Kitabı oku: «La comunicación aumentativa y alternativa: lectoescritura e inclusión en niños con síndrome de Down»

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Badillo Jiménez, Vanessa Tatiana
La comunicación aumentativa y alternativa : lectoescritura e inclusión en niños con síndrome de Down / Vanessa Tatiana Badillo Jiménez. -- 1a. ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2020.
(Ciencias sociales. Educación y Pedagogía)
Incluye datos de la autora en la pasta. -- Incluye bibliografía.
ISBN 978-958-746-353-8 -- 978-958-746-354-5 (pdf) -- 978-958-746-355-2 (e-pub)
1. Educación de niños con síndrome de Down 2. Facilidad de lectura – Enseñanza 3. Comunicación en educación especial I. Título II. Serie
CDD: 371.9043 ed. 23
CO-BoBN– a1066645
Primera edición, diciembre de 2020
2020 © Universidad del Magdalena. Derechos Reservados.
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Colección Ciencias Sociales, serie: Educación y Pedagogía
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Coordinador de Publicaciones y Fomento Editorial: Jorge Enrique Elías-Caro
Diagramación: Eduard Hernández Rodríguez
Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro
Corrección de estilo: Juliana Javierre Londoño
Santa Marta, Colombia, 2020
ISBN: 978-958-746-353-8 (impreso)
ISBN: 978-958-746-354-5 (pdf)
ISBN: 978-958-746-355-2 (epub)
DOI: 10.21676/9789587463538
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A los niños colombianos con discapacidad intelectual
Contenido
Introducción
Escritura y lenguaje alfabético: una mirada neurolingüística
Relación entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito
Diferencias entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito
Sistemas de escritura y ortografía
Procesos involucrados en la creación de la palabra oral y escrita
Niveles de lectura y escritura en lenguas alfabéticas
Síndrome de Down: áreas del desarrollo
Definición, formas y factores etiológicos del síndrome de Down
Características del desarrollo cognitivo en niños con síndrome de Down
Percepción
Atención y concentración
Memoria a corto plazo y pensamiento lógico-abstracto
Desarrollo del lenguaje receptivo y expresivo en niños con síndrome de Down
Comunicación pre-verbal
Desarrollo del habla: trastornos de la articulación y la voz
Habilidades comunicativas: gramática y pragmática
Desarrollo de la lectura y la escritura en niños con síndrome de Down
Desarrollo fonológico en niños con síndrome de Down
La comunicación aumentativa y alternativa (CAA): los símbolos pictográficos de comunicación (SPC) y su relación con la lectura y la escritura
El programa de fomento de la lectura y la escritura del presente estudio mediante el uso de la CAA
Enfoque metodológico
Diseño de la investigación
Hipótesis del presente estudio
Muestra
Instrumentos
Prueba FACILITO (Segunda Edición de Fuentes Navarro, 1999)
WISC-RM (Prueba de Inteligencia para Niños)
Fases de la investigación
Fase de preparación
Fase de intervención con SPC
Fase final
Resultados
Resultados de la prueba WISC-RM
Resultados hipótesis 1
Resultados hipótesis 2
Articulación de palabra
Secuencia de memoria en forma de repetición de frases
Diferenciación visual de letras y símbolos
Dibujo de líneas
Copiar secuencias de líneas
Resultados hipótesis 3
Expresión oral
Expresión gráfica
Atención
Comprensión de preguntas
Velocidad
Resultados hipótesis 4
Grupo focal con los padres de familia
Conclusiones
Relación con los supuestos teóricos
Recomendaciones: implicaciones para la práctica educativa
Bibliografía
Introducción
La capacidad de leer y escribir es ahora una necesidad vital para participar en el intercambio cultural del ambiente moderno, especialmente en una sociedad que cambia y evoluciona diariamente. Gracias a los diferentes medios de telecomunicación, las distancias entre los países se perciben cada vez más cortas; así mismo, el número de personas que tienen acceso a más fuentes de información va en aumento. No obstante, hay que señalar también que las personas que no saben leer y escribir están excluidas de los diversos medios de información y comunicación (política, económica, deportiva, social, etc.). Estas personas permanecen al borde de la sociedad; especialmente, las personas en condición de discapacidad.
Según informes de la Unesco (2019), 32 millones de personas son analfabetas y se encuentran en América Latina: esto es, el 4% de la población total del mundo. Esto significa que una proporción considerable de la población no tiene acceso directo a información sobre los medios generales de comunicación, como libros, periódicos, revistas y computadoras. Casi 1,2 millones de niños colombianos están excluidos de cualquier escuela porque no hay suficiente capacidad y el costo de las escuelas privadas está fuera de la capacidad financiera de la mayoría de los padres (DANE, 2020). En Colombia, los niños y jóvenes en condición de discapacidad tienen pocas posibilidades de acceso al aprendizaje de la lectura y la escritura. En Alemania, la alfabetización en lectura y escritura es una de las técnicas culturales básicas comúnmente adquiridas en la escuela primaria. En Colombia, el proceso de enseñanza de la lectura y la escritura comienza con la admisión de los infantes al jardín escolar y con el compromiso de los padres de familia, al desear iniciar la alfabetización con sus hijos.
