Kitabı oku: «Jesús, el Hijo de Dios»
Jesús, el hijo de Dios
Explorando la identidad divina de Cristo
Ty Gibson

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Prefacio
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
Capítulo diecisiete
Capítulo dieciocho
Capítulo diecinueve
Capítulo veinte
Capítulo veintiuno
Jesús, el Hijo de Dios
Explorando la identidad divina de Cristo
Ty Gibson
Título original: The Sonship of Christ
Dirección: Marcos Blanco
Traducción: Roberto Badenas
Diseño: Giannina Osorio
Ilustración: Shutterstock
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. © 2020 Editorial Safeliz.
© 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-456-9
| Gibson, TyJesús, el Hijo de Dios : Explorando la identidad divina de Cristo / Ty Gibson / Dirigido por Marcos G. Blanco. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Roberto Badenas.ISBN 978-987-798-456-91. Vida cristiana. I. Blanco, Marcos G., dir. II. Badenas, Roberto, trad. III. Título.CDD 232.2 |
Publicado el 20 de julio de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
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Para Sue
Todo lo bello en lo que creo está marcado por ti.
Y para Jason, mi hijo unigénito
Ser tu padre es siempre muy divertido y, a veces, peligroso.
Avales
Este es un nuevo acercamiento al tema de la filiación de Cristo. Contiene muchas ideas originales, pero perfectamente fieles a las Escrituras. El título es preciso, pero no lo dice todo. La filiación de Cristo es el punto central en torno al cual está organizado Jesús, el Hijo de Dios, y el que le sirve de fundamento. Las implicaciones de la filiación de Cristo conllevan un tratamiento integral, apropiado para un libro de texto de un curso universitario o de seminario. Sin embargo, a pesar de la profundidad y la amplitud del tema, el libro está escrito en un estilo fácil, relajado y eminentemente legible.
Jerry Moon, profesor emérito de Historia de la Iglesia, Universidad de Andrews
¡Vaya! Es como esas ilusiones ópticas que son imposibles de percibir hasta que las ves, y luego es imposible no verlas. El tema parece tan sencillamente obvio que es sorprendente que no haya sido expuesto antes.
Paul Geelan , vicepresidente administrativo, North New South Wales Conference, Australia
Jesus, el Hijo de Dios es un libro brillante, simplemente brillante. Ty Gibson ofrece un tratado perspicaz e iluminador sobre la filiación de Cristo, desplegando cuidadosamente las enseñanzas de las Escrituras con una atención especial a la historia del Pacto en la Biblia. Al hacerlo, Gibson presenta un cuadro apasionante y conmovedor del Hijo de Dios y de su importancia, que corrige muchos malentendidos y saca a la superficie muchas gemas que a menudo se pasan por alto.
John Peckham , profesor de Teología y Filosofía Cristiana, Universidad de Andrews
¡Asombroso! En el típico “estilo Gibson”, Jesús, el Hijo de Dios presenta un grandioso y espléndido retrato de Dios.
Este libro es brillante.
Brendan Pratt , secretario de la Asociación Ministerial, Australian Union Conference, Australia
Este libro es absolutamente fenomenal. Es una obra de teología de primera clase. Mi alma se emociona.
Pastor Nathan Renner
¡Fantástico! Esto tiene MUCHO sentido. No solo aporta claridad a esta cuestión teológica, ¡hace que el evangelio sea mucho más bello!
Pastor Manny Arteaga
Jesús, el Hijo de Dios es un libro muy, muy bueno, y debe ser publicado en todo el mundo.
Woodrow Whidden, profesor de Teología emérito, Universidad de Andrews
¡Impresionante! ¡Innovador! ¡Precioso! Cada habitante del planeta Tierra debe leerlo.
Pastor James Rafferty
¡Maravilloso! Francamente, este es uno de los libros más formidables que he leído en mi vida. Todo el que cree en Jesús necesita leer este libro. Es tan bueno que no quiero añadir aquí ninguna palabra para no rebajar el valor de lo que está sucediendo actualmente en mi corazón. Solo puedo decir aquí: ¡Magnífico! Cada capítulo es un tesoro. Todo el relato de la Escritura cobra nueva vida. El debate sobre la Trinidad se sitúa en un terreno completamente nuevo. De hecho, creo que este libro cambia el debate por completo. Los debates entre trinitarios y antitrinitarios siempre tienen lugar en el campo de batalla de la metafísica y, por consiguiente, no terminan en ninguna parte. Este libro cambia la ubicación del campo de batalla y, en consecuencia, cambia la batalla. No es nada menos que brillante. Este libro es un ejercicio de virtuosismo teológico y una delicia.
Pastor Marcos Torres
En el debate sobre la Trinidad, necesitamos este libro sobre Jesús, el Hijo de Dios. En lugar de compilar textos probatorios, este libro traza el significado de la noción de Hijo a través de los libros de la Biblia, iluminando los ricos significados que se hallan en textos que a menudo se ignoran. La lectura te llevará más allá de los debates ruidosos y profundizará tu aprecio por el evangelio. Recomiendo encarecidamente este libro como un excelente trabajo de teología bíblica.
