Kitabı oku: «Alguien voló sobre la 11 norte»
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ISBN: 978-84-1386-764-9
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Al equipo de Salud Mental del Hospital Clínico Universitario de Valladolid, por su atención y su buen hacer.
A mi madre, familia y amigos, por estar siempre ahí y quererme como soy.
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Según iba transcribiendo las palabras escritas a bolígrafo desde la undécima planta del hospital, me he acordado de un libro que leí de adolescente: Pregúntale a Alicia (1971). Habrá pasado una década desde que lo leí, no recuerdo demasiado bien todo, solo sé que es algo más que un libro. Se trata de las confidencias de una chica de quince años que, buscando su lugar en el mundo, sin quererlo, encuentra el lado más oscuro de la vida. Se relata como un ágil monólogo estructurado en fechas, escrito por una autora anónima que, tras probar las drogas, la inocente e ingenua Alicia va cayendo en una sórdida espiral de caos y vorágine que la imbuye de lleno en mundo que no es precisamente el de las maravillas, sino el mundo de la drogadicción. Es un relato muy crudo, demasiado crudo, sin embargo, también es totalmente auténtico y sincero, y refleja una realidad que sigue vigente y que nos rodea. Da igual cuando leas este libro, pues siempre será de actualidad.
Este relato que presento al lector es algo parecido a la historia de aquella Alicia anónima. Es el de una joven que ha mirado a los ojos al lado más oscuro de la vida y cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de ti, que diría Nietzsche. El de una joven que lleva muchos años luchando contra monstruos y que no quiere convertirse en uno de ellos. El de una joven que, en un momento de su vida, necesitó un ingresó psiquiátrico porque de ello dependía su vida. Una joven que se ha abierto en canal al escribir todas estas letras en las que pueden verse reflejados muchos jóvenes y no tan jóvenes porque la que escribe no será ni la primera ni la última en vivir esta situación tan sórdida.
Este libro es un libro para todos y para nadie. Para todos porque en la medida en la que se relatan ciertos acontecimientos, todos nos hemos podido ver en las mil vivencias que se detallan, todos hemos podido sentir incomprensión, miedo, angustia, ansiedad y temor. Para nadie porque cada uno de nosotros somos diferentes, ni yo soy más que tú, ni tú eres menos que yo, pero cada uno hemos vivido situaciones distintas y somos capaces de afrontar lo que nos viene de una manera u otra, mejor o peor, cada uno a su modo.
Todo el compendio lo estoy terminando de corregir durante el confinamiento que estamos viviendo debido a la pandemia mundial del COVID-19. Estoy viviendo mi segundo aislamiento en tres meses. De hecho, hoy, llevo más días de 2020 encerrada que libre. Y, contra todo pronóstico, no lo estoy llevando del todo mal, precisamente porque el primer encierro ha sido mucho más duro que el segundo. Y porque están aconteciendo los mismos estados: la confusión, la ansiedad, el querer respirar, la «desescalada» de ir saliendo a la calle, la falta de percepción... A mi alrededor, oigo comentarios y emociones de todo tipo y, la mayoría de ellos, no se ve capaz de aguantar lo que nos queda por delante. Y cuando este aislamiento que acometemos civilizadamente y que nos está convirtiendo en héroes sin hacer nada, por lo que deberíamos estar realmente orgullosos, termine, ¿qué va a pasar? Muchos de vosotros, los que nunca habéis necesitado ayuda psicológica o psiquiátrica, la vais a necesitar. Estoy totalmente segura de ello. Estar tantos días confinados no hace más que exaltar las emociones, los miedos, los traumas, las obsesiones y las manías que todos tenemos, cuya factura va a ser más dura de pagar que la de la luz de estos días.
Y por eso, este relato, escrito como un diario, es esencial para hacer entender a lo que puede llegar una mente, todo lo bajo que puede caer, pero también todo lo alto que puede subir. Todo lo que es capaz de aguantar nuestra mente, que es más de lo que nos creemos. Es mi propósito normalizar la salud mental, dejar de verla como un estigma. Lo más valioso que todos nosotros tenemos es nuestra propia cabeza y no dejamos que se nos sane cuando se necesita. Por miedos, por prejuicios, por el «qué dirán»… por un montón de motivos. Os animo a todos a cuidar de vuestra cabeza, a cuidar vuestra salud mental, la que gobierna el resto de la salud de un organismo, de un individuo, la que no podemos dejar que flojee porque entonces flojeará también nuestro cuerpo.
Es mi deseo permanecer anónima, como Alicia, por esto mismo que planteo. La estigmatización de este tema es tal que no quiero, de momento, exponer mi nombre públicamente como cabecera de los hechos que están por leer, que son muy escabrosos. Aunque también hay algún momento de luz y de reflexión, todas las vivencias que aquí expongo son duras, crudas, increíbles, descarnadas, crueles, terroríficas y horribles como a veces puede ser la vida misma.
Ante todo, espero que sea una ayuda para todos los que vivís situaciones semejantes. Os animo a dar el primer paso y a seguir caminando. Es un camino muy duro, lleno de obstáculos, pero con la ayuda de los magníficos profesionales que trabajan para nuestra sanidad pública se puede ver la luz al final del túnel. Da igual cuando leas esto, pues siempre será de actualidad.
6 de abril de 2020
ENTRADA TRIUNFAL
Nunca he estado en la cárcel, en un convento o en la mili, pero he salido de un lugar que son los tres a la vez, uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la Santísima Trinidad del horror. La planta 11 del Hospital Clínico está destinada a tratar la Salud Mental, tema del que poco se habla y para eso he venido yo aquí, para hablar de lo que nadie quiere, o no puede, hablar, a través de estas líneas escritas con sangre, sudor y lágrimas, muchas lágrimas, desde la más profunda sinceridad y autenticidad de mi espíritu. El ala norte de este piso es muy peculiar, o al menos así me lo ha parecido a mí, que antes de entrar ni siquiera sabía que existía este servicio sanitario que al principio parece demencial, pero luego, cuando sales, agradeces. La 11 Norte es independiente, es un poco la Cataluña del hospital. Se rige por una estructura, una organización y una normativa un tanto diferente, que tampoco es que haya yo frecuentado otras plantas, pero así me lo ha ido pareciendo según pasaban los días, los 33 días y 500 noches que aquí he pasado ingresada.
Después de subir los once pisos, con toda la odisea que ello acarrea, incluso me atrevería a decir que se llega antes por las escaleras que por el ascensor, atestado de gente, que va parando de planta en planta, como los coches de línea que van parando de pueblo en pueblo por la España Vacía, llega el momento de entrar. Hay que llamar a un timbre por el que te miran a través de una cámara, como si entraras a una propiedad privada dentro de un espacio público. La verdad es que, aunque haya una cámara y dé la sensación de que la vigilancia es extrema, aquí puede entrar Daryl Hannah como cuando intenta, sin éxito, acabar con Uma Thurman en Kill Bill I, al son de aquella retorcida melodía que todos hemos silbado en algún momento inconscientemente. El problema llega a los dos pasos de entrar, cuando te topas con un armario empotrado ataviado de chaleco antibalas y diferentes instrumentos a utilizar en caso de tener que reducir a alguien. También hay un par de armarias empotradas, todo hay que decirlo y más en estos tiempos en los que la paridad a veces llega a rozar lo ridículo. Vigilantes y vigilantas, siempre están leyendo, jugando con el móvil o cacareando con las enfermeras, que no les juzgo ni les impido yo hacer todo eso, al contrario, porque qué aburrimiento de vida. Aunque alguna vez los he visto en acción, no olvidemos que esto es Psiquiatría, con todo lo que ello conlleva, que se corta la tensión con un cuchillo. Bueno, con un cuchillo no, porque de eso no tenemos y los de comer apenas cortan, pero una sola mirada puede hacer las veces de un arma en este lugar. Por eso, desde dentro no hay mucha preocupación por quien entra, además que todo el rato está entrando gente, que si médicos, enfermeras, terapeutas, celadores, familiares, técnicos… falta que un día aparezca el del Telepizza. Es muy fácil entrar, lo jodido es salir; ya iré explicando esto, que no lo voy a destripar todo en la primera página porque se me acaba la narrativa.
Lo que está extremadamente vigilado es el interior, donde verdaderamente se presta atención. Cuando entras por primera vez no te das cuenta, pero en la 11 Norte hay más cámaras que en un bazar chino y siempre hay alguien desde un monitor atento a todo movimiento que realices, ya sea nimio o trascendental. Big Brother is watching you, y es que esto es como la casa de Gran Hermano. Menos en el baño, controlan todos tus movimientos. Y al igual que en la casa de Guadalix de la Sierra, que llega un momento en el que los concursantes se desinhiben porque pierden la consciencia de estar siendo grabados, aquí pasa algo parecido, pero todo mucho más light, evidentemente. «Edredoning» no, o al menos no que mis ojos lo hayan visto, pero sacarte un moco ensimismadamente delante de una cámara puede ser. Aunque una paciente me contó que en otro ingreso coincidió con una menor de edad que era ninfómana y, por tanto, un poco peligrosa en lo de la intimidad, y eso que aquí la carne que se vende es poco apetecible, a mi gusto. Me encantaría saber la que armó esa chica para que sus padres la trajeran aquí desesperados.
Cuando uno entra aquí, puede ser de muchas maneras: aturdido, por orden judicial, desquiciado, enajenado, al borde de un ataque de nervios, o en él ya sumido, flotando por un exceso de medicación y, por tanto, falto de percepción… o dotado de otro tipo de percepción, porque como dijo Aldous Huxley en un ensayo, «si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo se mostraría ante el hombre tal y como es: infinito». Aunque bueno, este hombre, aun siendo uno de los más influyentes pensadores modernos y autor de otra famosa distopía, también hay que contar que cayó en el vicio de las drogas en nombre de la ciencia y el conocimiento. Tampoco le juzgo, no ha sido el primero ni será el último. Decir también que esta frase se la copió a William Blake, que es uno de los pocos ingleses que me caen bien. Y luego The Doors la tomaron para el nombre de su grupo. Así que no voy a ser yo menos y también voy a citarla. Pero a lo que iba. Yo entré desquiciada, desde una cama de observación del servicio de urgencias, sin dormir nada y con los ojos henchidos y empañados por las lágrimas, así que no me di cuenta de mi alrededor en una primera instancia. Pero nada escaparía de mi analítica observación, como irá descubriendo el lector más adelante. Mi ingreso en planta fue a la hora de comer, aunque todo el mundo sabe que en los hospitales siguen un horario muy europeo en cuanto a la alimentación se refiere, así que el resto de los pacientes ya habían comido y conciliado el reparador sueño que brinda una siesta tras un copioso yantar. En mi joyeux entrée, me topé con un par de almas, ataviadas con una bata azul, la mirada perdida y el rostro lánguido, incapaces de levantar la cabeza, que no compartían palabras, pero sí paseos por el pasillo, como dos centinelas que custodian una fortaleza, y con tres o cuatro enfermeras que, a la llamada del timbre del exterior, como avestruces estiraron el cuello para sacar la cabeza desde el control y ver quién entraba. Porque los nuevos ingresos son como los pimientos de Padrón, unos pican e outros non, y lo que también pica más que nada es la curiosidad, lo que interrumpe la tediosa monotonía de este lugar. Lo de «control» suena como si eso fuera una nave nodriza, pero la realidad es demasiado prosaica: son un par de mesas de dos alturas a modo de mostrador, del contrachapado más barato del Ikea. Ya hablaré de ello. Que parece la barra un bar, pero solo nos dan agua, zumos y leche, o sea, cosas que pedirlas en un bar es una ordinariez. A un bar se va a tomar una caña, un vino o un café, eso ya depende del momento del día.
