Kitabı oku: «Historia de la guerra del Peloponeso. Libros I-II»

La Biblioteca Clásica Gredos, fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con 415 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.
Publicado originalmente en la BCG con el número 149, este volumen presenta la traducción de los libros I-II de la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides realizada por Juan José Torres Esbarranch. Juan Carlos Iglesias-Zoido (Universidad de Extremadura) ha redactado una nueva introducción para esta edición.
Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.
La traducción de este volumen ha sido revisada
por Esperanza Rodríguez Monescillo.
© de la introducción: Juan Carlos Iglesias-Zoido, 2019.
© de la traducción: Juan José Torres Esbarranch.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 1990.
Primera edición en este formato: noviembre de 2019.
RBA • GREDOS
REF.: GEBO258
ISBN: 978-84-249-3187-2
Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S. L.
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INTRODUCCIÓN
1. LEER HOY A TUCÍDIDES
Leer hoy a Tucídides debería ser una obligación. En un momento en el que los clásicos suelen quedar relegados al lugar privilegiado y a la vez intrascendente de los plúteos de la alta cultura, calificados como imprescindibles, pero sentidos como perfectamente obviables, hay autores antiguos que nos atrapan por hablarnos de nuestro presente desde la lejanía de un pasado que parecía totalmente extinguido. Entre esos pocos autores, cuya obra sigue siendo un referente y cuyas reflexiones siguen siendo asombrosamente válidas, Tucídides se destaca como un faro que aporta al lector moderno una guía para entender el mundo que le ha tocado vivir, en el que las falsas noticias, la manipulación del lenguaje por parte de políticos demagogos, los acuciantes peligros que acechan a los regímenes democráticos o la existencia de un inestable tablero internacional dejan patente que vivimos tiempos inciertos. En momentos de zozobra como estos, y al igual que ha venido sucediendo en épocas similares desde hace siglos, su Historia consigue atrapar la atención del lector por su manera seca y áspera, pero, ante todo, lúcida de exponer los motivos que convierten al hombre en un lobo para el hombre. Por el modo en que consigue explicar sin concesiones la realidad, las implicaciones y las inevitables consecuencias del imperialismo, los motivos que conducen a un grupo humano a la guerra civil o el papel subordinado que los países débiles acaban desempeñando en un tablero internacional condicionado por el poder inexorable de la fuerza y de los hechos consumados. La obra de Tucídides aporta un rayo de lucidez en un contexto marcado por la inmediatez y por estímulos de consumo rápido y de nula digestión, que suelen expresarse por medio de rimbombantes afirmaciones destinadas a vivir la efímera existencia de los 140 caracteres. A cambio, el historiador ático ya reclamaba en su momento la obligación de una lectura reposada y detenida de una obra que requería de una digestión lenta para poder asimilar sus bondades. Tenía claro que, para que fuera posible captar el mensaje de sus palabras, el lector debía adentrarse en la senda estrecha y tortuosa por la que discurre un alambicado pensamiento que, paradójicamente, consigue ser preciso gracias a la abstracción. Al final de este tortuoso camino, el lector paciente encuentra, como premio a su esfuerzo, un tesoro vedado a quien opta por otro tipo de acercamiento más superficial. Nuestro objetivo es acompañar al lector en ese tránsito, aligerar la carga inevitable que supone la tarea de comprender el significado de esta obra clave de la cultura occidental y, en definitiva, ayudar a entender los motivos por los que Tucídides se ha convertido, sin lugar a dudas, en el autor antiguo más útil para comprender el mundo contemporáneo.
Una afirmación que no es en absoluto gratuita. Tomemos como ejemplo tres conflictos políticos candentes, pertenecientes a diferentes esferas de influencia (global, regional y nacional), que afectan al mundo de hoy. ¿Quiere entender las causas por la que el presidente Trump ha comenzado un conflicto comercial de impredecibles consecuencias, centrado en la imposición de aranceles y en la hegemonía tecnológica, con la China de Xi Jinping? Lea a Tucídides. ¿Se cuestiona cómo es posible que una sociedad europea tan avanzada como la del Reino Unido, azuzada en sus más bajos instintos por demagogos como Nigel Farage o Boris Johnson, se haya metido de cabeza en el callejón sin salida del brexit? Lea a Tucídides. ¿Desea comprender los motivos por los que el denominado procés ha prendido en una parte importante de la sociedad catalana hasta el punto de que un buen puñado de ciudadanos, tradicionalmente sosegados y prudentes, emprendieron en otoño de 2017, sin amago de crítica, una senda cercana a la insurrección popular y han estado a punto de llegar a desatar un conflicto civil, plenamente convencidos por las soflamas y medias verdades de un grupo de dirigentes políticos que en cualquier otro momento habría sido visto como el paradigma del oportunismo y de la irresponsabilidad? Lea a Tucídides.
En el primer caso, así lo han entendido en el entorno del presidente Trump, entre cuyos asesores militares (con figuras tan destacadas como los generales Mattis y McMaster, el cual, sin duda, leyó a Tucídides en su paso por la academia militar de West Point) la Historia se ha convertido en una obra de cabecera a la hora de planificar las presentes y las futuras relaciones con China, y no caer en lo que se ha denominado como «la trampa de Tucídides». Esta expresión, acuñada por el politólogo norteamericano Graham Allison, sirve para referirse a la posibilidad, cada vez más real, de un enfrentamiento bélico entre estas dos potencias. Según Allison, «la trampa de Tucídides» es una peligrosa dinámica que se produce cuando un poder ascendente amenaza con desplazar a un poder asentado, desafiando su hegemonía (Allison 2017). Tucídides nos cuenta que fue el ascenso de Atenas y el temor que este hecho provocó en Esparta lo que hizo que la guerra fuera inevitable. Y el motivo desencadenante fue en apariencia algo nimio: en el año 433 a. C., Atenas impuso a Megara severas sanciones económicas que amenazaban con asfixiarla. Esparta sintió que ese decreto y la política que lo sustentaba confirmaban sus peores temores, alimentados durante décadas, sobre las intenciones de los atenienses de incrementar su poderío e influencia a costa de los lacedemonios. El conflicto, desde esta perspectiva, se presentó como inevitable y desencadenó la Guerra del Peloponeso, que terminó con la derrota de Atenas en el año 404 a. C. El coste de la guerra fue terrible y las potencias implicadas nunca volvieron a levantar cabeza. En nuestra época, el temor es que China se convierta en una nueva Atenas frente a una Esparta en la forma de Estados Unidos y que se produzcan tensiones crecientes entre un poder emergente y una potencia asentada que quiere mantener su hegemonía a toda costa. Ante este contexto tan explosivo, existe el riesgo de que tanto sucesos normales como incidentes extraordinarios provocados por terceros (no olvidemos a Corea del Norte) puedan acabar desencadenando un conflicto militar a gran escala. Algo que, como señala Allison, ha sucedido ya en demasiadas ocasiones. En concreto, poniendo en práctica una visión de la historia claramente tucididea, cita dieciséis casos de rivalidad geopolítica, desde la portuguesa y española del siglo XV hasta la franco-británica y alemana del XX, que acabaron en trece ocasiones en conflicto bélico. Estos ejemplos ponen de manifiesto la existencia de un patrón que condiciona las relaciones internacionales. Quizás el caso más destacado es el que ofrece la Primera Guerra Mundial, cuando una nación emergente como Alemania amenazaba con desbancar a las grandes potencias del XIX como Inglaterra y Francia. En este contexto, incidentes que en otras circunstancias se hubieran solventado sin más implicaciones, como el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo en junio de 1914, generaron una reacción en cadena que, fuera de control, provocó un conflicto bélico mundial. «La trampa de Tucídides», como bien saben en la administración americana y en el gobierno chino, es un concepto que, por lo tanto, debe servir para que seamos conscientes del tremendo peligro creado por el conflicto comercial que enfrenta a ambas potencias. Si las dos partes continúan como hasta ahora, una situación de crisis internacional puede volver a repetirse, si bien la propia historia también nos enseña que no siempre se produce ese desenlace. ¿Podrán Trump y Xi Jinping gestionar la relación geopolítica más crucial del siglo XXI sin ir a la guerra? Solo el tiempo lo podrá decir, pero, si llega a suceder, está claro que sería obedeciendo a una dinámica que ya fue descrita con precisión por el historiador griego en el siglo V a. C. Por lo tanto, es evidente que la lectura de Tucídides va mucho más allá de un simple deleite estético o de un ejercicio de erudición histórica y se convierte en un medio eficaz de comprender los hilos invisibles que guían los sucesos de nuestro presente en la esfera internacional.
En el segundo caso, las figuras de Nigel Farage y de Boris Johnson, junto con su comportamiento y argumentaciones durante todo el proceso del brexit, guardan estrechas similitudes con personajes clave de la obra tucididea como el demagogo Cleón o el joven político Alcibíades. El primero ha quedado para la posteridad como el instigador de lo que pudo acabar siendo una de las mayores masacres de la guerra: el castigo indiscriminado que Atenas pretendía dispensar a los habitantes de la ciudad de Mitilene en la isla de Lesbos. El segundo fue uno de los inductores de la nefasta expedición ateniense que pretendía apoderarse de Sicilia. En ambos casos primaron los intereses individuales sobre los colectivos y el deseo de alcanzar un beneficio personal por encima de lo que convenía a la pólis. Cleón pronunció un discurso decisivo (III 37-40), ante la asamblea de Atenas, con el que consiguió convencer a sus conciudadanos de la necesidad de castigar con extrema dureza la traición de los habitantes de Mitilene. Se adoptó la decisión de matar a todos los hombres de la ciudad y vender como esclavos a mujeres y niños. Un castigo que solo la intervención de un político moderado como Diódoto (III 42-48) consiguió detener, poniendo ante los ojos de los atenienses las terribles consecuencias de sus decisiones (véase Andrewes 1962 y MacLeod 1978). Del mismo modo, años más tarde, el joven aristócrata Alcibíades (VI 16-18) consiguió convencer a los atenienses de la conveniencia de emprender una expedición contra la muy rica y poblada Sicilia, ocultando los peligros que una acción tan arriesgada implicaba para una potencia que estaba a punto de ganar la guerra y defendiendo en cambio, contra todo tipo de evidencias, que era una empresa fácil que haría mucho más rica y poderosa a Atenas. La ambición personal era lo que sustentaba esta defensa de emprender un segundo frente en la guerra y los atinados consejos del maduro Nicias sobre las dificultades de la empresa no consiguieron evitar la catástrofe (VI 9-14 y 20-23). Lo irónico de este suceso es que el aristócrata Alcibíades, responsable máximo de que Atenas se embarcara en esta empresa, acabó huyendo a Esparta al ser acusado de participar en la conjura de los Hermes. La expedición a Sicilia quedó en manos del prudente Nicias, que se había opuesto a ella desde el principio y que no pudo evitar que acabara en desastre: los atenienses fueron derrotados y la fuerza expedicionaria que iba a lograr todo tipo de honores fue masacrada (Greenwood 2017). La orgullosa Atenas sufrió así la más dolorosa de sus derrotas como castigo a su soberbia desmedida. Un ejemplo de los peligros de dejarse llevar por esa desmesura que los griegos denominaban hybris. Pues bien, hoy en día no pueden ser más evidentes los paralelismos entre esa Atenas dominada por políticos demagogos descrita por Tucídides y el Reino Unido convencido de abandonar la Unión Europea, gracias al efecto de noticias falsas sobre las ventajas de todo tipo que supondría esta arriesgada acción. Incluso el abandono posterior de la escena pública por parte de quienes acabaron reconociendo que habían falseado la realidad para lograr sus objetivos se convierte en otro factor que pone de manifiesto unos puntos de contacto realmente llamativos. O el hecho de que alguien que, en principio, no estaba de acuerdo con la retirada inglesa, como la premier Theresa May (que puede ser vista con un trasunto del ateniense Nicias), acabase liderando una negociación desastrosa con la Comunidad Europea que, a día de hoy, todavía no ha llegado a buen puerto, y que ha provocado su propia caída en desgracia y el ascenso definitivo de Boris Johnson. La lectura de Tucídides ofrece así una guía de inmenso valor para comprender, a partir del análisis de los casos concretos acaecidos en Mitilene y Sicilia, los peligros para una sociedad democrática de dejarse llevar por comportamientos populistas, basados en la defensa de unos intereses personales y en el uso falaz y tendencioso de argumentos sesgados. El texto tucidideo ofrece así un análisis de unos hechos lejanos que todavía puede ser útil hoy en día. No en balde, en los últimos tiempos se han publicado en la prensa inglesa llamadas desesperadas de académicos invitando a una lectura del texto tucidideo, para poder comprender la desastrosa espiral en la que se ha introducido la política británica. Para estos autores, Tucídides tendría que ser una lectura obligatoria al proporcionar una guía que, ante un panorama incierto, permitiría recolocar a los protagonistas y juzgar de manera adecuada tanto sus palabras como sus actos. Lo irónico es que Boris Johnson, como filólogo clásico formado en el Balliol College de Oxford, sin duda lo tiene presente. Hecho que, en este caso, no debería resultar demasiado tranquilizador, ya que pone de manifiesto hasta qué punto es plenamente consciente de los efectos de primar la ambición personal sobre el interés del conjunto de sus conciudadanos y hasta dónde es capaz de llegar para lograr, a través de los medios que sean necesarios, un brexit salvaje.
Finalmente, durante el otoño del 2017, los conocedores de la obra de Tucídides han tenido la ocasión de experimentar algo que nunca creyeron que llegarían a vivir en nuestro país y que pensaban que había quedado reservado a las más terribles páginas inciviles de nuestro pasado. Han sentido en propia carne cómo unas palabras escritas hace 2.500 años cobraban vida y les describían con aterradora exactitud la situación de discordia civil que se empezaba a vivir en Cataluña. En concreto, se trata del pasaje en el que Tucídides describe las luchas civiles que asolaron la ciudad de Corcira (III 82-85), lugar en el que se enfrentaron los partidarios de los atenienses, defensores de un régimen democrático, con aquellos que veían a los espartanos como sus salvadores (Orwin 1988). Hay dos textos que hablan por sí solos y que, aunque se escribieron para contar lo sucedido en Corcira, siguen sirviendo para describir magistralmente el proceder de los más extremistas, sean del bando que sean, ante una situación de crisis como la vivida en Cataluña. El primero trata sobre la subversión interesada de los valores y de los conceptos:
Cambiaron incluso el significado normal de las palabras en relación con los hechos, para adecuarlas a su interpretación de los mismos. La audacia irreflexiva pasó a ser considerada valor fundado en la lealtad al partido; la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada, la moderación, máscara para encubrir la falta de hombría, y la inteligencia capaz de entenderlo todo, incapacidad total para la acción; la precipitación alocada se asoció a la condición viril, y el tomar precauciones con vistas a la seguridad se tuvo por un bonito pretexto para eludir el peligro. El irascible era siempre digno de confianza, pero su oponente resultaba sospechoso (III 82, 4-5).
El texto, para todos aquellos que vivieron aquellos días de octubre de 2017, no necesita de más comentario. El segundo pasaje versa sobre cómo una masa anónima de ciudadanos se deja llevar por la manipulación y los oscuros intereses de unos pocos:
Más aun, los vínculos de sangre llegaron a ser más débiles que los del partido, debido a la mejor disposición de los miembros de este a una audacia sin reservas; porque estas asociaciones no se constituían de acuerdo con las leyes establecidas con vistas al beneficio público, sino al margen del orden instituido y al servicio de la codicia... La causa de todos estos males era el deseo de poder inspirado por la codicia y la ambición; y de estas dos pasiones, cuando estallaban las rivalidades de partido, surgía el fanatismo. Porque en las distintas ciudades, los jefes de los partidos, recurriendo en ambos bandos a la seducción de los programas de acuerdo con su preferencia con la igualdad de derechos políticos para el pueblo... con el pretexto de servir a los intereses públicos, se granjeaban una recompensa para ellos mismos... (III 82, 6 y 8).
El texto de la traducción española es impactante por su magistral descripción de los efectos de la manipulación de los afectos políticos en un régimen democrático. Con todo, lo cierto es que ninguna versión llega a reflejar con total exactitud la auténtica intensidad de las palabras del griego de Tucídides: la concentración de ideas, la sintaxis entrecortada, el estilo tenso que en algunos pasajes transforma las palabras en un grito de desesperación ante los terribles hechos descritos. Aunque el historiador describe sucesos ocurridos años atrás, no puede evitar la estupefacción que le causa la naturaleza humana llevada a los más terribles extremos. Con todo, lo más descorazonador de este pasaje es que Tucídides, agudo conocedor del talante de los hombres, anuncia que los horrores de esta discordia civil «ocurren y que siempre ocurrirán mientras la naturaleza humana sea la misma» (III 82, 2). Nosotros, como receptores del día de hoy, hemos de sumarnos a esa larga lista de lectores que, desde hace más de dos milenios, han comprendido que los hechos sucedidos en un momento concreto de la historia griega, una vez descritos y pasados por el tamiz del pensamiento abstracto del historiador griego, alcanzaban una validez universal. De hecho, con Tucídides nace el concepto de la utilidad de la historia entendida, en expresión ciceroniana, como magistra vitae.
2. LA GUERRA DEL PELOPONESO: PARADIGMA HISTÓRICO Y MODELO PRAGMÁTICO
El suceso histórico que sirvió de base para estas agudas reflexiones sobre el comportamiento humano y sobre la utilidad de la historia para hacer frente al futuro fue la Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.). Un conflicto militar entre la liga délico-ática y la liga peloponesia que, como destacó Tucídides en su proemio (I 1), fue el más importante que se había vivido hasta entonces y tuvo consecuencias decisivas para la historia de todo el mundo griego. La primera fue su extensión, ya que fue una guerra total (una auténtica «guerra mundial») que afectó a casi todo el mundo griego, sumido en un conflicto bélico en el que mantener la neutralidad se convirtió en una tarea imposible. La segunda consecuencia fueron los efectos sobre todos sus actores. Esta no fue una guerra más, sino que cambió para siempre la historia de Grecia y acabó siendo un desastre para todos sus protagonistas. Fue el fin de la Atenas de Pericles e incluso Esparta, que aparentemente ganó la guerra, vio declinar su hegemonía en los años siguientes, asistiendo al surgimiento de una nueva potencia militar: Tebas. La tercera consecuencia, y quizás la esencial para Tucídides, fueron sus terribles efectos sobre el hombre griego, entendido como colectividad y como individuo. Esta guerra generó la ruptura de todas las convenciones tradicionales tenidas como firmes y sólidas hasta ese momento, y generó una crisis moral y política que puso en cuestión las estructuras ideológicas de la época clásica.
Este contexto bélico fue un auténtico banco de pruebas que ofreció a un pensador como Tucídides, formado en las nuevas ideas de la sofística, la oportunidad única de llevar a cabo un análisis del comportamiento humano completamente novedoso en su momento con la vista puesta en el futuro. De hecho, si alguna etiqueta puede ponerse con toda propiedad a la historia de Tucídides es la de «pragmática». Es decir, una historia que, por primera vez, fue concebida como instrumento de análisis de unos hechos pensando en su utilidad futura (De Romilly 1956). Este es un dato importante que ha de tenerse en cuenta: su historia no solo es un relato riguroso de los hechos, sino que también ha ser vista como un auténtico monumentum del intelecto humano. Tucídides, con el empleo de recursos formales y retóricos (con especial atención a la inserción de discursos), no solo pretendía informar a sus lectores de los hechos y acciones de una guerra concreta, sino, sobre todo, poner de manifiesto ante sus ojos (y, en cierto modo, ante los nuestros) las leyes universales que se encontraban tras su aparente y azaroso devenir. Y el historiador griego logró una fusión magistral. Fue el alumno más aventajado de la escuela sofística, al conseguir reenfocar los mecanismos especulativos de estos mercenarios de la palabra, sobre todo el uso de lo probable (el eikós), para comprender el devenir histórico de un modo completamente nuevo (Gommel 1966). Baste, como prueba de lo afirmado, un rápido repaso por los cinco pasajes de la obra que, desde mi punto de vista, definen lo más granado del pensamiento tucidideo y nos permiten comprender hasta qué punto logró el objetivo de elaborar una obra con validez universal.
En primer lugar, de un modo completamente novedoso para la época, el propio historiador pone de manifiesto la naturaleza pragmática de su historia en las últimas líneas de su famoso capítulo metodológico (I 22), en el que explica el modo en que ha elaborado su historia. Se trata del pasaje en el que destaca la utilidad de su obra histórica, que ha de ser entendida como «una adquisición para siempre», gracias precisamente a su agudo análisis de la naturaleza humana:
Tal vez la falta del elemento mítico en la narración de estos hechos restará encanto a mi obra ante un auditorio, pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado y de los que en el futuro serán iguales o semejantes, de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana, si estos datos la consideran útil, será suficiente. En resumen, mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre (ktêma es aieí), más que como una pieza de concurso para escuchar un momento (I 22, 4).
En segundo lugar, Tucídides fue decisivo en la historiografía griega por su afán a la hora de distinguir entre las justificaciones aparentes y la causa más verdadera de la guerra, que para él no era más que ese miedo irracional que sentían los lacedemonios frente al creciente poderío de Atenas, que es lo que está en la base del proceso histórico al que nos acabamos de referir y que es conocido como «la trampa de Tucídides»:
La causa más verdadera (alethestáten próphasin), aunque la que menos se manifiesta en las declaraciones, pienso que la constituye el hecho de que los atenienses, al hacerse poderosos e inspirar miedo (phóbon) a los lacedemonios, les obligaron. Pero las razones (aitíai) declaradas públicamente, por las cuales rompieron el tratado y entraron en guerra, fueron las siguientes por parte de cada bando. (I 23, 6).
En tercer lugar, Tucídides ofreció una visión realista de la democracia ateniense (que, a la vez de ser un régimen ejemplar en muchos aspectos, también se manifestaba como un imperio con muy pocos escrúpulos). De hecho, en el epitafio de Pericles (II 35-46), en el texto que supone la máxima exaltación de la democracia y de sus virtudes políticas, pone en boca del estadista ático una idea clave: la importancia del poder (dúnamis) incluso para una pólis democrática que a la vez es una potencia política y militar:
Resumiendo, afirmo que nuestra ciudad es, en conjunto, un ejemplo para Grecia... Y que esto no es un alarde de palabras inspirado por el momento, sino la verdad de los hechos, lo indica el mismo poder (dúnamis) de la ciudad, poder que hemos obtenido gracias a estas particularidades que he mencionado. Porque, entre las ciudades actuales, la nuestra es la única que, puesta a prueba, se muestra superior a su fama... Y dado que mostramos nuestro poder con pruebas importantes, y sin que nos falten los testigos, seremos admirados por nuestros contemporáneos y por las generaciones futuras... (II 41).
En cuarto lugar, Tucídides ofrece el análisis más agudo del cuerpo social de la pólis en crisis cuando describe la guerra civil (stásis) que sacudió Corcira. Y pone de manifiesto, a través de una brillante metáfora, cómo la guerra puede convertirse en una «maestra severa» (bíaos didáskalos) para el hombre. Un tutor desabrido que moldea el comportamiento al obligar a los hombres a adaptarse a las circunstancias imperantes por muy duras que sean:
Muchas calamidades se abatieron sobre las ciudades con motivo de las luchas civiles, calamidades que ocurren y que siempre ocurrirán mientras la naturaleza humana sea la misma, pero que son más violentas o más benignas y diferentes en sus manifestaciones según las variaciones de las circunstancias que se presentan en cada caso. En tiempos de paz y prosperidad, tanto las ciudades como los particulares tienen una mejor disposición de ánimo porque no se ven abocados a situaciones de imperiosa necesidad; pero la guerra, que arrebata el bienestar de la vida cotidiana, es una maestra severa y modela las inclinaciones de la mayoría de acuerdo con las circunstancias imperantes (III 82, 2).
En quinto lugar, las ideas expresadas en estos pasajes alcanzan su expresión más trascendental en el denominado Diálogo de los melios (MacLeod 1974). Se trata de un debate (V 85-115) con el que el historiador cierra el libro V de su historia, y en el que plantea una cuestión universal: ¿la relación entre los pueblos puede estar basada en un orden moral que deriva de los principios de la justicia o está condicionada por el conflicto entre los intereses nacionales y la imposición del poder del más fuerte? El interés que este diálogo ha despertado en todas las épocas se debe a que los embajadores atenienses desplazados a Melos ponen en escena, con toda crudeza, un enfrentamiento paradigmático entre idealismo y realismo:
Atenienses: «En ese caso, pues, no recurriremos, por lo que a nosotros atañe, a una extensa y poco convincente retahíla de argumentos, afirmando, con hermosas palabras que ejercemos el imperio justamente porque derrotamos al Medo o que ahora hemos emprendido esta expedición contra vosotros como víctimas de vuestros agravios; pero tampoco esperamos de vosotros que creáis que vais a convencernos diciendo que, a pesar de ser colonos de los lacedemonios, no os habéis alineado a su lado, o que no nos habéis hecho ningún agravio; se trata más bien de alcanzar lo posible de acuerdo con lo que unos y otros verdaderamente sentimos, porque vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan» (V 89).
Los melios, que emplean argumentos idealistas, se enfrentan a la disyuntiva de elegir entre la guerra o la esclavitud. Son valientes y aman a su pueblo. No desean perder su libertad y, aunque son más débiles que los atenienses, están dispuestos a defenderse. Basan sus argumentos en la justicia. Creen en los dioses, que consideran que apoyarán su justa causa. Y confían en que sus aliados lacedemonios les ayudarán en esta situación de dificultad. Es evidente que un lector moderno puede identificar en el discurso de los melios elementos de la visión liberal del mundo: la creencia de que las naciones tienen el derecho de tener una independencia política; de que hay una serie de obligaciones entre las naciones; y de que una guerra de agresión contra un estado más débil es intrínsecamente injusta. Pero lo cierto es que también cabe un análisis alternativo del mismo episodio: los melios ni tienen medios suficientes para plantear una defensa realista, ni tampoco actúan con la suficiente previsión frente a las consecuencias de su comportamiento. En su decisión de oponerse a los atenienses, están guiados más por sus deseos que por las evidencias. De manera similar, los atenienses, por su parte, basan sus argumentos no en lo que el mundo debe ser, sino en lo que es realmente. Los atenienses obligan a dejar de lado cualquier consideración moral y urgen a los melios a tener en cuenta los hechos duros y simples: han de reconocer su inferioridad militar, considerar las consecuencias potenciales de una decisión contraria a sus intereses y, en definitiva, pensar en su propia supervivencia. Son más débiles y, por lo tanto, no tienen más remedio que ceder.
A la vista de esta contraposición de planteamientos, Melos se convierte así en el ejemplo más claro de una posible doble lectura del texto tucidideo, facilitada por la abstracción de ideas y por la forma ambigua en que muchas veces estas se expresan. Por una parte, los atenienses pueden ser considerados el mejor ejemplo de cómo el poder, si no tiene en cuenta la moderación y el sentido de la justicia, acaba desembocando en un incontrolable deseo de más poder. Tras el episodio de Melos, los atenienses se embarcan en la expedición a Sicilia. Sobreestiman sus fuerzas y, en definitiva, se convierten en los principales responsables de su derrota. Pero, por otra parte, desde la perspectiva del realismo político, la cínica postura de los atenienses encuentra una posible justificación y los melios también pueden ser vistos como un pueblo guiado más por sus deseos que por las evidencias. Un ejemplo que pone de manifiesto hasta qué punto el texto de Tucídides ha de manejarse con cuidado, ya que, en muchas ocasiones, admite interpretaciones contrapuestas que nos hacen dudar de la auténtica posición de su autor. Este, como afirmaba Rousseau en el Emilio, es el modelo ideal de historiador, ya que enlaza los hechos sin considerarlos, no omitiendo ninguna de sus circunstancias, para que seamos sus lectores los que podamos juzgarlos por nosotros mismos.
