Kitabı oku: «Dulce enemiga»
Dulce enemiga
Vanessa Lorrenz

Primera edición en ebook: Marzo 2021
Título Original: Dulce Enemiga
©Vanessa Lorrenz, 2021
©Editorial Romantic Ediciones, 2021
www.romantic-ediciones.com
Diseño de portada: Olalla Pons - Oindiedesign
ISBN: 9788418616204
Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

Dedicado a todas aquellas que han tenido una enemiga disfrazada de amiga: una dulce enemiga.
PRÓLOGO
Londres 1838
Las ruedas del carruaje parecía que se saldrían de su eje en cualquier momento, la velocidad con la que se dirigían no era la normal. Los duques de Brentwood no sabían lo que estaba ocurriendo, habían intentado llamar al cochero, pero nunca recibieron respuesta. Venían rogando por no encontrarse con algún asaltante de caminos, pero parecía que la suerte no les había sonreído.
La duquesa sabía que ese viaje desde que había comenzado fue una completa locura, pero ahora que estaban en camino de regreso a su casa, no esperaba que los fueran a atracar. Se lamentaba haber sido tan imprudente.
—Edward, ¿qué está sucediendo? —la voz de alarma de la duquesa no pasó desapercibida para el duque, sobre todo teniendo en cuenta que entre sus brazos llevaba a su pequeña hija que tenía una semana de nacida, una niña hermosa que había heredado el mismo color de cabello que su esposo, los ojos redondos del mismo color de la miel lucían en ese instante cerrados, mientras dormía ajena a la preocupación de sus padres.
Se sobresaltaron al sentir que el carruaje giraba de manera desenfrenada, provocando que casi se voltearan, las ruedas aumentaron la velocidad, aunque eso parecía imposible, mientras el duque golpeaba de nuevo la ventanilla de comunicación sin obtener respuesta alguna. No se escuchaban más que el ruido de los cascos de los caballos galopando a una velocidad fuera de lo normal. Su esposa volvió a llamar su atención preguntando qué sucedía, pero en ese instante no tenía la menor idea, mucho se temía que nada bueno estaba pasando. No sabían qué era mejor; si detenerse y enfrentar a los asaltantes, terminar en medio de un lago, o en el mejor de los casos volteados en medio del camino.
—Pase lo que pase, Charlotte, necesito que mantengas la calma —dijo el duque tratando de parecer sereno, cuando no lo estaba en absoluto. Sus vidas estaban en peligro y si algo le pasaba a su esposa o a su hija jamás se lo podría perdonar.
—Me estás asustando, Edward —le contestó la duquesa, mientras aferraba a su hija contra su pecho en un gesto de protección.
—Cielo, no debe de ser nada, solo te lo digo para que estés prevenida por si nos llegamos a topar con forajidos.
Un jadeo escapó de los labios de la duquesa por el temor que la recorrió, eran bien conocidas las historias sobre los asaltantes; solían ser despiadados sino conseguían hacerse con el botín, de manera inconsciente se llevó la mano al collar que había pertenecido a su familia, su valor sentimental era incuantificable, pero ella daría todo lo que poseía porque los tres lograran salir de ese peligro sin un solo rasguño. Cerró los ojos rogando para que todo se tratara de una simple equivocación.
Bajó la mirada al regordete rostro de su hija y lo acarició con ternura mientras veía el brillo destellante del camafeo que llevaba ese día colgado en su pequeño pecho; el carruaje fue perdiendo velocidad y en cuestión de minutos se detenía poniéndolos más nerviosos. El duque buscó el arma que estaba siempre guardada debajo del asiento; en un compartimiento secreto, pero no la encontró. Ambos se sobresaltaron al escuchar el estruendo con el que se abrió la puerta dejando ver a un hombre corpulento con la cara cubierta, apuntándolos directamente con un arma. No les dio tiempo de decir una sola palabra, dos disparos se escucharon en aquel camino desolado, mientras el llanto de un bebé se alejaba al igual que los pasos de los forajidos.
CAPÍTULO 1
Londres 1855
El agua cristalina del lago reflejaba los intensos rayos del sol. Marian sonrió cubriéndose los ojos para contar hasta diez mientras Olivia corría a esconderse. Solo tenían una hora de juego dentro del convento que, hacía la función de orfanato, ya que después tenían que regresar para hacer sus labores. Así que trataban de disfrutar al máximo de esos momentos.
—¡¡Diez, listos o no, allá voy!! —Encontrar a Olivia no fue difícil, ya que nunca lograba estarse quieta en un solo lugar, aunque Marian trató de fingir que no la veía caminando alrededor del campo, buscando por todas partes, aunque el tenue sonido de su cantarina risa la delató, así fue como la encontró de manera rápida detrás de un árbol frondoso de manzanas, su mejor amiga estaba en cuclillas tratando de sofocar una carcajada—. ¡¡Te atrapé!! Ahora tenemos que regresar antes de que nos den unos azotes por no ayudar en la cocina.
Ese era el pan de cada día, acababan de cumplir diecisiete años, y habían llegado al convento cuando tenían unos días de nacidas, con la única diferencia que Marian llegó unas horas antes que Olivia; de ahí que todas dijeran que eran hermanas. Nadie sabía el paradero de sus padres, ni siquiera si tenían algún familiar lejano. Las hermanas del convento las recogieron dándoles la bienvenida a las dos pequeñas que se sumarían a los más de cincuenta que ya atendían. Como Marian fue la primera en llegar decidieron llamarla con el nombre de la madre superiora y, a la otra pequeña la nombraron Olivia, ya que era el nombre que traía el santoral.
—Apresúrate, Olivia, tenemos que llegar a tiempo. —Su amiga resopló, mientras ella se sacudía una mancha de tierra que se había adherido a su vestido color gris, odiaba esa vestimenta, pero no tenían más ropa que esa, y la verdad es que deberían estar muy agradecidas con las hermanas que las adoptaron pues les debían todo, les habían dado lo más parecido a un hogar.
Caminó lo más rápido que pudo, pero sus botines de cuero que eran un número más grande se le atoraron en una piedra provocando que trastabillara. Por suerte, su amiga la sostuvo del brazo evitando que cayera.
—¡¿Por qué siempre sois tan torpe, Marian?! —dijo su amiga con el ceño fruncido como si estuviera enojada—, deberían de ponerte un cartel de peligro.
—Lo siento, es culpa de estos zapatos, me quedan grandes —dijo tratando de acomodarse el botín que se había salido de su pie.
—¿Sabes?, cuando salga de este lugar, voy a buscar a un duque que me lleve a vivir a su castillo.
—Los duques no viven en castillos —dijo sonriendo, porque su amiga siempre decía lo mismo, repetía mil veces que estaba harta de vivir en ese lugar y que algún día saldría de ahí para conquistar a un caballero de armadura dorada que la rescatara de la pobreza donde estaban sumergidas.
—Pues conquistaré a un príncipe, no importa, lo único que quiero es no tener que utilizar estos vestidos tan horrendos. —Marian miró a su amiga con enfado, no le gustaba la manera en la que se expresaba de lo que les daban en ese lugar, pero las hermanas no podían hacer gran cosa por ellas, ya que vivían de la caridad de la buena sociedad londinense.