Hasta la mitad del pasillo, o sea hasta el control, me condujo el celador que me acompañó desde urgencias, sin mediar palabra conmigo, quizás porque iba a la planta a la que iba y no sabía que yo no estoy loca, que estoy hasta el coño, y prefirió guardar silencio durante esos once eternos pisos, que ni a Ulises le costó tanto trabajo llegar a Ítaca. En mi caso, el servicio de urgencias del hospital fue la antesala a este lugar, al que ya viene uno identificado con su pulsera que delata su nombre y su número, no vaya a ser que te pierdas o que eches a correr al ver aquel panorama. En el País de las Maravillas, con el lío ese que se trae de cambiar de tamaño, Alicia se pone a llorar hasta que forma un gran charco que se convierte en un océano por el que termina flotando a la deriva. Así es más o menos como entré yo, pero no con el pelo lacio, sedoso y rubio, sino con mi abundante maraña de rizos y mis patillas de folclórica. En esa angustia de trance por el que pasaba, yo sola, sin nadie de los míos a mi lado, me recibió la persona más afable y con más tacto del lugar, porque de todo hay en la viña del Señor, incluso buena gente. Con mucha dulzura me sacó unos papeles que ni leí del aturdimiento que llevaba encima, pero eran para firmar que yo entraba allí voluntariamente, sin coacción ni chantaje de por medio, solo la recomendación de mi médico. Estos papeles no tienen una letra pequeña con la normativa, ni con un solo atisbo de lo que te encuentras aquí dentro, pero si la tuviese sería más extensa que la de un contrato hipotecario. Lo de las normas, te cuentan un poco las básicas al entrar, el resto, las vas aprendiendo sobre la marcha. A voces.
Una vez entregas tu cordura, digo, firmas el ingreso voluntario, la simpática enfermera desaparece y aparece su gemela malvada, la que conduce cabestros en la Sierra de la Demanda. Una auxiliar de más de mediana edad, que a mí eso de decir «cincuentona» me parece muy ordinario, con los mofletes caídos arqueando sus labios a favor de la gravedad, porque nunca han luchado contra ella, con la mirada fuerte e intimidadora, el ceño fruncido, los cabellos canos recogidos en horquillas y una fisionomía un poco como la de esos muñecos que, aunque les des, nunca se caen porque tienen algo en su base que los estabiliza. No es que sea yo muy conocedora de técnicas constructivas modernas, pero muchos cuerpos así unidos podrían hacer de núcleo de un rascacielos para evitar su derrumbe. Total, que esta entrañable criatura de cuento, de cuento de terror, me condujo hacia mi celda, digo, habitación, sin mediar palabra, ni un gesto de simpatía, ni nada porque para qué, si ingresar en Psiquiatría en una fiesta en sí mismo. En una de las dos camas de la que fue mi habitación la primera semana, a plena luz del día, percibí un bulto antropomórfico atrapado por las sábanas que, a partir de ese momento, se convirtió en mi compañera de habitación. Me recordó a cuando llegué a la residencia de estudiantes con la mayoría de edad recién cumplida y todas las ganas de comerme el mundo, pero en versión un poco más sórdida. Es algo que te va aportando la edad: desengaños. En la otra cama, ya hecha con las sábanas blancas del Sacyl, a la vera del radiador y de la ventana, al calor y al frío, a la luz y a la oscuridad, me esperaba el pijama que iba a llevar veinticuatro horas al día durante treinta y tres días. Bueno, uno diferente cada jornada, que una es una chica limpia y aseada. Estar en pijama muchas horas seguidas es el sueño de cualquiera, hasta que pasas 700 horas en un mes con él puesto. Entonces, la vaquera de la sierra, a quien faltaba llevar un lechal a hombros, como en la iconografía paleocristiana cuando se representa a Cristo como pastor de almas, que es lo que hay en esa planta, almas, me arrinconó en mis escasos metros cuadrados para desnudarme bajo su atenta mirada con un inquisitorial «desnúdate», sin dejar escapar detalle porque para mirada analítica la suya. Me quedé en bragas, porque a mí de cintura para abajo solo me mira quien yo se lo permito y esto tampoco es Guantánamo. Aunque en una ocasión me contaron que un paciente logró introducir droga que llevaba alojada en su cavidad íntima, como una mula de un cártel colombiano. Este exhaustivo registro es protocolario por si llevas escondido algo que te haga salir a ti o alguien de aquí con las piernas por delante. Es un método rudimentario pero eficaz porque un hospital público no se puede permitir un arco detector de metales para una planta. Igual todo esto que cuento en la López-Ibor es mucho más glamuroso, pero todavía no tengo el nivel socioeconómico necesario para comprobarlo. Una vez acabada la primera inspección, ya te vistes con tu pijama de rayas, con el que no haré ninguna broma porque estaba muy sensible para ser tan hija de puta. Mi indumentaria de calle, que no volvería a ver hasta dentro de muchos días, la metí en una bolsa de papel, como la del Primark, pero mucho más resistente porque cabe de todo: el abrigo, el vestido, las botas, el jersey… y sin romperse. Ahí sí que se nota la inversión en I+D.
El siguiente paso del primer reconocimiento fue la criba de mis pertenencias, criba que depende del ojo crítico y humano de quien te toque, como aprendes más adelante. El ojo sin miras, permítaseme la paradoja, de la antes mencionada, que debe de ser de un pueblo donde nunca sale el sol, fue la gota que desbordó la poca dignidad que me quedaba. Allí llevaba yo mi bolsa de rafia de supermercado cual gitana, decorada con la estampa de la catedral de mi tierra, pues siempre llevo mi blasón allá donde voy. Ese hatillo con mis bienes lo vació la serrana en la cama con el cuidado con el que se atiende el parto de una vaca, que menos mal que no llevaba yo mi huevo de Fabergé. Como una máquina clasificadora, ordenó en dos montones los enseres que quedaron desperdigados por encima de las sábanas. En uno, un par de libros, el cepillo y la pasta de dientes. En el otro, todo lo demás. Es fácil adivinar, con tan dadivoso ser humano como anfitrión, qué montón me permitió quedarme. No es que llevara encima una mudanza, pero lo demás, a su juicio, no lo necesitaba. De mi neceser solo sacó el champú y el gel, para etiquetarlo con una pegatina con todos mis datos personales y llevarlo al control, como mis únicos productos de aseo. La crema antiarrugas, que todavía una conserva lozanía y turgencia, pero cuanto antes se empiece con esto, mejor; el aceite de argán para domeñar mi melena encrespada y desordenada; la pinza de quitarme el bigote; la pinza de recogerme el pelo… no necesitaba nada de eso. «Aquí no viene una a estar guapa», recuerdo que me dijo. Llamadme loca, pero los productos descritos forman parte de la rutina de aseo de cualquier mujer, incluso hombre hoy en día, que el maquillaje de Chanel lo había dejado en casa. Y sin mediar palabra, ni mirada, de la misma manera que entró, se marchó, dando un portazo, contoneando esas caderas más anchas que el universo. Y allí me dejó con mi cepillo de dientes y mi par de libros.
Atraídos mis pies y mis ojos al suelo por una fuerza telúrica superior, inmóvil tras haber sido despojada de todos mis bienes y de mi ser sin ninguna explicación, no me dio tiempo a reaccionar cuando, a los pocos segundos, entró por la puerta la condescendiente mujer que me recibió en un primer momento. La otra realidad, la ficticia, la que no existe, porque la vida se parece más a una vaquera de la serranía que a una ninfa del bosque. Dentro de la tragedia que me corría por las venas como un potro desbocado, esa mirada pura y cristalina me transportó a la protección del útero materno, pero por poco tiempo, porque incluso la más acogedora de las realidades puede ser engañosa. Uno no puede fiarse ni de su propia sombra. La voz era algodonosa, pero las palabras sombrías y enseguida me volvieron los escalofríos. Me hizo las mismas preguntas que antes que ella me hizo el numeroso personal sanitario por el que llevaba pasando hasta llegar aquí. Preguntas muy dolorosas con respuestas más lacerantes todavía, de lo que iré hablando más adelante.
LOS ESPACIOS
El color azul
La 11 Norte contiene más matices de color azul de los que el ojo humano puede percibir. Más incluso de los que emite una televisión Full HD, 4K, QLED y todos esos tecnicismos que yo no entiendo porque soy de letras. Las paredes son de gotelé, por supuesto, no me esperaba menos de un edificio que nació a la par que la Constitución Española. Este hospital no es «viejo», es «vintage». Dejando de lado los materiales, que no me interesan demasiado, resulta de gran interés que el color que llena cada centímetro cuadrado de la planta sea el azul. No me sé cada matiz del Pantone, porque eso es más largo que la lista de los reyes godos, pero, así como de tecnología no sé mucho, de colores algo entiendo. Vivimos en un planeta azul que, paradójicamente, alguien llamó planeta Tierra, donde el color azul ha estado condenado al ostracismo en las estéticas de las más antiguas civilizaciones. De hecho, el término que utilizamos en castellano para este color no tiene un origen grecolatino, sino árabe. Es en la Edad Media cuando el azul empieza a salir del armario para convertirse en un color de primer orden. Las concepciones estéticas cambian en un mundo medieval en el que impera el Teocentrismo. Para los de la LOGSE: que Dios es el centro de todo. Y, ¿cómo puede el hombre ver a Dios? A los teólogos de turno, que eran los que tenían las respuestas y si no, se las inventaban, se les ocurrió que a Dios se le percibe a través de la luz. Y ¿qué es un color sino luz? Así, el azul, que es el color del cielo, morada de Dios, empieza a escalar posiciones dentro de la simbología y la importancia de los colores, que toda representación celestial o señorial contará desde este momento con el color azul.
