Kitabı oku: «El Precio de un Pueblo»

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EL PRECIO DE

UN PUEBLO

El significado de la muerte de Cristo

TOM WELLS


Publicado por:

Publicaciones Faro de Gracia P.O. Box 1043 Graham, NC 27253 www.farodegracia.org

ISBN 978-1-629461-95-3

© Copyright Tom Wells, Author, 1992

Spanish edition © 2014 by Publicaciones Faro de Gracia

with permission by the author. All rights reserved.

© 2014 Publicaciones Faro de Gracia. Traducción al español realizada por Todd Runda y Gloria Ruiz González; Diseño de la portada por Greg Warner / Small Reflection Design & Illustration; diseño de la página, Sara Younis.

Orginalmente publicado en el inglés bajo el título, A Price for a People. Todos los Derechos Reservados.

Ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, procesada en algún sistema que la pueda reproducir, o transmitida en alguna forma o por algún medio –electrónico, mecánico, fotocopia, cinta magnetofónica u otro– excepto para breves citas en reseñas, sin el permiso previo de los editores.

© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

Contenido

UNA PALABRA INICIAL

1 ¿QUÉ CLASE DE ACTO FUE LA MUERTE DE CRISTO?

2 LA REDENCIÓN: SU HISTORIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO (PARTE UNO)

3 LA REDENCIÓN: SU HISTORIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO (PARTE DOS)

4 LA REDENCIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (PARTE UNO)

5 LA REDENCIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (PARTE DOS)

6 LA RECONCILIACIÓN

7 LA PROPICIACIÓN

8 ¿POR QUIEN MURIÓ CRISTO?

9 ¿CRISTO NO MURIÓ POR EL MUNDO?

10 UN ASUNTO DE FAMILIA

11 CRISTO MURIÓ POR LA IGLESIA

12 LA MUERTE DE CRISTO POR “MUCHOS”

13 ¿QUIÉN MURIÓ CON CRISTO?

14 CRISTO, NUESTRO SUSTITUTO

15 UNA MIRADA A ALGUNOS TEXTOS “DIFÍCILES”

16 ¿CÓMO INFLUYE ESTO EN NUESTRA PREDICACIÓN?

17 ¿CUÁL ES EL MENSAJE DEL EVANGELIO?

18 UNA PALABRA FINAL

APÉNDICE 1 EL USO DE LOS TÉRMINOS UNIVERSALES

APÉNDICE 2 EL TIEMPO DE LA REDENCIÓN

APÉNDICE 3 LA PALABRA GRIEGA PARA COMPRAR

APÉNDICE 4 ¿QUIÉNES SON LOS “MUCHOS” POR QUIENES MURIÓ CRISTO?

APÉNDICE 5 “MUCHOS” Y “TODOS LOS HOMBRES” EN ROMANOS 5:12-20

APÉNDICE 6 ALGUNOS PENSAMIENTOS SOBRE TERMINOLOGÍA

APÉNDICE 7 ARREPENTIMIENTO Y FE

Otros títulos de Publicaciones Faro de Gracia

UNA PALABRA INICIAL

Mi plan en este libro es muy simple.

En primer lugar, quisiera estudiar tres palabras que nos indican qué fue lo que hizo nuestro Señor Jesús al morir en la cruz: redención, reconciliación y propiciación. Son palabras que cualquier cristiano conoce, pero ¿qué significan en realidad? ¿Es posible entender su verdadero significado? Yo creo que sí.

En segundo lugar, quiero buscar la respuesta a una pregunta que escuchamos con frecuencia: ¿Por quién murió Cristo?

De hecho, en un primer momento pensé hacer de este segundo punto el tema del libro entero. No existen muchas publicaciones que traten de lo que se conoce como “la extensión de la expiación”, así que me pareció que podría ser útil que hubiera una más.

Pero hay una buena razón para esta falta de libros. Cuando alguien pregunta ¿Por quién murió Cristo?, inmediatamente nos damos cuenta de que la respuesta depende de lo que hizo el Señor Jesús al morir. Y en cualquier caso, ¿qué tipo de acción es la expiación? Enseguida nos encontramos de frente con aquellas tres palabras que he mencionado antes, así que creo que lo mejor es seguir el plan que he trazado.

Cuando uno se sienta a escribir un libro como éste, se enfrenta desde el principio a un problema: la mayoría de las personas muestran cierta impaciencia hacia la teología. A menudo ni siquiera les gusta la palabra teología. Es como si les quitaran de las manos la Biblia que tanto aman y la apartaran bien lejos mientras que un desconocido les dice: “¡Lo siento mucho, pero usted no puede entender la Biblia sin mi ayuda!”

Bueno, todos sabemos qué hacer con ese tipo, ¿no es cierto? Si quiere llamarse a sí mismo teólogo, no tenemos ninguna objeción. Que se ponga el nombre que quiera, pero si insiste en interponerse entre nosotros y la Palabra de Dios, le decimos “no, gracias”, y dejamos que siga su camino.

Creo que este impulso es bueno en muchos sentidos. La Biblia debe ser leída –devorada, incluso– por personas que no se hacen llamar “teólogos”.

Es extremadamente importante saber que usted puede leer la Palabra de Dios por sí solo y comprender su mensaje básico. Puede estar bien con Dios por medio de la fe en Cristo y puede crecer como cristiano sin mucha ayuda externa. Ésta es una verdad fundamental, y debemos impacientarnos con aquellos que la niegan.

No obstante, un cristiano que se toma en serio su fe quiere saber tanto como pueda de la Palabra de Dios, y a menudo las grandes verdades de las Escrituras están vinculadas a palabras bastante difíciles. Estas palabras no están ahí para hacernos tropezar, sino para ayudarnos, y con frecuencia contienen mucha verdad. Si un amigo se nos acerca con la intención de ayudarnos a desmenuzar esa verdad, está demostrando ser un verdadero amigo.

Las Escrituras mismas nos enseñan que necesitamos la ayuda de otros para llegar a entender. ¿Quiénes eran los hombres del Nuevo Testamento que conocemos como “apóstoles”, “profetas”, “evangelistas” y “maestros”? Eran personas que jugaron un papel muy importante en la obra de la iglesia en el Nuevo Testamento, y todos eran maestros de una manera u otra.

