Kitabı oku: «Un conflicto nacional»
BIBLIOTECA DE ESTUDIOS MORISCOS
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Un conflicto nacional
Moriscos y cristianos viejos en Valencia
Tulio Halperin Donghi

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
UNIVERSIDAD DE GRANADA
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Colección dirigida por:
MANUEL BARRIOS AGUILERA (Universidad de Granada)
RAFAEL BENÍTEZ SÁNCHEZ-BLANCO (Universitat de València)
ALBERTO MONTANER FRUTOS (Universidad de Zaragoza)
Primera edición:
Un conflicto nacional: moriscos y cristianos viejos en Valencia, Valencia, 1980
© Tulio Halperin Donghi, 2008
© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2008
Publicacions de la Universitat de València
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Editorial Universidad de Granada
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Diseño de la colección: Vicent Olmos
Diseño de la sobrecubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición y maquetación: Inmaculada Mesa
Realización de ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-370-7105-3 (Universitat de València)
ISBN: 978-84-338-4853-6 (Universidad de Granada)
ISBN: 978-84-7733-331-9 (Universidad de Zaragoza)
ÍNDICE
ABREVIATURAS MÁS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
LUGAR DE LOS MORISCOS EN EL REINO DE VALENCIA
ECONOMÍA Y SOCIEDAD EN VALENCIA (1520-1609)
EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN
LA POBLACIÓN MORISCA VALENCIANA
LA NACIÓN DE LOS CRISTIANOS NUEVOS DE MOROS DEL REINO DE VALENCIA
LOS SOPORTES MATERIALES DE LA SOLIDARIDAD MORISCA
SOLIDARIDAD RELIGIOSA MORISCA
SOLIDARIDAD NACIONAL MORISCA
CRISTIANOS VIEJOS Y CRISTIANOS NUEVOS
LA CONVERSIÓN Y LA EVANGELIZACIÓN (1520-1570)
REPRESIÓN Y PREDICACIÓN (1571-1609)
LA EXPULSIÓN
CONCLUSIÓN
APÉNDICE: LA POBLACIÓN DE VALENCIA
BIBLIOGRAFÍA
ABREVIATURAS MÁS UTILIZADAS
| ACA | Archivo de la Corona de Aragón. Barcelona |
| AGS | Archivo General de Simancas |
| ARV | Archivo del Reino de Valencia. Valencia |
| AdR | Archivo del Real |
| MR | Cuentas del Maestre Racional |
| ME | Manaments y Empares |
| AHN | Archivo Histórico Nacional. Madrid |
| AMV | Archivo Municipal de Valencia |
| BNM | Biblioteca Nacional. Madrid |
| BNP | Bibliothèque Nationale. París |
| BAH | Boletín de la Real Academia de la Historia. Madrid |
| RIS | Revista Internacional de Sociología. Madrid |
Introducción
Cuando recibí la invitación a ver republicada mi tesis doctoral sobre la vida y muerte de la Valencia morisca en la Biblioteca de Estudios Moriscos que la Universidad valenciana coedita con las de Granada y Zaragoza con la comprensible alegría que provoca comprobar que un trabajo histórico viejo ya de más de cinco décadas puede conservar todavía algún interés para quienes lo leen desde el siglo XXI, Vicent Olmos agregó a ella la de que la acompañase de una nota introductoria sobre las circunstancias que me llevaron a escoger ese tema. Es ésta una invitación que difícilmente ha de rechazar quien ha llegado a una edad de por sí demasiado inclinada a las reminiscencias, y no ha de sorprender por lo tanto que me haya apresurado a aceptarla.
La preparación de la tesis que ahora vuelve a ver la luz marcó la última etapa en la carrera de historia que me tocó cursar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires cuando esa universidad atravesaba un momento aún más complicado de lo habitual en su tormentosa historia. En 1946 el peronismo, que acababa de conquistar el poder en las elecciones convocadas por la dictadura militar establecida tres años antes como heredero político de ésta, había llevado adelante una arrasadora depuración de su cuerpo enseñante, del que expulsó a muy numerosos docentes que habían militado en las filas opositoras en la etapa que acababa de cerrarse. Aunque esa depuración no había alcanzado al Instituto del Profesorado en que enseñaban mis padres, había hecho numerosas víctimas en el campo de las humanidades, en el cual contaban con algunos de sus amigos más cercanos. Sabía de antemano entonces que con quienes habían pasado a dominar el campo de historia argentina e hispanoamericana al que aspiraba a dedicarme en especial, me esperaba una relación problemática, y decidí –tanto por esa razón como porque bajo su guía no podía esperar adquirir una sólida cultura histórica– concentrar mis esfuerzos en el de historia europea, y en particular española, contando para ello tanto con los recursos del Instituto de Historia de España, cuyo director era don Claudio Sánchez Albornoz, exilado entonces en la Argentina, que mantenía una relación muy cordial con mis padres y me acogió con gran generosidad en él, cuanto con la orientación que podía brindarme un aún más cercano amigo de casa, José Luis Romero, quien por su parte se perfilaba ya como eminente medievalista, y aunque en 1946 había quedado fuera de la Universidad seguía utilizando asiduamente el vasto material de libros y fotocopias que don Claudio había logrado llevar consigo al destierro para encarar preferentemente temas españoles.
Cuando me llegó la hora de elegir un tema de tesis doctoral, tras de comprobar que mis relaciones con quienes dominaban el área temática en que aspiraba a trabajar eran tan insatisfactorias como lo había anticipado, se me ocurrió buscarlo en la etapa más temprana de la exploración y conquista de Indias, lo que me permitiría contar con el patrocinio de don Claudio sin salir del campo en que había decidido trabajar en el futuro. En particular me había atraído la figura de Pedro Mártir de Anglería, quien se había ocupado de esa etapa en sus Decadas de Orbe Novo y cuyo Opus epistolarum rozaba algunos de los temas que me habían atraído en la lectura del Erasmo y España, de Marcel Bataillon; y de nuevo don Claudio accedió muy generosamente a desempeñar ese papel. Dadas las demasiado evidentes deficiencias de la formación ofrecida entonces por la Universidad de Buenos Aires, que había decidido a algunos de mis compañeros de la escuela secundaria cuya familia contaba con recursos para ello a proseguir sus estudios en el extranjero, se me ocurrió acudir a las becas que ofrecía el gobierno de Francia para pasar en ese país un año que dedicaría a suplir las más graves de esas deficiencias, pero –desgraciadamente para mí– el gobierno francés se había visto forzado a incorporar al jurado que las asignaba un delegado del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino, quien dictaminó de inmediato que en el país no faltaban historiadores perfectamente competentes para ofrecerme toda la orientación que pudiera necesitar.
Mi familia decidió entonces que estirando al máximo sus limitados recursos podría suplir la falta de ese subsidio, y costearme una permanencia de nueve meses en Francia, durante los cuales debía agregar a mi objetivo originario el de reunir todos los materiales que necesitaba para completar a mi retorno la tesis que tenía proyectada. Así lo tenía resuelto, cuando mi lectura de la tesis sobre el Mediterráneo en la época de Felipe II que acababa de publicar Fernand Braudel me reveló una manera para mí desconocida de hacer historia que me resultó inmediatamente deslumbradora, y me decidió a buscar su guía para completar mi aprendizaje en el oficio, mientras en cuanto a la recolección de materiales para mi tesis me proponía recurrir a la de Marcel Bataillon. A mi llegada a Francia Braudel me incorporó de inmediato a las actividades de la que era entonces Sexta Sección de la École Pratique de Hautes Études, a las que había impreso un ritmo febril al asumir su dirección luego del reciente retiro de Lucien Febvre. La Sexta Sección tenía todavía su sede en un medio piso del edificio de la rue de Varenne donde la Escuela había alojado a varias de ellas, y creo que la estrechez y modestia de ese local acentuaba aún más mi impresión de que acababa de incorporarme a una suerte de secreto taller en que se estaba forjando una nueva y más válida manera de hacer historia, y de que cada día que allí pasaba no sólo estaba aprendiendo algo nuevo e importante, sino participando en una embriagadora aventura colectiva destinada a marcar con su huella la disciplina a la que había decidido consagrarme. Por cierto no experimenté nada parecido cuando seguí los seminarios que Bataillon ofrecía en el College de France, y luego de varias semanas que dediqué a buscar en la Biblioteca Nacional y la de la Sorbona materiales relevantes al tema que había pensado encarar en mi tesis, y que en comparación con los que diariamente se discutían en la Sexta Sección encontraba cada vez menos interesante, me convencí de que jamás podría completar esa tarea en el tiempo que tenía disponible para ello.
Me decidí entonces a acudir a Braudel, y pedirle que me sugiriera un tema alternativo que no necesitaba ya vincularse con la historia de Indias. Mencionó entonces el de la Valencia morisca, que –según me dijo– Henri Lapeyre había tratado sólo muy superficialmente en su Géographie de l’Espagne morisque, entonces aún inédita, y me recomendó que comenzara a internarme en el tema partiendo de las fuentes por él citadas en La Mediterranée... Así lo hice, y se me ocurrió entonces comenzar volcando en un gigantesco mapa del reino valenciano, que había toscamente calcado del de rutas de la empresa Shell, único que encontré en la mapoteca de la Biblioteca Nacional parisina, las cifras de población de pueblos de cristianos viejos (en azul) y de moriscos (en rojo), según un censo en poco posterior a la forzada conversión de estos últimos. Cuando cubrí con él el vasto escritorio de Braudel, su entusiasmo frente a ese despliegue de géohistoire en acción superó mis expectativas más optimistas; tras de confesarme que sobre mi futuro de historiador había llegado a alimentar dudas que yo acababa de disipar brillantemente, me aseguró de que él mismo se encargaría de conseguir los recursos que debían permitirme completar ese verano en España la recolección de los materiales para mi tesis.
Iba a cumplir con su palabra, y a partir de ese momento, primero en las bibliotecas parisinas y luego en los archivos españoles, trabajé con una intensidad de la que hasta entonces no me había creído capaz, y que nunca iba a recuperar luego. De esa experiencia conservo, a más del recuerdo de una etapa de concentración casi maníaca en un proyecto que había logrado obsesionarme más que ningún otro, el de mi contacto con una España para la que no habían terminado aún ésos que Carlos Barral iba a recordar como años de penitencia.
A mi retorno a la Argentina, pude defender exitosamente mi tesis contando para ello con el patrocinio de don Claudio, y poco después –en un marco político profundamente cambiado– comenzar mi carrera de historiador en el campo que siempre había pensado cultivar. Aunque nunca volví a encontrar mis temas en la historia del reino valenciano, lo que hice a partir de entonces me parece hoy más marcado por el legado de mi breve excursión a los tiempos de los Austrias de lo que en su momento advertía.
Me parece claro también que ello se debe al modo en que resolví un problema que, como hubiera debido prever pero no lo hice, me planteaba el tema que había escogido, teniendo en cuenta hasta qué punto pesaba sobre mí en aquel momento la poderosa visión histórica que Braudel había desplegado en su libro sobre el Mediterráneo. Como es sabido, la estructura tripartita de éste se apoya en la noción de que lo que verdaderamente cuenta en esa historia son las lentas trasformaciones experimentadas por ciertos rasgos durables de la realidad mediterránea, todopoderosas olas de fondo acerca de las cuales nos dicen muy poco los acontecimientos que cotidianamente se suceden como una vana espuma que cabalgara al azar sobre ellas. Ahora bien, aunque esa noción me parecía entonces la evidencia misma, en relación con mi proyecto de tesis ella tenía una consecuencia muy seria: puesto que en esa tesis yo aspiraba a reconstruir en todo su abigarrado detalle las tentativas que se sucedieron a lo largo de las nueve décadas que duró la búsqueda de una solución al problema creado por la conversión forzada de ese tercio de la población valenciana fi el hasta ese momento a la fe del Islam, era demasiado evidente que el tema que había escogido se ubicaba en el terreno de la histoire évenementielle, en el cual Braudel, convencido como estaba de que no iba a encontrar allí el acceso a esas estructuras profundas que le interesaba sobre todo explorar, se acercaba peligrosamente a la posición de ese legendario erudito de Oxford que según es fama cuando se le preguntó cómo se narraba la historia repuso que sencillamente contando cada maldita cosa después de la otra.
Cuando a mi retorno a Buenos Aires me llegó el momento de ubicar a mi pedazo de historia valenciana en un contexto que lo hiciera inteligible, resolví sin meditarlo demasiado un problema que en rigor no había descubierto hasta qué punto lo era acudiendo instintivamente a perspectivas que me eran familiares desde antes de mi descubrimiento de Braudel, y más cercanas a la temática y problemática de Bataillon que a las que campean en La Méditerranée. En ellas encontré inspiración para una narrativa de la breve historia de la «nación de cristianos nuevos de moros del reino de Valencia» que tomaba para su trasfondo la parábola recorrida por Estado e Iglesia desde ese instante fugaz en que Castilla pudo creerse en camino a constituirse en el núcleo de un imperio universal destinado a regenerar en Cristo tanto a las tierras de infieles como a una cristiandad necesitada de purificarse en sus fuentes, hasta ese otro más tardío en nueve décadas, en que el monarca castellano, ya no emperador pero ahora reinante sobre la entera Península, debía defenderla como «un castillo fuerte» por todas partes asediado, y la Iglesia que, disipadas esas embriagadoras esperanzas, libraba un combate en que la victoria comenzaba a parecer imposible cuando se multiplicaban los signos de que la Europa romano-germánica se preparaba a admitir que la pérdida de la unidad de la fe originada en la Reforma era ya irrevocable, convencidos por igual de que en esos tiempos cada vez más oscuros la presencia de diversidades y disidencias en sus dominios suponía una amenaza demasiado grave para no eliminarla a cualquier precio, coincidieron también en la decisión de poner brusco fi n por acto de imperio a la existencia de la Valencia morisca.
El trasfondo que había escogido para mi relato lo ubicaba en suma en el marco ofrecido por el giro que había tomado la historia española desde que al abrirse la modernidad un imprevisible cambio de fortuna la había proyectado al centro mismo de la de Europa y el mundo, que tanto en España como fuera de ella había sido desde el siglo XVIII motivo de reflexiones a las que cuando me acerqué al tema morisco la apasionada contribución de Américo Castro estaba devolviendo toda la relevancia contemporánea que suelen recuperar en momentos en que se hacen más agudos los dilemas que plantea el presente español. Y estoy persuadido de que al enfocarlo de ese modo había trazado, también sin proponérmelo ni advertirlo, una línea de continuidad con los estudios que iba a emprender en el campo hispanoamericano y nacional, que al abordar el tema del nacimiento de la nacionalidad argentina me incitó a buscar algunas de sus claves centrales en las modalidades del derrumbe imperial que puso fin a esa etapa de la historia española
Pero a mi incursión en la historia valenciana debo algo más que la disposición a tomar plenamente en cuenta el vínculo de la que en 1810 se abrió en el Río de la Plata con la que en 1808 se había cerrado en Aranjuez y Bayona. Haber seguido en detalle y en todos sus niveles el laberíntico funcionamiento de la monarquía española de Antiguo Régimen, a través de un episodio que como pocos había logrado poner al desnudo tensiones y conflictos que ésta nunca alcanzaría a resolver, pero no le impedirían sobrevivir todavía por más de dos siglos, me había enseñado muchas cosas que me iban a ser muy útiles para entender mejor el que iba a ser luego mi campo de estudios, y en primer lugar a respetar como lo merece un arte de gobierno que logró la hazaña de mantener a lo largo de ellos la autoridad de Castilla/Aragón y luego de España sobre territorios desperdigados en tres continentes contando sólo con recursos técnicos que nunca excedieron en mucho los de la temprana modernidad y con recursos financieros muy tacañamente cicateados porque lo mejor del botín ultramarino siguió destinado hasta el fin a la cada vez más desesperada defensa del lugar que ese cambio de fortuna le había asegurado en el Viejo Mundo.
Si hoy me resulta más fácil apreciar todo eso, es sin duda en no escasa medida porque el nuevo giro que ha tomado la historia de España en el medio siglo largo que me separa de mi excursión valenciana empieza a hacer posible ver como historia pasada –y en todos los sentidos del término– a ésa que desde el siglo XVIII pudo pocas veces ser recordada sin angustia, porque su legado seguía pesando duramente sobre el presente español. Y que sea esa Valencia de hoy, totalmente inimaginable en la desolada España que conocí en 1953, y que redescubro con renovada felicidad en cada uno de mis retornos, la que ha decidido devolver al presente los frutos de ese encuentro remoto me ofrece un motivo aún mejor para celebrar esa generosa ocurrencia.
TULIO HALPERIN DONGHI
Berkeley, California, enero de 2008
Prólogo a la primera edición
UN CONFLICTO NACIONAL: MORISCOS Y CRISTIANOS VIEJOS EN VALENCIA
He aquí un título algo alarmante. ¿Tiene acaso sentido hablar de conflictos nacionales en el siglo XVI? Sin duda ya para los españoles de ese siglo, los moriscos eran «la nación de los cristianos nuevos», que contraponían a la de los cristianos viejos. Pero esa nación era, precisamente, anterior a la nación en armas de la Revolución, anterior a la revelación del cuerpo mismo de la nación que en el siglo XIX realizaron las escuelas elementales al llevar a las aulas de las más perdidas aldeas el mapa del territorio; anterior por lo tanto a los mitos que enseñaban cómo, antes de que hubiese hombres, las montañas y los ríos habían ya fijado para siempre los límites de una nación sobre un despoblado rincón del planeta. Anterior a la filología y la antropología orientadas en sentido nacionalista, anterior al imperialismo celta, o ligur, o nórdico, o mediterráneo. ¿Si se recuerdan aquí estas verdades demasiado evidentes es para concluir que, en efecto, entre lo que hoy llamamos nación y lo que así llamaba el quinientos no hay medida común? Concluir en ello sería acaso caer en el lazo tendido a quienes –muy justamente– buscan esquivar el anacronismo: el anacronismo al revés. La nación de los cristianos nuevos no era en todo caso anterior a la bonita historia del rey Tubal, el primer soberano de la España una (y ese florecer de legendarios héroes fundadores es, parece, uno de los aspectos más descuidados de la prehistoria del nacionalismo); Tubal, que como mito nacional puede sustituir excelentemente a cualquier paniberismo adaptado a las modernas conquistas etnológicas. No es anterior –ya se lo verá en las páginas que siguen– a la conciencia de la figura geográfica de España, protegida por sus fronteras naturales en los Pirineos y el mar. Todo esto es cierto; no es menos cierto que Tubal, que la figura de España dibujada por sus fronteras precisas sólo vivían en la conciencia de algunos eruditos, que una cultura aún no democratizada no les aseguraba las vastas masas de devotos y creyentes de que dispuso el nacionalismo del ochocientos. Y junto con esos primeros esbozos de nacionalismo laico, infinitamente más influyente que éste, tanto en la masa como en los grupos letrados, estaba la conciencia de la individualidad religiosa de España, que la separaba aún de las demás naciones cristianas, y mucho más evidentemente de los pueblos musulmanes.
Este conflicto nacional parece resolverse, entonces, en un conflicto religioso. ¿Por qué, entonces, no darle ese nombre que parece corresponderle me-jor? Porque en esta denominación hay implícito un equívoco aun más grave. Lucien Febvre ha destinado algunas de las páginas más hermosas de su Problème de l’incroyance a recordarnos cómo en el siglo XVI la religión iba entretejida en la vida entera de los hombres, presidía cada uno de sus actos importantes, daba sentido a toda forma de agruparse en colectividad. Toda la fuerza persuasiva de un gran historiador que es a la vez un escritor admirable se ha hecho necesaria para que reviva en nosotros, no como conocimiento teórico sino como conciencia inmediata de lo que significaba, esa dimensión ya perdida del hecho religioso. Dimensión esencial en el conflicto morisco, que no opone a una iglesia y algunos catecúmenos improvisados, sino a dos colectividades humanas.
Hablar aquí de conflicto nacional significa entonces, no más que esto: recordar que en Valencia hasta 1609 un tercio de la población integraba un grupo humano que tenía un nombre preciso, «la nación de los cristianos nuevos de moros del reino de Valencia». [1]Cristianos desde que, en 1519-1521 los rebeldes agermanados les hicieron escoger entre la conversión y la muerte, desde que, en 1526, el emperador los colocó con mayor eficacia ante un dilema apenas menos brutal. Cristianos de nombre, musulmanes de corazón; así lo aseguran eclesiásticos y seglares encargados de su conversión, y podríamos ver en estas afirmaciones tan sólo la voz de un celo que no se satisface fácilmente, si no fuese que otras voces mucho más despegadas y aun muchos hechos vienen a confirmarlas. He aquí un enorme problema, no el único sin duda que planteaba la singular estructura de la nación valenciana; sí el más agudo, sí el que hizo un problema de la subsistencia misma de la Valencia cristiano-morisca. La conversión debía cambiarlo todo, sustituir a la anterior Valencia colonial y abigarrada una nación unificada en la fe cristiana como en los modos de vivir y de sentir. Ilusión de un momento: lo que surgió de las convulsiones de 1519-1526 fue una nación igualmente dividida, igualmente quebrada, pero ahora los que dejaron de ser moros se hallan en perpetua falta, son incapaces de satisfacer todo lo que se exige de ellos. Incapaces desde luego porque no quieren, porque responden con fría hostilidad a un celo cristiano por otra parte de ley bastante dudosa. Pero también porque no pueden, porque esas exigencias son intrínsecamente contradictorias. Lo que se pretende es en suma asimilar a los moriscos al cuerpo de la nación cristiano-valenciana, y a la vez mantener la estructura social del reino, apoyada en una división jerarquizada entre cristianos y moros primero, entre cristianos viejos y nuevos después.
Los moriscos son, entonces, un grupo que se halla en una situación peculiar ante la religión que es oficialmente la suya, pero no se distingue tan sólo por ese hecho. Si leemos a los publicistas antimoriscos nos enteraremos de, cómo los crímenes de los cristianos nuevos desbordan el campo religioso; consisten por ejemplo en el uso de ciertas vestiduras excesivamente baratas y poco abrigadas, en la costumbre de ir en grupos por los campos, en un consumo desenfrenado de hortalizas. Que cosas tales puedan ser incluidas entre las culpas moriscas suele indignarnos o divertirnos; quizá hiciéramos bien en tomar en serio por un momento unas invectivas que nos están sugiriendo qué complejo haz de solidaridades y oposiciones se expresaba en la Valencia del siglo xvi en el lenguaje de un odio religioso.