—Sabes que la madre superiora hace todo lo posible por darnos ropa y calzado, debemos estar agradecidas —dijo Marian reprendiéndola.
—Marian, pero ¿es que no has visto cuando la duquesa ha venido a dejar los víveres de este mes? —dijo Olivia refiriéndose a la duquesa de Brentwood, que cada mes se dedicaba a llevar en persona todos los apoyos del comité de beneficencia. Esa era una de las funciones de las damas de sociedad, bueno, tal vez solo de las damas más respetadas, porque había también las que se dedicaban únicamente a asistir a los bailes hasta caer el amanecer y dormir hasta que el atardecer les despertaba para asistir de nuevo a otra velada.
—Debes dejar de soñar con esas ideas, aunque encontraras a un duque dispuesto a enamorarse de ti, solo te utilizará y te dejará por no tener sangre noble.
—Tal vez si muestro el camafeo que me regalaste, pueda aspirar a tener un buen marido. Me niego a ser una criada en casa de esos ricos.
—Doncella, Olivia —la reprendió porque su amiga siempre hablaba con desprecio de las personas que servían en la casa grande—. La duquesa aún no ha mencionado a quién se llevará a su casa para que se integre al servicio, pero sería un honor que nos eligiera, nuestra vida cambiaría por completo. ¿No te ilusiona?, estaríamos todo el día trabajando, siendo parte del mundo que los rodea.
—Pues espero que no me elija a mí, yo nací para bailar a la luz de las velas, entre los brazos de un apuesto caballero —dijo Olivia, simulando que tomaba entre sus manos la tela de un vestido de fiesta y daba vueltas por el patio trasero del convento.
—Estás más loca que una cabra —dijo, mientras sonreía y comenzaba a caminar más deprisa. En cuanto pusieron un pie dentro del convento la actividad no cesó hasta que todas las huérfanas estuvieran en sus camas.
Como siempre, las castigaron por llegar tarde a la comida y tuvieron que ayudar a lavar los cacharros; lo único malo es que su amiga estaba enfadada, odiaba hacer alguna tarea. Cuando eran pequeñas, ambas solían jugar y hacer travesuras sin que les importara si las castigaban, pero conforme iban creciendo sus intereses fueron cambiando. Últimamente, Olivia vivía recluida en un sueño que jamás cumpliría.
Ambas amigas estaban acostadas las dos en la misma cama, cubiertas hasta la cabeza mientras platicaban de sus planes de futuro, por largas horas, hasta quedarse dormidas. No es que Marian tuviera grandes aspiraciones, pero a veces también soñaba con encontrar a un hombre honrado que la quisiera para desposarse con ella, y tener su propia casita, un hijo al cual dedicar su vida. Pero encerrada en esas cuatro paredes no lo lograría.
Tenían pocos días para practicar todo lo que les habían enseñado en esos años dentro del convento, pero si querían salir de ese lugar tenían que lograr que las eligieran.
—Marian, debes de caminar más erguida, pero con la mirada siempre, abajo no te encorves porque vas a tirar la charola, si sigues así nunca saldrás de las cocinas. Te llevarás varios tortazos si sigues de esa manera.
—Por más que lo intento no logro hacerlo.
—¡Pues inténtalo más! —le gritó su amiga. Odiaba que la tratara de esa manera porque la hacía sentir como si no sirviera para nada, pero era como la hermana que nunca tuvo, así que le perdonaba todo. Olivia tuvo que darse cuenta de que la había lastimado, porque soltó un gruñido poco femenino.
—No puedes ponerte a llorar solo porque te digo la verdad, si los duques te vieran levantando la mirada, no se tentarán el corazón para darte un azote. A lo mejor piensas que soy muy dura contigo, Marian, pero solo quiero lo mejor para ti.
Marian, muy a su pesar, sonrió, aunque su corazón sufría con cada palabra cruel de su amiga; debía pensar que, si no fuera por ella, estaría perdida.
La semana pasó sin grandes acontecimientos, excepto porque se acercaba el día en que la duquesa tendría que elegir a una de ellas para llevarla a su casa a trabajar como doncella. Aunque Olivia se negaba a salir de ahí siendo una simple doncella, Marian estaba muy emocionada esperando que la eligieran; tenía toda una vida recluida en ese lugar, y necesitaba un giro nuevo en su vida. Otro aliciente para decidirse a abandonar el convento es que, si no las elegían para trabajar en las grandes casas de Londres, debían comenzar a buscar la llamada del Señor Todopoderoso y aceptar la voluntad de él para formar parte del noviciado, algo que Marian no le gustaba. Si bien es cierto que en ese lugar se vivía una tranquilidad y una paz purificadora, no estaba segura de querer servir a Dios para toda la vida.
Marian también tenía sueños y anhelos que nunca expresaba. Cuando tenía quince años había decidido que sí, que estaba dispuesta a servir en el noviciado, y para ello le dijeron que uno de los requisitos para ingresar al servicio del Señor nuestro Dios era que tenía que despojarse de todo aquello material que poseía. Claro que eso era casi una burla, pues ella no tenía ninguna posesión que valiera la pena, apenas un viejo camafeo que las hermanas encontraron en el cesto donde la habían dejado en la puerta del convento. Suponía que era un recuerdo de su madre y, aunque le tenía un cariño especial, tenía que deshacerse de él.
Estaba segura de que si lo entregaba a las hermanas del convento estas lo venderían para pagar su manutención, así que de manera egoísta se lo regaló a Olivia, a la que consideraba su hermana. Ella sabría cuidar de él, porque sabía el importante significado que tenía para ella. Lo único malo es que después de colaborar con las novicias por un mes, se dio cuenta de que ese mundo no era el que quería para consagrar su vida; así que lo abandonó sin pensarlo dos veces.
Marian estaba nerviosa cepillando el cabello de Olivia para que estuviera lo más presentable posible, ese día alguna de ellas se iría de ahí para servir a la duquesa y sería un milagro que las elegirían a las dos, pero en su interior rogaba porque eso sucediera, nunca se habían separado y pensar en tener una vida lejos de su amiga se le antojaba imposible. El cabello castaño de Olivia relucía a la luz de las velas de la habitación, tenían grandes similitudes en su aspecto físico que para quien no conocía su historia, pensaría que eran hermanas, ambas con el cabello rizado color castaño, y de complexión idéntica, solo que Olivia siempre fue un tanto más voluptuosa, pero no era nada que el feo vestido color gris no cubriera, lo que realmente las diferenciaba era el color de ojos, mientras los de Marian eran de un castaño claro muy parecido al de la miel, los de Olivia era de un castaño un poco más oscuro.
—¿Sabes, Marian?, cuando me case con alguien de la nobleza, le pediré a mi esposo que te contrate como mi doncella personal. Me encantan las maravillas que haces con mi cabello.
—¿Por qué no mejor me invitas a tu casa como una amiga lejana?
—No seas tonta, mi esposo no debe de saber de dónde provengo. Se me ha ocurrido una idea genial, me haré pasar por una rica heredera.
—¿De dónde has sacado esa idea tan descabellada?
—Escuché el otro día que la temporada pasada una plebeya se atrevió a colarse en los bailes sin ser descubierta, y entre baile y baile, un marqués se enamoró de ella tan perdidamente que no le importó que no fuera de buena cuna. Incluso se habla de que hubo por medio una venganza, y por eso ella se hizo pasar por una dama de sociedad. Pero terminaron amándose con locura.
