Kitabı oku: «Letra torcida, letra torcida»

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TOM FRANKLIN (1963) nació y se crió en Dickinson, una comunidad no incorporada del condado de Clarke, en la zona central del sur de Alabama, no muy lejos de Monroeville, hogar de Harper Lee. Alguien le dijo una vez que un pueblo es donde para el tren. En Dickinson no paraba. Apenas 300 habitantes y dos iglesias baptistas, una para negros y otra para blancos. Muchos rifles y cazadores furtivos. Mal sitio si no te gusta matar. Algo parecido al villorrio de Faulkner. Infancia de jugar en la espesura y tratar de huir con la imaginación de las cosas que sangran: cómics de Marvel y DC. Espacio: 1999 y Galáctica Estrella de Combate. Edgar Rice Burroughs y Conan el Bárbaro. Familia muy devota, pentecostales que manifiestan su fe con curaciones milagrosas y hablando en lenguas desconocidas, «todo menos la manipulación de serpientes». Franklin recuerda que para protegerse del pecado, tuvo que arrojar a las llamas su preciada colección de libros de Tarzán. En el colegio y en el instituto, malas notas. Pésimo en álgebra. Stephen King. Luego trabajos duros. Operador de maquinaria pesada en una fábrica de arena. Inspector de residuos tóxicos en una planta química. «Trabajar años como una mula para dueños millonarios de fábricas en Detroit, mal pagado, sudando, respirando polvo de sílice, junto a hombres de espaldas arruinadas que heredaron el trabajo de sus padres y que jamás consideraron la posibilidad de ir a la universidad, hombres muy dados al insulto racista». De noche empleado en el depósito de cadáveres de un hospital, de día asistiendo a clases de escritura creativa en la Universidad del Sur de Alabama. En 1998 conoce a su esposa, la poeta Beth Ann Fennelly. Al año siguiente gana el prestigioso premio Edgar Award por el relato «Furtivos» y publica su primer libro. James Franco ha comprado los derechos para adaptar al cine tres de sus obras. El tren sigue sin parar en Dickinson.

LETRA TORCIDA,

LETRA TORCIDA

LETRA TORCIDA,

LETRA TORCIDA

Tom Franklin

Traducción Javier Lucini


Título original:

Crooked Letter, Crooked Letter

Harper Collins Publishers, 2010

Primera edición Dirty Works: Marzo 2021

Segunda edición Dirty Works: Septiembre 2021

© Tom Franklin, 2010

© 2020 de la traducción: Javier Lucini

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (gracias a Tomás Cobos González,

por declarar que aquella noche estuve en su casa,

y a Susie Wolf, por todo el taller y las piezas de repuesto)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»

Maquetación y correcciones: Marga Suárez

ISBN: 978-84-19288-22-6

Producción del ePub: booqlab

Para Jeff Franklin

y a la memoria de

Julie Fennelly Trudo

«M, i, letra torcida, letra torcida, i,

letra torcida, letra torcida, i, joroba, joroba, i».

Así se les enseña a los niños del Sur a deletrear MISSISSIPPI

1

La niña de los Rutherford llevaba ocho días desaparecida cuando Larry Ott regresó a su casa y se encontró a un monstruo esperándolo dentro.

La noche anterior había tronado sobre buena parte del sureste, riadas en los telediarios, árboles partidos por la mitad e imágenes de casas prefabricadas retorcidas y hechas pedazos. Larry, de cuarenta y un años y soltero, vivía solo en la zona rural de Mississippi, en la casa que había heredado de sus padres, aunque no acababa de hacerse a la idea. Actuaba más bien como una especie de guardés, mantenía las habitaciones limpias, atendía el correo y pagaba las facturas, encendía el televisor a las horas adecuadas y sonreía con las risas enlatadas, se ponía manos a la obra con su pedido del McDonald’s o del Kentucky Fried Chicken ante cualquier cosa que le ofreciesen los canales y luego iba a sentarse al porche mientras el día acababa de desangrarse desde los árboles del otro extremo del campo y se instalaba la noche, siempre distinta, siempre la misma.

Septiembre no había hecho más que empezar. Aquella mañana estaba de pie en el porche, con una taza de café en la mano, ya sudando un poco mientras contemplaba el resplandeciente patio delantero, el camino de acceso embarrado, la valla de alambre de espino, el campo verde y empapado que se extendía más allá, apuñalado por cardos, varas de oro, salvia azul y, en los extremos más alejados, donde empezaba el bosque, arbustos de madreselva. Había un kilómetro y medio hasta el vecino más cercano y otro más hasta la tienda del cruce, cerrada desde hacía años.

Al borde del porche, varios helechos colgaban del alero y el carrillón de viento de su madre se había enredado entre las hojas de uno de ellos como una marioneta abandonada. Dejó el café en la barandilla y se acercó a desenmarañar los delgados tubos del carrillón.

Detrás de la casa, hizo rodar las puertas del granero sobre las ruedas de cortacésped instaladas en la base. Retiró la lata de sardinas quemada del tubo de escape del tractor y la colgó de un clavo en la pared antes de subirse. Una vez acomodado en el asiento metálico, hundió un pie en el embrague y el otro en el freno, dejó el viejo Ford en punto muerto y giró la llave de contacto. El tractor, como todo lo demás, había pertenecido a su padre, un modelo 8-N con el capó curvo y los guardabarros pintados de gris y el motor y la carrocería color rojo fuego. El motor prendió y Larry lo revolucionó un par de veces tiñendo el aire de un agradable humo azulado. Retrocedió alzando el elevador y empezó a bambolearse sobre el asiento en el momento en que las enormes ruedas, lastradas con sesenta litros de agua, se pusieron a rodar sobre el terreno. El tractor se abrió paso entre las malas hierbas y las flores silvestres, espantando saltamontes empapados, abejorros, mariposas y libélulas o «médicos serpiente»1, como las llamaba su madre. El Ford proyectaba su sombra alargada hacia la valla del fondo, giró y se dispuso a bordear el campo, la alheña estaba podada a lo largo de la alambrada de púas, los árboles se erguían altos y frondosos, el extremo sur aún seguía en sombra, fresco y cubierto de rocío. Larry desbrozaba dos veces al mes de marzo a julio, pero cuando brotaban las flores silvestres de otoño, las dejaba crecer. Los colibríes migratorios pasaban por allí en septiembre, revoloteaban alrededor de la salvia azul, que parecía encantarles, y se ahuyentaban entre sí, disputándose las flores.

Al llegar al corral de las gallinas, metió la marcha atrás y retrocedió haciendo bajar el enganche del remolque. Examinó el cielo y sacudió la cabeza. Más nubes acumulándose por encima de los árboles distantes y lluvia en la atmósfera. En el cuarto de aperos, con ayuda de un cazo, vertió pienso y maíz en una lechera de plástico con la boca ensanchada. Los gránulos marrones y el polvoriento maíz amarillo desprendieron su leve olor terroso. Acto seguido, añadió un poco de grava, piedrecitas molidas para facilitar la digestión de los pollos. El corral original, que su padre había construido como regalo del Día de la Madre en algún momento perdido en la memoria de Larry, se extendía a lo largo de seis metros por el lado izquierdo exterior del granero e incorporaba un cuarto por dentro que se había habilitado como gallinero. El corral nuevo era diferente. Larry siempre había lamentado que las gallinas tuvieran que pasarse toda la vida encerradas en aquel espacio tan diminuto, tragando polvo en las estaciones secas y embarradas en época de lluvias, sobre todo cuando el campo que rodeaba la casa, algo más de dos hectáreas, no hacía más que llenarse de maleza y convocar bichos, un festín que era una lástima que los pollos no pudiesen aprovechar. Intentó dejar un par de gallinas en libertad, experimentos, con la esperanza de que no se alejaran mucho y utilizaran el gallinero para pernoctar, pero la primera se dirigió directa al bosque, se coló por debajo de la cerca y nunca más se supo de ella. La siguiente, nada más salir, fue víctima de un lince. Larry lo meditó y, al final, se le ocurrió una idea. Durante un fin de semana estival, construyó una jaula desplazable que le llegaba a la altura de la cabeza, con el suelo abierto y un juego de ruedas de cortacésped en la parte de atrás. Desmanteló la valla de su padre e instaló una nueva que ajustó a la puerta exterior del gallinero de tal manera que, cuando las gallinas salieran, entrasen en la jaula. Por las mañanas trababa la puerta interior y, si el tiempo lo permitía, se servía del tractor para arrastrar la jaula hasta el campo, cada día a una zona de hierba distinta, para que las gallinas dispusiesen de alimento fresco (insectos, vegetación) y que los excrementos que iban dejando no arruinasen la hierba, sino que la fertilizasen. A las gallinas les gustaba, no había más que verlas, y las yemas de los huevos que ponían eran prácticamente el doble de amarillas que antes, y el doble de ricas.

Salió con el pienso. Sobre los árboles situados más al norte se cernían los nubarrones como montañas ondulantes, el viento ya había empezado a alzarse y el carrillón repiqueteaba desde el porche. Pensó que lo mejor sería dejarlas dentro, así que volvió a entrar, descorrió el pestillo de madera y accedió al gallinero, con su hedor a excrementos y a polvo caliente. Cerró la puerta tras de sí, se le llenaron los zapatos de plumas. Aquel día había cuatro recelosas gallinas pardas aposentadas en las cajas de madera contrachapada, hundidas en pinocha.

–Buenos días, señoras –dijo, acto seguido abrió el grifo que había encima del viejo neumático seccionado por la mitad como un dónut rebanado en dos y, mientras se llenaba de agua, se agachó para deslizarse por la puerta que daba a la jaula con las gallinas que no estaban empollando siguiéndolo como si se hubiesen quedado atrapadas en su estela; el tractor aguardaba al ralentí al otro lado de la alambrada. Derramó el pienso de la jarra en el suelo y se quedó un momento observando cómo lo picoteaban con sus sacudidas robóticas, cloqueando, escarbando y meneando la cabeza entre excrementos moteados y plumas húmedas. Volvió al gallinero, espantó a las gallinas que estaban empollando, recogió los huevos marrones salpicados de heces y los metió en un cubo.

–Que tengan un buen día, señoras –dijo cerrando la espita del grifo antes de salir, volver a echar el pestillo de la puerta y colgar la lechera en su clavo–. Dejaremos el paseo para mañana, a ver si hay suerte.

De vuelta en la casa, se sonó la nariz, se lavó las manos y se rasuró frente al espejo del cuarto de baño, el del recibidor. Golpeó la navaja contra el borde del lavabo, los pelos se esparcieron alrededor del desagüe, más grises que negros, y entendió que, si dejaba de afeitarse, le saldría una barba tan gris como la que se solía dejar su padre, hacía treinta o treinta y cinco años, durante las temporadas de caza. Larry había sido regordete de niño, pero ahora tenía el rostro enjuto y llevaba el pelo corto y alborotado, porque se lo cortaba él mismo, lo llevaba haciendo desde antes incluso de que su madre ingresara en River Acres, una residencia de ancianos que, pese a su nombre, no estaba cerca de ningún río y estaba llena sobre todo de negros, tanto en la plantilla como entre los residentes. Él hubiera preferido algo mejor, pero no podía permitirse otra cosa. Se roció las mejillas con agua caliente y descubrió su reflejo pasando una toalla por el espejo empañado.

Allí estaba. Todo un mecánico, pero solo en teoría. Al frente de un taller de dos compartimentos en la carretera 11 Norte, un ruinoso edificio blanco de bloques de hormigón con adornos verdes. Conducía la camioneta Ford roja de su padre, un modelo de principios de los años setenta con la plataforma forrada de tablas, un vehículo con más de treinta años, apenas noventa mil kilómetros, su seis cilindros original y, salvo por unos cuantos parabrisas y algún que otro faro que había tenido que reponer, casi todas las piezas de fábrica. Tenía estribos y una caja de herramientas en la parte de atrás con llaves inglesas, llaves de tubo y trinquetes, por si tenía que acudir a alguna avería en la carretera. En la ventanilla trasera de la cabina había un soporte para rifles que sostenía un paraguas; desde el 11 de septiembre estaba prohibido exhibir armas de fuego. Pero incluso ya antes de aquello, debido a su pasado, a Larry no se le permitía tenerlas.

En su habitación, abarrotada de libros de bolsillo, se caló la gorra del uniforme y se puso el pantalón verde caqui y la camisa de algodón a juego que llevaba su nombre, LARRY, cosido en un óvalo sobre el bolsillo, la de manga corta en esa época del año. Calzaba zapatos de trabajo negros con puntera de acero, una costumbre de su padre, también mecánico. Pasó por la sartén doscientos cincuenta gramos de beicon, revolvió en la grasa los huevos que había recogido esa misma mañana, se abrió una Coca-Cola y desayunó viendo las noticias. La niña de los Rutherford seguía desaparecida. Once muchachos caídos en Bagdad. Los resultados de la liga de fútbol de institutos.

Desenganchó el móvil del cargador, ninguna llamada, se lo metió en el bolsillo delantero del pantalón, cogió la novela que se estaba leyendo, cerró la puerta a sus espaldas, bajó con cuidado los escalones mojados y chapoteó sobre la hierba hasta la camioneta. Se subió, arrancó, dio marcha atrás y salió con la lluvia ya repiqueteando contra el parabrisas. Al final del largo camino de acceso, se detuvo junto al buzón, un destartalado cascarón negro instalado sobre un poste medio vencido, con la puerta y la bandera roja de metal arrancadas desde hacía tiempo. Bajó la ventanilla para ver si le había llegado algo. Un paquete. Lo sacó, uno de sus clubes de lectura. Varios catálogos. La factura del teléfono. Dejó el correo en el asiento de al lado, metió primera y salió a la carretera. En nada llegaría al taller, subiría el portón de la fachada, sacaría el cubo de la basura, abriría las puertas de atrás y colocaría ahí en medio el ventilador para que circulara el aire. Se quedaría un rato frente a los surtidores de gasolina, por si asomaba algún coche, con la esperanza de que alguno de los mexicanos del motel de enfrente necesitase que le revisara los frenos o lo que fuera. Luego entraría en la oficina, dejaría la puerta abierta, daría la vuelta al cartel de CERRADO, cogería una Coca-Cola de la máquina del rincón y la destaparía con el abridor. Se sentaría detrás de su mesa, desde donde podía ver la carretera a través de la ventana, uno o dos coches cada media hora. Abriría el cajón inferior del lado izquierdo para apoyar los pies y se dispondría a abrir el paquete, a ver cuáles eran los «libros del mes».

Pero cuatro horas más tarde estaba de camino a casa. Había recibido una llamada en el móvil. Su madre decía que se había levantado con buen pie y se preguntaba si podría llevarle el almuerzo.

–Sí, señora –dijo él.

Aparte de la comida, quiso llevar el álbum de fotos; una de las enfermeras, la agradable, le había dicho que ese tipo de cosas la ayudaban a refrescar la memoria, a mantenerse más tiempo en contacto con la realidad. Si se daba prisa podría recoger el álbum, pasarse por el Kentucky Fried Chicken y llegar a la residencia antes del mediodía.

Le pisó fuerte, algo muy poco prudente por su parte. La policía local conocía su camioneta y lo tenían bajo estrecha vigilancia, casi siempre aparcaban junto a las vías del tren por las que pasaba a diario. Recibía pocas visitas, más allá de los adolescentes que iban a armar jaleo a medianoche y se ponían a dar vueltas en su patio, dando bocinazos y lanzando botellas de cerveza o petardos. Y de Wallace Stringfellow, por supuesto, que era su único amigo. Pero las visitas ocasionales siempre le resultaban desconcertantes, como la de ayer, la de Roy French, el inspector jefe del condado de Gerald, con una orden de registro en la mano. «Lo entiendes, ¿verdad?», decía siempre French, dándole golpecitos en el pecho con el papel. «Tengo que descartar todas las posibilidades. Eres lo que llamamos una persona de interés». Larry asentía, se hacía a un lado sin leer la orden y le cedía el paso, se sentaba en el porche delantero mientras French revisaba los cajones del dormitorio, el cuarto de la lavadora junto a la cocina, los armarios, el desván, se ponía a cuatro patas para dirigir el haz de la linterna por debajo de la casa y husmeaba en el granero asustando a las gallinas. «Entiéndeme», solía repetirle French al marcharse.

Y Larry lo entendía. Si la desaparecida hubiese sido su hija, él también se habría presentado ante su puerta. Iría a todas partes. Sabía que lo peor tenía que ser la espera, no poder hacer nada mientras tu hija seguía perdida en el bosque o encerrada en el armario de alguien, colgada de la barra con su propio sujetador rojo.

Por supuesto que lo entendía.

Aparcó la camioneta delante del porche, se bajó y dejó la puerta abierta. Nunca se ponía el cinturón de seguridad, igual que sus padres. Subió a toda prisa los peldaños, abrió la puerta mosquitera y la aguantó con el pie mientras buscaba la llave, giró la cerradura, entró en la estancia y vio una caja de zapatos abierta sobre la mesa.