Pero volvamos al siglo XXI, que es lo que nos interesa en este preciso instante. El azul es un color que a todo el mundo gusta, incluso desde la niñez. Sin embargo, su fama también lo condena. He de confesar que a mí ya no me gusta, tengo mis razones. Cuando alguien manifiesta que su color favorito es el azul en realidad no está diciendo nada, se incluye dentro de la masa que gusta de este color que, en realidad, es tibio, banal, comedido, en comparación con otros colores. En la estética occidental contemporánea el azul confiesa sosiego, calma, tranquilidad, neutralidad… no es violento, no hace daño, no transgrede, es moderado. A lo que voy, las paredes del hospital son azules, incluso dentro de la familia de medicamentos ansiolíticos, tanto el envoltorio como la pastilla, se tiñe de azul. Toda esta teoría que transmito, creyéndome una autoridad en el campo de la Estética, sin ser yo nada de eso, tiene otra cara más oscura y difícil de percibir. Que sí, que el azul es pureza e inocencia, pero también es anestesia, evasión, lejanía, frialdad y melancolía. Nunca había hecho una reflexión tan profunda sobre la psicología de un color, que no me dedico yo a la decoración zen ni al reiki ni a ninguna movida del Lejano Oriente pero, en algún momento de mi estancia en la 11 Norte, el traicionero subconsciente se ha percatado mejor de esta otra realidad con respecto al azul. Porque no ha tenido mucho más con lo que entretenerse, también tengo que decirlo. De hecho, es bien conocida la época azul del malagueño más internacional que tenemos, que no es Antonio Banderas, sino Pablo Ruiz Picasso, un periodo en el que el célebre pintor está sumido en un cúmulo de tristeza, soledad, miseria y desesperación, cuyos cuadros los protagonizan mendigos, ciegos, mujeres desamparadas y todo tipo de almas en pena. De hecho, ahora mismo se me viene a la cabeza El viejo guitarrista ciego, que lo que transmite es la más profunda desolación. Entonces, desde la más profana ignorancia, ¿hasta qué punto el azul es un color beneficioso para la Salud Mental? Que no defiendo unas paredes rojas o violetas porque entonces acabaríamos como el Rosario de la Aurora, pero en serio, ¿cada centímetro cuadrado tiene que ser de color azul? Pregunto.
Y, ahora ya sí, voy a dejar tanta intensidad de lado por unos momentos para bajar al mundo terrenal y dejar de hablar del azul como atmósfera para ir a lo material, a lo tangible, a lo que se ve y se toca, que es lo que mejor se entiende. Tanto en el pasillo como en las habitaciones domina un azul claro, un poco sucio por el paso de los años, e incluso los radiadores son de un azul acero que transmite el propio metal. Como es normal con el paso de los años, las paredes están agrietadas y desconchadas, y eso ya se ha pintado de blanco a brochazos, nadie se ha comido la cabeza más. Por las anchas puertas puedes entrar a pie, que es lo deseable, o en camilla, que es lo menos deseable. Los marcos de estas puertas que separan lo público de lo menos público son de un azul más cobalto tirando a eléctrico que más que calmar, chirría. Y los baños igual, tanto paredes, techo, como suelo son de un material de estos que repele el agua, que no trabajo yo en Leroy Merlín como para saber cómo se llama, pero es un azul más verdoso, acuoso, oscuro, cerúleo.
En definitiva, todo es azul, incluso a través de la ventana hay días que el duro invierno castellano nos ofrece una tregua y se pinta de azul. «Si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo», que diría Miguel Delibes. Con toda honestidad, se ponga como se ponga, no habrá nada más hermoso como el cielo de Castilla. Y a quien piense lo contrario: para gustos, los colores.
Habitaciones
Dentro de la habitación de paredes altas cabe que haya más puertas, pero los armarios no tienen puertas, si es que se puede llamar armario a un hueco abierto con una balda. Será para que nadie se abra la cabeza de un maderazo o para que nuestras escasas pertenencias estén expuestas públicamente y no se pierda nada de vista. Recordemos que, en este lugar, la privacidad solo existe en el cuarto de baño, en algún caso ni eso, aquí todo es público, como en una corte medieval. Cada movimiento que realizas es contemplado por el resto de los cortesanos que pueblan el lugar. En cada habitación hay dos camas con las sábanas blancas con el logo del Sacyl, que no podía ser de otro color que azul. Menos mal que en esta ciudad reina la niebla la mayoría de días del invierno, que si no también entraría el azul por las ventanas. Creo que es la única vez en mi vida que el hostil clima castellano me ha alegrado y relajado en mi obsesión en torno al azul. Aparte de las dos camas y las dos hornacinas en la pared, hay dos butacones, uno por paciente, que, para sorpresa de todos, son muy cómodos y de un color verde lima intenso que en ese ambiente llega a ser ansiolítico. Son los típicos sillones para los familiares que van a ver a los pacientes, pero en esta planta tienen una función diferente: la rutina es pasar de la cama a la butaca y de la butaca a la cama, lo que normalmente se hace con la ropa, porque aquí tú eres el trapo.
Cada cama tiene dos interruptores, uno para llamar a la enfermera, que es el que usan las viejas cuando se aburren y quieren dar guerra, y otro que es una luz individual para tenerla tú encendida y no molestar al otro habitante si está dormido. Yo nunca la uso porque más que lucecita individual es un foco de varios miles de lúmenes, como los que utilizan las patrullas de policía por la noche para buscar cosas en el campo. Aquí la moderación escasea, todo es muy radical.
Las once habitaciones de la 11 Norte tienen sus amplios ventanales, sí, una maravilla, pero es que tienen barrotes y solo pueden abrirse un palmo, un detallito un poco desolador, desde aquí lo digo. Desde la calle, si alzas la vista hasta la undécima planta la reconocerás no por ser la última, sino por ser la única también que es una jaula. Para abrir la ventana los centímetros permitidos tienes que pedir una manilla para ello, porque no tienen. Así controlan si abres o cierras la ventana, aunque con ese doble sistema de seguridad no tienen de qué preocuparse si alguien quiere echar a volar. Ni los dementores de la prisión de Azkaban son tan efectivos. Por las mañanas, cuando la señora de la limpieza abre para ventilar las ventanas de la sala común, de la que ahora hablaré, meto la cara en ese palmo, incluso a varios grados bajo cero, y me quedo un rato así, aspirando por los poros de la piel el cortante frío del invierno. Que no es que quiera enfermar y morirme de tuberculosis como la dama de las camelias, que lo único que quiero es respirar el aire puro y fresco del exterior. Desde ya diré que estar encerrado es más perjudicial para el sistema respiratorio que fumar.
Las habitaciones son espacios semipúblicos, pues en cualquier momento puede entrar alguien del personal sanitario si le parece oportuno y si no, también. O algún paciente desorientado puede entrar en un aposento que no es el suyo. En mi defensa diré que yo nunca he llegado a estar tan confundida como para que me pasara eso. Uno siempre sabe volver a su hogar. Y no olvidemos que, además, estamos siendo grabados dentro de las alcobas. Si eres un afortunado de los que duermen, la pobre enfermera que esté de turno nocturno ve toda la noche cómo roncas, cómo se te cae la baba o cómo acabas siendo un revoltijo de sábanas y extremidades liadas por tanto movimiento nocturno. Y durante el día también, claro. Recuerdo una vez que salí muy rápido de la habitación para ir al salón, debí ponerme en un ángulo muerto y una enfermera vino corriendo a preguntar dónde estaba porque me había perdido de vista en un segundo de distracción. Somos como Los Sims, pero controlados por la química que nos proporcionan y el mal de nuestras cabezas.
Y llegamos al Sancta Sanctorum: el baño, el único lugar privado de la planta al que tenemos acceso los pacientes. Salvo que tengas un trastorno alimenticio, que entonces no tienes privacidad ni en tan sacro lugar. No es que haga yo cosas raras en el baño, pero habrá gente que sí, pues si algo he aprendido de esta experiencia es a no descartar como imposible cualquier comportamiento, por raro que parezca. Una vez me encerré en el baño a oscuras, porque no quería ver nada ni a nadie, sentada en el suelo con las piernas abrazadas con los brazos, hecha un ovillo, y entraba una enfermera cada dos minutos porque ahí no me tenía vigilada. Qué buena tarde pasamos las dos.
PERTENENCIAS
Cuando me despojaron de mis bienes, no me di cuenta de mencionar un detalle en el relato. El mantra que uno se repite antes de salir de casa de móvil-cartera-tabaco-llaves entra dentro de pertenencias de valor, excepto el tabaco, claro, aunque con lo que está subiendo, en algún momento será un bien de lujo. Como aquí llegué sola, nadie se pudo llevar mis cosas de valor y aquí no se podían quedar, así que el vigilante de seguridad metió en una bolsa el móvil, la cartera y las llaves de casa y del coche, y se lo llevó fuera de la planta, no sé dónde, a una caja fuerte o algo así, la verdad es que no me enteré. Más adelante conseguí recuperarlo saltándome la normativa, por mi cuenta y riesgo, y sin que nadie se diese cuenta. Es que soy muy díscola a veces, pero eso ya lo contaré más adelante.
Antes he hablado de armarios y he sido demasiado generosa. En un origen puede que lo fuesen, hoy son dos huecos en la pared con una repisa blanca donde tienes las cosas que te permiten tener. No he comentado que el primer día nos dan un vaso de plástico, con nuestro nombre escrito con permanente negro y ese es nuestro vaso para siempre. Algo que está muy bien, porque no se despilfarra, aunque las señoras siempre se hacen las locas y les tienen que dar vasos nuevos. Se ve que la conciencia ecológica la llevamos los jóvenes. Junto con el vaso de plástico, con el paso de los días fui engrandeciendo el ajuar con el que entré de primeras, llegando a tener bragas y calcetines, que no uso, voy al amor libre, más que nada porque luego tengo que lavarlo en el lavabo y no estaba por la labor; cepillo y pasta de dientes, que no me he lavado los dientes tantas veces al día como aquí, será de la sequedad que causa la medicación o por aburrimiento, yo qué sé; un montón de bolis que me han traído o que he ido pidiendo y que he capitalizado para mí, folios para escribir y algún que otro libro que no he conseguido terminar o siquiera empezar, ya que algunas medicaciones hacen que se te crucen los ojos y se te junten las palabras y, no veáis qué movida, que te quedas como Marujita Díaz. También tengo un par de libros de esos de pasatiempos, que he hecho ya todos los patrones de crucigramas y sudokus que existen, me los sé todos y ya me aburren. Y todas estas letras escritas, que es lo más valioso que aquí tengo, no atesoro nada más. Miento, también disfruto de una radio, que es uno de mis mayores entretenimientos, y una pinza para recogerme el pelo que me permitieron tener pasados unos días. Pasados unos días, también, me dejaron tener en mi neceser el resto de productos de aseo que el primer día la serrana no me dejó hacer uso de ellos, pero eso hay que pedirlo cada vez que quieres usarlo, no lo tienes a tu plena disposición. En una ocasión quise pasarme de lista y escondí entre las bragas la pinza de depilar, que una no solo es folclórica, sino que tiene también algún ancestro portugués y, oye, que me gusta a mí quitarme el bigote a gusto cuando me viene en gana, como a todas, y por eso la escondí. Pero en un registro de pertenencias desapareció y volvió al cajón tutelado. Y sigo mintiendo, tengo una barra de cacao y una crema de manos, porque me muerdo las uñas y me preparo unas sangrías que ni en la matanza del cochino. Ese ha sido todo mi capital en un mes. Porque menos es más.
