Kitabı oku: «E-Pack Bianca y Deseo abril 2020»
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E-pack Biana y Deseo, n.º 194 - abril 2020
I.S.B.N.: 978-84-1348-446-4
Índice
Portada
Créditos
Pasión en Sicilia
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Romance prohibido
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1
DANTE Moncada se sentó junto al conductor del vehículo, y dos de sus hombres se acomodaron en el asiento de atrás. Tenía prisa, porque alguien había entrado en la vieja casa que había pertenecido a su familia durante varias generaciones.
Mientras el chófer conducía por las estrechas calles de Palermo, Dante se acordó de una conversación que había mantenido ese mismo día: Riccardo d’Amore, jefe del clan de los D’Amore, había rechazado el acuerdo que había estado negociando con su hijo mayor, Alessio. Al parecer, no quería que su dudosa reputación dañara la imagen de su empresa.
¿Dudosa reputación? Dante estaba tan enfadado que sintió el deseo de pegar un puñetazo al salpicadero. ¿A qué venía ese comentario? Sí, era cierto que le gustaban las fiestas, las mujeres y el vino, pero eso no tenía nada de particular. Además, no jugaba, no se drogaba y, por supuesto, evitaba los círculos donde el narcotráfico y la venta de armas se consideraban negocios aceptables.
Él dirigía un negocio legítimo, sin las zonas oscuras de algunos empresarios sicilianos. Sus manos estaban limpias, literal y metafóricamente hablando. Trabajaba duro, y había conseguido que una pequeña empresa tecnológica se convirtiera en una corporación internacional cuyas cuentas habrían resistido el embate del más desconfiado de los auditores.
Sin embargo, Dante sospechaba que Riccardo no había rechazado el trato por nada relacionado con la legitimidad de su negocio. Los D’Amore habían desarrollado un sistema de seguridad para telefonía móvil que superaba con mucho a los de la competencia, y Dante estaba a punto de firmar un acuerdo de exclusividad para instalarlo en sus teléfonos y ordenadores. ¿Por qué rechazarlo entonces, si habría sido beneficioso para las dos familias?
Solo podía haber una razón: la mala fama de sus padres.
La reciente muerte de Salvatore Moncada no había limpiado su reputación de mujeriego y jugador empedernido, y la imagen de Immacolata no mejoraba las cosas, porque la gente la conocía como la Viuda Negra.
A Dante siempre le había parecido un apodo injusto. ¿Por qué la llamaban así, si no era ninguna asesina? Lo único que hacía su madre era exprimir económicamente a sus maridos cuando se divorciaba de ellos. Había empezado su carrera con Salvatore y, como ya iba por el quinto, tenía tanto dinero que vivía como una reina.
En cambio, Riccardo era un hombre tradicional en todos los sentidos. Tenía once hijos de la misma esposa, porque solo se había casado una vez, y pensaba que el juego era un invento del diablo y que el sexo era pecado cuando se practicaba fuera del matrimonio.
Dante lo maldijo para sus adentros. El patriarca de los D’Amore estaba preocupado por la posibilidad de que hubiera salido a sus padres. Creía que iba a manchar la reputación de Amore Systems, y había llevado su desconfianza a tal extremo que, no contento con romper el acuerdo que estaba negociando, había entablado conversaciones con su principal rival.
Si no lograba convencerlo de que era un hombre respetable, perdería una gran oportunidad empresarial. Pero aún no había jugado su última carta. Se lo demostraría durante la inminente boda de Alessio.
Sumido en sus pensamientos, tardó unos segundos en darse cuenta de que el chófer había detenido el vehículo en el claro del denso bosque que rodeaba la casa de campo de su familia. Y, a pocos metros de distancia, astutamente escondido entre los árboles, había un pequeño utilitario.
Dante alcanzó el bate de béisbol que estaba debajo del asiento, con la esperanza de no tener que utilizarlo. Luego, salió del coche con sus guardaespaldas y se acercó al destartalado edificio al abrigo de la espesura, para que no los vieran. La noche era fresca, y se tuvo que frotar los brazos para entrar en calor. El eco del invierno, que había sido particularmente duro, seguía flotando en el aire.
Mientras caminaba, se dio cuenta de dos cosas: la primera, que todas las contraventanas estaban cerradas, y la segunda, que alguien había encendido la vieja chimenea, algo evidente por el humo que echaba. Marcello, el encargado de la propiedad, tenía razón. Alguien había entrado en ella.
Dante y sus hombres se detuvieron en la puerta e intentaron abrir, pero estaba cerrada. Extrañado, sacó la llave, la metió en la cerradura y, tras girarla, empujó. El chirrido de las oxidadas bisagras le arrancó un escalofrío, y él entró en la casa por primera vez desde su adolescencia, cuando llevaba allí a sus novias.
El interior era más pequeño de lo que recordaba. Las luces estaban encendidas y, tras echar un vistazo a su alrededor en busca de posibles desperfectos, vio que la ventana de la pila estaba rota y que alguien la había tapado con un cartón. Por lo visto, el intruso había entrado por ahí. Pero todo lo demás estaba bien, lo cual parecía indicar que la persona en cuestión no era ni un ladrón ni un vándalo.
Lo único que no encajaba en la imagen era el montón de libros que estaban sobre la mesa, detalle que le desconcertó. Y, aún estaba pensando en lo incongruentes que resultaban, cuando oyó pasos en el piso de arriba.
Apretando el bate, indicó a sus hombres que lo siguieran y empezaron a subir por la escalera, cuyos tablones crujían una y otra vez. Podría haber dejado el asunto en manos de sus guardaespaldas, pero quería ver la cara del tipo que había tenido el atrevimiento de entrar en la propiedad. ¿Sería alguno de sus muchos enemigos? ¿O un simple vagabundo?
Lo primero que pensó al abrir la puerta de la habitación fue que el intruso los había oído y se había escapado por la ventana. Y no pensó nada más, porque una mujer salió súbitamente del cuarto de baño y cargó contra él pegando gritos y sosteniendo lo que parecía ser la alcachofa de la ducha.
Antes de que el objeto impactara en la cabeza de Dante, uno de los guardaespaldas la agarró y la inmovilizó con sus fuertes brazos. Por suerte, Lino era un hombre rápido.
Completamente perplejo, miró a la intrusa. ¿Quién se habría imaginado que sería una mujer? Llevaba un albornoz de color marrón, y no dejaba de soltar palabrotas en inglés, aunque su mirada era de pánico.
–Suéltala –ordenó a Lino.
El guardaespaldas obedeció, y ella retrocedió como si estuviera muerta de miedo, lo cual no tenía nada de particular. A fin de cuentas, Lino, Vincenzo y él mismo eran hombres tan altos como imponentes.
–Marchaos –les dijo–. Esperadme abajo.
Sus guardaespaldas fruncieron el ceño, pero sabían que discutir con él era inútil, así que se marcharon. Además, la intrusa no suponía ningún peligro. Solo lo habría sido si hubiera llevado una pistola, y el simple hecho de que lo hubiera atacado con una alcachofa de ducha demostraba que no tenía armas.
Dante dio un paso hacia ella, repentinamente consciente de su suave olor a flores. La mujer se apretó contra la esquina, casi jadeando. Era una joven de veintipocos años, esbelta, de pequeña altura y con la cara llena de pecas. No pudo distinguir el color de su pelo, porque lo llevaba mojado; pero cualquiera se habría dado cuenta de que era preciosa.
–¿Quién eres? –le preguntó en su idioma.
Ella no dijo nada.
–¿Qué haces aquí?
Ella se mantuvo en silencio.
–Sabes que has entrado en una propiedad privada, ¿verdad? –continuó Dante–. La casa está vacía, pero es mía.
La joven clavó en él sus extraños y bellos ojos, y él notó que ya no estaba asustada, sino enfadada.
–¿Que es tuya? ¡Y un cuerno! –replicó, con un fuerte acento irlandés–. La casa forma parte de la herencia de tu padre, y deberías compartirla con tu hermana.
Dante estuvo a punto de perder la calma. ¿A qué venía eso? ¿Sería otra charlatana de las que fingían ser hijas de Salvatore Moncada para llevarse un pellizco de su fortuna? Su padre solo llevaba muerto tres meses, pero ya habían aparecido ocho o nueve estafadoras con el mismo cuento.
–Si tuviera una hermana, estaría encantado de compartir mi herencia con ella, pero…
–¿Si la tuvieras? –lo interrumpió ella–. La tienes, y lo puedo demostrar.
Por su tono de voz, Dante supo que estaba hablando en serio, y se quedó sin habla. ¿Sería posible que aquella criatura increíblemente sexy estuviera realmente convencida de ser su hermana?
Aislin había visto muchas fotografías del siciliano que le intentaba negar lo que era suyo, pero no le hacían justicia.
Era mucho más alto de lo que suponía, y de pelo más rizado y más oscuro. Tenía un cuerpo escultural y, aunque no se había afeitado, la sombra de su barba no ocultaba en modo alguno la perfección de sus apetecibles labios. ¿Y qué decir de aquellos ojos verdes que la miraban con una mezcla de disgusto e incredulidad?
Era el hombre más guapo y más sexy que había visto en su vida. De hecho, le gustó tanto que se cerró el albornoz un poco más, porque la intensidad de su mirada hacía que se sintiera maravillosamente desnuda.
Por lo visto, la suerte no estaba de su lado. Llevaba dos días en la casa, esperando a que alguien reparara en su presencia y avisara a Dante Moncada. Pero ¿quién le habría dicho que se presentaría mientras estaba en la ducha? Su intención de dar una impresión fría y serena había saltado por los aires. Hasta había intentado atacarlo con la alcachofa de la ducha.
–¿Crees que eres mi hermana? ¿De verdad? –preguntó él, arqueando una ceja.
Ella alzó la barbilla, intentando ocultar su incomodidad.
–Si dejas que me vista, te lo explicaré todo –respondió–. Los armarios de la cocina están llenos de café.
Dante soltó una carcajada de sorpresa.
–¿Te cuelas en mi casa y pretendes que te prepare un café?
–Solo te estoy pidiendo que me concedas un momento de intimidad para poder vestirme y hablar sobre la herencia que quieres quedarte –afirmó ella–. En cuanto al café, lo he dicho por si te apetecía tomar uno… pero, si lo preparas, yo lo tomo con leche y una cucharada de azúcar.
Él la miró de arriba abajo, devorándola con los ojos.
–Está bien, vístete –dijo.
Dante salió de la habitación y cerró la puerta, dejándola sin aliento. Se sentía como si el oxígeno hubiera desaparecido de la habitación y solo quedara el aroma de su colonia, tan sexy como el hombre que la usaba.
Mientras intentaba calmarse, se puso la ropa interior, unos vaqueros y un jersey plateado. Luego, entró en el servicio, se pasó los dedos por el cabello y, tras respirar hondo, salió de la habitación, convencida de que estaba preparada para enfrentarse a él. De hecho, se había preparado para cualquier eventualidad, aunque había acelerado las cosas cuando supo que Dante había vendido las cuarenta hectáreas de Florencia y se había embolsado el beneficio.