Nos están sugiriendo además que el grupo morisco, grupo religioso sin duda, es también un grupo que ocupa un lugar muy preciso en la sociedad valenciana. No parece entonces prudente ocuparse de él sin tratar ante todo de determinar cuál era ese lugar. Tarea que implica a su vez la de trazar una imagen de la Valencia del siglo xvi, de esa economía y de esa sociedad en las que iba a inscribirse la curva del destino morisco. También eso se ha intentado en ese trabajo. He aquí una empresa no libre de riesgos, ante todo porque faltan los estudios previos que pudieran orientarnos. Tenemos, sí, para Valencia como para casi toda España, ese auxiliar valiosísimo que son los estudios de precios de Hamilton. Pero el auxilio que prestan es sobre todo negativo: la evolución de los precios en España –ha demostrado Hamilton– se representa por una curva que, si corregimos las variaciones de los ciclos decenales, se transforma en una recta que por espacio de ciento cincuenta años no se cansa de llevar el mismo rumbo. Es decir que la historia de precios no nos ha de dar respuesta ni orientación para entender los cambios sin embargo muy reales de la economía española desde los tiempos de Cisneros hasta los del Conde-Duque. O, para ser menos injustos, no nos ha de dar las que ahora vamos buscando: viene a decirnos cómo en ese siglo y medio el hecho capital es la entrada continua de metal americano, que suprime (¿o tan sólo enmascara?) para España las grandes crisis intercíclicas que sacuden a la economía europea. Pero precisamente porque es así, porque esas crisis no son registradas en estas curvas de rumbo tan serenamente igual, por eso en este caso no podrán sernos de ayuda. Con lo cual venimos a quedar aun más desamparados. Pero no por eso ha parecido lícito dejar de lado los problemas que planteaba la vida económica y social de Valencia en el quinientos: sin resolverlos previamente de alguna manera era imposible entender siquiera los términos en que se planteaba en esa Valencia y en ése siglo el problema morisco. Y puesto que así estaban las cosas, no pareció honrado dejarlos de lado en la exposición. Traerlos a luz implicaba sin duda exponer junto con hechos indudables desarrollos en parte conjeturales; pero no por no mencionarlos hubiesen estado menos presentes en este trabajo, la solidez o fragilidad de las soluciones propuestas no hubiese condicionado menos estrictamente la de la imagen total del problema morisco. A ese punto de partida indispensable sigue la tentativa de ver en qué forma los modos de vida y de cohesión social que caracterizaron a la Valencia: morisca se vinculan con la reacción de los cristianos nuevos ante su impuesto cambio de fe. Se ha querido, por fin, examinar cómo actuaron frente a ellos los cristianos viejos, qué complejo juego de acciones y reacciones condujo a la expulsión...
Este trabajo se ha realizado, en lo posible, sobre fuentes de archivo. En el de la Corona de Aragón (Barcelona) los legajos consultados pertenecen a la serie Consejo de Aragón; se encuentran allí, clasificados según un orden mixto cronológico y de materias por otra parte bastante laxo, informes expedidos por el Consejo o noticias que a él llegaban. Tenemos así, en volumen relativamente reducido, un cuadro bastante completo de lo que interesaba o preocupaba a la corona en un dado momento. Lo mismo puede decirse de la serie Estado-España a la que pertenecen casi todos los legajos consultados en Simancas. En ella ha sido posible hallar –gracias también a los excelentes catálogos– materiales muy abundantes acerca de la expulsión. En el Archivo Histórico Nacional de Madrid lo más directamente interesante es el depósito de la Inquisición valenciana; se han revisado allí los volúmenes de correspondencia entre el tribunal valenciano y la Central y una docena de legajos de procesos a moriscos (ordenados por orden alfabético).
En Valencia sólo pude trabajar durante contados días en el Archivo Municipal, cerrado durante el verano; fueron consultados allí los volúmenes correspondientes al período de la Valencia cristiano-morisca de la colección de Manuals de Consells y de crides, que dan buena idea de la vida municipal valenciana (aunque no contienen casi material directamente utilizable); y también los libros de Avehinaments (avecindamientos) para los años 1606-1611, que reflejan muy nítidamente las corrientes inmigratorias que convergían en Valencia. Una dura carencia en este trabajo es la ausencia de toda fuente eclesiástica. Ausencia inevitable: ocurre que los archivos eclesiásticos de la zona valenciana, y en especial el de la curia, han sido muy dañados durante la guerra. Menos he de lamentar el no haber recurrido al Archivo del Colegio de Corpus Christi (Valencia), tan rico en documentos acerca de la actuación del patriarca Ribera, fundador de la institución y artífice principal, en la opinión de muchos, de la expulsión de los moriscos. Pero era preciso elegir, y los documentos del Archivo General del Reino resultaban más directamente interesantes, ya que no se trataba de ningún modo de averiguar si al Patriarca corresponde el mérito (o ha de achacarse la culpa) de la expulsión. En el Archivo del Reino se han buscado materiales acerca de la estructura económica del grupo morisco y del reino todo. Para lo primero dan datos muy abundantes los «inventarios de bienes de moriscos» levantados luego de la expulsión: una docena de legajos llenos de cosas sobre los moriscos de realengo. Un atisbo sobre la organización señorial lo proporcionan las cuentas de bienes bajo secresto (embargados). Igualmente dan información sobre los vínculos económicos entre moriscos y cristianos viejos los registros de deudas y créditos de moriscos en el momento de la expulsión. Sobre la economía del reino en general dan datos más abundantes que fáciles de interpretar los registros de quema y peaje (quema, derechos que pagan las mercaderías entradas de Castilla, peaje, impuesto percibido sobre toda mercadería que entraba o pasaba por el término de un pueblo). Estos registros (muy incompletamente conservados) del comercio de una ciudad o una aldea valenciana pueden significar mucho o poco, y decir con signos iguales cosas muy diversas. Por ejemplo: a medida que avanzamos en el siglo xvi en todo el reino se comercia cada vez más con vino. ¿Aumento de la producción o del consumo? No serán los libros del peaje los que nos lo digan. Sin embargo su testimonio puede ser muy valioso, una vez tomadas las necesarias precauciones. Análogo interés ofrecen los «manifiestos de entrada de ganados», también ellos sólo saltuariamente conservados; aun así dan un testimonio cuya importancia no puede exagerarse acerca de la trashumancia en el reino y sus fronteras, en especial las aragonesas.
Papeles todos reunidos en la sección de Cuentas del Maestre Racional. De las demás del Archivo del Reino se han seguido en el Archivo del Real las actas de las reuniones del brazo militar (señorial) de las Cortes valencianas, en las que se refleja muy fielmente el punto de vista de los señores, tan vinculados por sus intereses a los moriscos. La correspondencia de los virreyes (Communia lugartenencia Felipe II y III) fue revisada para ciertos años particularmente importantes en que se podía esperar encontrar algo utilizable; se trata de una masa muy vasta de correspondencia sobre temas muy variados; su revisión completa era imposible. En el archivo de Generalidad fueron recorridos los legajos correspondientes al impuesto de la seda; los datos que en él se conservan son demasiado saltuarios para poder utilizarlos; lo más valioso que allí puede encontrarse es sin duda la encuesta de 1580 sobre las causas de la decadencia de la industria textil valenciana. La revisación de la muy vasta colección de Protocolos de notarios (no catalogada) permitió comprobar que no se hallaban en ella los libros de los notarios ante los cuales los moriscos registraban sus pactos (cuyos nombres nos han sido conservados en los registros de deudas entre cristianos viejos y nuevos); tampoco se las encuentra en la rica colección de protocolos del Colegio de Corpus Christi, cuyo catálogo pude consultar.
Tales fuentes de archivos fueron completadas con otras impresas; la bibliografía que va al final de este trabajo las detalla; no parece, sin embargo, inútil una alusión más detenida a alguna de ellas.
Habría que poner en primer término La Méditerranée et le monde méditerranéen à l’époque de Philippe II. Porque el libro admirable de Fernand Braudel no sólo permite ubicar suficientemente a Valencia en su marco mediterráneo, no sólo plantea, en breves páginas penetrantes, los problemas fundamentales de la situación morisca, y en particular el de la clase dirigente, no sólo aporta nuevos hechos y nuevos interrogantes; ofrece ante todo un ejemplo, el de una historia más rica y luminosa, más libre y a la vez más rigurosa.
Han faltado en cambio a este trabajo otros apoyos más inmediatos, otros planteos del problema aquí encarado que sirviesen útilmente como sistema de puntos de referencia. Lo que no significa que no haya sido posible recoger materiales abundantes en obras muy diversas. Ante todo, los cronistas y escritores contemporáneos de la expulsión (Viciana, tan curioso de realidades; Escolano; Bleda y el aragonés Aznar de Cardona, admirable por esa su prosa tersa en que dice las cosas más enormes). Luego esas dos obras maestras de la Ilustración valenciana: el tratado jurídico de Branchat y sobre todo la Descripción del clé-rigo y botánico Cavanilles. Y junto con todo eso el libro de D. Pascual Boronat y Barrachina, Los moriscos españoles y su expulsión (Valencia, 1901). Sería ingratitud censurar con excesiva severidad el libro de Boronat, al que tanto deben todos cuantos se han ocupado de moriscos. Pues a esa obra, sin duda absurda, fruto de una erudición más vasta que ordenada, capaz por otra parte de convivir con las más sorprendentes ignorancias, acompaña un nutridísimo apéndice de documentos (tomados en buena parte de archivos privados difícilmente accesibles), aún hoy la mejor introducción para quienes quieran estudiar el problema morisco. Esa documentación completa muy felizmente la de los archivos públicos (salvo el de Simancas, Boronat no creyó necesario recurrir a ellos) y aquí se la utilizará muy abundantemente.
Así se ha llevado a cabo este estudio, y si no se presenta aun más limitado y defectuoso, ello se debe a muy variados auxilios. El de don Claudio Sánchez-Albornoz, que de lejos y de cerca lo orientó con muy útiles consejos e indicaciones preciosas. El del profesor Fernand Braudel, de sus enseñanzas en la École Pratique des Hautes Études, y la afectuosa paciencia con que siguió mis primeras tentativas de entender el problema morisco, aspectos todos de una deuda más grande.
Debo agradecer también al Centre National de la Recherche Scientifique (París) cuya ayuda hizo posible el examen de los archivos españoles. Y a los funcionarios de esos archivos, en especial los del Archivo del Reino de Valencia, y su incomparable secretario, D. Manuel Dualde. Estoy también en deuda, por razones diversas, con D. Miguel Bordonáu (Madrid), los profesores Leopoldo Piles y José Camarena Mahiques (Valencia), Miguel Gual Camarena, cuya colección de cartas pueblas, aún inéditas, he podido consultar, Juan Regla (Barcelona), que me comunicó un trabajo suyo, entonces inédito y hoy publicado en Hispania, sobre moriscos. Y con mi amigo José Gentil da Silva (París), con quien prefiero no contar mis deudas.
[1] No significa, por lo tanto, tomar partido en la prolija disputa acerca de si el problema morisco y la expulsión que a su manera lo resolvió tienen fundamento religioso o político-nacional; más adelante se intentará mostrar que la disyuntiva es en sí misma absurda, y si se la plantea tan frecuentemente es porque se proyecta sobre el siglo de oro conflictos característicos de la España del ochocientos.
Lugar de los moriscos en el reino de Valencia
ECONOMÍA Y SOCIEDAD EN VALENCIA (1520-1609)
El reino de Valencia, una estrecha y larga zona entre el mar y la montaña, la más mediterránea quizá de las tierras españolas, tan finamente articulada, dividida en breves llanuras a las que separan colinas no muy elevadas. En poco más de veinte mil kilómetros cuadrados se tiene así un escenario que varía continuamente. Al norte del Júcar el territorio valenciano se extiende al pie de las últimas montañas del sistema ibérico, formando llanuras relativamente continuadas, cortadas por sierras desprendidas del mismo sistema, como la de Espadán. Una costa baja, de extensa playa que a menudo deja tras de sí zonas pantanosas y en el siglo xvi extremadamente malsanas, las separa del mar. Al sur del Júcar la estructura del suelo es mucho menos regular; lo cruzan las prolongaciones del sistema bético, de configuración más compleja que las colinas norteñas; entre ellas se abren valles pequeños, que cruzan ríos cortos, pero mucho más numerosos que en el norte. La costa es aquí cortada y abrupta, costa típica de inmersión, en la que la montaña entra en directo contacto con el mar. Abundan aquí los puertos naturales, los lugares abrigados, a la vez que los lugares del todo inabordables. En el extremo sur del reino el valle del Segura abre otra llanura más vasta; nuevamente encontramos aquí una estructura relativamente sencilla. Pero en el norte, en el centro y en el sur, en el siglo xvi como ahora, la oposición fundamental es la que contrapone el regadío al secano. En cada una de las breves llanuras del reino un río, sabiamente canalizado, da vida a una huerta. Es la Valencia viva en la imaginación; la huerta fabulosamente fértil, cruzada de canales y acequias, este rincón de Europa en que se aprieta una población de densidad comparable tan sólo a la de ciertas tierras bajas de Asia. Imagen veraz pero incompleta; junto con la Valencia de las tierras regadas está la de las tierras secas, las vastas tierras del secano, en la colina y en la montaña, en las que se mantiene duramente una población rala, empleada en los cultivos que hace posible la lluvia escasa e irregular. He aquí algunas aldeas del norte, tal como las vio, en 1793, ese admirable observador que fue Cavanilles:
En aquellos pueblos se vive con una sobriedad que se acerca a la miseria. Rajas de pan rociadas con poco aceite, y anegadas después en agua hirviendo, forman la comida: cuando se añaden algunas judías y porción de grasa, es día extraordinario: el vestido se reduce a lo puramente necesario para cubrirse. No penetrará aquí el lujo, la miseria está de centinela.[1]
Habría que poner este cuadro al lado del otro, pero de uno y otro no surgiría una imagen total de la estructura del reino. Regadío y secano, sí, pero cada uno de ellos se presenta con muchos rostros. Y junto con ellos un tercer elemento, la tierra de marjal. Y entre unos y otros un juego de relaciones complejas y cambiantes, una historia oscura de avances y retrocesos. Ante todo, en esta tierra en que los ríos no siempre traen agua, un año excepcionalmente seco puede privar de riegos a toda una zona de huertas. Amenaza particularmente real en las que se forman al borde de ríos pequeños, casi torrentes de fuerte estiaje. En Carlet, la carta puebla de 1520 prevé que los vecinos deberán moler su grano en el molino señorial, si éste tiene agua bastante.[2] Y en 1610 vastas zonas del sur, entre Crevillent y Albatera, han sido reducidas a total esterilidad por la sequía.[3]Por sobre esta historia sin principio y sin fin de años buenos y malos, hay una historia más compleja, la de avances y retrocesos; menos efímeros del secano y del regadío; de ella sólo conocemos algunos episodios clamorosos, en que –por ejemplo–, la voluntad de un gobernante se corporiza en una gran obra y transforma a toda una gran zona de tierra seca; así, en el siglo xvi, el pantano de Tibi, tras de Alicante, surgido sin duda de las necesidades de ese emporio crecido –único entre las poblaciones importantes del reino– en tierra seca. El pantano de Tibi, esa insólita maravilla, testimonio de los derroches de esfuerzo humano que hacía posibles la enorme onda del aumento de población del quinientos, llegada ya a su cresta; una obra que hace discreto papel aún entre las presas construidas en nuestro siglo. Pero tales rápidos cambios de escena son, naturalmente, los menos. La Acequia Real del Júcar, que desde el siglo xviii lleva parte de las aguas de ese río al sistema del Turia, había ya sido planeado en el siglo xiii, cinco siglos fueron precisos para que la gran obra cambiase toda una zona de paisaje valenciano. Otros cambios son aún más generales y menos fácilmente se podrán adscribir a una voluntad individual; sólo más recientemente hemos aprendido a interesarnos por ellos. Así, si conocemos más o menos bien la revolución que trajo a Valencia la introducción simultánea –a mediados del siglo pasado– del cultivo del naranjo y el uso de la bomba de agua, innovaciones que llevaron los huertos de naranjos «hasta la cima de las montañas»[4]y transformaron para buena parte de la región valenciana el sentido mismo de la oposición entre riegos y secanos, otros cambios anteriores apenas si podemos adivinarlos. E infinitamente más oscura que la historia de los triunfos del regadío es la de sus derrotas, imposibles de ser fijadas en hechos espectaculares, oscura consecuencia de un derrumbe demográfico o económico.
Porque –y es preciso insistir sobre esto– la huerta no es tan sólo un trozo de tierra regado mediante acequias, ni el secano tan sólo tierra librada al azar de las lluvias escasas. Hay toda una agricultura propia del regadío, lo que llamamos precisamente cultivos de huerta, hay otra que es la del secano, en que la trinidad mediterránea de vid, olivo y trigo se coloca en el centro de una gama menos estrecha de lo que pudiese creerse. Sólo que así entendida la oposición entre secano y regadío es cosa aun más cambiante de lo que podía ser la que corría entre una tierra cruzada por canales de riego y otra desprovista de ellos. En una página barrocamente ampulosa, Escolano ha pintado la abundancia de frutos del reino de Valencia; no por casualidad recuerda en seguida cómo el reino ha sabido encontrar graneros fuera de sus fronteras:
Y como sea verdad, que el Reyno es de los más poblados de España, y por otro cabo esté apoderado de tanta variedad de provechosas cosechas que le haze echar en olvido la del trigo (que a no ser assí, pudiera él sólo rendir trigo para tres) le proveyó el cielo a sus puertas de dos inagotables graneros, que son el mar por un lado; y por otro Castilla y Aragón.[5]
Ambos datos son, en efecto, inseparables; la huerta, con sus cultivos especializados, necesita cerca o lejos de ella graneros y mercados, necesita de quienes produzcan su pan y de quienes consuman sus frutos; en este sentido regiones muy lejanas vienen a trenzar su historia con la de las huertas valencianas. De este modo regadío y secano, firmes columnas sobre las que parecía posible asentar la geografía del reino, vistos más de cerca se revelan realidades fugitivas y cambiantes; cambian la dimensión de una y otra zona, cambian sobre todo sus relaciones, el sentido mismo de ellas. El cuadro que sigue no pretende, entonces, dar sino una imagen lo menos imprecisa posible de lo que podía ser el reino de Valencia en que se desarrolló la historia de los moriscos, distinto desde luego del actual, y, a lo largo de un siglo, de ningún modo idéntico a sí mismo.
En el extremo noroeste, las vastas posesiones del gran maestre de Montesa, Morella y sus aldeas, lo que llamamos hoy el Maestrazgo, tierra de bosques de los que se obtiene madera de construcción, exportada por Vinaroz hasta las atarazanas de Barcelona, donde esos gruesos troncos se emplean en las naves. Sobre esos encinares y pinares tiene la marina real un pesado privilegio de extracción, que subsistirá dos siglos después, cuando el bosque ya ha raleado, y los terrenos no pueden consagrarse a cultivo porque lo vedan los representantes de la real marina.[6] Tierra de grandes piaras, alimentadas de bellotas. Y tierra también de trigo. «Ricas en grano» aseguran al unísono, Escolano y Méndez Silva, pero para estos observadores sistemáticamente optimistas toda tierra había de ser rica en algo... Sin embargo la opinión no es del todo infundada; en siglos anteriores Morella había enviado trigo hasta Barcelona.[7] En todo caso se trata de campos de cultivo cortados en los pastos, de rendimiento muy escaso y esporádico, como los de la villa de Vilafamés, que en 1608 pide al Consejo de Aragón permiso para abrir tierras yermas y cultivar montes blancos. El consejo dictamina concederlo; serán treinta jornales de tierras, que podrán rendir treinta cahices de trigo al año; luego de dos o tres años de cultivo, es preciso que la tierra pobrísima y seca descanse cinco o seis.[8] Y además son las tierras del Maestrazgo ricas en ovejas; en 1645, pero utilizando datos muy anteriores, Méndez Silva atribuye a Morella y su contribución 120.000 cabezas.[9]
Al sur del Maestrazgo la franja boscosa se separa más y más de la orla de huertas costeras y corre paralela a la raya de Castilla; ya en el siglo xvi parece haber sufrido por las talas indiscriminadas, provocadas por el fuerte consumo de leña de una gran ciudad como Valencia y el de algunas industrias (en primer término la del azúcar, gran devastadora de bosques, con los insaciables hornos de sus trapiches; también la cerámica). Leña quemada directamente o transformada en carbón; recorrían los bosques valencianos carboneros que arrendaban de los señores el derecho de levantar horno y talar en un dado pinar o carrascal; aun en 1609, en Yátova, cerca de Buñol, un grupo de vizcaínos llegan a fabricar carbón.[10] Pero era ya preciso poner a contribución los bosques de la cercana Castilla; un papel nos informa del todo ocasionalmente de un morisco, Marcos Reduán, que en 1606 cruzó la raya de Castilla «a buscar leña para trapiches».[11] Entre los bosques y las huertas que bordean el mar se extiende el secano. Una zona que está lejos de ser homogénea; cruzada de ríos en cuyas orillas se extienden estrechas franjas de huertas; salpicada de fuentes que permiten, también ellas, el nacimiento de un pequeño espacio irrigado; atravesada de colinas herbosas, cubiertas del seco y espinoso matorral mediterráneo, también puesto a contribución por los leñadores (pero una previsora crida virreinal prohíbe mezclar los carbones así producidos con los de encina o de pino).[12]
Junto con el matorral, en las partes más secas, o de suelo más irregular, se extienden los pastizales, ni ricos ni verdeantes, en que pacen las grandes majadas de ovejas y de cabras de los aldeanos. En tierras con mayor capacidad de retención del agua de lluvia, y menos quebradas, tienen su sitio los cultivos de olivares, viñas y algarrobos que dan su aspecto característico al paisaje del secano. Y en las huertas en torno de las fuentes, como en ciertos lugares de secano particularmente favorables, se extienden los cereales, y algunos cultivos de frutas y hortalizas. Son esos islotes de tierra irrigada los que –como nota muy justamente Alice Foster–[13]han hecho posible, en tiempos de economía menos abierta que ahora, la existencia de una población estable en las tierras del secano valenciano. Y efectivamente, el mapa de los centros poblados se superpone muy exactamente al de las fuentes y ríos; los nombres –Dosaigües, Setaigües– indican a menudo que se ha advertido muy bien cuál es el rasgo que ha hecho posible las vida de una aldea precisamente en ese sitio. Cada aldea, cada zona de huerta, es centro de explotación de toda una sección del secano; –en torno de ella se agrupan viñedos y olivares, y en las colinas los «montes blancos» en que buscan su sustento las majadas y talan los leñadores. Imagen de una economía que se basta a sí misma, gracias a lo modesto de las necesidades que debe satisfacer. Pero sería peligroso exagerar, aun para ese siglo xvi de menos vastos horizontes, lo que hay de aislado en la vida de las comunidades del secano. Porque esas tierras están unidas por muchos lazos con el mundo exterior. El algarrobo, el trigo, servirán para la población del lugar (y no siempre, y no sólo para ella). Pero el aceite, el vino, la pasa, las frutas secas, son cosechas que el secano envía fuera, a la ciudad, a Castilla, o más allá del mar. Y por lo mismo también el destino de esos cultivos se vincula –con menos imperiosos lazos, pero siempre advertibles– con el de zonas lejanas, con otras historias apartadas. Así el siglo xvi será, en las tierras secas de Valencia, el del triunfo de la viña. De la uva para pasa, desde luego, pues esa vieja producción de la Valencia árabe, el azebibe, que Jerónimo Münzer vio fabricar cerca de Dénia a la vieja manera en que se hace aún,[14]sigue estando en honor. Pero en las llanuras y colinas secas del norte es la viña de vino la que avanza. Un avance que viene de lejos; la Reconquista ha traído consigo el triunfo de la vid; desde el siglo xiii nos quedan testimonios de cómo los nuevos dominadores quisieron extender su cultivo.[15]Pero en este siglo xvi el triunfo es más vasto y más rápido, acelerándose a medida que se acerca el final del siglo, hasta que a mediados del siguiente Valencia se enfrentará con una crisis de superproducción, con dificultades de colocación del vino atribuidas, como es habitual, a lo excesivo de los impuestos.[16]Mientras tanto, Alicante ha reemplazado sus olivares por viñedos,[17]caso particular de un hecho sin duda más general; mientras tanto los señores valencianos han emprendido el lucrativo cultivo de la viña. Tenemos de ello testimonio muy variado; en tal señorío se trata de fomentar con exenciones de servicios a los vasallos que las plantasen; en tales otros es el propio señor quien, sin intermediarios, hará la «plantada de la viña»; alguna vez tomará para ello las tierras con algarrobales de algún vasallo labriego.[18]El triunfo de la vid va entonces acompañado de una caída –relativa– del olivo; la producción del reino es del todo insuficiente, y es preciso importar abundantemente de Castilla, de lo que quedan huellas muy numerosas en los libros de quema y peaje.[19]El triunfo de la viña es un hecho europeo, y sin duda fue en Valencia menos rápido y decisivo que en otras partes.