Se le congeló el pecho. Se giró y vio la cara del monstruo, reconoció enseguida la máscara, era la que había tenido desde que era pequeño, la que su madre había detestado y su padre ridiculizado, una máscara gris de zombi llena de tajos sanguinolentos, remiendos de pelo encrespado y un ojo de plástico que pendía de unas hebras ensangrentadas. Quien la llevaba puesta debía de haberla encontrado en el escondite del armario de Larry que a French siempre se le había pasado por alto.

–¿Qué...? –dijo Larry.

El hombre de la máscara le interrumpió alzando la voz:

–Todo el mundo sabe lo que has hecho.

Le apuntó con una pistola.

Larry abrió las manos y dio un paso atrás cuando el hombre se le acercó empuñando el arma.

–Espera –dijo Larry.

Pero no le dio tiempo a decir que él no había secuestrado a la chica de los Rutherford la semana anterior, como tampoco a Cindy Walker hacía veinticinco años, porque el hombre siguió acercándose y le hundió el cañón en el pecho. Larry, por un momento, pudo distinguir los ojos humanos de la cara del monstruo, vio algo que le resultó familiar. Luego oyó el disparo.

Cuando abrió los ojos, estaba tendido en el suelo de cara al techo. Le pitaban los oídos. El vientre le palpitaba bajo la camisa y se había mordido el labio. Giró la cabeza, el monstruo le pareció más pequeño que antes, estaba apoyado en la pared junto a la puerta, como si le costase respirar. Llevaba guantes de jardinería de algodón blanco y le temblaban las manos, tanto la que sostenía la pistola como la otra.

–Muérete –dijo entre dientes.

Larry no sentía dolor, solo la sangre, el corazón latiéndole a toda pastilla, bombeando sin parar una sangre pulmonar de un rojo brillante que se podía oler. Algo estaba ardiendo. Tenía el brazo izquierdo inerte, pero se llevó la mano derecha al pecho, que seguía subiendo y bajando, y no pudo evitar que la sangre se le escurriese a borbotones entre los dedos y le resbalase por las costillas encharcándole la camisa. Notaba un regusto a cobre en la lengua. Tenía frío, sueño y mucha sed. Pensó en su madre. En su padre. En Cindy Walker en mitad del bosque.

El hombre apoyado en la pared se había puesto de cuclillas y lo contemplaba desde detrás de la máscara con ojos refulgentes, y Larry sintió por él una extraña indulgencia, porque al fin y al cabo todos los monstruos eran unos incomprendidos. El hombre se pasó la pistola a la otra mano, se tocó la máscara sangrienta como si se hubiese olvidado de que la llevaba puesta y se dejó un churrete rojo en la mejilla gris, una mancha de sangre real entre la sangre pintada. Llevaba los calcetines bien estirados por encima de los zapatos, unos viejos vaqueros azules deshilachados en las rodillas y una salpicadura de sangre brillante en la manga de la camisa.

Larry notaba un zumbido de crótalo dentro de la cabeza y por la cara, y se oyó a sí mismo susurrar algo parecido a: «Silencio».

El hombre de la máscara sacudió la cabeza y volvió a cambiarse la pistola de mano, ahora los dos guantes estaban manchados de rojo.

–Muérete –volvió a decir.

Y por Larry no hubo problema.

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1 En algunas regiones rurales del Sur de Estados Unidos se cree que las libélulas anuncian la presencia de serpientes, de ahí el nombre. (N. del T)

2

Su nombre era Silas Jones, pero la gente lo llamaba 32, por su número del equipo de béisbol, o alguacil, por su profesión. Era el único representante de las fuerzas del orden de Chabot, Mississippi, con una población, uno más, uno menos, de quinientos habitantes, al volante de un viejo Jeep con luz rotativa de quita y pon, con licencia para tres armas de fuego y un táser, poseedor de una placa que solía llevar colgada al cuello con un cordón. Aquel día, martes, después de la ronda vespertina, la placa yacía en el asiento del copiloto. Atajando por una carretera secundaria de vuelta al pueblo, miró por la ventanilla y vio que el cielo, al este, se había plagado de buitres. Docenas de manchas oscuras recortadas contra nubes aún más oscuras, como en esas fotografías de la Segunda Guerra Mundial que había visto de cargas antiaéreas estallando alrededor de bombarderos.

Pisó el freno, cambió de marcha, viró en tres puntos y enfiló por un caminito de tierra. Avanzó buscando el rastro de un perro o de un ciervo atropellado por un coche o un quad, pero lo único que encontró fue una tortuga de caja plantada al borde del camino, como un casco mojado. Podría tratarse de algo en las inmediaciones del arroyo, a poco menos de dos kilómetros montaña abajo, oculto entre los árboles. Cambió a primera, se metió en el barro, patinó y dio unos cuantos bandazos hasta que el Jeep se afianzó en las roderas. A partir de ahí, dejó el volante a su aire hasta que el camino comenzó a trazar una curva alrededor del desvío que penetraba en el bosque y tuvo que iniciar el lento proceso de frenar sobre el barro. Cuando se detuvo estaba frente a un portalón de aluminio con un cartel amarillo de PROHIBIDO CAZAR, distintivo de la Compañía Maderera Rutherford. En esa parte del condado (y en el de al lado), aquellos carteles estaban por todas partes, la acaudalada familia Rutherford era la propietaria del aserradero de Chabot y de miles de hectáreas destinadas a la explotación maderera. A veces, los altos cargos, siempre blancos, iban a cazar venados de cola blanca o pavos en parcelas exclusivas. Pero allí, en aquellas hectáreas, lo que había era, sobre todo, pinos taeda listos para ser talados, algunos con marcas de corte naranjas y otros con banderines rojos grapados.

Al bajarse del coche se le empañaron las gafas de sol. Se las quitó, se las enganchó al cuello de la camisa, se estiró, inspiró el aire caliente dejado por la lluvia y, a solas al borde de un muro de bosque, a kilómetros de cualquier parte, escuchó los chillidos de los arrendajos azules. Si quisiera, podría abrir fuego con su 45 y nada ni nadie en el mundo lo oiría, salvo algún ciervo o los mapaches. Mucho menos Tina Rutherford, la universitaria blanca de diecinueve años a la que esperaba y no esperaba encontrar bajo aquel nubarrón de buitres. Hija del propietario del aserradero, se había marchado de casa al final del verano rumbo al norte, a Oxford, a Ole Miss, la Universidad de Mississippi, donde cursaba el tercer año. Pasaron dos días antes de que su madre, preocupada, la llamara por teléfono. Cuando sus compañeras de piso confirmaron que aún no había llegado, se emitió una denuncia de desaparición. Ahora la estaban buscando todos los policías del estado, especialmente los de la zona: olvídense de todo lo demás y encuentren a esa chica.

Silas rebuscó en su manojo de llaves hasta dar con la de la etiqueta verde, abrió la verja, pasó con el coche, se detuvo al otro lado, se bajó, cerró el portalón y volvió a poner el candado.

De vuelta en el Jeep, bajó la ventanilla y se adentró entre pinos idénticos, las altas y húmedas dulcamaras que crecían en mitad del camino cepillaban el capó como los rodillos de un túnel de lavado. En las zonas donde el terreno se vencía, los árboles habían inclinado airosamente el tronco como brazos con el codo flexionado. Traqueteó y derrapó deseando a medias quedarse atascado. Dado que en su jurisdicción rural buena parte del trabajo implicaba meterse por caminos de tierra, no dejaba de solicitar al Ayuntamiento de Chabot un Bronco nuevo. Pero como tampoco dejaba de recibir negativas, tenía que conformarse con aquella vieja chatarra que, en otra vida, había sido un vehículo de Correos; aún podía leerse un desvaído SERVICIO POSTAL DE EE.UU. en la pequeña compuerta trasera.

La radio crepitó: «¿Vienes o qué, 32?».

Voncille. Si Silas era la fuerza policial de Chabot, ella era el Ayuntamiento.

–Imposible, señora Voncille –dijo él–. Hay algo que tengo que comprobar antes por aquí.

Ella suspiró. Si él no se presentaba a su hora, tendría que ser ella la que se pusiera el chaleco naranja para dirigir el tráfico en la entrada del aserradero durante el primer cambio de turno.

–Esta me la debes –dijo ella–. Me acabo de arreglar el pelo.

Mensaje recibido, se prendió la radio al cinturón y negó con la cabeza ante la perspectiva de lo que se disponía a hacer con sus botas de cuero buenas.

Redujo la velocidad a ocho kilómetros por hora. Cuando frenó al final del camino, al pie de la montaña, el Jeep siguió deslizándose por su propio tobogán de barro. Giró solo, él lo acompañó con el volante y al momento logró detenerlo. Agarró el sombrero vaquero del asiento de al lado, se bajó, presionó la puerta contra los árboles para colarse entre los troncos y descendió la pendiente clavando los talones en la húmeda hojarasca; en un momento perdió pie y tuvo que agarrarse a una enredadera que hizo que se le viniera encima lo equivalente a un cubo de agua. El terreno allí abajo era más bonito, al ser demasiado escarpado para la tala, había otros árboles, aparte de pinos. Los troncos estaban ennegrecidos por la lluvia, algunos decorados con estantes de hongos o cubiertos de musgo. A medida que descendía, el aire se volvía más fresco y, al llegar al fondo, se sacudió los hombros y escurrió el agua acumulada en el sombrero, ahora el trópico de la montaña quedaba a sus espaldas, con su olor a lluvia y a gusanos, el goteo de los árboles, el aire cargado, como si acabara de caer un rayo, las ardillas lanzándose a través de las zonas de cielo visibles, el tamborileo de un pájaro carpintero unos cuantos valles más allá y el chillido de un picomarfil.

Se abrió paso a lo largo de la orilla, importunando a las ranas toro entre las espadañas y los juncos. Pensó que el arroyo Cane era más bien un cenagal. Apenas se movía, lo único que agitaba sus aguas de color mora eran las estelas de las ranas, las burbujas que emergían del fondo y el blup-blup de los peces. Entre las hojas flotantes y las ramas negras, en los recodos y los meandros, se acumulaban botellas de alcohol y latas de cerveza descoloridas, con sus correspondientes reflejos, y se preguntó quién demonios querría ir hasta allí a tirar basura. Volvió a abanicarse la cara, los insectos, como aviones de juguete, se propulsaban enloquecidos desde las altas ramas. Se dijo que podía tratarse de un lince. Que había bajado a morir al arroyo. El viejo instinto: si estás herido, dirígete al agua.

Pensó en su madre, muerta ocho años atrás. La época en que los dos vivían en una cabaña de caza situada en la propiedad de un hombre blanco. Sin agua, sin electricidad, sin gas. Llevaban menos de una semana ocupándola ilegalmente cuando, justo al anochecer, se les presentó en el porche un gato al que le faltaba una oreja y tenía el escroto del tamaño de una nuez. Lo espantaron, pero por la mañana se lo volvieron a encontrar tendido en los escalones con un ratón espasmódico entre sus fauces. «Ay, Señor –dijo su madre–, este gato está solicitando un puesto de trabajo». Lo contrataron en el acto y el animal se acabó instalando en la cama de su madre donde, según ella, le calentaba los pies. Unos meses más tarde, abandonaron la cabaña y el gato se mudó con ellos. Disfrutarían de su compañía durante años pero luego, justo antes de que él se fuera a cursar su último año a Oxford, el gato desapareció. En el momento en que Silas se dio cuenta, su madre le informó de que ya hacía casi un mes que se había largado.

–¿A dónde?

–Se ha ido, sin más, cariño –dijo ella.

–¿Sin más?

Su madre estaba lavando la ropa en el fregadero, todavía llevaba en la cabeza la redecilla del trabajo.

–Para morir, Silas –le dijo–. Cuando a un animal le llega la hora, se va para morir.

Al avanzar, el sotobosque empezó a despejarse, el aire se volvió más cálido, más húmedo y, de pronto, los árboles desplegaron sus brazos hacia el alto cielo blanco, un estallido de troncos incandescentes, bancales de setas humeantes y nubes de jejenes, hojas empapadas, relucientes como espejos, y el entramado resplandeciente de una telaraña. Un mosquito le pasó zumbando junto a la oreja, Silas se puso a darse manotazos en los brazos y en el cuello, aceleró el paso, las hojas se le pegaban a las botas, notó una cierta aspereza en el aire, al momento, el olor dulzón de la podredumbre.

A unos cincuenta metros por delante, algo empezó a tambalearse hacia él. Se detuvo y se llevó el pulgar al cierre rápido de la pistola mientras otras cosas empezaron también a moverse, el suelo de tierra se removía y cobraba vida. Pero aquella cosa se desvió y alzó el vuelo batiendo las alas, no era más que un buitre, con las garras suspendidas, y al momento le siguieron otros, aleteando con sus cuerpos lanosos sobre el agua o alejándose con torpeza por la orilla.

El hedor se agudizó a medida que se fue aproximando al lugar donde el terreno daba paso a la ciénaga. Más abajo, la mayor parte de los buitres se alineaban en la orilla como cuervos hinchados de esteroides, con aquellos cuellos y cabezas sin plumas, algunos con caras rojas y tumorosas como de gallo, unos cambiando el peso de una garra escamosa a otra, otros con el pico abierto.

Esperó no tener que disparar a ninguno mientras avanzaba chapoteando en el barro y abanicando el aire con la mano. Llevaba ya dos años como representante de la ley en Chabot y aún no había tenido necesidad de disparar a otra cosa que no fuesen dianas. Prácticas de tiro. Nunca de verdad. Ni siquiera a una tortuga sobre un leño.

Otra de aquellas desgarbadas aves se lanzó desde la orilla, pateó la superficie del pantano quebrando su reflejo y batió las alas hasta posarse en una rama baja y nudosa a la que se aferró apretando y aflojando las garras. Se acordó de que alguien, Larry Ott, le había contado que una vez que una bandada de buitres se posaba en un árbol, ese árbol comenzaba a morirse. Podía oler el motivo. Inspiró una bocanada de fetidez y siguió adelante entre las ramas que volvían a cerrarse a su alrededor. Esquivó una enredadera baja, receloso de las serpientes. Mocasines boca de algodón, así las llamaba su madre. Cosas antiguas y malvadas, decía. Grandes y brillantes como el brazo de un varón negro, y la boca blanca como el algodón que recolecta.

Silas se quitó el sombrero. A lo lejos, tres o cuatro bultos envueltos en harapos de tela escocesa, alojados en el agua entre un horizonte de cipreses, rodillas leñosas, una bandada de buitres negros y todas las moscas del mundo. Una sombra enorme le pasó por encima y alzó la vista para comprobar que había más buitres trazando círculos en el cielo, algunos a escasa altura, sin chocarse, como si se atravesaran unos a otros, las plumas de las alas y de la cola plateadas por los rayos del sol en las puntas. Tenía la boca seca.

Aquellas aves madrugadoras llevaban ya un buen rato dale que te pego, y el calor no había sido de gran ayuda. Desde aquella distancia y teniendo en cuenta el grado de descomposición, una identificación sería imposible. Aun así, Silas sacudió la cabeza. Pulsó el botón de la radio.

Fue la tela escocesa, le diría más tarde a French.

Unos días antes, llamaron a Silas desde una zona aislada detrás de un campo de algodón ya crecido al otro lado de la carretera del vertedero. Un viejo Chevy Impala en llamas. El conductor de un camión de la basura que pasaba por allí vio el humo y lo comunicó por radio.

Silas reconoció el coche por la matrícula personalizada, se había carbonizado pero aún podía distinguirse el M&M, el mote de Morton Morrisette. Había jugado de segunda base en el equipo del instituto, cuando Silas ocupaba la posición de parador en corto. Después de graduarse, M&M se pasó doce años trabajando en el aserradero, hasta que se lesionó la espalda; ahora tenía una pequeña pensión por invalidez que, presuntamente, compensaba vendiendo hierba. Como era listo y precavido, y porque además evitaba los estupefacientes, la policía nunca le había molestado. Vigilarlo, sí: French y el inspector del departamento de narcóticos del condado se las ingeniaban para tener bajo vigilancia a todos los camellos, presuntos o declarados, de la zona, pero salvo en caso de violencia o de denuncia, o de que alguien lo delatara, tenían las manos atadas, y M&M llevaba vendiendo su marihuana a lugareños de confianza, tanto negros como blancos, desde principios de los noventa.

