íbamos donde nos decían; yo temía que se riesen de mí o que me llamasen niñito mimado si me negaba a ir, a Jeff le encantaba pescar. Y sentado en el puente sobre el Blowout, mirando cómo los Wiggins y mi hermano pequeño sacaban un bagre detrás de otro, anhelaba jugar con mi G.I. Joe y al mismo tiempo odiaba ese anhelo.
Una vez, en Kmart, recién cumplidos los quince y con los diez dólares que me regalaron para gastármelos en lo que quisiera, mi padre me susurró:
–Puedes comprarte un cuchillo de caza.
–Gerald… –le advirtió mi madre.
Me soltó los hombros y se llevó las manos a los bolsillos.
–Quiere comprarle un conjunto nuevo a su G.I. Joe –le dijo mi madre.
Nunca me sentí más nenaza.
Así que a tomar por culo, pensé, y me dirigí a la alta fila de cañas de pescar que se distinguía al otro lado del pasillo de los juguetes. Mi padre caminó a mi lado. Dejó que le afeitase los pelos erizados de la mano en busca del cuchillo más afilado mientras mi madre permanecía cruzada de brazos junto al cebo maloliente, mirando al vacío. En la caja vi que mi padre tuvo que añadir otros cinco dólares a mis diez para pagar el Sharpfinger Old Timer que había elegido. Al salir de la tienda me rodeó con el brazo.
Mientras nos llevaba de vuelta a casa le pregunté a mi padre si quería que dejase de jugar con los G.I. Joe. Mi madre iba sentada al otro lado del asiento corrido, mirando por la ventanilla. Al oír mi pregunta volvió la cabeza bruscamente hacia mi padre, que dejó de silbar. La miró antes de captar mi mirada en el retrovisor.
–No –me dijo–. Estoy muy orgulloso de ti, hijo. Me alegra que tengas… imaginación.
Cuando Jeff mató su primer ciervo, un vareto, yo estuve presente.
Pese a ser más pequeño, Jeff siempre había sido mejor tirador. En Navidad yo adquirí el calibre dieciséis, pero Jeff desenvolvió un rifle Marlin treinta-treinta de palanca. Que yo ya hubiese cumplido los dieciocho y siguiera utilizando una escopeta no pasó inadvertido; al chaval con peor puntería siempre le correspondería la escopeta porque con su ráfaga de perdigones tendría muchas más posibilidades de acertar que con una sola bala. No importaba que mi calibre dieciséis fuese una antigualla heredada de mi abuelo, un modelo inusual fabricado en Foxboro con acero Sterlingworth azulado, una escopeta yuxtapuesta que se abría por la culata de nogal. Se introducían los cartuchos y se cerraba con un golpe sordo que sonaba más a trapo que a metal. Puedo desmontarla (cañón, guardamano, culata) y recomponerla en treinta segundos. Un arma valorada en más de dos mil dólares. Y aun así en el bosque me avergonzaba de ella.
El día que se inauguraba la temporada del ciervo no había instituto y aquella primera mañana de 1980, Jeff y yo nos situamos en observatorios enfrentados (unos pequeños asientos construidos sobre unos árboles con vistas a un amplio campo donde solían ir los ciervos a pastar). Desde mi posición vi que mi hermano me observaba con la mira telescópica de su rifle. Permanecí sentado y rígido, en silencio, atento a la aparición de un ciervo, mientras a unos metros de distancia, Jeff me hacía señas. Me hizo la peineta. Se puso a mear desde su puesto, en dos ocasiones. Bostezó. Se quedó dormido. Pero a las dos horas yo seguía inmóvil; no tenía el instinto de Jeff para saber cuándo había que estar alerta, ni para estar relajado hasta que llegase el momento de alzar el arma y apuntar. Sentía un hormigueo en los labios, la sangre me empezó a correr más lenta en las venas, como un arroyo al congelarse. Pasé tanto tiempo sin pestañear que el bosque acabó desdibujándose y llegué a sentir que formaba parte de él, los árboles y las hojas emitían un zumbido resonante y habían perdido sus contornos afilados, el zumbido se incrementaba como si se me hubiese metido un moscardón en la cabeza, y por un instante me quedé allí en suspenso, como si fuese el centro de algo, viendo con los oídos y escuchando con los ojos, el mundo a mi alrededor transformado en un resplandor tangible de ruido coloreado. Entonces parpadeé.
Y desde el otro lado del campo resonó el disparo de Jeff.
A partir de aquel día insistí en pedirme el puesto afortunado de Jeff. Un año más tarde, al comienzo de la temporada de 1981, con el calibre dieciséis en mi regazo, allí me teníais, al acecho. Tenso. Caía la tarde y una vez más estaba perdiendo la esperanza. Había estado cazando como un fanático, una y hasta dos veces al día. Dejé de llevarme libros. Había visto machos y hasta estuve a punto de cobrarme una hembra, la legendaria fiebre del ciervo me reclamaba con convulsiones violentas, el cañón me temblaba, los dientes me castañeteaban.
Desde el puesto de la suerte, no vi al ciervo cuando entró en el campo. Rara vez los veías: aparecían sin más. Y si se trataba de un macho, como era el caso, lo primero que divisabas era su cornamenta, la cosa más estilizada y puntiaguda del mundo, no de hueso sino formadas por vasos sanguíneos secos y endurecidos, como de piedra. Desde mi posición, alcé la escopeta vibrante muy despacio, el pulgar crispado sobre el seguro, el ciervo a menos de veinte metros de mi temblor.
Apunté, la sangre me rugía en los oídos, y disparé sin sentir el culatazo.
El ciervo alzó la cabeza sin dejar de mover las mandíbulas. Sus astas dieron la impresión de desplegarse cuando se puso a mirar a su alrededor, preguntándose de dónde procedía aquel estallido. En cierto momento recordé que tenía otro cañón y al disponerme a disparar de nuevo me di cuenta de que el que tenía que apretar era el segundo gatillo. Al abrir por fin fuego el ciervo trastabilló, pero se recuperó al momento y, acto seguido, se esfumó para ser reemplazado por el sonido de algo que se escabullía a través de las hojas muertas a mis espaldas, un sonido desgarrador que se precipitaba hacia el desfiladero.
Desde el otro extremo del campo, la voz de Jeff:
–¡¿Mataste algo?!
Descendí por la escalera, las manos temblorosas. Al llegar al suelo me costó abrir el arma y se me cayeron unos cartuchos que llevaba en el bolsillo. Recargué y, a punto de echarme a llorar, comencé a deslizarme hacia el fondo del desfiladero.
El ciervo (gracias a Dios) estaba allí. Aún vivo, pero abatido. El costado palpitante al ritmo de su agonía y con espasmos en una pata trasera. Al aproximarme conté las puntas (seis, siete, ocho), ¡un ocho puntas! Lo que se supone que tenía que haber hecho entonces, lo que mi padre y mis tíos me habían obligado a interiorizar, era acercarme con cautela al animal, desenfundar el cuchillo, cortarle la garganta y mirar cómo se desangraba hasta morir. Pero, a causa de la excitación, me olvidé. Lo que hice fue situarme a menos de un metro de su costado flaqueante y quitarle el seguro a mi calibre dieciséis. Puse un dedo sobre ambos gatillos y, apoyándome el arma en la cadera, los apreté al mismo tiempo.
Esa noche toda mi familia admiró el ciervo que trasladamos en la parte trasera de la camioneta de mi padre, aquellos ojos negros entrenublados. Forma parte de la tradición restregar sangre en la cara del niño cuando mata su primer ciervo, pero mi padre tenía una lección que darnos. Le volé las tripas de tan mala manera que arruiné un montón de carne. El boquete que le hice en el costado era lo bastante grande para meter la cabeza, mi padre se acercó a mí y fue exactamente eso lo que hizo. Cuando me sacó por el cuello de entre las entrañas del ciervo estuve a punto de vomitar, pero logré contenerme, como un hombre. Fue entonces cuando me rodeó el resto de la familia, mis tíos y Jeff se pusieron a darme palmaditas en la espalda, mi madre y mis tías me abrazaron procurando no mancharse la blusa de sangre.
Cuando cuento esta historia siempre acabo diciendo que nada en mi vida ha superado la exaltación que sentí aquella noche, salvo cuando Beth Ann aceptó mi propuesta de matrimonio en aquella cálida tarde de vino y queso en París. Mientras mi padre me indicaba cómo limpiar el ciervo, cómo había que despellejarlo y recortarle las pequeñas bolsas blancas de grasa, vino mi primo de ocho años. Al ver la cavidad abdominal vacía y ensangrentada, se alejó tambaleante, con arcadas. Mi padre me miró y puso los ojos en blanco. Acto seguido, nos pusimos a cuartear la carne roja, cara y cuello ensangrentados, el pelo empegostado de vísceras.
Hacia el final de aquella misma temporada, me hallaba sentado en una colina boscosa de un terreno cuyos derechos de caza y de explotación minera mi padre tuvo la sabiduría de conservar el día que decidió vender. Fue a los dos meses de haberme cobrado mi primer ocho puntas, pero las cosas habían cambiado porque Jeff no había dejado de fardar de aquel ciervo en el colegio. Cuando yo contaba la historia me hacía pasar por idiota por haber descargado los dos cartuchos a tan poca distancia de la presa. A la gente parecía gustarle eso. Yo estaba descubriendo el poder del autodesprecio y no me importaba que se riesen de mí siempre y cuando nadie dudase de que había matado al ciervo. Y nadie lo dudaba: el entrenador Horn me llevó un día a su despacho, detrás del gimnasio, para mostrarme la colección de astas que decoraban sus paredes. Por primera vez en mi vida, había dejado de ser una nenaza. Ya no. Aquella tarde, apostado en la ladera, yo era un hombre que había probado la sangre y estaba ávido de más.