El presente libro es producto de un proceso de investigación doctoral en el área de Pedagogía de la Rehabilitación en la Universidad de Dortmund (Alemania). La Pedagogía de la Rehabilitación es una ciencia aplicada que se encarga de “habilitar y rehabilitar” a personas en condición de discapacidad: cómo se mejoran los procesos de enseñanza-aprendizaje cuando hay una limitante, bien sea esta física, psíquica y/o sensorial. Este libro, y por interés de la autora, centra la atención en los procesos enseñanza-aprendizaje de la lectoescritura en niños con déficit cognitivo; concretamente, con síndrome de Down.
El presente trabajo se divide en siete capítulos:
El primer capítulo aborda el aprendizaje de la lectoescritura desde un enfoque neurolingüístico, teniendo en cuenta la relación neuronal y los procesos de enseñanza-aprendizaje del proceso lectoescritor. Realiza una breve secuencia del nacimiento y la composición de las lenguas alfabéticas, enfatizando en el desarrollo del aprendizaje de la lectoescritura.
En el segundo capítulo se explican las dimensiones del desarrollo en niños con síndrome de Down, se describen las características típicas del desarrollo cognitivo, el desarrollo del lenguaje receptivo y expresivo de estos niños.
El tercer capítulo aborda el tema de la comunicación aumentativa y alternativa y su relación con el aprendizaje de la lectoescritura.
El cuarto capítulo explica el enfoque metodológico de este estudio, la escogencia de la muestra y los instrumentos empleados para el levantamiento de la información requerida en esta investigación.
En el quinto capítulo se abordan las fases de la investigación; el sexto capítulo presenta los resultados del estudio, y el séptimo hace referencia a las conclusiones y recomendaciones.
Esperamos el texto sea de su agrado y redunde en la mejora de la calidad de vida de niños y niñas en condición de discapacidad; concretamente, con déficit cognitivo.
Escritura y lenguaje alfabético: una mirada neurolingüística
Desde la perspectiva neurolingüística se concibe el desarrollo de la lectura y de la escritura como un proceso evolutivo, donde se involucran sucesos de carácter cognitivo y neuronal que intervienen en la adquisición del lenguaje oral y escrito (Wiese, 2016). El desarrollo del cerebro del ser humano ha ido evolucionando de acuerdo a las distintas circunstancias sociales, políticas, geográficas, entre otras, por las cuales ha tenido que atravesar el hombre. Es así como el surgimiento del lenguaje escrito puede verse como un hito que marca la transición de la prehistoria a la historia. Su importancia radica en el hecho de que este logro esencial del hombre le permitió, a través de todas las épocas, obtener acceso a una de las formas simbólicas más estructuradas del legado cultural de un pueblo. Con la evolución del lenguaje oral, el hombre comenzó a adquirir la capacidad de distinguirse a sí mismo del resto de los seres vivos; esto, gracias a la adquisición del lenguaje escrito. Con la creación del lenguaje escrito, el hombre dio forma a sus pensamientos y, al mismo tiempo, comenzó a dar forma a su historia y a conocer su pasado. Adams (1990) define el lenguaje escrito como
un sistema para transmitir o grabar mensajes a través de constelaciones de símbolos visuales. Según esta definición, se puede concebir un número cualquiera de dichos sistemas, pero un sistema ideal debe cumplir con tres criterios: a) el sistema debe ser capaz de representar el rango de expresiones que su cultura desea registrar o transmitir; b) los símbolos deben ser razonablemente fáciles de producir; c) el mensaje escrito debe ser interpretable en el sentido de que debe simbolizar fácilmente para el lector lo que el escritor pretende simbolizar (pp. 13-14).
En la historia de la humanidad, la aparición de una estructura de la escritura fue un paso crucial. Incluso más crucial de lo que fueron, a su manera, el descubrimiento del fuego y de la rueda. Así como esto último facilitó a las personas el control de su entorno, la escritura se convirtió en la base para desarrollar la conciencia y el intelecto de la humanidad, el conocimiento que el ser humano tiene de sí mismo y del mundo que lo rodea. En un sentido más amplio, la escritura permitió al hombre desarrollar su mente crítica (Mosterín, 1993; Wiese, 2016). La escritura transformó la naturaleza de la conciencia humana, permitiendo un pensamiento más original y que podía ser organizado en un sistema de comunicación codificado de manera permanente por medios artificiales. Liberó la mente del trabajo de imprimir el recuerdo, almacenando el conocimiento que se había transmitido a través del habla. El lenguaje escrito causó cambios drásticos en la conciencia individual y colectiva (Moore [1992], citado por Jiménez 2002). En pocos siglos, permitió a las personas con una tradición oral preservar y transmitir su cultura a través de documentos.
La transición a la práctica escrita se vio favorecida por el hecho de que el lenguaje escrito podía ser aprendido fácilmente por un grupo más numeroso de personas, debido al número limitado de caracteres, en comparación con el lenguaje que era representado logográficamente. Además, una de las mayores ventajas del alfabeto es que se puede formular un número ilimitado de mensajes con un número limitado de caracteres. Esto distingue al alfabeto de las escrituras antiguas, como la sumeria o la egipcia, que contienen al menos seiscientos y cuatrocientos caracteres, respectivamente. La complejidad de estos dos últimos sistemas significaba que solo eran accesibles a una élite de estudiosos formados en una disciplina estricta.
