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ARGUMENTOS
Tomás Miranda Alonso
ARGUMENTOS
Un curso introductorio a la Filosofía
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


1.ª edición: Editorial Marfil y Publicacions de la Universitat de València, 2006
© Del texto: Tomás Miranda Alonso, 2021
© De esta edición: Universitat de València, 2021
Producción editorial: Juan Pérez
Corrección: David Lluch
Diseño interior y maquetación: Inmaculada Mesa
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera y Maite Simón
ISBN: 978-84-9134-832-0 (ePub)
ISBN: 978-84-9134-833-7 (PDF)
Edición digital
Poseer el arte de conversar pertenece a las auténticas personas. En ninguna actividad humana se necesita más la prudencia, pues es la más común de la vida. Aquí se decide el ganar o el perder. Si la prudencia es necesaria para escribir una carta, que es una conversación pensada de antemano y por escrito, ¡mucho más en la conversación ordinaria donde uno se examina de discreción de modo precipitado! Los peritos toman el pulso del ánimo en la lengua, y de ella dijo el Sabio: «Habla si quieres que te conozca». Algunos creen que el arte de conversar es no tener arte y que la conversación debe ser holgada como la ropa. Así debe entenderse entre los muy amigos. Cuando tiene lugar entre personas de respeto debe ser más sustancial e indicar la mucha sustancia de la persona. Para acertar en esto hay que ajustarse al carácter e inteligencia de los que intervienen. No hay que pretender ser censor de palabras, pues será tenido por gramático y pedante; tampoco fiscal de frases, pues todos evitarán el trato. Al hablar importa más la discreción que la elocuencia.
(B. GRACIÁN: El arte de la prudencia, Madrid, Temas de Hoy, 1994, pp. 86-87)
Índice
Preámbulo. Argumentos, un curso introductorio a la filosofía
Introducción. ¿Cómo se puede justificar una opinión o una acción?
1. El estudio de los argumentos: diversas perspectivas
1. ¿Para qué necesitamos los discursos argumentativos?
2. ¿Se puede convencer sin vencer?
3. ¿Pero también existen ciencias que se ocupan de los argumentos?
4. La retórica, o el arte de convencer sin engañar
5. ¿Se puede convencer sin persuadir? ¿Se puede persuadir sin convencer?
6. ¿Son igualmente respetables todas las opiniones?
7. Perspectivas teóricas para el estudio de los argumentos
2. Estructura de los argumentos: aproximación lógico-dialéctica
1. Elementos constructivos de un argumento
2. ¿Qué esquema seguir en una disertación argumentativa?
3. Típicos tópicos
4. Etapas y reglas del diálogo argumentativo
3. Esquemas argumentativos
1. El bosque de las falacias
2. Argumentos que establecen relaciones causales
3. Argumentos por analogía, o cómo razonar sobre un tema que se parece significativamente a otro
4. Análisis formal de argumentos
4. Propuestas para la acción
1. El pensamiento crítico ha de ser dialógico
2. Pero criticar, ¿qué?
3. ¿A qué me obliga la participación en una comunidad de diálogo argumentativo?
4. ¿Cómo establecer unas normas que nos permitan vivir juntos de un modo deseable?
5. El imperativo moral presupuesto por la ética discursiva
6. Estado de derecho: ¿poder sometido a la razón o razón sometida al poder?
7. Estado de derecho: el ámbito de las certezas discutibles
8. ¿Cómo democratizar la sociedad globalizada en que vivimos?
5. Propuesta de actividades
6. Bibliografía: para seguir leyendo
| Preámbulo Argumentos, un curso introductorio a la filosofía |
Una de las funciones que la materia de Filosofía ha de cumplir es potenciar la capacidad de pensar de modo coherente y autónomo, adoptando ante los problemas una actitud personal. Esta actitud, reiteradamente recogida en los decretos reguladores de esta materia a partir de la ley de 1970, no puede ser fruto del capricho ni arbitraria, sino que, por el contrario, ha de poder ser razonada y justificada mediante argumentos en contextos de diálogo, donde se potencia el ejercicio de la razón como instrumento de persuasión. Ahora bien, quien quiera introducirse en el estudio de la filosofía, como quien quiera organizar su vida, ha de aprender a usar la razón, como el mismo documento reconoce: «deberán conocer, al menos de modo práctico, las principales reglas de la lógica». Por otro lado, entre los objetivos propios de esta materia, tiene un puesto básico el de argumentar de modo racional y coherente los propios puntos de vista, utilizando el diálogo como marco apropiado para tener en cuenta otras opiniones y poder desarrollar mejor un pensamiento crítico, creativo y cuidadoso. Consecuentemente, entre los contenidos de este campo de conocimiento se incluye el conocimiento de las reglas que posibilitan una argumentación coherente y rigurosa, reglas que son objeto de estudio de la lógica, tanto formal como informal. La lógica, como ciencia de la argumentación, tiene, pues, una función imprescindible en la génesis y el desarrollo de la comunidad de investigación filosófica; por lo tanto, podemos decir que la lógica vertebra esta comunidad.
