Kitabı oku: «Bioética y cine»
Bioética y cine
De la narración a la deliberación
Tomás Domingo Moratalla

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Para Lydia
«La gran potencia educadora de nuestro tiempo es, sin duda, el cine».
(Julián Marías)
«Entre todas las máquinas de soñar inventadas por el genio humano, el cine no es sólo la más ingeniosa, sino probablemente la más eficaz».
(G. Lipovetsky-J. Serroy)
Introducción
Desde hace ya algún tiempo parece que algunos han descubierto las virtualidades del cine y han visto en él una ayuda, un recurso, para la didáctica de las materias más diversas. Gracias al cine podemos aprender más y enseñar mejor. Eso es así. Pero no se puede hacer de cualquier manera; no se puede hacer por cualquier motivo. Si no hemos pensado bien las razones que nos pueden mover al empleo del cine (una fundamentación) y no nos hemos hecho con una estrategia didáctica (una metodología), entonces el uso del cine es sólo un entretenimiento, una desviación de la actividad docente, y una coartada «moderna» y bienintencionada para nuestra ignorancia o nuestra ingenuidad.
En estas páginas pretendo mostrar el encuentro entre bioética y cine de cara a la formación bioética en los más diferentes niveles de docencia: desde la docencia universitaria hasta la secundaria, desde cursos, seminarios, másters o programas de formación de comités de ética hasta la formación de cualquier persona interesada en estos temas. Mas no se trata de un libro para profesores, al menos no sólo. También lo es para alumnos, para curiosos, para cualquier persona que guste y disfrute de una película, de los comentarios y debates que se pueden generar tras verla. Se trata, pues, de alguna manera, de recuperar el cine-fórum, pero en torno a los temas de bioética y con un método riguroso, que evite que el análisis de una película se convierta en charla de café –lo que no está mal, pero no es el propósito– o en un mero recurso para descansar un rato o entretener –que tampoco está mal, pero seguro que hay, o puede haber para ello, otros momentos.
Bioética y cine se dan cita en estas páginas con el trasfondo de un interés formativo, educativo.
El cine es uno de los grandes «inventos» del siglo XX, productor de sueños y de fascinación. Ha sido considerado el «arte total». Las películas, en su amplia gama y variedad, constituyen una representación del mundo. Son objetos en sí mismos dignos de contemplación, dignos de disfrute, pero también nos informan de la realidad, del mundo, de nosotros mismos. Nos comunican experiencias, nos reflejan vidas y mundos. Son un retrato vivo, complejo y difícil del ser humano.
No es sólo diversión, entretenimiento. Al ser transmisor de una imagen del mundo, de una visión de la vida y del ser humano puede ser utilizado para conocer el mundo y, por tanto, también, para transformarlo. Es un medio de educación, un camino abierto, y aún no del todo explorado, en la tarea de educar. Cada vez van siendo más numerosas las propuestas pedagógicas, pero todavía son insuficientes, sobre todo en el campo de la ética (bioética). Hay una importante carencia tanto de reflexión sobre el uso del cine en bioética (o en ética) como de propuestas metodológicas articuladas y coherentes. Los trabajos sobre bioética y cine son la mayoría de las veces comentarios y análisis de películas, más o menos interesantes, donde el autor muestra lo mucho –o poco– que se sabe de bioética y lo mucho –o poco– que sabe de cine. Son trabajos (artículos, páginas webs, etc.) de opinión, donde a propósito de una película –de su tema– el autor hilvana una serie de argumentaciones con las que podremos, o no, estar de acuerdo. La película se convierte la mayoría de las veces en una excusa. No es un mal ejercicio. En este caso el uso del cine no deja de ser coyuntural, pues es sólo un medio que suministra información. Otras veces, los trabajos sobre bioética y cine se convierten en ocasión para defender determinadas convicciones que encuentran su justificación en un listado más o menos amplio de películas de cierto éxito.
Dejando de lado el encuentro de bioética y cine que se convierte en mero pretexto para opinar de temas de bioética, y el uso ideológico que desde la bioética se puede hacer del cine, yo quisiera proponer un encuentro que más que producir unas reflexiones concretas contribuyera al entrecruzamiento entre las cuestiones de bioética y las experiencias que el cine transmite.
No pretendo hacer una introducción a la bioética, tampoco un análisis fílmico de las películas que se mencionen. Ya hay muchas introducciones y muchos análisis. Pero hay pocas reflexiones que fundamenten el encuentro entre bioética y cine, y que propongan un método para la acción formativa que el cine pueda desarrollar.
El medio en el que nos moveremos es el de la reflexión ética, filosófica. La fundamentación del encuentro entre bioética y cine y la propuesta metodológica difícilmente se puede hacer sin los recursos de la filosofía. La filosofía que nos sirve de base, y que va a estar presente en estas páginas, es la hermenéutica. No hay ninguna filosofía que se haya definido de una forma tan categórica desde el ámbito de la interpretación y desde la textura narrativa de la vida humana, así como de la cultura y el mundo mismo –el mundo como «gran libro»–. Además se podría decir que la propia bioética le debe mucho a la tradición hermenéutica; hoy en día se está produciendo un importante encuentro entre bioética y hermenéutica. Si podemos hablar de bioética narrativa nada mejor que hacerlo desde los planteamientos hermenéuticos. Este encuentro entre cine y bioética que propongo es un elemento más en la construcción de una bioética narrativa. La hermenéutica, por otra parte, ha tenido siempre una clara vocación práctica, constituyendo uno de los posibles fundamentos de las llamadas éticas aplicadas, donde se podría inscribir también la bioética. No olvidemos que la hermenéutica es, entre otras cosas, la filosofía de la deliberación moral. En esta tradición son nombres claves H.-G. Gadamer y, sobre todo, P. Ricoeur. Nos referiremos a ellos. Tampoco es desdeñable en este encuentro entre bioética y cine, para esta bioética narrativa, la aportación de la filosofía española del siglo XX, próxima muchas veces a los planteamientos hermenéuticos. Así la filosofía de J. Ortega y Gasset se constituyó como una filosofía de la razón vital convertida en razón narrativa. En sus escritos, sobre todo los de su última época, podemos encontrar los fundamentos de esta racionalidad, así como su puesta en práctica –por ejemplo en sus biografías sobre Velázquez, Goya, Goethe o Vives–. Y no nos podemos olvidar de un discípulo de Ortega, Julián Marías, que vio en el cine los recursos para un análisis de la vida humana.