—Eso no pasa en la vida real, debes de tener los pies firmes, no podemos aspirar a entrar en la nobleza. No tenemos una dote que aliente a algún caballero a arriesgarse por nosotras, pero principalmente no tenemos sangre noble —dijo Marian terminando de trenzar el cabello de Olivia para hacerle el moño francés en la nuca que llevaban todas las huérfanas del convento.
—Lo voy a conseguir, te lo prometo, Marian, a como dé lugar lo conseguiré. Detesto la idea de seguir sumida en esta inmundicia, nací para vestir elegantes vestidos de noche y estar cubierta de joyas. —Marian frunció los labios en un mohín, el sueño de su amiga era demasiado ambicioso, estaba segura de que la decepción de conseguir sus propósitos la dejaría devastada, pero, aun así, no pudo evitar darle un poco de alegría.
—Si lo logras, estaré encantada de servir como tu doncella. —Eran ideas un tanto descabelladas, pero a ella lo único que le importaba era que su amiga fuera feliz.
CAPÍTULO 2
Marian sentía que de un momento a otro caería desfallecida en el frío suelo del convento. La presencia de la duquesa de Brentwood no ayudaba en nada, al fin había llegado el día de saber a quién escogerían para ir a trabajar a la casa de los principales benefactores del convento. Todas estaban con la mirada en el suelo, ya que era una falta de respeto mirar directamente a los ojos de su excelencia, todas las huérfanas vestían pulcramente con su vestido color gris, llevaban el pelo sujeto en un moño tan apretado que Marian sentía que se le saldrían los ojos de lo estirado que estaba.
En cuanto la duquesa pasó frente a ella, las manos le comenzaron a temblar de manera incontrolable, sentía un presentimiento de que nada sería igual a partir de ese instante, estaban inspeccionándolas como si fueran a ser reclutadas para enlistarse en la guardia de su majestad, desde la postura hasta la forma en que vestían.
—¿Cuál es tu nombre, muchacha? —Escuchó que preguntaba la duquesa con voz amable. Marian cerró los ojos, triste, porque ya tenía a una elegida. Algo dentro de ella se rompió pensando que ahora tenía que buscar otra salida a su vida.
—Olivia, mi lady. —Su decepción fue tan grande, una parte de su corazón se alegraba de verdad de que su amiga fuera la que tuviera una oportunidad como la que se le estaba presentando en ese instante. Pero, por otra parte, anhelaba salir de ese lugar y sentía una pizca de envidia.
—Bien, a partir de este instante te incorporarás al servicio de la casa.
Tal vez sonara raro que una duquesa estuviera eligiendo el personal que laboraba en su casa, cuando lo más lógico es que fuera el mayordomo o el ama de llaves, pero con la duquesa nunca se sabía nada certero, decían que desde que había perdido a su hija no era la misma, algunos pensaban que el dolor por la pérdida la había llevado a la locura, de eso ya habían pasado diecisiete años. Nadie sabía en qué circunstancias le había pasado aquella terrible tragedia, ya que la alta nobleza en esos temas era muy hermética. Si una debutante era secuestrada o se fugaba con algún pretendiente lo único que la familia decía era que estaba en un viaje por el viejo o nuevo continente, para pasar desapercibidos hasta que un nuevo escándalo surgía alejando las miradas de ellos. Pero la tragedia de la duquesa era diferente porque, al parecer, su hija tenía una semana de nacida cuando la perdió.
—Marian —la voz de Olivia la sacó de sus pensamientos para ver que todas hacían una impecable reverencia a la duquesa y salían desfilando rumbo a sus habitaciones. Su amiga se había quedado atrás, esperando a que ella comenzara a caminar. En cuanto estuvieron lejos de la mirada de la madre superiora, y de las hermanas del convento, se detuvieron en el pasillo y en ese instante a Marian el mundo se le vino encima, siendo consciente de que no volvería ver a su amiga.
—No puedo creer que tuvieras esa suerte, Olivia —dijo conteniendo las lágrimas, nunca se habían separado y ese era el momento definitivo donde se tenían que despedir.
—No llores, tonta, vendré a verte los domingos que me den permiso de salir a misa.
—Tendrás una vida muy ocupada en la casa grande, dudo que te quede tiempo para venir a visitarme.
—Puedes acercarte tú.
—Está bien, pero mantente en contacto conmigo —dijo, ya dejando salir las lágrimas producto de su tristeza, ahora estaría completamente sola.
—Ya, Marian, deja el llanto para otra ocasión, la que debería estar llorando debería de ser yo, que me voy a servir en la casa, no creas que me iré como protegida de la duquesa, más bien seré la nueva criada, ya verás cómo me van a cargar de trabajo.
—Cuídate, Olivia, tal vez así puedas conocer a tu príncipe.
—Siempre tan tonta —dijo Olivia resoplando—. Ahora ayúdame a preparar la maleta con mis cosas, no creo que la duquesa espere a una sirvienta.
Antes de que se diera cuenta, Olivia estaba corriendo a la parte trasera del carruaje y se montaba en el descansillo que estaba destinado para la servidumbre. Marian salió a despedirse de su amiga en la lejanía, agitando un pañuelo con el que se limpiaba las lágrimas.
A partir de ese día la vida sería difícil en ese lugar, y no tanto por el ambiente, sino porque la soledad la abrumaría. ¿Ahora cómo seguía con su vida? Esa era la gran incógnita que tenía que responder. Por suerte, al parecer las hermanas del convento pensaron que ella se vería afectada por la partida de su amiga, y comenzaron a involucrarla en el aprendizaje de las niñas que vivían ahí. Por las tardes preparaba los temas que las hermanas le enseñaban y por las mañanas daba las clases en los pequeños salones del convento. Pasaba gran parte del día en la biblioteca investigando temas, leyendo libros de etiqueta, para dar una mejor educación a las niñas. Tenía la esperanza de que si las niñas salían bien preparadas de ese lugar aspirarían a ser una institutriz y no una simple criada como decía su amiga.
Un sueño comenzó a formarse en su corazón, a lo mejor era una locura, pero al ver cómo las niñas que estaban a su cargo comenzaban a aprender nuevas cosas, se le había ocurrido que, si todo salía bien, quería abrir una escuela para todas las niñas que quisieran aprender cómo comportarse. No debía olvidar que estaba a punto de cumplir la edad máxima permitida para estar en el convento; de todas las huérfanas ella era la que llevaba más tiempo dentro de esas paredes, a veces se preguntaba por qué ella no había encontrado una familia que la adoptara, una familia que le diera el cariño que a ella tanta falta le hacía. Aunque las hermanas le habían dicho que cuando era pequeña un caballero que venía con su esposa tuvieron la intención de adoptarla, pero ella se aferró tanto a Olivia, pidiendo que también se llevaran a su hermanita. Al final el matrimonio se fue de ahí sin ninguna de las dos, ya que era muy difícil mantener a dos pequeñas. Después, fueron creciendo y la posibilidad de una adopción se fue volviendo un sueño cada vez más lejano, pero ahora Olivia había logrado seguir un camino diferente al suyo.