El libro Argumentos presenta materiales y ejercicios para dar respuesta a estas necesidades educativas que la Filosofía ha de asumir de manera prioritaria. El tratamiento de los problemas se hace a partir de textos de procedencia diversa, capaces de plantear la cuestión a tratar en conexión con los intereses de los jóvenes de bachiller. Los textos elegidos en este libro pretenden ayudar a los estudiantes a pensar sobre los argumentos, en la medida en que se convierten en objeto de su reflexión, y a conocer las reglas lógicas que se han de utilizar en la construcción y evaluación de estos. La lectura y el análisis de estos textos en el aula deberían también contribuir al desarrollo de una actitud comprometida apasionadamente con el ejercicio de una racionalidad que, por supuesto, es encarnada, pues tiene que ver con nuestra constitución biológica, es contextual, es provisional y es falible. Estamos hablando de una racionalidad comunicativa, que se constituye en diálogo, de una racionalidad crítica, la única disposición sobre la cual se puede confiar la mejora y la consecución de la cohesión y la articulación sociales.
La heterogeneidad de los textos presentados muestra que el tema objeto de nuestro estudio ha ocupado un lugar central en la tradición filosófica; también presentamos fragmentos extraídos de la prensa y de revistas, pues la reflexión sobre la argumentación no se puede hacer desde el vacío formal, sino analizando razonamientos concretos con los que los seres humanos actuales piensan la realidad de hoy y con los que justifican decisiones importantes que afectan a la organización personal y social de nuestra vida. Hemos procurado que los textos seleccionados no se refieran a problemas excesivamente circunstanciales, ya que estos podrían perder el interés pasado cierto tiempo. Los textos aquí presentados abren y se abren, al mismo tiempo, a los problemas propios de un curso introductorio de filosofía. Hay quien piensa que esta forma de enseñar filosofía o, mejor dicho, de enseñar a filosofar es la más adecuada. De lo que sí se puede ofrecer garantía es del carácter incentivador del diálogo y de la reflexión de este curso de filosofía que, en realidad, se abre sobre la totalidad del temario oficial adoptando la lógica de la argumentación.
En el primer capítulo se exponen los fines de la argumentación, la cual se presenta como una acción encaminada al entendimiento logrado mediante razones y susceptible de crítica. La lógica es la disciplina que desde Aristóteles se ocupa de estudiar las reglas de los argumentos. Pero estos pueden ser considerados o como estructuras formales ideales (dimensión sintáctico-semántica) o como ejemplares concretos que utilizamos en un contexto determinado y con unas intenciones particulares (dimensión pragmática). El primer punto de vista ha sido el adoptado por la lógica formal y el segundo, por la lógica informal o teoría de la argumentación, lo que antiguamente se llamaba retórica. Esta disciplina ha tenido mala prensa, pues se ha presentado, con frecuencia, como un conjunto de recursos estilísticos encaminados más bien a embellecer el discurso, sin interesarse por la verdad de lo que se dice y, en muchos casos, sirviendo exclusivamente a los intereses de uno u otro poder (eclesiástico, económico, de un grupo social…). Pero a mitad del siglo XX, coincidiendo también con el interés que el lenguaje ordinario y su dimensión pragmática empieza a tener entre los filósofos, va a resurgir una retórica (la nueva retórica) que, como en Platón y Aristóteles, tiene que ver con la dialéctica y la verdad o, mejor dicho, con lo verosímil. Nuestro interés en este libro se centra más en la consideración de los argumentos teniendo en cuenta su dimensión pragmática (lógica informal), aunque también hemos introducido algunas consideraciones pertenecientes a la lógica formal. Las valoraciones de las diversas prácticas docentes asociadas a la difusión de la primera edición de Argumentos han puesto de relieve que la motivación generada por estas consideraciones y por el contexto de análisis han requerido ampliaciones que han contado con una excelente recepción por parte del alumnado.
El tratamiento que hacemos de los argumentos y del elenco de problemas que presentan dista mucho de ser completo. El carácter limitado de la extensión de este material nos ha obligado a seleccionar aquellos aspectos que hemos considerado más básicos e interesantes para ser tratados en un curso de Filosofía, en el que hay que tener en cuenta las motivaciones intelectuales personales. Confiamos que este punto de partida y el interés del tema puedan dar de sí o generar otras motivaciones más estrictamente filosóficas. Asumimos que los estudiantes no necesariamente tienen vocación de dedicarse a la filosofía como profesionales; por lo tanto, la organización de esta materia en primero de bachiller tiene como finalidad principal convertir el aula en una comunidad de diálogo filosófico donde los alumnos se ejercitan en la construcción de un pensamiento crítico, creativo y cuidadoso, partiendo de las preguntas de carácter filosófico que ellos se plantean sobre el sentido de su existencia.1 Ahora bien, como reconoce José Gaos en «La filosofía y sus públicos»,2 no tener vocación filosófica no quiere decir que los estudiantes no posean inquietudes intelectuales. Los seres humanos no podemos dejar de plantearnos las grandes preguntas filosóficas, que, como dice Kant, pueden resumirse en estas: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer? y ¿qué me cabe esperar?, preguntas que se condensan en una: ¿qué es el hombre? Estas inquietudes han de estar claramente consideradas en la organización de este curso.
En el segundo capítulo nos ocupamos de la estructura de los argumentos y de las disertaciones argumentativas. Analizamos los distintos elementos de que constan y prestamos especial atención al papel importante que los lugares comunes (tópicos) desempeñan en el proceso argumentativo. La perspectiva adoptada para estudiar los argumentos es la pragmadialéctica, es decir, consideramos la argumentación como un acto de habla (dimensión pragmática) en el que se buscan, se presentan y se contrastan razones para justificar nuestros conocimientos y nuestras acciones en el contexto de un diálogo (dimensión dialéctica). Concluimos con la exposición de las etapas y de las reglas que se han de respetar en todo diálogo argumentativo.