En definitiva, estos cinco textos pueden resumirse en cinco ideas esenciales que, independientemente de cómo puedan ser interpretadas, permiten comprender los motivos por los que ha interesado tan vivamente el pensamiento de Tucídides a lo largo del tiempo y han convertido en paradigmático el relato de un conflicto bélico concreto:
1) La naturaleza humana rige las relaciones entre individuos y colectividades en una situación de crisis.
2) En este contexto, la salvaguarda del poder (y el miedo a perderlo) es el elemento clave que explica la guerra.
3) La guerra es una «maestra severa» que pone a prueba al hombre y que explica los más terribles comportamientos.
4) En la guerra no hay espacio para la moralidad: prevalece siempre el derecho del más fuerte.
5) La historia ha de ser pragmática: ha de describir todos estos procesos y prevenir a los hombres futuros de sus consecuencias.
Ideas como estas explican que la obra de Tucídides haya sido entendida como una especie de vademécum que permite explicar y comprender las características e implicaciones de todo tipo de hechos históricos en los que la naturaleza humana desempeña un papel decisivo. El éxito de la Historia de Tucídides reside en que su autor supo combinar un profundo estudio del comportamiento humano con una forma literaria que, más allá de las barreras del tiempo y de los gustos, facilitó que ese análisis calara en el corazón de generaciones de lectores que han contemplado con asombro cómo las vicisitudes de quienes vivieron unas circunstancias muy concretas alcanzaban una validez universal. Entre nosotros, el profesor José Alsina ha sido quien mejor ha descrito esta virtud del historiador griego: «Si alguien ha iniciado un método para analizar la patología del cuerpo social, y las leyes del comportamiento de los estados en sus relaciones violentas entre sí; si ha habido, en la Antigüedad, un espíritu que ha sabido penetrar en la entraña del fenómeno del poder, del imperialismo, del hecho revolucionario, este ha sido, sin duda alguna, Tucídides» (Alsina 1982: 20).
Esta virtud de la Historia, en la que todos sus lectores están de acuerdo, también plantea, como hemos podido comprobar en el diálogo de los melios, graves problemas de interpretación a la hora de determinar con claridad cuál es la postura defendida realmente por Tucídides. Es el peligro de enunciar las ideas por medio de un pensamiento concentrado y abstracto que muchas veces se expresa con la buscada ambigüedad de un observador privilegiado de los hechos. Esa capacidad de la obra del historiador a la hora de interpretar el pasado, ofreciendo claves no solo para comprender el presente, sino también para prever el futuro, puede llevar a malinterpretaciones y a usos interesados dependiendo del enfoque o de la ideología de quienes la utilicen. Para unos, Tucídides es el defensor del régimen democrático que admiraba profundamente a Pericles. Para otros, en cambio, el historiador es un aristócrata que critica los excesos de demagogos como Cleón, que condujeron a Atenas al desastre. Cuestión que, inevitablemente, nos obliga a detenernos en su biografía
3. TUCÍDIDES Y SU OBRA
¿Quién era este personaje? ¿Qué sabemos de él? La primera idea que tiene que tener clara el lector es que no conocemos mucho de la vida de Tucídides y que, además, los escasos apuntes biográficos que han llegado hasta nosotros, como los que nos transmite Marcelino en la biografía más famosa conservada, pretendían conformar una imagen ideal de cómo ha de ser un historiador y no transmitirnos datos fidedignos sobre su vida (Burns 2010). La causa de este enfoque radica en que nuestro autor inaugura una larga tradición de personajes convertidos en historiadores como consecuencia del exilio o de su retiro de la vida pública. Al poder observar la realidad que les rodeaba desde la atalaya de un retiro voluntario o forzoso, esos historiadores, según suele admitirse, habrían tenido una mayor libertad para relatar los hechos que enfrentaron a dos países o que generaron una guerra fratricida. Su aparente neutralidad les habría permitido ser espectadores privilegiados de hechos sobre los que cualquier otro se habría visto obligado a tomar partido. Y su afán por perdurar y por escribir pensando en las generaciones futuras les habría conducido por la senda de la verdadera historia, aquella que huye de la lisonja de los contemporáneos y tiene una verdadera utilidad pragmática. Este alejamiento del epicentro de un conflicto y el deseo de convertir su obra en una «adquisición para siempre» son los factores que, a lo largo de los siglos, más han contribuido a alimentar la quimérica idea de la «objetividad historiográfica». El historiador entendido como juez de unos hechos sobre los que no toma partido y con respecto a los cuales se convierte en un testigo para la posteridad. La imagen del historiador ático como un exiliado, refugiado durante buena parte de la guerra en Tracia y en contacto con todo tipo de informantes, cuadra a la perfección con la visión contemporánea de cómo ha de actuar el historiador a la hora de describir los hechos que narra. No es extraño que los padres de la historiografía moderna admirasen a Tucídides por su afán de describir los hechos de la guerra más terrible que vivió el mundo griego «tal y como realmente sucedió». Una idea muy del gusto de nuestra época, tan necesitada de asideros estables y firmes, pero que supone un auténtico anacronismo, si tenemos en cuenta el contexto real de la escritura de la historia en el mundo antiguo. Una ojeada al público a quien en origen iba dirigida, a la influencia ejercida por la retórica o a las auténticas finalidades que animaron a un historiador a poner en circulación sus escritos nos mostraría un cuadro mucho más complejo (véase Rusten 2009: 1-28). Por no hablar del hecho de que Tucídides, perteneciente a una renombrada familia ateniense (es descendiente de Milcíades y de Cimón) y admirador de Pericles, vivió una especie de exilio dorado como propietario o, por lo menos, como concesionario de las minas de oro en Laurión.
A la vista de estas contradicciones, la verdadera personalidad de Tucídides ha llegado a ser calificada como un misterio. La admiración encendida que desata su figura contrasta con un conocimiento limitado y parcial de su devenir como hombre. Los escasos apuntes biográficos que él mismo proporciona en su obra, como que sufrió en sus propias carnes el efecto de la terrible epidemia que asoló Atenas (II 48), que fracasó en el cargo de estratego al no poder impedir la toma de Anfípolis por parte del general espartano Brásidas (IV 104), o que, tras ser condenado al ostracismo, vivió el final de la guerra y la derrota de Atenas (V 26), han permitido situar su vida entre los años 460 y 398 a. C. Su obra, por lo tanto, ha de situarse en el período más fructífero que ha conocido la cultura griega. La Atenas de Pericles no solo fue la potencia militar y política más importante del momento, sino también el foco cultural más influyente del mundo antiguo. En este contexto, datos como su ascendencia aristocrática, su condena al ostracismo, la posesión de explotaciones mineras en Tracia, que facilitó su dedicación a la escritura, su admiración por Pericles o la muerte en los últimos años del siglo V a. C., que le impidió dar punto final a su obra, son solo piezas sueltas de un puzle vital, cuya imagen completa solo llegamos a atisbar parcialmente y que ha sido campo de disputa de los eruditos (Canfora 2016).
Ante este cuadro incompleto y lleno de lagunas que tenemos de la vida de Tucídides, la mirada de lectores y estudiosos ha de centrarse en la obra que legó para la posteridad y que no pudo completar en todos sus aspectos, ya que murió dejándola inacabada. Su Historia, distribuida desde época helenística en ocho libros, se suele dividir en tres secciones. Una primera, dedicada a narrar la llamada guerra arquidámica, que se desarrolló a lo largo de los diez primeros años del conflicto (I-V 24). Un breve interludio de siete años durante el que se disfrutó de una paz inestable (V 24 y ss.). Y, finalmente, la segunda parte de la guerra (libros VI-VIII), dedicada a otro período de diez años durante los cuales se desarrolló la aciaga expedición a Sicilia (libros VI-VII) y la guerra decélica y jónica (libro VIII). Su compleja estructura ha sido objeto de múltiples estudios que han intentado determinar las posibles fases de creación de la obra y su grado de acabado. En cualquier caso, hoy en día, a partir de esta disposición del contenido, hay consenso en considerar que su historia se estructuró en dos grandes partes paralelas, y que los libros primero y sexto actuarían como introducción de cada una de ellas (Rawlings 1981). Al no poder terminar Tucídides su obra, continuada luego por las Helénicas de Jenofonte, la estructura inicialmente prevista no habría sido completada y, por ello, el relato de los hechos históricos acaba abruptamente en el año 411 a. C.
En cuanto a su contenido, pasamos a comentar los pasajes y episodios más importantes de la obra, con la intención de proporcionar una guía a todos aquellos lectores que no estén familiarizados con su Historia.
El libro I, que conforma el proemio de la historia en su conjunto, se abre con la llamada Arqueología (I 1-21), que es una digresión sobre la historia antigua de Grecia, donde Tucídides intenta explicar racionalmente hechos y noticias transmitidos por el mito. Su objetivo último es poner de manifiesto la importancia de la Guerra del Peloponeso, la alteración más grande sufrida por los griegos (I 21), comparándola directamente con la Guerra de Troya y con las Guerras Médicas. Le sigue el «capítulo metodológico» (I 22), donde por primera vez, y con una sorprendente modernidad, un historiador antiguo habla sobre la metodología empleada en la elaboración de su obra. De este modo, pone de manifiesto la premeditada distribución de su contenido en discursos y acciones. Se posiciona con respecto a la tradición previa, con una vaga alusión crítica a la obra de Heródoto. E incluso proporciona una noticia fundamental sobre su difusión por escrito, considerando su obra una «adquisición para siempre» (ktéma es aiéi). El resto del libro primero, en el que se incluye un relato del período de paz de cincuenta años que precedió al conflicto (la llamada Pentecontecia: 1.89-118), está concebido como una exposición de los motivos profundos (aitíai) y aparentes (propháseis) de la guerra (I 23.6). La importancia de ambos conceptos, puntales del pensamiento de nuestro historiador, es tanta, que permite estructurar todo el contenido que sigue. De hecho, tanto la narración como los sucesivos debates en Atenas (I 32-43) y Esparta (I 68-86, a los que se suman I 120-124 y I 140-144) sirven para presentar los argumentos y razones esgrimidos por ambos bandos, y para poner de manifiesto al lector las intenciones reales de cada uno de ellos. Al final del libro I, el lector ya está preparado para comenzar a conocer cómo se desarrolló el conflicto.
En el libro II, una vez comenzada la guerra, se destaca sobre todo la inmensa figura de Pericles, el gran líder ateniense por el que Tucídides sentía una profunda admiración. De este modo, el historiador pone en estilo directo dos discursos fundamentales para entender al personaje: el discurso fúnebre (II 35-46), considerado unánimemente como el más importante de su obra, y el que supone su despedida (II 60-64), en el que, antes de morir, ha de hacer frente a las críticas contra la guerra que ya empezaban a surgir entre sus conciudadanos. La admiración del historiador hacia el líder político se pone de manifiesto en el elogio póstumo (II 65), en el que compara su recto comportamiento y su capacidad de previsión con la incompetencia de los líderes que le sucedieron, que acabaron llevando a Atenas al desastre. Otro pasaje fundamental de este libro segundo, al que se ha prestado una especial atención, es aquel en el que Tucídides describe con todo detalle (II 47-54) la terrible epidemia que asoló Atenas. Se trata de una descripción tanto de los síntomas físicos que aquejaron a los enfermos (entre los que se contó el propio historiador), como de los efectos psicológicos sobre la moral de los atenienses, y ha quedado para la posteridad como un insuperable modelo literario. Es evidente la influencia de la medicina hipocrática tanto en la descripción de los síntomas, como en el análisis de sus efectos sobre el cuerpo social de la pólis. La mejor prueba de la importancia de este pasaje es que hoy en día siguen apareciendo artículos en revistas científicas intentando poner nombre a esa «peste» tan minuciosamente descrita. También hay que citar los capítulos dedicados a describir el asedio espartano de Platea (II 75-78), que se convirtió en un pasaje paradigmático a la hora de describir el proceso de cerco de una ciudad.
En el libro III, el historiador nos ofrece dos episodios fundamentales sobre el comportamiento de las potencias militares en una guerra. Uno es el debate sobre el destino de los habitantes de Mitilene, tras su fallido levantamiento contra Atenas (III 35-50), donde el demagogo Cleón consiguió que la asamblea votase a favor de un castigo indiscriminado a la población civil. Solo la intervención de Diódoto consiguió evitar la masacre. El otro es el que relata la rendición de los platenses ante los lacedemonios y el juicio al que fueron sometidos, donde los tebanos, sus grandes enemigos tradicionales, actuaron como acusadores (III 52-68). El juicio culminó con la ejecución de los que se rindieron y con la destrucción de la ciudad. También es fundamental el pasaje en el que describe la stásis o lucha civil desatada en Corcira (III 69-85), donde hace un certero análisis (III 82-85) de las consecuencias de la disensión interna en una comunidad humana y de cómo los hombres se comportan como fieras con aquellos que, hasta ese momento, habían sido sus vecinos y compatriotas.
En el libro IV, Tucídides narra la victoria ateniense en Pilos (IV 1-16), donde quedó bloqueado por mar lo más granado del ejército lacedemonio, provocando una auténtica conmoción en Esparta, hasta el punto de que sus embajadores acudieron a Atenas para solicitar la paz y para preservar la vida de sus guerreros (IV 17-20). Este libro muestra el momento culminante (la akmé) del poderío ateniense y sirve para poner de manifiesto las causas de la posterior derrota. Los atenienses se habían vuelto demasiado confiados debido a sus sucesivas victorias. La sombra de la soberbia (la dramática hybris) empezaba a proyectarse sobre ellos. Por eso, es precisamente en ese momento en el que entra en escena otro de los grandes personajes, el general espartano Brásidas, cuyos éxitos van a propiciar un equilibrio de fuerzas entre ambas potencias. La figura del espartano, descrita favorablemente en términos homéricos, pone de manifiesto la admiración que un enemigo era capaz de inspirar en nuestro autor. También se destaca el discurso que pronuncia el general siracusano Hermócrates (IV 59-64) ante embajadores de toda Sicilia, en el que, adelantándose a lo que acabará sucediendo en los libros siguientes, se reclama una paz interna que unifique la isla frente al poderío ateniense. Un ejemplo de cómo una comunidad ha de cohesionarse para poder hacer frente de manera efectiva a una amenaza exterior.
En el libro V (V 1-24) se narra brevemente el fallido período de tregua (421-415 a. C.) conocido como paz de Nicias. En lo que se considera como un segundo proemio de la obra (V 26), Tucídides pone de manifiesto las ventajas de su destierro para conocer mejor el comportamiento de los bandos en conflicto y ofrece una serie de apreciaciones que, a raíz de la tesis defendida por L. Canfora acerca de la existencia de una edición del texto por parte de Jenofonte, ha generado una enorme polémica sobre la verdadera autoría de esas palabras (si son de Tucídides o fueron añadidas por Jenofonte como defiende Canfora). En todo caso, esta situación personal vivida en el exilio, sumada a las afirmaciones vertidas en su capítulo metodológico, son responsables en gran medida de que Tucídides se convirtiese durante siglos en paradigma de la objetividad historiográfica. El resto del libro quinto está dedicado a relatar la reanudación de la guerra, destacándose de manera muy especial «El diálogo de los melios» (V 85-116), en el que atenienses y melios hablan sobre el poder de las naciones y sobre la imposibilidad de los débiles para mantenerse neutrales en situaciones comprometidas. El pragmatismo de los atenienses (hay quien lo ha denominado cinismo), que no dudan en imponer sus criterios por la fuerza, supone una descripción demoledora del ejercicio del poder imperial. La crítica ha destacado su posición estratégica, entre la paz de Nicias y la expedición a Sicilia: Atenas, en la cumbre de su poder, actúa con soberbia y pone las bases para el desastre futuro.
Los libros VI y VII conforman una clara unidad, en la que el historiador relata la expedición a Sicilia (415-412 a. C.) y, en clave dramática, intenta explicar a la posteridad cómo se produjo la gran y terrible derrota de Atenas en Sicilia, que, en última instancia, acabó provocando la pérdida de su hegemonía en el mundo griego. Tras una segunda «Arqueología» (VI 1-9), donde el historiador introduce al lector en el origen del poderío de Sicilia, se suceden pasajes fundamentales, como el debate en el que se enfrentan Nicias y Alcibíades con respecto a la conveniencia de emprender la campaña siciliana (VI 8-26), la caída en desgracia de Alcibíades (VI 53-62), la petición de ayuda de los siracusanos a Esparta (VI 88-91) o la carta de Nicias (VII 11-15), en la que solicita refuerzos a Atenas ante la inminencia de la derrota. Y, de manera muy especial, los pasajes en los que se narra la derrota y retirada de los atenienses (VII 60-85), que terminó en un auténtico desastre y que supuso el principio del fin para un imperio que, hasta entonces, se consideraba invencible. Este último pasaje es un ejemplo perfecto de cómo Tucídides logra aumentar el dramatismo y la tensión gracias a la concentración de diferentes tipos de discursos (estilo directo e indirecto; discursos individuales y contrapuestos) en la narración de los hechos. Un texto que tiene claras resonancias dramáticas.
El libro VIII, finalmente, narra los primeros años de la guerra en Decelia y Jonia, hasta la campaña estival del 411 a. C. Un libro que, tradicionalmente juzgado como el menos elaborado de la obra, se está reivindicando en los últimos años (Liotsakis 2017). En él, nuestro historiador ofrece un cuadro de la desmoralización ateniense (VIII 1), la guerra centrada en el Egeo (VIII 13-44), el regreso de Alcibíades al bando ateniense (VIII 45-66), la caída de la democracia en Atenas por culpa de la revuelta de los Cuatrocientos, que impuso un régimen oligárquico (VIII 63-72), y, finalmente, su restauración tras los desmanes y excesos cometidos (VIII 89-98).
Tan rico contenido histórico hizo que la obra de Tucídides fuera estudiada durante siglos como una muy fiable fuente de datos para conocer de manera fehaciente los entresijos de la Guerra del Peloponeso y de la Atenas de finales del siglo V a. C. A ello se une la circunstancia de que, desde una perspectiva contemporánea, las propias afirmaciones del historiador sobre la metodología utilizada parecen aproximar su obra a los parámetros que rigen la historiografía moderna. De hecho, su afán riguroso de distinguir aquello que había visto u oído de lo que otros le habían contado perfiló a lo largo del tiempo la imagen de un historiador científico avant la lettre, alejado por igual de las veleidades narrativas de un Heródoto o del tono filosófico que anima gran parte de la obra de Jenofonte. Por ello, no ha de causar extrañeza que, hasta bien entrado el siglo XX, muchos de sus contenidos, y de manera especial los discursos, hayan sido objeto de una polémica sobre su mayor o menor fidelidad con respecto a lo que realmente sucedió o fue pronunciado por los protagonistas de su historia. O que su obra haya sido considerada como un auténtico manual político y militar.
Sin embargo, que Tucídides sea nuestra principal fuente de conocimiento de un conflicto tan decisivo como la Guerra del Peloponeso no puede hacer olvidar el hecho de que un historiador clásico, incluido el racional Tucídides, es también un autor literario. En esa línea han profundizado algunos de los más prestigiosos estudiosos de la obra tucididea a lo largo del siglo XX, como Finley (1967), Dover (1973), Hornblower (1987) o de Romilly (2013), que han destacado las relaciones entre la escritura de la historia y los mecanismos de composición de otros géneros literarios en el mundo antiguo. O autores como Stahl, que han puesto de manifiesto el papel que Tucídides atribuye a las fuerzas «irracionales» en su historia, que convierten en trágicamente inútiles los cálculos humanos (Stahl 2003). Y es que, sin restar importancia al hecho de que Tucídides no contó con modelos previos que analizasen la historia como él lo hizo, lo que tampoco ha de olvidarse es que Tucídides no creó su obra histórica de la nada. Tanto la narrativa como los discursos que componen su Historia son deudores de una serie de modelos formales e ideológicos que estaban influyendo sobre toda una generación de escritores en ese momento clave de la historia de Atenas (Rood 1999). Tucídides, por mucho que escribiera una obra decisiva para la historiografía antigua, no actuó de manera independiente de la tradición literaria griega, sino que, muy al contrario, su obra fue un fiel reflejo de la misma (Finley 1967).
4. TUCÍDIDES Y LA HISTORIOGRAFÍA ANTIGUA
Como él mismo afirma al comienzo de su obra, Tucídides, el ateniense, compuso una xyngraphé (nombre con el que en la Antigüedad se designaba una «historia contemporánea») dedicada a analizar el conflicto bélico en el que todo el mundo griego se vio envuelto durante el último tercio del siglo V a. C. Su obra no surgió como consecuencia de un deseo de mostrar su erudición, ni se centró en relatar las glorias pasadas de su pueblo. Bien al contrario, su historia nació de la necesidad de explicar al mundo unos sucesos que conmovieron a todos sus contemporáneos, y que llevaron el horror de la guerra y de la destrucción a las más altas cotas conocidas hasta entonces. Es más, por primera vez que sepamos, un historiador se plantea la necesidad de que su obra no solo sirva para levantar acta del sufrimiento y del dolor de una contienda, sino para que las generaciones siguientes obtengan una enseñanza que les ayude a sortear los peligros futuros. La importancia del conflicto, de la que el historiador fue consciente desde el comienzo, le llevó a plantear un nuevo modo de enfrentarse al pasado para comprender las auténticas causas del presente y, por extensión, tener la posibilidad de prever aspectos decisivos del futuro. Para poder llevar a buen puerto este ambicioso proyecto, Tucídides fue consciente de que ya no eran útiles los modelos que tenía a su disposición, demasiado influidos todavía —como se observa en Heródoto— por la épica homérica. Por este motivo, frente a sus predecesores, Tucídides puso en práctica una nueva manera de escribir la historia, introduciendo innovaciones que acabaron siendo decisivas para el posterior devenir de esta disciplina (Marincola 1997).
Así, en primer lugar, con la vista puesta en Heródoto, su obra supone el abandono premeditado y consciente de todo tipo de relato mítico como medio para explicar los hechos pasados. Incluso en aquellos pasajes (como ocurre en la Arqueología) en los que mira hacia el pasado legendario de Grecia, lo hace con otros ojos, reinterpretando sucesos como la talasocracia minoica o la Guerra de Troya bajo la luz de la nueva racionalidad promovida por la sofística:
¡Tan poco importa a la mayoría la búsqueda de la verdad (zétesis tês aletheías) y cuánto más se inclinan por lo primero que encuentran!
Sin embargo, no se equivocará quien, de acuerdo con los indicios expuestos, crea que los hechos a los que me he referido fueron poco más o menos como he dicho y no dé más fe a lo que sobre estos hechos, embelleciéndolos para engrandecerlos, han cantado los poetas, ni a lo que los logógrafos han compuesto, más atentos a cautivar a su auditorio que a la verdad... (I 20, 3-21, 1).
Desde las primeras páginas de su Historia, Tucídides declara que, a diferencia de quienes le han precedido en esta tarea, pretende llevar a cabo una «búsqueda de la verdad». Y que, para alcanzar la verdad (alétheia) de los hechos, ya no sirven los métodos seguidos por poetas y logógrafos, que no se basaban en testimonios palpables y firmes (tekméria), sino en los relatos orales (akoé). La tarea de historiador se plantea por primera vez en la cultura occidental como un trabajo intelectual en el que es necesario contar con pruebas que fundamenten tanto la exposición como las interpretaciones de los hechos históricos:
Así fueron, pues, según mi investigación, los tiempos antiguos, materia complicada por la dificultad de dar crédito a todos los indicios tal como se presentan (tekmeríôi), pues los hombres reciben unos de otros las tradiciones (akoás) del pasado sin comprobarlas, aunque se trate de las de su propio país (I 20, 1).
Por ello, en segundo lugar, el historiador emprende la novedosa tarea de escribir la historia de unos hechos totalmente contemporáneos. Tucídides no pretendía relatar toda la historia de Atenas, ni tampoco volver los ojos hacia las gloriosas guerras médicas que revolucionaron la historia griega a comienzos del siglo V a. C. Su tema, por el contrario, es la historia de un terrible conflicto en el que él mismo tomó parte, que fue el motivo del ostracismo que le alejó tantos años de su patria y que, en definitiva, provocó la derrota final de Atenas. Un pasado que, por su cercanía, cumplía el requisito de que sus hechos eran fácilmente comprobables. Pero, sobre todo, un pasado que, a causa de sus terribles consecuencias, seguía pesando como una losa sobre el presente:
Y esta guerra de ahora, aunque los hombres siempre suelen creer que aquella en la que se encuentran ellos combatiendo es la mayor y, una vez acabada, admiran más las antiguas, esta guerra, sin embargo, demostrará a quien la estudie atendiendo exclusivamente a los hechos que ha sido más importante que las precedentes (I 21, 2).
Ante tamaña empresa, a Tucídides ya no le servía una historia entendida como una simple exposición de datos memorables, más o menos embellecidos para la ocasión. Este camino, desde su punto de vista, no conduce a la verdad que se marca como objetivo. Por el contrario, la historia que pone en práctica pretende investigar las causas más profundas de los hechos y, además, ha de tener una utilidad pragmática gracias al estudio de las leyes universales del comportamiento humano (anthropeía phýsis). Solo así la historia puede alcanzar la «verdad» y, por lo tanto, ayudar a prevenir las consecuencias de otros hechos futuros que, de acuerdo con las leyes de lo probable (eikós), podrían volver a ocurrir cuando se diesen circunstancias semejantes. Este planteamiento supone un cambio revolucionario de perspectiva histórica. Frente a un mundo de verdades inmutables, que buscaba una explicación en el mito y en la tradición oral, la sofística va a proporcionar a Tucídides los instrumentos necesarios para desentrañar las leyes universales que guían el comportamiento de los hombres en una guerra. Por encima de intereses particulares y de informaciones sesgadas por el partidismo, es el conocimiento de la esencia del ser humano el camino que abre la puerta de la verdad. De este modo, las reglas universales del comportamiento del hombre como animal social se convierten en la auténtica clave de su historia.
Por ello, en tercer lugar, su ambicioso proyecto se fundamenta en la necesaria reinterpretación de los dos pilares esenciales de la tradición literaria griega: narración y discursos. Si Tucídides alcanzó finalmente su propósito fue gracias a una nueva manera de entender y de combinar dos viejos elementos de raigambre homérica: los discursos de los protagonistas (lógoi) y la narración de los hechos (érga). Ambos son los protagonistas de su capítulo metodológico (I 22), donde Tucídides expone las bases sobre las que han sido elaborados los dos componentes esenciales de su historia. Para alcanzar esa verdad que proclama, ambos se convierten en los elementos clave de un nuevo método narrativo de enorme eficacia historiográfica. Su magistral combinación permitió analizar el pasado con una profundidad y una exactitud (akríbeia) como nunca antes se había logrado:
Y en cuanto a los hechos acaecidos en el curso de la guerra, he considerado que no era conveniente relatarlos a partir de la primera información que caía en mis manos, ni como a mí me parecía, sino escribiendo sobre aquellos que yo mismo he presenciado o que, cuando otros me han informado, he investigado caso por caso, con toda la exactitud (akribeíai) posible. La investigación ha sido laboriosa porque los testigos no han dado las mismas versiones de los mismos hechos, sino según las simpatías por unos o por otros o según la memoria de cada uno (I 22, 2-3).