En cuanto al vehículo en llamas, Silas llamó a French: para cualquier cosa más grave que una simple agresión, tenía que dar parte al inspector jefe. French se presentó al momento, tomó las riendas y, en menos de veinticuatro horas, dio con una anciana que aseguraba haber visto a un hombre que coincidía con la descripción de un conocido adicto al crack en el coche con M&M. French y el inspector de narcóticos llevaban ya un tiempo vigilando a ese hombre –Charles Deacon– y aprovecharon la ocasión para obtener una orden de arresto. Pero hasta entonces no habían dado con él. Ni tampoco con M&M. Mientras Silas regresaba a sus patrullas, a la caza de intrusos en las tierras de los Rutherford, a poner multas, a dirigir el tráfico y a retirar de la carretera los animales atropellados, French se ocupó del registro de la casa de M&M y dedujo que alguien había disparado a otra persona en el salón, probablemente al propio M&M, y luego se lo había llevado. Aunque habían limpiado el lugar escrupulosamente, encontraron algunas manchas de sangre y extrajeron de la pared una bala del calibre 22, tan aplastada por el impacto que, probablemente, no serviría de nada. En cualquier caso, no dieron con el arma. En cuanto a las drogas, solo encontraron un librillo de papel de fumar Top, ni el menor rastro. A los pocos días, localizaron el sombrero de fieltro a cuadros de M&M enganchado en un árbol cerca de un arroyo a unos cuantos kilómetros de allí, en Dentonville. Pero desde la desaparición de la chica de los Rutherford, todo el mundo había dejado a Deacon en segundo plano y casi se había olvidado de M&M.

Silas estaba sentado en un tronco caído, de espaldas al viento. Incluso desde allí, al borde de la ciénaga, podía ver lo hinchada que estaba la cara de M&M, del tamaño de una almohada, y con la piel más negra que en vida, grotesca y rosácea en las zonas reventadas, los ojos y la lengua devorados, la mayor parte de la carne desgarrada por los buitres, una larga ristra de entrañas serpenteando apaciblemente en el agua.

Silas creyó oler el humo de un cigarrillo y, cuando fue a darse la vuelta, alguien le dio un toque en la espalda.

–Mierda –dijo, a punto de caerse del tronco.

Detrás de él, French dejó su equipo de investigador en el suelo.

–Buu –dijo.

–No tiene gracia, jefe.

French, antiguo guarda de caza y pesca y veterano de Vietnam, se rio mostrándole sus pequeños dientes afilados. Ya rondaba los sesenta, era alto y delgado, detrás de las gafas de sol sus ojos eran de un verde muy claro, pelo rojo y bien rapado, con bigote a juego. Tenía una cuchilla por mentón y unas orejas de soplillo que podía mover indistintamente. Decía que su apodo en Vietnam había sido «Cierva». Llevaba unos vaqueros azules y una camiseta de camuflaje metida por dentro decorada con una Glock de 9mm empuñada por una mano fornida que apuntaba al observador. A la altura del pecho ponía: TIENES DERECHO A PERMANECER EN SILENCIO, PARA SIEMPRE. La pistola que llevaba al cinto era una réplica exacta de la que estaba pintada en la camiseta.

–¿M&M? –dijo.

Silas batió la mano hacia el cadáver.

–Lo que han dejado de él los buitres y los siluros.

–¿Te has acercado?

–Ni de coña.

–Bien.

Lo que más irritaba al inspector jefe, por encima de todo, era que le alterasen la escena de un crimen. Se inclinó para examinarle de cerca la cara y sonrió.

–Si vas a vomitar, que sea río arriba, los siluros se lo comerán.

Silas lo ignoró, alzó la vista hacia lo que los árboles y el revoloteo de los buitres dejaban entrever del cielo. Pensó en M&M, de críos, cada vez que sacabas una chocolatina en el recreo, se te plantaba delante y te pedía un trozo. De no ser por los almuerzos del colegio, él y sus hermanas de ojos enrojecidos se habrían muerto de hambre.

French tomó asiento con un Camel colgado del labio inferior, se quitó las botas, las colocó sobre el tronco una al lado de la otra, se puso un vadeador de pesca y se ajustó los tirantes.

–Ojo con los cocodrilos –dijo Silas.

French aplastó el cigarrillo en el tronco, se guardó la colilla en el bolsillo de la camiseta y se puso unos guantes de látex.

–Volveré –dijo.

Se levantó y se alejó como si fuese un pescador, ni siquiera se detuvo al meter los pies en el pantano, avanzó sin cejar, hundiéndose a cada paso como si estuviese descendiendo por unas escaleras, su estela se fue deshaciendo gradualmente a sus espaldas.

En lo alto, los cuervos también trazaban círculos, Silas llevaba ya un tiempo oyendo sus graznidos, diciéndose lo que quiera que se dijesen.

Cerca del cadáver y hundido hasta la cintura, el jefe se inclinó, aparentemente imperturbable ante el olor o la imagen. Se sacó una cámara digital del bolsillo y empezó a hacer fotografías, chapoteando de un lado a otro para obtener tomas de todos los ángulos. Acto seguido, se quedó un buen rato mirando. Desde el Departamento de Caza y Pesca, había pasado a formar parte del departamento del sheriff y se lo trabajó duro para ir ascendiendo hasta su cargo actual. Se rumoreaba que podría presentarse a sheriff cuando el vigente se jubilara el año próximo.

Al cabo de unos minutos, regresó, se sentó en el tronco, encogió los hombros para bajarse los tirantes y se desprendió del vadeador a sacudidas, flexionando los pies.

–¿Está muy hondo ahí? –preguntó Silas.

French gruñó mientras se volvía a poner las botas.

–Alguien pensó que lo suficiente para deshacerse de un cadáver. Pero, con todo lo que ha llovido, ha salido a flote.

–¿Crees que su sombrero nadó hasta Dentonville?

–¿A contracorriente?

–Entonces alguien te la ha intentado colar.

–Ni lo dudes, campeón. Yo diría que estamos tratando con una inteligencia criminal superior a la media.

–Eso excluye a Deacon.

–Tal vez.

Una vez puestas las botas, French se levantó y tomó unas cuantas fotografías más desde la orilla; sacudió el paquete para extraer otro cigarrillo.

Al momento, las aves volvieron a alborotarse y un par de paramédicos y el forense salieron a trompicones de entre los árboles, dándose palmetazos en los brazos y soltando improperios. Una era Angie, una chica guapa de piel clara, pequeñita y con los pies ligeramente torcidos, con la que Silas llevaba saliendo ya unos meses, cada vez más en serio. Lo que más le gustaba de ella era su boca, siempre un poco fruncida, ladeada, siempre en movimiento, como si se estuviera bebiendo un batido invisible. También se sorbía mucho la nariz a causa de la sinusitis, y por raro que fuera, a él eso le resultaba encantador.

Tab Johnson, su compañero, el conductor de la ambulancia, era un hombre blanco mayor que ella que parecía estar siempre sacudiendo la cabeza; en aquel momento lo estaba haciendo, mientras mascaba uno de sus chicles de nicotina.

Angie se situó detrás de Silas, le rozó la espalda con el hombro y él se inclinó hacia ella pensando en la noche anterior, ella encima y con la cara hundida en su cuello, el lento movimiento de sus caderas y el roce de su aliento en la oreja. Ahora le subió la mano por la columna. Traía el olor a sus sábanas y eso hizo que, de pronto, lo que ella llamaba su «badajo» se le empezara a desperezar dentro de los pantalones. Angie se sorbió la nariz y Silas la miró por encima del hombro.

–¿Vendrás esta noche? –preguntó ella.

–Lo intentaré.

Angie apartó la mano. Llegó el forense, un joven blanco y rechoncho con las gafas en la frente y una camisa vaquera de cuello abotonado. Llevaba ya unos años ejerciendo. Había venido con Angie en la ambulancia y ahora pasó entre los dos con su maletín, le asomaban los faldones de la camisa por detrás, se plantó al borde de la ciénaga y se hizo visera con la mano.

–Lo declaro muerto. Podéis proceder –dijo.

–¡Puaj! –dijo Angie, mirando a Silas–. Ya podrías haberlo encontrado en el segundo turno.

Le sacó la lengua y se dirigió a la orilla, poniéndose una mascarilla quirúrgica y unos guantes de goma que chasquearon entre sus dedos.

En ese momento comenzaban a bajar por la pendiente la reportera que cubría la información policial y un par de ayudantes del sheriff, así que Silas aprovechó la ocasión para darse otra vuelta por los alrededores, con la esperanza de encontrar una colilla flotando o un hilo adherido a una telaraña. Y para evitar ver cómo metían los trozos en la bolsa de cadáveres.

Al cabo de un par de horas, de vuelta en la oficina, se sentó a meditar. Había dejado de ver a M&M cuando este abandonó el instituto y ahora lamentaba no haber seguido en contacto. Lo mismo podría haber hecho algo. Pero ¿a quién pretendía engañar? M&M jamás habría querido relacionarse con un alguacil. Se mostraría educado y punto. Nada de visitas amistosas. De ir a pescar, ni hablamos.

Silas estaba frente a su ordenador, borrando correos electrónicos, pero se detuvo en uno de Shannon Knight, la reportera policial, que llevaba por asunto: «Pregunta adicional». Abrió el correo y tecleó una respuesta. Aun siendo el que había encontrado el cadáver, sabía que Shannon entrevistaría también a French, y que sería a este al que citaría en el periódico.

Silas se recostó en la silla. Compartía el edificio de una sola estancia del ayuntamiento de Chabot con Voncille, la secretaria municipal; su mesa era la de la izquierda, junto a la ventana que daba a los árboles. Ella le dijo que se quedaba la que tenía buenas vistas porque llevaba allí más tiempo que él y el alcalde juntos, además ellos nunca estaban en sus mesas. A Silas no le importó. Salvo cuando se le olvidaba bajar la tapa del váter que compartían, la señora Voncille y él se llevaban bien. Eran los únicos empleados a jornada completa de Chabot, sus prestaciones las cubría el aserradero. Morris Sheffield, el alcalde a tiempo parcial, ocupaba la mesa del fondo; era agente inmobiliario y tenía una oficina en el mismo solar, enfrente. Se dejaba caer por el ayuntamiento una o dos veces al día con la corbata suelta, su BlackBerry y sus mocasines sin calcetines. Silas y él eran bomberos voluntarios y solo se veían en las reuniones mensuales de la oficina y en los incendios ocasionales.

–¿Estás bien, cariño? –preguntó Voncille, haciendo rodar la silla hacia atrás. Su escritorio estaba detrás de la pared de un cubículo que ella misma se había comprado. Tenía los ojos azules y una cara bonita y regordeta, lo miró por encima de sus gafas de lectura. Era blanca, de poco más de cincuenta, divorciada un par de veces. Su tiesa pelambrera de color rojo parecía no haberse visto afectada por su mañana dedicada a dirigir el tráfico.

–Sí, señora –dijo él–. Lo estaré.

–Pobre M&M –dijo ella–. ¿No jugasteis juntos al béisbol?

–En su día nos marcamos unos dobletes que ni el más pintado.

–¿Seguíais hablando? Me refiero a antes.

–La verdad es que no.

Ella se encogió de hombros, entendiéndolo y desaprobándolo al mismo tiempo. ¿Pero a qué otra gente veía él aparte de los demás policías y la gente que arrestaba? Solo a Angie. ¿A quién más necesitaba?

Voncille reanudó su trabajo y Silas se inclinó hacia delante. Por la ventana situada junto a la mesa, que mantenía abierta con un viejo libro de Stephen King, se veían los demás edificios de Chabot: la inmobiliaria del alcalde Mo, la oficina de correos, un banco que era más bien una cooperativa de crédito para el aserradero, el Hub, que era un establecimiento mezcla de colmado y cafetería, un supermercado IGA y una farmacia, ambos de capa caída por culpa del Wal-Mart de Fulsom. El antepenúltimo local, el Chabot Bus, era un viejo autobús escolar amarillo plantado sobre bloques de piedra que se había transformado en bar, tenía una barra al fondo y varias mesas y sillas de plástico tanto dentro como fuera. Silas solía quedar allí con Angie un par de veces a la semana para beber algo, a última hora de la tarde, cuando ya los parroquianos del aserradero se habían ido a casa. La primera vez que se encontraron allí por casualidad, cerraron el bar y luego se estuvieron dando el lote en el Jeep hasta que, en pleno fragor de la batalla, lo desembragaron y estuvieron a punto de caer rodando por el barranco antes de que a él le diera tiempo a tirar del freno de mano. Desde la fila de ventanas del autobús se veían los dos últimos edificios del pueblo, oficinas vacías con las ventanas cegadas con tablones. Silas hacía la ronda por allí cada noche para impedir que se colasen los vagabundos y los fumadores de crack. También se veía desde allí que Chabot había sido construido al borde de un barranco invadido de kudzu, esa maleza verde serpenteante con la que no había manera de acabar. Alguien seguía arrojando la basura al barranco, lo que hacía que por la noche acudieran los mapaches y los gatos salvajes, manchas de tinta que vagaban entre el follaje, veloces como espíritus.

En Chabot no había cajeros automáticos; el más cercano quedaba a dieciocho kilómetros al norte, en Fulsom. Y los teléfonos móviles funcionaban a veces sí y a veces no. Como el condado de Gerald, donde estaba permitida la venta de alcohol, limitaba con dos condados en los que imperaba la ley seca, el cómputo de conductores ebrios era bastante alto. Fulsom era la sede del condado y, con su Wal-Mart, una localidad boyante en comparación con el reducido repertorio de tiendas de Chabot. El único barbero de Chabot había muerto y su hijo había vuelto al pueblo para desmantelar el local y llevárselo pedazo a pedazo en su camioneta. Ahora el solar estaba vacante, una explosión de flores silvestres y hierbajos, y si querías cortarte el pelo te tenías que ir a Fulsom o apañártelas tú mismo con las tijeras.

Debido al barranco, todos los edificios de Chabot estaban orientados hacia el este, como un pequeño auditorio o un último bastión: por las ventanas frontales del ayuntamiento, al otro lado de la carretera y más allá de las hileras de vagones de tren y camiones cisterna, se alzaba la elevada y estruendosa ciudad del aserradero Rutherford. Tapaba los árboles que crecían detrás y abrasaba el cielo con el humo que despedía, un gigantesco cobertizo de metal detrás de otro, chimeneas con luces rojas parpadeantes, cintas transportadoras con montacargas a sus pies, camiones de troncos, grúas y arrastradoras que pitaban al recular o rechinaban sobre el serrín mientras descortezaban los troncos verdes y flexibles que, una vez cortados y procesados, o tratados con creosota, estarían destinados a la fabricación de postes. El aserradero retumbaba, crujía, chirriaba, arrojaba sus tablones, sus chispazos y su polvareda, y exhalaba sus humos dieciséis horas al día, seis días a la semana. Dos turnos de ocho horas y otro de seis de mantenimiento. Las oficinas ocupaban una estructura de madera de dos plantas situada a cien metros del aserradero, allí, entre contables, comerciales, secretarias y personal administrativo, trabajaban veinticuatro personas. Algunos hasta disponían de vehículo de empresa, enormes todoterrenos Ford F-250.

Silas no. Él no era exactamente un empleado del aserradero, así que le tocó lo que Chabot podía permitirse. Su Jeep, adquirido en una subasta, tenía cerca de treinta años. Contaba con un sistema de aire acondicionado enfisémico y un cilindro de mando con fugas, aparte de una adicción intratable al freón y al líquido de frenos. Por no hablar del aceite. El cuentakilómetros se había atascado en 231.756. Cuando se quejaba de que era un viejo vehículo de Correos, Voncille le decía: «Y da gracias, 32. Puedes darte con un canto en los dientes por que el volante esté en el lado bueno, y con eso me refiero al izquierdo».

Alrededor de la una, French llamó para decir que estaba en el Hub, al otro lado del aparcamiento. Que si quería algo.

–Joder, no –dijo Silas, el jefe se rio y colgó.

Pasados unos minutos, apareció por la puerta principal con una bolsa marrón grasienta y una Coca-Cola, se instaló en la mesa del alcalde Mo, desarrugó el borde superior de la bolsa y sacó un po’boy de ostras2.

–¿Dónde está su alteza?

Silas alzó el mentón.

–Por ahí comprando tierras.

–Roy –dijo Voncille, apoyada en el cubículo, con las fotos de sus hijos clavadas en casi toda la superficie–. No entiendo cómo puedes comer en el mismo lugar todos los días.

–Joder –dijo, masticando–, no me queda otra. He arrestado a alguien en todos los putos antros del condado. Pinches de cocina, lavaplatos, camareras, cocineros, propietarios, socios capitalistas. Marla, la cocinera del Hub, tendrá vía libre para salir de la cárcel cuando quiera, aunque la hayan encerrado por asesinato premeditado, siempre que siga dándome de comer. Porque en algún sitio tendré que zampar.

–¿Y qué pasa con Linda?

–Cuando sale del trabajo lo único que hace es apoltronarse frente a la caja tonta y empaparse de telerrealidad –dijo él sin dejar de masticar.

Tras el último bocado, hizo un gurruño con el envoltorio y lo lanzó a la papelera que había junto al escritorio de Silas. Sorbió ruidosamente el resto de la Coca-Cola, agarró sus Camel y sacó uno.

–Ni se te ocurra encender eso aquí dentro –exclamó Voncille.

French no le hizo caso y sonrió al ver cómo suspiraba y se ponía a grapar con más fuerza.

–Para tu información –le dijo a Silas–. El otro día le hice una visita a Norman Bates.