En el capítulo tercero se analizan diferentes muestras argumentativas. Consideramos falaz un argumento cuando violenta las reglas del diálogo argumentativo, expuestas en el capítulo segundo, para evitar la consecución del fin propio de este. Por ello, la decisión de si un argumento determinado es o no una falacia hay que tomarla teniendo en cuenta el contexto comunicativo en que se produce. También dedicamos atención a los razonamientos analógicos y a los que se utilizan para establecer una relación de causa-efecto. Por último, nos ocupamos de algunos esquemas argumentativos que pueden ser analizados teniendo en cuenta solo su estructura formal, en virtud de la cual serán válidos o no. Entre este tipo de razonamientos, merecen una especial atención los silogismos, tanto por la importancia que han tenido en la historia de la lógica, como por la relativa frecuencia con que son usados en la vida cotidiana como modos de demostración.
Finalmente, dedicamos el último capítulo a presentar la estrecha relación que existe entre el ejercicio de una racionalidad argumentativa y el desarrollo de la capacidad crítica de la razón. Pensamos que el aula y la escuela deberían esforzarse por convertirse en una comunidad de investigación, donde los estudiantes y profesores piensan críticamente la realidad que les ha tocado vivir y tratan, mediante el diálogo argumentativo, de dar y encontrar sentido a la experiencia. La participación en una comunidad de diálogo de este tipo exige el compromiso con unos determinados valores morales, sin los cuales el diálogo no es posible. La construcción de la democracia exige ciudadanos que sean capaces de pensar críticamente y de dialogar con los demás para construir, entre todos, formas de vida razonables. Presentamos, finalmente, la relación estrecha que se puede establecer entre la teoría de la argumentación y la fundamentación de la ética y del derecho.
No es necesario analizar todos los textos que aparecen en este libro, pudiendo el profesorado elegir aquellos que considere más interesantes para su grupo concreto de estudiantes. Lo que sí es conveniente es seguir el mismo orden de la exposición. Después de leer cada texto convendría hacer las actividades correspondientes a este. Estas están ordenadas con referencia a cada uno de los textos que aparecen en el capítulo, de tal modo que a cada texto le corresponde una actividad pensada para formar un nivel tal de familiaridad con el tema que haga posible la reflexión.
Esta propuesta puede ser utilizada de formas muy diversas. A ello contribuye la formulación de actividades, incluyendo cuestiones que bien obligan a familiarizarse con técnicas necesarias para llevar adelante el trabajo textual, bien contribuyen a poner en claro la comprensión previa del estudiante de los problemas presentados en los textos o vinculados a ellos, bien cuestionan las afirmaciones vertidas en los textos, bien otorgan la necesaria orientación o perspectiva que requiere la interpretación del texto. En todos los casos hemos procurado dejar claros los posibles objetivos del análisis y de la discusión. De esta forma, consideramos que se ejemplifica algo fundamental: la pretensión de argumentar y discutir es un modelo de conducta democrático y necesario, además de ser imprescindible en los procedimientos científicos. Los grupos de valoración3 de este material en la presentación de la primera edición castellana no solo han corroborado el interés asociado a las diversas propuestas y actividades, sino que han puesto de relieve un alto nivel de participación en la discusión que, en muchos casos, requiere conseguir el nivel de la perplejidad a partir de sus mismas respuestas por parte de los estudiantes, que tienden a considerar muchas preguntas como si fueran de respuesta obvia; el cuestionario con el que se abre el curso es un claro ejemplo de esta necesidad y práctica. Conseguir desde esta obviedad la perplejidad es una de las tareas fundamentales en la que el profesor es insustituible. A su vez, esta tarea requiere, por ejemplo, construir conocimiento a partir de la expresión por parte de los estudiantes de lo que piensan; el valor decisivo de esta primera respuesta se identifica en pensar que esta respuesta está presente en el momento en que comienza la discusión y, a su vez, en el momento final que debe reconsiderar la posición de partida desde la posición teórica alcanzada.
Los textos y los ejercicios propuestos en Argumentos plantean cuestiones y problemas que abarcan la práctica totalidad de los ejes temáticos del currículo de la asignatura de Filosofía de primero de bachillerato. La metodología pedagógica que ofrece este libro deja siempre abierta la posibilidad de llegar a diferentes niveles teóricos de desarrollo, asociados a las distintas preguntas planteadas por los estudiantes y a la acción del profesorado. Podemos decir, pues, que este libro es un buen instrumento para hacer un curso introductorio de filosofía; al hacer esta valoración nos apoyamos en los juicios de varios grupos de estudiantes que han realizado una encuesta anónima: nos han confirmado que el curso les ha resultado interesante y, además, han alcanzado un nivel de participación muy diferente del que están habituados a tener. Esto supone asumir que las reducidas dimensiones de este material son las necesarias para todo un curso y las adecuadas para el ritmo de trabajo de quien se inicia en la filosofía, que el análisis y la discusión de sus textos y actividades, que respetan y tienen en cuenta el ritmo de asimilación y de respuesta que el estudiante tiene en este nivel de su formación, difícilmente permite cubrir todo el contenido de Argumentos. Romper este ritmo de asimilación-discusión no favorece de ningún modo la formación del alumno de filosofía ni su posible interés en un futuro inmediato por las lecturas de filosofía.