EXTERIORES
Pasillo
Una vez llegué a contar las baldosas del pasillo, algo que me costó mucho trabajo porque si ya es tedioso de por sí, para una cabeza aletargada ni te cuento. Pero aquí tengo todo el tiempo del mundo, lo malo es que nada más contarlas, se me olvidaron. Tampoco me llevé ningún disgusto, pero no lo volví a intentar. Sí diré que el pasillo cuenta con unos 30 metros de largo, así a ojo, aunque yo los llamo los 100 metros lisos, que me hace más gracia, porque es en este corredor donde desempeñamos las más altas cotas de actividad física que desarrollamos durante el día que, básicamente, consiste en recorrerlo de lado a lado durante horas. En los más altos estados de aturdimiento, puede recorrerse en dos minutos, y en los más altos estados de ansiedad, en menos de diez segundos lo tienes hecho, récord que me parece que ostento yo, una de mis mejores marcas deportivas. También hay pasamanos sembrados a lo largo del corredor que, para sorpresa de los lectores, no son azules, son de un plástico rugoso color beige muy guarro. Puede parecer que estas estructuras están destinadas para la gente mayor que necesita un apoyo, pero aquí uno puede llegar a estar tan turbado que pierde el sentido del espacio y necesita algo físico en lo que apoyarse, porque los conos y los bastones del ojo y los tímpanos no funcionan demasiado bien. En general, nada a nivel orgánico funciona demasiado bien. Es como cuando llegas a casa a horas indecentes tan intoxicado por los efluvios etílicos que tienes que ir arrastrándote por la pared para no aterrizar en el suelo. A mí nunca me ha pasado eso, eh, lo sé de oídas. Y esto lo cuento desde la experiencia, que yo he llegado a caerme incluso con pasamanos y todo, como las señoras que se tropiezan y se rompen la cadera, pero siendo una señora de 26 años que se raspa una rodilla.
Salón
El pasillo es lugar de compartir momentos, aunque sean en silencio y paseando, arrastrando los pies porque no se tienen fuerzas. Sin embargo, el gran lugar público por excelencia, el foro romano, la plaza del mercado, la Acrópolis, la plaza de San Pedro del Vaticano, es el salón común, donde se desarrolla gran parte de este reality. Como no podía ser de otra manera y perdónenme ser tan cansina con el Trastorno Obsesivo Compulsivo, es del mismo azul que las habitaciones o el pasillo y los rodapiés son del mismo azul eléctrico que el de las molduras. También hay una estructura corredera, como para cerrar espacios, como un biombo low cost, que no lo he visto usar nunca y un pilar en esa misma tonalidad azulada. El contenido es básico y práctico: mesas y sillas. Las sillas son en su mayoría negras, que son las más cómodas porque está mullidas, pero algo faltaría si no las hubiese también azules, que son más incómodas. Va quedando clara la tirria que le estoy cogiendo a este color.
Como en el resto de las estancias anteriormente descritas, la decoración es la misma: inexistente. Puede que este lugar sea uno de los máximos ejemplos de arquitectura soviética que continúan en pie en nuestro país. Si es que hay alguno siquiera. Toda esta austeridad castellana queda rota por una televisión, que yo no sé medir en pulgadas, pero, a ojo, es pequeña, y por un mural perturbador pintado por enfermos mentales, nunca mejor dicho, que tiene un río, azul también, con peces y árboles y un sendero hecho con hojas de verdad, que no me he acercado tampoco mucho porque no estoy segura de qué clase de ecosistema ha nacido ahí. En dicho mural aparece escrito: «No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla…», porque en esta ciudad el zorrillismo es muy fuerte, incluso durante periodos de convalecencia. Hubo un día que alguien arrancó parte del mural y lo dejó más inquietante de lo que era en origen, no sé, sería el responsable más de Bécquer que de Zorrilla. Estos dos elementos discordantes están en una pared y, en la otra, hay dos amplios ventanales con las mismas características que los de las habitaciones, o sea, con barrotes y limitada apertura. También hay una mesa auxiliar con periódicos, revistas de hace años, libros de crucigramas… de todo un poco y, sobre ella, un reloj. Es uno de los dos relojes que hay en esta planta. De aquí, solo se salvan las vistas, que es lo mejor que he visto yo en todos los años que llevo viviendo en esta ciudad. Desde la 11 Norte contemplo, a parte de la catedral, la Antigua, San Martín… también todos mis dominios: la facultad, mi casa, mi coche en el aparcamiento… había veces que me preguntaba: «¿qué estará pasando en estos sitios en los que suele acontecer mi vida?». Y yo deseaba volver a ellos, pero una vez fuera me he dado cuenta de que nunca nada va a ser más entretenido que estar aquí. Entretenido, que no divertido.
Que estáis locas, como no pisáis la calle os pensáis que en la calle pasan cosas.
Control
Más o menos a mitad del pasillo se encuentra el control, del que ya he dado algunas pinceladas anteriormente, pero se merece algo más que un preámbulo. Es el cerebro de operaciones de toda la planta, por no decir que también el único en buenas condiciones, dejando de lado en esta sentencia a los trabajadores, no seré yo quien se meta con el personal sanitario, al menos, no en esta ocasión. Depende del día y de la hora hay más o menos plantilla y, por tanto, más o menos bullicio. Tienen unos cuantos monitores en los que no sabemos muy bien lo que hacen, ya que no se nos permite entrar, casi ni asomarnos. Normal. Lo que sí se ve bien si sacas un poco los ojos de las órbitas, o si te remoloneas al pedir algo, es lo que a mí me gusta llamar «el monitor del Gran Hermano», desde el que se ven cuadraditos con cada una de las cámaras, que no nos quitan ojo y daré fe de ello más adelante. A veces incluso hay alguien que solo se dedica a mirar por ese monitor. Huelga decir, antes de continuar, que de toda esta sección hablo desde la intuición y la mirada analítica que me hace desgranar cada suceso que acontece a mi alrededor o, al menos, intentarlo. Que todo lo que escribo sobre esta sección es un conocimiento contraído de forma no empírica, todo basado en suposiciones y teorías. Vamos, que hablo sin tener ni puta idea de lo que digo, pero soy española y este no es solo mi derecho, sino también mi deber.
Entonces, en este control, en el mostrador que se ve desde nuestra realidad, a veces escriben muy rápido en el ordenador, sin pestañear, que se les refleja en las pupilas toda la actividad de la pantalla. Como en una película de ciencia ficción. Otras veces llaman cada dos segundos por teléfono y hay alguien que se convierte en teleoperador, como cuando es tu cumpleaños que, aunque quieras, no puedes dejar de coger el teléfono para tener conversaciones cortas y prefabricadas. Pero también se dan conversaciones más largas y, que no me tachen a mí, sin fundamento, de cotilla, pero parecen un poco extraprofesionales. Del tipo: «Ay, Puri, pues por aquí todo tranquilo, pero calla que te cuento, ha pasado la Mari hace un rato y no se ha dignado a saludar, ¿cómo te quedas?». Son diálogos que yo también mantengo en mi trabajo, así que, una vez más, no seré yo juez ni verdugo. También tienen un cuaderno con anotaciones hechas a mano, en las que escriben sobre nosotros y las cosas que pasan como: «Fulano se ha subido a la mesa sin venir a cuento y no quería bajar» o «Mengana lleva toda la tarde dando vueltas a paso ligero por el pasillo, con la mirada fija, como una maníaca». Sí, Mengana soy yo. Esto lo sé porque alguna vez he echado el ojo más lejos de la cuenca, siempre hay que superarse a sí mismo y he visto mi nombre escrito o el de algún otro paciente, entonces me figuro que apuntan este tipo de información porque, como ya llevo escrito en varias ocasiones, esto es un reality, pero sin audiencia. Hay ratos que cacarean tanto que me parece muy poco el agua que beben para tanto gasto de saliva. Otros momentos reina un silencio perturbador, aunque estos son los menos y casi siempre por la noche, pues hay enfermeras, la gran mayoría, que tienen la deferencia hacia los pacientes de no armar escándalos por la noche, para que podamos dormir y tal, o al menos, intentarlo. Las que sí tienen fiestas y no dejan dormir son, cómo no, la serrana y su amiga, o como me gusta a mí llamarlas, «la hidra de dos cabezas», pero ya lo contaré más adelante. Y es que el 90% de la plantilla es femenina, la mejor antítesis de los monjes cartujos que me he encontrado en la vida. Incluso el 10% masculino también está contagiado de esa increíble locuacidad. A veces no sabes si estás en una planta de hospital o en un plató de Mediaset. Que antes de ingresar, el médico de turno te dice que este es un lugar muy tranquilo, para descansar, recuperarse y todo ese rollo, pero es todo inventiva de quien no ha pasado un día entero aquí metido, que a veces los médicos se pasan de listos, aunque de eso ya hablaré más adelante, que tengo para todos.
También tienen ratos que el objetivo laboral del día de algunos es leer el periódico y hacer los crucigramas, que es muy importante estar bien informado y mantener la mente despierta. Y, grosso modo, estos son unos pocos de los quehaceres que percibimos desde fuera que se me ocurren, aunque seguro que más adelante aparecen más.
En el mismo control hay tres salas interiores. La primera es la más pública para nosotros, aunque siempre desde la barrera, claro, y más que nada porque es donde guardan nuestros ajuares del aseo, entre otras cosas. Hay como un mueble con aspecto de colmena y cada celda es para uno de nosotros. Ahí guardan los neceseres y cada vez que los necesitamos los pedimos y devolvemos inmediatamente después de usarlos, que en nuestras manos son muy peligrosos. Y en esta sala tienen más cosas como pijamas, toallas, la máquina esa de medir la tensión y que sacan de paseo de vez en cuando porque tiene ruedines, calefactores para cuando hace más frío de la cuenta en invierno y me imagino que también contarán con ventiladores para combatir los calurosos veranos. En esta noble tierra de extremos solo sobrevivimos los más fuertes. Ah, y no me puedo olvidar de uno de mis objetos de culto en este lugar, quizá solo por detrás del bolígrafo: el secador de pelo. Con difusor y todo. Si es que no tengo derecho ninguno a quejarme.
La siguiente sala de la que hablaré también la atisbamos desde nuestro redil, y es que voy desde lo más público a lo más privado, para ir ganando intensidad en la narrativa, al igual que sucede en las estancias de cualquier arquitectura del mundo islámico, que se van sucediendo las salas desde las más insignificantes hasta la más suntuosa, que es la final, donde tiene su trono el sultán. Si cuentas lo más morboso y espectacular al principio, el resto no resulta interesante. Está todo inventado y todavía nos creemos algo. En fin, sigo. Este espacio es un arsenal de benzodiacepinas y otras drogas que a veces son la única ayuda para el que no le es posible hallar reposo en el mundo ni en su cabeza, consiguiendo un sosiego artificial y forzado. Vamos, que es un como una farmacia. Y, reflexionando sobre las farmacias, me he dado cuenta de que, más que establecimientos, son confesionarios. Todo el mundo ha ido alguna vez a una farmacia en su vida o va con cierta frecuencia y, vayas a lo que vayas, pides algo privado e íntimo, algo que no le interesa saber a nadie, sea lo que sea. Un farmacéutico conoce todos los secretos de su vecindario, es un hombre, o una mujer, poderoso. Pero, a lo que iba, en esta farmacia particular donde también conocen nuestros secretos nos organizan las tres dosis diarias por cabeza y que nos dan en las comidas. Que a veces se olvidan de algo, porque errar es de humanos, pero no pasa nada porque uno está siempre ansioso por tomar la medicación, que examina cuidadosamente antes de llevarse la palma de la mano llena de píldoras a la boca y, aquí sí, uno detecta enseguida si algo va mal. «Me falta el Trankimazín» y rápidamente se remedia la falta. Se trata de trabajo en equipo, nada falla en esta cadena de producción de almas en pena. Los que dormimos mal porque incluso en sueños nos persigue el demonio, tenemos una última toma a las once de la noche, que es como recibir la hostia consagrada en la Misa del Gallo, una bendición.