Silas puso cara de extrañeza.

–¿A quién?

–El de Psicosis –dijo Voncille–. Se refiere a Larry Ott.

French exhaló un rayo de humo.

–Siempre lo hago cuando hay algún desaparecido, sobre todo si se trata de una chica. Ya sabes. Los sospechosos habituales.

Silas frunció el ceño.

–¿Crees que Larry tuvo algo que ver con la chica de los Rutherford?

–¿Larry?

Silas se arrepintió de haberlo dicho.

–Fui con él al colegio, eso es todo. No llegamos a intimar mucho.

–No estaba en el equipo, ¿no? –preguntó Voncille.

–No. Solo leía libros.

–Libros de terror –dijo French–. Tiene la casa abarrotada.

–¿Encontraste algún cuerpo desmembrado?

–No. Me pasaré luego por su negocio. A ver si puedo asustarlo un poco más. Fui esta mañana, pero aún no había abierto.

–¿A qué hora fue eso? –preguntó Silas.

French lo pensó.

–Hará unos veinte minutos.

–¿Y no estaba abierto?

El inspector jefe negó con la cabeza.

Silas se reclinó haciendo crujir la silla y se cruzó de brazos.

–¿Sabes de alguna vez que no haya estado abierto en horario comercial?

–Tampoco pasa nada. Lleva sin tener clientes desde ni se sabe. Lo mismo da que esté abierto o cerrado.

–Sí, pero lo que yo digo es que eso nunca le ha impedido estar allí. De lunes a sábado, puntual como un reloj. Ni siquiera sale a comer, por lo general.

–Vaya, mira quién es el inspector jefe ahora –dijo French, reclinándose en la silla del alcalde. Estiró las piernas y se ajustó la cartuchera del tobillo con el otro pie–. Voncille, ¿has visto la otra película esa de Alfred Hitchcock?

–¿Cuál?

–Los pájaros.

–Hace mucho.

–Todos esos buitres y cuervos de esta mañana me la han recordado. Fuimos a verla al autocine, de críos. Cuando terminó, mi hermano pequeño va y me suelta: «¿Sabes qué? Ojalá pasara eso de verdad. Con pájaros como esos, enloquecidos. Nos agenciaríamos unos cascos de fútbol americano, un montón de armas y bien de munición, y saldríamos a la carretera a matar pájaros y a salvar gente».

Silas apenas le prestó atención. Estaba pensando en el mensaje que Larry Ott le había dejado en el contestador, poco después de su regreso al sur de Mississippi.

–Señora Voncille –dijo Silas–. Usted fue al instituto de Fulsom, ¿verdad? ¿Llegó a conocer a Larry Ott?

–La verdad es que no, cielo –dijo–. Solo lo que se decía. Iba unos cuantos cursos por detrás de mí.

El inspector le guiñó un ojo a Silas.

–¿Salió alguna vez con él, Voncille?

–Solo una vez –dijo ella–. Y nunca volví a saber de él.

French resopló.

–Eso habríamos querido.

Silas llevaba diez minutos en la carretera 11, dirección norte, cuando se dio cuenta de que se dirigía al taller de Larry Ott. Era a primera hora de la tarde, por fin había dejado de llover, la carretera estaba llena de charcos humeantes y un perro de raza irreconocible se sacudía el agua de su esponjoso pelaje. Tendría que estar en la 7, vigilando los excesos de velocidad para cumplir con su cuota semanal e incrementar un poco las arcas municipales, pero algo le reconcomía por dentro.

Habían pasado casi dos años desde la primera llamada de Larry. Silas no usaba mucho el teléfono fijo y llevaba un par de días sin percatarse de que el contestador automático estaba parpadeando.

–¿Hola? –dijo la voz cuando pulsó el botón–. ¿Hola? No sé si tengo el número correcto. Estoy buscando a Silas Jones. Perdón si me he equivocado.

Silas se quedó mirando fijamente el teléfono. Ya nadie lo llamaba Silas. Desde que murió su madre.

–¿Silas? –continuó la grabación–. No sé si te acordarás de mí, soy Larry. ¿Larry Ott? Siento molestarte, solo quería... hablar. Mi número es el 633-2046.

Silas no hizo ni siquiera el amago de tomar nota mientras Larry se aclaraba la garganta.

–Vi que habías vuelto –continuó–. Gracias, Silas. Buenas noches.

Nunca le devolvió la llamada. Si lo hubiera llamado al ayuntamiento en vez de a casa, no le habría quedado más remedio que hacerlo.

Pero entonces, en lugar de captar la indirecta, Larry volvió a intentarlo. A las ocho y media, un viernes por la noche, un par de semanas más tarde, Silas se pasó por casa para cambiarse de ropa antes de acudir a una cita. Había quedado a cenar con una chica. Antes de conocer a Angie. Cuando sonó el teléfono, descolgó y dijo: «¿Sí?».

–¿Hola? Eh, ¿Silas?

–Sí.

–Hola.

–¿Quién es?

–Soy Larry. Ott. Perdona si te molesto.

–Pues un poco sí, estaba a punto de salir. –El calor le chorreaba el pecho–. ¿Qué pasa?

Larry dudó.

–Solo quería, bueno, ya sabes, darte la bienvenida y eso. A letra torcida.

–Tengo que irme –dijo Silas y colgó.

Se quedó sentado en la cama durante media hora, con la parte posterior de la camisa pegada a la piel, recordando su infancia con Larry, lo que le hizo a Larry, cómo lo golpeó cuando dijo lo que dijo.

Silas se sentía pegajoso al volante. Desde su marcha, supo que Larry estaba condenado al ostracismo, pero no se enteró de todo lo que había sucedido hasta que regresó al bajo Mississippi.

Avanzó con el Jeep hasta situarse detrás de un camión de troncos y redujo la velocidad, el trapo amarrado al poste más largo revoloteaba ante sus ojos. Las luces traseras estaban bien, la chapa de identificación en regla. Cambió de carril, hundió el pie en el acelerador y el Jeep petardeó. Trasto de mierda. Tocó el claxon al adelantar el camión dejando a su paso un nubarrón de humo negro y el conductor le respondió con su bocina.

French tenía razón, Reparaciones Ottomotive llevaba sin tener un cliente local (en realidad, ningún cliente) desde que el padre de Larry había muerto y Larry se había hecho cargo del negocio. Silas podía dar fe: de camino a Fulsom había pasado por allí infinidad de veces y nunca había visto a nadie que hubiese parado a reparar su vehículo. Solo se veía el de Larry, aquella Ford roja. Aun así, se presentaba a diario en el trabajo, con la esperanza de que alguien de camino a otro lugar, alguien que no estuviera al tanto de su reputación, se detuviera para una puesta a punto o una revisión de frenos, con la compuerta siempre alzada y expectante, como una boca abierta.

Larry era ahora más alto, más delgado. Silas no lo había visto de cerca, pero se le veía la cara más afilada, los labios tensos. Antes, siempre llevaba la boca medio abierta, dando la impresión de que era un poco retrasado. Pero no. Era inteligente. Sabía las cosas más peregrinas. Una vez le contó a Silas que una cobra real podía llegar a alcanzar los cinco metros y levantar la mitad de su cuerpo en el aire. «Imagínatelo», le dijo. Como una gigantesca planta escamosa y oscilante venida de otro tiempo que te devora con la mirada justo antes de matarte.

Silas dejó atrás el Wal-Mart y luego la señal indicadora del distrito comercial de Fulsom. Enseguida la carretera se redujo a dos carriles y los locales comenzaron a escasear; aceras resquebrajadas, malas hierbas, edificios en venta, puertas y ventanas tapiadas. Pasó por delante de lo que antes había sido una oficina de correos. Pasó frente a una tienda de ropa que llevaba tanto tiempo sin clientes que, durante una breve temporada, se convirtió en una tienda retro sin necesidad de cambiar el stock. El edificio situado a su derecha era una antigua RadioShack, con las ventanas reventadas a pedradas o a tiros y el tejado hundido hasta tal punto que el suelo se había hecho añicos y las paredes habían empezado a ceder y a combarse. Los únicos negocios que seguían abiertos en aquella zona eran un motel barato que atendía a los que iban a echar un polvo rápido y a los obreros mexicanos, y el garaje al que se estaba aproximando, el que tenía pintado REPARACIONES OTTOMOTIVE en el lateral con letras verdes descoloridas.

La camioneta de Larry, tal y como había dicho French, no estaba en su lugar habitual, la compuerta del taller estaba cerrada. Silas redujo la velocidad. Puso el intermitente, giró hacia el aparcamiento del garaje y se detuvo junto a los surtidores de gasolina, como si quisiera repostar. Era lo más cerca que había estado del taller desde... bueno, nunca había estado tan cerca. Los dos antiguos surtidores llevaban años sin funcionar y parecían un par de robots en una cita romántica. En los números en relieve pintados de blanco sobre la cinta metálica del lector, figuraban los precios de la última vez que se habían utilizado: 0,32 la normal y 0,41 la de etanol.

Silas apagó el motor con los ojos fijos en el rectángulo de hierba muerta junto al taller donde, salvo durante la temporada que estuvo en el ejército, Larry llevaba aparcando a diario desde que dejó el instituto. La misma camioneta. Recorriendo cada día los mismos kilómetros de ida y vuelta a la misma casa. Las mismas señales de stop, los mismos semáforos. Ahora nada, hierba muerta.

Sabía que dentro del taller había una caja de herramientas roja, un gato hidráulico, camillas de mecánico apoyadas contra la pared y lámparas extensibles que colgaban del techo. De vez en cuando, al pasar en coche, Silas había visto a Larry apoyado en una escoba mirando los coches que iban y venían. Silas no despegaba la vista del frente, como si tuviera un sitio importante al que ir. Otros días, Larry sacaba la caja de herramientas con ruedas para poder observar el tráfico mientras limpiaba las llaves inglesas y los vasos con un trapo. A veces saludaba con la mano.

Nadie le devolvía el saludo. Nadie de la zona, en cualquier caso. Pero digamos que fueras de otro lugar, que pasaras por allí con los frenos chirriantes, con un cojinete cantarín, o quizá con un impacto en los amortiguadores. Digamos que te preocupara quedarte tirado en cualquier momento cuando, de pronto, ves el taller de bloques de hormigón blanco con la pintoresca pintura verde desconchada, ese edificio del color del detergente en polvo, entonces tal vez decidieras reducir la velocidad y entrar. Te fijarías en los surtidores de gasolina y sonreirías (o fruncirías el ceño) al ver los precios. No verías a ningún otro cliente y te considerarías afortunado, porque en ese momento Larry estaría saliendo del taller sacándose un trapo del bolsillo, con su nombre bordado en la camisa. Cabello corto y castaño, con la gorra bien calada hasta las orejas.

Qué suertudo.

Pero no estarías al tanto de su reputación. No sabrías que, en el instituto, una chica que vivía cerca de Larry, un poco más arriba, en la misma carretera, había ido con él al autocine y nadie la había vuelto a ver desde entonces. Había acaparado todos los titulares, a nivel local. El padrastro de la chica intentó que arrestaran a Larry, pero no se encontró ningún cuerpo y Larry nunca confesó.

Silas consultó el reloj y permaneció sentado un rato más. Él también había conocido a Cindy Walker. La chica desaparecida. En cierto modo, Larry los había presentado.

Miró hacia la carretera.

¿Dónde diablos estaba Larry? Probablemente sentado en casa, leyendo a Stephen King. Puede que al final se hubiese tomado un día libre. O lo mismo se había dado por vencido.

Pero algo le seguía carcomiendo por dentro. ¿Y si algún pariente de la nueva chica desaparecida, Tina Rutherford, basándose en la reputación de Larry, se hubiese encargado de hacerle una visita?

«Mírate, 32 Jones», pensó. «¿Has ignorado al pobre cabrón todo este tiempo y ahora, de repente, te importa?».

–¿32? –La radio.

–Sí, ¿señora Voncille?

–Tienes que dirigirte a la Decimocuarta con la Oeste. Una serpiente de cascabel en un buzón.

–¿Cómo?

–Cascabel –repitió–. Buzón.

–¿Estaba la bandera subida?

–Ja, ja. Ha sido la cartera la que ha dado el parte. Está, ya sabes, metida en el buzón. Lo que lo convierte en un delito federal.

–¿Y cómo es que sabe usted eso?

–32 –dijo ella–. Hace solo dos años que llevas ese uniforme. ¿Sabes cuánto tiempo llevo yo en esta silla?

–¿Así que no es la primera vez?

–Ni te imaginas. Llamaré a Shannon.

Cortó la comunicación, feliz de que Voncille contactara con la reportera policial. Cada vez que su foto o su nombre salía en el periódico, su perfil ganaba puntos, lo cual podía derivar en un aumento de sueldo cuando llegara el momento de revisarlo. Si cultivaba bien las relaciones públicas podría llegar a ser un Buford Pusser3 negro, y tal vez hasta podría presentarse al cargo de sheriff en diez años.

Ya se pasaría más tarde por casa de Larry, pensó arrancando el Jeep. Pero entonces se le ocurrió una idea mejor y abrió su teléfono móvil.

–32 –dijo Angie–. No tendrás otro cadáver en descomposición, ¿verdad?

–Espero que no –dijo–. Ponme al día.

No mucho, informó ella. Terminando con una colisión en la 5, sin heridos salvo por el ciervo muerto. El de tráfico ya se había largado. Tab y el tipo que había atropellado al ciervo lo estaban despellejando, planeaban repartirse la carne.

–¿Dice Tab que si quieres un solomillo?

–Angie –dijo Silas–. ¿Conoces a Larry Ott?

El teléfono crepitó.

–¿Larry el Tenebroso?

–Sí. ¿Te ves con ánimos de seguir una corazonada?

–Puede ser, cariño. Cuéntame más.

–Necesito que salgas pitando hacia allí en cuanto puedas. Por el pequeño camino de tierra que sale de la carretera del cementerio, en Chabot.

–Sé dónde vive. ¿Y eso?

–En cuanto puedas. Mira a ver si todo está en orden. No queda muy lejos de donde estáis ahora.

–Espera –dijo ella.

Silas se detuvo al borde de la carretera y esperó a que pasara un camión de troncos, el Jeep tembló cuando el camión pasó estrepitosamente con los troncos entrechocando.

–¿Angie?

–Está bien –dijo ella–. Pero, ¿32?

–¿Sí?

–Esto conlleva que me acompañarás el domingo a la iglesia.

–Ya lo hablaremos –dijo–. Y guardadme ese solomillo.

Con la luz rotativa encendida y moviendo el culo como hoy, podía cubrir su jurisdicción de punta a punta en un cuarto de hora, desde la carretera del vertedero hasta la piscifactoría de siluros, y al momento se encontraría en la Decimocuarta Avenida. Silas se refería a ella para sus adentros como la Avenida de la Basura Blanca, una carretera accidentada de arcilla roja con ocho o diez casas y remolques agrupados en el lado izquierdo y las tierras de los Rutherford a la derecha, cercadas y señalizadas cada cincuenta metros, un intento de evitar que los paletos dispararan a los ciervos y los pavos en el bosque. La vida salvaje era buena para la imagen del aserradero. Conducías entre los pinos frenando cada dos por tres a causa de los ciervos, a veces cervatillos de patas torpes, zorros rojos muy poco comunes y gatos monteses, casi te olvidabas por un momento de que los árboles eran un cultivo.

Patrullaba por allí una o dos veces a la semana, en diferentes momentos, para echarle un ojo a la caravana Airstream que había detrás de una de las casas, medio oculta por un cobertizo. Por la forma en que estaban entabladas las ventanas y por el candado de la puerta, sospechaba que podría tratarse de un laboratorio de metanfetamina, pero, sin causa probable (la queja de un vecino, una explosión) no podía comprobarlo.

Cada vez que pasaba por allí, los residentes blancos fruncían el ceño desde las sillas de sus porches, mujeres teñidas de rubio, delgadas y tatuadas, con bebés en el regazo, abuelas de aspecto extenuado en bata y fumando cigarrillos, basura en los patios, tendederos con sábanas que se levantaban con el viento, bragas transparentes y medias de nailon. En un patio había un viejo Chevy Vega, sin capó, con ambrosías creciendo a través del bloque del motor, las ventanillas rotas y el maletero abierto; una vez vio a un perro sentado allí dentro, con la lengua fuera. También había visto una cabra atada a una cuerda, piezas de coche desechadas por la hierba, señuelos de pesca goteando de los cables del tendido eléctrico. La vieja carcasa de una autocaravana utilizada como gallinero y pollos y gallinas de Guinea correteando libremente entre la maleza. Un pato en una piscina hinchable. Críos revolucionando motores de quads sobre la hierba que nadie podaba. No sabía qué tenían los blancos con los quads, pero hasta en la última puñetera casa parecían tener uno.

Y los perros.

