Kitabı oku: «Sin miedos ni cadenas»
Sin miedos ni cadenas
Vanesa Pizzuto

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
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Sin miedos ni cadenas
Vanesa Pizzuto
Dirección: Natalia Jonas
Diseño de tapa: Carlos Schefer
Diseño del interior: Nelson Espinoza
Ilustración: Shutterstock (Banco de imágenes)
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. © 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-488-0
| Pizzuto, VanesaSin miedos ni cadenas / Vanesa Pizzuto ; Dirigido por Natalia Jonas. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-488-01. Devocionario. I. Jonas, Natalia, dir. II. Título.CDD 204.4 |
Publicado el 30 de septiembre de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: ventasweb@aces.com.ar
Web site: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Sobre la autora
Vanesa Pizzuto es licenciada en Comunicación Social (Universidad Nacional de La Matanza, Argentina) y magíster en Educación (University of Hertfordshire, Inglaterra). Escribió la serie de cuentos bilingües Amancay y numerosos artículos. Trabajó como docente y presentadora de radio. Ama viajar, coleccionar cactus y cantar. Oriunda de la República Argentina, hoy vive y trabaja en Inglaterra.
Introducción
“Mujer, eres libre de tu enfermedad”. Con estas palabras, y con el toque sanador de su mano, Jesús liberó a una mujer que había estado enferma durante dieciocho años (Luc. 13:10-17).
Por medio de las presiones socioculturales, de las heridas del pasado e incluso de los medios de comunicación, Satanás desea sembrar inseguridades en el corazón de cada mujer. Desea encorvarnos por años —como lo hizo con aquella mujer—, utilizando un arsenal de enfermedades espirituales: envidia, competencia, rencor, y sobre todo, miedo.
Todas estas tácticas tienen una única meta: robarnos nuestra identidad como hijas de Dios. Satanás es como ese hermano celoso que susurra: “Eres adoptada y si no te portas bien, te van a devolver al orfanato”. Cuando las mujeres aceptamos esta falsa identidad, vivimos tratando de probar nuestro valor y de ganar la aprobación de los demás. Nuestro rendimiento profesional, nuestro rendimiento como madres o esposas, y aun nuestra apariencia física, se vuelven el barómetro de nuestra autoestima. Vivir así no solo es completamente agotador, sino también hace que miremos a otras mujeres con recelo. Si debemos ganar nuestro valor, las demás mujeres son contendientes, no aliadas.
Sin embargo, ¡el poder de Dios sigue vigente! Jesús desea sanarnos y restaurar nuestra identidad de hijas legítimas. Jesús nos libera de la tiranía de la competencia y la comparación constantes por ganar una aprobación efímera. Jesús nos libera del miedo a que alguien descubra que, en realidad, no somos lo suficientemente bonitas, inteligentes o pacientes. El amor incondicional de Dios es la única base firme para nuestra identidad. De esta identidad fluye nuestra transformación y nuestra libertad.
Formato
Cada semana de este devocional está basada en un área de nuestra vida en la que Jesús nos trae libertad. Puedes leer este libro de forma correlativa, o ir directamente a un tópico de tu interés.
Dedicatoria
A mi queridísima mamá, por su apoyo incansable. 1
1 A menos que se especifique de otro modo, las citas bíblicas se han tomado de la versión Reina-Valera Revisada 1960.
1º de enero
Conmigo

“Cuando todo esté listo, volveré para llevarlos, para que siempre estén conmigo donde yo estoy” (Juan 14:3, NTV).
Amo viajar. Tiempo atrás, estaba a bordo de un Airbus A321 con destino a Amán, Jordania. Generalmente escojo un asiento en el pasillo, así me, puedo levantar y caminar sin molestar a nadie. Pero el vuelo estaba lleno, entonces me asignaron un asiento de la ventanilla, sobre el ala izquierda del avión. Aunque yo no lo sabía, Dios estaba planeando una sorpresa para mí…
El vuelo fue tranquilo y sin turbulencias. Cuando faltaba media hora para aterrizar, comencé a divisar la inmensa ciudad de Amán. Era de noche. Las luces de la ciudad brillaban formando bellísimas venas y arterias incandescentes. Toda la ciudad parecía un organismo vivo, como esas extrañas criaturas abisales que flotan fosforescentes en medio de la oscuridad reinante.
“Esta perspectiva es hermosa. Me pregunto cómo se verá todo desde donde tú estás”, le dije a Dios, con mi nariz pegada a la ventanilla. Ahí fue cuando Dios me sorprendió. Él contestó mi oración con un pensamiento claro y directo: “Estoy aquí”. Se me llenaron los ojos de lágrimas al pensar que Dios estaba conmigo en el avión; no lejos, allá arriba, en la estratósfera.
La Biblia cuenta la historia de cómo Dios se acerca cada vez más. Dios nos busca y destruye todas las barreras que nos separan. Se acerca al punto de llegar a ser uno con nosotros: Emanuel. Su plan es estar siempre con nosotros, empezando aquí y ahora.
Dios está conmigo ahora. En su libro With [Con], el autor cristiano Skye Jethani lo explica de esta manera: “Al estar unidos con Dios a través de Cristo, estamos invitados a experimentar la vida con Dios ahora. Es cierto que la experimentaremos plenamente cuando […] estemos completamente liberados de la enfermedad y de la maldad del pecado. Pero esto no significa que no podamos experimentar a Dios en el presente”.
Mientras lavas los platos, contestas correos electrónicos y preparas el desayuno, Dios está contigo; en la parada del autobús, al pagar los impuestos y aun en un avión. Jesús prometió estar con nosotras siempre; todos los días, hasta el fin de los tiempos. Al comenzar este día, recuerda que Jesús te dice: “Estoy aquí”.
Jesús, gracias por estar conmigo cada minuto de mi vida. Ayúdame a reconocer con mi mente y a sentir en mi corazón tu presencia. Gracias porque nunca estoy sola.
2 de enero
Libre

“Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: ‘Apreciada mujer, ¡estás sanada de tu enfermedad!’ ” (Luc. 13:12, NTV).
La última vez que Jesús fue a una sinagoga a enseñar, se encontró con una mujer especial. Esta pobre mujer estaba completamente encorvada. Lucas, como médico, describe su enfermedad usando una palabra griega que literalmente significa “agacharse completamente”. Probablemente, la mujer sufría de un tipo de artritis crónica grave, por la que las vértebras afectadas se unen. La Biblia dice que esta mujer llevaba 18 años enferma. Durante 18 años no pudo ver el sol de día, ni las estrellas de noche. Durante 18 años, esta triste mujer estuvo completamente doblada, mirando al polvo y llena de dolor. Me conmueve notar lo que sucedió después. En cuanto Jesús la vio, probablemente mientras aún estaba predicando, la llamó. La mujer no pidió ayuda, ni dijo una sola palabra. Sin embargo, lleno de compasión, Cristo interrumpió lo que estaba haciendo y le dijo: “Mujer, eres libre de tu enfermedad” (Luc. 13:12). Inmediatamente, la mujer se enderezó y comenzó a alabar a Dios.
¿Cuántas veces habrá ido a la sinagoga esa mujer antes de encontrarse con Jesús? Creo que al enemigo no le importa que vayas todos los sábados a la iglesia, mientras que no recibas sanidad. Tampoco le importa que leas tu Biblia todos los días, en tanto sigas doblada bajo el peso de la culpa y la inseguridad. A veces pensamos que Dios va a salvarnos porque le damos pena, no por amor. Creemos que, al mirarnos, a Dios se le revuelve el estómago del asco, que se pone guantes antes de tocarnos para que no se le pegue nuestra suciedad. Sin embargo, la Biblia dice que cautivamos su corazón con solo una mirada (Cant. 4:9); que Dios nos ama y ve un valor inestimable en nosotras (Isa. 43:4). Dios es el padre de la parábola, que corre a abrazar y besar a su hijo cuando este aún huele a cerdos, antes de que se dé una ducha (Luc. 15:11-32).
Dios nos mira, como a aquella mujer encorvada, lleno de ternura y amor. Aun si no nos atrevemos a pedir nada, aun cuando no podemos mirarlo a los ojos, Jesús se acerca para ayudarnos. Sin importar cuán pesada sea la carga de nuestro pasado, o cuán deformantes nuestros pecados, él dice: “Mujer, ¡quedas libre de tu enfermedad!”
Señor Jesús, ¡dame una nueva revelación de tu amor! Ayúdame a ver, con los ojos de la fe, cómo te agachas y tocas mi espalda encorvada, liberándome así del peso de la vergüenza y el miedo. Mi pasado y mis errores ya no me definen. Mi identidad depende de tu amor por mí.
3 de enero
Indignado

“En cambio, el líder a cargo de la sinagoga se indignó de que Jesús la sanara en un día de descanso” (Luc. 13:14, NTV).
Muchas veces me pregunto de dónde sacamos la idea de que Dios nos tolera, en lugar de amarnos entrañablemente. Al seguir leyendo la historia de la mujer encorvada que Jesús sanó, notamos que esta errónea idea puede surgir de nuestra experiencia con otros creyentes. Lamentablemente, aunque la columna vertebral de esta mujer estaba arruinada por la enfermedad y ella vivía doblada de dolor, no todo el mundo festejó cuando Jesús la sanó. “En cambio, el líder a cargo de la sinagoga se indignó de que Jesús la sanara en un día de descanso” (Luc. 13:14, NTV, énfasis agregado). La mujer había padecido por 18 años, pero al verla sana el jefe de la sinagoga se indignó. ¿Cómo es posible? Creo que tiene que ver con la imagen mental que tenemos de Dios. Si pensamos que Dios es un juez frío e inaccesible, un aguafiestas que nos prohíbe disfrutar, o un padre severo que exige de sus hijos exactamente aquello que más miedo les produce, entonces vamos a pretender que otros vivan tan obsesionados con las reglas como nosotras.
Las palabras más duras de Jesús, registradas en los Evangelios, son siempre dirigidas a los dirigentes de la fe que proyectaban una imagen falsa de Dios; nunca a los pecadores que buscaban ayuda. “Así que el Señor respondió: ‘¡Hipócritas! […] ¿Acaso no desatan su buey o su burro y lo sacan del establo el día de descanso y lo llevan a tomar agua? Esta apreciada mujer, una hija de Abraham, estuvo esclavizada por Satanás durante 18 años. ¿No es justo que sea liberada, aun en el día de descanso?’ ” (Luc. 13:15, NTV). Generalmente tendemos a suavizar la personalidad de Jesús y a pasar por alto sus “exabruptos”. Hoy te pido que no lo hagas. Presta atención a cada palabra que Jesús dijo. ¡Bébelas, porque son gotas de agua viva! Jesús nos está haciendo reflexionar. ¿Realmente creemos que Dios tendrá menos compasión de nosotras que la que tenemos de un animal?
Una de las tácticas más diabólicas y efectivas que el enemigo usa es proyectar sus defectos en Dios. Imagina que tienes una enfermedad terminal y hay un médico que puede curarte. Sin embargo, alguien te hace creer que ese doctor te odia, que es cruel, y que si le pides ayuda intentará asesinarte. ¿No correrías espantada? ¡Por eso Jesús se enojó tanto! Él estaba diciéndoles a las autoridades de la iglesia: “No, este no es Dios”. Jesús vino para quitar la máscara al enemigo y revelar el amor entrañable del Padre.
Señor, ¡gracias por tu inmenso amor!
4 de enero
¿Me reconoces?

“Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’?” (Juan 14:9, LBLA).
He descubierto que cuando me aliso el cabello, mucha gente no me reconoce. En broma le dije un día a una amiga: “Si quiero cometer un crimen, todo lo que tengo que hacer es alisarme el cabello y nadie sabrá quién soy”. Las dos nos reímos, pero es evidente que lo que la gente recuerda más acerca de mi apariencia, es mi melena de rulos. Me resulta casi cómico que algo tan sencillo pueda confundir a tanta gente, pero a Jesús le sucedió algo similar.
Al final de su ministerio, cuando Jesús se estaba despidiendo de sus discípulos y explicándoles la promesa del Espíritu Santo, Felipe dijo: “Muéstranos al Padre y nos basta”. Sorprendido de que después de tanto tiempo Felipe no le reconociera, Jesús respondió: “¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’?” (Juan 14:7-9, LBLA).
Si la imagen que tenemos de Dios está distorsionada, aunque lo veamos cara a cara, como Felipe, tal vez no lo reconoceremos. Una imagen equivocada de Dios es una gran carga emocional que nos llena de culpa y miedo. A veces nos formamos imágenes equivocadas como fruto de una experiencia dolorosa que no logramos entender. Tal vez, estábamos orando para que una persona amada sanara, pero falleció, y no podemos resolver el conflicto entre la omnipotencia divina y la tragedia. Otras veces, proyectamos experiencias que tuvimos con nuestros padres. Si nuestros padres eran exigentes y difíciles de complacer, o ausentes e imprevisibles, es posible que creamos que Dios también será así con nosotras, según lo expresa Eleonore van Haaften en su libro Vivir en libertad.
Vemos a Dios a través de nuestra experiencia, cultura e historia. Pero Jesús nos dice: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Todas nuestras ideas acerca de Dios deben pasar por el filtro de Cristo. Las ideas que no concuerdan con el amor, la compasión y la gracia de Dios, manifiestas en la persona de Cristo, son erróneas y deben ser desechadas. No hay contradicción entre el Padre y el Hijo. Quien ve a Jesús, ve al Padre.
Señor, ayúdame a renunciar a cualquier idea distorsionada que tenga acerca de ti. Muéstrame tu amor a través de Cristo.
5 de enero
La puerta entreabierta

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).
Hace dos años adopté a un abuelo. Su nombre es Douglas, tiene ochenta años y vive a dos cuadras de mi casa. A Douglas le gusta cocinar y tiene un jardín magnífico, con dalias y cestas colgantes con frutillas. Lo visito cada jueves, después de trabajar. Douglas me espera con el té listo y la puerta entreabierta. Entro sin golpear y anuncio: “Douglas, ¡ya estoy en casa!” Él sale de la cocina y me da un fuerte abrazo.
Cada vez que veo la puerta entreabierta, pienso lo mismo: ¡Dios es así! Sé que soy bienvenida en la casa de Douglas y en la casa de Dios. Dios me está preparando un lugar, así como Douglas prepara el té. ¡Dios es así!
Lamentablemente, en vez de esta imagen de amor y bienvenida, muchas de nosotras hemos crecido con ideas distorsionadas y alienantes acerca de Dios. Muchas crecimos con miedo, pensando que Dios es una especie de policía de tránsito celestial que espera que nos equivoquemos para darnos una multa. Obviamente, es muy difícil amar a un ser que nos aterra. Podemos obedecer por temor al castigo, pero el amor requiere confianza.
El psiquiatra cristiano Timothy Jennings, en su libro The God-Shaped Brain [El cerebro moldeado por Dios], utiliza la neurociencia para demostrar que las ideas que tenemos acerca de Dios reconfiguran nuestro cerebro. Creer y meditar en un Dios de amor, según él, “se ha asociado con crecimiento en la corteza prefrontal […] y el subsecuente aumento en la capacidad para sentir empatía, simpatía, compasión y altruismo. En otras palabras, adorar a un Dios de amor estimula el cerebro a crecer y sanar”. Por otro lado, si adoramos a un dios tirano, punitivo o distante, “los circuitos del miedo se activan, y si no son calmados, resultan en una inflamación crónica y daño tanto al cerebro como al cuerpo”, agrega. Las ideas que tenemos con respecto a Dios no son inofensivas. Lo que contemplamos realmente nos transforma a su imagen.
La buena noticia es que Jesús vino al mundo a desbaratar todas las ideas distorsionadas que tenemos acerca de Dios. Es por esto que Jesús dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9); y también dijo: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). El amor nos libera del miedo. Cuando Jesús extendió sus manos y dejó que fueran perforadas en la cruz, el mensaje escrito con su sangre fue irrefutable: “Prefiero morir que vivir sin ti”.
Señor, quiero que tu perfecto amor desaloje cualquier idea equivocada que tengo con respecto a ti. En tu amor no hay temor.
6 de enero
Dieciocho pulgadas

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).
Son tan solo 18 pulgadas, o 20 centímetros. Sin embargo, es una de las distancias más difíciles de atravesar. Entre tu cerebro y tu corazón hay tan solo 18 pulgadas. Unos años atrás me di cuenta de que había una discrepancia entre lo que creía en mi mente y lo que sentía mi corazón. Entonces, comencé a orar pidiéndole a Dios que la verdad “cayera” de mi cerebro a mi corazón, como una fruta madura atraída hacia el suelo por la fuerza de gravedad.
Cierto día, mientras escuchaba la canción de J. J. Heller “God is still here” (Dios sigue aquí), me di cuenta de que muchas luchamos con esas 18 pulgadas. En esa canción, ella le pide a Dios que “la verdad que está en su cabeza baje a su corazón”, para ya no sentir más miedo y ansiedad. Mientras nuestro corazón y nuestra mente sigan batiéndose a duelo, no tendremos paz. Si hay un yugo desigual en el matrimonio de la mente y el corazón, seremos como una casa dividida contra sí misma, que no puede obtener la victoria. Es absolutamente imprescindible que la verdad en nuestras cabezas despierte el amor del corazón.
A muchas nos han enseñado a desconfiar completamente de nuestras emociones y a vivir nuestra fe como un acto de racionalidad pura. Sin embargo, ¡hasta los demonios creen y tiemblan! (Sant. 2:19). Tener un conocimiento teológico correcto acerca de Dios es importante; claro que, a menos que el corazón esté empapado del amor de Dios, nuestra vida espiritual estará seca y cuarteada. Necesitamos adentrarnos más en el océano del amor de Dios, no simplemente leer acerca del océano.
Señor, por favor, alinea mi mente y mi corazón para que tiren del carro de mi vida en la misma dirección. Quiero conocerte más. Pero también tengo miedo. Es mucho más fácil leer acerca del océano que atreverme a adentrarme y mojarme por completo. Solo tú puedes obrar el milagro. Tómame de la mano, Señor. Condúceme a lo profundo de tu revelación. Llévame adonde ya no haga pie, donde mi mente sola no alcance. Llévame donde tenga una experiencia transformadora completa; en mi mente y en mi corazón.
7 de enero
Canciones de amor

“Porque el Señor tu Dios vive en medio de ti. Él es un poderoso salvador. Se deleitará en ti con alegría. Con su amor calmará todos tus temores. Se gozará por ti con cantos de alegría” (Sof. 3:17, NTV).
¿Qué piensa Dios de ti? ¿Qué tipo de cosas dice Dios acerca de ti? ¿Con qué tono de voz? A veces tenemos una imagen mental de Dios como un ser iracundo y severo, siempre de ceño fruncido. Sin embargo, la Biblia revela una imagen completamente diferente: Dios es jovial, misericordioso y le gusta cantar. ¡Dios canta! Profetizando acerca de la Nueva Jerusalén, Sofonías reveló que Dios se deleitará en nosotras con cantos. Como una madre canta mirando con ternura a su bebé en brazos, Dios cantará canciones de un amor entrañable.
A menudo subestimamos la alegría y el amor que Dios siente por nosotras. Sin embargo, él dice claramente: “Las montañas podrán cambiar de lugar, los cerros podrán venirse abajo, pero mi amor por ti no cambiará” (Isa. 54:10, TLA). Dios te ama tanto que escribe canciones acerca de ti y las canta. El célebre predicador inglés Charles Spurgeon lo describió de esta manera en Spurgeon’s Verse Expositions of the Bible [Exposiciones de Spurgeon sobre versículos de la Biblia]: “Piensa en el gran Jehová cantando. ¿Te lo imaginas? ¿Es posible concebir a la Deidad prorrumpiendo en canción; Padre, Hijo y Espíritu Santo cantando juntos acerca de los redimidos? Dios está tan feliz en el amor que siente por su pueblo, que rompe el silencio”.
Es importante que aprendamos a reconocer la voz de Dios, que sepamos distinguirla de la miríada de sonidos y voces que nos asedian a diario. Si nuestra imagen de Dios es errada, si lo vemos como un tirano, confundiremos la voz del crítico interior con la suya. Como explican William y Kristi Gaultiere en su libro Mistaken Identity [Identidad equivocada], “cuando internalizas las actitudes negativas que han expresado otras personas […] es natural esperar que otros te traten de la misma manera. En este caso, la voz amorosa de Dios puede quedar distorsionada fácilmente, debido a los altavoces del crítico que reside en tu interior”. Dios te ama entrañablemente, ¡sus palabras siempre reflejarán esto! Aun cuando Dios nos corrige, lo hace con un tono amante, no de acusación y condenación (Rom. 8:1; Apoc. 12:10). Oremos para que Dios abra nuestros oídos, para que podamos escuchar la canción que él ya está tarareando mientras nos mira con ternura.
Señor, hoy quiero oír tu voz. Quiero oír la canción de amor que creaste para mí. Ayúdame a silenciar los ruidos, las críticas y los miedos, para así poder oír tu voz diáfana y amante.
8 de enero
Adentrarse

“Confía en el Señor con todo tu corazón; no dependas de tu propio entendimiento” (Prov. 3:5, NTV).
Hace varios años, tomé un curso de escritura creativa en la Universidad de Hertfordshire, Inglaterra. Disfruté mucho de las clases, excepto por un pequeño detalle. Al profesor le gustaba preguntarnos, al empezar cada lección, qué tipo de historia íbamos a escribir y cómo iba a terminar. Yo nunca sabía qué decir; ¡esos minutos me llenaban de frustración! ¿Cómo se supone que sepa cómo va a terminar una historia antes de escribirla? Una historia es como un río; se abre camino a medida que fluye. Como escribe Madeleine L’Engle en su libro Walking on Water [Caminar sobre el agua], hay una similitud entre escribir una historia y conocer a Jesús: “La novela que nos sentamos a escribir y la que terminamos escribiendo pueden ser muy diferentes; así como el Jesús que alcanzamos a entender y el que nos alcanza pueden ser diferentes también”. Nuestra relación con Jesús es como un río; va creciendo y ganando caudal a medida que avanza.
Dios es mucho más grande de lo que imaginamos o podemos comprender. Seguirlo implica estar dispuestas a desaprender ideas erróneas y restrictivas, como sucedió con los discípulos en el camino a Emaús (Luc. 24:13-35). ¡Si hay algo de lo que podemos estar seguras es que nuestra historia no lucirá como pensábamos! Jesús trasciende los conceptos teológicos con los que nos sentimos más cómodas, nuestras preferencias de estilo musical y aun nuestro sentido común. Si seguir a Jesús no te desafía intelectual, emocional y socialmente, algo está mal. O bien lo estás siguiendo desde la orilla, sin adentrarte en el misterio de su bondad; o bien estás siguiendo a otro, un mesías falso, un ídolo. Como escribe Anne Lamott en Pájaro a pájaro: “Puedes estar seguro de que has creado a Dios a tu propia imagen cuando resulta que Dios odia a las mismas personas que tú”. Si Dios está de acuerdo con todas tus opiniones, todo el tiempo, algo está muy mal.
Todavía me acuerdo de que, cuando estaba aprendiendo a nadar, mi mamá se paraba en la parte profunda de la pileta y me animaba a zambullirme. Ella se iba un poco más lejos cada vez, forzándome a ir más allá, hasta donde yo ya no hacía pie. En esta aventura de fe que es la vida, Dios nos llama desde lo profundo también. Nos invita a adentrarnos, obligándonos a depender completamente de su sabiduría y no de las puntas de nuestros pies. Dios promete estar siempre a nuestro lado. Si se lo permitimos, escribirá una historia mucho mejor de la que podríamos imaginar.
Señor, confío en ti de todo corazón y no en mi propio entendimiento. Hoy estoy dispuesta a adentrarme, a ir más lejos que ayer, porque sé que estás conmigo.
9 de enero
Los apodos de Dios

“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: ‘No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú’ ” (Isa. 43:1).
Cuando éramos niñas, mi hermana melliza no podía pronunciar bien mi nombre. Entonces, en lugar de llamarme Vanesa, me puso un apodo: Peta. Aun ahora, muchos años después, mi familia me sigue diciendo Peta. Oír este apodo evoca tantos recuerdos… El perfume de la retama del patio, los agobiantes veranos de Buenos Aires y el pregón del vendedor ambulante: “¡Sandía, calada la sandíaaaaa!” Un apodo es el resumen de una historia compartida, un secreto, un guiño de complicidad.
La Biblia tiene muchos ejemplos de personas a las que Dios les dio un nombre nuevo para conmemorar un cambio importante. Abram se convirtió en Abraham y Saraí en Sara; Jacob se convirtió en Israel y Simón en Pedro. Pero la Biblia también tiene ejemplos de personas que le dieron un apodo a Dios. Abraham lo llamó: “El Señor proveerá” (Yahweh-jireh), cuando Dios proveyó el carnero para ser sacrificado en lugar de Isaac. David dijo: “El Señor es mi pastor” (Yahweh-rohi), comparándolo con su trabajo como pastor de ovejas. Agar lo llamó: “El Dios que me ve” (El-roi), el Dios que se fija hasta en la aflicción de una esclava.
Estamos tan familiarizadas con estos nombres al leer a Biblia, que olvidamos que antes de entrar en el canon no fueron más que apodos; resúmenes de una vivencia única entre el Creador y la criatura. Si tuvieras que darle un apodo a Dios para conmemorar un momento especial, ¿cómo lo llamarías?
Yo lo llamo “el Reciclador insuperable”. Dios puede tomar lo peor de mi vida, de mi pasado o de mis decisiones, y aun así crear belleza. Allí donde huele a estiércol, Dios fertiliza. Allí donde soy débil, Dios siembra para su gloria. Yo lo llamo “el Sustentador de mi destino”. Es quien me recuerda que la batalla le pertenece a él, no a mí. Es quien abre ríos en los sequedales y trae vida a mis valles de huesos secos. Yo lo llamo “El tierno”. Es el que hace que mis amigas me llamen por teléfono justo cuando me siento triste.
Dios no quiere una relación formal y distante contigo. Él quiere una relación tan cercana que podamos tener historias y apodos compartidos.
Señor, gracias por ser el reciclador insuperable; por ser quien redime mis errores y aun mi pasado, quien me devuelve los años devorados por el miedo y la soledad. Gracias por ser el sustentador de mi destino, quien pelea mis batallas y defiende mi honor. Gracias por ser tierno; por usar cada detalle para recordarme cuánto me amas.
10 de enero
Desaprender