Hoy en día seguimos necesitando maestros, y Dios nos ha dado, por ejemplo, a nuestros pastores. Por un lado, no debemos caer bajo el encanto de un simple hombre y tomar todo lo que diga como si fuera el evangelio mismo, sin pensar y sin orar al respecto. Eso sería un desastre. Pero por otro lado, no debemos despreciar a quienes intentan enseñarnos la Palabra de Dios, aunque parezca que quieren darnos una lección de teología. Compare lo que lea y oiga con la Biblia; ore y use su juicio.

Luego, espero que se una a mí en esto que, sin duda alguna, es uno de los estudios más importantes que un cristiano pueda hacer.

He diseñado los capítulos de este libro para ser leídos de dos posibles maneras. Puede leerlos ignorando los apéndices, o puede detenerse a leer cada apéndice tal y como aparece aquí. Aquellos que me sigan en el primer plan encontrarán, espero, un resumen sencillo de la verdad concerniente a la expiación de Cristo. Los que escojan el segundo plan podrán profundizar en algunos de los puntos controvertidos que surgirán en el camino. Sea cual sea su elección, ¡que el Señor lo bendiga!

1¿QUÉ CLASE DE ACTO FUE LA MUERTE DE CRISTO?

No es difícil encontrar una respuesta para la pregunta “¿Qué clase de acto fue la muerte de Cristo?” Fue un acto que aspiraba a traer a los hombres a Dios. Creo que todo cristiano estaría de acuerdo en eso. Puede que usted y yo no entendamos la muerte de Cristo de la misma manera, pero una cosa es evidente: Cristo murió para llevar a hombres, mujeres y niños a Dios.

Sin embargo, esto suscita otra pregunta: “¿Qué cosas impiden que una persona se acerque a Dios?” Si no existiera nada que me impidiera acercarme a Dios, Jesús no tendría por qué haber muerto por mí. Eso es evidente también, ¿no? Entre Dios y yo existían barreras, y de alguna manera el Señor Jesús murió para eliminarlas.

Una de esas barreras era, sin duda, mi falta de disposición para acercarme a Dios, pero no estoy pensando en eso solamente. Si esa fuera la única barrera que existiera entre Dios y yo, la muerte de Cristo no habría sido necesaria. Sólo tendríamos que cambiar de manera de pensar y volvernos hacia Dios. Con eso se resolvería el problema.

Sin embargo, la Biblia nos enseña que la barrera entre Dios y yo era más grande que un mero cambio de mentalidad por mi parte. Es verdad que yo no podría ser cristiano si mi mente no hubiera cambiado con respecto a muchas cosas, pero el objetivo de la muerte de Cristo iba más allá que producir un cambio en mi mente. La mayoría de los cristianos están de acuerdo en que la muerte de Cristo trata de algo más que mi actitud hacia Dios.

Entonces, ¿cuáles son esas barreras que hacen que el hombre esté separado de Dios?

Comencemos con algunas fuerzas que mantienen al hombre en esclavitud. Las Escrituras nos dicen que todos los hombres están sujetos por poderes de los que no pueden escapar. ¿Cuáles son estos poderes? Permítame enumerarlos:

1. El hombre es esclavo del pecado.

2. El hombre es esclavo de Satanás.

3. El hombre está sujeto al castigo del sistema de justicia de Dios.

Aunque las tres están relacionadas, se trata de tres cosas distintas, y puede que Dios necesite ocuparse de ellas de maneras diferentes. Si el objetivo de la muerte de Cristo es llevar al pecador a Dios, no debe sorprendernos que tenga que ver con estas fuerzas que mantienen al hombre bajo su dominio.

Podemos describir los problemas que existen entre nosotros y Dios de otras maneras. Por ejemplo, la Biblia nos llama enemigos de Dios, y para que podamos llegar a ser sus amigos también necesitamos la intervención de Cristo a través de su muerte.

Finalmente, existe una barrera dentro del propio Dios que debe ser apartada del camino del hombre para que éste pueda llegar hasta él: su ira. Dios está enojado con los pecadores a causa del pecado, y esa ira, que es real, impide que todos nosotros –hombres, mujeres y niños– nos acerquemos a él a no ser que él mismo se encargue de eliminarla. ¿Pero cómo pudo Dios hacer desparecer su propia ira? La respuesta la encontramos, una vez más, en la muerte de Cristo en la cruz.

Otra posible respuesta a la pregunta ¿Qué clase de acto fue la muerte de Cristo? es que fue el acto que le dio significado a todos sus otros actos. Siendo, como fue, la solución a tantos problemas, está claro que se trató del punto clave de su vida terrenal. ¿Jesús no vino a buscar y a salvar lo que se había perdido? Sí, así fue. Ése era su objetivo principal al venir a este mundo, y su muerte fue el principal instrumento que empleó para lograrlo. Podemos decir, entonces, que vino con el propósito de morir.

Muchas personas no lo han entendido así. Algunos ven a Cristo como mártir por una buena causa, víctima de una serie de acontecimientos que estaban en su contra. Sin embargo, en las Escrituras no existe ninguna base que justifique este punto de vista, que incluso podríamos considerar ateo ya que deja a Dios totalmente fuera de la historia.

Para otros, la muerte de Cristo es el digno colofón de su vida en la tierra, pero no la clave de todo lo demás. Para ellos lo que nos salva es la encarnación. Lo más importante es que Dios y el hombre se unieron para siempre en la persona de Cristo, quien era Dios y hombre a la vez. Dios y el hombre estaban juntos en Cristo, y eso nos lleva a Dios. Esta idea está bien lejos del ateísmo; es ciertamente una postura cristiana, pero se queda muy corta.

¿Dónde pone el énfasis la Biblia? Es verdad que Jesucristo es Dios y hombre, y que no podríamos ser salvos si no fuese así, pero el punto clave es éste: Jesucristo murió y resucitó por los pecadores. Sin eso, nada de lo demás importa. Ahí es donde pone el énfasis el Nuevo Testamento.