Era un apacible día de enero, las hojas crujían agitadas por el viento produciendo un susurro casi constante. De repente, un ciervo de ocho puntas, aún más grande que el anterior, se materializó al fondo de la quebrada, avanzando sigilosamente entre los robles. Lo primero que vi fue el armazón de sus astas cuando se puso a olfatear la tierra, a comer bellotas. Luego sus lomos. Su cola plana. Del color de las hojas muertas, tan bien camuflado con la ladera que solo podía distinguirlo cuando se movía. El corazón se me encabritó y, como si lo hubiese oído, el ciervo levantó la cabeza y me miró a los ojos. Alzó el hocico e inhaló, sus fosas nasales relucían. Por un momento dio la impresión de que se había esfumado, como si nunca hubiese estado allí, pero antes de que me entrase el pánico lo volví a distinguir cuando retrocedió un paso.
Dios sabe cómo, lo hice todo bien (apunté cuando humilló la cabeza y apreté el gatillo con suavidad en lugar de tirar de él), pero, aun estando tan condenadamente cerca, fallé. Los perdigonazos le rociaron el cuello y la cara, le reventé las astas haciendo que le chorreasen gotas de sangre por las mejillas, le saqué un ojo y (eso lo descubriríamos después) le dañé la espina dorsal de tal manera que solo podía hacer uso de sus patas delanteras, las de atrás completamente inutilizadas. Me quedé paralizado mirando cómo se arrastraba entre el follaje, tratando de huir, pateando y dando traspiés por la pendiente de la quebrada.
Desde el otro lado de la hondonada, la voz de Jeff:
–¡¿Mataste algo?!
Me dejé caer al fondo del barranco. El ciervo estaba casi inerte en el suelo, apenas una leve ondulación en sus grandes costados curtidos, la sangre relucía en su hocico negro. Al rodearle con el arma en posición de tiro me miró, alzó la cabeza y la fue moviendo a mi paso para no perderme de vista. Tenía un ojo rojo y sanguinolento, el otro claro y brillante. Más allá de la colina oí a Jeff a través del follaje. Sabía que había oído mi disparo (mi único disparo) y no quería que escuchase otro.
¿Por qué no le corté la garganta? No había nada de lo que avergonzarse y era la manera más segura de evitar ser embestido por sus astas letales. Pero en lugar de eso hice algo que aún hoy me sobrecoge. Dejé caer al suelo el calibre dieciséis y desenfundé mi Sharpfinger. Me aproximé al ciervo viendo cómo me seguía con su ojo bueno. Con sumo cuidado, igual que al extender un pie para inmovilizar a una serpiente, estiré la pierna y le puse la bota en el cuello forzándole a bajar la cabeza. Me arrodillé encima de él, me puse a horcajadas en su lomo. Ahora podía escuchar perfectamente su respiración desgarrada, el calor que desprendía en mis muslos. Agarré una de las gruesas puntas de su cornamenta con la mano derecha y le obligué a apartar el ojo bueno para que no viera. No opuso resistencia. Alcé el cuchillo y me puse a apuñalarle en la paleta, donde sabía que estaba el corazón. El ciervo apenas se movió y la hoja cortó limpiamente, como si fuese tierra blanda. Le apuñalé doce veces, tratando de imitar la pauta de una descarga de perdigones. Luego posé la mano en su hombro caliente, sobre las heridas que le había infligido, y constaté que su corazón se había detenido.
Para cuando Jeff llegó corriendo casi sin aliento por la colina yo ya me había puesto a destriparlo, por primera vez sin ayuda de nadie. Era (y sigue siendo) el ciervo más grande que se ha matado en mi familia, más de cien kilos, treinta más de lo que pesaba yo en esa época.
Más tarde, al izarlo en el árbol que utilizábamos para desollar, mi padre se fijó en los agujeros del costado. Nos hizo un gesto de asentimiento.
–Muy bien, chicos –dijo–, ha sido un buen tiro.
Hice con mi cuchillo una serie de cortes en las patas traseras y Jeff y mi padre me ayudaron a despellejarlo tirando con fuerza hacia abajo, la piel se desprendió con un ruido semejante al del velcro, revelando la carcasa casi púrpura del interior.
Se había hecho de noche y mi padre se sirvió de una linterna para inspeccionar el costado del animal. Se agachó para examinarlo más de cerca e introdujo un dedo en uno de los cortes. A continuación se me quedó mirando fijamente.
–Hijo –quiso saber–, ¿es esto lo que creo que es?
No le respondí.
Extendió el brazo hacia la cabeza del ciervo y la alzó por el gigantesco armazón astillado de ocho puntas, una cornamenta tan grande que me la podría haber puesto de pantalón. Me agarró por la parte de atrás de los calzoncillos y me incrustó contra mi ciervo muerto. Me puso las astas contra la tripa y apretó con tanta fuerza que me dolió.
–¿Sabes lo que significa «eviscerar»? –me preguntó.
Ahora, en el Blowout, el cazador se aproxima por el puente. Me imagino que es uno de los hermanos Wiggins y heme aquí de nuevo, sin rifle, igual de culpable y ridículo que si estuviese jugando con un muñeco. Pero a medida que el hombre se acerca, con el rifle de mira telescópica apoyado en el recodo del brazo, vestido de camuflaje impoluto, gorra naranja fosforescente y pintura facial, veo que no es de por aquí. Los hombres que viven por aquí salen a cazar con ropa de currante, botas viejas y chaquetones de camuflaje descoloridos que heredaron de sus padres o sus abuelos. Jamás se pondrían pintura en la cara, ni un sombrero naranja. Cuando yo cazaba solía llevar una de esas gorras en el bolsillo por si me topaba con un guardabosques, pero la mayoría de los cazadores que admiraba de niño nunca se cruzaban con guardabosques. Hablo de hombres que crían a sus propios perros de caza. Envuelven con cinta aislante las culatas de sus rifles. Y aunque suelen matar fuera de temporada o de noche, por lo general se comen lo que matan. Los admiro y por eso siento un repentino destello de aversión por este intruso.
–Hola –le digo al tipo, seguro que un abogado de Mobile–. ¿Ha matado algo?
–Largo de aquí –me suelta.
Ladeo la cabeza.
–¿Perdón?
–Ya me ha oído. Esto es propiedad privada. Ha entrado sin autorización en nuestro club de caza.
Blande el cañón de su arma hacia la espesura, a la derecha, como señalando a sus colegas emboscados en las sombras, rostros verdinegros, ramas en sus cabellos, rifles caros apuntando a mi cabeza.
Escupo entre dientes. No le cuento que antes esta tierra perteneció a mi familia, que arrastré ciervos por estas mismas vías, que me pasé horas en este puto puente. En su lugar, le digo:
–La vía del tren no es propiedad privada.
–Y una mierda que no –dice. Y alza el rifle, apuntándome.
Permanecemos uno frente al otro, mirándonos. No tardará en anochecer y desde el lado izquierdo de las vías se distingue el rugido distante de la motosierra de un leñador. Intento verme a través de los ojos del cazador: mis vaqueros rotos, mi cazadora de cuero y mis botas de montaña. Para él probablemente tengo pinta de hippie, de la última cosa que esperaría encontrarse por aquí.
Mientras, el cazador se tensa y lanza miradas nerviosas hacia el bosque.
–No pienso repetírselo –dice.
La sierra traquetea hasta detenerse, luego vuelve a acelerarse.
–¿Lo oye? –le pregunto–. Eso le arruinará la caza más que yo. Sé que debería irme, pero en vez de largarme me siento en el frío raíl, aparto la vista del cazador y miro hacia el bosque. Recuerdo una historia que me contó mi padre. Estaba cazando pavos por esta zona un domingo por la mañana, muy temprano. Iba deslizándose sigilosamente y, de pronto, oyó una voz vacilante. Se asustó. Siguió adentrándose entre los árboles hasta que, a lo lejos, vio a un viejo predicador negro subido a un tronco, ensayando su sermón. En una mano tenía una gigantesca Biblia blanca y en la otra un pañuelo rojo para secarse el sudor. A pesar de los diez grados que señalaba el termómetro, se había enrollado las mangas de la camisa hasta los hombros. Mi padre se detuvo a escuchar la voz trémula de aquel hombre porque sabía que cualquier pavo salvaje que pudiese haber en un radio de varios kilómetros a la redonda hacía tiempo que se habría esfumado. Se le había malogrado la caza. También podría haberse vuelto a casa. Cuando le pregunté si se enfadó me dijo que no, que solo se asustó.
Me vuelvo y miro el rostro camuflado del cazador.
–¿Alguna vez ha cazado pavos?
–Váyase a la mierda –dice, y se marcha. No se da la vuelta, se dirige directamente al bosque. Cuando desaparece, me levanto y me cierro el chaquetón. Echo otra buena mirada al Blowout y, acto seguido, me abro paso con cuidado por el lateral de la vía. Me agacho bajo las ramas ensombrecidas de los magnolios que hay al otro lado y regreso al camino forestal.