“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Cor. 13:11).
Estoy aprendiendo a manejar por segunda vez. Aquí, en el Reino Unido, se conduce “al revés”, circulando por la izquierda. Poner los cambios con la mano izquierda me resulta rarísimo, porque soy diestra. Lo importante, me repito después de cada clase, es ser paciente hasta que mi cerebro desaprenda.
¡Desaprender puede ser todo un desafío! Cuando la teoría del famoso astrónomo polaco Nicolás Copérnico fue publicada, revolucionó a los científicos y teólogos de su época. Para aceptar la increíble idea de que la Tierra gira alrededor del Sol, y no a la inversa, ellos debían renunciar a doctrinas medievales e ideas aristotélicas. ¡Pero esto no era nada sencillo! De hecho, años después, cuando Galileo Galilei usó la teoría de Copérnico para demostrar el movimiento de los planetas, la Inquisición romana lo condenó por hereje.
Los teólogos de la Inquisición tomaron frases poéticas tales como: “El sol sale y el sol se pone” (Ecl. 1:5), como evidencia literal de que el Sol gira alrededor de la Tierra. Incapaces de ver su error interpretativo, concluyeron que Galileo era un hereje. Sería sencillo pensar que nosotros sí leemos la Biblia sin filtros culturales. Sin embargo, en mi experiencia, solo cuando nos exponemos a otra cultura nos damos cuenta de cuán condicionados estamos por la propia.
Varios años atrás, visité la imponente Catedral del Cusco, en Perú. Nuestro guía nos mostró una pintura de la Última Cena y preguntó: “¿Quién puede reconocer lo que los discípulos están comiendo?” Cuando nos cansamos de intentar adivinar, nos dijo que los discípulos estaban comiendo cuy y bebiendo chicha, un menú típicamente peruano. Pero eso no era todo: Marcos Zapata, el artista, también retrató a Judas Iscariote con el rostro de Francisco Pizarro, el codicioso conquistador español que asesinó a Atahualpa. ¡Marcos Zapata pintó una Última Cena peruana!
Hay una pintura similar dentro de cada uno de nosotros. El contexto histórico, social y cultural en el que vivimos distorsiona el retrato de Jesús que pintamos en el lienzo de nuestro corazón. Llega un momento en el que tenemos que desaprender algunas de las ideas de nuestra niñez espiritual, para verlo más claramente. ¡Exactamente esto es lo que los discípulos hicieron camino a Emaús! Cuando renunciaron a Jesús como un rey temporal que vencería al Imperio Romano, pudieron reconocerlo como Rey de reyes.
Jesús, quiero caminar hacia Emaús contigo para que me libres de cualquier condicionamiento cultural erróneo. Estoy dispuesta a renunciar a lo que sea necesario con tal de verte cara a cara.
11 de enero
Libres del legalismo

“Pero él respondió: ‘Todos estos años he trabajado para ti como un burro y nunca me negué a hacer nada de lo que me pediste. Y en todo ese tiempo, no me diste ni un cabrito para festejar con mis amigos’ ” (Luc. 15:29, NTV)
Si el legalismo es tan peligroso, ¿por qué es tan común? ¡Porque es atractivo! A simple vista, el legalismo parece más sencillo que razonar y hacer exégesis bíblica; solo se trata de cumplir con una lista de requisitos. El legalismo también hace que nos sintamos superiores, más escrupulosos y devotos que los demás. Pero, sobre todo, el legalismo nos da un falso sentido de seguridad. Si leemos la Biblia, oramos y vamos a la iglesia, creemos que entonces Dios nos protegerá. A un nivel básico, el legalismo implica intentar controlar a Dios a través de nuestros esfuerzos. (Es el equivalente moderno de sacrificar a una virgen en un volcán.)
El legalismo es transaccional; no nos humilla con gracia inmerecida. El legalismo es práctico; simplifica cualquier situación a blanco y negro, y evita así disonancias cognitivas. “Muchos usamos al legalismo como una muleta espiritual”, escribe Sharon Hodde Miller en Nice [Agradable]. “Preferimos categorías claras y ordenadas que no requieran que pensemos, que confiemos, que caminemos en la fe o que nos ensuciemos las uñas”. Aunque Dios nos llama a orar, a leer la Biblia y a obedecer, estas disciplinas espirituales no son herramientas para controlar los resultados. Son formas de acercarnos a Dios, aceptando el misterio y complejidad que esto implica.
Para renunciar al legalismo debemos aceptar nuestra vulnerabilidad y absoluta dependencia. Abrir el corazón a la gracia implica perder la ilusión del control. “Por definición, no podemos ‘calificar’ para obtener gracia de ninguna manera, por ningún medio o mediante ninguna acción”, escribe Sinclair Ferguson en El Cristo completo. “Por lo tanto, comprender la gracia de Dios, es decir, comprender a Dios mismo, es lo que desmorona al legalismo”. La gracia es el único antídoto eficaz. La gracia transforma nuestra imagen de nosotras mismas y la imagen que tenemos de Dios. La gracia nos revela que Dios no es un ser punitivo e iracundo que debe ser aplacado, sino un padre amante. La gracia de Dios es una fuerza implacable; no podemos domesticarla ni manipularla. Sin embargo, si nos dejamos llevar por su caudal, descubriremos una libertad y belleza insospechadas.
Señor, gracias por salvarme por medio de Jesús. Hoy acepto que dependo absolutamente de ti y abro mi corazón a tu gracia. Muéstrame la belleza de tu amor por mí. Amén.
12 de enero
Dios feliz

“Les he dicho esto para que sientan la misma alegría que yo siento, y para que sean completamente felices” (Juan 15:11, PDT).
Quiero pedirte un favor: Cuando termines de leer esta oración, cuando llegues al punto final, cierra tus ojos e imagina a Dios sonriendo.
¿Qué tan fácil o difícil te resultó hacer eso? En la carta a Timoteo, Pablo lo exhorta a predicar “el glorioso evangelio del Dios bendito” (1 Tim. 1:11). Estamos tan familiarizadas con estas palabras que las pasamos por alto, como si manejáramos en piloto automático. Sin embargo, la palabra griega que Pablo usa aquí es makariou, que no solo significa “bendito”, sino también “feliz”. Pablo estaba instruyendo a Timoteo a predicar “las gloriosas buenas nuevas del Dios feliz”.
Dios es santo, sí, pero también feliz. ¡Dios es mucho más feliz de lo que podemos imaginar! Él no actúa como una bibliotecaria de ceño fruncido que nos chista cuando hacemos el menor ruido. Dios no es un padre severo e imposible de complacer. ¡Dios es feliz! De hecho, si no lo fuera, el evangelio no sería una buena noticia. ¿A quién le gustaría pasar la eternidad con un Dios infeliz y amargado? ¡A nadie! Trataríamos de evitar estar a su lado así como evadimos a las personas que siempre se andan quejando. Nos cruzaríamos de vereda y no le devolveríamos las llamadas. En la parábola de los talentos, los siervos fieles son invitados con la frase: “Entra en el gozo de tu señor” (Mat. 25:23). Otras traducciones dicen: “¡Ven a celebrar conmigo!” (NTV) y “Ven y alégrate con tu patrón” (PDT). A través de esta parábola, Dios nos invita a compartir su felicidad por la eternidad.
Luego de invitar a sus discípulos a permanecer unidos a él como las ramas a la vid, permaneciendo en su amor, Jesús dijo: “Les he dicho esto para que sientan la misma alegría que yo siento, y para que sean completamente felices” (Juan 15:11, PDT). Aunque esto no implicaba que tendrían una vida libre de problemas, Jesús les dijo que si permanecían conectados a él, sentirían su misma y completa felicidad.
Señor, confieso que a veces pensaba en ti como un ser iracundo y severo, y me costaba imaginarte sonreír. Sin embargo, la Biblia enseña que tú quieres compartir tu felicidad conmigo por la eternidad. ¡Qué privilegio! Te agradezco porque toda felicidad fluye de ti.
13 de enero
Digno

“Ellos cantaban en un potente coro: ‘Digno es el Cordero que fue sacrificado, de recibir el poder y las riquezas y la sabiduría y la fuerza y el honor y la gloria y la bendición’ ” (Apoc. 5:12, NTV).
Hace un tiempo, escuché a un periodista decir que “cuando los políticos pisan la alfombra roja, ¡se apunan!” El poder hace que muchos de ellos pierdan contacto con la realidad y olviden sus promesas electorales. Sin embargo, no son solo los políticos los que tienen este problema, es una tendencia humana. En las célebres palabras del historiador inglés Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Los seres humanos tenemos una relación compleja con el poder, que fácilmente puede volverse tóxica.
La Biblia dice que el Cordero es digno de tomar el poder (Apoc. 5:12). Esta bellísima alabanza tiene una importancia teológica que a veces ignoramos. Dios no se relaciona con el poder, la riqueza o la gloria como lo hacemos nosotros. ¡El sacrificio de Jesús lo demuestra! Dios no usa su poder para servirse a sí mismo, como un tirano caprichoso. El poder no lo corrompe ni se le “sube a la cabeza”. Como escribe el psiquiatra cristiano Timothy Jennings en The God-Shaped Brain [El cerebro moldeado por Dios]: “Él prefiere permitir que sus criaturas lo maltraten y lo maten, en lugar de usar su poder para detenerlos. ¡Qué libertad, qué liberación tenemos en Dios! Verdaderamente, digno, digno, digno es el Cordero que fue inmolado. Él es digno de recibir todo el poder porque ha demostrado que no abusa de él”.
El amor y el poder de Dios son infinitos y se manifiestan juntos. El Cordero es digno de romper los sellos y abrir el rollo porque con su sangre pagó el rescate (Apoc. 5:9). Comentando acerca de las tentaciones en el desierto, en A Loving Life [Una vida amorosa], Paul Miller describe cómo Jesús se rehusó a separar el poder y el amor. “Cada una de las tentaciones en el desierto intenta lograr que Jesús use su poder para [servirse a] sí mismo, pero él se niega a usar poder divino para convertir una piedra en pan, a usar su divinidad para protegerse de las consecuencias de su humanidad”. Dios no abusa de su poder, sino que se sacrifica por amor. ¡Toda la gloria, la honra y el poder le pertenecen!
Señor, tú eres digno de recibir mi adoración y mi amor. Toda bendición, honor, gloria y poder te pertenecen, por siempre y para siempre. Amén.
14 de enero
La carta de Jesús

“Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16, NTV).
¿Sabes lo mucho que te amo? ¡Pienso en ti constantemente! Me la paso haciendo planes para tu vida, para darte regalos y bendiciones mucho más grandes de los que puedas imaginar (Juan 3:16, 17; Jer. 29:11; Efe. 3:20; Isa. 55:8, 9). Tú eres mi preciosa hija y me perteneces doblemente: yo te formé y te redimí. Eres tan importante para mí, que preferí morir a vivir sin ti (Isa. 43:1, 4; Col. 1:13, 14; Gál. 3:13). Porque yo morí por ti, eres libre de toda condenación. No me voy a acordar de tus errores, ni te voy a echar en cara tus pecados, porque morí justamente para hacerlos desaparecer (Efe. 1:7; Isa. 43:25; 2 Cor. 5:19; Juan 3:17). Quiero que mi aceptación y amor incondicional te den la fuerza que necesitas para dejar atrás el pasado, tu dolor y tus pecados, y para vivir una vida diferente y plena conmigo (Juan 8:11; Rom. 2:4; 6:15-18).
El camino no siempre será sencillo, así que, te prometo esto: cuando me llames, responderé; cuando me busques, con un corazón sediento, me encontrarás. (Yo no juego a la escondida y quiero que me encuentres.) Si me lo permites, voy a mudarme a tu corazón para que vivamos siempre juntos y nunca más me extrañes (Jer. 29:12, 13; Juan 14:23; Apoc. 3:20). ¿Sabes lo mucho que te amo? ¡No me canso de decírtelo! Mi amor por ti es eterno e inmutable. ¡Nada puede cambiarlo! Ni tus acciones, ni tus omisiones. Ni lo que otros piensan de ti, ni lo que piensas de ti misma. Aun si me abandonaras, yo nunca dejaría de amarte. Cuando tú sufres, yo sufro; como un padre por su hijo (Jer. 31:3; Rom. 8:35-39; Mat. 23:37-39; Ose. 11:1-4).
Si permaneces en mí, voy a desalojar el miedo de tu corazón. En su lugar, te voy a dar una paz que no tiene sentido lógico, pero que funciona de todas maneras (y que nadie te puede robar). También te voy a dar poder para vencer los malos hábitos y paciencia para lidiar con las personas que te exasperan (1 Juan 4:17, 18; Fil. 4:6, 7; 1 Juan 2:15-17; Rom. 12:2, Gál. 5:22, 23). Cuanto más sientas mi amor por ti, más crecerás y amarás a los demás. Mi amor brillará en tu corazón como una luz, que atrae y guía a otros (Juan 13:34, 35; 15:12; Mat. 5:16). Hija, ¡yo te amo tanto! Por favor, no te sueltes de mi mano.
Literalmente, con todo el amor del mundo, Jesús.
“Señor Jesús, yo te amo…” (Escribe tu propia carta de respuesta)
15 de enero
¿Quién te crees que eres?

“El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom. 8:16, 17, NVI).
Nicole McCabe estaba embarazada de seis meses cuando encendió la radio y escuchó una noticia aterradora. La policía la buscaba como sospechosa de un asesinato. El boletín oficial proclamaba que ella, y otros dos ciudadanos australianos, estaban vinculados con el asesinato de Mahmoud al-Mabhouh, un importante miembro de la organización islámica palestina Hamás. ¿Por qué la buscaban por un crimen que no había cometido? Porque Nicole había sido víctima de un robo de identidad. Aunque ella aún tenía su pasaporte original, los criminales habían usado sus datos personales para crear un pasaporte falso y así cometer un crimen en su nombre. Nicole fue exonerada cuando se descubrió que la foto en el pasaporte falso no era la suya, sino la de uno de los criminales.
Así como estos criminales, Satanás quiere robar nuestra identidad. Cuando Jesús fue bautizado, la voz del Padre afirmó su identidad: “Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él” (Mat. 3:17, NVI). Pero Satanás era consciente del peligro que corría si permitía que Jesús viviese afianzado en su identidad de Hijo amado. Por eso, solo unos días después, en el desierto, intentó que dudara. No es casual que todas las tentaciones comenzaran con la misma frase: “Si eres el Hijo de Dios…”
Bajo la superficie de muchas tentaciones se encuentra la misma pregunta hiriente: ¿Quién te crees que eres? La identidad no se gana, se hereda. Nuestro Padre es el Rey de reyes. Somos princesas reales, amadas con un amor exuberante y eterno (Jer. 31:1; Juan 3:16). Pero si el ancla de nuestra alma no está bien aferrada a esta verdad, nos pasaremos la vida tratando de probar nuestro valor como personas. Viviremos sufriendo los éxitos de los demás, comparándonos y compitiendo por atención.
Pero no hay éxito profesional, belleza física, relación sentimental o descendencia que pueda reemplazar nuestra identidad de hijas de Dios. Después de todo, “¿quién eres?” y “¿qué tienes?” son dos preguntas muy diferentes. Para vivir una vida de abundancia emocional, en la que no estemos continuamente comparándonos con los demás, tendremos que aprender a aceptar la definición del Padre: Eres mi hija amada en quien me deleito. ¡Nada menos!
Señor, cuando el enemigo susurre mentiras en mis oídos y me diga que no sirvo para nada o que soy una fracasada, recuérdame quién soy en realidad. Soy amada con tal fuerza y generosidad, que no escatimaste ni a Cristo para salvarme.
16 de enero
Amada

“Pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rom. 5:8, NTV).
Unos meses atrás, tuve el privilegio de entrevistar a Dannielle Synot para la Radio Adventista de Londres. Dannielle es una presentadora de radio australiana, y fundadora de la organización de caridad “Brave Enough” (Lo suficientemente valiente). Cuando Danni tenía solo dos años, sus padres se divorciaron. En cuanto su padre biológico dejó de visitarla, su padrastro comenzó a maltratarla verbal y físicamente. Poco después de esto, su madre fue diagnosticada con depresión clínica, y Danni se sintió completamente abandonada. Luego de sufrir tantas tragedias, Danni estaba convencida de que ella era el problema. Creía que debía haber algo horrible en ella que hacía que la gente la abandonara.
Cuando Danni se casó y quedó embarazada, ella y su marido empezaron a buscar una iglesia a la cual asistir. Danni estaba emocionada con la idea de finalmente formar una familia completa. Sin embargo, luego de 18 semanas de embarazo, su bebe falleció. Danni me dijo que sintió como que una mano le entraba en el pecho y le arrancaba el corazón. Luego de que su bebé, Jackson, falleciera, Danni pasó por una etapa de depresión. No podía dormir ni comer normalmente, y tuvo que dejar de trabajar por un tiempo. Danni había comenzado a estudiar la Biblia y en un momento le dijo a Dios, exasperadamente: “¡La diferencia es que tú sabías que Jesús iba a resucitar!” Entonces, Danni oyó que Dios le respondía tiernamente: “Tu hijo también va a resucitar”. Danni se llenó de emoción al comprender que Dios había sacrificado a su propio Hijo, para que Jackson pudiera resucitar un día. ¿Era posible que alguien la amara tanto? ¡Sí!
Danni continuó estudiando la Biblia y se bautizó. Dios le dio la fortaleza para perdonar a sus padres y para usar su experiencia para bendecir a otras personas. A través de su organización de caridad, hoy ella se dedica a ayudar a aquellos que han pasado por experiencias traumáticas. Danni cree que el amor de Jesús puede ayudarnos a reinterpretar y reescribir cualquier historia. Su amor puede ayudarnos a romper las cadenas del sentimiento de inferioridad y del odio. Es el amor de Dios lo que nos otorga nuestra verdadera identidad.
Señor, te agradezco porque a través del sacrificio de Cristo puedo ver mi verdadero valor. Tú reescribes mi pasado. Donde decía “abandonada”, tú escribes “escogida”. Donde decía “menospreciada”, tú escribes “amada”. Es tu amor, no mi pasado, lo que me define.
17 de enero
Mujer bonita

“Pues estoy a punto de hacer algo nuevo. ¡Mira, ya he comenzado! ¿No lo ves? Haré un camino a través del desierto; crearé ríos en la tierra árida y baldía” (Isa. 43:19, NTV).
Rahab tenía todo en contra: era una mujer, en medio de una era patriarcal; era amorrea, y por lo tanto miembro de un pueblo idólatra; y para colmo, ¡era prostituta! Nadie esperaba mucho de ella. Si Rahab hubiera contraído una enfermedad venérea y muerto joven, nadie se habría sorprendido. Si la hubieran encontrado golpeada e inconsciente en un callejón, nadie habría prestado demasiada atención. Lo que fue una verdadera sorpresa, sin embargo, fue que Rahab se convirtiera en una mujer de fe ejemplar, se casara con uno de los caudillos de Israel y llegara a ser parte de la genealogía de Jesús. Ni siquiera la película “Mujer bonita” tiene un cambio tan dramático. ¡La gracia de Dios es escandalosamente generosa!
El mensaje de la historia de Rahab es claro: tu pasado no determina tu futuro. Dios no se conformó con salvar la vida de Rahab y la de su familia. Dios no le dijo: “Bueno, te salvé de morir en la ciudad, pero no esperes mucho más. Como tu pasado es tan horrible, Rahab, ahora debes conformarte con mendigar entre esta gente”. ¡No! La gracia de Dios es escandalosamente generosa. Dios no solo la salvó, sino también le dio un futuro extraordinario. Rahab se casó con Salmón, uno de los espías, y dio a luz a Booz, quien se transformaría en el marido de Rut.
¡Tu pasado no determina tu futuro! Abuso sexual, maltrato emocional, abandono, adicciones, malas decisiones… Realmente no importa qué es lo que hay en tu pasado; lo que importa es quién sostiene tu futuro. La salvación de Dios es mucho más grande que nuestros pecados (o la manera en que otros pecaron contra nosotras). Los planes de Dios son infinitamente más grandes que nuestro pasado y más poderosos que cualquier trauma. Esta mañana, cuando te mires en el espejo antes de salir de la casa, quiero que veas una mujer hermosa, con un futuro extraordinario. Porque, como escribe Preston Sprinkle en Charis, “Llevas puesta una corona de gloria y honor. El Rey […] de la creación la colocó sobre tu cabeza. Cuando tú te miras al espejo y ves cicatrices y granos, abuso, soledad y dolor, Jehová ve gloria y honor”. Tu pasado no determina tu futuro. ¡Dios determina tu futuro!
Señor, gracias por tu escandalosa generosidad. Gracias porque eres tú, y no mi pasado, quien determina mi futuro.
18 de enero
Obra maestra

“Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás” (Efe. 2:10, NTV).
¡Somos una obra de arte! La palabra griega traducida en este versículo como “obra maestra” es poiēma, de la que deriva la palabra española “poema”. La idea es simple y conmovedora: somos una obra de arte creada por las manos de Dios. Somos su hermoso poema. Sin embargo, muchas veces nos miramos en el espejo o nos vemos reflejadas en las miradas y los rechazos de los demás, y no vemos el poema que Dios está escribiendo. En lugar de una obra maestra, vemos un borrón de tinta, un mamarracho. En esos días en los que nos sentimos tentadas a desconfiar de la capacidad del Artista, recordemos las sabias palabras del escritor y teólogo estadounidense Timothy Keller, como se cita en The Prayer God Loves to Answer [La oración que a Dios le encanta responder], de Daniel Henderson: “¿Qué es el arte? El arte es hermoso, el arte es valioso, el arte es una expresión del mundo interior del creador, del artista. Imagina lo que significa esto. Eres hermosa, eres valiosa, eres una expresión del mundo interior del Artista [...]Cuando Jesús se entregó en la Cruz, no dijo: ‘Voy a morir solo para que sepas que te amo’. Él dijo: ‘Voy a morir, voy a sangrar por tu esplendor. Voy a transformarte en algo hermoso, […] en algo espléndido, magnífico’ ”.
Tú y yo somos obras de arte, poemas únicos del amor y la gracia divinos. Imagina a Dios como una abuela, que teje un suéter o borda un aplique. Imagina a Dios como un cocinero, que prepara su mejor pastel. Imagínalo como un luthier, que construye un instrumento musical. Como un escultor, como un pintor, como un matemático que crea un teorema. ¿Puedes verlo sonreír, lleno de felicidad y un amor exuberante por su creación? ¡Claro que sí! Con esa misma sonrisa, con el mismo brillo en sus ojos, Dios te mira hoy y te dice: “Hija, tú eres mi obra maestra, eres mi poema”.
Señor, tú eres el Artista Supremo. Yo soy tu poema, tu obra de arte. Soy la expresión del amor y creatividad de tu corazón. Por eso, soy única, valiosa y bella. Confío en tu capacidad y en tu fidelidad para completar la obra que comenzaste en mi vida. Sé que no te detendrás hasta que refleje tu gloria más plenamente.
19 de enero
Pasaporte

“Pero a los que lo aceptaron y creyeron en él, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12, PDT).
Recuerdo haber leído la historia de una mujer refugiada que escapó del caos de su país con sus tres hijos. Las pertenencias de los cuatro cabían en una pequeña mochila, que ella cargaba en su espalda. Mientras viajaban a pie, a merced de los traficantes, un hombre vino y robó los pasaportes de todos. Si no podían comprobar su identidad, no podrían cruzar la frontera. La madre oró, desesperada. Milagrosamente, pudieron recuperar sus pasaportes y llegar a destino a salvo.
Satanás usa la misma técnica que los traficantes. Él sabe que si puede robarnos la identidad nunca llegaremos a destino. Sin embargo, la Biblia es nuestro pasaporte y declara claramente quiénes somos: somos hijas de Dios (Juan 1:12). Fuimos compradas por un gran precio y le pertenecemos a él (1 Cor. 6:19, 20). Somos miembros del cuerpo de Cristo (12:27). Fuimos escogidas y adoptadas como hijas de Dios (Efe. 1:3-8). Fuimos redimidas y perdonadas de todos nuestros pecados (Col. 1:13, 14). Somos libres de toda condenación y nada puede separarnos del amor de Dios (Rom. 8:31-39). Estamos escondidas con Cristo en Dios (Col. 3:1-4). Dios completará la obra que comenzó en nosotras (Fil. 1:6). Somos nacidas de Dios y el enemigo no puede tocarnos (1 Juan 5:18). Somos una rama de Cristo Jesús, la Vid verdadera, y su amor fluye a través de nosotras (Juan 15:5). Fuimos escogidas para dar buenos frutos (Juan 15:16). Somos el templo de Dios (1 Cor. 3:16). ¡Esta es nuestra verdadera identidad! Esto es lo que Dios dice cuando habla acerca de nosotras. Si aceptamos cualquier otro discurso, estamos adoptando una identidad falsa.
Los pasaportes de todos los países tienen un párrafo en las primeras páginas en el que se pide, en nombre del gobierno de la nación, que se permita al portador pasar libremente y que se le brinde toda la asistencia y protección necesarias. Mi pasaporte inglés pide esto en nombre de Su Majestad, la reina Isabel II del Reino Unido. Cuando aceptamos la identidad que Dios nos da, tal y como la describe nuestro pasaporte, recibimos acceso, asistencia y protección, en nombre del Rey de reyes y Señor de señores. ¡No permitas que nadie te robe tu identidad!
Señor, hoy recibo mi identidad. Acepto ser quien tú dices que soy como la única verdad. Soy tu hija amada y escogida. Mi vida tiene sentido y propósito. Nada ni nadie puede arrancarme de tu mano.
20 de enero
¡Fuerte!

“Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa, mujer de Lapidot” (Juec. 4:4).
Cuando piensas en lo que significa ser una mujer cristiana, ¿qué palabras vienen a tu mente? Sabia, cortés, trabajadora, buena hija/esposa/madre, sumisa… ¿Y fuerte? ¿Consideras que para ser una verdadera seguidora de Cristo debes ser fuerte? En su artículo “Lisa Bevere on Why the Church Must Stop Undermining the Strength of Women”, la escritora estadounidense comenta: “Por alguna razón, pareciera que, en la comunidad cristiana, a las mujeres se les envía el mensaje de que ser fuertes está mal. La fuerza está mal. Ser fuertes es ser ambiciosas. Ser fuertes es algo que las mujeres cristianas no somos. Somos dulces y calladas”. Esta imagen de feminidad cristiana, sin embargo, no es realmente bíblica.
Tan solo doscientos años después de que Josué guiara al pueblo de Israel a tomar posesión de la Tierra Prometida, los israelitas se olvidaron de Jehová y comenzaron a adorar a los ídolos cananeos. En ese contexto de idolatría y opresión, Dios llamó a una mujer para guiar a su pueblo: Débora. Y Dios le dio una misión doble: como profetisa y como jueza. En A Prophet Among You [Un profeta entre vosotros], T. Housel Jemison comenta: “Débora sirvió en un cargo prominente, ya que hombres y mujeres venían de muchas partes de Israel para consultarle acerca de sus problemas y obtener un juicio. Su reputación no estaba fundada solamente en el hecho de que emitía un buen juicio, sino que era reconocida por todos como profetisa del Señor”. Estoy absolutamente convencida de que Débora no podría haber cumplido con su misión sin fortaleza. Débora se sentaba bajo su palmera a juzgar al pueblo. Cuando los israelitas le traían sus disputas y querellas, ella las resolvía con justicia, sabiduría y gran fortaleza de carácter.
Tendemos a confundir el adjetivo “fuerte” con “agresivo” o “pendenciero”. Sin embargo, una persona musculosa puede usar su fuerza para protegernos o para lastimarnos. El problema no son los músculos, sino el carácter. Como mujeres, Dios nos llama a ser fuertes. Él nos llama a recibir su fortaleza de carácter, para tomar nuestro lugar y hacer nuestra parte. En el trabajo o en la esfera en que te encuentres, Dios te dice: “¡Sé fuerte y muy valiente!” (Jos. 1:9).
Señor, gracias porque tú me das la fortaleza necesaria para hacer mis tareas y cumplir con mi llamado. En ti, aunque me sienta débil, soy fuerte. “Con tu fuerza puedo aplastar a un ejército; con mi Dios puedo escalar cualquier muro” (Sal. 18:29, NTV).
21 de enero
Hija de Dios

“Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12, NVI).
“¿Todavía no te casaste?” Aunque he escuchado esta pregunta cientos de veces, nunca sé muy bien qué responder. “Pero eres demasiado linda como para ser soltera”, dice la gente, con buenas intenciones, pero dejando entrever que creen que solo la gente fea o rara no se casa después de cierta edad. Lamentablemente, la iglesia puede ser un espacio bastante tóxico para las mujeres solteras; un lugar donde se las hace sentir inferiores por no haber podido, o no haber querido, formar una familia. La escritora estadounidense Elyse Fitzpatrick, en Good News for Weary Women [Buenas noticias para las mujeres cansadas], comenta: “Es bíblicamente insostenible y abrumador decirle a una mujer que la única actividad valiosa que puede hacer es dar a luz hijos y servir a un esposo y una familia”. Pero esta idea oprime no solo a las mujeres solteras, sino también a las casadas, “haciendo que el éxito como ama de casa/madre sea la vocación más importante en la vida de una mujer. Y aunque este es un gran llamado, no debería triunfar sobre nuestro primer y más importante llamado: creer en Cristo”.
Tu estado civil no es el barómetro de tu valor como persona. Así tengas un marido y siete hijos fabulosos, o no hayas tenido una sola cita fabulosa en siete años, tu estado civil no te define. Casadas, solteras, viudas o divorciadas, todas pertenecemos a Cristo y solo él tiene el derecho de definirnos. En The Single Issue [El problema de la soltería], el autor cristiano Albert Hsu señala que, “en abrupto contraste con el pensamiento convencional judío, Jesús enseñó que la salvación no se encuentra en el matrimonio, y que la vida eterna no viene a través de engendrar hijos que continúen con el apellido de la familia”. En cambio, recibimos nuestro sentido de valor y dignidad cuando nos “identificarnos con el Reino de Dios”.
Aprender a identificarnos con el Reino de Dios y con sus valores lleva tiempo, ¡pero vale la pena! Es un proceso en el que aprendemos a soltar rótulos y etiquetas de todo tipo, para recibir a cambio un título más poderoso: “Hija de Dios”. ¡La sangre de Cristo define tu valor! Aprender a confiar en esta verdad nos permite servir en todas y cada una de las etapas de la vida, con sus bendiciones y desafíos específicos.
Señor, cuando me sienta tentada a permitir que mis circunstancias me llenen de orgullo o de vergüenza, recuérdame que solo tú tienes el poder para definir mi valor como persona. Ya sea casada, soltera, con hijos o sin ellos, yo te pertenezco por completo y quiero vivir para servirte.
22 de enero
Vida abundante

“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
¿Y si no tuvieras nada que probar? Estaba pedaleando al trabajo, en mi bicicleta roja, cuando Dios me sorprendió con esa pregunta. A Dios le gusta hablarme mientras pedaleo en las mañanas, cuando mi cabeza aún está callada y tranquila. Esa mañana, la pregunta fue clara y penetrante: “¿Cómo vivirías si la vida no fuera un examen cotidiano en el que tu valor e identidad estuvieran permanentemente en juego?”
Muchas mujeres creemos que esta alocada carrera por probar nuestro valor se terminará en cuanto crucemos la meta. Pensamos que obtener un título universitario, casarnos con un buen hombre y tener hijos les mostrará a todos, nosotras incluidas, que valemos y somos necesarias. Sin embargo, tal como en los dibujitos animados, cuando llegamos a esa meta, jadeantes y sedientas, el oasis se disipa y terminamos lamiendo la arena. En Uninvited [No invitada], la autora Lysa Terkeurst cree que en este proceso “corremos más y más lejos del único que quiere vivir una historia de amor con nosotras. […] El que nos acalla, nos tranquiliza, nos quita el cansancio y susurra: ‘No se trata de lo que logres. Tu alma fue diseñada simplemente para estar conmigo. Conmigo eres libre, puedes ser realmente tú’ ”.
Cierra los ojos por un momento e imagina esa libertad. Más allá de tus éxitos y fracasos, más allá de lo que diga o calle la gente, tu valor es inamovible. Como no tienes nada que probar, puedes invertir toda tu energía –no solo las sobras–en amar a otros y a ti misma. ¡Tu valor no está en juego! “Yo no soy quien ese tipo dice que soy,” escribe Lysa. “Yo no soy quien esa chica dice que soy. Yo no soy quien los ‘me gusta’ y los comentarios de las redes sociales dicen que soy. Yo no soy quien mis calificaciones, mis listas de tareas por hacer, mis problemas y mis errores dicen que soy. Yo no soy quien la balanza dice que soy, ni la suma de todos mis errores dice que soy. […] Yo soy amada. Abrazada. Yo soy tuya. Yo soy por siempre tuya”.
Señor, no quiero malgastar ni un minuto más tratando de ganar lo que tú me regalas. Tu amor es el ancla de mi identidad. Mi valor no proviene de mis logros y no se disipa con mis errores. Cuando me sienta tentada a poner el peso de mi identidad en cualquier otra cosa –mis hijos, mi carrera, mi matrimonio o mis talentos–, recuérdame que ninguna cosa, por buena que sea, puede satisfacer mi sed; solo el Agua viva puede hacerlo.
23 de enero
Mujeres comunes y corrientes

“Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros” (2 Cor. 4:7, NVI).
Hay cinco mujeres que Mateo menciona en la genealogía de Jesús: Tamar, Rahab, Rut, la esposa de Urías y María. En aquella época, las genealogías seguían la línea paterna y normalmente no incluían a ninguna mujer. ¿Para qué incluyó específicamente a estas cinco mujeres? Para demostrar cómo Dios redime la historia. Aunque cada una de ellas tenía un pasado vergonzoso, esto no impidió que Dios las usara. Tamar se disfrazó de prostituta para tener relaciones con su suegro, porque este se negaba a darle a su hijo menor como marido (Gén. 38). Rahab era una prostituta cananea que vivía en Jericó y albergó a los dos espías israelitas (Jos. 2). Rut era moabita, no israelita de sangre (Rut 1:16). Betsabé, la esposa de Urías, o bien fue abusada por la codicia del rey David, o bien lo sedujo bañándose a propósito donde él podía verla (2 Sam. 11). Finalmente, María, la madre de Jesús, había sido humillada por haber quedado embarazada antes de casarse con José. Mateo tiene la osadía no solo de incluir a mujeres en la genealogía del Mesías, sino a mujeres de una dudosa reputación.
Dios no tiene miedo de nuestro pasado. Él no esconde los capítulos tristes ni los fracasos. Dios los reescribe y redime para su gloria. En su artículo “Women in Jesus’ Genealogy”, Nell Sunukjian escribe: “Cinco mujeres se incluyen, en su mayoría pobres. […] Viudas, mujeres sin importancia, desconocidas, mujeres pecadoras que cambiaron el curso de la historia con sus vidas simples y obedientes. […] Uno podría suponer que todas las mujeres en la genealogía de Jesús, el Mesías, deberían haber sido las mejores mujeres judías, pero no fue así; la mayoría ni siquiera eran judías. Y, con excepción de Rut y María, tenían un pasado sexual oscuro. Eran mujeres comunes y corrientes”. ¡Dios escogió y usó a mujeres comunes y corrientes! Mujeres viudas, inmigrantes y pobres. Mujeres menospreciadas, con pasados vergonzosos. ¿Para qué? Para resaltar el extravagante poder de su gracia. Esta es la belleza del evangelio: que Dios toma exactamente lo que somos y nos transforma para la gloria de su nombre.
Señor, te agradezco porque tú eliges a mujeres comunes y corrientes como yo, y nos das un rol importante que cumplir. Te entrego mi vida, una vez más, para que escribas con ella una historia llena de gracia y de amor.
24 de enero
Samgar

“Entonces el Señor le preguntó: —¿Qué es lo que tienes en la mano? —Una vara de pastor —contestó Moisés” (Éxo. 4:2, NTV).
Samgar no esperaba que Dios lo eligiera. Después de todo, él no tenía mucho que ofrecer. Era tan solo un granjero de sangre “impura” (su nombre tiene raíces cananeas, no hebreas). Si el trabajo de juez de Israel se hubiera ofertado en los clasificados de la época, Samgar no hubiera podido cumplir con los requisitos por su falta de experiencia y preparación. Él solo tenía a su ganado y su vara para arrear bueyes. Pero ¿de qué servía eso contra todo un ejército de filisteos? Sin embargo, Samgar decidió poner lo poco que tenía en las manos de Dios y su vida cambió por competo. La Biblia resume su historia con solo un versículo: “Después de Aod fue Samgar, hijo de Anat, quien rescató a Israel. En una ocasión mató a seiscientos filisteos con una aguijada para bueyes” (Juec. 3:31, NTV).
“La historia de Samgar conmueve mi alma”, escribe Lysa Terkeurst en su artículo “A Life with Extraordinary Impact, Proverbs 31”. “Él era una persona común, en un lugar común, y hacía un trabajo común. Lo que lo hizo extraordinario no fue nada externo. Fue su impulso a ser obediente a Dios y a hacer lo correcto, exactamente donde se encontraba. Su trabajo era ser obediente; todo lo demás era trabajo de Dios”. A veces pensamos que nuestras vidas y nuestros esfuerzos son demasiado pequeños como para determinar una diferencia. Sin embargo, Dios únicamente nos pide que seamos fieles con lo que tenemos en la mano: cinco panes y dos peces, un poco de harina y aceite, cinco piedras lisas y una honda... Dios no necesita que tengas recursos o talentos extraordinarios, sino que estés dispuesta a usar tu vara para arrear bueyes exactamente donde estás.
Los israelitas no podían forjar espadas en aquellos días, porque los filisteos no se lo permitían (1 Sam. 13:19). Pero Samgar no dejó que esto lo detuviera. Las varas para arrear bueyes de aquel entonces tenían más de dos metros de altura y un cincel en uno de sus extremos, que servía para limpiar el arado. Samgar sencillamente afiló lo que ya tenía y lo usó para servir.
Señor, ¡yo estoy dispuesta! Aunque no sienta que soy la candidata ideal, aunque soy tan pequeña comparada con la tarea que hay que hacer, estoy dispuesta a servirte. Te entrego todo lo que soy y lo que tengo. Confío en que, por más comunes que sean mis talentos y circunstancias, serán más que suficientes en tus manos.
25 de enero
¿Quién eres?

“Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12, NVI).
¿Quién eres? Si alguien te preguntara esto, ¿cómo responderías? Tal vez comenzarías diciendo tu nombre, o compartiendo información acerca de tu familia y el lugar donde creciste. O tal vez hablarías de tu profesión. Y aunque todo esto forma parte de la respuesta, no define realmente quién eres. Unos meses atrás tuve la oportunidad de entrevistar a Tola Doll Fisher. Tola es una escritora cristiana y editora de la revista Woman Alive (Mujer viva). Tola tenía un plan claro para su vida: ella iba a casarse, tener tres hijos antes de cumplir 24 años y ser una excelente profesional. Sin embargo, el plan no salió como ella esperaba. Tola se comprometió a los 24, se casó a los 26, a los 28 perdió a su bebé y a los 30 se divorció. Mientras charlábamos, Tola reflexionó acerca de cómo estos cambios afectaron su sentido de identidad. ¿En quién te conviertes cuando las cosas no salen como esperabas? Si te ves obligada a enterrar una hija y a renunciar al sueño de envejecer con tu marido, ¿quién eres ahora?
Tola me contó que, recientemente, tuvo que completar uno de esos formularios en los que preguntan tu estado civil. Poner una tilde junto a la palabra “divorciada” le generó mucho dolor. ¿Era este el nuevo rótulo de su vida, la nueva etiqueta pegada a su frente? ¿Estaba su vida definida por el rechazo y el fracaso? O, mejor dicho, ¿era ella una fracasada? Luchando con estas preguntas, Tola recordó las palabras de Juan 1:12: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios”. “Esto significa que Dios nos ha dado una forma para identificarnos que no depende de nuestras circunstancias, no depende de una relación, del lugar donde nacimos o de nuestro estado financiero”, dice Tola en Still Standing [Todavía en pie]. “Si aceptamos a Dios, somos sus herederos. […] Nuestra verdadera identidad se encuentra en él”, agrega.
Como muchas veces nos gusta lo que dicen las etiquetas que llevamos pegadas, no nos preocupamos por poner todo el peso de nuestra identidad en Jesús. Mientras que las etiquetas digan: “bella”, “inteligente”, “buena amiga/esposa/madre” las llevamos con orgullo. Pero cuando el viento amenaza con arrancarnos la etiqueta que dice “bella”, o el enemigo trata de pegarnos al corazón una que dice “rechazada”, entonces comprendemos nuestra absoluta necesidad de Jesús. ¿Quién eres? Tú eres una hija de Dios. Eres amada incondicionalmente y entrañablemente por el Creador del universo.
Padre, yo soy tu hija. Ayúdame a vivir hoy anclada en esta generosa verdad.
26 de enero
Un nombre nuevo

“Todo el que tenga oídos para oír debe escuchar al Espíritu y entender lo que él dice a las iglesias. A todos los que salgan vencedores, les daré del maná que ha sido escondido en el cielo. Y le daré a cada uno una piedra blanca, y en la piedra estará grabado un nombre nuevo que nadie comprende aparte de aquel que lo recibe” (Apoc. 2:17, NTV).
Ayer, un amigo me envió un poema que había escrito acerca de las palabras con las que nos definimos. Hay etiquetas y rótulos con los que cargamos desde la infancia. Palabras que nuestros padres o compañeros del colegio usaron para describirnos, y que se nos pegaron al corazón como velcro. Si te detienes tan solo unos segundos a meditar, estoy segura de que sabrás cuál es la palabra que vienes acarreando. La palabra que Carrie O’Toole llevaba colgando de su cuello era “estúpida”.
Carrie O’Toole es una consejera y autora estadounidense. Cuando la entrevisté para la Radio Adventista de Londres, me contó que durante un retiro espiritual el predicador pidió a los presentes que pasaran tiempo a solas con Dios para recibir una nueva palabra. Él le dio a cada uno una roca pintada de blanco, para que pudiesen escribir lo que oyeran. Carrie estaba preocupada; no estaba acostumbrada a este tipo de ejercicios y tenía miedo de ser la única que no oyera a Dios decir nada. Sin embargo, se sentó en el parque, como el predicador había sugerido, y le preguntó a Dios qué palabra la definía mejor. Su sorpresa fue grande cuando Dios le dijo: “¡Brillante!” Esta palabra habla no solo de inteligencia, sino de la luz que se refleja en alguien. Carrie escribió la palabra en la roca y la colocó en el escritorio de la oficina de su casa. Ahora, todos los días Dios le recuerda quién es ella realmente.
¿Cuáles son los rótulos, las palabras con las que has estado cargando toda tu vida? La Biblia dice que conocer la verdad nos hará libres (Juan 8:32). Si te acercas a Jesús y le preguntas, él te dirá quién eres. Con sus propias manos despegará los velcros y las espinas, sanará tus heridas y te dará un nombre nuevo.
Señor, tú sabes quién soy realmente. Me acerco a ti con todas las etiquetas y rótulos del pasado. Yo soy tu hija. Es tu privilegio como Padre darme un nombre nuevo.
27 de enero
Sin calcomanías

“Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida” (Isa. 43:4).
En la tierra de los wemmicks, en el bellísimo cuento de Max Lucado, cada muñeco de madera, cada wemmick, es único y diferente. A estas criaturas, sin embargo, les gusta pasarse la vida evaluando la conducta, el talento y la apariencia de los demás. Si un wemmick actúa o luce bien, otro wemmick le pega una calcomanía de una estrella de oro. Sin embargo, si su conducta o apariencia no es aprobada, recibe calcomanías grises. En la aldea hay un wemmick llamado Punchinello. Cada día, él intenta recibir estrellas doradas, pero solo le dan calcomanías grises. Punchinello está muy triste, hasta que se encuentra con Lucía y se da cuenta de que ella no tiene pegada ninguna calcomanía; ni dorada ni gris. ¿Cuál es su secreto? Lucía visita al carpintero Elí todos los días. Por esto no se le pegan las calcomanías que otros wemmicks quieren darle. El cuento termina cuando Punchinello decide visitar a Elí y comprende lo que el carpintero realmente piensa de él. Elí le dice: “Cuanto más te importe mi opinión, menos se te pegarán las calcomanías”.
Obviamente, las opiniones de los demás influyen en nosotros (y hasta cierto punto esto es normal y lógico). Sin embargo, como el carpintero del cuento le dice a Punchinello, cuanto más nos aferremos a la opinión que Dios tiene de nosotras, menos poder tendrán las críticas y los aplausos de los demás. Podrán importar, sí, pero no definirnos. ¿Sabes qué es lo que Dios piensa acerca de ti? Que tienes un valor inestimable y que él te ama (Isa. 43:4); que te formó con sus propias manos para darte una vida con sentido y propósito (Efe. 2:10); que eres heredera de las promesas y más que vencedora (Rom. 8:17, 37); que eres su embajadora y su representante escogida (2 Cor. 5:20; 2 Ped. 2:9); y que eres redimida, perdonada y libre de condenación (Efe. 1:7; Rom. 8:1).
Al comenzar el día hoy, tómate un momento para recordar lo que Dios realmente piensa de ti. Deja que sus palabras te definan. Permite que la verdad sea como un óleo santo, que cubre cada rincón de tu corazón e impide que las calcomanías de los demás se te peguen.
Señor, gracias por liberarme del peso de las opiniones de los demás con la verdad de tu Palabra. Yo soy exactamente quien tú dices que soy. Cada palabra que has pronunciado acerca de mí es cierta y la acepto. Yo soy tu hija. Soy amada infinitamente. Soy libre y perdonada.
28 de enero
Transformada

“Pues todo lo puedo hacer por medio de Cristo, quien me da las fuerzas” (Fil. 4:13, NTV).
Brittni De La Mora comenzó a trabajar en la industria pornográfica cuando tenía tan solo 18 años. Ella participó en más de trescientas películas, a lo largo de siete años, hasta que Dios la llamó por medio de un versículo del libro de Apocalipsis. Hace unos meses tuve el privilegio de entrevistar a Brittni. Ella me contó que, poco después de comenzar a trabajar en la industria pornográfica, comenzó a consumir drogas y se volvió adicta a la heroína. Aunque ganaba muchísimo dinero, Brittni a menudo tenía dificultades para pagar el alquiler de su casa, porque estaba gastando demasiado en solventar su adicción y en un estilo de vida lujoso. Estaba tan deprimida que intentó suicidarse. Sin embargo, Dios intervino milagrosamente y salvó su vida.
Un día, su abuela la invitó a asistir a la iglesia y Brittni aceptó. Mientras continuaba trabajando en la industria pornográfica, asistía a la iglesia esporádicamente, y allí recibió una Biblia de regalo. Tiempo después, cuando estaba por volar a Las Vegas para filmar una escena, se sintió inspirada a empacar su Biblia. En el avión, Brittni comenzó a leer el libro de Apocalipsis. Llegó al capítulo 2 y se enfrentó con estas palabras: “Pero tengo una queja en tu contra. Permites que esa mujer… lleve a mis siervos por mal camino… Le di tiempo para que se arrepintiera, pero ella no quiere abandonar su inmoralidad. Por lo tanto, la arrojaré en una cama de sufrimiento, y los que cometen adulterio con ella sufrirán terriblemente” (Apoc. 2:20-22, NTV). Al leer estas palabras, Brittni comenzó a llorar arrepentida. Ella oró: “Lo siento tanto, Señor. ¡No tenía idea de que esto es lo que piensas acerca de lo que hago!”
Luego de dejar la industria pornográfica, Brittni comenzó a asistir a la iglesia regularmente y consiguió un trabajo como agente de bienes raíces. Tiempo después, Brittni se casó con el pastor Richard De La Mora. Recientemente, ambos fueron invitados a dirigir “XXX Church” (Iglesia XXX), un sitio web que se dedica a ayudar a las personas que luchan con la pornografía y a la gente que trabaja en la industria pornográfica. Los últimos seis años de la vida de Brittni están marcados por un cambio sorprendente. “La única razón por la que me encuentro donde estoy hoy, completamente liberada y transformada”, me dijo ella, “es porque cada día dependo del Señor. No puedo hacerlo sola. Pero cuando invito la presencia de Dios a mi vida, también invito su fortaleza”.
Señor, te invito a que vengas con tu presencia y tu fortaleza a mi vida. Quiero que me transformes por completo y me uses para tu gloria. Amén.
29 de enero
El amor de Jesús es suficiente

“Luego oí una fuerte voz que resonaba por todo el cielo: Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra. Ellos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron” (Apoc. 12:10, 11, NTV).
Lo hiciste otra vez. Aquello que prometiste no hacer “nunca más”. Una milésima de segundo después de gritarles a tus hijos, comer de más o criticar a alguien, llega la marea de culpa. Es una marea tóxica, que carga toneladas de basura del pasado y las lanza sobre la arena de tu alma. Ropas sucias, plásticos, animales muertos, llegan con la marea; te cubren en un momento y bloquean tu relación con Dios.
La culpa me dice que no puedo orar ahora; que espere hasta estar más limpia. La culpa me dice que soy un fraude, que no puedo hablar o escribir acerca de Jesús, siendo tan pecadora. La culpa hace que pida perdón mil veces y me sienta cada vez peor. La culpa viene de nuestro enemigo, el acusador de nuestras hermanas. Mientras que la culpa bloquea el camino, el arrepentimiento nos lleva a Jesús,.
Hoy sentí la marea subir hasta mi nariz. Entonces el Espíritu Santo me susurró al oído: “El amor de Jesús es suficiente”. Al repetir esa frase en mi corazón, una y otra vez, vi la marea ceder y retirarse.
¿Alguna vez te preguntaste qué habría sucedido si Judas Iscariote hubiese aceptado el perdón de Jesús? Tal vez, como Pedro, se hubiera convertido en un pilar de la iglesia primitiva. Pero lo que Judas sintió fue culpa, no arrepentimiento. Esto lo sabemos por los resultados. El arrepentimiento nos acerca a Dios, el sentimiento de culpa, no. Como él mismo no podía solucionar la situación, se sintió humillado. La culpa, cual boa constrictora, se enroscó en su cuello y susurró: “No hay salida. Todo está perdido”. Hasta que Judas se ahorcó. Dependemos de Jesús para todo. Cuando la marea suba, digamos con humildad: “El amor de Jesús es suficiente”.
Jesús, gracias porque tu amor siempre es suficiente. Nada puede separarme de tu amor: ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios, ni los temores de hoy o las preocupaciones de mañana. Ni siquiera los mismos poderes del infierno pueden separarnos. Gracias porque ya no tengo que escuchar a las voces que me acusan. Tú no me condenas, sino que me das verdadero arrepentimiento. Tu amor es suficiente.
30 de enero
Gracia extravagante

“Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios” (Efe. 2:8, NTV).
¡Tenemos tanto miedo de la gracia! Muchas veces preferimos vivir empantanadas en el sentimiento de culpa porque creemos que, si aceptamos la gracia de Dios, daremos rienda suelta al pecado. Entonces, nos autoflagelamos con el látigo de la culpa, pensando que nos convertirá en mejores cristianas. Tristemente, esto solo nos aleja de Dios (porque es un intento de salvarnos con nuestros propios méritos). La gracia y el sentimiento de culpa nos hacen avanzar en direcciones opuestas. Cuando Dios nos mueve al verdadero arrepentimiento, nos da un empujoncito que nos acerca hacia él. Nos revela la dimensión de nuestro pecado, pero también la solución: su gracia. El sentimiento de culpa, en cambio, nos aparta de Dios porque nos induce al autocastigo, a intentar resolver la situación a nuestro modo. En pocas palabras, la culpa hace que nos escondamos de Dios, mientras que la gracia hace que corramos a sus brazos.
En su libro Extravagant Grace [Gracia extravagante], Barbara Duguid reflexiona: “Es posible odiar tu pecado y al mismo tiempo ser compasivo con tu propia debilidad. A veces actuamos como si solo existieran dos opciones: o bien odiamos nuestro pecado y nos castigamos por ello, o tomamos un descanso, lo que nos conduce al descuido y a pecar más. Hay otra opción. Al igual que el apóstol Pablo, podemos odiar nuestro pecado y planear no hacerlo, y sin embargo, entender y aceptar nuestra debilidad, abandonándonos a la misericordia de Dios”. ¡Estas son las extravagantes buenas noticias! Irónicamente, muchas veces no nos sentimos felices sino incómodas con la idea de recibir gracia, porque no queremos abandonarnos a su misericordia.
La realidad es que no puedes salvarte a ti misma, por mucho que te autoflageles con la culpa. Deja de resistir la gracia de Dios. “No podemos hacer nada, absolutamente nada, para ganar el favor divino”, escribe Elena de White, en Fe y obras. “Sin embargo, cuando vamos a Cristo como seres falibles y pecaminosos, podemos hallar descanso en su amor” (p. 38). ¡Abre tu corazón a su gracia!
Señor, gracias por el extravagante e inmerecido don de tu gracia. Hoy quiero dejar de resistirme y abrir mis manos, mi corazón y mi vida para recibirlo.
31 de enero
Examíname

“Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna” (Sal. 139:24, NTV).
Ayer hablaba con un amigo y me dijo: “Siento culpa todo el tiempo, por si acaso. Ando con culpa siempre, como en piloto automático”. Él no me hablaba de sentir verdadero remordimiento o arrepentimiento por un error o un pecado cometido; no. Él se refería a vivir permanentemente bajo un estado de condenación interna, con una sensación de continuo ataque por una conciencia hiperactiva. No cabe duda de que el verdadero arrepentimiento nos libera. La culpa falsa, por otro lado, es una celda. Y aunque tenemos la puerta abierta, no salimos porque creemos que merecemos estar ahí. En The Guilt Book [El libro de la culpa], el psicólogo cristiano Rob Waller escribe acerca de los prisioneros de la culpa falsa: “Muy pocas veces he encontrado una correlación entre la gravedad de sus pecados reales y el estado debilitante de sus conciencias. De hecho, pareciera que aquellos que luchan más con la culpa a menudo son los que menos razones tienen para sentirse culpables”.
La culpa falsa hace que pidamos perdón por el mismo pecado setecientas veces, o que nos sintamos responsables de cosas que están fuera de nuestro control. Nos roba la identidad de hijas de Dios (o la suspende hasta que “seamos mejores”). Nos aleja de Dios y nos llena de preocupación y miedo. Básicamente, lo que estoy diciendo es que la culpa falsa es un enemigo de Dios. ¡Debemos combatirla! Es importante comprender que sentirse culpable no es lo mismo que ser culpable. Aunque a veces los sentimientos de culpa y la culpabilidad se superponen, no siempre sucede así. Podemos sentirnos culpables porque alguien nos manipula, o porque tenemos expectativas irreales en cuanto a nuestra capacidad como madres o profesionales (“Yo nunca debería…”, “Yo siempre tengo que…”).
Cuando te sientas tapada por un alud de culpa, acércate a Dios y pídele que te examine: “Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna” (Sal. 139:24, NTV). Muchas veces tenemos miedo de orar así porque creemos que recibiremos un juicio condenatorio. ¡Pero esta es una mentira del enemigo! Si realmente hay culpa en nosotras, Dios nos perdonará y absolverá completamente. Si no la hay, Dios nos guiará por el camino de la vida eterna y nos liberará del peso de una culpa innecesaria. Si no logras distinguir la voz de Dios, conversa con un cristiano maduro que viva en la gracia y que pueda ayudarte a comprender si la culpa que sientes tiene algún fundamento real o no.
Examina mi corazón, Señor. Libérame de sentimientos de culpa infundados que se interponen entre tú y yo. Como vivo bajo la autoridad de Cristo Jesús, ¡soy libre de toda condenación!
1º de febrero
Con toda confianza

“Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Heb. 4:16, NTV).
Hay una parte de la historia de la transfiguración que nunca había notado. La Biblia dice que Pedro, Santiago y Juan subieron a un monte –probablemente, el monte Hermón– y allí vieron a Jesús transfigurarse y brillar con una gloria indescriptible. Moisés, que había muerto cerca de 1.400 años antes, y Elías, fallecido 900 años antes, aparecieron también y conversaban con Jesús. Como leímos esta historia tantas veces, no nos sorprende. Sin embargo, ¡este fue un espectáculo absolutamente aterrador para los discípulos! Estupefacto, Pedro sugirió construir tres enramadas. La Biblia dice que él “dijo esto porque realmente no sabía qué otra cosa decir, pues todos estaban aterrados” (Mar. 9:6, NTV, énfasis agregado).
Aunque leí esta historia muchísimas veces, siempre la había imaginado como algo glorioso, no aterrador. Sin embargo, el relato continúa con el tema del miedo. En cuanto Pedro sugirió construir las enramadas, la Biblia dice que “una nube los cubrió y, desde la nube, una voz dijo: ‘Este es mi Hijo muy amado. Escúchenlo a él’ ” (Mar. 9:7, NTV). Para un judío de aquella época, ver la nube de la gloria de Dios cubrir un monte y oír su voz era algo equivalente a una sentencia de muerte. Cuando Moisés ascendió al Sinaí y la gloria de Dios cubrió aquel monte, los israelitas no podían acercarse o tocarlo (Éxo. 19:10-13). Todos aquellos que fueran más allá de los límites marcados en el monte, debían morir. ¡Imagina lo que debieron haber pensado Pedro, Santiago y Juan al escuchar la voz de Dios sobre esa montaña!
Lo realmente asombroso de esta historia es cómo Dios usa este evento para revelar su amor. El Padre envió al Hijo para erradicar todos nuestros miedos y derribar todas las barreras que nos separaban. A través del sacrificio de Jesús, la muerte fue derrotada. Por los méritos de Jesús, podemos contemplar a Dios cara a cara. ¡Somos libres de todo temor y de toda condenación! Como escribió el apóstol Pablo, podemos acercarnos “con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Heb. 4:16, NTV, énfasis agregado). ¡Con toda confianza! No solo sin miedo, sino con toda confianza; como quien entra, sin golpear, a la casa de un amigo. Con toda confianza. ¡Qué maravilla!
Señor Jesús, gracias por tu sacrificio. Gracias por derribar todos los miedos y las barreras que nos separaban. Gracias porque puedo acercarme a ti con toda confianza.
2 de febrero
¡Adelante!

“¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos” (Apoc. 3:20, NTV).
Hay amigas que invitamos a pasar a la sala solo cuando la casa está bien ordenadita y limpia. Pero también hay amigas que dejamos entrar a la cocina cuando tenemos una montaña de platos sin lavar de la noche anterior y tratamos de cocinar algo sin salpicarnos el camisón. Anne y yo tenemos este tipo de amistad. Ella tiene acceso ilimitado a mi casa (y yo a la suya), aunque parezca que una bomba recién estalló y ninguna cosa esté en su debido lugar. No siento necesidad de impresionarla o de impactarla con mis capacidades culinarias, decorativas o de ningún tipo. Ella es mi amiga; ¡no viene a mi casa para juzgarme, sino a compartir una comida!
Algunas veces estamos tan avergonzadas del desorden de nuestro corazón, que solo le permitimos a Dios sentarse en la sala. Cuando Dios pide permiso para entrar a otra habitación, nos paramos delante de la puerta, con los brazos extendidos y gritamos: “¡No, no entres ahí!” Cuando Dios insiste, nos escabullimos en el cuarto para meter todo a presión en el armario antes de dejarlo pasar. ¡Pero Dios no viene a juzgarnos, sino a sanarnos! Imagina cómo cambiaria nuestra vida si realmente creyéramos que Dios está por nosotras, no en nuestra contra. Imagina lo que podría suceder si aceptáramos que Dios nos ama al menos tanto como una buena amiga. En Praying God’s Will for Your Life [Orar conforme a la voluntad de Dios para tu vida], Stormie Omartian escribe: “Recuerda que él nunca se abrirá paso a la fuerza, ni tirará abajo las paredes. Él simplemente golpeará suave y persistentemente y, a medida que lo invites, entrará para ocupar gentilmente cada rincón de tu vida, para limpiar y reconstruir”.
Dios quiere arremangarse la camisa y ayudarnos a ordenar, no quedarse sentado en la sala mientras escondemos nuestra vergüenza. Él quiere ensuciarse las manos para limpiarnos. Quiere perdonarnos. Quiere que lo dejemos pasar al sótano, donde tenemos guardados antiguos recuerdos dolorosos, para poder sanarnos. Él quiere reescribir la historia y darnos una perspectiva sana, libre de culpa. ¿Le abrirás la puerta?
Jesús, a veces siento tanto miedo y vergüenza de lo que puedas descubrir en mi corazón si te dejo pasar... Sin embargo, tú lo ves todo y aun así me amas. Hoy quiero abrir la puerta de par en par, quiero que entres a las áreas de mi vida a las que antes no te permití acceso. Ven con tu amor y tu sanidad. Ven con tu aceptación y tu poder. ¡Ven!
3 de febrero
El Dios que me ve

“A partir de entonces, Agar utilizó otro nombre para referirse al Señor, quien le había hablado. Ella dijo: ‘Tú eres el Dios que me ve’ ” (Gén. 16:13, NTV).
Tuve uno de esos sueños en los que estaba desnuda en público; en el autobús, para ser exacta. Me estaba cambiando de ropa ahí, con toda la gente mirando. Ni en el sueño podía entender mis acciones. ¿Qué hago semidesnuda aquí, en frente de todos? Pero ¡qué vergüenza!
El sentimiento de culpa y el arrepentimiento parecen similares, pero los frutos son muy diferentes. La culpa nos acusa: “Tú no eres lo suficientemente buena como para que Dios te escuche”. Este mensaje contiene un doble engaño. Por un lado, nos tienta a creer que algún día podremos llegar a ser lo suficientemente buenas como para ganar la aprobación de Dios. Por otro lado, nos flagela para que nos desesperemos cuando nuestros esfuerzos fallan.
El arrepentimiento dice: “Aunque tú nunca podrás ser lo suficientemente buena, Dios te ama igual”. El amor incondicional de Dios es nuestra red de seguridad. Nos permite admitir la fétida condición de nuestro corazón, sin caer al vacío de la desesperación.
Dios ve nuestra alma desnuda: sin maquillaje, sin fajas, ni ropa interior con relleno. Lo profundamente maravilloso es que aun así Dios dice: “Yo te he amado […] con un amor eterno. Con amor inagotable te acerqué a mí” (Jer. 31:3, NTV).
Muchas hemos internalizado una voz crítica. A veces hasta pensamos que esta es la voz del Espíritu Santo. Pero Dios jamás nos pediría que nos acerquemos a él en nuestro momento más vulnerable, para luego apuntarnos con el dedo y decir: “¡Qué asco me dan tus arrugas y tus rollos. No te puedo ni mirar!” La Biblia es clara: el que nos acusa es Satanás; el Espíritu Santo nos trae arrepentimiento para vida. Aunque esté cubierta de lodo y oliendo a cloacas, Dios ve el valor inmutable que él mismo puso en mí cuando me formó a su imagen.
Desnudos y temblando, Adán y Eva se escondieron. Dios se acercó, no para condenarlos ni exigirles que ellos mismos encontraran una solución, sino para traerles esperanza. El sentimiento de culpa son las hojas de higuera. El arrepentimiento genuino es permitir que Dios vea nuestra alma desnuda y nos cubra con la piel del cordero (Gén. 3:21).
Jesús, gracias porque tú me ves y aun así me amas.
4 de febrero
Firmes en la libertad

“Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gál. 5:1).
Hace poco vi un video en el que 27 leones, rescatados de diferentes circos en Sudamérica, eran liberados en un santuario para animales en Sudáfrica. Cuando los cuidadores abrieron las jaulas en las que los habían transportado, me sorprendió notar que muchos de los leones dudaban en salir. Llevó un tiempo que estos majestuosos y exhaustos felinos avanzaran, dejando el pasado atrás. ¡No somos muy diferentes de estos leones! Todas tenemos la tendencia inicial a quedarnos con lo conocido y familiar, por esclavizante que sea, en lugar de avanzar hacia nuestra libertad. El pueblo de Israel añoraba el pescado, los pepinos y las cebollas de Egipto (Núm. 11:4-6). Los gálatas, luego de haber recibido el evangelio por fe, extrañaban el legalismo (Gál. 5:1-13). Aunque la libertad de una nueva vida esté delante de nosotras, tenderemos a mirar hacia atrás, como la esposa de Lot (Gén. 19:26).
Miramos hacia atrás cuando nos reprochamos continuamente errores del pasado, cuando nos preguntamos una y otra vez: ¿Qué hubiera sucedido si…? Cuando le permitimos a nuestra imaginación obsesionarse con una decisión tomada, que es irreversible, en lugar de usar nuestra capacidad mental para enfrentar el presente. En su libro Vivir en libertad, Eleonor van Haaften escribe: “Si una y otra vez se le da vueltas al mismo pensamiento de qué hubiese ocurrido si se hubiera hecho esto de otra forma, aumentará entonces el sentimiento de insatisfacción y llevará a una intranquilidad interna”. El autorreproche es una jaula que nos impide disfrutar de la libertad que Cristo nos ofrece. Pero la puerta está abierta; solo debes animarte a salir, atreverte a perdonarte.
Reflexionar acerca del pasado y aprender lecciones es importante; torturarnos por lo que ya no podemos cambiar, no. Por eso, te invito a que traigas a la memoria uno de esos autorreproches que te persiguen. Imagínate como una leona dentro de la jaula. Ahora mira atentamente y nota que la puerta está abierta. ¡Dios no te condena! Ten coraje, asoma tu cabeza y huele el aire cargado de fragancias de la sabana. ¡Perdónate! ¡Sal! ¡Avanza firme en tu libertad!
Señor, al enemigo le gusta arrinconarme. Le divierte que me quede encarcelada y paralizada por pensamientos negativos y reproches. Pero tú enviaste a tu Hijo, no solo para librarme del pecado, sino también de los reproches y del sentimiento de culpa. Hoy acepto la libertad que me ofreces y me perdono a mí misma. ¡Ayúdame a caminar firme en esta libertad!
5 de febrero
¿Quieres sanar?

“Cuando Jesús lo vio y supo que hacía tanto que padecía la enfermedad, le preguntó: —¿Te gustaría recuperar la salud?” (Juan 5:6, NTV).
Christine Caine, la autora y predicadora australiana, tuvo una infancia realmente difícil. Christine fue abandonada por sus padres biológicos, sufrió bullying en la escuela y fue abusada sexualmente durante doce años. Hoy, a través de una rama de su ministerio —la Campaña A21—, ella se dedica a ayudar a otros sobrevivientes de abuso y a prevenir la trata de personas. Y aunque Christine tiene muchísima compasión por aquellos que han sufrido como ella, también cree que es importante no aferrarse a la condición de víctima y no permitir que el pasado nos defina. En su artículo “Do You Want to Be Healed?” escribe: “Debemos tener mucho cuidado, porque a veces nuestro estatus de víctimas se convierte en nuestra identidad. [...] La sanidad conlleva responsabilidad”.
Todas hemos sido heridas, en mayor o menor medida. Todas podemos recordar dolorosos capítulos de nuestra vida que hacen que los ojos se nos llenen de lágrimas. Y, como dice Christine, aunque tener fe en Jesús no nos da amnesia, sí nos da una opción en cuanto a dónde anclamos nuestra identidad. Podemos fijar la vista en nuestras heridas y usarlas como una excusa permanente, o podemos mirar a Jesús y transitar pacientemente el camino de recuperación. En Falling Upward [Caída ascendente], el teólogo y escritor Richard Rohr explica que él cree que tenemos una tendencia a “permanecer identificados por la herida [...]en lugar de usar la herida para redimir al mundo, como lo vemos en Jesús y en muchas personas que convierten sus heridas en heridas sagradas, liberándose a sí mismos y a los demás”.
Como tenemos una tendencia a permitir que nuestras heridas nos definan, Jesús le preguntó al paralítico de Betesda: “¿Te gustaría recuperar la salud?” A primera vista, parece una pregunta irónica. ¿A quién no le gustaría volver a caminar, después de haber pasado 38 años acostado en una camilla? Sin embargo, Jesús le estaba diciendo: “¿Estás dispuesto a asumir la responsabilidad de buscar un trabajo y no vivir más de limosnas? ¿Quieres ser sano, aunque esto implique que ya no recibirás la atención y simpatía de los demás?” La sanidad conlleva responsabilidad y nos da una mayor capacidad de impacto e influencia. Cuando ese hombre se levantó, enrrolló su camilla y la llevó bajo el brazo; ese símbolo de su pasado se transformó en una poderosa historia de redención. El pasado no desapareció, pero Jesús transformó esa camilla, que había sido una prisión, en un emblema de libertad.
Jesús, quiero que cures todas mis heridas. Tú me defines, no mi pasado.
6 de febrero
El remedio extraño

“Y, así como Moisés levantó la serpiente de bronce en un poste en el desierto, así deberá ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Juan 3:14, 15, NTV).
Cuando la segunda generación de israelitas llegó al borde de la Tierra Prometida, cuando podían casi tocarla y oler el salitre del Mar Muerto, los edomitas se negaron a darles paso. Para rodear la tierra de Edom, los israelitas debieron darle la espalda a Canaán y desandar el camino andado, retornando al desierto. Desanimado, el pueblo murmuró contra Dios y contra Moisés. “¿Por qué nos sacaron de Egipto para morir aquí en el desierto? —se quejaron—. Aquí no hay nada para comer ni agua para beber. ¡Además, detestamos este horrible maná!” (Núm. 21:5, NTV). Entonces, serpientes venenosas, de las que habían sido protegidos por casi cuarenta años, comenzaron a atacarlos.
Cuando el pueblo se humilló, Dios recetó un tratamiento extraño: le ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un asta. El que mirase a la serpiente, viviría. No hay una conexión lógica o científica entre mirar a una serpiente de bronce y ser sanado. En Patriarcas y profetas, Elena de White comenta que “hubo quienes se negaron a creer que con solo mirar aquella imagen metálica se iban a curar. Estos perecieron en la incredulidad” (p. 457). ¿Notaste eso? ¡Algunos prefirieron morir a verse como tontos! Como mirar a una serpiente de bronce era un remedio “necio”, algunos prefirieron morir en su “inteligencia”. Recuerda: tú no eliges el tratamiento, Dios elige cómo sanarte.
Parece absolutamente necio e ilógico que Dios nos salve por su gracia, tan solo con mirar a Jesús. Sin embargo, ¡este es el remedio que él escogió! Aceptemos el diagnóstico y la medicina que Dios nos ofrece. Dejemos de enfocarnos en nuestros defectos y virtudes; miremos al Rey en su hermosura.
Señor, tú puedes sanarme de todas mis enfermedades. Ayúdame a confiar en Jesús como mi Salvador de todo corazón. Hoy no quiero apartar mi mirada de él, ni por un instante.
7 de febrero
Sanas y salvas

“Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza” (Jer. 17:14).
Tú no eliges el tratamiento, Dios elige cómo sanarte.
Naamán era un hombre poderoso, jefe del ejército del rey de Siria, muy estimado y favorecido por su rey. Pero Naamán tenía un gran problema: tenía lepra. En los tiempos bíblicos, esta era una enfermedad crónica, que mutilaba y segregaba socialmente a las personas. A medida que la enfermedad avanzaba, las uñas de los pacientes se aflojaban y caían. Como una gangrena, la lepra avanzaba después a los nudillos, dedos y dientes. Finalmente, la lepra tomaba la nariz, el paladar, los ojos, y la vida (según el comentario bíblico The Enduring Word).
Naamán tenía los días contados y por eso estuvo dispuesto a aceptar la sugerencia de una esclava israelita y visitar Samaria, en pleno territorio enemigo. Como salvoconducto, Naamán llevó consigo una carta del rey y un generoso pago de diez talentos de plata (más de 1,2 millones de dólares estadounidenses).
Sin embargo, las cosas no sucedieron como Naamán esperaba. En lugar de ir en persona, el profeta Eliseo envió un mensajero y le “recetó” un tratamiento extraño: “Ve y lávate siete veces en el río Jordán, y tu cuerpo quedará limpio de la lepra” (2 Rey. 5:10, DHH). Naamán se enfureció porque él tenía una idea muy diferente de cómo el profeta debía sanarlo. “Yo pensé que iba a salir a recibirme, y que de pie iba a invocar al Señor su Dios, y que luego iba a mover su mano sobre la parte enferma, y que así me quitaría la lepra” (2 Rey. 5:11, DHH).
Naamán estaba tan enojado que casi se volvió a su país sin siquiera intentarlo. Los ríos de su patria le parecían más limpios y mejores. Sin embargo, fue nuevamente uno de sus criados quien le salvó la vida al decir: “Señor, si el profeta le hubiera mandado hacer algo difícil, ¿no lo habría hecho usted? Pues con mayor razón si solo le ha dicho que se lave usted y quedará limpio” (2 Rey. 5:13, DHH). Finalmente, en humilde obediencia, Naamán se sumergió siete veces en las marrones aguas del Jordán y fue sanado completa y gratuitamente.
Muchas veces, como Naamán, anticipamos la forma en que Dios nos librará de algún problema. Tal vez esperamos que Dios nos sane de una depresión sin tener que recurrir a medicamentos, o preferiríamos que Dios sane nuestro matrimonio sin tener que hacer terapia. Tenemos una idea tan fija, que cuando la sanidad se ofrece por otro medio, nos ofendemos. Recuerda: tú no eliges el tratamiento, Dios elige cómo sanarte.
Señor, por favor, dame la humildad para aceptar cualquier tratamiento que tú escojas para mí.
8 de febrero
Legado

“Así que como somos sus hijos, también somos sus herederos. De hecho, somos herederos junto con Cristo de la gloria de Dios; pero si vamos a participar de su gloria, también debemos participar de su sufrimiento” (Rom. 8:17, NTV).
Siempre me gustaron las canciones y las letras de Joan Manuel Serrat. En la canción “Testamento de miércoles”, el “Nano” nos hace pensar en el legado intangible que dejamos. No las casas, ni los autos, sino la herencia emocional y hasta espiritual que podemos forjar. Serrat canta: “Lego al jueves cuatro remordimientos, la lluvia que contemplo y no me moja… Lego el crujido azul de mis bisagras y una tajada de mi sombra leve”. ¿Cuál es tu legado? ¿Cuál es la herencia espiritual que le dejarás a tu familia y amigos?
Una de mis mejores amigas dice que tomó más en serio su responsabilidad de sanar emocionalmente una vez que comenzó a tener hijos, porque no quería heredarles su dolor o sus miedos. Creo que tiene mucha razón, porque como dice Richard Rohr en Things Hidden [Las cosas ocultas]: “Si no transformamos nuestro dolor, seguramente lo transmitiremos. Si no encontramos la forma de transformar nuestras heridas en heridas sagradas, invariablemente nos rendiremos ante la vida y la humanidad”. Esta idea de transformar heridas en algo sagrado me conmueve. Dios no solamente nos sana, sino también transforma nuestras heridas (las mismas que si no se trataran transmitirían dolor a las próximas generaciones) en una herencia santa. ¡Las cicatrices cuentan una gloriosa historia! Cuando Dios nos sana, pasamos de contagiar dolor a contagiar esperanza, de multiplicar trauma a transmitir vitalidad.
Así como las herencias físicas, las espirituales deben ser planeadas. Un legado santo nunca es el producto de la casualidad. Es imprescindible reflexionar, darnos cuenta de qué recibimos nosotras mismas y qué deseamos transmitir. Será necesario orar, perdonar, sanar y ser pacientes con el proceso; pero también atrevernos a contar la historia. Muchas veces, es justamente a través de un relato que un legado pasa de una generación a la otra (Jos. 4:6, 7). Las historias de nuestras heridas sanadas, oraciones contestadas y aventuras con Dios, serán un depósito inicial en el banco de la fe de las generaciones venideras.
Señor, el legado más grande que puedo dejar es espiritual, no físico. Por esto, te pido que sanes mis heridas y las transformes en cicatrices sagradas. Quiero que mi vida refleje el poder de tu redención. Quiero contarle a mi familia todo lo que has hecho por mí.
9 de febrero
Culpa y responsabilidad

“—Rabí, ¿por qué nació ciego este hombre? —le preguntaron sus discípulos—. ¿Fue por sus propios pecados o por los de sus padres? —No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres —contestó Jesús—. Nació ciego para que todos vieran el poder de Dios en él” (Juan 9:2, 3, NTV).
Estoy sentada en el autobús 321, yendo al trabajo. Detrás de mí, una mujer y un hombre hablan acerca de Jessica. La mujer dice que está muy enojada con su amiga, Jessica, porque está siendo negligente con sus hijos: no los lleva a la escuela, ni los educa en casa. Ella dice que, aunque Jessica tiene muy poco dinero, continúa pagando los gastos del auto de su exnovio. Finalmente, la mujer le dice al hombre sentado detrás de mí: “Entiendo que esté deprimida porque su padre falleció, ¡pero Jessica no tiene tiempo para estar deprimida!”
Esa última oración me persiguió todo el día, zumbando en mi mente como un tábano. Estoy convencida de que la depresión, así como otros trastornos de la ansiedad, no piden permiso para llegar ni buscan un día libre en tu calendario. Amontonar culpa sobre los hombros de una persona deprimida es un acto de crueldad. Sin embargo, es útil comprender que hay una diferencia entre culpa y responsabilidad.
En su artículo “Trauma Is Not Your Fault, but Healing Is Your Responsibility”, la autora Brianna Wiest lo describe de esta manera: “No podemos olvidar que, aunque [el evento traumático] no fue nuestra culpa, sanar las consecuencias siempre recaerá sobre nosotros; y en lugar de verlo como una carga, podemos aprender a verlo como un extraño don”. Todas cargamos con heridas y traumas del pasado. Sin embargo, a menos que dejemos de apuntar con el dedo y aceptemos la responsabilidad de sanar, vamos a contagiar a otros con nuestro dolor y nos perderemos la oportunidad de vivir mejor.
Asumir la responsabilidad de sanar nuestras heridas es un regalo extraño, envuelto en un papel de regalo sucio y arrugado. Sin embargo, desenvolver ese paquete, como escribe Geri Scazzero en The Emotionally Healthy Woman [La mujer emocionalmente sana], puede ser lo mejor que hagamos: “Permitirme sentir mi propia tristeza me ha permitido ser más compasiva con la tristeza de los demás. Ahora estoy convencida de que este es uno de los mejores regalos que tengo para dar”.
Señor, tú puedes sanarme. Tú puedes usar lo que me sucedió para demostrar tu poder y gloria. Acepto mi responsabilidad en el proceso de sanidad: voy a buscar ayuda, voy a ser paciente. Ya no quiero huir de mis responsabilidades, sino aceptarlas por tu gracia, que me fortalece.
10 de febrero
La libertad es un país extranjero

“Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud” (Gál. 5:1, LBLA).
La libertad es como un país extranjero: tienen diferentes costumbres allá. Una de las primeras veces que viajé al exterior, visité la hermosa y cosmopolita ciudad de Vancouver, en Canadá. Un día, después de mis clases de inglés en el instituto de idiomas, decidí salir a caminar. Llegué a una esquina, con un semáforo, y me paré a esperar. Esperé y esperé, pero la luz seguía roja. De pronto, apareció un muchacho canadiense, que se acercó al semáforo y presionó un diminuto botón en el poste, apenas perceptible. La luz inmediatamente cambió a verde. Crucé la calle riéndome; ¡podría haberme pasado la tarde entera esperando!
Después de sacar al pueblo de Israel de Egipto, Dios comenzó el proceso de deconstrucción y reconstrucción de su identidad colectiva. Aunque los israelitas eran libres a nivel físico, aún tenían una mentalidad esclava. Los efectos de más de cuatrocientos años de historia no desaparecieron instantáneamente al cruzar el Mar Rojo.
Añorando lo que solían comer cuando eran esclavos, los israelitas se quejaban: “Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, de los pepinos, de los melones, los puerros, las cebollas y los ajos” (Núm. 11:5, LBLA). Más allá de que estuvieran cansados de comer maná todos los días, el hecho de que dijeran que la comida de Egipto era “gratis” es muy significativo: esa comida era un mínimo sustento, dado por sus amos, con el único propósito de seguir explotando su mano de obra esclava ¡Cada esclavo pagaba con su vida, con su sudor y con su libertad!
Cuando Jesús nos libera, pasamos por el mismo proceso de deconstrucción y reconstrucción. La libertad se siente incómoda y extraña, como un país extranjero donde no entendemos las reglas ni el idioma. Por eso nos tienta volver atrás, porque al menos la esclavitud es familiar. ¡Pero Dios nos ama demasiado como para permitir esto! Dios nos llama a conquistar terreno espiritual y emocional; a permanecer libres. Nos llama a recibir nuestra identidad de hijas, no de esclavas.
Señor, quiero aprender a ser libre. Con pasos valientes, por pequeños e imperfectos que sean, quiero marcar una trayectoria de fe. Hacia adelante y hacia arriba, quiero avanzar y nunca volver atrás. Gracias por guiarme de la mano a cada paso, con paciencia y fidelidad.
11 de febrero
Sin guantes blancos