Aunque la invención del lenguaje oral permitió al hombre liberarse parcialmente de las limitaciones impuestas por el espacio y el tiempo, permaneció sujeto a ellas en el sentido de que solo podía interactuar directamente y en un momento determinado con otro sujeto: lo expresado verbalmente solo podía ser percibido en el “aquí y ahora” en el que él y su destinatario se encontraban. La creación de la escritura dio al hombre una mayor movilidad, tanto en el espacio como en el tiempo, en el sentido de que podía relacionarse con el “aquí” y el “ahora”, de que podía contar, inventar y recordar. El descubrimiento de la escritura le permitió deshacerse completamente de las limitaciones temporales y espaciales, no solo porque con la ayuda de los mensajes escritos pudo hablar de lo que ya no era o no era todavía, del presente y del futuro, de cosas reales e imaginarias, sino también porque pudo dirigirse, más allá de las barreras del espacio y del tiempo, a los ausentes, a los que vivían en otros países y a los que tal vez nunca vería. La invención de la escritura dio a las personas la oportunidad de relacionarse con el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo, interactuando con los autores de los textos escritos (Sampson, 1985).
En otras palabras, la invención de la escritura no solo dio al ser humano un acceso a la representación de lo que se escuchaba, sino, sobre todo, la capacidad de comprender e interpretar los textos (Mayberry, Davenport, Roth y Halgren, 2018). Estos textos, en forma de narraciones, relatos, creencias religiosas y prácticas del entorno cultural, muestran a los seres humanos los caminos que pueden seguir para actuar dentro del marco cultural al que están sometidos o en el que viven sus vidas. En particular, la adquisición del lenguaje escrito desempeña un papel importante en el desarrollo holístico de todo ser humano, especialmente en la “sociedad educativa” actual, en la que las personas aprenden a leer y escribir, lo que se convierte en una acción emancipadora que permite a las personas entender y actuar con respecto a sí mismas y a su cultura.
Así es que la escritura nace de las necesidades de los pueblos y sus características, sus funciones y la distribución que experimenta en la humanidad le dan un largo proceso de desarrollo (De Vega y Cuetos, 1999). Al principio, la escritura estaba cerca de la imagen: los signos gráficos expresaban objetos y acciones. El sistema parecía extremadamente complejo, pero tenía una ventaja: representaba las ideas por medio de dibujos simples y no estaba ligado a una forma particular a través de la cual se pronunciaba tal o cual palabra. Por lo tanto, este lenguaje visual podía ser entendido por personas que hablaran cualquier idioma siempre y cuando conocieran los signos utilizados. Estos “signos pictóricos” estaban muy relacionados con el objeto. Poco a poco, la gente trató de simplificar este sistema de “signos pictóricos” y comenzó a escribir palabras siguiendo las características lingüísticas de las mismas en lugar de la representación más o menos realista de los objetos que significaban. Inicialmente, la relación entre el signo gráfico y la palabra se caracterizaba todavía por la presencia de muchos elementos inherentes al sistema de “signos pictóricos” (De Vega, Carreiras, Gutiérrez y Alonso, 1990). Así, en el curso del proceso histórico, el problema de la escritura se ha centrado cada vez más en los aspectos lingüísticos. La gente inventó entonces un guion en el que cada sílaba de lo que se decía correspondía a un signo que la representaba. Incluso entonces el sistema seguía siendo complicado porque el número de caracteres era demasiado grande. Alrededor del año 900 a. C., la gente inventó el alfabeto, en el que cada carácter correspondía a un sonido individual del habla. Para llegar a este acuerdo, la humanidad tuvo que recorrer un largo camino con un gran número de pasos intermedios. En cierto momento, los sistemas de escritura silábica ya tenían trazas de tipo alfabético. La historia de la escritura muestra que incluso antes de que surgiera el problema de cómo escribir, la humanidad sintió la necesidad de tener sus ideas registradas de forma duradera. Al madurar en la humanidad la comprensión de que la imagen y el dibujo no eran suficientes, inventó otras formas de expresión, lo que le llevó a crear varios sistemas de escritura (Alliende y Condemarín, 1995).
No obstante, el origen y la evolución de la escritura están lejos de ser interpretados de manera coherente por los expertos. Hasta el siglo XIX, la teoría monogenética fue aceptada casi en todas partes, lo que supone que todos los sistemas de escritura descienden de un único predecesor (Jiménez, 2002). Sin embargo, hay pruebas que sugieren que la escritura sumeria, china y maya tuvieron otros orígenes (Coulmas, 1989; Sampson, 1985). Según la teoría multigenética, la escritura puede haber tenido diferentes orígenes, pues la estructura del lenguaje determinaría el carácter de la escritura. Según Mattingly (1989), las características de los sistemas de escritura pueden ser explicadas con base a la estructura lingüística, que él llama “conciencia lingüística”, de modo que serían las características de un idioma las que llevarían a un cierto tipo de representación.
Entre las teorías monogenéticas, la de Gelb (1987), quien es uno de los mayores investigadores de la escritura, es la más popular. El enfoque de Gelb se basa en el supuesto de que la aparición de la escritura como sistema “secundario” que representa el idioma respectivo pasa por las siguientes etapas:
•La primera etapa, “no escritura”, se refiere a las imágenes que podrían ser el origen de la escritura.