De la complejidad teórica asociada a Argumentos cabe darse cuenta al considerar los temas que se plantean:
• Temática relacionada con la epistemología:
– El lenguaje. Usos del lenguaje. Lenguaje natural, lenguaje formal.
– La lógica. Implicación lógica, implicación pragmática. Silogística. Lógica de enunciados.
– La ciencia. La demostración científica. El razonamiento hipotético-deductivo.
– La verdad.
• Temática relacionada con la antropología:
– Identidad-diversidad.
– Interculturalidad.
– Naturaleza humana.
– Igualdad de géneros.
• Temática relacionada con la estética:
– La belleza.
– Valoración de los juicios estéticos.
– Funciones del arte.
• Temática relacionada con filosofía moral y política:
– Virtudes: justicia, amistad, prudencia. Enseñanza de las virtudes.
– Tópicos morales. Prejuicios.
– Valores. Jerarquía de valores.
– Relativismo moral.
– Hedonismo. Eudemonismo.
– Ética kantiana. Ética del diálogo y del discurso.
– Fundamentación de normas. Legalidad/moralidad.
– Derechos humanos.
– Estado de derecho.
– Neoliberalismo. Estado/individuo.
– Retórica y política.
– Globalización. Relaciones internacionales.
– Crítica social.
La UNESCO publicó en 2007 un informe sobre la situación de la enseñanza de la filosofía en el mundo. El informe pretende promover dicha enseñanza porque considera que esta disciplina es una escuela de libertad: «¿Qué puede ser la enseñanza de la filosofía, sino la de la libertad y de la razón crítica? En efecto, la filosofía implica el ejercicio de la libertad gracias a la reflexión. Se trata, por ende, de juzgar sobre la base de la razón y no de expresar meras opiniones, no solo de saber sino también de comprender el sentido y los principios del saber, de actuar para desarrollar el sentido crítico, baluarte por excelencia contra toda forma de pasión doctrinaria».4
Pensamos que, como dice J. Dewey, la participación en comunidades de investigación filosófica es la mejor manera de educar a ciudadanos críticos, capaces de construir su propio punto de vista teniendo en cuenta las opiniones de los demás y capaces también de establecer acuerdos normativos que tengan en cuenta los intereses generales y permitan, a su vez, el ejercicio de la diferencia. Convertir la escuela en una comunidad de diálogo capacita a los jóvenes para participar activamente en una sociedad democrática, pues, como Dewey5 reconoce, uno de los fallos de los gobiernos democráticos consiste en que los adultos no son capaces de intervenir activamente en las reuniones y foros donde se discuten los problemas sociales.
Esperamos, finalmente, que esta propuesta contribuya también a dar otra configuración a la introducción a la filosofía en muchas de nuestras aulas y, así mismo, deseamos que esta forma de plantear esta asignatura en el primer curso de bachiller no sea considerada «ilegal» por no seguir el modelo de aprendizaje tradicional que, con frecuencia, ha usado los libros de texto de filosofía para que los estudiantes «aprendan filosofía» más que a «filosofar».
1. M. Lipman: Pensamiento complejo y educación, Madrid, Editorial de la Torre, 1997.
2. J. Gaos: «La filosofía y sus públicos». Véase también «El auditorio de la filosofía», en Obras completas, vol. VII, 1987.
3. El Seminario Permanente de Filosofía José Gaos, dirigido por el profesor Guillermo Quintás, valoró las diversas prácticas docentes vinculadas al uso de Argumentos según el texto de la primera edición. Por eso mi reconocimiento tanto al proceso de valoración del material llevado a término por el profesorado integrante del Seminario (César Casimiro, Carme Franch, Silvia Ferry, Pilar García, J. Miguel García, Diego Larraz, Carmen Rovira, J. Tomás Rubio, Alfredo Santo, Rosalía Viña), como por las valoraciones de los estudiantes de los institutos de educación secundaria Isabel de Villena, Benlliure, Lluís Vives, Cabanyal (Valencia), Escola d’Art (Oriola), Poeta Moyá (Petrer), Peset Aleixandre (Paterna) y Enric Valor y Clot de L’Illot (Campello). Ellos han sido los que han marcado las ampliaciones teóricas requeridas y asumidas por el mismo contexto de discusión que establece el texto de Argumentos, tal como propuso inicialmente G. Quintás cuando se trató la hipótesis de trabajo del seminario de cara a la valoración y mejora del texto de la primera edición. La experiencia en el aula ha demostrado que las mismas prácticas docentes analizadas recomiendan que estos desarrollos teóricos sean programados en cada caso concreto por el profesor de cada grupo, y deben quedar recogidos en el cuaderno de filosofía, ser objeto de revisión por parte del profesorado y, finalmente, configurarse en cada aula y según la misma recepción e interés que el alumnado otorga al análisis concreto de uno u otro texto, de una u otra pregunta. Por eso no quedan recogidas ni marcadas o indicadas en esta nueva edición, dada la dispersión que se ha generado en los diversos grupos de las prácticas que han sido analizadas; dispersión que este grupo de valoración ha entendido como expresión de los diversos intereses de cada aula.