El cine, cierto cine y con una determinada perspectiva, nos puede ayudar a pensar bioéticamente. ¿Qué significa esto? Ayudándonos también de los planteamientos de Diego Gracia podemos decir que pensar en perspectiva bioética es deliberar. El objeto de la bioética, también de la ética, es la deliberación, la cual contribuye a la toma de decisiones prudentes y responsables de una forma autónoma. El uso del cine, en la perspectiva que propongo, contribuye a la autonomía, a la responsabilidad y a la prudencia, es decir, el uso del cine en bioética es un instrumento de deliberación moral. Viendo cine podemos aprender a deliberar. Se podría hablar así de una deliberación narrativa.
Por otra parte, el cine puede contribuir de una forma excelente a la formación emocional, sentimental y moral de las personas mediante la vía de la imaginación. Pero, ¿cómo hacer del uso del cine una práctica bioética? Si la bioética trata de problemas y situaciones de una gran complejidad, necesita recursos para descifrar esa complejidad. El cine es un gran descubrimiento y un gran aliado para este propósito. ¿Cómo da el cine cuenta de la vida? ¿Qué es contar la vida y dar cuenta de la vida? ¿Es la bioética también un cuento, una narración o, más bien, un saber sobre cuentos y narraciones? ¿Abandonamos la ética (bioética) y nos vamos al cine? Quizás sí, pero, ¿a qué cine vamos? No a cualquiera. Y quizás nos tenemos que quedar con un tipo de bioética y tenemos que abandonar otro. Es un encuentro más complejo de lo que parece, pues pone en juego nuestra idea de cine, de bioética y también de educación. El encuentro bioética y cine va a venir determinado por lo que entendamos por bioética (ética), por cine y por educación. Ya lo veremos.
Mi intención al favorecer este encuentro entre bioética y cine es conseguir una concepción de la bioética más abierta, crítica y vital y un cine narrador de experiencias. Y, de esta forma, contribuir a precisar el tipo de racionalidad propia de la ética (y de la bioética). La racionalidad subyacente a este encuentro entre bioética y cine es la de una razón narrativa, vital, o razón desde la experiencia. La racionalidad bioética es una racionalidad hermenéutica y narrativa.
Dos son las preguntas a las que las siguientes páginas quisieran responder:
1) ¿Cuáles son las razones para utilizar el cine en la formación en bioética?
2) ¿Cómo utilizo el cine para la formación en bioética? ¿Hay algún método?
En los tres primeros capítulos intento contestar a la primera pregunta. En muchos de los trabajos de bioética y cine se prescinde de este esfuerzo de fundamentación. Me parece ineludible. No hacerlo sería perder de vista el sentido que tiene utilizar el cine para la formación en bioética. El recurso al cine tiene que estar fundamentado, contextualizado, si no queremos que se convierta en pasatiempo o entretenimiento.
En el capítulo cuarto, desde lo conseguido en el nivel de la fundamentación del encuentro entre bioética y cine, propongo un método sencillo para que el uso del cine pueda ser productivo. El objetivo del método es promover la deliberación mediante la narración. Posteriormente, en el quinto capítulo, esbozo el uso del método en una película muy significativa en el campo de la bioética: Wit (Amar la vida).
En el sexto, y ya último capítulo, presento un listado de películas distribuidas por bloques temáticos de bioética. En cada bloque temático he destacado cinco películas y he añadido la referencia a otras películas que también podrían ser útiles para ese bloque de contenidos. El objetivo bien podría ser elaborar un curso completo de bioética seleccionando una película de cada bloque; también hay películas que, por su calidad de contenidos, darían para un curso completo.
Este libro no deja de ser una propuesta de encuentro. Es una invitación al cine y a la bioética; al cine a través de la bioética, y a la bioética a través del cine. Narración y deliberación se citan, aúnan sus esfuerzos, y nos convocan a nosotros, a cada uno de nosotros, como buenos narradores y deliberadores que somos o que, al menos, aspiramos a ser.
Capítulo 1. Del cine a la bioética
1. Cine y experiencia
La ética no puede estar cerrada sobre ella misma, está abierta a la vida, de donde nace y a donde remite. El cine refleja de alguna manera la vida, ya sea más fielmente o más imaginativamente, por eso el cine es para la ética, para las humanidades en general, una ocasión única para pensar y trabajar. La vida que el cine refleja, la experiencia narrada, es el tema de nuestro quehacer y también, un segundo aspecto muy importante, un medio para transmitir ese mismo quehacer, esa misma reflexión. Es decir, la hermenéutica del cine, o dicho con más modestia, la reflexión sobre el cine, es una forma de pensar la experiencia y transmitirla; es tema y método. La hermenéutica del cine, siempre que no se entienda este como mero juego conceptual para unos expertos cinéfilos, tiene una dimensión didáctica (pedagógica) y crítica (práctica). El cine da que pensar, y nosotros con él podemos dar que pensar.
1.1. ¿Qué es el cine?: imaginación y narración
El cine puede entenderse de muchas maneras, y de igual forma la filosofía que se hace sobre el cine; son muchas las aproximaciones y las orientaciones. Sin entrar ahora en mayores consideraciones, ni comprometerme a dar una definición esencial o completa de lo que es el cine, me bastará señalar que el cine vive de la imaginación, lo cual no quiere decir que no sea real, ni tampoco que sea una forma derivada y segunda de conocimiento, más bien al contrario, pues es un modo de realidad, que envuelve a otros modos, y más que como percepción que se diluye entendería la imagen (la imaginación) como sentido que emerge; además, el cine hereda la forma narrativa, es narración, aunque como otras formas narrativas, la novela por ejemplo, viva de horadar y cuestionar el mismo paradigma narrativo. Es más cosas, pero es básicamente eso; sin el elemento imaginativo y narrativo no tendríamos una comprensión cabal de lo que es el fenómeno del cine (tanto desde el punto de vista fílmico como cinematográfico).
Sí, sin lugar a dudas, el cine es oportuno para aprender, de hecho aprendemos espontáneamente a través del cine, y tendríamos que tener cuidado para no desaprovechar los recursos que este medio puede reportarnos. Pero no hay que pensar que este aprendizaje se da automáticamente con sólo ver una película, pues requiere una labor reflexiva, crítica y de toma de distancia; una labor propia de la ética (por decirlo desde una materia), de la hermenéutica filosófica (dicho desde una tradición filosófica) o desde la comunicación (o narrativa) audiovisual (enmarcado en un ámbito de estudio afín con otros «productos culturales»).