Pero, en cuarto lugar, la aplicación de todas estas novedades en la escritura de la historia implicó un cambio esencial en la manera de componer y de leer una obra de este tipo. La nueva manera de enfrentarse al pasado que promueve Tucídides solo puede comprenderse en el marco del contexto intelectual de la Atenas de finales del siglo V a. C., que surgió como consecuencia de la expansión de la escritura y de la alfabetización. Tucídides, a diferencia de lo que había ocurrido hasta Heródoto, ya no confía su obra a una difusión oral, por medio de lecturas públicas de partes selectas de su historia. Así, al final de su capítulo metodológico, comparte con los futuros lectores de su obra una reflexión fundamental que recoge la esencia (la utilidad) y la consecuencia (la historia entendida como una adquisición para siempre) más importante de su trabajo:
Tal vez la falta del elemento mítico (tò mè mythôdes) en la narración de estos hechos restará encanto a mi obra ante un auditorio (akróasin); pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado y de los que en el futuro serán iguales o semejantes, de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana (katà tò anthrópinon) si estos la consideran útil (ophélima), será suficiente. En resumen, mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre (ktéma es aiéi), más que como una pieza de concurso (agónisma) para escuchar un momento (I 22, 3-4).
El historiador es consciente del poco atractivo de una obra que, a causa de su metodología y de la nueva manera en que se combinan narración y discursos, no ha sido pensada para una ejecución pública. Ante la dificultad que entrañaba un texto lleno de agudas reflexiones y expresado con un lenguaje abstracto que pretendía capturar la esencia del comportamiento humano, Tucídides compuso su obra pensando más en un lector que la leyese en la tranquilidad de su gabinete que en un oyente que escuchase su ejecución oral en el marco de un acto público. Solo de este modo podría llegar a apreciarse la riqueza de pensamiento que tan ardua empresa necesitaba. Así, de nuevo frente a Heródoto, Tucídides es el primer representante de una historiografía que aprovecha las ventajas del acelerado proceso de alfabetización que vivió la sociedad ateniense de finales del siglo V a. C. Y este proceso acabó siendo decisivo sobre el modo en que compuso su historia. Esta alfabetización no era un proceso aceptado por todos. Solo habría que recordar las prevenciones que, frente al lógos escrito, habían expresado personalidades tan influyentes como Sócrates. Por este motivo, es todavía más sorprendente que alguien, en un momento de cambio como este, captase de un modo tan profundo las claves de una nueva manera de comunicación. Y, sobre todo, que las aplicase en la redacción de su obra.
5. LA METODOLOGÍA DE LA HISTORIA DE TUCÍDIDES: EL PAPEL DE LOS DISCURSOS
Las novedades que aportaba la obra de Tucídides a la naciente historiografía nos permiten comprender las causas por las que nuestro autor se convirtió en un referente para todos los que tras él acometieron la tarea de relatar los hechos pasados. Y, de manera muy especial, de los dos elementos (lógoi y érga) que componen su Historia, fueron los discursos los que acabaron convirtiéndose en un modelo decisivo para la historiografía posterior. En ellos, el historiador alcanzó el punto más elevado de su arte, en el que se fundieron magistralmente todas las influencias que recibió del entorno intelectual promovido por la sofística. De hecho, sus discursos, frente a la historiografía anterior, presentaban la novedad de haber sido elaborados de acuerdo con unos procedimientos argumentativos empleados en la práctica oratoria y retórica del momento (Gommel 1966). Una perspectiva que, sobre todo, permite extraer todas las consecuencias posibles al hecho, ampliamente aceptado hoy en día, de que el «racional» Tucídides también fue un hombre de su época. Que su búsqueda de la verdad no estaba reñida con la influencia ejercida en su obra por la retórica sofística y por los mecanismos especulativos de la medicina hipocrática (Finley 1973). Ambos influjos, que son la base de su pensamiento revolucionario, encontraron en los discursos su cauce de expresión más adecuado. No podía haber ocurrido de otro modo, si se tiene en cuenta que las palabras de los oradores son el medio utilizado por Tucídides para insertar en su obra esas reflexiones de carácter general que la caracterizan, en las que abundan complejos razonamientos que pretenden adquirir un valor universal. Razonamientos que, gracias a la retórica, permiten analizar la convulsión (kínesis) que sufre el cuerpo de una pólis en guerra y hacer un diagnóstico acertado de sus causas y de sus consecuencias. En definitiva, el poder de la palabra puesto al servicio del diagnóstico social y político.
Por poner solo un ejemplo, esta metodología es clave para entender las causas reales que motivaron la Guerra del Peloponeso. El libro primero, de manera coherente con su planteamiento de partida, no ofrece un relato de la guerra, sino que está lleno de discursos en los que se presentan las posturas defendidas por atenienses, corintios y lacedemonios (I 68-86 y I 120-144). Por medio de estos debates desarrollados en Esparta y en Atenas, donde oradores como Pericles o Arquidamo exponen de manera descarnada lo que piensan sus propias comunidades, el historiador consigue transmitir para la posteridad los motivos reales y las excusas que unos y otros emplearon para justificar lo que acabaría siendo el más dramático enfrentamiento de la época clásica. Esta es la manera tucididea de alcanzar la verdad: utilizar los mecanismos especulativos de la retórica y, combinando narración y discurso, conseguir ir más allá de la realidad aparente y, de este modo, captar la esencia del devenir histórico. Una verdad que deja de lado lo accesorio y que es fruto del estudio del comportamiento humano. Una verdad que surge de la relación dinámica entre lo que se dice y lo que se hace.
El historiador, de un modo completamente novedoso para su época, expone la metodología que ha guiado la composición de su obra en el capítulo 22 del libro I. En él, nos explica que su obra está compuesta por acciones (érga) y discursos (lógoi), un proceder que tenía ilustres antecedentes en la literatura griega. El problema es que la frase donde explica cómo ha elaborado sus discursos, el elemento más novedoso de su obra, es enormemente oscura y ambigua:
En cuanto a los discursos que pronunciaron los de cada bando, bien cuando iban a entrar en guerra bien cuando ya estaban en ella, era difícil recordar las palabras pronunciadas, tanto para mí mismo en los casos en los que los había escuchado como para mis comunicantes a partir de otras fuentes. Tal como me parecía cada orador habría hablado, con las palabras más adecuadas a las circunstancias de cada momento, ciñéndome lo más posible a la idea global de las palabras verdaderamente pronunciadas, en este sentido están redactados los discursos de mi obra (I 22, 1).
Detengámonos un momento para entender lo que estas palabras significan y así comprender la polémica que han generado. Por primera vez, un autor griego ofrece a sus contemporáneos y a la posteridad la metodología que ha seguido en la composición de su obra. Es algo realmente extraordinario, ya que implica tanto una reflexión sobre el proceso creativo como el deseo de proporcionar una clave interpretativa. El problema es que la oscuridad del texto dedicado a los discursos, lleno de conceptos abstractos, no ha permitido dar una respuesta clara y unívoca. Es como si el estilo ambiguo y enrevesado de Tucídides pretendiese jugar una mala pasada a todos los que se han acercado a este pasaje en busca de la clave con la que interpretar correctamente este aspecto esencial de la obra. La pregunta es simple: ¿qué nos quiere decir Tucídides con esta metodología y cómo hemos de interpretar sus discursos? La respuesta ya no lo es tanto. De hecho, son legión los autores que han intentado desentrañar el auténtico significado de estas palabras y entender cómo y para qué han sido elaborados los discursos. Para unos, esta frase prueba que el historiador subordinó cualquier impulso creativo a la intención de reflejar fielmente aquello que había sucedido. Para otros, en cambio, estas palabras ponen de manifiesto que Tucídides optó por una composición de los discursos libre, subjetiva y no subordinada a la verdad histórica. El seguimiento de una u otra postura tiene consecuencias diametralmente opuestas para cualquier intento de explicar los discursos.
Los defensores de la primera interpretación, capitaneados por autores como Gomme (1945) o Kagan (2014), conciben las alocuciones como un reflejo fidedigno de lo realmente dicho. El discurso es considerado, por lo tanto, como un testimonio histórico. Se apoyan en la segunda parte de la frase central, donde Tucídides afirma que se ha ajustado lo más posible a la «idea global» (xympáses gnómes) de lo realmente dicho. Solo así se entenderían las palabras del historiador sobre la dificultad de llevar esta tarea a cabo. Esta postura, no obstante, se enfrentaba con la evidencia de que algunos discursos no responden totalmente a la intención programática de su autor. Esto provocó que filólogos como Schadewaldt (1929) estudiaran una posible evolución creativa en la obra del historiador y, en definitiva, se convirtió en uno de los motivos que justificaron la larga polémica sostenida entre analíticos y unitarios (Alsina Clota 1981). Según la interpretación analítica, una vez establecidos los principios metodológicos, el tiempo y la experiencia (materializados en diferentes etapas compositivas a lo largo de la guerra) habrían ido distanciando a Tucídides de su objetivo inicial. En el otro extremo se sitúan todos aquellos que prestan más atención a la primera parte de la frase, donde el historiador se referiría al modo en que ha reflejado «según le parecía» aquello que cada orador habría pronunciado sobre los diversos temas. Tal fue la postura de defensores de la interpretación unitaria, como Schwartz, Grosskinsky o Patzer. Según estos autores, Tucídides habría llevado a cabo al final de la guerra una reelaboración personal de los discursos que, basándose en la «idea global» de lo realmente pronunciado, afectaría tanto al contenido histórico como a la forma. De acuerdo con esta interpretación, sus discursos no pueden ser entendidos como un testimonio cierto de lo realmente pronunciado.
Desde nuestro punto de vista, la clave que desvela la verdadera naturaleza de los discursos no se halla en estos extremos. Para encontrarla hay que tener en cuenta el capítulo metodológico completo (I 22) y su posición al final de la Arqueología (I 2-21), donde expone sus críticas al trabajo realizado hasta ese momento por poetas y logógrafos (Nicolai 2001). De este modo, podemos reparar en el hecho básico de que Tucídides, en su «búsqueda de la verdad», pretendía reproducir lo realmente pronunciado para que fuera «una adquisición para siempre» (tal como afirma en I, 22, 4). Del mismo modo que la narración de las acciones (los érga) ha de permitir comprender cómo se desarrollaron los acontecimientos, la recreación de los discursos también ha de tener una utilidad pragmática. Por ello, son fruto del compromiso que expresa en I 22, 1: Tucídides no pretende faltar a lo realmente pronunciado, introduciendo discursos inventados como hizo Heródoto (solo habría que recordar el debate persa sobre las formas de gobierno en Heródoto III 80-82), sino que su intención es adaptarlos para que desempeñen la nueva función pragmática que les asigna en su obra. De este modo se explica que en sus discursos pueda distinguirse entre un contenido ajustado a lo realmente dicho —lo particular—, y aquellas opiniones y argumentaciones generales y, en cierto sentido, generalizadoras —lo universal (Hammond 1973). Cuando hay una información clara y directa de lo sucedido predominaría «lo particular», mientras que allí donde hubiera dificultades el autor habría recurrido a lo universal, es decir, a lo que fuese «necesario» (tà déonta) en aquella ocasión concreta. El historiador, por medio de la aplicación de esta metodología, sin ignorar ni tergiversar lo realmente dicho, habría ajustado el contenido de los discursos a los diversos tipos y situaciones que estaban presentes en la práctica oratoria contemporánea, recurriendo a los argumentos que considerase «necesarios» para convencer a un auditorio. De este modo se lograban dos objetivos: ganar en credibilidad ante el receptor de la obra (ya que la toma de una decisión por una asamblea sería entendida como consecuencia directa del empleo de los argumentos adecuados al tema o a la situación) y ofrecer un discurso que no se pierde en los aspectos concretos de una situación, sino que adquiere validez universal (y, por lo tanto, puede ser comprendido por lectores de épocas posteriores). En definitiva, los discursos, desde el punto de vista de la metodología, se convierten en el instrumento esencial que ha de permitir que la obra tenga la validez de una «adquisición para siempre».
Desde esta perspectiva, Tucídides, en I 22, 1-2, nos informa de que habría elaborado una estructura que conjuga la narración de los hechos con la inclusión de discursos pronunciados en momentos cruciales y paradigmáticos. Ello explica el proceso de selección seguido y el que solo se reproduzcan algunos discursos. Así ocurre, por ejemplo, en el caso de los discursos de Cleón y Diódoto, que por su valor ejemplar son los únicos que introduce el historiador de un debate sobre la suerte de los habitantes de Mitilene, aunque ello suponga omitir el resto de las intervenciones que se sucedieron a lo largo del amplio debate que tiene lugar en el libro III. El propio historiador lo pone de manifiesto en el pasaje que introduce, a modo de engarce (Iglesias-Zoido 2006), el discurso de Cleón:
Se reunió en seguida una asamblea, en la que se expresaron diversas opiniones por parte de varios oradores; y Cleón, hijo de Cleéneto, que había hecho triunfar la anterior moción de dar muerte a los mitilenos, y que era en todos los aspectos el más violento de los ciudadanos y con mucho el que ejercía una mayor influencia sobre el pueblo en aquel entonces, se adelantó de nuevo y habló de este modo (III 36, 6).
Así, el historiador, no es que quisiese privar al lector de las otras intervenciones de ese debate, sino que, de manera coherente con su método, solo incluye aquellas que considera realmente paradigmáticas. Y en esta ocasión hubo dos oradores emblemáticos: el demagogo Cleón y el moderado Diódoto, que representa la voz de la prudencia:
Tal fue el discurso de Cleón. Después de él, Diódoto, hijo de Éucrates, que en la asamblea precedente ya se había distinguido por su oposición a condenar a muerte a los mitilenos, se adelantó de nuevo y habló del modo siguiente (III 41).
A la vista de este proceder que se repite a lo largo de la obra, la primera parte del capítulo metodológico debería ser entendida como una valiosa declaración de intenciones, en la que el historiador expone los problemas planteados a la hora de componer esos discursos paradigmáticos y el modo en que los resolvió. Tucídides pretendía reflejar la exactitud (akríbeian) de lo realmente dicho por esos oradores, pero se encontró ante dos dificultades. En primer lugar, ante un problema de transmisión de la información, debido a la poca fiabilidad de las fuentes de información oral. Así, deja constancia de la dificultad de recordar (diamnemoneúsai) con exactitud las palabras pronunciadas y la posibilidad de recibir exposiciones sesgadas. Con la mirada puesta en su utilidad futura, el historiador recurre a «lo preciso y necesario» (ta déonta) dentro del tema de ese discurso, ajustándose lo más posible a la «idea global» (xympáses gnómes) de lo realmente pronunciado por esos oradores selectos. Es evidente que esta declaración de intenciones va más allá de la simple reconstrucción de la verdad histórica y pone de manifiesto el grado de complejidad de una obra que ha de situarse en el contexto de la sofística. De hecho, junto a su intención de reconstruir lo que no se conocía con exactitud, Tucídides, al componer estos discursos, también habría sacado partido de los recursos argumentativos que ponía a su disposición la retórica contemporánea. De este modo, sin sacrificar la idea global de lo que pronunciaron esos oradores, podía dotar estas intervenciones de la forma retórica más adecuada y comprensible para sus receptores. Es así como ofrece discursos útiles. No con la pretensión de ser fiel a lo que ahora podríamos denominar «objetividad historiográfica», sino para profundizar en las causas profundas de los hechos y, de paso, ofrecer modelos oratorios fácilmente reconocibles. Y, para lograrlo, la retórica puso en su mano un valioso instrumento: lo probable (eikós).
Así, frente a quienes —desde una perspectiva filosófica, como ocurrió en el caso de Platón— se oponían a los procedimientos retóricos basados en la probabilidad, por su relegación de la verdad a un segundo plano, y frente al utilitarismo amoral de los sofistas —para los que valía cualquier medio para ganar un debate—, Tucídides utiliza lo «probable» en sus discursos como un medio de diagnosticar el cuerpo social de la pólis y de profundizar en las causas de la confrontación bélica. Del mismo modo que la medicina hipocrática había proporcionado los medios para comprender las causas internas y externas de los desequilibrios del hombre como individuo, la experiencia oratoria y retórica le permitió al historiador no solo reproducir lo fragmentariamente conocido, sino también recrear unos discursos más efectivos y penetrantes que, desde su consideración paradigmática, facilitasen la comprensión del comportamiento del hombre como colectivo.
Es evidente que con la aplicación de esta metodología se corre el riesgo de imprimir a todos los discursos un tono similar, más próximo al estilo personal del historiador que a lo que pudo haber sido realmente pronunciado por los diferentes oradores. Incluso, llevado al extremo, se corre el riesgo de sustituir las palabras realmente pronunciadas por aquellas otras que el historiador considerase más adecuadas o verosímiles tanto con respecto a la persona (convertida ahora en personaje), como a la situación en la que se hallase. Con todo, la metodología para la composición de discursos historiográficos, enunciada y llevada a la práctica por primera vez por Tucídides, presenta la innegable ventaja de que permite reconstruir (en el caso de que no haya una información directa y fiable) e, incluso, rehacer (en el caso de que se abrevie o amplíe la información disponible) los discursos, siempre con la vista puesta en su utilidad pragmática. De este modo, la gran aportación de Tucídides consistió en crear una metodología que muestra por primera vez las enormes posibilidades del discurso historiográfico. Este, considerado como un complemento fundamental de la narración de los hechos, es el instrumento intelectual que permite, por medio de su concepción modélica, comprender mejor el contexto en el que se produjeron y, sobre todo, las causas (evidentes u ocultas) que los motivaron.
No obstante, los discursos de Tucídides no son un elemento que pueda aislarse, sin más, dentro del conjunto de esta historia modélica. Como el propio Tucídides afirma en su capítulo metodológico (I 22), discursos (lógoi) y narración de los hechos (érga) conforman una unidad difícilmente separable. Los discursos, frente a lo que todavía ocurre en la obra de Heródoto, ya no son un elemento subordinado a la narración, un medio para aportar variedad y dramatismo al relato de los hechos. Este proceder, que estaba firmemente asentado en la cultura literaria griega, y que hunde sus más profundas raíces en los mecanismos narrativos de la épica homérica, fue alterado de manera decisiva por Tucídides para componer un nuevo tipo de obra histórica. Algo nunca visto hasta entonces. En el nuevo molde forjado a finales del siglo V a. C., la narración sigue siendo el hilo conductor del relato de los hechos sucedidos en la terrible contienda. Pero ahora esa misma narración se complementa con discursos que ponen de manifiesto ante el lector mentalidades, comportamientos y estrategias difíciles de explicar de otro modo. Esta fecunda mezcla, en la que la narración introduce discursos que adelantan o explican sucesos que el historiador va a relatar a continuación, conforma ese perfecto entramado que ha fascinado a todos sus lectores. Tucídides compuso una historia en la que los hechos cobran sentido a través de los discursos y los discursos adquieren una inusitada intensidad a partir de los hechos. El éxito de esta metodología pragmática, convertida en modelo para generaciones de historiadores, permite entender la enorme importancia que va a alcanzar la obra en épocas siguientes en las que se desarrolló un riquísimo legado.
6. EL LEGADO DE TUCÍDIDES
La parte final de esta introducción está dedicada a ofrecer una visión del legado de Tucídides en la cultura occidental. En este sentido, a la luz de investigaciones previas (Iglesias-Zoido 2011 y 2012; Iglesias-Zoido y Pineda 2017), consideramos que el estudio de la tradición de la Historia tucididea ha de dividirse en tres grandes etapas históricas. La primera, desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, se caracteriza por el papel constante que desempeñó Tucídides como modelo de una historiografía eminentemente retórica que daba gran importancia al empleo de discursos, todo ello dentro de un contexto dominado por los principios de la imitatio de pasajes ejemplares. Un amplio período en el que primó la valoración del historiador como modelo retórico a la hora de escribir historia sobre su valor como pensador. En la segunda etapa, durante los siglos XVII y XVIII, se produce un cambio esencial de enfoque: el abandono progresivo de la historiografía retórica por parte de la Ilustración se vio compensado por el incremento de la consideración de Tucídides como modelo de pensador político. Finalmente, las últimas páginas las dedicaremos a analizar cómo durante los siglos XIX y XX se pusieron las bases filosóficas que condujeron a la conversión de nuestro autor en ejemplo de la nueva historiografía científica y al enjuiciamiento de su historia como una obra clave para comprender el complejo mundo de las relaciones internacionales.
6.1. Desde la Antigüedad hasta el Renacimiento
La Antigüedad es el período que más ha determinado el legado de Tucídides. De ella proceden muchos de los juicios esenciales, tanto los positivos como los negativos, que se han repetido posteriormente. Su fama, tanto la buena como la mala, se labró en un período en el que los lectores convivieron de manera cotidiana con el texto del historiador. Tucídides, convertido en un clásico, fue leído, glosado y comentado sin descanso a lo largo de siglos tanto en la escuela como en los ámbitos literarios. Las consecuencias de ese contacto directo determinaron en gran medida los dos tipos de valoraciones que se repetirán hasta el Renacimiento. Para unos, su obra era el ejemplo perfecto de historia. Tucídides, como llegó a decir Luciano (De historia conscr. 42), fue visto como el auténtico «legislador» del género historiográfico. Para otros, en cambio, su estilo era oscuro, difícil y, en ocasiones, casi indescifrable. De las palabras de rendidos admiradores, como Cicerón o Luciano, o de duros críticos, como Dionisio de Halicarnaso, autor de una monografía sobre el autor (Sobre Tucídides), penden muchos de los enjuiciamientos que sobre su obra se han venido repitiendo desde la Roma imperial hasta la Europa del Renacimiento (Iglesias-Zoido 2011: 80-98).
Por otra parte, un hecho menos conocido permite explicar algunas de las claves que marcaron su recepción en la Antigüedad: cómo se leía y para qué servía su historia. Hoy en día, cuando una obra puede leerse de manera cómoda y continuada, tenemos una visión de las composiciones literarias como unidades. Sin duda, determinadas partes pueden llamar más la atención que otras. Pero, en general, un lector moderno tiene una visión de conjunto de la Ilíada o del Quijote. Observa un libro, por mucha extensión que tenga, como una unidad. Sin embargo, la situación material del libro antiguo era muy diferente y, en consecuencia, la historia de Tucídides no fue leída de la misma manera en todos los momentos de su transmisión textual. Como les ocurría a las obras de otros clásicos, como Homero, su gran extensión no facilitaba una lectura continuada. Si la Ilíada completa podía circular en unos doce rollos (a dos cantos por volumen), la Historia de Tucídides, dividida desde la época alejandrina en ocho largos libros, necesitaba de un número suficiente de volúmenes para ser copiada por entero. Si a todo esto añadimos que circuló una edición de la historia completada por las Helénicas de Jenofonte, con lo que aumentaba considerablemente su tamaño, la situación se complica aún más (Canfora 2016). Por otra parte, la oscuridad del texto también dificultaba una lectura continuada. La obra, para ser cabalmente comprendida, necesitaba contar con la ayuda de comentarios y de escolios que allanasen el camino de los lectores menos formados. Estas dificultades materiales y de comprensión permiten entender que la mayor parte de esos lectores no tuviera un interés (ni seguramente una necesidad) por abarcar por completo una obra que, en su monumental conjunto, ofrecía una formidable tarea de lectura a la que muy pocos, como afirmaba su biógrafo Marcelino, podían enfrentarse con éxito (Vida de Tucídides 35). En la mayor parte de los casos, los lectores no se acercaban a la historia porque ofreciese el cuadro definitivo de una época, sino que sobre todo dirigían su atención a una serie de hitos, que se destacaban del conjunto y que, por su utilidad retórica, habían recibido el interés de los más reputados críticos.
Así, a lo largo de este dilatado período, algunos pasajes escogidos de la historia se acabaron convirtiendo en modelos literarios de enorme influencia. Determinadas descripciones de batallas (diurnas y también nocturnas), los pasajes programáticos, la arqueología, el relato de pestes y discordias civiles, y, por supuesto, el conjunto de los discursos se convirtieron en una referencia para la labor historiográfica y, por ende, en lectura obligada y objeto de estudio para cualquier hombre culto que se preciase. Debido al papel desempeñado por la retórica escolar en el proceso de creación literaria, se da la paradoja de que la compleja y oscura obra de Tucídides ofrecía ejemplos indiscutibles de descripciones, narraciones y discursos. De este modo, a pesar de las dificultades de comprensión y circulación de la obra completa, una serie de pasajes, entre los que se destacaban los discursos, adquirieron la categoría de modelos formales gracias a su utilidad retórica y empezaron a circular de manera independiente de la historia en la que se insertaban (Iglesias-Zoido 2012). Este es un aspecto al que apenas se ha dedicado más que una atención marginal. Sin embargo, no era algo extraño en aquel momento. Sabemos que este proceso también se llevó a cabo con los discursos presentes en las obras de Salustio o Tito Livio. Todos los críticos de la época imperial coincidían en destacar esas alocuciones como lo más importante de la obra, como aquellos pasajes que mejor ponían de manifiesto la grandeza de la pluma de un historiador y que, por lo tanto, eran más útiles desde el punto de vista estilístico o retórico. A la vista de este contexto, era completamente lógico que los discursos de Tucídides empezasen a circular como elementos independientes del conjunto (Iglesias-Zoido y Pineda 2017: 23-41).
Desde nuestro punto de vista, estas tres cuestiones están claramente interconectadas: los juicios de los críticos, la utilidad retórica de los discursos y la circulación de antologías de pasajes contribuyeron a potenciar un modo de leer la obra de Tucídides que acabaría siendo decisivo para su legado hasta bien entrado el siglo XVI. Tanto las dificultades de estilo y lengua de una obra concebida en plena efervescencia de la sofística, como el papel que estas alocuciones desempeñaron en el proceso de instrucción retórica, fomentaron el proceso de selección y la circulación independiente de esos pasajes. Sin tener en cuenta este contexto, es difícil comprender cómo, a lo largo de la Antigüedad, un texto tan difícil como la Historia de Tucídides siguió ejerciendo tan gran influencia sobre historiadores, críticos literarios y rétores de todo tipo.
Un encumbramiento que no estuvo carente de dificultades. Muy poco después de comenzar a circular, este relato, que pretendía explicar para la posteridad los sucesos acaecidos durante la Guerra del Peloponeso, tropezó con la incomprensión de sus contemporáneos (Hornblower 1995). Durante varios siglos la escritura de la historia se adentró por otros caminos, siguiendo el rumbo que marcaban las exigencias de un mayor dramatismo. Así, autores posteriores al siglo IV d. C. como Calístenes, influidos por las teorías psicológicas de los peripatéticos, llevaron al extremo el método tucidideo y recomendaron ser totalmente fieles al «carácter» o éthos, elaborando los discursos conforme a la personalidad de los protagonistas de la historia y a sus circunstancias por encima de lo que realmente se conociese de ellos (FGrH.124F44). En teoría, a través de este «discurso de carácter», sería más fácil, con la ayuda de noticias e informaciones pertinentes, establecer la psicología de un personaje. Sin embargo, el peligro es claro: la figura de un hombre político sufre múltiples modificaciones por parte de partidarios y enemigos, por lo que se corre el peligro de caer en la idealización o en la caricatura. Si a ello le unimos la influencia creciente del drama, que llegó a contaminar la misma esencia de la obra historiográfica, se puede hablar del surgimiento de una «historia trágica» (Walbank 1960). El resultado llegó a ser tan preocupante que Polibio, al final de la época helenística, se vio en la necesidad de deslindar con claridad los objetivos de historia y tragedia, y de reconducir el rumbo de la historiografía con una vuelta a los presupuestos tucidideos (cf. Polibio II 56, 10-11).