“Tendrá otra vez compasión de nosotros, perdonará nuestras culpas y arrojará todos nuestros pecados a las oscuras profundidades del mar” (Miq. 7:19, PDT).
Jillian Monet dejó de estudiar cuando se dio cuenta de que estaba embarazada de tres meses. Como era líder en su iglesia local, tenía miedo de que si la gente se enteraba la avergonzaran. Entonces, decidió realizarse un aborto en secreto. Jillian juntó el dinero que necesitaba y condujo hacia la clínica. En el camino, recibió dos mensajes de texto. Aunque estas personas no sabían lo que estaba sucediendo, ambas le aseguraron que oraban por ella y que Dios podía manejar cualquier crisis. Sin embargo, Jillian estaba apurada porque tenía que cantar en la iglesia esa misma noche, y siguió conduciendo. Pero al llegar a la autopista, supo que estaba tomando una mala decisión. “Yo no sabía que estaba a punto de experimentar la gracia soberana de Dios, pero puse mi vida en sus manos y decidí que no abortaría”, me dijo al contarme su historia. Sin embargo, las cosas no mejoraron automáticamente. El padre del bebé no quiso casarse con ella y muchos de sus amigos la abandonaron. “Me sentía deprimida por la culpa que cargaba. No tenía suficiente dinero, así que, pasé varias noches en el auto con mi bebé. Había gente dispuesta a ayudarme, pero mi orgullo y la vergüenza me impedían acercarme”, me dijo.
Jillian comenzó a usar drogas para intentar adormecer la culpa y vergüenza que sentía. Llegó a estar tan deprimida que consideró suicidarse. “Me impacta que Dios nunca me haya abandonado. A veces creemos en un Dios de guantes blancos, pero para rescatar a alguien como yo, seguro se ensució las manos. Él comenzó a decirme cuánto me amaba y mi vida comenzó a cambiar”. Aunque fue un proceso lento y difícil, Dios restauró completamente la vida de Jillian.
“Ahora sé muy bien quién es el Dios del que canto. ¡Créeme que te ama incondicionalmente! Aunque estés pasando por algo muy doloroso, él no se ha olvidado de ti. Él se especializa en [salvar a] la gente imperfecta. Ahora puedo hablarles a los que pasan por situaciones similares y decirles que tenemos una esperanza: Cristo Jesús. Él ama. Él perdona. Él restaura, redime y rejuvenece”.
Señor, te agradezco porque tu amor nunca jamás me abandonará. Tú arrojas mi vergüenza y mi pecado a las oscuras profundidades del mar. Tú me abrazas, me perdonas y sanas mi vida. ¡Aleluya!
12 de febrero
La competencia con tu hermana

“Entonces Jacob durmió también con Raquel, y la amó mucho más que a Lea. Y se quedó allí y trabajó para Labán los siete años adicionales” (Gén. 29:30, NTV).
Raquel era más hermosa que su hermana Lea y contaba con el amor incondicional de Jacob. Él trabajó por ella siete años para pagar la dote y le parecieron solo unos pocos días. Sin embargo, esta historia de amor no tiene un final feliz. Cuando llegó la fecha acordada para la boda, Jacob fue engañado y recibió a Lea como esposa, en lugar de Raquel.
La mayoría de los comentadores bíblicos suponen que Lea estaba de acuerdo con el engaño. Tal vez amaba a Jacob en secreto, o tenía celos de su hermana, o creía que esta sería su única oportunidad para casarse. Sin embargo, Lea cosechó un fruto amargo por su parte en el engaño: años de competencia con su hermana por el amor de Jacob.
Como Lea había puesto su sentido de valor personal en conquistar el amor de Jacob, continuó frustrada e infeliz hasta que permitió que Dios fuera la fuente de su autoestima. Podemos ver su recorrido de crecimiento emocional a través del significado de los nombres que eligió para sus hijos. Rubén, el primogénito, significa “Mira, un hijo”. Lea dijo: “Ahora mi esposo me amará”. ¡Pero Jacob no la amaba! El nombre del segundo hijo, Simeón, significa “escuchada”, porque Lea dijo: “El Señor oyó que yo no era amada y me ha dado otro hijo”. Sintiéndose aún rechazada, Lea llamó a su tercer hijo Levi, que significa “apego”. Lea todavía creía que podía ganar la competencia con su hermana y hacer que su marido se apegara a ella por haberle dado tres hijos. ¡Pero Jacob aún no la amaba!
Con la llegada de su cuarto hijo, se ve un cambio en Lea: ella comienza a mirar a Dios como la fuente de su identidad y autoestima. Por esto llama a su hijo Judá, que significa “alabanza”. ¡Este es un cambio radical! Lea rompe con el antiguo paradigma y deja de pensar que el amor o el desamor de su marido establece su valor como persona. Lea se centra en Dios y dice: “Esta vez alabaré a Jehová”.
Muchas somos como Lea. Creemos que el cariño y la aprobación de los demás son el veredicto de nuestro valor como personas. Competimos buscando validación, pero el amor incondicional que necesitamos solo proviene de Dios.
Jesús, no quiero competir con mis hermanas. El amor, la validación y la aceptación que busco, no las puedo ganar. Tú las ofreces gratuitamente. Rindo las armas de la competencia y me arrodillo a tus pies.
13 de febrero
Penina

“El enojo es cruel, y la ira es como una inundación, pero los celos son aún más peligrosos” (Prov. 27:4, NTV).
Honestamente, lo más difícil no es que Dios no nos otorgue aquello por lo que oramos hace años: un compañero para la vida, un buen trabajo, salud o hijos. No, lo más difícil es ver a Penina obtenerlo todo (1 Sam. 1:2). Lo más duro es sentir que Dios sí responde las oraciones de otras mujeres, mientras que pareciera ignorar las nuestras. Lo más doloroso es pensar que somos menos importantes, a menos que logremos ganarle a esa rival, a la Penina de nuestra vida.
La competencia y la comparación con otras mujeres surgen cuando ponemos el peso de nuestra identidad sobre cualquier otra cosa que no sea la Piedra angular. Como explica la autora Susan Barash en Tripping the Prom Queen [La zancadilla a la reina del baile de graduación], el problema radica en que “nuestra definición de nosotras mismas está ligada a nuestra percepción de otras mujeres. Nos miramos a través de comparaciones. […] Nos cuesta vernos a nosotras mismas como individuos separados, con destinos propios. […] [Pensamos que] somos exitosas en las áreas en que nuestras madres fracasaron; ganamos cuando otras mujeres pierden. No podemos imaginarnos teniendo éxito o fracaso por nuestra propia cuenta; solo en comparación con otras mujeres”.
La Biblia tiene muchos ejemplos de mujeres que compitieron entre sí, mujeres rivales: Sarah y Agar, Raquel y Lea, Evodia y Síntique. Sus historias reflejan la marea tóxica que la comparación y la competencia traen a nuestra vida. Pero la Biblia ofrece un mejor camino, el que recorrieron Rut y Noemí, el que anduvieron María y Elisabet. Como explica la autora Bethany Jenkins en Women, We’re Co-Workers, Not Competitors [Mujeres: somos compañeras, no competidoras], “cuanto más aceptemos nuestra identidad fundamental como cristianas, más capaces seremos de ver a otras mujeres como colegas, y no como competencia”.
La próxima vez que te encuentres con la Penina de tu vida, te invito a que recuerdes que tu valor e identidad están grabados para siempre en las manos de Jesús (Zac. 13:6). Te invito a que ores para que Dios bendiga a esa mujer y ensanche su territorio (1 Crón. 4:10). La envidia y la generosidad no pueden convivir dentro de tu corazón. Cuando eliges bendecir a Penina, la envidia se derrite. Finalmente, te invito a que recuerdes que Dios está escribiendo una historia única y original en tu vida. A Dios no se le acaban los planes ni las buenas ideas. No te compares. Tú eres una obra maestra en las manos del mejor Artista.
Señor, te agradezco porque el éxito de los demás no es mi fracaso. Cuando me sienta tentada a compararme y competir con otras mujeres, recuérdame quién soy: tu hija amada.
14 de febrero
Alianza de superheroínas

“Todos ustedes en conjunto son el cuerpo de Cristo, y cada uno de ustedes es parte de ese cuerpo” (1 Cor. 12:27, NTV).
La comparación nunca termina; sencillamente, se mueve hacia diferentes áreas de la vida. Cuando éramos niñas comparábamos los juguetes que teníamos, de adolescentes nuestra popularidad, y de grandes comparamos nuestros trabajos y familias. Al menos que hagamos un esfuerzo consciente por desterrarla, la comparación nos acompañará hasta el último día de nuestras vidas. Cuando la escritora estadounidense Becky Keife se convirtió en mamá de tres activos varones, se dio cuenta de que vivía comparándose con otras madres. “¿Piensan [las otras mamás] que soy demasiado estricta, o permisiva? ¿Es su rutina de sueño diferente de la mía? Al principio me sentía tan vulnerable”, me confesó ella. Sin embargo, con el tiempo Becky descubrió que no había solo una manera de ser buena madre y que no había necesidad de sentirse intimidada por las decisiones de las demás. “Yo soy la clase de mamá que prefiere que sus hijos usen zapatos en el parque. Tengo una amiga que les permite a sus hijos correr descalzos. Mientras que no nos comparemos y aprendamos a apoyarnos las unas a las otras, estas diferencias nos ayudarán a crecer” añadió.
Becky cree que cada madre tiene un superpoder diferente y debería ser capaz de distinguirlo, en lugar de compararse y competir. “Todas tenemos áreas en las que nos destacamos, pero es tan fácil ignorarlas y pensar que son cosas ‘normales’ que todo el mundo puede hacer… Pensar que todo el mundo puede cocinar como yo, o hacer una trenza cosida, o enseñar a escribir como lo hago yo…” Cuando prestamos atención a los dones únicos que Dios nos dio, en lugar de enfocarnos solamente en lo que podríamos mejorar, “recuperamos el gozo de la maternidad”. Y no solo eso: también recibimos la libertad para celebrar los superpoderes de otras mujeres, en lugar de sentirnos intimidadas. Cuando dejamos de compararnos, las fortalezas de otras mujeres nos sirven y nos protegen. Juntas podemos formar una alianza de superheroínas en la que cada una contribuye con su propio don.
Señor, te agradezco porque tú has bendecido a cada mujer con talentos únicos. Quiero dejar atrás la comparación y la envidia. Muéstrame cómo puedo usar lo que me has dado para ayudar a otros, y dame la humildad necesaria para pedir ayuda cuando la necesite. Amén.
15 de febrero
Este no es mi plato

“Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos” (Rom. 8:28, NTV).
Años atrás, en una de mis primeras citas con Nigel, la camarera confundió nuestros pedidos. Ella le sirvió a Nigel mi plato y a mí el suyo. “Me parece que tienes mi plato”, le dije a Nigel, tratando de no sonar muy alarmada, porque recién nos estábamos conociendo. “No, esto fue lo que yo pedí”, me contestó sonriente, y comenzó a comer tranquilamente. Miré el plato que tenía enfrente de mí con desdén; era básicamente una ensalada. Aunque soy vegetariana, jamás pediría una ensalada en un restaurante. ¡Me parece un desperdicio de dinero! Debo confesar que pasé la mayor parte de la velada sintiendo envidia gastronómica y pensando: Esto no es lo que yo pedí.
A veces, Dios nos da algo diferente de lo que pedimos en oración. Doquiera, vemos a colegas y amigas recibir exactamente lo que nosotras queríamos: un excelente trabajo, un marido trabajador, hijos sanos. Mientras que otras mujeres se sientan a disfrutar de un suculento plato de bendiciones, pareciera que nosotras debemos conformarnos con la ensalada. En momentos así, tenemos dos opciones: envidiar o confiar. En El ministerio de curación, Elena de White nos recuerda: “Dejad que Dios haga planes para vosotros. […] Dios no guía jamás a sus hijos de otro modo que el que ellos mismos escogerían, si pudieran ver el fin desde el principio y discernir la gloria del designio que cumplen como colaboradores con Dios” (p. 380).
Un día, mientras Pedro y Juan iban al Templo a orar, se encontraron con un hombre cojo. Sin conocer el poder del Espíritu Santo que moraba en los discípulos, el hombre les pidió tan solo unas monedas. Gracias a la misericordia de Dios, el mendigo cojo recibió algo muy diferente. Pedro le dijo: “No tengo ni plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hech. 3:6). Inmediatamente, este hombre cojo de nacimiento se puso de pie, y a los saltos comenzó a alabar a Dios.
Si hoy te toca comer un plato diferente del que ordenaste, elige confiar. No hay acontecimiento, por malo que sea, ni circunstancia, por difícil que sea, que Dios no pueda reciclar para tu bien.
Señor, cuando las cosas no salen como yo esperaba, ayúdame a confiar en ti. Aun cuando no pueda discernir la gloria de tus propósitos, ayúdame a creer que me amas y que jamás me abandonarás. ¡Tú haces que todas las cosas cooperen para mi bien! Amén.
16 de febrero
Nada me faltará

“Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Sal. 23:1).
Esas tres palabras parecían burlarse de mí. Me miraban desde las páginas de mi Biblia como un enigma sin resolver. ¿Qué quiere decir “nada me faltará”, Señor? Hace años que estoy orando por un compañero. Tengo amigas que no pueden quedar embarazadas y familiares que luchan con problemas de salud. ¿Cómo puedes decir que ‘nada nos faltará’?
A veces nos acercamos a Jesús porque queremos recibir los panes y los peces. Jesús sabe que los necesitamos para vivir. Pero él sabe también que si solo nos preocupamos por los panes y los peces, nos perdemos el Pan de Vida. Si el menú de Dios para tu futuro solo tiene a Jesús, ¿igual te sentarías a la mesa?
“La parte que no deseamos escuchar”, dice la autora cristiana Stormie Omartian en su libro Cómo orar por la voluntad de Dios para tu vida, “es que llega un momento en que cada uno de nosotros debe poner sus deseos y sueños en las manos de Dios para que él pueda librarnos de aquellos que no son su voluntad. […] Si siempre has tenido cierta imagen de lo que crees que deberías ser, tienes que estar dispuesto a dejar que esa imagen sea desbaratada. Si es en realidad lo que Dios quiere para ti, él te capacitará para hacer eso y mucho más. Si no lo es, vas a estar frustrado mientras te aferres a ella”.
Al final, es una cuestión de confianza. Si creemos que Dios es generoso, y que no les niega cosas buenas a sus hijas, entonces podemos rendirle nuestros sueños. Podemos ponerlos sobre el altar con manos temblorosas. Podemos verlos morir, sabiendo que nada nos faltará. Porque no vivimos solo de pan, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios.
Padre Celestial, gracias porque tú eres un Dios generoso. Me diste a tu Hijo, Jesús, demostrando que nunca me negarías algo bueno, sin importar cuánto te cueste. Ayúdame a confiar en tu amor y sabiduría. Ayúdame a desear tu presencia en mi vida más que cualquier otra bendición. Enséñame a buscar el Pan de Vida más que los panes y los peces. Pongo mis sueños y anhelos en las manos de Jesús. Cuando tenga miedo o dudas, haz que vea las marcas de los clavos, la garantía de su amor.
17 de febrero
Los ojos que ven talento no miran con envidia

“Así que aliéntense y edifíquense unos a otros, tal como ya lo hacen” (1 Tes. 5:11, NTV).
Un síntoma de la envidia, que generalmente pasamos por alto, es la dificultad para reconocer y apreciar el talento de los demás. Alguien se para en la plataforma de la iglesia a cantar un solo, pero en lugar de apreciar la canción, nos obsesionamos con la única nota que no cantó perfecta. Una amiga hornea una torta y nos convida, y pensamos: No está mal, pero yo le hubiera puesto menos azúcar y más ralladura de limón. Generalmente, no vemos esto como envidia. Lo justificamos como apreciaciones honestas, o inclusive críticas constructivas. Sin embargo, si no somos capaces de celebrar los logros de otros y alegrarnos de corazón, no se trata más que de envidia camuflada. En Siervos para su gloria, Miguel Ángel Núñez reflexiona: “Cuando tenemos dificultad para reconocer el talento de otro, no es otra cosa sino una señal de envidia; nos autojustificamos con frases como: ‘No puedo aplaudir a otros porque entonces se podrían enorgullecer’. Pero la realidad es que en la Biblia frecuentemente encontramos a Dios elogiando a muchos de sus hijos”. ¡Es cierto: Dios no escatima elogios! Dios dijo que Moisés era el más humilde sobre la faz de la tierra (Núm. 12:3). Dios dijo que Job era un hombre justo e intachable (Job 1:1). Dijo que David era un varón conforme a su corazón (Hech. 13:22). Pablo, siguiendo este ejemplo de identificar y apreciar el talento, exhortó a los hermanos a imitar a Timoteo (Fil. 2:19-24).
Nuestro rol no es asegurarnos que las personas que nos rodean permanezcan humildes, escatimándoles elogios y cargándolas con críticas. Nuestro rol, dice el pastor Núñez, “es animar al otro, edificarlo, estimularlo, ayudarlo; y Dios se encarga del resto. Esto nos permite apreciar los talentos de los demás”. Aprender a detectar y celebrar el talento de los demás, protegerá nuestros corazones contra la envidia.
Señor Jesús, te pido que me des una visión de rayos X, como la de Superman, para detectar los talentos de las personas que me rodean, y un corazón grande y generoso, para alegrarme por ellos. Llena mi boca con palabras que edifiquen a los demás, que los confirmen en sus llamados, para la gloria de tu nombre. Amén.
18 de febrero
Equipo de flores

“El cuerpo humano tiene muchas partes, pero las muchas partes forman un cuerpo entero. Lo mismo sucede con el cuerpo de Cristo” (1 Cor. 12:12, NTV).
Uno de mis vecinos plantó girasoles en su jardín. Cada vez que camino junto a su casa, me detengo a mirar estas enormes flores que irradian su belleza amarilla. Recientemente, descubrí que cada girasol está formado por miles de pequeñas flores llamadas florecillas. ¡Los pétalos amarillos y los centros marrones son en realidad flores individuales! Cada floración de girasol está formada por hasta dos mil de estas florecillas. En realidad, cada floración de girasol es un equipo de flores que trabaja unido.
Cierto día nos juntamos con un grupo de amigas a disfrutar del sol y a comer torta de limón. Reímos y charlamos en el jardín de la casa de una amiga, mientras que una antorcha con aceite de citronela intentaba espantar a las hormigas voladoras. De pronto, la conversación se tornó más profunda. Una de mis amigas reflexionó acerca de cuán triste es que, como mujeres, tengamos una tendencia a compararnos, en lugar de apoyarnos las unas a las otras. Ella dijo que le llevó años encontrar buenas amigas con las cuales pudiera bajar la guardia y sentirse valorada. ¡Años! ¿Por qué actuamos así? “Lamentablemente, vivimos en un mundo donde las mujeres reciben mensajes que dicen: No eres valiosa; No eres lo suficientemente inteligente para este trabajo; no eres lo suficientemente delgada como para usar esos jeans…”, escribe Natasha Robinson en su artículo “God Calls All Women: But We Don’t All Have the Same Calling”, “y cuando nos sentimos inseguras o inadecuadas, es fácil rechazar o degradar a otras mujeres que tienen más confianza que nosotras. […] De alguna manera, ese rechazo nos hace sentir mejores y más cómodas con nosotras mismas, aunque solo sea por un momento”.
Podemos pasarnos la vida comparando y rechazando. Sin embargo, por muchos girasoles que deshojemos, esto nunca resolverá nuestra inseguridad. La respuesta es vivir profundamente enraizadas en nuestra identidad en Cristo, sabiendo que nuestro valor ya está definido. Fuimos adoptadas por el Padre Celestial y esto nos convierte en hermanas. Somos órganos de un mismo cuerpo, florecillas de un mismo girasol. Diferentes, sin duda; pero todas escogidas, valiosas y absolutamente necesarias.
Señor, cuando me encuentre con una mujer que me genere inseguridad, recuérdame que mi valor nunca está en juego. Cuando la belleza, la inteligencia o el talento de otra mujer me den envidia, recuérdame que somos pétalos de una misma flor. Unidas, giramos, siguiendo al Sol de justicia.
19 de febrero
Hasta aquí nos ayudó Jehová

“Tomó luego Samuel una piedra y la puso entre Mizpa y Sen, y le puso por nombre Eben-ezer, diciendo: Hasta aquí nos ayudó Jehová” (1 Sam. 7:12).
Esperé mi turno ansiosamente hasta poder acercarme. Entonces, extendí los dedos y apoyé mis manos suavemente sobre la pared fría. Inclinando la cabeza, junto con las demás mujeres, susurré una oración: “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en él confiaré…” (Salmo 91).
El Muro de los Lamentos, en la antigua ciudad de Jerusalén, es un lugar de oración. Personas de todas partes del mundo lo visitan para rezar y dejar cientos de papelitos con peticiones y agradecimientos en las ranuras de las piedras. Parada frente al Muro Occidental, me sentí arropada, envuelta en esas oraciones susurradas en todos los idiomas imaginables.
Una emoción difícil de describir me anudó la garganta. ¿Cuántas manos tocaron esta pared? ¿Cuántos labios pronunciaron bendiciones —por cuántas generaciones— frente a estas mismas piedras? Las piedras del muro son un testimonio de la historia de Israel, y nos ayudan a recordar.
La Biblia nos instruye a que recordemos nuestro pasado y de dónde venimos (Deut. 7:8-10; 8:2). Necesitamos, como hizo Samuel, colocar piedras en el camino que nos recuerden que “hasta aquí nos ayudó Jehová” (1 Sam. 7:12). La cultura de consumo en la que estamos inmersas hace que nos enfoquemos en las cosas nuevas que podemos tener. Hace que olvidemos los regalos recibidos tan pronto como los desenvolvimos. Dios nos llama a la rebeldía cultural. Debemos recordar el camino y bendecir el proceso que nos trajo hasta aquí.
Haz una pausa y considera todo lo que ya tienes. Recuerda todas las batallas que el Señor ya ganó por ti. Escoge ser agradecida y no olvidadiza. Entonces, erige una piedra emocional en tu alma, inclina tu cabeza y susurra una oración de agradecimiento.
¡Gracias, Señor, por ayudarme hasta aquí! No lo hubiera logrado sin tu compañía. Todos estos años, tú me guiaste de la mano, supliendo cada una de mis necesidades. Me diste más de lo que me atrevía a soñar o a pedirte; más de lo que nunca pueda merecer. Hoy solo quiero agradecer.
20 de febrero
Recuerda recordar

“¡Pero cuidado! Asegúrate de nunca olvidar lo que viste con tus propios ojos. ¡No dejes que esas experiencias se te borren de la mente mientras vivas! Y asegúrate de transmitirlas a tus hijos y a tus nietos” (Deut. 4:9, NTV).
Cierto día, fui al supermercado en mi bicicleta roja. Mientras regresaba a casa, comenzó a llover. El olor del asfalto mojado me transportó a mi infancia, como una máquina del tiempo. Me llevó en un instante a los veranos en Buenos Aires. A los ríos de agua de lluvia tragados por las alcantarillas sedientas. A las flores del Jacarandá que teñían las veredas de rosa y las hacían resbaladizas. A la rayuela, la escondida y las bombitas de agua en Carnaval. Todos esos recuerdos, en los que no había pensado hacía mucho, salieron a la superficie empujados tan solo por un aroma, una fragancia familiar. Es fascinante notar toda la información que se alberga en nuestra mente, y a la que podríamos acceder si tan solo nos acordáramos de recordar. La Biblia nos insta, una y otra vez, a recordar. Dios nos invita a no olvidar el pasado, lleno de sus cuidados y su presencia.
Mi amiga Anne y yo recordábamos, hace poco, cuánto tiempo oré pidiéndole a Dios que me diera más oportunidades para escribir. Y aquí estoy hoy, escribiendo un devocional para mujeres, haciendo exactamente lo que le pedí a Dios. Recordar el recorrido le da más valor a este momento y me permite disfrutarlo más. Es por esto que Moisés le dice al pueblo de Israel que no se olvide; por esto establece prácticas para la memoria activa. Guardar el sábado, celebrar la Pascua, dar el diezmo: todos estos son monumentos al recuerdo. Prácticas que, como un aroma familiar, nos remontan al pasado y nos recuerdan que Dios siempre ha sido fiel.
La palabra hebrea que generalmente se traduce en la Biblia como recordar, es zakar. Sin embargo, esta palabra también significa pensar, ponderar y mantener un registro de algo. Hoy quiero invitarte a recordar de manera activa. Toma un momento para pensar en algo que Dios ha hecho por ti. Puedes escribirlo, dibujarlo, cantarlo, o simplemente sentarte en silencio y revivir ese instante con gratitud. Recuerda. Asegúrate de no olvidar las bendiciones que viste con tus propios ojos.
Señor, gracias por tu fidelidad y tu cuidado en mi vida. Hoy quiero recordar y agradecerte especialmente por…
21 de febrero
Bendecido en todo

“Abraham ya era un hombre muy anciano, y el Señor lo había bendecido en todo” (Gén. 24:1, NTV).
Justo antes de morir, Abraham envió a su sirviente de más confianza, Eliezer, a buscar una esposa para su hijo. La historia se encuentra en el capítulo 24 de Génesis y comienza con una frase, un resumen de la vida de Abraham, que es muy interesante: “Abraham ya era un hombre muy anciano, y el Señor lo había bendecido en todo” (Gén. 24:1, NTV, énfasis agregado). Generalmente, pasamos por alto este versículo para leer la romántica historia de Isaac y Rebeca, sin preguntarnos qué significa ser bendecido en todo. Esta frase hace que me imagine a Abraham acostado en una hamaca paraguaya, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, tomando una fresca limonada con un sorbete con sombrilla. Mientras tanto, su esposa, hijos e innumerables nietos, juegan en el patio de la casa, riendo y tocando panderetas. Después de todo, ¡Dios había prometido hacer de él una gran nación! Una casa llena de hijos y nietos demostraría justamente que Abraham había sido bendecido en todo.
Sin embargo, la imagen que vemos en este capítulo de Génesis es completamente diferente. Sara ha fallecido e Isaac es soltero. Considerando las instrucciones específicas que Abraham le da a Eliezer, queda claro que él tiene miedo de morir antes de que su siervo regrese. La ruta más transitada entre Canaán y Ur tenía una distancia de 1.450 kilómetros. Viajando a lomo de camello, ¡este sería un largo viaje! Abraham pensó que no llegaría siquiera a conocer a la esposa de su hijo, y aun así, la Biblia dice que fue bendecido en todo. ¿Cómo es posible? El célebre predicador inglés Charles Spurgeon comenta, tal como lo cita David Guzik en el comentario Enduring Word: “Esta es la breve historia de su larga vida; Dios dijo que lo bendeciría y lo hizo. ‘Jehová había bendecido a Abraham en todo’. ¿Qué? ¿Cuando le ordenó matar a su hijo? Sí, él lo ‘había bendecido en todo’. ¿Qué? ¿Cuando falleció su esposa, Sara? Sí, porque ‘Jehová había bendecido a Abraham en todo’. Quizá, si su vida no hubiera tenido problemas, esta frase no hubiera sido cierta”.
Cuando pienso en la idea de ser bendecida, me imagino una vida cómoda, con vacaciones, sol y playa. Sin embargo, Dios tiene una visión más penetrante. Él está mucho más interesado en desarrollar mi carácter que en proveerme una vida sin problemas. Si confío en él, Dios utilizará todas las cosas para bendecirme (Rom. 8:28).
Señor, por fe confieso que tú utilizarás todas mis circunstancias para bendecirme. Aunque no pueda entenderlo ni comprender los detalles, tú me bendices en todo.
22 de febrero
Agradecida en todo