En cada casa había media docena, rara vez de raza conocida, en su mayoría mestizos de mestizos, un tropel de chuchos ladradores sin castrar y sin collar que aguardaban a que su Jeep doblara la curva al pie de la montaña para perseguirlo hasta que volvía a adentrarse en el bosque.

Ahí venía ahora, toda la furiosa y alegre jauría, apartándose a medida que avanzaba, ladrando junto al Jeep, tres o cuatro enormes y oscuros brincando con voces graves, unos cuantos medianos y varios pequeñajos de lo más estridentes. Vio el Jeep de Correos más adelante, un modelo más nuevo que el suyo, con un bonito trabajo de pintura, aparcado a la sombra a un lado de la carretera, con los intermitentes encendidos. Conocía a la conductora, una mujer llamada Olivia. Se conocieron en el Chabot Bus y salieron un par de veces, pero ella tenía dos hijos pequeños. A Silas no le gustaban mucho los niños y a ella tampoco le interesaba mucho emparejarse con un hombre que no se derritiera de amor por sus críos. En una de las citas hablaron sobre la Avenida de la Basura Blanca, él le confesó que la había bautizado así, y ella le dijo que era la pesadilla de su ruta, se negaba a salir del coche para entregar cualquier paquete en las puertas de esos blancos por culpa de los perros. En lugar de bajarse del Jeep, tocaba el claxon, lo que sabía que les cabreaba, y si no acudía nadie, dejaba una notificación en el buzón en la que decía que fueran a buscar el paquete a la oficina de correos. ¿Y por qué a él no le gustaban los niños?

Olivia ahora sí se había bajado del coche y estaba con otras cuatro mujeres, todas blancas, una con un bebé en brazos. Shannon aún no había llegado. En el patio más cercano, con la hierba hasta las rodillas, tres chicos, dos rapados estilo militar y otro corto por delante y largo por detrás, observaban impávidos. Uno tenía una pistola de balines y otro un juego de arco y flechas de plástico.

Silas dejó el Jeep en punto muerto hasta que se detuvo y apagó el motor, los perros se agruparon junto a su puerta, uno de los más canijos y estridentes pegaba tales brincos que su cabeza seguía apareciendo en su ventanilla.

–Abajo –dijo, llevándose la mano al táser que, al igual que la pistola, no había usado nunca.

–¡Sellars! –gritó una mujer–. Ocúpate de esos malditos perros.

El chico de la pistola de balines, sin camiseta y con la cara sucia, se acercó al Jeep y comenzó a patearlos para que Silas pudiera abrir la puerta. El chico de la melena se unió al festival de patadas y lo ayudó a ahuyentar a los perros.

–¿Qué hay, 32? –dijo Olivia.

–Hola, guapa. –Se acercó al grupo con la cámara de fotos en la mano, las mujeres lo miraron de arriba a abajo y él las saludó llevándose la mano al ala del sombrero.

–¿Qué hay? –dijo una joven–. Me alegro de que esté aquí. –Llevaba unos vaqueros cortados y una camiseta de tirantes sobre un sujetador deportivo. Iba descalza. Atractiva. Tal vez veintidós o veintitrés años. Tatuajes en los antebrazos y uno asomándole por el cuello bajo de la camiseta, otro más, una enredadera verde, le brotaba de los vaqueros. Imposible no preguntarse de dónde partiría–. Soy Irina Mott.

–¿Qué hay, señora Mott? 32 Jones.

Ella inclinó la cabeza y entornó los ojos de manera adorable a causa del sol.

–Llámeme Irina.

–Es su buzón –dijo Olivia.

–Su selección mensual del club de la serpiente le llegó con antelación –dijo otra joven, con un piercing en la nariz y delineador de ojos negro.

–Sí –dijo Irina–, pero yo había pedido una cabeza de cobre.

Olivia señaló el buzón, medio vencido en el poste y con la dirección desconchada.

–Llego en coche y lo primero que noto al empezar a abrirlo es que está zumbando como un avispero. Lo abro un poco más y oigo que algo golpea la puerta desde dentro, así que lo vuelvo a cerrar.

Silas miró el buzón, le dio un golpe a la bandera y oyó el zumbido del interior, como un pequeño motor.

–¿Alguien podría traerme una pala?

–Edward Reese –dijo una mujer gorda a uno de los niños que observaban desde el patio–. Corre a buscar una, ¿me oyes?

Desapareció detrás de la casa, los perros lo siguieron meneando la cola.

–¿Cuándo fue la última vez que lo abrió? –le preguntó a Irina.

–Anoche, cuando oscureció. Metí la factura del teléfono.

–¿Se le ocurre quién ha podido ser? –preguntó.

Las mujeres se miraron con el ceño fruncido, la que tenía el bebé se lo apoyó en la otra cadera.

–¿Exmarido? –preguntó Silas–. ¿Novio cabreado?

–Joder, agente –dijo Irina–. Aquí vivimos tres divorciadas. Y, entre las tres... ¿cuántos candidatos calculas, Marsha?

–Oh, Señor. Habría que hacer una buena criba.

–Está la lista de los cabreados –dijo Irina–. La de los celosos. Y luego quedaría la más larga de todas.

–La de los pirados –dijo Marsha–. Por no hablar de la de los que están en las tres.

El niño volvió corriendo con la pala y se la tendió a Silas por el mango.

–Gracias, hijo –dijo Silas, echando un vistazo a la carretera. Pensó en hacer tiempo hasta que llegara Shannon–. Señoras, apártense.

–No va a tener que decírnoslo dos veces –dijo Marsha.

Silas le pasó la cámara a Olivia, se situó a un lado del buzón y abrió la portezuela con el extremo de la pala, el zumbido se intensificó, e hizo caer un poco de gravilla. Los perros se pusieron a ladrar de nuevo.

–Cuidado –dijo Olivia.

Silas se movió y se asomó sin acercarse demasiado, las mujeres miraron desde atrás. La serpiente se había encogido al fondo con la cabeza triangular achatada y hundida, sacudía la lengua y sus ojos eran dos rendijas furiosas.

–Mira –dijo Irina–. Se ha meado en mi factura de teléfono.

–Apesta –dijo uno de los niños, tratando de agrupar a los perros.

–Es una cascabel diamantina –dijo Silas.

Olivia le entregó la cámara, Silas hizo unas cuantas fotografías más y se la devolvió. Tomando aire, acercó la pala al buzón abierto. La serpiente arremetió y golpeó el metal, Irina gritó y Silas pegó un brinco cuando se aferró a su brazo.

–Joder –dijo él.

Y seguidamente pidió disculpas al reparar en los niños.

Volvió a acercar la pala con Irina aún agarrada a su brazo. La serpiente atacó y Silas logró inmovilizarle el cuello contra el borde, tiró de ella hacia fuera y la arrojó al suelo, nada más caer se enroscó formando un bulto que comenzó a inflarse y a desinflarse, la cola se convirtió en un borrón y el cascabeleo se hizo más intenso.

–Ahora cuidado –dijo, los perros se estaban aproximando–. Y procuren que los perros no se acerquen.

–Reviéntela de un tiro –dijo uno de los niños al tiempo que se ponía con los otros dos a alejar a los perros a patadas.

–No es necesario.

Le acercó la pala al cuello y la serpiente se enroscó en el palo. Le inmovilizó la cabeza, apoyó el talón en la pala, presionó contra el pavimento y le serró la cabeza hasta que quedó colgando de un jirón de piel, el cuerpo siguió agitándose y retorciéndose, el cascabel siguió vibrando.

–¿Está muerta? –preguntó uno de los niños.

–Sí. Pero tened cuidado. –De repente le vino a la memoria la voz de Larry cuando le dijo: «Esa cabeza todavía puede matarte. Sus colmillos son como agujas».

–¿Puedo quedarme el cascabel? –preguntó el niño del pelo largo.

Silas miró a las mujeres.

–Por mí vale –dijo la gorda–. Su cumpleaños es el mes que viene. –Le hizo un guiño a Silas para hacerle saber que era broma, este se agachó para cortar el cartílago seco con el filo de la pala y apartó el cascabel de una patada lejos del alcance de la serpiente. El niño lo recogió y lo olió, luego salió corriendo, haciéndolo sonar, y los otros dos niños y los perros lo siguieron.

Silas recogió la serpiente con la pala, medía más de medio metro y pesaba bastante, todavía se movía un poco. La llevó al otro lado de la carretera y la arrojó al bosque por encima de la valla de alambre. Olivia se fue, no quiso llevarse el sobre empapado, pero Silas se quedó un rato más, tomando declaraciones y notas, pensando que Shannon aún podría presentarse, intentando no coquetear demasiado con Irina. Sin comerlo ni beberlo, se vio contando la historia de la vez que intentó atropellar una serpiente, una enorme boca de algodón parda con rayas amarillas. «Con ese mismo Jeep que veis ahí. Recién llegado de Oxford».

–Oxford –dijo Irina.

–Calla –dijo Marsha–, deja que termine.

–No puedes pasar por encima de una serpiente y seguir adelante como si nada, –dijo Silas, echándose el sombrero hacia atrás–, porque eso hace que se pongan como fieras. Hay que dar marcha atrás y aplastarlas con las ruedas hasta acabar con ellas.

Y eso es lo que trató de hacer, frenó en medio de la carretera y retrocedió procurando parar justo encima. Cuando le aprisionó la cola con el neumático trasero del lado del conductor, la serpiente mordió la goma y él pisó el embrague. Pero en lugar de rodar muerta, se encaramó aún viva al guardabarros. Hundió el pie en el acelerador y siguió adelante asomándose por la puerta abierta, esperando que se soltara, que se cayera de ahí abajo.

–Nunca lo hizo –dijo.

–Mierda –dijo Irina–. ¿Y qué pasó?

–Murió ahí atrás. En el faldón lateral. Olió mal durante un par de meses. En lo peor del verano, con un calor de mil demonios. Aún hoy, cuando voy conduciendo, os juro que hay momentos en que puedo olerla.

Las mujeres sonreían.

–Que le sirva de escarmiento –dijo Irina.

Cuando consultó el reloj, se le evaporó la sonrisa. Tenía que darse prisa si quería estar de vuelta en Chabot para el cambio de turno de las cinco y media. No podía faltar de nuevo. El cabello de la señora Voncille estaba en juego.

–Señoras –dijo, llevándose la mano al ala del sombrero y ofreciéndole a Irina una de las tarjetas que había impreso de su bolsillo–. Llámenme si recuerdan algo más.

–Oh, ni lo dude –dijo Irina.

Quince minutos más tarde estaba plantado en la carretera, frente a las vías del tren, con el chaleco naranja y las gafas de sol, tan sudado que le pesaba el sombrero y el uniforme se le había oscurecido en la parte que se le pegaba a la tripa. A su izquierda, el aserradero refunfuñaba y zumbaba, y las sierras chillaban como gente que se estuviese achicharrando en un incendio. Hizo sonar el silbato y levantó las manos para detener el tráfico en ambos carriles, entonces se apartó del ardiente pavimento e hizo una señal con la mano a la fila de camionetas que esperaban para salir del patio del aserradero, hombres sucios con el pelo aplastado por los cascos que encendían cigarrillos en sus cabinas con aire acondicionado, algunos se dirigirían al Chabot Bus para tomarse una cerveza, algo que Silas también haría con muchísimo gusto.

Su teléfono móvil comenzó a zumbar. Se suponía que no debía contestar durante el cambio de turno, así que siguió dirigiendo la salida de las camionetas, los conductores de los coches de la carretera lo miraban como si él hubiera elegido estar allí voluntariamente para joderles el día, como si ese fuese el único objetivo de su vida, la razón por la que se había destrozado el brazo jugando al béisbol en la universidad y se había alistado en la marina para luego, una vez licenciado, asistir a la academia de policía de Tupelo y pasarse diez años haciendo de niñero de los estudiantes de Ole Miss, cancelando fiestas de fraternidades, controlando la entrada en los partidos de fútbol, arrestando a los que conducían bajo los efectos del alcohol, años de preparación para llegar allí y arruinarles el día. Pensó que aquel trabajo sería diferente. Alguacil de un villorrio, decía el anuncio de Internet. Tuvo que buscar lo que significaba «alguacil» y «villorrio», pero las dos palabras le gustaron y la solicitud prometía trabajo policial, horario flexible y un vehículo.

Sonaron más cláxones y Silas agitó la mano con más vehemencia, los conductores arrastraban sus camionetas lentamente sobre las vías férreas. Para complicar aún más las cosas –un fuerte silbido procedente del norte– llegó el tren de mercancías de las dos y media procedente de Meridian, con cuarenta y cinco minutos de retraso, tomó la curva bajo una tormenta de humo y redujo la velocidad para disponerse a parar y recoger la carga de troncos y postes. Silas, haciendo sonar el silbato y con la mano en alto, se puso delante de la siguiente camioneta de la fila, una gran Ford F-250, y el conductor, que resultó ser el capataz del aserradero, frenó de golpe y bajó la ventanilla.

–Podrías haberme dejado pasar –dijo–. Joder, 32, que me voy de pesca.

Silas mordió el silbato mientras el tren se acercaba y lo inundó durante un momento con su sombra.

–Me cago en la puta –dijo el capataz y se puso a tocar el claxon como un demente.

Silas lo ignoró, se quitó el sombrero, escupió el silbato que llevaba colgado al cuello de un cordel y se abanicó con el sombrero. El móvil se puso a zumbar de nuevo. «A la mierda», pensó, y lo sacó. Si el alcalde Mo quería despedirlo por hablar por teléfono, que lo hiciera.

–¿32? –Era Angie.

–¿Sí?

El teléfono crepitó.

–32 –volvió a decir–. Estamos en casa de Larry Ott, como nos dijiste.

–¿Y?

–Dios mío –dijo ella.

_______________

2 Po’boy, de «poor boy», «pobre chaval», bocadillo de marisco, o de pescado rebozado, con mayonesa, kétchup, lechuga, tomate y pepinillo. Tradicional de la cocina criolla de Louisiana. (N. del T)

3 Buford Hayse Pusser (1937-1974), alias «Buford The Bull» (de su época de luchador profesional en Chicago), sheriff del condado de McNairy, Tennessee, célebre por su cruzada solitaria contra el alcohol ilegal, la prostitución y el juego en la frontera estatal de Mississippi y Tennessee. Sus peripecias han inspirado multitud de libros, películas, series de televisión y canciones. Los Drive-By Truckers dedicaron tres canciones a su batalla contra el crimen organizado en el álbum The Dirty South: «The Boys From Alabama», «Cottonseed» y «The Buford Stick». (N. del T)

3

Lo primero que notó fue que no tenían abrigos. Fue justo después del amanecer, en marzo de 1979, un lunes, el padre de Larry lo llevaba a la escuela y el tubo de escape de la camioneta Ford iba dejando una humareda azul a su paso. Las vacaciones de primavera habían pasado, pero ahora una extraña ola de frío había congelado la tierra, tan gélida que los pollos de su madre no se atrevían ni a salir del granero, los árboles de hoja perenne se desdibujaban al otro lado de la ventanilla helada de la camioneta y él andaba perdido en otro libro. Estaba en octavo, vivía obsesionado con Stephen King y levantó la vista de El misterio de Salem’s Lot cuando su padre frenó.

Los dos estaban quietos en la curva de la carretera junto a la tienda, una mujer negra, alta y delgada, y su hijo, más o menos de la edad de Larry, un niño parecido a un conejo al que ya había visto en la escuela, un niño nuevo. Se preguntó qué estarían haciendo allí, tan lejos, antes de que la tienda abriera. A pesar del frío, el chico llevaba unos vaqueros raídos y una camisa blanca, y su madre un vestido azul que el viento curvaba sobre su figura. Llevaba el pelo recogido en un paño y el aliento se le desprendía de los labios como clínex sacados de una caja.

Su padre pasó a su lado sin detenerse, Larry giró la cabeza y vio que el niño y su madre los seguían con la mirada.

Larry se volvió hacia su padre.

–¿Papá?

–Ah, demonios –dijo su padre, pisando los frenos.

Tuvo que retroceder para volver junto a ellos, entonces se inclinó por encima de Larry en el asiento corrido de la camioneta (su madre había puesto una manta militar encima), sacudió la manija y entraron seguidos de una ráfaga de aire helado que pareció seguir arremolinándose incluso después de que la mujer cerrara la puerta. Se vieron forzados a apretujarse, Larry entre el niño y su padre, incómodo porque él y su padre casi nunca se tocaban, algún que otro torpe apretón de manos y azotes, poco más. Por un momento, los cuatro permanecieron en silencio como si estuvieran recuperando el aliento después de un desastre, con la camioneta al ralentí. Larry podía oír el castañeteo de los dientes del niño.

Entonces su padre dijo:

–Larry, dale candela a esa maldita hoguera. Que entre en calor esta gente.

Puso la calefacción a máxima potencia y, al momento, el niño negro que tenía al lado dejó de temblar.

–Alice –dijo su padre, volviendo a la carretera–, presenta a estos dos jovencitos.

–Larry –dijo la mujer, como si lo conociera–, este es Silas. Silas, este es Larry.