Entonces, ¿qué clase de acto fue la muerte de Cristo? Fue el acto clave de su vida, en el que debemos centrarnos para ver que se han quitado las barreras entre nosotros y Dios. Es el acto que nos revelan algunas de aquellas difíciles palabras que mencioné al principio del libro.

Y ahora es el momento de volver a dichas palabras.

2LA REDENCIÓN: SU HISTORIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO (PARTE UNO)

El significado del término redención no es difícil de entender. ¿Qué queremos decir con él? Algo como rescate. Redimir algo es dejarlo libre. Podríamos usar como sinónimos “soltar” o “rescatar”.

Quiero empezar con la palabra redención porque la Biblia es un libro sobre redención. En ella se nos dice que las naciones, los individuos e incluso las cosas son redimidos. Esta idea aparece por todas partes en la Palabra de Dios.

En la Biblia, la redención a menudo (algunos dirían siempre) conlleva el pago de un precio.1 Si un hombre tiene esclavos, no los deja ir sin antes haber recibido algún tipo de pago por ellos. Si no hay dinero de por medio, no los libera. Un hombre que le ha comprado un pedazo de tierra a su vecino no se la devuelve sin antes obtener algo de valor a cambio. En las sociedades antiguas se daban casos así todos los días, y eran comunes en Israel también.

Comencemos por los esclavos.

Un israelita podía venderse como esclavo a un extranjero que viviera en Israel, pero ¿por qué haría una cosa así? Quizás para pagar sus deudas. ¿Sería ese su final? No. La ley de Dios velaba por que no se quedara esclavo, olvidado, para siempre. En cualquier momento un pariente de sangre podía redimirlo y su amo estaba obligado a liberarlo.

El precio de su libertad se basaba en el número de años que faltaran hasta el Año del Jubileo.2 Usemos los dólares como ejemplo y digamos que el trabajo de un esclavo equivalía a $300 al año. Si faltaran 5 años para el Año del Jubileo, redimirlo costaría $300 multiplicado por cinco. Eso significa que el pariente tendría que pagar $1,500 para liberarlo.

Podemos ver aquí lo que significa la redención. El pariente del esclavo pagaba un precio para obtener su libertad. Cuando se pagaba el precio, el esclavo era liberado, o rescatado. Era redimido. Así pues, a menudo la redención significa “liberación mediante el pago de un precio”. Profundizaremos en este significado más amplio cuando lleguemos al Nuevo Testamento.

Un “precio” también es parte de otras redenciones que aparecen en el Antiguo Testamento. Puede que usted recuerde que justo antes de sacar a Israel de Egipto, Dios destruyó a todos los primogénitos de aquel pueblo. Al mismo tiempo reclamó a todos los primogénitos de los hijos de Israel para sí. Cuando el Señor tomaba para sí algo que estaba vivo, era generalmente para sacrificarlo, para hacerlo morir. Sin embargo, no quiso acabar con la vida de aquellos hijos de Israel. Todo lo contrario: los redimió. Y lo hizo de esta manera:

Habló además Jehová a Moisés, diciendo: He aquí, yo he tomado a los levitas de entre los hijos de Israel en lugar de todos los primogénitos, los primeros nacidos entre los hijos de Israel; serán, pues, míos los levitas. Porque mío es todo primogénito; desde el día en que yo hice morir a todos los primogénitos en la tierra de Egipto, santifiqué para mí a todos los primogénitos en Israel, así de hombres como de animales; míos serán. Yo Jehová. (Números 3:11-13)

Se trata de un simple intercambio: un levita por un hijo primogénito. El levita, miembro de la tribu de Leví, pasaba a ser ayudante de los sacerdotes y de esa manera se convertía en un servidor especial de Dios, una posesión propia de Dios (cf. Tito 2:14).

Podríamos decir que el levita era el “dinero” por el que era redimido un hijo de Israel. Como el levita se dedicaba a servir al Señor en el tabernáculo, un hijo primogénito era libre para hacer su propio trabajo y vivir su propia vida.

¿Entiende que el levita era como dinero? Lo podemos ver más claramente en otro texto. Dice Dios:

Y para el rescate de los doscientos setenta y tres de los primogénitos de los hijos de Israel, que exceden a los levitas, tomarás cinco siclos por cabeza; conforme al siclo del santuario los tomarás. El siclo tiene veinte geras. Y darás a Aarón y a sus hijos el dinero del rescate de los que exceden. (Números 3:46-48)

Existía un problema: había más hijos primogénitos que levitas. ¿Cómo se les podía redimir a todos? La respuesta es: con dinero. Era necesario pagar un precio. Si no se podía pagar con un levita, habría que pagar con siclos de plata. Aquí vemos nuevamente un intercambio, pero no de un hombre por otro. En este caso el dinero sustituía al levita.

Antes vimos que el término redención puede significar libertad mediante el pago de un precio. Aquí se repite la misma idea, pero va más allá: el precio puede ser otra persona, un sustituto. Esto también será importante cuando estudiemos la redención en el Nuevo Testamento.

Miremos una ley más acerca de la redención:

Si un buey acorneare a hombre o a mujer, y a causa de ello muriere, el buey será apedreado, y no será comida su carne; mas el dueño del buey será absuelto. Pero si el buey fuere acorneador desde tiempo atrás, y a su dueño se le hubiere notificado, y no lo hubiere guardado, y matare a hombre o mujer, el buey será apedreado, y también morirá su dueño. Si le fuere impuesto precio de rescate, entonces dará por el rescate de su persona cuanto le fuere impuesto. (Éxodo 21:28-30)

Este caso raya en el homicidio, así que quiero añadir la ley que dispuso Dios para la redención de aquellos que matan a otros a sangre fría:

Y no tomaréis precio por la vida del homicida, porque está condenado a muerte; indefectiblemente morirá. (Números 35:31)

¿Qué podemos aprender acerca de la redención en estos dos pasajes?

Está claro que no debía existir posibilidad de rescate para liberar a un asesino. Eso es lo primero.