Mientras avanzo soy muy consciente de que no soy el abogado con rifle de lujo y pintura facial que estrena su conjunto de camuflaje, pero tampoco el entregado cazador nativo que he pretendido ser todos estos años. Ahora, cuando regreso a este lugar, a Dickinson, lo hago como una especie de forastero; después de todo, me fui, recibí una educación, perdí algo de acento. Incluso me casé con una yanqui. Y volver así, a la caza de detalles para mis relatos, es un poco como cazar furtivamente en una tierra que ya no me pertenece. Pero nunca he perdido la necesidad de hablar de mi Alabama, de revelarla tal y como es, frondosa, verde y llena de muerte. Así que regreso con todo lo que he aprendido. Vuelvo a donde la vida muere con lentitud y cazo historias como un furtivo. Cazo como un furtivo porque quiero recuperar los senderos antes de que sea demasiado tarde, antes de que retumben los últimos camiones madereros y las viejas y oscuras costumbres queden taladas para siempre.

Estruendosa y resoplante entre los pinos oscuros de Mobile, Alabama, la planta de procesamiento de minerales Black Beauty era un cascarón verde tambaleante de tanques de almacenamiento, tolvas y cintas transportadoras. Glen, el gerente, se sentía como el capitán de una nave espacial desastrada tras un aterrizaje forzoso, una nave prisión llena de cazadores furtivos y ladrones, contrabandistas y asesinos.
Los propietarios, Ernie y Dwight, vivían lejos, en Detroit, y cuando la Black Beauty perdió su mejor cliente (la Naviera Ingalls) por los recortes presupuestarios del gobierno, ordenaron a Glen que suspendiese el turno de noche de solo dos hombres. Uno de los trabajadores era un mierda de pelo largo al que Glen disfrutó echando, un macarra que con toda seguridad no habría pasado el siguiente análisis toxicológico. Pero el otro hombre, Roy Jones, se ganaba un dinerillo extra como corredor de apuestas y Glen estaba pasando por una mala racha con el juego. Así que cuando Roy, que llevaba un año de lujo con las apuestas, hizo crujir el suelo de grava negra del patio al dirigirse a la oficina, Glen le debía más de cuatro mil dólares.
Roy, un negro fondón, entró de una zancada sin llamar y se encajó en la silla que estaba frente a la mesa de Glen, probablemente esperándose otro retraso en el pago de la deuda.
Glen se aclaró la garganta.
–Tengo malas noticias, Roy…
–Tranqui, chavalote –dijo Roy. Al quitarse el casco se le quedó la marca en el pelo–. Sé que estás a punto de darme boleto, y tengo una contraoferta para ti. –Extrajo un puro del forro interior del casco y se puso a olisquearlo.
Glen se había quedado atónito. La noticia de lo de Ingalls hacía apenas dos horas que había llegado. Ernie y Dwight le acababan de liberar de su tercera conferencia telefónica en lo que iba de tarde, una de esas en las que ambos se ponían a gritarle al mismo tiempo.
–¿Cómo te has enterado, Roy? –preguntó.
Roy se encendió el puro.
–Una cosa que aún no has aprendido es a darle por culo al sistema. Dos de mis asociados trabajan en Ingalls, y uno se ha estado tirando a la secretaria del pez gordo.
–Bueno…
–Espera, Glen. Supongo que E y D te han llamado y te han dicho que te deshagas de mi culo gordo. Pero no pasa nada, chaval. –Sacudió la ceniza dentro del casco–. Porque tengo otros asuntos entre manos.
Dijo que tenía un «comprador independiente» que quería adquirir un poco de grava abrasiva de la Black Beauty. Dijo que, de hecho, tenía a otros cuantos haciendo cola. Lo que quería era establecer un turno de noche extraoficial, unas cuantas horas cada noche, tres noches a la semana. Dijo que tenía un socio que se encargaría de entregar la mercancía. Sobornarían a los del turno de mañana. Y Glen podría modificar el papeleo de tal manera que Ernie y Dwight no se enterasen del pequeño incremento en la producción.
–Pero no me respondas ahora –dijo Roy volviéndose a poner el casco–. Consúltalo esta noche con la almohada, chavalote. Dale vueltas.
Glen, un jugador crónico medio alcohólico de cuarenta y dos años, insomne y acribillado por las úlceras, rumió la idea de Roy esa noche en su diminuto apartamento bebiéndose tres packs de seis Bud Light. Descolgó el teléfono y apostó fuerte con Roy para el próximo partido de los Braves contra los Giants poniendo todo su dinero en los de San Francisco porque Barry Bonds estaba que se salía. Acto seguido, marcó el número del Pizza Hut que gestionaba el más reciente nuevo novio de su exmujer, realizó un pedido de cinco pizzas extra grandes de masa gruesa con piña y doble de anchoas para que se las llevasen a domicilio a otra de sus exmujeres y las compartiese con su novio. Glen tenía cuatro exmujeres en total y seguía enamorado de cada una de ellas. Todas las noches, al emborracharse, se sentía como si alguien le hubiese disparado con una escopeta en el pecho y le hubiese dejado cuatro grandes y espaciosos agujeros en el corazón, unos agujeros que crecían con cada cerveza, como si (no podía pensar en ello de otra manera) le estuviesen perforando el corazón con un chorro de arena Black Beauty.
Los Braves se recobraron en la octava y cortaron la racha de bateo de dieciséis partidos seguidos de Bonds, por lo que, cuando Roy se presentó al día siguiente, Glen le debía alrededor de ochocientos dólares más.
Roy tomó asiento.
–¿Ya te has decidido?
–Imposible –dijo Glen–. Aunque quisiera, no podría. Ernie y Dwight podrían aparecer de repente y nos veríamos en apuros.
Aquel día Roy llevaba pantalones beige y una camisa de seda parda. Zapatos marrones resplandecientes y, como descubrió al cruzar las piernas, calcetines finos de rombos. Un sombrero marrón de fieltro en el regazo. Era la primera vez que Glen lo veía con algo que no fuese ropa de trabajo.
Roy sacó un puro de su caja y lo encendió.
–Glen, no puedo imaginarme un hijoputa con casco más ingenuo que tú. ¿Te crees que no sé cuándo van a presentarse por aquí esos reprimidos?
–¿Cómo? ¿Algún socio tuyo se está follando a sus mujeres?
Roy dudó.
–La hija de mi primo trabaja en el aeropuerto de Detroit.
Imágenes de las pasadas visitas desastrosas de Ernie y Dwight desfilaron a toda velocidad por la cabeza de Glen.
–Ya podías haberlo mencionado hace cuatro años.
–Chavalote –dijo Roy–, te daré un diez por ciento de cada cargamento que vendamos.
–Estamos en recesión, Roy. Ni yo puedo dar salida a esa arena para salvar el culo, y si yo no puedo, seguro que tú tampoco, me cago en la puta.
Roy se rió.
–Joder, muchacho. –Se sacó un fajo de billetes de cien–. Esto es lo que llevo ganado solo con la preventa. Tengo amigos por toda la costa. Con un montón de chatarra oxidada que necesitan tratar con chorros de arena. Tú no eres vendedor, Glen. No podrías vender ni una puta en un acorazado.
–Roy, es ilegal.
–Asómate y mira un momento ahí fuera. –Roy señaló la ventana que daba al aparcamiento de grava negra.
Glen obedeció. Un tipo blanco enorme de cabeza pequeña estaba apoyado en el Cadillac Eldorado color crema de Roy, cortándose las uñas con un cuchillo de hoja larga.
–Ese es mi socio, Snakebite –dijo Roy–. Será el que entregue la mercancía. También es mi recaudador, no sé si me entiendes.
Glen lo entendió.
–Hasta el momento –dijo Roy–, te has estado librando alegremente porque eras el jefe. Ahora que eso ha cambiado…
Glen le miró.
–¿Me estás amenazando, Roy?
–De eso nada, chavalote. Soy un hombre de negocios. –Roy se sacó su libro de contabilidad del bolsillo–. Desde este mismo instante me olvido hasta del último puto centavo que me debes.
Glen vio a Roy escribir pagado junto a la aterradora cifra en rojo con la que habría estado teniendo pesadillas de haber sido capaz de conciliar el sueño.
Roy comenzó con el turno de noche fantasma de lunes a miércoles. Para que los cuatro del turno de mañana guardasen silencio les ofreció una pequeña compensación (una «degustación») semanal. Así que fichaban por la mañana y pasaban por alto que la maquinaria estuviese caliente, que la fábrica hubiese estado en marcha toda la noche. Y Glen, resacoso, salía con su tablilla y su cinta métrica y se abismaba un momento en la contemplación de las menguantes reservas de gravilla de las que Roy había estado sustrayendo material. Acto seguido, volvía a cruzar el patio, entraba en su oficina, cerraba la puerta, se frotaba los ojos, amañaba los papeles y, algunos días, vomitaba.
Asomado a la ventana, le preocupaba que los del turno de mañana les delatasen. Nunca había intimado con los trabajadores; en su primera semana como gerente, hacía cuatro años, lo primero que hizo fue confiscarles la radio de la sala de control. En lugar de pasarse toda la tarde metido en la oficina ocupándose de las ventas telefónicas, como había hecho el anterior gerente, Glen se quedaba ahí fuera con los hombres, bajo el calor, haciendo restallar el látigo. Se cercioraba de que el operario de planta revisara por milésima vez las muestras de grava, supervisaba que el mecánico de los pulverizadores no pasara por alto las filtraciones, se aseguraba de que las piezas de las palas mecánicas estuviesen bien engrasadas. Y cronometraba las pausas. Irrumpía en el área de descanso si se pasaban un minuto de la media hora establecida. Si alguien recibía una llamada personal, se dirigía a otra extensión, descolgaba el auricular, decía: «Disculpen» en un tono de lo más gélido y esperaba a que colgasen.