Otro triunfo local y más categórico fue el de la morera, vinculada a la producción de seda, que avanza por todas partes a lo largo del siglo, y hará la riqueza de las poblaciones a lo largo del Júcar. Y al sur del Júcar, en tierras más quebradas, el secano es predominantemente tierra de ganadería y de producción de frutas secas, y en uno y otro aspecto se vincula también muy estrechamente a una economía de vastos alcances: Dénia, Teulada, venden sus almendras en Castilla y luego en Francia; la lana de la Montaña del sur, de esos menudos valles cruzados de torrentes, abiertos entre las colinas abruptas, participa también, al menos en parte, en el gran comercio que hará la prosperidad de Alicante.[20]Y aun de otra manera se vincula este secano valenciano con el resto del reino, y con el resto de España. Tocamos así un gran tema, demasiado vasto para ser tratado aquí sino marginalmente, el de la trashumancia. Año tras año, al comenzar el otoño, comienzan a bajar hacia las llanuras valencianas los rebaños castellanos, y sobre todo aragoneses. En octubre llegan los primeros, los del Maestrazgo en busca de tierras más clementes dentro del mismo reino. Hacia noviembre, ya medida que se acerca el fin de año, el movimiento es cada vez más intenso. Grandes majadas de miles de cabezas, con unos pocos pastores, caballeros en asnos o mulas, llegan del sur de Aragón, de Albarracín, de Mora de Rubielos... Se dirigen a lugares muy dispersos en todo el reino; intentar caracterizarlos por un rasgo único es obligarse a errar en más de un caso particular; pero no hay duda de que los sitios preferidos para pastar en invierno son esas breves manchas regadas en el secano. Allí es reunido el ganado en vastos pastizales bien regados, en alfalfares que necesitan buena parte del agua tan estrictamente tasada. Año tras año, los ganaderos aragoneses arriendan esos lugares privilegiados.[21]
Así las mejores tierras de pastoreo quedan al margen de la economía aldeana. ¿En beneficio de quiénes? Se hace preciso aquí aludir a la distribución de las tierras de pastoreo en el reino valenciano. Había en primer lugar, en cada comunidad aldeana, un «boalar», un espacio acotado destinado al pastoreo de los animales de tiro y de los estrictamente necesarios para el abasto. Era esa, efectivamente, su función primitiva. Pero a menudo los boalares eran destinados a otros usos. En algunas partes llevan ese nombre fracciones de tierra divididas entre vecinos y consagradas a la agricultura.[22]En otras los boalares eran arrendados por las comunidades para aumentar los propios; grande abuso, observa Branchat, y muy generalizado. Además de los boalares, otros campos de pastoreo había, abiertos y no acotados. Si hemos de creer a Branchat, todos estos pastos pertenecen al patrimonio real, salvo cuando el soberano los ha enajenado (lo que, claro está, debe constar expresamente). Pero el mismo jurista se encarga de hacernos saber que también aquí hay grandes abusos. Abusos que no son sino la manifestación de que la construcción jurídica propuesta por Branchat está muy lejos de representar fielmente el estado real de cosas. En las tierras de señorío los pastos, según reconoce el mismo Branchat, han pasado con el territorio «a los dueños baronales». En las tierras que no se hallan bajo el dominio señorial tales derechos son muy frecuentemente ejercidos por la comunidad del poblado. No sin oposición de los bailes, representantes del fisco real, que reivindican para él el derecho de disponer de los pastos. Conflictos análogos, menos fáciles en este caso de rastrear, debían de existir sin duda también en las tierras señoriales. Así que, junto con los pastizales cuyo arriendo es fuente de ingresos para el señor, y figura por lo tanto entre las entradas de la administración señorial (el alfalfar de Artesa, la hierba de Planes, y sería muy fácil multiplicar los ejemplos),[23]otros hay que son arrendados por las comunidades, así Vilafamés, lugar de la encomienda de Montesa, arrienda sus pastos en 400 libras anuales, que van a la localidad y no a la orden que tiene allí señorío. La situación se complica a veces por el conflicto antes mencionado; en 1594 la villa de Guardamar, en el extremo sur del reino, representa ante el Consejo de Aragón que acaba de ser despojada de los derechos de herbaje, que arrendaba desde «tiempo inmemorial» y le rendían 119 libras anuales; el baile de Orihuela los ha reivindicado y aplicado a la Regia Corte.[24]Para complicar la situación entra en juego además el derecho general de pastaje en todos los pastos del reino (excepto los boalares) otorgado por Jaime I en favor de los vecinos de la ciudad de Valencia para sus ganados.[25]
Así se distribuye el fruto de los arrendamientos de pastos, que pone a los más ricos herbazales valencianos al servicio de la ganadería aragonesa, y en grado menor castellana. Pero junto con esta gran ganadería de las inmensas majadas trashumantes existe una pequeña ganadería aldeana, de menudos rebaños que no se alejan mucho en sus traslaciones en busca de pasto. Pequeña ganadería que se da en todo el reino; pero sobre todo, claro está, en las tierras de secano. Entre ella y el pastoreo trashumante se da, de hecho, una cierta concurrencia. Para Castilla, Julius Klein, estudiando la evolución de la Mesta, halló que el espíritu absorbente del Honorable Consejo (acusado muy frecuentemente de haber sacrificado a los intereses ganaderos el porvenir agrícola castellano, y haber apresurado así la decadencia española), desaparecía al avanzar en el siglo xvi y sobre todo el xvii; atribuía esto a la contemporánea decadencia de la organización estatal española, que había hecho posible el influjo de la Mesta en todo el reino.[26]En todo caso en Castilla frente a la gran ganadería, organismo demasiado complejo, triunfa una pequeña ganadería sedentaria y aldeana. ¿Verdad castellana, verdad valenciana? No parece. En 1538, según los libros de entrada de ganados,[27]entraron en el reino 163.239 cabezas, de las cuales 95.343 para herbajar y 67.896 para consumo. En 1620-1621 (del 1 de junio de 1620 al 31 de enero de 1621; la falta de los meses de febrero a junio no cambia mucho el resultado, ya que las entradas se hacían de octubre a enero), entran 245.210 cabezas. Ahora el libro no distingue entre los que entran para invernar y para consumo; es preciso tener en cuenta, en todo caso, que en 1631 Valencia apreciaba sus necesidades de ganado de fuera del reino en 60.000 cabezas,[28]lo que nos da un consumo del mismo orden del necesario un siglo antes, y una entrada de rebaños trashumantes que parece haber duplicado. Se trata, naturalmente, sólo de cálculos aproximativos, si no por otra cosa, ante todo porque una parte de los rebaños entrados de Aragón no invernaban en el reino, sino que seguían hacia Andalucía, y de nuestros papeles no hallamos cómo apreciar su número, ni mucho menos su variación. En todo caso, a lo largo del siglo es indudable que la trashumancia está lejos de disminuir; aumenta, y en este aumento influyen más que los rebaños aragoneses los castellanos (es característica, a partir de los primeros años del siglo xvii, la concentración creciente de majadas castellanas en el alto Júcar).[29]
Más pobre que el secano propiamente dicho, en el sur del reino, donde la lluvia es más escasa y los cursos de agua menos frecuentes, se extiende una zona esteparia, de la que sólo puede obtenerse esparto, aunque en cantidades enormes. Es el «campo espartano», que provee de materia prima a los tejedores de las villas del sur.[30]Y en terrenos salitrosos del sur nacen la barrilla y la sosa, plantas industriales que sólo en mínima parte se utilizan en el reino, y se exportan abundantemente. Es preciso tomar en cuenta además la existencia de algunas plantas colorantes («roga», cártamo), muy empleadas en el siglo xv y exportadas entonces a los centros textiles de Flandes, en retirada en el siglo siguiente ante la llegada de los tintes orientales, tanto más eficaces.[31]
No es posible, entonces, reducir la vida económica de las aldeas del secano a un ciclo que se cierra dentro del mismo poblado; se ve ya cómo sale de ellas toda una corriente de productos muy diversos. Pero en otro aspecto sí es cerrada la economía aldeana; apenas si se utilizan en las aldeas del secano productos no cultivados o confeccionados en ellas; el aliciente primero para producir fuera y por encima de las propias necesidades más urgentes es la necesidad de pagar los derechos señoriales. A través de ellos se vinculan económicamente esas aldeas con el resto del mundo. Así puede entenderse, por ejemplo, algo tan sorprendente como un parecer acerca de la expulsión morisca en que se dice que no será difícil hallar nuevos pobladores, ya que para nutrir una casa de cristianos viejos es precisa la tierra que bastaría para dos casas moriscas. Modo de calcular que nos parece insensato;[32]lo es en efecto cuando cada núcleo humano es un elemento a la vez productor y consumidor en un ciclo económico que abarca a la nación toda y que más allá de ella se entrelaza inextricablemente con otras economías lejanas. No lo es cuando lo único que liga a la aldea agrícola y rudimentariamente artesanal con el resto del mundo son unos derechos señoriales que deben ser pagados escrupulosamente. Si ellos llegan, lo demás no importa demasiado; en la aldea puede haber muchos o pocos habitantes, puede aumentar la población vertiginosamente o ser reducida a la mitad...
La situación en la huerta es del todo distinta. La huerta produce para el gran comercio, consume lo que el gran comercio le trae. Esta afirmación genérica es a menudo exacta. La huerta de Gandia, por ejemplo, gran productora de azúcar, vive con un ritmo económico acordado con el de zonas muy distantes. Hacia 1480 se hace sentir muy duramente en la huerta del azúcar la aparición en el mercado de los productos de la caña de Madeira; la Gran Compañía de Ratisbona cree oportuno liquidar a tiempo su molino de azúcar del Real de Gandia, lo vende a un apoderado local, que a su vez lo arrienda a la Compañía. Exceso de precauciones; diez años después la producción de Madeira comienza a decaer: la excesiva tala ha amenazado los bosques de la isla y no se sabe con qué alimentar los insaciables fuegos de los ingenios.[33]En todo caso, si los envíos de la Gran Compañía en dirección de Génova prosiguen, no parece que el azúcar de Gandia haya reconquistado sus mercados en Lyon y en Flandes, en donde había retrocedido ante el empuje del nuevo centro productor de Madeira. Historia, a su modo, ejemplar; y no sería imposible hallar ejemplos análogos. No menos importante que el comercio exportador era para la huerta el de importación, del que recibían, en el más literal de los sentidos, el pan de cada día. Sólo que en ese sentido la situación era menos favorable en el Quinientos que ahora; no siempre era posible económicamente traer desde lejos el grano, sin aumentar enormemente su precio; los transportes, de muy alto costo, hacían desaconsejable el traslado de un producto liviano y de precio relativamente bajo en unidad de volumen. Así la huerta, vinculada a una economía de amplísimo radio, debe por otra parte satisfacer también a sus necesidades locales más inmediatas. Aun así, en esa tierra fertilísima, queda ancho campo para otros cultivos, vinculados, éstos sí, al gran comercio. Y que dependen por lo tanto de la intensidad, del volumen de éste. Ahora bien, también eso es un dato cambiante. Y a medida que avanzamos en el siglo xvi se hace cada vez más difícil para Valencia hallar mercados consumidores y sobre todo fuentes extranjeras de las cuales importar el grano. Es muy cómodo –viene a decir Escolano, si reducimos a palabras llanas su lenguaje ampuloso–, es muy cómodo tener un agente permanente en Sicilia, ocupado de comprar grano para las necesidades de la ciudad y el reino. Así pudo Valencia, por ejemplo, sortear la hambruna de 1606, cuando en Castilla los labriegos desesperados salían al campo a comer hierbas.[34]Y lo mismo, sustancialmente, ha observado en nuestros días Pierre Vilar, examinando las curvas de Hamilton; la situación marítima del reino da a los precios del grano en Valencia esa mayor regularidad que nace del acceso a un mercado más amplio, en que escaseces y abundancias locales se equilibran en cierta medida por sí solas. Pero a medida que se acerca el fin del siglo el privilegio es cada vez más caro; hacia 1590 la exportación siciliana, que durante siglos había sido uno de los elementos más estables de la vida económica mediterránea, comienza a faltar.[35]Qué esfuerzos entonces los de los valencianos para hallar trigo en donde sea: en Cerdeña, en Córcega, en Orán, en Aragón alguna vez, en el mercado marsellés.[36]El gran ascenso demográfico del Quinientos ha creado una cuenca mediterránea que en rigor sólo podría alimentarse a sí misma en los años buenos; en ella resulta cada vez menos fácil encontrar el ansiado sobrante, de grano. Esto explica que en la agricultura de huerta los granos pasen delante de cultivos que a primera vista parecerían más rendidores. Rendidores sin duda a condición de hallar en otra parte graneros y a la vez mercados; ahora comienzan a desaparecer los unos y también, aunque en medida menor, los otros. No ha de extrañarnos entonces que, si nos fijamos en lo que Escolano dice de la abundancia de frutos de Valencia, resulta que lo que más abunda son trigos y cereales pobres:
En las huertas y campos de Valencia, Játiva, Gandía y en casi todo el se cogen de una tierra, y en un mismo año, sin que descanse ni uno solo, dos, tres y quatro esquilmos de mucha consideración, es a saber, trigo, cáñamo, arroz, alcazel («cebada») y panizos (probablemente ya entonces usado como sinónimo de maíz)... Ni es menos de considerar el compás que naturaleza va guardando en fructificar y dar de comer a los de este Reyno; pues para que no puedan perecer, quando en la una parte estrema dél, se va acabando el pan de la cosecha vieja; en la otra del otro cabo, azia lo de Alicante, Origüela y Elche, adelanta la sazón de la nueva; de suerte que siegan cebadas y trigo por Abril y Mayo; y derribados estos en una y otra parte suceden las cosechas de las adacas y maíz; y todo el año se anda sin intermisión, cogiendo ya unos panes ya otros, lo que basta para el sustento ordinario.[37]
Así el regadío pierde parte de su ventaja frente al secano: la coyuntura impide que sea empleado en aquellos cultivos para los cuales el rendimiento económico podría mayor, en otras circunstancias. Y, también fuera de los cultivos de inmediato consumo local, la coyuntura favorece, aun en el regadío, otros que no son exclusivos de éste. El triunfo de la vid y la morera no se limita a las tierras secas. Las grandes huertas del norte del reino, Benicarló, Vinaròs, con sus vastos campos regados por agua laboriosamente obtenida con norias, y más al sur los demás lugares marítimos de la orden de Montesa, son grandes productores de vino, es cierto que de calidad bastante baja, en todo caso lo bastante bueno –o malo– para que se surtan allí las marinas reales.[38]La vid reaparece todavía en el norte de la gran huerta de Valencia, por ejemplo en Puçol.[39]Más al sur, aunque el avance de la vid es aún discernible, queda muy atrás del de la morera. El moreral avanza en todas partes; ante todo en el valle del Júcar, creando una nueva India de inesperada riqueza en el corazón mismo del reino. La morera, cultivo perfectamente posible en secano, desaloja a otros propios de huerta; para estos años, una previsora carta puebla, a la vez que otorga ventajas a los vasallos que planten moreras en secano, excluye de ellas a los que lo hagan en el regadío.[40]Vana tentativa, vana porque los morerales de huerta han pasado a ser las más preciadas tierras valencianas; en el momento de la expulsión, en Alzira, son las tasadas en precio más elevado. Otro cultivo avanza a expensas de los de la huerta: el arroz. El arroz había tenido, tradicionalmente, sus centros de producción en dos zonas muy bien caracterizadas. Por un lado las tierras de marjal, extensiones pantanosas y malsanas como las del monasterio de Valldigna, al sur del Júcar, al borde del mar. Su otro asiento eran ciertos valles estrechos; en efecto, allí no faltaba el agua, pero por falta de medios mecánicos era imposible utilizarla en terrenos situados a mucha mayor altura que la del nivel del río. Esa excepcional abundancia de agua en un territorio relativamente estrecho y de límites infranqueables hacía que se lo destinase, bien a pastizales o alfalfares muy intensamente regados (así en el Júcar medio, en torno de Cortes, existían vastos alfalfares destinados, salvo error, a la producción casi industrial de mulas, en beneficio del señor del lugar)[41]bien a arrozales, tal como los hubo por mucho tiempo en el valle del Turia, desde Vilamarxant hasta Manises.[42]Pero aunque esas eran las tierras de elección del arroz, siempre se lo cultivó también fuera de ellas. Ya una crida de 1528 había prohibido a los cultivadores de arroz de la huerta de Valencia consumir más agua que los que cultivan trigo; posteriormente la orden es repetida en otra crida sin fecha.[43]Pero, hacia el fin del siglo xvi, el avance del arroz se hace más rápido; a principios del siguiente habrá llegado ya su cultivo a una mancha de huerta perdida en el secano como es Buñol.[44]El arroz no era, sino secundariamente, un producto destinado al consumo interno; Juan Beneyto Pérez ha notado cómo las tan minuciosas regulaciones de precios de productos básicos no se ocupan de él.[45]En 1605 se calcula que el reino produce 70.000 cargas, de las que consume 16.000.[46]El arroz pasa a ser así, junto con la seda, el primer renglón de la exportación valenciana.
De modo que, aun para los cultivos no destinados a ser consumidos en el reino, la coyuntura tiende a disminuir, más bien que a aumentar, la diferencia entre huertas y secano, huerta y marjal. En 1646, los tercios-diezmos para la huerta de Valencia rinden 1.699 £, 1 s. 0 d. para pan y vino, y tan sólo 880 £ 1 s. 3 d. para hortalizas y cáñamo.[47]Y con ello disminuye también la preferencia misma por las tierras de huerta. No sin duda que no subsista diferencia ninguna entre huerta y secano, entre los ricos trigales que no se cansan de dar su producto año tras año y los campos cortados ocasionalmente en los herbazales del secano, que luego de unas pocas cosechas, agotados, deben ser devueltos al matorral. Persiste, sin duda, pero es menos marcada de lo que sería si la huerta hubiese podido ser explotada en esos renglones para los cuales parecía destinada. Así, hoy la tierra irrigada cuesta el doble de la mejor tierra de secano; ese margen, justificable dado el rendimiento de una y otra, hace posible la introducción de mejoras muy costosas (pozos y nuevas acequias);[48]en 1611, al tasarse las tierras de los moriscos de Castellón, se atribuyó a la tierra campa de huerta un valor de 24 libras por cahizada, a las mejores heredades de secano, uno, también por cahizada, de 23 £ 6 s. 8 d. Valores, se ve, comparables.[49]La presencia de árboles, no de la preciosa morera, sino tan sólo de algunos algarrobos, influye más decisivamente en el precio que el que haya o no riego.
De este modo, pese a las grandes diferencias de suelo y aguas, la Valencia agrícola tiene un aspecto menos variado de lo que hubiese podido esperarse. Y para disminuir la heterogeneidad, hay que tomar en cuenta la presencia de un pastoreo que se da en todo el reino. Aun hoy, Vicente Fontavella ha mostrado cómo las regiones huertanas de Valencia tienen una densidad ganadera superior a la de aquellas otras que, por carecer de otras riquezas, son consideradas zonas específicamente ganaderas.[50]Esa presencia de las majadas de ovejas era aún más imprescindible antes de que se empleasen abonos químicos; problema crónico valenciano era la escasez y carestía de abonos, hasta tal punto que a fines del setecientos Cavanilles testimonia cómo, por ejemplo, en Almassora, la preciosa tierra vegetal era llevada del secano a la huerta, y en Borriana los labriegos abrían hoyos en los caminos para llevarse la tierra a sus heredades.[51]De modo que la oveja está presente en todas partes; en 1606 un morisco del sur que debe esconderse de la Inquisición decide refugiarse en la huerta de Gandia y hacerse pastor; aun en ese rincón que reúne las tierras más preciadas del reino no faltan majadas.[52]Así la pequeña ganadería aldeana tiene un vasto lugar en la economía de todos los lugares de la campaña valenciana.