Este Seminario, al evaluar un material pensado para uso docente, ha ejercido una actividad que me parece imprescindible en relación con cualquier material destinado a ser usado por el alumnado y que pretenda consolidarse editorialmente; es decir, ha intercambiado las diversas prácticas docentes asociadas al uso de Argumentos, las ha expuesto, discutido y, finalmente, contrastado con la valoración que del material y del curso hacen los estudiantes de forma anónima y cuando ya han sido calificados. Mi reconocimiento al método y proceso de valoración de Argumentos, que se tendría que generalizar a cualquier material pensado como material del alumnado.
4. K. Matsuura: «Prefacio», en M. Goucha: La Filosofía. Una escuela de la libertad, París, UNESCO, 2011, p. IX.
5. J. Dewey: ¿Cómo pensamos?, Barcelona, Paidós, 1989.
| Introducción ¿Cómo se puede justificar una opinión o una acción? |
1. Bienvenidos a esta comunidad de personas razonadoras
Parece sencillo. ¡Si desde que tenemos «uso de razón» –¿desde los ocho, diez, doce años…?– la estamos utilizando y desarrollando! Es el consejo y mandato que todos los profesores nos dan cuando no sabemos cómo resolver un problema: párate, piensa, razona. Seguro que tenéis una hermanita o un primo de cuatro o cinco años que no para de hacer preguntas a la vez tan sencillas y complicadas que son como el aguijón de un insecto que pica breve pero incesantemente. Recuerdo que hace algunos años mi cuñada me telefoneó a las once de la noche para que le respondiera a su hijo, que por aquella época tendría unos diez años, la pregunta que acababa de hacerle a ella con urgencia; pido que me pase la comunicación con mi sobrino, pensando que se trataría de alguna pregunta de historia o de lengua, cuando oigo al otro lado de la línea: «Tío, que qué es el infinito y qué es la eternidad». Sin comentarios. No me preguntéis qué le dije, porque ya no me acuerdo. Lo que sí sé que no hice es colgarle el teléfono, como tantas veces se hace al ignorar las preguntas de las personas que nos rodean o incluso al reprimir con el ruido y la prisa las que nosotros mismos nos hacemos. O como cuando algún profesor corta una cuestión porque considera que no tiene relación con el programa de su asignatura. Lo que posiblemente tampoco hice es darle una respuesta cerrada que, a modo de receta, le dictase lo que tenía que pensar y lo disuadiese de seguir haciéndolo. Yo no sé qué es la eternidad ni el infinito como puedo saber cómo se halla la hipotenusa de un triángulo rectángulo conociendo la longitud de sus catetos, o quién fue el autor de Cañas y barro. Y es que hay preguntas cuyas respuestas no se pueden encontrar en ninguna enciclopedia, pero que no por ello dejamos de hacérnoslas, porque vivir como seres humanos exige que continuamente nos hagamos preguntas sobre el sentido de lo que sabemos y hacemos y porque la pregunta supone ya un pensamiento crítico que sospecha que las cosas pueden ser de distinto modo que como aparecen o como nos las cuentan. No sé, pues, qué es la eternidad, pero me puedo embarcar en diálogo filosófico con el otro, en este caso con mi sobrino, para entre los dos aclarar algo más el sentido de la pregunta y, de acuerdo con la edad del interlocutor, descubrir los diferentes usos de esa palabra. Algo así era lo que hacía el filósofo griego Sócrates, quien consideraba que la labor del maestro era dialogar con el alumno para ayudarle a descubrir él mismo las respuestas a sus preguntas; y cuando el alumno creía que había llegado ya a un puerto seguro en el mar del conocimiento, entonces Sócrates le respondía con otra pregunta que lo despertaba del letargo al que se llega cuando se cree que se sabe algo de manera definitiva.
Supongo que, con lo listos que sois, ya os estáis dando cuenta de que os estoy proponiendo implicaros en una actividad en la que el arte de hacer preguntas va a ser muy importante. Podríamos decir que vamos a practicar el juego del preguntarse, que no es un simple juego de preguntas y respuestas, sino la tarea de preguntarnos a nosotros mismos sobre el sentido de nuestra propia experiencia, que vamos adquiriendo en el esfuerzo que todos hacemos por constituirnos como humanos y vivir como tales. Y los humanos somos seres que construimos discursos y conocimientos para explicar los fenómenos naturales y sociales que nos rodean, organizamos sociedades y formas de convivencia porque no podemos vivir si no es en grupo, transformamos el medio natural y social para hacerlo más habitable –o no– y procuramos vivir en un mundo bello y justo –aunque muchos se esfuerzan en lo contrario–. Y para realizar todo esto necesitamos de la luz de las ideas, de las teorías, de los pensamientos, sin los cuales no podemos orientar nuestra acción. Y para que se enciendan estas luces necesitamos los interruptores de las preguntas, pero no solo de aquellas que pueden ser respondidas por las ciencias de la naturaleza o sociales, sino de las preguntas que van más allá de lo que el método científico puede responder, pero que no podemos dejar de hacérnoslas porque tienen que ver con las cuestiones que más nos afectan como seres humanos, pues son las que ponen en tela de juicio el sentido y los límites de lo que sabemos y hacemos. Estas son las preguntas filosóficas. Y si la ciencia se construye en comunidades de investigadores, estas preguntas deben plantearse y tratarse en el marco de comunidades de razonadores, donde los participantes se comprometen a intercambiar sus distintos puntos de vista con la intención de llegar a conclusiones razonables, en la medida de lo posible, o a enriquecer la propia visión de un problema en tanto que las opiniones de los demás merezcan ser tenidas en cuenta atendiendo a las razones presentadas.