Sin embargo, tenía que recuperar el aplomo. Dante no era un tipo cualquiera, sino uno que se había hecho multimillonario con su esfuerzo y talento y que era capaz de robarle a su propia hermana la parte de la herencia que le correspondía.
Al llegar abajo, descubrió que se había sentado en uno de los dos desvencijados sillones, y que estaba ojeando sus libros de la universidad. Sobre la mesita, había dos tazas de café. Y sus guardaespaldas habían desaparecido.
Dante esperó a que tomara asiento y, a continuación, entrecerró los ojos, pasó un dedo por el libro que tenía en la mano y dijo:
–Háblame de ti, Aislin O’Reilly.
–Mi nombre no se pronuncia Ass-lin, sino Aislin.
Él estampó el libro en la mesa, sobresaltándola.
–Afirmas que eres mi hermana, y quiero saber cosas respecto a ti –insistió–. Demuéstrame que lo eres.
Aislin cruzó las piernas.
–Yo no soy tu hermana. Tu hermana es Orla, mi hermanastra –replicó–. Estoy aquí en representación de sus intereses.
Él frunció el ceño.
–¿Tu hermanastra?
–Sí, somos hijas de la misma madre –dijo la joven–. Y Orla y tú, del mismo padre.
Dante se tranquilizó notablemente al saber que aquella maravilla de mujer no era sangre de su sangre, porque el simple movimiento de sus caderas lo volvía loco. Había admirado su cuerpo cuando bajaba por la escalera, y se había quedado helado al pensar que podía estar deseando a su hermana.
–Ya, pero ¿dónde están las pruebas que lo demuestran?
–Si esperas un momento, te las enseñaré.
Aislin se levantó, entró en la pequeña cocina, abrió el bolso que había dejado en la encimera y sacó un sobre que le dio segundos después.
–Es el certificado de nacimiento de Orla –anunció.
Dante leyó el contenido del sobre. Efectivamente, era un certificado de nacimiento. Se había expedido veintisiete años antes, e incluía el nombre de los padres de la criatura: Sinead O’Reilly y Salvatore Moncada.
Sin embargo, eso no probaba nada. Podía ser una falsificación, y también cabía la posibilidad de que la madre de Aislin hubiera mentido sobre la identidad del padre.
Justo entonces, notó que el sobre contenía algo más: una fotografía.
Dante, que no quería mirarla, la sacó a regañadientes. Era una joven con un bebé entre sus brazos; una joven y un bebé con un cabello tan rizado como el suyo y del mismo color, castaño oscuro.
Pero esa no era la única coincidencia, porque los ojos de la mujer también tenían el mismo tono verde.
Capítulo 2
DANTE se quedó tan pálido que Aislin casi sintió lástima de él. Sin embargo, ya tenía bastante con su propia turbación. Estaba tan nerviosa que, cuando alcanzó su taza de café, le temblaron las manos. Y no era para menos, teniendo en cuenta que la delicada situación podía terminar en un enfrentamiento de lo más desagradable.
Si hubiera sido por ella, ni siquiera se habría tomado la molestia de viajar a Italia; pero se trataba de Orla, quien necesitaba el dinero para comprar una casa donde poder criar a Finn, porque el pequeño no era precisamente normal. Había estado varios meses en una incubadora y, aunque hubiera sobrevivido a sus complicaciones pulmonares, tenía secuelas que lo acompañarían el resto de su vida.
Aislin, que quería a su sobrino con toda su alma, había intentado comunicarse con Dante; pero su abogado se interponía una y otra vez en su camino, y al final perdió la paciencia y tomó un avión a Sicilia para hablar con él en persona. ¿Quién le iba a decir que su servicio de seguridad le impediría verlo? Por eso había entrado en la casa de campo. Era la única forma de llamar su atención.
Al cabo de unos momentos, Dante apartó la mirada de la fotografía y la clavó en sus ojos.
–No sé nada de esta mujer –afirmó–. Mi padre tuvo muchas amantes y, por si eso fuera poco, siempre hay alguien que intenta pasar por hijo suyo para echar mano a nuestra fortuna. Y ahora vienes tú, me das esta foto y dices que…
–Te digo la verdad –lo interrumpió ella–. Orla es tu hermana. El parecido no deja lugar a dudas.
–Un parecido muy conveniente –replicó Dante.
–¡Esto es cualquier cosa menos conveniente! –protestó Aislin.
–Si fuera realmente mi hermana, ¿por qué ha esperado a que mi padre muriera? ¿Por qué no se presentó antes?
–Porque no lo necesitaba. Tu padre pagó su manutención hasta que cumplió dieciocho años –contestó ella.
Dante soltó un suspiro.
–Sabes que comprobaré tu historia, ¿verdad?
–Sí, lo sé, aunque no necesitarías comprobar nada si no hubieras reventado todos mis esfuerzos por hablar contigo. Tendrías todas las pruebas que puedas necesitar.
–Discúlpame, pero no te creo. Mi padre solo reconoció a un hijo, yo. Nunca me dijo que tuviera una hermana.
–Eso no es culpa de Orla.
–¿Seguirá diciendo que es hermana mía cuando sepa que no queda nada de la herencia?
–¡Si no queda nada, será porque tú has vendido todas las propiedades que te dejó!
Él la miró con lástima.
–Mi padre era ludópata. Lo vendió todo para poder pagar sus deudas de juego.
–Oh, vamos, el abogado de Orla consiguió la lista de sus bienes –dijo Aislin–. Sé que sus propiedades valían millones. Pero Orla no es ambiciosa, solo quiere una pequeña parte. Y, si insistes en negársela, me quedaré aquí hasta que cambies de opinión.
Dante estuvo a punto de reírse.
–La ley está de mi lado. ¿Crees que te saldrás con la tuya por ocupar ilegalmente una casa?
Ella lo miró con furia.
–La ley defiende al ocupante cuando se trata de casas abandonadas.
–Puede que en Irlanda, pero no en Sicilia –afirmó Dante–. Estás en mi propiedad, en mis tierras. Solo tengo que chasquear los dedos para que te saquen a rastras y te expulsen inmediatamente del país.
–Inténtalo –lo desafió ella, levantándose del sillón–. Inténtalo y acudiré a los medios de comunicación. Estas no son tus tierras, sino las tierras de tu padre. Mi hermana solo quiere la parte de la herencia que le corresponde, y me ha concedido la autoridad necesaria para representar sus intereses.
Aislin blandió la carta que Dante había dejado en la mesa. Pero, lejos de mirar el documento, él clavó la vista en sus lustrosas uñas y, a continuación, la pasó por sus voluptuosas caderas, su estrecha cintura y sus grandes senos, ocultos bajo el jersey. La encontraba tan atractiva que tuvo una erección, y se sintió tan incómodo que alcanzó su café en un intento de recobrar la compostura.
Aquello era absurdo. Se jactaba de ser un hombre sensual, pero no había tenido una erección tan inapropiada desde que estaba en el instituto, cuando una de las profesoras se inclinó sobre su pupitre y él vio su escote.
–¿Tu hermana ha vivido alguna vez en Sicilia?
–No.
Él dejó el café en la mesa.
–Supongamos que estás en lo cierto y que mi padre tenía millones cuando murió. ¿Qué te hace pensar que Orla tendría derecho a una parte? Salvatore me nombró heredero único, y no reconoció jamás a tu hermana. Las cosas podrían ser diferentes si hubiera vivido en mi país, pero no lo ha hecho. Cualquier abogado de Sicilia le diría que no tiene ninguna oportunidad.
Dante respiró hondo y añadió:
–En cualquier caso, esa hipótesis carece de sentido, porque mi padre no dejó nada. La lista que tienes está desactualizada, Aislin; es de los bienes que tenía mi abuelo cuando falleció, y mi padre lo vendió casi todo.
–¿Ah, sí? ¿Y qué me dices de las tierras de Florencia y de esta casa? –contraatacó ella.
–Que nunca fueron de mi padre. Mis abuelos me las dejaron a mí en fideicomiso porque temían que Salvatore las perdiera en alguna partida –respondió él–. La casa en la que estamos es todo lo que queda de las propiedades de mi familia, y te aseguro que no tengo intención alguna de venderla.
Dante fue sincero con Aislin. No se consideraba un hombre sentimental, pero aquella casa era el único lugar donde había sido feliz durante su infancia.
–Pues paga a Orla con tu dinero. Aunque estés diciendo la verdad, mi hermana tiene derecho moral a recibir algo. Además, ya te he dicho que no espera una suma elevada. Se conformaría con el precio de este lugar.
Él sacudió la cabeza. Estaba acostumbrado a que la gente los intentara estafar, pero la petición de Aislin era tan modesta y razonable que habría sentido pena por ella si se hubiera creído su historia. Sin embargo, no se la creía. Estaba convencido de que su padre no habría guardado en secreto la existencia de Orla.
–Pues no se llevaría gran cosa –replicó–. La casa no vale más de doscientos mil euros, y lo mismo se puede decir de las tierras de Florencia.
–Puede que eso sea calderilla para ti, pero para Orla es una fortuna.
–Si tanto lo quiere, ¿por qué no ha venido? ¿Por qué te ha enviado a ti?
–Porque ahora no puede salir de Irlanda.
–¿Seguro que no puede? ¿No será quizá que tenía miedo de vérselas conmigo y ha enviado a su preciosa hermana para que me seduzca con su belleza? –ironizó Dante–. ¿Por eso estás aquí? ¿Para tentarme?
Aislin lo miró con ira.
–Tienes una mente repugnantemente sucia –declaró.
–Sí, es posible –dijo él, levantándose–. Pero te estabas duchando cuando he llegado, como si me hubieras visto por la ventana y hubieras decidido utilizar tu cuerpo para impresionarme. Di la verdad, Aislin. Tu historia es un montón de mentiras. Buscaste una mujer que se pareciera a mí y le sacaste una fotografía para convencerme de que es mi hermana.
Aislin alcanzó la foto y señaló al pequeño, indignada.
–¿No te has fijado en el bebé que sostiene? Míralo bien. Es tu sobrino.
–Sí, claro que sí –dijo Dante con sorna–. ¿Qué mejor que un bebé para ablandar el corazón de un hombre y conseguir que te dé dinero? Reconozco que, de todos los estafadores que se han acercado a mí, tú eres la mejor y la más inteligente.
Aislin movió una pierna y, durante un momento, Dante pensó que le iba a pegar una patada. Pero se limitó a girarse, sacar el teléfono del bolso y plantárselo en la cara.
–¿Qué se supone que estoy mirando? –preguntó él.
Ella suspiró.
–Más fotografías –dijo–. Tengo cientos de Orla y Finn.
–Déjalo de una vez. No te vas a salir con la tuya.
–¡Mira el maldito teléfono! –bramó Aislin.
Sus miradas se encontraron, y sintieron una descarga erótica tan intensa que los dos se sumieron en un silencio de asombro.