Pensando en su amiga recordó que ese día se cumplía dos meses desde que se había ido del convento para servir a la duquesa. Esperaba con ansias el día en que llevaran los víveres de beneficencia, rogaba porque Olivia acompañara a los criados que bajaban todas las cosas que donaban a la caridad; pero, sobre todo, tenía tantas ganas de abrazarla y de contarle las buenas nuevas.
Cuando vio que del carruaje únicamente descendían los lacayos, la tristeza la comenzó a invadir, caminó acercándose al carruaje para preguntarle al cochero si podía darle alguna información de su amiga. Mientras más se iba acercando, su corazón latía más frenético, el que suponía que era el cochero estaba de espaldas a ella, creía eso porque lo vio en cuanto llegó y detuvo el coche frente al convento; tenía la espalda ancha, sus manos descansaban en la cintura y tenía las piernas ligeramente separadas, todo en él destilaba autoridad, a lo mejor era un empleado de alta confianza del duque, porque si fuera su administrador no entendía por qué estaba manejando el carruaje. En la distancia se lograba apreciar su cabello negro que sobresalía por debajo del sombrero de copa. Sin saber por qué decidió que mejor no le preguntaría nada a él, caminó más despacio buscando a alguien que le diera información del paradero de su amiga; por suerte, un chico que debía de ser un mozo estaba cerca de donde ella caminaba.
—Disculpa —dijo tratando de llamar la atención del joven que en ese instante estaba tratando de cargar una pesada caja de verduras. En cuanto el joven levantó la vista al escuchar su voz, se detuvo en seco observándola con admiración y provocó que se sonrojara. Era la primera vez que alguien la miraba de esa forma—. Disculpe, ¿podría darme información sobre una doncella que trabaja en la casa de la duquesa?
—Claro que sí, señorita —dijo el muchacho, dejando la caja de verduras en el suelo y secándose las manos en un pañuelo que sacó de la bolsa de su pantalón—, ¿de quién se trata?
—Pues verá… —dijo muy nerviosa apretándose las manos, no sabía si metería en problemas a su amiga por preguntar por ella, en ese momento se dio cuenta de que tal vez no era correcto.
—Pregunte sin miedo, señorita, no delataré a su amiga.
El joven parecía honesto, así que la única manera de saber algo de Olivia era arriesgándose a confiar en él.
—Me preguntaba si puede darme alguna información de Olivia. Llegó a trabajar a la casa grande hace unas semanas, la duquesa la contrató como doncella.
—La verdad, señorita, no recuerdo haber escuchado que alguna doncella se llamara así, pero puede ser porque no estoy dentro de la casa más que para comer. Y ahora todo es un revuelo con la llegada de la hija de los duques.
¿La hija de los duques? Posiblemente por eso la duquesa había enviado los víveres en lugar de llevarlos ella personalmente como siempre lo había hecho; suspiró, pensando que si lo que decía ese hombre era cierto, tardaría en volver a ver a su amiga. La casa estaría con muchísimo trabajo. Una idea pasó por su mente: con la llegada de la hija de los duques, era seguro que necesitarían más personal en la casa, tal vez si se acercaba a hablar con el ama de llaves para preguntar si necesitaban otra doncella, conseguiría un empleo. Era feliz en el convento ayudando en el aprendizaje de los niños que vivían ahí, pero extrañaba a su amiga, y quería salir más allá de esas frías paredes de piedra. Su sueño de comenzar a abrir una escuela para niñas tendría que esperar un poco, antes necesitaba saber que Olivia estuviera bien.
Estaba a punto de dar la vuelta para regresar dentro del convento, cuando una voz masculina la dejó paralizada en el acto, todo su cuerpo se estremeció al escucharla.
—¿Qué está pasando, Richard? Por qué has dejado de entregar los víveres.
El mozo se puso en el acto a recoger la caja de verduras y emprendió camino sin siquiera decir una palabra. Comenzó a ponerse nerviosa porque sentía la presencia del hombre parado detrás de ella, lo más correcto era darse la vuelta y disculparse por entorpecer el trabajo de los demás. Se giró sobre sus pasos para quedar frente a frente con el cochero, pero nada la podría haber preparado para tener un encuentro de esa magnitud, era el hombre más guapo que sus ojos habían visto.
Aunque ahora sus ojos grises la estaban fulminando, como si fuera la culpable de todas las desdichas que aquejaban a Londres. Marian no comprendía por qué estaba tan enfadado, pero lo mejor que podía hacer era pedir una rápida disculpa y retirarse.
—Discúlpeme, no fue mi intención entretener al joven.
Caminó lo más rápido que sus pies se lo permitieron y regresó a la seguridad del convento. Ese hombre la había alterado lo suficiente como para que sus manos temblaran. Llegó a la pequeña habitación que utilizaba desde que su amiga se había marchado, y corrió a la ventana para ver cómo seguían bajando las cajas de víveres. Ese hombre daba órdenes a diestra y siniestra; sin darse cuenta, se mordió el labio en un gesto de nerviosismo, no tenía la menor idea de lo que le pasaba, veía hombres cuando llegaban los víveres o si tenía que salir al mercadillo, pero ninguno de ellos provocó que su corazón se detuviera por unos momentos. Si ponía la mano sobre su pecho podía sentir el latido desbocado, sus manos temblaban y no era precisamente por miedo. Cerró los ojos recordando su mirada penetrante, aunque parecía que quería que desapareciera de la faz de la Tierra, ella se quedó impresionada.
Era una lástima que Olivia no estuviera ahí para poder contarle lo que sentía, debía buscar la manera de llegar a la casa de la duquesa para saber de su amiga, la extrañaba tanto, pero no tenía manera de comunicarse con ella; a lo mejor si le escribía una nota, y se la enviaba con el cochero… su mirada recayó en el carruaje, pero para su mala suerte, ya estaba emprendiendo camino de regreso. De cualquier manera, no creía que el cochero hubiera querido llevar la nota para una simple doncella y ni pensar en que su respuesta tardaría muchos días en llegar.
CAPÍTULO 3
Decepcionada de no poder ver a su amiga, se pasó la tarde ayudando en las labores del convento, pero decidió que en cuanto pudiera le diría a la madre superiora que quería trabajar en la casa grande, tal vez ella le conseguiría un empleo de manera más rápida. Era muy favorecida por la duquesa, tal vez ella le podría enviar una misiva a la duquesa pidiendo el favor de que la aceptara como doncella.
Claro, con lo que no contaba es que la madre superiora se pusiera enferma y se opondría rotundamente a ayudarla para conseguir ese empleo. Al parecer, había cogido unas fiebres espantosas que la dejaban agotada, pero Marian se negaba a tener que esperar por más tiempo para poder saber algo de Olivia; así que, aprovechando que las hermanas eran las encargadas del convento, pidió permiso para salir a visitar a su amiga. Las hermanas, que sabían de lo unidas que estaban, no fueron capaz de negarse a tal súplica. Aunque tuvo que rogar de manera insistente, por fin comenzaría el viaje para reunirse con Olivia.