Pero hay algo más aquí. El hombre que dejara suelto a su buey después de haber sido advertido era como un asesino, y por eso debía sufrir pena de muerte. Era responsable de la muerte de otro; era culpa suya. Sin embargo, podía ser liberado de la condena si les pagaba un rescate o una multa a los parientes de la persona que había muerto. Así que, en última instancia, algunos asesinos podían ser redimidos.

No hay contradicción aquí porque podemos ver que los dos casos no son iguales. El hombre de Números 35 mató a sangre fría; es lo que llamamos “asesinato premeditado”. El otro caso, el del dueño del buey, era diferente ya que no respondía a un plan previo. Aun así, el hombre merecía la muerte; no podía alegar inocencia. Había sido advertido y había rechazado la advertencia.

Lo que vemos aquí es que la redención puede llevarse a cabo cuando se ha cometido un pecado. En el caso del asesino, se podía pensar en la redención; era concebible, pero ilegal. Dios no permitía que se hiciera.

Pero en el otro caso, el dueño del buey era liberado de una de las consecuencias de su pecado. El pecado y la redención se juntan en esta parte de la ley de Dios. Aquí encontramos una pista de lo que veremos en el Nuevo Testamento. La respuesta al pecado puede ser libertad mediante el pago de un precio.

3LA REDENCIÓN: SU HISTORIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO (PARTE DOS)

La redención en el Antiguo Testamento, como ya hemos visto, significa liberación. A menudo iba acompañada del pago de un precio. Los esclavos, así como los hijos primogénitos, eran redimidos. Incluso algunos tipos de asesinos quedaban libres cuando se pagaba un rescate. Podemos ver que la redención jugaba un papel muy importante en la vida de Israel.

Otra cosa importante con respecto a la redención es que a menudo se trataba de un asunto de familia. La mayoría de las veces el “redentor” era un pariente cercano del hombre que debía ser redimido. Esto no era casualidad. Un hombre en necesidad de ser redimido no buscaba a su alrededor a ver si encontraba a alguien que lo ayudara. ¡De ninguna manera! Su familia era responsable de ayudarlo de formas que pueden parecernos extrañas hoy en día.

Una de las más grandes historias de la Palabra de Dios es la que nos relata el libro de Rut.

Durante una hambruna, un hombre de Israel se fue a vivir a Moab, un país cercano, con su esposa y sus dos hijos. No fue un traslado feliz; el hombre murió poco después. Su esposa, Noemí, se quedó con los hijos y les buscó esposas moabitas, pero ellos también murieron. La única persona de la familia que quedaba de los que se mudaron a Moab diez años antes era Noemí.

Cuando Noemí escuchó que había terminado la hambruna en Israel, decidió regresar a casa. Una de sus nueras, Rut, la acompañó. Podemos ver la devoción de Rut a Noemí en las palabras que usa para decirle a su suegra que no la abandonará:

No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aun me añada, que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos. (Rut 1:16-17)

Las palabras de Rut, pronunciadas hace tres mil años, perviven como testigos del carácter del amor desinteresado. Hoy en día aún sentimos su poder, como debió de sentirlo Noemí.

Las dos mujeres volvieron a la ciudad de Belén a vivir. En aquella cultura era doloroso para Noemí regresar siendo una mujer mayor y habiendo perdido a todos sus familiares varones. Sólo tenía a Rut para mantenerla y era poco lo que Rut podía hacer para ganarse la vida por ambas. Como se acercaba el tiempo de la cosecha, Rut acudió a los campos para recoger las espigas que se habían dejado atrás o que se les habían caído a las segadoras. El trabajo era duro y normalmente no conseguía mucho. Si Rut no hubiera sido tan dedicada como era –amaba a Dios y a Noemí– podría haberse arrepentido de haber ido a Israel.

Aquí la historia toma el rumbo que es importante para el tema de la redención. En la bondad de Dios, Rut pronto se encontró espigando en los campos de un hombre llamado Booz. Ella no lo había planeado así; no tenía ni idea de quién era Booz. Sin embargo, Booz eran un pariente del esposo de Noemí, y era adinerado, al contrario que Noemí y Rut.

En Booz encontramos a un pariente redentor. Sé que el nombre suena raro, pero tengo una buena razón para usarlo. Las dos partes de este término encajan bien con el significado de una palabra hebrea que aparece en la historia varias veces. Me explico:

La ley de Dios proveía que el pobre pudiera recuperar la tierra que se hubiera visto obligado a vender debido a su pobreza. El que podía comprar la tierra para él (el redentor) era un hermano o algún otro pariente cercano. De ahí viene el nombre “pariente redentor”.

Cuando terminó la cosecha, Noemí y Rut no tenían ningún otro medio para alimentarse, pero poseían un campo.3 Podían venderlo para obtener el dinero que necesitaban para vivir, y eso es lo que decidieron hacer. Eran libres de vendérselo a cualquier hombre de Israel, pero tenía sentido ofrecérselo a un pariente redentor. ¿Por qué? Porque era muy probable que le pidieran a él que lo comprara más adelante de todos modos. Al vendérselo a él directamente, mantendrían la tierra en la familia y puede que él estuviera dispuesto a darles un precio mejor que cualquier extraño.

En la historia de Rut, la venta de la tierra estaba ligada a algo más: el matrimonio. Podemos entender por qué querría casarse una viuda, pero en este caso había algo más. El primer marido de Rut, Malón, habría sido el heredero del campo que estaban vendiendo Rut y Noemí. En su ley, Dios deja claro que quiere que la tierra pase de padres a hijos, pero eso planteaba un problema. ¿Y si un hombre no dejaba hijos? Al fin y al cabo, Malón había muerto sin descendencia. En ese caso el Señor ordenaba que interviniera el hermano, quien debía tomar a la viuda como esposa y darle un heredero que sería considerado hijo del hombre muerto.

Pero, ¿y si el hombre muerto no tenía hermanos? La letra de la ley no decía nada sobre ese caso. No había ningún mandato adicional.