Larry se quitó el guante de piel de becerro. La delgada mano marrón de Silas estaba desnuda y, a pesar de lo rápido que fue el apretón, Larry sintió lo fría que tenía la piel. Si le daba un guante, los dos podrían tener una mano caliente. Quería hacerlo, pero ¿cómo?

Silas y su madre olían a humo, y Larry cayó en la cuenta de dónde debían vivir. Su padre poseía más de doscientas hectáreas, la mayor parte en la esquina inferior derecha del condado, y en el extremo sureste, a poco menos de un kilómetro del camino de tierra, si sabías dónde buscar, había una vieja cabaña de troncos para cazadores rodeada de unos cuantos árboles en medio de un campo de unas pocas hectáreas, apenas un pequeño bulto en la tierra. Mobiliario reducido a lo esencial, suelo de tierra, sin agua corriente ni electricidad. Se calentaba con una estufa de leña. ¿Pero cuándo se habían mudado? ¿Y bajo qué condiciones?

Su padre y la mujer llamada Alice hablaban del frío que hacía.

–Tengo el culo congelado –dijo su padre.

–Ajá –dijo ella.

–¿Alguna vez has visto algo así?

–No, señor.

–¿Ni siquiera en Chicago?

Ella no respondió y, cuando el silencio se volvió incómodo, su padre encendió la radio y escucharon al hombre del tiempo diciendo que hacía frío. Que iba a seguir haciendo frío. Que por la noche dejasen el grifo abierto para que las tuberías no se congelaran.

Larry echó una mirada al niño que tenía al lado y luego fingió seguir enfrascado en la lectura. Le aterrorizaban los niños negros. El otoño que siguió al verano en el que cumplió once años, pasó a séptimo curso. La reciente redistribución de las escuelas del condado lo había sacado de la escuela pública de Fulsom y lo obligaba a ir a la de Chabot, donde el ochenta por ciento de los alumnos (el subdirector y buena parte de los profesores) eran negros, en su mayoría hijos de los hombres que trabajaban en el aserradero, o talaban árboles, o conducían los camiones de troncos. Aquellos chicos negros podían hacer todo lo que Larry era incapaz de hacer, atizarle a una pelota de voleibol, lanzar o atrapar un balón de fútbol, cazar una bola baja a ras de suelo o jugar al balón prisionero. Podían hacerlo y lo hacían. Manipulaban las pelotas como si fuesen magos, las de baloncesto se meneaban en sus manos de un modo increíble, las de béisbol desaparecían de la vista, chicos de ojos feroces que se lanzaban y tomaban las curvas de la vida con la misma suavidad que un bumerán. Aunque ninguno leía ni entendía el amor de Larry por los libros. Volvió a mirarlo de reojo y vio que Silas tensaba los labios y deslizaba los ojos por la página que estaba leyendo.

–¿A qué curso vas? –preguntó Larry.

Silas miró a su madre.

–Díselo –dijo ella.

–A octavo –dijo él.

–Yo también.

En Chabot, su padre dejó a los niños delante del colegio, salió primero Alice y luego Silas; Larry era plenamente consciente de lo inusual, de lo inapropiado, que era para los negros bajarse de la camioneta de un hombre blanco. Al deslizarse por el asiento, Larry miró a su padre, que tenía la mirada clavada en la carretera. Silas había desaparecido, probablemente tan consciente como Larry de la rareza de la situación, y Larry pasó por delante de aquella mujer llamada Alice, dándose cuenta por primera vez, al fijarse en la sonrisa que le dedicó, de lo encantadora que era.

–Adiós –dijo ella.

–Adiós –murmuró él y se marchó con sus libros. Miró hacia atrás una vez y vio a su padre diciendo algo, la mujer negaba la cabeza.

A la hora del almuerzo, en la cafetería, buscó a Silas entre los chicos negros que ocupaban las dos mesas centrales, pero no lo vio. Tuvo que andarse con cuidado porque, si lo pillaban mirando, luego le meterían una paliza. Como de costumbre, se sentó con su bandeja y la leche a unos metros de un grupo de chicos blancos. De vez en cuando lo invitaban a unirse. Aquel día no.

Su madre fue a recogerlo por la tarde, como de costumbre, y como de costumbre lo interrogó sobre su día. Le sorprendió lo de los inesperados pasajeros de la mañana. Le preguntó dónde los habían recogido.

–No tenían abrigos –dijo él–. Se estaban congelando.

–¿Dónde viven? –preguntó ella.

Larry sintió que había hablado más de la cuenta y le dijo que no tenía ni idea. Durante el resto del viaje, su madre permaneció callada.

Vivieran donde viviesen, a la mañana siguiente, volvieron a encontrárselos allí, en el mismo lugar y a la misma hora. Su padre detuvo la camioneta y el olor a humo de leña irrumpió en la cabina junto con el viento helado, al momento partieron en silencio, uno al lado del otro. Larry abrió El misterio de Salem’s Lot y lo sostuvo de manera que Silas pudiera verlo. Era la mejor parte, cuando la chica volvía convertida en vampiro y flotaba al otro lado de la ventana de Ben.

Pasaron el miércoles y el jueves, los dos días aquella gente de color los estuvo esperando en el mismo sitio, luego su madre iba a recogerlo por la tarde y le interrogaba sobre el viaje de la mañana. ¿La mujer parecía simpática con su padre? ¿Cómo actuaba su padre? ¿Se mostraba rígido como podía mostrarse, y de hecho lo hacía, la mayor parte del tiempo? ¿O por el contrario...?

–¿Por qué tanto interés? –preguntó Larry.

Ella no respondió.

–¿Eh, mamá?

–No es interés –dijo–. Solo es curiosidad por cómo te ha ido el día.

–Creo que viven en la vieja cabaña que hay al sureste –dijo él, temiendo haberla lastimado.

–Así que ahí viven –dijo su madre.

Esa noche, en la cena, Larry se dio cuenta de que algo andaba mal. Su madre le había dicho que diera de comer a las gallinas cuando ya lo había hecho y hubo que recordarle a su padre que bendijese la mesa. Tanto su madre como su padre guardaron silencio al sentarse en el comedor y pasarse la calabaza y el pastel de carne. Luego, justo antes de levantarse para recoger los platos, su madre anunció que llevaría a Larry al colegio en su coche al día siguiente.

Su padre miró a Larry.

–¿Y cómo es eso, Ina?

–Oh –dijo ella–. Por la mañana va a venir el hombre del gas y ya sabes que no lo aguanto. Tienes que decirle que venga cada semana, una vez a la semana, y asegurarte de que lo entienda. Además... –Llevó los platos al fregadero y volvió a la mesa–, tengo que devolverle unas cosas a Bedsole.

Su padre asintió, miró a Larry y se retiró para sacar una Budweiser de la nevera y abrirla de camino a su sillón para ver las noticias.

–¿Carl? –Su madre dejó un plato de tarta sobre la mesa, ligeramente tensa.

–Muy bueno todo –respondió él.

Mientras Larry secaba los platos que le iba pasando su madre, comprendió que había traicionado la confianza que tenía con su padre y, a la mañana siguiente, fueron en el Buick de su madre y, al tomar la curva, allí estaban Alice y Silas esperando donde siempre, temblorosos, aferrados el uno al otro. Cuando su madre redujo la velocidad, Larry vio que Silas se apartaba de Alice, igual que habría hecho él. El rostro constreñido de Alice seguía siendo bonito a pesar del frío que le empequeñecía los labios, tenía la tez del color del café que bebían las mujeres, el pelo recogido en un pañuelo y los ojos grandes y asustados.

–Cariño –dijo la madre de Larry–, baja la ventanilla, por favor.

Sin apartar la vista de la mujer, Larry giró la manivela.

–Hola, Alice –dijo su madre mientras bajaba el cristal.

–Señora Ina –dijo Alice. Se puso muy recta. Silas había dado un paso atrás, apartó la cara.

La madre de Larry se estiró por encima de su asiento para alcanzar una bolsa de papel del supermercado que llevaban atrás. De ella sacó dos viejos y pesados abrigos de invierno, de los que guardaban en el armario del vestíbulo, uno suyo para Alice y otro de Larry para Silas.

–Os deberían servir –dijo, sacándolos por la ventanilla, momento que Larry aprovechó para hundir las manos en ellos, aún calientes por la calefacción del coche y, antes de eso, por el calor del armario y el calor de sus cuerpos, ahora destinados a aquellos dedos negros y desnudos en mitad del frío.

Alice tomó el abrigo, ni siquiera se lo puso. Por un momento, Silas miró fijamente a Larry y a su madre. Luego dio otro paso atrás.

–Nunca te ha importado usar las cosas de los demás –le dijo la madre de Larry a Alice, mirándola con dureza.

Acto seguido, pisó el acelerador y los dejó con los abrigos en las manos en el espejo lateral de Larry.

Al rato, su madre le tocó la rodilla.

–Larry.

Él la miró.

–¿Señora?

–Sube la ventanilla –dijo ella–. Hace un frío que pela.

Silas y su madre nunca volvieron a aparecer por allí. Y Larry y su padre, que antes no tenían mucho que decirse, empezaron a recorrer los kilómetros del camino de tierra y de la carretera asfaltada de dos carriles sin abrir la boca, acompañados únicamente por el informe agrícola de la radio y la calefacción que les soplaba en los pies.

Entendió que a Carl le caía bien casi todo el mundo, menos él. Desde su temprana tartamudez, pasando por una infancia enfermiza y asmática, con alergia al polen y a mil cosas más, con sus frecuentes hemorragias nasales, el colon irritable y las gafas que no dejaban de rompérsele, había acabado adquiriendo la misma constitución rolliza y los hombros encorvados de sus tíos maternos muertos, unos tíos relegados entonces a los marcos de sus fotografías guardadas en cajas, que Carl no colgaría ni loco en las paredes de su casa. Uno de ellos, el tío Colin, los visitó una vez cuando Larry tenía cinco o seis años. En la cena, la primera noche, el tío Colin anunció que era vegetariano. Al ver que su padre se quedaba boquiabierto, Larry asumió que aquella palabra, significara lo que significara, tenía que ser algo horrible.

–¿Bistec no? –le preguntó su padre.

–No.

–¿Chuletas de cerdo tampoco?

–Jamás.

Su padre negó con la cabeza.

–Pollo seguro que sí.

–Tendría que tenerlo muy crudo –dijo el tío sonriente–, y no me refiero a poco hecho. Oh, –siguió diciendo, picoteando su pan de maíz–, de vez en cuando algo de pescado. Tilapia. O una buena lampuga.

A esas alturas Carl ya había soltado el tenedor y el cuchillo y miraba a su esposa, como si ella fuera la culpable de aquel crimen contra la naturaleza que estaba sentado a su mesa.

Además, el tío Colin era la única persona a la que Larry había visto ponerse el cinturón de seguridad cuando iban a la iglesia (donde rechazaba la galletita salada y el zumo de uva de la comunión). Lo del cinturón de seguridad irritaba a su padre más que el hecho de que no comiera carne porque, aunque su padre nunca llegara a manifestarlo, Larry sabía que consideraba los cinturones de seguridad como cosa de cobardes. Larry se había convertido en un experto en detectar la desaprobación de su padre, sus miradas de reojo, sus hondos suspiros, el modo en que cerraba los ojos y sacudía la cabeza ante la idiotez de algo. O de alguien.

–Os parecéis un montón –dijo la madre de Larry, mirando a su hermano y a su hijo, durante la cena de la última noche que pasó el tío Colin con ellos.

Larry vio que Carl estaba desgarrando su filete de venado.

–Mi pequeño doppelgänger –dijo Colin.

Carl alzó la mirada.

–¿Qué has dicho? ¿Tu pequeño qué?

El tío Colin trató de explicar que no se refería a su órgano sexual, pero Carl ya había tenido más que suficiente y abandonó la mesa.

–Doppelgänger –dijo, mirando a Larry.

En lugar de la estatura de su padre, que tenía el físico de un pitcher, en lugar de los rizos rubios, la piel oscura y los ojos verdes, Larry había heredado la piel olivácea, el pelo liso y castaño y los ojos pardos de largas pestañas del tío Colin y de su madre, lo que resultaba atractivo en una mujer, pero que a Larry y al tío Colin les confería un aspecto blandengue y femenino, usuarios de cinturones de seguridad que comían tilapia.

Además, Larry era «un negado para la mecánica», en palabras de su padre. Era incapaz de recordar que los tornillos se aflojaban en sentido contrario a las agujas del reloj, o qué tuerca iba con qué encaje, qué cable de la batería era positivo. Cuando era más pequeño, su padre había aprovechado esa falta de interés para no dejarle entrar en el taller, arguyendo que podría hacerse daño a sí mismo o a algún tornillo, y así durante todos aquellos sábados, a lo largo de todos aquellos años, Larry se quedó en casa.

Hasta que cumplió los doce, cuando su madre por fin convenció a Carl para que le diera otra oportunidad y entonces, un sábado de mucho calor, ansioso, asustado, Larry acompañó a su padre al Ottomotive con unos vaqueros viejos y una camiseta manchada. Barrió y limpió, hizo todo lo que Carl le pidió y más. Le gustaba el rico olor a metal de la tienda, la forma en que el aceite y el polvo se apelmazaban en el suelo formando unos costrones que luego había que raspar con una cuchilla de mango largo, tarea que disfrutaba porque podía verse enseguida el progreso de su trabajo, la satisfacción de introducir la cuchilla por debajo de la costra húmeda y desprenderla. También le gustaba limpiar las pesadas llaves de acero y los destornilladores, las diversas pinzas, alicates ajustables y martillos de cabeza de bola, los juegos de carracas y llaves de vaso de un cuarto de pulgada y de media, las largas y elegantes extensiones y su herramienta favorita, la «bailarina». Le encantaba secarlas con trapos de algodón rojo, disponerlas en fila y cerrar los cajones bien engrasados. Le gustaba elevar coches con el gato manual y bajarlos accionando la manivela en sentido contrario, el siseo hidráulico. Le entusiasmaba hacer rodar las camillas por el suelo como si fuesen enormes monopatines planos para dejarlas apoyadas contra la pared del fondo, le gustaba cómo colgaban las luces extensibles de sus cables naranjas, y le gustaba usar GoJo4 para limpiarse las manos.

Pero lo que más le gustaba era cuando el camión de la Coca-Cola dejaba seis, siete u ocho cajas de madera rojas y amarillas apiladas junto a la máquina, los envases vacíos desaparecían y solo había botellas nuevas llenas de Sprite, Mr. Pibb, Tab, Nehi Orange y Coca-Cola, pequeñas y grandes. Larry esperaba con impaciencia el momento de abrir la gran máquina roja, disfrutaba al hacer girar el extraño cilindro que servía de llave y ver saltar el resorte de la cerradura. Al girar aquella cerradura, toda la parte roja frontal de la máquina se abría emitiendo un silbido y te veías ante una especie de paraíso. Largas bandejas de metal perladas de hielo que se inclinaban hacia la ranura por la que caían las botellas hasta tu mano expectante. La ráfaga de aire helado, el dulce olor del acero. La caja de cambio llena de monedas de 25, 10 y 5 centavos. Sacaba las botellas de las cajas y las iba colocando en sus respectivos estantes, en orden y procurando que no tintineasen.

Aprendió a mantenerse fuera de la vista durante la mayor parte del día, mientras Cecil Walker, el vecino más cercano, y otros hombres comenzaban a reunirse para lo que a Larry siempre le resultaba una revelación: su padre contando historias, algo que jamás hacía en casa. A última hora de la tarde, a medida que iban saliendo del aserradero, empezaban a llegar en sus camionetas, a veces con una barra de dirección dañada, a veces con un chirrido en el bloque del motor, a veces solo para escuchar a Carl en su mesa de trabajo, reunidos en tres o cuatro filas, observando al mecánico colocar un carburador sobre un trapo limpio.

Haciendo circular su botella, Cecil preguntaba:

–Carl, ¿qué fue lo que dijiste el otro día sobre aquel negro chiflado...?

Y Carl se reía por lo bajo mientras seleccionaba un destornillador pequeño y comenzaba a relatar la historia. Se ponía a aflojar los minúsculos tornillos del carburador y contaba cómo Devoid Chapman se había comprado un pequeño MG Midget rojo de segunda mano en Meridian y lo iba conduciendo hacia su casa por la carretera del vertedero cuando, más o menos al pasar por delante del taller, se le desbloqueó el capó y se le abrió. Carl señalaba entonces con el destornillador.