Y, por último, la sala de los misterios, que a la que escribe no hay misterio que se le escape nunca y a los pocos días pudo constatar que misterio ninguno, la realidad es mucho más prosaica de lo que parece. Lo que pasa es que como no se ve nada de lo que ahí sucede y solo a veces algo se escucha, pues invita a la imaginación, como todo lo que se oculta. Esto es algo que deberían aprender en publicidad, si es que no lo hacen ya, y es que un cuerpo velado llama más la atención que uno desnudo. Que alguien se atreva a decir que la Maja desnuda es más provocadora que la Maja vestida. Pero a lo que voy, que esta es su sala de no hacer nada sin pudor ninguno, sin que nadie los vea, de tomarse el café y todo eso porque, eso sí, elogiable que en la jornada laboral de ocho horas o más que aquí se meten seguidas no salen ni a desayunar, ni a tomar el aire, ni a fumar, ni a nada, como haría cualquier funcionario al uso y eso lo aplaudo. O al menos que yo lo vea, que ya he dicho que de toda esta sección estoy hablando porque tengo boca. Unas más que otras, todo hay que decirlo, que como en todas partes, hay gente para echarla de comer aparte. Y además de tener su remanso de paz en esta sala que, como ya he dicho, desde fuera no se ve ni se oye nada, pero se percibe, dan los partes de cada turno. A cada cambio de turno, las enfermeras que se van comentan lo que ha pasado a las que vienen y van uno por uno, paciente por paciente, que una tiene el oído muy fino y se entera de todo. «Pues Fulano está de los nervios, cuidado con él» o «Mengana no ha dormido nada por la noche y está que fuma en pipa». Sí, vuelvo a ser Mengana. Y así todo el personal sabe lo que le pasa a cada paciente las 24 horas del día. Que por una parte está muy bien porque nos tienen controlados, que para eso estamos aquí, y saben lo que nos pasa, pero por otra parte uno siente una falta total de intimidad que lo hace todavía más vulnerable. Es como que cada movimiento que haces queda en conocimiento de todo el equipo y es una sensación un poco extraña.
Hay tres turnos repartidos: de 8 a 15, de 15 a 22 y de 22 a 8. Hay tanto enfermeras como auxiliares todos los días y en todos los turnos, pero hay menos plantilla durante el fin de semana y en la guardia de la noche, como me gusta llamar al turno nocturno, porque hay veces que la noche es oscura y alberga horrores. No sé muy bien cómo funcionan los días de trabajo, porque lo mismo hay una que viene todos los días por la mañana y luego lo mismo hay otra que solo viene los fines de semana y ya no la volvemos a ver el pelo. Sea como fuere, de alguna manera lo tendrán estipulado y no me meteré, lo único que quiero decir es que no he llegado a entender los patrones de trabajo. Que también te digo, solo me faltaba saber también esto.
Teléfono
El siguiente ámbito que trataré es el tema del teléfono, que es algo que da mucho juego como elemento que nos saca a todos de esta microrrealidad ficticia. A un par de metros del control hay una silla y un teléfono en la pared, al que nos pueden llamar desde el mundo exterior a cualquier hora decente. Bueno, a mí me riñeron una vez por hablar con mi madre a las nueve de la noche, que a esa hora estamos despiertos y no se molesta, pero tengo que apuntar que quien me riñó fue la famosa serrana, esa hija de la gran puta que lo mismo es de Cuenca capital, pero yo la llamo como me da la gana. Unos están una hora hablando, otros media y otros dos minutos, aquí cada uno gestiona este gran privilegio como quiere.
Y luego hay otro teléfono, que está dentro del control y tienes que pedir, desde el que puedes llamar a quien quieras, pero solo de 18.30 a 20.00, a tu madre, a tu abogado… esa es tu elección. Desde este terminal mis conversaciones son más crípticas y breves, porque te escuchan desde el control. O sea, que no te puedes quejar a gusto como en el otro que si hablas bajito, nadie te escucha. Tienes un poquito menos de libertad, pero vamos, que la falta de libertad no supone ningún problema porque es una constante, te acabas acostumbrando. Yo más de una vez y de dos y de tres he estado tan enfadada que me he cagado en todos los muertos de todos los aquí presentes, a los cuatro vientos, que no necesitaba un hilo telefónico para que me escuchara mi interlocutor y sin importarme nada que me escucharan. Pero estos detalles más escabrosos ya lo iré contando, que así, en frío, asustan. Hay que calentar motores antes.
Despachos
Aquí estamos todos por lo que estamos, aunque no estemos todos los que somos, y entre tres psiquiatras nos atienden en sus despachos, que están en los cinco primeros metros del pasillo, antes del control y de las habitaciones. Hay una que más sabe por loca que por psiquiatra, otro que va siempre con una guardia pretoriana de residentes y estudiantes que si no está él, te atienden ellos, y otra que no la conozco mucho, pero parece simpática y, lo más importante, en sus ojos se percibe la cordura que le falta a la primera. Todos los días nos pasan consulta a todos. Bueno, a la mía a veces se le olvida que tiene pacientes y no nos ve o nos ve cinco minutos antes de irse. Y también nos van ajustando la medicación, ya que estamos aquí, aunque un poco como les parece a ellos, que no quiere decir que esté bien, claro. No iré yo de guapa y de lista, pero, aunque no haya estudiado Medicina ni sepa qué hace o qué tiene lo que me tomo, lo que sí que sé es cómo me sienta. Y sé mejor que un médico que esto me sienta bien y esto otro me sienta mal. Es que soy muy partidaria del conocimiento empírico, no sé si ya se me ha notado, pero por si acaso, lo digo.
La que está como las maracas es mi médico porque yo no nací con estrella sino estrellada. Es doctora en Psiquiatría, psicóloga y psicoanalista, y no sé qué mandangas más que me repite todos los días, pero no sé si es que le han dado los títulos en la tómbola o se ha quedado colgada por el camino. Porque ante un «Doctora, no me ponga esta pastilla por la noche, que no duermo bien con ella», la respuesta es «que no mujer, que son cosas tuyas, que esto va muy bien». Pues eso mismo, que son cosas mías, que haga el favor de hacerme caso, por Dios. Entonces el otro doctor que me tocó después, cuando la otra terminó de volverme loca, el que tiene la sombra más alargada que el ciprés de Silos con todos los estudiantes que van en fila siempre detrás de él, ya me hizo caso y en dos días me ajustó más o menos lo que me había desajustado la otra en quince. Aunque ya hablaré de esto más adelante, otra vez volvemos al Alfa y la Omega, el Yin y el Yang, la luz y la oscuridad. Es muy fuerte el rollo del maniqueísmo en esta planta. Casi todo es blanco o negro, pocas veces las cosas tienen matices aquí.
Aislamiento
Y, por último, hablaré del espacio más sombrío, siniestro y dantesco de esta planta, solo después del despacho de la doctora Cordura: aislamiento. Es una habitación muy grande, con un gran ventanal y una puerta de seguridad con una abertura rectangular para ver desde fuera a quien está dentro. En lugar de una tapa que se desliza para abrir o cerrar esta rendija, como en las películas, hay un papel pegado con celo. Todo muy low cost. Dentro hay una cama con cintas y bridas para atar a los pacientes que la lían. Es la expresión, «estar loco de atar», de toda la vida, hecha realidad, materializada. Justo ahí se encuentra también el vigilante de seguridad, que custodia esta cámara de los horrores. En varias ocasiones he visto cómo reducían a alguno o alguna para meterlo ahí dentro entre alaridos que desaparecían rápidamente al efecto de un pinchazo tranquilizante. Y casi siempre había alguien ahí metido, no es que fuese parte del atrezzo, no, no, se hacía uso de esta cámara de los horrores con bastante asiduidad. Incluso a mí, una vez que la lie un poco más de la cuenta, me amenazó una enfermera con meterme ahí dentro, pero no me lo tomé en serio, porque creo que ni ella se lo tomó en serio al decírmelo. Modestia aparte, pero con todo el ganado que hay aquí soy la última candidata para entrar a aislamiento. La enfermera iba de farol y tuvo su gracia.
Y así quedaría más o menos resumido un poco el marco contextual de la planta, para que el lector se sitúe en este sistema que vela por tu salud mental o procura que pierdas el juicio, todo depende de los días que pase uno aquí. Hace un rato que no meto lo de mi trastorno obsesivo cromático, pero todo hay que imaginarlo siempre azul, azul celeste, eléctrico, cobalto, Amberes, purísima… azul, siempre azul. Como antes decía, es un color que transmite sosiego y paz, pero hasta cierto punto, y eso lo sabemos bien los nacidos bajo el signo de Saturno.
RUTINA
Descritos los espacios donde he pasado 33 días y 500 noches, lo siguiente que es necesario explicar son los rituales del día a día, tan rutinarios y monótonos que se te meten dentro del cuerpo, de tal manera que se te cambia el reloj biológico por completo. Sobre las ocho y cuarto de la mañana, una vez hecho el cambio de turno y dado el parte, no tocan la corneta porque no tienen, pero puerta por puerta la auxiliar de turno va voceando los buenos días con una vitalidad que, de verdad, no sé qué desayunan. Las cortinas no las corren porque no hay y las persianas no las suben porque la mayoría las tenemos ya subidas siempre, por no pedir la manilla para bajarlas y porque nos medican tan fuerte que ya puede ser 17 de julio en la costa del Sol que la luz no va a ser impedimento para seguir dormitando. Yo, como en condiciones normales me despierto con una mosca y, si encima me dar por dormir mal ya ni te cuento, y en un día mío normal me despierto mucho antes de esas horas, antes del despertar colectivo ya estoy con el ansia viva en el cuerpo y salgo al pasillo hasta que sacan el carro. El carro es como el primer gran estimulante que llega con el nuevo día tras una noche en vela, un pequeño expositor de luz y de color que en mi cabeza sonaba como La mañana de Grieg, porque significaba salir de la habitación de una vez, solo me faltaban pajaritos volando a mi alrededor. Como si de un tenderete de Zara se tratara, en el carro están los pijamas para cambiarse, toallas grandes y pequeñas, esponjas individuales en su envoltorio de plástico, cero ecológico, pero que me daba lo mismo el medio ambiente con aquel invento fascinante que es una esponja que al contacto con el agua segrega ya el jabón. El futuro. Y para una que es adicta a visitar droguerías y a las ofertas de chorradas del Lidl, la seducción es todavía mayor. En la repisa inferior ya hay cosas menos ilusionantes, como sábanas, colchas, bajeras, fundas de almohadas… menaje que da pereza solo de verlo.