El camino era largo y para llegar a la zona más concurrida de Londres tenía que caminar por varias horas, pero eso no se lo dijo a las hermanas para que no se preocuparan. Les aseguró que tomaría un coche de alquiler tan pronto como le fuera posible conseguir uno. Los pies le dolían de haber caminado mucho, tanto, que tuvo que detenerse varias veces por el camino para descansar. Nunca antes había hecho un viaje tan largo a pie y el camino no ayudaba mucho porque la gravilla le lastimaba la planta de los pies, y eso que llevaba puestos sus botines que le quedaban enormes, pero eran los zapatos más resistentes que tenía. Tenía que darse prisa si quería llegar antes de que cayera la tarde. Había salido al alba, así que esperaba estar a buena hora en la casa de la duquesa, de otra manera, estaría en problemas porque no tendría dónde pasar la noche.
Nunca un trayecto se le había hecho interminable como ese, pero si quería saber algo de su amiga bien valía la pena tanto esfuerzo. En cuanto llegó a lo más concurrido de la ciudad, se detuvo a descansar en un banquillo del parque que estaba alejado de la vista de la buena sociedad londinense que salían de paseo en sus caballos o en calesas. Se quedó maravillada con la muestra de opulencia y lujo con la que vivía la alta sociedad. En ese preciso instante estaba cautivada por los vestidos de las damas que, de manera primorosa, daban color al paisaje; sin querer, se miró su vestido color gris y sus botines que eran un número más grande; para su mala suerte, incluso estaban llenos de lodo. Suspiró pensando que deseaba tener otra vida, no es que anhelara pasarse la vida de fiesta en fiesta como lo hacían las damas de sociedad, pero lo que sí deseaba era tener una vida fuera del convento. A escondidas, leía ciertas novelas que había encontrado en la biblioteca donde gallardos caballeros llegaban a rescatar a damiselas en peligro y no es que se considerara una, pero el sentimiento que reflejaban en esas páginas parecía tan real que para Marian era casi imposible concebir un amor tan grande. El único cariño que tenía en la vida era el de Olivia, que era como su hermana, aunque no lo fuera de parentesco, el vínculo que las unía era mucho más fuerte que la sangre.
Se pasó una mano por su cabello tratando de acomodar un mechón que se había escapado de su moño que llevaba bajo la nuca. Se levantó para acercarse a un charco de agua y tratar de limpiar sus botines. No quería llegar sucia a la casa de la duquesa y dar una mala imagen. Sintió que uno de sus botines se atoraba entre el pasto del parque, al jalar fuerte sintió cómo se despegaba la suela, mojando su pie por completo.
¡Fabuloso, ahora sí que llegaría hecha una auténtica pena! Salió arrastrando parte de la suela de su zapato y caminó por una de las veredas empedradas sin percatarse que detrás de ella caminaban un grupo de mujeres acompañadas por sus respectivas doncellas. Tan distraída estaba que no se dio cuenta de que llegaban a su altura y una de las damas la empujaba, provocando que cayera de golpe al suelo, mientras las demás se reían disimuladamente detrás de sus abanicos. Levantó la vista y se quedó paralizada al reconocer en ese grupo de mujeres un rostro demasiado familiar, la misma mujer que la había empujado era alguien tan cercana para ella que del asombro no fue capaz de decir una palabra. No podía ser, estaba segura de que su ansia por encontrar a su amiga la empujaba a imaginar cosas que no eran, la elegante dama que la había empujado nada tenía que ver con ella.
—¿Estás bien? —Escuchó que le decía una voz preocupada, giró la vista para ver que una de las doncellas que acompañaba a las mujeres le sonreía con amabilidad y por un instante sintió ganas de llorar. Volvió la vista al suelo para ver sus manos raspadas y llenas de lodo. En su mente no se dejaba de repetir el pensamiento de que tenía que estar equivocada. No podía ser cierto, pero esa mujer era tan parecida a Olivia que podría jurar que eran la misma persona—, ¿estás bien? —le preguntó la doncella de nuevo; esta vez la voz la sacó de sus pensamientos, se levantó con dificultad del suelo tratando de no mostrar el dolor por la caída.
—Claro —dijo limpiándose las manos en la falda de su vestido dejándola sucia, pero ya nada le importaba, de cualquier manera, llegaría hecha una pena—, soy una torpe, seguramente he tropezado con la gravilla.
Ambas sabían que no era cierto, pero no podían decir nada en contra de sus señoras, ya que llevaba el riesgo de ser despedidas o incluso llevarse un buen castigo. La doncella, al ver su zapato despegado, frunció los labios en una fina línea como si desaprobara su aspecto. Por suerte no dijo nada, Marian la miró con detenimiento, era una chica muy joven, posiblemente tendría unos dieciséis años. Sus mejillas regordetas sonreían con amabilidad.
—Me llamo Molly, me tengo que marchar o mi señora se pondrá furiosa.
—Estoy bien, no te entretengo más. —El grupo de mujeres estaban lo bastante lejos como para que Molly las alcanzara, pero esta con un gesto de asentimiento se puso a correr hasta ponerse a la altura de las demás doncellas. Después de perder de vista a aquellas mujeres, se dio cuenta de que estaba obstruyendo el paso de los pocos que pasaban por el camino.
Tenía la cabeza hecha un lío, podría jurar que la mujer que vio caminando con un vaporoso vestido color rosa, era su amiga Olivia, pero estaba segura de que eran imaginaciones suyas, porque, ¿de dónde sacaría ella un vestido tan lujoso, por no hablar de que estaba acompañada por distinguidas mujeres como si fuera una dama de la alta sociedad? No, estaba segura que su imaginación la había traicionado, las ganas por saber algo de ella estaban haciendo estragos en su mente.
Trató de serenarse y dejó de pensar en esa mujer que había visto minutos antes, decidió que lo mejor era seguir su camino y terminar con su cometido. Como no sabía dónde estaba la casa de los duques, fue preguntando en los puestos del mercadillo. Algunas personas la miraban recelosas y otras, en definitiva, la ignoraban. Al pasar por un espejo que estaba en una puerta principal de una bonetería se dio cuenta de su lamentable aspecto. Ahora entendía por qué la miraban con desconfianza, literalmente parecía una vagabunda.
Una muchacha que vendía flores en una esquina, fue la única que la ayudó a llegar a la casa donde trabajaba su amiga; por suerte, ella surtía todas las mañanas las flores para el ama de llaves de esa casa y no tuvo ningún problema en llevarla hasta la puerta por donde entraba la servidumbre. Ya con el simple hecho de ver la hermosa casa estilo georgiano, que era digna de admiración, le provocó que los nervios la atacaran. Con paso vacilante se acercó a la parte trasera de la casa, donde el movimiento dentro de las doncellas y lacayos era frenético, como si fueran a tener una celebración de gran magnitud. Detuvo a una doncella que caminaba apresurada cargando una enorme cesta de sábanas blancas.
—Disculpa, ¿te puedo hacer una pregunta?
—Dígame —dijo la muchacha mirando de reojo a la puerta de la casa, como si por el simple hecho de estar detenida con ella la fueran a reprender.
—¿Sabes dónde puedo localizar a Olivia? —preguntó buscando con la mirada a su amiga por los alrededores.
—¿Olivia? No conozco a nadie con ese nombre, señorita.
—¿Estás segura? —preguntó Marian desesperada por tener alguna respuesta. Su amiga no podía haber desaparecido, así sin más. Alguien tenía que haberla visto en cuanto llegó a la casa a trabajar—. Tuvo que haber llegado con la duquesa hace semanas. Venía a trabajar como doncella al servicio de su excelencia.