–Justo ahí fuera. Un descapotable, con toda la capota plegada. ¿Lo había mencionado? Y Devoid, que lleva el pelo en plan afro, del tamaño de una maldita cesta de melocotones. Con uno de esos peines con el puño del Black Power sobresaliendo por arriba. Pues va y me suelta que lleva la capota bajada porque le gusta sentir la fricción del viento en el cabello. Y, aunque él nunca lo haya confirmado, fue ese mismo nido de pelo lo que probablemente le salvó la vida cuando el capó de aquel puñetero MG se desprendió a noventa por hora en esa misma carretera. Lo vi con mis propios ojos. Lo juro por Dios. –Carl dejaba caer las piezas en una cubeta tamizada que, acto seguido, introducía en una cuba de limpiador para carburadores, negro y maloliente–. El capó se despegó, chocó con el borde del parabrisas, se dobló y golpeó al viejo Devoid de lleno en la cabeza, ¡pam! El Midget hizo un trompo, por suerte no había más coches cerca y por suerte también Devoid logró parar ahí mismo, envuelto en una nube de polvo.

Sin dejar de hablar, alzaba el tamiz del limpiador y colocaba la cubeta sobre un trapo limpio para que se secara, solo se interrumpía cuando percibía alguna irregularidad con la punta de los dedos, un resorte atascado en alguna válvula, por ejemplo. Atender esa urgencia podía llevarle cinco o diez segundos, puede que un minuto. Lo mismo tenía que excusarse y abrirse paso un momento entre los convocados para ir en busca de un vaso más pequeño para la llave o a por unos alicates distintos, incluso podía ponerse a hablar con el tornillo: «A ver, ¿qué es lo que te tiene atascado?», o limitarse a hacer una mueca, pero luego, le llevara el tiempo que le llevara (nunca mucho), el problema quedaba resuelto y retomaba el relato como si tal cosa.

–Logró parar el MG ahí delante. El viejo Devoid se bajó tambaleante, cubierto de polvo y con las manos en la cabeza, gritando: «¡Llama a una puñetera ambulancia!». Le sangraba la nariz. No paraba de soltar improperios, el repertorio entero, que si me cago en esto y en lo de más allá, que si la madre que te parió, que si qué hijo de la gran puta de los cojones, que si que había que joderse... El caso es que aquel negro chiflado –decía riéndose– me vendió el coche sin pensárselo dos veces, por doscientos dólares, a tocateja. Recoloqué el capó, lo amarré con unos cables y acerqué a Devoid a su casa en aquel mismo coche, él se pasó todo el trayecto encorvado, temiendo que el capó volviera a soltarse. Le pregunté si quería un casco de moto, pero me dijo que no, que no le cabría en el pelo.

Todos los hombres estallaban en risas y Cecil, borracho, con un cigarrillo en la boca y otro detrás de la oreja, que era el que se reía con más fuerza, soltaba:

–Eres de lo que no hay, Carl. Cuenta lo de cuando le preguntaste por su nombre.

Carl estaba inclinado sobre el carburador.

–Pues sí, lo hice. En algún momento, le solté: «Devoid5. Tremendo nombre. ¿Sabes lo que significa?». Y me respondió que sí, que lo había buscado. «Estéril. Vacío. Un erial». Y me dijo que en el colegio lo llamaban «Nada».

–Eres de lo que no hay –decía Cecil, meneando la cabeza–. Cuéntales ahora lo de aquel perro, Carl.

Y Carl se lanzaba a contar lo de la vez que fue al funeral del padre de no sé quién y todos estaban de pie alrededor de la tumba en mitad de la nada, a dieciséis o diecisiete kilómetros de la carretera más cercana.

–Alguien, sin cortarse un pelo, se ha puesto a elogiar a M.O. Walsh, que es el que está en la caja, soltando trolas sobre lo excepcional caballero que era, cuando oímos un disparo a nuestras espaldas. ¡Pum! A continuación, los ladridos de un perro, y a mí casi me entra un ataque de risa cuando el puto perro va y sale pitando del bosque sangrando por el costado. Atraviesa la comitiva, pasa entre las lápidas soltando alaridos y se larga por el camino. Entonces me incliné un poco y dije: «Amigos, cuando llegue mi hora, quiero una salva de tres perros».

Los hombres se partían de risa, sobre todo Cecil. Con sus Coca-Colas o sus cervezas, y los carrillos llenos de tabaco. Escupían y se limpiaban los labios con el dorso de la mano. Casi todos con gorras de béisbol. Camisetas blancas. Botas de punta de acero. La concentración de camionetas quedaba enmarcada en la puerta, los dos grandes ventiladores eléctricos removían el aire caliente y el humo de los cigarrillos se enroscaba en las vigas formando nidos fantasmales, los hombres le daban buenos tientos a la botella de Cecil, Carl tampoco se quedaba corto, y Larry, oculto, a la escucha, con todas aquellas historias y la voz de su padre entretejiendo lo que quizá fuese la felicidad, y entonces su padre levantaba el carburador restaurado y lo cargaba hasta el coche que lo aguardaba con un trapo limpio dispuesto sobre el colector de admisión, y con aquellas manos gigantes que movía con la delicadeza de un cirujano al trasplantar un corazón, giraba los tornillos, volvía a conectar el conducto del combustible y escuchaba, ladeando un poco la cabeza, cuando el dueño del coche se sentaba ante el volante con la puerta abierta y una pierna por fuera, y le iba pisando según le iba indicando Carl para ir regulando el flujo de gasolina y, para terminar, colocaba el filtro del aire sobre el carburador y apretaba la tuerca de mariposa al tiempo que el motor se revolucionaba y el aire empezaba a impregnarse de olor a gasolina, momento en que Carl daba un paso atrás, se cruzaba de brazos y asentía con la cabeza, imitado por las sombras de todos los hombres que atendían a sus espaldas, y Larry no perdía detalle desde su escondite detrás de la máquina de Coca-Cola, y entonces Cecil decía:

–Carl, cuenta lo de aquel viejo negro que se ponía a predicar subido a un tocón...

Ahora, mientras iba dando botes con su padre de camino al colegio, mientras entraban y salían de las sombras de Mississippi y ascendían y descendían sus colinas, a Larry le preocupaba haber perdido para siempre el privilegio de ir al Ottomotive. Estaban llegando a la esquina del gimnasio, donde siempre se bajaba. Todos los días, antes de cerrar la puerta de la camioneta, Larry decía: «Adiós, papá. Gracias por traerme».

–Que lo pases bien –decía su padre, prácticamente sin mirarlo.

En los días siguientes vería a Silas en la otra punta del patio a la hora del recreo, o en su clase, cuando salía al baño. En la cafetería, Silas se sentaba con un grupo de chavales negros, se reía con ellos, incluso, de vez en cuando, tomaba la palabra. Una traición, en opinión de Larry. ¿Acaso Silas no había sido su doppelgänger? Lo veía en el campo que había junto a la arboleda, jugando al béisbol, atrapando flies con las manos desnudas después de haber dejado aquellos zapatos que parecían quedarle demasiado grandes junto a la valla metálica.

Entonces, un domingo por la tarde de finales de marzo, la madre de Larry había salido a realizar sus actividades de voluntariado y su padre estaba en el taller (incluso los domingos, al volver a casa de la iglesia, se ponía el uniforme y se quejaba de todo lo que gastaban y de que no le quedara más remedio que trabajar), Larry se puso en marcha por el camino de tierra en el que vivían, con una navaja automática en el bolsillo trasero del pantalón y un rifle de palanca Marlin del calibre 22, una de las antiguallas de su padre. Desde su décimo cumpleaños, iba al bosque armado con un rifle. Había días en que disparaba a los pájaros y a las ardillas sin mucho entusiasmo, rara vez daba en el blanco y, cuando lo hacía, se quedaba plantado al lado del animal muerto un minuto o dos, mirándolo, y luego lo dejaba ahí tirado, con los sentimientos encontrados, entre el orgullo y la culpa. Pero aquel día llevaba el rifle colgado al hombro y con el seguro echado. Como el frío había persistido, se había puesto un grueso abrigo de camuflaje, una gorra y unos pantalones también de camuflaje, y unas botas forradas de piel. No dejaba huellas en el barro helado. Casi todos los días se dirigía al este por el camino de tierra hacia la casa de los Walker. Cecil Walker vivía allí con su mujer y su hijastra de quince años, Cindy, a quien Larry esperaba poder atisbar. En verano se deslizaba a hurtadillas por los alrededores de la casa, oculto en el bosque, y observaba cómo ella extendía una toalla sobre las tablas de la terraza y se ponía a tomar el sol en bikini, tumbada boca arriba con unas enormes gafas oscuras y una pierna morena flexionada, luego se daba la vuelta para broncearse la espalda, deslizaba un dedo por debajo de los tirantes de los hombros, primero hacía caer uno, luego el otro, y se recostaba sobre sus pechos, con lo que el corazón de Larry se transformaba en una rana toro que intentaba reventarle el pecho. En los días más fríos, Cindy salía a fumar, estiraba el largo cable del teléfono hasta salir por la puerta, aunque no hablaba lo bastante alto como para que Larry la oyera. Ella solo le había dirigido la palabra en un par de ocasiones y, algunos días, los días en que Cecil salía y le echaba la bronca, diciéndole que colgara ya el maldito teléfono, o que apagara el cigarrillo, Larry se la imaginaba acudiendo a él en busca de ayuda, y otros días, mientras yacía al sol o se fumaba otro Camel, deseaba que lo descubriera en su escondite, al borde del bosque, observándola.

Pero aquel día no.

Aquel día se dirigió al oeste, atravesó una valla de alambre y se adentró en el bosque. A veces, por la noche, en épocas de mucho frío, se oían ruidos que parecían disparos. Y no fue hasta que una vez se topó con un árbol partido limpiamente por la mitad, que descubrió que el frío los quebraba. Tanto a los jóvenes como a los viejos. Un árbol que soportaba otra noche glacial estallaba de pronto desde dentro, la mitad superior se desplomaba y se balanceaba arañando la tierra con un horrible crujido, retorciéndose como un ahorcado.

Mientras caminaba, se preguntó si todavía vivirían por allí Silas y su madre. Se abrió paso hacia el sur, haciendo poco ruido, descendió con cuidado el roquedal, atravesó la maraña de zarzas del fondo y se adentró en las profundidades del bosque.

Tener un amigo negro era una idea interesante, algo que nunca había considerado. Desde la redistribución de los distritos escolares, siempre andaba rodeado de ellos. A diferencia de los colegios, las iglesias seguían segregadas y, a veces, Larry se preguntaba por qué los adultos dejaban que los niños se mezclaran cuando ellos mismos no lo hacían. Se acordó de su primer día en la Escuela Secundaria de Chabot, hacía ya dos años, cuando se le acercó por detrás un niño blanco en el pasillo y le dijo: «Bienvenido a la jungla».

Otros chicos blancos le hablaban de vez en cuando, por lo general si estaban a solas con él o si se lo encontraban en el recreo lejos de sus amigos. Larry recorría los pasillos a toda prisa y sin establecer contacto visual, porque era lo más seguro, con la nariz hundida en un pañuelo o en un libro, el chico nuevo que nunca era aceptado del todo. En grupito, los chavales blancos se reían de él, aunque a veces dejaban que se arrimase para ser objeto de bromas, pero agradecía que lo incluyeran. Los chicos negros eran más agresivos, lo golpeaban al pasar, le tiraban los libros de la mesa como por accidente y le hacían zancadillas cuando iba al baño.

En séptimo, casi a final de curso, estaba un día columpiándose entre dos chicos blancos, Ken y David. Los padres de ambos trabajaban en el aserradero y los dos eran más pobres que él; lo sabía porque recibían almuerzos gratis. Al columpiarse, estiraba las piernas para impulsarse cada vez más alto, desde el patio se veía el edificio del colegio en la cumbre de la colina, una estructura gris de dos plantas con una escalera de incendios donde los profesores, todos negros, salían a fumar y a reírse fuera del alcance de sus oídos.

Más abajo, a la derecha, había un grupo de chicas negras flacuchas con sus peinados afro y pantaloncitos cortos de vértigo, bebiendo Coca-Colas de la máquina del gimnasio y compartiendo una bolsa de Lay’s, no miraban a los chicos, solo hablaban de lo que sea que hablen las chicas negras, de vez en cuando estallaban en carcajadas y gritos de: «¡Estás loca!», que Ken imitaba sin que pudieran oírlo.

–Esas negratas parecen una pandilla de simios –dijo David en voz baja.

–Dijo el negrata –le soltó Ken a bocajarro, y Larry se rio.

–Negrata tu madre –dijo David, la réplica estrella del año.

–Y tu padre –dijo Ken.

–Y tu hermana.

–Y tu hermano.

Y así sucesivamente hasta llegar a los parientes más lejanos, hermanastros y tías abuelas.

Ken se aburrió de nombrar parientes y, balanceándose hacia delante, señaló con la zapatilla a las chicas negras.

–Mira a Labios de Mono –dijo. Era el apodo que le habían puesto a Jackie Simmons, una chica bajita de piel oscura que tenía unos dientes y unos labios considerables–. De lo negra que es, como no te sonría, de noche ni la ves.

Larry se rio y dijo:

–Jackie Simio.

–¿Qué? –dijo Ken.

–Como veas esos paletos en la oscuridad –dijo David exagerando el acento–, reza porque sea en una peli del autocine.

Sin dejar de columpiarse, cruzándose en el aire, los chicos se pusieron a hablar del autocine de la carretera 21. Ken dijo que allí había visto una película que se titulaba Fantasma. Larry la conocía por sus revistas. Trataba de dos hermanos que allanaban una funeraria. Ken se puso a contarles lo de la bola de acero volante a la que le salía una cuchilla que te perforaba la cabeza y lo rociaba todo de sangre como una puta manguera de jardín.

–¿Cuándo volveréis? –le preguntó Larry a Ken, que había dicho que, a veces, cuando su hermano mayor iba con su novia, dejaba que los acompañasen y se sentaban en el asiento delantero mientras él y su novia se daban el lote en la parte de atrás. Ken y David hablaron de otras películas que habían visto, Zombi, sobre la que Larry también había leído algo y estaba ansioso por ver, en la que los muertos vivientes despedazaban a la gente y se la comían mientras gritaban, y una titulada Desmadre a la americana, en la que John Belushi, de Saturday Night Live, subía por una escalera para espiar a unas chicas que se quitaban la ropa y libraban una guerra de almohadas en una habitación de una residencia de estudiantes...

–¿Les visteis las tetas? –preguntó Larry.

–Joder –dijo Ken–, y los coños.

–Vamos siempre –dijo David, cruzándose con él en un balanceo–. Ken y yo iremos el viernes por la noche, ¿no?

–Ni lo dudes.

Larry se agarró con fuerza a las cadenas.

–¿Creéis que podría ir alguna vez con vosotros? –preguntó, moviendo el cuello para no perder de vista a David, primero a sus espaldas, luego a su lado, luego arriba.

David y Ken, que se columpiaban en trayectorias opuestas, como un par de piernas a la carrera, tuvieron que esforzarse para hacer contacto visual.

–Mi hermano no va a querer llevarte –dijo Ken, y David se rio, como si no diese crédito a la estupidez de la pregunta.

–Aunque hay una cosa que podrías hace para que te dejara –dijo David, y aunque Larry vio que le echaba una mirada malvada a Ken, no pudo evitar morder el anzuelo.

–¿Qué?

–Unirte a nuestro club.

–Sí –dijo Ken.

–¿Y cómo lo hago?

Los chicos siguieron columpiándose y dejaron pasar un momento.

–Tienes que llamar a Jackie «Labios de mono» –dijo David–. A la cara.

Sonó el timbre de la escuela y los profesores empezaron a espachurrar los cigarrillos.

–Al loro –dijo David, pateó para impulsarse con más fuerza, tan fuerte, subiendo tanto, que notó cómo las cadenas se aflojaban entre sus puños al ganar altura hacia atrás, haciéndole rebotar con fuerza en el asiento de goma, pero luego, al bajar, las cadenas volvieron a tensarse y, en plena subida, saltó del columpio, el asiento dio una sacudida a sus espaldas y David planeó un buen trecho por encima del suelo con la camisa alzada, los brazos extendidos y los pies suspendidos, hasta aterrizar peligrosamente cerca de donde las chicas negras, que se dirigían de vuelta a clase, se reían de algo.

Brincaron y se pusieron a chillar cuando David derrapó frente a ellas y las empolvó con la arena del patio.

–Chaval, estás como una regadera –dijo una de ellas, sacudiéndose la arena del trasero y conteniendo la risa.

–Cualquier día se rompe el cuello –dijo otra.

En el edificio de la escuela, los profesores se habían parado a observar desde la puerta.

Antes de que Larry se diese cuenta, Ken también había salido disparado haciendo chasquear las cadenas, batiendo el columpio en pleno vuelo, volviendo a hacer que las chicas retrocedieran cuando aterrizó con elegancia ante ellas, dando una voltereta y rodando hasta ponerse de pie con las manos extendidas en plan ¡Ta-chán!

–Estos chicos blancos están locos –gritó otra chica mientras el grupo se alejaba un poco más, pero todos, David, Ken, las chicas, los profesores, miraban a Larry, que había empezado también a impulsarse con más fuerza, disponiéndose a lanzarse. Pensó que si lo hacía bien, mejor que nadie, lo dejarían ir al autocine con ellos, se imaginó contándoselo a su padre: «¿A dónde vas, hijo?». «Al autocine, con mis amigos, en coche».