Al cabo de unos segundos, ella se alejó de él y clavó la vista en el suelo, desconcertada con lo que acababa de pasar. Era como si hubiera tocado algo cargado de electricidad estática y le hubiera dado calambre, con la gran diferencia de que la descarga en cuestión había sido de lo más placentera.
–Por favor, mira las fotos –dijo, armándose de valor.
No se podía decir que Aislin fuera una buena fotógrafa; cuando no cortaba la cabeza a la gente, ponía un dedo delante del objetivo y estropeaba la imagen. Pero la calidad de las fotos carecía de importancia. Eran la prueba documental de que no estaba mintiendo, de que no se había inventado la historia, de que Orla era la hermanastra de Dante.
Biológicamente, ella también era hermanastra de Orla, aunque la quería como si fueran hermanas en todo el sentido de la palabra. A fin de cuentas, se habían criado juntas y habían compartido habitación durante muchos años. Se protegían, se peleaban, jugaban y, de vez en cuando, se odiaban.
Dante se puso a caminar de un lado a otro, con la mirada clavada en el teléfono. Luego, se dirigió al sillón y se sentó sin decir nada, completamente concentrado en lo que veía.
Ella sintió una súbita debilidad, y se acomodó enfrente; pero estaba tan cerca de él que podía oír su respiración, la respiración de un hombre cuya vida estaba dando un vuelco en ese preciso momento.
Aislin conocía bien esa sensación. Orla había sufrido un accidente cuando estaba embarazada, y el parto prematuro posterior les causó tal impacto que tardaron mucho en recuperarse. Habían pasado casi tres años desde entonces, pero lo recordaba como si hubiera ocurrido ese mismo día.
Además, la verdad que Dante estaba descubriendo tenía que ser dura para él. Salvatore no le había hablado nunca de su hermana. Se había ido a la tumba con un secreto de tamaño monumental, y Aislin ni siquiera alcanzaba a imaginarse lo que debía de estar pasando por su cabeza.
–No soy una estafadora –dijo un par de minutos después, aunque le parecieron dos siglos–. Orla es tan hermanastra tuya como mía y Finn, tan sobrino tuyo como mío. Y sé que estará encantada de hacerse una prueba de ADN si se lo pides.
Dante la miró, le devolvió el teléfono y preguntó:
–¿Por qué está en el hospital? ¿Por qué lleva esas cosas en la cabeza?
Ella echó un vistazo a la foto que estaba mirando.
–Ah, eso… Se la hicimos hace seis meses, cuando le hicieron el electroencefalograma.
–¿Un electroencefalograma?
–Sí, para estudiar la actividad eléctrica del cerebro. Finn nació prematuramente, y sufrió una parálisis cerebral que le causó epilepsia. Ese es el motivo de que Orla no pudiera venir a Sicilia. Le aterra la idea de dejarlo solo. Y esa es también la razón de que quiera una parte de la herencia… No lo hace por avaricia, sino porque quiere darle un hogar donde pueda estar a salvo.
Aislin suspiró antes de añadir:
–Siento haber entrado en tu casa sin permiso. Sé que es ilegal, pero estaba desesperada. Finn te necesita, Dante. Necesita que le ayudes.
Dante se pasó una mano por el pelo, sintiéndose enfermo. Las fotografías no eran ninguna prueba concluyente, pero su instinto le decía que Aislin era sincera. Tenía un sobrino enfermo y una hermana que, por la fecha del certificado de nacimiento, debía de haber nacido cuando él tenía siete años, es decir, cuando su madre se divorció de su padre.
¿Le habría mentido ella también? ¿Habría conspirado con Salvatore para guardarlo en secreto? No tenía forma de saberlo, pero sus pensamientos volvieron rápidamente al niño de las fotografías que acababa de mirar.
–¿Cuántos años tiene?
–Le falta un mes para cumplir tres.
Aislin lo dijo con un tono extraño, como si sintiera pena de él, lo cual le molestó. ¿A qué venía eso? No lo conocía. No sabía nada de él. Lo único que tenían en común era una hermanastra y un sobrino enfermo.
Angustiado, cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz. No tenía tiempo para esas cosas. El acuerdo con los D’Amore estaba en peligro, y solo le quedaban cinco días para convencer a Riccardo de que se merecía su confianza, de que no era como sus padres. De lo contrario, cerraría un trato con su principal rival.
Además, siempre había pensado que los negocios eran lo primero. Lo había aprendido siendo muy joven, al ver que Salvatore lo perdía todo por dar prioridad a las mujeres y el juego.
Sin embargo, la imagen de aquel pequeño entubado permaneció en sus pensamientos con tanta intensidad como la figura de la mujer que lo estaba mirando. Aislin era una mujer preciosa, e indiscutiblemente inteligente. Seguro que le quedaba muy bien un vestido de gala. Nadie se extrañaría si la veían con él.
–Te he dicho la verdad. Mi padre murió sin un céntimo –declaró lentamente–. Tuve que hacerme cargo de sus deudas, y no dejó nada más que esta casa. Pero, según la ley siciliana, tu hermanastra no tiene derechos sobre ella.
Aislin se recostó en el sillón, derrotada. Era una estudiante en la ruina y, en cuanto a Orla, se encontraba en una situación similar porque aún no había conseguido que el seguro le pagara la indemnización por la enfermedad de su hijo. Habían invertido todo su dinero en el billete de avión a Italia, y no podía volver con las manos vacías.
–Como ya he dicho, no tengo intención alguna de vender la casa. Ha sido de mi familia durante varias generaciones –continuó Dante–. Pero estoy dispuesto a darle a Orla la mitad de su valor.
–¿En serio? –dijo ella, sorprendida.
Él asintió.
–Cien mil euros, con la condición de que se haga una prueba de ADN –afirmó–. Si su identidad se confirma, el dinero será suyo.
Aislin se sintió inmensamente aliviada.
–Gracias, Dante. No sabes cuánto significa esto para…
–Tengo una oferta que hacerte –la interrumpió él–. Una oferta que no incluye pruebas de ADN.
–¿Qué tipo de oferta?
–Una que será beneficiosa para los dos –respondió Dante, mirándola con detenimiento–. Tengo que ir a una boda este fin de semana, y quiero que me acompañes.
–¿Quieres que te acompañe a una boda?
–Sí, en efecto. Y a cambio, te pagaré un millón de euros.
Capítulo 3
AISLIN se llevó tal sorpresa que solo fue capaz de decir:
–Pero…
Dante sonrió.
–Mi oferta es bien sencilla, dolcezza. Si vienes conmigo, te llevarás un millón.
–¿Un millón de euros por el simple hecho de acompañarte a una boda? –preguntó ella, incapaz de creérselo.
–Sí, y lo puedes utilizar como quieras. Te lo puedes quedar o dar una parte a Orla.
–¿Y a tu novia no le importará?
Dante arqueó una ceja, y ella se maldijo para sus adentros por haber dicho más de lo que pretendía.
–Ah, vaya… veo que me has investigado por Internet.
–Bueno, reconozco que vi unas fotografías tuyas cuando intentaba encontrar la forma de llamar tu atención –replicó ella con incomodidad.
La afirmación de Aislin no era del todo cierta. Efectivamente, solo había querido encontrar la forma de ponerse en contacto con él, pero no se había limitado a ver fotos. Ahora sabía que Salvatore había sido un seductor y que su multimillonario hijo también lo era. Dante no necesitaba pagar un millón de euros para que una mujer lo acompañara a una boda. La mayoría lo habría acompañado gratis.
Sin embargo, ella no era como la mayoría. No buscaba divertimentos pasajeros, sino una relación duradera, y ya había cometido el error de enamorarse del mayor ligón de la universidad, quien la había seducido con falsas promesas y se había acostado después con una de sus amigas.
Además, la oferta de Dante la incomodaba por otras razones. Si hubiera sido aburrido y feo, si no hubiera tenido ningún carisma sexual, su reacción habría sido distinta; pero era tan guapo que resultaba pecaminoso, y tenía que estar loca para arriesgarse con un hombre que la excitaba con el simple sonido de su voz.
Ahora bien, un millón de euros era un millón de euros.
–No tengo novia, Aislin. Rompí con Lola el mes pasado –le informó.
Dante la miró con intensidad, y ella tuvo que hacer un esfuerzo para no perder la compostura.
–Seguro que hay un montón de mujeres que estarían encantadas de acompañarte. Y no tendrías que pagarles nada –dijo.
–Ya, pero ninguna que me convenga.
–¿Qué significa eso?
–Que tengo que dar una imagen determinada, y tú me serías de ayuda.
–Aun así, un millón de euros por una sola tarde…
–¿Quién ha dicho que es una sola tarde? Es todo un fin de semana.
–¿Todo? –preguntó ella, jugueteando con su coleta.
–El novio es uno de los hombres más ricos de Sicilia. Está obligado a dar la fiesta más grandiosa que pueda.
Dante lo dijo con un tono tan socarrón que Aislin estuvo a punto de reírse.
–Si acepto tu oferta, ¿hay algo más que deba saber?
–No, nada. Salvo que te presentaré como mi prometida.
–¿Cómo?
Dante sonrió de oreja a oreja.
–Tendrás que interpretar el papel de mi novia.
–¿Y por qué necesitas una novia?
–Porque el padre de la joven que se va a casar cree que puedo manchar su reputación.
–¿Y a qué se debe eso?
–Te daré las explicaciones pertinentes cuando aceptes mi ofrecimiento. Pero supongo que tendrás que pensarlo, así que dejaré que lo consultes con la almohada –declaró él–. Si tu respuesta es afirmativa, te llevaré a mi casa y te daré más detalles. Por supuesto, tendremos que estar juntos unos días para conocernos mejor y que nuestra actuación sea convincente.
–¿Y si la respuesta es negativa?
Él se encogió de hombros.
–Entonces, perderás un millón.
–Pero Orla se quedaría con sus cien mil euros, ¿verdad?
–Eso no tiene nada que ver. Solo depende de que se haga la prueba de ADN y confirme que somos hermanos.
Aislin dudó. Cien mil euros era una suma importante, pero un millón era otra cosa. Un millón podía cambiar sus vidas.
–¿Me lo prometes? –preguntó al final.
Él se levantó del sillón.
–Te doy mi palabra. Decidas lo que decidas, Orla tendrá lo que he prometido.
Aislin no supo por qué, pero le creyó.
Dante entró en la mansión de la playa y saludó al ama de llaves, quien casi tuvo éxito en su intento de no parecer sorprendida de verlo llegar en plena noche. La villa siempre había sido de su familia y, cuando su abuelo se dio cuenta de que Salvatore era capaz de perderla por su adicción al juego, pasó la propiedad a su nieto.
Sin embargo, Dante había permitido que su padre viviera en ella hasta su fallecimiento, y ahora no sabía si quedársela o venderla. Él prefería vivir en la ciudad y seguir soltero, pero su abuelo siempre había deseado que se casara, formara una familia y criara a sus hijos entre los muros de la mansión.