Solo los excesos cometidos y la necesidad de retomar un modelo historiográfico que permitiese profundizar en las causas y en la motivación de los conflictos de un mundo dominado por Roma propiciaron la recuperación de la obra de nuestro historiador al final de la República (Canfora 2005). A lo largo del imperio, su obra no podía ser obviada sin más por todos aquellos historiadores griegos y latinos que, imbuidos en el aticismo, emprendieron la tarea de relatar los sucesos del pasado. Ya sea para seguir la senda emprendida por el historiador ático o para apartarse de ella, innovando en el fondo o en la forma, la obra de Tucídides, como pretendía su autor, se acabó convirtiendo en una referencia ineludible, en una auténtica «adquisición para siempre» (Nicolai 1995). La dura senda de la imitación fue recorrida por autores tan diferentes como Salustio, Apiano o Flavio Josefo. Y la ejecución del modelo se percibe en la narración de batallas, en el relato de asedios o en la descripción de los efectos de una peste.
Pero, sobre todo, el magisterio de Tucídides se ponía de manifiesto a la hora de elaborar una parte imprescindible a lo largo de toda la historiografía antigua: los discursos. Cuestiones como la verosimilitud de las intervenciones oratorias, su adecuación de las palabras al carácter de los personajes y a la situación planteada, los engarces empleados para insertar parlamentos en la narración o la selección del estilo directo o indirecto constituyen una preocupación constante para la mayor parte de historiadores antiguos (Marincola 1997). Y, en este caso, los discursos de Tucídides eran un referente ineludible. Los críticos antiguos consideraban que en ellos se expresaba lo más granado del estilo de este autor. Los historiadores y los rétores los reverenciaban como un reflejo vivo de la oratoria de la Atenas clásica, personificada en hombres como Pericles o Nicias. Pero, sobre todo, hay un factor que explica la atención prestada a estos discursos en este período: el gusto por las selecciones de pasajes escogidos y modélicos, que podían ser imitados. El concepto de imitación (mímesis o imitatio) es la clave que permite establecer este enfoque (Gray 1987). Los de Tucídides eran, además, unos discursos que, por primera vez, habían sido cincelados por la retórica, constituyendo en sí mismos una admirable crestomatía de oratoria política y militar. Incluso las críticas que recibió el historiador contribuyeron, paradójicamente, a cimentar su enorme prestigio. La oscuridad del estilo tucidideo, tan criticado por autores grecorromanos como Dionisio de Halicarnaso, alcanza sus más altas cotas en los discursos. Algo lógico si tenemos en cuenta que las intervenciones de los oradores son el medio utilizado por Tucídides para insertar en su obra reflexiones de carácter universal, en las que abundan complejos razonamientos. Estamos, por lo tanto, ante discursos que simbolizan en sí mismos la paradoja que caracteriza a esta obra: en una cultura literaria dominada por el principio de la «imitación», fueron muy apreciados y admirados por su profundidad de pensamiento; pero, a la vez, su complejidad los convirtió en un modelo de difícil aplicación práctica, cuya cabal comprensión estaba reservada a una élite. Imitar sus discursos, por lo tanto, suponía pertenecer a esa minoría. Y este privilegio fue muy apreciado desde la Antigüedad hasta el Renacimiento.
En Bizancio, Tucídides siguió siendo uno de los autores mejor conocidos y más ampliamente imitados. Un referente historiográfico a lo largo de más de un milenio y un autor canónico para cualquier hombre culto de este período. Este es un dato que encontramos repetido en todos los estudios dedicados a la influencia de Tucídides en Bizancio (cf. Reinsch 2006). Sin embargo, lo cierto es que este cuadro idílico, que parece avalar una amplísima recepción de la Historia en este período, contrasta con una evidencia que se repite insistentemente desde la Época Imperial: las crecientes dificultades lingüísticas y textuales que ofrecía el texto del historiador para las nuevas generaciones de lectores, que cada vez sentían más lejano este texto (Kennedy 2018). De nuevo, la obra de Tucídides se ve envuelta en una paradoja.
Por una parte, el griego de Tucídides cada vez resultaba más oscuro y arcaico para los hablantes de una lengua que había sufrido una evolución de más de diez siglos y que ahondaba las diferencias entre un nivel culto y otro popular. En este contexto, el prestigio de Tucídides se asentaba en el hecho de que su historia era uno de los principales exponentes del reverenciado aticismo y, sobre todo, en su papel como padre de la historiografía retórica. Ambos datos explican el inmenso aprecio de la escuela retórica bizantina hacia su obra y, sobre todo, la especial atención prestada a sus discursos, a sus cartas y a una selección de pasajes narrativos destacados por sus características estilísticas y retóricas. La retórica bizantina, de este modo, fue la que garantizó la preservación del legado tucidideo a través de una selección del texto que reunía y ejemplificaba las principales virtudes del estilo y de la retórica de la obra de Tucídides.
Por otra parte, la propia difusión textual de la obra del historiador ático presentaba también problemas. Sabemos, gracias a un discurso de Temistio pronunciado el año 357 d. C. en honor de Constancio II (Or. 4. 59d-60c.), que la biblioteca imperial guardaba una copia de la Historia de Tucídides por lo menos desde su creación a principios del siglo IV d. C. Del mismo modo, gracias a un autor del siglo VI d. C. como Libanio, tenemos el dato de que, entre sus más preciadas posesiones, el rétor de Antioquía contaba con un códice completo de la obra (Or. I 148-150). Más allá de las copias que circulasen en los escritorios constantinopolitanos y en los puntos en los que sabemos que se desarrollaron importantes focos culturales, como ocurrió en Antioquía o en Gaza, donde nació y se desarrolló la «Tercera Sofística», lo cierto es que el texto completo de la obra no era de fácil acceso. De hecho, hasta los siglos IX y X d. C. no se transliteraron los viejos códices en letra uncial a los nuevos, en los que se copió el texto en una minúscula más eficiente y accesible. Este proceso, que se realizó sobre todo en la corte de Constantino VII, estuvo muy centrado en la capital del imperio. Prueba de ello es que la rama más extendida de su tradición manuscrita está encabezada por varios códices del siglo X (el Monac. Gr. 430 y el Laur. 69, 2), que dependen del ejemplar, hoy perdido, de Constantino Porfirogénito. El texto de Tucídides siguió circulando en el mundo bizantino, pero es evidente que el acceso a una lectura de la obra completa planteaba problemas para los nuevos lectores. Se explican así los duros comentarios que, solo dos siglos más tarde, un erudito como Tzetzes apuntó en los márgenes de un códice de Tucídides, el Heidelberg Palatino 252, a causa del sufrimiento y de las dificultades que encontró en una lectura completa de la obra. Estas críticas contrastan con el respeto reverencial hacia sus discursos y con las pruebas que tenemos de su influencia sobre la historiografía retórica de todo el período, visible en autores que van desde Procopio, en el siglo VI d. C., hasta Critóbulo de Imbros (1410-1470), griego que acabó al servicio de sus enemigos turcos y que seguía utilizando en la segunda mitad del siglo XV el modelo de Tucídides (Reinsch 2006).
Ante esta situación, la única explicación plausible es que en Bizancio también tuvieron que circular selecciones del texto de Tucídides en las que los discursos y, en todo caso, los pasajes más significativos se habrían reunido para ofrecer a estudiantes de retórica e historiadores modelos que pudiesen imitar. Algo lógico en una cultura como la bizantina, en la que los excerpta ocuparon un lugar muy importante (Odorico 1990). Consultar una de esas selecciones, ya fuese solo de la obra de Tucídides o de un conjunto de historiadores, para extraer los modelos que iban a ser imitados facilitaba enormemente la tarea creativa y marcó toda una manera de hacer historia. No ha de extrañar por ello que el primer testimonio de la obra de Tucídides que encontramos en la Europa de finales del siglo XIV, fruto de los contactos relacionados con la lucha contra el turco, fuese una traducción al aragonés de una de estas antologías bizantinas de discursos. Esta primera traducción a una lengua vernácula fue realizada en el escritorio que Juan Fernández de Heredia, gran maestre de la Orden de Rodas, había creado en Avignon (Iglesias-Zoido y Pineda 2017: 136-153).
El Renacimiento significó que Tucídides, al igual que otros destacados autores clásicos, reviviese para Occidente, tras siglos de olvido, en los que la historia tucididea solo podía entreverse a través de su reflejo en la obra de autores latinos como Salustio. Desde los primeros años del siglo XV, fruto de un interés avivado por los eruditos bizantinos que arribaron a Italia, comenzó a difundirse el texto del historiador ático. Primero en griego, gracias a los manuscritos que, como un auténtico tesoro, ponían a disposición de los ávidos humanistas del primer cuatrocientos las palabras del gran historiador griego. Y en pocos años, gracias a la decidida intervención papal, en la versión latina de Lorenzo Valla, considerada como obra de referencia hasta finales del siglo siguiente (Pade 2003). Esta traducción fue un encargo del papa Nicolás V, que, tras cuatro años de trabajo y un pago de 500 ducados, fue entregada en 1452. Formaba parte de un amplio proyecto que tenía el objetivo de hacer accesible al público del momento la obra de los más importantes historiadores griegos y que fue completado con la traducción de la Historia de Heródoto. Con todo, este no fue un trabajo perfecto, ya que la crítica ha destacado que son numerosos los errores de interpretación, como se desprende del texto del manuscrito Vat. Lat. 1801, en el que, incluso, se pueden detectar una serie de omisiones, errores e interpolaciones. Es evidente que la oscuridad del texto tucidideo jugó algunas malas pasadas a un traductor que partía de cero, que no tenía el respaldo de una labor previa que le sirviera de referencia y que, además, a causa de su difícil carácter, no recabó la ayuda de otros humanistas contemporáneos que también sabían griego. Con todo, estos problemas no fueron impedimento para que, en el último tercio del XV, la traducción de Valla se difundiese ampliamente por toda Europa. A las copias manuscritas siguieron las ediciones impresas llevadas a cabo por Parthenius (1483), Ascensius (1513) y Heresbachius (1527). A la vez, el texto griego se difunde impreso gracias a la labor de Aldo Manucio (Venecia 1502), completada años más tarde por filólogos como H. Stephanus, quien lo edita dos veces, en 1564 y en 1588, con numerosas correcciones críticas que permitieron fijar el que acabaría siendo el texto canónico de este autor hasta bien entrada la época contemporánea.
A esta labor de difusión del texto, se sumaron las sucesivas traducciones a las más importantes lenguas europeas, publicadas a lo largo de todo el XVI, que hicieron accesible su historia a un público cada vez más amplio y con intereses más variados. La versión latina de Lorenzo Valla se convirtió en el punto de partida imprescindible para las traducciones de la obra tucididea a las principales lenguas vernáculas: al francés (C. de Seyssel, 1512, publicada en 1527), al alemán (Bonner, 1533), al italiano (Strozzi, 1545) y al español (Gracián de Alderete, 1564). Toda esta labor de traducción, esencial para la recepción de Tucídides en los siglos siguientes, permitió que el texto completo de la Historia estuviese a disposición tanto de aquellos eruditos que sabían griego o latín, como de aquellos otros lectores que necesitaban una versión en vernáculo para poder leerlo. Se comprende así que el Renacimiento fuese uno de los momentos más fecundos del legado de Tucídides. Una influencia que se dejó notar tanto en la escritura de la historia como en el ámbito del pensamiento (Klee 1990).
Desde mediados del siglo XV, importantes pensadores, entre los que destaca Maquiavelo, prestaron una especial atención a esa marcada preocupación de la Historia tucididea por describir pautas del comportamiento humano en tiempos de crisis, para, a partir de ahí, establecer leyes universales válidas para toda época y lugar. Pero, a diferencia de lo que va a suceder en las etapas siguientes, la obra de Tucídides todavía era interpretada como una especie de speculum regum. Sus reflexiones aun se leen en una clave que podríamos denominar «medieval», como si la Historia del ateniense sirviese sobre todo para aportar ejemplos de comportamiento a reyes, nobles y generales. Se explica así que interesase tanto a monarcas como Alfonso V de Aragón, que ordenó que se copiara la obra de Tucídides para leerla y estudiarla. Influyó sobre el emperador Carlos V y sobre su oponente francés, Francisco I, quienes, como hizo Alejandro con la Ilíada, llevaban un ejemplar de la obra a las numerosas campañas bélicas en las que se vieron envueltos. Interesó a humanistas como Tomás Moro, quien en su Utopía recomendaba la lectura provechosa de esta obra. Pero, sobre todo, la obra tucididea provocó un hondo impacto sobre pensadores políticos de la talla de Maquiavelo. Este autor, considerado como un aplicado alumno de Tucídides, en obras como El Príncipe o Discursos sobre la I Década de Tito Livio, teorizó sobre el comportamiento del líder político y militar pensando en su utilidad para el príncipe. Así, en sus Discursos (III 16), pone como ejemplo de actuación política útil para el futuro el debate entre Nicias y Alcibíades en el libro VI de la Historia de Tucídides, donde ambos discutieron sobre la conveniencia de emprender una expedición a Sicilia en el momento más importante de un Estado. Tampoco sorprende, por ello, que más adelante afirme (Discursos III 43), en un tono claramente tucidideo, que el conocimiento del pasado permite prever el comportamiento de los estados y tener previstos los remedios. La historia como «adquisición para siempre» desde una perspectiva principesca que primaba de manera esencial lo que luego va a ser conocido como «realismo político».
Del mismo modo, la obra de Tucídides interesó a los más importantes historiadores del período (Klee 1990). En Italia, desde comienzos del siglo XV, encontramos ejemplos que ponen de manifiesto que su influencia no solo se extendió a principios metodológicos, sino que fue considerable a la hora de componer discursos, describir batallas o relatar los efectos de pestes y hambrunas, tal y como se comprueba en las obras de L. Bruni o de L. Valla. Las generaciones siguientes profundizaron en esta línea. El hecho de que Tucídides se hubiera convertido en un modelo de elocuencia política y militar para los hombres del XVI cobra una nueva dimensión en la Historia florentina de Francesco Guicciardini (1483-1540), obra maestra del Renacimiento historiográfico en su país. En Francia se destacan figuras como Michel de l’Hôpital (1504-1573), el protector de los autores de la Pléiade, o Jean Bodin (1529-1596), uno de los padres de la historiografía moderna. Su aprecio por el profundo análisis político de la historia tucididea y por sus discursos lo puso en práctica en su obra Six livres de la republique, publicado en 1576. En España, destaca especialmente la figura de Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), embajador de Carlos V en Venecia, que estuvo relacionado con el que sería el primer traductor de Tucídides al italiano (a Hurtado está dedicada la traducción de Strozzi publicada en 1545). El español, además de referentes como Salustio y Tácito, tomó como modelo al historiador ático en su objetivo de convertir la Historia de la Guerra de Granada (publicada póstumamente en 1627) en un ensayo de pensamiento político. De ahí que pretendiera ir más allá de elaborar una simple crónica de unos hechos (la rebelión de los moriscos en la época de Felipe II) que había conocido de primera mano y que consideraba de fundamental importancia. Ya desde las primeras páginas se advierte que los motivos de Hurtado al historiar la guerra de Granada son muy similares a los de Tucídides. Ambos pretenden mostrar las leyes que rigen la naturaleza de los hombres, como se puede observar en la exposición que encabeza la obra sobre las causas del conflicto. Precisamente, esas profundas reflexiones y el modo en que, sin ningún tipo de escrúpulos y con aguda precisión, describe el ejercicio implacable y «realista» del poder también explican el hecho de que en España la obra de Tucídides llegara a ser incluida, por la «peligrosidad» de sus ideas, en el índice de libros prohibidos que en 1583 realizó el Cardenal Quiroga.
Sin embargo, el respeto y la veneración hacia la obra de Tucídides que se observan en estos humanistas no implican que el historiador ático fuese el más leído durante esos siglos. Autores como Burke, han puesto en cuestión que su Historia fuese una lectura popular (cf. Burke 1966 y Jensen 2018). La causa de este contraste se debe tanto a la proverbial oscuridad del texto (que se transmitió también a unas traducciones, que muchas veces no llegaban a aclarar del todo lo que quería decir el autor ático), como al hecho de que no se trataba de una lectura moralizante (antes bien, su descarnado realismo podía escandalizar a más de uno). Es evidente que historiadores latinos como Salustio o griegos como Plutarco ofrecían un texto que se ajustaba más a los gustos de los lectores del momento: ofrecían información sobre los grandes hombres del pasado y, además, podían extraerse enseñanzas morales de su lectura. De nuevo, nos encontramos ante la repetición de la misma paradoja que se dio en Bizancio: el inmenso prestigio del que gozó Tucídides durante este período no se corresponde con la lectura y el conocimiento profundo del texto completo de una Historia oscura, difícil de entender y que no facilitaba una interpretación moralizante. Es muy significativo que Henricus Stephanus, al final del prefacio de la edición del texto griego de 1588, añadiese de su pluma un epigrama en el que la Historia de Tucídides se dirige al posible lector, aclarándonos lo que un hombre de finales del siglo XVI puede esperar de su lectura. Así, si lo que busca son las «mentiras muy adornadas de los relatos», si sus oídos se deleitan con «dulces voces», o si le disgusta un «estilo conciso», lo mejor es que no lo tome entre sus manos. Pero, si lo que desea es una «historia completamente verídica» y no le asusta tomar un «inaccesible sendero de palabras», esta es su obra. La terminología retórica empleada por Stephanus en el último tercio del siglo XVI pone en evidencia la dificultad inherente al texto tucidideo: inaccesible para todos aquellos que prefieran la lectura de relatos en prosa más entretenidos, aunque estén llenos de falsedades o de dulces recursos poéticos. Frente a ellos, Tucídides nos ofrece la historia de una guerra llena de verdades, aunque para alcanzarlas el lector haya de recorrer el estrecho e inaccesible sendero de su estilo difícil y conciso. Un sendero que, como es evidente, está reservado para unos pocos y vedado para la mayoría. De este modo, las palabras de Stephanus permiten entender que el prestigio de Tucídides durante este período siguió basándose en su elitismo. Solo una élite, incluso en el caso de contar con una traducción al vernáculo, es capaz de hacerse con los preciosos dones de su lectura, tras franquear la casi inaccesible barrera de su estilo y acceder al beneficio de su lectura.
¿Pero, cuál era realmente ese beneficio en este momento? Aquí se encuentra, desde nuestro punto de vista, la clave del legado de Tucídides durante el Renacimiento. Sin duda, la Historia ofrecía un cuadro de los sucesos que acontecieron durante la Guerra del Peloponeso y mostraba las acciones de destacados varones, como Pericles o Nicias. Sin embargo, en aquellos años había otros medios para acceder a esta información. Sin ir más lejos, las Vidas de Plutarco resultaban mucho más adecuadas y ofrecían los datos que pudiera necesitar cualquier hombre culto. Por no hablar de las enciclopedias y obras de consulta que fueron tan populares en este momento. ¿Qué ofrecía, entonces, Tucídides? ¿Qué era lo que marcaba la diferencia con la obra de otros destacados historiadores antiguos? Sin duda, lo que hacía diferente a Tucídides eran sus discursos llenos de razonamientos. En un período dominado por la retórica y por la imitación de los modelos clásicos, esos discursos, como había ocurrido desde la Antigüedad, fueron el principal motor que animó la lectura de Tucídides. En otras palabras, para el hombre renacentista los discursos seguían siendo su principal beneficio. Todas las traducciones los destacan y añaden índices para su rápida localización. El siguiente paso no tardaría en llegar: muy pronto, tal y como ocurrió en períodos anteriores, tanto editores como público vieron la utilidad de extraerlos de la Historia y de editarlos impresos, ya fuera solos o en compañía de los discursos de otros historiadores, de manera independiente. El éxito de este proceso, en el que participaron autores como Nannini, Belleforest o el propio Stephanus, y su evolución a lo largo del siglo XVI son decisivos para comprender la auténtica dimensión del legado de Tucídides durante todo este período (Iglesias-Zoido y Pineda 2017).
6.2. Tucídides en los siglos XVII y XVIII
Desde mediados de la Época Moderna se produce un cambio de tendencia, que da comienzo a una nueva etapa en el modo en que fue valorada la obra de Tucídides. La amplia difusión de la Historia, gracias a la imprenta y, sobre todo, gracias a la ingente tarea de traducción llevada a cabo en el siglo XVI, hizo accesible la obra para cualquier tipo de lector. Un texto que hasta entonces había estado reservado al selecto ámbito de los humanistas pasa a ser patrimonio de un grupo creciente de lectores cultos. Desde mediados del XVI ya no era preciso contar con una formación humanística y con un profundo conocimiento del griego (para leerlo en lengua original) o del latín (para leerlo en su primera traducción), si se quería tener acceso al texto del historiador. Traducciones en francés, italiano, alemán, español e inglés habían convertido la historia de nuestro autor en un clásico más cercano. Sin embargo, este avance en el conocimiento y en la accesibilidad del conjunto de la obra llevaba aparejada una consecuencia: los discursos, que hasta entonces habían sido la parte más conocida y apreciada de la obra (aquella que concentraba la esencia del estilo tucidideo y que había llegado a circular de manera independiente gracias a su utilidad retórica), pierden parte de su importancia en favor de un conjunto mucho más accesible. El proceso de vulgarización de la Historia de Tucídides tuvo, por lo tanto, como efecto colateral, un cambio en el modo en que se leía la obra. Las traducciones, que pretendían aclarar la proverbial «oscuridad» del historiador ático para hacer más comprensibles los razonamientos de sus discursos, habían resuelto y allanado gran parte de las dificultades lingüísticas y estilísticas del texto griego. Incluso, aunque fuese a costa de la propia integridad del original, como ocurre en el caso de la traducción infiel de Perrot d’Ablancourt publicada en francés en el año 1662. Los traductores habían destacado de manera prioritaria los discursos, pero también habían proporcionado por medio de índices y tablas una auténtica guía de lectura, que facilitaba en gran medida la tarea de adentrarse en el conocimiento y en la consulta de una obra de estas proporciones. Puede decirse que, desde el punto de vista de la recepción, a partir de este momento histórico surge un nuevo Tucídides. Los nuevos receptores de la obra ya no tienen que pagar el duro peaje que suponía una lectura completa en la lengua original para alcanzar el tesoro que sus páginas encerraban. Y, por lo tanto, a diferencia de lo que había sucedido en etapas previas, ya no existía la necesidad de que unos pocos pasajes selectos representasen el espíritu de un texto que, por primera vez en su larga historia, podía ser leído y estudiado en toda su extensión. Aunque esta situación ya se daba en el siglo XVI, todavía no se había producido el cambio de mentalidad requerido. Hizo falta, como suele ocurrir en estos casos, que pasasen varias generaciones para que se modificase la perspectiva desde la que se leía la obra.
A ello, se unió la influencia de nuevos conceptos e ideas que afectaron a la labor historiográfica. En el caso concreto de los discursos, como ha demostrado Pineda (2007) en sus estudios de las artes historicae, desde finales del XVI y principios del XVII, comienza a decaer el interés de los teóricos de la historiografía por unas alocuciones que se alejaban cada vez más de las nuevas preocupaciones metodológicas que acabarían conduciendo a una disciplina científica. En este momento, tal y como se deduce de la preceptiva imperante, se cuestiona la correspondencia entre discurso histórico y verdad o, lo que es lo mismo, la afinidad entre retórica e historia. Cuanto más cercana se consideraba la escritura de la historia al arte retórica, mayor cabida encontraban en los tratados los discursos de personajes. Por el contrario, si lo que primaba era la creencia de que el sustento de la historia es la verdad, entonces la inserción de dichos discursos se veía como problemática, puesto que comienza a dudarse de la posibilidad de un conocimiento histórico «exacto» de las palabras que un personaje pudiera haber pronunciado en un momento concreto.
Como consecuencia inevitable de esta polémica, que recorre la tratadística de los siglos XVII y XVIII y que cuestionó el exitoso maridaje logrado durante el Renacimiento entre retórica e historiografía, cambió la percepción que los hombres cultos tenían de Tucídides. Así, para un preceptista de mediados del XVI como Viperano, Tucídides no plantea dudas sobre su utilidad como modelo retórico. Un siglo más tarde, de manera muy significativa, Vossio, en el capítulo XX de su Ars historica (1653), se ve obligado a hacer una ardorosa defensa de los discursos en la historiografía, afirmando que los discursos de Tucídides han de seguir teniendo un lugar en la historia. El ardor con el que Vossio defiende a mediados del siglo XVII lo que para Viperano no planteaba dudas una centuria antes es una prueba manifiesta de que los vientos soplaban en otra dirección. Las artes históricas de este momento, en su afán de formar lectores críticos, terminaron socavando la autoridad de los historiadores antiguos y, por extensión, la de sus métodos. El empleo de la retórica entra en crisis. Los viejos recursos de la imitatio historiográfica se vuelven incompatibles con las nuevas necesidades derivadas del inicio de una auténtica revolución científica desde principios del siglo XVII. En este contexto, en el que los modelos antiguos seguían luchando por mantener su influencia, se comprende que autores como B. Keckerman (1572-1609) lleguen a aconsejar el abandono del estudio de la historia y de los modelos clásicos como fuente de instrucción, en favor del estudio de la política. Y esta tendencia no hizo más que incrementarse durante el siglo XVIII. En definitiva, la admiración que se siguió profesando hacia los viejos cultivadores de la historia política como Tácito, o la vuelta a autores como Heródoto, cuya obra ofrecía un antecedente del descubrimiento y catalogación de nuevos pueblos y costumbres a lo largo del globo, no aliviaron el más que evidente agotamiento de los modelos clásicos al final de la Edad Moderna. Estos testimonios prueban que el discurso historiográfico, tal y como se había practicado hasta el Renacimiento, había entrado en decadencia y que solo la fuerza de la tradición seguía saliendo en su defensa. Los antiguos ya no son un modelo indiscutible. E incluso tiende a valorarse a los modernos como autores más elevados, protagonizando una Querelle decisiva durante los siglos XVII y XVIII.
En este nuevo contexto, se produce una influencia cada vez mayor de la Historia sobre nuevos ámbitos del pensamiento occidental. El hecho de que Tucídides fuese el modelo más importante de historiografía racional y pragmática, que no solo relata los hechos del pasado, sino que también intenta explicar las causas profundas de los mismos para extraer de ellos una utilidad que sirva para el presente, lo convirtió también en un modelo de pensamiento para la nueva mentalidad que se imponía gradualmente en Europa. Su obra, que para los antiguos ofrecía un modelo retórico, ahora se transforma en un decisivo instrumento de análisis político y social. Por ello, entendida en la Edad Moderna como historia política, la obra de Tucídides se convirtió en un instrumento especialmente útil para analizar las complejas relaciones que marcaron el devenir de este nuevo período. Todo ello desde una nueva perspectiva: a partir de la traducción de Thomas Hobbes, publicada en 1629, Tucídides será un modelo de pensador político. Deja de ser guía para el comportamiento de reyes y generales (al modo de un racional speculum principis), y pasa a desempeñar un papel esencial en el análisis de las nuevas realidades políticas, hasta el punto de que su fortuna, de hecho, quedó ligada a los vaivenes de la política.
En unos casos, como ocurre con el autor del Leviatán, la Historia de Tucídides permite justificar la necesidad de un régimen absolutista que rija con mano firme los destinos de los pueblos (Iori 2015). Hobbes veía en Tucídides a un defensor del régimen monárquico, debido a su mal disimulada admiración por Pisístrato y por el régimen personal de Pericles. Admiración que se contrapone a los duros calificativos que reciben oradores del bando popular como Cleón, que es considerado como el más violento sicofante de aquellos tiempos. Ello explica que el objetivo último de su traducción fuera poner de manifiesto al público inglés los riesgos que conllevan los excesos de un régimen parlamentario que no contase con una autoridad fuerte, que guiara la nave del Estado hacia el bien común. Esta lectura de la historia de Tucídides es muy diferente de la que se había realizado hasta el siglo XVI. El pasado, desde esta perspectiva, no solo sirve para proporcionar modelos éticos, moralizantes o retóricos, sino también para comprender el devenir del ser humano a lo largo del tiempo y para intentar corregir sus defectos. Empieza a utilizarse a Tucídides para mirar hacia el futuro.