En la fábrica se les exigía llevar cascos, gafas de protección, botas con puntas de acero, guantes de cuero, tapones para los oídos y, dependiendo del puesto asignado, una mascarilla antipolvo o un respirador. Glen también era muy estricto con eso porque su predecesor había dejado que los hombres se relajasen. En aquellos primeros meses, Glen se dedicó a pisarles los pies para ver si sus botas tenían punta de acero y a gritarles al oído para comprobar si llevaban tapones. Les echaba la bronca por la más leve infracción de las normas de seguridad y todo quedaba reflejado en los expedientes.
Así que le odiaban. Acataban sus órdenes a regañadientes y se pasaban el índice por la garganta como señal de aviso cuando se aproximaba. Nunca le invitaban a participar en sus porras ni le pedían que les acompañase a tomar una cerveza después del trabajo.
Ahora Glen se juró a sí mismo que iba a dejar las apuestas. Se pasaba todo el día encerrado en su oficina dedicándose a hacer llamadas de negocios sin ningún entusiasmo: «Lo que distingue a nuestra arena», decía con tono cansino, «es que no encontrará ni un solo grano, da igual lo pequeño que sea, que tenga el borde redondeado». Por la noche, se quedaba en casa viendo telecomedias y documentales de naturaleza en lugar de partidos de béisbol. Cuando le entraba la claustrofobia se iba al cine en lugar de al canódromo o a los barcos casino de Biloxi. Incluso logró limitar la bebida entre semana.
Y así hasta principios de julio. Hasta los partidos entre Atlanta y los Cards que iban a celebrarse en St. Louis durante el fin de semana del Día de la Independencia, un puente de cuatro días seguidos en la fábrica. Glen se emborrachó y, como solía hacer cuando estaba solo, llamó a una de las líneas 1-900 de pronósticos y Lucky Dave Rizetti le dio un buen soplo: «Una apuesta segura», prometió Lucky Dave. «Ni lo dudes, por los Braves, sacarás un buen pico». Y Glen le hizo caso, apostó casi dos de los grandes entre los cuatro partidos. Pero los encuentros estuvieron llenos de incidentes extraños, lanzadores de relevo que consiguieron carreras, jugadores de Guante de Oro que cometieron errores de principiante en los lanzamientos a la segunda base, etc…
Así que el martes, después del puente, Glen volvía a estar endeudado. Además, los abogados de su segunda y su tercera exmujer le seguían mandando cartas en las que le amenazaban con pleitos como siguiese demorando el pago de las pensiones alimenticias. Decían que conseguirían una orden judicial para embargarle el sueldo. Joder, si Ernie o Dwight se enteraban de eso cogerían el primer vuelo y le despedirían según entrasen por la puerta.
Los muy cabrones solían presentarse, más o menos, dos veces al año para hacer inspecciones in situ, sin avisar, con su acento yanqui y sus cascos resplandecientes sobre sus canas de corte impecable. Volaban desde Detroit, en primera clase, alquilaban un Caddy y reservaban unas suites en lo más alto del Riverview, en pleno centro. Llegaban cargados de planos enrollados bajo el brazo y se paseaban por todas partes frunciendo el ceño y haciendo anotaciones. Glen siempre se ponía enfermo cuando venían; se quejaban constantemente de la falta de producción, de las cifras de ventas o de lo mal que funcionaba este o aquel ascensor. Miraban con suspicacia sus ojos inyectados en sangre y le olían el aliento. Él, con los cortes que se había hecho en la barbilla al afeitarse, les seguía por todo el perímetro de la fábrica asintiendo y conteniendo las tripas.
El martes, después del Día de la Independencia, Glen estaba sentado en su oficina examinando la factura de la luz (iba a tener que justificar la energía extra que estaba gastando el turno fantasma de noche) cuando irrumpió la cabeza de Roy por la puerta. Sonrió y tomó asiento frente al escritorio de Glen con el puro encendido.
–Solo vengo a decirte que vamos a empezar a hacer cuatro turnos de noche a la semana –dijo Roy.
Glen se dispuso a protestar, pero le interrumpió un sonido estridente.
–Un momento –Roy se sacó un teléfono móvil extraplano del bolsillo.
Glen se encogió de hombros y se puso a garabatear en su agenda (un hombre colgando de una soga) mientras Roy tomaba nota de otro pedido.
Cuando Roy apagó el teléfono, Glen le dijo:
–No. Cuatro noches no pueden ser. ¿Y con quién cojones hablabas? ¿Querían el doble? Ni de coña. Se acabó el turno de noche, del todo. Y no hay más que hablar.
–Imposible –dijo Roy.
–¿Imposible?
–Asómate a la ventana.
Glen obedeció, vio a una joven preciosa en el coche de Roy. Parecía enfurruñada.
–¿Ves a esa monada? –preguntó Roy–. ¿Sabes cuántos añitos tiene? Diecinueve, Glen. Diecinueve. Fresca como una rosa. Sale a correr todas las mañanas y al volver ni siquiera huele mal. No le apesta el aliento al despertarse, ¿te lo puedes creer? –Roy tosió–. Cuando yo me despierto me huele el aliento a asfalto quemado.
–Roy…
–¿Y te crees que una chiquilla tan dulce y crujiente como esa está conmigo porque me ama? Y una mierda. Está conmigo porque me estoy haciendo rico. Así que no, chaval, no vamos a parar. El negocio va de puta madre. Lo que me recuerda una cosa… –Abrió su librito de contabilidad–. Vuelves a estar en cuatro cifras.
–Roy, no me cambies de tema. No te estoy pidiendo que pares. Te lo estoy ordenando.
–Chavalote –dijo Roy con toda calma–, no se puede decir que estés en posición de negociar. ¿A quién van a hacer responsable E y D si se enteran de nuestra pequeña operación? Tú eres el gerente. Tú eres el que ha estado falsificando los registros. Así que atiende, chavalote. El «tema» no es si el viejo Roy va a parar o no de producir arena. El «tema» es qué hacer con toda esa pasta que me debes.
Y lo que hicieron fue llegar a una solución de compromiso. Roy dijo que había estado demasiado ocupado con la producción de arena y el negocio de las apuestas clandestinas. Así que Glen trabajaría por él al caer la noche. Roy se olvidaría de los dos mil que le debía y le pagaría a Glen a diez pavos la hora, nueve horas cada noche, cuatro noches a la semana.
–Apuesto a que te vendrá bien ese sobresueldo –dijo Roy–. Esas pensiones alimenticias pueden acabar con la vida de un hombre.
Entonces Roy dijo que, además, necesitaba la oficina de Glen; los teléfonos eran mejores. «Es menos ruidoso», dijo. Así que esa noche Glen trabajó en la fábrica y Roy se instaló en el despacho con aire acondicionado. Sudando bajo los tanques, Glen veía la oronda silueta de Roy tras las cortinas, destapaba su petaca y brindaba por la ironía. Se pasó la noche en la sofocante y claustrofóbica sala de control, mirando los calibradores, ajustando diales y tomando muestras; trepando a la cargadora de pala frontal una vez cada hora y rellenando la tolva de materia prima; midiendo la cantidad de arena producida en lo alto de los tanques y cargando el enorme Peterbilt morado de Snakebite junto a la rampa de descarga.
A las seis de la mañana, ya sin Roy y con las máquinas apagadas, Glen se dirigió con paso pesado a la oficina antes de que comenzasen a fichar los del turno de mañana. La estancia apestaba a puro y Glen tomó nota mental de ponerse a fumar uno en caso de que Ernie y Dwight se presentasen de improviso. Cerró la puerta, se quitó los zapatos y al volcarlos dejó en el suelo dos montoncitos de arena. Se tumbó en la mesa, exhausto, se llevó las manos a la cara, cerró los ojos y, por primera vez en meses, durmió del tirón.
Snakebite, uno noventa, también dormía durante el día en su Peterbilt, en la cabina, detrás del asiento, aparcado entre los pinos no muy lejos de la fábrica. Se duchaba cada dos días en el área de descanso y comía latas de cerdo con frijoles y salchichas de Viena que arponeaba con su navaja. Tenía un tatuaje en el bíceps izquierdo, una enorme serpiente de cascabel diamantina con la boca abierta, la lengua y los colmillos al aire. Llevaba botas vaqueras puntiagudas de piel de serpiente, pero prescindía del sombrero a juego porque las tallas de adulto engullían su cabeza diminuta. A Glen le recordaba a un jugador de fútbol americano con hombreras pero sin casco. Decía que «era natural» de El Paso, pero que «se dio el piro» porque su mujer, una «potrilla miserable» que una vez le apuñaló, descubrió que estaba «saliendo» con una camarera de Amarillo.
Glen sabía eso y mucho más porque Snakebite no paraba de hablar. Una noche, cuando estaban cargando el camión, Snakebite le enseñó un raro cuchillo de trinchera de la Primera Guerra Mundial, hoja de acero con un puño americano de latón a modo de empuñadura.
–Colecciono cuchillos –dijo Snakebite–. Mira esto.
Se agachó y se arremangó una de las perneras del vaquero ajustado por encima de la bota revelando un estilete de empuñadura blanca.