En suma, os estoy invitando a convertir el aula en que os encontráis en una comunidad de razonadores que se ejercitan para construir comunitariamente un pensamiento riguroso sobre cuestiones que tienen que ver con vuestras experiencias como seres humanos. Repitiendo el lema ilustrado de Kant, os exhorto a que tengáis el coraje de pensar críticamente, de pensar por vosotros mismos, y a que vuestros juicios sean pasados por el crisol del análisis riguroso y no sean meras repeticiones de lo que se emite continuamente por los altavoces de los medios de comunicación. Pero para pensar críticamente es necesario someter nuestras opiniones a los puntos de vista razonados de los que tienen algo que decir al respecto. Por eso, es conveniente que en este curso de filosofía que os propongo os ejercitéis en la escucha de las razones de vuestros compañeros y compañeras y os esforcéis por justificar vuestras propias opiniones con buenas razones y valorar las de los demás con criterios rigurosos. Para ello es muy importante que todos vosotros os esforcéis para que la clase se convierta en un espacio que os ayude a pensar, en donde todos podáis expresar libremente vuestras opiniones y, lo que es más importante, todos os ejercitéis en apoyarlas con las mejores razones. Más que lo que pensáis, interesa saber cómo justificáis vuestros puntos de vista.
No existen reglas que nos permitan saber de un modo automático si una razón es buena o mala. Esto es algo que se debe ir consiguiendo mediante la práctica y en contextos de diálogo donde las diferentes razones que se exponen para apoyar una opinión son discutidas y evaluadas. Pero de un modo general, y siguiendo a M. Lipman, podemos decir que las buenas razones a) se basan en los hechos y, por ello, las razones que presenta un meteorólogo para predecir el tiempo son más plausibles que las de un astrólogo que predice lo que nos va a ocurrir dependiendo de nuestro signo del zodiaco; b) son relevantes para aquello que se quiere justificar o fundamentar, por lo tanto, parece más razonable votar a un candidato para delegado de curso en función de su programa de acción que por su belleza física, y c) tratan de hacer más plausible aquello que defendemos o que hemos hecho, así, seguro que el profesor considerará razonable vuestra falta de puntualidad a su clase si esta se debe a que habéis tenido que socorrer a un accidentado de camino al instituto.
Resumiendo, el objetivo más importante de este curso es que el aula se convierta en un laboratorio de racionalidad, donde todos nos esforcemos por buscar cooperativamente las creencias mejor justificadas en un ambiente de sinceridad, donde las pretensiones de validez de nuestras emisiones se apoyen en buenas razones y no en relaciones de poder. Si nos queremos educar como ciudadanos capaces de participar crítica y activamente en una sociedad democrática, no delegando las cuestiones políticas fundamentales en manos de expertos gestores, es necesario que todos nos esforcemos para que la escuela y el aula se conviertan en una comunidad de razonadores en la que la tolerancia, la comprensión del punto de vista de los demás y la responsabilidad solidaria por ejercitar y buscar los hábitos y criterios de reflexión sean llevados a la práctica. Si estáis de acuerdo con este planteamiento, bienvenido a nuestra comunidad de razonadores, que, como veis, no es algo cuyo logro dependa solo del esfuerzo de vuestro profesor; depende principalmente no solo de que vayáis desarrollando la capacidad de escuchar las opiniones de los demás, sino también de someter a juicio las razones que los participantes en el diálogo utilizan para defender sus puntos de vista.
Vamos a empezar el trabajo colectivo discutiendo sobre todas las preguntas que se presentan a continuación, como un ejercicio de precalentamiento y de abrir boca. Se trata de establecer un primer diálogo para romper el hielo y para que os vayáis acostumbrando a dar razones para justificar vuestras respuestas. No os recomiendo que los temas de este cuestionario se discutan hasta el agotamiento, pues volverán a surgir a lo largo del curso.
2. El juego de la argumentación
¿Quién tiene razón?
Cuando un estudiante viene a mi despacho a revisar un examen, espera que yo le indique sus errores y aciertos y le exponga los criterios que he utilizado para calificarlo. Cuando un hijo pregunta a sus padres el porqué de una norma que debe cumplir, les está pidiendo las razones que hacen que esa norma sea razonable o justa. Cuando un juez dicta una sentencia, la ha de apoyar en unas razones, las cuales constituyen su fundamento. Cuando el médico emite un diagnóstico, lo ha de hacer basándose en unas pruebas que se han de interpretar teniendo en cuenta los conocimientos científicos del momento. Pero imaginemos, por un instante, que los seres humanos, tanto en nuestra vida cotidiana como en el ejercicio profesional, mantuviéramos opiniones y actuáramos sin criterio alguno: viviríamos, entonces, en medio del caos. ¿Qué pasaría si los profesores pusiéramos las notas aleatoriamente, si los padres y las madres propusieran normas de funcionamiento familiar de un modo arbitrario, si los jueces emitieran sus sentencias en virtud tan solo del humor con que se hubieran levantado aquella mañana, si las opiniones de la gente se basaran no en razones, sino en caprichos y gustos particulares? En un mundo así no podríamos orientarnos, pues la conducta de sus habitantes sería impredecible y, por lo tanto, no sabríamos nunca a qué atenernos. Supongo que todos hemos tenido la experiencia de conocer a alguien que se dejaba llevar en su relación con los demás más por las fluctuaciones de sus caprichos que por decisiones basadas en la razón.