Sin embargo, esa misma visión crítica de la demagogia y del comportamiento irracional de las masas, que había fascinado a Hobbes a mediados del siglo XVII, también le granjeó durante la centuria siguiente la antipatía de muchos ilustrados y, sobre todo, de los revolucionarios franceses, que no apreciaron la obra de Tucídides por su visión crítica de los excesos a los que conduce el poder de las masas. Y, a su vez, los excesos cometidos por estos radicales condujeron a una relectura de Tucídides en clave burguesa. A finales del siglo XVIII, su historia empezó a ser leída como una guía por los defensores del sistema liberal que sucedió a los excesos de la Revolución Francesa e inspiró a los padres de la Constitución norteamericana. La obra del historiador ático, gracias a su profundo estudio de las causas de la guerra y de sus efectos sobre el régimen político ateniense, ofrecía de este modo un modelo privilegiado para prevenir los excesos de la democracia. Se produce, de este modo, el triunfo de Tucídides como el historiador antiguo que mejor podía ser comprendido en el contexto de la nueva democracia burguesa, poniéndose las bases del nuevo Tucídides que verá la luz en la Época Contemporánea.
6.3. Tucídides en la época contemporánea
En pocos momentos, como en nuestra época, se ha leído con más atención la obra de Tucídides. Un interés que no ha estado reñido con la existencia de muy diferentes interpretaciones de su obra. De hecho, a lo largo de los últimos doscientos años, el historiador ha recibido todo tipo de etiquetas: «científico», «pesimista», «realista» o «constructivista». Se produce así la consagración definitiva de Tucídides como el historiador antiguo que, a pesar de su oscuridad, y gracias a una relectura política, pragmática y estratégica de la historia, mejor ha sintonizado con las preocupaciones y anhelos del hombre de nuestros días en el contexto de las relaciones internacionales.
El siglo XIX: las bases filosóficas de una nueva interpretación
A lo largo del siglo XIX encontramos tres procesos esenciales para el desarrollo de este nuevo enjuiciamiento de la obra tucididea: la creación de la imagen de Tucídides como historiador «científico», su visión como antecedente del Positivismo y la conversión en el representante por antonomasia del «realismo» por parte de Nietzsche.
En el primer caso, tanto la profundidad del texto de Tucídides como su búsqueda de la objetividad historiográfica fueron las causas que explican la influencia sobre toda una nueva generación de autores germánicos del XIX como Barthold Niebuhr (1776-1831) o Leopold von Ranke (1795-1886). El deseo de conocer la historia desde dentro, «tal y como realmente sucedió» («wie es eigentlich gewesen ist»), recogiendo las famosas palabras de Ranke, marcará el desarrollo de una nueva manera crítica de escribirla. Una historia «genética» y «relacionista», que analice con una nueva metodología las fuentes y que, sobre todo, ponga cada elemento de la historia en relación con la época en la que se desarrolló. La historia, en palabras de Niebuhr, ha de ser una obra de ciencia y no una obra de arte. Sobre estas bases, no es extraño que autores como Tito Livio fueran atacados por su tratamiento literario y patriótico de las gestas de Roma, mientras que, por el contrario, era completamente lógico que Tucídides fuese considerado un modelo de objetividad historiográfica. Y, sobre todo, en la línea de lo que había sucedido ya en la Época Moderna gracias a la influencia de Hobbes, en modelo de una renovada «historia política» (Staatengeschichte). En este nuevo contexto, en el que las fuentes antiguas consideradas realmente fiables cobran un valor inusitado, se prestó una destacadísima atención a Tucídides (Murari Pires 2006).
Junto a estas ideas que revolucionaron la escritura de la historia en la Europa de la nueva centuria, a mediados de siglo emerge, con un impulso que le dará alas hasta bien entrado el siglo XX, el Positivismo. El positivismo avant la lettre que rezuma la obra tucididea ejerció un claro influjo en historiadores y pensadores como August Comte o Henry Th. Buckle, que pretendían poner las bases científicas de sus disciplinas y que veían la necesidad de encontrar en los hechos del pasado «regularidades» que permitiesen explicar el presente. De especial interés es el pensamiento de August Comte (1798-1857), quien defendió que la observación empírica de los fenómenos sociales permite descubrir y explicar el comportamiento de las colectividades en términos de leyes universales, cuya comprensión, en definitiva, pueden servir de provecho para la humanidad. Gracias a este contexto metodológico propiciado por el Positivismo, el descarnado análisis de la realidad política que le tocó vivir a Tucídides podía ahora interpretarse como un modelo clarificador y de valor universal.
En los mismos años en que la obra del ateniense es considerada como un antecedente de cómo ha de escribirse una historia «científica» y de cómo han de analizarse los fenómenos sociales, Tucídides ejerció una inmensa influencia sobre uno de los pensadores más influyentes en el siglo XX: F. Nietzsche (1844-1900). El pensador alemán expresó con admiración en su escrito «Lo que debo a los antiguos» que la lectura del ateniense, autor a quien compara directamente con Maquiavelo, suponía una cura de todo platonismo, lo que es lo mismo que decir de todo idealismo (Zunbrunnen 2002). Sin embargo, Nietzsche es consciente de que el camino propuesto por Tucídides no es fácil de recorrer y que implica una dura labor de desciframiento por parte de aquel que se adentre en su pensamiento. De este modo, el filósofo reinterpreta la oscuridad del texto que había condicionado su lectura desde la Antigüedad y la dota de un nuevo significado: esa dificultad de comprensión es el resultado más elevado del verdadero espíritu heleno, ese que quedó relegado a partir de Platón (Jenkins 2011). En este sentido, Nietzsche se refiere a la existencia de «pensamientos ocultos» en la obra del historiador, solo a disposición de aquellos capaces de entenderlos y que tienen la virtud de permitir analizar la realidad:
Hay que examinar con detalle cada una de sus líneas y descifrar sus pensamientos ocultos con igual claridad que sus palabras: hay pocos pensadores tan ricos en pensamientos ocultos. En él alcanza su expresión perfecta la cultura de los sofistas, quiero decir, la cultura de los realistas: ese inestimable movimiento en medio de la patraña de la moral y del ideal propio de las escuelas socráticas, que entonces comenzaba a irrumpir por todas partes. La filosofía griega como décadence del instinto griego; Tucídides, como la gran suma, la última revelación de aquella objetividad fuerte, rigurosa, dura, que el heleno antiguo tenía en su instinto. El valor frente a la realidad es lo que en última instancia diferencia naturalezas tales como Tucídides y Platón: Platón es un cobarde frente a la realidad, —por consiguiente, huye al ideal; Tucídides tiene dominio de sí, por consiguiente, tiene también dominio de las cosas...
Para el autor alemán, Tucídides es el principal representante del realismo más descarnado, aquel que permite afrontar y analizar las cosas tal y como son. Tal y como afirma en el año 1879 en El viajero y su sombra, esta característica es la que le ha permitido ser un ejemplo excelso junto con Tácito de lo que el autor alemán denomina como «estilo inmortal» de hacer historia:
144. El estilo inmortal:
Tucídides como Tácito han pensado al confeccionar sus obras en la inmortalidad: si no lo supiésemos por otros medios lo adivinaríamos por su estilo. El uno creía dar dureza a sus ideas reduciéndolas por ebullición, y el otro poniendo sal en ellas; y ninguno de los dos, según parece, se equivocó.
Un estilo inmortal que, en el caso de Tucídides, se logra por la extrema concisión y por el lenguaje abstracto con el que expresa sus ideas. Como consecuencia de un auténtico proceso de «cocción» intelectual, cuyo resultado está libre de todo adorno o excrecencia. El autor alemán pone así de manifiesto su admiración por un historiador que profundizó como pocos en lo que va a convertirse en uno de los elementos esenciales del ideario contemporáneo: las relaciones entre poder y ética.
La influencia ejercida por la obra de Tucídides en estos tres ámbitos intelectuales del siglo XIX (el histórico, el sociológico y el filosófico) puso las bases sobre las que se asentó la visión del historiador en el siglo XX.
El siglo XX: la búsqueda de analogías para explicar el presente
A pesar de que la historiografía del siglo XX ha avanzado en otras direcciones, como fruto de nuevos planteamientos metodológicos, el influjo ejercido por la obra de Tucídides no ha disminuido la tendencia de multitud de autores a mirar hacia el pasado buscando encontrar explicaciones para el presente (Montepaone 1994). Al contrario, a lo largo del siglo XX, esta tendencia se ha visto reforzada por los numerosos acontecimientos bélicos que han determinado el cruento discurrir de esta centuria. Túcidides es visto por estos autores como una especie de «profeta del pasado», que permite establecer significativos paralelismos entre los sucesos narrados por el historiador ático y las guerras más importantes de este período, y explicar, a toro pasado, las claves que justifican el surgimiento o el desarrollo de un conflicto. Un proceso que, sobre todo, se desarrolla hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
El precedente más importante de esta tendencia interpretativa ya lo encontramos en un ensayo publicado a finales del siglo XIX. Se trata de A Southerner in the Peloponnesian War, en donde el clasicista Basil L. Gildersleeve (1831-1924), que había luchado en la Guerra Civil americana en el bando confederado a las órdenes del general Lee, compara la experiencia de este conflicto con los puntos esenciales del relato tucidideo. De hecho, el referente de la Guerra del Peloponeso permite a Gildersleeve, varias décadas después de finalizar el conflicto, comparar directamente el Norte con los atenienses y el Sur con los espartanos. La existencia durante esta guerra de dos ligas en conflicto (unionistas y confederados), que representan dos poderes eminentemente marítimos o terrestres y mentalidades progresistas o conservadoras, aportaba un suficiente número de paralelismos.
Significativamente, este texto se vuelve a publicar en 1915 coincidiendo con los momentos más duros de la Primera Guerra Mundial, (la «Gran Guerra», como la denominaron en su momento). Un suceso histórico clave que revalorizó la obra de Tucídides como instrumento de análisis de las causas, desarrollo y consecuencias de conflictos armados de consecuencias decisivas. Tremendamente impactado por los efectos de esta guerra de trincheras, el francés A. Thibaudet no dudó en recurrir a la compañía de Tucídides para interpretar las causas y las consecuencias de la terrible contienda en su obra La campagne avec Thucydide, de 1922. A lo largo de sus páginas, destaca sobre todo por la comparación que hace a partir de los efectos de la guerra en la sociedad: la brutalidad que marcó ambos conflictos y que provocó una disolución de los principios morales vigentes hasta entonces. Pero, quizás lo más significativo de la obra de Thibaudet es su utilización de Tucídides para adelantar una previsión sobre el desarrollo de los acontecimientos de la posguerra. Compara el armisticio firmado en 1918 entre los aliados y Alemania con la paz de Lisandro rubricada en el 404 a. C. entre el bando espartano y Atenas. En ambos casos, se trató de una paz construida sobre bases frágiles, que no aportaron el adecuado final al conflicto y que dejaron abierta la posibilidad de nuevas guerras en suelo europeo.
Por desgracia, esta previsión se confirmó pocos años más tarde con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Ya desde los primeros días del conflicto, un escritor como W. H. Auden, en su poema September 1, 1939, publicado el 20 de octubre de 1939, no duda en colocar a Tucídides como el mejor intérprete de las desgracias que iba a generar esta guerra:
Exiled Thucydides knew
All that a speech can say
About Democracy,
And what dictators do,
The elderly rubbish they talk
To an apathetic grave;
Analysed all in his book,
The enlightenment driven away,
The habit-forming pain,
Mismanagement and grief:
We must suffer them all again.
Los versos de Auden permiten comprender que, a los ojos del hombre contemporáneo, el valor de la Historia de Tucídides se acrecentaba al ser entendida como un privilegiado referente para poder comprender los terribles acontecimientos que tienden a repetirse a lo largo de la historia, como si estuvieran regidos por unas leyes universales. Ya lo hicieron autores como Cornford (1907), que equiparó la Guerra del Peloponeso con la segunda Guerra de los Bóeres (1899-1902). O el presidente griego Venizelos al enjuiciar los errores de la fallida incursión militar griega de 1922 en tierras turcas, aprovechando la descomposición del Impero otomano, a través de los hechos de la expedición ateniense a Sicilia. O nuestro Ramón y Cajal, al intentar explicar desde la descripción de la stasis de Corcira las guerras civiles españolas. Desde esta perspectiva, no resulta extraño que un estudioso del mundo antiguo como L. Lord compare en aquellos mismos años la campaña militar contra Rusia, emprendida por la obcecación de Hitler, con la que Atenas llevó a cabo en Sicilia (Lord 1945). Como Nicias ya advirtió (Th. VI 10), la apertura de dos frentes pone en peligro la nave del Estado cuando todavía está en alta mar. Incluso tampoco llama la atención que, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, hayan sido frecuentes las comparaciones entre la Atenas de Pericles y el Estados Unidos moderno en contiendas como la Guerra del Vietnam. O, en el lado opuesto, traer a colación el diálogo de los melios, paradigma de la imposibilidad de los estados débiles para mantenerse neutrales, para interpretar el aplastamiento, por parte de la URSS, de la reformista Hungría de 1956 y de la «Primavera de Praga» en 1968. En todos estos casos, las analogías son tan destacadas que una lectura de las palabras escritas por Tucídides hace 2.500 años nos muestra con toda crudeza la imposibilidad de que un estado débil y pequeño pueda seguir su propio camino en un mundo terriblemente bipolarizado, como era el de la Guerra Fría de los años cincuenta y sesenta del siglo XX.
Puede decirse que esta comparación entre los hechos de nuestro presente y los de la Guerra del Peloponeso se ha convertido en un auténtico tópico, retomado por todo tipo de autores y aplicado a todo tipo de situaciones. No obstante, tampoco han faltado pensadores que dudan de la validez de este procedimiento y han puesto en cuestión hasta qué punto esta revalorización contemporánea de la historia de Tucídides y este afán comparativo es una consecuencia excesiva de los acontecimientos tan terribles que han marcado nuestra época. Sin duda, el hombre necesita encontrar paralelos en la historia que justifiquen y aporten orden al caos y a la destrucción vivida. Y Tucídides ofrece una explicación racional de carácter universal, aunque, eso sí, a partir de unas bases culturales muy diferentes a las actuales. En este sentido, no podemos dejar de citar el polémico ensayo de M. Sahlins, Apologies to Thucydides, por el contrapunto que aporta. Por medio de una comparación entre una guerra polinésica que tuvo lugar en el siglo XIX y los hechos descritos por Tucídides en el siglo V a. C., Sahlins (2004) destaca el papel fundamental de la historia cultural (cultural history) a la hora de interpretar cabalmente una misma situación que se produce en épocas y, sobre todo, en culturas tan diferentes. Aunque Sahlins, por medio de la ironía, intenta poner límites a desmedidas y anacrónicas analogías, lo cierto es que se trata de una crítica aislada que, en cierto modo, constituye en sí misma la prueba más evidente del tremendo impacto que la obra de Tucídides ha tenido en todo tipo de ámbitos del pensamiento contemporáneo.
Tucídides, la posguerra y la Guerra Fría: el auge del realismo
A partir de los años cincuenta del siglo XX, la influencia más importante de la obra de Tucídides se ha producido en el ámbito de la teoría política contemporánea. Este enfoque implica un sutil cambio de tendencia. Los pensadores dirigen ahora su mirada hacia el futuro, a la búsqueda de claves que proporcionen una guía útil en el difícil ámbito de las nuevas relaciones internacionales vigentes en la Guerra Fría, con dos potencias dominantes en discordia a punto de enzarzarse en un conflicto de consecuencias imprevisibles. La causa de este nuevo enfoque reside en el triunfo de una visión pesimista sobre el comportamiento de las naciones y en la necesidad de acuñar leyes universales que permitan prever el comportamiento de los estados en el nuevo panorama internacional que se impuso tras la Segunda Guerra Mundial (Clinton 2007). Se comprende así la famosa afirmación del general G. Marshall, que, pronunciada en 1947, puso de manifiesto la necesidad de comprender el devenir de los sucesos contemporáneos a través de los hechos que describe Tucídides en su historia (Connor 1984: 1-3).
De este modo, las ideas de Tucídides han sido decisivas en la obra de pensadores como Hannah Arendt (The Human Condition, 1958) y Leo Strauss (The Man and the City, 1964), quienes, buscando el planteamiento de nuevos referentes democráticos, han defendido la utilidad contemporánea de una relectura del texto tucidideo, entendido como una especie de guía para el futuro.
La condición humana nació —no hay que olvidar el origen judío de Arendt— como un intento de encontrar respuestas al trauma del holocausto nazi. Ante el impacto que supuso para la conciencia europea el conocimiento de la barbarie cometida en los campos de exterminio, que ponía en duda la grandeza de una cultura que había sido considerada como guía del mundo civilizado, Arendt busca un referente que todavía pueda ser considerado válido para el avance de las democracias occidentales. Y lo encuentra en la pólis ateniense, tal y como aparece descrita en el epitafio pronunciado por Pericles. Para Hannah Arendt, frente a lo que pensaba Nietzsche, el epitafio definía, con la precisión de un profundo análisis filosófico, la naturaleza de la más importante forma de organización política de la Antigüedad, a cuya esencia era necesario volver para restituir los valores perdidos. En este sentido, el discurso tucidideo le ofrecía la posibilidad de defender que todavía era posible mantener la fe del hombre en la política, en un sistema de libertades que, como ya ocurrió en la Atenas clásica, era resultado de la interacción entre acción y discurso.
En esta misma línea, y buscando reinterpretar la sociedad que le tocó vivir, Leo Strauss afirma que, gracias a la lectura de la obra de Tucídides, puede comprenderse mejor la verdad de las relaciones entre la ciudad (el ente colectivo) y el hombre (el elemento individual), convirtiéndose en un medio de hacer frente a «la crisis de nuestro tiempo, la crisis de Occidente» (Deutsch y Murley 1999). Una obra que, como ya afirmara Nietzsche, instruye a sus lectores en secreto, ya que presenta los universales en silencio. Para desvelar esos secretos, Strauss busca las claves útiles tanto para los simples ciudadanos como para los políticos que han de guiar una sociedad en la que la búsqueda individual del bien propio no puede implicar la pérdida del bien común. Leo Strauss, como Tucídides, es un hombre cuya vida está llena de paradojas vitales. Tucídides era un hijo de la oligarquía que, sin embargo, admiraba a Pericles y la democracia ateniense. Strauss era un judío alemán emigrado a los Estados Unidos. Un defensor de la filosofía clásica cuando esta peligra en los planes de estudios de las universidades norteamericanas. Un conservador que intenta encontrar las claves que han de guiar a una sociedad progresista. Era, como Tucídides, un elitista en un país defensor de la igualdad al que intenta proporcionar las claves de su futuro. Para lograr este objetivo, avanza desde Aristóteles, sigue con Platón y llega hasta Tucídides en busca del origen de la concepción política moderna. Afirma que la obra del historiador es el complemento práctico de la ciudad utópica que Platón pretende diseñar en La República. Frente a la utopía, Tucídides muestra una ciudad real y en movimiento, lo que permite poner de manifiesto la auténtica naturaleza de la política y deja entrever cierta esperanza en el hombre.
En el otro extremo del pensamiento político internacional, se encuentran los autores que han centrado su atención en el debate de Melos, que ha sido considerado como uno de los antecedentes del movimiento conocido como «realismo político». Esta corriente ideológica tiene una visión de las relaciones internacionales que pone el énfasis en su lado más competitivo y conflictivo.
Tras las terribles consecuencias de la Primera Guerra Mundial, que había demostrado a las naciones avanzadas hasta dónde podía llegar la violencia humana, la política internacional de la década de los años veinte y treinta estuvo en buena medida dominada por visiones idealistas que desembocaron en experiencias como la Sociedad de Naciones. En vez de poner el foco en la inevitabilidad de un conflicto entre estados, los idealistas ponían el énfasis en los intereses comunes que podían unir a la humanidad, haciendo una llamada a la racionalidad y a la moralidad. El objetivo era construir la paz duradera para prevenir otro conflicto mundial. El gran fracaso de esta visión de la política con el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial acabó provocando una visión más pesimista de las relaciones internacionales, que sentó las bases de la escuela del realismo político en los Estados Unidos. En esta corriente, el concepto de referencia no era la justicia, sino el interés. No había lugar para una argumentación moral, porque era el interés, enunciado en términos del interés nacional, la nueva moralidad que tenía que prevalecer en las relaciones internacionales. Esta corriente no se plantea el simple descubrimientos de paralelismos con situaciones del pasado, lo que pretende es establecer unas leyes que permitan a los estados democráticos prever y adelantarse a los hechos futuros y a las circunstancias potencialmente peligrosas que puedan producirse en el ámbito de las relaciones internacionales. En este contexto, la obra de Tucídides se plantea como una de las bases sobre la que se asienta un nuevo modelo científico de las relaciones internacionales, que tenga en cuenta el papel de la naturaleza humana y que permita afrontar los nuevos retos que plantea un mundo polarizado entre dos grandes potencias militares: los Estados Unidos y la URSS.
Entre los autores del realismo clásico, se encuentran europeos emigrados a los Estados Unidos, como Hans Joachim Morgenthau (1904-1980). En los años cuarenta publica una obra fundamental, Politics among Nations (1948), donde formula sobre consistentes bases clásicas los principios de lo que ha sido denominado como «realismo político clásico». En primer lugar, la idea de que la política internacional está regida por leyes objetivas basadas en la naturaleza humana. En segundo lugar, que los actores principales de las relaciones internacionales son los estados, que actúan defendiendo sus intereses y que aspiran al poder y al dominio de unos sobre otros. Este enfoque implica que la búsqueda del poder y del interés propio se combine con un escepticismo sobre la relevancia de las normas éticas como reguladoras de las relaciones entre los estados. La consecuencia de estos planteamientos implica defender la idea de que, mientras que el ámbito nacional ha de estar regido por la autoridad y la ley, la esfera internacional es un ámbito sin justicia caracterizado por un conflicto (vivo o latente) entre estados. Se abre así una vía ideológica claramente reaccionaria que será clave en la planificación de la política internacional estadounidense de las siguientes décadas.
Tucídides y el nuevo orden mundial
Como ha señalado acertadamente Shanske, la presencia de Tucídides ha sido constante en el ámbito de las relaciones internacionales que han marcado los últimos años del siglo XX y de inicios del siglo XXI. De hecho, «si su historia resonó con fuerza en los años de la Guerra Fría por su descripción del choque militar de dos alianzas políticas rivales, hoy en día lo que resuena con fuerza es su descripción de las relaciones entre democracia e imperio» (Shanske 2007). En efecto, la caída del Muro de Berlín en el año 1989 supuso el fin de un modelo de relaciones internacionales basado en el enfrentamiento entre dos grandes potencias que contaban con fuerzas similares. En su lugar, durante más de una década, como consecuencia del colapso de la URSS, quedaron los Estados Unidos como la única gran potencia que podía seguir manteniendo una influencia global. Un imperio militar que, a la vez, es un modelo de régimen democrático. Las tensiones derivadas de esta doble naturaleza explican que la historia de Tucídides y, sobre todo, su análisis del comportamiento de Atenas, la gran democracia del momento, en la Guerra del Peloponeso fuesen interpretados desde esta nueva perspectiva.
Sin embargo, en poco más de diez años los Estados Unidos encontraron un nuevo y encarnizado enemigo que ha puesto a prueba, una vez más, las tensiones entre imperio y democracia. De hecho, nuestro siglo comienza un día de septiembre de 2001. El suceso más terrible que ha golpeado a la sociedad americana en la segunda mitad del siglo XX, el atentado de las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, generó en todo el país y, en concreto, en el presidente Bush y sus asesores una búsqueda de referentes capaces de galvanizar a la herida sociedad norteamericana y de alumbrar nuevos métodos de actuación. Algunos de ellos suponen una reinterpretación del mensaje ciudadano que aun sigue ofreciendo el epitafio de Tucídides (II 35-46), el discurso en honor de los primeros caídos en la Guerra del Peloponeso que, de hecho, ofrece el mayor elogio conocido de la democracia ateniense. Algo que puede comprobarse fácilmente si se tiene en cuenta que el punto culminante de este proceso de búsqueda de bases ideológicas fueron los Memorial Services del año siguiente, en septiembre de 2002, considerados de manera unánime como la conmemoración cívica más importante de la época contemporánea en los Estados Unidos. En aquella ocasión intervinieron tanto políticos como intelectuales. Y, curiosamente, todos coincidieron en llevar a cabo un elogio de los valores de la democracia americana como la base que ha de sustentar la lucha contra el nuevo enemigo. Una situación que, sin duda, recordaba enormemente a la que Tucídides describe en el epitafio de Pericles. Se ha hablado incluso de una «neoliberal epideictic» que se puso al servicio de los valores defendidos por la presidencia del momento y que aportó una base ideológica para la terrible réplica que sacudió al mundo en los años siguientes.
De hecho, la presidencia de Bush, con su respuesta a los atentados del 11 de septiembre en Irak y en Afganistán, volvió a poner de plena actualidad la obra de Tucídides en los inicios del siglo XXI. La inestabilidad de una guerra larvada contra el terrorismo islamista ha provocado la necesidad de revisar y de releer la obra del historiador en busca de una guía válida para tomar las decisiones más adecuadas en un inestable presente. Así, la existencia de una guerra con múltiples y lejanos frentes ha permitido establecer analogías que, curiosamente, se ajustan a muy variadas ideologías. Hay quien ha comparado el comportamiento de la potencia imperialista de nuestra época, el Estados Unidos del presidente Bush y su neoliberal concepto de «guerra preventiva», con el modo implacable con el que actuó la Atenas de finales del siglo V a. C. en Melos. Pero no faltan quienes utilizan el mismo texto para defender la más cruda política neoconservadora.
Solo en este nuevo contexto geopolítico se comprende la enorme influencia ejercida por un pensador como Robert Kaplan (2002). Su libro más importante lleva un significativo título que pone de manifiesto sus fuentes clásicas: Warrior Politics. Why Leadership Demands a Pagan Ethos. Kaplan, como hicieron sus antecesores en el período de la Guerra Fría, defiende un planteamiento geo-estratégico en el que el «realismo político» es la clave que ha de guiar el comportamiento de la nación más poderosa del planeta. La novedad frente a las ideas de defensores del realismo clásico, como Morgenthau, es que este nuevo «realismo político» ha de estar libre de cualquier atadura moral y basarse en lo que denomina un «1ethos pagano». Según Kaplan, la historia antigua es la guía más fiable ante las terribles tareas a las que se han de enfrentar los Estados Unidos del siglo XXI. Y, en este nuevo contexto, la obra de Tucídides no solo es planteada como una guía perfectamente válida, sino como «the surest guide to what we are likely to face in the early decades of the twenty-first century». Para Kaplan, Tucídides es un autor emblemático por su foco persistente en la búsqueda del interés propio. Esta búsqueda del «interés» de la nación por encima de cualquier otra consideración le lleva a defender dos ideas clave que explican el comportamiento bélico mantenido por la administración Bush. La primera es que los líderes políticos han de abandonar la moral judeocristiana y han de adoptar una moral pagana. Es decir, reemplazar una moral de los medios por una de los fines. La segunda es que un imperio no puede ser blando. El más fuerte ha de imponer su poder en la búsqueda de sus intereses. En caso contrario, corre el riesgo de ser destruido por lo que el autor norteamericano denomina «the coming anarchy». Kaplan, a la manera de un Hobbes del siglo XXI, defiende la necesidad de un «comprehensive pragmatism» pagano frente a las «utopian hopes» de una sociedad debilitada por una moralidad de base judeocristiana. Alineándose, según afirma, con la ideología de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, que creían que el buen gobierno solo podía emerger de una comprensión de las verdaderas implicaciones del papel de las pasiones en el comportamiento del hombre en sociedad.