1.2. La vida en la pantalla
G. Lipovetsky y J. Serroy han escrito un magnífico estudio sobre el cine[1], su historia y, sobre todo, sobre sus efectos. Y una idea persiguen con insistencia: cuando el mundo se ha vuelto pantalla (pantallasfera) se precisa más que nunca una pantalla «asistida», es decir, educar y acompañar en esta formación de experiencias que supone el cine.
El cine no puede quedar encerrado en manos de aquellos que se centran exclusivamente en análisis estructurales y metadiscursivos. No nos podemos quedar en una pura «gramática del cine»; esto supone, sobre todo, desconocerlo. Una forma de revitalizar el análisis del cine es recuperarlo como narración y espacio de configuración de mundos. Eso es lo que hacen brillantemente Lipovetsky y Serroy. Lo que buscan es:
«Poner de relieve lo que dice el cine sobre el mundo social humano, cómo lo reorganiza, pero también cómo influye en la percepción de las personas y reconfigura sus expectativas»[2].
Es precisamente este poder de reconfiguración lo que pondré de relieve al señalar el efecto catártico y de posibilidad de deliberación que conlleva el cine en la formación bioética. El cine es capaz de formar nuestra mirada. Nuestra forma de mirar y entender el mundo es cinematográfica. Contar con el cine es pues una necesidad. Pensar la cultura, la modernidad, la globalización, etc., no puede hacerse sin el cine. Vivimos en el mundo de la omnipantalla. Por todas partes aparece el espíritu del cine. Es el dominio de la pantallasfera y la pantallocracia.
Es tal el poder del cine que puede ser, como nosotros pretendemos mostrar aquí, un instrumento poderoso de comunicación. Lipovetsky y Serroy van a defender las virtualidades del cine en educación. Ahora bien, y en su misma línea, no se puede pensar que la educación crítica y reflexiva se haga de una forma automática en el mundo de la pantalla global. Se precisa una «pantalla asistida». Esta «asistencia» a la pantalla es lo que pretendo mostrar al invocar al cine como formación en bioética.
Por otro lado, y más allá de las virtualidades docentes, es necesario asumir el cine en los debates bioéticos, pues de alguna manera nuestra actitud bioética está conformada por las narraciones cinematográficas. Dicen Lipovetsky y Serroy:
«El individuo de las sociedades modernas acaba viendo el mundo como si este fuera cine, ya que el cine crea gafas inconscientes con las cuales aquel ve o vive la realidad. El cine se ha convertido en educador de una mirada global que llega a las esferas más diversas de la vida contemporánea»[3].
El mundo se ha vuelto «apantallado» y pensar la pantallificación del mundo es tarea de la ética, o de una bioética que se considera global. Y ha logrado este dominio porque se ha unido a la necesidad de narración que ha acompañado al ser humano desde sus orígenes. El cine es narrativo.
La historia del cine, un siglo de historia, ha logrado unir la visión primigenia y documental de los hermanos Lumière, que concibieron el cine como reflejo social, y Meliés, que lo entendió como espectáculo, circo y entretenimiento. El cine, al hacerse vehículo de narración, aunó ambas intenciones. Lo que nos sigue sorprendiendo, de manera parecida a los primeros espectadores que vieron la llegada del tren a la estación de Ciotat (como rodaron los hermanos Lumière), ya no es sólo que de ese tren se baje un hombre, sino que ese hombre nos traiga una historia, y que pueda ser nuestra historia.
2. Hermenéutica, «saber de lo incierto»
El cine es una forma narrativa que hereda la tradición de la novela moderna y comparte su destino. El cine es relato audiovisual. El cine, en el ámbito de la ética narrativa, comparte los avatares de la novela, gran construcción de la narración moderna.
En mi propuesta no dudo en integrar el cine en la ética narrativa, en una bioética narrativa de inspiración hermenéutica. La hermenéutica no deja de aparecer como una tradición de pensamiento capaz de acercarnos al cine y al mismo tiempo como fundamento de una bioética «a la altura de nuestro tiempo».
El encuentro entre hermenéutica y cine viene ya precedido por el de sus más próximos ancestros, pues como tales podemos considerar a la fenomenología, por el lado de la hermenéutica, y a la novela, del lado del cine. La hermenéutica filosófica procede de la fenomenología y el cine vive del estilo narrativo de la novela moderna. El diálogo entre hermenéutica y cine viene, por tanto, precedido por el de la fenomenología y la novela. Este encuentro o diálogo se llevó a cabo de diferentes formas; ahora me gustaría centrarme en una de especial relevancia para la relación que nos ocupa, y es la que recoge Milan Kundera en su obra El arte de la novela[4], y en concreto su primera sección titulada «La desprestigiada herencia de Cervantes». Paso en primer lugar a indicar los temas fundamentales para mostrar a continuación tentativamente la posible prolongación en el encuentro que propongo entre hermenéutica y cine.
Comienza Kundera su ensayo haciendo referencia a Husserl, padre de la fenomenología, y en concreto a las conferencias que darían lugar a La crisis de las ciencias europeas. Para Husserl la civilización europea, occidental, ha entrado en crisis. Hay que señalar que para él «Europa» no designa un lugar geográfico sino una identidad espiritual definida, en palabras de Kundera, por el interrogante que supone el mundo en su conjunto. Este es el ideal de Europa, que nació en la Grecia clásica de Sócrates, Platón y Aristóteles; es la idea que vertebra a Europa, el ideal del conocimiento y del saber. Pero he aquí que este ideal ha entrado en crisis en la época moderna gracias a Descartes y Galileo, que han originado el desarrollo unilateral de la ciencia europea, reduciendo la ciencia, el saber, el conocimiento, a simple «exploración técnica» y manipuladora del mundo con el recurso de las matemáticas, desechando todo aquello que no fuera objeto de cálculo y manipulación; redujeron la ciencia a técnica y excluyeron del horizonte del saber moderno «el mundo concreto de la vida», die Lebenswelt. Creció la especialización del saber y la matematización de la naturaleza y se perdió de vista el mundo y al ser humano en él; olvido del mundo de la vida que pasaría a ser «olvido del ser» en expresión de Heidegger. La vida humana concreta, el mundo de la vida, quedó eclipsada y olvidada por el saber preciso y la técnica poderosa.