Aquí me gustaría hacer una puntualización sobre el maravilloso mundo de los pijamas, que me costó algunos días comprender el funcionamiento que nadie me explicó porque aquí la mayoría de las cosas no te las explican, te vas enterando como puedes. Cuando llegué, me dieron un pijama de rayas de color azul, vaya sorpresa. Me quedaba como un saco y la serrana, en lugar de sacarme uno de mi talla, me puso un esparadrapo en la goma de la cintura para que no se me cayera. Qué miseria de primer día. Entonces, al día siguiente se me antojó ponerme uno rojo, porque ya desde los inicios el azul no me convencía, y al siguiente uno verde, así, por ir cambiando. Hasta el día que quise vestirme de granate y noté que cabíamos dos personas de mi talla en aquel pijama. Y es que cada color corresponde a una talla. Que, pensará el lector, qué tía más idiota, cómo no te das cuenta de eso, pues mira, cariño, no caí en eso así de primeras. Quien me conoce sabe que no sé vestir sin un estampado, ir de raso me angustia y vi aquel oasis de colores que quise ponérmelos todos. El amarillo es la XS, el verde la S, el rojo la M, el azul la L y el granate la XL. Al poco descubrí que mi pijama ideal era el verde, que puede que me quedara un poco corto, pero tampoco ha diseñado estas prendas Balenciaga, no vamos a pedirle peras al olmo. A las que tenemos las carnes tersas por la edad no, pero a las que tienen todo colgandero ya les ponen unos esparadrapos en el escote porque, la verdad, que son prendas bastante indiscretas, como no tengas cuidado enseñas todo.
Una vez que uno tiene las vituallas procede al aseo personal y para ello hay que pedir el neceser en el control. En mi neceser, que era una bolsa de plástico porque la enfermera Ratched me quitó el mío por considerarlo todo innecesario, a los dos días, porque lo pedí, tenía champú, desodorante, crema para la cara, pinza de depilar, aceite de argán para el pelo y, desde la segunda semana, que lo necesitaba como el respirar, acondicionador para el pelo porque, puede parecer una frivolidad, pero se me estaba quedando muy seco y estropeado. Y a cualquiera puede parecerle una tontería y pensar «pues chica, te lo recoges en un moño y listo», pero no caería esa breva conmigo. Mi seña de identidad más destacada, que es mi melena larga, rizada y castaña cobriza, en un lugar en el que me encontraba despojada de mis cosas y de mi ser, de todo, mis caireles sueltos han sido mi mayor fortaleza, porque sentía que era lo único y lo último que quedaba de mí. Me creía Sansón. Y que me estaba poniendo mala de verme el pelo tan estropeado, sencillamente. Pero, a partir de ese momento, gracias a Herbal Essences, me encontré mejor.
El siguiente paso es la ducha, cuyo sistema de funcionamiento no había visto yo ni cuando duré un día en los Boys Scouts. Dentro del metro cuadrado largo que tiene el baño, están el lavabo, el retrete y el sumidero en el suelo, porque en lo alto está la alcachofa inamovible. Iba todo en uno, sin mampara, ni cortina, ni cualquier otro lujo. En vez de un grifo al uso, como en todo baño del siglo XXI, con su regulador de caudal y temperatura, hay un botón como en los lavabos de los baños públicos, que te dosifica un chorro de agua durante 15 segundos. Y no tiene para regular la temperatura ni nada, tú le das y como salga el agua. Que yo no he hecho la mili, pero creo que es lo más cercano que voy a estar de ello. Creo no, espero. Que empieza a salir el agua y todo mojado, incluso hay que poner el papel higiénico encima de la luz del espejo, la única que hay, y el pijama sucio como dique de contención en la rendija de la puerta para que empape y no se escape el agua. Que incluso en aquella cochambre de hostal en Budapest que me costó siete euros la noche tuve más comodidades. Pero que no me quejo, solo expongo, porque tuve agua corriente y ropa limpia todas las mañanas, y eso hay mucha gente que, por desgracia, no lo tiene.
Una tiene la trabajosa costumbre de lavarse el pelo todos los días porque cualquiera con el pelo rizado sabe que peinar implica mojar y es que los rizos tienen vida propia, tú no eres nadie para domesticarlos, quién te has creído. Así que todos los días me sacan el secador, con difusor y todo, que es de la marca más peleona que conozco, pero funciona divinamente. Como rezaba aquel eslogan comercial: «no se engañe, la calidad no es cara». Repito, que no me puedo quejar, que ni en un hotel de cinco estrellas tengo yo a mi disposición un secador con difusor, que es el objeto más preciado que tengo aquí, después del bolígrafo, claro, porque si no, no estaríamos aquí comunicándonos. Bolígrafo, por cierto, que llevo gastados tres en dos semanas, que me creo Cervantes cuando estuvo en la cárcel, pero nada más lejos de la realidad, que yo solo escribo tonterías.
Por resumir, lo primero que hacemos nada más abrir el ojo es ducharnos, unos con más diligencia y menos lamentación que otros, y esta es la única hora del día en la que podemos asearnos. Yo porque lo hago por la mañana siempre en mi vida normal, es que no soy persona si no lo hago nada más levantarme, pero el que tenga la costumbre de ducharse por la noche, ajo y agua. Pero bueno, como soy partidaria de una ducha matutina, me parece lógico y correcto, porque a ver quién aguanta los olores de todo el ganado que somos aquí si no. Suelo terminar de las primeras, incluso de secarme el pelo y hacerme la escasa beauté que se me permite, entonces, sobre las nueve menos cuarto, ya he terminado. Los días de diario a las nueve de la mañana llegan los psiquiatras y se reúnen con las enfermeras, que les dan el parte. Que ese parte tiene que ser como el teléfono escacharrado, porque no sé por cuántas bocas pasa cada suceso hasta que llega a los médicos. Entre tanto, nos dedicamos a deambular por el pasillo como almas errantes que somos y más a esas horas, o vemos las noticias en el salón, o nos metemos en la cama de nuevo durante los veinte o treinta minutos que tarda el desayuno en llegar. El caso es hacer tiempo hasta que suena el timbre del exterior y se abren las dos hojas de la puerta acorazada que, como las falta un poco de engrasante y chirrían como en una película de terror, tenemos el sonido de la llegada del alimento muy localizado y metido en la cabeza. Entonces, llega el ansiado contenedor estanco con las bandejas, cada una con su nombre y con su dieta, con los descafeinados, los nesquicks, las galletas, el pan, la mantequilla, la mermelada, las frutas variadas… y como gallinas que salen a por el pienso nos dirigimos hacia el salón, donde comemos todos juntos, y esperamos pacientemente, algunos más impacientemente que otros, a ser llamados a la entrega del manjar que se nos ofrece. Y esto del manjar lo digo sin la ironía que acostumbro, porque para mí el desayuno es la mejor comida del día y, en este lugar, el único momento en el que se me proporciona azúcar, que es una carencia que me ha traído disgustos que iré desvelando. Solemos desayunar en silencio, yo al menos, porque hasta que no termino de desayunar ni hablo ni me gusta que me hablen. Al terminar de desayunar cada uno lleva su bandeja de nuevo al contenedor con ruedas. Bueno, siempre hay alguna señora que se cree que está en el Ritz y tienen que llevársela. Y no he mencionado que mientras ingerimos la ambrosía de los dioses, nos van trayendo las pastillas, que nos las sueltan en la palma de la mano y hasta que no las tragamos no se van a llevarles los caramelos al siguiente. A mí alguna vez me han hecho abrir la boca para ver si me las he tragado y he llegado a tomar cinco en esta primera toma del día, además todas a la vez, de un trago. Mi récord indiscutible es haber tomado entre diez y quince pastillas al día. La verdad, el funcionamiento de mi cerebro es muy ambiguo, porque a veces funciona muy bien y otras veces se gripa, y no sé hasta qué punto contribuye toda la medicación. Que, ¿la necesito? Sin duda, pero en su justa medida, también te digo.
La virtud está en el punto medio.
Y a los fumadores les ponen el parche. Yo desde el primer momento me negué, porque una vez vi Gracias por fumar, una película que le ponían a uno muchos parches para matarle de una sobredosis de nicotina y tengo mucha aprensión con ello. Además, que si funcionaran nadie estaría fumando. Y que ya, habiendo salido a la calle en completa libertad, he visto a enfermeras fumar como turcos antes de entrar a trabajar, las mismas enfermeras que nos querían hacer creer que un parche nos iba a quitar el ansia. Pero qué distopía es esta. Un mundo feliz se me queda pequeño con esto.
Después, la mayoría nos vamos a la cama, a dormir o simplemente a estar, depende del efecto de todo lo que nos acabamos de tomar. No nos cierran las habitaciones como en Alguien voló sobre el nido del cuco, pero sí que nos riñen por volvernos a la cama. Otros se dedican a mariposear, ver el programa de Ana Rosa y poco más, porque no hay mucho más que hacer por aquí. Yo me suelo ir a la cama y me quedo roque perdida porque no duermo por la noche, hasta que el enfermero o enfermera de turno vuelve a llamarnos a la puerta, como si fuesen unos segundos buenos días, si es que lo son, pero a las once y media de la mañana, cuando viene la terapeuta. No es obligatorio ir a terapia, pero se ponen muy insistentes en que vayamos, y lo entiendo, porque así salimos de la cama un rato y hacemos tiempo entretenidos hasta que nos dan el segundo pienso del día. Que es lo que decía una de las chicas, «hagamos lo que hagamos en terapia, por lo menos pasamos el rato», y así es. Vienen tres terapeutas. Una es un culo inquieto perdido que no puede parar de hablar de lo que sea, la otra nos hace cosas como de campamento de verano para mantener la cabeza entretenida y la otra es la que mejor me cae porque es como más seria y calmada, y a mí me cae mejor la gente seria y calmada que la desbordante de alegría, que no me da confianza. Dos de ellas nos tratan como a niños pequeños, que entiendo que lo hagan porque muchos de los que están aquí necesitan que les hablen así, pero a los que al menos tenemos el certificado escolar, pues no nos agrada mucho esto. Yo no necesito a nadie que me diga lo que valgo, aunque no rechazo un cumplido, ni que venga a subirme la autoestima, que a mí de eso me sobra, ni a hablarme como Ned Flanders para sacarme una sonrisa porque así no me la saca, que mis problemas son otros y ese enfoque de terapia considero que a mí no me sirve, aunque a otros sí. Ay, chica, es que no puede ser una tan compleja. Es difícil tratar a un grupo de personas tan diferentes con el mismo rasero, así que hagan lo que hagan las terapeutas, lo aplaudo, que el mero hecho de venir con una sonrisa y disposición es más que suficiente.
Las actividades de terapia que más me han gustado han sido el par de días que hicimos «ejercicio», que fue hacer estiramientos estando sentados en una silla porque tampoco se nos puede pedir más, que aquí estamos muy débiles de cuerpo y mente de estar todo el día quietos. Y yo que, en mi vida normal, no paro y hago ejercicio, me estoy anquilosando entera aquí encerrada, que las veces que he salido a la calle me he cansado de andar 100 metros.