Los seres humanos necesitamos, pues, razones para vivir, pues son ellas las que ponen orden en nuestro mundo y lo convierten en un cosmos (totalidad ordenada conforme a leyes y reglas y, por ello, bella), es decir, en un hogar habitable por el ser humano. A diferencia del resto de animales, nos hemos de «buscar la vida», pues esta capacidad no nos viene dada genéticamente; nuestra constitución biológica no nos proporciona pautas fijas de acción para resolver el problema de la vivienda, para saber cómo educar a los hijos, para organizar nuestras sociedades, ni para adaptarnos a un medio determinado. No nacemos ajustados biológicamente a un medio, pero somos capaces de ensayar y de elegir entre diferentes formas de ajustamiento. Y si podemos elegir, hemos de responder de nuestras elecciones. En esto consiste precisamente la responsabilidad, que no es sino la capacidad y necesidad que tiene el hombre de poder dar cuenta y razón –responder– de sus decisiones. Y el conjunto de razones que se entrelazan para justificar una opinión o una acción se denomina argumento. Por eso, dice Aristóteles, la naturaleza ha dado al ser humano el don de la palabra (logos, lenguaje, razón), para poder buscar, junto con el resto de hombres y mujeres, conocimientos basados en la verdad y para poder elegir en la asamblea normas justas que posibiliten la convivencia en la ciudad.
Pero la razón no es como un objeto que puede ser poseído en exclusividad por su dueño. El logos, es decir, la razón-lenguaje, tiene una naturaleza volátil y polimorfa. Se parece más bien al aire que respiramos, que, sin ser de nadie, puede ser compartido por todos. Y es que la razón humana es una razón lingüística, y es mediante la palabra como los seres humanos podemos buscar razones para dotar de sentido nuestra vida. Pero esas razones se construyen colectivamente, mediante el diálogo. Nadie puede creerse el portador único de la razón, pues esta trasciende a cada uno de nosotros y, cuando la queremos asir para «poseerla», se nos escapa entre los dedos, como el aire, pues es en la apertura al otro mediante el diálogo como únicamente podemos encontrarnos con ella. Y estos encuentros siempre son provisionales, nunca definitivos, pues el diálogo, donde la razón reside, y donde se va formando a lo largo de la historia, es un juego siempre abierto de intercambio de razones en el que debe participar cualquier persona que tenga algo que decir argumentativamente.
La argumentación es, pues, un juego de lenguaje en el que los participantes buscan colectivamente y mediante el diálogo llegar a acuerdos válidos intersubjetivamente. Esta validez intersubjetiva se apoya en la fuerza de las razones ofrecidas. Los que argumentan se comprometen a usar la razón como único medio para buscar y justificar la verdad de los conocimientos adquiridos o la rectitud de las normas propuestas para regular una conducta. No quiero decir con esto que, a veces, no haya que dejarse llevar por los sentimientos para fundamentar nuestras creencias y decisiones; quizá no siempre sea necesario tener buenas razones para mantener una creencia o iniciar una acción; posiblemente, en ocasiones, un sentimiento pueda resultar una buena razón para comprometerme con alguien. Pero el mundo de los sentimientos debe estar transido de racionalidad y esta debe haber sido fertilizada y enriquecida por aquellos. Es simplemente cuestión de prudencia, es decir, de inteligencia práctica, que ha de tener en cuenta la complejidad de los contextos en que vivimos y en los que se producen nuestras acciones. Todos valoramos muy positivamente la capacidad de sintonizar con el sufrimiento del otro, y consideramos plausible un comportamiento solidario que se apoya en este sentimiento; pero, sin embargo, no desearíamos ser operados por un cirujano cuyos sentimientos se vieran tan alterados por nuestro dolor que afectaran negativamente a su eficacia profesional. Nadie te puede obligar a participar en el juego de la argumentación, pero en el momento en que pretendes explicar o justificar tu posición ante ti mismo o ante los demás, no tienes más remedio que seguir las reglas del juego, es decir, las leyes de la lógica del diálogo, que constituyen los criterios razonables para evaluar los argumentos. Quizá en una ocasión determinada sea prudente que tú sigas la «corazonada» que acabas de tener, pero no puedes pretender convencer a los demás de que hacer lo mismo que tú es razonable por el hecho de haber tenido tú tal corazonada.