En Booz vemos a un hombre que se preocupaba por guardar el espíritu de la ley de Dios. Estaba dispuesto a casarse con Rut y a darle un heredero a Malón. Sólo había una cosa que lo detenía: existía otro pariente más cercano, y Booz tuvo que esperar para ver qué hacía dicho pariente. Cuando éste se negó a tomar a Rut como esposa, Booz redimió la tierra y se casó con Rut. Al final de la historia vemos a Noemí recibiendo las felicitaciones de las mujeres de Belén por el nacimiento de su nieto, Obed. “Loado sea Jehová” le decían, “que hizo que no te faltase hoy pariente, cuyo nombre será celebrado en Israel.” Y Obed se hizo famoso por ser el abuelo del Rey David.

El casamiento de Rut y el nacimiento de su heredero nos interesan, pero lo que más nos importa es la redención de la tierra y el rescate de Rut y Noemí de la pobreza. Eso requería un pariente redentor, y Booz desempeñó ese papel.

La historia de Rut nos enseña que cualquier verdadero pariente redentor poseía estas tres características:

1. Tenía que ser un miembro de la familia.

2. Tenía que contar con la capacidad de redimir. Puesto que la redención se producía con respecto a una deuda, la esclavitud o la muerte, el pariente redentor no podía tener deudas, ni ser esclavo, (¡ni estar muerto!), y debía tener de sobra para poder ayudar a otro.

3. Tenía que tener un corazón dispuesto.

Booz encajaba bien en esta descripción. Era un pariente cercano, era adinerado y estaba dispuesto a usar sus bienes para liberar a Rut y a Noemí de su angustia.

Cuando vayamos al Nuevo Testamento y a la historia del Señor Jesús, veremos a Dios formando una nueva familia. Como esa familia estará formada por personas necesitadas, incapaces de ayudarse a sí mismas, hará falta un pariente redentor. Y cuando éste venga, hará lo que hace un pariente redentor: rescatará a su pueblo mediante el pago de un precio, el precio de su propia muerte. Como Dios es el padre-redentor (Isaías 63:16) del Antiguo Testamento, así el Señor Jesús será el hermano-redentor (Hebreos 2:14-17) del Nuevo Testamento.

¡La redención es cosa de familia!

4LA REDENCIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (PARTE UNO)

Ahora es el momento de analizar la muerte del Señor Jesús en conexión con la palabra redención. Para ello, le recuerdo que más de 1000 años separan los días de Moisés y Rut de los de Cristo.

Como todos sabemos, las cosas cambian en 1000 años. Cuando nació Cristo, Israel ya no era una nación independiente. Era un territorio perteneciente a Roma con una cultura teñida de influencias griegas hasta el punto de que el griego era el idioma que se empleaba habitualmente. Por eso el Nuevo Testamento se escribió en griego, y no en hebreo. De hecho, el lenguaje hebreo que se habla en Israel en la actualidad era una lengua muerta cuando Cristo vino al mundo. Los judíos hablaban lo que llamamos arameo.

¿Por qué es importante todo esto? Porque las palabras reflejan el mundo de las personas que las usan. Tendremos que analizar la palabra redención con estos cambios en mente. Los judíos como Pablo estaban empapados del Antiguo Testamento, pero eran hombres del mundo romano y griego también, y eso afectaba la manera en que hablaban y escribían.

Hemos visto que tanto los hombres como las propiedades podían ser redimidos en el Antiguo Testamento. Los hombres podían ser redimidos de la esclavitud o de la muerte. Un buen ejemplo fue el éxodo de Egipto. El Señor sacó a Israel de la esclavitud y les dio a los israelitas una tierra y una vida en la cual no morirían por el capricho de un amo extranjero. Con este acto estableció un modelo del pariente redentor de Israel. Sin embargo, cuando los judíos hacían lo mismo y redimían a sus parientes, pagaban dinero. Ellos “compraban” a su pariente de la esclavitud o de la muerte. De esa manera, redención vino a significar “libertad mediante el pago de un precio”. (Quizás la idea de “precio” estuviera siempre incluida en la palabra. Muchos estudiosos así lo creen.)

¿Qué encontramos en el mundo del Nuevo Testamento? Algo muy similar.

Sabemos que la guerra ha jugado un papel muy importante en la historia del mundo. Por todo el Imperio Romano existían esclavos que habían sido tomados en las batallas. Nadie se preocupaba por ellos. Si tenían parientes en sus ciudades, aquellos parientes no sabían si estaban vivos o muertos. En su mayoría, los esclavos eran esclavos y ya está.

Pero había excepciones. Supongamos que usted estuviera en una batalla y capturara a un noble. ¿Qué hacía con él? Puede que en su tierra hubiera alguien dispuesto a pagar una buena cantidad para liberarlo. Si su libertad valía más para usted que sus servicios, quizás permitiría que fuera rescatado. Usted perdería un esclavo, pero ganaría un buen dinero. A los esclavos tendría que darles de comer, pero el dinero lo podría poner en el banco.

Este ejemplo es bueno porque nos muestra lo que pensaría un hombre del siglo primero si escuchara la palabra griega para redención. Para nosotros puede tener otras connotaciones, pero en el Imperio Romano lo que vendría a la mente es libertad de la esclavitud pagando un rescate.

Hay otro ejemplo importante de aquel tiempo. Hasta ahora la idea griega para redención, como la he descrito, tiene poco que ver con la religión, pero en el mundo griego también se pensaba en la libertad de los esclavos como acto religioso. Veámoslo.

Bajo la ley griega, un esclavo podía ganar la libertad si conseguía reunir el precio que pidiera su amo por él. Eso sería difícil, claro, y casi ningún esclavo lo lograba, pero no era imposible. Luego, con el dinero en la mano, el esclavo y su amo iban al templo de un dios y el esclavo les daba el dinero a los oficiales del templo. Ellos, a su vez, lo usaban, una vez descontados sus honorarios, por supuesto, para “comprárselo” al amo para el dios del templo en cuestión.