Esta es la descripción que hace la fenomenología del desarrollo moderno, sin embargo, señala Kundera, y sin cuestionar el balance fenomenológico, el origen de la modernidad no sólo está en la ciencia de Galileo y Descartes sino también en Cervantes, el creador de la novela, y completando el análisis precisa que este arte inventado en la modernidad explora ese «ser olvidado», ese «mundo de la vida». El mundo de la vida no ha caído en el olvido porque la novela se ha ocupado de él. Los desarrollos heideggerianos de Ser y tiempo y las descripciones del último Husserl fueron anticipados por varios siglos de novela. La novela escudriña «la vida concreta del hombre» e ilumina de diferentes formas el mundo de la vida. Olvidarnos de la novela sería perder toda esperanza de tomar pie en el mundo de la vida.
Y con Cervantes, y con la novela, apareció otra forma de mirar y comprender; así el mundo apareció como ambigüedad, y la verdad absoluta dividida en multitud de verdades relativas, tantas como personajes y «poseer como única certeza la sabiduría de lo incierto». La novela nos sumerge en el campo de lo relativo de las cosas humanas, de los asuntos humanos (que diría Aristóteles), pero esta incertidumbre, complejidad y ambigüedad es difícil de aceptar, de ahí su rechazo en nuestro tiempo. Si desapareciera la novela, sería reconocer que este mundo ya no es el suyo y que el olvido del mundo de la vida sería total. La razón de la novela (de la narración moderna) es protegernos contra el «olvido del ser». Quizás por eso la existencia de la novela es más necesaria que nunca. Lleva a cabo una defensa de la complejidad. Por eso también la novela es desprestigiada y los defensores de la novela pertenecen a la «desprestigiada herencia de Cervantes».
Prolongando la reflexión de Kundera, hay que señalar que la filosofía hermenéutica es heredera de la fenomenología husserliana; bebe de las aportaciones de Heidegger y de los análisis de Husserl de La crisis de las ciencias europeas y se constituye gracias a figuras como las de H.-G. Gadamer y P. Ricoeur, y otros que podrían incluirse en esta tradición como es el caso de J. Ortega y Gasset. Continúan la intención crítica de la fenomenología husserliana con nuevos bríos y con nuevos recursos y querrán, recordando al viejo maestro (Husserl), criticar el olvido del mundo de la vida y desarrollar estrategias de recuperación y recuerdo. Pues bien, si la novela, esta desprestigiada herencia de Cervantes, puede ayudar a esta recuperación, también lo puede hacer el cine, en la medida en que es un arte narrativo en el que perviven elementos nucleares de la novela y sobre todo esa voluntad de tratar lo incierto, lo ambiguo y lo complejo.
La hermenéutica filosófica puede recurrir al cine, pues tiene en él un muestrario completo y complejo de la diversidad de lo humano, aunque al igual que la novela, pertenece a una herencia desprestigiada: la herencia de la imaginación. Recuperar las humanidades, la formación humanística que decía Gada-mer, frente al dominio de las ciencias, y sobre todo de una determinada forma de entender las ciencias, es también recuperar una reflexión sobre el cine. La bioética, como intento de tender un puente entre desarrollo científico y humanidades (Potter), bien puede contar con el cine como instrumento.
El cine tiene la posibilidad de transportarnos a otros mundos, de volar, pero también de lanzarnos a la realidad, y precisamente por haber volado y habernos despegado del mundo, podemos volver con nuevos bríos, más críticos, abiertos y, en definitiva, esperanzadores. Algunos autores llegan a decir exagerando, o quizás no es ninguna exageración, que no es que comprendamos el cine porque ya hemos tenidos esa experiencia, sino al revés, que comprendemos nuestra experiencia porque la vemos expuesta y proyectada en el cine.
3. Una imagen de la vida humana
En esta reflexión sobre el cine la tradición española tiene mucho que decir. Por un lado, la genial aportación de Ortega y Gasset, que supone la reivindicación de una nueva forma de entender la razón: la razón vital. Además, en relación con ella describiría la vida como realidad radical, esencialmente narrativa; nuestra vida es relato, trama, historia o cuento, y también, y quizás más importante, un método de comprensión de la vida que es correlativamente narrativo. Así hablará Ortega de razón narrativa, tanto porque la racionalidad ínsita en nuestra vida es narrativa, como por ser el método adecuado. Sí, la aportación de Ortega es genial (sobre todo de cara a fundamentar una ética narrativa, o bioética narrativa), pero no lo es menos la de uno de sus discípulos: Julián Marías.
Lo que yo pretendo hacer aquí es apuntar a algo parecido a lo que él mismo intuyó. Pocos filósofos se preocuparon tanto y de manera tan exhaustiva del cine. Hay que recordar que su entrada en la Academia de Bellas Artes fue precisamente por su dedicación al cine. Para él, el cine nos ofrece un conocimiento antropológico. Decía: «La representación de la vida humana en la narración o en la escena no basta, por lo visto, al hombre, en este siglo ha aparecido una forma de representación espectral, en la que la realidad y la irrealidad se mezclan extrañamente: la pantalla cinematográfica»[5]. El cine es filosófico; ético o bioético diríamos nosotros. Una idea intuyó Julián Marías que de alguna manera intento retomar en estas páginas cambiando la orientación antropológica por la orientación bioética (en el fondo no muy distintas): el cine «constituye una exploración con medios absolutamente nuevos y originales de la vida humana y una colección de películas, vistas en su adecuada perspectiva, nos daría lo que podría llamarse una “antropología cinematográfica” hecha de imágenes interpretadas, de imágenes directamente inteligibles»[6].
El cine es una forma nueva de antropología, de analizar la vida humana. El cine es un caudal de experiencias; nos podemos hacer con experiencias que de otra manera sería imposible; no podemos vivirlo todo, pero quizás sí experimentarlo todo mediante el cine. Nos hacemos con experiencias, y ahorramos tiempo: es una forma de ganar tiempo. Pero quizás para percibir todo eso que nos puede dar el cine necesitamos entrenamiento, aprendizaje. Lo mismo que el cine puede ser según Marías un instrumento de investigación antropológica, también lo puede ser para la bioética. Y una cosa fundamental que señalaba es que el cine tiene el poder de descubrir y mostrar realidades, problemas, matices que sólo él, por su peculiar constitución, puede dar. El cine tiene el poder de mostrarnos la realidad de la vida aconteciendo. Por eso señalaba Marías que el cine, por su propia técnica e inspiración, corresponde «con sobrecogedora exactitud a la estructura de la vida humana tal como por primera vez la ha descubierto el pensamiento de nuestra época»[7]. Ese pensamiento de nuestra época tiene como especial representante a su maestro Ortega, al que antes nos referíamos. Todavía está por hacer una bioética desde Ortega; basta señalar, aunque sea de pasada, el juego que ha dado en bioética la distinción entre vida biológica y vida biográfica, y cómo la vida humana es radical y primariamente biográfica. ¿Desde dónde hacemos la bioética, desde la vida biológica o biográfica?