Retrocedió, se impulsó con una patada, arriba, patada, atrás, las chicas expectantes, Ken y David mirándolo. Se le ocurrió que si lograba aterrizar en medio de ellas, dispersándolas, sería memorable, ya se veía entrando triunfante con Ken y David, que contarían a todo el mundo lo lejos que había volado Larry Ott y cómo había surcado el firmamento como un misil hacia las chicas negras.

A la próxima saltaría, un par de profesores entraron por la puerta de la planta superior, Larry se balanceó hacia atrás, necesitaba ganar más altura, las chicas negras se dieron la vuelta, Larry avanzó, pateó, pensó: «Aún no», pero entonces sonó el segundo timbre y una profesora se puso a agitar el brazo, todos para dentro, y el patio empezó a vaciarse.

Cuando saltó, solo lo vio Ken, David también se había rendido, y Larry salió disparado, con las piernas pedaleando en el aire y los brazos proyectados hacia atrás.

Gritó: «¡Labios de mono!», aterrizó con el pie equivocado y medio corriendo, medio cayéndose, paró bruscamente, se tambaleó en su propia polvareda, se precipitó contra el suelo, boca abajo, sin aliento, rodó, abrió los ojos al alto cielo blanco entretejido de hojas. El rostro que apareció al momento sobre él fue el de Jackie. Era consciente de lo silencioso que se había quedado el patio, con todo el mundo de vuelta a las aulas, y de lo lejos que había llegado su grito. Ken y David se habían detenido y se habían girado para contemplar la escena.

–¿Cómo me has llamado? –preguntó Jackie.

No podía recuperar el aliento. No podía responder.

–Repítelo, blanquito.

Abrió la boca.

Pero ella ya se había dado la vuelta. Se alejaba entre sus amigas, que le pusieron las manos en la espalda y clavaron sus furiosas miradas en Larry. Ken y David pusieron pies en polvorosa, sin mirarlo siquiera. Larry se levantó sobre los codos, con los pulmones en llamas, las lágrimas le escocían en los ojos, arrepentido de haberlo dicho, viendo que la puerta se abría en el extremo del edificio y que la señorita Tally, una profesora negra, salía al encuentro de las chicas justo en el momento en que Ken y David entraban.

–¿Sabe cómo ha llamado ese chico blanco a Jackie? –dijo una.

La señorita Tally se agachó frente a Jackie y le dijo algo, luego la mandó a clase junto al resto de las chicas. Larry estaba de rodillas cuando la profesora se plantó a su lado bloqueando con las piernas la vista de la escuela.

–¿No tiene esa chica ya suficientes problemas en el mundo como para que un chico blanco la llame así? –le preguntó.

Fue incapaz de alzar la mirada.

–Lo siento.

–No es a mí a quien tienes que decirle eso. Te disculparás con ella.

–Sí, señora.

–Debería llamar a tu padre –dijo, alejándose–. ¿Pero de qué serviría?

Volvió al aula donde él, Ken y David eran los únicos chicos blancos, mezclados con dos chicas blancas, ocho chicos negros y nueve chicas negras. La señorita Smith, también negra, sacudió la cabeza, le señaló su pupitre y se dispuso a reanudar la lección de historia universal.

Al rato, la señorita Smith les dijo que se pusieran a leer y salió del aula. Larry, que aún no se había atrevido a levantar la vista, estaba concentrado en un ejemplar en rústica de El resplandor que tenía sobre el pupitre cuando un pesado libro de texto de historia universal le golpeó de repente en un lado de la cabeza. Se estremeció cuando el libro se deslizó de su hombro al suelo, sintió como si le hubieran arrancado la oreja, cruzó los brazos sobre el pupitre y hundió la cabeza entre ellos. Las chicas y los chicos negros empezaron a reírse.

–Niño blanco –le bufó una chica llamada Carolyn. Una de las amigas de Jackie, corpulenta y de piel clara. Malvada.

La ignoró.

–¡Niño blanco! Tráeme ese libro.

La cabeza le palpitaba, pero no alzó la mirada.

–Niño blanco. TÚ –dijo, y Larry sintió que todos los ojos de la clase se arrastraban sobre su espalda. Oyó que Ken y David, al otro lado del aula, empezaban a reírse, no tardaron en unirse las chicas blancas, a las dos les entró la risita. Los chicos negros se habían puesto a abuchearle, y luego alguien le lanzó otro libro. Y luego otro más. Larry mantuvo la cabeza sobre el pupitre, oliendo su propio aliento agrio entre las páginas de El resplandor mientras se precipitaba sobre él una lluvia de libros. Sabía que alguien se había apostado junto a la ventana para vigilar a la señorita Smith, que estaba fuera, fumando y hablando con otra profesora.

«Labios de mono», pensó mientras le acribillaban con libros. «Labios de mono, Labios de mono, Labios de mono». Y luego: «Negra, negra, negra, negra».

La pata de un pupitre chirrió en el suelo y alguien le dio una colleja.

–Chaval, será mejor que me respondas antes de que te patee el culo.

–Patéale el culo, Carolyn –exclamó un chico negro grandote.

Negra, negra, negra, negra.

Ella lo agarró de la cabellera, apretó el puño y le levantó la cabeza; las risas cobraron más fuerza sin el nido de sus brazos. Una parte de él esperaba que Ken y David lo apoyaran, que lo admiraran por lo que había dicho, pero se estaban riendo y lo señalaban, al igual que las dos chicas blancas, y supo que aquello no iba a suceder, como tampoco lo de ir con ellos al autocine.

Carolyn le retorció la cabeza con más ahínco y Larry intentó apartarle el brazo, pero ella lo tenía bien agarrado por el pelo y él se dijo a sí mismo que no debía llorar. Entonces ella le estampó la cabeza contra el pupitre. Todo el mundo se rio, así que ella volvió a hacerlo.

Larry miró de reojo y le vio la cara. Él nunca había estado tan enfadado. No creía tener la capacidad de invocar semejante ira, ni el derecho. Con la otra mano, Carolyn le agarró el brazo y se lo retorció hasta hacerle caer de la silla, El resplandor aterrizó junto a él en el suelo.

Sin soltarle el brazo, le puso el pie en el cuello y presionó.

–¡Carolyn! –avisó alguien bajando la voz–. Viene la profe.

En un visto y no visto se vio libre y un montón de manos negras se apresuraron a recoger los libros. Acababa de volver a su pupitre cuando la señorita Smith entró mascando un chicle y dijo:

–¿Se puede saber qué es todo este jaleo?

Recorrió el aula con la mirada, todos estaban milagrosamente en sus pupitres, concentrados en sus libros de historia universal. Al posar sus ojos en Larry, se detuvo.

–Por amor de Dios, criatura –dijo–. Vas a tener que peinarte un poco. ¿Y por qué estás tan colorado?

La clase estalló en carcajadas cuando Larry volvió a hundir la cabeza en su pupitre.

Aún hoy, más de un año después, con el rifle al hombro por el bosque, el recuerdo lo avergonzaba. Aquella noche, su padre le dio unos cuantos zurriagazos con el cinturón por haberse desgarrado la ropa al saltar del columpio: «Ropa para la que me paso todo el santo día deslomándome en el taller». Al día siguiente se disculpó con Jackie, se acercó a ella y murmuró: «Lo siento», pero ella se alejó, dejándolo solo.

Ahora, mientras se dirigía a la cabaña donde se alojaban Silas y su madre, el bosque empezaba a aclararse y, al llegar al borde del terreno con su 22, miró por encima de las hileras de cultivo congeladas y vio el oscuro codo de humo que salía por el tubo de la estufa de la cabaña.

Se arrodilló, un tronco caído en la linde del bosque le sirvió de pared, las zarzas casi cosiéndole la cara para que no lo vieran desde las ventanas. Conocía la cabaña, había estado allí antes, había empujado aquella puerta de bisagras de cuero y se había asomado al polvo y a la oscuridad, la luz que entraba por las fisuras mostraba lo mal que estaban ensamblados los troncos. No había mucho que ver. Una mesa de madera y un par de camas individuales que los cazadores habían utilizado en su día, un barreño. La estufa en el rincón del fondo con la puerta de hierro abierta y el tubo que ascendía en línea recta hasta el techo, apuntalado en la parte superior con placas de aluminio dobladas y ennegrecidas. Una caja de madera cubierta de polvo que, cuando levantó la tapa, solo contenía cucarachas muertas y excrementos de ratas.

En aquel momento, observando la cabaña, se preguntó si Silas haría sus deberes a la luz de la lumbre. Tendría que acarrear agua desde el arroyo que estaba al otro lado del terreno, donde los árboles volvían a juntarse. Larry se preguntó si podría acercarse más, si debería ir bordeando el bosque hasta el punto más cercano a la casa, situado a las seis desde su actual posición a las doce, describiendo una semicircunferencia. Desde allí habría unos cien metros, todo campo abierto, con un roble blanco solitario que se proyectaba hacia el cielo como una explosión. Más valía esperar a la noche. No tenían perro, de lo contrario ya lo sabría.

–Ey –dijo una voz a su espalda.

Se giró con el rifle. Era Silas, con los brazos llenos de ramas. Leña.

El chico negro dejó caer su carga y levantó las manos como un ladrón. Por un momento permanecieron así, Silas con el abrigo que le había regalado la madre de Larry y una de las viejas gorras térmicas, también de Larry, que a su madre se le debió ocurrir meter en el bolsillo.

Silas abrió la boca.

–¿Vas a dispararme?

Larry apartó el rifle.

–No –dijo–. Me asustaste, nada más. Acercándote así, a hurtadillas.

–Yo no me he acercado a hurtadillas. –Silas bajó las manos.

–Lo siento –dijo Larry. Apoyó el 22 contra un árbol y dudó, luego se acercó a Silas para estrecharle la mano. Una costumbre de su padre. Silas también vaciló pero, al momento, tal vez por estar solos en el bosque, lejos del colegio, se dieron la mano, los dedos de Silas volvieron a envolver el guante de Larry.

Por unos segundos se limitaron a mirarse, luego se arrodillaron juntos para recoger las ramas. Larry apiló las suyas sobre el montón que sostenía Silas. Silas le hizo un gesto de agradecimiento con los hombros, pasó a su lado y se detuvo en la linde. Lo miró por encima del hombro.

–¿Qué haces aquí?

–Mi padre es el dueño de esta tierra. –Larry se volvió hacia donde estaba el rifle, con el cañón hacia arriba, apoyado en la corteza de un pino–. Estaba cazando.

–¿Mataste algo?

Negó con la cabeza.

–Porque no he oído ningún disparo.

–Estoy cazando ciervos –dijo Larry.

–Si yo tuviera un arma podría matar ardillas. Se las daría a mi madre para que las friera.

Larry alcanzó el 22.

–¿Crees que podrías prestármelo? –dijo Silas–. Apuesto a que tu padre tiene veinticinco más, ¿a que sí?

En efecto, tenía varias armas. Larry había elegido esa porque no daba culatazos y no era tan ruidosa como las otras, escopetas del 12 y del 20, y rifles de mayor calibre.

–¿Cómo vais ahora a la ciudad? –preguntó Larry.

–Mamá consiguió un coche.

–¿Cómo lo consiguió?

–Ni idea. ¿Cómo consiguió tu padre la camioneta?

–La pagó.

Permanecieron inmóviles. Silas miró hacia la cabaña, volvió a dejar caer la leña y se giró señalando el 22.

–Déjame probarlo.

Larry miró hacia la casa.

–¿No lo oirá tu madre?

–Está trabajando.

–Creí que tenía el turno de mañana. En el Piggly Wiggly.

–Así es. Y luego el turno de noche en la cafetería de Fulsom. Trae, anda –dijo, dando un paso hacia delante y tomando el rifle de manos de Larry, que ni siquiera hizo amago de detener al chico negro–. ¿Cómo se hace?

–Ya hay un cartucho en la recámara –dijo Larry–. Solo tienes que amartillarla y disparar.

–¿Y cómo se dispara?

–¿Nunca lo has hecho?

–Es la primera vez que toco un arma –dijo Silas. Sujetaba el rifle por la culata y el guardamanos, como si fuese una barra sin pesas.

Larry levantó los brazos y le mostró con mímica cómo apuntar.

–¿Eres diestro o zurdo?

–¿Eh?

–¿Que si utilizas la mano derecha o la izquierda? Yo soy diestro, la derecha.

–La izquierda.

–Así que lo contrario. ¿Ves ese percutor de ahí? –Larry se lo señaló–. Échalo hacia atrás.

Silas lo hizo y Larry observó cómo levantaba el rifle hacia su mejilla derecha.

–Apoya la cara en la madera –dijo.

–Está fría –dijo Silas.

–Ahora cierra el ojo izquierdo y mira con el derecho por encima del cañón. ¿Ves esa pequeña mirilla? Sitúala sobre lo que quieras dar.

Silas apuntó a algo situado al otro lado del terreno, demasiado cerca de la cabaña para el gusto de Larry, al momento disparó y el eco atravesó los árboles.

–Pues tampoco hace tanto ruido –dijo Silas. Bajó el rifle y miró hacia donde había disparado.

–Por eso me gusta.

–¿Puedo disparar otra vez?

–Tú mismo.

–¿Cuántas balas tienes?

–Cartuchos. Este dispara cartuchos. 22, largos.

–¿Dispara veintidós veces?

Larry no pudo evitar sonreír.

–No, es un rifle calibre 22. Dispara cartuchos, largos o cortos. Hoy tengo largos.

–¿Cuántos?

–De sobra.

Silas lo levantó de nuevo, apuntó con la mirilla y apretó el gatillo. No pasó nada.

–Acciona la palanca –dijo Larry, imitando el gesto.

Silas accionó la palanca y apartó la cabeza cuando el casquillo usado salió volando por un lado.

–¿Ves? ahora está amartillado. Ya está listo para volver a disparar, así que ten cuidado.

Sosteniendo el rifle con una especie de reverencia, Silas se agachó para recuperar el casquillo.

–Quemará –dijo Larry, pero Silas lo recogió con los dedos y lo sostuvo en la palma de la mano.

–¿Qué se hace con esto?

Larry se encogió de hombros.

–Se tiran.

Silas se llevó el cartucho a la nariz.

–Huele bien.

–Pólvora.

–Pólvora.

Se miraron el uno al otro.

Entonces Silas volvió a alzar el rifle y lo desplazó por el terreno, pasando por la casa, hasta apuntar a Larry. Por un momento, Larry se asomó a la O perfecta del cañón y fijó su mirada en el ojo abierto de Silas, se quedó paralizado.

–Ahora estamos en paz –dijo Silas.

Acto seguido, retomó el movimiento, siguió con el barrido hasta detenerse en un pino y disparó. Accionó la palanca y esta vez cazó al vuelo el casco expulsado. Tintineó contra el otro que seguía teniendo en la mano. Se los guardó en el bolsillo del abrigo y eso hizo que Larry se viese arrastrado por una ola de tristeza, un niño que atesoraba casquillos como algo valioso.

–Puedes quedártelo –dijo Larry–. El rifle.

Silas, al sonreír, exhibió una hilera de bonitos dientes.

–¿En serio?

Era la primera vez que Larry lo veía sonreír.

–No para siempre. Tendrás que devolvérmelo en unos días, ¿vale? ¿Lo prometes?

–Solo dispararé a unas cuantas ardillas –dijo Silas. Divisó algo en lo alto de un árbol–. ¿Tienes las balas? ¿Los cartuchos?

Larry bajó la cremallera del bolsillo del abrigo, sacó dos cajitas blancas y se las dio al chico negro. Silas las cogió con reverencia y las trasladó al bolsillo de su abrigo. Larry le enseñó a cargarlo y le dio unas cuantas indicaciones sobre cómo apuntar y disparar, las mismas lecciones que le había dado su padre. Cuando acabó de explicarle cómo limpiar el rifle, el cielo más allá del bosque se había enrojecido, las ramas estaban más oscuras y ya no salía humo de la cabaña.

–Jo, tío –dijo Silas, recogiendo toda la leña que pudo acumular en una mano, dado que en la otra llevaba el rifle–. Como el fuego se apague, mi madre me mata.

Con las ramas apuntando en todas direcciones, corrió hacia el sol, y solo cuando Larry ya no pudo distinguir el cañón del rifle de los palos, se dio la vuelta y volvió a adentrarse en el bosque, donde la noche ya había empezado a replegarse. Se sintió acogido por ella y lleno de aire. Lo último que hizo fue tirar de los dedos de los guantes, se quitó el izquierdo, luego el derecho, clavó un palo en forma de Y en el frío mantillo cubierto de hojas y en cada ramificación encajó un guante.

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4 Marca de fabricante de productos para la higiene de las manos y el cuidado de la piel fundada en 1946 en Akron, Ohio. (N. del T)

5 En español: «desprovisto», «carente», «despojado», de ahí el pitorreo. (N. del T)

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
372 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9788419288226
Yayıncı:
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