Desgraciadamente, su abuelo tampoco había sido un buen ejemplo de las virtudes del matrimonio. Había estado casado cuarenta y ocho años y, cuando su esposa murió, pasó los tres años siguientes celebrando su muerte. Dante estaba convencido de que las lágrimas que había derramado durante su entierro no habían sido de pena, sino de alegría.
Pero no podía negar que aquella villa era especial para él. Había crecido allí y, por si eso fuera poco, estaba llena de recuerdos de su padre. El simple hecho de entrar en el despacho y sentarse en su sillón, cosa que hizo momentos después, bastaba para que se sintiera como si volviera a ser el niño que se escondía bajo la mesa para asustar a Salvatore, quien siempre se fingía asustado.
Desde luego, el despacho también le recordaba cosas malas. Era el sitio donde su padre hablaba con él para informarle de la muerte de algún familiar, el sitio donde le había confesado que estaba en bancarrota, el sitio donde le había rogado que pagara sus deudas de juego. Pero la vida era así. Tenía momentos buenos y no tan buenos.
Tras abrir el ordenador portátil de Salvatore, se preguntó cómo era posible que hubiera guardado en secreto la existencia de Orla. Aislin decía que la había mantenido hasta los dieciocho años y, si estaba diciendo la verdad, habría registros de las transferencias bancarias, registros que estaba decidido a encontrar.
Pero aún no estaba seguro. Cabía la posibilidad de que Sinead O’Reilly no hubiera dicho a Salvatore que se había quedado embarazada de él. Cabía la posibilidad de que hubiera mentido a sus propias hijas y de que fuera realmente ella quien se había encargado de mantener a Orla.
Dante entró en la cuenta de su difunto padre y empezó a buscar, pero no encontró nada, porque el sistema no le permitió acceder a los registros antiguos de movimientos bancarios. Sin embargo, Salvatore era muy serio con esas cosas, y supuso que habría guardado los extractos en el archivador.
Una hora después, estaba sentado en el suelo entre un montón de papeles. Había encontrado la prueba que no quería encontrar.
Efectivamente, su padre había transferido sumas a la cuenta de Orla durante dieciocho años, hasta que llegó a la mayoría de edad. Todos los meses, le ingresaba dos mil euros en un banco irlandés.
Aislin se asomó por enésima vez a la ventana, esperando a Dante. Ya había hecho las maletas, que había dejado en la entrada; pero estaba tan nerviosa que le había faltado poco para marcharse al aeropuerto y huir de allí.
Cien mil euros era una suma sustancial, pero no tan apetecible como un millón. Orla se podría comprar una casa, hacer reformas para que Finn estuviera cómodo y tendría dinero para cualquier cosa que pudiera necesitar, desde llevar al niño de vacaciones hasta comprarle una silla de ruedas con motor. Hasta se podría comprar un coche.
Esa fue la razón de que Aislin no huyera, aunque lo estaba deseando. ¡Un millón de euros por asistir a una boda! Todos los problemas de su familia quedarían resueltos en un fin de semana. Y quedarían resueltos sin haber tenido que pasar por el calvario para el que estaba preparada cuando llegó a Sicilia.
¿Quién se iba a imaginar que el poderoso e implacable Dante Moncada demostraría tener conciencia y le concedería a Orla la mitad del valor de la casa de campo? El hecho de que insistiera con la prueba de ADN no tenía nada de particular. Era un hombre de negocios, y no había llegado a donde estaba por el procedimiento de creer lo primero que le decían.
En lugar de encontrarse con un monstruo, se había encontrado con un hombre arrogante que, sin embargo, sabía atender a razones. Pero, en ese caso, ¿por qué le incomodaba la idea de pasar unos cuantos días con él?
Justo entonces, Dante llamó a la puerta y entró, sobresaltándola. Aislin había abierto las contraventanas, y tuvo la impresión de que él brillaba bajo el sol de primavera.
Llevaba una camisa azul, unos vaqueros negros y una cazadora de cuero que le hacían parecer más sexy que la noche anterior. Su rizado pelo oscuro parecía más suave y sus verdes ojos, más intensos. Pero había un factor que aumentaba su atractivo, porque le daba un aspecto rebelde: no tenía cara de haber dormido a pierna suelta, sino de haber estado rumiando sus preocupaciones con una botella de whisky.
Aislin sintió un extraño calor entre las piernas, y supo lo que significaba. Lo suyo con Dante no era un simple reconocimiento de la belleza masculina. Lo deseaba.
–Ah, sigues aquí –dijo él, sin más.
–Tienes buena vista –ironizó ella.
Definitivamente, lo deseaba. Pero eso no quería decir que fuera a perder la cabeza. Había superado obstáculos mucho más difíciles que la tentación, y sabía controlar sus emociones. De lo contrario, no habría podido enfrentarse al ejército de funcionarios y oficinistas que intentaban negarle el derecho a ser la tutora de Finn mientras Orla se recuperaba de las heridas que había sufrido en el accidente.
–Tan buena vista como buen cerebro –replicó él.
–Y mucha modestia –se burló ella.
Dante sonrió.
–¿Debo suponer que vas a aceptar mi oferta?
–¿Un millón de euros por acompañarte unos días? Tendría que estar loca para rechazarla. Pero, antes de que la acepte, debo decir que nadie se va a creer que estemos comprometidos. Te acabas de separar de tu novia.
Él se sentó en el sofá, estiró las piernas y le guiñó un ojo.
–Todos saben que soy rápido con estas cosas.
–Eso no es motivo de orgullo.
–Bueno, sé ir despacio cuando hay que ir despacio.
Aislin se ruborizó ligeramente.
–Te advierto que no admitiré jueguecitos…
Dante se maldijo a sí mismo. No tenía intención de coquetear con ella, pero había sido incapaz de resistirse.
–¿Jueguecitos? ¿Te refieres al sexo?
El leve rubor de Aislin pasó a ser rojo intenso.
–No te preocupes –prosiguió él–. Nuestro acuerdo es estrictamente empresarial. Además, los novios son de familias muy conservadoras, y estoy seguro de que nos alojarán en habitaciones separadas.
Aislin estaba en lo cierto al suponer que Dante no había dormido. Lo había intentado, pero ni el consumo de media botella de whisky le había hecho conciliar el sueño. Su mente volvía una y otra vez a la sensual irlandesa que había ocupado su casa. La encontraba tan atractiva que, en otras circunstancias, habría ido a por ella sin dudarlo; pero tenía que concentrarse en el acuerdo con los D’Amore, por no mencionar el pequeño detalle de que Aislin seguía siendo hermana de su hermanastra.
Por suerte, también era la mujer perfecta para engañar a Riccardo. En primer lugar, porque no pertenecía a su mundo y, en segundo, porque era inteligente y estaba completamente comprometida con su familia, virtudes que Riccardo adoraría.
Lo único que tenía que hacer para salirse con la suya era abstenerse de tocar a Aislin. Y eso, que ya le había parecido bastante difícil en la soledad de la madrugada, se le antojó imposible al verla en persona otra vez. Era asombrosamente bella. Ya no llevaba el pelo mojado, como la noche anterior; estaba seco, y se mostraba con toda la gloria de una melena de color rojizo, como el pelo de un zorro.
Por lo demás, su aspecto no era particularmente interesante. Se había puesto unas botas bajas, unos leggings negros y un jersey de color caqui que habían visto tiempos mejores, pero estaba tan sexy como si llevara un vestido de cóctel con un escote atrevido.
En ese momento, Aislin se frotó los brazos, enfatizando de forma inconsciente los senos en los que Dante estaba pensando.
–Muy bien. Si aceptas que lo nuestro será platónico, trato hecho.
–¿Hay algo más que te preocupe? Porque nos tenemos que ir.
–Sí, hay algo más –respondió ella, incómoda con la sensualidad de su mirada–. Quiero la mitad del dinero por adelantado.
–No.
–Necesito una garantía. Voy a fingir que me gustas durante todo un fin de semana, y no me gustaría que luego cambies de opinión y te niegues a darme el dinero.
–¿Es que no te gusto?
–¿Cómo puedo saber si me gustas? Nos acabamos de conocer, y no tengo motivos para confiar en ti.
Dante sonrió una vez más, encantado de que Aislin fuera tan directa. Lo encontraba muy refrescante.
–Te daré diez mil euros.
–Eso es calderilla.
–¿Cuánto dinero tienes en tu cuenta bancaria?
–¿Dinero? Mi cuenta solo tiene polvo.
Él estuvo a punto de soltar una carcajada.
–Va bene, que no se diga que no puedo ser razonable –dijo él, sacudiendo la cabeza–. Te daré cincuenta mil euros ahora, en mano o transferidos a tu cuenta, como prefieras. Tendrás el resto el domingo que viene.
Aislin asintió.
–De acuerdo.
Dante se levantó del sofá.
–Excelente. Vámonos.
–Nos iremos cuando me transfieras los cincuenta mil euros.
–¿No los quieres en mano?
–No, prefiero una transferencia.
Él suspiró y sacó el teléfono móvil.
–¿A qué nombre está la cuenta?
–Al de Orla O’Reilly.
–¿No quieres que te lo transfiera a la tuya? –preguntó él, frunciendo el ceño.
–El dinero no es para mí, sino para nuestra hermanastra y nuestro sobrino. Están muy necesitados, y no recibirán sus cien mil euros hasta que veas los resultados de la prueba de ADN, un proceso que puede durar varias semanas.
–¿Insinúas que no te vas a quedar el millón?
–Bueno, dejaré que Orla me invite a una pizza.
Dante se quedó completamente desconcertado.
–¿Qué pretendes? ¿Es que aspiras a la santidad? –dijo.
Ella lo miró con cara de pocos amigos, y él se encogió de hombros.
–Está bien, como tú digas. Pero necesito el número de la cuenta.
Aislin se lo dio, y él la volvió a mirar.
–¿Te lo sabes de memoria?
–Hace tres años, Orla sufrió un accidente de tráfico que la dejó en coma. Tuve que ocuparme de sus finanzas mientras estaba en el hospital, recuperándose.
–¿Por eso nació su hijo prematuramente?
–Sí.
Dante se estremeció, y se preguntó por qué le preocupaba la suerte de una mujer de la que no había oído hablar hasta el día anterior. Pero eso no era tan relevante como sus dudas sobre Salvatore, más vivas que nunca. ¿Se habría enterado de que Orla había sufrido un accidente? ¿Sabía siquiera que tenía un nieto?
Fuera como fuera, no podía permitir que el descubrimiento de su existencia lo desconcentrara. El acuerdo con los D’Amore era lo más importante en ese momento, y Aislin podía desempeñar un papel clave si él conseguía recordar que no le iba a pagar un millón de euros porque estuviera prendado de su belleza, sino porque le ayudaría a convencer a Riccardo de que no había salido a sus padres.
Además, Orla y Finn solo eran dos desconocidos, y seguirían siéndolo en cualquier caso. Que fueran de su misma sangre no significaba nada. La sangre no hacía familia y, aunque la hiciera, ya había sufrido bastante con la suya.