Pastor Kessia Reyne
¡Por fin! Tenemos un libro sobre la naturaleza de Dios que apela a la inteligencia ¡y al corazón! La lectura de este trabajo me ha instruido teológicamente, a la vez que me ha inspirado personalmente. Si quieres una defensa más profunda que además está basada en la belleza del carácter de Dios, ¡lee este libro ahora!
Pastor Myron Edmonds
En su libro Jesús, el Hijo de Dios, Ty Gibson adopta un nuevo enfoque, bíblicamente sólido, del que se desprende una comprensión profunda de la Deidad, tal como la revelan los relatos de la Escritura; específicamente, el papel de Jesús como el segundo Adán de la humanidad e Hijo de Dios. El resultado es una de las más bellas y coherentes presentaciones del carácter, el ministerio y el amor de la Deidad que he leído en mucho tiempo. Por favor, ¡lee este libro! Abrirá tu corazón a una apreciación más profunda de nuestro Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Pastor Jonathan Walter
Este libro es un buen ejemplo de cuán profundamente la reflexión bíblica y teológica puede ayudar a responder preguntas importantes respecto de la persona y la identidad de Jesucristo. Escrito en un estilo vivo y accesible, Gibson deja clara la cuestión de la plena, compartida y eterna divinidad de Cristo, al examinar la evidencia bíblica sobre el significado y la teología de la filiación de Cristo. El libro llega en un momento de creciente interés por la doctrina de Cristo. Es una contribución importante y debe recibir la mayor difusión posible.
Darius Jankiewicz, director del Departamento de Teología y Filosofía Cristiana, Universidad de Andrews
Cuando empecé a leer, no pude dejarlo. ¡Vaya! Este libro es impresionante. Ty ha descubierto una verdad innegable con respecto a la naturaleza eterna de Cristo y su relación con el Padre, como el Hijo del Pacto. Si te has preguntado alguna vez cómo Jesús pudo existir sin haber sido creado y a la vez ser llamado el Hijo de Dios, encontrarás la respuesta de la Escritura, clara como el cristal, en este libro sorprendente. Sin duda, la difusión de esta verdad tendrá un profundo impacto en la cristiandad.
Shelley J. Quinn, autora, conferenciante y directora de Desarrollo de Programas 3ABN
Simplemente, no puedo contener mi entusiasmo por el mensaje de este libro. El nuevo enfoque de Ty a la antigua cuestión de la divinidad de Jesucristo, simultánea a su filiación, es refrescante, bíblico y, para mí, totalmente convincente. Oro para que este libro reciba la amplia atención y el apoyo que merece. Jesús, el Hijo de Dios es, sobre todo, una gozosa exploración y celebración de Jesucristo, el Salvador del mundo. ¡Gracias, Ty!
Pastor David Asscherick

“Hijas de Eva, después de todo lo que han pasado, quiero que sepan que han estado en mis pensamientos en cada frase a lo largo del camino”.
Prefacio
Los niños saben muchas cosas
Este libro fue escrito por pura casualidad.
No es broma.
Parece que se ha escrito solo. Sí, yo he estado plenamente implicado en el proceso, que ha sido doloroso por momentos. Pero mi próximo libro iba a tratar sobre otro asunto. A mitad del proceso, me desvié, primero fascinado y luego abrumado por una inesperada visión de la belleza de Dios, y no tuve más remedio que seguir esa luz dondequiera que me llevase. Había tanta gente haciendo la misma pregunta básica –gente en Alemania, Australia, España, California, y hasta en el mercado del pueblo en Collegedale, Tennessee– que empecé a escribir notas y a responder correos electrónicos, hasta que, cuando me di cuenta, este libro ya había salido de mi ordenador.
Así que, aquí está.
Jesús, el Hijo de Dios
Explorando la identidad divina de Cristo
Es cierto que no es un título muy pegadizo, pero es muy específico acerca del contenido del libro. Espero que el título y el subtítulo sean suficientemente significativos para ti antes de que termine nuestro viaje. Al seguir el hilo del texto a lo largo de las páginas que tenía delante, antes de que me diera cuenta ya había escrito más de cien mil palabras. “¡Vaya! Ya basta”, me dije. Así que, me detuve y me puse a editar lo escrito. No quería aburrir ni abrumar a nadie, así que reduje la cosa a 43.459 palabras (poco más de 46.000 en español). Esto ya es más manejable. De hecho, a una velocidad de lectura media de 200 palabras por minuto, puedes leerte este pequeño volumen en más o menos tres horas y media. Así que, no hay problema. Esto equivale a una tarde tranquila de domingo, y estoy seguro de que este tiempo valdrá la pena.
Otra cosa sobre el título: sí, soy muy consciente de que “hijo” es una palabra generalmente referida a hombres.
Hijas de Eva, después de todo lo que han pasado, quiero que sepan que han estado en mis pensamientos en cada frase a lo largo del camino. Por favor, tengan en cuenta a lo largo de esta exploración que todo lo que digamos con respecto a los hijos es igualmente aplicable a las hijas. A lo largo del relato bíblico, la filiación aparece como un mecanismo de alianza para seguir el rastro del linaje de Cristo. El punto es, mis queridas hermanas, que nadie está excluido de ninguna de las implicaciones gloriosas del tema bíblico de la filiación, aunque los hombres parecen estar excluidos de las representaciones bíblicas de la iglesia de Dios como mujer y finalmente como novia. Sin embargo, tanto los hombres como las mujeres están representados por la novia, y tanto las mujeres como los hombres están representados por la filiación.