Pero el proceso era una mera ficción jurídica. El esclavo no se quedaba para servir al dios, sino que era liberado y obtenía un documento que incluía como parte del texto la expresión “para libertad”, “con la condición de que sea liberado” o alguna similar como comprobante de su nueva condición. De esa manera, nadie podría decir que había sido comprado para hacer las tareas del templo. A veces el hecho de que hubiera sido liberado se esculpía en las paredes del templo, y el hombre podía volver a mirarlo cuando quisiera y usarlo como prueba de su libertad si alguien lo cuestionaba.

“Miren”, podía decir, “el dios Apolo me compró aquí, en su templo, para que yo pudiera ser libre”. Se han encontrado varias inscripciones de este tipo en las paredes de los templos griegos de aquel entonces.

Vemos, pues, que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento la redención se entiende como “libertad mediante el pago de un precio”. Si usted hubiera vivido en Palestina en el siglo I, esto es lo que habría entendido al escuchar la palabra redención.

Cuando estudiamos lo que enseña el Nuevo Testamento acerca de la muerte de Cristo, encontramos palabras relacionadas con la redención por todos lados. Hay varias familias de estas palabras. Y además encontramos otra cosa: la muerte de Cristo aparece como el precio que él pagó para hacernos suyos. Al unir estos dos conceptos (redención y precio) vemos que la expresión “libertad mediante el pago de un precio” resume bien el regalo que Cristo nos hizo al morir.

Analicemos esto con más detenimiento.

En Marcos 10:45 leemos: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” En este versículo el Señor Jesús hace hincapié en el precio de nuestra libertad, que es su muerte, la entrega de su vida. Al leer esto nos viene a la mente la frase del Antiguo Testamento: una vida por una vida. El Señor sirvió a Dios y al pueblo de Dios de muchas maneras, pero la más grande fue que dio su vida como precio por la salvación de su pueblo.

Podemos ver el precio en conexión con nuestra redención en pasajes como Romanos 3:24-25: “siendo justificados [los hombres] gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre”. En éste, como en muchos otros textos del Nuevo Testamento, se usa la palabra “sangre” para referirse a la muerte sacrificial de Cristo. Esa muerte fue el precio de nuestra redención.

Efesios 1:7 es otro ejemplo: “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia.” Hemos sido liberados mediante la sangre de Cristo; su muerte fue el sacrificio por el pecado.

1 Pedro 1:18-19 explica claramente cuál fue el precio de nuestra redención:

Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.

Los hombres suelen comprar lo que desean con plata y oro, pero hay un precio mayor, mucho más valioso: la muerte sangrienta de Jesucristo, por la cual fuimos redimidos y liberados.

Todos estos ejemplos vienen de una de las familias de palabras griegas relacionadas con la redención. Los siguientes versículos usan palabras de otra familia, una que se usaba en el lenguaje común para comprar mercancía. Observe las formas de la palabra “comprar” en estos ejemplos.

1 Corintios 6:19-20 nos recuerda: “¿O ignoráis (...) que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio.” Y en 7:22-23 Pablo amplía esta idea. “(...) asimismo el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo. Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres.” El Señor Jesús fue al mercado de esclavos de este mundo y compró al creyente para que fuera su esclavo. El precio no es mencionado en estos cuatro versículos, pero sabemos cuál fue: su muerte.

En otros textos se usan estos términos relacionados con comprar o adquirir cuando se menciona claramente el precio pagado por Jesús.

En Gálatas 3:13 Pablo escribe acerca de la redención usando una de estas palabras. “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).” Aquí el precio es ser colgado en un madero. Todo cristiano reconoce en este texto una referencia a la muerte del Señor en la cruz.

Finalmente miremos el cántico dedicado al Cordero, nuestro Señor Jesús, en Apocalipsis 5:9:

Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación.

Nadie puede leer el Nuevo Testamento sin ver lo que enseña: Cristo ha redimido a su pueblo muriendo por ellos. Ellos disfrutan de libertad mediante el pago de un precio.

5LA REDENCIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (PARTE DOS)

Hasta ahora hemos hablado acerca de lo que es la redención. Es la libertad mediante el pago de un precio. La redención cristiana es la libertad que Cristo compró para su pueblo a través de su muerte. Pero ahora es el momento de responder a la pregunta: ¿libertad de qué? Si Cristo nos ha liberado, ¿de qué nos ha liberado?

En el capítulo 1 enumeré una serie de fuerzas que mantienen al hombre en la esclavitud. Las cito de nuevo aquí:

1. El hombre es esclavo del pecado.

2. El hombre es esclavo de Satanás.

3. El hombre está sujeto al castigo del sistema de justicia de Dios.

La redención saca a los hombres del alcance de los poderes que lo sujetan.

Miremos primero la esclavitud del pecado. ¿Qué es? ¿Y qué tiene que ver la muerte de Cristo con esto?

En el Nuevo Testamento, el pecado es personificado como un rey o un amo que determina el curso de la vida del hombre que no está salvo. Los reyes de aquellos tiempos eran a menudo más poderosos que los reyes y reinas de hoy día. Hacían lo que querían, y en ese sentido eran como los que poseían esclavos.

El pecado produce este efecto en un hombre natural. Éste cree que hace lo que le parece, pero en realidad sólo hace lo que el pecado le dice que haga. No nota la diferencia entre sus propios deseos y los deseos del pecado que habita en él porque está tan entregado al pecado que lo que complace al pecado le complace también a él. En teoría, sus deseos y los del pecado deberían poder distinguirse, pero en la práctica son lo mismo.

¿Le parece que exagero? ¿Está el hombre sin Cristo realmente esclavizado de esa forma? Pablo dice en Romanos: “Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia” (6:20). Una persona sólo puede serle fiel a un rey a la vez. El pecado, y no la justicia, era el rey. Pero los romanos no eran un caso raro: el pecado reina en todo hombre natural.

Jesús enseñó lo mismo: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24). Cuando existe conflicto entre dos “señores”, mostramos dónde está nuestra verdadera lealtad en nuestra manera de actuar. Si nuestro amo no es Dios, lo será otra cosa. En el caso de aquellos que no tienen a Cristo, su amo es el pecado.