Se trata, en definitiva, de una vuelta de tuerca «neoconservadora» a las ideas de Tucídides, que ha sido decisiva en la justificación ideológica para muchas de las recientes acciones militares de los estadounidenses (Bloxham 2018). Sirvan dos ejemplos como piedra de toque. El primero es lo que podríamos denominar como el modelo («malentendido») de Melos. Como hicieron los embajadores atenienses en el diálogo con los habitantes de Melos, tras el 11 de septiembre, Washington dejó de lado todo tipo de argumentos de tipo ético y se decantó por la desnuda acción del poder del más fuerte y del derecho a llevar a cabo una guerra preventiva (denominada «guerra contra el terror») en Irak y Afganistán. El segundo tiene que ver con las causas de la guerra. En concreto, la diferencia que establece Tucídides entre los motivos aparentes y los profundos del enfrentamiento. El 11 de septiembre fue considerado como el agravio que, en primera instancia, justificó la guerra contra el terrorismo. Sin embargo, pronto fue evidente que las causas profundas de la invasión de Irak se encontraban en la política de hechos consumados y en la necesidad estratégica de controlar los recursos energéticos en un punto clave del mundo. Como años más tarde reconoció finalmente Donald Rumsfeld: «Es el petróleo, estúpido».
El cambio de administración en los Estados Unidos, con la llegada en la última década de dos presidentes tan distintos como Obama y Trump, no ha hecho disminuir este tipo de planteamientos. Así, durante los últimos años se han publicado ensayos como el de Stefan Haid con el llamativo título de «Why President Obama should read Thucydides», que lleva un significativo subtítulo: «Ancient lessons for the 21st century» (Haid 2008). Haid, sobre todo, compara con un enfoque deudor del texto tucidideo la expedición a Sicilia con la guerra en Irak y Afganistán. Es evidente que Haid comparte una visión pragmática de la historia, en el sentido de que ha de legar «lecciones para el futuro». Su objetivo es poner de manifiesto el peligro para los Estados Unidos, llevado por un miedo irracional, de embarcarse en una nueva aventura contra Irán o Corea del Norte que ponga en peligro su mantenimiento como potencia dominante. Esta teoría, ya esbozada en el año 2008, que se basa en la idea de que no hay que tener un miedo irracional ante el desarrollo tecnológico o económico de posibles países hostiles, ya que ese mismo miedo puede convertirse en la causa del enfrentamiento, como ocurrió en la Guerra del Peloponeso, ha recibido recientemente el significativo nombre de «la trampa Tucídides» (Allison 2017). Y su influencia no es de ningún modo desdeñable. De hecho, evitar caer en esa «trampa» es lo que, de algún modo, ha condicionado muchas de las decisiones de las administraciones Obama y Trump en los últimos años. Y, en última instancia, se ha convertido en uno de los principios clave para comprender las relaciones entre los Estados Unidos y la emergente potencia China y evitar, así, un enfrentamiento que hoy en día vemos mucho más cercano y que sería letal para el mundo moderno.
En definitiva, las lecciones pragmáticas que Tucídides pretendía obtener de su análisis de un conflicto concreto que azotó el mundo griego en el siglo V a. C. siguen siendo hoy día perfectamente válidas. Y, de hecho, testimonios como estos ofrecen el mejor ejemplo posible de cómo el pensamiento de Tucídides se ha mantenido vivo 2.500 años después de que fuese plasmado en una obra, que, como él pretendía, aspiraba a convertirse en una «adquisición para siempre».
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Capítulo metodológico:
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Los discursos:
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J. CARLOS IGLESIAS-ZOIDO
Bampton, Oxfordshire, agosto de 2019
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NOTA A LA PRESENTE TRADUCCIÓN
Nuestra traducción ha seguido el texto establecido por J. de Romilly, L. Bodin y R. Weil en la Collection des Universités de France editada por Les Belles Lettres, París, 1953-1972. Ha tenido presente, asimismo, la edición de G. Donini (Turín, 1982) y, para los libros I y II, el texto de O. Luschnat (Leipzig, 2.ª ed., 1960) y la edición de G. B. Alberti (libros I-II, Roma, 1972). Hemos consultado, además, la de A. Maddalena (libro I, Florencia, 1951-1952), la de H. Stuart Jones (rev. J. E. Powell, Oxford, 1942), la de la Loeb de Ch. F. Smith (Londres, Cambridge Mass., 1919-1923) y otras ediciones y comentarios textuales de los que se dará referencia en las notas a diversos pasajes. La fundamental obra de A. W. Gomme, A. Andrewes, K. J. Dover, A historical commentary on Thucydides (Oxford, 1945-1981, 5 vols.), ha sido de inestimable valor para la redacción de las notas, que, al igual que la traducción, también son deudoras de lecturas, observaciones y sugerencias contenidas en ediciones y traducciones como las de Poppo y Stahl, Arnold, Krüger, Classen y Steup, Forbes, Hude, Ch. F. Smith, Maddalena, Romilly, F. R. Adrados, Berenguer, Horneffer-Strasburger, Landmann, K. J. Dover, Donini, Moggi y en libros y artículos cuyas referencias irán apareciendo a lo largo de las mismas notas o en la bibliografía final. En cuanto a las traducciones de Tucídides en España, dejando aparte versiones inactuales como la de los discursos tucidídeos al aragonés, realizada hacia el año 1384, del Matritensis 10801, procedente de la biblioteca del Marqués de Santillana, y la defectuosa traducción clásica española de Diego Gracián, secretario del emperador Carlos V, a quien está dedicada (Salamanca, Ioan de Canova, 1564), solo contamos con dos buenas versiones completas de nuestro historiador: la de F. Rodríguez Adrados (Madrid, Biblioteca Clásica Hernando, 1952-1955, 3 vols.), prestigiosa guía para los estudiosos de un escritor profundo y atractivo que exige una atenta lectura, y la catalana de J. Berenguer Amenós (I-V, Barcelona, F. Bernat Metge, 1953-1970), a quien, como a A. W. Gomme, sorprendió la muerte antes de acabar su obra, llevada a término por M. Balasch (VI-VIII, Barcelona, 1978-1982). Tenemos, asimismo, una buena traducción fragmentaria de J. Alsina (Guadarrama/Punto Omega, 1976), una interesante selección de pasajes llenos de actualidad.
Palma de Mallorca, marzo de 1987
LIBRO I
INTRODUCCIÓN. CAUSAS Y ANTECEDENTES DE LA GUERRA DEL PELOPONESO
SINOPSIS
| 1. | Prólogo. La importancia de la Guerra del Peloponeso. | |
| 2-19. | La «Arqueología». Debilidad de épocas anteriores en relación con la Grecia de la Guerra del Peloponeso. Crítica histórica. | |
| 20-22. | La investigación de Tucídides. El método histórico. | |
| 23. | La magnitud de la Guerra del Peloponeso. Sus causas. | |
| 24-55. | Conflicto de Corcira. | |
| 29. | Victorias de Corcira. | |
| 31. | Embajadas de corcireos y corintios a Atenas. | |
| 32-36. | Discurso de los corcireos. | |
| 37-43. | Discurso de los corintios. | |
| 44-45. | Alianza defensiva de Atenas y Corcira. Intervención ateniense. | |
| 46. | Preparativos de los corintios. | |
| 47. | Preparativos de los corcireos. | |
| 48-52. | Batalla naval de las islas de Síbota. | |
| 53. | Conversaciones entre atenienses y corintios. | |
| 54. | Corintios y corcireos reivindican la victoria. | |
| 55. | Los corintios y los atenienses regresan a su patria. | |
| 56-66. | Conflicto de Potidea. | |
| 57. | Intrigas de Perdicas contra los atenienses. | |
| 58. | Sublevación de Potidea. | |
| 59. | Los atenienses en Macedonia. | |
| 60. | Ayuda de Corinto. | |
| 61. | Expedición de Calias. | |
| 62-63. | La batalla de Potidea. | |
| 64-66. | Asedio de Potidea. | |
| 67-88. | El debate de Esparta. | |
| 68-72. | Discurso de los corintios. | |
| 73-79. | Discurso de los atenienses. | |
| 80-85. | Discurso de Arquidamo. | |
| 86. | Discurso de Estenelaidas. | |
| 87. | El tratado ha sido violado. | |
| 88. | El miedo de Esparta al poderío de Atenas. La verdadera causa. | |
| 89-118. | La «Pentecontecia». Historia de Atenas después de las Guerras Médicas. Formación del Imperio ateniense. | |
| 90-93. | La reconstrucción de las murallas de Atenas. Actuación de Temístocles. | |
| 94. | Expedición de Pausanias contra Chipre y Bizancio. | |
| 95. | Acusaciones contra Pausanias. La hegemonía pasa a los atenienses. | |
| 96. | La Confederación ático-delia. | |
| 97-100. | Orígenes y crecimiento del poderío ateniense. De la hegemonía al imperio. Expediciones de Cimón, Tracia, Naxos, Eurimedonte, Tasos. | |
| 101. | La rebelión de los hilotas. Rendición de Tasos. | |
| 102. | Diferencias entre Esparta y Atenas. El incidente de Itome. | |
| 103. | Fin de la resistencia de Itome. Alianza de Mégara y Atenas. | |
| 104. | Los atenienses en Egipto. | |
| 105-106. | Guerras contra Corinto, Epidauro y Egina. | |
| 107. | Expedición lacedemonia a Grecia central. | |
| 108. | Batallas de Tanagra y de Enófita. Expediciones atenienses. Atenas acaba sus Muros Largos. | |
| 109-110. | Derrota de los atenienses en Egipto. | |
| 111. | Los atenienses en Tesalia, en el Peloponeso y en Acarnania. | |
| 112. | Tregua de cinco años con Esparta. Expedición a Chipre. Muerte de Cimón. Victoria de Salamina de Chipre. Guerra Sagrada. | |
| 113. | Batalla de Coronea. Derrota ateniense en Grecia central. | |
| 114. | Sublevación de Eubea y de Mégara. | |
| 115-117. | La paz de treinta años. La guerra de Samos. | |
| 118. | Fin de la «Pentecontecia». Embajada lacedemonia a Delfos. | |
| 119-125 | Asamblea de la Liga del Peloponeso en Esparta. | |
| 120-124. | Discurso de los corintios. | |
| 125. | Se decide la guerra. | |
| 126-139 | Reclamaciones y pretextos. | |
| 126-127. | Primera embajada lacedemonia a Atenas. El sacrilegio de los Alcmeónidas. | |
| 128-134. | Réplica ateniense. El sacrilegio del Ténaro. Traición de Pausanias. | |
| 135-138. | El caso de Temístocles. | |
| 139-145 | La Asamblea de Atenas. | |
| 139. | Nuevas embajadas lacedemonias a Atenas. El ultimátum. La Asamblea. | |
| 140-144. | Discurso de Pericles. | |
| 145. | Respuesta de Atenas. | |
| 146 | Acaba el relato de las causas y antecedentes de la Guerra del Peloponeso. | |
PRÓLOGO
La importancia de la Guerra del Peloponeso
1Tucídides de Atenas1 escribió la historia de la guerra entre los peloponesios y los atenienses2 relatando cómo se desarrollaron sus hostilidades3, y se puso a ello4 tan pronto como se declaró, porque pensaba que iba a ser importante y más memorable que las anteriores5. Basaba su conjetura en el hecho de que ambos pueblos la emprendían en su mejor momento gracias a sus recursos de todo tipo6, y en que veía que los restantes griegos, unos de inmediato y otros disponiéndose a ello, se alineaban en uno u otro bando. Esta fue, en efecto, la mayor conmoción7 2 que haya afectado a los griegos y a buena parte de los bárbaros8; alcanzó, por así decirlo, a casi toda la humanidad9. Pues los acontecimientos anteriores, y los todavía más antiguos10, era imposible, ciertamente, conocerlos con precisión a causa de la distancia del tiempo; pero por los indicios a los que puedo dar crédito cuando indago lo más lejos posible, no creo que ocurriera nada importante ni en lo referente a las guerras ni en lo demás.

LA «ARQUEOLOGÍA»
Debilidad de épocas anteriores en relación con la Grecia de la Guerra del Peloponeso.
Crítica histórica
2Es evidente11, en efecto, que la tierra que ahora se llama Grecia no estaba habitada antiguamente de forma estable, sino que al principio hubo migraciones y todos abandonaban fácilmente su territorio forzados por otros pueblos cada vez más numerosos. El 2 comercio no existía y las comunicaciones entre los pueblos no eran seguras ni por tierra ni por mar; cada uno sacaba de su propia tierra solo lo indispensable para vivir, y no acumulaban riquezas ni efectuaban plantaciones12, puesto que nadie sabía cuándo otros se les echarían encima y, al no estar protegidos por murallas, los despojarían; en consecuencia, pensando que en cualquier parte iban a conseguir el indispensable alimento cotidiano, emigraban sin dificultad, y por ello no eran poderosos ni por la magnitud 3 de sus ciudades ni por otro tipo de recursos13. Las tierras más fértiles, mayormente, experimentaban continuos cambios de habitantes: así la que ahora se llama Tesalia y Beocia y la mayor parte del Peloponeso14 con la excepción de Arcadia, y de las restantes, las que eran mejores. 4 Gracias a la fertilidad de la tierra, las fortunas de algunos aumentaban y eran causa de disensiones internas que provocaban la ruina de los pueblos, a la vez que los dejaban más expuestos a los ataques de tribus del exterior. Pero el Ática, según esto, por vivir desde los tiempos más 5 remotos sin disensiones internas debido a la aridez de su suelo15, fue habitada sin interrupción por los mismos hombres16. Y una demostración bastante clara de mi teoría 6 la constituye el hecho de que las otras regiones no progresaron en la misma medida a causa de las migraciones. En efecto, los hombres más poderosos, al ser desterrados del resto de Grecia debido a guerras o a disensiones internas, se refugiaban en Atenas por aprecio a su estabilidad y, convirtiéndose en ciudadanos17, desde los primeros tiempos acrecentaron todavía más la población de la ciudad, hasta el punto de que más tarde, al resultar el Ática insuficiente, incluso enviaron colonias a Jonia18.
Me 3 demuestra también, y no con menor claridad, la debilidad de los antiguos el hecho de que, antes de la Guerra de Troya19, la Hélade no parece haber acometido ninguna 2 empresa en común; pienso, además, que este nombre20 no solo no designaba todavía al país en su totalidad, sino que antes de Helén, el hijo de Deucalión21, ni siquiera existía tal denominación, y que las diferentes gentes, y sobre todo los pelasgos22, extendían el nombre de su propio pueblo. Pero cuando Helén y sus hijos se hicieron poderosos en la Ftiótide23, y los solicitaban para acudir en auxilio de otras ciudades, los diferentes pueblos, desde entonces, debido a aquellas relaciones, dieron una mayor difusión al nombre de helenos, denominación que, sin embargo, durante mucho tiempo, no pudo imponerse 3 a todos. Homero lo prueba mejor que nadie, pues, aunque vivió en una época muy posterior a la de la Guerra de Troya24, en ninguna parte aplicó el nombre colectivamente, ni tampoco a otros que no fueran los compañeros de Aquiles, procedentes de Ftiótide, que fueron precisamente los primeros helenos25, sino que en sus poemas, al referirse a todos, los llamó dánaos, argivos y aqueos. Tampoco utilizó el término de bárbaros26 por la razón de que los griegos, según creo, todavía no se distinguían 4 con un solo nombre que fuera el contrario. Así, pues, aquellos que recibieron el nombre de helenos, primero separadamente, ciudad tras ciudad a medida que se comprendían entre sí, y en conjunto después, no realizaron nada en común antes de la Guerra de Troya a causa de 5 su debilidad y aislamiento. Y marcharon juntos a esta expedición solo cuando su experiencia del mar fue mayor27.
Minos28 fue el primero, de los que conocemos 4 por la tradición29, en procurarse una flota30 y extender su dominio por la mayor parte de lo que hoy llamamos mar griego31; sometió las islas Cícladas32 y fue el primer colonizador de la mayor parte de ellas, expulsando a los carios33 y estableciendo como gobernadores a sus propios hijos. Y, como era natural, para que le llegaran con mayor seguridad los tributos, procuró, hasta donde alcanzó su poder, limpiar el mar de piratas.
Los 5 griegos de otro tiempo, en efecto, y los bárbaros que vivían en la costa del continente o en las islas, una vez que empezaron a pasar con sus naves de unas tierras a otras con mayor frecuencia, se dedicaron a la piratería34 bajo el mando de hombres que, sin ser ellos los de menos recursos, buscaban su propio provecho y sustento para los débiles. Cayendo sobre poblaciones sin murallas formadas por aldeas dispersas, las saqueaban y obtenían de allí la mayor parte de sus medios de vida, pues esta actividad no comportaba ningún deshonor, sino que más bien proporcionaba una cierta gloria. Lo demuestran aún 2 hoy algunos pueblos del continente, para quienes el éxito en estas acciones constituye un honor, y también los poetas antiguos, que en todas las ocasiones dirigen la misma pregunta de si son piratas35 a los navegantes que desembarcan, señal de que quienes eran interrogados no desdeñaban aquella actividad, y que aquellos que se preocupaban de informarse no la reprochaban. En tierra también 3 se dedicaban al pillaje unos contra otros. Y hasta nuestros días se vive a la manera antigua en muchas zonas de Grecia, en la región de los locros ozolos36, de los etolios37 y de los acarnanios38 y por aquella parte del continente. La costumbre de llevar armas que tienen estos pueblos continentales es una supervivencia de la antigua piratería.
Toda 6 Grecia, en efecto, llevaba armas debido a que sus viviendas carecían de protección y a que las comunicaciones entre los pueblos no eran seguras; se acostumbraron 2 a la vida en armas, igual que los bárbaros. Y las zonas de Grecia que todavía viven así constituyen un indicio de que en otro tiempo formas de vida semejantes se daban 3 por todas partes. Entre aquellos griegos, los atenienses fueron los primeros en abandonar el hierro y pasarse, por la libertad de sus costumbres, a una vida más muelle. No hace mucho tiempo que en Atenas los más viejos de los ricos dejaron de llevar, como signo de su vida de lujo, guitones de lino39 y de recoger las guedejas de su cabello en la cabeza mediante la inserción de cigarras de oro40; de aquí proviene que esta moda imperara también durante mucho tiempo entre los viejos jonios, debido a su parentesco41. 4 Por el contrario, los lacedemonios42 fueron los primeros en usar vestidos sencillos43, a la moda de ahora, y, en general, quienes poseían una mayor fortuna adoptaron, antes que nadie, el mismo modo de vida de 5 la masa. También fueron los primeros en mostrarse desnudos44 y en desvestirse en público y untarse con aceite en los ejercicios gimnásticos. Antiguamente, en cambio, e incluso en los Juegos Olímpicos45, los atletas competían llevando un ceñidor46 que les cubría las vergüenzas, costumbre que se ha perdido no hace muchos años. Pero todavía hoy día hay pueblos bárbaros, en especial los asiáticos, que, al celebrar competiciones de pugilato y lucha, lo hacen cubiertos con taparrabos. En muchos otros aspectos, 6 asimismo, se podría demostrar que el mundo griego antiguo vivía de modo semejante al mundo bárbaro de hoy47.
Respecto 7 a las ciudades, las de fundación más reciente, que, por ser las circunstancias más favorables para la navegación, tenían recursos en mayor abundancia, fueron construidas con murallas en la misma costa y cerraron los istmos48 pensando en el comercio y la defensa de cada una frente a sus vecinas. Las ciudades antiguas, por el contrario, tanto las insulares como las continentales, fueron fundadas generalmente lejos del mar49 a causa de la piratería, que se mantuvo durante mucho tiempo (pues no solo se robaban entre sí, sino que también robaban a todos los que, aun sin vivir del mar, habitaban junto a la costa), y hasta hoy día han seguido en el interior.
No fueron menos piratas los isleños, que eran carios50 8 y fenicios51, pueblos que, como es sabido, colonizaron la mayor parte de las islas. He aquí una prueba: cuando, durante la guerra que nos ocupa52, Delos fue purificada por los atenienses53 y fueron retiradas todas las tumbas de los que habían muerto en la isla, se vio que más de la mitad pertenecían a carios54; fueron identificados por el tipo de armas enterradas con ellos y por la forma de 2 enterramiento, que todavía es la misma actualmente. Pero cuando fue creada la flota de Minos, las comunicaciones por mar entre los pueblos resultaron más fáciles (pues expulsó a los malhechores de las islas55 cuando estableció 3 colonias en la mayoría de ellas), y los que habitaban junto al mar acrecentaron su fortuna y empezaron a vivir de forma más estable, e incluso algunos, al verse más ricos de lo que eran antes, se rodearon de murallas. Por el deseo de ganancias, los más débiles aceptaban su sumisión a los más fuertes, y los más poderosos con su abundancia se granjeaban el vasallaje de las ciudades más pequeñas56. Y ya se había consolidado esta situación cuando, posteriormente, 4 emprendieron la expedición contra Troya.
Me parece, además, que Agamenón consiguió 9 reunir las fuerzas expedicionarias porque era el más poderoso de sus contemporáneos, y no tanto por ir al frente de los pretendientes de Helena, obligados por el juramento prestado a 2 Tindáreo57. Dicen, por cierto, quienes han recogido de los antepasados las tradiciones más precisas sobre los peloponesios58, que primero Pélope59, gracias a la gran fortuna con la que desde Asia llegó a un pueblo sin recursos, se hizo con el poder y, a pesar de ser extranjero, alcanzó el honor de dar su nombre al país, y que después el poder de sus descendientes todavía aumentó cuando Euristeo60 murió en el Ática a manos de los Heráclidas tras haber confiado, al partir hacia la guerra, Micenas61 y su imperio a Atreo debido a su parentesco, ya que Atreo (desterrado entonces por su padre a causa de la muerte de Crisipo)62 era hermano de la madre de Euristeo. Y como que Euristeo ya no regresó, Atreo heredó el reino de Micenas y todos los dominios de Euristeo, tal como quisieron los micénicos por miedo a los Heráclidas y porque, además, parecía un hombre fuerte y se había ganado al pueblo. Así los Pelópidas se hicieron más poderosos 3 que los Perseidas63. Agamenón, en mi opinión, gracias a que había recibido esta herencia y, además, por tener una mayor fuerza naval que los otros, pudo emprender y llevar a cabo la expedición, no tanto por el reconocimiento de que era objeto como por el temor que inspiraba. Es evidente, en efecto, que fue él quien llegó con el mayor número de naves, y que también proporcionó algunas a los arcadios64, tal como Homero lo demuestra, si su testimonio se considera válido65. Y, además, en la 4 transmisión del cetro66 dice de él que «reinaba en muchas islas y en toda Argos»67. Ahora bien, viviendo en el continente, si no hubiese tenido una flota68, no hubiera podido ejercer su dominio sobre otras islas que no fueran las vecinas (y esas no serían muchas). Por esta expedición, 5 asimismo, hay que conjeturar cómo eran las circunstancias anteriores a ella.
No 10 se utilizaría un indicio exacto si, basándose en que Micenas era pequeña o en que alguna ciudad de las de entonces parece ahora sin importancia, se pusiera en duda que la expedición fue tan grande como los poetas la han 2 cantado y como la tradición mantiene; pues si fuera desolada la ciudad de los lacedemonios69, y solo quedaran los templos y los cimientos de los edificios, pienso que, al cabo de mucho tiempo, los hombres del mañana tendrían muchas dudas respecto a que la fuerza de los lacedemonios correspondiera a su fama. Sin embargo, ocupan dos quintas partes70 del Peloponeso y su hegemonía se extiende a la totalidad71 y a sus muchos aliados del exterior; pero, a pesar de esto, dado que la ciudad no tiene templos ni edificios suntuosos y no está construida de forma conjunta, sino que está formada por aldeas dispersas72 a la manera antigua de Grecia, parecería muy inferior. Por el contrario, si les ocurriera esto mismo a los atenienses, al mostrarse ante los ojos de los hombres del mañana la apariencia de la ciudad, conjeturarían que la fuerza de Atenas era doble de la real. No hay razón, pues, para 3 plantear dudas ni para prestar más atención a las apariencias de las ciudades que a sus fuerzas reales, sino que hay que creer que aquella expedición fue más importante que las anteriores73, aunque inferior a las de ahora, si es que también en este caso debemos confiar en los versos de Homero74, quien, aunque es verosímil que, como poeta, la ponderara para engrandecerla, aun así, sin embargo, deja clara su inferioridad. En efecto, en la flota de mil 4 doscientas naves atribuye a las de los beocios ciento veinte hombres75 y a las de Filoctetes cincuenta76, indicando, en mi opinión, las mayores y las menores; en el Catálogo de las Naves77 al menos, no se menciona nada acerca del tamaño de las otras. Que todos eran a la vez remeros y combatientes, lo demuestra al referirse a las naves de Filoctetes, pues dice que eran arqueros todos los que manejaban los remos78. Y no es probable que fueran a bordo muchos pasajeros, a excepción de los reyes y de los dignatarios principales, sobre todo dado que tenían que atravesar el mar con los pertrechos de guerra y que no tenían, además, barcos con puentes, sino construidos a la antigua usanza, 5 más bien al modo de los piratas. Así, pues, si sacamos la media de las naves mayores y menores, es evidente que no fueron muchos combatientes, tratándose de una expedición enviada en común por toda Grecia79.
La 11 causa no era tanto la escasez de hombres como la falta de recursos. Debido a la dificultad de aprovisionamiento80, transportaron un ejército reducido en proporción a los medios de vida que esperaban obtener en el país mientras combatían. Y después que vencieron en el combate que siguió a su llegada (hecho evidente, pues, de lo contrario, no hubieran construido la fortificación del campamento)81, se ve que ni siquiera entonces utilizaron todas sus fuerzas, sino que, a causa de la dificultad de aprovisionamiento, se dedicaron a cultivar las tierras del Quersoneso y a la piratería82. Por este motivo principalmente, los troyanos, al estar dispersos los griegos, pudieron resistir durante diez años de lucha abierta, ya que sus fuerzas eran equivalentes al retén que sucesivamente quedaba 2 frente a ellos. Por el contrario, si los griegos hubieran llegado con abundancia de provisiones, y si todos a la vez, sin dedicarse a la agricultura y a la piratería, hubieran proseguido la guerra sin interrupción, fácilmente se hubieran impuesto en el combate y hubieran tomado la ciudad, dado que, incluso sin actuar a la vez, solo con la parte del ejército que sucesivamente estaba presente, resistieron; y si se hubieran establecido en torno a ella para sitiarla, hubieran tomado Troya en menos tiempo y con 3 menos dificultades. Pero así como la debilidad de las empresas anteriores fue debida a la falta de recursos, sin duda ocurre lo mismo con la Guerra de Troya, que si bien ha obtenido más renombre que las anteriores, los hechos demuestran que fue inferior a su fama y a la tradición que, gracias a los poetas, prevalece actualmente.