Su adorada madre lo había abandonado. Sus abuelos lo habían querido mucho, pero se peleaban constantemente e intentaban que tomara partido en sus disputas. La única persona por la que Dante habría hecho cualquier cosa era el difunto Salvatore, que había sido un padre fantástico durante su infancia, aunque poco convencional.
Sí, jugaba demasiado y salía con demasiadas mujeres. Sin embargo, eso no había impedido que estuviera siempre a su lado, apoyándolo en cualquier situación, frente a cualquier obstáculo que les pusiera la vida.
Y ahora descubría que era un mentiroso.
¿Por qué le iba a importar entonces su nueva familia, si la vieja le había mentido, abandonado o utilizado como arma arrojadiza?
Se había hartado de esas cosas. Prefería estar solo.
–Ya está. Te acabo de transferir el dinero de Orla –informó a Aislin–. Supongo que podrás disponer de él al final del día.
Ella frunció el ceño.
–¿Me has transferido los doscientos mil euros?
Dante asintió y dijo:
–Te di mi palabra y la he cumplido. ¿Ya nos podemos ir?
Capítulo 4
AISLIN miró por la ventanilla del coche. En cuestión de veinte minutos, habían pasado del bosque mediterráneo y los campos de cultivo a las brillantes luces de la capital de Sicilia, Palermo.
Por suerte para ella, Dante se había sentado con el chófer de modo que pudo disfrutar del paisaje sin tener que vérselas con el creciente deseo que sentía, un deseo que él parecía compartir. Pero ¿lo compartía de verdad?
Desgraciadamente, Aislin tenía tan poca experiencia en materia de hombres que no se podía fiar de su instinto. Se había criado en una aldea de Kerry, con pocos niños para jugar, y la situación no mejoró cuando llegó al instituto. Luego, ya en la universidad, estaba tan ansiosa por tener un novio que habría hecho lo que fuera por conseguirlo; pero se topó con un grupo de jóvenes que estaban puntuando a las chicas en función de su belleza, y eso la marcó.
Desde entonces, hacía lo posible por mantener las distancias con ellos. Sabía que algunas mujeres disfrutaban con ese tipo de juegos, encantadas de que las votaran del uno al diez, pero ella era diferente.
Sin embargo, todo cambió en el segundo año de la carrera, cuando Patrick la empezó a cortejar. Lejos de intentar desnudarla al instante, le regalaba flores o le pedía ayuda con sus estudios y, como Patrick era uno de los chicos más populares de la facultad, a Aislin se le llenó la cabeza de pájaros.
Todo fue bien durante los seis primeros meses. Se pronunciaron palabras de amor y, por supuesto, ella se las creyó. Pero el accidente de Orla la obligó a concentrarse en su hermana y su sobrino, y Patrick terminó acostándose con la compañera de piso de Aislin, a quien consideraba una buena amiga.
Tres años después, estaba tan sola como al principio. No quería salir con nadie y, aunque hubiera querido, no tenía tiempo para nada. Y, de repente, Dante aparecía en su vida y destrozaba su tranquilidad emocional con una facilidad desconcertante; quizá, porque era mucho más atractivo que Patrick.
Ni siquiera sabía qué le parecía peor, si la posibilidad de que la deseara o la posibilidad de que no. La miraba como si sintiera lo mismo que ella, pero hablaba como si aquello fuera un simple asunto de negocios y, además, seguía desconfiando de él. Que estuviera cumpliendo su parte del trato no significaba que lo fuera a cumplir íntegramente. Era un hombre poderoso, cuya apariencia afable ocultaba un fondo oscuro.
Mientras avanzaban por las calles de Palermo, Aislin se sintió como si hubieran viajado al pasado. Había tantos edificios antiguos que se imaginó viviendo en un palacio, entre guardaespaldas armados; y se llevó una sorpresa cuando el coche se detuvo en un callejón que daba a una casa de cuatro pisos de altura, de paredes color crema, balcones de hierro forjado y montones de flores.
–Ya hemos llegado –dijo Dante.
–¿Vives aquí?
Aislin no se lo podía creer. Estaban en un barrio normal, pero Dante era multimillonario. ¿No habría sido más lógico que viviera en una mansión o en uno de esos pisos de lujo donde vivían los ricos?
Justo entonces, un adolescente de cazadora de cuero se acercó al vehículo y abrió la portezuela de Dante, que salió, estrechó la mano del recién llegado y se puso a hablar con él animadamente mientras el chófer la ayudaba a salir a ella. Luego, el joven interrumpió la conversación que mantenían y sacó el equipaje del maletero.
Desconcertada aún con la aparente normalidad del lugar donde estaban, Aislin se quedó clavada en el sitio hasta que Dante la miró con humor y le indicó que les siguiera. ¿Sería posible que viviera verdaderamente allí?
El interior del portal era tan poco reseñable como el resto. Tenía una escalera de lo más corriente, y lo mejor que se podía decir al respecto era que las paredes estaban libres de pintadas y que no olía mal. Pero todo cambió cuando, en lugar de subir por la escalera, Dante pulsó el botón del ascensor.
Aislin parpadeó al ver la ancha moqueta del suelo y los enormes espejos, sin una sola mota de polvo. Era el tipo de ascensor que se podía ver en cualquier hotel de lujo.
Momentos después, salieron al pequeño vestíbulo de la última planta, donde solo había una puerta. Entonces, el joven se adelantó y la abrió, ganándose el agradecimiento de Dante, que le dio un par de billetes a modo de propina. Aislin no entendió lo que decían, porque hablaban en italiano; pero entendió el nombre del adolescente, Ciro.
–¿No vas a entrar? –preguntó Dante al cabo de unos segundos.
–Esto no es una broma, ¿verdad? Vives aquí, ¿no?
–No, no es ninguna broma –dijo él, clavando en ella sus ojos verdes–. Anda, pasa de una vez. No tienes nada que temer.
Aislin entró, y lo que vio la dejó boquiabierta.
–¿No es lo que esperabas?
Ella sacudió la cabeza, mirando las preciosas molduras de los altos techos.
–Pues espera a ver lo demás –continuó él.
–Dios mío…
–¿Te gusta?
–No sé qué decir –admitió ella.
Dante siempre disfrutaba de la reacción de la gente al ver su hogar. Había comprado la planta entera del edificio y la había convertido en una sola casa, pero sin usar las típicas tácticas marrulleras de tantos hombres poderosos. No había tenido que presionar a nadie para que le vendiera su propiedad. Sencillamente, había pagado el doble de lo que valían y, como una pareja de ancianos se negaba a vender, solucionó el problema mediante el procedimiento de contratarlos.
En cuanto al resto del edificio, lo compró de la misma forma y lo dividió en apartamentos para sus empleados, que vivían allí. De ese modo, estaba constantemente protegido sin tener que compartir su espacio personal.
–¿No tienes jardín? –preguntó ella, mirando por un balcón.
Dante la miró con asombro. Era la primera vez que le preguntaban eso.
–No, no tengo.
–¿Ni siquiera en la azotea?
–No, ni siquiera –respondió Dante–. La azotea es un patio con una piscina.
–Ah –dijo ella, nuevamente sorprendida–. Es una buena idea, pero ¿qué haces en invierno?
–Depende del tiempo que haga. Está climatizada; pero, si hace mucho frío, uso la de la planta baja, que está dentro.
–¿Tienes dos piscinas y ningún jardín?
–Nunca he sentido la necesidad de tener un jardín.
–¿Y qué pasará si tienes niños?
–Tampoco siento el deseo de tenerlos.
Aislin frunció el ceño.
–¿Eso es lo que vamos a decir a la gente?
–¿De qué demonios estás hablando?
–De que les vamos a decir que nos hemos comprometido y, si los italianos se parecen a los irlandeses, querrán saber cuántos niños tendremos.
–Bueno, si te preguntan eso, di que no lo hemos pensado todavía –contestó Dante–. Y, ahora, permíteme que te enseñe tu habitación… Espero que te guste más que el resto de la casa.
–Yo no he dicho que no me guste. Es que estoy abrumada con su tamaño –declaró ella–. Vivo en una casucha ridícula, que comparto con Orla y Finn.
Aislin no estaba exagerando. Vivía en una minúscula casa de dos habitaciones, lo único que les había dejado su madre cuando hizo las maletas y se fue, decidida a recuperar su juventud perdida. Pero, al menos, había tenido la decencia de transferirles la propiedad.
Habían pasado cinco años desde entonces, y Aislin empezaba a pensar que había salido definitivamente de sus vidas. A fin de cuentas, si Sinead O’Reilly no había vuelto tras el terrible accidente de Orla y el nacimiento prematuro de su nieto, no había nada que la pudiera hacer volver.
Fuera como fuera, también era cierto que el tamaño y la belleza del domicilio de Dante la tenían desconcertada. La luz del sol daba un tono alegre a los oscuros muebles de madera, que de otro modo habrían resultado sombríos, y todo tenía un aire tan vibrante y suntuoso como su sexy dueño.
–¿Cómo vamos a convencer a nadie de que vivo en tu mundo? –preguntó ella, repentinamente ansiosa.
Él la miró un momento y sonrió.
–Esa es precisamente la razón de que seas perfecta para interpretar el papel de mi novia. Eres distinta a las demás. No te pareces en nada a mis amantes habituales. Eres tan diferente que Riccardo te va a adorar.
–¿Quién es Riccardo?
–Riccardo d’Amore es el hombre al que debemos engañar.
–¿Y por qué tenemos que engañarlo? Discúlpame, pero aún no me has explicado por qué quieres que finja ser tu prometida.
Dante la estaba llevando por una sala llena de obras de arte, desde cuadros hasta esculturas; y, al llegar a otro salón, dijo:
–He estado negociando con el hijo de Riccardo, Alessio. Tiene un programa informático que me ayudaría a entrar en el mercado estadounidense, pero la muerte de mi padre provocó un bombardeo de noticias negativas. La prensa hablaba continuamente de su adicción al juego y las mujeres y, como Riccardo es un hombre conservador, tuvo miedo de que yo haya salido a él y saboteó el acuerdo que Alessio y yo estábamos a punto de alcanzar.
–¿Puede hacer eso?
Dante asintió.
–Me temo que sí. Alessio dirige la compañía, pero Riccardo es el accionista mayoritario.
–¿Y fingirnos novios cambiará la situación?
–Mira… Riccardo cree que el juego es cosa del diablo y que el sexo fuera del matrimonio es pecado. Imagínate lo que pensará de mí, teniendo en cuenta que mi padre era ludópata y mi madre se divorció de él –respondió Dante–. Pero puede que me gane su confianza si me ve contigo. Eres una mujer inteligente, trabajadora y completamente leal a tu familia.
–Lo entiendo, pero ¿cómo lo vamos a convencer de que estamos comprometidos? Acabas de romper tu última relación y, por muy rápido que seas, nadie creería que te hayas embarcado en otra.
Dante clavó la vista en sus labios y se preguntó a qué sabrían. Aislin le gustaba tanto que casi no se podía controlar. Se sentía como si volviera a ser un adolescente, como si no fuera un adulto que se había acostado con docenas de mujeres.