Con todo esto, y pese a todas esas adaptaciones a un mundo sobrepoblado, el reino no se basta a sí mismo en lo que toca a subsistencias. Debe, importar, año tras año, su trigo y su carne en una proporción muy importante; cuando no los halla se bordea la tragedia. La gran responsable de esta carencia es la capital, la ciudad de Valencia, una gran ciudad europea. En decadencia, sin duda, pero eso se dice demasiado rápidamente. La época de oro de Valencia va de 1480 a 1520, de las guerras entre Barcelona y el rey de Aragón hasta las Germanías valencianas. Entonces Valencia pasa a ser el primer emporio del reino de Aragón; es la rica y despreocupada Babilonia que vio Jerónimo Münzer en 1495. Ciudad comercial e industrial, con sus ricos pañeros y sederos, con sus factores llegados de Italia y Alemania, con sus muchos telares, con las muchas naves que se acercan como pueden a su pésimo puerto. Una ciudad en la cual la nobleza está casi ausente; los señores viven en sus castillos, en sus casas de los lugares en que tienen señorío; desarrollan entre sí salvajes guerras privadas, que por mucho tiempo serán preocupación interminable de los virreyes, Así, entre ciudad y reino parece haber un abismo; aun lo advertimos en las notaciones tan escuetas de Münzer.[53]Esta situación concluye con el fracaso de las Germanías, que significa, entre otras cosas, el aumento del ascendiente político de la nobleza en la propia capital. Pero este hecho espectacular no es sino signo de un proceso más lento y complejo. Hay, sin duda, una lenta transformación de la nobleza: su influjo en el reino ha sufrido alternativas; ahora halla que sólo puede medrar apoyando y no oponiéndose al poder real. El ejemplo de la casa de Borja es característico: este noble de ínfima nobleza de Xàtiva, que gracias al favor del rey Fernando compra el ducado de Gandia –en poder entonces de la ciudad de Valencia, por una compra anterior a la corona– se coloca en el primer puesto, en cuanto a fortuna, entre los señores valencianos y comienza una meteórica ascensión a la que la ayudan sus conexiones romanas, hasta que viene a situarse entre las grandes familias hispano-italianas; el proceso se refleja escuetamente en las listas de casamientos de la casa dé Borja que levanta Diago.[54]A la vez que se abre camino en el gran escenario europeo, la casa de Borja redondea sus heredades valencianas; luego de Gandia, por combinaciones matrimoniales, llega a hacerse dueña de Oliva (así todo el sugar-belt valenciano está en sus manos) y del marquesado de Llombai, y va recogiendo otros lugares del centro y sur del reino. Todo esto es el premio de una conducta escrupulosamente fiel al soberano, aun cuando esa fidelidad podía estar en contraste con algunos intereses inmediatos. En cualquier dificultad con los señores, la Corona puede poner como ejemplo la conducta intachable del duque de Gandia. Y los hechos demostraban que era un ejemplo digno de ser imitado. Así, poco a poco, la arisca nobleza valenciana se va acostumbrando a modos de vivir más apacibles. Símbolo de ello: en la capital comienzan a erigirse las casas y palacios de los nobles; es la nobleza la que comienza a dar el tono en esta ciudad de comerciantes y artesanos. Y esto porque no ha cambiado tan sólo la clase señorial; han variado también, y muy fundamentalmente, las posibilidades que se abrían ante las que antes habían dominado en la capital. El proceso se ha resumido ya en una palabra sola: decadencia; se ha señalado también lo que en esa palabra había de insuficiente. Sin embargo, si escuchamos las voces que nos llegan del siglo xvi nos parecerá que esa palabra lleva al corazón mismo del proceso que sufre Valencia. Decadencia de la industria, decadencia del comercio valenciano... Y en la raíz de ambas, si hemos de creer a los contemporáneos, la misma causa: la pesada, costosa organización del comercio y la industria artesanal de la capital, con sus complicadas reglamentaciones, sus impuestos gravosos. A Valencia sucede, como puerto del reino, Alicante, esa ciudad crecida vertiginosamente, duplicada en cuarenta años, de 1519 a 1562, gracias, tal como señala Viciana, a «la contratación de la mar».
Han asentado sus casas –agrega el cronista– en esta ciudad muchos mercaderes genoveses y milaneses que tratan en grueso. Éstos cargan cada un año más de doce mil sacos de lana, que valen cada un año trescientos mil ducados, y traen y descargan en tierra brocados, rajas, terciopelos y rasos; papel, acero, telillas de oro y seda y de todo género de armas y otras muchas mercaderías. También se llevan de la tierra en sus navíos, seda, sosa, almendrón, jabón de tabla y muchas otras cosas.[55]
Junto con el comercio, avanza la industria alicantina, en primer lugar la del jabón de tabla, que utiliza la sosa obtenida en la zona y cantidades crecientes de aceite de oliva, hasta el punto que llega a ser artículo escaso, pese a las importaciones de Castilla (en 1578 se prohíbe la exportación de aceite del reino,[56]en 1585 la instalación de fábricas en torno de Valencia, y se prevé la clausura de todas las existentes en el reino de un plazo de seis años. Decisión no cumplida; en 1604 se trata de que en Alicante sólo se produzca jabón con aceite importado.[57]Pese a todo ello, la industria del jabón sigue floreciente, en 1645 Méndez Silva atribuye a la producción anual un valor de 40.000 ducados).[58]De este modo Alicante adquiere parte de lo que ha perdido la capital (habría que tener en cuenta, también, y a partir de 1590, la reaparición de Barcelona como gran puerto). Pero Alicante es una ciudad muy distinta de Valencia; en su momento de mayor esplendor tiene una población diez veces menor que la de la capital; este puerto improvisado en el punto en que entran en contacto una corriente de exportación lanera castellana y la navegación genovesa conserva siempre algo de factoría; aun en 1640 los «forasteros que llegaban por mar y por tierra» consumían anualmente 100.000 cántaros de vino de los 150.000 que podía producir el viñedo alicantino.[59]En Alicante, ese gran comercio que en Valencia contribuía a mantener en vida a una de las primeras ciudades de Europa, alimenta a una población mucho más modesta, que sólo en mínima parte recoge los beneficios de esa intensa corriente comercial que la atraviesa, y se halla firmemente retenida en manos extranjeras.
El mismo significado tiene la decadencia de la industria textil valenciana. Porque el gran impulso que adquiere la producción de seda no va acompañado por un progreso paralelo en su laboreo. En primer lugar, la seda va exportándose cada vez más tal como se la obtiene, en capullo, o a lo sumo torcida, para ser elaborada fuera del reino. En segundo término, los telares de la capital tienen que sufrir cada vez más la competencia de los centros de laboreo clandestino del interior del reino. En 1580 la Generalidad de Valencia, ante el rendimiento cada vez más escaso del impuesto a la seda, abrió una información, en que se oyó el parecer de personas expertas. Quizá se deduzca de esas opiniones en exceso pesimistas una imagen demasiado vertiginosa de la decadencia de la industria sedera valenciana; ya en 1532 el municipio valenciano había llegado a inquietarse por la disminución de los telares, «en dies passats –afirma el establiment– dins les murs de la present ciutat hi hagués fins en suma de mil docents telers... e huy ab difficultat se troben quatre-cents».[60]Lo que nos hará quizá dar su justo alcance a las declaraciones de los que –en 1580– dicen recordar la no lejana época de oro en que mil telares no bastaban.[61]Y sesenta años más tarde, prosiguen las quejas acerca de la decadencia, pero el número de telares sigue siendo superior a cuatrocientos. En 1642, en efecto, según una real cédula, los velluteros no pasan de 400, cuando en el pasado (no dice cuál) eran más de cuatro mil con muchos telares; ahora esos cuatrocientos «están tan pobres y necesitados que apenas tienen más que un telar, y que la mayor parte del año están baldíos, sin saber en qué ocuparse».[62]De modo que es preciso no confiar en exceso en estas precisiones numéricas. Pero, aunque sean del todo inexactas, no por eso dejan de reflejar un proceso real. Es posible que el número de telares no haya variado en un siglo tanto como parecería leyendo apresuradamente estos testimonios; es evidente, sin embargo, que el producto de esos telares halla cada vez más difícilmente quién se interese en adquirirlo.
En 1580 la mayor competencia viene de los tornos del interior, que tuercen la seda producida en los mismos lugares, para exportarla luego clandestinamente a Castilla. La capital de esta floreciente industria ilegal es la Alcúdia de Carlet (cuyo libro de quema y peaje –que sólo registra el comparativamente menos importante comercio legal– refleja una actividad comercial inesperadamente intensa para un centro secundario).[63]En la sola Alcudia hay, según un testigo, veintisiete o veintiocho tornos, doce o quince en Gandia, dos en Guadassuar y uno en Algemesí, que trabajan día y noche.[64]También hay tornos y telares en Altura, Segorbe y Xàtiva, que producen seda torcida y telas destinadas íntegramente al contrabando de Castilla. De modo tal que, si hemos de creer a los cálculos del mercader Hieroni Auny, de los cuatrocientos millares de libras que cada año produce de seda el reino, sólo se tejen sesenta mil libras, o aun menos, y el resto sale de él, pero de esa ingente exportación sólo pagan derechos anualmente unas ochenta o cien mil libras. Más de la mitad de la producción valenciana utiliza así la vía ilegal. Más importante que esta comprobación es advertir cómo la seda así exportada ilegalmente alimenta la competencia que encuentran las telas valencianas. De la Alcúdia parten convoyes de mulas, cargadas de seda, para la raya de Castilla. Al entrar en Castilla, los contrabandistas pagan derechos; su situación, irregular en Valencia, es allí del todo legal. La seda, libre de los pesados impuestos valencianos, se vende en Castilla más barata de lo que hubiera sido posible venderla en Valencia; los tejidos castellanos, por lo tanto, van también más baratos que los valencianos. Por lo cual los velluteros valencianos «se van a viure a dites ciutats de Toledo, Sevilla, Córdova y Granada». Y los portugueses y castellanos que, según testimonio de Miguel Barberá, vellutero,
dihuit ans ha no dexaven un palm de vellut en la present ciutat... y huy en dia per trobar-lo més a mà los compren los portugueses en Castella e los castellanos lo tenen en llur terra e si de la present ciutat no·l porte a vendre en Portugal o en Cevilla no·y ha qui·n compre.
Así ha caído la industria sedera valenciana. Sea o no por tales causas, no es dudoso que esa industria cuenta cada vez menos en la vida de la capital.
Decae la industria, decae el comercio. Decae también la ciudad. Pero el hecho es que tal decadencia no es ya tan evidente. La población, mientras tanto, sigue creciendo; el mantenerla apartada del hambre será la preocupación primera de los municipales valencianos. Preocupación costosa. La ciudad organiza cuidadosamente el almudín, el depósito del trigo, cuyo buen funcionamiento regula según muy minuciosas disposiciones. Prohibición a los panaderos que reciben grano del almudín de utilizarlo para otra cosa que no sea cocer pan; prohibición también de comprar grano fuera del almudín, a los trajineros que lo traen de Castilla, en el camino de Moixent o en el de Requena.[65]Para conservar el trigo, la ciudad construye en Burjassot enormes silos. Más difícil aún era llenarlos; entre las causas del desastre financiero del municipio valenciano, que repercutió en la ruina de la Taula (el viejo banco de depósitos de Valencia, de cuyos fondos la ciudad había tomado la costumbre de espigar abundantemente) entre esas causas no fue de las menores la necesidad de asegurar el pan para los habitantes de la capital. En 1609, para pan y carne, la ciudad de Valencia busca préstamos por un monto total de 150.000 libras valencianas, que debe contratar en Barcelona y en Italia. [66] Es la imagen clásica de la ciudad española de fines del siglo xvi, con una densa población que no sabe de qué vivir, imagen que el lector avisado cree reconocer apenas lee en una memoria señorial que hay en Valencia (una ciudad que andaría por los 75.000 habitantes) mil doscientos clérigos beneficiados sobre tierras de moriscos.[67] Y en efecto, la gran ola demográfica ha dejado sin duda, en Valencia como en otras partes, toda una humanidad sobrante, que se mantiene a duras penas al borde del hambre, en la cual las grandes pestes (como la gravísima de 1599-1600) hallarán sus más abundantes víctimas. Pero sería falso decir que la ciudad toda, perdida su preeminencia comercial e industrial, vive como puede de ayudas y subsidios. Concluida o –para quedarnos en lo menos inseguro– amenguada su importancia como emporio europeo, la capital se vuelve hacia su campaña, hacia el reino de Valencia. ¿De qué manera?
Hay que tomar en cuenta, en primer lugar, los censales. Estos préstamos hipotecarios se hacen cada vez más frecuentes a medida que avanza el siglo. Prestan los conventos, prestan los clérigos y los notarios, prestan los magistrados, prestan –aseguran en sus quejumbrosos escritos los defensores de los censalistas amenazados– prestan todas las viudas desvalidas, todos los huérfanos sin amparo, y en efecto parece que los censales debían ser el modo de inversión más atractivo para capitales pequeños, que buscaban a la vez un interés relativamente elevado y seguridad total. A principios del siglo xvii el interés que pagan los censales es
en la ciudad de Valencia a diez y seis dineros por libra (6,66 %), y en Xátiva y en otros lugares a diez y ocho (7,50 %) y a veinte (8,33 %); y en Orihuela, Alicante y en otras partes, tan insuportable y excessivo, que llega a veynte y tres, a veynte y quatro (10 %) dineros por libra.[68]
Pero no sólo esos ínfimos capitales, deseosos de evitar las tormentas del comercio, se refugian en esta inversión. También otros poseedores de dinero lo destinan a estos préstamos, que pueden rendir a menudo más alto interés y comportar riesgos más reales. Así los préstamos a señores, con garantía de las comunidades de los lugares en que tienen señorío, sobre los que se discutirá abundantemente con motivo de la expulsión de los moriscos, pero que se daban sin duda también en tierras de cristianos viejos. Ni los arruinados señores, ni las comunidades ya sobrecargadas eran una garantía excesivamente sólida; aquí era frecuente el cobro de un interés de dos sueldos por libra y aun más.[69]Y en tales censales participan también los comerciantes; de manera que un papel anónimo de tiempos de la expulsión, confundiendo un tanto el efecto con la causa, ve en los censales la fuente de que ha salido la ruina del comercio del reino:
todos quieren dar a censal y el çapatero y çurrador y otros, en tener ahorrados ciento o dozientos ducados los da a censal y lo mismo hazen los demás offiziales mercaderes y artistas y de aquí viene que grangean tan poco y dexan de hacer las mercancías, grangerías, y provissiones que se hazen en otras tierras.[70]
Pero a menudo tales préstamos no se encaminaban tan sólo a poner en seguridad un determinado capital; eran a la vez una forma de hacer más intenso el comercio; no es casual que los comerciantes que dirigen su actividad hacia una determinada zona sean a la vez fuertes acreedores censalistas en esa zona; el préstamo era compañero inseparable de las transacciones comerciales en esa Valencia del siglo xvi en que una mula se compraba en varias cuotas y con escritura ante notario,[71]en que el trigo para sembrar debían tomarlo prestado los campesinos del señor,[72]o bien tomar dinero en préstamo para comprarlo (así, en 1596, fray Nicolás del Río, secretario de la Inquisición, presta siete libras a Jaime Sorni, agricultor de Meliana, para sembrar, y 8 £ 10 s. a Martín Muntañana, labrador del mismo lugar, para lo mismo).[73]Los comerciantes, si quieren seguir siéndolo, deben, por la fuerza misma de las cosas, transformarse en censalistas. He aquí otro de los caminos por los cuales la capital conquista el reino; luego de la expulsión de los moriscos asombrará advertir hasta qué perdidas soledades del interior llegaba el crédito de los comerciantes valencianos.[74]Pero hay aún otro paso más importante y más decisivo: el arriendo de los derechos señoriales. Así, mientras el conde de Vilallonga habita su casa de Valencia, en la casa señorial de su lugar de Benimelic se ha instalado Antonio Mingot, de Alicante, que ha arrendado el lugar por cuatro años al precio de mil libras anuales, en 1604.[75]Hecho frecuentísimo: tales arrendamientos se hacen por remate en la taula de mercaderes de Valencia, lo que indica muy bien quiénes son los que pujan. Y en efecto, Pau Fondone, sastre y vecino de Valencia, arrienda de la condesa de Oliva el lugar de Nules, por cuatro años, al precio de 40.010 sueldos anuales; Margaritus Llobera, mercader vecino de Valencia arrienda en 1594 la Puebla de Arenoso a su señor, el duque de Villahermosa, por 390 libras anuales; Juan Pérez Pareja, mercader, vecino de Begís, arrienda en 1591 los lugares de Begís y Castell de Castells, por 40.500 reales castellanos al año; Hieroni Ausiàs, mercader de Valencia, arrienda en 1586 el marquesado de Guadalest por 31.010 sueldos anuales, y en 1590 el mismo marquesado es arrendado por Antoni Uguet, también mercader de Valencia, por 40.060 sueldos anuales. En 1598 Miguel Juan Ximeno, notario de Llucena, arrienda del conde de Aranda la tenencia de Alcalatén, que comprende la villa de Llucena y los lugares de l’Alcora, Useres y Xodos, por 4.500 libras anuales.[76] Tales arrendamientos no incluían todos los derechos señoriales, los concedidos variaban en cada caso; en general el señor se reservaba el derecho de imponer penas que no fuesen en defensa de los frutos, y aun para éstas fijaba un monto más allá del cual no podía infligirlas el arrendador. Pero no es casual que tales arriendos de algunos derechos señoriales sean llamados, en las mismas escrituras notariales, arriendos de lugares; en efecto, ante los vasallos el sastre valenciano o el notario de pueblo venían a ocupar el lugar del señor territorial.
Así el triunfo señorial, que a veces nos es presentado por una historiografía excesivamente dada a lo truculento como el aplastamiento de la incipiente burguesía urbana, se produce con menos estridencias de lo que se hubiese pensado: esa burguesía sabe adaptarse muy bien a las nuevas condiciones que han dado la victoria a la tierra y su cultivo; sabe, además, cómo puede participar en esa victoria. Sólo que, en efecto, si los burgueses logran a menudo salvar su peculio, es la función misma de la burguesía artesanal y comerciante la que sufre un eclipse, no desde luego total. Valencia, que a principios de siglo era centro de un activo comercio y una industria floreciente, al terminar el quinientos se nos aparece ante todo como la capital y el mercado de una zona agrícola excepcionalmente rica. Lo que le permite mantener su antiguo esplendor, no sin dificultades, sin embargo.
La adaptación es de por sí difícil. Lo es más porque debe realizarse en medio de dos procesos igualmente vertiginosos: un aumento en los precios y un aumento demográfico. El aumento de población, unido a la aparición entre los organizadores de la agricultura valenciana de una clase de mentalidad más moderna, como era la de los comerciantes de la capital, trae consigo cambios importantes en el campo valenciano. A la antigua organización señorial, que dejaba en manos de los labriegos trozos de tierra a cambio de parte de los frutos o de servicios en dinero fijados de una vez por todas, los señores y sus arrendadores sustituyen cuando lo pueden la explotación directa: para llevarla a cabo cuentan con un número creciente de jornaleros, asegurado a la vez por el crecimiento de la población del reino y por la inmigración (Valencia fue, desde que pasó a manos cristianas, tierra de inmigración; a principios del siglo xvii se calcula que hay en el reino 15.000 franceses, entre los que se contaban sin duda comerciantes y artesanos, pero también, y en gran número, pastores y jornaleros; basta hojear los procesos inquisitoriales para advertirlo. Y junto con los franceses había una inmigración navarro-aragonesa –de la que la francesa del Bearne venía a ser continuació– dedicada sobre todo a la ganadería, una catalana de comerciantes y artesanos, una mallorquina, que enviaba jornaleros hacia el sur del reino valenciano).[77]Ya en 1537, un estatuto regulaba el trabajo de los jornaleros en la huerta de Valencia; estaba destinado a impedir toda tentativa de mejoramiento de su situación por parte de los jornaleros; una de sus disposiciones ordenaba que ningún jornalero pudiese permanecer sin amo en la huerta por más de tres días, prohibía que los hosteleros y particulares los recibiesen por más de un día.[78]Años después, un papel inquisitorial nos mostrará a una dama de sangre ilustre disputando con un jornalero de sus tierras, cerca de Xàtiva.[79]Y la explotación directa es lo que prefieren los señores que plantan viñas: en Tous o en Vilamarchante, hacia el fin del siglo, luego de plantada la viña, el señor no pone en ella a un vasallo que le dé un censo o parte de los frutos; coloca a su frente a un estatger que cobra un salario fijo, parte en dinero, parte en especie (vino, aceite, pan).[80]Testimonio de la abundancia de hombres en ese último trecho del Quinientos. No menos revolucionario en sus efectos es el aumento constante en los precios. Si el tránsito del oro a la plata –en el período 1530-1350– sólo fue advertido por algunos espectadores singularmente sagaces, por lo menos en cuanto se vinculaba con el aumento de todos los costos, el pasaje de la plata al vellón, de la moneda de metal precioso a la de metal ínfimo, fue advertido con general preocupación. Sin duda Valencia había sufrido ya, como toda España, movimientos de precios importantísimos; ellos habían tenido lugar sin grandes transformaciones del sistema monetario. Junto con la moneda valenciana circulaban sin embargo muy abundantemente los reales castellanos de plata (con valor oscilante alrededor de los 10 sueldos). Pero a partir de 1578, y con mayor intensidad desde que Felipe III sube al trono, comienzan a emitirse menuts, dinerillos valencianos de vellón; la emisión prosigue con ritmo vertiginoso. A partir de 1607, para enjugar los déficits con la taula, la ciudad de Valencia es autorizada a emitir £ 100.000 de vellón, bajando su finura.[81]Cuando las consecuencias se hicieron evidentes, las autoridades se lanzaron a una despiadada persecución de los falsificadores, responsables únicos de la excesiva abundancia del vellón (ha notado Hamilton cómo cada época de emisión excesiva es a la vez época en que se persigue a los falsificadores). Y en efecto la. opinión popular aceptó muy fácilmente este punto de vista. Los culpables son extranjeros –opina el patriótico licenciado Aznar de Cardona, en Huesca–, son los gascones, y también los moriscos (y también, agregará luego, los catalanes).[82]Son todos ellos, nota Escolano, pero tomando «la carrera, de este excesivo mal... de más atrás», señala que algo influyeron en todo eso las cien mil libras de dinerillos emitidos en 1607. Ahora bien, el vellón era la moneda del pobre; su acuñación excesiva, con la consiguiente desvalorización, tendía a aumentar la distancia entre ricos y pobres, cuando ya el aumento de población actuaba en el mismo sentido. De modo que la situación del bajo pueblo valenciano se ha hecho extraordinariamente difícil; treinta años antes las cortes lo describían como situado al borde del hambre, ahora parece que ya la ha sufrido (características son las pestes); a medida que avanzamos en los años, en este período que fue el de la Valencia cristiano-morisca, más angustiosa se hace la situación; los valencianos pobres de 1609 son mucho más pobres, pobres hasta la desesperación, que los que noventa años antes asistieron con ánimo regocijado a la conversión de los musulmanes del reino. Convendría no olvidarlo, no olvidar estas crecientes amarguras, estas crecientes tensiones en una tierra sometida a una implacable presión demográfica; quizá sean justificativo: más valedero de la expulsión que la Razón de Estado, o la defensa de la fe verdadera.
EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN
No tenemos –claro está– datos completos acerca de la población valenciana en estos noventa años, y los que poseemos no son tampoco de una exactitud libre de toda duda. Lo que debe incitarnos a utilizarlos con cierta prudencia. Los que se emplean aquí provienen de tres cálculos de población, de muy distinto origen cada uno de ellos.
El primero en fecha se debe a Jerónimo Muñoz, catedrático de Matemáticas y Hebreo en la Universidad de Valencia, y puede fecharse entre 1565 y 1572, fechas de la asunción y dejación del mando del virrey al cual fue presentado. Fue hallado por Cavas en el Archivo de Osuna (Varios del Estado de Gandia), y el mismo estudioso lo publicó en su revista El Archivo de Dénia.[83]La exactitud de las evaluaciones de Muñoz puede medirse comparando sus datos con los parciales del Desarme de Moriscos de 1563, que da cifras de población de los lugares de moriscos.[84]La comparación da resultado bastante favorable.