Lo 12 cierto es que, incluso después de la Guerra de Troya, Grecia todavía siguió sometida al proceso de migraciones y colonizaciones que impidieron la paz necesaria para desarrollarse. El regreso de los griegos de Ilión después 2 de tanto tiempo provocó muchos cambios, y en la mayor parte de las ciudades se produjeron disensiones internas a consecuencia de las cuales los que eran desterrados fundaban 3 nuevas ciudades. Así, los actuales beocios, sesenta años después de la toma de Ilión83, tras ser expulsados de Arne84 por los tesalios, ocuparon la Beocia de hoy, que antes se llamaba tierra cadmea85 (una rama de este pueblo ya estaba antes en esta tierra, y algunos de ellos participaron en la expedición contra Ilión)86, y, ochenta años después de la misma fecha, los dorios con los Heráclidas se apoderaron del Peloponeso87. Cuando finalmente, 4 después de mucho tiempo, Grecia alcanzó una paz estable y se acabaron las migraciones, empezó a enviar colonias al exterior; los atenienses ocuparon Jonia y las más de las islas88, mientras que los peloponesios colonizaron la mayor parte de Italia89 y de Sicilia90 y algunos lugares del resto de Grecia91. Todas estas colonias fueron fundadas después de la Guerra de Troya.
Al hacerse Grecia más poderosa y dedicarse todavía 13 más que antes a la adquisición de riquezas, en la mayoría de las ciudades se establecieron tiranías con el aumento de los ingresos (antes había monarquías hereditarias con prerrogativas delimitadas), y Grecia se puso a equipar flotas y a vivir más de cara al mar. Se dice que los corintios 2 fueron los primeros en ocuparse de las construcciones navales con técnicas muy semejantes a las actuales y que las primeras trirremes92 de Grecia se construyeron en Corinto. Se sabe, asimismo, que Aminocles93, un armador 3 corintio, construyó cuatro naves para los samios; y fue unos trescientos años antes del fin de nuestra guerra94 4 cuando Aminocles fue a Samos. La más antigua batalla naval de la que tenemos noticia se disputó entre los corintios y los corcireos95, unos doscientos sesenta años antes de 5 la misma fecha96. Los corintios, con su ciudad situada en el istmo, tuvieron ya desde antiguo un centro comercial, dado que antiguamente los griegos, al comunicarse más por tierra que por mar, tanto los de dentro como los de fuera del Peloponeso se relacionaban entre sí a través del territorio de los corintios, que, así, se convirtieron en una potencia económica, como lo demuestran incluso los poetas antiguos al dar al lugar el calificativo de opulento97. Y cuando los griegos se dedicaron más a la navegación, los corintios se procuraron naves y procedieron a eliminar la piratería98, y debido a que ofrecían un centro comercial terrestre y marítimo a la vez, gracias a la afluencia de riqueza, tuvieron una ciudad poderosa. 6 Más tarde, en tiempo de Ciro99, el primer rey persa, y de su hijo Cambises100, los jonios también tuvieron una flota considerable, y en su guerra contra Ciro dominaron durante un cierto tiempo el mar cercano a sus costas101. Policrates, que fue tirano de Samos102 en tiempos de Cambises, asimismo fue poderoso gracias a su flota, y, entre otras islas que sometió, tomó Renea103 y la consagró a Apolo delio104. Y los foceos, que fundaron Marsella105, combatiendo por mar vencieron a los cartagineses106.
Estas 14 eran, sin duda, las flotas más poderosas. Pero incluso estas, a pesar de que se formaron muchas generaciones después de la Guerra de Troya, tenían, al parecer, pocas trirremes, y estaban compuestas por pentecóntoros y naves largas, como las flotas antiguas107. Sin embargo, 2 poco antes de las Guerras Médicas108 y de la muerte de Darío, que fue rey de los persas después de Cambises109, los tiranos de Sicilia y los corcireos tuvieron trirremes en número considerable; estas fueron las últimas flotas dignas de mención que hubo en Grecia antes de la expedición de 3 Jerjes110, pues las que poseían los eginetas, los atenienses y algunos otros eran pequeñas y estaban formadas en su mayor parte por pentecóntoros; fue más tarde cuando Temístocles111 persuadió a los atenienses, que estaban en guerra con los eginetas112 a la vez que a la espera del ataque de los bárbaros, a construir las naves con las que combatieron; y estas todavía no tenían puentes en toda su extensión113.
Así 15 fueron, pues, las flotas de los griegos, las antiguas y las que se formaron más tarde. Lograron, sin embargo, un poder nada despreciable quienes se dedicaron a ellas, gracias a la afluencia de riqueza y al dominio sobre otros pueblos, pues en sus expediciones navales conquistaban las islas especialmente quienes no tenían un territorio suficiente. Por tierra no se disputó ninguna guerra de 2 la que pudiera derivar algún poder, sino que todas las que se produjeron eran las de cada pueblo con sus propios vecinos, y los griegos no salieron a expediciones al exterior a mucha distancia de su país con miras a la conquista de otros. Esto fue así porque no se habían constituido alianzas bajo la dirección de las ciudades mayores, y ni siquiera emprendían expediciones comunes en igualdad de derechos, sino que las ciudades vecinas se hacían la guerra más bien unas a otras separadamente114. Fue, ante todo, en la guerra 30 que tuvo lugar antiguamente entre los calcideos y los eretrieos115 cuando el resto del mundo griego se dividió para aliarse con uno u otro bando.
Cada pueblo encontró obstáculos de 16 distinto tipo en su desarrollo. Así, contra los jonios116, en un momento de gran prosperidad, Ciro y el imperio persa, tras destronar a Creso117 y conquistar todos los territorios situados entre el río Halis118 y el mar, hicieron una expedición y sometieron las ciudades del continente; y Darío, más tarde, gracias a la flota fenicia119, se apoderó también de las islas120.
Por 17 lo que respecta a los tiranos, todos los que estaban establecidos en las ciudades griegas, mirando solo por sus intereses, tanto por su seguridad personal como por el engrandecimiento de su propia casa, gobernaban las ciudades con la máxima prudencia posible, y no llevaron a cabo ninguna empresa digna de mención, salvo alguna guerra particular contra sus vecinos respectivos. Los tiranos de Sicilia, en cambio, llegaron a los niveles más altos de poder121. Así, por motivos de todo tipo, Grecia se vio obligada durante mucho tiempo a no realizar nada notable en común y a que las empresas de cada una de sus ciudades carecieran de audacia.
Pero 18 después que los tiranos de Atenas122 y los del resto de Grecia —regida también antes en muchos sitios por tiranías—, es decir, la mayoría de los tiranos y los últimos si exceptuamos los de Sicilia123, fueron derrocados por los lacedemonios (pues Lacedemonia, después de su fundación por los dorios124 que la siguen habitando actualmente, aunque fue, de los que conocemos, el país que sufrió disensiones internas durante más tiempo, sin embargo desde muy antiguo tuvo buenas leyes125 y siempre se vio libre de tiranos, con lo que son unos cuatrocientos años o unos pocos más los que han pasado hasta el final de nuestra guerra126 desde que los lacedemonios tienen la misma Constitución127, y por esto se han hecho poderosos y han impuesto su criterio en las otras ciudades), después de la expulsión de los tiranos de Grecia, como decía, no muchos años después, tuvo lugar la batalla 2 de Maratón128 entre los medos129 y los atenienses. Y diez años después de esta vinieron de nuevo los bárbaros contra Grecia con su gran expedición para someterla130. Ante la amenaza de este gran peligro, los lacedemonios, por la superioridad de sus fuerzas, tomaron el mando de los griegos aliados, mientras que los atenienses, al avanzar los medos, decidieron abandonar la ciudad y, recogiendo sus bienes, se embarcaron en las naves y se hicieron marinos131. Tras rechazar en común a los bárbaros, no mucho después, tanto los griegos que se habían rebelado contra el Rey132 como los que se habían aliado frente a él se dividieron en dos bandos en torno a los atenienses y a los lacedemonios133; estos pueblos, en efecto, se habían revelado como los más poderosos134, ya que los unos eran fuertes 3 por tierra y los otros por mar. La alianza militar135 se mantuvo durante corto tiempo; luego los lacedemonios y los atenienses tuvieron divergencias y se hicieron la guerra con la ayuda de sus aliados136; y a partir de entonces los otros griegos, en los casos en que estaban en desacuerdo, acudían a ellos. De modo que desde las Guerras Médicas hasta nuestra guerra, unas veces en paz, otras en guerra, bien entre sí, bien contra sus propios aliados en rebeldía137, prepararon cuidadosamente sus recursos para la guerra y adquirieron más experiencia ejercitándose en medio de los peligros.
Los 19 lacedemonios ejercían su hegemonía sin tener a sus aliados sujetos a tributo, pero preocupándose de que su régimen fuera oligárquico, de acuerdo únicamente con su propia conveniencia. Los atenienses, en cambio, con el tiempo se habían apropiado de las naves de las ciudades aliadas, salvo de las de Quíos y Lesbos138, y habían impuesto a todas el pago de un tributo139. Y los recursos militares que ellos tenían separadamente al comienzo de esta guerra eran mayores que los de la época de mayor esplendor con la fuerza de la alianza intacta.
La investigación de Tucídides.
El método histórico
Así 20 fueron, pues, según mi investigación, los tiempos antiguos, materia complicada por la dificultad de dar crédito a todos los indicios tal como se presentan, pues los hombres reciben unos de otros las tradiciones del pasado sin comprobarlas, aunque se trate de las de su propio 2 país. La mayoría de los atenienses, por ejemplo, cree que Hiparco era el tirano140 cuando fue asesinado por Harmodio y Aristogitón141, y no saben que era Hipias, por ser el mayor de los hijos de Pisístrato, quien gobernaba, y que Hiparco y Tésalo eran sus hermanos, y que, al sospechar Harmodio y Aristogitón, en el día fijado y en el último momento, que algo había sido revelado a Hipias por sus propios cómplices, se apartaron de él creyéndolo advertido; pero, queriendo, antes de ser apresados, arriesgarse en la realización de alguna hazaña, encontraron a Hiparco junto al llamado Leocorio142 mientras organizaba 3 la procesión de las Panateneas143 y lo mataron144. Hay muchos otros hechos, incluso contemporáneos y no olvidados por el tiempo, sobre los cuales los demás griegos tienen ideas inexactas, como la creencia de que los reyes de los lacedemonios dan, cada uno, no un solo voto sino dos, y la de que tienen una compañía de Pitana, la cual no ha existido jamás145. ¡Tan poco importa a la mayoría la búsqueda de la verdad y cuánto más se inclinan por lo primero que encuentran!
Sin 21 embargo, no se equivocará quien, de acuerdo con los indicios expuestos, crea que los hechos a los que me he referido fueron poco más o menos como he dicho y no dé más fe a lo que sobre estos hechos, embelleciéndolos para engrandecerlos, han cantado los poetas, ni a lo que los logógrafos146 han compuesto, más atentos a cautivar a su auditorio147 que a la verdad, pues son hechos sin pruebas y, en su mayor parte, debido al paso del tiempo, increíbles e inmersos en el mito148. Que piense que los resultados de mi investigación obedecen a los indicios más evidentes y resultan bastante satisfactorios para tratarse de hechos antiguos. Y esta guerra de ahora, 2 aunque los hombres siempre suelen creer que aquella en la que se encuentran ellos combatiendo es la mayor y, una vez acabada, admiran más las antiguas, esta guerra, sin embargo, demostrará a quien la estudie atendiendo exclusivamente a los hechos que ha sido más importante que las precedentes149.
En 22 cuanto a los discursos150 que pronunciaron los de cada bando, bien cuando iban a entrar en guerra, bien cuando ya estaban en ella, era difícil recordar la literalidad misma de las palabras pronunciadas, tanto para mí mismo en los casos en los que los había escuchado como para mis comunicantes a partir de otras fuentes. Tal como me parecía que cada orador habría hablado, con las palabras más adecuadas a las circunstancias de cada momento, ciñéndome lo más posible a la idea global de las palabras verdaderamente pronunciadas, en este sentido están redactados los discursos de mi obra. Y en cuanto a los hechos 2 acaecidos en el curso de la guerra, he considerado que no era conveniente relatarlos a partir de la primera información que caía en mis manos, ni como a mí me parecía, sino escribiendo sobre aquellos que yo mismo he presenciado151 o que, cuando otros me han informado, he investigado caso por caso, con toda la exactitud posible152. 3 La investigación ha sido laboriosa porque los testigos no han dado las mismas versiones de los mismos hechos, sino según las simpatías por unos o por otros o según la memoria 4 de cada uno. Tal vez la falta del elemento mítico153 en la narración de estos hechos restará encanto a mi obra ante un auditorio, pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado y de los que en el futuro serán iguales o semejantes154, de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana155, si estos la consideran útil, será suficiente. En resumen, mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre más que como una pieza de concurso para escuchar un momento156.
La magnitud de la Guerra del Peloponeso.
Sus causas
De 23 los hechos anteriores el más importante157 fue la guerra contra los medos, a pesar de que esta se decidió rápidamente en dos batallas navales y dos terrestres158. La duración de esta guerra nuestra, por el contrario, ha ido mucho más allá, y ha ocurrido que en su transcurso se han producido en Grecia desastres sin parangón en un período igual. 2 Nunca tantas ciudades fueron tomadas y asoladas, unas por los bárbaros159 y otras por los mismos griegos160 luchando unos contra otros (algunas hay incluso que cambiaron de habitantes al ser conquistadas)161; nunca tampoco había habido tantos destierros y tanta mortandad, bien en la misma guerra, bien a causa de las luchas 3 civiles. E historias que antes refería la tradición, pero que raramente encontraban una confirmación en la realidad, dejaron de resultar inverosímiles: historias acerca de terremotos162, que afectaron a la vez a extensas regiones y que fueron muy violentos; eclipses de sol163, que ocurrieron con mayor frecuencia de lo que se recordaba en tiempos pasados; y grandes sequías en algunas tierras y hambres como secuela, y, en fin, la calamidad que no menos daños causó y que destruyó a una parte de la población, la peste164. Todos estos males cayeron sobre Grecia 4 junto con esta guerra. La comenzaron los atenienses y los peloponesios al romper el tratado de paz de treinta años que habían concertado después de la conquista de 5 Eubea165. Para explicar por qué rompieron he expuesto en primer lugar las razones de esta ruptura y las diferencias que la ocasionaron, a fin de que nunca nadie se pregunte por qué se produjo entre los griegos una guerra tan 6 importante166. La causa más verdadera167, aunque la que menos se manifiesta en las declaraciones168, pienso que la constituye el hecho de que los atenienses al hacerse poderosos e inspirar miedo a los lacedemonios les obligaron a luchar. Pero las razones declaradas públicamente, por las cuales rompieron el tratado y entraron en guerra, fueron las siguientes por parte de cada bando.
CONFLICTO DE CORCIRA
Epidamno169 24 es una ciudad situada a la derecha para el que entra en el golfo Jonio170. Vecinos suyos son los taulantios171, 2 bárbaros de raza iliria. La fundaron los corcireos172, pero el fundador fue Falio, hijo de Eratóclides, corintio de nacimiento, del linaje de los Heráclidas, que, según la costumbre antigua, había sido traído de la metrópoli173. Participaron también en la fundación algunos corintios y otras gentes de estirpe dórica. Con el paso 3 del tiempo, la ciudad de los epidamnios se hizo grande y populosa. Pero, 4 tras muchos años de disensiones internas, según se cuenta, a consecuencia de una guerra con sus vecinos bárbaros, se encontraron en la ruina y privados de la mayor parte de su fuerza. Finalmente, antes de 5 esta guerra nuestra174, el pueblo expulsó a los aristócratas, y estos, atacando en compañía de los bárbaros, se dedicaron a saquear a los de la ciudad tanto por tierra como por 6 mar. Cuando los epidamnios que estaban en la ciudad se vieron en apuros, enviaron embajadores a Corcira, como metrópoli que era, pidiendo que no miraran con indiferencia su destrucción, sino que los reconciliaran con los exiliados y 7 pusieran fin a la guerra con los bárbaros. Formularon esta petición sentándose en el templo de Hera175 como suplicantes. Pero los corcireos no atendieron a la súplica, sino que los despidieron sin conseguir nada.
Cuando 25 los epidamnios supieron que no tendrían ninguna ayuda por parte de Corcira, se encontraron en la dificultad de resolver la situación, y, enviando una embajada a Delfos, preguntaron al dios176 si debían entregar su ciudad a los corintios en su condición de fundadores y tratar de obtener de ellos alguna ayuda. El dios les respondió que entregaran la ciudad y se pusieran bajo la protección 2 de los corintios. Los epidamnios marcharon, pues, a Corinto y, de acuerdo con el oráculo, entregaron la colonia, explicando que su fundador era de Corinto177 y comunicándoles la respuesta del oráculo178, y les pidieron que no miraran con indiferencia su destrucción179, 3 sino que los defendieran. Los corintios accedieron a prestarles ayuda180, en parte por razones de justicia, ya que consideraban que la colonia era tan suya como de los corcireos, pero también por odio a estos porque, a pesar de 4 ser colonos suyos, les hacían poco caso, pues ni les ofrecían los presentes tradicionales181 en las fiestas comunes182 ni concedían a un corintio las primicias de los sacrificios183 como las otras colonias, sino que los trataban con desprecio porque su potencia económica era en aquel tiempo comparable a la de las más ricas ciudades griegas y porque por sus recursos militares eran más poderosos184 y, en cuanto a su flota, se vanagloriaban a veces no solo de ser muy superiores, sino también por la anterior ocupación de Corcira por los feacios185, cuya fama giraba en torno a sus naves186. Por esta razón se preocupaban todavía más de equipar su flota, en la que precisamente no eran débiles, pues poseían ciento veinte trirremes cuando entraron en guerra.
Teniendo, 26 pues, todos estos motivos de queja, los corintios enviaron gustosos su socorro a Epidamno, ordenando que partieran todos los colonos que quisieran con una guarnición de ampraciotas187, leucadios188 y corintios. 2 Marcharon por tierra hasta Apolonia189, que era colonia de los corintios190, por miedo a los corcireos, temiendo ser obstaculizados por ellos en el caso de una travesía por 3 mar. Cuando los corcireos se enteraron de que los colonos y la guarnición habían llegado a Epidamno y de que su colonia había sido entregada a los corintios, se irritaron, y zarpando rápidamente con veinticinco naves, seguidas luego por otra escuadra191, ordenaron sin contemplaciones a los epidamnios que acogieran a los exiliados192 (pues los desterrados de Epidamno habían ido a Corcira y habían mostrado las tumbas de sus antepasados y recordado su parentesco, invocándolo para pedir que los restableciesen en su patria) y que despidieran a los colonos y a la 4 guarnición que los corintios les habían enviado. Los epidamnios no les hicieron ningún caso; entonces los corcireos se dirigieron contra ellos con cuarenta naves y con los desterrados, con la intención de restablecerlos, y acompañados también por tropas ilirias. Acamparon junto a la 5 ciudad y proclamaron que los epidamnios que quisieran, así como los extranjeros, podían salir sin temor a represalias; pero que si no lo hacían, serían tratados como enemigos. Como no se sometieron, los corcireos pusieron sitio a la ciudad, que está situada en un istmo193.
Los 27 corintios, cuando les llegaron mensajeros de Epidamno con la noticia del sitio, se pusieron a preparar una expedición a la vez que decretaron el envío de una colonia a Epidamno, para que fuera quien quisiera con igualdad de derechos194; y si alguno no estaba dispuesto a embarcarse enseguida con los otros, pero quería participar en la colonia, podía quedarse entregando un depósito de cincuenta dracmas corintias195. Fueron muchos los que se embarcaron y también muchos los que depositaron el dinero. Pidieron además a los megareos196 2 que los acompañaran con una escolta naval, por si su travesía era obstaculizada por los corcireos, y aquellos se prepararon para acompañarlos con ocho naves, y los paleos de Cefalenia197, con cuatro. Hicieron la misma petición a los epidaurios198, que ofrecieron cinco; los de Hermíone199 ofrecieron una, y los trecenios200, dos; los leucadios, diez, y los ampraciotas201, ocho. A los tebanos les solicitaron dinero y también a los fliasios202, y a los eleos203, naves sin tripulación y dinero. Por parte de los mismos corintios se prepararon treinta naves204 y tres mil hoplitas205.
Cuando 28 los corcireos se enteraron de estos preparativos, fueron a Corinto con embajadores lacedemonios y sicionios206, que tomaron como acompañantes, y exhortaron a los corintios a retirar la guarnición y a los colonos que estaban en Epidamno, alegando que no tenían ningún derecho sobre Epidamno. Y si tenían algo que reivindicar, 2 declararon que ellos estaban dispuestos a someterse a un arbitraje en el Peloponeso ante las ciudades que ambos acordasen, y a que aquella de las dos partes a la que fuera adjudicada la colonia se quedara con ella. También estaban dispuestos a remitirse al oráculo de Delfos207. Pero les aconsejaban no provocar la guerra; decían 3 que, en caso contrario, ante su violencia, se verían obligados, en defensa de sus intereses, a buscarse amigos contra su voluntad, amigos muy distintos a los que entonces tenían208. Los corintios les respondieron que, si retiraban 4 de Epidamno las naves y los bárbaros, negociarían; pero que no estaba bien que, mientras los de Epidamno sufrían un asedio, ellos se sometiesen a un arbitraje209. Los 5 corcireos replicaron que así lo harían si también los corintios retiraban a los que tenían en Epidamno, y que también estaban dispuestos a que ambas partes permanecieran en sus posiciones y mantuvieran una tregua hasta que se pronunciara el arbitraje.
Victorias de Corcira
Los 29 corintios no aceptaron ninguna de estas propuestas, sino que cuando tuvieron equipadas sus naves y se hubieron presentado los aliados, después de enviar por delante a un heraldo210 para declarar la guerra a los corcireos, zarparon con setenta y cinco naves y dos mil hoplitas211 y dirigieron su navegación hacia Epidamno para combatir contra los corcireos. Los comandantes de las naves 2 eran Aristeo, hijo de Pélico, Calícrates, hijo de Calias, y Timánor, hijo de Timantes, y los de la infantería, Arquetimo, hijo de Euritimo, e Isárquidas, hijo de Isarco212. Cuando estuvieron en Accio, en el territorio de Anactorio213 donde se encuentra el templo de Apolo, a la entrada del golfo de Ampracia, los corcireos enviaron a su encuentro a un heraldo en una barca para intimarles a no avanzar contra ellos; al mismo tiempo completaron la tripulación de sus naves, después de sustituir los baos de las viejas de modo que estuvieran en condiciones de navegar, y de poner a punto las otras214. Y como el heraldo 4 volvió sin un mensaje de paz de parte de los corintios, y tenían sus naves equipadas, en número de ochenta (pues cuarenta estaban sitiando Epidamno), se dirigieron contra el enemigo y, tras situarse en orden de combate, trabaron batalla. Los corcireos vencieron ampliamente y 5 destruyeron quince naves de los corintios. En el mismo día también ocurrió que sus tropas que sitiaban Epidamno la forzaron a una rendición que obligaba a vender a los extranjeros y a retener encadenados a los corintios hasta que se tomara otra resolución215.
Después 30 de la batalla naval, los corcireos levantaron un trofeo216 en Leucimna217, promontorio de Corcira, y mataron a los prisioneros que habían capturado, salvo a 2 los corintios, a quienes guardaron en prisión218. Luego, cuando los corintios y sus aliados regresaron vencidos con sus naves hacia su patria, los corcireos se convirtieron en dueños de todo el mar en aquella zona, y dirigiendo su flota contra Léucade, la colonia corintia, asolaron una parte de su territorio, e incendiaron Cilene, el puerto de los eleos219, porque habían proporcionado naves y dinero a los 3 corintios. Durante la mayor parte del tiempo que siguió a la batalla naval, mantuvieron su dominio sobre el mar y sus ataques llevaron la destrucción a los aliados de los corintios, hasta que los corintios, al verano siguiente220, visto que sus aliados se hallaban en apuros, enviaron naves y un ejército, y se establecieron en Accio221 y junto al Quimerio222, en la Tesprótide223, para protección de Léucade y de las otras ciudades que eran sus amigas. 4 Los corcireos, a su vez, se establecieron enfrente, en Leucimna, con sus naves y su infantería. No se atacaron unos a otros, pero, durante este verano, permanecieron en sus posiciones frente a frente, y ya en invierno unos y otros regresaron a su patria224.
Embajadas de corcireos y corintios a Atenas
Durante 31 todo el año que siguió a la batalla naval y el año posterior225, los corintios, a quienes irritaba el recuerdo de la guerra contra los corcireos, se dedicaron a construir naves y a preparar con todo empeño una expedición naval reclutando remeros del mismo Peloponeso y del resto de Grecia con el incentivo de una buena soldada. Cuando los corcireos se enteraron de sus 2 preparativos, se asustaron, y, dado que no estaban ligados por ningún tratado con ninguna ciudad griega y no se habían preocupado de inscribirse ni en la confederación ateniense ni en la lacedemonia226, decidieron dirigirse a los atenienses, hacerse sus aliados e intentar conseguir de ellos alguna ayuda. Los corintios, al enterarse de esto, fueron, también 3 ellos, a Atenas a negociar, para evitar que la flota ateniense, uniéndose a la de los corcireos, les impidiera dirimir la guerra como querían. Tuvo lugar una asamblea y 4 se entabló un debate. He aquí lo que dijeron los corcireos227:
Discurso de los corcireos
«Es 32 justo, atenienses, que quienes, sin mediar un servicio prestado anteriormente ni una alianza, acuden a otros228, como hacemos nosotros ahora, a pedir ayuda, demuestren en primer lugar que su petición implica sobre todo utilidad y, si no, que al menos no es perjudicial, y, en segundo lugar, que conservarán una gratitud inquebrantable; si no fundamentan con seguridad ninguno de estos dos puntos, no es justo que se irriten si no tienen éxito. Por eso, pues, nos han enviado los corcireos, porque creen 2 que, con la petición de alianza, también pueden ofrecer garantías sobre los puntos citados. Sucede, sin embargo, 3 que nuestra política resulta al mismo tiempo absurda en relación con nuestra petición ante vosotros y perjudicial para nuestros propios intereses en el presente. Absurda, 4 porque nosotros, que hasta este momento nunca hemos querido ser aliados de nadie, venimos ahora a pedir esto de otros; y perjudicial a la vez, porque por la misma razón nos encontramos solos en la guerra actual con los corintios. Y lo que antes parecía prudencia nuestra —no compartir, en una alianza con otros, los peligros motivados por sus decisiones— ha cambiado y ahora se ha revelado 5 como insensatez y debilidad. Es cierto que en la pasada batalla nosotros solos, sin ninguna ayuda, conseguimos rechazar a los corintios; pero una vez que se han puesto en movimiento contra nosotros con mayor armamento, sacado del Peloponeso y del resto de Grecia, y que nosotros vemos que somos incapaces de superarlos solo con nuestras fuerzas, y que además corremos un gran peligro si caemos bajo su poder, la necesidad nos obliga a pediros ayuda a vosotros y a cualquier otro, y merecemos indulgencia si, no con malicia, sino más bien como reconocimiento de un error de apreciación, nos atrevemos a emprender una política contraria a nuestro retraimiento anterior229.