Y entonces, después de la terapia, vuelven a llamar al timbre, a abrirse las dos puertas con ese chirrido que indica la llegada de alimento, como eso que le pasaba al perro de Pávlov, pues igual y, a eso de la una y media, que como ya he comentado antes, aquí lo del comer es muy europeo, volvemos a salir como gallinas a que les echen el pienso.
Si uno observa con atención, tanto la comida como la cena son auténticos espectáculos, más que el desayuno, que es como de menor rango. Como animales de costumbres que somos, cada uno tiene, no solo su propia dieta, sino también su propio asiento, o su zona, depende de la autoridad que transmita. Desde el sitio que elegí el primer día para sentarme se ve la televisión, la puerta, a todo el mundo con un discreto giro de cuello, quién sale y quién entra. Que también es desde donde se apostan las enfermeras y el de seguridad, no he elegido esta posición al azar. Como ya he expresado en otras ocasiones, todo lo hacemos bajo la atenta mirada del Gran Hermano. Entonces, yo que soy muy pájara y un poco Sheldon Cooper para el tema de sentarme en los sitios, ese lugar estratégico que he detallado es el mío.
Toda la comida que nos traen es en una bandeja de compartimentos, con pan y agua, como de menú del día, y está todo exquisito, no pongo ninguna pega hasta el momento ni creo que la ponga en lo que me queda. Que ya es difícil cocinar sin sal y que esté rico, de verdad que desde aquí todas mis gracias y felicitaciones a los cocineros del hospital. Mi dieta es libre, porque puedo comer y como de todo, pero aquí cada uno tiene una: que si hipograsa, que si laxante, que si diabética… me quedo con la mía, es la más completa, una dieta mediterránea en toda regla. A mí me gusta comer despacio, levantando la mirada del plato, observando lo que sucede a mi alrededor o simplemente mirando las noticias si es que está la televisión puesta. De hecho, a no ser que no coma mucho porque no me encuentre muy bien y a los cinco minutos me levante y me vaya, soy de las últimas en terminar siempre, sino la última.
Otras, normalmente otras, porque son casi siempre mujeres, no he visto a casi ningún hombre en este colectivo, no comen nada de nada, o dan un par de pinchazos con el tenedor obligadas por las enfermeras, mientras esperan el reparto de pastillas, porque en la comida también toca, que no solo de pan vive el hombre. Y, cómo no, también se encuentra el tipo de gente que nunca falta en ningún lugar y que debería siempre quedarse en su casa, los de: «está muy salado», «está muy soso», «no quiero pera, quiero naranja», «oye, dame ya las pastillas», «por qué me habéis puesto lentejas, yo quiero macarrones», «quema mucho», «está muy frío», «está poco hecho», «está más duro que la suela de un zapato»… Aquí es donde estimo, más si cabe, la labor, paciencia y buen hacer del personal sanitario porque a cada uno de estos cantamañanas les daba yo una hostia con la mano abierta sin contemplaciones. Esto no es un hotel ni la casa propia, a nadie le gusta estar aquí y si no estás a gusto, ahí tienes la puerta, que alguien más necesitará la cama que ocupas. Bueno, lo de ahí tienes la puerta lo he dicho muy a la ligera, en este lugar a veces eso lo tiene que decir un juez.
Después de comer, que comemos todos juntos en el salón, por si no lo había indicado, cada uno se levanta, deja su bandeja e, igual que en el desayuno, vuelve a su celda. No hay muchos más planes que dormir o ver la televisión, pero vamos, que cada uno de nosotros tenemos las mismas alternativas en nuestra propia casa, lo único que sin tener que recoger ni fregar los platos, que eso está muy bien. Las señoras mayores que tienen problemas serios de estreñimiento se ponen a andar por el pasillo para accionar el intestino. Que, también te digo, caminar a 1 km/h no te activa ni el intestino ni los dedos de los pies, igual con un poco más de ritmo me parece a mí que irían con más frecuencia al baño. Pero, oye, que entre que tienen el ánimo por los suelos y cierta edad, tampoco se les puede pedir más, que aquí cada uno hacemos hasta donde nos permite el cuerpo. La verdad es que todos andamos un poco mal en lo de ir al baño, es un tema del que se habla con total naturalidad porque, en mayor o menor medida, se sufre. A mí de momento no me da mayor preocupación, eso sí, cuando tengo permiso de salida, me como una tableta entera de chocolate sin remordimiento, me bebo dos o tres o cuatro cervezas y me fumo media cajetilla de tabaco, y ya te digo yo cómo te activa el intestino toda esa bomba tóxica. No hay mal que por bien no venga. Que luego cuando vuelvo del permiso apesto a tabaco y a cerveza, aunque cuando me preguntan las enfermeras digo que era sin alcohol, porque es lo que quieren oír, pero, evidentemente, no me creen. No tengo poder de convicción ninguno sobre ellas, pero de eso ya hablaré más adelante. A los vicios a los que se entrega cada cual, problema suyo son.
Mata a mis demonios, que mis ángeles morirán también.
Después de comer, me tumbo un rato en la cama, me pongo a escribir o a ver el telediario, depende un poco del día, como todo aquí. Sea lo que sea lo que esté haciendo, espero impacientemente la hora de la visita, si es que la tengo. Si no tengo visita, como muchos días, pues no me entra el ansia porque ya sé que no espero a nadie. Y esto me recuerda al «la esperanza es, en verdad, el peor de los males, porque prolonga las torturas de los hombres», que diría Nietzsche, porque es el día que no sé si vendrá alguien a verme el que peor estoy, ya que me paso la mañana pensando en eso hasta que llega el momento. Cuando no tengo visita, duermo la siesta plácidamente y cuando el resto de visitas se van, ya jugamos un parchís o algo. Los días que sí tengo visita es básicamente lo mismo, pero sin morirme del asco de tres y media a cinco y media de la tarde, que se permite entrar a dos personas del exterior, alguien siempre grato que me trae bombones, revistas, libros… como cuando estás enfermo en el hospital, pero sin estarlo porque yo no estoy enferma. Y siempre con una buena conversación, esas son las dos mejores horas del día. Porque aquí las horas son más largas que en Venus.
Permisos
A los diez días de estar aquí, la doctora me firmó un permiso para salir a la calle todo el día, que era domingo, acompañada únicamente por mi madre. Con ese mismo permiso volví a salir el jueves y de nuevo el siguiente domingo. La salida que se me permitía era la de las horas que yo quisiera, pero solo en compañía de mi madre que, si no lo he dicho ya, digo que vive a 120 kilómetros de aquí, lo que la impedía venir todos los días. Solo podía salir con ella porque se ve que tengo dieciséis años y cero neuronas, pero la doctora Cordura lo estimó así. Ya, cuando cambié de médico, me firmó un permiso algo más razonable, o al menos más beneficioso para mí. Permitíaseme salir todos los días de la semana, pero de cuatro a ocho de la tarde y con quien viniese a buscarme. Que venía Igor el Ruso, pues con él me iba, que venía mi madre, pues estupendo, que venía alguna amiga, pues también genial. Y todos los días me daba el aire, que era ya una necesidad, lo que se dice «necesitar algo como el respirar». Eso necesitaba yo, respirar.
¿Y qué hacía cuando salía de permiso? Pues todo lo que al médico no le gustaría que hiciese. O sea, hablar del tema que me trajo aquí, porque a mis amigos les debo explicaciones y más si dedican la tarde para sacarme a pasear, con la de cosas que tienen que hacer. Y cuando viene mamá, pues igual, no hablamos del desarrollo de la berza en Tierra de Campos. Básicamente, la doctora me dijo que no quería que hablase del tema durante mis breves instantes de libertad, pero en los primeros días era obligado, luego ya se fue difuminando más todo. También, el segundo y efectivo médico me dijo que al salir debía darme un señor paseo en condiciones para equilibrar el encierro. Eso lo hice una vez porque estaba yo fumando en pipa, que fue el primer día que salí después de diez días encerrada, pero ya nunca más. Mi paseo de cuatro horas consistía en ir a un bar y luego al otro, y después al supermercado a comprar chocolate. Oye, el kilómetro que me hacía no me lo quita nadie. Además, sobre el consumo de sustancias me dijo que evitara el café y ahí le hice todo el caso del mundo. En lo de una cerveza o un vino, o un par, o un par de pares, y en lo de fumarme media cajetilla de tabaco, nunca me dijo nada, así que yo actué siempre como consideré que me venía mejor. Que luego cuando volvía a las enfermeras les decía que había bebido un zumo o una cerveza sin alcohol, una ordinariez, pero me sacaban la máquina que te mide las constantes y tenía 120 pulsaciones por minuto y 15-10 de tensión. Los zumos, que son malísimos, todo azúcar. Los ritmos circadianos fatal cada vez que salía, pero la cabeza despejadísima. Es que el equilibrio absoluto es muy difícil de conseguir.
Pero, oye, que al médico le hice caso en muchas cosas y si no se lo hice es porque era más beneficioso para mi salud actual, aunque no futura, hacerlo que no hacerlo. Porque, como me dijo en una ocasión la abadesa de las Huelgas, que es una autoridad como para hacerla caso: «el futuro no me preocupa porque está en manos de Dios». Pues eso, llámalo Dios o llámalo como quieras, pero vive el presente.
Los días que no salgo a la calle merendamos a las cinco y media. Bueno y los que salgo también se merienda, solo que no estoy. Un Nesquik, una fruta y unas galletas que no me como, así que, sin que nadie nos vea, se las paso a un compañero deslizándolas por la mesa, sin gestos, ni miradas, ni palabras, como si en vez de galletas fuese cocaína. Es un código como muy del presidio, de no dejar ninguna evidencia del delito. Porque parecerá una tontería, pero esa tontería significa incumplir seriamente una norma, ya que no podemos intercambiarnos comida, pero nos la suda tanto que necesitamos tres pares de bragas. Yo no las voy a comer, él come como Carpanta y no es diabético, pues que se las coma a gusto, cojones.
Justo después de merendar nos toman las constantes y nos preguntan si hemos ido al baño, que es muy importante tenerlo bajo control. Pues «no hay contento en esta vida que se pueda comparar al contento que es cagar», que esto no lo digo yo, lo dice Francisco de Quevedo en sus Gracias y desgracias del ojo del culo. No se puede leer solo a intensos, hay que leer y saber de todo. Yo siempre tengo las constantes vitales fetén, menos algún día que estoy tan enfadada que se me dispara todo. Si mi cuerpo y yo funcionamos perfectamente bien, a mí lo que me sienta mal, además de la gente mala que me ha traído aquí, es salir a la calle, donde me cojo dolencias y afecciones y se me alteran los chakras.