El cine me permite ampliar mi vida, adquirir otras perspectivas. Y así, adquiriendo otras perspectivas juego, al menos mentalmente, con la vida humana, también con mi vida, siempre y cuando el cine se mueva en el parámetro de la verosimilitud, el cual es difícil de romper, pues las películas más disparatadas de ciencia ficción, por ejemplo, siguen presentando una vida humana posible. El cine es experimento con la vida humana, es experimentación. El cine es experimentación y experimento; no tiene nada de extraño que se convierta en nuestro laboratorio, laboratorio del juicio moral, laboratorio bioético.
«Sobre todo, el cine hace salir de la abstracción en que el hombre culto había solido vivir. Presenta los escorzos concretos de la realidad humana. El amor deja de ser una palabra y se hace visible en ojos, gestos, voces, besos. El cansancio es la figura precisa del chiquillo que duerme en un quicio, la figura tendida en la cama, la manera real como se dejan caer los brazos cuando los vence la fatiga o el desaliento. Hemos aprendido a ver a los hombres y a las mujeres en sus posturas reales, en sus gestos, vivos, no posando para un cuadro de historia o un retrato. Sabemos qué cosas tan distintas es comer, y sentarse, dar una bofetada, y clavar un puñal, y abrazar, y salir después de que le han dicho a uno que no. Conocemos todas las horas del día y de la noche. Hemos visto el cuerpo humano en el esplendor de su belleza y en su decrepitud, lo hemos seguido en todas sus posibilidades: escondiéndose de un perseguidor o de las balas, hincándose en la tierra o pegado a una pared; dilatándose de poder o de orgullo; dentro de un coche; bajo el agua; o en una mina; fundido con un caballo al galope, o paralizado en un sillón de ruedas; haciendo esquí acuático, con la melena al viento, o con unos ojos ciegos y una mano tendida, a la puerta de una iglesia. Cuando hablamos de la pena de muerte no queremos decir un artículo de un código, cuatro líneas de prosa administrativa, sino la espalda de un hombre contra un paredón, unos electrodos que buscan la piel desnuda, una cuerda que ciñe el cuello que otras veces se irguió o fue acariciado o llevó perlas. La guerra no es ya retórica o noticia: es fango, insomnio, risa, alegría de una carta, euforia del rancho, una mano que nunca volverá, la explosión que se anuncia como la evidencia de lo irremediable»[8].
4. La gran suerte de contar con el cine
La consideración del cine no deja de tener buenos resultados para la tradición hermenéutica y filosófica, para la ética y para la bioética. Puede aportarnos elementos valiosos para la reflexión, la crítica y la educación. Paso a enumerarlos brevemente:
1. Lo mismo que la novela en la interpretación de M. Kundera, el cine, tomado de una forma genérica, es un «saber de lo incierto», nos muestra que las cosas pueden ser de otro modo; vemos multitud de puntos de vista, perspectivas diferentes a la nuestra; atender al cine es adentrarnos en el laberinto de interpretaciones, en el juego de ideas y creencias, en un abanico de perspectivas.
El cine nos lleva a esbozar lo que podríamos llamar una ética (y bioética) experiencial, es decir, más vivida y sentida que sólo pensada y sabida. En ética no basta con saber o definir, sino que es preciso sentir desde dentro las cuestiones. Acercar la bioética a lo cotidiano y cercano, utilizando el cine, no es vulgarizarla, sino utilizar lo que tenemos a nuestro alcance para mostrar la complejidad de la propia vida y construir un discurso adecuado a ella.
2. De igual manera, siguiendo a Kundera, podemos decir que gracias al cine tenemos la posibilidad de apreciar lo concreto, lo particular, ese mundo de la vida que puede servir de contrapunto a la abstracción de la ciencia, y al endiosamiento de la ciencia en detrimento de la imaginación.
3. El cine contribuye a ampliar nuestra experiencia, la puede transformar; nos enseña procesos de conocimiento y reconocimiento, de nosotros mismos, de otros; otras culturas, otras formas de pensar; puede ser un ejercicio de hospitalidad al pensarnos en historias que no son directamente nuestras y pensar a los otros en nuestras historias.
El cine permite, o puede permitir, un conocimiento de mundos, épocas, culturas y situaciones diferentes a la nuestra, consiguiendo así que relativicemos nuestra propia situación y perspectiva; y ofrece una ayuda inestimable para profundizar en nuestra visión del mundo, conocerla mejor, cuestionarla y rechazarla o afirmarla de una manera crítica y autónoma. Por otra parte, nos da elementos de análisis para hacer frente a algunos de los problemas más importantes que tenemos planteados en este comienzo de siglo, como son aquellos que tienen que ver con el desarrollo de la ciencia y la técnica y la convivencia en una sociedad multicultural.
4. Puede ofrecernos, dentro de una determinada práctica filosófico-cultural, posibilidades críticas en la medida en que contribuye al distanciamiento con respecto a la propia experiencia.
5. Ofrece carne y «realidad» a cuestiones tan actuales como son los desafíos científico-tecnológicos y los conflictos entre culturas; es ocasión para pensar (y vivir) la interculturalidad incorporando el mundo de los valores. Es una forma de explorar el mundo de los valores, el mundo de la acción humana. Los valores no pueden comunicarse o construirse de una forma teórica, hemos de ponerlos en acto, en acción; la forma más correcta y eficaz es la narración, y el cine en el aula permite poder hacer uso de historias y valores narrados en un espacio educativo común y compartido. Los valores sólo pueden ponerse en acción cuando los propios valores se ven encarnados en la acción.
6. Pone a nuestra disposición elementos para una formación de una identidad personal, madura y crítica, pues nos puede ofrecer una competencia narrativa necesaria para relativizar nuestra identidad y vernos no como una identidad fija e invariable sino como constructores de relatos, personajes-autores del relato de nuestra vida. Además el cine es un inestimable «laboratorio moral» y un laboratorio de deliberación y desarrollo de la capacidad de juicio, como tendremos ocasión de ver.