•La segunda etapa, la semasiografía (del griego semasia = “significado” y grafía = “escritura”), indica que la forma gráfica expresa un contenido de significado sin que la forma lingüística juegue ningún papel; se trata de un sistema de comunicación basado en símbolos. Representa una etapa de transición entre la imagen y la escritura y utiliza dos medios de representación: uno, se denomina “representativo-descriptivo” y consiste en dibujos que representan claramente los objetos y evolucionan hacia representaciones análogas de los objetos, pero que se diferencian de los primeros, que fueron producidos con un propósito estético, en que contienen los elementos pertinentes para la comunicación y renuncian a un propósito estético. El otro medio de representación, llamado “mnemotecnia-identificación”, se caracteriza por el hecho de que si se utilizan dibujos estos ya no se usan solo para representar un objeto, sino sobre todo para recordar o evocar un contenido de significado, de tal manera que el objeto original pierde su referencia concreta para sugerir el contenido de significado que quiere representar (este sería el caso de la paloma que simboliza la paz).
•La tercera etapa es a lo que Gelb se refiere como “la escritura completa”. Se crea la fonografía, en la que la escritura representa el lenguaje. En este sentido, Gelb menciona tres sistemas con respecto al desarrollo de la escritura: el sistema logosilábico, que consiste en el uso de signos logográficos y silábicos (como el sumerio y el egipcio); el sistema silábico, cuya característica es que un signo representa una o más sílabas de la lengua, y, finalmente, el sistema alfabético, en el que un signo representa un fonema de la lengua.
Hay que tener en cuenta que, según este análisis de Gelb (1987), el uso del principio de la fonética fue el paso esencial en el desarrollo de los sistemas de escritura. Este principio permitió pasar a la ortografía silábica y, luego, concluir con la ortografía alfabética, que es la que tiene el mayor grado de fonética, ya que cada elemento sonoro de una palabra corresponde a un símbolo fijo. Esto sugiere que la escritura se produce realmente cuando los pictogramas dejan de representar situaciones complejas y empiezan a indicar unidades o segmentos del lenguaje hablado (Sampson, 1985; Coulmas, 1989; Mosterín, 1993; Filipe, 2018). Por ejemplo, el principio de “una palabra-un símbolo” existe en los escritos logísticos. En estos, las unidades del lenguaje hablado se representan con una anotación correspondiente que se transforma en palabras o morfemas; es decir, una palabra-símbolo es una unidad de significado. La escritura china es un ejemplo de esto: en esta, cada símbolo representa una palabra del lenguaje hablado, lo que no es particularmente económico y requiere una gran capacidad de memoria (Mattingly, 1989). En el caso de las escrituras silábicas, cada escritura representa una sílaba sin diferenciar las unidades de las que está compuesta. Un ejemplo de escritura silábica es la japonesa, en la que cada símbolo representa una sílaba del idioma. En el caso de las escrituras alfabéticas, cada símbolo representa un solo sonido o fonema del idioma; es decir, los gráficos representan los fonemas que componen las sílabas en los idiomas alfabéticos. La principal ventaja del alfabeto es la considerable reducción de caracteres en comparación con su predecesor, el silábico escrito. El alfabeto se convierte en el sistema más económico ya que permite leer todas las palabras del idioma español con solo 28 caracteres. La desventaja es que los caracteres representan fonemas que carecen de significado en sí mismos (De Vega y Cuetos, 1999).
El primer sistema de escritura que representaba los sonidos individuales del lenguaje hablado (fonemas, tanto consonánticos como vocales) fue desarrollado por los griegos. El sistema de escritura de los fenicios era inútil para escribir en griego y contenía muchos caracteres para consonantes que no existían en griego y que no podían designar las sílabas griegas que comenzaban con una vocal. El alfabeto cambió rápidamente y los caracteres que originalmente eran consonánticos en fenicio representaban, entonces, vocales en griego. Esto representó un paso muy relevante en el desarrollo de la escritura, que consiste en el hecho de que cada vocal y cada sonido consonántico se expresan con caracteres diferentes (Gelb, 1987).
Sin embargo, en el alfabeto griego no había correspondencia entre los gráficos y los fonemas del lenguaje (esto es precisamente lo que ocurrirá más adelante en el desarrollo de casi todas las escrituras). Esto significa que algunos gráficos no representaban exclusivamente ciertos fonemas, sino secuencias de fonemas (como la letra psi) y, de nuevo, ciertos fonemas vocales se representaban con la misma letra (como la letra alfa [α], que se utilizaba tanto para el fonema corto como para el largo [/ǎ/], que eran fonemas diferentes). Sin embargo, la escritura griega era mucho más fonética que morfológica, los acentos no estaban representados y su principal desventaja visual era, según Mosterín (1993), que las palabras no estaban separadas.
Relación entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito
Se ha debatido mucho sobre si el lenguaje escrito es independiente o dependiente del lenguaje oral, debido a la influencia que uno ejerce sobre el otro. Aunque los dos sistemas tienen funciones diferentes, ambos son necesarios y están interrelacionados en lo que respecta al desarrollo espiritual del hombre (desarrollo del pensamiento humano); por lo tanto, es necesario determinar las relaciones (conexiones) existentes entre el lenguaje oral y el escrito. El análisis de estas relaciones puede, ciertamente, llevarse a cabo desde diferentes puntos de partida, pero debido a las características de esta investigación sobre los procesos de adquisición del lenguaje oral y escrito en niños con síndrome de Down, el estudio se centrará en la perspectiva de la adquisición del lenguaje.