Después de merendar y comprobar con una máquina que seguimos vivos, hay un porrón de cosas entretenidas que hacer hasta las ocho y media, que es la hora de cenar. Que no quiere decir que tantas cosas por hacer nos entretengan tanto tiempo, al menos no a mí ni a los del déficit de atención, porque a partir de las ocho estamos ya todos deambulando por el pasillo a la espera del último pienso del día. Podemos ver la televisión si pedimos el mando, leer el periódico o la prensa rosa, hacer crucigramas, autodefinidos o algo de eso, que hay un libro público en la sala común, pero yo tengo los míos propios porque soy una niña caprichosa. También he leído algún libro que tenía pendiente o que quería repetir o que me ha llamado la atención de la biblioteca del hospital, ya que hay dos días a la semana que vienen con un carro de libros unos adolescentes de colegio concertado a hacer voluntariado, para aprender de qué va el mundo real y todo eso. Yo también hice voluntariado con dieciséis años en un centro psiquiátrico, lo que nunca imaginé es que acabaría en uno. El problema mío es que no tengo la cabeza demasiado lúcida para retener o concentrarme en lecturas de las que me gusta a mí leer, o sea, intensas. Estoy más para leer Fray Perico y su borrico, o, en su defecto, prensa rosa, que lo fascinante que tiene es que es imperecedera, ya puede tener varios meses que sigue siendo actualidad. Con los crucigramas estuve muy a tope al principio, pero a la par que me iba aprendiendo las definiciones de memoria, se me fue abriendo un mundo de posibilidades como escribir o escuchar la radio.
A eso de las ocho empezamos a salir de la oscuridad de nuestras celdas, como vampiros que salen de su ataúd porque les llama la sangre, pero nosotros lo que sentimos es la llamada de los ansiolíticos, o simplemente el mero hecho de comer. Hay gente que tiene mucha ansiedad por comer, es increíble. A mí por suerte no me pasa eso y espero pacientemente y sin sobresaltos cardiacos, porque tengo que añadir que casi nunca tengo mucho apetito, por la condición en la que estoy y porque tampoco hago mucho gasto energético. El balance calórico me sale a devolver. Y esto lo comento porque aquí hay pacientes que lo del comer les genera un verdadero problema, o porque comen tanto o tan rápido que les sienta mal, o se atragantan, o porque tienen algún tipo de trastorno alimenticio. Yo de eso estoy en todo muy bien, la comida está muy rica y salvo algún día que no tengo apetito o que me pongo burra y no me da la gana ir a comer, no doy problemas en el yantar.
Y al fin, llega el momento más largo del día, de nueve a once de la noche, que no son más que dos horas, pero son la historia interminable. En el momento de la cena nos dan las gominolas pautadas, pero luego, a otros cuantos, nos dan la última hostia consagrada del día a las once de la noche. Que es una jodienda enorme, pero del todo comprensible, porque si nos fuésemos a la cama nada más cenar, a las tres de la mañana estaríamos ya dando guerra a las enfermeras de la guardia de la noche. Y este último momento del día se hace muy largo porque estás deseando que llegue el momento de ir a dormir. La verdad es que aquí deseas ese momento desde que te despiertas por la mañana porque no pasan las horas. En este tiempo me dedico a leer algo si me dan los ojos, a tumbarme en la cama a escuchar la radio, normalmente Radio Clásica o alguna de RTVE, que son las emisoras que menos tonterías dicen, o veo la televisión, o sigo escribiendo, o haciendo crucigramas. Hay señoras que van muy mal y muy poco al baño, como he dicho antes, y se pasan las dos horas esas caminando para activar los intestinos. No hay muchas más opciones, pero repito, que aquí el que se aburre es porque quiere.
Y a las once menos poco estamos ya deambulando por el control con el ansia característica que lleva encima un alma en pena. Nos vamos posando en el mostrador del control en riguroso orden de llegada, como en el ritual de la tarde de tomar la tensión. Aquí nos respetamos mucho entre todos y no suele haber broncas. Nos van despachando un zumo o leche en el vaso de plástico asignado con tu nombre desde el primer día, que aquí son muy ecológicos. Y ya nos podían dar una cerveza o un vino, incluso aceptaba yo una caña en vaso de tubo de plástico, que no habrá nada más ordinario y antiestético que eso, pero no, nos dan algo dulce para tragar con tanta amargura, metafórica y literal. Cuando he estado realmente mal, me apretaba la pastilla por debajo de la lengua, que hace efecto antes porque va directamente al torrente sanguíneo sin tener que pasar por el estómago. También sabe de amargo que es más agradable ponerte a masticar hierba del campo. Este es un truco que os doy, así, altruistamente.
Viernes, 10 de enero. Día 1
He venido porque tenía dos opciones muy claras: la cárcel o el cementerio
Despertándome a las siete y media de la mañana en una cama de observación de urgencias es como comenzó esta delirante aventura. Mis compañeros de viaje fueron esos viejos que están a punto de abandonar este mundo cruel, así que ya desde el principio fue todo un poquito perturbador. Que no es que mi vida sea un alboroto de luz y de color, pero pasar la noche en un lugar por el que la Parca campa a sus anchas no es nada hospitalario, valga la redundancia. Me levanté a preguntar si me podía ir de una puta a vez a mi casa, ya que llevaba dando vueltas por allí desde las ocho de la tarde del día anterior que entré por la puerta del hospital y, obviamente, me dijeron unas enfermeras que no dejaron de cacarear en toda la noche que de allí no me iba hasta que no pasara el médico. Lo que yo no sabía en ese momento es que no me iba a ir a casa hasta pasados treinta y tres días. En mi dulce ignorancia, me volví a meter en la camilla donde pasé la noche, con un pijama de esos indiscretos que se te ve todo y mis cosas en una bolsa, y volví a cerrar los ojos que, con lo que me dieron para que me calmara, no sé ni cómo los llegué a abrir. Entretanto, recuerdo entre ensoñaciones que vino una enfermera con una bandeja con el desayuno, que rechacé sin palabras, volviéndome a meter entre las sábanas.
A eso de las diez de la mañana llegó la psiquiatra de guardia, una chica joven con un acento de ser de por debajo del paralelo de Despeñaperros, que me ofreció el ingreso voluntario en la Unidad de Psiquiatría porque consideraba que era lo mejor después de las circunstancias que me llevaron allí la tarde anterior. Las circunstancias que me llevaron allí son muy largas de contar, pero venía en coche de pasar un mal trago y porque había mucho tráfico por la carretera, pero a punto estuve de dar un volantazo. «He venido porque tenía dos opciones muy claras: la cárcel o el cementerio», fue la frase que repetí a los médicos entre temblores y lágrimas. En la noche de ayer, las Moiras griegas tenían que haber cortado el hilo de la vida de uno de los dos, el mío o el suyo. Vamos, que con razón no me dejaba marcharme, que por eso me habían dejado la noche en observación, para impedirme cometer ninguna tontería. Bueno, como vivo sola en una ciudad que no es la mía, donde tengo amigos, pero no a mi familia, la doctora sí que me dejó ir a mi casa a por mis cosas y darme una ducha, qué menos, con la condición de que en dos horas me tenía de vuelta. Y así lo cumplí porque soy muy obediente, aunque parezca lo contrario.
Al Ángelus volví a entrar, habiendo hecho un par de llamadas y dejado alguna cosa atada porque tenía el billete de ida al infierno, pero no el de vuelta, y no podía permitirme desaparecer del mundo así, por completo, sin dar ninguna explicación a mi gente más allegada, la primera mi madre, por supuesto. Desde las doce del mediodía que me metieron en una sala de urgencias estuve llorando y temblando hasta las dos de la tarde, que me subieron a la undécima planta del hospital, la 11 Norte, el que iba a ser mi hábitat durante un mes largo, acompañada por un celador que no me quitó el ojo de encima, como si representara yo algún peligro para alguien, con lo pacífica que soy. Nada más entrar por la puerta acorazada y ver el panorama, rompí a llorar desconsoladamente, pero este magnífico episodio ya lo he contado en mi entrada triunfal, que merecía un capítulo propio y que ha sido la antesala al resto de la fantasía vivida en este País de las Maravillas, digo, Pesadillas.
Una vez me quedé en mi habitación, con la compañera a la que todavía en esos momentos no conocía, pues estaba metida entre las sábanas, vino una enfermera a ofrecerme una bandeja con la comida que, una vez más, rechacé. No sé cuántas horas llevaba sin dormir y sin comer, pero creo que demasiadas y las que me quedaban. Cuando me acomodé con mi pijama puesto y mis cosas guardadas, me llevaron a una sala para medirme y pesarme. Y aquí tuve uno de mis primeros «¿Qué cojones está pasando?», que han sido muchos, porque me pesaron dando la espalda a la báscula, para que yo no viera lo que peso. Supuse que será protocolo y normas, esas normas que fui aprendiendo sobre la marcha, por temas de problemas alimenticios, pero yo es que de eso no tengo, vamos a ver. Tampoco me supuso mayor problema, porque siempre que me voy de viaje me peso antes para ver lo que engordo y como esto también era un viaje, pues lo hice. Pesaba 66 kilos, seis menos de lo que pesaba antes de Navidad. ¿Que adelgacé seis kilos en Navidad? Sí. ¡En Navidad! Sí, soy una rara avis, lo sé.
Por mimetizarme con el ambiente, decidí hacer lo mismo que la otra persona que dormía aquí, en mi habitación: meterme a la cama, pero no a dormir, sino a llorar en silencio. Al rato apareció mamá y toda mi pena se convirtió en dicha. Saliendo de aquella alcoba descubrí la sala común de la planta, con televisión, prensa y juegos de mesa, y he conocido a algunos de los pacientes, pues hasta el momento no he visto a nadie, ya que mi entrada fue a la hora de la siesta, rito que aquí es religión. Al acabar el horario de permiso, mamá se ha ido, tranquila, y yo también me he relajado un poco, pero sigo hecha un manojo de nervios que no puedo controlar. Me siento como un animal asustado que le han sacado de su hábitat, le han metido en una jaula y no sabe lo que está pasando. No son más que las seis de la tarde, pero me he echado a dormir un rato. El día está siendo muy largo y duro, y realmente necesito descansar.
A eso de las ocho y media de la tarde ha llegado la cena y como comemos todos en la sala común y no en las habitaciones, como se acostumbra a hacer en un hospital, he conocido a todo el ganado que por aquí mora, cada uno mejor que el anterior, aunque hasta el momento solo he hablado con uno, con Alberto. Alberto es un hombre de alrededor de cincuenta años, pero es como un niño pequeño, no sé muy bien lo que le pasa. Han venido su madre y su hermana a verle, y lo primero que me ha dicho es que si yo era de la cofradía de los Franciscanos. Le he dicho que no, que no soy de aquí y que no pertenezco a ninguna cofradía. He cenado a su lado y me ha contado cómo salvó de la muerte a la Virgen de las Angustias. Ante la solemnidad con la que me ha relatado cómo la virgen se estaba ahogando y solo él se dio cuenta y fue a rescatarla, me he quedado asustada, la verdad sea dicha. Pero como en todo instante me ha parecido totalmente inofensivo, ya que a mí lo de calar a la gente se me da muy bien, a partir de ese momento me he dado cuenta de que lo mejor era seguirle el rollo, porque tenga lo que tenga en la cabeza, es la única manera de conversar con él. Alberto fue el primer paciente al que conocí y dentro de su enfermedad ha sido el mejor apoyo que he tenido aquí dentro.
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