“Sean agradecidos en toda circunstancia, pues esta es la voluntad de Dios para ustedes, los que pertenecen a Cristo Jesús” (1 Tes. 5:18, NTV).
Becky Keife es mamá y escritora estadounidense. Tuve el privilegio de entrevistarla para charlar acerca de la maternidad y la gratitud. Becky tiene tres hijos varones: Noah, Elias y Jude. Luego de convertirse en mamá, Becky notó que a menudo se sentía completamente abrumada. “Me sentía sola e insegura. Me preguntaba si Dios se había equivocado al darme tres varones. Estaba convencida de que otra mujer haría un mejor trabajo que yo”, me confesó. Becky estaba tan agobiada que ya no sentía gratitud y felicidad, sino solo agotamiento. “Me di cuenta de que, aunque no me quejaba audiblemente, tenía diálogos internos muy negativos. Tenía un disco en mi mente que repetía: Esto es demasiado difícil. No tengo suficiente tiempo. No tengo suficiente energía. Tuve tres hijos en tres años y medio. Sentía que me había perdido a mí misma en las necesidades de los demás, que era una máquina de amamantar, lavar y cocinar”. Luego de reflexionar al respecto, Becky se dio cuenta de que su actitud era parte del problema. “La maternidad es difícil y desafiante; no quisiera minimizar esto. Pero tener una mentalidad victimista no ayuda para nada. ¡Nuestra actitud puede transformar completamente la experiencia!”
Entonces, Becky decidió comenzar a practicar la gratitud. No se dedicó a negar los desafíos ni a pretender que todo era perfecto, sino a apreciar la belleza del momento. “Comencé a agradecer por las sobras de la cena de ayer, así no tenía que cocinar hoy; por el perfume de mi bebé recién salido del baño... Y descubrí que a menos que bajara la velocidad y le agradeciera a Dios en el momento, el estrés del día me robaría estos detalles. Comencé a escribirlos en mi diario de oración, y con el tiempo la gratitud cambió mi vida”.
Becky se dio cuenta de que Dios la estaba invitando a dar gracias en los momentos más difíciles, a usar la gratitud como un arma de contraataque. Cuando se sentía cansada y no había dormido lo suficiente, Dios la invitaba a dar gracias por lo que sí tenía: un plato de comida. Cuando no tenía tiempo para responder a todos sus correos electrónicos, podía dar gracias por los dos que sí había logrado contestar. Cuanto más intencional era ella en su gratitud, más la llenaba Dios de gozo y energía, porque el “agotamiento es una oportunidad para experimentar el poder de Dios”.
Señor, cuando me sienta totalmente colapsada por las demandas del día o tentada a adoptar una mentalidad victimista, ayúdame a reducir la velocidad y apreciar las bendiciones del momento.
23 de febrero
Asombro

“Meditaré en la gloria y la majestad de tu esplendor, y en tus maravillosos milagros” (Sal. 145:5, NTV).
Lynette y yo estábamos en medio de una de esas conversaciones filosóficas. Hablábamos de cómo siempre parece que nos falta solo una cosa más para ser realmente felices. Sin embargo, cuando eso llega (el matrimonio, los hijos, la casa más grande, el mejor trabajo), después de un tiempo ya no nos alcanza. Como un espejismo, la felicidad se evapora. Pareciera que nuestras esperanzas corren más rápido que nosotras. Van kilométricamente adelantadas y nos llaman prometiendo que, si tan solo obtuviéramos esta otra cosa, entonces sí estaríamos realmente satisfechas.
En su libro Asombro, el pastor y autor Paul Tripp reflexiona acerca del peligro de familiarizarnos tanto con las cosas que tenemos que dejemos de notarlas y de sentir gratitud por ellas. Paul escribe: “La batalla, el gran peligro que acecha desde las sombras de la vida de cada persona, es la familiaridad. La familiaridad tiende a cegar nuestros ojos y adormecer nuestros sentidos. Lo que una vez nos producía asombro, ahora apenas capta nuestra atención”. Lo que Paul describe desde un punto de vista espiritual, también tiene un nombre científico: adaptación hedónica. Básicamente, luego de recibir una promoción, un auto nuevo o un regalo, nos sentimos mucho más felices. Sin embargo, una vez que ese asombro inicial se desvanece, tendemos a volver a nuestro nivel de felicidad inicial. La ciencia y la Biblia concuerdan perfectamente en cuanto a la solución a este problema: practicar la gratitud.
“Tu vida emocional siempre es una ventana hacia lo que ha capturado tu asombro”, agrega Paul. Muchas veces nos sentimos insatisfechas simplemente porque hemos perdido la capacidad para el asombro. Nos falta alegría y contentamiento porque hacemos listas mentales de todo lo que no tenemos, en lugar de enumerar todas nuestras bendiciones. Hoy te invito a vivir continuamente asombrada por el amor de Dios. Esto significa vivir “sabiendo que hay una historia más grande que mi pequeña historia personal. Significa que hay un reino más grandioso que mi pequeño reino, un plan mucho más grande y mejor que cualquier plan que yo tenga”. ¿No es esto suficiente como para agradecer?
Señor, hoy quiero volver a asombrarme por tu amor y tu gracia. Ayúdame a vivir estas 24 horas consciente de que tengo mucho más de lo que merezco: tengo un Salvador, tengo esperanza de vida eterna, y tengo la oportunidad de servirte aquí, en la Tierra. ¡Gracias, Señor! Tu bondad es asombrosa.
24 de febrero
Detalles enormes

“Que todo lo que soy alabe al Señor; que nunca olvide todas las cosas buenas que hace por mí” (Sal. 103:2, NTV).
Hay algunas cosas que me olvido de agradecer; bendiciones cotidianas que doy por sentadas, como la luz y el agua potable (hasta que hay un apagón o se corta el agua). Recientemente, Becky Murray, una misionera estadounidense que trabaja en Kenia, hizo que me diera cuenta de la importancia de tener acceso a productos de higiene personal. “En Bumala, la aldea en la que trabajo, comenzaron a desaparecer niñas. Al principio pensé que era por problemas familiares y que las niñas estaban escapando. Sin embargo, noté que todas las niñas tenían más o menos la misma edad”, me dijo Becky. ¿Qué estaba sucediendo? Las niñas comenzaban a desaparecer justo al terminar la escuela primaria. Sin acceso a productos de higiene personal, ellas faltaban a clases cuando tenían su ciclo (perdiendo así un cuarto de clases al año). Al terminar la primaria, las niñas simplemente no continuaban estudiando porque sabían que perderían demasiados contenidos. Entonces, comenzaban a buscar trabajo y los traficantes aprovechaban la oportunidad para engañarlas y secuestrarlas. Les prometían encontrarles trabajos en la ciudad como empleadas domésticas, cocineras o camareras, cuando en realidad serían explotadas en la industria del sexo.
Piensa en esto un momento. ¡Algo tan sencillo como no tener acceso a productos de higiene personal permitía que las niñas se convirtieran en blanco de un horrendo crimen! Cuando Becky notó esto, organizó la campaña “Dignity Project” (Proyecto Dignidad), a través de la cual ha estado distribuyendo productos de higiene personal ecológicos y reutilizables, y educando a las niñas acerca de las tácticas y estrategias de los traficantes. Con esta medida preventiva tan simple, Becky ya ha protegido a más de 17.000 niñas que podrían haber sido víctimas de la trata de personas. (Si quieres saber más acerca de esta campaña, visita https://www.thedignityproject.net/.)
Es fácil dar por sentadas nuestras bendiciones. Sin embargo, el agua potable, la educación, y aun algo tan sencillo como los productos de higiene personal, tienen un gran impacto en nuestra vida. Dedica un momento a mirar a tu alrededor. Haz una lista de las bendiciones cotidianas que te rodean, que tal vez nunca antes notaste. Tómate un tiempo para hablar con Dios y enumerar cada una de tus bendiciones. Pregúntale qué puedes hacer para ayudar a otras mujeres que no son tan afortunadas y presta atención para oír hoy su respuesta.
Señor, te agradezco por…
25 de febrero
Reflejo

“Que todo lo que soy alabe al Señor; que nunca olvide todas las cosas buenas que hace por mí” (Sal. 103:2, NTV).
Mi amiga Anne y yo fuimos a pasear en bicicleta un domingo por el bosque de Whippendell Woods, en Inglaterra. ¡Fue un día de primavera glorioso! El sol brillaba y el suelo del bosque estaba pintado de azul, cubierto por un manto de cientos de miles de jacintos púrpura. Anne y yo nos detuvimos junto al arroyo para absorber la belleza del lugar antes de emprender el camino de regreso. En un momento, debíamos girar a la izquierda para ingresar a una calle principal. Anne se detuvo, miró hacia ambos lados y luego comenzó a reírse. “¿Qué sucede?”, le pregunté. “Estoy tan acostumbrada a manejar, que intenté poner el guiño”, me dijo ella. Después de conducir su automóvil por años, Anne desarrolló memoria muscular; poner el guiño no es más que un reflejo automático.
Imagina cultivar la gratitud de tal manera en tu vida, que se transforme en un reflejo automático; una reacción tan espontánea como decir: “¡Salud!” cuando alguien estornuda. El mejor fertilizante para la gratitud es la humildad. Lamentablemente, la cultura consumista en la que estamos inmersas nos enseña a pensar que merecemos todo lo que deseamos. Con el tiempo, comenzamos a creer que tener salud, éxito o hijos no es un privilegio, sino nuestro derecho. Cuando no recibimos lo que queremos o hay problemas, nos resentimos. Con humildad, sin embargo, podemos comprender que todas las bendiciones son regalos inmerecidos y permanecer agradecidas.
La gratitud y la humildad dan un nuevo sentido a nuestras vidas. “El significado más profundo de cualquier momento radica en el hecho de que ese momento es un regalo”, escribe David Steindl-Rast en Gratefulness, the Heart of Prayer [La gratitud, el corazón de la oración]. “La gratitud conoce, entiende y celebra ese significado”, agrega. Te invito a que hoy reconozcas y celebres todas las bendiciones de este día que Dios te da, con humildad y gratitud.
Señor, quiero que la gratitud se convierta en un hábito diario, un reflejo natural en mi vida. Sé que para desarrollar esta capacidad necesito humildad y práctica. Por eso, te pido que me libres del egoísmo. Renuévame, inunda mi corazón con gratitud. Abre mis ojos para que vea todo lo que me has dado y mis labios para alabarte.
26 de febrero
Dios no te llama al éxito, sino a la fidelidad

“Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse” (Prov. 24:16).
Después de trabajar durante días en un nuevo proyecto misionero radial, mi jefe me llamó por teléfono para darme su opinión. Con delicadeza y honestidad, me dijo, básicamente, que debía empezar todo de nuevo. “No está peor que antes,” dijo, tratando de hacerme sentir mejor. “Estoy seguro de que el producto final será muy exitoso”. Llegué a casa deprimida, preguntándome si realmente tenía la capacidad de hacerlo o si mi jefe se había equivocado al elegirme para el proyecto.
¿Cómo puedes descubrir si estás basando tu vida en el éxito? Es sencillo: lo estás haciendo si te quedas atascada en el dolor y la decepción del fracaso. Si tu sentido de dignidad está basado en el éxito, vas a intentar no fracasar nunca. Como esto es imposible, evitarás correr cualquier riesgo que te exponga, escogiendo tareas que no te desafíen o renunciando ante la primera señal de adversidad.
Nelson Mandela, el famoso activista y abogado sudafricano, dijo: “No me juzgues por mis éxitos. Júzgame por las veces que me caí y volví a levantarme”. Hoy te recuerdo, y me recuerdo a mí misma, estas palabras. Los fracasos nos enseñan; no son tiempo perdido. Sacudirnos el polvo y volver a levantarnos después de otra caída nos hace crecer mucho más que el éxito.
Pero tan importante como volver a levantarse es reconocer que Dios nunca nos llamó a ser exitosas, sino fieles. Considera la vida de Juan, el Bautista. Al momento de su muerte, muy pocos lo habrían llamado. Sin embargo, Jesús dijo: “Entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan el Bautista” (Mat. 11:11, LBLA). El mundo aplaude el éxito, pero Dios aplaude la fidelidad. Juan el Bautista fue fiel hasta la muerte y Jesús lo aplaudió.
Quiero vivir con en el aplauso del Cielo como única meta. Quiero vivir de tal manera que un día pueda oír al Padre decir: “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. (Mat. 25:23, LBLA).
Señor, ni la dulzura del éxito ni la amargura del fracaso me definen. La sangre de Cristo Jesús me define. En los días en que todo me sale mal, recuérdame que me llamaste a ser fiel, no exitosa. Y en los días en que las cosas me salen bien, recuérdame que la única gloria por la que vale la pena vivir es la tuya.
27 de febrero
“Graciocracia”

“Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario?” (Mat. 20:13).
La meritocracia no es tan bonita como pensamos. Uno de los grandes problemas de este sistema es que hace que los ganadores tiendan a creer que su éxito se debe exclusivamente a su talento y esfuerzo personal. Tendemos a ignorar los elementos aleatorios, como los factores genéticos, las limitaciones geográficas y las condiciones históricas de un período determinado. Haber nacido inteligente, por ejemplo, se debe a una compleja combinación de factores socioculturales y genéticos sobre los cuales no tenemos control alguno.
Creer que el éxito se debe exclusivamente a nuestro talento y esfuerzo puede volvernos insensibles para con los que fracasan. Si nuestro éxito se debe solo al esfuerzo, razonamos, el fracaso de otros se debe a su pereza. Cuando observamos países enteros a través de este marco interpretativo simplista, podemos asumir que su pobreza se debe a una falta de iniciativa y no a complejos sistemas sociales que perpetúan la desigualdad.
Cuando Jesús relató la parábola de los obreros de la viña, estoy segura de que quienes lo escuchaban pensaron: ¡Eso no es justo! Los que trabajaron menos no deberían recibir la misma paga (Mat. 20:1-16). Pero Jesús diseñaba sus relatos con un giro inesperado de la trama a propósito, para revelar verdades del Reino de los cielos. En esta parábola, Jesús demostró que el sistema de gobierno celestial no es “meritocrático” sino “graciocrático”. Dios busca a los perdidos, contrata a obreros sin talento, les paga de más y les da a su Hijo… completamente gratis. Al cetro del gobierno celestial lo mueve la misericordia, no el mérito.
Dominique DuBois Gilliard, el autor y activista de Derechos Humanos, en su artículo “The Implications of Meritocracy on the Church”, escribe: “La meritocracia es una cosmovisión cancerosa. Es contraria al evangelio y compromete nuestra visión. […] Distorsiona cómo nos vemos y cómo nos relacionamos e interactuamos con nuestro prójimo. […] Nos otorga un falso sentido de superioridad moral con el cual acusamos a los demás y los menospreciamos”. Como embajadoras del Reino de los cielos, debemos vivir reflejando las leyes del gobierno al cual representamos. ¡Hoy tú puedes ser una embajadora de la gracia!
Padre, ayúdame a recordar que, si tuviera lo que merezco, no estaría viva hoy ni tendría esperanza de vida eterna. La paga del pecado es muerte, pero tu regalo es la vida eterna por medio de Cristo Jesús.
28 de febrero
Síndrome del impostor

“Dios contestó: Yo estaré contigo. Y esta es la señal para ti de que yo soy quien te envía: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, adorarán a Dios en este mismo monte” (Éxo. 3:12, NTV).
¿Habrá sido un error que me contrataran?, pensé. Durante mi primer año de trabajo para la Radio Adventista de Londres, esta duda me perseguía. Aunque la gente me decía cuánto disfrutaba de las entrevistas de mi programa de radio, yo creía que lo hacía solamente por ser amable. Estaba obsesionada con todos mis errores y absolutamente convencida de que otra persona haría un mejor trabajo. ¡Lo peor es que pensaba que mi actitud era humilde! Estoy segura de que como esposa, madre o profesional alguna vez te sentiste así, mientras que luchabas con el síndrome del impostor.
El “síndrome del impostor” te hace creer que tu trabajo, tus hijos, tu marido o tus amigas se merecen a alguien mejor que tú. Sin embargo, como este sentimiento no es humildad auténtica, sino baja autoestima enmascarada, en lugar de acercarnos a Cristo y motivarnos a mejorar, nos incita a rendirnos. Ya que no puedo hacerlo perfectamente, es mejor que lo haga otra, pensamos, con mentalidad derrotista. Moisés tuvo el mismo problema. Mientras que pastoreaba en Madián, Dios le dio una misión extremadamente difícil: enfrentar a un rey tirano y pedirle que liberase a la mano de obra esclava (Éxo. 3). Para contextualizarlo, imagina que Dios te envía a enfrentar al comandante de una fuerza paramilitar para demandarle que libere a todos los niños soldados. ¿Lo harías?
Aterrado, Moisés comenzó a enumerar todas las razones por las cuales él no era el mejor candidato, e incluso le pidió a Dios que enviase otra persona. Lo que más me gusta de esta historia es cómo Dios responde. Dios no enumera los logros de Moisés, ni le dice que lo escogió por tener el mejor curriculum vitae. Dios simplemente dice: “Yo estaré contigo” (3:12, NTV).
Si Dios te llamó a ser madre, a un trabajo desafiante o a tolerar a una persona difícil de tratar, y no te sientes capaz, recuerda que no se trata de tus credenciales. Dios no nos llama por nuestras habilidades extraordinarias, sino para transformarnos en mujeres extraordinarias a través del llamado. Es probable que la misión que recibamos nos obligue a crecer justamente en el área que más crecimiento necesita. A lo que sea que Dios te llame, la verdadera credencial que necesitas es que él te diga: “¡Yo estaré contigo!”
Señor, no se trata de mí, ni de mis credenciales, sino de tu llamado y tu poder. No quiero permitir que el miedo y la inseguridad me impidan avanzar. A donde tú me llames, yo iré. Si estás conmigo, no tengo nada que temer.
1º de marzo
Cuando Dios te guía al “fracaso”

“Pero la casa de Israel no te querrá escuchar, ya que no quieren escucharme a mí. Ciertamente toda la casa de Israel es terca y de duro corazón” (Eze. 3:7, LBLA).
Nuestra cultura es alérgica al fracaso. Como creemos que el éxito nos define, evitamos el fracaso a toda costa. Sin embargo, en la Biblia encontramos una narrativa diferente. La Palabra de Dios está llena de historias de fracasos y decepciones. Considera al profeta Ezequiel: al llamarlo, Dios le avisa de antemano que su misión no será “exitosa”; el pueblo no le querrá oír. Ezequiel, como muchos otros profetas, cosechó oprobio en lugar de fama y gratitud.
A muchas de nosotras nos resulta difícil comprender que Dios nos llame al “fracaso”. Sin embargo, Bob Goff, el autor de Love Does [El amor hace], dice que esta es una de las cosas que él más ama acerca de Dios. “Dios guía, intencionalmente, a sus hijos al fracaso. Él hizo que naciéramos como bebés incapaces de caminar, hablar o siquiera usar el baño de forma correcta. Nos tienen que enseñar todo. Todo ese aprendizaje lleva tiempo y Dios hizo que dependamos de él, de nuestros padres y de los demás. Todo está diseñado para que intentemos una y otra vez, hasta que, al final, aprendamos. Y todo el tiempo él es infinitamente paciente”.
El fracaso es una parte crucial e ineludible del proceso. Dios no está mirando desde arriba, esperando que todo nos salga perfectamente, pretendiendo que el boletín de calificaciones esté tachonado de sobresalientes. Dios está abajo, con nosotras, ayudándonos a sacudirnos el polvo, recordándonos que su amor y nuestra identidad no cambian cuando las cosas nos salen mal.
A veces Dios usa el fracaso como una luz infrarroja, para revelar lo que no podríamos ver de otra manera. El fracaso nos muestra, con dolorosa claridad, cuánto nos importa aún el “qué dirán”, y cuánto nos aferramos a nuestros propios sueños. Por esto es que, justamente en el fracaso, Dios profundiza nuestra dependencia de él. Viéndolo de este modo, el fracaso puede ser un éxito rotundo. En palabras de Bob Goff: “Solía tener miedo a fracasar en las cosas que realmente me importaban, pero ahora tengo más miedo a ser exitoso en las cosas que no importan”.
Señor, quiero que mi carácter te refleje más. Estoy dispuesta a fracasar, si eso me acerca más a ti. Quiero preocuparme más por los éxitos eternos que por la gloria fugaz de este mundo.
2 de marzo
Una vida tranquila

“Pónganse como objetivo vivir una vida tranquila, ocúpense de sus propios asuntos y trabajen con sus manos, tal como los instruimos anteriormente” (1 Tes. 4:11, NTV).
Algunas veces creemos que nuestras vidas deben ser grandes para ser significativas. Pensamos que, para tener valor, debemos dejar un legado visible y extraordinario. Debemos organizar un evento multitudinario, adoptar a veinte niños o luchar contra la trata de personas, para que nuestra vida importe. Y aunque todas estas cosas son buenas, cuando pensamos que el tamaño determina el valor de algo, nos pasamos la vida corriendo, exhaustas. La inseguridad seguirá empujándonos a hacer más cosas, susurrándonos que lo peor que podría pasarnos es que nuestras vidas fueran absolutamente normales y pequeñas. Pero, como escribe Melanie Shankle en It’s All About the Small Things [Se trata de las pequeñas cosas], “pensar de esta manera puede hacer que perdamos de vista las pequeñas cosas que también pueden cambiar una vida: llevar un plato de comida a un vecino enfermo, sonreírle a la camarera que está teniendo un mal día, leerles a nuestros niños antes de ir a dormir, o simplemente orar con alguien que está pasando por un momento difícil”. La hermosa y liberadora verdad del evangelio es esta: lo pequeño es transcendental.
Jesús comparó el Reino de Dios con una semilla de mostaza: insignificante a simple vista, pero que crece a tal punto que las aves del cielo hacen nidos en sus ramas. También comparó el Reino de los cielos con la levadura, que hace crecer la masa (Mat. 13:31-33). ¡Ambos ejemplos son tan sencillos y humildes! No hay efectos especiales, ni carteles luminosos ni millones de seguidores en las redes sociales. Nada glamuroso. Sencillamente, semillas y levadura que crecen de una forma lenta y orgánica.
Jesús se encarga de ser extraordinario. Nosotras solo debemos ser fieles en lo poco, porque, como menciona Melanie Shankle, lo realmente importante no son “las cosas que logramos, sino las personas en quienes nos estamos convirtiendo. La vida se trata más de cómo él nos usa […] aun cuando solo estamos viviendo nuestras vidas normales y aburridas”. ¡Relájate! Jesús se encarga de ser extraordinario. Tú puedes tener una vida completamente normal, pero muy significativa.
Señor, gracias porque el tamaño de mi vida no determina mi valor. Gracias, porque en tu Reino lo pequeño es trascendental.
3 de marzo
Protégeme del éxito

“Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Luc. 10:20).
El éxito puede ser mucho peor que el fracaso. Imagina que te pasas la vida persiguiendo tu propia gloria y tienes la “desgracia” de ser exitosa en esa tarea. Imagina que logras que la gente te aplauda y te admire, pero, en lugar de crecer a semejanza de Cristo, te hinchas de orgullo. ¡Sería una tragedia!
Charles Spurgeon, el notable predicador inglés del siglo XIX, creía que muy pocas personas podían ser exitosas sin envanecerse. “Hay muy pocos hombres que pueden tolerar el éxito. ¡Nadie puede lograrlo a menos que reciba gracia abundante! Y si, después de un poco de éxito, empiezas a decir: ‘Ahora sí soy alguien. ¿No lo hice bien? Estos pobres viejos no saben cómo hacerlo. ¡Les enseñaré!’, deberás volver al último puesto, hermano; ¡todavía no puedes tolerar el éxito! Está claro que no puedes soportar los elogios”.
Nuestra cultura nos dice que el éxito consiste en sobresalir, en ser famosas, ¡pero esto no es nada nuevo! Una de las razones por las que los pobladores de Babel construyeron la torre fue para hacerse notar (Gén. 11:4). Dios, en su misericordia, a veces hace que abandonemos nuestras torres a medio construir. En su compasión, Dios nos regala el fracaso para evitar que pasemos la vida buscando nuestra propia gloria, para evitar que invirtamos cada uno de nuestros latidos en obtener una corona de laureles que se marchita.
Cuando digo que Dios a veces nos regala el fracaso, no estoy hablando de enterrar nuestros talentos bajo una fina capa de miedo y falsa modestia; eso no le serviría a nadie. Estoy hablando de algo mucho más difícil: reconocer nuestras intenciones. ¿Estoy tratando de vencer el pecado, de ayudar a los demás y usar mi influencia para servir, o de ganar una corona de laureles?
Dios quiere que busquemos la fama superior, la corona celestial e incorruptible. ¿Dónde prefieres ser famosa: en la Tierra o en el cielo? Elegir la popularidad aquí, en la Tierra, es como cambiar oro por espejitos de colores. ¿Estás dispuesta a sacrificar tu reputación, como María; tu dinero, como Mateo; o tu prestigio, como Pablo, para ser famosa en el cielo? Pongamos el éxito del mundo en el altar y recibamos con gratitud el don del fracaso, si este nos acerca más a Dios.
Señor, protégeme del éxito que no me conviene, de lo que me haría hincharme como un sapo y olvidarme de ti. Te doy permiso para desbaratar mis torres de Babel, mis planes vanos. Dame sabiduría para reconocer qué trofeos realmente vale la pena ganar. Ayúdame a vivir buscando solamente el aplauso del cielo.
4 de marzo
Pequeña, pero importante

“El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas” (Mat. 13:31, 32).
¿Cuál es la primera imagen que aparece en tu mente cuando piensas en el éxito? ¿La presidenta de una compañía, vestida a la última moda? ¿Un billonario de Internet, como Mark Zuckerberg? ¿Tal vez la Madre Teresa, o Nelson Mandela? Si te pareces a mí, probablemente no habrás pensado en una persona que vive una vida común y corriente, para nada glamurosa.
Estamos inmersas en una sociedad de consumo, condicionadas a creer que ser exitosas es vivir una vida extraordinaria y brillante y causar envidia en las redes sociales. Como la obsesión por la fama nos define, una vida “ordinaria” nos parece mediocre. Pero ¿y si nos equivocamos?...
“La gente tiende a creer que el camino hacia la importancia está pavimentado con lo que es grande, llamativo y grandioso”, escribe el autor cristiano Michael Kelley en su libro Boring [Aburrido]. “Pero ¿y si nos equivocamos? ¿Qué pasa si el tamaño no determina la importancia? ¿Y si encontramos una vida de gran importancia no al escaparnos de los pequeños detalles, sino al abrazarlos?” La Biblia enseña que Dios mide nuestro éxito de acuerdo con nuestra fidelidad, y que nuestra fidelidad se ejercita en los pequeños detalles (Luc. 16:10).
Jesús, el regalo más extraordinario del Cielo, parecía común y corriente a primera vista. Él nació en un hogar humilde, creció en una aldea pequeña y trabajó como artesano. Aunque era Dios encarnado, Jesús nunca se negó a hacer tareas sencillas. Con sus propias manos lavó los pies de sus discípulos. Esta humilde tarea, que los discípulos no querían hacer, tiene un impacto de amor que sentimos aun hoy, muchos años después.
Recuerda: lo pequeño y ordinario es importante. Un pequeño mosquito que zumba en tu habitación transforma tu noche. Un diminuto grano de arena incrustado en tu ojo, detiene tu rutina, sin importar cuán rica o pobre seas. Y de un insignificante grano de mostaza crece un gran árbol y los pájaros anidan en sus ramas (Mat. 13:31, 32).
Jesús, gracias por librarme del miedo a vivir una vida común. No necesito ser extraordinaria o que la gente me aplauda para tener un propósito y una misión. Ayúdame a dar lo mejor en las pequeñas tareas de mi día. Ayúdame a ver que, en el Reino de Dios, lo pequeño tiene un gran impacto.
5 de marzo
La Mujer Maravilla

“Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos” (Rom. 8:28, NTV).
¿Cuándo duerme la mujer virtuosa de Proverbios 31? Además de ser esposa, madre, comerciante y artesana, la Biblia dice que ella “se levanta de madrugada y prepara el desayuno para su familia”, y “su lámpara está encendida hasta altas horas de la noche” (Prov. 31:15, 18, NTV). Proverbios 31 es una representación ficcional y alegórica; sin embargo, cuando la leemos de forma literal, en lugar de llenarnos de sabiduría nos llena de culpa.
Proverbios 31 no ordena que nos convirtamos en la Mujer Maravilla. En su libro Cautivante, Stasi y John Eldrege comentan: “Todas vivimos bajo la sombra de ese ícono infame, la mujer de Proverbios 31, cuya vida está tan ocupada que me pregunto cuándo tiene tiempo para las amistades, para salir a caminar o leer buenos libros. ¿Su lámpara no se apaga de noche? ¿Cuándo tiene relaciones sexuales? De alguna manera, ella ha santificado la vergüenza con la cual viven la mayoría de las mujeres. […] ¿Se supone que eso es ser piadosa: esa sensación de que eres un fracaso como mujer?”
Sin lugar a dudas, la Biblia enseña la importancia de ser industriosas. La idea de que nuestro valor depende de cuántas cosas podemos tildar en la lista de quehaceres, sin embargo, viene directamente del enemigo. Cuando él logra convencernos de esto, vivimos exhaustas y llenas de culpa. Como Jesús dijo, la verdad nos hace libres. ¡Tu productividad no determina tu valor!
“Por supuesto, ¡haz una lista de quehaceres! Por supuesto, ¡haz lo mejor que puedas!” dice el evangelista John Piper en la entrevista “God’s Sovereign Plans Behind Your Most Unproductive Days”. “Después, camina en la paz y la libertad de que cuando [tu plan] se estrelle contra las rocas de la realidad (lo cual sucederá la mayoría de las veces), Dios no te estará midiendo por lo que logres hacer. Estás siendo medido por tu confianza en la bondad, en la sabiduría y en la soberanía de Dios para usar este nuevo desastre de ineficiencia para su gloria y para el bien de todos los involucrados”, agrega.
Muy pocas veces Dios nos conduce por el sendero más corto. Aunque nuestra sociedad está obsesionada con la eficiencia y la rapidez, Dios está más interesado en santificarnos en el proceso. Un buen día es aquel en el que confiamos que Dios puede usar todo lo que nos sucede para su gloria y para nuestro crecimiento.
Señor, quiero descansar en la certeza de que mi valor viene de ti, de ser tu hija. Cuando mis planes se desbaraten, ayúdame a confiar en que tu plan aún sigue en marcha.
6 de marzo
Límites

“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mat. 7:22, 23).
Más que al fracaso, deberíamos temerle al falso éxito. En su libro Espiritualidad emocionalmente sana, el pastor Peter Scazzero cuenta su historia. Aunque tenían buenas intenciones, Peter y su esposa vivían a una velocidad insostenible. “Durante cinco años había intentado hacer el trabajo de dos o tres personas. Teníamos dos servicios en inglés por la mañana y uno en la tarde en español, y predicaba en todos […] Mi esposa, Geri, estaba sola, cansada de criar a nuestras hijas como si fuera una madre soltera”. Desde afuera, parecían una familia exitosa, pero la realidad era muy diferente.
Una noche, Geri decidió poner un límite. Luego de años de conversaciones que no llevaban a ningún lado, ella dijo: “Peter, fui más feliz de soltera que de casada contigo. Me bajo de esta montaña rusa. Te amo y me niego a seguir viviendo de esta manera”. En esa misma conversación, Geri le informó a Peter que comenzaría a asistir a otra iglesia con sus hijas, para poder llevar un ritmo de vida más saludable. Al principio, Peter estaba furioso, preocupado por lo que diría la gente. Sin embargo, hoy cree que eso fue lo más bondadoso que Geri haya hecho por él en todo su matrimonio, al forzarlo a enfrentar la realidad y sanar la relación.
Aunque hablamos mucho acerca de la temperancia, pocas veces la practicamos en lo referente al trabajo y a la iglesia. Creemos que tener una buena relación con Dios implica estar ocupadas trabajando para él. Lamentablemente, esto no siempre es así. Es posible trabajar para Dios por razones equivocadas. Es posible mantenernos ocupadas en la iglesia para evitar enfrentar problemas en casa. También es posible desperdiciar años tratando de impresionar a otros con nuestra espiritualidad y eficiencia.
Peter y Geri ahora tienen un ritmo de vida sustentable. La experiencia los llevó a comprender que es imposible tener madurez espiritual si hay inmadurez emocional. Aceptar nuestros límites es indispensable para crecer. El éxito es hacer lo que Dios nos pide que hagamos; ni más, ni menos. El éxito es no permitir que las expectativas de otros nos empujen a aceptar más responsabilidades de las que podemos manejar. El éxito es tener tiempo para la familia y los seres queridos. El éxito es conocer a Jesús, es ser amigos de verdad.
Señor, quiero amarte de todo corazón y hacer tu voluntad. Como María, quiero saber cuándo detenerme y sentarme a tus pies, aunque las Martas del mundo esperen algo diferente de mí.
7 de marzo
Lista de cosas para ser

“¿Y qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu propia alma? ¿Hay algo que valga más que tu alma?” (Mat. 16:26, NTV).
Lo más importante no es lo que haces (tu trabajo, tus logros, tus títulos), sino en quién te estás convirtiendo. ¿Vives con gratitud y esperanza? ¿Hablas y actúas con integridad? ¿Sabes amar incondicionalmente a los demás y a ti misma? Muchas veces, al planificar el día, escribimos una lista de cosas para hacer: ir al supermercado, pagar los impuestos, lavar la ropa… ¡y mucho más! Obviamente, es una buena idea organizarnos y administrar bien el tiempo. Sin embargo, me pregunto qué sucedería si escribiésemos una lista de cosas para ser; si el plan para el día fuese ser paciente, compasiva y resiliente. ¿Cómo cambiarían mis prioridades? ¡Sospecho que tal vez hasta dejaría algunas cosas sin hacer!
Vivimos vidas frenéticas, como haciendo malabares con antorchas encendidas. Para intentar mantener en equilibrio la carrera, la familia y la iglesia, nos movemos cada vez con mayor rapidez. Corremos de un sitio a otro, agotadas e irritables, pensando que no tenemos otra opción. Y si por cualquier razón llegamos a pasar cinco minutos en un día sin hacer algo, nos sentimos culpables. Dios quiere liberarnos de esta esclavitud productiva. Por eso, nos llama al silencio del alma y al descanso (Mat. 11:28-30). Él nos invita a que la prioridad sea ser, y no hacer. “Dios nunca le dice a su pueblo: ‘¡Apúrense, muévanse, más rápido!’ ”, escribe Cindi McMenamin en When Women Long for Rest, When You’re Running on Empty [Cuando las mujeres anhelan el descanso. Cuando avanzas con el tanque vacío]. “En cambio, las palabras de Dios son: ‘Estad quietos’; ‘esperad’; ‘descansad’. El sendero santo es uno que llevará tiempo recorrer. Incluirá esperar. Incluirá confiar. Pero será apacible, y encontrarás reposo para tu alma”.
Necesitamos recibir el coraje emocional para frenar y desacelerar. Pidámosle a Dios la cordura suficiente para hacer menos y ser más. “Bochornosamente, muy pocos cristianos llegan a alcanzar […] este nivel de autenticidad. La mayoría de los cristianos simplemente están demasiado ocupados”, reflexiona Bill Hybels en Demasiado ocupado para no orar. Hoy, mientras planificas el día con Jesús, atrévete a desacelerar. Recuerda que lo más importante es en quién te estás convirtiendo.
Señor, confieso que mi estilo de vida es estresante porque he permitido que el mundo me imponga su agenda y su ritmo alocado. Sáname y dame reposo. Enséñame a desacelerar mi vida, a vaciarla de lo que no aprovecha, a hacer espacio para el silencio. Recuérdame que lo que más importa es en quién me estoy convirtiendo.
8 de marzo
Delegar

“Cuando el suegro de Moisés vio todo lo que él hacía por el pueblo, le preguntó: ¿Qué logras en realidad sentado aquí? ¿Por qué te esfuerzas en hacer todo el trabajo tú solo, mientras que el pueblo está de pie a tu alrededor desde la mañana hasta la tarde?” (Éxo. 18:14, NTV).
Pedir ayuda es un signo de fortaleza. Cuando Jetro vio que Moisés se pasaba el día entero resolviendo las disputas del pueblo de Israel, le dijo: “No está bien lo que haces […] porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo” (Éxo. 18:17, 18). No es que el trabajo en sí mismo fuera malo o pecaminoso, sino que era demasiado para una sola persona. Moisés necesitaba priorizar y delegar. Jetro sugirió que Moisés pusiera jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez para juzgar los problemas pequeños. Los asuntos graves podían ser traídos a Moisés, quien ahora tendría tiempo para enseñar las leyes y ordenanzas al pueblo.
Moisés aceptó las sugerencias de Jetro con humildad y las puso en práctica. Moisés pudo hacer esto porque su identidad no estaba basada en su trabajo. Muchas veces, como mujeres, nos cuesta delegar porque queremos sentirnos indispensables. Aunque terminemos agotadas, continuamos cargando con una tonelada de actividades para demostrar que somos capaces, irremplazables. “Como a la mayoría de las mujeres, me agrada que me necesiten”, escribe la psicóloga Marcia Eckerd en su artículo “Letting Go of Being Indispensable”. “Siento la necesidad de estar al tanto de todas las cosas… [pero] tuve tiempo para pensar. Me di cuenta de que debía dejar a un lado […] la sensación de que era (o debía ser) indispensable para todo y todos”. Pedir ayuda es un signo de fortaleza: implica que finalmente entendemos y aceptamos nuestros límites.
Delegar implica ceder el control. Muchas veces pensamos: Yo lo hago más rápido y mejor. Sin embargo, esto no es más que una excusa para no invertir tiempo en ayudar a que los demás desarrollen sus habilidades y liderazgo. Dios hace todo más rápido y mejor que cualquier ser humano; sin embargo, él delega. Luego de crear el mundo, les dio a Adán y a Eva la autoridad para gobernarlo (Gén. 1:28). Jesús nos dio la autoridad de hacer discípulos (Mat. 28:19, 20) y de tomar decisiones que afectan a la Tierra y al cielo (16:19). Seamos imitadoras de Dios. Aprendamos a delegar.
Señor, muchas veces hago demasiadas cosas porque quiero sentirme indispensable. Enséñame a delegar criteriosamente, a reconocer y a aceptar mis límites, a pedir ayuda. ¡Solo tú eres irremplazable!
9 de marzo
Un océano de culpa

“Por lo tanto, ya no hay condenación para los que pertenecen a Cristo Jesús” (Rom. 8:1, NTV).
Mi amiga me llamó preocupada, porque su bebé tenía algunos problemas de salud. Aunque ella estaba haciendo absolutamente todo lo posible por ayudarlo, no podía evitar sentirse culpable. Sentía culpa por necesitar tiempo para ella, culpa por no saber que más hacer, culpa por no tener más experiencia… ¡Mi pobre amiga estaba ahogándose en un océano de culpa falsa! Generalmente, esta culpa no llega en respuesta a un pecado real, sino a una percepción personal. “La causa más común por la que las madres nos sentimos culpables es que creemos que no estamos alcanzando los estándares de la maternidad [ideal]”, escribe Sarah Hardee en el artículo “The Problem with Mommy Guilt”. “Sentimos que hemos fallado como madres cuando no fomentamos diariamente el juego sensorial o no hacemos fiestas de cumpleaños elaboradas cada año; y aunque todo esto es genial, no se basa en las Escrituras. El Señor no dijo en su Palabra que si no hacemos todas estas actividades estamos pecando como madres y traumatizando a nuestros hijos”.
Cuando el dragón del perfeccionismo y de las expectativas irreales intente prendernos fuego con culpa falsa, combatámoslo con la palabra de Dios. En el artículo “Jesus Cancelled Your Mommy Guilt Trip”, Gloria Furman escribe: “Ya sea que mis emociones concuerden o no, el veredicto es este: ya no hay condenación para los que están en Cristo (Rom. 8:1, NTV)”. ¡No hay condenación! Es por esto que no hace falta que intentes calmar tu conciencia hiperactiva inscribiendo a tus niños en cinco talleres extracurriculares más. No hace falta que corras más rápido sin llegar a ningún lado, como en una pequeña rueda de hámster. Tú no eres (y nunca serás) capaz de darle a tu hijo todo lo que necesita. Alza tu mirada y descansa en la provisión de Dios.
“En mi esfuerzo por servir a Dios fielmente como madre”, escribe Gloria, “debo rechazar cualquier idea de que mi trabajo puede completarse con cualquier otra fuerza que no sea la de Dios, y con cualquier otro fin que no sea su gloria”. Permanece en Cristo y descansa en su provisión.
Señor, por favor, ayúdame a ser la mejor madre/tía/abuela que pueda ser. Líbrame de la culpa falsa, de la dependencia de mí misma y del legalismo del perfeccionismo y las expectativas irrealistas. Tú dijiste que no hay condenación para quienes están en Cristo, y yo te creo. ¡Tú nunca mientes! Hoy quiero permanecer en ti y descansar en tu provisión.
10 de marzo
Máscara de oxígeno

“Nadie odia su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida tal como Cristo lo hace por la iglesia” (Efe. 5:29, NTV).
Si has volado en avión sabes que, antes de despegar, las azafatas y los comandantes de a bordo dan una charla de seguridad. En esta charla nos explican cómo ponernos los chalecos salvavidas y cómo usar las máscaras de oxígeno en caso de emergencia. Sin importar con qué aerolínea vueles, siempre te dirán que “debes colocarte la máscara de oxígeno primero, antes de ayudar a otros”. Las madres que vuelan con sus hijos podrían pensar que esto es egoísta, y que es su deber poner la seguridad de sus pequeños primero. Sin embargo, desoír las órdenes de las azafatas podría llevar a la muerte tanto de las madres como de sus hijos. ¿Por qué es tan importante colocarse la máscara de oxígeno primero? En una palabra: hipoxia. La hipoxia es un estado de deficiencia de oxígeno en la sangre, que hace que tu cuerpo se adormezca y tus músculos no respondan. Cuando se despresuriza la cabina, tienes cerca de treinta segundos para colocarte tu máscara antes de perder el conocimiento. ¡Tomar un par de segundos para ponerte tu máscara primero es lo más responsable que puedes hacer por tus hijos! Esto garantiza que tu mente permanecerá alerta, que serás capaz de tomar las decisiones necesarias para que tus hijos sobrevivan.
Cuidarnos a nosotras mismas, como mujeres, nos hace sentir culpables y egoístas. El mensaje cultural es que debemos priorizar las necesidades de los demás… siempre. Pensamos que vivir con continuo dolor de espalda y agotadas es normal, que es una “medalla de honor” que demuestra cuán buenas esposas, madres y amigas somos. Sin embargo, cuando no cuidamos de nosotras mismas, tampoco podemos cuidar bien de los demás.
Sonia Castro es mamá de una nena con discapacidad. En su libro Mamá sustentable, Sonia escribe: “Por muchos años, mis decisiones se basaban en lo que era mejor para Rocío: qué comida le hace mejor, qué terapia le hace mejor […] No importaba si eso significaba pasar más tiempo en la cocina, o que yo durmiera mal. Faltaban en esa ecuación mis propias necesidades, y como ese desequilibrio no funciona a la larga, el sistema terminó por quebrarse”. Finalmente, Sonia notó que vivir así la deprimía y la volvía irritable. Para ser una mejor mamá, debía tomar en cuenta sus necesidades también. Ponerte la máscara de oxígeno primero implica aceptar tus límites. Significa aceptar que eres humana y que no tienes fuerzas y recursos ilimitados como Dios. No es ser egoísta, sino humilde.
Señor, ayúdame a aceptar mis límites y a honrar mis necesidades.
11 de marzo
Santa siesta

“Jesús estaba dormido en la parte posterior de la barca, con la cabeza recostada en una almohada. Los discípulos lo despertaron: ‘¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?’ gritaron” (Mar. 4:38, NTV).
Muchísimas mujeres, especialmente las mamás, no pueden descansar sin sentirse culpables. ¡Hay demasiadas cosas para hacer! Tomarse unos minutos para sentarse a leer o dormir una siesta es un lujo. Son recompensas que pueden darse a sí mismas solo cuando todos los quehaceres están terminados. Realmente no sé de dónde sacamos todas estas ideas, cuando Jesús nos dio un ejemplo tan fantástico acerca de cómo dormir la siesta. Estoy segura de que conoces la historia. Jesús y sus discípulos se suben a una barca para cruzar el mar de Galilea. De pronto se desata una tormenta feroz, pero Jesús está durmiendo la siesta. Los discípulos comienzan a sacar agua a baldazos, ¡mientras que él ronca! Aterrados, finalmente lo despiertan y Jesús calma la tempestad. “Luego él les preguntó: ‘¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe?’ ” (Mar. 4:40, NTV).
Jesús duerme en medio del caos reinante, porque sabe que la idea de esperar hasta que todo esté terminado es absolutamente irreal. “Con demasiada frecuencia, soy como todos los demás en el barco”, escribe Shala Graham en el artículo “The Holy Work of Napping”. “Veo claramente la tormenta de mi lista de quehaceres desatarse a mi alrededor, y por eso pienso que dormir la siesta es irresponsable o egoísta para con las personas que me necesitan. En esos momentos, creo que Jesús me preguntaría a mí lo mismo: ‘¿Por qué tienes tanto miedo? ¿Aún no tienes fe?’ ” Descansar nos obliga a creer que es Dios quien sostiene nuestros hogares, y no nosotras mismas. Tomar una siesta nos fuerza a aceptar que nuestras energías son limitadas y a renunciar a nuestras expectativas perfeccionistas. Descansar cuando lo necesitamos es un acto de humildad y obediencia.
Señor, como la culpa que siento cuando necesito descansar es falsa, renuncio a ella. Yo no soy omnipotente, y cuando ignoro a mi cuerpo que me pide descanso estoy cometiendo un grave error. Hoy me comprometo a descansar cuando lo necesite, aun si no todas las tareas están terminadas. Voy a hacer oídos sordos al miedo que me dice que todo se desmoronará si me atrevo a detenerme, y voy confiar en ti. Por grande que sea la tormenta, contigo en mi barca no hay razón para temer.
12 de marzo
¿Y si me equivoco?

“Haré de ti una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre, y serás una bendición” (Gén. 12:2, NVI).
Cada vez que pensaba en la decisión que debía tomar, se me estrujaba el estómago. Aunque debía elegir entre dos buenas opciones, sabía que esta decisión cambiaría mi vida. Oraba incesantemente, pero no sentía paz. La mentira que alimentaba mi miedo era creer que si no tomaba una decisión perfecta, arruinaría para siempre el plan de Dios para mi vida.
Si me equivoco, ¿arruino el plan de Dios? ¿Son mis errores más poderosos que su misericordia? Dios no es un dictador, sentado en el cielo, que pretende que atravesemos en puntillas de pie un campo minado para descubrir su voluntad. Cuando damos un paso en falso, cuando nos equivocamos, el plan de Dios no vuela en pedazos. Como dice el abogado y autor Bob Goff en su libro Love Does [El amor hace], “Dios no nos quiere más cuando somos exitosos, ni menos cuando fallamos. Él se deleita en nuestros intentos”. Dios es un Padre que enseña a un niño a caminar. Cuando nos tropezamos, él nos sacude las rodillas, nos besa las heridas y nos ayuda a continuar.
La Biblia está llena de historias de lo que Dios hace para redimir nuestros errores, y aun nuestra rebeldía. Cuando Abraham y Sara dudaron de la promesa y decidieron tener un hijo a través de su sierva Agar, Dios no los abandonó. Por supuesto que hubo consecuencias dolorosas. Pero, aun así, Dios cumplió su plan. ¡Dios es más poderoso que nuestras equivocaciones! Cuando el rey David asesinó a Urías para quedarse con su esposa, Dios no lo abandonó tampoco. Cuando David pidió perdón, Dios redimió su rebeldía.
No estoy abogando para que cometamos errores innecesarios o pasemos por sufrimientos que podríamos evitar. Tampoco estoy intentando darte una excusa para que tomes malas decisiones, o que+ desobedezcas a Dios deliberadamente. Lo que sí estoy diciendo es que no necesitamos vivir en continuo estado de pánico. El cumplimiento del plan de Dios para tu vida no depende solo de ti, ni de tu capacidad de tomar decisiones perfectas todo el tiempo. En medio de tus errores, Dios sigue al control. En las palabras de Lisa Bevere, en Without Rival [Sin rival], “si crees que has arruinado el plan de Dios para tu vida, descansa en esto: Tú, mi hermosa amiga, no eres tan poderosa”.
Jesús, gracias porque tu misericordia es más poderosa que mis errores.
13 de marzo
Tropezones y caídas

“Aunque tropiecen, nunca caerán, porque el Señor los sostiene de la mano” (Sal. 37:24, NTV).
Rebecca Sharaya se dedica a la musicoterapia. Durante años, sin embargo, su amor por la música estuvo velado por un problema: el perfeccionismo. Su deseo de tocar cada pieza musical sin cometer ni un solo error la llenaba de ansiedad y preocupación. Aunque sus padres le dijeran que había dado un buen concierto, ella podía recordar cada error, cada nota equivocada con agudísima claridad. Fue justamente su trabajo en musicoterapia lo que la ayudó a cambiar, al observar las terribles consecuencias de esta tendencia en sus pacientes. Las mujeres que, como Rebecca, tenemos tendencia al perfeccionismo, solemos mirar al plan de Dios para nuestra vida a través de este marco interpretativo. ¡Pensamos que no podemos errar ni una sola nota! En su artículo “Hearing the Beauty of Imperfection”, Rebecca escribe: “Siento que tengo que hacerlo [todo] perfecto porque Dios, el artista divino, debió haber escrito la sinfonía de mi vida para que sonara de cierta manera. Aun cuando no tengo la partitura, me siento obligada a tocar mi parte perfectamente, y esto me aterra un poco”.
Dios tiene un plan para cada una de nuestras vidas. Sin embargo, no es que él espera que nunca cometamos errores. La Biblia ofrece una bellísima imagen acerca de lo que sucede cuando tropezamos. “El Señor dirige los pasos de los justos; se deleita en cada detalle de su vida. Aunque tropiecen, nunca caerán, porque el Señor los sostiene de la mano” (Sal. 37:23, 24, NTV). Dios es como una madre que le enseña a su bebé a caminar, sosteniéndolo de la mano. Cuando el bebé se tropieza, la madre lo ayuda a levantarse, le sonríe y lo anima a continuar. ¿Qué madre soltaría la mano de su hijo justo cuando tropieza, o lo abandonaría, o le diría palabras ásperas? Si nosotras, siendo pecadoras, sabemos tratar a nuestros hijos con dulzura, ¡con cuánta mayor ternura nos guiará nuestro Padre Celestial!
Hay una enorme diferencia entre rebelarnos en contra de la voluntad de Dios y sencillamente tropezar mientras avanzamos. La Biblia dice: “Los justos podrán tropezar siete veces, pero volverán a levantarse” (Prov. 24:16, NTV). Tropezarse es parte del proceso, pero no arruina el plan de Dios para nuestras vidas. Dios sabe que vamos a tropezar al avanzar, ¡por eso se ofreció a guiarnos de la mano!
Señor, gracias, porque tú me guías de la mano. Gracias, porque tu plan no es tan frágil, ni tu creatividad tan limitada como para que mis tropezones puedan arruinarlo. Sobre todo, te agradezco porque mi valor no depende de que nunca me equivoque, sino de tu amor por mí.
14 de marzo
Recalculando el recorrido

“Ya sea que te desvíes a la derecha o a la izquierda, tus oídos percibirán a tus espaldas una voz que te dirá: ‘Este es el camino; síguelo’ ” (Isa. 30:21, NVI).
Dios es más misericordioso que el sistema de posicionamiento global de tu automóvil. Mi amiga Noemí tiene un automóvil hibrido moderno, con GPS incorporado. Noemí le puso un apodo cariñoso a su GPS y lo llama “Margarita”. Unos meses atrás, Noemí y yo viajamos a Cornwall, Inglaterra. Como era nuestra primera vez que visitábamos las legendarias tierras del rey Arturo, pusimos a “Margarita” a trabajar. Después de ingresar el código postal, “Margarita” diagramó nuestro plan de viaje.
Pero a veces “Margarita” nos daba una instrucción que no entendíamos, y entonces oíamos la famosa frase: “Recalculando el recorrido”. Otras veces, creíamos que habíamos seguido las instrucciones al pie de la letra, y aun así “Margarita” nos informaba: “Recalculando el recorrido”. Luego de haber oído esa frase cientos de veces, llegamos a Cornwall sanas y salvas.
A veces, cuando tomo decisiones que afectarán mi futuro, tengo miedo de equivocarme. Temo perderme un giro a la izquierda y terminar al norte de Escocia, cuando quería ir al sur de Cornwall. Honestamente, tengo miedo de cometer un error fatal y arruinar el plan de Dios para mi vida. Aunque a nadie le gusta sentir miedo, el temor nos confronta con las falsas imágenes que tenemos acerca de Dios. Mi miedo revela que creo que el plan de Dios es rígido y frágil, y que Dios tendrá menos compasión de mis errores que un GPS.
¡Pero este no es el Dios de la Biblia! Dios guió al rebelde pueblo de Israel con una nube de día y una columna de fuego de noche. Dios es el pastor de la parábola, que sale a buscar a la oveja perdida y la carga en sus brazos de vuelta al redil. Dios es un experto en recalcular la ruta para llevarnos a destino. No hace falta que perdamos el sueño por cada decisión a tomar, ni que vivamos aterradas de arruinar el plan de Dios para nuestras vidas. Dios es infinitamente más sabio y misericordioso que un GPS.
Padre, te agradezco porque tu plan para mi vida es mucho más fluido y resiliente de lo yo que creía. Lléname de tu paz al saber que si me desvío a la derecha o a la izquierda, tu voz continuará guiándome, recalculando el recorrido. Yo quiero hacer tu voluntad. Recuérdame, cuando tenga miedo a tomar decisiones, que tu misericordia y poder son más poderosos que mis errores. Tú cumplirás tu propósito en mí.
15 de marzo
Debilidades deleitantes