–Mi Mississippi Gambler –dijo Snakebite–. Es de los que se lanzan. ¿Ves este resorte de la funda? –Accionó el broche y el cuchillo salió disparado directamente de la bota a su mano–. Es con el que me apuñaló mi mujer –dijo. Le mostró a Glen la cicatriz, una línea blanca en el antebrazo izquierdo. Glen no podía exhibir ninguna cicatriz de sus exesposas, así que destapó la petaca y se metió un buen lingotazo. Se la ofreció luego a Snakebite y este la aceptó sin dudarlo.
–Si no te importa, machote –dijo guiñándole el ojo.
–¿A dónde va este cargamento? –preguntó Glen apuntando con la cabeza hacia el negro flujo de arena que caía en el camión. Le había estado empezando a picar la curiosidad por los clientes de Roy, lo mismo podría intentar robarle el negocio.
Snakebite sonrió y le golpeó en el hombro.
–Joder, chaval. Deberías saber que eso es confidencial. Si descubres los secretos del bueno de Roy, le dejas sin negocio. Y entonces yo también me quedaría a dos velas.
–Bueno –Glen tragó–. He oído que te ocupas un poco de, bueno, de la recaudación de Roy.
Snakebite vació la petaca.
–No te preocupes por eso, machote. El bueno de Roy nunca me ha enviado a por alguien que me caiga bien. Y aunque lo hiciera te puedo asegurar que nunca es tan chungo como se ve en las películas.
Para las noches de faena en Arenas Roy Jones Inc., Glen se ponía una camiseta andrajosa, unas deportivas viejas, una gorra de los Braves y pantalones cortos. Apagaba todos los interruptores y todas las luces de las que podía prescindir para que no subiese demasiado la factura de la luz, así que el lugar era oscuro y peligroso. Empezó a llevar una linterna enganchada al cinturón. También trataba de ahorrar energía por el día. Ajustó toda la maquinaria mecánica y eléctrica al mínimo. Hasta puso el dial del termostato de la nevera de la sala de descanso en «menos frío» y sustrajo el microondas (supuestamente un tremendo escurridor de voltaje) de su estante y lo empeñó, luego convocó a los del turno de día a una reunión en la que dio al «ladrón» la oportunidad de confesar. Nadie se delató y la reunión se transformó en un sermón en el que Glen instó a los hombres a «ahorrar energía, no solo en beneficio de la fábrica, sino por el bien de todo el puto medio ambiente». Para dar ejemplo, les dijo, él dejaría de utilizar el aire acondicionado en la oficina.
Pero Roy no. Roy ponía toda la noche el aire acondicionado a pleno rendimiento para que hiciese un frío polar dentro de la oficina. Pero no es que Glen dispusiera de tiempo para darse cuenta. Por lo general hacía falta un hombre para operar la sala de máquinas y otro para la pala mecánica. Al ocuparse de ambas cosas, aparte de la carga del camión de Snakebite, por la mañana Glen acababa roto, cubierto de sudor, arena y polvo. Las líneas de la cara, los rabillos de los ojos y el interior de las orejas negros, incluso los mocos, al sonarse la nariz, eran negros.
Una tarde de mediados de julio, Glen se dirigió hecho polvo a la oficina para quejarse. Abrió la puerta y se topó de frente con la jovencita que había visto en el coche de Roy. Tenía una piel negra encantadora y unos grandes ojos pardos. Cabello oscuro y abundante en trenzas africanas contenidas por una cinta. Llevaba unos pantalones de licra color lima y un sujetador deportivo.
–Hola –dijo Glen.
–Vale.
Se metió contoneándose en el cuarto de baño.
Glen se precipitó hasta la mesa de Roy.
–¿Qué coño hace esa aquí?
Roy tenía los pies sobre la mesa, al lado de un televisor portátil. Estaba viendo a los Yankees.
–Tu nueva ayudante –le dijo–. Y procura mantener tus sucias manos lejos de ella.
–No puede trabajar aquí. –Glen desvió la mirada hacia el televisor–. ¿Cómo van? ¿Y qué si resulta herida? No es más que una niña.
–Mujer –dijo ella desde la puerta.
–Empate –dijo Roy.
–Perdone –dijo Glen–. ¿Señorita…?
–Señora.
Roy subió el volumen sin mirarles.
–Te has estado quejando todas las noches de no poder con todo –le dijo a Glen–, así que Jalalieh va a empezar a manejar la pala mecánica por ti.
Jalalieh.
Pronunciado: Ja-la-lai-a.
Mientras Glen le daba instrucciones sobre cómo manejar la Caterpillar 950 de pala frontal, ella guardó silencio. Casi no cabían en la cabina y tuvo que quedarse en la escalerilla para que ella tuviera espacio suficiente para maniobrar las palancas que alzaban, bajaban y hacían girar la pala. Olía bien, incluso por encima del hedor a diésel de la pala mecánica, y no tardó en ponerse a admirar sus muslos y sus bíceps.
–¿Haces mucho ejercicio? –le preguntó.
–Cuidado no te vaya a pillar de cháchara el chungo de Roy –dijo ella.
–Retira la pala con cuidado –dijo él–. Derramarás menos.
–Así mucho mejor, hombrecito. Dejémoslo en lo profesional.
Así que con paciencia infinita y no poco temor le fue dando instrucciones sobre cómo ganar velocidad al ir a por la carga, cómo descender la pala a ras de suelo y escarbar desde el fondo del montón, bloqueando la palanca de elevación y accionando la palanca basculante de un lado a otro a medida que fuese ascendiendo para conseguir llenarla al máximo. Le enseñó a mantener elevada la pala llena para tener visibilidad por debajo, a rodar suavemente sobre el terreno negro irregular y a subir por la rampa que había detrás de la fábrica para acceder a la tolva. A volcar la pala y poner la marcha atrás para que el material fuese cayendo de manera homogénea por la rejilla de la tolva, y a bajar la rampa al tiempo que iba descendiendo la pala. Ella lo pilló enseguida y en pocas noches manejaba la cargadora bastante mejor que la mayoría de los tíos del turno de día. Glen miraba con orgullo cómo arrancaba gigantescas paladas rebosantes de los montículos y las trasladaba con total seguridad por el patio. Y al ver el modo en que rebotaban sus pechos al pasar, sentía un viento tórrido y arenoso que se arremolinaba y silbaba en las cavidades de su corazón.
A las pocas noches, mientras Glen y Snakebite miraban cómo se iba cargando el camión, Snakebite le explicó lo de su cabeza diminuta.
–Todos por parte de mi padre tienen cabezas diminutas –dijo–. Es algo así como nuestra marca de fábrica. Tampoco tenemos culo. Mira. –Se dio la vuelta y, en efecto, había un montón de tela suelta en los fondillos de sus vaqueros azules. Snakebite se rió–. Pero en mi caso, yo lo compenso con la tranca.
–¿Perdón? –dijo Glen.
–Bueno, no pienso sacármela aquí ahora, pero nunca verás a un blanco con un pollón como este. Sí señor –dijo bajando el tono de voz, por lo que resultaba difícil escucharle por debajo del estruendo de la fábrica–, cuando se me pone dura me tira tanto la piel que no puedo ni cerrar los ojos.
Glen, cuyo pene era normal, se sacó la petaca. Estaba desenroscando la tapa cuando Jalalieh pasó tronando en la pala mecánica. Al mirar a Snakebite vio que el camionero la estaba devorando con los ojos.
La noche siguiente, durante la carga del camión, algo repiqueteó a sus espaldas. Glen se desenganchó la linterna del cinturón y, con Snakebite pisándole los talones, dobló la esquina oscura que daba a los contenedores. Un armadillo se había quedado atrapado entre los desperdicios, tenía una pata atascada en un plato para tartas de aluminio.
–Mira lo que tenemos por aquí, un arma-dildo, ¿qué pasa, hombre? –dijo Snakebite.
El armadillo intentó salir disparado como una flecha, pero Snakebite lo arrinconó.
–Te diré lo que vamos a hacer, machote –le hizo un guiño a Glen–, tú te quedas aquí sin perder de vista a nuestro amiguito, y yo vuelvo enseguida.
Se alejó a toda prisa hacia su camión y Glen se quedó apuntando con la linterna al animal; gris, del tamaño de una pelota de fútbol americano, agazapado y con el hocico lleno de azúcar glas. Snakebite no tardó en reaparecer con un maletín. Lo apoyó en un cubo de basura, lo abrió y se puso a hurgar en el interior hasta sacar algo envuelto en una toalla. Lo desenvolvió. Un despliegue de cuchillos de diferentes colores.
Snakebite sonrió.
–Se los compré a un jefe indio de circo que se los lanzaba a una piel roja a la que hacía girar atada a una vieja rueda de carro.
Agarró un cuchillo por la punta de la hoja y lo lanzó. El armadillo dio un brinco y aterrizó corriendo con el mango asomando en el costado. El segundo le rebotó en la espalda. El siguiente se le clavó en el hombro. El cuarto botó en el hormigón. Glen apartó la mirada, avergonzado por no atreverse a detener a Snakebite. Cuando volvió a mirar el armadillo estaba tendido de lado, inflándose y desinflándose con chirridos estridentes.
–Odio a estos hijos de puta –dijo Snakebite.
Dio un paso al frente y echó atrás el pie para darle una patada.