Lurija (1984) describe el desarrollo de la adquisición del lenguaje escrito como el resultado de un cierto proceso de enseñanza y aprendizaje en el que, en principio, la adquisición consciente de técnicas es más importante que la expresión real de las ideas. El autor presenta tres tipos de interrelaciones que existen entre el lenguaje oral y el escrito: la formación de nuevas estructuras mentales (formación de conceptos), la transmisión de conocimientos y la capacidad de abstraer y generalizar. Sin embargo, el lenguaje oral y el escrito están determinados por reglas completamente diferentes y también se forman de manera diferente gramaticalmente.
El lenguaje oral, situado en un contexto y acompañado de gestos, acentos y pausas semánticas, permite abreviaturas y formas que reducen o modifican la gramática escrita (“agramatismo” es el término técnico en español). El lenguaje escrito es siempre, debido a su estructura, un lenguaje en el que el hablante está ausente. Los medios para fijar una idea en expresiones literales no se perciben conscientemente en el lenguaje oral; en el lenguaje escrito son objeto de una acción consciente. El lenguaje escrito no tiene medios de comunicación no verbales, por lo que debe ser gramaticalmente completo, ya que solo esto último permite que la comunicación escrita sea comprensible. Sin embargo, el proceso de adquisición del lenguaje escrito transfiere, en parte, los procesos del lenguaje oral, y refleja, en parte, la actividad de asimilación consciente de sus medios (Lurija, 1986).
Vygotsky (1978) describe el lenguaje escrito como el grado más alto de abstracción de un idioma y, por esta misma razón, lo llama un “código de segundo rango”, que intenta representar las características del lenguaje oral. El lenguaje escrito es un “lenguaje del pensamiento”, un lenguaje en el pensamiento, un lenguaje en la representación, en el que la característica esencial del lenguaje oral —la articulación— está ausente. El lenguaje oral es, por lo tanto, un lenguaje social, mientras que el lenguaje escrito es un lenguaje en el que el hablante está ausente, en el que, por consiguiente, faltan el énfasis, los gestos, las expresiones faciales, la articulación; estos últimos factores son importantes para mantener la motivación y el dinamismo en una situación de comunicación.
En este sentido, Vygotski (1978) sostiene que el lenguaje escrito debe caracterizarse esencialmente como una abstracción del lenguaje oral que no utiliza simplemente palabras, sino la representación inventada a partir de las palabras. Por ejemplo, antes de que un niño llegue a la representación abstracta de la palabra “vaca” debe aprender que una vaca es un animal de cuatro patas que produce leche y es diferente a un caballo. El niño también ha tenido que aprender a desarrollar el concepto de la propia palabra, la relación entre el significado (significante) y la designación (significado). Ha tenido que aprender que el símbolo “vaca” es un abstracto: se ha realizado una representación gráfica, representada por los grafismos /v/ /a/ /c/ /a/ (Perfetti, 1986).
En resumen, para que un niño adquiera la función simbólica del lenguaje es necesario pasar de un lenguaje egocéntrico a un lenguaje de interiorización (significativo y semántico), a un lenguaje externo (esencialmente fonético). El pensamiento conceptual se forma en la medida en la que el niño se desarrolla y logra una interacción sociocomunicativa con los adultos y sus compañeros, así como con el entorno en el que vive (Vygotski, 1978).
Ambos autores, Vygotsky y Lurija, adoptan el enfoque de que, aunque el desarrollo del lenguaje escrito tiene un punto de partida y una estructura que son diferentes entre sí, ambos sistemas tienen una estrecha relación, aunque conservan algunas diferencias.
Diferencias entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito
El proceso de comprensión del lenguaje escrito es muy diferente al proceso de comprensión del lenguaje oral. Esto es especialmente cierto debido al hecho de que lo escrito puede ser leído una y otra vez; es decir, es posible volver a todos los elementos del lenguaje escrito como se desee, lo que no es posible con el lenguaje hablado. Hay, también, otra diferencia esencial, relacionada con el origen completamente diferente de ambas formas de lenguaje (Alder, 2017).
Para comprender estas grandes diferencias que existen entre la adquisición del lenguaje oral y escrito, que hacen que sea relativamente fácil aprender a hablar en contraposición con el aprendizaje de la lectura, es necesario señalar la causa esencial de este hecho: a saber, el “carácter natural” que es peculiar del lenguaje oral.
El habla precede a las escrituras tanto en la filogenia como en la ontogenia. La primera escritura de uso común fue desarrollada por los sumerios y tiene cinco mil años de antigüedad, mientras que la primera habla tiene probablemente más de cuatro millones de años (Gelb, 1987). Se sabe que los niños pueden aprender a hablar a través de sus contactos con el entorno social. Los niños no necesitan instrucciones formales para esto. Aprender a leer y a escribir, por otra parte, no sucede espontáneamente, sino que requiere de una orientación sistemática formal. Sin embargo, este enfoque sistemático no significa necesariamente que los niños aprendan a leer y a escribir con su ayuda (De Vega y Cuetos, 1999)
Esto significa que el requisito biológico previo para el aprendizaje del lenguaje oral, que se ha consolidado a lo largo de millones de años de desarrollo y que permite la adquisición del lenguaje oral con extrema facilidad, de manera informal y mediante la simple participación en la vida social (Vygotski, 1978), está presente en el ser humano. De ello se deduce que los procesos que intervienen en los dos tipos de adquisición del lenguaje no pueden ser idénticos.