La segunda de estas relaciones de población fue publicada por Boronat sobre una copia de Danvila, con la fecha equivocada de 1509. El mismo Boronat advirtió que esta datación era absurda (entre otras cosas, no había en 1509 cristianos nuevos, sino moros, y la estadística distingue entre casas de cristianos viejos y nuevos). Boronat la sitúa en el segundo tercio del siglo xvi. Pero me ha sido posible hallar en Simancas el original de la relación; la fecha de la copia de Danvila estaba equivocada en un siglo.[85]El recuento fue levantado por orden del virrey de Valencia, marqués de Caracena, pocos meses antes de la expulsión, juntamente con otras medidas de precaución, y para saber con qué fuerzas podían contar cristianos viejos y nuevos. Lo ejecutaron el maestro de campo D. Francisco de Miranda al sur del Júcar (la llamada entonces parte de poniente o de mediodía), y el capitán de caballos don Gaspar Vidal al norte del mismo río (parte de levante). El propósito nada académico del relevamiento puede inspirar cierta confianza en su exactitud; en su contra está el haber sido ejecutado con extrema rapidez y, por la fuerza de las cosas, por informaciones no rigurosamente controladas. Para, apreciarlas podemos, utilizar como punto de referencia parcial la «Memoria» acerca de las casas de nuevos convertidos, levantada con relación al servicio de sesenta mil libras que los moriscos ofrecieron al rey. Los resultados no son tranquilizadores; a veces hay bastante concordancia, otras la cifra de 1609 duplica la de 1602. Pero es que la memoria de 1602[86] no parece ella misma demasiado digna de confianza, las cifras parecen ser demasiado bajas, sea que hayan sido deliberadamente disminuidas (cada lugar participaba en el pago del donativo en proporción a su número de habitantes) sea que haya influido aquí caprichosamente un factor perturbador tan importante como la gran peste de 1599-1600. En todo caso, si comparamos las cifras de la Relación de 1609 con los datos dispersos que tenemos para el mismo año, los resultados serán más alentadores. Así, la Relación da para Elda y Petrer 700 casas, número que parece altísimo (y más sospechoso aún dado que se trata de una cifra redonda); es la misma cifra que da el obispo de Orihuela sobre la base de los libros de confesión.[87]
El tercer recuento es de 1646.[88]Fue compuesto por orden de la Generalidad de Valencia, con vistas a un nuevo impuesto de capitación. En cada lugar era levantada un acta, en que se registraba el nombre de cada jefe de casa y el número de éstas; el trabajo se hizo, sin duda ninguna, minuciosamente; las inexactitudes eran severamente reprimidas.
Ninguna de esas tres listas es completa. Se han tomado en cuenta, por lo tanto, tan sólo aquellos lugares cuya población figuraba en las tres. Eso nos lleva a considerar una masa de población que es aproximadamente la mitad del total del reino; pero, mitad seleccionada para nosotros por una serie de azares en la que no podría hallarse nada de sistemático, puede considerarse suficientemente representativa de la totalidad de la población valenciana. Aquí se tomará tan sólo en consideración la evolución registrada comparando los datos de 1565-1572 y de 1609, tal como ha sido representada en el mapa I (en el Apéndice se indica de qué modo se han elaborado los datos de ambos recuentos para llegar a trazar el mapa; baste aquí señalar que ese mapa no registra aumentos o disminuciones absolutos –en ese caso, dada la tendencia general del período, hubiera sido preciso poner signos positivos en todas partes– sino relativos, registra la fracción de la población total valenciana que habita en cada lugar, y si esa fracción aumenta o disminuye en el período reflejado).[89]
Porque la población ha aumentado considerablemente en esos años; para la totalidad de los lugares considerados el número de casas pasa de 35.447 a 56.886, con un crecimiento del 60,48 %. De casas, claro está. Aquí se ha preferido, puesto que no era estrictamente necesario, no intentar la conversión de casas a individuos; se evita así la elección, tan azarosa, de un índice de conversión. En todo caso, ese índice debiera ser, parece, cercano a cinco. Era ése el estimado en la época como aproximadamente exacto;[90]allí donde tenemos datos advertimos que esa apreciación se acercaba bastante a la realidad;[91]sin embargo los estudiosos españoles de demografía suelen hoy preferir índices más elevados, tomando en cuenta la presencia en España de numerosos conventos que figuran en los recuentos como una sola casa.[92]
MAPA I
Evolución de la población valenciana (1565-72 a 1609)

Lo primero que se advierte, comparando la distribución de la población valenciana en el siglo xvi y la actual, es que la población se repartía entonces mucho más uniformemente, en todo el territorio del reino; no había la actual concentración exclusiva en las zonas de huerta, lo que no implica negar que ya entonces éstas tenían población más densa que el secano. Es lo que se ve muy bien comparando los datos de 1609 con los del censo de 1942: los centros del secano que al comenzar el siglo xvii tenían población equivalente a los de regadío han quedado ya definitivamente distanciados. Reflejo en la demografía de esa progresiva diferenciación de la vida agrícola valenciana, que se ha señalado en el capítulo anterior.
Y como era de esperarse, no serán los lugares de huerta los que crezcan más. Ni tampoco, sin más, los del secano. Decrece, en primer lugar, toda la montaña boscosa; desde el Maestrazgo hasta Alpuente, los pueblos de la raya de Aragón tienen todos ellos crecimientos negativos (negativos, como se ha indicado, en valor relativo). Decrecen los centros importantes del interior del reino; todos, excepto Segorbe: Morvedre, Llíria, Alzira, Sueca, Cullera, Xàtiva, Gandia, Alcoi, Cocentaina, Orihuela... Aun Alicante, el nuevo gran puerto valenciano, es dejado atrás en su crecimiento por el crecimiento medio del reino. Las huertas tienen variado comportamiento. En torno de Valencia el crecimiento se mantiene a duras penas al nivel del general del reino (Rocafort, el Puig, Albalat dels Sorrells lo exceden levemente, Puçol, Massamagrell, Manises, Quart, Alaquàs quedan netamente por debajo de él). Alrededor de Xàtiva el rezago es más evidente: Genovés, Canals, Sellent decrecen, contra otros aumentos menores. Aun más evidente el mismo proceso en la Ribera Alta. En cambio la huerta del azúcar, Gandia-Oliva, aumenta por encima del crecimiento general; no hay un solo lugar en ella –excepto la capital– que no haya seguido el mismo curso. Otra huerta que crece: en el extremo sur la de Orihuela.
Pero tales crecimientos y disminuciones, que vienen a la postre a compensarse, no guardan comparación con el aumento en ciertas zonas privilegiadas del secanos Así todo el valle de Cofrentes y el alto Júcar; así, todavía, toda la montaña del sur; aquí, mientras los centros de cierta importancia son distanciados por el aumento general, los lugarejos diminutos han crecido casi todos ellos en estos cuarenta años. En otras partes no sería tan fácil dar una regla general, En todo caso, es evidente que en ese aumento de población ni las huertas ni los centros más importantes se sitúan en la vanguardia.
¿Tiene esto algo de sorprendente? Parece ser más bien el reflejo, en la evolución demográfica, de esa vuelta a la tierra,[93]de ese triunfo de la agricultura sobre el comercio o la industria que parecía caracterizar a todo este período de historia valenciana. Triunfo también del cereal y de la viña, de los frutos que se consumen en un breve radio sobre los destinados a un mercado más vasto; que no es sino otro aspecto de lo anterior.
Sin duda para entender, bien o mal, la evolución demográfica valenciana no ha sido necesario tomar en cuenta otras consideraciones que la paralela evolución económica. Pero para un observador que, en el siglo xvi, advirtiese lo que estaba pasando ante sus ojos en el reino, todo lo que se ha dicho no sería demasiado importante. Quizá notaría más bien esto: que de las zonas de cristianos viejos y las de moriscos son estas últimas las que más crecen. Que, por ejemplo, en torno de Cocentaina, cristiana y estancada, las aldeas moriscas aumentan vertiginosamente su población. Y observaría algo sustancialmente exacto: la coyuntura favorece el crecimiento de la Valencia morisca, acerca su triunfo, si es que ese crecimiento irrefrenado, que venía a hacer aun más irrevocable la servidumbre morisca, podía llamarse triunfo.
LA POBLACIÓN MORISCA VALENCIANA
Los moriscos predominaban, en efecto, en esas zonas que a lo largo de la segunda mitad del siglo xvi han acrecido más su población. No podrían, sin embargo, identificarse con los pobladores de esas zonas: la distribución de cristianos viejos y nuevos –tal como la refleja el mapa II, ejecutado sobre datos de 1609– era en extremo compleja, resultante de un proceso histórico también complejo, y no podría entenderse según tan sencillas categorías como las de tierras buenas y tierras malas. En Valencia hubiera sido impensable un conflicto como el que, en el vecino Aragón, opuso moriscos a montañeses, los labriegos cristianos nuevos del valle del Ebro a los pastores cristianos viejos que, todos los años, bajaban con sus majadas desde los valles pirenaicos.[94]En primer lugar la geografía vedaba oposiciones tan claras. Se ha visto ya cómo en todo el reino la contraposición fundamental giraba en torno del regadío y el secano; se ha visto también cómo las colinas transversales al norte del Júcar, las arremolinadas prolongaciones del Sistema Bético al sur de ese río, creaban una multitud de valles, escenario cada uno de ellos de un drama en que los mismos elementos geográficos –regadío y secano–, los mismos elementos humanos –moriscos y cristianos viejos– podían implantarse en forma distinta. La geografía abría así amplias posibilidades de variaciones. Pero la que creó e impuso esas variaciones fue la historia: en el mapa de distribución de cristianos viejos y moriscos podemos rastrear la huella de toda la historia de la Reconquista valenciana.
MAPA II
Población valenciana en 1609

Una historia muy complicada. Antes del gran avance de 1238, que iba a crear un reino cristiano en Valencia, hubo ya un lento desplazamiento de la frontera cristiano-islámica hacía el sur. Este avance va acompañado de una fuerte emigración cristiana, que formará en todo el norte del reino una zona homogéneamente cristiana, aunque de doble origen, catalán y aragonés. El Maestrazgo y en general la zona montañosa interior será aragonesa por la lengua y por la ley; la costa, con sus grandes huertas, es dominada por Cataluña.[95]Pero esta división no es tan precisa; hallamos ya aquí uno de los rasgos típicos de esta tierra de colonización que es Valencia: las complicadas fronteras lingüísticas en el interior del reino. Aquí se trata de aragonés y catalán, más al sur serán los hablantes castellanos quienes formen cuñas e islas en la masa de población de lengua valenciana; otro rastro en la Valencia actual del complejo pasado valenciano.
Sin duda los colonos que emigraron hacia Morella y el Maestrazgo de Montesa no hallaron una población musulmana densa: no hay casi nombres árabes en la zona, por otra parte el puerco, una de las mayores riquezas potenciales de esta tierra de encinares, no podía prosperar en país musulmán. Si es que valen estas analogías, es ésta la conclusión a que llega Jean Sermet para un proceso análogo aunque posterior (la colonización por cristianos de la montaña granadina luego de 1571): por varias razones los cristianos estaban en mejores condiciones para prosperar en la media y alta montaña.[96]Pero si en la zona montañosa la población musulmana desalojada no fue quizá muy numerosa, en la costa norteña hubo, sin duda, macizas sustituciones: tampoco aquí queda rastro alguno de población musulmana.
Rastros que hallamos por primera vez en la sierra del Espadán, al norte de Segorbe. Toda la sierra forma una franja morisca entre los valles del Mijares y del Palancia, en que predominan los cristianos viejos. Situación ésta de los moriscos del Espadán que es característica por más de una razón.
En primer lugar se trata de aldeas de población homogénea. En Valencia no hallaremos sino ocasionalmente lo que predomina en Castilla: los moriscos que viven en aldeas cristianas, confundidos con la población, como el Ricote amigo de Sancho.[97]Aquí hay comunidades moriscas, aldeas enteramente pobladas por cristianos nuevos, que generalmente no están tampoco aisladas, que forman islas grandes o pequeñas, macizas zonas moriscas en medio de las colonizadas por cristianos luego de la Reconquista. Y aun allí donde cristianos viejos y moriscos comparten un mismo poblado, existe para unos y otros una organización comunal separada: la comuna cristiana, la aljama morisca. Así en Xàtiva, hasta 1609 –y aun más tarde, porque tales organizaciones son duras de morir, y los cristianos viejos que repoblaron la morería de Xàtiva siguieron por un decenio más teniendo una aljama propia, separada de la comuna–[98]hasta 1609 los panaderos moriscos no participan del régimen de la «cámara frumentaria» instituida por Xàtiva para que no faltase pan a sus habitantes; los moriscos deben buscarse el grano como puedan. Lo que no ha de haberlos afligido demasiado; la actuación salvadora de la cámara frumentaria se traducía aquí, ante todo, en un encarecimiento del precio del grano, de modo que también los cristianos viejos iban a comprar su pan a la morería,[99]donde lo encontraban más barato. En todo caso es éste tan sólo un aspecto de la general separación de cristianos viejos y moriscos, que caracteriza la vida valenciana. Hay sin duda moriscos «sueltos» –como se decía ya entonces con giro que nos resulta extrañamente familiar– los hay, por ejemplo, en Orihuela. Pero son grupos muy poco numerosos, de inmigración reciente, sin prestigio ni peso social.[100]Los moriscos viven incluidos en sus aljamas, y los contactos entre cristianos viejos y nuevos se dan casi exclusivamente en los centros importantes. Pueblos más pequeños de población mezclada casi no existen: Borriol sería uno de los muy escasos. No significa esto que no hubiese cristianos viejos en los pueblos moriscos: ante todo los párrocos, si los había, a menudo los funcionarios reales o señoriales, a veces, en el otro extremo de la escala, pastores o jornaleros... Ni tampoco faltaban moriscos en las aldeas cristianas: peones de granja, trajineros de paso. De toda esa población fluctuante no quedan apenas rastros en el cómputo por casas, y hay desde luego que lamentarlo. Pero a la vez esta ausencia de rastros sirve para hacernos ver más nítidamente cómo esos contactos entre cristianos viejos y moriscos, si eran sin duda frecuentes y reiterados, eran también fugaces, no corroían la solidez de las estructuras en que se incluían, rigurosamente separados, cristianos viejos y nuevos.
Otro hecho notable: la disposición de las aldeas moriscas entre centros mayores en los que no puede faltar la población cristiana vieja: Segorbe al sur, Onda al norte. Onda era el mercado de un gran sector de la Sierra de Espadán, Segorbe era el centro de un «estado» señorial, el ducado de Segorbe, diminuta capital desde la cual se ejercía buena parte de la administración de numerosas aldeas de la Sierra. Disposición que hemos de ver repetida a menudo: así en torno de Llíria, cristiana vieja, Benissanó y Benaguasil, moriscas, o, en más pequeñas proporciones, alrededor de Lombay sus satélites moriscos: Catadau, Alfarb, Alèdua. Disposición que anticipa muy bien cuál puede ser la posición respectiva de cristianos viejos y moriscos en la vida valenciana: en los centros en que se ejerce una función administrativa, política, o comercial en sus formas más complejas, hemos de encontrar siempre cristianos viejos.
Finalmente, por una tercera razón es típica la distribución de los moriscos sobre la Sierra de Espadán: los hallaremos siempre, como aquí, dueños de las colinas herbosas dedicadas predominantemente a un pastoreo local.
Al sur del Espadán la montaña boscosa sigue hallándose enteramente en manos de cristianos viejos; el secano se divide entre aldeas cristianas viejas y moriscas; en las huertas predominan los moriscos en las aldeas en torno a Morvedre (pero casi toda la huerta está comprendida en el término de la propia Morvedre, que es íntegramente cristiana vieja); en Castellón, en Valencia faltan casi por completo en la huerta (en la de Valencia quedan tan sólo en Mislata, en una morería muy poco poblada). En cambio, en el borde mismo de la huerta valenciana hay ya morerías en los «pueblos castillos», construidos sobre la ceja calcárea en que comienza el secano: Alaquàs, Torrent...
Al sur del Júcar hallamos una tierra enteramente colonial, las escasas aldeas de cristianos viejos están aquí diseminadas entre las mucho más numerosas aldeas moriscas. Los cristianos se apeñuscan sobre todo en las ciudades, «capitales cristianas de un territorio morisco» según la expresión feliz que Boronat utiliza para su nativa Penàguila. Juntamente con Penàguila son Gandia, Oliva, Xàtiva, Cocentaina. Situación que alcanza su caso límite en la Montaña, en las extensas alturas de la sierra de Bernia, vasta zona que los moriscos habitan solos (en las pendientes de la sierra que se acercan al mar hay en los lugares importantes fortalezas, así en Relleu, lugar del conde de Anna, hay 200 casas de moriscos y un castillo en que habitan quince familias de cristianos viejos).[101]Es la Montaña con el Espadán la tierra morisca por excelencia, la que en los momentos de tensión atemoriza a los cristianos viejos, que no la tienen sólidamente en sus manos la tierra morisca por excelencia, la que en los momentos de tensión atemoriza a los cristianos viejos, que no la tienen sólidamente en sus manos.
Traspuestas las modestas cimas de Bernia se extiende un paisaje humano del todo distinto. En esta tierra a medias castellana, disputada largamente entre las dos Coronas, hemos de hallar un tipo de aglomeración análogo al de Castilla la Nueva y la Mancha: el poblachón rural, de población comparable y a veces superior a la de las menudas ciudades de la región anterior. Pero su estructura es del todo diversa, ya no hay aquí, en torno de ese núcleo, aldeas y caseríos satélites, que hallen en él su capital y su mercado. Lo impide en parte la distribución del agua, en una zona que fuera de los cursos de agua y algunos grandes oasis es del todo estéril; es la tierra del esparto. Aquí hallaremos aldeas cristianas y moriscas, las unas al lado de las otras, y será imposible establecer, como se ha hecho antes, jerarquía alguna entre ellas.
De otra zona –si así puede llamarse– están excluidos los moriscos, y ha de verse en ello el resultado de una política conscientemente llevada adelante: la costa mediterránea. No que no haya bastantes aldeas moriscas al borde del mar; así ante todo en la huerta de Gandia-Oliva. Pero esas aldeas no tienen una verdadera vida marítima, en parte porque no se encuentran en lugares costeros adecuados para ello, en parte porque el clarividente temor de los cristianos viejos se ha encargado de impedirlo.
He aquí, pues, a los cristianos nuevos valencianos distribuidos por todo el reino, pero en forma desigual: señores de las colinas de pastizales secos y arbustos espinosos, excluidos de la costa –y de la capital– en minoría en los grandes centros y en las huertas litorales al norte del Júcar, repartidos en el interior entre cristianos viejos, por huertas y secanos. Esa distribución tan irregular hace imposible fijar un tipo único de vida morisca, un modo de vivir que caracterice a los cristianos nuevos, como en Aragón –al menos en parte– la agricultura opuesta al pastoreo. Y, sin embargo, si escuchamos a los contemporáneos de la Valencia morisca, sabremos que ellos encontraron, aparte de la comunidad religiosa y cultural, ciertos rasgos comunes a los moriscos valencianos, rasgos recogidos a la vez por quienes querían vilipendiarlos y los que intentaban su nada desinteresada defensa.
Dos casas de moriscos pueden mantenerse con lo que se necesita para que subsista una casa de cristianos viejos. Los moriscos tienen la rara virtud de vivir casi sin comer.
Comían cosas viles –dice el maligno y bien informado licenciado Aznar de Cardona, acerca de los cristianos nuevos aragoneses–[102] (que hasta en esto han padecido en esta vida por juyzio del cielo) como son fresas de las diversas harinas de legumbres, lentejas, panizo, habas, mijo, y pan de lo mismo. Con este pan, los que podían, juntavan pasas, higos, miel, arrope, leche y frutas a su tiempo, como son melones, aunque fuessen verdes y no mayores que el puño, pepinos, duraznos, y otras cualesquiera, por mal sazonadas que estuviessen, solo fuesse fruta, tras la qual habían los ayres y no dexavan barda de huerto a vida: y como se mantenían todo el año de diversidad de frutas, verdes y secas, guardadas hasta casi podridas, y de pan y de agua sola... por esso gastavan poco.
En Valencia la dieta morisca es aún más sencilla: pasas, higos y miel.[103]Junto con esto, tampoco gastaban demasiado en vestido. Eran, sigue diciendo Aznar,
ridículos en su trage, yendo vestidos por la mayor parte, con gregüesquillos ligeros de lienço, o de otra cosa valadí al modo de marineros, y con ropillas de poco valor, y mal compuesto adrede, y las mugeres de la misma suerte, con un corpezito de color, y una saya sola, de forraje amarillo, verde o azul, andando en todos tiempos ligeras, y desembaraçadas, con poca ropa casi en camissa, pero muy peinadas las jóvenes, lavadas y limpias.[104]
Formas todas de vida de una sencillez que bordeaba la barbarie:
Eran brutos en sus comidas, comiendo siempre en tierra (como quienes eran), sin mesa, sin otro aparejo que oliesse a personas, durmiendo de la misma manera, en el suelo en transportines, almadravas que ellos dizían, en los escaños de sus cozinas, o aposentillos cerca de ellas: para estar más promptos a sus torpezas y a se levantar a çahorar y refocilarse todas las horas que despertavan.
Vida, por añadidura, sin horizontes, «agena a todo trato urbano, cortés y político». Vida cuyas limitaciones se compensaban en distracciones igualmente «bestiales», quizá tan sólo rústicas, aquéllas en que «con descompuesto bullizio y griteria, suelen ir los moços villanos vozinglando por las calles». Gustan de los altercados a gritos, inclinación que según el admirable Aznar les viene en línea derecha de «su pleytista Mahoma». Pero sobre todo son dados a la lujuria, «llevándolo todo tan a rienda suelta, y tan sin miramiento a la ley natural y divina, que no havía remedio con ellos»; han corrompido a más de un cristiano viejo, que pecaba alegremente con moriscas:
nacieron muchos males y perseverancias largas de pecados en christianos viejos, y muchos dolores de cabeça y pesadumbres para sus mugeres, por ver a sus maridos, o hermanos o deudos, ciegamente amigados con moriscas desalmadas que lo tenían por lícito, y assí no las inquietaba el gusano de la conciencia gruñidora.
Aparte estas pesadumbres, la lujuria morisca era cosa casi sagrada, garantía de la rápida multiplicación de la casta, hasta sumergir de nuevo, por su solo número, a la España cristiana.
Su intento era crecer y multiplicarse en número como las malas yervas, y verdaderamente, que se avían dado tan buena maña en España que ya no cabían en sus barrios y lugares, antes ocupaban lo restante y lo contaminavan todo, deseosos de ver cumplido un romance suyo que les oy a cantar en que pedían su multiplicación a Mahoma, que les diesse
Tanto del moro y morica
Como mimbres en mimbrera
Y juncos en la junquera.
Como no les importaba la cuantía de la dote, todos se casaban, no como los dignos cristianos viejos, «que si un padre de familia tiene cinco, o seys hijos, con cassar dellos el primero, o la mayor dellas, se contentan, procurando que los otros sean clérigos, o monjas, o frayles, o soldados, o tomen estado de beatas y continentes». Y así el número de moriscos crecía amenazadoramente.