De pronto se encendió una luz y los dos hombres se quedaron inmóviles, como conejos cegados por los faros de un cazador nocturno: Jalalieh, en la pala mecánica, se abalanzó sobre ellos, la pala a ras de suelo, desprendiendo chispas. Glen se lanzó hacia un lado y Snakebite hacia el otro. Ella embistió como un mercancías y se llevó por delante el armadillo, los cubos de basura y los cuchillos. Al momento desapareció al otro lado de la fábrica y los dejó allí tumbados, cubriéndose la cabeza con los brazos, como supervivientes de una explosión.
–Esa chavala está buenísima –dijo Snakebite cuando volvió a ponerse en pie. Se sacudió el polvo de los vaqueros–. ¿Crees que el viejo Roy me dejaría darle un tiento? ¿Lo añadiría a mi cuenta?
No fueron los celos que sintió lo que sorprendió a Glen.
–¿Le debes pasta a Roy?
–Sí. Se la pedí para pintar el camión.
–¿Roy es también prestamista?
–¿Has visto Tiburón? –preguntó Snakebite.
Glen dijo que sí.
–¿Y El Padrino?
–Sí.
–Bueno, pues si Michael Corleone se metiese en el océano y se follase al tiburón ese, el resultado sería Roy.
Más tarde, cuando Jalalieh saltó de la pala mecánica, Glen la estaba esperando en las sombras.
–¿Un qué?
–Un recorrido –le repitió–. Mira, la Black Beauty es una instalación de lo más puntera.
–¿Este vertedero?
–Tecnología punta –sonrió–. ¿Lo pillas?
Ella se cruzó de brazos.
–Vale –dijo Glen–. Lo que hace que nuestra arena sea única es que ningún grano…
–Tiene el borde redondeado. ¿Y qué?
No obstante dejó a Glen que le diese una vuelta por la fábrica explicándole el modo en que el mineral en bruto caía desde la pala mecánica a la cinta transportadora que lo llevaba hasta una máquina similar a un silo. Desde allí ascendía a la secadora, un horno cilíndrico elevado que utilizaba gas natural para consumir la humedad. A continuación, la grava seca fluía hasta la trituradora, un amplio centrifugador que hacía girar la grava a altas velocidades y aplastaba los granos contra paredes de hierro pulverizando las piedras demasiado grandes en pedazos más reducidos. Por último, desde lo más alto de la fábrica, Glen le mostró la agitadora, una caja vibrante y tintineante del tamaño de un ataúd. Alzando la voz para hacerse oír le explicó que la agitadora alojaba varios tamices que cribaban la arena y la distribuían por tamaños en los tanques de almacenaje que tenían a sus pies.
Sin apartar la mirada de la agitadora, Jalalieh dijo:
–Es como una de esas camas de motel en las que hay que echar una moneda.
Noche tras noche y día tras día, la secadora secaba, la trituradora trituraba y la agitadora agitaba cribando la arena por los tamices hasta sus tanques correspondientes. Para que los granos no obstruyesen las mallas, se instalaron unas bolas de goma entre las láminas. Poco a poco, la arena erosionaba las bolas, grandes como pelotas de balonmano al principio se iban reduciendo gradualmente hasta adquirir el tamaño de unas canicas, de los caramelos BBs, hasta que, al final, se volatilizaban, por lo que cada dos semanas, los tipos del turno de día que dirigía Glen tenían que instalar nuevos tamices y añadir bolas nuevas. Como Glen había empezado a aprovechar el día para dormir, la indolencia había vuelto a campar a sus anchas entre los trabajadores. Mientras la grava obstruía la agitadora y agujereaba las rampas, las tuberías y los elevadores, y se iba acumulando en montones que crecían de hora en hora, los del turno de día se dedicaban a jugar al póker en la sala de control, a tomar el sol en los tanques o a montar competiciones de lucha sobre las reservas de arena.
Una mañana, Glen estaba roncando en su mesa cuando oyó que algo golpeaba contra el tabique de la oficina.
Se dio la vuelta frotándose los ojos, deslumbrado por la intensidad de la luz, y miró por la ventana. La fábrica destellaba contra el cielo blanco y ardiente. Entonces se fijó en que los cuatro integrantes del turno de día se habían puesto a jugar al béisbol con un tipo alto armado con el mango de una pala vieja. El lanzador estaba sobre un montículo de arena junto a una caja abierta de bolas de goma para los tamices. Dos jugadores centrales trataban de coger al vuelo los lanzamientos. El receptor se había puesto un respirador, un casco y unas mangas de soldador a modo de protección. El bateador era Snakebite y lanzaba las bolas por encima de las montañas de grava, casi hasta la interestatal.
Glen cerró los ojos y volvió a quedarse dormido.
Todas las noches, Glen ascendía por la escalerilla que había entre los tanques de almacenaje, una subida considerable en la oscuridad, más de treinta metros sin otra protección contra la gravedad que la jaula metálica que rodeaba la escalera. En lo alto una pasarela unía los tanques. Al otro lado de las barandillas se extendía la oscuridad y en la distancia parpadeaban las luces de las torres de radio y las chimeneas de las plantas químicas. La Black Beauty contaba con su propio faro de luz amarilla parpadeante en lo más alto de un poste, una advertencia para los aviones de vuelo bajo, la luz que Glen nunca había osado apagar; eso sí que hubiese sido ilegal. Parpadeaba cada pocos segundos iluminando el aire polvoriento, y Glen iba de tanque en tanque siguiendo el haz de su linterna, abriendo las pesadas tapas de metal con ayuda de una palanca y desenrollando en su interior una vieja cinta métrica con un perno grande de hierro en el extremo.
A las pocas noches del recorrido que le hizo a Jalalieh, Glen subió por la escalerilla a tomar medidas. Estaba a punto de amanecer y nada más terminar la vio. Jalalieh estaba sentada allí arriba, en la plataforma más alta del elevador, aparecía y desaparecía en la luz, abrazada a sus rodillas. Glen se deslizó por la escalerilla corta hasta situarse a su lado, el tenue atisbo del amanecer se extendía bajo ellos.
–Bonito –dijo él.
Ella se encogió de hombros.
–No le digas a ese cabrón que me has visto aquí.
–¿A Snakebite?
–A Roy.
Glen apretó la escalerilla esperanzado.
–¿Amas a Roy?
Ella negó con la cabeza.
–¿Entonces estás con él porque… te compra cosas?
–¿Qué cosas? Mi hermano pequeño le debe pasta. Llegué con Roy a un acuerdo.
Glen sintió una oleada de horror y de júbilo. La idea de que ella pudiese llegar a tenerle afecto, de repente, parecía plausible. Se mantuvo allí, aferrado a la escalera, tratando de decir lo correcto. Deseaba explicarle por qué no había defendido al armadillo (porque cabrear a Snakebite podía ser peligroso), pero eso le haría quedar como un cobarde. En su lugar dijo:
–¿Qué le hará Roy a tu hermano si no cumples con tu parte del trato?
Jalalieh le miró.
–Ya se lo ha hecho.
–¿Qué le ha hecho?
–Hizo que ese camionero le cortase los dedos del pie con una cizalla.
Glen se dispuso a cambiar de tema, pero ella ya se había lanzado al tanque inferior. Para cuando él bajó, ella ya se había ido. Volvió a pensar en el armadillo, en los cuchillos y en el modo en que Jalalieh había irrumpido y tomado el control. Le recordó la primera vez que acompañó al padre de su segunda exesposa a una pelea de gallos. Eran ilegales en Alabama. Lo que más perturbó a Glen no fue la violencia de los gallos picoteándose y espoleándose (en realidad disfrutaba apostando en los combates sangrientos), sino que buena parte de los espectadores, con pinta de hippies, estuviesen fumando porros con total descaro. Más tarde atribuiría su incomodidad al hecho de haber sido su primera y única experiencia al margen de la ley.
Hasta ahora. Porque ahora la Black Beauty se había convertido en un lugar donde todo estaba en juego, un mundo en el que se luchaba para obtener lo que se quería, donde se conspiraba y se recurría a la fuerza.
Comenzaba a amanecer, ya era hora de apagar las máquinas, pero Glen permaneció bajo los tanques observando la oscura oficina al otro lado del patio donde, sin duda, Roy estaría durmiendo como un rey.
–Coño, Glen –dijo Roy–. ¿No te dije que quería tele por cable aquí dentro?
Glen siguió inmóvil con sus deportivas y su gorra de béisbol, Jalalieh detrás, en la puerta de la oficina.
–Esto es un negocio, no una residencia –dijo Glen–. Hay problemas para instalarlo.
–Pues más te vale apañártelas como un buen negrata para mañana por la noche. –Roy se levantó de la silla al otro lado de la mesa sobre la que había dos televisores portátiles–. ¿Qué? –se dirigió a Jalalieh–. ¿A la niñita no le gusta esa palabra? ¿«Negrata»?
–Di mejor «afroamericano»? –dijo ella con frialdad.
–Que te den –dijo él–. Yo no soy un puto afroamericano, ¡soy un americano americano!
Ella se dio media vuelta con estrépito de trenzas y desapareció.
–Y tú –dijo Roy–, tienes que limpiar esta pocilga.
Glen se puso rígido.
–Oh, no me jodas –dijo–. ¿Cuándo?
–Vuelan el miércoles por la noche. Estarán aquí el jueves a primera hora.
Ernie y Dwight.