El lenguaje oral se forma en un proceso de comunicación natural entre el niño y el adulto; este es el caso cuando el niño no tiene una discapacidad mental o sensorial que retrase el desarrollo natural del habla. Al principio, este lenguaje está orientado a la práctica; es decir, está ligado a la situación práctica concreta. El lenguaje se basa en elementos de comunicación no verbales que luego se transforman gradualmente en una forma independiente de comunicación verbal; no obstante, el lenguaje siempre conserva elementos que están ligados a una situación práctica. La extraordinaria facilidad con la que los niños adquieren habilidades de comunicación oral sin ninguna instrucción formal es bien conocida. Por el contrario, es difícil imaginar que los niños aprendan a leer y a escribir simplemente por el hecho de que se les presente repetidamente material escrito (Jiménez, Rodrigo y Hernández, 1999). El aprendizaje de la lectura y la escritura no se produce de forma espontánea, sino que requiere de una instrucción formal y sistemática, lo que a su vez no garantiza el éxito en todos los casos. Un cierto porcentaje de personas tienen dificultades concretas para dominar el sistema de escritura, pero no problemas para comprender el mensaje oral. Aunque en la actualidad el objetivo principal de la educación escolar es la adquisición de las aptitudes instrumentales esenciales (lectura y escritura), un número considerable de personas alfabetizadas no llegan a ejercer esas aptitudes como instrumento de pensamiento y aprendizaje (De Vega et al., 1999).
La historia de la escritura no es muy antigua, por lo que la adquisición de la escritura sigue siendo un gran arte para la gente. El lenguaje escrito tiene un origen y una estructura psicológica completamente diferentes a los del lenguaje oral. La adquisición del lenguaje escrito se presenta como un aprendizaje especial que comienza con el dominio consciente de todos los medios de expresión escrita (Jiménez et al., 1999; Jiménez y Munetón, 2002). En las primeras etapas de la adquisición del lenguaje escrito el objetivo es aprender los medios técnicos para escribir letras y, posteriormente, palabras; no tanto para expresar una idea. En el lenguaje oral, estos medios técnicos no son un objeto consciente del hablante (Lurija, 1984). El niño que aprende a hablar no se expresa inicialmente por medio de ideas, sino por medios externos de expresión, como la emisión de sonidos. Solo más tarde la expresión de una idea se convierte en un objeto de acción consciente para el niño. Por lo tanto, el lenguaje escrito, a diferencia del oral (que se forma en el proceso de la comunicación viva), es desde el principio un acto voluntario y consciente en el que los medios de expresión son el objeto o el propósito esencial de la actividad. Los pasos individuales de acción, que nunca se perciben conscientemente en el lenguaje oral, como la individualización de los fonemas, la representación de estos fonemas en las letras, la unión de las letras para formar una palabra, la transición de una palabra a otra, son a su vez objeto de una acción consciente en el lenguaje escrito durante un período de tiempo más largo. Solo después de que el lenguaje escrito ha alcanzado el estado de automatización, estas acciones conscientes vuelven a la inconsciencia; en otras palabras, Lurija (1984) afirma que estas acciones conscientes se convierten en inconscientes.
De lo anterior se deduce que el lenguaje escrito es radicalmente diferente del oral, tanto en su origen como en su estructura original, y que el análisis consciente de sus medios de expresión constituye su característica esencial. Por esta razón, el lenguaje escrito tiene en su composición varias etapas de desarrollo claramente diferenciadas que no existen en el lenguaje oral. El lenguaje escrito implica una serie de procesos en cuanto a su estado fonético, la búsqueda de sonidos aislados, su yuxtaposición, la codificación de sonidos separados en letras, la combinación de sonidos separados y de letras en palabras completas. En el lenguaje escrito, mucho más que en el oral, hay que distinguir un nivel léxico. Esto consiste en la elección de palabras, en la búsqueda de las expresiones verbales necesarias, en la diferenciación de otras alternativas léxicas posibles. Por último, el lenguaje escrito tiene conciencia sintáctica en cuanto a su composición. Aunque estas etapas se realizan automáticamente en el lenguaje oral, en el lenguaje escrito constituyen una de las etapas esenciales del desarrollo. En general, la persona que escribe debe construir conscientemente la frase correspondiente. Esta última está influenciada no solo por las costumbres de la escritura, sino también por las reglas de la gramática y la sintaxis. Así, pues, el lenguaje escrito es radicalmente diferente del oral ya que debe guiarse inevitablemente por las reglas explícitas de la gramática, que son indispensables para que el contenido de un texto sea comprendido por el hablante en ausencia de gestos y énfasis (Lurija, 1984).
Por otra parte, las habilidades involucradas en el proceso de información visual difieren de las involucradas en la percepción del habla (García-Albea, 1991). En general, el desarrollo de estas habilidades requiere más esfuerzo y perseverancia por parte del alumno (Sánchez, 1996). Para aprender el código alfabético es un requisito previo haber aprendido a hablar. Para aprender a leer es necesario un sustrato neurológico, que se desarrolla y se utiliza principalmente en el campo auditivo y que permite la aparición de las habilidades metalingüísticas. Estas habilidades metalingüísticas permiten al niño reflexionar tanto sobre aspectos del lenguaje hablado (conciencia fonológica) como del escrito (conciencia general de las funciones, usos y características generales del lenguaje escrito). La conciencia metalingüística se desarrolla entre los cuatro y los ocho años, cuando el niño ya ha aprendido el idioma hablado (Liberman y Shankweiler, 1977; Scholl y Ryan, 1980; Jiménez, 1992; Mayberry et al., 2018). Los procesos metalingüísticos que se producen durante esta fase de la era reflejan un nuevo tipo de procesos lingüísticos relacionados con el cambio fundamental de las posibilidades de procesamiento de la información (Tunner et al., 1988).