Estoy tan entusiasmado con Jesús, el Hijo de Dios que no puedo esperar a que me leas. Por favor, envíame un correo electrónico a hello@thesonshipofchrist.com y hazme saber lo que piensas. Estoy orando para que las ideas que estás a punto de descubrir iluminen tu mente y te lleven a un nuevo nivel de comprensión bíblica.
Por último, ya que se espera que cada libro tenga su introducción, aquí está la mía:
Los niños tienden a saber más que los adultos, no en cantidad de conocimientos, sino en significado. A medida que nos hacemos mayores y “más inteligentes”, tendemos a olvidar aquellas cosas profundas que nadie ha tenido que decirnos. Así que, este libro es un guiño cómplice a aquel niñito que intuitivamente percibió lo esencial de la realidad cuando hizo aquella brillante pregunta de que: “Si hemos sido creados, eso significa que Dios estaba solo antes de que nosotros existiéramos; así que ¿cómo habría podido Dios ser amor en aquel entonces si no hubiese habido nadie a quien amar? Tal vez Dios nunca estuvo solo”.
Precisamente, pequeño.

“Algunos creen que el Hijo de Dios no puede ser Dios eterno en el mismo sentido que el Padre es Dios, o de lo contrario no sería llamado el Hijo”.
Capítulo uno
Dos identidades
¿Qué quiere decir la Biblia cuando llama a Jesús “el Hijo de Dios”?
Oh, ¡no! ¿Va a ser esto uno de esos aburridos ejercicios teológicos?
Pues, no.
En realidad, si aceptas seguirme en este corto viaje hasta el final, te aseguro que la recompensa valdrá la pena. Puede que incluso te conmueva profundamente la belleza del carácter de Dios y te asombre la extraordinaria genialidad del texto bíblico. Incluso si encuentras aburrida a primera vista la pregunta anterior, te prometo que el tiempo que vamos a pasar juntos no te aburrirá en lo más mínimo.
En primer lugar, debes saber que esta pregunta ha desafiado a los estudiantes de la Biblia durante casi dos mil años. No es una nuez fácil de romper. Los eruditos en teología siempre han estado intrigados y desconcertados por este tema. Y es fácil ver por qué. Apoyándose en la premisa bastante convincente de que la Biblia llama a Cristo “el Hijo de Dios”, diversas voces han surgido a lo largo de la historia de la iglesia, insistiendo en que, para llevar con propiedad un título como ese, él no podría preexistir sin un punto de comienzo, ni podría coexistir eternamente junto a un Dios de quien es “Hijo”. La lógica, insisten, impide que un hijo coexista cronológicamente desde siempre con su padre.
Difícilmente puedas rebatir ese argumento. Nuestra comprensión normal del término “hijo” incluye la noción de nacimiento, y la Escritura dice que Jesús fue “engendrado” y que nació. De modo que, normalmente, ser “hijo” implica un punto de origen, un comienzo. Si Jesús es llamado “Hijo” de Dios, ¿no se deduce que debió haber sido engendrado por Dios y que, por lo tanto, tiene un punto de partida como persona distinta del Padre? Es indiscutible que esta perspectiva tiene su lógica.
Así que, quiero decirles a los partidarios de este punto de vista que no van encontrar de mi parte ninguna actitud irrespetuosa o despectiva. Yo estoy de parte de los estudiosos que usan su cerebro. Como dijo Galileo, “no me siento obligado a creer que el mismo Dios que nos ha dotado de sentido común, razón e inteligencia pretenda que renunciemos a su uso”. Felicito a quienes procuran ser lógicos y coherentes.
Pero, sobre la base de su honestidad y lógica, les pido que tomen en serio lo que vamos a explorar sobre el tema, porque creo que van encontrar profundamente convincente el enfoque de este libro. De hecho, me atrevo a afirmar que lo que estamos a punto de descubrir acerca de la filiación de Cristo es una verdad tan obvia que, una vez que la veas, no podrás perderla de vista. Soy consciente de que esta es una gran pretensión para este pequeño libro, pero, por favor, permíteme que lo intente lo mejor que pueda, al acompañarme hasta la última página. Y haz lo que quieras, pero no te saltes nada. Sigue el texto en orden, porque, en nuestro tratamiento del tema, cada pieza de cada cuadro es vital para comprender la siguiente, y esta para la siguiente, y así sucesivamente hasta el final.
No importa quién seas, ni la posición que hayas tomado acerca de la filiación de Cristo, sin duda has percibido la tensión y la complejidad del tema, tratando de encontrar sentido a dos afirmaciones bíblicas aparentemente contradictorias.
Por un lado, la Biblia llama a Jesús “el Hijo unigénito de Dios” (Juan 3:16) y describe que él ocupa una posición subordinada al Padre (Juan 14:28; 1 Cor. 15:27, 28).