–Nos atendremos a la verdad en todo lo que podamos –replicó él–. Diremos que nos conocimos cuando viniste a Sicilia para hablarme de tu hermana, lo cual es cierto.
–De nuestra hermana –puntualizó Aislin.
–De nuestra hermana –repitió Dante con un suspiro–. En cuanto a lo demás, nos limitaremos a decir que fue un flechazo, que nos enamoramos a simple vista. Eres tan diferente que me quedé prendado de ti en cuanto nos vimos, y supe que quería casarme contigo y vivir para siempre a tu lado.
Cuando terminó su declaración, Dante se dio cuenta de que estaba hablando en voz baja y de que había avanzado hacia ella sin ser consciente. De hecho, estaba tan cerca que sintió el impulso de alzar un brazo y acariciarle la mejilla, aunque se refrenó.
–¿Porque soy diferente? ¿Solo por eso? –preguntó ella, en un tono tan bajo como el suyo.
–Sí –respondió él, deseándola con toda su alma.
–¿Y diremos la verdad sobre Orla?
El recordatorio del gran secreto de su padre le sentó como si le hubieran echado un cubo de agua fría, así que carraspeó y dio un paso atrás.
–Las mentiras tienden a complicar las cosas. Como ya he dicho, nos atendremos a la verdad cuando sea posible, sin inventar nada más que nuestra decisión de casarnos. Y ahora, si no te importa, tengo cosas que hacer.
–Ah.
–Tu habitación está al final de ese pasillo, a la izquierda –le informó–. Acomódate y explora todo lo que quieras, como si estuvieras en tu casa. Nos veremos dentro de una hora y comeremos algo.
Dante pensó que una hora sería tiempo suficiente para expulsarla de sus pensamientos y concentrarse en lo importante. Iban a estar juntos cinco días, y no se podía permitir el lujo de que el deseo se impusiera a la razón. Sería complicar las cosas innecesariamente.
Pero ¿cómo era posible que la deseara tanto? No se había sentido así en toda su vida.
Desesperado, entró en su despacho y cerró la puerta, dejando perpleja a la excitada Aislin, cuyo corazón latía como si se quisiera salir de su caja torácica.
Durante un momento, había creído que la iba a besar y, por si eso fuera poco, había ansiado que la besara. El cosquilleo de sus labios y la tensión casi eléctrica de su cuerpo eliminaban cualquier tipo de duda. De hecho, tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para no abrir la puerta del despacho y abalanzarse sobre él.
Molesta con sus propias emociones, se mordió el labio inferior. ¿Qué demonios estaba haciendo? Que Dante le gustara no quería decir que el sentimiento fuera mutuo y, aunque lo fuera, no debía desearlo. Era Dante Moncada, un famoso mujeriego; el hijo del hombre que había seducido a su madre en su juventud.
No, no perdería la cabeza por él. Recobraría el aplomo y apagaría el fuego de aquella condenada atracción. Costara lo que costara.
Capítulo 5
LAS INQUIETUDES de Aislin desaparecieron temporalmente cuando entró en el dormitorio del final del pasillo.
¿Aquello era una habitación de invitados?
Por su tamaño, podría haber sido un piso entero. Tenía una cama gigantesca, un vestidor tan grande como el salón de su casa de Irlanda, una salita con un sofá de cuero y todo tipo de aparatos modernos, incluido un televisor de pantalla plana. Pero eso no le sorprendió tanto como el lujoso cuarto de baño, donde vio un jacuzzi y una ducha descomunal.
Tras detenerse ante el espejo, se miró las puntas y frunció el ceño. ¿Cuándo se había cortado el pelo por última vez? Al pensarlo, llegó a la conclusión de que había pasado más de un año, y se alegró de que sus cejas no exigieran demasiado mantenimiento porque, de lo contrario, habría parecido un licántropo.
Su vida había cambiado mucho desde el accidente de Orla. Ya no se preocupaba por cosas como el peinado y el maquillaje. Había perdido la escasa vanidad que tenía, y estaba tan ocupada que, cuando por fin retomó sus estudios universitarios, se matriculó en una universidad a distancia para poder estar en casa y cuidar de su hermana y su sobrino.
Sin embargo, eso no justificaba que descuidara su aspecto hasta ese punto. ¿Cómo le iba a gustar a Dante si no hacía nada por estar guapa? Sí, le había dicho que era diferente, que no se parecía a ninguna de sus amantes; pero, por lo que veía en el espejo, quizá era una forma de decir que no la encontraba atractiva.
Una vez más, intentó recordarse que no quería gustarle. Dante le iba a pagar un millón de euros por fingirse su novia, no porque fuera la mujer más sexy del mundo.
Aislin arrugó la nariz y salió al pasillo, decidida a explorar la casa.
Y menuda casa que era.
Se sentía como si estuviera en uno de esos programas de televisión donde una elegante dama enseñaba el lujoso interior de su mansión, aunque ni la mansión fuera suya ni lo suyo fuera precisamente el glamour.
Durante los minutos siguientes, descubrió dos comedores, seis dormitorios tan grandes como el suyo, tres salones, varias salitas llenas de obras de arte y un vestíbulo central con una fuente en medio. Eso, en los dos pisos superiores, porque el más bajo tenía nada más y nada menos que un gimnasio, una ducha de hidromasaje y una piscina interior que hasta los romanos habrían considerado decadente.
Aún estaba mirando el agua de la piscina cuando su móvil empezó a sonar.
–¿Dígame?
–¡Acabo de recibir una notificación del banco! ¡Dante Moncada me ha ingresado doscientos mil euros en la cuenta! ¿Se puede saber qué está pasando? Dijiste que me pagaría los cien mil cuando me hiciera la prueba de ADN.
–¿Ya están ingresados?
–Sí –dijo su hermana, tan emocionada que rompió a llorar.
–Tranquilízate, Orla.
–¿Qué ha pasado? –acertó a decir–. No entiendo nada.
–Bueno, he llegado a un acuerdo con él –declaró Aislin, respirando hondo–. Me pagará por fingir ser su novia.
–¿Cómo?
–Solo será un fin de semana, por algo relacionado con un negocio que necesita cerrar. Tiene que parecer respetable –le explicó Aislin–. Pero no te preocupes por mí. No hay nada siniestro o perverso en ello.
–Si no hay nada perverso, ¿por qué ha pagado doscientos mil euros?
–En realidad, es…
Aislin estuvo a punto de decir que era un millón de euros, pero se refrenó porque eso dependía de que consiguieran engañar a Riccardo d’Amore.
–¿En realidad?
–Nada, olvídalo. Y no te preocupes, por favor. Dante me encuentra tan atractiva como a un rinoceronte. Ha sido magnánimo por el asunto del negocio y porque quiere hacer algo por ti. Pero no se lo digas a nadie.
–¿Y a quién se lo voy a decir? ¿A Finn? ¿A las enfermeras del hospital? –ironizó su hermana.
–Hablando de Finn, ¿qué tal está?
–Tiene un buen día, aunque te echa de menos. ¿Cuándo piensas volver?
A Aislin se le encogió el corazón. Finn la quería tanto como quería a su madre, y esa era la primera vez que estaban separados.
–Si todo sale bien, a principios de la semana que viene.
–De acuerdo, pero ten cuidado con él. Dante tiene fama de mujeriego.
–No soy su tipo. No pasará nada.
–¿Ha dicho si quiere verme?
–Todavía no. Creo que no quiere dar más pasos hasta que asegure ese negocio. Es importante para él.
–¿Más importante que su hermana y su sobrino?
Aislin había hablado con Orla la noche anterior, así que estaba al tanto de lo sucedido; pero no parecía ser consciente de lo que todo aquello significaba para Dante, y optó por defenderlo.
–Dale un poco de tiempo. Hasta ayer, ni siquiera sabía que tuviera una hermana. No es fácil de asumir.
Cuando terminaron de hablar, Aislin se sentía inmensamente aliviada. Por muchas dudas que tuviera sobre Dante, no podía negar que cumplía su palabra. Había ingresado el dinero. Ya estaba en manos de Orla.
No estaba jugando con ellas.
Incluso en el caso de que no consiguieran engañar a Riccardo, los doscientos mil euros seguirían siendo de su hermana y, cuando Dante viera el resultado de la prueba de ADN, sumaría cien mil más que cambiarían definitivamente sus vidas, con independencia de lo que pasara en la boda y de la relación que Dante quisiera establecer con ellas.
De repente, se sintió en la necesidad de darle las gracias, así que corrió a su despacho y llamó a la puerta.
Dante, que estaba escribiendo una carta, se sobresaltó.
–Adelante –dijo, sabiendo que era ella.
Aislin entró con una cara tan radiante que le pareció la mujer más bella de la Tierra. Y Dante se maldijo para sus adentros, porque volvió a perder el control de sus emociones.
–Estoy a punto de terminar –declaró, incómodo.
Ella sonrió de oreja a oreja.
–No pretendía molestarte. Solo quiero darte las gracias.
–¿Por qué?
–Porque el dinero ya está en la cuenta de Orla. No sabes lo feliz que la has hecho.
Aislin apoyó las manos en la mesa, lo miró con intensidad y añadió:
–Ahora sé que eres un hombre de fiar, y quiero que sepas que yo soy una mujer de fiar y que intentaré ser la mejor novia que el dinero pueda comprar. Haré todo lo que me digas durante la celebración de la boda, y me aseguraré de que Riccardo crea que estamos profundamente enamorados.
La imaginación de Dante se desbocó, y empezó a pensar en todas las formas posibles de tomarle la palabra, empezando por tumbarla en la mesa y penetrarla.
–Solo tienes que ser tú misma –replicó, haciendo un esfuerzo por contenerse–. Pero tendremos que comprarte ropa adecuada.
–¿Qué quieres decir con «adecuada»?
–Algo que esté a la altura del acontecimiento y con lo que te sientas cómoda.
–Umm… No sé si la ropa que a mí me parece cómoda sería precisamente adecuada –afirmó ella.
–Bueno, hay tiendas con profesionales que sabrán ayudarte a elegir. Si te parece bien, mañana iremos de compras.
Ella frunció el ceño.
–Tendrás que prestarme dinero, porque no tengo ni un céntimo.
Dante arqueó una ceja. Todas las mujeres con las que salía daban por sentado que los gastos corrían de su cuenta, pero Aislin también era distinta en ese sentido.
–Mientras trabajes para mí, no tendrás que pagar nada.
–Vaya, ¿ahora eres mi jefe?
–Te pago por un servicio, de modo que sí, soy tu jefe.
–No juegues con tu suerte, Moncada –replicó ella, entrecerrando los ojos.
–¿Cómo?
–Ni tú eres mi jefe ni yo tu empleada. Sencillamente, tenemos un acuerdo que es beneficioso para los dos. No estropees mi agradecimiento, por favor.
–Si te has sentido insultada, perdóname –dijo Dante, desconcertado–. Solo quería decir que estás en mi casa y en mi mundo, un lugar donde la vida es bastante cara. Y lo estás por mi culpa, así que es lógico que asuma los gastos.
Aislin volvió a sonreír.