La doncella pareció pensar bien su respuesta, como si tratara de recordar un detalle importante que se le estuviera escapando.
—No lo creo, señorita, el día que la duquesa llegó fue muy ajetreado, al parecer, la asaltaron en el carruaje donde venían, le iban a disparar a su hija y la duquesa se interpuso.
Estaba a punto de replicar que la duquesa no tenía ninguna hija, pero decidió mejor callárselo porque, a fin de cuentas, ella no sabía nada de lo que se suscitaba entre la buena sociedad.
—¿Quién podrá informarme? —preguntó mirando a todos lados.
—Pues, solo que pase hablar con el ama de llaves, a lo mejor ella sabe si la enviaron a servir a otra casa. —Las palabras de la doncella se perdieron en el bullicio de los demás empleados al entrar en la casa, pero Marian estaba con la mirada perdida en algún punto fijo y ese punto no era otro más que su amiga, sí, esa mujer a la consideraba su hermana, la imagen que sus ojos estaban viendo la descolocaba completamente. Olivia estaba de pie observando a través de una de las ventanas de la casa, miraba a todos lados como si buscara algo, estaba vestida con el mismo atuendo con el que se la encontró de paseo junto con las demás damas de la nobleza. El mismo atuendo de la mujer que la había empujado sobre la empedrada vereda para que cayera al suelo. Sus miradas se encontraron y en sus ojos pudo ver el nerviosismo que la embargaba. Su amiga le hizo una seña para que la esperara y después desapareció de la ventana dejándola confundida.
CAPÍTULO 4
Después de unos minutos que a Marian se le hicieron eternos, Olivia salió por una puerta lateral de la casa y la llamó para que se acercara; por su mente comenzó a pasar una idea descabellada, recordó el día que Olivia le dijo que se haría pasar una dama de sociedad para conseguir casarse con un noble. Un miedo la comenzó a recorrer; sabía que si descubrían a Olivia corría el riesgo de que la condenaran a prisión o incluso podría terminar colgada en la torre de Londres.
—¡Apresúrate, Marian!, ¿es que quieres que alguien te vea? —La urgencia con la que la llamaba, hizo que se diera prisa, aún no podía creer cómo Olivia era capaz de engañar a esas personas.
En cuanto pasó por la puerta la condujo a un cuarto pequeño, era una salita decorada en tonos color rosa con flores de color violeta que a ella le encantó, los sillones tenían un tapizado primoroso que hacía juego con las paredes. Todo en esa habitación decía que la familia tenía dinero, mucho dinero. Eso le llevó a recordar el motivo por el que estaba ahí y recordar que necesitaba explicaciones.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? Es una locura lo que pretendes hacer. Cuando me contaste tus planes jamás imaginé que los llevarías a cabo —dijo exaltada, ¿es que acaso su amiga no comprendía la magnitud del problema?
—¡Cálmate! —dijo su amiga, mientras la tomaba del brazo y la llevaba hasta un sillón—. Toma asiento, ¿qué planes crees que estoy llevando a cabo?
—Los de hacerte pasar por una dama de sociedad para encontrar un marido con dinero. ¿No entiendes el peligro que estás corriendo al mentir a la buena sociedad? —dijo alterada.
—Tranquila, que no le estoy mintiendo a nadie. —Escuchó que decía Olivia, al girar la vista y ver su rostro, se dio cuenta de que sonreía como el gato que se comió al ratón—. Prepárate para esta noticia que te voy a dar. —Su amiga se sentó a su lado en el mullido sofá y le tomó de las manos mientras la miraba fijamente a los ojos—. Marian, he encontrado a mi verdadera madre.
De todas las respuestas que le pudo dar, esa era la que menos se esperaba. Si alguien le hubiera dicho que alguna de las dos encontraría a su familia, se echarían a reír como si fuera la frase más divertida. Las palabras se le quedaron atoradas en la garganta como si un nudo se le hubiera instalado en el pecho, tenía un sentimiento muy extraño, se alegraba mucho por su amiga, era una excelente noticia que tenían que festejar, pero algo muy dentro de su corazón no la dejaba ser completamente feliz por Olivia y solo tenía una sola palabra para ese sentimiento: envidia.
—¿Es que acaso no te alegras, Marian? —preguntó su amiga ante el silencio que reinaba la salita.
—No es eso, me ha tomado por sorpresa —dijo sonriendo, tratando de ocultar su tristeza.
—Cuando te cuente cómo fue el encuentro, no te lo vas a creer.
En ese momento, su mente comenzó a registrar la magnitud de lo que le había cambiado la vida a su amiga. Si Olivia estaba viviendo en la casa de los duques, eso quería decir que su amiga era la hija que habían perdido años atrás.
—¿Cuéntame cómo fue? —A pesar de sentir que una tristeza la embargaba trató de sonreír, era lo menos que podía hacer.
—Fue todo tan de sorpresa, ¿recuerdas que tengo un lunar en forma de estrella?, aunque casi no se me nota porque siempre llevo puesto mi camafeo. Bueno, pues en el trayecto para la casa, nos atacaron unos asaltadores de caminos y cuando me pedían que les diera el collar me lo tuve que quitar, dejando al descubierto mi lunar; la duquesa, al verlo, comenzó a llamarme hija, llorando desconsolada. Eso distrajo a los asaltadores, mientras que el cochero y los lacayos sacaban sus armas, lo único malo es que los bandidos no se daban por vencidos de irse sin su botín y por querer quitarme el camafeo, intentaron dispararme. La duquesa se interpuso entre nosotros y salió malherida. —Ahora todo tenía un sentido, mejor suerte no podía tener su amiga, ser hija de los duques de Brentwood era más que un sueño para ella.
—¿Qué pasó con la duquesa? Nos extrañó que en esta última entrega de víveres no fuera ella en persona.
—Madre no sale mucho, ha estado convaleciente después del disparo. Y padre tiene la salud delicada desde hace años. Aunque con mi llegada dicen que ha vuelto a la vida.
Era sorprendente cómo una persona que había crecido sin familia, ahora nombrara a dos seres como madre y padre con tanta naturalidad. Ahora las cosas serían distintas. La melancolía le comenzó a invadir al descubrir que había perdido a su amiga para siempre, ahora pertenecían a dos mundos distintos y esa sería la despedida de una amistad de toda la vida.
—Me alegro mucho por ti, porque si alguien merece tener un hogar con unos padres que la quieran, esa eres tú, Olivia. Pero supongo que esto es un adiós para nuestra amistad.
—¿Por qué dices eso? —Olivia, por un momento, se vio desconcertada.
—Porque la hija de un duque no puede ser amiga de una huérfana.
—A lo mejor padre puede ayudarte a buscar un lugar donde trabajar.
Marian estaba a punto de decir que por el momento estaba bien en el convento, cuando la puerta de la pequeña salita se abrió, dando paso a la duquesa que llegaba con un primoroso vestido verde oliva con bordados en color negro. Marian se levantó de golpe del sillón, para hacer una reverencia.
—Su excelencia —dijo casi en un murmullo. Nunca se había atrevido a hablarle a la duquesa, siempre eran las hermanas del convento las que hablaban y ellas se dedicaban solamente a mantenerse de pie mientras agachaban la cabeza o realizaban una reverencia.