Por otro lado, la Escritura también dice que Jesús es “en forma de Dios”, insistiendo en que él comparte “el ser igual a Dios” (Fil. 2:5, 6) y que él es quien “hizo” todas las cosas que fueron “hechas”, situándolo, por contraste, en la categoría de los seres no creados (Juan 1:1-3). Cristo es llamado incluso “Padre eterno” (Isa. 9:6), el eterno “yo SOY” (Éxo. 3:14; Juan 8:58), y “el Todopoderoso” (Apoc. 1:8).
La tensión entre las dos identidades salta a la vista.
La solución debe ser coherente con ambas afirmaciones… y digna de nuestra admiración.

“A muchos cristianos se les ha enseñado a abordar la Biblia como si fuera un libro de texto, suponiendo que funciona como una enciclopedia, usándola para construir una serie de declaraciones teológicas”.
Capítulo dos
Leer la Escritura en sus propios términos
Tengo la impresión de que nuestro empeño en luchar para dar sentido a la noción de filiación aplicada a Cristo se debe a una lectura selectiva y estrecha de las Escrituras que ignora la historia general del libro. No es que nadie tenga la intención de leer la Biblia selectivamente o con un enfoque estrecho. A la mayoría de los cristianos se les ha enseñado a abordar la Biblia como si fuera un libro de texto sobre doctrinas, suponiendo que funciona como una enciclopedia, usándola para construir una serie de declaraciones teológicas. Así que, en realidad no leemos la Biblia integralmente, sino que tendemos a peinar sus páginas en busca de versículos, declaraciones, incluso frases parciales y palabras aisladas, y luego reunimos esa masa inconexa de “versículos” en categorías temáticas a partir de las cuales componemos “creencias”.
Los propios escritores de la Biblia parecen no saber nada de esta manera temática de concebir la verdad. Es aparentemente ajena a la antigua forma hebrea de entender la realidad. Ellos, al contrario, ven y transmiten la verdad en forma de poemas y cantos, símbolos e historias, sobre todo relatos, ya que incluso los poemas, los cánticos y los símbolos se utilizan para contar los relatos.
Cuando la Biblia se estudia a partir de “textos-prueba” pero sin tener en cuenta su contexto, es posible servirse de muchos de sus versículos para formular casi cualquier doctrina que alguien pretenda creer. El estudio de la Biblia con este enfoque es un ejercicio bastante subjetivo, en el que uno busca versículos para apoyar premisas que se quieren defender con la Biblia, y no es sorprendente que se encuentre apoyo para lo que se está buscando.
Al utilizar el enfoque de textos-prueba en la Escritura, podemos fácilmente, y con la mejor de las intenciones, tomar la palabra “hijo”, cuando se la utiliza en referencia a Jesús, y luego apelar a la razón, al margen del relato bíblico, para deducir que él debió haber salido de Dios en algún momento, hace mucho, mucho tiempo. El “Hijo de Dios” no puede ser Dios eterno en el mismo sentido en que el “Padre” es Dios, argumentamos, o de lo contrario no sería llamado “el Hijo”.
Entonces, para explicar los otros “versículos” que presentan a Jesús como Dios, nos vemos obligados a aventurar explicaciones filosóficas y abstractas que la Escritura no ofrece. Decimos cosas del estilo de: “Sí, Jesús siempre existió en el Padre antes de que fuera engendrado por el Padre; por lo que no fue creado por el Padre, sino que emergió del Padre”. Y pensamos que hemos dicho algo significativo y profundo, aunque en realidad no tenemos ni idea de lo que hemos dicho, y sabemos que la Biblia, por supuesto, no dice tal cosa. Pero, cuando utilizamos el método de textos-prueba, que no tiene en cuenta el contexto, no tenemos más remedio que llenar los vacíos con especulaciones que no son inherentes al texto. En otras palabras: tenemos que inventar cosas.
Por supuesto, no podemos culpar a nadie por tratar de dar sentido a un pasaje difícil. Cuando se trabaja con la metodología de textos-prueba, concentrándonos en unos pocos árboles y dejando de ver todo el bosque, es un gran desafío entender que “Dios” pueda a la vez ser “engendrado” como “Hijo de Dios”. Así que, o dejamos de lado los versículos que no encajan, o los interpretamos de modo abusivo. Quienes defienden la posición contraria generalmente responden ensartando su propia lista de versículos y ofreciendo sus propias interpretaciones forzadas. Así que, terminamos atrapados en un callejón sin salida, oponiendo mis textos probatorios escogidos contra los tuyos y los tuyos contra los míos.
Pero hay una solución, y veremos muy claramente que es la solución una vez que nos comprometamos con ella y veamos a dónde conduce:
Lee la Biblia.
De tapa a tapa.
En sus propios términos.
Cuando leemos la Biblia como un relato en desarrollo, como la gran historia que realmente es, con personajes clave presentados en una línea argumental con una intención concreta, el significado de la filiación de Cristo se vuelve evidente de manera inequívoca. En otras palabras, si realmente queremos entender el sentido en el que Jesús es el Hijo de Dios, necesitamos salir de nuestra selección personal de versículos para entrar en el gran relato histórico que los profetas están contando.
En caso de duda, mira el panorama completo.
Cuando lo hacemos, se abre ante nosotros todo un nuevo mundo de comprensión bíblica, y no hay necesidad de interpretaciones forzadas. Sencillamente, lo vemos. La historia completa nos muestra la verdad de maneras en las que la microgestión de versículos aislados no lo puede hacer.