Si se han reproducido tan largamente estas descripciones de Aznar no es tan sólo por el placer de repasar una vez más la prosa admirable del arbitrario licenciado de Huesca. Aznar no era, acaso, demasiado perspicaz en sus explicaciones, era, en cambio, un excelente observador de hechos exteriores, un escritor de vivísimo temperamento, que lograba a menudo evadirse de los carriles en que se movía su inteligencia estrecha. Lo que traza aquí sin quererlo, es la imagen colorida de la vida de un grupo de campesinos pobres, que sufren de las escaseces y pueden permitirse el desenfado que trae consigo la miseria. Su poco comer, sus baratas alegrías, su ninguna preocupación por mantener las apariencias de un nivel social que no sea el más bajo, todo eso apunta en una sola dirección: la extrema pobreza morisca. Y Aznar da también la causa de esa pobreza: «gastavan poco, assí en el comer como en el vestir, aunque tenían harto que pagar, de tributos, a los señores».
Verdad aragonesa, ésta de Aznar. ¿Verdad también para Valencia? Por lo menos no sería imposible amontonar testimonios valencianos que digan sustancialmente lo mismo; hemos de encontrarlos a menudo en el curso de nuestro camino. «Los moriscos son esclavos, más que esclavos de sus señores».[105]
En todo caso esa esclavitud a veces no era demasiado rendidora para el señor; algunos de los barones valencianos supieron, luego de la expulsión, obtener de sus tierras más rentas que cuando las poblaban moriscos.[106]
Sin embargo, las diferencias entre campesinos cristianos viejos y campesinos moriscos estaba lejos de ser imaginaria. En primer lugar, y primera diferencia, mientras los cristianos de Valencia habitan en número casi igual tierras de señorío y tierras del rey, los moriscos habitan casi todos en tierras de señores (en 1565 sólo unos centenares de casas sobre más de 20.000 son de realengo). Diferencia que viene de las modalidades de la Reconquista: el rey otorgaba a los señores que lo acompañaban tierras ya pobladas, capaces de dar inmediatamente rentas, sin nuevos gastos para poner en marcha su explotación. Ahora bien, el destino de los campesinos de señorío era más duro que el de los que vivían en realengo; la prohibición a los moriscos de cambiar de señores venía a contrarrestar una corriente muy real –aunque nos sea difícil medir su intensidad– que iba de las tierras señoriales a las realengas.
Pero aun entre moriscos y cristianos viejos de las tierras señoriales las diferencias subsisten, y su origen ha de buscarse también en la Reconquista. Las fundaciones cristianas exigían atraer de distancias considerables (en este caso el Pirineo catalán, el sur de Francia) inmigrantes dispuestos a emprender esta aventura: por lo tanto implicaba el ofrecimiento de condiciones tentadoras. En cuanto a los moros, parecía ya generosidad suficiente dejarlos en la situación en que se hallaban antes de la conquista. Persiste así para los moros el imperio de la «çara e çuna de sarracenos», prueba sin duda, como se ha señalado, de la tolerancia cristiana,[107]quizá indispensable en un país en que a la conquista sólo podía seguir muy lentamente la construcción de una acabada sociedad cristiana, que fuese del todo autosuficiente. Prueba también de la presencia en los conquistadores aragoneses de esa virtud tan útil para los conquistadores y colonizadores de todos los tiempos: la de saber utilizar en provecho propio la estructura social y jurídica de los vencidos. Porque junto con el imperio de la sunna subsistió el del régimen de la tierra que había regido en la Valencia musulmana, que aseguraba al señor muy diversas fuentes de ingresos.
Pero esta situación no se mantuvo invariable a través de los siglos. En tierras de cristianos viejos como de moriscos, la entrada principal de los señores provenía de lo que pagaban sus vasallos por la tierra: un canon fijo o una parte de los frutos. Y se estableció así, con el correr del tiempo, una nueva línea de separación, entre los señores que recibían un tributo en frutos, y los que recibían una suma fija de dinero. Una línea de separación que no coincidía de ningún modo con la que dividía a cristianos viejos y moriscos, que –al revés– la cruzaba arbitrariamente en más de un punto. Y, a medida que crecía la desvalorización monetaria, la diferencia de posición entre unos señores y otros –entre los que cobraban en frutos cuyo precio aumentaba tanto o más velozmente que el nivel general, y los que cobraban un canon fijo, de hecho cada vez más insignificante– se hacía más honda. Los que habían preferido el cobro en dinero –sin duda menos engorroso– cometieron un error ya irreparable, hasta que la expulsión les dio oportunidad de enmendarlo. Así lo hizo el señor de Toga, para quien la expulsión fue negocio tan bueno. El marqués de Guadalest también hubiera ganado mucho; no pudo encontrar quién quisiese reemplazar a los moriscos en el cultivo de sus peñascales. De modo que esta nueva diferencia que viene a agregarse a las anteriores no las anula: sigue siendo verdad que sólo los moriscos están dispuestos a vivir sobre determinadas tierras, sólo ellos hacen económicamente viable la explotación de las zonas menos ricas.
Y los señores arruinados por la desvalorización de la moneda no contemplan su propia ruina sin hacer lo que pueden por paliarla. Para ello se apoyan en los derechos muy numerosos y en general poco rendidores que existen al lado de los frutos: derechos de justicia, composiciones, corvées, aguinaldos; sobre todo eso se arrojan con acrecida veracidad. Y aquí también les es más fácil hacerlo con los moriscos que con los cristianos viejos. En primer lugar los favorecen las condiciones otorgadas a los moriscos: para ellos hay más días de trabajos en las tierras del señor, sin paga o contra una paga muy baja y fijada de una vez por todas. Así en Carlet, en 1520, a más de las obligaciones comunes a cristianos viejos y nuevos caen sobre los moriscos diezmo y primicia sobre las bestias, y –en tanto que sobre las tierras los cristianos viejos sólo pagan diezmo, primicia y censo– un tributo adicional sobre los frutos, y sobre cada heredad alfarda (8 s. 9 d.) y alcaydía (una barchilla de panizo); tienen por añadidura obligaciones muy variadas: de correo toda vez que sea necesario, hasta cinco leguas en torno de Carlet; de dar carbón o leña, cada vez que el señor la necesite; de cavar viñas, a dos dineros por día, cada vez que el señor lo indique; vender al señor cabritos, gallinas, huevos a precios fijados en la carta y desde luego muy inferiores a los de mercado, pero no para que el señor los venda a su vez, sino para su uso y para agasajo de sus amigos u otros destinos «honestos y razonables». Y los «obrers de vila y fusters» deben hacer lo que sea preciso para la casa señorial, cobrando un jornal de 2 sueldos. Y rastrillar el lino del señor a razón de 2 sueldos por arroba, y tejer el lino del señor a 1 dinero por palmo, a lo que estarán obligadas las moriscas solteras y no las casadas, y tejer estopa a razón de 2 dineros «la alna», y «toyalies de 6 palms de ample, a rahó de 9 d. alna». Y cada casa deberá tejer gratis una libra de lino o dos de estopa por año, y pagar la capitación musulmana («en vocable morisch a nom afatara, y en cristianesch cabesatge»). Y pagar un tercio del acarreo de la piedra del molino. Y los aguinaldos. Había en todo esto un excelente punto de partida para reemplazar los censos reducidos a un valor ínfimo. Y con los derechos inscritos en las cartas pueblas habría que tomar en cuenta los establecidos por el uso. Así, todavía en 1595, el obispo de Orihuela se queja de los tributos que deben pagar sus feligreses moriscos, tributos basados en tradiciones islámicas de este motivo se perpetúa el recuerdo de la antigua fe. Pero no son esos los temores que detendrán a los señores: sin preocuparse del alma de sus vasallos, siguen ellos cobrando todos esos derechos (en el ducado de Segorbe, en 1580, sesenta años después de la conversión de los moros, el duque sigue exigiendo el derecho de mezquita).[108]Y habría que tomar en cuenta, por añadidura, los frutos ganados por la voracidad señorial sin que le asistiese ni derecho ni tradición; luego de su conversión, que ha hecho de los moros cristianos de nombre perpetuamente en deuda con su nueva fe, los señores tienen nuevos y muy eficaces medios de presión. No es preciso creer al pie de la letra que luego de 1520 los servicios que exigían los señores cuadruplicaron (antes pagaban –se nos dice– los moros un dieciseisavo de la pasa, desde que son cristianos pagan un cuarto).[109]Sobre todo no habría que imaginar que en ese empeoramiento de la situación morisca todo se debe a la conversión; tiene también su lugar el aumento de población, la ya vista tendencia a la explotación directa, la menor necesidad por parte del señor de cuidar de sus vasallos (siempre encontrará quien ocupe su sitio). Pero no hay duda que todo eso se hace más intenso tratándose de moriscos; después de la expulsión resultaba imposible repoblar la morería de Xàtiva: el baile se obstinaba en tratar a los repobladores en el brusco estilo que había usado con los moriscos.[110]Testimonio menudo, sin duda; quizá no sea, sin embargo, inútil iluminar con él lo que se nos dice –con excelente base documental– acerca de las libertades y franquicias de los moriscos. Para la Audiencia de Valencia, en 1610, las zofras, las prestaciones de servicios personales, «eran propias de moros que eran como esclavos scripticios, y al tiempo en que se bautiçaron lo hicieron con tal fuero y conversión».[111]Sería aquí inútil polemizar postumamente, en el plano jurídico, con la audiencia valenciana, discutir si los moriscos eran efectivamente siervos de la gleba, si los cristianos viejos eran en cambio campesinos libres, si tales divisiones erán válidas en todos los casos y en todas las circunstancias. Con ello no se quitaría nada al valor de este testimonio: fuesen o no los moriscos siervos de la gleba, es ya significativo que hombres conocedores del derecho y de la situación de los cristianos nuevos valencianos los hayan tenido por tales.
Ni bastaría hacer observar que a veces no recaen sobre los moriscos derechos más pesados que sobre cristianos viejos: ocurre que tratándose de moriscos los mismos derechos rinden más. En 1576 en el ducado de Segorbe colocado bajo secresto, la Vall d’Uixó, morisca, paga 3.522 sueldos de composiciones; la ciudad de Segorbe, con una población triple, paga tan sólo 1.215 sueldos 4 dineros. Y aún aquí es la reducida población morisca la que se lleva casi todo el peso del castigo. Porque los moriscos tienen una invencible tendencia a las riñas sangrientas. Así se nos dice, y en efecto la mayor parte de las composiciones y penas tienen origen en una riña.[112]Pero cuando el gobernador de la Vall de Guadalest ha logrado salvar a sus administrados, moriscos, del peligro de una campaña de predicaciones, les exige a cambio de este servicio 1.800 ducados de «composición». La composición es, evidentemente, el modo de contabilizar sin escándalo el botín de la arbitrariedad. Pero no es probable que todo él lo vayamos a encontrar inscrito en ese rubro de los libros señoriales; ese mismo gobernador de la Vall de Guadalest que «tiene ya un pie en el infierno y pondrá el otro a trueque de ver rico a su señor», une sin duda a esa curiosa forma de fidelidad una preocupación igualmente intensa por su propia prosperidad. Debemos en efecto contar con una administración señorial muy corrompida en su base; los funcionarios que se avenían a vivir en las apartadas tierras moriscas no tenían –y por muy buenos motivos– posibilidad de hallar lugares mejores, al mismo tiempo querían hallar compensación rápida para las muy escasas satisfacciones que el vivir entre moriscos les deparaba. Esto no viene a aclarar en demasía nuestro problema; nos aleja, más bien, de una respuesta en cifras sobre el peso del régimen señorial en las comunidades moriscas. Pero no por eso sería legítimo olvidarlo.
Los moriscos son, en todas partes, más pobres que los cristianos viejos. También allí donde la tierra es más rica. La más rica de las tierras valencianas es también una tierra morisca: la huerta de Gandia, la cuenca del azúcar, la tierra más cara de España, la que rinde más fruto también, según Viciana:
Estos campos llanos de Candia (Viciana llama Candia a Gandia, para luego aplicar la etimología tradicional a partir de Candia de Creta) fueron y son nombrados la Conca de la Çafor... E porque a mi juyzio no he hallado en las Españas campo en que la cosecha de fructos yguale en la conca de la Çafor, porque medí una legua de tierra que hay de Candia a Oliva en la cual halle tres mil trezientas tres braçadas de camino y tomando otras tantas por el través halle que en esta legua según verdadera información y visura de los libros de las contadorias de los señores de los estados e de todos los lugares que recaen en esta conca, e por relación de los desmeros e cogedores de los frutos de ellas que monta e vale la cogida en prospera añada de esta sola legua hasta ciento y ochenta mil ducados para los labradores de las huertas y señores de las tierras. Esto es verdad sin contradicción o no se debe el lector maravillar considerando que en una cahizada de tierra que es lo que puede harar un par de bestias en un día, y en aquel campo se planta la caña dulce da un fruto que renta dozientos treinta ducados en un año.[113]
Pero el mismo fabuloso rendimiento del azúcar obliga a un cultivo estrictamente especializado: sería derroche absurdo emplear la tierra gandiana en otros sembrados. Así, toda la huerta produce para los trapiches del duque de Gandia. ¿En qué condiciones? Para responder con mayor precisión sería preciso disponer de datos de los qué hoy carecemos, que no ha de ser sin duda imposible hallar en el archivo de Osuna. Pero puede servir, por lo menos como término comparativo, la carta puebla otorgada en 1611 a los repobladores de Daimús, al lado de Gandia. Sería sin duda preciso tomar en cuenta aquí los trastornos muy reales de la expulsión, que por desdicha no podemos medir muy bien. Pero en todo caso la situación de los labradores moriscos no podía ser más blanda que la de los repobladores, y la de éstos no era muy favorable. Se les fijaba en primer lugar[114] un mínimo de tierra que debían cultivar forzosamente con caña: un quinto de su heredad, cuatro fanegadas. Del producto de ese terreno, tres docenas de cañas se destinaban al señor. El resto era llevado a moler por cuenta del poblador; se deducía el diezmo y la primicia, y lo que quedaba se repartía por mitades: la mitad iba al señor. Hay que tener en cuenta, además, que el azúcar sólo en mínima parte era consumido en Gandia; era destinado a un gran comercio en el cual no podían participar directamente los labradores moriscos; era por lo tanto lo mejor para ellos vender su parte al señor. Lo mejor para ellos y lo mejor también, desde luego, para el señor, comprador privilegiado. Así, todavía en 1610, en Vilallonga, al separarse los frutos de la «canyamel»,[115]previa justipreciación por parte del rector en representación de la señoría, y de un representante de los plantadores, el señor se lleva todas las cañas y pagará a los labriegos «per la part que·lls toca les quantitats infra specificadores, y deduït los gastos que·s poden offerir en fer lo sucre». Así surge una organización agrícola e industrial muy complicada, en que el vasallo tenía mucho menos que ganar que el señor. La entrega de las cañas no era desde luego sino el comienzo. Venía luego la fabricación del azúcar, en esos grandes trapiches gandianos que causaban la justa admiración de Viciana:
El duque tiene para hazer açucar siete casas que se nombran trapig, y en todas ellas ay cincuenta cinco piedras molares que machucan las cañas dulces, y para cozer el çumo de ellas de que se haze el açucar noventa y seys calderas grandes, y para el servicio de trascegar el çumo tiene muchos perols, tauchils, caus, caces, rumiols, esbromadores, e otros muchos vassos diferentes en hechura... El exercicio de los trapigs comienza ordinariamente a xxv de noviembre, y dura hasta cinquenta días poco más.
A partir de entonces reina en el trapiche una actividad febril, disciplinada por una sabia división del trabajo:
...sirven dia y noche hasta quinientos y cinquenta hombres, y dozientas e veynte azemilas. Gastase de leña a las calderas quarenta mil quintales que valen tres mil escudos... [de los hombres] unos descodan las cañas, otros las acarrean a una officina en la cual hay hombres que las reciben e cortan sobre pilones en pedaçuelos como los dedos: otros las llevan a las piedras a trullar: otros las trullan: otros las llevan a las prensas: otros las prensan: otros llevan el çumo a las calderas: otros hazen el llent e cuecen el azucar e otros que conocen el punto del azucar lo ponen en vasos de tierra donde se resfría e cuaja e se hazen los panes de azúcar.
Y assí en cada ministerio ay personas ábiles que lo entienden e ninguno toca e trata sino en el exercicio que le ha sido encomendado. Y de esta manera la mucha gente bien ordenada sirve y trabaja sin turbarse unos a otros...[116]
Toda esta insólita maravilla, esta organización industrial sorprendentemente moderna, ha sido montada sobre los derechos señoriales del duque de Gandia. Utilizados en primer lugar para las cosechas en las tierras señoriales; a ellas, dice Fonseca, solía el duque enviar aldeas enteras para cortar las cañas simultáneamente.[117]Y luego, y lo más importante, para el servicio del trapiche.
El trabajo del trapiche, tan intenso y tan breve, se prestaba desde luego para ello. Lo cumplían los moriscos por «tandas», bajo la vigilancia de sobrestantes cristianos viejos; para llegar al trapiche hacían viajes de más de un día; cuando el Ramadán los sorprendía en el camino no comían ni bebían, durante toda la marcha, hasta llegada la noche.[118]Al parecer, aunque se trataba de labradores que sólo por dos meses al año abandonaban sus tierras para laborar en los ingenios del duque, tenían sin embargo asignada cada uno la misma labor año tras año. Así en el Real de Gandia, con motivo de un proceso inquisitorial, nos son dados los nombres de los moriscos que trabajaban, con sus respectivas funciones:
Boreyben, maestro del açucar, el hijo mayor de Mentiri del Real, el hijo mayor de Pedro Racema, vatidores de la cozina, Cubaydet y Hequem de Beniopa, vanqueros, Mansorat del Real, el hijo de Fatetera el mayor ho Fumet del dicho lugar y Oxet, natural de Vilallonga y habitante en el dicho lugar del Real, llenteros, Soot Bayrimi, Mucholet Borix Tortolet, enxaropadores..., –todos ellos, dice otro testigo–, por su tanda hazían hacienda en los preparatoris en el trapiche del Real durante muchos días.[119]
Así la organización señorial está en la base misma de la industria azucarera de Gandia. La organización señorial, que acompaña por todas partes a los moriscos valencianos. Pero por lo menos aquí la riquísima tierra permitía que una población muy densa viviese y satisficiese los no moderados derechos señoriales. El ejemplo de este rincón del todo excepcional no podría generalizarse: Porque si, en efecto, no ha sido posible fijar dentro del reino una zona geográfica en que faltasen del todo los moriscos (excepto la alta montaña), ni tampoco una zona en que ellos dominasen sin excepciones, no es dudoso que la zona más marcadamente morisca del reino es el secano (con sus pequeñas huertas interiores). Aquí el cereal, el ganado menor pasan a ser el eje de la vida de la población. Aquí la tierra pobre en que se agolpan los moriscos cada vez más numerosos no puede ya mantenerlos a todos. Sin duda, queda abierta la posibilidad de abandonarla. Pero contra ella actúan trabas muy eficaces. En primer lugar la fuerte organización de aldea, de la que los moriscos no se desgarran fácilmente. Además, luego de la conversión, se ha continuado retaceando la libertad de movimiento de los moriscos; más aún, se le han puesto nuevas trabas mucho más rígidas. Una pragmática de 1541[120] que repite otras anteriores, prohíbe a los moriscos cambiar de domicilio, so pena de muerte y confiscación; a los señores recibir en vasallaje a los moriscos cambiados de domicilio; de nuevo a los moriscos portar armas. Crea zonas prohibidas para los moriscos: no pueden estar entre el camino de Valencia a Barcelona y el mar, o entre el de Valencia a Dénia y el mar, sin llevar «bollatí» de sus señores, procuradores u otros oficiales cristianos viejos. Prohibe a los moriscos entrar en Polop, Callosa, Finestrat; Bolulla, Orxeta, Sella y Relleu, Perpuxent y Planes, salvo los del Vall de Guadalest, que tienen heredades en estos lugares y podrán entrar en ellos para labrarlas, llevando autorización escrita para ello. Severas disposiciones destinadas a interrumpir los contactos con los moriscos de los demás reinos españoles, a la vez que las emigraciones a África. Bastante ineficaces, por otra parte. En parte porque quedaron incumplidas. Pero, aunque en general no se cumplían, permanecían como un arma excelente para los señores que no querían perder labradores. Y en efecto, durante la primera mitad del siglo xvi existe una lucha entre los señores que buscan nuevos vasallos y los que no quieren perder los que ya tiene, y a lo largo de ella se invoca a menudo esta prohibición.[121]Pero cuando ya ningún señor teme perder sus vasallos, ninguno necesita ya vasallos nuevos: la gran ola demográfica ha llenado todos los huecos; los hombres sobran en todas partes, y la emigración ha encontrado ahora trabas más eficaces que las pragmáticas del virrey. Así se forman en el secano «reservas» moriscas, de donde no era sin duda imposible evadirse, pero era por lo menos difícil. Basta comparar en el mapa I el crecimiento de aldeas cristianas viejas y moriscas contiguas, por ejemplo, en torno a Fanzara: las aldeas moriscas han aumentado aún más su población. Esa tierra superpoblada de los granos pobres, de las majadas aldeanas, del higo y el aceite, del algarrobo, es la tierra morisca por excelencia, la «montaña» de que se hablaba en el siglo xvi, es decir, no necesariamente la zona alta, sino la espesura, la tierra no regada, de pobres cultivos perdidos en el matorral espinoso.
Estas tierras que soportan una población excesiva la obligan a buscar su sustento fuera de la agricultura. Se abre así a los moriscos un doble camino: el comercio y la industria. Y llegamos aquí a uno de los aspectos más oscuros del problema morisco, no sólo por la oscuridad que por fuerza rodea a hechos no del todo bien conocidos, sino porque en torno de este problema ha venido a desencadenarse una curiosa polémica. Toda una corriente historiográfica jura por la superioridad técnica de los moriscos; humanitarios y a la vez amigos del progreso, los que la siguen rehusarían enternecerse ante el destino humildemente trágico de estas reliquias del Islam apresadas en las redes de la cristiandad triunfante; prefieren ver en los moriscos a unos Prometeos de aldea, víctimas de su superioridad técnica, de su «modernidad». Corriente que suele llamarse liberal, a la que pertenecía ya, sin embargo (y aun muchos otros antes que él), ese clérigo erudito que fue Tomás González, que en plena reacción fernandina compuso el catálogo de la serie España-Estado en Simancas, y en él llama suavemente nuestra atención sobre aquellos papeles en que podemos hallar invocada la laboriosidad, la habilidad técnica de los moriscos. Una corriente opuesta insiste sobre el atraso morisco, sobre su escasa adaptación al mundo cristiano, que es también, en este caso, el mundo moderno. Insiste pero sólo hasta cierto punto; si pasara más allá de él podría poner en tela de juicio la excelencia de ese dominio cristiano, que ha transformado a la nación mora de Valencia en un vulgo miserable, destinado a ocupar perpetuamente el lugar más bajo en la estructura social que surge de la Reconquista.[122]¿Qué decir de todo esto? La prudencia aconsejaría quizá permanecer al margen de estos debates, cuyo vertiginoso hechizo ha hecho decir más de una tontería a personas en extremo inteligentes. Notemos tan sólo que los textos alegados por Tomás González, como tantos otros que le son contemporáneos, y como ese «quien tiene moros tiene oro» que tanto se invoca, no aluden tanto a superioridades técnicas como a la disposición de los cristianos nuevos a allanarse a los trabajos más ingratos, en las circunstancias más desfavorables. Sólo ellos, en Valencia, aceptan gustosos cosechar el arroz, tarea en extremo malsana, y en la imaginación popular aun más mortífera de lo que en realidad era.[123]Pero es éste, en todo caso, un extraño modo de comportarse en una supuesta élite de trabajadores diestros y especializados.