–Dicho así, suena mejor.
Incómodo, Dante se levantó del sillón y alcanzó la cazadora, que había dejado en el respaldo.
–Es hora de comer –anunció.
–¿Vamos a salir?
Él asintió. Había hablado con su chef para que preparara algo de comer, pero tenía miedo de lo que pudiera pasar si se quedaban en la casa. El deseo de tocarla era tan intenso que casi no se podía controlar.
¿Cómo iba a sobrevivir a cinco días con ella? Solo se le ocurría una forma: un montón de duchas frías. Pero, de momento, podía empezar por comer con ella en un local público y evitarse tentaciones innecesarias.
–¿Te apetece algo en particular? –le preguntó.
Aislin sonrió un poco más.
–Sí, pizza.
Cuando salieron a la calle, Aislin miró el despejado cielo azul y se quitó el jersey, aprovechando que debajo llevaba una camiseta negra. La caricia del sol resultaba muy agradable tras el largo invierno.
Un segundo después, se anudó el jersey a la cintura y, al ver que Dante la estaba mirando como si fuera un bicho raro, dijo:
–Aún no estamos con tus amigos de la alta sociedad.
–No, pero ¿no tendrás frío en camiseta?
–¿Frío? Comparado con el clima de Irlanda, esto es una maravilla. No había visto el sol desde septiembre del año pasado.
Aislin no podía estar más contenta. El dinero estaba en la cuenta de Orla, y el resto llegaría con la prueba de ADN; pero, por mucho que se alegrara de ello, sus pensamientos no estaban en Finn y su hermana, sino en Dante. Se había portado maravillosamente bien. En lugar de echarla de su casa de campo, le había ofrecido la solución de sus problemas. Y estaba decidida a devolverle el favor.
Mientras caminaban por las empedradas calles, seguidos a escasa distancia por dos guardaespaldas, Aislin se dedicó a admirar la ciudad. Había puestos de flores, tiendas de frutas y verduras y terrazas donde la gente fumaba, charlaba y tomaba café.
–Palermo es tan vibrante… –dijo al cabo de un rato–. No se parece a ninguno de los sitios que conozco.
–¿Has viajado mucho?
–Fuera de Irlanda, no. Estuve en Londres un par de veces, y pasé un verano en la campiña francesa, trabajando en la vendimia –respondió ella–. Pero llevaba tres años sin salir de Kerry, y esto es completamente distinto.
–¿En qué sentido?
–¡Para empezar, en que no llueve! –exclamó Aislin con entusiasmo–. Aunque no quiero ser injusta con mi tierra, es un lugar precioso, y el sol se digna a salir de vez en cuando. Además, nuestro pueblo está junto a un bosque lleno de animales, que ocasionalmente se acercan a las casas. Cuando tenía diez años, vi un ciervo en el jardín. Orla se puso a gritar, y el ciervo salió corriendo.
Dante escuchó sus explicaciones con una sonrisa en los labios. La transferencia bancaria había servido para que dejara de estar a la defensiva y se mostrara tal como era, una chica encantadora que adoraba hablar.
Al llegar a la pizzería, se preguntó cómo era posible que se hubiera equivocado tanto. La había sacado de la casa pensando que el paseo enfriaría su tórrida imaginación, pero Aislin estaba tan sexy con sus botas, sus leggings y su jersey atado a la cintura que tuvo que meterse las manos en los bolsillos para no tocarla.
Su amigo Gio, que era el dueño del local, lo saludó con un abrazo y dos besos en las mejillas. Dante se los devolvió y le presentó a Aislin, quien recibió el mismo tratamiento cariñoso, como si se conocieran de toda la vida.
Tras sentarse, ella miró a Dante con curiosidad y preguntó:
–¿Todos los sicilianos son tan besucones?
–¿Besucones? No sé qué quieres decir.
–Bueno, te ha besado en las dos mejillas. Y tú has hecho lo mismo.
Él se encogió de hombros.
–Es algo típicamente siciliano. A los mediterráneos nos gusta el contacto.
–Pues yo no conozco a ningún irlandés que no se liara a puñetazos si otro hombre le diera un beso.
Dante rompió a reír.
–Me encanta tu sentido del humor –dijo.
–Qué quieres que le haga… Soy irlandesa. Será cosa de la tierra.
Aislin pidió una cerveza al camarero y, al darse cuenta de que Dante parecía sorprendido, se sintió en la necesidad de tranquilizarlo.
–No te preocupes. Cuando estemos en la boda, pediré vino. No te dejaré en mal lugar.
–De ninguna manera. Quiero que seas tú misma durante todo el fin de semana. Si quieres tomar vino, tómalo; pero, si prefieres cerveza, toma cerveza.
–Oh, vamos, no puedo hacer eso si todos los demás toman champán o cosas así –alegó ella–. Además, lo que dices no es cierto. ¿Cómo puedo ser yo misma si quieres que lleve ropa de una boutique?
–Ropa que elegirás tú y nadie más que tú –puntualizó él–. Lo digo en serio. Quiero que estés relajada y que seas como eres.
Aislin alzó su cerveza a modo de brindis.
–Me alegra saberlo, porque el vino no me sienta muy bien.
–¿Por eso bebes cerveza?
–No, bebo cerveza porque es lo que me puedo permitir. Soy una estudiante en la ruina, ¿recuerdas? Es eso o pedir algún alcohol barato que probablemente lleve limpiacristales.
Dante, que no sabía por qué le resultaba tan divertida su cháchara, clavó la vista en sus maravillosos labios y se alegró de que la pizza llegara en ese momento, porque no estaba seguro de poder controlarse.
Aliviado, alcanzó una porción y se la llevó a la boca. Era consciente de que el colesterol había empeorado los problemas cardíacos de su padre y lo había llevado a la muerte, pero se le había hecho la boca agua al ver que Aislin pedía una pizza de embutidos sicilianos, que devoró como una estudiante hambrienta; es decir, lo que era.
–Espero que no te sientas insultada, pero ¿no eres un poco mayor para seguir en la universidad? –preguntó.
–Ten en cuenta que tuve que dejar la carrera cuando mi hermana sufrió el accidente –explicó ella.
–¿Y no echas de menos las clases? Estando aquí, te estarás perdiendo algunas.
Aislin sacudió la cabeza.
–No me pierdo nada. Como tenía que estar en casa para cuidar de Finn, me matriculé en la universidad a distancia.
–¿Y qué estudias?
–Historia, aunque me especializaré en historia medieval europea.
–¿Con intención de hacer qué?
–Ni idea. Quería ser profesora, pero ya no estoy segura de que pueda soportar la politiquería de los claustros y las tonterías de los adolescentes. No soy tan tolerante como antes.
–¿Y cuál es la razón de eso?
–Tuve que soportar de todo con el pobre Finn. Orla estuvo mucho tiempo en coma y, como además se había dañado la espalda y tenía un brazo roto, me vi en la obligación de ser la tutora de mi sobrino, lo cual fue bastante difícil.
–¿Por qué? –preguntó Dante con interés–. ¿Porque tuviste que renunciar a tu vida?
–No, por la actitud de las autoridades médicas. No creían que una chica de veintiún años estuviera preparada para asumir la custodia temporal de un bebé con problemas ni para controlar las finanzas de Orla. Querían llevar el asunto a los tribunales. ¡Ni siquiera me dejaban ponerle un nombre!
Aislin, que se había indignado mientras hablaba, respiró hondo y añadió:
–Cuando Orla volvió en sí, me dio permiso para encargarme de todo, pero los problemas continuaron. Todo es tan burocrático que te entran ganas de llorar.
Dante intentó comerse otra porción de pizza, y descubrió que ya no tenía hambre. Por algún motivo, se sentía culpable de las dificultades de Aislin.
–¿Y dónde estaba el padre de Finn, si se puede saber?
–Ah, esa es la cuestión –dijo ella, echándose hacia delante–. No sé dónde está. Orla se negó a decirme quién era el padre al principio y, como tuvo problemas de memoria por culpa del accidente, ahora afirma que no se acuerda.
Dante arqueó una ceja.
–¿Y la crees?
–Por supuesto que no. Quizá tenga lagunas de verdad, pero estoy segura de que me miente –contestó ella–. Y, como se te ocurra contarle que yo he dicho eso, te estamparé una pizza entera en la cara.
Él sonrió, divertido.
–¿Me estás amenazando?
Segundos después, Dante estuvo tentado de preguntarle dónde había estado su madre durante todo el proceso, pero no se lo preguntó. A decir verdad, no quería saber nada sobre la antigua amante de Salvatore; sobre todo, porque le incomodaba pensar que su padre había sentido lo mismo por ella que él por Aislin.
Pero… ¿qué tenía aquella mujer para que le gustara tanto? ¿Por qué volvía a clavar los ojos una y otra vez en sus labios, como, si en lugar de estar comiendo, lo estuviera provocando? Era de lo más irritante. Todo lo que hacía le parecía extrañamente erótico, y cuanto más tiempo pasaba con ella, más la deseaba.
De repente, la perspectiva de estar juntos bajo el mismo techo le pareció inadmisible. Sus empleados vivían en otros pisos del edificio, así que no podían ejercer de carabinas que impidieran que las cosas fueran a más. No tenía más remedio que cambiar sus condiciones laborales para que estuvieran presentes.
Definitivamente, era lo único que podía hacer. Necesitaba conocerla mejor para engañar a Riccardo d’Amore, pero en un ámbito seguro, donde no corriera riesgos.
Tras pensarlo un momento, se dijo que no podía ser tan difícil. A fin de cuentas, solo tenía que asegurarse de no quedarse a solas con ella hasta que sus caminos se separaran y regresara a su país.
Capítulo 6
CUANDO Aislin y Dante volvieron a la casa, ella se quedó sorprendida con la abundancia de empleados sin uniforme que se afanaban en limpiar lo que ya estaba inmaculadamente limpio.
–Tomemos algo en la azotea mientras nos preparan la cena –dijo él, cruzando uno de los salones.
Aislin asintió. La casa de Dante era tan increíble que ardía en deseos de ver lo que había hecho en su parte más alta.
–De acuerdo, pero no quiero más café.
Él sonrió y la llevó por una puerta que daba a una escalera exterior, de metal.
El tiempo que habían estado en la pizzería se le había pasado volando a Aislin. Cuando terminaron de comer, se enfrascaron en una conversación que acompañaron con una cantidad increíble de tazas de café, lo cual explicaba su comentario. Dante le dijo que había crecido en Palermo, en la villa que su familia tenía en la playa, aunque prefería vivir en la ciudad, y hasta le habló de su negocio y su deseo de expandirse en los Estados Unidos.
La narración de sus éxitos profesionales hizo que Aislin se sintiera incómoda con su propia vida, porque no se podía decir que hubiera conseguido mucho; pero no era esa su intención, así que se relajó y le habló a su vez de su infancia, sus amigos, su relación con Orla, su pasión por los musicales, su amor por la historia medieval y sus difuntos abuelos.