Lurija (1984) señala que no solo el lenguaje oral puede influir en el lenguaje escrito, sino que el lenguaje escrito también puede influir en el lenguaje oral. En el caso del sujeto que ha desarrollado plenamente el lenguaje escrito, las reglas de este mismo lenguaje escrito se transfieren a menudo, como si fuera automáticamente, al lenguaje oral, y el sujeto habla mientras escribe. Incluso si el lenguaje escrito pasa más lentamente que el oral, ambos son instrumentos esenciales para los procesos de pensamiento. Pero es solo con el desarrollo del lenguaje escrito que el sujeto ha adquirido una poderosa herramienta para especificar y desarrollar el proceso de su pensamiento.
Sistemas de escritura y ortografía
En cuanto al estudio de las diferencias entre los dos sistemas, algunos autores opinan, por una parte, que el lenguaje escrito es un sistema completamente diferente, relativamente independiente del lenguaje oral. Estos autores invocan razones históricas y sostienen que los primeros sistemas de escritura no eran palabras del lenguaje, sino más bien ciertos conceptos, por lo que los dos sistemas de comunicación no eran comparables. La codificación de la realidad, hasta la aparición del sistema fonográfico de escritura, se hacía de manera diferente (Jiménez et al., 1999).
Por otra parte, hay representantes de una posición que consideran los sistemas de escritura como sistemas de segunda categoría que solo trataron de reflejar las características esenciales del lenguaje oral (De Vega et al., 1990). Las formas de representación del lenguaje pueden ser diversas y variar según el grado de relación que tengan con la escritura. Por consiguiente, la relación de los sistemas alfabéticos con el lenguaje oral se caracteriza alternativamente por la opacidad y la transparencia. Por un lado, están los sistemas o lenguas que se denominan “transparentes” (por ejemplo, el italiano, el finlandés, el español) y en los que existe una correlación mucho más estrecha entre las formas fonológicas y gráficas del lenguaje. Por otra parte, existen los sistemas llamados “opacos” (por ejemplo, el alemán, francés e inglés), en los que muchas palabras eluden las reglas de correspondencia entre fonema y grafema (Jiménez et al., 1999). La correspondencia entre fonema y grafema es muy grande en la lengua española, aunque tiene ciertos sonidos que pueden activar otros grafismos cuando se escuchan. Los responsables de esto son el desarrollo fonético de la lengua, las variaciones geográficas y las tradiciones ortográficas (Real Academia de la Lengua Española, 2001). En lo que respecta a los sistemas alfabéticos, es importante la siguiente distinción: por un lado, los “grafemas”, como las unidades básicas más pequeñas del lenguaje escrito, y, por otro lado, los “fonemas”, como las unidades básicas abstractas del lenguaje oral, que no tienen su propio significado semántico. Cada fonema está determinado por una serie de características que lo distinguen de los demás fonemas (Perfetti, 1986). Por ejemplo, las palabras españolas “pata” y “bata” son semánticamente diferentes porque el primer sonido de ambas palabras es diferente. Fonológicamente, el fonema /p/ es un sonido oclusivo, bilabial y sordo; el fonema /b/ es un sonido oclusivo, bilabial y de voz. Al comparar la descripción de los dos fonemas, se puede ver que solo difieren en una característica, lo que es suficiente para asignar un grafema diferente a cada sonido y un significado diferente a cada palabra.
No obstante, los fonemas pueden tener características diferentes, ya sea por las propiedades fonoarticuladoras de los sujetos o por el contexto fonético en que se encuentran (Wiese et al., 2016). Lo anterior se ilustra con un ejemplo: el fonema /n/ se define como nasal, como vocal; sin embargo, el mismo fonema puede tomar diferentes formas dependiendo del lugar que ocupe en las diferentes palabras. En la palabra española “canción” el fonema /n/ es interdental, un sonido interdental; en la palabra española “antifaz” es dental, un sonido dental; en la palabra española “anchoa” es un sonido palatal, un sonido palatal frontal, y en la palabra española “áncora” es un sonido palatal trasero: a pesar de estas variaciones, los oyentes saben que en cada caso individual es el fonema /n/ (Tuson, 1991). Son los alófonos del mismo fonema, que siempre están representados por el mismo grafema. Esto significa que el grafema /n/ en la ortografía permanece sin cambios, pero como fonema /n/ tiene variaciones en la pronunciación.