Lo que no significa que no hubiese artesanos moriscos. Los había en primer lugar en las ciudades. Hasta su destrucción en 1458, de la que no iba a reponerse nunca, la morería de Valencia fue un conjunto de modestas construcciones, donde vivían artesanos pobres.[124]Y si luego ya no abundaban los artesanos moriscos en la capital, seguía hallándoselos en las ciudades del reino, sastres, zapateros...[125]Pero en esos oficios no parecen haber alcanzado posiciones importantes: no hay moriscos entre los ricos tejedores o torcedores de seda; su posición en la ciudad cristiana es y sigue siendo baja.
Había también, y en mayor número, artesanos en las aldeas moriscas, «texedores, sastres, sogueros, esparteñeros, olleros, zapateros, albeytares, colchoneros», dice Aznar, «pero pocos y bien pocos de ellos tenían oficios que tratassen en metal, o en yerro, o en piedras ni maderas, excepto que tenían algunos herradores procurados para su común, por el grande amor que tenían a sus respectados machos».[126]Oficios todos, nota también Aznar, que exigían «asistencia en casa». Y sin duda en las aldeas moriscas, como en las cristianas viejas, no hubiese sido imposible hallar telares, y había entre los cristianos nuevos –tal como lo prueba la ya mencionada carta puebla de Carlet– quienes se ocupaban en el laboreo de la seda. Pero debe notarse esto: ni uno sólo de los centros textiles del reino es de población morisca. Alcoi, en el sur, que ya entonces era en el Levante agrícola y ganadero una diminuta metrópoli industrial, de actividad febril,[127]Alcoi, en que se tejía sin duda buena parte de la lana de la Montaña morisca, materia prima para esos paños bastos usados en todo el reino, y en Murcia y en la Mancha, Alcoi es un centro cristiano viejo. Y lo mismo Bocairent, que junto a Alcoi desarrolla una industria más modesta de paños de lana. Y en cuanto a la seda los poblados de moriscos sólo en mínima parte aprovechan del movimiento que lleva su laboreo de la capital al interior.
No, los moriscos tejen materias más humildes; aquí también lo que caracteriza a la producción morisca es la abundancia de mano de obra que no sabe en qué emplearse: son los tejidos de esparto, las alpargatas... Las esteras de esparto del sur, de Elx, de Aspe, de Crevillent,[128]que se difunden por todas las Españas. Las alpargatas, industria doméstica; alpargatas ordinarias en el sur, finas alpargatas de cáñamo tejidas en torno a Xàtiva, que no desdeña la nobleza de Valencia[129] para los duros meses de verano. Industria doméstica que se continúa naturalmente en un comercio menudo y azaroso: los libros de quema y peaje nos mostrarán en abundancia ejemplos de gentes que con seis, doce, veinte pares de esparteñas pasan a Castilla a venderlas.[130]
Otro ejemplo, quizá más evidente: el de la cerámica morisca de Manises. Nacida esta industria a mediados del siglo xiv, gracias al celo iluminado de los reyes aragoneses, que trajeron de Málaga –todavía musulmana– artesanos conocedores de la técnica del vidriado de reflejos metálicos, su difusión en el mundo mediterráneo, y aun musulmán oriental, acompaña a la expansión comercial y guerrera de Aragón.[131]Industria de origen inequívocamente musulmán, por lo tanto: y hasta fines del siglo xv hubo en Manises moros ceramistas. Pero ya para ese siglo, Sanchis y Sivera[132] ha confeccionado, sobre la base de documentos notariales, una lista de ceramistas: los cristianos predominan en Manises, hallamos en cambio moros en Mislata, cerca de Valencia, donde fabrican para los frentes de las casas o el lecho de las acequias ladrillos ordinarios, cuya mayor virtud era sin duda la baratura. Una vez más el punto fuerte de la industria morisca parece ser la abundancia y baratura de la mano de obra.
Pero hay otra razón quizá más importante para dudar de la gran superioridad industrial de los moriscos valencianos: Valencia toda –la cristiana y la morisca– estaba lejos de ser un país industrial, y lo era cada vez menos. Importaba de Italia telas finas, de Aragón y Castilla –los libros de quema y peaje lo muestran a cada paso– la mayor parte de los tejidos bastos que usaban los campesinos.[133]Por Castilla le llegaban también los clavos y otros objetos de hierro. Su seda la exportaba cada vez más sin elaborar. Fuera de una pequeña industria artesanal, doméstica y aldeana, que no pasaba del radio local, no parece que hubiera en Valencia lugar para ninguna clase de vocaciones industriales.
En cuanto al comercio, los sedimentos ideológicos que han venido a complicar el problema se han dispuesto de otra manera. En todo tiempo se ha proclamado la superioridad de los moriscos para el tráfico: para la mentalidad nada capitalista de los clérigos y doctores que en el siglo xvi escribían tratados antimoriscos esa superioridad estaba lejos de ser un mérito; era, al revés, un signo de rapacidad y avidez insaciable. Esto en el plano ético; desde el punto de vista económico se creía encontrar en la desorbitada actividad comercial de los moriscos una formación parasitaria que trababa todo el ciclo económico, a la vez que despojaba a los cristianos viejos de las «honestas granjerias» que por derecho les correspondían. Luego las cosas cambiaron, esa superioridad comercial pasó a ser un rasgo positivo; los moriscos son ahora ejemplo de sociedad industrial, en medio de esa arcaica sociedad militar que era España en su edad de oro. También aquí habrá que tratar de dejar de lado tan imponente masa de opiniones recibidas.
«Los mes del dits moriscos –dicen sus señores en 1563–[134]del dit regne son traginers... ab dit exercici los dits moriscos passen sa vida e paguen lo que deven per los càrrechs que responen». Así, para sus señores, los moriscos son impulsados al comercio porque el producto de la tierra no bastaría para vivir y pagar las cargas señoriales. Quizá por eso los trajineros moriscos provienen ante todo de las aldeas del secano, donde la tierra es particularmente insuficiente; por eso y porque allí la cría de mulas tiene su asiento, y la mula es compañera indispensable del trajinero. ¿Gran comercio morisco, este de los trajineros? Grande sin duda en cantidad de objetos mercados. Y gracias a él hizo fortuna más de un morisco: los pueblos en que hay moriscos ricos no son los de las huertas sino, por ejemplo, Alcàsser, Picassent, pueblos de trajineros. Con todo, no debiéramos imaginar un vasto y complejo sistema comercial situado en manos moriscas. El mismo memorial de la nobleza informa que las mercaderías que los trajineros moriscos transportan y venden no son de propiedad de ellos, que ellos actúan por encargo de comerciantes cristianos viejos que les confían sus telas y su quincalla llevadas por las recuas moriscas hasta lo más perdido de las montañas valencianas. Y junto con esta difusión del comercio capitalino por las mínimas arterias de la vida valenciana, es obra morisca –así se asegura a menudo– buena parte del abasto de las ciudades cristianas viejas. Y de nuevo para este caso hay que excluir aquellos abastos que se llevan a cabo en gran escala: el del trigo y la carne. Del trigo se encargan las ciudades; lo compran en grandes cantidades de fuertes importadores,[135]o lo traen de Castilla, o lo adquieren en el reino. La carne es provista por los carniceros de las ciudades y lugares, que compran en Castilla provisión para todo un año, en forma de ganado en pie; también intervienen en este comercio en gran escala señores de la nobleza valenciana.[136]Pero los moriscos se encargan del resto. ¿Qué es el resto? «No hay yerva del campo verde ni seca –dice un virrey de Valencia–[137]ni páxaro que bucle que bivo o muerto no le traigan a la plaça». Actividad febril que se vincula aquí también con la necesidad de satisfacer muy fuertes derechos señoriales: el virrey ha dicho ya que son «más que esclavos» de los barones, agrega ahora que «beven un jarro de agua, y comen un puño de passas, todo lo demás es para sus señores, y para traer a vender a Valencia o por el reyno... es gente pacífica y mísera y que no son malos sino para sus almas». Si queremos una imagen concreta de esa actividad morisca quizá más que la de un rico comerciante proveedor de un mercado urbano nos satisfaga la de ese morisco de la vall de Vilallonga que tuvo la suerte de cazar dos conejos en la montaña y los llevó en seguida a vender a Gandia (distancia a vuelo de pájaro, unos 10 km).[138]En cuanto al comercio morisco que va de las ciudades a las aldeas y los lugares de las montañas, los documentos acerca de la vida económica del reino son en extremo lacónicos. Es del todo excepcional el libro de quema y peaje de Sueca en 1608 –Sueca, en la desembocadura del Júcar, pequeña ciudad de arrozales, ganados y barcas pesqueras– que distingue en cada caso entre compradores cristianos viejos y moriscos. Al cabo del año el monto de las compras de los mercaderes moriscos que llevarán el pescado salado o el arroz de Sueca hasta la montaña, la huerta de Xàtiva o aun más al norte de Segorbe no alcanza el sin embargo muy modesto de la más pobre de las tenderas cristianas viejas que tienen comercio en Sueca. Aquí convendría quizá evocar la figura de ese morisco que, caballero en una mula y con un saco de azúcar por toda mercadería, se marchó a buscar su vida por los pueblos de la montaña. O de aquel otro, labrador, que debiendo ocultarse de la Inquisición cambió de oficio y emprendió la misma modesta aventura, en el norte del reino, con unas piezas de lienzo.[139]No es que no hubiese trayectorias menos humildes; sin duda las había, sin duda esa capacidad de vivir con muy poco, adquirida por los moriscos en su larga miseria, podía servir alguna vez para salir de ella. Pero aquí la sociedad valenciana ponía límites muy firmes al avance morisco.
En todo caso, y en la Valencia del siglo xvi en que el crédito era la base misma de todo comercio, también los trajineros moriscos tuvieron su parte en la gran red de préstamos y deudas que envolvía a toda la economía rural valenciana. De eso quedan las huellas en los registros de deudas de cristianos viejos a moriscos, compuestos después de la expulsión. Esas deudas pequeñas, consecuencia de alguna venta algo más importante de lo habitual, caprichosamente distribuidas por el territorio del reino, marcan el itinerario de esos vendedores ambulantes. Al lado de ellas otras más cuantiosas; aquí parece posible que la fuente no sea el comercio, sino la pura usura. En todo caso ésta y aquél están estrechamente vinculados; los acreedores de sumas importantes provienen de los mismos lugares que los otros: Geldo en el norte, Alcàsser, Picassent en relación con toda la huerta valenciana; Benifairó, esa aldea perdida en los marjales al sur de Sueca, que encierra a alguno de los más ricos prestamistas moriscos; Anna en el sudoeste.[140]Ha habido, por lo tanto, una riqueza morisca, que nacía en el comercio y se acrecentaba en él. Pero estos mismos libros muestran cómo los ricos seguían siendo poco numerosos –extremadamente poco numerosos– y sobre todo cómo la riqueza así acumulada no salía de ese ciclo de economía aldeana y pequeño comercio en que había nacido. Aún la riqueza nacida del comercio morisco permanece unida a la tierra, y esa riqueza es en todo caso ráenos importante que la nacida de la posesión de la tierra.[141]
Así la industria morisca y el comercio morisco parecen ser la salida aún abierta en esas aldeas atiborradas de hombres. Pero su contribución es insuficiente: queda todavía una vasta humanidad sobrante, espectáculo europeo de este fin del siglo xvi, producto del implacable ascenso demográfico. Hombres que no encuentran su sitio; uno de ellos podría ser ese que ya hemos hallado al paso, que cazó dos conejos en Vilallonga y los llevó a vender a Gandia, luego de degollarlos según el estilo musulmán (y por eso su humilde historia ha quedado registrada en los papeles de la Inquisición). Este hombre es a veces jornalero en tierra ajena; cuando tiene tal fortuna de día gana su jornal y de noche vuelve a su casa, a comerlo con sus hijos. Tiene también otro oficio: es alfarero, hace ollas de barro. Y cuando ni lo uno ni lo otro le sirven para resolver su problema cotidiano, va al monte con su perro, a esperar una buena oportunidad, como ésta que lo llevó hasta Gandia y hasta los calabozos inquisitoriales. Destino nada excepcional; podemos adivinarlo detrás de cada jornalero que baja de la montaña a la llanura siempre cercana. Pero también la llanura desborda de hombres; en llanura y montaña toda una vaga humanidad se tambalea en la cima de la ola demográfica. Para ella se abre todavía otra salida: el bandidaje, que en Valencia –rasgo que no es por cierto una originalidad del reino en el cuadro mediterráneo– va creciendo a lo largo del siglo: a comienzos del siguiente, la ciudad de Xàtiva alega, entre las causas de su ruina financiera, la necesidad en que se ha visto de reparar sus murallas, en esos tiempos de pestilencias y bandidos han vuelto muy inesperadamente a ser una necesaria defensa.[142]
Ese mundo aparte que era el de los bandidos tenía sin duda raíces muy hondas en la sociedad valenciana, se vinculaba con ella por mil canales impensados. La nobleza que sobre todo en el sur, se entregaba a sus venganzas privadas y necesitaba para ello –tal como dijeron alguna vez ingenuamente los mismos señores–[143]buenas escoltas armadas, esa nobleza no por casualidad es mencionada frecuentemente en las crides virreinales contra el bandidismo. Y en el otro extremo de la escala, más de un campesino dedicaba sus momentos libres al robo con asesinato; así vecinos labradores de la vall de Vilallonga formaban en la cuadrilla del Ronquillet, que en 1606 actuaba en la huerta de Gandia.[144]También en las bandas de forajidos predominaban los moriscos, así lo aseguran testimonios muy diversos[145] y ésta es también prueba de que entre toda esa humanidad sobrante creada por el crecimiento de población no eran los moriscos los más abrigados contra las contingencias de una vida cada vez más difícil. Pero en la libre sociedad de los bandidos pierden sentido las oposiciones que antes lo tenían: ya no es posible hablar, en rigor, de moriscos y de cristianos viejos. Se constituye, en cambio, una suerte de fraternidad elemental y primitiva, no más allá, sino, si así puede decirse, por debajo de las oposiciones y fraternidades de la vida legal. Aquí los nombres de cristianos viejos y de moriscos pueden ir al fin hermanados, así sea en las crides en que los virreyes ponen a precio sus cabezas.[146]Hasta tal punto esos odios que parecen nacer de lo más hondo del instinto y de la conciencia individuales son trasunto de toda una organización social, de un haz de modos de vivir en colectividad, de una comunidad de hombres que se opone a otra. En cada cristiano viejo, en cada morisco, son la nación de los cristianos viejos, la nación de los cristianos nuevos de moros las que se yerguen la una frente a la otra.
[1] Cavanilles, Observaciones... del Reino de Valencia, i, p. 17.
[2] Capítulos de población concordados entre don Galcerán de Castellví y los pobladores cristianos de Carlet y Benimodo. arv, me, 1609, libro 11, mano 107, f. 26; me de Gobernación, 1602, m. 22, ff. 4v-7v, ap. Miguel Gual Camarena, Las cartas pueblas valencianas (inédito).
[3] ARV, MR, leg. 491, carpeta 10.016.
[4] Alusiones a todo esto en el estudio de Vicente Fontavella, en Estudios Geográficos, XII (1951).
[5] Escolano, Crónica de... Valencia, I, col. 673-674.
[6] La exportación de madera, según Méndez Silva, Población general de España, pp. 209 y 215. El privilegio de la Marina Real, en Cavanilles, I, p. 33.
[7] Sobre la exportación de trigo de Morella a Barcelona, V. Manuel Milián Boix, «Tasas y sobreprecios en el siglo XIV por tierras de Morella», Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura, XXV (1949), pp. 787-799.
[8] ACA, Cons. Arg., leg. 593.
[9] Menéndez Silva, p. 209.
[10] AHN, Inquisición, 549, c. 22, proceso Hieroni Cacim.
[11] ACA, Cons. Ar., leg. 607.
[12] BNP, Ms. Esp. 60, f. 163.
[13] Alice Foster, The geographic structure of the vega of Valencia, p. 19.
[14] H. Münzer, Viaje por España y Portugal, trad. esp. en bah, t. 84 (1924), pp. 71-72.
[15] Carta puebla de Begís (1276), AHN, Col. Esch. de la orden de Calatrava, IV, ff. 84r-85v, ap. Gual Camarena, op. cit. El comendador mayor de Alcañiz retiene para sí las viñas compradas de los moros, y las plantadas por su antecesor.
[16] Las cortes de 1645 atribuyen las malas ventas a la doble tarifa puesta en 1604. Carrera Pujal, Historia de la Economía española, II, 574.
[17] Vicente Biendicho, Crónica de la Muy Ilustre, Noble y Leal Ciudad de Alicante, Bibl. Univ. De Valencia, ms. 135, ap. Antonio López Gómez, «Riegos y cultivos en la huerta de Alicante», Estudios Geográficos, XII (1951), pp. 734-736.
[18] El señor de Vilallonga, en 1607, toma un trozo de tierra garrofera de su vasallo Joan Lagari, para la plantada de Recunchent; le debe la indemnización. ARV, MR, leg. 473, c. 9.779, cuad. Suelto. ff. 17 y ss.
[19] Quema de Ayora en 1597, ARV, MR, leg. 619, c. 11.434; de Caudete, en 1596, ARV, MR, leg. 622, c. 11.467; de Ontinyent, 1609, ARV, MR, leg. 626, c. 11.533; Setaigües, 1619, ARV, MR, leg. 627, c. 11.553.
[20] Exportación de almendra a Castilla, por ejemplo, Teulada, quema y peaje, años 1606, 1608, 1610, 1619, etc. ARV, MR, leg. 627, c. 11.560; Ondara, 1608 y 1609, ARV, MR, leg. 626, c. 11.531. Comercio de lanas, por ejemplo, Pego, 1608 (a Francia). ARV, MR, leg. 626, c. 11536. Lana a Castilla; quema y peaje de Montfort, ARV, MR, leg. 625, c. 11.516 (1520).
[21] En 1528 (ARV, MR, leg. 507, c. 10.283) son lugares para invernar Chelva, Buñol, Picassent, Jérica, Altura, Chiva...
[22] Así algunos moriscos de Alzira poseen fracciones en el boalar (ARV, MR, leg. 489, c. 9.994).
[23] Para Planes (1580), ARV, AdR, leg. 623. Alfafar de Artesa (ARV, MR 1.495). En Jarafuel (1613), ARV, MR, leg. 473, c. 9.771. En Tous y Terragona (1581), ARV, MR, leg. 475, c. 9.799. La opinión de Branchat, I, 211 y ss. Y cap. IV, passim.
[24] Para Vilafamés, doc. cit., n. 8. Para Guardamar (1594), súplica de la villa, ACA, Cons. Ar., leg. 684.
[25] Branchat, I, p. 208. Licencias para pastar en la huerta, otorgadas por el municipio valenciano en AMV, Manuals de Consell, leg. 136 A (1608-1610), por ejemplo sesiones del 13, 15 y 17 de octubre de 1609.
[26] El hallazgo de Klein, cit. por Hamilton en La decadencia española en el s. XVII, pp. 121-135 de su Florecimiento del capitalismo.
[27] El «bestiario» de 1538 en ARV, MR, leg. 507, c. 10.291. El de 1620-1621, id., leg. 508, c. 10.297.
[28] Súplica de Valencia del 18 de marzo de 1631, ACA, Cons. Ar., leg. 600.
[29] Quema y peaje de Jarafuel, ARV, MR, leg. 623, c. 11.947: llegada de ovejas de Castilla a partir de octubre de 1608, y de setiembre de 1609.
[30] Escolano, I, col. 664.
[31] Schulte, Die grosse ravenburgische Handelsgesellschaft, II, p. 148; la Gran Compañía compraba cártamo y azafrán en Valencia. Las compras cesaron sin embargo hacia 1480, por falta de demanda en los centros textiles de Flandes.
[32] El virrey Caracena a S. M., 16 de mayo de 1610. ACA, Cons. Ar., 211, V, 9.
[33] Schulte, II, pp. 173-180.
[34] Escolano, I, col. 674.
[35] Braudel, La Méditerranée, passim.
[36] 1593 es año de trigo escaso; en 12 de agosto el justicia de Alicante suplica licencia para importarlo de Orán, pues falta en Valencia y Castilla (ACA, Cons., Ar., 600). La ciudad de Valencia pide, que, dada la esterilidad del año, no sean embargados ni detenidos los granos adquiridos por su síndico en Sicilia (ídem). Pide también permiso para sacar 12.000 fanegas de Orán, permiso denegado porque también en Orán falta trigo (ídem.). 1600 es año de peste y escasez. 1605 es otro año sin grano; Valencia importa 20.000 cahíces de Aragón, que en cambio abunda en trigo, en febrero solicita que el grano embarcado en cuatro barcas en Barcelona, para las reales galeras, sea destinado a Valencia (ídem). Otros años de escasez: 1630, 31, 32 (ídem).
[37] Loc. cit., n.º 34.
[38] Escolano, I, col. 675-677. Según Méndez Silva, Benicarló producía anualmente 170.000 cántaras de vino, y Peníscola 70.000, que tenían la virtud de no agriarse nunca (pp. 211 y 213). Vinaròs, siempre según Méndez Silva, producía 100.000 (p. 215).
[39] Años 1596, 1597, 1607, ARV, MR, leg. 627, c. 11.543.
[40] Carta puebla de Antella, 22 de julio de 1610, ARV, me, 1679, libro 2.º, m. 19, ff. 15-18, ap. Gual Camarena, cit., autoriza a sembrar moreras en secano que no sirva para grano, y en canto rodado de regadío.
[41] El señor de Cortes cayó en ruina cuando, luego de la expulsión, los moriscos rebelados le mataron todas las yeguas («Asiento de las casas de los Títulos, Barones y dueños de los lugares que por la expulsión de los moriscos quedaron despoblados». El rey al marqués de Caracena, 9 de junio de 1614, ap. Boronat, II, pp. 636-657, p. 644). Ahora bien, el ganado caballar no abundaba en Valencia: en 1608 el virrey marqués de Caracena pide del Consejo de Aragón se le permita importar treinta caballos, para él y algunos notables, entre ellos dos capitanes de caballería, pues en ocasión de unas fiestas se ha advertido que no tenían en qué cabalgar (ACA, Cons. Ar., leg. 600). No parece excesivo suponer que la abundancia de yeguas en Cortes se debiese a que se las destinaba a la cría de mulas.