Dante la escuchó con sumo interés, y Aislin se dijo que solo lo hacía porque necesitaba recordar los detalles para engañar a Riccardo. Sin embargo, eso no impidió que se sintiera profundamente halagada. ¿Qué mujer no habría perdido la cabeza al tener la atención de un hombre tan sexy como él?
Y, cuando salió a la azotea y sintió el sol de última hora de la tarde calentando sus hombros, la perdió un poco más.
La vista de los edificios de Palermo, que se extendían hasta el mar, era tan bella que cortaba el aliento. Tardó unos segundos en fijar su atención en la azotea, y se quedó asombrada con lo que vio: una piscina enorme con un jacuzzi adjunto; un bar más grande que un pub irlandés; la mayor parrilla que había visto en su vida; una zona de baile y montones de asientos de todo tipo, desde tumbonas hasta sillones, pasando por hamacas y sofás.
Además, la ausencia de jardín ni siquiera se notaba, porque había tantas plantas que producían el mismo efecto.
Al cabo de unos instantes, un empleado se les acercó con dos zumos de naranja y, a continuación, se sentó en un taburete tras la barra del bar, para estar disponible por si querían beber otra cosa.
–Es como estar en otro mundo –dijo ella, clavando la vista en una hamaca–. ¿Puedo tumbarme en ella?
–Por supuesto. ¿Sabes usarlas?
–No.
–Yo te enseñaré.
La elegancia de los movimientos de Dante, que caminó hacia la hamaca y se tumbó en ella, le encogió el corazón a Aislin; pero no tuvo ocasión de preocuparse por esa sensación, porque él se levantó rápidamente y la instó a probar.
Aislin puso el trasero en el centro de la hamaca, siguiendo las indicaciones de Dante. Luego, alzó las piernas y se giró con intención de tumbarse, pero debió de calcular mal, porque se habría caído por el otro lado si él no la hubiera sostenido a tiempo.
–Requiere práctica –dijo Dante.
Aislin tuvo la sensación de que todos sus sentidos se habían activado de repente. La consciencia de su calor corporal, de las fuertes manos que la agarraban por las caderas y del pecho que se apretaba contra el suyo le desbocó el corazón. Sabía que no era premeditado, que estaba pegado a ella sin más intención que ajustar bien la hamaca, pero la desconcentró totalmente cuando le dijo que se tumbara.
–¿Qué has dicho?
–Que te tumbes…
Ella respiró hondo y obedeció, cruzando los dedos para que se apartara de inmediato; aunque, segundos después, cuando Dante la dejó, los habría cruzado para que la volviera a tocar.
Desorientada y confusa con lo que sentía, se quedó perpleja al ver que estaba tumbada en la hamaca sin ningún tipo de apoyo exterior. Pero eso ya no le importaba. ¿Qué diablos le estaba pasando?
Aislin no podía saber que Dante se encontraba en una situación parecida. El contacto de su cuerpo lo había excitado de tal manera que alcanzó su vaso de zumo y se lo bebió lentamente con la esperanza de recobrar el control de sus emociones.
No era extraño que se sintiera atraído por ella. Cualquier heterosexual sano habría tenido esa reacción con una mujer tan hermosa. Pero tenía la enorme mala suerte de estar con la única que no debía tocar.
Frustrado, se sentó junto a la mesa más cercana y dijo:
–Háblame de tus días universitarios.
En principio, era una buena táctica. Entablar una conversación y guardar las distancias entre ellos. Mirar, pero sin tocar. Escuchar y hablar.
El truco le había funcionado en la pizzería, demostrando ser una forma eficaz de bloquear sus desconcertantes accesos de lujuria. Sin embargo, tenía consecuencias terribles: por su culpa, había descubierto que Aislin era tan interesante como divertida, hasta el punto de que se le había pasado el tiempo volando.
–¿Qué quieres saber?
–No sé. Cosas de tus amigos, de tus novios… ¿Tienes novio?
–No estaría aquí si lo tuviera.
–No, claro, supongo que no –dijo él, extrañado de que una mujer tan bella estuviera sola.
–De hecho, solo he tenido uno –continuó Aislin.
Él la miró con incredulidad.
–¿Solo uno?
–Sí, Patrick. Nos conocimos en el segundo año de carrera.
–¿Ibais en serio?
–Yo creía que sí –respondió ella con tristeza–, pero me engañó.
Dante no supo qué decir ante semejante confesión, así que guardó silencio.
–Me prometió la luna y las estrellas. Yo tenía mis dudas con él, pero me convenció de que era la mujer que estaba esperando y de que me quería con toda su alma. Llevábamos seis meses juntos cuando Orla sufrió el accidente, y me concentré tanto en ella que, dos semanas después, una enfermera me tuvo que decir que empezaba a oler mal y que sería mejor que fuera a casa a cambiarme de ropa.
–¿Te quedaste dos semanas enteras en el hospital? ¿Sin salir en ningún momento? –preguntó él, sorprendido.
–Orla estaba en coma en una habitación, y Finn se aferraba a la vida en la Unidad de Cuidados Intensivos. No me podía ir. Tenía que dividir mi tiempo entre los dos sitios. Les pedí que les pusieran en el mismo para facilitar las cosas, pero no podían –le explicó ella–. En cualquier caso, seguí el consejo de la enfermera y me fui a buscar ropa. Cuando llegué a casa, Patrick estaba en la cama con Angela, mi compañera de piso.
–Dios mío…
–Él sabía lo que yo estaba pasando. Sabía que necesitaba su apoyo porque ni siquiera podía contar con el de mi madre, que vive en Asia desde hace cinco años y se limitó a enviar unos cuantos mensajes. Necesitaba que me tomara de la mano. Incluso le rogué que viniera al hospital, pero siempre me ponía alguna excusa.
–¿Y no sospechaste que algo iba mal?
–Claro que sí, pero no estaba en condiciones de afrontar otro problema, así que lo pasé por alto –contestó ella.
–¿Qué hiciste cuando los viste en la cama?
–Decirles que no quería volver a verlos en toda mi vida, meter ropa en una bolsa de viaje y marcharme.
–¿Solo eso? –preguntó él, extrañado de que no hubiera montado una escena.
–Estaba agotada, Dante. Casi no había dormido en dos semanas, y tenía los nervios destrozados. No me quedaba energía para nada. Solo quería recoger mis cosas y volver al hospital. Tanto es así que tardé bastante en sentir dolor por lo sucedido.
Dante asintió, enternecido por la crudeza de su historia.
–Bueno, por cruel que fuera su comportamiento, te hicieron un favor.
–¿Qué quieres decir con eso?
–Que, al menos, supiste la verdad. Si no los hubieras visto en la cama, no habrías sabido lo que ocurría –observó él–. Afrontar la verdad siempre es mejor que vivir en una mentira.
–Ya, pero fui una estúpida al confiar en él. ¿Cómo pude ser tan tonta? No volveré a cometer ese error. Solo confiaré en mi familia, es decir, en Orla y Finn.
–No confíes en nadie –dijo Dante, pensando en su padre.
De repente, Dante estaba furioso; pero no con su difunto padre, sino con las personas que habían abandonado a Aislin cuando más necesitaba su apoyo. Nadie se merecía que lo dejaran solo con semejante carga.
–¿Y tú? ¿Ha habido alguien importante en tu vida? –se interesó ella.
–No, las relaciones largas no son lo mío –respondió Dante–. Me gusta la vida de soltero.
–Si no tuviera miedo de caerme de la hamaca, alzaría mi zumo para brindar por la soltería –declaró ella, rompiendo la seriedad del momento con un poco de humor.
A partir de entonces, se dedicaron a hablar de asuntos menos comprometidos emocionalmente. En opinión de Dante, era lo mejor que podía pasar. Pero su cuerpo no parecía estar de acuerdo, porque insistía en traicionarlo con el deseo.
Aislin metió un pie en la piscina de la azotea, y descubrió que el agua estaba tan templada como Dante le había asegurado. Luego, se sumergió hasta los hombros, apoyó la cabeza en el borde y contempló el cielo nocturno.
El ruido de la ciudad era un murmullo distante, apenas perceptible. Todo estaba sumido en la tranquilidad más absoluta, y la única persona que podría haberla roto descansaba en la barra del bar, jugando silenciosamente con su teléfono: Ciro, el joven que había sacado su equipaje cuando llegó a la casa.
Dante se había ido a la villa de su difunto padre por algún tipo de urgencia, y ella había aprovechado la ocasión para quitarse la ropa y ponerse el bañador que se había comprado en la boutique ese mismo día. En parte, porque no se habría atrevido a usarlo delante de él.
Llevaban dos días juntos y, con excepción de las horas de sueño, era la primera vez que se separaban. Sus conversaciones habían sido de lo más productivas, y no tenía ninguna duda de que convencerían a cualquiera sobre el carácter supuestamente real de su noviazgo. Sin embargo, disfrutaba tanto de ellas que a veces olvidaba la razón por la que estaba allí.
Ni siquiera sabía por qué le había hablado de Patrick. Hasta entonces, la única persona que estaba al tanto de lo sucedido era Orla. ¿Se lo habría contado quizá porque cada vez se sentía más cerca de él? Probablemente. Y, por muy consciente que fuera de que Dante le podía partir el corazón, había algo en sus ojos que la animaba a arriesgarse, algo que la enternecía y la excitaba.
En cualquier caso, se había divertido bastante aquella mañana, cuando Dante la llevó a la boutique de un diseñador muy conocido, Mecca. En cuanto llegaron, el diseñador le presentó al asistente personal que la iba a ayudar con las compras y, tras probarse más cosas de las que se había probado en su vida, terminó con cuatro vestimentas de día, dos vestidos de noche, uno para la boda, el bañador, zapatos, accesorios y hasta una maleta para guardarlo todo.
A pesar de ello, seguía sin entender por qué había permitido que el asistente la convenciera de comprar ropa interior nueva. ¿Qué tenía de malo la suya? Era perfectamente funcional y, por otra parte, nadie la iba a ver en paños menores. Pero se dejó convencer de todas formas; tal vez, porque se sentía culpable por haber rechazado el precioso vestido dorado que le intentó vender. Un vestido ideal para una modelo, pero no para una chica de Kerry.
No quería ni pensar en la cara que pondría Dante cuando viera la factura. Pero no por el dinero, que no significaba nada para él, sino por la posibilidad de que llevara un desglose de lo que había comprado. ¿Se la imaginaría con su nueva ropa interior? Y, tanto si se la imaginaba como si no, ¿por qué le excitaba esa idea?
Aunque Dante hubiera demostrado ser mejor de lo que se imaginaba, seguía siendo un mujeriego. Las sospechas de Riccardo eran ciertas. Se parecía mucho a su padre, como demostraba la propia farsa en la que estaban embarcados. Y había que estar loca para encapricharse de un hombre tan peligroso como él.
Justo entonces, la voz de Dante interrumpió sus pensamientos. Acababa de volver y, cuando Aislin giró la cabeza, vio que estaba hablando con Ciro.
Luego, se dirigió hacia ella con una cerveza en la mano. Y a ella se le encogió el corazón.
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