Puede que los hombres no admitan que existe esta esclavitud. Es más, puede que ni si quiera la reconozcan. Cuando el Señor le dijo a un grupo de sus oyentes que “la verdad os hará libres”, se ofendieron y respondieron: “Jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?” ( Juan 8:32-33). Pero estaban equivocados. Eran esclavos del pecado, y Jesús decidió que necesitaban oírlo, así que eso es lo que les dijo, sin reparos.

La redención rompe con esta esclavitud al pecado. Pablo dijo que Jesucristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). El nos compró. El precio fue él mismo. Esta libertad nos hace libres de la práctica del pecado. Cristo compró a su pueblo no para que volviera a ser esclavo del pecado, sino para que le sirviera a él, siendo posesión suya, un pueblo deseoso de hacer su voluntad.

¿Significa esto que el pueblo de Cristo nunca peca? No. Lo que significa es que el reinado del pecado ha cesado.

Piense en el pecado como un rey que ha sido expulsado de su trono y ahora lleva a cabo una guerra de guerrillas. Ya no controla el territorio, pero puede atacarlo. De igual manera el pecado ya no controla el corazón del creyente, pero sigue allí, haciéndolo tropezar.

En su lugar, la justicia es la que gobierna ahora su corazón y lo mantiene en pie. Su nuevo amo no le permite permanecer en sus pecados, revolcándose en la inmundicia. Peca, pero la justicia caracteriza su vida. Dios y Cristo controlan su corazón. Ha sido redimido de la esclavitud del pecado. La muerte de Cristo ha sido el precio de su libertad.

Miremos ahora la esclavitud de Satanás.

¿Es el hombre natural esclavo de la voluntad del diablo? Sí, así es. El Señor Jesús lo dejó claro en Juan 8:42-47. Esto es lo que dijo de todo aquel que no tiene a Dios como padre:

Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; (…) ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. (…) Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios.

Todos los hombres pertenecen o a Dios o al diablo. Son hijos y esclavos de uno o de otro.

¿Cómo, pues, llegamos a pertenecer a Dios? Mediante la compra que realizó Cristo. Escuche este himno de adoración al Señor Jesús:

Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación. (Apocalipsis 5:9)

Jesucristo compró a los hombres para Dios. Por eso no nos sorprende que Pablo escribiera: “¿O ignoráis (…) que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio” (1 Corintios 6:19-20; compare con 7:22-23). Ahora somos esclavos de Dios y de Cristo, no de Satanás.

Todavía existe un tipo de esclavitud más. Somos como hombres encarcelados, esperando el castigo por quebrantar las leyes de Dios. El sistema de justicia de Dios nos retiene cautivos.

Uno de los temas principales de las Escrituras es que Dios es nuestro juez y que vendrá al final de la historia para ver lo que hemos hecho con sus mandamientos. La cantidad de mandamientos varía según quienes seamos. Los judíos tenían un número sorprendente de mandamientos diseñados por Dios para guardar a su pueblo del Antiguo Testamento separado del resto de las naciones de la tierra, para que mantuvieran vivo el conocimiento de Dios hasta que Cristo viniera. El pacto mosaico formaba una barrera entre Israel y los pueblos de su alrededor.

A los gentiles Dios les dio menos leyes, pero también les dio la responsabilidad de hacer lo que él les había ordenado. Ni los judíos ni los gentiles fueron capaces de guardar las leyes de Dios. Pablo escribió acerca de ambos: “No hay justo, ni aun uno; (…) no hay quien haga lo bueno” (Romanos 3:10-12). Todos los hombres son culpables ante Dios, y la justicia de Dios demanda que haya castigo por el pecado.

La muerte de Cristo redime a su pueblo liberándolo del castigo por sus pecados, “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Efesios 1:7). Una vez más vemos que la redención es libertad mediante el pago de un precio. Esta libertad es liberación de la necesidad de pagar por nuestros pecados. El precio es la sangre, la muerte expiatoria de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo.

Así pues, podemos ver que aunque teníamos tres enemigos fuertes que nos tenían presos (el pecado, Satanás y el sistema de justicia de Dios), Cristo nos ha liberado de ellos. Tenemos nuestra liberación, pero no por nuestro propio poder o mérito. No, nuestra liberación es una redención, una compra realizada por Cristo, y el precio fue nada menos que su propia vida.

6LA RECONCILIACIÓN

Ahora comenzamos a tratar la segunda de esas palabras mayores que describen la obra de Cristo: la palabra reconciliación. La muerte de Cristo va más allá de la redención. Su sacrificio no sólo nos libera de nuestros enemigos, sino que quita la enemistad entre Dios y el hombre y la reemplaza con amistad. Los cristianos no son simples esclavos de Dios: somos sus amigos, y él es el nuestro. De hecho, ahora somos miembros de la familia de Dios. Un juez terrenal puede declarar inocente a un prisionero y no volver a verlo jamás, pero Dios hace mucho más. ¡Transforma en hijos suyos a aquellos que eran esclavos del pecado!

Comencemos con una pregunta: ¿Enseña la Biblia que existe enemistad, hostilidad y separación entre Dios y el hombre?

Desde la perspectiva del hombre la respuesta no es difícil de encontrar. Por toda la Escritura vemos que, después de la caída, los hombres están en rebelión contra Dios. Pablo les dice a los colosenses: “erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente” (1:21). Y los colosenses no eran los únicos. Todo hombre natural ama el pecado, y amar el pecado es odiar a Dios, serle hostil, porque Dios y el pecado están en guerra el uno contra el otro. El hombre que se alía con el pecado se posiciona contra Dios. Somos llamados a amar la justicia y a odiar la iniquidad, y ese llamado es tan enérgico precisamente porque Dios se da cuenta de que hacemos justo lo contrario.

La “mente pecaminosa” (la única mente que tiene el hombre natural) está en “enemistad contra Dios”, dice Pablo (Romanos 8:7). El hombre le ha declarado la guerra a su creador. Las palabras de la parábola de Lucas 19:14 capturan el espíritu del hombre natural con respecto a Dios y a Cristo. “Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros”. Dios es el gobernante de todas sus criaturas, pero el hombre es enemigo del reinado de Dios.