[42] Así las Cortes de 1585 solicitaban que se lo prohibiese. Carrera Pujal, II, p. 522.
[43] Esta segunda crida en AMV, XX I, ff. 141-142.
[44] Méndez Silva, p. 220.
[45] J. Beneyto Pérez, «Regulación del trabajo en la Valencia del 500», ahde, VII, pp. 183 y ss.
[46] Consulta del Consejo de Aragón, de 1605, citada en otra sin fecha (ACA, Cons. Ar., leg. 593).
[47] El receptor de la Bailía al Consejo de Aragón ACA, Cons. Ar., leg. 647. Acaso aún más significativa sea la comparación entre los libros de peaje de Xàtiva de 1530 (ARV, MR, leg. 623, c. 11.495), y el de 1608 (ídem). En 1530 se comercia sobre todo en fruta; en 1608 ese renglón ha desaparecido casi completamente; en Xàtiva, centro de la segunda gran huerta del reino, el arroz ha pasado a primer plano.
[48] El dato pertenece a Alberto Monforte Báguena, El problema de la tierra en Valencia.
[49] ARV, MR, leg. 492, c. 10.500.
[50] Art. cit., n.º 4.
[51] Cavanilles, I, pp. 105-108.
[52] Proceso de Jaime Campillo. AHN, Inq., 550, c. 3.
[53] Münzer, loc. cit., n.º 14. Sobre un episodio de la larga hostilidad entre Mazas y Centelles (su reconciliación pasajera, en 1410, por S. Vicente Ferrer), v. Diago, Apuntamientos, I, pp. 102-103.
[54] Apuntamientos, I, pp. 11-13.
[55] Crónica de... Valencia, pp. 394-395.
[56] Crida del duque de Nájera, BNP, ms. Esp. 60, f. 85. (Repetida en 1586 y 1606.)
[57] Sobre las disposiciones de 1585, Carrera Pujal, II, p. 523. Sobre las de 1604, íd., pp. 532-533.
[58] Méndez Silva, pp. 204-205.
[59] Vicente Bendicho, loc. cit., n.º 17.
[60] Establiment de 15 de mayo de 1532, AMV, M 64 A, ap. J. Beneyto Pérez, loc. cit., n.º 45, p. 221.
[61] Declaración de Gaspar de Castro, el 22 de abril de 1580, ARV, Generalidad, 3.319.
[62] V. Carrera Pujal, II, pp. 568-570, RC, contra la saca clandestina.
[63] Quema y peaje de Alcudia. AGV, MR, leg. 619, c. 11.419.
[64] AGV, Generalidad, 3.319.
[65] Crida contra los panaderos que venden trigo sin panificar, 2 de febrero de 1580, AMV, XX 2, año 1578-1580. Prohibición de comprar trigo a los trajineros, crida del duque de Nájera del 3 de septiembre de 1578, BNP, ms. esp. 60, ff. 84-85, repetida por el conde de Aytona en 21 de marzo de 1586, íd., f. 51, y en 29 de julio del mismo año, íd., f. 62, y por el marqués de Caracena en 29 de noviembre de 1606, íd., ff. 32-33. Prohibición de las ventas del trigo fuera del Almudín, del 31 de mayo de 1580, que reitera otra de 1560, AMV, XX 2, año 1578-1580.
[66] La ciudad de Valencia decide cargar a censal £ 150.000 (aproximadamente trescientos mil reales castellanos de plata) sobre sus bienes, para comprar trigo y carne, 22 de diciembre de 1609 (AMV, Manuals de Consell, L 136 A). El 29 de enero del año siguiente ofrece hasta 15.000 libras para dicho censal Antonio Gramillarts, caballero, de Barcelona; el 22 de junio concierta otro por tres mil libras, a entregar en la isla de Sicilia, don Pedro Giner (íd., 137 A). La vinculación entre los préstamos de la ciudad y la ruina de la taula, por otra parte bien conocida, es puesta de manifiesto en un informe del 20 de septiembre de 1603 (ACA, Cons. Ar., leg. 653): la ciudad toma fondos de la taula, que por sus estatutos no estaba autorizada a hacer esos adelantos: era banco de depósitos y no de crédito. El resultado es que los nuevos depositantes pierden la confianza en la institución, no hacen nuevos depósitos y tratan de retirar los ya efectuados.
[67] En el Memorial del brazo militar contra la expulsión de los moriscos. ARV, AdR, 526. Cortes por estamentos 1505-1509, sesión del 18 de septiembre de 1609. Punto 2: «Ítem, que la dita renda és la major y més principal part del sustent així de la església major y de les dotze esglésies parrochiales de dita ciutat en les quals residiesen, a més de les dignitats y canonges, més de 1.200 beneficiats». Da luego la cifra de 1.250 frailes y 850 monjas, sin contar con los beaterios.
[68] Según la «Pragmática real sobre cosas tocantes al asiento general del Reyno de Valencia, por razón de la expulsión de los moriscos, y reducción de los censales». 2 abril 1614, ap. Boronat, II, pp. 611 y ss.
[69] La cifra aparece en el Pensamiento de un caballero recto y virtuoso, transmitido por el marqués de Caracena al Rey. ACA, Cons. Ar., leg. 221, v, doc. 15, ff. 5v, 6r. También Fonseca observa (p. 171) que «aunque los censos que se cargavan sobre la Ciudad, y otras grandes villas de christianos, eran más seguros: pero éstos ni eran fáciles de hallar ni valían tanto: y assy la mayor parte de la gente cargava sobre las aljamas».
[70] En el «Expediente y traza cómo se pueden poblar los lugares del Reyno de Valencia que han quedado vacíos por la expulsión de los moros». ACA, Cons. Ar., leg. 221, v, doc. 8.
[71] Entre otros muchos testimonios, v. el reconocimiento de deuda de Luis y Ángela Antar, de Estivella, a Baltasar Contreras, presbítero, párroco, por sesenta libras valencianas, precio de un mulo pelicastaño, pagables en tres cuotas semestrales (ARV, MR, leg. 494, c. 10.089, ff. 266-267).
[72] Así por ejemplo en el condado de Vilallonga, en 1607, ARV, MR, leg. 473, c. 9.779.
[73] ARV, Protocolos, leg. 35, c. 226, notario Bayarri (escritura del 8 de enero de 1596).
[74] Así, por ejemplo, con Domingo Royo, mercader de Valencia, están en deuda con moriscos de Cocentaina, Albaida, Alfara, Algímia, Benaguasil. Con Antonio Pérez, también mercader de Valencia, moriscos de Lombay, Cocentaina, Albarda. Estos mismos mercaderes que surten la zona morisca son arrendadores de lugares (Antonio Pérez en Llombai), o prestamistas de la aljama (Domingo Royo en Benaguasil). ARV, ADR.
[75] ARV, MR, leg. 473, c. 9.799.
[76] Arrendamiento de Nules: ARV, MR, leg. 475, c. 9.797. El de la Puebla de Arenoso, ARV, MR, leg. 463 cuad. suelto. Allí mismo el de Begís y Castell de Castells. Los de Guadalest, ARV, MR, leg. 474, c. 9.789. De la tenencia de Alcalatén, ARV, MR, leg. 473, c. 9.778, ff. 1-9.
[77] Sobre la ciudad de Valencia, dan datos los avecindamientos, por ejemplo, los de 1607 y 1608 (AMV, b³ 66). Sobre gente de las Baleares, por ejemplo, recibo de un jornalero de Ibiza, que trabajaba en el condado de Vilallonga (ARV, MR, leg. 474, c. 9.784, hoja suelta).
[78] Repr. en J. Beneyto Pérez, loc. cit., n.º 45, pp. 296 y ss.
[79] Doña Ángela Valterra. AHN, Inq., 519, c. 8 (año 1572).
[80] Un estatger en la alquería de la Mar, del señor de Tous, en 1581, cobra por dos meses y siete días de companatge, 3 l., 18 s., 2 d. Recibe por semana dos libras de aceite, jabón, y en el tiempo en que estuvo cahíz y medio de trigo (ARV, MR, leg. 475, c. 9.799). En Vilamarxant, en 1607, el estatger recibe cinco cahíces de trigo al año, 16 dineros de companatge, cinco cántaras de vino mensuales, dos libras de jabón y seis de aceite cada mes (ARV, MR, leg. 473, c. 9.779, cuad. suelto, ff. 46-49).
[81] Sobre las vicisitudes de la moneda valenciana, v. Hamilton, The american treasure, pp. 117-119 y passim.
[82] Aznar de Cardona, Expulsión justificada..., parte II, ff. 51-55. Escolano, II, col. 1996-1999. Que el vellón era moneda de los pobres lo señalaba ya Fonseca, Relación de la expulsión..., pp. 174-176. Prohibidos por bando los dinerillos falsos, «la gente menesterosa que llevava el real para carne, o para pan; se alborotava si el carnicero, o panadero no le quería tomar conforme al bando...».
[83] El Archivo, t. IV (1890), pp. 379-388.
[84] Danvila, Desarme de los moriscos en 1563, en bah, 1887 (X), pp. 290-305.
[85] Boronat, I, pp. 428-443. El original de la estadística de población en AGS, Est., 213, acompañado de carta del marqués de Caracena al rey del 19 de agosto de 1609.
[86] «Memoria y quenta de los fillolas y pueblos y casas de los nuevos convertidos del Reyno de Valencia para hazer la tachacion de la primera paga de las sesenta mil libras que han ofrecido los dichos nuevos convertidos de ceruicio a su majestad por horden del muy Ilmo. Y Excttmo. Ser. Conde de Benavente virrey y capitan general de la Ciudad y Reyno de Valencia a 24 de junio 1602». ARV, MR, leg. 490, n.º 10.009.
[87] «Relación del número de las casas de los lugares de los moriscos...». AGS, Est., 214.
[88] ARV, Generalidad, 5.825-5.829.
[89] Sobre la elaboración de los datos, véase Apéndice I.
[90] Así el censo de moriscos aragoneses de 1609, publicado por Juan Reglá, en «La expulsión de los moriscos y sus consecuencias», Hispania, n.º li (abril-junio 1953), pp. 247-250, va «numerado a cinco personas por casa».
[91] Por ejemplo, los datos de población morisca en Castilla, que Janer reproduce de Bleda, con número de individuos y de casas, en que el número de los primeros es aproximadamente cinco veces superior al de las segundas.
[92] Así Ruiz Almansa (RIS, 1943, III, pp. 115-136).
[93] V. supra, pp. 22 y ss. Un proceso análogo al que aquí se evidencia es el reflejado en las cifras que trae Alice Foster (The geographic structure, op. cit., p. 74). Desde 1794 a 1860 la zona marítima de Valencia (provincia) crece en un 27 %, la zona central en un 39 %, entre una fecha y otra hay una crisis de los cultivos de huerta: la decadencia de los de arroz y seda, con la aparición de la naranja que ha de sustituirles tan sólo hacia 1850.
[94] Sobre esto no he podido consultar Amando Melón y Ruiz de Gordejuela, Lupercio Latras y la guerra de los moriscos y montañeses en Aragón a fines del siglo XVI, Zaragoza, 1917.
[95] Sobre la vigencia territorial de los fueros catalanes y aragoneses, v. Miguel Gual Camarena, «Contribución al estudio de la territorialidad de los fueros de Valencia», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, III, pp. 262-289.
[96] Jean Sermet, «Sierra Nevada», Estudios Geográficos, III (1942), pp. 727-749, sobre todo pp. 746-747.
[97] Don Quijote, parte II, cap. 54.
[98] Los problemas causados por la organización de la eXVIlanova de Xàtiva luego de la expulsión, en ACA, Cons. Ar., leg. 640.
[99] Memorial de Th. G. Navarro, síndico de Xàtiva, a SM, en 1625. ACA, Cons. Ar., leg. 640.
[100] En el documento citado en nota 87, dice el obispo: «En esta Ciudad como Patria común, vivían algunos moriscos, asy deste Reyno, como granadinos... algunos ha veynte y veynticuatro años que vivían entre los christianos viejos desta Ciudad».
[101] Escolano, II, col. 97.
[102] Aznar, Expulsión justificada, II, ff. 31-32.
[103] Según la Audiencia valenciana (de la Audiencia a SM, en 11 de mayo de 1610, ACA, Cons. Ar., leg. 211, II, doc. 15): «de dia y de noche estavan sobre sus tierras y heredades sustentándose con solo pan de sevada, miel, passas, o higos...».
[104] Aznar, op. cit., n.º 9.
[105] De un virrey de Valencia, falta fin del doc., con firma y fecha, AHN, Inq., leg. 1.791: «decir que son esclavos de sus señores no es término, porque son mucho más que esclavos».
[106] V. Asiento de las casas... cit., en nota 41. Boronat, II, pp. 654-655.
[107] Sobre esto, abundantes reflexiones en los trabajos de Piles («Condición social de los moros del realengo») y de Roca Traver.
[108] Carta puebla de Carlet, cit., en n.º 2 del cap. i. Las lamentaciones del obispo de Orihuela, en su Discurso... sobre los medios para la conversión, col. Danvila, n.º 192, ap. Boronat, I, pp. 638-656, p. 651: «También convernia al servicio de Dios nuestro Señor y de V. Magd. que mandase examinar V. Magd. los pechos que esta gente paga, que son el humo, el cabeçage, la alfarda, las ratas y otros muchos sin lo que pagan de diezmos y primicias que todas ellas las cobran sus dueños con mucho cuydado y, aunque el humo sea tributo entre los griegos para los obispos suyos como lo escribe el Jus orientale... según entendí de cierto alfaquín desde reyno parece que tiene este pecho fundamento en ciertas ceremonias de la falsa secta y religión de Mahoma; porque cree esta gente que hay dos ángeles en el ayre colgados de las pestañas de los ojos y que todo el humo les va a dar a ellos, y creiendo que en esto se ofendía mucho Dios solían pagar a sus alfaquíes por este humo cierta cantidad de dinero por cada casa, lo que después, según me dixo aquel alfaquín, se lo aplicaron los señores a sus rentas... en lo del cabeçage V. Magd. se servira mandar se vea con que título se ha puesto este pecho y si es bien que vaya continuando este tributo que no se usa en España, a lo menos see dezir a V. Magd. que el cabeçage que pagan por los animales que les nacen es ceremonia judayca y morisca y ansí convernia mucho que se quitasse este rastro de tan mala secta». Pago de derechos de mezquita en Castro y Sabdón, en Eslida, en la Alcudia de Veo, lugares todos del ducado de Segorbe, ARV, MR, leg. 469, c. 9.724.
[109] «Los señores, donde acostumbravan de pagar de dieziséis arrovas de pasa una, agora que son christianos les hazen paguar de quatro una». De Fray Juan Izquierdo a Su Alteza, Barcelona, 10 de agosto de 1552. AGS, Est., 310, ap. Boronat, I, pp. 522-524.
[110] De Julián Gil Polo a SM, 29 de enero de 1619. ACA, Cons. Ar., leg. 640.
[111] Parece que de la Audiencia sobre la repoblación, ACA, Cons. Ar., leg. 221, V, doc. 8. El parecer data de enero-febrero de 1610.
[112] Rentas del ducado de Segorbe (bajo secresto), en 1576, cit., n.º 15.
[113] Viciana, Crónica de Valencia, pp. 25-26.
[114] Carta puebla de Daimús, del 15 de julio de 1612, ARV, ME, 1694, libro 2, mano 15, ff. 39-42 (ap. Gual Camarena).
[115] ARV, MR, leg. 474, c. 9.789.
[116] Viciana, Crónica de Valencia, pp. 26-27.
[117] Fonseca, p. 270.
[118] AHN, Inq., leg. 549, c. 18, proceso Miguel Callosa. Declaración de Cristóbal Verdaguer, 12 de noviembre de 1580.
[119] Declaración de Leonís Rodríguez, 1 de diciembre de 1580, loc. cit., n. anterior.
[120] Pragmática del duque de Calabria, el 28 de julio de 1541, col. Danvila, ap. Boronat, I, pp. 469-473. Danvila, en sus Conferencias (p. 109, n.º 1) menciona otra, también el duque de Calabria, del 11 de enero de 1530.
[121] Por ejemplo, en las declaraciones de Gaspar Sans, en el proceso contra don Rodrigo de Beaumont (marzo de 1542). Ap. Boronat. (La notación de archivo allí indicada: Archivo General Central, Inq. Val., leg. 615, es anticuada.) Boronat, I, pp. 443-469.
[122] Características son, en este sentido, las objeciones de Roca Traver, en Un siglo de vida mudéjar, a las opiniones de Circourt. Lo que no significa que las objeciones sean infundadas, sobre todo para ese primer siglo de dominio cristiano en Valencia que estudia Roca Traver.
[123] Según la Junta de Población, en informe sin fecha pero poco posterior a la expulsión, los nuevos pobladores no quieren ocuparse de arroces como los moriscos, por ser malsano (ACA, Cons. Ar., leg. 607).
[124] V. José Rodrigo Pertegás, «La morería de Valencia. Ensayo de descripción topográfico-histórica de la misma», bah, 86 (1925), pp. 229-251.
[125] Por ejemplo, Jaime Baça, zapatero en Segorbe, en 1589, AHN, Inq., leg. 550, c. 13. Proceso Jerónimo Cinter.
[126] Sanar, II, ff. 34-35.
[127] Méndez Silva, p. 212. Viciana, Crónica de Valencia, p. 401. Sobre Bocairent, Valencia, p. 405.
[128] Escolano, I, col. 664: De Crevillent y Aspe salen cada año más de veinte mil piezas tejidas.
[129] Escolano, I, p. 670. El tejer alpargatas parece haber sido cosa de moriscos. Cuando fray Jaime Bleda quiere imaginar cómo será esa rebelión morisca que exterminará a los cristianos viejos, ve a los moriscos bajar de sus montañas, armados de sus agujas de tejer alpargatas. Fray Jaime Bleda a SM, 10 de abril de 1605, AGS, Est., 212, ap. Boronat, II, p. 450.
[130] Así, por ejemplo, en Jarafuel, en 1597 (ARV, MR, leg. 623, c. 11.497) pasan a Castilla esparteñas en las siguientes cantidades: siete docenas, tres docenas, nueve pares, seis pares, seis pares, ocho pares, dos docenas, cuatro docenas, dos docenas, media docena, doce docenas, cuatro docenas, tres docenas...
[131] Sobre esto Ernst Kühnel, «Loza hispanoárabe excavada en Oriente», Al-Andalus, VII (1942), fasc. 2, pp. 253-268.
[132] José Sanchis Sivera, «La cerámica valenciana. Notas para su historia medieval», BAH, 88 (1926), pp. 638-661.
[133] Según Viciana, pp. 394-395, los mercaderes genoveses y milaneses que tratan en Alicante «traen y descargan en tierra brocados, rajas, terciopelos y rasos... telillas de oro y seda». Importación de cordellate castellano y aragonés, en Barraques, 1596. ARV, MR, leg. 619, c. 11.435. En Ares de Alpuente, 1597. 1597, 1608, íd., c. 11.431. En Chulilla, en 1595 y 1597, íd., leg. 622, c. 11.484. En Jarafuel, 1597, íd., leg. 623, c. 11.497. En Moixent, 1609, íd., leg. 625, c. 11.513.
[134] Instrucciones del brazo militar a los missatges de los tres brazos, don Manuel de Vich, canónigo de Valencia, y don Francisco de Vilarig, olim Carroz, 25 de febrero de 1563. ARV, AdR, leg., Cortes por estamentos, brazo militar, reunión de la fecha arriba indicada.
[135] Sobre las compras de trigo por el municipio valenciano, datos abundantes en los libros de Manual de Consells. Así, por ejemplo, en 6 de diciembre de 1609 ordena el Consejo distribuir a los panaderos el trigo comoprado de Genís Roca, y el siciliano comprado a Baltasar de Sempere, el dos de enero de 1610 aparece una compra de trigo sardo a Genís Roca, el cinco de febrero se distribuye trigo de Francia (AMV, Manual de Consells, leg. 136 A).
[136] Así, el 20 de agosto de 1538, Antonio Relles introduce en Valencia tres mil carneros, 57 cabríos, 16 vacas, diez bueyes, todo para avituallar, por don Diego y don Juan Boyl, ARV, MR, leg. 597, c. 10.291.
[137] Doc. cit., n.º 12.
[138] AHN, Inq., leg. 549, c. 10 (Proceso Jerónimo BiarI, año 1578).
[139] El libro de peaje de Sueca, en 1608, ARV, MR, leg. 627, c. 11.598. El morisco que vende azúcar en la montaña es Miguel Virrey, que en 1596 denuncia a Juan Arraes, de Rafalau, donde estuvo a «vender açucar y miel de açucar que es el officio de éste» (AHN, Inq., leg. 549, c. 3). El que se marchó a vender lienzo: AHN, Inq., leg. 550, n.º 14 (año 1600).
[140] En Benifayó, Jerónimo Banat. Sobre esto ARV, MR, leg. 492, c. 10.048, e íd. leg. 497, c. 10.124. (Entre los acreedores figura Vicente Turixí, de Catadau, el rey de los moriscos en la rebelión de la muela de Cortes, que, como se sabe, era trajinero).
[141] Es de notar que en estas listas de acreedores moriscos no figuran los cristianos nuevos más ricos y más respetados (por ejemplo, los aludidos por Fonseca en Relación, pp. 99-200).
[142] ACA, Cons. Ar., leg. 600 (año 1602).
[143] «Los dits barons... que tenen vassalls moriscos en dit regne acostumen d’estar molt temps en sos lochs y de allí ab dits moriscos acostumen de remediar... alguns insults que·s fan en los térmens dels dits lochs lo que no·s porà fer estant desarmats dits moriscos perquè sense armes no·s poden remediar dites coses ni poden anar los señors dels dits lochs per a fer lo que convé sens moriscos que·ls acompanyen ab armes». Instrucciones de 1563, cit. n.º 41. El tránsito entre las «bandositats» y el bandidismo liso y llano se refleja en la Pragmática del marqués de Caracena, el 18 de enero de 1609 (BNP, ms. esp. 60, ff. 313-316). Como consecuencia de las rivalidades entre linajes de Alzira, Algemesí y Carcaixent (por un lado los Tomors, Garrigues y Valcebres, por el otro los Talens, Llorets y Badies) se han formado cuadrillas de veinte y veinticinco hombres armados, que matan a los sospechosos de simpatizar con el bando opuesto.
[144] ARV, MR, leg. 473, c. 9.779, cuad. suelto, ff. 12 y ss.
[145] Así, bandoleros moriscos en 1608, Pragmática y crida del marqués de Caracena, BNP, ms. esp. 60, ff. 317-319.
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