“Es por esto que me deleito en mis debilidades, y en los insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:10, NTV).
Recientemente, tuve la oportunidad de entrevistar al psicólogo, escritor y presentador de radio Daniel Gottlieb. Dan se dedica a ayudar a las personas a superar eventos traumáticos, utilizando tanto su experiencia personal como profesional. En 1979, Dan sufrió un accidente de tránsito que lo dejó cuadripléjico. Esta experiencia, inicialmente traumática, lo llevó a cambiar completamente su modo de ver la vida. “Cuando me rompí el cuello, mi alma comenzó a respirar”, dijo él durante la entrevista.
Al relatar su accidente, Dan comentó: “Pasé la mayor parte de mi juventud temeroso de que si la gente descubría quién era realmente, huiría y me rechazaría. Pero tuve suerte, porque no tuve opción. Mi máscara y mi caparazón se estrellaron en pedazos y no tuve que quitármelas”. Con el tiempo, Dan descubrió que el terrible accidente que lo dejó parapléjico también le dio un extraño regalo: vulnerabilidad.
En la carta a los corintios, Pablo escribe que él también se “deleita en sus debilidades”. ¿Por qué? Porque la vulnerabilidad le da la bienvenida a la gracia. “Cuando nos sentimos fuertes, no somos propensos a depender de la gracia y fortaleza de Dios”, escribe Marshall Segal en su artículo “His Delight Is Not in Your Strength”. “Pero cuando sentimos nuestra debilidad, experimentamos más plenamente la realidad (y nuestra tremenda y continua necesidad de él [Dios]). La agudeza de nuestras espinas revela las profundidades de su gracia y misericordia”. La razón para deleitarnos en nuestras debilidades es que nos impulsan a adentrarnos en la insondable gracia de Dios. Sin ellas, nos mantendríamos en la orilla, tratando de controlarlo todo.
Dios te invita a reconocer tu vulnerabilidad y a recibir su fortaleza. Dios se deleita, no en tu independencia y autosuficiencia, sino en tu conexión y completa dependencia de él.
Señor, aunque soy frágil como una vasija de barro, tú colocaste una luz, un gran tesoro en mi corazón. Tu luz en mi fragilidad, brillando a través de las rajaduras, le demuestra al mundo tu excelente poder e infinita gracia.
16 de marzo
Fracasos colosales

“Pero yo he rogado en oración por ti, Simón, para que tu fe no falle, de modo que cuando te arrepientas y vuelvas a mí fortalezcas a tus hermanos” (Luc. 22:32, NTV).
Mi amigo Dennis me prestó un libro: The Book of Heroic Failures [El libro de los fracasos heroicos]. Es, básicamente, un compendio humorístico de los fracasos más colosales y los planes más torpes jamás ideados por el hombre. El libro incluye la historia del peor robo del mundo (en el que el ladrón perdió cerca de cinco libras esterlinas intentado robar a una cajera de un supermercado); la historia del peor inventor del mundo (Arthur Pedric, quien patentó 162 invenciones, pero ninguna exitosa); y la historia del peor torero del mundo (“El Gallo”, quien salía despavorido en cuanto veía al toro). El autor, Stephen Pile, escribió este libro porque cree que el éxito está sobrevalorado y que relatar los fracasos es tan importante como contar las victorias.
Los autores de la Biblia parecen haber tenido la misma perspectiva. Una y otra vez se niegan a “retocar digitalmente” la imagen de los personajes bíblicos para borrarles sus defectos y fracasos. Así es como sabemos que Moisés fue un gran líder, pero también un asesino; Elías un gran profeta, pero también sufrió ansiedad y depresión; Juan Marcos, un excelente evangelista, pero también abandonó a Pablo y a Bernabé en pleno viaje misionero. Que los hombres y las mujeres de la Biblia no sean como las imágenes de los vitrales de las iglesias, sino de carne y hueso, me llena de esperanza. Si Dios puede usarlos a ellos y redimir sus errores, también puede usarme a mí y redimir los míos.
Dios no censura nuestro pasado. Él no toma la historia de nuestra vida y con un marcador negro tacha todas las partes vergonzosas. Más bien, incorporando todos los capítulos, aun los más tristes, Dios reescribe nuestra historia. No niega nuestro pasado, sino que lo redime, perdonándonos y dándonos la oportunidad de escribir juntos un final diferente. Cuando Jesús escogió a Pedro como su discípulo, él ya sabía que en su momento de mayor necesidad Pedro negaría conocerlo (Juan 18:17). Sin embargo, ¡lo escogió de todos modos! Durante la Última Cena, Jesús le dijo a Pedro que, si después de negarlo se arrepentía, él lo usaría para fortalecer a sus hermanos (Luc. 22:32). Así como la historia de Pedro, la tuya y la mía no tienen por qué terminar con un fracaso. Dios se especializa en transformar errores y reescribir historias.
Señor, te agradezco porque tu poder para redimir se extiende a todos y cada uno de mis errores. Hoy no escondo mis fracasos, sino que te los entrego. ¡Transfórmalos para tu gloria!
17 de marzo
Recuperar el bronce

“Así que Eleazar, el sacerdote, recuperó los doscientos cincuenta incensarios de bronce usados por los hombres que murieron en el fuego y del bronce se elaboró una lámina a martillo para recubrir el altar” (Núm. 16:39, NTV).
En el capítulo 16 del libro de Números encontramos una de las historias más aterradoras de la Biblia. Durante la rebelión de Coré, 250 príncipes y líderes de la congregación se acercaron al atrio del Tabernáculo y quemaron incienso (algo que solo los sacerdotes podían hacer). Por su osadía, fuego salió delante de Jehová y los consumió. Entonces, Dios instruyó a Moisés: “Dile a Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, que saque todos los incensarios del fuego, porque son santos” (Núm. 16:37, NTV). ¿Puedes imaginarte esa escena? Eleazar debía caminar entre los cadáveres, recogiendo los 250 incensarios. Luego, debía martillar el metal para crear una lámina, y con ella recubrir el altar. ¿Por qué le pediría Dios que hiciera algo tan extraño?
Muchas veces intentamos mantener nuestro pasado bajo llave. No creemos que valga la pena analizar los capítulos más difíciles y traumáticos. Sin embargo, parafraseando a Richard Rohr, el dolor que no se transforma, se transmite. Para crecer, debemos rescatar el bronce de entre los cadáveres y martillarlo para crear algo diferente. Como escribe el psicólogo y teólogo estadounidense Dan Allender, en The Wounded Heart [El corazón herido]: “Enfrentarnos al pasado nos permite ver el presente con mayor claridad”. Cuando no lo hacemos, “el pasado se aferra al presente como […] un ancla invisible que demora el progreso de la embarcación”. En el proceso de recuperar y martillar el bronce, entresacando lo bueno de lo malo, Dios le dio al pueblo de Israel la oportunidad de transformar la historia y redimir el dolor.
Teniendo en cuenta cómo estos 250 hombres habían deshonrado los incensarios, Dios podría haber instruido que la lámina de bronce tuviera un uso secular. Sin embargo, Dios dijo que debía utilizarse para cubrir el altar, como un recordatorio. ¡Esta parte de la historia me parece tan significativa y conmovedora! Luego de la ardua tarea de martillar el bronce a mano, la lámina se usa en el servicio sagrado del Tabernáculo. El pasado, procesado, no es basura: es sagrado. ¡Dios puede usarlo para su honra!
Señor, gracias porque tú puedes redimir mi historia. Tú puedes liberarme del dolor y del trauma del pasado y transformarlo en algo útil y santo.
18 de marzo
Cicatrices de oro

“Dios escogió lo despreciado por el mundo —lo que se considera como nada— y lo usó para convertir en nada lo que el mundo considera importante. Como resultado, nadie puede jamás jactarse en presencia de Dios” (1 Cor. 1:28, 29, NTV).
El Kintsugi es un arte milenario japonés que se usa para reparar jarros o platos de cerámica rotos, en lugar de tirarlos a la basura. Lo extraordinario de esta técnica es que, en lugar de usar un pegamento invisible, los japoneses utilizan un barniz de resina mezclado con polvo de oro, resaltando así las imperfecciones. La idea es que las “cicatrices”, las vetas de oro de un objeto reparado, lo hacen más hermoso porque cuentan una historia de redención. A través de esta técnica, lo que hubiera sido basura se transforma en tesoro valioso.
Dios es un maestro artesano que utiliza nuestros peores errores para narrar una poderosa historia de redención. Sin embargo, a veces nos avergüenzan las cicatrices; queremos editar el pasado y pretender que nunca nos quebramos. Pensamos que tendremos mayor influencia y prestigio si aparentamos ser perfectas. ¡No podríamos estar más equivocadas! El autor cristiano Craig Groeschel, en Soul Detox [Desintoxicación del alma], lo explica de esta manera: “Podemos impresionar a los demás con nuestras fortalezas, pero nos conectamos con los demás a través de nuestras debilidades”. Las cicatrices de oro que llevamos en el corazón dan gloria a Dios, quien nos sanó. También nos dan una oportunidad única para acercarnos a las personas que tienen, o han tenido, heridas similares. ¡Son un símbolo de esperanza!
Los agujeros y las rajaduras permiten que pase la luz. “Cuando las cosas se desmoronan, los pedazos rotos permiten que muchas cosas entren, y una de ellas es la presencia de Dios”, escribe Shauna Niequist en Bittersweet [Agridulce]. Irónicamente, las imperfecciones y los errores que desesperadamente intentamos ocultar pueden ser herramientas ideales en las manos de Dios. Dejemos que él nos sane y que las cicatrices cuenten la historia de su maravilloso poder.
Señor, te agradezco porque tú puedes transformar mi vergüenza en un símbolo de esperanza. Dame la valentía y la integridad emocional que necesito para ser auténtica, para contar mi verdadera historia para la gloria de tu nombre.
19 de marzo
El regalo de la incertidumbre

“Dios le dijo: ‘Deja tu patria y a tus parientes y entra en la tierra que yo te mostraré’ ” (Hech. 7:3, NTV).
Mi amiga Judy es una escocesa bella y aventurera. Juntas, recorrimos la ciudad de Münich, en Alemania, y la capital de Escocia, Edimburgo. Hace muchos años, para mi cumpleaños, Judy organizó un viaje a París. Ver las luces de la Torre Eiffel encenderse esa noche fue maravilloso; un regalo inigualable.
Si Judy viniera hoy a mi casa y me dijera: “Toma una muda de ropa y sube al auto rápidamente. Vamos de paseo”, lo haría sin dudar. Aunque ella no me dijera adónde vamos, me subiría al auto sin protestar y empezaría a disfrutar de la aventura. Quiero tener una relación así con Jesús. ¿Qué me lo impide? Mi deseo de controlarlo todo.
El control no es más que una ilusión, ¡pero cómo cuesta soltarlo! Es un mecanismo de defensa para tratar con nuestros miedos: miedo al fracaso, al dolor, a la muerte... Controlamos y manipulamos para sentirnos más poderosas (o un poco menos vulnerables). Nos enojamos cuando las cosas no salen a nuestro modo, porque es como si la vida nos gritara en la cara: “¡No tienes todo bajo control!”
Seguir a Jesús implica ceder el control. Pero la incertidumbre no es nuestra archienemiga, sino un regalo. Que Dios nos regale incertidumbre es como recibir un par de medias para Navidad. Todos los niños prefieren juguetes, pero los padres entienden la diferencia entre “querer” y “necesitar”. Si abrazamos la incertidumbre, aumenta nuestra tolerancia al riesgo y nuestra dependencia de Dios.
El desafío es sobrenatural, pero también lo es el poder del Espíritu Santo. Hace poco tomé una decisión que me llenó de miedo con respecto al futuro. Pasé noches durmiendo muy poco. En medio del terremoto emocional, sentí que Dios me llamaba a abrazar la incertidumbre. De a poco, comencé a desprender mis dedos entumecidos al volante y poner mis manos en las de Jesús. Paulatinamente, Dios comenzó a reemplazar mi pánico con un sentimiento de expectativa y aventura.
Jesús, ayúdame a aceptar el regalo de la incertidumbre, que me obliga a avanzar por fe, y no por vista. Quiero dejarme sorprender. Quiero confiar más en ti y abrir mi corazón a lo inesperado, a la aventura de vivir la vida juntos, tú y yo.
20 de marzo
Haz algo

“Mi mandato es: ‘¡Sé fuerte y valiente! No tengas miedo ni te desanimes, porque el Señor tu Dios está contigo dondequiera que vayas’ ” (Jos. 1:9, NTV).
¿Alguna vez intentaste descubrir el plan de Dios para tu vida? ¿Dónde deberías estudiar? ¿Con quién deberías casarte? ¿Deberías aceptar este trabajo o aquel? ¿Es tiempo de mudarte a otra provincia, o tal vez a otro país? ¡Desear hacer la voluntad de Dios es algo muy bueno! Sin embargo, a veces pensamos en el plan de Dios para nuestra vida como si fuera un laberinto, o un examen. Creemos que si damos un paso en falso nos vamos a perder, y ya nunca encontraremos el camino correcto. Tememos, a menos que todas nuestras decisiones sean perfectas, terminar con el plan “B” o el “C” (que son tan buenos o tan bendecidos como el plan “A”). Estas ideas incorrectas acerca de la voluntad de Dios hacen que nos paralicemos del miedo cuando tenemos que tomar decisiones. En su libro Haz algo, Kevin DeYoung comenta: “No es solo que estamos siempre inquietos y llenos de temor, sino que hemos espiritualizado nuestra inquietud y cobardía tratando de hacer que parezca piedad en vez de pasividad”. En otras palabras, no solo vivimos aterradas, con muy poca fe en la soberanía divina y en nuestro propio intelecto, sino además nos convencemos de que esta pasividad es un gran acto de sumisión a Dios.
Sí, debemos orar, ayunar y, muchas veces, esperar. Sin embargo, después de llenar nuestras mentes de la Palabra de Dios y nuestros oídos de consejos sabios, avancemos con confianza, sabiendo que él nos guiará exactamente adonde tenemos que ir. Tengamos cuidado de no usar la voluntad de Dios como una excusa para hacer nada, o como un seguro contra todo riesgo. DeYoung escribe: “Dios no es una bola mágica a la que podamos acudir y consultar cada vez que tengamos que tomar una decisión. Él es un Dios bueno que nos dio cerebros. Nos muestra su camino de obediencia y nos invita a tomar riesgos por él”. No hace falta que nos torturemos con cada decisión, ni precisamos recibir una señal del Cielo a cada paso. Avancemos obedeciendo las verdades reveladas en la Biblia, siendo fieles en el recorrido. Y en aquellas áreas no reveladas, tomemos decisiones sabias confiando que Dios cuidará de nosotras.
Señor, si hay áreas de mi vida en las que estoy postergando la toma de decisiones porque tengo miedo de equivocarme, muéstramelo hoy. Quiero avanzar confiada, sabiendo que tú cuidarás de mí.
21 de marzo
Fe de pies mojados

“Era la temporada de la cosecha, y el Jordán desbordaba su cauce. Pero en cuanto los pies de los sacerdotes que llevaban el arca tocaron el agua a la orilla del río, el agua que venía de río arriba dejó de fluir y comenzó a amontonarse a una gran distancia de allí” (Jos. 3:15, 16, NTV).
Existen dos tipos de fe: la de pies secos y la de pies mojados. A veces, Dios nos guía hacia el Mar Rojo, con un ejército enemigo que nos pisa los talones. Entonces, frente a nuestros ojos asombrados, Dios abre el mar y cruzamos por tierra seca. Esta es la fe de pies secos: Dios abre un camino, de forma milagrosa, antes de que nos mojemos.
Otras veces, sin embargo, Dios espera de nosotras una fe de pies mojados. Cuando ya hemos caminado con él durante un tiempo, Dios nos puede guiar al río Jordán. Él nos dice claramente que avancemos, ¡pero el río está salido de cauce! En ocasiones como estas, el río no se abre sino hasta que nuestros pies tocan el agua: esta es la fe de pies mojados.
Si nos negamos a creer y avanzar hasta que toda incertidumbre desaparezca, nunca experimentaremos este tipo de fe. La fe de pies mojados requiere abandono y coraje emocional. En What Happens When Women Walk in Faith [Qué sucede cuando las mujeres caminan en la fe], la autora Lysa Terkeurst se pregunta: “¿Soy la clase de líder que necesita ver la tierra seca primero, o estoy dispuesta a mojarme y ensuciarme un poco, a avanzar hacia lo desconocido y confiar en él?” Y tú, ¿qué clase de fe quieres tener?
Estoy convencida de que Dios nos da oportunidades para crecer en la fe. Generalmente, leemos el relato de Pedro, que baja de la barca y camina hacia Jesús sobre las aguas, como un fracaso (Mat. 14:22, 33). Es cierto que Pedro dudó y comenzó a hundirse; sin embargo, también es cierto que Pedro se arriesgó y se mojó más que los pies. En el proceso, Pedro aprendió una lección valiosa: que Jesús no nos abandona cuando nuestra fe flaquea.
No sé cuál es tu barca o tu orilla hoy, pero te invito a creer y a avanzar. La fe de pies mojados no es presunción, es confianza. Es creer que cuando Dios te llama, también abrirá caminos inesperados; en el desierto y aun sobre el mar.
Señor, hoy quiero bajarme de la barca de la certidumbre y lo conocido. Quiero, por fe, abrirme paso hacia un territorio inexplorado y conquistarlo para tu reino. Dame una fe de pies mojados y un coraje santo. Amén.
22 de marzo
El rol de la incertidumbre

“El Señor le había dicho a Abram: ‘Deja tu patria y a tus parientes y a la familia de tu padre, y vete a la tierra que yo te mostraré’ ” (Gén. 12:1, NTV).
Hablaba con una amiga que es soltera y que por años ha esperado fielmente un compañero para la vida. “Sería mucho más fácil si Dios me dijera que nunca me voy a casar”, me dijo. “Dolería menos que esta incertidumbre”. Entiendo lo que siente. La esperanza muchas veces duele. Mientras que el cinismo adormece el corazón, para creer hay que mantener el corazón abierto, humilde y vulnerable. Así que, no le dije mucho; no la atiborré de consejos simplistas, solo la abracé y le dije que la quería.
A veces pareciera que Dios nos da información acerca de nuestro futuro con un cuentagotas. ¿Para qué tanta incertidumbre? ¿No sería más eficiente que Dios nos diera un itinerario detallado para la vida? John Barry, el autor y fundador de la organización “Jesus’s Economy” (La economía de Jesús), cree que la incertidumbre cumple una función importante. En su artículo “How God Uses Pain to Help Us Grow”, dice: “Si miras hacia atrás, a la vida de los profetas —desde Moisés, hasta Elías y Jonás—, está claro que sus vidas a menudo transcurrieron en la incertidumbre. Dios los guio a lugares desconocidos, desde desiertos, hasta las cimas de montañas y ciudades extranjeras, pero estuvo con ellos a cada paso del camino. Dios les dio […] la provisión que necesitaban. Los profetas debían crecer y aprender. Y en la incertidumbre, Dios hizo que eso sucediera”.
Creemos que si sabemos más seremos más felices. Dios sabe que esto no es verdad. Nuestro corazón, adicto al control, dice: “Muéstrame y te seguiré”. Dios dice: “Sígueme y te mostraré”. Dios usa la incertidumbre para despegar nuestros dedos acalambrados del volante, para recordarnos nuestra completa dependencia. Abram, José y David enfrentaron períodos de gran incertidumbre, aun habiendo aceptado el llamado de Dios. Paradójicamente, a medida que cedían más el control, más paz encontraban. Ellos se sometieron a una vida de incertidumbre con una única certeza: la presencia de Dios. Y descubrieron que era más que suficiente.
Señor, ayúdame a aceptar los períodos de incertidumbre de mi vida como una oportunidad para crecer y aprender. Tú eres la única certeza eterna. Quiero estar en tu presencia y que llenes mi corazón de paz.
23 de marzo
Tres días de oscuridad

“Nosotros teníamos la esperanza de que fuera el Mesías que había venido para rescatar a Israel. Todo esto sucedió hace tres días” (Luc. 24:21, NTV).
En su canción “Doce segundos de oscuridad”, el cantautor uruguayo Jorge Drexler reflexiona acerca de cómo aprender a través de una crisis. Drexler escribió esta canción en Cabo Polonio, Uruguay. Es un lugar sin electricidad, ni Internet. De noche, cada doce segundos el faro del cabo emite un pulso de luz que guía a las embarcaciones en alta mar. Estoy segura de que esos doce segundos entre un haz de luz y otro deben sentirse como una verdadera eternidad, para un navegante perdido en medio de una tormenta. Me lo imagino conteniendo la respiración, mientras las olas lo azotan, hasta que ve nuevamente la luz del faro. Jorge Drexler canta: “De poco le sirve al navegante que no sepa esperar”, y tiene razón. Esos doce segundos de oscuridad realmente prueban nuestra fe.
Cuando Jesús fue sepultado, los discípulos pasaron tres días de oscuridad absoluta. Ellos habían caminado junto a la Luz del mundo, lo habían contemplado cara a cara. Sin embargo, cuando Jesús murió, sus esperanzas también murieron. ¡A menudo menospreciamos la agonía emocional de esos tres días! Como conocemos el final de la historia, nos adelantamos a la resurrección. Pero los discípulos no tuvieron ese lujo. Ellos debieron atravesar la noche oscura del alma, llenos de ambigüedades e incertidumbre. No sé hace cuánto tiempo que estás esperando mientras Dios permanece en silencio. Sin embargo, esto sé: algunos de los milagros más bellos solo los presenciamos luego de atravesar los valles más oscuros.
En su artículo “Waiting When God Seems Silent”, Randy Alcorn escribe: “Si nuestra fe se basa en la ausencia de luchas y aflicciones, en la ausencia de dudas y preguntas, está fundada en la arena; tal fe no sobrevivirá a la noche oscura del alma”. Si vivimos lo suficiente en esta Tierra, en algún momento recibiremos una llamada telefónica que hará erizar nuestra piel, o pasaremos por una pérdida devastadora. Aunque no podemos evitar esto, sí podemos decidir cómo transitar esos segundos, días o meses de oscuridad. Podemos mantener la mirada fija con dirección al faro, recordando que la oscuridad no durará por siempre. En Mensajes para los jóvenes, Elena de White dice: “Cuando las tentaciones los asalten, como ciertamente ocurrirá; cuando la preocupación y la perplejidad los rodeen; cuando, desanimados y angustiados, estén a punto de entregarse a la desesperación; miren, oh, miren hacia donde vieron con el ojo de la fe por última vez la luz, y la oscuridad que los rodea se disipará a causa del brillo de su gloria” (p. 74).
Señor, en los días oscuros, ayúdame a mantener la mirada fija con dirección al Faro.
24 de marzo
Ojos vendados

“La fe es la confianza de que en verdad sucederá lo que esperamos; es lo que nos da la certeza de las cosas que no podemos ver” (Heb. 11:1, NTV).
Me encontraba buscando un nuevo trabajo e intentando lidiar con la ansiedad de la espera. Aunque nunca es un buen momento para quedarse sin trabajo, el problema se intensificó durante la cuarentena por causa del coronavirus, con una gran crisis económica aparejada. ¡Un verdadero merengue! Cierto día, estaba parada en el pasillo de mi casa cuando sentí que Dios me decía: “Si te dijera que ya tengo tu nuevo trabajo resuelto, ¿te relajarías?” Sin siquiera darme cuenta de lo que estaba haciendo, pensé: ¡Sí! Pero dime qué será. Mi amiga Anne y yo nos reímos bastante cuando, unos días después, le conté acerca de mi conversación con Dios. ¡Es tan difícil renunciar al ídolo de la certidumbre!
En el artículo “Friar Richard Rohr on Why Real Faith Requires Surrendering the ‘Idol of Certainty’ ” leemos: “Si viajáramos a los primeros 1.300 años del cristianismo, la fe se definía [entonces] como una combinación de saber y no saber. Una disposición […] a vivir con cierto grado de ignorancia. […] Ahora, que hemos descartado esta imagen, la gente tiene la impresión de que tiene el derecho a poseer una certeza perfecta y una claridad perfecta para cada paso del camino”. Obviamente, cuando tenemos claridad y certeza absoluta, no necesitamos fe.
Tengo suficiente información, suficiente luz para hoy. Dios es fiel. Cuando necesite saber algo más, me lo revelará. No me hace falta más poder, más control o más información. Lo que realmente necesito es más fe. Pero mi fe no crecerá a menos que atraviese la oscuridad de la incertidumbre. Es aquí, durante la noche, que mis sentidos se agudizan. Es aquí que aprendo a detectar la voz de Dios más claramente, porque no puedo fiarme de mi vista. Es entonces cuando me tomo más fuertemente de su mano y me dejo guiar con mayor facilidad.
Cuentan que el general José de San Martín usó mulas criollas para cruzar la cordillera de los Andes. La tradición dice que, en las partes más difíciles del cruce, en los acantilados más peligrosos, les vendaban los ojos a las mulas para que no se asustaran. Tal vez Dios, en su misericordia, nos está vendando los ojos cargados de incertidumbre, para guiarnos a lugares más altos.
Señor, aunque no vea a dónde me estás guiando, quiero confiar en ti de todo corazón. Tú me das pies de gacela, para mantenerme firme en las alturas (2 Sam. 22:34). Aunque tropiece no caeré, porque tú me guías de la mano (Sal. 37:24).
25 de marzo
Paso a paso

“Bebe del arroyo y come lo que te den los cuervos, porque yo les he ordenado que te lleven comida” (1 Rey. 17:4, NTV).
Solo después de cumplir con su tarea, de presentarse ante el rey Acab y profetizar la llegada de una gran sequía, Elías recibió más información. Aunque Elías vivía en comunión permanente con el Señor, Dios no le dijo de antemano cómo proveería a sus necesidades durante los tres años y medio de sequía, sino que lo guió paso a paso. En primer lugar, Dios le dijo: “Escóndete junto al arroyo de Querit [...] Bebe del arroyo y come lo que te den los cuervos” (1 Rey. 17:3, 4, NTV). Como mujeres del siglo XXI, no podemos apreciar cuán extraña es esta idea: ¡Dios proveyó a través de animales impuros! Él podría haber ordenado a unas palomas que alimentaran a Elías. Sin embargo, Dios escogió que cada bocado de pan y carne que Elías comiera viniese del pico de un animal impuro. Dios proveyó de manera inesperada, forzándolo a dejar sus prejuicios atrás.
Con el tiempo, el arroyo de Querit se secó. Elías debió de haber observado el caudal del arroyo descender día tras día, sin saber qué sucedería después. Cuando ya no había más agua para beber, Dios le dio nuevas instrucciones: “Vete a vivir a la aldea de Sarepta, que está cerca de la ciudad de Sidón. Yo le he ordenado a una viuda de allí que te alimente” (1 Rey. 17:8, NTV). A veces hacemos exactamente lo que Dios nos pide, y entonces el río se seca. La amistad, la salud o el dinero desaparecen, y nos preguntamos si Dios se olvidó de nosotras. Sin embargo, el Señor puede guiarnos, abriendo o cerrando puertas, a través de arroyos caudalosos y también de lechos secos. Dios tenía un plan mucho más grande (que incluía salvar a una viuda y a su hijo), y es posible que Elías no se habría movido de su escondite si el arroyo no se hubiera secado.
Cuando le pedimos a Dios que nos guíe, solemos tener una idea muy limitada acerca de lo que esto implica. Creemos que Dios debe proveer en el tiempo y en la manera que nosotras esperamos, preferiblemente sin sobresaltos ni cambios de planes. Cuando esto no sucede así, nos desanimamos, al creer que Dios se olvidó de nosotras. Sin embargo, Dios nos guía paso a paso, abriendo y cerrando puertas, proveyéndonos de las maneras más inesperadas.
Señor, aunque no siempre entiendo lo que sucede, quiero confiar en tus planes. Tú puedes guiarme de miles de maneras que no imagino, aun a través del fracaso y aun cuando las puertas se cierren. ¡Hoy voy a confiar y esperar en ti!
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