Una ola de misología nos invade
Nunca se ha escrito y hablado tanto como en nuestros días sobre el diálogo y la argumentación. Pero creo que, paradójicamente, vivimos en una época de misología, es decir, de odio a la razón y a los razonamientos. Basta con abrir el periódico para observar que aún sigue siendo la guerra el medio utilizado por muchos pueblos para resolver sus conflictos; que el terror es el instrumento que bastantes grupos emplean para intentar imponer sus ideas y sus proyectos; que el genocidio sigue siendo la herramienta utilizada para eliminar al otro, al diferente; que las alianzas militares y las campañas bélicas son presentadas como cruzadas que tienen por objeto conseguir una justicia infinita o una libertad duradera; que las mujeres continúan siendo víctimas de la violencia de género; que el llamado (des)orden internacional, asentado en la racionalidad de la civilización liberal de mercado, está produciendo el hambre, la pobreza y la exclusión de millones de víctimas. Por otro lado, es cada vez más frecuente el espectáculo de muchos de nuestros representantes públicos que, en vez de buscar con argumentos lo que conviene al bien común, se dedican a insultarse, a descalificarse mutuamente, a actuar solo pensando en la rentabilidad partidista, y a oponerse a cualquier proyecto que provenga de otro grupo por el simple hecho de no haber sido propuesto por ellos. Incluso en mis clases del instituto cada vez cuesta más que los estudiantes respeten disciplinadamente las reglas del diálogo argumentativo: razonar supone un esfuerzo riguroso que pocos están dispuestos a hacer. Y junto a esto, la extendida creencia de que en cuestión de opiniones cada uno tiene la suya y que todas merecen ser respetadas: «Es mi opinión, y merece respeto» es una expresión que se repite con frecuencia, sobre todo cuando le pides a alguien que justifique por qué piensa de determinada manera sobre un tema. Pero si fuera verdad que todas las opiniones valen lo mismo, entonces no tendría sentido dialogar, ni buscar buenos argumentos para descubrir y apoyar las mejores. La persona que se implica en un diálogo argumentativo parte del supuesto de que merece la pena esforzarse por conseguir conocimientos verdaderos o verosímiles y por establecer normas de convivencia que puedan ser calificadas como correctas o justas, aunque, por supuesto, siempre de un modo provisional. Los que consideran que no se puede llegar a conocimientos verdaderos o los que creen que la verdad solo está de su parte no pueden participar en un diálogo argumentativo sincero. Todas las personas merecen respeto por el hecho de serlo, pero no es verdad que todas las opiniones merezcan el mismo respeto: las que niegan a otros el derecho de pensar y de expresarse, las opiniones sexistas, xenófobas, racistas, fascistas, y, en definitiva, las que no reconocen a otros individuos su condición de personas no pueden ser respetadas, pues cierran las puertas del diálogo a determinados grupos. No se puede justificar argumentativamente la postura de aquel que impide que otras personas participen en el diálogo. Tampoco son respetables los discursos que sirven para justificar y apoyar la dominación del hombre por el hombre.
En medio de esta ola de misología que nos invade, la pretensión de este material es fomentar la filología, es decir, el amor por los razonamientos, por las palabras que tejen argumentos. El filólogo, tal y como aquí lo entendemos, es el hombre y la mujer que ha tomado la decisión de usar la palabra, las razones, como instrumentos de investigación y de solución de problemas, una palabra que sabe que no le pertenece en exclusividad y que le lleva necesariamente a abrirse al otro mediante el diálogo. Pero no hay que entender el diálogo como un instrumento mediante el cual los diferentes discursos se reducen al final a uno solo. Pensamos que el diálogo ha de potenciar y respetar también la polifonía, donde diferentes voces tienen cabida y donde la belleza se logra precisamente al permitirle a cada una mantener su especificidad dentro de un conjunto armónico. No entendemos el diálogo argumentativo como una guerra en la que al final una parte queda vencedora, al ser derrotada la otra. Preferimos la metáfora que nos lo presenta como el esfuerzo interpersonal o intercomunitario por generar y posibilitar el entendimiento entre distintos puntos de vista, que se enriquecen mutuamente sin que necesariamente tengan que disolverse en un único discurso. Dicho en términos culturales, no se trata de que una cultura se integre en otra y desaparezca, sino de ser capaces de mantener un auténtico diálogo intercultural para crear un espacio en el que sea posible la pluralidad, pero también la justicia.
Entiendo el filosofar como el ejercicio de un tipo de racionalidad que nos permita pensar la complejidad, para lo cual ha de facilitar el diálogo entre las diferentes disciplinas que tienen como objetivo entender la realidad, y ha de integrar los distintos puntos de vista desde los que esta es interpretada. El pensamiento filosófico se ejercita en las fronteras que artificialmente se establecen entre los distintos sistemas de conocimiento y tiene como misión ensanchar los límites de estos y ampliar, de este modo, nuestro horizonte de comprensión. La misión de la filosofía es la de urgir y viabilizar un pensamiento complejo, en un proceso que no tiene final, ya que la realidad cambia constantemente. La tarea filosófica consiste en posibilitar una manera de mirar y contemplar la realidad que nos permita una comprensión profunda de esta (theoria) y nos descubra también todas las posibilidades de transformación que ella encierra. Solo un pensamiento de este tipo será capaz de orientar una acción (praxis) liberadora de las cadenas que nos mantienen a los prisioneros actuales amarrados ante las sombras. La filosofía ha de tejer con el mayor número posible de filamentos la red que debemos utilizar para intentar comprender la realidad en su integridad, una realidad que es polimórfica y que no puede ser entendida si solo se la mira desde una única perspectiva. La filosofía es la voz que continuamente nos despierta del sueño placentero que nos invade cuando creemos dogmáticamente que ya hemos llegado al final del camino, recordándonos que siempre cabe otra forma de pensar y que siempre podemos ensayar otras formas de relacionarnos, porque el que tenemos no es nunca el único mundo posible.
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