Así que, aparte del trabajo habitual, Glen se pasó la noche limpiando la fábrica. Parcheó agujeros y fugas con silicona. Soldó, barrió, pulió. Reemplazó filtros, instaló tamices nuevos para la agitadora, engrasó piezas completamente secas y pagó a Jalalieh cincuenta pavos para que pusiera en orden las escombreras con la pala mecánica. Al amanecer el lugar presentaba un aspecto excelente y Glen, mugriento y lleno de grasa, se dirigió agotado a la oficina. Ocultó los televisores de Roy en el armario. Abrillantó el suelo con Pledge, pasó la aspiradora por la alfombra, frotó las ventanas con limpiacristales Windex y vació un bote entero de Lysol en el aire. Pasó las hojas del calendario hasta (¿en qué mes estábamos?) agosto.
Ya no le daba tiempo a volver a casa, así que se duchó en el área de descanso utilizando la pastilla de jabón Ivory que había traído Snakebite de algún motel y su muestra de Head & Shoulders. Al salir, ajustándose el nudo de la corbata, eran casi las siete. Estaba a punto de empezar el turno de mañana. Se apresuró a la fábrica para ver las cosas a la luz del día. Perfecto. Ni una mota extraviada de grava. Magnífico. En la oficina cogió los libros de contabilidad y se dispuso a amañarlos. Una hora más tarde alzó la mirada, tenía la mano entumecida de tanto borrar. Las ocho. Se presentarían en cualquier momento.
A las diez seguían sin aparecer. Los del turno de día ya habían fichado y al ver la fábrica tan limpia entendieron que iba a haber una inspección y se pusieron a trabajar como antes. Por un momento, mirando la fábrica resonante desde la ventana, los camiones cargados de manera legítima y los hombres haciendo cosas útiles y observando las normas de seguridad, Glen se sintió nostálgico y triste. Descolgó el teléfono.
–Te dije que no me llamases tan temprano –gruñó Roy.
–¿Dónde cojones están?
–Tranqui, chavalote. He hecho que vayan a por ellos al aeropuerto.
Imágenes de Ernie y Dwight sin dedos, mutilados.
–Dios mío.
Se sentó.
–No, chavalote –se rió Roy–. Le pedí a dos de mis zorras que fuesen a recibirlos. A esos dos viejales blancos no les han tratado tan bien en su vida.
–¿Putas? –Glen se pasó el auricular a la otra oreja–. ¿Así que no van a venir?
–Supongo que se dejarán caer por ahí en cualquier momento –dijo Roy–. Pero Glen, yo en tu lugar no sudaría mucho por E y D. Si yo fuese tú, chavalote, a quien tendría miedo sería al viejo Roy. Me preocuparía por presentarme ante él con algo de la puta pasta que le debo y no me demoraría mucho.
Fieles a la palabra de Roy, Ernie y Dwight se presentaron por la tarde, sin afeitar, con los ojos rojos, apestando a ginebra y sonrientes, con las corbatas flojas y sin los anillos de casados. Se quedaron media hora en la fábrica felicitando a Glen por su aspecto y por tenerlo todo como los chorros del oro. Sigue así, le dijeron antes de dejarse caer de nuevo en su Caddy. De pie en el aparcamiento, mientras se alejaban, Glen distinguió una liga rosa colgada del espejo retrovisor.
Glen apuró el resto del día y la mayor parte de su cuenta corriente sobornando a uno de los viejos ligues de una de sus exesposas, instalador de cable, para que tendiese una línea en la oficina. Luego fue a solicitar un préstamo para mejora de vivienda. Sentado junto al banquero, que parecía diez años más joven, Glen dejó de escuchar en cuanto el tipo subrayó: «¿Cuatro pensiones alimenticias?».
De vuelta en la fábrica esperó que los nuevos canales (entre ellos, HBO y Cinemax) aliviasen el mal carácter de Roy. Llenó la tolva y puso en marcha las máquinas temprano. Desde el otro lado de la trituradora vio llegar a Roy, lo vio salir del coche con Jalalieh. No hablaron: Roy se metió directamente en la oficina con otro televisor y Jalalieh cruzó malhumorada el patio hasta la pala mecánica. Se subió, puso en marcha el motor y lo aceleró al máximo para obtener presión. Embistió las palancas y meneó la pala como quien hace tintinear las llaves de casa. Al cruzar la mirada con Glen se pasó un dedo por la garganta.
En cuanto anocheció, el Peterbilt de Snakebite entró retumbando en el patio. Frenó al llegar a la altura de las básculas, siguió avanzando a paso lento junto al muro de la fábrica y se detuvo bajo la rampa de descarga. Glen ya tenía la grava fluyendo antes de que las botas de Snakebite tocaran el suelo. Se metió las manos temblorosas en los bolsillos mientras el camionero arrastraba los pies hacia él.
–Lo siento de veras, machote –murmuró Snakebite mirando hacia abajo–. No es nada personal. ¿Tienes la pasta? ¿Lo que sea?
Glen sacudió la cabeza con incredulidad y con eso respondió a la pregunta.
–Te daré unos minutos –dijo Snakebite–, por si quieres emborracharte. Eso ayuda un poco.
Glen desvió la mirada hacia la ventana oscura de la oficina; Roy estaría allí, observando.
–No será tan malo –dijo Snakebite–. Roy te necesita. Solo quiere que te quite un dedo meñique, por la primera falange. Incluso puedes escoger cuál. –Indicó con un pulgar hacia atrás–. En el camión tengo alcohol desinfectante y tiritas. Te podemos curar en un periquete. Aunque lo mejor es que eches un buen trago.
Snakebite se acercó tanto que Glen pudo oler el champú Head & Shoulders.
Señaló hacia la sala de control y cuando Snakebite miró, Glen salió corriendo hacia la escalerilla y subió disparado hacia la rugiente oscuridad.
En lo alto soplaba la brisa, emanaciones ardientes de las fábricas de insecticidas de los alrededores. Al apartarse del borde, Glen resbaló y cayó sobre una rodilla. Sintió un hilo de sangre caliente por la pierna desnuda.
–¿Jalalieh? –susurró–. ¿Me oyes?
Buscando un arma dio con la cinta métrica con el perno de hierro. Se puso de pie a toda prisa y se quedó mirando el lateral del tanque que aparecía y desaparecía con la luz intermitente del faro.
En uno de los destellos apareció una mano, luego otra, seguida de la cabeza diminuta de Snakebite. Lo siguiente fueron sus anchos hombros, rozando la jaula de la escalerilla. Una vez arriba, se tambaleó con inseguridad sobre sus botas. Miró hacia atrás, su camión ronroneaba recibiendo aún la carga, treinta metros más abajo.
Glen soltó unos centímetros de cinta métrica. Hizo oscilar el perno sobre su cabeza como si fuese una maza.
–¡Machote! –llamó Snakebite–. Acabemos de una vez con esto. Ni siquiera te dolerá hasta pasados unos segundos. No tendrás más que elevar la mano por encima del corazón para aliviar las pulsaciones.
Dio un paso vacilante en medio de una ráfaga de viento cálido y acre. Se agachó para remangarse el pantalón, luego desapareció al apagarse la luz. Al reaparecer empuñaba el Mississippi Gambler.
–Está muy afilado, machote. No va a hacer falta ni serrar. Un corte rápido y listo.
Glen retrocedió blandiendo su maza, mientras la trituradora retumbaba a su lado y el tanque zumbaba bajo sus deportivas. Se subió a una pasarela y a través de la malla metálica pudo ver por un momento el suelo, muy abajo, y al momento desapareció. Cuando volvió a iluminarse, Snakebite estaba frente a él. Glen gritó y lanzó la maza salvajemente hacia la derecha.
El antebrazo gigantesco de Snakebite golpeó a Glen en el pecho y lo lanzó patinando hasta el otro extremo de la pasarela haciéndole perder el casco. Trató de levantarse, pero el camionero lo inmovilizó boca abajo retorciéndole el brazo derecho por detrás.
–Contén la respiración, machote –gruñó Snakebite.
Glen crispó la mano izquierda y sintió en el puño la grava caliente. Con los dientes apretados se la lanzó por encima del hombro.
Snakebite aulló y lo soltó. Glen rodó y vio cómo aquel hombre enorme retrocedía tambaleante, restregándose los ojos.
Solo había una escalerilla para bajar y Snakebite la bloqueaba, así que no le quedaba otra opción que dar toda la vuelta. Un destello de algo blanco rebotó contra la barandilla junto a su mano –el Mississippi Gambler– y Snakebite volvió a arremeter con el cuchillo resplandeciente de trinchera.
Glen lo esquivó y al correr hacia la escalerilla se dio un batacazo en el hombro contra la trituradora. Se giró agarrándose el brazo y cayó tropezando con Snakebite, que lanzó una puñalada sin fuerza al aire. Glen se revolvió hasta ponerse en pie y fintó, pero el camionero se movió al mismo tiempo y acabó arrinconándolo. Snakebite, fluctuante entre la luz y la oscuridad, le tendió la mano gigantesca como si alguien acabara de presentarles.
Glen levantó despacio la mano derecha, apretada en un puño.
–¿Cómo pudiste cortarle los dedos a su hermano? –gritó.
–¿Qué hermano? –Snakebite le agarró la mano y le forzó a extender el meñique–. No mires –dijo.
Glen cerró los ojos esperando que el corte fuese frío como el hielo.
Pero el alarido que resonó en el aire no fue suyo. Entreabrió un ojo y bajó la mano con el meñique intacto. El camionero se estaba sujetando la cabeza diminuta con ambas manos sin soltar el cuchillo. A sus espaldas, Jalalieh retrocedía empuñando una tubería de hierro. Snakebite dejó caer el cuchillo y se le vencieron las rodillas. Rodó de lado y se encogió en posición fetal.