Así que, vamos a hacer justo eso. Leamos la Biblia en sus propios términos, y veamos a dónde nos lleva.
Esto promete ser emocionante.

“…cuando utilizamos el método de textos-prueba, que no toma en cuenta el contexto, no tenemos más remedio que llenar los vacíos con especulaciones que no son inherentes al texto. En otras palabras: tenemos que inventar cosas”.
Capítulo tres
Una profecía sobre progenie
La historia bíblica empieza con la creación de Adán y Eva por parte de Dios.
Se trata de los primeros seres humanos.
Todos los demás humanos descienden de ellos.
Hay un patrón que salta a la vista en el relato: creación y procreación.
Dios crea a Adán y a Eva “a imagen de Dios”, y luego Adán, con no poca ayuda de Eva, “engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen” (Gén. 1:27; 5:3).
Y este muchacho, Adán, es el primer “hijo de Dios” mencionado en el relato bíblico. Es el primer personaje en la historia que da significado a la noción de filiación, un concepto que se sigue construyendo a lo largo del resto de la Biblia. Cuando llegamos al relato del Nuevo Testamento, el contenido y el alcance del tema del “hijo” se hacen evidentes. En la genealogía de Jesús según Lucas, a cada personaje del linaje se lo llama el “hijo de” un padre humano, hasta que llegamos al final de toda la lista, Adán, el primer hombre, que se distingue de todos los demás por lo siguiente:
“…Adán, hijo de Dios” (Luc. 3:38).
¿Te diste cuenta? El Nuevo Testamento se remonta deliberadamente hasta el inicio de la historia bíblica, con el fin de aclararnos quién es Jesús, y lo hace diciéndonos quién era Adán. Por un lado, está Adán; y por el otro, Jesús. Y estas dos figuras constituyen la base de toda la historia bíblica, como veremos mejor y con mayor claridad a medida que avancemos.
Desde el principio de nuestra historia, Dios tiene un hijo, y su nombre es Adán. Dios tiene también una hija, y ella también forma parte vital de la trama de la historia, como pronto veremos. Por ahora, estamos interesados en seguir el hilo de la noción de “hijo” en la Biblia, para comprender la filiación de Jesús.
Según Lucas, Adán es “hijo de Dios” en un sentido más “fundacional” que cualquiera de los seres humanos que lo siguen.
¿Por qué?
Bueno, simplemente porque él es el primero de su clase, el primer ser humano, de quien saldrán todos los demás y de quien recibirán su identidad.
Adán y Eva fueron creados.
Todos los demás fueron procreados.
Así es como comienza la historia bíblica.
Adán era la cabeza de la raza humana, de quien toda la humanidad recibiría su “semejanza”. A partir de él, la “imagen” de Dios debía transmitirse de generación en generación, y crear un círculo cada vez más amplio de seres humanos con la capacidad de amar como Dios ama, y de vivir a “imagen y semejanza” de Dios. Ese era el plan divino al crear a la humanidad. Habría una sucesión de hijos e hijas que pasarían a sus descendientes la imagen de Dios. Una vez más, para que quede claro:
Dios creó a Adán y a Eva “a su imagen” (Gén. 1:27).
Y Adán “engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen” (Gén. 5:3).
¡Qué maravilloso plan!
Pero aquí la historia da un vuelco trágico. Se impuso una interrupción del plan original:
Una interrupción que llamamos la Caída de la humanidad.
Una interrupción en la que Lucifer, el ángel caído, engañó a la humanidad para que creyera que Dios es arbitrario, represor, no confiable y egoísta (Gén. 3:1-5).
Una interrupción que casi borró la “imagen” de Dios en la persona del “hijo de Dios”, y perturbó así su capacidad de transmitir claramente la imagen de Dios de generación en generación.
Y, como hubo una interrupción, se necesitó una intervención:
Una intervención que tendría que producirse desde el seno de la situación humana.
Una intervención que abriría un nuevo camino con un nuevo punto de partida.
Una intervención que vendría bajo la forma de un nuevo “Hijo de Dios” para reemplazar a Adán, una nueva cabeza de la raza humana que restablecería la “imagen” de Dios en la humanidad.
Inmediatamente después de la Caída, el Creador formuló una profecía en forma de amenaza contra Satanás y de promesa para la humanidad:
“Y pondré enemistad entre ti [Satanás] y la mujer [Eva y sus descendientes], y entre tu simiente y la simiente suya; ésta [uno de sus descendientes] te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15).
Fíjate bien en esto: La promesa de liberación está presentada en términos de progenie, o descendencia. Dos grupos de personas estarán en conflicto a lo largo de la historia. Un linaje espiritual surgirá de Satanás y hará guerra contra Dios y su pueblo, mientras que un linaje espiritual procedente de la mujer dará nacimiento un día a un “descendiente especial”, que derrotará a Satanás e invertirá los efectos de la Caída. Adán, “hijo de Dios”, fracasó ante la tentación en su encuentro con Satanás. Pero un nuevo Hijo nacerá de entre la raza caída, que aplastará a la serpiente en vez de rendirse ante ella. Un segundo Adán, un nuevo “hijo de Dios”, iniciará una nueva etapa de la historia humana y triunfará donde el primer Adán falló.