7. Con el cine ampliamos la comprensión de problemas, en su complejidad, en su diversidad, en su carácter ambiguo. Nos acerca a las situaciones y conflictos de una forma problemática, y no de una forma cerrada y dogmática, incluso aunque se tratara de una película lineal y aparentemente «sin problemas», la lectura filosófica puede descubrir el contenido problemático que subyace en toda experiencia humana. La vida humana no se reduce a la de un mecanismo o a la de un animal; tampoco es válida la lógica del blanco o negro, sí o no, para acercarnos a lo humano. Necesitamos una lógica plural, que viva más de problemas que de dilemas.
8. El uso del cine permite también que manejemos otros hábitos mentales diferentes de los logocéntricos. Estamos acostumbrados tradicionalmente al ejercicio de una razón lineal, deductiva y argumentativa, y nos olvidamos de aspectos importantes como son la imaginación, el sentimiento o la intuición. Trabajar el cine en bioética es una ocasión para cultivar hábitos mentales más imaginativos y creativos.
5. Hacia una racionalidad narrativa
Esta última aportación probablemente sea la más importante. Conviene centrarse en ella, aunque sea brevemente. La mayor aportación que puede hacernos el mundo narrativo (en la novela y en el cine) es la posibilidad de ensanchar la comprensión de nuestra facultad racional, y salir de los estrechos márgenes en los que la modernidad ha pensado la razón. Esto es muy importante en ética y en bioética, pues nos puede ayudar a precisar el estatuto de la racionalidad práctica, que no puede pensarse (no debe pensarse) como un reflejo de la razón científica, de la razón pura. Quizás uno de los mayores problemas de la bioética tradicional ha sido que se ha pensado desde la razón pura, desde la razón científica. Probablemente sea ya hora de asumir el nuevo paradigma narrativo y hermenéutico.
Se podría fundamentar esta razón narrativa con los recursos de las filosofías de Gadamer, Ricoeur u Ortega. Lo haremos, con ánimo de sencillez y brevedad, de la mano de J. Bruner, padre de la psicología cognitiva. Siguiendo a J. Bruner[9] podemos distinguir dos modalidades de pensamiento o de funcionamiento cognitivo: el modo narrativo y el modo paradigmático (o lógico-científico). Son dos modos distintos de ordenar la experiencia o de construir la realidad. Estas dos formas de pensamiento son complementarias entre sí, pero son irreductibles. Son expresión de la variedad del pensamiento humano. Son dos formas de pensar, dos formas de conocer, las cuales tienen principios funcionales distintos y también distintos criterios de corrección. No es lo mismo, ni se atienen a los mismos criterios, un buen relato y un argumento bien construido. Lo propio de la argumentación es la verificación, lo propio del relato o narración es la verosimilitud. Nos encontramos, pues, con dos formas distintas de acercarnos a la verdad: la verdad como verificación y la verdad como verosimilitud. Es un error considerable pensar que uno procede de otro, que uno es superior a otro, o que uno supone una depuración del otro.
Para la modalidad de pensamiento paradigmática o lógico-científica se trata de cumplir el ideal de un sistema matemático, formal, descriptivo y explicativo. Busca la categorización o conceptualización. Su lenguaje está regulado por la coherencia y la no contradicción, su ámbito queda definido por lo observable, o bien por los mundos posibles generados lógicamente y consistentes en sí mismos. Esta modalidad de pensamiento, paradigmática, ha sido desarrollada por la cultura occidental. La lógica, la matemática, las ciencias y la propia filosofía son fruto de esta forma de pensar.
La forma de pensar narrativa se preocupa de las intenciones y acciones humanas, y de las vicisitudes y consecuencias del vivir humano. No busca niveles de abstracción, como la paradigmática, sino que trata de alcanzar lo particular contingente. El pensamiento narrativo se basa en una preocupación por la condición humana. Los relatos tienen desenlaces tristes o alegres, y nos conmueven o nos irritan; los argumentos teóricos y científicos son simplemente convincentes o no convincentes. Sabemos mucho de razonamiento lógico y científico, pero sabemos muy poco del pensamiento narrativo. El cine, lo que el cine transmite, forma parte de esta forma de pensar, de esta lógica.
Defender un pensar narrativo es defender al mismo tiempo la pluralidad de hábitos mentales, es decir, distintas habilidades mentales, y entendemos por estas los diferentes modos en que nuestra mente lleva a cabo procesos de análisis y síntesis, de conexión y relación. No se trata ahora de optar por una forma de pensar frente a otra, sino de enriquecer la forma habitual de pensar, sea la que sea. Por otra parte, la tarea de la educación es la de fomentar la pluralidad de hábitos mentales, «abrir las mentes». La narración, la literatura, el cine, el arte general, suponen apertura mental y el trato con hábitos mentales diferentes a los valorados exclusivamente por nuestra cultura y tradición, demasiado centrada en lo paradigmático.
Por eso, podemos preguntarnos, centrándonos en nuestro tema, ¿por qué es importante la narración?, ¿qué aporta el modo narrativo? Utilizando un término de Bruner podríamos decir que con la narración logramos «subjuntivizar» la realidad. El modo subjuntivo se emplea para denotar una acción o estado concebido, pero no realizados, y así, se utiliza para expresar un deseo, una orden o un suceso hipotético, posible. Por eso, al hablar de modo subjuntivo intercambiamos posibilidades humanas y no certidumbres o seguridades establecidas.
Y, como señala el propio Bruner, la literatura, y podríamos decir lo mismo del cine, «es un instrumento de la libertad, la luminosidad, la imaginación y, sí, la razón. Es nuestra única esperanza contra la larga noche gris»[10]. Digamos que la subjuntivización, entendida de esta manera, es nuclear en el método de la deliberación.
6. De la hermenéutica al cine y a la bioética
6.1. Claves para una educación narrativa en bioética
La hermenéutica ha desarrollado un gran abanico de conceptos que se han aplicado a los campos más diferentes y que considero aplicables al cine. Ahora no considero tanto la hermenéutica como ejercicio de interpretación (hermenéutica metódica) sino más bien como filosofía y propuesta de análisis cultural. Muchos «grandes conceptos» de la hermenéutica, de la fenomenología hermenéutica, son perfectamente utilizables para entender la experiencia del cine y hacernos cargo de su utilidad. A la vez, estos conceptos no sólo se aplican sino que se redefinen, se perfilan, es decir, es la propia hermenéutica la que también gana en este acercamiento. A modo de simple enumeración, y sin ánimo de exhaustividad, presento brevemente una serie de conceptos que habría que considerar en una hermenéutica del cine. Estos conceptos también son claves en una ética narrativa, y esenciales en la fundamentación filosófica de una bioética narrativa.