Glen se apoderó del cuchillo.
–Vamos –murmuró Jalalieh–. ¡Roy está de camino!
Corrieron por los tanques y todos los reflectores se encendieron de repente, como si la Black Beauty estuviese a punto de despegar hacia la noche. Glen supo que Roy acababa de accionar el interruptor central. Jalalieh le agarró del brazo y se arrastraron hasta la barandilla. Roy estaba subiendo, sudoroso, ceñudo, con una pistola de cañón corto en la mano. Con el pie, Glen le lanzó grava por el borde para frenarle.
–¡Me cago en la puta! –gritó Roy, y una bala silbó hasta perderse en la noche a escasos centímetros de la barbilla de Glen.
–¡Dios! –Reculó, empujó a Jalalieh y ambos se tambalearon hacia atrás. Glen se acordó de la petición que les hizo llegar a Ernie y a Dwight hacía un año: otra vía de acceso para subir a los tanques, unas escaleras o un ascensor enrejado.
Al cabo de un minuto interminable, Roy llegó por fin arriba con las mejillas y la frente resplandecientes de grava. Casi sin aliento se pasó la pistola a la mano con que se agarraba a la barandilla y con la libre se quitó el sombrero y se sacudió el polvo. Luego se sacó un puro del bolsillo de la camisa y lo mordió, pero no hizo amago de encenderlo.
–Niña –le dijo a Jalalieh–. Ven aquí.
Se separó de Glen con cuidado, no se fiaba de la trituradora y mucho menos de Roy.
–Lleva tu culo ahí abajo y rellena esa puta tolva –le ordenó–. Está a punto de quedarse vacía.
Ella le lanzó a Glen una mirada que él no fue capaz de interpretar, luego desapareció escaleras abajo.
–¡Snakebite! –exclamó Roy.
El enorme camionero se revolvió derramando grava. Se frotó la parte posterior de la cabeza con una mano y los ojos con la otra. Tenía sangre en el cuello y en los dedos. Parpadeó ante Roy.
–Joder, chaval –se rió Roy–, por algo llevamos casco en la fábrica, ¿verdad, Glen?
Snakebite, bajando los ojos, cojeó por la pasarela y se metió en la jaula de la escalerilla.
Blandiendo la pistola descuidadamente, Roy miró a Glen.
–Si quieres que las cosas se hagan bien –masculló–, no se las encargues a un paleto idiota de Texas. –Se metió la pistola en el bolsillo del pantalón, dio media vuelta y se dirigió a la escalerilla–. Voy a retenerte el sueldo –dijo por encima del hombro–, hasta que saldes tu deuda.
Glen siguió sus pasos con el corazón desbocado. Al alzar la mano para cubrirse los ojos vio el cuchillo de trinchera.
Roy estaba cruzando la pasarela, agarrado a la barandilla por ambos lados, cuando Glen arremetió y le golpeó en la nuca con el mango de latón en forma de puño americano. El puro salió disparado de su boca y le resultó sorprendentemente fácil (una mano en el cinturón y otra en el cuello) neutralizar a Roy y lanzarlo por encima de la barandilla. Al caer abrió la boca pero no emitió ningún sonido. Con una expresión de sorpresa inmensamente afligida en los ojos, se precipitó al vacío girando los brazos y agitando las piernas. Entonces sí gritó, se encogió en la oscuridad con una grotesca voltereta. Glen apartó la vista antes de que impactase contra el hormigón.
De nuevo en terreno firme, Glen pudo sentir en las piernas la vibración de los tanques. Inspiró profundamente un par de veces, se abrazó y se sintió mejor. Su corazón seguía en su sitio, aguantando, probablemente sería una antigualla, estaría lleno de agujeros y erosionado hasta su mínima expresión, pero, gracias a Dios, seguía bombeando. Se dirigió al panel de interruptores y bajó uno. Los reflectores se apagaron.
Oyó pasos y Jalalieh pasó corriendo a su lado en la oscuridad. Glen trató de alcanzarla pero la perdió. Fue tras ella. Encontraron a Snakebite de pie junto al cadáver de Roy. Lo cubrió con una lona.
–Se resbaló –dijo Glen.
–Eso es. –Jalalieh atropelló a Glen con sus ojos pardos, luego alzó la mirada hacia la oscuridad–. Ha debido ser eso.
–Dios santo –dijo Snakebite. Se restregó la nariz. Por un momento Glen pensó que el camionero estaba llorando, pero solo era la grava en los ojos.
Jalalieh se arrodilló y retiró la lona. Había sangre. Sin vacilar se puso a rebuscar en los bolsillos de Roy y encontró la pistola, las llaves del coche, el fajo de billetes y el libro de contabilidad. Se puso en pie y Glen y Snakebite la siguieron hasta la sala de control. Una vez dentro, ella se puso a estudiar el libro de contabilidad. Mirando por encima de su hombro, Glen vio la lista casi ilegible de los que debían ser los misteriosos clientes a los que Roy les vendía la grava. Se estiró para leerlos mejor pero Jalalieh pasó la página hasta otra lista de nombres y cifras. Glen advirtió que su deuda era una nimiedad en comparación con la de Snakebite y la de Jalalieh.
¿La de Jalalieh?
Glen frunció el ceño.
–¿Y lo de tu hermano pequeño?
–¿Qué hermano? –Ella se lamió el pulgar y se puso a contar el dinero. A sus espaldas, Snakebite se dejó caer pesadamente en una silla.
–Un momento, espera –dijo Glen–, estabas saldando tu deuda con Roy…
–Jodiendo, Glen. –Ella le miró–. ¿Quieres que te dé más detalles, pequeñín? A ti te jodía de una manera y a mí de otra. Y, créeme, a ti te tocó el mejor trato.
–¿Y ahora qué? –preguntó Snakebite, su voz como grava.
–Tú te encargas de las entregas, igual que siempre –dijo Jalalieh–. Y a guardar silencio. Nada ha cambiado.
Cuando el camionero se fue, a Glen le entraron náuseas. Cruzó la estancia, descolgó un casco del perchero y lo llenó de un líquido incoloro. Cerró los ojos y respiró por la nariz.
En el panel de control, Jalalieh apretó los botones del calibrador de la secadora.
–¿Qué temperatura puede llegar a alcanzar este chisme?
A Glen le entró un sudor frío.
–Miles de grados Fahrenheit –dijo, una temperatura que ni siquiera parecía capaz de calentarle un poquito.
Ella sonrió.
–Apaga las máquinas.
Media hora más tarde las cosas estaban muy tranquilas, nada aparte del trajín de los grillos en los árboles cercanos. Jalalieh se acercó con la pala mecánica. Glen miró hacia otro lado mientras ella recogía a Roy, con lona y todo, del suelo.
Glen cruzó la fábrica y se detuvo un momento para abrir de un puntapié una llave de paso que liberó una nube siseante de vapor. En la secadora, Jalalieh hizo descender la pala y dejó caer el cadáver de Roy. Había perdido un zapato. Con guantes gruesos, Glen giró la rueda que abría la puerta de la caldera. Tuvieron que levantar al gordo entre ambos, entrecerrando los ojos por el calor, para embutirlo en la cámara. Jalalieh lanzó el sombrero al interior y luego mandó a Glen a por el zapato. Cuando cerraron la puerta y trabaron la rueda vieron por la gruesa escotilla amarillenta que el pelo y la ropa de Roy ya habían comenzado a arder.
Jalalieh siguió a Glen hasta la sala de control y observó cómo presionaba botones y ajustaba diales. La fábrica resoplaba y gemía como recién devuelta a la vida. Ella dijo que quería encender la secadora y cuando llegó el momento de regular la temperatura accionó la palanca ella misma hasta el rojo. Permanecieron una hora sentados en silencio, pasándose la petaca de Glen, mientras Roy se consumía en la secadora, los huesos carbonizados quedaban reducidos a polvo en la trituradora y el polvo se vertía en la agitadora, que retumbó enloquecidamente, cribando los restos mortales de Roy Jones por los tamices para distribuirlos por varias rampas y acabar depositando las pequeñas partículas, según el tamaño, en los tanques de almacenaje.
A las dos semanas, Jalalieh llamó a la planta a cobro revertido. Le dijo a Glen que se preveía otra inspección sorpresa de Ernie y Dwight el cinco de septiembre. Le dio los números de teléfono de dos prostitutas de confianza. Luego le dictó el número de cuenta bancaria donde Glen tenía que depositar su parte. No quiso revelarle su paradero pero le dijo que vivía sola, en una cabaña, y que había nieve. Que salía a correr todos los días por las montañas, entre árboles altísimos. Que se había puesto a trabajar a media jornada en una planta de explotación forestal, solo por diversión, por hacer algo, al frente de una cargadora de pala frontal. «Solo que aquí lo llaman skidder», le contó.
–Jalali… –dijo él, pero ella ya había cortado.
Colgó y se reclinó en la silla. Apoyó los pies en la mesa. Era hora de poner a trabajar cuerpo, cabeza y corazón. Llamó por marcación rápida a Snakebite con el móvil y le dijo que estuviese en la fábrica a las ocho. Esta noche habría faena. Cualquiera se pensaría, por la cantidad de arena que estaban vendiendo, que toda la superficie terrestre estaba asediada y corroída por el óxido, las lapas y la escoria, y que alguien, en algún lugar, por fin, estaba tomando cartas en el asunto.
Para mi tío D, Robert, Steve, Jim, Simon y Bryan
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