Vemos, entonces, que desde el principio de la historia Dios está haciendo frente al problema del pecado en términos de sucesión familiar, al prometer el nacimiento eventual de un Hijo. El Dios creador de la humanidad intenta salvarla desde su propio seno, desde nuestro propio reino genético, desde la posición estratégica de un “Hijo de Dios” que nacerá del linaje de Adán con el fin de redimir la caída de Adán.
Ahora que ya tenemos esta pieza inicial de la historia bíblica claramente establecida en nuestra mente, todo lo demás a lo largo del camino empieza a tener sentido y a hacerse cada vez más claro.
Esto se está poniendo muy interesante. Te estoy esperando en el próximo capítulo.

“Cuando leemos la Biblia como un relato en desarrollo, como la gran historia que realmente es, con personajes clave presentados en una línea argumental con una intención concreta, el significado de la filiación de Cristo se vuelve evidente de manera inequívoca”.
Capítulo cuatro
Israel, mi hijo
La historia ya tiene una forma distinta y estamos empezando a ver hacia dónde va. Con la primera promesa profética de Génesis 3:15 ante nosotros, el escenario está preparado para que la historia del gran relato de la Biblia empiece a desplegarse. Lo que Dios hace después no nos sorprende en absoluto, dadas las características clave del primer episodio de la historia. Él procede, por supuesto, a dar los pasos necesarios para que su promesa se cumpla.
Y ¿cómo lo hace?
Pues, exactamente como esperaríamos, ahora que estamos sintonizados con la historia: estableciendo una línea genealógica por medio de la que el niño prometido, el nuevo Hijo de Dios, pueda nacer en este mundo.
Así que, Dios llama a Abraham y a su esposa, Sara, a salir de Ur, su patria babilónica, y les promete crear una gran nación a partir de su línea genealógica, por medio de la cual todas las naciones de la Tierra serán bendecidas (Gén. 12). Dios llama a su promesa su “pacto” (Gén. 15), que es claramente una versión ampliada de la promesa dada en Génesis 3. El Pacto se presenta como la característica definitoria de la intervención divina, a medida que el plan de progenie avanza, tal como Dios prometió que haría. Así que, no nos sorprende en absoluto cuando Abraham y Sara finalmente dan a luz a Isaac y él es identificado en las Escrituras como el “hijo” de la “promesa” (Gén. 21:1-7; Gál. 4:3).
Es esencial observar que la historia comienza ahora a centrarse en una sucesión de hijos. En este punto, aparece en el relato el concepto de primogenitura, la misión especial del hijo “primogénito” (Gén. 27:9, 32; 43:33; 48:14-18). El hijo primogénito es el canal por medio del cual la promesa del Pacto será transmitida de generación en generación. Pero, y esto es especialmente importante, en un giro narrativo que enfatiza la naturaleza espiritual del plan, pronto vemos que el primogénito genético no siempre es el primogénito de la alianza.
Isaac es el segundo hijo de Abraham, después de Ismael, pero Isaac es el hijo primogénito según la promesa.
Isaac se casa con Rebeca y la promesa pasa a su hijo, Jacob, que es el segundo hijo, nacido después de Esaú, pero a pesar de ello ocupa el puesto del hijo primogénito en el marco de la Alianza.
El objetivo es la transmisión de la promesa del Pacto. Dios no está tan interesado en el orden exacto del nacimiento como en llevar adelante la realización de la promesa del Pacto. Lo que importa es que se consolide una línea por medio de la cual el nuevo “Hijo de Dios” pueda entrar en el seno de la humanidad y derrotar a la serpiente desde dentro, desde la posición estratégica de la naturaleza humana, revirtiendo así la caída de Adán en la carrera hacia la victoria.
La historia sigue avanzando hacia su gran meta final, en resumen, de la siguiente manera:
Abraham y Sara tienen un hijo primogénito del Pacto al que llaman Isaac.
Isaac y Rebeca tienen un hijo primogénito del Pacto al que llaman Jacob.
Las esposas de Jacob le dan doce hijos. Dios cambia el nombre de Jacob por el de Israel. Entonces, de manera soprendente –o no tan sorprendentemente dentro de la narración general–, los doce hijos de Jacob y todos sus descendientes son conocidos corporativamente por el nombre del pacto de su padre, Israel. Dios ahora tiene un pueblo corporativo, una nación. Más tarde, Israel emigra a Egipto y se convierte en un pueblo esclavizado. Dios finalmente envía a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud en Egipto, y –presta atención ahora– Dios le pide que le diga al Faraón algo muy específico:
“Israel es mi hijo, mi primogénito. Y yo te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva” (Éxo. 4:22, 23, JBS).
Israel, la nación, es ahora designada como el “hijo primogénito” de Dios, en singular. En este punto de la historia, el lenguaje de la progenie iniciado en Génesis 3:15 se amplía, aplicándolo a la filiación corporativa de Israel como nación. ¿En qué sentido Israel es el hijo primogénito de Dios? La respuesta es evidente cuando recordamos la promesa hecha a Abraham:
“Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gén. 12:3).