1. Interpretación. Es el concepto clave de la hermenéutica, ya sea entendida metódicamente como fenomenológicamente. Adquiere su relevancia filosófica en la tradición que va de Kant a la fenomenología hermenéutica a través de Nietzsche[11]. Se completa, y se entiende, desde otras nociones como son «perspectiva», punto de vista o «prejuicio». El carácter perspectivista, plural, de nuestro acceso a la realidad, carácter interpretativo, se aplica al cine, donde cada película puede ser entendida como interpretación de realidad, interpretación de perspectiva; cada película nos dice algo, nos puede decir algo, de una forma única. Hemos de movernos en un campo de interpretaciones, de ideas y creencias, en un imaginario social, donde las películas son producto y a la vez resultado.
2. Experiencia. La gran aportación de la hermenéutica es, en palabras de Gadamer, ampliar el ámbito de la experiencia; romper el ideal positivista de experiencia, que acaba por confundir experiencia con «hechos» controlables y medibles; se trata por tanto de ir más allá de la «experiencia» positivista o de adoptar un positivismo radical. El mundo del cine, en su historia y diversidad, nos propone una experiencia abierta. Dejarse decir por la experiencia que el cine refleja y produce es continuar y profundizar esta intención fenomenológica. Por otra parte, y prolongando la reflexión de Kundera, podríamos decir que el cine contribuye a que la hermenéutica pueda explorar la pluralidad y diversidad del «mundo de la vida», otra forma de decir experiencia.
3. Imaginación. Es otro concepto clave de la hermenéutica en toda su tradición (Kant, Nietzsche, Husserl, Heidegger, Gadamer, Ricoeur, Ortega...). La imaginación no es «la loca de la casa», o el instrumento que entretiene y compensa la seriedad de la vida (el rigor de la ciencia), sino que es algo fundamental para la propia vida del ser humano y también como órgano de conocimiento. La imaginación y sus productos, mundo imaginario, no es una realidad de segundo orden, una dedicación suplementaria y complementaria, muy al contrario: es una forma de conocer la realidad y profundizar en ella.
4. Referencia-refiguración. Son dos conceptos tomados de la hermenéutica de Ricoeur, se aplican respectivamente a la metáfora y a la narración, y creo que puede extenderse su aplicación a las obras cinematográficas, pues pueden actuar a la manera de metáforas y/o narraciones. La tesis de Ricoeur, resumidamente, viene a afirmar que las metáforas y narraciones no sólo tienen un elemento de sentido, de configuración, que podría limitarse a producir adornos en nuestro lenguaje, sino que redescriben la experiencia, rehacen la experiencia. La metáfora tiene un poder de decir la realidad, de decir la experiencia, una experiencia que de otra forma no sería dicha, y conocida, y lo mismo sucede con la narración; la narración dice nuestra experiencia temporal. Referencia metafórica y refiguración narrativa pueden aplicarse al efecto de sentido de una película. El cine dice la experiencia, muestra la experiencia.
5. Mundo del texto. Este es un concepto gadameriano, retomado por Ricoeur; el mundo del texto, la cosa del texto, es aquello que la obra despliega, aquello que se da en la interpretación; es el mundo referido, el mundo refigurado; no es proyección del intérprete sino proyección de la obra en el encuentro con el espectador/lector. Toda película tiene la capacidad de desplegar un mundo ante el cual/en el cual/por el cual podemos figurarnos, imaginarnos, ensayar, rechazar, aceptar..., es decir, interpretar vitalmente.
6. Fusión de horizontes (diálogo). La interpretación es un encuentro entre el horizonte del texto/película y el horizonte del lector/espectador. Hay aprendizaje, crecimiento de experiencia, en la medida en que hay encuentro, fusión de horizontes, interpretación. La interpretación, y con ella el uso didáctico-humanístico del cine, sólo será posible en la medida en que se establezca un diálogo entre cine y alumno/espectador. La función docente tendrá como centro hacer posible dicha función, dicho diálogo. La obra proyecta un mundo en el que quizás yo me reconozco o no, la obra proyecta un mundo que responde de una forma a mis preguntas. Si yo no tengo preguntas, si yo no tengo interés, es probable que la obra no me diga. La tarea del hermeneuta, profesor por ejemplo, es despertar las preguntas y el interés del alumno para dar la ocasión a que la obra despliegue un mundo y tenga algo que decir.
7. Razón vital. Se trata, como es bien sabido, de un concepto orteguiano también presente, bajo otras denominaciones, en toda esta tradición. Con él me quiero referir al tipo de racionalidad, al tipo de pensamiento, desplegado con ocasión de la interpretación cinematográfica. No es una racionalidad fría y calculadora, sino una racionalidad que se mueve en el ámbito de lo posible, en lo diverso, en la complejidad, es decir, en la vida. La racionalidad puesta en juego es más amplia que la racionalidad moderna/científica. La racionalidad narrativa es otra forma de referirnos a una razón que quiere acoger la complejidad de la vida y de la experiencia. Además, recordar simplemente que la razón vital no sólo es un tema orteguiano, sino también un método, una forma de afrontar problemas y cuestiones consistente en «dar vueltas», «girar en torno», tarea para la cual el perspectivismo cinematográfico podría ser también un buen recurso. Acudir al cine, reflexionar con el cine, es una forma de actualizar y poner al día la razón vital orteguiana, razón hermenéutica o pensar narrativo, como antes señalaba siguiendo a J. Bruner.
8. Traducción. Concepto hermenéutico, también clave en esta tradición. La traducción es viajar, es comunicar, es el intento de establecer puentes y comunicaciones. El cine es otra forma de traducción, traducción de experiencia, de culturas, de puntos de vista diferentes. Ante una película, una obra, he de hacer una labor de traducción, de comprensión, es decir, de aplicación. Entender una película, comprenderla, es traducirla a mi experiencia, a mi vida, y quizás, como en toda traducción, no se entienda completamente (por eso es interesante el volver a ver las películas y por eso siempre tienen algo nuevo que decir), y quizás tampoco se entienda completamente, pues el sentido va a depender del intérprete, del traductor, de cada uno de nosotros. La traducción, la tarea de la traducción, es el paradigma del quehacer hermenéutico y también paradigma de la comprensión de una obra, lo mismo que de la labor didáctica de dar entrada al cine en unos estudios culturales, en unos estudios de humanidades.