—¿Quién es tu acompañante, Olivia? —preguntó la duquesa mirándola fijamente.
—Es una compañera del convento, en realidad, se trata de mi mejor amiga, Marian.
—De acuerdo —dijo la duquesa con gesto condescendiente—. Marian, si eres amiga de mi hija, sois bienvenida a esta casa.
—De hecho, madre, quería pedir su consentimiento para que Marian sea mi nueva doncella.
Las palabras de Olivia la dejaron muda, todo lo que estaba pasando en ese momento la estaba dejando aturdida, la actitud de su amiga era fría y superficial, no era en ningún momento la que correspondía con la personalidad de ella, es como si frente a la duquesa, Olivia se convirtiera en otra persona.
Por mucho que Marian quiso negarse a trabajar en la casa grande como doncella de Olivia, al final la duquesa terminó convenciéndola. Por supuesto, ella nunca había desempeñado las labores de doncella y estaba perdida en lo que eran sus obligaciones, si bien era cierto que en el convento las formaban para entrar a trabajar en las casas de los señores, no estaban preparadas para ocupar grandes cargos como lo era ser doncella principal.
La habían instalado en una de las habitaciones del servicio que estaban ubicadas en la tercera planta, para que pudiera estar más cerca de lady Olivia. Los demás miembros del servicio la miraban como si fuera una apestada, e incluso llegó a escuchar comentarios sobre que ciertas personas tenían preferencias dentro de la casa. Al pensar en que debía referirse a su amiga ahora con su título aristocrático, casi le dieron ganas de reír. Toda la vida conviviendo con alguien que pertenecía a otro mundo, lamentaba que su amiga tuviera que pasar por esa infancia tan difícil, pero a partir de ese momento sus vidas habían cambiado para siempre. Los primeros días se limitaba a servir solamente a Olivia en lo que ella le pedía, prácticamente tenía que ser su sombra y estar a su entera disposición todo el día y la noche.
A veces, le desconcertaba el comportamiento de Olivia, trataba a la servidumbre de la casa de mala manera, siempre estaba gritando y llamando tontas o estúpidas a las doncellas cuando no cumplían con los caprichos que ella pedía. Marian pensaba que eso se debía a los nuevos lujos a los que se estaba acostumbrando, al ser hija de un duque se le estaba permitido ver a los demás con suficiencia.
Casi no podía platicar con su amiga porque tenía una vida social muy ocupada y, eso que aún no era presentada en sociedad. Suspiró tocando el precioso vestido con volantes en color lila, el cual era una verdadera obra de arte. Con mucho cuidado lo dejó sobre el respaldo de la silla del tocador. En unos minutos tenía que despertar a Olivia de su siesta, se acercó al enorme ventanal para correr las pesadas cortinas y, sin querer, su mirada fue a parar al carruaje que acababa de llegar; del pescante de este descendía el cochero que había visto en el convento.
Sin saber por qué, su corazón comenzó a latir más rápido. Sin temor a saberse descubierta lo observó con detenimiento: era muy alto y fuerte, se notaba que realizaba tareas pesadas. A Marian se le cortó el aliento al ver cómo miraba en dirección a la ventana donde estaba ella, era como si de alguna manera se sintiera observado, para su mala suerte el cochero dio la media vuelta y entró en los establos donde uno de los lacayos ya había desenganchado los caballos.
Era la primera vez que tenía ese tipo de sensaciones, nunca en su vida la presencia de un hombre le hizo que la piel se le erizara incluso estando en la lejanía, pero debía dejar de tener esos pensamientos, ella se encontraba ahí para estar junto a su amiga, sirviendo para ella, así que lo mejor era que se olvidara de ese hombre por su bien. Escuchó que las sábanas de la cama se movían sacándola de sus pensamientos. Era hora de despertar a su señora.
—¿Estás despierta, Olivia?
CAPÍTULO 5
—¡Eres la más estúpida de las doncellas! —Escuchó que decía Olivia. Su vestido tenía un doblez que ella no había visto, tal vez al momento de ponerlo sobre la silla uno de los volantes se había quedado prensado entre las múltiples capas de tela.
—Discúlpame, Olivia, no quise que sucediera eso —dijo Marian tratando de alisar los faldones para que no se siguiera marcando los volantes de la falda.
—Tal vez si no hubieras estado como una boba mirando por la ventana, te habrías percatado de que mi vestido no estaba listo. Tengo un té con la condesa de Bournemouth. ¡¡No puedo ir así!!, ¡¡ eres una estúpida!! —los gritos se debían de escuchar por toda la casa. Olivia siempre fue una persona de carácter muy fuerte, incluso algunas veces cuando se enojaba estallaba en cólera, pero nunca en su vida la había insultado de esa manera.
La puerta de la habitación se abrió dejando ver a la duquesa que se acercaba a comprobar que su hija estuviera bien.
—¿Qué sucede, cariño? —dijo la duquesa preocupada, mirándola como si fuera una serpiente venenosa que estuviera a punto de atacar a su pequeña.
Ante el asombro de las dos, Olivia rompió a llorar desconsolada. La duquesa se acercó a ella para calmarla y Marian únicamente pudo murmurar una disculpa realizando una torpe reverencia, para después salir de la habitación. Sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas. Olivia era como su hermana, y Marian daría la vida por ella si fuera necesario. La frialdad con la que la había tratado y la manera en la que la insultó prácticamente como si fuera menos que una criada, era algo que no podía soportar.
Por su mente pasaron las imágenes de cuando ellas eran pequeñas, de las mil y una travesuras que vivieron en el convento, de cómo se consolaban cuando eran castigadas, aunque la mayoría de las veces se metían en problemas por culpa de Olivia, pero ella soportaba los castigos porque ante todo eran hermanas, y solo se tenían la una a la otra. Pero ahora parecía que a la mujer que consideraba su hermana, la apartaba a un lado para dejarse envolver en la buena sociedad. No podía culparla, cualquiera en su situación estaría encantada de vestir de manera elegante, envuelta en preciosas telas, siendo halagada por los caballeros para convertirse en la esposa de alguno de ellos.
Salió corriendo de la casa con dirección a la parte donde se encontraban los establos, sin importarle si alguien la miraba, no sabía por qué se sentía de esa manera tan sensible. Trataba de contener las lágrimas, pero fue imposible, la vista de pronto la sintió empañada por el llanto, de manera que no se dio cuenta de que alguien estaba parado en su camino, lo que provocó que chocara con una pared sólida o eso es lo que ella creía, pero, en definitiva, tuvo tan mala suerte que cayó en seco en el suelo. La espalda le dolía horrores, trató de levantarse, pero el dolor era más fuerte.
—¿Está usted bien? —esa voz la reconocía perfectamente. Gimió interiormente pensando que no podía quedar más en ridículo que en ese momento. Olivia le repetía de manera constante que debía llevar pintado en la frente la palabra peligro, no entendía cómo es que era tan patosa. Las palabras se quedaron atoradas en su mente y cerró los ojos como si con eso el hombre que tenía delante de ella fuera a desaparecer.