Israel es la nación-hija primogénita de Dios con la intención de que, por medio de su testimonio, muchas otras naciones se conviertan también en naciones-hijas de Dios. Una vez más, vemos que la posición o el papel del “hijo primogénito” no tiene nada que ver con el orden de nacimiento. Tiene que ver con la transmisión del Pacto a todas las naciones de la Tierra. Israel es el canal espiritual por medio del cual Dios intenta devolver a todas las gentes el estatus de hijo perdido por Adán. Vemos que tanto Isaac como Jacob, y más tarde Israel y otros, eran “primogénitos” en un sentido figurado o funcional, no en un sentido cronológico.
Es en este punto del relato bíblico –cuando Israel es designado como el primogénito de Dios– que Dios asume el papel de “Padre” en relación con Israel. Reprendiendo a Israel por su infidelidad a Dios, Moisés dijo:
“¿No es él tu padre, que te creó?
Él te hizo y te estableció […].
Provocaron sus celos con dioses ajenos,
y su ira con abominaciones.
Sacrificaron a los demonios, y no a Dios;
a dioses que no habían conocido,
a nuevos dioses venidos de cerca,
que no habían temido vuestros padres.
De la Roca que te creó te olvidaste;
te has olvidado de Dios, tu creador”
(Deut. 32:6, 16-18).
Moisés le dice a Israel:
Dios es “tu Padre”.
Dios te “engendró”.
Dios te dio el ser.
Ahora, con Israel asumiendo el papel de hijo unigénito de Dios entre las naciones, Dios asume a su vez el papel de Padre de Israel. Por primera vez en el relato bíblico, Dios emplea ahora el lenguaje del parto, del nacimiento. Él “engendró” a Israel como su pueblo escogido entre las naciones. Israel, como hijo unigénito de Dios entre las naciones, es castigado por haber “olvidado al Dios que lo engendró”, una paternidad y un nacimiento que ocurrieron cuando Dios liberó a Israel de la esclavitud en Egipto. Al volverse hacia los “dioses” de otras naciones, Israel estaba negando al Dios que lo engendró. Como Dios diría más adelante por medio de Jeremías, “yo soy el padre de Israel, y Efraín es mi primogénito” (Jer. 31:9). Las otras naciones están bajo la autoridad de sus dioses y demonios (Deut. 32:17), pero Israel es el pueblo escogido de Dios, llamado de entre las naciones para ser el hijo unigénito de Dios, por quien todas las otras naciones serán bendecidas.
Como el asunto de la filiación, el tema de la paternidad de Dios se basa en la narración del Antiguo Testamento y está estrechamente relacionado con el llamado de Israel como el pueblo dentro del cual el Mesías entrará en el mundo. Si queremos entender lo que el Nuevo Testamento quiere decir cuando llama a Dios “Padre”, debemos permitir que la historia misma nos explique lo que significa esa expresión. Cuando así lo hacemos –es decir, cuando nuestro pensamiento obedece a la teología de la narración de la Biblia–, se hace evidente que hay un sentido en el que Dios es nuestro Padre y el Padre de Jesús. Un sentido que la idea normal de paternidad no puede abarcar totalmente, como vamos a ver más adelante en este estudio.
Una imagen coherente se está construyendo, mientras nosotros simplemente seguimos la narración bíblica para ver dónde nos lleva. Estamos a punto de saltar de nuestros asientos en este punto, cuando las implicaciones de la filiación comienzan a vislumbrarse en nuestra mente. Al dejar que la historia nos guíe, estamos a punto de comprender la Biblia en un nivel completamente nuevo. A partir de aquí la cosa es cada vez más sorprendente, así que presta mucha atención a lo que sucede a continuación.

“De un lado está Adán; y del otro, Jesús. Estas dos figuras constituyen la premisa de toda la historia bíblica”.
Capítulo cinco
David, mi hijo
Israel, el “hijo primogénito” de Dios, ahora liberado de la esclavitud, crece como nación, generación tras generación, hasta que nace un niño llamado David.
Puede que hayas oído la historia de David como un relato aislado, inspirador, con hermosas lecciones acerca de vencer a “gigantes” personales que se oponen a tu éxito profesional (Goliat) con cinco cualidades de tu personalidad (sus cinco piedritas), pero es más que eso. La historia de David es, en un nivel profundo, la continuación ininterrumpida de la historia de la gran Alianza de la Biblia.
David es, de hecho, el siguiente hijo de Dios en la Sagrada Escritura.
Al convertirse en el rey elegido de Israel, en él se encarna ahora la identidad corporativa de Israel. La identidad de la filiación ahora toma un significado profético más concreto. El ideal del orden de nacimiento es transgredido, una vez más, porque David no es el primogénito de su padre, Isaí, sino su último hijo (1 Sam. 16:10, 11).
Una vez más, lo que importa es la continuidad histórica de la Alianza, no el orden cronológico de nacimiento. Dios reafirma con David la promesa del pacto que hizo con Abraham, Isaac, Jacob, e Israel, de modo que David se convierte en una especie de prototipo del Mesías venidero.
Fíjate en esto.