Por supuesto, los hombres a menudo esconden esta enemistad de sí mismos. Muchos no querrían decir nada desagradable contra su creador, pero ésa no es toda la historia. Según las palabras de Jesús, aquellos que no están decididamente a favor de Dios y de Cristo están en contra suya (Mateo 12:30 y Juan 15:23), y muestran su hostilidad negándose a someterse al reinado de Cristo.

Podemos y debemos decir que existe enemistad entre el hombre y Dios por parte del hombre.

Pero ¿existe hostilidad y enemistad por parte de Dios también? La respuesta a esta pregunta debe ser un cauteloso sí. Digo “cauteloso” porque no queremos crear ninguna duda con respecto al amor de Dios, que es real y se extiende hacia quienes sienten enemistad hacia él. Pero hay algo que añadir con respecto a este tema.

La Biblia habla también de la ira de Dios, de su enojo para con los pecadores. En un intento de suavizar esta verdad, algunos la ven como un proceso impersonal, convirtiéndola en una especie de ley natural, como cosechar lo que se siembra. Sin embargo, la ira de Dios contra los pecadores no es algo impersonal. El salmista escribe:

Dios es juez justo,

Y Dios está airado contra el impío todos los días.

Si no se arrepiente, él afilará su espada;

Armado tiene ya su arco, y lo ha preparado.

Asimismo ha preparado armas de muerte,

Y ha labrado saetas ardientes. (Salmo 7:11-13)

Sin duda, parte de este lenguaje es figurativo, pero es evidente que Dios está detrás de los actos de juicio que les esperan a los malvados. Es Dios quien “está airado”. Tiene que ser así en un mundo en el cual Dios es rey.

Lo mismo nos dice el Nuevo Testamento. En Romanos 11:28 Pablo describe la manera en que Dios ve a Israel en estos tiempos:

Así que en cuanto al evangelio, son enemigos (…); pero en cuanto a la elección, son amados (…).

Dios tiene dos actitudes hacia los israelitas. En un sentido, los ama; en otro, es su enemigo. La hostilidad no existe sólo por parte del hombre. Volveremos a este asunto en el siguiente capítulo cuando estudiemos la palabra propiciación.

Dada la enemistad entre Dios y el hombre, de alguna manera tenía que hacerse la paz entre ellos. Dios halló la manera en la muerte de su Hijo, el Señor Jesús. Pablo dice que fue en la cruz donde Dios reconcilió al hombre consigo mismo:

Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. (Romanos 5:10)

Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. (2 Corintios 5:19)

El acto de Cristo en la cruz, su muerte, reconcilió al mundo con Dios. O podemos expresarlo de otra manera y decir que fue el acto de Dios. Dios nos reconcilió consigo mismo al enviar a su Hijo a la muerte. En palabras de Isaías: “Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento” (53:10). Podemos pensar en la reconciliación como la obra conjunta del Padre y del Hijo.

La palabra reconciliación hace hincapié en el vínculo personal que tiene Dios con su pueblo. Usamos la palabra redención cuando pensamos en las cosas que nos sujetan a esclavitud, cosas como el pecado, Satanás y el sistema de justicia de Dios, de las que fuimos liberados. Pero la reconciliación nos recuerda que hubo un tiempo en que los hombres disfrutaron de la comunión con Dios, quien nos creó para tal comunión y amistad. Cristo vino al mundo para asegurarse de que la comunión y la amistad fueran restauradas entre el hombre y Dios. La actitud del Señor hacia su pueblo no es de mera tolerancia.

La Biblia ilustra esta amistad con el acto de comer. Alguien ha llamado el evangelio de Lucas “El Evangelio de Jesús a la mesa”. A menudo lo encontramos comiendo con otros. Cuando sus críticos se burlaban de él por comer con los recaudadores de impuestos y los pecadores, no sabían que estaba reflejando el corazón del Padre. (En muchos casos los actos del Señor son parábolas para nosotros.) Ésta era su manera de decir: “¿Saben la clase de vínculo que mi Padre quiere establecer con ustedes? Es esta clase de vínculo, que lleva a dos amigos a sentarse a comer juntos.”

Por eso se habla de “la cena de las bodas del Cordero” en el libro de Apocalipsis. Algunos piensan que esta “cena” es un único acontecimiento; otros lo ven como una ilustración de la eternidad. Pero en cualquier caso la verdad es la misma: la mejor imagen para describir la comunión y la amistad de las que disfrutarán Dios y Cristo es una cena compartida.

Una cosa más. La reconciliación nos lleva a ser miembros de la familia de Dios y eso, a su vez, nos convierte en herederos suyos. Existen distintos grados de amistad, pero idealmente los amigos más cercanos los encontramos en la familia. Tenemos un refrán que dice: “la sangre es más espesa que el agua”, es decir, que siempre se puede contar con la familia cuando nos sobreviene una crisis. En esta vida, claro, esto no siempre es verdad, pero sí lo será en la eternidad, donde formaremos parte de una familia que no se basará en la sangre humana, sino en la sangre de Jesucristo.

Cuando recibimos la reconciliación que Cristo compró en la cruz, recibimos también la base de todas las otras cosas buenas que Dios tiene preparadas para su pueblo. En un determinado momento se dijo: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó (…) son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). Pero este pasaje no es completamente cierto para nosotros puesto que seguidamente Pablo dice: “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (2:10). Hoy podemos mirar la Palabra de Dios y ver nuestra herencia.

Ahora bien, seguro que no la vemos en su totalidad. Sin duda hay mucho más de lo que nos podamos imaginar, pero la verdad es que nada sería nuestro si no nos hubiéramos reconciliado con Dios mediante la muerte de su Hijo. Toda la gloria, el honor y la alabanza de nuestra amistad con Dios pertenecen a Dios y al Cordero que hizo la paz entre Dios y el hombre al morir por los pecadores en la cruz del Calvario. No nos reconciliamos nosotros con Dios, sino que Dios nos reconcilió consigo mismo.

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