Nuestra 33 petición será para vosotros, si nos hacéis caso, una hermosa oportunidad por muchas razones. En primer lugar, porque procuraréis vuestra ayuda a un pueblo que es víctima de la injusticia y que no perjudica a otros; después, porque, al acoger a gentes cuyos mayores intereses están en peligro, prestaréis un servicio que os hará acreedores de un testimonio de gratitud230 que siempre será recordado de la mejor manera; y, finalmente, porque poseemos una flota superior a todas, excepto a la vuestra231. Y considerad qué dicha es más rara o cuál es más dolorosa 2 para el enemigo que el que una potencia por cuya alianza vosotros hubierais ofrecido mucho dinero y gratitud, esta potencia, se presente a vosotros espontáneamente, entregándose a sí misma sin riesgos ni gastos, y aportándoos además gloria232 a los ojos de la mayoría, agradecimiento de parte de aquellos a quienes socorreréis, y para vosotros mismos fuerza. Son ventajas que todas a la vez se les han ofrecido a pocos a lo largo de la historia, y pocos también, al solicitar una alianza, se presentan ante aquellos a quienes apelan ofreciéndoles tanta seguridad y consideración como ellos esperan recibir. Y en 3 cuanto a la guerra, en la que podríamos ser útiles, si alguno de vosotros cree que no tendrá lugar, tiene una opinión equivocada233 y no se da cuenta de que los lacedemonios por el miedo que les inspiráis desean la guerra234, y de que los corintios son influyentes ante ellos y son enemigos vuestros y comienzan ahora por intentar someternos con el objeto de emprender después el ataque contra vosotros235, para que no estemos unidos contra ellos por nuestro odio común y para no dejar ellos de coger la delantera en el logro de uno de sus dos objetivos: o debilitarnos 4 a nosotros o fortalecerse a sí mismos236. Interés nuestro es, por tanto, sacar ventaja, por un lado ofreciendo la alianza y por vuestra parte aceptándola, y tomar la iniciativa preparando el ataque contra ellos antes que tener que disponer el contraataque.
Y 34 si los corintios dicen que no es justo que vosotros acojáis a sus colonos, que sepan que toda colonia, cuando recibe buen trato, honra a su metrópoli, pero si se la trata injustamente, se aparta de ella; pues los colonos son enviados no para ser esclavos, sino para ser iguales que los que se 2 quedan. Y que nos trataron injustamente, es evidente: invitados a un arbitraje sobre el asunto de Epidamno237, prefirieron sostener sus reivindicaciones con la guerra antes que con la justicia. Que su conducta 3 respecto a nosotros, sus parientes, os sirva de aviso, para que no os dejéis burlar por sus engaños y no les asistáis tampoco en caso de que os lo pidan abiertamente; pues el que tenga menos remordimientos por haber condescendido con sus enemigos es el que vivirá más seguro.
Y ni siquiera romperéis 35 el tratado con los lacedemonios238 si nos acogéis, puesto que no somos aliados ni de unos ni de otros. En él se dice, en efecto, 2 que cualquier ciudad griega que no esté aliada con nadie podrá unirse con aquella de 3 las dos partes que le plazca. Y resulta escandaloso que los corintios puedan sacar las tripulaciones de sus naves no solo de sus aliados sino también del resto de Grecia, y en especial de vuestros propios súbditos239, mientras que a nosotros nos quieran excluir de una alianza que está a nuestro alcance y de la ayuda de cualquier otra parte; ¡y que os acusen luego de injusticia si atendéis a nuestras peticiones! 4 Mucho más os podremos reprochar nosotros si no llegamos a convenceros; pues en ese caso nos rechazaréis a nosotros, que estamos en una situación de peligro y que no somos enemigos, mientras que para ellos, que son enemigos y nos atacan, no solo no seréis obstáculo, sino que consentiréis además que saquen fuerzas de vuestro imperio. Y no es justo que hagan esto, sino que, o debéis impedirles que recluten mercenarios procedentes de vuestro imperio, o enviarnos también a nosotros una ayuda en la forma en que logremos convenceros, y lo mejor de todo es que nos aceptéis abiertamente como 5 aliados y nos socorráis. Muchas son, como indicamos al principio240, las ventajas que os presentamos, y la mayor es que nuestros enemigos son los mismos241 (lo que constituye la garantía de fidelidad más segura), y estos no son débiles, sino capaces de causar daño a quienes se separan242. Además, cuando la alianza que se ofrece es de una potencia marítima y no de tierra, no os va lo mismo en el rechazo, sino que os conviene sobre todo, si podéis, impedir que nadie más posea una flota, o, si no, contar con la amistad de aquel que sea más fuerte.
Y 36 quien crea en las ventajas a las que nos referimos, pero tema romper la tregua243 si se deja convencer por ellas, sepa que su miedo, asociado a la fuerza, atemorizará más a sus adversarios, mientras que la confianza debida al hecho de no habernos acogido, al ser débil frente a enemigos poderosos, será menos temible; sepa, además, que ahora no está deliberando tanto sobre Corcira como sobre Atenas, y que no planea lo más ventajoso para su patria cuando, atendiendo al momento presente, vacila en granjearse, para la guerra que viene y que casi ya está aquí244, a un país cuya amistad o enemistad son de vital importancia. Pues está magníficamente situado 2 en la ruta de cabotaje245 a Italia y Sicilia para impedir que venga de allí una flota en auxilio de los peloponesios246 y para dejar pasar a la que vaya de aquí a aquellas tierras, y por lo demás ofrece muchas ventajas. Con una brevísima 3 consideración final, que encierra todo el discurso y cada uno de sus puntos, podéis daros cuenta de que no debéis abandonarnos. Es la siguiente: en Grecia hay tres flotas dignas de mención: la vuestra, la nuestra y la de los corintios. Si consentís que dos de ellas se conviertan en una, después que los corintios nos hayan conquistado, tendréis que combatir por mar a los corcireos y a los peloponesios a la vez, mientras que, si nos acogéis, podréis luchar contra ellos con nuestras naves unidas a las vuestras».
Así hablaron los 4 corcireos; y a continuación los corintios, de este modo:
Discursode los corintios
«Dado 37 que los corcireos aquí presentes no solo han hablado en su discurso de que los acojáis como aliados, sino que también han sostenido que nosotros cometemos injusticia y ellos son atacados sin razón, es necesario que también nosotros nos refiramos primero a estos dos puntos antes de pasar al resto de nuestro discurso, a fin de que conozcáis con mayor seguridad nuestra justa reclamación y rechacéis no sin razón la petición que la necesidad les dicta.
Dicen 2 que por prudencia247 nunca han aceptado la alianza de nadie; pero la verdad es que han seguido esta política con ánimo malévolo y no por virtud, pues no querían tener ningún aliado testigo de sus injusticias ni querían 3 avergonzarse al solicitar su ayuda. Y su ciudad, además, al estar situada en una posición independiente, les hace jueces de los daños que causan a otros en lugar de estar sujetos a tratados248, por el hecho de que salen muy poco de su isla para ir a los puertos de sus vecinos, mientras que continuamente reciben a los otros, que arriban 4 por necesidad. En estas condiciones, se escudan en la hermosa apariencia de esta política de no alineamiento249 no para evitar su participación en las injusticias de otros, sino con la intención de cometer ellos solos sus propias injusticias y de actuar con violencia en los casos en que son los más fuertes, de sacar ventaja cuando pasan desapercibidos y de no avergonzarse si alguna vez se hacen con alguna 5 ganancia. Si verdaderamente fueran hombres honrados, como dicen, cuanto más fuera del alcance de otros pueblos estuvieran, tanto más claramente podrían mostrar su virtud ofreciendo y aceptando los arbitrajes de la justicia250.
Pero 38 no son así ni con los demás ni con nosotros, sino que, a pesar de ser colonos nuestros, han estado siempre apartados de nosotros, y ahora nos hacen la guerra alegando que no fueron enviados como colonos para sufrir malos tratos. Nosotros 2 por nuestra parte argumentamos que tampoco fundamos la colonia para sufrir su insolencia, sino para mantener nuestra hegemonía y ser tratados con la 3 consideración debida251. Sabido es que nuestras restantes colonias nos honran, y nadie es más amado que nosotros por sus 4 propios colonos. Y es evidente que si somos gratos a la mayoría, ninguna razón podría explicar que únicamente estos estuvieran descontentos de nosotros, y que no prepararíamos contra ellos una expedición excepcional si no fuésemos también víctimas de una injusticia extraordinaria. 5 Y aun en el caso de que la falta fuera nuestra, sería honroso para ellos ceder a nuestra ira, y vergonzoso para 6 nosotros violentar su moderación; ellos, sin embargo, con su insolencia y la desmesura que les da su riqueza, nos han faltado en otras muchas ocasiones como en el caso de Epidamno, colonia nuestra252 sobre la que no hacían ninguna reivindicación cuando se encontraba en apuros, mientras que ahora, cuando nosotros hemos ido a defenderla, se han apoderado de ella y la retienen por la fuerza.
Dicen, 39 ciertamente, que estuvieron dispuestos primero a someterse a un arbitraje, pero no debemos creer en el ofrecimiento de arbitraje de quien lo propone partiendo con ventaja y desde una posición segura, sino de aquel que se coloca en un plano de igualdad, tanto en los hechos como en las palabras, antes de recurrir a las armas253. 2 Estos, en cambio, no antes de poner sitio a la plaza, sino cuando comprendieron que nosotros no lo consentiríamos, solo entonces hicieron su especiosa oferta de arbitraje; y han venido aquí no solo con sus propias faltas de allí, sino pretendiendo que vosotros ahora seáis no sus aliados, sino los cómplices de sus injusticias, y que los acojáis en vuestra alianza cuando están en desavenencia 3 con nosotros. Cuando disfrutaban de la mayor seguridad, entonces debían haberse presentado, y no cuando nosotros somos víctimas de su injusticia y ellos corren peligro, ni cuando vosotros, que entonces nada obtuvisteis de su fuerza, les haréis partícipes de vuestra ayuda y, sin haber tomado parte en sus faltas, tendréis una parte igual en nuestras acusaciones; hace tiempo que debíais haber compartido vuestra fuerza para compartir ahora las consecuencias254.
Que 40 nosotros venimos con reclamaciones legítimas y que ellos son violentos y ambiciosos, queda demostrado; pero es preciso ahora que comprendáis que no podríais acogerlos en vuestra alianza justamente. Pues, aunque está 2 estipulado en el tratado que las ciudades no inscritas pueden unirse a uno de los dos bandos libremente, el acuerdo no vale para quienes entran en una alianza con la intención de dañar a otros, sino para todo el que, sin desligarse de otro255, necesite seguridad, y para el que no traiga a quienes lo acogen, si son prudentes, la guerra en lugar de la paz; y esto os podría ocurrir ahora a vosotros si no nos hicierais caso. Entonces no seríais solamente sus protectores, 3 sino que también os convertiríais en enemigos nuestros, en lugar de estar ligados a nosotros por un tratado de paz. Pues será necesario que, si vais con ellos, nosotros tomemos represalias contra ellos sin excluiros a vosotros. Lo más justo es, sin embargo, que vosotros os 4 mantengáis al margen de las dos partes, o si no, que, por el contrario, vengáis con nosotros contra ellos (pues con los corintios estáis ligados por un tratado, mientras que con los corcireos nunca habéis llegado a concertar ni siquiera un simple pacto)256, y no implantéis la costumbre de acoger a los que quieren salirse de la alianza contraria. Pues nosotros, con motivo 5 de la sublevación de los samios257, cuando el resto de los peloponesios estaban divididos en su votación respecto a si debían ayudarles, no votamos en contra vuestra, sino que nos opusimos abiertamente proclamando que cada ciudad era libre de castigar 6 a sus propios aliados. Si vosotros acogéis y ayudáis a los que han obrado mal, aparecerán también aliados vuestros, no menos numerosos, que se pasarán a nosotros, e implantaréis una costumbre que irá más contra vosotros mismos que contra nosotros.
Estas 41 son, pues, las razones de derecho que alegamos ante vosotros, razones válidas según las leyes que rigen entre los griegos; pero también venimos con una exhortación y una pretensión de reconocimiento, un reconocimiento con el que, no siendo tan enemigos como para perjudicaros ni tan amigos como para mantener relaciones más estrechas, consideramos que debemos ser correspondidos 2 en la situación presente. Cuando hace algún tiempo andabais escasos de naves de guerra258 para la lucha contra los eginetas259 anterior a las Guerras Médicas260, recibisteis veinte naves de los corintios; y este servicio, así como el que os prestamos en el caso de los samios, al no ayudarlos los peloponesios gracias a nuestra intervención, os permitieron la victoria sobre los eginetas261 y el castigo de los samios, y estos hechos ocurrieron en uno de estos momentos críticos en los que los hombres, en marcha contra sus propios enemigos, son especialmente indiferentes a todo salvo a la victoria; pues consideran amigo a quien 3 los asiste, aunque antes haya sido hostil, y enemigo al que se les enfrenta, aunque se dé el caso de que sea amigo, puesto que descuidan incluso sus propios intereses262 a causa del deseo de victoria que en aquel momento les embarga.
Recordad 42 estos hechos, informaos los más jóvenes de boca de los más viejos, y considerad de justicia pagarnos con la misma moneda; y no penséis que la justicia está en lo que decimos, pero que vuestro interés, en caso de guerra, 2 será otro. Porque el interés está generalmente al lado de quien comete menos errores, y la guerra futura, con la que los corcireos os atemorizan y os incitan a la injusticia, está todavía en el terreno de lo incierto; y no vale la pena que, impulsados por ella, os ganéis una enemistad, cierta ya y no futura, de parte de los corintios, sino que es más prudente disipar el recelo existente con anterioridad a causa de los megareos263 (pues el servicio 3 prestado en último lugar, si llega con oportunidad, aunque sea menor, puede enmendar una ofensa mayor), y no dejarse 4 arrastrar por aquello de que ofrecen una gran alianza naval; pues el no cometer injusticia contra los iguales es una fuerza más segura que intentar sacar ventaja en medio de peligros, impulsados por una apariencia momentánea.
Hemos caído 43 en la situación que nosotros mismos advertíamos en Esparta, al proclamar que cada ciudad era libre de castigar a sus propios aliados264, y ahora pretendemos recibir el mismo trato de vosotros y que, después de haber sacado provecho de nuestro voto, no nos perjudiquéis con el vuestro. 2 Correspondednos con una recompensa equivalente, y daos cuenta de que este es aquel momento crítico en que el que te asiste es más amigo y el que se enfrenta, enemigo. Y no acojáis como aliados a 3 estos corcireos contra nuestra voluntad ni los ayudéis en sus injusticias. Si lo hacéis así, actuaréis como es debido 4 y decidiréis lo más conveniente para vosotros mismos».
Alianza defensiva de Atenas y Corcira.
Intervención ateniense
Así 44 hablaron a su vez los corintios. Los atenienses, después de escuchar a unos y a otros, celebraron dos asambleas; en la primera acogieron los argumentos de los corintios con no menor aceptación, pero en la del día siguiente decidieron, cambiando de opinión, no concertar con los corcireos una alianza plena que estipulara los mismos amigos y enemigos (pues en el caso de que los corcireos les llevaran a navegar con ellos contra los corintios, quedaría roto el tratado con los peloponesios); pero concertaron una alianza defensiva265 con el acuerdo de ayuda mutua en caso de que alguien atacase Corcira o Atenas o a los 5 aliados de estas ciudades. Creían que de todas formas se verían abocados a la guerra contra los peloponesios, y su intención era no abandonar Corcira, dueña de una flota tan grande, a los corintios, sino dejarles chocar unos contra otros lo más posible, a fin de entrar ellos en guerra, en caso necesario, cuando los corintios y demás poseedores 6 de una flota266 fueran más débiles. Veían, además, que la isla estaba magníficamente situada en la ruta de cabotaje de Italia y Sicilia267.
Con 45 este ánimo los atenienses acogieron en su alianza a los corcireos, y no mucho tiempo después de marcharse los corintios, enviaron a Corcira un socorro de diez naves268; 2 las mandaban Lacedemonio, hijo de Cimón269, Diótimo, hijo de Estrómbico270, y Proteas, hijo de Epicles271. Habían recibido órdenes de 3 no librar batalla contra los corintios, a no ser que navegaran contra Corcira o contra alguno de sus territorios y fueran a desembarcar; en tal caso debían impedirlo con todas sus fuerzas. Les dieron estas órdenes a fin de evitar la ruptura del tratado. Las naves llegaron, pues, a Corcira. 4
Preparativos de los corintios
Los 46 corintios, cuando estuvieron listos sus preparativos, pusieron rumbo a Corcira con ciento cincuenta naves. Había diez de los eleos, doce de los megareos, diez de los leucadios, veintisiete de los ampraciotas, una de los anactorios y 2 noventa de los propios corintios. Los distintos contingentes tenían sus propios comandantes según la ciudad de cada uno, y los de los corintios eran Jenóclides, hijo 3 de Euticles272, y otros cuatro. Cuando, tras zarpar de Léucade, arribaron a la costa del continente que mira a Corcira, echaron anclas en Quimerio273, en la Tesprótide. 4 Es un puerto encima del cual, a cierta distancia del mar, en la parte de la Tesprótide llamada Eleátide274, está la ciudad de Éfira275. Cerca de ella vierte sus aguas al mar la laguna Aquerusia; el río Aqueronte276, que corre a través de la Tesprótide, desemboca en la laguna, que toma su nombre del río. Fluye también por allí el río Tíamis277, que señala los límites entre la Tesprótide y Cestrina278, y entre estos dos ríos se levanta el cabo Quimerio279. 5 En aquel punto del continente anclaron, pues, los corintios y establecieron su campamento.
Preparativos de los corcireos
Los 47 corcireos, cuando supieron que se estaban acercando, equiparon ciento diez naves, a cuyo mando iban Milcíades, Esímides y Euríbato280, y acamparon en una de las llamadas islas de Síbota281; también se encontraban allí las diez naves atenienses282. En el promontorio de 2 Leucimna283 estaba su infantería y mil hoplitas de los zacintios284 3 que habían acudido en su auxilio. Al lado de los corintios también había en el continente un gran número de bárbaros como tropas auxiliares, pues los habitantes de aquella parte del continente son amigos suyos desde siempre.
Batalla naval de las islas de Síbota
Cuando 48 los preparativos de los corintios estuvieron listos, tomaron víveres para tres días285 y se hicieron a la mar de noche desde Quimerio con la intención de librar batalla; 2 y estaban navegando cuando, al amanecer, divisaron las naves de los corcireos en alta mar y navegando contra 3 ellos. Cuando se vieron las dos flotas, se colocaron frente a frente en orden de batalla: a continuación del ala derecha de los corcireos, las naves atenienses, mientras que ellos ocupaban el resto de la formación con las naves distribuidas en tres divisiones286, cada una bajo el mando de uno de los tres almirantes. Así se colocaron los corcireos. Por el lado corintio, las naves megareas y las ampraciotas 4 ocupaban el ala derecha, en el centro los otros aliados, cada contingente por separado, y los mismos corintios, con las naves más marineras, ocupaban el ala izquierda, frente a los atenienses y al ala derecha de los corcireos287.
Tan 49 pronto como por ambos lados fueron alzadas las señales288, se encontraron y entablaron la batalla289; ambas flotas llevaban muchos hoplitas en los puentes, y muchos arqueros290 y lanzadores de dardos291, pues todavía estaban equipadas a la manera antigua, con bastante inexperiencia. 2 La batalla naval fue violenta, y se caracterizó no tanto por la habilidad de maniobra como porque se 3 parecía más a una batalla de tierra; pues cuando se producía un abordaje, difícilmente se despegaban debido al número y a la aglomeración de las naves, y a que para la victoria confiaban sobre todo en los hoplitas de los puentes, que combatían a pie firme cuando las naves estaban quietas; y no se produjeron penetraciones de la línea enemiga292, sino que se combatió con valor y fuerza másque con ciencia. 4 Por todas partes había un gran tumulto y la batalla era desordenada; en ella las naves áticas acudían al lado de los corcireos allí donde eran acosados, y provocaban el miedo de los contrarios, pero no trababan batalla porque los estrategos respetaban el mandato de los atenienses293. El ala derecha de los corintios era la más 5 castigada, pues los corcireos con veinte naves la pusieron en fuga y, persiguiéndola en su desbandada, navegaron hacia la costa del continente llegando hasta su campamento294, donde desembarcaron e incendiaron las tiendas desiertas tras apropiarse del botín. Por este lado, pues, los 6 corintios y sus aliados eran derrotados295 y los corcireos se imponían; pero allí donde estaban los propios corintios, en el ala izquierda, vencían con mucha ventaja, al faltarles a los corcireos, de un número ya inferior inicialmente, las veinte naves, 7 de vuelta de la persecución. Pero los atenienses, al ver que los corcireos eran acosados, ya empezaron a auxiliarlos con mayor decisión; primero se habían mantenido distantes para evitar cualquier choque, pero cuando sobrevino claramente la fuga y los corintios pasaban a la persecución, entonces todo el mundo ya se puso en acción y no hubo más vacilaciones, sino que se llegó a un punto en que se hizo inevitable que corintios y atenienses combatieran entre sí296.
Después 50 que se produjo la fuga, los corintios no se preocuparon de sujetar con cables y remolcar los cascos de las naves que habían averiado, sino que pasando de un lado a otro se dirigían contra los hombres, más para matar que para coger prisioneros, y sin reconocerlos daban muerte a sus propios amigos297, al no darse cuenta de que los del 2 ala derecha habían sido derrotados. Pues, debido al gran número de naves de ambas flotas y a la gran extensión de mar que ocupaban, no era fácil, una vez que trabaron batalla, hacer la distinción entre vencedores y vencidos; esta batalla naval fue, en efecto, la más importante, por el número de naves, de todas las que hasta entonces habían enfrentado a griegos contra griegos. Después de 3 perseguir a los corcireos hasta tierra298, los corintios volvieron para ocuparse de los restos del naufragio y de sus propios muertos, y recuperaron la mayor parte, de modo que les fue posible llevárselos a Síbota, donde las fuerzas de tierra de los bárbaros habían acudido en su auxilio; Síbota es un puerto desierto de la Tesprótide299. Tras ocuparse de esto, se reunieron de nuevo e hicieron rumbo contra los corcireos. Estos, 4 con los barcos que estaban en condiciones de navegar y con todos los que les quedaban300, juntamente con las naves áticas, también navegaron al encuentro del enemigo por miedo a que intentasen 5 desembarcar en su tierra. Era ya tarde y habían cantado el peán301 para el ataque, cuando los corintios, súbitamente, se pusieron a ciar302: habían divisado, navegando hacia ellos, veinte naves de Atenas, que los atenienses habían enviado como refuerzo de las diez primeras303, temiendo, como ciertamente ocurrió, que los corcireos fueran vencidos y que sus diez naves resultaran insuficientes para prestarles ayuda.
Los 51 corintios vieron, pues, estas naves antes que nadie, y sospechando que procedían de Atenas, no cuantas veían sino más, 2 se fueron retirando. Los corcireos, sin embargo, no las veían, pues caían fuera del alcance de su vista, y se extrañaban de que los corintios ciaran, hasta que algunos las vieron y dieron la voz de que por allí se acercaban unas naves. Entonces también ellos se retiraron, pues ya oscurecía, y los corintios viraron poniendo fin al combate. 3 Así se produjo la separación de ambas flotas, y la 4 batalla naval terminó al caer la noche. Los corcireos estaban acampados en Leucimna, y estas veinte naves procedentes de Atenas, que estaban bajo el mando de Glaucón, hijo de Leagro, y de Andócides, hijo de Leógoras304, avanzando a través de cadáveres y de restos de embarcaciones, arribaron al campamento no mucho después de 5 ser vistas. Los corcireos temieron que fueran enemigas, pues era ya de noche, pero luego las reconocieron, y echaron anclas.
Al 52 día siguiente, las treinta naves atenienses y todas las corcireas que estaban en condiciones de navegar se hicieron a la mar y se dirigieron hacia el puerto de Síbota305, en el que estaban anclados los corintios, para saber si querían 2 trabar batalla. Pero estos, después de sacar sus naves de la costa y de alinearlas en alta mar, se quedaron quietos, con la intención de no iniciar la batalla si no se les obligaba, pues veían que se habían unido al enemigo naves de refresco procedentes de Atenas y que ellos se encontraban con muchas dificultades, tanto en lo concerniente a la vigilancia de los prisioneros que guardaban en las naves como a la falta de medios para reparar las naves en aquel lugar desierto; se preocupaban sobre todo 3 de cómo harían la travesía de regreso a su patria, porque temían que los atenienses considerasen que se había roto el tratado, al haber entrado en combate, y no les dejasen partir.
Conversaciones entre atenienses y corintios
Decidieron, 53 pues, embarcar en una chalupa306 a unos cuantos hombres sin caduceo307 y enviarlos a los atenienses para hacer una prueba. Los enviaron con el siguiente mensaje: «Faltáis a la justicia, atenienses, 2 iniciando una guerra y rompiendo el tratado; pues os habéis puesto por medio tomando las armas contra nosotros cuando estábamos castigando a nuestros enemigos. Si vuestra intención es impedirnos navegar contra Corcira o hacia cualquier otro sitio que queramos y rompéis el tratado, comenzad por cogernos a nosotros aquí presentes y tratadnos como 3 a enemigos308». Así fue su mensaje; y por parte del ejército corcireo todos los que lo oyeron se pusieron a gritar que los cogieran en el acto y los mataran, pero los atenienses 4 contestaron de este modo: «No iniciamos la guerra, peloponesios, ni rompemos el tratado, sino que hemos venido en auxilio de los corcireos aquí presentes, que son aliados nuestros. Si queréis, pues, navegar hacia cualquier otra parte, no os lo impedimos; pero si navegáis contra Corcira o alguno de sus territorios, con todos los medios a nuestro alcance no lo consentiremos».
Corintios y corcireos reivindican la victoria
Tras 54 esta respuesta de los atenienses, los corintios se prepararon para la travesía de regreso a su patria y levantaron un trofeo en Síbota del continente309; los corcireos, entre tanto, recogieron los restos del naufragio y los cadáveres310 que estaban cerca de ellos, arrastrados por la corriente y el viento, que había soplado durante la noche y los había dispersado por todas partes, y levantaron a su vez un trofeo en la isla de Síbota como vencedores. Unos 2 y otros reivindicaban la victoria por las siguientes razones: los corintios habían dominado en la batalla naval hasta la noche, de modo que les había sido posible llevarse, en su mayor parte, sus naves averiadas y sus muertos, y tenían no menos de mil prisioneros y habían echado a pique unas setenta naves; por esto levantaron el trofeo311. Los corcireos habían destruido alrededor de treinta naves y, después de la llegada de los atenienses, habían recogido los restos de sus naves y los cadáveres de los suyos que se encontraban cerca de ellos; y, además, el día anterior los corintios, al ver las naves áticas, habían retrocedido ciando ante ellos y se habían retirado, y, después de llegar los atenienses, no habían salido de Síbota312 a su encuentro; por estas razones levantaron un trofeo. De este modo unos y otros pretendían la victoria.
Los corintios y los atenienses regresan a su patria
Los 55 corintios, en la travesía de regreso, tomaron, por medio de una estratagema, Anactorio313, que está situada en la embocadura del golfo de Ampracia (era de ellos y de los corcireos en común), y, tras establecer en ella colonos corintios, se retiraron hacia su patria; y de los prisioneros corcireos vendieron ochocientos, que eran esclavos314, y guardaron en prisión doscientos cincuenta, tratándolos con gran consideración a fin de que al repatriarse ganasen Corcira para su causa315; pues se daba la circunstancia de que en su mayor parte eran, por su influencia, los primeros de su ciudad. 2 Así, pues, Corcira aventajó en esta guerra a los corintios316, y las naves de los atenienses se retiraron de la isla. Este fue el primer motivo de guerra que tuvieron los corintios contra los atenienses: el hecho de que, estando vigente el tratado de paz, habían participado en compañía de los corcireos en un combate naval contra ellos.
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