No supo cuánto tiempo estuvo en esa posición, solo cuando sintió que unas manos la levantaban como si no pesara nada, tomándola de la cintura, abrió los ojos desmesuradamente. En cuanto estuvo con los pies sobre la tierra, se giró para comprobar que no se equivocaba, ahí estaba el hombre que trabajaba como cochero en la casa, mirándola con una sonrisa ladina. Se quedó tan asombrada, tenía los ojos de color gris, algo que ella nunca había visto, la nariz perfilada junto con unos labios gruesos hacía que su rostro pareciera tallado por algún escultor de esos que había escuchado que estaba de moda. Ella había visto esculturas en los libros de la biblioteca del convento, y ese hombre era mucho más guapo de lo que le había parecido en su primer encuentro.
Se repitió que seguramente su amiga tenía razón, ya que en ese momento parecía una tonta. Lo correcto era que se alejara pidiendo una disculpa, pero literalmente estaba atrapada en su mirada.
—Discúlpeme —fue lo único que pudo decir de forma coherente. Por más libros sobre protocolo y buenas costumbres que se supiera de memoria, en ese instante su mente estaba en blanco.
—¿Se hizo algún daño?, lamento haberla tirado al suelo. —Un frío le recorrió desde la cabeza hasta la punta de los pies al escuchar su voz.
—Descuida… perdón…, quiero decir, descuide —dijo, sintiendo que se le enredaban las palabras—, fui yo la que venía distraída. Pero no volverá a pasar. —Sentía algo muy raro en la boca del estómago, el aire comenzaba a faltarle y por un momento pensó en que posiblemente se desmayaría.
—¿Por qué venía huyendo? —Volvió a escuchar que preguntaba el hombre. No podía contarle a ese desconocido lo que había sucedido con Olivia, principalmente porque su amiga se enfadaría, y en segundo lugar porque ella no huía de nadie. Solo necesitaba espacio.
—No huía señor, solo quería tomar un poco de aire.
—No me digas señor. Llámame Robert.
Marian pensó que hasta su nombre era bonito, el sonido de su voz le provocaba pequeños estremecimientos por todo el cuerpo, que prácticamente la hacían tiritar. Era algo tan extraño, que no sabía describirlos, únicamente podía sentir el desbocado latido de su corazón retumbar en sus oídos.
—No sé si será lo más correcto, ambos trabajamos en la casa y no quiero tener ningún problema.
—¿Trabajas en la casa?
—Soy la doncella de lady Olivia. —Al recordar a su amiga las ganas de salir corriendo de ese lugar se apoderaron de ella, pero Robert estaba parado sobre el camino impidiéndole salir huyendo, sus mejillas seguramente estarían de un color rojo que no la favorecía en absoluto. Odiaba sentirse delatada por el rubor que la cubrió cuando se sentía atrapada.
Robert se le quedó mirando sin decir una palabra. Marian estaba a punto de dar vuelta atrás cuando escucharon unos pasos acercándose. El jefe de cuadras llegó corriendo, así que fue la oportunidad perfecta para salir huyendo ella también.
Caminó con paso apresurado hasta llegar a un lugar apartado que era el linde con un lago cristalino, la distancia hasta llegar a ese lugar se le figuró tan corta, pero por lo que sabía, el lago estaba bastante retirado, unas rocas de gran tamaño cubrían una parte del lago dando cierta intimidad. Se acercó para sentarse junto a ellas, quedando fuera de la vista de cualquier persona que tomara ese camino.
El agua realmente parecía tener brillo propio, aunque en realidad era la luz resplandeciente del sol. Vio maravillada cómo se formaban pequeñas ondas dentro del agua, si detenía la vista por un segundo en los rayos que se reflejaban en el lago podía ver las motas de polvo que parecían flotar. Marian admiraba mucho los paisajes y le encantaba estar al aire libre, pero sobre todo disfrutaba de la paz y tranquilidad que la naturaleza le brindaba.
Suspiró recordando la razón por la que estaba ahí, no era la primera vez que Olivia la trataba de una manera tan cruel, pero nunca le había dolido tanto como en ese día. Normalmente, su amiga siempre le decía que era torpe para hacer algunas cosas y Marian, por no crear conflicto con ella, simplemente no decía nada, claro que Olivia siempre fue muy astuta, después le pedía perdón por haberle hablado de esa manera y ella, como la adoraba, siempre terminaba por aceptar sus disculpas.
Se quedó mirando el agua pensando en todo lo que había compartido con su amiga. Su carácter era muy fuerte, pero siempre se complementaba con el de ella que era más bien dócil, así no tenían ningún problema a la hora de congeniar, ya que Marian era la que trataba de mantener la calma y no darle importancia a los arranques que su amiga tenía.
A lo mejor debía marcharse de esa casa. Olivia casi se había impuesto para que ella se quedara, así que su desprecio y malos tratos la tenían desconcertada. No debía olvidar su sueño de abrir una escuela para señoritas, tal vez si se marchaba de ahí y buscaba ayuda en el convento, ellas le dirían a quién acudir para que le ayudara a financiar su proyecto. Ella quería con toda el alma a Olivia, pero no estaba dispuesta a seguir soportado su carácter.
No supo cuánto tiempo estuvo en ese mismo lugar, solo cuando sintió que el fresco de la tarde comenzaba a hacerse presente, fue consciente de que era la hora de volver. Ni siquiera se había dado cuenta de que llevaba todo el día sin probar alimento, tan absorta como estaba en sus pensamientos.
Otro pensamiento que no la abandonaba era el nombre de Robert. Había leído en algunas novelas la descripción del encuentro entre enamorados cuando se miran la primera vez y aunque para ellos ese era el segundo encuentro, Marian sintió la misma desazón que en su primer acercamiento.
Y si tenía que hacer alguna comparación con lo que había leído y escuchado, las emociones que ella sintió no tenían nada que ver con lo que ella creía que experimentaría al estar frente a un hombre. Sonrió pensando que tal vez se estaba volviendo una romántica soñadora, pero eso no era para ella, tenía los pies puestos sobre la tierra, el puesto de doncella principal era suyo por pura beneficencia, y todo el servicio lo comentaba y la miraban con recelo. De hecho, a veces tenía unas ganas locas de salir corriendo de esa casa y volver a meterse en el convento.
El camino de regreso ahora parecía interminable y tuvo que apresurar el paso porque de otra forma la noche la sorprendería en medio de la espesa oscuridad. Únicamente se escuchaba el murmullo de los grillos y el cantar de alguna ave nocturna, y eso que aún estaba cayendo la tarde. Después de mucho caminar, casi lloró del alivio al ver la casa con las luces encendidas. Corrió la distancia que los separaba y entró por la puerta del servicio.
—¡Ey, tú! —Escuchó que le gritaba Susan, que era el ama de llaves. Se giró sobre sus talones y agachó la cabeza tal y como lo había practicado en el convento. Aunque estaba ahí en un puesto superior, tenía que rendirle obediencia al ama de llaves—. ¡¿Dónde se supone que estabas, chamaca estúpida?! —Dios, estaba en un gran problema, esa mujer estaba enojada y había comprobado que todos los empleados le huían cuando estaba de mal humor. Pero Marian no había hecho algo que pudiera molestarla. Bueno, tal vez no debería haberse perdido todo el día en el lago en lugar de estar realizando sus tareas.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.