Por todo lo dicho, la hermenéutica potenciada narrativamente a través del cine contribuye a:
a) Una transformación experiencial de la razón pura, a la conversión de la razón pura en razón vital;
b) un humanismo ético basado en la crítica y en la posibilidad de desarrollo de capacidades descubiertas en buena medida por la narración (por ejemplo empatía y compasión);
c) desarrollar formas de mediación, resolución de conflictos, deliberación y ejercicio del juicio;
d) una subjuntivización (referencia a personas concretas y procesos históricos abiertos) de las realidades socio-culturales;
e) posibilitar capacidades y poderes que persigan el desarrollo de la autonomía personal y la responsabilidad.
¿Y no es eso también lo que busca una bioética crítica y reflexiva?
6.2. Aprendizaje de cine: educación en bioética
El cine tiene el poder de narrar nuestra humanidad; no podemos por ello despreciar su dimensión formativa, crítica y transformadora.
Las películas en su amplia gama y variedad constituyen una representación del mundo; son objetos en sí mismos dignos de contemplación, dignos de disfrute, pero también nos informan de la realidad y del mundo. Nos comunican experiencias, nos reflejan vidas y mundos. Son un retrato vivo, complejo y difícil del ser humano. No es sólo una diversión, un entretenimiento; al ser transmisor de una imagen del mundo, de una visión de la vida y del ser humano puede ser utilizado para conocer el mundo y, por tanto, también, para transformarlo. Es un medio de educación, un camino abierto, y aún no del todo explorado, en la tarea de educar. Cada vez van siendo más numerosas las propuestas pedagógicas, pero todavía son insuficientes, sobre todo en el campo de la ética (y bioética). Hay una importante carencia de recursos sobre el uso del cine en la práctica didáctica de la bioética, sobre todo, una fundamentación de su uso.
El cine puede contribuir de una forma excelente a la formación cognitiva, emocional-sentimental y moral de las personas mediante la vía de la imaginación. Pero, ¿cómo hacer del uso del cine una práctica bioética? Se precisa una mínima formación cinematográfica; y no se trata de ser críticos de cine, pero sí, al menos, conocedores de los recursos y estrategias con los que cuenta el cine para revelarnos la complejidad de la existencia humana. Si la bioética no tiene más remedio que navegar en la complejidad de la existencia humana, el cine es un gran descubrimiento y un gran «amigo» en este propósito.
Comprender una película es establecer un diálogo con ella, ser capaz de leer sus claves, de ver el mundo a partir de ella, a través de sus imágenes. Al mismo tiempo, en este diálogo que lleva a cabo el formador en bioética (y los alumnos) se produce una transformación de la propia subjetividad, se da un cambio, es decir, un aprendizaje. Pero necesitamos una determinada actitud y preparación, unos recursos, unas habilidades, para que el cine no sea un mero ejemplificar la teoría más o menos bien explicada, ni tampoco un medio manipulador, ni tampoco una simple forma de pasar el tiempo, de entretener y aparentar modernidad, cuando lo único que se está haciendo es declinar de la labor de la educación, en nuestro caso la educación en bioética.
Utilizando el cine, utilizando la narración, hemos de ser capaces de pasar de la «anécdota» a la categoría, es decir, de pensar problemas universales desde historias concretas de hombres y mujeres. Los valores no existen independientemente de los seres humanos que los realizan, sin sus acciones, sin sus historias. Narrar la vida es empezar a encontrarle sentido, y el cine es un instrumento de narración y de fabricación de sentidos.
Pero hay que hacer un uso adecuado del cine. Tan importante como el uso de películas va a ser el cómo relacionemos el cine con la actividad bioética misma o, dicho de otra manera, cómo relacionemos la bioética con la estética. ¿Cómo se relaciona cine y bioética (ética), bioética y estética? ¿Puede la imagen narrada sustituir al concepto, a la argumentación?
6.3. La perspectiva hermenéutica
Nuestro planteamiento choca básicamente con dos actitudes:
a) La de aquellos aferrados a una concepción de la ética (y también de la bioética) que la entienden como algo difícil, «riguroso» y científico, que no puede mezclarse con la «modernidad»; para este tipo de bioeticistas nuestra propuesta es desvirtuar la bioética.
b) Por otro lado, otros –los más modernos– desprecian el trabajo teórico-filosófico de la bioética, y piensan que el cine, la estética, o el arte, ya es suficiente en sí mismo, tiene recursos suficientes, y bastaría la crítica literaria o cinematográfica como discurso teórico.
Estas dos perspectivas implican dos formas educativas de entender la relación entre cine y bioética. Para unos, la bioética no necesita del cine (o de la narración) y si lo utiliza es sólo en forma de ejemplos, y, para otros, la experiencia estética sustituye a la reflexión crítica. Sin embargo creo que hay otra manera de relacionar cine y bioética. Es la forma hermenéutica, aquella que uniría bioética (ética, filosofía, humanidades y ciencias) y cine. Según esta forma de relacionar ambos, el cine no es ya por sí mismo el descubrimiento de una verdad o interpretación correcta (o más correcta), ni tampoco es un simple ejemplo que aducimos en una explicación. La obra cinematográfica o literaria puede ayudarnos a descubrir la interpretación más correcta o a entender valores y a vivirlos; las imágenes pueden «empujar» nuestros conceptos a un mayor nivel, y a su vez estos pueden hacernos ver en una película elementos universales y «verdaderos». La relación entre bioética y cine no es de exclusión o sumisión, sino de interpretación. La experiencia estética sólo puede ser una experiencia de la verdad, de un problema o de una situación si es interpretada, es decir, si es envuelta por el trabajo argumentativo del concepto. Sólo desde este modelo es legítimo el uso del cine como práctica bioética, sin desvirtuar ni el cine ni la bioética.
Resumo estas tres maneras de relacionar cine y bioética, desde una perspectiva pedagógica, con el esquema de la página siguiente.
Lo importante en la lectura filosófica del cine no es la película ni la experiencia particular del alumno, sino el entrecruzamiento entre una y otra; esa experiencia que nace del encuentro con la obra de arte, y que la hermenéutica contemporánea ha llamado fusión de horizontes, o simplemente comprensión, es la que permite el aprendizaje del alumno, y del profesor, y que la ética (bioética) siga siendo un saber vivo, porque nace de la vida y es capaz de cambiar la vida.
Nos centraremos en el tercer modelo, el modelo hermenéutico. La hermenéutica narrativa constituye el fundamento de una bioética narrativa (desde el cine, en esta ocasión).
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