Con el fin de transmitir la idea de sucesión, la Escritura invoca de nuevo el lenguaje de “hijo”. En el Salmo 2:1 al 7, David habla de sí mismo como habiendo sido “engendrado” como “hijo” de Dios, y al mismo tiempo evoca proféticamente la venida del Mesías, en quien debe cumplirse todo lo que Dios ha prometido al mundo a través de Israel:
“¿Por qué se amotinan las gentes,
y los pueblos piensan cosas vanas?
Los reyes de la tierra se levantan,
y príncipes conspiran
contra el Señor y contra su ungido (mesías, en hebreo) […].
Yo he puesto mi rey sobre Sión, mi Santo Monte.
Yo publicaré el decreto; el Señor me ha dicho,
‘Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy’ ”.
¿De quién habla David?
Pues, habla de sí mismo en el sentido histórico inmediato y local. David ha sido ungido rey de Israel. Pero también está hablando proféticamente del último rey de Israel, ungido como Rey universal; es decir, habla de Jesucristo. Sabemos que esto es así porque el Nuevo Testamento hace esta conexión profética (Hech. 2:25-36; 4:25-28; 13:33; Heb. 1:5).
En el Salmo 89:19 al 29, David se describe a sí mismo como el hijo “primogénito” de Dios por medio de quien su “pacto se mantendrá firme,” a la vez que predice de nuevo la venida del Mesías:
“Entonces hablaste en visión a tu Santo,
y dijiste:
‘He puesto el socorro sobre uno que es poderoso;
he exaltado a un escogido de mi pueblo.
‘Hallé a mi siervo David,
y lo ungí con mi santa unción.
Mi mano estará siempre con él;
mi brazo también lo fortalecerá.
‘El enemigo no lo vencerá,
ni el hijo perverso lo quebrantará;
sino que quebrantaré delante de él a sus enemigos,
y heriré a los que le aborrecen.
‘Mi fidelidad y mi misericordia estarán con él,
y en mi nombre será exaltado su poder.
‘Asimismo pondré su mano sobre el mar,
y sobre los ríos su diestra.
‘Él clamará a mí, diciendo: “Tú eres mi Padre,
mi Dios y la roca de mi salvación”.
‘Y yo le pondré por primogénito,
el más excelso de los reyes de la tierra.
‘Para siempre le aseguraré mi misericordia,
y mi pacto será firme con él.
‘Estableceré su descendencia para siempre,
y su trono como los días de los cielos’ ”.
Por supuesto, preguntamos de nuevo, ¿de quién habla David?
¿Quién es el Santo?
¿Quién es el exaltado, escogido de entre el pueblo?
¿Quién es el que exclama: “Tú eres mi Padre,” a quien Dios responde, “yo lo haré mi primogénito”?
¿Quién es ese Rey supremo de la Tierra, con quien Dios establecerá su Pacto para siempre?
David, por supuesto, ¡pero también alguien aún más que David!
Llegados a este punto de nuestro recorrido, sabiendo lo que sabemos, simplemente leyendo estos dos salmos de David, una luz debería encenderse en nuestra mente. Estos pasajes del Antiguo Testamento son vitales para comprender la historia que va a continuar en el Nuevo Testamento, específicamente con respecto a lo que el Nuevo Testamento quiere decir cuando llama a Jesús “hijo primogénito” o “hijo unigénito” de Dios. Estos salmos de David están en el origen de esa terminología, junto con los pasajes que hemos analizado anteriormente con respecto a la filiación de Israel. De hecho, como pronto descubriremos, el Nuevo Testamento cita específicamente estos dos Salmos para informarnos acerca de la identidad del Mesías dentro del marco del Pacto.
Por consiguiente –y esto es esencial–, es aquí, en la narración del Antiguo Testamento, donde tenemos que mirar para interpretar la terminología relacionada con la filiación cuando la encontremos en el Nuevo Testamento.
Y así lo vamos a hacer en breve.
Por ahora, simplemente necesitamos señalar, en interés de nuestra futura investigación, que David se describe a sí mismo y al Mesías venidero como “engendrados” por Dios y como “primogénitos” de Dios, no en un sentido literal cronológico, sino en un sentido simbólico, o “posicional”. David es el hijo de Dios, dentro de una sucesión de hijos de su Pacto, que entre todos conducen al Hijo mesiánico, quien clamará a Dios, con una recién descubierta fidelidad a la idea de filiación: “Tú eres mi Padre”. Y él es quien establece “para siempre”.
Este punto es muy sencillo, pero sumamente importante: El rey David no entra en el escenario bíblico en un vacío narrativo. Emerge dentro de una saga en desarrollo. Adán, el hijo de Dios, perdió su posición de hijo. Dios prometió recuperarlo, dando a la raza humana un nuevo Génesis con un nuevo Hijo de Dios, que triunfaría donde Adán falló. La descendencia prometida a la mujer ocupará fielmente su vocación como eterna progenitora de la imagen de Dios para todas las generaciones futuras.
La lógica interna del relato bíblico es coherente. Dios está actuando para rescatar a la humanidad desde el interior, desde nuestro propio reino genético, mediante un “Hijo de Dios” humano que revertirá los efectos de la caída de Adán. David es un paso más en esa sucesión de hijos.
Y ¿qué es lo siguiente que ocurre?
Lo has adivinado: llega otro hijo de Dios.
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