En un sistema de escritura alfabética cada grafema fue dibujado para representar un fonema particular. Por consiguiente, la unidad gráfica correspondiente al fonema no es la letra, sino el grafema (Perfetti, 1986). Esto es en el caso en el que los grafemas representan los fonemas, pero, ¿qué pasa si un fonema tiene variantes en su representación? Aquí es donde entra en juego la perspectiva ortográfica de la escritura. En principio, los sonidos se representan ortográficamente con grafemas, no con letras. Por ejemplo, el sonido /sch/ en el idioma español, que al ser escrito está compuesto por las dos letras “c” y “h”, pero que desde una perspectiva fonológica indica un fonema y está ortográficamente formado por un grafema (“ch”) compuesto por dos letras. Por otro lado, puede darse el caso de que un grafema corresponda a una letra, como la “p”, la “b” y otras. En la escritura, se trata nuevamente de seleccionar el grafema apropiado para cada sonido, aunque ese sonido pueda ser representado por varios grafemas. Por ejemplo, la palabra española /baka/ puede escribirse como “vaca”, “vaka”, “baca” o “baka”. Esto significa que debe existir una representación de la palabra en el cerebro para poder escribirla correctamente (Wiese et al., 2016; Alder, 2017; Filipe, 2018). Por esta razón, para poder escribir o representar la palabra correctamente, la escritura alfabética requiere de más información que la que se puede obtener escuchando los sonidos. En este sentido, la escritura no solo representa el sistema lingüístico de una lengua desde el punto de vista fonológico, sino también su sistema ortográfico (Jiménez y Munetón, 2002).
Así, la escritura alfabética debe entenderse tanto fonológica como ortográficamente. Además, la visión ortográfica de un idioma ofrece información que va más allá de la mera perspectiva fonológica del mismo, en la medida en que proporciona información sobre cómo se pronuncia y se escribe una palabra. No obstante, no hay ninguna escritura que ofrezca un análisis de la secuencia fonológica de un idioma oral en su máxima claridad y pureza (Wiese, 2016). Por lo tanto, debido al alto nivel de abstracción requerido, aprender a leer y a escribir sigue siendo una tarea exigente.
Procesos involucrados en la creación de la palabra oral y escrita
Para que un niño pueda escribir una palabra deben ponerse en marcha ciertos procesos. A continuación, se describen los procesos que intervienen en la creación de la palabra oral y escrita, desde el momento en que el niño comprende el concepto de una palabra hasta cuando aprende a escribirla (Cuetos [1991] citado por Jiménez y Munetón, 2002; Wiese, 2016; Filipe, 2018).
•Memoria semántica: este sistema incluye la presentación de los conceptos. Es una memoria común para hablar y escribir. Una vez que el concepto de lo que se quiere expresar está claro, se busca la forma lingüística adecuada: fonológica, si se trata de la palabra hablada; ortográfica, si se trata de la palabra escrita.
•Memoria fonológica: es una memoria en la que se representan las formas fonológicas de las palabras. Se supone que hay una representación correspondiente para cada palabra utilizada en el lenguaje oral. Algunas representaciones no se activan y permanecen inactivas, pero en cuanto se solicita una representación se activa la palabra requerida y también las palabras que se relacionan semánticamente con ella. El umbral de activación varía según la frecuencia de la solicitud. Cuanto más frecuente es una palabra, más bajo es su umbral de activación, de modo que esta palabra puede activarse mucho más rápido en comparación con una palabra que se produce con menor frecuencia. Esto podría explicar el hecho de que, a veces, cuando se quiere decir una palabra se dice otra en su lugar, semánticamente relacionada con ella.
•Memoria ortográfica: la estructura de este vocabulario es similar a la del léxico fonológico. Esta es una memoria que contiene las representaciones de las formas ortográficas de las palabras. Además, se supone que hay una representación para cada palabra o raíz de una palabra utilizada en la escritura. Al igual que en la memoria fonológica, cada representación tiene un umbral de activación que varía según la frecuencia de uso (escrito).
•Mecanismo de transformación de un fonema en un grafema: este es el mecanismo que permite asignar un grafema a un fonema. Al igual que las representaciones léxicas, los grafismos tienen un umbral de uso. Los grafemas que se utilizan con mayor frecuencia se activan con mayor facilidad que los que no se utilizan con frecuencia. Esto significa que si hay un error ortográfico en un grafema probablemente se deba a que un grafema de bajo umbral se ha cambiado por uno de alto umbral, ya que el primero era mucho más fácil de activar (Wiese, 2016; Mayberry, 2018). Análogamente, existe la tendencia a utilizar el grafema más comúnmente utilizado cuando hay un sonido en una palabra desconocida que puede ser representado por diferentes variantes de un grafema.
•Memoria de pronunciación: se trata de la memoria a corto plazo en la que se almacenan los fonemas de una palabra que se va a pronunciar o a escribir, mientras que los procesos de transformación de las formas fonológicas abstractas en sonidos o en grafemas tienen lugar mediante el mecanismo de transformación del fonema en grafema. Dado que esta memoria solo dura un corto período de tiempo, la información puede perderse cuando la secuencia de sonidos excede la capacidad de la memoria.
•Almacenamiento de grafemas: es la memoria a corto plazo en la que se almacenan las formas gráficas de las palabras a escribir. En esta memoria, los grafismos pueden ser erróneamente reemplazados por otros o confundidos con otros. La información de origen —tanto fonológico como ortográfico— se almacena en la memoria de grafemas.
En resumen, el niño descubre gradualmente que el lenguaje escrito se ordena de manera convencional. Aprende que el lenguaje escrito toma ciertas formas, sigue una cierta ortografía y puntuación y tiene reglas específicas en cuanto a la sintaxis, la semántica y la pragmática lingüística; el niño comprende que estas reglas convencionales del lenguaje escrito pueden, a su vez, encontrar una expresión correspondiente.
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